Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 21 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 11 minLa virginidad perpetua de la bienaventurada María
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimera tesis: José, esposo de María (§ 3–8)
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSegunda tesis: los hermanos del Señor (§ 9–18)
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minSegunda tesis: los hermanos del Señor (§ 9–18)
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minSegunda tesis: los hermanos del Señor (§ 9–18)
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 10 minTercera tesis: la virginidad y el matrimonio (§ 19–24)
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 1 minTercera tesis: la virginidad y el matrimonio (§ 19–24)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minDiálogo contra los luciferianos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minLa disputa: ¿son paganos los herejes? (§ 1–4)
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 13 minEl bautismo de los arrianos y la imposición de manos (§ 5–14)
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 11 minEl bautismo de los arrianos y la imposición de manos (§ 5–14)
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 12 minLa historia: Rímini y Nicea (§ 15–21)
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 9 minLa historia: Rímini y Nicea (§ 15–21)
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 9 minEl trigo y la cizaña; Cipriano e Hilario (§ 22–28)
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 4 minEl trigo y la cizaña; Cipriano e Hilario (§ 22–28)
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minContra Vigilancio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minContra Vigilancio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 11 minContra Vigilancio
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minContra Vigilancio
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 2 minLo que dejaron los tres tratados

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — JERÓNIMO

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Jerónimo

    Contra Helvidio, Vigilancio y los luciferianos

    Texto base: versión inglesa de W. H. Fremantle con la ayuda de G. Lewis y W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, «The Principal Works of St. Jerome» (1892–1893): «The Perpetual Virginity of Blessed Mary» (contra Helvidio), «The Dialogue Against the Luciferians» y «Against Vigilantius» · tres tratados de controversia

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 161 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Tres veces defendió Jerónimo, con la pluma afilada que le era propia, lo que le parecía el sentir común de la Iglesia. En Roma, hacia 383, contestó a Helvidio, un seglar que veía en los «hermanos» del Señor prueba de que María había tenido más hijos y que no daba a la virginidad ventaja sobre el matrimonio. En Antioquía, hacia 379, escribió un diálogo en que un ortodoxo convence a un seguidor de Lucifer de Cagliari de que se puede recibir a los obispos que fueron arrianos y se arrepintieron. Y en Belén, en 406, respondió con un tratado «de una sola noche» a Vigilancio, que tachaba de superstición las reliquias, las vigilias de los mártires y las limosnas enviadas a Jerusalén. Son los tres tratados de controversia que el NPNF reúne tras la obra contra Joviniano.

    Ficha de la obra

    AutorJerónimo (Hieronymus)
    Lengua originalLatín
    ContenidoTres tratados polémicos, en el orden del NPNF: contra Helvidio, el Diálogo contra los luciferianos y contra Vigilancio
    FechasNinguna consta en los textos. El editor del NPNF da «hacia 383» para Helvidio (en Roma, bajo el papa Dámaso), «hacia 379» para el Diálogo (tras su vuelta del desierto de Calcis) y 406 para Vigilancio (Belén). El mismo volumen imprime «Roma, 304» para Helvidio en un cuadro de obras, errata evidente frente a su propio «383»
    GéneroControversia: un panfleto de réplica punto por punto (Helvidio), un diálogo en que gana el ortodoxo (luciferianos) y una invectiva de una sola noche (Vigilancio)
    ExtensiónUnas 30 000 palabras en esta traducción: Helvidio, 24 secciones; Diálogo, 28; Vigilancio, 17
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, tal como la recogen New Advent y CCEL
    TratadoTítulo en el NPNFDe qué trataSecciones
    Contra HelvidioThe Perpetual Virginity of Blessed Mary («Against Helvidius»)José no fue esposo en sentido pleno; los «hermanos» del Señor son primos; la virginidad vale más que el matrimonio24
    Diálogo contra los luciferianosThe Dialogue Against the LuciferiansSi se debe recibir a los obispos arrepentidos de arrianismo y cómo se llegó al credo de Rímini28
    Contra VigilancioAgainst VigilantiusReliquias, vigilias en las basílicas, limosnas a Jerusalén y vida monástica17
    Las secciones numeradas son las del NPNF y se citan «Helvidio, § 14», «Luciferianos, § 19», «Vigilancio, § 5». El contexto de las tres controversias se lee en María en los Padres, Culto a los santos, reliquias e imágenes y Sobre los concilios de Rímini y Seleucia, y la cuarta polémica del mismo volumen, la de Joviniano, en Contra Joviniano.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 6 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime como «The Perpetual Virginity of Blessed Mary» (contra Helvidio), «The Dialogue Against the Luciferians» y «Against Vigilantius». El volumen es The Principal Works of St. Jerome, editado por Philip Schaff y Henry Wace. Según la portada reproducida por CCEL, lo tradujo W. H. Fremantle «con la ayuda» de G. Lewis y W. G. Martley; en su prefacio, fechado en Canterbury en noviembre de 1892, Fremantle explica que el primer borrador fue obra de Lewis y Martley, que añadieron la mayor parte de las notas, y que él revisó cada parte, corrigiendo, añadiendo y a veces reescribiendo. El prefacio no dice quién preparó cada obra. Las fuentes discrepan en el pie de imprenta: New Advent da Buffalo, 1893 (Christian Literature Publishing Co.) y la ficha de CCEL, Nueva York, 1892.
    Los tres tratados llevan al frente una introducción del editor inglés, que aquí se imprime con la procedencia visible («Edición inglesa del NPNF») para distinguirla de las palabras de Jerónimo. Del tratado contra Helvidio, esa introducción dice que el único testimonio contemporáneo de Helvidio es el que da Jerónimo; del de Vigilancio, que el libro al que responde se escribió en 406 (Wikipedia lo sitúa hacia 403) y que Jerónimo lo contestó con un tratado «de una sola noche».
    Lo que viene de la edición. Las introducciones de los tres tratados, los resúmenes que contienen y la división en secciones numeradas son del editor inglés, no de Jerónimo. Los encabezados de tercer nivel de Helvidio y del Diálogo («Primera tesis…», «La historia: Rímini y Nicea…») los añade esta edición para dividir la obra, siguiendo los resúmenes del propio NPNF; no son de Jerónimo ni de la edición inglesa. Las réplicas del Diálogo se marcan en el texto con «O.» (Ortodoxo) y «L.» (luciferiano), como en la edición inglesa. El epub de partida no trae las notas explicativas del traductor.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición; las que el lector resuelve contra la Biblia salen con su versículo emergente. Las palabras griegas entre corchetes son de la edición y quedan como texto.
    Numeración. La del NPNF no es continua en el Diálogo: el inglés no marca las secciones 3, 4, 10 ni 13, que quedan dentro de la que precede; el resumen del editor sí las cita («10, 11», «14»). Dos accidentes de la traducción castellana, conservados: delante de la réplica «No creo que los que forman nuestro auditorio…» (inglés, sin número, dentro de la § 7) el castellano antepone «8.», de modo que ese número aparece dos veces, y a la sección 15 («¿Y cuál es la posición, quisiera saber, de esas personas excesivamente escrupulosas…») le falta su «15.» inicial.

    La virginidad perpetua de la bienaventurada María

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra Helvidio · Helvidio, introducción
    Contra Helvidio.
    Este tratado apareció hacia el año 383 d.C. La cuestión que lo motivó fue si la Madre de nuestro Señor permaneció virgen después de su nacimiento. Helvidio sostenía que la mención en los Evangelios de las «hermanas» y de los «hermanos» de nuestro Señor era prueba de que la bienaventurada Virgen había tenido descendencia posterior, y apoyaba su opinión en los escritos de Tertuliano y Victorino. La consecuencia de sus puntos de vista era que la virginidad quedaba clasificada por debajo del matrimonio. Jerónimo toma enérgicamente la otra parte y trata de probar que las «hermanas» y los «hermanos» mencionados eran hijos de José de un matrimonio anterior, o primos hermanos, hijos de la hermana de la Virgen. Puede hallarse un relato detallado de la controversia en Farrar, «Early Days of Christianity», pp. 124 y ss. Cuando Jerónimo escribió este tratado, tanto él como Helvidio estaban en Roma y Dámaso era papa. La única noticia contemporánea conservada de Helvidio es la que ofrece Jerónimo en las páginas siguientes.
    Jerónimo sostiene contra Helvidio tres proposiciones:
    Primera. Que José fue solo putativamente, no realmente, el esposo de María.
    Segunda. Que los «hermanos» del Señor eran sus primos, no sus propios hermanos.
    Tercera. Que la virginidad es mejor que el estado matrimonial.
    1. La primera de ellas ocupa los caps. 3–8. Gira sobre el relato de Mateo i, 18–25, y en particular sobre las palabras «Antes que se juntasen» (cap. 4) y «no la conoció hasta que, etc.» (5–8).
    2. La segunda (caps. 9–17) gira sobre las palabras «hijo primogénito» (9, 10), las cuales, según argumenta Jerónimo, son aplicables no solo al mayor de varios sino también a un hijo único; y sobre la mención de hermanos y hermanas, que Jerónimo afirma haber sido hijos de María, la mujer de Cleofás o Clopas (11–16); apela a muchos escritores eclesiásticos en apoyo de este punto de vista (17).
    3. En apoyo de su preferencia de la virginidad sobre el matrimonio, Jerónimo argumenta que no solo María sino también José permaneció en estado virginal (19); que, aunque el matrimonio pueda ser a veces un estado santo, presenta grandes obstáculos para la oración (20), y la enseñanza de la Escritura es que los estados de virginidad y continencia son más conformes con la voluntad de Dios que el del matrimonio (21, 22).

    Introducción: el panfleto de Helvidio (§ 1–2)

    Helvidio, § 1

    1. Hace poco, ciertos hermanos me pidieron que respondiera a un panfleto escrito por un tal Helvidio. He diferido hacerlo, no porque sea cosa ardua sostener la verdad y refutar a un palurdo ignorante que apenas ha conocido el primer resplandor de las letras, sino porque temía que mi réplica lo hiciera parecer digno de ser vencido. Había además la consideración de que un individuo turbulento, el único en el mundo que se cree a la vez sacerdote y laico, uno que, como se ha dicho, piensa que la elocuencia consiste en la locuacidad y considera que hablar mal de cualquiera es testimonio de buena conciencia, comenzaría a blasfemar peor que nunca si se le ofrecía ocasión de discusión. Se pondría, por así decirlo, sobre un pedestal y publicaría sus opiniones a lo largo y a lo ancho. Había también razón para temer que, cuando la verdad le faltara, atacaría a sus adversarios con el arma del insulto. Pero todos estos motivos de silencio, aunque justos, han dejado de influirme con mayor justicia, por el escándalo causado a los hermanos, disgustados por sus desvaríos. Es preciso, pues, poner ahora el hacha del Evangelio a la raíz del árbol estéril, y arrojar al fuego tanto el árbol como su follaje sin fruto, para que Helvidio, que nunca aprendió a hablar, aprenda al fin a callar.

    Helvidio, § 2

    2. Debo invocar al Espíritu Santo para que exprese su sentido por mi boca y defienda la virginidad de la bienaventurada María. Debo invocar al Señor Jesús para que guarde el sagrado aposento del vientre en el que habitó durante diez meses de toda sospecha de unión sexual. Y debo suplicar también a Dios Padre que muestre que la madre de su Hijo, que fue madre antes de ser esposa, continuó siendo virgen después de que su hijo naciera. No tenemos deseo de recorrer los campos de la elocuencia, ni recurrimos a las redes de los lógicos ni a las espesuras de Aristóteles. Aduciremos las palabras mismas de la Escritura. Sea él refutado por las mismas pruebas que empleó contra nosotros, para que vea que le era posible leer lo que está escrito y, sin embargo, ser incapaz de discernir la conclusión establecida de una fe sana.

    Primera tesis: José, esposo de María (§ 3–8)

    Helvidio, § 3

    3. Su primera afirmación fue: «Dice Mateo: El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: Estando su madre María desposada con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. Y José, su marido, como era justo y no quería exponerla a infamia pública, resolvió repudiarla en secreto. Mientras pensaba en estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños, diciendo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es del Espíritu Santo.» Observa, dice, que la palabra empleada es desposada, no encomendada, como dices, y por supuesto la única razón por la que fue desposada fue para que un día se casara. Y el Evangelista no habría dicho antes que se juntasen si no hubieran de juntarse, pues nadie usaría la frase antes de cenar de un hombre que no iba a cenar. Luego, además, el ángel la llama esposa y habla de ella como unida a José. A continuación se nos invita a escuchar la declaración de la Escritura: [] «Y José, despertando del sueño, hizo como el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa; y no la conoció hasta que dio a luz a su hijo.»

    Helvidio, § 4

    4. Tomemos los puntos uno a uno y sigamos las huellas de esta impiedad, para mostrar que se ha contradicho a sí mismo. Admite que ella estaba desposada, y al instante siguiente la hace esposa de un hombre al que ha admitido como su prometido. De nuevo la llama esposa, y luego dice que la única razón por la que era desposada era para que un día se casara. Y, como si temiera que no lo consideráramos bastante, «la palabra empleada», dice, «es desposada y no encomendada, es decir, todavía no esposa, todavía no unida por el vínculo conyugal.» Pero cuando continúa, «el Evangelista jamás habría aplicado las palabras antes que se juntasen a personas que no habían de juntarse, igual que nadie dice antes de cenar de quien no ha de cenar,» no sé si entristecerme o reír. ¿Le convenceré de ignorancia, o le acusaré de temeridad? Como si, suponiendo que alguien dijera: «Antes de cenar en el puerto navegué a África,» sus palabras no pudieran ser válidas a menos que estuviera obligado un día a cenar en el puerto. Si yo elijo decir: «el apóstol Pablo, antes de ir a España, fue cargado de cadenas en Roma,» o (como ciertamente podría) «Helvidio, antes de arrepentirse, fue arrebatado por la muerte,» ¿debe Pablo, al ser liberado, ir inmediatamente a España, o debe Helvidio arrepentirse después de la muerte, aunque la Escritura dice «En el seol, ¿quién te dará gracias?» ¿No hemos de entender más bien que la preposición antes, aunque con frecuencia denota orden en el tiempo, a veces se refiere solo al orden en el pensamiento? De modo que no hay necesidad, si una causa suficiente intervino para impedirlo, de que nuestros pensamientos se realicen. Así pues, cuando el Evangelista dice antes que se juntasen, indica el tiempo inmediatamente anterior al matrimonio, y muestra que las cosas habían llegado tan lejos que la que había sido desposada estaba a punto de convertirse en esposa. Como si dijera: antes de que se besaran y se abrazaran, antes de la consumación del matrimonio, se halló que estaba encinta. Y fue hallada así por nadie más que José, que observaba el vientre creciente de su prometida con las miradas ansiosas y, en ese momento, casi el privilegio, de un esposo. No se sigue, sin embargo, como mostraron los ejemplos anteriores, que tuviera relación con María después del parto, cuando sus deseos habían sido apagados por el hecho de que ella ya había concebido. Y aunque hallamos que se le dice a José en sueños: «No temas recibir a María, tu esposa»; y de nuevo, «José, despertando del sueño, hizo como el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa,» nadie debe turbarlo, como si, por cuanto ella es llamada esposa, dejara de ser desposada, pues sabemos que es costumbre en la Escritura dar ese título a las desposadas. El siguiente testimonio del Deuteronomio establece el punto. [] «Si el hombre», dice el escritor, «halla en el campo a la joven desposada, y el hombre la fuerza y se acuesta con ella, morirá sin remedio, porque ha humillado a la mujer de su prójimo.» Y en otro lugar, [] «Si hay una joven virgen desposada con un marido, y un hombre la halla en la ciudad y se acuesta con ella, sacaréis a ambos a la puerta de aquella ciudad y los apedrearéis con piedras para que mueran; la joven, porque no gritó estando en la ciudad, y el hombre, porque humilló a la mujer de su prójimo; así quitarás el mal de en medio de ti.» En otro lugar también, [] «¿Y quién es el hombre que ha desposado a una mujer y no la ha tomado? Que se vaya y vuelva a su casa, no sea que muera en la batalla y otro hombre la tome.» Pero si alguien duda de por qué la Virgen concibió después de ser desposada, más bien que cuando no tenía a nadie desposado con ella, o, para usar la frase de la Escritura, ningún marido, que se me permita explicar que hubo tres razones. Primera, para que por la genealogía de José, de quien María era pariente, se mostrara también el origen de María. Segunda, para que no fuera apedreada como adúltera conforme a la ley de Moisés. Tercera, para que en su huida a Egipto tuviera algún consuelo, aunque fuera el de un guardián más que el de un esposo. Pues ¿quién en aquel tiempo habría creído la palabra de la Virgen de que había concebido del Espíritu Santo, y de que el ángel Gabriel había venido y anunciado el designio de Dios? ¿Y no habrían dado todos su opinión contra ella como adúltera, como Susana? Porque hoy en día, cuando el mundo entero ha abrazado la fe, los judíos argumentan que cuando Isaías dice, «He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo,» la palabra hebrea denota a una joven, no a una virgen, es decir, la palabra es Almah, no Bethulah, posición que más adelante disputaremos con más detalle. Por último, excepto José, Isabel y la misma María, y algunos pocos que, cabe suponer, oyeron la verdad de ellos, todos consideraban a Jesús hijo de José. Y esto llegó tan lejos que incluso los Evangelistas, que expresan la opinión predominante, que es la regla correcta para un historiador, lo llaman padre del Salvador, como, por ejemplo, [] «Y él (es decir, Simeón) vino en el Espíritu al templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús para hacer con él conforme a la costumbre de la ley;» y en otro lugar, [] «Y sus padres iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.» Y después, «Y cuando cumplieron los días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén; y sus padres no lo sabían.» Obsérvese también lo que la misma María, que había respondido a Gabriel con las palabras: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» dice acerca de José, [] «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira, tu padre y yo te buscábamos angustiados.» No tenemos aquí, como muchos sostienen, expresiones de judíos ni de burladores. Los Evangelistas llaman padre a José; María confiesa que era padre. No (como dije antes) que José fuera realmente el padre del Salvador, sino que, para preservar la reputación de María, todos lo tenían por padre suyo, aunque, antes de oír la amonestación del ángel, [] «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es del Espíritu Santo,» había pensado repudiarla en secreto, lo cual muestra que bien sabía que el niño concebido no era suyo. Pero hemos dicho bastante, más con el fin de impartir instrucción que de responder a un adversario, para mostrar por qué José es llamado padre de nuestro Señor, y por qué María es llamada esposa de José. Esto responde también de una vez a la cuestión de por qué ciertas personas son llamadas hermanos suyos.

    Helvidio, § 5

    5. Este, sin embargo, es un punto que hallará su lugar apropiado más adelante. Debemos apresurarnos ahora hacia otros asuntos. El pasaje en discusión es: «Y José, despertando del sueño, hizo como el ángel del Señor le había ordenado, y recibió a su esposa; y no la conoció hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.» Aquí, en primer lugar, es del todo innecesario que nuestro adversario muestre de manera tan elaborada que la palabra conocer se refiere a la cópula y no a la aprehensión intelectual; como si alguien lo negara, o como si cualquier persona en su sano juicio pudiera imaginar la necedad que Helvidio se toma el trabajo de refutar. Luego querría enseñarnos que el adverbio hasta implica un tiempo fijo y determinado, y que, cuando este se cumple, dice, tiene lugar el acontecimiento que antes no tenía lugar, como en el caso que nos ocupa, «y no la conoció hasta que dio a luz un hijo.» Es claro, dice, que ella fue conocida después de dar a luz, y que ese conocimiento fue solo demorado por el hecho de engendrar un hijo. Para defender su posición amontona texto sobre texto, blande su espada como un gladiador con los ojos vendados, hace resonar su lengua ruidosa, y termina hiriendo a nadie más que a sí mismo.

    Helvidio, § 6

    6. Nuestra respuesta es brevemente esta: las palabras conocer y hasta en el lenguaje de la Sagrada Escritura son capaces de un doble sentido. En cuanto a la primera, él mismo nos dio una disertación para mostrar que debe referirse al comercio sexual, y nadie duda de que a menudo se usa del conocimiento del entendimiento, como, por ejemplo, «el niño Jesús se quedó en Jerusalén, y sus padres no lo sabían.» Ahora hemos de probar que, así como en el primer caso él ha seguido el uso de la Escritura, así en lo que respecta a la palabra hasta queda absolutamente refutado por la autoridad de la misma Escritura, la cual a menudo denota con su uso un tiempo fijo (él mismo nos lo dijo), y con frecuencia un tiempo sin límite, como cuando Dios por boca del profeta dice a ciertas personas: [] «Aun hasta la vejez yo soy.» ¿Dejará de ser Dios cuando hayan envejecido? Y el Salvador en el Evangelio dice a los Apóstoles: [] «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» ¿Acaso el Señor, después que haya llegado el fin del mundo, abandonará a sus discípulos, y justamente en el tiempo en que, sentados sobre doce tronos, han de juzgar a las doce tribus de Israel, quedarán privados de la compañía de su Señor? A su vez, el apóstol Pablo, escribiendo a los Corintios, dice: «Cristo las primicias; después los que son de Cristo, en su venida. Luego vendrá el fin, cuando entregue el reino a Dios, al Padre, cuando haya abolido todo principado, y toda autoridad y poder. Porque es preciso que él reine, hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.» Concedido que el pasaje se refiere a la naturaleza humana de nuestro Señor, no negamos que las palabras se digan de quien sufrió la cruz y a quien se le ordena sentarse después a la diestra. ¿Qué quiere decir, pues, al afirmar: «porque es preciso que él reine, hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies»? ¿Ha de reinar el Señor solo hasta que sus enemigos comiencen a estar debajo de sus pies, y una vez que estén debajo de sus pies dejará de reinar? Por supuesto, su reino comenzará entonces en plenitud, cuando sus enemigos comiencen a estar debajo de sus pies. David también en el cuarto cántico gradual habla así: «He aquí, como los ojos de los siervos miran a la mano de su señor, como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran al Señor nuestro Dios, hasta que tenga misericordia de nosotros.» ¿Acaso el profeta mirará al Señor hasta alcanzar misericordia, y cuando la misericordia sea alcanzada volverá sus ojos hacia el suelo? Aunque en otro lugar dice: «Mis ojos desfallecen por tu salvación y por la palabra de tu justicia.» Podría acumular innumerables ejemplos de este uso y cubrir la verbosidad de nuestro atacante con una nube de pruebas; sin embargo, añadiré solo unos pocos y dejaré al lector descubrir otros semejantes por sí mismo.

    Helvidio, § 7

    7. La palabra de Dios dice en el Génesis: «Y dieron a Jacob todos los dioses extraños que había en su mano, y los zarcillos que tenían en sus orejas; y Jacob los escondió debajo de la encina que está junto a Siquem, y los perdió hasta el día de hoy.» Asimismo, al final del Deuteronomio, [] «Y murió allí Moisés, siervo del Señor, en la tierra de Moab, conforme a la palabra del Señor. Y lo sepultó en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor; y nadie conoce su sepulcro hasta el día de hoy.» Ciertamente hemos de entender por este día el tiempo de la composición de la historia, ya prefieras la opinión de que Moisés fue el autor del Pentateuco, ya la de que Esdras lo reeditó. En uno u otro caso no pongo objeción. La cuestión ahora es si las palabras hasta el día de hoy han de referirse al tiempo de la publicación o de la escritura de los libros, y, si es así, a él le toca demostrar, ahora que tantos años han transcurrido desde aquel día, que o bien los ídolos escondidos debajo de la encina han sido hallados, o bien el sepulcro de Moisés ha sido descubierto; pues él sostiene obstinadamente que lo que no sucede mientras no se ha alcanzado el punto de tiempo indicado por hasta y aun, comienza a ser cuando ese punto se ha alcanzado. Haría bien en prestar atención al modo de hablar de la Sagrada Escritura y entender con nosotros (fue aquí donde se atascó en el barro) que algunas cosas que podrían parecer ambiguas si no se expresaran quedan claramente indicadas, mientras que otras se dejan al ejercicio de nuestro entendimiento. Pues si, cuando el suceso estaba aún fresco en la memoria y vivían hombres que habían visto a Moisés, era posible que su sepulcro fuese desconocido, mucho más puede ser el caso después del transcurso de tantos siglos. Y de la misma manera hemos de interpretar lo que se nos dice acerca de José. El Evangelista señaló una circunstancia que podría haber dado ocasión a algún escándalo, a saber, que María no fue conocida por su marido hasta que dio a luz, y lo hizo para que estemos más ciertos de que aquella de quien José se abstuvo mientras había lugar a dudar del sentido de la visión no fue conocida después de su parto.

    Helvidio, § 8

    8. En suma, lo que quiero saber es por qué José se abstuvo hasta el día de su alumbramiento. Helvidio responderá, por supuesto, que porque oyó al ángel decir: [] «lo que en ella ha sido concebido es del Espíritu Santo.» Y a nuestra vez replicamos que ciertamente le había oído decir: [] «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer.» La razón por la que se le prohibía abandonar a su mujer era que no la tuviera por adúltera. ¿Es verdad, entonces, que se le ordenó no tener trato conyugal con su mujer? ¿No es evidente que la advertencia se le dio para que no se separara de ella? ¿Y podría el varón justo, dice, atreverse a pensar en acercarse a ella, cuando oyó que el Hijo de Dios estaba en su seno? ¡Excelente! Hemos de creer, pues, que el mismo hombre que dio tanto crédito a un sueño que no se atrevió a tocar a su mujer, después, cuando supo por los pastores que el ángel del Señor había venido del cielo y les había dicho: «No temáis, porque he aquí os traigo buenas nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor;» y cuando la milicia celestial se unió a él en el coro [] «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres de buena voluntad!»; y cuando vio al justo Simeón abrazar al niño y exclamar: «Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz, conforme a tu palabra: porque han visto mis ojos tu salvación;» y cuando vio a Ana la profetisa, a los magos, la estrella, a Herodes, a los ángeles; Helvidio, digo, quiere hacernos creer que José, aunque bien conocedor de tan sorprendentes maravillas, se atrevió a tocar el templo de Dios, la morada del Espíritu Santo, la madre de su Señor? María, en todo caso, «guardaba todas estas cosas en su corazón.» No puedes por vergüenza decir que José no las sabía, pues Lucas nos dice: [] «Su padre y su madre estaban maravillados de las cosas que se decían de Él.» Y aun así tú, con maravillosa desvergüenza, sostienes que la lectura de los manuscritos griegos está corrompida, aunque es la que casi todos los escritores griegos nos han dejado en sus libros, y no solo eso, sino que varios de los escritores latinos han tomado las palabras en el mismo sentido. Y no necesitamos considerar ahora las variantes de los ejemplares, puesto que todo el conjunto del Antiguo y del Nuevo Testamento ha sido traducido desde entonces al latín, y hemos de creer que el agua de la fuente fluye más pura que la del arroyo.

    Segunda tesis: los hermanos del Señor (§ 9–18)

    Helvidio, § 9

    9. Helvidio responderá: «Lo que dices es, en mi opinión, mera frivolidad. Tus argumentos son pura pérdida de tiempo, y la discusión muestra más sutileza que verdad. ¿Por qué no pudo la Escritura decir, como dijo de Tamar y Judá, [] "Y tomó a su mujer, y no la conoció más"? ¿No pudo Mateo hallar palabras para expresar su sentido? "No la conoció", dice, "hasta que dio a luz un hijo". Luego, después del parto, conoció a la que se había abstenido de conocer hasta que dio a luz.»

    Helvidio, § 10

    10. Si eres tan contencioso, tus propios pensamientos serán ahora tu maestro. No debes permitir que medie tiempo alguno entre el parto y el trato conyugal. No debes decir: «Si una mujer concibe y da a luz un hijo varón, será impura siete días; como en los días de la separación por su enfermedad será impura. Y al octavo día se circuncidará la carne de su prepucio. Y ella permanecerá en la sangre de su purificación treinta y tres días. No tocará cosa santa,» y así sucesivamente. Según tu planteamiento, José ha de acercarse a ella al instante, y hacerse acreedor al reproche de Jeremías: [] «Fueron como caballos en celo tras las mujeres: cada cual relinchaba por la mujer de su prójimo.» De otro modo, ¿cómo pueden sostenerse las palabras «no la conoció hasta que dio a luz un hijo», si espera a que expire el tiempo de otra purificación, si su concupiscencia ha de soportar otra larga demora de cuarenta días? La madre ha de salir sin purgar de la impureza del parto, y las parteras han de atender al niño que llora, mientras el marido abraza a su esposa extenuada. Así, en verdad, ha de comenzar su vida conyugal para que el Evangelista no sea convencido de falsedad. Pero Dios nos libre de pensar así de la madre del Salvador y de un varón justo. Ninguna partera asistió a su nacimiento; ninguna solicitud de mujeres intervino. Con sus propias manos lo envolvió en los pañales, ella misma madre y partera, [] «y lo acostó,» se nos dice, «en un pesebre, porque no había lugar para ellos en la posada»; afirmación que, por una parte, refuta los desvaríos de los relatos apócrifos, pues María misma lo envolvió en los pañales, y por otra hace imposible la noción voluptuosa de Helvidio, puesto que no había en la posada lugar adecuado para el trato conyugal.

    Helvidio, § 11

    11. Ya se ha dado una respuesta amplia a lo que él adujo respecto de las palabras antes que se juntasen y no la conoció hasta que dio a luz un hijo. He de pasar ahora, si mi respuesta ha de seguir el orden de su argumento, al tercer punto. Él sostiene que María dio a luz otros hijos, y cita el pasaje: «Y José también subió a la ciudad de David para empadronarse con María, su desposada, la cual estaba encinta. Y aconteció que, mientras estaban allí, se cumplieron los días en que debía dar a luz, y dio a luz a su hijo primogénito.» De esto se esfuerza en demostrar que el término primogénito es inaplicable excepto a una persona que tiene hermanos, así como se llama unigénito al que es hijo único de sus padres.

    Helvidio, § 12

    12. Nuestra posición es esta: todo hijo unigénito es primogénito, pero no todo primogénito es unigénito. Por primogénito entendemos no solo al que es seguido por otros, sino al que no ha tenido predecesor. [] «Todo,» dice el Señor a Aarón, «lo que abre la matriz de toda carne, que ofrecen al Señor, tanto de hombre como de bestia, será tuyo; pero al primogénito de hombre lo rescatarás ciertamente, y al primerizo de los animales impuros lo rescatarás.» La palabra de Dios define primogénito como todo lo que abre la matriz. De otro modo, si el título pertenece solo a quienes tienen hermanos menores, los sacerdotes no pueden reclamar las primicias hasta que sus sucesores hayan sido engendrados, no sea que, acaso, en caso de que no hubiera parto posterior, resulte ser el primogénito pero no meramente el unigénito. [] «Y a los que han de ser rescatados, desde la edad de un mes, los rescatarás según tu estimación, por el dinero de cinco siclos, conforme al siclo del santuario (que es de veinte geras). Pero el primerizo del buey, o el primerizo de la oveja, o el primerizo de la cabra, no lo rescatarás; son santos.» La palabra de Dios me obliga a consagrar a Dios todo lo que abre la matriz, si es primerizo de animales limpios; si de animales impuros, he de rescatarlo y dar el valor al sacerdote. Podría replicar y decir: ¿Por qué me atas al breve espacio de un mes? ¿Por qué hablas del primogénito, cuando no puedo saber si ha de haber hermanos que sigan? Espera hasta que nazca el segundo. Nada debo al sacerdote, a menos que el nacimiento de un segundo haga del que ya tuve un primogénito. ¿Acaso los rasgos mismos de las letras no clamarán contra mí y me convencerán de necedad, y declararán que primogénito es título de aquel que abre la matriz, y no ha de restringirse al que tiene hermanos? Y, además, tomemos el caso de Juan: estamos de acuerdo en que fue hijo unigénito: quiero saber si no fue también hijo primogénito, y si no estaba absolutamente sujeto a la ley. No puede haber duda al respecto. En todo caso, la Escritura habla así del Salvador: «Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ella, conforme a la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor (como está escrito en la ley del Señor: todo varón que abre la matriz será llamado santo para el Señor) y para ofrecer un sacrificio conforme a lo dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas, o dos pichones.» Si esta ley se refiere solo al primogénito, y no puede haber primogénito a menos que haya sucesores, nadie debería estar obligado por la ley del primogénito si no puede saber si habrá sucesores. Pero en cuanto que quien no tiene hermanos menores está obligado por la ley del primogénito, colegimos que se llama primogénito al que abre la matriz y no ha sido precedido por ninguno, no aquel cuyo nacimiento es seguido por el de un hermano menor. Moisés escribe en el Éxodo: [] «Y aconteció a medianoche que el Señor hirió a todos los primogénitos en la tierra de Egipto, desde el primogénito del Faraón que se sentaba en su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en la mazmorra: y todos los primogénitos del ganado.» Dime, ¿los que entonces perecieron por el exterminador eran solo vuestros primogénitos, o, algo más, incluían a los unigénitos? Si solo los que tienen hermanos se llaman primogénitos, los unigénitos se salvaron de la muerte. Y si es un hecho que los unigénitos fueron muertos, fue contrario a la sentencia pronunciada, que los unigénitos murieran igual que los primogénitos. Has de o bien librar a los unigénitos de la pena, y en ese caso te vuelves ridículo, o bien, si concedes que fueron muertos, ganamos nuestro punto, aunque no hayamos de agradecértelo a ti: que los hijos unigénitos también se llaman primogénitos.

    Helvidio, § 13

    13. La última proposición de Helvidio fue esta, y es lo que quiso demostrar cuando trató del primogénito: que los hermanos del Señor son mencionados en los Evangelios. Por ejemplo, [] «He aquí, su madre y sus hermanos estaban fuera, buscando hablar con él.» Y en otro lugar, [] «Después de esto descendió a Cafarnaúm, él, y su madre, y sus hermanos.» Y de nuevo, [] «Le dijeron, pues, sus hermanos: Sal de aquí, y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces. Porque nadie hace nada en secreto, y él mismo procura ser conocido abiertamente. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo.» Y Juan añade: [] «Porque ni aun sus hermanos creían en él.» Marcos también y Mateo: «Y viniendo a su propia tierra les enseñaba en sus sinagogas, de tal manera que estaban asombrados, y decían: ¿De dónde tiene este esta sabiduría, y estos milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, y José, y Simón, y Judas? ¿Y sus hermanas, no están todas con nosotros?» Lucas también, en los Hechos de los Apóstoles, refiere: [] «Todos estos perseveraban unánimes en la oración, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.» El apóstol Pablo también está de acuerdo con ellos, y da testimonio de su exactitud histórica: «Y subí por revelación, pero a ningún otro de los apóstoles vi, sino a Pedro y a Santiago, el hermano del Señor.» Y de nuevo en otro lugar, [] «¿Acaso no tenemos derecho a comer y beber? ¿Acaso no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer, como también los demás apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?» Y para que nadie no concediera el testimonio de los judíos, puesto que era de su boca de donde oímos el nombre de sus hermanos, sino que sostuviera que sus compatriotas fueron engañados por el mismo error respecto de los hermanos en que cayeron en su creencia acerca del padre, Helvidio lanza una aguda advertencia y clama: «Los mismos nombres son repetidos por los Evangelistas en otro lugar, y las mismas personas son allí hermanos del Señor e hijos de María.» Mateo dice: «Y había allí muchas mujeres (sin duda junto a la cruz del Señor) mirando desde lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole: entre las cuales estaba María Magdalena, y María la madre de Santiago y Josés, y la madre de los hijos de Zebedeo.» Marcos también: «Y había también mujeres mirando desde lejos, entre las cuales estaban María Magdalena, y María la madre de Santiago el Menor y de Josés, y Salomé»; y en el mismo lugar, poco después: «Y muchas otras mujeres que habían subido con él a Jerusalén.» Lucas también, [] «Eran María Magdalena, y Juana, y María la madre de Santiago, y las demás mujeres con ellas.»

    Helvidio, § 14

    14. Mi razón para repetir lo mismo una y otra vez es impedirle que suscite una falsa cuestión y clame que yo he suprimido tales pasajes como los que le favorecen, y que su opinión ha sido destrozada no por evidencia de la Escritura, sino por argumentos evasivos. Observa, dice, Santiago y Josés son hijos de María, y las mismas personas que eran llamadas hermanos por los judíos. Observa, María es la madre de Santiago el Menor y de Josés. Y Santiago es llamado el Menor para distinguirlo de Santiago el Mayor, que era hijo de Zebedeo, como Marcos afirma en otro lugar: «Y María Magdalena y María la madre de Josés miraban dónde lo ponían. Y pasado el sábado, compraron especias, para ir a ungirlo.» Y, como era de esperar, dice: «¡Qué pobre e impía opinión tenemos de María, si sostenemos que cuando otras mujeres se preocupaban de la sepultura de Jesús, ella, su madre, estaba ausente; o si inventamos una especie de segunda María; y tanto más cuanto que el Evangelio de San Juan atestigua que ella estaba allí presente, cuando el Señor en la cruz la encomendó, como su madre y ahora viuda, al cuidado de Juan! ¿O hemos de suponer que los Evangelistas se equivocaron tan gravemente y nos extraviaron tanto como para llamar a María madre de aquellos que eran conocidos por los judíos como hermanos de Jesús?»

    Helvidio, § 15

    15. ¡Qué tinieblas, qué locura furiosa que se precipita a su propia ruina! Dices que la madre del Señor estuvo presente junto a la cruz, dices que fue confiada al discípulo Juan a causa de su viudez y de su soledad: como si, según tu propia exposición, no hubiera tenido cuatro hijos y numerosas hijas, con cuyo consuelo podría confortarse. Le aplicas además el nombre de viuda, que no se encuentra en la Escritura. Y aunque citas todos los pasajes de los Evangelios, solo te desagradan las palabras de Juan. Dices de pasada que ella estuvo presente junto a la cruz, para que no parezca que lo omitiste a propósito, y sin embargo no dices ni una palabra de las mujeres que estaban con ella. Podría perdonarte si fueras ignorante, pero veo que tienes una razón para tu silencio. Señalaré, pues, lo que dice Juan: [] «Pero estaban de pie junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María la mujer de Cleofás, y María Magdalena.» Nadie duda de que hubo dos apóstoles llamados por el nombre de Santiago, Santiago el hijo de Zebedeo y Santiago el hijo de Alfeo. ¿Pretendes que el relativamente desconocido Santiago el Menor, que es llamado en la Escritura hijo de María, pero no de María la madre de nuestro Señor, sea apóstol o no? Si es apóstol, debe ser hijo de Alfeo y creyente en Jesús, «pues ni aun sus hermanos creían en él.» Si no es apóstol, sino un tercer Santiago (quién pueda ser no puedo decirlo), ¿cómo puede ser considerado hermano del Señor, y cómo, siendo un tercero, puede ser llamado menor para distinguirlo del mayor, cuando mayor y menor se usan para denotar las relaciones existentes, no entre tres, sino entre dos? Observa, además, que el hermano del Señor es apóstol, puesto que Pablo dice: [] «Después, pasados tres años, subí a Jerusalén a ver a Cefas, y permanecí con él quince días. Pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Santiago el hermano del Señor.» Y en la misma Epístola, [] «Y cuando percibieron la gracia que me había sido dada, Santiago y Cefas y Juan, que eran considerados como columnas,» etc. Y para que no supongas que este Santiago es el hijo de Zebedeo, solo tienes que leer los Hechos de los Apóstoles, y hallarás que este último ya había sido muerto por Herodes. La única conclusión es que la María que se describe como madre de Santiago el Menor era la mujer de Alfeo y hermana de María la madre del Señor, la que es llamada por Juan el Evangelista «María de Cleofás,» ya sea por su padre, o por su parentela, o por alguna otra razón. Pero si piensas que son dos personas porque en otro lugar leemos, «María la madre de Santiago el Menor,» y aquí, «María de Cleofás,» aún te falta aprender que es costumbre en la Escritura que un mismo individuo lleve nombres diferentes. Ragüel, suegro de Moisés, es llamado también Jetró. Gedeón, sin ninguna razón aparente para el cambio, de pronto se convierte en Jerubaal. Ozías, rey de Judá, tiene como alternativa Azarías. El monte Tabor es llamado Itabirio. Asimismo, Hermón es llamado por los fenicios Sanior, y por los amorreos Sanir. La misma extensión de territorio se conoce con tres nombres, Négueb, Temán y Darom en Ezequiel. Pedro es llamado también Simón y Cefas. Judas el celote en otro Evangelio es llamado Tadeo. Y hay numerosos otros ejemplos que el lector podrá recoger por sí mismo de todas partes de la Escritura.

    Helvidio, § 16

    16. Ahora tenemos aquí la explicación de lo que me esfuerzo en demostrar, cómo es que los hijos de María, la hermana de la madre de nuestro Señor, que aunque antes no eran creyentes después sí creyeron, pueden ser llamados hermanos del Señor. Posiblemente el caso podría ser que uno de los hermanos creyera inmediatamente mientras los otros no creyeron hasta mucho después, y que una María fuese la madre de Santiago y de José, a saber, «María de Cleofás,» que es la misma que la mujer de Alfeo; la otra, la madre de Santiago el Menor. En cualquier caso, si ella (esta última) hubiera sido la madre del Señor, San Juan le habría permitido ese título, como en todas partes, y no habría dado una impresión errónea al llamarla madre de otros hijos. Pero en esta etapa no deseo argumentar ni a favor ni en contra de la suposición de que María la mujer de Cleofás y María la madre de Santiago y de José fueran mujeres distintas, con tal de que se entienda claramente que María la madre de Santiago y de José no era la misma persona que la madre del Señor. ¿Cómo, pues, dice Helvidio, explicas que fueran llamados hermanos del Señor quienes no eran sus hermanos? Mostraré cómo es eso. En la Sagrada Escritura hay cuatro clases de hermanos: por naturaleza, por raza, por parentela, por amor. Ejemplos de hermanos por naturaleza son Esaú y Jacob, los doce patriarcas, Andrés y Pedro, Santiago y Juan. En cuanto a la raza, todos los judíos son llamados hermanos unos de otros, como en el Deuteronomio: [] «Si tu hermano, un hombre hebreo, o una mujer hebrea, se vende a ti, y te sirve seis años; entonces al séptimo año lo dejarás ir libre de ti.» Y en el mismo libro, [] «Ciertamente pondrás por rey sobre ti al que el Señor tu Dios escoja: de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a un extranjero que no sea tu hermano.» Y de nuevo, [] «No verás extraviarse el buey de tu hermano ni su oveja, y te esconderás de ellos: ciertamente los devolverás a tu hermano. Y si tu hermano no está cerca de ti, o si no lo conoces, entonces lo llevarás a tu casa, y estará contigo hasta que tu hermano lo busque, y se lo devolverás de nuevo.» Y el Apóstol Pablo dice: [] «Desearía yo mismo ser anatema de Cristo por causa de mis hermanos, mis parientes según la carne: que son israelitas.» Además, son llamados hermanos por parentela los que son de una misma familia, es decir [πατρία], que corresponde al latín paternitas, porque de una sola raíz procede una numerosa prole. En el Génesis [] leemos: «Y Abram dijo a Lot: No haya, te ruego, contienda entre mí y ti, y entre mis pastores y tus pastores; porque somos hermanos.» Y de nuevo: «Así que Lot escogió para sí toda la llanura del Jordán, y Lot partió hacia el oriente: y se separaron el uno de su hermano.» Ciertamente Lot no era hermano de Abraham, sino hijo de Aram, el hermano de Abraham. Porque Taré engendró a Abraham y a Nacor y a Aram: y Aram engendró a Lot. De nuevo leemos: [] «Y era Abram de setenta y cinco años cuando salió de Harán. Y tomó Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano.» Pero si aún dudas de si un sobrino puede ser llamado hijo, déjame darte un ejemplo. [] «Y cuando Abram oyó que su hermano había sido tomado cautivo, sacó a sus hombres adiestrados, nacidos en su casa, trescientos dieciocho.» Y después de describir el ataque nocturno y la matanza, añade: «Y recobró todos los bienes, y también trajo de nuevo a su hermano Lot.» Baste esto como prueba de mi afirmación. Pero por temor a que hagas alguna objeción capciosa y te escabullas de tu dificultad como una serpiente, debo atarte fuertemente con las ataduras de la prueba para detener tu silbido y tu queja, pues sé que te gustaría decir que has sido vencido no tanto por la verdad de la Escritura como por argumentos intrincados. Jacob, el hijo de Isaac y Rebeca, cuando por temor a la traición de su hermano se fue a Mesopotamia, se acercó y removió la piedra de la boca del pozo, y abrevó los rebaños de Labán, hermano de su madre. [] «Y Jacob besó a Raquel, y alzó su voz, y lloró. Y Jacob dijo a Raquel que él era hermano de su padre, y que era hijo de Rebeca.» Aquí tienes un ejemplo de la regla ya referida, por la cual un sobrino es llamado hermano. Y de nuevo, [] «Labán dijo a Jacob: ¿Porque eres mi hermano, me has de servir de balde? Dime cuál será tu salario.» Y así, cuando, al cabo de veinte años, sin conocimiento de su suegro y acompañado de sus mujeres y de sus hijos, regresaba a su tierra, al alcanzarlo Labán en el monte de Galaad y no hallar los ídolos que Raquel escondió entre el bagaje, Jacob respondió y dijo a Labán: [] «¿Cuál es mi transgresión? ¿Cuál es mi pecado, para que me hayas perseguido con tanto ardor? Pues has palpado todas mis cosas, ¿qué has hallado de todos los enseres de tu casa? Ponlo aquí delante de mis hermanos y de tus hermanos, para que juzguen entre nosotros dos.» Dime quiénes son esos hermanos de Jacob y de Labán que estaban allí presentes. Esaú, hermano de Jacob, ciertamente no estaba allí, y Labán, el hijo de Betuel, no tenía hermanos aunque tenía una hermana, Rebeca.
    Comentario editorial · Tres lecturas de los «hermanos del Señor»
    Helvidio sostenía que los «hermanos» y «hermanas» de Jesús (Mateo 13:55-56) eran hijos de María y José nacidos después de él. Jerónimo defiende que eran primos, hijos de María, «hermana de la madre del Señor» (Juan 19:25, que cita en § 15), y que José fue también virgen (§ 19, según el resumen del NPNF). Wikipedia llama helvidiana y hieronimiana a esas dos lecturas y añade una tercera, la epifaniana, que ve en ellos hijos de un matrimonio anterior de José y que, dice, sigue siendo la posición de la Iglesia ortodoxa oriental. Jerónimo deja abierto (§ 16) si «María de Cleofás» y la madre de Santiago y José son dos mujeres. Aviso: el artículo de Wikipedia sobre Helvidio dice que, para Jerónimo, eran hijos de Isabel; el texto (§ 15–16) y la introducción del NPNF dicen que de María, la mujer de Clopas.

    Helvidio, § 17

    17. Innumerables ejemplos de la misma clase se encuentran en los libros sagrados. Pero, para ser breve, volveré a la última de las cuatro clases de hermanos, a saber, los que son hermanos por afecto, y estos a su vez se dividen en dos categorías: los de la relación espiritual y los de la relación general. Digo espiritual porque todos nosotros los cristianos somos llamados hermanos, como en el versículo: «Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía.» Y en otro salmo el Salvador dice: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos.» Y en otro lugar, [] «Ve a mis hermanos y diles.» Digo también general, porque todos somos hijos de un solo Padre, hay un vínculo semejante de hermandad entre todos nosotros. [] «Decid a estos que os odian,» dice el profeta, «vosotros sois nuestros hermanos.» Y el Apóstol, escribiendo a los Corintios: [] «Si alguno llamado hermano es fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón: con tal persona ni aun comáis.» Pregunto ahora a qué clase consideras que deben ser asignados los hermanos del Señor en el Evangelio. Son hermanos por naturaleza, dices. Pero la Escritura no lo dice; no los llama ni hijos de María, ni de José. ¿Diremos que son hermanos por raza? Pero es absurdo suponer que unos pocos judíos fueran llamados sus hermanos cuando todos los judíos de aquel tiempo podrían, según este principio, haber llevado el título. ¿Eran hermanos en virtud de la estrecha intimidad y de la unión de corazón y de mente? Si así fuera, ¿quiénes eran más verdaderamente sus hermanos que los apóstoles que recibieron su instrucción privada y fueron llamados por Él su madre y sus hermanos? Además, si todos los hombres, como tales, fueran sus hermanos, habría sido necio entregar un mensaje especial: «He aquí, tus hermanos te buscan,» pues todos los hombres por igual tenían derecho al nombre. La única alternativa es adoptar la explicación anterior y entender que fueron llamados hermanos en virtud del vínculo de parentela, no del amor y de la simpatía, ni por prerrogativa de raza, ni tampoco por naturaleza. Así como Lot fue llamado hermano de Abraham, y Jacob de Labán, así como las hijas de Zelofehad recibieron una heredad entre sus hermanos, así como el propio Abraham tuvo por mujer a Sara su hermana, pues dice: [] «En verdad es mi hermana, por parte de padre, no por parte de madre,» es decir, era hija de su hermano, no de su hermana. De lo contrario, ¿qué hemos de decir de Abraham, un varón justo, que tomó por mujer a la hija de su propio padre? La Escritura, al relatar la historia de los hombres de los primeros tiempos, no ofende nuestros oídos hablando de la enormidad en términos expresos, sino que prefiere dejarla a la inferencia del lector: y Dios después da a la prohibición la sanción de la ley, y amenaza: [] «El que toma a su hermana, nacida de su padre, o de su madre, y contempla su desnudez, ha cometido abominación, será enteramente destruido. Ha descubierto la desnudez de su hermana, llevará su pecado.»

    Helvidio, § 18

    18. Hay cosas que, en tu extrema ignorancia, jamás habías leído, y por eso descuidaste todo el ámbito de la Escritura y empleaste tu locura en ultrajar a la Virgen, como el hombre de la historia que, siendo desconocido para todos y hallando que no podía idear ninguna buena acción con la que ganar renombre, incendió el templo de Diana: y cuando nadie reveló el acto sacrílego, se dice que él mismo iba de un lado a otro proclamando que era el hombre que había aplicado el fuego. Los gobernantes de Éfeso tenían curiosidad por saber qué le había hecho hacer tal cosa, a lo que respondió que si no podía tener fama por buenas acciones, todos los hombres le darían crédito por las malas. La historia griega relata el incidente. Pero tú haces algo peor. Has incendiado el templo del cuerpo del Señor, has profanado el santuario del Espíritu Santo del cual estás decidido a hacer salir un tiro de cuatro hermanos y un montón de hermanas. En una palabra, uniéndote al coro de los judíos, dices: «¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María? ¿Y sus hermanos Santiago, y José, y Simón, y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas con nosotros? La palabra todas no se usaría si no hubiera una multitud de ellas.» Dime, te ruego, ¿quién, antes de que tú aparecieras, conoció esta blasfemia? ¿Quién pensó que la teoría valía dos centavos? Has logrado tu deseo, y te has hecho notorio por el crimen. En cuanto a mí, que soy tu adversario, aunque vivimos en la misma ciudad, no sé, como suele decirse, si eres blanco o negro. Paso por alto los defectos de dicción que abundan en cada libro que escribes. No digo ni una palabra de tu absurda introducción. ¡Santo cielo! No pido elocuencia, puesto que, no teniendo ninguna tú mismo, solicitaste un suministro de ella a tu hermano Craterio. No pido gracia de estilo, busco pureza de alma: pues para los cristianos es el mayor de los solecismos y de los vicios de estilo introducir cosa alguna vil, ya sea en palabra o en acción. He llegado a la conclusión de mi argumento. Trataré contigo como si hasta ahora nada hubiera logrado; y te hallarás entre los cuernos de un dilema. Es claro que los hermanos de nuestro Señor llevaban ese nombre del mismo modo que José fue llamado su padre: [] «Yo y tu padre te buscábamos angustiados.» Fue su madre quien dijo esto, no los judíos. El Evangelista mismo relata que su padre y su madre se maravillaban de las cosas que se decían de Él, y hay pasajes semejantes que ya hemos citado en los que José y María son llamados sus padres. Viendo que has sido lo bastante necio como para persuadirte de que los manuscritos griegos están corrompidos, tal vez alegarás la diversidad de lecturas. Por tanto, voy al Evangelio de Juan, y allí está escrito con claridad: [] «Felipe halla a Natanael, y le dice: Hemos hallado a aquel de quien Moisés en la ley, y los profetas, escribieron: Jesús de Nazaret, el hijo de José.» Ciertamente hallarás esto en tu manuscrito. Ahora dime, ¿cómo es Jesús hijo de José cuando es claro que fue engendrado del Espíritu Santo? ¿Era José su verdadero padre? Torpe como eres, no te aventurarás a decir eso. ¿Era su padre reputado? Si es así, aplíquese a ellos, cuando son llamados hermanos, la misma regla que aplicas a José cuando es llamado padre.

    Tercera tesis: la virginidad y el matrimonio (§ 19–24)

    Helvidio, § 19

    19. Ahora que he sorteado las rocas y los bajíos, debo desplegar las velas y apresurarme a llegar a su epílogo. Sintiéndose un hombre de pocas letras, aduce allí a Tertuliano como testigo y cita las palabras de Victorino, obispo de Petovio. De Tertuliano no digo más que no pertenecía a la Iglesia. Pero en cuanto a Victorino, afirmo lo que ya se ha probado por el Evangelio: que habló de los hermanos del Señor no como hijos de María, sino hermanos en el sentido que he explicado, es decir, hermanos por parentesco y no por naturaleza. Estamos, sin embargo, gastando nuestras fuerzas en naderías y, dejando la fuente de la verdad, seguimos los arroyuelos de la opinión. ¿No podría yo alinear contra ti toda la serie de los escritores antiguos? Ignacio, Policarpo, Ireneo, Justino Mártir y muchos otros varones apostólicos y elocuentes que, contra Ebión, Teódoto de Bizancio y Valentín, sostuvieron estas mismas doctrinas y escribieron volúmenes llenos de sabiduría. Si alguna vez hubieras leído lo que ellos escribieron, serías más sabio. Pero creo mejor responder brevemente a cada punto que demorarme más y extender mi libro a una longitud indebida.

    Helvidio, § 20

    20. Ahora dirijo el ataque contra el pasaje en el que, queriendo mostrar tu agudeza, instituyes una comparación entre la virginidad y el matrimonio. No pude contener una sonrisa, y pensé en el proverbio, ¿viste alguna vez bailar a un camello? «¿Son las vírgenes mejores», preguntas, «que Abrahán, Isaac y Jacob, que fueron casados? ¿No son formados cada día los niños por las manos de Dios en el seno de sus madres? Y si es así, ¿debemos avergonzarnos de que María tuviera marido después del parto? Si encuentran en esto deshonra, no deberían, para ser consecuentes, creer siquiera que Dios nació de la Virgen por parto natural. Pues según ellos hay más deshonra en que una virgen dé a luz a Dios por los órganos de la generación que en que una virgen se una a su propio marido después de haber dado a luz.» Añade, si quieres, Helvidio, las demás humillaciones de la naturaleza: el seno que crece durante nueve meses, el malestar, el parto, la sangre, los pañales. Represéntate al niño en las membranas que lo envuelven. Introduce en tu cuadro el duro pesebre, el llanto del niño, la circuncisión al octavo día, el tiempo de la purificación, para que se demuestre que es impuro. Nosotros no nos sonrojamos, no callamos de vergüenza. Cuanto mayores humillaciones soportó por mí, más le debo. Y cuando hayas dado todos los detalles, no podrás aducir nada más vergonzoso que la cruz, que confesamos, en la que creemos y con la que triunfamos sobre nuestros enemigos.

    Helvidio, § 21

    21. Pero así como no negamos lo que está escrito, rechazamos lo que no está escrito. Creemos que Dios nació de la Virgen, porque lo leemos. Que María se casó después de dar a luz, no lo creemos, porque no lo leemos. No decimos esto para condenar el matrimonio, pues la virginidad misma es fruto del matrimonio; sino porque, cuando tratamos de santos, no debemos juzgar temerariamente. Si adoptamos la posibilidad como criterio de juicio, podríamos sostener que José tuvo varias mujeres porque Abrahán las tuvo y también Jacob, y que los hermanos del Señor fueron hijos de esas mujeres; invención que algunos sostienen con una temeridad nacida de la audacia, no de la piedad. Tú dices que María no continuó virgen; yo reclamo aún más: que el propio José, por causa de María, fue virgen, de modo que de un matrimonio virginal nació un hijo virgen. Pues si como varón santo no incurre en la imputación de fornicación, y en ninguna parte está escrito que tuviera otra mujer, sino que fue guardián de María, a quien se consideraba su mujer más que ser su marido, la conclusión es que quien fue tenido por digno de ser llamado padre del Señor permaneció virgen.

    Helvidio, § 22

    22. Y ahora que me dispongo a instituir una comparación entre virginidad y matrimonio, ruego a mis lectores que no supongan que al alabar la virginidad he menospreciado en lo más mínimo el matrimonio, ni que he separado a los santos del Antiguo Testamento de los del Nuevo, es decir, a aquellos que tuvieron mujeres y a quienes se abstuvieron por completo de los abrazos de las mujeres. Creo más bien que, conforme a la diferencia de tiempos y circunstancias, una regla se aplicaba a aquellos, y otra a nosotros, sobre quienes han venido los fines del mundo. Mientras permaneció aquella ley, [] «Fructificad y multiplicaos y llenad la tierra»; y «Maldita la mujer estéril que no da semilla en Israel», todos se casaban y eran dados en matrimonio, dejaban padre y madre y se hacían una sola carne. Pero una vez que se oyeron en tonos de trueno las palabras, [] «El tiempo se ha acortado; así que, de aquí en adelante, los que tienen mujer sean como si no la tuvieran»: unidos al Señor, somos hechos un solo espíritu con Él. ¿Y por qué? Porque «el que no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer. Y también hay diferencia entre la casada y la virgen. La no casada se preocupa de las cosas del Señor, para ser santa tanto en el cuerpo como en el espíritu; pero la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido». ¿Por qué cavilas? ¿Por qué resistes? El vaso de elección dice esto; nos dice que hay diferencia entre la casada y la virgen. Observa cuál debe ser la felicidad de aquel estado en el que se pierde hasta la distinción de los sexos. La virgen ya no se llama mujer. [] «La no casada se preocupa de las cosas del Señor, para ser santa tanto en el cuerpo como en el espíritu.» La virgen se define como la que es santa en el cuerpo y en el espíritu, pues no sirve tener carne virgen si la mujer está casada en su mente.
    «Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.» ¿Piensas que no hay diferencia entre la que pasa su tiempo en oración y ayuno, y la que, al acercarse su marido, debe componer el semblante, caminar con paso menudo y fingir una muestra de ternura? La virgen se propone parecer menos agraciada; se perjudica a sí misma para ocultar sus atractivos naturales. La casada se pinta ante el espejo y, para ultraje de su Hacedor, se esfuerza por obtener algo más que su hermosura natural. Luego vienen el balbuceo de los niños, la casa ruidosa, los hijos que esperan su palabra y aguardan su beso, el cómputo de los gastos, la preparación para afrontar los desembolsos. De un lado verás un escuadrón de cocineros, ceñidos para el ataque y lanzados sobre la carne; de otro oirás el zumbido de una multitud de tejedores. Entre tanto llega el aviso de que el marido y sus amigos han llegado. La mujer, como una golondrina, recorre volando toda la casa. «Tiene que atender a todo. ¿Está liso el sofá? ¿Está barrido el pavimento? ¿Están las flores en las copas? ¿Está lista la cena?» Dime, por favor, ¿dónde hay en medio de todo esto lugar para el pensamiento de Dios? ¿Son estos hogares felices? Donde suenan los tambores, el ruido y el estrépito de la flauta y la lira, el tañido de los címbalos, ¿puede hallarse algún temor de Dios? Al parásito se le desaira y se siente orgulloso del honor. Entran luego las víctimas semidesnudas de las pasiones, blanco de toda mirada lujuriosa. La infeliz esposa debe o complacerse en ellos y perecer, o desagradarse y provocar a su marido. De ahí nace la discordia, semillero del divorcio. O supón que me encuentras una casa donde estas cosas no se conocen, lo cual es un rara avis ciertamente. Ni siquiera allí la administración de la casa, la educación de los hijos, las necesidades del marido, la corrección de los criados, pueden dejar de apartar la mente del pensamiento de Dios. [] «Había cesado a Sara la costumbre de las mujeres»: así dice la Escritura, y después recibió Abrahán el mandato, [] «En todo lo que Sara te dice, escucha su voz.» La que no está sujeta a la ansiedad y al dolor del parto y, habiendo pasado el cambio de la vida, ha cesado de cumplir las funciones de mujer, queda libre de la maldición de Dios; y su deseo no es para su marido, sino que, al contrario, su marido queda sujeto a ella, y la voz del Señor le ordena: «En todo lo que Sara te dice, escucha su voz.» Así comienzan a tener tiempo para la oración. Porque mientras se paga la deuda del matrimonio, se descuida la oración ferviente.

    Helvidio, § 23

    23. No niego que se hallen mujeres santas tanto entre las viudas como entre las que tienen marido; pero son tales que han dejado de ser esposas, o tales que, aun en el estrecho vínculo del matrimonio, imitan la castidad virginal. El Apóstol, hablando Cristo en él, atestiguó brevemente esto cuando dijo: [] «La no casada se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido.» Nos deja el libre ejercicio de la razón en esta materia. No impone necesidad a nadie ni lleva a nadie a una trampa; sólo persuade a lo que es conveniente, cuando desea que todos los hombres sean como él. Es cierto que no tenía mandamiento del Señor respecto de la virginidad, porque esa gracia supera las fuerzas solas del hombre, y habría tenido un aire de inmodestia forzar a los hombres a ir contra la naturaleza y decirles, en otras palabras: Quiero que seáis lo que son los ángeles. Es esta pureza angélica la que asegura a la virginidad su recompensa más alta, y el Apóstol podría haber parecido despreciar un género de vida que no implica culpa. Sin embargo, inmediatamente después añade: [] «Pero doy mi juicio, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. Pienso, pues, que esto es bueno a causa de la angustia presente, a saber, que es bueno para el hombre estar como está.» ¿Qué significa la angustia presente? «¡Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días!» La razón por la que la leña crece es para ser cortada. El campo se siembra para ser segado. El mundo ya está lleno, y la población es demasiado grande para el suelo. Cada día somos segados por la guerra, arrebatados por la enfermedad, tragados por el naufragio, aunque pleiteemos unos con otros por los linderos de nuestras propiedades. Sólo una adición a la regla general hacen los que siguen al Cordero y no han manchado sus vestiduras, pues han perseverado en su estado virginal. Advierte el sentido de manchar. No osaré explicarlo, por temor a que Helvidio me insulte. Convengo contigo cuando dices que algunas vírgenes no son más que taberneras; digo más, que incluso se pueden hallar entre ellas adúlteras y, sin duda te sorprenderá aún más oír, que algunos clérigos son mesoneros y algunos monjes lujuriosos. ¿Quién no comprende al punto que una tabernera no puede ser virgen, ni un adúltero monje, ni un clérigo tabernero? ¿Hemos de culpar a la virginidad si su falsificación es defectuosa? Por mi parte, dejando a otros y viniendo a la virgen, sostengo que la que se dedica al regateo, aunque por lo que sé pueda ser virgen en el cuerpo, ya no lo es en el espíritu.

    Helvidio, § 24

    24. Me he vuelto retórico y me he solazado un poco como un orador de tribuna. Tú me has obligado, Helvidio; pues, por mucho que el Evangelio brille en el día de hoy, quieres que la misma gloria corresponda a la virginidad y al estado matrimonial. Y como creo que, hallando la verdad demasiado fuerte para ti, te volverás a denigrar mi vida y a insultar mi carácter (así hacen las mujeres débiles, que cuchichean en los rincones cuando sus amos las han puesto en su sitio), me adelantaré a ti. Te aseguro que consideraré tus ultrajes como una alta distinción, pues los mismos labios que me atacan han menospreciado a María, y yo, siervo del Señor, soy favorecido con la misma elocuencia ladradora que su madre.

    Diálogo contra los luciferianos

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Diálogo contra los luciferianos · Luciferianos, introducción
    Este Diálogo fue escrito hacia el año 379, siete años después de la muerte de Lucifero, y muy poco después del regreso de Jerónimo de su vida eremítica en el desierto de Calcis. Aunque recibió la ordenación de Paulino, que había sido consagrado por Lucifero, no sentía simpatía alguna por las opiniones más estrechas de Lucifero, como muestra claramente en este Diálogo. Lucifero, obispo de Cagliari en Cerdeña, llamó por primera vez la atención hacia el año 354, cuando se hacían grandes esfuerzos para obtener de los obispos occidentales una condena de san Atanasio. Tomó enérgicamente la causa del santo y, a petición propia, fue enviado por Liberio, obispo de Roma, junto con el presbítero Pancracio y el diácono Hilario, en una misión ante el emperador Constancio. El emperador concedió un concilio, que se reunió en Milán en el año 354. Lucifero se distinguió por resistir una propuesta de condenar a Atanasio, y no dudó en oponerse al emperador con mucha violencia. A consecuencia de esto fue enviado al destierro desde el año 355 hasta el 361, la mayor parte del cual pasó en Eleuterópolis, en Palestina, aunque después se trasladó a la Tebaida. Fue en esta época cuando aparecieron sus escritos polémicos, cuyo tono y temple indican los meros títulos De Regibus Apostaticis (Sobre los reyes apóstatas), De non Conveniendo cum Hæreticis, etc. (Sobre no tener comunión con los herejes). A la muerte de Constancio en 361, Juliano permitió que los obispos desterrados regresaran; pero Lucifero, en lugar de ir a Alejandría, donde había de celebrarse un concilio bajo la presidencia de Atanasio para sanar un cisma en el partido católico de Antioquía (unos se adherían a Melecio, mientras otros seguían a Eustacio), prefirió ir directamente a Antioquía. Allí ordenó a Paulino, jefe del segundo grupo, como obispo de la Iglesia. Eusebio de Vercelli llegó pronto con las cartas sinodales del concilio de Alejandría, pero, viéndose así anticipado y rehuyendo un choque con su amigo, se retiró inmediatamente. Lucifero permaneció y «declaró que no tendría comunión con Eusebio ni con nadie que adoptara la política moderada del concilio alejandrino. Este concilio había determinado que los arrianos reales, si renunciaban a su herejía, fueran perdonados, pero no investidos de funciones eclesiásticas; y que los obispos que meramente habían consentido en el arrianismo permanecieran tranquilos. Fue esta última concesión la que ofendió a Lucifero, y desde entonces se convirtió en el campeón del principio de que nadie que hubiera cedido a compromiso alguno con el arrianismo debía ser admitido a un cargo eclesiástico.» Así entró en antagonismo con el propio Atanasio, que, como se ha visto, presidía en Alejandría. Finalmente regresó a su sede en Cerdeña, donde, según la Crónica de Jerónimo, murió en 371. El luciferianismo se extinguió a comienzos del siglo siguiente, si no antes. Apenas parece haberse constituido como organización separada, aunque algunos presbíteros luciferianos apelaron al emperador hacia el año 384, y tanto Ambrosio como Agustín hablan de él como caído en el cisma.
    El argumento del Diálogo puede enunciarse así. Ya se ha señalado que Lucifero de Cagliari, desterrado de su sede en el reinado de Constancio por su adhesión a la causa de Atanasio, al anunciarse la tolerancia con la subida de Juliano (361), fue a Antioquía y consagró obispo a Paulino. Había entonces tres obispos en Antioquía: Doroteo el arriano (que había sucedido a Euzoio en 376), Melecio, quien, aunque de opinión atanasiana, había sido consagrado por arrianos o semiarrianos, y Paulino; además de Vital, obispo de una congregación de apolinaristas. Lucifero, en el ardor de su opinión antiarriana, se negó a reconocer como obispos a quienes habían venido del arrianismo, aunque aceptaba a los laicos que habían sido bautizados por obispos arrianos. Esta opinión condujo al cisma luciferiano y constituye el tema del Diálogo.
    El punto que Ortodoxo urge en todo momento es que, desde el momento en que el luciferiano acepta como válido el bautismo conferido por obispos arrianos, es incoherente que no reconozca a los obispos que se han arrepentido de sus opiniones arrianas. El luciferiano al principio (2), en su ardor, declara que los arrianos no son mejores que los paganos; pero ve que ha ido demasiado lejos y retira esta opinión. Sin embargo, una cosa es, dice (3), admitir a un neófito penitente, y otra admitir a un hombre como obispo y que celebre la Eucaristía. No deseamos, dice (4), excluir de la penitencia a los individuos que han caído. Y nosotros, responde Ortodoxo, al admitir a los obispos no sólo los salvamos a ellos, sino también a sus rebaños. «La sal», dice el luciferiano (5), «que ha perdido su sabor no puede ser salada», y «¿qué comunión tiene Cristo con Belial?» Pero esto, se responde (6), probaría que los arrianos no podían conferir bautismo en absoluto. Sí, dice el objetante, son como Juan el Bautista, cuyo bautismo necesitaba ser seguido por el de Cristo. Pero, se replica, el obispo da el bautismo de Cristo y confiere el Espíritu Santo. La confirmación que sigue (9) es más bien una costumbre de las iglesias que un medio necesario de gracia.
    Se siente que el argumento se aproxima a una logomaquia filosófica (10, 11), pero el luciferiano lo reanuda. Hay una diferencia real, dice (12), entre el hombre que en su sencillez acepta el bautismo de un obispo arriano y el obispo mismo que comprende la herejía. Sin embargo, se responde (13), ambos, cuando son penitentes, deben ser recibidos.
    En este punto (14) el luciferiano cede. Pero desea asegurarse de que lo que Ortodoxo recomienda ha sido realmente la práctica de la Iglesia. Esto conduce a un valioso capítulo de historia eclesiástica. Ortodoxo recuerda las victorias de la Iglesia, de las que los luciferianos hablan como corruptas (15). La vergüenza es que, aunque tienen el verdadero credo, tienen muy poca fe. Describe luego (17, 18) cómo los obispos ortodoxos fueron seducidos a aceptar el credo de Arimino, pero después vieron su error (19). «El mundo gimió al hallarse arriano.» Hicieron todo lo posible por corregir las cosas. ¿Por qué no recibirlos, como todos, salvo los autores de la herejía, habían sido recibidos en Nicea? (20) Lucifero, que era un buen pastor, e Hilario el Diácono, al separar su propio pequeño rebaño en una secta, han dejado el resto como presa del lobo (20, 21). El trigo y la cizaña deben crecer juntos (22). Este ha sido el principio de la Iglesia (23), como lo muestran la Escritura (24) y la costumbre apostólica; e incluso Cipriano, cuando quiso que los herejes penitentes fueran rebautizados (25), no pudo prevalecer. Incluso Hilario, al recibir el bautismo de la Iglesia, que siempre ha readmitido a los herejes arrepentidos (26, 27), reconoce este principio. En esa Iglesia, con sus divisiones y práctica, es nuestro deber permanecer.

    La disputa: ¿son paganos los herejes? (§ 1–4)

    Luciferianos, § 1

    1. No hace mucho sucedió que un seguidor de Lucifero tuvo una disputa con un hijo de la Iglesia. Su locuacidad era odiosa y el lenguaje que empleaba sumamente injurioso. Pues declaraba que el mundo pertenecía al diablo y, como suele decirse hoy entre ellos, que la Iglesia se había convertido en un burdel. Su oponente, por su parte, con razón, pero sin la debida consideración del tiempo y del lugar, urgía que Cristo no murió en vano y que el Hijo de Dios bajó del cielo por algo más que una capa sarda de pieles. Para ser breve, la disputa no se resolvió cuando la noche interrumpió el debate y el encendido de las lámparas de la calle dio la señal para que la asamblea se dispersara. Los contendientes, pues, se retiraron casi escupiéndose en la cara, habiendo acordado previamente los oyentes reunirse al amanecer en un pórtico tranquilo. Allí, en efecto, se reunieron todos, y se resolvió que las palabras de ambos oradores fueran recogidas por taquígrafos.
    Comentario editorial · Lucifer de Cagliari y su cisma
    Lucifer, obispo de Cagliari, fue enviado por el papa Liberio ante el emperador Constancio y defendió a Atanasio en el concilio de Milán; por ello fue desterrado. Al volver, según el NPNF, ordenó obispo de Antioquía a Paulino y se negó a comulgar con quien hubiera cedido en algo al arrianismo; esa negativa prolongó el cisma entre meletianos y eustacianos (Wikipedia). Jerónimo fue ordenado por Paulino, pero no compartía el rigor de Lucifer (NPNF). Las fechas varían: el concilio de Milán es de 354 para el NPNF y de 355 para Wikipedia; Lucifer murió en 371 según el NPNF, que cita la Crónica de Jerónimo, y en 370 o 371 según Wikipedia, que dice que Jerónimo da 370. La misma introducción fecha el Diálogo «siete años» después de su muerte, hacia 379, lo que daría 372.

    Luciferianos, § 2

    2. Cuando todos estuvieron sentados, Heladio el luciferiano dijo: Quiero una respuesta primero a mi pregunta. ¿Son cristianos los arrianos o no?
    Ortodoxo. Respondo con otra pregunta: ¿Son cristianos todos los herejes?
    L. Si llamas hereje a un hombre, niegas que sea cristiano.
    O. Entonces ningún hereje es cristiano.
    L. Ya te lo dije antes.
    O. Si no son de Cristo, son del diablo.
    L. Nadie lo duda.
    O. Pero si son del diablo, no importa si son herejes o paganos.
    L. No discuto ese punto.
    O. Estamos, pues, de acuerdo en que hemos de hablar de un hereje como hablaríamos de un pagano.
    L. Exactamente.
    O. Decidido ya que los herejes son paganos, pregunta lo que quieras.
    L. Lo que quería conseguir con mi pregunta ha quedado expresamente asentado, a saber, que los herejes no son cristianos. Ahora viene la conclusión. Si los arrianos son herejes, y todos los herejes son paganos, también los arrianos son paganos. Pero si los arrianos son paganos y está fuera de disputa que la Iglesia no tiene comunión con los arrianos, es decir, con los paganos, es claro que vuestra Iglesia, que acoge obispos procedentes de los arrianos, es decir, de los paganos, recibe más bien sacerdotes del Capitolio que obispos, y por consiguiente debería llamarse con más propiedad sinagoga del Anticristo que Iglesia de Cristo.
    O. ¡Mira! Se cumple lo que dijo el profeta: «Han cavado una fosa delante de mí y han caído en medio de ella.»
    L. ¿Cómo es eso?
    O. Si los arrianos son, como dices, paganos, y las asambleas de los arrianos son campamento del diablo, ¿cómo es que recibes a una persona que ha sido bautizada en el campamento del diablo?
    L. Lo recibo, pero como penitente.
    O. El hecho es que no sabes lo que dices. ¿Recibe alguien a un pagano penitente?
    L. En mi sencillez respondí al comenzar que todos los herejes son paganos. Pero la pregunta era capciosa, y tendrás todo el crédito de la victoria en el primer punto. Pasemos ahora al segundo y sostengo que un laico procedente de los arrianos debe ser recibido si es penitente, pero no un clérigo.
    O. Y sin embargo, si me concedes el primer punto, también el segundo es mío.
    L. Muéstrame cómo llega a ser tuyo.
    O. ¿No sabes que clérigos y laicos tienen un solo Cristo, y que no hay un Dios para los conversos y otro para los obispos? ¿Por qué, entonces, quien recibe laicos no ha de recibir también clérigos?
    L. Hay diferencia entre derramar lágrimas por el pecado y tocar el cuerpo de Cristo; hay diferencia entre yacer postrado a los pies de los hermanos y, desde el altar elevado, administrar la Eucaristía al pueblo. Una cosa es lamentar el pasado, otra abandonar el pecado y vivir la vida glorificada en la Iglesia. Tú, que ayer declaraste impíamente que el Hijo de Dios era una criatura; tú, que cada día, peor que un judío, solías arrojar las piedras de la blasfemia contra Cristo; tú, cuyas manos están llenas de sangre, cuya pluma fue lanza de soldado, ¿tú, converso de una sola hora, entras en la Iglesia como un adúltero podría entrar en una virgen? Si te arrepientes de tu pecado, abandona tus funciones sacerdotales; si eres desvergonzado en tu pecado, sigue siendo lo que eras.
    O. Eres todo un retórico, y huyes de la espesura de la controversia a los campos abiertos de la declamación. Pero te ruego que te abstengas de lugares comunes y vuelvas al terreno y a las líneas señaladas; después, si quieres, tomaremos un campo más amplio.
    L. No hay declamación en el caso; mi indignación es más de lo que puedo soportar. Haz las afirmaciones que quieras, argumenta como quieras, nunca me convencerás de que un obispo penitente deba ser tratado igual que un laico penitente.
    O. Puesto que resumes todo en una cáscara de nuez y te aferras obstinadamente a tu posición, que el caso del obispo es diferente del del laico, haré lo que deseas, y no me pesará valerme de la oportunidad que me ofreces para llegar a las manos. Explica por qué recibes a un laico procedente de los arrianos, pero no recibes a un obispo.
    L. Recibo a un laico que confiesa haber errado; y el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta.
    O. Recibe entonces también a un obispo que, al igual que el laico, confiesa haber errado, y sigue en pie que el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que se arrepienta.
    L. Si confiesa su error, ¿por qué continúa siendo obispo? Que deponga sus funciones episcopales, y concedo el perdón al penitente.
    O. Te responderé con tus propias palabras. Si un laico confiesa su error, ¿cómo es que continúa siendo laico? Que deponga su sacerdocio laical, es decir, su bautismo, y concedo el perdón al penitente. Porque está escrito [] «Él nos hizo reino, sacerdotes para su Dios y Padre.» Y de nuevo, [] «Nación santa, sacerdocio real, raza elegida.» Todo lo que está prohibido a un cristiano, está prohibido tanto al obispo como al laico. El que hace penitencia condena su vida anterior. Si un obispo penitente no puede continuar lo que era, tampoco un laico penitente puede permanecer en aquel estado por el que se confiesa penitente.
    L. Recibimos a los laicos, porque nadie se inducirá a cambiar si sabe que ha de ser bautizado de nuevo. Y además, si son rechazados, nos convertimos en causa de su destrucción.
    O. Al recibir a un laico salvas a una sola alma; y yo, al recibir a un obispo, uno a la Iglesia, no digo al pueblo de una ciudad, sino a toda la provincia de la que él es cabeza; si lo expulso, arrastrará consigo a la ruina a muchos. Por lo cual te ruego que apliques la misma razón que crees tener para recibir a unos pocos a la salvación del mundo entero. Pero si esto no te satisface, si eres tan duro, o más bien tan irrazonablemente despiadado, que consideras enemigo de Cristo a quien dio el bautismo, aunque cuentes como hijo a quien lo recibió, nosotros no nos contradecimos de ese modo: o recibimos al obispo juntamente con el pueblo que por él queda constituido como pueblo cristiano, o si no recibimos al obispo, sabemos que hemos de rechazar también a su pueblo.

    El bautismo de los arrianos y la imposición de manos (§ 5–14)

    Luciferianos, § 5

    5. L. Dime, ¿no has leído lo que se dice acerca de los obispos, [] «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará? Ya no sirve para nada, sino para ser arrojada y pisoteada por los hombres.» Y luego está el hecho de que el sacerdote [] intercede ante Dios por el pueblo pecador, mientras no hay quien ruegue por el sacerdote. Ahora bien, estos dos pasajes de la Escritura tienden a la misma conclusión. Pues así como la sal sazona todo alimento y nada resulta tan agradable como complacer al paladar sin ella, así el obispo es el condimento de todo el mundo y de su propia Iglesia; y si pierde su sabor por la negación de la verdad, por la herejía, por la lujuria o, para comprenderlo todo en una palabra, por cualquier clase de pecado, ¿por qué otro podrá ser sazonado, cuando era el condimento de todo? El sacerdote, lo sabemos, ofrece su oblación por el laico, le impone la mano cuando está sumiso, invoca el retorno del Espíritu Santo y, después de invitar a la oración del pueblo, reconcilia con el altar a aquel que había sido entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo; y no restablece la salud de un miembro hasta que todos los miembros han llorado junto con él. Porque un padre perdona fácilmente a su hijo cuando la madre intercede por su descendencia. Si, pues, es por el orden sacerdotal por lo que un laico penitente es restablecido en la Iglesia, y el perdón sigue donde la aflicción ha precedido, es claro que un sacerdote que ha sido removido de su orden no puede ser restablecido en el puesto que ha perdido, porque o será penitente y entonces no puede ser sacerdote, o si continúa en el cargo no puede ser devuelto a la Iglesia por la disciplina penitencial. ¿Osarás echar a perder el sabor de la Iglesia con la sal que ha perdido su sabor? ¿Volverás a colocar en el altar al hombre que, habiendo sido arrojado, debería yacer en el lodo y ser pisoteado por todos? ¿Qué será entonces del mandato del Apóstol, [] «El obispo debe ser irreprensible como administrador de Dios»? Y de nuevo, [] «Pero pruébese cada uno a sí mismo, y coma así.» ¿Qué es de la advertencia del Señor, [] «No echéis vuestras perlas delante de los cerdos»? Pero si entiendes las palabras como amonestación general, ¡cuánto más cuidado debe ejercerse en el caso de los sacerdotes cuando tanta precaución se toma en lo que toca a los laicos! [] «Apartaos, os ruego,» dice el Señor por Moisés, «de las tiendas de estos hombres malvados, y no toquéis nada de lo suyo, no sea que perezcáis en todos sus pecados.» Y de nuevo en los Profetas Menores, [] «Sus sacrificios serán para ellos como pan de duelo; todos los que coman de ellos serán inmundos.» Y en el Evangelio dice el Señor, [] «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz.» Pues cuando el obispo predica la verdadera fe, las tinieblas se disipan de los corazones de todos. Y da la razón, [] «Tampoco encienden una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa.» Es decir, el motivo de Dios para encender el fuego de su conocimiento en el obispo es que no brille sólo para sí, sino para el bien común. Y en la frase siguiente, [] «Si», dice, «tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas. Así que, si la luz que hay en ti es tinieblas, ¡cuán grandes son las tinieblas!» Y con razón; pues ya que el obispo es puesto en la Iglesia para apartar al pueblo del error, ¡cuán grande será el error del pueblo cuando el mismo que enseña yerra! ¿Cómo puede perdonar pecados quien es pecador? ¿Cómo puede un impío santificar a un hombre? ¿Cómo entrará en mí la luz, cuando mi ojo está ciego? ¡Oh miseria! El discípulo del Anticristo gobierna la Iglesia de Cristo. Y ¿qué hemos de pensar de las palabras, [] «Nadie puede servir a dos señores»? Y también aquello [] «¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial?» En el antiguo testamento leemos, [] «Ningún hombre que tenga defecto se acercará a ofrecer las ofrendas del Señor.» Y de nuevo, «Que los sacerdotes que se acercan al Señor su Dios estén puros, no sea que el Señor los abandone.» Y en el mismo lugar, «Y cuando se acerquen a ministrar en las cosas santas, no carguen sobre sí pecado, no sea que mueran.» Y hay muchos otros pasajes que sería tarea interminable detallar, y que omito por brevedad. Pues no es la cantidad de pruebas lo que vale, sino su peso. Y todo esto prueba que tú con un poco de levadura has corrompido toda la masa de la Iglesia, y recibes hoy la Eucaristía de la mano de alguien que ayer aborrecías como a un ídolo.

    Luciferianos, § 6

    6. O. Tu memoria te ha servido, y ciertamente nos has dado con gran amplitud muchas citas de los libros sagrados; pero, después de dar toda la vuelta al bosque, has caído en mis redes de caza. Sea el caso como tú quieras: que un obispo arriano es enemigo de Cristo, que es la sal que ha perdido su sabor, que es lámpara sin llama, que es ojo sin pupila; sin duda tu argumento te llevará hasta aquí: que no puede salar a otro quien no tiene sal; un ciego no puede iluminar a otros, ni encenderlos cuando su propia luz se ha apagado. Pero ¿por qué, cuando tragas alimento que él ha sazonado, reprochas al sazonado que sea sin sal? Tu Iglesia resplandece con su llama, ¿y acusas a su lámpara de estar apagada? Él te da ojos, ¿y tú eres ciego? Por lo cual, te ruego, o dale el poder de sacrificar, ya que apruebas su bautismo, o rechaza su bautismo si no lo consideras sacerdote. Porque es imposible que quien es santo en el bautismo sea pecador en el altar.
    L. Pero cuando recibo a un penitente laico, es con imposición de manos e invocación del Espíritu Santo, pues sé que el Espíritu Santo no puede ser dado por herejes.
    O. Todos los senderos de tus proposiciones conducen al mismo punto de encuentro, y contigo sucede como con el ciervo espantado: mientras huyes de las plumas que se agitan en el viento, te enredas en las redes más fuertes. Pues viendo que un hombre, bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, se convierte en templo del Señor, y que mientras la antigua morada es destruida se edifica un nuevo santuario para la Trinidad, ¿cómo puedes decir que los pecados pueden ser perdonados entre los arrianos sin la venida del Espíritu Santo? ¿Cómo es purgada de sus manchas anteriores un alma que no tiene el Espíritu Santo? Pues no es el mero agua la que lava el alma, sino que ella misma es primero purificada por el Espíritu para que pueda lavar espiritualmente las almas de los hombres. [] «El Espíritu del Señor,» dice Moisés, «se movía sobre la faz de las aguas,» de donde se deduce que no hay bautismo sin el Espíritu Santo. Betesda, la piscina en Judea, no podía curar los miembros de los que padecían debilidad corporal sin la venida de un ángel, ¿y tú te atreves a traerme un alma lavada con simple agua, como si acabara de salir del baño? Nuestro Señor Jesucristo mismo, de quien es menos correcto decir que fue limpiado por el lavado que decir que por su propio lavado limpió todas las aguas, apenas levantó la cabeza de la corriente cuando recibió el Espíritu Santo. No es que jamás estuviera sin el Espíritu Santo, en cuanto que nació en la carne por el Espíritu Santo; sino para probar que ese es el verdadero bautismo por el cual viene el Espíritu Santo. Así pues, si un arriano no puede dar el Espíritu Santo, ni siquiera puede bautizar, porque no hay bautismo de la Iglesia sin el Espíritu Santo. Y tú, cuando recibes a una persona bautizada por un arriano y después invocas al Espíritu Santo, deberías o bien bautizarla, porque sin el Espíritu Santo no pudo ser bautizada, o bien, si fue bautizada en el Espíritu, no debes invocar al Espíritu Santo para tu converso que lo recibió en el momento del bautismo.

    Luciferianos, § 7

    7. L. Dime, te ruego, ¿no has leído en los Hechos de los Apóstoles que aquellos que ya habían sido bautizados por Juan, al responder a la pregunta del Apóstol que ni siquiera habían oído qué era el Espíritu Santo, después obtuvieron el Espíritu Santo? De donde resulta claro que es posible ser bautizado y, sin embargo, no tener el Espíritu Santo.
    8. O. No creo que los que forman nuestro auditorio sean tan ignorantes de los libros sagrados que se necesiten muchas palabras para zanjar esta pequeña cuestión. Pero antes de decir nada en apoyo de mi afirmación, escucha mientras señalo qué confusión, según tu parecer, se introduce en la Escritura. ¿Qué queremos decir al afirmar que Juan en su bautismo no podía dar el Espíritu Santo a otros, y sin embargo se lo dio a Cristo? ¿Y quién es ese Juan? «La voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.» El que solía decir, [] «He aquí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo»: digo poco, el que desde el vientre de su madre clamó, [] «¿Y de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» ¿no dio el Espíritu Santo? ¿Y [] Ananías se lo dio a Pablo? Quizá parezca osadía en mí preferirlo a todos los demás hombres. Oye, pues, las palabras de nuestro Señor, [] «Entre los nacidos de mujer no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista.» Pues ningún profeta tuvo la fortuna de anunciar la venida de Cristo y de señalarlo con el dedo. ¿Y qué necesidad tengo de detenerme en las alabanzas de varón tan ilustre, cuando Dios Padre incluso lo llama ángel? [] «He aquí, envío mi mensajero (ángel) delante de tu faz, que preparará tu camino delante de ti.» Ángel debió ser quien, después de albergarse en el vientre de su madre, comenzó en seguida a frecuentar las soledades del desierto y, siendo aún infante, jugaba con serpientes; quien, una vez que sus ojos contemplaron a Cristo, no pensó que valiera la pena mirar otra cosa; quien ejercitó su voz, digna de un mensajero de Dios, en las palabras del Señor, que son más dulces que la miel y el panal. Y, para no demorar más mi pregunta, así convenía que creciera el Precursor del Señor. Ahora bien, ¿es posible que un hombre de tal carácter y renombre no diera el Espíritu Santo, mientras el centurión Cornelio lo recibió antes del bautismo? Dime, te ruego, ¿por qué no pudo darlo? ¿No lo sabes? Entonces escucha la enseñanza de la Escritura: el bautismo de Juan no consistía tanto en el perdón de los pecados como en ser un bautismo de penitencia para la remisión de los pecados, es decir, para una remisión futura, que había de seguir mediante la santificación de Cristo. Pues está escrito, [] «Vino Juan, que bautizaba en el desierto y predicaba el bautismo de penitencia para remisión de los pecados.» Y poco después, [] «Y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.» Pues así como él mismo precedió a Cristo como su precursor, así también su bautismo fue el preludio del bautismo del Señor. [] «El que es de la tierra,» dijo, «habla de la tierra; el que viene del cielo está sobre todos.» Y de nuevo, [] «Yo ciertamente os bautizo con agua, él os bautizará con el Espíritu Santo.» Pero si Juan, como él mismo confesó, no bautizaba con el Espíritu, se sigue que tampoco perdonaba pecados, pues ningún hombre tiene sus pecados remitidos sin el Espíritu Santo. O si argumentas porfiadamente que, porque el bautismo de Juan era del cielo, por eso los pecados eran perdonados por él, muéstrame qué más hay para nosotros en el bautismo de Cristo. Porque perdona pecados, libra de la Gehena. Porque libra de la Gehena, es perfecto. Pero ningún bautismo puede llamarse perfecto sino el que depende de la cruz y resurrección de Cristo. Así, aunque el mismo Juan dijo, [] «Él debe crecer, y yo menguar,» en tu perversa escrupulosidad das más de lo debido al bautismo del siervo, y destruyes el del maestro, al cual no dejas más que al otro. ¿Cuál es la intención de tu afirmación? Precisamente esta: no te parece extraño que los que habían sido bautizados por Juan recibieran después, por la imposición de manos, el Espíritu Santo, aunque es evidente que ni siquiera obtuvieron remisión de los pecados aparte de la fe que había de venir. Pero tú, que recibes a una persona bautizada por los arrianos y le permites tener el bautismo perfecto, después de esa admisión, ¿invocas al Espíritu Santo como si fuera aún un defecto leve, cuando no hay bautismo de Cristo sin el Espíritu Santo? Pero me he desviado demasiado, y cuando habría podido enfrentar a mi adversario cara a cara y rechazar su ataque, solo he lanzado unos pocos dardos ligeros desde lejos. El bautismo de Juan era tan imperfecto que es evidente que los que habían sido bautizados por él fueron después bautizados con el bautismo de Cristo. Pues así lo refiere la historia, «Y aconteció que mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo, habiendo atravesado las regiones superiores, vino a Éfeso y halló ciertos discípulos: y les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si se da el Espíritu Santo. Y dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Y ellos dijeron: En el bautismo de Juan. Y Pablo dijo: Juan bautizó con el bautismo de penitencia, diciendo al pueblo que creyeran en aquel que había de venir después de él, es decir, en Jesús. Y cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús: y habiéndoles Pablo impuesto las manos, inmediatamente descendió sobre ellos el Espíritu Santo.» Si, pues, fueron bautizados con el bautismo verdadero y legítimo de la Iglesia, y así recibieron el Espíritu Santo, sigue tú a los apóstoles y bautiza a quienes no han tenido bautismo cristiano, y podrás invocar al Espíritu Santo.

    Luciferianos, § 8

    8. L. Los sedientos, en sus sueños, beben ávidamente el agua del arroyo, y cuanto más beben, más sed tienen. Del mismo modo me parece que tú has buscado por todas partes argumentos contra el punto que planteé, y sin embargo estás tan lejos como siempre de quedar satisfecho. ¿No sabes que la imposición de manos después del bautismo y luego la invocación del Espíritu Santo es costumbre de las Iglesias? ¿Exiges prueba de la Escritura? Puedes hallarla en los Hechos de los Apóstoles. Y aunque no se apoyara en la autoridad de la Escritura, el consenso de todo el mundo al respecto tendría fuerza de mandato. Pues muchas otras observancias de las Iglesias, que se deben a la tradición, han adquirido la autoridad de la ley escrita, como por ejemplo la práctica de sumergir la cabeza tres veces en la pila bautismal, y luego, después de salir del agua, de gustar leche y miel mezcladas en representación de la infancia; y, además, las prácticas de estar de pie en el culto el día del Señor, y de cesar el ayuno cada Pentecostés; y hay muchas otras prácticas no escritas que han ganado su lugar por la razón y la costumbre. Así ves que seguimos la práctica de la Iglesia, aunque pueda ser claro que una persona fue bautizada antes de que se invocara al Espíritu.

    Luciferianos, § 9

    9. O. No niego que sea práctica de las Iglesias que, en el caso de quienes viviendo lejos de las ciudades mayores han sido bautizados por presbíteros y diáconos, el obispo los visite y, por la imposición de manos, invoque sobre ellos el Espíritu Santo. Pero ¿cómo describiré tu costumbre de aplicar las leyes de la Iglesia a los herejes, y de exponer a la virgen que se te ha confiado en los burdeles de las rameras? Si un obispo impone las manos a hombres, las impone a quienes han sido bautizados en la fe recta, y que han creído que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres personas, pero una sola esencia. Pero un arriano no tiene otra fe que esta (cerrad los oídos, oyentes míos, para que no seáis contaminados por palabras tan groseramente impías), que el Padre solo es el verdadero Dios, y que Jesucristo nuestro Salvador es una criatura, y el Espíritu Santo el Siervo de ambos. ¿Cómo puede, pues, recibir el Espíritu Santo de la Iglesia quien aún no ha obtenido la remisión de los pecados? Porque el Espíritu Santo ha de tener una morada limpia: ni se hará morador en aquel templo que no tiene por sumo sacerdote la fe verdadera. Pero si ahora preguntas cómo es que una persona bautizada en la Iglesia no recibe el Espíritu Santo, a quien declaramos dado en el verdadero bautismo, sino por las manos del obispo, te diré que nuestra autoridad para esta regla es el hecho de que después de la ascensión de nuestro Señor el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles. Y en muchos lugares hallamos que es práctica, más por honrar el episcopado que por ley alguna compulsiva. De otro modo, si el Espíritu Santo desciende solo por la oración del obispo, son muy dignos de lástima quienes en casas aisladas, o en fortalezas, o en lugares apartados, después de ser bautizados por los presbíteros y diáconos, se han dormido antes de la visita del obispo. El bienestar de una Iglesia depende de la dignidad de su sumo sacerdote, y a menos que se le asignen algunas funciones extraordinarias y singulares, tendremos tantos cismas en las Iglesias como sacerdotes hay. De ahí que sin la ordenación y la licencia del obispo ni el presbítero ni el diácono tengan poder para bautizar. Y sin embargo, si la necesidad lo exige, sabemos que incluso los laicos pueden bautizar, y con frecuencia lo hacen. Pues así como un hombre recibe, también puede dar; pues difícilmente se dirá que debemos creer que el eunuco a quien Felipe bautizó carecía del Espíritu Santo. La Escritura habla así de él, «Y descendieron ambos al agua; y Felipe lo bautizó.» Y al salir del agua, «El Espíritu Santo cayó sobre el eunuco.» Quizá pienses que debemos oponer a esto el pasaje en que leemos, «Ahora bien, cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan: quienes, cuando descendieron, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo: porque aún no había caído sobre ninguno de ellos.» Pero por qué fue esto, el contexto nos lo dice— «Solo que habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos, y recibieron el Espíritu Santo.» Y si aquí dices que tú haces lo mismo, porque los herejes no han bautizado en el Espíritu Santo, debo recordarte que Felipe no estaba separado de los Apóstoles, sino que pertenecía a la misma Iglesia y predicaba al mismo Señor Jesucristo: que era sin duda un diácono de aquellos que después impusieron las manos a sus conversos. Pero cuando dices que los arrianos no tienen una Iglesia, sino una sinagoga, y que su clero no adora a Dios sino a criaturas e ídolos, ¿cómo puedes sostener que debes obrar según el mismo principio en casos tan completamente diferentes?
    L. Repeles mi ataque de frente con vigor y firmeza; pero eres herido por la espalda y dejas tu retaguardia expuesta a los dardos. Concedamos incluso que los arrianos no tienen bautismo y, por tanto, que el Espíritu Santo no puede ser dado por ellos, porque ellos mismos aún no han recibido la remisión de los pecados; esto contribuye enteramente a la victoria de mi lado, y toda tu lucha argumentativa no es sino trabajo laborioso para darme la palma del vencedor. Un arriano no tiene bautismo; ¿cómo es, pues, que tiene el episcopado? Ni siquiera hay un laico entre ellos, ¿cómo puede haber un obispo? Yo no puedo recibir a un mendigo, ¿tú recibes a un rey? Tú entregas tu campamento al enemigo, ¿y nosotros hemos de rechazar a uno de sus desertores?

    Luciferianos, § 11

    11. O. Si recuerdas lo que se ha dicho, sabrías que ya has sido respondido; pero al ceder al amor de la contradicción te has desviado del asunto, como aquellas personas que son habladoras antes que elocuentes, y que, cuando no pueden argumentar, siguen todavía disputando. En la presente ocasión no es mi propósito ni acusar ni defender a los arrianos, sino más bien pasar con seguridad el poste de la meta, y sostener que recibimos a un obispo por la misma razón que tú recibes a un laico. Si concedes perdón a los que yerran, yo también perdono al penitente. Si el que bautiza a una persona en nuestra fe no ha tenido ningún efecto perjudicial sobre la persona bautizada, se sigue que el que consagra a un obispo en la misma fe no causa ninguna contaminación a la persona consagrada. La herejía es sutil, y por eso los simples de mente son fácilmente engañados. Ser engañado es la suerte común del laico y del obispo. Pero tú dices: un obispo no pudo haberse equivocado. La verdad es que se eligen para el episcopado hombres que vienen del seno de Platón y Aristófanes. ¿Cuántos puedes encontrar entre ellos que no estén plenamente instruidos en estos escritores? En verdad, todos, sean quienes sean, que son ordenados hoy día de entre la clase letrada, ponen su estudio no en buscar la médula de la Escritura, sino en cosquillear los oídos del pueblo con las flores de la retórica. Hemos de añadir además que la herejía arriana va de la mano de la sabiduría del mundo, y toma sus corrientes de argumento de las fuentes de Aristóteles. Y así actuaremos como niños cuando intentan superarse unos a otros: lo que tú digas, diré yo; lo que afirmes, afirmaré; lo que niegues, negaré. Permitimos que un arriano pueda bautizar; entonces debe ser obispo. Si estamos de acuerdo en que el bautismo arriano es inválido, tú debes rechazar al laico, y yo no debo aceptar al obispo. Te seguiré adondequiera que vayas; o nos quedaremos atascados juntos en el barro, o saldremos juntos.

    Luciferianos, § 12

    12. L. Perdonamos a un laico porque, al ser bautizado, tenía la sincera impresión de unirse a la Iglesia. Creyó y fue bautizado conforme a su fe.
    O. Eso es cosa nueva: que un hombre sea hecho cristiano por quien no es cristiano. Cuando se unió a los arrianos, ¿en qué fe fue bautizado? Sin duda en la que los arrianos sostenían. Si, por el contrario, suponemos que su propia fe era recta, pero que a sabiendas fue bautizado por herejes, no merece la indulgencia que concedemos a los que yerran. Pero es del todo absurdo imaginar que, yendo como discípulo al maestro, entienda su arte antes de haberlo aprendido. ¿Puedes suponer que un hombre que acaba de apartarse del culto de los ídolos conoce a Cristo mejor que su maestro? Si dices que creyó sinceramente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y por eso obtuvo el bautismo, ¿qué significa, pregunto, ser sinceramente ignorante de aquello que se cree? Creyó sinceramente. ¿Qué creyó? Es claro que, al oír los tres nombres, creyó en tres dioses y fue idólatra; o bien, por los tres títulos, fue llevado a creer en un Dios con tres nombres, y cayó así en la herejía sabeliana. O tal vez fue adiestrado por los arrianos para creer que hay un solo Dios verdadero, el Padre, pero que el Hijo y el Espíritu Santo son criaturas. Qué otra cosa haya podido creer, lo ignoro; pues apenas podemos pensar que un hombre criado a la sombra del Capitolio hubiese aprendido la doctrina de la Trinidad consustancial. En tal caso habría sabido que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no se distinguen en naturaleza, sino en persona. Habría sabido también que el nombre de Hijo estaba implicado en el de Padre, y el nombre de Padre en el de Hijo. Es ridículo afirmar que alguien puede disputar acerca de la fe antes de creerla; que entiende un misterio antes de haber sido iniciado; que el que bautiza y el bautizado tienen opiniones distintas acerca de Dios. Además, es costumbre en el bautismo preguntar, después de la confesión de fe en la Trinidad: ¿crees en la santa Iglesia? ¿Crees en la remisión de los pecados? ¿En qué Iglesia dices que creyó? ¿En la Iglesia de los arrianos? Pero ellos no tienen Iglesia. ¿En la nuestra? Pero el hombre no fue bautizado en ella: no podía creer en aquello que ignoraba.
    L. Veo que puedes charlar con habilidad sobre cada punto que planteo; y cuando disparamos un dardo, lo esquivas con una arenga que te sirve de escudo. Arrojaré, pues, una sola lanza, bastante fuerte para traspasar tus defensas y la granizada de tus palabras. No permitiré ya que la fuerza sea vencida por el artificio. Incluso un laico bautizado fuera de la Iglesia, si es bautizado conforme a la fe, es recibido solo como penitente; pero un obispo, o no hace penitencia y sigue siendo obispo, o, si hace penitencia, deja de ser obispo. Por tanto, obramos rectamente al recibir al laico penitente y al rechazar al obispo, si quiere permanecer en su oficio.
    O. Una flecha disparada con el arco bien tenso no es fácil de esquivar, pues alcanza a aquel contra quien fue lanzada antes de que pueda alzarse el escudo para detenerla. Pero tus proposiciones carecen de punta y, por tanto, no pueden herir al adversario. La lanza que has arrojado con todas tus fuerzas y sobre la que pronuncias palabras tan amenazadoras, la desvío —como se dice— con mi dedo meñique. El punto en discusión no es solo si un obispo es incapaz de penitencia y un laico capaz, sino si un hereje ha recibido un bautismo válido. Si no lo ha recibido (y esto se sigue de tu posición), ¿cómo puede ser penitente antes de ser cristiano? Muéstrame que un laico que viene de los arrianos tiene bautismo válido, y entonces no le negaré la penitencia. Pero si no es cristiano, si no tuvo sacerdote que lo hiciera cristiano, ¿cómo puede hacer penitencia cuando todavía no es creyente?

    Luciferianos, § 14

    14. L. Te ruego que dejes a un lado los métodos de los filósofos y hablemos con sencillez cristiana; es decir, si estás dispuesto a seguir no a los lógicos, sino a los pescadores galileos. ¿Te parece justo que un arriano sea obispo?
    O. Tú pruebas que es obispo porque recibes a los que él ha bautizado. Y aquí está tu culpa: ¿por qué hay muros de separación entre nosotros, cuando estamos unidos en la fe y en recibir a los arrianos?
    L. Antes te pedí que no hablaras como filósofo, sino como cristiano.
    O. ¿Quieres aprender, o discutir?
    L. Claro que discuto, porque quiero saber la razón de lo que haces.
    O. Si discutes, ya tienes respuesta. Recibo a un obispo arriano por la misma razón por la que tú recibes a quien solo está bautizado. Si quieres aprender, pásate a mi lado: pues al adversario hay que vencerlo; solo al discípulo se le puede enseñar.
    L. Antes de poder ser discípulo, he de oír predicar a quien sienta que es mi maestro.
    O. No estás obrando con entera equidad: deseas que sea tu maestro a condición de poder tratarme como adversario cuando te plazca. Te enseñaré, pues, con el mismo espíritu. Estamos de acuerdo en la fe, estamos de acuerdo en recibir herejes; estemos también unidos en las condiciones de comunión.
    L. Eso no es enseñar, sino discutir.
    O. Como me pides paz con el escudo en la mano, también yo debo llevar mi rama de olivo con una espada injerida en ella.
    L. Bajo las manos en señal de sumisión. Eres el vencedor. Pero, al deponer las armas, pregunto qué significa el juramento que me obligas a prestar.
    O. Ciertamente, pero primero te felicito y doy gracias a Cristo, mi Dios, por tus buenas disposiciones, que te han hecho apartarte de la insípida enseñanza de los sardos para volverte a la que el mundo entero aprueba como verdadera; y ya no digas, como hacen algunos, «Socorre, Señor; porque el piadoso burla.» Con sus impías palabras anulan la cruz de Cristo, sujetan al Hijo de Dios al diablo y querrían que entendiéramos que la lamentación del Señor sobre los pecadores se aplica a todos los hombres, «¿Qué provecho hay en mi sangre, cuando desciendo a la fosa?» Pero no quiera Dios que nuestro Señor haya muerto en vano. [] El hombre fuerte es atado, y sus bienes son saqueados. Se cumple lo que dice el Padre, «Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra.» «Entonces aparecieron los cauces de las aguas, y se descubrieron los cimientos del mundo.» «En ellos puso tabernáculo para el sol, y no hay nada que se esconda de su calor.» El salmista, plenamente poseído por Dios, canta, «Las espadas del enemigo han llegado a su fin, y las ciudades que tú has derribado.»

    La historia: Rímini y Nicea (§ 15–21)

    Luciferianos, § 15

    ¿Y cuál es la posición, quisiera saber, de esas personas excesivamente escrupulosas, o más bien excesivamente profanas, que afirman que hay más sinagogas que Iglesias? ¿Cómo es que los reinos del diablo han sido destruidos y, ahora al fin, en la consumación de los siglos, han caído los ídolos? Si Cristo no tiene Iglesia, o si tiene una sola, en Cerdeña, se ha vuelto muy pobre. Y si Satanás posee Britania, Galia, Oriente, las razas de la India, las naciones bárbaras y el mundo entero al mismo tiempo, ¿cómo es que los trofeos de la cruz se han recogido en un mero rincón de la tierra? El poderoso adversario de Cristo, en verdad, le cedió la serpiente de España: desdeñó poseer una provincia pobre y sus habitantes medio muertos de hambre. Si se lisonjean de tener de su parte aquel versículo del Evangelio, [] «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?» permítaseme recordarles que la fe de que se trata es aquella de la cual dijo el Señor mismo, [] «Tu fe te ha salvado.» Y en otro lugar, del centurión, [] «Ni aun en Israel he hallado tanta fe.» Y de nuevo, a los Apóstoles, [] «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» En otro lugar también, [] «Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará.» Porque ni el centurión ni aquella pobre mujer que durante doce años se consumía con flujo de sangre habían creído en los misterios de la Trinidad, pues estos fueron revelados a los Apóstoles después de la resurrección de Cristo; de modo que la fe de quienes creen en el misterio de la Trinidad pudiera tener su debida preeminencia: pero fue su sencillez de corazón y su devoción a su Dios lo que halló la aprobación de nuestro Señor: [] «Pues decía dentro de sí: Si solo toco su manto, quedaré sana.» Esta es la fe que nuestro Señor dijo que rara vez se hallaba. Esta es la fe que, aun en el caso de quienes creen rectamente, es difícil hallar en perfección. [] «Conforme a tu fe te sea hecho,» dice Dios. No me agrada, en verdad, el sonido de esas palabras. Porque si se me hace conforme a mi fe, pereceré. Y sin embargo, ciertamente creo en Dios Padre, creo en Dios Hijo y creo en Dios Espíritu Santo. Creo en un solo Dios; no obstante, no quisiera que se me hiciera conforme a mi fe. Porque el enemigo viene a menudo y siembra cizaña en la mies del Señor. No quiero dar a entender que haya algo mayor que la pureza de corazón que cree ese misterio; pero una fe indudable hacia Dios es ciertamente difícil de hallar. Para aclarar mi pensamiento, supongamos un caso: — Estoy de pie para orar; no podría orar si no creyera; pero si creyera de verdad, limpiaría ese corazón mío con el cual se ve a Dios, me golpearía el pecho con las manos, las lágrimas correrían por mis mejillas, mi cuerpo se estremecería, mi rostro palidecería, me tendería a los pies de mi Señor, lloraría sobre ellos y los enjugaría con mis cabellos; me asiría a la cruz y no soltaría la presa hasta alcanzar misericordia. Pero, de hecho, con frecuencia en mis oraciones estoy paseando por los pórticos, o computando mis intereses, o soy arrastrado por pensamientos viles, ocupado en cosas cuya sola mención me hace sonrojar. ¿Dónde está nuestra fe? ¿Hemos de suponer que así oraba Jonás? ¿O los tres jóvenes? ¿O Daniel en el foso de los leones? ¿O el ladrón en la cruz? He dado estos ejemplos para que entiendas mi pensamiento. Mas comunique cada uno con su propio corazón, y hallará a lo largo de toda la vida cuán raro es hallar un alma tan fiel que no haga nada por amor a la gloria, nada a causa del mezquino murmullo de los hombres. Pues el que ayuna no por ello ayuna inmediatamente para Dios, ni el que tiende la mano a un pobre presta al Señor. El vicio es vecino inmediato de la virtud. Es difícil contentarse con que solo Dios sea juez.

    Luciferianos, § 16

    16. L. Reservaba ese pasaje para el final, y te has anticipado a mi pregunta sobre él. Casi todos los de nuestro partido, o mejor dicho ya no los míos, lo usan como una especie de ariete polémico; en cuanto tal, me alegra sobremanera verlo hecho pedazos y pulverizado. Pero ¿tendrás la bondad de explicarme plenamente, no como adversario sino como discípulo, por qué la Iglesia recibe a los que vienen de los arrianos? La verdad es que no puedo responderte una palabra, pero todavía no asiento de corazón a lo que dices.

    Luciferianos, § 17

    17. O. Cuando Constancio ocupaba el trono y Eusebio e Hipacio eran cónsules, se compuso, bajo pretexto de unidad y de fe, un símbolo infiel, como ahora se reconoce que lo fue. Pues en aquel tiempo nada parecía tan propio de la piedad, nada tan conveniente a un siervo de Dios, como seguir la unidad y rehuir la separación de la comunión con el resto del mundo. Y tanto más cuanto que la profesión de fe corriente ya no mostraba a primera vista nada profano. «Creemos,» decían, «en un solo Dios verdadero, Padre todopoderoso. Esto también confesamos: Creemos en el Hijo unigénito de Dios, que antes de todos los siglos y antes de todos sus orígenes nació de Dios. Creemos, además, que el Hijo unigénito nació solo del Padre solo, Dios de Dios, semejante a su Padre que lo engendró, según las Escrituras; cuyo nacimiento nadie conoce, sino solo el Padre que lo engendró.» ¿Encontramos insertas aquí palabras como «Hubo un tiempo en que no existía?» o «El Hijo de Dios es una criatura, aunque no hecha de cosas que existen.» No. Ciertamente, esta es la perfección de la fe: decir que creemos que es Dios de Dios. Además, lo llamaron unigénito, «nacido solo del Padre.» ¿Qué significa nacido? Sin duda, no hecho. Su nacimiento apartó toda sospecha de que fuese criatura. Añadieron además: «Que descendió del cielo, fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de la Virgen María, fue crucificado por Poncio Pilato, resucitó al tercer día de entre los muertos, subió al cielo, está sentado a la diestra del Padre, y ha de venir a juzgar a vivos y muertos.» Había en las palabras un tono de piedad, y nadie pensó que con la miel de semejante proclamación se mezclara veneno.

    Luciferianos, § 18

    18. En cuanto al término Usía, no fue rechazado sin una apariencia de razón para ello. «Porque no se halla en las Escrituras,» decían, «y su novedad es para muchos piedra de tropiezo, hemos juzgado mejor prescindir de él.» Los obispos no se inquietaron por el nombre, con tal que lo que implicaba quedara asegurado. Finalmente, en el preciso momento en que corría el rumor de que había habido alguna insinceridad en la declaración de fe, Valente, obispo de Mursa, que la había redactado, en presencia de Tauro, prefecto del pretorio, que asistía al Sínodo por orden imperial, declaró que no era arriano y que aborrecía por completo sus blasfemias. Sin embargo, la cosa se había hecho en secreto y no había extinguido el sentimiento general. Así, al día siguiente, cuando multitudes de obispos y laicos se reunieron en la iglesia de Arimino, Muzonio, obispo de la provincia de Bizacena, a quien todos, por razón de antigüedad, asignaron el primer rango, habló así: «Uno de los nuestros ha sido autorizado para leeros, reverendos padres, qué informes se están difundiendo y han llegado hasta nosotros, a fin de que las opiniones malvadas que deberían herir nuestros oídos y ser desterradas de nuestros corazones sean condenadas a una sola voz por todos nosotros.» Todo el cuerpo de obispos respondió: De acuerdo. Y así, cuando Claudio, obispo de la provincia de Piceno, a petición de todos los presentes, comenzó a leer las blasfemias atribuidas a Valente, Valente negó que fueran suyas y gritó en alta voz: «Si alguno niega a Cristo nuestro Señor, el Hijo de Dios, engendrado del Padre antes de los siglos, sea anatema.» Hubo un coro general de aprobación: «Sea anatema.» «Si alguno niega que el Hijo sea semejante al Padre según las Escrituras, sea anatema.» Todos respondieron: «Sea anatema.» «Si alguno no dice que el Hijo de Dios es coeterno con el Padre, sea anatema.» Hubo de nuevo un coro de aprobación: «Sea anatema.» «Si alguno dice que el Hijo de Dios es una criatura, como las demás criaturas, sea anatema.» La respuesta fue la misma: «Sea anatema.» «Si alguno dice que el Hijo procede de cosas no existentes, y no de Dios Padre, sea anatema.» Todos gritaron a una: «Sea anatema.» «Si alguno dice: Hubo un tiempo en que el Hijo no existía, sea anatema.» En este punto todos los obispos y toda la Iglesia juntamente recibieron las palabras de Valente con palmadas y pataleos. Y si alguien piensa que hemos inventado el relato, examine los registros públicos. En todo caso, los archivos de las Iglesias están llenos de ello, y el suceso está fresco en la memoria de los hombres. Algunos de los que participaron en el Sínodo viven todavía, y los propios arrianos (hecho que puede poner la verdad fuera de toda discusión) no niegan la exactitud de nuestro relato. Así, cuando todos ensalzaron a Valente hasta el cielo y se condenaron con penitencia por haber sospechado de él, el mismo Claudio que antes había comenzado a leer dijo: «Quedan aún unos pocos puntos que han escapado a la atención de mi señor y hermano Valente; si os parece bien, para disipar todo escrúpulo, pronunciemos sobre ellos un voto general de censura. Si alguno dice que el Hijo de Dios existía ciertamente antes de todos los siglos, pero de ningún modo antes de todo tiempo, de suerte que anteponga algo a Él, sea anatema.» Y muchas otras cosas de aspecto sospechoso fueron condenadas por Valente cuando Claudio las recitó. Si alguien desea saber más sobre ellas, hallará el relato en las actas del Sínodo de Arimino, fuente de la que yo mismo las he tomado.

    Luciferianos, § 19

    19. Después de estos sucesos, el Concilio se disolvió. Todos regresaron gozosos a sus respectivas provincias. Pues el Emperador y todos los hombres buenos tenían un mismo y único objetivo: que Oriente y Occidente quedaran unidos por el vínculo de la comunión. Pero la maldad no permanece mucho tiempo oculta, y la llaga que se cura superficialmente antes de haberse expulsado el mal humor vuelve a abrirse. Valente y Ursacio y otros asociados a ellos en su maldad, eminentes obispos cristianos por supuesto, comenzaron a agitar sus palmas y a decir que no habían negado que Él fuera una criatura, sino que era semejante a las demás criaturas. En aquel momento el término Usia fue abolido: la fe nicena quedó condenada por aclamación. El mundo entero gimió y se asombró de hallarse arriano. Algunos, por tanto, permanecieron en su propia comunión; otros comenzaron a enviar cartas a aquellos Confesores que, como adherentes de Atanasio, estaban en el destierro; varios lamentaban desesperados las mejores relaciones en que habían entrado. Pero unos pocos, fieles a la naturaleza humana, defendieron su error como una muestra de sabiduría. La nave de los Apóstoles estaba en peligro, era empujada por el viento, sus costados golpeados por las olas: ya no quedaba esperanza alguna. Pero el Señor despertó y mandó a la tempestad que cesara; la bestia murió, y hubo calma de nuevo. Para hablar más llanamente, todos los obispos que habían sido desterrados de sus sedes, por la clemencia del nuevo emperador regresaron a sus Iglesias. Entonces Egipto acogió al triunfante Atanasio; entonces Hilario regresó de la batalla al abrazo de la Iglesia de Galia; entonces Eusebio regresó e Italia depuso sus vestiduras de luto. Los obispos que habían caído en la trampa de Arimino y que sin saberlo habían llegado a ser tenidos por herejes, comenzaron a reunirse, al tiempo que ponían por testigos al Cuerpo de nuestro Señor y a todo lo que hay de santo en la Iglesia de que no tenían sospecha alguna de nada defectuoso en su propia fe. Creímos —decían— que las palabras debían tomarse en su sentido natural, y no sospechábamos que en la Iglesia de Dios, morada misma de la simplicidad y de la sinceridad en la confesión de la verdad, una cosa pudiera guardarse secreta en el corazón y otra proferirse con los labios. Pensamos demasiado bien de hombres malos y fuimos engañados. No supusimos que los obispos de Cristo estuvieran luchando contra Cristo. Había mucho más que decían con lágrimas, pero lo paso por alto en aras de la brevedad. Estaban dispuestos a condenar su anterior suscripción, así como todas las blasfemias de los arrianos. Aquí pregunto a nuestros amigos excesivamente escrupulosos qué piensan que debió hacerse con quienes hicieron esta Confesión. Privar a los viejos obispos —dirán— y ordenar otros nuevos. El plan fue probado. Pero ¿cuántos cuya conciencia no los condena se dejarán privar? Particularmente cuando todo el pueblo que amaba a sus obispos acudía en masa, dispuesto a apedrear y matar a quienes intentaran privarlos. Los obispos deberían —podrá decirse— haberse mantenido aparte dentro de su propia comunión. Es decir, con crueldad insensata habrían entregado el mundo entero al diablo. ¿Por qué condenar a quienes no eran arrianos? ¿Por qué desgarrar a la Iglesia cuando continuaba en la armonía de la fe? Por último, ¿habrían de hacer arrianos de creyentes ortodoxos por obstinación? Sabemos que en el Concilio de Nicea, que fue convocado a causa de la perfidia arriana, ocho obispos arrianos fueron acogidos, y no hay un obispo en el mundo hoy día cuya ordenación no dependa de aquel Concilio. Siendo esto así, ¿cómo podrían obrar en contra de él, cuando su lealtad al mismo les había costado el dolor del destierro?
    Comentario editorial · Rímini en dos tiempos
    «El mundo entero gimió y se asombró de encontrarse arriano» es la frase de Jerónimo sobre el concilio de Rímini, que Wikipedia fecha en 359. Allí se reunieron unos 400 obispos, de los que solo unos 40 eran de antemano partidarios del arrianismo. Wikipedia cuenta el desenlace en dos tiempos: el 21 de julio el concilio aprobó el credo de Nicea y condenó a varios obispos arrianos; el 10 de octubre, en Nike (Tracia), sus enviados aceptaron una revisión del Credo fechado de Sirmio, de formulación homea, y los obispos que quedaban en Rímini fueron forzados a suscribirlo. Jerónimo sitúa el hecho bajo Constancio y los cónsules Eusebio e Hipacio (§ 17) y cuenta que allí se abolió el término usía (§ 19). Atanasio lo relata por su parte en Sobre los concilios de Rímini y Seleucia.

    Luciferianos, § 20

    20. L. ¿De veras fueron entonces recibidos los arrianos después de todo? Dime, te lo ruego, quiénes fueron.
    O. Eusebio, obispo de Nicomedia; Teognis, obispo de Nicea; Saras, a la sazón presbítero de Libia; Eusebio, obispo de Cesarea de Palestina, y otros que sería tedioso enumerar; también Arrio, el presbítero, fuente original de todo el trastorno; Euzoio, el diácono, que sucedió a Eudoxio como obispo de Antioquía, y Aquilas, el lector. Estos tres, que eran clérigos de la Iglesia de Alejandría, fueron los originadores de la herejía.
    L. Supongamos que alguien negara que fueron acogidos de nuevo, ¿cómo ha de refutársele?
    O. Hay hombres todavía vivos que tomaron parte en aquel Concilio. Y si eso no basta, porque debido al tiempo transcurrido son pocos, y es imposible que haya testigos en todas partes, si leemos las actas y los nombres de los obispos del Concilio de Nicea, encontramos que aquellos que acabamos de ver que fueron acogidos de nuevo, suscribieron el homoousion junto con los demás.
    L. ¿Querrás señalar cómo, después del Concilio de Nicea, recayeron en su infidelidad?
    O. Buena sugerencia, pues los incrédulos tienen por costumbre cerrar los ojos y negar que hayan ocurrido cosas que les desagradan. Pero ¿cómo podían después hacer otra cosa que recaer, cuando fue por ellos que el Concilio fue convocado, y sus cartas y tratados impíos, que fueron publicados antes del Concilio, permanecen hasta el día de hoy? Viendo, por tanto, que en aquel tiempo trescientos obispos o más acogieron a unos pocos hombres a quienes podían haber rechazado sin perjuicio para la Iglesia, me sorprende que ciertas personas, que ciertamente son defensores de la fe de Nicea, sean tan duras como para pensar que tres Confesores que regresaban del destierro no estaban obligados, en interés de la salvación del mundo, a hacer lo que tantos varones ilustres hicieron por su propia voluntad. Pero, para volver a nuestro punto de partida, al regreso de los Confesores se determinó, en un sínodo celebrado después en Alejandría, que, exceptuados los autores de la herejía (quienes no podían ser excusados con el pretexto del error), los penitentes fueran admitidos a la comunión con la Iglesia: no porque quienes habían sido herejes pudieran ser obispos, sino porque era claro que los recibidos no habían sido herejes. Occidente asintió a esta decisión, y fue mediante esta conclusión, que las necesidades de los tiempos exigían, como el mundo fue arrebatado de las fauces de Satanás. He llegado a un asunto muy difícil, donde me veo obligado, contra mi voluntad y mi propósito, a pensar de aquel santo varón Lucifero de modo algo distinto de lo que sus méritos exigen y mi propia cortesía requiere. Pero ¿qué voy a hacer? La verdad abre mi boca e insta a mi lengua renuente a proferir los pensamientos de mi corazón. En semejante crisis de la Iglesia, cuando los lobos bramaban con furia, él separó a unas pocas ovejas y abandonó al resto del rebaño. Él mismo era un buen pastor, pero dejaba un vasto botín a las bestias de presa. No hago caso de informes originados por ciertos maldicientes, aunque ellos los sostengan como hechos autenticados; tales como que obró así por amor a la gloria y por el deseo de legar su nombre a la posteridad; o también que fue movido por el rencor que guardaba contra Eusebio a causa de la disputa de Antioquía. No creo ninguno de estos informes en el caso de tal hombre; y esto lo afirmaré constantemente incluso ahora: que la diferencia entre nosotros y él es de palabras, no de cosas, si realmente recibe a quienes han sido bautizados por los arrianos.

    Luciferianos, § 21

    21. L. El relato que yo antes solía oír de estas cosas era muy distinto y, como ahora pienso, más calculado para promover el error que la esperanza. Pero doy gracias a Cristo mi Dios por derramar en mi corazón la luz de la verdad, para que ya no llame profanamente a la Iglesia, que es su Virgen, la ramera del diablo. Hay otro punto que quisiera que me explicaras. ¿Qué hemos de decir de Hilario, que no recibe ni siquiera a quienes han sido bautizados por los arrianos?
    O. Puesto que Hilario, cuando dejó la Iglesia, era solo diácono, y puesto que la Iglesia es para él, aunque solo para él, una mera multitud mundana, no puede ni celebrar debidamente la Eucaristía, pues no tiene obispos ni presbíteros, ni puede dar el bautismo sin la Eucaristía. Y como el hombre ya ha muerto, en cuanto que era diácono y no podía ordenar a nadie que lo sucediera, su secta murió con él. Pues no existe tal cosa como una Iglesia sin obispos. Pero pasando por alto a unas muy pocas personas insignificantes que en su propia estima son a la vez laicos y obispos, permíteme mostrarte qué opinión debemos mantener respecto de la Iglesia en general.
    L. Has resuelto una gran cuestión en tres palabras, como suele decirse, y en verdad, mientras hablas, siento que estoy de tu lado. Pero cuando te detienes, surgen viejos recelos sobre por qué recibimos a quienes han sido bautizados por herejes.
    O. Eso es justamente lo que tenía en mente cuando dije que mostraría qué opinión debemos mantener respecto de la Iglesia en general. Pues muchos están agitados por los recelos de que hablas. Quizá sea tedioso en mi explicación, pero vale la pena si la verdad sale ganando.

    El trigo y la cizaña; Cipriano e Hilario (§ 22–28)

    Luciferianos, § 22

    22. El arca de Noé era figura de la Iglesia, como dice el apóstol Pedro: [] «En el arca de Noé pocas, es decir, ocho almas, fueron salvadas por agua: la cual, en una verdadera semejanza, ahora nos salva, a saber, el bautismo.» Como en el arca había toda clase de animales, así también en la Iglesia hay hombres de todas las razas y caracteres. Como en la una había el leopardo con los cabritos, el lobo con los corderos, así en la otra se hallan los justos y los pecadores, es decir, [] vasos de oro y de plata junto con los de madera y de barro. El arca tenía sus estancias: la Iglesia tiene muchas moradas. Ocho almas fueron salvadas en el arca de Noé. Y [] el Eclesiastés nos manda «dar porción a siete, y aun a ocho», esto es, creer en ambos Testamentos. Por esto algunos salmos llevan la inscripción para la octava, y por esto el salmo ciento diecinueve está dividido en porciones de ocho versículos, cada una comenzando con su propia letra, para instrucción de los justos. Las bienaventuranzas que nuestro Señor habló a sus discípulos en el monte, delineando con ello a la Iglesia, son ocho. Y Ezequiel para la construcción del templo emplea el número ocho. Y encontrarás muchas otras cosas expresadas del mismo modo en las Escrituras. También el cuervo es enviado desde el arca pero no regresa, y después la paloma anuncia la paz a la tierra. Así también en el bautismo de la Iglesia, aquel pájaro inmundo, el diablo, es expulsado, y la paloma del Espíritu Santo anuncia la paz a nuestra tierra. La construcción del arca era tal que comenzaba con treinta codos de ancho y gradualmente se estrechaba hasta uno. Del mismo modo, la Iglesia, que consta de muchos grados, termina en diáconos, presbíteros y obispos. El arca estuvo en peligro en el diluvio; la Iglesia está en peligro en el mundo. Cuando Noé salió del arca plantó una viña, bebió de ella y se embriagó. Cristo también, nacido en la carne, plantó la Iglesia y sufrió. El hijo mayor se burló de la desnudez de su padre, el menor la cubrió: y los judíos se mofaron de Dios crucificado, los gentiles lo honraron. Me faltaría la luz del día si hubiera de explicar todos los misterios del arca y compararlos con la Iglesia. ¿Quiénes son entre nosotros las águilas? ¿Quiénes las palomas y los leones, quiénes los ciervos, quiénes los gusanos y las serpientes? En cuanto nuestro asunto lo requiere, te lo mostraré brevemente. No son solo las ovejas las que permanecen en la Iglesia, ni solo las aves limpias vuelan de un lado a otro allí; sino que en medio del grano se siembra otra semilla, «entre los campos limpios de grano, cardos y abrojos y avena estéril se enseñorean de la tierra.» ¿Qué ha de hacer el labrador? ¿Arrancar la cizaña? En tal caso, toda la cosecha se destruye con ella. Cada día el granjero ahuyenta diligentemente a los pájaros con ruidos extraños, o los espanta con espantapájaros: aquí chasquea un látigo, allí extiende algún otro objeto para aterrorizarlos. No obstante, sufre las incursiones de los veloces corzos o el capricho de los asnos salvajes; aquí los ratones llevan el grano a sus graneros subterráneos, allí las hormigas se apiñan y devastan el campo de trigo. Así están las cosas. Nadie que tenga tierra está libre de cuidado. Mientras el padre de familia dormía, el enemigo sembró cizaña entre el trigo, y cuando los siervos propusieron ir a arrancarla, el amo se lo prohibió, reservando para sí la separación de la paja y del grano. Hay vasos de ira y de misericordia, de los que el Apóstol habla, en la casa de Dios. Llegará, pues, el día en que los almacenes de la Iglesia sean abiertos y el Señor saque los vasos de ira; y, mientras ellos se van, los santos dirán: [] «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» Nadie puede arrogarse la prerrogativa de Cristo; nadie antes del día del juicio puede juzgar a los hombres. Si la Iglesia ya está limpia, ¿qué reservaremos para el Señor? [] «Hay camino que al hombre le parece recto, pero su fin son caminos de muerte.» Cuando nuestro juicio es tan propenso al error, ¿en la opinión de quién podemos confiar?

    Luciferianos, § 23

    23. Cipriano, de bendita memoria, trató de evitar las cisternas rotas y de no beber de aguas extrañas: y por tanto, rechazando el bautismo herético, convocó su sínodo africano en oposición a Esteban, quien era el vigésimo segundo sucesor del bienaventurado Pedro en la sede de Roma. Se reunieron para discutir este asunto; pero el intento fracasó. Al fin, aquellos mismos obispos que junto con él habían determinado que los herejes debían ser rebautizados, volvieron a la antigua costumbre y publicaron un nuevo decreto. ¿Preguntas qué camino hemos de seguir? Lo que hacemos nos lo transmitieron nuestros antepasados como sus antepasados a ellos. Pero ¿por qué hablar de tiempos posteriores? Cuando la sangre de Cristo acababa de ser derramada y los apóstoles estaban todavía en Judea, se afirmó que el cuerpo del Señor era un fantasma; los gálatas habían sido arrastrados a la observancia de la ley, y el Apóstol estaba por segunda vez de parto con ellos; los corintios no creían en la resurrección de la carne, y él se esforzaba con muchos argumentos por traerlos de vuelta al camino recto. Entonces vinieron Simón Mago y su discípulo Menandro. Se afirmaban a sí mismos ser potencias de Dios. Luego Basílides inventó el dios altísimo Abraxas y las trescientas sesenta y cinco manifestaciones suyas. Luego Nicolás, uno de los siete Diáconos, y uno cuya lascivia no conocía descanso ni de noche ni de día, se entregó a sus sueños inmundos. Nada digo de los herejes judíos que antes de la venida de Cristo destruyeron la ley que se les había entregado: de Dositeo, el jefe de los samaritanos que rechazó a los profetas: de los saduceos que brotaron de su raíz y negaron incluso la resurrección de la carne: de los fariseos que se separaron de los judíos a causa de ciertas observancias superfluas, y tomaron su nombre del hecho de su disensión: de los herodianos que aceptaron a Herodes como el Cristo. Llego a aquellos herejes que han destrozado los Evangelios: Saturnino y los ofitas, los cainitas y setitas, y Carpócrates, y Cerinto, y su sucesor Ebión, y las demás pestes, la mayoría de las cuales brotaron mientras el apóstol Juan aún vivía, y sin embargo no leemos que ninguno de estos hombres fuera rebautizado.

    Luciferianos, § 24

    24. Puesto que hemos hecho mención de aquel santo insigne, mostremos también por su Apocalipsis que la penitencia sin acompañamiento de bautismo debe tenerse por válida en el caso de los herejes. Se imputa [] al ángel de Éfeso haber abandonado su primer amor. En el ángel de la iglesia de Pérgamo se censura [] el comer de lo sacrificado a los ídolos, y la doctrina de los nicolaítas []. Igualmente se reprende [] al ángel de Tiatira a causa de la profetisa Jezabel, de las carnes sacrificadas a los ídolos y de la fornicación. Y, con todo, el Señor exhorta a todos estos a arrepentirse, y añade además amenaza de castigo futuro si no se convierten. Ahora bien, no les urgiría a arrepentirse si no tuviera intención de conceder perdón a los penitentes. ¿Hay alguna indicación de que haya dicho: Sean rebautizados los que han sido bautizados en la fe de los nicolaítas? ¿O que se impongan las manos a aquellos del pueblo de Pérgamo que entonces creyeron, habiendo sostenido la doctrina de Balaam? Antes bien, «Arrepiéntete, pues,» [] dice, «pues de lo contrario vengo pronto a ti, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca.»

    Luciferianos, § 25

    25. Si, no obstante, aquellos que fueron ordenados por Hilario, y que últimamente se han quedado como ovejas sin pastor, están dispuestos a alegar la Escritura en apoyo de lo que el bienaventurado Cipriano dejó en sus cartas abogando por la rebautización de los herejes, les ruego que recuerden que no anatematizó a quienes rehusaron seguirlo. En todo caso, permaneció en comunión con quienes se oponían a sus opiniones. Se contentó con exhortarlos, a causa de Novato y de los muchos otros herejes que entonces brotaban, a no recibir a nadie que no condenara su error anterior. De hecho, concluye así la discusión del asunto con Esteban, el Pontífice Romano: «Estas cosas, hermano carísimo, las he puesto en tu conocimiento a causa de nuestro mutuo respeto y amor no fingido, creyendo, como creo, que por la sinceridad de tu piedad y de tu fe aprobarás lo que es a la vez conforme a la piedad y verdadero en sí mismo. Pero sé que algunos no quieren abandonar opiniones que una vez abrazaron, y son reacios a cambiar de propósito; prefieren, sin romper el vínculo de paz y concordia entre colegas, atenerse a sus propios planes, una vez adoptados. En este asunto no forzamos a nadie, ni imponemos ley a nadie; cada uno siga su libre elección en la administración de la Iglesia: sea cada uno regidor en su propia esfera, puesto que ha de dar cuenta de su acción al Señor.» También en la carta a Jubaiano sobre la rebautización de los herejes, hacia el final, dice esto: «He escrito estas breves observaciones, hermano carísimo, según lo mejor de mi pobre capacidad, sin dictar a nadie ni prejuzgar el caso de nadie: no impediría a un solo obispo hacer lo que cree justo con el pleno ejercicio de su propio juicio. En cuanto es posible, evitamos disputas con colegas y compañeros obispos acerca de los herejes, y mantenemos con ellos una divina armonía y la paz del Señor, particularmente porque el Apóstol dice: [] 'Pero si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios.' Con paciencia y mansedumbre conservamos la caridad en el corazón, el honor de nuestro orden, el vínculo de la fe, la armonía del episcopado.»

    Luciferianos, § 26

    26. Hay otro argumento que aduciré, y contra él ni siquiera Hilario, el moderno Deucalión, se atreverá a murmurar una sílaba. Si los herejes no están bautizados y deben ser rebautizados porque no estaban en la Iglesia, tampoco Hilario mismo es cristiano. Pues fue bautizado en aquella Iglesia que siempre admitió el bautismo de los herejes. Antes de que se celebrara el Sínodo de Arimino, antes de que Lucifero marchara al destierro, Hilario, siendo diácono de la Iglesia Romana, recibía a quienes venían de los herejes en virtud del bautismo que antes habían recibido. Difícilmente puede ser que los arrianos sean los únicos herejes, y que hayamos de aceptar a todos salvo a aquellos a quienes ellos han bautizado. Fuiste diácono, Hilario (puede decir la Iglesia), y recibiste a los que habían bautizado los maniqueos. Fuiste diácono, y reconociste el bautismo de Ebión. De repente, después que surgió Arrio, empezaste a estar muy descontento de ti mismo. Tú y tu casa os separasteis de nosotros, y abristeis una pila bautismal nueva propia. Si algún ángel o apóstol te ha rebautizado, no menospreciaré tu proceder. Pero ya que tú, que alzas tu espada contra mí, eres hijo de mi vientre y alimentado con la leche de mis pechos, devuélveme lo que te di, y sé, si puedes, cristiano de alguna otra manera. Supón que soy una ramera; con todo soy tu madre. Dices: No guardo el lecho conyugal sin mancha; sin embargo, lo que ahora soy, lo era cuando fuiste concebido. Si cometo adulterio con Arrio, lo mismo hice antes con Praxias, con Ebión, con Cerinto y Novato. Los tienes en mucho y los acoges, adúlteros como son, en la casa de tu madre. No sé por qué un adúltero más que otros ha de ofenderte.

    Luciferianos, § 27

    27. Pero si alguien cree que es dudoso si los herejes fueron siempre acogidos por nuestros antepasados, lea las cartas del bienaventurado Cipriano, en las que aplica el látigo a Esteban, obispo de Roma, y a sus errores, que se habían hecho inveterados por la costumbre. Lea también los folletos de Hilario sobre la rebautización de los herejes, que publicó contra nosotros, y allí hallará al propio Hilario confesando que Julio, Marcos, Silvestre y los demás obispos antiguos acogieron igualmente a todos los herejes a penitencia; y, además, para mostrar que no podía reclamar justamente la posesión de la verdadera costumbre; también el Concilio de Nicea, al que no hace mucho nos referimos, acogió a todos los herejes con excepción de los discípulos de Pablo de Samosata. Y, lo que es más, permite que un obispo novaciano, al convertirse, tenga el rango de presbítero, decisión que condena tanto a Lucifero como a Hilario, puesto que la misma persona que es ordenada es también bautizada.

    Luciferianos, § 28

    28. Podría pasarme el día hablando en el mismo sentido y secar todas las corrientes de argumentos con el único Sol de la Iglesia. Pero como ya hemos tenido una larga discusión y la prolongada controversia ha fatigado la atención de nuestro auditorio, os diré mi opinión brevemente y sin reservas. Debemos permanecer en aquella Iglesia que fue fundada por los Apóstoles y continúa hasta hoy. Si alguna vez oís de algunos que se llaman cristianos tomando su nombre no del Señor Jesucristo, sino de algún otro, por ejemplo, marcionitas, valentinianos, hombres del monte o de la llanura, podéis estar seguros de que allí no tenéis la Iglesia de Cristo, sino la sinagoga del Anticristo. Pues el hecho de que hayan surgido después de la fundación de la Iglesia es prueba de que son aquellos cuya venida predijo el Apóstol. Y no se adulen si piensan que tienen autoridad de la Escritura para sus aserciones, ya que el mismo diablo citó la Escritura, y la esencia de las Escrituras no es la letra, sino el sentido. De otro modo, si seguimos la letra, también nosotros podemos inventar un dogma nuevo y afirmar que personas que llevan zapatos y tienen dos túnicas no deben ser recibidas en la Iglesia.
    L. No debes suponer que la victoria es solo tuya. Ambos somos vencedores, y cada uno se lleva la palma: tú vences sobre mí, y yo sobre mi error. Ojalá siempre, cuando discuta, tenga la fortuna de trocar opiniones equivocadas por otras mejores. Debo, sin embargo, hacer una confesión, porque conozco mejor el carácter de mi partido, y confieso que son más fácilmente vencidos que convencidos.

    Contra Vigilancio

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra Vigilancio · Vigilancio, introducción
    Los detalles completos sobre Vigilancio, contra quien se dirige este tratado, fruto del trabajo de una sola noche, pueden hallarse en una obra titulada «Vigilancio y su tiempo», publicada en 1844 por el Dr. Gilly, canónigo de Durham. Quizá sirva, sin embargo, de ayuda al lector si brevemente señalamos que nació hacia 370 en Calagurris, cerca de Convenas (Comminges), estación de la vía romana de Aquitania a España. Su padre era probablemente el mesonero, y Vigilancio parece haberse criado en el negocio paterno. Era de carácter estudioso, y Sulpicio Severo, el historiador eclesiástico, que tenía posesiones en aquellas tierras, lo tomó a su servicio y, posiblemente, lo hizo administrador de sus fincas. Una vez ordenado, fue presentado a Jerónimo (que vivía entonces en Belén, en 395) por Paulino de Nola, amigo de Sulpicio Severo. Después de permanecer con Jerónimo un tiempo considerable, pidió ser despedido y partió con gran prisa sin dar razón alguna. De vuelta en la Galia, se estableció en su país natal. Al oír Jerónimo que difundía informes de que favorecía las opiniones de Orígenes, y que de otras maneras difamaba a él y a sus amigos, le escribió una carta severa de reprensión (Carta LXI). La obra de Vigilancio que arrancó a Jerónimo el siguiente tratado fue escrita en el año 406 d.C.; no «de prisa, bajo la provocación que pudiera haber sentido al dejar Belén», sino después del transcurso de seis o siete años. Los puntos contra los que argumentaba por considerarlos supersticiosos son: (1) la reverencia tributada a las reliquias de los santos varones llevándolas en procesión por la iglesia en vasos costosos o envolturas de seda para besarlas, y las oraciones ofrecidas a los muertos; (2) las vigilias nocturnas en las basílicas de los mártires, con los escándalos que las acompañaban, el encendido de numerosos cirios, supuestos milagros, etc.; (3) el envío de limosnas a Jerusalén, las cuales, urgía Vigilancio, mejor se gastarían en los pobres de cada diócesis, y el voto monástico de pobreza; (4) la estima exagerada de la virginidad.
    El obispo de la diócesis, Exuperio de Tolosa, estaba decididamente a favor de las opiniones de Vigilancio, y estas comenzaron a difundirse ampliamente. Habiendo llegado las quejas a Jerónimo por medio del presbítero Ripario, al punto expresó su indignación y se ofreció a responder detalladamente si se le enviaba la obra de Vigilancio. En 406 la recibió por medio de Sisinio, que llevaba limosnas a Oriente. Con verdad se ha dicho que este tratado tiene menos de razón y más de improperio que cualquier otro escrito por Jerónimo. Pero, a pesar de ello, al autor lo siguieron los principales eclesiásticos de la época, y las prácticas impugnadas por Vigilancio prevalecieron casi sin freno hasta el siglo XVI.

    Vigilancio, § 1

    1. El mundo ha dado a luz muchos monstruos; en Isaías leemos de centauros y sirenas, mochuelos y pelícanos. Job, en lenguaje místico, describe a Leviatán y Behemot; Cerbero y las aves del Estinfalo, el jabalí de Erimanto y el león de Nemea, la Quimera y la Hidra de muchas cabezas, se cuentan en fábulas poéticas. Virgilio describe a Caco. España ha producido a Gerión, con sus tres cuerpos. Solo la Galia no ha tenido monstruos, sino que ha sido siempre rica en varones de valor y de gran elocuencia. De repente ha surgido Vigilancio —o, más correctamente, Dormitancio—, animado por un espíritu inmundo, para luchar contra el Espíritu de Cristo y negar que se deba tributar reverencia religiosa a los sepulcros de los mártires. Las vigilias, dice, han de condenarse; el Aleluya no debe cantarse jamás excepto en Pascua; la continencia es herejía; la castidad, semillero de lujuria. Y como se dice que Euforbo renació en la persona de Pitágoras, así en este sujeto ha resurgido la mente corrompida de Joviniano; de modo que en él, no menos que en su predecesor, estamos obligados a hacer frente a las asechanzas del diablo. Con justicia pueden aplicársele las palabras: «Simiente de malhechores, preparad a vuestros hijos para la matanza a causa de los pecados de vuestro padre.» Joviniano, condenado por la autoridad de la Iglesia de Roma, entre faisanes y carne de cerdo, exhaló, o más bien eructó, su espíritu. Y ahora este tabernero de Calagurris, que, según el nombre de su aldea natal, es un Quintiliano solo mudo en lugar de elocuente, está mezclando agua con el vino. Según la artimaña que conoce de antiguo, intenta mezclar su pérfido veneno con la fe católica; ataca la virginidad y odia la castidad; se regodea con los mundanos y declama contra los ayunos de los santos; hace de filósofo entre copas y se deleita con los dulces sones de la salmodia, mientras se relame con sus tortas de queso; ni siquiera se dignaría escuchar los cantos de David y de Jedutún, de Asaf y de los hijos de Coré, sino en la mesa del banquete. Esto lo he derramado con más dolor que diversión, pues no puedo contenerme y hacerme sordo a las injurias infligidas a apóstoles y mártires.

    Vigilancio, § 2

    2. Vergonzoso es de contar: hay obispos que, según se dice, están asociados con él en su maldad —si al menos han de llamarse obispos—, que no ordenan diáconos sino a los que han estado previamente casados; que no atribuyen castidad a ningún célibe —es más, que muestran claramente qué medida de santidad de vida pueden reclamar al entregarse a malas sospechas de todos los hombres—, y que, si los candidatos a la ordenación no se presentan ante ellos con esposas embarazadas e infantes que lloran en brazos de sus madres, no les administran la ordenanza de Cristo. ¿Qué han de hacer las Iglesias de Oriente? ¿Qué será de las Iglesias egipcias y de las que pertenecen a la Sede Apostólica, que aceptan para el ministerio solo a varones vírgenes, o a quienes practican la continencia, o, si están casados, abandonan los derechos conyugales? Tal es la doctrina de Dormitancio, que echa las riendas al cuello de la lujuria y con su aliento duplica el calor natural de la carne, que en la juventud está casi en ebullición, o más bien lo apaga con el trato con mujeres; de modo que no hay nada que nos separe de los cerdos, nada en que nos distingamos de los brutos, ni de los caballos, respecto de los cuales está escrito: [] «Eran hacia las mujeres como caballos encendidos; cada cual relinchaba tras la mujer de su prójimo.» Esto es lo que dice el Espíritu Santo por boca de David: «No seáis como el caballo o el mulo, que no tienen entendimiento.» Y de nuevo, respecto de Dormitancio y sus amigos: «Sujeta las quijadas de los que no se acercan a ti con freno y con bocado.»

    Vigilancio, § 3

    3. Pero ya es tiempo de que aduzcamos sus propias palabras y le respondamos detalladamente. Pues, posiblemente, en su malicia, opte una vez más por tergiversarme y decir que he inventado un caso para alardear de mis dotes retóricas y declamatorias al combatirlo, como la carta que escribí a la Galia, relativa a una madre y una hija que estaban enemistadas. Este pequeño tratado, que ahora dicto, se debe a los reverendos presbíteros Ripario y Desiderio, quienes escriben que sus parroquias han sido mancilladas por estar en su vecindad, y me han enviado, por medio de nuestro hermano Sisinio, los libros que él vomitó en un acceso de borrachera. Declaran también que se hallan algunas personas que, por su inclinación a sus vicios, asienten a sus blasfemias. Es un bárbaro tanto en el habla como en el conocimiento. Su estilo es tosco. No puede defender ni siquiera la verdad; pero, por amor de los laicos y de las pobres mujeres cargadas de pecados, que siempre aprenden y nunca llegan al conocimiento de la verdad, gastaré en sus melancólicas naderías el trabajo de una sola noche; de lo contrario parecería haber tratado con desprecio las cartas de las reverendas personas que me han rogado emprender la tarea.

    Vigilancio, § 4

    4. Ciertamente representa bien a su raza. Nacido de una caterva de bandoleros y de gentes recogidas de todas partes (me refiero a los que Cneo Pompeyo, tras la conquista de España, cuando se apresuraba a volver para su triunfo, hizo bajar de los Pirineos y reunió en una sola ciudad, de donde el nombre de la ciudad de Convenas), ha proseguido sus prácticas de bandolerismo con su ataque a la Iglesia de Dios. Como sus antepasados los vectones, los arrabacos y los celtíberos, hace incursiones contra las iglesias de la Galia, no llevando el estandarte de la cruz, sino, por el contrario, la enseña del diablo. Pompeyo hizo exactamente lo mismo en Oriente. Después de vencer a los piratas y bandoleros cilicios e isaurios, fundó una ciudad, que llevaba su propio nombre, entre Cilicia e Isauria. Aquella ciudad, sin embargo, observa hasta hoy las ordenanzas de sus antepasados, y no ha surgido en ella ningún Dormitancio; pero la Galia sostiene a un enemigo nativo y ve sentado en la Iglesia a un hombre que ha perdido la cabeza y a quien debería ponerse la camisa de fuerza que recomendó Hipócrates. Entre otras blasfemias, se le puede oír decir: «¿Qué necesidad hay de que no solo tributéis tal honor, por no decir adoración, a la cosa, sea lo que fuere, que lleváis en una vasija pequeña y adoráis?» Y de nuevo, en el mismo libro: «¿Por qué besáis y adoráis un poco de polvo envuelto en un paño?» Y otra vez, en el mismo libro: «Bajo capa de religión vemos introducirse en las iglesias lo que es casi una ceremonia pagana: mientras aún brilla el sol, se encienden montones de velas, y por doquier un miserable poco de polvo, envuelto en un paño costoso, es besado y adorado. ¡Gran honor tributan hombres de esta clase a los bienaventurados mártires, quienes, piensan, han de ser hechos gloriosos con velas de pacotilla, cuando el Cordero que está en medio del trono, con todo el resplandor de su majestad, les da luz?»

    Vigilancio, § 5

    5. Loco, ¿quién en el mundo adoró jamás a los mártires? ¿Quién pensó jamás que un hombre era Dios? ¿Acaso [] Pablo y Bernabé, cuando los habitantes de Licaonia los tuvieron por Júpiter y Mercurio y quisieron ofrecerles sacrificios, no rasgaron sus vestiduras y declararon que eran hombres? No porque no fueran mejores que Júpiter y Mercurio, que no eran sino hombres muertos hace mucho, sino porque, bajo las ideas equivocadas de los gentiles, se les tributaba el honor debido a Dios. Y lo mismo leemos de Pedro, quien, cuando Cornelio quiso adorarlo, lo levantó de la mano y dijo: [] «Levántate, pues yo también soy hombre.» ¿Y tienes la audacia de hablar de «ese algo misterioso que lleváis en una vasija pequeña y adoráis»? Quiero saber qué es eso que llamas «algo así». Dinos más claramente (para que no haya freno a tu blasfemia) qué entiendes por la frase «un poco de polvo envuelto en un paño costoso en una vasija diminuta». No es nada menos que las reliquias de los mártires lo que le molesta ver cubiertas con un velo costoso, y no atadas con harapos o con cilicio, o arrojadas al muladar, para que Vigilancio solo, en su sopor de borracho, sea adorado. ¿Somos, pues, culpables de sacrilegio cuando entramos en las basílicas de los Apóstoles? ¿Fue culpable de sacrilegio el emperador Constancio I cuando trasladó las sagradas reliquias de Andrés, Lucas y Timoteo a Constantinopla? En su presencia gritan los demonios, y los diablos que moran en Vigilancio confiesan que sienten la influencia de los santos. Y hoy en día, ¿es culpable de sacrilegio el emperador Arcadio, que después de tanto tiempo ha llevado los huesos del bienaventurado Samuel de Judea a Tracia? ¿Se ha de considerar a todos los obispos no solo sacrílegos, sino además necios, porque llevaron aquella cosa vilísima, polvo y ceniza, envuelta en seda en vaso de oro? ¿Son necios los pueblos de todas las Iglesias, porque salieron al encuentro de las sagradas reliquias y las acogieron con tanta alegría como si vieran a un profeta vivo en medio de ellos, de modo que hubo una gran muchedumbre de gente desde Palestina hasta Calcedonia, con una sola voz que repetía las alabanzas de Cristo? En verdad adoraban a Samuel y no a Cristo, de quien Samuel era levita y profeta. Muestras desconfianza porque piensas solo en el cuerpo muerto, y por eso blasfemas. Lee el Evangelio: [] «El Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob: Él no es Dios de muertos, sino de vivos.» Si, pues, están vivos, no están, para usar tu expresión, guardados en honroso encierro.
    Comentario editorial · Las reliquias de Andrés, Lucas y Timoteo
    Jerónimo responde a la burla de Vigilancio con ejemplos: el emperador Constancio, que trasladó a Constantinopla las reliquias de Andrés, Lucas y Timoteo, y Arcadio, que ha llevado los huesos de Samuel de Judea a Tracia. En la edición inglesa el primero es «Constancio I»; Wikipedia dice que la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla fue terminada por Constancio II, hijo de Constantino, que quería reunir en ella las reliquias de todos los apóstoles. Según la misma fuente solo se consiguieron las de Andrés, Lucas y Timoteo, y los cráneos de los tres eran lo más apreciado de la iglesia. No se ha cotejado aquí el latín de Jerónimo; la numeración «I.» es la de la edición inglesa. Sobre la discusión posterior, véase Culto a los santos, reliquias e imágenes.

    Vigilancio, § 6

    6. Pues dices que las almas de los Apóstoles y de los mártires tienen su morada o en el seno de Abraham, o en el lugar de refrigerio, o bajo el altar de Dios, y que no pueden salir de sus propios sepulcros ni estar presentes donde quieran. Son, al parecer, de rango senatorial, y no están sujetas a la peor clase de prisión ni a la compañía de asesinos, sino que se las mantiene apartadas en liberal y honrosa custodia en las islas de los bienaventurados y en los campos Elíseos. ¿Vas a dictar ley a Dios? ¿Pondrás a los Apóstoles en cadenas? De modo que hasta el día del juicio han de estar encerrados, y no están con su Señor, aunque de ellos está escrito: [] «Ellos siguen al Cordero por dondequiera que va.» Si el Cordero está presente en todas partes, lo mismo ha de creerse de los que están con el Cordero. Y mientras el diablo y los demonios vagan por todo el mundo y con demasiada velocidad se presentan en todas partes, ¿han de permanecer los mártires, después de derramar su sangre, ocultos encerrados en un ataúd, de donde no pueden escapar? Dices en tu panfleto que mientras estamos vivos podemos orar unos por otros; pero una vez muertos, la oración de nadie por otro puede ser oída, tanto más cuanto que los mártires, aunque [] claman por la venganza de su sangre, nunca han podido obtener su petición. Si los Apóstoles y los mártires, mientras aún están en el cuerpo, pueden orar por otros, cuando aún deben estar ansiosos por sí mismos, ¿cuánto más lo harán una vez que han ganado sus coronas, vencido y triunfado? Un solo hombre, Moisés, a menudo alcanza de Dios perdón para seiscientos mil hombres armados; y [] Esteban, el seguidor de su Señor y primer mártir cristiano, ruega perdón por sus perseguidores; y una vez que han entrado en su vida con Cristo, ¿han de tener menos poder que antes? El apóstol Pablo [] dice que doscientas setenta y seis almas le fueron dadas en la nave; y cuando, después de su disolución, ha comenzado a estar con Cristo, ¿ha de callar la boca y ser incapaz de decir una palabra por los que en todo el mundo han creído en su Evangelio? ¿Será Vigilancio, perro vivo, mejor que Pablo, león muerto? Tendría razón al decirlo según Eclesiastés, si admitiera que Pablo está muerto en espíritu. La verdad es que los santos no son llamados muertos, sino que se dice que duermen. Por lo cual [] Lázaro, que había de resucitar, se dice que durmió. Y el Apóstol [] prohíbe a los tesalonicenses entristecerse por los que dormían. En cuanto a ti, cuando estás bien despierto estás dormido, y dormido cuando escribes, y me presentas un libro apócrifo que, bajo el nombre de Esdras, es leído por ti y por los de tu plumaje, y en este libro está escrito que después de la muerte nadie se atreve a orar por otros. Nunca he leído el libro: pues ¿qué necesidad hay de tomar lo que la Iglesia no recibe? Difícilmente puede ser tu intención confrontarme con Bálsamo, Barbelo y el Tesoro de Maniqueo, y el ridículo nombre de Leusíboras; aunque posiblemente, porque vives al pie de los Pirineos y lindas con Iberia, sigues los increíbles portentos del antiguo heresiarca Basílides y su pretendido conocimiento, que es mera ignorancia, y expones lo que está condenado por la autoridad de todo el mundo. Digo esto porque en tu breve tratado citas a Salomón como si estuviera de tu parte, aunque Salomón jamás escribió las palabras en cuestión; de modo que, como tienes un segundo Esdras, bien puedes tener un segundo Salomón. Y, si quieres, puedes leer las revelaciones imaginarias de todos los patriarcas y profetas, y, cuando las hayas aprendido, cantarlas entre las mujeres en sus telares, o más bien mandar que se lean en tus tabernas, para más fácilmente con estos melancólicos cantares estimular a la turba ignorante a volver a llenar sus copas.

    Vigilancio, § 7

    7. En cuanto a la cuestión de las velas, sin embargo, no las encendemos, como tú en vano nos calumnias, de día, sino que con su consuelo alegramos la oscuridad de la noche, y velamos hasta el alba, para no quedar ciegos como tú y dormir en tinieblas. Y si algunas personas, legos ignorantes y de mente sencilla, o, en todo caso, mujeres religiosas —de quienes con verdad podemos decir, [] «reconozco que tienen celo de Dios, pero no conforme a conocimiento»— adoptan la práctica en honor de los mártires, ¿qué daño te hacen con ello? Antaño incluso los Apóstoles alegaron que el ungüento se desperdiciaba, pero fueron reprendidos por la voz del Señor. Cristo no necesitaba el ungüento, ni los mártires necesitan la luz de las velas; y sin embargo aquella mujer derramó el ungüento en honor de Cristo, y la devoción de su corazón fue aceptada. Todos los que encienden estas velas tienen su recompensa conforme a su fe, como dice el Apóstol: «Cada uno abunde en su propio sentir.» ¿Llamas idólatras a hombres de esta clase? No niego que todos los que creemos en Cristo hemos pasado del error de la idolatría. Pues no nacemos cristianos, sino que llegamos a serlo renaciendo. Y porque antes adorábamos ídolos, ¿se sigue que no debamos adorar ahora a Dios, no sea que parezca que le tributamos el mismo honor que a los ídolos? En un caso se rendía respeto a los ídolos, y por ello la ceremonia debe ser aborrecida; en el otro se venera a los mártires, y por tanto la misma ceremonia debe ser permitida. En toda la Iglesia de Oriente, aun cuando no haya reliquias de los mártires, siempre que ha de leerse el Evangelio se encienden las velas, aunque el alba enrojezca el cielo, no por cierto para disipar la oscuridad, sino para manifestar nuestra alegría. [] Y así las vírgenes del Evangelio tienen siempre sus lámparas encendidas. Y a los Apóstoles se les dice [] que tengan ceñidos los lomos y las lámparas ardiendo en las manos. Y de Juan el Bautista leemos, [] «Él era la lámpara que arde y alumbra»; así, bajo la figura de la luz corporal, se representa aquella luz de la que leemos en el Salterio, «Lámpara es tu palabra para mis pies, oh Señor, y luz para mi senda.»

    Vigilancio, § 8

    8. ¿Acaso el obispo de Roma hace mal cuando ofrece sacrificios al Señor sobre los venerables huesos de los varones muertos Pedro y Pablo, como diríamos nosotros, pero según tú, sobre un poco de polvo sin valor, y juzga sus sepulcros dignos de ser altares de Cristo? Y no solo el obispo de una ciudad está en error, sino los obispos del mundo entero, quienes, a despecho del tabernero Vigilancio, entran en las basílicas de los muertos, en las cuales «un poco de polvo y ceniza sin valor yace envuelto en un lienzo», contaminado y contaminando todo lo demás. Así, según tú, los edificios sagrados son como los sepulcros de los fariseos, blanqueados por fuera, mientras por dentro contienen restos inmundos, y están llenos de malos olores e inmundicia. Y luego él se atreve a escupir su inmundicia sobre el asunto y a decir: «¿Es acaso que las almas de los mártires aman sus cenizas, y revolotean en torno a ellas, y están siempre presentes, no sea que si alguno viene a orar y ellas estuvieran ausentes, no pudieran oír?» ¡Oh monstruo, que debería ser desterrado a los confines de la tierra! ¿Te ríes de las reliquias de los mártires, y en compañía de Eunomio, padre de esta herejía, calumnias a las Iglesias de Cristo? ¿No temes estar en semejante compañía, y hablar contra nosotros las mismas cosas que él profiere contra la Iglesia? Pues todos sus seguidores rehúsan entrar en las basílicas de los Apóstoles y de los mártires, para que, en verdad, adoren al muerto Eunomio, cuyos libros consideran de mayor autoridad que los Evangelios; y creen que la luz de la verdad estaba en él, así como otros herejes sostienen que el Paráclito vino a Montano, y dicen que el mismo Maniqueo era el Paráclito. No puedes hallar ocasión de gloriarte ni siquiera suponiendo que eres el inventor de una nueva clase de maldad, pues tu herejía desde hace mucho tiempo se alzó contra la Iglesia. Halló, sin embargo, un adversario en Tertuliano, varón doctísimo, que escribió un famoso tratado que tituló con gran acierto Scorpiacum, porque, así como el escorpión se encorva como un arco para infligir su herida, así la que antes se llamaba herejía de Caín derrama veneno en el cuerpo de la Iglesia; ha dormido, o más bien ha estado sepultada por largo tiempo, pero ahora ha sido despertada por Dormitancio. Me sorprende que no nos digas que de ningún modo ha de haber martirios, puesto que Dios, que no pide sangre de machos cabríos ni de toros, mucho menos requiere sangre de hombres. Esto es lo que dices, o más bien, aunque no lo digas, se te toma como si quisieras afirmarlo. Pues al sostener que las reliquias de los mártires han de ser pisoteadas, prohíbes el derramamiento de su sangre como indigno de honor alguno.

    Vigilancio, § 9

    9. Acerca de las vigilias y la frecuente celebración de velas nocturnas en las basílicas de los mártires, he dado una breve respuesta en otra carta que, hace unos dos años, escribí al reverendo presbítero Ripario. Tú arguyes que deben ser abjuradas, no sea que parezca que celebramos a menudo la Pascua, y que no observamos las vigilias anuales acostumbradas. Si es así, entonces no deberían ofrecerse sacrificios a Cristo en el día del Señor, no sea que celebremos con frecuencia la Pascua de la Resurrección de nuestro Señor, e introduzcamos la costumbre de tener muchas Pascuas en lugar de una sola. No debemos, sin embargo, imputar a los hombres piadosos las faltas y errores de jóvenes y mujeres sin valor, tales como a menudo se descubren de noche. Es cierto que, aun en las vigilias pascuales, algo de esta índole suele salir a luz; pero las faltas de unos pocos no constituyen argumento contra la religión en general, y tales personas, sin guardar vigilia, pueden extraviarse ya en sus propias casas, ya en las ajenas. La traición de Judas no anuló la lealtad de los Apóstoles. Y si otros velan mal, no por ello han de suspenderse nuestras vigilias; antes bien, que aquellos que duermen para satisfacer su lujuria sean compelidos a velar a fin de preservar su castidad. Pues si una cosa hecha una vez es buena, no puede ser mala si se hace a menudo; y si hay alguna falta que evitar, la culpa no está en que se haga a menudo, sino en que se haga de cualquier modo. Y así no deberíamos velar en tiempo pascual por temor de que los adúlteros satisfagan sus deseos largo tiempo reprimidos, o de que la mujer halle ocasión de pecar sin que su marido le haya echado la llave. Las ocasiones que rara vez se repiten son las que se anhelan con más avidez.

    Vigilancio, § 10

    10. No puedo recorrer todos los temas que abarcan las cartas de los reverendos presbíteros; aduciré unos pocos puntos de los tratados de Vigilancio. Arguye él contra las señales y milagros que se obran en las basílicas de los mártires, y dice que sirven a los incrédulos, no a los creyentes, como si la cuestión fuera ahora para provecho de quiénes ocurren, y no por qué poder. Concedido que las señales pertenecen a los infieles, quienes, por no querer obedecer la palabra y la doctrina, son llevados a creer por medio de señales. Aun nuestro Señor obró señales para los incrédulos, y sin embargo las señales de nuestro Señor no han de ser impugnadas por ello, porque aquellas gentes eran infieles, sino que deben ser dignas de mayor admiración porque fueron tan poderosas que sojuzgaron aun los corazones más duros, y compelieron a los hombres a creer. Y así no permitiré que me digas que las señales son para los incrédulos; responde más bien a mi pregunta: ¿cómo es que un poco de polvo y ceniza sin valor está asociado con este poder admirable de señales y milagros? Veo, veo, oh el más desdichado de los mortales, por qué estás tan triste y qué causa tu temor. Aquel espíritu inmundo que te fuerza a escribir estas cosas ha sido a menudo atormentado por este polvo sin valor, sí, y está siendo atormentado en este momento, y aunque en tu caso oculta sus heridas, en otros hace confesión. Difícilmente seguirás al pagano e impío Porfirio y a Eunomio, y fingirás que estos son trucos de los demonios, y que no gritan de verdad, sino que simulan sus tormentos. Déjame darte mi consejo: ve a las basílicas de los mártires, y algún día serás limpiado; hallarás allí a muchos en caso semejante al tuyo, y serás abrasado, no por las velas de los mártires que te ofenden, sino por llamas invisibles; y entonces confesarás lo que ahora niegas, y proclamarás libremente tu nombre: que tú, que hablas en la persona de Vigilancio, eres realmente o Mercurio, porque ávido de ganancia era él; o Nocturno, quien, según el «Anfitrión» de Plauto, durmió mientras Júpiter, dos noches seguidas, tenía su comercio adúltero con Alcmena, y engendró así al poderoso Hércules; o en todo caso el padre Baco, de fama ebria, con la jarra colgada del hombro, con su rostro siempre rojizo, labios espumantes y desenfrenada pendencia.

    Vigilancio, § 11

    11. En cierta ocasión, cuando un repentino terremoto en esta provincia, en medio de la noche, nos despertó a todos de nuestro sueño, tú, el más prudente y el más sabio de los hombres, comenzaste a orar sin ponerte la ropa, y trajiste a nuestra memoria la historia de Adán y Eva en el Paraíso; ellos, en verdad, cuando sus ojos se abrieron se avergonzaron, pues vieron que estaban desnudos, y cubrieron su vergüenza con hojas de árboles; pero tú, despojado a la vez de tu túnica y de tu fe, en el súbito terror que te sobrecogió, y con los vapores de la borrachera de la noche anterior aún rondándote, mostraste tu sabiduría exponiendo tu desnudez de manera harto evidente a los ojos de los hermanos. Tales son los adversarios de la Iglesia; estos son los caudillos que combaten contra la sangre de los mártires; he aquí una muestra de los oradores que truenan contra los Apóstoles, o, más bien, tales son los perros rabiosos que ladran a los discípulos de Cristo.

    Vigilancio, § 12

    12. Confieso mi propio temor, pues quizá podría pensarse que nace de la superstición. Cuando he estado airado, o he tenido malos pensamientos en mi mente, o algún fantasma de la noche me ha engañado, no me atrevo a entrar en las basílicas de los mártires; me estremezco todo en cuerpo y alma. Tú puedes sonreír, quizá, y burlarte de esto como si estuviera al nivel de las locas fantasías de mujeres débiles. Si así es, no me avergüenzo de tener una fe como la de aquellas que fueron las primeras en ver al Señor resucitado; que fueron enviadas a los Apóstoles; que, en la persona de la madre de nuestro Señor y Salvador, fueron encomendadas a los santos Apóstoles. Eructa tu vergüenza, si quieres, con los hombres del mundo; yo ayunaré con las mujeres; sí, con hombres religiosos cuyos rostros dan testimonio de su castidad, y que, con la mejilla pálida por la prolongada abstinencia, muestran la castidad de Cristo.

    Vigilancio, § 13

    13. También algo parece turbarte. Temes que, si la continencia, la sobriedad y el ayuno echan raíces entre el pueblo de la Galia, tus tabernas no rindan, y no puedas mantener durante la noche tus vigilias diabólicas y tus orgías de borrachera. Además, he sabido por esas mismas cartas que, desafiando la autoridad de Pablo, y más bien de Pedro, Juan y Santiago, quienes dieron la diestra de comunión a Pablo y Bernabé, y les mandaron acordarse de los pobres, prohíbes que se envíe a Jerusalén socorro alguno en dinero para beneficio de los santos. Ahora bien, si respondo a esto, inmediatamente darás rienda suelta a la lengua y gritarás que defiendo mi propia causa. Tú, en verdad, fuiste tan generoso con toda la comunidad que, si no hubieras venido a Jerusalén, y derrochado tu propio dinero o el de tus patronos, todos estaríamos al borde de la inanición. Digo lo que dice el bienaventurado apóstol Pablo en casi todas sus Epístolas; y él establece como regla para las Iglesias de los gentiles que, en el primer día de la semana, es decir, en el día del Señor, cada uno haga contribuciones que han de enviarse a Jerusalén para el socorro de los santos, y ello ya por sus propios discípulos, ya por aquellos que ellos mismos aprobaren; y si se estimara conveniente, él mismo enviaría o llevaría lo recogido. También en los Hechos de los Apóstoles, hablando al gobernador Félix, dice: [] «Después de muchos años subí a Jerusalén para llevar limosnas a mi nación y ofrendas, y para cumplir mis votos, entre los cuales me hallaron purificado en el templo.» ¿No habría podido distribuir en otra parte del mundo, y en las Iglesias nacientes que él instruía en su propia fe, los dones que había recibido de otros? Pero él anhelaba dar a los pobres de los lugares santos, quienes, abandonando sus pequeñas posesiones por amor de Cristo, se volvieron de todo corazón al servicio del Señor. Sería demasiado largo ahora si me propusiera repetir todos los pasajes del conjunto de sus Epístolas en los que aboga y urge con todo su corazón para que se envíe dinero a Jerusalén y a los lugares santos para los fieles; no para satisfacer avaricia, sino para dar alivio; no para acumular riquezas, sino para sostener la debilidad del cuerpo pobre, y apartar el frío y el hambre. Y esta costumbre continúa en Judea hasta el día de hoy, no solo entre nosotros, sino también entre los hebreos, para que aquellos que meditan en la ley del Señor día y noche, y no tienen padre alguno sobre la tierra sino solo al Señor, sean sustentados por la ayuda de las sinagogas y de todo el mundo; para que haya [] igualdad— no para que unos sean refrigerados mientras otros están en aprieto, sino para que la abundancia de unos supla la necesidad de otros.

    Vigilancio, § 14

    14. Replicarás que cada uno puede hacer esto en su propio país, y que nunca faltarán pobres a quienes se deba sostener con los recursos de la Iglesia. Y no negamos que se deban distribuir limosnas a todos los pobres, aun a judíos y samaritanos, si los medios lo permiten. Pero el Apóstol enseña que se den limosnas a todos, en efecto, [] especialmente, con todo, a los que son de la familia de la fe. Y respecto de estos dijo el Salvador en el Evangelio, [] «Haceos amigos de las riquezas de iniquidad, para que os reciban en las moradas eternas.» ¡Cómo! ¿Pueden esas pobres criaturas, con sus harapos e inmundicia, dominadas como están por la lujuria desenfrenada, pueden ellas, que nada poseen, ni ahora ni después, tener moradas eternas? Sin duda no son los pobres simplemente, sino los pobres de espíritu, los llamados bienaventurados; aquellos de quienes está escrito, «Bienaventurado el que atiende al pobre y al menesteroso; el Señor lo librará en el día malo.» Pero el hecho es que, al sostener a los pobres del vulgo, lo que se necesita no es mente, sino dinero. En el caso de los pobres santos la mente tiene ejercicios bienaventurados, pues das a quien recibe ruborizándose, y cuando ha recibido se entristece de que, sembrando cosas espirituales, haya de cosechar tus cosas carnales. En cuanto a su argumento de que quienes guardan lo que tienen, y distribuyen entre los pobres, poco a poco, el incremento de su hacienda, obran más sabiamente que quienes venden sus posesiones y de una vez lo dan todo, no yo, sino el Señor responderá: [] «Si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y ven, sígueme.» Habla a aquel que desea ser perfecto, que, con los Apóstoles, deja padre, barca y red. El hombre a quien tú apruebas está en el segundo o tercer rango; sin embargo, lo acogemos, con tal que se entienda que el primero es de preferirse al segundo, y el segundo al tercero.

    Vigilancio, § 15

    15. Añádase que nuestros monjes no han de dejarse disuadir de su resolución por ti, con tu lengua de víbora y tu mordedura salvaje. Tu argumento respecto a ellos es el siguiente: Si todos los hombres se recluyeran y vivieran en soledad, ¿quién habrá de concurrir a las iglesias? ¿Quién quedará para ganar a los que se ocupan en negocios seculares? ¿Quién podrá exhortar a los pecadores a la conducta virtuosa? De igual modo, si todos fueran tan necios como tú, ¿quién podría ser sabio? Y, siguiendo tu argumento, la virginidad no merecería nuestra aprobación. Porque si todos fueran vírgenes, no habría matrimonios; perecería el linaje; no llorarían los niños en sus cunas; las parteras perderían el jornal y se volverían mendigas; y Dormitancio, solo y encogido de frío, velaría despierto en su lecho. La verdad es que la virtud es cosa rara y no es buscada con afán por la multitud. Ojalá todos fueran como los pocos de quienes está dicho: «Muchos son los llamados, mas pocos los escogidos.» La prisión quedaría vacía. Pero, en verdad, la función del monje no es enseñar, sino lamentar; llorar, ya por sí mismo, ya por el mundo, y anticipar con terror el advenimiento de nuestro Señor. Conociendo su propia debilidad y la fragilidad del vaso que lleva, teme tropezar, no sea que golpee contra algo y caiga y se quiebre. Por eso rehúye la vista de las mujeres, y en particular de las jóvenes, y se castiga a sí mismo hasta temer aun lo que es seguro.

    Vigilancio, § 16

    16. ¿Por qué, dirás, ir al desierto? La razón es clara: para no oírte ni verte; para no ser perturbado por tu locura; para no verme envuelto en conflicto contigo; para que el ojo de la ramera no me lleve cautivo; para que la belleza no me conduzca a abrazos ilícitos. Responderás: «Esto no es luchar, sino huir. Ponte en línea de batalla, viste tu armadura y resiste a tus enemigos, para que, habiendo vencido, lleves la corona.» Confieso mi debilidad. No lucharía con la esperanza de vencer, no sea que en algún momento pierda la victoria. Si huyo, evito la espada; si me mantengo firme, debo vencer o caer. Pero ¿qué necesidad hay de que abandone lo cierto y siga lo incierto? O con el escudo o con los pies he de rehuir la muerte. Tú que luchas puedes ser vencido o vencer. Yo que huyo no venzo, en cuanto huyo; pero huyo para asegurarme de no ser vencido. No hay seguridad en dormir con una serpiente a tu lado. Posiblemente no me morderá, pero es posible que después de un tiempo me muerda. Llamamos madres a mujeres que no son mayores que hermanas e hijas, y no nos sonrojamos de encubrir nuestros vicios con nombres de piedad. ¿Qué tiene que hacer un monje en las celdas de las mujeres? ¿Qué significan la conversación secreta y las miradas que evitan la presencia de testigos? El amor santo no tiene deseo inquieto. Además, lo que hemos dicho respecto a la lujuria debemos aplicarlo a la avaricia y a todos los vicios que se evitan mediante la soledad. Por tanto, nos mantenemos lejos de las ciudades populosas, para que no seamos compelidos a hacer lo que se nos insta a hacer, no tanto por naturaleza como por elección.

    Vigilancio, § 17

    17. A petición de los reverendos presbíteros, como he dicho, he dedicado al dictado de estas observaciones el trabajo de una sola noche, pues mi hermano Sisinio apresura su partida para Egipto, donde ha de llevar socorro a los santos, y está impaciente por irse. Si no fuera así, sin embargo, el asunto mismo era tan abiertamente blasfemo como para requerir la indignación de un escritor más que una multitud de pruebas. Pero si Dormitancio despierta para abusar de mí nuevamente, y si considera oportuno denigrarme con esa misma boca blasfema con la que despedaza a los Apóstoles y a los mártires, gastaré en él algo más que esta breve lucubración. Velaré una noche entera en favor suyo y de sus compañeros, sean discípulos o maestros, que piensan que nadie es digno del ministerio de Cristo a menos que esté casado y se vea a su esposa encinta.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron los tres tratados

    Los tres tratados comparten un gesto: Jerónimo toma una opinión que le parece una novedad peligrosa y la confunde con la tradición común de la Iglesia, citando la Escritura, los escritores anteriores y, en el Diálogo, la historia reciente. Pero cada uno sale de una situación distinta. Contra Helvidio defiende una doctrina, la de la virginidad perpetua de María, frente a un seglar de Roma; el Diálogo discute una cuestión de disciplina, quién puede ser recibido en el clero tras haber cedido al arrianismo; contra Vigilancio defiende unas costumbres, las de las reliquias, las vigilias y la vida monástica. El NPNF advierte del tono de este último: dice que tiene menos de razón y más de injuria que cualquier otro tratado de Jerónimo, y que a pesar de ello las prácticas que Vigilancio impugnaba prevalecieron casi sin freno hasta el siglo XVI.
    De los adversarios se sabe lo que cuenta Jerónimo. Del libro de Helvidio, el NPNF dice que el único testimonio contemporáneo conservado es el de Jerónimo, y Wikipedia añade que toda su obra se ha perdido; el libro de Vigilancio tampoco se conserva. En cuanto a los luciferianos, el NPNF afirma que el luciferianismo se extinguió a comienzos del siglo siguiente, si no antes, y que apenas parece haber formado una organización aparte.
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma la autoría y el texto de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. Las fechas de las tres obras son las del editor inglés y no constan en los textos. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Los accidentes de numeración del Diálogo se describen en la apertura. En el castellano alternan grafías de nombres propios («Lucifer» y «Lucifero», «Ripario», «Dormitancio» por Dormitantius) y se imprime «Constancio I» donde el inglés del NPNF dice Constantius I. (Vigilancio, § 5); en todos esos casos se conserva el texto tal como está.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra