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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minIntroducción.— Plan de la obra
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minDiscurso 1 · Marcella
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 3. Por la circuncisión de Abraham, se prohíbe el matrimonio con hermanas
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minDiscurso 2 · Teófila
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4. La generación humana y la obra de Dios en ella expuesta
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. El alma racional proviene de Dios mismo; la castidad no es el único bien, aunque sea el mejor y más honrado
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minDiscurso 3 · Talía
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minAlgunas cosas aquí son difíciles y tratadas con demasiada ligereza, y aparentemente no se exponen de manera suficiente según la regla de la teología
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 8. Los huesos y la carne de la Sabiduría
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 11. El mismo argumento
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. La virginidad, don de Dios: el propósito de la virginidad no ha de adoptarse precipitadamente por cualquiera
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 3. Explicación de aquel pasaje de David
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 6. La virginidad debe cultivarse y encomiarse en todo lugar y tiempo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 4. La perfecta consagración y devoción a Dios: en qué consiste
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 6. La sikera, vino fabricado y espurio, aunque embriagador
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minDiscurso 6 · Ágata
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 4. Qué significa el aceite en las lámparas
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 2. Interpretación de aquel pasaje de los Cantares
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 6. Las ochenta concubinas, qué son; el conocimiento de la encarnación comunicado a los profetas
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minDiscurso 8 · Tecla
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 4. Exhortación al cultivo de la virginidad; se propone examinar un pasaje del Apocalipsis
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 7. El hijo de la mujer en el Apocalipsis no es Cristo, sino los fieles que nacen en el lavacro
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 10. El dragón, el diablo
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 12. Las vírgenes son llamadas a la imitación de la Iglesia en el desierto venciendo al dragón
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 15. Argumentos tomados de la novedad del destino y de la generación
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 3 minCapítulo 17. La concupiscencia de la carne y del espíritu: vicio y virtud
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 6 minDiscurso 9 · Tusiane
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 2. Figura, imagen, verdad: ley, gracia, gloria; el hombre creado inmortal: la muerte introducida por el pecado destructor
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. El misterio de los Tabernáculos
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. La zarza y el agnos, símbolo de la castidad
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 6. El misterio de la visión de Zacarías
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 2. Tecla canta decorosamente un himno, y las demás vírgenes cantan con ella
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. ¿Quiénes son mejores, los continentes o los que se deleitan en la tranquilidad de vida? Contiendas: el peligro de la castidad
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 2 minLo que dejó el banquete

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    TEXTOS — METODIO DE OLIMPO

    Índice de la obra

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    Metodio de Olimpo

    El banquete de las diez vírgenes

    Texto base: versión inglesa del Rev. William R. Clark, Ante-Nicene Fathers, vol. 6 (Buffalo, 1886), «The Banquet of the Ten Virgins; or, Concerning Chastity»

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Clark; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 210 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Euboulios sale al paso de Gregorion: quiere oír lo que se dijo en el banquete de Arete. Gregorion, que no estuvo, lo sabe por Theopatra y lo cuenta: diez vírgenes, en un jardín orientado al este y bajo un árbol de agnos, pronuncian cada una un discurso en elogio de la castidad, y Arete corona a la mejor. Es el Banquete de las diez vírgenes, de Metodio de Olimpo, un diálogo que imita en la forma el Banquete de Platón y le opone, en el fondo, la virginidad cristiana. Es la única obra de Metodio que se conserva completa en griego (Clark; Wikipedia).
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del Rev. William R. Clark, vicario de St. Mary Magdalen, en Taunton, publicada en el volumen 6 de los Ante-Nicene Fathers (Fathers of the Third Century: Gregory Thaumaturgus, Dionysius the Great, Julius Africanus, Anatolius, and Minor Writers, Methodius, Arnobius), editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe (Christian Literature Publishing Co., Buffalo, 1886, según New Advent; CCEL dice que el conjunto de los diez volúmenes se imprimió originalmente en 1885). Clark tradujo, según declara, «casi enteramente» del texto de Migne, que sigue en su orden. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano; se publica tal como salió, con sus límites declarados más abajo.

    Ficha de la obra

    AutorMetodio de Olimpo, que Epifanio llama también Eubulio (Clark; Coxe cree que es solo el seudónimo que toma en la ficción del Banquete); hacia 311 muere mártir en Calcis (Wikipedia), «hacia el año 312» según Clark. Jerónimo lo hace obispo de Olimpo, en Licia, y luego de Tiro; Wikipedia da por bien fundada la sede de Olimpo y dudosa la de Tiro
    TítuloBanquete de las diez vírgenes, o Sobre la castidad (griego Symposion ē peri hagneias; la Suda, citada por Wikipedia, lo llama «de doce vírgenes»)
    FechaNo consta con precisión; Wikipedia solo lo sitúa, como el resto de la obra de Metodio, entre fines del siglo III y comienzos del IV
    GéneroDiálogo a la manera del Banquete de Platón: un marco narrado por Gregorion a Euboulios, y once discursos
    EstructuraIntroducción, once discursos (uno por virgen; en el último habla Arete y Tecla canta un himno) y, al final del discurso 11, el diálogo de Euboulios y Gregorion; 85 capítulos numerados
    ExtensiónUnas 37 500 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Clark; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 6 (1886), tal como lo recogen New Advent y CCEL

    La fuente y su traducción

    El volumen 6 de los Ante-Nicene Fathers reúne los escritos de Gregorio Taumaturgo, Dionisio de Alejandría, Julio Africano, Anatolio y otros autores menores, Metodio y Arnobio. La versión de Metodio es de Clark; el editor, Coxe, añade una «Noticia introductoria», notas entre corchetes y «elucidaciones» al final. Coxe juzga que Clark despachó con demasiada prisa la vida y la obra de Metodio, y la completa; los datos de esta edición salen de las dos.
    Clark explica su texto de partida: tradujo casi por completo la edición de Migne (Patrologia Graeca, vol. 18), cuyo orden sigue, y usó la de Jahn para enmendar algunas lecturas y la puntuación. La historia impresa del Banquete es breve: Combefis publicó en 1644 las obras de Metodio, pero del Banquete solo lo que recogía Focio en su Biblioteca; en 1656 Leo Allatius publicó por primera vez la obra completa en Roma, a partir del manuscrito vaticano, y la edición de Combefis de 1672 se fundó sobre ella y fue la base de las siguientes. Las notas del ANF no se reproducen; algunas se resumen en los comentarios editoriales, con su autor (Clark o Coxe) y su enlace.
    Lo que viene de la edición. Los encabezados «Introducción» y «Discurso N», con el nombre de la oradora, y la numeración de los capítulos («Discurso 3, cap. 2») son de la edición inglesa. En cinco encabezados del discurso 3 la traducción castellana perdió el «Capítulo N.»: el encabezado se deja como salió y el localizador toma el número del ANF. Los encabezados muy largos se parten en el primer punto y coma; el resto va en cursiva debajo. Los rótulos de los interlocutores («[Euboulios].», «Tecla.», «Coro.») van en negrita. Los nombres de los personajes no son uniformes en el texto castellano (Euboulios y Eubulio, Marcella y Marcela, Theopatra y Teopatra, Thekla y Tecla, Thallousa y Talusa, Procilla y Procila, Thaleia y Talía, Theophila y Teófila), y se conservan tal como salen. Las referencias bíblicas van entre corchetes, como en el inglés; tres no se enlazan porque la cifra impresa no es la del pasaje: «Mateo 9:12» (el contexto es Mateo 19:12), «Génesis 1:18» (la cita es Génesis 1:28) y «2 Corintios 11:12» (se habla de los desposados a Cristo, y la cita es 2 Corintios 11:2).
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El cotejo con el epub inglés da los mismos 98 encabezados y 289 párrafos, y un largo total de 1,003 veces el del inglés; no se detectaron párrafos sin traducir ni palabras inglesas sueltas. Aun así hay lo propio de una traducción automática: en el discurso 8, cap. 1, la frase «divino por el cambio de una letra» pierde el segundo término griego del juego de palabras (véase la nota), y la primera estrofa del himno de Tecla lleva «I.» en lugar de «1.», como el inglés. Es traducción de una traducción: conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.

    Introducción

    Introducción, encabezado

    O, sobre la castidad.
    Personajes del diálogo: Euboulios, Gregorion, Arete; Marcella, Theophila, Thaleia, Theopatra, Thallousa, Agathe, Procilla, Thekla, Tusiane, Domnina.

    Introducción.— Plan de la obra

    camino al Paraíso; descripción y personificación de la Virtud; el agnos como símbolo de la castidad; Marcella, la mayor y primera entre las vírgenes de Cristo.

    Introducción

    [Euboulios]. Has llegado muy oportunamente, Gregorion, pues justamente te estaba buscando, queriendo oír sobre el encuentro de Marcella y Theopatra, y de las otras vírgenes que estuvieron presentes en el banquete, y sobre la naturaleza de sus discursos sobre el tema de la castidad; pues se dice que argumentaron con tal habilidad y poder que nada faltó para la plena consideración del tema. Si, por tanto, has venido aquí con otro propósito, déjalo para otra ocasión, y no tardes en darnos un relato completo y conexo del asunto que estamos indagando.
    [Gregorion]. Parece que me veo defraudado en mi esperanza, pues alguien más te ha informado de antemano sobre el asunto acerca del cual me preguntas. Pues pensé que no habías oído nada de lo sucedido, y me halagaba en gran manera con la idea de ser el primero en contártelo. Y por esta razón me apresuré a venir aquí a ti, temiendo justamente lo que ha sucedido: que alguien se me anticipara.
    [Euboulios]. Consuélate, mi excelente amigo, pues no hemos tenido información precisa sobre nada de lo sucedido; ya que la persona que nos trajo la noticia no tenía nada que contarnos, salvo que hubo diálogos; pero cuando se le preguntó qué eran y con qué propósito, no lo sabía.
    [Gregorion]. Pues bien, ya que vine aquí por este motivo, ¿quieres oír todo lo que se dijo desde el principio, o debo omitir algunas partes y recordar sólo aquellos puntos que considero dignos de mención?
    [Euboulios]. De ninguna manera lo último; sino primero, Gregorion, relátanos desde el principio dónde fue el encuentro, y sobre la disposición de los manjares, y sobre ti mismo, cómo escanciaste el vino «Ellos en copas doradas se brindaban mutuamente, mientras hacia el ancho cielo miraban.»
    [Gregorion]. Siempre eres hábil en las discusiones, y extremadamente poderoso en la argumentación, refutando completamente a todos tus adversarios.
    [Euboulios]. No vale la pena, Gregorion, disputar sobre estas cosas en este momento; pero haz el favor de contarnos simplemente lo que sucedió desde el principio.
    [Gregorion]. Bien, lo intentaré. Pero primero respóndeme esto: ¿Conoces, supongo, a Arete, la hija de Philosophia?
    [Euboulios]. ¿Por qué preguntas?
    [Gregorion]. «Fuimos por invitación a un jardín suyo orientado al este, para disfrutar de los frutos de la temporada, yo, y Procilla, y Tusiane.» Estoy repitiendo las palabras de Theopatra, pues de ella obtuve la información. «Fuimos, Gregorion, por un camino muy áspero, empinado y arduo; cuando nos acercábamos al lugar,» dijo Theopatra, «nos salió al encuentro una mujer alta y hermosa que caminaba tranquila y graciosamente, vestida con una túnica resplandeciente, blanca como la nieve. Su belleza era algo totalmente inconcebible y divino. El pudor, mezclado con la majestad, florecía en su semblante. Era un rostro,» dijo ella, «como no sé si había visto alguna vez, imponente, pero templado con dulzura y alegría; pues estaba completamente desprovisto de artificio, y nada tenía de fingido. Se acercó a nosotros, y, como una madre que ve a sus hijas después de una larga separación, nos abrazó y besó a cada una con gran alegría, diciendo: 'Oh, hijas mías, habéis venido con esfuerzo y dolor a mí, que anhelo ardientemente conduciros a los pastos de la inmortalidad; con gran fatiga habéis venido por un camino lleno de muchos reptiles espantosos; pues, mientras miraba, os veía a menudo desviaros, y temía que os volvierais atrás y resbalarais por los precipicios. Pero gracias al Esposo a quien os he desposado [], hijos míos, por haber concedido una respuesta eficaz a todas nuestras oraciones.' Y, mientras ella hablaba así,» dijo Theopatra, «llegamos al recinto, cuyas puertas aún no estaban cerradas, y al entrar nos encontramos con Thekla y Agathe y Marcella preparándose para cenar. Y Arete dijo inmediatamente: 'Venid también vosotras aquí, y sentaos en vuestro lugar junto a estas vuestras compañeras.' Ahora bien,» me dijo, «las que estábamos allí como invitadas éramos en total, creo, diez; y el lugar era maravillosamente hermoso, y abundaba en medios de recreo. El aire se difundía en corrientes suaves y regulares, mezclado con puros rayos de luz, y un arroyo que fluía tan suavemente como el aceite por el mismo centro del jardín, ofrecía una bebida deliciosísima; y el agua que de él manaba, transparente y pura, formaba fuentes, y éstas, desbordándose como ríos, regaban todo el jardín con sus abundantes corrientes; y había allí diferentes clases de árboles, llenos de frutos frescos, y los frutos que colgaban alegremente de sus ramas eran de igual belleza; y había praderas siempre florecientes sembradas de flores variadas y de dulce aroma, de donde venía una brisa suave cargada de olor dulcísimo. Y el agnos crecía cerca, un árbol elevado, bajo el cual nos recostamos, por ser sumamente extendido y umbroso.»
    [Euboulios]. Me parece, mi buen amigo, que estás haciendo una revelación de un segundo paraíso.
    [Gregorion]. Hablas con verdad y sabiduría. «Cuando estuvimos allí,» dijo ella, tuvimos toda clase de alimentos y una variedad de festejos, de modo que ningún deleite faltó. Después de esto, Arete, entrando, pronunció estas palabras:—
    'Jóvenes doncellas, gloria de mi grandeza, hermosas vírgenes, que cuidáis los prados inmaculados de Cristo con manos no desposadas, ya hemos tenido suficiente de comida y festín, pues todas las cosas son abundantes y copiosas entre nosotros. ¿Qué hay, entonces, además de lo que deseo y espero? Que cada una de vosotras pronuncie un discurso en alabanza de la virginidad. Que comience Marcella, ya que está sentada en el lugar más alto, y es al mismo tiempo la mayor. Me avergonzaré de mí misma si no hago de la exitosa contendiente un objeto de envidia, ciñéndola con las flores inmarcesibles de la sabiduría.'
    «Y entonces,» creo que dijo, «Marcella comenzó inmediatamente a hablar de la siguiente manera.»
    Comentario editorial · Un banquete a la manera de Platón
    Metodio escribe a la sombra del Banquete de Platón: un convite, discursos sucesivos y un veredicto final. Wikipedia dice que el diálogo se compuso con referencia a Platón y que en él cada participante exalta la virginidad cristiana. Coxe, el editor del volumen, lo precisa en varias notas entre corchetes: la idea y algunas de sus ideas vienen del Banquete platónico, pero para oponer a la sensualidad de la falsa «filosofía» la castidad de los limpios de corazón (); Gregorion hace aquí de Diotima, la sabia que instruye a Sócrates; y, al terminar, Coxe contrasta el cierre de Metodio con el «vergonzoso» del diálogo de Platón. Una nota del volumen añade que Euboulios es un hombre y Gregorion una mujer.
    Comentario editorial · Quién habla y cuánto
    La obra tiene dos planos. En el marco, Gregorion cuenta a Euboulios lo que le contó Theopatra; dentro, diez vírgenes pronuncian un discurso cada una y Arete cierra el banquete con el veredicto y el himno. La figura mide cada pieza en palabras de esta versión castellana: el discurso 8, de Tecla, es el más largo, con 7 950; el 4, de Theopatra, uno de los más breves, con 1 784. En azul, el diálogo de Euboulios y Gregorion, que vuelve al final del discurso 11.
    Barras horizontales con las palabras de cada pieza: introducción 975 (azul), discursos 1 a 11 en dorado —2 270, 2 880, 5 235, 1 784, 2 878, 1 837, 2 739, 7 950, 2 978, 2 736— y el discurso 11 con 2 006 en dorado y 1 232 en azul, el diálogo final.
    Palabras de cada pieza del Banquete en la versión castellana; el discurso 11 se divide entre el banquete (capítulos 1 y 2) y el diálogo final (capítulo 3). · Elaboración propia para Eusebeia · recuento de la versión castellana

    Discurso 1 · Marcella

    Discurso 1, oradora

    Marcella

    Capítulo 1. La dificultad y excelencia de la virginidad; el estudio de la doctrina es necesario para las vírgenes

    Discurso 1, cap. 1

    La virginidad es algo sobrenaturalmente grande, maravilloso y glorioso; y, para hablar claramente y conforme a las Santas Escrituras, este mejor y más noble modo de vida es por sí solo la raíz de la inmortalidad, y también su flor y primicias; y por esta razón el Señor promete que entrarán en el reino de los cielos los que se han hecho eunucos, en aquel pasaje [Mateo 9:12] de los Evangelios en el que expone las diversas razones por las cuales los hombres se han hecho eunucos. La castidad entre los hombres es cosa muy rara y difícil de alcanzar, y en proporción a su suprema excelencia y magnificencia es la grandeza de sus peligros.
    Por esta razón, requiere naturalezas fuertes y generosas, que, saltando sobre la corriente del placer, dirigen el carro del alma hacia arriba desde la tierra, sin desviarse de su objetivo, hasta que, por la rapidez del pensamiento, habiendo saltado ligeramente por encima del mundo, y habiéndose situado verdaderamente sobre la bóveda del cielo, contemplan puramente la inmortalidad misma tal como brota del seno inmaculado del Todopoderoso.
    La tierra no podía producir este brebaje; sólo el cielo conocía la fuente de donde mana; pues debemos pensar en la virginidad como caminando ciertamente sobre la tierra, pero alcanzando también hasta el cielo. Y de ahí que algunos que la han anhelado, y considerando sólo su fin, han venido, por rudeza de mente, ineficazmente con pies sin lavar, y se han desviado del camino, por no haber concebido una idea digna del virginal modo de vida. Pues no basta mantener el cuerpo sin mancha, así como no deberíamos mostrar que pensamos más en el templo que en la imagen de la divinidad; sino que debemos cuidar las almas de los hombres como siendo las divinidades de sus cuerpos, y adornarlas con justicia. Y entonces las cuidan y atienden mejor cuando, esforzándose incansablemente por oír discursos divinos, no cesan hasta que, frecuentando las puertas de los sabios, [] alcanzan el conocimiento de la verdad.
    Porque así como los humores pútridos y la materia de la carne, y todas aquellas cosas que la corrompen, son expulsados por la sal, de la misma manera todos los apetitos irracionales de una virgen son desterrados del cuerpo por la enseñanza divina. Pues es necesario que el alma que no es rociada con las palabras de Cristo, como con sal, hieda y críe gusanos, como el rey David, confesando abiertamente con lágrimas en los montes, clamó: «Mis llagas hieden y están corrompidas,» porque no se había salado con los ejercicios de dominio propio, y así no había sometido sus apetitos carnales, sino que se había entregado a ellos con indulgencia, y se corrompió en adulterio. Y por eso, en el Levítico, [] se prohíbe ofrecer como oblación al Señor Dios todo don que no esté sazonado con sal. Ahora bien, toda la meditación espiritual de las Escrituras se nos da como sal que escuece para beneficiar, y que desinfecta, sin la cual es imposible que un alma, por medio de la razón, sea llevada al Todopoderoso; porque «vosotros sois la sal de la tierra,» [] dijo el Señor a los apóstoles. Conviene, pues, que una virgen ame siempre las cosas honorables, y sea distinguida entre las primeras por su sabiduría y no se dedique a nada perezoso o lujoso, sino que sobresalga, y ponga su mente en cosas dignas del estado de virginidad, desechando siempre, por la palabra, la inmundicia de la lujuria, no sea que de algún modo una leve corrupción oculta engendre el gusano de la incontinencia; porque «la mujer no casada se preocupa de las cosas del Señor,» de cómo agradar al Señor, «para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu,» [] dice el bienaventurado Pablo. Pero muchas de las que consideran el oír la palabra como asunto bastante secundario, piensan que hacen grandes cosas si le prestan atención por un poco de tiempo. Pero debe ejercerse discernimiento respecto a éstas; pues no es conveniente impartir instrucción divina a una naturaleza que se cuida de nimiedades, y es baja, y que finge sabiduría. Pues ¿no sería ridículo seguir hablando a las que dirigen toda su energía hacia cosas de poco valor, para poder completar con la mayor exactitud aquellas cosas que quieren llevar a la perfección, pero no piensan que hay que tomar las mayores penas con aquellas cosas necesarias por las cuales sobre todo se aumentaría en ellas el amor a la castidad?
    Comentario editorial · La sombra de Orígenes
    Marcella acaba de recordar que el Señor promete el reino a los que «se hicieron eunucos» (). Aquí Coxe anota que la alegoría entera le parece pensada para responder a las dolorosas discusiones que provocó en la Iglesia la conducta «fanática» de Orígenes. Es una suposición suya («he supuesto»), no un dato del texto. Lo que sí consta es el episodio: Eusebio cuenta (Historia eclesiástica VI, 8) que Orígenes entendió esa frase en un sentido demasiado literal y la cumplió en su propio cuerpo. Que Metodio fue adversario de Orígenes es seguro: Wikipedia lo llama el primer opositor sistemático suyo, sobre todo en la identidad del cuerpo resucitado y en la eternidad del mundo.

    Capítulo 2. La virginidad, planta del cielo, introducida tardíamente; cómo se dispuso el avance de la humanidad hacia la perfección

    Discurso 1, cap. 2

    Porque verdaderamente, por un gran despliegue de poder, la planta de la virginidad fue enviada a los hombres desde el cielo, y por esta razón no fue revelada a las primeras generaciones. Pues la raza de la humanidad era todavía muy pequeña en número; y era necesario que primero se aumentara en número, y luego se llevara a la perfección. Por tanto, los hombres de los tiempos antiguos no consideraban nada indecoroso tomar a sus propias hermanas por esposas, hasta que vino la ley y los separó, y prohibiendo lo que al principio había parecido correcto, lo declaró pecado, llamando maldito al que «descubriera la desnudez» de su hermana; trayendo así Dios misericordiosamente a nuestra raza la ayuda necesaria a su debido tiempo, como los padres hacen con sus hijos. Pues no les ponen maestros de inmediato, sino que les permiten, durante el período de la infancia, divertirse como animales jóvenes, y primero los envían a maestros que balbucean como ellos, hasta que se despojan de la lana juvenil de la mente, y avanzan a la práctica de cosas mayores, y de allí otra vez a la de otras aún mayores. Y así debemos considerar que el Dios y Padre de todos actuó con nuestros antepasados. Pues el mundo, mientras aún estaba sin llenar de hombres, era como un niño, y era necesario que primero se llenara con éstos, y así creciera hasta la madurez. Pero cuando después fue colonizado de extremo a extremo, extendiéndose la raza humana sin límites, Dios ya no permitió que el hombre permaneciera en los mismos caminos, considerando cómo podrían ahora proceder de un punto a otro, y avanzar más cerca del cielo, hasta que, habiendo alcanzado la mayor y más excelsa lección de la virginidad, llegaran a la perfección; que primero abandonaran el matrimonio entre hermanos y hermanas, y se casaran con esposas de otras familias; y luego que ya no tuvieran muchas esposas, como bestias brutas, como si hubieran nacido para la mera propagación de la especie; y luego que no fueran adúlteros; y luego otra vez que pasaran a la continencia, y de la continencia a la virginidad, cuando, habiéndose entrenado para despreciar la carne, naveguen sin temor hacia el puerto pacífico de la inmortalidad.

    Capítulo 3. Por la circuncisión de Abraham, se prohíbe el matrimonio con hermanas

    en los tiempos de los profetas se puso fin a la poligamia; la pureza conyugal misma se impuso gradualmente.

    Discurso 1, cap. 3

    Si, no obstante, alguien se atreviera a criticar nuestro argumento como carente de prueba escritural, presentaremos los escritos de los profetas, y demostraremos más plenamente la verdad de las afirmaciones ya hechas. Ahora bien, Abraham, cuando recibió por primera vez el pacto de la circuncisión, parece significar, al recibir la circuncisión en un miembro de su propio cuerpo, nada más que esto: que ya no se debía engendrar hijos con alguien nacido del mismo padre; mostrando que cada uno debía abstenerse del trato con su propia hermana, como con su propia carne. Y así, desde el tiempo de Abraham, la costumbre de casarse con hermanas ha cesado; y desde los tiempos de los profetas, la contratación de matrimonio con varias esposas ha sido abolida; pues leemos: «No vayas tras tus concupiscencias, y refrena tus apetitos;» [] porque «el vino y las mujeres harán caer a los hombres entendidos;» [] y en otro lugar, «Sea bendita tu fuente; y regocíjate con la esposa de tu juventud,» [] prohibiendo manifiestamente la pluralidad de esposas. Y Jeremías claramente da el nombre de «caballos bien alimentados» [] a los que codician a otras mujeres; y leemos, «La prole multiplicada de los impíos no prosperará, ni echará raíces profundas de vástagos bastardos, ni pondrá fundamento firme.» []
    Sin embargo, para que no parezcamos prolijos en recopilar los testimonios de los profetas, señalemos de nuevo cómo la castidad sucedió al matrimonio con una sola esposa, quitando gradualmente las concupiscencias de la carne, hasta que eliminó por completo la inclinación al acto sexual engendrada por la costumbre. Pues en seguida se presenta a uno que depreca fervientemente, desde ahora, esta seducción, diciendo: «Oh Señor, Padre y Gobernador de mi vida, no me entregues a sus consejos; no me des mirada altiva; que la codicia del vientre, ni la concupiscencia de la carne, se apoderen de mí.» Y en el Libro de la Sabiduría, libro lleno de toda virtud, el Espíritu Santo, atrayendo ahora abiertamente a sus oyentes a la continencia y a la castidad, canta de esta manera: «Mejor es no tener hijos, y tener virtud, porque su memoria es inmortal; porque es conocida ante Dios y ante los hombres. Cuando está presente, los hombres toman ejemplo de ella; y cuando se va, la desean: lleva corona y triunfa para siempre, habiendo obtenido la victoria, luchando por recompensas inmaculadas.» []

    Capítulo 4. Solo Cristo enseñó la virginidad, predicando abiertamente el reino de los cielos

    la semejanza de Dios se alcanza a la luz de las virtudes divinas.

    Discurso 1, cap. 4

    Ya hemos hablado de los períodos de la raza humana y de cómo, comenzando por el matrimonio entre hermanos y hermanas, se pasó a la continencia; y ahora nos queda el tema de la virginidad. Procuremos, pues, hablar de él lo mejor que podamos. Y, en primer lugar, preguntémonos por qué razón ninguno de los muchos patriarcas, profetas y hombres justos, que enseñaron e hicieron muchas cosas nobles, alabó o eligió el estado de virginidad. Porque estaba reservado únicamente al Señor ser el primero en enseñar esta doctrina, ya que solo Él, descendiendo hasta nosotros, enseñó al hombre a acercarse a Dios; pues era conveniente que Aquel que era el primero y jefe de los sacerdotes, de los profetas y de los ángeles, fuera también saludado como el primero y jefe de las vírgenes. Porque en los tiempos antiguos el hombre todavía no era perfecto, y por eso era incapaz de recibir la perfección, que es la virginidad. Pues, habiendo sido hecho a la Imagen de Dios, necesitaba recibir la que es conforme a su Semejanza; la cual, habiendo descendido el Verbo al mundo para perfeccionarla, Él tomó primero sobre sí nuestra forma, desfigurada como estaba por muchos pecados, para que nosotros, por cuyo bien la llevó, pudiéramos de nuevo recibir la forma divina. Porque es entonces cuando somos verdaderamente configurados a semejanza de Dios, cuando representamos sus rasgos en una vida humana, como hábiles pintores, estampándolos en nosotros como en tablas, aprendiendo el camino que Él nos mostró. Y por esto Él, siendo Dios, quiso revestirse de carne humana, para que nosotros, contemplando como en una tabla el Modelo divino de nuestra vida, pudiéramos también imitar a Aquel que lo pintó. Porque Él no era uno que, pensando una cosa, hiciera otra; ni, considerando una cosa como justa, enseñara otra. Sino que todo lo que era verdaderamente útil y recto, eso lo enseñó y lo hizo.

    Capítulo 5. Cristo, al conservar incorrupta su carne en virginidad, atrae al ejercicio de la virginidad

    el pequeño número de vírgenes en proporción al número de los santos.

    Discurso 1, cap. 5

    ¿Qué emprendió, pues, el Señor, que es la Verdad y la Luz, cuando descendió del cielo? Conservó incorrupta en virginidad la carne que había tomado, para que también nosotros, si queremos llegar a la semejanza de Dios y de Cristo, nos esforcemos por honrar la virginidad. Porque la semejanza de Dios es evitar la corrupción. Y que el Verbo, al encarnarse, se hizo jefe de las Vírgenes, de la misma manera que fue jefe Pastor y jefe Profeta de la Iglesia, nos lo muestra Juan, poseído por Cristo, diciendo en el libro del Apocalipsis: «Y miré, y he aquí un Cordero estaba en pie sobre el monte Sión, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían su nombre y el nombre de su Padre escrito en sus frentes. Y oí una voz del cielo, como voz de muchas aguas, y como voz de un gran trueno; y oí la voz de arpistas que tañían sus arpas: Y cantaban como un cántico nuevo delante del trono, y delante de las cuatro bestias, y de los ancianos; y nadie podía aprender aquel cántico sino los ciento cuarenta y cuatro mil, que fueron redimidos de la tierra. Estos son los que no se contaminaron con mujeres; porque son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va;» [] mostrando que el Señor es el guía del coro de las vírgenes. Y observad, además, cuán grande es a los ojos de Dios la dignidad de la virginidad: «Estos fueron redimidos de entre los hombres, como primicias para Dios y para el Cordero. Y en su boca no fue hallado engaño; porque son sin mancha,» [] dice, «y siguen al Cordero por dondequiera que va.» Y con esto claramente quiere enseñarnos que el número de vírgenes estuvo, desde el principio, limitado a tantos, a saber, ciento cuarenta y cuatro mil, mientras que la multitud de los demás santos es innumerable. Pues consideremos lo que quiere decir cuando habla del resto. «Vi una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas.» [] Es claro, por tanto, como dije, que en el caso de los demás santos presenta una multitud indecible, mientras que en el caso de los que están en estado de virginidad menciona solo un número muy pequeño, para hacer un fuerte contraste con los que componen el número innumerable.
    Este, oh Arete, es mi discurso para ti sobre el tema de la virginidad. Pero, si he omitido algo, que Teófila, que me sucede, supla la omisión.

    Discurso 2 · Teófila

    Discurso 2, oradora

    Teófila

    Capítulo 1. El matrimonio no queda abolido por la recomendación de la virginidad

    Discurso 2, cap. 1

    Y entonces, dijo ella, habló Teófila:— Puesto que Marcela ha comenzado excelentemente esta discusión sin completarla del todo, es necesario que yo procure ponerle fin. Ahora bien, el hecho de que el hombre ha avanzado gradualmente hacia la virginidad, impulsado por Dios de tiempo en tiempo, me parece admirablemente demostrado; pero no puedo decir lo mismo en cuanto a la afirmación de que desde ahora ya no deban engendrar hijos. Pues creo haber percibido claramente en las Escrituras que, después de haber introducido la virginidad, el Verbo no abolió del todo la generación de los hijos; porque aunque la luna sea mayor que las estrellas, la luz de las demás estrellas no queda destruida por la luz de la luna.
    Comenzamos con el Génesis, para dar a esta Escritura su lugar de antigüedad y primacía. Ahora bien, la sentencia y ordenanza de Dios respecto a la procreación de hijos [] se está cumpliendo confesadamente hasta el día de hoy, pues el Creador sigue formando al hombre. Porque es muy manifiesto que Dios, como un pintor, está trabajando en este mismo momento en el mundo, como también enseñó el Señor: «Mi Padre trabaja hasta ahora.» Pero cuando los ríos dejen de fluir y de caer en el depósito del mar, y la luz quede perfectamente separada de las tinieblas —pues la separación aún continúa—, y la tierra seca deje de producir sus frutos con reptiles y bestias de cuatro patas, y se cumpla el número predestinado de los hombres; entonces, desde ese momento, los hombres se abstendrán de la generación de hijos. Pero por ahora el hombre debe cooperar en la formación de la imagen de Dios, mientras el mundo existe y aún está siendo formado; pues está dicho: «Creced y multiplicaos.» [] Y no debemos ofendernos por la ordenanza del Creador, de la cual, además, tenemos nosotros mismos el ser. Porque el depósito de la semilla en los surcos de la matriz es el comienzo de la generación de los hombres, de modo que hueso tomado del hueso, y carne de la carne, por un poder invisible, son modelados en otro hombre. Y de esta manera hemos de considerar que se cumple lo dicho: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.» []

    Capítulo 2. La generación, algo afín a la primera formación de Eva a partir del costado y de la naturaleza de Adán

    Dios, Creador de los hombres en la generación ordinaria.

    Discurso 2, cap. 2

    Y esto tal vez fue prefigurado por el sueño y éxtasis del primer hombre, que prefiguraba los abrazos del amor conyugal. Cuando un hombre, sediento de hijos, cae en una especie de éxtasis, ablandado y subyugado por los placeres de la generación como por el sueño, de modo que nuevamente algo sacado de su carne y de sus huesos es, como dije, modelado en otro hombre. Porque al perturbarse la armonía de los cuerpos en los abrazos del amor, como nos dicen quienes tienen experiencia del estado matrimonial, toda la parte medular y generativa de la sangre, como una especie de hueso líquido, concurriendo de todos los miembros, convertida en espuma y cuajada, es proyectada a través de los órganos de la generación al cuerpo vivo de la mujer. Y probablemente por esta razón se dice que el hombre deja a su padre y a su madre, pues entonces, de repente, olvidado de todas las cosas al unirse a su esposa en los abrazos del amor, es vencido por el deseo de la generación, ofreciendo su costado al divino Creador para que de él tome lo necesario, a fin de que el padre aparezca de nuevo en el hijo.
    Por tanto, si Dios sigue formando al hombre, ¿no seremos culpables de audacia si consideramos la generación de hijos como algo ofensivo, de lo cual el Todopoderoso mismo no se avergüenza de servirse al trabajar con sus manos inmaculadas? Pues dice a Jeremías: «Antes que te formase en el vientre, te conocí;» [] y a Job: «¿Tomaste acaso barro y formaste un ser vivo, y lo hiciste hablar sobre la tierra?»; y Job se acerca a Él en súplica, diciendo: «Tus manos me hicieron y me formaron.» [] ¿No sería, pues, absurdo prohibir las uniones matrimoniales, viendo que esperamos que después de nosotros habrá mártires y quienes se opongan al maligno, por causa de los cuales también el Verbo prometió que acortaría aquellos días? [] Porque si la generación de hijos de aquí en adelante hubiera parecido mala a Dios, como dijiste, ¿por qué razón podrán presentarse agradables a Dios los que han venido a la existencia en oposición al decreto divino? ¿Y no habrá de ser espurio lo engendrado, y no criatura de Dios, si, como una moneda falsa, es moldeado al margen de la intención y ordenanza de la autoridad legítima? Y así concedemos a los hombres el poder de formar hombres.

    Capítulo 3. Un pasaje ambiguo de la Escritura; no solo los fieles, sino incluso los prelados a veces son ilegítimos

    Discurso 2, cap. 3

    Pero Marcela, interrumpiendo, dijo: Oh Teófila, hay aquí un gran error y algo contrario a lo que has dicho; ¿y piensas escapar al amparo de la nube que has arrojado a tu alrededor? Pues surge aquel argumento que quizá cualquiera que se dirija a ti como persona muy sabia presentará: ¿Qué dices de los que son engendrados ilegítimamente en adulterio? Pues sentaste que era inconcebible e imposible que alguien entrara en el mundo a menos que fuera introducido por la voluntad del divino Gobernante, habiendo sido preparado su cuerpo por Dios. Y para que no te refugies tras un muro seguro, aduciendo la Escritura que dice: 'En cuanto a los hijos de los adúlteros, no llegarán a su perfección' [], él te responderá fácilmente que a menudo vemos que los engendrados ilegítimamente llegan a la perfección como fruto maduro.
    Y si, de nuevo, respondes sofísticamente: 'Oh amigo mío, por los que no llegan a la perfección entiendo el ser perfeccionados en la justicia enseñada por Cristo', él dirá: 'Pero, ciertamente, mi digno amigo, muchísimos que son engendrados de semilla injusta no solo son contados entre los reunidos en el rebaño de los hermanos, sino que a menudo son llamados incluso a presidirlos. Puesto que, pues, es claro, y todos atestiguan, que los nacidos de adulterio sí llegan a la perfección, no debemos imaginar que el Espíritu enseñaba acerca de las concepciones y los nacimientos, sino más bien tal vez acerca de los que adulteran la verdad, quienes, corrompiendo las Escrituras con falsas doctrinas, producen una sabiduría imperfecta e inmadura, mezclando su error con la piedad.' Y, por lo tanto, quitado de ti este alegato, ven ahora y dinos si los nacidos de adulterio son engendrados por la voluntad de Dios; porque dijiste que era imposible que la descendencia de un hombre fuera llevada a perfección a menos que el Señor la formara y le diera vida.

    Capítulo 4. La generación humana y la obra de Dios en ella expuesta

    Discurso 2, cap. 4

    Teófila, como atrapada por la cintura por un fuerte antagonista, se sintió mareada, y recobrándose con dificultad, respondió: «Planteas una pregunta, mi digno amigo, que necesita ser resuelta con un ejemplo, para que entiendas aún mejor cómo el poder creador de Dios, que lo penetra todo, es más especialmente la causa real en la generación de los hombres, haciendo crecer lo que está plantado en la tierra productiva. Pues no ha de culparse a lo sembrado, sino al que siembra en suelo ajeno mediante abrazos ilícitos, como quien compra un pequeño placer vendiendo vergonzosamente su propia semilla. Imagina, pues, nuestro nacimiento al mundo como algo semejante a una casa cuya entrada está situada junto a montañas altísimas; y que la casa se extiende largo trecho hacia abajo, lejos de la entrada, y que tiene muchos agujeros detrás, y que en esta parte tiene forma circular.» «Lo imagino,» dijo Marcela. «Pues bien, supón que un modelador sentado dentro está modelando muchas estatuas; imagina, además, que la sustancia de arcilla le es traída incesantemente desde fuera, a través de los agujeros, por muchos hombres que ninguno de ellos ve al artista mismo. Supón ahora que la casa está cubierta de niebla y nubes, y que nada es visible para los que están fuera, sino solo los agujeros.» «Supóngase también esto,» dijo ella. Y que cada uno de los que trabajan juntos para proporcionar la arcilla tiene un agujero asignado a él mismo, en el cual solo él ha de traer y depositar su propia arcilla, sin tocar ningún otro agujero. Y si, además, intenta oficiosamente abrir el que está asignado a otro, sea amenazado con fuego y azotes.
    «Bien, ahora considera además lo que sigue a esto: el modelador que, dentro, recorre los agujeros y toma en privado, para su modelado, la arcilla que encuentra en cada agujero, y que, después de un cierto número de meses, una vez hecho su modelo, lo devuelve por el mismo agujero; teniendo como norma que todo montón de arcilla capaz de ser moldeado será trabajado indistintamente, incluso si es arrojado ilícitamente por alguien a través del agujero de otro, pues la arcilla no ha cometido agravio alguno y, por tanto, al ser irreprensible, debe ser moldeada y formada; pero que aquel que, en oposición a la ordenanza y a la ley, la depositó en el agujero de otro, debe ser castigado como criminal y transgresor. Porque no ha de culparse a la arcilla, sino al que hizo esto en violación de lo justo; pues, por incontinencia, habiéndola llevado consigo, secretamente, con violencia, la depositó en el agujero de otro.» «Dices con gran verdad.»

    Capítulo 5. El Santo Padre prosigue el mismo argumento

    Discurso 2, cap. 5

    Y ahora que estas cosas están completas, te queda aplicar este cuadro, mi más sabia de las amigas, a las cosas ya dichas; comparando la casa con la naturaleza invisible de nuestra generación, y la entrada contigua a las montañas con el envío de nuestras almas desde el cielo y su descenso a los cuerpos; los agujeros con el sexo femenino, y el modelador con el poder creador de Dios, que, bajo la cubierta de la generación, sirviéndose de nuestra naturaleza, nos forma invisiblemente a los hombres por dentro, tejiendo las vestiduras para las almas. Los que llevan la arcilla representan al sexo masculino en la comparación; cuando tienen sed de hijos, traen y arrojan la semilla en los canales naturales de la mujer, como aquellos en la comparación arrojan arcilla en los agujeros. Pues la semilla, que, por así decir, participa de un poder creador divino, no ha de ser tenida por culpable de los incentivos a la incontinencia; y el arte siempre trabaja la materia que se le somete; y nada ha de considerarse malo en sí mismo, sino que llega a serlo por el acto de quienes lo usaron de tal manera; pues cuando se usa propia y puramente, sale puro, pero si vergonzosa e impropiamente, entonces se vuelve vergonzoso. Porque ¿cómo el hierro, descubierto para beneficio de la agricultura y de las artes, perjudicó a quienes lo afilaron para batallas homicidas? ¿O cómo el oro, o la plata, o el bronce, y, tomándolo colectivamente, toda la tierra trabajable, perjudicó a quienes, ingratos hacia su Creador, hacen mal uso de ellos convirtiendo partes de ellos en diversas clases de ídolos? Y si alguien suministrara lana de lo robado al arte de tejer, ese arte, atendiendo solo a esto, fabrica la materia que se le somete, si recibe la preparación, sin rechazar nada de lo que le es útil, puesto que lo robado no ha de ser culpado aquí, al carecer de vida. Y, por tanto, la materia misma ha de ser trabajada y adornada, pero aquel a quien se descubra que la sustrajo injustamente debe ser castigado. Así, de manera semejante, los violadores del matrimonio y los que rompen las cuerdas de la armonía de la vida, como de un arpa, enfurecidos por la lujuria y desatando sus deseos en adulterio, deben ser ellos mismos atormentados y castigados, pues cometen un gran agravio robando de los jardines ajenos los abrazos de la generación; pero la semilla misma, como en el caso de la lana, debe ser formada y dotada de vida.

    Capítulo 6. Dios cuida incluso de los nacidos de adulterio; se les asignan ángeles como guardianes

    Discurso 2, cap. 6

    Pero ¿qué necesidad hay de alargar el argumento empleando tales ejemplos? Pues la naturaleza no podría, en tan poco tiempo, realizar tan gran obra sin ayuda divina. Porque ¿quién dio a los huesos su naturaleza fija? ¿Y quién ató los miembros flexibles con nervios, para extenderse y relajarse en las articulaciones? ¿O quién preparó canales para la sangre y una tráquea suave para la respiración? ¿O qué dios hizo fermentar los humores, mezclándolos con la sangre y formando la carne blanda de la tierra, sino solamente el Supremo Artífice, haciéndonos hombre, imagen racional y viviente de Sí mismo, y formándolo como cera, en el seno materno, a partir de una semilla húmeda y leve? ¿O por providencia de quién fue que el feto no se sofocara por la humedad al estar encerrado dentro, en la conexión de los vasos? ¿O quién, después de que fue sacado y salió a la luz, lo transformó de debilidad y pequeñez a tamaño, belleza y fuerza, sino Dios mismo, el Supremo Artífice, como dije, haciendo por su poder creador copias de Cristo y cuadros vivientes? Por lo cual también hemos recibido de las Escrituras inspiradas que los engendrados, aunque sea en adulterio, son entregados a ángeles guardianes. Pero si vinieran a la existencia en oposición a la voluntad y al decreto de la naturaleza bendita de Dios, ¿cómo habrían de ser entregados a ángeles para ser alimentados con mucha mansedumbre e indulgencia? ¿Y cómo, si tuvieran que acusar a sus propios padres, podrían confiadamente, ante el tribunal de Cristo, invocarlo y decir: «Tú, oh Señor, no nos negaste esta luz común; pero estos nos destinaron a la muerte, despreciando tu mandato?» «Porque», dice, «los hijos engendrados de lechos ilícitos son testigos de la maldad contra sus padres en su juicio.» []

    Capítulo 7. El alma racional proviene de Dios mismo; la castidad no es el único bien, aunque sea el mejor y más honrado

    Discurso 2, cap. 7

    Y quizás habrá lugar para que algunos argumenten plausiblemente, entre los que carecen de discernimiento y juicio, que esta vestidura carnal del alma, plantada por los hombres, se forma espontáneamente al margen de la sentencia de Dios. Si, no obstante, enseñare que el ser inmortal del alma también se siembra junto con el cuerpo mortal, no será creído; porque solo el Todopoderoso infunde en el hombre la parte inmortal e incorruptible, así como también solo Él es Creador de lo invisible e indestructible. Pues, dice, «sopló en su nariz aliento de vida; y el hombre llegó a ser alma viviente.» [] Y aquellos artífices que, para destrucción de los hombres, hacen imágenes en forma humana, sin percibir ni conocer a su propio Hacedor, son reprendidos por la Palabra, que dice, en el Libro de la Sabiduría, libro lleno de toda virtud, «su corazón es ceniza, su esperanza más vil que la tierra, y su vida de menor valor que el barro; por cuanto no conoció a su Hacedor, ni a Aquel que le inspiró un alma activa y sopló en él un espíritu viviente;» [] es decir, Dios, Hacedor de todos los hombres; por lo cual, también, según el apóstol, «quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad.» [] Y ahora, aunque este asunto apenas esté completado, quedan otros por discutir. Pues cuando uno examina a fondo y comprende aquellas cosas que acontecen al hombre según su naturaleza, sabrá no despreciar la procreación de los hijos, aunque aplauda la castidad y la prefiera en honor. Pues aunque la miel sea más dulce y agradable que otras cosas, no por eso debemos considerar amargas otras cosas que se mezclan en la dulzura natural de los frutos. Y, en apoyo de estas afirmaciones, presentaré un testigo fidedigno, a saber, Pablo, que dice: «Así que el que da en matrimonio a su hija hace bien; pero el que no la da en matrimonio hace mejor.» [] Ahora bien, la palabra, al exponer lo que es mejor y más dulce, no pretendió quitar lo inferior, sino que dispone de modo que a cada uno se le asigne su propio uso y provecho. Pues hay algunos a quienes no les es dado alcanzar la virginidad; y hay otros a quienes Él ya no quiere que sean excitados por las procreaciones a la lujuria, ni que se contaminen, sino que de ahora en adelante mediten y mantengan la mente en la transformación del cuerpo a la semejanza de los ángeles, cuando «ni se casan ni se dan en matrimonio,» [] según las infalibles palabras del Señor; puesto que no a todos les es dado alcanzar aquel estado inmaculado de ser eunuco por causa del reino de los cielos, [] sino manifiestamente solo a aquellos que son capaces de conservar la flor siempre floreciente e inmarcesible de la virginidad. Porque es costumbre de la Palabra profética comparar la Iglesia con un prado florido y matizado, adornado y coronado no solo con las flores de la virginidad, sino también con las de la maternidad y de la continencia; pues está escrito, «A tu diestra estaba la reina con vestidura de oro, labrada con diversos colores.»
    Estas palabras, oh Areté, las aporto según mi capacidad a esta discusión en defensa de la verdad.
    Y cuando Teófila hubo hablado así, Teopatra dijo que surgió un aplauso de todas las vírgenes aprobando su discurso; y que cuando guardaron silencio, tras una larga pausa, Talía se levantó, pues a ella se le había asignado el tercer lugar en el certamen, el que venía después de Teófila. Y entonces, según creo, ella siguió y habló.

    Discurso 3 · Talía

    Discurso 3, oradora

    Talía

    Capítulo 1. Pasajes de la Sagrada Escritura comparados

    Discurso 3, cap. 1

    Me parece, oh Teófila, que sobresales entre todas en acción y en palabra, y que no eres segunda a nadie en sabiduría. Pues no habrá quien encuentre falta en tu discurso, por contencioso y contradictorio que sea. Sin embargo, mientras todo lo demás parece dicho correctamente, una cosa, amiga mía, me aflige y me turba, considerando que aquel varón sabio y sumamente espiritual —me refiero a Pablo— no habría referido en vano a Cristo y a la Iglesia la unión del primer hombre y de la mujer, si la Escritura no significara nada más elevado que lo que transmiten las meras palabras y la historia; pues si hemos de tomar la Escritura como una representación desnuda que se refiere enteramente a la unión del hombre y de la mujer, ¿por qué razón el apóstol, trayendo estas cosas a la memoria y guiándonos, según creo, al camino del Espíritu, alegoriza la historia de Adán y Eva como teniendo referencia a Cristo y a la Iglesia? Pues el pasaje del Génesis dice así: «Y dijo Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; será llamada Mujer, porque del hombre fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán una sola carne.» [] Pero el apóstol, considerando este pasaje, de ningún modo, como dije, pretende tomarlo según su mero sentido natural, como referido a la unión del hombre y de la mujer, como tú haces; pues tú, explicando el pasaje con un sentido demasiado natural, estableciste que el Espíritu habla solamente de la concepción y de los nacimientos; que el hueso tomado de los huesos fue hecho otro hombre, y que los seres vivientes, al unirse, se hinchan como árboles en el momento de la concepción. Pero él, refiriendo más espiritualmente el pasaje a Cristo, enseña así: «El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, antes la sustenta y la cuida, como también el Señor a la Iglesia; porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Gran misterio es este; mas yo hablo acerca de Cristo y de la Iglesia.»

    Las digresiones del apóstol Pablo

    el carácter de su doctrina: nada hay en ella contradictorio; condena de Orígenes, quien erróneamente convierte todo en alegoría.

    Discurso 3, cap. 2

    No te perturbe si, al tratar una clase de asuntos, él, es decir, Pablo, pasa a otra, de modo que parezca mezclarlos e introducir materias ajenas al asunto bajo consideración, apartándose de la cuestión, como ahora, por ejemplo. Pues deseando, al parecer, fortalecer con sumo cuidado el argumento en favor de la castidad, prepara de antemano el modo de argumentación, comenzando con el modo de hablar más persuasivo. Pues el carácter de su discurso, siendo muy variado y dispuesto con el fin de una prueba progresiva, comienza suavemente, pero fluye hacia un estilo más elevado y magnífico. Y luego, cambiando de nuevo a lo profundo, a veces termina con lo simple y fácil, y a veces con lo más difícil y delicado; y sin embargo no introduce nada ajeno al asunto con estos cambios, sino que, reuniéndolos todos según una cierta relación maravillosa, funde en una sola la cuestión que se propone como su asunto. Es necesario, pues, que yo despliegue con más precisión el significado de los argumentos del apóstol, sin rechazar nada de lo dicho antes. Pues me parece, oh Teófila, que has tratado aquellas palabras de la Escritura amplia y claramente, y las has expuesto tal como son, sin error. Porque es cosa peligrosa despreciar enteramente el sentido literal, como se ha dicho, y especialmente el del Génesis, donde se exponen los decretos inmutables de Dios para la constitución del universo, de acuerdo con los cuales, incluso hasta ahora, el mundo está perfectamente ordenado, hermosísimamente conforme a una regla perfecta, hasta que el mismo Legislador, habiéndolo reordenado, queriendo ordenarlo de nuevo, rompa las primeras leyes de la naturaleza con una nueva disposición. Pero, puesto que no es adecuado dejar sin examinar la demostración del argumento —y, por así decirlo, a medias cojo—, venid, completemos, por decirlo así, nuestra pareja, y presentemos el sentido analógico, escudriñando más profundamente la Escritura; porque Pablo no debe ser despreciado cuando pasa por alto el sentido literal y muestra que las palabras se extienden a Cristo y a la Iglesia.
    Comentario editorial · Letra y alegoría
    Talía dice aquí que es peligroso despreciar del todo el sentido literal, sobre todo en el Génesis. Coxe lo lee como una cautela dirigida contra Orígenes, a quien, escribe, Metodio sigue demasiado en las interpretaciones alegóricas. Clark, en su introducción, hace la misma doble observación: Metodio es conocido sobre todo como adversario de Orígenes, pero está influido por su método, como muestra su inclinación a la interpretación alegórica de la Escritura. Wikipedia coincide en lo esencial: como Orígenes, Metodio está muy marcado por la filosofía de Platón y usa mucho la explicación alegórica.

    Comparación establecida entre el primer y el segundo Adán

    Discurso 3, cap. 3

    Y, en primer lugar, debemos preguntarnos si Adán puede ser comparado al Hijo de Dios, cuando fue hallado en la transgresión de la caída y oyó la sentencia: «Polvo eres, y al polvo volverás.» [] Pues ¿cómo será considerado «el primogénito de toda criatura,» [] quien, después de la creación de la tierra y del firmamento, fue formado del barro? ¿Y cómo será admitido como «el árbol de la vida» quien fue expulsado por su transgresión, [] no sea que «extienda de nuevo su mano y coma de él, y viva para siempre?» [] Pues es necesario que una cosa que se compara con otra cualquiera sea en muchos aspectos semejante y análoga a aquella de la que es semejanza, y que no tenga su constitución opuesta y desemejante. Porque quien se atreviera a comparar lo desigual con lo igual, o la armonía con la discordia, no sería considerado racional. Mas lo igual debe compararse con aquello que en su naturaleza es igual, aunque sea igual solo en pequeña medida; y lo blanco con aquello que en su naturaleza es blanco, aunque sea muy pequeño y muestre solo moderadamente la blancura por la cual se llama blanco. Ahora bien, es claro, más allá de toda duda, para todos, que aquello que es sin pecado e incorrupto es igual, armonioso y brillante como la sabiduría; pero aquello que es mortal y pecador es desigual y discordante, y expulsado como culpable y sujeto a condenación.

    Algunas cosas aquí son difíciles y tratadas con demasiada ligereza, y aparentemente no se exponen de manera suficiente según la regla de la teología

    Discurso 3, cap. 4

    Tales, pues, considero que son las objeciones que instan muchos que, despreciando, al parecer, la sabiduría de Pablo, rechazan la comparación del primer hombre con Cristo. Pues veamos con cuánta razón Pablo comparó a Adán con Cristo, no solo considerándolo tipo e imagen, sino también que Cristo mismo vino a ser la misma cosa, porque el Verbo eterno cayó sobre Él. Porque era conveniente que el primogénito de Dios, el primer retoño, el Unigénito, es decir, la sabiduría de Dios, se uniera al primer hombre formado, y primero y primogénito de la humanidad, y se encarnara. Y este fue Cristo, un hombre lleno de la pura y perfecta Deidad, y Dios recibido en el hombre. Pues era muy adecuado que el más antiguo de los eones y el primero de los arcángeles, cuando estaba a punto de tener comunión con los hombres, habitara en el más antiguo y primero de los hombres, a saber, Adán. Y así, al renovar aquellas cosas que eran desde el principio, y formándolas de nuevo de la Virgen por el Espíritu, Él forma lo mismo que al principio. Cuando la tierra era todavía virgen y sin arar, Dios, tomando barro, formó de ella, sin semilla, la criatura racional.

    Un pasaje de Jeremías examinado

    Discurso 3, cap. 5

    Y aquí puedo aducir al profeta Jeremías como testigo fidedigno y lúcido, que habla así: «Entonces descendí a la casa del alfarero; y he aquí, él trabajaba una obra sobre las ruedas. Y la vasija que hacía de barro se estropeó en la mano del alfarero; así que la hizo de nuevo otra vasija, como le pareció bien al alfarero hacerla.» [] Pues cuando Adán, habiendo sido formado de barro, era todavía blando y húmedo, y aún no, como una teja, endurecido e incorruptible, el pecado lo arruinó, fluyendo y goteando sobre él como agua. Y por eso Dios, humedeciéndolo de nuevo y formando de nuevo el mismo barro para su honor, habiéndolo primero endurecido y fijado en el seno de la Virgen, y unido y mezclado con el Verbo, lo sacó a la vida ya no blando y quebrado; no sea que, inundado de nuevo por corrientes de corrupción de afuera, se ablande y perezca, como el Señor muestra en su enseñanza en la parábola del hallazgo de la oveja; donde mi Señor dice a los que están cerca: «¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la que se ha perdido, hasta encontrarla? Y cuando la ha encontrado, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido.»

    El número total de las ovejas espirituales

    el hombre, un segundo coro, después de los ángeles, para la alabanza de Dios; explicación de la parábola de la oveja perdida.

    Discurso 3, cap. 6

    Ahora bien, puesto que Él verdaderamente era y es, estando en el principio con Dios y siendo Dios, [] es el principal Comandante y Pastor de los celestiales, a quien obedecen y asisten todas las criaturas racionales, que apacienta en orden y número las multitudes de los bienaventurados ángeles. Pues este es el número igual y perfecto de las criaturas inmortales, divididas según sus razas y tribus, siendo también el hombre aquí incluido en el rebaño. Pues también fue creado sin corrupción, para que honrara al rey y hacedor de todas las cosas, respondiendo a los gritos de los melodiosos ángeles que venían del cielo. Pero cuando sucedió que, al transgredir el mandamiento (de Dios), sufrió una caída terrible y destructiva, quedando así reducido a un estado de muerte, por esta razón dice el Señor que vino del cielo a (una vida) humana, dejando las filas y los ejércitos de los ángeles. Pues los montes deben explicarse por los cielos, y las noventa y nueve ovejas por los principados y potestades que el Capitán y Pastor dejó cuando descendió a buscar la perdida. Porque faltaba que el hombre fuera incluido en este catálogo y número, levantándolo el Señor y envolviéndolo, para que no fuera de nuevo, como dije, inundado y tragado por las olas del engaño. Pues con este propósito el Verbo asumió la naturaleza del hombre, para que, habiendo vencido a la serpiente, destruyera por sí mismo la condenación que había venido a la existencia junto con la ruina del hombre. Porque era conveniente que el Maligno fuera vencido por ningún otro, sino por aquel a quien había engañado y de quien se jactaba que lo tenía sujeto, porque de ningún otro modo era posible que el pecado y la condenación fueran destruidos, a menos que aquel mismo hombre por cuya causa se había dicho: «Polvo eres, y al polvo volverás,» [] fuera creado de nuevo, y deshiciera la sentencia que por su causa había salido para todos, para que «así como en Adán» al principio «todos mueren, así también» nuevamente «en Cristo,» que asumió la naturaleza y posición de Adán, «todos sean vivificados.» []

    Capítulo 7. Las obras de Cristo, propias de Dios y del hombre, las obras de Aquel que es Uno

    Discurso 3, cap. 7

    Y ahora parece que ya hemos dicho casi bastante sobre el hecho de que el hombre se ha convertido en órgano y vestidura del Unigénito, y sobre quién era Aquel que vino a habitar en él. Pero el hecho de que no existe moral desigualdad ni discordia puede considerarse de nuevo brevemente desde el principio. Pues bien habla quien dice que aquello es por su propia naturaleza bueno, justo y santo, por participación de lo cual las demás cosas llegan a ser buenas, y que la sabiduría está en relación con Dios, mientras que, por otra parte, el pecado es impío, injusto y malo. Porque la vida y la muerte, la corrupción y la incorrupción, son dos cosas sumamente opuestas entre sí. Pues la vida es una moral igualdad, pero la corrupción una desigualdad; y la justicia y la prudencia una armonía, pero la injusticia y la necedad una discordia. Ahora bien, el hombre, hallándose entre estas cosas, no es ni la justicia misma ni la injusticia; sino que, colocado a medio camino entre la incorrupción y la corrupción, se dice que participa de la naturaleza de aquello que se ha apoderado de él, según a cuál de las dos se incline. Así, cuando se inclina a la corrupción, se hace corruptible y mortal; y cuando a la incorrupción, se hace incorruptible e inmortal. Porque, colocado a medio camino entre el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal, del Fruto del cual gustó, [] fue transformado en la naturaleza de este último, sin ser él mismo ni el árbol de la vida ni el de la corrupción; pero habiendo sido mostrado como mortal, por su participación y presencia con la corrupción, y, de nuevo, como incorruptible e inmortal por su unión y participación con la vida; como también enseñó Pablo, diciendo: «La corrupción no heredará la incorrupción, ni la muerte la vida,» definiendo rectamente que la corrupción y la muerte son lo que corrompe y mata, y no lo que es corrompido y muere; y que la incorrupción y la vida son lo que da vida e inmortalidad, y no lo que recibe vida e inmortalidad. Y así el hombre no es ni una discordia y una desigualdad, ni una igualdad y una armonía. Pero cuando recibió la discordia, que es la transgresión y el pecado, se volvió discordante y deforme; mas cuando recibió la armonía, es decir, la justicia, se convirtió en un órgano armonioso y hermoso, a fin de que el Señor, la Incorrupción que venció a la muerte, armonizara la resurrección con la carne, no permitiendo que la corrupción la heredara de nuevo. Y también sobre este punto basten estas afirmaciones.

    Capítulo 8. Los huesos y la carne de la Sabiduría

    el costado del cual es formada la Eva espiritual, el Espíritu Santo; la mujer, ayuda idónea de Adán; vírgenes desposadas con Cristo.

    Discurso 3, cap. 8

    Pues ya se ha establecido con argumentos nada despreciables de la Escritura que el primer hombre puede referirse propiamente a Cristo mismo, y ya no es tipo, representación e imagen del Unigénito, sino que ha llegado a ser realmente Sabiduría y Verbo.
    Pues el hombre, habiendo sido compuesto, como el agua, de sabiduría y de vida, ha llegado a ser idéntico a esa misma luz inmaculada que se derramó en él. De donde proviene que el apóstol refirió directamente a Cristo las palabras que se habían dicho de Adán. Pues así se acordará con toda certeza que la Iglesia es formada de sus huesos y de su carne; y por esta causa el Verbo, dejando a su Padre en el cielo, descendió para ser «unido a su esposa;» [] y durmió en el trance de su pasión, y sufrió voluntariamente la muerte por ella, para presentarse a sí mismo la Iglesia gloriosa y sin mancha, habiéndola purificado por el lavacro, [] para recibir la semilla espiritual y bendita, que es sembrada por Aquel que con susurros la implanta en lo profundo de la mente; y es concebida y formada por la Iglesia, como por una mujer, para dar a luz y nutrir la virtud. Pues de este modo también se cumple debidamente el mandato, «Creced y multiplicaos,» [Génesis 1:18] aumentando la Iglesia cada día en grandeza, hermosura y multitud, por la unión y comunión del Verbo, que aún ahora sigue descendiendo a nosotros y cae en trance por el memorial de su pasión; porque de otro modo la Iglesia no podría concebir a los creyentes y darles nuevo nacimiento por el lavacro de la regeneración, a menos que Cristo, vaciándose a sí mismo por causa de ellos, para poder ser contenido por ellos, como dije, mediante la recapitulación de su pasión, muriera de nuevo, descendiendo del cielo, y, siendo «unido a su esposa,» la Iglesia, proveyera que un cierto poder fuera tomado de su propio costado, para que todos los que son edificados en Él crezcan, incluso los que nacen de nuevo por el lavacro, recibiendo de sus huesos y de su carne, es decir, de su santidad y de su gloria. Pues quien dice que los huesos y la carne de la Sabiduría son el entendimiento y la virtud, dice muy rectamente; y que el costado es el Espíritu de verdad, el Paráclito, del cual los iluminados, al recibirlo, nacen de nuevo convenientemente para la incorrupción. Porque es imposible que alguien sea partícipe del Espíritu Santo y elegido miembro de Cristo, a menos que el Verbo descienda primero sobre él y caiga en trance, para que, siendo lleno del Espíritu y resucitando del sueño con Aquel que fue entregado al sueño por causa suya, pueda recibir renovación y restauración. Pues con razón puede llamarse costado del Verbo, incluso el séptuple Espíritu de verdad, según el profeta; [] del cual Dios, tomando en el trance de Cristo, es decir, después de su encarnación y pasión, le prepara una ayuda idónea [] — me refiero a las almas que son desposadas y entregadas en matrimonio a Él. Pues es frecuente que las Escrituras llamen así con el nombre de Iglesia a la asamblea y multitud de los creyentes, siendo los más perfectos en su progreso conducidos a ser la única persona y el cuerpo de la Iglesia. Porque los que son mejores y abrazan la verdad con más claridad, liberados de los males de la carne, llegan a ser, a causa de su perfecta purificación y fe, iglesia y ayuda idónea de Cristo, desposados y entregados en matrimonio a Él como una virgen, según el apóstol, [2 Corintios 11:12] de modo que, recibiendo la semilla pura y genuina de su doctrina, cooperan con Él, ayudando en la predicación para la salvación de los demás. Y los que todavía son imperfectos y comienzan sus lecciones, nacen para salvación y son formados, como por madres, por los que son más perfectos, hasta que son dados a luz y regenerados para la grandeza y hermosura de la virtud; y así estos, a su vez, progresando y habiendo llegado a ser iglesia, ayudan en la labor del nacimiento y la crianza de otros hijos, cumpliendo en el receptáculo del alma, como en un seno, la voluntad intachable del Verbo.

    Capítulo 9. La dispensación de la gracia en Pablo el Apóstol

    Discurso 3, cap. 9

    Ahora debemos considerar el caso del renombrado Pablo: que, cuando aún no era perfecto en Cristo, primero nació y fue amamantado, predicándole Ananías y renovándolo en el bautismo, como relata la historia de los Hechos. Pero cuando creció hasta ser varón y fue edificado, entonces, moldeado hasta la perfección espiritual, fue hecho ayuda idónea y esposa del Verbo; y recibiendo y concibiendo las semillas de la vida, el que antes era un niño llega a ser iglesia y madre, trabajando él mismo de parto por aquellos que, por medio de él, creyeron en el Señor, hasta que Cristo fue formado y nacido también en ellos. Pues dice: Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros; [] y de nuevo, «En Cristo Jesús os he engendrado por medio del Evangelio.» []
    Es evidente, pues, que la afirmación respecto de Eva y Adán ha de referirse a la Iglesia y a Cristo. Porque este es verdaderamente un gran misterio y algo sobrenatural, del cual yo, por mi debilidad y torpeza, soy incapaz de hablar conforme a su dignidad y grandeza. No obstante, intentémoslo. Resta que os hable de lo que sigue y de su significado.

    Capítulo 10. La doctrina del mismo Apóstol acerca de la pureza

    Discurso 3, cap. 10

    Ahora bien, Pablo, al convocar a todas las personas a la santificación y a la pureza, refirió de este modo, en un sentido secundario, a Cristo y a la Iglesia lo que se había dicho acerca del primer hombre y de Eva, a fin de silenciar a los ignorantes, privados ya de toda excusa. Pues los hombres que son incontinentes a causa de los impulsos desenfrenados de la sensualidad que hay en ellos, se atreven a forzar las Escrituras más allá de su verdadero sentido, hasta torcer en defensa de su incontinencia el dicho: Creced y multiplicaos; [] y el otro: «Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre;» [] y no se avergüenzan de oponerse al Espíritu, sino que, como nacidos para esto, encienden la pasión que arde oculta y acecha, abanicándola y provocándola; y por eso él, cortando muy tajantemente estas deshonestas necedades y excusas inventadas, y habiendo llegado al tema de instruirles sobre cómo deben comportarse los hombres con sus esposas, mostrando que debe ser como Cristo hizo con la Iglesia, «quien se entregó a sí mismo por ella, para santificarla y limpiarla con el lavado del agua por la Palabra,» remitió de nuevo al Génesis, mencionando las cosas dichas acerca del primer hombre y explicándolas como relacionadas con el asunto que tenía delante, para quitar la ocasión de abusar de estos pasajes a quienes enseñaban la gratificación sensual del cuerpo, bajo el pretexto de engendrar hijos.

    Capítulo 11. El mismo argumento

    Discurso 3, cap. 11

    Pues considerad, oh vírgenes, cómo él, deseando con todas sus fuerzas que los creyentes en Cristo sean castos, se esfuerza con muchos argumentos por mostrarles la dignidad de la castidad, como cuando dice: Ahora bien, acerca de las cosas que me escribisteis: Bueno es para el hombre no tocar mujer, mostrando con ello ya muy claramente que es bueno no tocar mujer, estableciéndolo y exponiéndolo incondicionalmente. Pero después, consciente de la debilidad de los menos continentes y de su pasión por el trato carnal, permitió a los que no pueden gobernar la carne usar de sus propias esposas, antes que, transgrediendo vergonzosamente, entregarse a la fornicación. Luego, después de haber dado este permiso, añadió inmediatamente estas palabras: [] «para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia;» lo cual significa: «si vosotros, siendo como sois, no podéis, a causa de la incontinencia y debilidad de vuestros cuerpos, ser perfectamente continentes, prefiero permitiros tener trato con vuestras propias esposas, no sea que, profesando una continencia perfecta, seáis tentados constantemente por el maligno y os inflaméis de concupiscencia tras las esposas de otros hombres.»

    Capítulo 12. Pablo, ejemplo para las viudas y para quienes no viven con sus esposas

    Discurso 3, cap. 12

    Venid, pues, y examinemos con más cuidado las palabras mismas que tenemos delante, y observemos que el apóstol no concedió estas cosas incondicionalmente a todos, sino que primero expuso la razón por la cual fue llevado a esto. Pues, habiendo establecido que «es bueno para el hombre no tocar mujer,» añadió inmediatamente: «No obstante, para evitar la fornicación, tenga cada hombre su propia esposa» [] — es decir, a causa de la fornicación que surgiría de que no podéis refrenar vuestra voluptuosidad «— y cada mujer tenga su propio esposo. El esposo dé a la esposa la benevolencia debida; y asimismo también la esposa al esposo. La esposa no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el esposo; y asimismo tampoco el esposo tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la esposa. No os defraudéis el uno al otro, a no ser por mutuo consentimiento por un tiempo, para entregaros a la oración; y volved a juntaros, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia. Mas esto digo por permisión, y no por mandamiento.» [] Y esto está considerado con mucho cuidado. «Por permisión» dice, mostrando que daba consejo, no mandato; pues recibe mandato respecto de la castidad y del no tocar mujer, pero permiso respecto de los que no pueden, como dije, castigar sus apetitos. Estas cosas, pues, las establece acerca de hombres y mujeres que están casados con un solo cónyuge, o que en adelante lo estén; pero ahora debemos examinar cuidadosamente el lenguaje del apóstol respecto de los hombres que han perdido a sus esposas, y de las mujeres que han perdido a sus esposos, y lo que declara sobre este asunto.
    «Digo, pues,» continúa, [] «a los no casados y a las viudas: Bueno les es si permanecen como yo. Pero si no pueden contenerse, cásense; pues mejor es casarse que abrasarse.» También aquí persistió en dar la preferencia a la continencia. Pues, tomándose a sí mismo como ejemplo notable, para incitarlos a la emulación, desafió a sus oyentes a este estado de vida, enseñando que era mejor que un hombre que había estado ligado a una esposa permaneciera en adelante soltero, como él también hizo. Pero si, por el contrario, esto fuera difícil para alguien, a causa de la fuerza de la pasión animal, concede que quien se halla en tal condición pueda, «por permiso,» contraer un segundo matrimonio; no es que expresara la opinión de que un segundo matrimonio fuese en sí mismo malo, sino que lo juzgaba mejor que abrasarse. Como si, en el ayuno que prepara para la celebración de la Pascua, uno ofreciera alimento a otro que estuviera gravemente enfermo, y dijera: En verdad, amigo mío, sería conveniente y bueno que resistieras valientemente como nosotros y participaras de las mismas cosas, pues hoy está prohibido incluso pensar en comida; pero puesto que estás postrado y debilitado por la enfermedad, y no puedes soportarlo, por eso, "por permiso", te aconsejamos comer alimento, no sea que, no pudiendo en absoluto, por la enfermedad, resistir el deseo de comida, perezcas. Así también habla aquí el apóstol, diciendo primero que deseaba que todos estuvieran sanos y continentes, como él también lo estaba, pero permitiendo después un segundo matrimonio a los que están agobiados por la enfermedad de las pasiones, no sea que, incitados por el escozor de los órganos de la generación a un comercio promiscuo, se mancillaran por completo con la fornicación, considerando tal segundo matrimonio mucho más preferible que abrasarse y la indecencia.

    Capítulo 13. Explicación de la doctrina de Pablo acerca de la virginidad

    Discurso 3, cap. 13

    He llevado ya a término lo que tenía que decir respecto de la continencia, el matrimonio y la castidad, y del trato con los hombres, y en cuáles de estas cosas hay ayuda para el progreso en la justicia; pero aún resta hablar de la virginidad, si es que algo se prescribe sobre este asunto. Tratemos, pues, también este tema; porque se presenta así: [] «Ahora bien, acerca de las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor; pero doy mi parecer, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. Supongo, pues, que esto es bueno a causa de la necesidad presente; digo que es bueno para el hombre estar así. ¿Estás ligado a una esposa? No procures desligarte. ¿Estás libre de esposa? No busques esposa. Pero si te casas, no has pecado; y si una virgen se casa, no ha pecado. Con todo, los tales tendrán tribulación en la carne; pero yo os perdono.» Habiendo dado su parecer con gran cautela respecto de la virginidad, y estando a punto de aconsejar a quien lo deseaba entregar a su virgen en matrimonio, de modo que ninguna de las cosas que conducen a la santificación sea por necesidad y compulsión, sino según el libre propósito del alma, pues esto es agradable a Dios, no quiere que estas cosas se digan como con autoridad y como pensamiento del Señor, en lo referente a dar una virgen en matrimonio; pues después de haber dicho: [] «si una virgen se casa, no ha pecado,» inmediatamente después, con la mayor cautela, modificó su afirmación, mostrando que había aconsejado estas cosas por permisión humana y no divina. Así, inmediatamente después de haber dicho: «si una virgen se casa, no ha pecado,» añadió: «los tales tendrán tribulación en la carne; pero yo os perdono.» [] Con lo cual quiere decir: «Yo, perdonándoos a vosotros, tales como sois, consentí estas cosas, porque habéis elegido pensar así de ellas, para no parecer que os empujo por violencia y obligo a alguien a esto. Pero, con todo, si os place a vosotros, que encontráis difícil de soportar la castidad, volveros más bien al matrimonio, considero provechoso para vosotros refrenaros en la gratificación de la carne, no haciendo de vuestro matrimonio una ocasión para abusar de vuestros propios vasos hasta la impureza.» Luego añade: «Pero esto digo, hermanos: el tiempo es corto; resta que los que tienen esposa sean como si no la tuvieran.» Y de nuevo, prosiguiendo y desafiándolos a las mismas cosas, confirmó su afirmación, apoyando poderosamente el estado de virginidad, y añadiendo expresamente las siguientes palabras a las que había hablado antes, exclamó: [] «Quisiera que estuvierais sin afán. El que no está casado se cuida de las cosas que pertenecen al Señor; pero el casado se cuida de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa. Hay también diferencia entre la esposa y la virgen. La mujer no casada se cuida de las cosas del Señor, para ser santa tanto en cuerpo como en espíritu; pero la casada se cuida de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposo.» Ahora bien, es claro para todos, sin ninguna duda, que cuidarse de las cosas del Señor y agradar a Dios es mucho mejor que cuidarse de las cosas del mundo y agradar a la propia esposa. Pues ¿quién hay tan necio y ciego como para no percibir en esta afirmación la mayor alabanza que Pablo concede a la castidad? «Y esto,» dice, [] «lo digo para vuestro propio provecho, no para echaros un lazo, sino para lo que es honesto.»

    Capítulo 14. La virginidad, don de Dios: el propósito de la virginidad no ha de adoptarse precipitadamente por cualquiera

    Discurso 3, cap. 14

    Considera además cómo, además de las palabras ya citadas, encomienda el estado de virginidad como don de Dios. Por lo cual rechaza a los más incontinentes, quienes, bajo el influjo de la vanagloria, quisieran avanzar a este estado, aconsejándoles casarse, no sea que en el tiempo de su fuerza varonil, la carne, excitando los deseos y las pasiones, los aguijonee para mancillar el alma. Consideremos, pues, lo que establece: «Pero si alguno piensa que se comporta indecorosamente con su virgen,» dice, si ella pasa la flor de su edad, y así lo exige la necesidad, haga lo que quiera, no peca: cásese; prefiriendo aquí propiamente el matrimonio al «indecoro,» en el caso de quienes habían elegido el estado de virginidad, pero después lo hallan intolerable y gravoso, y de palabra se jactan ante los hombres de su perseverancia, por vergüenza, aunque ya no tienen poder para perseverar en la vida de eunuco. Pero al que por su propia libre voluntad y propósito decide conservar su carne en pureza virginal, «no teniendo necesidad,» [] esto es, sin que la pasión llame sus lomos al coito, pues hay, según parece, diferencias en los cuerpos de los hombres; a quien así contiende y lucha, y permanece celosamente en su profesión, y admirablemente la cumple, le exhorta a permanecer y conservarla, otorgando a la virginidad el premio más alto. Pues el que puede, dice, y ambiciona conservar pura su carne, hace mejor; pero el que no puede, y entra en el matrimonio lícitamente, y no se entrega a corrupción secreta, hace bien. Y ya se ha dicho bastante sobre estos asuntos.
    Tome cualquiera que quiera en su mano la Epístola a los Corintios, y, examinando todos sus pasajes uno por uno, considere entonces lo que hemos dicho, comparándolos entre sí, en cuanto a si no hay perfecta armonía y acuerdo entre ellos. Estas cosas, según mi capacidad, oh Arete, te ofrezco como mi contribución sobre el tema de la castidad.
    [Eubulios]. A través de muchas cosas, oh Gregorion, apenas ha llegado al tema, habiendo medido y cruzado un gran mar de palabras.
    [Gregorion]. Así parece; pero ven, debo mencionar el resto de lo dicho en orden, repasándolo y repitiéndolo, mientras me parece tener el sonido de ello habitando en mis oídos, antes de que vuele y escape; pues el recuerdo de las cosas oídas recientemente se borra fácilmente de los ancianos.
    [Eubulios]. Di, pues; porque hemos llegado a tener el placer de oír estos discursos.
    [Gregorion]. Y entonces, después de que, como observaste, Thaleia hubo descendido de su curso suave e ininterrumpido a la tierra, Theopatra, dijo ella, la siguió en orden, y habló de esta manera.

    Discurso 4 · Theopatra

    Discurso 4, oradora

    Theopatra

    Capítulo 1. La necesidad de alabar la virtud, para quienes tienen el poder

    Discurso 4, cap. 1

    Si el arte de hablar, oh vírgenes, fuera siempre por los mismos caminos y pasara por la misma senda, no habría manera de evitar fatigaros para quien persistiera en los argumentos ya expuestos. Pero puesto que de los argumentos hay miríadas de corrientes y caminos, inspirándonos Dios «en diversas ocasiones y de diversas maneras,» ¿quién puede tener la opción de contenerse o de temer? Pues no estaría libre de culpa aquel a quien se le ha dado el don, si dejara de adornar con palabras de alabanza lo que es honorable. Venid, pues, también nosotros, según nuestros dones, cantaremos a la más brillante y gloriosa estrella de Cristo, que es la castidad. Porque este camino del Espíritu es muy ancho y amplio. Comenzando, por tanto, desde el punto desde el cual podemos decir las cosas que son adecuadas y convenientes al asunto que tenemos delante, considerémoslo desde allí.

    Capítulo 2. La protección de la castidad y la virginidad divinamente dada a los hombres, para que puedan salir del cieno de los vicios

    Discurso 4, cap. 2

    Ahora, al menos yo me parece percibir que nada ha sido un medio tan eficaz para restaurar a los hombres al paraíso, para el cambio a la incorrupción, para la reconciliación con Dios, y un medio de salvación tan grande para los hombres, guiándonos a la vida, como la castidad. Y ahora me esforzaré por mostrar por qué pienso así acerca de estas cosas, para que, habiendo oído distintamente el poder de la gracia ya mencionada, sepáis de cuán grandes bendiciones se ha hecho dadora para nosotros. Antiguamente, pues, después de la caída del hombre, cuando fue arrojado fuera por su transgresión, la corriente de corrupción se derramó abundantemente, y corriendo en violentas corrientes, no sólo arrastró ferozmente cuanto tocaba desde fuera, sino que también, precipitándose dentro, abrumaba las almas de los hombres. Y ellos, expuestos continuamente a esto, eran llevados mudos y estúpidos, descuidando pilotar sus naves, por no tener nada firme a qué asirse. Pues los sentidos del alma, como han dicho los instruidos en estas cosas, cuando, vencidos por las excitaciones de la pasión que les sobrevienen desde fuera, reciben los súbitos embates de las olas de la necedad que se precipitan en ellos, oscurecidos, apartan del curso divino toda la nave, que por naturaleza es fácil de guiar. Por lo cual Dios, compadeciéndose de nosotros, que estábamos en tal condición y no podíamos ni mantenernos en pie ni levantarnos, envió desde el cielo el mejor y más glorioso auxilio, la virginidad, para que por ella atáramos firmemente nuestros cuerpos, como naves, y tuviéramos calma, llegando a un anclaje sin daño, como también lo atestigua el Espíritu Santo. Pues esto se dice en el salmo ciento treinta y seis, donde las almas envían alegremente a Dios un himno de acción de gracias, cuantas han sido asidas y elevadas para caminar con Cristo en el cielo, a fin de que no fueran abrumadas por las corrientes del mundo y de la carne. De donde, también, dicen que Faraón fue figura del diablo en Egipto, puesto que sin misericordia mandó arrojar a los varones al río, [] pero preservar vivas a las hembras. Porque el diablo, reinando [] desde Adán hasta Moisés sobre este gran Egipto, el mundo, se cuidó de que la descendencia masculina y racional del alma fuera arrastrada y destruida por las corrientes de las pasiones, pero anhela que la descendencia carnal e irracional crezca y se multiplique.

    Capítulo 3. Explicación de aquel pasaje de David

    qué significan las arpas colgadas de los sauces; el sauce, símbolo de la castidad; los sauces regados por las corrientes.

    Discurso 4, cap. 3

    Pero para no apartarnos de nuestro asunto, venid, tomemos en nuestras manos y examinemos este salmo, que las almas puras e inmaculadas cantan a Dios, diciendo: «Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos; sí, llorábamos acordándonos de Sión. Sobre los sauces, en medio de ella, colgábamos nuestras arpas,» claramente dando el nombre de arpas a sus cuerpos, que colgaban de las ramas de la castidad, atándolos al leño para que no fueran arrebatados y arrastrados de nuevo por la corriente de la incontinencia. Pues Babilonia, que se interpreta perturbación «o» confusión, significa esta vida en derredor de la cual fluye el agua, mientras estamos sentados en medio de la cual el agua fluye a nuestro alrededor, mientras estamos en el mundo, golpeándonos siempre los ríos del mal. Por lo cual, también, siempre estamos temerosos, y gemimos y clamamos con llanto a Dios, para que nuestras arpas no sean arrebatadas por las olas del placer, y se deslicen del árbol de la castidad. Pues en todas partes los divinos escritos toman el sauce como tipo de la castidad, porque, cuando su flor se empapa en agua, si se bebe, extingue cuanto enciende los deseos sensuales y las pasiones dentro de nosotros, hasta que enteramente vuelve estéril, y hace ineficaz toda inclinación a la procreación de hijos, como también Homero indicó, llamando por esta razón a los sauces destructores del fruto. Y en Isaías se dice que los justos «brotarán como sauces junto a las corrientes de agua.» [] Ciertamente, pues, el retoño de la virginidad se eleva a una altura grande y gloriosa, cuando el justo, y aquel a quien le es dado conservarlo y cultivarlo, rociándolo con sabiduría, es regado por las corrientes más suaves de Cristo. Pues así como es propio de la naturaleza de este árbol brotar y crecer mediante el agua, así es propio de la naturaleza de la virginidad florecer y crecer hasta la madurez cuando se enriquece con palabras, de suerte que uno puede colgar de ella su cuerpo.

    Capítulo 4. El autor continúa con la interpretación del mismo pasaje

    Discurso 4, cap. 4

    Si, pues, los ríos de Babilonia son las corrientes de la voluptuosidad, como dicen los sabios, que confunden y perturban el alma, entonces los sauces deben ser la castidad, a la cual podemos suspender y elevar los órganos de la concupiscencia que desequilibran y abaten la mente, para que no sean arrastrados por los torrentes de la incontinencia, y sean llevados como gusanos a la impureza y a la corrupción. Pues Dios nos ha otorgado la virginidad como una ayuda utilísima y provechosa para la incorrupción, enviándola como aliada a los que contienden por Sión y la anhelan, como muestra el salmo, que es caridad resplandeciente y el mandamiento referente a ella, pues Sión se interpreta «El mandamiento de la atalaya.» Ahora, enumeremos aquí los puntos que siguen. Pues ¿por qué declaran las almas que quienes las llevaban cautivas les pedían cantar el cántico del Señor en tierra extraña? Ciertamente porque el Evangelio enseña un cántico santo y secreto, que los pecadores y adúlteros cantan al Maligno. Porque insultan los mandamientos, cumpliendo la voluntad de los espíritus del mal, y arrojan las cosas santas a los perros, y las perlas delante de los cerdos, [] de la misma manera que aquellos de quienes el profeta dice con indignación: Leen la ley fuera; pues los judíos no habían de leer la ley saliendo fuera de las puertas de Jerusalén o fuera de sus casas; y por esto el profeta los reprende con fuerza, y clama que eran reos de condenación, porque, mientras transgredían los mandamientos y obraban impíamente contra Dios, leían la ley con pretensión, como si, en verdad, observaran piadosamente sus preceptos; pero no la recibían en sus almas, reteniéndola firmemente con fe, sino que la rechazaban, negándola con sus obras. Y por eso cantan el cántico del Señor en tierra extraña, explicando la ley distorsionándola y degradándola, esperando un reino sensual, y poniendo sus esperanzas en este mundo ajeno, que el Verbo dice que pasará, [] donde quienes los llevan cautivos los seducen con placeres, acechando para engañarlos.

    Capítulo 5. Los dones de las vírgenes, con los cuales, adornadas, son presentadas a un solo esposo, Cristo

    Discurso 4, cap. 5

    Ahora bien, los que cantan el Evangelio a gente insensata parecen cantar el cántico del Señor en tierra extraña, de la cual Cristo no es el labrador; pero los que se han revestido y brillado en el ornamento purísimo y brillante, y sin mezcla y piadoso y decoroso, de la virginidad, y se hallan estériles e improductivos de pasiones inestables y gravosas, no cantan el cántico en tierra extraña; porque no son llevados allí por sus esperanzas, ni se adhieren a las concupiscencias de sus cuerpos mortales, ni toman una visión baja del significado de los mandamientos, sino que bien y noblemente, con disposición elevada, miran a las promesas de arriba, sedientos del cielo como morada afín, de donde Dios, aprobando sus disposiciones, promete con juramento darles honores escogidos, designándolos y estableciéndolos «sobre su principal alegría;» pues dice así: «Si me olvido de ti, oh Jerusalén, olvide mi diestra su destreza. Si no me acuerdo de ti, péguese mi lengua a mi paladar, si no prefiero a Jerusalén sobre mi principal alegría;» significando por Jerusalén, como dije, estas mismas almas inmaculadas e incorruptas, que, habiendo bebido con abnegación el puro sorbo de la virginidad con labios incontaminados, son «desposadas con un solo esposo,» para ser presentadas «como virgen casta a Cristo» [] en el cielo, «habiendo obtenido la victoria, luchando por recompensas inmaculadas.» [] De aquí también el profeta Isaías proclama, diciendo: [] «Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha amanecido sobre ti.» Ahora bien, estas promesas, es evidente para todos, se cumplirán después de la resurrección. Pues el Espíritu Santo no habla de aquella ciudad bien conocida de Judea; sino verdaderamente de aquella ciudad celestial, la Jerusalén bienaventurada, que Él declara ser la asamblea de las almas que Dios promete claramente poner primero, «sobre su principal alegría,» en la nueva dispensación, estableciendo a las que están vestidas con la túnica blanquísima de la virginidad en la morada pura de la luz inaccesible; porque no tenían en mente quitarse su vestido de bodas — es decir, relajar sus mentes con pensamientos errantes.

    Capítulo 6. La virginidad debe cultivarse y encomiarse en todo lugar y tiempo

    Discurso 4, cap. 6

    Además, la expresión en Jeremías, «Que la doncella no olvide sus adornos, ni la desposada su atavío,» muestra que no debe abandonar ni aflojar la atadura de la castidad mediante astucias y distracciones. Pues por el corazón se denotan propiamente nuestro corazón y nuestra mente. Ahora bien, la banda del pecho, el ceñidor que reúne y mantiene firme el propósito del alma para la castidad, es el amor a Dios, que nuestro Capitán y Pastor, Jesús, que es también nuestro Soberano y Esposo, oh vírgenes ilustres, os manda tanto a vosotras como a mí mantener inquebrantable y sellado hasta el fin; pues no fácilmente se hallará otra cosa de mayor ayuda para los hombres que esta posesión, agradable y grata a Dios. Por tanto, digo que todos debemos ejercitar y honrar la castidad, y siempre cultivarla y encomiarla.
    De estas primicias de mi discurso baste para vos, oh Arete, como prueba de mi instrucción y de mi celo. «Y recibo el don,» dijo ella que Arete respondió, «y manda que Thallousa hable después de ti; pues debo tener un discurso de cada una de vosotras.» Y dijo ella que Thallousa, deteniéndose un poco, como considerando algo consigo misma, habló así.

    Discurso 5 · Thallousa

    Discurso 5, oradora

    Thallousa

    Capítulo 1. La ofrenda de la castidad, un gran don

    Discurso 5, cap. 1

    Te ruego, Arete, que también ahora prestes tu asistencia, para que yo parezca decir algo digno, en primer lugar de ti misma, y luego de las presentes. Pues estoy persuadida, habiéndolo aprendido a fondo de las sagradas Escrituras, de que la mayor y más gloriosa ofrenda y don, al que nada es comparable, que los hombres pueden ofrecer a Dios, es la vida de virginidad. Porque aunque muchos realizaron muchas cosas admirables, según sus votos, en la ley, sólo se decía que cumplían un gran voto quienes estaban dispuestos a ofrecerse a sí mismos por su libre albedrío. Pues el pasaje dice así: «Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando un hombre o una mujer se apartare... al Señor.» Uno promete ofrecer vasos de oro y plata para el santuario cuando viene; otro promete ofrecer el diezmo de sus frutos; otro de sus bienes; otro lo mejor de sus rebaños; otro consagra su ser; y nadie puede prometer un gran voto al Señor, sino aquel que se ha ofrecido a sí mismo enteramente a Dios.

    Capítulo 2. El sacrificio de Abraham de una becerra de tres años, de una cabra y de un carnero, también de tres años: su significado

    toda edad debe ser consagrada a Dios; la triple vigilia y nuestra edad.

    Discurso 5, cap. 2

    Debo esforzarme, oh vírgenes, mediante una exposición verdadera, por explicaros la mente de la Escritura según su sentido. Ahora bien, el que se vigila y se refrena en parte, y en parte está distraído y errante, no está enteramente entregado a Dios. De aquí es necesario que el hombre perfecto ofrezca todo, tanto las cosas del alma como las de la carne, para que sea completo y no le falte nada. Por eso también Dios ordena a Abraham: «Tómame una becerra de tres años, y una cabra de tres años, y un carnero de tres años, y una tórtola, y un palomino;» lo cual está admirablemente dicho; pues observad que, respecto de esas cosas, Él da también este mandato: Traédmelos y mantenedlos libres del yugo, incluso vuestra alma sin daño, como una becerra, y vuestra carne, y vuestra razón; la última como una cabra, ya que atraviesa lugares altos y escarpados, y la otra como un carnero, para que de ningún modo salte y caiga y se deslice del camino recto. Pues así serás perfecto e irreprensible, oh Abraham, cuando me hayas ofrecido tu alma, y tu sentido, y tu mente, que Él mencionó bajo el símbolo de la becerra, la cabra y el carnero de tres años, como si representaran el conocimiento puro de la Trinidad.
    Y quizá simboliza también el principio, el medio y el fin de nuestra vida y de nuestra edad, queriendo en lo posible que los hombres pasen puramente su niñez, su virilidad y su vida más avanzada, y se las ofrezcan a Él. Así como nuestro Señor Jesucristo manda en los Evangelios, dirigiendo así: «No se apaguen vuestras lámparas, ni se desaten vuestros lomos. Por tanto, sed semejantes a hombres que esperan a su señor, cuando regrese de las bodas; para que, cuando llegue y llame, le abran al instante. Bienaventurados vosotros, cuando os haga sentar, y venga y os sirva. Y si viene en la segunda o en la tercera vigilia, sois bienaventurados.» Pues considerad, oh vírgenes, cuando Él menciona tres vigilias de la noche, y sus tres venidas, sombrea en símbolo nuestros tres períodos de vida: el del niño, el del hombre pleno, y el del anciano; de modo que, si Él viniera y nos quitara del mundo mientras pasamos nuestro primer período, es decir, mientras somos niños, nos reciba prontos y puros, sin nada malo; y el segundo y el tercero de igual manera. Pues la vigilia de la tarde es el tiempo del brote y la juventud del hombre, cuando la razón comienza a ser perturbada y a nublarse por los cambios de la vida, cobrando fuerza la carne y urgiéndolo a la concupiscencia. La segunda es el tiempo cuando, después de avanzar a hombre pleno, comienza a adquirir estabilidad, y a resistir la turbulencia de la pasión y de la presunción. Y la tercera, cuando la mayoría de las imaginaciones y deseos se desvanecen, marchitándose ya la carne y declinando hacia la vejez.

    Capítulo 3. Lo mejor con mucho es cultivar la virtud desde la niñez

    Discurso 5, cap. 3

    Por tanto, es conveniente que encendamos en el corazón la luz inextinguible de la fe, y ciñamos nuestros lomos con pureza, y velemos aguardando siempre al Señor, para que, si Él quisiera venir y llevarse a alguno de nosotros en el primer período de la vida, o en el segundo, o en el tercero, y nos hallara plenamente dispuestos y ocupados en lo que Él dispuso, nos haga recostarnos en el seno de Abraham, de Isaac y de Jacob. Ahora dice Jeremías, «Bueno es para el hombre llevar el yugo en su juventud;» [] y «que su alma no se aparte del Señor.» Es bueno, ciertamente, desde la niñez, someter la cerviz a la mano divina, y no sacudirse, ni aun hasta la vejez, a Aquel que la guía con mente pura, cuando el Maligno arrastra siempre el entendimiento hacia lo peor. Pues ¿quién hay que no reciba por los ojos, por los oídos, por el gusto, el olfato y el tacto, placeres y deleites, hasta impacientarse contra el freno de la continencia, como contra un auriga que reprime y sujeta con vehemencia al caballo para apartarlo del mal? Otro que vuelva su pensamiento a otras cosas juzgará de otro modo; pero nosotros decimos que se ofrece perfectamente a Dios quien se esfuerza por conservar la carne sin mancha desde la infancia, practicando la virginidad; porque ésta trae prontamente grandes y muy deseados dones de esperanza a quienes por ella se afanan, secando las concupiscencias corruptoras y las pasiones del alma. Pero venid, expliquemos de qué modo nos entregamos al Señor.

    Capítulo 4. La perfecta consagración y devoción a Dios: en qué consiste

    Discurso 5, cap. 4

    Lo que está dispuesto en el Libro de los Números, «hacer con gran empeño un voto,» sirve para mostrar, como voy a probar con un poco más de explicación, que la castidad es el gran voto por encima de todos los votos. Pues entonces quedo yo claramente consagrado por entero al Señor, cuando no sólo me esfuerzo por mantener la carne intacta del trato carnal, sino también sin mancha de otras clases de indecoro. Porque «la mujer no casada,» se dice, «se afana por las cosas del Señor, en cómo agradar al Señor;» no meramente para llevarse la gloria en parte de no verse mutilada en su virtud, sino en ambas partes, según el apóstol, para ser santificada en cuerpo y espíritu, ofreciendo sus miembros al Señor. Digamos, pues, qué es ofrecerse perfectamente uno mismo al Señor. Si, por ejemplo, abro la boca sobre unos asuntos y la cierro sobre otros; así, si la abro para la explicación de las Escrituras, para la alabanza de Dios, según mi capacidad, con fe verdadera y con toda la honra debida, y si la cierro, poniéndole puerta y guarda contra el discurso necio, mi boca se conserva pura y es ofrecida a Dios. «Mi lengua es una pluma.» un órgano de sabiduría; porque la Palabra del Espíritu escribe por medio de ella con letras clarísimas, desde la profundidad y el poder de las Escrituras, al mismo Señor, el veloz Escriba de los siglos, para que registre y cumpla pronto y velozmente el consejo del Padre, oyendo las palabras: «despoja pronto, saquea velozmente.» A tal Escriba pueden aplicarse las palabras: «Mi lengua es una pluma;» porque una hermosa pluma es santificada y ofrecida a Él, escribiendo cosas más hermosas que los poetas y oradores que confirman las doctrinas de los hombres. Si también acostumbro mis ojos a no codiciar los encantos del cuerpo, ni a deleitarme en espectáculos indecorosos, sino a mirar hacia las cosas de arriba, entonces mis ojos se conservan puros y son ofrecidos al Señor. Si cierro mis oídos a la detracción y a las calumnias, y los abro a la palabra de Dios, teniendo trato con varones sabios, entonces he ofrecido mis oídos al Señor. Si guardo mis manos de tratos deshonrosos, de actos de avaricia y de licencia, entonces mis manos se conservan puras para Dios. Si retraigo mis pasos de andar por sendas perversas, entonces he ofrecido mis pies, no yendo a los lugares de concurrencia pública y a los banquetes donde se hallan hombres malvados, sino al camino recto, cumpliendo algo de los mandamientos. ¿Qué, pues, me queda, si también guardo puro el corazón, ofreciendo todos sus pensamientos a Dios; si no pienso mal alguno, si la ira y el enojo no se enseñorean de mí, si medito en la ley del Señor de día y de noche? Y esto es guardar una gran castidad, y hacer un gran voto.

    Capítulo 5. El voto de castidad y sus ritos en la Ley; las vides, Cristo y el diablo

    Discurso 5, cap. 5

    Ahora me esforzaré en explicaros, oh vírgenes, el resto de lo que está prescrito; pues esto se une a vuestros deberes, consistiendo en leyes acerca de la virginidad, que son útiles para enseñarnos cómo debemos abstenernos y cómo avanzar hacia la virginidad. Pues está escrito así: [] «Y habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando un hombre o una mujer se apartare para hacer voto de nazareo, para apartarse para el Señor, se apartará de vino y de bebida fuerte; no beberá vinagre de vino, ni vinagre de bebida fuerte, ni beberá ningún licor de uvas, ni comerá uvas frescas ni secas, todos los días de su apartamiento.» Y esto significa que quien se ha consagrado y ofrecido al Señor no tomará de los frutos de la planta del mal, por su natural tendencia a producir embriaguez y extravío de la mente. Pues percibimos en las Escrituras dos clases de vides, separadas entre sí y desemejantes. Porque la una produce inmortalidad y justicia; pero la otra, locura y frenesí. La vid sobria y productora de alegría, de cuyas enseñanzas, como de sarmientos, cuelgan gozosamente racimos de gracias que destilan amor, es nuestro Señor Jesús, quien dice expresamente a los apóstoles: «Yo soy la vid verdadera, vosotros los sarmientos; y mi Padre es el labrador.» Pero la vid silvestre y portadora de muerte es el diablo, que hace caer furor, veneno e ira, como relata Moisés al escribir acerca de él: [] «Porque su vid es de la vid de Sodoma y de los campos de Gomorra: sus uvas son uvas de hiel, sus racimos son amargos; su vino es veneno de dragones y cruento veneno de áspides.» Los habitantes de Sodoma, habiendo recogido uvas de ésta, fueron aguijoneados a un deseo antinatural y estéril por los varones. De aquí también que, en tiempo de Noé, los hombres, entregándose a la embriaguez, se hundieran en la incredulidad y, abrumados por el diluvio, se ahogaran. Y Caín también, habiendo bebido de ésta, manchó sus manos fratricidas y profanó la tierra con la sangre de su propia familia. De aquí también que los paganos, embriagándose, agudicen sus pasiones para batallas asesinas; pues el hombre no se excita tanto ni se extravía tanto por el vino como por la ira y el enojo. Un hombre no se embriaga y se extravía por el vino de la misma manera que lo hace por la tristeza, o por el amor, o por la incontinencia. Y por tanto se ordena que una virgen no pruebe de esta vid, para que esté sobria y vigilante ante los cuidados de la vida, y pueda encender la antorcha resplandeciente de la luz de la justicia para el Verbo. «Mirad por vosotros,» dice el Señor, [] «que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida, y venga de repente sobre vosotros aquel día como un lazo.»

    Capítulo 6. La sikera, vino fabricado y espurio, aunque embriagador

    cosas afines a los pecados que debe evitar una virgen; el altar del incienso, símbolo de las vírgenes.

    Discurso 5, cap. 6

    Además, no sólo se prohíbe a las vírgenes tocar de ningún modo las cosas que provienen de aquella vid, sino incluso las que se les asemejan y les son afines. Pues la sikera, que es fabricada, se llama una especie espuria de vino, ya se haga de palmas o de otros árboles frutales. Porque del mismo modo que los tragos de vino derriban la razón del hombre, así éstas lo hacen sobremanera; y, para decir la pura verdad, los sabios acostumbran llamar con el nombre de sikera a todo lo que produce embriaguez y extravío de la mente, además del vino. Para, pues, que la virgen, al guardarse de los pecados que son malos por su propia naturaleza, no sea manchada por los que son semejantes y afines a ellos, venciendo a los unos y siendo vencida por los otros, esto es, adornándose con tejidos de telas diversas, o con piedras y oro y otros adornos del cuerpo, cosas que embriagan el alma; por esto se ordena que no se entregue a flaquezas mujeriles y a la risa, excitándose a astucias y a necias habladurías, que hacen girar la mente y la confunden; como se indica en otro lugar: «No comeréis la hiena ni animales semejantes a ella; ni la comadreja ni criaturas de ese género.» Porque éste es el camino recto y directo al cielo: no sólo evitar todo tropiezo que haga caer y destruya a los hombres agitados por el deseo de lujos y placeres, sino también las cosas que se les asemejan.
    Además, se ha transmitido que el altar incruento de Dios significa la asamblea de los castos; así la virginidad resulta ser algo grande y glorioso. Por tanto, debe conservarse sin mancha y del todo pura, sin participación alguna en las impurezas de la carne; sino que debe erigirse ante la presencia del testimonio, dorada con sabiduría, para el Santo de los santos, exhalando suave olor de amor al Señor; porque dice Él: [] «Harás un altar para quemar incienso: de madera de acacia lo harás. Harás también las varas de madera de acacia y las revestirás de oro. Y lo pondrás delante del velo que está junto al arca del testimonio, delante del propiciatorio que está sobre el testimonio, donde yo me encontraré contigo. Y Aarón quemará sobre él incienso aromático cada mañana: cuando aderece las lámparas, quemará incienso sobre él. Y cuando Aarón encienda las lámparas al atardecer, quemará incienso sobre él; incienso perpetuo delante del Señor por vuestras generaciones. No ofreceréis sobre él incienso extraño, ni holocausto, ni ofrenda de cereal; tampoco derramaréis sobre él libación.»

    Capítulo 7. La Iglesia, intermedia entre las sombras de la Ley y las realidades del cielo

    Discurso 5, cap. 7

    Si la ley, según el apóstol, es espiritual, y contiene las imágenes «de los bienes futuros,» venid, pues, quitemos el velo de la letra que está extendido sobre ella, y consideremos su desnudo y verdadero sentido. Los hebreos recibieron el mandato de adornar el Tabernáculo como tipo de la Iglesia, para que pudieran, por medio de cosas sensibles, anunciar de antemano la imagen de las cosas divinas. Pues el modelo que fue mostrado a Moisés [] en el monte, al cual había de atender al construir el Tabernáculo, era una especie de representación exacta de la morada celestial, que ahora percibimos más claramente que por tipos, aunque más oscuramente que si viéramos la realidad. Porque todavía, en nuestra condición presente, la verdad no ha llegado sin mezcla a los hombres, que aquí son incapaces de soportar la vista de la inmortalidad pura, así como no podemos soportar mirar los rayos del sol. Y los judíos declararon que la sombra de la imagen, de las cosas celestiales que les fue concedida, era la tercera desde la realidad; pero nosotros contemplamos claramente la imagen del orden celestial; porque la verdad se manifestará con exactitud después de la resurrección, cuando veamos el tabernáculo celestial, la ciudad en el cielo «cuyo arquitecto y hacedor es Dios» [] «cara a cara,» y no «oscuramente» y «en parte.» [])

    Capítulo 8. El doble altar, las viudas y las vírgenes; el oro, símbolo de la virginidad

    Discurso 5, cap. 8

    Ahora bien, los judíos profetizaron nuestro estado, pero nosotros anunciamos de antemano el celestial; porque el Tabernáculo era símbolo de la Iglesia, y la Iglesia del cielo. Por tanto, siendo así estas cosas, y tomándose el Tabernáculo como tipo de la Iglesia, como he dicho, es adecuado que los altares signifiquen algunas de las realidades de la Iglesia. Y ya hemos comparado el altar de bronce con la asamblea y el círculo de las viudas; porque ellas son un altar vivo de Dios, al cual traen becerros y diezmos y ofrendas voluntarias, como sacrificio al Señor; pero el altar de oro, dentro del Santo de los santos, delante de la presencia del testimonio, sobre el cual está prohibido ofrecer sacrificio y libación, se refiere a quienes viven en estado de virginidad, como aquellos que conservan sus cuerpos puros, como oro sin aleación, del comercio carnal. Ahora bien, el oro es alabado por dos razones: la primera, que no se oxida; y la segunda, que en su color parece asemejarse en cierta medida a los rayos del sol; y así es símbolo adecuado de la virginidad, que no admite mancha ni mácula alguna, sino que resplandece siempre con la luz del Verbo. Por tanto, también está más cerca de Dios dentro del Santo de los santos, y delante del velo, ofreciendo con manos sin mancha, como incienso, oraciones al Señor, aceptas como suave olor; como también lo indicó Juan, diciendo que el incienso en las copas de los veinticuatro ancianos son las oraciones de los santos. Esto, pues, te ofrezco, oh Arete, de improviso, según mi capacidad, sobre el tema de la castidad.
    Y cuando Talusa hubo dicho esto, Teopatra dijo que Arete tocó a Ágata con su cetro, y que ella, al advertirlo, se levantó al instante y respondió.

    Discurso 6 · Ágata

    Discurso 6, oradora

    Ágata

    Capítulo 1. La excelencia de la gloria permanente de la virginidad

    el alma hecha a imagen de la imagen de Dios, es decir, de su Hijo; el diablo, pretendiente del alma.

    Discurso 6, cap. 1

    Con gran confianza de poder persuadir y de llevar adelante este admirable discurso, oh Arete, si tú me acompañas, me esforzaré también, según mi capacidad, por contribuir con algo a la discusión del asunto que tenemos delante; algo proporcionado a mis propias fuerzas y que no ha de compararse con lo que ya se ha dicho. Pues yo sería incapaz de exponer, al filosofar, cosa alguna que pudiera competir con lo que ya se ha desarrollado tan varia y brillantemente. Pues pareceré llevarme el reproche de necedad si me esfuerzo en igualarme a mis superiores en sabiduría. Si, no obstante, soportas incluso a quienes hablan como pueden, me esforzaré en hablar, no careciendo al menos de buena voluntad. Y aquí déjame comenzar.
    Todos hemos venido a este mundo, oh vírgenes, dotados de una belleza singular, que tiene relación y afinidad con la sabiduría divina. Pues las almas de los hombres se asemejan entonces con la mayor exactitud a Aquel que las engendró y formó, cuando, reflejando la representación inmaculada de su semejanza y los rasgos de aquel semblante, al cual miró Dios para formarlas con una figura inmortal e indestructible, permanecen tales. Pues la belleza ingénita e incorpórea, que ni comienza ni es corruptible, sino que es inmutable, y no envejece ni tiene necesidad de nada, descansando en sí misma, y en la luz misma que está en lugares inefables e inaccesibles, abrazando todas las cosas en la circunferencia de su poder, creando y ordenando, hizo al alma según la imagen de su imagen. Por tanto, también es racional e inmortal. Pues, habiendo sido hecha según la imagen del Unigénito, como dije, tiene una belleza insuperable, y por eso los espíritus malignos la aman, y maquinan y se esfuerzan por mancillar su imagen divina y amable, como lo muestra el profeta Jeremías, reprochando a Jerusalén: «Tuviste frente de ramera, rehusaste avergonzarte;» [] hablando de aquella que se prostituyó a las potestades que vinieron contra ella para contaminarla. Pues sus amantes son el diablo y sus ángeles, que planean mancillar y contaminar nuestra belleza racional y clarividente de la mente por el trato consigo mismos, y desean cohabitar con toda alma desposada con el Señor.

    Capítulo 2. La parábola de las diez vírgenes

    Discurso 6, cap. 2

    Si, pues, alguno conserva esta belleza inviolable e intacta, tal como la formó y modeló Aquel que la construyó, imitando la naturaleza eterna e inteligible de la cual el hombre es representación y semejanza, y llega a ser como una imagen gloriosa y santa, será trasladado de allí al cielo, la ciudad de los bienaventurados, y habitará allí como en un santuario. Ahora bien, nuestra belleza se conserva entonces mejor sin mancha y perfecta cuando, protegida por la virginidad, no es oscurecida por el ardor de la corrupción exterior; sino que, permaneciendo en sí misma, es adornada con la justicia, siendo conducida como esposa al Hijo de Dios; como Él mismo lo sugiere, exhortando a que la luz de la castidad sea encendida en su carne, como en lámparas; puesto que el número de las diez vírgenes significa las almas que han creído en Jesucristo, simbolizando con el diez el único camino recto hacia el cielo. Ahora bien, cinco de ellas eran prudentes y sabias; y cinco eran necias e insensatas, porque no tuvieron la previsión de llenar sus vasijas con aceite, permaneciendo destituidas de justicia. Con ellas Él significa a quienes se esfuerzan por llegar a los límites de la virginidad, y que tensan cada nervio para cumplir este amor, obrando virtuosa y sobriamente, y que profesan y se jactan de que éste es su propósito; pero que, tomándolo a la ligera y siendo vencidos por los cambios del mundo, llegan a ser más bien bosquejos de la imagen sombría de la virtud, que obreros que representan la verdad viva misma.

    Capítulo 3. El mismo empeño y esfuerzo tras la virginidad, con un resultado diferente

    Discurso 6, cap. 3

    Ahora bien, cuando se dice [] que «el reino de los cielos es semejante a diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo,» esto significa que se había entrado en el mismo camino hacia la meta, como lo muestra la marca X. Por profesión habían propuesto igualmente el mismo fin, y por eso se las llama diez, puesto que, como he dicho, eligieron la misma profesión; pero no salieron, a pesar de todo, del mismo modo al encuentro del esposo. Pues unas proveyeron abundante alimento futuro para sus lámparas, alimentadas con aceite; pero otras fueron negligentes, pensando sólo en el presente. Y, por tanto, se dividen en dos números iguales de cinco, en cuanto que la una clase conservó los cinco sentidos, que la mayoría considera las puertas de la sabiduría, puros e incontaminados por los pecados; pero las otras, por el contrario, los corrompieron con multitud de pecados, contaminándose con el mal. Pues, habiéndolos refrenado y mantenido apartados de la justicia, produjeron una cosecha más abundante de transgresiones, a consecuencia de lo cual sucedió que fueron excluidas de los atrios divinos. Pues ya sea que obremos rectamente o mal a través de estos sentidos, nuestros hábitos de bien y de mal se confirman. Y como dijo Talusa que hay una castidad de los ojos, de los oídos, de la lengua, y así de los demás sentidos; así aquí la que guarda inviolada la fe de los cinco senderos de la virtud —vista, gusto, olfato, tacto y oído— es llamada con el nombre de las cinco vírgenes, porque ha conservado las cinco formas del sentido puras para Cristo, como lámpara, haciendo que la luz de la santidad brille claramente desde cada una de ellas. Pues la carne es verdaderamente, por así decirlo, nuestra lámpara de cinco luces, que el alma llevará como antorcha cuando esté ante Cristo el Esposo, en el día de la resurrección, mostrando su fe brotando clara y brillante a través de todos los sentidos, como Él mismo enseñó, diciendo: «He venido a traer fuego a la tierra; ¿y qué quiero si ya está encendido?» entendiendo por tierra nuestros cuerpos, en los cuales quiso que se encendiera la operación veloz y ardiente de su doctrina. Ahora bien, el aceite representa la sabiduría y la justicia; pues mientras el alma derrama sin escatimar y vierte estas cosas sobre el cuerpo, la luz de la virtud se enciende inextinguible, haciendo que sus buenas obras brillen ante los hombres, para que nuestro Padre que está en los cielos sea glorificado. []

    Capítulo 4. Qué significa el aceite en las lámparas

    Discurso 6, cap. 4

    Ahora bien, ofrecían, en Levítico, [] aceite de esta clase, «aceite puro de oliva, batido para la luz, para hacer arder las lámparas continuamente, sin el velo... ante el Señor.» Pero se les ordenaba tener una luz débil desde la tarde hasta la mañana. Porque su luz parecía asemejarse a la palabra profética, que alienta a la templanza, alimentada por las obras y la fe del pueblo. Pero el templo (en el cual se mantenía encendida la luz) se refiere a «la heredad de su posesión,» en cuanto que una luz sólo puede brillar en una sola casa. Por tanto, era necesario que se encendiera antes del día. Pues dice, [] «la harán arder hasta la mañana,» es decir, hasta la venida de Cristo. Pero habiendo salido el Sol de la castidad y de la justicia, no hay necesidad de otra luz.
    Así pues, mientras este pueblo atesoraba alimento para la luz, proveyendo aceite con sus obras, la luz de la continencia no se extinguió entre ellos, sino que brillaba siempre y alumbraba en «la heredad de su posesión.» Pero cuando faltó el aceite, al apartarse de la fe hacia la incontinencia, la luz se extinguió por completo, de modo que las vírgenes tienen de nuevo que encender sus lámparas con luz transmitida de unas a otras, trayendo al mundo la luz de la incorrupción desde lo alto. Proveamos, pues, ahora abundantemente el aceite de las buenas obras y de la prudencia, purgados de toda corrupción que nos agobie; no sea que, mientras el Esposo tarda, nuestras lámparas se extingan de igual manera. Pues la tardanza es el intervalo que precede a la aparición de Cristo. Ahora bien, el adormecimiento y el sueño de las vírgenes significan la salida de la vida; y la medianoche es el reino del Anticristo, durante el cual el ángel destructor pasa sobre las casas. Pero el grito que se dio cuando se dijo: «He aquí viene el esposo, salid a su encuentro,» es la voz que se oirá desde el cielo, y la trompeta, cuando los santos, resucitados todos sus cuerpos, sean arrebatados, y vayan sobre las nubes al encuentro del Señor. []
    Porque ha de observarse que la palabra de Dios dice que, tras el grito, todas las vírgenes se levantaron, es decir, que los muertos resucitarán tras la voz que viene del cielo, como también Pablo insinúa, [] que «el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero;» esto es, los tabernáculos, porque murieron, despojados por sus almas. «Luego nosotros, los que estemos vivos, seremos arrebatados juntamente con ellos,» es decir, nuestras almas. Pues nosotros, los que verdaderamente estamos vivos, somos las almas que, con los cuerpos, habiéndolos vestido de nuevo, irán a su encuentro en las nubes, llevando nuestras lámparas recortadas, no con cosa ajena y mundana, sino como estrellas que irradian la luz de la prudencia y la continencia, llenas de esplendor etéreo.

    Capítulo 5. La recompensa de la virginidad

    Discurso 6, cap. 5

    Éstas, oh hermosas vírgenes, son las orgías de nuestros misterios; éstos los ritos místicos de los iniciados en la virginidad; éstas las «recompensas inmaculadas» [] del combate de la virginidad. Estoy desposada con el Verbo, y recibo como recompensa la corona eterna de inmortalidad y riquezas del Padre; y triunfo en la eternidad, coronada con las flores brillantes e inmarcesibles de la sabiduría. Soy una en el coro con Cristo que reparte sus recompensas en el cielo, en torno al Rey sin principio y sin fin. Me he convertido en portadora de antorcha de las luces inaccesibles, y me uno a su compañía en el cántico nuevo de los arcángeles, manifestando la gracia nueva de la Iglesia; pues el Verbo dice que la compañía de las vírgenes sigue siempre al Señor y tiene comunión con Él dondequiera que esté. Y esto es lo que Juan significa en la conmemoración de los ciento cuarenta y cuatro mil.
    Id, pues, vosotras, banda virginal de los nuevos siglos. Id, llenad vuestras vasijas de justicia, porque viene la hora en que debéis levantaros y salir al encuentro del esposo. Id, dejando a un lado con ligereza las fascinaciones y los placeres de la vida, que confunden y hechizan el alma; y así alcanzaréis las promesas, «Esto juro por Aquel que me ha mostrado el camino de la vida.» Esta corona, tejida por los profetas, la he tomado de las praderas proféticas y os la ofrezco, oh Arete.
    Habiendo concluido admirablemente su discurso, dijo Ágata, y habiendo sido aplaudida por lo que había pronunciado, Arete ordenó de nuevo a Procila que hablara. Y ella, levantándose y pasando ante la entrada, habló así.

    Discurso 7 · Procila

    Discurso 7, oradora

    Procila

    Capítulo 1. Cuál es el modo verdadero y decoroso de alabar

    El Padre mayor que el Hijo, no en sustancia, sino en orden; La virginidad, el lirio; Las almas fieles y las vírgenes, la única esposa del único Cristo.

    Discurso 7, cap. 1

    No me es lícito demorarme, oh Arete, después de tales discursos, pues confío sin vacilar en la multiforme sabiduría de Dios, que da rica y ampliamente a quien quiere. Porque los marineros que tienen experiencia del mar declaran que el mismo viento sopla sobre todos los que navegan; y que distintas personas, dirigiendo su rumbo de manera diferente, se esfuerzan por llegar a puertos distintos. Unos tienen viento favorable; a otros les sopla de través; y, sin embargo, unos y otros realizan fácilmente su travesía. Ahora bien, de la misma manera, el «Espíritu inteligente, santo, uno solo,» que sopla suavemente desde los tesoros del Padre de lo alto, dándonos a todos el claro y favorable viento del conocimiento, bastará para guiar el curso de nuestras palabras sin tropiezo. Y ya es tiempo de que hable. Éste, oh vírgenes, es el único modo verdadero y decoroso de alabar: cuando el que alaba presenta un testigo mejor que todos los alabados. Pues de ahí se puede aprender con certeza que la alabanza no se da por favor, ni por necesidad, ni por reputación, sino conforme a la verdad y a un juicio sin adulación. Y así, los profetas y apóstoles, que hablaron más plenamente del Hijo de Dios y le atribuyeron una divinidad por encima de los demás hombres, no refirieron sus alabanzas de Él a la enseñanza de los ángeles, sino a Aquel de quien dependen toda autoridad y poder. Pues convenía que Aquel que era mayor que todas las cosas después del Padre tuviera al Padre, que es el único mayor que Él, [] como testigo suyo. Y así, no presentaré las alabanzas de la virginidad por mero rumor humano, sino por Aquel que cuida de nosotros y que ha tomado todo el asunto, mostrando que Él es el labrador de esta gracia, amante de su belleza y testigo idóneo. Y esto está bastante claro, en el Cantar de los Cantares, para todo el que quiera verlo, donde Cristo mismo, alabando a los que están firmemente establecidos en la virginidad, dice: [] «Como lirio entre espinas, así es mi amada entre las hijas;» comparando la gracia de la castidad con el lirio, por su pureza y fragancia, y por su dulzura y alegría. Porque la castidad es como una flor de primavera, que exhala siempre suavemente inmortalidad de sus pétalos blancos. Por tanto, no se avergüenza de confesar que ama la belleza de su flor, en las siguientes palabras: [] «Has arrebatado mi corazón, hermana mía, esposa mía; has arrebatado mi corazón con uno de tus ojos, con una cadena de tu cuello. ¡Cuán hermoso es tu amor, hermana mía, esposa mía! ¡Cuánto mejor es tu amor que el vino! ¡Y el olor de tus ungüentos que todas las especias! Tus labios, oh esposa mía, destilan como panal; miel y leche hay debajo de tu lengua; y el olor de tus vestidos es como el olor del Líbano. Huerto cerrado es mi hermana, mi esposa; fuente cerrada, manantial sellado.»
    Estas alabanzas proclama Cristo a quienes han llegado a los límites de la virginidad, describiéndolas a todas bajo el único nombre de su esposa; pues la esposa debe estar desposada con el Esposo, y ser llamada con su nombre. Y, además, debe estar sin mancha y sin contaminación, como huerto sellado, en el cual crecen todos los perfumes de la fragancia del cielo, para que sólo Cristo venga y los recoja, floreciendo con semillas incorpóreas. Porque el Verbo no ama ninguna de las cosas de la carne, porque no es de tal naturaleza que se contente con algo corruptible, como manos, rostro o pies; sino que contempla y se deleita en la belleza inmaterial y espiritual, sin tocar la belleza del cuerpo.

    Capítulo 2. Interpretación de aquel pasaje de los Cantares

    Discurso 7, cap. 2

    Considerad ahora, oh vírgenes, que, al decir a la esposa: «Has arrebatado mi corazón, hermana mía, esposa mía,» Él muestra el ojo claro del entendimiento, cuando el hombre interior lo ha limpiado y mira más claramente la verdad. Pues es claro para todos que hay una doble facultad de ver: una del alma y otra del cuerpo. Pero el Verbo no profesa amor por la del cuerpo, sino sólo por la del entendimiento, diciendo: «Has arrebatado mi corazón con uno de tus ojos, con una cadena de tu cuello;» lo cual significa: Por la vista amabilísima de tu mente, has instado a mi corazón al amor, irradiando desde dentro la gloriosa belleza de la castidad. Ahora bien, las cadenas del cuello son collares que se componen de diversas piedras preciosas; y las almas que cuidan del cuerpo ponen alrededor del cuello exterior de la carne este ornamento visible para engañar a los que lo contemplan; pero las que viven castamente, por el contrario, se adornan por dentro con ornamentos verdaderamente compuestos de diversas piedras preciosas, a saber, de libertad, de magnanimidad, de sabiduría y de amor, cuidándose poco de aquellos adornos temporales que, como hojas que florecen por una hora, se secan con los cambios del cuerpo. Pues se ve en el hombre una doble belleza, de la cual el Señor acepta la que está dentro y es inmortal, diciendo: «Has arrebatado mi corazón con una cadena de tu cuello;» queriendo mostrar que había sido atraído al amor por el esplendor del hombre interior que brilla en su gloria, tal como también el salmista testifica, diciendo: «Toda gloriosa está dentro la hija del Rey.»

    Capítulo 3. Las vírgenes, mártires primeros entre los compañeros de Cristo

    Discurso 7, cap. 3

    Nadie suponga que toda la compañía restante de los que han creído sea condenada, pensando que sólo nosotras, las vírgenes, seremos conducidas a alcanzar las promesas, sin entender que habrá tribus y familias y órdenes, según la analogía de la fe de cada uno. Y esto también Pablo lo expone, diciendo: [] «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, otra la gloria de las estrellas; pues una estrella difiere de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos.» Y el Señor no profesa dar los mismos honores a todos; sino que a unos promete que serán contados en el reino de los cielos, a otros la herencia de la tierra, y a otros ver al Padre. [] Y aquí también anuncia que el orden y coro santo de las vírgenes entrará primero en compañía con Él en el descanso de la nueva dispensación, como en una cámara nupcial. Porque fueron mártires, no soportando los dolores del cuerpo por un breve momento, sino soportándolos durante toda la vida, sin rehuir luchar de verdad en un certamen olímpico por el premio de la castidad; sino que resistiendo los fieros tormentos de los placeres, de los temores y de las penas, y los demás males de la iniquidad de los hombres, se llevan ante todo el premio, ocupando su lugar en el rango más alto de los que reciben la promesa. Sin duda, éstas son las almas a las que el Verbo llama únicamente su esposa escogida y su hermana; pero las demás, concubinas, vírgenes e hijas, diciendo así: [] «Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, y las vírgenes sin número. Mi paloma, mi perfecta, es única; es la única de su madre, la escogida de la que la dio a luz: las hijas la vieron y la bendijeron; sí, las reinas y las concubinas, y la alabaron.» Pues habiendo claramente muchas hijas de la Iglesia, una sola es la escogida y la más preciosa a sus ojos por encima de todas, a saber, el orden de las vírgenes.

    Capítulo 4. Explicación del pasaje

    las reinas, las almas santas antes del diluvio; las concubinas, las almas de los profetas; la divina simiente para descendencia espiritual en los libros de los profetas; las bodas del Verbo en los profetas como si fueran clandestinas.

    Discurso 7, cap. 4

    Ahora bien, si alguien dudara de estas cosas, puesto que los puntos no están en ninguna parte completamente desarrollados, y aun quisiera percibir más plenamente su significado espiritual, es decir, qué son las reinas, las concubinas y las vírgenes, diremos que estas cosas pueden haberse dicho acerca de quienes han sido conspicuos por su justicia desde el principio a lo largo del transcurso del tiempo; como de los de antes del diluvio, y de los de después del diluvio, y así sucesivamente de los de después de Cristo. La Iglesia, pues, es la esposa. Las reinas son aquellas almas reales de antes del diluvio que se hicieron agradables a Dios, es decir, las de Abel, Set y Enoc. Las concubinas, las de después del diluvio, a saber, las de los profetas, en quienes, antes de que la Iglesia fuera desposada con el Señor, uniéndose a ellas a la manera de concubinas, sembró palabras verdaderas en una filosofía incorrupta y pura, para que, concibiendo la fe, pudieran dar a luz para Él el Espíritu de salvación. Porque tales frutos producen las almas con las que Cristo ha tenido trato, frutos que llevan una fama siempre memorable. Pues si miráis los libros de Moisés, o de David, o de Salomón, o de Isaías, o de los profetas que siguen, oh vírgenes, veréis qué descendencia han dejado, para salvación de la vida, de su trato con el Hijo de Dios. De ahí que el Verbo con profunda percepción ha llamado concubinas a las almas de los profetas, porque no las desposó abiertamente, como hizo con la Iglesia, habiendo matado para ella el becerro gordo. []

    Capítulo 5. Las sesenta reinas: por qué sesenta y por qué reinas; la excelencia de los santos de la primera edad

    Discurso 7, cap. 5

    Además de estas cosas, hay que considerar también esto, para que nada se nos escape de las cosas necesarias: por qué dijo que las reinas eran sesenta, y las concubinas ochenta, y las vírgenes tan numerosas que no se contaban por su multitud, pero la esposa, una. Y primero hablemos de las sesenta. Imagino que llamó con el nombre de sesenta reinas a las que habían agradado a Dios desde el primer hombre formado en sucesión hasta Noé, por esta razón: porque estas no tuvieron necesidad de preceptos ni de leyes para su salvación, siendo aún reciente la creación del mundo en seis días. Pues recordaban que en seis días Dios formó la creación, y las cosas que fueron hechas en el paraíso; y cómo el hombre, habiendo recibido el mandato de no tocar el árbol del conocimiento, encalló, habiéndolo extraviado el autor del mal. [] De ahí dio el nombre simbólico de sesenta reinas a aquellas almas que, desde la creación del mundo, escogieron en sucesión a Dios como objeto de su amor, y fueron casi, por decirlo así, la descendencia de la primera edad y vecinas de la gran obra de los seis días, por haber nacido, como he dicho, inmediatamente después de los seis días. Pues estas tuvieron gran honor, estando asociadas con los ángeles y viendo a menudo a Dios manifestado visiblemente, y no en sueño. Considerad, en efecto, qué confianza tuvieron ante Dios Set, y Abel, y Enós, y Enoc, y Matusalén, y Noé, los primeros amantes de la justicia y los primeros de los primogénitos que están escritos en el cielo, [] siendo considerados dignos del reino, como una especie de primicias de las plantas para salvación, saliendo como fruto temprano para Dios. Y baste lo dicho acerca de estos.

    Capítulo 6. Las ochenta concubinas, qué son; el conocimiento de la encarnación comunicado a los profetas

    Discurso 7, cap. 6

    Todavía resta hablar acerca de las concubinas. Para los que vivieron después del diluvio, el conocimiento de Dios fue desde entonces más remoto, y necesitaron otra instrucción para apartar el mal y ser su auxilio, pues la idolatría ya se insinuaba. Por tanto, Dios, para que la raza de los hombres no fuera enteramente destruida por el olvido de las cosas buenas, mandó a su propio Hijo revelar a los profetas su futura aparición en el mundo según la carne, en la que se proclamaría el gozo y el conocimiento del octavo día espiritual, que traería la remisión de los pecados y la resurrección, y por la cual serían circuncidadas las pasiones y corrupciones de los hombres. Y por eso llamó con el nombre de las ochenta vírgenes a la lista de los profetas desde Abraham, por la dignidad de la circuncisión, que abraza el número ocho, conforme al cual también está ordenada la ley; porque ellos, primero, antes de que la Iglesia fuera desposada con el Verbo, recibieron la simiente divina y anunciaron de antemano la circuncisión del octavo día espiritual.

    Capítulo 7. Las vírgenes, los antiguos justos; la Iglesia, la única esposa, más excelente que las demás

    Discurso 7, cap. 7

    Ahora llama con el nombre de vírgenes, que pertenecen a una asamblea innumerable, a aquellos que, siendo inferiores a los mejores, han practicado la justicia y han luchado contra el pecado con juvenil y noble energía. Pero de estos, ni las reinas, ni las concubinas, ni las vírgenes, son comparados con la Iglesia. Pues ella es considerada la perfecta y escogida por encima de todos estos, consistiendo y estando compuesta de todos los apóstoles, la Esposa que sobrepasa a todos en la hermosura de la juventud y de la virginidad. Por tanto, también ella es bendecida y alabada por todos, porque vio y oyó libremente lo que aquellos deseaban ver, siquiera por un poco de tiempo, y no vieron, y oír, y no oyeron. Pues «bienaventurados,» dijo nuestro Señor a sus discípulos, [] «son vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen. Porque de cierto os digo que muchos profetas desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron.» Por esta razón, pues, los profetas los cuentan por bienaventurados y los admiran, porque la Iglesia fue considerada digna de participar en aquellas cosas que ellos no alcanzaron a oír ni a ver. Pues «hay sesenta reinas, y ochenta concubinas, y vírgenes sin número. Mi paloma, mi inmaculada, es una sola.» []

    Capítulo 8. La naturaleza humana de Cristo, su única paloma

    Discurso 7, cap. 8

    ¿Puede alguien decir ahora otra cosa sino que la Esposa es la carne inmaculada del Señor, por causa de la cual dejó al Padre y descendió aquí, y se unió a ella, y, encarnado, habitó en ella? Por eso la llamó figuradamente paloma, porque esa criatura es mansa y doméstica, y se adapta fácilmente al modo de vida del hombre. Pues ella sola, por decirlo así, fue hallada sin mancha e inmaculada, y sobresaliendo de todos en la gloria y hermosura de la justicia, de modo que ninguno de los que habían agradado a Dios más perfectamente podía acercarse a ella en comparación de virtud. Y por esta razón fue considerada digna de participar del reino del Unigénito, siendo desposada y unida a Él. Y en el salmo cuadragésimo cuarto, la reina que, escogida de entre muchas, está a la diestra de Dios, vestida con el ornamento de oro de la virtud, cuya hermosura deseó el Rey, es, como he dicho, la carne inmaculada y bendita, que el propio Verbo llevó a los cielos y presentó a la diestra de Dios, «tejida con diversos colores,» es decir, en los ejercicios de la inmortalidad, que él llama simbólicamente franjas de oro. Pues como este vestido es abigarrado y tejido de diversas virtudes, como la castidad, la prudencia, la fe, el amor, la paciencia y otras cosas buenas que, cubriendo como cubren la fealdad de la carne, adornan al hombre con un ornamento de oro.

    Capítulo 9. Las vírgenes inmediatamente después de la reina y esposa

    Discurso 7, cap. 9

    Además, debemos considerar aún lo que el Espíritu nos entrega en el resto del salmo, después de la entronización de la humanidad asumida por el Verbo a la diestra del Padre. «Las vírgenes,» dice, «sus compañeras, la acompañarán y serán traídas a ti. Con gozo y alegría serán traídas; entrarán en el palacio del Rey.» Ahora bien, aquí el Espíritu parece alabar claramente la virginidad, después, como hemos explicado, de la Esposa del Señor, prometiendo que las vírgenes se acercarán en segundo lugar al Todopoderoso con gozo y alegría, guardadas y escoltadas por ángeles. Pues tan amable y deseable es en verdad la gloria de la virginidad que, después de la Reina, a quien el Señor exalta y presenta en gloria sin pecado al Padre, el coro y el orden de las vírgenes la acompañan, asignadas a un lugar segundo respecto al de la Esposa. Queden grabados en un monumento estos esfuerzos míos por hablarte, oh Arete, acerca de la castidad.
    Y habiendo hablado así Prócila, Tecla dijo: A mí me toca, después de ella, continuar el certamen; y me gozo, pues también yo poseo la sabiduría favorable de las palabras, percibiendo que soy, como una lira, interiormente afinada y dispuesta a hablar con elegancia y propiedad.
    Arete. Con sumo gusto saludo tu prontitud, oh Tecla, en la que confío para que me des un discurso adecuado, conforme a tus facultades; pues no cedes a nadie en la filosofía universal y en la instrucción, instruida por Pablo en lo que conviene decir de la doctrina evangélica y divina.

    Discurso 8 · Tecla

    Discurso 8, oradora

    Tecla

    Capítulo 1. Derivación de Metodio de la palabra virginidad: enteramente divina; virtud, en griego

    Discurso 8, cap. 1

    Pues bien, digamos primero, comenzando por el origen del nombre, por qué causa este supremo y bienaventurado ejercicio fue llamado παρθενία, que es divino por el cambio de una letra, porque ella sola hace semejante a Dios a quien la posee y es iniciado por sus ritos incorruptibles; no es posible hallar un bien mayor, apartado como está del placer y del dolor; y el ala del alma rociada por ella se vuelve más fuerte y ligera, acostumbrada a volar cada día lejos de los deseos humanos.
    Pues como los hijos de los sabios han dicho que nuestra vida es una fiesta, y que hemos venido a representar en el teatro el drama de la verdad, es decir, la justicia, mientras el diablo y los demonios conspiran y luchan contra nosotros, es necesario que miremos hacia arriba y emprendamos el vuelo a lo alto, y huyamos de las lisonjas de sus lenguas y de sus formas teñidas con la apariencia exterior de templanza, más que de las sirenas de Homero. Pues muchos, hechizados por los placeres del error, emprenden el vuelo hacia abajo, y son abrumados cuando vienen a esta vida, quedando sus nervios relajados y distendidos, por medio de los cuales se fortalece el poder de las alas de la templanza, aligerando la tendencia descendente de la corrupción del cuerpo. De donde, oh Arete, ya tengas tu nombre, significando, virtud, porque eres digna de ser escogida para ti misma, o porque levantas y elevas al cielo, yendo siempre en las mentes más puras, ven, préstame tu ayuda en mi discurso, que tú misma me has encargado pronunciar.
    Comentario editorial · Un juego de letras que se pierde
    Tecla abre su discurso con una etimología: la virginidad, parthenía (παρθενία), sería «divina» por el cambio de una sola letra. La versión castellana conserva una sola de las dos palabras griegas del juego; la nota del ANF en CCEL pone el par completo, παρθενία… παρθεΐα. Quitada la ν, queda παρθεΐα, en la que se lee theía (θεία), «divina». Después, como dice el encabezado del capítulo, Tecla deriva «virtud» (aretē, ἀρετή) de otra palabra. El juego es de Metodio y vale por lo que argumenta, no como etimología histórica; la nota solo lo hace visible.

    Capítulo 2. La mente elevada y la constancia de las sagradas vírgenes

    la introducción de las vírgenes en las moradas bienaventuradas antes que los demás.

    Discurso 8, cap. 2

    Los que emprenden un vuelo descendente y caen en los placeres no desisten del dolor y de los trabajos hasta que, mediante sus deseos apasionados, satisfacen la necesidad de su intemperancia, y, degradados y excluidos del santuario, son apartados de la escena de la verdad, y, en lugar de procrear hijos con modestia y templanza, deliran en los placeres salvajes de amores ilícitos. Pero los que, con ala ligera, ascienden a la vida supramundana y ven desde lejos lo que los demás hombres no ven, los mismísimos pastos de la inmortalidad, que producen en abundancia flores de inconcebible hermosura, se vuelven siempre de nuevo hacia los espectáculos de allí; y, por esta razón, les parecen pequeñas las cosas que aquí se consideran nobles — como la riqueza, la gloria, el nacimiento y el matrimonio; y ya no piensan más en esas cosas. Sin embargo, si alguno de ellos escogiera entregar su cuerpo a las fieras o al fuego, y ser castigado, están dispuestos a no tener cuidado de los dolores, ni del deseo de ellos ni del temor de ellos; de modo que parecen, mientras están en el mundo, no estar en el mundo, sino haber alcanzado ya, en el pensamiento y en la tendencia de sus deseos, la asamblea de los que están en el cielo.
    Ahora bien, no es justo que el ala de la virginidad sea, por su propia naturaleza, arrastrada hacia la tierra, sino que debe remontarse hacia el cielo, hacia una atmósfera pura y hacia la vida que es afín a la de los ángeles. De ahí que también ellos, en primer lugar, después de su llamada y partida de aquí, quienes han luchado recta y fielmente como vírgenes por Cristo, se llevan el premio de la victoria, coronados por Él con las flores de la inmortalidad. Pues tan pronto como sus almas han dejado el mundo, se dice que los ángeles salen a su encuentro con gran regocijo y los conducen a los mismísimos pastos ya mencionados, a los cuales anhelaban llegar, contemplándolos en imaginación desde lejos, cuando, mientras aún moraban en sus cuerpos, se les aparecían divinos.

    Capítulo 3. La suerte y la herencia de la virginidad

    Discurso 8, cap. 3

    Además, cuando han llegado aquí, ven cosas maravillosas, gloriosas y bienaventuradas de hermosura, y tales que no pueden ser dichas a los hombres. Ven allí la justicia misma y la prudencia, y el amor mismo, y la verdad y la templanza, y otras flores y plantas de sabiduría, igualmente espléndidas, de las cuales aquí sólo vemos las sombras y las apariciones, como en sueños, y pensamos que consisten en las acciones de los hombres, porque no hay imagen clara de ellas aquí, sino sólo copias oscuras, que nosotros mismos vemos a menudo al hacer copias oscuras de ellas. Pues nadie ha visto jamás con sus ojos la grandeza, la forma o la hermosura de la justicia misma, o del entendimiento, o de la paz; pero allí, en Aquel cuyo nombre es YO SOY, [] se ven perfectas y claras, tal como son. Porque hay un árbol de la templanza misma, y del amor, y del entendimiento, como hay plantas de los frutos que crecen aquí — como de uvas, de granadas y de manzanas; y así también los frutos de aquellos árboles son recogidos y comidos, y no perecen ni se marchitan, sino que quienes los recogen crecen hasta la inmortalidad y la semejanza con Dios. Así como aquel de quien todos descienden, antes de la caída y del cegamiento de sus ojos, estando en el paraíso, gozaba de sus frutos, habiendo Dios puesto al hombre a labrar y guardar las plantas de la sabiduría. Pues al primer Adán le fue confiado cultivar aquellos frutos. Ahora bien, Jeremías vio que estas cosas existen especialmente en un lugar determinado, alejado a gran distancia de nuestro mundo, donde, compadeciéndose de los que han caído de aquel buen estado, dice: «Aprended dónde está la sabiduría, dónde la fuerza, dónde el entendimiento; para que sepáis también dónde está la longitud de los días y la vida, dónde la luz de los ojos y la paz. ¿Quién ha hallado su lugar? ¿O quién ha entrado en sus tesoros?» Las vírgenes, habiendo entrado en los tesoros de estas cosas, recogen los frutos racionales de las virtudes, rociadas con luces múltiples y bien ordenadas, que, como una fuente, Dios derrama sobre ellas, irradiando aquel estado con luces inextinguibles. Y cantan armoniosamente, dando gloria a Dios. Pues una atmósfera pura se derrama sobre ellas, y una que no es oprimida por el sol.

    Capítulo 4. Exhortación al cultivo de la virginidad; se propone examinar un pasaje del Apocalipsis

    Discurso 8, cap. 4

    Ahora, pues, oh vírgenes, hijas de la templanza inmaculada, esforcémonos por una vida de bienaventuranza y por el reino de los cielos. Y uníos a las que os preceden en un deseo ferviente de la misma gloria de la castidad, preocupándoos poco por las cosas de esta vida. Porque la inmortalidad y la castidad no contribuyen poco a la felicidad, elevando la carne hacia lo alto, y secando su humedad y su peso arcilloso mediante una mayor fuerza de atracción. Y que la impureza que oís no se introduzca y os arrastre hacia la tierra; ni que la tristeza transforme vuestro gozo, disipando vuestras esperanzas en cosas mejores; sino sacudid sin cesar las calamidades que os sobrevienen, no manchando vuestra mente con lamentaciones. Que la fe venza por completo, y que su luz ahuyente las visiones del mal que se agolpan en torno al corazón. Pues, como cuando la luna, brillando intensamente, llena el cielo con su luz, y todo el aire se vuelve claro, pero de repente las nubes del occidente, precipitándose envidiosas, por un poco eclipsan su luz, pero no la destruyen, pues son inmediatamente dispersadas por una ráfaga de viento; así también vosotras, haciendo brillar la luz de la castidad en el mundo, aunque os veáis oprimidas por aflicciones y trabajos, no os canséis ni abandonéis vuestras esperanzas. Porque las nubes que vienen del Maligno son dispersadas por el Espíritu, si vosotras, como vuestra Madre, que da a luz al Varón virgen en el cielo, no teméis nada a la serpiente que acecha y trama contra vosotras; sobre la cual me propongo hablaros más claramente; pues ya es tiempo.
    Juan, en el curso del Apocalipsis, dice: [] «Y apareció una gran señal en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas; y estando encinta, clamaba con dolores de parto, y sufría por dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: y he aquí un gran dragón rojo, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y siete diademas sobre sus cabezas. Y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó a la tierra. Y el dragón se puso delante de la mujer que estaba a punto de dar a luz, para devorar a su hijo tan pronto como naciera. Y ella dio a luz un hijo varón, que ha de regir a todas las naciones con vara de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios, y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten durante mil doscientos sesenta días.» Hasta aquí hemos presentado, en breve, la historia de la mujer y del dragón. Pero investigar y explicar su solución está más allá de mis fuerzas. Sin embargo, me atreveré, confiando en Aquel que mandó escudriñar las Escrituras. [] Si, pues, estáis de acuerdo con esto, no será difícil emprenderlo; pues me perdonaréis de buen grado, si no soy capaz de explicar suficientemente el sentido exacto de la Escritura.

    Capítulo 5. La mujer que da a luz, a la que se opone el dragón, la Iglesia; su ornato y gracia

    Discurso 8, cap. 5

    La mujer que apareció en el cielo vestida del sol, coronada con doce estrellas, que tiene la luna por escabel de sus pies, y estando encinta y con dolores de parto, es ciertamente, según la interpretación exacta, nuestra madre, oh vírgenes, siendo una potencia en sí misma distinta de sus hijos; a quien los profetas, según el aspecto de sus temas, han llamado unas veces Jerusalén, otras Esposa, otras Monte Sión, y otras Templo y Tabernáculo de Dios. Pues ella es la potencia que se desea para dar luz en el profeta, clamando el Espíritu a ella: [] «Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti. Porque he aquí que las tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad espesa a los pueblos; mas sobre ti amanecerá el Señor, y sobre ti será vista su gloria. Y las naciones andarán a tu luz, y los reyes al resplandor de tu nacimiento. Alza tus ojos en derredor, y mira; todos estos se han congregado y vienen a ti; tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas serán criadas a tu lado.» Es la Iglesia cuyos hijos vendrán a ella con toda prontitud después de la resurrección, corriendo hacia ella de todas partes. Se regocija recibiendo la luz que nunca se pone, y vestida con el resplandor del Verbo como con un manto. Pues ¿con qué otro ornamento más precioso u honorable era digno que la reina fuera adornada, para ser conducida como Esposa al Señor, cuando había recibido un vestido de luz, y por eso fue llamada por el Padre? Venid, pues, avancemos en nuestro discurso, y contemplemos a esta mujer maravillosa como a vírgenes preparadas para unas bodas, puras e inmaculadas, perfectas e irradiando una hermosura permanente, sin carecer de nada del resplandor de la luz; y en lugar de vestido, vestida con la luz misma; y en lugar de piedras preciosas, su cabeza adornada con estrellas brillantes. Pues en lugar del vestido que nosotros tenemos, ella tenía luz; y en lugar de oro y piedras resplandecientes, tenía estrellas; pero no estrellas como las que están puestas en el cielo invisible, sino mejores y más resplandecientes, de modo que aquellas más bien pueden considerarse como sus imágenes y semejanzas.

    Capítulo 6. Las obras de la Iglesia, el alumbramiento de hijos en el bautismo; la luna en el bautismo, el plenilunio de la pasión de Cristo

    Discurso 8, cap. 6

    Ahora bien, la afirmación de que ella se apoya sobre la luna, según considero, denota la fe de aquellos que son limpiados de la corrupción en el lavacro de la regeneración, porque la luz de la luna se asemeja más al agua tibia, y toda sustancia húmeda depende de ella. La Iglesia, pues, se apoya sobre nuestra fe y adopción, bajo la figura de la luna, hasta que entre la plenitud de las naciones, sufriendo dolores de parto y dando a luz a hombres naturales como hombres espirituales; por lo cual también es madre. Pues así como una mujer, al recibir la semilla informe de un hombre, dentro de cierto tiempo da a luz un hombre perfecto, de la misma manera, se podría decir, la Iglesia concibe a los que huyen al Verbo, y, formándolos según la semejanza y forma de Cristo, después de cierto tiempo los produce como ciudadanos de aquel estado bienaventurado. De donde es necesario que ella se apoye sobre el lavacro, dando a luz a los que son lavados en él. Y de este modo, la potencia que ella tiene en conexión con el lavacro es llamada la luna, porque los regenerados brillan siendo renovados con un rayo nuevo, es decir, una luz nueva. De donde, también, son llamados por un término descriptivo recién iluminados; mostrándoles siempre de nuevo la luna el plenilunio espiritual, a saber, el período y el memorial de la pasión, hasta que surjan la gloria y la luz perfecta del gran día.

    Capítulo 7. El hijo de la mujer en el Apocalipsis no es Cristo, sino los fieles que nacen en el lavacro

    Discurso 8, cap. 7

    Si alguno, pues no hay dificultad en hablar con claridad, se irritara, y respondiera a lo que hemos dicho: «Pero ¿cómo, oh vírgenes, puede pareceros esta explicación conforme al sentido de la Escritura, cuando el Apocalipsis define claramente que la Iglesia da a luz un varón, mientras que vosotros enseñáis que sus dolores de parto tienen su cumplimiento en los que son lavados en el lavacro?» Responderemos: Pero, oh crítico, ni siquiera a ti te será posible mostrar que Cristo mismo es el que ha nacido. Pues mucho antes del Apocalipsis, se cumplió el misterio de la Encarnación del Verbo. Y Juan habla de cosas presentes y de cosas por venir. Pero Cristo, concebido hace mucho, no fue arrebatado al trono de Dios cuando fue dado a luz, por temor a que la serpiente le hiciera daño. Antes bien, para esto fue engendrado, y Él mismo descendió del trono del Padre, para permanecer y subyugar al dragón que asaltaba la carne. De modo que también tú debes confesar que la Iglesia sufre dolores de parto y da a luz a los bautizados. Como dice el espíritu en algún lugar de Isaías: [] «Antes que estuviera de parto, dio a luz; antes que le vinieran dolores, dio a luz un hijo varón. ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Quién vio tales cosas? ¿Será dada a luz la tierra en un solo día? ¿O nacerá una nación de una vez? Pues en cuanto Sión estuvo de parto, dio a luz sus hijos.» ¿De quién huyó? Ciertamente del dragón, para que la Sión espiritual diera a luz un pueblo varonil, que volviera de las pasiones y debilidades de las mujeres a la unidad del Señor, y creciera fuerte en virtud varonil.
    Comentario editorial · ¿Quién es el hijo de la mujer?
    Metodio sostiene que la mujer de es la Iglesia y que su hijo varón no es Cristo, sino los fieles que nacen en el baño del bautismo. El traductor, Clark, discrepa en una nota: de las muchas interpretaciones del pasaje, la que Metodio rechaza (que el hijo es Cristo) es probablemente la verdadera y, desde luego, la más natural. Coxe responde en su «Elucidación II» que Metodio tiene de su parte a muchos antiguos: cita a Hipólito, para quien la mujer es «con toda claridad» la Iglesia, y a Gregorio Magno. La nota de Coxe se extiende luego a la mariología del siglo XIX, que esta edición no recoge.

    Capítulo 8. Los fieles en el bautismo, varones, configurados a Cristo; los santos mismos son Cristos

    Discurso 8, cap. 8

    Repasemos, pues, de nuevo el terreno desde el principio, hasta llegar por orden al fin, explicando lo que hemos dicho. Considerad si el pasaje os parece explicado a vuestro entendimiento. Pues creo que se dice aquí que la Iglesia da a luz un varón; puesto que los iluminados reciben los rasgos, y la imagen, y la virilidad de Cristo, imprimiéndose en ellos la semejanza de la forma del Verbo, y siendo engendrada en ellos por un verdadero conocimiento y fe, de modo que en cada uno Cristo nace espiritualmente. Y, por tanto, la Iglesia se hincha y sufre dolores de parto hasta que Cristo sea formado en nosotros, [] de modo que cada uno de los santos, por participar de Cristo, ha nacido un Cristo. Según este sentido se dice en cierta escritura, «No toquéis a mis ungidos, y no hagáis mal a mis profetas,» como si los bautizados en Cristo hubieran sido hechos Cristos por la comunicación del Espíritu, contribuyendo aquí la Iglesia a su claridad y transformación en la imagen del Verbo. Y Pablo confirma esto, enseñándolo claramente, donde dice: [] «Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según las riquezas de su gloria, ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior; para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones.» Pues es necesario que la palabra de verdad sea impresa y estampada en las almas de los regenerados.

    Capítulo 9. El Hijo de Dios, que siempre es, es engendrado hoy en las mentes y en el sentir de los fieles

    Discurso 8, cap. 9

    Ahora bien, en perfecto acuerdo y correspondencia con lo dicho, parece estar esto que fue hablado por el Padre desde lo alto a Cristo cuando vino a ser bautizado en el agua del Jordán, «Tú eres mi Hijo: hoy te he engendrado;» pues debe observarse que fue declarado Hijo suyo incondicionalmente, y sin consideración de tiempo; porque dice «Tú eres,» y no «Te has convertido,» mostrando que ni había alcanzado recientemente la relación de Hijo, ni, habiendo comenzado antes, después tuvo fin, sino que, habiendo sido engendrado previamente, era para ser, y era lo mismo. Pero la expresión, «Hoy te he engendrado,» significa que quiso que Aquel que existía antes de los siglos en el cielo fuera engendrado en la tierra— es decir, que Aquel que antes era desconocido fuera dado a conocer. Ahora bien, ciertamente, Cristo nunca ha nacido aún en aquellos hombres que nunca han percibido la multiforme sabiduría de Dios— es decir, nunca ha sido conocido, nunca se ha manifestado, nunca ha aparecido a ellos. Pero si estos también percibieran el misterio de la gracia, entonces en ellos también, cuando se convirtieran y creyeran, Él nacería en conocimiento y entendimiento. Por lo tanto, de aquí en adelante se dice apropiadamente que la Iglesia forma y engendra al Verbo varón en los que son limpiados. Hasta aquí he hablado según mi capacidad acerca del trabajo de parto de la Iglesia; y aquí debemos pasar al tema del dragón y de las demás cosas. Esforcémonos, pues, por explicarlo en alguna medida, sin dejarnos disuadir por la grandeza de la oscuridad de la Escritura; y si algo difícil llega a considerarse, os ayudaré de nuevo a cruzarlo como un río.

    Capítulo 10. El dragón, el diablo

    las estrellas derribadas del cielo por la cola del dragón, los herejes; los números de la Trinidad, es decir, las personas numeradas; errores acerca de ellas.

    Discurso 8, cap. 10

    El dragón, que es grande, y rojo, y astuto, y multiforme, y de siete cabezas, y con cuernos, y que arrastra hacia abajo la tercera parte de las estrellas, y está pronto para devorar al hijo de la mujer que está de parto, es el diablo, que acecha para destruir la mente crística aceptada de los bautizados, y la imagen y los rasgos claros del Verbo que habían sido engendrados en ellos. Pero él yerra y fracasa en su presa, siendo los regenerados arrebatados a lo alto al trono de Dios— es decir, la mente de los renovados es elevada alrededor del asiento divino y de la base de la verdad contra la cual no hay tropiezo, siendo enseñada a mirar y considerar las cosas que están allí, para que no sea engañada por el dragón que los oprime. Pues no le está permitido destruir a aquellos cuyos pensamientos y miradas están hacia arriba. Y las estrellas, que el dragón tocó con el extremo de su cola, y las arrastró a la tierra, son los cuerpos de las herejías; pues debemos decir que las estrellas, que son oscuras, tenebrosas y caídas, son las asambleas de los heterodoxos; puesto que ellos también desean conocer a los celestiales, y haber creído en Cristo, y tener el asiento de su alma en el cielo, y acercarse a las estrellas como hijos de luz. Pero son arrastrados hacia abajo, siendo sacudidos por los pliegues del dragón, porque no permanecieron dentro de las formas triangulares de la piedad, apartándose de ella con respecto a un servicio ortodoxo. De donde también son llamados la tercera parte de las estrellas, por haberse extraviado con respecto a una de las tres Personas de la Trinidad. Como cuando dicen, como Sabelio, que la Persona todopoderosa del Padre mismo padeció; o como cuando dicen, como Artemas, que la Persona del Hijo nació y se manifestó sólo en apariencia; o cuando sostienen, como los ebionitas, que los profetas hablaron de la Persona del Espíritu por su propio impulso. Pues de Marción y Valentín, y de los que están con Elkesaios y otros, es mejor ni siquiera hacer mención.

    Capítulo 11. La mujer con el hijo varón en el desierto es la Iglesia

    el desierto pertenece a las vírgenes y a los santos; la perfección de los números y los misterios; la igualdad y perfección del número seis; el número seis relacionado con Cristo; de este número también se completaron la creación y la armonía del mundo.

    Discurso 8, cap. 11

    Ahora bien, la que da a luz, y ha dado a luz, al Verbo varón en los corazones de los fieles, y que pasó, inmaculada e ilesa de la ira de la bestia, al desierto, es, como hemos explicado, nuestra madre la Iglesia. Y el desierto al que llega, y en el que es alimentada durante mil doscientos sesenta días, que es verdaderamente yermo e infructuoso de males, y estéril de corrupción, y de difícil acceso y tránsito para la multitud; pero fructífero y abundante en pastos, y floreciente y de fácil acceso para los santos, y lleno de sabiduría, y productor de vida, es esta morada de Arete, amabilísima, hermosamente arbolada y bien regada. Aquí despierta el viento del sur, y sopla el viento del norte, y se difunden los aromas, [] y todas las cosas se llenan de rocíos refrescantes, y se coronan con las plantas inmarcesibles de la vida inmortal; en la cual ahora recogemos flores, y tejemos con dedos sagrados la corona púrpura y gloriosa de la virginidad para la reina. Pues la Esposa del Verbo está adornada con los frutos de la virtud. Y los mil doscientos sesenta días que permanecemos aquí, oh vírgenes, es el entendimiento exacto y perfecto acerca del Padre, y del Hijo, y del Espíritu, en el cual nuestra madre crece, se regocija y exulta durante todo este tiempo, hasta la restitución de la nueva dispensación, cuando, viniendo a la asamblea en los cielos, ya no contemplará el YO SOY por medio del conocimiento humano, sino que lo verá claramente entrando junto con Cristo. Pues mil, que consiste en cien multiplicado por diez, abarca un número pleno y perfecto, y es símbolo del Padre mismo, que hizo el universo por Sí mismo, y gobierna todas las cosas para Sí. Doscientos abarca dos números perfectos unidos, y es símbolo del Espíritu Santo, ya que Él es el Autor de nuestro conocimiento del Hijo y del Padre. Pero sesenta tiene el número seis multiplicado por diez, y es símbolo de Cristo, porque el número seis procedente de la unidad se compone de sus partes propias, de modo que nada en él falta ni sobra, y es completo al resolverse en sus partes. Así es necesario que el número seis, cuando se divide en partes iguales por partes iguales, vuelva a formar la misma cantidad a partir de sus segmentos separados. Pues, primero, si se divide en partes iguales, hace tres; luego, si se divide en tres partes, hace dos; y de nuevo, si se divide por seis, hace uno, y otra vez se recoge en sí mismo. Pues cuando se divide en dos veces tres, y tres veces dos, y seis veces uno, al reunir el tres, el dos y el uno, completan de nuevo el seis. Pero todo es de necesidad perfecto si no necesita nada más para su terminación, ni tiene nada de más. De los otros números, unos son más que perfectos, como el doce. Pues su mitad es seis, su tercera parte cuatro, su cuarta parte tres, su sexta parte dos, y su duodécima parte uno. Los números en que puede dividirse, al sumarse, exceden doce, no habiendo conservado este número la igualdad consigo mismo en sus partes, como el número seis. Y los que son imperfectos son números como el ocho. Pues su mitad es cuatro, su cuarta parte dos, y su octava parte uno. Ahora bien, los números en que se divide, al sumarse, hacen siete, y falta uno para su compleción, no siendo en todos los puntos armónico consigo mismo, como el seis, que tiene referencia al Hijo de Dios, que vino de la plenitud de la Divinidad a una vida humana. Pues habiéndose vaciado a Sí mismo, y tomado forma de esclavo, fue restaurado de nuevo a su anterior perfección y dignidad. Pues Él, habiendo sido humillado, y aparentemente degradado, fue restaurado de nuevo de su humillación y degradación a su anterior plenitud y grandeza, no habiendo sido nunca disminuido de su perfección esencial.
    Además, es evidente que la creación del mundo fue realizada en armonía con este número, habiendo hecho Dios el cielo y la tierra, y las cosas que hay en ellos, en seis días; conteniendo la palabra del poder creador el número seis, según el cual la Trinidad es hacedora de los cuerpos. Pues la longitud, la anchura y la profundidad componen un cuerpo. Y el número seis se compone de triángulos. Sobre estos temas, sin embargo, no hay tiempo suficiente en este momento para extenderse con exactitud, por temor a dejar escapar el asunto principal, al considerar lo secundario.

    Capítulo 12. Las vírgenes son llamadas a la imitación de la Iglesia en el desierto venciendo al dragón

    Discurso 8, cap. 12

    La Iglesia, pues, viniendo aquí a este desierto, lugar que nada produce de males, es alimentada, volando sobre las alas de la virginidad que miran al cielo, a las cuales el Verbo llamó «alas de gran águila,» [] habiendo vencido a la serpiente y apartado de su plenilunio las nubes invernales. Por causa de estas cosas, entretanto, se pronuncian todos estos discursos, enseñándonos, oh hermosas vírgenes, a imitar según nuestras fuerzas a nuestra madre, y a no turbarnos por los dolores, mudanzas y aflicciones de la vida, para que entréis exultando con ella en la cámara nupcial, mostrando vuestras lámparas. No perdáis, pues, el ánimo por las maquinaciones y calumnias de la bestia, sino preparaos valientemente para la batalla, armadas con el yelmo de la salvación, [] y la coraza, y las grebas. Porque le infundiréis una consternación inmensa cuando la ataquéis con gran ventaja y valor; ni resistirá en absoluto, viendo a sus adversarios puestos en orden por Uno más poderoso; mas la bestia de muchas cabezas y muchos rostros os permitirá al instante llevaros los despojos de los siete combates:— León delante, pero todo dragón detrás, Y en medio una cabra que exhala Profusa la violencia de un fuego llameante.
    A aquella mató Belerofonte en verdad. Y a esta mató Cristo el Rey; porque a muchos destruyó,
    Ni pudieron soportar la espuma fétida que brotó
    De la fuente de sus horrendas fauces; a menos que Cristo primero la hubiera debilitado y vencido, haciéndola impotente y despreciable ante nosotros.

    Capítulo 13. Las siete coronas de la bestia han de ser arrebatadas por la castidad victoriosa

    las diez coronas del dragón, los vicios opuestos al Decálogo; la opinión del destino, el mayor mal.

    Discurso 8, cap. 13

    Por tanto, adoptando un ánimo varonil y sobrio, oponed vuestras armas a la bestia que se hincha, y no cedáis en absoluto, ni os turbéis por su furor. Pues tendréis gloria inmensa si la vencéis y le arrebatáis las siete coronas que hay sobre ella, por causa de las cuales hemos de luchar y combatir, según nuestro maestro Pablo. Porque la que, habiendo vencido primero al diablo y destruido sus siete cabezas, llega a poseer las siete coronas de la virtud, habiendo pasado por los siete grandes combates de la castidad. Pues la incontinencia y el lujo son una cabeza del dragón; y quien la magulla es coronada con la corona de la templanza. La cobardía y la debilidad son también una cabeza; y quien la pisa se lleva la corona del martirio. La incredulidad y la necedad, y otros frutos semejantes de la maldad, son otra cabeza; y quien los ha vencido y destruido se lleva los honores que les corresponden, siendo arrancado de muchas maneras el poder del dragón. Además, los diez cuernos y aguijones que se decía que tenía sobre sus cabezas son los diez contrarios, oh vírgenes, al Decálogo, con los cuales acostumbraba a cornear y derribar las almas de muchos que imaginaban y maquinaban cosas contrarias a la ley, «Amarás al Señor tu Dios,» [] y a los demás preceptos que siguen. Considerad ahora el cuerno ardiente y amargo de la fornicación, con el cual derriba a los incontinentes; considerad el adulterio, considerad la falsedad, la codicia, el robo, y los demás vicios hermanos y afines, que por naturaleza florecen en torno a sus mortíferas cabezas; si los arrancáis con la ayuda de Cristo, recibiréis, por así decirlo, cabezas divinas, y floreceréis con las coronas ganadas al dragón. Pues es nuestro deber preferir y poner por delante lo mejor, quienes hemos recibido, por encima de los nacidos de la tierra, un espíritu que manda y es voluntario, libre de toda necesidad, para elegir como señores lo que nos place, sin estar esclavizados al destino ni a la fortuna. Y así, ningún hombre sería dueño de sí mismo y bueno, a menos que, escogiendo el ejemplo humano de Cristo y conformándose a su semejanza, lo imitara en su manera de vivir. Pues de todos los males el mayor que está implantado en muchos es el que refiere las causas de los pecados a los movimientos de los astros, y dice que nuestra vida es guiada por las necesidades del destino, como dicen los que estudian los astros, con mucha insolencia. Porque ellos, confiando más en adivinanzas que en prudencia, es decir, en algo intermedio entre la verdad y la falsedad, se extravían lejos de la visión de las cosas tal como son. Por lo cual, si me lo permites, oh Arete, ahora que he completado el discurso que tú, mi señora, me ordenaste pronunciar, me esforzaré, con tu ayuda y favor, en examinar cuidadosamente la posición de los que se ofenden y niegan que digamos la verdad cuando afirmamos que el hombre está dotado de libre albedrío, y probar que «Ellos perecen destruidos por sí mismos, Por su propia culpa,» eligiendo lo agradable con preferencia a lo conveniente.
    Arete. Te lo permito y te ayudo; pues tu discurso quedará perfectamente adornado cuando le hayas añadido esto.

    Capítulo 14. La doctrina de los matemáticos no ha de ser del todo despreciada, cuando se ocupan del conocimiento de los astros

    los doce signos del zodíaco, nombres míticos.

    Discurso 8, cap. 14

    Thekla. Reanudando, pues, pongamos al descubierto primero, hablando de estas cosas según nuestras fuerzas, la impostura de los que se jactan como si ellos solos hubieran comprendido a partir de qué formas está ordenado el cielo, según la hipótesis de los caldeos y egipcios. Pues dicen que la circunferencia del mundo se asemeja a los giros de una esfera bien redondeada, teniendo la tierra un punto central. Pues siendo esférico su contorno, es necesario, dicen, ya que las distancias de las partes son las mismas, que la tierra sea el centro del universo, alrededor del cual, por ser más antiguo, gira el cielo. Porque si se describe una circunferencia desde el punto central, la cual parece ser un círculo —pues es imposible que se describa un círculo sin un punto, y es imposible que haya un círculo sin un punto—, ciertamente la tierra existió antes que todo, dicen, en un estado de caos y desorganización. Ahora bien, ciertamente los desdichados fueron abrumados en el caos del error, «porque, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias; sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido;» [] y sus sabios dijeron que nada nacido de la tierra era más honorable ni más antiguo que los olímpicos. Por lo cual no son meros niños los que conocen a Cristo, como los griegos, que, sepultando la verdad en hadas y ficciones, más bien que en palabras artísticas, atribuyendo las calamidades humanas a los cielos, no se avergüenzan de describir la circunferencia del mundo mediante teoremas y figuras geométricas, y explican que el cielo está adornado con imágenes de aves y de animales que viven en el agua y en tierra firme, y que las cualidades de los astros fueron hechas a partir de las calamidades de los hombres antiguos, de modo que los movimientos de los planetas, en su opinión, dependían de la misma clase de cuerpos. Y dicen que los astros giran en torno a la naturaleza de los doce signos del zodíaco, siendo arrastrados por el paso del círculo del zodíaco, de modo que por su entremezclarse ven las cosas que suceden a muchos, según sus conjunciones y alejamientos, sus ortos y ocasos.
    Pues siendo todo el cielo esférico, y teniendo la tierra por punto central, como piensan, porque todas las líneas rectas que desde la circunferencia caen sobre la tierra son iguales entre sí, se retira de los círculos que lo rodean, de los cuales el meridiano es el mayor; y el segundo, que lo divide en dos partes iguales, es el horizonte; y el tercero, que separa a estos, el equinoccial; y a cada lado de este los dos trópicos, el de verano y el de invierno —el uno al norte y el otro al sur. Más allá está lo que se llama el eje, en torno al cual están la Osa Mayor y la Osa Menor, y más allá de ellas está el trópico. Y las Osas, girando sobre sí mismas y pesando sobre el eje, que pasa por los polos, producen el movimiento de todo el mundo, teniendo sus cabezas contra los lomos unas de otras, y sin ser tocadas por nuestro horizonte.
    Luego dicen que el zodíaco toca todos los círculos, haciendo sus movimientos diagonalmente, y que hay en él un número de signos, que se llaman los doce signos del zodíaco, empezando por el Carnero y siguiendo hasta los Peces, los cuales, dicen, fueron determinados así por causas míticas; diciendo que fue el Carnero el que llevó a Hele, hija de Atamante, y a su hermano Frixo a Escitia; y que la cabeza del Toro está en honor de Zeus, quien, en forma de toro, llevó a Europa a Creta; y dicen que el círculo llamado Galaxia, o vía láctea, que va desde los Peces hasta el Carnero, fue derramado para Heracles desde los pechos de Hera, por mandato de Zeus. Y así, según ellos, no hubo destino natal antes de Europa o Frixo, y los Dioscuros, y los demás signos del zodíaco, que fueron colocados entre las constelaciones, de hombres y bestias. Pero nuestros antepasados vivieron sin destino. Esforcémonos ahora en aplastar la falsedad, como médicos, quitándole el filo y apagándola con la medicina curativa de las palabras, considerando aquí la verdad.

    Capítulo 15. Argumentos tomados de la novedad del destino y de la generación

    la edad de oro, los primeros hombres; argumentos sólidos contra los matemáticos.

    Discurso 8, cap. 15

    Si fuera mejor, oh desdichados, que el hombre estuviera sujeto a la estrella de su nacimiento, antes que no estarlo, ¿por qué no se produjo su generación y nacimiento desde el momento mismo en que comenzó a existir la raza de los hombres? Y si se produjo, ¿qué necesidad hay de aquellas que últimamente han sido colocadas entre las estrellas, del León, el Cangrejo, los Gemelos, la Virgen, el Toro, la Balanza, el Escorpión, el Carnero, el Arquero, los Peces, la Cabra, el Aguador, Perseo, Casiopea, Cefeo, Pegaso, Hidra, el Cuervo, la Copa, la Lira, el Dragón, y otras, de las cuales introducís, con vuestras enseñanzas, a muchos al conocimiento de la matemática, o, más bien, a un conocimiento que es anatema? Pues bien, o hubo generación entre aquellos de antes, y la remoción de estas criaturas de arriba fue absurda; o no la hubo, y Dios cambió la vida humana a un estado y gobierno mejores que el de quienes antes vivieron una vida inferior. Pero los antiguos eran mejores que los del tiempo presente; por lo cual el suyo fue llamado edad de oro. Entonces no había destino natal.
    Si el sol, recorriendo los círculos y pasando por los signos del zodíaco en sus períodos anuales, realiza los cambios y mudanzas de las estaciones, ¿cómo continuaron existiendo los que nacieron antes de que los signos del zodíaco fueran colocados entre las estrellas, y el cielo fuera adornado con ellos, cuando el verano, el otoño, el invierno y la primavera no estaban todavía separados unos de otros, por medio de los cuales el cuerpo es aumentado y fortalecido? Pero sí existieron, y fueron más longevos y más fuertes que los que viven ahora, pues Dios dispuso entonces las estaciones de la misma manera. El cielo no estaba entonces diversificado por tales figuras.
    Si el sol y la luna y las demás estrellas fueron hechos para la división y protección de las partes del tiempo, y para el adorno del cielo y los cambios de las estaciones, son divinos y mejores que los hombres; pues estos necesariamente han de pasar una vida mejor, bienaventurada y pacífica, que excede con mucho a nuestra propia vida en justicia y virtud, observando un movimiento bien ordenado y feliz. Pero si son las causas de las calamidades y desgracias de los mortales, y se ocupan en obrar la lascivia y los cambios y vicisitudes de la vida, entonces son más miserables que los hombres, mirando a la tierra y a sus acciones débiles e inicuas, y no haciendo nada mejor que los hombres, si al menos nuestra vida depende de sus revoluciones y movimientos.

    Capítulo 16. Otras varias cosas dirigidas contra los mismos matemáticos

    Discurso 8, cap. 16

    Si ninguna acción se realiza sin un deseo previo, y no hay deseo sin una necesidad, sin embargo el Ser Divino no tiene necesidades, y por tanto no tiene concepción del mal. Y si la naturaleza de los astros está más cerca, en orden, de la de Dios, siendo mejor que la virtud de los mejores hombres, entonces los astros tampoco son productores de mal, ni están en necesidad.
    Y además, todo aquel que está persuadido de que el sol, la luna y las estrellas son divinos, concederá que están muy alejados del mal e incapaces de las acciones humanas que brotan del sentido del placer y del dolor; pues tales deseos abominables son impropios de los seres celestiales. Pero si por naturaleza están exentos de estos y no carecen de nada, ¿cómo habrían de ser causas para los hombres de aquellas cosas que ellos mismos no quieren, y de las cuales están exentos?
    Ahora bien, los que deciden que el hombre no está dotado de libre albedrío, y afirman que es gobernado por las necesidades inevitables del destino y sus mandatos no escritos, son culpables de impiedad contra Dios mismo, haciéndole autor y causa de los males humanos. Porque si Él ordena armoniosamente todo el movimiento circular de los astros con una sabiduría que el hombre no puede expresar ni comprender, dirigiendo el curso del universo; y los astros producen las cualidades de la virtud y del vicio en la vida humana, arrastrando a los hombres a estas cosas con las cadenas de la necesidad, entonces declaran que Dios es la Causa y el Dador de los males. Pero Dios no es causa de injuria para nadie; por tanto, el destino no es la causa de todas las cosas.
    Quien tenga la menor inteligencia confesará que Dios es bueno, justo, sabio, verdadero, auxiliador, no causa de los males, impasible, y todo lo de ese género. Y si los justos son mejores que los injustos, y la injusticia les es abominable, Dios, siendo justo, se regocija en la justicia, y la injusticia le es odiosa, siendo opuesta y hostil a la justicia. Por tanto, Dios no es el autor de la injusticia.
    Si lo que aprovecha es enteramente bueno, y la templanza es provechosa para la casa, la vida y los amigos de uno, entonces la templanza es buena. Y si la templanza es buena por naturaleza, y la licencia se opone a la templanza, y lo que se opone al bien es malo, entonces la licencia es mala. Y si la licencia es mala por naturaleza, y de la licencia provienen adulterios, robos, riñas y homicidios, entonces la vida licenciosa es mala por naturaleza. Pero el Ser Divino no está por naturaleza implicado en los males. Por tanto, nuestro nacimiento no es la causa de estas cosas.
    Si los templados son mejores que los incontinentes, y la incontinencia les es abominable, y Dios se regocija en la templanza, estando libre del conocimiento de las pasiones, entonces la incontinencia es odiosa también para Dios. Además, que la acción conforme a la templanza, siendo una virtud, es mejor que la conforme a la incontinencia, que es un vicio, podemos aprenderlo de reyes y gobernantes, y de jefes militares, y de mujeres, y de niños, y de ciudadanos, y de señores, y de siervos, y de pedagogos, y de maestros; pues cada uno de estos es útil a sí mismo y al público cuando es templado; pero cuando es licencioso es perjudicial a sí mismo y al público. Y si hay alguna diferencia entre un hombre sucio y un hombre noble, entre un licencioso y un templado; y si el carácter del noble y del templado es mejor, y el del opuesto peor; y si los de mejor carácter están cerca de Dios y de sus amigos, y los de peor están lejos de Él y de sus enemigos, los que creen en el destino no hacen distinción entre justicia e injusticia, entre suciedad y nobleza, entre licencia y templanza, lo cual es una contradicción. Porque si el bien se opone al mal, y la injusticia es mal, y esta se opone a la justicia y la justicia es bien, y el bien es hostil al mal, y el mal es desemejante al bien, entonces la justicia es diferente de la injusticia. Y por tanto Dios no es la causa de los males, ni se regocija en los males. Ni la razón los aprueba, siendo buena. Si, pues, algunos son malos, lo son conforme a las carencias y deseos de su mente, y no por necesidad.
    Perecen destruidos por sí mismos,
    Por su propia culpa.
    Si el destino induce a uno a matar a un hombre y a manchar sus manos con sangre, y la ley lo prohíbe, castigando a los criminales, y con amenazas refrena los decretos del destino, tales como cometer injusticia, adulterio, robo, envenenamiento, entonces la ley se opone al destino; pues las cosas que el destino ordenó, la ley las prohíbe, y las cosas que la ley prohíbe, el destino obliga a los hombres a hacerlas. Por tanto, la ley es hostil al destino. Pero si es hostil, entonces los legisladores no actúan conforme al destino; pues al promulgar decretos en oposición al destino, destruyen el destino. O bien, pues, hay destino y no hubo necesidad de leyes; o bien hay leyes y no están conforme al destino. Pero es imposible que alguien nazca o que algo se haga aparte del destino; pues dicen que a nadie le es lícito mover siquiera un dedo aparte del destino. Y por tanto, fue conforme al destino que Minos y Dracón, y Licurgo, y Solón, y Zaleuco fueran legisladores y establecieran leyes, prohibiendo adulterios, homicidios, violencias, rapto, robos, como cosas que ni existían ni ocurrían conforme al destino. Pero si estas cosas eran conforme al destino, entonces las leyes no eran conforme al destino. Pues el destino mismo no se destruiría a sí mismo, anulándose y contendiendo contra sí mismo; aquí estableciendo leyes que prohíben el adulterio y los homicidios, y tomando venganza y castigando a los malvados, y allá produciendo homicidios y adulterios. Pero esto es imposible: pues nada es ajeno y aborrecible a sí mismo, autodestructivo y en desacuerdo consigo mismo. Y, por tanto, no hay destino.
    Si todo en el mundo sucede conforme al destino, y nada sin él, entonces la ley necesariamente ha de ser producida por el destino. Pero la ley destruye el destino, enseñando que la virtud debe ser aprendida y diligentemente practicada; y que el vicio debe ser evitado, y que es producido por falta de disciplina. Por tanto, no hay destino.
    Si el destino hace que los hombres se injurien unos a otros y sean injuriados unos por otros, ¿qué necesidad hay de leyes? Pero si las leyes se hacen para que frenen a los pecadores, teniendo Dios cuidado de los que son injuriados, sería mejor que los malos no actuaran conforme al destino, que ser corregidos después de haber actuado. Pero Dios es bueno y sabio, y hace lo mejor. Por tanto, no hay destino fijo. O bien la educación y la costumbre son la causa de los pecados, o las pasiones del alma y los deseos que surgen por medio del cuerpo. Pero cualquiera de estas que sea la causa, Dios no es la causa. Si es mejor ser justo que injusto, ¿por qué no es hecho el hombre así desde su nacimiento? Pero si después es templado por la instrucción y las leyes, para que llegue a ser mejor, es templado como poseedor de libre albedrío, y no por naturaleza malo. Si los malos son malos conforme al destino, por los decretos de la Providencia, no son culpables ni merecedores del castigo que infligen las leyes, puesto que viven según su propia naturaleza y no son capaces de ser cambiados.
    Y además, si los buenos, viviendo según su propia naturaleza, son dignos de alabanza, siendo su destino natal la causa de su bondad; sin embargo, los malvados, viviendo según su propia naturaleza, no son censurables a los ojos de un juez justo. Pues, si hemos de hablar claramente, el que vive según la naturaleza que le pertenece, de ningún modo peca. Porque no se hizo a sí mismo así, sino el destino; y vive conforme a su movimiento, siendo empujado por una necesidad inevitable. Entonces nadie es malo. Pero algunos hombres son malos; y el vicio es censurable y hostil a Dios, como la razón ha mostrado. Pero la virtud es amable y digna de alabanza, habiendo Dios establecido una ley para el castigo de los malvados. Por tanto, no hay destino.

    Capítulo 17. La concupiscencia de la carne y del espíritu: vicio y virtud

    Discurso 8, cap. 17

    Pero ¿por qué alargo mi discurso hasta tal punto, empleando el tiempo en argumentos, habiendo expuesto lo más necesario para la persuasión y para obtener aprobación de lo conveniente; y habiendo manifestado a todos, con pocas palabras, la inconsistencia de su engaño, de modo que ahora hasta un niño puede ver y percibir su error; y que el hacer el bien o el mal está en nuestro propio poder, y no decidido por los astros? Pues hay en nosotros dos movimientos, la concupiscencia de la carne y la del alma, que difieren entre sí, [] de donde han recibido dos nombres, el de virtud y el de vicio. Y debemos obedecer la guía más noble y más provechosa de la virtud, eligiendo lo mejor en preferencia a lo vil. Pero basta sobre estos puntos. Debo llegar al fin de mi discurso; pues temo, y me avergüenzo, después de estos discursos sobre la castidad, tener que introducir las opiniones de hombres que estudian los cielos, o más bien que estudian tonterías, que malgastan su vida con meras fantasías, pasándola en nada más que ficciones fabulosas. Y ahora, que estas ofrendas nuestras, compuestas de las palabras pronunciadas por Dios, os sean aceptables, oh Arete, señora mía.
    [Euboulios]. ¡Con cuánta valentía y magnificencia, oh Gregorion, ha debatido Tecla!
    [Gregorion]. ¿Qué habrías dicho, entonces, si la hubieras escuchado a ella misma, hablando con fluidez y con expresión fácil, con mucha gracia y deleite? De modo que fue admirada por todos los presentes, floreciendo su lenguaje con palabras, mientras exponía con inteligencia, y de hecho pintorescamente, los temas de que hablaba, su rostro teñido con el rubor de la modestia; pues es del todo brillante en cuerpo y alma.
    [Euboulios]. Con razón dices esto, Gregorion, y nada de ello es falso; pues yo conocía su sabiduría también por otras nobles acciones, y qué clase de cosas logró decir, dando prueba de supremo amor a Cristo; y cuán gloriosa aparecía a menudo al afrontar los principales combates de los mártires, procurándose un celo igual a su valor, y una fortaleza de cuerpo igual a la sabiduría de sus consejos.
    [Gregorion]. Con toda verdad hablas tú también. Pero no perdamos tiempo; pues a menudo podremos discutir estos y otros asuntos. Pero ahora debo primero relatarte los discursos de las otras vírgenes que siguieron, como prometí; y principalmente los de Tusiane y Domnina; pues éstos aún quedan. Cuando, entonces, Tecla cesó de hablar estas cosas, Teopatra dijo que Arete ordenó a Tusiane hablar; y que ella, sonriendo, pasó delante de ella y dijo.

    Discurso 9 · Tusiane

    Discurso 9, oradora

    Tusiane

    Capítulo 1. La castidad, principal ornamento del verdadero tabernáculo

    siete días señalados a los judíos para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos: qué significan; la suma de este septenario es incierta; no está claro para nadie cuándo será la consumación del mundo; aun ahora, la fábrica del mundo está completada.

    Discurso 9, cap. 1

    Oh Arete, tú, el más querido orgullo para los amantes de la virginidad, también yo te imploro que me concedas tu auxilio, no sea que me falten las palabras, habiendo sido el tema tratado tan amplia y variadamente. Por lo cual pido ser excusada del exordio y de las introducciones, no sea que, mientras me demoro en los adornos convenientes a ellos, me aparte del asunto: tan gloriosa, honorable y renombrada cosa es la virginidad.
    Dios, cuando señaló a los verdaderos israelitas el rito legal de la verdadera fiesta de los tabernáculos, ordenó en el Levítico cómo debían guardar y honrar la fiesta; diciendo, sobre todo, que cada uno había de adornar su tabernáculo con castidad. Añadiré las palabras mismas de la Escritura, por las cuales, sin duda alguna, se mostrará cuán grata a Dios y aceptable le es esta ordenanza de la virginidad: «El día quince del mes séptimo, cuando hayáis recogido el fruto de la tierra, celebraréis fiesta al Señor durante siete días: el primer día será sábado, y el octavo día será sábado. Y tomaréis el primer día ramas de árboles hermosos, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces del arroyo; y os regocijaréis delante del Señor vuestro Dios durante siete días. Y la celebraréis como fiesta al Señor siete días al año. Será estatuto perpetuo por vuestras generaciones; la celebraréis en el mes séptimo. Habitaréis en cabañas siete días; todos los nacidos israelitas habitarán en cabañas; para que vuestras generaciones sepan que yo hice habitar en cabañas a los hijos de Israel, cuando los saqué de Egipto: Yo soy el Señor vuestro Dios.» []
    Aquí los judíos, revoloteando en torno a la letra desnuda de la Escritura, como zánganos en torno a las hojas de las hierbas, y no en torno a las flores y los frutos como la abeja, creen plenamente que estas palabras y ordenanzas se dijeron acerca de un tabernáculo como el que ellos levantan; como si Dios se deleitara en esos adornos triviales que ellos, preparándolos, fabrican con árboles, sin percibir la riqueza de los bienes venideros; mientras que estas cosas, siendo como aire y sombras de fantasmas, anuncian la resurrección y la erección de nuestro tabernáculo que había caído sobre la tierra, el cual, por fin, en el séptimo millar de años, recobrando de nuevo la inmortalidad, celebraremos la gran fiesta de los verdaderos tabernáculos en la creación nueva e indisoluble, habiendo sido recogidos los frutos de la tierra, y no engendrando ya los hombres ni siendo engendrados, sino descansando Dios de las obras de la creación.
    Pues, como en seis días hizo Dios el cielo y la tierra, y acabó todo el mundo, y reposó el séptimo día de todas sus obras que había hecho, y bendijo el séptimo día y lo santificó, [] así, por figura, en el mes séptimo, cuando los frutos de la tierra han sido recogidos, se nos manda celebrar fiesta al Señor, lo cual significa que, cuando este mundo sea terminado en el séptimo millar de años, cuando Dios haya completado el mundo, se regocijará en nosotros. Porque hasta ahora todas las cosas son creadas por su voluntad omnisuficiente y poder inconcebible; la tierra aún produce sus frutos, y las aguas están reunidas en sus receptáculos; y la luz está aún separada de las tinieblas, y el número asignado de hombres aún no está completo; y el sol sale para regir el día, y la luna la noche; y los cuadrúpedos, las bestias y los reptiles surgen de la tierra, y las criaturas aladas y las que nadan, del agua. Entonces, cuando los tiempos señalados se hayan cumplido, y Dios haya cesado de formar esta creación, en el mes séptimo, el gran día de la resurrección, se manda que la Fiesta de nuestros Tabernáculos sea celebrada al Señor, de la cual las cosas dichas en el Levítico son símbolos y figuras; cosas que, investigando cuidadosamente, debemos considerar la verdad desnuda misma, pues Él dice: «El sabio oirá y aumentará el saber, y el entendido adquirirá consejos sabios: para entender un proverbio y su interpretación, las palabras de los sabios y sus enigmas.» []
    Por lo cual, avergüéncense los judíos de no percibir las cosas profundas de las Escrituras, pensando que no se contiene en la ley y los profetas nada más que cosas exteriores; pues ellos, atentos a las cosas terrenales, estiman en más las riquezas del mundo que la riqueza del alma. Pues como las Escrituras están de tal modo divididas que unas dan semejanza de acontecimientos pasados, y otras un tipo del futuro, los miserables, volviendo atrás, tratan las figuras del futuro como si fueran ya cosas del pasado. Como en el caso de la inmolación del Cordero, cuyo misterio consideran únicamente como recuerdo de la liberación de sus padres de Egipto, cuando, aunque los primogénitos de Egipto fueron heridos, ellos mismos fueron preservados marcando con sangre los postes de las puertas de sus casas. Ni entienden que por ello también se personifica la muerte de Cristo, por cuya sangre las almas aseguradas y selladas serán preservadas de la ira en el incendio del mundo; mientras que los primogénitos, los hijos de Satanás, serán destruidos con destrucción total por los ángeles vengadores, que reverenciarán el sello de la Sangre impreso en aquéllos.
    Comentario editorial · Siete días, siete milenios
    Metodio lee los siete días de la Fiesta de los Tabernáculos () como figura del mundo, que se cumplirá «en el séptimo millar de años», cuando Dios descanse de la creación y los resucitados celebren la fiesta verdadera. Las lecturas modernas discrepan sobre cómo llamarlo. Coxe anota que Metodio «no adoptó los errores de los quiliastas», aunque mantiene la sucesión de testigos de esa idea antigua; Pelikan, citado en nuestro compendio sobre el milenialismo, dice en cambio que Metodio expuso una visión básicamente milenarista del reino. El propio encabezado del capítulo advierte que la suma de este septenario es incierta y que a nadie le consta cuándo llegará la consumación.

    Capítulo 2. Figura, imagen, verdad: ley, gracia, gloria; el hombre creado inmortal: la muerte introducida por el pecado destructor

    Discurso 9, cap. 2

    Y díganse estas cosas a modo de ejemplo, mostrando que los judíos han caído de modo asombroso de la esperanza del bien futuro, porque consideran las cosas presentes sólo como signos de cosas ya cumplidas; mientras que no perciben que las figuras representan imágenes, y las imágenes son los representantes de la verdad. Pues la ley es ciertamente la figura y la sombra de una imagen, es decir, del Evangelio; pero la imagen, a saber, el Evangelio, es el representante de la verdad misma. Porque los hombres antiguos y la ley nos predijeron las características de la Iglesia, y la Iglesia representa las de la nueva dispensación que ha de venir. De donde nosotros, habiendo recibido a Cristo, que dice: «Yo soy la verdad,» [] sabemos que las sombras y las figuras han cesado; y nos apresuramos hacia la verdad, proclamando sus imágenes gloriosas. Pues ahora conocemos «en parte,» y como por «un espejo,» [] puesto que lo perfecto aún no ha venido a nosotros; es decir, el reino de los cielos y la resurrección, cuando «lo que es en parte será abolido.» [] Porque entonces todos nuestros tabernáculos serán firmemente levantados, cuando de nuevo el cuerpo resucite, con los huesos otra vez unidos y compactados con la carne. Entonces celebraremos verdaderamente al Señor un alegre día festivo, cuando recibamos tabernáculos eternos, que ya no perecerán ni se disolverán en el polvo del sepulcro. Ahora bien, nuestro tabernáculo estuvo al principio fijado en estado inconmovible, pero fue movido por la transgresión e inclinado a la tierra, poniendo Dios fin al pecado mediante la muerte, no sea que el hombre inmortal, viviendo como pecador, y viviendo el pecado en él, fuera reo de maldición eterna. Por lo cual murió, aunque no había sido creado sujeto a la muerte ni a la corrupción, y el alma fue separada de la carne, para que el pecado pereciera por la muerte, no pudiendo vivir ya en un muerto. De donde, muerto y destruido el pecado, de nuevo resucitaré inmortal; y alabo a Dios que por medio de la muerte libra a sus hijos de la muerte, y celebro legítimamente en su honor un día festivo, adornando mi tabernáculo, es decir, mi carne, con buenas obras, como hicieron allí las cinco vírgenes con las lámparas de cinco luces.

    Capítulo 3. Cómo debe cada uno prepararse para la futura resurrección

    Discurso 9, cap. 3

    En el primer día de la resurrección se me examina si traigo estas cosas que se mandan, si estoy adornada con obras virtuosas, si estoy cubierta por las ramas de la castidad. Pues considera que la resurrección es la erección del tabernáculo. Considera que las cosas que se toman para armar el tabernáculo son las obras de justicia. Tomo, pues, en el primer día las cosas que están establecidas, es decir, en el día en que me presento para ser juzgada, si he adornado mi tabernáculo con las cosas mandadas; si aquellas cosas se hallan en aquel día, las cuales aquí en el tiempo se nos manda preparar y ofrecer allí a Dios. Pero venid, consideremos lo que sigue.
    «Tomaréis,» dice Él, «el primer día ramas de árboles hermosos, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces (y el árbol de la castidad) del arroyo; y os regocijaréis delante del Señor vuestro Dios.» Los judíos, incircuncisos de corazón, piensan que el fruto más hermoso de la madera es el del cidro, a causa de su tamaño; ni se avergüenzan de decir que se adora a Dios con cedro, a quien no bastarían todos los cuadrúpedos de la tierra como holocausto ni como incienso para quemar. Y además, oh duros pechos, si el cidro os parece hermoso, ¿por qué no la granada, y otros frutos de árboles, y entre ellos las manzanas, que superan con mucho al cidro? En efecto, en el Cantar de los Cantares, [] habiendo Salomón hecho mención de todos estos frutos, pasa en silencio solamente el cidro. Pero esto engaña a los incautos, pues no han entendido que el árbol de la vida [] que un día dio el Paraíso, de nuevo lo ha producido la Iglesia para todos, a saber, el fruto maduro y hermoso de la fe.
    Tal fruto es necesario que llevemos cuando vengamos al tribunal de Cristo, en el primer día de la fiesta; pues si estamos sin él, no podremos celebrar la fiesta con Dios, ni tener parte, según Juan, [] en la primera resurrección. Porque el árbol de la vida es la sabiduría, engendrada primero de todo. «Ella es árbol de vida para los que la abrazan,» dice el profeta; [] «y dichoso todo el que la retiene.» «Árbol plantado junto a las aguas, que dará su fruto a su tiempo;» es decir, el saber, la caridad y la discreción se imparten a su debido tiempo a quienes vienen a las aguas de la redención.
    El que no ha creído en Cristo, ni ha entendido que Él es el primer principio y el árbol de la vida, puesto que no puede mostrar a Dios su tabernáculo adornado con los frutos más hermosos, ¿cómo celebrará la fiesta? ¿Cómo se regocijará? ¿Deseas conocer el fruto hermoso del árbol? Considera las palabras de nuestro Señor Jesucristo, cuán agradables son por encima de los hijos de los hombres. Buen fruto vino por Moisés, es decir, la Ley, pero no tan hermoso como el Evangelio. Pues la Ley es una especie de figura y sombra de las cosas venideras, pero el Evangelio es verdad y gracia de vida. Agradable era el fruto de los profetas, pero no tan agradable como el fruto de la inmortalidad que se recoge del Evangelio.

    Capítulo 4. La mente más clara cuando está limpia del pecado

    los ornamentos de la mente y el orden de la virtud; la caridad profunda y plena; la castidad, último ornamento de todos; el uso mismo del matrimonio debe ser refrenado.

    Discurso 9, cap. 4

    «Y tomaréis el primer día ramas de árboles hermosos, ramas de palmeras.» [] Esto significa el ejercicio de la disciplina divina, por el cual la mente que somete las pasiones queda limpia y adornada, al barrer y expulsar de ella los pecados. Porque es necesario venir limpio y adornado a la fiesta, revestido, como por un decorador, con la disciplina y el ejercicio de la virtud. Pues la mente, una vez limpia con ejercicios laboriosos de los pensamientos que la distraen y oscurecen, percibe pronto la verdad; como la viuda en los Evangelios [] halló la moneda después de haber barrido la casa y echado fuera la suciedad, es decir, las pasiones que oscurecen y nublan la mente, las cuales aumentan en nosotros por nuestra molicie y negligencia.
    Quien, por tanto, desea venir a aquella Fiesta de los Tabernáculos, para ser contado entre los santos, procure primero el hermoso fruto de la fe, luego ramas de palmera, es decir, la meditación atenta y el estudio de las Escrituras, después las ramas extendidas y densamente hojosas de la caridad, que Él nos manda tomar después de las ramas de palmera; llamando con gran propiedad a la caridad ramas densas, porque es toda espesa, compacta y muy fecunda, sin tener nada seco ni vacío, sino todo lleno, tanto ramas como troncos. Tal es la caridad, que no tiene parte vacía ni infructuosa. Pues «aunque venda todos mis bienes y los dé a los pobres, y aunque entregue mi cuerpo al fuego, y aunque tenga tanta fe que pueda mover montañas, si no tengo caridad, nada soy.» La caridad, por tanto, es un árbol el más espeso y fecundo de todos, lleno y abundante, copiosamente abundante en gracias.
    Después de esto, ¿qué más quiere Él que tomemos? Ramas de sauce; indicando con esa figura la justicia, porque «los justos,» según el profeta, brotarán «como hierba en medio de las aguas, como sauces junto a las corrientes de agua,» floreciendo en la palabra. Por último, para coronarlo todo, se manda que se traiga la rama del árbol agnocasto para decorar el Tabernáculo, porque es por su mismo nombre el árbol de la castidad, con el cual se adornan los ya nombrados. Váyanse ahora los lascivos que, por su amor al placer, rechazan la castidad. ¿Cómo entrarán a la fiesta con Cristo quienes no han adornado su tabernáculo con ramas de castidad, ese árbol divinizante y bendito con el cual todos los que se apresuran a aquella asamblea y banquete nupcial deben ceñirse y cubrir sus lomos? Pues venid, hermosas vírgenes, considerad la Escritura misma y sus mandatos: cómo la palabra divina ha puesto a la castidad como corona de las virtudes y deberes que se han mencionado, mostrando cuán conveniente y deseable es para la resurrección, y que sin ella nadie obtendrá las promesas que nosotros, que profesamos la virginidad, cultivamos y ofrecemos al Señor de modo supremo. También la poseen quienes viven castamente con sus esposas y, como alrededor del tronco, dan sus ramas bajas que llevan castidad, no pudiendo, como nosotros, alcanzar sus ramas altas y poderosas, ni siquiera tocarlas; sin embargo, también ellos ofrecen, no menos verdaderamente, aunque en menor grado, las ramas de la castidad. Pero los que son aguijoneados por sus concupiscencias, aunque no cometan fornicación, sin embargo, incluso en las cosas permitidas con una esposa legítima, por el calor de una concupiscencia no sometida son excesivos en los abrazos, ¿cómo celebrarán la fiesta? ¿Cómo se regocijarán, quienes no han adornado su tabernáculo, es decir, su carne, con las ramas del agnocasto, ni han escuchado lo que se ha dicho: que «los que tienen esposa sean como si no la tuvieran?» []

    Capítulo 5. El misterio de los Tabernáculos

    Discurso 9, cap. 5

    Por lo cual, sobre todas las cosas, digo a los que aman los combates y son de ánimo fuerte que, sin demora, honren la castidad como cosa sumamente útil y gloriosa. Porque en la nueva e indisoluble creación, quien no sea hallado adornado con las ramas de la castidad, no obtendrá descanso, porque no ha cumplido el mandamiento de Dios según la ley, ni entrará en la tierra de la promesa, porque no ha celebrado antes la Fiesta de los Tabernáculos. Pues sólo quienes han celebrado la Fiesta de los Tabernáculos llegan a la Tierra Santa, partiendo de aquellas moradas llamadas tabernáculos, hasta que entran en el templo y la ciudad de Dios, avanzando hacia un gozo mayor y más glorioso, como indican las figuras judías. Porque así como los israelitas, habiendo dejado las fronteras de Egipto, llegaron primero a los Tabernáculos, y desde allí, habiendo partido de nuevo, entraron en la tierra de la promesa, así también hacemos nosotros. Porque yo también, emprendiendo mi viaje y saliendo del Egipto de esta vida, llegué primero a la resurrección, que es la verdadera Fiesta de los Tabernáculos, y allí, habiendo levantado mi tabernáculo, adornado con los frutos de la virtud, en el primer día de la resurrección, que es el día del juicio, celebro con Cristo el milenio de descanso, llamado el séptimo día, el verdadero Sábado. Luego, a partir de allí, yo, seguidora de Jesús, «que ha entrado en los cielos,» [] como ellos también, después del descanso de la Fiesta de los Tabernáculos, entraron en la tierra de la promesa, entro en los cielos, no permaneciendo ya en tabernáculos — es decir, mi cuerpo no permaneciendo como antes, sino, transcurrido el espacio de mil años, cambiado de forma humana y corruptible a tamaño y hermosura angélicos, donde al fin nosotras las vírgenes, cuando la fiesta de la resurrección sea consumada, pasaremos del lugar maravilloso del tabernáculo a cosas mayores y mejores, ascendiendo a la misma casa de Dios sobre los cielos, como, dice el Salmista, «en voz de alabanza y acción de gracias, entre los que guardan día santo.» Yo, oh Arete, mi señora, te ofrezco como don este manto, adornado según mi capacidad.
    [Euboulios]. Me conmueve mucho, oh Gregorion, considerando en mi interior con cuánta ansiedad de ánimo debe estar Domnina por el carácter de los discursos, perpleja de corazón como está, y con razón, temiendo quedarse sin palabras y hablar más débilmente que las demás vírgenes, puesto que ellas han hablado del tema con tanta habilidad y variedad. Si, pues, estaba evidentemente conmovida, ven y completa también esto; porque me pregunto si tenía algo que decir, siendo la última en hablar.
    [Gregorion]. Teopatra me dijo, Euboulios, que estaba muy conmovida, pero no perpleja por falta de palabras. Después, pues, de que Tusiana hubo terminado, Arete la miró y dijo: Ven, hija mía, pronuncia también un discurso, para que nuestro banquete sea del todo completo. Ante esto, Domnina, ruborizándose y tras larga demora, apenas levantando la vista, se levantó a orar y, volviéndose, invocó a la Sabiduría como ayuda presente. Y cuando hubo orado, Teopatra dijo que de repente le vino valor, y una cierta confianza divina se apoderó de ella, y dijo:—

    Discurso 10 · Domnina

    Discurso 10, oradora

    Domnina

    Capítulo 1. La castidad es la única que ayuda y realiza el gobierno más loable del alma

    Discurso 10, cap. 1

    Oh Arete, yo también, omitiendo los largos preludios de los exordios, procuraré según mi capacidad entrar en el asunto, no sea que, demorándome en aquellas cosas que están fuera del tema en cuestión, hable de ellas más extensamente de lo que su importancia justificaría. Pues considero que es parte muy grande de la prudencia no pronunciar largos discursos, que sólo deleitan los oídos, antes de llegar a la cuestión principal, sino comenzar inmediatamente por el punto en debate. Así pues, comenzaré desde allí, porque ya es tiempo.
    Nada puede aprovechar tanto a una persona, oh hermosas vírgenes, en cuanto a la excelencia moral, como la castidad; pues la castidad sola realiza y hace que el alma sea gobernada de la manera más noble y mejor, y sea puesta en libertad, pura de las manchas y contaminaciones del mundo. Por esta razón, cuando Cristo nos enseñó a cultivarla y mostró su insuperable hermosura, fue destruido el reino del Maligno, que antes llevaba cautiva y esclavizaba a toda la raza de los hombres, de modo que ninguno de los antiguos agradó al Señor, sino que todos fueron vencidos por los errores, ya que la ley no era por sí misma suficiente para librar a la raza humana de la corrupción, hasta que la virginidad, sucediendo a la ley, gobernó a los hombres por los preceptos de Cristo. Ni en verdad se habrían precipitado tan a menudo los primeros hombres en combates y matanzas, en lujuria e idolatría, si la justicia que viene por la ley les hubiera sido suficiente para la salvación. Ahora bien, en verdad estaban entonces confundidos por grandes y frecuentes calamidades; pero desde el tiempo en que Cristo se encarnó, y armó y adornó Su carne con la virginidad, fue quitado el tirano salvaje que era amo de la incontinencia, y la paz y la fe tienen dominio, no volviéndose ya los hombres tanto como antes a la idolatría.

    Capítulo 2. Explicación de la alegoría de los árboles que piden un rey, en el libro de los Jueces

    Discurso 10, cap. 2

    Pero para que no parezca a algunos que soy sofística, y que conjeturo estas cosas de meras probabilidades, y que parloteo, os presentaré, oh vírgenes, del Antiguo Testamento, una profecía escrita del libro de los Jueces, para mostrar que digo la verdad, donde ya estaba claramente predicho el futuro reinado de la castidad. Pues leemos: «Los árboles salieron una vez a ungir un rey sobre ellos; y dijeron al olivo: Reina sobre nosotros. Pero el olivo les dijo: ¿Debo dejar mi grosura, con la cual honran a Dios y a los hombres, e ir a ser promovido sobre los árboles? Y los árboles dijeron a la higuera: Ven, y reina sobre nosotros. Pero la higuera les dijo: ¿Debo abandonar mi dulzura y mi buen fruto, e ir a ser promovida sobre los árboles? Entonces dijeron los árboles a la vid: Ven, y reina sobre nosotros. Y la vid les dijo: ¿Debo dejar mi vino, que alegra a Dios y a los hombres, e ir a ser promovida sobre los árboles? Entonces dijeron todos los árboles a la zarza: Ven, y reina sobre nosotros. Y la zarza dijo a los árboles: Si en verdad me ungís rey sobre vosotros, entonces venid y confiad en mi sombra; y si no, que salga fuego de la zarza y devore los cedros del Líbano.»
    Ahora bien, que estas cosas no se dicen de árboles que crecen de la tierra, es claro. Pues los árboles inanimados no pueden reunirse en consejo para elegir un rey, ya que están firmemente fijados por raíces profundas a la tierra. Pero todas estas cosas se narran en absoluto acerca de las almas que, antes de la encarnación de Cristo, deleitándose demasiado en las transgresiones, se acercan a Dios como suplicantes, y piden Su misericordia, y ser gobernadas por Su piedad y compasión, lo cual la Escritura expresa bajo la figura del olivo, porque el aceite es de gran provecho para nuestros cuerpos, y quita nuestras fatigas y dolencias, y proporciona luz. Pues toda luz de lámpara aumenta cuando es alimentada por el aceite. Así también las misericordias de Dios disuelven por completo la muerte, asisten a la raza humana y nutren la luz del corazón. Y considerad si las leyes, desde el primer hombre creado hasta Cristo sucesivamente, no fueron expuestas por la Escritura en estas palabras mediante ficciones, contra las cuales el diablo ha engañado a la raza humana. Y ha comparado la higuera al mandamiento dado al hombre en el paraíso, porque, cuando fue engañado, cubrió su desnudez con las hojas de una higuera; [] y la vid al precepto dado a Noé en el tiempo del diluvio, porque, vencido por el vino, fue burlado. [] El olivo significa la ley dada a Moisés en el desierto, porque la gracia profética, el santo óleo, había faltado de su heredad cuando quebrantaron la ley. Por último, la zarza se refiere no inaptamente a la ley que fue dada a los apóstoles para la salvación del mundo; porque por su instrucción hemos sido enseñados en la virginidad, de la cual sola el diablo no ha podido hacer una imagen engañosa. Por esta causa, también, se han dado cuatro Evangelios, porque Dios ha dado cuatro veces el Evangelio a la raza humana, y la ha instruido por cuatro leyes, cuyos tiempos se conocen claramente por la diversidad de los frutos. Pues la higuera, a causa de su dulzura y riqueza, representa las delicias del hombre, que tenía en el paraíso antes de la caída. En efecto, no raramente, como mostraremos después, el Espíritu Santo [] toma el fruto de la higuera como emblema de bondad. Pero la vid, a causa de la alegría producida por el vino, y del gozo de los que fueron salvados de la ira y del diluvio, significa el cambio producido del temor y la ansiedad al gozo. [] Además, el olivo, a causa del aceite que produce, indica la compasión de Dios, que de nuevo, después del diluvio, soportó pacientemente cuando los hombres se desviaron a la impiedad, de modo que les dio la ley y se manifestó a algunos, y nutrió con aceite la luz de la virtud, ya casi extinguida.

    Capítulo 3. La zarza y el agnos, símbolo de la castidad

    los cuatro Evangelios, es decir, enseñanzas o leyes, que instruyen para la salvación.

    Discurso 10, cap. 3

    Ahora bien, la zarza encomia la castidad, pues la zarza y el agnos son el mismo árbol: por algunos se llama zarza, por otros agnos. Quizá sea porque la planta es afín a la virginidad por lo que se la llama zarza y agnos; zarza, por su fuerza y firmeza contra los placeres; agnos, porque siempre continúa casta. De ahí que la Escritura relate que Elías, huyendo del rostro de la mujer Jezabel, [] al principio llegó a una zarza, y allí, habiendo sido escuchado, recibió fuerza y tomó alimento; significando que para quien huye de los incentivos de la lujuria, y de una mujer — es decir, del placer — el árbol de la castidad es refugio y sombra, gobernando a los hombres desde la venida de Cristo, el jefe de las vírgenes. Pues cuando las primeras leyes, que fueron promulgadas en los tiempos de Adán y Noé y Moisés, fueron incapaces de dar salvación al hombre, sólo la ley evangélica ha salvado a todos.
    Y esta es la causa por la que se puede decir que la higuera no obtuvo el reino sobre los árboles, que, en sentido espiritual, significan los hombres; y la higuera, el mandamiento, porque el hombre deseaba, aun después de la caída, volver a estar sujeto al dominio de la virtud, y no ser privado de la inmortalidad del paraíso del placer. Pero, habiendo transgredido, fue rechazado y arrojado lejos, como quien ya no podía ser gobernado por la inmortalidad, ni era capaz de recibirla. Y el primer mensaje a él después de la transgresión fue predicado por Noé, [] al cual, si hubiera aplicado su mente, habría podido ser salvado del pecado; porque en él prometía a la vez felicidad y descanso de los males, si le prestaba atención con todas sus fuerzas, así como la vid promete dar vino a quienes la cultivan con cuidado y trabajo. Pero tampoco esta ley gobernó a la humanidad, pues los hombres no la obedecieron, aunque fue predicada celosamente por Noé. Mas, después que comenzaron a ser rodeados y anegados por las aguas, comenzaron a arrepentirse, y a prometer que obedecerían los mandamientos. Por lo cual con desdén son rechazados como súbditos; es decir, se les dice despectivamente que no pueden ser ayudados por la ley; respondiéndoles el Espíritu y reprochándoles porque habían abandonado a aquellos hombres a quienes Dios había ordenado ayudarles, y salvarlos, y alegrarlos; tales como Noé y los que con él estaban. «Aun a vosotros, oh rebeldes,» dijo él, «vengo, a traer ayuda a vosotros, que estáis destituidos de prudencia, y que en nada diferís de árboles secos, y que antes no me creísteis cuando prediqué que debíais huir de las cosas presentes.»

    Capítulo 4. La ley es inútil para la salvación; la última ley de la castidad bajo la figura de la zarza

    Discurso 10, cap. 4

    Y así aquellos hombres, habiendo sido de este modo rechazados del cuidado divino, y habiéndose entregado de nuevo la raza humana al error, Dios envió de nuevo, por medio de Moisés, una ley para gobernarlos y llamarlos a la justicia. Pero éstos, juzgando oportuno despedirse para siempre de esta ley, se volvieron a la idolatría. De ahí que Dios los entregó a matanzas mutuas, a destierros y cautiverios, confesando la ley misma, por así decirlo, que no podía salvarlos. Por tanto, agotados por los males y afligidos, prometieron de nuevo que obedecerían los mandamientos; hasta que Dios, compadeciéndose del hombre por cuarta vez, envió a la castidad para gobernarlos, a la cual la Escritura llamó en consecuencia zarza. Y ella, consumiendo los placeres, amenaza además con que, a menos que todos la obedezcan sin dudar y vengan verdaderamente a ella, destruirá a todos con fuego, ya que en adelante no habrá otra ley ni doctrina sino juicio y fuego. Por esta razón, el hombre comenzó desde entonces a obrar justicia, y a creer firmemente en Dios, y a separarse del diablo. Así fue enviada la castidad, como cosa sumamente útil y provechosa para los hombres. Pues de ella sola el diablo no pudo forjar una imitación para extraviar a los hombres, como es el caso con los demás preceptos.

    Capítulo 5. La malignidad del diablo como imitador en todas las cosas; dos clases de higueras y vides

    Discurso 10, cap. 5

    La higuera, como dije, por la dulzura y excelencia de su fruto, siendo tomada como figura de las delicias del paraíso, el diablo, habiendo engañado al hombre con sus imitaciones, lo llevó cautivo, persuadiéndole a cubrir la desnudez de su cuerpo con hojas de higuera; es decir, con su frotamiento lo excitó al placer sexual. Asimismo, a los que habían sido salvados del diluvio, los embriagó con una bebida que era imitación de la vid del gozo espiritual; y de nuevo se burló de ellos, habiéndolos despojado de la virtud. Y lo que digo se hará más claro en adelante.
    El enemigo, por su poder, imita siempre las formas de la virtud y de la justicia, no con el fin de promover verdaderamente su ejercicio, sino para engaño e hipocresía. Pues a fin de atraer a la muerte a quienes huyen de la muerte, está exteriormente teñido con los colores de la inmortalidad. Y por eso desea parecer higuera o vid, y producir dulzura y gozo, y es «transformado en ángel de luz,» [] atrapando a muchos con la apariencia de piedad.
    Porque hallamos en las Sagradas Escrituras que hay dos clases de higueras y de vides, «los higos buenos, muy buenos; y los malos, muy malos;» [] «vino que alegra el corazón del hombre.» y vino que es veneno de dragones, y veneno incurable de áspides. [] Pero desde el tiempo en que la castidad comenzó a reinar sobre los hombres, el fraude fue detectado y vencido, derribándolo Cristo, el jefe de las vírgenes. Así, tanto la higuera verdadera como la vid verdadera dan fruto después que el poder de la castidad se ha apoderado de todos los hombres, como predica el profeta Joel, diciendo: «No temas, oh tierra; alégrate y regocíjate, porque el Señor hará grandes cosas. No temáis, bestias del campo; porque los pastos del desierto brotan, porque el árbol da su fruto, la higuera y la vid dan su fuerza. Alegraos, pues, hijos de Sión, y regocijaos en el Señor vuestro Dios, porque os ha dado alimento para justicia;» llamando a las leyes anteriores la vid y la higuera, árboles que dan fruto para justicia para los hijos de la Sión espiritual, que dieron fruto después de la encarnación del Verbo, cuando la castidad reinó sobre nosotros, cuando antes, a causa del pecado y de mucho error, habían detenido y destruido sus brotes. Pues la vid verdadera y la higuera verdadera no pudieron darnos un alimento que fuera provechoso para la vida, mientras aún florecía la higuera falsa, adornada de varias maneras con fines de fraude. Pero cuando el Señor secó las ramas falsas, las imitaciones de las ramas verdaderas, pronunciando la sentencia contra la higuera amarga, «No crezca ya fruto de ti para siempre,» [] entonces aquellos árboles que verdaderamente daban fruto florecieron y dieron alimento para justicia.
    La vid, y no en pocos lugares, se refiere al Señor mismo, [] y la higuera al Espíritu Santo, como el Señor «alegra los corazones de los hombres,» y el Espíritu los sana. Y por eso se manda a Ezequías [] que primero haga un emplasto con una masa de higos — es decir, el fruto del Espíritu — para que sea sanado — es decir, según el apóstol — por el amor; pues dice: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza;» [] los cuales, a causa de su gran agrado, el profeta llama higos. También Miqueas dice: «Se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera; y nadie los atemorizará.» [] Ahora bien, es cierto que quienes se han refugiado y descansado bajo el Espíritu, y bajo la sombra del Verbo, no serán alarmados ni atemorizados por aquel que turba los corazones de los hombres.

    Capítulo 6. El misterio de la visión de Zacarías

    Discurso 10, cap. 6

    Además, Zacarías muestra que el olivo prefigura la ley de Moisés, hablando así: «Y el ángel que hablaba conmigo volvió y me despertó, como a un hombre despertado de su sueño, y me dijo: ¿Qué ves? Y dije: He mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con una copa sobre su parte superior... Y dos olivos junto a él, uno a la derecha de la copa, y el otro a su izquierda.» [] Y después de unas pocas palabras, el profeta, preguntando qué son los olivos a la derecha y a la izquierda del candelabro, y qué las dos ramas de olivo en las manos de los dos tubos, el ángel respondió y dijo: «Estos son los dos hijos de la fecundidad que están junto al Señor de toda la tierra,» significando las dos virtudes primogénitas que asisten ante Dios, las cuales, en Su morada, suministran alrededor de la mecha, por las ramas, el aceite espiritual de Dios, para que el hombre tenga la luz del conocimiento divino. Pero las dos ramas de los dos olivos son la ley y los profetas, alrededor, por así decirlo, de la porción de la herencia, de la cual Cristo y el Espíritu Santo son los autores, no pudiendo nosotros entretanto tomar todo el fruto y la grandeza de estas plantas, antes de que la castidad comenzara a regir el mundo, sino sólo sus ramas — a saber, la ley y los profetas — cultivábamos antes, y eso moderadamente, dejándolas a menudo escapar. Pues ¿quién pudo jamás recibir a Cristo o al Espíritu, a menos que primero se purificara? Porque el ejercicio que prepara el alma desde la niñez para la gloria deseable y deleitable, y lleva con seguridad esta gracia allí con facilidad, y de pequeños trabajos levanta poderosas esperanzas, es la castidad, que da inmortalidad a nuestros cuerpos; la cual conviene que todos los hombres prefieran voluntariamente en honor y alaben sobre todas las cosas; algunos, para que por su medio sean desposados con el Verbo, practicando la virginidad; y otros, para que por ella sean liberados de la maldición, «Polvo eres, y al polvo volverás.» []
    Esto, oh Arete, es el discurso sobre la virginidad que me pediste, realizado según mi capacidad; el cual ruego, oh señora, aunque sea mediocre y breve, que recibas con bondad de mí, que fui elegido para hablar en último lugar.

    Discurso 11 · Arete

    Discurso 11, oradora

    Arete

    Capítulo 1. Las vírgenes verdaderas y castas son pocas; la castidad, un combate; Tecla, la principal de las vírgenes,

    Discurso 11, cap. 1

    Lo acepto, relató Teopatra que Arete dijo, y lo apruebo todo. Porque es excelente, aunque no hubierais hablado con tanta claridad, emprender y recorrer con empeño las cosas que se han dicho, no para preparar un dulce entretenimiento a los que escuchan, sino para corrección, recogimiento y abstinencia. Pues quien enseña que la castidad ha de ser preferida y abrazada ante todo entre mis ocupaciones, aconseja rectamente; la cual muchos piensan que honran y cultivan, pero que pocos, por así decirlo, honran realmente. Porque no es quien se ha esforzado por refrenar su carne del placer del deleite carnal el que cultiva la castidad, si no mantiene a raya los demás deseos; antes bien la deshonra, y no en grado pequeño, con bajas concupiscencias, cambiando placeres por placeres. Ni si ha resistido con fuerza los deseos de los sentidos, pero se enaltece con vanagloria, y por esta causa puede reprimir los ardores de la ardiente lujuria y considerarlos todos como nada, puede pensarse que honra la castidad; pues la deshonra en cuanto se enaltece con orgullo, limpiando lo de fuera de la copa y del plato, es decir, la carne y el cuerpo, pero dañando el corazón con presunción y ambición. Ni cuando alguien se envanece de las riquezas desea honrar la castidad; la deshonra más que todos, prefiriendo una pequeña ganancia a aquello a lo que nada es comparable de las cosas que en esta vida son estimadas. Pues todas las riquezas y el oro «respecto de ella son como un poco de arena.» [] Y tampoco quien se ama a sí mismo sobre medida, y considera con afán lo que es conveniente para sí solo, sin atender a las necesidades de su prójimo, honra la castidad, sino que también la deshonra. Pues quien ha rechazado de sí la caridad, la misericordia y la humanidad, es muy inferior a los que ejercen honrosamente la castidad. Ni es justo, por una parte, mediante el uso de la castidad guardar la virginidad, y, por otra, manchar el alma con malas obras y concupiscencia; ni aquí profesar pureza y continencia, y allá mancharla entregándose a los vicios. Ni, además, aquí declarar que las cosas de este mundo no le causan ningún cuidado, y allá afanarse por conseguirlas y preocuparse por ellas. Antes bien, todos los miembros han de conservarse intactos y libres de corrupción; no sólo los sexuales, sino también aquellos miembros que sirven al servicio de las concupiscencias. Porque sería ridículo conservar puros los órganos de la generación, pero no la lengua; o conservar la lengua, pero ni la vista, los oídos, ni las manos; o, por último, conservar puros éstos, pero no la mente, manchándola con orgullo e ira.
    Es del todo necesario para quien ha resuelto no apartarse de la práctica de la castidad, mantener todos sus miembros y sentidos limpios y bajo control, como es costumbre con las tablas de los navíos, cuyas junturas los constructores unen diligentemente, no sea que por cualquier medio quede abierta la vía y el acceso para que el pecado se derrame en la mente. Porque las grandes empresas están expuestas a grandes caídas, y el mal se opone más a lo que es verdaderamente bueno que a lo que no es bueno. Pues muchos que pensaron que reprimir los vehementes deseos lascivos constituía la castidad, descuidando otros deberes relacionados con ella, fallaron también en esto, y han traído deshonra sobre los que se esfuerzan tras ella por el camino recto, como lo habéis demostrado vosotros, que sois modelo en todo, llevando vida virginal de obra y de palabra. Y ahora se ha descrito lo que conviene al estado virginal.
    Y habiendo todas vosotras contendido suficientemente en el hablar, a mi oído, os declaro vencedoras y os corono; pero a Tecla con una corona más grande y más espesa, como principal entre vosotras y por haber brillado con mayor resplandor que las demás.

    Capítulo 2. Tecla canta decorosamente un himno, y las demás vírgenes cantan con ella

    Juan el Bautista, mártir de la castidad; la Iglesia, esposa de Dios, pura y virgen.

    Discurso 11, cap. 2

    Teopatra dijo que, habiendo dicho Arete estas cosas, les ordenó a todas levantarse y, de pie bajo el Agnos, elevar al Señor de manera decorosa un himno de acción de gracias; y que Tecla debía comenzar y guiar a las demás. Y cuando se levantaron, dijo que Tecla, de pie en medio de las vírgenes a la derecha de Arete, cantó decorosamente; pero las demás, de pie juntas en círculo a manera de coro, le respondieron: «Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.»
    Tecla. I. Desde lo alto, oh vírgenes, ha venido el son de un ruido que despierta a los muertos, ordenándonos a todas salir al encuentro del Esposo con vestiduras blancas y con antorchas hacia el oriente. Levantaos, antes de que el Rey entre dentro de las puertas.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 2. Huyendo de la felicidad dolorosa de los mortales, y habiendo despreciado los exuberantes deleites de la vida y su amor, deseo ser protegida bajo Tus brazos vivificantes y contemplar Tu hermosura para siempre, oh Bendito.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 3. Dejando el matrimonio y los lechos de los mortales y mi dorado hogar por Ti, oh Rey, he venido con vestiduras inmaculadas, para poder entrar contigo dentro de Tu feliz cámara nupcial.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 4. Habiendo escapado, oh Bendito, de las innumerables y hechiceras astucias de la serpiente, y, además, de la llama del fuego y de los asaltos mortíferos de las fieras, Te espero desde el cielo.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 5. Olvido mi propia patria, oh Señor, por el deseo de Tu gracia. Olvido también la compañía de las vírgenes, mis compañeras, el deseo incluso de madre y de parientes, porque Tú, oh Cristo, eres todas las cosas para mí.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 6. Dador de vida eres Tú, oh Cristo. Salve, luz que nunca se pone, recibe esta alabanza. La compañía de las vírgenes te invoca, Flor Perfecta, Amor, Gozo, Prudencia, Sabiduría, Verbo.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 7. Con puertas abiertas, oh Reina hermosamente engalanada, admítenos dentro de tus cámaras. Oh Esposa inmaculada, gloriosamente triunfante, respirando hermosura, estamos junto a Cristo, vestidos como Él, celebrando tus felices nupcias, oh doncella juvenil.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 8. Las vírgenes de pie fuera de la cámara, [] con lágrimas amargas y profundos gemidos, lloran y lamentan tristemente que sus lámparas se han apagado, por no haber logrado entrar a tiempo en la cámara del gozo.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 9. Pues apartándose del sagrado camino de vida, desdichadas, han descuidado preparar suficiente aceite para la senda de la vida; llevando lámparas cuya brillante luz está muerta, gimen desde los recónditos rincones de su mente.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 10. Aquí hay copas llenas de dulce néctar; bebamos, oh vírgenes, porque es bebida celestial, que el Esposo ha puesto para los debidamente llamados a las bodas.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 11. Abel, prefigurando claramente Tu muerte, [] oh Bendito, con sangre que fluía y ojos elevados al cielo, dijo: Cruelmente asesinado por mano de un hermano, oh Verbo, te ruego que me recibas.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 12. Tu valeroso hijo José, [] oh Verbo, ganó el mayor premio de la virginidad, cuando yo, una mujer encendida de deseo, lo arrastraba a la fuerza a un lecho ilícito; pero él, sin hacerle caso, huyó desnudo y clamando en alta voz:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 13. Jefté ofreció a Dios en sacrificio a su hija virgen recién degollada, como un cordero; y ella, cumpliendo noblemente el tipo de Tu cuerpo, oh Bendito, clamó valientemente:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 14. La audaz Judit, cortando con astutas artimañas la cabeza al jefe de las huestes extranjeras, a quien antes había seducido con su hermosa figura, sin mancillar los miembros de su cuerpo, con grito de vencedora dijo:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 15. Viendo la gran hermosura de Susana, los dos jueces, enloquecidos de deseo, dijeron: Oh querida señora, hemos venido deseando trato secreto contigo; pero ella con gritos temblorosos dijo:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 16. Mucho mejor me es morir que entregaros mis nupcias, oh enloquecidos por mujeres, y sufrir así la justicia eterna de Dios en venganza ardiente. Sálvame ahora, oh Cristo, de estos males.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 17. Tu Precursor, lavando multitudes de hombres en agua lustral corriente, fue llevado injustamente al degüello por un hombre malvado, a causa de su castidad; pero al teñir el polvo con la sangre de su vida, clamó a Ti, oh Bendito:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 18. La madre de Tu vida, aquella Gracia inmaculada [] y Virgen sin mancha, llevando en su seno sin concurso de varón, por concepción inmaculada, y que por ello se hizo sospechosa de haber traicionado el lecho conyugal, ella, oh Bendito, estando encinta, habló así:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 19. Deseando ver Tu día nupcial, oh Bendito, cuantos ángeles Tú, oh Rey, llamaste desde lo alto, trayendo los mejores dones a Ti, vinieron con vestiduras inmaculadas:—
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 20. Con himnos, oh bendita esposa de Dios, nosotras, servidoras de la Esposa, te honramos, oh Iglesia virgen sin mancha, de forma blanca como la nieve, de oscuros cabellos, casta, inmaculada, amada.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 21. La corrupción ha huido, y los dolores llorosos de las enfermedades; la muerte ha sido quitada, toda necedad ha perecido, el devorador pesar mental ya no existe; porque de nuevo la gracia del Dios-Cristo ha resplandecido de repente sobre los mortales.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 22. El paraíso ya no está privado de los mortales, porque por decreto divino ya no mora allí como antes, expulsado de allí cuando estaba libre de corrupción, y del temor por las varias astucias de las serpientes, oh Bendito.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 23. Cantando el cántico nuevo, ahora la compañía de las vírgenes te acompaña hacia los cielos, oh Reina, todas manifiestamente coronadas de blancos lirios y llevando en sus manos luces brillantes.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Tecla. 24. Oh Bendito, que habitaste las sedes inmaculadas del cielo sin principio, que gobernaste todas las cosas con poder eterno, oh Padre, con Tu Hijo, aquí estamos, recíbenos también dentro de las puertas de la vida.
    Coro. Pura me guardo para Ti, oh Esposo, y con antorcha encendida salgo a Tu encuentro.
    Comentario editorial · El himno de Tecla
    El banquete termina con un himno: Tecla canta las veinticuatro estrofas y las demás vírgenes responden con el estribillo («Pura me guardo para Ti, oh Esposo…»). Según Chatfield, cada estrofa empieza con una letra del alfabeto griego, de la A a la Ω, un acróstico que ayudaba a la memoria; la traducción castellana no lo muestra. El himno recorre ejemplos bíblicos de castidad: Abel, José, la hija de Jefté, Judit, Susana, Juan el Bautista. Heszen (2013) lo estudia como posible modelo de los kontakia de Romano el Melódico. El editor, Coxe, avisa de que ordenó el himno para destacar el estribillo del coro de manera algo distinta de la edición de Edimburgo.

    Capítulo 3. ¿Quiénes son mejores, los continentes o los que se deleitan en la tranquilidad de vida? Contiendas: el peligro de la castidad

    la felicidad de la tranquilidad; mentes purificadas y tranquilas son dioses; los que verán a Dios; virtud disciplinada por las tentaciones.

    Discurso 11, cap. 3

    [Eubulio]. Con razón, oh Gregorión, Tecla se ha llevado el premio principal.
    [Gregorión]. Con razón, ciertamente.
    [Eubulio]. Pero ¿qué hay de la extranjera Telmisiaca? Dime, ¿no estaba escuchando desde fuera? Me pregunto si pudo guardar silencio al oír de este banquete, y no fue inmediatamente, como un pájaro vuela a su alimento, a escuchar las cosas que se decían.
    [Gregorion]. Se dice que ella estuvo presente con Methodios cuando él preguntó a Arete acerca de estas cosas. Pero es cosa buena y dichosa tener por maestra y guía a una tal Arete, es decir, la virtud.
    [Euboulios]. Pero, Gregorion, ¿cuáles diremos que son mejores: los que sin deseo gobiernan la concupiscencia, o los que bajo los asaltos de la concupiscencia permanecen puros?
    [Gregorion]. Por mi parte, pienso que son mejores los que están libres de deseo, pues tienen su mente sin mancha y son del todo incorruptos, no pecando en nada.
    [Euboulios]. Bien, lo juro por la castidad, y con razón, oh Gregorion. Pero no sea que de algún modo te estorbe; si contradigo tus palabras, es para aprender mejor, y para que nadie en adelante pueda refutarme.
    [Gregorion]. Contradíceme cuanto quieras, tienes mi permiso. Pues creo, Euboulios, que sé lo bastante para enseñarte que quien no es concupiscente es mejor que quien lo es. Y si no puedo, entonces no hay nadie que pueda convencerte.
    [Euboulios]. ¡Bendígame! Me alegro de que me respondas con tanta magnanimidad y muestres cuán rico eres en sabiduría.
    [Gregorion]. Un mero charlatán, eso es lo que pareces ser, oh Euboulios.
    [Euboulios]. ¿Por qué así?
    [Gregorion]. Porque preguntas más por diversión que por la verdad.
    [Euboulios]. Habla con justicia, te lo ruego, buen amigo; pues admiro mucho tu sabiduría y tu renombre. Digo esto porque, respecto de las cosas que muchos sabios disputan a menudo entre sí, tú dices no sólo que las entiendes, sino que te jactas de poder enseñarlas a otro.
    [Gregorion]. Dime ahora con verdad si te resulta difícil aceptar la opinión de que los que no son concupiscentes superan a los que son concupiscentes y, sin embargo, se contienen. ¿O bromeas?
    [Euboulios]. ¿Cómo así, cuando te digo que no lo sé? Pero, vamos, dime, oh sapientísima señora, ¿en qué aventajan los no concupiscentes y castos a los concupiscentes que viven castamente?
    [Gregorion]. Porque, en primer lugar, tienen el alma misma pura, y el Espíritu Santo habita siempre en ella, puesto que no está distraída ni perturbada por fantasías y pensamientos desenfrenados, hasta el punto de contaminar la mente. Pero son en todo sentido inaccesibles al deseo, tanto en su carne como en su corazón, gozando de tranquilidad respecto de las pasiones. Pero los que son seducidos desde fuera, por el sentido de la vista, con fantasías, y reciben el deseo que fluye como un torrente en el corazón, a menudo no quedan menos contaminados, aun cuando piensen que luchan y combaten contra los placeres, siendo vencidos en su mente.
    [Euboulios]. ¿Diremos, pues, que son puros los que viven serenamente y no son turbados por los deseos?
    [Gregorion]. Ciertamente. Pues éstos [] son aquellos a quienes Dios hace dioses en las bienaventuranzas; ellos son los que creen en Él sin duda. Y Él dice que mirarán a Dios con confianza, porque no introducen nada que oscurezca o confunda el ojo del alma para la contemplación de Dios; sino que, eliminado todo deseo de las cosas seculares, no sólo, como he dicho, conservan la carne pura de unión carnal, sino que también el corazón, en el cual, especialmente, como en un templo, el Espíritu Santo reposa y habita, no está abierto a pensamientos impuros.
    [Euboulios]. Detente ahora; pues creo que desde aquí avanzaremos mejor hacia el descubrimiento de cuáles cosas son verdaderamente las mejores; y dime, ¿llamas a alguien buen piloto?
    [Gregorion]. Ciertamente lo hago.
    [Euboulios]. ¿Quién es mejor: el que salva su nave en grandes y angustiosas tormentas, o el que lo hace en una calma absoluta?
    [Gregorion]. El que lo hace en una grande y angustiosa tormenta.
    [Euboulios]. ¿No diremos, pues, que el alma que es inundada por las olas encrespadas de las pasiones y, sin embargo, no por ello se cansa ni desfallece, sino que dirige su nave —es decir, la carne— noblemente al puerto de la castidad, es mejor y más estimable que la que navega en tiempo de calma?
    [Gregorion]. Así lo diremos.
    [Euboulios]. Pues estar preparado contra la entrada de los vendavales del Espíritu Maligno, y no ser arrojado ni vencido, sino referirlo todo a Cristo, y luchar fuertemente contra los placeres, procura mayor alabanza que la que gana quien vive una vida virginal tranquila y con facilidad.
    [Gregorion]. Así parece.
    [Euboulios]. ¿Y qué dice el Señor? ¿No parece mostrar que quien conserva la continencia, aunque sea concupiscente, supera a quien, no teniendo concupiscencia, lleva una vida virginal?
    [Gregorion]. ¿Dónde dice eso?
    [Euboulios]. Donde, al comparar al sabio con una casa bien fundada, lo declara inconmovible, porque no puede ser derribado por lluvias, ni por inundaciones, ni por vientos; comparando, al parecer, estas tormentas con los deseos, y la firmeza inconmovible e inquebrantable del alma en la castidad con la roca.
    [Gregorion]. Pareces decir lo que es verdad.
    [Euboulios]. ¿Y qué dices del médico? ¿No llamas mejor al que ha sido probado en grandes enfermedades y ha curado a muchos enfermos?
    [Gregorion]. Lo hago.
    [Euboulios]. Pero el que nunca ha practicado en modo alguno, ni ha tenido jamás enfermos en sus manos, ¿no es en todos los aspectos el inferior?
    [Gregorion]. Sí.
    [Euboulios]. Entonces ciertamente podemos decir que un alma contenida en un cuerpo concupiscente, y que aplaca con los medicamentos de la templanza los desórdenes que nacen del ardor de los deseos, se lleva la palma de la curación, por encima de aquella a quien ha tocado en suerte gobernar rectamente un cuerpo libre de deseo.
    [Gregorion]. Hay que concederlo.
    [Euboulios]. ¿Y cómo es en la lucha? ¿Quién es mejor luchador: el que tiene muchos y fuertes antagonistas y continuamente está contendiendo sin ser vencido, o el que no tiene oponentes?
    [Gregorion]. Manifiestamente, el que lucha.
    [Euboulios]. Y, en la lucha, ¿no es el atleta que contiende el más experimentado?
    [Gregorion]. Hay que concederlo.
    [Euboulios]. Por tanto, es claro que aquel cuya alma contiende contra los impulsos del deseo, y no es abatida por él, sino que se retira y se pone en orden de batalla contra él, parece más fuerte que aquel que no desea.
    [Gregorion]. Cierto.
    [Euboulios]. ¿Qué, pues? ¿No te parece, Gregorion, que hay más valentía en ser esforzado contra los asaltos de los deseos viles?
    [Gregorion]. Sí, ciertamente.
    [Euboulios]. ¿No es esta valentía la fuerza de la virtud?
    [Gregorion]. Evidentemente.
    [Euboulios]. Por tanto, si la resistencia es la fuerza de la virtud, ¿no es el alma que es turbada por los deseos y, sin embargo, persevera contra ellos, más fuerte que la que no es turbada así?
    [Gregorion]. Sí.
    [Euboulios]. ¿Y si es más fuerte, entonces es mejor?
    [Gregorion]. Ciertamente.
    [Euboulios]. Por tanto, el alma concupiscente que ejerce el dominio de sí misma, como resulta de lo dicho, es mejor que la que no es concupiscente y ejerce el dominio de sí misma.
    [Gregorion]. Hablas con verdad, y desearé discurrir contigo todavía más plenamente acerca de estas cosas. Si, por tanto, te place, mañana volveré a oír sobre ellas. Ahora, sin embargo, como ves, es hora de entregarnos al cuidado del hombre exterior.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el banquete

    Los antiguos conocieron la obra y a su autor. Clark recoge que Epifanio llamó a Metodio «hombre docto» y valeroso defensor de la verdad (Herejías 64, 63) y que Jerónimo lo llamó mártir «elocuentísimo» (Comentario a Daniel, cap. 13); en el catálogo de Jerónimo, el Banquete ya figura entre sus libros (Sobre los varones ilustres, cap. 83). Pero la fortuna del autor se jugó sobre todo en otra parte: Wikipedia lo presenta como el primer opositor sistemático de Orígenes, y el Banquete es la obra donde esa oposición se ve menos y el método alegórico del adversario se ve más (así lo anotan Clark y Coxe).
    Lo que sí se ha estudiado aparte es el himno final. Heszen (2013) lo compara con los kontakia de Romano el Melódico y sostiene que puede haber sido modelo suyo: estrofas con un estribillo cantado por otros personajes, como el «Pura me guardo para Ti, oh Esposo» del coro de vírgenes.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre los principios, de Orígenes, el autor con quien Metodio discute, a veces sin nombrarlo; Sobre la santa virginidad, de Agustín, y Contra Joviniano, de Jerónimo, que tratan en Occidente la misma cuestión; El vestido de las vírgenes, de Cipriano, otro escrito de la antigüedad dirigido a las vírgenes; y el compendio sobre el milenialismo, donde Metodio aparece citado a propósito del séptimo milenio.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. La numeración de los capítulos y los nombres de las oradoras en los encabezados vienen de la edición inglesa; los rótulos en negrita, las notas, la figura y la portada son de esta edición. No se ha cotejado con el griego. Las dataciones de Metodio y de la obra no son seguras; donde las fuentes discrepan (hacia 311 o hacia 312; «diez» o «doce» vírgenes), se dice.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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