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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 9 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minSegunda parte (§ 11–20): si el alma existe y qué es
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minTercera parte (§ 21–33): la definición del alma y la objeción de los átomos
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 10 minTercera parte (§ 21–33): la definición del alma y la objeción de los átomos
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 4 minTercera parte (§ 21–33): la definición del alma y la objeción de los átomos
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 10 minCuarta parte (§ 34–41): las pasiones y la naturaleza del alma
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCuarta parte (§ 34–41): las pasiones y la naturaleza del alma
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minQuinta parte (§ 42–49): dónde está el alma después de la muerte
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minSexta parte (§ 50–64): el alma y los elementos del cuerpo; el rico y Lázaro
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minSexta parte (§ 50–64): el alma y los elementos del cuerpo; el rico y Lázaro
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 2 minSexta parte (§ 50–64): el alma y los elementos del cuerpo; el rico y Lázaro
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 11 minSéptima parte (§ 65–71): la purificación del alma y el sentido del castigo
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minSéptima parte (§ 65–71): la purificación del alma y el sentido del castigo
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 12 minOctava parte (§ 72–82): la resurrección y los filósofos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 13 minOctava parte (§ 72–82): la resurrección y los filósofos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 3 minOctava parte (§ 72–82): la resurrección y los filósofos
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 14 minNovena parte (§ 83–88): las pruebas de la Escritura y las objeciones
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 14 minNovena parte (§ 83–88): las pruebas de la Escritura y las objeciones
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 7 minNovena parte (§ 83–88): las pruebas de la Escritura y las objeciones
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 2 minLo que dejó el diálogo

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    TEXTOS — GREGORIO DE NISA

    Índice de la obra

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    Gregorio de Nisa

    Sobre el alma y la resurrección

    Texto base: versión inglesa de William Moore y Henry Austin Wilson, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 5 (1893), «On the Soul and the Resurrection»

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Moore y Wilson; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 162 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Basilio ha muerto y Gregorio va a llorarlo con su hermana. La encuentra en su lecho, también a punto de morir, y ella, en vez de llorar con él, lo obliga a razonar: ¿por qué temer la muerte? Así empieza este diálogo, que la tradición griega tituló ta Makrinia, «lo de Macrina» (Wikipedia). Gregorio hace de interlocutor que objeta y su hermana, a la que llama siempre «la Maestra», de filósofa cristiana que responde: qué es el alma, si existe cuando el cuerpo se disuelve, qué son las pasiones, dónde está el alma después de la muerte, qué sentido tiene el castigo y cómo entender la resurrección de la carne. La escena recuerda al Fedón de Platón, con la diferencia de que aquí quien muere es una mujer y lo que se defiende es la fe de la Iglesia con las palabras de la Escritura.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de William Moore y Henry Austin Wilson, publicada en 1893 en el volumen 5 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (Gregory of Nyssa: Dogmatic Treatises, Etc., dirigido por Philip Schaff y Henry Wace). New Advent atribuye la versión a ambos traductores; la portada del tratado en CCEL no nombra a uno en particular. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano; se publica tal como salió, con sus límites declarados más abajo.

    Ficha de la obra

    AutorGregorio de Nisa (Wikipedia: Cesarea de Capadocia, entre 330 y 335 – Nisa, entre 394 y 400), obispo de Nisa, hermano menor de Basilio de Cesarea y de Macrina
    TítuloSobre el alma y la resurrección (griego Perì psychês kaì anastáseōs; también ta Makrinia, Wikipedia)
    FechaDespués de 379, año en que mueren Basilio y Macrina (Wikipedia); el diálogo se presenta como ocurrido en los últimos días de ella
    GéneroDiálogo filosófico: Gregorio objeta y Macrina, «la Maestra», responde
    EstructuraUn texto continuo, sin divisiones en la edición inglesa; esta edición numera los 88 párrafos y los agrupa en nueve partes (ver «Lo que viene de la edición»)
    ExtensiónUnas 31 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Moore y Wilson; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 5 (1893), tal como lo recoge CCEL

    La fuente y su traducción

    El volumen 5 de la segunda serie de los NPNF reúne los tratados dogmáticos de Gregorio de Nisa (Contra Eunomio, la Gran catequesis, Sobre la creación del hombre, Sobre el alma y la resurrección, Sobre la virginidad y otros), con un bosquejo de su vida. Según New Advent, la edición es de la Christian Literature Publishing Co., Buffalo, 1893; CCEL publica el mismo texto con las notas de los traductores. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Lo que viene de la edición. La edición inglesa no divide el diálogo ni numera sus párrafos. Para que la obra pueda leerse por partes y citarse, esta edición numera los párrafos del epub de partida («§ 1» a «§ 88») y los reúne en nueve partes con títulos del editor, que resumen de qué se habla en cada tramo; ni los números ni los títulos son de Gregorio. Las intervenciones de los dos interlocutores no llevan rótulo en el texto: se reconocen por «respondió la Maestra», «repliqué», etc. Las referencias bíblicas van sin corchetes, incorporadas a la frase, como en el inglés.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El cotejo con el epub inglés da los mismos 88 párrafos y un largo total de 1,02 veces el del inglés; no se detectaron párrafos sin traducir ni palabras inglesas sueltas. Es, aun así, traducción automática: las frases largas de Gregorio pueden perder matices, y los términos técnicos (nous, pathos, ousía) llegan a través de las elecciones de Moore y Wilson.

    Sobre el alma y la resurrección

    Primera parte (§ 1–10): el duelo por Basilio y la pregunta por la muerte

    § 1

    Basilio, grande entre los santos, había partido de esta vida hacia Dios; y el impulso de llorarlo era común a todas las iglesias. Mas su hermana, la Maestra, vivía todavía; y así me encaminé a ella, ansiando trocar con ella mi duelo por la pérdida de su hermano. Mi alma estaba con razón acongojada por este golpe doloroso, y buscaba a alguien que pudiera sentirlo igualmente, para mezclar mis lágrimas con las suyas. Mas cuando estuvimos en presencia el uno del otro, la vista de la Maestra despertó todo mi dolor; pues también ella yacía postrada, aun al borde de la muerte. Pues bien, cedió ante mí por un poco, como diestra conductora, ante la violencia ingobernable de mi duelo; y luego intentó refrenarme hablando, y corregir con el freno de sus razones el desorden de mi alma. Citó las palabras del Apóstol sobre el deber de no «entristecerse por los que duermen»; porque sólo «los hombres sin esperanza» tienen tales sentimientos. Con el corazón aún hirviente de dolor, pregunté—

    § 2

    ¿Cómo podrá jamás practicarse eso entre los hombres? ¡Es tan instintiva y arraigada en todos la aversión a la muerte! Quienes contemplan un lecho de muerte apenas pueden soportar la vista; y aquellos a quienes la muerte se acerca retroceden ante ella cuanto pueden. Aun la ley que nos gobierna pone a la muerte en lo más alto de la lista de los crímenes, y en lo más alto de la lista de los castigos. ¿Con qué artificio, entonces, podremos llegar a tener por nada la partida de esta vida, aun en el caso de un extraño, por no hablar de los parientes, cuando dejan de vivir? Vemos ante nosotros todo el curso de la vida humana apuntando a una sola cosa, a saber, cómo podemos continuar en esta vida; en verdad, para esto se han inventado casas en que habitar, a fin de que nuestros cuerpos no sean postrados por el frío o el calor en su entorno. La agricultura, además, ¿qué es sino la provisión de nuestro sustento? De hecho, todo pensamiento acerca de cómo seguiremos viviendo nace del temor a morir. ¿Por qué es la medicina tan honrada entre los hombres? Porque se cree que con sus métodos sostiene, hasta cierto punto, el combate contra la muerte. ¿Para qué tenemos corazas, y escudos largos, y grebas, y yelmos, y todo el aparato defensivo, y cercos de fortificaciones, y portones de hierro, sino porque tememos morir? Siendo, pues, la muerte naturalmente tan terrible para nosotros, ¿cómo puede ser fácil para un superviviente obedecer este mandato de permanecer impasible ante los amigos difuntos?

    § 3

    —Pues bien, ¿cuál es el dolor especial que sientes —preguntó la Maestra— en la mera necesidad misma de morir? Esa habladuría común de gentes irreflexivas no es acusación suficiente.

    § 4

    —¡Cómo! ¿No hay ocasión de duelo —le respondí— cuando vemos a alguien que hasta hace poco vivía y hablaba convertirse de pronto en algo sin vida e inmóvil, extinguido el sentido de todo órgano corporal, sin vista ni oído en funcionamiento, ni ninguna otra facultad de aprehensión que posee el sentido; y si le aplicas fuego o hierro, aun si hundieras una espada en el cuerpo, o lo arrojaras a las fieras, o lo sepultaras bajo un túmulo, ese muerto permanece igualmente impasible ante cualquier trato? Viendo, pues, que este cambio se observa en todas esas formas, y que aquel principio de vida, sea lo que fuere, desaparece de golpe fuera de la vista, así como la llama de una lámpara apagada, que ardía en ella un instante antes, no permanece en la mecha ni pasa a otro lugar, sino que desaparece por entero, ¿cómo podrá sobrellevarse semejante mudanza sin conmoción, por quien carece de fundamento cierto en que apoyarse? Nosotros oímos la partida del espíritu, vemos la envoltura que queda; pero de la parte que se ha separado somos ignorantes, tanto en cuanto a su naturaleza como en cuanto al lugar adonde ha huido; pues ni la tierra, ni el aire, ni el agua, ni ningún otro elemento puede mostrarla residiendo dentro de sí: esta fuerza que ha abandonado el cuerpo, a cuyo retiro sólo queda un cadáver, pronto a la disolución.

    § 5

    Mientras yo me extendía así sobre el asunto, la Maestra me hizo señas con la mano y dijo: ¡Sin duda lo que alarma y perturba tu mente no es el pensamiento de que el alma, en lugar de durar para siempre, cesa con la disolución del cuerpo!

    § 6

    Respondí con bastante audacia y sin la debida consideración de lo que decía, pues mi dolor apasionado aún no me había devuelto el juicio. En efecto, dije que las declaraciones divinas me parecían meros mandatos que nos obligan a creer que el alma dura para siempre; pero no que fuéramos conducidos a esa creencia por razonamiento alguno. Nuestra mente, dentro de nosotros, parece aceptar servilmente la opinión impuesta, sin asentir con impulso espontáneo. De ahí que nuestro pesar por los difuntos sea tanto más penoso; no sabemos con exactitud si este principio vivificante es algo por sí mismo; dónde está, o cómo es; si, en realidad, existe de algún modo en alguna parte. Esta incertidumbre sobre el verdadero estado de la cuestión equilibra las opiniones de uno y otro lado; muchos adoptan una perspectiva, muchos la otra; y, en verdad, hay ciertas personas, de no pequeña reputación filosófica entre los griegos, que han sostenido y defendido esto que acabo de decir.

    § 7

    —¡Fuera, exclamó, semejante jactancia pagana! Pues en ella el inventor de la mentira forja doctrinas falsas con el único fin de dañar a la Verdad. Observa esto, y nada más: que semejante opinión acerca del alma equivale ni más ni menos que al abandono de la virtud y a buscar sólo el placer del momento; hay que desesperar de la vida de la eternidad, por la cual únicamente la virtud reclama su ventaja.

    § 8

    Y dime, ¿cómo —pregunté— hemos de alcanzar una creencia firme e inmutable en la permanencia del alma? También yo soy consciente de que la vida humana quedará privada del más hermoso ornamento que la vida puede ofrecer, me refiero a la virtud, a menos que se establezca en nosotros una confianza sin dudas a este respecto. ¿Sobre qué, en efecto, puede apoyarse la virtud en el caso de quienes conciben esta vida presente como el límite de su existencia y no esperan nada más allá?

    § 9

    —Bien, respondió la Maestra, debemos buscar dónde hallar un comienzo para nuestra discusión sobre este punto; y si te place, que la defensa de las opiniones contrarias sea emprendida por ti mismo; pues veo que tu mente está algo inclinada a aceptar semejante encargo. Luego, una vez expuesta la creencia conflictiva, podremos buscar la verdad.

    § 10

    Cuando ella hizo esta petición, y yo hube rechazado la sospecha de que planteaba las objeciones en plena seriedad, en lugar de desear tan sólo obtener un fundamento firme para la creencia acerca del alma haciendo comparecer primero lo que se dirige contra esta opinión, comencé—

    Segunda parte (§ 11–20): si el alma existe y qué es

    § 11

    ¿No dirían los defensores de la creencia contraria esto: que el cuerpo, al ser compuesto, debe necesariamente resolverse en aquello de que está compuesto? Y cuando cesa la coalición de los elementos en el cuerpo, cada uno de esos elementos gravita naturalmente hacia su elemento afín con el sesgo irresistible de lo semejante hacia lo semejante; así, el calor en nosotros se unirá con el calor, lo terroso con lo sólido, y cada uno de los demás elementos pasará también hacia su semejante. ¿Dónde estará entonces el alma? Si alguien afirma que está en esos elementos, se verá obligado a admitir que es idéntica a ellos, pues esta fusión no podría tener lugar entre dos cosas de naturaleza diferente. Pero, concedido esto, el alma necesariamente ha de ser considerada como cosa compleja, fundida como está con cualidades tan opuestas. Mas lo complejo no es simple, sino que debe clasificarse con lo compuesto, y lo compuesto es necesariamente disoluble; y disolución significa la destrucción del compuesto; y lo destructible no es inmortal, de lo contrario la carne misma, resoluble como es en sus elementos constitutivos, podría llamarse inmortal. Si, por otra parte, el alma es algo distinto de estos elementos, ¿dónde puede la razón sugerirnos un lugar para ella, cuando, en virtud de su naturaleza extraña, no ha de descubrirse en esos elementos, y no hay tampoco ningún otro lugar en el mundo donde pueda continuar existiendo en armonía con su propio carácter peculiar? Pero si una cosa no puede hallarse en ninguna parte, es evidente que no tiene existencia.

    § 12

    La Maestra suspiró suavemente ante estas palabras mías, y luego dijo: Tal vez éstas, u otras semejantes, fueron las objeciones que los estoicos y epicúreos reunidos en Atenas opusieron al Apóstol. Oigo decir que Epicuro llevó sus teorías exactamente en esta dirección. A su juicio, el armazón de las cosas era un asunto fortuito y mecánico, sin una Providencia que penetrara sus operaciones; y, en consonancia con ello, pensaba que la vida humana era como una burbuja, que existe sólo mientras el aliento interior es retenido por la sustancia envolvente, por cuanto nuestro cuerpo era una mera membrana, por así decirlo, que encierra un aliento; y que, al desplomarse la hinchazón, la esencia aprisionada se extinguía. Para él lo visible era el límite de la existencia; convirtió nuestros sentidos en el único medio de aprehensión de las cosas; cerró por completo los ojos de su alma, y fue incapaz de ver nada en el mundo inteligible e inmaterial, del mismo modo que un hombre encerrado en una cabina cuyas paredes y techo obstruyen la vista exterior permanece sin atisbo de todas las maravillas del cielo. En verdad, todo lo que en el universo se ve como objeto de los sentidos es como un muro de barro, que forma en sí una barrera entre las almas estrechas y ese mundo inteligible dispuesto para su contemplación; y sólo la tierra, el agua y el fuego ven tales almas; de dónde proviene cada uno de esos elementos, en qué y por qué son abarcados, tales almas, a causa de su estrechez, no pueden descubrirlo. Mientras la vista de un vestido sugiere a cualquiera al tejedor, y el pensamiento del constructor de naves acude a la vista del navío, y la mano del edificador viene a la mente de quien ve el edificio, estas almas estrechas contemplan el mundo, pero sus ojos están ciegos para Aquel a quien todo esto que vemos en torno nuestro manifiesta; y así proponen sus doctrinas ingeniosas y punzantes acerca de la desaparición del alma: cuerpo a partir de elementos, y elementos a partir de cuerpo, y, además, la imposibilidad de la autoexistencia del alma (si no ha de ser uno de esos elementos, o estar alojada en uno); pues si estos adversarios suponen que, por no ser el alma afín a los elementos, no está en ninguna parte después de la muerte, han de proponer, ante todo, la ausencia del alma de la vida carnal también, dado que el cuerpo mismo no es sino una concurrencia de esos elementos; y así no han de decirnos que el alma se halla allí tampoco, vivificando de manera independiente su compuesto. Si no es posible que el alma exista después de la muerte, aunque los elementos sí, entonces, digo, según esta enseñanza, también nuestra vida queda probada como nada más que muerte. Pero si, por otra parte, no ponen en duda la existencia del alma ahora en el cuerpo, ¿cómo pueden sostener su desaparición cuando el cuerpo se resuelve en sus elementos? Luego, en segundo lugar, han de emplear igual audacia contra Dios también en esta Naturaleza. Pues ¿cómo pueden afirmar que lo Invisible inteligible e inmaterial puede disolverse y difundirse en lo húmedo y lo blando, así como en lo caliente y lo seco, y sostener así la existencia del universo, aunque no sea de naturaleza afín con las cosas que penetra y, no obstante, no sea por ello incapaz de penetrarlas? Que aparten, por tanto, de su sistema a la Deidad misma que sostiene el mundo.

    § 13

    —Ése es precisamente el punto, dije, sobre el cual nuestros adversarios no pueden dejar de tener dudas; a saber, que todas las cosas dependen de Dios y son abarcadas por Él, o que exista divinidad alguna que trascienda el mundo físico.

    § 14

    —Más conveniente sería, exclamó, guardar silencio ante tales dudas y no dignarse dar respuesta alguna a proposiciones tan necias y perversas; pues hay un precepto divino que nos prohíbe responder al necio conforme a su necedad; y necio ha de ser, como declara el Profeta, quien dice que no hay Dios. Pero, ya que es forzoso hablar, te instaré con un argumento que no es mío ni de ser humano alguno (pues entonces sería de escaso valor, quienquiera que lo pronunciara), sino un argumento que toda la Creación enuncia por medio de sus maravillas a los ojos que la contemplan, con una elocución diestra y artística que llega al corazón. La Creación proclama abiertamente al Creador; pues los cielos mismos, como dice el Profeta, declaran la gloria de Dios con sus palabras inefables. Vemos la armonía universal en el cielo admirable y en la tierra admirable; cómo elementos esencialmente opuestos entre sí están todos entretejidos en unión inefable para servir a un fin común, contribuyendo cada uno con su fuerza particular a mantener el todo; cómo lo que no se mezcla y mutuamente se repele no se aparta lo uno de lo otro por virtud de sus peculiaridades, como tampoco se destruye, al componerse, por semejante contrariedad; cómo aquellos elementos que son naturalmente boyantes se mueven hacia abajo —el calor del sol, por ejemplo, descendiendo en los rayos—, mientras los cuerpos que poseen peso se elevan al enrarecerse en vapor, de modo que el agua, contra su naturaleza, asciende, siendo conducida por el aire a las regiones superiores; cómo también aquel fuego del firmamento penetra la tierra de tal modo que aun sus abismos sienten el calor; cómo la humedad de la lluvia infundida en el suelo genera, siendo una por naturaleza, miríadas de gérmenes distintos, y anima en debida proporción a cada sujeto de su influencia; cuán velozmente gira la esfera polar, cómo las órbitas dentro de ella se mueven en sentido contrario, con todos los eclipses, y conjunciones, e intervalos medidos de los planetas. Vemos todo esto con los ojos penetrantes de la mente, y no podemos dejar de ser enseñados por medio de semejante espectáculo que un poder Divino, obrando con destreza y método, se manifiesta en este mundo actual y, penetrando cada porción, combina esas porciones con el todo y completa el todo por las porciones, y abarca el universo con una sola fuerza que todo lo gobierna, centrada en sí misma y contenida en sí misma, que nunca cesa de moverse, y sin embargo jamás altera la posición que mantiene.

    § 15

    —Y dime, ¿cómo —pregunté— prueba esta creencia en la existencia de Dios, junto con ella, la existencia del alma humana? Pues Dios, ciertamente, no es lo mismo que el alma, de modo que, si se cree en lo uno, se haya de creer necesariamente en lo otro.

    § 16

    Ella respondió: Han dicho los sabios que el hombre es un pequeño mundo en sí mismo y contiene todos los elementos que completan el universo. Si esta opinión es verdadera (y así parece), quizá no necesitemos otro aliado que ella para establecer la verdad de nuestra concepción del alma. Y nuestra concepción de ella es ésta: que existe, con una naturaleza rara y peculiar propia, independientemente del cuerpo con su textura grosera. Obtenemos nuestro conocimiento exacto de este mundo exterior de la aprehensión de nuestros sentidos, y estas mismas operaciones sensoriales nos conducen a la comprensión del mundo suprasensible del hecho y del pensamiento, y nuestro ojo se convierte así en intérprete de aquella sabiduría omnipotente que es visible en el universo, y en sí mismo señala al Ser que lo abarca. Del mismo modo, cuando miramos a nuestro mundo interior, hallamos allí también no pocos fundamentos, en lo conocido, para conjeturar lo desconocido; y lo desconocido allí también es aquello que, siendo objeto del pensamiento y no de la vista, escapa a la aprehensión del sentido.

    § 17

    Repliqué: No; bien puede ser posible inferir una sabiduría que trasciende el universo de los designios hábiles y artísticos observables en esta fábrica armonizada de la naturaleza física; pero, en cuanto al alma, ¿qué conocimiento es posible para quienes pretendieran rastrear, a partir de los indicios que el cuerpo puede dar, lo desconocido mediante lo conocido?

    § 18

    Ciertamente, respondió la Virgen, el alma misma, para quienes desean seguir el sabio proverbio y conocerse a sí mismos, es instructora competente; quiero decir, del hecho de que es una cosa inmaterial y espiritual, que obra y se mueve de un modo correspondiente a su naturaleza peculiar y manifiesta estas emociones peculiares a través de los órganos del cuerpo. Pues esta organización corporal existe la misma aun en quienes acaban de ser reducidos por la muerte al estado de cadáveres, pero permanece sin movimiento ni acción porque la fuerza del alma ya no está en ella. Sólo se mueve cuando hay sensación en los órganos, y no sólo eso, sino que la fuerza mental, por medio de esa sensación, penetra con sus propios impulsos y mueve adonde quiere todos esos órganos de la sensación.

    § 19

    ¿Qué es, entonces, pregunté, el alma? Quizá haya algún medio posible de delinear su naturaleza; de modo que tengamos alguna comprensión de este asunto, a manera de bosquejo.

    § 20

    Su definición, respondió la Maestra, ha sido intentada de maneras distintas por distintos escritores, cada uno según su inclinación; pero la siguiente es nuestra opinión acerca de ella. El alma es una esencia creada, y viviente, e intelectual, que transmite de sí misma a un cuerpo organizado y sensitivo el poder de vivir y de aprehender los objetos de los sentidos, mientras se mantiene unida una constitución natural capaz de ello.

    Tercera parte (§ 21–33): la definición del alma y la objeción de los átomos

    § 21

    Diciendo esto señaló al médico que estaba sentado para velar por su estado, y dijo: He aquí cerca de nosotros una prueba de lo que digo. ¿Cómo, pregunto, este hombre, al poner los dedos para sentir el pulso, oye en cierto modo, a través de este sentido del tacto, a la Naturaleza que lo llama en alta voz y le habla de su dolor peculiar; de hecho, que la enfermedad del cuerpo es inflamatoria, y que el mal se origina en tal o cual órgano interno; y que hay tal y tal grado de fiebre? ¿Cómo también es instruido por la acción del ojo en otros hechos de esta índole, cuando mira la postura del paciente y observa la consunción de la carne? Así como el estado del semblante, algo pálido y bilioso, y la mirada de los ojos, como sucede con quienes sufren, inclinándose involuntariamente a la tristeza, indican la condición interna, así el oído da información semejante, determinando la naturaleza del mal por la brevedad de la respiración y por el gemido que la acompaña. Podría decirse que aun el sentido del olfato en el experto no es incapaz de detectar la clase de trastorno, sino que advierte el sufrimiento secreto de las vísceras en la cualidad particular del aliento. ¿Podría ser esto así si no hubiera cierta fuerza de inteligencia presente en cada órgano de los sentidos? ¿Qué nos habría enseñado por sí misma nuestra mano, sin que el pensamiento la condujera del sentir al comprender el asunto que tiene delante? ¿Qué habrían ayudado el oído, separado de la mente, o el ojo, o la narina, o cualquier otro órgano, todos por sí solos, a resolver la cuestión? En verdad, es muy cierto lo que se registra que dijo uno de cultura pagana: que es la mente la que ve y la mente la que oye. De lo contrario, si no admites que esto sea verdad, debes decirme por qué, cuando miras al sol, como has sido adiestrado por tu instructor a mirarlo, afirmas que no tiene, en la anchura de su disco, el tamaño con que aparece a la multitud, sino que excede muchas veces la medida de la tierra entera. ¿No sostienes con confianza que es así, porque has llegado, razonando a través de los fenómenos, a la concepción de tal y tal movimiento, de tales distancias de tiempo y espacio, de tales causas de eclipse? Y cuando miras la luna menguante y creciente, aprendes otras verdades por la figura visible de ese cuerpo celeste, a saber, que en sí misma carece de luz, y que gira en el círculo más cercano a la tierra, y que es iluminada por la luz del sol; justamente como sucede con los espejos, que, recibiendo el sol sobre ellos, no reflejan rayos propios, sino los del sol, cuya luz es devuelta desde su superficie lisa y centelleante. Quienes ven esto, pero no lo examinan, piensan que la luz proviene de la luna misma. Mas que esto no es así se prueba por esto: que cuando ella se halla diametralmente frente al sol, tiene todo el disco que mira hacia nosotros iluminado; pero, como recorre su propio círculo de revolución más rápidamente por moverse en un espacio más estrecho, ella misma lo ha completado más de doce veces antes de que el sol haya viajado una vez alrededor del suyo; de donde sucede que su sustancia no está siempre cubierta de luz. Pues su posición frente a él no se mantiene en la frecuencia de sus revoluciones; sino que, mientras esta posición hace que todo el lado de la luna que mira hacia nosotros esté iluminado, tan pronto como se mueve de lado, su hemisferio vuelto hacia nosotros necesariamente queda en sombra parcial, y sólo el que está vuelto hacia él recibe sus rayos abrazadores; el resplandor, de hecho, no deja de retirarse de aquello que ya no puede ver al sol hacia aquello que aún lo ve, hasta que ella pasa justamente a través del disco del sol y recibe sus rayos en su parte posterior; y entonces el hecho de ser ella en sí misma totalmente desprovista de luz y esplendor hace que el lado vuelto hacia nosotros sea invisible mientras el hemisferio más lejano está todo en luz; y a esto se llama la compleción de su mengua. Pero cuando de nuevo, en su propia revolución, ha pasado al sol y se halla transversal a sus rayos, el lado que estaba oscuro poco antes comienza a brillar un poco, pues los rayos se mueven de la parte iluminada a la que hasta entonces era invisible. Ves lo que el ojo enseña; y sin embargo nunca por sí mismo habría proporcionado esta intelección, sin algo que mira a través de los ojos y usa los datos de los sentidos como meras guías para penetrar de lo aparente a lo invisible. Es innecesario añadir los métodos de la geometría que nos conducen paso a paso, mediante delineaciones visibles, a verdades que están fuera de la vista, e innumerables otros ejemplos que todos prueban que la aprehensión es obra de una esencia intelectual profundamente asentada en nuestra naturaleza, que actúa por la operación de nuestros sentidos corporales.

    § 22

    Pero qué, pregunté, si, insistiendo en las grandes diferencias que, a pesar de cierta cualidad de materia compartida por igual por todos los elementos en su forma visible, existen entre cada clase particular de materia (el movimiento, por ejemplo, no es el mismo en todos, unos se mueven hacia arriba, otros hacia abajo; ni la forma, ni tampoco la cualidad), alguien dijera que hay, del mismo modo, incorporada en estos elementos y perteneciente a ellos, cierta fuerza también que efectúa estas intelecciones y operaciones por un esfuerzo puramente natural propio (tales efectos, por ejemplo, como vemos a menudo producidos por los mecánicos, en cuyas manos la materia, combinada según las reglas del Arte, imita con ello a la Naturaleza, mostrando semejanza no sólo en la figura sino aun en el movimiento, de modo que cuando el mecanismo suena en su parte resonante imita una voz humana, sin que, empero, podamos percibir en parte alguna fuerza mental que elabore la figura, el carácter, el sonido y el movimiento particulares); supongamos, digo, que afirmáramos que todo esto se produce también en la máquina orgánica de nuestros cuerpos naturales, sin mezcla alguna de una sustancia pensante especial, sino debido simplemente a una fuerza motriz inherente de los elementos dentro de nosotros que realiza por sí misma estas operaciones—a nada más, de hecho, que un movimiento impulsivo que obra para el conocimiento del objeto que tenemos delante; ¿no quedaría entonces probado el hecho de la absoluta inexistencia de ese Ser intelectual e impalpable, el alma, del que hablas?

    § 23

    Tu ejemplo, respondió ella, y tu razonamiento sobre él, aunque pertenecen al contraargumento, pueden ambos convertirse en aliados de nuestra afirmación y contribuirán no poco a la confirmación de su verdad.

    § 24

    ¿Cómo? ¿Cómo puedes decir eso?

    § 25

    Porque, ya ves, comprender, manipular y disponer la materia sin alma de tal modo que el arte guardado en tales mecanismos se convierta casi en un alma para este material, en todas las variadas maneras en que imita el movimiento, la figura, la voz y demás, puede convertirse en prueba de que hay algo en el hombre por lo cual muestra una aptitud innata para idear dentro de sí, mediante las facultades contemplativa e inventiva, tales pensamientos, y, habiendo preparado tales mecanismos en teoría, ponerlos en práctica por habilidad manual y exhibir en la materia el producto de su mente. Primero, por ejemplo, vio, a fuerza de pensar, que para producir un sonido se necesita algo de viento; y luego, con miras a producir viento en el mecanismo, averiguó previamente, mediante un curso de razonamiento y observación atenta de la naturaleza de los elementos, que no hay vacío alguno en el mundo, sino que lo más ligero ha de considerarse vacío sólo por comparación con lo más pesado; puesto que el aire mismo, tomado como subsistencia separada, está del todo lleno. Es por un abuso del lenguaje que se dice que una jarra está «vacía»; pues cuando está vacía de todo líquido no deja, aun en ese estado, de estar llena, a los ojos del experimentado. Una prueba de esto es que una jarra, al ser metida en un estanque de agua, no se llena inmediatamente, sino que al principio flota en la superficie, porque el aire que contiene ayuda a sostener sus lados redondeados; hasta que al fin la mano del que saca el agua la hunde hasta el fondo, y, una vez allí, recibe agua por el cuello; durante este proceso se muestra que no estaba vacía aun antes de que llegara el agua; pues se ofrece el espectáculo de una especie de combate en el cuello entre los dos elementos, forzada el agua por su peso a entrar en el interior, y por tanto entrando a chorro; el aire aprisionado, por su parte, al verse estrechado por el torrente del agua a lo largo del cuello, se precipita en dirección contraria; así el agua es contenida por la fuerte corriente de aire, y gorgotea y burbujea contra ella. Los hombres observaron esto, e idearon, de acuerdo con esta propiedad de los dos elementos, una manera de introducir aire para hacer trabajar su mecanismo. Hicieron una especie de cavidad de una materia dura, e impidieron que el aire contenido en ella escapara en dirección alguna; luego introdujeron agua en esta cavidad por su boca, proporcionando la cantidad de agua según lo requerido; después permitieron una salida en la dirección opuesta al aire, de modo que pasara a un tubo colocado a mano, y al hacerlo, violentamente constreñido por el agua, se convertía en soplo; y éste, al actuar sobre la estructura del tubo, producía una nota. ¿No queda claramente probado por tales resultados visibles que hay una mente de alguna clase en el hombre, algo distinto de lo visible, que, en virtud de una naturaleza pensante invisible propia, prepara primero por invención interior tales artificios, y luego, cuando han madurado así, los saca a la luz y los exhibe en la materia subordinada? Pues si fuera posible atribuir tales maravillas, como hace la teoría de nuestros oponentes, a la constitución efectiva de los elementos, tendríamos estos mecanismos construyéndose espontáneamente; el bronce no esperaría al artista para ser hecho a semejanza de un hombre, sino que llegaría a serlo por una fuerza innata; el aire no necesitaría el tubo para dar una nota, sino que sonaría espontáneamente por su propio flujo y movimiento fortuitos; y el chorro de agua hacia arriba no sería, como ahora es, resultado de una presión artificial que lo obliga a moverse en dirección contraria a su naturaleza, sino que el agua subiría al mecanismo por su propio acuerdo, hallando en esa dirección un cauce natural. Pero si ninguno de estos resultados es producido espontáneamente por la fuerza elemental, sino que, al contrario, cada elemento es empleado a voluntad por el artificio; y si el artificio es una especie de movimiento y actividad de la mente, ¿no nos mostrarán las mismas consecuencias de lo que se ha aducido como objeción que la Mente es algo distinto de la cosa percibida?

    § 26

    Que la cosa percibida, repliqué, no es lo mismo que la cosa no percibida, lo concedo; pero no descubro respuesta alguna a nuestra cuestión en semejante afirmación; aún no me resulta claro qué hemos de pensar que sea esa cosa no percibida; todo lo que tu argumento me ha mostrado es que no es nada material; y aún no conozco el nombre adecuado para ella. Quería saber especialmente qué es, no qué no es.

    § 27

    Ciertamente aprendemos, respondió ella, mucho acerca de muchas cosas por este mismo método, por cuanto, en el acto mismo de decir que una cosa «no es tal y tal», interpretamos por implicación la naturaleza misma de la cosa en cuestión. Por ejemplo, cuando decimos «sin doblez», indicamos un hombre bueno; cuando decimos «poco viril», hemos expresado que un hombre es cobarde; y es posible sugerir muchísimas cosas de modo semejante, en las cuales o transmitimos la idea de bondad por la negación de la maldad, o viceversa. Ahora bien, si se piensa así con respecto a la materia que ahora nos ocupa, no se dejará de alcanzar una concepción adecuada de ella. La cuestión es: ¿qué hemos de pensar de la Mente en su esencia misma? Ahora, supuesto que el que inquiere ha visto disipadas sus dudas en cuanto a la existencia de la cosa en cuestión, a causa de las actividades que nos muestra, y sólo quiere saber qué es, la habrá descubierto suficientemente al decírsele que no es aquello que nuestros sentidos perciben, ni un color, ni una forma, ni una dureza, ni un peso, ni una cantidad, ni una dimensión cúbica, ni un punto, ni cosa alguna perceptible en la materia; suponiendo, esto es, que exista algo más allá de todas estas cosas.

    § 28

    Aquí interrumpí su discurso: Si dejas todas esas cosas fuera de la cuenta, no veo cómo puedes evitar, al cancelarlas junto con ellas, la cosa misma que buscas. No puedo concebir por ahora a qué, aparte de ellas, ha de adherirse la actividad perceptiva. Pues en toda ocasión, al investigar con el intelecto escrutador el contenido del mundo, debemos, en la medida en que ponemos la mano sobre lo que buscamos, tocar inevitablemente, como ciegos que palpan las paredes buscando la puerta, alguna de las cosas antedichas; hemos de dar con el color, o la forma, o la cantidad, o algo más de tu lista; y cuando se llega a decir que la cosa no es ninguna de ellas, nuestra debilidad mental nos induce a suponer que no existe en absoluto.

    § 29

    —¡Vergüenza de semejante absurdo! —dijo ella, interrumpiendo indignada—. ¡Bonita conclusión a la que nos lleva esta visión mezquina y rastrera del mundo! Si todo lo que no es cognoscible por los sentidos ha de ser borrado de la existencia, el Poder que todo lo abarca y preside sobre las cosas queda admitido, por esta misma afirmación, como no existente; una vez que a un hombre se le ha hablado de la naturaleza inmaterial e invisible de la Deidad, debe por fuerza, con semejante premisa, tenerla por absolutamente inexistente. Si, por otra parte, la ausencia de tales características en Su caso no constituye limitación alguna de Su existencia, ¿cómo puede la Mente del hombre ser exprimida fuera de la existencia junto con esta retirada, una por una, de cada propiedad de la materia?

    § 30

    Pues bien —repliqué—, no hacemos sino trocar una paradoja por otra argumentando de este modo; pues nuestra razón quedará reducida a la conclusión de que la Deidad y la Mente del hombre son idénticas, si es verdad que ninguna de las dos puede ser pensada sino mediante la exclusión de todos los datos de los sentidos.

    § 31

    —No digas eso —respondió ella—; hablar así es también blasfemia. Más bien, como te dice la Escritura, di que la una es semejante a la otra. Pues aquello que está «hecho a imagen» de la Deidad posee necesariamente semejanza con su prototipo en todo respecto; se le asemeja en ser intelectual, inmaterial, sin conexión con noción alguna de peso, y en eludir toda medición de sus dimensiones; pero en cuanto a su propia naturaleza peculiar es algo distinto de aquel otro. En efecto, ya no sería una «imagen,» si fuera del todo idéntica a aquel otro; sino que donde en aquel prototipo increado tenemos A, en la imagen tenemos a; así como en una minúscula partícula de vidrio, cuando por casualidad mira hacia la luz, suele verse a menudo el disco completo del sol, no representado en ella en proporción a su tamaño propio, sino tan sólo en la medida en que la pequeñez de la partícula admite que se represente algo. Así resplandecen los reflejos de aquellas inefables cualidades de la Deidad dentro de los estrechos límites de nuestra naturaleza; y así nuestra razón, siguiendo la guía de esos reflejos, no dejará de aprehender la Mente en su esencia, apartando de la cuestión todas las cualidades corpóreas; ni por otra parte rebajará la Existencia pura e infinita al nivel de lo perecedero y pequeño; considerará esta esencia de la Mente como objeto sólo del pensamiento, puesto que es la «imagen» de una Existencia que es tal; mas no declarará que esta imagen sea idéntica al prototipo. Pues bien, así como no dudamos, a causa de la manifestación de una Divina sabiduría misteriosa en el universo, de que en todo él existe un Ser Divino y una Potencia Divina que asegura su continuidad (aunque si se exigiera una definición de ese Ser, en ello hallaríais a la Deidad completamente separada de todo objeto de la creación, sea de sentido o de pensamiento, si bien también dentro de estos últimos se admiten distinciones naturales), así tampoco hay nada extraño en que la existencia separada del alma como sustancia (sea lo que fuere lo que pensemos que esa sustancia es) no sea impedimento para su existencia real, a pesar de que los átomos elementales del mundo no armonicen con ella en la definición de su ser. En el caso de nuestros cuerpos vivientes, compuestos como están por la mezcla de esos átomos, no hay comunión alguna, como se ha dicho ya, en cuanto a la sustancia, entre la simplicidad e invisibilidad del alma y la grosería de esos cuerpos; mas, no obstante, no hay duda de que en ellos está la influencia vivificante del alma, ejercida por una ley que está más allá de lo que el entendimiento humano puede comprender. Ni siquiera entonces, cuando esos átomos se han disuelto de nuevo en sí mismos, ha desaparecido aquel vínculo de influencia vivificante; sino que, así como mientras la estructura del cuerpo aún se mantiene unida, cada parte individual está poseída por un alma que penetra igualmente todo miembro componente, y no podría llamarse a esa alma dura y resistente aunque se mezcle con lo sólido, ni húmeda, ni fría, ni lo contrario, aunque transmita vida a todas y cada una de tales partes, así, cuando esa estructura se disuelve y ha vuelto a sus elementos afines, nada hay contra la probabilidad de que aquella esencia simple e incompleja que de una vez para siempre, por alguna ley inexplicable, ha crecido con el crecimiento de la estructura corporal, permanezca continuamente junto a los átomos con los cuales se ha mezclado, y de ningún modo sea separada de una unión una vez formada. Pues no se sigue que porque lo compuesto se disuelva, lo incomplejo deba disolverse con ello.

    § 32

    Que esos átomos —repuse— se unan y de nuevo se separen, y que esto constituya la formación y la disolución del cuerpo, nadie lo negaría. Pero hemos de considerar esto. Hay grandes intervalos entre esos átomos; difieren entre sí tanto en posición como también en distinciones cualitativas y peculiaridades. Cuando, ciertamente, esos átomos han convergido todos sobre el sujeto dado, es razonable que esa esencia inteligente y sin dimensiones que llamamos alma se adhiera coherentemente a lo que está así unido; mas una vez que esos átomos se separan unos de otros, y han ido adonde su naturaleza los impulsa, ¿qué será del alma cuando su vaso queda así disperso en muchas direcciones? Así como un marinero, cuando su nave ha naufragado y se ha hecho pedazos, no puede flotar a la vez sobre todos los pedazos que han quedado dispersos aquí y allá por la superficie del mar (pues agarra el trozo que le viene a la mano, y deja que todo lo demás se aleje a la deriva), del mismo modo el alma, siendo por naturaleza incapaz de disolverse junto con los átomos, si halla difícil separarse del cuerpo del todo, se aferrará a alguno de ellos; y si adoptamos esta opinión, la coherencia no nos permitirá considerarla inmortal por vivir en un átomo, ni tampoco mortal por no vivir en un número de ellos.

    § 33

    —Pero lo inteligente y sin dimensiones —respondió ella— no se contrae ni se difunde (pues la contracción y la difusión son propiedad sólo del cuerpo); mas, en virtud de una naturaleza que es informe e incorpórea, está presente en el cuerpo por igual en la contracción y en la difusión de sus átomos, y no queda más estrechado por la compresión que acompaña a la unión de los átomos, que abandonado por ellos cuando vagan hacia sus afines, por ancho que se considere el intervalo que observamos entre átomos extraños. Por ejemplo, hay gran diferencia entre lo flotante y ligero, comparado con lo pesado y sólido; entre lo caliente, comparado con lo frío; entre lo húmedo, comparado con su contrario; no obstante, no es esfuerzo alguno para una esencia inteligente estar presente en cada uno de aquellos elementos a los que una vez se ha unido; esta mezcla con opuestos no la escinde. En cuanto a lugar, en cuanto a cualidades peculiares, estos átomos elementales son tenidos por muy apartados unos de otros; mas una naturaleza sin dimensiones no halla trabajo alguno en adherirse a lo que está localmente dividido, visto que incluso ahora es posible que la mente contemple a un tiempo los cielos que están sobre nosotros y extienda su atareado escrutinio más allá del horizonte, sin que su poder contemplativo se distraiga en absoluto por estas excursiones a distancias tan grandes. Nada hay, pues, que impida la presencia del alma en los átomos del cuerpo, ya estén fundidos en unión o descompuestos en disolución. Así como en la amalgama de oro y plata se observa cierta fuerza metódica que ha fundido los metales, y si el uno es después separado por fundición del otro, la ley de este método continúa, no obstante, residiendo en cada uno, de modo que, mientras la amalgama se separa, este método no sufre división junto con ella (pues no puedes hacer fracciones de lo indivisible), del mismo modo esta esencia inteligente del alma es observable en la concurrencia de los átomos, y no sufre división cuando ellos se disuelven; sino que permanece con ellos, y aun en su separación es coextensiva con ellos, sin por ello ser desgarrada ni reducida a secciones para ajustarse al número de los átomos. Tal condición pertenece al mundo material y espacial, mas lo que es inteligente y sin dimensiones no está sujeto a las circunstancias del espacio. Por tanto, el alma existe en los átomos reales que una vez ha animado, y no hay fuerza que la arranque de su cohesión con ellos. ¿Qué causa de melancolía hay, entonces, en esto, en que lo visible sea trocado por lo invisible? ¿Y por qué tu mente ha concebido tal odio a la muerte?

    Cuarta parte (§ 34–41): las pasiones y la naturaleza del alma

    § 34

    A esto volví a la definición que ella había dado antes del alma, y dije que, a mi parecer, su definición no había indicado con bastante claridad todas las potencias del alma que son objeto de observación. Declara que el alma es una esencia intelectual que imparte al cuerpo orgánico una fuerza de vida por la cual operan los sentidos. Ahora bien, el alma no es operativa de este modo sólo en nuestro intelecto científico y especulativo; no produce resultados sólo en ese mundo, ni emplea los órganos de los sentidos únicamente para esta su obra natural. Por el contrario, observamos en nuestra naturaleza muchas emociones de deseo y muchas de ira; y ambas existen en nosotros como cualidades de nuestra especie, y vemos a ambas en sus manifestaciones desplegar además muchísimas diferencias sutilísimas. Hay, por ejemplo, muchos estados ocasionados por el deseo; muchos otros que, por otra parte, proceden de la ira; y ninguno de ellos es del cuerpo; mas lo que no es del cuerpo es claramente intelectual. Ahora bien, nuestra definición muestra al alma como algo intelectual; de modo que una de dos alternativas, ambas absurdas, debe surgir cuando llevamos esta visión hasta el fin; o bien la ira y el deseo son dos segundas almas en nosotros, y una pluralidad de almas debe ocupar el lugar del alma única, o bien la facultad pensante en nosotros no puede ser considerada tampoco como alma (si ellas no lo son), puesto que el elemento intelectual se adhiere por igual a todas ellas y las sella a todas como almas, o bien excluye a cada una de ellas igualmente de las cualidades específicas del alma.

    § 35

    —Con toda razón —respondió ella— has planteado esta cuestión, y ya antes ha sido discutida por muchos en otras partes; a saber, qué hemos de pensar del principio del deseo y del principio de la ira en nosotros. ¿Son consustanciales con el alma, inherentes al ser mismo del alma desde su primera organización, o son algo distinto, que se nos añade después? En efecto, aunque todos admiten igualmente que estos principios han de detectarse en el alma, la investigación no ha descubierto aún exactamente qué hemos de pensar de ellos, de modo que se alcance alguna creencia firme respecto de ellos. La generalidad de los hombres fluctúa todavía en sus opiniones acerca de esto, las cuales son tan erróneas como numerosas. En cuanto a nosotros, si la filosofía gentil, que trata metódicamente todos estos puntos, fuera realmente adecuada para una demostración, sería ciertamente superfluo añadir una discusión sobre el alma a esas especulaciones. Mas, mientras esta última procedía, en lo tocante al alma, tan lejos en la dirección de las consecuencias supuestas como placía al pensador, nosotros no tenemos derecho a tal licencia, quiero decir, la de afirmar lo que nos plazca; hacemos de las Santas Escrituras la regla y la medida de todo principio; fijamos necesariamente la mirada en ellas, y aprobamos sólo aquello que puede armonizarse con la intención de esos escritos. Hemos de descuidar, por tanto, el carro platónico y la pareja de caballos de fuerzas desiguales uncida a él, y su auriga, con lo cual el filósofo alegoriza estos hechos acerca del alma; hemos de descuidar también todo lo dicho por el filósofo que le sucedió, que siguió las probabilidades mediante reglas del arte y que investigó diligentemente la cuestión misma que ahora nos ocupa, declarando que el alma era mortal a causa de estos dos principios; hemos de descuidar todo lo anterior y lo posterior a su tiempo, ya se haya filosofado en prosa o en verso, y adoptaremos, como guía de nuestro razonamiento, la Escritura, que sienta como axioma que no hay excelencia alguna en el alma que no sea también propiedad de la naturaleza Divina. Pues quien declara que el alma es semejanza de Dios afirma que todo lo ajeno a Él queda fuera de los límites del alma; la semejanza no puede conservarse en aquellas cualidades que son diversas del original. Por tanto, puesto que nada de la clase que estamos considerando está incluido en la concepción de la naturaleza Divina, sería razonable conjeturar que tales cosas no son tampoco consustanciales con el alma. Ahora bien, tratar de construir nuestra doctrina según regla de dialéctica y de la ciencia que saca y destruye conclusiones, implica una especie de discusión de la que pediremos ser excusados, por ser un modo débil y cuestionable de demostrar la verdad. En efecto, es claro para todos que esa dialéctica sutil posee una fuerza que puede volverse en ambos sentidos, tanto para la destrucción de la verdad como para la detección de la falsedad; y así empezamos a sospechar incluso de la verdad misma cuando se la presenta en compañía de semejante artificio, y a pensar que el propio ingenio de éste intenta inclinar nuestro juicio y derribar la verdad. Si, por el contrario, alguien acepta una discusión que se presente en forma desnuda, sin silogismos, hablaremos sobre estos puntos haciendo de ellos un estudio hasta donde podamos seguir la cadena de la tradición escriturística. ¿Qué es, pues, lo que afirmamos? Afirmamos que el hecho de que el hombre, animal racional, sea capaz de entender y conocer está atestiguado con toda certeza por los que están fuera de nuestra fe; y que esa definición jamás habría esbozado así nuestra naturaleza, si hubiera considerado la ira y el deseo y todas las emociones semejantes como consustanciales con esa naturaleza. En cualquier otro caso, no se daría una definición del asunto en cuestión poniendo una cualidad genérica en lugar de una específica; y así, como el principio del deseo y el principio de la ira se observan igualmente en las naturalezas racionales e irracionales, no se podría marcar rectamente la cualidad específica por medio de esta genérica. Pero ¿cómo puede aquello que, al definir una naturaleza, es superfluo y digno de exclusión, ser tratado como parte de esa naturaleza y, por tanto, ser capaz de falsear la definición? Toda definición de una esencia mira a la cualidad específica del asunto en cuestión; y todo lo que está fuera de esa especialidad se aparta como sin relación con la definición requerida. Sin embargo, fuera de toda duda, estas facultades de ira y deseo se conceden como comunes a todas las naturalezas racionales y brutas; lo común no es idéntico a lo peculiar; es imperativo, por tanto, que no coloquemos estas facultades entre aquellas con las que se significa exclusivamente a la humanidad; mas así como puede percibirse el principio de la sensación, y el de la nutrición y el crecimiento en el hombre, sin que por ello se conmueva la definición dada de su alma (pues el que la cualidad A esté en el alma no impide que la cualidad B esté también en ella), así, cuando se detectan en la humanidad estas emociones de ira y deseo, no se puede por ello reñir justamente con esta definición, como si quedara corta en una indicación plena de la naturaleza del hombre.

    § 36

    —¿Qué hemos de pensar, pues —pregunté a la Maestra—, acerca de esto? Pues no alcanzo todavía a ver cómo podemos rechazar con justicia facultades que están realmente dentro de nosotros.

    § 37

    —Ya ves —respondió ella— que hay una batalla de la razón contra ellos y una lucha por librar de ellos al alma; y hay hombres en quienes esta lucha ha terminado en victoria; así fue con Moisés, como sabemos; fue superior tanto a la ira como al deseo; la historia da testimonio de él en ambos respectos: que era manso más que todos los hombres (y por mansedumbre se indica la ausencia de toda ira y una mente del todo exenta de resentimiento), y que no deseó ninguna de aquellas cosas en torno a las cuales vemos tan activa en la generalidad la facultad de desear. Esto no habría podido ser así si esas facultades fueran naturaleza y remitieran a los contenidos de la esencia del hombre. Pues es imposible que quien ha salido por completo fuera de su naturaleza exista en absoluto. Mas si Moisés estaba a un mismo tiempo en la Existencia y no en estas condiciones, entonces se sigue que estas condiciones son algo distinto de la naturaleza, y no la naturaleza misma. Pues si, por una parte, es verdaderamente naturaleza aquello en lo que se halla la esencia del ser, y, por otra, la remoción de estas condiciones está en nuestro poder, de modo que su remoción no sólo no daña, sino que incluso beneficia a la naturaleza, es claro que estas condiciones han de contarse entre lo externo y son afecciones, más bien que la esencia, de la naturaleza; pues la esencia es sólo aquello que es. En cuanto a la ira, la mayoría piensa que es una efervescencia de la sangre en torno al corazón; otros, un afán de infligir dolor a cambio de un dolor previo; nosotros la tomaríamos por el impulso de dañar a quien nos ha provocado. Pero ninguna de estas descripciones concuerda con la definición del alma. De nuevo, si hubiésemos de definir qué es el deseo en sí mismo, lo llamaríamos una búsqueda de lo que falta, o un anhelo de goce placentero, o un dolor por no poseer aquello en lo que el corazón está puesto, o un estado respecto de algún placer que no hay ocasión de disfrutar. Estas descripciones y otras semejantes indican todas el deseo, pero no tienen conexión con la definición del alma. Mas así sucede también con todas aquellas otras condiciones que vemos guardan alguna relación con el alma, quiero decir, aquellas que se oponen mutuamente entre sí, como la cobardía y el coraje, el placer y el dolor, el miedo y el desprecio, y así sucesivamente; cada una de ellas parece afín al principio del deseo o al de la ira, en tanto que poseen una definición separada que marca su propia naturaleza peculiar. El coraje y el desprecio, por ejemplo, muestran cierta fase del impulso irascible; las disposiciones que nacen de la cobardía y del miedo muestran, por el contrario, una disminución y un debilitamiento de ese mismo impulso. El dolor, a su vez, saca su materia tanto de la ira como del deseo. Pues la impotencia de la ira, que consiste en no poder castigar a quien primero causó dolor, se convierte ella misma en dolor; y la desesperanza de obtener los objetos del deseo y la ausencia de las cosas en las que el corazón está puesto crean en la mente ese mismo estado sombrío. Además, lo opuesto al dolor, quiero decir la sensación de placer, como el dolor, se divide entre la ira y el deseo; pues el placer es el móvil principal de ambos. Todas estas condiciones, digo, guardan alguna relación con el alma, y sin embargo no son el alma, sino sólo como verrugas que crecen de la parte pensante del alma, las cuales se cuentan como partes de ella porque se adhieren a ella, y sin embargo no son aquello que el alma es en su esencia.

    § 38

    Y sin embargo —repliqué a la virgen—, no vemos que sea poca la ayuda que todas estas afecciones ofrecen para el perfeccionamiento de los virtuosos. El deseo de Daniel fue su gloria, y la ira de Finees agradó a la Deidad. Se nos ha dicho también que el temor es el principio de la sabiduría, y hemos aprendido de Pablo que la salvación es el fin de la «tristeza que es según Dios». El Evangelio nos manda tener desprecio del peligro, y el «no atemorizarse por ningún sobresalto» no es otra cosa que una descripción de la valentía, y esta última es contada por la Sabiduría entre las cosas buenas. En todo esto la Escritura muestra que tales afecciones no han de considerarse debilidades; las debilidades no habrían sido empleadas así para poner en práctica la virtud.

    § 39

    Creo —respondió la Maestra— que yo misma soy responsable de esta confusión surgida de las distintas explicaciones del asunto; pues no lo expuse con tanta claridad como habría podido, al no introducir cierto orden de consecuencias para nuestra consideración. Ahora, sin embargo, se trazará, en cuanto sea posible, algún orden semejante, de modo que nuestro discurso avance por vía de secuencia lógica y no deje lugar a tales contradicciones. Declaramos, pues, que la facultad especulativa, crítica y contempladora del mundo propia del alma le pertenece por virtud de su naturaleza misma, y que por ella el alma conserva en sí la imagen de la gracia divina; puesto que nuestra razón conjetura que la divinidad misma, sea cual fuere en su naturaleza íntima, se manifiesta en esas mismas cosas: la supervisión universal y el discernimiento crítico entre el bien y el mal. Pero todos aquellos elementos del alma que se hallan en la zona fronteriza y que, por su peculiar naturaleza, son capaces de inclinarse a uno de dos opuestos (cuya determinación final hacia el bien o hacia el mal depende del uso que de ellos se haga), la ira, por ejemplo, y el temor, y cualquier otra emoción semejante del alma sin la cual no puede estudiarse la naturaleza humana— todos estos los contamos como añadiduras de fuera, porque en la Belleza que es el prototipo del hombre no se hallan tales características. Ofrézcase ahora la siguiente declaración como mero ejercicio (de interpretación). Ruego que escape a las burlas de los oyentes cavilosos. La Escritura nos informa de que la Deidad procedió, por una suerte de avance graduado y ordenado, a la creación del hombre. Después de puestos los cimientos del universo, como narra la historia, el hombre no apareció sobre la tierra de inmediato; sino que la creación de los brutos precedió a la suya, y las plantas precedieron a aquellos. Con ello muestra la Escritura que las fuerzas vitales se mezclaron con el mundo de la materia según una gradación: primero se infundieron en la naturaleza insensible; y, en continuación de esto, avanzaron al mundo dotado de sensación; y luego ascendieron a los seres inteligentes y racionales. Por consiguiente, debiendo ser todas las cosas existentes o corpóreas o espirituales, las primeras se dividen en animadas e inanimadas. Por animadas entiendo las dotadas de vida; y de las cosas dotadas de vida, unas la poseen con sensación, las demás no tienen sensación. A su vez, de estas cosas sensibles, unas tienen razón, las demás no la tienen. Viendo, pues, que esta vida de sensación no podría existir separada de la materia que es su sujeto, y que la vida intelectual tampoco podría encarnarse sin crecer en lo sensible, por esta razón se narra la creación del hombre como la última, como la de quien recogió en sí toda forma de vida, tanto la de las plantas como la que se ve en los brutos. Su nutrición y crecimiento los deriva de la vida vegetal; pues aun en los vegetales se ven tales procesos cuando el alimento es absorbido por sus raíces y expelido en fruto y hojas. Su organización sensitiva la deriva de la creación bruta. Pero su facultad de pensamiento y razón es incomunicable, y es un don peculiar de nuestra naturaleza, que ha de considerarse por sí mismo. Sin embargo, así como esta naturaleza posee el instinto de adquirir lo necesario para la existencia material —instinto que, cuando se manifiesta en nosotros los hombres, llamamos Apetito—, y así como admitimos que este pertenece a la forma de vida vegetal, pues también allí podemos observarlo como otros tantos impulsos que obran naturalmente para satisfacerse con su alimento afín y desembocar en la germinación, del mismo modo todas las afecciones peculiares de la creación bruta se mezclan con la parte intelectual del alma. A ellas, continuó, pertenece la ira; a ellas pertenece el temor; a ellas, todas las demás actividades opuestas que hay en nosotros; todo excepto la facultad de razón y de pensamiento. Solo esta, el producto selecto, como se ha dicho, de toda nuestra vida, lleva el sello del carácter Divino. Pero puesto que, según la opinión que acabamos de enunciar, no es posible que esta facultad racional exista en la vida del cuerpo sin existir por medio de las sensaciones, y puesto que la sensación ya se encuentra subsistiendo en la creación bruta, necesariamente, por así decirlo, en razón de esta única condición, nuestra alma tiene contacto con las otras cosas que están unidas a ella; y estas son todos aquellos fenómenos que hay en nosotros y que llamamos «pasiones»; las cuales no han sido asignadas a la naturaleza humana con ningún mal propósito en absoluto (pues el Creador sería ciertamente autor del mal, si en ellas, tan profundamente arraigadas como están en nuestra naturaleza, se hallara alguna necesidad de obrar mal), sino que, según el uso que nuestro libre albedrío haga de ellas, estas emociones del alma se convierten en instrumentos de virtud o de vicio. Son como el hierro que es forjado según la voluntad del artífice, y recibe cualquier forma que prescriba la idea que está en su mente, y se convierte en espada o en algún instrumento agrícola. Suponiendo, pues, que nuestra razón, que es la parte más selecta de nuestra naturaleza, mantenga el dominio sobre estas emociones añadidas (como la Escritura declara alegóricamente en el mandato a los hombres de dominar a los brutos), ninguna de ellas obrará al servicio del mal; el temor solo engendrará en nosotros obediencia, la ira fortaleza, y la cobardía cautela; y el instinto del deseo nos procurará el deleite que es Divino y perfecto. Mas si la razón suelta las riendas y es arrastrada detrás, como un auriga que se ha enredado en su carro, entonces estos instintos se truecan en fiereza, tal como vemos que sucede entre los brutos. Pues, como la razón no preside los impulsos naturales que en ellos están implantados, los animales más irascibles, bajo el generalato de su ira, se destruyen mutuamente; mientras que los animales corpulentos y poderosos no obtienen bien alguno de su fuerza, sino que por su falta de razón se vuelven esclavos de lo que tiene razón. Ni las actividades de su deseo de placer se emplean en objeto alguno de los más elevados; ni ningún otro instinto que se observe en ellos redunda en provecho propio. Así también, entre nosotros, si estos instintos no son encaminados por el razonamiento en la dirección recta, y si nuestros sentimientos se enseñorean de la mente, el hombre queda mudado de ser racional en ser irracional, y de inteligencia divina desciende por la fuerza de estas pasiones al nivel del bruto.

    § 40

    Muy conmovido por estas palabras, dije: Para quien reflexiona, en verdad, tu exposición, que avanza de este modo consecutivo, aunque sencilla y sin adornos, lleva suficientemente sobre sí el sello de la exactitud y da en la verdad. Y a quienes son expertos solo en los métodos técnicos de la prueba, una mera demostración basta para convencer; pero en cuanto a nosotros, convinimos en que hay algo más digno de confianza que cualquiera de estas conclusiones artificiales, a saber, aquello que señalan las enseñanzas de la Santa Escritura; y así considero necesario inquirir, además de lo dicho, si esta enseñanza inspirada armoniza con todo ello.

    § 41

    ¿Y quién —replicó ella— podría negar que la verdad se halla solo en aquello sobre lo cual está puesto el sello del testimonio de la Escritura? Así, si es necesario aducir algo de los Evangelios en apoyo de nuestra opinión, un estudio de la Parábola del Trigo y la Cizaña no estará aquí fuera de lugar. En ella el Padre de familia sembró buena semilla; (y nosotros somos claramente la «casa»). Pero el «enemigo,» habiendo vigilado el tiempo en que dormían los hombres, sembró lo inútil en lo que era bueno para alimento, poniendo la cizaña en medio mismo del trigo. Las dos clases de semilla crecieron juntas; pues no era posible que la semilla puesta en medio mismo del trigo dejara de crecer con él. Mas el Superintendente del campo prohíbe a los siervos recoger la cosecha inútil, por cuanto crece junto a la raíz misma de la contraria; para no arrancar también lo nutritivo junto con aquella planta extraña. Ahora bien, pensamos que por la buena semilla quiere decir la Escritura los impulsos correspondientes del alma, cada uno de los cuales, con tal que se cultive para el bien, necesariamente produce en nosotros el fruto de la virtud. Pero, puesto que entre estas se ha esparcido la mala semilla del error de juicio acerca de la verdadera Belleza, que es la única tal por su naturaleza intrínseca, y puesto que esta última ha quedado ensombrecida por el crecimiento del engaño que brota junto con ella (pues el principio activo del deseo no germina ni crece en dirección de aquella Belleza natural que fue el objeto de ser sembrado en nosotros, sino que ha mudado su crecimiento para moverse hacia un estado bestial e irracional, impulsándolo a este resultado ese mismo error acerca de la Belleza; y del mismo modo la semilla de la ira no nos templa para ser valientes, sino que solo nos arma para luchar contra los nuestros; y la potencia de amar abandona sus objetos intelectuales y se enloquece por completo por el goce inmoderado de los placeres de los sentidos; y así, de semejante manera, nuestras demás afecciones producen los crecimientos peores en lugar de los mejores),— por causa de esto el sabio Agricultor deja que este crecimiento que se ha introducido entre su semilla permanezca allí, para asegurar que no quedemos del todo despojados de las mejores esperanzas al ser arrancado el deseo junto con aquel crecimiento inútil. Si nuestra naturaleza sufriera semejante mutilación, ¿qué nos quedaría para elevarnos a alcanzar los deleites celestiales? Si se nos quita el amor, ¿cómo nos uniremos a Dios? Si se ha de extinguir la ira, ¿qué armas poseeremos contra el adversario? Por tanto, el Agricultor deja esas semillas bastardas dentro de nosotros, no para que abrumen siempre la cosecha más preciosa, sino para que la tierra misma (pues así, en su alegoría, llama al corazón), por su poder nativo e inherente, que es el del raciocinio, marchite el un crecimiento y haga fecundo y abundante el otro: mas si esto no se hace, entonces encarga al fuego que marque la distinción entre las cosechas. Si, pues, un hombre favorece estas afecciones en debida proporción y las mantiene bajo su propio poder en lugar de ser mantenido bajo el de ellas, empleándolas como instrumento, tal como un rey emplea las muchas manos de sus súbditos, entonces los esfuerzos hacia la excelencia le sucederán más fácilmente. Pero si llega a ser de ellas, y, como cuando unos esclavos se amotinan contra su amo, queda esclavizado por esos pensamientos serviles e ignominiosamente se inclina ante ellos; presa de sus inferiores naturales, se verá forzado a volverse a los empleos que sus imperiosos amos le mandan. Siendo esto así, no declararemos que estas emociones del alma, que están en poder de sus poseedores para bien o para mal, sean virtud o vicio. Mas, siempre que su impulso sea hacia lo noble, se convierten en materia de alabanza, como el deseo lo hizo en Daniel, y la ira en Finees, y el duelo en quienes noblemente lloran. Pero si se inclinan a la bajeza, entonces estas son, y se llaman, malas pasiones.

    Quinta parte (§ 42–49): dónde está el alma después de la muerte

    § 42

    Calló ella después de esta declaración y permitió a la discusión un breve intervalo, en el cual yo repasé mentalmente todo lo que se había dicho; y volviendo a aquel anterior curso de prueba de su discurso, a saber, que no era imposible que el alma, después de la disolución del cuerpo, residiera en sus átomos, me dirigí de nuevo a ella. ¿Dónde está, pues, ese tan celebrado y renombrado Hades? La palabra circula frecuentemente tanto en el trato de la vida diaria como en los escritos de los paganos y en los nuestros; y todos piensan que a él, como a un lugar de custodia, emigran desde aquí las almas. Sin duda no llamarías a tus átomos ese Hades.

    § 43

    Es claro —respondió la Maestra— que no has prestado bastante atención al argumento. Al hablar de la migración del alma de lo visible a lo invisible, pensé que no había omitido nada en lo tocante a la cuestión del Hades. Me parece que, tanto en los escritos paganos como en los Divinos, esta palabra con que se designa un lugar en que se dice que están las almas no significa otra cosa sino un tránsito a aquel mundo Invisible del que no tenemos atisbo.

    § 44

    ¿Y cómo, entonces —pregunté—, es que algunos piensan que por el mundo subterráneo se entiende un lugar real, y que alberga dentro de sí las almas que al fin han revoloteado lejos de la vida humana, atrayéndolas hacia sí como el receptáculo adecuado para tales naturalezas?

    § 45

    Bien —respondió la Maestra—, nuestra doctrina no resultará en modo alguno dañada por semejante suposición. Pues si es verdad lo que dices, y también que la bóveda del cielo se prolonga tan ininterrumpidamente que lo envuelve todo consigo, y que la tierra y cuanto la rodea están suspendidos en el centro, y que el movimiento de todos los cuerpos que giran se efectúa alrededor de este centro fijo y sólido, entonces, digo, hay absoluta necesidad de que, cuanto acontezca a cada uno de los átomos en la parte superior de la tierra, lo mismo acontezca en la parte opuesta, visto que una sola sustancia abarca su mole entera. Así como, cuando el sol brilla encima de la tierra, la sombra se extiende sobre su parte inferior, porque su forma esférica hace imposible que sea abrazada toda a la vez por los rayos, y necesariamente, en cualquier lado en que los rayos del sol hieran un punto particular del globo, si seguimos un diámetro recto, hallaremos sombra en el punto opuesto, y así, de continuo, en el extremo opuesto de la línea directa de los rayos, la sombra se mueve alrededor de aquel globo, al compás del sol, de modo que, por turno igual, la mitad superior y la mitad inferior de la tierra están en luz y en tinieblas; así, por esta analogía, tenemos razón para estar ciertos de que, cuanto en nuestro hemisferio se observe que acontece a los átomos, lo mismo acontecerá a ellos en el otro. Siendo el entorno de los átomos uno y el mismo en todos los lados de la tierra, juzgo correcto no contradecir ni tampoco favorecer a quienes plantean la objeción de que hemos de considerar ya esta región, ya la inferior, como asignada a las almas liberadas. Mientras esta objeción no sacuda nuestra doctrina central de la existencia de esas almas después de la vida en la carne, no hay para qué disputar, a nuestro juicio, sobre el lugar, sosteniendo como sostenemos que el lugar es propiedad solo del cuerpo, y que el alma, siendo inmaterial, no está detenida por necesidad alguna de su naturaleza en lugar alguno.

    § 46

    Mas ¿qué —pregunté—, si tu adversario se escudara tras el Apóstol, donde dice que toda criatura racional, en la restitución de todas las cosas, ha de mirar hacia Aquel que preside sobre el todo? En aquel pasaje de la Epístola a los Filipenses [] hace mención de ciertas cosas que están «debajo de la tierra» «toda rodilla se doblará» ante Él «de las cosas que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra.»

    § 47

    —Mantendremos nuestra doctrina —respondió la Maestra—, aun si les oyéramos aducir estas palabras. Pues en cuanto a la existencia del alma (después de la muerte) tenemos el asentimiento de nuestro adversario; y por eso no ponemos objeción en cuanto al lugar, como acabamos de decir.

    § 48

    —Pero si alguien preguntara por el sentido del Apóstol en esta frase, ¿qué habría que responder? ¿Quitaríais toda significación de lugar al pasaje?

    § 49

    No creo —respondió ella— que el divino Apóstol dividiese el mundo intelectual en lugares, cuando nombró una parte como «en el cielo», otra como «en la tierra» y otra como «debajo de la tierra». Hay tres estados en que pueden hallarse las criaturas racionales: uno recibió desde el principio una vida inmaterial, y lo llamamos angélico; otro está unido a la carne, y lo llamamos humano; un tercero, liberado por la muerte de las ataduras carnales, se halla en almas puras y simples. Ahora bien, creo que el divino Apóstol, en su profunda sabiduría, tuvo esto en cuenta cuando reveló la concordia futura de todos estos seres racionales en la obra de la bondad; y que coloca el mundo angélico incorpóreo «en el cielo», el que aún está envuelto en un cuerpo «en la tierra», y el que ha sido liberado de un cuerpo «debajo de la tierra»; o, en verdad, si hay algún otro mundo que deba clasificarse entre lo dotado de razón (no queda excluido); y ya sea que alguien quiera llamar a este último «demonios» o «espíritus», o cualquier otra cosa semejante, no nos importará. Ciertamente creemos, tanto por la opinión prevaleciente como, más aún, por la enseñanza de la Escritura, que existe además otro mundo de seres despojados de cuerpos como los nuestros, que se oponen a lo que es bueno y son capaces de dañar las vidas de los hombres, habiendo caído por un acto de voluntad de la visión más noble y, por esa revuelta contra la bondad, personificado en sí mismos el principio contrario; y este mundo es, según dicen algunos, el que el Apóstol añade al número de las «cosas que están debajo de la tierra», significando en ese pasaje que, cuando el mal haya sido algún día aniquilado en las largas revoluciones de los siglos, nada quedará fuera del mundo de la bondad, sino que aun de aquellos espíritus malignos se elevará en armonía la confesión del señorío de Cristo. Si esto es así, nadie puede obligarnos a ver en la expresión «cosas que están debajo de la tierra» lugar alguno del mundo subterráneo; la atmósfera se extiende por igual sobre toda parte de la tierra, y no queda un solo rincón de ella sin cubrir por este aire que la circunda.

    Sexta parte (§ 50–64): el alma y los elementos del cuerpo; el rico y Lázaro

    § 50

    Cuando hubo terminado, vacilé un momento y luego dije: —Aún no estoy satisfecho acerca de lo que hemos estado indagando; después de todo lo dicho, mi mente sigue en duda; y ruego que se permita que nuestra discusión vuelva a la misma línea de razonamiento de antes, omitiendo sólo aquello en lo que estamos plenamente de acuerdo. Digo esto porque creo que todos, salvo los polemistas más obstinados, habrán quedado suficientemente convencidos por nuestro debate para no entregar el alma, tras la disolución del cuerpo, a la aniquilación y a la nada, ni para argumentar que, por diferir sustancialmente de los átomos, le es imposible existir en lugar alguno del universo; pues, por mucho que un ser intelectual e inmaterial pueda no coincidir con esos átomos, en nada se ve impedido (hasta aquí) de existir en ellos; y esta creencia nuestra descansa en dos hechos: primero, en que el alma existe en nuestros cuerpos en esta vida presente, aunque sea fundamentalmente diferente de ellos; y segundo, en el hecho de que el ser Divino, como ha mostrado nuestro argumento, aunque es claramente algo distinto de las sustancias visibles y materiales, no obstante penetra todas y cada una de las existencias, y por esta penetración del todo mantiene el mundo en estado de ser; de modo que, siguiendo estas analogías, no necesitamos pensar que el alma tampoco esté fuera de la existencia cuando pasa del mundo de las formas a lo Invisible. Pero ¿cómo, insistí, después de que el conjunto unido de los átomos ha asumido, a causa de su mezcla, una forma del todo diferente —la forma, en efecto, con la que el alma ha convivido realmente—, por qué señal, cuando esta forma, como era de esperar, se borra junto con la resolución de los átomos, seguirá el alma (a ellos), ahora que esa forma familiar deja de persistir?

    § 51

    Esperó un momento y luego dijo: —Permíteme inventar un símil fantástico para ilustrar el asunto que nos ocupa; aunque lo que supongo quizá esté fuera de lo posible. Concédase, pues, como posible en el arte de la pintura no sólo mezclar colores opuestos, como hacen siempre los pintores, para representar un matiz particular, sino también separar de nuevo esa mezcla y devolver a cada color su tinte natural. Si entonces el blanco, o el negro, o el rojo, o el color dorado, o cualquier otro color que se haya mezclado para formar el matiz dado, volviera a separarse de aquella unión con otro y permaneciera por sí solo, suponemos que nuestro artista no por ello dejará de recordar la naturaleza real de aquel color, y que en ningún caso mostrará olvido, ya sea del rojo, por ejemplo, o del negro, si después de haberse convertido en un color completamente distinto por la composición mutua, cada uno vuelve a su tinte natural. Suponemos, digo, que nuestro artista recuerda la manera de la mutua fusión de esos colores, y así sabe qué clase de color se mezcló con un color dado y qué clase de color resultó, y cómo, al ser expulsado el otro color de la composición, (el color original) en virtud de esa liberación recobró su matiz propio; y, suponiendo que se requiriese producir de nuevo el mismo resultado por composición, el proceso será tanto más fácil por haber sido ya practicado en su obra anterior. Ahora bien, si la razón puede ver alguna analogía en este símil, debemos examinar el asunto que nos ocupa a su luz. Que el alma represente este Arte del pintor; y que los átomos naturales representen los colores de su arte; y que la mezcla de ese matiz compuesto de los diversos tintes, y el retorno de éstos a su estado nativo (lo cual se nos ha permitido suponer), representen respectivamente la concurrencia y la separación de los átomos. Entonces, así como suponemos en el símil que el Arte del pintor le dice el tinte real de cada color, cuando ha vuelto tras la mezcla a su matiz propio, de modo que tiene un conocimiento exacto del rojo, y del negro, y de cualquier otro color que contribuyó a formar el matiz requerido mediante una manera específica de unirse con otra clase —conocimiento que incluye su apariencia tanto en la mezcla como ahora, cuando está en su estado natural, y de nuevo en el futuro, suponiendo que todos los colores se mezclaran otra vez de igual manera—, así, afirmamos, conoce el alma las peculiaridades naturales de aquellos átomos cuya concurrencia forma la armazón del cuerpo en el que ella misma ha crecido, aun después de la dispersión de esos átomos. Por muy lejos que su propensión natural y sus fuerzas inherentes de repulsión los empujen unos de otros y los priven de mezclarse con su opuesto, no por ello el alma estará menos cerca de cada uno por su poder de reconocimiento, y se adherirá persistentemente a los átomos familiares, hasta que su concurrencia tras esta división tenga lugar de nuevo del mismo modo, para esa nueva formación del cuerpo disuelto que propiamente será, y será llamada, resurrección.

    § 52

    —Parece —interrumpí— que en este comentario pasajero has hecho una defensa excelente de la fe en la Resurrección. Por él, creo, los adversarios de esta doctrina podrían ser conducidos gradualmente a considerarla no como cosa absolutamente imposible, que los átomos vuelvan a unirse y formen al mismo hombre de antes.

    § 53

    —Es muy cierto —respondió la Maestra—. Pues podemos oír a estos adversarios plantear la siguiente dificultad. «Los átomos se resuelven, lo semejante con lo semejante, en el universo; ¿por qué artificio, entonces, el calor, por ejemplo, que reside en tal o cual hombre, después de unirse al calor universal, vuelve a disociarse de esta conexión con sus afines, para formar a este hombre que está siendo 'remodelado'? Pues si la partícula individual idéntica no regresa y sólo se trae algo homogéneo pero no idéntico, tendréis otra cosa en lugar de aquella primera, y tal proceso dejará de ser una resurrección y será meramente la creación de un hombre nuevo. Pero si el mismo hombre ha de volver a sí mismo, debe ser el mismo enteramente, y recobrar su formación original en cada uno de los átomos de sus elementos.»

    § 54

    Entonces, para responder a semejante objeción —repliqué—, la opinión anterior sobre el alma servirá, como dije; a saber, que ella permanece después de la disolución en esos mismos átomos en los que primero creció, y, como una guardiana colocada sobre una propiedad privada, no los abandona cuando se mezclan con sus átomos afines, y por la sutil ubicuidad de su inteligencia no se equivoca acerca de ellos, con toda su sutil pequeñez, sino que se difunde junto con los que le pertenecen cuando están siendo mezclados con su polvo afín, y no sufre agotamiento al seguir a todo su número cuando fluyen de nuevo hacia el universo, sino que permanece con ellos, sin importar en qué dirección o de qué manera la Naturaleza los disponga. Pero si el Poder que todo lo dispone diera la señal para que esos átomos dispersos se combinen de nuevo, entonces, así como cuando cada una de las diversas cuerdas que cuelgan de un solo bloque responde en uno y el mismo momento al tirón desde aquel centro, así, siguiendo esta fuerza del alma que actúa sobre los diversos átomos, todos éstos, una vez tan familiares entre sí, se precipitan simultáneamente y forman el cable del cuerpo por medio del alma, cada uno de ellos unido a su antiguo vecino y abrazando a un viejo conocido.

    § 55

    —También la siguiente ilustración —continuó la Maestra— podría añadirse con gran propiedad a las ya aducidas, para mostrar que el alma no necesita mucha enseñanza para distinguir lo propio de lo ajeno entre los átomos. Imagínese un alfarero con una provisión de arcilla; y sea la provisión grande; y sea que una parte de ella ya ha sido moldeada para formar vasijas acabadas, mientras el resto espera aún ser moldeado; y supóngase que las vasijas mismas no son todas de forma semejante, sino que una es una jarra, por ejemplo, y otra una tinaja de vino, otra un plato, otra una copa o cualquier otra vasija útil; y además, no sea que un solo dueño las posea todas, sino imaginemos para cada una un dueño especial. Ahora bien, mientras estas vasijas están intactas, son desde luego reconocibles por sus dueños, y no menos, aun si se rompen en pedazos; pues por esos pedazos cada uno conocerá, por ejemplo, que esto pertenece a una jarra, y, además, qué clase de fragmento pertenece a una copa. Y si se las sumerge de nuevo en la arcilla no trabajada, el discernimiento entre lo que ya ha sido trabajado y aquella arcilla será aún más infalible. El hombre individual es como tal una vasija; ha sido moldeado a partir de la materia universal, gracias a la concurrencia de sus átomos; y exhibe en una forma peculiarmente suya una marcada distinción respecto de su especie; y cuando esa forma se deshace, el alma que ha sido señora de esta vasija particular tendrá un conocimiento exacto de ella, derivado aun de sus fragmentos; ni dejará esta propiedad, tampoco, en la común mezcla con todos los demás fragmentos, o si se la sumerge en la parte aún informe de la materia de la que han venido los átomos; ella siempre recuerda lo suyo tal como era cuando estaba compacto en forma corporal, y después de la disolución nunca se equivoca acerca de ello, guiada por señales que aún se adhieren a los restos.

    § 56

    Aplaudí esto como bien ideado para poner de relieve los rasgos naturales del caso que nos ocupa; y dije: —Muy bien está hablar así y creer que es así; pero supóngase que alguien citara contra ello la narración de nuestro Señor acerca de los que están en el infierno, como no armonizando con los resultados de nuestra investigación, ¿cómo habremos de prepararnos con una respuesta?

    § 57

    La Maestra respondió: —Las expresiones de esa narración de la Palabra son ciertamente materiales; pero aun así se intercalan en ella muchas indicaciones para despertar al investigador experto a un estudio más discernidor de la misma. Quiero decir que Aquel que separa a los buenos de los malos por un gran abismo, y hace que el hombre atormentado ansíe una gota que le sea llevada por un dedo, y que el hombre maltratado en esta vida descanse en el seno de un patriarca, y que relata su muerte anterior y su consignación a la tumba, lleva al indagador inteligente de Su sentido mucho más allá de una interpretación superficial. Pues ¿qué clase de ojos tiene el Rico para alzarlos en el infierno, cuando ha dejado sus ojos corporales en aquella tumba? ¿Y cómo puede un espíritu incorpóreo sentir llama alguna? ¿Y qué clase de lengua puede anhelar que se le enfríe con la gota de agua, cuando ha perdido su lengua de carne? ¿Qué es el dedo que ha de llevarle esa gota? ¿Qué clase de lugar es el «seno» de reposo? Los cuerpos de ambos están en la tumba, y sus almas están incorpóreas, y tampoco constan de partes; y así es imposible hacer que la estructura de la narración corresponda a la verdad, si la entendemos literalmente; sólo podemos hacerlo traduciendo cada detalle a un equivalente en el mundo de las ideas. Así, debemos pensar en el abismo como aquello que separa las ideas que no deben confundirse para que no confluyan, no como una sima de la tierra. Tal sima, por vasta que fuese, podría ser atravesada sin dificultad por una inteligencia incorpórea; puesto que la inteligencia puede en un instante estar donde quiera.

    § 58

    —¿Qué son, entonces —pregunté—, el fuego y el abismo y los demás rasgos del cuadro? ¿No son aquello que se dice que son?

    § 59

    Creo —respondió ella— que el Evangelio significa por medio de cada uno de ellos ciertas doctrinas respecto de nuestra cuestión sobre el alma. Pues cuando el patriarca dice primero al Rico: «En tu vida recibiste tus bienes», y de la misma manera habla del Pobre, a saber, que ha cumplido su deber soportando su parte de los males de la vida, y luego, después de eso, añade respecto del abismo que es una barrera entre ellos, evidentemente con tales expresiones da a entender una verdad muy importante; y, a mi parecer, es la siguiente. En otro tiempo la vida del hombre tenía un solo carácter; y con esto quiero decir que se hallaba sólo en la categoría del bien y no tenía contacto con el mal. El primero de los mandamientos de Dios atestigua la verdad de esto; aquel, a saber, que dio al hombre disfrute sin restricción de todas las bendiciones del Paraíso, prohibiendo sólo aquello que era una mezcla de bien y de mal y por tanto compuesto de contrarios, pero haciendo de la muerte la pena por transgredir en eso particular. Pero el hombre, obrando libremente por un impulso voluntario, abandonó la suerte que no estaba mezclada con el mal, y atrajo sobre sí aquello que era una mezcla de contrarios. Sin embargo, la Divina Providencia no dejó aquella temeridad nuestra sin correctivo. La muerte, en efecto, como pena fija por quebrantar la ley, cayó necesariamente sobre sus transgresores; pero Dios dividió la vida del hombre en dos partes, a saber, esta vida presente, y aquella «fuera del cuerpo» de aquí en adelante; y puso a la primera un límite del tiempo más breve posible, mientras prolongó la otra hasta la eternidad; y en Su amor por el hombre le dio la elección, de tener lo uno o lo otro de aquellas cosas, quiero decir, el bien o el mal, en cuál de las dos partes quisiera: ya sea en esta vida breve y transitoria, o en aquellas edades sin fin, cuyo límite es el infinito. Ahora bien, estas expresiones «bien» y «mal» son equívocas; se usan en dos sentidos, uno relativo a la mente y otro al sentido; algunos clasifican como bien todo lo que es agradable al sentimiento; otros confían en que sólo aquello que es perceptible por la inteligencia es bien y merece ese nombre. Aquellos, pues, cuyas facultades de raciocinio nunca han sido ejercitadas y que nunca han vislumbrado el camino mejor, pronto gastan en la glotonería de esta vida carnal el dividendo de bien que su constitución puede reclamar, y no reservan nada de él para la vida venidera; pero aquellos que por un cálculo discreto y sobrio economizan las facultades de vivir son afligidos aquí por cosas penosas al sentido, mas reservan su bien para la vida siguiente, y así su suerte más feliz se prolonga para durar tanto como aquella vida eterna. Esto, en mi opinión, es el «abismo»; el cual no está hecho por la separación de la tierra, sino por aquellas decisiones en esta vida que resultan en una separación en caracteres opuestos. El hombre que una vez ha elegido el placer en esta vida, y no ha curado su irreflexión mediante el arrepentimiento, coloca la tierra del bien fuera de su alcance; pues ha cavado contra sí mismo el abismo abierto e infranqueable de una necesidad que nada puede romper. Ésta es la razón, creo, de que se dé el nombre de seno de Abraham a aquella buena situación del alma en la que la Escritura hace reposar al atleta de la paciencia. Pues se relata de este patriarca, el primero de todos los nacidos hasta entonces, que cambió el disfrute del presente por la esperanza del futuro; fue despojado de todas las circunstancias en las que su vida al principio transcurría, y residió entre extranjeros, y así compró con la molestia presente la bienaventuranza futura. Así como figurativamente llamamos a un circuito particular del océano «seno», así la Escritura me parece expresar la idea de aquellas bendiciones inconmensurables de arriba mediante la palabra «seno», significando un lugar al que todos los virtuosos navegantes de esta vida, cuando han zarpado de aquí, son llevados a anclar en el puerto sin olas de aquel golfo de bendiciones. Mientras tanto, la negación de estas bendiciones de la que son testigos se convierte en los otros en una llama, que quema al alma y provoca el ansia del refrigerio de una gota de aquel océano de bendiciones en el que los santos abundan; la cual, sin embargo, no consiguen. Si consideras, además, la «lengua», y el «ojo», y el «dedo», y los demás nombres de órganos corporales, que aparecen en la conversación entre aquellas almas incorpóreas, te persuadirás de que esta conjetura nuestra acerca de ellas concuerda con la opinión que ya hemos expuesto sobre el alma. Examina atentamente el significado de esas palabras. Pues así como la concurrencia de los átomos forma la sustancia del cuerpo entero, así es razonable pensar que la misma causa obra para completar la sustancia de cada miembro del cuerpo. Si, pues, el alma está presente en los átomos del cuerpo cuando éstos se mezclan de nuevo con el universo, no sólo tendrá conocimiento de la masa entera que una vez se unió para formar todo el cuerpo, y estará presente en ella, sino que, además, no dejará de conocer los materiales particulares de cada uno de los miembros, de modo que recordará por qué divisiones entre los átomos fueron completamente formados nuestros miembros. No hay, pues, nada improbable en suponer que lo que está presente en la masa completa está presente también en cada división de la masa. Si uno, entonces, piensa en aquellos átomos en los que cada detalle del cuerpo reside potencialmente, y conjetura que la Escritura da a entender un «dedo» y una «lengua» y un «ojo» y lo demás como existentes, después de la disolución, sólo en la esfera del alma, no errará la verdad probable. Además, si cada detalle aparta la mente de una aceptación material de la historia, ciertamente el «infierno» del que acabamos de hablar no puede razonablemente pensarse como un lugar así llamado; más bien se nos dice allí por la Escritura acerca de una cierta situación invisible e inmaterial en la que reside el alma. En esta historia del Rico y del Pobre se nos enseña también otra doctrina, íntimamente conectada con nuestros descubrimientos anteriores. La historia hace que el hombre amante del placer sensual, cuando ve que su propio caso es uno que no admite escape, muestre previsión por sus parientes en la tierra; y cuando Abraham le dice que la vida de los que aún están en la carne no carece de guía, pues pueden hallarla a mano, si quieren, en la Ley y los Profetas, él continúa suplicando a aquel Justo Patriarca, y pide que se les envíe un mensaje repentino y convincente, traído por alguno resucitado de entre los muertos.

    § 60

    —¿Cuál es, pues —pregunté—, la doctrina aquí?

    § 61

    —He aquí que, viendo que el alma de Lázaro está ocupada con sus bendiciones presentes y no vuelve la vista a nada de lo que ha dejado, mientras que el rico sigue aún apegado, como con un cemento, incluso después de la muerte, a la vida de los sentidos, de la que no se desprende ni aun habiendo cesado de vivir, conservando como conserva carne y sangre en sus pensamientos (pues en su súplica de que sus parientes sean eximidos de sus sufrimientos muestra claramente que todavía no está libre del sentimiento carnal)—en tales detalles de la historia (continuó ella) creo que nuestro Señor nos enseña esto: que quienes viven aún en la carne deben, en la medida de sus fuerzas, separarse y liberarse en cierto modo de sus apegos mediante una conducta virtuosa, a fin de que después de la muerte no necesiten una segunda muerte que los limpie de los restos debidos a este cemento de la carne, y, una vez desatadas las ataduras en torno al alma, su vuelo hacia el Bien sea veloz y sin impedimento, sin angustia del cuerpo que la distraiga. Pues si alguien se vuelve entera y completamente carnal en su pensamiento, tal persona, con todo movimiento y energía del alma absorbidos en deseos carnales, no se separa de tales apegos, ni siquiera en el estado incorpóreo; del mismo modo que quienes han permanecido largo tiempo en lugares hediondos no se libran del malestar contraído por esa prolongada estancia, aun cuando pasen a una atmósfera dulce. Así sucede que, cuando se efectúa el cambio hacia lo Invisible e impalpable, ni siquiera entonces les será posible a los amantes de la carne evitar arrastrar consigo, en modo alguno, alguna inmundicia carnal; y con ello su tormento se intensificará, por haberse materializado su alma en semejante entorno. Creo también que esta visión del asunto armoniza hasta cierto punto con la afirmación hecha por algunos de que en torno a las tumbas se ven a menudo fantasmas sombríos de los difuntos. Si esto es realmente así, queda probado que existió un apego desordenado de esa alma particular a la vida en la carne, que le impedía, aun expulsada de la carne, volar limpiamente lejos y admitir el cambio completo de su forma hacia lo impalpable; permanece cerca del cuerpo aun después de la disolución del cuerpo, y, aunque ya fuera de él, se cierne con pesar sobre el lugar donde está su materia y continúa frecuentándolo.

    § 62

    —Entonces, tras reflexionar un momento sobre el significado de estas últimas palabras, dije: Creo que surge ahora una contradicción entre lo que has dicho y el resultado de nuestro anterior examen de las pasiones. Pues si, por una parte, ha de sostenerse que la actividad de tales movimientos dentro de nosotros surge de nuestro parentesco con los brutos, quiero decir movimientos como los enumerados en nuestra discusión previa, la ira, por ejemplo, y el miedo, el deseo de placer, y demás, y, por otra parte, se afirmó que la virtud consiste en el buen empleo de estos movimientos, y el vicio en su mal empleo, y además discutimos la contribución efectiva de cada una de las otras pasiones a una vida virtuosa, y hallamos que mediante el deseo sobre todo somos acercados a Dios, atraídos hacia arriba, como por su cadena, desde la tierra hacia Él—creo (dije) que esa parte de la discusión se opone en cierto modo a lo que ahora buscamos.

    § 63

    —¿Cómo es eso? —preguntó ella.

    § 64

    —Pues, cuando todo instinto irracional se extinga dentro de nosotros tras nuestra purgación, este principio del deseo no existirá más que los otros principios; y, eliminado éste, parece como si el afán por el camino mejor también cesara, al no quedar en el alma ninguna otra emoción que pueda incitarnos al apetito del Bien.

    Séptima parte (§ 65–71): la purificación del alma y el sentido del castigo

    § 65

    —A esa objeción —respondió ella— contestamos esto. La facultad especulativa y crítica es propiedad de la parte divina del alma; pues es mediante ellas que aprehendemos también a la Deidad. Si, entonces, ya sea por la previsión aquí, o por la purgación en el más allá, nuestra alma se libera de toda conexión emocional con la creación bruta, no habrá nada que impida su contemplación de lo Bello; pues esto último es esencialmente capaz de atraer en cierto modo a todo ser que lo contempla. Si, pues, el alma es purificada de todo vicio, estará con toda certeza en la esfera de la Belleza. La Deidad es en su misma sustancia Bella; y con la Deidad el alma en su estado de pureza tendrá afinidad, y la abrazará como semejante a sí misma. Siempre que esto suceda, entonces, ya no habrá necesidad del impulso del Deseo para guiar el camino hacia lo Bello. Quien pasa su tiempo en tinieblas, ése es quien estará bajo la influencia de un deseo de la luz; pero cuando llega a la luz, entonces el goce ocupa el lugar del deseo, y el poder de gozar vuelve inútil y anticuado al deseo. No será, por tanto, ningún detrimento para nuestra participación en el Bien, que el alma se libre de tales emociones, y, volviéndose sobre sí misma, se conozca con exactitud cuál es su naturaleza real, y contemple la Belleza Original reflejada en el espejo y en la figura de su propia belleza. Pues verdaderamente en esto consiste la real asimilación a lo Divino; a saber, en hacer de nuestra propia vida, en cierto grado, una copia del Ser Supremo. Pues una Naturaleza como aquélla, que trasciende todo pensamiento y está muy lejos de todo lo que observamos dentro de nosotros, procede en su existencia de una manera muy diferente a como lo hacemos nosotros en esta vida presente. El hombre, poseyendo una constitución cuya ley es estar en movimiento, es llevado en aquella dirección particular hacia donde el impulso de su voluntad lo dirige: y así su alma no es afectada de la misma manera hacia lo que tiene delante, por así decirlo, que hacia lo que ha dejado atrás; pues la esperanza conduce el movimiento hacia adelante, pero es la memoria la que sucede a ese movimiento cuando ha avanzado hasta el logro de la esperanza; y si es hacia algo intrínsecamente bueno que la esperanza conduce así al alma, la huella que este ejercicio de la voluntad deja en la memoria es luminosa; pero si la esperanza ha seducido al alma con algún fantasma del Bien solamente, y el camino excelente se ha errado, entonces la memoria que sucede a lo acontecido se convierte en vergüenza, y se libra así una guerra intestina en el alma entre la memoria y la esperanza, porque esta última ha sido tan mala guía de la voluntad. Tal es, de hecho, el estado de ánimo que la vergüenza expresa; el alma es como aguijoneada por el resultado; su remordimiento por su intento mal considerado es un látigo que la hace sentir en lo vivo, y querría traer el olvido en su auxilio contra su atormentador. Ahora bien, en nuestro caso la naturaleza, por ser indigente del Bien, aspira siempre a esto que todavía le falta, y este aspirar a una cosa aún ausente es este mismo hábito del Deseo, que nuestra constitución muestra igualmente, ya sea que se vea frustrada del Bien real, o que gane aquello que es bueno ganar. Pero una naturaleza que supera toda idea que podamos formarnos del Bien y trasciende todo otro poder, no careciendo de nada que pueda considerarse bueno, es ella misma la plenitud de todo bien; no se mueve en la esfera del bien por modo de participación solamente, sino que es ella misma la sustancia del Bien (sea lo que fuere que imaginemos que el Bien es); no da lugar a esperanza alguna naciente (pues la esperanza manifiesta actividad en dirección a algo ausente; mas «lo que uno tiene, ¿cómo esperarlo todavía?» como pregunta el Apóstol), ni carece de la actividad de la memoria para el conocimiento de las cosas; lo que se ve actualmente no necesita ser recordado. Puesto que, entonces, esta naturaleza Divina está más allá de todo bien particular, y para el bien el bien es objeto de amor, se sigue que cuando mira dentro de Sí misma, desea lo que contiene y contiene lo que desea, y no admite nada externo. En verdad no hay nada externo a Ella, con la sola excepción del mal, el cual, por extraño que parezca decirlo, posee una existencia en no existir en absoluto. Pues no hay otro origen del mal sino la negación de lo existente, y lo verdaderamente existente forma la sustancia del Bien. Lo que, por tanto, no ha de hallarse en lo existente debe estar en lo no existente. Siempre que el alma, entonces, habiéndose despojado de las multiformes emociones propias de su naturaleza, obtiene su forma Divina y, elevándose por encima del Deseo, entra dentro de aquello hacia lo cual fue una vez incitada por ese Deseo, no ofrece abrigo dentro de sí ni para la esperanza ni para la memoria. Posee el objeto de la una; la otra es expulsada de la conciencia por la ocupación en gozar de todo lo que es bueno: y así el alma copia la vida de arriba, y se conforma a los rasgos peculiares de la naturaleza Divina; no le queda ninguno de sus hábitos salvo el del amor, que se adhiere por afinidad natural a lo Bello. Pues esto es lo que el amor es: la afección inherente hacia un objeto elegido. Cuando, entonces, el alma, habiéndose vuelto simple y única en su forma y así perfectamente deiforme, halla aquel bien perfectamente simple e inmaterial que es realmente digno de entusiasmo y amor, se apega a él y se funde con él mediante el movimiento y la actividad del amor, modelándose según aquello que continuamente está hallando y aprehendiendo. Al devenir por esta asimilación al Bien todo lo que es la naturaleza de aquello en que participa, el alma, en consecuencia, por no haber carencia de bien alguno en aquello mismo en que participa, estará ella misma también sin carencia de nada, y así expulsará de su interior la actividad y el hábito del Deseo; pues éste surge sólo cuando lo echado en falta no se encuentra. Para esta enseñanza tenemos la autoridad del propio Apóstol de Dios, quien anuncia una subyugación y un cese de todas las otras actividades, incluso las buenas, que hay dentro de nosotros, y no halla límite para el amor solamente.
    «Las profecías», dice, «cesarán; las formas de conocimiento cesarán; pero la caridad nunca deja de ser»; lo cual equivale a ser siempre como es: y aunque dice que la fe y la esperanza han perdurado hasta ahora al lado del amor, con todo prolonga su fecha más allá de las de ellas, y con buena razón; pues la esperanza está en operación sólo mientras el goce de las cosas esperadas no puede tenerse; y la fe de la misma manera es un soporte en la incertidumbre acerca de las cosas esperadas; pues así la define—«la sustancia de las cosas que se esperan»; pero cuando la cosa esperada llega de hecho, entonces todas las otras facultades se reducen a quietud, y sólo el amor permanece activo, no hallando nada que lo suceda. El amor, por tanto, es el primero de todos los logros excelentes y el primero de los mandamientos de la ley. Si alguna vez, pues, el alma alcanza esta meta, no tendrá necesidad de nada más; abrazará aquella plenitud de las cosas que son, mediante la cual sola parece en cierto modo preservar dentro de sí el sello de la bienaventuranza real de Dios. Pues la vida del Ser Supremo es amor, visto que lo Bello es necesariamente amable para quienes lo reconocen, y la Deidad lo reconoce, y así este reconocimiento se convierte en amor, siendo esencialmente bello aquello que Él reconoce. Esta Verdadera Belleza no puede ser tocada por la insolencia de la saciedad; y no habiendo saciedad que interrumpa esta continua capacidad de amar lo Bello, la vida de Dios tendrá su actividad en el amor; vida que es así en sí misma bella, y es esencialmente de disposición amorosa hacia lo Bello, y no recibe freno alguno a esta actividad de amor. De hecho, en lo Bello no se halla límite alguno, de modo que el amor hubiera de cesar con algún límite de lo Bello. Esto último sólo puede ser terminado por su contrario; pero cuando se tiene un bien, como aquí, que es en su esencia incapaz de un cambio a peor, entonces ese bien continuará sin freno hasta el infinito. Además, como todo ser es capaz de atraer a su semejante, y la humanidad es, en cierto modo, semejante a Dios, por llevar dentro de sí algunos parecidos con su Prototipo, el alma es por estricta necesidad atraída hacia la Deidad afín. De hecho, lo que pertenece a Dios debe por todos los medios y a toda costa ser preservado para Él. Si, entonces, por una parte, el alma está libre de superfluidades y ninguna molestia relacionada con el cuerpo la oprime, su avance hacia Aquel que la atrae hacia Sí es dulce y connatural. Pero supongamos, por otra parte, que ha sido traspasada con los clavos de la propensión, de modo que se halla sujeta a un hábito conectado con las cosas materiales—un caso como el de aquellos en las ruinas causadas por terremotos, cuyos cuerpos son aplastados por los montones de escombros; e imaginemos a modo de ilustración que estos no sólo están oprimidos por el peso de las ruinas, sino que han sido atravesados también con algunas púas y astillas descubiertas con ellos entre los escombros. ¿Cuál sería, pues, naturalmente, la condición de aquellos cuerpos, cuando fueran arrastrados por sus parientes desde las ruinas para recibir los santos ritos de sepultura, magullados y desgarrados por completo, desfigurados del modo más espantoso concebible, con los clavos bajo el montón desgarrándolos por la violencia misma necesaria para sacarlos?— Tal creo que es la condición del alma también cuando la fuerza Divina, por el mismísimo amor de Dios al hombre, arrastra lo que le pertenece desde las ruinas de lo irracional y material. No por odio o venganza por una vida perversa, a mi entender, trae Dios sobre los pecadores aquellas dispensaciones dolorosas; sólo está reclamando y atrayendo hacia Sí lo que, para complacerle, vino a la existencia. Pero mientras Él con un fin noble atrae al alma hacia Sí, la Fuente de toda Bienaventuranza, ello es necesariamente para el ser así atraído ocasión de un estado de tortura. Así como quienes refinan el oro de la escoria que contiene no sólo consiguen que esta aleación vil se funda en el fuego, sino que se ven obligados a fundir el oro puro junto con la aleación, y luego, mientras esta última se consume, el oro permanece, así, mientras el mal es consumido en el fuego purgatorio, el alma que está soldada a este mal debe inevitablemente estar en el fuego también, hasta que el material espurio de la aleación sea consumido y aniquilado por este fuego. Si se recubre una cuerda con una arcilla de las más tenaces, y se hace pasar luego el extremo de la cuerda por un orificio estrecho, y alguien del otro lado la tira con violencia por ese extremo, ha de suceder que, mientras la cuerda misma cede a la fuerza ejercida, la arcilla que se le ha adherido es raspada por este violento tirón y queda fuera del orificio, y, además, es la causa de que la cuerda no corra fácilmente por el pasaje, sino que haya de sufrir una tensión violenta a manos del que tira. De tal manera, creo, podemos figurarnos la lucha agónica de aquella alma que se ha envuelto en pasiones materiales terrenas, cuando Dios está atrayéndola, a ella, que es suya, hacia Sí, y la materia extraña, que de algún modo ha crecido en su sustancia, ha de ser raspada de ella a viva fuerza, y así le ocasiona esa aguda e intolerable angustia.

    § 66

    —Entonces, parece —dije— que no es el castigo principal y primeramente lo que la Deidad, como Juez, inflige a los pecadores; sino que Él opera, como tu argumento ha mostrado, sólo para separar el bien del mal y atraerlo a la comunión de la bienaventuranza.

    § 67

    Eso, dijo la Maestra, es lo que quiero decir; y también que la agonía será medida por la cantidad de mal que haya en cada individuo. Pues no sería razonable pensar que quien ha permanecido tanto tiempo como hemos supuesto en un mal que se sabía prohibido, y quien ha caído solo en pecados moderados, hayan de ser atormentados con la misma intensidad en el juicio sobre su hábito vicioso; sino que, según la cantidad de materia, será más largo o más corto el tiempo que arderá aquella llama agónica; es decir, mientras haya combustible que la alimente. En el caso del que ha adquirido un peso grande de materia, el fuego consumidor habrá de ser necesariamente muy penetrante; pero allí donde aquello de que ha de alimentarse el fuego se ha extendido menos, la penetrante fiereza del castigo se mitiga, en la medida en que el sujeto mismo, en la cantidad de su mal, queda disminuido. En todo caso, el mal debe ser eliminado de la existencia, de modo que, como dijimos antes, lo absolutamente inexistente cese por completo de ser. Puesto que no está en su naturaleza que el mal exista fuera de la voluntad, ¿no se sigue que, cuando toda voluntad descanse en Dios, el mal quedará reducido a una aniquilación completa, al no quedar receptáculo alguno para él?

    § 68

    Pero, dije yo, ¿qué consuelo puede hallarse en esta piadosa esperanza cuando se considera la magnitud del mal de sufrir tormento aun por un solo año; y si esa angustia intolerable se prolonga por el espacio de una edad entera, qué grano de consuelo queda de cualquier expectativa posterior a aquel cuya purgación se mide así con una edad entera?

    § 69

    Pues bien, o hemos de proponernos mantener el alma absolutamente intacta y libre de toda mancha de mal; o, si nuestra naturaleza pasional lo hace del todo imposible, entonces hemos de procurar que nuestras faltas en la excelencia consistan solo en omisiones leves y fácilmente curables. Pues el Evangelio en su enseñanza distingue entre un deudor de diez mil talentos y un deudor de quinientos denarios, y de cincuenta denarios y de un cuadrante, que es «la más pequeña» de las monedas; proclama que el justo juicio de Dios alcanza a todos, y aumenta el pago necesario a medida que crece el peso de la deuda, y por otra parte no pasa por alto ni las deudas más diminutas. Pero el Evangelio nos dice que este pago de deudas no se efectuaba mediante la devolución de dinero, sino que el hombre endeudado era entregado a los verdugos hasta que pagara toda la deuda; y eso no significa otra cosa sino pagar en moneda de tormento la inevitable recompensa, quiero decir, la recompensa que consiste en soportar la parte de dolor en que se incurrió durante la vida, cuando eligió irreflexivamente el mero placer, sin mezcla de su contrario; de modo que, habiéndose despojado de todo ese crecimiento extraño que es el pecado, y desechado la vergüenza de toda deuda, pudiera mantenerse en libertad y sin temor. Ahora bien, la libertad es el ascenso a un estado que no reconoce dueño y se gobierna a sí mismo; es aquello con que fuimos dotados por Dios al principio, pero que ha quedado oscurecido por el sentimiento de vergüenza nacido de la deuda. También la libertad es, en todos los casos, una y la misma en su esencia; tiene una atracción natural hacia sí misma. Se sigue, pues, que, así como todo lo que es libre se unirá con lo semejante, y como la virtud es algo que no tiene dueño, es decir, es libre, todo lo que es libre se unirá con la virtud. Pero, además, el Ser Divino es la fuente de toda virtud. Por tanto, aquellos que se han apartado del mal se unirán con Él; y así, como dice el Apóstol, Dios será «todo en todos»; pues esta expresión me parece confirmar claramente la opinión a la que ya habíamos llegado, porque significa que Dios será en lugar de todas las demás cosas, y en todas. Pues mientras nuestra vida presente se desenvuelve activa entre una variedad de condiciones multiformes, y las cosas con las que tenemos relación son numerosas, por ejemplo, el tiempo, el aire, el lugar, la comida y la bebida, el vestido, la luz del sol, la luz de la lámpara y otras necesidades de la vida, ninguna de las cuales, aunque son muchas, es Dios—aquel estado bienaventurado que esperamos no necesita de ninguna de estas cosas, sino que el Ser Divino llegará a ser todo, y en lugar de todo, para nosotros, distribuyéndose proporcionalmente a cada necesidad de aquella existencia. Es asimismo evidente, por la Santa Escritura, que Dios se convierte, para quienes lo merecen, en lugar, y hogar, y vestido, y comida, y bebida, y luz, y riquezas, y señorío, y todo cuanto puede pensarse y nombrarse que contribuye a hacer feliz nuestra vida. Pero Aquel que llega a ser «todas» las cosas será también «en todas» las cosas; y en esto me parece que la Escritura enseña la completa aniquilación del mal. Si, es decir, Dios será «en todas» las cosas existentes, el mal, evidentemente, no estará entonces entre ellas; pues si alguien supusiera que el mal existía entonces, ¿cómo se mantendrá intacta la creencia de que Dios será «en todas»? La excepción de esa única cosa, el mal, echa a perder la comprehensividad del término «todas.» Pero Aquel que será «en todas» nunca estará en aquello que no existe.

    § 70

    Entonces, pregunté, ¿qué hemos de decir a aquellos cuyos corazones desfallecen ante estas calamidades?

    § 71

    Les diremos, respondió la Maestra, esto. «Es necio, buenas gentes, que os irritéis y os quejéis de la cadena de esta secuencia fija de las realidades de la vida; no conocéis la meta hacia la cual se mueve cada dispensación particular del universo. No sabéis que todas las cosas han de ser asimiladas a la Naturaleza Divina conforme al plan artístico de su autor, con una regularidad y un orden determinados. En efecto, para esto vinieron a la existencia los seres inteligentes; a saber, para que las riquezas de las bendiciones divinas no permanecieran ociosas. La Sabiduría que todo lo crea forjó estas almas, estos receptáculos dotados de libre albedrío, como vasos, por así decirlo, con este preciso propósito: que hubiera capacidades aptas para recibir sus bendiciones y hacerse continuamente más grandes con la afluencia de la corriente. Tales son las maravillas que obra la participación en las bendiciones divinas: hace más grande y más capaz a aquel en quien entran; de su capacidad de recibir obtiene el receptor también un aumento real de volumen, y nunca cesa de ensancharse. La fuente de las bendiciones brota sin cesar, y la naturaleza del participante, no hallando nada superfluo ni inútil en aquello que recibe, convierte todo el influjo en un ensanche de sus propias proporciones, y se vuelve a la vez más deseosa de beber el alimento más noble y más capaz de contenerlo; cada cosa crece junto con la otra, tanto la capacidad, que es alimentada en tal abundancia de bendiciones y así se hace mayor, como el caudal nutridor que sobreviene en raudal respondiendo al crecimiento de aquellas potencias que aumentan. Es probable, por tanto, que este volumen ascienda a una magnitud tal que no haya límite que lo detenga, de modo que no podamos crecer hasta colmarlo. Con semejante perspectiva ante nosotros, ¿os enojáis de que nuestra naturaleza avance hacia su meta por el camino que se nos ha señalado? Pues bien, nuestra carrera no puede dirigirse hacia allí, a menos que aquello que nos abruma, quiero decir esta carga embarazosa de terrenalidad, sea sacudida del alma; ni podemos tener domicilio en la Pureza con la parte correspondiente de nuestra naturaleza, a menos que nos hayamos purificado con un mejor entrenamiento del hábito de afecto que hemos contraído en la vida hacia esta terrenalidad. Pero si hay en vosotros algún apego a este cuerpo, y el ser desatados de esta cosa amada os causa dolor, que tampoco esto os haga desesperar. Contemplaréis esta envoltura corporal, que ahora está disuelta en la muerte, tejida de nuevo con los mismos átomos, no ciertamente en esta organización con su textura grosera y pesada, sino con sus hilos trabajados en algo más sutil y etéreo, de modo que no solo tendréis cerca de vosotros aquello que amáis, sino que os será restituido con una belleza más brillante y arrebatadora.»

    Octava parte (§ 72–82): la resurrección y los filósofos

    § 72

    Pero de algún modo me parece ahora, dije yo, que la doctrina de la Resurrección viene necesariamente a nuestra discusión; doctrina que creo es aun a primera vista verdadera y además creíble, tal como se nos narra en la Escritura; de modo que eso no será objeto de discusión entre nosotros: pero, puesto que la debilidad del entendimiento humano se fortalece aún más con cuantos argumentos nos resultan inteligibles, sería bueno no dejar tampoco esta parte del tema sin examen filosófico. Consideremos, pues, lo que debe decirse al respecto.

    § 73

    En cuanto a los pensadores, continuó la Maestra, ajenos a nuestro propio sistema de pensamiento, con sus diversos modos de considerar las cosas, unos en un punto, otros en otro, se han aproximado y tocado la doctrina de la Resurrección: aunque ninguno de ellos coincide exactamente con nosotros, en ningún caso han abandonado del todo semejante expectativa. Algunos, en verdad, envilecen la naturaleza humana en su amplitud, sosteniendo que un alma llega a ser alternativamente la de un hombre y la de algo irracional; que transmigra a diversos cuerpos, cambiando a placer del hombre en ave, pez o bestia, y luego regresando a la especie humana. Mientras algunos extienden este absurdo incluso a los árboles y arbustos, de modo que consideran su vida leñosa como correspondiente y afín a la humanidad, otros de ellos sostienen solo esto: que el alma trueca un hombre por otro hombre, de suerte que la vida de la humanidad se continúa siempre por medio de las mismas almas, las cuales, siendo exactamente las mismas en número, nacen perpetuamente primero en una generación, luego en otra. En cuanto a nosotros, nos apoyamos en los principios de la Iglesia y afirmamos que será bueno aceptar de estas especulaciones solo cuanto baste para mostrar que quienes se entregan a ellas concuerdan en cierta medida con la doctrina de la Resurrección. Su afirmación, por ejemplo, de que el alma, tras su liberación de este cuerpo, se insinúa en ciertos otros cuerpos no está absolutamente en desacuerdo con la revivificación que esperamos. Pues nuestra opinión, que sostiene que el cuerpo, tanto ahora como de nuevo en el futuro, está compuesto por los átomos del universo, es sostenida igualmente por esos paganos. De hecho, no podéis imaginar constitución alguna del cuerpo independiente de una concurrencia de esos átomos. Pero la divergencia estriba en esto: nosotros afirmamos que el mismo cuerpo de antes, compuesto por los mismos átomos, se compacta en torno al alma; ellos suponen que el alma desciende sobre otros cuerpos, no solo racionales, sino irracionales e incluso insensatos; y si bien todos están de acuerdo en que esos cuerpos que el alma reasume derivan su sustancia de los átomos del universo, se apartan de nosotros al pensar que no están hechos de átomos idénticamente los mismos que aquellos que en esta vida mortal crecieron en torno al alma. Quede, pues, este testimonio externo en favor del hecho de que no es contrario a la probabilidad que el alma habite de nuevo un cuerpo; después de eso, sin embargo, nos incumbe hacer un examen de las inconsistencias de su posición, y será fácil así, mediante las consecuencias que surgen al seguir la opinión coherente, sacar a luz la verdad. ¿Qué, pues, ha de decirse de estas teorías? Esto: que quienes quieren que el alma migre a naturalezas divergentes entre sí me parecen borrar todas las distinciones naturales; mezclar y confundir juntamente, en todo respecto posible, lo racional, lo irracional, lo sensitivo y lo insensato; si, es decir, todas estas han de pasar unas a otras, sin un orden natural distinto que las aparte de la transición mutua. Decir que una y la misma alma, a causa de un particular ambiente corporal, es en un momento un alma racional e intelectual, y que luego queda encavernada con los reptiles, o forma rebaño con las aves, o es una bestia de carga, o una carnívora, o nada en lo profundo; o incluso desciende hasta una cosa insensata, de modo que echa raíces o llega a ser un árbol completo, produciendo yemas en las ramas, y de esas yemas una flor, o una espina, o un fruto comestible o nocivo—decir esto es nada menos que hacer todas las cosas iguales y creer que una sola naturaleza corre por todos los seres; que hay una conexión entre ellos que mezcla y confunde sin remedio todas las marcas por las que uno podría distinguirse de otro. El filósofo que afirma que la misma cosa puede nacer en cualquier cosa no pretende menos que todas las cosas han de ser una; cuando las diferencias observadas en las cosas no son para él obstáculo para mezclar juntas cosas que son completamente incongruentes. Hace necesario que, aun cuando uno vea una de las criaturas que lanzan veneno o que son carnívoras, uno la considere, pese a las apariencias, como de la misma tribu, más aún, de la misma familia que uno mismo. Con semejantes creencias, un hombre mirará incluso a la cicuta como no ajena a su propia naturaleza, detectando, como detecta, humanidad en la planta. El mismo racimo de uva, aunque sea producido por el cultivo con el fin de sustentar la vida, no lo mirará sin sospecha; pues también él proviene de una planta; y hallamos que incluso el fruto de las espigas de grano de las que vivimos son plantas; ¿cómo, pues, puede uno meter la hoz para segarlas; y cómo puede uno exprimir el racimo, o arrancar el cardo del campo, o recoger flores, o cazar aves, o prender fuego a los leños de la pira funeraria: siendo todo el tiempo incierto si no estamos poniendo manos violentas sobre parientes, o antepasados, o conciudadanos, y si no es por medio de algún cuerpo suyo que se enciende el fuego, se mezcla la copa y se prepara el alimento? Pensar que en el caso de una sola de estas cosas un alma de hombre se ha convertido en planta o animal, mientras que no hay marcas estampadas en ellas para indicar qué clase de planta o de animal es la que ha sido un hombre, y qué clase ha brotado de otros comienzos—semejante concepción como esta dispondrá a quien la ha acogido a sentir un interés igual por todo; forzosamente habrá de endurecerse contra los seres humanos reales que están en la tierra de los vivos, o, si su naturaleza lo inclina a amar a sus parientes, sentirá lo mismo hacia toda clase de vida, ya la encuentre en reptiles o en bestias salvajes. Es más, si el que sostiene semejante opinión entra en una espesura de árboles, aun entonces considerará los árboles como una multitud de hombres. ¿Qué clase de vida será la suya, cuando haya de ser tierno hacia todo por razón del parentesco, o bien endurecido hacia la humanidad por no ver diferencia entre ella y las demás criaturas? Por lo ya dicho, pues, debemos rechazar esta teoría; y hay asimismo muchas otras consideraciones que, por razones de mera coherencia, nos apartan de ella.
    Porque he oído a personas que sostienen estas opiniones decir que naciones enteras de almas están ocultas en algún lugar de un reino propio, viviendo una vida análoga a la del alma encarnada; pero tal es la fineza y ligereza de su sustancia que ellas mismas ruedan en torno junto con la revolución del universo; y que estas almas, habiendo perdido individualmente sus alas por alguna gravitación hacia el mal, se encarnan; primero esto tiene lugar en los hombres; y después de eso, pasando de una vida humana, debido a afinidades brutales de sus pasiones, son reducidas al nivel de los brutos; y, dejando eso, caen a esta vida insensata de pura naturaleza de la que tanto habéis oído hablar; de modo que aquella cosa inherentemente fina y ligera que es el alma primero se vuelve pesada y tendente hacia abajo a consecuencia de algún vicio, y así migra a un cuerpo humano; luego sus potencias racionales se extinguen, y sigue viviendo en algún bruto; y luego aun este don de la sensación le es retirado, y cambia a la vida insensata de la planta; pero después vuelve a subir por las mismas gradaciones hasta ser restituida a su lugar en el cielo. Ahora bien, esta doctrina se hallará de inmediato, aun después de una rapidísima inspección, que no tiene coherencia consigo misma. Pues, en primer lugar, viendo que el alma ha de ser arrastrada desde su vida en el cielo, a causa del mal de allí, a la condición de un árbol, y luego desde este punto, a causa de la virtud exhibida allí, ha de volver al cielo, su teoría será incapaz de decidir cuál ha de tener la preferencia, la vida en el cielo o la vida en el árbol. Un círculo, de hecho, de las mismas secuencias será perpetuamente recorrido, donde el alma, en cualquier punto en que se halle, no tiene lugar de reposo. Si así decae del estado incorpóreo al corpóreo, y de allí al insensato, y luego salta de nuevo al incorpóreo, una confusión inextricable del bien y del mal debe resultar en las mentes de quienes así enseñan. Pues la vida en el cielo no conservará más su bienaventuranza (puesto que el mal puede tocar a los moradores del cielo), que la vida en los árboles estará desprovista de virtud (puesto que de aquí, dicen, comienza el rebote del alma hacia el bien, mientras que de allí comienza de nuevo la vida mala). En segundo lugar, viendo que el alma, al moverse en círculo en el cielo, está allí enredada con el mal y en consecuencia es arrastrada a vivir en la mera materia, de donde, sin embargo, es levantada de nuevo a su residencia en lo alto, se sigue que esos filósofos establecen lo contrario mismo de sus propias opiniones; establecen, a saber, que la vida en la materia es la purgación del mal, mientras que aquella revolución indeviable junto con los astros es el fundamento y la causa del mal en toda alma: si es aquí donde el alma, por medio de la virtud, cría su ala y luego se eleva, y allí donde esas alas, a causa del mal, se caen, de modo que desciende y se adhiere a este mundo inferior y se mezcla con la grosería de la naturaleza material. Pero la insostenibilidad de esta opinión no se detiene ni siquiera en esto, a saber, en que contiene afirmaciones diametralmente opuestas entre sí. Más allá de esto, su concepción fundamental misma no puede sostenerse firme por todos lados. Dicen, por ejemplo, que una naturaleza celestial es inmutable. ¿Cómo, pues, puede haber lugar para debilidad alguna en lo inmutable? Si, por otra parte, una naturaleza inferior está sujeta a la enfermedad, ¿cómo en medio de esta enfermedad puede lograrse la liberación de ella? Intentan amalgamar dos cosas que jamás pueden unirse: descubren fuerza en la debilidad, impasibilidad en la pasión. Pero aun a esta última opinión no son fieles en todo; pues traen el alma de su vida material a aquel mismo lugar del que la habían desterrado por causa del mal de allí, como si la vida en ese lugar fuera enteramente segura e incontaminada; olvidando por completo, al parecer, el hecho de que el alma estaba cargada de mal allí, antes de precipitarse a este mundo inferior. La culpa arrojada sobre la vida de aquí abajo, y la alabanza de las cosas del cielo, quedan así intercambiadas y trastrocadas; pues aquello que una vez era culpado conduce, en su opinión, a la vida más brillante, mientras que aquello que se tomaba por el estado mejor da un impulso a la propensión del alma al mal. Expulsad, pues, de entre las doctrinas de la Fe todas las suposiciones erróneas y cambiantes acerca de tales materias. No debemos seguir tampoco, como si hubieran acertado con la verdad, a quienes suponen que las almas pasan de los cuerpos de las mujeres a vivir en hombres o, a la inversa, que almas que han partido de cuerpos de hombres existen en mujeres; o aun si solo dicen que pasan de hombres a hombres, o de mujeres a mujeres. En cuanto a la primera teoría, no solo ha sido rechazada por ser cambiante e ilusoria, y por conducirnos a opiniones diametralmente opuestas entre sí; sino que debe rechazarse también porque es una teoría impía, que sostiene que nada de cuanto hay en la naturaleza es traído a la existencia sin derivar su peculiar constitución del mal como fuente suya. Si, es decir, ni los hombres ni las plantas ni el ganado pueden nacer a menos que alguna alma de lo alto haya caído en ellos, y si esta caída se debe a alguna tendencia al mal, entonces evidentemente piensan que el mal controla la creación de todos los seres. De algún modo misterioso, además, ambos acontecimientos han de ocurrir a la vez; el nacimiento del hombre a consecuencia de un matrimonio, y la caída del alma (que debe sincronizar con los sucesos de ese matrimonio). Una absurdidad aún mayor que esta está implícita: si, como es el hecho, la gran mayoría de las criaturas brutas copulan en primavera, ¿hemos de decir, entonces, que la primavera causa que el mal sea engendrado en el mundo que gira arriba, de modo que, en uno y el mismo momento, allí ciertas almas quedan preñadas de mal y así caen, y aquí ciertos brutos conciben? ¿Y qué diremos del agricultor que planta los sarmientos en el suelo? ¿Cómo logra su mano haber cubierto un alma humana junto con la planta, y cómo dura la muda de las alas simultáneamente con su labor de plantar? La misma absurdidad, es de observar, existe también en la otra de las dos teorías; en la dirección, quiero decir, de pensar que el alma ha de estar ansiosa por los ayuntamientos de quienes viven en matrimonio, y ha de estar al acecho de los tiempos del parto, para insinuarse en los cuerpos entonces producidos. Suponiendo que el hombre rehúse la unión, o que la mujer se mantenga apartada de la necesidad de llegar a ser madre, ¿dejará entonces el mal de abrumar a esa alma particular?
    ¿Será el matrimonio, en consecuencia, el que haga sonar allá arriba la primera nota del mal en el alma, o invadirá este estado trastrocado al alma con total independencia de todo matrimonio? Pero entonces, en este último caso, el alma habrá de vagar en el intervalo como un vagabundo sin hogar, caída como está de su entorno celestial, y sin embargo, como puede suceder en algunos casos, todavía sin un cuerpo que la reciba. Pero ¿cómo, después de eso, pueden imaginar que la Deidad ejerce alguna superintendencia sobre el mundo, refiriendo como hacen los comienzos de las vidas humanas a este descenso casual y sin sentido de un alma? Pues todo lo que sigue ha de estar necesariamente de acuerdo con el comienzo; y así, si una vida comienza a consecuencia de un accidente casual, todo el curso de ella se convierte de inmediato en un capítulo de accidentes, y el intento de hacer depender el mundo entero de un poder Divino es absurdo, cuando lo hacen estos hombres, que niegan a las individualidades que hay en él un nacimiento a partir del fiat de la Voluntad Divina y refieren los diversos orígenes de los seres a encuentros que provienen del mal, como si jamás hubiera podido existir cosa semejante a una vida humana, a menos que un vicio hubiera tocado, por así decirlo, su nota dominante. Si el comienzo es así, una secuela será con certeza puesta en movimiento de acuerdo con ese comienzo. Nadie osaría sostener que lo bello puede salir de lo feo, como tampoco del bien puede salir su contrario. Esperamos fruto conforme a la naturaleza de la semilla. Por tanto, este ciego movimiento del azar ha de regir toda la vida, y ninguna Providencia ha de penetrar ya el mundo.

    § 74

    Más aún: hasta la previsión por nuestros cálculos será del todo inútil; la virtud perderá su valor; y apartarse del mal no valdrá la pena. Todo quedará enteramente bajo el dominio del conductor, el Azar; y nuestras vidas en nada diferirán de naves sin lastre, y derivarán sobre olas de circunstancias inexplicables, ora hacia este, ora hacia aquel incidente de bien o de mal. Los tesoros de la virtud jamás se hallarán en quienes deben su constitución a causas enteramente contrarias a la virtud. Si Dios verdaderamente gobierna nuestra vida, entonces, confesadamente, el mal no puede iniciarla. Pero si debemos nuestro nacimiento al mal, entonces habremos de seguir viviendo en completa uniformidad con él. Con ello se demostrará que es locura hablar de las «casas de corrección» que nos aguardan después de terminada esta vida, y de las «justas recompensas,» y de todas las demás cosas que allí se afirman, y en las que también se cree, que tienden a la supresión del vicio: pues ¿cómo puede un hombre, que debe, como debe, su nacimiento al mal, quedar fuera de su alcance? ¿Cómo puede aquel cuya propia naturaleza tiene su origen en un vicio, como ellos afirman, poseer impulso deliberado alguno hacia una vida de virtud? Tómese a cualquiera de las criaturas brutas; no intenta hablar como un ser humano, sino que, usando la especie natural de expresión mamada, por así decir, con la leche de su madre, considera que no es pérdida alguna verse privada del habla articulada. Del mismo modo, quienes creen que un vicio fue el origen y la causa de su estar vivos jamás se inclinarán a anhelar la virtud, porque será cosa enteramente extraña a su naturaleza. Pero, de hecho, quienes mediante la reflexión han limpiado la visión de su alma, todos ellos desean y se afanan tras una vida de virtud. Por tanto, con ese hecho queda claramente probado que el vicio no es anterior en el tiempo al acto de comenzar a vivir, y que nuestra naturaleza no derivó de allí su fuente, sino que la Sabiduría de Dios que todo lo dispone fue su Causa: en suma, que el alma sale a la escena de la vida de la manera que place a su Creador, y entonces (mas no antes), en virtud de su poder de querer, es libre de elegir aquello que le place, y así, cualquier cosa que desee ser, en eso mismo se convierte. Podemos entender esta verdad con el ejemplo de los ojos. Ver es su estado natural; pero el no ver les sobreviene ya por elección, ya por enfermedad. Este estado antinatural puede sobrevenir en lugar del natural, ya por el cerrar voluntario de los ojos, ya por la privación de la vista a causa de enfermedad. Con semejante verdad podemos afirmar que el alma deriva su constitución de Dios, y que, como no podemos concebir en Él vicio alguno, queda apartada de toda necesidad de ser viciosa; que, no obstante, aunque esta es la condición en que vino a ser, puede ser atraída por su libre albedrío hacia la dirección elegida, ya cerrando voluntariamente los ojos al Bien, ya dejándolos dañar por aquel enemigo insidioso a quien hemos acogido a vivir con nosotros, y pasando así la vida en la oscuridad del error; o, a la inversa, conservando sin mengua su visión de la Verdad y manteniéndose lejos de todas las debilidades que pudieran oscurecerla.— Mas entonces alguno preguntará: «¿Cuándo y cómo vino a ser?» Ahora bien, en cuanto a la cuestión de cómo vino a existir cada cosa, debemos desterrarla por completo de nuestra discusión. Aun en el caso de cosas que están enteramente al alcance de nuestro entendimiento y de las que tenemos percepción sensible, sería imposible para la razón especulativa aprehender el «cómo» de la producción del fenómeno; tanto es así, que aun hombres inspirados y santos han juzgado tales cuestiones insolubles. Por ejemplo, el Apóstol dice: «Por la fe entendemos que los mundos fueron formados por la palabra de Dios, de modo que las cosas que se ven no fueron hechas de cosas que aparecen [].» No habría hablado así, creo yo, si hubiera pensado que la cuestión podía resolverse mediante esfuerzo alguno de las facultades razonadoras. Mientras el Apóstol afirma que es objeto de su fe el que por la voluntad de Dios fueron formados el mundo mismo y todo cuanto en él hay (sea lo que fuere este «mundo» que implica la idea de toda la creación visible e invisible), ha dejado, por otra parte, fuera de la investigación el «cómo» de esta formación. Ni creo que este punto pueda ser alcanzado jamás por investigador alguno. La cuestión presenta, a primera vista, muchas dificultades insuperables. ¿Cómo, por ejemplo, puede un mundo de movimiento venir de uno que está en reposo? ¿Cómo de lo simple y sin dimensiones aquello que muestra dimensión y composición? ¿Vino acaso del Ser Supremo mismo? Pero el hecho de que este mundo presenta una diferencia de especie con respecto a aquel Ser milita contra semejante suposición. ¿Vino entonces de alguna otra parte? Mas la Fe nada puede contemplar como enteramente fuera de la Naturaleza Divina; pues habríamos de creer en dos Principios distintos y separados, si fuera de la Causa Creadora hemos de suponer algo más, que el Artífice, con toda Su destreza, ha de poner a contribución para los procesos formativos del Universo. Puesto que, entonces, la Causa de todas las cosas es una, y una sola, y sin embargo las existencias producidas por esa Causa no son de la misma naturaleza que su cualidad trascendente, una inconcebibilidad de igual magnitud se presenta en ambas suposiciones nuestras, a saber, tanto que la creación sale directamente del Ser Divino, como que el universo debe su existencia a alguna causa distinta de Él; pues si las cosas creadas han de ser de la misma naturaleza que Dios, hemos de considerarlo investido de las propiedades pertenecientes a Su creación; o, de lo contrario, un mundo de materia, fuera del círculo de la sustancia de Dios, e igual, en razón de la ausencia en él de todo comienzo, a la eternidad del Uno Autoexistente, habrá de ser contrapuesto a Él: y esto es, de hecho, lo que imaginaron los seguidores de Manes y algunos de los filósofos griegos que sostuvieron opiniones de igual osadía que la suya; y elevaron esta imaginación a sistema. Para evitar, pues, caer en cualquiera de estos absurdos que la indagación del origen de las cosas implica, dejemos, siguiendo el ejemplo del Apóstol, la cuestión del «cómo» en cada cosa creada, sin inmiscuirnos en ella en absoluto, y observemos tan solo de paso que el movimiento de la Voluntad de Dios se convierte, en el momento que Él quiere, en hecho, y la intención se realiza al punto en la Naturaleza; pues la Omnipotencia no deja los planes de su previsora destreza en estado de deseos insustanciales: y la actualización de un deseo es Sustancia.
    En suma, el mundo entero de las cosas existentes se divide en dos órdenes: a saber, el de lo inteligible y el de lo corpóreo: y la creación inteligible no parece, en principio, estar en modo alguno en desacuerdo con un Ser espiritual, sino que, por el contrario, se aproxima estrechamente a Él, exhibiendo como exhibe esa ausencia de forma tangible y de dimensión que justamente atribuimos a Su naturaleza trascendente. La creación corpórea, por otra parte, debe ciertamente clasificarse entre las especialidades que nada tienen en común con la Deidad; y ofrece esta suprema dificultad a la Razón; a saber, que la Razón no puede ver cómo lo visible sale de lo invisible, cómo lo duro y sólido sale de lo intangible, cómo lo finito sale de lo infinito, cómo aquello que está circunscrito por ciertas proporciones, donde entra la idea de cantidad, puede venir de aquello que no tiene tamaño, ni proporciones, y así sucesivamente a través de cada circunstancia particular del cuerpo. Mas aun sobre esto podemos decir tanto: a saber, que ninguna de aquellas cosas que atribuimos al cuerpo es cuerpo en sí; ni la figura, ni el color, ni el peso, ni la extensión, ni la cantidad, ni noción calificativa alguna; sino que cada una de ellas es una categoría; es su combinación en un todo único lo que constituye el cuerpo. Viendo, pues, que estas varias cualidades que completan el cuerpo particular son aprehendidas solo por el pensamiento, y no por el sentido, y que la Deidad es un ser pensante, ¿qué dificultad puede haber para un agente pensante tal en producir los pensables cuya mutua combinación genera para nosotros la sustancia de ese cuerpo? Toda esta discusión, sin embargo, queda fuera de nuestro asunto presente. La cuestión anterior era: si algunas almas existen con anterioridad a sus cuerpos, cuándo y cómo llegan a existir. Y de esta cuestión, a su vez, la parte relativa al cómo ha quedado fuera de nuestro examen y no ha sido tocada, por presentar dificultades impenetrables. Queda la cuestión del cuándo del comienzo de la existencia del alma: sigue inmediatamente a lo que ya hemos discutido. Pues si concediéramos que el alma ha vivido con anterioridad a su cuerpo en algún lugar de residencia propio suyo, entonces no podemos dejar de ver cierta fuerza en toda aquella enseñanza fantástica últimamente discutida, que explicaría la habitación del alma en el cuerpo como consecuencia de algún vicio. Y a su vez, por otra parte, nadie que reflexione imaginará un nacimiento tardío del alma, a saber, que sea más joven que la formación del cuerpo; pues cada cual puede ver por sí mismo que ninguna de entre todas las cosas inanimadas o sin alma posee poder alguno de movimiento o de crecimiento; mientras que no cabe duda de que lo que se forma en el útero crece y se mueve de un lugar a otro. Queda, por tanto, que hemos de pensar que el punto de comienzo de la existencia es uno y el mismo para el cuerpo y el alma. Afirmamos también que, así como la tierra recibe el arbolito de manos del agricultor y hace de él un árbol, sin impartir ella misma el poder de crecimiento a su criatura, sino solo prestándole, cuando está colocado dentro de ella, el impulso para crecer, de esta misma manera, lo que es segregado de un hombre para la plantación de un hombre es en sí mismo, hasta cierto punto, un ser viviente tan dotado de alma y tan capaz de nutrirse a sí mismo como aquello de lo que procede. Si este retoño, en su pequeñez, no puede contener al principio todas las actividades y movimientos del alma, no necesitamos sorprendernos; pues tampoco en la semilla del grano se ve de una vez la espiga. ¿Cómo, en efecto, podría algo tan grande apiñarse en espacio tan pequeño? Mas la tierra sigue alimentándolo con su nutrimento afín, y así el grano se convierte en espiga, sin mudar su naturaleza mientras está en el terrón, sino solo desarrollándola y llevándola a perfección bajo el estímulo de aquel alimento. Como, pues, en el caso de las semillas que crecen, el avance hacia la perfección es gradual, así en la formación del hombre las fuerzas de su alma se muestran en proporción al tamaño que su cuerpo ha alcanzado. Despuntan primero en el feto, en forma de poder de nutrición y de desarrollo: después de eso, introducen en el organismo que ha salido a la luz el don de la percepción: luego, cuando este se alcanza, manifiestan cierta medida de la facultad razonadora, como fruto de alguna planta madurada, no creciendo todo ello de una vez, sino en continuo progreso junto con el brotar de aquella planta. Viendo, pues, que aquello que es segregado de un ser viviente para poner los cimientos de otro ser viviente no puede ser en sí muerto (pues el estado de muerte surge de la privación de vida, y no puede ser que la privación preceda al tener), aprehendemos de estas consideraciones el hecho de que en el compuesto que resulta de la unión de ambos (alma y cuerpo) hay un paso simultáneo de ambos a la existencia; el uno no viene primero, como tampoco el otro viene después. Mas en cuanto al número de las almas, nuestra razón ha de contemplar necesariamente un detenerse algún día de su aumento; para que la corriente de la Naturaleza no fluya eternamente, derramándose en sus sucesivos nacimientos sin detener jamás aquel movimiento hacia delante. La razón por la que nuestra raza ha de llegar algún día a detenerse es la siguiente, en nuestra opinión: puesto que toda realidad intelectual está fijada en una plenitud propia suya, es razonable esperar que también la humanidad llegue a una meta (pues tampoco en este respecto ha de separarse la humanidad del mundo intelectual); de modo que hemos de creer que no será visible para siempre solo en defecto, como lo es ahora: pues esta continua adición de generaciones posteriores indica que hay algo deficiente en nuestra raza.

    § 75

    Cuando, pues, la humanidad haya alcanzado la plenitud que le pertenece, este movimiento arroyante de producción cesará por completo; habrá tocado su término destinado, y un orden nuevo de cosas, enteramente distinto de la presente procesión de nacimientos y muertes, llevará adelante la vida de la humanidad. Si no hay nacimiento, se sigue necesariamente que no habrá nada que muera. La composición ha de preceder a la disolución (y por composición entiendo el venir a este mundo por el nacimiento); necesariamente, por tanto, si esta síntesis no precede, no seguirá disolución alguna. Por consiguiente, si hemos de guiarnos por probabilidades, la vida después de esta se nos muestra de antemano como algo fijo e imperecedero, sin nacimiento ni decadencia que la muden.

    § 76

    La Maestra terminó su exposición; y a las muchas personas sentadas junto a su lecho parecióles entonces que toda la discusión había llegado a una conclusión adecuada. No obstante, temiendo que si la enfermedad de la Maestra tomaba un giro fatal (como de hecho sucedió), no tendríamos entre nosotros a nadie que respondiera a las objeciones de los incrédulos contra la Resurrección, insistí todavía.

    § 77

    El argumento no ha tocado aún la más vital de todas las cuestiones relativas a nuestra Fe. Quiero decir, que los Escritos inspirados, tanto en el Nuevo como en el Antiguo Testamento, declaran con el mayor énfasis no solo que, cuando nuestra raza haya completado la cadena ordenada de su existencia mientras las edades transcurren a través de su círculo completo, esta corriente que fluye hacia delante al sucederse generación tras generación cesará por entero, sino también que entonces, cuando el Universo completado no admita ya mayor aumento, todas las almas en su número entero volverán de su condición invisible y dispersa a la tangibilidad y la luz, reuniéndose los átomos idénticos (pertenecientes a cada alma) en el mismo orden que antes; y esta reconstitución de la vida humana es llamada, en estos Escritos que contienen la enseñanza de Dios, la Resurrección, recibiendo el movimiento entero de los átomos el mismo nombre que el levantamiento de aquello que está realmente postrado en el suelo.

    § 78

    Mas, dijo ella, ¿cuál de estos puntos ha quedado sin examinar en lo que se ha dicho?

    § 79

    Precisamente la doctrina misma de la Resurrección, respondí.

    § 80

    Y sin embargo, respondió ella, mucho de nuestra larga y detallada discusión apuntaba a ello.

    § 81

    ¿No sabes entonces, insistí, todas las objeciones, un verdadero enjambre de ellas, que nuestros antagonistas nos presentan en relación con esa esperanza tuya?

    § 82

    Y al punto intenté repetir todos los artificios hallados por sus capciosos paladines para derribar la doctrina de la Resurrección.

    Novena parte (§ 83–88): las pruebas de la Escritura y las objeciones

    § 83

    Ella, sin embargo, respondió: —Primero, creo, debemos recorrer brevemente las proclamaciones dispersas de esta doctrina en la Santa Escritura; ellas darán el toque final a nuestro discurso. Observad, pues, que puedo oír a David, en medio de sus alabanzas en los Divinos Cánticos, decir al final de la himnodia del salmo ciento tres (104), donde ha tomado por tema la administración del mundo por Dios, «Les quitarás el aliento, y morirán, y volverán a su polvo; enviarás tu Espíritu, y serán creados; y renovarás la faz de la tierra.» Dice que un poder del Espíritu que obra en todos vivifica a los seres en quienes entra, y priva de la vida a aquellos a quienes abandona. Viendo, pues, que se declara que el morir ocurre a la partida del Espíritu, y la renovación de estos muertos a su aparición, y viendo además que en el orden de la afirmación la muerte de los que han de ser así renovados viene primero, sostenemos que en estas palabras se proclama a la Iglesia aquel misterio de la Resurrección, y que David en el espíritu de profecía expresó este mismo don por el cual preguntas. Hallarás a este mismo profeta en otro lugar diciendo también que «el Dios del mundo, el Señor de todo lo que es, se nos ha mostrado, para que celebremos la Fiesta entre los que adornan;» y con aquella mención del «adorno» con ramas se refiere a la Fiesta de la fijación del Tabernáculo, la cual, conforme al precepto de Moisés, se ha observado desde antiguo. Aquel legislador, entiendo, adoptando espíritu de profeta, predijo en ello cosas aún venideras; pues aunque el adorno estaba siempre haciéndose, nunca estaba terminado. La verdad, en efecto, era prefigurada bajo el tipo y el enigma de aquellas Fiestas que siempre se celebraban, pero la verdadera fijación del Tabernáculo no había llegado aún; y por esto «el Dios y Señor del mundo entero,» según la declaración del Profeta, «se nos ha mostrado, para que la fijación del Tabernáculo de esta nuestra morada que ha sido disuelta pueda celebrarse para el género humano»; es decir, un adorno material puede comenzar de nuevo por medio de la concurrencia de nuestros átomos dispersos. Pues aquella palabra [πυκασμὸς] en su significado peculiar designa el circuito del Templo y el adorno que lo completa. Ahora bien, este pasaje de los Salmos dice así: «Dios y Señor se nos ha mostrado; celebrad la Fiesta entre los que adornan, hasta los cuernos del altar;» y esto me parece proclamar en metáforas el hecho de que una sola fiesta ha de ser celebrada por toda la creación racional, y que en aquella asamblea de los santos los inferiores han de unirse a la danza con sus superiores. Pues en el caso de la fábrica de aquel Templo que era el Tipo, no se permitía a todos los que estaban fuera de su recinto entrar dentro, sino que todo lo gentil y extraño estaba vedado de entrar; y de aquellos, además, que habían entrado, no todos gozaban igualmente del privilegio de avanzar hacia el centro; sino únicamente los que se habían consagrado por un modo de vida más santo y por ciertas aspersiones; y, de nuevo, no todos entre estos últimos podían poner el pie dentro del interior del Templo; solo los sacerdotes tenían derecho de entrar dentro del Velo, y eso únicamente para el servicio del santuario; mientras que incluso a los sacerdotes les estaba prohibido el santuario oscurecido del Templo, donde se alzaba el hermoso Altar con sus cuernos salientes, excepto a uno de ellos, que ostentaba el más alto oficio del sacerdocio, y que una vez al año, en un día señalado, y sin acompañamiento, pasaba dentro de él, llevando una ofrenda más que ordinariamente sagrada y mística. Siendo tales las diferencias en relación con este Templo que conoces, era claramente una representación y una imitación de la condición del mundo espiritual, siendo la lección enseñada por estas observancias materiales ésta: que no es toda la creación racional la que puede acercarse al templo de Dios, o, en otras palabras, a la adoración del Todopoderoso; sino que los que son extraviados por falsas persuasiones están fuera del recinto de la Deidad; y que del número de aquellos que en virtud de esta adoración han sido preferidos a los demás y admitidos dentro de él, algunos por razón de aspersiones y purificaciones tienen aún mayores privilegios; y de nuevo entre estos últimos aquellos que han sido consagrados sacerdotes tienen privilegios aún más, incluso hasta ser admitidos a los misterios del interior. Y, para sacar a luz aún más clara el significado de la alegoría, podemos entender aquí que el Verbo enseña esto: que entre todas las Potencias dotadas de razón algunas han sido fijadas como un Altar Santo en el santuario más íntimo de la Deidad; y que de nuevo de estas últimas algunas sobresalen como cuernos, por su eminencia, y que en torno a ellas otras están dispuestas en primero o segundo lugar, según una secuencia prescrita de rango; que la raza de los hombres, por el contrario, a causa del mal que mora en ella, fue excluida del recinto Divino, pero que purificada con agua lustral vuelve a entrar en él; y, puesto que todas las barreras ulteriores con que nuestro pecado nos ha cercado respecto de las cosas que están dentro del velo han de ser derribadas al fin, cuando llegue el tiempo en que el tabernáculo de nuestra naturaleza haya de ser, por así decirlo, fijado de nuevo en la Resurrección, y toda la corrupción inveterada del pecado haya desaparecido del mundo, entonces se celebrará una fiesta universal en torno a la Deidad por aquellos que se han adornado en la Resurrección; y un mismo y único banquete se dispondrá para todos, sin diferencias que excluyan a criatura racional alguna de una participación igual en él; pues aquellos que ahora están excluidos por razón de su pecado serán al fin admitidos dentro de los lugares Santísimos de la bienaventuranza de Dios, y se atarán a los cuernos del Altar allí, es decir, a las más excelentes de las Potencias trascendentales. El Apóstol dice lo mismo más claramente cuando indica el acuerdo final del Universo entero con el Bien: «Que» ante Él «toda rodilla se doble, de las cosas en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra; y que toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre»: en lugar de los «cuernos», hablando de lo que es angélico y «en el cielo», y con los otros términos significándonos a nosotros, las criaturas que pensamos a continuación de aquello; una sola fiesta de voces unidas nos ocupará a todos; esa fiesta será la confesión y el reconocimiento del Ser que verdaderamente Es. Podría (prosiguió ella) seleccionarse muchos otros pasajes de la Santa Escritura para establecer la doctrina de la Resurrección.
    Por ejemplo, Ezequiel salta en el espíritu de profecía por encima de todo el tiempo intermedio, con su vasta duración; se sitúa, por sus poderes de previsión, en el momento actual de la Resurrección, y, como si hubiera contemplado realmente lo que está por venir, lo trae en su descripción ante nuestros ojos. Vio una vasta llanura [], desplegada ante él hasta una distancia infinita, y sobre ella vastos montones de huesos arrojados al azar, unos hacia un lado, otros hacia otro; y luego, bajo un impulso de Dios, estos huesos comenzaron a moverse y a agruparse con sus compañeros que una vez poseyeron, y a adherirse a las cavidades familiares, y después a vestirse de músculo, carne y piel (que era el proceso llamado «adornar» en la poesía de los Salmos); un Espíritu, de hecho, daba vida y movimiento a todo lo que allí yacía. Mas en cuanto a la descripción que hace nuestro Apóstol de las maravillas de la Resurrección, ¿por qué habría de repetirla, viendo que puede hallarse y leerse fácilmente? Cómo, por ejemplo, «con aclamación» y el «sonido de trompetas» (en el lenguaje del Verbo) todas las cosas muertas y postradas serán «cambiadas en un abrir y cerrar de ojos» en seres inmortales. También pasaré por alto las expresiones de los Evangelios, pues su significado es bastante claro para todos; y nuestro Señor no declara solo de palabra que los cuerpos de los muertos serán resucitados de nuevo, sino que muestra en acto la Resurrección misma, haciendo comienzo de esta obra de maravilla a partir de cosas más a nuestro alcance y menos capaces de ser dudadas. Primero, es decir, muestra su poder vivificante en el caso de las formas mortales de enfermedad, y ahuyenta esas dolencias con una sola palabra de mandato; luego resucita a una niña apenas muerta; luego hace que un joven, que ya está siendo llevado a enterrar, se incorpore sobre su camilla y lo entrega a su madre; después llama desde su tumba a Lázaro, muerto de cuatro días y ya descompuesto, vivificando el cuerpo postrado con su voz imperiosa; luego, al tercer día, resucita de entre los muertos su propio cuerpo humano, traspasado aunque estaba con los clavos y la lanza, y presenta la marca de aquellos clavos y la herida de la lanza como testimonio de la Resurrección. Pero creo que una mención detallada de estas cosas no es necesaria; pues ninguna duda sobre ellas persiste en la mente de quienes han aceptado los relatos escritos de las mismas.

    § 84

    —Pero eso, dije yo, no era el punto en cuestión. La mayoría de vuestros oyentes asentirá al hecho de que algún día habrá una Resurrección, y de que el hombre será llevado ante el tribunal incorruptible, tanto por las pruebas de la Escritura como por nuestro anterior examen de la cuestión. Mas aún permanece la cuestión: ¿Ha de ser el estado que esperamos semejante al estado presente del cuerpo? Porque si es así, entonces, como yo decía, mejor harían los hombres en no esperar resurrección alguna. Pues si nuestros cuerpos han de ser devueltos a la vida en el mismo género de condición en que se hallan cuando dejan de respirar, entonces todo lo que el hombre puede esperar en la Resurrección es una calamidad sin fin. Porque ¿qué espectáculo hay más lastimoso que cuando en la extrema vejez nuestros cuerpos se encogen y se transforman en algo repulsivo y horrible, con la carne enteramente consumida por el peso de los años, la piel reseca sobre los huesos hasta quedar toda en arrugas, los músculos en estado espasmódico por no estar ya enriquecidos con su humedad natural, y el cuerpo entero, en consecuencia, contraído, las manos de uno y otro lado impotentes para realizar su obra natural, sacudidas por un temblor involuntario? ¡Y qué espectáculo son los cuerpos de las personas en una larga consunción! Solo se diferencian de los huesos desnudos en dar la apariencia de estar cubiertos por un velo gastado de piel. ¡Qué espectáculo son también los de las personas hinchadas por la enfermedad de la hidropesía! ¿Qué palabras podrían describir la deformidad repugnante de los que padecen lepra? Poco a poco, sobre todos sus miembros y órganos de sensación se extiende y los devora la podredumbre. ¿Qué palabras podrían describir la de las personas que han sido mutiladas en terremotos, batallas o por cualquier otra visitación, y que viven en tal estado por largo tiempo antes de su muerte natural? ¡O la de aquellos que, por una lesión, han crecido desde la infancia con sus miembros torcidos! ¿Qué puede decirse de ellos? ¿Qué ha de pensarse de los cuerpos de los recién nacidos que han sido expuestos, o estrangulados, o que han muerto de muerte natural, si han de ser devueltos a la vida exactamente como eran? ¿Han de continuar en aquel estado infantil? ¿Qué condición podría ser más miserable que esa? ¿O han de llegar a la flor de su edad? Pero, entonces, ¿qué clase de leche ha dispuesto la Naturaleza para amamantarlos de nuevo? Se reduce, pues, a esto: que si nuestros cuerpos han de vivir de nuevo en todo respecto iguales a como fueron antes, esto que esperamos es simplemente una calamidad; mientras que si no son los mismos, la persona resucitada será otra distinta de la que murió. Si, por ejemplo, un niño pequeño fue sepultado, pero un hombre adulto resucita, o al revés, ¿cómo podemos decir que el muerto en su mismísimo ser ha resucitado, cuando se le ha sustituido por otro en virtud de esta diferencia de edad? En lugar del niño, se ve a un hombre crecido. En lugar del anciano, se ve a una persona en la flor de la vida. De hecho, en lugar de una persona, otra enteramente distinta. El lisiado es cambiado en el hombre sano; el tísico en un hombre de carnes firmes; y así en todos los casos posibles, por no enumerarlos por temor a ser prolijo. Si, pues, el cuerpo no ha de volver a la vida exactamente en sus atributos como era cuando se mezcló con la tierra, aquel cuerpo muerto no resucitará; sino que, por el contrario, la tierra será formada en otro hombre. ¿Cómo, entonces, afectará la Resurrección a mí mismo, cuando en lugar de mí otro vendrá a la vida? Otro, digo; pues ¿cómo podría reconocerme a mí mismo cuando, en lugar de lo que una vez fui yo, veo a alguien que no soy yo? No puede ser realmente yo, a menos que sea en todo respecto el mismo que yo. Supongamos, por ejemplo, que en esta vida tuviera yo en la memoria los rasgos de alguien; digamos que era calvo, de labios prominentes, nariz algo chata, tez clara, ojos grises, cabello blanco, piel arrugada; y luego fuera a buscar a tal persona, y me encontrara con un joven de buena cabellera, nariz aguileña, tez morena, y en todo lo demás completamente distinto en su tipo de semblante; ¿es probable que, al ver a este último, piense en el primero? Mas ¿por qué detenerse más en estas objeciones menos fuertes contra la Resurrección, y descuidar la más fuerte de todas? Pues ¿quién no ha oído que la vida humana es como una corriente, que se mueve desde el nacimiento hasta la muerte a cierto ritmo de progreso, y que solo cesa de ese movimiento progresivo cuando cesa también de existir? Este movimiento, en efecto, no es de cambio espacial; nuestro volumen nunca se excede a sí mismo; pero realiza este avance por medio de alteración interna; y en tanto que esta alteración es lo que su nombre implica, nunca permanece en la misma etapa (de un momento a otro); pues ¿cómo puede aquello que está siendo alterado mantenerse en alguna mismidad? El fuego de la mecha, en lo que toca a la apariencia, ciertamente parece siempre el mismo, pues la continuidad de su movimiento le da el aspecto de ser un todo ininterrumpido y centrado en sí mismo; pero en realidad está siempre pasando de sí y nunca permanece el mismo; la humedad que es extraída por el calor se quema y se cambia en humo en el momento en que ha estallado en llama, y esta fuerza alteradora efectúa el movimiento de la llama, obrando por sí misma el cambio de la materia en humo; así pues, como es imposible para quien ha tocado dos veces aquella llama en el mismo lugar tocar dos veces la mismísima llama (pues la velocidad de la alteración es demasiado rápida; no espera a aquel segundo toque, por rápidamente que se efectúe; la llama es siempre fresca y nueva; está siempre siendo producida, siempre transmitiéndose, sin permanecer jamás en un mismo y único lugar), algo de la misma índole se halla que ocurre con la constitución de nuestro cuerpo. Hay en él flujo y reflujo en un avance alterador hasta el momento en que cesa de vivir; mientras vive no tiene reposo; pues o está siendo reabastecido, o está descargando en vapor, o está siendo mantenido en movimiento por ambos procesos combinados. Si, pues, un hombre particular no es el mismo ni siquiera que ayer, sino que es hecho diferente por esta transmutación, cuando suceda que la Resurrección devuelva a la vida nuestro cuerpo, aquel solo hombre se convertirá en una multitud de seres humanos, de modo que con su resurrección se hallarán el infante, el niño, el muchacho, el joven, el hombre, el padre, el anciano, y todas las personas intermedias que una vez fue.
    Pero, además; la castidad y la disolución se llevan ambas a cabo en la carne; también aquellos que soportan los más dolorosos tormentos por su religión, y aquellos, por otra parte, que se arredran ante ellos, una y otra clase revelan su carácter en relación con las sensaciones carnales; ¿cómo, entonces, podrá hacerse justicia en el Juicio?

    § 85

    O tomemos el caso de un mismo hombre que primero peca y luego se purifica por el arrepentimiento, y después, como bien podría suceder, recae en su pecado; en tal caso, tanto el cuerpo manchado como el no manchado experimentan por igual un cambio, al cambiar su naturaleza, y ninguno de los dos permanece idéntico hasta el fin; ¿en cuál cuerpo, pues, habrá de ser atormentado el disoluto? ¿En aquel que está endurecido por la vejez y próximo a la muerte? Pero éste no es el mismo que cometió el pecado. ¿En aquel, entonces, que se mancilló cediendo a la pasión? Mas, en ese caso, ¿dónde queda el viejo? Éste, en efecto, no resucitará, y la Resurrección no realizará una obra completa; o bien resucitará, y el criminal escapará. Quiero decir también algo más entre las objeciones que los incrédulos oponen a esta doctrina. Ninguna parte, alegan, del cuerpo está hecha por la naturaleza sin función. Algunas partes, por ejemplo, son en nosotros las causas eficientes de estar vivos; sin ellas nuestra vida en la carne no podría en modo alguno continuarse; tales son el corazón, el hígado, el cerebro, los pulmones, el estómago y las demás vísceras; otras están asignadas a las actividades de la sensación; otras a las de tomar y caminar; otras están adaptadas para la transmisión de una posteridad. Ahora bien, si la vida venidera ha de darse exactamente en las mismas circunstancias que ésta, el supuesto cambio en nosotros queda reducido a la nada; pero si es verdadero, como en efecto lo es, el relato que representa al matrimonio como no formando parte de la economía de aquella vida futura, y al comer y al beber como no manteniendo entonces su continuación, ¿qué utilidad tendrán los miembros de nuestro cuerpo, cuando ya no hemos de esperar en aquella existencia ninguna de las actividades para las cuales existen ahora nuestros miembros? Si, por causa del matrimonio, hay ahora ciertos órganos adaptados al matrimonio, entonces, cuando éste deje de ser, no necesitaremos tales órganos: lo mismo cabe decir de las manos para trabajar, de los pies para correr, de la boca para tomar alimento, de los dientes para triturarlo, de los órganos del estómago para digerir, de los conductos de evacuación para desechar lo que ha llegado a ser superfluo. Cuando, por tanto, todas esas operaciones ya no existan, ¿cómo o con qué fin existirán sus instrumentos? De modo que, necesariamente, si las cosas que no han de contribuir en modo alguno a aquella otra vida no han de rodear el cuerpo, ninguna de las partes que actualmente constituyen el cuerpo existiría tampoco. Aquella vida, pues, se llevará a cabo mediante otros instrumentos; y nadie podría llamar Resurrección a semejante estado de cosas, donde los miembros particulares ya no están presentes en el cuerpo, por ser inútiles para aquella vida. Pero si, por otra parte, nuestra Resurrección ha de representarse en cada uno de éstos, entonces el Autor de la Resurrección fabricará en nosotros cosas de ninguna utilidad ni provecho para aquella vida. Y, sin embargo, debemos creer, no sólo que hay una Resurrección, sino también que no será un absurdo. Debemos, por tanto, escuchar atentamente la explicación de esto, de modo que, para cada parte de esta verdad, su probabilidad quede salvada hasta el final.

    § 86

    Cuando hube terminado, la Maestra respondió así: Has atacado con cierto brío las doctrinas relacionadas con la Resurrección, en el modo llamado retórico; has girado y girado en torno a la verdad con argumentos verosímiles y subversivos; hasta tal punto, que quienes no han considerado con mucho cuidado esta verdad misteriosa podrían verse afectados en su opinión sobre ella por la apariencia de esos argumentos, y podrían pensar que la dificultad opuesta a lo que se ha expuesto no estaba del todo fuera de lugar. Mas —prosiguió ella—, la verdad no está en esos argumentos, aunque nos resulte imposible darles una respuesta retórica, formulada en un lenguaje igualmente enérgico. La explicación verdadera de todas estas cuestiones está guardada todavía en los tesoros ocultos de la Sabiduría, y no saldrá a la luz hasta aquel momento en que seamos instruidos en el misterio de la Resurrección por su realidad misma; y entonces ya no habrá necesidad de frases para explicar las cosas que ahora esperamos. Así como podrían suscitarse muchas cuestiones, entre gentes que velan de noche, acerca de qué clase de cosa es la luz del sol, y luego la simple aparición de ésta en toda su hermosura haría superflua toda descripción verbal, así todo cálculo que intente llegar por conjetura al estado futuro quedará reducido a la nada por el objeto de nuestras esperanzas, cuando venga sobre nosotros. Mas, puesto que es nuestro deber no dejar sin examinar de ningún modo los argumentos aducidos contra nosotros, expondremos la verdad sobre estos puntos como sigue. Primero formémonos una noción clara del alcance de esta doctrina; en otras palabras, cuál es el fin que la Santa Escritura tiene a la vista al promulgarla y al crear la fe en ella. Pues bien, para trazar el bosquejo de una verdad tan vasta y abarcarla en una definición, diremos que la Resurrección es «la reconstitución de nuestra naturaleza en su forma original». Mas en aquella forma de vida, de la cual Dios mismo fue el Creador, es razonable creer que no había ni edad ni infancia, ni ninguno de los sufrimientos que provienen de nuestras actuales y diversas flaquezas, ni clase alguna de aflicción corporal. Es razonable, digo, creer que Dios no fue el Creador de ninguna de estas cosas, sino que el hombre era una cosa divina antes de que su humanidad quedara al alcance del asalto del mal; pero entonces, con la irrupción del mal, todas estas aflicciones irrumpieron también sobre él. Por consiguiente, una vida libre del mal no está bajo necesidad alguna de transcurrir en medio de las cosas que resultan del mal. De ello se sigue que, cuando un hombre camina por el hielo, su cuerpo ha de enfriarse; o que, cuando anda bajo un sol muy ardiente, su piel ha de oscurecerse; pero si se ha mantenido apartado de lo uno o de lo otro, escapa por entero a esos resultados, tanto al oscurecimiento como al enfriamiento; nadie, de hecho, cuando se ha removido una causa particular, estaría justificado en buscar el efecto de esa causa particular. Así también nuestra naturaleza, al hacerse pasional, hubo de afrontar todas las consecuencias necesarias de una vida de pasión; pero cuando haya vuelto a aquel estado de bienaventuranza impasible, ya no tropezará con los resultados inevitables de las tendencias malvadas. Puesto que, entonces, todas las infusiones de la vida de la bestia en nuestra naturaleza no estaban en nosotros antes de que nuestra humanidad descendiera, por el contacto del mal, a las pasiones, con toda certeza, cuando abandonemos esas pasiones, abandonaremos todos sus resultados visibles. Nadie, por tanto, estará justificado en buscar en aquella otra vida las consecuencias en nosotros de pasión alguna. Así como un hombre que, vestido con una túnica andrajosa, se ha despojado de la vestidura, no siente ya su deshonra sobre sí, así también nosotros, cuando hayamos desechado esa túnica muerta y desagradable hecha de pieles de bestias y puesta sobre nosotros (pues entiendo por «vestiduras de pieles» aquella configuración propia de una naturaleza bestial con la que fuimos revestidos cuando nos familiarizamos con la complacencia pasional), arrojaremos de nosotros, junto con la desechada túnica, todas las adherencias de esa piel de bestia que nos rodeaban; y tales adherencias son el comercio sexual, la concepción, el parto, las impurezas, la lactancia, el alimento, la evacuación, el crecimiento gradual hasta la estatura plena, la flor de la vida, la vejez, la enfermedad y la muerte. Si esa piel ya no está en torno a nosotros, ¿cómo pueden quedar dentro de nosotros sus consecuencias resultantes? Es locura, pues, cuando hemos de esperar un estado de cosas diferente en la vida venidera, objetar a la doctrina de la Resurrección sobre la base de algo que nada tiene que ver con ella. Quiero decir: ¿qué tiene que ver la delgadez o la corpulencia, un estado de consunción o de plétora, o cualquier otra condición que sobrevenga a una naturaleza siempre en flujo, con la otra vida, extraña como es a todo pasar fugaz y transitorio como ése? Una cosa, y una sola, se requiere para la operación de la Resurrección; a saber, que un hombre haya vivido, por haber nacido; o, usando más bien las palabras del Evangelio, que «un hombre nazca en el mundo»; la longitud o brevedad de la vida, la manera, ésta o aquélla, de la muerte, es un tema irrelevante de indagación en relación con aquella operación. Cualquier instancia que tomemos, de cualquier modo que supongamos que esto ha sido, todo es lo mismo; de estas diferencias en la vida no surge dificultad alguna, ni facilidad alguna, con respecto a la Resurrección. Quien una vez ha comenzado a vivir, necesariamente debe continuar habiendo vivido una vez, después de que su intermedia disolución en la muerte haya sido reparada en la Resurrección.

    § 87

    En cuanto al cómo y al cuándo de su disolución, ¿qué importan ellos para la Resurrección? La consideración de tales puntos pertenece a otra línea de investigación por completo. Por ejemplo, un hombre puede haber vivido en comodidad corporal o en aflicción, virtuosa o viciosamente, renombrado o deshonrado; puede haber pasado sus días miserable o felizmente. Estos y semejantes resultados deben obtenerse de la longitud de su vida y de la manera de su vivir; y para poder juzgar las cosas hechas en su vida, será necesario que el juez escudriñe sus indulgencias, según el caso, o sus pérdidas, o su enfermedad, o su vejez, o su plenitud, o su juventud, o su riqueza, o su pobreza: cuán bien o cuán mal un hombre, colocado en cualquiera de estas situaciones, concluyó su carrera destinada; si fue receptor de muchas bendiciones o de muchos males en una vida larga; o si no gustó de ninguno de ellos, sino que dejó de vivir antes de que se formasen sus potencias mentales. Pero cuando llegue el tiempo en que Dios haya traído de nuevo nuestra naturaleza al estado prístino del hombre, será inútil hablar entonces de tales cosas, e imaginar que las objeciones basadas en ellas pueden probar que el poder de Dios queda impedido para alcanzar su fin. Su fin es uno, y uno solo; es éste: cuando la totalidad completa de nuestra raza haya sido perfeccionada desde el primer hombre hasta el último —habiendo sido algunos limpiados del mal de inmediato en esta vida, habiendo sido otros sanados después, en los períodos necesarios, por el Fuego, y habiendo estado otros, en su vida aquí, igualmente inconscientes del bien y del mal— ofrecer a cada uno de nosotros participación en las bendiciones que están en Él, las cuales, según nos dice la Escritura, «ojo no ha visto, ni oído ha oído,» ni pensamiento alguno ha alcanzado jamás. Pero esto no es otra cosa, al menos según lo entiendo yo, sino estar en Dios mismo; pues el Bien que está por encima del oído, del ojo y del corazón debe ser aquel Bien que trasciende el universo. Mas la diferencia entre la vida virtuosa y la viciosa llevada en el tiempo presente se ilustrará de esta manera; a saber, en la participación más rápida o más tardía de cada uno en aquella bienaventuranza prometida. Según la cantidad de la malicia arraigada de cada uno se computará la duración de su cura. Esta cura consiste en la limpieza de su alma, y ello no puede lograrse sin una condición dolorosísima, como se ha expuesto en nuestra discusión precedente. Pero cualquiera comprendería más plenamente la futilidad e irrelevancia de todas estas objeciones tratando de sondear las profundidades de la sabiduría de nuestro Apóstol. Al explicar este misterio a los Corintios, quienes, acaso, presentaban ellos mismos contra él las mismas objeciones que sus impugnadores presentan hoy para derribar nuestra fe, procede por su propia autoridad a reprender la audacia de su ignorancia, y habla así: «Me dirás, pues: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vienen? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes; y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de ser, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da un cuerpo como le ha placido.» En aquel pasaje, según me parece, amordaza las bocas de hombres que manifiestan su ignorancia de las proporciones convenientes en la Naturaleza, y que miden el poder Divino por su propia fuerza, y piensan que sólo es posible para Dios tanto cuanto el entendimiento humano puede abarcar, y que lo que está más allá de ello supera también la capacidad Divina. Pues el hombre que había preguntado al Apóstol «¿cómo resucitan los muertos?» evidentemente da a entender que es imposible, una vez que los átomos del cuerpo han sido dispersados, que vuelvan a juntarse en concurrencia; y siendo esto imposible, y no quedando otra forma posible de cuerpo, además de la que surge de tal concurrencia, concluye, a la manera de los hábiles controversialistas, la verdad de lo que quiere probar, mediante una especie de silogismo, así: Si un cuerpo es una concurrencia de átomos, y una segunda reunión de éstos es imposible, ¿qué clase de cuerpo obtendrán los que resucitan? Esta conclusión, envuelta aparentemente en este artificioso arreglo de premisas, la llama el Apóstol «locura», por venir de hombres que no alcanzaron a percibir en otras partes de la creación la maestría del poder Divino. Pues, omitiendo los milagros más sublimes de la mano de Dios, mediante los cuales le habría sido fácil poner a su oyente en un dilema (por ejemplo, podría haber preguntado «cómo o de dónde viene un cuerpo celeste, el del sol por ejemplo, o el de la luna, o el que se ve en las constelaciones; de dónde el firmamento, el aire, el agua, la tierra»), él, por el contrario, convence de irreflexión a los objetores por medio de objetos que crecen junto a nosotros y son muy familiares a todos. «¿Acaso no os enseña la agricultura», pregunta, «que el hombre que, al calcular los poderes trascendentes de la Deidad, los limita por los suyos propios, es un necio?» ¿De dónde obtienen las semillas los cuerpos que brotan de ellas? ¿Qué precede a este brotar? ¿No es una muerte lo que precede? Al menos, si la disolución de un todo compacto es una muerte; pues, en efecto, no puede suponerse que la semilla brote en un retoño a menos que haya sido disuelta en el suelo, y se haya vuelto esponjosa y porosa hasta tal punto que mezcle sus propias cualidades con la humedad adyacente del suelo, y así se transforme en raíz y retoño; sin detenerse siquiera allí, sino cambiando de nuevo en el tallo con sus nudos intermedios que lo ciñen como si fueran broches, para permitirle llevar con figura erguida la espiga con su carga de grano. ¿Dónde estaban, pues, todas estas cosas pertenecientes al grano antes de su disolución en el suelo? Y, sin embargo, este resultado brotó de aquel grano; si aquel grano no hubiera existido primero, la espiga no habría surgido. Así como, pues, el «cuerpo» de la espiga sale a la luz de la semilla, produciéndolo todo el toque artístico del poder de Dios a partir de aquella sola cosa, y así como no es ni enteramente la misma cosa que aquella semilla ni algo del todo diferente, así (insistió ella) por estos milagros obrados en las semillas podéis interpretar ahora el misterio de la Resurrección. El poder Divino, en la sobreabundancia de la Omnipotencia, no sólo te restaura aquel cuerpo una vez disuelto, sino que le hace grandes y espléndidas adiciones, con lo cual el ser humano queda provisto de una manera aún más magnífica.

    § 88

    «Se siembra», dice, «en corrupción; resucita en incorrupción: se siembra en debilidad; resucita en poder: se siembra en deshonra; resucita en gloria: se siembra cuerpo natural; resucita cuerpo espiritual.» El grano de trigo, después de su disolución en el suelo, deja atrás la pequeñez de su volumen y la cualidad peculiar de su forma, y sin embargo no se ha dejado ni se ha perdido a sí mismo, sino que, aún centrado en sí mismo, crece hasta convertirse en espiga, aunque en muchos puntos ha hecho un avance sobre sí mismo, a saber, en tamaño, en esplendor, en complejidad, en forma. De la misma manera, el ser humano deposita en la muerte todos aquellos ropajes peculiares que ha adquirido de sus propensiones pasionales; quiero decir, la deshonra, la corrupción, la debilidad y las características de la edad; y, sin embargo, el ser humano no se pierde a sí mismo. Se transforma, por así decirlo, en una espiga; es decir, en incorrupción, gloria, honor, poder y perfección absoluta; en una condición en la que su vida ya no se lleva según los modos propios de la mera naturaleza, sino que ha pasado a una existencia espiritual e impasible. Pues es propio del cuerpo natural estar moviéndose siempre en una corriente, estar alterándose siempre respecto del estado del momento y mudando en otra cosa; pero ninguno de estos procesos, que observamos no sólo en el hombre sino también en las plantas y en las bestias, se hallará permaneciendo en la vida que habrá entonces. Además, me parece que las palabras del Apóstol armonizan en todo respecto con nuestra propia concepción de lo que es la Resurrección. Indican exactamente lo mismo que hemos plasmado en nuestra propia definición de ella, donde dijimos que la Resurrección no es otra cosa que «la reconstitución de nuestra naturaleza en su forma original». Pues, mientras aprendemos de la Escritura, en el relato de la primera Creación, que primero la tierra produjo «la hierba verde» (como dice la narración), y que luego de esta planta se obtuvo semilla, de la cual, cuando fue derramada en la tierra, brotó de nuevo la misma forma de la planta original, el Apóstol, debe observarse, declara que esto mismo sucede también en la Resurrección; y así aprendemos de él el hecho, no sólo de que nuestra humanidad será entonces cambiada en algo más noble, sino también de que lo que hemos de esperar en ello no es otra cosa que lo que fue al principio. En el principio, lo vemos, no fue una espiga que surgía de un grano, sino un grano que venía de una espiga, y después de eso la espiga crece en torno al grano: y así el orden indicado en este símil muestra claramente que todo aquel estado bienaventurado, que surge para nosotros por medio de la Resurrección, es sólo una vuelta a nuestro prístino estado de gracia. Nosotros también, de hecho, fuimos una vez, en cierto modo, una espiga plena; pero el calor abrasador del pecado nos secó, y luego, en nuestra disolución por la muerte, la tierra nos recibió: mas en la primavera de la Resurrección ella reproducirá este grano desnudo de nuestro cuerpo en la forma de una espiga, alta, bien proporcionada y erguida, que alcanza las alturas del cielo, y, en cuanto a hojas y barbas, resplandeciente en incorrupción y con todas las demás marcas divinas. Pues «esto corruptible debe vestirse de incorrupción»; y esta incorrupción, gloria, honor y poder son aquellas marcas distintas y reconocidas de la Deidad que una vez pertenecieron a aquel que fue creado a imagen de Dios, y que esperamos para el futuro. El primer hombre Adán, esto es, fue la primera espiga; mas con la llegada del mal la naturaleza humana quedó reducida a una mera multitud; y, como sucede al grano en la espiga, cada hombre individual fue despojado de la hermosura de aquella espiga primigenia, y se deshizo en el suelo: pero en la Resurrección nacemos de nuevo en nuestro esplendor original; sólo que en lugar de aquella única espiga primitiva nos convertimos en las incontables miríadas de espigas de los campos de trigo. La vida virtuosa, en contraste con la del vicio, se distingue así: aquellos que, mientras viven, han ejercido sobre sí mismos la agricultura mediante su conducta virtuosa, son revelados de inmediato en todas las cualidades de una espiga perfecta, mientras que aquellos cuyo grano desnudo (es decir, las fuerzas de su alma natural) se ha vuelto, por los malos hábitos, degenerado, por así decirlo, y endurecido por la intemperie (como crecen las llamadas semillas «acornadas», según los expertos en tales cosas), aunque vuelvan a vivir en la Resurrección, experimentarán una severidad muy grande de parte de su Juez, porque no poseen la fuerza para dispararse hasta las proporciones plenas de una espiga, y así convertirse en aquello que fuimos antes de nuestra caída terrena. El remedio ofrecido por el Supervisor de la mies es recoger la cizaña y los espinos, que han crecido junto con la buena semilla, y a cuya vida bastarda han pasado todas las fuerzas secretas que una vez nutrieron su raíz, de modo que no sólo ha tenido que permanecer sin su nutrimento, sino que ha sido ahogada y así vuelta improductiva por este crecimiento antinatural. Cuando de la parte nutritiva que hay en ellos haya sido extraído todo lo que es contrario o falsificación de ella, y haya sido entregado al fuego que consume todo lo antinatural, y así haya desaparecido, entonces también en esta clase su humanidad prosperará y madurará hasta dar fruto, gracias a tal agricultura, y algún día, después de largos cursos de edades, recobrará aquella forma universal que Dios estampó en nosotros al principio. Bienaventurados, ciertamente, aquellos en quienes la plena hermosura de esas espigas se desarrolle directamente apenas nazcan en la Resurrección. Mas decimos esto sin dar a entender que se manifestarán distinciones meramente corporales entre quienes han vivido virtuosamente y quienes han vivido viciosamente en esta vida, como si debiéramos pensar que uno será imperfecto en cuanto a su estructura material, mientras otro alcanzará la perfección en cuanto a ella. El prisionero y el libre, aquí en este mundo presente, son exactamente iguales en cuanto a las constituciones de sus dos cuerpos; aunque en cuanto al goce y al sufrimiento el abismo es ancho entre ellos. De esta manera, me parece, deberíamos calcular la diferencia entre los buenos y los malos en aquel tiempo intermedio. Pues la perfección de los cuerpos que surgen de aquella siembra de muerte consiste, como nos dice el Apóstol, en incorrupción, gloria, honor y poder; pero cualquier disminución en tales excelencias no denota una correspondiente mutilación corporal de aquel que ha resucitado, sino una retirada y un extrañamiento de cada una de aquellas cosas que se conciben como pertenecientes al bien. Visto, pues, que una u otra de estas dos ideas diametralmente opuestas, quiero decir el bien y el mal, debe de todos modos adherirse a nosotros, es claro que decir que un hombre no está incluido en el bien es una demostración necesaria de que está incluido en el mal.
    Mas, en conexión con el mal, no hallamos honor, ni gloria, ni incorrupción, ni poder; y así nos vemos forzados a desechar toda duda de que un hombre que nada tiene que ver con estas últimas cosas debe estar conectado con sus opuestos, a saber, con la debilidad, con la deshonra, con la corrupción, con todo lo de esa naturaleza, tal como dijimos en las partes anteriores de la discusión, cuando dijimos cuántas eran las pasiones, brotadas del mal, que tan difícilmente puede el alma arrojar de sí, cuando se han infundido en la sustancia misma de su naturaleza entera y se han hecho una con ella. Cuando éstas, pues, hayan sido purgadas de ella y removidas por completo mediante los procesos curativos obrados por el Fuego, entonces cada una de las cosas que conforman nuestra concepción del bien vendrá a ocupar su lugar; es decir, la incorrupción, la vida, el honor, la gracia, la gloria y todo lo demás que conjeturamos ha de verse en Dios, y en su Imagen, el hombre tal como fue hecho.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    El diálogo fijó la imagen de Macrina como filósofa cristiana: Gregorio volvió sobre ella en la Vida de Macrina, y la tradición lo tituló por su nombre, ta Makrinia (Wikipedia). En la historia de la doctrina pesa sobre todo por su escatología: la purificación del alma por el fuego hasta que el mal se agote (§ 65–71) y la afirmación de que el castigo mide el mal que hay en cada uno, no una venganza (§ 66–67). Algunos lectores modernos han leído ahí la salvación de todos; Wikipedia recoge que autores universalistas como Thomas Allin y J. W. Hanson citan este diálogo en ese sentido. El texto no usa la palabra «apocatástasis»; la interpretación es de sus lectores, y conviene distinguirla de lo que Macrina dice.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre los principios de Orígenes, cuya doctrina del alma y del fin de todas las cosas está detrás de varias respuestas de la Maestra; Sobre el cuidado de los muertos, donde Agustín responde desde Occidente a otra pregunta sobre los difuntos; y la Vida de Antonio, que fija el ideal ascético que Macrina vivió en el Ponto.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. La numeración de los párrafos y los títulos de las nueve partes son de esta edición, no de Gregorio ni del NPNF. No se ha cotejado con el griego.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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