«Se siembra», dice, «en corrupción; resucita en incorrupción: se siembra en debilidad; resucita en poder: se siembra en deshonra; resucita en gloria: se siembra cuerpo natural; resucita cuerpo espiritual.» El grano de trigo, después de su disolución en el suelo, deja atrás la pequeñez de su volumen y la cualidad peculiar de su forma, y sin embargo no se ha dejado ni se ha perdido a sí mismo, sino que, aún centrado en sí mismo, crece hasta convertirse en espiga, aunque en muchos puntos ha hecho un avance sobre sí mismo, a saber, en tamaño, en esplendor, en complejidad, en forma. De la misma manera, el ser humano deposita en la muerte todos aquellos ropajes peculiares que ha adquirido de sus propensiones pasionales; quiero decir, la deshonra, la corrupción, la debilidad y las características de la edad; y, sin embargo, el ser humano no se pierde a sí mismo. Se transforma, por así decirlo, en una espiga; es decir, en incorrupción, gloria, honor, poder y perfección absoluta; en una condición en la que su vida ya no se lleva según los modos propios de la mera naturaleza, sino que ha pasado a una existencia espiritual e impasible. Pues es propio del cuerpo natural estar moviéndose siempre en una corriente, estar alterándose siempre respecto del estado del momento y mudando en otra cosa; pero ninguno de estos procesos, que observamos no sólo en el hombre sino también en las plantas y en las bestias, se hallará permaneciendo en la vida que habrá entonces. Además, me parece que las palabras del Apóstol armonizan en todo respecto con nuestra propia concepción de lo que es la Resurrección. Indican exactamente lo mismo que hemos plasmado en nuestra propia definición de ella, donde dijimos que la Resurrección no es otra cosa que «la reconstitución de nuestra naturaleza en su forma original». Pues, mientras aprendemos de la Escritura, en el relato de la primera Creación, que primero la tierra produjo «la hierba verde» (como dice la narración), y que luego de esta planta se obtuvo semilla, de la cual, cuando fue derramada en la tierra, brotó de nuevo la misma forma de la planta original, el Apóstol, debe observarse, declara que esto mismo sucede también en la Resurrección; y así aprendemos de él el hecho, no sólo de que nuestra humanidad será entonces cambiada en algo más noble, sino también de que lo que hemos de esperar en ello no es otra cosa que lo que fue al principio. En el principio, lo vemos, no fue una espiga que surgía de un grano, sino un grano que venía de una espiga, y después de eso la espiga crece en torno al grano: y así el orden indicado en este símil muestra claramente que todo aquel estado bienaventurado, que surge para nosotros por medio de la Resurrección, es sólo una vuelta a nuestro prístino estado de gracia. Nosotros también, de hecho, fuimos una vez, en cierto modo, una espiga plena; pero el calor abrasador del pecado nos secó, y luego, en nuestra disolución por la muerte, la tierra nos recibió: mas en la primavera de la Resurrección ella reproducirá este grano desnudo de nuestro cuerpo en la forma de una espiga, alta, bien proporcionada y erguida, que alcanza las alturas del cielo, y, en cuanto a hojas y barbas, resplandeciente en incorrupción y con todas las demás marcas divinas. Pues «esto corruptible debe vestirse de incorrupción»; y esta incorrupción, gloria, honor y poder son aquellas marcas distintas y reconocidas de la Deidad que una vez pertenecieron a aquel que fue creado a imagen de Dios, y que esperamos para el futuro. El primer hombre Adán, esto es, fue la primera espiga; mas con la llegada del mal la naturaleza humana quedó reducida a una mera multitud; y, como sucede al grano en la espiga, cada hombre individual fue despojado de la hermosura de aquella espiga primigenia, y se deshizo en el suelo: pero en la Resurrección nacemos de nuevo en nuestro esplendor original; sólo que en lugar de aquella única espiga primitiva nos convertimos en las incontables miríadas de espigas de los campos de trigo. La vida virtuosa, en contraste con la del vicio, se distingue así: aquellos que, mientras viven, han ejercido sobre sí mismos la agricultura mediante su conducta virtuosa, son revelados de inmediato en todas las cualidades de una espiga perfecta, mientras que aquellos cuyo grano desnudo (es decir, las fuerzas de su alma natural) se ha vuelto, por los malos hábitos, degenerado, por así decirlo, y endurecido por la intemperie (como crecen las llamadas semillas «acornadas», según los expertos en tales cosas), aunque vuelvan a vivir en la Resurrección, experimentarán una severidad muy grande de parte de su Juez, porque no poseen la fuerza para dispararse hasta las proporciones plenas de una espiga, y así convertirse en aquello que fuimos antes de nuestra caída terrena. El remedio ofrecido por el Supervisor de la mies es recoger la cizaña y los espinos, que han crecido junto con la buena semilla, y a cuya vida bastarda han pasado todas las fuerzas secretas que una vez nutrieron su raíz, de modo que no sólo ha tenido que permanecer sin su nutrimento, sino que ha sido ahogada y así vuelta improductiva por este crecimiento antinatural. Cuando de la parte nutritiva que hay en ellos haya sido extraído todo lo que es contrario o falsificación de ella, y haya sido entregado al fuego que consume todo lo antinatural, y así haya desaparecido, entonces también en esta clase su humanidad prosperará y madurará hasta dar fruto, gracias a tal agricultura, y algún día, después de largos cursos de edades, recobrará aquella forma universal que Dios estampó en nosotros al principio. Bienaventurados, ciertamente, aquellos en quienes la plena hermosura de esas espigas se desarrolle directamente apenas nazcan en la Resurrección. Mas decimos esto sin dar a entender que se manifestarán distinciones meramente corporales entre quienes han vivido virtuosamente y quienes han vivido viciosamente en esta vida, como si debiéramos pensar que uno será imperfecto en cuanto a su estructura material, mientras otro alcanzará la perfección en cuanto a ella. El prisionero y el libre, aquí en este mundo presente, son exactamente iguales en cuanto a las constituciones de sus dos cuerpos; aunque en cuanto al goce y al sufrimiento el abismo es ancho entre ellos. De esta manera, me parece, deberíamos calcular la diferencia entre los buenos y los malos en aquel tiempo intermedio. Pues la perfección de los cuerpos que surgen de aquella siembra de muerte consiste, como nos dice el Apóstol, en incorrupción, gloria, honor y poder; pero cualquier disminución en tales excelencias no denota una correspondiente mutilación corporal de aquel que ha resucitado, sino una retirada y un extrañamiento de cada una de aquellas cosas que se conciben como pertenecientes al bien. Visto, pues, que una u otra de estas dos ideas diametralmente opuestas, quiero decir el bien y el mal, debe de todos modos adherirse a nosotros, es claro que decir que un hombre no está incluido en el bien es una demostración necesaria de que está incluido en el mal.