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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minDeclaración de fe (San Gregorio Taumaturgo)
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCanon 3
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minOración y panegírico dirigido a Orígenes
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minArgumento 3.— Se siente movido a hablar de él por el anhelo de una mente agradecida
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minArgumento 5.— Aquí entrelaza Gregorio la narración de su vida anterior
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 1 minArgumento 5.— Aquí entrelaza Gregorio la narración de su vida anterior
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minArgumento 6.— Las artes con las que Orígenes procura retener consigo a Gregorio y a su hermano Atenodoro, aunque casi contra su voluntad; y el amor con el que ambos son cautivados
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minArgumento 7.— La maravillosa destreza con la que Orígenes prepara a Gregorio y a Atenodoro para la filosofía
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minArgumento 8.— Luego, en Debida Sucesión, los Instruye en la Física, la Geometría y la Astronomía
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minArgumento 10.— De Donde Quedan Confutados los Meros Sabios de Palabra, que Dicen y No Hacen
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minArgumento 12.— Gregorio Niega Toda Consecución de las Virtudes por Su Parte
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minArgumento 14.— De dónde han brotado las contiendas de los filósofos
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 4 minArgumento 15.— El caso de las cosas divinas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minArgumento 16
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minArgumento 17.— Gregorio se consuela a sí mismo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 min§ 2
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 min§ 6
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 min§ 10
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 7 min§ 15
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 min§ 20
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 3 minLo que dejaron estos escritos

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    TEXTOS — GREGORIO TAUMATURGO

    Índice de la obra

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    Gregorio Taumaturgo · Atribuida a Gregorio Taumaturgo

    Panegírico a Orígenes y otros escritos

    Texto base: versión inglesa de S. D. F. Salmond, Ante-Nicene Fathers, vol. 6 (Buffalo, 1886), «Gregory Thaumaturgus», primera parte (escritos reconocidos) y segunda parte (escritos dudosos o espurios)

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 132 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se estudiaba con Orígenes? Uno de sus alumnos lo contó el día que lo dejaba. Hacia 238, según el ANF, Gregorio, que sería obispo de Neocesarea, en el Ponto, y recibiría el apodo de Taumaturgo, pronunció en Cesarea de Palestina, delante del propio maestro, una oración de agradecimiento: el Panegírico a Orígenes (Argumentos 1–19). Describe el orden de las materias, el modo de enseñar y la regla de lectura de aquella escuela, y es la pieza central de este libro. Con ella van otras tres que el ANF reúne bajo su nombre: un credo trinitario de un solo párrafo, la Declaración de fe; una carta de disciplina penitencial escrita tras una invasión de bárbaros, la Epístola canónica (once cánones); y una Confesión seccional de la fe en veintitrés secciones, que el propio ANF clasifica entre los escritos dudosos o espurios.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del Rev. S. D. F. Salmond, impresa en el volumen 6 de las Ante-Nicene Fathers (ANF), titulado Fathers of the Third Century: Gregory Thaumaturgus, Dionysius the Great, Julius Africanus, Anatolius and Minor Writers, Methodius, Arnobius, editado por Alexander Roberts y James Donaldson, con prefacios y notas de A. Cleveland Coxe en la edición americana (Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1886). Salmond es el traductor que nombran CCEL, para la sección de Gregorio, y New Advent, para las cuatro piezas. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano. No se tradujo del griego, sino del inglés: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.

    Ficha de la obra

    AutorGregorio de Neocesarea, llamado Taumaturgo. Nació en Neocesarea, del Ponto, de familia pagana, y murió hacia 270 (ANF y Wikipedia). El año de nacimiento difiere: hacia 205 según Coxe (ANF), hacia 213 según Wikipedia
    PiezasDeclaración de fe (un párrafo), Epístola canónica (once cánones), Panegírico a Orígenes (diecinueve argumentos) y Confesión seccional de la fe (veintitrés secciones y un fragmento con glosas)
    FechaEl Panegírico, hacia 238 (ANF); la Epístola canónica, «258 o 262» (ANF). Para la Declaración y la Confesión las fuentes no dan una fecha común (véase abajo)
    Lengua originalGriego
    GéneroDiscurso de despedida, credo, carta de disciplina penitencial y confesión doctrinal
    ExtensiónUnas 24 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Salmond; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 6, tal como lo recoge CCEL; New Advent imprime el mismo texto con la ficha de cada pieza
    No todo lo que lleva el nombre de Gregorio es suyo con la misma seguridad. Las fuentes consultadas no coinciden en tres puntos:
    PiezaANFWikipedia (en)
    PanegíricoEscrito «reconocido» (primera parte)Lo trata como de Gregorio
    Declaración de feEscrito «reconocido», pero Coxe duda de que sea genuino y sigue a Lardner, que lo tiene por una fabricación del siglo IVAutenticidad y fecha (entre 260 y 270) le parecen definitivamente establecidas
    Epístola canónicaCoxe: genuina, salvo el canon 11, que es una adición explicativaLa trata como de Gregorio; no distingue el canon 11
    Confesión seccionalSegunda parte: «dudosos o espurios»Según Caspari, la compuso Apolinar de Laodicea hacia 380 y sus seguidores la hicieron circular bajo el nombre de Gregorio (Bardenhewer)
    Esta edición no decide entre ellas: conserva el orden del ANF y marca la duda donde importa.
    El recorrido, con las divisiones de la edición inglesa:
    PiezaDivisionesTema
    Declaración de feUn párrafoUn Dios, un Señor, un Espíritu Santo: una Trinidad perfecta, sin nada creado ni sometido en ella
    Epístola canónicaCánones 1–11Qué hacer con los cristianos que, en la invasión de los bárbaros, comieron lo sacrificado, se apropiaron de bienes ajenos o se pasaron a los invasores; el canon 11 enumera los grados de la penitencia
    Panegírico a OrígenesArgumentos 1–19Los años de estudio con Orígenes (1–15) y la despedida (16–19)
    Confesión seccional de la fe§ 1–23 y un fragmentoContra quienes rebajan al Hijo y al Espíritu, o confunden a las tres personas en una; prueba escriturística de la Trinidad
    Para el maestro, véase Orígenes; de su pluma, Sobre la oración y Contra Celso. La disciplina de los caídos que la Epístola canónica trata a su modo se lee, en África, en Cipriano. Para el debate trinitario del siglo III, Hipólito contra Noeto y Novaciano; para lo que vino después, el homoousios.

    La fuente y su traducción

    La edición inglesa reúne en el volumen 6 las obras de Gregorio en dos partes: la primera, «escritos reconocidos» (Declaración de fe, Metáfrasis del Eclesiastés, Epístola canónica y Panegírico), y la segunda, «escritos dudosos o espurios», de la que esta edición toma la Confesión seccional. Tanto CCEL como New Advent nombran a Salmond como traductor. La sección de Gregorio abre con una noticia introductoria de Coxe, que sitúa su vida y propone fechas, y con la «noticia del traductor», que reúne los testimonios antiguos (Eusebio, Basilio, Jerónimo, Rufino, Sócrates, Sozomeno, Evagrio y otros).
    Lo que viene de la edición. Los encabezados y sumarios «Argumento N» del Panegírico son de la edición inglesa, no de Gregorio; las páginas consultadas no dicen de quién. Los corchetes con referencias bíblicas son de la edición. El epub sigue el orden del ANF, pero deja fuera la Metáfrasis del Eclesiastés, y tampoco trae lo que New Advent imprime a continuación bajo el nombre de Gregorio: Fragmento sobre la Trinidad, Doce capítulos sobre la fe, Sobre el alma, Cuatro homilías y Sobre todos los santos, entre otras piezas. Tampoco incluye la noticia de Coxe, la noticia del traductor, las elucidaciones ni las notas con los términos griegos. Algunos de esos datos pasan, resumidos y con su fuente, a las notas de este libro. Tampoco trae dos indicaciones que el ANF sí imprime: el título completo de la Declaración de fe y la procedencia del fragmento con glosas del final. Ambas van en notas.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición. En la Confesión seccional, § 7, el ANF da «1 Corintios 3:6» para «Vosotros sois templo de Dios, y el Espíritu de Dios mora en vosotros»; el texto es de 1 Corintios 3:16, y se deja la referencia como texto, sin versículo emergente.
    Revisión de la traducción. Se cotejó con el inglés de partida: 58 encabezados y 55 párrafos en ambos, y una longitud total del castellano de 1,005 veces la del inglés (ningún párrafo se aparta de 0,8–1,25). No se hallaron párrafos omitidos ni duplicados, ni palabras en inglés. «Beryto» (por Berytus, la actual Beirut) es la forma que usa la traducción.

    Declaración de fe (San Gregorio Taumaturgo)

    Texto

    Hay un solo Dios, Padre del Verbo viviente, que es su Sabiduría subsistente y Poder e Imagen eterna: perfecto Generador del perfecto Engendrado, Padre del Hijo unigénito. Hay un solo Señor, Solo del Solo, Dios de Dios, Imagen y Semejanza de la Divinidad, Verbo Eficiente, Sabiduría que abarca la constitución de todas las cosas, y Poder formativo de toda la creación, verdadero Hijo de verdadero Padre, Invisible de Invisible, e Incorruptible de Incorruptible, e Inmortal de Inmortal y Eterno de Eterno. Y hay un solo Espíritu Santo, que tiene su subsistencia de Dios, y es manifestado por el Hijo, a saber, a los hombres: Imagen del Hijo, Perfecta Imagen del Perfecto; Vida, Causa de los vivientes; Fuente Santa; Santidad, el Proveedor, o Guía, de la Santificación; en quien se manifiesta Dios Padre, que está sobre todas las cosas y en todas, y Dios Hijo, que está por todas. Hay una Trinidad perfecta, en gloria y eternidad y señorío, ni dividida ni enajenada. Por lo cual nada hay en la Trinidad creado ni en servidumbre; ni nada sobreañadido, como si en algún tiempo anterior no existiese y en uno posterior fuese introducido. Y así, nunca faltó el Hijo al Padre, ni el Espíritu al Hijo; sino que, sin variación y sin mutación, la misma Trinidad permanece siempre.
    Comentario editorial · El título del credo y la discusión sobre su autoría
    El ANF imprime, antes del credo, un título que esta edición no trae: lo habría recibido «por revelación del bienaventurado Juan evangelista, por mediación de la Virgen María, Madre de Dios» (versión castellana del inglés Parent of God; el ANF remite a Gallandi, Venecia, 1766). Gregorio de Nisa cuenta la visión, y la noticia del traductor dice que lo comunicado fue el credo que se conserva entre sus escritos. Sobre la autenticidad las fuentes difieren: Coxe escribe que es muy dudoso que sea obra genuina de Gregorio y sigue a Lardner, para quien es una fabricación del siglo IV; Wikipedia, que resume la Catholic Encyclopedia, escribe que su autenticidad y su fecha, entre 260 y 270, parecen establecidas definitivamente. Esta edición no lo decide.

    Epístola canónica (San Gregorio Taumaturgo)

    Canon 1

    Canon 1

    Las carnes no nos son carga, santísimo padre, si los cautivos comieron lo que sus vencedores les pusieron delante, sobre todo porque hay un solo informe de todos, a saber, que los bárbaros que han hecho incursiones en nuestras regiones no han sacrificado a los ídolos. Pues el apóstol dice: «Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero Dios destruirá tanto lo uno como lo otro.» [] Pero también el Salvador, que limpia todas las viandas, dice: «No lo que entra en el hombre contamina al hombre, sino lo que sale.» [] Y esto atañe al caso de las mujeres cautivas mancilladas por los bárbaros, que ultrajaron sus cuerpos. Pero si la vida anterior de alguna de ellas lo convencía de andar, como está escrito, tras los ojos de los fornicarios, el hábito de fornicación evidentemente se vuelve también objeto de sospecha en el tiempo de cautiverio. Y no se debe tener comunión fácilmente con tales mujeres en las oraciones. Si alguna, empero, ha vivido en la mayor castidad, y ha mostrado en el tiempo pasado una conducta pura y libre de toda sospecha, y ahora cae en deshonestidad por fuerza de la necesidad, tenemos un ejemplo que nos guíe—a saber, el caso de la doncella en Deuteronomio, a quien un hombre halla en el campo, y la fuerza y se acuesta con ella. «A la doncella», dice, «no le harás nada; no hay en la doncella pecado digno de muerte: pues como cuando un hombre se levanta contra su prójimo, y lo mata, así es este asunto: la doncella clamó, y no hubo quien la ayudase.» []
    Comentario editorial · La invasión de los bárbaros y el destinatario de la carta
    Según el ANF, la carta trata «de quienes, en la irrupción de los bárbaros, comieron lo sacrificado a los ídolos o faltaron en otros asuntos». El ANF la fecha en «258 o 262»; Coxe, en una elucidación, la sitúa en los días de las invasiones godas bajo Galieno (259–267) y la da por genuina, salvo el canon 11. El destinatario no se nombra: Coxe supone que Gregorio consulta, como hacía Cipriano, al obispo de la sede apostólica más cercana, quizá la de Antioquía, y que «santísimo padre» es una muestra de reverencia personal y no una fórmula. Esa lectura es de Coxe; el texto no da más datos.

    Canon 2

    Canon 2

    La codicia es un gran mal; y no es posible en una sola carta exponer aquellas Escrituras en las que no solo se declara que el robo es cosa horrible y abominable, sino en general la mente ávida, y la disposición a entrometerse en lo ajeno, para satisfacer el sórdido amor de ganancia. Y todas las personas de ese espíritu son excomulgadas de la Iglesia de Dios. Pero que en el tiempo de la irrupción, en medio de tan lastimosos dolores y amargas lamentaciones, algunos hayan sido tan audaces como para considerar la crisis que trajo destrucción a todos como el momento mismo para su propio engrandecimiento privado, eso es cosa que solo puede afirmarse de hombres impíos y aborrecidos de Dios, y de iniquidad insuperable. Por lo cual nos pareció bien excomulgar a tales personas, no sea que la ira (de Dios) venga sobre todo el pueblo, y sobre todo primero sobre aquellos que están puestos al frente en oficio y sin embargo no hacen averiguación. Pues temo, como dice la Escritura, no sea que el impío obre la destrucción del justo junto con la suya. «Porque la fornicación,» dice, [] «y la avaricia son cosas por las cuales viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos. Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor: andad como hijos de luz (porque el fruto de la luz consiste en toda bondad, y justicia, y verdad), comprobando lo que es agradable al Señor. Y no tengáis comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprobadlas; porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto. Mas todas las cosas que son reprobadas se hacen manifiestas por la luz.» De esta manera habla el apóstol. Pero si algunos que pagan la debida pena por aquella codicia anterior suya, que se exhibió en tiempo de paz, ahora se apartan de nuevo a la indulgencia de la codicia en el tiempo mismo de la tribulación (es decir, en las tribulaciones de las incursiones de los bárbaros), y sacan ganancia de la sangre y ruina de hombres que han sido del todo despojados, o llevados cautivos, (o) muertos, ¿qué otra cosa debe esperarse, sino que aquellos que tan ardientemente luchan por la codicia acumulen ira tanto para sí mismos como para todo el pueblo?

    Canon 3

    Canon 3

    He aquí, ¿no transgredió Acar [] hijo de Zata en el anatema, y vino entonces turbación sobre toda la congregación de Israel? Y aquel solo hombre estaba solo en su pecado; mas no estuvo solo en la muerte que vino por su pecado. Y por nosotros, también, todo lo que en este tiempo es de índole lucrativa, que no poseemos en justa posesión propia, sino como propiedad que pertenece estrictamente a otros, debe ser tenido por cosa consagrada al anatema. Pues aquel Acar tomó ciertamente del botín; y esos hombres del tiempo presente toman también del botín. Pero él tomó lo que pertenecía a enemigos; mientras éstos ahora toman lo que pertenece a hermanos, y se engrandecen con ganancias fatales.

    Canon 4

    Canon 4

    Nadie se engañe a sí mismo, ni ponga por pretexto el haber hallado tales bienes. Porque no es lícito, ni aun al hombre que ha hallado algo, engrandecerse con ello. Pues dice el Deuteronomio: «No verás extraviado en el camino el buey o la oveja de tu hermano, y no harás caso de ellos; sino que de todos modos los volverás a tu hermano. Y si tu hermano no mora cerca de ti, o si no lo conoces, entonces los recogerás, y estarán contigo hasta que tu hermano los busque, y se los devolverás. Y de igual manera harás con su asno, y así harás con su vestido, y así harás con toda cosa perdida de tu hermano, que él haya perdido y tú la halles.» [] Hasta aquí el Deuteronomio. Y en el libro del Éxodo se dice, con referencia no solo al caso de hallar lo que es de un amigo, sino también de hallar lo que es de un enemigo: «Ciertamente los volverás a la casa de su amo.» [] Y si no es lícito engrandecerse a expensas de otro, ya sea hermano o enemigo, aun en tiempo de paz, cuando vive a sus anchas y con delicadeza, y sin preocupación por sus bienes, ¡cuánto más debe ser el caso cuando uno se ve sorprendido por la adversidad, y huye de sus enemigos, y ha tenido que abandonar sus posesiones por fuerza de las circunstancias!

    Canon 5

    Canon 5

    Pero otros se engañan a sí mismos imaginando que pueden retener la propiedad ajena que hayan hallado como equivalente de la propiedad propia que han perdido. De esta manera, ciertamente, así como los boradi y los godos trajeron sobre ellos el estrago de la guerra, ellos se hacen boradi y godos para con otros. Por tanto, os hemos enviado a nuestro hermano y compañero en la ancianidad, Eufrosino, con este fin: que trate con vosotros conforme al modelo nuestro aquí, y os enseñe contra quiénes debéis admitir acusaciones y a quiénes debéis excluir de vuestras oraciones.

    Canon 6

    Canon 6

    Además, se nos ha informado de que ha acontecido en vuestra región una cosa ciertamente increíble, y que, si en verdad se ha hecho, es del todo obra de incrédulos, y de hombres impíos, y de hombres que no conocen el nombre mismo del Señor; a saber, que algunos han llegado a tal extremo de crueldad e inhumanidad, que retienen por la fuerza a ciertos cautivos que han logrado escapar. Despachad comisionados al país, no sea que los rayos del cielo caigan con harta seguridad sobre los que perpetran tales hechos.

    Canon 7

    Canon 7

    Ahora bien, respecto de aquellos que se han inscrito entre los bárbaros, y los han acompañado en su irrupción en estado de cautiverio, y que, olvidando que eran del Ponto y cristianos, se han vuelto bárbaros tan consumados, que incluso dan muerte a los de su propia raza por horca o estrangulación, y muestran sus caminos o casas a los bárbaros, que de otro modo los habrían ignorado, es necesario que excluyáis a tales personas aun de ser auditores en las congregaciones públicas, hasta que se llegue a alguna decisión común acerca de ellas por los santos reunidos en concilio, y por el Espíritu Santo antecediéndolos.

    Canon 8

    Canon 8

    Ahora bien, aquellos que han sido tan audaces como para invadir las casas ajenas, si una vez han sido puestos a juicio y convictos, no deben ser considerados aptos ni siquiera para ser oyentes en la congregación pública. Pero si se han declarado a sí mismos y han hecho restitución, deben ser puestos en el rango de los penitentes.

    Canon 9

    Canon 9

    Ahora bien, aquellos que han hallado en campo abierto o en sus propias casas algo dejado atrás por los bárbaros, si una vez han sido puestos a juicio y convictos, deben caer bajo la misma clase de los penitentes. Pero si se han declarado a sí mismos y han hecho restitución, deben ser considerados aptos para el privilegio de la oración.

    Canon 10

    Canon 10

    Y quienes guardan el mandamiento deben guardarlo sin sórdida codicia alguna, no exigiendo ni recompensa, ni galardón, ni paga, ni ninguna otra cosa que lleve el nombre de retribución.

    Canon 11

    Canon 11

    El Llanto tiene lugar fuera de la puerta del oratorio; y el ofensor que está allí debe implorar a los fieles, al entrar, que ofrezcan oración por él. La Audición de la palabra, a su vez, tiene lugar dentro de la puerta, en el pórtico, donde el ofensor debe estar de pie hasta que los catecúmenos salgan, y después debe retirarse. Pues oiga las Escrituras y la doctrina, se dice, y luego sea puesto fuera y tenido por no apto para el privilegio de la oración. La Sujeción, a su vez, consiste en que uno esté dentro de la puerta del templo, y salga junto con los catecúmenos. La Restauración consiste en que uno sea asociado a los fieles, y no salga con los catecúmenos; y por último viene la participación en las santas ordenanzas.
    Comentario editorial · Los grados de la penitencia
    El canon 11 describe cuatro puestos del penitente: el Llanto, fuera de la puerta, donde pide a los fieles que entran que oren por él; la Audición, en el pórtico, hasta que salgan los catecúmenos; la Sujeción, dentro del templo, saliendo con los catecúmenos; y la Restauración, ya entre los fieles, antes de volver a participar en las ordenanzas. El ANF da el griego de tres de ellos: akróasis (audición), hypóptosis (sujeción) y sýstasis (restauración). Coxe tiene este canon por una adición explicativa y no por parte de la carta original. Una nota de Balsamón, que recoge el ANF, cuenta en cambio cinco posiciones, y dice que Gregorio no indica los tiempos ni los pecados, y que Basilio sí lo hace en sus cartas canónicas. Para el mismo problema en África, véase Cipriano.

    Oración y panegírico dirigido a Orígenes

    Argumento 1

    Durante ocho años Gregorio ha abandonado la práctica de la oratoria, estando ocupado principalmente en el estudio del derecho romano y de la lengua latina

    Argumento 1

    Excelente cosa ha demostrado ser el silencio en muchas otras personas y en muchas ocasiones, y al presente conviene también a mí mismo, muy especialmente, que —sea con propósito o sin él— pueda guardar la puerta de mis labios y sentirme obligado a callar. Pues soy inexperto y torpe en esos bellos y elegantes discursos que se pronuncian o componen en una serie regular e ininterrumpida, con frases y palabras selectas y bien escogidas; y puede ser que yo sea por naturaleza menos apto para cultivar con éxito ese arte gracioso y verdaderamente griego. Además, hace ya ocho años que por casualidad no pronuncio ni compongo discurso alguno, largo o breve; ni en ese tiempo he oído a ningún otro componer o pronunciar cosa alguna en privado, ni pronunciar en público oraciones laudatorias o controversiales, a excepción de aquellos admirables varones que han abrazado el noble estudio de la filosofía, y que se cuidan menos de la belleza del lenguaje y de la elegancia de la expresión. Pues, dando solo una importancia secundaria a las palabras, aspiran con toda exactitud a investigar y dar a conocer las cosas mismas, precisamente tal como cada una está constituida. No, en verdad, en mi opinión, porque no deseen, sino más bien porque desean grandemente, vestir los nobles y exactos resultados de su pensamiento con lenguaje noble y hermoso. Mas puede ser que no les sea posible tan ligeramente ejercitar esa sagrada y divina facultad en el ejercicio de sus propias concepciones, y al mismo tiempo practicar un modo de discurso elocuente en sus términos, y así comprender en una misma mente —y ésa, además, esta pequeña mente del hombre— dos realizaciones, que son dones de dos personas distintas, y que en verdad son muy contrarias entre sí. Porque el silencio es ciertamente amigo y ayuda del pensamiento y de la invención. Pero si uno aspira a la prontitud de la palabra y a la belleza del discurso, no las obtendrá con otra disciplina que el estudio de las palabras y su práctica constante. Además, otra rama del saber ocupa por completo mi mente, y la boca ata la lengua si deseara pronunciar cualquier discurso, por breve que fuese, con la voz de los griegos; me refiero a aquellas admirables leyes de nuestros sabios por las cuales se rigen ahora los asuntos de todos los súbditos del Imperio romano, y que no se componen ni se aprenden sin dificultad. Y éstas son sabias y exactas en sí mismas, y múltiples y admirables, y, en una palabra, muy griegas; y están expresadas y nos han sido entregadas en la lengua romana, la cual es una suerte de lenguaje maravilloso y magnífico, y muy aptamente conforme a la autoridad real, pero todavía difícil para mí. Y no podía ser de otro modo conmigo, aunque pudiera decir que era mi deseo que así fuese. Y puesto que nuestras palabras no son otra cosa que una especie de imagen de las disposiciones de nuestra mente, deberíamos permitir a quienes tienen el don de la palabra, como a ciertos buenos artistas igualmente diestros en sumo grado en su arte y liberalmente provistos de materia de colores, poseer la libertad de pintar sus cuadros de palabras, no simplemente de una complexión uniforme, sino también de varias descripciones y de la más rica hermosura en la abundante mezcla de flores, sin impedimento ni obstáculo.
    Comentario editorial · Cuándo y dónde se pronunció
    El ANF subtitula el discurso como pronunciado en la Cesarea de Palestina, cuando Gregorio estaba por partir a su patria tras muchos años de enseñanza de Orígenes, hacia 238. Eusebio habla de dos hermanos, Teodoro, «el mismo» que luego se distinguió entre los obispos con el nombre de Gregorio, y Atenodoro, que estuvieron cinco años con Orígenes y fueron luego obispos en el Ponto (Historia eclesiástica VI, 30). La duración de los estudios varía según la fuente: cinco años en Eusebio y en la noticia del traductor; siete, de 231 a 238 o 239, en Wikipedia (en); y cinco, de 233 a 238, en Wikipedia (es). Esta edición no lo resuelve.

    Argumento 2

    Procura hablar de las dotes casi divinas de Orígenes en su presencia, en cuyas manos confiesa haber sido conducido de un modo que supera toda su expectación

    Argumento 2

    Mas nosotros, como cualesquiera pobres, faltos de esos varios colores —sea porque jamás los tuvimos, sea, acaso, porque los perdimos—, nos vemos en la necesidad de valernos, por así decirlo, tan sólo de carbón y tejas; es decir, de esas palabras y frases toscas y comunes; y por medio de ellas representamos, según nuestras fuerzas, las disposiciones naturales de nuestra mente, expresándolas en el lenguaje de que disponemos, y procurando exhibir las impresiones de las figuras de nuestra mente, si no con claridad ni con adorno, al menos con la fidelidad de un dibujo al carbón, acogiendo con gusto cualquier expresión graciosa y elocuente que pueda presentarse de cualquier parte, aunque en poco la tengamos. Mas, además, hay una tercera circunstancia que me impide y me disuade de este intento, y que me retiene mucho más aún que las otras, y me recomienda guardar silencio por todos los medios: me refiero al asunto mismo, que ciertamente me hizo ambicioso de hablar de él, pero que ahora me hace retroceder y demorarme. Pues es mi propósito hablar de uno que ciertamente tiene la apariencia y la reputación de ser hombre, pero que parece, a quienes son capaces de contemplar la grandeza de su talla intelectual, dotado de potencias más nobles y casi divinas. Y no es de su nacimiento ni de su formación corporal de lo que voy a elogiarlo, y eso es lo que me hace ahora demorarme y diferir con exceso de cautela. Ni tampoco, de nuevo, es de su fuerza o de su hermosura; pues éstas constituyen las alabanzas de los jóvenes, de las cuales poco importa si la expresión es digna o no. Porque hacer un discurso sobre asuntos de naturaleza temporal y fugitiva, que perecen de muchas y varias maneras y con rapidez, y disertar sobre ellos con toda la grandeza y dignidad de los grandes asuntos, y con tan temerosas dilaciones, parecería un proceder vano y fútil. Y ciertamente, si se me hubiera propuesto hablar de alguna de esas cosas que son inútiles e insustanciales, y tales que nunca habría pensado voluntariamente en hablarlas— si, digo, se me hubiera propuesto hablar de algo de ese carácter, mi discurso no habría tenido esta cautela ni este temor, no fuera que en cualquier afirmación pareciera quedar por debajo del mérito del asunto. Mas ahora, tratando mi asunto de aquello que hay de más divino en el hombre, y de aquello que en él tiene más afinidad con Dios, que ciertamente está confinado dentro de los límites de esta forma visible y mortal, pero que sin embargo se esfuerza ardentísimamente tras la semejanza de Dios; y siendo mi objeto hacer mención de esto, y poner mano a asuntos más graves, y expresar asimismo mis acciones de gracias a la Divinidad, porque se me ha concedido encontrar a un hombre así más allá de la expectación de los hombres —expectación, en verdad, no sólo de otros, sino también de mi propio corazón, pues nunca puse ante mí tal privilegio, ni lo esperé—; siendo, digo, mi objeto, insignificante y enteramente sin entendimiento como soy, poner mano a tales asuntos, no sin razón me retraigo de la empresa, y vacilo, y deseo guardar silencio. Y, en verdad, guardar silencio me parece ser también el curso seguro, no sea que, con la apariencia de una expresión de gratitud, pueda por mi temeridad hablar de asuntos nobles y sagrados en términos innobles, mezquinos y del todo triviales, y así no sólo no alcance la verdad, sino que incluso, en lo que de mí depende, le haga algún daño ante quienes puedan creer que se halla en tal categoría, cuando se compone sobre él un discurso débil, más calculado para excitar la risa que para mostrarse en su vigor conmensurado con la dignidad de sus temas. Mas todo lo que a ti atañe está fuera del alcance del daño y de la burla, oh alma querida; o, mejor dicho, que lo divino en esto permanece siempre tal como es, inconmovible y en nada dañado por nuestras mezquinas e indignas palabras. Sin embargo, no sé cómo escaparemos a la imputación de audacia y temeridad por intentar así en nuestra necedad, y con poca inteligencia o preparación, tratar asuntos que son graves y probablemente superiores a nuestra capacidad. Y si, ciertamente, en otra parte y con otros, hubiéramos aspirado a hacer tan juveniles intentos en asuntos como éstos, con seguridad habríamos sido osados y atrevidos; no obstante, en tal caso nuestra temeridad no habría sido atribuida a desvergüenza, en tanto no habríamos hecho el osado intento con vos. Mas ahora estaremos llenando toda la medida de la insensatez, o más bien ya la hemos llenado, al aventurarnos con los pies sin lavar (como dice el refrán) a introducirnos en oídos en los cuales el mismo Verbo divino —no ciertamente con los pies cubiertos, como sucede con la generalidad de los hombres y, por así decirlo, bajo los espesos velos de sentencias enigmáticas y oscuras, sino con los pies descalzos (si así puede hablarse)— se ha abierto camino clara y perspicuamente, y en los cuales ahora mora; mientras nosotros, que sólo tenemos basura y barro que ofrecer en estas palabras humanas nuestras, hemos sido bastante audaces para verterlas en oídos acostumbrados a oír sólo palabras divinas y puras. Podría bastarnos, por tanto, haber transgredido hasta aquí; y ahora, al menos, sería justo contenerse y no avanzar más con nuestro discurso. Y en verdad me detendría aquí con sumo gusto. Sin embargo, como ya he hecho la temeraria aventura, que se me permita ante todo explicar la razón bajo cuya fuerza he sido llevado a esta ardua empresa, si es que puede extenderse algún perdón a mi atrevimiento en este asunto.

    Argumento 3.— Se siente movido a hablar de él por el anhelo de una mente agradecida

    Cree que debe darle gracias según toda su capacidad. De Dios proceden los comienzos de todos los bienes; y a Él no pueden devolvérsele gracias adecuadas

    Argumento 3

    La ingratitud me parece un mal terrible; un mal terrible ciertamente, sí, el más terrible de los males. Pues cuando uno ha recibido algún beneficio, su omisión de intentar corresponder siquiera con la expresión oral de gracias, cuando cualquier otra cosa está fuera de su alcance, lo señala o como persona del todo irracional, o como desprovisto del sentido de las obligaciones recibidas, o como hombre sin memoria alguna. Y, además, aunque uno posea de manera natural y al punto el sentido y el conocimiento de los beneficios recibidos, sin embargo, si no lleva también la memoria de esas obligaciones a los días futuros, y no ofrece alguna muestra de gratitud al autor de los bienes, tal persona es un sujeto torpe, ingrato e impío; y comete una ofensa que no puede excusarse ni en el caso de los grandes ni en el de los pequeños: — si suponemos el caso de un hombre grande y magnánimo que no trae constantemente en sus labios sus grandes beneficios con toda gratitud y honor, o el de un hombre pequeño y despreciable que no alaba y ensalza con todas sus fuerzas a quien ha sido su bienhechor, no sólo en grandes servicios, sino también en los menores. A los grandes, por tanto, y a los que sobresalen en facultades mentales, incumbe, como de su mayor abundancia y riqueza más amplia, tributar alabanzas mayores y más dignas, según su capacidad, a sus bienhechores. Pero a los humildes también, y a los de circunstancias estrechas, no les conviene ni descuidar a quienes les hacen servicio, ni tomar sus servicios a la ligera, ni desfallecer de corazón como si nada digno o perfecto pudieran ofrecer; sino que, como pobres en verdad, y sin embargo de buen sentir, y midiendo no la capacidad de aquel a quien honran, sino sólo la propia, deben tributarle honor conforme a la medida presente de su poder— tributo que probablemente será grato y agradable a quien es honrado, y en no menor consideración para con él que si hubiera sido una ofrenda grande y espléndida, con tal que se presente con decidido empeño y con mente sincera. Así está establecido en las sagradas Escrituras,[] que cierta mujer pobre y humilde, que estaba con los ricos y poderosos que contribuían larga y ricamente de sus bienes, sola y por sí misma echó una ofrenda pequeña, sí, la más pequeña, que era, sin embargo, todo el tiempo toda su sustancia, y recibió el testimonio de haber presentado la oblación más grande. Pues, a mi juicio, la palabra sagrada no ha puesto la gran cantidad exterior de la sustancia dada, sino más bien la mente y disposición del dador, como la norma por la que se miden el valor y la magnificencia de la ofrenda. Por lo cual no es justo ni siquiera para nosotros rehuir de ningún modo este deber, por temor de que nuestras acciones de gracias no sean adecuadas a nuestras obligaciones; sino, por el contrario, debemos aventurarnos e intentarlo todo, para ofrecer acciones de gracias, si no adecuadas, al menos tales como tenemos poder de exhibir, a modo de debida correspondencia. ¡Y ojalá nuestro discurso, aunque quede corto de la medida perfecta, alcance al menos la meta en algún grado, y se libre de toda apariencia de ingratitud! Pues un silencio persistente, mantenido bajo la cobertura plausible de una incapacidad de decir algo digno del asunto, es cosa vana y mala; pero es señal de buena disposición intentar siempre una correspondencia adecuada, aunque el poder de la persona que ofrece el reconocimiento agradecido sea inferior al mérito del asunto. Por mi parte, aunque no pueda hablar como el asunto merece, no guardaré silencio; sino que cuando haya hecho todo lo que posiblemente pueda, entonces podré felicitarme. Sea éste, pues, el método de mi discurso eucarístico. A Dios, ciertamente, al Dios del universo, no pensaré en hablarle en tales términos; con todo, de Él proceden todos los comienzos de nuestros bienes; y con Él, por consiguiente, es con quien debe hacerse el comienzo de nuestras acciones de gracias, o alabanzas, o loores. Pero, en verdad, aunque hubiera de consagrarme enteramente a ese deber, y eso, además, no como ahora estoy— a saber, profano e impuro, y mezclado y manchado por todo mal profano y contaminante—, sino sincero y tan puro como pueda ser, y muy genuino, y muy sin sofisticación, y no contaminado por nada vil—, ni siquiera, digo, aunque así me consagrara del todo, y con toda la pureza del recién nacido, a esta tarea, produciría de mí mismo algún don adecuado a modo de honor y reconocimiento al Gobernante y Originador de todas las cosas, a quien ni los hombres por separado e individualmente, ni aun todos los hombres en concierto, obrando con un solo espíritu y un solo impulso concordante, como si todo lo puro se hiciera confluir en uno, y todo lo diverso de aquello se volviera también a ese servicio, podrían jamás celebrar de manera digna de Él. Pues, en cualquier medida en que un hombre sea capaz de formar concepciones rectas y adecuadas de Sus obras, y (si tal cosa fuera posible) de hablar dignamente acerca de Él, entonces, en lo que atañe a esa misma capacidad— capacidad con la que no ha sido dotado por ningún otro, sino que ha recibido de Él solo—, no puede hallar materia mayor de acción de gracias que la implícita en su posesión.

    Argumento 4.— Sólo el Hijo sabe alabar dignamente al Padre

    En Cristo y por Cristo se procura ofrecer al Padre nuestra acción de gracias. Gregorio da también gracias a su ángel custodio, porque por él fue conducido a Orígenes

    Argumento 4

    Mas confiemos las alabanzas e himnos en honor del Rey y Superintendente de todas las cosas, la Fuente perenne de todos los bienes, a la mano de Aquel que, en este asunto como en todos los demás, es el Sanador de nuestra flaqueza y el único capaz de suplir lo que falta; al Campeón y Salvador de nuestras almas, su Verbo primogénito, Hacedor y Gobernante de todas las cosas, con quien también solo es posible, tanto para Él como para todos, sea privada e individualmente, sea pública y colectivamente, elevar al Padre acciones de gracias ininterrumpidas e incesantes. Pues como Él mismo es la Verdad, la Sabiduría y el Poder del Padre del universo, y está además en Él, y está verdadera y enteramente hecho uno con Él, no puede suceder que, o por olvido o insensatez, o por cualquier modo de flaqueza, como la que caracteriza a quien está disociado de Él, o no alcance el poder de alabarlo, o, teniendo el poder, descuide voluntariamente (suposición que ciertamente no es lícito admitir) alabar al Padre. Pues Él solo es capaz de cumplir del modo más perfecto toda la medida de honor que le es propia, puesto que el Padre de todas las cosas lo ha hecho uno consigo mismo, y por Él, por así decirlo, completa el círculo de su propio ser objetivamente, y lo honra con un poder en todo igual al suyo, así como Él es honrado; posición que a Él, primero y único entre todas las criaturas que existen, se le ha asignado: este Unigénito del Padre, que está en Él, y que es Dios el Verbo; mientras que todos los demás nosotros sólo podemos expresar nuestra acción de gracias y nuestra piedad si, en correspondencia por todos los bienes que nos llegan del Padre, traemos nuestras ofrendas con simple dependencia de Él solo, y así presentamos la debida oblación de acción de gracias a Aquel que es el Autor de todas las cosas, reconociendo también que el único camino de piedad es ofrecer así nuestros memoriales por medio de Él. Por lo cual, en reconocimiento de esa providencia incesante que vela por todos nosotros, tanto en las mayores como en las menores preocupaciones, y que se ha sostenido aun hasta aquí, acéptese este Verbo como la expresión digna y perpetua de todas las acciones de gracias y alabanzas— me refiero al Verbo enteramente perfecto y vivo y verdaderamente animado de la Primera Mente misma. Mas tómese esta palabra nuestra principalmente como un discurso eucarístico en honor de esta persona sagrada, que está sola entre todos los hombres; y si he de procurar discurrir de algo más allá de esto, y, en particular, de alguno de aquellos seres que no se ven, pero que son más divinos, y que tienen especial cuidado de los hombres, diríjase a aquel ser que, por alguna decisión trascendente, me tuvo asignado desde mi niñez para regirme, criarme y formarme— me refiero a aquel santo ángel de Dios que me alimentó desde mi juventud, como dice el santo amado de Dios, refiriéndose con ello al suyo propio. Aunque él, en verdad, siendo él mismo ilustre, designó en esos términos a algún ángel exaltado lo bastante como para corresponder a su propia dignidad (y si fue otro, o si acaso fue el Ángel del Gran Consejo mismo, el Salvador común de todos, al que recibió como su propio custodio particular mediante su perfección, no lo sé con claridad)— él, digo, reconoció y alabó a algún ángel superior como suyo, quienquiera que fuese. Mas nosotros, además del homenaje que ofrecemos al Gobernante común de todos los hombres, reconocemos y alabamos a aquel ser, quienquiera que sea, que ha sido maravilloso guía de nuestra niñez, que en todos los demás asuntos ha sido en tiempos pasados mi bienhechor tutor y guardián. Pues este oficio de tutor y guardián es uno que evidentemente no puede convenir ni a mí ni a ninguno de mis amigos y parientes; porque todos somos ciegos, y nada vemos de lo que está delante de nosotros, como para poder juzgar lo que es recto y conveniente; sino que sólo puede convenir a aquel que ve de antemano todo lo que es para el bien de nuestra alma: ese ángel, digo, que todavía en este momento presente me sostiene, me instruye y me conduce; y que, además de todos estos otros beneficios, me ha puesto en relación con este hombre, lo cual, en verdad, es el más importante de todos los servicios que se me han hecho. Y esto también lo ha efectuado para mí, aunque entre mí y ese hombre de quien discurro no había parentesco de raza ni de sangre, ni ningún otro vínculo, ni relación alguna de vecindad o de país; cosas que entre la mayoría de los hombres se hacen fundamento de amistad y unión. Mas, para decirlo brevemente, en el ejercicio de una previsión verdaderamente divina y sabia nos reunió a quienes éramos desconocidos el uno al otro, y extraños, y forasteros, separados tan completamente entre nosotros como naciones, montañas y ríos interpuestos pueden dividir de hombre a hombre, y así llevó a buen término este encuentro que ha estado lleno de provecho para mí, habiendo, a mi juicio, preparado de antemano esta bendición para mí desde lo alto desde mi mismo nacimiento y mi más temprana crianza. Y de qué manera se ha realizado esto sería largo contarlo plenamente, no sólo si hubiera de entrar minuciosamente en todo el asunto, y de intentar no omitir nada, sino aun si, pasando muchas cosas por alto, me propusiera simplemente mencionar de modo sumario unos pocos de los puntos más importantes.

    Argumento 5.— Aquí entrelaza Gregorio la narración de su vida anterior

    Se declara su nacimiento de padres paganos. En el año decimocuarto de su edad pierde a su padre. Se consagra al estudio de la elocuencia y del derecho. Por una maravillosa conducción de la providencia, es llevado a Orígenes

    Argumento 5

    Pues mi más temprana crianza desde el tiempo de mi nacimiento en adelante estuvo bajo la mano de mis padres; y el modo de vida en la casa de mi padre era de error, y de una clase de la cual nadie, imagino, esperaba que fuéramos librados; ni yo mismo tenía esperanza, niño como era, y sin entendimiento, y bajo un padre supersticioso. Luego siguió la pérdida de mi padre y mi orfandad, que acaso fue también para mí el comienzo del conocimiento de la verdad. Pues entonces fue cuando fui llevado por primera vez a la palabra de salvación y verdad, de qué manera no puedo decirlo, más por imposición que por elección voluntaria. Pues ¿qué poder de decisión tenía yo entonces, que apenas tenía catorce años de edad? Sin embargo, desde este mismo tiempo este sagrado Verbo comenzó de algún modo a visitarme, justamente en el período en que la razón común a todos los hombres alcanzó en mí su plena función; sí, entonces por primera vez me visitó. Y aunque pensé poco de esto en aquel tiempo antiguo, ahora al menos, al ponderarlo, considero que no es pequeña señal de la santa y maravillosa providencia ejercida sobre mí la que se discierne en esta concurrencia, que estuvo tan distintamente marcada en lo tocante a mis años, y que dispuso que todos aquellos hechos de error que precedieron a esa edad pudieran atribuirse a la juventud y a la falta de entendimiento, y que el Santo Verbo no fuera impartido en vano a un alma aún no dotada del pleno poder de la razón; y que aseguró al mismo tiempo que cuando el alma quedara dotada de ese poder, aunque no dotada de la razón divina y pura, no careciera al menos de aquel temor que es acorde con esta razón, sino que la razón humana y la divina comenzaran a obrar en mí a un tiempo y juntas— la una dando ayuda con un poder para mí al menos inexplicable, aunque propio de sí, y la otra recibiendo ayuda. Y cuando reflexiono sobre esto, me lleno a la vez de alegría y de terror, mientras me regocijo ciertamente en la conducción de la providencia, y sin embargo estoy también sobrecogido por el temor de que, después de ser privilegiado con tales bendiciones, todavía de algún modo no alcance el fin. Mas en verdad no sé cómo mi discurso se ha detenido tanto en este asunto, deseoso como estoy de dar cuenta de la maravillosa disposición (de la providencia de Dios) en el curso que me trajo a este hombre, y ansioso como sin embargo estaba antes de pasar con pocas palabras a los asuntos que siguen en su orden, no imaginando ciertamente que pudiera tributar a quien así obró conmigo la alabanza, la gratitud o la piedad que se le deben (pues si hubiéramos de designar nuestro discurso en tales términos, y no dijéramos nada digno del tema, podríamos parecer reos de arrogancia), sino simplemente con la mira de ofrecer lo que puede llamarse una narración llana o confesión, o cualquier otro título humilde que se le pueda dar. Le pareció bien a la única de mis padres que sobrevivió para cuidarme— a mi madre, a saber— que, estando yo ya bajo instrucción en aquellas otras ramas en que los niños no innoblemente nacidos y criados suelen ser adiestrados, asistiera también a un maestro de oratoria, con la esperanza de que yo también llegara a ser orador. Y en consecuencia asistí a tal maestro; y los que podían juzgar en ese ramo declararon entonces que yo en un corto período sería orador. Por mi parte, no sé cómo pronunciarme sobre ello, ni desearía hacerlo; pues no había entonces fundamento aparente para aquel don, ni había aún cimiento alguno para aquellas fuerzas capaces de conducirme a él. Mas aquel conductor divino y verdadero curador, siempre vigilante, cuando mis amigos no pensaban en tal paso, y cuando yo mismo no lo deseaba, vino y sugirió (una ampliación de mis estudios) a uno de mis maestros bajo cuya tutela yo había sido puesto, con miras a la instrucción en la lengua romana, no con la expectativa de que yo alcanzara el dominio más completo de esa lengua, sino sólo para que no fuera absolutamente ignorante de ella; y esta persona resultó además no estar del todo inexperta en leyes. Poniendo, pues, la idea en la mente de este maestro, me hizo aprender de manera cabal las leyes de los romanos con su ayuda. Y aquel hombre tomó este encargo con celo respecto de mí; y yo, por mi parte, me entregué a ello— más, sin embargo, para complacer al hombre, que por ser yo mismo admirador del estudio. Y cuando me recibió como discípulo, comenzó a enseñarme con todo entusiasmo. Y dijo una cosa, que ha resultado ser para mí la más verdadera de todas sus sentencias, a saber, que mi educación en las leyes sería mi mayor viático — pues así lo expresó— tanto si aspiraba a ser uno de los oradores que contienden en los tribunales de justicia, como si prefería pertenecer a un orden diferente. Así se expresó, queriendo que su palabra recayera simplemente sobre cosas humanas; pero a mí me parece que a aquella expresión fue movido por un impulso más divino de lo que él mismo suponía. Pues cuando, de grado o por fuerza, iba siendo yo bien instruido en estas leyes, al punto, por así decirlo, se echaron lazos sobre mis movimientos, y causa y ocasión para mi viaje a estas partes surgieron de la ciudad de Beryto, que es una ciudad no lejana de este territorio, algo latinizada, y acreditada como escuela de estos estudios legales. Y este varón venerable, venido de Egipto, de la ciudad de Alejandría, donde anteriormente tenía su morada, fue movido por otras circunstancias a trasladar su residencia a este lugar, como con el objeto expreso de encontrarse con nosotros. Y por mi parte, no puedo explicar las razones de estos incidentes, y de buena gana los pasaré por alto. Esto, sin embargo, es cierto: que aún no se me ofrecía ocasión necesaria alguna de venir a este lugar y encontrarme con este hombre por mi propósito de aprender nuestras leyes, puesto que tenía también el poder de trasladarme a la ciudad misma de Roma. ¿Cómo, pues, se efectuó esto? El entonces gobernador de Palestina se apoderó súbitamente de un amigo mío, a saber, el marido de mi hermana, y lo separó de su esposa, y lo llevó aquí contra su voluntad, a fin de asegurar su ayuda y tenerlo asociado consigo en los trabajos del gobierno de la región; pues era persona diestra en leyes, y acaso todavía lo esté empleado. Después de que se fue con él, sin embargo, tuvo la buena fortuna de que en no mucho tiempo se mandara llamar a su esposa y de recibirla de nuevo, de quien, contra su voluntad y con gran pesar suyo, había sido separado. Y así aconteció que también nos arrastró con ella al mismo lugar. Pues cuando estábamos decididos a viajar— no sé a dónde, pero ciertamente a cualquier otro lugar antes que a éste—, se presentó de improviso un soldado que traía cartas de instrucciones para que escoltáramos y protegiéramos a nuestra hermana en su restitución al marido, y nos ofreciéramos también como compañeros suyos en el viaje; en lo cual teníamos ocasión de hacer un favor a nuestro pariente, y muy principalmente a nuestra hermana (para que ella no tuviera que emprender el viaje de manera indecorosa, ni con gran temor o vacilación), mientras que al mismo tiempo nuestros otros amigos y allegados lo consideraron bien, y lo hicieron prometer no poca ventaja, pues así podríamos visitar la ciudad de Beryto y llevar a cabo allí con toda diligencia nuestros estudios en las leyes. Así, todas las cosas me movían hacia allí: mi sentido del deber para con mi hermana, mis propios estudios, y por encima de éstos, el soldado (pues es justo mencionar también esto), que traía consigo una provisión mayor de vehículos públicos que la que el caso requería, y más órdenes de las que podían requerirse para nuestra hermana sola. Éstas eran las razones aparentes de nuestro viaje; mas las razones secretas y más verdaderas eran éstas: nuestra oportunidad de comunión con este hombre, nuestra instrucción por medio de aquel varón, la verdad acerca del Verbo, y el provecho de nuestra alma para su salvación. Éstas fueron las causas reales que nos trajeron aquí, ciegos e ignorantes, como estábamos, en cuanto al modo de asegurar nuestra salvación. Por lo cual no fue aquel soldado, sino cierto compañero divino y conductor y guardián benefactor, que nos guía siempre con seguridad a través de toda esta vida presente, como a través de un largo viaje, el que nos llevó más allá de otros lugares, y de Beryto especialmente, ciudad a la que en aquel tiempo parecíamos muy empeñados en llegar, y nos trajo aquí y nos estableció aquí, disponiendo y dirigiendo todas las cosas, hasta que por cualquier medio pudiera vincularnos en relación con este hombre que había de ser el autor de la mayor parte de nuestros bienes. Y aquel que vino de tal modo, aquel ángel divino, entregó este encargo a él, y, si me es lícito hablar así, acaso tomó aquí su reposo, no ciertamente bajo la presión de labor o cansancio de ningún tipo (pues la generación de aquellos ministros divinos no conoce fatiga), sino como habiéndonos encomendado a la mano de un hombre que cumpliría plenamente toda la obra de cuidado y guarda dentro de su poder.
    Comentario editorial · Beryto y el derecho romano
    Gregorio cuenta que iba a estudiar leyes en Beryto, «algo latinizada» y célebre como escuela jurídica, y que acabó en Cesarea porque el gobernador de Palestina hizo llevar allí a su cuñado; un maestro le había dicho que el derecho sería su mayor viático (ephódion, según Coxe). Beryto es la actual Beirut (Wikipedia). Coxe recuerda que Justiniano la llama «madre y nodriza» del derecho civil y conjetura —es una hipótesis suya— que las leyes que Gregorio elogia son las Instituciones de Gayo. Más adelante (Argumento 6) cuenta que, ya con Orígenes, estuvieron resueltos a dejarlo y marcharse a Beryto o a su patria.
    Mapa del Mediterráneo oriental con Neocesarea, en el Ponto, Beryto, Cesarea de Palestina y Alejandría
    Los lugares del Panegírico: la patria de Gregorio, Beryto (donde iba a estudiar leyes), Cesarea (donde enseñaba Orígenes) y Alejandría (de donde, dice, venía Orígenes). La posición de Neocesarea es aproximada · Elaboración propia para Eusebeia · costas de Natural Earth (dominio público) · coordenadas de Wikipedia (Niksar: las del distrito)

    Argumento 6.— Las artes con las que Orígenes procura retener consigo a Gregorio y a su hermano Atenodoro, aunque casi contra su voluntad; y el amor con el que ambos son cautivados

    De la filosofía, fundamento de la piedad, con el propósito de entregarse por ello enteramente a ese estudio, Gregorio está dispuesto a renunciar a la patria, a los padres, al estudio del derecho y a toda otra disciplina. Del alma como principio libre. La parte más noble no desea unirse con la inferior, sino la inferior con la más noble

    Argumento 6

    Y desde el primer día mismo en que nos recibió (aquel día fue, en verdad, el primero para mí, y el más precioso de todos, si así puedo decirlo, pues entonces por primera vez comenzó a elevarse sobre mí el verdadero Sol), mientras nosotros, como algunas criaturas salvajes del campo, o como peces, o como cierta clase de aves que han caído en lazos o redes, y nos esforzábamos por escabullirnos nuevamente y huir, estábamos resueltos a dejarlo y marcharnos a Beryto o a nuestra patria, él se esforzó por todos los medios para asociarnos estrechamente consigo, ideando todo género de argumentos, poniendo en movimiento todas las cuerdas (como dice el proverbio) y aplicando todos sus poderes a ese objeto. Con este fin enaltecía a los amantes de la filosofía con grandes loas y muchas nobles sentencias, declarando que sólo viven una vida verdaderamente digna de criaturas razonables quienes se proponen vivir una vida recta y buscan conocer primero a sí mismos, qué clase de personas son, y luego las cosas verdaderamente buenas, que el hombre debe perseguir, y luego las realmente malas, de las que el hombre debe huir. Y luego reprendía la ignorancia y a todos los ignorantes; y son muchos los tales que, como bestias brutas, tienen ciega la mente, y ni siquiera entienden lo que son, y andan tan descarriados como si estuvieran del todo privados de razón, y ni conocen por sí mismos qué es bueno y qué es malo, ni se cuidan en absoluto de aprenderlo de otros, sino que se afanan febrilmente en pos de riquezas, y gloria, y honores como los que pertenecen a la multitud, y comodidades corporales, y enloquecen por cosas como éstas, como si fueran el verdadero bien. Y como si tales objetos valieran mucho, sí, más que todo lo demás, aprecian las cosas mismas, y las artes por las que pueden adquirirlas, y los distintos modos de vida que dan campo para su logro: la profesión militar, a saber, la jurídica y el estudio de las leyes. Y con palabras fervientes y sagaces nos decía que éstos son los objetos que nos enervan, cuando despreciamos aquella razón que debería ser el verdadero amo dentro de nosotros. No puedo referir ahora todos los discursos de esta índole que nos dirigió, con la intención de persuadirnos a emprender el cultivo de la filosofía. Ni fue sólo por un solo día que trató así con nosotros, sino por muchos días y, de hecho, cuantas veces teníamos por costumbre acudir a él al principio; y fuimos traspasados por su argumentación como por una flecha desde la primera ocasión en que lo oímos (pues poseía una rara combinación de cierta dulce gracia y persuasión, junto con un extraño poder de constricción), aunque todavía vacilábamos y debatíamos el asunto indecisos con nosotros mismos, manteniéndonos hasta entonces en el cultivo de la filosofía, sin que, empero, se nos hubiera ganado del todo, mientras que, de algún modo, nos hallábamos completamente incapaces de apartarnos de él de manera concluyente, y así éramos atraídos siempre hacia él por el poder de sus razonamientos, como por la fuerza de una necesidad superior. Pues afirmaba además que no podía haber verdadera piedad hacia el Señor de todos en el hombre que despreciara este don de la filosofía—un don que sólo el hombre, entre todas las criaturas de la tierra, ha sido juzgado honorable y suficientemente digno de poseer, y que todo hombre, sea sabio o ignorante, abraza razonablemente, si no ha perdido del todo la facultad de pensar por alguna loca distracción de la mente. Afirmaba, pues, como he dicho, que no era posible (para decirlo con propiedad) que alguien fuera verdaderamente piadoso si no filosofaba. Y así continuó obrando con nosotros, hasta que, infundiéndonos muchas de tales argumentaciones, una tras otra, al fin nos llevó consigo de algún modo por una especie de poder divino, como a personas sometidas por sus razonamientos, y nos estableció en la práctica de la filosofía, y nos asentó, por así decirlo, sin poder de movimiento, junto a sí mediante sus artes. Además, el estímulo de la amistad se ejercía también sobre nosotros—un estímulo, en verdad, difícil de resistir, pero agudo y eficacísimo—el argumento de una disposición amable y afectuosa, que se mostraba benigna en sus palabras cuando nos hablaba y se asociaba con nosotros. Pues no aspiraba meramente a ganarnos con cualquier género de razonamiento; sino que su deseo era, con mente benigna, afectuosa y sumamente benévola, salvarnos y hacernos partícipes de las bendiciones que fluyen de la filosofía, y muy especialmente también de aquellos otros dones que la Deidad le ha otorgado a él por encima de la mayoría de los hombres, o, como quizá podríamos decir, por encima de todos los hombres de nuestro tiempo. Me refiero al poder que nos enseña la piedad, la palabra de salvación, que llega a muchos y somete a sí a todos los que visita: pues no hay nada que se le resista, en cuanto que es y será el rey de todo; aunque todavía está oculto, y no es reconocido, ya con facilidad, ya con dificultad, por la multitud común, de tal modo que, cuando se les interroga acerca de él, sean capaces de hablar con inteligencia sobre él. Y así, como una chispa que prende en lo más íntimo de nuestra alma, se encendió el amor y estalló en llama dentro de nosotros—un amor a la vez hacia el santo Verbo, el objeto más amable de todos, que atrae a todos irresistiblemente hacia sí por su inefable belleza, y hacia este hombre, su amigo y abogado. Y herido poderosísimamente por este amor, fui persuadido a renunciar a todos aquellos objetos o afanes que nos parecen convenientes, y entre ellos incluso a mi jactada jurisprudencia; sí, a mi propia patria y a mis amigos, tanto a los que entonces estaban presentes conmigo como a aquellos de quienes me había separado. Y en mi estimación no surgió sino un solo objeto querido y digno de deseo—a saber, la filosofía, y aquel maestro de filosofía, este hombre inspirado. «Y el alma de Jonatán quedó ligada con David.» [] Esta palabra, en verdad, no la leí sino después en las sagradas Escrituras; pero la sentí antes de ese tiempo, no menos claramente de lo que está escrita: pues, en verdad, me llegó entonces por la más clara de todas las revelaciones. Pues no fue simplemente Jonatán el que quedó ligado con David; sino que quedaron ligadas aquellas cosas que son las potencias rectoras en el hombre—sus almas—aquellos objetos que, aun cuando todas las cosas aparentes y ostensibles en el hombre sean separadas, no pueden por artificio alguno ser forzados a una separación cuando ellos mismos no quieren. Porque el alma es libre, y no puede ser coaccionada por medio alguno, ni siquiera aunque se la encierre y se la custodie en alguna prisión secreta. Porque dondequiera que está la inteligencia, allí está también por su propia naturaleza y por la razón primera. Y si te parece que está en una especie de prisión, se te representa allí por una especie de razón segunda. Pero, con todo, de ningún modo se le impide subsistir en cualquier lugar según su propia determinación; antes bien, es a la vez capaz de estar, y se cree razonablemente que está, allí sola y enteramente, dondequiera y en conexión con las cosas que sean, aquellas acciones que sólo a ella son propias están en operación. Por lo cual, lo que experimenté ha sido declarado con toda claridad en esta brevísima sentencia, que «el alma de Jonatán quedó ligada con el alma de David;» objetos que, como he dicho, no pueden de ningún modo ser forzados a una separación contra su voluntad, y que por su propia inclinación ciertamente no la elegirán de buen grado. Ni está, en mi opinión, en el sujeto inferior, que es cambiante y muy propenso a variar de propósito, y en quien por sí solo no ha habido al principio capacidad de unión, donde reside el poder de soltar los sagrados lazos de este afecto, sino más bien en el más noble, que es constante y no fácilmente se conmueve, y por medio de quien ha sido posible atar estos lazos y asegurar este nudo sagrado. Por tanto, no es el alma de David la que quedó ligada por la palabra divina con el alma de Jonatán; sino, por el contrario, se dice que el alma de éste, que era el inferior, fue afectada y ligada así con el alma de David. Pues el objeto más noble no elegiría ser ligado con uno inferior, en cuanto que se basta a sí mismo; pero el objeto inferior, como necesitado del auxilio que el más noble puede darle, debe propiamente ser ligado con el más noble, y ajustado dependentemente a él: de modo que éste, conservando todavía su suficiencia en sí mismo, no sufra menoscabo alguno por su conexión con el inferior; y que aquello que de por sí está sin orden, siendo ahora unido y armoniosamente ajustado con el más noble, sea, sin daño alguno, perfectamente sometido al más noble por las ataduras de tales lazos. Por lo cual, aplicar los lazos es propio de lo superior, y no de lo inferior; pero ser ligado al otro es propio de lo inferior, y esto también de tal manera que no posea poder alguno para desatarse de esos lazos. Y por una constricción semejante, pues, este David nuestro nos ciñó una vez a sí; y nos tiene ahora, y nos ha tenido desde entonces, de modo que, aun si lo deseáramos, no podríamos desatarnos de sus lazos. Y de aquí se sigue que, aun si hubiéramos de partir, él no soltaría esta alma mía, a la cual, como dice la Sagrada Escritura, tiene ligada tan estrechamente consigo.

    Argumento 7.— La maravillosa destreza con la que Orígenes prepara a Gregorio y a Atenodoro para la filosofía

    El entendimiento de cada uno se ejercita primero en la lógica, y se desprecia la mera atención a las palabras

    Argumento 7

    Mas después de habernos llevado así cautivos desde el comienzo, y de habernos encerrado, por así decirlo, por todos lados, y una vez que lo mejor se hubo cumplido por él, y cuando nos pareció bien permanecer con él por un tiempo, entonces nos tomó a su cargo, como un diestro labrador puede tomar a su cargo un campo sin labrar, y del todo infértil, y agrio, y abrasado, y duro como una roca, y áspero, o, acaso, uno no enteramente estéril o improductivo, sino más bien, quizá, muy productivo por naturaleza, aunque entonces yermo y descuidado, y rígido e intratable por las espinas y los arbustos silvestres; o como un hortelano puede tomar a su cargo alguna planta que es en verdad silvestre, y que no da frutos cultivados, aunque no sea absolutamente inútil, y, al hallarla así, puede, por su destreza en la horticultura, traer algún vástago cultivado e injertarlo, haciendo una hendidura en el medio, y luego juntando los dos, y atando el uno al otro, hasta que la savia de cada uno fluya en una sola corriente, y ambos crezcan con la misma nutrición: pues muchas veces puede verse un árbol de especie mezclada e inútil, así hecho productivo a pesar de su pasada esterilidad, y obligado a criar los frutos del buen olivo sobre raíces silvestres; o puede verse una planta silvestre salvada de ser del todo inútil por la destreza de un hortelano cuidadoso; o, una vez más, puede verse una planta que de otro modo es a la vez cultivada y fructífera, pero que, por falta de cuidados expertos, ha quedado sin podar y sin regar y yerma, y que está así ahogada por la masa de brotes superfluos que se deja crecer de ella al azar, y, no obstante, llevada a cumplir su propia función en la germinación, y hecha dar el fruto cuya producción antes era impedida por el crecimiento superfluo. De tal manera, pues, y con tal disposición nos recibió al principio; y examinándonos, por así decirlo, con destreza de labrador, y midiéndonos a fondo, y no limitando su atención a aquellas cosas que están patentes a los ojos de todos, y que se miran a la luz abierta, sino penetrando en nosotros más profundamente, y sondeando lo más interior de nosotros, nos puso a prueba, nos hizo proposiciones y nos escuchó en nuestras respuestas; y cuantas veces detectó en nosotros algo no del todo infructífero y sin provecho y yermo, se puso a limpiar el suelo, a removerlo y a regarlo, y a poner todas las cosas en movimiento, y aplicó toda su destreza y cuidado sobre nosotros, y labró nuestra mente. Y las espinas y abrojos, y toda especie de hierba o planta silvestre que nuestra mente (tan desordenada y precipitada en su propia acción) producía y daba en su lujuria inculta y salvajismo nativo, las cortó y las removió por completo mediante los procesos de refutación y prohibición; a veces acometiéndonos al genuino modo socrático, y de nuevo trastornándonos con su argumentación cuando nos veía impacientarnos bajo él, como a otros tantos potros indómitos, que se salían del curso y galopaban locamente de un lado a otro, hasta que con una extraña persuasión y constricción nos redujo a un estado de quietud bajo él por su discurso, que obraba como un freno en nuestra boca. Y aquello fue al principio una posición desagradable para nosotros, y no sin dolor, pues trataba con personas que no estaban acostumbradas, y aún no entrenadas a someterse a la razón, cuando nos acosaba con sus argumentaciones; y, sin embargo, nos purgó con ellas. Y cuando nos hubo hecho adaptables, y nos hubo preparado con éxito para la recepción de las palabras de la verdad, entonces, además, como si fuéramos ya un suelo bien labrado y blando, y dispuesto a dar crecimiento a las semillas echadas en él, trató liberalmente con nosotros, y sembró la buena semilla a su tiempo, y atendió a todos los demás cuidados de la buena labranza, cada uno en su propia y debida estación. Y cuantas veces percibía en nuestra mente algún elemento de debilidad o de bajeza (ya fuera de tal carácter por naturaleza, o se hubiera vuelto así de grosero por el excesivo alimento del cuerpo), lo punzaba con sus discursos, y lo reducía por medio de aquellas delicadas palabras y giros de razonamiento que, aunque al principio son los más simples, gradualmente se desarrollan uno tras otro, y hábilmente se elaboran, hasta avanzar a una especie de complejidad que apenas puede dominarse o desplegarse, y que nos hacen levantarnos, por así decirlo, del sueño, y nos enseñan el arte de atenernos siempre a lo que está inmediatamente delante de uno, sin dar jamás un tropiezo ni por causa de la longitud ni de la sutileza. Y si había en nosotros algo de tendencia injudiciosa y precipitada, ya sea en el modo de asentir a todo lo que se nos presentaba, de cualquier carácter que fueran los objetos, y aun cuando resultaran falsos, o en el modo de resistir a menudo otras cosas, aun cuando se dijeran verazmente—eso también lo redujo a disciplina en nosotros mediante aquellos delicados razonamientos ya mencionados, y por otros semejantes (pues esta rama de la filosofía es de forma variada), y nos acostumbró a no dar nuestro testimonio unas veces, y otras a negarlo, al azar, y según nos empujara el acaso, sino a darlo sólo después de un examen cuidadoso no sólo de las cosas manifiestas, sino también de las secretas. Pues muchas cosas que gozan de gran reputación por sí mismas, y son honrosas en apariencia, han encontrado entrada por medio de hermosas palabras en nuestros oídos, como si fueran verdaderas, mientras que eran huecas y falsas, y se han llevado y tomado posesión del sufragio de la verdad de nuestra parte, y luego, no mucho tiempo después, se han descubierto corruptas e indignas de crédito, y engañosas prestatarias del ropaje de la verdad; y así nos han expuesto con demasiada facilidad como hombres ridículamente engañados, y que dan su testimonio inconsideradamente a cosas que de ningún modo debían haberlo obtenido. Y, por el contrario, otras cosas realmente honrosas y no imposturas, pero que no han sido expresadas en enunciados plausibles, y tienen así la apariencia de ser paradójicas y sumamente increíbles, y que han sido rechazadas como falsas por su propia apariencia, y expuestas inmerecidamente al ridículo, han sido después, tras cuidadosa investigación y examen, descubiertas como las más verdaderas de todas las cosas, y enteramente incontestables, aunque por un tiempo despreciadas y tenidas por falsas. No simplemente, pues, tratando con cosas patentes y prominentes, que a veces son engañosas y sofísticas, sino también enseñándonos a escudriñar las cosas que hay dentro de nosotros, y a ponerlas todas individualmente a prueba, no sea que alguna de ellas devuelva un sonido hueco, e instruyéndonos para asegurarnos primero de esas cosas interiores, nos entrenó a dar nuestro asentimiento a las cosas exteriores sólo entonces y así, y a expresar nuestra opinión sobre todas ellas por separado. De esta manera, aquella capacidad de nuestra mente que trata críticamente con palabras y razonamientos fue educada de un modo racional; no según los juicios de los ilustres retóricos—cualquiera que sea el honor griego o extranjero que corresponda a ese título—, pues la suya es una disciplina de poco valor y de ninguna necesidad: sino conforme a aquello que es más necesario para todos, sean griegos o extranjeros, sean sabios o iletrados, y, en fin, para no alargar la exposición repasando por separado cada profesión y cada ocupación, conforme a aquello que es más indispensable para todos los hombres, sea cual fuere el modo de vida que hayan elegido, si es en verdad el cuidado y el interés de todos los que han de conversar sobre cualquier asunto unos con otros, estar protegidos contra el engaño.

    Argumento 8.— Luego, en Debida Sucesión, los Instruye en la Física, la Geometría y la Astronomía

    Argumento 8

    Ni tampoco limitó sus esfuerzos meramente a aquella forma de la mente que corresponde a la dialéctica regular; sino que tomó también a su cargo aquella humilde capacidad de la mente que se muestra en nuestro asombro ante la magnitud, la maravilla y la magnífica y absolutamente sabia construcción del mundo, y en nuestro maravillarnos de un modo irracional, y en quedar sobrecogidos de temor, y en no saber, como las criaturas irracionales, a qué conclusión llegar. También ésta la despertó y corrigió mediante otros estudios de la ciencia natural, ilustrando y distinguiendo las varias divisiones de los objetos creados, y reduciéndolos con admirable claridad a sus elementos prístinos, tomándolos a todos perspicuamente en su discurso, y recorriendo la naturaleza del todo y de cada sección particular, y discutiendo la multiforme revolución y mutación de las cosas del mundo, hasta llevarnos plenamente consigo bajo su clara enseñanza; y con aquellos razonamientos que en parte había aprendido de otros y en parte había descubierto por sí mismo, llenó nuestras mentes de un asombro racional en lugar de irracional ante la sagrada economía del universo y la irreprensible constitución de todas las cosas. Éste es aquel estudio sublime y celestial que enseña la filosofía natural: ciencia atractiva sobre todas para todos. ¿Y qué necesidad hay ahora de hablar de las matemáticas sagradas, a saber, la geometría, tan preciosa para todos y por encima de toda controversia, y la astronomía, cuyo curso está en lo alto? Estos diversos estudios los imprimió en nuestros entendimientos, adiestrándonos en ellos, o llamándolos a nuestra mente, o haciendo con nosotros alguna otra cosa que no sé cómo designar rectamente. Y el uno lo presentó lúcidamente como el fundamento inmutable y cimiento seguro de todo, a saber, la geometría; y por el otro, a saber, la astronomía, nos elevó a las cosas más altas sobre nosotros, haciendo transitable para nosotros el cielo con la ayuda de cada una de estas ciencias, como si fueran escaleras que alcanzan los cielos.

    Argumento 9

    Pero Imbuye Sus Mentes, Ante Todo, en la Ciencia Ética; Y No Se Limita a Discurrir Sobre las Virtudes de Palabra, Sino que Confirma Su Enseñanza con Sus Actos

    Argumento 9

    Es más, en cuanto a aquellas cosas que sobresalen en importancia sobre todas, y aquellas por cuya causa, sobre todo lo demás, toda la familia de los trabajos filosóficos, recogiéndolos como buenos frutos producidos por los variados crecimientos de todos los otros estudios y del largo y practicado filosofar —me refiero a las virtudes divinas que conciernen a la naturaleza moral, por las cuales los impulsos de la mente tienen su subsistencia ecuánime y estable—, también por medio de éstas se propuso hacernos verdaderamente invulnerables al dolor y a la inquietud bajo la presión de todos los males, e impartirnos un espíritu bien disciplinado, firme y religioso, para que pudiéramos ser en todas las cosas verdaderamente bienaventurados. Y en esto se afanaba mediante discursos pertinentes, de tendencia sabia y apaciguadora, y muy a menudo también mediante las más convincentes exhortaciones acerca de nuestras disposiciones morales y nuestros modos de vida. Y no era sólo con palabras, sino también con hechos, como regulaba en alguna medida nuestras inclinaciones —a saber, mediante aquella misma contemplación y observación de los impulsos y afectos de la mente, por cuyo resultado muy especialmente la mente suele ser reducida a recto estado desde uno de discordia, y restaurada a una condición de juicio y orden desde una de confusión. De modo que, contemplándose a sí misma como en un espejo (y puedo decir específicamente, viendo, por una parte, los mismísimos comienzos y raíces del mal en ella, y todo lo irracional que hay dentro, de donde brotan todos los afectos y pasiones absurdos; y, por otra parte, todo lo verdaderamente excelente y racional dentro de ella, bajo cuyo dominio permanece invulnerable al daño y a la perturbación en sí misma; y escudriñando luego cuidadosamente las cosas así descubiertas en ella), pudiera arrojar fuera todas aquellas que son crecimiento de la parte inferior, y que consumen nuestras potencias por la intemperancia, o las estorban y ahogan por el abatimiento —tales cosas como los placeres y las concupiscencias, o los dolores y los temores, y toda la multitud de males que acompañan a estas diferentes especies de maldad. Digo que así pudiera arrojarlas fuera y acabar con ellas, enfrentándolas mientras están aún en sus comienzos y apenas empezando su crecimiento, y no dejándolas cobrar fuerza ni siquiera con una breve demora, sino destruyéndolas y arrancándolas de raíz de una vez; mientras, al mismo tiempo, pudiera fomentar todas aquellas cosas que son realmente buenas, y que brotan de la parte más noble, y pudiera preservarlas nutriéndolas en sus comienzos, y velando cuidadosamente por ellas hasta que alcanzaran su madurez. Pues así es (solía decir) como las virtudes celestiales madurarán en el alma: a saber, la prudencia, que ante todo es capaz de juzgar de aquellos mismos movimientos de la mente a la vez por las cosas mismas y por el conocimiento que le sobreviene de las cosas fuera de nosotros, cualesquiera que sean, tanto buenas como malas; y la templanza, la potencia que hace la recta selección entre estas cosas en sus comienzos; y la justicia, que asigna lo justo a cada uno; y aquella virtud que es la conservadora de todas ellas: la fortaleza. Y por tanto no nos acostumbró a una mera profesión de palabras, como que la prudencia, por ejemplo, es el conocimiento del bien y del mal, o de lo que debe hacerse y lo que no debe hacerse: pues eso sería en verdad un estudio vano e inútil, si hubiera simplemente la doctrina sin la obra; y sin valor sería aquella prudencia que, sin hacer las cosas que deben hacerse, y sin apartar a los hombres de las que no deben hacerse, fuera capaz meramente de proveer el conocimiento de estas cosas a quienes la poseyeran —aunque muchas personas tales caen bajo nuestra observación. Ni tampoco se contentó con la mera aserción de que la templanza es simplemente el conocimiento de lo que debe elegirse y lo que no; aunque las otras escuelas de filósofos no enseñan ni siquiera tanto como eso, y especialmente las más recientes, que son tan enérgicas y vigorosas en palabras (tanto que a menudo me he asombrado de ellas, cuando procuraban demostrar que existe la misma virtud en Dios y en los hombres, y que sobre la tierra, en particular, el sabio es igual a Dios), y sin embargo son incapaces de entregar la verdad en cuanto a la prudencia, de modo que uno haga las cosas dictadas por la prudencia, o la verdad en cuanto a la templanza, de modo que uno elija las cosas que ha aprendido por ella; y lo mismo vale también de su tratamiento de la justicia y la fortaleza. No así, empero, en meras palabras solamente, recorrió este maestro con nosotros las verdades acerca de las virtudes; sino que nos incitaba mucho más a la práctica de la virtud, y nos estimulaba más con las obras que hacía que con las doctrinas que enseñaba.

    Argumento 10.— De Donde Quedan Confutados los Meros Sabios de Palabra, que Dicen y No Hacen

    Argumento 10

    Ahora ruego a los filósofos de este tiempo presente, tanto a los que he conocido personalmente yo mismo, como a los que he sabido por informe de otros, y ruego también a todos los demás hombres, que tomen a bien las afirmaciones que acabo de hacer. Y que nadie suponga que me he expresado así, ni por simple amistad hacia aquel hombre, ni por odio hacia el resto de los filósofos; pues si hay alguno inclinado a admirarlos por sus discursos, y deseoso de hablar bien de ellos, y complacido al oír la mención más honrosa hecha de ellos por otros, yo mismo soy ese hombre. Sin embargo, aquellos hechos a los que me he referido son de tal naturaleza que traen sobre el nombre mismo de la filosofía el último grado de ridículo casi de parte de la gran masa de los hombres; y casi podría decir que preferiría ser del todo inexperto en ella, antes que aprender algo de las cosas que estos hombres profesan, con quienes me pareció bien no asociarme ya más en esta vida —aunque en eso, acaso, haya formado un juicio incorrecto. Pero digo que nadie debe suponer que hago estas afirmaciones por el mero impulso de un celoso afán por la alabanza de este hombre, o bajo el estímulo de alguna animosidad existente hacia otros filósofos. Sino que todos queden asegurados de que digo aun menos de lo que sus obras merecen, no sea que parezca estar entregándome a la adulación; y de que no busco palabras y frases estudiadas, ni astutos medios de alabanza —yo, que jamás pude por mi propia voluntad, ni siquiera cuando era joven y aprendía el estilo popular de la oratoria bajo un profesor del arte de la elocuencia pública, soportar proferir una palabra de alabanza, ni tributar encomio alguno a nadie que no fuera genuino. Por lo cual, también en la presente ocasión, no creo correcto, al proponerme la tarea simplemente de encomiarlo, magnificarlo a costa de la reprobación de otros. Y, en buena verdad, hablaría sólo en perjuicio del hombre, si, con la mira de tener algo más grandioso que decir de él, comparara su vida bienaventurada con las faltas de otros. No somos, sin embargo, tan insensatos. Mas testificaré simplemente lo que ha caído dentro de mi propia experiencia, aparte de todas las comparaciones mal juzgadas y de los artificios de palabras.

    Argumento 11.— Orígenes es el Primero y el Único que Exhorta a Gregorio a Añadir a Sus Conocimientos el Estudio de la Filosofía, y Le Ofrece en Cierta Manera un Ejemplo en Sí Mismo

    De la Justicia, la Prudencia, la Templanza y la Fortaleza. La Máxima, Conócete a Ti Mismo

    Argumento 11

    Fue también el primero y el único hombre que me instó a estudiar la filosofía de los griegos, y me persuadió con su propio ejemplo moral tanto a oír como a mantener la doctrina de las costumbres, mientras que yo todavía no había sido ganado en modo alguno para ella, en lo que a otros filósofos respecta (lo reconozco de nuevo)— no rectamente, en verdad, sino desdichadamente, como puedo decir sin exageración, para mí. No me asocié, sin embargo, con muchos al principio, sino sólo con unos pocos que profesaban ser maestros, aunque, en buena verdad, todos ellos establecían su filosofía tan sólo hasta donde llegan las palabras. Este hombre, empero, fue el primero que me indujo a filosofar con sus palabras, pues señaló la exhortación con hechos antes de darla en palabras, y no se limitó a recitar sentencias bien estudiadas; más aún, no juzgaba correcto hablar en absoluto sobre el asunto, sino con una mente sincera, y empeñada en esforzarse ardientemente tras la realización práctica de las cosas expresadas, y procuraba a todo tiempo mostrarse en carácter como el hombre que describe en sus discursos como la persona que ha de llevar una vida noble, y exhibía siempre en sí mismo, diría yo, el modelo del sabio. Mas como nuestro discurso se propuso desde el comienzo tratar de la verdad, y no del lenguaje vanaglorioso, no hablaré de él ahora como el ejemplar del sabio. Y sin embargo, si eligiera hablar así de él, no andaría lejos de la verdad. No obstante, paso por alto eso por el momento. No hablaré de él como un modelo perfecto, sino como uno que desea vehemente imitar el modelo perfecto, y se esfuerza tras él con celo y ardor, aun más allá de la capacidad de los hombres, si puedo expresarme así; y que se afana, además, también por hacernos a nosotros, que somos tan diferentes, de carácter semejante al suyo, no meros poseedores y aprehensores de las doctrinas desnudas acerca de los impulsos del alma, sino dueños y aprehensores de estos impulsos mismos. Pues nos apremiaba tanto a la obra como a la doctrina, y nos llevaba consigo por aquella misma visión y método, no meramente a una pequeña sección de cada virtud, sino más bien al todo, si acaso éramos capaces de recibirlo. Y nos constreñía también, si puedo decirlo así, a practicar la justicia sobre el fundamento de la acción personal del alma misma, la cual nos persuadía a estudiar, apartándonos de las ansiedades oficiosas de la vida y de la turbulencia del foro, y elevándonos a la más noble vocación de mirar dentro de nosotros mismos, y de tratar en verdad con las cosas que nos conciernen. Ahora bien, que esto es practicar la justicia, y que ésta es la verdadera justicia, lo han afirmado también algunos de nuestros antiguos filósofos (expresándolo como la acción personal, pienso), y han afirmado que esto es más provechoso para la bienaventuranza, tanto para los hombres mismos como para aquellos que están con ellos, si en verdad pertenece a esta virtud recompensar según el mérito, y asignar a cada uno lo suyo. Pues ¿qué otra cosa podría suponerse tan propia del alma? ¿O qué podría ser tan digno de ella, como ejercer un cuidado sobre sí misma, no mirando hacia afuera, ni ocupándose de asuntos ajenos, ni, para decirlo brevemente, haciéndose la peor injusticia a sí misma, sino volviendo su atención hacia adentro sobre sí misma, rindiéndose lo debido a sí misma, y obrando así rectamente? Practicar la justicia de esta manera, por tanto, nos lo imprimió, si puedo decirlo así, por una suerte de fuerza. Y nos educó en la prudencia no menos: enseñándonos a estar en casa con nosotros mismos, y a desear y esforzarnos por conocernos a nosotros mismos, lo cual es en verdad el logro más excelente de la filosofía, la cosa que se atribuye también al más profético de los espíritus como el argumento más alto de la sabiduría —el precepto, Conócete a ti mismo. Y que ésta es la genuina función de la prudencia, y que tal es la prudencia celestial, lo afirman bien los antiguos; pues en esto hay una virtud común a Dios y al hombre; mientras el alma se ejercita en contemplarse a sí misma como en un espejo, y refleja la mente divina en sí misma, si es digna de tal relación, y traza un cierto método inexpresable para la consecución de una suerte de apoteosis. Y en correspondencia con esto vienen también las virtudes de la templanza y la fortaleza: la templanza, en verdad, en conservar esta misma prudencia que debe estar en el alma que se conoce a sí misma, si tal suerte le toca alguna vez (pues esta templanza, a su vez, significa ciertamente justo una prudencia sana); y la fortaleza, en mantenerse firmemente en todos los deberes de que se ha hablado, sin caer de ellos, ni voluntariamente ni bajo fuerza alguna, y en guardar y retener todo lo que ha sido establecido. Pues enseña que esta virtud actúa también como una especie de preservadora, mantenedora y guardiana.

    Argumento 12.— Gregorio Niega Toda Consecución de las Virtudes por Su Parte

    La Piedad es a la Vez el Comienzo y el Fin, y Así es la Madre de Todas las Virtudes

    Argumento 12

    Es cierto, en verdad, que a consecuencia de nuestra naturaleza torpe y perezosa, no ha logrado todavía hacernos justos, y prudentes, y templados, o varoniles, aunque ha trabajado celosamente en nosotros. Pues no estamos en posesión real de virtud alguna, ni humana ni divina, ni nos hemos acercado jamás a ella, sino que estamos todavía lejos. Y éstas son virtudes muy grandes y excelsas, y ninguna de ellas puede ser asumida por una persona común, sino sólo por aquel a quien Dios inspira con el poder. Tampoco estamos en modo alguno tan favorablemente constituidos para ellas por naturaleza, ni nos profesamos todavía dignos de alcanzarlas; pues por nuestra desidia y debilidad no hemos hecho todas aquellas cosas que deben ser hechas por quienes aspiran a lo más noble y apuntan a lo perfecto. No somos aún, por tanto, ni justos ni templados, ni dotados de ninguna de las otras virtudes. Pero este admirable hombre, este amigo y abogado de las virtudes, ha hecho desde hace tiempo por nosotros acaso todo lo que estaba en su poder hacer, en hacernos amantes de la virtud, que la amaran con el afecto más ardiente. Y por su propia virtud creó en nosotros un amor a la vez por la belleza de la justicia, cuyo rostro áureo en verdad nos fue mostrado por él; y por la prudencia, que es digna de ser buscada por todos; y por la verdadera sabiduría, que es la más deleitable; y por la templanza, la virtud celestial que forma la sana constitución del alma, y trae paz a todos los que la poseen; y por la varonilidad, aquella gracia la más admirable; y por la paciencia, aquella virtud peculiarmente nuestra; y, sobre todo, por la piedad, la cual los hombres designan rectamente cuando la llaman la madre de las virtudes. Pues éste es el comienzo y el fin de todas las virtudes. Y comenzando por ésta, hallaremos que todas las demás virtudes crecen en nosotros con suma prontitud: si, mientras por nosotros mismos aspiramos ardientemente a esta gracia, que todo hombre, con tal de no ser absolutamente impío, o un mero buscador de placeres, debe adquirir para sí, a fin de ser amigo de Dios y mantenedor de Su verdad, y mientras diligentemente perseguimos esta virtud, atendemos también a las demás virtudes, para que no nos acerquemos a nuestro Dios en indignidad e impureza, sino con toda virtud y sabiduría como nuestros mejores conductores y sacerdotes más sagaces. Y el fin de todo lo considero ser nada más que esto: Por la mente pura hazte semejante a Dios, para que puedas acercarte a Él, y permanecer en Él.

    Argumento 13.— El método que usó Orígenes en sus instrucciones teológicas y metafísicas

    Recomienda el estudio de todos los escritores, exceptuados únicamente los ateos. El maravilloso poder de persuasión en el discurso. La facilidad de la mente en dar su asentimiento

    Argumento 13

    Y además de todos sus demás pacientes y laboriosos esfuerzos, ¿cómo podré yo explicar con palabras lo que hizo por nosotros al instruirnos en la teología y en el carácter piadoso? ¿Y cómo penetraré en la disposición real del hombre y mostraré con cuánta sensatez y cuidadosa preparación quería que nos familiarizáramos con todo discurso acerca de la Divinidad, guardándonos solícitamente de todo peligro respecto de lo que es lo más necesario de todo, a saber, el conocimiento de la Causa de todas las cosas? Porque juzgaba conveniente que estudiáramos la filosofía de tal modo que leyéramos con la mayor diligencia todo lo que se ha escrito, tanto por los filósofos como por los poetas antiguos, sin rechazar nada y sin repudiar nada (pues, en verdad, todavía no poseíamos la facultad del discernimiento crítico), excepto únicamente las producciones de los ateos, quienes, en sus presunciones, se apartan de la inteligencia común de los hombres y niegan que haya Dios o providencia. De éstos quería que nos abstuviéramos, porque no son dignos de ser leídos y porque podría suceder que el alma que hay en nosotros, destinada a la piedad, se manchara al escuchar palabras contrarias al culto de Dios. Pues aun los que frecuentan los templos de la piedad, según creen que lo son, cuidan de no tocar nada profano. Sostenía, por tanto, que los libros de tales hombres no merecían en modo alguno ser tomados en consideración por quienes han abrazado la práctica de la piedad. Creía, sin embargo, que debíamos obtener y familiarizarnos con todos los demás escritos, sin preferir ni repudiar ningún género, sea discurso filosófico o no, sea griego o extranjero, sino oyendo lo que todos tienen que comunicar. Y con gran sabiduría y sagacidad obraba según este principio, para que ninguna sentencia aislada dada por una clase u otra fuera oída y estimada por encima de las demás como la única verdadera, aun cuando pudiera no ser verdadera, y para que no entrara así en nuestra mente y nos engañara y, al alojarse allí ella sola, nos hiciera suyos, de modo que ya no tuviéramos poder para apartarnos de ella ni para lavarnos de ella, como se lava un poco de lana que ha recibido algún color arraigado. Porque cosa poderosa y enérgica es el discurso del hombre, y sutil con sus sofismas, y pronto a abrirse camino hasta los oídos, moldear la mente e impresionarnos con lo que transmite; y una vez que se ha apoderado de nosotros, puede ganarnos para amarlo como si fuera verdad; y conserva su lugar dentro de nosotros aunque sea falso y engañoso, dominándonos como algún encantador, y reteniendo como su campeón al mismo hombre a quien ha engañado. Y, por otra parte, la mente del hombre es además cosa fácilmente engañada por el discurso, y muy pronta a dar su asentimiento; y, en verdad, antes de discernir e inquirir debidamente en las materias, se deja ganar fácilmente, ya por su propia torpeza e imbecilidad, ya por la sutileza del discurso, para entregarse, a menudo al azar, ya cansada de todo examen preciso, a razonamientos y juicios artificiosos, que son ellos mismos erróneos y que arrastran al error a quienes los reciben. Y no sólo esto; sino que, si otro modo de discurso se propone corregirla, no le dará entrada ni permitirá que se la cambie de opinión, porque está retenida firmemente por cualquier noción que previamente se ha apoderado de ella, como si la dominara algún tirano inexorable.
    Comentario editorial · Leer todo, salvo a los ateos: la carta de Orígenes a Gregorio
    La regla de lectura que Gregorio atribuye a Orígenes se parece a la que el propio Orígenes le escribió en una carta. Le pide que extraiga de la filosofía de los griegos lo que sirva de preparación al cristianismo, y de la geometría y la astronomía lo que ayude a explicar la Escritura; compara el método con los israelitas que despojaron a los egipcios para hacer los vasos del santuario; y le manda leer la Escritura con oración. Wikipedia (en) advierte que no es fácil saber si la carta es anterior o posterior al discurso.

    Argumento 14.— De dónde han brotado las contiendas de los filósofos

    Contra quienes se aferran a todo lo que se les presenta, le dan crédito y se apegan a ello. Orígenes acostumbraba leer y explicar cuidadosamente los libros de los paganos a sus discípulos

    Argumento 14

    ¿No es así como se han introducido los principios contradictorios y opuestos, y todas las contiendas de los filósofos, mientras un partido resiste las opiniones de otro, y unos se atienen a ciertas posiciones y otros a otras, y una escuela se adhiere a un conjunto de dogmas y otra a otro? Y todos, en verdad, se proponen filosofar, y profesan haberlo hecho desde que fueron despertados por primera vez a ello, y declaran que no lo desean menos ahora, cuando están bien versados en las discusiones, que cuando las comenzaron: sí, antes alegan que tienen aún más amor a la filosofía ahora, después de haber tenido, por así decirlo, una pequeña prueba de ella y de haber gozado de la libertad de detenerse en sus discusiones, que cuando al principio, y sin experiencia previa alguna, eran impulsados por una especie de instinto a filosofar. Eso es lo que dicen; y de ahí en adelante no prestan atención a palabra alguna de quienes sostienen opiniones contrarias. Y, en consecuencia, ninguno de los antiguos ha inducido jamás a ninguno de los modernos, ni a los de la escuela peripatética, a volverse a su manera de pensar y adoptar su método de filosofar; y, por otra parte, ninguno de los modernos ha impuesto sus nociones a los de la escuela antigua. Ni, en resumen, nadie lo ha hecho con ningún otro. Porque no es cosa fácil inducir a uno a abandonar sus propias opiniones y aceptar las de otros; aunque éstas podrían, acaso, ser incluso sentimientos que, si se le hubiera llevado a darles crédito antes de comenzar a filosofar, el hombre habría admirado y aceptado al principio con toda prontitud: así, mientras la mente no estaba aún preocupada, podría haber dirigido su atención a aquel conjunto de opiniones, haberles dado su aprobación y, en su favor, haberse opuesto a las que sostiene actualmente. Tal, al menos, ha sido el género de filosofar exhibido por nuestros nobles y elocuentísimos y críticos griegos: pues cualquier cosa con que uno de éstos ha tropezado al comienzo, movido por un impulso u otro, eso solo declara ser la verdad, y sostiene que todo lo demás que mantienen los otros filósofos es simplemente engaño y locura, aunque él mismo no establezca sus propias posiciones con argumentos de modo más satisfactorio que todos los demás defienden cada uno sus peculiares doctrinas; siendo el objeto del hombre simplemente no estar obligado a abandonar y alterar sus opiniones, ya por imposición, ya por persuasión, mientras no tiene (si se puede decir la verdad) sino una especie de impulso irracional hacia esos dogmas en el lado de la filosofía, y no posee otro criterio de lo que imagina ser verdadero que (no parezca afirmación increíble) la ciega casualidad. Y así como cada uno queda apegado a aquellas posiciones con las que primero ha tropezado, y está, por así decirlo, retenido en cadenas por ellas, ya no es capaz de prestar atención a otras, si acaso tiene algo propio que ofrecer en cada materia con la demostración de la verdad, y si tiene el auxilio del argumento para mostrar cuán falsas son las doctrinas de sus adversarios; porque, desvalido y desconsiderado y como si esperara algún feliz accidente, se entrega a los razonamientos que primero se apoderan de él. Y tales razonamientos extravían a quienes los aceptan, no sólo en otras materias, sino, sobre todo, en lo que es de mayor y más esencial consecuencia: en el conocimiento de Dios y en la piedad. Y, sin embargo, los hombres quedan atados por ellos de tal modo que nadie puede liberarlos muy fácilmente. Porque son como hombres atrapados en un pantano que se extiende sobre alguna amplia llanura infranqueable, que, una vez que han caído en él, no les permite ni volver sobre sus pasos ni cruzarlo y poner a salvo su vida, sino que los hunde en su suelo hasta que encuentran su fin; o pueden compararse a hombres en un bosque profundo, espeso y majestuoso, en el cual entra el caminante, con la idea, acaso, de hallar el camino para salir de él al instante y de tomar de nuevo su rumbo por la llanura abierta, pero es burlado en su propósito por la extensión y la espesura de la arboleda. Y volviéndose en varias direcciones, y dando con varios senderos continuos dentro de ella, recorre muchos caminos, creyendo que por alguno de ellos seguramente hallará la salida; pero ellos sólo lo conducen más adentro, y de ningún modo le abren una salida, en cuanto no son más que senderos dentro del bosque mismo; hasta que al fin el viajero, del todo agotado y exhausto, viendo que todos los caminos que había intentado resultaban aún bosque, y desesperando de hallar ya su morada en la tierra, resuelve quedarse allí, establecer su hogar y desbrozar para su uso el espacio libre que pueda preparar en la misma arboleda. O también podríamos tomar el símil de un laberinto, que no tiene sino una entrada aparente, de modo que nada sospecha uno, de arte, desde fuera, y entra por la única puerta que se ofrece; y luego, después de avanzar hasta el interior más lejano, de contemplar el espectáculo ingenioso y de examinar la construcción tan hábilmente urdida, llena de pasadizos y trazada con senderos sin fin que conducen hacia dentro o hacia fuera, decide salir de nuevo, pero se halla incapaz, y ve su salida completamente interceptada por aquella construcción interior que parecía tan gran triunfo de ingenio. Pero, después de todo, no hay laberinto tan inextricable e intrincado, ni bosque tan espeso y tortuoso, ni llanura o pantano tan difíciles de abandonar para quienes una vez han entrado en ellos, como lo es la discusión, al menos tal como puede hallarse en el caso de algunos de estos filósofos. Por lo cual, para asegurarnos contra caer en la desdichada experiencia de la mayoría, no nos introdujo en una sola escuela exclusiva de filosofía; ni juzgó conveniente que nos apartáramos con una sola clase de opiniones filosóficas, sino que nos introdujo en todas, y determinó que no fuéramos ignorantes de ningún género de doctrina griega. Y él mismo siguió con nosotros, preparándonos el camino y llevándonos de la mano, como en un viaje, cuantas veces algo tortuoso, insano y engañoso se nos cruzaba en el camino. Y nos ayudaba como un perito experto que ha tenido larga familiaridad con tales materias, y que no es extraño ni inexperto en nada semejante, y que por ello puede permanecer seguro en su propia altura, mientras tiende la mano a otros y procura también su seguridad, como quien saca a los sumergidos. Así nos trató, escogiendo y poniendo ante nosotros todo lo que había de útil y verdadero en los varios filósofos, y descartando todo lo falso. Y esto lo hizo por nosotros, tanto en otras ramas del conocimiento humano, como muy especialmente en todo lo que atañe a la piedad.

    Argumento 15.— El caso de las cosas divinas

    Sólo a Dios y a sus profetas se ha de oír en ellas. Los profetas y sus oyentes son movidos por el mismo soplo. La excelencia de Orígenes en la interpretación de la Escritura

    Argumento 15

    En cuanto a estos maestros humanos, ciertamente nos aconsejó no apegarnos a ninguno de ellos, ni aun cuando estuvieran atestiguados por todos los hombres como sapientísimos, sino consagrarnos a Dios solo y a los profetas. Y él mismo se hizo intérprete de los profetas para nosotros, y nos explicaba cuanto en ellos había de oscuro o enigmático. Porque hay muchas cosas de esa índole en las sagradas palabras; y ya sea que Dios se complazca en comunicarse con los hombres de tal manera que la palabra divina no entre enteramente desnuda y descubierta en un alma indigna, como son muchas, ya sea que, siendo todo oráculo divino en su propia naturaleza clarísimo y perspicuo, nos parezca oscuro y tenebroso a nosotros, que hemos apostatado de Dios y hemos perdido con el tiempo y los años la facultad de oír, no puedo decirlo. Pero sea como fuere, si hay algunas palabras realmente enigmáticas, él explicaba todas ésas y las sacaba a la luz, como oyente de Dios habilísimo y de finísimo discernimiento; o si ninguna de ellas es realmente oscura en su propia naturaleza, tampoco le resultaban ininteligibles a él, quien solo entre todos los hombres del tiempo presente con quienes yo mismo he tenido trato, o de quienes he oído por el relato de otros, ha estudiado tan a fondo los claros y luminosos oráculos de Dios que es capaz de recibir al instante su sentido en su propia mente y transmitirlo a otros. Porque aquel Guía de todos los hombres, que inspira a los amados profetas de Dios y les sugiere todas sus profecías y sus místicas y celestiales palabras, ha honrado a este hombre como se honra a un amigo, y lo ha constituido expositor de estos mismos oráculos; y aquello de lo cual sólo daba una insinuación por medio de otros, lo convirtió por el instrumento de este hombre en materia de plena instrucción; y en las cosas que Él, que es digno de toda confianza, o bien ordenaba regíamente, o bien simplemente enunciaba, confirió a este hombre el don de investigarlas, desplegarlas y explicarlas: de modo que, si acaso había alguno de mente torpe e incrédula, o alguno sediento de instrucción, pudiera aprender de este hombre y, en cierto modo, ser constreñido a entender, a decidirse a creer y a seguir a Dios. Estas cosas, además, según juzgo, las emite él sola y verdaderamente por participación en el Espíritu divino: pues es menester la misma potencia para los que profetizan y para los que oyen a los profetas; y nadie puede oír rectamente a un profeta, a menos que el mismo Espíritu que profetiza le otorgue la capacidad de aprehender sus palabras. Y este principio está expresado, por cierto, en las mismas Sagradas Escrituras, cuando se dice que sólo Aquel que cierra abre, y ningún otro en absoluto; y lo que está cerrado se abre cuando la palabra de inspiración explica los misterios. Ahora bien, ese don grandísimo ha recibido este hombre de Dios, y esa la más noble de todas las mercedes le ha sido otorgada desde el cielo: que fuera intérprete de los oráculos de Dios para los hombres, y que entendiera las palabras de Dios como si Dios se las hablara, y que las relatara a los hombres de tal modo que pudieran oírlas con inteligencia. Por tanto, no había para nosotros ningún tema de palabra prohibido; porque no había materia de conocimiento oculta ni inaccesible para nosotros, sino que teníamos en nuestro poder aprender todo género de discurso, tanto extranjero como griego, tanto espiritual como político, tanto divino como humano; y nos era permitido con toda libertad recorrer todo el círculo del conocimiento, investigarlo, saciarnos con toda clase de doctrinas y gozar de las dulzuras del intelecto. Y ya fuera algún antiguo sistema de verdad, ya fuera algo que de otro modo pudiera nombrarse lo que teníamos ante nosotros, teníamos en él un aparato y una potencia a la vez admirables y llenos de las más hermosas perspectivas. Y, para decirlo en breve, fue verdaderamente un paraíso para nosotros a semejanza del paraíso de Dios, en el cual no fuimos puestos, ciertamente, para labrar el suelo debajo de nosotros, ni para embotarnos con el alimento corporal, sino sólo para acrecentar los bienes de la mente con toda alegría y gozo, plantando, por así decirlo, nosotros mismos algunos hermosos renuevos, o haciendo que fueran plantados en nosotros por el Autor de todas las cosas.

    Argumento 16

    Gregorio lamenta su partida bajo una triple comparación; comparándola con la salida de Adán del paraíso, con el abandono del hijo pródigo de la casa de su padre, y con la deportación de los judíos a Babilonia

    Argumento 16

    Aquí, en verdad, está el paraíso del consuelo; aquí hay verdadero gozo y placer, como los hemos disfrutado durante este período que ahora llega a su fin— no breve espacio en verdad en sí mismo, y sin embargo demasiado breve si ésta ha de ser realmente su conclusión, cuando partamos y dejemos este lugar tras nosotros. Porque no sé qué me ha poseído, ni qué ofensa he cometido, para que ahora me vaya— para que ahora sea apartado. No sé qué habría de decir, salvo que soy como un segundo Adán y he comenzado a hablar, fuera del paraíso. ¡Cuán excelente podría ser mi vida, si fuera sólo oyente de los discursos de mi maestro, y yo mismo guardara silencio! ¡Ojalá hubiera podido aprender a ser mudo y sin palabras, en lugar de presentar este nuevo espectáculo de hacer del maestro el oyente! Porque ¿qué tenía yo que ver con semejante arenga? ¿Y qué obligación tenía de pronunciar tal discurso, cuando no me correspondía partir, sino adherirme firmemente al lugar? Pero estas cosas parecen como las transgresiones que brotaron del engaño primitivo, y las penas de aquellas ofensas primordiales aún me aguardan aquí. ¿No me parezco a mí mismo desobediente al atreverme así a traspasar las palabras de Dios, cuando debería permanecer en ellas y aferrarme a ellas? Y al retirarme, huyo de esta vida bendita, como huyó el hombre primitivo del rostro de Dios, y vuelvo al suelo del que fui tomado. Por tanto, tendré que comer del suelo todos los días de mi vida allí, y tendré que labrar el suelo— el mismo suelo que produce espinas y abrojos para mí, es decir, dolores y ansiedades reprochables—, suelto como quedaré de cuidados que son buenos y nobles. Y lo que antes dejé atrás, a eso vuelvo ahora— al suelo, por así decirlo, del que vine, y a mis parentescos comunes aquí abajo, y a la casa de mi padre—, dejando la buena tierra, donde en otro tiempo no sabía que yacía la buena patria; dejando también a los parientes en quienes más tarde comencé a reconocer a los verdaderos allegados de mi alma, y la casa también de aquel que es en verdad nuestro padre, en la cual el padre permanece, y es piadosamente honrado y reverenciado por los hijos genuinos, cuyo deseo es también permanecer en ella. Pero yo, desprovisto por igual de toda piedad y dignidad, salgo del número de éstos, y me vuelvo a lo que está atrás, y retrocedo mis pasos. Está escrito que cierto hijo, habiendo recibido de su padre la porción de bienes que le correspondía proporcionalmente con el otro heredero, su hermano, partió, por su propia determinación, a un país extraño y lejano de su padre; y, viviendo allí en el desenfreno, disipó su sustancia ancestral, y la derrochó por completo; y al fin, bajo la presión de la necesidad, se alquiló como porquerizo; y, llevado al extremo por el hambre, anhelaba compartir la comida dada a los cerdos, pero no podía tocarla. Así pagó la pena de su vida disoluta, cuando tuvo que cambiar la mesa de su padre, que era principesca, por algo que no había previsto— el sustento de cerdos y siervos. Y nosotros también parecemos tener semejante fortuna ante nosotros, ahora que partimos, y eso, además, sin la porción completa que nos corresponde. Pues aunque no hemos recibido todo lo que deberíamos, sin embargo nos vamos, dejando atrás lo que es noble y querido con vos y junto a vos, y tomando a cambio sólo lo que es inferior. Porque todas las cosas melancólicas nos saldrán ahora al encuentro en sucesión,— tumulto y confusión en lugar de paz, y una vida desregulada en lugar de una de tranquilidad y armonía, y una dura esclavitud, y la servidumbre de las plazas de mercado, y pleitos, y multitudes, en lugar de esta libertad; y no nos quedará ni placer ni suerte alguna de ocio para la prosecución de objetos más nobles. Ni tendremos que hablar de las palabras de inspiración, sino que tendremos que hablar de las obras de los hombres— cosa que ha sido considerada simplemente una plaga por el profeta, — y en nuestro caso, ciertamente, las de hombres malvados. Y en verdad tendremos noche en lugar de día, y oscuridad en lugar de la luz clara, y aflicción en lugar de la asamblea festiva; y en lugar de una patria, un país hostil nos recibirá, en el cual no tendré libertad para cantar mi canto sagrado, pues ¿cómo podría cantarlo en una tierra extraña a mi alma, en la que los peregrinos no tienen permiso para acercarse a Dios? Sino sólo para llorar y lamentarme, al recordar el diferente estado de cosas aquí, si es que aun eso estará en mi poder. Leemos que enemigos asaltaron una vez una grande y sagrada ciudad, en la que se observaba el culto de Dios, y arrastraron a sus habitantes, tanto cantores como profetas, a su propio país, que era Babilonia. Y se narra que estos cautivos, cuando estaban detenidos en la tierra, se negaron, incluso cuando se lo pidieron sus conquistadores, a cantar el canto divino, o a tocar en un país profano, y colgaron sus arpas en los sauces, y lloraron junto a los ríos de Babilonia. Como uno de éstos me parezco a mí mismo ser, al ser arrojado de esta ciudad, y de esta sagrada patria mía, donde tanto de día como de noche se declaran las santas leyes, y se oyen himnos y cantos y palabras espirituales; donde también hay luz solar perpetua; donde de día en visión despierta tenemos acceso a los misterios de Dios, y de noche en sueños seguimos ocupados con lo que el alma ha visto y manejado durante el día; y donde, en resumen, la inspiración de las cosas divinas prevalece sobre todo continuamente. De esta ciudad, digo, soy arrojado, y llevado cautivo a una tierra extraña, donde no tendré poder para tocar la flauta: pues, como aquellos hombres de antaño, tendré que colgar mi instrumento en los sauces, y los ríos serán mi lugar de estancia, y tendré que trabajar en el fango, y no tendré ánimo para cantar himnos, aunque los recuerde; sí, puede ser que, por ocupación constante con otros asuntos, los olvide incluso, como alguien despojado de la memoria misma. Y ojalá que, al irme, sólo me fuera contra mi voluntad, como acostumbra hacerlo un cautivo; pero me voy también por mi propia voluntad, y no por coacción de otro; y por mi propio acto soy desposeído de esta ciudad, cuando está en mi opción permanecer en ella. Quizá, también, al dejar este lugar, vaya a emprender un viaje no seguro, como a veces le sucede a quien abandona alguna ciudad segura y pacífica; y es ciertamente más que probable que, en el viaje, caiga en manos de ladrones, y sea hecho prisionero, y sea despojado y herido con muchos golpes, y sea arrojado a yacer medio muerto en algún lugar.

    Argumento 17.— Gregorio se consuela a sí mismo

    Argumento 17

    Mas ¿por qué he de proferir tales lamentos? Vive todavía el Salvador de todos los hombres, incluso de los medio muertos y despojados, el Protector y Médico de todos, el Verbo, aquel Guardián que no duerme de todos. Tenemos también semillas de verdad que nos has hecho conocer como posesión nuestra, y todo lo que de ti hemos recibido— esos nobles depósitos de instrucción, con los cuales tomamos nuestro camino; y aunque lloramos, en verdad, como quienes salen de casa, llevamos sin embargo esas semillas con nosotros. Puede ser, entonces, que el Guardián que nos preside nos lleve a salvo a través de todo lo que nos sobrevenga; y puede ser que vengamos aún de nuevo a ti, trayendo con nosotros los frutos y manojos producidos por estas semillas, lejos de perfectos en verdad, pues ¿cómo podrían serlo? Pero aun así, tales como una vida gastada en negocios civiles nos hace posible criar, aunque dañados en verdad por una especie de facultad que o bien es incapaz de dar fruto en absoluto, o bien propensa a dar mal fruto, pero que, confío, no está destinada a ser mal usada por nosotros, si Dios nos concede su gracia.

    Argumento 18.— Peroración y apología de la oración

    Argumento 18

    Por tanto, déjame ya terminar con este discurso, que he tenido la osadía de pronunciar en una presencia donde la osadía menos me convenía. Sin embargo, este discurso es uno que, creo, ha aspirado de corazón a expresar nuestra gratitud según lo mejor de nuestra capacidad— pues aunque no hemos tenido nada que decir digno del asunto, no podíamos guardar silencio del todo— y uno que ha dado expresión a nuestros pesares, como acostumbran hacerlo quienes van al extranjero en separación de amigos. Y si este discurso mío acaso no haya contenido cosas pueriles o que rozan la adulación, o cosas que ofenden por exceso de simplicidad por un lado, o de elaboración por otro, no lo sé. De esto, sin embargo, soy claramente consciente: de que al menos no hay en él nada irreal, sino todo verdadero y genuino, en sinceridad de opinión, y en pureza e integridad de juicio.

    Argumento 19.— Apóstrofe a Orígenes, y con ello la despedida, y la urgente expresión de oración

    Argumento 19

    Mas tú, oh alma querida, levántate y ofrece la oración, y despídenos ya; y así como con tus santas instrucciones fuiste nuestro libertador mientras gozábamos de tu compañía, sálvanos todavía, por tus oraciones, en la separación. Encomiéndanos, y tennos constantemente delante de ti en la oración. O más bien encomiéndanos continuamente a aquel Dios que nos trajo a ti, dando gracias por todo lo que nos ha sido concedido en el pasado, e implorándole que aún nos lleve de la mano en el futuro, y que esté siempre a nuestro lado, llenando nuestra mente con la comprensión de sus preceptos, inspirándonos el temor piadoso de sí mismo, y concediéndonos de aquí en adelante su más escogida guía. Pues cuando nos hayamos ido de ti, no tendremos la misma libertad para obedecerle que era nuestra cuando estábamos contigo. Ruega, por tanto, que se nos transmita algún ánimo de su parte cuando perdamos tu presencia, y que nos envíe un buen conductor, algún ángel como compañero en el camino. Y ruégale también que oriente nuestro rumbo, pues ésa es la única cosa que, más que ninguna otra, nos consolará eficazmente y nos traerá de nuevo a ti.

    Confesión seccional de la fe

    § 1

    § 1

    Sumamente hostiles y ajenos a la Confesión Apostólica son quienes hablan del Hijo como asumido para sí por el Padre de la nada, y de un origen emanativo; y quienes sostienen los mismos sentimientos con respecto al Espíritu Santo; quienes dicen que el Hijo es constituido divino por don y gracia, y que el Espíritu Santo es hecho santo; quienes consideran el nombre del Hijo como uno común a los siervos, y afirman que así es Él el primogénito de la criatura, como llegando a ser, como la criatura, existente de la no existencia, y como siendo hecho primero, y que se niegan a admitir que Él sea el Hijo unigénito,— el único que el Padre tiene, y que se ha dado a sí mismo para ser contado en el número de los mortales, y así es contado primogénito; quienes circunscriben la generación del Hijo por el Padre con un intervalo medido a la manera del hombre, y se niegan a reconocer que el eón del Generador y el del Engendrado son sin principio; quienes introducen tres sistemas separados y diversos de culto divino, mientras que no hay sino una sola forma de servicio legítimo que hemos recibido de antiguo de la ley y los profetas, y que ha sido confirmada por el Señor y predicada por los apóstoles. Ni menos alienados de la verdadera confesión están quienes no sostienen la doctrina de la Trinidad según la verdad, como una relación que consta de tres personas, sino que impíamente la conciben como implicando un triple ser en una unidad (Mónada), formada a modo de síntesis, y piensan que el Hijo es la sabiduría en Dios, de la misma manera que la sabiduría humana subsiste en el hombre por la cual el hombre es sabio, y representan el Verbo como siendo simplemente semejante a la palabra que pronunciamos o concebimos, sin hipóstasis alguna.

    § 2

    § 2

    Mas la Confesión de la Iglesia, y el Credo que trae salvación al mundo, es aquel que trata de la encarnación del Verbo, y declara que Él se entregó a la carne del hombre que adquirió de María, mientras conservaba su propia identidad, y no sufrió transposición ni mutación divina, sino que fue puesto en conjunción con la carne a semejanza del hombre; de modo que la carne fue hecha una con la divinidad, habiendo la divinidad asumido la capacidad de recibir la carne en el cumplimiento del misterio. Y después de la disolución de la muerte, permaneció para la santa carne una impasibilidad perpetua y una inmortalidad inmutable, siendo la gloria original del hombre tomada de nuevo en ella por el poder de la divinidad, y siendo luego ministrada a todos los hombres por la apropiación de la fe.

    § 3

    § 3

    Si, entonces, hay también aquí algunos que falsifican la santa fe, ya sea atribuyendo a la divinidad como propio lo que pertenece a la humanidad— progresiones, y pasiones, y una gloria que viene con accesión — o separando de la divinidad el cuerpo progresivo y pasible, como si subsistiera de por sí aparte— estas personas también están fuera de la confesión de la Iglesia y de la salvación. Nadie, por tanto, puede conocer a Dios a menos que aprehenda al Hijo; porque el Hijo es la sabiduría por cuyo instrumento todas las cosas han sido creadas; y estos objetos creados declaran esta sabiduría, y Dios es reconocido en la sabiduría. Mas la sabiduría de Dios no es nada semejante a la sabiduría que posee el hombre, sino que es la sabiduría perfecta que procede del Dios perfecto, y permanece para siempre, no como el pensamiento del hombre, que pasa de él en la palabra que se habla y (inmediatamente) cesa de ser. Por lo cual no es sabiduría solamente, sino también Dios; ni es Verbo solamente, sino también Hijo. Y ya sea que uno discierna a Dios a través de la creación, o sea enseñado a conocerle por las Santas Escrituras, es imposible o bien aprehenderle o bien aprender de Él aparte de su sabiduría. Y el que invoca a Dios rectamente, le invoca a través del Hijo; y el que se acerca a Él en verdadera comunión, viene a Él a través de Cristo. Además, el Hijo mismo no puede ser abordado aparte del Espíritu. Porque el Espíritu es a la vez la vida y la santa formación de todas las cosas; y Dios enviando este Espíritu a través del Hijo hace a la criatura semejante a sí mismo.

    § 4

    § 4

    Uno, por tanto, es Dios el Padre, uno el Verbo, uno el Espíritu, la vida, la santificación de todos. Y ni hay otro Dios como Padre, ni hay otro Hijo como Verbo de Dios, ni hay otro Espíritu como vivificador y santificador. Además, aunque los santos son llamados tanto dioses, como hijos, y espíritus, no están llenos del Espíritu, ni son hechos semejantes al Hijo y a Dios. Y si, entonces, alguien hace esta afirmación: que el Hijo es Dios, simplemente por estar Él mismo lleno de divinidad, y no por ser engendrado de la divinidad, ha desmentido al Verbo, ha desmentido a la Sabiduría, ha perdido el conocimiento de Dios; ha caído en la adoración de la criatura, ha adoptado la impiedad de los griegos, a la que se ha retirado; y se ha hecho seguidor de la incredulidad de los judíos, quienes, suponiendo que el Verbo de Dios no era más que un hijo humano, se han negado a aceptarle como Dios, y han declinado reconocerle como el Hijo de Dios. Mas es impío pensar en el Verbo de Dios como meramente humano, y pensar en las obras que son hechas por Él como permanentes, mientras Él mismo no permanece. Y si alguno dice que el Cristo obra todas las cosas sólo por mandato del Verbo, hará al Verbo de Dios ocioso, y cambiará el orden del Señor en servidumbre. Porque el esclavo es uno enteramente bajo mandato, y lo creado no es competente para crear; pues suponer que lo que es en sí mismo creado pueda de igual manera crear otras cosas, implicaría que ha dejado de ser como la criatura.

    § 5

    § 5

    De nuevo, cuando uno habla del Espíritu Santo como de un objeto hecho santo, ya no podrá comprender que todas las cosas sean santificadas en el Espíritu. Porque el que ha santificado a uno, santifica todas las cosas. Por consiguiente, ese hombre desmiente la fuente de la santificación, el Espíritu Santo, al despojarlo del poder de santificar, y así se verá excluido de contarlo con el Padre y el Hijo; anula también la santa ordenanza del bautismo, y ya no podrá reconocer la santa y augusta Trinidad. Pues o bien debemos comprender la Trinidad perfecta en su gloria natural y genuina, o nos veremos en la necesidad de no hablar ya de Trinidad, sino sólo de Unidad; o bien, no contando los objetos creados con el Creador, ni las criaturas con el Señor de todos, tampoco debemos contar lo santificado con lo que santifica; así como ningún objeto hecho puede ser contado con la Trinidad, sino que en el nombre de la Santa Trinidad se administran el bautismo, la invocación y el culto. Porque si hay tres glorias distintas, debe haber también tres formas distintas de culto entre quienes impíamente adoran a la criatura; pues si hay una distinción en la naturaleza de los objetos adorados, debería haber también en estos hombres una distinción en la naturaleza del culto ofrecido. Lo reciente ciertamente no debe ser adorado junto con lo eterno; porque lo reciente comprende todo lo que ha tenido principio, mientras que poderoso e inconmensurable es Aquel que es antes de los siglos. Por tanto, el que supone algún comienzo de los tiempos en la vida del Hijo y del Espíritu Santo, con ello corta también toda posibilidad de contar al Hijo y al Espíritu con el Padre. Porque así como reconocemos que la gloria es una, así también debemos reconocer que la sustancia en la Divinidad es una, y una también la eternidad de la Trinidad.

    § 6

    § 6

    Además, el elemento capital de nuestra salvación es la encarnación del Verbo. Creemos, por tanto, que fue sin cambio alguno en la Divinidad como tuvo lugar la encarnación del Verbo con miras a la renovación de la humanidad. Pues no hubo ni mutación ni transposición, ni restricción alguna en la voluntad, en lo que respecta a la santa energía de Dios; sino que, permaneciendo ésta la misma en sí, realizó también la obra de la encarnación con miras a la salvación del mundo: y el Verbo de Dios, viviendo en la tierra a la manera de los hombres, mantuvo asimismo en todo la presencia divina, cumpliendo todas las cosas, y estando unido propia e individualmente con la carne; y mientras estaban allí las sensibilidades propias de la carne, la energía divina mantenía la impasibilidad que le es propia. Impío, por tanto, es el hombre que introduce la pasibilidad en la energía. Pues el Señor de la gloria apareció en forma de hombre cuando emprendió la economía sobre la tierra; y cumplió la ley por los hombres con sus obras, y con sus padecimientos abolió los padecimientos del hombre, y con su muerte destruyó la muerte, y con su resurrección sacó a la luz la vida; y ahora esperamos su aparición desde el cielo en gloria para la vida y el juicio de todos, cuando tenga lugar la resurrección de los muertos, a fin de que se dé a cada uno la recompensa según sus merecimientos.

    § 7

    § 7

    Pero algunos tratan a la Santa Trinidad de manera horrible, cuando afirman confiadamente que no hay tres personas, e introducen la idea de una persona desprovista de subsistencia. Por lo cual nos desentendemos de Sabelio, que dice que el Padre y el Hijo son lo mismo. Pues sostiene que el Padre es Aquel que habla, y que el Hijo es el Verbo que permanece en el Padre, y se manifiesta en el tiempo de la creación, y después revierte a Dios al cumplirse todas las cosas. La misma afirmación hace también del Espíritu. Renegamos de esto, porque creemos que tres personas —a saber, Padre, Hijo y Espíritu Santo— son declaradas poseedoras de la única Divinidad: pues la única divinidad que se manifiesta según la naturaleza en la Trinidad establece la unidad de la naturaleza; y así hay una divinidad que es propiedad del Padre, según la palabra: «Hay un solo Dios Padre»; [] y hay una divinidad hereditaria en el Hijo, como está escrito: «El Verbo era Dios»; [] y hay una divinidad presente según la naturaleza en el Espíritu, a saber, lo que subsiste como Espíritu de Dios — según la declaración de Pablo: «Vosotros sois templo de Dios, y el Espíritu de Dios mora en vosotros.» [1 Corintios 3:6]

    § 8

    § 8

    Ahora bien, la persona en cada uno declara el ser independiente y la subsistencia. Pero la divinidad es propiedad del Padre; y siempre que se habla de la divinidad de estos tres como una sola, se da testimonio de que la propiedad del Padre pertenece también al Hijo y al Espíritu: por lo cual, si puede hablarse de la divinidad como una en tres personas, la Trinidad queda establecida, y la unidad no se disuelve; y la unidad que es naturalmente del Padre se reconoce también como del Hijo y del Espíritu. Si, no obstante, se habla de una persona como podría hablarse de una divinidad, no puede ser que los dos en el uno sean como uno. Pues Pablo se dirige al Padre como uno en cuanto a la divinidad, y habla del Hijo como uno en cuanto al señorío: «Hay un solo Dios Padre, de quien son todas las cosas, y nosotros para Él; y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por Él.» [] Por lo cual, si hay un solo Dios, y un solo Señor, y al mismo tiempo una sola persona como una sola divinidad en un solo señorío, ¿cómo se puede dar crédito a la distinción en las palabras «de quien» y «por quien», como se ha dicho antes? Hablamos, en consecuencia, no como si separáramos el señorío de la divinidad, ni como enajenando lo uno de lo otro, sino unificándolos del modo que lo garantiza el hecho real y la verdad; y llamamos al Hijo Dios con la propiedad del Padre, por ser Su imagen y prole; y llamamos al Padre Señor, dirigiéndonos a Él con el nombre del Único Señor, por ser Su Origen y Generador.

    § 9

    § 9

    La misma posición sostenemos respecto del Espíritu, que tiene con el Hijo la unidad que el Hijo tiene con el Padre. Por lo cual, distíngase la hipóstasis del Padre por el apelativo de Dios; pero no se prive al Hijo de ese apelativo, porque Él es de Dios. De nuevo, distíngase la persona del Hijo por el apelativo de Señor; sólo que no se disocie a Dios de eso, porque Él es Señor por ser el Padre del Señor. Y así como es propio del Hijo ejercer el señorío, pues Él es quien hizo todas las cosas por Sí mismo, y ahora gobierna las cosas hechas, mientras que al mismo tiempo el Padre posee antes esa propiedad, en cuanto es el Padre de Aquel que es Señor; así hablamos de la Trinidad como un solo Dios, y sin embargo no como si hiciéramos lo uno por síntesis de tres: porque la subsistencia constituida por síntesis es algo enteramente partitivo e imperfecto. Sino que así como la designación Padre es expresión de originalidad y generación, así la designación Hijo es expresión de la imagen y prole del Padre. Por tanto, si alguien preguntara cómo hay un solo Dios, si también hay un Dios de Dios, responderíamos que ése es un término propio de la idea de causación original, en cuanto el Padre es la única Causa Primera. Y si alguien planteara también la cuestión, cómo hay un solo Señor, si el Padre también es Señor, podríamos responder de nuevo diciendo que lo es en cuanto es el Padre del Señor; y esta dificultad ya no nos saldrá al paso.

    § 10

    § 10

    Y de nuevo, si los impíos dicen: ¿Cómo no habrá tres Dioses y tres Personas, suponiendo que tienen una misma divinidad?— responderemos: Precisamente porque Dios es Causa y Padre del Hijo; y este Hijo es imagen y prole del Padre, y no Su hermano; y el Espíritu de manera semejante es el Espíritu de Dios, como está escrito: «Dios es Espíritu.» [] Y en tiempos anteriores tenemos esta declaración del profeta David: «Por la palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y todo su poder por el soplo (espíritu) de Su boca.» Y al principio del libro de la creación está escrito así: «Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.» [] Y Pablo en su Epístola a los Romanos dice: «Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros.» [] Y de nuevo dice: «Pero si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por Su Espíritu que mora en vosotros.» [] Y de nuevo: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» [] Y de nuevo: «Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome también testimonio mi conciencia en el Espíritu Santo.» [] Y de nuevo: «Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en la fe, para que abundéis en esperanza, por el poder del Espíritu Santo.» []

    § 11

    § 11

    Y de nuevo, escribiendo a los mismos Romanos, dice: «Pero os he escrito con mayor osadía en cierto modo, como recordándoos, a causa de la gracia que me fue dada de Dios, para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el Evangelio de Dios, a fin de que la ofrenda de los gentiles sea acepta, santificada por el Espíritu Santo. Tengo, pues, de qué gloriarme por medio de Jesucristo en las cosas que pertenecen a Dios. Porque no me atreveré a hablar de nada de lo que Cristo no haya obrado por mí, para hacer obedientes a los gentiles, de palabra y de obra, mediante poderosas señales y prodigios, por el poder del Espíritu Santo.» Y de nuevo: «Ahora os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo, y por el amor del Espíritu.» [] Y estas cosas, ciertamente, están escritas en la Epístola a los Romanos.

    § 12

    § 12

    De nuevo, en la Epístola a los Corintios dice: «Y mi palabra y mi predicación no fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino en demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, sino en el poder de Dios.» [] Y de nuevo dice: «Como está escrito: Ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló por su Espíritu: porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios.» [] Y de nuevo dice: «Pero el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios.» []

    § 13

    § 13

    ¿Veis que en toda la Escritura se predica al Espíritu, y sin embargo en ninguna parte se le llama criatura? ¿Y qué pueden decir los impíos si el Señor envía a sus discípulos a bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo? [] Sin contradicción, eso implica una comunión y unidad entre ellos, según la cual no hay ni tres divinidades ni (tres) señoríos; sino que, permaneciendo verdadera y ciertamente las tres personas, debe reconocerse la unidad real de los tres. Y de esta manera se dará crédito propio al envío y al ser enviado (en la Divinidad), según lo cual el Padre ha enviado al Hijo, y el Hijo envía de igual manera al Espíritu. Pues una de las personas ciertamente no podría decirse que se envíe a Sí misma; y no se podría hablar del Padre como encarnado. Porque los artículos de nuestra fe no concuerdan con las doctrinas viciosas de las herejías; y es justo que nuestras concepciones sigan las doctrinas inspiradas y apostólicas, y no que nuestras fantasías impotentes fuercen los artículos de nuestra fe divina.

    § 14

    § 14

    Pero si dicen: ¿Cómo puede haber tres Personas, y cómo sino una sola Divinidad?— haremos esta réplica: Que hay ciertamente tres personas, en cuanto hay una persona de Dios Padre, y una del Señor Hijo, y una del Espíritu Santo; y sin embargo hay una sola divinidad, en cuanto el Hijo es Imagen de Dios Padre, que es Uno— es decir, Él es Dios de Dios; y de manera semejante el Espíritu es llamado Espíritu de Dios, y eso, además, de naturaleza según la sustancia misma, y no según simple participación de Dios. Y hay una sola sustancia en la Trinidad, que no subsiste también en el caso de los objetos hechos; porque no hay una sola sustancia en Dios y en las cosas hechas, ya que ninguna de éstas es en sustancia Dios. Ni, en verdad, el Señor es una de éstas según la sustancia, sino que hay un solo Señor el Hijo, y un solo Espíritu Santo; y hablamos también de una sola Divinidad, y un solo Señorío, y una sola Santidad en la Trinidad; porque el Padre es Causa del Señor, habiéndolo engendrado eternamente, y el Señor es Prototipo del Espíritu. Pues así el Padre es Señor, y el Hijo también es Dios; y de Dios se dice que «Dios es Espíritu.» []

    § 15

    § 15

    Reconocemos, por tanto, un solo Dios verdadero, la única Causa Primera, y un solo Hijo, verdadero Dios de verdadero Dios, que posee por naturaleza la divinidad del Padre— es decir, que es el mismo en sustancia con el Padre; y un solo Espíritu Santo, que por naturaleza y en verdad santifica todas las cosas, y las hace divinas, por ser de la sustancia de Dios. A los que hablan del Hijo o del Espíritu Santo como criatura los anatematizamos. Todas las demás cosas las tenemos por objetos hechos, y en sujeción, creados por Dios por medio del Hijo, y santificados en el Espíritu Santo. Además, reconocemos que el Hijo de Dios fue hecho Hijo del hombre, habiendo tomado para Sí la carne de la Virgen María, no en nombre, sino en realidad; y que Él es a la vez el perfecto Hijo de Dios, y el (perfecto) Hijo del hombre— que la Persona es una sola, y que hay un solo culto para el Verbo y la carne que Él asumió. Y anatematizamos a los que constituyen cultos diferentes, uno para lo divino y otro para lo humano, y que adoran al hombre nacido de María como si fuera otro distinto del Dios de Dios. Pues sabemos que «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» [] Y adoramos a Aquel que fue hecho hombre por causa de nuestra salvación, no ciertamente como hecho perfectamente igual en un cuerpo igual, sino como Señor que ha tomado para Sí la forma del siervo. Reconocemos la pasión del Señor en la carne, la resurrección en el poder de Su divinidad, la ascensión al cielo, y Su aparición gloriosa cuando venga para el juicio de vivos y muertos, y para la vida eterna de los santos.

    § 16

    § 16

    Y puesto que algunos nos han causado molestia intentando subvertir nuestra fe en nuestro Señor Jesucristo, y afirmando de Él que no era Dios encarnado, sino un hombre vinculado con Dios; por esta razón presentamos nuestra confesión sobre el tema de las mencionadas materias de fe, y rechazamos los dogmas infieles opuestos a ellas. Pues Dios, habiendo sido encarnado en la carne del hombre, conserva también pura Su energía propia, poseyendo una mente no sujeta a las afecciones naturales y carnales, y manteniendo la carne y los movimientos carnales divinamente y sin pecado, y no sólo no dominado por el poder de la muerte, sino incluso destruyendo la muerte. Y es el verdadero Dios no encarnado el que ha aparecido encarnado, el Perfecto con la perfección genuina y divina; y en Él no hay dos personas. Ni afirmamos que haya cuatro a quienes adorar, a saber, Dios y el Hijo de Dios, y el hombre y el Espíritu Santo. Por lo cual también anatematizamos a los que muestran su impiedad en esto, y que así dan al hombre un lugar en la doxología divina. Pues sostenemos que el Verbo de Dios fue hecho hombre por causa de nuestra salvación, a fin de que recibiéramos la semejanza del celestial, y fuéramos hechos divinos según la semejanza de Aquel que es el verdadero Hijo de Dios por naturaleza, y el Hijo del hombre según la carne, nuestro Señor Jesucristo.

    § 17

    § 17

    Creemos, pues, en un solo Dios, es decir, en una sola Causa Primera, el Dios de la ley y del Evangelio, el justo y bueno; y en un solo Señor Jesucristo, Dios verdadero, es decir, Imagen del Dios verdadero, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles, Hijo de Dios y Vástago unigénito, y Verbo Eterno, viviente y subsistente por sí mismo y activo, que está siempre con el Padre; y en un solo Espíritu Santo; y en el glorioso advenimiento del Hijo de Dios, que de la Virgen María tomó carne, y padeció sufrimientos y muerte en lugar nuestro, y resucitó al tercer día, y fue elevado al cielo; y en su gloriosa aparición que ha de venir; y en una santa Iglesia, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna.

    § 18

    § 18

    Reconocemos que el Hijo y el Espíritu son consustanciales con el Padre, y que la sustancia de la Trinidad es una —es decir, que hay una sola divinidad según la naturaleza, permaneciendo el Padre ingénito, y siendo el Hijo engendrado del Padre en verdadera generación, y no en una formación por voluntad, y siendo el Espíritu enviado eternamente de la sustancia del Padre por medio del Hijo, con poder para santificar toda la creación. Y reconocemos además que el Verbo se hizo carne, y fue manifestado en el movimiento carnal recibido de una virgen, y no simplemente actuó en un hombre. Y a aquellos que tienen comunión con hombres que rechazan la consustancialidad como doctrina ajena a las Escrituras, y hablan de cualquiera de las personas de la Trinidad como creada, y separan a esa persona de la única divinidad natural, los tenemos por extraños, y no tenemos comunión con ninguno de ellos. Hay un solo Dios Padre, y no hay sino una sola divinidad. Pero también el Hijo es Dios, por ser la imagen verdadera de la única y sola divinidad, según la generación y la naturaleza que tiene del Padre. Hay un solo Señor, el Hijo; pero de igual manera está el Espíritu, que transmite el señorío del Hijo a la criatura que es santificada. El Hijo peregrinó en el mundo, habiendo recibido de la Virgen carne, la cual llenó del Espíritu Santo para la santificación de todos nosotros; y habiendo entregado la carne a la muerte, destruyó la muerte mediante la resurrección que tenía en vista la resurrección de todos nosotros; y ascendió al cielo, exaltando y glorificando a los hombres en sí mismo; y viene por segunda vez para traernos de nuevo la vida eterna.

    § 19

    § 19

    Uno es el Hijo, tanto antes de la encarnación como después de la encarnación. El mismo (Hijo) es a la vez hombre y Dios, ambas cosas juntas como si fueran una; y el Dios Verbo no es una persona, y el hombre Jesús otra persona, sino que el mismo que subsistía como Hijo antes se hizo uno con la carne por María, constituyéndose así hombre perfecto, santo y sin pecado, y usando esa posición económica para la renovación del género humano y la salvación de todo el mundo. Dios Padre, siendo Él mismo la Persona perfecta, tiene así al Verbo perfecto engendrado de Él verdaderamente, no como una palabra que se pronuncia, ni tampoco como hijo por adopción, en el sentido en que los ángeles y los hombres son llamados hijos de Dios, sino como Hijo que es Dios por naturaleza. Y está también el Espíritu Santo perfecto, suministrado por Dios a través del Hijo a los hijos de adopción, viviente y vivificante, santo y que imparte santidad a quienes participan de Él—no como un aliento insustancial insuflado en ellos por el hombre, sino como el Soplo viviente que procede de Dios. Por lo cual la Trinidad debe ser adorada, glorificada, honrada y reverenciada; siendo el Padre aprehendido en el Hijo así como el Hijo es de Él, y siendo el Hijo glorificado en el Padre, por cuanto es del Padre, y siendo manifestado en el Espíritu Santo a los santificados.

    § 20

    § 20

    Y que la santa Trinidad debe ser adorada sin separación ni enajenación, nos lo enseña Pablo, quien dice en su Segunda Epístola a los Corintios: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo, sean con todos vosotros.» [] Y de nuevo, en esa epístola hace esta explicación: «Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.» [] Y aún más claramente escribe así en la misma epístola: «Cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Mas nosotros todos, a cara descubierta, mirando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor.» []

    § 21

    § 21

    Y de nuevo dice Pablo: «Para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos ha formado para esto mismo es Dios, quien también nos ha dado las arras del Espíritu.» [] Y de nuevo dice: «Aprobándonos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades.» [] y así sucesivamente. Luego añade estas palabras: «Por bondad, por el Espíritu Santo, por amor no fingido, por la palabra de verdad, por el poder de Dios.» [] He aquí de nuevo que el santo ha definido la santa Trinidad, nombrando a Dios, y al Verbo, y al Espíritu Santo. Y de nuevo dice: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él.» [] Y de nuevo: «Pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido justificados en el nombre de nuestro Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.» [] Y de nuevo: «¿Qué? ¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» [] «Y pienso también que yo tengo el Espíritu de Dios.» []

    § 22

    § 22

    Y de nuevo, hablando también de los hijos de Israel como bautizados en la nube y en el mar, dice: «Y todos bebieron de la misma bebida espiritual: porque bebían de la Roca espiritual que los seguía, y la Roca era Cristo.» [] Y de nuevo dice: «Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y que nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo. Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios el que obra todas las cosas en todos. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere. Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros de ese único cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo; así también es Cristo. Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un solo cuerpo.» [] Y de nuevo dice: «Porque si el que viene predica a otro Cristo, al cual no hemos predicado, o si recibís otro espíritu que no habéis recibido, u otro evangelio que no habéis obtenido, seréis retenidos con razón.»

    § 23

    § 23

    ¿Veis que el Espíritu es inseparable de la divinidad? Y nadie con piadosos sentimientos podría imaginar que Él sea una criatura. Además, en la Epístola a los Hebreos escribe de nuevo así: «¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos con señales y prodigios y diversos milagros y dones del Espíritu Santo.» [] Y de nuevo dice en la misma epístola: «Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron y vieron mis obras cuarenta años. Por lo cual me disgusté contra aquella generación, y dije: Siempre andan errantes en su corazón, y no han conocido mis caminos; como juré en mi ira: No entrarán en mi reposo.» [] Y también allí deben prestar oído a Pablo, pues de ningún modo separa al Espíritu Santo de la divinidad del Padre y del Hijo, sino que claramente presenta el discurso del Espíritu Santo como procedente de la persona del Padre, y así expresado por Dios, tal como se ha representado en las sentencias antes mencionadas. Por lo cual la santa Trinidad es creída como un solo Dios, conforme a estos testimonios de la Sagrada Escritura; aunque en todas las Escrituras inspiradas se nos suministran innumerables anuncios, todos confirmatorios de la fe apostólica y eclesiástica.

    Un fragmento de la misma Declaración de Fe, acompañado de glosas

    De Gregorio Taumaturgo, según dicen, en su Confesión de Fe Seccional

    Fragmento con glosas

    El mantener dos naturalezas en el único Cristo, hace una Tétrada de la Trinidad, dice él; pues se expresó así: «Y es el Dios verdadero, el no encarnado, el que fue manifestado en la carne, perfecto con la perfección verdadera y divina, no con dos naturalezas; ni hablamos de adorar a cuatro (personas), a saber, Dios, y el Hijo de Dios, y el hombre, y el Espíritu Santo.» Primero, sin embargo, este pasaje es mal entendido, y es de significado muy dudoso. No obstante, sostiene que no debemos hablar de dos personas en Cristo, para que, reconociéndolo así como Dios, y como en la perfecta divinidad, y hablando aún de dos personas, no hagamos una Tétrada de las personas divinas, contando la de Dios Padre como una, y la del Hijo de Dios como una, y la del hombre como una, y la del Espíritu Santo como una. Mas, de nuevo, también se opone a reconocer dos naturalezas divinas, y más bien a favor de reconocerlo como Dios perfecto en una sola perfección divina natural, y no en dos; pues su objeto es mostrar que Él se encarnó sin cambio, y que retiene la divinidad sin duplicación. Por consiguiente, dice brevemente: «Y mientras brotan las afecciones de la carne, la energía retiene la impasibilidad que le es propia. Por tanto, el que introduce la (idea de) pasión en la energía es impío; pues fue el Señor de la gloria el que apareció en forma humana, habiendo tomado para sí la economía humana.»
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron estos escritos

    El Panegírico es la parte que más pesa. Gregorio no resume las doctrinas de Orígenes: cuenta un recorrido. Según los sumarios de la edición, primero va la lógica (Argumento 7); después la física, la geometría y la astronomía (8); la ética y las cuatro virtudes cardinales (9–12); y al final la teología (13). A esa teología se llega con una regla de lectura: todos los escritos de filósofos y poetas, sin rechazar ninguno salvo los de los ateos (13), y sin apegarse a ningún maestro humano en lo que toca a Dios (14–15). Sobre su valor, los juicios de los editores modernos difieren. Wikipedia, que sigue a la Catholic Encyclopedia, lo llama el primer intento de biografía de la literatura cristiana y dice que su mérito está menos en el estilo que en la novedad. Coxe, en el ANF, anota que abunda en defectos, propios de un ejercicio de escuela, y que la costumbre de las escuelas basta para excusar el elogio en presencia del elogiado; pero que su sinceridad y su gratitud lo libran de la adulación. Son juicios de editores, no de Gregorio.
    La Declaración de fe cabe en un párrafo y dice, sobre todo, lo que la Trinidad no es: nada creado ni sometido hay en ella, nada añadido después, y el Hijo nunca faltó al Padre ni el Espíritu al Hijo. Una nota del ANF recoge que Gregorio Nacianceno, en su Oración 40, atribuye a «uno de los sabios» una frase casi igual, y el ANF anota que, al parecer, se refiere a nuestro autor. Si el credo es de Gregorio es una cuestión abierta (véase la tabla de la ficha).
    La Epístola canónica tiene otro valor: muestra a un obispo del siglo III decidiendo casos concretos. Distingue entre quien comió lo que le pusieron delante siendo cautivo y quien se aprovechó de la desgracia ajena (cánones 1–2), entre el condenado en juicio y el que se declara y restituye (8–9), y deja lo más grave —los que se pasaron a los bárbaros— a la decisión común de un concilio (7). Wikipedia la toma como prueba de cómo estaba organizada la Iglesia en Neocesarea y el Ponto bajo Gregorio.
    La Confesión seccional combate a quienes sacan al Hijo «de la nada» y hacen del Espíritu algo santificado (§ 1), a quienes confunden las tres personas en una, con Sabelio como ejemplo (§ 7), y a quienes niegan la consustancialidad (§ 18). Compararla con la Declaración sirve para ver por qué se discute que sean de la misma mano: la Declaración no usa «persona», «hipóstasis» ni «consustancial», y la Confesión usa los tres. Es una observación del editor, no un argumento tomado de las fuentes consultadas.
    Límites. Esta edición no examina la autoría de ninguna pieza ni fecha por su cuenta: toma los datos de las fuentes que cita y, donde difieren, dice cuál afirma qué. El griego no se ha consultado. La traducción es automática y pasa por el inglés. Las notas se apoyan en las páginas de CCEL, New Advent y Wikipedia, abiertas y leídas, y en la carta de Orígenes a Gregorio y la Historia eclesiástica de Eusebio, tal como las imprime New Advent. No hay en esta edición ninguna cita de memoria.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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