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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 4 [IV.]— Incluso la muerte corporal procede del pecado
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7 [VII.]— La vida del cuerpo, objeto de esperanza; la vida del espíritu, preludio de aquella
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 10.— La analogía de la gracia
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 13 [XI.]— Significado de la frase del apóstol «El reinado de la muerte.»
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 16 [XIII.]— Cómo la muerte viene por uno y la vida por uno
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 20.— Sólo el pecado original se contrae por el nacimiento natural
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 23 [XVIII.]
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 26 [XX.]— Nadie, a no ser que sea bautizado, se acerca con razón a la mesa del Señor
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 30.— Por qué uno es bautizado y otro no: no menos inescrutable
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 32.— El caso de algunos idiotas y simples
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 35.— Si los niños no son bautizados, permanecen en tinieblas
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 39 [XXVI.]— La conclusión que se extrae: todos están implicados en el pecado original
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 42.— De la Primera Epístola de Juan
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 45.— De la Epístola a los Gálatas
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 49.— De la Epístola a Tito
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 53.— La utilidad de los libros del Antiguo Testamento
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 55 [XXVIII.]
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 58 [XXX.]— En qué sentido tenían los pelagianos por necesario el bautismo de los niños
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 61 [XXXII.]
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 63 [XXXIV.]— La forma, o rito, del bautismo. El exorcismo
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 67 [XXXVI.]— Sobre la ignorancia de los niños, y de dónde proviene
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 70 [XXXIX.]
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 3 [III.]— De qué manera Dios no manda nada imposible. Las obras de misericordia, medios de borrar los pecados
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 6.— En qué pecó el fariseo cuando dio gracias a Dios; a la gracia de Dios debe añadirse el esfuerzo de nuestra propia voluntad
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 9.
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 11 [IX.]— Una objeción de los pelagianos: ¿Por qué un hombre justo no engendra un hombre justo?
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 14.— — Job no estuvo sin pecado
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 17 [XII.]— Nadie es justo en todas las cosas
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 21 [XIV.]— Todos los justos son pecadores
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 24.— Una objeción de los pelagianos. El apóstol Pablo no estuvo libre de pecado mientras vivió
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 27.— El remedio divino para la soberbia
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 31.— La gracia se da a algunos en misericordia; se niega a otros en justicia y verdad
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 3 minCapítulo 35 [XXI.]— Adán y Eva; la obediencia ordenada con la mayor firmeza por Dios al hombre
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 36 [XXII.]— El estado del hombre antes de la caída
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 39 [XXV.]— Una objeción de los pelagianos
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 43 [XXVII.]— Por qué los hijos de los bautizados deben ser bautizados
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 46.— La culpa puede ser quitada, pero la concupiscencia permanece
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 49 [XXX.]— Una objeción de los pelagianos
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 52 [XXXII.]— Por qué Cristo, después de su resurrección, retiró su presencia del mundo
  42. Sesión 42 · Parte 6 · ≈ 5 minCapítulo 55.— Para recuperar la justicia que se había perdido por el pecado, el hombre tiene que luchar, con trabajo y dolor abundantes
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 58 [XXXVI.]— «La semejanza de la carne de pecado» implica la realidad
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 2 [II.]— Objeción de Pelagio; los niños deben ser contados entre el número de los creyentes y fieles
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 6.— Por qué Pelagio no habla en su propia persona
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 10 [V.]— Demuestra que Cipriano no había dudado del pecado original de los niños
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 12 [VI.]— El consenso universal acerca del pecado original
  48. Sesión 48 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 14.
  49. Sesión 49 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18 [X.]— ¿Se deriva el alma por propagación natural?
  50. Sesión 50 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 21 [XII.]

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre los méritos y el perdón de los pecados, y el bautismo de los niños

    Texto base: Peter Holmes (trad.), en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción revisada por Benjamin B. Warfield) · tres libros, 152 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Peter Holmes; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 298 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Hasta entonces, la oposición de Agustín a las ideas de Pelagio se había limitado a sermones y conversaciones. Lo que lo llevó a escribir fueron unas preguntas de Marcelino, el funcionario imperial que había presidido en Cartago la gran conferencia con los donatistas: le preguntaba por la relación de la muerte con el pecado, por la transmisión del pecado, por la posibilidad de una vida sin pecado y, sobre todo, por la necesidad del bautismo de los niños (Warfield, NPNF). Agustín contestó con tres libros, y el resultado es su primer escrito de la controversia pelagiana. La tesis que sostiene hasta el final es que la muerte no es una necesidad de la naturaleza humana sino la pena del pecado de Adán, que ese pecado pasa a sus descendientes por nacimiento y no solo por mal ejemplo, y que la prueba más a la mano es que la Iglesia bautiza a los niños para la remisión de los pecados.
    El tratado tiene tres libros y 152 capítulos; los dos primeros forman el tratado propiamente dicho y el tercero se añadió después. El Libro I (70 capítulos) discute si Adán habría muerto aun sin pecar (Cap. 2–8), expone Romanos 5:12-21 (Cap. 9–20) y dedica el grueso del libro al bautismo de los niños: refuta las salidas de los pelagianos, reúne los testimonios de la Escritura y acaba con el rito mismo del bautismo y la ignorancia de los niños (Cap. 21–70). El Libro II (59 capítulos) trata de la perfección de la justicia: si un hombre puede vivir sin pecado, si alguno lo ha hecho, por qué nadie lo hace, y si hubo alguna vez un hombre sin pecado fuera de Cristo; desde el Cap. 34 vuelve sobre el pecado original y contesta objeciones. El Libro III (23 capítulos) es una carta que Agustín añadió, a modo de tercer libro, después de leer el comentario de Pelagio a las epístolas de Pablo. Ese reparto es el de Warfield, el editor del NPNF, y los títulos de los capítulos son los de la edición, no de Agustín.
    Agustín mismo, en las Retractaciones (el extracto que reproduce el NPNF, que el epub de partida no trae), explica su propósito: hasta entonces había combatido la herejía de Pelagio solo en sermones y conversaciones, y en estos libros decidió no nombrar a ninguno de sus partidarios. El libro III, la «carta», es la excepción: allí cita a Pelagio con elogio, como se verá en la nota al Libro III, Cap. 1. Conviene leerlo con ese dato presente: es un texto de 412, cuando Pelagio aún no había sido condenado, y no la formulación de las obras posteriores de Agustín.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre los méritos y el perdón de los pecados, y el bautismo de los niños (en latín, De peccatorum meritis et remissione, et de baptismo parvulorum ad Marcellinum; en inglés, On Merit and the Forgiveness of Sins, and the Baptism of Infants; el índice del NPNF dice On the Merits and Remission of Sins)
    Fecha412. Es la que da el título benedictino (scriptus anno Christi 412, según el prefacio de Holmes), el NPNF («Written A.D. 412») y la tabla de obras de Wikipedia («Bibliography of Augustine of Hippo»). Los dos primeros libros son anteriores al tercero, la carta
    DestinatarioMarcelino, tribuno y notario del emperador Honorio
    GéneroTratado polémico en tres libros, el último en forma de carta
    ExtensiónTres libros, 152 capítulos y unas 54 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Peter Holmes; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Peter Holmes. La portada del volumen 5 del NPNF atribuye los escritos antipelagianos a Peter Holmes y a Robert Ernest Wallis, y una nota del índice reparte el trabajo: los tratados marcados con asterisco son de Wallis, y este no lo está, de modo que es de Holmes. New Advent, en cambio, acredita la página de este tratado a «Peter Holmes y Robert Ernest Wallis, revisada por Benjamin B. Warfield» sin distinguir. Holmes (capellán doméstico de la condesa de Rothes y cura de Pennycross, en Plymouth, según esa portada) publicó el tratado en el primer volumen de la edición de T. & T. Clark de Edimburgo; la dedicatoria de ese volumen está firmada en Mannamead, Plymouth, el 10 de marzo de 1872. En su prefacio dice que es la primera vez que se vierten al inglés cinco de los quince tratados de Agustín sobre la herejía pelagiana, y que la traducción se hizo sobre el tomo X de la edición benedictina (la reimpresión de Amberes), cotejado con la reimpresión de Gaume.
    La edición americana, dirigida por Philip Schaff, confió la revisión a Benjamin B. Warfield, de Princeton, que además escribió la introducción. Su prefacio dice que el texto de Edimburgo se cotejó con el latín y se corrigió «en cada página», sin que dejara de ser esencialmente el mismo; que a los encabezados de capítulo se les añadió hasta que casi todos tuvieran el suyo; y que se quitaron en general los corchetes con que el traductor distinguía sus notas de las del editor benedictino. Los números romanos entre corchetes que acompañan a algunos títulos («Capítulo 1 [I.]») parecen ser los de los capítulos de la edición benedictina; el NPNF no lo dice así de este tratado, y aquí se conservan tal como vienen. Las fuentes difieren en el lugar y la fecha de la edición americana: New Advent da Buffalo, 1887; la copia de CCEL, Nueva York, 1886.
    El inglés de partida de esta edición es el mismo que publica New Advent en la página de la obra, revisado por Kevin Knight. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano ni nadie la ha revisado frase a frase.
    Lo que viene de la edición. Los capítulos, sus títulos y su numeración son los de la edición inglesa; los títulos no son de Agustín. Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición. Los localizadores («I, 11») dan el libro y el capítulo; el de «III, saludo» es el saludo con que abre la carta del libro III. El epub de partida no trae las notas al pie del NPNF, ni el extracto de las Retractaciones ni las introducciones de la edición; las notas de esta página que se apoyan en ellas lo dicen y enlazan la fuente.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 155 encabezados y los mismos 157 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 101 % del inglés. No quedan párrafos ni frases sin traducir. Una cursiva que corta una palabra por la mitad («misericordia», Libro II, Cap. 31) viene del epub y no se ha tocado. Es, aun así, traducción automática.

    Libro I

    En el cual refuta a quienes sostienen que Adán habría muerto aun cuando nunca hubiera pecado, y que nada de su pecado se ha transmitido a su posteridad por descendencia natural. Muestra también que la muerte no ha sobrevenido al hombre por necesidad alguna de su naturaleza, sino como pena del pecado. Luego procede a probar que en el pecado de Adán está implicada toda su descendencia, mostrando que los niños son bautizados con el propósito expreso de recibir la remisión del pecado original.

    Capítulo 1 [I.]— Introducción, a modo de dedicatoria a su amigo Marcelino

    I, 1

    Por absorbentes e intensas que sean las inquietudes y contrariedades en cuyo torbellino y calor estamos empeñados con hombres pecadores que abandonan la ley de Dios —aunque bien podamos atribuir estos mismos males a la culpa de nuestros pecados—, no quiero, y, a decir verdad, no puedo, seguir siendo deudor, queridísimo Marcelino, de aquel afecto tan ferviente tuyo, que no hace sino acrecentar mi agradecida y grata estima de ti. Me mueve un doble impulso: por una parte, aquel mismo amor que nos hace inseparablemente uno en la única esperanza de un cambio para mejor; por otra, el temor de ofender a Dios en ti, que te ha dado un deseo tan ferviente; y al satisfacerlo no haré sino servir a Aquel que te lo ha dado. Y tan fuertemente me ha llevado y atraído este impulso a resolver, hasta donde alcanza mi humilde capacidad, las cuestiones que me has propuesto por escrito, que mi espíritu ha ido concediendo a esta investigación una importancia superior a la de todas las demás; y no me dará descanso hasta que logre algo que ponga de manifiesto que he cedido, si no de manera suficiente, al menos con obediencia, a tu amable deseo y al de aquellos para quienes estas cuestiones son motivo de inquietud.
    Comentario editorial · Marcelino y las preguntas de Cartago
    El tratado responde a Flavio Marcelino, «tribuno y notario» del emperador, con quien Agustín había estrechado la amistad en Cartago el año anterior, cuando Marcelino presidió por orden imperial la conferencia entre católicos y donatistas (Warfield, NPNF). Según Warfield, las preguntas que le envió trataban de la relación de la muerte con el pecado, la transmisión del pecado, la posibilidad de una vida sin pecado y la necesidad del bautismo de los niños. La nota del NPNF a «hombres pecadores que abandonan la ley de Dios» propone, como «probable», que se aluda a los donatistas. Marcelino murió en 413: los donatistas lo acusaron de implicarse en la rebelión de Heracliano y fue ejecutado el 13 de septiembre (Wikipedia).

    Capítulo 2 [II.]— Si Adán no hubiera pecado, nunca habría muerto

    I, 2

    Quienes dicen que Adán fue formado de tal manera que habría muerto aun sin demérito alguno de pecado, no como pena del pecado sino por necesidad de su ser, se esfuerzan ciertamente por referir aquel pasaje de la ley que dice: «El día que de él comas, ciertamente morirás,» [] no a la muerte del cuerpo, sino a aquella muerte del alma que acontece en el pecado. Son los incrédulos los que han muerto esta muerte, a quienes se refirió el Señor cuando dijo: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos.» Pues ¿qué responderán cuando leemos que Dios, al reprender y sentenciar al primer hombre después de su pecado, le dijo: «Polvo eres, y al polvo volverás?» [] Porque no era respecto de su alma que él era «polvo,» sino claramente a causa de su cuerpo, y era por la muerte de ese mismo cuerpo que estaba destinado a «volver al polvo.» Con todo, aunque era a causa de su cuerpo que él era polvo, y aunque llevaba el cuerpo natural en que fue creado, si no hubiera pecado habría sido transformado en cuerpo espiritual y habría pasado al estado incorruptible que se promete a los fieles y a los santos, sin el peligro de la muerte. [] Y esta meta no solo deseamos ardientemente en nuestro interior, sino que la aprendemos de la insinuación del apóstol cuando dice: «Porque en esto gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; si es que, así vestidos, no seremos hallados desnudos. Porque los que estamos en este tabernáculo gemimos cargados; no porque queramos ser despojados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida.» [] Por tanto, si Adán no hubiera pecado, no habría sido despojado de su cuerpo, sino revestido de inmortalidad e incorrupción, para que «lo mortal hubiera sido absorbido por la vida;» es decir, para que hubiera pasado del cuerpo natural al cuerpo espiritual.

    Capítulo 3 [III.]— Una cosa es ser mortal, y otra estar sujeto a la muerte

    I, 3

    Ni había razón para temer que, si hubiera vivido aquí más tiempo en su cuerpo natural, habría sido agobiado por la vejez y habría llegado gradualmente, al aumentar la edad, a la muerte. Pues si Dios concedió a los vestidos y a los zapatos de los israelitas que «no envejecieran» durante tantos años [], ¿qué hay de extraño en que, por la obediencia, el poder del mismo Dios hubiera concedido al hombre que, aunque tenía un cuerpo natural y mortal, tuviera en él una condición tal que pudiera llenarse de años sin decrepitud y, cuando Dios quisiera, pasar de la mortalidad a la inmortalidad sin el paso intermedio de la muerte? Porque así como esta misma carne nuestra, que ahora poseemos, no es por ello invulnerable, porque no sea necesario que sea herida, así tampoco era aquella inmortal porque no hubiera necesidad de que muriera. Tal condición, estando aún en su cuerpo natural y mortal, supongo que fue concedida incluso a los que fueron trasladados de aquí sin muerte. Pues Enoc y Elías no fueron reducidos a la decrepitud de la vejez por su larga vida. Pero, no obstante, no creo que fueran transformados ya en aquella clase de cuerpo espiritual que se promete en la resurrección y que el Señor fue el primero en recibir; solo que probablemente no necesitan aquellos alimentos que, con su uso, reparan el cuerpo; sino que desde su traslado viven de tal modo que gozan de aquella suficiencia que fue provista durante los cuarenta días en que Elías vivió de la vasija de agua y de la torta, sin alimento sustancial []; o bien, si hay necesidad de tal sustento, tal vez son sostenidos en el Paraíso de un modo semejante a como lo fue Adán antes de atraer sobre sí, pecando, la expulsión de allí. Y él, según supongo, era provisto contra la corrupción con el fruto de los diversos árboles, y del árbol de la vida con seguridad contra la vejez.

    Capítulo 4 [IV.]— Incluso la muerte corporal procede del pecado

    I, 4

    Pero además del pasaje donde Dios, como castigo, dijo: «Polvo eres, y al polvo volverás,» [] —pasaje que no entiendo cómo alguien puede aplicar sino a la muerte del cuerpo—, hay también otros testimonios de los que aparece plenísimamente que, a causa del pecado, el género humano ha atraído sobre sí no solo la muerte espiritual, sino también la muerte del cuerpo. Dice el apóstol a los romanos: «Mas si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.» [] Creo que una sentencia tan clara y abierta como esta solo requiere ser leída, no explicada. El cuerpo, dice, está muerto, no por la fragilidad terrena, por estar hecho del polvo de la tierra, sino a causa del pecado; ¿qué más queremos? Y es cuidadosísimo en sus palabras: no dice «es mortal,» sino «muerto.»

    Capítulo 5 [V.]— Las palabras Mortale (capaz de morir), Mortuum (muerto) y Moriturus (destinado a morir)

    I, 5

    Ahora bien, antes del cambio hacia el estado incorruptible que se promete en la resurrección de los santos, el cuerpo podía ser mortal (capaz de morir), aunque no destinado a morir (moriturus); del mismo modo que nuestro cuerpo, en su estado actual, puede, por así decirlo, ser capaz de enfermedad, aunque no esté destinado a enfermar. Pues ¿de quién es la carne incapaz de enfermedad, aun cuando por algún accidente muera antes de enfermar? De igual manera era entonces mortal el cuerpo del hombre; y esta mortalidad habría sido sustituida por una incorrupción eterna si el hombre hubiera perseverado en la justicia, es decir, en la obediencia; pero aun lo que era mortal (mortale) no fue hecho muerto (mortuum), sino a causa del pecado. Porque el cambio que ha de venir en la resurrección, en verdad, no solo no ha de tener la muerte que aconteció por el pecado, sino que ni siquiera ha de tener la mortalidad —o la posibilidad misma de morir— que el cuerpo natural tenía antes de pecar. No dice: «El que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos muertos» (aunque antes había dicho: «el cuerpo está muerto» []); sino que sus palabras son: «Vivificará también vuestros cuerpos mortales;» [] de modo que no solo ya no están muertos, sino que ya no son mortales —o capaces de morir—, puesto que lo natural es resucitado espiritual, y este cuerpo mortal se vestirá de inmortalidad, y la mortalidad será absorbida por la vida.

    Capítulo 6 [VI.]— Cómo es que el cuerpo está muerto a causa del pecado

    I, 6

    Uno se extraña de que se necesite algo más claro que la prueba que hemos dado. Pero tal vez debamos contentarnos con oír cómo esta ilustración clara es contradicha por la afirmación de que aquí [] debemos entender «el cuerpo muerto» en el sentido del pasaje donde se dice: «Mortificad vuestros miembros que están sobre la tierra.» [] Pero es a causa de la justicia, y no a causa del pecado, por lo que el cuerpo es mortificado en este sentido; pues mortificamos nuestros cuerpos que están sobre la tierra para hacer las obras de la justicia. O si suponen que la frase «a causa del pecado» se añade no para que entendamos «porque se ha cometido pecado», sino «para que no se cometa pecado» —como si se dijera: «El cuerpo ciertamente está muerto, para impedir que se cometa pecado»—, entonces ¿qué quiere decir en la cláusula siguiente al añadir las palabras «a causa de la justicia» a la afirmación «¿el espíritu vive?» [] Pues habría bastado añadir simplemente «el espíritu vive» para asegurar que también aquí sobrentendiéramos «para impedir que se cometa pecado»; de modo que entendiéramos que las dos proposiciones apuntan a una sola cosa: que tanto «el cuerpo está muerto» como «el espíritu vive» para el único fin común de «impedir que se cometa pecado». Del mismo modo, si hubiera querido decir simplemente «a causa de la justicia» en el sentido de «con el fin de practicar la justicia», las dos cláusulas podrían referirse a este único fin: a saber, que tanto «el cuerpo está muerto» como «el espíritu vive» «con el fin de practicar la justicia». Pero tal como está el pasaje, declara que «el cuerpo está muerto a causa del pecado» y «el espíritu vive a causa de la justicia», atribuyendo méritos distintos a cosas distintas: el demérito del pecado a la muerte del cuerpo, y el mérito de la justicia a la vida del espíritu. Por lo cual, si como nadie puede dudar, «el espíritu vive a causa de la justicia», es decir, como merecimiento de la justicia, ¿cómo debemos o podemos entender por la afirmación «El cuerpo está muerto a causa del pecado» otra cosa sino que el cuerpo está muerto como merecimiento del pecado, a menos que intentemos pervertir o torcer a nuestro arbitrio el sentido clarísimo de la Escritura? Pero además de esto, las palabras que siguen ofrecen luz adicional. Pues habla con limitación al tiempo presente, cuando dice por una parte que «el cuerpo está muerto a causa del pecado», ya que, mientras el cuerpo no es renovado por la resurrección, permanece en él el merecimiento del pecado, es decir, la necesidad de morir; y por otra parte, que «el espíritu vive a causa de la justicia», ya que, no obstante que todavía estamos cargados con «el cuerpo de esta muerte» [], ya tenemos, por la renovación que ha comenzado en nuestro hombre interior, nuevas aspiraciones tras la justicia de la fe. Sin embargo, para que el hombre en su ignorancia no deje de abrigar esperanza en la resurrección del cuerpo, dice que el mismo cuerpo que acaba de declarar «muerto a causa del pecado» en este mundo, en el mundo venidero será vivificado «a causa de la justicia», y no solo de modo que llegue a vivir de entre los muertos, sino a ser inmortal desde su mortalidad.

    Capítulo 7 [VII.]— La vida del cuerpo, objeto de esperanza; la vida del espíritu, preludio de aquella

    I, 7

    Aunque temo mucho que un asunto tan claro pueda más bien oscurecerse con la explicación, debo pedir vuestra atención a la luminosa afirmación del apóstol. «Mas si Cristo», dice, «está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.» [] Y esto se dice para que los hombres no supongan que no reciben beneficio alguno, o muy escaso, de la gracia de Cristo, por el hecho de que han de morir en el cuerpo. Pues están obligados a recordar que, aunque su cuerpo lleva todavía aquel merecimiento del pecado, irrevocablemente ligado a la condición de muerte, su espíritu ha comenzado ya a vivir a causa de la justicia de la fe, aun cuando realmente se había extinguido, por así decirlo, por la muerte de la incredulidad. No debéis, pues, dice, suponer que se os ha conferido un don pequeño por el hecho de que Cristo está en vosotros; puesto que, en el cuerpo que está muerto a causa del pecado, vuestro espíritu vive ya ahora a causa de la justicia; de suerte que, por tanto, no debéis desesperar ni siquiera de la vida de vuestro cuerpo. «Pues si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Cristo mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.» [] ¿Cómo es que los vapores de la controversia oscurecen todavía una luz tan clara? El apóstol os dice claramente que, aunque el cuerpo está muerto a causa del pecado dentro de vosotros, aun vuestros cuerpos mortales serán vivificados a causa de la justicia, por la cual ahora mismo vuestro espíritu vive; y todo este proceso ha de ser consumado por la gracia de Cristo, es decir, por su Espíritu que mora en vosotros; ¡y los hombres todavía contradicen! Prosigue diciéndonos cómo sucede que la vida convierte la muerte en sí misma mortificándola. «Así que, hermanos», dice, «deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.» [] ¿Qué otra cosa significa esto sino esto: si vivís según la muerte, moriréis del todo; pero si viviendo según la vida mortificáis la muerte, viviréis del todo?

    Capítulo 8 [VIII.]— La muerte corporal procede del pecado de Adán

    I, 8

    Cuando con propósito semejante dice: «Por un hombre vino la muerte, y por un hombre también la resurrección de los muertos» [], ¿en qué otro sentido puede entenderse el pasaje sino de la muerte del cuerpo? Pues teniendo a la vista la mención de esta, pasó a hablar de la resurrección del cuerpo, y la afirmó en un discurso llenísimo de gravedad y fervor. En estas palabras, dirigidas a los corintios: «Por un hombre vino la muerte, y por un hombre vino también la resurrección de los muertos; porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» [], ¿qué otro significado se transmite, en verdad, que el del versículo en que dice a los romanos: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte?» [] Ahora bien, ellos pretenden que la muerte aquí mencionada es la muerte, no del cuerpo, sino del alma, so pretexto de que a los corintios se habla de otra cosa, donde son del todo incapaces de entender la muerte del alma, porque el asunto allí tratado es la resurrección del cuerpo, que es la antítesis de la muerte del cuerpo. La razón, además, por la cual se menciona aquí solamente la muerte como causada por el hombre, y no también el pecado, es que el punto del discurso no versa sobre la justicia, que es la antítesis del pecado, sino sobre la resurrección del cuerpo, que se contrapone a la muerte del cuerpo.

    Capítulo 9 [IX.]— El pecado se transmite a todos los hombres por descendencia natural, y no meramente por imitación

    I, 9

    Me decís en vuestra carta que ellos se esfuerzan en retorcer hacia algún sentido nuevo el pasaje del apóstol, en el que dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte;» [] y sin embargo no me habéis informado cuál suponen ellos que es el significado de esas palabras. Pero, por lo que he averiguado de otros, piensan que la muerte aquí mencionada no es la muerte del cuerpo, la cual no admiten que Adán haya merecido por su pecado, sino la del alma, que tiene lugar en el pecado actual; y que este pecado actual no se ha transmitido del primer hombre a otras personas por descendencia natural, sino por imitación. Por consiguiente, se niegan asimismo a creer que en los niños se remite el pecado original mediante el bautismo, pues sostienen que tal pecado original no existe en absoluto en las personas por su nacimiento. Pero si el apóstol hubiera querido afirmar que el pecado entró en el mundo, no por descendencia natural, sino por imitación, habría mencionado como primer ofensor, no ciertamente a Adán, sino al diablo, de quien está escrito, [] que «peca desde el principio;» de quien también leemos en el Libro de la Sabiduría: «Sin embargo, por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo.» [] Ahora bien, como esta muerte vino sobre los hombres por el diablo, no porque fueron propagados por él, sino porque imitaron su ejemplo, se añade inmediatamente: «Y los que están de su lado lo imitan.» [] Por consiguiente, el apóstol, al mencionar juntos el pecado y la muerte, que habían pasado por descendencia natural de uno a todos los hombres, lo señaló como el introductor de aquello a partir de lo cual la propagación del género humano tuvo su comienzo.

    Capítulo 10.— La analogía de la gracia

    I, 10

    No hay duda de que todos imitan a Adán aquellos que por desobediencia transgreden el mandamiento de Dios; pero una cosa es él como ejemplo para los que pecan porque así lo eligen, y otra cosa es él como progenitor de todos los que nacen con pecado. Todos sus santos, asimismo, imitan a Cristo en la búsqueda de la justicia; por lo cual el mismo apóstol, a quien ya hemos citado, dice: «Sed imitadores de mí, como yo lo soy de Cristo.» [] Pero además de esta imitación, su gracia obra dentro de nosotros nuestra iluminación y justificación, mediante aquella operación acerca de la cual el mismo predicador de su [nombre] dice: «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.» [] Pues por esta gracia injerta en su cuerpo incluso a los niños bautizados, que ciertamente todavía no han llegado a ser capaces de imitar a nadie. Así como, por tanto, Aquel en quien todos son vivificados, además de ofrecerse a sí mismo como ejemplo de justicia a quienes lo imitan, da también a los que creen en Él la gracia oculta de su Espíritu, que infunde secretamente incluso en los niños; así también aquel en quien todos mueren, además de ser un ejemplo de imitación para quienes voluntariamente transgreden el mandamiento del Señor, depravó también en su propia persona a todos los que provienen de su estirpe mediante la corrupción oculta de su propia concupiscencia carnal. Es enteramente por esta razón, y por ninguna otra, que el apóstol dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres; en el cual todos pecaron.» [] Ahora bien, si yo dijera esto, levantarían una objeción, e insistirían en voz alta que yo era incorrecto tanto en la expresión como en el sentido; pues no percibirían sentido alguno en estas palabras cuando las pronuncia un hombre común, excepto aquel sentido que se niegan a ver en el apóstol. Sin embargo, puesto que estas son las palabras de aquel a cuya autoridad y doctrina se someten, nos acusan de lentitud de entendimiento, mientras se esfuerzan en retorcer hacia algún sentido ininteligible palabras que fueron escritas con un propósito claro y obvio. «Por un hombre,» dice, «entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte.» Esto indica propagación, no imitación; pues si se tratara de imitación, habría dicho: «Por el diablo.» Pero, como nadie duda, se refiere a aquel primer hombre que es llamado Adán: «Y así,» dice, «pasó a todos los hombres.»

    Capítulo 11 [X.]— Distinción entre pecado actual y pecado original

    I, 11

    De nuevo, en la cláusula que sigue, «En el cual todos pecaron,» ¡cuán cautelosamente, con cuánta rectitud y sin ambigüedad está expresada la afirmación! Pues si entiendes que se refiere al pecado que por un hombre entró en el mundo, «En el cual [pecado] todos pecaron,» queda ciertamente claro que los pecados que son propios de cada hombre, que ellos mismos cometen y que les pertenecen simplemente a ellos, significan una cosa; y que el único pecado, en y mediante el cual todos pecaron, significa otra cosa; puesto que todos eran aquel único hombre. Si, sin embargo, no se entiende el pecado, sino aquel único hombre, «En el cual [único hombre] todos pecaron,» ¿qué puede haber más claro que incluso esta afirmación? Leemos, en verdad, de aquellos que son justificados en Cristo que creen en Él, a causa de la comunión secreta y de la inspiración de aquella gracia espiritual que hace que todo aquel que se adhiere al Señor sea «un solo espíritu» con Él, [] aunque también sus santos imitan su ejemplo; ¿puedo encontrar, sin embargo, alguna afirmación semejante hecha acerca de aquellos que han imitado a sus santos? ¿Puede decirse de algún hombre que es justificado en Pablo o en Pedro, o en cualquiera de aquellos varones excelentes cuya autoridad es alta entre el pueblo de Dios? Sin duda se dice que somos bendecidos en Abraham, según el pasaje en el que se le dijo: «En ti serán benditas todas las naciones» — por causa de Cristo, que es su descendencia según la carne; lo cual se expresa aún más claramente en el pasaje paralelo: «En tu descendencia serán benditas todas las naciones.» No creo que nadie pueda encontrar en las Sagradas Escrituras que se diga en alguna parte que un hombre ha pecado o todavía peca «en el diablo,» aunque todos los hombres malvados e impíos lo «imitan». El apóstol, sin embargo, ha declarado acerca del primer hombre, que «en él todos pecaron;» [] y, no obstante, todavía hay una contienda sobre la propagación del pecado, y los hombres le oponen no sé qué nebulosa teoría de «imitación.»
    Comentario editorial · «En el cual todos pecaron»: imitación o propagación
    Agustín lee Romanos 5:12 con la lectura latina «en el cual todos pecaron» y examina dos sentidos, según «el cual» sea el pecado o ese único hombre; en ambos ve afirmado que todos tuvieron parte en el pecado de Adán. La nota del NPNF explica además que «imitación» era el término de los pelagianos, para quienes el pecado de Adán afecta a los demás solo por el ejemplo que imitan, y que Agustín dice en cambio propagatio, «propagación». Según Wikipedia («Original sin»), Ambrosiaster fue el primero en traducir ese versículo «en él todos pecaron» en lugar de «porque todos pecaron», lo que esa página llama una mala traducción, y Agustín lo cita como fuente. Es un punto discutido: este libro sigue el texto latino de Agustín.

    Capítulo 12.— La ley no podía quitar el pecado

    I, 12

    Observad también lo que sigue. Habiendo dicho, «En el cual todos pecaron,» añadió de inmediato, «Porque hasta la ley, el pecado estaba en el mundo.» [] Esto significa que el pecado no podía ser quitado ni siquiera por la ley, la cual entró para que el pecado abundara más, [] ya sea la ley de la naturaleza, bajo la cual todo hombre, al llegar a los años del discernimiento, sólo procede a añadir sus propios pecados al pecado original, o aquella misma ley que Moisés dio al pueblo. «Porque si se hubiera dado una ley que pudiera dar vida, ciertamente la justicia habría sido por la ley. Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa por la fe en Jesucristo fuera dada a los que creen. [] Pero el pecado no se imputa donde no hay ley.» [] Ahora bien, ¿qué significa la frase «no se imputa,» sino «es ignorado,» o «no es tomado en cuenta como pecado?» Aunque el Señor Dios no lo considera como si nunca hubiera existido, puesto que está escrito: «Todos los que pecaron sin ley, también perecerán sin ley.» []

    Capítulo 13 [XI.]— Significado de la frase del apóstol «El reinado de la muerte.»

    I, 13

    «No obstante,» dice, «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés,» [] — es decir, desde el primer hombre hasta la misma ley que fue promulgada por la autoridad divina, porque ni siquiera ella pudo abolir el reinado de la muerte. Ahora bien, debe entenderse que la muerte «reina» siempre que la culpa del pecado domina de tal modo en los hombres que les impide alcanzar aquella vida eterna que es la única vida verdadera, y los arrastra incluso a la segunda muerte que es penalmente eterna. Este reinado de la muerte sólo es destruido en cualquier hombre por la gracia del Salvador, que obró incluso en los santos de los tiempos antiguos, todos los cuales, aunque anteriores a la venida de Cristo en la carne, vivían con relación a su gracia asistente, no a la letra de la ley, que sólo sabía mandar, pero no ayudarles. En el Antiguo Testamento, en verdad, estaba oculto (de conformidad con la dispensación perfectamente justa de los tiempos) lo que ahora se revela en el Nuevo Testamento. Por lo tanto, «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés,» en todos los que no fueron asistidos por la gracia de Cristo, para que en ellos el reino de la muerte fuera destruido, «incluso en aquellos que no habían pecado a semejanza de la transgresión de Adán,» [] es decir, que todavía no habían pecado por su propia voluntad individual, como lo hizo Adán, sino que habían tomado de él el pecado original, «que es figura del que había de venir,» [] porque en él se constituyó la forma de condenación para su futura descendencia, que habría de brotar de él por descendencia natural; de modo que de uno todos los hombres nacieron para una condenación, de la cual no hay liberación sino en la gracia del Salvador. Soy muy consciente, en verdad, de que varios códices latinos de las Escrituras leen el pasaje así: «La muerte reinó desde Adán hasta Moisés sobre los que han pecado a semejanza de la transgresión de Adán;» pero incluso esta versión es referida por quienes así la leen al mismo propósito, pues entendieron que aquellos que han pecado en él han pecado a semejanza de la transgresión de Adán; de manera que son creados a su semejanza, no sólo como hombres nacidos de un hombre, sino como pecadores nacidos de un pecador, moribundos de un moribundo, y condenados de un condenado. Sin embargo, los códices griegos de los que se hizo la versión latina presentan todos, sin excepción o casi sin ella, la lectura que yo aduje en primer lugar.

    Capítulo 14.— La superabundancia de la gracia

    I, 14

    «Pero,» dice, «no como el delito, así también el don gratuito. Pues si por el delito de uno murieron los muchos, mucho más abundaron para muchos la gracia de Dios y el don por la gracia, que es por un hombre, Jesucristo.» [] No muchos más, es decir, muchos más hombres, pues no hay más personas justificadas que condenadas; sino que dice mucho más ha abundado; en tanto que, mientras Adán de su único pecado produjo pecadores, Cristo por su gracia ha procurado el perdón gratuito incluso de los pecados que los hombres han añadido por su propia voluntad mediante la transgresión actual al pecado original en el que nacieron. Esto lo expresa aún más claramente en lo que sigue.

    Capítulo 15 [XII.]— El único pecado común a todos los hombres

    I, 15

    Pero observad con más atención lo que dice: que «por el delito de uno murieron los muchos.» Pues ¿por qué habría de ser a causa del pecado de uno, y no más bien a causa de sus propios pecados, si este pasaje ha de entenderse de imitación y no de propagación? Pero notad lo que sigue: «Y no como fue por uno que pecó, así es el don; porque el juicio fue por uno para condenación, pero la gracia es de muchos delitos para justificación.» [] Ahora que nos digan dónde hay lugar en estas palabras para la imitación. «Por uno,» dice, «para condenación.» ¿Por uno qué, sino por un solo pecado? Esto, ciertamente, lo insinúa claramente en las palabras que añade: «Pero la gracia es de muchos delitos para justificación.» ¿Por qué, en efecto, es el juicio de un delito para condenación, mientras que la gracia es de muchos delitos para justificación? Si el pecado original es nulo, ¿no se seguiría que no sólo la gracia retira a los hombres de muchos delitos para justificación, sino que el juicio los lleva a condenación de muchos delitos igualmente? Pues ciertamente la gracia no perdona muchos delitos, sin que el juicio igualmente tenga muchos delitos que condenar. De lo contrario, si los hombres están envueltos en condenación a causa de un solo delito, sobre la base de que todos los delitos que son condenados fueron cometidos en imitación de aquel único delito; existe la misma razón por la que los hombres deberían ser considerados como retirados de un solo delito para justificación, en tanto que todos los delitos que son remitidos a los justificados fueron cometidos en imitación de aquel único delito. Pero esto ciertamente no era lo que el apóstol quería decir, cuando dijo: «El juicio, ciertamente, fue de un delito para condenación, pero la gracia fue de muchos delitos para justificación.» Nosotros, por nuestra parte, en verdad, podemos entender al apóstol, y ver que el juicio se predica de un delito para condenación enteramente sobre la base de que, aunque no hubiera en los hombres nada más que el pecado original, sería suficiente para su condenación. Pues por mucho más pesada que sea la condenación de aquellos que han añadido sus propios pecados al delito original (y será más severa en los casos individuales, en proporción a los pecados de cada uno); aun así, ese solo pecado que originalmente fue derivado a los hombres no sólo excluye del reino de Dios, al cual los niños no pueden entrar (como ellos mismos admiten), a menos que hayan recibido la gracia de Cristo antes de morir, sino que también aliena de la salvación y de la vida eterna, la cual no puede ser otra cosa que el reino de Dios, al cual sólo la comunión con Cristo nos introduce.

    Capítulo 16 [XIII.]— Cómo la muerte viene por uno y la vida por uno

    I, 16

    Y de esto deducimos que de Adán, en quien todos hemos pecado, no hemos derivado todos nuestros pecados actuales, sino sólo el pecado original; mientras que de Cristo, en quien todos somos justificados, obtenemos la remisión no meramente de aquel pecado original, sino también de los demás pecados que hemos añadido. De ahí que se diga: «No como por aquel que pecó, así también es el don gratuito.» Pues el juicio, ciertamente, a partir de un solo pecado, si no es remitido — y ese es el pecado original — es capaz de arrastrarnos a la condenación; mientras que la gracia nos conduce a la justificación mediante la remisión de muchos pecados — es decir, no simplemente del pecado original, sino también de todos los demás, cualesquiera que sean.

    Capítulo 17.— A quién imitan los pecadores

    I, 17

    «Porque si por el delito de un solo hombre reinó la muerte por uno solo; mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y de la justicia.» [] ¿Por qué reinó la muerte a causa del pecado de uno, sino porque los hombres estaban atados por la cadena de la muerte en aquel único hombre en quien todos pecaron, aunque no añadieran pecados propios? De lo contrario, no era a causa del pecado de uno que la muerte reinaba a través de uno; más bien era a causa de los múltiples delitos de muchos, [operando] a través de cada pecador individual. Pues si la razón por la cual los hombres han muerto por la transgresión de otro es que lo han imitado siguiéndolo como su predecesor en la transgresión, se seguiría incluso, y eso «mucho más,» que aquel único murió a causa de la transgresión de otro, a quien el diablo precedió en la transgresión hasta el punto de persuadirlo él mismo a cometer la transgresión. Adán, sin embargo, no ejerció influencia alguna para persuadir a sus seguidores; y los muchos que se dice que lo han imitado, de hecho, o no han oído hablar jamás de su existencia o de que hubiera cometido algún pecado tal como se le atribuye, o lo descreen completamente. ¿Cuánto más correctamente, por tanto, como ya he observado, habría presentado el apóstol al diablo como el autor, del cual «uno» diría que el pecado y la muerte pasaron a todos, si en este pasaje hubiera querido hablar, no de propagación, sino de imitación? Pues hay razón mucho más fuerte para decir que Adán es un imitador del diablo, ya que tenía en él un instigador real al pecado; si es que uno puede ser imitador incluso de aquel que nunca ha usado tal persuasión, o de quien es absolutamente ignorante. Pero ¿qué se implica en la cláusula, «Los que reciben la abundancia de la gracia y de la justicia,» sino que la gracia de la remisión se da no sólo a aquel pecado en el cual todos han pecado, sino también a aquellos delitos que los hombres realmente han cometido además; y que sobre estos [hombres] se concede gratuitamente una justicia tan grande que, aunque Adán cedió a aquel que lo persuadió a pecar, ellos no ceden ni siquiera a la coerción del mismo tentador? De nuevo, ¿qué significan las palabras, «Mucho más reinarán en vida,» cuando el hecho es que el reinado de la muerte arrastra a muchos más al castigo eterno, a menos que entendamos que en ambas cláusulas se menciona realmente a aquellos que pasan de Adán a Cristo, es decir, de la muerte a la vida; porque en la vida eterna reinarán sin fin, y así excederán el reinado de la muerte que ha prevalecido dentro de ellos sólo temporalmente y con un término?

    Capítulo 18.— Sólo Cristo justifica

    I, 18

    «Por tanto, así como por la ofensa de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justificación de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.» [] Esta «ofensa de uno», si nos empeñamos en «la imitación», sólo puede ser la ofensa del diablo. Pero como manifiestamente se dice con referencia a Adán y no al diablo, se sigue que no nos queda otra alternativa que entender que aquí se trata del principio de la propagación natural, y no del de la imitación. [XIV.] Ahora bien, cuando dice con referencia a Cristo: «Por la justificación de uno», ha expresado nuestra doctrina con más precisión que si dijera: «Por la justicia de uno»; pues menciona aquella justificación por la cual Cristo justifica al impío, y que no propuso como objeto de imitación, porque sólo Él es capaz de realizarla. Ahora bien, muy bien podía el apóstol decir, y con razón: «Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo»; pero jamás podría decir: Sed justificados por mí, así como yo lo soy por Cristo; — pues puede haber, y de hecho hay y ha habido, muchos justos y dignos de imitación; pero nadie es justo y justificador sino Cristo solo. Por eso se dice: «Al que cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.» [] Ahora bien, si algún hombre tuviera poder para declarar con confianza: «Yo te justifico», necesariamente se seguiría que también podría decir: «Cree en mí.» Pero nunca estuvo en poder de ninguno de los santos de Dios decir esto, sino sólo del Santo de los santos, que dijo: «Creéis en Dios, creed también en mí»; [] de modo que, puesto que es Él quien justifica al impío, al hombre que cree en aquel que justifica al impío su fe le es imputada por justicia.

    Capítulo 19 [XV.]

    El pecado proviene de la descendencia natural, como la justicia proviene de la regeneración; cómo «todos» son pecadores por Adán, y «todos» son justificados por Cristo

    I, 19

    Ahora bien, si sólo la imitación hace pecadores a los hombres por Adán, ¿por qué no, del mismo modo, sólo la imitación hace justos a los hombres por Cristo? «Pues» —dice—, «así como por la ofensa de uno vino la condenación a todos los hombres, así también por la justificación de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.» [] [Según la teoría de la imitación], entonces, el «uno» y el «uno,» aquí no deben considerarse Adán y Cristo, sino Adán y Abel. Porque aunque muchos pecadores nos han precedido en el tiempo de esta vida presente, y han sido imitados en su pecado por los que pecaron después, sostienen, sin embargo, que sólo se menciona a Adán como aquel en quien todos han pecado por imitación, puesto que fue el primero de los hombres que pecó. Y según el mismo principio, ciertamente habría debido mencionarse a Abel, como aquel «en el cual uno» todos son igualmente justificados por imitación, por cuanto él mismo fue el primer hombre que vivió justamente. Si, no obstante, se cree necesario tener en cuenta un período crítico relacionado con el comienzo del Nuevo Testamento, y se toma a Cristo como guía de los justos y objeto de su imitación, entonces habría que poner a Judas, que lo traicionó, como guía de la clase de los pecadores. Además, si Cristo solo es Aquel en quien todos los hombres son justificados, por cuanto no es simplemente la imitación de su ejemplo lo que hace justos a los hombres, sino su gracia que regenera a los hombres por el Espíritu, entonces también Adán es el único en quien todos han pecado, por cuanto no es el mero seguimiento de su mal ejemplo lo que hace pecadores a los hombres, sino la pena que engendra por medio de la carne. De ahí los términos «todos los hombres» y «todos los hombres». Porque no son realmente los mismos los engendrados por Adán que los regenerados por Cristo; pero, con todo, el lenguaje del apóstol es estrictamente correcto, porque así como nadie participa de la generación carnal sino por Adán, así nadie participa de la espiritual sino por Cristo. Porque si alguno pudiera ser engendrado en la carne, y no por Adán; y si, de igual modo, alguno pudiera ser engendrado en el Espíritu, y no por Cristo; es claro que no podría decirse «todos» ni de la una clase ni de la otra. Pero a estos «todos» el apóstol los describe después como «muchos»; porque, evidentemente, en ciertas circunstancias, los «todos» pueden ser sólo unos pocos. La generación carnal, sin embargo, abarca «muchos», y la generación espiritual incluye también «muchos»; aunque los «muchos» de la espiritual son menos numerosos que los «muchos» de la carnal. Pero así como la una abarca todos los hombres sin excepción, así la otra incluye todos los justos; porque así como en el primer caso nadie puede ser hombre sin la generación carnal, así en la otra clase nadie puede ser justo sin la generación espiritual; en ambos casos, por tanto, hay «muchos:» «Porque así como por la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno muchos serán constituidos justos.» []

    Capítulo 20.— Sólo el pecado original se contrae por el nacimiento natural

    I, 20

    «Mas la ley entró para que abundase la ofensa.» [] Esta adición al pecado original la hicieron ya los hombres por su propia voluntad, no por Adán; pero aun ésta es abolida y remediada por Cristo, porque «donde el pecado abundó, sobreabundó mucho más la gracia; para que, así como el pecado reinó para muerte» [] —aun aquel pecado que los hombres no han derivado de Adán, sino que han añadido por su propia voluntad— «así también la gracia reine por la justicia para vida eterna.» [] Hay, sin embargo, otra justicia aparte de Cristo, así como hay otros pecados aparte de Adán. Por tanto, después de decir: «Así como el pecado reinó para muerte», no añadió en la misma cláusula «por uno», ni «por Adán», porque ya había hablado de aquel pecado que abundaba cuando entró la ley, y que, por supuesto, no era pecado original, sino el pecado de la comisión voluntaria del hombre. Pero después que ha dicho: «Así también la gracia reine por la justicia para vida eterna», añade en seguida: «por Jesucristo nuestro Señor»; [] porque, mientras que por la generación de la carne sólo se contrae aquel pecado que es el original, por la regeneración del Espíritu se efectúa la remisión no sólo del pecado original, sino también de los pecados de la comisión voluntaria y actual del hombre.

    Capítulo 21 [XVI.]

    Los niños no bautizados son condenados, pero levísimamente; la pena del pecado de Adán, la pérdida de la gracia de su cuerpo

    I, 21

    Puede, por tanto, afirmarse con razón que los niños que salen del cuerpo sin ser bautizados quedarán envueltos en la condenación más leve de todas. Por consiguiente, engaña grandemente a sí mismo y a los demás quien enseña que no quedarán envueltos en condenación; mientras que el apóstol dice: «El juicio vino por una ofensa para condenación» [], y de nuevo poco después: «Por la ofensa de uno vino la condenación a todos los hombres» []. En efecto, cuando Adán pecó por no obedecer a Dios, entonces su cuerpo —aunque era un cuerpo natural y mortal— perdió la gracia por la cual solía estar obediente al alma en todas sus partes. Surgieron entonces en los hombres afectos comunes a los brutos, que producen vergüenza y que hicieron que el hombre se avergonzara de su propia desnudez []. Entonces también, por cierta enfermedad que fue concebida en los hombres a partir de una corrupción pestilente introducida de repente, se produjo la pérdida de aquella estabilidad de vida en que fueron creados y, a causa de las mutaciones que experimentaban en las edades de la vida, vinieron a parar al fin en la muerte. Por muchos que fueran los años que vivieran en su vida ulterior, comenzaron a morir el día en que recibieron la ley de la muerte, porque no dejaban de inclinarse hacia la vejez. Pues aquello no posee ni siquiera un momento de estabilidad, sino que se desliza sin cesar; y por cambio constante avanza perceptiblemente hacia un fin que no produce perfección, sino total agotamiento. Así, pues, se cumplió lo que Dios había dicho: «El día que de él comieres, ciertamente morirás» []. Como consecuencia, pues, de esta desobediencia de la carne y de esta ley del pecado y de la muerte, todo el que nace de la carne tiene necesidad de la regeneración espiritual —no sólo para alcanzar el reino de Dios, sino también para ser librado de la condenación del pecado. Por tanto, por una parte los hombres nacen en la carne sujetos al pecado y a la muerte desde el primer Adán, y por otra parte nacen de nuevo en el bautismo asociados a la justicia y a la vida eterna del segundo Adán; como está escrito en el libro del Eclesiástico: «Por la mujer comenzó el pecado, y por ella morimos todos» []. Ahora bien, ya se diga de la mujer o de Adán, ambas afirmaciones corresponden al primer hombre, puesto que (como sabemos) la mujer procede del hombre, y los dos son una sola carne. De donde también está escrito: «Y los dos serán una sola carne; por tanto» —dice el Señor—, «ya no son dos, sino una sola carne» [].

    Capítulo 22 [XVII.]— A los niños no se les ha de atribuir pecado personal

    I, 22

    Aquellos, por tanto, que dicen que la razón por la cual los niños son bautizados es que puedan obtener la remisión del pecado que ellos mismos han cometido en su vida, no del que han derivado de Adán, pueden ser refutados sin mucha dificultad. Pues siempre que estas personas reflexionen un poco dentro de sí, sin dejarse influir por espíritu polémico alguno, sobre el absurdo de su afirmación —cuán indigna es, en realidad, de una discusión seria—, cambiarán al punto de opinión. Pero si no lo hacen, no desesperaremos tan por completo del sentido común de los hombres como para temer que induzcan a otros a adoptar sus opiniones. Ellos mismos son impulsados a adoptar su opinión, si no me equivoco, por su prejuicio en favor de alguna otra teoría; y es porque se sienten obligados a conceder que los pecados son perdonados a los bautizados, y no quieren conceder que el pecado que admiten ser perdonado a los niños haya sido derivado de Adán, por lo que se han visto obligados a atribuir a la infancia misma pecado actual; ¡como si, al lanzar esta acusación contra la infancia, un hombre pudiera quedar él mismo más seguro, cuando es acusado y no puede responder a su acusador! Sin embargo, como he sugerido, dejemos de lado a tales adversarios; en verdad, no necesitamos ni palabras ni citas de la Escritura para probar la inocencia de los niños, en lo que se refiere a su conducta en la vida; esta vida la pasan, tan reciente es su nacimiento, dentro de sí mismos, puesto que escapa al conocimiento de la percepción humana, la cual no tiene datos ni apoyo sobre los cuales sostener controversia alguna sobre el asunto.

    Capítulo 23 [XVIII.]

    Refuta a quienes alegan que los niños son bautizados no para la remisión de los pecados, sino para obtener el reino de los cielos

    I, 23

    Pero plantean una cuestión, y parecen aducir un argumento digno de consideración y discusión, quienes dicen que los niños recién nacidos reciben el bautismo no para la remisión del pecado, sino para que, puesto que su procreación no es espiritual, sean creados en Cristo, y lleguen a ser partícipes del reino de los cielos, y por el mismo medio hijos y herederos de Dios, y coherederos con Cristo. Y sin embargo, cuando se les pregunta si los que no son bautizados, y no son hechos coherederos con Cristo y partícipes del reino de los cielos, tienen al menos la bendición de la vida eterna en la resurrección de los muertos, quedan sumamente perplejos y no hallan salida a su dificultad. Pues ¿qué cristiano hay que permita decir que alguien pueda alcanzar la salvación eterna sin nacer de nuevo en Cristo —[resultado] que Él quiso efectuar por medio del bautismo, precisamente en el tiempo en que tal sacramento fue instituido a propósito para regenerar en la esperanza de la salvación eterna? De donde el apóstol dice: «No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino según su misericordia nos salvó, por el lavamiento de la regeneración» []. Esta salvación, sin embargo, dice, consiste en esperanza, mientras vivimos aquí abajo, donde dice: «Porque en esperanza somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿por qué esperarlo aún? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos» []. ¿Quién, pues, sería tan osado como para afirmar que, sin la regeneración de la que habla el apóstol, los niños podrían alcanzar la salvación eterna, como si Cristo no hubiera muerto por ellos? Porque «Cristo murió por los impíos» []. En cuanto a ellos, empero, que (como es manifiesto) jamás cometieron acto impío alguno en toda su vida, si tampoco están atados por vínculo alguno de pecado en su naturaleza original, ¿cómo murió por ellos Aquel que murió por los impíos? Si no estaban dañados por enfermedad alguna del pecado original, ¿cómo es que son llevados al Médico Cristo, con el propósito expreso de recibir el sacramento de la salvación eterna, por la piadosa solicitud de quienes corren a Él? ¿Por qué más bien no se les dice en la Iglesia: Quitad de aquí a estos inocentes: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos»; — Cristo «no vino a llamar a justos, sino a pecadores?» [] Jamás se ha oído, jamás se oye, jamás se oirá en la Iglesia semejante ficción acerca de Cristo.

    Capítulo 24 [XIX.]— Los niños son salvos como pecadores

    I, 24

    Y nadie suponga que los niños deben ser llevados al bautismo sobre la base de que, así como no son pecadores, tampoco son justos; pues ¿cómo es que algunos nos recuerdan que el Señor encomia esta tierna edad como meritoria, diciendo: «Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos?» [] Porque si esto [«de los tales»] no se dice a causa de la semejanza en la humildad (puesto que la humildad nos hace niños), sino a causa de la vida laudable de los niños, entonces, por supuesto, los niños deben ser personas justas; de lo contrario, no podría decirse con corrección: «De los tales es el reino de los cielos», porque el cielo sólo puede pertenecer a los justos. Pero quizá, después de todo, no es una interpretación correcta del sentido de las palabras del Señor hacer que Él encomie la vida de los niños cuando dice: «De los tales es el reino de los cielos»; por cuanto éste puede ser su verdadero sentido, el que hace que Cristo aduzca la tierna edad de la infancia como semejanza de humildad. Aun así, sin embargo, quizá debamos volver al principio que acabo de mencionar: que los niños deben ser bautizados porque, aunque no son pecadores, tampoco son justos. Pero cuando Él había dicho: «No he venido a llamar a justos», como respondiendo a esto: ¿A quiénes, pues, has venido a llamar? Inmediatamente prosigue diciendo: «— sino a pecadores al arrepentimiento». Por tanto, se sigue que, por justos que sean, si tampoco son pecadores, no vino a llamarlos Aquel que dijo de sí mismo: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Parecen, por tanto, no sólo vana, sino incluso perversamente, apresurarse al bautismo de Aquel que no los invita —opinión que no quiera Dios que alberguemos. Los llama, pues, como Médico que no es necesario para los sanos, sino para los enfermos; y que no vino a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento. Ahora bien, puesto que los niños no están sujetos por pecado alguno de su propia vida actual, es la culpa del pecado original lo que es sanado en ellos por la gracia de Aquel que los salva por el lavamiento de la regeneración.

    Capítulo 25.— Se describe a los niños como creyentes y como penitentes. Sólo los pecados separan entre Dios y los hombres

    I, 25

    Alguien dirá: ¿Cómo, pues, se llama a los niños pequeños a penitencia? ¿Cómo pueden arrepentirse de algo? La respuesta es: si no deben ser llamados penitentes porque no tienen sentido de arrepentirse, tampoco deben ser llamados creyentes, porque tampoco tienen sentido de creer. Pero si con razón se les llama creyentes, porque en cierto sentido profesan la fe por palabras de sus padres, ¿por qué no se les ha de tener también por penitentes antes, cuando se muestra que renuncian al diablo y a este mundo por la profesión, asimismo, de los mismos padres? Todo esto se hace en esperanza, en la virtud del sacramento y de la gracia divina que el Señor ha concedido a la Iglesia. Pero ¿quién no sabe que al niño bautizado no le aprovecha lo que recibió de pequeño, si al llegar a la edad de la razón no cree y no se abstiene de los deseos ilícitos? Si, empero, el niño parte de la vida presente después de recibir el bautismo, quitada la culpa en que estaba envuelto por el pecado original, será perfeccionado en aquella luz de la verdad, que, permaneciendo inmutable para siempre, ilumina a los justificados en la presencia de su Creador. Porque sólo los pecados separan entre los hombres y Dios; y éstos son quitados por la gracia de Cristo, por quien, como Mediador, somos reconciliados, cuando Él justifica al impío.

    Capítulo 26 [XX.]— Nadie, a no ser que sea bautizado, se acerca con razón a la mesa del Señor

    I, 26

    Ahora bien, ellos se alarman por la declaración del Señor, cuando dice: «Si no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios;» [] porque en su propia explicación del pasaje afirma: «Si no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» [] Y así tratan de atribuir a los niños no bautizados, por el mérito de su inocencia, el don de la salvación y de la vida eterna, pero al mismo tiempo, por no estar bautizados, excluirlos del reino de los cielos. ¡Pero cuán nueva y asombrosa es semejante suposición, como si pudiera haber salvación y vida eterna sin herencia con Cristo, sin el reino de los cielos! Desde luego tienen su refugio, adonde escapar y esconderse, porque el Señor no dice: Si no naciere de agua y del Espíritu, no puede tener vida, sino: «no puede entrar en el reino de Dios.» Si en verdad hubiera dicho lo otro, no habría podido surgir ni un momento de duda. Pues bien, removamos la duda; escuchemos ahora al Señor, y no a las nociones y conjeturas de los hombres; oigamos, digo, lo que dice el Señor— no ciertamente sobre el sacramento del lavacro, sino sobre el sacramento de su propia santa mesa, al cual nadie sino el bautizado tiene derecho a acercarse: «Si no comiereis mi carne y bebiereis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.» [] ¿Qué más queremos? ¿Qué respuesta puede aducirse a esto, a no ser por aquella obstinación que resiste siempre la constancia de la verdad manifiesta?

    Capítulo 27.— Los niños deben alimentarse de Cristo

    I, 27

    ¿Habrá, sin embargo, alguien tan atrevido como para decir que esta declaración no tiene relación con los niños, y que ellos pueden tener vida en sí sin participar de su cuerpo y de su sangre— fundándose en que no dice: Si no comiere uno, sino «Si no comiereis vosotros;» como si se dirigiera a quienes podían oír y entender, lo cual ciertamente no pueden hacer los niños? Pero quien dice esto es desatento; porque, a menos que todos estén abarcados en la declaración, que sin el cuerpo y la sangre del Hijo del hombre los hombres no pueden tener vida, en vano se preocupa de ello la edad adulta. Porque si atendéis a las meras palabras, y no al sentido, del Señor cuando habla, este pasaje muy bien puede parecer que fue dicho solamente al pueblo al que casualmente se dirigía en aquel momento; porque no dice: Si no comiere uno, sino: Si no comiereis vosotros. ¿Qué sucede también con la declaración que hace en el mismo contexto sobre este mismo punto: «El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo?» [] Pues, según esta declaración, hallamos que el sacramento pertenece también a nosotros, que no existíamos en el tiempo en que el Señor pronunció estas palabras; porque de ningún modo podemos decir que no pertenecemos a «el mundo», para cuya vida Cristo dio su carne. ¿Quién, en verdad, puede dudar que con el término mundo se indican todas las personas que entran en el mundo al nacer? Pues, como dice en otro pasaje: «Los hijos de este mundo engendran y son engendrados.» De todo esto se sigue que también para la vida de los niños fue dada su carne, la cual dio para la vida del mundo; y que aun ellos no tendrán vida si no comen la carne del Hijo del hombre.

    Capítulo 28.— Los niños bautizados son de los fieles; los no bautizados, de los perdidos

    I, 28

    De ahí también aquella otra declaración: «El Padre ama al Hijo, y ha entregado todas las cosas en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.» [] Ahora bien, ¿en cuál de estas clases debemos colocar a los niños— entre los que creen en el Hijo, o entre los que no creen en el Hijo? En ninguna, dicen algunos, porque, así como aún no son capaces de creer, tampoco deben ser tenidos por incrédulos. Esto, sin embargo, no lo indica la regla de la Iglesia, pues ella junta a los niños bautizados al número de los fieles. Ahora bien, si los que son bautizados son, en virtud de la excelencia y administración de tan gran sacramento, contados sin embargo en el número de los fieles, aunque por su propio corazón y boca no realizan literalmente lo que atañe al acto de fe y de confesión; ciertamente los que han carecido del sacramento deben ser clasificados entre los que no creen en el Hijo, y por tanto, si parten de esta vida sin esta gracia, tendrán que afrontar lo que está escrito acerca de tales— no tendrán vida, sino que la ira de Dios permanece sobre ellos. ¿De dónde podría resultar esto a quienes claramente no tienen pecados propios, si no se les tiene por culpables del pecado original?

    Capítulo 29 [XXI.]— Es un misterio inescrutable el por qué algunos son salvados y otros no

    I, 29

    Ahora bien, hay mucho significado en que no dice: «La ira de Dios vendrá sobre él,» sino: «permanece sobre él.» Porque de esta ira (en la cual todos estamos envueltos bajo el pecado, y de la cual dice el apóstol: «Porque también nosotros éramos en otro tiempo por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás» []) nada nos libra sino la gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor. La razón por la cual esta gracia viene sobre un hombre y no sobre otro puede estar oculta, pero no puede ser injusta. Pues «¿hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!» [] Pero primero debemos doblegar nuestra cerviz a la autoridad de las Sagradas Escrituras, para que cada uno lleguemos al conocimiento y entendimiento por la fe. Pues no se dice en vano: «Tus juicios son un gran abismo.» La profundidad de este «abismo» la nota el apóstol, como con un sentimiento de temor, en aquella exclamación: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios!» Ya había indicado previamente el significado de esta maravillosa profundidad, cuando dijo: «Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos.» [] Entonces, herido, por así decirlo, por un horrible temor de este abismo: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le sea recompensado? Porque de él, y por él, y en él, son todas las cosas: a él sea la gloria por siempre. Amén.» [] ¡Cuán enteramente insignificante es, pues, nuestra facultad para discutir la justicia de los juicios de Dios, y para la consideración de su gracia gratuita, la cual, como los hombres no tienen méritos prevenientes para merecerla, no puede ser parcial ni injusta, y que no nos perturba tanto cuando es otorgada a hombres indignos, como cuando es negada a aquellos que son igualmente indignos!

    Capítulo 30.— Por qué uno es bautizado y otro no: no menos inescrutable

    I, 30

    Ahora bien, esas mismas personas que piensan que es injusto que los niños que parten de esta vida sin la gracia de Cristo sean privados no sólo del reino de Dios, en el cual ellos mismos admiten que nadie sino los regenerados por el bautismo pueden entrar, sino también de la vida eterna y de la salvación— cuando preguntan cómo puede ser justo que un hombre sea librado del pecado original y otro no, aunque la condición de ambos sea la misma, podrían responder a su propia pregunta, conforme a su propia opinión de cómo puede ser con tanta frecuencia justo y recto que a uno se le administre el bautismo por el cual entra en el reino de Dios, y a otro no se le conceda ese favor, aunque el caso de ambos sea semejante. Pues si la cuestión le perturba, por qué, de las dos personas, ambas igualmente pecadoras por naturaleza, la una es librada de aquel vínculo, sobre quien se confiere el bautismo, y la otra no es soltada, sobre quien tal gracia no se otorga; ¿por qué no le perturba de manera semejante el hecho de que de dos personas, inocentes por naturaleza, una reciba el bautismo, por el cual puede entrar en el reino de Dios, y la otra no lo reciba, de modo que sea incapaz de acercarse al reino de Dios? Ahora bien, en ambos casos se recurre al arrebato de admiración del apóstol: «¡Oh profundidad de las riquezas!» Otra vez, que se me informe, ¿por qué del cuerpo de los mismos niños bautizados, uno es arrebatado, de modo que su entendimiento no sufra cambio alguno por una vida malvada, [] y el otro sobrevive, destinado a hacerse un hombre impío? Supongamos que ambos fueran llevados, ¿no entrarían ambos en el reino de los cielos? Y sin embargo, no hay injusticia en Dios. [] ¿Cómo es que nadie se conmueve, nadie es impulsado a expresar admiración en medio de tales profundidades, por la circunstancia de que algunos niños son atormentados por el espíritu inmundo, mientras otros no experimentan tal contaminación, y otros además, como Jeremías, son santificados aun en el vientre de su madre; [] mientras que todos los hombres, si hay pecado original, son igualmente culpables; o bien igualmente inocentes si no hay pecado original? ¿De dónde esta gran diversidad, sino en el hecho de que los juicios de Dios son inescrutables, y sus caminos imposibles de rastrear?

    Capítulo 31 [XXII.]

    Refuta a los que suponen que las almas, por pecados cometidos en otro estado, son arrojadas a cuerpos adecuados a sus méritos, en los cuales son más o menos atormentadas

    I, 31

    Quizá, sin embargo, haya que retomar la opinión ya refutada y rechazada de que las almas que una vez pecaron en su morada celestial descienden por grados y escalones a cuerpos adecuados a sus méritos y, como pena por su vida anterior, son más o menos atormentadas por castigos corporales. A esta opinión presenta la Sagrada Escritura una contradicción manifiestísima; pues al recomendar la gracia divina dice: «Porque no habiendo aún nacido los hijos, ni habiendo hecho bien ni mal, para que permaneciese el propósito de Dios según la elección, no por obras, sino por el que llama, se dijo: El mayor servirá al menor.» [] Y sin embargo, los que sostienen tal opinión son en verdad incapaces de escapar de las perplejidades de esta cuestión, sino que, embarazados y acosados por ellas, se ven obligados a exclamar como los demás: «¡Oh profundidad!» Pues ¿de dónde sucede que una persona desde su más temprana niñez muestre mayor moderación, excelencia mental y templanza, y en gran medida venza la lujuria, odie la avaricia, deteste el lujo, y se eleve a una mayor eminencia y aptitud en las demás virtudes, y sin embargo viva en un lugar tal que no pueda oír predicada la gracia de Cristo?— porque «¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin predicador?» [] Mientras que otro hombre, aunque de mente torpe, adicto a la lujuria y cubierto de deshonra y crimen, será dirigido de tal modo que oiga, crea, sea bautizado y sea arrebatado— o, si se le permite permanecer aquí más tiempo, lleve el resto de su vida de una manera que le atraiga alabanza. Ahora bien, ¿dónde adquirieron estas dos personas méritos tan diversos— no digo que el uno crea y el otro no crea, pues eso es asunto de la voluntad de cada hombre, sino que el uno oiga para creer, y el otro no oiga, pues esto no está en el poder del hombre? ¿Dónde, digo, adquirieron méritos diversos? Si en verdad hubieran pasado alguna parte de su vida en el cielo, de modo que fueran arrojados, o se hundieran, a este mundo, y habitaran receptáculos corporales congruentes con su propia vida anterior, entonces naturalmente habría que suponer que llevó una vida mejor antes de su presente cuerpo mortal aquel que no merecía mucho ser agobiado con él, de modo que tuviera buena disposición y fuera importunado por deseos más suaves que pudiera vencer fácilmente; y sin embargo no mereció que se le predicara aquella gracia por la cual únicamente podía ser librado de la ruina de la segunda muerte. En cambio el otro, que estaba estorbado con un cuerpo más grosero, como pena— así lo suponen— por peores méritos, y en consecuencia poseía afectos más torpes, mientras en el violento ardor de su lujuria sucumbía a las trampas de la carne, y por su vida malvada agravaba sus pecados anteriores, que lo habían llevado a tal extremo, por un curso todavía más abandonado de placeres terrenales— oyó en la cruz: «Hoy estarás conmigo en el paraíso,» [] o bien se unió a algún apóstol, por cuya predicación se convirtió en un hombre cambiado, y fue salvado por el lavacro de la regeneración— de modo que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. No sé qué respuesta pueden dar a esto quienes quieren mantener la justicia de Dios por conjeturas humanas y, sin conocer nada de las profundidades de la gracia, han tejido redes de fábula inverosímil.

    Capítulo 32.— El caso de algunos idiotas y simples

    I, 32

    Ahora bien, mucho podría decirse de las vocaciones extrañas de los hombres— ya sea las que hemos leído, ya las que hemos experimentado nosotros mismos— que contribuyen a derribar la opinión de quienes piensan que, antes de la posesión de sus cuerpos, las almas de los hombres pasaron por ciertas vidas propias, en las cuales debieron llegar a esto, y experimentar en la vida presente bien o mal, según la diferencia de sus méritos individuales. Mi ansiedad, sin embargo, por llevar este trabajo a su fin no me permite detenerme más en estos temas. Pero sobre un punto, que entre muchos he hallado que es muy extraño, no guardaré silencio. Si seguimos a quienes suponen que las almas son oprimidas con cuerpos terrenales en un grado mayor o menor de grosería, según los méritos de la vida que habían pasado en cuerpos celestiales antes de asumir el presente, ¿quién no afirmaría que pecaron antes de esta vida con una especial enormidad aquellos que merecen perder de tal modo toda luz mental, que nacen con facultades semejantes a las de los animales brutos— que son (no diré los más tardos de entendimiento, pues esto se dice comúnmente también de otros, sino) tan necios que hacen exhibición de su fatuidad para diversión de la gente lista, incluso con gestos idiotas, y a quienes el vulgo llama, con un nombre derivado del griego, Moriones? Y sin embargo hubo una vez cierta persona de esta clase, que era tan cristiana, que aunque era paciente hasta el grado de extraña necedad con cualquier cantidad de injuria para sí mismo, era sin embargo tan impaciente ante cualquier insulto al nombre de Cristo, o, en su propia persona, a la religión de que estaba imbuido, que nunca podía abstenerse, cada vez que su alegre y lista audiencia procedía a blasfemar el sagrado nombre, como a veces lo hacían para provocar su paciencia, de arrojarles piedras; y en esas ocasiones no mostraba favor ni siquiera a personas de rango. Ahora bien, tales personas son predestinadas y traídas al ser, según supongo, para que los que son capaces entiendan que la gracia de Dios y el Espíritu, «que sopla donde quiere,» [] no pasa por alto ninguna clase de capacidad en los hijos de misericordia, ni de igual manera pasa por alto ninguna clase de capacidad en los hijos de la Gehena, de modo que «el que se gloría, gloríese en el Señor.» [] Ellos, sin embargo, que afirman que las almas reciben respectivamente diferentes cuerpos terrenales, más o menos groseros según los méritos de su vida anterior, y que sus capacidades como hombres varían según los mismos méritos, de modo que unas mentes son más agudas y otras más torpes, y que la gracia de Dios se dispensa también para la liberación de los hombres de sus pecados según los merecimientos de su existencia anterior:— ¿qué tendrán que decir acerca de este hombre? ¿Cómo podrán atribuirle una vida anterior de carácter tan vergonzoso que mereciera nacer idiota, y al mismo tiempo de carácter tan altamente meritorio que le diera derecho a una preferencia en la concesión de la gracia de Cristo sobre muchos hombres del más agudo entendimiento?

    Capítulo 33.— Cristo es el Salvador y Redentor aun de los niños

    I, 33

    Rindámonos, pues, y sometamos nuestro asentimiento a la autoridad de la Sagrada Escritura, que no sabe engañarse ni engañar; y así como no creemos que hombres aún no nacidos hayan hecho bien o mal alguno que establezca diferencia en sus merecimientos morales, de ningún modo dudemos que todos los hombres están bajo el pecado, que entró en el mundo por un hombre y ha pasado a todos los hombres; y del cual nada nos libra sino la gracia de Dios mediante nuestro Señor Jesucristo. [XXIII.] Su venida medicinal la necesitan los enfermos, no los sanos: pues Él no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores; y en su reino no entrará nadie que no haya nacido de nuevo del agua y del Espíritu; ni alcanzará nadie la salvación y la vida eterna sino en su reino — puesto que el hombre que no cree en el Hijo y no come su carne no tendrá vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él. Ahora bien, de este pecado, de esta enfermedad, de esta ira de Dios (de la cual son hijos por naturaleza quienes tienen pecado original, aunque no tengan ninguno propio a causa de su corta edad), nadie los libra sino el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo; [] sino el Médico, que no vino por causa de los sanos, sino de los enfermos; sino el Salvador, de quien se dijo al género humano: «Os ha nacido hoy un Salvador;» [] sino el Redentor, con cuya sangre queda borrada nuestra deuda. Pues ¿quién osaría decir que Cristo no es el Salvador y Redentor de los niños? Pero ¿de qué los salva, si no hay en ellos mal alguno de pecado original? ¿De qué los redime, si por su origen del primer hombre no están vendidos bajo el pecado? No se prometa, pues, salvación eterna a los niños según nuestra propia opinión, sin el bautismo de Cristo; porque ninguna se promete en aquella Sagrada Escritura que ha de preferirse a toda autoridad y opinión humanas.

    Capítulo 34 [XXIV.]— Los cristianos de Cartago llaman salvación al bautismo, y vida a la eucaristía

    I, 34

    Los cristianos de Cartago tienen un nombre excelente para los sacramentos, cuando dicen que el bautismo no es otra cosa que «salvación», y el sacramento del cuerpo de Cristo no otra cosa que «vida». Pero ¿de dónde se derivó esto, sino de aquella tradición primitiva, según supongo, y apostólica, por la cual las Iglesias de Cristo mantienen como principio inherente que sin el bautismo y la participación de la cena del Señor es imposible que hombre alguno alcance el reino de Dios o la salvación y la vida eterna? Tanto atestigua también la Escritura, según las palabras que ya citamos. Pues ¿en qué difiere la opinión de quienes designan el bautismo con el término salvación de lo que está escrito: «Él nos salvó por el lavacro de la regeneración?» [] ¿O de la afirmación de Pedro: «A la figura de la cual corresponde el bautismo que ahora nos salva?» [] ¿Y qué otra cosa dicen quienes llaman al sacramento de la Cena del Señor vida, sino lo que está escrito: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo;» [] y «El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo;» [] y «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros?» [] Si, por tanto, como convienen tantos y tan divinos testigos, ni la salvación ni la vida eterna pueden ser esperadas por hombre alguno sin el bautismo y el cuerpo y la sangre del Señor, en vano se prometen estas bendiciones a los niños sin ellos. Además, si solo los pecados separan al hombre de la salvación y de la vida eterna, no hay otra cosa en los niños que estos sacramentos puedan quitar, sino la culpa del pecado—respecto de la cual naturaleza culpable está escrito que «nadie es limpio, ni aun el niño cuya vida es de un solo día.» [] De donde también aquella exclamación del salmista: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» Esto se dice o bien en persona de nuestra común humanidad, o bien, si habla solo de sí mismo David, no implica que haya nacido de fornicación, sino de legítimo matrimonio. No debemos, pues, dudar que aun por los niños aún no bautizados fue derramada aquella preciosa sangre, que antes de su efusión real fue dada y aplicada de tal modo en el sacramento, que se dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por muchos para remisión de los pecados.» [] Ahora bien, quienes no admiten que están bajo el pecado, niegan que haya liberación alguna. Pues ¿de qué se libera a los hombres, si se sostiene que no están atados por servidumbre alguna de pecado?

    Capítulo 35.— Si los niños no son bautizados, permanecen en tinieblas

    I, 35

    «Yo he venido», dice Cristo, «a ser luz en el mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.» [] Ahora bien, ¿qué nos muestra este pasaje, sino que toda persona está en tinieblas si no cree en Él, y que es creyendo en Él como escapa de este estado permanente de tinieblas? ¿Qué entendemos por las tinieblas sino el pecado? Y cualquiera otra cosa que abarque en su significado, en todo caso quien no cree en Cristo «permanecerá en tinieblas» — lo cual, por supuesto, es un estado penal, no, como las tinieblas de la noche, necesario para el descanso de los seres vivientes. [XXV.] De modo que los niños, a menos que pasen al número de los creyentes mediante el sacramento que fue divinamente instituido para este propósito, permanecerán indudablemente en estas tinieblas.

    Capítulo 36.— Los niños no son iluminados tan pronto como nacen

    I, 36

    Algunos, sin embargo, entienden que tan pronto como los niños nacen son iluminados; y derivan esta opinión del pasaje: «Aquella era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» [] Pues bien, si así fuera, es muy asombroso cómo puede ser que quienes así son iluminados por el Hijo unigénito, que era en el principio el Verbo con Dios, y [Él mismo] Dios, no sean admitidos en el reino de Dios, ni sean herederos de Dios y coherederos con Cristo. Pues que tal herencia no se les confiere sino mediante el bautismo, aun quienes sostienen la opinión en cuestión lo reconocen. Luego, además, si (aunque ya iluminados) son así incapaces de entrar en el reino de Dios, al menos deberían recibir con gusto el bautismo, por el cual son capacitados para ello; pero, cosa extraña, vemos cuán reacios son los niños a someterse al bautismo, resistiéndose incluso con fuerte llanto. Y esta ignorancia suya la consideramos de poca importancia a su edad, de modo que les administramos plenamente los sacramentos, que sabemos les son provechosos, aunque luchen contra ellos. ¿Y por qué también dice el apóstol: «No seáis niños en el entendimiento?» [], si sus mentes ya han sido iluminadas con aquella Luz verdadera, que es el Verbo de Dios?

    Capítulo 37.— Cómo ilumina Dios a toda persona

    I, 37

    Aquella afirmación, por tanto, que aparece en el evangelio, «Aquella era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo» [], tiene este significado: que ningún hombre es iluminado sino con aquella Luz de la verdad, que es Dios; de modo que nadie debe pensar que es iluminado por aquel a quien escucha como discípulo, aunque aquel instructor resulte ser —no diré un gran hombre— sino incluso un ángel mismo. Pues la palabra de verdad se aplica al hombre exteriormente por el ministerio de una voz corporal, pero aun así «ni el que planta es algo, ni el que riega; sino Dios, que da el crecimiento.» [] El hombre, en efecto, oye al que habla, sea hombre o ángel, pero para que pueda percibir y conocer que lo que se dice es verdadero, su mente es interiormente rociada con aquella luz que permanece para siempre y que resplandece aun en las tinieblas. Pero así como el sol no es visto por los ciegos, aunque estén por así decirlo vestidos con sus rayos, así la luz de la verdad no es entendida por las tinieblas de la necedad.

    Capítulo 38.— Qué significa «alumbra»

    I, 38

    Pero ¿por qué, después de decir «que alumbra a todo hombre», habría de añadir «que viene a este mundo» [] — la cláusula que ha sugerido la opinión de que Él ilumina las mentes de los niños recién nacidos mientras el nacimiento de sus cuerpos del vientre de su madre es aún cosa reciente? Las palabras, sin duda, están colocadas de tal modo en el griego, que pueden entenderse como expresando que la luz misma «viene al mundo.» Si, no obstante, la cláusula debe tomarse como expresando al hombre que viene a este mundo, supongo que es o bien una frase simple, como muchas otras que se encuentran en las Escrituras, que puede suprimirse sin perjudicar el sentido general; o bien, si ha de considerarse como una adición distintiva, quizá fue insertada para distinguir la iluminación espiritual de aquella corporal que alumbra los ojos de la carne, ya sea por medio de los luminares del cielo o por las luces del fuego ordinario. De modo que mencionó al hombre interior como viniendo al mundo, porque el hombre exterior es de naturaleza corpórea, así como este mundo mismo; como si dijera: «Que alumbra a todo hombre que viene al cuerpo», de acuerdo con lo que está escrito: «Alcancé un espíritu bueno, y vine a un cuerpo sin mancha.» [] O también, el pasaje «Que alumbra a todo el que viene a este mundo» — si fue añadido para expresar alguna distinción— podría quizá significar: Que alumbra a todo hombre interior, porque el hombre interior, cuando llega a ser verdaderamente sabio, es iluminado solo por Aquel que es la Luz verdadera. O, una vez más, si la intención era designar la razón misma, que hace que el alma humana sea llamada racional (y esta razón, aunque todavía quieta y como dormida, sin embargo yace oculta en los niños, innata y, por así decirlo, implantada), con el término iluminación, como si fuera la creación de un ojo interior, entonces no puede negarse que se hace cuando el alma es creada; y no hay absurdo en suponer que esto ocurra cuando el ser humano viene al mundo. Pero aun así, aunque su ojo ya está creado, él mismo debe necesariamente permanecer en tinieblas, si no cree en Aquel que dijo: «Yo he venido como Luz al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas.» [] Y que esto se realiza en el caso de los niños mediante el sacramento del bautismo, no lo duda la madre Iglesia, que usa para ellos el corazón y la boca de una madre, para que sean imbuidos en los sagrados misterios, viendo que todavía no pueden con su propio corazón «creer para justicia», ni con su propia boca hacer «confesión para salvación.» [] No hay ciertamente hombre alguno entre los fieles que vacile en llamar a tales niños creyentes, meramente por la circunstancia de que tal designación se deriva del acto de creer; pues aunque incapaces de tal acto ellos mismos, otros son fiadores por ellos en los sacramentos.

    Capítulo 39 [XXVI.]— La conclusión que se extrae: todos están implicados en el pecado original

    I, 39

    Sería tedioso si hubiéramos de discutir plenamente, con extensión semejante, cada testimonio que atañe a la cuestión. Supongo que será el curso más conveniente simplemente reunir los pasajes que puedan aparecer, o los que parezcan suficientes para manifestar la verdad, que el Señor Jesucristo vino en la carne y, en forma de siervo, se hizo obediente hasta la muerte de cruz [], por ninguna otra razón sino, por esta dispensación de su gracia misericordiosísima, dar vida a todos aquellos a quienes, como miembros injertados de su cuerpo, Él se hace Cabeza para alcanzar el reino de los cielos: para salvar, librar, redimir e iluminar a quienes antes habían estado implicados en la muerte, las enfermedades, la servidumbre, la cautividad y las tinieblas del pecado, bajo el dominio del diablo, autor del pecado: y así llegar a ser el Mediador entre Dios y los hombres, por quien (después de que la enemistad de nuestra condición impía hubiera sido terminada por su graciosa ayuda) pudiéramos ser reconciliados con Dios para vida eterna, habiendo sido rescatados de la muerte eterna que nos amenazaba. Cuando esto haya quedado claro por evidencia más que suficiente, se seguirá que aquellas personas no pueden concernir a aquella dispensación de Cristo que se ejecuta por su humillación, quienes no tienen necesidad de vida, ni de salvación, ni de liberación, ni de redención, ni de iluminación. Y en cuanto a esto pertenece al bautismo, en el cual somos sepultados con Cristo, para ser incorporados a Él como sus miembros (es decir, como aquellos que creen en Él): se sigue por supuesto que el bautismo es innecesario para ellos, que no tienen necesidad del beneficio de aquel perdón y reconciliación que se adquiere mediante un Mediador. Ahora bien, viendo que admiten la necesidad de bautizar a los niños —hallándose incapaces de oponerse a aquella autoridad de la Iglesia universal, que ha sido incuestionablemente transmitida por el Señor y sus apóstoles— no pueden evitar la concesión ulterior, de que los niños requieren los mismos beneficios del Mediador, para que, siendo lavados por el sacramento y la caridad de los fieles, y por ello incorporados al cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, sean reconciliados con Dios, y así vivan en Él, y sean salvados, y liberados, y redimidos, e iluminados. Pero ¿de qué, sino de la muerte, y de los vicios, y de la culpa, y de la servidumbre, y de las tinieblas del pecado? Y, en cuanto que no cometen pecado alguno en la tierna edad de la infancia por su transgresión actual, solo queda el pecado original.

    Capítulo 40 [XXVII.]— Una colección de testimonios de la Escritura. De los Evangelios

    I, 40

    Este razonamiento tendrá más peso después de que haya reunido la masa de testimonios de la Escritura que me he propuesto aducir. Ya hemos citado: «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» [] Con el mismo propósito dice [el Señor], al entrar en la casa de Zaqueo: «Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham; porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.» [] La misma verdad se declara en la parábola de la oveja perdida y las noventa y nueve que fueron dejadas hasta que la extraviada fue buscada y hallada; [] como también en la parábola de la moneda perdida entre las diez de plata. [] De donde, como Él dijo, «era necesario que el arrepentimiento y la remisión de los pecados se predicaran en su nombre entre todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.» [] Marcos igualmente, al final de su Evangelio, nos dice cómo el Señor dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea, será condenado.» [] Ahora bien, ¿quién puede ignorar que, en el caso de los niños, ser bautizado es creer, y no ser bautizado es no creer? Del Evangelio de Juan ya hemos aducido algunos pasajes. Sin embargo, debo también pedir vuestra atención a lo siguiente: Juan el Bautista dice de Cristo: «He aquí el Cordero de Dios, he aquí Aquel que quita el pecado del mundo;» [] y Él también dice de sí mismo: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen: y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás.» [] Ahora bien, en cuanto que los niños solo pueden llegar a ser sus ovejas mediante el bautismo, necesariamente ha de suceder que perezcan si no son bautizados, porque no tendrán aquella vida eterna que Él da a sus ovejas. Así en otro pasaje dice: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.» []

    Capítulo 41.— De la Primera Epístola de Pedro

    I, 41

    Mirad con cuánto empeño declaran los apóstoles esta doctrina, cuando la recibieron. Pedro, en su primera Epístola, dice: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su abundante misericordia nos ha regenerado para la esperanza de la vida eterna, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una herencia inmortal, e incontaminada, e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación que está dispuesta a ser revelada en el tiempo postrero.» [] Y poco después añade: «Que seáis hallados para alabanza y honra de Jesucristo; a quien, no habiéndole visto, amáis; en quien creyendo, aunque al presente no le veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas.» [] En otro lugar dice: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las alabanzas de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.» [] Y de nuevo dice: «Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.» [] Y, después de mencionar que ocho personas fueron salvadas en el arca de Noé, añade: «A la figura de la cual el bautismo que ahora corresponde nos salva.» [] Ahora bien, los niños son ajenos a esta salvación y a esta luz, y permanecerán en perdición y tinieblas, a menos que sean unidos al pueblo de Dios por adopción, adhiriéndose a Cristo, que padeció el justo por los injustos, para llevarlos a Dios.

    Capítulo 42.— De la Primera Epístola de Juan

    I, 42

    Además, en la Epístola de Juan hallo las siguientes palabras, que parecen indispensables para la solución de esta cuestión: «Mas si», dice, «andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.» [] Con el mismo sentido dice en otro lugar: «Si recibimos el testimonio de los hombres, el testimonio de Dios es mayor; porque este es el testimonio de Dios, que ha testificado de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.» [] Parece, pues, que no sólo el reino de los cielos, sino también la vida, no han de tener los niños, si no tienen al Hijo, a quien sólo pueden tener por su bautismo. Y de nuevo dice: «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.» [] Por tanto, los niños no tendrán parte en la manifestación del Hijo de Dios, si él no destruye en ellos las obras del diablo.

    Capítulo 43.— De la Epístola a los Romanos

    I, 43

    Permítaseme ahora rogaros que prestéis atención al testimonio del apóstol Pablo sobre este asunto. Y de él se pueden aducir, ciertamente, citas con más abundancia, porque escribió más epístolas, y porque le tocó recomendar la gracia de Dios con especial empeño, frente a aquellos que se gloriaban en sus obras y que, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sujetaban a la justicia de Dios. [] En su Epístola a los Romanos escribe: «La justicia de Dios por la fe de Jesucristo para todos los que creen; porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios; siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; a quien Dios puso como propiciación por la fe en su sangre, para manifestar su justicia para la remisión de los pecados pasados, por la paciencia de Dios; para manifestar, digo, en este tiempo su justicia; a fin de que él sea justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.» [] Luego, en otro pasaje dice: «Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David describe la bienaventuranza del hombre a quien Dios imputa justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no imputa pecado.» [] Y después de no largo intervalo observa: «Y no solamente por él fue escrito que le fue imputada, sino también por nosotros, a quienes será imputada, si creemos en aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor; el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.» [] Luego, un poco después, escribe: «Porque Cristo, cuando aún éramos sin fuerza, a su tiempo murió por los impíos.» [] En otro pasaje dice: «Sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado. Pues lo que hago, no lo entiendo; porque no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no mora el bien; porque el querer está en mí, pero el hacer el bien no lo hallo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, este hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Hallo, pues, esta ley: que cuando quiero hacer el bien, el mal está en mí. Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor.» [] Digan, si pueden, que los hombres no nacen en el cuerpo de esta muerte, para que así puedan afirmar que no necesitan la gracia de Dios por Jesucristo para ser librados del cuerpo de esta muerte. Por eso añade, pocos versículos después: «Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su propio Hijo en la semejanza de la carne de pecado, y por el pecado, condenó al pecado en la carne.» [] Digan, si se atreven, que Cristo habría tenido que nacer en la semejanza de la carne de pecado, si nosotros no naciésemos en carne de pecado.

    Capítulo 44.— De las Epístolas a los Corintios

    I, 44

    Igualmente dice a los Corintios: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras.» [] De nuevo, en su Segunda Epístola a estos Corintios: «Porque el amor de Cristo nos constriñe; pues juzgamos así: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió Cristo, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió por ellos y resucitó. De modo que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne; y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Jesucristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación. ¿Con qué fin? Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no imputándoles sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. [] Nosotros, pues, como colaboradores suyos, os exhortamos también a que no recibáis en vano la gracia de Dios. (Porque dice: En tiempo aceptable te he oído, y en día de salvación te he socorrido; he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.)» [] Ahora bien, si los niños no están abarcados dentro de esta reconciliación y salvación, ¿quién los quiere para el bautismo de Cristo? Pero si están abarcados, entonces son contados entre los muertos por quienes Él murió; ni pueden ser de modo alguno reconciliados y salvados por Él, a menos que Él les remita y no les impute sus pecados.

    Capítulo 45.— De la Epístola a los Gálatas

    I, 45

    Igualmente a los Gálatas escribe el apóstol: «Gracia y paz sean a vosotros, de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos del presente siglo malo.» [] Y en otro pasaje les dice: «La ley fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la descendencia a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles, en mano de un mediador. Y el mediador no es de uno solo; pero Dios es uno. ¿Luego la ley es contraria a las promesas de Dios? ¡De ninguna manera! Porque si se hubiera dado una ley que pudiera vivificar, la justicia sería verdaderamente por la ley. Mas la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los que creen.» []

    Capítulo 46.— De la Epístola a los Efesios

    I, 46

    A los Efesios dirige palabras del mismo tenor: «Y a vosotros, estando muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia; entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos; y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo; por cuya gracia sois salvos.» [] Y de nuevo, un poco después, dice: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» [] Y otra vez, después de un breve intervalo: «En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Mas ahora, en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación; aboliendo en su carne las enemistades, es decir, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y para reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo por medio de la cruz, matando en sí mismo las enemistades. Y vino y anunció la paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.» [] Luego, en otro pasaje, escribe así: «Conforme a la verdad que está en Jesús: que os despojéis, en cuanto a la pasada manera de vivir, del hombre viejo, que se corrompe según los deseos engañosos; y os renovéis en el espíritu de vuestra mente, y os vistáis del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdadera.» [] Y de nuevo: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.» []

    Capítulo 47.— De la Epístola a los Colosenses

    I, 47

    A los Colosenses dirige estas palabras: «Dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo; en quien tenemos redención por su sangre, la remisión de los pecados.» [] Y de nuevo dice: «Y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad; en quien también sois circuncidados con circuncisión no hecha por mano, al despojaros del cuerpo pecaminoso carnal, mediante la circuncisión de Cristo; sepultados con él en el bautismo, en el cual también fuisteis resucitados con él, por la fe en el poder de Dios, que le levantó de los muertos. Y a vosotros, estando muertos en vuestros pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados; anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y quitándola de en medio, clavándola en la cruz; y despojándose de la carne, hizo espectáculo público de los principados y potestades, triunfando confiadamente sobre ellos en sí mismo.» []

    Capítulo 48.— De las Epístolas a Timoteo

    I, 48

    Y luego a Timoteo dice: «Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto alcancé misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí primeramente toda su clemencia, para ejemplo de los que habían de creer en él para vida eterna.» [] También dice: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dio a sí mismo en rescate por todos.» [] En su segunda Epístola al mismo Timoteo dice: «No te avergüences, pues, del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo; antes participa de las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, pero que ahora ha sido manifestada por la venida de nuestro Salvador Jesucristo, el cual abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio.» []

    Capítulo 49.— De la Epístola a Tito

    I, 49

    Luego escribe a Tito así: «Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.» [] Y con el mismo efecto en otro pasaje: «Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino según su misericordia nos salvó, por el lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador; para que, justificados por su gracia, fuésemos hechos herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.» []

    Capítulo 50.— De la Epístola a los Hebreos

    I, 50

    Aunque la autoridad de la Epístola a los Hebreos es puesta en duda por algunos, no obstante, como a veces piensan quienes se oponen a nuestra opinión acerca del bautismo de los niños que contiene testimonios en favor de sus propios puntos de vista, notaremos el testimonio terminante que aporta a favor nuestro; y lo cito con tanto más confianza cuanto que la autoridad de las Iglesias orientales la coloca expresamente entre las Escrituras canónicas. En su exordio mismo se lee: «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo los siglos; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.» [] Y poco después dice el escritor: «Porque si la palabra dicha por los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?» [] Y en otro pasaje: «Así que, por cuanto», dice, «los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.» [] De nuevo, poco después, dice: «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.» [] Y en otro lugar escribe: «Retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.» [] De nuevo dice: «Él tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos; que no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios, primero por sus propios pecados y luego por los del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.» [] Y una vez más: «Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el santuario cada año con sangre ajena; (de otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde la fundación del mundo;) pero ahora, una sola vez, en la consumación de los siglos, se presentó para quitar el pecado por el sacrificio de sí mismo. Y de la manera que está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan.» []
    Comentario editorial · La Epístola a los Hebreos en Occidente
    Agustín reconoce que algunos ponen en duda la autoridad de Hebreos, pero añade que las Iglesias orientales la cuentan entre los libros canónicos. La nota del NPNF, que reproduce la del editor benedictino, dice que entre los latinos se dudaba, según Jerónimo, que fuera de Pablo, y que los griegos la tenían por suya; cita a Jerónimo, que escribe a Dárdano que todos los escritores eclesiásticos que desde el principio escribieron en griego la reciben como del apóstol. Warfield añade que Agustín plantea bien el asunto y que, después de su tiempo, la epístola no se puso en duda ni en Occidente. Remite a La ciudad de Dios XVI, 22 y a Sobre la doctrina cristiana II.

    Capítulo 51.— Del Apocalipsis

    I, 51

    El Apocalipsis de Juan nos dice igualmente que en un cántico nuevo se ofrecen a Cristo estas alabanzas: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación.» []

    Capítulo 52.— De los Hechos de los Apóstoles

    I, 52

    Con el mismo efecto, en los Hechos de los Apóstoles, el apóstol Pedro designó al Señor Jesús como «el Autor de la vida,» reprochando a los judíos por haberle dado muerte con estas palabras: «Pero vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os concediera un homicida, y matasteis al Autor de la vida.» [] Y en otro pasaje dice: «Esta es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.» [] Y otra vez, en otro lugar: «El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.» [] Una vez más: «A éste dan testimonio todos los profetas, de que por su nombre todos los que en él creen recibirán remisión de los pecados.» [] Y en los mismos Hechos de los Apóstoles dice Pablo: «Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de éste se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en éste es justificado todo aquel que cree.» []

    Capítulo 53.— La utilidad de los libros del Antiguo Testamento

    I, 53

    Ante tan grande peso de testimonios, ¿quién no quedaría oprimido si osara levantar su voz contra la verdad de Dios? Y podrían hallarse otros muchos testimonios, si no fuera por mi empeño en poner fin a este tratado, empeño que no debo descuidar. He juzgado superfluo citar también de los libros del Antiguo Testamento muchos atestiguamientos de nuestra doctrina en palabras inspiradas, puesto que lo que en ellos se oculta bajo el velo de las promesas terrenales queda claramente revelado en la predicación del Nuevo Testamento. Nuestro Señor mismo mostró y definió brevemente el uso de los escritos del Antiguo Testamento, cuando dijo que era necesario que se cumpliese lo que de él estaba escrito en la Ley, en los Profetas y en los Salmos, y que esto era que Cristo debía padecer y resucitar de los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicase el arrepentimiento y la remisión de los pecados entre todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Con esto concuerda aquella afirmación de Pedro que ya he citado: que todos los profetas dan testimonio de Cristo, y que de sus manos recibe remisión de sus pecados todo el que cree en él. []

    Capítulo 54.— Por los sacrificios del Antiguo Testamento, los hombres eran convencidos de pecado y conducidos al Salvador

    I, 54

    Y, sin embargo, quizá sea mejor presentar también algunos testimonios del Antiguo Testamento, que deben tener un valor suplementario o, más bien, acumulativo. El Señor mismo, hablando por el salmista, dice: «En cuanto a mis santos que están en la tierra, él ha hecho que en ellos sean admirados todos mis propósitos.» No sus méritos, sino «mis propósitos.» Pues ¿qué tienen ellos sino aquello que se menciona después — «sus flaquezas se multiplican» —, por encima de la flaqueza que ya tenían? Además, la ley entró para que abundase la ofensa. Pero ¿por qué añade inmediatamente el salmista: «¿Se apresuraron después?» Cuando se multiplicaron sus dolores y flaquezas (esto es, cuando abundó su ofensa), buscaron entonces con más ardor al Médico, para que, donde abundó el pecado, sobreabundase la gracia. Dice luego: «No reuniré sus asambleas [con sus ofrendas] de sangre;» pues por sus muchos sacrificios de sangre, cuando reunían sus asambleas primero en el tabernáculo y después en el templo, más bien eran convictos como pecadores que purificados. Ya no, dice, reuniré sus asambleas de ofrendas de sangre; porque hay un solo derramamiento de sangre ofrecido por muchos, por el cual pueden ser verdaderamente purificados. Luego sigue: «Ni haré mención de sus nombres con mis labios,» como si fueran nombres de renovados. Pues éstos fueron primero sus nombres: hijos de la carne, hijos del mundo, hijos de ira, hijos del diablo, inmundos, pecadores, impíos; pero después, hijos de Dios: un nombre nuevo para el hombre nuevo, un cántico nuevo para quien canta lo nuevo, por medio del Nuevo Testamento. No deben los hombres ser desagradecidos con la gracia de Dios, mezquinos con las cosas grandes; [sino elevarse siempre] de lo menor a lo mayor. El clamor de toda la Iglesia es: «He andado errante como oveja perdida.» De todos los miembros de Cristo se oye la voz: «Todos nosotros, como ovejas, nos hemos descarriado; y él mismo ha sido entregado por nuestros pecados.» [] Todo este pasaje profético es aquel famoso de Isaías que Felipe explicó al eunuco de la reina Candace, y éste creyó en Jesús. [] Ved cuán a menudo recomienda este mismo asunto y, por así decirlo, lo inculca una y otra vez a los hombres soberbios y contenciosos: «Fue hombre sujeto a desdicha, y uno que sabe bien llevar las flaquezas; por lo cual también apartó su rostro, fue deshonrado y no fue muy estimado. Él es quien lleva nuestras debilidades y por nosotros está envuelto en dolores; y nosotros le tuvimos por hombre en dolores, en desdicha y en castigo. Mas él fue herido por nuestros pecados, fue debilitado por nuestras iniquidades; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga somos nosotros sanados. Todos nosotros, como ovejas, nos hemos descarriado; y el Señor lo entregó por nuestros pecados. Y aunque fue maltratado, no abrió su boca: como oveja fue llevado al matadero, y como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no abrió su boca. En su humillación le fue quitado su juicio: su generación, ¿quién la declarará? Porque su vida será quitada de la tierra, y por las iniquidades de mi pueblo fue llevado a la muerte. Por tanto, daré a los impíos por su sepultura y a los ricos por su muerte; porque no hizo iniquidad, ni hubo engaño en su boca. El Señor se complace en purgarlo de la desdicha. Si vosotros mismos pudierais haber dado vuestra alma a causa de vuestros pecados, veríais una simiente de larga vida. Y el Señor se complace en rescatar su alma de los dolores, en mostrarle la luz y en formarla por su entendimiento; en justificar al Justo, que sirve bien a muchos; y él mismo llevará los pecados de ellos. Por tanto, heredará a muchos y repartirá los despojos de los fuertes; y fue contado entre los transgresores, y él mismo llevó los pecados de muchos, y fue entregado por sus iniquidades.» [] Considerad también aquel pasaje de este mismo profeta que Cristo declaró cumplido en sí mismo, cuando lo recitó en la sinagoga, desempeñando el oficio de lector: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado a anunciar buenas nuevas a los pobres, para que yo alivie a todos los quebrantados de corazón; a predicar liberación a los cautivos y vista a los ciegos.» [] Reconozcámosle, pues, todos; y no haya excepción alguna entre personas como nosotros, que deseamos unirnos a su cuerpo, entrar por él en el redil y alcanzar aquella vida y salvación eterna que ha prometido a los suyos. — Repito: reconozcámosle todos nosotros, a Aquel que no cometió pecado, que llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero, para que, separados de los pecados, vivamos para la justicia; por cuyas llagas somos sanados, cuando éramos débiles, como ovejas descarriadas.

    Capítulo 55 [XXVIII.]

    Concluye que todos los hombres necesitan la muerte de Cristo para ser salvos. Los niños no bautizados quedarán envueltos en la condenación del diablo. Cómo todos los hombres por Adán están sujetos a condenación, y por Cristo a justificación. Nadie se reconcilia con Dios sino por Cristo

    I, 55

    En tales circunstancias, ninguno de los que han venido a Cristo por el bautismo ha sido jamás considerado, según la fe sana y la verdadera doctrina, como exceptuado de la gracia de la remisión de los pecados; ni se ha pensado jamás que la vida eterna sea posible a hombre alguno fuera de su reino. Porque esta [vida eterna] está dispuesta para ser revelada en el último tiempo [], es decir, en la resurrección de los muertos, que no están reservados para aquella muerte eterna que se llama «la segunda muerte», sino para la vida eterna que Dios, que no puede mentir, promete a sus santos y fieles siervos. Ahora bien, ninguno de los que participarán de esta vida será vivificado sino en Cristo, así como todos mueren en Adán []. Pues así como absolutamente ninguno de todos los que pertenecen a la generación según la voluntad de la carne muere sino en Adán, en quien todos pecaron, así tampoco ninguno de entre éstos que es regenerado por la voluntad del Espíritu es dotado de vida sino en Cristo, en quien todos son justificados. Porque así como por uno todos van a la condenación, así por uno todos van a la justificación []. Ni hay para hombre alguno un lugar intermedio; y así, sólo puede estar con el diablo quien no está con Cristo. En consecuencia, también el Señor mismo (queriendo arrancar del corazón de los que creen mal esa condición media vaga e indefinida que algunos quisieran conceder a los niños no bautizados —como si, por razón de su inocencia, fuesen abrazados en la vida eterna, pero, por no estar bautizados, no estuviesen con Cristo en su reino—) pronunció aquella sentencia definitiva suya que les cierra la boca: «El que no está conmigo, contra mí está» []. Tomad, pues, el caso de cualquier niño que queráis: si ya está en Cristo, ¿por qué se le bautiza? Si, empero, como dice la Verdad, se le bautiza precisamente para que esté con Cristo, se sigue ciertamente que quien no está bautizado no está con Cristo; y porque no está «con» Cristo, está «contra» Cristo; pues él ha pronunciado su propia sentencia, que es tan explícita que no debemos —y en verdad no podemos— debilitarla ni cambiarla. ¿Y cómo puede estar «contra» Cristo, sino a causa del pecado? Pues no puede proceder de su alma ni de su cuerpo, siendo ambas cosas creación de Dios. Y si es a causa del pecado, ¿qué pecado puede hallarse a tal edad, sino el antiguo y original pecado? Ciertamente, una cosa es aquella carne de pecado en la cual todos nacen para condenación, y otra cosa es aquella Carne que fue hecha «en la semejanza de la carne de pecado», por la cual también todos son librados de la condenación. Sin embargo, de ningún modo se quiere dar a entender que todos los que nacen en carne de pecado sean ellos mismos limpiados realmente por aquella Carne que es «semejante» a la carne de pecado; «pues no todos tienen fe» []; sino que todos los que nacen de la unión carnal nacen enteramente de carne de pecado, mientras que todos los que nacen de la unión espiritual son limpiados sólo por la Carne que está en la semejanza de la carne de pecado. Es decir, los primeros están en Adán para condenación; los segundos, en Cristo para justificación. Es como si dijéramos, por ejemplo, que en cierta ciudad hay una comadrona que asiste a todos, y en el mismo lugar un maestro experto que instruye a todos. Por todos, en el primer caso, sólo pueden entenderse los que nacen; por todos, en el segundo, sólo los que son instruidos; y no se sigue que todos los que nacen reciban también la instrucción. Pero es evidente para cualquiera que, en el primer caso, se dice con razón «ella asiste a todos», puesto que sin su auxilio nadie nace; y en el segundo, se dice con razón «él instruye a todos», puesto que sin su magisterio nadie aprende.

    Capítulo 56.— Nadie se reconcilia con Dios sino por Cristo

    I, 56

    Teniendo en cuenta todas las afirmaciones inspiradas que he citado —ya considere el valor de cada pasaje uno por uno, ya combine su testimonio unido en un testimonio acumulado, o incluso incluya pasajes semejantes que no he aducido—, nada más puede descubrirse sino aquello que la Iglesia católica sostiene con su vigilante diligencia contra todas las novedades profanas: que todo hombre está separado de Dios, excepto aquellos que son reconciliados con Dios por Cristo el Mediador; y que nadie puede separarse de Dios sino por los pecados, que son la única causa de separación; que, por tanto, no hay reconciliación sino por la remisión de los pecados, mediante la única gracia del Salvador misericordiosísimo — mediante el único sacrificio del Sacerdote veracísimo; y que ninguno de los nacidos de la mujer que creyó a la serpiente y así fue corrompida por el deseo [] es librado del cuerpo de esta muerte sino por el Hijo de la virgen que creyó al ángel y concibió sin deseo [].

    Capítulo 57 [XXIX.]— El bien del matrimonio; cuatro casos distintos del uso bueno y malo del matrimonio

    I, 57

    El bien del matrimonio, pues, no reside en la pasión del deseo, sino en una cierta medida legítima y honorable en el uso de esa pasión, apropiada para la propagación de los hijos, no para la satisfacción de la concupiscencia. Aquello, por tanto, que se excita desobedientemente en los miembros del cuerpo de esta muerte y se esfuerza por atraer a sí nuestra alma entera caída (sin que nazca ni cese al mandato de la mente), es aquel mal del pecado en el cual todo hombre nace. Cuando, sin embargo, se le refrena de los deseos ilícitos y se le permite sólo para la propagación ordenada y la renovación del género humano, éste es el bien del matrimonio, por el cual el hombre nace en la unión establecida. Nadie, sin embargo, nace de nuevo en el cuerpo de Cristo, si antes no ha nacido en el cuerpo del pecado. Pero así como es malo hacer un mal uso de una cosa buena, así es bueno usar bien una cosa mala. Estas dos ideas, pues, de bien y mal, y aquellas otras dos de un buen uso y un mal uso, cuando se combinan debidamente, producen cuatro condiciones distintas:— [1] Hace un hombre buen uso de una cosa buena, cuando consagra su continencia a Dios; [2] Hace mal uso de una cosa buena, cuando consagra su continencia a un ídolo; [3] Hace mal uso de una cosa mala, cuando satisface desordenadamente su concupiscencia mediante el adulterio; [4] Hace buen uso de una cosa mala, cuando refrena su concupiscencia mediante el matrimonio. Ahora bien, así como es mejor hacer buen uso de una cosa buena que hacer buen uso de una cosa mala —puesto que ambas cosas son buenas—, así «el que da a su virgen en matrimonio hace bien; pero el que no la da en matrimonio hace mejor» []. Esta cuestión, ciertamente, la he tratado con mayor extensión y de manera más suficiente, según Dios me lo permitió conforme a mis humildes capacidades, en dos obras mías —una de ellas, Sobre el bien del matrimonio, y la otra, Sobre la santa virginidad. Ellos, por tanto, que ensalzan la carne y la sangre de una criatura pecadora en perjuicio de la carne y la sangre del Redentor, no deben defender el mal de la concupiscencia por medio del bien del matrimonio; ni deben, aquellos a quienes el Señor, desde la edad infantil, nos ha inculcado una lección de humildad [], envanecerse por el error de otros. Sólo nació sin pecado aquel a quien una virgen concibió sin abrazo de marido —no por la concupiscencia de la carne, sino por la casta sumisión de su mente— []. Sólo ella pudo dar a luz a Aquel que había de sanar nuestra herida, la que produjo el germen de una descendencia pura sin la herida del pecado.

    Capítulo 58 [XXX.]— En qué sentido tenían los pelagianos por necesario el bautismo de los niños

    I, 58

    Examinemos ahora con más cuidado, en la medida en que el Señor nos lo permita, aquel mismo pasaje del Evangelio donde Él dice: «El que no naciere de nuevo —de agua y del Espíritu— no entrará en el reino de Dios.» Si no fuera por la autoridad que esta sentencia tiene entre ellos, no opinarían que los niños deben ser bautizados en absoluto. Este es su comentario al pasaje: «Puesto que Él no dice: "El que no naciere de agua y del Espíritu, no tendrá salvación o vida eterna", sino que solamente dijo: "no entrará en el reino de Dios", por eso los niños han de ser bautizados, para que estén con Cristo en el reino de Dios, donde no estarán si no son bautizados. Pero si los niños mueren aun sin bautismo, tendrán salvación y vida eterna, ya que no están atados con ningún vínculo de pecado.» Ahora bien, en una afirmación como esta, lo primero que llama la atención es que ellos nunca explican dónde está la justicia de separar del reino de Dios aquella «imagen de Dios» que no tiene pecado. Después debemos ver si el Señor Jesús, el único y buen Maestro, no ha insinuado en este mismo pasaje del Evangelio, y en realidad nos ha mostrado, que sólo mediante la remisión de sus pecados los bautizados alcanzan el reino de Dios; aunque para las personas de recto entendimiento las palabras, tal como están en el pasaje, deberían ser suficientemente explícitas: «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios;» [] y: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» [] Pues ¿por qué habría de nacer de nuevo sino para ser renovado? ¿De qué ha de ser renovado, si no de alguna condición antigua? ¿De qué condición antigua, sino de aquella en que «nuestro hombre viejo es crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido?» [] ¿O de dónde proviene que «la imagen de Dios» no entre en el reino de Dios, sino porque lo impide el impedimento del pecado? Sin embargo, veamos (como dijimos antes), tan empeñosa y diligentemente como podamos, cuál es el contexto entero de este pasaje del Evangelio, en el punto en cuestión.

    Capítulo 59.— El contexto de su texto capital

    I, 59

    «Había,» leemos, «un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo: El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dice: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo: El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo: Lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, [] así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo aborrece la luz, y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que hace la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.» [] Hasta aquí el discurso del Señor se refiere enteramente al asunto de nuestra presente investigación; a partir de este punto el sagrado historiador pasa a otra materia.

    Capítulo 60 [XXXI.]

    Cristo, la Cabeza y el Cuerpo; por la unión de las naturalezas en la persona de Cristo, Él permaneció a la vez en el cielo y anduvo sobre la tierra; cómo pudo subir al cielo un solo Cristo; la Cabeza y el Cuerpo, un solo Cristo

    I, 60

    Ahora bien, cuando Nicodemo no entendía lo que se le decía, preguntó al Señor cómo podía suceder esto. Veamos qué le respondió el Señor a su pregunta; pues, por cierto, al dignarse responder a la cuestión "¿Cómo puede hacerse esto?", de hecho nos dirá cómo puede venir la regeneración espiritual a un hombre que procede de generación carnal. Después de señalar brevemente la ignorancia de quien se arrogaba una superioridad sobre los demás como maestro, y habiendo reprochado la incredulidad de todos los tales por no aceptar su testimonio de la verdad, prosiguió preguntando y maravillándose de si, habiéndoles hablado de las cosas terrenales y no habiendo creído, creerían las celestiales. No obstante, prosigue el asunto, y da una respuesta tal como otros deberían creer —aunque estos la rechacen— a la pregunta que se le hizo: "¿Cómo puede hacerse esto?" «Nadie,» dice Él, «ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.» [] Así, dice Él, vendrá el nacimiento espiritual: los hombres, de ser terrenales, llegarán a ser celestiales; y esto sólo pueden obtenerlo siendo hechos miembros míos; de modo que ascienda el que descendió, ya que nadie asciende si no descendió. Todos, por tanto, los que han de ser transformados y resucitados deben reunirse en unión con Cristo, para que ascienda el Cristo que descendió, considerando su cuerpo (es decir, su Iglesia) como no otra cosa que Él mismo, porque de Cristo y de la Iglesia se entiende esto con toda verdad: «Y los dos serán una sola carne;» [] sobre este mismo asunto dijo Él expresamente: «Así que ya no son más dos, sino una sola carne.» [] Por tanto, de ningún modo podrían subir, ya que «nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.» [] Porque aunque fue en la tierra donde fue hecho Hijo del hombre, no juzgó indigno de aquella divinidad, en la cual, aun permaneciendo en el cielo, descendió a la tierra, designarla con el nombre de Hijo del hombre, así como dignificó su carne con el nombre de Hijo de Dios; para que no se les considerase como si fueran dos Cristos —el uno Dios, el otro hombre—, sino un solo y mismo Dios y hombre: Dios, porque «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios;» [] y hombre, en cuanto que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.» Por este medio —por la diferencia entre su divinidad y su humillación— permaneció en el cielo como Hijo de Dios, y como Hijo del hombre anduvo en la tierra; mientras que, por aquella unidad de su persona que hizo de sus dos naturalezas un solo Cristo, a la vez anduvo como Hijo de Dios en la tierra y, al mismo tiempo, como Hijo del hombre permaneció en el cielo. Así, pues, la fe en las cosas más creíbles se levanta de la creencia de las más increíbles. Pues si su naturaleza divina, aunque es un objeto mucho más distante y más sublime en su incomparable diversidad, tuvo capacidad de asumir de tal modo la naturaleza humana por causa nuestra que llegó a ser una sola Persona y, mientras aparecía como Hijo del hombre en la tierra en la debilidad de la carne, pudo permanecer todo el tiempo en el cielo en la divinidad que participaba de la carne, ¿cuánto más fácil es para nuestra fe suponer que los demás hombres, que son sus fieles santos, llegan a ser un solo Cristo con el Hombre Cristo, de modo que, cuando todos ascienden por su gracia y comunión, asciende al cielo aquel mismo Cristo único que descendió del cielo? En este sentido dice el apóstol: «Así como tenemos muchos miembros en un cuerpo, y todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.» [] No dijo: «Así también lo de Cristo» —es decir, el cuerpo de Cristo o los miembros de Cristo—, sino que sus palabras son: «Así también Cristo,» llamando así a la cabeza y al cuerpo un solo Cristo.

    Capítulo 61 [XXXII.]

    La serpiente levantada en el desierto prefiguró a Cristo suspendido en la cruz; aun los niños mismos, envenenados por la mordedura de la serpiente

    I, 61

    Y puesto que esta dignidad grande y admirable no puede alcanzarse sino por la remisión de los pecados, prosigue diciendo: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» [] Sabemos lo que sucedió entonces en el desierto. Muchos morían por la mordedura de las serpientes; el pueblo entonces confesó sus pecados y, por medio de Moisés, rogó al Señor que apartase de ellos este veneno; en consecuencia, Moisés, por mandato del Señor, levantó una serpiente de bronce en el desierto y amonestó al pueblo que todo aquel que hubiese sido mordido por una serpiente mirara la figura levantada. Al hacerlo, quedaban sanados inmediatamente. [] ¿Qué significa la serpiente levantada sino la muerte de Cristo, mediante aquel modo de expresar un signo, por el cual la cosa que se realiza es significada por aquello que la realiza? Ahora bien, la muerte vino por la serpiente, que persuadió al hombre a cometer el pecado, por el cual mereció morir. El Señor, sin embargo, no transfirió a su propia carne el pecado, como el veneno de la serpiente, sino que transfirió a ella la muerte, para que la pena sin la culpa apareciera en la semejanza de la carne de pecado, de donde, en la carne de pecado, pudieran ser quitados tanto la culpa como la pena. Así, pues, como entonces sucedió que todo aquel que miraba la serpiente levantada quedaba a la vez sanado del veneno y librado de la muerte, así también ahora, todo aquel que es conformado a la semejanza de la muerte de Cristo por la fe en Él y en su bautismo, queda libre a la vez del pecado por la justificación y de la muerte por la resurrección. Porque esto es lo que dice: «que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» [] ¿Qué necesidad habría, pues, de que un niño fuese conformado a la muerte de Cristo por el bautismo, si no estuviera enteramente envenenado por la mordedura de la serpiente?

    Capítulo 62 [XXXIII.]— Nadie puede ser reconciliado con Dios, sino por Cristo

    I, 62

    Prosigue luego diciendo: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.» [] Todo niño, por tanto, estaba destinado a perecer y a perder la vida eterna, si mediante el sacramento del bautismo no creía en el Hijo unigénito de Dios; y, sin embargo, Él no viene para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. Esto aparece especialmente en la cláusula siguiente, en la que dice: «El que en él cree no es condenado; pero el que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.» [] ¿En qué clase, pues, colocamos a los niños bautizados sino entre los creyentes, como lo afirma en todas partes la autoridad de la Iglesia católica? Pertenecen, por tanto, a los que han creído; pues esto se les obtiene en virtud del sacramento y de la respuesta de sus padrinos. Y de esto se sigue que los que no son bautizados son contados entre los que no han creído. Ahora bien, si los que son bautizados no son condenados, estos últimos, al no ser bautizados, son condenados. Añade, en efecto: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz. [] ¿De qué dice: «La luz vino al mundo,» sino de su propio advenimiento? Y sin el sacramento de su advenimiento, ¿cómo se dice que los niños están en la luz? ¿Y por qué no hemos de incluir también este hecho en «el amor de los hombres a las tinieblas,» a saber, que así como ellos mismos no creen, se niegan a pensar que sus niños deban ser bautizados, aunque temen que incurran en la muerte del cuerpo? «En Dios,» declara, sin embargo, que están «hechas las obras del que viene a la luz,» [] porque es muy consciente de que su justificación no resulta de méritos propios, sino de la gracia de Dios. «Porque es Dios,» dice el apóstol, «el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.» [] Este es, pues, el modo como se realiza la regeneración espiritual en todos los que vienen a Cristo desde su generación carnal. Él mismo lo explicó y lo señaló cuando se le preguntó: "¿Cómo puede hacerse esto?" No dejó abierta a ningún hombre la resolución de tal cuestión por razonamiento humano, para que los niños no fuesen privados de la gracia de la remisión de los pecados. No hay otro camino que conduzca a Cristo; nadie puede reconciliarse con Dios, ni venir a Dios de otro modo, sino por Cristo.

    Capítulo 63 [XXXIV.]— La forma, o rito, del bautismo. El exorcismo

    I, 63

    ¿Qué diré de la forma misma de este sacramento? Sólo quisiera que alguien de los que abrazan la parte contraria me trajera un niño para bautizarlo. ¿Qué efecto produce mi exorcismo en ese niño, si no está retenido en la familia del diablo? El hombre que trajera al niño ciertamente habría tenido que actuar como padrino por él, pues no podía responder por sí mismo. ¿Cómo le sería posible, pues, declarar que renunciaba al diablo, si no había ningún diablo en él? ¿Que se convertía a Dios, si nunca se había apartado de Él? ¿Que creía, entre otros artículos, en el perdón de los pecados, si no se le podía atribuir ningún pecado? Por mi parte, en verdad, si pensara que sus opiniones se oponían a esta fe, no podría permitirle traer al niño a los sacramentos. Ni puedo imaginar con qué semblante ante los hombres, o con qué mente ante Dios, puede conducirse en esto. Pero no quiero decir nada demasiado severo. Que se administre a los niños una forma falsa o engañosa del bautismo, en la que pueda haber el sonido y la apariencia de que algo se hace, pero sin que en realidad se siga ninguna remisión de los pecados, ha sido considerado por algunos de ellos como cosa tan abominable y odiosa cuanto era posible mencionar o concebir. Además, en cuanto a la necesidad del bautismo para los niños, admiten que aun los niños necesitan redención —concesión que se hace en un breve tratado escrito por uno de su partido—, pero sin embargo no se encuentra en esta obra ninguna admisión abierta del perdón de un solo pecado. Sin embargo, según una insinuación deslizada en tu carta hacia mí, reconocen ahora, como tú dices, que una remisión de los pecados tiene lugar incluso en los niños por medio del bautismo. No es de extrañar; pues es imposible que la redención se entienda de otro modo. Sus propias palabras son estas: «Sin embargo, no es originariamente, sino en su propia vida actual, después de haber nacido, cuando han comenzado a tener pecado.»

    Capítulo 64.— Un doble error respecto de los niños

    I, 64

    Ves cuán grande es la diferencia que existe entre aquellos a quienes me he estado oponiendo con tanta extensión y perseverancia en esta obra — uno de los cuales ha escrito el libro que contiene los puntos que he refutado lo mejor que he podido. Ves, como iba diciendo, la importante diferencia que hay entre los que sostienen que los niños son absolutamente puros y libres de todo pecado, ya sea original o actual, y los que suponen que, apenas nacidos, los niños han contraído pecados actuales propios, de los cuales necesitan ser limpiados por el bautismo. Estos últimos, ciertamente, examinando las Escrituras y considerando la autoridad de toda la Iglesia, así como la forma misma del sacramento, han visto con claridad que por el bautismo les viene a los niños la remisión de los pecados; pero no quieren o no pueden admitir que el pecado que tienen los niños sea el pecado original. Los primeros, en cambio, han visto con claridad (como fácilmente podían verlo) que en la naturaleza misma del hombre, expuesta a la consideración de todos, la tierna edad de que hablamos no podría cometer pecado alguno en su propia conducta; pero, por no reconocer el pecado original, afirman que no hay pecado alguno en los niños. Ahora bien, en las verdades que así sostienen respectivamente, sucede que primero concuerdan mutuamente entre sí, y después difieren de nosotros en el aspecto material. Pues si unos conceden a los otros que en todos los niños bautizados se realiza la remisión de los pecados, mientras los otros conceden a sus oponentes que los niños (como lo proclama en voz alta, con su silencio, la misma naturaleza infantil) aún no han contraído pecado alguno en su propia vida, entonces ambas partes deberán convenir en concedernos que no queda sino el pecado original, que puede ser remitido en el bautismo a los niños.

    Capítulo 65 [XXXV.]— En los niños no hay pecado alguno cometido por ellos mismos

    I, 65

    ¿Se pondrá también esto en duda, y habremos de gastar tiempo en discutirlo, para probar y mostrar cómo por su propia voluntad — sin la cual no puede haber pecado alguno en su propia vida — los niños jamás podrían cometer una falta, a quienes todos, por esta misma razón, suelen llamar inocentes? ¿Acaso su gran debilidad de mente y cuerpo, su gran ignorancia de las cosas, su total incapacidad de obedecer un precepto, la ausencia en ellos de toda percepción e impresión de la ley, ya sea natural o escrita, la completa falta de razón que los impulse en una u otra dirección, no proclaman y demuestran el punto que nos ocupa con un testimonio silencioso mucho más expresivo que cualquier argumento nuestro? La misma evidencia palmaria del hecho ha de contribuir, sin duda, en gran medida a persuadirnos de su verdad; pues no hay lugar donde no encuentre huellas de lo que digo, tan universal es el hecho de que hablamos; más claro, ciertamente, de percibir que cuanto podamos decir para probarlo.

    Capítulo 66.— Las faltas de los niños provienen de su mera ignorancia

    I, 66

    Quisiera, sin embargo, que alguien sabio en la materia me diga qué pecado ha visto o pensado en un niño recién nacido, para cuya redención admite que el bautismo es ya necesario; qué clase de mal ha cometido en su propia vida, por su propia mente o por su cuerpo. Si acaso llora y resulta molesto a sus mayores, me pregunto si mi informante atribuiría esto a iniquidad y no más bien a infelicidad. ¿Qué diría, además, del hecho de que se le calme de su propio llanto sin apelar a su razón y sin prohibición de nadie? Esto, sin embargo, procede de la ignorancia en que está tan profundamente sumido, por la cual también, cuando va creciendo y adquiriendo más fuerza, como ocurre muy pronto, golpea a su madre en su pequeño arrebato, y a menudo precisamente los pechos que succiona cuando tiene hambre. Pues bien, estas pequeñas travesuras no solo se soportan en los niños muy pequeños, sino que incluso se aman, ¿y con qué afecto sino el de la carne, por el cual nos deleitan la risa o la broma, sazonadas con gracejo y tonterías por personas hábiles, aunque, si se entendieran literalmente, tal como se dicen, no se reirían con ellas como agudezas, sino de ellas como de simplezas? Vemos también cómo esos simples a quienes el vulgo llama Moriones sirven para diversión de los cuerdos, y que alcanzan precios más altos que los cuerdos cuando se tasan en el mercado de esclavos. Tan grande, pues, es la influencia del mero sentimiento natural, aun sobre quienes en modo alguno son simples, para producir diversión ante la desgracia ajena. Ahora bien, aunque un hombre pueda divertirse con la necedad de otro, no querría ser él mismo un simple; y si el padre, que con gusto busca e incluso provoca tales cosas en su niño balbuciente, supiera de antemano que, al crecer, habría de volverse necio, sin duda pensaría que habría que llorarlo más que si estuviera muerto. Mientras, sin embargo, queda esperanza de crecimiento y se espera que la luz del entendimiento aumente con el aumento de los años, entonces las impertinencias de los niños pequeños, incluso para con sus padres, no solo no parecen malas, sino incluso agradables y placenteras. Ningún hombre prudente, sin duda, podría aprobar que no solo no se prohíba a los niños tal conducta de palabra o de obra, tan pronto como son capaces de recibir prohibición, sino incluso que se les incite a ella para la vana diversión de sus mayores. Pues tan pronto como los niños tienen edad para conocer a su padre y a su madre, no se atreven a dirigir palabras malas a ninguno de los dos, a menos que uno de ellos, o ambos, se lo permitan o se lo ordenen. Pero tales cosas solo pueden pertenecer a niños tan pequeños que apenas se esfuerzan por balbucir palabras, y cuyas mentes apenas son capaces de dar algún movimiento a su lengua. Consideremos, sin embargo, la profundidad de la ignorancia, más bien de los recién nacidos, de la cual, a medida que avanzan en edad, salen a esta necedad meramente temporal del tartamudeo, en su camino, por así decirlo, hacia el conocimiento y el habla.

    Capítulo 67 [XXXVI.]— Sobre la ignorancia de los niños, y de dónde proviene

    I, 67

    Sí, consideremos aquella oscuridad de su entendimiento racional, por la cual ignoran por completo a Dios, contra cuyos sacramentos incluso se resisten mientras son bautizados. Ahora bien, mi pregunta es: ¿cuándo y de dónde llegaron a quedar sumergidos en esta oscuridad? ¿Es acaso el hecho de que incurrieron en ella toda aquí, y que en esta su propia vida olvidaron a Dios por excesiva negligencia, después de una vida de sabiduría y religión en el seno materno? Díganlo quienes se atrevan; escúchenlo quienes quieran; créanlo quienes puedan. Yo, sin embargo, estoy seguro de que nadie, si su mente no está cegada por una obstinada adhesión a una conclusión anticipada, puede siquiera abrigar tal opinión. ¿No hay, pues, mal alguno en la ignorancia, nada que necesite ser purgado? ¿Qué significa aquella oración: «No recuerdes los pecados de mi juventud y de mi ignorancia?» Pues aunque son más dignos de condenación los pecados cometidos a sabiendas, con todo, si no hubiera pecados de ignorancia, no habríamos leído en la Escritura lo que he citado: «No recuerdes los pecados de mi juventud y de mi ignorancia.» Viendo ahora que el alma de un niño recién salido del seno materno es todavía alma de un ser humano — más aún, alma de una criatura racional —, no solo no enseñada, sino incluso incapaz de ser instruida, pregunto por qué, o cuándo, o de dónde fue sumergida en aquella espesa oscuridad de ignorancia en que yace. Si es propio de la naturaleza del hombre empezar así, y esa naturaleza no está ya corrompida, ¿por qué no fue creado Adán de ese modo? ¿Por qué fue capaz de recibir un mandamiento? ¿Y por qué pudo poner nombre a su mujer y a todos los animales? Pues de ella dijo: «Será llamada Mujer;» [] y respecto de los demás leemos: «Todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre.» [] Mientras que este otro, aunque ignora dónde está, qué es, por quién fue creado, de qué padres ha nacido, ya es reo de culpa, incapaz todavía de recibir un mandamiento, y tan completamente envuelto y abrumado por una espesa nube de ignorancia, que no puede ser despertado de su sueño para reconocer siquiera estos hechos; sino que hay que aguardar con paciencia un tiempo, hasta que pueda sacudir esta extraña embriaguez, por así decirlo, (no ciertamente en una sola noche, como suele poder hacerse hasta con la más pesada borrachera, sino) poco a poco, durante muchos meses, y aun años; y hasta que esto se logre, tenemos que soportar en los niños pequeños tantas cosas que castigamos en personas mayores, que no podemos enumerarlas. Ahora bien, en cuanto a este enorme mal de la ignorancia y de la debilidad, si en esta vida presente los niños lo han contraído apenas nacidos, ¿dónde, cuándo, cómo se han implicado de repente en tal oscuridad por haber perpetrado alguna gran iniquidad?

    Capítulo 68 [XXXVII.]

    Si Adán no fue creado con un carácter tal como aquel en que nacemos, ¿cómo es que Cristo, aunque libre de pecado, nació niño y en debilidad?

    I, 68

    Alguien preguntará: Si esta naturaleza no es pura, sino corrompida desde su origen, puesto que Adán no fue creado así, ¿cómo es que Cristo, que es mucho más excelente, y que ciertamente nació sin pecado alguno de una virgen, apareció sin embargo en esta debilidad y vino al mundo en la infancia? A esta pregunta respondemos así: Adán no fue creado en tal estado, porque, como no le precedió pecado alguno de un progenitor, no fue creado en carne de pecado. Nosotros, en cambio, estamos en tal condición porque, a causa del pecado que le precedió, nacemos en carne de pecado. Mientras que Cristo nació en tal estado porque, para condenar el pecado a causa del pecado, asumió la semejanza de la carne de pecado. [] La cuestión que ahora discutimos no versa sobre Adán en lo tocante al tamaño de su cuerpo, ni por qué no fue hecho niño, sino en la perfecta grandeza de sus miembros. Puede decirse, ciertamente, que las bestias fueron creadas también así — y no se debió a su pecado que sus crías nacieran pequeñas. Por qué sucedió todo esto no lo preguntamos ahora. Pero la cuestión que nos ocupa atañe al vigor de la mente del hombre y al uso de la razón, en virtud del cual Adán era capaz de instrucción, y podía comprender el precepto de Dios y la ley de su mandamiento, y podía guardarlo fácilmente si quería; mientras que el hombre nace ahora en un estado tal que es completamente incapaz de hacerlo, debido a su espantosa ignorancia y debilidad, no ciertamente de cuerpo, sino de mente — aunque todos debemos admitir que en todo niño existe un alma racional de la misma sustancia (y no otra) que la que perteneció al primer hombre. Con todo, esta gran infirmidad de la carne, claramente, en mi opinión, apunta a algo, sea lo que fuere, que es penal. Suscita la duda de si, si los primeros seres humanos no hubieran pecado, habrían tenido hijos que no pudieran usar ni lengua, ni manos, ni pies. Que nacieran niños fue quizá necesario a causa de la limitada capacidad del seno. Pero, al mismo tiempo, no se sigue que, porque una costilla sea una parte pequeña del cuerpo del hombre, Dios hiciera para el hombre una esposa niña y luego la edificara hasta hacerla mujer. De igual modo, el poder todopoderoso de Dios era capaz de hacer que también sus hijos, apenas nacidos, crecieran al instante.

    Capítulo 69 [XXXVIII.]— La ignorancia y la infirmidad de un niño

    I, 69

    Pero, para no detenernos en esto, al menos les fue posible lo que de hecho ha ocurrido a muchos animales, cuyas crías nacen pequeñas y no avanzan en inteligencia (puesto que no tienen alma racional) a medida que sus cuerpos crecen, y, sin embargo, aun cuando son diminutísimas, corren de un lado a otro, reconocen a sus madres y no necesitan ayuda ni cuidado externo cuando quieren mamar, sino que con notable facilidad descubren por sí mismas los pechos de sus madres, aunque estos estén ocultos a la vista ordinaria. El ser humano, por el contrario, al nacer no está provisto ni de pies aptos para caminar, ni de manos capaces siquiera de rascarse; y, a menos que la madre le aplique realmente los labios al pecho, no sabría dónde encontrarlo; y aun estando cerca del pezón, a pesar de su deseo de alimento, sería más capaz de llorar que de succionar. Esta total impotencia del cuerpo concuerda así con la infirmidad de su mente; y la carne de Cristo no habría estado «en la semejanza de la carne de pecado,» a no ser que aquella carne de pecado hubiera sido tal que el alma racional se ve oprimida por ella del modo que hemos descrito — ya sea que esto también se haya derivado de los padres, o que haya sido creado en cada caso para el individuo por separado, o inspirado desde arriba —, acerca de lo cual me abstengo de indagar por ahora.

    Capítulo 70 [XXXIX.]

    Hasta qué punto el pecado es destruido en los niños por el bautismo, y también en los adultos, y qué ventaja resulta de ello

    I, 70

    En los niños es cierto que, por la gracia de Dios, mediante Su bautismo de Aquel que vino en semejanza de carne de pecado, se logra que la carne de pecado sea destruida. Este resultado, sin embargo, se efectúa de tal modo que la concupiscencia que está difundida e innata en la misma carne viviente no es removida de una vez, de suerte que deje de existir en ella; sino solo que aquello que fue inherente al nacer no sea perjudicial al hombre en su muerte. Pues si un niño vive después del bautismo y llega a una edad capaz de obedecer una ley, encuentra allí algo contra lo cual luchar y, con la ayuda de Dios, vencer, si no ha recibido su gracia en vano y si no quiere ser réprobo. Pues ni siquiera a los de edad más madura se les da en el bautismo (excepto, quizá, por un milagro inefable del Creador omnipotente) que la ley del pecado que está en sus miembros, que lucha contra la ley de su mente, sea completamente extinguida y deje de existir; sino que cuanto mal se haya hecho, dicho o pensado por el hombre mientras era esclavo de una mente sometida a su concupiscencia, sea abolido y considerado como si nunca hubiera ocurrido. La concupiscencia misma, sin embargo, (no obstante el aflojamiento del vínculo de culpa con que el diablo, por medio de ella, solía retener al alma, y la destrucción de la barrera que separaba al hombre de su Hacedor,) permanece en la lucha en que castigamos nuestro cuerpo y lo sometemos, ya sea para relajarlo en usos lícitos y necesarios, o para refrenarlo por la continencia. [] Pero como el Espíritu de Dios, que conoce mucho mejor que nosotros todo el pasado, el presente y el futuro del género humano, previó y predijo que la vida del hombre sería tal que «ningún viviente será justificado ante Dios,» sucede que por ignorancia o infirmidad no ejercemos todos los poderes de nuestra voluntad contra ella, y así cedemos a ella cometiendo diversas cosas ilícitas — haciéndonos peores en proporción a la grandeza y frecuencia de nuestra rendición; y mejores, en proporción a su poca importancia e infrecuencia. La investigación, sin embargo, del punto que ahora nos interesa — si podría existir (o si de hecho existe, ha existido o existirá jamás) un hombre sin pecado en esta vida presente, excepto Aquel que dijo: «Viene el príncipe de este mundo, y nada tiene en mí» [] — requiere una discusión mucho más completa; y el plan del presente tratado es tal que nos hace aplazar la cuestión hasta el comienzo de otro libro.

    Libro II

    En la cual Agustín argumenta contra los que dicen que en la vida presente hay, ha habido y habrá hombres que no tienen absolutamente ningún pecado. Sobre este punto establece cuatro proposiciones: y enseña, primero, que un hombre podría posiblemente vivir en la vida presente sin pecado, por la gracia de Dios y su propio libre albedrío; muestra luego que, sin embargo, de hecho no hay hombre que viva del todo libre de pecado en esta vida; en tercer lugar, expone la razón de esto—porque no hay hombre que confine exactamente sus deseos dentro de los límites de la justa exigencia de cada caso, la cual exigencia justa o no logra percibir, o no quiere llevar a la práctica; en cuarto lugar, prueba que no hay, ni ha habido, ni jamás habrá, un ser humano— excepto el único mediador, Cristo— que esté libre de todo pecado.

    Capítulo 1 [I.]— Lo que hasta ahora se ha tratado; y lo que se ha de tratar en este libro

    II, 1

    Hemos discutido, queridísimo Marcelino, con suficiente extensión, creo, en el libro anterior el bautismo de los niños: cómo se les da no sólo para entrar en el reino de Dios, sino también para alcanzar la salvación y la vida eterna, que nadie puede tener sin el reino de Dios, o sin aquella unión con el Salvador Cristo, en la cual Él nos ha redimido con su sangre. Emprendo en el presente libro discutir y explicar la cuestión de si vive en este mundo, o ha vivido, o vivirá jamás, alguien sin pecado alguno, excepto «el único Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que se dio a sí mismo en rescate por todos;» [] — con tanto cuidado y capacidad como Él mismo se digne concederme. Y si en esta discusión surgiere ocasionalmente, ya inevitablemente o casualmente por el argumento, alguna cuestión sobre el bautismo o el pecado de los niños, no debo sorprenderme ni debo rehuir dar la mejor respuesta que pueda, en tales emergencias, a cualquier punto que reclame mi atención.

    Capítulo 2 [II.]— Algunas personas atribuyen demasiado a la libertad de la voluntad del hombre; ignorancia e infirmidad

    II, 2

    Es sumamente necesaria una solución de esta cuestión sobre una vida humana no asaltada por engaño o preocupación alguna de pecado, en razón incluso de nuestras oraciones diarias. Pues hay algunas personas que tanto presumen de la libre determinación de la voluntad humana, que suponen que ésta no necesita pecar, y que no requerimos ayuda divina alguna—atribuyendo a nuestra naturaleza, de una vez por todas, esta determinación del libre albedrío. Una consecuencia inevitable de esto es que no deberíamos orar «no entrar en tentación» —es decir, no ser vencidos por la tentación, ya sea cuando nos engaña y sorprende en nuestra ignorancia, o cuando nos presiona e importuna en nuestra debilidad. Ahora bien, cuán perjudicial, y cuán pernicioso y contrario a nuestra salvación en Cristo, y cuán violentamente adverso a la religión misma en la que somos instruidos, y a la piedad con la que adoramos a Dios, no puede sino ser para nosotros no suplicar al Señor la obtención de tal beneficio, sino más bien ser llevados a pensar que aquella petición del Padre Nuestro, «No nos dejes caer en tentación,» [] es una inserción vana e inútil— es algo que excede mi capacidad de expresar con palabras.

    Capítulo 3 [III.]— De qué manera Dios no manda nada imposible. Las obras de misericordia, medios de borrar los pecados

    II, 3

    Ahora bien, estas personas se imaginan que son agudas (como si ninguno de nosotros lo supiera) cuando dicen que «si no tenemos la voluntad, no cometemos pecado; ni mandaría Dios al hombre hacer lo que fuera imposible para la volición humana.» Pero no ven que, para vencer ciertas cosas, que son objeto ya de un mal deseo o de un miedo mal concebido, los hombres necesitan los esfuerzos vigorosos, y a veces incluso todas las energías, de la voluntad; y que sólo imperfectamente las emplearíamos en cada caso, lo previó Aquel que quiso que se pronunciara por el profeta esta sentencia tan verdadera: «Ante tu vista ningún viviente será justificado.» El Señor, por tanto, previendo que tal sería nuestra condición, se dignó proveer y dotar de eficaz virtud ciertos remedios saludables contra la culpa y las ataduras incluso de los pecados cometidos después del bautismo—por ejemplo, las obras de misericordia—como cuando dice: «Perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará.» [] Pues ¿quién podría salir de esta vida con alguna esperanza de obtener la salvación eterna, pendiente aquella sentencia: «Cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, es culpable de todos,» [] si no siguiera poco después: «Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad: porque tendrá juicio sin misericordia el que no ha mostrado misericordia; y la misericordia se gloría contra el juicio?» []

    Capítulo 4 [IV.]

    La concupiscencia, hasta qué punto está en nosotros; los bautizados no son dañados por la concupiscencia, sino sólo por consentir en ella

    II, 4

    La concupiscencia, por tanto, como ley del pecado que permanece en los miembros de este cuerpo de muerte, nace con los niños. En los niños bautizados, queda privada de culpa, es dejada para la lucha [de la vida], pero no persigue con condenación a los que mueren antes de la lucha. A los niños no bautizados los implica como culpables y como hijos de ira, aun si mueren en la infancia, los arrastra a la condenación. En los adultos bautizados, sin embargo, dotados de razón, cualquier consentimiento que su mente dé a esta concupiscencia para cometer pecado es un acto de su propia voluntad. Después de que todos los pecados han sido borrados, y aquella culpa ha sido cancelada que por naturaleza ataba a los hombres en condición de vencidos, todavía permanece—pero no para dañar en modo alguno a los que no le prestan consentimiento para obras ilícitas—hasta que la muerte sea tragada por la victoria [] y, en aquella perfección de paz, no quede nada por vencer. A los que, sin embargo, le prestan consentimiento para cometer obras ilícitas, los tiene como culpables; y a menos que, mediante la medicina de la penitencia, y mediante las obras de misericordia, por la intercesión en nuestro favor del celestial Sumo Sacerdote, sean sanados, nos conduce a la segunda muerte y a la condenación total. Fue por esto que el Señor, al enseñarnos a orar, nos aconsejó, además de otras peticiones, decir: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.» [] Pues el mal permanece en nuestra carne, no por razón de la naturaleza en que el hombre fue creado por Dios y la sabiduría, sino por razón de aquella ofensa en la que cayó por su propia voluntad, y en la cual, habiendo perdido sus fuerzas, no es sanado con la misma facilidad de voluntad con que fue herido. De este mal dice el apóstol: «Sé que en mi carne no mora el bien;» [] y es igualmente al mismo mal que nos aconseja no obedecer, cuando dice: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, para obedecer a sus concupiscencias.» [] Cuando, por tanto, por una inclinación ilícita de nuestra voluntad hemos consentido a estas concupiscencias de la carne, decimos, con miras a la cura de esta falta, «Perdónanos nuestras deudas;» [] y al mismo tiempo aplicamos el remedio de una obra de misericordia, al añadir, «Como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Para no prestar, sin embargo, tal consentimiento, oremos pidiendo ayuda, y digamos, «Y no nos dejes caer en tentación;» — no que Dios mismo tiente jamás a nadie con tal tentación, «porque Dios no es tentador del mal, ni tienta a nadie;» [] sino para que, siempre que sintamos el surgir de la tentación desde nuestra concupiscencia, no seamos abandonados por su ayuda, para que así podamos vencer, y no ser arrastrados por el halago. Añadimos luego nuestra petición por aquello que ha de perfeccionarse al final, cuando la mortalidad sea absorbida por la vida: [] «Mas líbranos del mal.» [] Pues entonces ya no existirá concupiscencia alguna contra la que se nos mande luchar, y a la que no debamos consentir. La sustancia total, en consecuencia, de estas tres peticiones puede expresarse brevemente así: «Perdónanos por aquellas cosas en las que hemos sido arrastrados por la concupiscencia; ayúdanos a no ser arrastrados por la concupiscencia; quita de nosotros la concupiscencia.»

    Capítulo 5 [V.]— La voluntad del hombre requiere la ayuda de Dios

    II, 5

    Ahora bien, para cometer pecado no recibimos ayuda alguna de Dios; pero no somos capaces de obrar con justicia, y de cumplir la ley de la justicia en todas sus partes, sino en cuanto somos ayudados por Dios. Pues así como el ojo corporal no es ayudado por la luz para apartarse de ella cerrándose o volviéndose, sino que es ayudado por ella para ver, y no puede ver en absoluto si ella no le ayuda; así Dios, que es la luz del hombre interior, ayuda a nuestra vista mental, para que hagamos algún bien, no según la nuestra, sino según su justicia. Pero si nos apartamos de Él, es obra nuestra; entonces somos sabios según la carne, entonces consentimos a la concupiscencia de la carne para obras ilícitas. Cuando, por tanto, nos volvemos a Él, Dios nos ayuda; cuando nos apartamos de Él, Él nos abandona. Pero entonces Él nos ayuda incluso a volvernos a Él; y esto, ciertamente, es algo que la luz no hace por los ojos del cuerpo. Cuando, por tanto, Él nos manda con las palabras, «Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros,» [] y le decimos, «Vuélvenos, oh Dios de nuestra salvación,» y de nuevo, «Vuélvenos, oh Dios de los ejércitos;» ¿qué otra cosa decimos sino, «Da lo que mandas?» Cuando Él nos manda, diciendo, «Entended ahora, simples entre el pueblo,» y le decimos, «Dame entendimiento, para que aprenda tus mandamientos;» ¿qué otra cosa decimos sino, «Da lo que mandas?» Cuando Él nos manda, diciendo, «No vayas tras tus concupiscencias,» [] y le decimos, «Sabemos que ningún hombre puede ser continente, si Dios no se lo da;» [] ¿qué otra cosa decimos sino, «Da lo que mandas?» Cuando Él nos manda, diciendo, «Haced justicia,» [] y decimos, «Enséñame tus juicios, oh Señor;» ¿qué otra cosa decimos sino, «Da lo que mandas?» De igual manera, cuando Él dice: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; porque serán saciados,» [] ¿de quién debemos buscar la comida y la bebida de la justicia, sino de Aquel que promete su plenitud a los que tienen hambre y sed de ella?

    Capítulo 6.— En qué pecó el fariseo cuando dio gracias a Dios; a la gracia de Dios debe añadirse el esfuerzo de nuestra propia voluntad

    II, 6

    Ahuyentemos, pues, de nuestros oídos y de nuestras mentes a los que dicen que debemos aceptar la determinación de nuestro propio libre albedrío y no orar a Dios para que nos ayude a no pecar. Ni siquiera el fariseo fue cegado por tinieblas como éstas; pues aunque erró al pensar que no necesitaba añadidura alguna a su justicia, y se supuso saturado de su abundancia, sin embargo dio gracias a Dios de no ser «como los otros hombres, injustos, extorsionadores, adúlteros, ni aun como el publicano; porque ayunaba dos veces en la semana, daba diezmos de todo lo que poseía.» [] Deseaba, en verdad, ninguna añadidura a su propia justicia; pero aun así, al dar gracias a Dios, confesaba que todo lo que tenía lo había recibido de Él. No obstante, no fue aprobado, tanto porque no pidió más alimento de justicia, como si ya estuviera lleno, como porque arrogantemente se prefirió al publicano, que estaba hambriento y sediento de justicia. ¿Qué, pues, ha de decirse de los que, mientras reconocen que no tienen justicia, o que no tienen su plenitud, imaginan sin embargo que ésta ha de obtenerse de ellos mismos solos, y no ha de suplicarse a su Creador, en quien está su tesoro y su fuente? Y sin embargo, esto no es una cuestión sólo de oraciones, como si no debiera añadirse también enérgicamente el esfuerzo de nuestra voluntad. Se dice que Dios es «nuestro Ayudador;» pero nadie puede ser ayudado que no haga algún esfuerzo por su propia cuenta. Pues Dios no obra nuestra salvación en nosotros como si obrara en piedras insensibles, o en criaturas en las que la naturaleza no ha puesto ni razón ni voluntad. Por qué, sin embargo, ayuda a un hombre y no a otro; o por qué a uno tanto y a otro tanto; o por qué a uno de una manera, y a otro de otra—lo reserva para sí según el método de su justísima y secretísima justicia, y según la excelencia de su poder.

    Capítulo 7 [VI.]— Cuatro cuestiones sobre la perfección de la justicia: (1.) Si un hombre puede estar sin pecado en esta vida

    II, 7

    Ahora bien, los que afirman que un hombre puede existir en esta vida sin pecado, no deben ser inmediatamente refutados con incauta precipitación; pues si negáramos la posibilidad, derogaríamos tanto del libre albedrío del hombre, que en su deseo lo anhela, como del poder o de la misericordia de Dios, que con su ayuda lo efectúa. Pero una cosa es la cuestión de si podría existir; y otra, si existe de hecho. A su vez, una cosa es la cuestión, si no existe cuando podría existir, de por qué no existe; y otra, si un hombre tal como nunca hubiera pecado en absoluto, no sólo existe, sino que también pudo haber existido jamás, o puede existir alguna vez. Ahora bien, si en el orden de este cuádruple conjunto de proposiciones interrogativas se me preguntara, [1º,] ¿Es posible que un hombre en esta vida esté sin pecado? concedería la posibilidad, por la gracia de Dios y el propio libre albedrío del hombre; no dudando que el libre albedrío mismo es atribuible a la gracia de Dios, en otras palabras, a los dones de Dios—no sólo en cuanto a su existencia, sino también en cuanto a que sea bueno, es decir, en cuanto a su conversión a hacer los mandamientos de Dios. Así es que la gracia de Dios no sólo muestra lo que debe hacerse, sino que también ayuda a la posibilidad de hacer lo que muestra. «¿Qué tienes que no hayas recibido?» [] De donde también Jeremías dice: «Sé, oh Señor, que el camino del hombre no está en sí mismo; no es del hombre caminar y dirigir sus pasos.» [] En consecuencia, cuando en los Salmos uno dice a Dios, «Tú me has mandado guardar diligentemente tus preceptos,» añade en seguida no una palabra de confianza en sí mismo, sino un deseo de poder guardar estos preceptos: «¡Ojalá mis caminos,» dice, fueran dirigidos a guardar tus estatutos! Entonces no sería avergonzado, cuando atendiera a todos tus mandamientos. Ahora bien, ¿quién desea jamás lo que ya tiene tan en su propio poder, que no requiere ayuda ulterior para alcanzarlo? A quién, sin embargo, dirige su deseo—no a la fortuna, ni al hado, ni a otro alguno fuera de Dios—lo muestra con suficiente claridad en las siguientes palabras, donde dice: «Ordena mis pasos en tu palabra; y no dejes que iniquidad alguna se enseñoree de mí.» De la esclavitud de este execrable dominio son liberados aquellos a quienes el Señor Jesús dio poder de llegar a ser hijos de Dios. [] De tan horrible dominación habían de ser librados aquellos a quienes Él dice, «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.» [] De éstos y de otros muchos testimonios semejantes, no puedo dudar que Dios no ha impuesto al hombre mandamiento imposible alguno; y que, con la ayuda y el socorro de Dios, nada es imposible, por lo cual se obra lo que Él manda. De este modo puede un hombre, si quiere, estar sin pecado con la asistencia de Dios.

    Capítulo 8 [VII.]— (2) Si hay en este mundo un hombre sin pecado

    II, 8

    [2.ª] Si, no obstante, se me hace la segunda pregunta que he sugerido —si hay un hombre sin pecado—, creo que no lo hay. Pues creo más bien a la Escritura, que dice: «No entres en juicio con tu siervo, porque ante ti ningún viviente será justificado.» Hay necesidad, por tanto, de la misericordia de Dios, que «se gloria sobre el juicio,» [] y que no alcanzará el que no muestra misericordia. [] Y cuando el profeta dice: «Dije: Confesaré mis transgresiones ante el Señor, y tú perdonaste la iniquidad de mi corazón,» añade inmediatamente: «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo propicio.» No, ciertamente, todo pecador, sino «todo santo;» porque es la voz de los santos la que dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] Por consiguiente, leemos en el Apocalipsis del mismo Apóstol, de «los ciento cuarenta y cuatro mil» santos, «que no se contaminaron con mujeres, pues permanecieron vírgenes; y en su boca no se halló engaño; porque son sin mancha.» [] «Sin mancha,» ciertamente, lo son sin duda por esta razón: porque de verdad se hallaron faltos ellos mismos; y por esta razón, «en su boca no se descubrió engaño,» — «porque si dijeran que no tienen pecado, se engañarían a sí mismos, y la verdad no estaría en ellos.» [] Por supuesto, donde la verdad no estaba, habría engaño; y cuando un justo comienza una declaración acusándose a sí mismo, verdaderamente no profiere falsedad.

    Capítulo 9.

    El comienzo de la renovación; la resurrección llamada regeneración; son hijos de Dios los que llevan vidas conformes a la novedad de vida

    II, 9

    Y por eso, en el pasaje, «Todo aquel que es nacido de Dios no peca, y no puede pecar, porque su simiente permanece en él,» [] y en todos los demás pasajes de semejante tenor, se engañan mucho a sí mismos por una consideración insuficiente de las Escrituras. Pues no advierten que los hombres llegan a ser hijos de Dios individualmente cuando comienzan a vivir en novedad de espíritu y a ser renovados en cuanto al hombre interior según la imagen de Aquel que los creó. Porque no es desde el momento del bautismo de un hombre que se destruye toda su vieja enfermedad, sino que la renovación comienza con la remisión de todos sus pecados, y en la medida en que aquel que ahora es sabio lo es espiritualmente. Todo lo demás, sin embargo, se cumple en esperanza, aguardando que se realice también de hecho, incluso hasta la renovación del cuerpo mismo en aquel estado mejor de inmortalidad e incorrupción del que seremos revestidos en la resurrección de los muertos. Pues a esto también el Señor lo llama regeneración —aunque, por supuesto, no como la que ocurre mediante el bautismo, sino una regeneración en la que aquello que ahora se comienza en el espíritu será llevado a perfección también en el cuerpo. «En la regeneración,» dice Él, «cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros también os sentaréis sobre doce tronos, juzgando a las doce tribus de Israel.» [] Porque por entera y plena que sea la remisión de los pecados en el bautismo, no obstante, si se obrara por ella de una vez un cambio entero y pleno del hombre a su novedad eterna —no me refiero al cambio en su cuerpo, que ahora claramente tiende cada vez más a la vieja corrupción y a la muerte, después de lo cual ha de ser renovado en una novedad total y verdadera—, sino que, exceptuado el cuerpo, si en el alma misma, que es el hombre interior, se obrara una renovación perfecta en el bautismo, el apóstol no diría: «Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» [] Ahora bien, indudablemente, el que todavía es renovado de día en día no está todavía enteramente renovado; y en la medida en que no está todavía enteramente renovado, permanece aún en su viejo estado. Puesto que, pues, los hombres, aun después de bautizados, están todavía en algún grado en su vieja condición, son por ello también todavía hijos del mundo; pero en cuanto son admitidos también a un nuevo estado, es decir, por la plena y perfecta remisión de sus pecados, y en la medida en que son de mente espiritual y se comportan en consecuencia, son hijos de Dios. Interiormente nos despojamos del hombre viejo y nos vestimos del nuevo; pues entonces y allí deponemos la mentira y hablamos verdad, y hacemos aquellas otras cosas en las que el apóstol hace consistir el despojarse del hombre viejo y el vestirse del nuevo, el cual según Dios es creado en justicia y santidad verdadera. [] Ahora bien, son hombres ya bautizados y fieles a quienes exhorta a hacer esto —exhortación que sería inadecuada para ellos, si el cambio absoluto y perfecto ya se hubiera realizado en su bautismo. Y sin embargo, se realizó, puesto que entonces fuimos efectivamente salvados; porque «Él nos salvó por el lavamiento de la regeneración.» [] En otro pasaje, sin embargo, nos dice cómo tuvo lugar esto. «No solo ellos,» dice, «sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, aun nosotros mismos gemimos dentro de nosotros, esperando la adopción, a saber, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza somos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» []

    Capítulo 10 [VIII.]— La perfección, cuándo ha de realizarse

    II, 10

    Nuestra adopción plena, pues, como hijos, ha de acontecer en la redención de nuestro cuerpo. Son, por tanto, las primicias del Espíritu las que ahora poseemos, por lo cual ya somos realmente hijos de Dios; en lo demás, ciertamente, como es por esperanza que somos salvos y renovados, así somos hijos de Dios. Pero en cuanto no estamos todavía realmente salvos, tampoco estamos todavía plenamente renovados, ni tampoco somos todavía plenamente hijos de Dios, sino hijos del mundo. Avanzamos, por tanto, en renovación y santidad de vida —y es por esto por lo que somos hijos de Dios, y por esto también no podemos pecar— hasta que al fin todo aquello por lo que somos mantenidos todavía como hijos de este mundo sea cambiado en esto —pues es debido a esto que todavía podemos pecar. De ahí resulta que «todo aquel que es nacido de Dios no peca;» [] y asimismo, «si dijéramos que no tenemos pecado, nos engañaríamos a nosotros mismos, y la verdad no estaría en nosotros.» [] Se pondrá entonces fin a aquello dentro de nosotros que nos mantiene hijos de la carne y del mundo; mientras que aquello otro será perfeccionado que nos hace hijos de Dios y nos renueva por su Espíritu. Por consiguiente, el mismo Juan dice: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser.» [] Ahora bien, ¿qué significa esta variedad en las expresiones, «somos,» y «seremos,» sino esto — somos en esperanza, seremos en realidad? Pues continúa diciendo: «Sabemos que cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.» [] Hemos, por tanto, comenzado ya a ser semejantes a Él, teniendo las primicias del Espíritu; pero todavía somos desemejantes a Él, a causa de los restos de la vieja naturaleza. En la medida, pues, en que somos semejantes a Él, en esa medida somos, por el Espíritu regenerador, hijos de Dios; pero en la medida en que somos desemejantes a Él, en esa medida somos hijos de la carne y del mundo. Por un lado, no podemos pecar; pero, por otro, si decimos que no tenemos pecado, solo nos engañamos a nosotros mismos —hasta que pasemos enteramente a la adopción, y el pecador ya no exista más, y busques su lugar y no lo halles.

    Capítulo 11 [IX.]— Una objeción de los pelagianos: ¿Por qué un hombre justo no engendra un hombre justo?

    II, 11

    En vano, pues, algunos de ellos argumentan: «Si un pecador engendra un pecador, de modo que la culpa del pecado original debe ser eliminada en su hijo pequeño al recibir el bautismo, del mismo modo un hombre justo debería engendrar un hijo justo.» Como si un hombre engendrara hijos en la carne por razón de su justicia, y no porque es movido a ello por la concupiscencia que está en sus miembros, y la ley del pecado es aplicada por la ley de su mente al propósito de la procreación. El engendrar hijos, por tanto, muestra que todavía retiene la vieja naturaleza entre los hijos de este mundo; no proviene del hecho de su promoción a la novedad de vida entre los hijos de Dios. Porque «los hijos de este mundo engendran y son engendrados.» [] De ahí también que lo que nace de ellos sea semejante a ellos; porque «lo que es nacido de la carne, carne es.» [] Solo los hijos de Dios, sin embargo, son justos; pero en la medida en que son hijos de Dios, no engendran carnalmente, porque es del Espíritu, y no de la carne, que ellos mismos son engendrados. Mas cuantos de ellos llegan a ser padres, engendran hijos por la circunstancia de que todavía no se han despojado de los restos enteros de su vieja naturaleza a cambio de la renovación perfecta que les espera. Se sigue, por tanto, que todo hijo que nace en esta vieja y enferma condición de la naturaleza de su padre, necesariamente ha de participar él mismo de la misma vieja y enferma condición. Por consiguiente, para que pueda ser engendrado de nuevo, debe él también ser renovado por el Espíritu mediante la remisión del pecado; y si este cambio no tiene lugar en él, su padre justo no le servirá de nada. Pues es por el Espíritu por lo que él es justo, pero no es por el Espíritu por lo que engendró a su hijo. Por otra parte, si este cambio le sobreviene, no será dañado por un padre injusto: porque es por la gracia del Espíritu por lo que ha pasado a la esperanza de la novedad eterna; mientras que es debido a su mente carnal que su padre ha permanecido enteramente en la vieja naturaleza.

    Capítulo 12 [X.]— Conciliación de algunos pasajes de la Escritura

    II, 12

    La afirmación, por tanto, «El que es nacido de Dios no peca,» [] no es contraria al pasaje en el que se declara por los nacidos de Dios: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] Pues por completa que sea la esperanza presente de un hombre, y por real que sea su renovación por la regeneración espiritual en aquella parte de su naturaleza, todavía, a pesar de todo, lleva en derredor un cuerpo corruptible, que oprime su alma; y mientras esto sea así, es preciso distinguir, aun en el mismo individuo, la relación y el origen de cada acción particular. Ahora bien, supongo que no es fácil hallar en la Escritura de Dios un testimonio tan ponderoso de santidad dado de hombre alguno como el que está escrito de sus tres siervos, Noé, Daniel y Job, a quienes el profeta Ezequiel describe como los únicos hombres capaces de ser librados de la ira inminente de Dios. [] En estos tres hombres prefigura, sin duda, tres clases de hombres que han de ser librados: en Noé, según supongo, están representados los justos conductores de naciones, por razón de su gobierno del arca como tipo de la Iglesia; en Daniel, los hombres justos en la continencia; en Job, los justos en el matrimonio; —por no decir nada de cualquier otra interpretación del pasaje, que no es necesario considerar ahora. En todo caso, es claro por este testimonio del profeta, y por otras declaraciones inspiradas, cuán eminentes fueron estos varones en justicia. Sin embargo, nadie debe dejarse llevar por su historia a decir, por ejemplo, que la embriaguez no es pecado, aunque tan bueno fuera sorprendido por ella; pues leemos que Noé una vez se embriagó, [] pero no quiera Dios que se piense que era un bebedor consuetudinario.

    Capítulo 13.— Un subterfugio de los pelagianos

    II, 13

    Daniel, en efecto, después de la oración que derramó ante Dios, dice realmente respecto de sí mismo: «Mientras oraba y confesaba mis pecados y los pecados de mi pueblo, ante el Señor mi Dios.» [] Esta es la razón, si no me equivoco, por la que en el mencionado profeta Ezequiel se pregunta a cierta persona soberbísima: «¿Eres tú, acaso, más sabio que Daniel?» [] Ni en este punto puede decirse lo que algunos sostienen en contra del Padre Nuestro: «Porque aunque,» dicen, «aquella oración fue ofrecida por los apóstoles, después que llegaron a ser santos y perfectos y no tenían pecado alguno, no fue en favor de sí mismos, sino de hombres imperfectos y todavía pecadores, que dijeron: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores". Usaron la palabra nuestras,» dicen, «para mostrar que en un solo cuerpo están contenidos tanto los que todavía tienen pecados, como ellos mismos, que ya estaban enteramente libres de pecado.» Ahora bien, esto ciertamente no puede decirse en el caso de Daniel, quien (según supongo) previó como profeta esta opinión presuntuosa, cuando dijo tantas veces en su oración: «Hemos pecado;» y nos explicó por qué dijo esto, no de modo que oyéramos de él: Mientras oraba y confesaba los pecados de mi pueblo al Señor, mi Dios; ni tampoco confundiendo la distinción, de modo que fuera incierto si había dicho, por causa de la comunión de un solo cuerpo: Mientras confesaba nuestros pecados al Señor mi Dios; sino que se expresa en un lenguaje tan distinto y preciso, como si él mismo estuviera lleno de la distinción, y quisiera sobre todas las cosas recomendarla a nuestra atención: «Mis pecados,» dice, «y los pecados de mi pueblo.» ¿Quién puede contradecir una evidencia como esta, sino aquel que está más complacido en defender lo que piensa que en averiguar lo que debería pensar?

    Capítulo 14.— — Job no estuvo sin pecado

    II, 14

    Pero veamos qué dice Job de sí mismo, después del gran testimonio que Dios da de su justicia. «Yo sé de cierto,» dice, «que es así: ¿cómo se justificará un hombre mortal delante del Señor? Porque si Él entrara en juicio con él, no podría obedecerle.» [] Y poco después pregunta: «¿Quién resistirá su juicio? Aun si yo me tuviera por justo, mi boca hablaría impíamente.» [] Y de nuevo, más adelante, dice: «Yo sé que no me dejará sin castigo. Pero siendo yo impío, ¿por qué no he muerto? Aunque me lavara con nieve, y me purificara con manos limpias, tú me habrías hundido en el fango.» [] En otro de sus discursos dice: «Porque contra mí has escrito cosas amargas, y me has hecho cargar con los pecados de mi juventud; y has puesto mis pies en el cepo. Has observado todas mis sendas, y has inspeccionado las plantas de mis pies, que envejecen como un odre, o como vestido apolillado. Pues el hombre nacido de mujer, corto de días, y harto de sinsabores, brota como una flor y es cortado, huye como la sombra y no permanece. ¿Y sobre él abres tus ojos, y me traes a juicio contigo? ¿Quién hará limpio de lo inmundo? Nadie. Aun cuando sus días sean uno solo.» Luego, un poco después, dice: «Tú has contado todas mis necesidades; y ni uno de mis pecados se te ha escapado. Tú has sellado mis transgresiones en saco, y has marcado todo lo que hice contra mi voluntad.» [] Ve, pues, cómo también Job confiesa sus pecados, y dice cuán seguro está de que no hay justo delante del Señor. Así está seguro también de esto: que si decimos que no tenemos pecado, la verdad no está en nosotros. Mientras, pues, Dios le otorga su alto testimonio de justicia, según la medida de la conducta humana, Job mismo, tomando su medida de aquella regla de justicia que, en cuanto puede, contempla en Dios, sabe de cierto que así es; y prosigue al punto diciendo: «¿Cómo se justificará un hombre mortal delante del Señor? Porque si Él entrara en juicio con él, no podría obedecerle;» en otras palabras, si, desafiado a juicio, quisiera mostrar que nada podía hallarse en él que Él pudiera condenar, «no podría obedecerle,» puesto que le falta aun aquella obediencia que podría capacitarlo para obedecer a Aquel que enseña que los pecados deben ser confesados. Por consiguiente, [el Señor] reprende a ciertos hombres, diciendo: «¿Por qué contenderéis conmigo en juicio?» [] Esto [el salmista] evita, diciendo: «No entres en juicio con tu siervo; porque ante ti ningún viviente será justificado.» De acuerdo con esto, Job también pregunta: «¿Quién resistirá su juicio? Aun si yo me tuviera por justo, mi boca hablaría impíamente;» lo cual significa: Si, contra Su juicio, yo me llamara justo, cuando su perfecta regla de justicia me prueba injusto, entonces ciertamente mi boca hablaría impíamente, porque hablaría contra la verdad de Dios.

    Capítulo 15.— La generación carnal condenada a causa del pecado original

    II, 15

    Expone que esta debilidad absoluta, o más bien condenación, de la generación carnal procede de la transgresión del pecado original, cuando, tratando de sus propios pecados, muestra, por así decirlo, sus causas, y dice que «el hombre nacido de mujer tiene una vida breve y está lleno de ira». ¿De qué ira, sino de aquella en la que todos son, como dice el apóstol, «por naturaleza», es decir, por origen, «hijos de ira» [], en cuanto son hijos de la concupiscencia de la carne y del mundo? Muestra además que a esta misma ira pertenece también la muerte del hombre. Pues después de decir: «Tiene una vida breve y está lleno de ira», añadió: «Como una flor que ha brotado, así cae; pasa como una sombra y no permanece.» Luego añade: «¿Acaso no le has hecho entrar en juicio contigo? Porque ¿quién es puro de inmundicia? Ni siquiera uno; aunque su vida durara un solo día.» En estas palabras, de hecho, dice: Has impuesto al hombre, efímero como es, el cuidado de entrar en juicio contigo. Porque por breve que sea su vida —aunque dure un solo día—, no podría en absoluto estar limpio de inmundicia; y por tanto debe venir bajo tu juicio con perfecta justicia. Luego, cuando dice nuevamente: «Tú has contado todas mis necesidades, y ninguno de mis pecados se te ha escapado: has sellado mis transgresiones en un saco, y has marcado todo lo que he hecho contra mi voluntad», ¿no está bastante claro que incluso aquellos pecados que no se cometen por el atractivo del placer, sino por evitar alguna molestia, dolor o muerte, son imputados con justicia? Ahora bien, estos pecados también se dice que se cometen bajo alguna necesidad, mientras que todos deberían ser vencidos por el amor y el deleite de la justicia. Además, lo que dijo en la frase: «has marcado todo lo que he hecho contra mi voluntad», puede evidentemente conectarse con la declaración: «Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.» []

    Capítulo 16.— Job previó que Cristo vendría a sufrir; el camino de la humildad en los que son perfectos

    II, 16

    Es notable que el Señor mismo, después de conceder a Job el testimonio que se expresa en la Escritura, es decir, por el Espíritu de Dios, «En todas las cosas que le acontecieron no pecó con sus labios delante del Señor» [], le habló sin embargo después con una reprensión, como el propio Job nos dice: «¿Por qué aún he de alegar, siendo amonestado, y oyendo las reprensiones del Señor?» [] Ahora bien, a ningún hombre se le reprende justamente si no hay en él algo que merezca reprensión. [XI.] Y ¿qué clase de reprensión es esta —la cual, además, se entiende que procede de la persona de Cristo nuestro Señor? Le enumera todas las obras divinas de su poder, reprendiéndolo con esta idea: que parece decirle: «¿Puedes tú realizar todas estas obras poderosas como yo?» Pero ¿con qué fin es todo esto sino para que Job comprendiera (pues esta instrucción le fue divinamente inspirada, para que previera la venida de Cristo a sufrir)—que comprendiera con cuánta paciencia debía soportar todo lo que le sobrevenía, ya que Cristo, aunque, cuando se hizo hombre por nosotros, estaba absolutamente sin pecado, y aunque como Dios poseía tan gran poder, no rehusó en absoluto obedecer incluso hasta el sufrimiento de la muerte? Cuando Job comprendió esto con una pureza de corazón más intensa, añadió a su propia respuesta estas palabras: «Antes te había oído con el oído; pero ahora te ven mis ojos: por tanto me aborrezco y me derrito, y me tengo por polvo y ceniza.» [] ¿Por qué estaba tan profundamente descontento de sí mismo? La obra de Dios, en cuanto era hombre, no podía con razón desagradarle, ya que se dice incluso al mismo Dios: «No desprecies la obra de tus manos.» Fue, en efecto, a la vista de aquella justicia, en la que había descubierto su propia injusticia, que se aborreció y se derritió, y se consideró polvo y ceniza— contemplando, como lo hacía en su mente, la justicia de Cristo, en quien no podía haber pecado alguno, no sólo en cuanto a su divinidad, sino también en cuanto a su alma y su carne. También fue a la vista de esta justicia que es de Dios que el apóstol Pablo, aunque en cuanto a «la justicia que es de la ley era irreprensible», sin embargo «estimaba todas las cosas» no sólo como pérdida, sino incluso como estiércol. []

    Capítulo 17 [XII.]— Nadie es justo en todas las cosas

    II, 17

    Aquel ilustre testimonio de Dios, por tanto, en el que Job es alabado, no es contrario al pasaje en que se dice: «En tu presencia ningún viviente será justificado;» porque no nos lleva a suponer que en él no hubiera absolutamente nada que pudiera ser censurado, ni con verdad por él mismo, ni con justicia por el Señor Dios, aunque al mismo tiempo pudiera decirse sin falsedad que era un hombre justo, un sincero adorador de Dios, y uno que se guarda de toda obra mala. Pues estas son las palabras de Dios acerca de él: «¿Has considerado atentamente a mi siervo Job? Porque no hay ninguno como él en la tierra, irreprensible, justo, verdadero adorador de Dios, que se guarda de toda obra mala.» [] Primero, es aquí alabado por su excelencia en comparación con todos los hombres de la tierra. Sobresalía, por tanto, entre todos los que en aquel tiempo podían ser justos sobre la tierra; y sin embargo, a causa de esta superioridad sobre otros en justicia, no estaba por ello totalmente sin pecado. Luego se dice que es «irreprensible» — nadie podría justamente presentar acusación contra él en cuanto a su vida; «justo» — había avanzado tanto en probidad moral que ningún hombre podía ser comparado con él; «un verdadero adorador de Dios» — porque era un confesor sincero y humilde de sus propios pecados; «que se guarda de toda obra mala» — habría sido admirable que esto se extendiera a toda palabra y pensamiento malos. En verdad no se nos dice cuán gran hombre era Job; pero sabemos que era un varón justo; sabemos también que fue grande en la paciencia de terribles aflicciones y pruebas; y sabemos que no fue a causa de sus pecados, sino con el propósito de demostrar su justicia, que tuvo que soportar tanto sufrimiento. Pero el lenguaje con que el Señor alaba a Job podría aplicarse también a aquel que «se deleita en la ley de Dios según el hombre interior, mientras ve otra ley en sus miembros que lucha contra la ley de su mente;» [] especialmente cuando dice: «El bien que quiero, no lo hago; sino el mal que no quiero, eso hago. Ahora bien, si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.» [] Observad cómo él también, según el hombre interior, está separado de toda obra mala, porque tal obra no la realiza él mismo, sino el mal que mora en su carne; y sin embargo, puesto que no tiene ni siquiera la capacidad de deleitarse en la ley de Dios si no es por la gracia de Dios, exclama, como quien todavía necesita ser liberado: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡La gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor!» []

    Capítulo 18 [XIII.]— La perfecta justicia humana es imperfecta

    II, 18

    Hay, pues, sobre la tierra hombres justos, hay hombres grandes, valientes, prudentes, castos, pacientes, piadosos, misericordiosos, que soportan toda clase de males temporales con ánimo sereno por causa de la justicia. Pero si hay verdad —más aún, porque la hay— en estas palabras: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos,» [] y en estas: «En tu presencia ningún viviente será justificado,» ellos no están sin pecado; ni hay entre ellos nadie tan soberbio y necio como para no pensar que el Padre Nuestro le es necesario, a causa de sus muchos pecados.

    Capítulo 19.— Zacarías e Isabel, pecadores

    II, 19

    Ahora, ¿qué diremos de Zacarías e Isabel, a quienes a menudo se nos opone en las discusiones sobre esta cuestión, sino que hay evidencia clara en la Escritura [] de que Zacarías era un hombre de eminente justicia entre los sumos sacerdotes, cuyo deber era ofrecer los sacrificios del Antiguo Testamento? Leemos también, sin embargo, en la Epístola a los Hebreos, en un pasaje que ya he citado en mi libro anterior, que Cristo fue el único Sumo Sacerdote que no tuvo necesidad, como los que eran llamados sumos sacerdotes, de ofrecer diariamente sacrificio primero por sus propios pecados y luego por el pueblo. «Porque tal Sumo Sacerdote,» dice, «nos convenía: justo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y hecho más alto que los cielos; que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificio cada día, primero por sus propios pecados.» [] Entre los sacerdotes aquí mencionados estaba Zacarías, entre ellos estaba Finees, sí, Aarón mismo, de quien este sacerdocio tuvo su origen, y todos los demás que vivieron laudable y justamente en este sacerdocio; y sin embargo, todos estos estaban bajo la necesidad, ante todo, de ofrecer sacrificio por sus propios pecados— siendo Cristo, de cuya futura venida eran ellos figura, el único que, como sacerdote incontaminable, no tenía tal necesidad.

    Capítulo 20.— Pablo digno de ser el príncipe de los apóstoles, y sin embargo pecador

    II, 20

    ¿Qué alabanza, sin embargo, se concede a Zacarías e Isabel que no esté comprendida en lo que el apóstol ha dicho de sí mismo antes de creer en Cristo? Dijo que, «en cuanto a la justicia que es en la ley, había sido irreprensible.» [] Lo mismo se dice también de ellos: «Ambos eran justos delante de Dios, andando irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.» Fue porque la justicia que tenían no era fingimiento ante los hombres que se dice en consecuencia: «Andaban delante del Señor.» Pero lo que está escrito de Zacarías y su esposa con la frase en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor, el apóstol lo expresó brevemente con las palabras en la ley. Porque no había una ley para él y otra para ellos antes del evangelio. Era una y la misma ley la que, según leemos, fue dada por Moisés a sus padres, y según la cual también Zacarías era sacerdote y ofrecía sacrificios en su turno. Y sin embargo, el apóstol, que entonces estaba dotado de la misma justicia, prosigue diciendo: «Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por cuyo amor lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, siendo hecho conforme a su muerte; si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.» [] Tan lejos está, pues, de ser verdad que debamos suponer, por las palabras con que la Escritura los describe, que Zacarías e Isabel tenían una justicia perfecta sin pecado alguno, que incluso debemos considerar al propio apóstol, según la misma regla, como no perfecto, no sólo en aquella justicia de la ley que poseía en común con ellos y que cuenta como pérdida y estiércol en comparación con aquella justicia excelentísima que es por la fe de Cristo, sino también en el evangelio mismo, en el que mereció la preeminencia de su gran apostolado. Ahora, no me atrevería a decir esto si no considerara muy malo negar crédito a él mismo. Extiende el pasaje que hemos citado y dice: «No que lo haya ya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.» [] Aquí confiesa que todavía no ha alcanzado, y que todavía no es perfecto en aquella plenitud de justicia que anhelaba obtener en Cristo; sino que todavía proseguía hacia la meta, y, olvidando lo pasado, se extendía hacia lo que está delante de él. Estamos seguros, pues, de que lo que dice en otra parte es verdad incluso de sí mismo: «Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» [] Aunque ya era un viajero perfecto, no había alcanzado todavía el fin perfecto de su viaje. A todos los tales los tomaría gustosamente consigo como compañeros de su carrera. Esto lo expresa en las palabras que siguen a nuestra cita anterior: «Así que, todos los que somos perfectos, tengamos este mismo sentir; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla.» [] Esta «marcha» no se realiza con las piernas del cuerpo, sino con los afectos del alma y el carácter de la vida, de modo que los que poseen justicia puedan llegar a la perfección, quienes, avanzando en su renovación día a día por el camino recto de la fe, se han convertido ya en perfectos como viajeros en esta misma justicia.

    Capítulo 21 [XIV.]— Todos los justos son pecadores

    II, 21

    De igual manera, todos los que en las Escrituras se describen como mostrando en su vida presente buena voluntad y obras de justicia, y todos los que han vivido como ellos desde entonces, aunque carezcan del mismo testimonio de la Escritura; o todos los que aún ahora viven así, o vivirán en adelante: todos estos son grandes, todos son justos, y todos son realmente dignos de alabanza— sin embargo, de ningún modo están sin pecado: puesto que, según la autoridad de las mismas Escrituras que nos hacen creer en sus virtudes, creemos también que «a la vista de Dios ningún viviente será justificado,» por lo cual todos piden que Él «no entre en juicio con sus siervos:» y que no sólo a todos los fieles en general, sino a cada uno en particular, les es necesario el Padre Nuestro, que Él entregó a sus discípulos.

    Capítulo 22 [XV.]

    Una objeción de los pelagianos; la perfección es relativa; se dice con razón que es perfecto en justicia quien ha hecho grandes progresos en ella

    II, 22

    «Bien, pero,» dicen, «el Señor dice: 'Sed perfectos, así como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto' [] — un mandamiento que no habría dado si hubiera sabido que era impracticable.» Ahora bien, la cuestión presente no es si es posible para algunos hombres, durante esta vida presente, estar sin pecado si reciben aquella perfección para ello; pues la cuestión de la posibilidad ya la hemos discutido: — sino lo que ahora hemos de considerar es si algún hombre de hecho alcanza la perfección. Ya hemos reconocido, sin embargo, el hecho de que ningún hombre quiere tanto como exige el deber, como lo declara también el testimonio de las Escrituras, que hemos citado tan ampliamente arriba. Cuando, en efecto, se atribuye perfección a alguna persona en particular, debemos considerar atentamente la cosa en que se le atribuye. Porque poco antes he citado un pasaje del apóstol, en el que confiesa que todavía no era perfecto en la consecución de la justicia que deseaba; pero aun así añade inmediatamente: «Todos los que somos perfectos, tengamos este mismo sentir.» Ahora bien, ciertamente no habría pronunciado estas dos frases si no hubiera sido perfecto en una cosa y no en otra. Por ejemplo, un hombre puede ser perfecto como discípulo en la búsqueda de la sabiduría; y esto no podía decirse aún de aquellos a quienes [el apóstol] dijo: «Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no podíais, ni aun ahora podéis;» [] mientras que a aquellos de quienes podía decirse les dice: «Sin embargo, hablamos sabiduría entre los perfectos,» — queriendo decir, por supuesto, «discípulos perfectos». Puede suceder, por tanto, como he dicho, que un hombre sea ya perfecto como discípulo, aunque todavía no perfecto como maestro de sabiduría; que sea perfecto como aprendiz, aunque todavía no perfecto como hacedor de justicia; que sea perfecto como amante de sus enemigos, aunque todavía no perfecto en soportar la injuria de ellos. Aun en el caso de aquel que es tan perfecto que ama a todos los hombres, en cuanto ha alcanzado incluso el amor de sus enemigos, todavía queda la cuestión de si es perfecto en ese amor—en otras palabras, si ama a aquellos a quienes ama del modo prescrito para ejercitarse hacia los que han de ser amados, según el amor inmutable de la verdad. Siempre que, pues, leemos en las Escrituras que algún hombre es perfecto, debe considerarse cuidadosamente en qué se afirma, ya que no por estar descrito como perfecto en alguna cosa particular ha de entenderse que está enteramente sin pecado; aunque el término puede emplearse también para mostrar, no, ciertamente, que ya no queda ningún punto por alcanzar en el camino hacia la perfección, sino que de hecho ha avanzado muchísimo y por eso puede considerarse digno de tal designación. Así, puede decirse que un hombre es perfecto en la ciencia de la ley, aunque todavía haya algo desconocido para él; y de la misma manera el apóstol llamó perfectos a hombres a quienes dijo al mismo tiempo: «Y si en algo sentís de otra manera, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla.» []

    Capítulo 23 [XXI.]— Por qué prescribe Dios lo que sabe que no puede cumplirse

    II, 23

    No debemos negar que Dios manda que seamos tan perfectos en hacer la justicia, que no tengamos pecado alguno. Ahora bien, eso no puede ser pecado, sea lo que fuere, a menos que Dios haya ordenado que no se haga. ¿Por qué entonces, preguntan ellos, manda Él lo que sabe que ningún hombre viviente cumplirá? Del mismo modo puede preguntarse también por qué mandó a los primeros seres humanos, que eran solamente dos, lo que sabía que no obedecerían. Pues no ha de pretenderse que Él dio aquel mandato para que alguno de nosotros lo obedeciera, si ellos no lo hicieron; porque el no participar del fruto de aquel árbol determinado lo mandó Dios a ellos, y a nadie más. Porque, así como sabía cuánta justicia dejarían de cumplir, sabía también qué medidas justas se proponía adoptar Él mismo respecto de ellos. De la misma manera, pues, ordena a todos los hombres que no cometan pecado, aunque sabe de antemano que ningún hombre cumplirá el mandato; para que, en el caso de todos los que impía y condenablemente desprecian sus preceptos, haga Él mismo lo que es justo en su condenación; y, en el caso de todos los que, avanzando obediente y piadosamente en sus preceptos, aunque no lleguen a observar en todo grado las cosas que les ha mandado, perdonan sin embargo a otros como desean ser perdonados ellos mismos, haga Él mismo lo que es bueno en su purificación. Pues ¿cómo puede la misericordia de Dios conceder el perdón a los que perdonan, cuando no hay pecado? ¿O cómo ha de faltar la prohibición de la justicia de Dios, cuando hay pecado?

    Capítulo 24.— Una objeción de los pelagianos. El apóstol Pablo no estuvo libre de pecado mientras vivió

    II, 24

    «Pero mirad,» dicen ellos, «cómo dice el apóstol: "He peleado la buena batalla, he guardado la fe, he acabado mi carrera: desde ahora me está reservada la corona de justicia;" [] lo cual no habría dicho si hubiera tenido algún pecado.» A ellos, pues, les corresponde explicar cómo pudo haber dicho esto, cuando todavía le quedaba por afrontar el gran conflicto, el peso grave y excesivo de aquel sufrimiento que acababa de decir que le esperaba. [] Para acabar su carrera, ¿le faltaba acaso sólo una cosa pequeña, cuando de hecho todavía le quedaba por sufrir aquello en lo que habría un enemigo más fiero y más cruel? Si, sin embargo, pronunció tales palabras de gozo sintiéndose cierto y seguro, porque había sido hecho cierto y seguro por Aquel que le había revelado la inminencia de su sufrimiento, entonces habló estas palabras, no en la plenitud de la realización, sino en la firmeza de la esperanza, y representa lo que prevé que ha de venir como si ya se hubiera hecho. Si, por tanto, hubiera añadido a aquellas palabras la afirmación adicional: «Ya no tengo pecado alguno,» deberíamos haberlo entendido como hablando incluso entonces de una perfección que procede de una perspectiva futura, no de un hecho consumado. Pues su no tener pecado, que ellos suponen se había completado cuando pronunció estas palabras, pertenecía a la conclusión de su carrera; del mismo modo que su triunfo sobre su adversario en el conflicto decisivo de su sufrimiento se refería también a la conclusión de su carrera, aunque esto deben reconocer ellos mismos que quedaba aún por efectuar cuando él pronunciaba estas palabras. Todo esto, por tanto, nosotros declaramos que estaba aún esperando su cumplimiento, en el momento en que el apóstol, con su perfecta confianza en la promesa de Dios, hablaba de todo ello como ya realizado. Pues era en referencia a la conclusión de su carrera que perdonaba los pecados de los que pecaban contra él, y rogaba que de la misma manera le fueran perdonados sus propios pecados; y era en su certísima confianza en esta promesa del Señor que creía que no tendría pecado alguno en aquel fin último, que era todavía futuro, incluso cuando en su confianza hablaba de ello como ya consumado. Ahora bien, omitiendo todas las demás consideraciones, me pregunto si, cuando pronunció las palabras en las que se cree que dio a entender que no tenía pecado, aquella «espina en la carne» le había sido ya quitada, por cuya remoción había rogado tres veces al Señor, y había recibido esta respuesta: «Mi gracia te basta; pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» [] Pues para llevar a la perfección a un hombre tan grande, era necesario que aquel «mensajero de Satanás» no le fuera quitado, por quien había de ser abofeteado, «para que no se ensoberbezca desmedidamente por la abundancia de sus revelaciones,» [] ¿y hay acaso algún hombre tan osado que piense o diga que alguien que ha de inclinarse bajo el peso de esta vida está del todo limpio de todo pecado, sea cual sea?

    Capítulo 25.— Dios castiga tanto en ira como en misericordia

    II, 25

    Aunque hay algunos hombres tan eminentes en justicia que Dios les habla desde su columna de nube, tales como «Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, y Samuel entre los que invocan su nombre,» este último muy alabado por su piedad y pureza en las Escrituras de la verdad, desde su más tierna infancia, en la cual su madre, para cumplir su voto, lo puso en el templo de Dios y lo consagró al Señor como siervo suyo—aun de tales hombres está escrito: «Tú, oh Dios, les fuiste propicio, aunque castigaste todas sus empresas.» Ahora bien, a los hijos de ira los castiga Dios con enojo; mientras que es con misericordia que castiga a los hijos de la gracia; pues «a quien ama, corrige, y azota a todo hijo a quien recibe.» Sin embargo, no hay castigos, ni corrección, ni azote de Dios, que no se deban al pecado, salvo en el caso de Aquel que preparó su espalda para el que lo hería, para experimentar todas las cosas en semejanza nuestra sin pecado, para ser el santo Sacerdote de los santos, intercediendo incluso por los santos, que sin sacrificio de verdad dicen cada uno aun por sí mismo: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Por lo cual incluso nuestros adversarios en esta controversia, aunque son castos en su vida y loables en su carácter, y aunque no dudan en hacer aquello que el Señor mandó al rico, que le preguntó acerca de la obtención de la vida eterna, después de haberle dicho, en respuesta a su primera pregunta, que ya había guardado plenamente todos los mandamientos de la ley—que «si quería ser perfecto, debía vender todo lo que tenía y darlo a los pobres, y transferir su tesoro al cielo;» [] sin embargo no se atreven ni en un solo caso a decir que están sin pecado. Pero esto, según creemos, se abstienen de decirlo con intención engañosa; mas si mienten, en este mismo acto comienzan ya sea a aumentar o a cometer pecado.

    Capítulo 26 [XVII.]— (3) Por qué nadie en esta vida está sin pecado

    II, 26

    [3.º] Consideremos ahora el punto que mencioné como nuestra tercera investigación. Puesto que, con la asistencia de la gracia divina a la voluntad humana, el hombre puede posiblemente existir en esta vida sin pecado, ¿por qué no lo hace? A esta pregunta podría responder muy fácil y sinceramente: Porque los hombres no quieren. Pero si se me pregunta por qué no quieren, nos vemos arrastrados a una disertación extensa. Y sin embargo, sin perjuicio de un examen más cuidadoso, puedo decir brevemente esto: Los hombres no quieren hacer lo justo, ya sea porque lo justo les es desconocido, ya sea porque les es desagradable. Pues deseamos una cosa más ardientemente en proporción a la certeza de nuestro conocimiento de su bondad y al calor de nuestro deleite en ella. La ignorancia, por tanto, y la infirmidad son defectos que impiden a la voluntad moverse, ya sea para hacer una obra buena o para abstenerse de una mala. Mas que lo que estaba oculto salga a luz, y lo que era desagradable se haga agradable, es propio de la gracia de Dios que ayuda a las voluntades de los hombres; y que no sean ayudados por ella tiene su causa también en ellos mismos, no en Dios, ya sea que estén predestinados a la condenación a causa de la iniquidad de su soberbia, ya sea que hayan de ser juzgados y disciplinados contra su propia soberbia, si son hijos de misericordia. En consecuencia, Jeremías, después de decir: «Conozco, oh Señor, que el camino del hombre no está en sí mismo, y que no corresponde a ningún hombre andar y dirigir sus pasos,» [] añade inmediatamente: «Corrígeme, oh Señor, pero con juicio, y no en tu ira;» [] como quien dice: Sé que es para mi corrección que soy demasiado poco asistido por Ti, para que mis pasos sean perfectamente dirigidos; pero no me trates en esto como tratas en tu ira, cuando decides condenar a los malvados; sino como tratas en tu juicio con el que enseñas a tus hijos a no ensoberbecerse. De donde en otro pasaje se dice: «Y tus juicios me ayudarán.»

    Capítulo 27.— El remedio divino para la soberbia

    II, 27

    No podéis, por tanto, atribuir a Dios la causa de falta humana alguna. Pues de todas las ofensas humanas, la causa es la soberbia. Para la convicción y remoción de ésta viene del cielo un gran remedio. Dios en su misericordia se humilla a sí mismo, desciende de lo alto, y muestra al hombre, ensoberbecido por el orgullo, la gracia pura y manifiesta en la mismísima humanidad, que asumió sobre sí por inmenso amor a los que participan de ella. Pues ni siquiera este Uno, tan unido a la Palabra de Dios que por aquella unión llegó a ser a la vez el único Hijo de Dios y el mismo el único Hijo del hombre, obró por los méritos antecedentes de su propia voluntad. Le correspondía, sin duda, ser uno; si hubiera habido dos, o tres, o más, si esto hubiera podido hacerse, no habría venido del puro y simple don de Dios, sino del libre albedrío y la elección del hombre. Esto, pues, se nos encomienda especialmente; ésta, hasta donde me atrevo a pensar, es la lección divina especialmente enseñada y aprendida en aquellos tesoros de sabiduría y conocimiento que están escondidos en Cristo. Cada uno de nosotros, por tanto, ya conoce, ya no conoce— ya se regocija, ya no se regocija— comenzar, continuar y completar nuestra buena obra, para que sepa que se debe no a su propia voluntad, sino al don de Dios, el que conozca o se regocije; y así es curado de la vanidad que lo enaltecía, y sabe cuán verdaderamente se dice no de esta tierra nuestra, sino espiritualmente: «El Señor dará bondad y dulce gracia, y nuestra tierra dará su fruto.» Una buena obra, además, proporciona mayor deleite, en proporción en que Dios es cada vez más amado como el supremo Bien inmutable, y como el Autor de todos los bienes de toda clase. Y para que Dios sea amado, «su amor ha sido derramado en nuestros corazones,» no por nosotros mismos, sino «por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» []

    Capítulo 28 [XVIII.]— La buena voluntad viene de Dios

    II, 28

    Los hombres, sin embargo, se afanan por hallar en nuestra propia voluntad algo bueno propio—no dado a nosotros por Dios; pero cómo ha de hallarse no puedo imaginarlo. El apóstol dice, al hablar de las buenas obras de los hombres: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Ahora bien, si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] Pero, además de esto, la misma razón, que puede ser estimada en tales cosas por los que somos tales, nos frena agudamente a cada uno de nosotros en nuestras investigaciones, de modo que no defendamos la gracia hasta el punto de parecer que quitamos el libre albedrío, ni, por otra parte, afirmemos el libre albedrío hasta el punto de ser juzgados ingratos a la gracia de Dios, en nuestra arrogante impiedad.

    Capítulo 29.— Un subterfugio de los pelagianos

    II, 29

    Ahora bien, con referencia al pasaje del apóstol que he citado, algunos sostendrían que significa que «cualquier cantidad de buena voluntad que un hombre tenga, debe atribuirse a Dios por esta razón—a saber, porque incluso esta cantidad no podría estar en él si no fuera un ser humano. Ahora bien, en cuanto tiene de Dios solamente la capacidad de ser algo en absoluto, y de ser humano, ¿por qué no habría de atribuirse también a Dios cuanto hay en él de buena voluntad, que no podría existir a menos que existiera aquel en quien está?» Pero de esta misma manera también puede decirse que la mala voluntad puede asimismo atribuirse a Dios como su autor; porque tampoco ella podría existir en el hombre a menos que él fuera un hombre en quien existiera; pero Dios es el autor de su existencia como hombre; y así también de su mala voluntad, que no habría tenido existencia alguna si no hubiera un hombre en quien pudiera existir. Pero argumentar así es blasfemia.

    Capítulo 30.— Toda voluntad es o buena, y entonces ama la justicia, o mala, cuando no ama la justicia

    II, 30

    A menos, por tanto, que obtengamos no simplemente la determinación de la voluntad, que se vuelve libremente en esta dirección y en aquella, y tiene su lugar entre aquellos bienes naturales de los que un hombre malo puede usar mal; sino también una buena voluntad, que tiene su lugar entre aquellos bienes de los que es imposible hacer un mal uso—a menos que la imposibilidad nos sea dada de Dios, no sé cómo defender lo que se dice: «¿Qué tienes que no hayas recibido?» Pues si de Dios tenemos cierto libre albedrío, que todavía puede ser bueno o malo; y la buena voluntad viene de nosotros mismos; entonces lo que viene de nosotros mismos es mejor que lo que viene de Él. Pero en cuanto que es el colmo del absurdo decir esto, deberían reconocer que alcanzamos de Dios incluso la buena voluntad. Sería en verdad cosa extraña si la voluntad pudiera mantenerse en un término medio tal que no fuera ni buena ni mala; pues o amamos la justicia, y es buena, y si la amamos más, más buena—si menos, es menos buena; o si no la amamos en absoluto, no es buena. ¿Y quién puede dudar en afirmar que, cuando la voluntad no ama la justicia de modo alguno, no es sólo una mala, sino incluso una voluntad totalmente depravada? Puesto que, por tanto, la voluntad es o buena o mala, y puesto que por supuesto no tenemos de Dios la mala voluntad, queda que de Dios tenemos la buena voluntad; si no, ignoro, puesto que nuestra justificación procede de ella, en qué otro don suyo deberíamos regocijarnos. De ahí, supongo, está escrito: «La voluntad es preparada por el Señor;» [] y en los Salmos: «Los pasos del hombre serán rectamente ordenados por el Señor, y su camino será la elección de su voluntad;» y lo que dice el apóstol: «Pues es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.» []

    Capítulo 31.— La gracia se da a algunos en misericordia; se niega a otros en justicia y verdad

    II, 31

    Pues ya que el apartarnos de Dios es acto nuestro, y ésta es la mala voluntad; mas el volvernos a Dios no es posible, a menos que Él nos despierte y nos ayude, y ésta es la buena voluntad—¿qué tenemos que no hayamos recibido? Pero si recibimos, ¿por qué nos gloriamos como si no hubiéramos recibido? Por tanto, como «el que se gloría, gloríese en el Señor,» viene de su misericordia, no del mérito de ellos, el que Dios quiera impartir esto a algunos, pero de su verdad el que no quiera impartirlo a otros. Pues a los pecadores se les debe justamente el castigo, porque «el Señor Dios ama la misericordia y la verdad,» y «la misericordia y la verdad se han encontrado;» y «todos los caminos del Señor son misericordia y verdad.» ¿Y quién puede enumerar los innumerables casos en que la Sagrada Escritura combina estos dos atributos? A veces, por un cambio en los términos, la gracia se pone por la misericordia, como en el pasaje: «Contemplamos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» [] A veces también el juicio aparece en lugar de la verdad, como en el pasaje: «Cantaré de la misericordia y del juicio para ti, oh Señor.»

    Capítulo 32.— La soberanía de Dios en su gracia

    II, 32

    En cuanto a la razón por la cual Él quiere convertir a algunos y castigar a otros por haberse apartado —aunque nadie puede censurar con justicia al Misericordioso cuando confiere su bendición, ni hombre alguno puede con justicia hallar falta en el Veraz cuando otorga su castigo (como nadie podría culparlo con razón, en la parábola de los trabajadores, por asignar a unos el jornal estipulado y a otros una largueza no estipulada [])—, sin embargo, después de todo, el designio de su juicio más oculto está en su propio poder. [XIX.] En la medida en que nos ha sido dado, tengamos sabiduría y entendamos que el buen Señor Dios a veces retira incluso de sus santos el conocimiento cierto o el gozo triunfante de una buena obra, precisamente para que descubran que no reciben de sí mismos, sino de Él, la luz que ilumina sus tinieblas y la dulce gracia que hace que su tierra dé su fruto.

    Capítulo 33.— Por la gracia tenemos tanto el conocimiento del bien como el deleite que este nos proporciona

    II, 33

    Pero cuando le rogamos que nos dé su ayuda para hacer y cumplir la justicia, ¿qué otra cosa pedimos sino que Él abra lo que estaba oculto y comunique dulzura a aquello que no producía placer? Pues aun este mismo deber de rogarle lo hemos aprendido por su gracia, cuando antes estaba oculto; y por su gracia hemos llegado a amarlo, cuando antes no nos producía placer —de modo que «el que se gloría, gloríese en el Señor.» Ensoberbecerse, en efecto, es resultado de la propia voluntad de los hombres, no de la operación de Dios; pues para tal cosa Dios ni nos impulsa ni nos ayuda. Ocurre, pues, primero en la voluntad del hombre un cierto apetito de su propio poder, para hacerse desobediente por soberbia. Si no fuera por este apetito, en realidad nada habría difícil; y siempre que el hombre quisiera, podría negarse sin dificultad. Pero sobrevino, a causa de la pena justamente debida a tal defecto, que en adelante se volviera difícil obedecer a la justicia; y si este defecto no fuera vencido por la gracia asistente, nadie se convertiría a la santidad; ni, si no fuera sanado por la gracia eficaz, disfrutaría alguien de la paz de la justicia. Pero ¿de quién es la gracia que vence y sana, sino de Aquel a quien se dirige la oración: «Conviértenos, oh Dios de nuestra salvación, y aparta de nosotros tu ira?» Y, si hace esto, lo hace por misericordia, de modo que de Él se dice: «No ha obrado con nosotros según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades;» y cuando se abstiene de hacerlo con alguno, es por juicio que se abstiene. ¿Y quién le dirá: «¿Qué has hecho?» cuando con ánimo piadoso los santos cantan las alabanzas de su misericordia y de su juicio? Por lo cual, aun en el caso de sus santos y fieles siervos, les aplica una cura más lenta en ciertas de sus faltas, a fin de que, mientras están envueltos en ellas, experimenten en cualquier bien que logren, sea oculto o manifiesto, un placer menor que el suficiente para cumplir la justicia en toda su perfección; de modo que, conforme a su perfectísima regla de equidad y verdad, «ningún hombre viviente podrá justificarse delante de Él.» Él, en efecto, no quiere que caigamos bajo condenación, sino que nos hagamos humildes; y nos muestra a todos la misma gracia suya. Pero no pensemos, después de haber alcanzado facilidad en todas las cosas, que es nuestro lo que en realidad es suyo; porque eso sería un error enteramente opuesto a la religión y a la piedad. Ni pensemos que, por causa de su gracia, debamos continuar en los mismos pecados de antes; sino que, contra esa misma soberbia por la cual somos humillados en ellos, ante todo, luchemos con vigilancia y oremos con ardor, sabiendo al mismo tiempo que por su don tenemos el poder de luchar así y de orar así; de modo que en todo caso, no mirándonos a nosotros mismos, sino elevando nuestros corazones, demos gracias al Señor nuestro Dios, y siempre que nos gloriemos, nos gloriemos solo en Él.

    Capítulo 34 [XX.]— (4) Que ningún hombre, excepto Cristo, ha vivido jamás, o puede vivir, sin pecado

    II, 34

    [4.º] Queda ahora nuestro cuarto punto, tras cuya explicación, con la ayuda de Dios, este largo tratado nuestro podrá por fin llevarse a su término. Es este: si el hombre que nunca ha tenido pecado ni ha de tenerlo, no solo vive ahora como uno de los hijos de los hombres, sino que incluso pudo haber existido alguna vez, o podrá existir en el tiempo venidero. Ahora bien, es del todo certísimo que tal hombre ni vive ahora, ni ha vivido, ni vivirá jamás, excepto el único Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús. Ya hemos dicho bastante sobre este asunto en nuestras observaciones acerca del bautismo de los niños; pues si estos no tienen pecado, no solo hay en la actualidad, sino que también ha habido y habrá, personas innumerables sin pecado. Ahora bien, si queda verdaderamente probado el punto que tratamos bajo el segundo encabezado, a saber, que de hecho no hay hombre sin pecado, entonces, por supuesto, ni siquiera los niños están sin pecado. De donde se sigue la conclusión de que, aun suponiendo que un hombre pudiera existir en la vida presente tan adelantado en la virtud como para haber alcanzado la plenitud perfecta de una vida santa absolutamente libre de pecado, sin embargo, indudablemente habría sido antes un pecador, y se habría convertido del estado pecaminoso a esta posterior novedad de vida. Ahora bien, cuando discutíamos el segundo encabezado, teníamos ante nosotros una cuestión distinta de la que se nos presenta bajo este cuarto encabezado. Pues entonces el punto que debíamos considerar era si algún hombre, en esta vida, podría alcanzar tal perfección que llegue a estar absolutamente sin pecado por la gracia de Dios, por el deseo ferviente de su propia voluntad; mientras que la cuestión que ahora se propone en este cuarto lugar es si existe entre los hijos de los hombres, o pudo haber existido alguna vez, o podrá existir todavía, un hombre que no es que haya salido del pecado y alcanzado la justicia perfecta, sino que nunca, en momento alguno, haya estado bajo la esclavitud del pecado. Si, pues, son verdaderas las observaciones que hemos hecho con tanta amplitud acerca de los niños, no hay, no ha habido ni habrá entre los hijos de los hombres ningún hombre tal, excepto el único Mediador, en quien nos alcanza la propiciación y la justificación por las cuales tenemos reconciliación con Dios, mediante la terminación de la enemistad producida por nuestros pecados. No será, por tanto, inoportuno repasar unas pocas consideraciones, en la medida en que el presente asunto parece requerirlo, desde el comienzo mismo del género humano, a fin de que informen y fortalezcan la mente del lector como respuesta a algunas objeciones que podrían turbarlo.

    Capítulo 35 [XXI.]— Adán y Eva; la obediencia ordenada con la mayor firmeza por Dios al hombre

    II, 35

    Cuando los primeros seres humanos —el único hombre Adán, y su esposa Eva, que salió de él— no quisieron obedecer el mandamiento que habían recibido de Dios, les sobrevino un castigo justo y merecido. El Señor había amenazado con que, el día en que comieran del fruto prohibido, ciertamente morirían. [] Ahora bien, puesto que habían recibido permiso de usar como alimento todo árbol que crecía en el Paraíso, entre los cuales Dios había plantado el árbol de la vida, pero se les había prohibido comer de un solo árbol, al cual llamó árbol de la ciencia del bien y del mal, para significar con este nombre la consecuencia de que descubrieran qué bien experimentarían si guardaban la prohibición, o qué mal si la transgredían: se considera sin duda con razón que se abstuvieron del alimento prohibido antes de la malvada persuasión del diablo, y que usaron de todo lo que les había sido permitido, y por tanto, entre todos los demás, y antes que todos los demás, del árbol de la vida. Pues ¿qué cosa más absurda podría suponerse que el que comieran del fruto de otros árboles, pero no de aquel que, igualmente con los demás, les había sido concedido, y el cual, por su virtud especial, impedía que incluso sus cuerpos animales sufrieran cambio mediante la decadencia de la edad y envejecieran hasta la muerte, aplicando este beneficio desde su propio cuerpo al cuerpo del hombre, y demostrando en misterio lo que la sabiduría (a la cual simbolizaba) confiere al alma racional, a saber, que, vivificada por su fruto, no se cambiara en la decadencia y muerte de la iniquidad? Pues de ella se dice con razón: «Ella es árbol de vida para los que echan mano de ella.» [] Así como el uno era árbol para el Paraíso corporal, el otro lo es para el espiritual; el uno daba vigor a los sentidos del hombre exterior, el otro a los del hombre interior, tal que permanecerá sin cambio alguno para peor a través del tiempo. Sirvieron, por tanto, a Dios, puesto que les fue confiada aquella obediencia debida, por la cual únicamente puede ser adorado Dios. Y no fue posible dar a entender de modo más adecuado la importancia inherente de la obediencia, o su sola suficiencia para mantener segura a la criatura racional bajo el Creador, que prohibiendo un árbol que no era en sí mismo malo. Porque no quiera Dios que el Creador de los bienes, que hizo todas las cosas, «y he aquí que eran muy buenos,» [] plantara algo malo en medio de la fertilidad aun de aquel Paraíso material. Sin embargo, para mostrar al hombre, a quien la sumisión a tal Amo le sería muy útil, cuánto bien correspondía simplemente a la obediencia (y esto era todo lo que Él había exigido de su siervo, y esto redundaría en ventaja no tanto para el señorío del Amo como para el provecho del siervo), les fue prohibido el uso de un árbol que, de no haber sido por la prohibición, habrían podido usar sin sufrir resultado malo alguno; y de esta circunstancia se puede entender claramente que, cualquier mal que se atrajeron por haber hecho uso de él a pesar de la prohibición, no lo produjo el árbol por alguna cualidad nociva o perniciosa de su fruto, sino enteramente por causa de su obediencia violada.

    Capítulo 36 [XXII.]— El estado del hombre antes de la caída

    II, 36

    Antes de haber violado así su obediencia, agradaban a Dios, y Dios les era agradable a ellos; y aunque llevaban un cuerpo animal, no sentían en él desobediencia alguna que se moviera contra ellos mismos. Esta era la disposición justa: que, puesto que su alma había recibido del Señor el cuerpo como siervo, así como ella misma obedecía al Señor, del mismo modo su cuerpo lo obedeciera a Él y mostrara un servicio adecuado a la vida que se le había dado, sin resistencia. De ahí que «estaban ambos desnudos, y no se avergonzaban.» [] Es con un instinto natural de vergüenza como el alma racional se ve ahora afectada, porque en aquella carne, sobre cuyo servicio recibió el derecho de poder, ya no puede, a causa de una enfermedad indescriptible, impedir el movimiento de sus miembros, a pesar de su propia falta de voluntad, ni excitarlos al movimiento aun cuando lo desea. Ahora bien, estos miembros son por esta razón, en todo hombre casto, llamados con razón «pudenda,» porque se excitan, como les place, en oposición a la mente que es su amo, como si fueran sus propios amos; y la única autoridad que el freno de la virtud posee sobre ellos es impedirles acercarse a impurezas y contaminaciones ilícitas. Semejante desobediencia de la carne como esta, que reside en la excitación misma, aun cuando no se le permite realizarse, no existió en el primer hombre y en la primera mujer mientras estaban desnudos y no se avergonzaban. Pues todavía no había desarrollado el alma racional, que gobierna la carne, una desobediencia tal hacia su Señor, como para atraer sobre sí, por una reciprocidad de castigo, la rebelión de su propia sierva la carne, junto con aquel sentimiento de confusión y turbación para sí misma, el cual ciertamente no logró infligir a Dios por su desobediencia hacia Él; porque Dios no queda avergonzado ni turbado cuando no le obedecemos, ni podemos de ningún modo disminuir su grandísimo poder sobre nosotros; sino que nosotros quedamos avergonzados en cuanto la carne no se somete a nuestro gobierno—resultado que es provocado por la enfermedad que hemos merecido pecando, y que se llama «el pecado que mora en nuestros miembros.» Pero este pecado es de tal carácter que es el castigo del pecado. Tan pronto, en efecto, como se efectuó aquella transgresión, y el alma desobediente se apartó de la ley de su Señor, su siervo, el cuerpo, comenzó a abrigar una ley de desobediencia contra ella; y entonces el hombre y la mujer se avergonzaron de su desnudez, cuando percibieron el movimiento rebelde de la carne, que no habían sentido antes, y cuya percepción se llama «la apertura de sus ojos;» [] porque, por supuesto, no andaban entre los árboles con los ojos cerrados. Lo mismo se dice de Agar: «Se le abrieron los ojos, y vio un pozo.» [] Entonces el hombre y la mujer cubrieron sus partes vergonzosas, que Dios les había hecho como miembros, pero que ellos habían convertido en partes de vergüenza.

    Capítulo 37 [XXIII.]— La corrupción de la naturaleza es por el pecado; su renovación, por Cristo

    II, 37

    De esta ley del pecado nace la carne de pecado, que requiere purificación mediante el sacramento de Aquel que vino en semejanza de carne de pecado, para que el cuerpo de pecado fuera destruido, el cual es llamado también «cuerpo de esta muerte,» del cual solo la gracia de Dios libra al hombre miserable por medio de Jesucristo nuestro Señor. [] Pues esta ley, origen de la muerte, pasó de la primera pareja a su posteridad, como se ve en el trabajo con que todos los hombres se afanan en la tierra, y en el dolor de las mujeres en los dolores del parto. Porque estos sufrimientos los merecieron por la sentencia de Dios, cuando fueron convencidos de pecado; y los vemos cumplidos no solo en ellos, sino también en sus descendientes, en unos más, en otros menos, pero en todos. Sin embargo, mientras que la justicia original de los primeros seres humanos consistía en obedecer a Dios y en no tener en sus miembros la ley de su propia concupiscencia contra la ley de su mente; ahora, después de su pecado, en nuestra carne de pecado que nace de ellos, obtienen, quienes obedecen a Dios, como una gran adquisición, el no obedecer los deseos de esta mala concupiscencia, sino crucificar en sí mismos la carne con sus pasiones y concupiscencias, a fin de ser de Jesucristo, quien en su cruz simbolizó esto, y quien les dio poder por su gracia para llegar a ser hijos de Dios. Pues no a todos los hombres, sino a cuantos le recibieron, les ha concedido nacer de nuevo para Dios por el Espíritu, después de haber nacido para el mundo por la carne. De estos, en efecto, está escrito: «Mas a cuantos le recibieron, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios; los cuales no nacieron de la carne, ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, ni de la voluntad de la carne, sino de Dios.» []

    Capítulo 38 [XXIV.]

    Qué beneficio se nos ha conferido por la encarnación del Verbo; el nacimiento de Cristo en la carne, en qué se asemeja y en qué difiere de nuestro propio nacimiento

    II, 38

    Prosigue añadiendo: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros;» [] como quien dice: Grande es, en verdad, lo que se ha hecho entre ellos, a saber, que nacen de nuevo para Dios de Dios, quienes antes habían nacido de la carne para el mundo, aunque creados por Dios mismo; pero mucho más admirable es lo que se ha hecho: que, aunque les correspondía por naturaleza nacer de la carne, pero por la bondad divina nacer de Dios —para que tan gran beneficio les fuera impartido, Aquel que por su propia naturaleza era nacido de Dios, se dignó por misericordia ser también nacido de la carne—; no menos se significa con el pasaje: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.» Con esto, dice en efecto, se ha obrado que nosotros, que nacimos de la carne como carne, al nacer después del Espíritu, podamos ser espíritu y habitar en Dios; porque también Dios, que nació de Dios, al nacer después de la carne, se hizo carne, y habitó entre nosotros. Pues el Verbo, que se hizo carne, era en el principio, y era Dios con Dios. [] Pero al mismo tiempo su participación en nuestra condición inferior, para que nosotros participáramos en su estado superior, mantuvo una especie de término medio en su nacimiento de la carne; de modo que nosotros ciertamente nacimos en carne de pecado, pero Él nació en semejanza de carne de pecado—nosotros no solo de carne y sangre, sino también de la voluntad del hombre y de la carne, pero Él nació solo de carne y sangre, no de la voluntad del hombre, ni de la voluntad de la carne, sino de Dios: nosotros, por tanto, para morir a causa del pecado; Él, para morir por nuestra causa sin pecado. Así también, así como sus circunstancias inferiores, a las cuales descendió hacia nosotros, no fueron en todo detalle exactamente las mismas que nuestras circunstancias inferiores, en las cuales nos encontró aquí; así nuestro estado superior, al cual ascendemos hacia Él, no será del todo el mismo que su estado superior, en el cual lo encontraremos allí. Pues nosotros por su gracia hemos de ser hechos hijos de Dios, mientras que Él era desde siempre por naturaleza Hijo de Dios; nosotros, cuando nos convertimos, nos adheriremos a Dios, aunque no como iguales suyos; Él nunca se apartó de Dios, y permanece siempre igual a Dios; nosotros somos partícipes de la vida eterna, Él es la vida eterna. Él, por tanto, habiéndose hecho hombre únicamente, pero continuando siendo Dios, jamás tuvo pecado, ni asumió una carne de pecado, aunque nacido de una carne materna de pecado. Pues lo que entonces tomó de la carne, o lo limpió para tomarlo, o lo limpió al tomarlo. Así pues, su madre virgen, cuya concepción no fue según la ley de la carne de pecado (en otras palabras, no por la excitación de la concupiscencia carnal), sino que mereció por su fe que la santa simiente fuera formada en ella, fue formada por Él para elegirla, y fue elegida para ser formado de ella. ¿Cuánto más necesario es, entonces, que la carne de pecado sea bautizada para escapar del juicio, cuando la carne que no estaba manchada por el pecado fue bautizada para dar ejemplo de imitación?

    Capítulo 39 [XXV.]— Una objeción de los pelagianos

    II, 39

    La respuesta, que ya hemos dado, a quienes dicen: «Si un pecador engendró a un pecador, un hombre justo debería también haber engendrado a un hombre justo,» la presentamos ahora en réplica a los que arguyen que quien nace de un hombre bautizado debe ser considerado ya bautizado. «Pues, ¿por qué,» preguntan, «no habría podido ser bautizado en los lomos de su padre, cuando, según la Epístola a los Hebreos, Leví pudo pagar los diezmos en los lomos de Abraham?» Quienes proponen este argumento deberían observar que Leví no dejó después de pagar los diezmos por haberlos pagado ya en los lomos de Abraham, sino porque fue ordenado al oficio del sacerdocio para recibir diezmos, no para pagarlos; de lo contrario, tampoco sus hermanos, que todos le contribuían con sus diezmos, habrían sido diezmados, porque también ellos, estando en los lomos de Abraham, ya habían pagado diezmos a Melquisedec.

    Capítulo 40.— Un argumento anticipado

    II, 40

    Y nadie sostenga que los descendientes de Abraham podrían razonablemente haber pagado diezmos, aunque ya los hubieran pagado en los lomos de su antepasado, puesto que pagar diezmos era una obligación de tal naturaleza que requería repetición constante por parte de cada persona, así como los israelitas solían pagar tales contribuciones todos los años, durante toda su vida, a sus levitas, a quienes se debían diversos diezmos de toda clase de productos; mientras que el bautismo es un sacramento de tal naturaleza que se administra una sola vez para siempre, y si uno ya lo hubiera recibido estando en su padre, habría de ser considerado no otro que bautizado, puesto que nació de un hombre que había sido bautizado él mismo. Ahora bien, quien así argumenta (solo diré, sin discutir el asunto por extenso,) debería mirar la circuncisión, que se administraba una sola vez para siempre, y sin embargo se administraba a cada persona separada e individualmente. Así como, por tanto, era necesario en el tiempo de aquel antiguo sacramento que el hijo de un hombre circuncidado fuera él mismo circuncidado, así ahora el hijo de uno que ha sido bautizado debe él mismo también recibir el bautismo.

    Capítulo 41.— Los hijos de los creyentes son llamados «limpios» por el Apóstol

    II, 41

    El apóstol, en efecto, dice: «De otra manera vuestros hijos serían inmundos, pero ahora son santos;» [] y «por tanto», infieren, «no había necesidad de que los hijos de los creyentes fueran bautizados.» Me sorprende el uso de tal lenguaje por personas que niegan que el pecado original se haya transmitido desde Adán. Pues, si toman este pasaje del apóstol en el sentido de que los hijos de los creyentes nacen en estado de santidad, ¿cómo es que ni siquiera ellos dudan de la necesidad de que sean bautizados? ¿Por qué, en fin, se niegan a admitir que algún pecado original se deriva de un padre pecador, si alguna santidad se recibe de un padre santo? Ahora bien, ciertamente no contradice nuestra afirmación, incluso si de los fieles se propagan «santos» hijos, cuando sostenemos que, a menos que sean bautizados, van a la condenación aquellos a quienes nuestros mismos adversarios cierran el reino de los cielos, aunque insisten en que están sin pecado, sea actual u original. O, si piensan que es algo indecoroso que los «santos» sean condenados, ¿cómo puede ser decoroso excluir a los «santos» del reino de Dios? Deberían más bien prestar especial atención a este punto: ¿cómo puede dejar de derivarse algo pecaminoso de padres pecadores, si algo santo se deriva de padres santos, y la inmundicia de padres inmundos? Pues el doble principio fue afirmado cuando dijo: «De otra manera vuestros hijos serían inmundos, pero ahora son santos.» Deberían también explicarnos cómo es justo que los hijos santos de los creyentes y los hijos inmundos de los incrédulos, no obstante sus diferentes circunstancias, estén igualmente excluidos de entrar en el reino de Dios, si no han sido bautizados. ¿De qué aprovecha a los unos esa santidad suya? Ahora bien, si sostuvieran que los hijos inmundos de los incrédulos son condenados, pero que los hijos santos de los creyentes no pueden entrar en el reino de los cielos a menos que sean bautizados—pero sin embargo no son condenados, porque son «santos,»— eso sería una especie de distinción; pero tal como están las cosas, declaran igualmente respecto de los hijos santos de padres santos y de la descendencia inmunda de padres inmundos, que no son condenados, puesto que no tienen pecado alguno; y que son excluidos del reino de Dios porque no están bautizados. ¡Qué absurdo! ¿Quién puede suponer que tan espléndidos ingenios no lo perciben?

    Capítulo 42.— La santificación es múltiple; el sacramento de los catecúmenos

    II, 42

    Nuestras opiniones sobre este punto están estrictamente en consonancia con las del propio apóstol, que dijo: «De uno, todos a condenación», y «de uno, todos a justificación de vida.» Ahora bien, cuán coherentes son estas afirmaciones con lo que dice en otro lugar, al tratar de otro punto, «De otra manera vuestros hijos serían inmundos, pero ahora son santos», considéralo un momento. [XXVI.] La santificación no es de una sola medida; pues incluso los catecúmenos, a mi entender, son santificados en su propia medida por la señal de Cristo y la oración de la imposición de manos; y lo que reciben es santo, aunque no es el cuerpo de Cristo — más santo que cualquier alimento que constituye nuestro sustento ordinario, porque es un sacramento. Sin embargo, esa misma carne y bebida, con que se sostienen las necesidades de nuestra vida presente, son, según el mismo apóstol, «santificadas por la palabra de Dios y la oración» [], incluso la oración con que pedimos que nuestros cuerpos sean refrigerados. Así como, por tanto, esta santificación de nuestro alimento ordinario no impide que lo que entra por la boca descienda al vientre y sea expulsado a la letrina, [] y participe de la corrupción en que se resuelve todo lo terrenal, de donde el Señor nos exhorta a trabajar por el otro alimento que nunca perece: [] así la santificación del catecúmeno, si no es bautizado, no le aprovecha para entrar en el reino de los cielos, ni para la remisión de sus pecados. Y, por paridad de razonamiento, aquella santificación también, de cualquier medida que sea, que, según el apóstol, está en los hijos de los creyentes, no tiene nada que ver con la cuestión del bautismo y del origen o la remisión del pecado. El apóstol, en este mismo pasaje que ha ocupado nuestra atención, dice que el incrédulo de un matrimonio es santificado por el cónyuge creyente: «Porque el marido incrédulo es santificado por la mujer, y la mujer incrédula es santificada por el marido. De otra manera vuestros hijos serían inmundos, pero ahora son santos.» [] Ahora bien, diría yo, no hay hombre cuya mente esté tan pervertida por la incredulidad, que suponga que, cualquiera que sea el sentido que dé a estas palabras, puedan posiblemente significar que un marido que no es cristiano no deba ser bautizado, porque su mujer es cristiana, y que ya ha obtenido la remisión de sus pecados, con la perspectiva cierta de entrar en el reino de los cielos, porque se le describe como santificado por su mujer.
    Comentario editorial · La sal y la señal de los catecúmenos
    Agustín dice que los catecúmenos son santificados «en su propia medida» por la señal de Cristo y la oración con imposición de manos, pero que esa santificación no los hace entrar en el reino de los cielos sin el bautismo. La nota del NPNF explica que los catecúmenos recibían el sacramentum salis, sal puesta en la boca, junto con otros ritos como el exorcismo y la señal de la cruz, y que el Padrenuestro y otras invocaciones cerraban la ceremonia; remite al canon 5 del tercer concilio de Cartago y a Sobre la catequesis de los rudos 50. En las Confesiones Agustín dice de sí mismo que fue marcado con la señal de la cruz y sazonado con su sal (I, 11; § 17 en New Advent).

    Capítulo 43 [XXVII.]— Por qué los hijos de los bautizados deben ser bautizados

    II, 43

    Si a alguien, sin embargo, le desconcierta todavía la cuestión de por qué los hijos de personas bautizadas son bautizados, considere brevemente esto: así como la generación de la carne de pecado por un solo hombre, Adán, arrastra a condenación a todos los que nacen de tal generación, así la generación del Espíritu de gracia por un solo hombre, Jesucristo, arrastra a la justificación de la vida eterna a todos los que, por estar predestinados, participan de esta regeneración. Pero el sacramento del bautismo es indudablemente el sacramento de la regeneración: por lo cual, así como el hombre que nunca ha vivido no puede morir, y el que nunca ha muerto no puede resucitar, así el que nunca ha nacido no puede nacer de nuevo. De donde se sigue la conclusión de que nadie que no haya nacido podría posiblemente haber nacido de nuevo en su padre. Sin embargo, es necesario que el hombre nazca de nuevo después de haber nacido; porque: «Si el hombre no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» []. Por tanto, incluso un niño debe ser imbuido con el sacramento de la regeneración, no sea que sin él su salida de esta vida sea desdichada; y este bautismo no se administra sino para la remisión de los pecados. Y esto es lo que Cristo nos muestra en este mismo pasaje; pues cuando se le preguntó: ¿Cómo pueden ser estas cosas? recordó a su interlocutor lo que Moisés hizo cuando levantó la serpiente. Así pues, puesto que los niños son conformados, por el sacramento del bautismo, a la muerte de Cristo, debe admitirse que también son liberados de la mordedura venenosa de la serpiente, a menos que nos apartemos voluntariamente de la regla de la fe cristiana. Esta mordedura, sin embargo, no la recibieron en su propia vida actual, sino en aquel sobre quien la herida fue infligida primeramente.

    Capítulo 44.— Una objeción de los pelagianos

    II, 44

    Y no dejan de ver este punto: que los propios pecados no son perjuicio para el padre después de su conversión; por eso plantean la cuestión: «¿Cuánto más imposible es que sean un impedimento para su hijo?» Pero quienes así piensan no atienden a esta consideración: que así como los propios pecados no son perjudiciales para el padre por la razón misma de que ha nacido de nuevo del Espíritu, así, en el caso de su hijo, a menos que sea de la misma manera nacido de nuevo, los pecados que derivó de su padre le serán perjudiciales. Porque incluso padres renovados engendran hijos, no de las primicias de su condición renovada, sino carnalmente de los restos de la naturaleza vieja; y los hijos que son así descendencia de la naturaleza vieja restante de sus padres, y nacen en carne de pecado, escapan de la condenación debida al hombre viejo por el sacramento de la regeneración y renovación espiritual. Ahora bien, esta es una consideración que, a causa de las controversias que han surgido, y que aún pueden surgir, sobre este asunto, debemos mantener a la vista y en la memoria: que una plena y perfecta remisión de los pecados tiene lugar solo en el bautismo, que el carácter del hombre actual no sufre de inmediato un cambio total, sino que las primicias del Espíritu en los que andan dignamente cambian la vieja naturaleza carnal en otra de carácter semejante mediante un proceso de renovación, que aumenta día a día, hasta que toda la naturaleza vieja quede tan renovada que la propia debilidad del cuerpo natural alcance la fortaleza y la incorruptibilidad del cuerpo espiritual.

    Capítulo 45 [XXVIII.]

    La ley del pecado es llamada pecado; cómo la concupiscencia permanece todavía después de que su mal ha sido removido en los bautizados

    II, 45

    Esta ley del pecado, sin embargo, que el apóstol también designa «pecado», cuando dice: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias» [], no permanece de tal manera en los miembros de los que nacen de nuevo del agua y del Espíritu, como si no se hubiera hecho remisión alguna de ella, porque hay una plena y perfecta remisión de nuestros pecados, quedando muerta toda enemistad que nos separaba de Dios; sino que permanece en nuestra vieja naturaleza carnal, como vencida y destruida, si no revive de algún modo, consintiendo en objetos ilícitos, y recobra su propio reino y dominio. Hay, sin embargo, una distinción tan clara entre esta vieja naturaleza carnal, en la cual la ley del pecado, o el pecado, está ya revocada, y aquella vida del Espíritu, en cuya novedad los bautizados son, por la gracia de Dios, nacidos de nuevo, que el apóstol consideró poco decir de tales personas que no estaban en pecado, a menos que también dijera que no estaban en la carne misma, incluso antes de partir de esta vida mortal. «Los que están en la carne», dice, «no pueden agradar a Dios; mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros.» [] Y, en efecto, así como aprovechan para bien la carne misma, por corruptible que sea, quienes aplican sus miembros a las buenas obras, y ya no están en esa carne, puesto que no moldean su entendimiento ni su vida según sus principios; y así como de igual modo hacen incluso buen uso de la muerte, que es la pena del primer pecado, quienes la afrontan con fortaleza y paciencia por causa de sus hermanos, y por la fe, y en defensa de todo lo que es verdadero y santo y justo, así también todos los «verdaderos compañeros de yugo» en la fe aprovechan para bien aquella misma ley del pecado que aún permanece, aunque remitida, en su vieja naturaleza carnal, quienes, porque tienen la vida nueva en Cristo, no permiten que la concupiscencia tenga dominio sobre ellos. Y sin embargo, estas mismas personas, porque llevan todavía consigo la naturaleza vieja de Adán, engendran mortalmente hijos para que sean regenerados inmortalmente, con aquella propagación del pecado, en la cual los que han nacido de nuevo no son retenidos, y de la cual los que nacen son liberados por nacer de nuevo. Por tanto, mientras la ley, mediante la concupiscencia, mora en los miembros, aunque permanece, la culpa de ella queda liberada; pero se libera solo para aquel que ha recibido el sacramento de la regeneración y ya ha comenzado a ser renovado. Pero todo lo que nace de la naturaleza vieja, que todavía permanece con su concupiscencia, requiere nacer de nuevo para ser sanado. Puesto que los padres creyentes, que han sido tanto carnalmente nacidos como espiritualmente nacidos de nuevo, han engendrado ellos mismos hijos de manera carnal, ¿cómo podrían sus hijos, por alguna posibilidad, antes de su primer nacimiento, haber nacido de nuevo?

    Capítulo 46.— La culpa puede ser quitada, pero la concupiscencia permanece

    II, 46

    No debes sorprenderte de lo que he dicho: que aunque la ley del pecado permanece con su concupiscencia, la culpa de ella es suprimida por la gracia del sacramento. Pues así como las malas obras, palabras y pensamientos ya han pasado y dejan de existir, en lo que respecta a los meros movimientos de la mente y del cuerpo, y sin embargo su culpa permanece después de haber pasado y de no existir ya, a menos que sea suprimida por la remisión de los pecados; así, a la inversa, en esta ley de concupiscencia, que todavía no ha sido suprimida sino que permanece, su culpa es suprimida y no continúa más, puesto que en el bautismo tiene lugar un pleno perdón de los pecados. En efecto, si un hombre abandonara esta vida presente inmediatamente después de su bautismo, no quedaría nada en absoluto que lo hiciera responsable, puesto que todo lo que lo retenía queda liberado. Así como, por un lado, no hay nada extraño en el hecho de que la culpa de los pecados pasados de pensamiento, palabra y obra permanezca antes de su remisión; así, por otro lado, no debería haber nada que cause sorpresa en que la culpa de la concupiscencia restante pase después de la remisión del pecado.

    Capítulo 47 [XXIX.]— Todos los predestinados son salvados por el único Mediador Cristo, y por una y la misma fe

    II, 47

    Siendo así las cosas, desde el tiempo en que por un hombre entró el pecado en este mundo y por el pecado la muerte, y así pasó a todos los hombres, hasta el fin de esta generación carnal y de este mundo perecedero, cuyos hijos engendran y son engendrados, nunca ha existido, ni existirá jamás, un ser humano del cual, puesto en esta vida nuestra, pueda decirse que no tuvo pecado alguno, con la excepción del único Mediador, que nos reconcilia con nuestro Hacedor mediante el perdón de los pecados. Ahora bien, este mismo Señor nuestro nunca ha rehusado, en ningún período de la raza humana, ni rehusará jamás hasta el juicio final, esta su curación a aquellos a quienes, en su presciencia segurísima y futura misericordia, ha predestinado para reinar consigo en la vida eterna. Pues, antes de su nacimiento en la carne, y de su debilidad en el sufrimiento, y de su poder en su propia resurrección, instruyó a todos los que entonces vivían, en la fe de los bienes entonces futuros, para que heredaran la vida eterna; mientras que a los que estaban vivos cuando todas estas cosas se cumplían en Cristo, y que presenciaban el cumplimiento de la profecía, los instruyó en la fe de los bienes entonces presentes; y de nuevo, a los que han vivido después, y a nosotros que ahora vivimos, y a todos los que aún han de vivir, no cesa de instruirlos, en la fe de los bienes ahora pasados. Es, por tanto, «una fe» la que salva a todos, que tras su nacimiento carnal nacen de nuevo del Espíritu, y termina en Él, que vino a ser juzgado por nosotros y a morir — el Juez de vivos y muertos. Pero los sacramentos de esta «una fe» son variados de tiempo en tiempo para su significación adecuada.

    Capítulo 48.— Cristo, el Salvador aun de los niños; Cristo, cuando era niño, estuvo libre de ignorancia y debilidad mental

    II, 48

    Él es, por tanto, el Salvador a la vez de los niños y de los adultos, de quien dijo el ángel: «Os ha nacido hoy un Salvador;» [] y acerca del cual se declaró a la Virgen María: «Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados;» donde se muestra claramente que fue llamado Jesús por la salvación que nos otorga—siendo Jesús equivalente al latín Salvator, «Salvador.» ¿Quién, pues, puede ser tan audaz como para sostener que el Señor Cristo es Jesús solamente para los adultos y no también para los niños? El cual vino en semejanza de carne de pecado, para destruir el cuerpo de pecado, con miembros de niño apropiados y no aptos para uso alguno en la extrema debilidad de tal cuerpo, ¡y su alma racional oprimida por una ignorancia miserable! Ahora bien, no puedo suponer que existiera esa ignorancia entera en el niño en quien el Verbo se hizo carne, para habitar entre nosotros; ni puedo imaginar que en el niño Cristo existiera jamás esa debilidad de la facultad mental que vemos en los niños en general. Pues es a causa de tal enfermedad e ignorancia que los niños se turban con afectos irracionales, y no son contenidos por ningún mandato o gobierno racional, sino por dolores y castigos, o por el terror de tales cosas; de modo que se puede ver claramente que son hijos de aquella desobediencia que se excita en los miembros de nuestro cuerpo en oposición a la ley de la mente—y se niega a estarse quieta, aun cuando la razón lo desea; más aún, a menudo solo es reprimida por alguna imposición real de dolor corporal, como por ejemplo por azotes; o solo es refrenada por el miedo, o por alguna emoción mental semejante, pero no por ninguna amonestación de la voluntad. En tanto, sin embargo, en Él había la semejanza de carne de pecado, quiso pasar por los cambios de las diversas edades de la vida, comenzando incluso por la infancia, de suerte que parecería como si incluso su carne hubiera podido llegar a la muerte por el avance gradual de la vejez, si no hubiera sido muerto siendo joven. No obstante, la muerte se inflige en la carne de pecado como debida a la desobediencia; pero en la semejanza de carne de pecado fue sufrida en obediencia voluntaria. Pues cuando iba de camino a ella, y pronto iba a sufrirla, dijo: «He aquí, viene el príncipe de este mundo, y nada tiene en mí. Pero para que todos sepan que hago la voluntad de mi Padre, levantaos, vámonos de aquí.» [] Dichas estas palabras, marchó directamente y afrontó su muerte inmerecida, hecho obediente hasta la muerte.

    Capítulo 49 [XXX.]— Una objeción de los pelagianos

    II, 49

    Los que dicen, pues: «Si por el pecado del primer hombre se produjo que tuviéramos que morir, por la venida de Cristo debería producirse que, creyendo en Él, no muramos;» y añaden lo que consideran una razón, diciendo: «Pues el pecado del primer transgresor no pudo dañarnos más de lo que la encarnación o la redención del Salvador nos ha beneficiado.» Pero ¿por qué no prestan más bien oído atento y creencia sin vacilar a lo que el apóstol ha declarado tan sin ambigüedad: «Puesto que por un hombre vino la muerte, por un hombre vino también la resurrección de los muertos; porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados?» [] Pues de ninguna otra cosa sino de la resurrección del cuerpo estaba hablando. Habiendo dicho que la muerte corporal de todos los hombres ha venido por un hombre, añade la promesa de que la resurrección corporal de todos los hombres para vida eterna sucederá por uno, a saber, Cristo. ¿Cómo puede ser, por tanto, que «el uno nos haya dañado más con su pecado que el otro nos haya beneficiado con su redención,» cuando por el pecado de aquel morimos una muerte temporal, pero por la redención de este resucitamos no a una vida temporal, sino perpetua? Nuestro cuerpo, por tanto, está muerto a causa del pecado; pero el cuerpo de Cristo solo murió sin pecado, a fin de que, habiendo derramado su sangre sin culpa, «las cédulas» que contienen el registro de todas las culpas «fueran borradas,» por las cuales los que ahora creen en Él eran antes retenidos como deudores por el diablo. Y en consecuencia dice: «Esta es mi sangre, que es derramada por muchos para remisión de los pecados.» []

    Capítulo 50 [XXXI.]— Por qué la muerte misma no es abolida, junto con el pecado, por el bautismo

    II, 50

    Podría, sin embargo, haber concedido también esto a los creyentes: que ni siquiera experimentaran la muerte de su cuerpo. Pero si hubiera hecho esto, sin duda se habría añadido cierta felicidad a la carne, pero la fortaleza de la fe habría disminuido; pues los hombres tienen tal temor de la muerte, que declararían dichosos a los cristianos por ninguna otra cosa sino por su mera inmunidad de morir. Y nadie, por causa de aquella vida que ha de ser tan feliz después de la muerte, se apresuraría a la gracia de Cristo por el poder de su desprecio de la muerte misma; antes bien, con vistas a suprimir la molestia de la muerte, recurriría más bien a un modo más delicado de creer en Cristo. ¡Más gracia, por tanto, que esta ha concedido a los que creen en Él; y mayor don, sin duda, les ha otorgado! ¿Qué gran cosa habría sido para un hombre, al ver que las personas no morían cuando se hacían creyentes, creer él también que no había de morir? ¡Cuánto mayor cosa es, cuánto más valiente, cuánto más laudable, creer de tal modo que, aunque uno ha de morir con certeza, puede todavía esperar vivir para siempre en el más allá! Al fin, sobre algunos se otorgará esta bendición en el último día: que no sentirán la muerte misma en un cambio repentino, sino que serán arrebatados juntamente con los resucitados en las nubes para recibir a Cristo en el aire, y así vivirán para siempre con el Señor. Y con razón serán estos quienes reciban esta gracia, pues no habrá posteridad después de ellos que sea llevada a creer, no por la esperanza de lo que no ven, sino por el amor de lo que ven. Esta fe es débil y sin nervio, y no debe llamarse fe en absoluto, por cuanto la fe es definida así: «La fe es la firmeza de lo que se espera, la demostración clara de las cosas que no se ven.» [] En consecuencia, en la misma Epístola a los Hebreos, donde aparece este pasaje, después de enumerar en frases subsiguientes a ciertos varones que agradaron a Dios por su fe, dice: «Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran peregrinos y advenedizos sobre la tierra.» [] Y después concluyó su elogio de la fe con estas palabras: «Y todos éstos, aprobados por testimonio de la fe, no recibieron la promesa; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados sin nosotros.» [] Ahora bien, esto no sería alabanza para la fe, ni (como he dicho) sería fe en absoluto, si los hombres, al creer, siguieran tras recompensas que pudieran ver—en otras palabras, si sobre los creyentes se otorgara el premio de la inmortalidad en este mundo presente.
    Comentario editorial · Una opinión que Agustín dejó reservada
    Cuando dice aquí que sobre algunos se otorgará, en el último día, la bendición de no sentir la muerte misma, Agustín está formulando una opinión que revisó después. En las Retractaciones (el extracto que reproduce el NPNF; el epub no lo trae) cita estas palabras de su libro segundo y dice que reservaba el pasaje para una consideración más cuidadosa: quienes estén vivos ese día o bien morirán, o bien pasarán de esta vida a la muerte, y de la muerte a la vida eterna, con tal rapidez, «en un abrir y cerrar de ojos», que no experimentarán la mortalidad. Es una muestra de cómo Agustín revisaba sus propios libros.

    Capítulo 51.— Por qué se dice que el diablo tiene el poder y el dominio de la muerte

    II, 51

    De ahí que el Señor mismo quiso morir, «a fin de que,» como está escrito de Él, «por medio de la muerte destruyera al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librara a los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.» [] De este pasaje se muestra con suficiente claridad que incluso la muerte del cuerpo sobrevino por instigación y obra del diablo—en una palabra, por el pecado que él persuadió al hombre a cometer; ni hay otra razón por la que deba decirse, en estricta verdad, que tiene el poder de la muerte. En consecuencia, Aquel que murió sin ningún pecado, original o actual, dijo en el pasaje que ya he citado: «He aquí, el príncipe de este mundo,» es decir, el diablo, que tenía el poder de la muerte, «viene y nada encuentra en mí;» —quiere decir, no hallará pecado alguno en mí, por causa del cual ha hecho morir a los hombres. Como si se le hiciera la pregunta: ¿Por qué, entonces, has de morir? Él dice: «Para que todos sepan que hago la voluntad de mi Padre, levantaos, vámonos de aquí;» [] es decir, para que yo muera, aunque no tengo causa de muerte por el pecado bajo el autor del pecado, sino solo por obediencia y justicia, hecho obediente hasta la muerte. También se nos ofrece prueba por este pasaje de que el hecho de que los fieles venzan el temor de la muerte es parte de la lucha de la fe misma; pues toda lucha ciertamente habría terminado, si la inmortalidad hubiera de convertirse de inmediato en el premio de los que creen.

    Capítulo 52 [XXXII.]— Por qué Cristo, después de su resurrección, retiró su presencia del mundo

    II, 52

    Aunque, por tanto, el Señor obró muchos milagros visibles para que la fe brotara al principio y fuera alimentada con nutrición infantil, y creciera poco a poco hasta su plena fuerza a partir de esta blandura (pues cuanto más fuerte se hace la fe, menos busca esa ayuda); sin embargo, quiso que esperáramos quietamente, sin incentivos visibles, la esperanza prometida, a fin de que «el justo viva por la fe;» [] y tan grande era este deseo suyo, que aunque resucitó de entre los muertos al tercer día, no quiso permanecer entre los hombres, sino que, después de dejar una prueba de su resurrección mostrándose en carne a aquellos a quienes se dignó tener por testigos de este acontecimiento, ascendió al cielo, retirándose así de su vista, y no confiriendo a la carne de ninguno de ellos cosa semejante a la que había mostrado en su propia carne, para que ellos también «vivan por la fe,» y en el mundo presente esperen con paciencia y sin incentivos visibles la recompensa de aquella justicia en la que los hombres viven por la fe—recompensa que después habría de ser otorgada visible y abiertamente. A esta significación creo que debe referirse aquel pasaje que dice acerca del Espíritu Santo: «Él no vendrá, si yo no me voy.» [] Pues esto era, de hecho, decir: No podréis vivir rectamente por la fe, la cual tendréis como don mío—esto es, del Espíritu Santo—, a menos que yo retire de vuestros ojos aquello que ahora contempláis, para que vuestro corazón pueda avanzar en crecimiento espiritual fijando su fe en las cosas invisibles. Esta justicia de la fe se la encomienda constantemente. Hablando del Espíritu Santo, dice: «Él convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creyeron en mí; de justicia, porque voy al Padre, y no me veréis más.» [] ¿Qué es aquella justicia por la cual los hombres no habrían de verlo, sino que «el justo ha de vivir por la fe,» y que nosotros, no mirando las cosas que se ven, sino las que no se ven, hemos de esperar en el Espíritu la esperanza de la justicia que es por la fe?

    Capítulo 53 [XXXIII.]— Una objeción de los pelagianos

    II, 53

    Pero aquellos que dicen: «Si la muerte del cuerpo ha acontecido por el pecado, nosotros, por supuesto, no deberíamos morir después de esa remisión de los pecados que el Redentor nos ha otorgado,» no entienden cómo es que algunas cosas, cuya culpa Dios ha cancelado, para que no estén en nuestro camino después de esta vida, las permite sin embargo permanecer para la lucha de la fe, a fin de que se conviertan en medios de instruir y ejercitar a los que avanzan en la batalla por la santidad. ¿No podría alguien, por no entender esto, plantear una cuestión y preguntar: Si Dios ha dicho al hombre a causa de su pecado: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan: espinos y abrojos te producirá la tierra,» [] ¿cómo es que este trabajo y afán continúa desde la remisión de los pecados, y que la tierra de los creyentes les produce esta cosecha áspera y terrible? De nuevo, ya que se dijo a la mujer a consecuencia de su pecado: «Con dolor darás a luz los hijos,» [] ¿cómo es que las mujeres creyentes, a pesar de la remisión de sus pecados, sufren los mismos dolores en el proceso del parto? Y sin embargo, es un hecho incontestable que, por razón del pecado que habían cometido, el primer hombre y la primera mujer oyeron estas sentencias pronunciadas por Dios y las merecieron; ni nadie resiste estas palabras del sagrado volumen, que he citado acerca del trabajo del hombre y del dolor de la mujer, a menos que sea alguien enteramente hostil a la fe católica y adversario de las Escrituras inspiradas.

    Capítulo 54 [XXXIV.]— Por qué se sigue infligiendo castigo, después de perdonado el pecado

    II, 54

    Pero, en tanto no faltan personas de tal carácter, así como decimos en respuesta a los que plantean esta cuestión, que esas cosas son castigos de pecados antes de la remisión, los cuales después de la remisión se convierten en luchas y ejercicios de los justos; así también a las personas que se desconciertan de manera semejante acerca de la muerte del cuerpo, nuestra respuesta debe formularse de modo que muestre tanto que reconocemos que se ha originado a causa del pecado, como que no nos desanimamos por el hecho de que el castigo de los pecados nos haya sido legado para ejercicio de disciplina, a fin de que nuestro gran temor a él sea vencido por nosotros a medida que avanzamos en santidad. Pues si solo una pequeña virtud redundara en «la fe que obra por el amor» para vencer el temor de la muerte, no habría gran gloria para los mártires; ni podría el Señor decir: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos;» [] lo cual Juan expresa en su epístola con estos términos: «Así como Él puso su vida por nosotros, también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.» [] En vano, por tanto, se otorgaría alabanza al sufrimiento más eminente al afrontar o despreciar la muerte por causa de la justicia, si no hubiera en la muerte misma una prueba realmente grande y muy severa. Y el hombre que vence el temor de ella por su fe, se procura una gran gloria y una justa recompensa para la fe misma. Por lo cual no debe sorprender a nadie ni que la muerte del cuerpo no hubiera podido acontecer al hombre a menos que el pecado hubiera sido cometido previamente, puesto que de este había de llegar a ser castigo; ni que después de la remisión de sus pecados venga a los fieles, a fin de que en su triunfo sobre el temor de ella se ejercite la fortaleza de la justicia.

    Capítulo 55.— Para recuperar la justicia que se había perdido por el pecado, el hombre tiene que luchar, con trabajo y dolor abundantes

    II, 55

    La carne que fue creada originalmente no era esa carne de pecado en la que el hombre se negó a mantener su justicia en medio de las delicias del Paraíso; por lo cual Dios determinó que la carne de pecado se propagara después de haber pecado, y luchara por la recuperación de la santidad, en muchos trabajos y tribulaciones. Por tanto, después de que Adán fue expulsado del Paraíso, tuvo que habitar enfrente del Edén—es decir, enfrente del jardín de las delicias—para indicar que es por trabajos y dolores, que son los contrarios mismos de las delicias, como la carne de pecado había de ser educada, después de que no logró mantener su santidad en medio de sus primeros placeres, antes de convertirse en carne de pecado. Así, pues, como nuestros primeros padres, por su retorno posterior a una vida recta, por la cual se supone que fueron liberados de la peor pena de su sentencia mediante la sangre del Señor, no fueron sin embargo considerados dignos de ser llamados de nuevo al Paraíso durante su vida en la tierra, de la misma manera nuestra carne de pecado, aun si un hombre lleva una vida justa en ella después de la remisión de sus pecados, no merece ser eximida inmediatamente de aquella muerte que ha derivado de la propagación del pecado.

    Capítulo 56.— El caso de David, a modo de ilustración

    II, 56

    Algo semejante se nos ha ocurrido acerca del patriarca David, en el libro de los Reyes. Después que el profeta fue enviado a él y le amenazó con los males que habían de sobrevenir por la ira de Dios a causa del pecado que había cometido, obtuvo el perdón mediante la confesión de su pecado, y el profeta le respondió que la vergüenza y el crimen le habían sido remitidos; pero, con todo, los males con que Dios le había amenazado sobrevinieron a su debido tiempo, de modo que fue humillado por su hijo. Ahora bien, ¿por qué no se objeta aquí de inmediato: «Si fue a causa de su pecado por lo que Dios le amenazó, ¿por qué, una vez perdonado el pecado, cumplió su amenaza?» sino porque, si se hubiera presentado la objeción, se habría respondido con toda corrección que la remisión del pecado fue concedida para que el hombre no se viera impedido de alcanzar la vida eterna, pero el mal amenazado se llevó a efecto, sin embargo, para que la piedad del hombre fuera ejercitada y probada en la humilde condición a que quedó reducido. Así también Dios ha infligido al hombre la muerte del cuerpo a causa de su pecado y, después de perdonados sus pecados, no le ha eximido de ella, a fin de que sea ejercitado en la justicia.

    Capítulo 57 [XXXV.]— No os desviéis ni a diestra ni a siniestra

    II, 57

    Mantengamos, pues, firmemente la confesión de esta fe, sin vacilación ni desfallecimiento. Uno solo hay que nació sin pecado, en la semejanza de la carne de pecado, que vivió sin pecado en medio de los pecados ajenos y que murió sin pecado a causa de nuestros pecados. «No nos apartemos ni a la derecha ni a la izquierda.» [] Porque apartarse a la derecha es engañarse a sí mismo, diciendo que estamos sin pecado; y apartarse a la izquierda es entregarse a los propios pecados con una especie de impunidad, en no sé qué perversa y depravada temeridad. «Dios ciertamente conoce los caminos de la derecha,» Él, que es el único sin pecado y puede borrar nuestros pecados; «pero los caminos de la izquierda son perversos,» en amistad con los pecados. De tal inflexibilidad fueron aquellos jóvenes de veinte años, que prefiguraban al nuevo pueblo de Dios; entraron en la tierra prometida; y, según se dice, no se apartaron ni a la derecha ni a la izquierda. [] Ahora bien, esta edad de veinte años no ha de compararse con la edad de la inocencia de los niños, sino que, si no me equivoco, este número es sombra y eco de un misterio. Porque el Antiguo Testamento tiene su excelencia en los cinco libros de Moisés, mientras que el Nuevo Testamento resplandece con la autoridad de los cuatro Evangelios. Estos números, multiplicados entre sí, llegan al número veinte: cuatro por cinco, o cinco por cuatro, son veinte. Un pueblo así, instruido en el reino de los cielos por los dos Testamentos —el Antiguo y el Nuevo—, que no se aparta ni a la derecha, por una soberbia presunción de justicia, ni a la izquierda, por una temeraria complacencia en el pecado, entrará en la tierra prometida, donde ya no tendremos que orar para que nos sean perdonados los pecados, ni temer que sean castigados en nosotros, habiendo sido librados de todos ellos por aquel Redentor que, no estando «vendido bajo el pecado,» [] «ha redimido a Israel de todas sus iniquidades,» ya sean cometidas en la vida actual, ya derivadas de la transgresión original.

    Capítulo 58 [XXXVI.]— «La semejanza de la carne de pecado» implica la realidad

    II, 58

    No es pequeña concesión a la autoridad y veracidad de las páginas inspiradas la que han hecho quienes, aunque no quieren admitir abiertamente en sus escritos que la remisión de los pecados sea necesaria para los niños, han confesado, sin embargo, que necesitan redención. Nada de lo que han dicho difiere, en verdad, de otra palabra, a saber, la que se deriva de la instrucción cristiana. En tanto que quienes leen fielmente, fielmente escuchan y fielmente retienen las Sagradas Escrituras no pueden dudar de que de aquella carne, que primeramente se hizo carne de pecado por la elección del pecado, y que ha sido transmitida después a todos por generaciones sucesivas, se ha propagado una carne de pecado, con la única excepción de aquella «semejanza de la carne de pecado,» [] — la cual semejanza, sin embargo, no habría podido existir si no hubiera existido también la realidad de la carne de pecado.

    Capítulo 59.

    Si el alma se propaga; en los puntos oscuros, sobre los que las Escrituras no nos prestan auxilio, debemos guardarnos de formar juicios y opiniones precipitados; las Escrituras son bastante claras en las materias necesarias para la salvación

    II, 59

    En cuanto al alma, en verdad, surge la cuestión de si también ella se propaga de la misma manera [que la carne] y queda ligada por la misma culpa que le es perdonada — pues no podemos decir que sea solo la carne del niño, y no también su alma, la que necesita el auxilio de un Salvador y Redentor, o que esta última no deba quedar incluida en aquella acción de gracias de los Salmos, donde leemos y repetimos: «Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios; él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida.» O si no se propaga de igual modo, podemos preguntar si, por el hecho mismo de estar mezclada con la carne de pecado y abrumada por ella, tiene aún necesidad de la remisión de su propio pecado y de una redención propia, siendo Dios el juez, en la altura de su presciencia, qué es lo que los niños no merecen ser absueltos de aquella culpa, aun antes de nacer, o de haber hecho jamás cosa alguna buena o mala. Surge también la cuestión de cómo Dios (aun si no crea las almas por propagación natural) no es, sin embargo, el Autor de aquella misma culpa, por causa de la cual la redención por el sacramento es necesaria para el alma del niño. El asunto es amplio e importante, y exige un tratado aparte. La discusión, sin embargo, en cuanto puedo juzgar, debe llevarse con templanza y moderación, de modo que merezca la alabanza de la indagación prudente más que la censura de la afirmación temeraria. Porque siempre que surge una cuestión sobre un asunto inusitadamente oscuro, sobre el cual no puede prestarse auxilio alguno con pruebas claras y ciertas de las Sagradas Escrituras, la presunción del hombre debe refrenarse; ni ha de intentar nada definitivo inclinándose a un lado u otro. Pero si he de ignorar, en verdad, ciertos puntos de esta índole, en cuanto a cómo pueden explicarse y probarse, esto creería, no obstante: que por esta misma circunstancia las Sagradas Escrituras poseerían una autoridad clarísima, siempre que surgiera un punto que ningún hombre pudiera ignorar sin poner en peligro la salvación que le ha sido prometida. Tienes ahora ante ti, [querido Marcelino,] este tratado, elaborado lo mejor que he podido. Solo deseo que su valor iguale a su extensión; pues su extensión probablemente podría justificarla, solo que temo que, añadiendo la justificación, estire la prolijidad más allá de tu paciencia.

    Libro III

    En forma de carta dirigida al mismo Marcelino.
    En la que Agustín refuta algunos errores de Pelagio sobre la cuestión de los méritos de los pecados y el bautismo de los niños — siendo ciertos argumentos suyos que había intercalado entre sus exposiciones de San Pablo, en oposición al pecado original.

    III, saludo

    A su amado hijo Marcelino, Agustín, obispo y siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, saluda en el Señor.

    Capítulo 1 [I.]— Pelagio tenido por varón santo; sus exposiciones de San Pablo

    III, 1

    Las cuestiones que me propusiste que te escribiera, en contra de aquellos que dicen que Adán habría muerto aun cuando no hubiera pecado, y que nada de su pecado ha pasado a su posteridad por transmisión natural; y especialmente sobre la cuestión del bautismo de los niños, que la Iglesia universal, con piadosísimo y maternal cuidado, mantiene en constante celebración; y si en esta vida hay, o ha habido, o habrá jamás, hijos de los hombres sin pecado alguno — las he discutido ya en dos extensos libros. Y me atrevo a pensar que si en ellos no he tocado todos los puntos que turban la mente de todos los hombres en tales materias (logro que, lo reconozco — más aún, de lo que no dudo— está fuera del alcance tanto de mí mismo como de cualquier otra persona), al menos he preparado algo a modo de terreno firme sobre el cual quienes defienden la fe que nos fue transmitida por nuestros padres, contra las novedosas opiniones de sus adversarios, puedan en cualquier momento tomar posición, no desarmados para el combate. Sin embargo, en estos últimos días he leído algunos escritos de Pelagio — varón santo, según se me dice, que ha hecho no pequeño progreso en la vida cristiana— que contienen brevísimas notas expositivas sobre las epístolas del apóstol Pablo; y allí encontré, al llegar al pasaje donde el apóstol dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así pasó a todos los hombres,» [] un argumento que usan quienes dicen que los niños no están cargados con el pecado original. Confieso que no he refutado este argumento en mi extenso tratado, porque ni siquiera una vez se me ocurrió que alguien fuera capaz de pensar semejantes sentimientos. No queriendo, sin embargo, añadir a aquella obra, que ya había concluido, he considerado oportuno insertar en esta epístola tanto el argumento mismo, en las palabras exactas en que lo leí, como la respuesta que me parece propio darle.
    Comentario editorial · Pelagio, «varón santo, según se me dice»
    Según las Retractaciones, el tercer libro es en realidad una carta, contada entre los libros porque Agustín quiso unirla a los dos primeros. En estos tres libros no nombró a ningún pelagiano, esperando que esa reserva los llevara a corregirse, y en el tercero citó a Pelagio con considerable elogio, porque muchos tenían en gran estima su conducta; lo que refuta lo había puesto el propio Pelagio en sus escritos, como palabras de otros. Las «brevísimas notas expositivas» son el comentario de Pelagio a las epístolas de Pablo, escrito en Roma antes de 410 (NPNF). Wikipedia dice que Agustín lo leyó en 412 y llamó a su autor un «cristiano muy avanzado»; añade que Celestio había sido condenado ya en el concilio de Cartago de 411.

    Capítulo 2 [II.]— Objeción de Pelagio; los niños deben ser contados entre el número de los creyentes y fieles

    III, 2

    En estos términos, pues, se formula el argumento:— «Pero quienes niegan la transmisión del pecado se esfuerzan por impugnarla así: Si (dicen) el pecado de Adán dañó aun a los que no pecan, por tanto la justicia de Cristo aprovecha también a los que no creen; porque "de la misma manera, y mucho más," dice, "son salvados los hombres por uno, de lo que antes habían perecido por uno".» Ahora bien, a este argumento, repito, no di respuesta alguna en los dos libros que anteriormente te dirigí; ni, en verdad, me había propuesto tal tarea. Pero ahora te ruego ante todo que observes, cuando dicen: «Si el pecado de Adán daña aun a los que no pecan, entonces la justicia de Cristo aprovecha también a los que no creen,» cuán absurdo y falso juzgan que es que la justicia de Cristo aproveche aun a los que no creen; y que de ahí piensan armar un argumento tal como este: Que no más pudo el pecado del primer hombre dañar a los niños que ningún pecado cometen, de lo que la justicia de Cristo puede beneficiar a quienes no creen. Dígannos, pues, cuál es el beneficio de la justicia de Cristo para los niños bautizados; dígannos de todos modos qué quieren decir. Porque, por supuesto, ya que no olvidan que ellos mismos son cristianos, no dudan de que hay algún beneficio. Pero sea cual sea este beneficio, es incapaz (como ellos mismos afirman) de beneficiar a quienes no creen. De donde se ven compelidos a clasificar a los niños bautizados en el número de los creyentes, y a asentir a la autoridad de la Santa Iglesia universal, la cual no tiene por indignos del nombre de creyentes a aquellos a quienes la justicia de Cristo, según ellos, de nada podría servir sino como creyentes. Así como, por tanto, por la respuesta de aquellos por cuyo ministerio renacen, el Espíritu de justicia les transfiere aquella fe que, por su propia voluntad, aún no podían tener; así la carne de pecado de aquellos por cuyo ministerio nacen les transfiere aquel daño, que aún no han contraído en su propia vida. Y así como el Espíritu de vida los regenera en Cristo como creyentes, así también el cuerpo de muerte los había engendrado en Adán como pecadores. Una generación es carnal, la otra espiritual; una hace hijos de la carne, la otra hijos del Espíritu; una hijos de muerte, la otra hijos de la resurrección; una hijos de este mundo, la otra hijos de Dios; una hijos de ira, la otra hijos de misericordia; y así una los liga bajo el pecado original, la otra los liberta del vínculo de todo pecado.

    Capítulo 3.— Pelagio hace a Dios injusto

    III, 3

    Nos vemos impulsados al fin a dar nuestro asentimiento, por autoridad divina, a aquello que somos incapaces de investigar aun con el más claro entendimiento. Bien está que ellos mismos nos recuerden que la justicia de Cristo no puede aprovechar sino a los creyentes, mientras que aun conceden que en algo aprovecha a los niños; según esto (como ya hemos dicho) deben, sin evasión alguna, hacer lugar a los niños bautizados entre el número de los creyentes. Por consiguiente, si no son bautizados, habrán de contarse entre los que no creen; y por tanto no tendrán siquiera vida, sino que «la ira de Dios está sobre ellos,» en cuanto que «el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él;» [] y están bajo juicio, puesto que «el que no cree, ya ha sido condenado;» [] y serán condenados, puesto que «el que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.» [] Vean, pues, ahora, con qué justicia pueden sostener o esforzarse por sostener que seres humanos que están sin pecado no tienen parte en la vida eterna, sino en la ira de Dios, e incurren en el juicio y la condenación divinos; si es que, como no pueden tener pecado actual alguno, tampoco tienen en sí pecado original.

    Capítulo 4.

    III, 4

    A los otros puntos que Pelagio hace alegar a quienes arguyen contra el pecado original, creo que he respondido ya suficiente y claramente en los dos libros anteriores de mi extenso tratado. Ahora bien, si mi respuesta les pareciera a algunos breve u oscura, les pido perdón y solicito el favor de que se avengan a un acuerdo con quienes quizá censuran mi tratado, no por ser demasiado breve, sino más bien por ser demasiado extenso; mientras que quienes todavía no entiendan los puntos que no puedo menos de pensar que he explicado tan claramente como la naturaleza del asunto me lo ha permitido, no oirán de mí ciertamente culpa ni reproche alguno por su indiferencia o por no entenderme. Preferiría más bien que rogaran a Dios que les dé inteligencia.

    Capítulo 5 [III.]— Pelagio alabado por algunos; argumentos contra el pecado original propuestos por Pelagio en su comentario

    III, 5

    Pero no debemos, en verdad, omitir observar que este hombre bueno y digno de alabanza (como lo describen quienes lo conocen) no ha presentado este argumento contra la transmisión natural del pecado en persona propia, sino que ha reproducido lo que alegan quienes desaprueban la doctrina, y esto, no solo en cuanto acabo de citar y refutar la alegación, sino también en cuanto a aquellos otros puntos sobre los que he emprendido ahora además dar una respuesta. Ahora bien, después de decir: «Si (dicen) el pecado de Adán dañó aun a los que no pecan, por tanto la justicia de Cristo aprovecha también a los que no creen,» — sentencia que, según percibirás por lo que he dicho en respuesta, no solo no es repugnante a lo que sostenemos, sino que incluso nos recuerda lo que debemos sostener—, pasa enseguida a añadir: «Luego —sostienen—, si el bautismo limpia aquel pecado antiguo, los hijos que nacen de dos padres bautizados necesariamente han de estar libres de este pecado, pues no habrían podido transmitir a sus hijos lo que ellos mismos no poseían. Además,» dice, «si el alma no es por transmisión, sino solo la carne, entonces solo esta última tiene la transmisión del pecado, y ella sola merece castigo; pues alegan que sería injusto que el alma, que apenas acaba de nacer y no proviene de la masa de Adán, lleve la carga de un pecado ajeno tan antiguo. Dicen asimismo,» dice Pelagio, «que de ningún modo puede concederse que Dios, que remite a un hombre sus propios pecados, le impute los ajenos.»

    Capítulo 6.— Por qué Pelagio no habla en su propia persona

    III, 6

    Te ruego, ¿no ves cómo Pelagio ha insertado todo este pasaje en sus escritos, no en su propia persona, sino en la de otros, conociendo tan bien la novedad de esta doctrina inaudita, que ahora comienza a levantar su voz contra la antigua opinión arraigada de la Iglesia, que se avergonzaba o temía reconocerla él mismo? Y quizá él mismo no piensa que nazca sin pecado el hombre para quien confiesa que es necesario el bautismo mediante el cual viene la remisión de los pecados; ni que sea condenado sin pecado el hombre que, sin bautizar, debe ser contado en la clase de los incrédulos, puesto que el Evangelio no puede ciertamente engañarnos, cuando afirma con toda claridad: «El que no creyere, será condenado;» [] o, por último, que la imagen de Dios, estando sin pecado, no sea admitida en el reino de Dios, por cuanto «el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios,» [] — y así ha de ser o precipitado a la muerte eterna sin pecado, o, lo que es aún más absurdo, ha de tener vida eterna fuera del reino de Dios; porque el Señor, al predecir lo que diría a los suyos al final— «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo,» [] — indicó también claramente cuál era el reino del que hablaba, concluyendo así: «E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.» [] Estas opiniones, pues, y otras que brotan del error central, creo que un varón tan digno y tan buen cristiano no las acepta en absoluto, por ser demasiado perversas y contrarias a la verdad cristiana. Pero es muy posible que él, por los mismos argumentos de quienes niegan la transmisión del pecado, esté todavía tan angustiado que desee ardientemente oír o saber qué puede responderse a ellos; y por esta causa no quiso callar los principios propuestos por quienes niegan la transmisión del pecado, a fin de que la cuestión se discutiera a su debido tiempo, y, al mismo tiempo, rehusó exponer las opiniones en su propia persona, no fuera que se pensara que él mismo las sustentaba.

    Capítulo 7 [IV.]— Prueba del pecado original en los niños

    III, 7

    Ahora bien, aunque quizá yo mismo no sea capaz de refutar los argumentos de esos hombres, veo cuán necesario es adherirse estrechamente a las declaraciones más claras de las Escrituras, para que los pasajes oscuros se expliquen con ayuda de éstas; o, si la mente es todavía incapaz de percibirlos una vez explicados, o de investigarlos mientras permanecen abstrusos, sean creídos sin recelo. Pero ¿qué puede haber más claro que los muchos y graves testimonios de las declaraciones divinas, que nos ofrecen la prueba más clara posible de que sin unión con Cristo no hay hombre alguno que pueda alcanzar la vida eterna y la salvación, y de que nadie puede ser condenado injustamente —es decir, separado de esa vida y salvación— por el juicio de Dios? La conclusión inevitable de estas verdades es ésta: que, como no se efectúa otra cosa cuando los niños son bautizados sino que son incorporados a la Iglesia, es decir, que son unidos al cuerpo y a los miembros de Cristo, si este beneficio no les ha sido otorgado, están manifiestamente en peligro de condenación. Sin embargo, no podrían ser condenados si realmente no tuvieran pecado. Ahora bien, puesto que su tierna edad no pudo posiblemente contraer pecado en su propia vida, nos queda, aun si todavía no somos capaces de entenderlo, al menos creer que los niños heredan el pecado original.

    Capítulo 8.— Jesús es el Salvador incluso de los niños

    III, 8

    Y por tanto, si hay ambigüedad en las palabras del Apóstol cuando dice: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres;» [] y si es posible que sean desviadas y aplicadas a otro sentido—¿hay algo ambiguo en esta afirmación: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios?» [] ¿Es acaso ambigua esta otra: «Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados?» [] ¿Hay alguna duda de lo que significa esto: «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos?» [] — es decir, que Jesús no es necesario para quienes no tienen pecado, sino para quienes han de ser salvados del pecado. ¿Hay algo, además, ambiguo en esto: «Si no coméis la carne del Hijo del Hombre,» es decir, si no os hacéis partícipes de su cuerpo, «no tendréis vida?» Por medio de éstas y de afirmaciones semejantes, que por ahora omito —absolutamente claras a la luz de Dios y absolutamente ciertas por su autoridad—, ¿no proclama la verdad sin ambigüedad que los niños no bautizados no sólo no pueden entrar en el reino de Dios, sino que no pueden tener vida eterna, excepto en el cuerpo de Cristo, para ser incorporados al cual son lavados en el sacramento del bautismo? ¿No atestigua la verdad, sin ninguna duda, que por ninguna otra razón son llevados por manos piadosas a Jesús (es decir, a Cristo, el Salvador y Médico), sino para que sean sanados de la plaga de su pecado por la medicina de sus sacramentos? ¿Por qué, entonces, tardamos en entender las mismas palabras del Apóstol, de las que quizá solíamos tener alguna duda, de modo que concuerden con estas afirmaciones de las que no podemos tener duda alguna?

    Capítulo 9.— La ambigüedad de «Adán es la figura del que había de venir.»

    III, 9

    A mí, sin embargo, no se me presenta duda alguna acerca de todo este pasaje, en el que el Apóstol habla de la condenación de muchos por el pecado de uno, y de la justificación de muchos por la justicia de Uno, excepto en cuanto a las palabras: «Adán es la figura del que había de venir.» Pues esta frase en realidad no sólo conviene al sentido que entiende que la posteridad de Adán había de nacer de la misma forma que él, junto con el pecado, sino que las palabras también son susceptibles de desplegarse en varios significados distintos. Pues nosotros mismos quizá hemos defendido realmente diversos sentidos de las palabras en cuestión en diferentes momentos, y muy probablemente propondremos todavía otra interpretación, que, sin embargo, no será incompatible con el sentido aquí mencionado; y aun Pelagio no ha expuesto siempre el pasaje de una sola manera. Todo el resto, sin embargo, del pasaje en que ocurren estas palabras dudosas, si sus afirmaciones se examinan y tratan cuidadosamente, como me he esforzado al máximo en el primer libro de este tratado, no dejará (a pesar de la oscuridad de estilo necesariamente engendrada por el asunto mismo) de mostrar la incompatibilidad de cualquier otro significado que no sea aquel que ha asegurado la adhesión de la Iglesia universal desde los tiempos más antiguos: que los niños creyentes han obtenido por el bautismo de Cristo la remisión del pecado original.

    Capítulo 10 [V.]— Demuestra que Cipriano no había dudado del pecado original de los niños

    III, 10

    En consecuencia, no sin razón el bienaventurado Cipriano muestra cuidadosamente cómo desde el principio la Iglesia ha tenido esto como artículo de fe bien entendido. Cuando afirmaba la idoneidad de los niños apenas nacidos para recibir el bautismo de Cristo, en cierta ocasión en que se le consultó si debía administrarse antes del octavo día, se esforzó, cuanto pudo, por probar que eran perfectos, no fuera que alguien supusiera, por el número de los días (porque era al octavo día cuando antiguamente se circuncidaba a los niños), que carecían de perfección. Sin embargo, después de otorgarles todo el apoyo de su argumento, confesó aún que no estaban libres de pecado original; porque si hubiera negado esto, habría eliminado toda razón para el mismo bautismo que sostenía que eran idóneos para recibir. Puedes, si quieres, leer por ti mismo la epístola del ilustre mártir Sobre el bautismo de los niños pequeños; pues no puede faltar que esté a tu alcance en Cartago. Pero he considerado conveniente transcribir algunas pocas declaraciones suyas en esta carta mía, en cuanto se aplican a la cuestión que nos ocupa; y te ruego que las examines con atención. «Ahora, con respecto,» dice él, «al caso de los niños, que declaraste que sería impropio bautizar si se presentaban dentro del segundo y tercer día después de su nacimiento, puesto que debía guardarse la debida consideración a la ley de la circuncisión antigua, de modo que pensaste que el niño no debía ser bautizado y santificado antes del octavo día después de nacer—una opinión muy diferente se ha formado sobre la cuestión en nuestro concilio. Ningún hombre allí asintió a lo que pensaste que debía hacerse; sino que todos nosotros determinamos más bien que a ningún nacido de hombres debe negarse la misericordia y la gracia de Dios. Pues ya que el Señor en su Evangelio dice: 'El Hijo del hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas' [], en cuanto está en nosotros, no debe perderse alma alguna, si es posible.» Observas cómo en estas palabras supone que está cargado de ruina y muerte, no sólo para la carne, sino también para el alma, el partir de esta vida sin aquel sacramento salvador. Por lo cual, aunque no dijera nada más, nos era lícito concluir de sus palabras que sin pecado el alma no podría perecer. Mira, sin embargo, lo que (cuando poco después sostiene la inocencia de los niños) al mismo tiempo concede acerca de ellos en los términos más claros: «Pero si,» dice él, «algo pudiera impedir a los hombres alcanzar la gracia, entonces sus pecados más graves podrían más bien impedir a quienes han llegado a la edad adulta, a la vida avanzada y a la vejez. Pero, puesto que la remisión de los pecados se da aun a los mayores pecadores después de haber creído, por mucho que hayan pecado antes contra Dios, y puesto que a nadie se prohíbe el bautismo y la gracia, ¡cuánto más no debe prohibirse a un niño que, recién nacido, no ha cometido pecado alguno, salvo que, por haber nacido carnalmente según Adán, ha contraído desde su mismo nacimiento el contagio de la muerte primera! ¡Y cuánto contribuye además este hecho, en sí mismo, a que reciban más fácilmente el perdón de los pecados, que la remisión que tienen no es de sus propios pecados, sino de los de otro!»
    Comentario editorial · Cipriano, Fido y el niño de ocho días
    Agustín apela a Cipriano de Cartago, a quien se había consultado si había que esperar al octavo día, como en la circuncisión, para bautizar a un recién nacido. La carta a Fido es la 64 en la numeración que cita el NPNF y la 58 en la de New Advent; la firman Cipriano y sesenta y seis colegas reunidos en concilio. Responden que a nadie nacido de hombre debe negarse la gracia de Dios, y que un niño recién nacido, que no ha pecado sino en cuanto nacido según la carne de Adán, ha contraído en su primer nacimiento el contagio de la antigua muerte; por eso se le perdonan no pecados propios, sino ajenos. El pasaje de la carta aparece citado en este capítulo.

    Capítulo 11.— Los antiguos dieron por supuesto el pecado original

    III, 11

    Ves con qué confianza este gran varón se expresa según la antigua e indudable regla de fe. Al adelantar afirmaciones tan ciertas, su objeto era, con ayuda de estas conclusiones firmes, probar el punto incierto que le había sido sometido por su corresponsal, y acerca del cual le informa que se había promulgado un decreto de un concilio, a saber: que si un niño era llevado aun antes del octavo día después de su nacimiento, nadie debía vacilar en bautizarlo. Ahora bien, no fue entonces determinado ni confirmado por el concilio que los niños estuvieran ligados por el pecado original como si fuera algo nuevo, o como si fuera atacado por la oposición de alguno; sino que, mientras se llevaba otra controversia y se discutía la cuestión, en referencia a la ley de la circuncisión de la carne, si debían ser bautizados antes del octavo día, ninguno estuvo de acuerdo con la persona que lo negaba; porque no era una cuestión abierta que admitiera discusión, sino que estaba fijado e inatacable que el alma perdería la salvación eterna si terminaba esta vida sin obtener el sacramento del bautismo; pero al mismo tiempo se sostenía que los niños recién salidos del seno materno estaban afectados sólo por la culpa del pecado original. Por esta causa, aunque la remisión de los pecados era más fácil en su caso, porque los pecados provenían de otro, era sin embargo indispensable. Fue sobre bases seguras como éstas como se resolvió la cuestión incierta del octavo día, y el concilio decidió que, después de nacer un hombre, no debía perderse ni un día en prestarle aquel socorro que había de impedir que pereciera para siempre. Cuando también se dio una razón de que la circuncisión de la carne era en sí misma sombra de lo que había de venir, su intención no fue que entendiéramos que el bautismo debía administrarse al octavo día después del nacimiento, sino más bien que somos circuncidados espiritualmente en la resurrección de Cristo, que resucitó de entre los muertos al tercer día, en verdad, después de su pasión, pero entre los días de la semana, con los cuales se cuenta el tiempo, en el octavo, es decir, en el primer día después del sábado.

    Capítulo 12 [VI.]— El consenso universal acerca del pecado original

    III, 12

    Y ahora, de nuevo, con una extraña audacia en una controversia nueva, ciertas personas se esfuerzan por hacernos dudar de un punto que nuestros antepasados solían presentar como fijado con toda certeza, siempre que querían resolver cuestiones que a algunos parecían inciertas. Cuándo comenzó, en verdad, esta controversia, no puedo decirlo; pero una cosa sé: que aun el santo Jerónimo, que en nuestros días es célebre por su gran laboriosidad y erudición en la literatura eclesiástica, para la solución de diversas cuestiones tratadas en sus escritos, se sirve de la misma certísima suposición sin presentar pruebas. Por ejemplo, en su comentario al profeta Jonás, cuando llega al pasaje donde se menciona a los niños afligidos por el ayuno, dice: «La mayor edad viene primero, y luego todo lo demás se extiende hasta el más pequeño. [] Porque no hay hombre sin pecado, ya sea que la duración de su edad sea tan sólo la de un solo día, o que cuente muchos años para su vida. Pues si aun las estrellas no son limpias a los ojos de Dios, [] ¡cuánto más lo serán un gusano y la corrupción, como son los que están sujetos al pecado del Adán ofensor!» Si, en verdad, pudiéramos interrogar fácilmente a este doctísimo varón, ¡cuántos autores que han tratado de las divinas Escrituras en ambas lenguas, y que han escrito sobre controversias cristianas, nos mencionaría, que nunca han sostenido otra opinión desde que la Iglesia de Cristo fue fundada—que ni recibieron otra de sus antepasados, ni transmitieron otra a su posteridad! Mi propia lectura, en verdad, ha sido mucho más limitada, y sin embargo no recuerdo haber oído jamás ninguna otra doctrina sobre este punto de cristianos que aceptan los dos Testamentos, ya sea que estén establecidos en la Iglesia católica, o en cualquier cuerpo herético o cismático. No recuerdo, digo, haber hallado en ningún momento otra doctrina en escritores que hayan contribuido algo a la literatura de este género, ya sea que hayan seguido las Escrituras canónicas, o que hayan supuesto haberlas seguido, o hayan deseado que se les supusiera así. De dónde ha surgido de repente esta cuestión, no lo sé. Hace poco tiempo, en una conversación pasajera con ciertas personas mientras estábamos en Cartago, mis oídos se vieron de repente ofendidos por una proposición como ésta: «Que los niños no son bautizados con el propósito de recibir la remisión del pecado, sino para que sean santificados en Cristo.» Aunque quedé muy perturbado por una opinión tan novedosa, con todo, como no se me ofreció oportunidad de contradecirla, y como sus proponentes no eran personas cuya influencia me causara inquietud, dejé que el asunto cayera fácilmente en el descuido y el olvido. ¡Y he aquí! Ahora se sostiene con ardiente celo contra la Iglesia; ¡he aquí! Se encomienda a nuestra atención permanente por escrito; más aún, el asunto ha llegado a tal extremo de influencia perturbadora, que incluso somos consultados sobre él por nuestros hermanos; y de hecho nos vemos obligados a oponernos a su avance tanto con la disputa como con la escritura.

    Capítulo 13 [VII.]— El error de Joviniano no llegó tan lejos

    III, 13

    Hace pocos años vivió en Roma un tal Joviniano, de quien se dice que persuadió a monjas incluso de edad avanzada a casarse, no ciertamente por seducción, como si quisiera hacer a alguna de ellas su esposa, sino sosteniendo que las vírgenes que se dedicaban a la vida ascética no tenían más mérito ante Dios que las esposas creyentes. Sin embargo, ni se le pasó por la mente, junto con esta presunción, atreverse a afirmar que los hijos de los hombres nacen sin pecado original. Si, en verdad, hubiera añadido semejante opinión, las mujeres tal vez habrían consentido más prontamente en casarse, para dar a luz una descendencia tan pura. Cuando los escritos de este hombre (porque se atrevió a escribir) fueron enviados por los hermanos a Jerónimo para refutarlos, no sólo no descubrió en ellos semejante error, sino que, al andar buscando sus presunciones para refutarlas, halló entre otros pasajes este testimonio clarísimo de la doctrina del pecado original del hombre, por el cual, en verdad, Jerónimo quedó satisfecho de la fe de aquel hombre en esa doctrina. Estas son sus palabras al tratarlo: «El que dice que permanece en Cristo, debe andar también él como Él anduvo. [] Damos a nuestro adversario la opción de elegir la alternativa que prefiera. ¿Permanece en Cristo, o no? Si permanece, entonces, que ande como Cristo. Si, en cambio, es temerario emprender el asemejarse a las excelencias de Cristo, no permanece en Cristo, porque no anda como Cristo anduvo. Él no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca; [] quien, cuando era injuriado, no injuriaba a cambio; y como cordero ante su trasquilador enmudeció, y no abrió su boca; [] a quien vino el príncipe de este mundo y no halló nada en Él; [] a quien, aunque no había cometido pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros. [] Nosotros, en cambio, según la Epístola de Santiago, todos cometemos muchos pecados; [] y ninguno de nosotros está limpio de inmundicia, aun cuando su vida sea de un solo día. [] Pues ¿quién se jactará de tener limpio el corazón? ¿O quién estará seguro de estar puro de pecados? Somos tenidos por culpables según la semejanza de la transgresión de Adán. Por eso David dice también: "He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre."
    Comentario editorial · Joviniano, «el Epicuro del cristianismo»
    Joviniano, que Agustín menciona como alguien cuyos escritos Jerónimo refutó sin hallar en ellos negación del pecado original, fue un opositor del ascetismo cristiano del siglo IV; Jerónimo, que es la fuente principal de lo que sabemos de él, lo llama «el Epicuro del cristianismo» (Wikipedia). Las fuentes difieren en la condena: la nota del NPNF dice que lo condenaron concilios de Roma y de Milán en 390; Wikipedia, que lo condenó un sínodo de Roma bajo el papa Siricio (el acta es de 390) y después uno de Milán convocado por Ambrosio en 393. Según la nota del NPNF, Jerónimo sostuvo que Joviniano defendía la igualdad esencial de todos los pecados, de todos los castigos y de todos los premios, y la ausencia de pecado en los bautizados por el Espíritu.

    Capítulo 14.

    Las opiniones de todos los controversistas, cualesquiera que sean, no son, sin embargo, autoridad canónica; el pecado original, cómo es ajeno; todos fuimos un solo hombre en Adán

    III, 14

    No he citado estas palabras como si pudiéramos apoyarnos en las opiniones de cualquier disputador como en autoridad canónica; sino que lo he hecho para que se vea cómo, desde el principio hasta la edad presente, que ha dado a luz esta opinión novedosa, la doctrina del pecado original ha sido custodiada con suma constancia como parte de la fe de la Iglesia, de suerte que suele aducirse como terreno certísimo para refutar otras opiniones falsas, en lugar de estar ella misma expuesta a ser refutada por alguien como falsa. Además, en los libros sagrados del canon, la autoridad de esta doctrina se afirma vigorosamente del modo más claro y pleno. El apóstol exclama: Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así pasó a todos los hombres, en el cual todos pecaron. [] Ahora bien, de estas palabras ciertamente no puede decirse que el pecado de Adán haya dañado incluso a los que no cometen pecado, pues la Escritura dice «En el cual todos pecaron.» Ni, en verdad, se dice que aquellos pecados de la infancia sean ajenos, como si no pertenecieran en absoluto a los infantes, puesto que todos pecaron entonces en Adán, cuando en su naturaleza, en virtud de aquella fuerza innata por la cual era capaz de producirlos, todos eran todavía el único Adán; pero se les llama ajenos, porque todavía no vivían sus propias vidas, sino que la vida del único hombre contenía todo cuanto había en su futura posteridad.

    Capítulo 15 [VIII.]— Todos cometimos el pecado de Adán

    III, 15

    «Es» dicen, «de ningún modo admisible que Dios, que perdona a un hombre sus propios pecados, le impute los ajenos.» Él los perdona, en verdad, pero a los regenerados por el Espíritu, no a los engendrados por la carne; pero ya no imputa a un hombre los pecados de otro, sino únicamente los suyos propios. Sin duda eran pecados de otro mientras aún no existían quienes los llevaban al ser propagados; pero ahora los pecados pertenecen por generación carnal a aquellos a quienes aún no han sido perdonados por la regeneración espiritual.

    Capítulo 16.— Origen de los errores; se busca un símil en el prepucio del circuncidado y en la paja del trigo

    III, 16

    «Pero, ciertamente,» dicen, «si el bautismo limpia el pecado original, los que nacen de dos padres bautizados deberían estar libres de este pecado; pues éstos no pudieron transmitir a sus hijos aquello que ellos mismos no poseían.» Ahora observa de dónde suele prosperar el error: ocurre cuando las personas son capaces de plantear asuntos que no son capaces de entender. Porque, ¿ante qué auditorio y con qué palabras puedo explicar cómo es que los comienzos pecaminosos y mortales no ponen obstáculo a quienes han inaugurado otros comienzos, inmortales, y al mismo tiempo resultan un obstáculo para aquellos a quienes esas mismas personas, contra las cuales no fueron un obstáculo, han engendrado a partir de esos mismos comienzos pecaminosos? ¿Cómo puede un hombre entender estas cosas, cuya mente laboriosa está impedida tanto por sus propias opiniones preconcebidas como por la cadena de su propia y estúpida obstinación? Si, en verdad, yo hubiera emprendido mi causa en oposición a quienes o prohíben del todo el bautismo de los niños, o sostienen que es superfluo bautizarlos alegando que, como nacen de padres creyentes, necesariamente han de gozar del mérito de sus padres; entonces habría sido mi deber haberme esforzado quizá con mayor trabajo y empeño para refutar su opinión. En ese caso, si tropezaba con una dificultad ante hombres obtusos y contenciosos al refutar el error e inculcar la verdad, debido a la oscuridad que rodea la naturaleza del asunto, probablemente recurriría a ilustraciones palpables y al alcance de la mano; y yo, a mi vez, les haría algunas preguntas—cómo, por ejemplo, si estaban perplejos por saber de qué manera el pecado, después de ser limpiado por el bautismo, permanecía aún en los engendrados de padres bautizados, explicarían cómo es que el prepucio, después de ser quitado por la circuncisión, permanece aún en los hijos de los circuncidados? O, también, ¿cómo sucede que la paja, que con tanto cuidado es aventada por el trabajo humano, conserva aún su lugar en el grano que brota del trigo aventado?

    Capítulo 17 [IX.]— Los cristianos no siempre engendran hijos cristianos, ni los puros, hijos puros

    III, 17

    Con estos y otros argumentos palpables semejantes me esforzaría, como mejor pudiese, por convencer a aquellos que creían que los sacramentos de purificación se aplicaban superfluamente a los hijos de los purificados, de cuán recto es el juicio de bautizar a los infantes de padres bautizados, y de cómo puede suceder que a un hombre que lleva dentro de sí la doble semilla —de muerte en la carne y de inmortalidad en el espíritu— aquello no le resulte obstáculo, regenerado como está por el Espíritu, mientras que sí es obstáculo para su hijo, engendrado por la carne; y que aquello que en el uno es purificado por la remisión, en el otro exige todavía purificación por una remisión semejante, como en el caso supuesto de la circuncisión y en el caso del aventamiento y la trilla. Pero ahora, cuando contendemos con quienes admiten que los hijos de los bautizados deben ser bautizados, podemos conducir la discusión con mucha más comodidad, y podemos decir: Vosotros, que afirmáis que los hijos de personas que han sido limpiadas de la mancha del pecado deberían haber nacido sin pecado, ¿por qué no percibís que, por la misma regla, podríais igualmente decir que los hijos de padres cristianos deberían haber nacido cristianos? ¿Por qué, pues, sostenéis más bien que deben llegar a ser cristianos? ¿No había acaso en sus padres, a quienes se dice: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» [] un cuerpo cristiano? Quizá suponéis que un cuerpo cristiano puede nacer de padres cristianos sin haber recibido un alma cristiana. Pues bien, esto haría el caso mucho más asombroso todavía. Porque del alma pensaríais una de dos cosas, según os pluguiera —porque, por supuesto, sostenéis con el apóstol que antes del nacimiento no había hecho nada bueno ni malo []—: o bien que era derivada por transmisión, y que, así como el cuerpo de los cristianos es cristiano, también su alma debía ser cristiana; o bien que fue creada por Cristo, ya en el cuerpo cristiano, ya en atención al cuerpo cristiano, y por tanto debería haber sido creada o dada en condición cristiana. A menos que, acaso, pretendáis que, aunque los padres cristianos tenían en su poder engendrar un cuerpo cristiano, Cristo mismo no fue capaz de producir un alma cristiana. Creed entonces la verdad, y ved que, así como ha sido posible (como vosotros mismos admitís) que nazca de padres cristianos quien no es cristiano, que de miembros de Cristo nazca quien no es miembro de Cristo, y (para responder a todos los que, aunque falsamente, están en cierto modo poseídos de un sentido de religión) que de padres consagrados nazca un hombre no consagrado; así también es del todo posible que de padres purificados nazca quien no está purificado. Ahora bien, ¿qué explicación nos daréis de por qué de padres cristianos nace quien no es cristiano, sino que no es la generación, sino la regeneración, la que hace cristianos? Resolved, pues, vuestra propia cuestión con una razón semejante: que la purificación del pecado no le viene a nadie por nacer, sino a todos por nacer de nuevo. Y así, todo niño que nace de padres purificados, porque nacieron de nuevo, debe él mismo nacer de nuevo para que también él sea purificado. Porque ha sido del todo posible que los padres transmitan a sus hijos aquello que ellos mismos no poseían —pareciéndose así no sólo al trigo que produjo la paja, y al circuncidado que transmite el prepucio, sino también al ejemplo que vosotros mismos aducís, a saber, el de creyentes que transmiten la incredulidad a su posteridad; la cual, sin embargo, no proviene a los fieles en cuanto regenerados por el Espíritu, sino que se debe a la falta de la semilla mortal por la cual han nacido de la carne. Pues respecto de los infantes a quienes juzgáis necesario hacer creyentes por el sacramento de los fieles, no negáis que nacieron en incredulidad, aunque de padres creyentes.

    Capítulo 18 [X.]— ¿Se deriva el alma por propagación natural?

    III, 18

    Pues bien, pero «si el alma no se propaga, sino sólo la carne, entonces sólo ésta tiene la propagación del pecado, y sólo ella merece castigo»: esto es lo que piensan, diciendo «que es injusto que el alma, que sólo recientemente ha sido producida, y no de la sustancia de Adán, soporte el pecado de otro cometido hace tanto tiempo.» Ahora observad, os ruego, cómo el circunspecto Pelagio sintió que la cuestión acerca del alma era muy difícil, y actuó en consecuencia —pues las palabras que acabo de citar están copiadas de su libro. No dice de modo absoluto «Porque el alma no se propaga», sino hipotéticamente Si el alma no se propaga, determinando con razón, en un asunto tan oscuro (sobre el cual no podemos hallar en las Sagradas Escrituras testimonios ciertos y evidentes, o sólo con grandísima dificultad descubrimos alguno), hablar con vacilación más bien que con confianza. Por lo cual yo también, por mi parte, respondo a esta proposición sin afirmación precipitada: Si el alma no se propaga, ¿dónde está la justicia de que lo que ha sido creado recientemente y está del todo libre del contagio del pecado sea obligado en los infantes a soportar las pasiones y otros tormentos de la carne, y, lo que es más terrible aún, incluso los ataques de los espíritus malignos? Pues nunca la carne sufre cosa alguna de este género sin que el alma viviente y sensible no sufra más bien el castigo. Si esto, en verdad, se muestra justo, podrá mostrarse, en los mismos términos, con qué justicia llega a existir el pecado original en nuestra carne de pecado, para ser luego purificado por el sacramento del bautismo y la misericordia gratuita de Dios. Si lo primero no puede mostrarse, imagino que lo segundo es igualmente incapaz de demostración. Debemos, por tanto, o soportar ambas posiciones en silencio y recordar que somos humanos, o bien preparar, en otro momento, otra obra sobre el alma, si pareciere necesario, discutiendo toda la cuestión con cautela y sobriedad.

    Capítulo 19 [XI.]— Pecado y muerte en Adán, justicia y vida en Cristo

    III, 19

    Lo que dice el apóstol: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así pasó a todos los hombres, en el cual todos pecaron;» [] debemos, sin embargo, aceptarlo por ahora de modo que no parezca que nos oponemos temeraria y neciamente a tantos y tan grandes pasajes de la Sagrada Escritura, los cuales nos enseñan que nadie puede alcanzar la vida eterna sin aquella unión con Cristo que se realiza en Él y con Él, cuando somos imbuidos de sus sacramentos e incorporados a los miembros de su cuerpo. Ahora bien, esta afirmación que el apóstol dirige a los Romanos, «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así pasó a todos los hombres, en el cual todos pecaron,» concuerda en sentido con sus palabras a los Corintios: «Puesto que por un hombre vino la muerte, por un Hombre vino también la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.» [] Porque nadie duda de que el asunto aquí referido es la muerte del cuerpo, porque el apóstol estaba tratando con mucho empeño de la resurrección del cuerpo; y parece callar aquí acerca del pecado por esta razón, a saber, porque la cuestión no versaba sobre la justicia. Ambos puntos se mencionan en la Epístola a los Romanos, y ambos son, con gran amplitud, inculcados por el apóstol: el pecado en Adán, la justicia en Cristo; y la muerte en Adán, la vida en Cristo. Sin embargo, como ya he observado, he examinado y abierto a fondo, en el primer libro de este tratado, todas estas palabras del argumento del apóstol, hasta donde me fue posible y en la medida que pareció necesario.

    Capítulo 20.— El aguijón de la muerte, ¿qué es?

    III, 20

    Pero aun en el pasaje a los Corintios, donde había estado tratando ampliamente de la resurrección, el apóstol concluye su afirmación de tal modo que no nos permite dudar de que la muerte del cuerpo es resultado del pecado. Pues después de haber dicho: «Esto corruptible debe revestirse de incorrupción, y esto mortal debe revestirse de inmortalidad; y cuando esto corruptible se haya revestido de incorrupción, y esto mortal de inmortalidad, entonces», añadió: «se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte es tragada en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» y por último subjuntó estas palabras: «El aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la ley.» [] Ahora bien, puesto que (como las palabras del apóstol declaran con toda claridad) la muerte será entonces tragada en victoria cuando esto corruptible y mortal se haya revestido de incorrupción e inmortalidad —es decir, cuando «Dios vivificará aun nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en nosotros»—, se sigue manifiestamente que el aguijón del cuerpo de esta muerte, que es lo contrario de la resurrección del cuerpo, es el pecado. El aguijón, sin embargo, es aquello por lo cual fue hecha la muerte, y no aquello que la muerte hizo, puesto que por el pecado morimos, y no por la muerte pecamos. Por eso se llama «aguijón de la muerte» según el mismo principio que originó la expresión «árbol de la vida»: no porque la vida del hombre lo produjera, sino porque por él fue hecha la vida del hombre. De igual modo, «el árbol de la ciencia» fue aquello por lo cual se hizo el conocimiento del hombre, no aquello que el hombre hizo por su conocimiento. Así también «el aguijón de la muerte» es aquello por lo cual se produjo la muerte, no aquello que la muerte hizo. Usamos de manera semejante la expresión «copa de la muerte», puesto que por ella alguien ha muerto o podría morir; no significando, por supuesto, una copa hecha por un moribundo o un muerto. El aguijón de la muerte, por tanto, es el pecado, porque por la punzada del pecado ha sido muerta la raza humana. ¿Para qué preguntar más: la muerte de qué —si del alma o del cuerpo? ¿Si la primera, la que todos ahora estamos muriendo, o la segunda que los impíos morirán después? No hay ocasión de plantear la cuestión con tanta curiosidad; no hay lugar para subterfugios. Las palabras con que el apóstol expresa el asunto responden a las preguntas: «Cuando esto mortal», dice, «se haya revestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: La muerte es tragada en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley.» Estaba tratando de la resurrección del cuerpo, en la cual la muerte será tragada en victoria, cuando esto mortal se haya revestido de inmortalidad. Entonces se levantará el grito de triunfo sobre la muerte misma, cuando en la resurrección del cuerpo sea tragada en victoria; entonces se le dirá: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?» A la muerte del cuerpo, por tanto, se le dice esto. Porque la inmortalidad victoriosa la tragará, cuando esto mortal se revista de inmortalidad. Lo repito, a la muerte del cuerpo se le dirá: «¿Dónde está tu victoria?» —esa victoria en la que venciste a todos, de modo que aun el Hijo de Dios entró en lucha contigo, y no rehuyéndola sino abrazándola te venció. En los que mueren has vencido; pero en los que resucitan eres vencida tú. Tu victoria fue pasajera, aquella en la que engulliste los cuerpos de los que mueren. Nuestra victoria permanecerá eterna, aquella en la que tú eres engullida en los cuerpos de los que resucitan. «¿Dónde está tu aguijón?» —es decir, el pecado con que somos punzados y envenenados, de suerte que te fijaste en nuestros mismos cuerpos y los retuviste por tanto tiempo en tu poder. «El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley.» Todos pecamos en uno, para que todos muramos en uno; recibimos la ley, no para poner fin al pecado mediante la enmienda según sus preceptos, sino para aumentarlo mediante la transgresión. Porque «la ley entró para que el pecado abundase» []; y «la Escritura lo encerró todo bajo pecado» []; pero «gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo» [], para que «donde el pecado abundó, sobreabundase la gracia» []; y «para que la promesa por la fe de Jesucristo fuese dada a los que creen» []; y para que venciésemos la muerte por una resurrección inmortal, y el pecado, «el aguijón» de ella, por una justificación gratuita.

    Capítulo 21 [XII.]

    El precepto de tocar a la mujer durante la menstruación no ha de entenderse en sentido figurado; la necesidad de los sacramentos

    III, 21

    Que nadie, pues, en este asunto sea engañado ni sea engañador. El sentido manifiesto de la Sagrada Escritura que hemos considerado disipa todas las oscuridades. Así como la muerte se deriva desde el principio en este nuestro cuerpo mortal, así también desde el principio el pecado ha sido arrastrado a esta nuestra carne de pecado; para cuya curación —tanto en cuanto se deriva por propagación y se acrecienta por la transgresión voluntaria, como para la vivificación de nuestra carne misma— vino nuestro Médico en la semejanza de la carne de pecado, el cual no necesitan los sanos, sino los enfermos; y no vino a llamar a los justos, sino a los pecadores. [] Por lo tanto, la sentencia del apóstol, al aconsejar a los creyentes que no se separen de consortes incrédulos: «Porque el marido incrédulo es santificado por la mujer, y la mujer incrédula es santificada por el marido; de otra manera vuestros hijos serían inmundos, pero ahora son santos,» [] debe entenderse o bien como lo hemos expuesto nosotros mismos en otro lugar, y como lo expuso Pelagio en sus notas a esta misma Epístola a los Corintios, conforme al tenor de los pasajes ya mencionados: que a veces las esposas ganaban a los maridos para Cristo, y a veces los maridos convertían a las esposas, mientras que la voluntad cristiana de siquiera uno de los padres prevalecía para hacer cristianos a sus hijos; o bien (como las palabras del apóstol más bien parecen indicar y en cierta medida nos obligan) ha de entenderse aquí alguna santificación particular, por la cual un marido o una mujer incrédulos eran santificados por el cónyuge creyente, y por la cual eran santificados los hijos de padres creyentes: ya fuera que el marido o la mujer, durante la menstruación de la mujer, se abstuviera de cohabitar, habiendo aprendido ese deber en la ley (pues Ezequiel cuenta esto entre los preceptos que no debían tomarse en sentido metafórico []), o bien por alguna otra santificación voluntaria no prescrita allí expresamente: una aspersión de santidad que brota de los estrechos vínculos de la vida conyugal y de los hijos. Sin embargo, sea cual sea la santificación a que se aluda, hay que mantener firmemente esto: que no hay otro medio válido de hacer cristianos y de remitir los pecados, sino que los hombres se hagan creyentes por el sacramento según la institución de Cristo y de la Iglesia. Porque ni los maridos y mujeres incrédulos, no obstante su unión íntima con cónyuges santos y justos, quedan limpios del pecado que separa a los hombres del reino de Dios y los arrastra a la condenación; ni los hijos nacidos de padres, por justos y santos que sean, son absueltos de la culpa del pecado original, a menos que hayan sido bautizados en Cristo; y en favor de estos debe ser tanto más encarecida nuestra súplica cuanto menos capaces son ellos de presentarla por sí mismos.

    Capítulo 22 [XIII.]— Debemos procurar con solicitud el bautismo de los niños

    III, 22

    Pues este es el blanco de la controversia, contra cuya novedad hemos de luchar con la ayuda de la verdad antigua: que es a todas luces completamente superfluo bautizar a los niños. No es que esta opinión se declare con tantas palabras, no sea que una costumbre tan firmemente establecida de la Iglesia no pueda soportar a sus asaltantes. Pero si se nos enseña a prestar ayuda a los huérfanos, ¿cuánto más debemos afanarnos en favor de aquellos niños que, aunque están bajo la protección de sus padres, quedarán aún más desamparados y miserables que los huérfanos, si se les niega aquella gracia de Cristo que ellos son incapaces de pedir por sí mismos?

    III, 23

    En cuanto a lo que dicen, que algunos hombres, por el uso de la razón, han vivido y viven en este mundo sin pecado, deberíamos desear que fuera verdad, deberíamos esforzarnos por hacerlo verdad, deberíamos orar para que sea verdad; pero, al mismo tiempo, deberíamos confesar que todavía no es verdad. Porque a los que desean y se esfuerzan y oran dignamente por este resultado, todos los pecados que les quedan les son perdonados cada día, porque oramos sinceramente: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Todo el que negare que esta oración es necesaria en esta vida para todo hombre justo que conoce y hace la voluntad de Dios, excepto el único Santo de los santos, yerra gravemente y es del todo incapaz de agradar a Aquel a quien alaba. Además, si se supone a sí mismo ser tal personaje, «se engaña a sí mismo, y la verdad no está en él,» [] — por ninguna otra razón sino porque piensa lo que es falso. Aquel Médico, pues, que no necesitan los sanos, sino los enfermos, sabe cómo curarnos y, curándonos, perfeccionarnos para la vida eterna; y no quita en este mundo la muerte, aunque fue infligida a causa del pecado, a aquellos a quienes perdona los pecados, para que entren en el combate y venzan el temor de la muerte con plena sinceridad de fe. En algunos casos, además, rehúsa ayudar incluso a sus siervos justos, mientras son capaces de una elevación todavía mayor, a alcanzar una justicia perfecta, a fin de que (puesto que a sus ojos ningún viviente será justificado) sintamos siempre que es nuestro deber darle gracias por soportarnos misericordiosamente y, así, por la santa humildad, seamos sanados de aquella primera causa de todas nuestras caídas, a saber, la hinchazón de la soberbia. Esta carta, tal como la había esbozado mi primera intención, iba a ser breve; ha crecido hasta convertirse en un libro extenso. ¡Ojalá fuera tan perfecta como al fin ha llegado a ser completa!
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    En las Retractaciones (II, 23 en la numeración del NPNF; el epub no trae ese extracto), Agustín resume lo que hizo: trató sobre todo del bautismo de los niños a causa del pecado original y de la gracia por la que somos justificados, y añadió que nadie en esta vida guarda los mandamientos de tal modo que no necesite rezar «Perdónanos nuestras deudas». Warfield, en la introducción del NPNF, reduce el libro III a tres puntos: que la muerte y el pecado vienen a todos los descendientes por el pecado de Adán, que los niños necesitan salvación y por tanto bautismo, y que ningún hombre llega en esta vida a una santidad tal que no pueda decir con verdad esa oración.
    Tres pasajes piden cautela al leerlos. El primero es la lectura latina de Romanos 5:12 («en el cual todos pecaron») en que Agustín apoya su argumento del Libro I, Cap. 11; la nota al lugar recoge lo que dicen las fuentes. El segundo son los capítulos sobre los niños que mueren sin bautismo: el título del Libro I, Cap. 21 dice que son «condenados, pero levísimamente», y es un título de la edición, no de Agustín. El tercero es la pregunta de si el alma se propaga, que Agustín deja abierta (Libro II, Cap. 59; Libro III, Cap. 18).
    Límites. La fecha (412) la dan el título benedictino, el NPNF y la tabla de Wikipedia; no hay fecha en el texto. Las fuentes difieren en la autoría de la versión inglesa (Holmes solo, según el índice del NPNF; Holmes y Wallis, según New Advent) y en el lugar y el año de la edición americana (Nueva York, 1886, o Buffalo, 1887); aquí se sigue el índice del NPNF y se dice la discrepancia. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; el libro que escribió en el mismo año a petición del mismo Marcelino, Sobre el Espíritu y la letra; su tratado de 415, Sobre la naturaleza y la gracia; su manual de la fe, el Enquiridión; y la otra voz de la controversia, la de Jerónimo en Contra los pelagianos.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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