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    TEXTOS — TERTULIANO

    Índice de la obra

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    Tertuliano

    Sobre la penitencia

    Texto base: versión inglesa de S. Thelwall, Ante-Nicene Fathers, vol. 3 (Buffalo, 1885), «On Repentance» · doce capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Thelwall; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 44 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Tertuliano abre el tratado diciendo que los paganos entienden el arrepentimiento como una emoción del ánimo y que por eso se arrepienten de sus buenas obras, no de las malas. Frente a ellos expone qué es para un cristiano: por qué Dios lo manda, por qué ha de preceder al bautismo y qué queda a quien, bautizado, vuelve a pecar. Son doce capítulos, y los cuatro últimos describen con detalle lo que se esperaba de quien hacía penitencia ante la comunidad: cilicio, ceniza, ayuno y súplica a los presbíteros y a los hermanos.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de S. Thelwall, publicada en 1885 en el volumen 3 de las Ante-Nicene Fathers (Latin Christianity: Its Founder, Tertullian, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe; Buffalo, Christian Literature Publishing Co.), tal como la reproduce New Advent con revisión de Kevin Knight. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y ninguna persona la ha revisado. No se tradujo del latín.

    Ficha de la obra

    AutorTertuliano de Cartago (perfil de este sitio). Erasmo dudó de la autenticidad del tratado, en parte por la limpieza de su estilo, según una nota del ANF; las ediciones consultadas lo dan por suyo
    TítuloDe paenitentia (en el ANF, On Repentance). El epub castellano lo titula «Sobre la penitencia», pero el encabezado y el texto dicen «arrepentimiento»
    FechaLa obra no la da. El editor del ANF, Coxe, escribe en una nota que «puede fecharse en 192»; Wikipedia recoge que John Kaye lo contaba entre los tratados «probablemente» anteriores al montanismo. No hay fecha segura
    GéneroTratado moral y disciplinar; en la clasificación del ANF, de los escritos «prácticos y éticos» de Tertuliano
    EstructuraCapítulos 1 a 6: el arrepentimiento y el bautismo. Capítulos 7 a 12: el «segundo» arrepentimiento de quien cae después, y la exomologesis
    ExtensiónDoce capítulos, unas 7 400 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Thelwall; no del latín
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 3 (1885), tal como lo recogen New Advent y CCEL

    La fuente y su traducción

    New Advent da «Translated by S. Thelwall» y la edición de Roberts, Donaldson y Coxe (Buffalo, 1885); CCEL publica el mismo volumen con las notas de los editores. Una nota de Coxe antepone al tratado que pasa «de los escritos polémicos de nuestro autor a los de carácter práctico y ético» y que este «es el producto de sus mejores días». El epub de partida trae el texto y los sumarios de los capítulos 3 y 4, pero no las notas ni las Elucidations de Coxe; algunas se resumen en las notas de este libro, con su origen.
    Lo que viene de la edición. La división en doce capítulos y sus títulos son del ANF, no del autor; los localizadores («Cap. 7») siguen esa división. Las referencias bíblicas entre corchetes llegan con la edición y las palabras entre paréntesis son añadidos del traductor inglés. Las cursivas vienen del epub inglés de partida. El tratado solo se conserva en latín; la palabra griega exomologesis llega transliterada desde Thelwall, y el epub conserva una vez la grafía griega entre corchetes.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El cotejo con el inglés da los mismos 12 encabezados y los mismos 15 párrafos, con un largo castellano/inglés de 0,96 y sin párrafos sin traducir. Quedan calcos del inglés que no se han retocado: «convictarse de» (Cap. 2), «nay» sin traducir ni adaptar en «nay, en ese caso, la última esperanza» (Cap. 7), «regar» sus oídos (Cap. 6; Dt 32:2) y cursivas partidas dentro de palabra («acusa», «excusa», Cap. 9). Es, aun así, traducción automática: conviene leerla con el inglés al lado.

    Capítulo 1. Del arrepentimiento pagano

    Cap. 1

    Los hombres entienden, en la medida en que la naturaleza puede, que el arrepentimiento es una emoción de la mente que surge del disgusto ante algún peor sentimiento previamente abrigado: me refiero a esa clase de hombres que incluso nosotros mismos fuimos en días pasados, ciegos, sin la luz del Señor. Sin embargo, están tan lejos de la razón del arrepentimiento como lo están del Autor mismo de la razón. La razón, de hecho, es algo de Dios, en tanto que no hay nada que Dios, Hacedor de todo, no haya provisto, dispuesto u ordenado por la razón; nada que no haya querido que se maneje y se entienda por la razón. Por lo tanto, todos los que ignoran a Dios deben necesariamente ignorar también una cosa que es Suya, porque ningún tesoro en absoluto es accesible a los extraños. Y así, navegando todo el curso universal de la vida sin el timón de la razón, no saben cómo evitar el huracán que se cierne sobre el mundo. Además, cuán irracionalmente se comportan en la práctica del arrepentimiento, bastará mostrarlo brevemente con este solo hecho: que lo ejercen incluso en el caso de sus buenas obras. Se arrepienten de la buena fe, del amor, de la sencillez de corazón, de la paciencia, de la misericordia, precisamente en la medida en que alguna obra promovida por estos sentimientos ha caído en suelo ingrato. Se execran a sí mismos por haber hecho el bien; y fijan en su corazón principalmente aquella especie de arrepentimiento que se aplica a las mejores obras, cuidando de recordar no volver a hacer nunca un favor. Por el contrario, sobre el arrepentimiento por las malas obras ponen un peso más ligero. En resumen, hacen de esta misma (virtud) un medio para pecar más fácilmente que un medio para obrar rectamente.

    Capítulo 2. El verdadero arrepentimiento es cosa divina, originado por Dios y sujeto a Sus leyes

    Cap. 2

    Pero si actuaran como hombres que tienen parte en Dios, y por ello también en la razón, primero considerarían bien la importancia del arrepentimiento, y nunca lo aplicarían de tal manera que se convirtiera en motivo para convictarse de una perversa enmienda de sí mismos. En resumen, regularían el límite de su arrepentimiento, porque alcanzarían (un límite) también en el pecar; quiero decir, por el miedo a Dios. Pero donde no hay miedo, de igual manera no hay enmienda; donde no hay enmienda, el arrepentimiento es necesariamente vano, pues carece del fruto para el cual Dios lo sembró; es decir, la salvación del hombre. Porque Dios, después de tantos y tan grandes pecados de la temeridad humana, comenzados por el primero de la raza, Adán, después de la condenación del hombre, junto con la dote del mundo tras su expulsión del paraíso y sujeción a la muerte, cuando se apresuró a volver a Su misericordia, desde entonces inauguró el arrepentimiento en Sí mismo, rescindiendo la sentencia de Su primera ira, comprometiéndose a conceder el perdón a Su propia obra e imagen. Y así reunió un pueblo para Sí, y lo alimentó con muchas distribuciones liberales de Su generosidad, y, después de hallarlo tantas veces sumamente ingrato, siempre lo exhortó al arrepentimiento y envió las voces de la compañía universal de los profetas a profetizar. Luego, prometiendo gratuitamente la gracia que en los últimos tiempos pretendía derramar como un torrente de luz sobre el mundo universal por medio de Su Espíritu, ordenó que el bautismo de arrepentimiento fuera delante, con el fin de preparar primero, mediante la señal y el sello del arrepentimiento, a aquellos a quienes llamaba, por gracia, a (heredar) la promesa hecha con certeza a Abraham. Juan no calla, diciendo: «Entrad en el arrepentimiento, porque ahora la salvación se acercará a las naciones»; es decir, el Señor, trayendo salvación según la promesa de Dios. A Él, Juan, como Su precursor, dirigió el arrepentimiento (que predicaba), cuyo cometido era la purificación de las mentes de los hombres: que cualquier impureza que el error inveterado hubiera impartido, cualquier contaminación que la ignorancia hubiera engendrado en el corazón del hombre, eso lo barriera y lo raspase el arrepentimiento, y lo echase fuera, y así preparase el hogar del corazón, limpiándolo, para el Espíritu Santo, que estaba a punto de sobrevenir, para que pudiera con placer introducirse allí, junto con Sus bendiciones celestiales. De estas bendiciones el título es brevemente uno: la salvación del hombre, siendo la abolición de los pecados anteriores el paso preliminar. Esta es la causa (final) del arrepentimiento, esta su obra, al tomar en mano el negocio de la misericordia divina. Lo que es provechoso para el hombre sirve a Dios. Sin embargo, la regla del arrepentimiento, que aprendemos cuando conocemos al Señor, conserva una forma definida, a saber, que no se pongan, por así decirlo, manos violentas sobre buenas obras o pensamientos. Porque Dios, que nunca da Su sanción a la reprobación de las buenas obras, en cuanto que son Suyas (de las cuales, siendo el autor, necesariamente ha de ser también el defensor), es de igual manera el aceptador de ellas, y si el aceptador, igualmente el remunerador. Que la ingratitud de los hombres, pues, vea si aplica el arrepentimiento incluso a las buenas obras; que su gratitud vea también si el deseo de ganarlo es el incentivo para obrar bien: terrenales y mortales son ambas. Porque ¡cuán pequeño es tu ganancia si haces el bien a un hombre agradecido! ¡O tu pérdida si a uno ingrato! Una buena obra tiene a Dios por deudor, así como también lo tiene una mala; porque el juez es remunerador de toda causa. Pues bien, puesto que Dios, como Juez, preside la exigencia y el mantenimiento de la justicia, la cual le es muy querida; y puesto que es con miras a la justicia que Él establece toda la suma de Su disciplina, ¿hay lugar a dudar de que, así como en todos nuestros actos universalmente, también en el caso del arrepentimiento, debe rendirse justicia a Dios? — deber que ciertamente sólo puede cumplirse con la condición de que el arrepentimiento se aplique sólo a los pecados. Además, ninguna obra, salvo una mala, merece ser llamada pecado, ni nadie yerra obrando bien. Pero si no yerra, ¿por qué invade (el territorio del) arrepentimiento, el terreno privado de los que yerran? ¿Por qué impone a su bondad un deber propio de la maldad? Así sucede que, cuando algo se pone en juego donde no debe, allí, donde debe, se descuida.

    Capítulo 3. Los pecados pueden dividirse en corporales y espirituales

    Ambos igualmente sujetos, si no a la investigación y al castigo humanos, sí a los divinos

    Cap. 3

    Qué cosas, pues, son aquellas por las cuales el arrepentimiento parece justo y debido — es decir, qué cosas han de ponerse bajo el título de pecado — la ocasión ciertamente exige que yo las anote; pero (hacerlo) puede parecer innecesario. Porque cuando se conoce al Señor, nuestro espíritu, habiendo sido «mirado hacia atrás» [] por su propio Autor, emerge sin ser llamado al conocimiento de la verdad; y siendo admitido a (un conocimiento de) los preceptos divinos, es instruido inmediatamente por ellos en que «aquello de lo que Dios nos manda abstenernos ha de ser considerado pecado:» en tanto que, como generalmente se acuerda que Dios es alguna gran esencia de bien, por supuesto nada sino el mal sería desagradable al bien; en eso, entre cosas mutuamente contrarias, no hay amistad. Aun así, no será molesto tocar brevemente el hecho de que, de los pecados, algunos son carnales, es decir, corporales; algunos espirituales. Porque como el hombre está compuesto de esta combinación de una doble sustancia, las fuentes de sus pecados no son otras que las fuentes de su composición. Pero no es el hecho de que el cuerpo y el espíritu sean dos cosas lo que constituye los pecados mutuamente diferentes; de lo contrario, por esta razón son más bien iguales, porque los dos forman uno, para que nadie haga la distinción entre sus pecados proporcional a la diferencia entre sus sustancias, de modo que estime el uno más ligero, o más pesado, que el otro: si es verdad, (como lo es,) que tanto la carne como el espíritu son criaturas de Dios; una forjada por Su mano, otra consumada por Su soplo. Puesto que, entonces, ambos pertenecen igualmente al Señor, cualquiera de ellos que peque ofende igualmente al Señor. ¿Es asunto tuyo distinguir los actos de la carne y del espíritu, cuya comunión y conjunción en la vida, en la muerte y en la resurrección son tan íntimas, que «en aquel tiempo» son igualmente resucitados ya sea para vida o para juicio; porque, a saber, igualmente han pecado o vivido inocentemente? Esto quisiéramos (de una vez por todas) establecer como premisa, para que entendamos que no menos necesidad de arrepentimiento incumbe a cualquiera de las dos partes del hombre, si en algo ha pecado, que a ambas. La culpa de ambos es común; común también es el Juez — a saber, Dios; común, por tanto, es también la medicina curativa del arrepentimiento. La fuente de donde los pecados se llaman «espirituales» y «corporales» es el hecho de que todo pecado es materia ya sea de acto o bien de pensamiento: de modo que lo que está en obra es «corporal,» porque una obra, como un cuerpo, es susceptible de ser vista y tocada; lo que está en la mente es «espiritual,» porque el espíritu no es ni visto ni manejado: por cuya consideración se muestra que los pecados no sólo de obra, sino también de voluntad, han de ser evitados, y purgados por el arrepentimiento. Porque si la finitud humana juzga sólo los pecados de obra, porque no es capaz de (penetrar) los escondrijos de la voluntad, no por eso hagamos poco caso de los crímenes de la voluntad a la vista de Dios. Dios es todo-suficiente. Nada de lo que procede de cualquier pecado está lejos de Su vista; porque Él no es ignorante, ni omite decretarlo para juicio. Él no es disimulador de, ni tratante engañoso con, Su propia clarividencia. ¿Qué (diremos del hecho) de que la voluntad es el origen de la obra? Porque si algunos pecados se imputan al azar, o a la necesidad, o a la ignorancia, que miren por sí mismos: si éstos se exceptúan, no hay pecado sino por la voluntad. Puesto que, entonces, la voluntad es el origen de la obra, ¿no es tanto más sujeta a pena cuanto es primera en culpa? Ni, si alguna dificultad interfiere en su plena realización, es exonerada incluso en ese caso; porque se imputa a sí misma: ni, habiendo hecho la obra que estaba en su propio poder, será excusable por razón de aquel malogro de su realización. De hecho, ¿cómo demuestra el Señor que añade una superestructura a la Ley, sino interdictando también los pecados de la voluntad (así como los otros pecados); mientras define no sólo al hombre que realmente había invadido el matrimonio de otro como adúltero, sino también al que había contaminado (a una mujer) por la concupiscencia de su mirada? En consecuencia, es bastante peligroso que la mente se proponga lo que le está prohibido realizar, y temerariamente, por la voluntad, perfeccione su ejecución. Y puesto que el poder de esta voluntad es tal que, incluso sin saciar plenamente su autocomplacencia, vale por una obra; como obra, por tanto, será castigada. Es totalmente vano decir: «Yo quise, pero no hice.» Más bien debes llevar la cosa a cabo, porque quieres; o bien no querer, porque no la llevas a cabo. Pero, por la confesión de tu conciencia, pronuncias tu propia condenación. Porque si deseabas ardientemente una buena cosa, habrías estado ansioso por llevarla a cabo; de la misma manera, como no llevas a cabo una mala cosa, no deberías haberla deseado ardientemente. Dondequiera que tomes tu posición, estás firmemente atado por la culpa; porque o has querido el mal, o bien no has cumplido el bien.

    Capítulo 4. El arrepentimiento aplicable a todas las clases de pecado

    Debe practicarse no sólo, ni principalmente, por el bien que trae, sino porque Dios lo ordena

    Cap. 4

    A todos los pecados, pues, cometidos ya sea por la carne o por el espíritu, ya sea por obra o por voluntad, el mismo Dios que ha destinado la pena por medio del juicio, se ha comprometido a la vez a conceder el perdón por medio del arrepentimiento, diciendo al pueblo: «Arrepentíos, y os salvaré;» y de nuevo, «Vivo yo —dice el Señor—, y quiero el arrepentimiento antes que la muerte.» El arrepentimiento, pues, es «vida,» ya que se prefiere a la «muerte.» A ese arrepentimiento, oh pecador, como yo mismo (no, más bien, menos que yo mismo, porque reconozco que la preeminencia en los pecados es mía), apresúrate y abrázalo, como un náufrago se aferra a la protección de algún tablón. Éste te sacará cuando estés hundido en las olas de los pecados, y te llevará adelante hasta el puerto de la clemencia divina. Aprovecha la oportunidad de una felicidad inesperada: que tú, que en otro tiempo no eras a los ojos de Dios sino «una gota de un cubo,» [] y «polvo de la era,» y «vasija de alfarero,» puedas de ahí en adelante convertirte en aquel «árbol que está sembrado junto a las aguas, es perenne en hojas, da fruto a su tiempo,» y no verá «fuego,» ni «hacha.» [] Habiendo hallado «la verdad,» [] arrepiéntete de los errores; arrepiéntete de haber amado lo que Dios no ama: incluso nosotros mismos no permitimos que nuestros esclavos jóvenes no odien las cosas que nos son ofensivas; porque el principio de la obediencia voluntaria consiste en la semejanza de las mentes.
    Enumerar el bien del arrepentimiento es materia copiosa, y por tanto debería confiarse a una gran elocuencia. Sin embargo, en proporción a nuestras estrechas capacidades, inculquemos un punto: que lo que Dios ordena es bueno y lo mejor. Tengo por audacia disputar sobre el «bien» de un precepto divino; pues, en verdad, no es el hecho de que sea bueno lo que nos obliga a obedecer, sino el hecho de que Dios lo ha ordenado. Para exigir la prestación de obediencia, la majestad del poder divino tiene el derecho previo; la autoridad de Aquel que manda es previa a la utilidad de aquel que sirve. «¿Es bueno arrepentirse, o no?» ¿Por qué lo ponderas? Dios lo ordena; más aún, no sólo lo ordena, sino que también lo exhorta. Invita mediante (la oferta de) recompensa: la salvación, a saber; incluso mediante un juramento, diciendo «Vivo yo,» desea que se le dé crédito. ¡Oh benditos nosotros, por cuya causa Dios jura! ¡Oh desdichadísimos, si no creemos al Señor incluso cuando jura! Lo que, por tanto, Dios tan altamente encomia, lo que incluso (a la manera humana) atestigua con juramento, estamos obligados, por supuesto, a acercarnos y a guardarlo con la mayor seriedad; para que, permaneciendo permanentemente en (la fe de) la solemne prenda de la gracia divina, podamos también perseverar de igual manera en su fruto y su beneficio.

    Capítulo 5. El pecado nunca debe retomarse después del arrepentimiento

    Cap. 5

    Porque lo que digo es esto: que el arrepentimiento que, habiéndonos sido mostrado y ordenado mediante la gracia de Dios, nos llama de nuevo a la gracia con el Señor, una vez aprendido y emprendido por nosotros, nunca debe ser cancelado después por la repetición del pecado. Ningún pretexto de ignorancia queda ya para alegar en tu favor; en tanto que, después de reconocer al Señor, y aceptar Sus preceptos — en resumen, después de emprender el arrepentimiento de los pecados (pasados) — te entregas de nuevo a los pecados. Así, en la medida en que estás alejado de la ignorancia, en esa medida estás cimentado en la contumacia. Porque si el motivo por el cual te habías arrepentido de haber pecado era que habías comenzado a temer al Señor, ¿por qué has preferido rescindir lo que hiciste por causa del miedo, sino porque has dejado de temer? Pues no hay otra cosa sino la contumacia que subvierte el miedo. Puesto que no hay excepción que defienda de la obligación de la pena incluso a los que ignoran al Señor — porque la ignorancia de Dios, por abiertamente que Él esté puesto ante los hombres, y comprensible como es incluso a causa de Sus beneficios celestiales, no es posible — ¡cuán peligroso es que Él sea despreciado una vez conocido! Ahora bien, ese hombre lo desprecia, quien, después de alcanzar por Su ayuda un entendimiento de las cosas buenas y malas, a menudo afrenta a su propio entendimiento — es decir, al don de Dios — al retomar lo que entiende que debe evitarse, y lo que ya ha evitado: rechaza al Dador al abandonar el don; niega al Benefactor al no honrar el beneficio. ¿Cómo puede ser agradable a Aquel cuyo don le es desagradable a sí mismo? Así se muestra que no sólo es contumaz para con el Señor, sino también ingrato. Además, no comete pecado ligero contra el Señor aquel hombre que, después de haber renunciado por el arrepentimiento a Su rival el diablo, y haberlo sometido bajo esta apelación al Señor, lo levanta de nuevo por su propio retorno (al enemigo), y se hace a sí mismo motivo de exultación para él; de modo que el Maligno, con su presa recuperada, se regocija de nuevo contra el Señor. ¿No coloca — lo que es peligroso incluso de decir, pero debe exponerse con miras a la edificación — al diablo delante del Señor? Porque parece haber hecho la comparación quien ha conocido a cada uno; y haber pronunciado judicialmente que es mejor aquel cuyo (siervo) ha preferido volver a ser. Así, aquel que, mediante el arrepentimiento por los pecados, había comenzado a hacer satisfacción al Señor, mediante otro arrepentimiento de su arrepentimiento hará satisfacción al diablo, y será tanto más odioso para Dios en proporción en que será más aceptable para Su rival. Pero algunos dicen que «Dios queda satisfecho si se le mira con el corazón y la mente, incluso si esto no se hace en acto externo, y que así pecan sin daño para su miedo y su fe:» es decir, que violan el matrimonio sin daño para su castidad; ¡mezclan veneno para su padre sin daño para su deber filial! ¡Así, pues, ellos mismos serán arrojados al infierno sin daño para su perdón, mientras pecan sin daño para su miedo! He aquí un ejemplo primario de perversidad: ¡pecan porque temen! ¡Supongo que si no temieran, no pecarían! Por tanto, aquel que no quiera que Dios sea ofendido, que no lo reverencie en absoluto, si el miedo es la excusa para ofender. Pero estas disposiciones han solido brotar de la semilla de los hipócritas, cuya amistad con el diablo es indivisible, cuyo arrepentimiento nunca es fiel.

    Capítulo 6. El bautismo no ha de recibirse presuntuosamente. Requiere arrepentimiento previo, manifestado por enmienda de vida

    Cap. 6

    Todo cuanto, pues, nuestra pobre capacidad ha intentado sugerir con referencia a aferrar el arrepentimiento de una vez para siempre, y retenerlo perpetuamente, atañe ciertamente a todos los que se han entregado al Señor, como que son todos competidores por la salvación al granjearse el favor de Dios; pero urge principalmente en el caso de aquellos jóvenes novicios que apenas comienzan a regar [] sus oídos con discursos divinos, y que, como cachorros en la infancia todavía temprana, y con ojos aún no perfectos, andan a tientas con incertidumbre, y en verdad dicen que renuncian a sus obras anteriores, y asumen (la profesión de) arrepentimiento, pero descuidan completarlo. Pues el propio fin del desear los importuna a desear algo de sus obras anteriores; así como los frutos, cuando ya comienzan a tornarse en la acidez o amargura de la edad, todavía en parte halagan su propia hermosura. Además, una confianza presuntuosa en el bautismo introduce toda clase de demora viciosa y tergiversación con respecto al arrepentimiento; pues, sintiéndose seguros del indudable perdón de sus pecados, los hombres mientras tanto hurtan el tiempo intermedio, y se lo convierten en tiempo de fiesta para pecar, más bien que en tiempo para aprender a no pecar. Además, ¡cuán inconsistente es esperar el perdón de los pecados (que se conceda) a un arrepentimiento que no han cumplido! Esto es tender la mano para la mercancía, pero no presentar el precio. Pues el arrepentimiento es el precio por el cual el Señor ha determinado otorgar el perdón: propone la redención de la liberación de la pena mediante este intercambio compensatorio del arrepentimiento. Si, pues, los vendedores examinan primero la moneda con que hacen sus tratos, para ver si está cortada, raspada o adulterada, igualmente creemos que el Señor, cuando está a punto de concedernos mercancía tan costosa, a saber, la vida eterna, instituye primero una prueba de nuestro arrepentimiento. «Pero mientras tanto difiramos la realidad de nuestro arrepentimiento: entonces, supongo, quedará claro que estamos enmendados cuando seamos absueltos.» De ningún modo; (sino que nuestra enmienda debe manifestarse) mientras, estando el perdón en suspenso, hay todavía perspectiva de pena; mientras el penitente aún no merece —en la medida en que podemos merecer— su liberación; mientras Dios está amenazando, no mientras está perdonando. Pues ¿qué esclavo, después de que su condición ha cambiado por la recepción de la libertad, se acusa a sí mismo de sus (pasados) robos y deserciones? ¿Qué soldado, después de su licenciamiento, hace satisfacción por sus (antiguas) marcas? El pecador está obligado a lamentarse antes de recibir el perdón, porque el tiempo del arrepentimiento coincide con el del peligro y del miedo. No es que yo niegue que el beneficio divino —la remoción de los pecados, quiero decir— sea en todo sentido seguro para quienes están a punto de entrar en el agua (bautismal); sino que aquello por lo que debemos esforzarnos es que se nos conceda alcanzar esa bendición. Pues ¿quién te concederá a ti, hombre de arrepentimiento tan infiel, una sola aspersión de cualquier agua? Acercarse a ella a hurtadillas, ciertamente, y lograr que el ministro encargado de este asunto sea engañado por tus aseveraciones, es fácil; pero Dios tiene providencia para Su propio tesoro, y no permite que los indignos le tomen la delantera. ¿Qué, de hecho, dice Él? «Nada hay oculto que no haya de ser revelado.» [] Tiende cuanta (cortina de) oscuridad quieras sobre tus obras, «Dios es luz.» [] Pero algunos piensan como si Dios estuviera bajo una necesidad de otorgar incluso a los indignos lo que ha prometido (dar); y convierten Su liberalidad en esclavitud. Pero si es por necesidad que Dios nos concede el símbolo de la muerte, entonces lo hace de mala gana. Pero ¿quién permite que se retenga permanentemente un don que ha concedido de mala gana? Pues ¿no caen muchos después de la gracia? ¿No se les quita este don a muchos? Estos, sin duda, son los que toman la delantera sobre (el tesoro), los que, después de acercarse a la fe del arrepentimiento, edifican sobre la arena una casa condenada a la ruina. Que nadie, pues, se halague por estar asignado a las «clases de reclutas» de los oyentes, como si por ello tuviera licencia incluso ahora para pecar. Tan pronto como «conoces al Señor,» debes temerle; tan pronto como lo has contemplado, debes reverenciarlo. Pero ¿qué diferencia hace tu «conocimiento» de Él, mientras permaneces en las mismas prácticas que en días pasados, cuando no lo conocías? ¿Qué es, además, lo que te distingue de un siervo de Dios perfeccionado? ¿Hay un Cristo para los bautizados y otro para los oyentes? ¿Tienen acaso esperanza o recompensa diferentes? ¿Algún temor distinto del juicio? ¿Alguna necesidad distinta de arrepentimiento? El lavado bautismal es un sello de la fe, la cual fe es iniciada y recomendada por la fe del arrepentimiento. No somos lavados para que dejemos de pecar, sino porque hemos dejado de pecar, puesto que en el corazón ya hemos sido bañados. Pues el primer bautismo de un oyente es este: un miedo perfecto; de ahí en adelante, en la medida en que tienes entendimiento del Señor, la fe es sana, habiendo abrazado la conciencia de una vez por todas el arrepentimiento. De otro modo, si es (sólo) después de las aguas bautismales que dejamos de pecar, es por necesidad, no por libre albedrío, que nos revestimos de inocencia. ¿Quién, pues, es preeminente en bondad? ¿Aquel a quien no se le permite ser malo, o aquel a quien le desagrada? ¿Aquel a quien se le manda ser libre de crimen, o aquel cuyo placer es serlo? Dejemos, pues, de apartar nuestras manos del robo a menos que la dureza de las rejas nos lo impida, y de refrenar nuestros ojos de la concupiscencia de la fornicación a menos que seamos retirados por guardianes de nuestras personas, si nadie que se haya entregado al Señor ha de dejar de pecar a menos que esté obligado a ello por el bautismo. Pero si alguno abriga este sentimiento, no sé si, después del bautismo, no sienta más tristeza al pensar que ha dejado de pecar, que alegría por haber escapado de ello. Y así, es propio que los oyentes deseen el bautismo, pero no lo reciban precipitadamente: pues quien lo desea lo honra; quien lo recibe precipitadamente lo desdeña: en el uno aparece la modestia, en el otro la arrogancia; el primero satisface, el segundo lo descuida; el primero codicia merecerlo, pero el segundo se lo promete a sí mismo como retribución debida; el primero lo toma, el segundo lo usurpa. ¿A quién juzgarías más digno, sino al más enmendado? ¿A quién más enmendado, sino al más tímido, y que por ello ha cumplido el deber del verdadero arrepentimiento? Pues ha temido continuar todavía en el pecado, no sea que no mereciera la recepción del bautismo. Pero el receptor precipitado, en cuanto se lo prometió a sí mismo (como debido), estando en verdad seguro (de obtenerlo), no pudo temer: así tampoco cumplió el arrepentimiento, porque careció del agente instrumental del arrepentimiento, es decir, el miedo. La recepción precipitada es la porción de la irreverencia; infla al buscador, desprecia al Dador. Y así a veces engaña, pues se promete a sí misma el don antes de que sea debido; con lo cual Aquel que ha de suministrar el don es siempre ofendido.
    Comentario editorial · Bautismo y oyentes
    Tertuliano ataca la «confianza presuntuosa en el bautismo»: quien se cree seguro de recibirlo difiere el arrepentimiento, y recibirlo con prisa es para él una irreverencia. Sus destinatarios son los que aún se instruyen, a los que el ANF llama «recruit-classes of learners» y la versión castellana «clases de reclutas de los oyentes». Wikipedia recoge que los catecúmenos se instruían antes de recibir el bautismo y que, desde el siglo II, los bautismos parecen reservarse a ciertas épocas del año, de modo que los periodos de instrucción eran la regla. Lo que añade Tertuliano es una exigencia moral: el lavado bautismal es «sello de la fe» (Cap. 6), no el comienzo de dejar de pecar; el cambio debe estar hecho antes.

    Capítulo 7. Del arrepentimiento en el caso de los que han caído después del bautismo

    Cap. 7

    Tanto tiempo, Señor Cristo, sea concedida a Tus siervos la bendición de aprender u oír acerca de la disciplina del arrepentimiento, como asimismo les corresponde, mientras son oyentes, no pecar; en otras palabras, que en adelante no conozcan nada del arrepentimiento, y nada necesiten de él. Es molesto añadir mención de una segunda —nay, en ese caso, la última— esperanza; no sea que, al tratar de un arrepentimiento remedial aún en reserva, parezcamos señalar un espacio aún mayor para pecar. Lejos esté que alguien interprete así nuestro sentido, como si, porque hay una apertura para arrepentirse, hubiera aun ahora, por ello, una apertura para pecar; y como si la redundancia de la clemencia celestial constituyera una licencia para la temeridad humana. Que nadie sea menos bueno porque Dios lo es más, repitiendo su pecado tantas veces como es perdonado. De otro modo, estad seguro de que hallará un fin del escapar, cuando no halle uno del pecar. Hemos escapado una vez: hasta aquí y no más entreguémonos a los peligros, aun si parecemos propensos a escapar una segunda vez. Los hombres en general, después de escapar del naufragio, en adelante declaran divorcio con la nave y el mar; y al acariciar la memoria del peligro, honran el beneficio conferido por Dios—su liberación, a saber. Alabo su temor, amo su reverencia; no quieren ser por segunda vez una carga para la misericordia divina; temen parecer pisotear el beneficio que han alcanzado; evitan, con una solicitud que en todo caso es buena, hacer prueba por segunda vez de aquello que una vez aprendieron a temer. Así, el límite de su temeridad es la evidencia de su temor.
    Además, el temor del hombre es un honor para Dios. Pero, sin embargo, aquel enemigo obstinadísimo (nuestro) nunca da ocio a su malicia; ciertamente, es entonces más salvaje cuando siente plenamente que un hombre ha sido liberado de sus garras; entonces arde con más furia mientras se va extinguiendo rápidamente. Ha de afligirse y gemir necesariamente por el hecho de que, por la concesión del perdón, tantas obras de muerte en el hombre han sido derribadas, tantas marcas de la condenación que antes era suya han sido borradas. Le aflige que aquel pecador, (ahora) siervo de Cristo, esté destinado a juzgarlo a él y a sus ángeles. [] Y así lo observa, lo asalta, lo asedia, con la esperanza de poder de algún modo o herir sus ojos con concupiscencia carnal, o enredar su mente con atractivos mundanos, o subvertir su fe por temor al poder terrenal, o arrancarlo del camino seguro por tradiciones perversas: nunca le faltan piedras de tropiezo ni tentaciones. Estos venenos suyos, pues, previéndolos Dios, aunque la puerta del perdón ha sido cerrada y asegurada con la barra del bautismo, ha permitido que todavía permanezca algo abierta. En el vestíbulo ha apostado el segundo arrepentimiento para abrir a los que llaman: pero ahora de una vez por todas, porque ahora por segunda vez; pero nunca más, porque la última vez había sido en vano. Pues ¿no es suficiente incluso este una vez? Tienes lo que ahora no merecías, pues habías perdido lo que habías recibido. Si la indulgencia del Señor te concede los medios de restaurar lo que habías perdido, sé agradecido por el beneficio renovado, por no decir ampliado; pues restaurar es cosa mayor que dar, en cuanto que haber perdido es más miserable que nunca haber recibido del todo. Sin embargo, si alguno incurre en la deuda de un segundo arrepentimiento, su espíritu no ha de ser inmediatamente abatido y socavado por la desesperación. Que sea ciertamente molesto pecar de nuevo, pero que no sea molesto arrepentirse de nuevo: molesto ponerse en peligro uno mismo otra vez, pero no ser liberado de nuevo. Que nadie se avergüence. La enfermedad repetida ha de tener medicina repetida. Mostrarás tu gratitud al Señor no rechazando lo que el Señor te ofrece. Has ofendido, pero aún puedes ser reconciliado. Tienes a Uno a quien puedes satisfacer, y Él está dispuesto.
    Comentario editorial · Una segunda ocasión, no una licencia
    Aquí el tratado pasa de quien aún no se ha bautizado a quien ya lo está y ha caído. Tertuliano admite un arrepentimiento más, lo llama «segunda» y «última» esperanza y avisa de que no es permiso para pecar. Tertuliano acabó negándola para algunos pecados: en Sobre el pudor (Cap. 10 y 21) responde con ironía a quien promete una «segunda penitencia» al adulterio y la fornicación, tacha de apócrifo el Pastor de Hermas y cita al Paráclito diciendo que la Iglesia tiene poder de perdonar pero que no lo ejercerá. El ANF fecha Sobre el pudor «no antes del 208, probablemente mucho después». Tertuliano no nombra a Hermas en este tratado; el Pastor admite un solo arrepentimiento tras el bautismo (Mand. IV, 3, 6, según el artículo de este sitio): es lectura del editor poner ambos textos al lado.

    Capítulo 8. Ejemplos de la Escritura para probar la disposición del Señor a perdonar

    Cap. 8

    Si dudas de esto, desentraña el sentido de «lo que el Espíritu dice a las iglesias.» Imputa a los efesios «el amor abandonado;» [] reprocha a los tiatirenses la «fornicación,» y el «comer de lo sacrificado a los ídolos;» [] acusa a los sardianos de «obras no completas;» [] censura a los pergamenos por enseñar cosas perversas; [] reprende a los laodicenses por confiar en sus riquezas; [] y sin embargo les da a todos amonestaciones generales al arrepentimiento—bajo conminaciones, es verdad; pero no pronunciaría conminaciones contra un impenitente si no perdonara al arrepentido. La cuestión sería dudosa si no hubiera además demostrado en otra parte esta profusión de Su clemencia. ¿No dice, «El que ha caído se levantará de nuevo, y el que se ha apartado será convertido?» Él es, ciertamente, quien «quiere misericordia más que sacrificios.» Los cielos, y los ángeles que están allí, se alegran por el arrepentimiento de un hombre. [] ¡Eh! Tú, pecador, ¡ten buen ánimo! Ves dónde es que hay gozo por tu regreso. ¿Qué significan para nosotros aquellos temas de las parábolas del Señor? ¿No es el hecho de que una mujer ha perdido una dracma, y la busca y la encuentra, e invita a sus amigas a compartir su gozo, un ejemplo de un pecador restaurado? [] Se extravía, además, una ovejita del pastor; pero el rebaño no era más querido que la una: esa una es buscada con empeño; la una es anhelada en lugar de todas; y al fin es hallada, y es llevada de vuelta sobre los hombros del propio pastor; pues mucho había penado al extraviarse. [] Aquel padre tan bondadoso, asimismo, no lo pasaré en silencio, que llama a su hijo pródigo a casa, y de buen grado lo recibe arrepentido tras su indigencia, degüella su mejor becerro cebado, y engalana su gozo con un banquete. [] ¿Por qué no? Había hallado al hijo que había perdido; lo había sentido tanto más querido cuanto que de él había obtenido ganancia. ¿Quién ha de entenderse que es ese padre para nosotros? Dios, ciertamente: nadie es tan verdaderamente Padre; nadie tan rico en amor paternal. Él, pues, te recibirá de vuelta, a ti, Su propio hijo, aun si has malgastado lo que de Él habías recibido, aun si regresas desnudo—precisamente porque has regresado; y se gozará más por tu regreso que por la sobriedad del otro; pero sólo si te arrepientes de corazón—si comparas tu propia hambre con la abundancia de los «jornaleros» de tu Padre—si dejas atrás los cerdos, aquel rebaño inmundo—si buscas de nuevo a tu Padre, aunque esté ofendido, diciendo: «He pecado, y ya no soy digno de ser llamado Tuyo.» La confesión de los pecados los aligera, tanto como la disimulación los agrava; pues la confesión es aconsejada por (el deseo de hacer) satisfacción, la disimulación por la contumacia.

    Capítulo 9. Sobre las manifestaciones externas que deben acompañar a este segundo arrepentimiento

    Cap. 9

    Cuanto más estrecha, pues, es la esfera de acción de este segundo y único (restante) arrepentimiento, tanto más laboriosa es su prueba; a fin de que no se manifieste sólo en la conciencia, sino que se lleve a cabo igualmente en algún acto (externo). Este acto, que se expresa más usualmente y se habla comúnmente bajo un nombre griego, es [ἐξομολόγησις], mediante el cual confesamos nuestros pecados al Señor, no ciertamente como si Él los ignorara, sino en tanto que por la confesión se establece la satisfacción, de la confesión nace el arrepentimiento; por el arrepentimiento Dios es aplacado. Y así, la exomologesis es una disciplina de postración y humillación para el hombre, que ordena un porte calculado para mover a misericordia. En cuanto también al vestido y al alimento, manda (al penitente) yacer en cilicio y ceniza, cubrir su cuerpo de luto, abatir su espíritu en dolores, trocar por tratamiento severo los pecados que ha cometido; además, no conocer comida ni bebida sino la sencilla—no por causa del estómago, a saber, sino del alma; sin embargo, la mayor parte del tiempo, alimentar oraciones con ayunos, gemir, llorar y clamar al Señor tu Dios; postrarse ante los pies de los presbíteros, y arrodillarse ante los amados de Dios; encargar a todos los hermanos que sean embajadores para llevar su súplica deprecatoria (ante Dios). Todo esto (hace) la exomologesis, para realzar el arrepentimiento; para honrar a Dios por su temor del peligro (incurrido); para, al pronunciarse ella misma contra el pecador, estar en lugar de la indignación de Dios, y mediante la mortificación temporal (no diré frustrar, sino) borrar los castigos eternos. Por tanto, mientras abate al hombre, lo levanta; mientras lo cubre de suciedad, lo hace más limpio; mientras lo acusa, lo excusa; mientras lo condena, lo absuelve. Cuanto menos cuartel te des a ti mismo, tanto más (créeme) te dará Dios.
    Comentario editorial · Exomologesis
    Tertuliano deja el término en griego y lo define: confesar los pecados al Señor, no porque los ignore, sino porque de la confesión «nace el arrepentimiento» y Dios se aplaca. Es, dice, una disciplina de postración: cilicio y ceniza, comida sencilla, ayuno y lágrimas, y echarse a los pies de los presbíteros y pedir a los hermanos que intercedan. Coxe glosa la palabra en nota como «utter confession», confesión plena. En Sobre el pudor (Cap. 13), en un tratado posterior, Tertuliano describe contra su adversario el mismo cuadro: el adúltero arrepentido, en cilicio y ceniza, tendido ante las viudas y los presbíteros. Las fuentes consultadas no permiten precisar más cómo se organizaba esa penitencia en Cartago.

    Capítulo 10. De la renuencia de los hombres ante este segundo arrepentimiento y la exomologesis, y de lo irrazonable de tal renuencia

    Cap. 10

    Aun así, la mayoría de los hombres o rehúyen esta obra, por ser una exposición pública de sí mismos, o la difieren de día en día. Supongo que son más atentos a la modestia que a la salvación; como hombres que, habiendo contraído alguna enfermedad en las partes más privadas del cuerpo, evitan la consulta de los médicos, y así perecen por su propia vergüenza. ¡Es intolerable, en verdad, para la modestia hacer satisfacción al Señor ofendido! ¡Ser restaurada a su salvación perdida! ¡Verdaderamente eres honorable en tu modestia; llevas una frente abierta para pecar, pero una avergonzada para suplicar! No doy lugar a la vergüenza cuando salgo ganando con su pérdida; cuando ella misma, en algún hijo, exhorta al hombre, diciendo, «No me respetes; es mejor que yo perezca por ti, es decir, que tú por mí.» En todo caso, el momento en que (si acaso) su peligro es serio es cuando se convierte en blanco de palabras burlonas en presencia de quienes insultan, donde un hombre se eleva sobre la ruina de su prójimo, donde se trepa por encima de los caídos. Pero entre hermanos y consiervos, donde hay esperanza, miedo, gozo, dolor, sufrimiento comunes, porque hay un Espíritu común de un Señor y Padre común, ¿por qué piensas que estos hermanos son otra cosa que tú mismo? ¿Por qué huyes de los compañeros de tus propias desventuras, como de quienes se burlarían de ellas? El cuerpo no puede alegrarse con la aflicción de un solo miembro, [] necesariamente debe unirse de común acuerdo en el dolor y en el trabajo por el remedio. En una compañía de dos está la iglesia; pero la iglesia es Cristo. Cuando, pues, te arrojas a las rodillas de los hermanos, estás tocando a Cristo, estás suplicando a Cristo. De igual modo, cuando ellos derraman lágrimas por ti, es Cristo quien sufre, Cristo quien ruega al Padre por misericordia. Lo que un hijo pide se obtiene siempre fácilmente. ¡Grande es, en verdad, la recompensa de la modestia, que nos promete la ocultación de nuestra falta! A saber, si escondemos algo del conocimiento humano, ¿lo esconderemos igualmente de Dios? ¿Se ponen al mismo nivel el juicio de los hombres y el conocimiento de Dios? ¿Es mejor ser condenado en secreto que absuelto en público? Pero dices, «Es cosa miserable venir así a la exomologesis:» sí, pues el mal produce miseria; pero donde ha de hacerse arrepentimiento, la miseria cesa, porque se convierte en algo saludable. Miserable es ser cortado, cauterizado y atormentado por la acritud de algún polvo (medicinal); sin embargo, las cosas que curan por medios desagradables, por el beneficio de la cura, excusan su propia molestia y hacen soportable el daño presente en aras de la ventaja que ha de sobrevenir.

    Capítulo 11. Otras censuras sobre el mismo asunto

    Cap. 11

    ¿Y qué si, además de la vergüenza de la que más caso hacen, los hombres temen asimismo las molestias corporales, en el sentido de que, sin lavarse, sórdidamente vestidos, alejados de la alegría, han de pasar el tiempo en la aspereza del cilicio, el horror de la ceniza y la demacración del rostro causada por el ayuno? ¿Es entonces decoroso que supliquemos por nuestros pecados vestidos de escarlata y púrpura? Que se apresure a venir aquí con el alfiler para arreglar el cabello, el polvo para pulir los dientes y algún instrumento bifurcado de acero o bronce para limpiar las uñas. Todo lo que de falso brillo, todo lo que de fingida rojez se pueda conseguir, aplíquelo diligentemente a sus labios o mejillas. Busque además baños de temperatura más agradable en algún retiro ajardinado o costero; aumente sus gastos; busque con esmero la más rara exquisitez de aves cebadas; refine su vino añejo: y cuando alguien le pregunte, «¿En quién estás derrochando todo esto?» diga él, «He pecado contra Dios y estoy en peligro de perecer eternamente: y por eso ahora me consumo, me desgasto y me torturo, para reconciliarme con Dios, a quien he ofendido al pecar.» Pues bien, quienes andan solicitando la obtención de un cargo público no sienten que sea degradante ni molesto luchar, en favor de tales deseos, con molestias para el alma y el cuerpo; y no meras molestias, sino también contumelias de todo tipo. ¿Qué mezquindades de vestido no adoptan? ¿Qué casas no asedian con visitas tempranas y tardías?— inclinándose cada vez que se encuentran con algún personaje importante, no frecuentando banquetes, no participando en diversiones, sino voluntariamente exiliados de la felicidad de la libertad y la festividad: ¡y todo eso por la alegría fugaz de un solo año! ¿Vacilamos nosotros, cuando está en juego la eternidad, en soportar lo que el competidor por el consulado o la pretura aguanta? ¿Y seremos lentos en ofrecer al Señor ofendido un autocastigo en comida y vestido, que los gentiles se imponen a sí mismos sin haber ofendido a nadie en absoluto? Tales son aquellos de quienes la Escritura hace mención: «Ay de aquellos que atan sus propios pecados como con una cuerda larga.»

    Capítulo 12. Consideraciones finales para inducir a la exomologesis

    Cap. 12

    Si te retraes de la exomologesis, considera en tu corazón el infierno, que la exomologesis extinguirá por ti; e imagina primero la magnitud de la pena, para que no vaciles en adoptar el remedio. ¿Qué creemos que es ese tesoro de fuego eterno, cuando pequeños respiraderos de él provocan tales ráfagas de llamas que las ciudades vecinas o bien ya no existen, o bien están en diaria expectación del mismo destino? Los montes más altivos se hienden en dos en los dolores de parto de su fuego engendrado interiormente; y — lo que nos prueba la perpetuidad del juicio — aunque se hiendan en dos, aunque sean devorados, nunca llegan a su fin. ¿Quién no considerará estos castigos ocasionales infligidos a los montes como ejemplos del juicio que amenaza a los impenitentes? ¿Quién no estará de acuerdo en que tales chispas no son sino unos pocos proyectiles y dardos juguetones de un centro de fuego inestimablemente vasto? Por tanto, ya que sabes que después de los primeros baluartes del bautismo del Señor aún te queda, en la exomologesis, una segunda reserva de auxilio contra el infierno, ¿por qué desertas de tu propia salvación? ¿Por qué tardas en acercarte a lo que sabes que te sana? Incluso los animales mudos e irracionales reconocen, en su momento de necesidad, las medicinas que les han sido divinamente asignadas. El ciervo, traspasado por la flecha, sabe que, para expulsar el acero y sus inextricables restos, debe curarse con dictamo. La golondrina, si ciega a sus crías, sabe devolverles los ojos mediante su propia celidonia. ¿Habrá de pasar por alto el pecador, sabiendo que la exomologesis ha sido instituida por el Señor para su restauración, aquello por lo cual el rey babilónico fue restaurado a sus reinos? Durante mucho tiempo había ofrecido al Señor su arrepentimiento, realizando su exomologesis mediante una suciedad de siete años, con sus uñas creciendo salvajemente a la manera del águila, y su cabello descuidado luciendo la espesura de un león. ¡Duro trato! A aquel ante quien los hombres se estremecían, Dios lo recibía de nuevo. Pero, por otra parte, el emperador egipcio — quien, tras perseguir al pueblo de Dios antes afligido, largo tiempo negado a su Señor, se precipitó a la batalla — pereció, después de tantas plagas de advertencia, en el mar dividido, (que se permitió que fuera transitable sólo para «el Pueblo»,) por el retroceso de las olas: [] porque había desechado el arrepentimiento y a su sierva exomologesis.
    ¿Por qué habría de añadir más acerca de estos dos tablones (por así decirlo) de la salvación humana, cuidándome más del oficio de la pluma que del deber de mi conciencia? Pues, pecador como soy de todo tinte, y nacido para nada salvo para el arrepentimiento, no puedo fácilmente callar sobre aquello de lo que tampoco calla la mismísima cabeza y fuente del género humano, y de la ofensa humana, Adán, restaurado por la exomologesis a su propio paraíso.
    Comentario editorial · Los «dos tablones» de la salvación
    En el Cap. 4 el pecador se aferra al arrepentimiento «como un náufrago» a un tablón; en el Cap. 12 Tertuliano habla de «estos dos tablones de la salvación humana», sin decir cuáles son. Por el contexto inmediato podrían ser el arrepentimiento y la exomologesis, o el bautismo y la exomologesis (lectura del editor). Una nota de Coxe observa que en el Cap. 4 la palabra es tabula y aquí pasa a planca, y que planca post naufragium, el «tablón tras el naufragio», se convirtió después en fórmula de los teólogos occidentales. El mismo capítulo menciona los «pequeños respiraderos» de fuego que abren los montes (Coxe: los cráteres de los volcanes) y la penitencia de Nabucodonosor ().
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    El tratado no cierra la cuestión que plantea: deja una «segunda ocasión» abierta a los bautizados que caen y no dice hasta dónde llega. Tertuliano volvió sobre ella en Sobre el pudor, ya con otro tono (véase la nota tras el Cap. 7), y la cuestión de los bautizados que caen volvió a plantearse en el siglo III: puede verse en Sobre los caídos, de Cipriano. Para conocer al autor, su perfil y la Prescripción de los herejes.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; no se ha cotejado con el latín y la versión de Thelwall puede diferir de él. La fecha y la autenticidad se discuten; las notas dicen en cada caso qué fuente sostiene qué. Las Elucidations de Coxe, son notas anglicanas del siglo XIX sobre el sistema penitencial y no se toman aquí como dato histórico.
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    Fin de la obra