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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minSobre los varones ilustres
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minMateo
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minMarcos
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minSéneca el joven
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minPolicarpo
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 4 minMelitón
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minFilipo de Creta
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minMilcíades
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minApión
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minAmmonio
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minGémino
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minVictorino de Petovio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minMarcelo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 4 minVictorino de África
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minEfrén
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minJerónimo
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 10 minPrefacio a la traducción de las dos Homilías de Orígenes sobre el Cantar de los Cantares
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minPrefacio al Comentario sobre el Eclesiastés
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 2 minLo que dejó el catálogo

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    TEXTOS — JERÓNIMO

    Índice de la obra

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    Jerónimo

    Sobre los varones ilustres

    Texto base: versión inglesa de Ernest Cushing Richardson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3 (1892), «Jerome and Gennadius: Lives of Illustrious Men» · prefacio y 135 capítulos; después, siete «Prefacios» de Jerónimo a otras obras suyas, tal como los reúne el vol. 6 de la misma serie

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 111 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Quiénes escribieron en la Iglesia antes de 392, y qué escribieron? Jerónimo lo responde desde Belén con una lista: ciento treinta y cinco autores, de Pedro hasta él mismo, cada uno con una noticia de pocas líneas y la enumeración de sus obras. Lo compone, dice en el prefacio, a petición de Dexter y siguiendo el ejemplo de Suetonio, para que Celso, Porfirio, Juliano y sus seguidores —los que piensan que la Iglesia no ha tenido filósofos, oradores ni hombres de saber— vean cuántos y qué clase de hombres la fundaron, edificaron y adornaron. Richardson, el traductor inglés, la juzga única e indispensable para la historia de la literatura cristiana antigua y de primer valor para el período posterior a la Historia eclesiástica de Eusebio; en buena parte copia a Eusebio, y el propio Jerónimo lo reconoce.
    Esta es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Ernest Cushing Richardson para el volumen 3 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1892), que imprime el catálogo de Jerónimo junto con el de su continuador Gennadio. Se añaden, al final, siete de los prefacios que Jerónimo puso a otras obras suyas: el NPNF los reúne en el volumen 6.

    Ficha de la obra

    AutorJerónimo (Hieronymus), que escribe en Belén. En el último capítulo (135) se incluye a sí mismo, con la lista de sus escritos hasta aquel año
    TítuloSobre los varones ilustres (en latín De viris illustribus; el NPNF imprime «Lives of Illustrious Men» para la obra de Jerónimo y la de Gennadio, y el epub lo titula «De Viris Illustribus (On Illustrious Men)»)
    Lengua originalLatín
    Fecha392–393, según Wikipedia; el prefacio lo sitúa en «el año decimocuarto del emperador Teodosio». El texto de CCEL imprime «492» en la introducción de Richardson y en su nota al prefacio, cifra que choca con esa lectura; se avisa en una nota al prefacio
    GéneroCatálogo biobibliográfico: un capítulo por autor, con su condición o cargo y la lista de sus escritos
    DestinatarioDexter, a quien se dirige el prefacio (según Wikipedia, hijo de Paciano y funcionario romano)
    Fuentes de JerónimoEusebio de Cesarea, que Jerónimo reconoce como ayuda mayor en el prefacio. Según Richardson, la primera parte de la obra está tomada casi entera de él; según Wikipedia, los 78 primeros capítulos se copian de la Historia eclesiástica con pocos cambios y los 57 últimos reflejan su propia investigación
    ExtensiónPrefacio y 135 capítulos; unas 17 400 palabras en esta traducción, más unas 2 900 de los siete prefacios
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3 (catálogo) y vol. 6 (prefacios), tal como los recogen New Advent y CCEL
    Quien quiera leer a los autores que el catálogo nombra encontrará en el sitio la Historia eclesiástica de Eusebio, la fuente de los primeros capítulos; a Jerónimo en su polémica contra Joviniano, en Contra Joviniano; y, entre los autores del catálogo, a Papías, Hermas e Ignacio de Antioquía.

    La fuente y su traducción

    La edición inglesa. El catálogo de Jerónimo se lee aquí en la versión que Ernest Cushing Richardson, bibliotecario de Princeton College, tradujo «con introducción y notas» para el volumen 3 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF), editada por Philip Schaff y Henry Wace (Christian Literature Publishing Co., 1892). Según su propia introducción (CCEL), Richardson hizo la traducción sobre el texto de la edición de Herding (Leipzig, 1879), corregida con los manuscritos donde la evidencia era clara; vio, dice, 84 manuscritos de Jerónimo y 57 de Gennadio. Este último catálogo, la continuación, va en el mismo volumen del NPNF, pero el epub de partida solo trae el de Jerónimo.
    Los prefacios. Los siete prefacios del final proceden de otro volumen, el 6 de la segunda serie, The Principal Works of St. Jerome, que New Advent da como traducido por W. H. Fremantle, G. Lewis y W. G. Martley (así consta en las otras obras del volumen que recoge esa página; no hemos hallado una atribución propia de los prefacios). El editor de ese volumen explica que ofrece una selección: ejemplos de cada clase de prefacio y los que ayudan a entender la vida y las opiniones de Jerónimo, con un resumen del contenido de los demás. Cada prefacio va precedido de una breve nota de ese editor, que aquí se conserva como pasaje aparte, «Edición inglesa del NPNF».
    Lo que viene de la edición. El orden de los capítulos y su numeración son los de la edición. Los nombres que encabezan cada capítulo («1. Simón Pedro»…) y el encabezado «Prefacio de Jerónimo» son de esta edición, no del epub: los tomamos de los títulos con que New Advent imprime la obra, porque el texto traducido que llega en el epub —en castellano y también en el inglés de partida— suprime en 113 de los 135 capítulos la palabra o el nombre con que empieza cada uno, y las noticias se leen entonces como si les faltara el sujeto («hijo de Juan, de la aldea de Betsaida…»). El texto de los capítulos no se ha tocado para repararlo. Los títulos de los prefacios y las notas introductorias son del epub; la que lleva el epígrafe «Prefacios a la Versión Vulgata del Nuevo Testamento» es solo una nota del editor, y el prefacio de Jerónimo viene en el epígrafe siguiente, «Los Cuatro Evangelios». El epub no trae las notas de Richardson, que son textuales y biográficas; en esta edición no se reproducen.
    Orden. El epub trae primero los prefacios y después el catálogo; esta edición invierte el orden: el catálogo es la obra, y los prefacios van a continuación, como una segunda unidad del libro.
    Citas bíblicas. El catálogo y los prefacios no llevan referencias bíblicas entre corchetes que el lector pudiera resolver; las que aparecen en el texto son alusiones.

    Sobre los varones ilustres

    Prefacio de Jerónimo

    Prefacio

    me has instado, Dexter, a seguir el ejemplo de Tranquilo al dar una relación sistemática de los escritores eclesiásticos, y a hacer por nuestros escritores lo que él hizo por los ilustres hombres de letras entre los gentiles, a saber, presentarte brevemente a todos aquellos que han publicado algún escrito memorable sobre las Sagradas Escrituras, desde el tiempo de la pasión de nuestro Señor hasta el año decimocuarto del emperador Teodosio. Una obra similar ha sido hecha por Hermipo el peripatético, Antígono de Caristo, el docto Sátiro, y el más docto de todos, Aristóxeno el Músico, entre los griegos, y entre los latinos por Varrón, Santra, Nepote, Higino, y por aquel con cuyo ejemplo buscas estimularnos—Tranquilo.
    Pero su situación y la mía no es la misma, pues ellos, abriendo las viejas historias y crónicas, podían, como recogiendo de un gran prado, tejer al menos una pequeña corona para su obra. En cuanto a mí, ¿qué haré, yo que, no teniendo predecesor, tengo, como dice el dicho, el peor maestro posible, a saber, yo mismo, y sin embargo debo reconocer que Eusebio Pánfilo en los diez libros de su Historia Eclesiástica ha sido de la mayor ayuda, y las obras de varios de aquellos de quienes hemos de escribir, a menudo dan testimonio de las fechas de sus autores? Y así ruego al Señor Jesús, que lo que vuestro Cicerón, que estuvo en la cumbre de la elocuencia romana, no desdeñó hacer, compilando en su Brutus, un catálogo de oradores latinos, esto también pueda yo lograrlo en la enumeración de los escritores eclesiásticos, y lograrlo de una manera digna de la exhortación que hicisteis. Pero si, acaso, alguno de los que aún están escribiendo ha sido pasado por alto por mí en este volumen, debe atribuírselo a sí mismo, más que a mí, pues entre aquellos a quienes no he leído, no podía, en primer lugar, conocer a quienes ocultaron sus propios escritos, y, en segundo lugar, lo que quizá es bien conocido por otros, me sería completamente desconocido en este rincón apartado de la tierra. Pero ciertamente, cuando se distingan por sus escritos, no se afligirán muy grandemente por cualquier pérdida en nuestra no mención de ellos. Que Celso, Porfirio y Juliano aprendan, rabiosos como están contra Cristo, que aprendan sus seguidores, ellos que piensan que la Iglesia no ha tenido filósofos ni oradores ni hombres de saber, cuántos y qué clase de hombres la fundaron, edificaron y adornaron, y cesen de acusar a nuestra fe de tan rústica simplicidad, y reconozcan más bien su propia ignorancia.
    Comentario editorial · Una fecha en discusión: 392 o 492
    Jerónimo dice que su catálogo llega «hasta el año decimocuarto del emperador Teodosio». Wikipedia lo sitúa en 392–393, después de la traducción de las Homilías sobre Ezequiel de Orígenes y antes de su Comentario a Ezequiel. El texto de CCEL, en cambio, imprime «a.d. 492» en la introducción de Richardson y en su nota a esta frase. Hay además una razón interna: Gennadio continuó a Jerónimo y Richardson fecha el grueso de su obra hacia 480, de modo que un catálogo de 492 sería posterior a su propia continuación. Esta edición sigue 392–393; que «492» sea una errata es una inferencia nuestra, que la edición inglesa no confirma.

    1. Simón Pedro

    cap. 1

    hijo de Juan, de la aldea de Betsaida en la provincia de Galilea, hermano de Andrés el apóstol, y él mismo jefe de los apóstoles, después de haber sido obispo de la iglesia de Antioquía y de haber predicado a la Dispersión — los creyentes en la circuncisión, en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia—, avanzó hasta Roma en el segundo año de Claudio para derribar a Simón el Mago, y ocupó allí la cátedra sacerdotal durante veinticinco años hasta el último, es decir, el decimocuarto año de Nerón. De sus manos recibió la corona del martirio, siendo clavado a la cruz con la cabeza hacia el suelo y los pies levantados en alto, afirmando que era indigno de ser crucificado de la misma manera que su Señor. Escribió dos epístolas que se llaman católicas, la segunda de las cuales, a causa de su diferencia de la primera en estilo, es considerada por muchos no suya. Entonces también el Evangelio según Marcos, que fue su discípulo e intérprete, se le atribuye. Por otra parte, los libros, de los cuales uno se titula sus Hechos, otro su Evangelio, un tercero su Predicación, un cuarto su Revelación, un quinto su «Juicio», son rechazados como apócrifos.
    Enterrado en Roma, en el Vaticano, cerca de la vía triunfal, es venerado por todo el mundo.

    2. Santiago el Justo

    cap. 2

    , que es llamado el hermano del Señor, de sobrenombre el Justo, hijo de José con otra esposa, como piensan algunos, pero, como a mí me parece, hijo de María, hermana de la madre de nuestro Señor, de quien Juan hace mención en su libro, después de la pasión de nuestro Señor fue ordenado en seguida por los apóstoles obispo de Jerusalén, escribió una sola epístola, que se cuenta entre las siete Epístolas católicas, y aun esta es reclamada por algunos como publicada por algún otro bajo su nombre, y gradualmente, con el paso del tiempo, como habiendo ganado autoridad. Hegesipo, que vivió cerca de la era apostólica, en el quinto libro de sus Comentarios, escribiendo de Santiago, dice
    «Después de los apóstoles, Santiago, el hermano del Señor, de sobrenombre el Justo, fue hecho cabeza de la Iglesia en Jerusalén. Muchos en verdad son llamados Santiago. Este fue santo desde el vientre de su madre. No bebió vino ni bebida fuerte, no comió carne, nunca se afeitó ni se ungió con ungüento ni se bañó. Solo él tuvo el privilegio de entrar en el Santo de los Santos, puesto que en verdad no usaba vestiduras de lana sino lino y entraba solo en el templo y oraba en favor del pueblo, hasta el punto de que se reputaba que sus rodillas habían adquirido la dureza de las rodillas de los camellos.»
    Dice también muchas otras cosas, demasiado numerosas para mencionarlas. Josefo también, en el libro 20 de sus Antigüedades, y Clemente en el 7 de sus Hipotiposis, mencionan que a la muerte de Festo, que gobernaba sobre Judea, Albino fue enviado por Nerón como su sucesor. Antes de que hubiera llegado a su provincia, Ananías el sumo sacerdote, el joven hijo de Anano de la clase sacerdotal, aprovechando el estado de anarquía, reunió un concilio y públicamente intentó obligar a Santiago a negar que Cristo es el hijo de Dios. Cuando se negó, Ananías ordenó que fuera apedreado. Arrojado desde un pináculo del templo, con las piernas rotas, pero aún medio vivo, alzando las manos al cielo dijo: «Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Entonces, golpeado en la cabeza por el mazo de un batanero —tal mazo como los bataneros acostumbran usar para escurrir los vestidos—, murió. Este mismo Josefo registra la tradición de que este Santiago era de tan gran santidad y reputación entre el pueblo que la caída de Jerusalén se creyó que era a causa de su muerte. Él es aquel de quien el apóstol Pablo escribe a los Gálatas que «A ningún otro de los apóstoles vi, excepto a Santiago, el hermano del Señor,» y poco después del suceso los Hechos de los apóstoles dan testimonio del asunto. El Evangelio también que se llama el Evangelio según los Hebreos, y que yo he traducido recientemente al griego y al latín y del que también Orígenes hace uso a menudo, después del relato de la resurrección del Salvador dice: «pero el Señor, después de haber dado sus ropas de sepultura al siervo del sacerdote, se apareció a Santiago (pues Santiago había jurado que no comería pan desde aquella hora en que bebió la copa del Señor hasta que lo viera resucitado de entre los que duermen)» y de nuevo, un poco más adelante, dice «'Traed una mesa y pan,' dijo el Señor.» E inmediatamente se añade: «Trajo pan y bendijo y partió y dio a Santiago el Justo y le dijo: 'hermano mío, come tu pan, porque el hijo del hombre ha resucitado de entre los que duermen.'» Y así gobernó la iglesia de Jerusalén treinta años, es decir, hasta el séptimo año de Nerón, y fue enterrado cerca del templo del que había sido arrojado. Su lápida con su inscripción fue bien conocida hasta el asedio de Tito y el fin del reinado de Adriano. Algunos de nuestros escritores piensan que fue enterrado en el monte Olivete, pero están equivocados.

    3. Mateo

    cap. 3

    , también llamado Leví, apóstol y antes publicano, compuso un evangelio de Cristo publicado primeramente en Judea en hebreo para los de la circuncisión que creían, pero este fue después traducido al griego, aunque por qué autor es incierto. El hebreo mismo se ha conservado hasta el día de hoy en la biblioteca de Cesarea que Pánfilo tan diligentemente reunió. Yo también he tenido la oportunidad de que el volumen me fuera descrito por los nazarenos de Berea, una ciudad de Siria, que lo usan. En esto ha de notarse que dondequiera que el Evangelista, ya sea por su propia cuenta o en la persona de nuestro Señor el Salvador, cita el testimonio del Antiguo Testamento, no sigue la autoridad de los traductores de los Setenta sino el hebreo. Por lo cual existen estas dos formas «De Egipto he llamado a mi hijo,» y «pues será llamado Nazareno.»

    4. Judas

    cap. 4

    el hermano de Santiago, dejó una breve epístola que se cuenta entre las siete epístolas católicas, y porque en ella cita del libro apócrifo de Enoc es rechazada por muchos. No obstante, por su antigüedad y uso ha ganado autoridad y se cuenta entre las Sagradas Escrituras.

    5. Pablo

    cap. 5

    , antes llamado Saulo, apóstol fuera del número de los doce apóstoles, era de la tribu de Benjamín y de la ciudad de Giscalis en Judea. Cuando esta fue tomada por los romanos se trasladó con sus padres a Tarso de Cilicia. Enviado por ellos a Jerusalén para estudiar la ley, fue educado por Gamaliel, varón doctísimo a quien Lucas menciona. Pero después de haber estado presente en la muerte del mártir Esteban y de haber recibido cartas del sumo sacerdote del templo para la persecución de los que creían en Cristo, se dirigió a Damasco, donde, constreñido a la fe por una revelación, como está escrito en los Hechos de los apóstoles, fue transformado de perseguidor en vaso elegido. Como Sergio Paulo, procónsul de Chipre, fue el primero en creer en su predicación, tomó su nombre de él porque lo había sometido a la fe en Cristo, y habiéndose unido a Bernabé, después de recorrer muchas ciudades, volvió a Jerusalén y fue ordenado apóstol de los gentiles por Pedro, Santiago y Juan. Y porque un relato completo de su vida se da en los Hechos de los Apóstoles, solo digo esto: que el vigésimo quinto año después de la pasión de nuestro Señor, es decir, el segundo de Nerón, en el tiempo en que Festo, procurador de Judea, sucedió a Félix, fue enviado encadenado a Roma, y permaneciendo dos años en libre custodia, disputaba a diario con los judíos acerca del advenimiento de Cristo. Debe decirse que en la primera defensa, no habiéndose aún confirmado el poder de Nerón, ni habiendo estallado su maldad hasta el grado que las historias relatan de él, Pablo fue liberado por Nerón, para que el evangelio de Cristo pudiera ser predicado también en Occidente. Como él mismo escribe en la segunda epístola a Timoteo, en el tiempo en que estaba a punto de ser condenado a muerte, dictando su epístola como hacía estando en cadenas; «En mi primera defensa nadie me asistió, sino que todos me desampararon: no les sea tomado en cuenta. Pero el Señor estuvo a mi lado y me fortaleció; para que por mí el mensaje fuera plenamente proclamado y todos los gentiles oyeran, y fui librado de la boca del león» —indicando claramente a Nerón como león a causa de su crueldad. Y directamente a continuación dice «El Señor me libró de la boca del león» y de nuevo poco después «El Señor me librará de toda obra mala y me salvará para su reino celestial,» pues en verdad sentía dentro de sí que su martirio estaba cerca, pues en la misma epístola anunció «porque yo ya estoy para ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano.» Entonces, en el decimocuarto año de Nerón, el mismo día que Pedro, fue decapitado en Roma por causa de Cristo y fue enterrado en la vía Ostiense, el vigésimo séptimo año después de la pasión de nuestro Señor. Escribió nueve epístolas a siete iglesias: A los Romanos una, A los Corintios dos, A los Gálatas una, A los Efesios una, A los Filipenses una, A los Colosenses una, A los Tesalonicenses dos; y además de estas a sus discípulos, A Timoteo dos, A Tito una, A Filemón una. La epístola que se llama la Epístola a los Hebreos no se considera suya, a causa de su diferencia de las otras en estilo y lenguaje, pero se cuenta, ya sea según Tertuliano como obra de Bernabé, ya sea según otros, como de Lucas el Evangelista o de Clemente, después obispo de la iglesia de Roma, quien, dicen, ordenó y adornó las ideas de Pablo en su propio lenguaje, aunque, ciertamente, puesto que Pablo escribía a los hebreos y estaba en descrédito entre ellos, pudo haber omitido su nombre del saludo por esta razón. Siendo hebreo, escribía en hebreo, es decir, su propia lengua y muy fluidamente, mientras que las cosas que fueron escritas elocuentemente en hebreo fueron más elocuentemente vertidas al griego, y esta es la razón por la que parece diferir de otras epístolas de Pablo. Algunos leen también una a los Laodicenses, pero es rechazada por todos.

    6. Bernabé

    cap. 6

    Bernabé el chipriota, llamado también José el levita, ordenado apóstol de los gentiles con Pablo, escribió una Epístola, valiosa para la edificación de la iglesia, que se cuenta entre los escritos apócrifos. Después se separó de Pablo por causa de Juan, discípulo llamado también Marcos, y no por ello dejó de cumplir la tarea de predicar el evangelio que se le había encomendado.

    7. Lucas

    cap. 7

    Lucas, médico de Antioquía, como indican sus escritos, no carecía de destreza en la lengua griega. Adherente del apóstol Pablo y compañero de todos sus viajes, escribió un Evangelio, acerca del cual el mismo Pablo dice: «Enviamos con él a un hermano cuyo elogio en el evangelio está entre todas las iglesias»; y a los Colosenses: «Lucas, el médico amado, os saluda»; y a Timoteo: «Solo Lucas está conmigo». Escribió también otro excelente volumen al que antepuso el título Hechos de los Apóstoles, historia que se extiende hasta el segundo año de la estancia de Pablo en Roma, es decir, hasta el cuarto año de Nerón; de lo cual aprendemos que el libro fue compuesto en esa misma ciudad. Por tanto, los Hechos de Pablo y Tecla y toda la fábula acerca del león bautizado por él los contamos entre los escritos apócrifos; pues ¿cómo es posible que el compañero inseparable del apóstol en sus demás asuntos fuera el único en ignorar esta cosa? Además, Tertuliano, que vivió cerca de aquellos tiempos, menciona a cierto presbítero de Asia, adherente del apóstol Pablo, que fue convicto por Juan de haber sido autor del libro, y quien, confesando que lo hizo por amor a Pablo, renunció a su cargo de presbítero. Algunos suponen que siempre que Pablo dice en su epístola «según mi evangelio» se refiere al libro de Lucas, y que Lucas no solo fue instruido en la historia evangélica por el apóstol Pablo, que no estuvo con el Señor en la carne, sino también por otros apóstoles. Esto también lo declara él al comienzo de su obra, diciendo: «Tal como nos lo transmitieron los que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra». Así, escribió el evangelio como lo había oído, pero compuso los Hechos de los Apóstoles como él mismo los había visto. Fue sepultado en Constantinopla, ciudad a la que, en el vigésimo año de Constancio, sus huesos junto con los restos del apóstol Andrés fueron trasladados.

    8. Marcos

    cap. 8

    Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, escribió un breve evangelio a petición de los hermanos de Roma, recogiendo lo que había oído contar a Pedro. Cuando Pedro lo oyó, lo aprobó y lo publicó a las iglesias para que fuera leído por su autoridad, como registran Clemente en el sexto libro de sus Hipotiposis y Papías, obispo de Hierápolis. Pedro también menciona a este Marcos en su primera epístola, indicando figuradamente a Roma bajo el nombre de Babilonia: «La que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, os saluda, y también Marcos, mi hijo». Así, tomando el evangelio que él mismo había compuesto, fue a Egipto y, predicando primero a Cristo en Alejandría, formó una iglesia tan admirable en doctrina y continencia de vida que constriñó a todos los seguidores de Cristo a su ejemplo. Filón, el más docto de los judíos, viendo que la primera iglesia de Alejandría era todavía judía en cierto grado, escribió un libro sobre su manera de vivir como algo digno de crédito para su nación, contando cómo, como dice Lucas, los creyentes tenían todas las cosas en común en Jerusalén, así registró que vio que se hacía en Alejandría bajo el docto Marcos. Murió en el octavo año de Nerón y fue sepultado en Alejandría, sucediéndole Aniano.

    9. Juan el apóstol

    cap. 9

    Juan, el apóstol a quien Jesús más amaba, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago, el apóstol a quien Herodes, después de la pasión de nuestro Señor, decapitó, el más reciente de todos los evangelistas, escribió un Evangelio, a petición de los obispos de Asia, contra Cerinto y otros herejes y especialmente contra el dogma entonces creciente de los ebionitas, quienes afirman que Cristo no existió antes de María. Por esta razón se vio obligado a afirmar su natividad divina. Pero se dice que hay aún otra razón para esta obra: que cuando había leído a Mateo, Marcos y Lucas, aprobó ciertamente la sustancia de la historia y declaró que las cosas que decían eran verdaderas, pero que habían dado la historia de solo un año, a saber, el que sigue al encarcelamiento de Juan y en el que fue condenado a muerte. Así, pasando por alto este año cuyos eventos habían sido expuestos por estos, narró los acontecimientos del período anterior, antes de que Juan fuera encerrado en prisión, para que fuera manifiesto a quienes lean diligentemente los volúmenes de los cuatro Evangelistas. Esto también elimina la discrepancia que parece haber entre Juan y los otros. Escribió también una Epístola que comienza así: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y lo que nuestras manos palparon acerca de la palabra de vida», la cual es estimada por todos los hombres interesados en la iglesia o en el saber. Las otras dos, de las cuales la primera es «El anciano a la señora elegida y a sus hijos» y la otra «El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en verdad», se dice que son obra del presbítero Juan, a cuya memoria se muestra otro sepulcro en Éfeso hasta el día de hoy, aunque algunos piensan que hay dos monumentos de este mismo Juan el evangelista. Trataremos este asunto a su turno cuando lleguemos a Papías, su discípulo. En el año decimocuarto, pues, después de Nerón, habiendo Domiciano levantado una segunda persecución, fue desterrado a la isla de Patmos, y escribió el Apocalipsis, sobre el cual Justino Mártir e Ireneo escribieron después comentarios. Pero habiendo sido Domiciano condenado a muerte, y sus actos, a causa de su excesiva crueldad, anulados por el senado, volvió a Éfeso bajo Pertinax, y permaneciendo allí hasta el tiempo del emperador Trajano, fundó y edificó iglesias por toda Asia, y, agotado por la vejez, murió en el sexagésimo octavo año después de la pasión de nuestro Señor y fue sepultado cerca de la misma ciudad.

    10. Hermas

    cap. 10

    Hermas, a quien el apóstol Pablo menciona escribiendo a los Romanos: «Saludad a Flegón, Hermes, Patrobas, Hermas y a los hermanos que están con ellos», es reputado autor del libro que se llama Pastor, y que también se lee públicamente en algunas iglesias de Grecia. Es, en efecto, un libro útil, y muchos de los escritores antiguos lo citan como autoridad, pero entre los latinos es casi desconocido.

    11. Filón el judío

    cap. 11

    Filón el judío, alejandrino de la clase sacerdotal, es colocado por nosotros entre los escritores eclesiásticos porque, al escribir un libro sobre la primera iglesia de Marcos el evangelista en Alejandría, escribe en alabanza nuestra, declarando no solo que ellos estaban allí, sino también que estaban en muchas provincias, y llamando a sus moradas monasterios. De esto se desprende que la iglesia de los que creían en Cristo al principio era tal como ahora los monjes desean imitar, es decir, tal que nada es propiedad peculiar de ninguno de ellos, ninguno rico, ninguno pobre, que los patrimonios se reparten entre los necesitados, que tienen tiempo libre para la oración y los salmos, para la doctrina también y la práctica ascética, que eran, de hecho, como Lucas declara que eran los creyentes al principio en Jerusalén. Dicen que bajo Cayo Calígula se atrevió a ir a Roma, adonde había sido enviado como legado de su nación, y que cuando por segunda vez acudió a Claudio, habló en la misma ciudad con el apóstol Pedro y gozó de su amistad, y por esta razón también adornó con sus alabanzas a los adherentes de Marcos, discípulo de Pedro en Alejandría. Hay obras distinguidas e innumerables de este hombre: Sobre los cinco libros de Moisés, un libro; Sobre la confusión de las lenguas, un libro; Sobre la naturaleza y la invención, un libro; Sobre las cosas que nuestros sentidos desean y detestamos, un libro; Sobre el aprendizaje, un libro; Sobre el heredero de las cosas divinas, un libro; Sobre la división de lo igual y lo contrario, un libro; Sobre las tres virtudes, un libro; Sobre por qué en la Escritura se cambian los nombres de muchas personas, dos libros; Sobre los pactos, un libro; Sobre la vida del sabio, un libro; Sobre los gigantes, cinco libros; Que los sueños son enviados por Dios, cinco libros de Cuestiones y respuestas sobre el Éxodo, cuatro libros Sobre el tabernáculo y el Decálogo, así como libros Sobre las víctimas y las promesas o maldiciones, Sobre la Providencia, Sobre los judíos, Sobre la manera de vivir, Sobre Alejandro, y Que los animales mudos tienen recta razón, y Que todo necio debería ser esclavo, y Sobre las vidas de los cristianos, de las que hablamos arriba, es decir, vidas de hombres apostólicos, que también tituló Sobre los que practican la vida divina, porque en verdad contemplan las cosas divinas y siempre oran a Dios; también bajo otras categorías, dos Sobre la agricultura, dos Sobre la embriaguez. Hay otros monumentos de su genio que no han llegado a nuestras manos. Sobre él hay un proverbio entre los griegos: «O Platón filonizó, o Filón platonizó», es decir, o Platón siguió a Filón, o Filón a Platón, tan grande es la semejanza de ideas y lenguaje.

    12. Séneca el joven

    cap. 12

    Séneca, de Córdoba, discípulo del estoico Soción y tío del poeta Lucano, fue hombre de vida muy continente, a quien no colocaría en la categoría de los santos si no me incitaran a ello las Epístolas de Pablo a Séneca y de Séneca a Pablo, que muchos leen. En estas, escritas cuando era tutor de Nerón y el hombre más poderoso de aquel tiempo, dice que le gustaría ocupar entre sus compatriotas un lugar tal como el que Pablo ocupa entre los cristianos. Fue condenado a muerte por Nerón dos años antes de que Pedro y Pablo fueran coronados con el martirio.
    Comentario editorial · Séneca y las cartas de Pablo
    Jerónimo dice que no pondría a Séneca entre los santos si no fuera por las cartas de Pablo a Séneca y de Séneca a Pablo, «que muchos leen». Wikipedia recoge este pasaje como la referencia más antigua que se conoce a esa correspondencia: catorce cartas (ocho de Séneca y seis de Pablo) que hoy se tienen casi unánimemente por falsas, escritas hacia mediados del siglo IV (c. 320–380). Richardson cita la aceptación de las cartas de Pablo a Séneca como ejemplo de la credulidad que se reprocha a Jerónimo, y añade que en otros casos se mostró cauto (Hilario, Cantar de los Cantares) y crítico (Minucio Félix, Sobre el destino).

    13. Josefo

    cap. 13

    Josefo, hijo de Matías, sacerdote de Jerusalén, hecho prisionero por Vespasiano y su hijo Tito, fue desterrado. Al llegar a Roma presentó a los emperadores, padre e hijo, siete libros Sobre la cautividad de los judíos, que fueron depositados en la biblioteca pública y, a causa de su genio, fue considerado digno de una estatua en Roma. Escribió también veinte libros de Antigüedades, desde el principio del mundo hasta el año decimocuarto de Domiciano César, y dos de Antigüedades contra Apión, el gramático de Alejandría que, bajo Calígula, enviado como legado de parte de los gentiles contra Filón, escribió también un libro que contenía una vituperación de la nación judía. Otro libro suyo titulado Sobre toda la sabiduría soberana, en el que se relatan las muertes martiriales de los Macabeos, es muy estimado. En el octavo libro de sus Antigüedades reconoce muy abiertamente que Cristo fue muerto por los fariseos a causa de la grandeza de sus milagros, que Juan el Bautista fue verdaderamente un profeta, y que Jerusalén fue destruida a causa del asesinato del apóstol Santiago. Escribió también acerca del Señor de esta manera: «En este mismo tiempo estaba Jesús, un hombre sabio, si es lícito llamarlo hombre. Porque era obrador de milagros maravillosos y maestro de quienes libremente reciben la verdad. Tuvo muchísimos adherentes, tanto de los judíos como de los gentiles, y fue creído ser Cristo; y aunque por envidia de nuestros principales Pilato lo crucificó, sin embargo, los que lo habían amado al principio continuaron hasta el fin, pues se les apareció vivo al tercer día. Muchas cosas, estas y otras maravillosas, están en los cantos de los profetas que profetizaron acerca de él, y la secta de los cristianos, así llamada por Él, existe hasta el día de hoy.»
    Comentario editorial · «Fue creído ser Cristo»: Josefo en Jerónimo
    El capítulo cita el pasaje de Josefo sobre Jesús (el llamado Testimonium Flavianum) con la frase «fue creído ser Cristo». Según Wikipedia, tras la cita de Eusebio (324) esta es la siguiente mención del pasaje, hacia 392. El griego que conservan los manuscritos de Josefo dice «era el Mesías»; Alice Whealey, en un artículo de 2008, hace notar que Jerónimo y la versión siríaca de Miguel el Sirio coinciden en «fue considerado el Mesías», y concluye que sería la única alteración importante de lo que Josefo escribió. Es la tesis de una estudiosa que la propia Wikipedia presenta como una entre otras, no un acuerdo general.

    14. Justo

    cap. 14

    Justo de Tiberíades, de la provincia de Galilea, intentó también escribir una Historia de los asuntos judíos y ciertos breves Comentarios sobre las Escrituras, pero Josefo lo convence de falsedad. Se sabe que escribió al mismo tiempo que el propio Josefo.

    15. El papa Clemente

    cap. 15

    Clemente, de quien el apóstol Pablo, escribiendo a los Filipenses, dice: «Con Clemente y los demás de mis colaboradores cuyos nombres están escritos en el libro de la vida», el cuarto obispo de Roma después de Pedro, si es que el segundo fue Lino y el tercero Anacleto, aunque la mayoría de los latinos piensan que Clemente fue el segundo después del apóstol. Escribió, de parte de la iglesia de Roma, una Carta a la iglesia de los Corintios especialmente valiosa, que en algunos lugares se lee públicamente y que me parece concordar en estilo con la epístola a los Hebreos que pasa bajo el nombre de Pablo; pero difiere de esta misma epístola, no solo en muchas de sus ideas, sino también en el orden de las palabras, y su semejanza en ambos respectos no es muy grande. Hay también una segunda Epístola bajo su nombre que es rechazada por los escritores anteriores, y una Disputa entre Pedro y Apión escrita por extenso, la cual Eusebio rechaza en el tercer libro de su Historia eclesiástica. Murió en el tercer año de Trajano, y una iglesia edificada en Roma conserva la memoria de su nombre hasta el día de hoy.

    16. Ignacio de Antioquía

    cap. 16

    Ignacio, tercer obispo de la iglesia de Antioquía después del apóstol Pedro, condenado a las bestias salvajes durante la persecución de Trajano, fue enviado encadenado a Roma y, cuando en su viaje llegó hasta Esmirna, donde Policarpo, el discípulo de Juan, era obispo, escribió una epístola A los Efesios, otra A los Magnesios, una tercera A los Tralianos, una cuarta A los Romanos, y, partiendo de allí, escribió A los Filadelfianos y A los Esmirniotas, y especialmente A Policarpo, encomendándole la iglesia de Antioquía. En esta última dio testimonio del Evangelio que yo he traducido recientemente, en lo que respecta a la persona de Cristo, diciendo: «Yo ciertamente lo vi en la carne después de la resurrección y creo que él es»; y cuando llegó a Pedro y a los que estaban con Pedro, les dijo: «¡Mirad! Tocadme y vedme, cómo no soy un espíritu incorpóreo», y al instante lo tocaron y creyeron. Además, parece valioso, puesto que hemos hecho mención de tal hombre y de la Epístola que escribió a los Romanos, dar unas pocas «citas»: «Desde Siria hasta Roma lucho con bestias salvajes, por tierra y por mar, de noche y de día, estando atado entre diez leopardos, es decir, soldados que me custodian y que solo empeoran cuando son bien tratados. Su mal obrar, sin embargo, es mi maestro, pero no por ello soy justificado. Que yo tenga gozo de las bestias preparadas para mí; y ruego hallarlas dispuestas; incluso las incitaré a devorarme rápidamente para que no me traten como han tratado a algunos a quienes se han negado a tocar por miedo. Y si no quieren, las obligaré a devorarme. Perdonadme, hijos míos: yo sé lo que me conviene. Ahora comienzo a ser discípulo, y no deseo ninguna de las cosas visibles para alcanzar a Jesucristo. Que vengan fuego y cruz y ataques de bestias salvajes, que vengan desgarramiento de huesos, desmembramiento de miembros, trituración de todo el cuerpo, torturas del diablo—que vengan todas estas cosas sobre mí con tal de alcanzar el gozo que está en Cristo.»
    Cuando había sido condenado a las bestias salvajes y con celo por el martirio oía rugir a los leones, dijo: «Soy el grano de Cristo. Soy molido por los dientes de las bestias salvajes para ser hallado pan del mundo.» Fue condenado a muerte en el undécimo año de Trajano, y los restos de su cuerpo yacen en Antioquía, fuera de la puerta Dafnítica, en el cementerio.

    17. Policarpo

    cap. 17

    Policarpo, discípulo del apóstol Juan y ordenado por él obispo de Esmirna, fue principal de toda Asia, donde vio y tuvo por maestros a algunos de los apóstoles y de los que habían visto al Señor. Él, a causa de ciertas cuestiones acerca del día de la Pascua, fue a Roma en tiempo del emperador Antonino Pío, mientras Aniceto gobernaba la iglesia en esa ciudad. Allí condujo de nuevo a la fe a muchos de los creyentes que habían sido engañados por la persuasión de Marción y Valentín, y cuando Marción lo encontró por casualidad y dijo: «¿Nos conoces?», él respondió: «Conozco al primogénito del diablo.» Después, durante el reinado de Marco Antonino y Lucio Aurelio Cómodo, en la cuarta persecución después de Nerón, en presencia del procónsul que celebraba tribunal en Esmirna y de todo el pueblo que clamaba contra él en el anfiteatro, fue quemado. Escribió una Epístola a los Filipenses muy valiosa, que se lee hasta el día de hoy en las asambleas de Asia.

    18. Papías

    cap. 18

    Papías, discípulo de Juan, obispo de Hierápolis en Asia, escribió solo cinco volúmenes, que tituló Exposición de las palabras de nuestro Señor, en los que, tras afirmar en su prefacio que no seguía opiniones diversas sino que tenía a los apóstoles por autoridad, dijo «Consideré lo que dijeron Andrés y Pedro, lo que Felipe, lo que Tomás, lo que Santiago, lo que Juan, lo que Mateo o cualquier otro de entre los discípulos de nuestro Señor, lo que también Aristión y el anciano Juan, discípulos del Señor, habían dicho; no tanto porque tenga sus libros para leer, cuanto porque su voz viva se escucha hasta el día de hoy en los autores mismos.» Por este catálogo de nombres se ve que el Juan que es colocado entre los discípulos no es el mismo que el anciano Juan a quien pone después de Aristión en su enumeración. Decimos esto, además, a causa de la opinión mencionada arriba, donde registramos que muchos declaran que las dos últimas epístolas de Juan no son obra del apóstol, sino del presbítero.
    Se dice que publicó una Segunda venida de nuestro Señor o Milenio. Lo siguen Ireneo y Apolinar y otros que dicen que después de la resurrección el Señor reinará en la carne con los santos. Tertuliano también, en su obra Sobre la esperanza de los fieles, Victorino de Petau y Lactancio siguen esta opinión.

    19. Cuadrato

    cap. 19

    Cuadrato, discípulo de los apóstoles, después de que Publio, obispo de Atenas, fue coronado con el martirio por causa de su fe en Cristo, fue puesto en su lugar, y con su fe y diligencia reunió a la iglesia dispersa por causa de su gran temor. Y cuando Adriano pasó el invierno en Atenas para presenciar los misterios eleusinos y fue iniciado en casi todos los misterios sagrados de Grecia, los que odiaban a los cristianos aprovecharon la ocasión, sin instrucciones del emperador, para hostigar a los creyentes. En ese tiempo presentó a Adriano una obra compuesta en favor de nuestra religión, indispensable, llena de sólido razonamiento y fe y digna de la enseñanza apostólica. En ella, ilustrando la antigüedad de su época, dice que vio a muchos que, oprimidos por diversos males, fueron sanados por el Señor en Judea, y también a algunos que habían resucitado de entre los muertos.

    20. Arístides

    cap. 20

    Un filósofo ateniense elocuentísimo, y discípulo de Cristo aunque conservaba aún el atuendo de filósofo, presentó una obra a Adriano al mismo tiempo que Cuadrato presentó la suya. La obra contenía una exposición sistemática de nuestra doctrina, es decir, una Apología de los cristianos, que aún se conserva y es considerada por los filólogos como un monumento a su genio.

    21. Agripa Castor

    cap. 21

    Apellidado Cástor, varón de gran erudición, escribió una sólida refutación de los veinticuatro volúmenes que Basílides, el hereje, había escrito contra el Evangelio, revelando todos sus misterios y enumerando a los profetas Barcabas y Barcob y todos los demás nombres bárbaros que aterrorizan a los oyentes, y a su Dios altísimo Abraxas, cuyo nombre se suponía que contenía el año según el cómputo de los griegos. Basílides murió en Alejandría en el reinado de Adriano, y de él surgieron las sectas gnósticas. También en este tiempo tempestuoso, Cochebas, jefe de la facción judía, dio muerte a los cristianos con diversos tormentos.

    22. Hegesipo

    cap. 22

    Vivió en una época no lejana a la edad apostólica; escribió una Historia de todos los acontecimientos eclesiásticos desde la pasión de nuestro Señor hasta su propio tiempo y, reuniendo muchas cosas útiles para el lector, compuso cinco volúmenes en estilo sencillo, tratando de representar el modo de hablar de aquellos cuyas vidas trató. Dice que fue a Roma en tiempo de Aniceto, décimo obispo después de Pedro, y permaneció allí hasta el tiempo de Eleuterio, obispo de la misma ciudad, que antes había sido diácono bajo Aniceto. Además, argumentando contra los ídolos, escribió una historia, mostrando de qué error habían surgido por primera vez, y esta obra indica en qué edad floreció. Dice: «Edificaron monumentos y templos a sus muertos, como vemos hasta el día de hoy, como el de Antínoo, siervo del emperador Adriano, en cuyo honor también se celebraron juegos, y se fundó una ciudad que llevaba su nombre, y se estableció un templo con sacerdotes.» Se dice que el emperador Adriano estuvo enamorado de Antínoo.

    23. Justino mártir

    cap. 23

    Un filósofo, vestido con el atuendo de filósofo, ciudadano de Neápolis, ciudad de Palestina, e hijo de Prisco Baquio, trabajó con empeño en favor de la religión de Cristo, hasta el punto de entregar a Antonino Pío, a sus hijos y al senado una obra escrita Contra las naciones, y no rehuyó la ignominia de la cruz. Dirigió otro libro también a los sucesores de este Antonino, Marco Antonino Vero y Lucio Aurelio Cómodo. Se conserva también otro volumen suyo Contra las naciones, donde discute la naturaleza de los demonios, y un cuarto contra las naciones que tituló Refutación, y aún otro Sobre la soberanía de Dios, y otro libro que tituló Psaltes, y otro Sobre el alma, el Diálogo contra los judíos, que mantuvo contra Trifón, jefe de los judíos, y también volúmenes notables Contra Marción, que Ireneo menciona asimismo en el libro cuarto Contra las herejías, y también otro libro Contra todas las herejías que menciona en la Apología dirigida a Antonino Pío. Él, cuando hubo sostenido diatribas en la ciudad de Roma y hubo convencido a Crescente el cínico, que decía muchas blasfemias contra los cristianos, de glotonería y de temor a la muerte, y hubo demostrado que era dado al lujo y a las pasiones, finalmente, acusado de ser cristiano, por los manejos y astucias de Crescente, derramó su sangre por Cristo.

    24. Melitón

    cap. 24

    de Asia, obispo de Sardes, dirigió un libro al emperador Marco Antonino Vero, discípulo del orador Frontón, en favor de la doctrina cristiana. Escribió también otras cosas, entre las que se encuentran las siguientes: Sobre la Pascua, dos libros, un libro Sobre las vidas de los profetas, un libro Sobre la iglesia, un libro Sobre el día del Señor, un libro Sobre la fe, un libro Sobre los salmos (?) uno Sobre los sentidos, uno Sobre el alma y el cuerpo, uno Sobre el bautismo, uno Sobre la verdad, uno Sobre la generación de Cristo, Sobre su profecía uno Sobre la hospitalidad y otro que se titula la Clave — uno Sobre el diablo, uno Sobre el Apocalipsis de Juan, uno Sobre la corporeidad de Dios, y seis libros de Églogas. De su fino genio oratorio, Tertuliano, en los siete libros que escribió contra la iglesia en favor de Montano, dice satíricamente que era considerado profeta por muchos de nosotros.

    25. Teófilo de Antioquía

    cap. 25

    , sexto obispo de la iglesia de Antioquía, en el reinado del emperador Marco Antonino Vero compuso un libro Contra Marción, que aún se conserva, también tres volúmenes A Autólico y uno Contra la herejía de Hermógenes y otros tratados breves y elegantes, muy adecuados para la edificación de la iglesia. He leído, bajo su nombre, comentarios Sobre el Evangelio y Sobre los proverbios de Salomón que no me parecen corresponder en estilo y lenguaje con la elegancia y expresividad de las obras anteriores.

    26. Apolinar Claudio

    cap. 26

    , obispo de Hierápolis en Asia, floreció en el reinado de Marco Antonino Vero, a quien dirigió un volumen notable en favor de la fe de los cristianos. Se conservan también otros cinco libros suyos Contra las naciones, dos Sobre la verdad y Contra los catafrigios, escritos en el tiempo en que Montano hacía comienzo con Prisca y Maximila.

    27. Dionisio de Corinto

    cap. 27

    , obispo de la iglesia de Corinto, fue de tan grande elocuencia y diligencia que enseñó no solo al pueblo de su propia ciudad y provincia, sino también a los de otras provincias y ciudades por medio de sus cartas. De estas una es A los lacedemonios, otra A los atenienses, una tercera A los nicomedios, una cuarta A los cretenses, una quinta A la iglesia de Amastrina y a las demás iglesias del Ponto, una sexta A los gnosios y a Pinuto, obispo de la misma ciudad, una séptima A los romanos, dirigida a Sotero, su obispo, una octava A Crisófora, mujer santa. Floreció en el reinado de Marco Antonino Vero y Lucio Aurelio Cómodo.

    28. Pinito

    cap. 28

    de Creta, obispo de la ciudad de Gnosos, escribió a Dionisio, obispo de los corintios, una carta sumamente elegante en la que enseña que no se ha de alimentar al pueblo para siempre con leche, no sea que los sorprenda el último día siendo aún infantes, sino que debe alimentárseles también con alimento sólido, para que avancen hacia una vejez espiritual. Floreció bajo Marco Antonino Vero y Lucio Aurelio Cómodo.

    29. Taciano

    cap. 29

    Quien, mientras enseñaba oratoria, ganó no poca gloria en el arte retórico, fue seguidor de Justino Mártir y se distinguió mientras no se apartó del lado de su maestro. Pero después, hinchado por la hinchazón de la elocuencia, fundó una nueva herejía que se llama de los encratitas, herejía que Severo aumentó después de tal modo que los herejes de este partido son llamados severianos hasta el día de hoy. Tatiano escribió además innumerables volúmenes, uno de los cuales, un libro muy logrado Contra las naciones, se conserva, y este es considerado el más importante de todas sus obras. Floreció en el reinado de Marco Antonino Vero y Lucio Aurelio Cómodo.

    30. Filipo de Creta

    cap. 30

    obispo de Creta, es decir, de la ciudad de Gortina, a quien Dionisio menciona en la epístola que escribió a la iglesia de la misma ciudad, publicó un libro notable Contra Marción y floreció en tiempo de Marco Antonino Vero y Lucio Aurelio Cómodo.

    31. Musano

    cap. 31

    , no despreciable entre los que han escrito sobre doctrina eclesiástica, en el reinado de Marco Antonino Vero escribió un libro a ciertos hermanos que se habían apartado de la iglesia hacia la herejía de los encratitas.

    32. Modesto

    cap. 32

    también en el reinado de Marco Antonino y Lucio Aurelio Cómodo escribió un libro Contra Marción que aún se conserva. Otras composiciones circulan bajo su nombre, pero los eruditos las consideran espurias.

    33. Bardesanes

    cap. 33

    de Mesopotamia es contado entre los varones distinguidos. Fue al principio seguidor de Valentín y después su adversario, y él mismo fundó una nueva herejía. Tiene entre los sirios fama de haber sido un ingenio brillante y vehemente en la argumentación. Escribió multitud de obras contra casi todas las herejías que habían surgido en su tiempo. Entre ellas, una obra muy notable y fuerte es la que dirigió a Marco Antonino Sobre el destino, y muchos otros volúmenes Sobre la persecución que sus seguidores tradujeron del idioma siríaco al griego. Si en verdad tanta fuerza y brillantez aparece en la traducción, cuánta debe de haber habido en el original.

    34. El papa Víctor

    cap. 34

    , decimotercer obispo de Roma, escribió Sobre la controversia pascual y algunas otras obras menores. Gobernó la iglesia durante diez años en el reinado del emperador Severo.

    35. Ireneo

    cap. 35

    , presbítero bajo Potino, el obispo que gobernaba la iglesia de Lyon en Galia, enviado a Roma como legado por los mártires de aquel lugar, por causa de ciertas cuestiones eclesiásticas, presentó al obispo Eleuterio ciertas cartas bajo su propio nombre dignas de honor. Después, cuando Potino, de casi noventa años de edad, recibió la corona del martirio por Cristo, fue puesto en su lugar. Es cierto también que fue discípulo de Policarpo, el sacerdote y mártir, a quien mencionamos arriba. Escribió cinco libros Contra las herejías y un volumen breve, Contra las naciones y otro Sobre la disciplina, una carta a su hermano Marciano Sobre la predicación, un libro de Tratados varios; también a Blasto, Sobre el cisma, a Florino Sobre la monarquía o Que Dios no es autor del mal, también un excelente Comentario sobre la Ogdóada al final del cual, indicando que estaba cerca del período apostólico, escribió «Te conjuro, quienquiera que transcribas este libro, por nuestro Señor Jesucristo y por su gloriosa venida, en la que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, a que, después de haberlo transcrito, compares diligentemente y corrijas según el ejemplar del que lo transcribiste, y a que transcribas asimismo esta conjuración tal como la halles en tu modelo.» Circulan otras obras suyas, a saber: a Víctor, el obispo romano, Sobre la controversia pascual, en la cual le advierte que no rompa a la ligera la unidad de la fraternidad, si en verdad Víctor creía que los muchos obispos de Asia y de Oriente, que con los judíos celebraban la Pascua, el día catorce de la luna nueva, debían ser condenados. Pero ni siquiera quienes diferían de ellos apoyaban a Víctor en su opinión. Floreció principalmente en el reinado del emperador Cómodo, que sucedió a Marco Antonino Vero en el poder.

    36. Panteno

    cap. 36

    , filósofo de la escuela estoica, según cierta antigua costumbre alejandrina, donde, desde el tiempo de Marcos el evangelista, los eclesiásticos eran siempre doctores, fue de tan gran prudencia y erudición tanto en la Escritura como en la literatura secular que, a petición de los legados de aquella nación, fue enviado a la India por Demetrio, obispo de Alejandría, donde halló que Bartolomé, uno de los doce apóstoles, había predicado la venida del Señor Jesús según el evangelio de Mateo, y al regresar a Alejandría trajo consigo este escrito en caracteres hebreos. De hecho se conservan muchos de sus comentarios sobre la Sagrada Escritura, pero su voz viva fue de aún mayor provecho para las iglesias. Enseñó en los reinados del emperador Severo y de Antonino, apellidado Caracalla.

    37. Rodón

    cap. 37

    , natural de Asia, instruido en las Escrituras en Roma por Tatiano, a quien mencionamos arriba, publicó muchas cosas, especialmente una obra Contra Marción, en la que cuenta cómo los marcionitas difieren entre sí y de la iglesia, y dice que el anciano Apeles, otro hereje, entabló una vez una discusión con él, y que él, Rodón, puso en ridículo a Apeles porque declaraba que no conocía al Dios que adoraba. Mencionó en el mismo libro, que escribió a Calistión, que había sido discípulo de Tatiano en Roma. Compuso también tratados elegantes Sobre los seis días de la creación y una obra notable Contra los frigios. Floreció en los reinados de Cómodo y Severo.

    38. Clemente de Alejandría

    cap. 38

    , presbítero de la iglesia alejandrina y discípulo del mencionado Panteno, dirigió la escuela teológica de Alejandría después de la muerte de su maestro y fue maestro de los catequetas. Es autor de volúmenes notables, llenos de elocuencia y erudición, tanto en la Sagrada Escritura como en la literatura profana; entre ellos están los Estromata, ocho libros, las Hipotiposis ocho libros, Contra las naciones un libro, Sobre la pedagogía tres libros, Sobre la Pascua, Disquisición sobre el ayuno y otro libro titulado, ¿Qué rico se salva? Un libro Sobre la calumnia, Sobre los cánones eclesiásticos y contra los que siguen el error de los judíos, un libro que dirigió a Alejandro, obispo de Jerusalén. Menciona además en sus volúmenes de Estromata la obra de Tatiano Contra las naciones, que mencionamos arriba, y una Cronografía de un tal Casiano, obra que no he podido encontrar. Mencionó asimismo a ciertos escritores judíos contra las naciones: un tal Aristóbulo, Demetrio y Eupólemo, quienes, a ejemplo de Josefo, afirmaron la primacía de Moisés y del pueblo judío. Existe una carta de Alejandro, obispo de Jerusalén, que después gobernó la iglesia con Narciso, sobre la ordenación del confesor Asclepíades, dirigida a los antioquenos felicitándolos, al final de la cual dice «estos escritos, hermanos honrados, os he enviado por medio del bienaventurado presbítero Clemente, varón ilustre y probado, a quien también conocéis y con quien ahora llegaréis a conocer mejor; varón que, cuando llegó aquí por especial providencia de Dios, fortaleció y engrandeció la iglesia de Dios.» Se sabe que Orígenes fue discípulo suyo. Floreció además durante los reinados de Severo y de su hijo Antonino.

    39. Milcíades

    cap. 39

    del cual Rodón da cuenta en la obra que escribió contra Montano, Prisca y Maximila, escribió un volumen considerable contra estas mismas personas y otros libros Contra las naciones y los judíos y dirigió una Apología a los emperadores que entonces gobernaban. Floreció en el reinado de Marco Antonino y Cómodo.

    40. Apolonio de Éfeso

    cap. 40

    , un hombre sumamente talentoso, escribió contra Montano, Prisca y Maximila un volumen notable y extenso, en el que afirma que Montano y sus locas profetisas murieron ahorcados, y muchas otras cosas, entre las cuales se encuentran las siguientes acerca de Prisca y Maximila, «si negaban que habían aceptado regalos, que confiesen que quienes los aceptan no son profetas y yo probaré con mil testigos que han recibido regalos, pues por otros frutos se demuestra que los profetas son verdaderamente profetas. Dime, ¿se tiñe el cabello un profeta? ¿Se pinta los párpados con antimonio una profetisa? ¿Se adorna un profeta con vestidos finos y piedras preciosas? ¿Juega un profeta con dados y tablas? ¿Acepta usura? Que respondan si esto debe permitirse o no, mi tarea será probar que hacen estas cosas.» Dice en el mismo libro, que el tiempo en que escribió la obra era el cuadragésimo año después del comienzo de la herejía de los Catafrigios. Tertuliano añadió a los seis volúmenes que escribió Sobre el éxtasis contra la iglesia un séptimo, dirigido especialmente contra Apolonio, en el que intenta defender todo lo que Apolonio refutó. Apolonio floreció en los reinados de Cómodo y Severo.

    41. Serapión de Antioquía

    cap. 41

    , ordenado obispo de Antioquía en el undécimo año del emperador Cómodo, escribió una carta a Carico y Poncio sobre la herejía de Montano, en la que dijo «para que sepáis además que la locura de esta falsa doctrina, es decir, la doctrina de una nueva profecía, es reprobada por todo el mundo, os he enviado las cartas del santísimo Apolinar, obispo de Hierápolis en Asia.» Escribió también un volumen a Domno, quien en tiempo de persecución se pasó a los judíos, y otra obra sobre el evangelio que circula bajo el nombre de Pedro, una obra a la iglesia de los Rosenses en Cilicia, quienes por la lectura de este libro se habían desviado a la herejía. Hay aquí y allá cartas cortas suyas, acordes en carácter con la vida ascética de su autor.

    42. El senador Apolonio

    cap. 42

    , un senador romano bajo el emperador Cómodo, habiendo sido denunciado por un esclavo como cristiano, obtuvo permiso para dar razón de su fe y escribió un volumen notable que leyó en el senado, sin embargo, por voluntad del senado, fue decapitado por Cristo en virtud de una antigua ley entre ellos, según la cual los cristianos que una vez habían sido llevados ante su tribunal no debían ser liberados a menos que se retractaran.

    43. Teófilo de Cesarea

    cap. 43

    , obispo de Cesarea en Palestina, la ciudad antes llamada Turris Stratonis, en el reinado del emperador Severo escribió, junto con otros obispos, una carta sinodal de gran utilidad contra aquellos que celebraban la Pascua con los judíos el día catorce del mes.

    44. Báquilo

    cap. 44

    , obispo de Corinto, gozó de renombre bajo el mismo emperador Severo, y escribió, como representante de todos los obispos que estaban en Acaya, una obra elegante Sobre la Pascua.

    45. Polícrates de Éfeso

    cap. 45

    obispo de los Efesios con otros obispos de Asia que, de acuerdo con alguna costumbre antigua, celebraban la Pascua con los judíos el día catorce del mes, escribió una carta sinodal contra Víctor obispo de Roma en la que dice que sigue la autoridad del apóstol Juan y de los antiguos. De esto hacemos las siguientes citas breves: Nosotros, por tanto, celebramos el día según el uso, inviolablemente, sin añadir nada ni quitar nada de él, pues en Asia reposan los restos de los más grandes santos de los que resucitarán en el día del Señor, cuando venga en majestad desde el cielo y vivificará a todos los santos, me refiero a Felipe, uno de los doce apóstoles, que duerme en Hierápolis, y a sus dos hijas que fueron vírgenes hasta su muerte, y a otra hija suya que murió en Éfeso llena del Espíritu Santo. Y Juan también, que se recostó en el pecho de Nuestro Señor y fue su sumo sacerdote llevando la lámina de oro en su frente, mártir y doctor, se durmió en Éfeso, y Policarpo obispo y mártir murió en Esmirna. Traseas de Eumenia también, obispo y mártir, descansa en la misma Esmirna. ¿Qué necesidad hay de mencionar a Sagaris, obispo y mártir, que duerme en Laodicea, y al bienaventurado Papirio y a Melitón, eunuco en el Espíritu Santo, que, sirviendo siempre al Señor, fue sepultado en Sardes y allí espera su resurrección en el advenimiento de Cristo? Todos estos observaron el día de la Pascua el catorce del mes, sin apartarse en modo alguno de la tradición evangélica y siguiendo el canon eclesiástico. Yo también, Policrates, el más pequeño de todos vuestros siervos, según la doctrina de mis parientes que también he seguido (pues hubo siete de mis parientes obispos y yo el octavo), siempre he celebrado la Pascua cuando el pueblo judío celebraba la eliminación de la levadura. Y así, hermanos, teniendo sesenta y cinco años en el Señor e instruido por muchos hermanos de todas las partes del mundo, y habiendo escudriñado todas las Escrituras, no temeré a los que nos amenazan, pues mis predecesores dijeron «Es justo obedecer a Dios antes que a los hombres.» Cito esto para mostrar a través de un pequeño ejemplo el genio y la autoridad del hombre. Floreció en el reinado del emperador Severo en el mismo período que Narciso de Jerusalén.

    46. Heraclito

    cap. 46

    en el reinado de Cómodo y Severo escribió comentarios sobre los Hechos y las Epístolas.

    47. Máximo de Jerusalén

    cap. 47

    , bajo los mismos emperadores propuso en un volumen notable las famosas cuestiones, ¿Cuál es el origen del mal? y Si la materia fue hecha por Dios.

    48. Cándido

    cap. 48

    bajo los emperadores arriba mencionados publicó tratados admirabilísimos Sobre los seis días de la creación.

    49. Apión

    cap. 49

    bajo el emperador Severo igualmente escribió tratados Sobre los seis días de la creación.

    50. Sexto

    cap. 50

    en el reinado del emperador Severo escribió un libro Sobre la resurrección.

    51. Arabiano

    cap. 51

    bajo el mismo emperador publicó ciertas obras pequeñas relacionadas con la doctrina cristiana.

    52. Judas

    cap. 52

    , discutió con amplitud las setenta semanas mencionadas en Daniel y escribió una Cronografía de los tiempos pasados que llevó hasta el décimo año de Severo. Es convicto de error en cuanto a esta obra porque profetizó que el advenimiento del Anticristo sería alrededor de su época, pero esto fue porque la grandeza de las persecuciones parecía presagiar el fin del mundo.

    53. Tertuliano

    cap. 53

    , el presbítero, considerado ahora como el principal de los escritores latinos después de Víctor y Apolonio, era de la ciudad de Cartago en la provincia de África, y era hijo de un procónsul o centurión, hombre de carácter agudo y vigoroso, floreció principalmente en el reinado del emperador Severo y Antonino Caracalla y escribió muchos volúmenes que pasamos por alto porque son bien conocidos por la mayoría. Yo mismo he visto a un tal Pablo, anciano de Concordia, una ciudad de Italia, quien, siendo él mismo muy joven, había sido secretario del bienaventurado Cipriano que ya era de edad avanzada. Dijo que él mismo había visto cómo Cipriano acostumbraba no pasar un día sin leer a Tertuliano, y que frecuentemente le decía: «Dame el maestro,» queriendo decir con esto, Tertuliano. Fue presbítero de la iglesia hasta la edad madura, después, impulsado por la envidia y el abuso del clero de la iglesia romana, cayó en la doctrina de Montano, y menciona la nueva profecía en muchos de sus libros.
    Compuso, además, directamente contra la iglesia, volúmenes: Sobre la modestia, Sobre la persecución, Sobre los ayunos, Sobre la monogamia, seis libros Sobre el éxtasis, y un séptimo que escribió Contra Apolonio. Se dice que vivió hasta una vejez decrépita, y que compuso muchas obras pequeñas, que no se conservan.

    54. Orígenes

    cap. 54

    , apellidado Adamantio, habiéndose levantado una persecución contra los cristianos en el décimo año de Severo Pertinax, y habiendo recibido su padre Leónidas la corona del martirio por Cristo, quedó a la edad de unos diecisiete años, con sus seis hermanos y su madre viuda, en la pobreza, pues sus bienes habían sido confiscados por confesar a Cristo. Cuando solo tenía dieciocho años, emprendió el trabajo de instruir a los Catequetas en las iglesias dispersas de Alejandría. Después, nombrado por Demetrio, obispo de esta ciudad, sucesor del presbítero Clemente, floreció muchos años. Cuando ya había llegado a la edad madura, a causa de las iglesias de Acaya, que estaban desgarradas por muchas herejías, viajaba a Atenas, por el camino de Palestina, bajo la autoridad de una carta eclesiástica, y habiendo sido ordenado presbítero por Teoctisto y Alejandro, obispos de Cesarea y Jerusalén, ofendió a Demetrio, quien se enfureció tanto contra él que escribió a todas partes para dañar su reputación. Se sabe que antes de ir a Cesarea, había estado en Roma, bajo el obispo Ceferino. Inmediatamente a su regreso a Alejandría hizo a Heraclas el presbítero, que continuaba vistiendo su atuendo de filósofo, su asistente en la escuela de catequetas. Heraclas llegó a ser obispo de la iglesia de Alejandría, después de Demetrio. Cuán grande fue la gloria de Orígenes, se desprende del hecho de que Firmiliano, obispo de Cesarea, con todos los obispos de Capadocia, buscó una visita de él, y lo entretuvo durante mucho tiempo. Algún tiempo después, yendo a Palestina para visitar los lugares santos, llegó a Cesarea y fue instruido ampliamente por Orígenes en las Sagradas Escrituras. También se desprende del hecho de que fue a Antioquía, a petición de Mamea, madre del emperador Alejandro, y mujer de disposición religiosa, y allí fue tenido en gran honor, y envió cartas al emperador Felipe, que fue el primero entre los gobernantes romanos en hacerse cristiano, y a su madre, cartas que todavía se conservan. ¿Quién hay que no sepa también que fue tan asiduo en el estudio de las Sagradas Escrituras, que contra el espíritu de su tiempo y de su pueblo, aprendió la lengua hebrea, y tomando la traducción de los Setenta, reunió también las otras traducciones en una sola obra, a saber, la de Áquila, la de Póntico el Prosélito, y la de Teodoción el Ebionita, y la de Símaco, adherente de la misma secta, quien también escribió comentarios sobre el evangelio según Mateo, de los cuales trató de establecer su doctrina. Y además de estas, una quinta, sexta y séptima traducción, que también tenemos de su biblioteca, las buscó con gran diligencia, y las comparó con otras ediciones. Y puesto que he dado una lista de sus obras, en los volúmenes de cartas que he escrito a Paula, en una carta que escribí contra las obras de Varrón, lo paso por alto ahora, no dejando, sin embargo, de hacer mención de su genio inmortal, cómo entendía la dialéctica, así como la geometría, la aritmética, la música, la gramática y la retórica, y enseñaba todas las escuelas de filósofos, de tal manera que también tenía estudiantes diligentes en literatura secular, y les daba conferencias diariamente, y las multitudes que acudían a él eran maravillosas. A estos los recibía con la esperanza de que mediante el instrumento de esta literatura secular, pudiera establecerlos en la fe de Cristo.
    Es innecesario hablar de la crueldad de aquella persecución que se levantó contra los cristianos bajo Decio, que estaba loco contra la religión de Felipe, a quien había matado, — la persecución en la que Fabián, obispo de la iglesia romana, pereció en Roma, y Alejandro y Babilas, pontífices de las iglesias de Jerusalén y Antioquía, fueron encarcelados por su confesión de Cristo. Si alguien desea saber qué se hizo en cuanto a la posición de Orígenes, puede aprenderlo claramente, primero de sus propias epístolas, que después de la persecución fueron enviadas a diferentes personas, y segundo, del sexto libro de la historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, y de sus seis volúmenes en favor del mismo Orígenes.
    Vivió hasta el tiempo de Galo y Volusiano, es decir, hasta su sexagésimo noveno año, y murió en Tiro, ciudad en la que también fue sepultado.

    55. Ammonio

    cap. 55

    , un hombre talentoso de gran erudición filosófica, se distinguió en Alejandría al mismo tiempo. Entre los muchos y distinguidos monumentos de su genio, está la obra elaborada que compuso Sobre la armonía de Moisés y Jesús, y los Cánones del Evangelio, que elaboró, y que Eusebio de Cesarea siguió después. Porfirio lo acusó falsamente de haberse vuelto pagano de nuevo, después de ser cristiano, pero es cierto que continuó cristiano hasta el final de su vida.

    56. Ambrosio el diácono

    cap. 56

    , al principio marcionita pero después corregido por Orígenes, fue diácono en la iglesia, y gloriosamente distinguido como confesor del Señor. A él, junto con Protocteto el presbítero, se escribió el libro de Orígenes, Sobre el martirio. Ayudado por su diligencia, fondos y perseverancia, Orígenes dictó un gran número de volúmenes. Él mismo, como corresponde a un hombre de naturaleza noble, no carecía de talento literario, como lo indican sus cartas a Orígenes. Murió además, antes de la muerte de Orígenes, y es condenado por muchos, porque siendo hombre de riqueza, al morir no se acordó en su testamento de su viejo y necesitado amigo.

    57. Trifón

    cap. 57

    , discípulo de Orígenes, a quien se dirigen algunas de sus cartas existentes, era muy docto en las Escrituras, y esto lo muestran aquí y allá muchas de sus obras, pero especialmente el libro que compuso Sobre la vaca roja en Deuteronomio, y Sobre las mitades, que con la paloma y las tórtolas fueron ofrecidas por Abraham como se registra en Génesis.

    58. Minucio Félix

    cap. 58

    Félix, distinguido abogado de Roma, escribió un diálogo que representa una discusión entre un cristiano y un gentil, titulado Octavio, y aún otra obra circula bajo su nombre, Sobre el destino, o Contra los matemáticos, pero esta, aunque es obra de un hombre talentoso, no me parece que corresponda en estilo con la obra mencionada. Lactancio también menciona a este Minucio en sus obras.

    59. El papa Cayo

    cap. 59

    , obispo de Roma, en el tiempo de Ceferino, es decir, en el reinado de Antonino, hijo de Severo, pronunció una disputa muy notable Contra Próculo, el seguidor de Montano, condenándolo por temeridad en su defensa de la nueva profecía, y en el mismo volumen, enumerando solo trece epístolas de Pablo, dice que la decimocuarta, que ahora se llama, A los Hebreos, no es de él, y no se considera entre los romanos hasta el día de hoy como del apóstol Pablo.

    60. Berilo

    cap. 60

    , obispo de Bostra en Arabia, después de haber gobernado la iglesia gloriosamente por poco tiempo, finalmente cayó en la herejía que niega que Cristo existiera antes de la encarnación. Corregido por Orígenes, escribió varias obras cortas, especialmente cartas, en las que agradece a Orígenes. También se conservan las cartas de Orígenes a él, y un diálogo entre Orígenes y Berilo, en el que se discuten herejías. Se distinguió durante el reinado de Alejandro, hijo de Mamea, y de Maximino y Gordiano, quienes le sucedieron en el poder.

    61. Hipólito

    cap. 61

    [, obispo de cierta iglesia (no he podido saber el nombre de la ciudad) escribió Un cálculo de la fiesta pascual y tablas cronológicas que elaboró hasta el primer año del emperador Alejandro. También trató el ciclo de dieciséis años, que los griegos llamaban ἐ] [κκαιδεκαετηρίδα y dio pie a Eusebio, quien compuso sobre la misma fiesta pascual un ciclo de diecinueve años, es decir [ἐ] [ννεακαιδεκαετηρίδα]. Escribió algunos comentarios a las Escrituras, entre los cuales están los siguientes: Sobre los seis días de la creación, Sobre el Éxodo, Sobre el Cantar de los Cantares, Sobre el Génesis, Sobre Zacarías, Sobre los Salmos, Sobre Isaías, Sobre Daniel, Sobre el Apocalipsis, Sobre los Proverbios, Sobre el Eclesiastés, Sobre Saúl, Sobre la pitonisa, Sobre el Anticristo, Sobre la resurrección, Contra Marción, Sobre la Pascua, Contra todas las herejías, y una exhortación Sobre la alabanza de nuestro Señor y Salvador, en la cual indica que habla en la iglesia en presencia de Orígenes. Ambrosio, que como hemos dicho fue convertido por Orígenes de la herejía de Marción a la verdadera fe, instó a Orígenes a escribir, a imitación de Hipólito, comentarios a las Escrituras, ofreciéndole siete e incluso más secretarios, sus gastos y un número igual de copistas, y lo que es más, con increíble celo, exigiéndole trabajo a diario; por esta razón Orígenes, en una de sus epístolas, lo llama su «capataz.»

    62. Alejandro de Capadocia

    cap. 62

    , obispo de Capadocia, deseando visitar Tierra Santa, llegó a Jerusalén, en el tiempo en que Narciso, obispo de esta ciudad, ya anciano, gobernaba la iglesia. Fue revelado a Narciso y a muchos de su clero que en la mañana del día siguiente entraría en la ciudad un obispo que habría de ser asistente en el trono sacerdotal. Y así sucedió, como estaba predicho, y reuniéndose todos los obispos de Palestina, con especial empeño del propio Narciso, Alejandro tomó consigo el timón de la iglesia de Jerusalén. Al final de una de sus epístolas, escrita a los antinoítas Sobre la paz de la iglesia, dice «Narciso, que ocupó aquí antes que yo el obispado y ahora ejerce conmigo su oficio mediante sus oraciones, teniendo alrededor de ciento dieciséis años, os saluda y conmigo os ruega que seáis de un solo sentir.» Escribió también otra A los antioqueños, por mano de Clemente, el presbítero de Alejandría, del que hablamos más arriba; otra también A Orígenes, y En favor de Orígenes contra Demetrio, motivada por el hecho de que, según el testimonio de Demetrio, había hecho presbítero a Orígenes. Hay otras epístolas suyas a distintas personas. En la séptima persecución bajo Decio, en el tiempo en que Babilas de Antioquía fue muerto, llevado a Cesarea y encerrado en prisión, recibió la corona del martirio por confesar a Cristo.

    63. Julio Africano

    cap. 63

    Julio Africano, cuyos cinco volúmenes Sobre la cronología existen todavía, en el reinado de Marco Aurelio Antonino, que sucedió a Macrino, recibió el encargo de restaurar la ciudad de Emaús, que después fue llamada Nicópolis. Hay una epístola suya a Orígenes, Sobre la cuestión de Susana, donde se sostiene que esta historia no está contenida en el hebreo y no es coherente con la etimología hebrea en cuanto al juego de «prinos y prisai,» «schinos y schisai.» En respuesta a esto, Orígenes escribió una docta epístola. Existe otra carta suya, A Aristides, en la cual discute extensamente las discrepancias que aparecen en la genealogía de nuestro Salvador, tal como la registran Mateo y Lucas.

    64. Gémino

    cap. 64

    , presbítero de la iglesia de Antioquía, compuso unos pocos monumentos de su ingenio, floreciendo en tiempos del emperador Alejandro y de Zebeno, obispo de su ciudad, especialmente en la época en que Heracles fue ordenado pontífice de la iglesia de Alejandría.

    65. Gregorio Taumaturgo

    cap. 65

    , llamado después Gregorio, obispo de Neocesarea en el Ponto, siendo todavía muy joven, en compañía de su hermano Atenodoro, fue de Capadocia a Berito, y de allí a Cesarea de Palestina, para estudiar literatura griega y latina. Cuando Orígenes vio la notable capacidad natural de estos hombres, los instó a estudiar filosofía, en cuya enseñanza introdujo gradualmente la materia de la fe en Cristo, y los hizo también seguidores suyos. Así, instruidos por él durante cinco años, fueron enviados por él de vuelta a su madre. Teodoro, a su partida, escribió un panegírico de agradecimiento a Orígenes, y lo pronunció ante una gran asamblea, estando presente el propio Orígenes. Este panegírico existe todavía en la actualidad.
    Escribió también una breve, pero muy valiosa, paráfrasis Sobre el Eclesiastés, y la fama corriente habla de otras epístolas suyas, pero sobre todo de los signos y prodigios que, como obispo, realizó para gran gloria de las iglesias.

    66. El papa Cornelio

    cap. 66

    , obispo de Roma, a quien existen ocho cartas de Cipriano, escribió una carta a Fabio, obispo de la iglesia de Antioquía, Sobre los concilios romano, itálico y africano, y otra Sobre Novaciano y los que habían caído de la fe, una tercera Sobre las actas del concilio, y una cuarta muy prolija al mismo Fabio, que contiene las causas de la herejía novaciana y una anatema de ella. Gobernó la iglesia durante dos años bajo Galo y Volusiano. Recibió la corona del martirio por Cristo y fue sucedido por Lucio.

    67. Cipriano

    cap. 67

    de África, primero fue famoso como maestro de retórica, y después, por persuasión del presbítero Cecilio, de quien recibió su sobrenombre, se hizo cristiano y dio todos sus bienes a los pobres. No mucho después fue incorporado al presbiterio y fue también hecho obispo de Cartago. Es innecesario hacer un catálogo de las obras de su ingenio, pues son más visibles que el sol.
    Fue muerto bajo los emperadores Valeriano y Galieno, en la octava persecución, el mismo día en que Cornelio fue muerto en Roma, pero no en el mismo año.

    68. Poncio

    cap. 68

    , diácono de Cipriano, compartiendo su destierro hasta el día de su muerte, dejó un notable volumen Sobre la vida y muerte de Cipriano.

    69. Dionisio de Alejandría

    cap. 69

    , obispo de Alejandría, como presbítero tuvo a su cargo la escuela catequética bajo Heracles, y fue el discípulo más distinguido de Orígenes. Consintiendo a la doctrina de Cipriano y del sínodo africano sobre el rebautismo de herejes, envió muchas cartas a diversas personas, que existen todavía; escribió una a Fabio, obispo de la iglesia de Antioquía, Sobre la penitencia, otra A los romanos, por mano de Hipólito, dos cartas A Sixto, que había sucedido a Esteban, dos también A Filemón y Dionisio, presbíteros de la iglesia de Roma, y otra Al mismo Dionisio, después obispo de Roma; y A Novaciano, tratando de su pretensión de que Novaciano había sido ordenado obispo de Roma contra su voluntad. El comienzo de esta epístola es el siguiente: «Dionisio a Novaciano, su hermano, saludos. Si has sido ordenado contra tu voluntad, como dices, lo probarás cuando te retires voluntariamente.»
    Hay también otra epístola suya A Dionisio y Dídimo, y muchas Epístolas festales sobre la Pascua, escritas en estilo declamatorio, también una a la iglesia de Alejandría Sobre el exilio, una A Hierax, obispo en Egipto, y todavía otras Sobre la mortalidad, Sobre el sábado, y Sobre el gimnasio, también una A Hermamón y otras Sobre la persecución de Decio, y dos libros Contra el obispo Nepote, quien afirmaba en sus escritos un reinado de mil años en el cuerpo. Entre otras cosas discutió diligentemente el Apocalipsis de Juan, y escribió Contra Sabelio y A Amón, obispo de Berenice, y A Telesforo, también A Eufranor, también cuatro libros A Dionisio, obispo de Roma, a los laodicenses Sobre la penitencia, a Orígenes Sobre el martirio, a los armenios Sobre la penitencia, también Sobre el orden de la transgresión, a Timoteo Sobre la naturaleza, a Eufranor Sobre la tentación, muchas cartas también A Basílides, en una de las cuales afirma que también comenzó a escribir comentarios al Eclesiastés. La notable epístola que escribió contra Pablo de Samósata, pocos días antes de su muerte, circula también. Murió en el duodécimo año de Galieno.

    70. Novaciano

    cap. 70

    , presbítero de Roma, intentó usurpar la cátedra sacerdotal ocupada por Cornelio, y estableció el dogma de los novacianos, o como se les llama en griego, los cátaros, al negarse a recibir a los apóstatas penitentes. Novato, autor de esta doctrina, era presbítero de Cipriano. Escribió Sobre la Pascua, Sobre el sábado, Sobre la circuncisión, Sobre el sacerdocio, Sobre la oración, Sobre el alimento de los judíos, Sobre el celo, Sobre Átalo, y muchos otros, especialmente un gran volumen Sobre la Trinidad, una especie de epítome de la obra de Tertuliano, que muchos atribuyen erróneamente a Cipriano.

    71. Malquión

    cap. 71

    , el muy dotado presbítero de la iglesia de Antioquía, que había enseñado retórica con gran éxito en la misma ciudad, sostuvo una discusión con Pablo de Samósata, quien como obispo de la iglesia de Antioquía había introducido la doctrina de Artemón, y esta fue recogida por taquígrafos. Este diálogo existe todavía, y otra extensa epístola escrita por él, en favor del concilio, está dirigida a Dionisio y Máximo, obispos de Roma y Alejandría. Floreció bajo Claudio y Aureliano.

    72. Arquelao

    cap. 72

    , obispo de Mesopotamia, compuso en lengua siriaca un libro de la discusión que sostuvo con Maniqueo, cuando este vino de Persia. Este libro, traducido al griego, lo poseen muchos.
    Floreció bajo el emperador Probo, que sucedió a Aureliano y Tácito.

    73. Anatolio

    cap. 73

    de Alejandría, obispo de Laodicea en Siria, que floreció bajo los emperadores Probo y Caro, fue hombre de admirable erudición en aritmética, geometría, astronomía, gramática, retórica y dialéctica. Podemos hacernos una idea de la grandeza de su ingenio por el volumen que escribió Sobre la Pascua y sus diez libros Sobre los fundamentos de la aritmética.

    74. Victorino de Petovio

    cap. 74

    , obispo de Pettau, no estaba igualmente familiarizado con el latín y el griego. Por esta razón sus obras, aunque nobles en pensamiento, son inferiores en estilo. Son las siguientes: Comentarios Sobre el Génesis, Sobre el Éxodo, Sobre el Levítico, Sobre Isaías, Sobre Ezequiel, Sobre Habacuc, Sobre el Eclesiastés, Sobre el Cantar de los Cantares, Sobre el Apocalipsis de Juan, Contra todas las herejías y muchos otros. Al final recibió la corona del martirio.

    75. Pánfilo

    cap. 75

    el presbítero, protector de Eusebio obispo de Cesarea, estaba tan inflamado de amor por la literatura sagrada, que transcribió de su propia mano la mayor parte de las obras de Orígenes, y estas se conservan todavía en la biblioteca de Cesarea. Tengo veinticinco volúmenes de Comentarios de Orígenes, escritos de su mano, Sobre los doce profetas, que abrazo y guardo con tal gozo, que me considero poseedor de la riqueza de Creso. Y si es tal gozo tener una epístola de un mártir, cuánto más tener tantos miles de líneas que me parecen trazadas con su sangre. Escribió una Apología de Orígenes antes de que Eusebio hubiera escrito la suya y fue muerto en Cesarea de Palestina en la persecución de Maximino.

    76. Pierio

    cap. 76

    , presbítero de la iglesia de Alejandría en el reinado de Caro y Diocleciano, en el tiempo en que Teonas gobernaba como obispo en la misma iglesia, enseñó al pueblo con gran éxito y alcanzó tal elegancia de lenguaje y publicó tantos tratados sobre toda clase de temas (que existen todavía) que fue llamado Orígenes el Joven. Fue notable por su autodisciplina, entregado a la pobreza voluntaria y completamente versado en el arte dialéctico. Después de la persecución, pasó el resto de su vida en Roma. Existe un largo tratado suyo Sobre el profeta Oseas que por evidencia interna parece haber sido pronunciado en la vigilia de Pascua.

    77. Luciano

    cap. 77

    , hombre de gran talento, presbítero de la iglesia de Antioquía, fue tan diligente en el estudio de las Escrituras, que todavía hoy ciertos ejemplares de las Escrituras llevan el nombre de Luciano. Existen obras suyas, Sobre la fe, y breves Epístolas a varias personas. Fue muerto en Nicomedia por su confesión de Cristo en la persecución de Maximino, y fue enterrado en Helenópolis de Bitinia.

    78. Fileas

    cap. 78

    residente en aquella ciudad egipcia que se llama Tmouis, de noble familia y de no pequeña riqueza, habiendo llegado a ser obispo, compuso una obra elegantemente escrita en alabanza de los mártires y, discutiendo contra el juez que intentaba obligarlo a ofrecer sacrificios, fue decapitado por Cristo durante la misma persecución en la que Luciano fue muerto en Nicomedia.

    79. Arnobio

    cap. 79

    fue un exitosísimo maestro de retórica en Sicca, en África, durante el reinado de Diocleciano, y escribió volúmenes Contra las naciones que pueden encontrarse por todas partes.

    80. Lactancio

    cap. 80

    , conocido también como Lactancio, discípulo de Arnobio, durante el reinado de Diocleciano fue llamado a Nicomedia con Flavio el Gramático, cuyo poema Sobre la medicina existe todavía; enseñó allí retórica y, por su falta de alumnos (puesto que era una ciudad griega), se dedicó a escribir. Tenemos un Banquete suyo que escribió de joven en África, un Itinerario de un viaje de África a Nicomedia escrito en hexámetros, otro libro que se llama El Gramático, y uno hermosísimo Sobre la ira de Dios, y Instituciones divinas contra las naciones, siete libros, y un Epítome de la misma obra en un volumen, sin título, también dos libros A Asclepíades, un libro Sobre la persecución, cuatro libros de Epístolas a Probo, dos libros de Epístolas a Severo, dos libros de Epístolas a su discípulo Demetrio y un libro al mismo Sobre la obra de Dios o la creación del hombre. En su extrema vejez fue tutor de Crispo César, hijo de Constantino, en Galia, el mismo que después fue muerto por su padre.

    81. Eusebio de Cesarea

    cap. 81

    obispo de Cesarea en Palestina fue diligente en el estudio de las divinas Escrituras y, con el mártir Panfilo, un diligentísimo investigador de la Santa Biblia. Publicó un gran número de volúmenes, entre los cuales están los siguientes: Demostraciones del Evangelio veinte libros, Preparación evangélica quince libros, Teofanía cinco libros, Historia eclesiástica diez libros, Crónica de la historia universal y un Epítome de esta última. También Sobre las discrepancias entre los Evangelios, Sobre Isaías, diez libros, también Contra Porfirio, que escribía en aquel mismo tiempo en Sicilia según algunos, veinticinco libros, también un libro de Tópicos, seis libros de Apología de Orígenes, tres libros Sobre la vida de Panfilo, otras breves obras Sobre los mártires, sumamente doctos Comentarios a ciento cincuenta Salmos, y muchos otros. Floreció principalmente en los reinados de Constantino el Grande y Constancio. Su sobrenombre Panfilo surgió de su amistad con el mártir Panfilo.

    82. Reticio

    cap. 82

    obispo de Autún, entre los eduos, tuvo gran reputación en Galia en el reinado de Constantino. He leído sus comentarios Sobre el Cantar de los Cantares y otro gran volumen Contra Novaciano, pero aparte de estos, no he encontrado obras suyas.

    83. Metodio

    cap. 83

    , obispo de Olimpo en Licia y después de Tiro, compuso libros Contra Porfirio escritos en estilo pulido y lógico, también un Banquete de las diez vírgenes, una obra excelente Sobre la resurrección, contra Orígenes, y Sobre la pitonisa y Sobre el libre albedrío, también contra Orígenes. Escribió asimismo comentarios Sobre el Génesis y Sobre el Cantar de los Cantares y muchos otros que se leen ampliamente. Al fin de la reciente persecución o, como otros afirman, en el reinado de Decio y Valeriano, fue coronado con el martirio en Calcis de Grecia.

    84. Juvenco

    cap. 84

    , español de noble familia y presbítero, traduciendo los cuatro evangelios casi verbalmente en versos hexámetros, compuso cuatro libros. Escribió algunas otras cosas en el mismo metro relativas al orden de los sacramentos. Floreció en el reinado de Constantino.

    85. Eustacio

    cap. 85

    , panfiliano de Side, obispo primero de Berea en Siria y después de Antioquía, gobernó la iglesia y, componiendo muchas cosas contra la doctrina de los arrianos, fue desterrado bajo el emperador Constancio a Trajanópolis de Tracia, donde permanece hasta el día de hoy. Se conservan obras suyas Sobre el alma, Sobre la ventriloquia Contra Orígenes y Cartas demasiado numerosas para mencionar.

    86. Marcelo

    cap. 86

    , obispo de Ancira, floreció en el reinado de Constantino y Constancio y escribió muchos volúmenes de varias Proposiciones y especialmente contra los arrianos. Circulan obras de Asterio y Apolinar contra él, que lo acusan de sabelianismo. También Hilario, en el séptimo libro de su obra Contra los arrianos, lo menciona como hereje, pero él se defiende de tal acusación por el hecho de que Julio y Atanasio, obispos de Roma y Alejandría, comulgaron con él.

    87. Atanasio

    cap. 87

    obispo de Alejandría, acosado por las artimañas de los arrianos, huyó junto a Constante, emperador de la Galia. De allí regresó con cartas y, tras la muerte del emperador, de nuevo se refugió en la huida y permaneció oculto hasta el advenimiento de Joviano, cuando volvió a la iglesia y murió en el reinado de Valente. Circulan varias obras suyas: dos libros Contra las naciones, uno Contra Valente y Ursacio, Sobre la virginidad, muchísimos Sobre las persecuciones de los arrianos, además Sobre los títulos de los Salmos y Vida de Antonio el monje, también Epístolas festales y otras obras demasiado numerosas para mencionar.

    88. Antonio

    cap. 88

    el monje, cuya vida escribió en una extensa obra Atanasio, obispo de Alejandría, envió siete cartas en copto a varios monasterios, cartas verdaderamente apostólicas en pensamiento y lenguaje, que han sido traducidas al griego. La principal de ellas es A los arsenoítas. Floreció durante el reinado de Constantino y sus hijos.

    89. Basilio de Ancira

    cap. 89

    , obispo de Ancira, [doctor en] medicina, escribió un libro Contra Marcelo y sobre la virginidad y algunas otras cosas— y en el reinado de Constancio fue, junto con Eustacio de Sebaste, primado de Macedonia.

    90. Teodoro

    cap. 90

    , obispo de Heraclea de Tracia, publicó en el reinado del emperador Constancio comentarios Sobre Mateo y Juan, Sobre las Epístolas y Sobre el Salterio. Están escritos en un estilo pulido y claro y muestran un excelente sentido histórico.

    91. Eusebio de Emesa

    cap. 91

    de Emesa, que tuvo fino talento retórico, compuso innumerables obras aptas para ganarse el aplauso popular y, escribiendo como historiador, es leído con gran diligencia por quienes practican la oratoria. Entre ellas, las principales son Contra judíos, gentiles y novacianos y Homilías sobre los Evangelios, breves pero numerosas. Floreció en el reinado del emperador Constancio, en cuyo reinado murió, y fue sepultado en Antioquía.

    92. Trifilio

    cap. 92

    , obispo de Ledra o Leucoteón, en Chipre, fue el hombre más elocuente de su época y se distinguió durante el reinado de Constancio. He leído su Comentario sobre el Cantar de los Cantares. Se dice que escribió muchas otras obras, ninguna de las cuales ha llegado a nuestras manos.

    93. Donato

    cap. 93

    , de quien surgieron los donatistas en África en los reinados de los emperadores Constantino y Constancio, afirmó que las Escrituras fueron entregadas a los paganos por los ortodoxos durante la persecución, y engañó a casi toda África, y especialmente a Numidia, con su poder de persuasión. Se conservan muchas de sus obras, relacionadas con su herejía, entre ellas Sobre el Espíritu Santo, una obra de doctrina arriana.

    94. Asterio

    cap. 94

    , filósofo del partido arriano, escribió, durante el reinado de Constancio, comentarios Sobre la Epístola a los Romanos, Sobre los Evangelios y Sobre los Salmos, además de muchas otras obras que son leídas con diligencia por los de su partido.

    95. Lucifer de Cagliari

    cap. 95

    , obispo de Cagliari, fue enviado por el obispo Liberio, junto con Pancracio e Hilario, clérigos de la iglesia romana, al emperador Constancio, como legados de la fe. Como no quiso condenar la fe nicena tal como la representaba Atanasio, enviado de nuevo a Palestina, con admirable constancia y disposición al martirio, escribió un libro contra el emperador Constancio y lo envió para que este lo leyera; no mucho después regresó a Cagliari en el reinado del emperador Juliano y murió en el reinado de Valentiniano.

    96. Eusebio de Vercelli

    cap. 96

    , natural de Cerdeña, primero lector en Roma y después obispo de Vercelli, enviado por el emperador Constancio a Escitópolis y después a Capadocia a causa de su confesión de la fe, regresó a la iglesia bajo el emperador Juliano y publicó los Comentarios de Eusebio de Cesarea sobre los Salmos, que había traducido del griego al latín, y murió durante el reinado de Valentiniano y Valente.

    97. Fortunaciano

    cap. 97

    , africano de nacimiento, obispo de Aquilea durante el reinado de Constancio, compuso breves Comentarios sobre los evangelios ordenados por capítulos, escritos en estilo rústico, y es tenido en detestación porque, cuando Liberio, obispo de Roma, fue desterrado por la fe, fue inducido por la insistencia de Fortunaciano a suscribir la herejía.

    98. Acacio

    cap. 98

    , a quien, por ser tuerto de un ojo, apodaron «el tuerto,» obispo de la iglesia de Cesarea en Palestina, escribió diecisiete volúmenes Sobre el Eclesiastés y seis de Cuestiones varias, y muchos tratados además sobre temas diversos. Fue tan influyente en el reinado del emperador Constancio que hizo a Félix obispo de Roma en lugar de Liberio.

    99. Serapión de Thmuis

    cap. 99

    , obispo de Tmuis, quien por su cultivado ingenio fue hallado digno del sobrenombre de Escolástico, fue amigo íntimo de Antonio el monje y publicó un excelente libro Contra los maniqueos, también otro Sobre los títulos de los Salmos y valiosas Epístolas a diversas personas. En el reinado del emperador Constancio fue célebre como confesor.

    100. Hilario de Poitiers

    cap. 100

    , obispo de Poitiers en Aquitania, fue miembro del partido de Saturnino, obispo de Arlés. Desterrado a Frigia por el Sínodo de Béziers, compuso doce libros Contra los arrianos y otro libro Sobre los concilios escrito a los obispos galicanos, y Comentarios sobre los Salmos, es decir, sobre el primero y el segundo, desde el quincuagésimo primero hasta el sexagésimo segundo, y desde el ciento decimoctavo hasta el final del libro. En esta obra imitó a Orígenes, pero añadió también materia original. Hay un librito suyo A Constancio que presentó al emperador mientras este vivía en Constantinopla, y otro Sobre Constancio que escribió después de su muerte, y un libro Contra Valente y Ursacio, que contiene una historia de los concilios de Rímini y Seleucia, y A Salustio el prefecto o Contra Dióscoro, también un libro de Himnos y misterios, un comentario Sobre Mateo y tratados Sobre Job, que tradujo libremente del griego de Orígenes, y otra elegante obrita Contra Auxencio y Epístolas a diversas personas. Dicen que escribió Sobre el Cantar de los Cantares, pero esta obra no nos es conocida. Murió en Poitiers durante el reinado de Valentiniano y Valente.

    101. Victorino de África

    cap. 101

    , africano de nacimiento, enseñó retórica en Roma bajo el emperador Constancio y, en extrema vejez, entregándose a la fe en Cristo, escribió libros contra Arrio, escritos en estilo dialéctico y lenguaje muy oscuro, libros que solo pueden ser entendidos por los eruditos. También escribió Comentarios sobre las Epístolas.

    102. Tito de Bostra

    cap. 102

    obispo de Bostra, en el reinado de los emperadores Juliano y Joviano escribió vigorosas obras contra los maniqueos y algunas otras cosas. Murió bajo Valente.

    103. El papa Dámaso

    cap. 103

    , obispo de Roma, tuvo fino talento para componer versos y publicó muchas obras breves en metro heroico. Murió en el reinado del emperador Teodosio a la edad de casi ochenta años.

    104. Apolinar de Laodicea

    cap. 104

    , obispo de Laodicea, en Siria, hijo de un presbítero, se dedicó en su juventud al estudio diligente de la gramática y, después, escribiendo innumerables volúmenes sobre las Sagradas Escrituras, murió en el reinado del emperador Teodosio. Se conservan treinta libros suyos Contra Porfirio, que generalmente se consideran entre las mejores de sus obras.

    105. Gregorio Bético

    cap. 105

    , obispo de Elvira, en Bética, escribiendo incluso hasta la extrema vejez, compuso varios tratados en lenguaje mediocre y una obra elegante Sobre la fe. Se dice que aún vive.

    106. Paciano

    cap. 106

    , obispo de Barcelona, en los montes Pirineos, hombre de casta elocuencia y tan distinguido por su vida como por su palabra, escribió varias obras breves, entre las cuales están El ciervo y Contra los novacianos, y murió en el reinado del emperador Teodosio, en extrema vejez.

    107. Fotino

    cap. 107

    , de Galogrecia, discípulo de Marcelo y ordenado obispo de Sirmio, intentó introducir la herejía ebionita y, después de haber sido expulsado de la iglesia por el emperador Valentiniano, escribió muchos volúmenes, entre los cuales los más distinguidos son Contra las naciones y A Valentiniano.

    108. Febadio

    cap. 108

    , obispo de Agén, en la Galia, publicó un libro Contra los arrianos. Se dice que hay otras obras suyas, que aún no he leído. Todavía vive, achacoso por la edad.

    109. Dídimo el Ciego

    cap. 109

    , de Alejandría, habiendo quedado ciego siendo muy joven y, por tanto, ignorante de los rudimentos del saber, mostró tal milagro de inteligencia que aprendió perfectamente la dialéctica e incluso la geometría, ciencias que requieren especialmente la vista. Escribió muchas obras admirables: Comentarios sobre todos los Salmos, Comentarios sobre los Evangelios de Mateo y Juan, Sobre las doctrinas, también dos libros Contra los arrianos y un libro Sobre el Espíritu Santo, que traduje al latín, dieciocho volúmenes Sobre Isaías, tres libros de comentarios Sobre Oseas, dirigidos a mí, y cinco libros Sobre Zacarías, escritos a petición mía, también comentarios Sobre Job, y muchas otras cosas, dar cuenta de las cuales sería obra de por sí. Todavía vive y ya ha pasado de los ochenta y tres años.

    110. Optato

    cap. 110

    el africano, obispo de Milevis, durante el reinado de los emperadores Valentiniano y Valente, escribió en favor del partido católico seis libros contra la calumnia del partido donatista, en los que afirma que el crimen de los donatistas se imputa falsamente al partido católico.

    111. Acilio Severo

    cap. 111

    de España, de la familia de aquel Severo a quien van dirigidos los dos libros de Epístolas de Lactancio, compuso un volumen de poesía y prosa mezcladas que es una especie de guía de toda su vida. Lo tituló Calamidad o Prueba. Murió en el reinado de Valentiniano.

    112. Cirilo de Jerusalén

    cap. 112

    , obispo de Jerusalén, a menudo expulsado por la iglesia y finalmente recibido, ocupó el episcopado durante ocho años consecutivos, en el reinado de Teodosio. Se conservan ciertas Lecciones catequéticas suyas, compuestas cuando era joven.

    113. Euzoio

    cap. 113

    , de joven, junto con Gregorio, obispo de Nacianzo, fue educado por el rétor Tespesio en Cesarea y, después, siendo obispo de la misma ciudad, con gran empeño intentó restaurar la biblioteca reunida por Orígenes y Panfilo, que ya había sufrido daños. Finalmente, en el reinado del emperador Teodosio, fue expulsado de la iglesia. Circulan muchos y variados tratados suyos, y uno puede fácilmente familiarizarse con ellos.

    114. Epifanio

    cap. 114

    , obispo de Salamina en Chipre, escribió libros Contra todas las herejías y muchos otros que son leídos con avidez por los eruditos, por su materia, y también por la gente sencilla, por su lenguaje. Todavía vive y en su extrema vejez compone varias obras breves.

    115. Efrén

    cap. 115

    , diácono de la iglesia de Edesa, compuso numerosas obras en lengua siriaca y llegó a ser tan distinguido que sus escritos se leen públicamente en algunas iglesias, después de la lectura de las Escrituras.
    En cierta ocasión leí en griego un volumen suyo Sobre el Espíritu Santo, que alguien había traducido del siriaco, y reconocí incluso en la traducción el vigor incisivo de un genio elevado. Murió en el reinado de Valente.

    116. Basilio el Grande

    cap. 116

    , obispo de Cesarea de Capadocia, ciudad antes llamada Mazaca, compuso admirables libros cuidadosamente escritos Contra Eunomio, un volumen Sobre el Espíritu Santo y nueve homilías Sobre los seis días de la creación, además una obra Sobre la ascesis y breves tratados sobre temas diversos. Murió en el reinado de Graciano.

    117. Gregorio Nacianceno

    cap. 117

    , obispo de Nacianzo, varón elocuentísimo y mi instructor en las Escrituras, compuso obras que suman en total treinta mil versos, entre las cuales se hallan Sobre la muerte de su hermano Cesáreo, Sobre la caridad, Elogio de los Macabeos, Elogio de Cipriano, Elogio de Atanasio, Elogio de Máximo el filósofo después de que este regresara del exilio. Este último, sin embargo, algunos le ponen el pseudónimo de Herona, puesto que hay otra obra de Gregorio que reprende a ese mismo Máximo, como si no pudiera elogiarse y reprenderse a la misma persona en una u otra ocasión según lo exija la circunstancia. Otras obras suyas son un libro en hexámetros, que contiene Una discusión entre la virginidad y el matrimonio, dos libros Contra Eunomio, un libro Sobre el Espíritu Santo y uno Contra el emperador Juliano. Fue seguidor de Polemón en su estilo oratorio. Habiendo ordenado a su sucesor en el episcopado, aún en vida, se retiró al campo, donde vivió como monje y murió hace tres años o más, en el reinado de Teodosio.

    118. Lucio

    cap. 118

    , obispo del partido arriano después de Atanasio, ocupó la sede episcopal de la iglesia de Alejandría hasta la época del emperador Teodosio, por quien fue depuesto. Se conservan ciertas epístolas festivas suyas Sobre la Pascua, y unas pocas obras breves de Proposiciones misceláneas.

    119. Diodoro

    cap. 119

    , obispo de Tarso, gozó de gran reputación cuando todavía era presbítero de Antioquía. Se conservan comentarios suyos Sobre las epístolas, así como muchas otras obras a la manera de Eusebio el grande de Emesa, cuyo sentido siguió, pero cuya elocuencia no pudo imitar a causa de su desconocimiento de la literatura profana.

    120. Eunomio

    cap. 120

    , obispo de Cícico y miembro del partido arriano, cayó en una blasfemia tan abierta en su herejía que proclamó públicamente lo que los otros ocultaban. Se dice que todavía vive en Capadocia y que escribe mucho contra la Iglesia. Le han respondido Apolinar, Dídimo, Basilio de Cesarea, Gregorio Nacianceno y Gregorio de Nisa.

    121. Prisciliano

    cap. 121

    , obispo de Ábila, pertenecía al partido de Hidacio e Itacio, y fue condenado a muerte en Tréveris por el tirano Máximo. Publicó muchos escritos breves, algunos de los cuales han llegado hasta nosotros. Algunos lo acusan todavía de estar contaminado por el gnosticismo, es decir, por la herejía de Basílides o de Marcos, de quienes escribe Ireneo, mientras que sus defensores sostienen que no era en absoluto de esta manera de pensar.

    122. Latroniano

    cap. 122

    , de España, varón de gran erudición y, en materia de versificación, digno de ser comparado con los poetas de la antigüedad, fue también condenado a muerte en Tréveris junto con Prisciliano, Felicísimo, Juliano y Eucrotia, coautores con él del cisma. Se conservan diversos frutos de su ingenio escritos en distintos metros.

    123. Tiberiano

    cap. 123

    , el bético, respondiendo a una insinuación de que compartía la herejía de Prisciliano, escribió una apología en un lenguaje pomposo y mezclado. Pero después de la muerte de sus amigos, vencido por el tedio del exilio, cambió de parecer, como está escrito en las Sagradas Escrituras «el perro volvió a su vómito,» y se casó con una monja, una virgen consagrada a Cristo.

    124. Ambrosio de Milán

    cap. 124

    un obispo de Milán, en la actualidad sigue escribiendo. Suspendo mi juicio sobre él, porque está todavía vivo, temiendo ya sea alabarlo o censurarlo, no sea que en un caso se me acuse de adulación, y en el otro de decir la verdad.

    125. Evagrio

    cap. 125

    , obispo de Antioquía, hombre de mente notablemente aguda, cuando era todavía presbítero me leyó diversos tratados sobre diversos temas, que aún no había publicado. También tradujo la Vida del bienaventurado Antonio del griego de Atanasio a nuestra lengua.

    126. Ambrosio de Alejandría

    cap. 126

    de Alejandría, discípulo de Didimo, escribió una extensa obra Sobre las doctrinas contra Apolinar, y, según me ha informado últimamente alguien, Comentarios sobre Job. Todavía vive.

    127. Máximo de Constantinopla

    cap. 127

    el filósofo, nacido en Alejandría, ordenado obispo en Constantinopla y depuesto, escribió una obra notable Sobre la fe contra los arrianos y se la entregó al emperador Graciano, en Milán.

    128. Gregorio de Nisa

    cap. 128

    obispo de Nisa, hermano de Basilio de Cesarea, hace pocos años leyó a Gregorio Nacianceno y a mí una obra contra Eunomio. Se dice que también ha escrito muchas otras obras, y que todavía sigue escribiendo.

    129. Juan de Antioquía

    cap. 129

    , presbítero de la iglesia de Antioquía, seguidor de Eusebio de Emesa y de Diodoro, se dice que compuso muchos libros, pero de estos solo he leído su Sobre el sacerdocio.

    130. Gelasio

    cap. 130

    , obispo de Cesarea en Palestina después de Euzoio, se dice que escribe más o menos en un estilo cuidadosamente pulido, pero que no publica sus obras.

    131. Teótimo

    cap. 131

    , obispo de Tomis, en Escitia, ha publicado tratados breves y epigramáticos, en forma de diálogos, y en estilo antiguo. Oigo que ahora está escribiendo otras obras.

    132. Dexter, prefecto del pretorio

    cap. 132

    , hijo de Paciano, a quien mencioné antes, distinguido en su generación y devoto de la fe cristiana, según me han dicho, ha escrito una Historia universal, que todavía no he leído.

    133. Anfiloquio

    cap. 133

    , obispo de Iconio, recientemente me leyó un libro Sobre el Espíritu Santo, argumentando que Él es Dios, que debe ser adorado, y que es omnipotente.

    134. Sofronio

    cap. 134

    , hombre de erudición superlativa, escribió siendo aún un muchacho, En alabanza de Belén y recientemente un volumen notable, Sobre el derrocamiento de Serapis, y también a Eustaquio, Sobre la virginidad, y una Vida de Hilarión el monje. Tradujo obras cortas mías al griego en un estilo muy acabado, también el Salterio, y los Profetas, que yo traduje del hebreo al latín.

    135. Jerónimo

    cap. 135

    Yo, Jerónimo, hijo de Eusebio, de la ciudad de Strido, que está en la frontera de Dalmacia y Panonia y fue destruida por los godos, hasta el presente año, es decir, el decimocuarto del emperador Teodosio, he escrito lo siguiente: Vida de Pablo el monje, un libro de Cartas a diferentes personas, una Exhortación a Heliodoro, Controversia de Luciferiano y Ortodoxo, Crónica de la historia universal, 28 homilías de Orígenes sobre Jeremías y Ezequiel, que traduje del griego al latín, Sobre los Serafines, Sobre Osanna, Sobre los hijos prudentes y pródigos, Sobre tres cuestiones de la ley antigua, Homilías sobre el Cantar de los Cantares dos, Contra Helvidio, Sobre la perpetua virginidad de María, A Eustoquia, Sobre el mantenimiento de la virginidad, un libro de Epístolas a Marcela, una carta consolatoria a Paula Sobre la muerte de una hija, tres libros de Comentarios sobre la epístola de Pablo a los Gálatas, igualmente tres libros de Comentarios sobre la epístola a los Efesios, Sobre la epístola a Tito un libro, Sobre la epístola a Filemón uno, Comentarios sobre Eclesiastés, un libro de Cuestiones hebraicas sobre el Génesis, un libro Sobre los lugares de Judea, un libro de Nombres hebreos, Didimo sobre el Espíritu Santo, que traduje al latín un libro, 39 homilías sobre Lucas Sobre los Salmos 10 a 16, siete libros, Sobre el monje cautivo, La vida del bienaventurado Hilarión. Traduje el Nuevo Testamento del griego, y el Antiguo Testamento del hebreo, y cuántas Cartas he escrito A Paula y Eustoquia no lo sé, pues escribo diariamente. Escribí además, dos libros de Explicaciones sobre Miqueas, un libro Sobre Nahum, dos libros Sobre Habacuc, uno Sobre Sofonías, uno Sobre Hageo, y muchos otros Sobre los profetas, que aún no están terminados, y en los que todavía estoy trabajando.
    Comentario editorial · Un catálogo que otros continuaron
    El último capítulo es el del propio Jerónimo, que lista sus obras hasta «el presente año, el decimocuarto del emperador Teodosio». Según Whiting, que Wikipedia cita, esa lista servía para que sus corresponsales pidieran copias de lo que no tenían. El catálogo no se cerró ahí: Gennadio de Marsella (muerto hacia 496) lo continuó con otro del mismo título, e Isidoro de Sevilla lo siguió en el siglo VII; los tres textos se copiaron juntos. Esta edición reproduce solo la parte de Jerónimo, que es la que trae el epub; Gennadio se lee en el NPNF, vol. 3, a continuación.

    Prefacios de Jerónimo

    Prefacio a la Crónica de Eusebio

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Crónica · nota del editor
    La «Crónica» es un libro de historia universal, que da las fechas desde la llamada de Abraham y las Olimpiadas. Para una reseña de ella se remite al lector al artículo del Dr. Salmon en el «Diccionario de Antigüedades Cristianas.» Fue traducida por Jerónimo en los años 381-82, en Constantinopla, donde se alojaba para el Concilio. Este Prefacio muestra que Jerónimo ya empezaba a darse cuenta de las dificultades derivadas de las diversas versiones del Antiguo Testamento y de la necesidad de volver al hebreo.

    Prefacio, Crónica

    Jerónimo a sus amigos Vicente y Galieno, saludos:
    1. Hace mucho que es práctica de los hombres eruditos ejercitar sus mentes vertiendo al latín las obras de los escritores griegos y, lo que es más difícil, traducir los poemas de autores ilustres aun estando trabados por las exigencias adicionales del verso. Así fue como nuestro Tulio tradujo literalmente libros enteros de Platón; y después de publicar una edición de Arato (que ahora puede considerarse romano) en versos hexámetros, se entretuvo con la Económica de Jenofonte. En esta última obra, el río dorado de la elocuencia tropieza una y otra vez con obstáculos, en torno a los cuales sus aguas se rompen y espuman hasta tal punto que las personas que no conocen el original no creerían estar leyendo las palabras de Cicerón. ¡Y no es de extrañar! Es difícil seguir las líneas de otro y mantenerse siempre dentro de los límites. Es tarea ardua conservar la felicidad y la gracia sin menoscabo en una traducción. Alguna palabra ha expresado con fuerza un pensamiento dado; yo no tengo palabra propia para transmitir el sentido; y mientras busco satisfacer el sentido, puedo dar un largo rodeo y avanzar solo un trecho pequeño de mi camino. Luego hemos de tener en cuenta los recovecos de la transposición, las variaciones de los casos, la diversidad de figuras y, por último, el peculiar y, por así decir, nativo idioma de la lengua. Una traducción literal suena absurda; si, por otra parte, me veo obligado a cambiar o el orden o las palabras mismas, pareceré haber abandonado el deber del traductor.
    2. Así pues, mi querido Vicente, y tú, Galieno, a quien amo como a mi propia alma, os ruego que, sea cual fuere el valor de esta obra apresurada, la leáis con sentimientos de amigo más que con los de crítico. Y os lo pido con tanto mayor empeño porque, como sabéis, dicté con gran rapidez a mi amanuense; y cuán difícil es la tarea lo atestiguan los registros sagrados; pues el sabor antiguo no se conserva en la versión griega de los Setenta. Fue esto lo que estimuló a Áquila, Símaco y Teodoción; y el resultado de sus trabajos fue imprimir un carácter totalmente diferente a una misma obra; uno se esforzó por dar palabra por palabra, otro el sentido general, mientras que el tercero quiso evitar toda gran divergencia con respecto a los antiguos. Una quinta, sexta y séptima edición, aunque nadie sabe a qué autores han de atribuirse, exhiben una variedad tan agradable por sí misma que, a pesar de ser anónimas, han ganado una posición autorizada. De ahí que algunos lleguen a considerar los escritos sagrados algo ásperos y desagradables al oído; lo cual proviene del hecho de que las personas de las que hablo no se dan cuenta de que los escritos en cuestión son una traducción del hebreo y, por tanto, mirando la superficie y no la sustancia, se estremecen ante el vestido sórdido antes de descubrir el hermoso cuerpo que la lengua viste. En efecto, ¿qué puede haber más musical que el Salterio? Como los escritos de nuestro Flaco y del griego Píndaro, ya avanza ligero en yambos, ya fluye en sonoros alcaicos, ya se hincha en sáficos, ya marcha en metro de medio pie. ¿Qué puede haber más hermoso que los cantos del Deuteronomio e Isaías? ¿Qué más grave que las palabras de Salomón? ¿Qué más acabado que Job? Todos estos, como nos dicen Josefo y Orígenes, fueron compuestos en hexámetros y pentámetros, y así circularon entre su propio pueblo. Cuando los leemos en griego tienen algún sentido; cuando en latín son totalmente incoherentes. Pero si alguien piensa que la gracia del lenguaje no sufre por la traducción, que vierta a Homero palabra por palabra al latín. Iré más lejos y diré que, si traduce a este autor a la prosa de su propia lengua, el orden de las palabras parecerá ridículo, y el más elocuente de los poetas casi mudo.
    3. ¿A qué viene todo esto? No quisiera que os parezca extraño si aquí y allá tropezamos; si la lengua se rezaga; si se eriza de consonantes o presenta abismos abiertos de vocales; o se ve constreñida por la condensación de la narración. Los más doctos entre los hombres se han afanado en la misma tarea; y además de la dificultad que todos experimentan, y que hemos alegado que acompaña a toda traducción, no debe olvidarse que nos asedia una dificultad peculiar, por cuanto la historia es múltiple, está llena de nombres bárbaros, de circunstancias de las que los latinos nada saben, de fechas que son nudos enredados, de signos críticos mezclados por igual con los sucesos y los números, de modo que es casi más difícil discernir la secuencia de las palabras que llegar al conocimiento de lo que se relata.
    [Aquí sigue un largo pasaje que muestra una disposición según la cual las fechas se distinguen por ciertos colores como pertenecientes a uno u otro de los reinos, cuya historia se trata. Este pasaje parece ininteligible en ausencia de las figuras coloreadas, y no sería de utilidad a menos que se estudiara el libro con su disposición original.]
    Bien sé que habrá muchos que, con su acostumbrada afición a la detracción universal (de la cual la única escapatoria es no escribir nada en absoluto), clavarán sus colmillos en este volumen. Objetarán las fechas, cambiarán el orden, impugnarán la exactitud de los sucesos, cribarán las sílabas y, como ocurre muy frecuentemente, imputarán la negligencia de los copistas a los autores. Estaría en mi derecho si les replicara diciendo que no tienen por qué leer si no quieren; pero prefiero despedirlos con ánimo tranquilo, para que atribuyan al autor griego el crédito que le es debido y reconozcan que cualesquiera inserciones de las que somos responsables han sido tomadas de otros hombres de la más alta reputación. La verdad es que en parte he desempeñado el oficio de traductor y en parte el de escritor. He vertido con la máxima fidelidad la porción griega, y al mismo tiempo he añadido ciertas cosas que me pareció que se habían dejado escapar, particularmente en la historia romana, a la que Eusebio, autor de este libro, según me parece, solo echó un vistazo; no tanto por ignorancia, pues era un hombre docto, cuanto porque, escribiendo en griego, las consideraba de poca importancia para sus compatriotas. Así también, desde Nino y Abraham hasta la cautividad de Troya, la traducción es solo del griego. De Troya al vigésimo año de Constantino hay mucho, a veces añadido por separado, a veces entremezclado, que he espigado con gran diligencia de Tranquilo y de otros historiadores famosos. Además, la porción desde el susodicho año de Constantino hasta el sexto consulado del emperador Valente y el segundo de Valentiniano es enteramente mía. Contento con terminar aquí, he reservado el período restante, el de Graciano y Teodosio, para una revisión histórica más amplia; no porque tema hablar de los vivos con libertad y veracidad, pues el temor de Dios destierra el temor del hombre, sino porque, mientras nuestra patria sigue expuesta al furor de los bárbaros, todo está en confusión.

    Prefacio a la traducción de las dos Homilías de Orígenes sobre el Cantar de los Cantares

    Prefacio, Homilías sobre el Cantar

    Escrito en Roma, d. C. 383.
    Jerónimo al santísimo Papa Dámaso:
    Orígenes, aunque en sus otros libros ha superado a todos los demás, en el Cantar de los Cantares se ha superado a sí mismo. Escribió diez volúmenes sobre él, que suman casi veinte mil líneas, y en ellos examinó, primero la versión de los Setenta Traductores, luego las de Áquila, Símaco y Teodoción, y por último una quinta versión que afirma haber encontrado en la costa de Atrio, con tal magnificencia y plenitud, que me parece haber realizado lo que se dice en el poema: «El rey me introdujo en su cámara.» He dejado de lado aquella obra, puesto que exigiría ocio, trabajo y dinero casi sin límites traducir al latín una obra tan grande, aun si pudiera hacerse dignamente; y he traducido estos dos breves tratados, que compuso en forma de conferencias diarias para quienes eran todavía como niños de pecho, y he procurado la fidelidad antes que la elegancia. Podéis concebir cuán grande es el valor que posee la obra mayor, cuando la menor os da tal satisfacción.

    Prefacio al libro de los Nombres Hebreos

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Nombres hebreos · nota del editor
    El origen y el alcance de este libro se describen en el propio Prefacio. Fue escrito en el año 388, dos años después de que Jerónimo se hubiera establecido en Belén. Inmediatamente después de llegar a Palestina, tres años antes, se había puesto a trabajar para mejorar su conocimiento del hebreo, con vistas a su traducción del Antiguo Testamento, que se inició en 391. Por tanto, este libro, y los dos que siguen, pueden considerarse como registros de estudios preparatorios para la Vulgata.

    Prefacio, Nombres hebreos

    Filón, el hombre más erudito entre los judíos, es declarado por Orígenes que ha hecho lo que yo estoy haciendo ahora; compuso un libro de los Nombres Hebreos, clasificándolos según sus letras iniciales y colocando la etimología de cada uno al lado. Originalmente me propuse traducir esta obra al latín. Es bien conocida en el mundo griego y se encuentra en todas las bibliotecas. Pero hallé que las copias eran tan discordantes entre sí, y el orden tan confuso, que juzgué mejor no decir nada antes que escribir lo que con razón sería condenado. Sin embargo, una obra de este tipo parecía probable que fuera de utilidad; y mis amigos Lupuliano y Valeriano me instaron a intentarla, porque, según pensaban, yo había hecho algunos progresos en el conocimiento del hebreo. Por tanto, recorrí en orden todos los libros de la Escritura, y en la restauración que ahora he hecho del antiguo edificio, creo que he producido una obra que puede resultar valiosa tanto para los griegos como para los latinos.
    Aquí, en el Prefacio, ruego al lector que advierta que, si encuentra algo omitido en esta obra, está reservado para mencionarse en otra. En este momento tengo entre manos un libro de las Cuestiones Hebraicas, una empresa de un género nuevo como nunca hasta ahora se ha oído ni entre los griegos ni entre los latinos. Digo esto, no con ánimo de ensalzar arrogantemente mi propia obra, sino porque sé cuánto trabajo he gastado en ella y deseo incitar a leerla a aquellos cuyo conocimiento es deficiente. Recomiendo a todos los que deseen poseer tanto aquella obra como la presente, y también el libro de los Lugares Hebreos, que estoy a punto de publicar, que no hagan caso de los judíos y de todas sus ebulliciones de enojo. Además, he añadido el significado de las palabras y nombres en el Nuevo Testamento, para que el edificio recibiera su último toque y quedara completo. También quise en esto imitar a Orígenes, a quien todos, salvo los ignorantes, reconocen como el mayor maestro de las Iglesias después de los Apóstoles; pues en esta obra, que figura entre los más nobles monumentos de su genio, se esforzó como cristiano en suplir lo que Filón, como judío, había omitido.

    Prefacio al libro sobre los Sitios y Nombres de los Lugares Hebreos

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Lugares hebreos · nota del editor
    [Escrito d. C. 388.]

    Prefacio, Lugares hebreos

    Eusebio, que tomó su segundo nombre del bienaventurado mártir Panfilo, después de haber escrito los diez libros de su «Historia Eclesiástica,» la Crónica de las fechas, de la que publiqué una versión latina, el libro en el que expuso los nombres de las diferentes naciones y los que les dieron antiguamente los judíos y los de hoy, la topografía de la tierra de Judea y las porciones asignadas a las tribus, junto con una representación de la propia Jerusalén y su templo, que acompañó con una brevísima explicación, empleó su trabajo al final de su vida en esta obrita, cuyo designio es recoger para nosotros, de las Sagradas Escrituras, los nombres de casi todas las ciudades, montañas, ríos, aldeas y otros lugares, ya permanezcan iguales o hayan sido después cambiados o en algún grado corrompidos. He retomado la obra de este hombre admirable y la he traducido, siguiendo la disposición de los griegos y tomando las palabras en el orden de sus letras iniciales, pero omitiendo aquellos nombres que no parecían dignos de mención y haciendo un número considerable de alteraciones. He explicado mi método de una vez por todas en el Prefacio a mi traducción de la Crónica, donde dije que se me podía llamar a la vez traductor y compositor de una obra nueva; pero lo repito especialmente porque alguien que apenas tenía la primera tintura de las letras se ha aventurado a una traducción de este mismo libro al latín, aunque su lenguaje apenas puede llamarse latín. Su falta de erudición será vista por el lector observador tan pronto como la compare con mi traducción. No pretendo un estilo que se eleve hasta los cielos; pero espero poder elevarme por encima de uno que se arrastra por la tierra.

    Prefacio al libro de las Cuestiones Hebraicas

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Cuestiones hebraicas · nota del editor
    [Escrito d. C. 388.]

    Prefacio, Cuestiones hebraicas

    El objeto del Prefacio de un libro es exponer el argumento de la obra que sigue; pero me veo obligado a comenzar respondiendo a lo que se ha dicho contra mí. Mi caso es en cierto modo como el de Terencio, que convirtió los prólogos escénicos de sus obras en una defensa de sí mismo. Tenemos un Luscio Lanuvino, como el que lo acosó, y que presentó acusaciones contra el poeta como si hubiera sido un saqueador del tesoro. El bardo de Mantua sufrió de la misma manera; había traducido unos pocos versos de Homero con gran exactitud, y dijeron que no era más que un plagiario de los antiguos. Pero les respondió que no era pequeña prueba de fuerza arrebatar la clava de Hércules de sus manos. Pues incluso Tulio, que se alza en la cima de la elocuencia romana, ese rey de los oradores y gloria de la lengua latina, tiene acciones por malversación presentadas contra él por los griegos. No puedo, por tanto, sorprenderme de que un pobrecillo como yo esté expuesto a los gruñidos de cerdos viles que pisotean nuestras perlas, cuando algunos de los hombres más doctos, hombres cuya gloria debería haber acallado la voz de la malevolencia, han sentido las llamas de la envidia. Es cierto que esto ocurrió por una especie de justicia a hombres cuya elocuencia había llenado con su resonancia los teatros y el senado, la asamblea pública y las tribunas; la osadía siempre corteja la detracción y (como dice Horacio):
    Los picos más altos invocan
    El golpe del rayo.
    Pero yo estoy en un rincón, lejos de la ciudad y del foro, y de las disputas de los tribunales atestados; sin embargo, aun así (como dice Quintiliano) la malevolencia me ha buscado. Por tanto, ruego al lector,
    Si hay alguien, si hay alguno,
    Que, arrebatado por fuerte deseo, leyere estos versos,
    no esperar elocuencia ni gracia oratoria en esos libros de las Cuestiones Hebraicas, que me propongo escribir sobre todos los libros sagrados; sino más bien que él mismo responda por mí a mis detractores y les diga que una obra de un género nuevo puede reclamar alguna indulgencia. Soy pobre y de baja condición; no poseo riquezas ni creo correcto aceptarlas si se me ofrecen; y, de manera semejante, permitidme decirles que es imposible que ellos tengan las riquezas de Cristo, es decir, el conocimiento de las Escrituras, y también las riquezas del mundo. Por tanto, mi simple propósito será, primero, señalar los errores de quienes sospechan alguna falta en las Escrituras hebreas y, en segundo lugar, corregir las faltas, que evidentemente abundan en las copias griegas y latinas, mediante una referencia a la autoridad original; y, además, explicar la etimología de las cosas, los nombres y los países, cuando no resulte evidente por el sonido de las palabras latinas, dando una paráfrasis en lengua vulgar. Para que el estudiante pueda tomar nota más fácilmente de estas enmiendas, me propongo, en primer lugar, exponer la lectura verdadera misma, tal como ahora soy capaz de hacerlo, y luego, comparando con ella las lecturas posteriores, indicar lo que se ha omitido, añadido o alterado. No es mi propósito, como finge la malevolencia gruñona, convencer de error a los Setenta, ni considero mi propio trabajo como un menosprecio del suyo. El hecho es que ellos, puesto que su trabajo fue emprendido para el rey Ptolomeo de Alejandría, no quisieron sacar a la luz todos los misterios que contienen los escritos sagrados, y especialmente los que prometen la venida de Cristo, por temor a que aquel que tenía en estima a los judíos porque se creía que adoraban a un solo Dios, llegara a pensar que adoraban a un segundo. Pero hallamos que los Evangelistas, e incluso nuestro Señor y Salvador, y el apóstol Pablo, también, aducen muchas citas como provenientes del Antiguo Testamento que no están contenidas en nuestras copias; y sobre estas me extenderé más plenamente en sus lugares oportunos. Pero de este hecho resulta claro que los mejores manuscritos son los que más se corresponden con las palabras autorizadas del Nuevo Testamento. Añádase a esto que Josefo, que da la historia de los Setenta Traductores, refiere que tradujeron solo los cinco libros de Moisés; y nosotros también reconocemos que estos están más en armonía con el hebreo que el resto. Y, además, aquellos que después entraron en el campo como traductores —me refiero a Áquila, Símaco y Teodoción— dan una versión muy diferente de la que nosotros usamos.
    Solo me queda una palabra más que decir, y puede calmar a mis detractores. Las mercancías extranjeras han de importarse únicamente a las regiones donde hay demanda de ellas. La gente del campo no está obligada a comprar bálsamo, pimienta ni dátiles. En cuanto a Orígenes, no digo nada. Su nombre (si me es lícito comparar las cosas pequeñas con las grandes) es aún más que el mío objeto de malevolencia, porque, aunque sigue la versión común en sus Homilías, que fueron pronunciadas para el pueblo común, sin embargo, en sus Tomos, es decir, en su discusión más completa de la Escritura, cede al hebreo como a la verdad y, aunque rodeado por sus propias fuerzas, busca ocasionalmente la lengua extranjera como aliada. Solo diré esto de él: que de buena gana tendría su conocimiento de las Escrituras, aun acompañado de toda la malevolencia que se adhiere a su nombre, y que no me importa un bledo por esas sombras y espectros fantasmales, cuya naturaleza se dice que es charlar en rincones oscuros y ser un terror para los bebés.

    Prefacio al Comentario sobre el Eclesiastés

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Eclesiastés · nota del editor
    Dirigido a Paula y Eustoquia, Belén, 388 d.C.

    Prefacio, Eclesiastés

    Recuerdo que, hace unos cinco años, cuando aún vivía en Roma, leí el Eclesiastés a la santa Blesila, para provocarla al desprecio de este escenario terrenal, y para que tuviera por nada todo lo que veía en el mundo; y que ella me pidió que pusiera mis observaciones sobre todos los pasajes más oscuros en forma de un breve comentario, para que, cuando yo estuviera ausente, pudiera entender lo que leía. Nos fue arrebatada por una muerte repentina, mientras se ceñía para nuestra obra; no fuimos considerados dignos de tener a tal persona como compañera de nuestra vida; y, por tanto, Paula y Eustoquia, guardé silencio bajo el golpe de tal herida. Pero ahora, viviendo como vivo en la pequeña comunidad de Belén, pago lo que debo a su memoria y a vosotras. Solo quisiera señalar esto: que no he seguido la autoridad de nadie. He traducido directamente del hebreo, adaptando mis palabras en lo posible a la forma de los Setenta, pero solo en aquellos lugares en que no se apartaban mucho del hebreo. Ocasionalmente me he referido también a las versiones de Áquila, Símaco y Teodoción, pero de modo que no alarmara al estudiante celoso con demasiadas novedades, ni dejara que mi comentario siguiera los riachuelos laterales de la opinión, apartándome, contra mi convicción consciente, del manantial de la verdad.

    Prefacios a la Versión Vulgata del Nuevo Testamento

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Vulgata (Nuevo Testamento) · nota del editor
    Esta versión fue hecha en Roma entre los años 382 y 385. El único Prefacio que queda es el de la traducción de los Evangelios, pero Jerónimo habla de, y cita de, su versión de las otras partes también. La obra fue emprendida a petición y bajo la sanción del Papa Dámaso, quien había consultado a Jerónimo en el 383 d.C. sobre ciertos puntos de crítica escriturística, y aparentemente en el mismo año le instó a revisar la versión latina corriente con ayuda del original griego. Ha de observarse que el objetivo de Jerónimo era «revisar el latín antiguo, y no hacer una nueva versión. Cuando Agustín le expresó su gratitud por 'su traducción de los Evangelios,' él le corrigió tácitamente sustituyendo esta frase por 'la corrección del Nuevo Testamento.' Sin embargo, aunque se proponía este objetivo limitado, las diversas formas de corrupción que se habían introducido eran, como él describe, tan numerosas que la diferencia del texto antiguo y el revisado (jeronimiano) es en todo clara y sorprendente.» Véase el artículo de Westcott en el «Dictionary of Bible,» sobre la Vulgata, y el artículo de Fremantle sobre Jerónimo en el «Dictionary of Christian Biography.»

    Los Cuatro Evangelios

    Prefacio, Cuatro Evangelios

    Dirigido al Papa Dámaso, 383 d.C.
    Me instáis a revisar la antigua versión latina y, por así decirlo, a sentarme en juicio sobre las copias de las Escrituras que están ahora esparcidas por todo el mundo; y, puesto que difieren unas de otras, queréis que decida cuáles de ellas concuerdan con el original griego. La labor es de amor, pero a la vez peligrosa y presuntuosa; pues al juzgar a otros debo contentarme con ser juzgado por todos; ¿y cómo puedo atreverme a cambiar el lenguaje del mundo en su anciana vejez, y llevarlo de vuelta a los primeros días de su infancia? ¿Hay acaso hombre, docto o indocto, que no, cuando tome el volumen en sus manos y perciba que lo que lee no se ajusta a sus gustos asentados, prorrumpa de inmediato en lenguaje violento, y me llame falsificador y profano por tener la audacia de añadir algo a los libros antiguos, o de hacer cambios o correcciones en ellos? Ahora bien, hay dos reflexiones consoladoras que me permiten soportar el odio— en primer lugar, el mandato lo dais vos, que sois el supremo obispo; y en segundo lugar, incluso según la demostración de quienes nos vituperan, las lecturas que discrepan de las copias antiguas no pueden ser correctas. Pues si hemos de fijar nuestra fe en los textos latinos, corresponde a nuestros adversarios decirnos cuáles; pues hay casi tantas formas de textos como copias. Si, por otra parte, hemos de espigar la verdad de una comparación de muchos, ¿por qué no volver al griego original y corregir los errores introducidos por traductores inexactos, y las alteraciones torpes de críticos confiados pero ignorantes, y, además, todo lo que ha sido insertado o cambiado por copistas más dormidos que despiertos? No estoy discutiendo el Antiguo Testamento, que fue vertido al griego por los setenta ancianos, y nos ha llegado por una descendencia de tres pasos. No pregunto qué piensan Áquila y Símaco, ni por qué Teodoción adopta un camino intermedio entre los antiguos y los modernos. Estoy dispuesto a dejar que sea la traducción verdadera aquella que tuvo aprobación apostólica. Ahora hablo del Nuevo Testamento. Este fue indudablemente compuesto en griego, con excepción de la obra de Mateo el Apóstol, que fue el primero en poner por escrito el Evangelio de Cristo, y que publicó su obra en Judea en caracteres hebreos. Debemos confesar que tal como lo tenemos en nuestra lengua está marcado por discrepancias, y ahora que la corriente se distribuye en canales diferentes debemos volver al manantial. Paso por alto aquellos manuscritos que se asocian con los nombres de Luciano y Hesiquio, y cuya autoridad es perversamente mantenida por un puñado de personas disputadoras. Es obvio que estos escritores no pudieron enmendar nada en el Antiguo Testamento después de las labores de los Setenta; y fue inútil corregir el Nuevo, pues versiones de la Escritura que ya existen en las lenguas de muchas naciones muestran que sus adiciones son falsas. Por tanto, prometo en este breve Prefacio solo los cuatro Evangelios, que han de tomarse en el siguiente orden: Mateo, Marcos, Lucas, Juan, tal como han sido revisados por comparación de los manuscritos griegos. Solo se han usado los antiguos. Pero para evitar grandes divergencias respecto del latín que estamos acostumbrados a leer, he usado mi pluma con cierta moderación, y aunque he corregido solo aquellos pasajes que parecían transmitir un significado diferente, he dejado el resto tal como está.
    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Prefacios · Prefacio, Cuatro Evangelios · nota del editor
    El Prefacio concluye con una descripción de listas de palabras hechas por Eusebio y traducidas por Jerónimo, diseñadas para mostrar qué pasajes aparecen en dos o más de los Evangelios.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Jerónimo no escribe una historia de la literatura cristiana, sino una lista con función de defensa: nombres, cargos y títulos de obras que probaban a los paganos cultos que la Iglesia tenía letrados. Wikipedia lo describe como un texto de referencia para las disputas internas entre cristianos y como una obra de enorme difusión: lo continuó Gennadio de Marsella en el siglo V e Isidoro de Sevilla en el VII, y los tres textos circularon como un solo corpus; según Wikipedia, Casiodoro (siglo VI) recomendaba leer a Jerónimo junto con su continuación.
    Las críticas modernas que recoge la misma página son dos: que es apresurado e incompleto, y que sus juicios dependen de lo que Jerónimo pensaba de cada autor. Richardson, en su introducción, admite que la obra da muestras de haberse construido deprisa —no enumera las obras de autores bien conocidos o da solo una selección, como en el caso de Cipriano— pero cree que se ha exagerado, porque en un trabajo así la exhaustividad es casi imposible. La desigualdad se ve en el propio catálogo: los capítulos 46, 48, 49, 50 y 51 (Heraclito, Cándido, Apión, Sexto, Arabiano) tienen entre doce y quince palabras en esta traducción, y el 54, el de Orígenes, pasa de setecientas.
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma el texto y la información de las fuentes que cita y, cuando difieren, dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió. No se reproducen las notas de Richardson ni la continuación de Gennadio. Los nombres de los capítulos son del editor, no de Jerónimo.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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