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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minUn retórico de Cartago que vendió sus jardines
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minLa persecución de Decio y el obispo ausente
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minLa Iglesia una: el tratado de 251
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minFuera de la Iglesia no hay bautismo: la disputa con Esteban
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 5 minRecepción: de Agustín a los donatistas y a la Ortodoxia

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    AUTORES — PATRÍSTICA LATINA

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    Cipriano de Cartago: el obispo, la Iglesia una y el día después de la persecución

    c. 200/210–258 · Obispo de Cartago y mártir29 minPosición: 0% de esta partePublicado el Actualizado el Ref. AUT-CIPR-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minUn retórico de Cartago que vendió sus jardines
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minLa persecución de Decio y el obispo ausente
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minLa Iglesia una: el tratado de 251
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minFuera de la Iglesia no hay bautismo: la disputa con Esteban
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 5 minRecepción: de Agustín a los donatistas y a la Ortodoxia

    Premisa central

    Cipriano no escribió teología de escuela, sino cartas y tratados de un obispo que tenía que decidir: qué hacer con los que habían sacrificado, quién tiene poder para perdonarlos, qué es una iglesia que se separa de su obispo y si vale el bautismo que dan los herejes. De esas decisiones salió la primera doctrina latina de la Iglesia, y de ella viven todavía sus lectores y sus críticos.
    ¿Qué hace un obispo cuando la mayoría de su iglesia ha apostatado? En la primavera de 251 Cipriano volvió a Cartago después de catorce meses escondido y encontró lo que la persecución de Decio había dejado: cientos de cristianos que habían sacrificado a los dioses o comprado el certificado de haberlo hecho, confesores que repartían cartas de perdón en nombre de los mártires, presbíteros que los readmitían a la comunión, y un diácono que había organizado todo eso en su ausencia. En Roma, mientras tanto, un presbítero llamado Novaciano se había hecho elegir obispo frente a Cornelio porque Cornelio perdonaba a los caídos. Cipriano respondió con dos tratados, con un concilio y con una tesis que repetiría hasta su muerte: la Iglesia es una, y es una porque es uno el episcopado. Este perfil sigue esa tesis desde su biografía hasta sus consecuencias, incluida la que lo enfrentó con el obispo de Roma.
    Casi todo lo que sabemos de Cipriano lo sabemos por él. Se conservan unos sesenta y cinco escritos suyos entre cartas y tratados, más una veintena de cartas que recibió, una biografía escrita por su diácono Poncio poco después de su muerte y las actas de su proceso. Es una documentación sin igual para un obispo del siglo III, y a la vez una documentación de parte: Poncio escribe para defender a su obispo de acusaciones que seguían vivas, y las cartas de Cipriano son las de quien gobierna. Conviene tenerlo presente.

    Un retórico de Cartago que vendió sus jardines

    No se sabe cuándo nació. Wikipedia en castellano da «c. 200», en inglés «c. 210», y Allen Brent, autor del estudio más reciente de la biblioteca, escribe que nació «casi con certeza en Cartago, en una fecha desconocida y perdida en la oscuridad de su vida anterior a la conversión». Su nombre completo era Tascio Cecilio Cipriano; el segundo nombre lo tomó del presbítero Cecilio, que lo convirtió y que, al morir, le confió a su mujer y a sus hijos (Poncio, Vida 4). Jerónimo dice que «primero fue famoso como maestro de retórica» (Sobre los hombres ilustres 67), y Lactancio, que había buscado la gloria «en la profesión del arte oratorio» (Instituciones divinas V, 1).
    De ahí viene la imagen tradicional de Cipriano abogado. G. W. Clarke la examinó en 1965 y concluyó que las fuentes no la sostienen: Lactancio y Jerónimo hablan de retórica, no de derecho; en Roma el orador y el jurista eran profesiones distintas, como muestra el edicto de precios de Diocleciano, que tarifa por separado al orator sive sophista y al advocatus sive iuris peritus; y los sermones de Agustín en su fiesta describen a un maestro de declamación, no a un litigante. Que Cipriano era rico consta por Poncio, que cuenta cómo vendió sus fincas para los pobres al poco de bautizarse (Vida 2), y por el detalle de que fue arrestado «en sus jardines», que le habían sido devueltos y que habría vuelto a vender «si no hubiera querido evitar la envidia de los perseguidores» (Vida 15). Brent añade que al final de su vida «muchos hombres de distinción y de rango senatorial» le ofrecieron refugio «por su antigua amistad» (Vida 14): era un hombre de la aristocracia municipal, y siguió siéndolo como obispo.
    Su conversión la contó él mismo, en el escrito más antiguo que se conserva, dirigido a un amigo llamado Donato. Brent la fecha en 245 o 246:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · A Donato · 3–4Consultar la referencia
    Mientras yo yacía todavía en tinieblas y en noche oscura, vacilando de un lado a otro, zarandeado por la espuma de este siglo vanidoso, inseguro de mis pasos errantes, ignorante de mi verdadera vida, lejos de la verdad y de la luz, tenía por cosa difícil, y sobre todo difícil para mi carácter de entonces, que un hombre pudiera nacer de nuevo [...] y que un hombre vivificado a una vida nueva en el baño del agua saludable pudiera despojarse de lo que antes había sido. «¿Cómo es posible», decía yo, «una conversión tal, que se desprenda de golpe lo que, o bien innato en nosotros, se ha endurecido en la corrupción de nuestra naturaleza material, o bien adquirido, se ha hecho inveterado por la larga costumbre?» [...] Pero después de que, con la ayuda del agua del nuevo nacimiento, fue lavada la mancha de los años anteriores, y una luz de lo alto, serena y pura, se infundió en mi corazón reconciliado; después de que, por obra del Espíritu venido del cielo, un segundo nacimiento me restituyó como hombre nuevo, entonces, de modo admirable, las cosas dudosas empezaron a asegurarse, las ocultas a revelarse, las oscuras a iluminarse [...]. Todo nuestro poder es de Dios; digo, de Dios.
    Clarke advierte que no se puede sacar de aquí una biografía: el texto es una apología estilizada de la conversión, que contrapone el mundo inicuo a la pureza del conocimiento nuevo, y los detalles de la vida anterior no vienen al caso. Lo que sí muestra es la formación: la frase larga, el ritmo, la antítesis. Cipriano escribirá siempre así, y se le ha reprochado; Wikipedia en castellano resume el juicio tradicional de que «como escritor no fue en general original o especialmente profundo». Es un juicio que vale para la especulación y no para la prosa de gobierno, que es la suya.
    Poncio dice que recibió «el presbiterado y el sacerdocio» sin demora (Vida 3) y que fue elegido obispo «por el juicio de Dios y el favor del pueblo» siendo todavía neófito (Vida 5). Brent fecha el presbiterado hacia 247 y el episcopado en 248; Wikipedia lo sitúa entre julio de 248 y abril de 249. La elección fue disputada. Poncio lo dice con reticencia («hablo contra mi voluntad, pero debo hablar: algunos le resistieron») y Cipriano lo confirmará años después al nombrar a los cinco presbíteros que se le opusieron desde el principio y que seguirían oponiéndosele (Carta 43 en la numeración de Hartel, 39 en la de la Ante-Nicene Fathers). La objeción era que un converso reciente no podía ser obispo; Brent sugiere que detrás estaba también el modelo de autoridad que Cipriano traía consigo, el de un patrono romano con sus clientes, que una parte del clero no estaba dispuesta a aceptar.
    Nota de lectura · Dos numeraciones de las cartas
    Las cartas de Cipriano se citan por dos sistemas. La edición crítica de Hartel (1868–1871), seguida por el Corpus Christianorum y por la traducción inglesa de G. W. Clarke (Ancient Christian Writers, 4 vols., 1984–1989), numera 82 cartas. La Ante-Nicene Fathers, que es la fuente de las traducciones de Eusebeia, sigue la numeración de la edición de Oxford en 81, y pone A Donato como carta 1. Este perfil cita por Hartel y añade entre paréntesis el número de la ANF cuando difiere; los enlaces llevan al texto inglés de la ANF en CCEL.

    La persecución de Decio y el obispo ausente

    A comienzos de 250 el emperador Decio ordenó que todos los habitantes del Imperio sacrificaran a los dioses y obtuvieran un certificado de haberlo hecho. Brent interpreta la medida en el contexto de la crisis del siglo III: Decio, que acababa de derrotar a Filipo, organizó una supplicatio universal, a la manera de un censo, para asegurar la «paz de los dioses» y devolver al mundo la edad de oro que las monedas de los pretendientes prometían. No era, en origen, una ley contra los cristianos, pero los puso ante la alternativa de sacrificar o de ser castigados, y en Cartago, según Cipriano, muchos no esperaron a ser llamados.
    Cipriano se escondió. Él mismo explicó que, siendo una «persona señalada», su presencia habría provocado el tumulto y habría expuesto a los demás, y que desde su refugio seguiría gobernando la iglesia por medio del clero, al que ordenó permanecer en sus puestos (Cartas 7, 14 y 20). El clero de Roma, cuyo obispo Fabián acababa de morir mártir, escribió a la comunidad de Cartago una carta en la que Brent lee «cierto sarcasmo» sobre la huida del obispo (Carta 8). Cipriano devolvió la carta preguntando si era auténtica (Carta 9). Un año después, al hablar de los que se retiraron durante la persecución, los colocó inmediatamente detrás de los mártires y confesores (Sobre los caídos 3), sin aludir a sí mismo. Peter Hinchliff, en su biografía de 1974, considera posible que Cipriano «se convenciera, o se dejara convencer, de que la iglesia necesitaba a un hombre de sus considerables capacidades», y añade que la humildad posterior del obispo, cuando los acontecimientos le enseñaron que no siempre tenía razón, hace plausible la otra explicación: que un obispo retirado valía más que un obispo apóstata. La discusión sigue abierta, y conviene saber que las dos lecturas existen.
    Lo que Cipriano encontró a su vuelta lo describió en el discurso que pronunció ante su iglesia, Sobre los caídos:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Sobre los caídos · 8Consultar la referencia
    No esperaron a ser apresados antes de subir, ni a ser interrogados antes de negar. Muchos fueron vencidos antes de la batalla, postrados antes del ataque. Y ni siquiera dejaron que se dijera en su favor que parecían sacrificar a los ídolos de mala gana. Corrieron al mercado por su propia voluntad; libremente se apresuraron a la muerte, como si antes la hubieran deseado [...]. ¡A cuántos despidieron los magistrados en aquel tiempo, cuando caía la tarde; cuántos incluso pidieron que no se demorara su destrucción! [...] ¿Por qué traes contigo, oh hombre miserable, un sacrificio? ¿Por qué inmolar una víctima? Tú mismo has venido al altar como ofrenda; tú mismo has venido como víctima: allí has inmolado tu salvación, tu esperanza; allí has quemado tu fe en aquellos fuegos mortales.
    Brent ofrece una explicación de esa prisa que no es la de Cipriano. Los cristianos de Cartago compartían con sus vecinos paganos la convicción de que el mundo envejecía y de que la peste, el hambre y la guerra eran signos de un orden roto; la supplicatio de Decio prometía restaurarlo, y en el calor del momento muchos acudieron a ella como al remedio que habían aprendido de sus padres. Era incoherente con su bautismo, pero las personas sobrecogidas por una crisis rara vez son coherentes. Cipriano no admitió esa lectura. Para él todos los que sacrificaron eran apóstatas, lo hubieran hecho con prisa, bajo tortura o por proteger a su casa, y los que compraron el certificado sin sacrificar, los libellatici, habían mentido ante Dios con un papel.

    Los confesores, el obispo y la paz de los caídos

    El problema inmediato no eran los caídos, sino quién podía perdonarlos. En la Iglesia del siglo II y III el mártir tenía un prestigio que no dependía de ninguna ordenación. Brent recuerda que la carta de los mártires de Lyon y la Tradición apostólica atribuida a Hipólito dan por supuesto que un confesor que ha sufrido en su carne no necesita imposición de manos para ejercer como presbítero. En Cartago los confesores presos empezaron a dar «cartas de paz» a los caídos, a veces en blanco y para «fulano y los suyos», y algunos presbíteros readmitían a la comunión a quien las presentaba. Cipriano, desde su escondite, lo prohibió: la paz se daría cuando él volviera, con examen de cada caso, y solo a los moribundos de inmediato (Cartas 15–20 y 33).
    Un grupo de caídos le escribió entonces reclamando la paz «en nombre de la Iglesia». La respuesta contiene la frase que resume su eclesiología:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Carta 33 (ANF 26), a los caídos · 1Consultar la referencia
    Nuestro Señor, cuyos preceptos y advertencias debemos observar, al describir el honor del obispo y el orden de su Iglesia, habla en el Evangelio y dice a Pedro: «Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia [...]». De ahí, a través de los cambios de los tiempos y de las sucesiones, fluye la ordenación de los obispos y el plan de la Iglesia, de modo que la Iglesia está fundada sobre los obispos y todo acto de la Iglesia es regido por esos mismos prelados. Estando esto, pues, fundado en la ley divina, me asombra que algunos, con audaz temeridad, hayan decidido escribirme como si escribieran en nombre de la Iglesia, cuando la Iglesia está constituida en el obispo y el clero y todos los que permanecen firmes en la fe.
    Ecclesia in episcopo: la Iglesia está en el obispo. El editor de la Ante-Nicene Fathers advierte, con razón, que Cipriano no pensaba en un obispo en particular, sino en cada obispo en su iglesia; la frase describe una estructura, no una primacía. Brent la explica desde las categorías romanas que Cipriano había aprendido antes de convertirse: el obispo ejerce su jurisdicción en un territorio delimitado, como un magistrado con imperium dentro de los límites sagrados de la ciudad, y se sienta en una cátedra que es a la vez judicial y docente. Cuando Novaciano se hizo consagrar obispo de Roma frente a Cornelio, cometió a los ojos de Cipriano lo que a los de un romano habría sido traición y sacrilegio a la vez.
    A su regreso, en 251, Cipriano reunió un concilio de obispos africanos. Las actas no se conservan, pero su contenido se deduce de las cartas: los libellatici serían readmitidos tras penitencia; los que habían sacrificado, solo en peligro de muerte, aunque esa regla se suavizó al año siguiente ante la amenaza de una nueva persecución (Carta 57). Era una vía media. En Cartago, el diácono Felicísimo y los cinco presbíteros de siempre readmitían a todos sin penitencia y acabaron eligiendo a un tal Fortunato como obispo rival; en Roma, Novaciano negaba el perdón a todos y su partido eligió a un tal Máximo como obispo rival en la propia Cartago. Cipriano quedó entre un cisma laxista y uno rigorista, y según Wikipedia esa posición intermedia fortaleció su autoridad a medida que los extremos se desgastaban.

    La Iglesia una: el tratado de 251

    El tratado Sobre la unidad de la Iglesia nació de esa doble crisis. Geoffrey Dunn no se decide sobre si se escribió antes del concilio, contra Felicísimo, o después, contra Novaciano, y advierte que la discusión existe. Su argumento central es el de la unidad que procede de uno:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Sobre la unidad de la Iglesia · 5–6Consultar la referencia
    El episcopado es uno, y cada uno posee una parte suya por el todo. La Iglesia también es una, y se extiende a lo lejos y a lo ancho en una multitud por el aumento de su fecundidad. Como son muchos los rayos del sol, pero una la luz; y muchas las ramas del árbol, pero una la fuerza afincada en su raíz tenaz; y puesto que de una sola fuente brotan muchos arroyos, aunque la multiplicidad parezca difundirse en la liberalidad de una abundancia desbordante, sin embargo la unidad se conserva en la fuente. Arranca un rayo del sol de su cuerpo de luz, y su unidad no admite división de luz; quiebra una rama del árbol, y rota no podrá volver a retoñar; corta el arroyo de su fuente, y lo cortado se seca. [...] Quien es separado de la Iglesia y se une a una adúltera, es separado de las promesas de la Iglesia; ni puede alcanzar los premios de Cristo quien abandona la Iglesia de Cristo. Es un extraño; es un profano; es un enemigo. Ya no puede tener a Dios por Padre quien no tiene a la Iglesia por madre.
    La fórmula latina, episcopatus unus est, cuius a singulis in solidum pars tenetur, usa un término del derecho de obligaciones: cada deudor solidario responde del todo. El episcopado no se reparte entre los obispos como una herencia; cada uno lo tiene entero, y por eso ninguno puede separarse sin perderlo. Dunn observa que Cipriano no distingue entre herejía y cisma como lo hará la teología posterior. Usa haeresis y schisma casi como sinónimos, y cuando se le pregunta qué herejía enseña Novaciano responde que no le importa saberlo, porque enseña fuera (Carta 55, 24). Para él, quien tiene opiniones distintas sobre la reconciliación acaba fundando una comunidad distinta, y quien funda una comunidad distinta ha dejado de tener la fe. Esa fusión, concluye Dunn, explica por qué no pudo llegar nunca a la posición de Agustín, que admitirá que el cismático conserva la fe y los sacramentos aunque no la caridad.
    Nota de lectura · El capítulo 4 y sus dos versiones
    El capítulo 4 del tratado, sobre Pedro, se conserva en dos redacciones. Una dice que Cristo «edificó su Iglesia sobre uno solo» y que «el primado se da a Pedro»; la otra, que los demás apóstoles eran «lo mismo que era Pedro» y que «el comienzo procede de la unidad». Maurice Bévenot sostuvo en 1937 y 1954 que las dos son de Cipriano: la primera sería la original, de 251, y la segunda una revisión del propio autor durante la controversia con Esteban, para que nadie usara el texto a favor de Roma. Dunn escribe que «muchos estudiosos aceptan» esta tesis de las dos ediciones «aunque hay quienes discrepan». El pasaje fue durante siglos campo de batalla entre católicos y protestantes, y la edición de Eusebeia presenta las dos versiones. Lo que ninguna de las dos dice es que el obispo de Roma tenga autoridad sobre los demás, y los hechos de 256 muestran que Cipriano no lo pensaba.

    La peste y los tratados de ocasión

    En 252 la peste llegó a Cartago. Cipriano la describió en Sobre la mortalidad con una precisión clínica que ha hecho que los historiadores la llamen «peste de Cipriano»: los intestinos que se vacían, el fuego que sube de la médula a la garganta, los ojos que se encienden, los miembros que se pierden. El tratado consuela a una iglesia en la que muchos morían sin martirio y otros temían morir, y lo hace con un argumento que será el de toda su obra: el cristiano vive aquí como huésped y extranjero, y la muerte es la salida de una cárcel. En el mismo año, a un pagano llamado Demetriano que culpaba a los cristianos de la peste y el hambre, le respondió que el mundo envejece y que los males vienen por los pecados de quienes no adoran a Dios (A Demetriano 3–5). Brent ha subrayado que esa idea de la «vejez del mundo» (senectus mundi) era común a cristianos y paganos del siglo III; lo que cambia es el remedio.
    Los demás tratados son también de ocasión. Sobre el vestido de las vírgenes reprende a las vírgenes ricas que se adornan como el mundo; Sobre la oración del Señor comenta el Padrenuestro petición por petición, siguiendo y ampliando el tratado de Tertuliano; Sobre las obras y la limosna predica la caridad en una ciudad empobrecida; Sobre la paciencia y Sobre los celos y la envidia se escribieron durante la disputa con Esteban, y el primero lo envió al obispo Jubayano como muestra de que la discusión no rompería la concordia (Carta 73, 26). A Fortunato es un manual de textos bíblicos para preparar al martirio bajo Valeriano, y los tres libros de Testimonios a Quirino, un florilegio de la Escritura ordenado por tesis, el primero que se conserva en latín. Jerónimo cuenta que no pasaba un día sin leer a Tertuliano y que pedía «dame al maestro» (Sobre los hombres ilustres 53); la deuda se ve en los temas, pero el tono es otro. Donde Tertuliano discute, Cipriano exhorta, y donde Tertuliano acaba separándose, Cipriano hace de la separación el pecado mayor.
    ObraFechaOcasiónEn Eusebeia
    A Donatoc. 246Conversión y bautismo—
    Sobre el vestido de las vírgenesc. 249Vírgenes ricas de CartagoLeer
    Sobre los caídos251Vuelta a Cartago tras DecioLeer
    Sobre la unidad de la Iglesia251Cismas de Felicísimo y NovacianoLeer
    Sobre la oración del Señorc. 252CatequesisLeer
    A Demetriano, Sobre la mortalidad252Peste y acusaciones paganasLeer
    Sobre las obras y la limosnac. 253Pobreza tras la pesteLeer
    Sobre la paciencia, Sobre los celos256Controversia bautismalLeer
    A Fortunato257Persecución de ValerianoLeer
    Testimonios a Quirino?Florilegio bíblico (autoría discutida por Bobertz)Leer
    Cartas (82)249–258Gobierno de la iglesia—
    Las fechas siguen las que dan las ediciones y los estudios citados; varias son aproximadas.

    Fuera de la Iglesia no hay bautismo: la disputa con Esteban

    La última controversia de Cipriano fue la que más consecuencias tuvo. Desde 255 se discutía en África qué hacer con quienes venían de los novacianos y de otras sectas. La práctica africana, que Cipriano remontaba a un concilio de Agripino de Cartago unos treinta años antes, era bautizarlos; Roma los recibía con la imposición de manos. Esteban, obispo de Roma desde 254, escribió que no se innovara nada «sobre lo que ha sido transmitido» y amenazó con romper la comunión. Cipriano respondió con tres concilios en Cartago (otoño de 255, primavera de 256 y 1 de septiembre de 256) y con una serie de cartas en las que su doctrina de la Iglesia llega a su último término:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Carta 73 (ANF 72), a Jubayano · 21Consultar la referencia
    ¿Puede el poder del bautismo ser mayor o valer más que la confesión, que el sufrimiento, cuando uno confiesa a Cristo ante los hombres y es bautizado en su propia sangre? Y sin embargo ni siquiera este bautismo aprovecha al hereje, aunque haya confesado a Cristo y haya sido muerto fuera de la Iglesia [...]. Pero si ni siquiera el bautismo de una confesión pública y de la sangre puede aprovechar al hereje para la salvación, porque fuera de la Iglesia no hay salvación, ¿cuánto menos le aprovechará si, en un escondrijo y en una cueva de ladrones, manchado con el contagio de un agua adúltera, no solo no se ha despojado de sus viejos pecados, sino que ha amontonado otros nuevos y mayores? [...] Y por eso conviene que sean bautizados los que vienen de la herejía a la Iglesia.
    Salus extra ecclesiam non est. La frase, que la tradición posterior convirtió en axioma, es aquí una premisa del argumento sobre el bautismo: si fuera de la Iglesia no hay Espíritu, el agua de los herejes es solo agua. Cipriano no lo veía como un segundo bautismo, porque el primero no había existido. El editor de la Ante-Nicene Fathers anota que es «una de las máximas católicas que han sido terriblemente malentendidas y cruelmente abusadas», y Cipriano mismo, unas líneas después, deja abierta la puerta: a los que fueron recibidos sin bautismo en el pasado, «el Señor puede, por su misericordia, dar indulgencia» (Carta 73, 23).
    A Esteban, que apelaba a la costumbre, respondió con un aforismo:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Carta 74 (ANF 73), a Pompeyo · 9Consultar la referencia
    No debe la costumbre, que se ha introducido entre algunos, impedir que la verdad prevalezca y venza; porque la costumbre sin la verdad es antigüedad del error. Por lo cual, abandonemos el error y sigamos la verdad [...]. Esta verdad nos la mostró Cristo en su Evangelio, y dijo: «Yo soy la verdad». Por eso, si estamos en Cristo y tenemos a Cristo en nosotros, si permanecemos en la verdad y la verdad permanece en nosotros, guardemos firmemente las cosas que son verdaderas.
    Y al abrir el concilio del 1 de septiembre de 256, ante ochenta y siete obispos de África, Numidia y Mauritania, fijó lo que pensaba de la relación entre los obispos:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Sentencias de los ochenta y siete obispos sobre el bautismo de los herejes · ProemioConsultar la referencia
    Queda que sobre este mismo asunto cada uno de nosotros exponga lo que piensa, sin juzgar a nadie ni apartar a nadie del derecho de la comunión si pensara de modo distinto a nosotros. Porque ninguno de nosotros se erige en obispo de obispos, ni obliga con terror tiránico a sus colegas a la necesidad de obedecer; puesto que cada obispo, según la medida de su libertad y de su poder, tiene su propio derecho de juicio, y no puede ser juzgado por otro más de lo que él mismo puede juzgar a otro. Esperemos todos el juicio de nuestro Señor Jesucristo, que es el único que tiene el poder de preferirnos en el gobierno de su Iglesia y de juzgarnos en nuestra conducta en ella.
    El editor de la ANF lee aquí una reprensión a Esteban, y es difícil leerlo de otro modo. Firmiliano de Cesarea en Capadocia escribió a Cipriano una carta de apoyo mucho más dura con el obispo de Roma (Carta 75). Esteban murió en 257 y Cipriano en 258, y la controversia quedó sin resolver entre ellos. Agustín, que un siglo y medio después tuvo que defender contra los donatistas la validez del bautismo dado fuera de la Iglesia, escribió que Cipriano se equivocó en la doctrina y acertó en la caridad, porque no rompió la comunión con quienes pensaban distinto (Sobre el bautismo V, 25, citado por el editor de la ANF). Dunn sugiere que la clave del desacuerdo fue de vocabulario: Esteban distinguía, al menos instintivamente, entre el cismático y el hereje, y Cipriano no.

    Valeriano y el 14 de septiembre de 258

    En 257 el emperador Valeriano ordenó que los clérigos cristianos sacrificaran y prohibió las reuniones y los cementerios. El 30 de agosto Cipriano compareció ante el procónsul Aspasio Paterno, se negó a sacrificar y a delatar a sus presbíteros, y fue desterrado a Curubis, en la costa. Allí tuvo un sueño en el que se le anunciaba su muerte para el año siguiente (Poncio lo cuenta en la Vida y lo recuerda al narrar la ejecución, 15). Un año después, el nuevo procónsul lo hizo volver a sus jardines de Cartago, y en agosto de 258 llegó la noticia de un segundo rescripto. Cipriano la transmitió a sus colegas en la última carta que se conserva:
    Texto de la fuenteCipriano de Cartago · Carta 80 (ANF 81), a Suceso · 1–2Consultar la referencia
    La verdad sobre ello es esta: que Valeriano ha enviado un rescripto al Senado, en el sentido de que los obispos, presbíteros y diáconos sean castigados de inmediato; que los senadores, los hombres de importancia y los caballeros romanos pierdan su dignidad y además sean privados de sus bienes, y si, quitados sus medios, persistieran en ser cristianos, pierdan también la cabeza; que las matronas sean privadas de sus bienes y enviadas al destierro [...]. Sabed que Sixto fue martirizado en el cementerio el octavo día antes de los idus de agosto, y con él cuatro diáconos. [...] Ruego que estas cosas se den a conocer por medio de vosotros al resto de nuestros colegas, para que en todas partes, con su exhortación, la hermandad se fortalezca y se prepare para el combate espiritual, para que cada uno de nosotros piense menos en la muerte que en la inmortalidad.
    El 13 de septiembre fue arrestado en sus jardines y pasó la noche en casa del oficial, con la comunidad velando a la puerta. Al día siguiente fue llevado al pretorio. Las actas de su proceso, que Wikipedia reproduce y que Brent cita como Acta proconsularia, conservan el interrogatorio: el procónsul Galerio Máximo le ordena cumplir los ritos romanos; Cipriano responde que no lo hará; «recapacita»; «haz lo que se te ha ordenado; en asunto tan justo no hay deliberación». La sentencia lo llama «portaestandarte de la secta y enemigo de los dioses», y Cipriano responde «Gracias a Dios». Poncio describe el final:
    Texto de la fuentePoncio · Vida y pasión de Cipriano · 18Consultar la referencia
    El lugar mismo donde iba a sufrir es llano, de modo que ofrece un noble espectáculo, con árboles espesos plantados por todas partes. Pero como, por la extensión del espacio, la vista no era alcanzable para la multitud confusa, personas que lo querían se habían subido a las ramas de los árboles, para que no le faltara ni siquiera lo que sucedió a Zaqueo: ser contemplado desde los árboles. Y entonces, habiéndose vendado los ojos con sus propias manos, trató de apresurar la lentitud del verdugo, cuyo oficio era blandir la espada y que con dificultad sujetaba la hoja en su diestra desfallecida, con dedos temblorosos, hasta que la hora madura de la glorificación fortaleció la mano del centurión con el poder concedido de lo alto para consumar la muerte del hombre excelente.
    Fue, dice Poncio, el primer obispo de África que murió mártir (Vida 19). Jerónimo anota que murió el mismo día que Cornelio de Roma, aunque no el mismo año (Sobre los hombres ilustres 67); por eso la Iglesia latina los celebra juntos el 16 de septiembre. Su cuerpo fue enterrado de noche, con cirios y antorchas, en el cementerio del procurador Macrobio Candidiano, y sobre su tumba y sobre el lugar de su muerte se levantaron iglesias que los vándalos destruyeron (Wikipedia).

    Recepción: de Agustín a los donatistas y a la Ortodoxia

    Pocos Padres fueron leídos con tanta pasión por bandos opuestos. En el siglo IV los donatistas, que negaban la validez de los sacramentos dados por obispos que habían entregado las Escrituras en la persecución de Diocleciano, reclamaron a Cipriano como suyo, y tenían motivos: su doctrina del bautismo de los herejes era la de él. Robert Markus, citado por Dunn, llega a decir que «los donatistas podían reclamar la herencia de Cipriano al menos con tanta razón como los católicos», y que el donatismo fue «la continuación de la antigua tradición cristiana africana en el mundo posconstantiniano». Agustín tuvo que construir contra ellos la distinción que Cipriano no había hecho: el sacramento es válido aunque quien lo da esté fuera de la Iglesia, porque es de Cristo y no del ministro. Lo hizo con respeto, predicando en la fiesta de Cipriano casi cada año (sermones 309–313) y reconociéndole una «caridad sagrada» que mantuvo la unidad con quienes discrepaban de él.
    El otro frente fue el de Roma. Los editores de la Ante-Nicene Fathers, en su noticia introductoria, convierten a Cipriano en «el Ignacio de Occidente» y en el testigo principal de un episcopado «sin rastro de papado», y leen el proemio del concilio de 256 como una refutación anticipada del Vaticano I. Es una lectura de parte, como lo fue la contraria, que durante siglos citó el capítulo 4 de Sobre la unidad en su primera versión como prueba del primado romano. Lo que el texto permite decir es más modesto: Cipriano reconocía a la sede de Pedro como origen y signo de la unidad, escribía al obispo de Roma como a un colega y no aceptaba que ningún obispo juzgara a otro. Wikipedia en castellano observa que la Iglesia ortodoxa «ha hecho suya la eclesiología de Cipriano» y rechaza en su doctrina oficial los sacramentos fuera de la Iglesia, mientras que la Iglesia católica siguió a Agustín.
    Lo que sobrevivió sin disputa fue su imagen. Prudencio le dedicó un himno (Peristephanon 13, con una confusión con Cipriano de Antioquía que Clarke señala), Agustín predicó en su fiesta, y el calendario lo unió a Cornelio. Su prosa fue modelo del latín cristiano hasta Jerónimo, que lo cita como ejemplo de la elocuencia que se abaja a la sencillez de la fe (Comentario a Jonás 3, citado por Clarke). Y su correspondencia es hoy, para los historiadores, la fuente más completa sobre cómo funcionaba una iglesia del siglo III: cómo se elegía un obispo, cómo se tomaban las decisiones en el presbiterio con el pueblo presente, cómo se comunicaban las sedes y qué pasaba cuando no se ponían de acuerdo. Brent ha mostrado hasta qué punto esa iglesia hablaba el lenguaje político de Cartago; Hinchliff, según su reseñador, hasta qué punto «el frío disciplinario se convirtió en el héroe de la Cartago cristiana».
    Qué quedó de él se puede decir en pocas frases. La idea de que la Iglesia es visible, de que se la reconoce por la comunión con el obispo y de que separarse de ella es perder lo que ella da, es suya, y Occidente la heredó aunque la corrigiera. La vía media sobre los caídos, ni la readmisión sin penitencia ni la exclusión perpetua, es la que se impuso. Lo que no quedó es su doctrina del bautismo de los herejes, que Roma rechazó en vida de él y Agustín refutó después, y la fusión entre herejía y cisma que la sostenía. El lector que quiera comprobar el argumento por sí mismo tiene una tarea concreta: leer Sobre la unidad 5–6 y después la Carta 73, 21, y preguntarse si la segunda se sigue de la primera o si, como pensó Esteban, se le añade algo.
    Nota de lectura · Fuentes de este perfil y para seguir leyendo
    • Allen Brent, Cyprian and Roman Carthage (Cambridge University Press, 2010). Lee la eclesiología de Cipriano desde las categorías políticas y religiosas de la Cartago romana: el obispo como magistrado con imperium, la supplicatio de Decio como censo, la «vejez del mundo» compartida con los paganos. De aquí vienen las fechas de la conversión (245–246), del presbiterado (c. 247) y del episcopado (248). El ejemplar de la biblioteca está escaneado sin texto y solo se ha podido leer el capítulo 1 mediante reconocimiento óptico.
    • Geoffrey D. Dunn, «Heresy and Schism according to Cyprian of Carthage», Journal of Theological Studies, n. s. 55 (2004), 551–574. Examina cada aparición de haeresis y schisma en Tertuliano y en Cipriano y concluye que este no los distinguía. De aquí proceden las referencias a Bévenot, Markus, Burns y Bobertz.
    • G. W. Clarke, «The Secular Profession of St. Cyprian of Carthage», Latomus 24 (1965), 633–638. Contra la imagen de Cipriano abogado.
    • Peter Hinchliff, Cyprian of Carthage and the Unity of the Christian Church (Geoffrey Chapman, 1974), conocido aquí solo por la reseña de Edward Fasholé-Luke en Scottish Journal of Theology 28 (1975), 489–495, de donde se toman las dos explicaciones de la huida.
    • G. W. Clarke, The Letters of St. Cyprian of Carthage, 4 vols. (Ancient Christian Writers 43, 44, 46, 47; Newman Press, 1984–1989), y Maurice Bévenot, St. Cyprian: The Lapsed, The Unity of the Catholic Church (ACW 25, 1956), citados a través de Dunn.
    • Textos: las citas de este perfil están traducidas por Eusebeia del inglés de la Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (R. E. Wallis, 1886), que puede consultarse en CCEL; los pasajes de Sobre los caídos y Sobre la unidad siguen las ediciones de Eusebeia. Poncio, Vida y pasión de Cipriano, en el mismo volumen. Jerónimo, Sobre los hombres ilustres 53 y 67, en New Advent. Las actas proconsulares se citan según el texto castellano que reproduce Wikipedia.
    • En castellano: Cipriano de Cartago, Obras completas, ed. J. Campos (BAC 241, Madrid 1964), no consultada aquí; y la selección de Alfonso Ropero en Lo mejor de Cipriano de Cartago (CLIE).
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