Qué se va a leer
Juan 9 dejó sin contestar una pregunta. Si la enfermedad no viene siempre de un pecado, ¿de dónde viene? El texto se ocupaba del destino del enfermo («para que las obras de Dios se manifiesten en él») y callaba sobre el origen. Lucas 13 no calla. Delante de una mujer que lleva dieciocho años sin poder levantar la cabeza, Lucas dice que tenía «un espíritu de enfermedad» y Jesús dice que a esa hija de Abraham «Satanás ató». La frase está metida en una disputa sobre el sábado: el jefe de la sinagoga quería que la curaran otro día, y Jesús contesta que ese mismo día debía ser desatada. Este artículo lee el griego de los versículos 11 y 16 (el verbo «atar» y la familia del verbo «desatar»), sigue a Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Agustín, Ambrosio, Cirilo y Gregorio, a la Catena aurea y a Lapide, a Calvino, Henry y Wesley, y llega al siglo XIX, cuando Gordon y Simpson hicieron del versículo 16 una regla sobre la enfermedad y Warfield, sin comentar el pasaje, discutió esa regla.
Es la última vez que Lucas muestra a Jesús enseñando en una sinagoga, y la única en el tramo final de su ministerio, anota Plummer: en muchos lugares donde lo conocían, los ancianos ya no lo habrían dejado hablar, porque la jerarquía se le había vuelto hostil. El relato no tiene paralelo en los otros evangelios. Jesús está enseñando cuando entra una mujer que lleva dieciocho años doblada. Él la ve, la llama, la declara libre y le impone las manos; ella se endereza y glorifica a Dios. El jefe de la sinagoga se indigna «porque Jesús había sanado en un sábado», pero no se lo dice a Jesús: habla a la gente. Jesús le contesta con el argumento del buey y del asno y con una frase de tres datos: hija de Abraham, Satanás, dieciocho años.
Lucas lo coloca después de los galileos que Pilato mató y de la torre de Siloé, que cayó sobre dieciocho personas, y de la higuera sin fruto (). Detrás vienen el grano de mostaza y la levadura () y la pregunta de si son pocos los que se salvan (). La vecindad de la higuera fue lo primero que vieron los lectores antiguos: Agustín predicó los dos relatos en un solo sermón, y Gregorio y Ambrosio, según la Catena aurea, leyeron la higuera y la mujer como figuras de lo mismo. Godet ve el hilo en otra parte: el pasaje abre «el progreso del reino» (13:10-21), porque la obra de Jesús en la sinagoga lleva a describir en dos parábolas el poder del reino. Plummer rechaza que los dieciocho años de la mujer sean un eco de los dieciocho de la torre, y Godet, que Lucas los pusiera ahí por los tres años de la higuera, como suponía Holtzmann: los números, dice Plummer, vuelven a aparecer en la vida real.
Es uno de los cinco relatos de Lucas en que Jesús sana en sábado. Plummer cuenta siete en los evangelios y reparte cinco a Lucas (4:31, 4:38, 6:6, 13:10 y 14:1); los otros dos están en Juan: el paralítico de Betesda y el ciego de nacimiento, el del artículo anterior de esta línea. Observa también que aquí, como en , Jesús no reclama autoridad para abolir el sábado y lo rescata de las tradiciones que lo violaban, y que la curación cumple el programa que Jesús leyó en la sinagoga de Nazaret ().
Las palabras que pesan, con el análisis del módulo NA27, el diccionario Strong ampliado y los comentarios de Robertson, Plummer y Godet:
| Griego | Forma | Sentido en el pasaje |
|---|---|---|
| ἦν διδάσκων ἐν μιᾷ τῶν συναγωγῶν ἐν τοῖς σάββασιν | imperfecto perifrástico; plural con sentido singular | «Estaba enseñando… en sábado»: Jesús ya enseñaba cuando ella entró (13:10) |
| πνεῦμα ἔχουσα ἀσθενείας | participio presente + genitivo | «Teniendo un espíritu de debilidad»: frase única en el NT; genitivo de efecto (13:11) |
| ἦν συγκύπτουσα | imperfecto perifrástico | «Estaba doblada»: synkýptō aparece solo aquí; término médico, dice Robertson (13:11) |
| μὴ δυναμένη ἀνακῦψαι εἰς τὸ παντελές | participio + aoristo + neutro | «Sin poder erguirse»: «del todo» va con «poder» (Vulgata) o con «erguirse» (Plummer) (13:11) |
| ἰδὼν δὲ αὐτὴν… προσεφώνησεν | aoristos | «Viéndola, la llamó»: Jesús ve primero; el verbo es «dirigirse a» o «llamar a sí» (13:12) |
| ἀπολέλυσαι τῆς ἀσθενείας σου | perfecto pasivo | «Has sido desatada y sigues libre»: la declaración precede a las manos (13:12) |
| ἐπέθηκεν αὐτῇ τὰς χεῖρας… ἀνωρθώθη | aoristo; aoristo pasivo | «Le impuso las manos… fue enderezada»: anorthóō solo aquí, Hechos 15:16 y Hebreos 12:12 (13:13) |
| ἐδόξαζεν τὸν θεόν | imperfecto | «Glorificaba a Dios»: empieza y sigue, dice Robertson (13:13) |
| ἀγανακτῶν ὅτι… ἐθεράπευσεν | participio presente | «Indignado porque había sanado en sábado»: el motivo que da Lucas es el sábado (13:14) |
| δεῖ ἐργάζεσθαι… θεραπεύεσθε | presente; imperativo pasivo | «Se debe trabajar… sed curados»: el «debe» es del jefe (13:14) |
| ὑποκριταί | vocativo plural | «¡Hipócritas!»: el plural es del texto crítico; el singular, del Textus Receptus (13:15) |
| ἣν ἔδησεν ὁ Σατανᾶς | aoristo de δέω | «A quien ató Satanás»: la causa dicha por Jesús (13:16) |
| θυγατέρα Ἀβραάμ | acusativo | «Hija de Abraham»: única vez en el NT (13:16) |
| οὐκ ἔδει λυθῆναι ἀπὸ τοῦ δεσμοῦ τούτου | imperfecto de δεῖ + infinitivo aoristo pasivo | «¿No era necesario que fuera desatada de esta ligadura?»: el «debe» es de Jesús (13:16) |
| κατῃσχύνοντο… ἐχαιρεν | imperfectos | «Se avergonzaban… se regocijaba»: dos reacciones que duran (13:17) |

«Un espíritu de enfermedad». La frase πνεῦμα ἔχουσα ἀσθενείας, «teniendo un espíritu de debilidad», aparece solo aquí. El genitivo es de efecto: un espíritu que produce la debilidad, como el «espíritu de esclavitud» de (Robertson) o el «espíritu mudo» de , llamado así por lo que hace (Plummer). En otros lugares Lucas separa las dos cosas: hay mujeres sanadas «de espíritus malignos y de enfermedades» (). Aquí las junta en un solo sintagma. Weiss, a quien cita Plummer, creía que la expresión era una inferencia del evangelista a partir del versículo 16, y una inferencia equivocada, porque a los endemoniados nunca se les imponen las manos y porque el jefe de la sinagoga habla de «ser curados». Plummer responde que se sabe demasiado poco para afirmar que Jesús nunca impuso las manos a un endemoniado, que «curar» se usa también de ellos y que el «has sido desatada» del versículo 12, que supone al espíritu ya vencido, viene antes de las manos. Las versiones castellanas deciden el sentido de maneras distintas:
| Versión | Lucas 13:11 |
|---|---|
| RV60 | «tenía espíritu de enfermedad» |
| BTX4 | «un espíritu de enfermedad» |
| LBLA | «una enfermedad causada por un espíritu» |
| NVI | «por causa de un demonio llevaba dieciocho años enferma» |
| TLA | «Un espíritu malo la había dejado así» |
Las tres últimas han resuelto ya que el «espíritu» es un agente; el griego y las dos primeras dejan abierta la relación.
«Encorvada». Συγκύπτουσα aparece una sola vez en el Nuevo Testamento; Robertson lo llama término médico de la curvatura de la columna, y Plummer remite a Eclesiástico 12:11 y 19:26. Su pareja, ἀνακῦψαι, «erguirse», está en («levantad vuestras cabezas») y en . El adverbio εἰς τὸ παντελές, que solo reaparece en , puede ir con «no podía» («de ninguna manera», como lo toman la Vulgata y casi todas las versiones inglesas) o con «erguirse» («del todo, como es debido»), que es como lo traduce Plummer. Robertson glosa «sin poder enderezarse ni hacia atrás en absoluto». La diferencia no cambia la tesis del pasaje.
«Desatada». El verbo del versículo 12, ἀπολέλυσαι, es un perfecto pasivo. Plummer lo traduce «has sido desatada y sigues desatada», y observa que es una curación no pedida; Godet lo llama «un hecho consumado»; Robertson añade que es el único ejemplo en el Nuevo Testamento de ἀπολύω aplicado a una enfermedad. Jesús «viéndola, la llamó» (προσεφώνησεν) y la declara libre; solo después le impone las manos (13:13). Plummer concluye que las manos pudieron servir para completar la curación del cuerpo; Godet, que la palabra libera primero la voluntad atada y las manos devuelven el cuerpo a la voluntad libre. El verbo προσφωνέω significa «dirigirse a» en y , y «convocar» en ; Robertson entiende aquí que la llamó «para que viniera a él», y Plummer anota que nada indica que la mujer hubiera ido esperando ser curada. El texto dice que Jesús la vio y habló primero.
«Satanás ató». Ἔδησεν es un aoristo de δέω, «atar», y δεσμός es la ligadura, la cuerda. Satanás aparece cinco veces en Lucas (10:18, 11:18, 13:16, 22:3 y 22:31), y esta es la única en que se dice que ata a alguien. Robertson lo llama «una declaración definida de que su enfermedad se debía a Satanás»; en el versículo 11 es Lucas quien habla, y en el 16 es Jesús. Ἰδοὺ δέκα καὶ ὀκτὼ ἔτη («he aquí dieciocho años») cierra la frase con un dato de duración, como en la Septuaginta de Deuteronomio 8:4, dice Plummer, y Godet encuentra en él «la más profunda compasión». Y θυγατέρα Ἀβραάμ, «hija de Abraham», no está en ningún otro lugar del Nuevo Testamento.
«Debe» y «debía». El jefe de la sinagoga dice δεῖ ἐργάζεσθαι, «se debe trabajar», seis días; Jesús responde οὐκ ἔδει λυθῆναι, «¿no era necesario que fuera desatada?». Es el mismo verbo, usado por dos hombres con sentidos opuestos. Robertson ve en el primero «un golpe directo» a Jesús, que había «trabajado»; del segundo escribe que «Jesús simplemente tenía que sanarla, aunque fuera sábado». Plummer añade que ella no solo puede ser desatada: debe serlo. Lucas usa δεῖ una tercera vez en el mismo capítulo, para el camino de Jesús a Jerusalén ().
«Hipócritas». El plural ὑποκριταί es el texto de NA27 y de BTX4 («¡Hipócritas!»); el singular lo traen el Textus Receptus y, con él, RV60 y la versión inglesa del rey Jaime. Godet tiene por cierto el plural: Jesús juzga a todo el partido del que ese hombre es el representante. Plummer llama al singular una corrección evidente y añade que el plural alcanza a todos los que simpatizan con el censor, los «adversarios» del versículo 17.

El sábado y la sinagoga. El mandamiento era claro: «seis días trabajarás» y el séptimo no se hará obra alguna (, , que la Biblia Textual anota en el versículo 14). Lapide y MacEvilly recuerdan que los judíos se reunían en la sinagoga cada sábado para oír las Escrituras explicadas y orar, como los cristianos van a su iglesia el domingo, y que Jesús escogió esa ocasión pública, dice MacEvilly, para el milagro. El jefe de la sinagoga repite el mandamiento: «seis días hay en que se debe trabajar». Su argumento, observa Calvino, deja sin respuesta una pregunta: si se debe guardar el sábado de todo, por qué no prohíbe también entrar en la sinagoga. Plummer anota que Jesús apela de la interpretación torcida del jefe a otra tradicional y razonable, y que el Talmud pone aquí su reserva característica, según Edersheim: se puede sacar agua para el animal en sábado, pero no llevársela en un recipiente.
El jefe de la sinagoga. Plummer señala que nadie le había hablado: contesta a lo que se había hecho, y censura a Jesús de refilón, dirigiéndose a la gente. Robertson subraya lo absurdo de su frase: como si a los que tenían la espalda torcida solo les hiciera falta pasar por la sinagoga entre semana; «se olvidó de que esta pobre anciana había estado viniendo dieciocho años sin resultado». Cirilo, Crisóstomo, Lapide, MacEvilly y Wesley dan por supuesto que el motivo era la envidia: Cirilo habla de un jefe «ingrato»; Lapide y MacEvilly, de envidia por la gloria que ganaba Jesús; Jamieson, Fausset y Brown, con Trench, de indignación «no tanto por la violación del sábado como por la glorificación de Cristo». Lucas, en cambio, dice solo que se indignó «porque Jesús había sanado en sábado». La envidia es una lectura de lo que había detrás; lo que consta es el motivo declarado.
El buey y el asno. En el argumento de Jesús hay un detalle de vocabulario: φάτνη, el pesebre del que se suelta al animal, no aparece en el Nuevo Testamento más que aquí y en los versículos del nacimiento (, 2:12, 2:16), nota Robertson. Y la forma del argumento está en la ley misma. Ireneo recordará que la ley circuncidaba en sábado y mandaba a los sacerdotes su servicio, y Tertuliano que mandaba que no se hiciera obra salvo la que cualquier ser vivo necesita. Robertson llama al argumento ad hominem, porque esos críticos cuidaban de su buey y de su asno. Plummer lo sitúa en la escala de los argumentos de Jesús sobre el sábado, en el peldaño más bajo (la tradición judía, la caridad y el sentido común); más arriba están el sábado como bendición y no como carga, el Hijo del hombre como señor del sábado y el sábado que nunca estorbó la obra del Padre y no debe estorbar la del Hijo ().
Dieciocho años. Lapide y MacEvilly entienden que dieciocho años la hacían una enfermedad inveterada «y como tal incurable por los médicos». El texto dice solo el número y que ella no podía erguirse. Los Padres le dieron un sentido simbólico, como se verá. Plummer y Godet rechazan los vínculos numéricos que otros críticos buscaban con la torre de Siloé o con la higuera.
Satanás, la enfermedad y el pecado. Para enfermedades causadas por espíritus malos, Lapide y MacEvilly remiten a Job () y a los salmos (Lapide cita ). El propio Lucas separa a los espíritus malos de las enfermedades en , y en resume la obra de Jesús como la de quien sanaba a los oprimidos por el diablo. Falta una cosa en el pasaje: ninguna palabra sobre un pecado de la mujer. Lucas había puesto poco antes la negativa de Jesús a explicar con pecados la muerte de los galileos y de las dieciocho personas de Siloé (); aquí Jesús da una causa, y no es el pecado. Weiss, según Plummer, lee en «a quien Satanás ató» que Jesús sabía que el mal era consecuencia de una vida pecadora, y que Satanás, causante del pecado, lo fue también de la enfermedad. Es una inferencia que el texto no hace.
De los Padres, la biblioteca tiene un solo comentario seguido a Lucas, el de Ambrosio, en la traducción de Ní Riain, protegida por derechos, que por eso se resume y no se cita. Orígenes y Cirilo llegan por la Catena aurea. Los Padres usan el pasaje en tres controversias (contra los valentinianos, contra Marción y contra Celso) y en la predicación, donde la mujer es la humanidad doblada hacia la tierra.
El primero que cita el pasaje en las obras conservadas es Ireneo, hacia el 180, y lo hace en dos libros distintos. En el segundo, los valentinianos tomaban los años de las enfermedades de los evangelios como figuras de los eones del Pléroma: los doce años de la mujer con flujo de sangre, los dieciocho de esta. Ireneo contesta con una regla de método:
Y no sólo en el caso de esta mujer se han mencionado los años de su enfermedad (los cuales, afirman, se ajustan a su ficción), sino que, ¡he aquí! también otra mujer fue sanada, después de padecer de manera semejante durante dieciocho años; acerca de la cual dijo el Señor: "¿Y no debía ser libertada en el día de sábado esta hija de Abraham, a quien Satanás había atado durante dieciocho años?" Si, pues, la primera era un tipo del duodécimo Eón que padeció, la segunda debería ser también un tipo del decimoctavo Eón en sufrimiento. […] Pues si afirman que las cosas hechas por el Señor fueron tipos de lo que tuvo lugar en el Pléroma, el tipo debería conservarse en todo. […] Ahora bien, es en todo punto absurdo e inconsistente declarar que el Salvador conservó el tipo en ciertos casos, mientras que no lo hizo en otros.
La regla es de método y se aplica a cualquier tipología: un número que se lee como símbolo en un caso tiene que leerse así en todos. En el libro IV, Ireneo usa el pasaje para otra cosa, que Cristo no obró contra la ley:
Porque el Señor vindicó la posteridad de Abraham, soltándolos de la servidumbre y llamándolos a la salvación, como hizo en el caso de la mujer a quien sanó, diciendo abiertamente a los que no tenían fe como Abraham: "Hipócritas, ¿no desata cada uno de vosotros en los sábados su buey o su asno, y lo lleva a beber? ¿Y no debía esta mujer, siendo hija de Abraham, a quien Satanás ha tenido atada estos dieciocho años, ser desatada de esta ligadura en los sábados?" Es claro, por tanto, que Él soltó y vivificó a los que creen en Él como Abraham creyó, no haciendo nada contrario a la ley cuando sanó en el sábado. Porque la ley no prohibía que los hombres fueran sanados en los sábados; [al contrario,] incluso circuncidaba en ese día, y mandaba que los oficios fueran realizados por los sacerdotes para el pueblo; sí, no prohibía ni siquiera la curación de animales mudos.
Ireneo hace dos cosas. Lee a la mujer dentro de la promesa a Abraham, y la «posteridad» es la de quienes creen como él creyó. Y defiende que el sábado no estaba en contra: la ley circuncidaba ese día, ordenaba el servicio de los sacerdotes y no vedaba curar animales. El principio es la regla de fe: un solo Dios que da la ley y que da el evangelio.
Tertuliano, hacia el 208, sigue el evangelio de Marción verso a verso en el libro IV de Contra Marción. En el capítulo 30 llega a este pasaje y lo usa con el mismo propósito que Ireneo: que Cristo y el Creador son el mismo.
Cuando se suscitó de nuevo la cuestión de una curación realizada en día de sábado, ¿cómo la trató Él? «¿No desata cada uno de vosotros en sábado su asno o su buey del pesebre y lo lleva a abrevar?» [] Cuando, pues, realizó una obra conforme a la condición prescrita por la ley, afirmó, en vez de quebrantar, la ley, que mandaba que ninguna obra se hiciera, salvo la que pudiera hacerse por cualquier ser vivo; y si por cualquiera, ¡cuánto más por una vida humana!
Tertuliano no se detiene en el espíritu ni en Satanás: el pasaje le interesa por el sábado. Su argumento contra Marción es que Jesús actuó dentro de lo que la ley ya permitía y por eso confirmó la ley del Creador en vez de romperla. Es la regla de Ireneo vista de otra cara.
Orígenes usa a la mujer en Contra Celso para contestar una objeción sobre los demonios. Celso había dicho que los hombres están encomendados a ciertos seres guardianes de esta «casa-prisión»; Orígenes responde que los atados lo están por el enemigo y que solo el Verbo los suelta:
Está escrito en el Evangelio que una mujer estaba encorvada, y que de ninguna manera podía enderezarse. Y cuando Jesús la miró, y percibió de qué causa estaba encorvada, dijo: ¿No debía ser libertada de esta ligadura en día de sábado esta hija de Abraham, a quien Satanás ha atado, he aquí, estos dieciocho años? ¿Y cuántos otros están todavía encorvados y atados por Satanás, que les impide mirar en alto del todo, y que quisiera que también nosotros miremos hacia abajo! Y nadie puede levantarlos, excepto el Verbo, que vino por Jesucristo, y que antiguamente inspiró a los profetas. […] No estamos, pues, lanzando contra los demonios calumnias infundadas, sino que condenamos su actuación en la tierra como destructora del género humano, y mostramos que, bajo el encubrimiento de oráculos y curaciones corporales, y otros medios semejantes, buscan apartar de Dios el alma que ha descendido a este cuerpo de humillación.
Para Orígenes la mujer es la medida de una condición más amplia: los que miran hacia abajo, atados por el enemigo, que quiere que miremos todos hacia abajo. Y añade una cautela: los demonios pueden hacerse pasar por sanadores. Una curación del cuerpo no basta por sí sola para saber de quién viene; para Orígenes la diferencia está en si el alma queda apartada de Dios o vuelta hacia él.
El Padre que dice con más claridad qué pensaba de la causa es Cirilo de Alejandría, que llega por la Catena aurea en la traducción de Newman. Su cláusula final la repetirán Lapide, Calvino y Henry:
Dice espíritu de enfermedad porque la mujer sufría la crueldad del diablo, abandonada por Dios a causa de sus propios crímenes o por la transgresión de Adán, por la cual los cuerpos de los hombres incurren en enfermedad y muerte. Pero Dios da este poder al diablo para que los hombres, oprimidos por el peso de la adversidad, se vuelvan a cosas mejores.
Cirilo junta tres cosas: el diablo como agente, una causa de fondo (los crímenes de ella o la transgresión de Adán) y un fin de Dios, que da ese poder para que los oprimidos se vuelvan a lo mejor. Lo primero lo dice Lucas; lo segundo y lo tercero vienen de otros textos y de la doctrina de la providencia. Basilio, en la misma Catena, saca de la postura de la mujer un argumento sobre el hombre: la cabeza de los animales se inclina a la tierra, y la del hombre fue hecha erguida, con los ojos hacia arriba, porque nos toca buscar lo de arriba y atravesar con la mirada lo terrenal. La curación devolvía a la mujer lo que la creación le había dado.
Agustín predicó un sermón sobre la higuera y la mujer (el 110 de los benedictinos, el 60 de la edición de NPNF) y lo hizo con la lectura figurada declarada desde el principio:
¿Quién es esa «mujer que estaba enferma dieciocho años»? En seis días Dios acabó sus obras. Tres veces seis son dieciocho. Lo que los «tres años» significaron en «el árbol», lo significan los «dieciocho años» en esta mujer. Estaba doblada, no podía mirar arriba, porque en vano oía: «Arriba los corazones». Pero el Señor la enderezó. […] El que está encorvado, el que solo mira la tierra, se alegra con la felicidad terrena, piensa que esta es la única vida feliz donde puede ser feliz y cree que no hay otra: quienquiera que esté así encorvado, que sea enderezado; y si no puede por sí mismo, que invoque a Dios. Pues ¿fue esa mujer enderezada por sí misma? ¡Ay de ella, si él no le hubiera tendido la mano!
La higuera es el género humano: cuando el primer hombre pecó, cubrió su desnudez con hojas de higuera. Los tres años son los tres tiempos, antes de la ley, bajo la ley y bajo la gracia. La mujer lleva en sus dieciocho años la misma cuenta de tres veces seis, y la inclinación que le impide mirar arriba es la de quien oye el sursum corda en vano. En este sermón Agustín no habla del diablo ni de la causa del mal; la mujer es la humanidad doblada por el pecado, y la pregunta es quién la endereza. Su respuesta («¿fue esa mujer enderezada por sí misma?») cierra el camino a quien piense que el primer paso lo da quien está atado.
Ambrosio comenta el pasaje en el libro VII de su Exposición del Evangelio de Lucas (§§ 171-175 y 186 de la traducción de Ní Riain), y la Catena conserva otras líneas suyas. Se resume sin citar, por los derechos de la traducción. Ambrosio lee el relato junto a la parábola de la higuera: el árbol que representaba a la sinagoga es cortado por mandato de Cristo, y la mujer que representaba a la Iglesia es curada por su palabra. Dice que Jesús compara una ligadura con otra: los que sueltan a sus animales en sábado se enfadan con quien suelta a un hombre atado por el pecado. Entiende el sábado como imagen del descanso futuro: no hay que descansar de las buenas obras sino de las malas, y la carga que no se debe llevar en sábado es el pecado. Del buey y el asno hace los judíos y los gentiles, que acudirán a la misma fuente (). Y en el § 186 escribe, en primera persona del plural, que hubo un tiempo en que el alma estaba doblada como esa mujer bajo el peso de sus pecados, y que ahora Cristo ha desatado las manos para las buenas obras. En la Catena añade el número: dieciocho es diez más ocho, la perfección de la ley en las diez sentencias y la plenitud de la resurrección en el ocho, y la mujer no podía ser sanada sin haber cumplido la ley y la gracia.
Gregorio Magno, en su Homilía 31 sobre los Evangelios (también por la Catena), da la lectura moral:
Todo pecador que piensa en lo terrenal, sin buscar lo celestial, no puede mirar arriba. Porque al perseguir sus deseos más bajos, declina de la rectitud de su estado, o su corazón se tuerce, y mira siempre eso en lo que piensa sin cesar. El Señor la llamó y la enderezó, porque la iluminó y la socorrió. A veces llama pero no endereza: cuando somos iluminados por la gracia, muchas veces vemos lo que hay que hacer, pero por el pecado no lo practicamos.
Gregorio, como Agustín, suma seis tres veces, y lo aplica a los tiempos: el hombre, hecho el día sexto, no quiso hacer obras perfectas, y antes de la ley, bajo la ley y al comienzo de la gracia fue débil; por eso la mujer estuvo doblada dieciocho años. Crisóstomo, en la misma Catena, se ocupa del jefe de la sinagoga: «tenía el aspecto de observar la ley, pero en el corazón era un hombre astuto y envidioso. No le inquieta que se quebrante el sábado, sino que Cristo sea glorificado». Y nota que cuando Cristo manda un trabajo (como al paralítico que debe cargar su lecho) eleva sus palabras hacia lo alto, al «mi Padre trabaja hasta ahora»; aquí, que lo hace todo con la palabra, no añade nada, y refuta la calumnia con lo que los propios acusadores hacían.
Los Padres coinciden en tres cosas. Que el mal de la mujer venía del enemigo: Cirilo lo dice con la cláusula que la tradición repetirá (Dios da el poder al diablo para que los oprimidos se vuelvan a lo mejor) y Orígenes lo extiende a todos los «atados». Que el sábado no prohibía el gesto: Ireneo y Tertuliano lo prueban con la ley; Ambrosio, en la Catena, con el «mi Padre trabaja hasta ahora», y Cirilo con que la ley prohibía las obras de las manos y no una palabra. Y que la mujer es figura de la humanidad doblada hacia la tierra: Basilio, Agustín, Gregorio, Ambrosio y Orígenes. Difieren en el número: Agustín y Gregorio leen tres veces seis; Ambrosio, diez y ocho; y Ireneo había fijado contra los valentinianos que un tipo debe conservarse en todo. Ninguno de estos lectores saca del pasaje una regla para curar en el presente de la Iglesia; lo que sacan es una doctrina de la humanidad caída, de la ley y de la gracia.
Los principios que ejercen son la regla de fe (un solo Dios en la ley y en el evangelio: Ireneo, Tertuliano), la lectura figural declarada como tal (Agustín: «lo que significaron los tres años, lo significan los dieciocho») y una antropología de la postura (Basilio, Orígenes), donde mirar hacia arriba es lo que Dios hizo con el hombre. Cirilo añade el principio de la permisión: el diablo ata, pero a Dios le sirve.
La Edad Media recibe el pasaje por la Glosa, por Beda y por la Catena aurea de Tomás de Aquino, que ordena a Ambrosio, Crisóstomo, Cirilo, Basilio, Gregorio, Agustín y Beda versículo por versículo. La Catena sobre 13:10-17 va de la letra (el sábado, la enfermedad, la objeción del jefe) a la figura (la higuera y la mujer), a la moral (Gregorio, Agustín) y a la anagogía: Ambrosio, en ella, dice que este milagro es señal del sábado que viene, cuando quien haya cumplido la ley y la gracia deje, por la misericordia de Dios, las fatigas de este cuerpo débil.
Beda da la figura en su forma clásica: «la hija de Abraham es toda alma fiel, o la Iglesia reunida de ambas naciones en la unidad de la fe»; el buey o el asno soltado y llevado a beber y la hija de Abraham liberada «de la servidumbre de nuestros afectos» son el mismo misterio. Cornelio a Lapide, ya en el siglo XVII, recoge ese material y lo ordena por sentidos. La letra: «un espíritu de enfermedad» es, con Lira, «una enfermedad enviada por el maligno»; con Eutimio, «el diablo de debilidad que no la dejaba vivir». Cita a Job, un salmo y el versículo 16 como prueba de la causa. La moral, con Basilio: el diablo, para apartar a los hombres del cielo, los hace mirar hacia abajo, de modo que solo ven, aman y persiguen lo terrenal. Lapide enumera cinco contrastes en el argumento de Jesús (la hija de Abraham frente al buey, la ligadura espiritual frente a la del animal, dieciocho años frente a unas horas, un acto de un momento frente a un trabajo largo, la salud y la santidad frente a un trago de agua) y recoge con Beda la acusación final: el jefe «posponía la curación de un ser humano por el cuidado del ganado».
Observa que las enfermedades son enviadas a menudo por los demonios, con permiso de Dios, por pecados o por otras razones. El versículo 16 muestra la causa de esta enfermedad: «esta hija de Abraham, a quien Satanás ató». Así el diablo afligió a Job con diversas enfermedades. […] El diablo, pues, hizo a esta mujer torcida y encorvada para obligarla a mirar siempre hacia la tierra.
Lapide da dos pasos. Hace una regla general de lo que Cirilo decía de este caso («las enfermedades son enviadas a menudo por los demonios»), y le pone una cláusula, «con permiso de Dios», que mantiene la regla dentro de lo que la Escritura enseña de Job. MacEvilly, un obispo católico irlandés del siglo XIX, dice lo mismo en una línea: los espíritus malos, por permiso divino, causan en muchos casos enfermedades y daños corporales, y remite a Job 2. El balance medieval es la doctrina de los cuatro sentidos: la letra enseña la enfermedad del enemigo y la libertad de Jesús, la alegoría la sinagoga y la Iglesia, la moral los ojos que miran hacia abajo y la anagogía el sábado que viene.
Calvino comenta el pasaje en su Armonía de los evangelios (1555). Sobre la causa de la mujer sigue la línea de Cirilo y le pone un orden propio (traducción de la edición de Pringle):
Lucas dice que la mujer estaba retenida por un espíritu de enfermedad, de modo que su cuerpo estaba doblado por la contracción de los nervios. Como no se describe más la naturaleza de la enfermedad, es probable que no fuera de las comunes ni de las que entendían los médicos, y por eso la llama espíritu de enfermedad. Sabemos que las enfermedades de especie inusual y extraordinaria son infligidas a los hombres, por lo general, por obra del diablo; y esto dio una muestra más señalada del poder divino de Cristo, que triunfó sobre Satanás. No que Satanás domine a los hombres a su antojo, sino solo en cuanto Dios le concede permiso para dañarlos. Además, así como el Señor, de quien solo fluyen todas nuestras bendiciones, hace brillar su gloria con particular esplendor en las bendiciones más notables y raras, así, por otra parte, es su voluntad que el poder y la tiranía de Satanás se vean sobre todo en los castigos extraordinarios, aunque su acción se emplea también en esas aplicaciones más suaves de la vara que experimentamos de día en día.
Calvino hace tres movimientos en un párrafo. Infiere del nombre, «espíritu de enfermedad», que el mal no era de los comunes: Lucas no describe síntomas, y eso sugiere una dolencia que los médicos no entendían. Dice luego que Satanás solo manda sobre los hombres con la licencia de Dios, regla que Henry repetirá (analogía de la Escritura, con Job 1-2 al fondo). Y estira la acción del diablo a «las aplicaciones más suaves de la vara» de cada día, de modo que la enfermedad común también queda, de algún modo, bajo esa mano. Sobre el versículo 15 la comparación es la de la ligadura: «el ronzal con que el asno o el buey está atado al pesebre» y «las cadenas de Satanás, con las que tiene atados a los hombres para su destrucción». Y sobre el 14, Calvino se detiene en el absurdo del jefe: ordena venir a ser curados otro día, «como si el poder de Dios durmiera en sábado, y no se ejerciera sobre todo ese día para salvación de su pueblo». Cierra con una observación sobre el versículo 15: Cristo nunca hizo una obra, por ilustre que fuera, de la que los malos no sacaran ocasión de calumnia.
Matthew Henry (1710) lee el versículo 11 con el mismo molde, con una diagnosis más precisa: una enfermedad que un espíritu maligno, por permiso divino, había traído sobre ella, y por la que estaba doblada «por fuertes convulsiones». Hace de la llamada un signo de la gracia previniente: «No consta que ella le hiciera petición alguna ni esperara nada de él; pero antes de que llamara, él respondió». Y de la frase de Jesús saca dos consecuencias. La primera, sobre la causa:
Es una a quien Satanás ha atado. Él tuvo mano en la aflicción, y por tanto no solo era un acto de caridad hacia la pobre mujer, sino de piedad hacia Dios, quebrantar el poder del diablo y frustrarlo.
La segunda, sobre el título: es hija de Abraham, «y por tanto tiene derecho a las bendiciones del Mesías, al pan que pertenece a los hijos». Henry lee además a la mujer como figura: la mujer doblada es el alma convertida («los corazones no santificados están bajo este espíritu de enfermedad; están distorsionados… inclinados hacia las cosas de abajo») y el creyente abatido, al que Cristo, por su Espíritu de adopción, suelta de su esclavitud a su tiempo. Con ello cita .
Wesley (1755) es más breve y más inquietante. Del versículo 11 escribe: «El espíritu maligno que la poseía la afligía de este modo. A muchos les pareció sin duda una dolencia natural. ¿No la habría llamado un médico moderno un caso nervioso?». Sobre el 16: «¿No debía ser desatada cualquier criatura humana, que es mucho mejor que un buey o un asno? Mucho más esta hija de Abraham, probablemente en sentido espiritual además de natural». Wesley no discute que el espíritu fuera real; admite que desde fuera parecería una enfermedad corriente.
La Reforma continúa a los Padres en lo principal: el diablo ata, Dios lo permite, Cristo desata. Añade el orden de la providencia (Calvino) y una piedad que mira la mujer doblada como el alma del lector (Henry). Ninguno de los tres saca del pasaje una promesa de curación para el presente.
La exégesis de los siglos XIX y XX no cambia la lectura del pasaje: la afina. La crítica textual fija el plural «hipócritas» (Godet, Plummer) y anota que el siriaco de Sinaí omite «de enfermedad» y lee «tenía un espíritu dieciocho años». La filología aclara el imperfecto perifrástico de 13:10 y 13:11, el perfecto de 13:12 y el verbo médico de 13:13, que Plummer, con Hobart, documenta en los médicos para enderezar partes del cuerpo desviadas o dislocadas. La historia de las costumbres recoge la reserva del Talmud sobre el agua del animal. Y la crítica literaria juzga el relato verosímil: Plummer lo llama «señales manifiestas de verdad histórica», porque la pompa farisaica del jefe, la refutación de Jesús y el gozo del pueblo, que simpatiza con el sentido común frente a las restricciones absurdas, «están claramente sacados de la vida». Sobre el sábado Plummer repite que Jesús no se atribuye autoridad para abolirlo, y que a su programa de Nazaret pertenece este «ser desatada»: «no hay prescripción contra hacer el bien; y una religión que quisiera honrar a Dios prohibiendo la virtud se condena a sí misma».
Sobre la causa, el siglo XIX da respuestas distintas. Jamieson, Fausset y Brown piensan que es «probable, aunque no seguro» que la enfermedad fuera «efecto de alguna forma más suave de posesión». Godet describe a una mujer completamente doblada cuyo estado se vinculaba a una debilidad psíquica, que a su vez venía de una causa superior que ataba la voluntad. Plummer deja abierto el diagnóstico. Y Robertson, ya en el siglo XX, escribe sobre el versículo 16: «Declaración definida de que su enfermedad se debía a Satanás».
Esta mujer estaba completamente doblada, y su estado se vinculaba con una debilidad psíquica, que a su vez surgía de una causa superior, por la cual la voluntad de la paciente estaba atada. Este estado se describe con la frase: un espíritu de enfermedad. Jesús sana primero la dolencia psíquica: «Estás desatada». […] La voluntad de la paciente extrae, por la fe, de esta declaración, la fuerza que le faltaba. Al mismo tiempo, con la imposición de las manos, Jesús devuelve el organismo corporal al dominio de la voluntad emancipada, y la curación queda completa.
Godet mantiene el «espíritu» como causa superior; la debilidad psíquica es la mediación, y la fe de la mujer, que el texto no menciona, aparece como la fuerza con que su voluntad acoge la palabra. Donde Wesley decía «un caso nervioso», Godet dice «psíquica».
En 1882 A. J. Gordon, pastor de la iglesia de Clarendon Street, en Boston, publicó The Ministry of Healing. En el capítulo IX recuerda que los jefes de la sinagoga «respondieron con indignación» porque el Señor había sanado en sábado a una mujer enferma, a la que Satanás había atado dieciocho años, y pregunta si hoy se hace bien en enojarse ante la sugerencia de que el Señor de la vida pueda arrancar de la enfermedad, «precursora de la muerte», a quienes ha tocado con su mano (pp. 180-181). En el capítulo X, «The Verdict of Candor», usa el pasaje como el extremo de una serie que empieza en Job (traducción del inglés):
Quienes sienten así deberían escudriñar las Escrituras para ver con qué constancia se refiere a la enfermedad como obra del diablo. Desde el día en que «Satanás salió de la presencia del Señor e hirió a Job con llagas malignas» hasta la hora en que vino el libertador y soltó a «una hija de Abraham, a quien Satanás había atado hacía estos dieciocho años», el que «tiene el imperio de la muerte, esto es, el diablo» ha obligado a nuestra raza desdichada a cosechar los primeros frutos de la mortalidad, la enfermedad, el dolor y la decadencia del cuerpo. […] Si alguien insiste en que Dios permite a menudo que sus siervos enfermen para su bien, no admitiremos por ello que la enfermedad sea agente de Dios, como tampoco lo es el pecado. […] Creemos que en la petición abarcadora «líbranos del maligno» está contenida sin duda una oración de rescate de todos los caminos y obras de Satanás: de la enfermedad igual que del pecado.
Gordon admite, como Calvino, que Dios permita; no admite que la enfermedad sea por eso agente de Dios. Calvino había dicho que la acción de Satanás se emplea también en la vara con que se corrige a diario. Gordon pasa de ahí a la petición del Padrenuestro: se pide rescate de la enfermedad igual que del pecado. Su método es la analogía de la Escritura: reúne Job, Lucas 13, («el que tiene el imperio de la muerte») y el Padrenuestro. Lucas 13 entra de pasada, en una lista; la fuerza viene del conjunto.
A. B. Simpson trata el pasaje con detalle en The Gospel of Healing (1890), en el capítulo de los testimonios de la Escritura. Lo ordena en cuatro puntos: la naturaleza del mal, su causa, la voluntad de Dios y la fe de la mujer (traducción del inglés):
Aquí cae un rayo de luz admirablemente claro y agudo no solo sobre su caso, sino sobre toda la cuestión de la enfermedad. El Señor declara distintamente que sus males habían venido, no por causas naturales, sino por agencia personal directa, la de un espíritu maligno, y que su cuerpo mismo estaba atado por un espíritu de enfermedad. Y después declara que Satanás la ha atado, he aquí, estos dieciocho años. No lo reconoce como un caso de disciplina providencial, sino como la mano directa del diablo sobre su cuerpo. Esto no admite evasión ni ambigüedad. […] Y Cristo dice a estos hombres malos: «¿No debía esta mujer ser desatada de esta ligadura?». Eso debería zanjar la cuestión de cómo mira Dios nuestra sanidad. […] ¿Es la voluntad de Dios sanar a todos? Es la voluntad de Dios sanar a todos los que creen.
Simpson toma las palabras de Jesús tal como suenan, sin añadir ni quitar. Su regla de lectura tiene tres piezas. Una, que la atribución es completa: Jesús «no lo reconoce como un caso de disciplina providencial». Dos, que el «debía» (οὐκ ἔδει) es la voluntad de Dios dicha con la palabra más fuerte de la ética: «cuando Dios dice debe, no hay apelación, ni transacción, ni alternativa». Tres, que «hija de Abraham» es el título de una fe, y de ahí que «es la voluntad de Dios sanar a todos los que creen». La tercera pieza tiene antecedentes: Cirilo escribe que era hija de Abraham «no más por nacimiento que por fe», Wesley que lo era «probablemente en sentido espiritual además de natural», y Jamieson, Fausset y Brown que lo era «en el mismo sentido gracioso» que Zaqueo (). Ninguno de ellos hace de la fe una condición previa. Simpson sí: lee en la llamada de Jesús una orden de acercarse (cita la versión revisada: «la llamó») y concluye que «su fe tuvo que tomar la iniciativa» y que ella debió de intentar ir antes de que él la tocara.
Esa última inferencia es la que el texto sostiene peor. Robertson (1930) también glosa que la llamó «para que viniera a él», y usa el mismo verbo para convocar a los discípulos. Pero el participio que precede dice que Jesús la vio primero (ἰδὼν δὲ αὐτήν). Plummer anota que nada indica que la mujer hubiera ido esperando ser curada, Henry que «antes de que llamara, él respondió» y Agustín que sin la mano extendida del Señor ella no se habría enderezado. Lo que el pasaje afirma es que la iniciativa fue de Jesús.
Hay otra precisión que el texto pide. Simpson atribuye al Señor las dos frases, «espíritu de enfermedad» y «Satanás ató». La primera es de Lucas, que narra; la segunda es de Jesús. La del versículo 16 pesa más por eso, aunque la del 11 sea del evangelista y no cambie lo que se afirma.
Warfield no comenta Lucas 13. En Counterfeit Miracles (1918), el capítulo sobre la «Faith-Healing» discute a Gordon y rechaza que las curaciones milagrosas continúen como regla de la Iglesia. Sus razones principales son otras (los dones milagrosos eran las credenciales de los apóstoles, pp. 193-194), pero en el resumen de lo que él piensa dice dos cosas que tocan este pasaje:
Se vincula enfermedad y pecado, con frecuencia, de una manera del todo antiescritural. Que todas las enfermedades que afligen a nuestra raza sean resultado del pecado es verdad. Pero que enfermedades particulares supongan pecados particulares, nuestro Salvador mismo lo niega explícitamente. […] Se funda en una visión completamente antiescritural de las funciones del sufrimiento y de los usos de la enfermedad y del dolor. De toda enfermedad y de todo sufrimiento se habla como si vinieran del maligno solamente; […] La enfermedad es a menudo prueba de un favor especial de Dios; viene siempre a sus hijos de su mano paternal, y siempre, por su beneplácito amoroso, obra junto con todas las demás cosas que sobrevienen a los hijos de Dios para su bien.
La primera afirmación, que una enfermedad concreta no supone un pecado concreto, es la de Juan 9. La segunda, leída junto al versículo 16, no contradice el texto, que no dice quién permite, pero cambia el acento: la mujer de Lucas 13 está atada por Satanás, y Jesús no dice que la cadena sea del Padre. La lectura que armoniza ambas cosas es la de Cirilo y Calvino: Satanás ata con permiso, y el Padre usa la cadena. Warfield pone el acento en lo segundo; Gordon, en lo primero.
James M. Buckley publicó en 1892 Faith-Healing, Christian Science and Kindred Phenomena. Su crítica es de testimonio y diagnóstico: quien se siente mejor después de que lo unjan Boardman, Simpson o Cullis no puede saber, dice, qué enfermedad tenía ni si se curó del todo (pp. 6-7). No comenta Lucas 13, pero en las páginas 43-44 opone a las promesas el caso de Pablo, que tenía un «aguijón en la carne», pidió tres veces que se la quitaran y recibió «bástate mi gracia»: es el texto que sigue en esta línea.
La biografía de Simpson de Thompson (1920) recoge tres noticias que enmarcan su lectura. James M. Gray, que no veía las cosas exactamente como Simpson, escribe que junto a un enfermo Simpson no se dejaba llevar a hablar con desprecio de los médicos humanos ni a quitar importancia a las medicinas, y que tenía por poco cristiano denunciar la ciencia médica en su lugar (p. 262). Kenneth Mackenzie cuenta un paso que Simpson dio después de fundar la sanidad en la cruz: si un golpe de fe no quitaba la enfermedad, era «para que la vida de Jesús se manifestara en nuestra carne mortal», y Dios podía dejarla donde estaba, «desbordada y dominada por la vida abundante de nuestro Señor», de modo que el santo pudiera gloriarse en las debilidades (pp. 247-248). Y en mayo de 1919 Simpson sufrió un ataque de parálisis y no pudo ir al consejo anual de la Alianza; envió un telegrama con un texto, «esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios» (; p. 282), y murió el 29 de octubre (pp. 282-283). La tensión entre la sanidad y la debilidad que se lleva es la que el pasaje siguiente de la línea tiene delante.
Cuatro cosas, y una más que el pasaje deja abierta.
Primera. Este es el texto de la línea en que Jesús mismo atribuye una enfermedad concreta a un agente, y lo dice de una mujer concreta, con palabras que no se pueden suavizar: «a quien Satanás ató hace dieciocho años». Ni el pecado de ella ni su suerte aparecen. El pasaje no dice, sin embargo, que toda enfermedad tenga esa causa: Lucas 8:2 distingue las dos cosas, Mateo 8:16 también (como se vio en su artículo) y Juan 9:3 niega un pecado concreto sin dar un autor. Lucas 13 prueba que hay enfermedades con enemigo, y no más.
Segunda. El texto dice quién ató y no dice si Dios lo permitió. La permisión viene de otros textos, Job 1–2 y (Satanás reclamó a los discípulos para zarandearlos como a trigo), y de lo que añaden Cirilo, Lapide, Calvino y Henry. Gordon la admite y no acepta que la enfermedad sea agente de Dios; Warfield pone el acento en el extremo contrario, y la enfermedad viene «siempre de la mano paternal» de Dios. Lucas 13 no decide entre las dos lecturas: lo harán otros textos, y el siguiente es uno de ellos.
Tercera. Jesús da tres razones para soltarla: es hija de Abraham, la ató Satanás y lleva dieciocho años. Ninguna es la petición ni la fe de la mujer. El «era necesario» de Jesús (ἔδει) es la voluntad de Dios para esta mujer; que lo sea para todo enfermo con fe es lo que Simpson saca, Calvino y Henry no sacan y el texto no dice.
Cuarta. El sábado no es un día contra las curaciones ni el día de las curaciones. Ireneo, Tertuliano, Calvino y Plummer lo leen igual: la ley no prohibía una obra de misericordia y, si se suelta al animal, con más razón se suelta a la hija de Abraham. Lo que Jesús reclama es que una liberación no se aplace por una regla.
Lo que queda abierto es si la frase «ἔδει λυθῆναι» autoriza una expectativa general. El texto la dice de una mujer. Simpson la extiende a los creyentes; Warfield la limita con otros textos (los dones apostólicos, la mano del Padre); Calvino y Henry no la generalizan. El pasaje siguiente de la línea es el que más pesa sobre esa pregunta.

Lo que el texto afirma con la mayor seguridad:
- Que Jesús enseñaba en una sinagoga en sábado cuando apareció una mujer encorvada hacía dieciocho años (v. 10-11).
- Que Lucas la describe con «un espíritu de enfermedad» y que Jesús, al defenderse, dice que «Satanás la ató» (v. 11 y 16).
- Que Jesús la ve, la llama, la declara desatada y le impone las manos; ella se endereza y glorifica a Dios (v. 12-13).
- Que el jefe de la sinagoga se indigna «porque Jesús había sanado en sábado» y habla a la gente, no a Jesús (v. 14).
- Que Jesús llama «hipócritas» a los que sueltan su buey o su asno en sábado y dejan atada a una hija de Abraham, y que dice que ella debía ser desatada (v. 15-16).
- Que los adversarios se avergüenzan y el pueblo se alegra de todas las cosas gloriosas que se hacían (v. 17).
Lo que el texto no dice, aunque se le haya hecho decir:
- No dice que la mujer hubiera pecado ni que su mal fuera un castigo.
- No dice que toda enfermedad venga de Satanás ni que ninguna otra tenga causa: Lucas 8:2, Mateo 8:16 y Juan 9:3 dicen otras cosas del mismo mal.
- No dice que Dios permitiera el mal, y tampoco que no lo permitiera; eso lo dicen Job y Lucas 22:31.
- No dice que la mujer tuviera fe antes de ser llamada ni que tomara la iniciativa. Dice que Jesús la vio y la llamó.
- No dice que el sábado sea día de curaciones. Dice que no es día para dejar atada a una hija de Abraham.
- No promete la curación de todo enfermo que crea.
Las lecturas, ordenadas por lo que el texto sostiene:
- La patrística y reformada común (Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Cirilo, Calvino, Henry): el diablo ata, con permiso de Dios, y Cristo desata; el sábado no lo estorba. Es la lectura que mejor se ajusta al versículo 16; la permisión de Dios la toma de otros textos.
- La figural (Agustín, Ambrosio, Gregorio, Beda): la mujer es la humanidad o la Iglesia, el árbol la sinagoga. Declarada como figura, se apoya en la vecindad con la higuera y en el paralelo entre las dos ligaduras, la del animal y la de la mujer.
- La natural-psíquica (Wesley, Godet): el espíritu es la causa superior y la dolencia puede describirse en términos nerviosos o psíquicos. No contradice el texto, que no describe síntomas.
- La del movimiento de sanidad (Gordon, Simpson): la atribución es completa y la voluntad de Dios es sanar a los que creen. Su lectura de la causa tiene base en el texto; la de la regla, no.
- La crítica (Warfield, Buckley): Warfield sostiene que la enfermedad llega de la mano del Padre y que la Escritura no promete la curación milagrosa; Buckley, que el testimonio no prueba ni el diagnóstico ni la curación. Son argumentos de otros textos y de los hechos, no del versículo 16.
- Las numerologías (Agustín, Gregorio, Ambrosio): dos cuentas distintas del mismo número, sin apoyo en el texto, que solo da la duración.
Principios hermenéuticos que este pasaje ha puesto a prueba: leer una atribución causal donde el texto la pone, en boca de Jesús, y no extenderla a todos los casos; completar con la analogía de la Escritura (Job, Lucas 22:31) sin presentar el complemento como texto del pasaje; exigir a la tipología la coherencia que pedía Ireneo; leer la ley del sábado por su fin, que Jesús aplica con las palabras de la propia ley (Tertuliano); y distinguir lo que un relato dice de la causa de lo que dice de la regla.
Siguiente pasaje de la línea: , el aguijón en la carne: otro texto en que Satanás aparece junto a una aflicción, y donde Pablo pide tres veces que se la quiten y la respuesta no es quitarla.
Texto. Griego de NA27 con análisis morfológico (módulo iNA27); Diccionario Strong ampliado (Str-ES) para ἀσθένεια, συγκύπτω, ἀνακύπτω, παντελής, προσφωνέω, ἀπολύω, ἀνορθόω, δέω y δεσμός; versiones BTX4 (con su nota a 13:14), RV60, LBLA, NVI, DHH, NTV, TLA, KJV; referencias cruzadas de OpenBible; índice de citas patrísticas de la edición de Roberts y Donaldson. Las cuentas de ocurrencias («solo aquí», «única vez») salen de una búsqueda en el módulo NA27.
Padres. Ireneo, Contra las herejías II, 23, 2 y IV, 8, 2; Tertuliano, Contra Marción IV, 30; Orígenes, Contra Celso VIII, 54: copiados de las ediciones publicadas en Eusebeia. Agustín, Sermón 110 (LX de NPNF), trad. R. G. MacMullen, NPNF 1.ª serie, vol. 6: traducido del inglés. Cirilo de Alejandría, Basilio, Crisóstomo, Gregorio Magno (Homilía 31), Ambrosio y Beda según la Catena aurea sobre Lucas, trad. de Oxford dirigida por Newman (1841-1845): traducidos del inglés. Ambrosio, Exposición del Evangelio de Lucas VII, 171-175 y 186, en la traducción de Ní Riain: es un escaneado sin texto, leído con reconocimiento óptico a dos columnas, y por eso, y por los derechos, solo se resume.
Medievales. Cornelio a Lapide, The Great Commentary, vol. 4 (Lucas), trad. T. W. Mossman, de donde se toman Lira, Eutimio, Tito de Bostra y la lectura moral: traducido del inglés.
Reforma y después. Calvino, Armonía de los evangelios, vol. 2, trad. W. Pringle (1845); Matthew Henry, Commentary on the Whole Bible, vol. 5 (1710); Wesley, Explanatory Notes (1755); Jamieson, Fausset y Brown (1871): traducidos del inglés.
Modernos. Alfred Plummer, The Gospel according to S. Luke (International Critical Commentary, 1898); Frédéric Godet, A Commentary on the Gospel of St. Luke (trad. inglesa, ed. de 1881); A. T. Robertson, Word Pictures in the New Testament; J. MacEvilly, An Exposition of the Gospel of St. Luke, 2.ª ed.: traducidos del inglés. Los textos de Plummer y de Godet son escaneados con reconocimiento óptico de caracteres, con griego deteriorado; se han leído en su inglés, y las citas griegas se han comprobado contra NA27.
Siglo XIX y XX. A. J. Gordon, The Ministry of Healing, or Miracles of Cure in All Ages (1882), cap. IX (pp. 180-181) y cap. X (pp. 195-196): texto con defectos de reconocimiento óptico. A. B. Simpson, The Gospel of Healing (1890), cap. 5 en la numeración de la línea («Scripture Testimonies»; en el epub, cap. 5 «Scripture Testimonies, Part 2»). B. B. Warfield, Counterfeit Miracles (Nueva York, 1918), cap. «Faith-Healing», pp. 192-195. J. M. Buckley, Faith-Healing, Christian Science and Kindred Phenomena (1892), pp. 6, 43-44, 48-50: escaneado leído con reconocimiento óptico. Thompson, The Life of A. B. Simpson (1920), pp. 76-79, 246-248, 261-263 y 281-283: traducidos del inglés.
Límites. No hay en la biblioteca el comentario de Cirilo de Alejandría a Lucas (Payne Smith) ni el de Beda a Lucas, y de ellos solo llega lo que la Catena y Lapide recogen. Orígenes, Homilías sobre Lucas (Lienhard) llega solo con su introducción. Tampoco están Tomás de Aquino en su propio comentario ni Lutero sobre Lucas 13, ni hay más comentario crítico moderno a Lucas que Plummer y Godet (ni Marshall, Bock, Nolland, Fitzmyer ni Bovon). El Crisóstomo de la biblioteca no tiene un comentario a este pasaje. Plummer remite a Edersheim sobre el Talmud, y Edersheim no está. No se ha leído el griego de Cirilo ni el latín de Ambrosio y de Agustín. Y no hay ninguna obra de A. W. Tozer que trate la sanidad: la biblioteca trae solo The Pursuit of God.
Un esquema de lo que el pasaje permite predicar sin traicionar lo leído. No es la homilía; es su esqueleto.
Título. «¿No debía ser desatada?».
Idea central. Jesús ve a una mujer que lleva dieciocho años mirando el suelo, la desata sin que ella pida nada y dice que no debía seguir atada ni un sábado más.
- Lo que la ata (vv. 10-11). Dieciocho años doblada, y en la sinagoga. Lucas habla de un espíritu de enfermedad; Jesús, de Satanás. Hay males que tienen enemigo.
- Lo que la suelta (vv. 12-13). Jesús la ve y la llama antes de que ella diga nada, la declara libre y le impone las manos. Ella se endereza y glorifica a Dios.
- Lo que se interpone (vv. 14-17). Un jefe celoso del sábado que prefiere que la curación espere; un buey que se suelta del pesebre; una hija de Abraham a quien él habría dejado atada un día más. Sus adversarios se avergüenzan; el pueblo se alegra.
Aplicación. Mirar al que lleva años doblado como Jesús miró a esta mujer, antes de que pida; no dejar para otro día el bien que se puede hacer hoy; llevar el cansancio al lugar donde se oye la Palabra, como ella; y alabar a Dios al enderezarse.
Cautela. El pasaje no dice que toda enfermedad sea obra de Satanás, ni que Dios no la permita, ni que todo creyente se levantará como ella, ni que ella tuviera fe antes de ser llamada. Tampoco convierte el «era necesario» de Jesús en una promesa para cada enfermo.