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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 15 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 2 · ≈ 9 minLa enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)
  3. Sesión 3 · Parte 2 · ≈ 12 minLa enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)
  4. Sesión 4 · Parte 2 · ≈ 12 minLa enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)
  5. Sesión 5 · Parte 2 · ≈ 15 minLa enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 1 minLa enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)
  7. Sesión 7 · Parte 3 · ≈ 10 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  8. Sesión 8 · Parte 3 · ≈ 10 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  9. Sesión 9 · Parte 3 · ≈ 9 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  10. Sesión 10 · Parte 3 · ≈ 11 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  11. Sesión 11 · Parte 3 · ≈ 9 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 11 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 15 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minLo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)
  16. Sesión 16 · Parte 4 · ≈ 11 minJoviniano denunciado y el testimonio del mundo pagano (§ 40–49)
  17. Sesión 17 · Parte 4 · ≈ 14 minJoviniano denunciado y el testimonio del mundo pagano (§ 40–49)
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 10 minJoviniano denunciado y el testimonio del mundo pagano (§ 40–49)
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 3 minLibro II
  20. Sesión 20 · Parte 5 · ≈ 15 minLos bautizados y la tentación (§ 1–4)
  21. Sesión 21 · Parte 5 · ≈ 5 minLos bautizados y la tentación (§ 1–4)
  22. Sesión 22 · Parte 6 · ≈ 9 minAyuno y alimentos (§ 5–17)
  23. Sesión 23 · Parte 6 · ≈ 10 minAyuno y alimentos (§ 5–17)
  24. Sesión 24 · Parte 6 · ≈ 9 minAyuno y alimentos (§ 5–17)
  25. Sesión 25 · Parte 6 · ≈ 14 minAyuno y alimentos (§ 5–17)
  26. Sesión 26 · Parte 6 · ≈ 8 minAyuno y alimentos (§ 5–17)
  27. Sesión 27 · Parte 7 · ≈ 10 minUna sola recompensa o muchas (§ 18–34)
  28. Sesión 28 · Parte 7 · ≈ 12 minUna sola recompensa o muchas (§ 18–34)
  29. Sesión 29 · Parte 7 · ≈ 10 minUna sola recompensa o muchas (§ 18–34)
  30. Sesión 30 · Parte 7 · ≈ 10 minUna sola recompensa o muchas (§ 18–34)
  31. Sesión 31 · Parte 7 · ≈ 9 minUna sola recompensa o muchas (§ 18–34)
  32. Sesión 32 · Parte 7 · ≈ 7 minUna sola recompensa o muchas (§ 18–34)
  33. Sesión 33 · Parte 8 · ≈ 12 minRecapitulación y apelación a Roma (§ 35–38)

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    TEXTOS — JERÓNIMO

    Índice de la obra

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    Jerónimo

    Contra Joviniano

    Texto base: versión inglesa de W. H. Fremantle con la ayuda de G. Lewis y W. G. Martley, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, «The Principal Works of St. Jerome» (1892–1893), «Against Jovinianus» · dos libros y ochenta y siete secciones numeradas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 319 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Vale más una virgen que una mujer casada a los ojos de Dios? El monje romano Joviniano respondía que no: virgen, viuda y casada son miembros de la misma Iglesia, el ayuno no supera a la comida recibida con acción de gracias y todos los salvos tendrán igual premio. Jerónimo, que escribe desde Belén en 393, le contesta en dos libros que el Apóstol, la Ley y los profetas dicen lo contrario. El primero trata la primera tesis, la del matrimonio y la virginidad: una exposición de 1 Corintios 7 (I, 4–13), un recorrido por los libros de ambos Testamentos (I, 14–39) y, tras la denuncia de Joviniano (I, 40), los ejemplos de continencia que da el mundo pagano (I, 41–49). El segundo responde a las otras tres, en la cuenta de Jerónimo: los bautizados, los alimentos y las recompensas. De Joviniano apenas sabemos más que lo que cuenta su adversario, de modo que la obra es a la vez una defensa del ascetismo y la fuente principal sobre aquel a quien refuta.

    Ficha de la obra

    AutorJerónimo (Hieronymus). Escribe en su segundo período de estancia en Belén, el de «sus grandes controversias», de las que el NPNF cuenta como primera la de Joviniano (Prolegómenos)
    TítuloContra Joviniano (en latín Adversus Iovinianum; el NPNF imprime «Against Jovinianus»)
    Lengua originalLatín
    Fecha393, según el editor del NPNF y Wikipedia. La carta de Jerónimo a Pammaquio que defiende estos libros se fecha en 393 o 394 (NPNF)
    GéneroTratado polémico en dos libros. Cada tesis de Joviniano se contesta con exégesis bíblica y, en el libro primero, con ejemplos de la literatura pagana
    AdversarioJoviniano, monje romano. Todo lo que sabemos de él viene de Jerónimo: la obra cita pasajes suyos (I, 2), y según Wikipedia la información sobre él procede principalmente de esta obra
    ExtensiónDos libros: el primero con 49 secciones y el segundo con 38. Unas 56 000 palabras en esta traducción
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 6, tal como la recogen New Advent y CCEL
    Las secciones numeradas de cada libro son las que el NPNF llama «capítulos»: se citan aquí como «I, 14», libro y número. El recorrido de la obra, según los resúmenes del editor inglés:
    Libro y seccionesTema
    I, 1–3Introducción: Jerónimo describe el estilo de Joviniano y cita su proemio
    I, 4–13Exposición, en el sentido de Jerónimo, de 1 Corintios 7
    I, 14–39Lo que enseñan los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento sobre matrimonio y virginidad
    I, 40–49Denuncia de Joviniano y alabanza de la virginidad y de las únicas nupcias con ejemplos del mundo pagano
    II, 1–4Segunda tesis (en la cuenta de Jerónimo): los regenerados no pueden ser «derribados» por el diablo
    II, 5–17Tercera tesis: ayunar y comer con acción de gracias no se distinguen
    II, 18–34Cuarta tesis: todos los salvos tendrán igual recompensa
    II, 35–38Recapitulación y apelación a Roma
    Sobre la virginidad y el matrimonio en el siglo siguiente se lee a Agustín en El bien del matrimonio, Sobre la santa virginidad y El bien de la viudez; la vida ascética en común, en El monacato y los Padres del desierto.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 6 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime como «Against Jovinianus». El volumen es The Principal Works of St. Jerome, editado por Philip Schaff y Henry Wace. Según la portada reproducida por CCEL, lo tradujo W. H. Fremantle «con la ayuda» de G. Lewis y W. G. Martley; en su prefacio, fechado en Canterbury en noviembre de 1892, Fremantle explica que el primer borrador fue obra de Lewis y Martley, que añadieron la mayor parte de las notas, y que él revisó cada parte, corrigiendo, añadiendo y a veces reescribiendo. El prefacio no dice cuál de los dos preparó cada obra del volumen. Las fuentes discrepan en el pie de imprenta: New Advent da Buffalo, 1893 (Christian Literature Publishing Co.) y la ficha de CCEL, Nueva York, 1892.
    Lo que viene de la edición. Los resúmenes con que se abre cada libro y la división en secciones numeradas son del editor inglés, no de Jerónimo. Los encabezados de tercer nivel («La enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)», etcétera) los añade esta edición para dividir la obra, siguiendo los planes del propio NPNF; no son de Jerónimo ni de la edición inglesa. El epub de partida no trae las notas explicativas del traductor.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición; las que el lector resuelve contra la Biblia salen con su versículo emergente. Dos remiten a capítulos en números romanos («Josué iii», «2 Reyes xviii»); se conservan como texto, sin versículo emergente. Las palabras griegas entre corchetes (I, 11 y siguientes) son de la edición y quedan como texto.
    Numeración. Las secciones son las de la edición inglesa y se numeran sin interrupción en cada libro. La traducción conserva el número inicial de todas.

    Contra Joviniano

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra Joviniano · I, introducción
    Joviniano, de quien poco más sabemos de lo que se halla en los dos libros siguientes, había publicado en Roma un tratado latino que contenía todas, o parte de, las opiniones aquí refutadas, a saber: (1) «Que una virgen, como tal, no es a los ojos de Dios mejor que una esposa. (2) La abstinencia no es mejor que la participación agradecida del alimento. (3) Una persona bautizada con el Espíritu y con el agua no puede pecar. (4) Todos los pecados son iguales. (5) No hay sino un grado de castigo y uno de recompensa en el estado futuro.» Además sostenía que el nacimiento de nuestro Señor se produjo por un «verdadero parto», y discrepaba así de la ortodoxia de su tiempo, según la cual el niño Jesús atravesó las paredes del vientre como su cuerpo resucitado salió después del sepulcro o atravesó las puertas cerradas. Pammaquio, amigo de Jerónimo, puso el libro de Joviniano en conocimiento de Siricio, obispo de Roma, y poco después fue condenado en sínodos celebrados en aquella ciudad y en Milán (hacia el año 390 d.C.). Posteriormente envió los libros de Joviniano a Jerónimo, quien les respondió en el presente tratado el año 393. Nada más se sabe de Joviniano, pero se ha conjeturado por la observación de Jerónimo en el tratado contra Vigilancio, donde se dice que Joviniano «en medio de faisanes y carne de cerdo más bien eructó que exhaló su vida», y que por una especie de transmigración transmitió sus opiniones a Vigilancio, que había muerto antes de 409, fecha de aquella obra.
    El primer libro trata por completo de la primera proposición de Joviniano, la relativa al matrimonio y la virginidad. Los tres primeros capítulos son introductorios. El resto puede dividirse en tres partes:
    • (caps. 4-13). Una exposición, en el sentido de Jerónimo, de la enseñanza de san Pablo en 1 Cor. vii.
    • caps. 14-39). Una exposición de la enseñanza que Jerónimo extrae de los diversos libros del Antiguo y del Nuevo Testamento.
    • Una denuncia de Joviniano (c. 40), y las alabanzas de la virginidad y de los matrimonios contraídos una sola vez, derivadas de ejemplos del mundo pagano.
    El tratado ofrece una muestra notable del sistema de Jerónimo para interpretar la Escritura, y también de los métodos por los cuales se introdujo el ascetismo en la Iglesia y se desprestigió el matrimonio.

    Introducción: el estilo de Joviniano (§ 1–3)

    I, 1

    1. Hace muy pocos días que los santos hermanos de Roma me enviaron los tratados de cierto Joviniano con el ruego de que respondiera a las necedades que contienen y aplastara con vigor evangélico y apostólico al Epicuro del cristianismo. Los leí, pero no pude comprenderlos en lo más mínimo. Comencé, pues, a prestarles más atención y a examinar a fondo no solo las palabras y las frases, sino casi cada sílaba; pues quería primero averiguar su sentido, y luego aprobar o refutar lo que había dicho. Pero el estilo es tan bárbaro, el lenguaje tan vil y tal cúmulo de disparates, que no podía entender ni de qué hablaba ni con qué argumentos intentaba probar sus afirmaciones. Tan pronto es todo ampulosidad, tan pronto se arrastra; de vez en cuando se levanta, y entonces, como una serpiente herida, su propio esfuerzo le resulta excesivo. No contento con el lenguaje de los hombres, intenta algo más elevado.
    «Los montes están de parto; nace un mísero ratón.»
    «Que se ha vuelto loco, hasta el loco Orestes lo jura.»
    Además, envuelve todo en una confusión tan inextricable que se le podría aplicar el dicho de Plauto: «Esto es lo que solo una Sibila llegará a leer jamás.»
    Para entenderlo hemos de ser profetas. Leemos a las delirantes profetisas de Apolo. Recordamos también lo que dice Virgilio del ruido sin sentido. A Heráclito, apellidado el Oscuro, los filósofos apenas logran entenderlo aun con su máximo esfuerzo. Pero ¿qué son ellos comparados con nuestro fabricante de enigmas, cuyos libros son mucho más difíciles de comprender que de refutar? Aunque (hemos de confesarlo) la tarea de refutarlos no es fácil. Pues ¿cómo vencer a un hombre cuando estás completamente a oscuras sobre su sentido? Pero, para no aburrir a mi lector, la introducción a su segundo libro, de la que se ha descargado como un borracho tras una noche de orgía, mostrará el carácter de su elocuencia y por qué brillantes flores de retórica avanza su majestuoso curso.
    Comentario editorial · Un «Epicuro del cristianismo» al que Jerónimo quizá no conocía
    Jerónimo abre con el epíteto «Epicuro del cristianismo» y juzga bárbaro el estilo de Joviniano. Una nota de la edición inglesa advierte de que la expresión haría suponer que conocía a Joviniano y su modo de vida, pero que no hay motivo para pensarlo: sus imputaciones contra el adversario deben tomarse como inferencias que saca de sus opiniones. Los Prolegómenos del NPNF añaden que, a juzgar por las citas de Jerónimo, Joviniano no era un hombre de capacidad superior, aunque no ven fundamento aparente para lo que se dice de su carácter. Wikipedia recuerda que la información sobre él procede principalmente de esta obra: el retrato es el de un adversario.

    I, 2

    2. «Respondo a vuestra invitación, no para pasar por la vida con gran reputación, sino para vivir libre del rumor ocioso. Ruego a la tierra, a los brotes tiernos de nuestras plantaciones, a las plantas y árboles de ternura arrancados del torbellino del vicio, que me concedan audiencia y el apoyo de muchos oyentes. Sabemos que la Iglesia, por la esperanza, la fe y la caridad, es inaccesible e inexpugnable. En ella nadie es inmaduro: todos están dispuestos a aprender: nadie puede abrirse paso por la fuerza ni engañarla con astucia.»

    I, 3

    3. ¿Cuál es, pregunto, el significado de estas palabras portentosas y de esta descripción grotesca? ¿No pensarías que estaba en un sueño febril, o que lo había acometido la locura y debía ser puesto en la camisa de fuerza que prescribió Hipócrates? Por mucho que lo lea, hasta que el corazón se me hunde dentro de mí, sigo en la incertidumbre sobre su sentido. Todo parte de algo, todo depende de otra cosa. Es imposible discernir conexión alguna; y, exceptuando las pruebas de la Escritura que no se ha atrevido a cambiar por sus propias y encantadoras flores de retórica, sus palabras convienen igualmente a cualquier asunto, precisamente porque no convienen a ninguno. Esta circunstancia me llevó a sospechar sagazmente que su objetivo al proclamar la excelencia del matrimonio era solo menospreciar la virginidad. Pues cuando lo menor se pone al nivel de lo mayor, lo inferior gana con la comparación, pero lo superior sufre agravio. Por nuestra parte, no seguimos las opiniones de Marción y Maniqueo ni menospreciamos el matrimonio; ni, engañados por el error de Taciano, jefe de los encratitas, pensamos que toda relación es impura; él condena y rechaza no solo el matrimonio, sino también el alimento que Dios creó para uso del hombre. Sabemos que en una casa grande no solo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y barro. Y que sobre el fundamento, Cristo, que puso Pablo el maestro de obras, unos edifican oro, plata, piedras preciosas; otros, por el contrario, heno, madera, paja. No ignoramos las palabras, «Honroso es en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla.» Hemos leído el primer mandato de Dios, [] «Fructificad y multiplicaos, y henchid la tierra»; pero, aun honrando el matrimonio, preferimos la virginidad, que es fruto del matrimonio. ¿Dejará la plata de ser plata si el oro es más precioso que la plata? ¿O se hace agravio al árbol y al grano si preferimos el fruto a la raíz y al follaje, o el grano a la caña y a la espiga? La virginidad es al matrimonio lo que el fruto al árbol, o el grano a la paja. Aunque el ciento por uno, el sesenta por uno y el treinta por uno brotan de una misma tierra y de una misma siembra, hay, sin embargo, una gran diferencia en cuanto al número. El treinta por uno se refiere al matrimonio. La mismísima manera en que se combinan los dedos —mira cómo parecen abrazarse, besarse con ternura y empeñarse mutuamente fidelidad— es una imagen del marido y la mujer. El sesenta por uno se aplica a las viudas, porque están colocadas en una posición de dificultad y angustia. Por eso el dedo superior significa su abatimiento, y cuanto mayor es la dificultad para resistir los halagos del placer una vez experimentado, tanto mayor es la recompensa. Además (presta mucha atención, lector mío), para denotar el ciento, se usa la mano derecha en lugar de la izquierda: se hace un círculo con los mismos dedos que en la izquierda representaban la viudedad, y así se expresa la corona de la virginidad. Al decir esto he seguido más bien mi propio espíritu impaciente que el curso del argumento. Pues apenas había dejado el puerto y apenas había izado la vela, cuando una marea creciente de palabras me arrastró de pronto a las profundidades de la discusión. Debo detener mi rumbo y recoger velas por un poco; ni consentiré a mi espada, ansiosa como está de asestar un golpe por la virginidad. Cuanto más hacia atrás se tensa la catapulta, tanto mayor es la fuerza del proyectil. Demorarse no es perder, si con la demora se asegura mejor la victoria. Expondré brevemente las opiniones de nuestro adversario, y las arrastraré fuera de sus libros como serpientes de los agujeros donde se esconden, y separaré la cabeza venenosa del cuerpo que se retuerce. Lo que es dañino será descubierto, para que, cuando tengamos poder, pueda ser aplastado.
    Dice que «las vírgenes, las viudas y las mujeres casadas, que han pasado una vez por la pila de Cristo, si son iguales en los demás aspectos, tienen mérito igual.»
    Se esfuerza por demostrar que «aquellos que, con plena certidumbre de fe, han nacido de nuevo en el bautismo, no pueden ser derribados por el diablo.»
    Su tercer punto es «que no hay diferencia entre la abstinencia de alimento y su recepción con acción de gracias.»
    El cuarto y último es «que hay una sola recompensa en el reino de los cielos para todos los que han guardado su voto bautismal.»
    Comentario editorial · Cuatro tesis para Jerónimo, cinco para el editor
    Al exponer lo que sostiene su adversario, Jerónimo cuenta cuatro puntos: que vírgenes, viudas y casadas bautizadas tienen igual mérito; que los regenerados no pueden ser «derribados» por el diablo; que la abstinencia de alimento no se distingue de tomarlos con acción de gracias; y que hay una sola recompensa en el reino. El editor del NPNF, en la introducción al libro I, enumera cinco, separando que todos los pecados son iguales de que hay un solo grado de castigo y de premio. Por eso en el libro II Jerónimo habla de la «segunda» tesis al tratar de los bautizados, mientras que en la lista del editor ese punto es el tercero.

    La enseñanza de Pablo en 1 Corintios 7 (§ 4–13)

    I, 4

    4. Este es el silbido de la antigua serpiente; con semejante consejo el dragón expulsó al hombre del Paraíso. Pues prometió que, si preferían la saciedad al ayuno, serían inmortales, como si les fuera imposible caer; y mientras promete que serán como dioses, los expulsa del Paraíso, con el resultado de que aquellos que, estando desnudos y sin trabas, y como vírgenes sin mancha, gozaban de la compañía del Señor, fueron arrojados al valle de lágrimas y cosieron pieles para vestirse con ellas. Pero, para no detener más al lector, me atendré a la división ya dada y, tomando sus proposiciones una por una, me apoyaré principalmente en el testimonio de la Escritura para refutarlas, no sea que parloteé y se queje de que fue vencido más por la habilidad retórica que por la fuerza de la verdad. Si logro esto y, con la ayuda de una nube de testigos de ambos Testamentos, resulto demasiado fuerte para él, aceptaré entonces su desafío y aduciré ejemplos de la literatura profana. Mostraré que incluso entre los filósofos y los estadistas distinguidos, los virtuosos suelen ser preferidos por todos a los voluptuosos, es decir, hombres como Pitágoras, Platón y Arístides, a Aristipo, Epicuro y Alcibíades. Ruego a las vírgenes de ambos sexos y a todos los continentes, también a los casados y a los casados dos veces, que ayuden mis esfuerzos con sus oraciones. Joviniano es el enemigo común. Pues quien sostiene que todos son de mérito igual, no hace menos agravio a la virginidad comparándola con el matrimonio, que al matrimonio cuando lo permite como lícito, pero en la misma medida que los matrimonios segundo y tercero. Pero también agravia a los dígamos y trígamos, pues coloca a su nivel a los fornicarios y a las personas más licenciosas en cuanto se han arrepentido; aunque quizá quienes se han casado dos o tres veces no deberían quejarse, pues el mismo fornicario, si es penitente, es igualado en el reino de los cielos incluso a las vírgenes. Explicaré, pues, con más claridad y en debida secuencia los argumentos que emplea y los ejemplos que aduce respecto del matrimonio, y los trataré en el orden en que los expone. Y ruego al lector que no se turbe si se ve obligado a leer la basura nauseabunda de Joviniano. Con tanto más gusto beberá el antídoto de Cristo después del venenoso brebaje del diablo. Escuchad con paciencia, vírgenes; escuchad, os lo ruego, la voz del más voluptuoso de los predicadores; más bien cerrad los oídos, como haríais con los cantos fabulosos de las sirenas, y pasad de largo. Soportad por un poco los agravios que sufrís: pensad que estáis crucificadas con Cristo y que escucháis las blasfemias de los fariseos.

    I, 5

    5. Ante todo, dice, Dios declara que [] «por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer: y serán una sola carne.» Y para que no digamos que esto es una cita del Antiguo Testamento, afirma que ha sido [] confirmado por el Señor en el Evangelio— «lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre»: y añade inmediatamente, «Fructificad y multiplicaos, y henchid la tierra.» A continuación repite los nombres de Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé, y nos dice que todos tuvieron esposas y, conforme a la voluntad de Dios, engendraron hijos, como si pudiera haber alguna tabla de descendencia o alguna historia de la humanidad sin esposas y sin hijos. «Ahí», dice, está Enoc, que caminó con Dios y fue arrebatado al cielo. Ahí está Noé, la única persona que, salvo su esposa, sus hijos y las esposas de estos, se salvó del diluvio, aunque debió de haber muchas personas que no estaban en edad de casarse y, por tanto, presumiblemente vírgenes. Además, después del diluvio, cuando la raza humana empezó, por así decir, de nuevo, hombres y mujeres se emparejaron y se pronunció una bendición nueva sobre la procreación, [] «Fructificad y multiplicaos, y henchid la tierra.» Es más, se dio libre permiso para comer carne, [] «Todo lo que se mueve y vive os servirá de alimento; como la hierba verde os lo he dado todo.» Luego se remonta a Abraham, Isaac y Jacob, de los cuales el primero tuvo tres esposas, el segundo una, el tercero cuatro: Lea, Raquel, Bilhá y Zilpá; y declara que Abraham por su fe mereció la bendición que recibió al engendrar a su hijo. Sara, que tipifica la Iglesia, cuando le había cesado la costumbre de las mujeres, cambió la maldición de la esterilidad por la bendición de la maternidad. Se nos informa de que Rebeca fue como una profetisa a consultar al Señor, y se le dijo: [] «Dos naciones y dos pueblos hay en tu vientre»; que Jacob sirvió por su esposa, y que cuando Raquel, pensando que estaba en poder de su marido darle hijos, dijo: [] «Dame hijos, o si no, me muero», él respondió: [] «¿Estoy yo en lugar de Dios, que te ha negado el fruto del vientre?»; tan consciente era de que el fruto del matrimonio viene del Señor y no del marido. A continuación aprendemos que José, varón santo de castidad sin mancha, y todos los patriarcas, tuvieron esposas, y que Dios los bendijo a todos por igual por boca de Moisés. También se traen a escena a Judá y Tamar, y censura a Onán, muerto por el Señor, porque, rehusando levantar descendencia a su hermano, dañó el rito del matrimonio. Se refiere a Moisés y a la lepra de Miriam, quien, porque reprendió a su hermano por causa de su esposa, fue castigada por la mano vengadora de Dios. Alaba a Sansón; incluso diría que hace un panegírico extravagante del nazareo excesivamente apegado a su mujer. Se mencionan también a Débora y Barac, porque, aunque no tuvieron el beneficio de la virginidad, vencieron a los carros de hierro de Sísara y Jabín. Presenta a Jael, esposa de Heber el ceneo, y la ensalza por haberse armado con la estaca. Dice que no hubo diferencia entre Jefté y su hija virgen, que fue sacrificada al Señor: es más, de los dos prefiere la fe del padre a la de la hija, que recibió la muerte con dolor y lágrimas. Luego llega a Samuel, otro nazareo del Señor, que desde la infancia fue criado en el tabernáculo y vestía un efod de lino, o, como se traducen las palabras, vestiduras de lino: también él, se nos dice, engendró hijos sin mancha alguna en su pureza sacerdotal. Coloca a Booz y a su esposa Rut lado a lado en su repertorio, y traza la descendencia de Isaí y David a partir de ellos. Luego señala cómo el propio David, por el precio de doscientos prepucios y con peligro de su vida, se acostó con la hija del rey. ¿Qué diré de Salomón, a quien incluye en la lista de esposos y presenta como tipo del Salvador, sosteniendo que de él estaba escrito: «Da, oh Dios, tus juicios al rey, y tu justicia al hijo del rey»? Y «Se le dará del oro de Sabá, y orarán por él continuamente.» Luego, de repente, salta a Elías y Eliseo, y nos dice como un gran secreto que el espíritu de Elías reposó sobre Eliseo. Por qué menciona esto no lo dice. Difícilmente puede ser que piense que Elías y Eliseo, como los demás, fueron hombres casados. El siguiente paso es Ezequías, en cuyas alabanzas se detiene, y sin embargo (me pregunto por qué) olvida mencionar que dijo: «De aquí en adelante engendraré hijos.» Relata que Josías, varón justo, en cuyo tiempo se halló el libro del Deuteronomio en el templo, fue instruido por Huldá, esposa de Salum. También Daniel y los tres jóvenes son clasificados por él entre los casados. De repente se lanza al Evangelio y aduce a Zacarías e Isabel, a Pedro y a su suegro, y al resto de los apóstoles. Su inferencia se expresa así: «Si alegan ociosamente en su defensa que el mundo en su primera etapa necesitaba ser henchido, escuchen las palabras de Pablo: [] 'Quiero, pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos'. Y 'Honroso es en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla'. Y [] 'La mujer está ligada mientras vive su marido; pero si el marido muere, queda libre para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor'. Y [] 'Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión; pero se salvará mediante la crianza de los hijos, si permanecen en fe, amor y santificación, con modestia'. Seguramente no oiremos más la célebre sentencia apostólica: [] 'Y los que tienen esposa sean como si no la tuvieran'. Difícilmente dirás que la razón por la que quería que se casaran era que algunas viudas ya habían vuelto atrás tras Satanás: como si las vírgenes nunca cayeran y su caída no fuera más ruidosa. Todo esto deja claro que al prohibir casarse y comer alimentos que Dios creó para uso, tenéis las conciencias cauterizadas como con hierro candente y sois seguidores de los maniqueos.» Luego viene mucho más que sería inútil discutir. Por fin se lanza a la retórica y apostrofa a la virginidad así: «No te hago agravio, Virgen: has elegido una vida de castidad a causa de la necesidad presente: te decidiste por ese camino para ser santa en cuerpo y espíritu: no seas orgullosa: tú y tus hermanas casadas sois miembros de la misma Iglesia.»

    I, 6

    6. Quizá he explicado su postura con demasiada extensión y me he vuelto tedioso para mi lector; pero me pareció lo mejor alinear en orden de batalla contra mí todos sus esfuerzos y reunir todas las fuerzas del enemigo con sus escuadrones y generales, no sea que, tras una pronta victoria, surja una serie de otros encuentros. No lucharé, por tanto, contra enemigos aislados, ni me contentaré con escaramuzas en las que me enfrento a pequeños destacamentos de mis adversarios. La batalla debe librarse contra todo el ejército enemigo, y la chusma desordenada, que lucha más como bandoleros que como soldados, debe ser rechazada con la destreza y el método propios de la guerra regular. En la primera fila colocaré al apóstol Pablo y, puesto que es el más valiente de los generales, lo armaré con sus propias armas, es decir, con sus propias afirmaciones. Pues los corintios plantearon muchas preguntas sobre este asunto, y el doctor de los gentiles y maestro de la Iglesia dio respuestas completas. Lo que él decretó podemos considerarlo como la ley de Cristo que habla en él. Al mismo tiempo, cuando empecemos a refutar los diversos argumentos, confío en que el lector me preste atención incluso antes de que hable el apóstol, y no, en su afán por discutir los puntos más importantes, descuide las premisas y se precipite de inmediato a la conclusión.

    I, 7

    7. Entre otras cosas, los corintios preguntaron en su carta si, después de abrazar la fe de Cristo, debían permanecer sin casarse y, por causa de la continencia, apartar a sus esposas, y si las vírgenes creyentes tenían libertad para casarse. Y además, suponiendo que de dos gentiles uno creyera en Cristo, ¿debía el creyente abandonar al no creyente? Y en caso de que fuera lícito tomar esposas, ¿ordenaría el apóstol que se tomaran sólo esposas cristianas, o también gentiles? Consideremos, pues, las respuestas de Pablo a estas preguntas. «En cuanto a las cosas de que me escribisteis: bueno es para el hombre no tocar mujer. Pero, a causa de las fornicaciones, tenga cada uno su propia esposa, y tenga cada una su propio esposo. Que el esposo dé a la esposa lo que le es debido; y asimismo también la esposa al esposo. La esposa no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el esposo; y asimismo tampoco el esposo tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la esposa. No os defraudéis el uno al otro, a no ser por mutuo consentimiento por algún tiempo, para que os dediquéis a la oración, y volváis a juntaros, no sea que Satanás os tiente a causa de vuestra incontinencia. Pero esto lo digo por modo de permisión, no por mandato. Sin embargo, quisiera que todos los hombres fueran como yo mismo. No obstante, cada uno tiene su propio don de Dios, uno de una manera y otro de otra. Pero a los no casados y a las viudas les digo: bueno les es si permanecen como yo. Pero si no tienen continencia, que se casen, pues mejor es casarse que arder.» Volvamos al punto principal de la prueba: «Bueno es,» dice, «para el hombre no tocar mujer.» Si es bueno no tocar mujer, es malo tocarla, pues no hay contrario de la bondad sino la maldad. Pero si es malo y el mal es perdonado, la razón de la concesión es evitar un mal peor. Ahora bien, una cosa que sólo se permite porque podría haber algo peor tiene sólo un grado leve de bondad. Nunca habría añadido «tenga cada uno su propia esposa,» si antes no hubiera usado las palabras «pero, a causa de las fornicaciones.» Quitad la fornicación, y no dirá «tenga cada uno su propia esposa.» Es como si alguien estableciera: «Es bueno alimentarse de pan de trigo y comer la flor de la harina de trigo,» y, sin embargo, para impedir que una persona acosada por el hambre devore estiércol de vaca, le permitiera comer cebada. ¿Se sigue acaso que el trigo no tendrá su pureza peculiar, porque tal persona prefiera la cebada al excremento? Aquello es naturalmente bueno que no admite comparación con lo malo, y no queda eclipsado porque se prefiera otra cosa. Al mismo tiempo, debemos notar la prudencia del apóstol. No dijo: es bueno no tener esposa, sino: es bueno no tocar mujer, como si hubiera peligro incluso en el contacto; como si quien la tocara no escapara de aquella que «caza la vida preciosa,» que hace volar el entendimiento del joven. [] «¿Puede un hombre tomar fuego en su seno sin que se quemen sus vestidos? ¿O puede uno caminar sobre brasas sin que se le abrasen los pies?» Así como quien toca el fuego se quema al instante, por el mero contacto se percibe la naturaleza peculiar del hombre y de la mujer, y se entiende la diferencia de sexo. Las fábulas paganas relatan cómo Mitras y Erictonio fueron engendrados del suelo, en piedra o tierra, por la pasión desenfrenada. De ahí que nuestro José, porque la mujer egipcia quiso tocarlo, huyó de sus manos y, como si hubiera sido mordido por un perro rabioso y temiera el veneno que se extiende, arrojó el manto que ella había tocado. «Pero, a causa de las fornicaciones, tenga cada uno su propia esposa, y tenga cada una su propio esposo.» No dijo: a causa de la fornicación, que cada hombre se case con una esposa; de lo contrario, con esta excusa habría soltado las riendas a la lujuria, y cada vez que muriera la esposa de un hombre, tendría que casarse con otra para evitar la fornicación, sino «tenga su propia esposa.» Que tenga, dice, y use a su propia esposa, a quien tenía antes de convertirse en creyente, y a quien habría sido bueno no tocar, y, una vez que se hizo seguidor de Cristo, conocerla sólo como hermana, no como esposa, a menos que la fornicación hiciera excusable tocarla. «La esposa no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el esposo; y asimismo tampoco el esposo tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino la esposa.» Toda la cuestión aquí concierne a los hombres casados. ¿Les es lícito hacer lo que nuestro Señor prohibió en el Evangelio, y apartar a sus esposas? De ahí que el apóstol diga: «Bueno es para el hombre no tocar mujer.» Pero en la medida en que quien está una vez casado no tiene poder para abstenerse sino por mutuo consentimiento, y no puede rechazar a una compañera que no lo ofende, que el esposo dé a la esposa lo que le es debido. Se ató voluntariamente para estar obligado a darlo. «No os defraudéis el uno al otro, a no ser por mutuo consentimiento por algún tiempo, para que os dediquéis a la oración.» ¿Cuál es, os pregunto, la cualidad de ese bien que impide la oración? ¿Que no permite recibir el cuerpo de Cristo? Mientras hago el papel de esposo, falto a la continencia. El mismo apóstol en otro lugar nos manda orar siempre. Si hemos de orar siempre, se sigue que nunca debemos estar en la esclavitud del matrimonio, pues cuantas veces doy a mi esposa lo que le es debido, no puedo orar. El apóstol Pedro experimentó los lazos del matrimonio. Ved cómo modela la Iglesia y qué lección enseña a los cristianos: [] «Vosotros, maridos, de igual manera convivid con vuestras esposas según conocimiento, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no sean impedidas.» Observad que, como antes San Pablo, porque en ambos casos el espíritu es el mismo, así ahora San Pedro dice que las oraciones son impedidas por el cumplimiento del deber conyugal. Cuando dice «de igual manera,» desafía a los maridos a imitar a sus esposas, porque ya les ha dado mandamiento: [] «al observar vuestra casta conversación unida al temor. Cuyo adorno no sea el exterior, de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el yo oculto del corazón, en el adorno incorruptible de un espíritu manso y tranquilo, que es de gran precio ante Dios.» Ved qué clase de matrimonio ordena. Maridos y esposas han de convivir según conocimiento, para que sepan lo que Dios quiere y desea, y den honor al vaso frágil, la mujer. Si nos abstenemos del trato, damos honor a nuestras esposas; si no nos abstenemos, está claro que el insulto es lo contrario del honor. También dice a las esposas que dejen que sus maridos «vean su casta conducta y el yo oculto del corazón, en el adorno incorruptible de un espíritu manso y tranquilo.» ¡Palabras verdaderamente dignas de un apóstol y de la roca de Cristo! Establece la ley para maridos y esposas, condena el ornamento exterior, mientras alaba la continencia, que es el ornamento del hombre interior, como se ve en el adorno incorruptible de un espíritu manso y tranquilo. En efecto, dice esto: Puesto que vuestro hombre exterior es corrupto, y habéis dejado de poseer la bendición de la incorrupción característica de las vírgenes, al menos imitad la incorrupción del espíritu mediante la abstinencia subsiguiente, y lo que no podéis mostrar en el cuerpo exhibidlo en la mente. Porque éstas son las riquezas, y éstos los adornos de vuestra unión, que Cristo busca.

    I, 8

    8. Las palabras que siguen, «para que os dediquéis a la oración, y volváis a juntaros,» podrían llevar a uno a suponer que el apóstol expresaba un deseo y no hacía una concesión a causa del peligro de una caída mayor. Por eso añade de inmediato: «no sea que Satanás os tiente por vuestra incontinencia.» Es una permisión fina la que se transmite con las palabras «volváis a juntaros.» Lo que se ruborizó de llamar por su propio nombre, y pensó que era sólo mejor que una tentación de Satanás y el efecto de la incontinencia, nos tomamos la molestia de discutirlo como si fuera oscuro, aunque ha explicado su significado al decir: «esto lo digo por modo de permisión, no por modo de mandato.» ¿Y aún dudamos en hablar del matrimonio como una concesión a la debilidad, no como algo mandado, como si los segundos y terceros matrimonios no estuvieran permitidos por la misma razón, como si las puertas de la Iglesia no se abrieran por el arrepentimiento incluso a los fornicarios y, lo que es más, a los incestuosos? Tomemos el caso del hombre que ultrajó a su madrastra. ¿No lo entrega el apóstol, después de haberlo entregado en su primera epístola a los corintios a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo, y en la segunda epístola lo recibe de nuevo y se esfuerza por evitar que un hermano sea tragado por una tristeza excesiva? Una cosa es el deseo del apóstol, otra su perdón. Si se expresa un deseo, confiere un derecho; si una cosa sólo se llama perdonable, nos equivocamos al usarla. Si queréis conocer la verdadera mente del apóstol, debéis tomar lo que sigue: «pero quisiera que todos los hombres fueran como yo.» ¡Feliz el hombre que es como Pablo! ¡Afortunado quien atiende al mandato del apóstol, no a su concesión! Esto, dice, deseo, esto quiero: que seáis imitadores de mí, como yo también lo soy de Cristo, que fue Virgen nacido de una Virgen, incorrupto de aquella que era incorrupta. Nosotros, porque somos hombres, no podemos imitar el nacimiento de nuestro Señor; pero al menos podemos imitar su vida. Lo primero fue prerrogativa bendita de la divinidad; lo segundo pertenece a nuestra condición humana y es parte del esfuerzo humano. Quisiera que todos los hombres fueran como yo, para que, siendo como yo, también lleguen a ser como Cristo, a quien yo soy semejante. Pues [] «el que cree en Cristo debe también andar como él anduvo.» [] «No obstante, cada uno tiene su propio don de Dios, uno de una manera y otro de otra.» Lo que deseo, dice, está claro. Pero puesto que en la Iglesia hay diversidad de dones, consiento en el matrimonio, no sea que parezca condenar la naturaleza. Al mismo tiempo, considerad que el don de la virginidad es uno, el del matrimonio, otro. Pues si la recompensa fuera la misma para los casados y para las vírgenes, nunca después de ordenar la continencia habría dicho: [] «Cada uno tiene su propio don de Dios, uno de una manera y otro de otra.» Donde hay distinción en un particular, hay también diversidad en otros puntos. Concedo que incluso el matrimonio es un don de Dios, pero entre don y don hay gran diversidad. De hecho, el propio apóstol, hablando de la misma persona que se arrepintió de su conducta incestuosa, dice: [] «así que, al contrario, debéis más bien perdonarlo y consolarlo, y a quien vosotros perdonáis algo, yo también lo perdono.» Y para que no pensemos que el don de un hombre es despreciable, añadió: «porque lo que yo también he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he perdonado en presencia de Cristo.» Hay diversidad en los dones de Cristo. De ahí que, a modo de tipo, José tenga una túnica de muchos colores. Y en el salmo cuarenta y cinco leemos: «a tu derecha está la reina con vestidura de oro, tejida con diversos colores.» Y el apóstol Pedro dice: «como coherederos de la multiforme gracia de Dios,» donde se usa la palabra griega más expresiva [ποικίλης], es decir, variada.

    I, 9

    9. Luego vienen las palabras [] «Pero a los no casados y a las viudas les digo: bueno les es si permanecen como yo. Pero si no tienen continencia, que se casen, pues mejor es casarse que arder.» Habiendo concedido a los casados el disfrute del matrimonio y señalado sus propios deseos, pasa a los no casados y a las viudas, les pone delante su propia práctica para imitación y los llama felices si permanecen así. «Pero si no tienen continencia, que se casen,» tal como dijo antes «Pero a causa de las fornicaciones,» y «No sea que Satanás os tiente, a causa de vuestra incontinencia.» Y da una razón para decir «Si no tienen continencia, que se casen,» a saber, «Mejor es casarse que arder.» La razón por la que es mejor casarse es que es peor arder. Que esté ausente la pasión ardiente, y no dirá que es mejor casarse. La palabra mejor siempre implica una comparación con algo peor, no una cosa absolutamente buena e incomparable. Es como si dijera: es mejor tener un ojo que ninguno, es mejor mantenerse sobre un pie y sostener el resto del cuerpo con un bastón, que arrastrarse con las piernas rotas. ¿Qué decís, apóstol? No os creo cuando decís «Aunque sea tosco en el habla, no lo soy en el conocimiento.» Así como la humildad es la fuente de las expresiones «Pues no soy digno de ser llamado apóstol,» y «A mí, que soy el más pequeño de los apóstoles,» y «Como a uno nacido fuera de tiempo,» así aquí también tenemos una expresión de humildad. Conocéis el significado del lenguaje, o no citaríais a [] Epiménides, [] Menandro, y [] Arato. Cuando discutís sobre la continencia y la virginidad, decís: «Bueno es para el hombre no tocar mujer.» Y, «Bueno les es si permanecen como yo.» Y, «Pienso que esto es bueno a causa de la necesidad presente.» Y, «Que es bueno para el hombre estar así.» Cuando llegáis al matrimonio, no decís que es bueno casarse, porque entonces no podríais añadir «que arder;» sino que decís, «Mejor es casarse que arder.» Si el matrimonio en sí mismo fuera bueno, no lo comparéis con el fuego, sino decid simplemente «Es bueno casarse.» Sospecho de la bondad de aquello que se ve forzado a la posición de ser sólo el menor de dos males. Lo que quiero no es un mal menor, sino una cosa absolutamente buena.

    I, 10

    10. Hasta aquí se ha explicado la primera sección. Vengamos ahora a las que siguen. «Pero a los casados les mando, no yo, sino el Señor: que la esposa no se separe de su esposo (pero si se separa, que permanezca sin casarse, o que se reconcilie con su esposo): y que el esposo no deje a su esposa. Pero a los demás digo yo, no el Señor: si algún hermano tiene esposa no creyente, y ella consiente en habitar con él, que no la deje,» y así sucesivamente hasta las palabras «Como Dios ha llamado a cada uno, así camine. Y así lo ordeno en todas las iglesias.» Este pasaje no tiene relación con nuestra controversia actual. Pues ordena, según la mente del Señor, que, excepto por causa de fornicación, no se repudie a la esposa, y que la esposa repudiada, mientras viva su esposo, no se case con otro, o al menos que su deber sea reconciliarse con su esposo. Pero en el caso de los que ya están casados en el momento de la conversión, es decir, suponiendo que uno de los dos sea creyente, ordena que el creyente no repudie al no creyente. Y después de exponer su razón, a saber, que el no creyente que no quiere dejar al creyente se convierte así en candidato a la fe, manda, por otro lado, que si el no creyente rechaza al fiel a causa de la fe de Cristo, el creyente debe apartarse, no sea que se prefiera al esposo o a la esposa antes que a Cristo, en comparación con quien debemos tener incluso la vida por barata. Sin embargo, hoy en día muchas mujeres, despreciando el mandato del apóstol, se unen a esposos paganos y prostituyen los templos de Cristo a los ídolos. No entienden que son parte de su cuerpo, aunque en verdad son sus costillas. El apóstol es indulgente con la unión de los no creyentes que, teniendo esposos (creyentes), después llegan a creer en Cristo. No extiende su indulgencia a aquellas mujeres que, aunque cristianas, se han casado con esposos paganos. A éstas les dice en otro lugar: «No os unáis en yugo desigual con los no creyentes: porque ¿qué compañerismo tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia tiene Cristo con Belial? ¿O qué parte tiene el creyente con el no creyente? ¿Y qué acuerdo tiene un templo de Dios con los ídolos? Porque somos templo del Dios vivo.» Aunque sé que multitudes de matronas se enfurecerán contra mí; aunque sé que, así como han despreciado descaradamente al Señor, así rabiarán contra mí, que no soy más que una pulga y el más pequeño de los cristianos; sin embargo, diré lo que pienso. Diré lo que el apóstol me ha enseñado: que no están del lado de la justicia, sino de la iniquidad; no de la luz, sino de las tinieblas; que no pertenecen a Cristo, sino a Belial; que no son templos del Dios vivo, sino santuarios e ídolos de los muertos. Y, si queréis ver más claramente cuán totalmente ilícito es para una mujer cristiana casarse con un gentil, considerad lo que dice el mismo apóstol: [] «La esposa está ligada mientras vive su esposo; pero si el esposo muere, queda libre para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor,» es decir, con un cristiano. El que permite segundos y terceros matrimonios en el Señor, prohíbe los primeros matrimonios con un gentil. De ahí que también Abraham hace jurar a su siervo sobre su muslo, es decir, sobre Cristo, que había de brotar de su descendencia, que no traería una esposa de sangre extraña para su hijo Isaac. Y Esdras reprimió una ofensa de este tipo contra Dios haciendo que sus compatriotas repudiaran a sus esposas. Y el profeta Malaquías habla así: [] «Judá ha obrado con perfidia, y se ha cometido una abominación en Israel y en Jerusalén; porque Judá ha profanado la santidad del Señor que él ama, y se ha casado con la hija de un dios extraño. El Señor cortará al hombre que haga esto, al que enseña y al que aprende, de las tiendas de Jacob, y al que ofrece una ofrenda al Señor de los ejércitos.» He dicho esto para que los que comparan el matrimonio con la virginidad sepan al menos que tales matrimonios están en un nivel inferior a la digamia y la trigamia.

    I, 11

    11. En la discusión anterior, el Apóstol ha enseñado que el creyente no debe apartarse del incrédulo, sino permanecer en el matrimonio tal como la fe los halló, y que cada uno, casado o soltero, debe continuar como estaba cuando fue bautizado en Cristo; y luego introduce de repente las metáforas de la circuncisión y la incircuncisión, del esclavo y del libre, y bajo esas metáforas trata de los casados y de los no casados. «¿Fue llamado alguno estando circuncidado? No se haga incircunciso. La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino la observancia de los mandamientos de Dios. Cada uno permanezca en la vocación en que fue llamado. ¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te preocupes por ello; pero aun si puedes hacerte libre, aprovecha más bien la ocasión. Porque el que fue llamado en el Señor siendo esclavo, es liberto del Señor; asimismo el que fue llamado siendo libre, es esclavo de Cristo. Por precio fuisteis comprados; no os hagáis esclavos de los hombres. Hermanos, cada uno, en la vocación en que fue llamado, permanezca allí con Dios.» Algunos, supongo, criticarán el modo de razonar del Apóstol. Por eso quisiera preguntar, primero, qué hemos de inferir de su paso repentino, en una discusión acerca de maridos y mujeres, a una comparación entre judío y gentil, esclavo y libre, y luego, al quedar resuelto ese punto, del retorno a la cuestión sobre las vírgenes y su declaración «Acerca de las vírgenes no tengo mandamiento del Señor»; ¿qué tiene que ver una comparación entre judío y gentil, esclavo y libre, con el matrimonio y la virginidad? En segundo lugar, ¿cómo hemos de entender las palabras «¿Fue llamado alguno en incircuncisión? No se circuncide»? ¿Acaso un hombre que ha perdido el prepucio puede restaurarlo de nuevo a su antojo? Luego, ¿en qué sentido hemos de explicar «Porque el que fue llamado en el Señor, siendo esclavo, es liberto del Señor; asimismo el que fue llamado, siendo libre, es esclavo de Cristo.» En cuarto lugar, ¿cómo es que quien ordenó a los siervos obedecer a sus amos según la carne, dice ahora: «No os hagáis esclavos de los hombres.» Por último, ¿cómo conectar con la esclavitud, o con la circuncisión, su dicho «Hermanos, cada uno, en la vocación en que fue llamado, permanezca allí con Dios,» que incluso contradice su opinión anterior? Le oímos decir «No os hagáis esclavos de los hombres.» ¿Cómo, entonces, podemos permanecer en aquella vocación en que fuimos llamados, cuando muchos, al convertirse en creyentes, tenían amos según la carne, cuyos esclavos ahora se les prohíbe ser? Además, ¿qué tiene que ver el argumento sobre permanecer en la vocación en que fuimos llamados con la circuncisión? Pues en otro lugar el mismo Apóstol exclama «He aquí, yo, Pablo, os digo que, si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo»? Debemos concluir, por tanto, que a la circuncisión y a la incircuncisión, al esclavo y al libre, debe darse un sentido más alto, y que estas palabras deben entenderse en estrecha conexión con lo que precede. «¿Fue llamado alguno estando circuncidado? No se haga incircunciso.» Si, dice, en el momento en que fuiste llamado y creíste en Cristo, fuiste llamado, digo, circuncidado de una esposa, es decir, no casado, no tomes esposa, es decir, no te hagas incircunciso, no sea que impongas a la libertad de la circuncisión y de la castidad la carga del matrimonio. Asimismo, si alguno fue llamado en incircuncisión, no se circuncide. Tenías esposa, dice, cuando creíste: no consideres la fe de Cristo razón de discordia, porque Dios nos llamó en paz. [] «La circuncisión nada es, y la incircuncisión nada es, sino la observancia de los mandamientos de Dios.» Porque ni el celibato ni el matrimonio aprovechan algo sin obras, ya que incluso la fe, que es propiamente característica de los cristianos, si no tiene obras, es llamada muerta; y las vestales y las viudas de Juno podrían, en esos términos, ser contadas entre los santos. «Cada uno permanezca en la vocación en que fue llamado.» Ya tuviera o no esposa cuando creyó, permanezca en la condición en que estaba al ser llamado. Así, no insta con tanta fuerza a las vírgenes a casarse, como prohíbe el divorcio. Y así como impide a los que tienen esposa despedirla, del mismo modo corta a las vírgenes la posibilidad de casarse. «Fuiste llamado siendo esclavo, no te preocupes por ello; pero aun si puedes hacerte libre, aprovecha más bien la ocasión.» Aun si tienes, dice, esposa y estás ligado a ella, y le pagas lo debido y no tienes poder sobre tu propio cuerpo; o, para hablar más claramente, si eres esclavo de tu esposa, no te entristezcas por ello, ni suspires por la pérdida de tu virginidad. Pero aun si puedes hallar algunas causas de discordia, no busques, por gozar plenamente de la libertad de la castidad, tu propio bien destruyendo a otro. Conserva a tu esposa un tiempo, y no vayas demasiado de prisa para sus pasos rezagados: espera hasta que te siga. Si eres paciente, tu cónyuge se volverá hermana, «Porque el que fue llamado en el Señor, siendo esclavo, es liberto del Señor; asimismo, el que fue llamado siendo libre, es esclavo de Cristo.» Da las razones por las que no quiere que las esposas sean abandonadas. Dice, pues: mando que los gentiles que creen en Cristo no abandonen el estado de casados en que estaban antes de abrazar la fe; porque quien tenía esposa al hacerse creyente no está tan estrictamente entregado al servicio de Dios como las vírgenes y los no casados. Pero, en cierto modo, tiene más libertad, y las riendas de su esclavitud están sueltas; y, mientras es esclavo de una esposa, es, por así decir, liberto del Señor. Además, el que al ser llamado por el Señor no tenía esposa y estaba libre de la esclavitud del matrimonio, es verdaderamente esclavo de Cristo. ¡Qué felicidad ser esclavo, no de una esposa, sino de Cristo; servir, no a la carne, sino al espíritu! [] «Porque el que se une al Señor, un solo espíritu es.» Hubo cierto temor de que, al decir «¿Fuiste llamado siendo esclavo? No te preocupes por ello; pero, aun si puedes hacerte libre, aprovecha más bien la ocasión,» pareciera haber menospreciado la continencia y habernos entregado a la esclavitud del matrimonio. Por eso hace una observación que disipa toda objeción: «Por precio fuisteis comprados, no os hagáis esclavos de los hombres.» Hemos sido redimidos con la sangre preciosísima de Cristo: el Cordero fue degollado por nosotros y, rociados con hisopo y las gotas cálidas de su sangre, hemos rechazado el placer venenoso. ¿Por qué nosotros, en cuyo bautismo murió Faraón y todo su ejército quedó ahogado, volvemos de nuevo en nuestros corazones a Egipto y, después del maná, alimento de ángeles, suspiramos por los ajos, las cebollas, los pepinos y la carne de Faraón?"

    I, 12

    12. Tras haber tratado el matrimonio y la continencia, llega por fin a la virginidad y dice [] «En cuanto a las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor; pero doy mi parecer, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel. Pienso, pues, que esto es bueno a causa de la necesidad presente, es decir, que es bueno para el hombre estar así.» Aquí nuestro adversario salta de gozo desbordado: éste es su ariete más poderoso con el que sacude la muralla de la virginidad. «Mira,» dice, el Apóstol confiesa que respecto de las vírgenes no tiene mandamiento del Señor, y aquel que con autoridad había establecido la ley acerca de maridos y mujeres no se atreve a mandar lo que el Señor no ha ordenado. Y con razón. Porque lo que se ordena es mandado, lo mandado debe hacerse, y lo que debe hacerse implica castigo si no se hace. Pues es inútil ordenar que algo se haga y dejar sin embargo al individuo libre para hacerlo o no. Si el Señor hubiera mandado la virginidad, habría parecido condenar el matrimonio y suprimir el semillero del género humano, del cual la virginidad misma es un brote. Si hubiera cortado la raíz, ¿cómo habría de esperar fruto? Si no se ponían primero los cimientos, ¿cómo habría de edificar el edificio y poner el techo que todo lo cubre! Los excavadores se afanan por remover montañas; las entrañas de la tierra son perforadas en busca de oro. Y, cuando las diminutas partículas, primero por el soplo del horno y luego por la mano del diestro artífice, han sido transformadas en un adorno, los hombres no llaman bienaventurado al que separó el oro de la escoria, sino al que lleva el hermoso oro. No te asombres, pues, si, colocados como estamos en medio de tentaciones de la carne e incentivos al vicio, no se nos exige la vida angélica, sino que meramente se nos recomienda. Si se da un consejo, el hombre es libre de prestar obediencia; si hay un mandato, es un siervo obligado a cumplir. «No tengo mandamiento,» dice, «del Señor; pero doy mi parecer, como quien ha alcanzado misericordia del Señor para ser fiel.» Si no tienes mandamiento del Señor, ¿cómo te atreves a dar un parecer sin órdenes? El Apóstol responderá: ¿Quieres que yo dé órdenes allí donde el Señor ha ofrecido un favor más bien que promulgado una ley? El gran Creador y Artífice, conociendo la debilidad de la vasija que hizo, dejó la virginidad abierta a aquellos a quienes se dirigía; y yo, el maestro de los gentiles, que me he hecho todo a todos para ganar a todos, ¿he de cargar desde el principio sobre el cuello de los creyentes débiles el peso de la castidad perpetua? Que comiencen con breves períodos de exención del vínculo matrimonial y se entreguen a la oración, para que, una vez gustadas las dulzuras de la castidad, deseen la posesión perpetua de aquello con lo que fueron temporalmente deleitados. El Señor, tentado por los fariseos y preguntado si según la ley de Moisés era lícito despedir a la esposa, prohibió del todo la práctica. Tras sopesar sus palabras, los discípulos le dijeron: «Si tal es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse. Pero él les dijo: No todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes les es dado. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos que fueron hechos eunucos por los hombres; y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que pueda recibirlo, que lo reciba.» La razón es clara por la que el Apóstol dijo: «acerca de las vírgenes no tengo mandamiento del Señor.» Ciertamente; porque el Señor había dicho antes «No todos pueden recibir la palabra, sino aquellos a quienes les es dado,» y «El que pueda recibirlo, que lo reciba.» El Maestro de la raza cristiana ofrece la recompensa, invita a los candidatos a la carrera, tiene en su mano el premio de la virginidad, señala la fuente de la pureza y clama [] «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.» «El que pueda recibirlo, que lo reciba.» No dice: debes beber, debes correr, quieras o no quieras; sino: quien quiera y pueda correr y beber, ése vencerá, ése quedará saciado. Y por eso Cristo ama a las vírgenes más que a los demás, porque voluntariamente dan lo que no se les mandó. E indica mayor gracia ofrecer lo que no estás obligado a dar, que entregar lo que se te exige. Los apóstoles, contemplando la carga de una esposa, exclamaron: «Si tal es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.» Nuestro Señor aprobó su parecer. Con razón pensáis, dijo, que no conviene a un hombre que se apresura hacia el reino de los cielos tomar esposa; pero es cosa difícil, y no todos reciben esta palabra, sino aquellos a quienes les ha sido dada. Unos son eunucos por naturaleza, otros por violencia de los hombres. Me agradan aquellos eunucos que lo son no por necesidad, sino por libre elección. De buen grado los recibo en mi seno, a los que se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos y, para adorarme, renunciaron a la condición de su nacimiento. Debemos explicar ahora las palabras: «Los que se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos.» Si los que se hicieron eunucos tienen la recompensa del reino de los cielos, se sigue que quienes no se hicieron tales no pueden ser colocados con los que sí. El que pueda, dice, recibirlo, que lo reciba. Es señal de gran fe y de gran virtud ser templo puro de Dios, ofrecerse a sí mismo en holocausto entero y, según el mismo apóstol, ser santo tanto en el cuerpo como en el espíritu. Éstos son los eunucos que, teniéndose por árboles secos a causa de su impotencia, oyen por boca de [] Isaías que tienen preparado un lugar en el cielo para hijos e hijas. Su tipo es [] Ebed-melec, el eunuco en Jeremías, y el eunuco de la reina Candace en [] los Hechos de los Apóstoles, quien, por la fuerza de su fe, alcanzó el nombre de varón. Éstos son aquellos a quienes Clemente, que fue sucesor del apóstol Pedro y de quien el apóstol Pablo hace mención, escribió cartas dirigiendo casi todo su discurso al tema de la pureza virginal. Después de ellos hay una larga serie de varones apostólicos, mártires y hombres ilustres no menos por su santidad que por su elocuencia, con los que muy fácilmente podemos familiarizarnos por sus propios escritos. [] «Pienso, pues,» dice, «que esto es bueno para la necesidad presente.» ¿Cuál es esa necesidad que, en desprecio del vínculo matrimonial, anhela la libertad de la virginidad? «¡Ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días!» No tenemos aquí una condena de las rameras y de los burdeles, de cuya condenación no hay duda, sino del vientre que se hincha y de la infancia que llora, fruto y obra a la vez del matrimonio. «Porque es bueno que el hombre esté así.» Si es bueno que el hombre esté así, es malo que el hombre no esté así. [] «¿Estás ligado a una esposa? No busques desligarte. ¿Estás libre de esposa? No busques esposa.» Cada uno de nosotros tiene sus límites fijados; dejadme tener lo mío, y guardad lo vuestro. Si estás ligado a una esposa, no le des carta de divorcio. Si yo estoy libre de esposa, no buscaré esposa. Así como no disuelvo los matrimonios una vez contraídos, así tú no debes atar lo que está desatado. Y al mismo tiempo ha de tenerse en cuenta el sentido de las palabras. El que tiene esposa es considerado deudor, y se dice que es incircunciso, siervo de su esposa y, como mal siervo, que está atado. Pero el que no tiene esposa, en primer lugar a nadie debe nada; luego es circuncidado; en tercer lugar, libre; por último, desatado.

    I, 13

    13. Repasemos los puntos restantes, pues nuestro autor es tan prolijo que no podemos detenernos en cada detalle. «Pero si te casas, no pecas.» Una cosa es no pecar; otra, hacer el bien. «Y si una virgen se casa, no peca.» No se trata de aquella virgen que de una vez para siempre se consagró al servicio de Dios: pues si una de éstas se casa, tendrá condenación, porque ha anulado su primera fe. Pero, si nuestro adversario objeta que este dicho se refiere a las viudas, respondemos que se aplica con mayor fuerza a las vírgenes, puesto que el matrimonio está prohibido incluso a las viudas cuyo matrimonio anterior fue lícito. Pues las vírgenes que se casan después de la consagración son más bien incestuosas que adúlteras. Y, para que no suceda que, al decir: «Y si una virgen se casa, no peca,» estimule de nuevo a los no casados a casarse, se contiene enseguida y, introduciendo otra consideración, invalida su concesión anterior. «Sin embargo,» dice, «ésos tendrán tribulación en la carne.» ¿Quiénes son los que tendrán tribulación en la carne? Aquellos a quienes antes había dicho indulgentemente «Pero si te casas, no pecas; y si una virgen se casa, no peca. Sin embargo, ésos tendrán tribulación en la carne.» Nosotros, en nuestra inexperiencia, pensábamos que el matrimonio tenía al menos las alegrías de la carne. Pero si quienes se casan tienen tribulación aun en la carne, que se imagina ser la única fuente de su placer, ¿para qué otra cosa casarse, cuando en el espíritu, en la mente y en la carne misma hay tribulación? «Pero yo os perdonaría.» Así, dice, alego la tribulación como motivo, como si no hubiera obligaciones mayores para abstenerse. «Pero esto digo, hermanos: el tiempo se ha acortado, de modo que, en adelante, los que tienen esposa sean como si no la tuvieran.» De ningún modo estoy discutiendo ahora acerca de las vírgenes, de cuya felicidad nadie duda. Voy a los casados. El tiempo es breve, el Señor está cerca. Aunque viviéramos novecientos años, como vivieron los antiguos, deberíamos pensar que es corto aquello que un día ha de tener fin y dejar de ser. Pero, tal como están las cosas, y no es tanto la alegría como la tribulación del matrimonio lo que es breve, ¿por qué tomamos esposas que pronto nos veremos obligados a perder? «Y los que lloran, y los que se alegran, y los que compran, y los que usan del mundo, como si no lloraran, como si no se alegraran, como si no compraran, como si no usaran del mundo; porque la apariencia de este mundo pasa.» Si el mundo, que comprende todas las cosas, pasa; sí, si la apariencia y el trato del mundo se desvanecen como las nubes, entre las demás obras del mundo también el matrimonio se desvanecerá. Porque después de la resurrección no habrá matrimonio. Pero si la muerte es el fin del matrimonio, ¿por qué no abrazamos voluntariamente lo inevitable? ¿Y por qué no, animados por la esperanza de la recompensa, ofrecemos a Dios aquello que se nos ha de arrancar contra nuestra voluntad? «El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa, y está dividido.» Miremos la diferencia entre los cuidados de la virgen y los del hombre casado. La virgen anhela agradar al Señor; el esposo, agradar a su esposa, y para agradarla se preocupa de las cosas del mundo, que por supuesto pasarán con el mundo. «Y está dividido,» es decir, se distrae con múltiples cuidados y miserias. No es éste el lugar de describir las dificultades del matrimonio y deleitarse en lugares comunes retóricos. Creo haberme expresado plenamente sobre este punto en mi argumento contra Helvidio y en el libro que dirigí a Eustoquio. En todo caso, Tertuliano, siendo todavía joven, se dio amplio juego con este tema. Y mi maestro, Gregorio Nacianceno, trató la virginidad y el matrimonio en algunos versos griegos. Ahora ruego brevemente a mi lector que note que en los manuscritos latinos tenemos la lectura «hay también una diferencia entre la virgen y la esposa.» Las palabras, es cierto, tienen su propio sentido, y tanto yo como otros las hemos explicado así para mostrar el alcance del pasaje. Sin embargo, carecen de autoridad apostólica, puesto que las palabras del Apóstol son como las hemos traducido: «Se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa, y está dividido.» Una vez establecido esto, pasa a las vírgenes y a los continentes, y dice «La mujer no casada y virgen piensa en las cosas del Señor, para ser santa en el cuerpo y en el espíritu.» No toda mujer no casada es también virgen. Pero toda virgen, por supuesto, es no casada. Puede ser que el cuidado por la elegancia de la expresión lo llevara a repetir la misma idea mediante otra palabra y hablar de «una mujer no casada y virgen»; o al menos puede haber querido dar a «no casada» el sentido definido de «virgen,» para que no supusiéramos que incluye a las rameras, a nadie unidas por los vínculos fijos del matrimonio, entre las «no casadas.» ¿En qué piensa, pues, la que está no casada y es virgen? «En las cosas del Señor, para ser santa tanto en el cuerpo como en el espíritu.» Aunque no hubiera nada más, y aunque no siguiera ninguna recompensa mayor a la virginidad, esto sería motivo suficiente para su elección: pensar en las cosas del Señor. Pero él señala inmediatamente el contenido de su pensamiento: que sea santa tanto en el cuerpo como en el espíritu. Porque hay vírgenes en la carne, no en el espíritu, cuyo cuerpo está intacto y su alma corrompida. Pero aquella virgen es sacrificio para Cristo cuya mente no ha sido manchada por el pensamiento, ni su carne por la concupiscencia. Por otro lado, la que está casada piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar a su marido. Así como el hombre que tiene esposa está ansioso por las cosas del mundo, en cómo agradar a su esposa, la mujer casada piensa en las cosas del mundo, en cómo agradar a su marido. Pero nosotros no somos de este mundo, que yace en la maldad, cuya apariencia pasa, y acerca del cual el Señor dijo a los Apóstoles: [] «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo.» Y no sea que alguien supusiera que estaba imponiendo la pesada carga de la castidad sobre hombros no dispuestos, añade enseguida sus razones para persuadir a ella, y dice: [] «Y esto lo digo para vuestro provecho; no para echar sobre vosotros un lazo, sino para lo que es decoroso, y para que asistáis al Señor sin distracción.» Las palabras latinas no transmiten el sentido del griego. ¿Qué palabras usaremos para traducir [Πρὸς τὸ εὔσχημον κὰι εὐπρόσεδρον τῷ Κυρί& 251manuscritos latinos? Usemos, sin embargo, el pasaje tal como lo hemos traducido. El Apóstol no nos echa un lazo, ni nos obliga a ser lo que no queremos ser; sino que da su consejo en cuanto a lo que es justo y decoroso; quiere que asistamos al Señor y estemos siempre ansiosos de ese servicio, y que aguardemos la voluntad del Señor, de modo que, como soldados activos y bien armados, obedezcamos las órdenes, y lo hagamos sin distracción, la cual, según Eclesiastés y 1 Corintios 3:10, es dada a los hombres de este mundo para que con ella se ejerciten. Pero si alguien considera que su virgen, es decir, su carne, es lasciva y hierve de concupiscencia, y no puede ser refrenada, y ha de hacer una de dos cosas, o tomar esposa o caer, haga lo que quiera: no peca si se casa. Haga, dice, lo que quiera, no lo que debe. No peca si se casa con una esposa; sin embargo, no hace bien si se casa: [] «Pero el que está firme en su corazón, sin necesidad, y tiene poder sobre su propia voluntad, y ha determinado esto en su corazón, guardar a su propia virgen, hará bien. Así que, tanto el que da a su virgen en matrimonio hace bien; y el que no la da en matrimonio hará mejor.» Con marcada propiedad había dicho antes «El que se casa con una esposa no peca»: aquí nos dice «El que guarda a su propia virgen hace bien.» Pero una cosa es no pecar, y otra hacer el bien. «Apártate del mal,» dice, «y haz el bien.» Lo primero lo abandonamos; lo segundo lo seguimos. En esto último está la perfección. Pero como dice «y el que da a su virgen en matrimonio hace bien,» podría suponerse que nuestra observación no se sostiene; por eso inmediatamente resta valor a este bien aparente y lo eclipsa comparándolo con otro, diciendo: «y el que no la da en matrimonio hará mejor.» Si no hubiera querido sacar la inferencia de hacer mejor, nunca habría mencionado antes el hacer bien. Pero donde hay algo bueno y algo mejor, la recompensa no es la misma en ambos casos, y donde la recompensa no es una y la misma, allí, por supuesto, los dones son diferentes. La diferencia, pues, entre el matrimonio y la virginidad es tan grande como la que hay entre no pecar y hacer bien; más aún, para hablar con menos dureza, tan grande como entre lo bueno y lo mejor.

    Lo que enseñan el Antiguo y el Nuevo Testamento (§ 14–39)

    I, 14

    14. Ha terminado su discusión sobre el matrimonio y la virginidad, y ha navegado cuidadosamente entre los dos preceptos sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Ha seguido el camino real y ha cumplido el mandato [] de no ser justo en demasía. Ahora nuevamente compara la monogamia con la digamia, y así como había subordinado el matrimonio a la virginidad, hace que los segundos matrimonios sean inferiores a los primeros, y dice, [] «La mujer está ligada mientras vive su marido; pero si el marido muere, queda libre para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor. Pero será más dichosa si permanece como está, según mi juicio; y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios.» Permite los segundos matrimonios, pero a aquellas personas que los desean y no pueden contenerse; para que, habiendo «incurrido en lascivia contra Cristo,» deseen casarse, «incurriendo en condenación, porque han rechazado su primera fe;» y hace esta concesión porque muchos ya se habían apartado en pos de Satanás. [] «Pero,» dice, «serán más dichosos si permanecen como están,» e inmediatamente añade el peso de la autoridad apostólica, «según mi juicio.» Y para que la autoridad de un apóstol no careciera de peso, como la de un hombre común, añadió, «y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios.» Cuando incita a la continencia, no es por el juicio o el espíritu del hombre, sino por el juicio y el Espíritu de Dios; cuando, sin embargo, concede la indulgencia del matrimonio, no menciona el Espíritu de Dios, sino que sopesa su juicio con sabiduría y adapta la severidad de la exigencia a la debilidad de cada individuo. En este sentido debemos tomar todo el pasaje siguiente: [] «Porque la mujer que tiene marido está ligada por la ley a su marido mientras este vive; pero si el marido muere, queda libre de la ley del marido. Así que, si mientras vive el marido se une a otro hombre, será llamada adúltera; pero si el marido muere, queda libre de la ley, de modo que no es adúltera, aunque se una a otro hombre.» Y de manera similar las palabras a Timoteo, [] «Quiero, pues, que las viudas jóvenes se casen, críen hijos, gobiernen su casa, no den al adversario ocasión alguna de maledicencia; porque ya algunas se han apartado en pos de Satanás,» y así sucesivamente. Pues así como, por el peligro de fornicación, permite a las vírgenes casarse, y hace excusable lo que en sí no es deseable, para evitar esta misma fornicación, permite los segundos matrimonios a las viudas. Porque es mejor conocer a un solo marido, aunque sea segundo o tercero, que tener muchos amantes: es decir, es más tolerable para una mujer prostituirse a un solo hombre que a muchos. En todo caso, así es si la mujer samaritana del Evangelio de Juan, que dijo que tenía su sexto marido, fue reprendida por el Señor porque ese no era su marido. Porque donde hay más de un marido, se destruye la idea propia de marido, que es una sola persona. Al principio, una costilla fue convertida en una sola esposa. «Y los dos,» dice, «serán una sola carne»: no tres ni cuatro; de lo contrario, ¿cómo pueden seguir siendo dos, si son varios? Lamec, hombre sanguinario y homicida, fue el primero que dividió una sola carne entre dos esposas. El fratricidio y la digamia fueron abolidos con el mismo castigo: el del diluvio. El uno fue vengado siete veces, el otro setenta veces siete. La culpa es tan diferente como lo son los números. Cuál es la santidad del segundo matrimonio, se desprende de esto: que una persona casada dos veces no puede ser inscrita en las filas del clero, y así el Apóstol dice a Timoteo, «No sea inscrita como viuda ninguna que tenga menos de sesenta años, que haya sido esposa de un solo hombre.» Todo el mandato se refiere a aquellas viudas que son sostenidas con las limosnas de la Iglesia. Por tanto, se limita la edad, para que solo reciban el alimento de los pobres las que ya no pueden trabajar. Y al mismo tiempo, considérese que la que ha tenido dos maridos, aunque sea viuda, decrépita y necesitada, no es digna receptora de los fondos de la Iglesia. Pero si se le priva del pan de la caridad, ¡cuánto más se le priva de aquel pan que desciende del cielo, y del cual si alguien come indignamente, será culpable de ultraje contra el cuerpo y la sangre de Cristo?

    I, 15

    15. Sin embargo, los pasajes que he aducido en apoyo de mi posición y en los que se permite a las viudas, si así lo desean, volver a casarse, son interpretados por algunos en referencia a aquellas viudas que habían perdido a sus maridos y se encontraban en esa condición cuando se hicieron cristianas. Porque, suponiendo que una persona fuera bautizada y su marido estuviera muerto, no sería coherente que el Apóstol le ordenara casarse con otro, cuando incluso a los que tienen esposa les ordena que sean como si no la tuvieran. Y por eso no se define el número de esposas que un hombre puede tomar, porque una vez recibido el bautismo cristiano, aunque se haya tomado una tercera o cuarta esposa, se la considera como la primera. De lo contrario, si después del bautismo y de la muerte del primer marido se toma un segundo, ¿por qué no un sexto después de la muerte del segundo, tercero, cuarto y quinto, y así sucesivamente? Porque es posible que, por alguna extraña desgracia, o por el juicio de Dios que interrumpe matrimonios repetidos, una mujer joven tenga varios maridos, mientras que una anciana puede quedar viuda de su primer marido en extrema vejez. El primer Adán se casó una vez: el segundo no se casó. Que los partidarios de los segundos matrimonios nos muestren como líder a un tercer Adán que se haya casado dos veces. Pero concedido que Pablo permitió los segundos matrimonios: por los mismos motivos se sigue que permite incluso terceros y cuartos matrimonios, o que una mujer puede casarse tantas veces como muera su marido. El Apóstol se vio obligado a elegir muchas cosas que no le agradaban. Circuncidó a Timoteo, se rapó la cabeza, practicó andar descalzo, se dejó crecer el cabello y lo cortó en Cencreas. Y ciertamente había reprendido a los gálatas, y culpado a Pedro porque, por causa de las observancias judías, se apartaba de los gentiles. Así como en otros puntos relacionados con la disciplina de la Iglesia fue judío para los judíos, gentil para los gentiles, y se hizo todo para todos, para ganar a todos: así también permitió los segundos matrimonios a personas incontinentes, y no limitó el número de matrimonios, para que las mujeres, aunque se vieran permitidas a tomar un segundo marido, de la misma manera que se permitía un tercero o un cuarto, se sonrojaran de tomar un segundo, para no ser comparadas con las que se habían casado tres o cuatro veces. Si se permite más de un marido, no importa si es segundo o tercero, porque ya no se trata de un matrimonio único. [] «Todo es lícito, pero no todo conviene.» No condeno los segundos, ni los terceros, ni, perdón por la expresión, los octavos matrimonios: iré aún más lejos y diré que acojo incluso a un fornicario arrepentido. Las cosas igualmente lícitas deben pesarse en balanza equitativa.

    I, 16

    16. Pero él nos lleva al Antiguo Testamento, y comenzando por Adán continúa hasta Zacarías e Isabel. Luego nos confronta con Pedro y el resto de los Apóstoles. Por tanto, estamos obligados a recorrer el mismo curso de argumentación y mostrar que la castidad siempre fue preferida a la condición del matrimonio. Y en cuanto a Adán y Eva, debemos sostener que antes de la caída eran vírgenes en el Paraíso: pero después de pecar, y ser expulsados del Paraíso, se casaron inmediatamente. Luego tenemos el pasaje, «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne,» en cuya explicación el Apóstol añade inmediatamente, [] «Este misterio es grande, pero yo lo digo respecto de Cristo y de la Iglesia.» Cristo en la carne es virgen, en el espíritu está casado una sola vez. Porque tiene una sola Iglesia, de la cual el mismo Apóstol dice, «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia.» Si Cristo ama a la Iglesia de manera santa, casta y sin mancha, que también los maridos amen a sus mujeres en castidad. Y que cada uno sepa poseer su propio vaso en santificación y honor, no en pasión de concupiscencia, como los gentiles que no conocen a Dios: [] «Porque no nos llamó Dios a inmundicia, sino a santificación: ya que os habéis despojado del viejo hombre con sus hechos, y os habéis revestido del nuevo, que se renueva en conocimiento conforme a la imagen del que lo creó: donde no puede haber varón ni mujer, griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo, libre: sino que Cristo es todo, y en todos.» El vínculo del matrimonio no se encuentra en la imagen del Creador. Cuando se elimina la diferencia de sexo, y nos despojamos del viejo hombre y nos revestimos del nuevo, entonces nacemos de nuevo en Cristo como una virgen, que nació de una virgen y renace por la virginidad. Y en cuanto a que dice «Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra,» era necesario primero plantar el bosque y dejarlo crecer, para que hubiera un crecimiento posterior para cortar. Y al mismo tiempo debemos tener presente el significado de la frase, «llenad la tierra.» El matrimonio llena la tierra, la virginidad llena el Paraíso. También debemos observar esto, al menos si queremos seguir fielmente el hebreo, que mientras la Escritura en los días primero, tercero, cuarto, quinto y sexto relata que, habiendo terminado las obras de cada uno, «vio Dios que era bueno,» en el segundo día omitió esto por completo, dejándonos entender que dos no es un número bueno porque destruye la unidad, y prefigura el pacto matrimonial. De ahí que todos los animales que Noé llevó al arca por parejas eran inmundos. Los números impares denotan limpieza. Y sin embargo, en el número doble se representa otro misterio: que ni siquiera en bestias y aves inmundas se aprueba el segundo matrimonio. Porque los animales inmundos entraron de dos en dos, y los limpios de siete en siete, para que Noé después del diluvio pudiera ofrecer inmediatamente a Dios sacrificios de estos últimos.

    I, 17

    17. Pero si Enoc fue trasladado, y Noé preservado en el diluvio, no creo que Enoc fuera trasladado porque tuviera esposa, sino porque fue el primero en invocar a Dios y creer en el Creador; y el apóstol Pablo nos instruye plenamente sobre él en la Epístola a los Hebreos. Además, Noé, que fue preservado como una especie de segunda raíz para el género humano, naturalmente debía ser preservado junto con su esposa e hijos, aunque en esto hay un misterio de la Escritura. El arca, según el apóstol Pedro, era un tipo de la Iglesia, en la cual ocho almas fueron salvadas. Cuando Noé entró en ella, tanto él como sus hijos fueron separados de sus esposas; pero cuando desembarcó de ella, se unieron en parejas, y lo que había sido separado en el arca, es decir, en la Iglesia, se unió en el trato del mundo. Y al mismo tiempo, si el arca tenía muchos compartimentos y cámaras pequeñas, y estaba hecha con segundo y tercer piso, y estaba llena de diferentes bestias, y estaba provista de moradas, grandes o pequeñas, según la especie del animal, creo que toda esta diversidad en los compartimentos era una figura del carácter multiforme de la Iglesia.

    I, 18

    18. Plantea la objeción de que cuando Dios dio su segunda bendición, se concedió permiso para comer carne, lo cual no había sido permitido en la primera bendición. Debe saber que así como el divorcio, según la palabra del Salvador, no fue permitido desde el principio, sino que por la dureza de nuestro corazón fue una concesión de Moisés al género humano, así también el comer carne fue desconocido hasta el diluvio. Pero después del diluvio, como las codornices dadas en el desierto al pueblo murmurador, el veneno de la carne fue ofrecido a nuestros dientes. El Apóstol, escribiendo a los Efesios, enseña que Dios se había propuesto en la plenitud de los tiempos recapitular y renovar en Cristo Jesús todas las cosas que están en el cielo y en la tierra. De donde también el mismo Salvador en la Revelación de Juan dice, «Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin.» Al comienzo del género humano, ni comíamos carne, ni dábamos cartas de divorcio, ni sufríamos la circuncisión como señal. Así llegamos al diluvio. Pero después del diluvio, junto con la entrega de la ley que nadie podía cumplir, se dio la carne como alimento, y se permitió el divorcio a los hombres de corazón duro, y se aplicó el cuchillo de la circuncisión, como si la mano de Dios nos hubiera formado con algo superfluo. Pero una vez que Cristo ha venido al fin de los tiempos, y la Omega pasó a ser Alfa y convirtió el fin en principio, ya no se nos permite el divorcio, ni somos circuncidados, ni comemos carne, porque el Apóstol dice, «Es bueno no comer carne, ni beber vino.» Porque tanto el vino como la carne fueron consagrados después del diluvio.

    I, 19

    19. ¿Qué diré de Abraham, que tuvo tres esposas, como dice Joviniano, y recibió la circuncisión como señal de su fe? Si lo seguimos en el número de sus esposas, sigámoslo también en la circuncisión. No debemos seguirlo en parte y rechazarlo en parte. Además, Isaac, esposo de una sola mujer, Rebeca, prefigura la Iglesia de Cristo, y reprende la lascivia del segundo matrimonio. Y si Jacob tuvo dos pares de esposas y concubinas, y nuestro oponente no admite que Lea, legañosa, fea y prolífica, fuera tipo de la sinagoga, sino que Raquel, hermosa y estéril por mucho tiempo, indicaba el misterio de la Iglesia, permítaseme recordarle que cuando Jacob hizo esto se encontraba entre los asirios, y en Mesopotamia, esclavo de un amo duro. Pero cuando quiso entrar en la tierra santa, levantó en el monte Galaad el montón del testimonio, en señal de que el señor de Mesopotamia no había logrado encontrar nada entre su equipaje, y allí juró que nunca volvería al lugar de su esclavitud; y cuando, después de luchar con el ángel en el arroyo Jaboc, comenzó a cojear, porque el músculo grande de su muslo se secó, inmediatamente obtuvo el nombre de Israel. Entonces la esposa que una vez amó, y por quien había servido, fue muerta por el hijo del dolor cerca de Belén, que estaba destinada a ser el lugar de nacimiento de nuestro Señor, el heraldo de la virginidad: y las intimidades de Mesopotamia murieron en la tierra del Evangelio.

    I, 20

    20. Pero me pregunto por qué nos puso como ejemplo a [] Judá y Tamar, a menos que acaso incluso las rameras le agraden; o [] a Onán, que fue muerto porque escatimó a su hermano la descendencia. ¿Imagina que aprobamos cualquier relación sexual excepto para la procreación de los hijos? En cuanto a Moisés, es claro que habría estado en peligro en la posada, si [] Séfora, que por interpretación es un pájaro, no hubiera circuncidado a su hijo, y cortado el prepucio del matrimonio con el cuchillo que prefiguraba el Evangelio. Este es aquel Moisés que, cuando vio una gran visión y oyó a un ángel, o al Señor hablando en la zarza, [] no pudo de ninguna manera acercarse a él sin desatar primero la correa de su calzado, es decir, quitarse las ataduras del matrimonio. Y no debemos sorprendernos de esto en el caso de quien era profeta, legislador y amigo de Dios, puesto que todo el pueblo, cuando estaba por acercarse al monte Sinaí y oír la voz que les hablaba, recibió orden de santificarse durante tres días y abstenerse de sus mujeres. Estoy fuera de orden al violar la secuencia histórica, pero puedo señalar que lo mismo fue dicho por [] el sacerdote Ahimelec a David cuando huyó a Nob: «Con tal que los jóvenes se hayan guardado de mujeres.» Y David respondió: «A la verdad, hace tres días.» Porque el pan de la proposición, como el cuerpo de Cristo, no podía ser comido por quienes se levantaban del lecho conyugal. Y de paso debemos considerar las palabras «con tal que los jóvenes se hayan guardado de mujeres.» La verdad es que, en vista de la pureza del cuerpo de Cristo, toda relación sexual es impura. En la ley también se ordena que el [] sumo sacerdote no debe casarse sino con una virgen, ni tomar por esposa a una viuda. Si una virgen y una viuda están al mismo nivel, ¿cómo es que una es tomada y la otra rechazada? Y a la viuda de un sacerdote se le ordena permanecer en la casa de su padre y no contraer segundo matrimonio. [] Si la hermana de un sacerdote muere en virginidad, así como al sacerdote se le ordena ir al funeral de su padre y de su madre, así debe ir al de ella. Pero si está casada, es despreciada como si no le perteneciera. El que se ha casado con una esposa, y el que ha plantado una viña, imagen de la propagación de los hijos, tiene prohibido ir a la batalla. Porque el que es esclavo de su esposa no puede ser soldado del Señor. Y la pila del tabernáculo fue fundida con los espejos de las mujeres que ayunaban, significando los cuerpos de las vírgenes puras: Y dentro, [] en el santuario, tanto los querubines, como el propiciatorio, el arca del pacto, la mesa de los panes de la proposición, el candelabro y el incensario, fueron hechos de oro purísimo. Porque la plata no podía ser introducida en el santo de los santos.

    I, 21

    21. No debo detenerme en Moisés cuando mi propósito avanza a toda velocidad para tocar ligeramente cada tema y esbozar el contorno de un conocimiento adecuado de mi asunto. Pasaré a Josué, hijo de Nun, que antes se llamaba Ause, o mejor, como en hebreo, Oseas, es decir, Salvador. Pues él, según la epístola de Judas, salvó al pueblo de Israel, lo sacó de Egipto y lo introdujo en la tierra de la promesa. Tan pronto como este Josué [Josué iii] llegó al Jordán, las aguas del matrimonio, que siempre habían fluido en la tierra, se secaron y se detuvieron en un montón; y todo el pueblo, descalzo y sobre suelo seco, cruzó y llegó a Gilgal, y allí fue circuncidado por segunda vez. Si tomamos esto literalmente, no puede sostenerse en absoluto. Pues si tuviéramos dos prepucios, o si pudiera crecer otro después de cortado el primero, habría lugar para hablar de una segunda circuncisión. Pero el sentido es que Josué circuncidó al pueblo que había cruzado el desierto con el cuchillo del Evangelio, y lo circuncidó con un cuchillo de piedra, para que lo que en el caso del hijo de Moisés estaba prefigurado en unos pocos se cumpliera en todos bajo Josué. Además, los mismos prepucios fueron amontonados, enterrados y cubiertos de tierra, y el hecho de que el oprobio de Egipto fuera quitado, y el nombre del lugar, Gilgal, que interpretado es revelación, muestra que mientras el pueblo vagaba incircunciso por el desierto sus ojos estaban cegados. Veamos lo que sigue. Después de esta circuncisión evangélica y de la consagración de doce piedras en el lugar de la revelación, se celebró inmediatamente la Pascua, se degolló un cordero para ellos y comieron el alimento de la Tierra Santa. Josué salió, y le salió al encuentro el Príncipe del ejército con la espada en la mano, es decir, ya para mostrar que estaba dispuesto a luchar por el pueblo circuncidado, ya para cortar el vínculo del matrimonio. Y del mismo modo que se ordenó a Moisés, así se le ordenó a él: «desata tu calzado, porque el lugar donde estás es tierra santa.» Pues si el ejército armado del Señor estaba representado por las trompetas de los sacerdotes, podemos ver en Jericó una figura del derrocamiento del mundo por la predicación del Evangelio. Y por pasar por alto innumerables detalles (pues no es mi propósito ahora desplegar todos los misterios del Antiguo Testamento), [] cinco reyes que antes reinaban en la tierra de la promesa y se oponían al ejército del Evangelio fueron vencidos en batalla por Josué. Creo que se ha de entender claramente que antes de que el Señor sacara a su pueblo de Egipto y lo circuncidara, la vista, el olfato, el gusto, el oído y el tacto tenían el dominio, y que a estos, como a cinco príncipes, todo estaba sujeto. Y cuando ellos [] se refugiaron en la caverna del cuerpo y en un lugar de tinieblas, Jesús entró en el cuerpo mismo y los mató, para que la fuente de su poder fuera el instrumento de su muerte.

    I, 22

    22. Pero ya es hora de que enarbolemos el estandarte de la castidad de Josué. Está escrito que Moisés tuvo esposa. Ahora bien, Moisés es interpretado tanto por nuestro Señor como por el Apóstol como la ley: [] «A Moisés y a los profetas tienen.» Y [] «La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no pecaron a la manera de la transgresión de Adán.» Y nadie duda de que en ambos pasajes Moisés significa la ley. Leemos que Moisés, es decir, la ley, tuvo esposa: muéstrame entonces de la misma manera que Josué, hijo de Nun, tuvo esposa o hijos, y si puedes hacerlo, confesaré que estoy vencido. Ciertamente recibió el lugar más hermoso en el reparto de la tierra de Judá, y murió, no en las veintenas, que siempre son de mal agüero en la Escritura— por ellas se cuentan los años del servicio de [] Jacob, [] el precio de José, y [] diversos presentes que recibió Esaú, que era aficionado a ellos— sino en las decenas, cuyas alabanzas a menudo hemos cantado; y fue sepultado en Tamnat Sare, es decir, soberanía perfectísima, o entre los de una nueva cubierta, para significar las multitudes de vírgenes, cubiertas por la ayuda del Salvador en el monte Efraín, es decir, el monte fructífero; al norte del monte Gaas, que, interpretado, es perturbación: pues «el monte Sión está a los lados del norte, la ciudad del gran Rey,» está siempre expuesto al odio, y en toda prueba dice «Pero mis pies casi resbalaron.» El libro que lleva el nombre de Josué termina con su sepultura. De nuevo en el libro de los Jueces leemos de él como si hubiera resucitado y vuelto a la vida, y a modo de resumen se ensalzan sus obras. También leemos [] «Así Josué despidió al pueblo, cada uno a su heredad, para que poseyeran la tierra.» Y «Israel sirvió al Señor todos los días de Josué,» y así sucesivamente. Inmediatamente sigue: «Y Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, murió a la edad de ciento diez años.» Moisés, además, solo vio la tierra de la promesa; no pudo entrar: y [] «murió en la tierra de Moab, y el Señor lo sepultó en el valle, en la tierra de Moab, frente a Bet-peor; pero nadie conoce su sepulcro hasta el día de hoy.» Comparemos la sepultura de los dos: Moisés murió en la tierra de Moab, Josué en la tierra de Judea. El primero fue sepultado en un valle frente a la casa de Fogor, que, interpretado, es oprobio (pues el hebreo Fogor corresponde a Príapo ); el segundo, en el monte Efraín, al norte del monte Gaas. Y en las expresiones sencillas de las sagradas Escrituras hay siempre un sentido más sutil. Los judíos se gloriaban en los hijos y en la procreación; y la mujer estéril, que no tenía descendencia en Israel, era maldita; pero bendito aquel cuya descendencia estaba en Sión, y su familia en Jerusalén; y parte de la bendición suprema era, «Tu esposa será como vid fecunda en lo más íntimo de tu casa; tus hijos, como plantas de olivo alrededor de tu mesa.» Por tanto, su sepulcro se describe como situado en un valle frente a la casa de un ídolo que estaba de modo especial consagrado a la lujuria. Pero nosotros, que luchamos bajo Josué, nuestro caudillo, hasta el día de hoy no sabemos dónde fue sepultado Moisés. Pues despreciamos a Fogor y toda su vergüenza, sabiendo que los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Y el Señor antes del diluvio había dicho «No permanecerá mi espíritu en el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne.» Por lo cual, cuando Moisés murió, el pueblo de Israel lo lloró; pero Josué, como quien va camino de la victoria, no fue llorado. Porque el matrimonio termina con la muerte; la virginidad, a partir de entonces, comienza a ceñir la corona.

    I, 23

    23. A continuación trae a colación a Sansón, y no considera que el nazareo del Señor fue rapado una vez por una mujer. Y aunque Sansón sigue siendo figura del Salvador porque amó a una ramera de entre los gentiles, ramera que corresponde a la Iglesia, y porque mató más enemigos en su muerte que en su vida, sin embargo no da ejemplo de castidad conyugal. Y ciertamente nos recuerda la profecía de Jacob— fue sacudido por su corcel desbocado, mordido por una víbora y cayó de espaldas. Pero por qué enumera a Débora, a Barac y a la mujer de Heber ceneo, no alcanzo a comprender. Porque una cosa es trazar una lista de jefes militares en secuencia histórica, y otra indicar ciertas figuras de matrimonio que no se pueden hallar en ellos. Y en cuanto a que prefiere la fidelidad del padre Jefté a las lágrimas de la hija virgen, eso favorece nuestra causa. Porque no recomendamos a las vírgenes del mundo, sino a las que son vírgenes por causa de Cristo, y la mayoría de los hebreos culpan al padre por el voto precipitado que hizo, [] «Si de cierto entregas a los hijos de Amón en mi mano, entonces sucederá que lo que salga de las puertas de mi casa a mi encuentro, cuando vuelva en paz de los hijos de Amón, será para el Señor, y lo ofreceré en holocausto.» Suponiendo (dicen) que le hubiera salido al encuentro un perro o un asno, ¿qué habría hecho? Quieren decir que Dios dispuso las cosas de modo que quien había hecho un voto imprudentemente aprendiera su error con la muerte de su hija. Y si Samuel, que fue criado en el tabernáculo, se casó con una esposa, ¿cómo perjudica eso a la virginidad? Como si en el día de hoy tampoco hubiera muchos sacerdotes casados, y como si el Apóstol no [] describiera al obispo como marido de una sola mujer, que tiene hijos con toda pureza. Al mismo tiempo no debemos olvidar que Samuel era levita, no sacerdote ni sumo sacerdote. Por eso su madre le hizo un efod de lino, es decir, una vestidura de lino para llevar sobre los hombros, que era el vestido propio de los levitas y del orden inferior. Y así no se le nombra en los Salmos entre los sacerdotes, sino entre los que invocan el nombre del Señor: «Moisés y Aarón entre sus sacerdotes, y Samuel entre los que invocan su nombre.» Porque Leví engendró a Coat, Coat engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Coré, Coré engendró a Asir, Asir engendró a Elcaná, Elcaná engendró a Zuf, Zuf engendró a Tahat, Tahat engendró a Eliel, Eliel engendró a Jeroam, Jeroam engendró a Elcaná, Elcaná engendró a Samuel. Y nadie duda de que los sacerdotes surgieron del linaje de Aarón, Eleazar y Fineés. Y puesto que tuvieron esposas, con razón se los aduciría contra nosotros si, llevados por el error de los encratitas, sostuviéramos que el matrimonio merece censura, y si nuestro sumo sacerdote no fuera según el orden de Melquisedec, sin padre, sin madre, [Α᾿γενεαλόγητος], es decir, sin casarse. ¡Y mucho fruto cosechó ciertamente Samuel de sus hijos! Él mismo agradó a Dios, pero [] engendró hijos que desagradaron al Señor. Pero si en apoyo del segundo matrimonio aduce el ejemplo de Booz y Rut, sepa que en el Evangelio [], para prefigurar a la Iglesia, incluso Rahab la ramera es contada entre los antepasados de nuestro Señor.

    I, 24

    24. Se jacta de que David compró a su esposa por doscientos prepucios. Pero debería recordar que David tuvo muchas otras esposas, y después recibió a Mical, hija de Saúl, a quien su padre había entregado a otro, y cuando era anciano obtuvo calor del abrazo de la joven sunamita. Y no digo esto porque me atreva a menospreciar a los santos varones, sino porque una cosa es vivir bajo la ley, y otra vivir bajo el Evangelio. David mató a Urías el hitita y cometió adulterio con Betsabé. Y porque era hombre de sangre— la referencia no es, como algunos piensan, a sus guerras, sino al asesinato— no se le permitió edificar un templo del Señor. Pero en cuanto a nosotros, [] si hacemos tropezar a uno de los más pequeños, y si decimos a un hermano [] Raca, o [] usamos mal nuestros ojos, mejor sería que nos colgaran una piedra de molino al cuello, estaremos en peligro de Gehena, y una simple mirada se nos contará como adulterio. Pasa luego a Salomón, por medio de quien la sabiduría misma cantó sus propias alabanzas. Puesto que no contento con detenerse en sus alabanzas, lo llama uxorio, me sorprende que no añadiera las palabras del Cantar: [] «Sesenta son las reinas, ochenta las concubinas, y las doncellas sin número,» y las del Primer Libro de los Reyes; [] Y tuvo setecientas esposas, princesas, y trescientas concubinas, y otras sin número. Estas son las que apartaron su corazón del Señor: y sin embargo, antes de tener muchas esposas y caer en pecados de la carne, al comienzo de su reinado y en sus primeros años edificó un templo al Señor. Porque cada uno es juzgado no por lo que será, sino por lo que es. Pero si Joviniano aprueba el ejemplo de Salomón, ya no estará a favor solo del segundo y tercer matrimonio, sino que, a menos que tenga setecientas esposas y trescientas concubinas, no podrá ser el antitipo del rey ni alcanzar su mérito. Encarecidamente, una y otra vez te recuerdo, lector mío, que me veo obligado a hablar como lo hago, y que no menosprecio a nuestros predecesores bajo la ley, sino que sé bien que sirvieron a su generación según sus circunstancias, y cumplieron el mandato del Señor de crecer, multiplicarse y llenar la tierra. Y lo que es más, fueron figuras de los que habían de venir. Pero nosotros, a quienes se dice, [] «El tiempo se acorta, para que en adelante los que tienen esposa sean como si no la tuvieran,» tenemos un mandato diferente, y para nosotros la virginidad es consagrada por el Salvador Virgen.

    I, 25

    25. Qué locura fue incluir a Elías y Eliseo en una lista de hombres casados, es evidente sin que yo diga una palabra. Pues, puesto que Juan el Bautista vino en el espíritu y el poder de Elías, y Juan era virgen, está claro que vino no solo en el espíritu de Elías, sino también en su castidad corporal. Luego podría aducirse el pasaje relativo a Ezequías (aunque Joviniano, con su acostumbrada estupidez, no lo advirtió), en el cual, después de su recuperación y de la adición de quince años a su vida, dijo, «Ahora engendraré hijos.» Debe recordarse, sin embargo, que en los textos hebreos el pasaje no es así, sino que dice: [] «El padre a los hijos dará a conocer tu fidelidad.» Ni debemos extrañarnos de que Hulda, la profetisa, esposa de Salum, fuera [] consultada por Josías, rey de Judá, cuando se acercaba la cautividad y la ira del Señor caía sobre Jerusalén: pues es regla de la Escritura que, cuando los varones santos faltan, se alabe a las mujeres para reproche de los hombres. Y es superfluo hablar de Daniel, pues los hebreos hasta el día de hoy afirman que los tres jóvenes eran eunucos, conforme a la declaración de Dios que Isaías dirige a Ezequías: [] «Y de tus hijos que saldrán de ti, que habrás engendrado, los tomarán; y serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia.» Y de nuevo en Daniel leemos: [] «Y habló el rey a Aspenaz, jefe de sus eunucos, para que trajera a algunos de los hijos de Israel, del linaje real y de los nobles: jóvenes en quienes no hubiera defecto alguno, bien parecidos, e instruidos en toda sabiduría, y entendidos en ciencia, y diestros en conocimiento.» La conclusión es que si Daniel y los tres jóvenes fueron escogidos del linaje real, y si la Escritura predijo que habría eunucos del linaje real, estos hombres fueron los que fueron hechos eunucos. Si nos sale al paso con el argumento de que en Ezequiel se dice que Noé, Daniel y Job en una tierra pecadora no pudieron librar a sus hijos e hijas, respondemos que las palabras se usan hipotéticamente. Noé y Job no existían en aquel tiempo: sabemos que vivieron muchos siglos antes. Y el significado es este: si hubiera tales y tales hombres en una tierra pecadora, no podrán salvar a sus propios hijos e hijas: porque la justicia del padre no salvará al hijo, ni el pecado de uno será imputado a otro. [] «Porque el alma que peca, esa morirá.» Debe decirse también esto: que Daniel, como muestra la historia de su libro, fue llevado cautivo con el rey Joacim al mismo tiempo que Ezequiel fue también llevado al cautiverio. ¿Cómo, pues, pudo tener hijos quien era todavía un joven? Y solo habían transcurrido tres años cuando fue presentado para servir al rey. Que nadie suponga que Ezequiel en este momento recuerda a Daniel como hombre, no como joven; pues «Aconteció,» dice, «en el año sexto,» es decir, del rey Joacim, «en el mes sexto, a los cinco días del mes:» y, «estando yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá sentados delante de mí.» Sin embargo, en aquel mismo día se le dijo: [] «Aunque estos tres hombres, Noé, Daniel y Job, estuvieran en ella.» Daniel era, por tanto, un joven, y conocido del pueblo, ya por su interpretación de los sueños del rey, ya por la liberación de Susana y la muerte de los ancianos. Y queda claramente probado que en el tiempo en que se hablaba de Noé, Daniel y Job, Daniel era todavía un joven y no podía tener hijos e hijas a quienes salvar por su justicia. Hasta aquí en cuanto a la Ley.

    I, 26

    26. Al llegar al Evangelio nos presenta a Zacarías e Isabel, a Pedro y a su suegra, y, con una desvergüenza a la que ya nos hemos acostumbrado, no comprende que también ellos deberían haber sido contados entre los que servían a la Ley. Pues el Evangelio no existía antes de la crucifixión de Cristo: fue consagrado por su pasión y por su sangre. Conforme a esta regla, Pedro y los demás apóstoles (debo darle de vez en cuando algo a Joviniano de mi abundancia) tuvieron ciertamente esposas, pero las que habían tomado antes de conocer el Evangelio. Mas una vez recibidos en el apostolado, abandonaron los oficios del matrimonio. Pues cuando Pedro, en representación de los apóstoles, dice al Señor: [] «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido,» el Señor le respondió: [] «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o esposa, o hermanos, o padres, o hijos por causa del reino de Dios, que no reciba mucho más en este tiempo, y en el mundo venidero la vida eterna.» Pero si, para mostrar que todos los apóstoles tenían esposas, nos sale al paso con las palabras «¿No tenemos derecho a traer con nosotros una mujer o una esposa» (pues γυνή en griego tiene ambos significados) «como también los demás apóstoles, y Cefas, y los hermanos del Señor?» añada lo que se halla en los códices griegos: «¿No tenemos derecho a traer con nosotros mujeres hermanas, o esposas?» Esto deja claro que el escritor se refería a otras mujeres santas que, conforme a la costumbre judía, servían a sus maestros con sus bienes, como leemos que se practicaba incluso con nuestro Señor mismo. Donde hay una referencia previa al comer y al beber, y al gasto de dinero, y después se hace mención de mujeres hermanas, queda bien claro, como hemos dicho, que debemos entender no esposas, sino aquellas mujeres que servían con sus bienes. Y leemos el mismo relato en el Antiguo Testamento de la sunamita que solía recibir a Eliseo y ponerle mesa, pan, un candelabro y lo demás. En todo caso, si tomamos [γυναίκας] en el sentido de esposas y no de mujeres, la adición de la palabra hermanas destruye la fuerza de la palabra esposas y muestra que estaban unidas por el espíritu, no por el vínculo conyugal. Sin embargo, con excepción del apóstol Pedro, no se afirma abiertamente que los apóstoles tuvieran esposas; y puesto que se dice de uno solo y nada se dice de los demás, debemos entender que aquellos de quienes la Escritura no da tal descripción no tenían esposas. Con todo, Joviniano, que ha puesto en línea contra nosotros a Zacarías e Isabel, a Pedro y a la suegra de su esposa, debería saber que Juan era hijo de Zacarías e Isabel, es decir, una virgen fue el fruto del matrimonio, el Evangelio de la Ley, la castidad del matrimonio; de modo que por un profeta virgen pudiera ser anunciado y bautizado el Señor virgen. Pero podríamos decir de Pedro que tenía suegra cuando creyó, y que ya no tenía esposa, aunque en las «Sentencias» leemos tanto de su esposa como de su hija. Mas por ahora nuestro argumento debe apoyarse enteramente en la Escritura. Ha apelado a los apóstoles porque piensa que ellos, que tienen la autoridad principal en nuestro sistema moral y son los maestros cristianos por excelencia, no fueron vírgenes. Si, pues, concedemos que no fueron vírgenes (y, excepto Pedro, no puede probarse), debo decirle que a los apóstoles se refieren las palabras de Isaías: [] «Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado un pequeño remanente, seríamos como Sodoma, semejantes a Gomorra.» Así, pues, los que eran judíos de nacimiento no podían, bajo el Evangelio, recuperar la virginidad que habían perdido en el judaísmo. Y sin embargo Juan, uno de los discípulos, de quien se cuenta que era el más joven de los apóstoles, y que era virgen cuando abrazó el cristianismo, permaneció virgen, y por eso fue más amado por nuestro Señor, y se recostó sobre el pecho de Jesús. Y lo que Pedro, que había tenido esposa, no se atrevió a preguntar, [] le pidió a Juan que lo preguntara. Y después de la resurrección, cuando María Magdalena les dijo que el Señor había resucitado, [] corrieron ambos al sepulcro, pero Juan corrió más que Pedro. Y cuando estaban pescando en la barca en el lago de Genesaret, Jesús se puso en la orilla, y los apóstoles no sabían quién era el que veían; solo el virgen reconoció a un virgen, y dijo a Pedro: «Es el Señor.» De nuevo, después de oír la predicción de que sería atado por otro, y llevado adonde no quería, y que debía sufrir en la cruz, Pedro dijo: «Señor, ¿y este qué?» no queriendo abandonar a Juan, con quien siempre había estado unido. Nuestro Señor le dijo: «¿A ti qué, si yo quiero que él quede así?» De donde corrió entre los hermanos la noticia de que aquel discípulo no moriría. Aquí tenemos una prueba de que la virginidad no muere, y de que la mancha del matrimonio no se lava con la sangre del martirio, sino que la virginidad permanece con Cristo, y su sueño no es muerte sino tránsito a otro estado. Si, no obstante, Joviniano se obstinara en sostener que Juan no fue virgen (mientras nosotros hemos sostenido que su virginidad fue la causa del amor especial que nuestro Señor le tuvo), explique, si no fue virgen, por qué fue amado más que los otros apóstoles. Pero dices: [] la Iglesia fue fundada sobre Pedro; aunque en otros lugares se atribuye lo mismo a todos los apóstoles, y todos reciben las llaves del reino de los cielos, y la solidez de la Iglesia depende de todos ellos por igual, sin embargo uno entre los doce es elegido para que, nombrada una cabeza, no haya ocasión de cisma. Pero ¿por qué no fue elegido Juan, que era virgen? Se guardó deferencia a la edad, porque Pedro era el mayor: un joven, casi diría un muchacho, no podía ser puesto al frente de hombres de edad avanzada; y un buen maestro, obligado a eliminar toda ocasión de discordia entre sus discípulos, y que les había dicho: [] «La paz os dejo, mi paz os doy,» y «El que sea mayor entre vosotros, que sea el menor de todos,» no querría dar motivo de envidia contra el joven al que había amado. Podemos estar seguros de que Juan era entonces un muchacho, porque la historia eclesiástica prueba con toda claridad que vivió hasta el reinado de Trajano, es decir, que durmió en el año sesenta y ocho después de la pasión de nuestro Señor, como he anotado brevemente en mi tratado sobre Varones ilustres. Pedro es apóstol, y Juan es apóstol: uno casado, el otro virgen; pero Pedro es solamente apóstol, Juan es a la vez apóstol y evangelista, y profeta. Apóstol, porque escribió a las Iglesias como maestro; evangelista, porque compuso un Evangelio, cosa que ningún otro apóstol, excepto Mateo, hizo; profeta, porque vio en la isla de Patmos, adonde había sido desterrado por el emperador Domiciano como mártir por el Señor, un Apocalipsis que contiene los misterios ilimitados del futuro. Tertuliano, además, cuenta que fue enviado a Roma, y que, habiendo sido sumergido en una jarra de aceite hirviendo, salió más fresco y más vigoroso que cuando entró. Pero su mismo Evangelio es muy distinto de los demás. Mateo, como si escribiera de un hombre, comienza así: «Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham;» Lucas comienza con el sacerdocio de Zacarías; Marcos con una profecía de los profetas Malaquías e Isaías. El primero tiene rostro de hombre, por la tabla genealógica; el segundo, rostro de becerro, por el sacerdocio; el tercero, rostro de león, por la voz del que clama en el desierto: [] «Preparad el camino del Señor, haced derechas sus sendas.» Pero Juan, como un águila, se remonta a lo alto y alcanza al Padre mismo, y dice: [] «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios,» y así sucesivamente. El escritor virgen expuso misterios que los casados no pudieron; y, para resumir brevemente y mostrar cuán grande fue el privilegio de Juan, o más bien de la virginidad en Juan, la Madre Virgen [] fue confiada por el Señor Virgen al discípulo virgen.

    I, 27

    27. Pero nos afanamos en vano. Pues nuestro adversario esgrime contra nosotros la sentencia apostólica y dice: «Adán fue formado primero, luego Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión; pero se salvará por la crianza de los hijos, si permanecen en fe, amor y santificación, con sobriedad.» Consideremos qué llevó al apóstol a hacer esta declaración: «Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni discusión.» Así, a su debido tiempo, establece normas de vida para las mujeres y dice: «Asimismo, que las mujeres se atavíen con ropa modesta, con pudor y sobriedad; no con cabellos trenzados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino (como conviene a mujeres que profesan piedad) por medio de buenas obras. La mujer aprenda en silencio con toda sujeción. Pero no permito que la mujer enseñe, ni que tenga dominio sobre el hombre, sino que esté en silencio.» Y para que la suerte de la mujer no pareciera dura, reduciéndola a la condición de esclava de su marido, el apóstol recuerda la ley antigua y remonta al primer ejemplo: que Adán fue hecho primero, luego la mujer de su costilla; y que el diablo no pudo seducir a Adán, pero sí sedujo a Eva; y que, después de desagradar a Dios, fue inmediatamente sometida al hombre, y empezó a volverse hacia su marido; y señala que aquella que una vez estuvo atada con las ataduras del matrimonio y fue reducida a la condición de Eva, podría borrar la antigua transgresión mediante la procreación de hijos, siempre que, no obstante, eduque a los hijos mismos en la fe y el amor de Cristo, y en santificación y castidad; pues no debemos adoptar la lectura defectuosa de los textos latinos, sobrietas, sino castitas, es decir, [σωφροσύνη]. Ves cómo también te domina el testimonio de este pasaje, y no puedes sino verte obligado a admitir que lo que creías en favor del matrimonio habla en favor de la virginidad. Pues si la mujer se salva en la crianza de los hijos, y cuantos más hijos, mayor la seguridad de las madres, ¿por qué añadió «si permanecen en fe, amor y santificación, con castidad»? La mujer se salvará, pues, si da a luz hijos que permanezcan vírgenes; si lo que ella misma perdió lo alcanza en sus hijos, y compensa la pérdida y decadencia de la raíz con la excelencia de la flor y del fruto.

    I, 28

    28. Más arriba, de paso, cuando nuestro adversario aducía a Salomón, quien, aunque tuvo muchas esposas, edificó sin embargo el templo, respondí brevemente que era mi intención repasar los puntos restantes. Ahora, para que no proteste que tanto Salomón como otros bajo la ley, profetas y varones santos, han sido deshonrados por nosotros, mostremos qué pensaba del matrimonio este mismo hombre con sus muchas esposas y concubinas. Pues nadie puede saber mejor que quien sufrió por ellas qué es una esposa o una mujer. Pues bien, dice en los Proverbios: «La mujer necia y atrevida viene a carecer de pan.» ¿Qué pan? Sin duda aquel pan que desciende del cielo; e inmediatamente añade: «Los nacidos de la tierra perecen en su casa, se precipitan a las profundidades del infierno.» ¿Quiénes son los nacidos de la tierra que perecen en su casa? Por supuesto, los que siguen al primer Adán, que es de la tierra, y no al segundo, que es del cielo. Y de nuevo en otro lugar: «Como carcoma en la madera, así la mujer malvada destruye a su marido.» Pero si afirmas que esto se dijo de las esposas malas, responderé brevemente: ¿Qué necesidad tengo de correr el riesgo de que la esposa con la que me case resulte buena o mala? [] «Es mejor,» dice, «habitar en tierra desierta, que con mujer rencillosa y apasionada en casa amplia.» Cuán rara vez se encuentra una esposa sin estas faltas, lo sabe el que está casado. De ahí que aquel orador sublime, Vario Gémino, diga acertadamente: «El hombre que no riñe es soltero.» «Es mejor habitar en el rincón de la azotea, que con mujer rencillosa en casa compartida.» Si una casa común a marido y mujer enorgullece a la esposa y engendra desprecio hacia el marido, cuánto más si la esposa es la más rica de los dos y el marido no es más que un huésped en su casa. Ella comienza a ser no esposa, sino dueña de la casa; y si ofende a su marido, deben separarse. [] «Un goteo continuo en día de invierno» echa a un hombre de casa, y así la mujer rencillosa echa al hombre de su propia casa. Inunda su casa con su constante regañina y su cotilleo diario, y lo desaloja de su propio hogar, es decir, de la Iglesia. De ahí que el mismo Salomón mande antes: «Hijo mío, fluye más allá.» Y el apóstol, escribiendo a los Hebreos, dice: «Por tanto, es necesario que prestemos más atención a lo oído, no sea que nos deslicemos más allá.» Pero ¿quién puede ocultarse a sí mismo lo que se expresa así enigmáticamente? [] «La sanguijuela tenía tres hijas, muy amadas, pero no la saciaban, y una cuarta no se sacia cuando dices: Basta; el sepulcro, y el amor de la mujer, y la tierra que no se sacia de agua, y el fuego que no dice: Basta.» La sanguijuela es el diablo; las hijas del diablo son muy amadas, y no pueden saciarse con la sangre de los muertos: el sepulcro, y el amor de la mujer, y la tierra seca y abrasada por el calor. No se habla de la ramera ni de la adúltera, sino que se acusa al amor de la mujer en general de ser siempre insaciable; apágalo, estalla en llamas; dale abundancia, de nuevo está necesitado; enerva la mente del hombre y absorbe todo pensamiento excepto la pasión que alimenta. Lo que leemos en la parábola que sigue es a este propósito: «Por tres cosas tiembla la tierra, y por cuatro que no puede soportar: por un siervo cuando llega a ser rey; y por un necio cuando se harta de pan; por una mujer odiosa cuando se casa con un buen marido; y por una criada que hereda a su señora.» Mira cómo una esposa es clasificada entre los mayores males. Pero si respondes que se trata de una esposa odiosa, te daré la misma respuesta de antes: la mera posibilidad de tal peligro no es en sí misma cosa ligera. Pues el que se casa con una esposa no sabe si se casa con una mujer odiosa o con una digna de su amor. Si es odiosa, es intolerable. Si es digna de amor, su amor es comparado con el sepulcro, con la tierra reseca y con el fuego.

    I, 29

    29. Vayamos a Eclesiastés y aduzcamos también de él algunos pasajes corroborativos. «Para todo hay una estación, y un tiempo para cada propósito bajo el cielo: tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado.» Engendramos hijos bajo la ley con Moisés; muramos bajo el Evangelio con Cristo. Plantamos en el matrimonio; arranquemos por la castidad lo plantado. «Tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de amar, y tiempo de odiar; tiempo de guerra, y tiempo de paz.» Y a la vez nos advierte que no prefiramos la ley al Evangelio, ni pensemos que la pureza virginal ha de ponerse al nivel del matrimonio: [] «Mejor,» dice, «es el fin de una cosa que su principio.» E inmediatamente añade: «No digas: ¿Cuál es la causa de que los días pasados fueran mejores que estos? Porque no preguntas sabiamente acerca de esto.» Y da la razón por la cual los últimos días son mejores que los primeros: «Porque la sabiduría con herencia es buena.» Bajo la ley, a la sabiduría carnal le seguía la espada de la muerte; bajo el Evangelio, una herencia eterna aguarda a la sabiduría espiritual. «He aquí, esto he hallado, [] dice el Predicador: un hombre entre mil he hallado; pero una mujer entre todas esas no la he hallado. He aquí, solamente esto he hallado: que Dios hizo al hombre recto; pero ellos buscaron muchas artimañas.» Dice que había hallado al hombre recto. Considera la fuerza de las palabras. La palabra hombre comprende a varón y hembra. «Pero una mujer,» dice, «entre todas esas no la he hallado.» Leamos el principio del Génesis, y hallaremos que Adán, esto es, el hombre, es llamado varón y hembra. Habiendo sido, pues, creado por Dios bueno y recto, por nuestra propia culpa hemos caído a una condición peor; y lo que en el Paraíso había sido recto, cuando salimos del Paraíso se corrompió. Si objetas que antes de pecar había distinción de sexo entre varón y hembra, y que pudieron sin pecado haberse unido, es incierto lo que habría podido suceder. Pues no podemos conocer los juicios de Dios ni anticipar su sentencia como queramos. Lo que realmente sucedió es bien claro: que quienes en el Paraíso permanecieron en virginidad perpetua, cuando fueron expulsados del Paraíso se unieron. O si el Paraíso admite el matrimonio, y no hay diferencia entre matrimonio y virginidad, ¿qué impidió su trato anterior incluso en el Paraíso? Son expulsados del Paraíso; y lo que no hicieron allí, lo hacen en la tierra; de modo que desde los primerísimos días de la humanidad la virginidad fue consagrada por el Paraíso, y el matrimonio por la tierra. [] «Sean tus vestiduras siempre blancas.» La blancura eterna de nuestras vestiduras es la pureza de la virginidad. Por la mañana sembramos nuestra semilla, y por la tarde no cesemos. Nosotros, que servimos al matrimonio bajo la ley, sirvamos a la virginidad bajo el Evangelio.

    I, 30

    30. Paso al Cantar de los Cantares, y mientras nuestro adversario piensa que favorece enteramente al matrimonio, mostraré que contiene los misterios de la virginidad. Oigamos lo que dice la esposa antes de que el esposo venga a la tierra, padezca, descienda al mundo inferior y resucite. «Te haremos zarcillos de oro, con adornos de plata, mientras el rey está a su mesa.» Antes de que el Señor resucitara, y resplandeciera el Evangelio, la esposa no tenía oro, sino efigies de oro. En cuanto a la plata, empero, que ella confiesa tener en el matrimonio, no sólo tenía adornos de plata, sino que los tenía en variedad: en viudas, en continentes y en casadas. Entonces el esposo responde a la esposa y le enseña que la sombra de la antigua ley ha pasado y ha llegado la verdad del Evangelio. «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven; porque he aquí ha pasado el invierno, la lluvia ha cesado y se ha ido.» Esto se refiere al Antiguo Testamento. De nuevo habla del Evangelio y de la virginidad: «Han aparecido las flores en la tierra, ha llegado el tiempo de la poda de las viñas.» ¿No te parece que dice exactamente lo mismo que dice el Apóstol: [] «El tiempo es corto; que de aquí en adelante los que tienen esposa sean como si no la tuvieran»? Y más claramente proclama la castidad: [] «La voz,» dice, «de la tórtola se oye en nuestra tierra.» La tórtola, la más casta de las aves, que habita siempre en lugares altos, es figura del Salvador. Leamos las obras de los naturalistas y hallaremos que es natural de la tórtola, si pierde su pareja, no tomar otra; y comprenderemos que el segundo matrimonio es repudiado aun por las aves mudas. Y al instante la tórtola dice a su compañera: «La higuera ha echado sus higos verdes,» es decir, los mandamientos de la antigua ley han caído, y las viñas florecientes del Evangelio exhalan su fragancia. Por lo cual también dice el Apóstol: [] «Somos para Dios grato olor de Cristo.» [] «Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven. Paloma mía, que anidas en las hendiduras de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es tu voz, y hermoso tu aspecto.» Mientras cubrías tu rostro como Moisés y permanecía el velo de la ley, yo no veía tu rostro, ni me dignaba oír tu voz. Dije: [] «Aunque multipliquéis las oraciones, no escucharé.» Pero ahora, con el rostro descubierto, contempla mi gloria y refúgiate en las hendiduras y lugares escarpados de la roca sólida. Al oír esto, la esposa reveló los misterios de la castidad: [] «Mi amado es mío, y yo soy suya; él apacienta su rebaño entre los lirios,» es decir, entre las puras legiones vírgenes. ¿Quieres saber qué clase de trono tiene nuestro verdadero Salomón, el Príncipe de la Paz, y cómo son sus servidores? [] «He aquí,» dice, «la litera de Salomón: sesenta valientes la rodean, de los valientes de Israel. Todos manejan la espada y son diestros en la guerra; cada uno lleva su espada sobre el muslo.» Los que rodean a Salomón llevan su espada sobre el muslo, como Aod, el juez zurdo, que mató al más gordo de los enemigos, hombre entregado a la carne, y cortó todos sus placeres. [] «Iré,» dice, «al monte de la mirra;» es decir, a los que han mortificado sus cuerpos; «y a la colina del incienso,» a las muchedumbres de vírgenes puras; «y diré a mi esposa: Toda hermosa eres, amada mía, y no hay mancha en ti.» Por lo cual también dice el Apóstol: [] «A fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.» [] «Ven conmigo desde el Líbano, esposa mía, conmigo desde el Líbano. Vendrás y pasarás desde el comienzo de la fe, desde la cumbre de Sanir y de Hermón, desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos.» Líbano, interpretado, significa blancura. Ven, pues, esposa hermosísima, de quien en otro lugar se dice [] «¿Quién es ésta que sube, toda vestida de blanco?» y pasa por el camino de este mundo, desde el comienzo de la fe, y desde Sanir, que interpretado es Dios de luz, como leemos en el salmo: «Lámpara es a mis pies tu palabra, y luz para mi camino;» y «desde Hermón,» es decir, consagración: y «huye de las guaridas de los leones y de los montes de los leopardos que no pueden cambiar sus manchas.» Huye, dice, de las guaridas de los leones, huye de la soberbia de los demonios, para que, cuando te hayas consagrado a mí, pueda decirte: [] «Has robado mi corazón, hermana mía, esposa mía; has robado mi corazón con uno de tus ojos, con una cadena de tu cuello.» Lo que dice es algo así: no rechazo el matrimonio: tienes un segundo ojo, el izquierdo, que te he dado a causa de la debilidad de los que no pueden ver el derecho. Pero me agrada el ojo derecho de la virginidad, y si éste se ciega, todo el cuerpo queda en tinieblas. Y para que no pensáramos que tenía en vista el amor carnal y el matrimonio corporal, excluye al instante este sentido diciendo [] «Has robado mi corazón, esposa mía, hermana mía.» El nombre de hermana excluye toda sospecha de amor profano. «¡Cuán hermosos son tus pechos con vino!» aquellos pechos de los que antes había dicho: Mi amado es mío, y yo soy suya: «entre mis pechos reposará,» es decir, en la porción regia del corazón donde el Verbo de Dios tiene su morada. ¿Qué vino es ese que da hermosura a los pechos de la esposa y los llena de leche de castidad? Aquel, ciertamente, del que el esposo pasa a hablar: [] «He bebido mi vino con mi leche. Comed, amigos; bebed, embriagaos, amados hermanos.» Por eso también se decía que los Apóstoles estaban llenos de vino nuevo; de vino nuevo, dice, no viejo; porque [] el vino nuevo se echa en odres nuevos, y ellos [] no andaban en la antigüedad de la letra, sino en la novedad del Espíritu. Éste es el vino con el cual, cuando los jóvenes y las doncellas se embriagan, al punto tienen sed de virginidad; quedan llenos del espíritu de castidad, y se cumple la profecía de Zacarías, al menos si seguimos literalmente el hebreo, pues profetizó acerca de las vírgenes: «Y las calles de la ciudad estarán llenas de muchachos y muchachas que jugarán en sus calles. Porque ¿cuál es su bondad y cuál su hermosura, sino el grano de los elegidos y el vino que engendra vírgenes?» Vírgenes son de quienes está escrito en el salmo cuarenta y cinco: «Las vírgenes, sus compañeras que la siguen, serán traídas a ti. Con alegría y regocijo serán conducidas; entrarán en el palacio del Rey.»

    I, 31

    31. Luego sigue: [] «Huerto cerrado es mi hermana, mi esposa: huerto cerrado, fuente sellada.» Lo que está cerrado y sellado nos recuerda a la madre del Señor, que fue madre y Virgen. Por eso nadie antes ni después de nuestro Salvador fue depositado en su sepulcro nuevo, tallado en la roca sólida. Y, sin embargo, la que fue siempre Virgen es madre de muchas vírgenes. Pues a continuación leemos: «Tus renuevos son un vergel de granados con frutos preciosos.» Por los granados y los frutos se significa la reunión de todas las virtudes en la virginidad. [] «Mi amado es blanco y rubicundo»; blanco por la virginidad, rubicundo por el martirio. Y porque Él es blanco y rubicundo, por eso se añade inmediatamente [] «Su boca es dulcísima; sí, es todo él deseable.» El esposo virgen, habiendo sido alabado por la esposa virgen, a su vez alaba a la esposa virgen y le dice: [] «¡Cuán hermosos son tus pies en las sandalias, hija de Aminadab!» que, interpretado, es pueblo que se ofrece voluntariamente. Porque la virginidad es voluntaria, y por eso los pasos de la Iglesia en la hermosura de la castidad son alabados. No es éste el momento de que yo, a modo de comentarista, explique todos los misterios de la virginidad a partir del Cantar de los Cantares; no dudo que el lector quisquilloso torcerá el gesto ante lo ya dicho.

    I, 32

    32. Isaías habla del misterio de nuestra fe y esperanza: [] «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.» Sé que los judíos suelen oponernos que en hebreo la palabra Almá no significa virgen, sino una joven. Y, a decir verdad, virgen propiamente se llama Betulá; en cambio, joven o muchacha no es Almá, sino ¡Naará! ¿Cuál es, pues, el sentido de Almá? Virgen oculta, es decir, no meramente virgen, sino virgen y algo más, porque no toda virgen está oculta, apartada de la vista ocasional de los hombres. Además, Rebeca, a causa de su extremada pureza y porque era figura de la Iglesia, que representaba en su propia virginidad, es descrita en el Génesis como Almá, no Betulá, como puede probarse claramente por las palabras del siervo de Abraham, dichas por él en Mesopotamia: «Y dijo: Oh Señor, Dios de mi amo Abraham, si ahora prosperas mi camino que sigo: he aquí que estoy junto a la fuente de agua; y suceda que la doncella que salga a sacar agua, a quien yo diga: Dame, te ruego, un poco de agua de tu cántaro para beber; y ella me responda: Bebe tú, y también sacaré para tus camellos: sea ésta la mujer que el Señor ha destinado para el hijo de mi amo.» Donde habla de la doncella que sale a sacar agua, la palabra hebrea es Almá, es decir, virgen recluida, guardada por sus padres con extremo cuidado. O, si esto no es así, que al menos me muestren dónde se aplica también la palabra a mujeres casadas, y confesaré mi ignorancia. «He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo.» Si la virginidad no es preferida al matrimonio, ¿por qué no eligió el Espíritu Santo a una mujer casada o a una viuda? Pues en aquel tiempo vivía Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, distinguida por su pureza y siempre libre para entregarse a oraciones y ayunos en el templo de Dios. Si la vida, las buenas obras y el ayuno sin virginidad pueden merecer la venida del Espíritu Santo, bien podría ella haber sido la madre del Señor. Apresurémonos hacia lo demás: [] «La virgen hija de Sión te ha despreciado y se ha burlado de ti.» A aquella a quien llamó hija, el profeta le dio también el título de virgen, no sea que, si hablara solamente de una hija, se pudiera suponer que estaba casada. Ésta es la hija virgen a quien en otro lugar se dirige así: [] «Canta, oh estéril, tú que no das a luz; prorrumpe en cánticos y clama, tú que no tuviste dolores de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los hijos de la casada, dice el Señor.» Ésta es aquella de quien Dios habla por boca de Jeremías, diciendo: [] «¿Podrá olvidar una doncella sus adornos, o una novia su atavío?» Acerca de ella leemos un gran milagro en la misma profecía []: que una mujer rodeará a un varón, y que el Padre de todas las cosas será contenido en un seno virginal.

    I, 33

    33. «Concedido,» dice Joviniano, «que hay diferencia entre matrimonio y virginidad, ¿qué respondes a esto? Supongamos que una virgen y una viuda han sido bautizadas y continúan como estaban, ¿qué diferencia habrá entre ellas?» Lo que ya hemos dicho acerca de Pedro y Juan, Ana y María puede ser útil aquí. Pues si no hay diferencia entre una virgen y una viuda, siendo ambas bautizadas, porque el bautismo hace un hombre nuevo, por el mismo principio las rameras y las prostitutas, si son bautizadas, serán iguales a las vírgenes. Si el matrimonio anterior no perjudica a una viuda bautizada, y los placeres pasados y la exposición de sus cuerpos a la lujuria pública no causan detrimento en el caso de las rameras, una vez que se han acercado a la pila obtendrán los premios de la virginidad. Una cosa es unir a Dios una mente pura y libre de toda mancha de recuerdo; otra, recordar los abrazos torpes y forzados de un hombre, y en la memoria representar lo que no haces en la realidad. Jeremías, que fue [] santificado en el seno materno y conocido en el vientre de su madre, gozó del alto privilegio porque fue predestinado a la bendición de la virginidad. Y cuando todos fueron llevados cautivos, y hasta los vasos del templo fueron saqueados por el rey de Babilonia, él solo fue liberado por el enemigo, no conoció los ultrajes del cautiverio, y fue sustentado por los vencedores; y Nabucodonosor, aunque no dio a Nabuzaradán encargo alguno acerca del Santo de los Santos, sí le dio encargo acerca de Jeremías. Pues ése es el verdadero templo de Dios, y ése es el Santo de los Santos, el que es consagrado al Señor por la pura virginidad. Por otro lado, Ezequiel, que fue mantenido cautivo en Babilonia, que vio la [] tempestad que se acercaba del norte, y el torbellino que lo barría todo ante sí, dice: [] «Mi mujer murió al atardecer, y a la mañana hice como se me había mandado.» Porque el Señor le había dicho antes que en aquel día abriría su boca, y hablaría, y ya no guardaría silencio. Observa bien que, mientras su mujer vivía, no tenía libertad para amonestar al pueblo. Murió su mujer, se rompió el vínculo conyugal, y sin la menor vacilación se entregó constantemente al oficio profético. Pues el que fue llamado siendo libre, es verdaderamente siervo del Señor. No niego la bienaventuranza de las viudas que permanecen tales después de su bautismo; ni menosprecio a las esposas que mantienen su castidad en el matrimonio; pero así como ellas alcanzan ante Dios un premio mayor que las casadas que pagan el débito conyugal, que las viudas mismas se contenten con dar la preferencia a la virginidad. Porque si una castidad que llega tarde, cuando ya no se siente el ardor del placer corporal, las hace sentirse superiores a las casadas, ¿por qué no habrían de reconocerse inferiores a la virginidad perpetua?

    I, 34

    34. Todo eso no vale nada, dice Joviniano, porque incluso obispos, sacerdotes y diáconos, maridos de una sola mujer y con hijos, fueron nombrados por el Apóstol. Así como el Apóstol [] dice que no tiene mandamiento acerca de las vírgenes, y sin embargo da su consejo, como quien ha alcanzado misericordia del Señor, y se afana a lo largo de toda la discusión por dar preferencia a la virginidad sobre el matrimonio, y aconseja lo que no se atreve a mandar, para que no parezca tender un lazo y poner sobre la naturaleza humana una carga más pesada de la que puede soportar; así también, al establecer la constitución de la Iglesia, en la medida en que los elementos de la Iglesia primitiva procedían de los gentiles, hizo las reglas para los recién creyentes algo más ligeras, para que no, alarmados, se echaran atrás a la hora de guardarlas. Además, los Apóstoles y los ancianos escribieron [] cartas desde Jerusalén para que no se impusiera a los creyentes gentiles carga más pesada que abstenerse de la idolatría, de la fornicación y de lo estrangulado. Como si proveyeran a niños de pecho, les dieron leche para beber, no alimento sólido. No fijaron reglas para la continencia, ni insinuaron la virginidad, ni urgieron el ayuno, ni repitieron las instrucciones dadas en el Evangelio a los Apóstoles: no tener dos túnicas, ni alforja, ni dinero en la faja, ni bastón en la mano, ni sandalias en los pies. Y ciertamente no les mandaron, [] si querían ser perfectos, que fueran, vendieran todo lo que tenían, lo dieran a los pobres y «ven, sígueme.» Pues si el joven que se gloriaba de haber cumplido todo lo que la ley ordena, al oír esto se fue triste, porque tenía muchos bienes, y los fariseos se burlaron de una sentencia como ésta salida de los labios de nuestro Señor: ¿cuánto más la vasta multitud de los gentiles, cuya mayor virtud consistía en no robar los bienes ajenos, habría rechazado la obligación de la castidad y continencia perpetuas, cuando se les decía en la carta que se guardaran de los ídolos y de la fornicación, viendo que se oía hablar de fornicación entre ellos, y una fornicación tal que no se daba «ni aun entre los gentiles.» Pero la misma elección del obispo obra en mi favor. Pues él no dice: Elíjase un obispo que se case con una sola mujer y engendre hijos; sino que se case con una sola mujer, y que tenga a sus hijos en sujeción y bien disciplinados. Sin duda admites que no es obispo quien durante su episcopado engendra hijos. El caso es el contrario: si se le descubre, no quedará obligado por las obligaciones ordinarias de un marido, sino que será condenado como adúltero. O permitid a los sacerdotes realizar la obra del matrimonio, con el resultado de que la virginidad y el matrimonio queden en un mismo plano; o, si es ilícito a los sacerdotes tocar a sus esposas, son santos en la medida en que imitan la castidad virginal. Pero algo más se sigue. Un laico, o cualquier creyente, no puede orar si no se abstiene del trato sexual. Ahora bien, un sacerdote debe ofrecer siempre sacrificios por el pueblo: por tanto, debe orar siempre. Y si debe orar siempre, debe estar siempre libre de los deberes del matrimonio. Pues aun bajo la antigua ley, los que solían ofrecer sacrificios por el pueblo no sólo permanecían en sus casas, sino que se purificaban para la ocasión separándose de sus mujeres, y no bebían vino ni bebida fuerte, que suelen estimular la lujuria. No niego que hombres casados sean elegidos para el sacerdocio: el número de vírgenes no es tan grande como el de sacerdotes que se requieren. ¿Se sigue que, porque todos los hombres más fuertes sean elegidos para el ejército, no se deba tomar también a los más débiles? No todos pueden ser fuertes. Si un ejército se constituyera sólo de la fuerza, y el número no importara, los más débiles podrían ser rechazados. Tal como están las cosas, se eligen hombres de segunda o tercera fuerza, para que el ejército tenga su pleno complemento numérico. ¿Cómo es, entonces, dirás, que con frecuencia en la ordenación de sacerdotes se deja de lado a una virgen y se toma a un hombre casado? Quizá porque le faltan otras cualidades acordes con la virginidad, o puede ser que se le crea virgen y no lo sea; o puede haber un estigma sobre su virginidad; o, en todo caso, la virginidad misma lo hace orgulloso, y mientras se jacta de la mera castidad corporal, descuida otras virtudes; no cuida de los pobres; es demasiado amigo del dinero. A veces sucede que un hombre tiene rostro sombrío, ceño fruncido, un andar como si fuera en procesión solemne, y así ofende al pueblo, que, al no hallar falta en su vida, odia su sola vestimenta y porte. Muchos son elegidos no por afecto hacia ellos mismos, sino por odio a otro. En la mayoría de los casos la elección la gana la mera sencillez, mientras que la perspicacia y discreción de otro candidato suscitan oposición como si fueran males. A veces el juicio del pueblo común yerra, y al probar las cualidades del sacerdocio, el individuo se inclina hacia su propio carácter, de suerte que no busca tanto un buen candidato como uno semejante a sí mismo. No raramente sucede que los casados, que forman la mayor parte del pueblo, al aprobar candidatos casados parecen aprobarse a sí mismos, y no se les ocurre que el mero hecho de preferir a una persona casada antes que a una virgen es prueba de su inferioridad respecto de las vírgenes. Lo que voy a decir quizá ofenda a muchos. Sin embargo, lo diré, y los buenos no se enojarán conmigo, porque no sentirán el aguijón de la conciencia. A veces la culpa es de los obispos, que eligen para las filas del clero no a los mejores, sino a los más listos, y juzgan incapaces a los más sencillos e inocentes; o, como si distribuyeran los oficios de un servicio terrenal, dan puestos a sus parientes y allegados; o escuchan los dictados de la riqueza. Y, lo que es peor, promueven a los clérigos que los untan con adulación. Para tomar el otro punto de vista, si el sentido del Apóstol es que el matrimonio es necesario en un obispo, el propio Apóstol no habría debido ser obispo, pues dijo: [] «Querría que todos los hombres fueran como yo mismo.» Y Juan será considerado indigno de este rango, y todas las vírgenes, y los continentes, las más hermosas joyas que dan gracia y ornato a la Iglesia. Obispo, sacerdote y diácono no son distinciones honoríficas, sino nombres de oficios. Y no leemos: [] «Si alguien busca el cargo de obispo, desea un grado bueno,» sino, «desea una obra buena,» porque al ser colocado en un orden superior se le ofrece una oportunidad, si decide aprovecharla, para la práctica de la virtud.

    I, 35

    35. El obispo, pues, debe ser irreprochable, de modo que no sea esclavo de ningún vicio: «marido de una sola mujer», es decir, en el pasado, no en el presente; «sobrio», o mejor, como dice el griego, «vigilante», es decir [νηφάλεον]; «casto», pues eso significa [σὼφρονα]; «distinguido», tanto por castidad como por conducta; «hospitalario», para imitar a Abraham y, con los extranjeros, o más bien en los extranjeros, hospedar a Cristo; «apto para enseñar», pues de nada aprovecha gozar de la conciencia de la virtud si no se puede instruir al pueblo encomendado, de modo que pueda exhortar en la doctrina y refutar a los contradictores; «no dado al vino», pues quien está constantemente en el Santo de los Santos y ofrece sacrificios no beberá vino ni bebida fuerte, ya que el vino es un lujo. Si un obispo bebe, sea de tal manera que nadie sepa si ha bebido o no. «No pendenciero», es decir, no golpeador de las conciencias ajenas, pues el Apóstol no señala lo que un púgil, sino un pontífice, no debe hacer. Enseña directamente lo que debe hacer: «sino amable, no contencioso, no avaro, que gobierne bien su propia casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda castidad». ¡Mira qué castidad se exige en un obispo! Si su hijo es impuro, él mismo no puede ser obispo, y ofende a Dios de la misma manera que lo hizo el sacerdote Elí, quien ciertamente reprendió a sus hijos, pero porque no apartó a los ofensores, cayó hacia atrás y murió antes de que se apagara la lámpara de Dios. [] «Las mujeres igualmente deben ser castas», y así sucesivamente. En todo grado y en ambos sexos, la castidad ocupa el primer lugar. Ves, pues, que la bienaventuranza de un obispo, sacerdote o diácono no consiste en que sean obispos, sacerdotes o diáconos, sino en tener las virtudes que sus nombres y oficios implican. De lo contrario, si un diácono es más santo que su obispo, su grado inferior no le dará peor posición ante Cristo. Si así fuera, Esteban el diácono, el primero en llevar la corona del martirio, sería menos en el reino de los cielos que muchos obispos, y que Timoteo y Tito, a quienes me atrevo a considerar ni inferiores ni superiores a él. Así como en las legiones del ejército hay generales, tribunos, centuriones, lanceros y tropas ligeras, soldados rasos y compañías, pero una vez que comienza la batalla, todas las distinciones de rango se abandonan, y lo único que se busca es el valor; así también en este campamento y en esta batalla, en la que combatimos contra los demonios, no se necesitan nombres sino hechos; y bajo el verdadero jefe, Cristo, no el que tiene el título más alto tiene la mayor fama, sino el que es el guerrero más valiente.

    I, 36

    36. Pero dirás: «Si todos fueran vírgenes, ¿qué sería de la raza humana»? Lo semejante engendrará aquí lo semejante. Si todos fueran viudos, o continentes en el matrimonio, ¿cómo se propagarán los mortales? Según este principio no habrá nada en absoluto, por temor a que algo deje de existir. Pongamos un caso: si todos los hombres fueran filósofos, no habría labradores. ¿Por qué hablar de labradores? No habría oradores, ni abogados, ni maestros de las demás profesiones. Si todos fueran jefes, ¿qué sería de los soldados? Si todos fueran la cabeza, ¿de quién se diría que son cabeza, cuando no hubiera otros miembros? Temes que si el deseo de virginidad fuera general no habría prostitutas, ni adúlteras, ni niños que lloraran en la ciudad o en el campo. Cada día se derrama la sangre de los adúlteros, los adúlteros son condenados, y la lujuria se enfurece y desborda ante las mismas leyes, los símbolos de la autoridad y los tribunales de justicia. No temas que todos se vuelvan vírgenes: la virginidad es cosa difícil, y por tanto rara, porque es difícil: «Muchos son los llamados, pocos los escogidos». Muchos comienzan, pocos perseveran. Y así la recompensa es grande para los que han perseverado. Si todos pudieran ser vírgenes, nuestro Señor nunca habría dicho: [] «El que pueda recibirlo, que lo reciba»: y el Apóstol no habría dudado en dar su consejo—[] «En cuanto a las vírgenes, no tengo mandamiento del Señor». Entonces dirás: ¿por qué fueron creados los órganos de la generación, y por qué fuimos formados por el creador omnisciente de modo que ardemos unos por otros y anhelamos el comercio natural? Responder es poner en peligro nuestro pudor: estamos, por así decirlo, entre dos rocas, las Simplégades de la necesidad y la virtud, a uno y otro lado; y debemos naufragar o en nuestro sentido del pudor, o en la causa que defendemos: si respondemos a tus insinuaciones, la vergüenza cubre nuestro rostro. Si la vergüenza asegura el silencio, en cierto modo parecemos desertar de nuestro puesto y dejar el terreno libre al enemigo furioso. Sin embargo, es mejor, como dice la historia, cerrar los ojos y luchar como los gladiadores vendados, que no rechazar con el escudo de la verdad los dardos que se nos lanzan. Puedo ciertamente decir: «Nuestras partes posteriores, que están ocultas a la vista, y las porciones inferiores del abdomen, que cumplen las funciones de la naturaleza, son obra del Creador». Pero en la medida en que la conformación física de los órganos de la generación atestigua la diferencia de sexo, responderé brevemente: ¿No renunciaremos nunca a la lujuria, por temor a tener miembros de este tipo en vano? ¿Por qué entonces un marido debe apartarse de su mujer? ¿Por qué una viuda debe perseverar en la castidad, si solo nacimos para vivir como bestias? ¿O qué daño me hace si otro hombre se acuesta con mi mujer? Pues así como los dientes fueron hechos para masticar, y el alimento masticado pasa al estómago, y a un hombre no se le culpa por dar pan a mi mujer: de igual modo, si se pretendía que los órganos de la generación estuvieran siempre desempeñando su oficio, cuando mi vigor se agote, que otro ocupe mi lugar, y, si se me permite decirlo, que mi mujer apague su ardiente lujuria donde pueda. Pero ¿qué quiere decir el Apóstol al exhortar a la continencia, si la continencia es contraria a la naturaleza? ¿Qué quiere decir nuestro Señor cuando nos instruye sobre las diversas clases de eunucos? [] Sin duda [] al Apóstol que nos ordena imitar su propia castidad, hay que preguntarle, si queremos ser coherentes: ¿Por qué eres como los demás hombres, Pablo? ¿Por qué te distingues del sexo femenino por la barba, el pelo y otras peculiaridades de la persona? ¿Cómo es que no tienes pechos hinchados, y no eres ancho de caderas, estrecho de pecho? Tu voz es áspera, tu habla ruda, tus cejas más pobladas. En vano tienes todas esas cualidades varoniles, si renuncias a los abrazos de las mujeres. Me veo obligado a decir algo y hacerme necio: pero tú me has forzado a atreverme a hablar. Nuestro Señor y Salvador, [] que, siendo en forma de Dios, condescendió a tomar forma de siervo y se hizo obediente al Padre hasta la muerte, y muerte de cruz— ¿qué necesidad había de que naciera con miembros que no iba a usar? Ciertamente fue circuncidado para manifestar su sexo. ¿Por qué hizo que Juan el Apóstol y Juan el Bautista se hicieran eunucos por amor a Él, después de hacerlos nacer hombres? Sigamos, pues, los que creemos en Cristo, su ejemplo. Y si le conocimos según la carne, ya no le conozcamos según la carne. La sustancia de nuestros cuerpos resucitados ciertamente será la misma que ahora, aunque de mayor gloria. Pues el Salvador, después de su descenso a los infiernos, tenía hasta tal punto el mismo cuerpo en que fue crucificado, que [] mostró a los discípulos las marcas de los clavos en sus manos y la herida en su costado. Además, si negamos la identidad de su cuerpo porque [] entró estando las puertas cerradas, y esto no es propiedad de los cuerpos humanos, también debemos negar que Pedro y el Señor tuvieran cuerpos reales porque [] anduvieron sobre el agua, lo cual es contrario a la naturaleza. [] «En la resurrección de los muertos, ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como los ángeles». Lo que otros serán después en el cielo, los vírgenes comienzan a serlo en la tierra. Si se nos promete la semejanza con los ángeles (y entre los ángeles no hay diferencia de sexo), o no tendremos sexo, como los ángeles, o en todo caso, lo cual está claramente probado, aunque resucitemos de entre los muertos en nuestro propio sexo, no realizaremos las funciones del sexo.

    I, 37

    37. Pero ¿por qué discutimos, y por qué nos afanamos en elaborar una respuesta ingeniosa y victoriosa a nuestro adversario? [] «Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas». Repasaré las palabras de los Apóstoles, y así como a los ejemplos ofrecidos por Salomón añadí breves exposiciones para facilitar su comprensión, así ahora repasaré los pasajes relativos a la pureza y continencia cristianas, y haré de muchas pruebas una serie conexa. Con este método lograré no omitir nada relativo a la castidad y evitaré ser tediosamente largo. Entre otros pasajes, Pablo el Apóstol escribe a los Romanos: [] «¿Qué fruto, pues, teníais entonces en aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora, librados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y por fin la vida eterna». Supongo también que el fin del matrimonio es la muerte. Pero el fruto compensador de la santificación, fruto que pertenece o a la virginidad o a la continencia, es la vida eterna. Y después: «Por tanto, hermanos míos, también vosotros habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis unidos a otro, a aquel que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, que eran por la ley, obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Pero ahora hemos sido liberados de la ley, habiendo muerto a aquello en que estábamos retenidos, para que sirvamos en novedad del Espíritu, y no en antigüedad de la letra». «Cuando», dice, «estábamos en la carne, y no en la novedad del Espíritu sino en la antigüedad de la letra», hacíamos las cosas propias de la carne y dábamos fruto para muerte. Pero ahora, porque estamos muertos a la ley mediante el cuerpo de Cristo, llevemos fruto para Dios, para pertenecer a Aquel que resucitó de entre los muertos. Y en otro lugar, habiendo dicho antes: «Sé que la ley es espiritual», y habiendo discutido largamente la violencia de la carne que con frecuencia nos impulsa a hacer lo que no queremos, continúa al fin: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Doy gracias a Dios por Jesucristo nuestro Señor». Y de nuevo: «Así que yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado». Y [] «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan según la carne. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Y con más claridad en lo que sigue enseña que los cristianos no andan según la carne sino según el Espíritu: «Porque los que son según la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son según el Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque la mente de la carne es muerte; pero la mente del Espíritu es vida y paz; porque la mente de la carne es enemistad contra Dios, pues no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede; y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros», y así sucesivamente hasta donde dice: «Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para vivir según la carne; porque si vivís según la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios». Si la sabiduría de la carne es enemistad contra Dios, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios, pienso que los que cumplen las funciones del matrimonio aman la sabiduría de la carne, y por tanto están en la carne. El Apóstol, deseoso de apartarnos de la carne y unirnos al Espíritu, dice después: [] «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. Y no os conforméis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta. Digo, pues, por la gracia que me fue dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense según castidad» (no sobriamente, como traducen mal las versiones latinas), sino «piense», dice, «según castidad», pues las palabras griegas son [ἐ] [ις τὸ σωφρονεὶν]. Consideremos lo que dice el Apóstol: «Transformaos por la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta». Lo que dice es algo así: Dios ciertamente permite el matrimonio, permite segundos matrimonios y, si es necesario, prefiere incluso terceros matrimonios a la fornicación y al adulterio. Pero nosotros, que debemos presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es nuestro culto racional, debemos considerar no lo que Dios permite, sino lo que Él quiere: para comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta. De ello se sigue que lo que meramente permite no es ni bueno, ni agradable, ni perfecto. Y da sus razones para este consejo: «Conociendo el tiempo, que ya es hora de despertaros del sueño; porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando creímos. La noche está muy avanzada, y el día está cerca». Y finalmente: «Vestíos del Señor Jesucristo, y no hagáis provisión para la carne, para satisfacer sus concupiscencias». Una cosa es la voluntad de Dios, otra su indulgencia. Por eso, escribiendo a los Corintios, dice: «Yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido; porque aún no podíais soportarlo, ni aun ahora podéis, porque todavía sois carnales». El que está en el estado meramente animal, y no recibe las cosas del Espíritu de Dios (porque es necio y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente), no se alimenta con el alimento de la castidad perfecta, sino con la leche grosera del matrimonio. Como por el hombre vino la muerte, así también por el hombre vino la resurrección de los muertos. Como en Adán todos morimos, así en Cristo todos seremos vivificados. Bajo la ley servíamos al viejo Adán; bajo el Evangelio sirvamos al nuevo Adán. Pues el primer hombre Adán fue hecho alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante. «El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo. Cual es el terrenal, tales son también los terrenales; y cual es el celestial, tales son también los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial. Pero esto digo, hermanos, que la carne y la sangre no pueden heredar el Reino de Dios; ni la corrupción hereda la incorrupción». Esto es tan claro que ninguna explicación puede hacerlo más claro: «La carne y la sangre», dice, «no pueden heredar el Reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción». Si la corrupción acompaña a todo comercio sexual, y la incorrupción es característica de la castidad, las recompensas de la castidad no pueden pertenecer al matrimonio. «Porque sabemos que si la casa terrenal de este tabernáculo se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y a la verdad, en esto gemimos, anhelando ser revestidos de nuestra habitación celestial. Estamos dispuestos a ausentarnos del cuerpo y a vivir en casa con el Señor. Por lo cual también procuramos, sea en el cuerpo, o fuera del cuerpo, serle agradables». Y para explicar más plenamente lo que no quería que fueran, dice en otro lugar: [] «Os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo». Pero si prefieres aplicar estas palabras a toda la asamblea de los creyentes, e incluir en este desposorio con Cristo tanto a las casadas, como a las dos veces casadas, a las viudas y a las vírgenes, eso también nos favorece. Pues al invitar a todos a la castidad y a la recompensa de la virginidad, muestra que la virginidad es más excelente que todas esas condiciones. Y de nuevo, escribiendo a los Gálatas, dice: [] «Porque por las obras de la ley ninguna carne será justificada». Entre las obras de la ley está el matrimonio, y por consiguiente bajo ella son malditos los que no tienen hijos. Y si bajo el Evangelio se permite tener hijos, una cosa es hacer una concesión a la debilidad, y otra ofrecer recompensas a la virtud.

    I, 38

    38. Otra cosa diré a mis amigos que se casan y que, tras larga castidad y continencia, empiezan a arder y se vuelven tan lascivos como las bestias: [] «¿Sois tan necios? Habiendo comenzado por el Espíritu, ¿ahora os perfeccionáis por la carne? ¿Habéis padecido tantas cosas en vano?» Si el Apóstol en el caso de algunas personas afloja las cuerdas de la continencia y les da rienda suelta, lo hace a causa de la debilidad de la carne. Éste es el enemigo que tiene a la vista cuando dice una vez más: [] «Andad por el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne.» Es innecesario hablar ahora de las obras de la carne: sería tedioso, y quien quiera puede fácilmente recogerlas de la carta del Apóstol. Sólo hablaré del Espíritu y de sus frutos: amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, continencia. Todas las virtudes del Espíritu están sostenidas y protegidas por la continencia, que es como su fundamento sólido y su coronamiento. Contra tales cosas no hay ley. [] «Y los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu.» ¿Por qué nosotros, que con Cristo hemos crucificado nuestra carne y sus pasiones y deseos, deseamos de nuevo hacer las cosas de la carne? [] «Lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.» Pienso que quien tiene esposa, en tanto vuelve a la práctica en cuestión, para que Satanás no lo tiente, siembra para la carne y no para el Espíritu. Y el que siembra para la carne (las palabras no son mías, sino del Apóstol) siega corrupción. Dios Padre nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él. [] Anduvimos en los deseos de la carne, haciendo las voluntades de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Pero ahora nos ha resucitado con Él, y nos ha hecho sentar con Él en los lugares celestiales en Cristo Jesús, [] para que, conforme a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre, que se corrompe según los deseos engañosos, y para que se nos aplique aquella bendición que tan hermosamente concluye la mística Epístola a los Efesios: [] «La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con incorrupción.» [] «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo: el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea conforme al cuerpo de su gloria. [] Por lo demás, todo lo que es verdadero, todo lo casto, todo lo justo, todo lo que atañe a la pureza, a esto unámonos, esto sigamos. Cristo nos ha reconciliado en su cuerpo con Dios Padre mediante su muerte, y nos ha presentado santos y sin mancha e irreprensibles delante de sí; en quien también fuisteis circuncidados, no con circuncisión hecha de mano, para despojo del cuerpo de la carne, sino con la circuncisión de Cristo, habiendo sido sepultados con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con él. Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pongamos la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria. [] Ningún soldado en servicio se enreda en los negocios de esta vida, para agradar a aquel que lo alistó como soldado. [] Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, instruyéndonos, a fin de que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos sobria, justa y piadosamente en este siglo presente.»

    I, 39

    39. El día no me bastaría si intentara referir todo lo que el Apóstol prescribe acerca de la pureza. Estas cosas son aquellas sobre las cuales nuestro Señor dijo a los Apóstoles: [] «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga aquel, el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.» Después de la crucifixión de Cristo, encontramos en los Hechos de los Apóstoles que una sola casa, la de Felipe el Evangelista, produjo cuatro hijas vírgenes, a fin de que Cesarea, donde la Iglesia de los gentiles había sido consagrada en la persona del centurión Cornelio, ofreciera una ilustración de la virginidad. Y mientras nuestro Señor dijo en el Evangelio: [] «La ley y los profetas fueron hasta Juan,» ellas, porque eran vírgenes, se dice que profetizaron incluso después de Juan. Pues no podían estar atadas por la ley del Antiguo Testamento quienes habían resplandecido con el brillo de la virginidad. Pasemos a Santiago, que fue llamado hermano del Señor, varón de tal santidad y justicia, y distinguido por una virginidad tan rígida y perpetua, que incluso Josefo, el historiador judío, refiere que la ruina de Jerusalén se debió a su muerte. Él, el primer obispo de la Iglesia de Jerusalén, que estaba compuesta de creyentes judíos, a quien Pablo visitó, acompañado por Tito y Bernabé, dice en su Epístola: [] «No erréis, mis amados hermanos. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay mudanza ni sombra de variación. Por su propia voluntad nos engendró por la palabra de verdad, para que seamos como primicias de sus criaturas.» Él mismo virgen, enseña la virginidad en misterio. Todo don perfecto desciende de lo alto, donde el matrimonio es desconocido; y desciende, no de cualquiera que te plazca, sino del Padre de las luces, que dice a los apóstoles, «Vosotros sois la luz del mundo;» con Quien no hay diferencia de judío ni de gentil, ni aquella sombra que fue compañera de la ley turba a los que han creído de entre las naciones; sino que con su palabra nos engendró, y con la palabra de verdad, porque alguna sombra, imagen y semejanza de verdad precedió en la ley, para que seamos primicias de sus criaturas. Y así como Aquel que fue Él mismo el [] primogénito de entre los muertos ha resucitado a todos los que han muerto en Él: así Él, que era virgen, consagró las primicias de sus vírgenes en su propia virginidad. Consideremos también lo que Pedro piensa de la vocación de los gentiles: [] «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su gran misericordia nos regeneró a una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, a una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable, reservada en los cielos para vosotros, que por el poder de Dios sois guardados mediante la fe para una salvación dispuesta a ser revelada en el tiempo último.» Donde leemos de una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable, preparada en el cielo y reservada para el tiempo último, y de la esperanza de la vida eterna cuando ni se casarán ni serán dados en matrimonio, allí, en otras palabras, se describen los privilegios de la virginidad. Pues él muestra tanto en lo que sigue: [] «Por lo cual, ceñidos los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios y poned vuestra esperanza por completo en la gracia que os ha de ser traída en la revelación de Jesucristo; como hijos de obediencia, no conformándoos a vuestras antiguas concupiscencias en el tiempo de vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo. [] Porque no fuimos redimidos con cosas despreciables, con plata ni oro; sino con la sangre preciosa de un cordero sin mancha, Jesucristo, [] para que purifiquéis vuestras almas en obediencia a la verdad, habiendo sido regenerados no de semilla corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece. Y como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual, un sacerdocio santo, ofreciendo sacrificios espirituales por medio de Cristo nuestro Señor. [] Porque sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. Cristo murió por nosotros en la carne. Armémonos con la misma conversación que tuvo Cristo; pues el que ha padecido en la carne ha cesado del pecado; para que ya no vivamos el resto de nuestro tiempo en la carne a los deseos de los hombres, sino a la voluntad de Dios. Porque el tiempo pasado es suficiente para nosotros, cuando anduvimos en lascivias, concupiscencias y otros vicios. Grandes y preciosas son las promesas que acompañan a la virginidad, las cuales Él nos ha dado, [] para que por ellas seamos hechos partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. El Señor sabe librar de la tentación a los piadosos, y reservar a los injustos para ser castigados en el día del juicio; pero principalmente a aquellos que andan tras la carne en la concupiscencia de la inmundicia, y desprecian el señorío, atrevidos, obstinados. Pues ellos, como bestias de carga, sin razón, piensan sólo en su vientre y en sus concupiscencias, detractores que en su corrupción serán destruidos, y recibirán la recompensa de la iniquidad: hombres que tienen por deleite la injusticia, manchas y defectos, pensando sólo en sus placeres; teniendo los ojos llenos de adulterio y de concupiscencia insaciable, engañando a las almas aún no fortalecidas por el amor de Cristo. Porque profieren palabras hinchadas y fácilmente atrapan a los indoctos con la seducción de la carne; prometiéndoles libertad mientras ellos mismos son esclavos del vicio, del lujo y de la corrupción. Porque de lo que uno es vencido, de eso mismo es hecho esclavo. Pero si, después de haber escapado de las contaminaciones del mundo por el conocimiento de nuestro Salvador Jesucristo, son vencidos de nuevo por aquello que antes habían vencido, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Y mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que, después de haberlo conocido, volverse atrás y abandonar el santo mandamiento que les fue dado. Y les ha acontecido según el verdadero proverbio: el perro volvió a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.» He dudado, por temor a ser tedioso, en citar todo el pasaje de la segunda Epístola de Pedro, y solamente he mostrado que el Espíritu Santo en la profecía predijo a los maestros de este tiempo y su herejía. Por último, los denota más claramente, diciendo, [] «En los últimos días vendrán burladores seductores, andando según sus propias concupiscencias.»

    Joviniano denunciado y el testimonio del mundo pagano (§ 40–49)

    I, 40

    40. El Apóstol ha descrito a Joviniano hablando con carrillos hinchados y sopesando con esmero sus infladas palabras, prometiendo libertad celestial, cuando él mismo es esclavo del vicio y de la autocomplacencia, un perro que vuelve a su vómito. Pues aunque se jacta de ser monje, ha cambiado su túnica sucia, sus pies descalzos, el pan común y el agua de beber, por un vestido blanco como la nieve, una piel tersa, hidromiel y manjares delicados, por las salsas de Apicio y Páxamo, por baños y friegas, y por las tabernas. ¿No está claro que prefiere su vientre a Cristo y piensa que su tez rubicunda vale el reino de los cielos? Y sin embargo, ese apuesto monje tan gordo y terso, y de apariencia brillante, que siempre camina con aire de novio, debe casarse con una esposa si ha de mostrar que la virginidad y el matrimonio son iguales; o, si no se casa con una, es inútil que alterque con nosotros cuando sus actos están de nuestro lado. Y Juan concuerda con esto casi a la letra: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de esta vida, que no es del Padre, sino del mundo.» Y, «El mundo pasa, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Un mandamiento nuevo os he escrito, y esto es verdadero tanto en Cristo como en vosotros; porque las tinieblas van pasando, y la luz verdadera ya alumbra.» Y de nuevo, [] «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo, así como él es puro. En esto se perfecciona nuestro amor, si tenemos confianza en el día del juicio: que como él es, así seamos nosotros en este mundo.» La Epístola de Judas expresa también casi lo mismo: [] «Aborreciendo aun la ropa contaminada por la carne.» Leamos el Apocalipsis de Juan, y allí encontraremos al Cordero sobre el monte Sión, y con Él «ciento cuarenta y cuatro mil de los sellados, que tienen su nombre y el nombre de su Padre escrito en sus frentes, que cantan un cántico nuevo, y nadie puede cantar ese cántico sino los que han sido redimidos de la tierra. Éstos son los que no se han contaminado con mujeres, pues permanecieron vírgenes. Éstos siguen al Cordero adondequiera que va; porque fueron redimidos de entre los hombres, primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se halló engaño, y son sin mancha.» De cada tribu, exceptuada la tribu de Dan, cuyo lugar es ocupado por la tribu de Leví, se habla de doce mil vírgenes sellados como futuros creyentes, que no se han contaminado con mujeres. Y para que no supongamos que la referencia es a aquellos que no conocen rameras, añadió inmediatamente: «Porque permanecieron vírgenes.» Con lo cual muestra que todos los que no han conservado su virginidad, en comparación con la castidad pura y angélica y con nuestro Señor Jesucristo mismo, están contaminados. [] «Éstos son los que cantan un cántico nuevo que nadie puede cantar sino el que es virgen. Éstos son primicias para Dios y para el Cordero, y son sin mancha.» Si las vírgenes son primicias, se sigue que las viudas y los continentes en el matrimonio vienen después de las primicias, es decir, están en el segundo y tercer rango; ni puede salvarse un pueblo perdido a menos que ofrezca tales sacrificios de castidad a Dios y reconcilie al Cordero inmaculado con víctimas puras. Sería trabajo interminable explicar el misterio evangélico de las diez vírgenes, cinco de las cuales eran prudentes y cinco necias. Todo lo que digo ahora es que, así como la mera virginidad sin otras obras no salva, así todas las obras sin virginidad, pureza, continencia, castidad, son imperfectas. Y no nos impedirá en lo más mínimo adoptar esta opinión la objeción de nuestro adversario de que nuestro Señor estuvo en Caná de Galilea y participó en las fiestas nupciales cuando convirtió el agua en vino. Responderé muy brevemente que Aquel que fue circuncidado al octavo día, y por quien se ofrecieron un par de tórtolas y dos pichones el día de la purificación, como otros antes de padecer, mostró su aprobación de la costumbre judía, para no parecer dar a sus enemigos justa causa para darle muerte con el pretexto de que destruía la ley y condenaba la naturaleza. Y aun esto se hizo por nosotros. Pues al ir una sola vez a una boda, enseñó que los hombres deben casarse una sola vez. Además, en aquel tiempo era posible perjudicar a la virginidad si el matrimonio no se ponía junto a ella, y la pureza de la viudedad en el tercer rango. Pero ahora, cuando los herejes condenan el matrimonio y desprecian la ordenanza de Dios, oímos con gusto todo lo que él pueda decir en alabanza del matrimonio. Porque la Iglesia no condena el matrimonio, sino que lo subordina; ni lo rechaza, sino que lo regula; pues sabe, como se dijo antes, que [] en una casa grande no sólo hay vasos de oro y plata, sino también de madera y barro; y que unos son para honra, otros para deshonra; y que quien se limpia será vaso de honra, útil, preparado para toda buena obra.

    I, 41

    41. He dado suficientes y aun sobradas ilustraciones de las divinas Escrituras sobre la castidad cristiana y la virginidad angélica. Pero como entiendo que nuestro adversario en sus comentarios nos cita ante el tribunal de la sabiduría mundana, y se nos dice que opiniones de este género jamás son aceptadas en el mundo, y que nuestra religión ha inventado un dogma contra la naturaleza, recorreré rápidamente la historia griega, romana y extranjera, y mostraré que la virginidad siempre llevó la delantera a la castidad. La fábula cuenta que Atalanta, la virgen de fama calidonia, vivió para la caza y habitó siempre en los bosques; es decir, que no puso su corazón en el matrimonio con sus afanes de embarazo y enfermedad, sino en la vida más noble de la libertad y la castidad. Harpálice, virgen tracia, es descrita también por el famoso poeta; y asimismo Camila, reina de los volscos, a quien, cuando acudió en su auxilio, Turno no tuvo mayor alabanza que otorgarle que llamarla virgen. «¡Oh Virgen, gloria de Italia!» Y aquella famosa hija de Leos, la señora de la casa de bronce, siempre virgen, se cuenta que libró a su patria de la peste con su muerte voluntaria; y la sangre de la virgen Ifigenia, se dice, calmó los vientos tormentosos. ¿Qué necesidad hay de hablar de las Sibilas de Eritrea y de Cumas, y de las otras ocho? Pues Varrón afirma que hubo diez cuyo ornamento era la virginidad, y la adivinación la recompensa de su virginidad. Pero si en el dialecto eólico «Sibila» se representa por [Θεοβούλη], debemos entender que el conocimiento del Consejo de Dios se atribuye con razón únicamente a la virginidad. Leemos también que Casandra y Criseida, profetisas de Apolo y de Juno, fueron vírgenes. Y había innumerables sacerdotisas de la Diana Táurica y de Vesta. Una de ellas, Munecia, sospechosa de impudicia, fue enterrada viva, lo que a mi juicio sería un castigo injusto, a menos que la violación de la virginidad se considerara un crimen grave. En todo caso, cuán altamente estimaron siempre los romanos a las vírgenes resulta claro del hecho de que cónsules y generales, incluso en sus carros triunfales y trayendo a casa los despojos de naciones conquistadas, solían cederles el paso. Y así hacían los hombres de todo rango. Cuando Claudia, una virgen vestal, fue sospechosa de impudicia, y una nave que contenía la imagen de Cibeles quedó encallada en el Tíber, se cuenta que ella, para probar su castidad, con su ceñidor arrastró la nave que mil hombres no podían mover. Sin embargo, como dice el tío del poeta Lucano, mejor habría sido que esta circunstancia hubiera adornado una castidad probada y comprobada, y no que hubiera abogado en defensa de una castidad equívoca. No es de extrañar que leamos tales cosas de seres humanos, cuando el error pagano inventó también a las diosas vírgenes Minerva y Diana, y colocó a la Virgen entre los doce signos del Zodíaco, por medio de los cuales, según suponen, gira el mundo. Es prueba de la poca estima en que tenían el matrimonio que ni siquiera entre los escorpiones, centauros, cangrejos, peces y el capricornio introdujeron un marido y una mujer. Cuando los treinta tiranos de Atenas habían dado muerte a Fidón en el banquete, ordenaron a sus hijas vírgenes que acudieran a ellos, desnudas como rameras, y allí sobre el suelo, rojo con la sangre de su padre, hacer las lascivas. Por un poco ocultaron su dolor, y luego, cuando vieron que los convidados estaban ebrios, saliendo con el pretexto de aliviar la naturaleza, se abrazaron unas a otras y se arrojaron a un pozo, para con la muerte salvar su virginidad. La hija virgen de Demotión, jefe de los areopagitas, habiendo oído de la muerte de su prometido, Leóstenes, que había originado la guerra Lamíaca, se mató, pues declaró que aunque en cuerpo era virgen, si se veía obligada a aceptar a otro, lo consideraría como su segundo marido, habiendo entregado su corazón a Leóstenes. Tan estrecha amistad existió largo tiempo entre Esparta y Mesene que para el fomento de ciertos ritos religiosos incluso intercambiaban vírgenes. Pues bien, en una ocasión en que los hombres de Mesene intentaron ultrajar a cincuenta vírgenes lacedemonias, de tantas ni una consintió, sino que todas murieron con sumo gusto en defensa de su castidad. De ahí surgió una guerra larga y penosa, y a la larga Mamertina fue destruida. Aristoclides, tirano de Orcómeno, se enamoró de una virgen de Estínfalo, y cuando tras la muerte de su padre ella se refugió en el templo de Diana, y abrazó la imagen de la diosa y no pudo ser arrastrada de allí por la fuerza, fue muerta en el acto. Su muerte causó tan intenso dolor en toda Arcadia que el pueblo tomó las armas y vengó la muerte de la virgen. Aristómenes de Mesene, varón justo, en un momento en que los lacedemonios, a quienes había vencido, celebraban de noche la fiesta llamada Hiacintias, arrebató de las bandas festivas a quince vírgenes, y huyendo toda la noche a toda velocidad salió del territorio espartano. Sus compañeros quisieron ultrajarlas, pero él los amonestó con todas sus fuerzas a no hacerlo, y cuando algunos se negaron a obedecer, los mató, y contuvo a los demás por el miedo. Las doncellas fueron después rescatadas por sus parientes, y al ver a Aristómenes condenado por asesinato no quisieron volver a su patria hasta que, abrazando las rodillas de los jueces, vieron absuelto al protector de su castidad. ¿Cómo alabaremos suficientemente a las hijas de Escedaso en Leuctra, en Beocia? Se cuenta que en ausencia de su padre hospedaron hospitalariamente a dos jóvenes que pasaban por allí, y que habiendo bebido en exceso violaron a las vírgenes en el curso de la noche. No queriendo sobrevivir a la pérdida de su virginidad, las doncellas se infligieron heridas mortales una a otra. Ni sería justo omitir mención de las vírgenes locrias. Fueron enviadas a Ilión según una costumbre que había durado casi mil años, y sin embargo ni una dio ocasión a cuento ocioso alguno o rumor inmundo de virginidad mancillada. ¿Podría alguien pasar en silencio a las siete vírgenes de Mileto que, cuando los galos sembraban la desolación por doquier, para no sufrir indignidad alguna a manos del enemigo, escaparon a la deshonra mediante la muerte, y dejaron a todas las vírgenes la lección de su ejemplo: que las mentes nobles cuidan más de la castidad que de la vida? Nicánor, habiendo conquistado y derribado Tebas, fue él mismo vencido por la pasión por una virgen cautiva, cuya entrega voluntaria anhelaba. Una doncella cautiva, pensaba, debía estar más que contenta. Pero halló que la virginidad es más cara a los puros de corazón que un reino, cuando con lágrimas y dolor la sostuvo en sus brazos muerta por su propia mano. Los escritores griegos cuentan también de otra virgen tebana que había sido desflorada por un enemigo macedonio, y que, ocultando su dolor por un tiempo, mató al violador de su virginidad mientras dormía, y luego se mató con la espada, de modo que ni viviría cuando su castidad estaba perdida, ni moriría antes de haberse vengado.

    I, 42

    42. Para llegar a los gimnosofistas de la India, la opinión se transmite con autoridad de que Buda, el fundador de su religión, tuvo su nacimiento por el costado de una virgen. Y no necesitamos maravillarnos de esto en el caso de los bárbaros cuando la culta Grecia supuso que Minerva en su nacimiento brotó de la cabeza de Jove, y el padre Baco de su muslo. Espeusipo también, sobrino de Platón, y Clearco en su elogio de Platón, y Anaxélides en el segundo libro de su filosofía, cuentan que Perictione, la madre de Platón, fue violada por una aparición de Apolo, y coinciden en pensar que el príncipe de la sabiduría nació de una virgen. Timeo escribe que la hija virgen de Pitágoras estaba al frente de un grupo de vírgenes, y las instruía en la castidad. De Diódoro, el discípulo de Sócrates, se dice que tuvo cinco hijas hábiles en dialéctica y distinguidas por su castidad, de las cuales da plena cuenta Filón, el maestro de Carnéades. Y la poderosa Roma no puede echarnos en cara como si hubiéramos inventado la historia del nacimiento de nuestro Señor y Salvador de una virgen; pues los romanos creen que los fundadores de su ciudad y estirpe fueron descendencia de la virgen Ilia y de Marte.

    I, 43

    43. Baste ya con estas alusiones a las vírgenes del mundo, breves y recogidas apresuradamente de muchas historias. Pasaré a las mujeres casadas que se resistían a sobrevivir a la muerte o muerte violenta de sus maridos por temor a verse forzadas a un segundo matrimonio, y que profesaban un afecto maravilloso por los únicos maridos que habían tenido. Esto puede enseñarnos que el segundo matrimonio era repudiado entre los paganos. Dido, la hermana de Pigmalión, habiendo reunido una vasta cantidad de oro y plata, navegó a África, y allí fundó Cartago. Y cuando su mano fue solicitada en matrimonio por Jarbas, rey de Libia, difirió el matrimonio por un tiempo hasta que su país estuviera asentado. No mucho después, habiendo levantado una pira fúnebre a la memoria de su anterior marido Siqueo, prefirió «arder antes que casarse.» Cartago fue construida por una mujer de castidad, y su fin fue un tributo a la excelencia de la virtud. Pues la esposa de Asdrúbal, cuando la ciudad fue capturada e incendiada, y vio que ella misma no podía escapar de ser capturada por los romanos, tomó a sus hijitos en cada mano y saltó a las ruinas ardientes de su casa.

    I, 44

    44. ¿Qué necesidad hay de hablar de la esposa de Nicérato, que, no soportando hacer agravio a su marido, se infligió la muerte antes que someterse a la lujuria de los treinta tiranos que Lisandro había puesto sobre la conquistada Atenas? Artemisia, esposa de Mausolo, se cuenta que fue distinguida por su castidad. Aunque era reina de Caria, y es ensalzada por grandes poetas e historiadores, no se le otorga mayor alabanza que la de que cuando su marido murió lo amó tanto como cuando vivía, y construyó una tumba tan grande que hasta el día de hoy todos los sepulcros costosos se llaman por su nombre, mausoleos. Teuta, reina de los ilirios, debió su largo dominio sobre valientes guerreros, y sus frecuentes victorias sobre Roma, a su maravillosa castidad. Los indios y casi todos los bárbaros tienen pluralidad de esposas. Es ley entre ellos que la esposa favorita debe ser quemada con su marido muerto. Las esposas, por tanto, rivalizan unas con otras por el amor del marido, y la mayor ambición de las rivales, y la prueba de castidad, es ser consideradas dignas de la muerte. Así pues, la que sale victoriosa, habiéndose puesto su antiguo vestido y adornos, se tiende junto al cadáver, abrazándolo y besándolo, y para gloria de la castidad desprecia las llamas que arden debajo de ella. Supongo que la que muere así no quiere ningún segundo matrimonio. El famoso Alcibíades, el amigo de Sócrates, cuando Atenas fue conquistada, huyó a Farnabazo, quien recibió un soborno de Lisandro, el caudillo lacedemonio, y ordenó que lo mataran. Fue estrangulado, y cuando su cabeza fue cortada se envió a Lisandro como prueba del asesinato, pero el resto de su cuerpo yació insepulto. Su concubina, por tanto, completamente sola, desafiando la orden del cruel enemigo, en medio de extraños, y frente al peligro, le dio debida sepultura, pues estaba dispuesta a morir por el muerto a quien había amado en vida. Aprendan las matronas, las matronas cristianas al menos, a imitar la fidelidad de las concubinas, y muestren en su libertad lo que ella en su cautiverio conservó.

    I, 45

    45. Estratón, gobernante de Sidón, pensó en morir por su propia mano, para no ser juguete de los persas, que estaban cerca y cuya alianza había desechado por la amistad del rey de Egipto. Pero retrocedió aterrado, y mirando la espada que había empuñado, aguardaba alarmado la llegada del enemigo. Su esposa, sabiendo que debía ser apresado de inmediato, le arrebató el arma de la mano y le atravesó el costado. Cuando el cuerpo fue debidamente amortajado, ella se tendió sobre él en la agonía de la muerte, para no violar su fe virginal en los abrazos de otro. Jenofonte, al describir los primeros años del Ciro mayor, cuenta que cuando su marido Abrádatas fue muerto, Pantea, que lo había amado intensamente, se puso junto al cuerpo mutilado, luego se apuñaló, y dejó que su sangre corriera en las heridas de su marido. La reina a quien el rey su marido había mostrado desnuda y sin su conocimiento a su amigo, pensó que tenía buena causa para matar al rey. Juzgó que no era amada si era posible que fuera exhibida a otro. Rodoguna, hija de Darío, tras la muerte de su marido, dio muerte a la nodriza que intentaba persuadirla a casarse de nuevo. Se cuenta en la historia que Alcestis murió voluntariamente por Admeto, y la castidad de Penélope es el tema del canto de Homero. Las alabanzas de Laodamía también son cantadas por los poetas, porque, cuando Protesilao fue muerto en Troya, ella se negó a sobrevivirle.

    I, 46

    46. Puedo pasar a las mujeres romanas; y la primera que mencionaré es Lucrecia, que no quiso sobrevivir a su castidad violada, sino que borró la mancha sobre su persona con su propia sangre. Duilio, el primer romano que ganó un triunfo naval, tomó por esposa a una virgen, Bilia, de castidad tan extraordinaria que fue ejemplo incluso para una época que tenía la impudicia por no meramente viciosa sino monstruosa. Cuando él era viejo y débil, una vez en el curso de una riña le echaron en cara que tenía mal aliento. Ofendido, se fue a casa, y al quejarse a su esposa de que ella nunca se lo había dicho para que pudiera remediar el defecto, recibió la respuesta de que lo habría hecho, pero pensaba que todos los hombres tenían mal aliento como él. En cualquier caso esta casta y noble mujer merece alabanza, ya sea que no supiera que algo andaba mal en su marido, o que lo soportara pacientemente, y su marido descubrió su desdichada condición no por el disgusto de una esposa, sino por el insulto de un enemigo. En todo caso, la mujer que se casa por segunda vez no puede decir esto. Marcia, la hija menor de Catón, al ser preguntada tras la pérdida de su marido por qué no se casaba de nuevo, respondió que no podía encontrar un hombre que la quisiera a ella más que a su dinero. Sus palabras nos enseñan que los hombres al elegir esposas buscan riquezas más que castidad, y que muchos al casarse no usan los ojos sino los dedos. ¡Excelente cosa debe ser la que se gana por avaricia! Cuando la misma dama lloraba la pérdida de su marido, y las matronas le preguntaron qué día pondría fin a su duelo, respondió: «El mismo que ponga fin a mi vida.» Imagino que una mujer que así seguía a su marido en corazón y mente no pensaba en casarse de nuevo. Porcia, a quien Bruto tomó por esposa, era virgen; la esposa de Catón, Marcia, no era virgen; pero Marcia iba y venía entre Hortensio y Catón, y estaba muy contenta de vivir sin Catón; mientras que Porcia no podía vivir sin Bruto; pues las mujeres se apegan estrechamente a hombres particulares, y mantenerse fiel a uno es un eslabón fuerte en la cadena del afecto. Cuando un pariente instaba a Annia a casarse de nuevo (era de edad madura y de buena presencia), respondió: «Ciertamente no lo haré. Pues, si encuentro un hombre bueno, no deseo vivir con el temor de perderlo: si uno malo, ¿por qué he de soportar a un mal marido después de haber tenido uno bueno?» Porcia la menor, al oír alabar en su casa a cierta dama de buen carácter, que tenía un segundo marido, respondió: «Una matrona casta y feliz nunca se casa más de una vez.» Marcela la mayor, al ser preguntada por su madre si se alegraba de estar casada, respondió: «Tanto, que nada más quiero.» Valeria, hermana de los Mesalas, cuando perdió a su marido Servio, no quiso casarse con ningún otro. Al ser preguntada por qué no, dijo que para ella, su marido Servio estaba siempre vivo.

    I, 47

    47. Me parece que, al dar esta lista de mujeres, he dicho mucho más de lo acostumbrado para ilustrar un punto, y que mi docto lector podría censurarme con justicia. Pero ¿qué he de hacer cuando las mujeres de nuestro tiempo me acosan con autoridad apostólica y, antes de que el primer marido sea sepultado, repiten de la mañana a la noche los preceptos que permiten un segundo matrimonio? Ya que desprecian la fidelidad que dicta la pureza cristiana, aprendan al menos la castidad de los paganos. Circula bajo el nombre de Teofrasto un libro Sobre el matrimonio que vale su peso en oro. En él pregunta el autor si un sabio debe casarse. Y tras establecer las condiciones —que la esposa sea hermosa, de buen carácter y de honesto linaje, y el marido goce de buena salud y de holgados recursos—, y tras decir que en tales circunstancias un sabio a veces entra en el estado del matrimonio, prosigue inmediatamente así: «Pero todas estas condiciones rara vez se cumplen en el matrimonio. Por tanto, un sabio no debe tomar esposa. Pues, en primer lugar, se verá estorbado su estudio de la filosofía, y es imposible que alguien atienda a sus libros y a su mujer. Las matronas quieren muchas cosas: vestidos costosos, oro, joyas, grandes gastos, criadas, toda clase de muebles, literas y carrozas doradas. Luego vienen las reconvenciones de alcoba durante toda la noche: se queja de que una dama sale mejor vestida que ella; de que a otra todos la admiran: 'Soy una pobre despreciada, nadie en las reuniones de damas.' '¿Por qué miraste con malos ojos a esa criatura de al lado?' '¿Por qué estabas hablando con la criada?' '¿Qué trajiste del mercado?' 'No se me permite tener ni un solo amigo ni compañero.' Sospecha que el amor de su marido va por el mismo camino que su odio. Puede haber en alguna ciudad vecina el más sabio de los maestros; pero si tenemos esposa no podemos ni dejarla atrás ni llevar la carga con nosotros. Sostener a una esposa pobre es duro; aguantar a una rica es un tormento. Advierte, además, que en el caso de una esposa no puedes escoger: has de tomarla tal como la encuentres. Si tiene mal genio, o es necia, si tiene un defecto, o es orgullosa, o tiene mal aliento, sea cual fuere su falta, todo esto lo aprendemos después del matrimonio. Caballos, asnos, ganado, incluso esclavos del más ínfimo valor, ropas, calderos, asientos de madera, copas y cántaros de barro se prueban primero y luego se compran: la esposa es lo único que no se muestra antes de casarse, por temor a que no dé satisfacción. Nuestra mirada debe dirigirse siempre a su rostro, y siempre hemos de alabar su belleza: si miras a otra mujer, piensa que ha caído en desgracia. Se la debe llamar mi señora, se ha de celebrar su cumpleaños, hemos de jurar por su salud y desear que nos sobreviva, se debe respeto a la nodriza, a la niñera, al esclavo del padre, al hijo adoptivo, al apuesto parásito, al favorito de rizos que maneja sus asuntos, y al eunuco que administra la segura indulgencia de su lujuria: nombres que no son sino un disfraz del adulterio. Sobre quienquiera que ponga su corazón, ellos han de tener su amor aunque no lo quieran. Si le das la administración de toda la casa, tú mismo debes ser su esclavo. Si reservas algo para ti, no pensará que le eres leal; antes se volverá a la disputa y al odio, y si no te cuidas con rapidez, tendrá pronto dispuesto el veneno. Si introduces viejas, adivinos, profetas y vendedores de joyas y ropas de seda, pones en peligro su castidad; si les cierras la puerta, se siente agraviada e imagina que sospechas de ella. Pero ¿de qué sirve incluso un tutor cuidadoso, cuando una esposa impúdica no puede ser vigilada, y una casta no debe serlo? Porque la necesidad no es sino un guardián infiel de la castidad, y solo merece realmente ser llamada pura aquella que es libre de pecar si así lo decide. Si una mujer es hermosa, pronto encuentra amantes; si es fea, es fácil que sea lasciva. Es difícil guardar lo que muchos desean. Es molesto tener lo que nadie piensa que valga la pena poseer. Pero la miseria de tener una esposa fea es menor que la de vigilar a una hermosa. Nada está seguro de aquello por lo que todo un pueblo suspira y anhela. Uno seduce con su figura, otro con su inteligencia, otro con su ingenio, otro con su mano abierta. De algún modo, o en algún momento, se toma la fortaleza atacada por todos lados. Los hombres se casan, ciertamente, para conseguir un administrador de la casa, para aliviar el cansancio, para desterrar la soledad; pero un esclavo fiel es con mucho mejor administrador, más sumiso al amo, más atento a sus costumbres, que una esposa que piensa que se muestra señora si actúa en contra de su marido, es decir, si hace lo que le agrada, no lo que se le ordena. Pero los amigos, y los siervos que están bajo la obligación de beneficios recibidos, pueden atendernos mejor en la enfermedad que una esposa que nos hace responsables de sus lágrimas (te venderá lo bastante para hacer un diluvio con la esperanza de un legado), presume de su ansiedad, pero lleva a su marido enfermo a la distracción de la desesperación. Y si ella misma está enferma, hemos de caer enfermos con ella y no apartarnos jamás de su lecho. O si es una esposa buena y agradable (¡qué ave tan rara es!), hemos de compartir sus gemidos en el parto y sufrir tormento cuando está en peligro. Un sabio nunca puede estar solo. Tiene consigo a los hombres buenos de todos los tiempos, y vuelve su mente libremente adonde quiere. Lo que le es inaccesible en persona puede abrazarlo con el pensamiento. Y, si los hombres escasean, conversa con Dios. Nunca está menos solo que cuando está solo. Además, casarse por causa de los hijos, para que nuestro nombre no perezca, o para tener apoyo en la vejez, y dejar nuestra propiedad sin disputa, es el colmo de la estupidez. Pues ¿qué nos importa, cuando dejamos el mundo, que otro lleve nuestro nombre, cuando ni siquiera un hijo toma de inmediato el título de su padre, y hay innumerables otros que son llamados con el mismo nombre? ¿O qué apoyo en la vejez es aquel a quien crías y que puede morir antes que tú, o resultar un réprobo? O, en todo caso, cuando llega a la edad madura, puede parecerte que tarda mucho en morir. Los amigos y parientes a quienes puedes amar con juicio son mejores y más seguros herederos que aquellos a quienes debes hacer herederos quieras o no. En verdad, el modo más seguro de tener un buen heredero es arruinar tu fortuna en una buena causa mientras vives, no dejar el fruto de tu trabajo para que se use no sabes cómo.»

    I, 48

    48. Cuando Teofrasto discurre así, ¿hay alguno de nosotros, cristianos, cuya conversación está en el cielo y que diariamente dicen [] «Deseo ser disuelto y estar con Cristo,» a quien él no haga sonrojarse? ¿Acaso un coheredero de Cristo anhelará herederos humanos? ¿Y deseará hijos y se deleitará en una larga descendencia quien quizá caiga en las garras del Anticristo, cuando leemos que Moisés y Samuel prefirieron a otros hombres antes que a sus propios hijos, y no consideraron hijos suyos a aquellos que veían desagradar a Dios? Cuando Cicerón, después de divorciarse de Terencia, fue requerido por Hircio para casarse con su hermana, dejó el asunto completamente de lado y dijo que no podía de ningún modo consagrarse a una esposa y a la filosofía. Entretanto, aquella excelente compañera, que ella misma había bebido sabiduría en las fuentes de Tulio, se casó con Salustio, su enemigo, y tomó por tercer marido a Mesala Corvino, y así, por así decirlo, pasó por tres grados de elocuencia. Sócrates tuvo dos esposas, Jantipa y Mirón, nieta de Arístides. Se peleaban con frecuencia, y él solía bromear con ellas porque discrepaban sobre él, siendo él el más feo de los hombres, de nariz chata, frente calva, pelo áspero y piernas torcidas. Al fin tramaron un ataque contra él, y tras castigarlo severamente y ponerlo en fuga, lo atormentaron durante mucho tiempo. En una ocasión, cuando él se oponía a Jantipa, que desde arriba lo colmaba de injurias, la arpía lo empapó con agua sucia, pero él solo se secó la cabeza y dijo: «Sabía que a semejante trueno debía seguir un chaparrón como este.» Metela, consorte de L. Sila el Afortunado (salvo en lo tocante a su esposa), era abiertamente impúdica. Era la comidilla de Atenas, como aprendí en mis años juveniles, cuando pronto recogemos lo malo, y sin embargo Sila estaba en tinieblas, y solo llegó a conocer los secretos de su casa por los improperios de sus enemigos. Cn. Pompeyo tuvo una esposa impura, Mucia, rodeada de eunucos del Ponto y de tropas de los paisanos de Mitrídates. Otros pensaban que él lo sabía todo y se sometía a ello; pero un camarada se lo dijo durante la campaña, y el conquistador del mundo entero quedó consternado ante la triste noticia. M. Catón, el Censor, tuvo por esposa a Actoria Paula, mujer de bajo origen, aficionada a la bebida, violenta y (¿quién lo creería?) altanera con Catón. Digo esto por temor a que alguien suponga que al casarse con una mujer pobre ha asegurado la paz. Cuando Filipo, rey de Macedonia, contra quien tronaba Demóstenes en sus Filípicas, entraba como de costumbre en su dormitorio, su esposa, en un arrebato, le cerró la puerta. Al verse excluido, calló y se consoló del insulto leyendo un poema trágico. Gorgias el Retórico recitó su excelente tratado sobre la Concordia ante los griegos, entonces en desacuerdo entre sí, en Olimpia. A lo cual Melancio, su enemigo, observó: «He aquí un hombre que nos enseña la concordia y, sin embargo, no pudo establecer concordia entre él, su esposa y la criada, tres personas en una sola casa.» La verdad era que su esposa envidiaba la hermosura de la muchacha y volvía loco al más puro de los hombres con riñas diarias. Tragedias enteras de Eurípides son censuras contra las mujeres. Por eso Hermíone dice: «Los consejos de mujeres malvadas me han engañado.» En la ciudad semibárbara y remota de Leptis es costumbre que una nuera, al segundo día, pida prestada una jarra a su suegra. Esta al punto niega la petición, y vemos cuán verdadera fue la observación de Terencio, expresada ambiguamente a propósito: «¿Cómo es esto? ¿Acaso todas las suegras odian a sus nueras?» Leemos de cierto noble romano que, cuando sus amigos le reprochaban haber repudiado a una esposa hermosa, casta y rica, sacó el pie y les dijo: «Y el zapato que veis parece nuevo y elegante; sin embargo, nadie sino yo sabe dónde aprieta.» Heródoto nos dice que la mujer se despoja de su pudor junto con sus ropas. Y nuestro propio poeta cómico considera afortunado al hombre que nunca se ha casado. ¿A qué referirme a Pasífae, Clitemnestra y Erifile, la primera de las cuales, esposa de un rey y nadando en placeres, se dice que deseó a un toro; la segunda mató a su marido por causa de un adúltero; la tercera traicionó a Anfiarao y prefirió un collar de oro al bienestar de su marido? En toda la ampulosidad de la tragedia y el derrocamiento de casas, ciudades y reinos, son las esposas y concubinas quienes suscitan la discordia. Los padres toman las armas contra sus hijos: se sirven banquetes indecibles: y a causa del rapto de una miserable mujer, Europa y Asia se ven envueltas en una guerra de diez años. Leemos de algunos que se divorciaron al día siguiente de casarse e inmediatamente volvieron a casarse. Ambos maridos son culpables, tanto el que tan pronto se sintió insatisfecho como el que tan pronto se sintió complacido. Epicuro, el patrón del placer (aunque Metrodoro, su discípulo, se casó con Leoncia), dice que un sabio rara vez puede casarse, porque el matrimonio tiene muchos inconvenientes. Y así como las riquezas, los honores, la salud corporal y otras cosas que llamamos indiferentes no son ni buenas ni malas, sino que están como a medio camino, y se vuelven buenas o malas según el uso y el resultado, así las esposas están en la línea divisoria entre el bien y el mal. Es, además, asunto grave para un sabio estar en duda sobre si va a casarse con una mujer buena o mala. Crisipo sostiene ridículamente que un sabio debe casarse, para no ultrajar a Júpiter Gamelio y Genethlio. Pues, según ese principio, los latinos no se casarían en absoluto, ya que no tienen un Júpiter que presida el matrimonio. Pero si, como él piensa, la vida de los hombres está determinada por los nombres de los dioses, quien decida sentarse ofenderá a Júpiter Estator.

    I, 49

    49. Aristóteles, Plutarco y nuestro Séneca han escrito tratados sobre el matrimonio, de los cuales ya hemos hecho algunos extractos y ahora añadimos unos pocos más. «El amor a la hermosura es el olvido de la razón y el vecino más cercano de la locura; una mancha repugnante poco conforme con una mente sana. Confunde el consejo, quebranta los espíritus altos y generosos, aparta a los hombres de grandes pensamientos para llevarlos a otros mezquinos; los vuelve quejumbrosos, malhumorados, temerarios, cruelmente imperiosos, serviles aduladores, inútiles para todo, y al fin ni siquiera para el amor mismo. Pues aunque en la intensidad de la pasión arde como un fuego rugiente, malgasta mucho tiempo en sospechas, lágrimas y quejas: engendra odio de sí mismo y al fin se odia a sí mismo.» El curso del amor queda al descubierto en el Fedro de Platón de principio a fin, y Lisias explica todos sus inconvenientes: cómo no es guiado por la razón, sino por el frenesí, y en particular es un duro carcelero para las esposas hermosas. También Séneca refiere que conoció a un hombre consumado que, antes de salir, solía atarse la liga de su esposa al pecho, y no podía soportar estar ausente de ella ni un cuarto de hora; y esta pareja no tomaba jamás una bebida a menos que marido y mujer pusieran alternativamente los labios en la copa; e hicieron otras cosas igualmente absurdas en los arrebatos extravagantes de su afecto cálido pero ciego. Su amor era de noble nacimiento, pero creció fuera de toda proporción. Y no importa cuán honorable pueda ser la causa de la locura de un hombre. Por eso Xisto, en sus Sentencias, nos dice que «Quien ama con demasiado ardor a su propia esposa es un adúltero.» Es vergonzoso amar en absoluto a la mujer de otro, o demasiado a la propia. Un sabio debe amar a su esposa con juicio, no con pasión. Gobierne el hombre sus impulsos voluptuosos y no se precipite de cabeza a la unión carnal. No hay nada más negro que amar a una esposa como si fuera una adúltera. Los hombres que dicen que han contraído matrimonio y crían hijos para el bien de su patria y de su raza deberían al menos imitar a los brutos y no destruir a su descendencia en el seno materno; ni deberían presentarse con el carácter de amantes, sino de esposos. En algunos casos el matrimonio ha surgido del adulterio: y, ¡vergüenza da decirlo!, hombres han intentado enseñar la castidad a sus esposas después de haberles quitado la castidad. Los matrimonios de esa clase se disuelven rápidamente cuando la lujuria está saciada. Pasado el primer atractivo, se pierde el encanto. ¿Qué diré, dice Séneca, de los hombres pobres a quienes en gran número se soborna para que tomen el nombre de marido con el fin de evadir las leyes promulgadas contra los solteros? ¿Cómo puede el que está casado en tales condiciones ser guía de moralidad, enseñar la castidad y mantener la autoridad de un marido? Es dicho de un hombre doctísimo que la castidad debe preservarse a toda costa, y que cuando se pierde toda virtud cae por tierra. Es esta la que tiene la primacía de todas las virtudes en la mujer. Es esta la que compensa la pobreza de una esposa, realza sus riquezas, redime su deformidad, da gracia a su hermosura; la hace obrar de modo digno de sus antepasados, cuya sangre no mancha con descendencia bastarda; de sus hijos, que gracias a ella no necesitan ruborizarse por su madre ni dudar de su padre; y, sobre todo, de sí misma, puesto que la defiende de la violación externa. No hay mayor calamidad relacionada con el cautiverio que ser víctima de la lujuria de otro. El consulado da lustre a los hombres; la elocuencia da renombre eterno; la gloria militar y un triunfo inmortalizan a una familia oscura. Muchas son las esferas ennoblecidas por una capacidad espléndida. La virtud de la mujer es, en sentido especial, la pureza. Fue esta la que hizo a Lucrecia igual a Bruto, si no la hizo superior, puesto que Bruto aprendió de una mujer la imposibilidad de ser esclavo. Fue esta la que hizo de Cornelia una digna esposa para Graco, y de Porcia para un segundo Bruto. Tanaquil es más conocida que su marido. Su nombre, como los nombres de muchos otros reyes, se pierde en las nieblas de la antigüedad. Ella, por una virtud rara entre las mujeres, está demasiado arraigada en los corazones de todas las edades para que su recuerdo perezca jamás. Copien mis hermanas casadas los ejemplos de Teano, Cleobulina, Gorgente, Timoclia, las Claudias y las Cornelias; y cuando vean que el Apóstol concede el segundo matrimonio a mujeres depravadas, leerán que antes de que la luz de nuestra religión brillara sobre el mundo, las esposas de un solo marido tuvieron siempre alto rango entre las matronas, que por sus manos se realizaban los ritos sagrados de Fortuna Muliebris, que no se conocía un sacerdote o flamen casado dos veces, que los sumos sacerdotes de Atenas hasta el día de hoy se castran bebiendo cicuta, y una vez que han sido admitidos en el pontificado, dejan de ser hombres.

    Libro II

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Contra Joviniano · II, introducción
    Jerónimo responde a la segunda, tercera y cuarta proposiciones de Joviniano.
    I. (c. 1-4). Sobre la afirmación de que quienes han sido regenerados no pueden ser derribados por el diablo, Jerónimo (c. 1) la interpreta como que no pueden ser tentados por el diablo. Cita 1 Juan 1:8—2:2, para mostrar que los fieles pueden ser tentados y pecar, y necesitan un abogado. Las expresiones de Hebreos vi. acerca de quienes crucifican de nuevo al Hijo de Dios no se aplican a los pecados ordinarios posteriores al bautismo, como suponían Montano y Novaciano. Las epístolas a las siete Iglesias muestran que los caídos pueden volver. Los ángeles, e incluso nuestro Señor mismo, (4) pudieron ser tentados.
    II. (c. 5-17). Que no hay diferencia (moral) entre quien ayuna y quien toma alimento con acción de gracias. Joviniano ha citado (5) muchos textos de la Escritura para mostrar que Dios ha hecho los animales para alimento de los hombres. Pero (6) hay muchos otros usos de los animales además del alimento. Y hay muchas advertencias como 1 Cor. vi. 13, en cuanto al peligro que surge de la comida. Entre los paganos (7) hay muchos ejemplos de abstinencia. Reconocen (8) el mal de los atractivos sensuales, y a menudo, como Crates el Tebano, (9) han arrojado lo que podría tentarlos; los sentidos, enseñan, (10) deben estar sujetos a la razón; y que (11) salvo para los atletas (los cristianos no quieren ser como Milón de Crotona), el pan y el agua bastan. Horacio (12), Jenofonte y otros ilustres griegos (13), los esenios y los brahmanes (14), así como filósofos como Diógenes, dan testimonio del valor de la abstinencia. Las historias del Antiguo Testamento (15) del potaje de Esaú, del deseo de Israel por las ollas de carne de Egipto, y las del Nuevo Testamento de Ana, Cornelio, etc., recomiendan la abstinencia. Si algunos herejes inculcan el ayuno (16) de tal manera que desprecien los dones de Dios, y no se ha de juzgar a los cristianos débiles por el uso de la carne, quienes buscan la vida más alta (17) hallarán una ayuda en la abstinencia.
    III. (c. 18-34). La cuarta proposición de Joviniano, que todos los que se salven tendrán recompensa igual, es refutada (19) por los diversos rendimientos de treinta, sesenta y cien por uno en la parábola del sembrador, por (20) las «estrellas que difieren en gloria» de 1 Cor. xv. 41. Es extraño (21) hallar al defensor de la autocomplacencia reclamando ahora igualdad con los santos. Pero (22) como había diferencias en Ezequiel entre ganado y ganado, así las hay en San Pablo entre quienes edificaban oro o paja sobre el único fundamento. Las diferencias de dones (23), de castigos (24), de culpa (25), como entre Pilato y los sumos sacerdotes, del fruto de la buena semilla (26), de las moradas prometidas en el cielo (27-29), del juicio sobre los pecados tanto en la Iglesia como en la Escritura (30-31), de los llamados a distintas horas a la viña (32) son argumentos en favor de la diversidad de recompensas. La parábola de los talentos (33) presenta como recompensas diferencias de rango, y así también la Iglesia (34) en sus distintos órdenes.
    Jerónimo recapitula ahora (35) y apela (36) contra las opiniones licenciosas de Joviniano, que ya han inducido a muchas vírgenes a romper sus votos; y que, como la nueva herejía romana (37), pide a la Ciudad Imperial (38) que rechace.

    Los bautizados y la tentación (§ 1–4)

    II, 1

    1. La segunda proposición de Joviniano es que los bautizados no pueden ser tentados por el diablo. Y para escapar a la imputación de necedad al decir esto, añade: «Pero si alguno es tentado, ello solo muestra que fue bautizado con agua, no con el Espíritu, como leemos que sucedió con Simón Mago.» Por eso dice Juan: [] «Todo aquel que ha nacido de Dios no comete pecado, porque su semilla permanece en él; y no puede pecar, porque ha nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo.» Y al final de la Epístola, [] «Todo aquel que ha nacido de Dios no peca; antes aquel que fue engendrado por Dios lo guarda, y el maligno no lo toca.»
    Comentario editorial · «Derribados» o «tentados»
    En I, 3 Jerónimo cita a Joviniano diciendo que los regenerados «no pueden ser derribados por el diablo»; en II, 1 lo da por «tentados», y el argumento que sigue depende de esa lectura: si Juan escribe a bautizados y les manda guardarse de los ídolos, el bautizado puede ser tentado. El resumen del editor inglés al libro II señala el cambio («derribados» interpretado como «tentados»). Wikipedia observa que esto puede indicar que Jerónimo no vio el punto de Joviniano, y recoge que otros comentaristas entienden que Joviniano hablaba de la imposibilidad de apartarse del cristianismo. El texto de Joviniano no se conserva aparte, así que no puede comprobarse.

    II, 2

    2. Esto sería una dificultad real e insoluble para siempre si no la resolviera el testimonio del mismo Juan, quien inmediatamente prosigue diciendo: [] «Hijitos míos, guardaos de los ídolos.» Si todo el que ha nacido de Dios no peca y no puede ser tentado por el diablo, ¿cómo es que les manda precaverse de la tentación? De nuevo en la misma Epístola leemos: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.» Supongo que Juan estaba bautizado y escribía a los bautizados; imagino también que todo pecado es del diablo. Ahora Juan se confiesa pecador y espera el perdón de los pecados después del bautismo. Mi amigo Joviniano dice: «No me toquéis, porque estoy limpio.» Entonces, ¿qué? ¿Se contradice el apóstol? De ningún modo. En el mismo pasaje da la razón de hablar así: [] «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. Y en esto sabemos que lo conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo lo conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y la verdad no está en él. Pero el que guarda su palabra, en él verdaderamente se ha perfeccionado el amor de Dios. En esto sabemos que estamos en él: el que dice que permanece en él, debe andar también como él anduvo.» Mi razón para deciros, hijitos, que todo el que ha nacido de Dios no peca, es para que no pequéis, y para que sepáis que mientras no pecáis permanecéis en el nacimiento que Dios os ha dado. Sí, quienes permanecen en ese nacimiento no pueden pecar. [] «Porque ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿O Cristo con Belial?» Como el día es distinto de la noche, así la justicia y la injusticia, el pecado y las buenas obras, Cristo y el Anticristo no pueden mezclarse. Si damos a Cristo morada en nuestros corazones, desterramos de allí al diablo. Si pecamos y el diablo entra por la puerta del pecado, Cristo se retirará de inmediato. Por eso David, después de pecar, dice: «Devuélveme el gozo de tu salvación,» es decir, el gozo que había perdido al pecar. [] «El que dice: Yo lo conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y la verdad no está en él.» Cristo es llamado la verdad: [no guardamos sus mandamientos. Para aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado. Santiago 2:26] «Como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta.» Y no debemos pensar que es gran cosa conocer al único Dios, cuando hasta los demonios creen y tiemblan. «El que dice que permanece en él, debe andar también como él anduvo.» Nuestro oponente puede elegir cuál de las dos cosas prefiera; le damos a elegir. ¿Permanece en Cristo, o no? Si permanece, ande entonces como Cristo anduvo. Pero si hay temeridad en pretender imitar las virtudes de nuestro Señor, no permanece en Cristo, porque no anda como Cristo anduvo. [] «Él no cometió pecado, ni se halló engaño en su boca; cuando lo ultrajaban, no respondía con ultrajes, y como cordero mudo ante el que lo trasquila, así no abrió su boca.» A Él vino el príncipe de este mundo, y nada halló en Él: aunque no había cometido pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros. Pero nosotros, según la Epístola de Santiago, [] «todos tropezamos en muchas cosas,» y «nadie está limpio de pecado, ni aun aquel cuya vida sea de un solo día.» [] Porque ¿quién se jactará «de tener limpio el corazón? ¿O quién estará seguro de estar puro de pecado?» Y somos tenidos por culpables a semejanza de la transgresión de Adán. Por eso dice David: «He aquí, fui formado en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre.» Y el bienaventurado Job: «Aunque yo sea justo, mi boca hablará iniquidad, y aunque sea perfecto, seré hallado perverso. Si me lavo con agua de nieve y limpio mis manos con lejía, aun así me hundirás en el hoyo, y mis propias vestiduras me aborrecerán.» Pero para que no desesperemos del todo y pensemos que si pecamos después del bautismo no podemos salvarnos, inmediatamente frena esa tendencia: [] «Y si alguno peca, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo el justo, y él es la propiciación por nuestros pecados. Y no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.» Dirige esto a creyentes bautizados, y les promete al Señor como abogado por sus ofensas. No dice: Si caes en pecado, tienes un abogado ante el Padre, Cristo, y él es la propiciación por tus pecados; podrías decir entonces que se dirigía a aquellos cuyo bautismo había carecido de la fe verdadera: pero lo que dice es esto: «Tenemos abogado ante el Padre, a Jesucristo, y él es la propiciación por nuestros pecados.» Y no solo por los pecados de Juan y de sus contemporáneos, sino por los de todo el mundo. Ahora bien, en «todo el mundo» se incluyen los apóstoles y todos los fieles, y se establece una prueba clara de que el pecado después del bautismo es posible. De nada nos sirve tener un abogado, Jesucristo, si el pecado fuera imposible.

    II, 3

    3. El apóstol Pedro, a quien se dijo: [] «El que se ha bañado no necesita lavarse de nuevo,» y [] «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia,» por miedo a una criada lo negó. Nuestro Señor mismo dice, [] «Simón, Simón, he aquí Satanás ha pedido tenerte para zarandearte como a trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no falte.» Y en el mismo lugar, «Velad y orad, para que no entréis en tentación: el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.» Si respondes que esto se dijo antes de la Pasión, ciertamente decimos después de la Pasión, en la oración del Señor, [] «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.» Si no pecamos después del bautismo, ¿por qué pedimos que se nos perdonen los pecados, que ya fueron perdonados en el bautismo? ¿Por qué oramos para no entrar en tentación y ser librados del mal, si el diablo no puede tentar a los bautizados? El caso es distinto si esta oración pertenece a los catecúmenos y no está adaptada a los cristianos fieles. Pablo, vaso escogido, [] castigaba su cuerpo y lo sometía, no fuera que después de predicar a otros él mismo resultara réprobo, y [] dice que le fue dado «un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que lo abofeteara». Y a los corintios escribe: [] «Temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, vuestros sentidos sean corrompidos de la sencillez que es en Cristo.» Y en otro lugar: [] «Pero a quien vosotros perdonáis algo, yo también; porque lo que yo he perdonado, si algo he perdonado, por vosotros lo he perdonado en persona de Cristo; para que Satanás no gane ventaja sobre nosotros; pues no ignoramos sus maquinaciones.» Y otra vez: [] «No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis soportar; antes con la tentación dará también la salida, para que podáis resistir.» Y: [] «El que piensa estar firme, mire que no caiga.» Y a los gálatas: [] «Corríais bien; ¿quién os estorbó para no obedecer a la verdad?» Y en otro lugar: [] «Quisimos ir a vosotros, yo, Pablo, una y otra vez; y Satanás nos lo impidió.» Y a los casados dice: [] «Volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia.» Y otra vez: [] «Pero digo: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; pues estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisierais.» Somos un compuesto de los dos, y debemos soportar la lucha de las dos sustancias. Y a los efesios: [] «Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.» ¿Piensa alguno que estamos seguros, y que es correcto dormirnos una vez bautizados? Y así también en la epístola a los Hebreos: «Porque en cuanto a los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y gustaron de la buena palabra de Dios y de los poderes del siglo venidero, y después cayeron, es imposible renovarlos de nuevo para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndolo a vituperio.» Ciertamente no podemos negar que han sido bautizados quienes han sido iluminados, y han gustado del don celestial, y han sido hechos partícipes del Espíritu Santo, y han gustado de la buena palabra de Dios. Pero si los bautizados no pueden pecar, ¿cómo es que ahora el Apóstol dice: «Y han caído»? Montano y Novaciano sonreirían ante esto, pues sostienen que es imposible renovar de nuevo mediante arrepentimiento a quienes han crucificado para sí mismos al Hijo de Dios y lo han expuesto a vituperio. Por tanto, corrige este error diciendo: [] «Pero, amados, estamos persuadidos de cosas mejores respecto de vosotros, y que acompañan a la salvación, aunque hablemos así; porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo ministrado a los santos, y todavía ministrando.» Y verdaderamente grande sería la injusticia de Dios si solo castigara el pecado y no acogiera las buenas obras. He hablado así, dice el Apóstol, para apartaros de vuestros pecados y haceros más cuidadosos por el temor de la desesperación. Pero, amados, estoy persuadido de cosas mejores respecto de vosotros, y que acompañan a la salvación. Porque no es conforme a la justicia de Dios olvidar las buenas obras, y el hecho de que habéis ministrado y ministráis a los santos por causa de su nombre, y recordar solo los pecados. El apóstol Santiago también, sabiendo que los bautizados pueden ser tentados y caer por su propia libre elección, dice: «Bienaventurado el hombre que soporta la tentación; porque cuando haya sido aprobado, recibirá la corona de vida, que el Señor prometió a los que lo aman.» Y para que no pensemos que somos tentados por Dios, como leemos en Génesis que fue tentado Abraham, añade: «Nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, y Él mismo no tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es arrastrado y seducido por su propia concupiscencia. Luego la concupiscencia, después de haber concebido, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.» Dios nos creó con libre albedrío, y no somos forzados por necesidad ni a la virtud ni al vicio. De otro modo, si hay necesidad, no hay corona. Así como en las buenas obras es Dios quien las lleva a perfección, porque no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia y nos da ayuda para que podamos alcanzar la meta: así en las cosas malas y pecaminosas, las semillas dentro de nosotros dan el impulso, y estas son llevadas a madurez por el diablo. Cuando ve que estamos edificando sobre el fundamento de Cristo heno, madera, paja, entonces aplica la cerilla. Edifiquemos, pues, oro, plata, piedras preciosas, y no se atreverá a tentarnos: aunque ni aun así hay posesión segura y firme. Pues el león acecha en emboscada para matar al inocente. [] «Los vasos del alfarero se prueban en el horno, y los hombres justos en la prueba de la tribulación.» Y en otro lugar está escrito: [] «Hijo, cuando vengas a servir al Señor, prepárate para la tentación.» De nuevo, el mismo Santiago dice: «Sed hacedores de la palabra, y no tan solo oidores. Porque si alguno es oidor de la palabra y no hacedor, es semejante a un hombre que contempla su rostro natural en un espejo: pues se contempla a sí mismo, y se va, y al instante olvida qué clase de hombre era.» Era inútil advertirles que añadieran obras a la fe, si no podían pecar después del bautismo. Nos dice que [] «cualquiera que guarde toda la ley, pero tropiece en un solo punto, se ha hecho culpable de todos.» ¿Quién de nosotros está sin pecado? [] «Dios encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.» Pedro también dice: [] «El Señor sabe librar de tentación a los piadosos.» Y acerca de los falsos maestros: [] «Estos son fuentes sin agua, y nieblas empujadas por la tormenta; para quienes está reservada la oscuridad de las tinieblas. Porque hablando palabras hinchadas y vanas, seducen con las concupiscencias de la carne, por medio de la lascivia, a los que apenas habían escapado, y han vuelto atrás al error.» ¿No te parece que el Apóstol en estas palabras ha retratado al nuevo partido de la ignorancia? Pues, por así decirlo, abren las fuentes del conocimiento y sin embargo no tienen agua: prometen una lluvia de doctrina como nubes proféticas que han sido visitadas por la verdad de Dios, y son empujadas por las tormentas de los demonios y los vicios. Hablan grandes cosas, y su conversación no es más que soberbia: «Pero todo el que se enaltece en su propio corazón es inmundo ante Dios.» Como aquellos que apenas habían escapado de sus pecados, vuelven a su propio error, y persuaden a los hombres al lujo, a los placeres del comer y a la gratificación de la carne. Pues ¿quién no se alegra de oírlos decir: «Comamos y bebamos, y reinemos para siempre»? A los sabios y prudentes los llaman corruptos, pero prestan más atención a los de lengua melosa. El apóstol Juan, o más bien el Salvador en la persona de Juan, escribe así al ángel de la Iglesia de Éfeso: «Conozco tus obras, y tu trabajo y paciencia, y que por mi nombre has sufrido, y no has desfallecido. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; de lo contrario vendré a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te arrepientes.» De manera similar apremia a las demás iglesias, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia, Laodicea, al arrepentimiento, y las amenaza si no vuelven a las obras anteriores. Y en Sardis dice que tiene unos pocos que no han manchado sus vestiduras, y andarán con Él en blanco, porque son dignos. Pero aquellos a quienes dice: «Recuerda de dónde has caído»; y: «He aquí, el diablo está a punto de echar a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados»; y: «Yo sé dónde moras, donde está el trono de Satanás»; y: «Recuerda cómo has recibido, y oído, y guárdalo, y arrepiéntete,» y así sucesivamente, eran por supuesto creyentes y bautizados, que una vez estuvieron firmes, pero cayeron por el pecado.

    II, 4

    4. Dudé un poco en presentar las pruebas del Antiguo Testamento, porque, siempre que el Antiguo Testamento está contra ellos, acostumbran gritar que [] la Ley y los Profetas llegaron hasta Juan. Pero ¿quién no sabe que, bajo la otra dispensación de Dios, todos los santos de los tiempos pasados tuvieron igual mérito que los cristianos de hoy? Como Abrahán en otro tiempo agradó a Dios en el matrimonio, así ahora las vírgenes le agradan en la virginidad perpetua. Él sirvió a la Ley y a sus tiempos; sirvamos nosotros ahora al Evangelio y a nuestros tiempos, [] sobre quienes han llegado los fines de los siglos. David, el elegido, el varón según el corazón de Dios, que había cumplido toda su voluntad y que en cierto salmo había dicho, «Júzgame, oh Señor, porque he andado en mi integridad: también he confiado en el Señor y no resbalaré. Examíname, oh Señor, y pruébame; escudriña mis riñones y mi corazón,» aun él fue tentado después por el diablo; y, arrepentido de su pecado, dijo, «Ten misericordia de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia.» Quiso que un gran pecado fuera borrado por una gran misericordia. Salomón, amado del Señor, y a quien Dios se había revelado dos veces, porque amó a las mujeres abandonó el amor de Dios. Se cuenta en el [] libro de los Días que Manasés, el rey impío, fue restaurado, después del cautiverio babilónico, a su rango anterior. Y Josías, varón santo, fue muerto por el rey de Egipto en la llanura de Meguido. También Josué, hijo de Josedec y sumo sacerdote, aunque era tipo de nuestro Salvador, que llevó nuestros pecados y unió a sí una iglesia de nacimiento extranjero de entre los gentiles, es, sin embargo, según la letra de la Escritura, representado con vestiduras sucias después de alcanzar el sacerdocio, y con el diablo de pie a su diestra; y después se le restituyen vestiduras blancas. No hace falta contar cómo Moisés y Aarón ofendieron a Dios en las aguas de la contienda y no entraron en la tierra prometida. Pues el bienaventurado Job refiere que incluso los ángeles y toda criatura pueden pecar. [] «¿Será el hombre mortal,» dice, «justo delante de Dios? ¿Será el hombre sin mancha en sus obras? Si no confía en sus siervos, y a sus ángeles acusa de necedad, ¿cuánto más a los que habitan en casas de barro,» entre los cuales estamos nosotros, hechos del mismo barro? [] «La vida del hombre sobre la tierra es una milicia.» Cayó Lucifer, que era enviado a todas las naciones, y el que fue criado en un paraíso de delicias como una de las doce piedras preciosas, fue herido y bajó al infierno desde el monte de Dios. Por eso dice el Salvador en el Evangelio: [] «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo.» Si cayó el que estaba en tan sublime altura, ¿quién no puede caer? Si hay caídas en el cielo, ¡cuánto más en la tierra! Y sin embargo, aunque Lucifer haya caído (la serpiente antigua después de su caída), «su fuerza está en sus lomos, y su vigor en los músculos de su vientre. Los grandes árboles son cubiertos por su sombra, y duerme junto a la caña, el junco y la espadaña.» Es rey sobre todo lo que está en las aguas — es decir, en la sede del placer y del lujo, de la propagación de los hijos y de la fecundación del lecho conyugal. «Porque ¿quién podrá quitarle su manto exterior? ¿Quién abrirá las puertas de su rostro? Los pueblos engordan sobre él, y las tribus de Fenicia lo reparten.» Y no sea que acaso el lector imagine en su pensamiento secreto que sólo se habla de las tribus de Fenicia y de los pueblos de Etiopía entre los que el dragón fue dado por comida, al punto hallamos una referencia a los que atraviesan el mar de este mundo y se apresuran a alcanzar el puerto de la salvación: «Su cabeza se alza en las naves de los pescadores como un yunque que no se cansa: cuenta el hierro como paja, y el bronce como madera podrida. Y todo el oro del mar debajo de él es como lodo. Hace hervir el abismo como una olla: estima el mar como un tarro de ungüento, y la negrura del abismo como un cautivo. Contempla todo lo alto.» Y mi amigo Joviniano cree que puede obtener un dominio fácil sobre él. ¿Por qué hablar de santos varones y de ángeles, que, siendo criaturas de Dios, son por supuesto capaces de pecar? Él se atrevió a tentar al Hijo de Dios, y aunque herido de lleno con la primera y la segunda respuesta de nuestro Señor, levantó sin embargo la cabeza y, herido por tercera vez, se retiró sólo por un tiempo, y aplazó más que quitó la tentación. Y nosotros nos halagamos con el fundamento de nuestro bautismo, que aunque quita los pecados pasados, no puede guardarnos para el tiempo venidero, a menos que los bautizados guarden sus corazones con toda diligencia.

    Ayuno y alimentos (§ 5–17)

    II, 5

    5. Al fin hemos llegado a la cuestión de los alimentos, y nos enfrentamos a nuestra tercera dificultad. «Todas las cosas fueron creadas para servir al uso de los hombres mortales.» Y así como el hombre, animal racional, en cierto sentido dueño y morador del mundo, está sujeto a Dios y adora a su Creador, así todos los seres vivos fueron creados ya para alimento de los hombres, ya para vestido, ya para labrar la tierra o transportar sus frutos, ya para ser compañeros del hombre; y de ahí, porque son ayudantes del hombre, reciben su nombre jumenta. "¿Qué es el hombre," dice David, "para que te acuerdes de él? ¿Y el hijo del hombre, para que lo visites? Pues lo has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronas de gloria y honor. Le diste señorío sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: todas las ovejas y bueyes, y también las bestias del campo, las aves del cielo y los peces del mar, cuanto pasa por los senderos de los mares." Concedido, dice, que el buey fue creado para arar, el caballo para montar, el perro para guardar, las cabras para su leche, las ovejas para su lana. ¿De qué sirven los cerdos si no podemos comer su carne? ¿Y los corzos, ciervos, gamos, jabalíes, liebres y demás piezas de caza? ¿Las ocas, silvestres y domésticas? ¿Los patos salvajes y los papahigos? ¿Las chochas? ¿Las fochas? ¿Los tordos? ¿Por qué las gallinas corretean por nuestras casas? Si no se comen, todas estas criaturas fueron creadas por Dios para nada. Pero ¿qué necesidad hay de argumentos cuando la Escritura enseña claramente que todo animal que se mueve, como las hierbas y las hortalizas, nos fue dado para alimento, y el Apóstol clama en voz alta: "Todas las cosas son limpias para los limpios, y nada hay que rechazar, si se recibe con acción de gracias," y [] nos dice que en los últimos días vendrán hombres que prohibirán casarse y comer manjares que Dios creó para uso? El Señor mismo fue llamado por los fariseos bebedor de vino y glotón, amigo de publicanos y pecadores, porque no rehusó la invitación de Zaqueo a cenar y fue al banquete de bodas. Pero otra cosa es si, como neciamente podríais sostener, fue a la cena con intención de ayunar y, a la manera de los engañadores, dijo: Como esto, no aquello; no bebo el vino que yo creé del agua. No hizo agua, sino vino, tipo de su sangre. Después de la resurrección comió un pez y parte de un panal de miel, no nueces de sésamo ni serbas. El apóstol Pedro no esperó como un judío a que aparecieran las estrellas, sino que subió a la azotea para comer a la hora sexta. Pablo en la nave partió pan, no higos secos. Cuando el estómago de Timoteo estaba trastornado, le aconsejó beber vino, no perada. Al abstenerse de carnes, complacen su propio capricho: como si los gentiles supersticiosos no observaran los ritos de abstinencia vinculados a la Madre de los dioses y a Isis.

    II, 6

    6. Seguiré detalladamente las opiniones ahora expuestas, y antes de acudir a la Escritura y mostrar por ella que el ayuno agrada a Dios y la castidad le es acepta, enfrentaré argumento filosófico con argumento y probaré que no somos seguidores de Empédocles y Pitágoras, quienes por su doctrina de la transmigración de las almas piensan que nada que vive y se mueve debe comerse, y consideran al que tala un abeto o una encina tan culpable como al parricida o al envenenador; sino que adoramos a nuestro Creador, que hizo todas las cosas para uso del hombre. Y así como el buey fue creado para arar, el caballo para montar, los perros para guardar, las cabras para la leche, las ovejas para su lana, así sucedió con los cerdos y los ciervos, los corzos y las liebres y otros animales; pero el fin inmediato de su creación no fue que sirvieran de alimento, sino para otros usos de los hombres. Pues si todo lo que se mueve y vive fue hecho para alimento y preparado para el estómago, que mis adversarios me digan por qué fueron creados los elefantes, leones, leopardos y lobos; por qué las víboras, escorpiones, chinches, piojos y pulgas; por qué el buitre, el águila, el cuervo, el halcón; por qué las ballenas, los delfines, las focas y los pequeños caracoles. ¿Quién de nosotros come jamás la carne de un león, de una víbora, de un buitre, de una cigüeña, de un milano o de los gusanos que se arrastran por nuestras costas? Así como éstos tienen sus usos propios, también podemos decir que otras bestias, peces y aves fueron creados no para comida, sino para medicina. En fin, los médicos saben bien a cuántos usos puede aplicarse la carne de víboras, de la que hacemos nuestros antídotos contra el veneno. El polvo de marfil es ingrediente de muchos remedios. La hiel de hiena devuelve el brillo a los ojos, y su excremento y el de los perros cura las heridas gangrenosas. Y (puede parecer extraño al lector) Galeno afirma en su tratado sobre los simples que el excremento humano sirve en multitud de casos. Los naturalistas dicen que la piel de serpiente, hervida en aceite, da un alivio maravilloso para el dolor de oídos. ¿Qué parece tan inútil al profano como una chinche? Sin embargo, supongamos que una sanguijuela se ha fijado en la garganta: en cuanto se inhala el olor de una chinche, la sanguijuela es vomitada, y la dificultad para orinar se alivia con la misma aplicación. En cuanto a la grasa de cerdos, gansos, aves y faisanes, cuán útil es lo cuentan todas las obras médicas; y si lees esos libros verás que el buitre tiene tantas propiedades curativas como miembros. El excremento de pavo real calma la inflamación de la gota. Grullas, cigüeñas, hiel de águila, sangre de halcón, el avestruz, las ranas, los camaleones, el excremento y la carne de golondrina: en qué enfermedades son remedios adecuados podría decirlo si mi propósito fuera discutir las dolencias corporales y su cura. Si te parece bien, puedes leer a Aristóteles y a Teofrasto en prosa, o a Marcelo de Side y a nuestro Flavio, que disertan sobre estos temas en versos hexámetros; también al segundo Plinio y a Dioscórides, y a otros, tanto naturalistas como médicos, que asignan a cada hierba, a cada piedra, a cada animal, ya sea reptil, ave o pez, su propio uso en el arte que tratan. Así pues, cuando me preguntas por qué fue creado el cerdo, respondo al punto, como si dos muchachos disputaran, preguntándote por qué lo fueron las víboras y los escorpiones. No debes juzgar que nada de la mano de Dios es superfluo porque haya muchas bestias y aves que tu paladar rechaza. Pero esto quizá parezca más contencioso y pendenciero que verdad. Déjame decirte, pues, que los cerdos y jabalíes, los ciervos y las demás criaturas vivientes fueron creados para que los soldados, atletas, marineros, retóricos, mineros y otros esclavos de duro trabajo, que necesitan fuerza física, tuvieran alimento; y también los que llevan armas y provisiones, que se agotan con el trabajo de las manos o de los pies, que bogan, que necesitan buenos pulmones para gritar y hablar, que allanan montañas y duermen a la intemperie, llueva o haga buen tiempo. Pero nuestra religión no adiestra púgiles, atletas, marineros, soldados ni cavadores, sino seguidores de la sabiduría, que se dedican al culto de Dios y saben por qué fueron creados y están en el mundo del que están impacientes por partir. Por eso también dice el Apóstol: [] «Cuando soy débil, entonces soy fuerte.» Y [] «Aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día.» Y [] «Tengo el deseo de partir y estar con Cristo.» Y [] «No hagáis provisión para la carne, para satisfacer sus concupiscencias.» ¿Se manda a todos no tener dos túnicas, ni alimento en la alforja, dinero en la bolsa, bastón en la mano, sandalias en los pies? ¿O vender todo lo que poseen, darlo a los pobres y seguir a Jesús? Por supuesto que no: el mandato es para quienes quieren ser perfectos. Al contrario, Juan el Bautista establece una regla para los soldados y otra para los publicanos. Pero el Señor dice en el Evangelio al que se había jactado de guardar toda la ley: [] «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y ven, sígueme.» Para no parecer que imponía una carga pesada a hombros no dispuestos, despidió a su oyente con plena libertad de complacerse, diciendo «Si quieres ser perfecto.» Y así te digo yo también: Si quieres ser perfecto, es bueno no beber vino ni comer carne. Si quieres ser perfecto, es mejor enriquecer la mente que cebar el cuerpo. Pero si eres un niño y aficionado a los cocineros y a sus preparaciones, nadie te arrebatará las golosinas de la boca. Come y bebe y, si quieres, levántate a jugar con Israel y canta [] «Comamos y bebamos, que mañana moriremos.» Que coma y beba el que espera la muerte después de haberse saciado y que dice con Epicuro: «Nada hay después de la muerte, y la muerte misma no es nada.» Nosotros creemos a Pablo cuando dice con tonos de trueno: [] «Los manjares para el vientre, y el vientre para los manjares; pero Dios destruirá tanto lo uno como lo otro.»

    II, 7

    7. He citado estos pocos pasajes de la Escritura para mostrar que estamos de acuerdo con los filósofos. Pero ¿quién no sabe que ninguna ley universal de la naturaleza regula el alimento de todas las naciones, y que cada una come aquellas cosas de las que tiene abundancia? Por ejemplo, los árabes y sarracenos, y todas las tribus salvajes del desierto, viven de leche y carne de camello: pues el camello, para adaptarse al clima y al suelo estéril de aquellas regiones, se cría y se levanta con facilidad. Consideran malvado comer carne de cerdo. ¿Por qué? Porque los cerdos que engordan con bellotas, castañas, raíces de helecho y cebada, rara vez o nunca se encuentran entre ellos; y si se hallaran, no ofrecerían el alimento del que acabamos de hablar. Con los pueblos septentrionales sucede exactamente lo contrario. Si los obligaras a comer carne de asno o de camello, pensarían que es lo mismo que si los forzaran a devorar un lobo o un cuervo. En el Ponto y en Frigia, un padre de familia paga buen precio por gusanos blancos y gordos con cabezas negruzcas, que se crían en madera podrida. Y así como entre nosotros la chocha y el papahigo, el mújol y el escaro son reputados manjares delicados, entre ellos es un lujo comer el xilófago. Además, como en las ardientes soledades del desierto se encuentran nubes de langostas, es costumbre entre los pueblos de Oriente y de Libia alimentarse de langostas. Juan el Bautista prueba la verdad de esto. Obliga a un frigio o a un natural del Ponto a comer una langosta, y le parecerá escandaloso. Fuerza a un sirio, a un africano o a un árabe a tragar gusanos, y tendrá por ellos el mismo desprecio que por las moscas, los milpiés y las lagartijas, aunque los sirios estén acostumbrados a comer cocodrilos terrestres y los africanos incluso lagartos verdes. En Egipto y Palestina, por la escasez de ganado, nadie come carne de vaca, ni hace de la carne de toros, bueyes o terneros una porción de su alimento. Además, en mi provincia se considera un crimen comer ternera. Por eso el emperador Valente promulgó recientemente una ley en todo Oriente que prohibía matar y comer terneros. Tenía en vista los intereses de la agricultura y quería frenar la mala costumbre de la gente común, que imitaba a los judíos devorando la carne de terneros en lugar de aves y cochinillos. Las tribus nómadas, los trogloditas, los escitas y los bárbaros hunos, con quienes recientemente hemos trabado conocimiento, comen carne medio cruda. Además, los ictiófagos, raza errante en las costas del mar Rojo, asan pescado sobre piedras calentadas por el sol y subsisten con este pobre alimento. Los sármatas, los chuados, los vándalos y otras innumerables razas se deleitan con la carne de caballos y lobos. ¿Por qué hablar de otras naciones, cuando yo mismo, de joven, en una visita a la Galia, oí que los aticotos, tribu británica, comen carne humana, y que, aunque encuentran piaras de cerdos y manadas de ganado mayor o menor en los bosques, es su costumbre cortar las nalgas de los pastores y los pechos de sus mujeres, y considerarlos los mayores manjares? Los escoceses no tienen esposas propias; como si leyeran la República de Platón y tomaran a Catón por guía, ningún hombre entre ellos tiene su propia mujer, sino que, como bestias, satisfacen su lujuria a su antojo. Los persas, medos, indios y etíopes, pueblos a la par de la propia Roma, tienen comercio con madres y abuelas, con hijas y nietas. Los masagetas y los derbices consideran muy desdichados a los que mueren de enfermedad; y cuando los padres, parientes o amigos llegan a la vejez, los matan y los devoran. Se piensa que es mejor que los coma el propio pueblo a que los coman los gusanos. Los tibarenos crucifican a quienes amaron antes, cuando han envejecido. Los hircanos los arrojan medio vivos a las aves y a los perros; los caspios los dejan muertos para las mismas bestias. Los escitas entierran vivos, con los restos de los muertos, a los que fueron amados del difunto. Los bactrianos arrojan a sus ancianos a los perros que crían para ese propósito, y cuando Estasanor, general de Alejandro, quiso corregir esta práctica, casi pierde su provincia. Obliga a un egipcio a beber leche de oveja; impulsa, si puedes, a un pelusiota a comer una cebolla. Casi toda ciudad de Egipto venera a sus propias bestias y monstruos, y cualquier cosa que sea objeto de culto la consideran inviolable y sagrada. De ahí que sus ciudades reciban también nombres de animales: Leonto, Cino, Lico, Busiris, Tmuis, que, interpretado, significa macho cabrío. Y para hacernos comprender qué clase de dioses acogió siempre Egipto, una de sus ciudades fue llamada recientemente Antínoo, por el favorito de Adriano. Ves claramente, pues, que no sólo en el comer, sino también en la sepultura, en el matrimonio y en cada aspecto de la vida, cada raza sigue su propia práctica y usos peculiares, y toma por ley de la naturaleza aquello que le es más familiar. Pero supongamos que todas las naciones comieran carne por igual, y que en todas partes fuera lícito lo que la tierra produce. ¿Qué nos importa a nosotros, cuya conversación está en el cielo? Pues, al igual que Pitágoras y Empédocles y todos los amantes de la sabiduría, no estamos atados a las circunstancias de nuestro nacimiento, sino de nuestro nuevo nacimiento; y por la abstinencia subyugamos nuestra carne rebelde, ávida de seguir los atractivos de la lujuria. El comer carne, beber vino y la saciedad del estómago son el semillero de la lujuria. Y así dice el poeta cómico: «Venus tirita si no están con ella Ceres y Baco.»

    II, 8

    8. A través de los cinco sentidos, como por ventanas abiertas, el vicio tiene acceso al alma. La metrópoli y ciudadela de la mente no puede ser tomada si el enemigo no ha entrado antes por sus puertas. El alma se ve afligida por el desorden que ellos producen, y es llevada cautiva por la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Si alguien se deleita en los espectáculos del circo, o en las luchas de los atletas, en la versatilidad de los actores, en la figura de las mujeres, en espléndidas joyas, vestidos, plata y oro, y otras cosas semejantes, la libertad del alma se pierde por las ventanas de los ojos, y se cumplen las palabras del profeta: [] «La muerte ha subido por nuestras ventanas.» Asimismo, nuestro sentido del oído es halagado por los tonos de diversos instrumentos y las modulaciones de la voz; y cuanto entra por el oído mediante los cantos de poetas y comediantes, por las agudezas y versos de los actores de pantomima, debilita la fibra varonil de la mente. Además, nadie sino un libertino niega que los libertinos y licenciosos hallan deleite en los olores dulces, en distintas clases de incienso, en el bálsamo fragante, en el kuphi, el enante y el almizcle, que no es sino la piel de una rata extranjera. ¿Y quién no sabe que la glotonería es la madre de la avaricia y, por así decir, encadena el corazón y lo mantiene oprimido contra la tierra? Por causa de una gratificación temporal del apetito, se saquean la tierra y el mar, y nos afanamos y sudamos toda la vida para enviar por nuestras gargantas hidromiel y alimentos costosos. El deseo de tocar el cuerpo ajeno y la ardiente lujuria por las mujeres es una pasión rayana en la locura. Para gratificar este sentido languidecemos, nos encolerizamos, nos agitamos de gozo, cedemos a la envidia, entramos en rivalidades, nos llenamos de ansiedad, y cuando hemos terminado el placer con más o menos arrepentimiento, de nuevo nos encendemos y queremos hacer aquello que de nuevo lamentamos hacer. Entonces, una vez que eso que podríamos llamar el filo delgado de la perturbación ha entrado en la ciudadela de la mente por estas puertas, ¿qué será de su libertad, de su firmeza, de su pensamiento de Dios, especialmente porque el sentido del tacto puede representarse a sí mismo incluso los placeres pasados y, mediante el recuerdo del vicio, obliga al alma a tomar parte en ellos y, en cierto modo, a practicar lo que no comete realmente?

    II, 9

    9. Ante la llamada de un razonamiento como éste, muchos filósofos han abandonado las ciudades populosas y sus jardines de recreo en los arrabales, con terrenos bien regados, árboles umbrosos, aves que gorjean, fuentes cristalinas, arroyos murmuradores y muchos encantos para la vista y el oído, no sea que por el lujo y la abundancia de riquezas se debilite la firmeza del alma y se corrompa su pureza. Porque no hay bien en ver con frecuencia objetos que un día puedan llevarte al cautiverio, ni en probar cosas de las que difícilmente podrías prescindir. Incluso los pitagóricos rehuían esta clase de compañía y solían habitar en lugares solitarios del desierto. También los platónicos y los estoicos vivían en los bosques y pórticos de los templos, para que, advertidos por la santidad de su restringida morada, no pensaran en otra cosa que en la virtud. Además, el propio Platón, cuando Diógenes pisoteó sus lechos con pies cubiertos de barro (pues era rico), eligió una casa llamada Academia a cierta distancia de la ciudad, en un lugar no sólo solitario sino insalubre, para así tener ocio para la filosofía. Su objeto era que, mediante la constante preocupación por la enfermedad, los asaltos de la lujuria fueran vencidos, y que sus discípulos no experimentaran otro placer que el que les procuraban las cosas que aprendían. Hemos leído de algunos que se sacaron los propios ojos, no sea que por la vista perdieran la contemplación de la filosofía. De ahí que Crates, el famoso tebano, después de arrojar al mar un peso considerable de oro, exclamara: «Id al fondo, malas concupiscencias: os ahogaré para que no me ahoguéis.» Pero si alguien piensa disfrutar con avidez de carne y bebida en exceso, y al mismo tiempo entregarse a la filosofía —es decir, vivir en el lujo y, no obstante, no verse estorbado por los vicios que acompañan al lujo—, se engaña a sí mismo. Porque si ocurre que, aun estando lejos de ellas, con frecuencia caemos en las trampas de la naturaleza y nos vemos obligados a desear aquello de lo que tenemos escasa provisión, ¡qué locura es pensar que somos libres cuando estamos rodeados de las redes del placer! Pensamos en lo que vemos, oímos, olemos, gustamos, tocamos, y somos llevados a desear aquello que nos procura placer. Que la mente ve y oye, y que no podemos oír ni ver nada a menos que nuestros sentidos estén fijos en los objetos de la vista y el oído, es un viejo proverbio. Es difícil, o más bien imposible, cuando nadamos en el lujo y el placer, no pensar en lo que estamos haciendo; y es un vano pretexto el que algunos hombres alegan, a saber, que pueden saciarse de placer con su fe, su pureza y su rectitud mental intactas. Es una violación de la naturaleza deleitarse en el placer, y el apóstol advierte contra esto mismo cuando dice: [] «La que se entrega al placer, viviendo está muerta.»

    II, 10

    10. Los sentidos corporales son como caballos que corren desbocados, pero el alma, como un auriga, sostiene las riendas. Y así como los caballos sin conductor van a velocidad vertiginosa, así el cuerpo, si no es gobernado por el alma racional, se precipita a su propia destrucción. Los filósofos usan otra ilustración de las relaciones entre el alma y el cuerpo; dicen que el cuerpo es un muchacho, el alma su tutor. De ahí que el historiador nos diga: «que nuestra alma dirige, nuestro cuerpo sirve. Lo uno lo tenemos en común con los dioses, lo otro con las bestias.» Así pues, a menos que los vicios del joven y del muchacho sean regulados por la sabiduría del tutor, todo esfuerzo y todo impulso se dirigen con fuerza hacia la lascivia. Podríamos perder cuatro de los sentidos y sin embargo vivir: es decir, podríamos prescindir de la vista, del oído, del olfato y de los placeres del tacto. Pero un ser humano no puede subsistir sin probar alimento. De ello se sigue que la razón debe estar presente, para que tomemos alimento de tal clase y en tales cantidades que no carguen el cuerpo ni impidan el libre movimiento del alma: pues es propio de nosotros comer, caminar, dormir y digerir el alimento, y después, en la plenitud de la sangre, tener que soportar el aguijón de la lujuria. [] «El vino es burlador, la bebida fuerte alborotadora.» Quien mucho tiene que ver con estas cosas no es sabio. Y no debemos tomar alimentos difíciles de digerir, ni tales que, una vez comidos, nos den motivo de queja por haberlos obtenido y perdido con gran esfuerzo. La preparación de legumbres, frutas y verduras es fácil y no requiere la pericia de cocineros costosos; con ellas se alimenta nuestro cuerpo con poca molestia por nuestra parte; y, si se toman con moderación, ese alimento es más fácil de digerir y a menor costo, porque no estimula el apetito y, por lo tanto, no se devora con avidez. Nadie tiene el estómago inflamado ni sobrecargado si come sólo uno o dos platos, y éstos baratos; tal estado proviene de mimar el gusto con una variedad de carnes. Los olores de la cocina pueden inducirnos a comer, pero cuando el hambre está satisfecha, nos hacen sus esclavos. De ahí que hartarse dé origen a la enfermedad; y muchas personas hallan alivio para la molestia de la glotonería en los vomitivos: lo que se deshonraron al meter, lo sacan con mayor deshonra todavía.

    II, 11

    11. Hipócrates en sus Aforismos enseña que las personas corpulentas de hábito corporal tosco, una vez que han alcanzado su pleno desarrollo, si la plétora no se alivia rápidamente mediante sangrías, desarrollan tendencia a la parálisis y a las peores formas de enfermedad; por lo tanto, deben ser sangradas para que haya lugar a un nuevo crecimiento. Pues no es propio de la naturaleza de nuestros cuerpos permanecer en un solo estado, sino que o bien aumentan o bien disminuyen, y ningún animal puede vivir si es incapaz de crecer. De ahí que Galeno, varón doctísimo y comentador de Hipócrates, diga en su exhortación a la práctica de la medicina que los atletas, cuya vida entera y cuyo arte consisten en hartarse, no pueden vivir mucho tiempo ni estar sanos; y que sus almas, envueltas en sangre y grasa superfluas y, por así decir, cubiertas de barro, no tienen pensamientos refinados ni celestiales, sino que están siempre atentas a banquetes glotones y voraces. Diógenes sostiene que los tiranos no provocan revoluciones en las ciudades ni fomentan guerras civiles o extranjeras por causa de una dieta simple de legumbres y frutas, sino por las carnes costosas y las delicadezas de la mesa. Y, cosa extraña, Epicuro, el defensor del placer, en todos sus libros no habla sino de legumbres y frutas; y dice que debemos vivir de alimentos baratos, porque la preparación de suntuosos banquetes de carne entraña gran cuidado y sufrimiento, y mayores dolores acompañan a la búsqueda de tales delicadezas que placeres a su consumo. Nuestros cuerpos sólo necesitan algo que comer y beber. Donde hay pan y agua, y cosas semejantes, la naturaleza queda satisfecha. Todo lo que haya de más no sirve para atender a las necesidades de la vida, sino que es servidor del placer vicioso. El comer y el beber no apagan el ansia de lujos, sino que aplacan el hambre y la sed. Las personas que se alimentan de carne desean también gratificaciones que no se hallan en la carne. Pero quienes adoptan una dieta simple no buscan carne. Además, no podemos entregarnos a la sabiduría si nuestros pensamientos andan en una mesa bien abastecida, cuyo suministro exige un exceso de trabajo y ansiedad. Las necesidades de la naturaleza pronto se satisfacen: el frío y el hambre pueden desterrarse con alimento y vestido sencillos. Por eso el apóstol dice: «Teniendo alimento y vestido, estemos contentos con eso.» Las delicadezas y los variados platos del festín son las nodrizas de la avaricia. El alma se regocija grandemente cuando te contentas con poco: tienes el mundo bajo tus pies y puedes cambiar todo su poder, sus festines y sus lujurias, los objetos por los cuales los hombres amontonan dinero, por alimento común, y compensarlos todos con una camisa de cilicio. Quita los festines lujosos y la gratificación de la lujuria, y nadie querrá riquezas para usarlas en el vientre ni debajo de él. El enfermo sólo recobra la salud disminuyendo y seleccionando cuidadosamente su alimento, es decir, en frase médica, adoptando una «dieta ligera». El mismo alimento que recobra la salud puede conservarla, pues nadie puede imaginar que las legumbres sean causa de enfermedad. Y si las legumbres no dan la fuerza de Milón de Crotona —una fuerza suministrada y alimentada por la carne—, ¿qué necesidad tiene un hombre sabio y un filósofo cristiano de una fuerza como la que requieren los atletas y los soldados, y que, si la tuviera, sólo estimularía al vicio? Que consideren la carne acorde con la salud quienes quieren gratificar su lujuria y quienes, hundidos en el placer inmundo, están siempre en celo. Lo que un cristiano quiere es salud, no fuerza superflua. Y no debe perturbarnos si hallamos pocos partidarios; pues los puros y sobrios son tan raros como los amigos buenos y fieles, y la virtud es siempre escasa. Estudia la templanza de Fabricio, o la pobreza de Curio, y en una gran ciudad hallarás pocos dignos de tu imitación. No tienes por qué temer que, si no comes carne, los cazadores de aves y los cazadores hayan aprendido su oficio en vano.

    II, 12

    12. Hemos leído que algunos que sufrían de enfermedad de las articulaciones y de humores gotosos recobraron la salud proscribiendo las delicadezas y reduciéndose a una mesa sencilla y a alimentos frugales. Pues entonces quedaban libres de la preocupación de administrar una casa y de los festines sin límite. Horacio se burla del ansia de alimento que, una vez comido, no deja sino pesar.
    «Desprecia el placer; sólo daña cuando se compra con dolor.»
    Y cuando, en el delicioso retiro del campo, a modo de sátira contra los hombres voluptuosos, se describió a sí mismo como rollizo y gordo, sus versos jocosos decían así:
    Ven a visitarme si quieres reír,
    Me encontrarás gordo y lustroso de bien cebado pellejo,
    Como cualquier cerdo de la pocilga de Epicuro.
    Pero aunque nuestro alimento sea de lo más común, debemos evitar la repleción. Pues nada es tan destructivo para la mente como un vientre lleno, que fermenta como una cuba de vino y emite sus gases por todas partes. ¿Qué clase de ayuno es ése, o qué refrigerio hay después del ayuno, cuando estamos hinchados con la cena de ayer y nuestro estómago se convierte en fábrica para la letrina? Queremos obtener crédito por una abstinencia prolongada y, entretanto, devoramos tanto que apenas un día y una noche pueden digerirlo. El nombre propio que hay que darle no es ayuno, sino más bien crápula y grosera indigestión.

    II, 13

    13. Dicearco, en su libro de las Antigüedades, al describir Grecia, refiere que bajo Saturno, es decir, en la Edad de Oro, cuando la tierra producía todas las cosas abundantemente, nadie comía carne, sino que todos vivían de los productos del campo y de los frutos que la tierra daba por sí misma. Jenofonte, en ocho libros, narra la vida de Ciro, rey de los persas, y asegura que sostenían la vida con cebada, berro, sal y pan negro. Tanto el citado Jenofonte como Teofrasto y casi todos los escritores griegos dan testimonio de la dieta frugal de los espartanos. Queremón el estoico, varón de gran elocuencia, tiene un tratado sobre la vida de los antiguos sacerdotes de Egipto, quienes, dice, dejaban de lado todos los negocios y cuidados mundanos y estaban siempre en el templo, estudiando la naturaleza y las causas reguladoras de los cuerpos celestes; nunca tenían trato con mujeres; desde el momento en que comenzaban a dedicarse al servicio divino, nunca ponían los ojos en sus parientes y allegados, ni siquiera veían a sus hijos; se abstenían siempre de carne y vino, a causa del aturdimiento y el vértigo que aun una pequeña cantidad de alimento les producía, y especialmente para evitar la estimulación del apetito lujurioso engendrada por esta carne y esta bebida. Rara vez comían pan, para no cargar el estómago. Y siempre que lo comían, mezclaban hisopo machacado con todo lo que tomaban, para que la acción de su calor disminuyera el peso del alimento más pesado. No usaban aceite sino con legumbres, y aun entonces sólo en pequeñas cantidades, para mitigar el sabor desagradable. ¿Qué necesidad hay, dice, de hablar de las aves, cuando evitaban incluso los huevos y la leche como carne? Lo uno, decían, era carne líquida; lo otro, sangre con el color cambiado. Su lecho estaba hecho de hojas de palmera, llamadas por ellos baiæ; un escabel inclinado colocado en el suelo servía de almohada, y podían pasar sin comer dos o tres días. Los humores del cuerpo, que surgen de los hábitos sedentarios, se secaban reduciendo su dieta al extremo.

    II, 14

    14. Josefo, en el libro segundo de la historia de la cautividad judía y en el libro decimoctavo de las Antigüedades, y en los dos tratados contra Apión, describe tres sectas de los judíos: los fariseos, los saduceos y los esenios. Sobre esta última derrama una admiración maravillosa, porque practicaban una abstinencia perpetua de esposas, vino y carne, y convertían el ayuno cotidiano en una segunda naturaleza. También Filón, varón de gran saber, publicó un tratado propio sobre su modo de vida. Neantes de Cízico y Asclepíades de Chipre, en la época en que Pigmalión gobernaba el Oriente, cuentan que se desconocía el comer carne. Eubulo, que escribió la historia de Mitra en muchos volúmenes, refiere que entre los persas hay tres clases de magos; los primeros de ellos, los de mayor saber y elocuencia, no toman alimento sino harina y legumbres. En Eleusis es costumbre abstenerse de aves, peces y ciertos frutos. Bardesanes, babilonio, divide a los gimnosofistas de la India en dos clases, la una llamada brahmanes y la otra samaneos, los cuales se contienen con tanta rigidez que se sustentan o bien con los frutos de los árboles que crecen a orillas del Ganges, o bien con el alimento común de arroz o harina; y cuando el rey los visita, suele adorarlos y piensa que la paz de su país depende de sus oraciones. Eurípides refiere que los profetas de Júpiter en Creta se abstenían no sólo de carne, sino también de alimentos cocidos. Jenócrates el filósofo escribe que en Atenas, de todas las leyes de Triptólemo, sólo quedan tres preceptos en el templo de Ceres: respeto a los padres, reverencia a los dioses y abstinencia de carne. Orfeo en su canto denuncia absolutamente el comer carne. Podría hablar, para confusión nuestra, de la frugalidad de Pitágoras, Sócrates y Antístenes; pero sería tedioso y exigiría una obra aparte. En todo caso, éste es el Antístenes que, después de enseñar retórica con renombre, al oír a Sócrates, se dice que dijo a sus discípulos: «Id y buscad un maestro, porque yo ya he encontrado uno.» Inmediatamente vendió lo que tenía, repartió lo obtenido entre el pueblo y no guardó para sí sino un pequeño manto. De su pobreza y de su trabajo dan testimonio Jenofonte en el Banquete, y también sus innumerables tratados, unos filosóficos y otros retóricos. Su seguidor más famoso fue el gran Diógenes, que fue más poderoso que el rey Alejandro en cuanto que venció a la naturaleza humana. Pues Antístenes no quería aceptar un solo discípulo, y cuando no pudo librarse del insistente Diógenes, lo amenazó con un bastón si no se marchaba. Se dice que este último inclinó la cabeza y dijo: «No habrá bastón bastante duro para impedirme seguirte.» Sátiro, el biógrafo de los varones ilustres, refiere que Diógenes, para protegerse del frío, doblaba su manto en dos: su zurrón era su despensa; y, ya anciano, llevaba un bastón para sostener su cuerpo débil, y era comúnmente llamado «Viejo Mano-a-la-boca», porque hasta aquella hora mendigaba y recibía alimento de cualquiera. Su morada eran los pórticos y las arcadas de la ciudad. Y cuando se metía a gatas en su tonelete, bromeaba sobre su casa movible que se adaptaba a las estaciones. Pues cuando hacía frío solía volver la boca del tonelete hacia el sur; en verano, hacia el norte; y hacia dondequiera que estuviera la dirección del sol, hacia allí se volvía el palacio de Diógenes. Tenía una escudilla de madera para beber; pero en cierta ocasión, viendo a un niño que bebía con el hueco de la mano, se dice que estrelló la copa contra el suelo, diciendo que no sabía que la naturaleza proveía una copa. Su virtud y su dominio de sí quedaron probados incluso en su muerte. Se dice que, ya anciano, iba camino de los juegos olímpicos, a los que solía acudir una gran concurrencia de gentes de todas las partes de Grecia, cuando le sobrevino la fiebre y se tendió en el terraplén junto al camino. Y cuando sus amigos quisieron ponerlo sobre una bestia o en un carruaje, no accedió, sino que, pasando a la sombra de un árbol, dijo: «Seguid vuestro camino, os lo ruego, y ved los juegos: esta noche me probará vencido o vencedor. Si venzo a la fiebre, iré a los juegos; si la fiebre me vence, entraré en el mundo invisible.» Allí, durante la noche, yació jadeando en busca de aliento y, según se nos dice, no murió tanto como desterró la fiebre con la muerte. He citado el ejemplo de un solo filósofo para que nuestros hermosos, erguidos y musculosos atletas, que apenas dejan la sombra de una huella en su veloz carrera, cuyas palabras están en sus puños y su razonamiento en sus talones, que o bien nada saben de la pobreza apostólica y de la dureza de la cruz, o bien las desprecian, imiten al menos la moderación de los gentiles.

    II, 15

    15. Hasta aquí me he ocupado de los argumentos y ejemplos de los filósofos. Ahora pasaré al comienzo del género humano, es decir, al ámbito que nos pertenece. Señalaré primero que Adán recibió en el paraíso el mandato de abstenerse de un árbol, aunque podía comer de los demás frutos. La bienaventuranza del paraíso no podía consagrarse sin abstinencia de alimento. Mientras ayunó, permaneció en el paraíso; comió, y fue expulsado; y no bien fue expulsado, se casó con una esposa. Mientras ayunó en el paraíso, continuó virgen; cuando se hartó de alimento en la tierra, se ató con el vínculo del matrimonio. Y sin embargo, aunque expulsado, no recibió de inmediato permiso para comer carne; sino que sólo se le dieron por alimento los frutos de los árboles y el producto de las cosechas, y hierbas y legumbres, para que, aun desterrado del paraíso, no se alimentara de carne que no se hallaba en el paraíso, sino de grano y fruto semejantes a los del paraíso. Pero después, cuando Dios vio que el corazón del hombre desde su juventud estaba puesto continuamente en la maldad, y que su Espíritu no podía permanecer en ellos porque eran carne, dictó sentencia por medio del diluvio contra las obras de la carne y, tomando nota de la extrema avidez de los hombres, les dio libertad para comer carne: de modo que, entendiendo que todo les era lícito, no desearan con exceso aquello que se les permitía, no fuera que convirtieran un mandamiento en ocasión de transgresión. Y aun entonces, el ayuno fue en parte ordenado. Pues, viendo que unos animales son llamados limpios y otros inmundos, y que los inmundos fueron introducidos en el arca de Noé por parejas, los limpios en número impar (y ciertamente estaba prohibido comer de los inmundos; de otro modo, el término inmundo carecería de sentido), el ayuno fue en parte consagrado: la moderación en el uso de todo fue enseñada mediante la prohibición de algunos. ¿Por qué perdió Esaú su primogenitura? ¿No fue a causa de la comida? Y no pudo aplacar con lágrimas la impaciencia de su apetito. El pueblo de Israel, sacado de Egipto y en camino a la tierra prometida, la tierra que mana leche y miel, añoraba la carne de Egipto, y los melones y los ajos, diciendo: [] «Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne.» Y de nuevo, [] «¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde; de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; pero ahora nuestra alma está seca; no tenemos nada sino este maná que mirar.»
    Despreciaron el alimento de los ángeles, y suspiraron por la carne de Egipto. Moisés ayunó cuarenta días y cuarenta noches en el monte Sinaí, y ya entonces mostró que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios. Dice al Señor, «el pueblo está saciado y se hace ídolos.» Moisés, con el estómago vacío, recibió la ley escrita con el dedo de Dios. El pueblo que comió y bebió y se levantó a holgar se fabricó un becerro de oro, y prefirió un buey egipcio a la majestad del Señor. El trabajo de tantos días pereció por la saciedad de una sola hora. Moisés rompió audazmente las tablas, pues sabía que los borrachos no pueden oír la palabra de Dios. «El amado engordó, se puso grueso y se volvió lucio: dio coces y abandonó al Señor que lo hizo, y se apartó del Dios de su salvación.» De ahí que también se ordena en el mismo libro del Deuteronomio: [] «Guarda, no sea que cuando hayas comido y bebido, y hayas edificado hermosas casas, y cuando tus vacadas y tus rebaños se multipliquen, y tu plata y tu oro se multipliquen, entonces se ensoberbezca tu corazón y olvides al Señor tu Dios.» En suma, el pueblo comió y su corazón se endureció, para que no vieran con sus ojos, ni oyeran con sus oídos, ni entendieran con su corazón: así el pueblo bien alimentado y cebado no podía soportar el rostro de Moisés que ayunaba, pues, para traducir correctamente el hebreo, estaba provisto de cuernos por su trato con Dios. Y no fue, como algunos piensan, para mostrar que no hay diferencia entre virginidad y matrimonio, sino para afirmar su conformidad con el ayuno riguroso, por lo que nuestro Señor y Salvador, cuando se transfiguró en el monte, reveló a Moisés y Elías con Él en gloria. Aunque Moisés y Elías eran propiamente tipos de la Ley y los Profetas, como lo atestigua claramente el Evangelio: [] «Hablaban de su partida, que estaba a punto de cumplir en Jerusalén.» Pues la pasión de nuestro Señor no es anunciada por la virginidad ni por el matrimonio, sino por la Ley y los Profetas. Si, no obstante, algunos sostienen con porfía que por Moisés se significa el matrimonio, por Elías la virginidad, les diré brevemente que Moisés murió y fue sepultado, pero Elías fue arrebatado en un carro de fuego y entró en la inmortalidad antes de acercarse a la muerte. Pero la segunda escritura de las tablas no pudo efectuarse sin ayuno. Lo que se perdió por la embriaguez se recuperó por la abstinencia, prueba de que mediante el ayuno podemos volver al paraíso, de donde, por la saciedad, hemos sido expulsados. En [] Éxodo leemos que se libró batalla contra Amalec mientras Moisés oraba, y todo el pueblo ayunó hasta la tarde. [] Josué, hijo de Nun, mandó al sol y a la luna detenerse, y el ejército victorioso prolongó su ayuno por más de un día. Saúl, como está escrito en el primer libro de los Reyes, pronunció una maldición sobre quien comiera pan antes de la tarde, y hasta haberse vengado de sus enemigos. Así, ninguno de su pueblo probó alimento alguno. Y toda la gente de la tierra tomó alimento. Y tan obligatorio era un ayuno solemne una vez proclamado al Señor, que Jonatán, a quien se debía la victoria, fue tomado por suertes, y [] no pudo escapar al cargo de haber pecado por ignorancia, y la mano de su padre se alzó contra él, y las oraciones del pueblo apenas bastaron para salvarlo. [] Elías, después de la preparación de un ayuno de cuarenta días, vio a Dios en el monte Horeb, y oyó de Él las palabras: «¿Qué haces aquí, Elías?» Hay mucha más familiaridad en esto que en el «¿Dónde estás, Adán?» del Génesis. Éste último pretendía excitar los temores de quien había comido y estaba perdido; el primero estaba dirigido afectuosamente a un siervo que ayunaba. [] Cuando el pueblo estaba reunido en Mizpa, Samuel proclamó un ayuno, y así los fortaleció, y con ello los hizo prevalecer contra el enemigo. [2 Reyes xviii] El ataque de los asirios fue rechazado, y el poder de Senaquerib completamente aplastado, por las lágrimas y el sayal del rey Ezequías, y por su humillación con ayuno. Así también la ciudad de Nínive mediante el ayuno excitó la compasión y apartó la ira amenazante del Señor. Y Sodoma y Gomorra podrían haberla aplacado, si hubieran querido arrepentirse y, con la ayuda del ayuno, granjearse lágrimas de arrepentimiento. [] Acab, el más impío de los reyes, mediante el ayuno y el vestir sayal, logró escapar a la sentencia de Dios y diferir el derribo de su casa hasta los días de su posteridad. Ana, la esposa de Elcaná, mediante el ayuno ganó el don de un hijo. En Babilonia los magos estuvieron en peligro, todo intérprete de sueños, adivino y agorero fue muerto. Daniel y los tres jóvenes obtuvieron buena fama mediante el ayuno, y aunque se alimentaban de legumbres, eran más hermosos y sabios que los que comían la carne de la mesa del rey. Entonces está escrito que Daniel ayunó durante tres semanas; no comió pan agradable; carne y vino no entraron en su boca; no fue ungido con aceite; y el ángel vino a él diciendo: «Daniel, eres digno de compasión.» Aquel que a los ojos de Dios era digno de compasión, después fue objeto de terror para los leones en su foso. ¡Cuán hermosa es aquello que propicia a Dios, amansa leones, aterra demonios! Habacuc (aunque no lo encontramos en las Escrituras hebreas) fue enviado a él con la comida del segador, pues por una semana de abstinencia había merecido tan distinguido servidor. David, cuando su hijo estaba en peligro tras su adulterio, hizo confesión en ceniza y con ayuno. Nos dice que comió ceniza como pan, y mezcló su bebida con llanto. Y que sus rodillas se debilitaron por el ayuno. Sin embargo, ciertamente había oído de Natán las palabras: [] «El Señor también ha quitado tu pecado.» Sansón y Samuel no bebieron vino ni bebida fuerte, pues eran hijos de promesa, y fueron concebidos en abstinencia y ayuno. [] Aarón y los demás sacerdotes, cuando estaban a punto de entrar en el templo, se abstenían de toda bebida embriagante por temor a morir. De donde aprendemos que mueren quienes sirven en la Iglesia sin sobriedad. Y de ahí que sea un reproche contra Israel: [] «Disteis de beber vino a mis nazareos.» Jonadab, hijo de Recab, mandó a sus hijos no beber vino jamás. Y cuando Jeremías les ofreció vino para beber, y ellos por propia voluntad lo rehusaron, el Señor habló por el profeta, diciendo: [] «Porque habéis obedecido el mandamiento de Jonadab vuestro padre, Jonadab hijo de Recab no carecerá de un hombre que esté delante de mí para siempre.» En el [] umbral del Evangelio aparece Ana, hija de Fanuel, mujer de un solo marido, y mujer que ayunaba siempre. La castidad prolongada y el ayuno persistente acogieron a un Señor virgen. Su precursor y heraldo, Juan, se alimentaba de langostas y miel silvestre, no de carne; y los ermitaños del desierto y los monjes en sus celdas usaron al principio el mismo sustento. Pero el Señor mismo consagró su bautismo con un ayuno de cuarenta días, y nos enseñó que los demonios más violentos no pueden ser vencidos sino con oración y ayuno. [] El centurión Cornelio fue hallado digno, mediante la limosna y los ayunos frecuentes, de recibir el don del Espíritu Santo antes del bautismo. [] El apóstol Pablo, después de hablar de hambre y sed, y de sus otros trabajos, peligros de ladrones, naufragios, soledad, enumera los ayunos frecuentes. Y [] aconseja a su discípulo Timoteo, que tenía un estómago débil y estaba sujeto a muchas dolencias, beber vino con moderación: «No bebas ya agua,» dice. El hecho de que le mande ya no beber agua muestra que antes había bebido agua. El apóstol no habría permitido esto si las frecuentes dolencias y el dolor corporal no hubieran exigido la concesión.

    II, 16

    16. El Apóstol, ciertamente, [] reprende a quienes prohíben el matrimonio y mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que se usen con acción de gracias. Pero tiene en vista a Marción, a Taciano y a otros herejes, que inculcan abstinencia perpetua, para destruir las obras del Creador y expresar su odio y desprecio por ellas. Pero nosotros alabamos toda criatura de Dios, y sin embargo preferimos la delgadez a la corpulencia, la abstinencia al lujo, el ayuno a la saciedad. «El que trabaja, trabaja para sí mismo, y ansía su propia destrucción.» Y, [] «Desde los días de Juan el Bautista (que ayunaba y era virgen) hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.» Pues tememos que en la venida del juez eterno se nos sorprenda, como en los días del diluvio y en el derribo de Sodoma y Gomorra, comiendo y bebiendo, casándonos y dándonos en matrimonio. Porque tanto el diluvio como el fuego del cielo hallaron la saciedad, así como el matrimonio, dispuestos para la destrucción. Ni hay que extrañarse de que el Apóstol mande que todo lo que se vende en el mercado se compre y se coma, ya que entre idólatras, y entre quienes todavía comían en los templos de los ídolos carnes ofrecidas a los ídolos como tales, pasaba por la mayor abstinencia abstenerse sólo de los alimentos comidos por los gentiles. Y si dice a los Romanos: [] «El que come, no menosprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come,» no hace del ayuno y la saciedad méritos iguales, sino que habla contra aquellos creyentes en Cristo que aún judaizaban: y advierte a los creyentes gentiles que no ofendan con su comida a quienes todavía eran débiles en la fe. En resumen, esto queda bastante claro en lo que sigue: «Yo sé, y estoy persuadido en el Señor Jesús, de que nada es inmundo en sí mismo; excepto que para quien estima que algo es inmundo, para él es inmundo. Porque si por causa de la comida tu hermano se contrista, ya no andas en amor. No destruyas con tu comida a aquel por quien Cristo murió. No sea, pues, vituperado vuestro bien; porque el Reino de Dios no es comida ni bebida.» Y para que nadie suponga que se refiere al ayuno y no a la superstición judía, explica inmediatamente: [] «Uno tiene fe para comer de todo; pero el débil come hierbas.» Y de nuevo, «Uno estima un día más que otro; otro estima todos los días por igual. Cada uno esté plenamente persuadido en su propia mente. El que hace caso del día, lo hace para el Señor; y el que come, para el Señor come, porque da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor no come, y da gracias a Dios.» Pues quienes aún eran débiles en la fe y pensaban que unas carnes eran limpias y otras inmundas, y suponían que había diferencia entre un día y otro, por ejemplo, que el sábado, las lunas nuevas y la fiesta de las Tiendas eran más santos que los demás días, se les mandaba comer hierbas que todos comen indistintamente. Pero los de fe más fuerte creían que todas las carnes y todos los días eran iguales.

    II, 17

    17. Mi adversario se ha atrevido a sostener que nuestro Señor fue llamado por los fariseos bebedor de vino y glotón; y del hecho de que acudía a banquetes de bodas y de que no despreciaba los banquetes de los pecadores, debo inferir sus deseos respecto de nosotros. Ese Señor, según supones, es glotón, el que ayunó cuarenta días para santificar el ayuno cristiano; [] el que llama bienaventurados a los que tienen hambre y sed; [] el que dice que tiene alimento, no el que los discípulos suponían, sino uno que no perecería jamás; el que nos prohíbe pensar en el mañana; el que, aunque se dice que tuvo hambre y sed, y que acudió con frecuencia a diversas comidas, salvo en la celebración del misterio con que representó su pasión, o para probar la realidad de su cuerpo, en ninguna parte se describe como sirviendo a su apetito; [] el que cuenta que el rico vestido de púrpura está en el infierno por sus banquetes, y dice que el pobre Lázaro, por su abstinencia, estaba en el seno de Abraham; el que, cuando ayunamos, [] nos manda ungir la cabeza y lavar el rostro, para que no ayunemos para ganar gloria de los hombres, sino alabanza del Señor; el que, ciertamente, después de su resurrección comió parte de un pez asado y de un panal de miel, no para calmar el hambre y satisfacer su paladar, sino para mostrar la realidad de su propio cuerpo. Pues cuantas veces resucitaba a alguien de entre los muertos, ordenaba que se le diera alimento para comer, no fuera que la resurrección se creyera un engaño. Y por eso se describe a Lázaro, después de su resurrección, [] como estando a la mesa con nuestro Señor. No negamos que el pescado y otras clases de carne, si queremos, pueden tomarse como alimento; pero así como preferimos la virginidad al matrimonio, así estimamos el ayuno y la espiritualidad por encima de las carnes y de la sangre ardiente. Y si Pedro, antes de la cena, subió al aposento alto a la hora sexta, un acceso casual de hambre no perjudica al ayuno. Pues, si así fuera, porque nuestro Señor [] a la hora sexta se sentó cansado junto al pozo de Samaria y quiso beber, todos por necesidad, lo deseen o no, deberían beber a esa hora. Posiblemente era sábado, o el día del Señor, y sintió hambre a la hora sexta después de dos o tres días de ayuno; pues jamás podría creer que el Apóstol, si hubiera cenado un solo día antes y se hubiera hinchado con una gran comida, habría tenido hambre al mediodía del día siguiente. Pero si hubiera cenado el día anterior, y tuviera hambre al día siguiente antes del almuerzo, no creo que un hombre que tan pronto tenía hambre comiera hasta saciarse. Además, Dios por boca de Isaías dice qué ayuno no eligió: «En el día de vuestro ayuno halláis placer y afligís a los humildes: ayunáis para contiendas y debates, y para herir con el puño de la maldad. No es tal el ayuno que yo he elegido, dice el Señor.» Qué clase ha elegido lo enseña así: «Reparte tu pan al hambriento, y mete en tu casa a los pobres sin techo. Cuando veas al desnudo, cúbrelo, y no te escondas de tu propia carne.» Por tanto, no rechazó el ayuno, sino que mostró lo que quería que fuera: pues ese hambre corporal no agrada a Dios si queda anulada por la contienda, el robo y la lujuria. Si Dios no desea el ayuno, ¿cómo es que en Levítico manda a todo el pueblo, en el mes séptimo, el día décimo del mes, ayunar hasta la tarde, y amenaza con que quien no aflija su alma morirá y será cortado de su pueblo? ¿Cómo es que los sepulcros de la concupiscencia, donde cayó el pueblo en su devoción a la carne, permanecen hasta hoy en el desierto? ¿No leemos que el pueblo necio se hartó de codornices hasta que vino sobre ellos la ira de Dios? ¿Por qué el varón de Dios, a cuya profecía se secó la mano del rey Jeroboam, y que comió contra el mandato de Dios, [] fue herido inmediatamente? ¡Extraño que el león que dejó al asno sano y salvo no perdonara al profeta recién levantado de su comida! Aquel que, mientras ayunaba, había obrado milagros, no bien comió pagó la pena por la satisfacción. Joel también clama en voz alta: «Santificad un ayuno, proclamad un tiempo de sanidad,» para que se viera que un ayuno se santifica con otras obras, y que un ayuno santo aprovecha para la cura del pecado. Además, así como la verdadera virginidad no se ve perjudicada por las profesiones fingidas de las vírgenes del diablo, tampoco el verdadero ayuno por el ayuno periódico y la abstinencia perpetua de ciertos alimentos por parte de los adoradores de Isis y Cibeles, particularmente cuando un ayuno de pan se compensa con un festín de carne. Y así como los signos de Moisés fueron imitados por los signos de los egipcios, que en realidad no eran signos en absoluto, pues la vara de Moisés devoró las varas de los magos: así también, cuando el diablo trata de ser rival de Dios, esto no prueba que nuestra religión sea supersticiosa, sino que somos negligentes, pues nos negamos a hacer lo que aun los hombres del mundo ven claramente que es bueno.

    Una sola recompensa o muchas (§ 18–34)

    II, 18

    18. Su cuarta y última afirmación es que hay dos clases, las ovejas y los cabritos, los justos y los injustos: que los justos están a la derecha, los otros a la izquierda; y que a los justos se les dice: [] «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.» Pero que a los pecadores se les dirige así: [] «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.» Que un árbol bueno no puede dar fruto malo, ni un árbol malo fruto bueno. De ahí que el Salvador diga a los judíos: [] «Sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir.» Cita la parábola de las diez vírgenes, las prudentes y las insensatas, y muestra que las cinco que no tenían aceite se quedaron fuera, pero que las otras cinco, que habían conseguido para sí la luz de las buenas obras, entraron a las bodas con el esposo. Vuelve al diluvio y nos dice que los que fueron justos como Noé se salvaron, pero que los pecadores perecieron todos juntos. Se nos informa de que entre los hombres de Sodoma y Gomorra no se hace diferencia alguna salvo entre las dos clases de los buenos y los malos. Los justos son librados, los pecadores son consumidos por el mismo fuego. Hay una sola salvación para los que son puestos en libertad, una sola destrucción para los que se quedan atrás. La mujer de Lot es una clara advertencia de que no debemos apartarnos ni un ápice de lo recto. Si, no obstante —dice—, objetas y me preguntas por qué el justo se afana en tiempo de paz, o en medio de la persecución, si no ha de ganar nada ni tener una recompensa mayor, yo afirmaría que lo hace no para ganar una recompensa ulterior, sino para no perder lo que ya ha recibido. También en Egipto las diez plagas cayeron con igual violencia sobre todos los que pecaron, y las mismas tinieblas se cernieron sobre amo y esclavo, noble e innoble, el rey y el pueblo. De nuevo, en el mar Rojo, todos los justos pasaron, y todos los pecadores fueron sumergidos. Seiscientos mil hombres, además de los que no estaban en condiciones de guerrear por edad o sexo, cayeron todos por igual en el desierto, y dos que eran iguales en justicia son igualmente librados. Durante cuarenta años todo Israel se afanó y murió por igual. En cuanto al alimento, un gómer de maná era la medida para todas las edades: los vestidos de todos por igual no se gastaron: el cabello de todos por igual no creció, ni la barba aumentó: los zapatos de todos duraron el mismo tiempo. Sus pies no se endurecieron: el alimento en la boca de todos tenía el mismo sabor. Iban camino a un solo lugar de descanso con igual trabajo e igual recompensa. Todos los hebreos tenían la misma Pascua, la misma fiesta de las Tiendas, el mismo sábado, las mismas lunas nuevas. En el séptimo año, el año sabático, todos los prisioneros eran puestos en libertad sin distinción de personas, y en el año del jubileo todas las deudas eran perdonadas a todos los deudores, y el que había vendido su tierra volvía a la heredad de sus padres.

    II, 19

    19. Luego, de nuevo, en cuanto a la parábola del sembrador en el Evangelio, leemos que la buena tierra produjo fruto, una parte el cien por uno, otra el sesenta por uno y otra el treinta por uno; y, por otra parte, que la mala tierra admitió tres grados de esterilidad; pero Joviniano sólo establece dos clases, la tierra buena y la mala. Y así como en un Evangelio nuestro Señor promete a los Apóstoles el cien por uno, en otro el siete por uno, por dejar hijos y esposas, y en el mundo venidero la vida eterna; y el siete y el cien significan lo mismo: así también, en el pasaje que nos ocupa, los números que describen la fertilidad del suelo no deben crear dificultad alguna, particularmente cuando el evangelista Marcos da el orden inverso: treinta, sesenta y cien. El Señor dice: [] «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.» Así, pues, así como no hay grados variables de la presencia de Cristo en nosotros, tampoco los hay de nuestra permanencia en Cristo. [] «El que me ama, guardará mi palabra; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.» El que es justo ama a Cristo; y si un hombre ama así, el Padre y el Hijo vienen a él y hacen morada con él. Ahora bien, supongo que cuando el huésped es tal como éste, al anfitrión no puede faltarle nada. Y si nuestro Señor dice: [] «En la casa de mi Padre hay muchas moradas,» su sentido no es que haya diferentes moradas en el reino de los cielos, sino que indica el número de Iglesias en todo el mundo, pues aunque la Iglesia sea séptuple, no es más que una. «Voy» —dice— «a prepararos un lugar», no lugares. Si esta promesa es propia de los doce apóstoles, entonces Pablo queda excluido de aquel lugar, y el vaso de elección será tenido por superfluo e indigno. Juan y Santiago, porque pidieron más que los demás, no lo obtuvieron; y sin embargo su dignidad no queda disminuida, porque eran iguales al resto de los apóstoles. «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo?» Un templo, dice, no templos, para mostrar que Dios habita en todos por igual. [] «No ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por su palabra; que así como tú, Padre, en mí y yo en ti, son uno, así también ellos sean uno en nosotros. Y la gloria que me diste, yo les he dado. Los he amado como tú me has amado. Y así como nosotros, Padre, Hijo y Espíritu Santo, somos un solo Dios, así también ellos sean un solo pueblo en sí mismos, es decir, como hijos amados, partícipes de la naturaleza divina.» Llama a la Iglesia como quieras, esposa, hermana, madre: su asamblea no es más que una y nunca carece de esposo, hermano o hijo. Su fe es una, y no está manchada por variedad de doctrina, ni dividida por herejías. Permanece virgen. Dondequiera que va el Cordero, ella le sigue: sólo ella conoce el Cantar de Cristo.

    II, 20

    20. «Si me dices» —dice— «que una estrella difiere de otra estrella en gloria, respondo que una estrella sí difiere de otra; es decir, las personas espirituales difieren de las carnales. Amamos a todos los miembros por igual, y no preferimos el ojo al dedo, ni el dedo a la oreja; pero la pérdida de cualquiera de ellos va acompañada del dolor de todos los demás. Todos por igual venimos a este mundo, y todos por igual partimos de él. Hay un Adán de la tierra y otro del cielo. El Adán terrenal está a la izquierda y perecerá; el Adán celestial está a la derecha y será salvo. Quien dice a su hermano 'necio' y 'raca' estará en peligro de la Gehena. Y el homicida y el adúltero serán asimismo enviados a la Gehena. En tiempos de persecución, unos son quemados, otros estrangulados, otros decapitados, otros huyen o mueren dentro de los muros de una cárcel: la lucha varía en su forma, pero la corona de los vencedores es una sola. No se hizo diferencia entre el hijo que nunca había dejado a su padre y su hermano que fue acogido como penitente que regresa. A los obreros de la primera hora, de la tercera, de la sexta, de la novena y de la undécima se les dio la misma recompensa de un denario, y lo que quizá te parezca todavía más extraño, los primeros en recibir la recompensa fueron los que menos habían trabajado en la viña.»

    II, 21

    21. ¿Quién, aun de los elegidos de Dios, no se turbaría ante estos y semejantes pasajes de la Sagrada Escritura que nuestro astuto adversario, con perverso ingenio, retuerce en apoyo de sus propias opiniones? El apóstol Juan dice que habían venido muchos anticristos, y no hacer diferencia entre el mismo Juan y el más humilde penitente es predicación de un verdadero Anticristo. Al mismo tiempo, me asombran las formas portentosas que Joviniano, escurridizo como serpiente y cual otro Proteo, asume tan rápidamente. En el trato carnal y en la saciedad es epicúreo; en la distribución de premios y castigos de pronto se vuelve estoico. Cambia Jerusalén por Citio, Judea por Chipre, Cristo por Zenón. Si no podemos apartarnos un ápice de la virtud, y todos los pecados son iguales, y un hombre que en un arrebato de hambre roba un trozo de pan no es menos culpable que el que mata a un hombre: tú, a tu vez, debes ser tenido por culpable de los mayores crímenes. Otra cosa es si dices que no tienes pecado, ni siquiera el más pequeño, y si, aunque todos los apóstoles y profetas y todos los santos (como he sostenido al tratar de su segunda proposición) lamentan su condición pecadora, tú solo te jactas de tu justicia. Pero hace un momento andabas descalzo; ahora no sólo llevas zapatos, sino adornados. Hace nada vestías un manto áspero y una túnica sucia, estabas mugriento y macilento, y tu mano estaba callosa por el trabajo; ahora vistes de lino y sedas, y te pavoneas como un elegante a la moda de los atrébates y los laodicenses. Tus mejillas están sonrosadas, tu piel tersa, tu cabello alisado por delante y por detrás, tu vientre sobresale, tus hombros son pequeñas montañas, tu cuello está lleno y tan cargado de grasa que las palabras, a medio ahogar, apenas logran escapar. Sin duda, en tales extremos de vestido y de modo de vida ha de haber pecado en uno u otro lado. No afirmaré que el pecado esté en la comida o en el vestido, sino que tal volubilidad y cambio a peor es casi censurable en sí mismo. Y lo que censuramos está lejos de la virtud; y lo que está lejos de la virtud se convierte en propiedad del vicio; y lo que se demuestra vicioso es una sola cosa con el pecado. Ahora bien, el pecado, según tú, está colocado a la izquierda y corresponde a los cabritos. Debes, por tanto, volver a tus antiguas costumbres si has de ser oveja a la derecha; o, si perversamente te arrepientes de tus opiniones anteriores y las cambias por otras, quieras o no, y aunque te afeites la barba, serás contado entre los cabritos.

    II, 22

    22. Pero ¿de qué sirve llamar a un tuerto Viejo Tuerto, y mostrar la incoherencia de un adversario, cuando tenemos que refutar toda una serie de afirmaciones? Que las ovejas y los cabritos a la derecha y a la izquierda son las dos clases de los justos y los impíos, no lo niego. Que un árbol bueno no da fruto malo, ni uno malo fruto bueno, nadie lo duda. También a las diez vírgenes, prudentes e insensatas, las dividimos en buenas y malas. No ignoramos que en el diluvio los justos fueron librados y los pecadores sumergidos por las aguas. Que en Sodoma y Gomorra el justo fue rescatado, mientras los pecadores fueron consumidos por el fuego, es claro para todos. Sabemos también que Egipto fue herido con las diez plagas, y que Israel fue salvado. Hasta los niños pequeños de nuestras escuelas cantan cómo los justos pasaron por el mar Rojo y Faraón con su ejército fue ahogado. Que seiscientos mil cayeron en el desierto porque eran incrédulos, y que sólo dos entraron en la tierra de promisión, lo enseña la Escritura; y lo mismo el resto de tu descripción de las dos clases, buenos y malos, hasta los obreros de la viña. Pero ¿qué hemos de pensar de tu afirmación de que, porque hay una división en buenos y malos, los buenos —o los malos, según sea— no se distinguen unos de otros, y de que no importa si uno es un carnero en el rebaño o una pobre ovejita? ¿Si las ovejas tienen el primer vellón o el segundo? ¿Si el rebaño está enfermo y cubierto de sarna, o lleno de vida y vigor? Sobre todo cuando, por las autorizadas palabras de su propio profeta Ezequiel, Dios señala claramente la diferencia entre rebaño y rebaño de sus ovejas racionales, diciendo: «He aquí que yo juzgo entre ganado y ganado, entre los carneros y los machos cabríos, y entre el ganado gordo y el flaco. Porque habéis empujado con el costado y con la espalda, y habéis acorneado a todas las ovejas enfermas, hasta dispersarlas.» Y para que supiéramos qué era el ganado, añadió inmediatamente: [] «Vosotras, ovejas mías, ovejas de mi pasto, sois hombres.» ¿Estarán en igualdad Pablo y aquel penitente que se había acostado con la mujer de su padre, porque éste se arrepintió y fue recibido en la Iglesia? ¿Y el ofensor, por estar con él a la derecha, brillará con la misma gloria que el Apóstol? ¿Cómo es, pues, que la cizaña y el trigo crecen juntos en el mismo campo hasta la siega, es decir, el fin del mundo? ¿Qué significa que en la red del Evangelio se contengan peces buenos y malos? ¿Por qué en el arca de Noé, tipo de la Iglesia, hay animales diferentes con moradas diferentes según su rango? ¿Por qué está la reina a la derecha del Señor, con vestiduras de oro labrado, con un vestido de oro? ¿Por qué José, que representaba a Cristo, tenía una túnica de muchos colores? ¿Por qué dice el Apóstol a los Romanos: «Conforme a la medida de fe que Dios ha repartido a cada uno. Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, y cada uno miembros los unos de los otros. Y teniendo dones que difieren según la gracia que nos ha sido dada, si es profecía, profeticemos conforme a la proporción de nuestra fe; si es ministerio, entreguémonos a nuestro ministerio; el que enseña, a su enseñanza; el que exhorta, a su exhortación; el que da, hágalo con liberalidad; el que preside, con diligencia,» y así sucesivamente. Y en otro lugar: [] «Uno estima un día más que otro; otro estima todos los días por igual. Cada uno esté plenamente persuadido en su propia mente.» A los Corintios dice: «Yo planté, Apolos regó; pero Dios dio el crecimiento. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. Y el que planta y el que riega son una misma cosa; pero cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propio trabajo. Porque somos colaboradores de Dios, vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.» Y de nuevo en otro lugar: «Según la gracia de Dios que me ha sido dada, como sabio maestro de obras puse yo el fundamento, y otro edifica encima. Pero cada uno mire cómo edifica encima. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo. Y si alguno edifica sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la revelará, pues por el fuego es revelada; y el fuego mismo probará de qué clase es la obra de cada uno. Si permanece la obra de alguno que edificó encima, recibirá recompensa. Si la obra de alguno es quemada, sufrirá pérdida; pero él mismo se salvará, aunque así como a través del fuego.» Si el hombre cuya obra es quemada ha de sufrir la pérdida de su trabajo, mientras él mismo se salva, aunque no sin prueba de fuego, se sigue que si la obra de un hombre permanece, la que ha edificado sobre el fundamento, se salvará sin prueba de fuego, y por consiguiente se establece una diferencia entre un grado de salvación y otro. De nuevo en otro lugar dice: [] «Téngannos los hombres por ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se exige de los administradores es que cada uno sea hallado fiel.» ¿Quieres estar seguro de que entre un administrador y otro hay gran diferencia (no hablo de malos y buenos, sino de los mismos buenos que están a la derecha)? Entonces escucha la continuación: «¿No sabéis que los que ministran en los sacrificios, comen de los sacrificios, y los que sirven al altar tienen su parte con el altar? Así también ordenó el Señor que los que anuncian el evangelio vivan del evangelio. Pero yo no he usado de ninguna de estas cosas, y no escribo esto para que se haga así en mi caso; porque mejor me sería morir, antes que nadie me prive de mi gloria. Porque si predico el evangelio, no tengo de qué gloriarme; pues me es impuesta necesidad; ¡ay de mí si no predico el evangelio! Porque si lo hago por mi propia voluntad, tengo recompensa; pero si no por mi propia voluntad, se me ha confiado una administración. ¿Cuál, pues, es mi recompensa? Que, al predicar el evangelio, presente el evangelio gratuitamente, para no usar plenamente de mi derecho en el evangelio. Porque, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos, para ganar a más.» Ciertamente no puedes decir que los hombres cometen pecado por vivir del Evangelio y participar de los sacrificios. Por supuesto que no. El Señor mismo estableció la regla de que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio. Pero un Apóstol que no abusa de esta libertad, sino que trabaja con sus manos para no ser carga de nadie, y se afana noche y día y sirve a sus compañeros, ciertamente lo hace para que, por su mayor trabajo, reciba una mayor recompensa.

    II, 23

    23. Apresurémonos hacia lo que resta. [] «Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que obra todas las cosas en todos, es el mismo. Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho.» Y otra vez: [] «Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo: así también es Cristo.» Pero te impide decir que los diferentes miembros de un solo cuerpo tienen el mismo rango; pues inmediatamente describe los órdenes de la Iglesia, y dice: «Y a unos puso Dios en la Iglesia, primeramente apóstoles; en segundo lugar, profetas; en tercer lugar, maestros; luego milagros, después dones de sanidades, ayudas, gobiernos, diversos géneros de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Son todos maestros? ¿Son todos obradores de milagros? ¿Tienen todos dones de sanidades? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos? Pero desead ardientemente los dones mayores. Y aún os muestro un camino más excelente.» Y después de discurrir más en detalle sobre las gracias de la caridad, añadió: «Si hay profecías, serán abolidas; si hay lenguas, cesarán; si hay conocimiento, será abolido. Pues en parte conocemos, y en parte profetizamos: mas cuando venga lo perfecto, entonces lo que es en parte será abolido.» Y después leemos: «Mas ahora permanecen la fe, la esperanza, el amor, estos tres; y el mayor de ellos es el amor. Seguid el amor; mas desead ardientemente los dones espirituales, pero sobre todo que profeticéis.» Y otra vez: [] «Quisiera que todos hablarais lenguas, pero más bien que profetizarais: y mayor es el que profetiza que el que habla lenguas.» Y otra vez: [] «Doy gracias a Dios: hablo lenguas más que todos vosotros.» Donde hay dones diferentes, y un hombre es mayor, otro menor, y todos son llamados espirituales, todos son ciertamente ovejas, y están en pie a la derecha; pero hay diferencia entre una oveja y otra. Es la humildad la que lleva al apóstol Pablo a decir: [] «Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Mas por la gracia de Dios soy lo que soy: y su gracia que me fue concedida no fue hallada vana: antes trabajé más abundantemente que todos ellos: pero no yo, sino la gracia de Dios que estaba conmigo.» Pero el hecho mismo de humillarse así muestra la posibilidad de que haya apóstoles de rango superior o inferior, y Dios no es injusto como para olvidar la obra de aquel que es llamado vaso escogido de elección, y que trabajó más abundantemente que todos ellos, o para asignar recompensas iguales a méritos desiguales. Después leemos: [] «Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su propio orden.» Si cada uno ha de resucitar en su propio orden, se sigue que los que resucitan son de diferentes grados de mérito. [] «No toda carne es la misma carne; sino que una es la carne de los hombres, y otra la carne de las bestias, y otra la carne de las aves, y otra la de los peces. Hay también cuerpos celestiales, y cuerpos terrestres: pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrestres. Una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas; pues una estrella difiere de otra estrella en gloria. Así también es la resurrección de los muertos.» Como un docto comentarista, has explicado este pasaje diciendo que los espirituales difieren de los carnales. Se sigue que en el cielo habrá tanto personas espirituales como carnales, y no solo subirán allí las ovejas, sino también tus cabritos. «Una estrella,» dice, «difiere de otra estrella en gloria»: no es esta la distinción de oveja y cabrito, sino de oveja y oveja, de estrella y estrella. Por último, dice: «una es la gloria del sol, y otra la gloria de la luna.» Pero si no fuera por esto, podrías sostener que la frase una estrella de otra estrella abarca a todo el género humano; pero introduce el sol y la luna, y de ningún modo puedes contarlos entre los cabritos. «Así,» dice, «es también la resurrección de los muertos» — los justos resplandecerán con el brillo del sol, y los del rango siguiente lucirán con el esplendor de la luna, de modo que uno será un Lucero, otro un Arcturo, un tercero un Orión, otro Mazzarot, u otra de las estrellas cuyos nombres están consagrados en el libro de Job. [] «Porque todos nosotros,» dice, «debemos comparecer ante el tribunal de Cristo; para que cada uno reciba conforme a lo que hizo en el cuerpo, según lo que haya hecho, sea bueno o malo.» Y no puedes decir que el modo de nuestra comparecencia ante el tribunal de Cristo es tal que los buenos reciben bienes, los malos males; pues él [] nos enseña en la misma epístola que el que siembra escasamente, escasamente también segará, y el que siembra abundantemente, abundantemente también segará. Ciertamente, el que siembra más y el que siembra menos están ambos en el lado derecho. Y aunque pertenecen a la misma clase, la del sembrador, sin embargo difieren en cuanto a medida y número. El mismo Pablo, escribiendo a los Efesios, dice: [] «para que ahora sea dada a conocer mediante la Iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales la multiforme sabiduría de Dios.» Observas que se habla de una sabiduría de Dios variada y multiforme que existe en los diferentes rangos de la Iglesia. Y en la misma epístola leemos: [] «A cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo»: no es que la medida de Cristo varíe, sino solo que se derrama tanta parte de su gracia cuanto podemos recibir.

    II, 24

    24. En vano, por tanto, multiplicas ejemplos de ovejas y cabritos, de las cinco vírgenes prudentes y las cinco insensatas, de egipcios e israelitas, y así sucesivamente, porque la retribución no está en el presente, sino que estará en el futuro. Por eso hallamos que el día del juicio es prometido al fin de todas las cosas, porque el juicio no es ahora. Pues sería absurdo llamar al último día el día del juicio, si Dios estuviera juzgando en el tiempo presente. Ahora navegamos en la nave, luchamos y combatimos, para que al fin podamos alcanzar el puerto, ser coronados y triunfar. Pero tú, con no menos destreza que perversidad, haces que la vida de este mundo ilustre la del mundo venidero, aunque sabemos muy bien que aquí prevalece la injusticia, allí, la justicia: «hasta que entremos en el santuario de Dios, y entendamos el fin de aquellos hombres.» No muere de una manera el santo, de otra el pecador. Los que navegan por el mismo mar tienen la misma calma y la misma tormenta. Una muerte violenta no es una cosa para el ladrón y otra para el mártir. Los hijos no nacen de una manera del adulterio y la prostitución, y de otra del matrimonio puro. Ciertamente nuestro Señor y los ladrones incurrieron en la misma pena de crucifixión. Si el juicio de este mundo y el del venidero son el mismo, se sigue que los que aquí fueron crucificados uno al lado del otro, también serán considerados de igual rango en el más allá. Pablo y los que lo ataron navegaron juntos, soportaron la misma tormenta, escaparon juntos a la orilla cuando la nave fue quebrantada por las olas. No puedes negar que el prisionero y los guardias eran de mérito desigual. ¿Y cuáles fueron las circunstancias de aquel mismo naufragio del apóstol y los soldados? El apóstol Pablo relató después una visión, y dijo que los que estaban con él en la nave le habían sido dados por el Señor. ¿Hemos de suponer que aquel a quien fueron dados, y los que le fueron dados, eran de un solo grado de mérito? Diez justos pueden salvar a una ciudad pecadora. Lot junto con sus hijas fue librado del fuego: sus yernos también habrían sido salvados, si hubieran querido salir de la ciudad. Ahora bien, ciertamente había una gran diferencia entre Lot y sus yernos. Una ciudad de las cinco, [] Zoar, fue salvada, y un lugar que yacía bajo la misma sentencia que Sodoma, Gomorra, Admá y Zeboím fue preservado por las oraciones de un hombre santo. Lot y Zoar eran de diferente mérito, pero ambos escaparon del fuego. Los salteadores que en ausencia de David habían devastado Siclag y hecho presa de las esposas e hijos de los habitantes fueron muertos al tercer día en la llanura, pero cuarenta hombres montados en camellos huyeron. ¿Sostendrás que hubo alguna diferencia entre los que fueron muertos y los que lograron escapar? Leemos en el [] Evangelio que la torre de Siloé cayó sobre dieciocho hombres que perecieron entre las ruinas. Ciertamente nuestro Salvador no los consideró los únicos pecadores: sino que fueron castigados para aterrorizar a los demás: era como azotar a un hombre pestilente para enseñar sabiduría a los necios. Si todos los pecadores son castigados por igual, es injusto que uno sea muerto mientras otro es amonestado por la muerte de su compañero.

    II, 25

    25. Objetas que todos los israelitas tenían la misma medida de maná, un gómer, y eran iguales en cuanto a vestido, cabello, barba y zapatos; como si no participáramos todos por igual del cuerpo de Cristo. En los misterios cristianos hay un solo medio de santificación para el amo y el siervo, el noble y el de baja cuna, para el rey y sus soldados, y sin embargo, lo que es uno varía según los méritos de quienes lo reciben. [] «Quien coma o beba indignamente será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor.» ¿Se sigue que porque Judas bebió de la misma copa que los demás apóstoles, él y ellos sean de igual mérito? Pero supón que no elegimos recibir el sacramento; en todo caso, todos tenemos la misma vida, respiramos el mismo aire, tenemos la misma sangre en las venas, nos alimentamos con la misma comida. Además, si nuestros manjares son mejorados por la destreza culinaria y se hacen más apetecibles para el consumidor, la comida de este tipo no satisface la naturaleza, sino que halaga el apetito. Todos estamos igualmente sujetos al hambre, todos padecemos igualmente con el frío: por igual nos arruga la escarcha, o nos derrite el calor abrasador. El sol y la luna, y toda la compañía de las estrellas, las lluvias, el mundo entero siguen su curso para todos por igual, y, como nos dice el Evangelio, la misma lluvia refrescante cae sobre todos, buenos y malos, justos e injustos. Si el presente es una imagen del futuro, entonces el Sol de justicia se levantará sobre los pecadores tanto como sobre los justos, sobre los perversos y los santos, sobre los paganos tanto como sobre judíos y cristianos, aunque la Escritura dice: [] «A vosotros que teméis al Señor se levantará el Sol de justicia.» Si se levantará para los que temen, se pondrá para los despreciadores y los falsos profetas. Las ovejas que están en pie a la derecha serán llevadas al reino de los cielos, los cabritos serán arrojados al infierno. La parábola no contrapone una oveja con otra, ni por otro lado un cabrito con otro, sino que simplemente hace diferencia entre ovejas y cabritos. La verdad entera no se enseña en un solo pasaje: siempre debemos tener presente el punto exacto de una ilustración. Por ejemplo, las diez vírgenes no son ejemplos de todo el género humano, sino de las cuidadosas y las perezosas: las primeras están siempre anticipando la venida de nuestro Señor, las segundas se abandonan al sueño ocioso sin pensar en el juicio futuro. Y así al final de la parábola se dice: [] «Velad, pues no sabéis el día ni la hora.» Si en el diluvio Noé fue librado, y el mundo entero pereció, todos los hombres eran carne, y por tanto fueron destruidos. Debes decir o bien que los hijos de Noé y Noé, por cuya causa fueron librados, eran de mérito desigual, o bien debes colocar al maldito Cam en el mismo rango que su padre porque fue librado con él del diluvio. En la pasión de Cristo todos vacilaron, todos fueron juntamente inútiles: no hubo quien hiciera el bien, ni siquiera uno. ¿Te atreverás, por tanto, a decir que Pedro y los demás apóstoles que huyeron negaron al Salvador en el mismo sentido que Caifás y los fariseos y el pueblo que gritó: [] «¡Crucifícalo, crucifícalo!»? Y, para no decir más de los apóstoles, ¿piensas que Anás y Caifás, y Judas el traidor, fueron culpables de un crimen no mayor que Pilato, que fue obligado contra su voluntad a dar sentencia contra nuestro Señor? La culpa de Judas es proporcionada a su mérito anterior, y cuanto mayor la culpa, tanto mayor es también la pena. [] «Pues los poderosos poderosamente sufrirán tormento.» Un árbol malo no da buen fruto, ni un árbol bueno fruto malo. Si esto es así, dime ¿cómo fue que Pablo, aunque era un árbol malo y perseguía a la Iglesia de Cristo, después dio buen fruto? ¿Y Judas, aunque era un árbol bueno y obraba milagros como los otros apóstoles, después se volvió traidor y produjo fruto malo? La verdad es que un árbol bueno no da fruto malo, ni un árbol malo fruto bueno, mientras permanezcan en su bondad o en su maldad. Y si leemos que todo hebreo guarda la misma Pascua, y que en [] el séptimo año todo prisionero es puesto en libertad, y que en el jubileo, es decir, el año quincuagésimo, [] toda posesión vuelve a su dueño, todo esto se refiere no al presente, sino al futuro; pues estando en esclavitud durante los seis días de este mundo, en el séptimo día, el verdadero y eterno sábado, seremos libres, al menos si deseamos ser libres mientras aún estamos en esclavitud en el mundo. Si, empero, no lo deseamos, nuestra oreja será horadada en señal de nuestra desobediencia, y junto con nuestras esposas e hijos, a quienes preferimos a la libertad, es decir, con la carne y sus obras, estaremos en perpetua esclavitud.

    II, 26

    26. En cuanto a la parábola del sembrador que hace que tanto la tierra buena como la mala produzcan una cosecha triple, y el pasaje del apóstol en el cual sobre Cristo como fundamento uno edifica oro, plata, piedras preciosas, otro madera, heno, hojarasca, el significado es perfectamente claro. Sabemos que en una casa grande hay vasos diferentes, y querer contradecir una verdad tan llana sería pura impudencia. Sin embargo, para que Joviniano no triunfe con una mentira y cite el ejemplo de los apóstoles a fin de desacreditar el cien por uno, el sesenta por uno y el treinta por uno, permíteme informarle que en Mateo y Marcos se promete el cien por uno a los apóstoles que habían dejado todo. Y le diría además que en el Evangelio de Lucas encontramos mucho más, es decir [πολύ πλείονα], y que no hay absolutamente ningún caso en los Evangelios en que cien represente a siete; y que es convicto o de falsificación, o de ignorancia; y que nuestra causa no queda perjudicada por el hecho de que en un Evangelio la enumeración comience en cien, en otro en treinta, puesto que es regla de toda la Escritura, y especialmente de los escritos antiguos, poner primero el número más bajo y así ascender gradualmente al más alto. Por ejemplo, supón que uno dice que fulano vivió setenta y cinco y cien años: no se sigue que setenta y cinco sean más que cien porque fueron mencionados primero. Si no admites por el lado del bien la diferencia entre cien, sesenta y treinta, tampoco la admitirás por el lado del mal, y la semilla que cayó junto al camino, sobre la roca y entre espinos, será igualmente defectuosa. Pero si los primeros tres, o los últimos tres, por el lado del bien, o por el lado del mal respectivamente, son uno y lo mismo, fue una necedad, en lugar de hablar de dos cosas, enumerar seis clases, y tanto más porque según el relato de la parábola en Mateo, Marcos y Lucas, el Salvador siempre añadió: «El que tiene oídos para oír, oiga.» Donde no hay un sentido interior profundo, es inútil llamar nuestra atención hacia el sentido místico.

    II, 27

    27. Das como opinión tuya que, puesto que el Padre y el Hijo establecen su morada con los fieles, y puesto que Cristo es su huésped, nada falta. Supongo, sin embargo, que una cosa era la morada de Cristo con los corintios, y otra con los efesios: una cosa era, digo, que Él morara con aquellos a quienes Pablo reprendía por muchos pecados, y otra que habitara con aquellos a quienes el apóstol reveló los misterios ocultos desde el principio del mundo; una cosa era estar en Tito y en Timoteo, y otra en Pablo. Ciertamente, entre los nacidos de mujer, no se ha levantado uno mayor que Juan el Bautista. Pero el término mayor implica otros que son menores. Y [] «el que es menor en el reino de los cielos es mayor que él.» Ves, pues, que en el cielo uno es el mayor y otro el menor, y que entre los ángeles y la creación invisible hay una diversidad múltiple e infinita. ¿Por qué dicen los apóstoles: [] «Señor, auméntanos la fe,» si hay una sola medida para todos? ¿Y por qué reprendió nuestro Señor a su discípulo, diciendo: [] «Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» En Jeremías también leemos acerca del reino futuro: [] «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá, no según el pacto que hice con sus padres.» Y así después: [] «Pondré mi ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré; y seré su Dios y ellos serán mi pueblo: y no enseñarán más cada uno a su prójimo, ni cada uno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor: porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande.» El contexto de este pasaje muestra claramente que el profeta está describiendo el reino futuro, ¿y cómo puede haber en él un menor o un mayor, si todos han de ser iguales? El secreto se revela en el Evangelio: [] «Cualquiera que los haga y los enseñe, será llamado grande en el reino de los cielos: pero cualquiera que los enseñe y no los haga, será el menor.» [] El Salvador nos enseñó en un banquete a tomar el lugar más bajo, no sea que, cuando viniera uno mayor que nosotros, fuéramos expulsados con deshonra del lugar más alto. Si no podemos caer, sino solo levantarnos por la penitencia, ¿cuál es el significado de la escalera de Betel, por la cual los ángeles vienen del cielo a la tierra y descienden tanto como ascienden? Ciertamente, mientras están en esa escalera, son contados entre las ovejas y están a la derecha. Hay ángeles que descienden del cielo; pero Joviniano está seguro de que conservan su herencia.

    II, 28

    28. Pero cuando Joviniano supone que las muchas moradas en la casa de nuestro Padre son iglesias esparcidas por todo el mundo, ¿quién puede abstenerse de reír, puesto que la Escritura enseña claramente en el Evangelio de Juan que nuestro Señor no hablaba del número de las iglesias, sino de las moradas celestiales y de los tabernáculos eternos que anhelaba el profeta? [] «En la casa de mi Padre,» dice, «hay muchas moradas: si no fuera así, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y si voy y os preparo un lugar, vendré otra vez, y os recibiré a mí mismo, para que donde yo esté, estéis también vosotros.» El lugar y las moradas que Cristo dice que prepararía para los apóstoles están, por supuesto, en la casa del Padre, es decir, en el reino de los cielos, no en la tierra, donde por el momento conducía a los apóstoles. Y al mismo tiempo hay que atender al sentido de la Escritura: «Podría deciros,» dice, «que voy a prepararos un lugar, si no hubiera muchas moradas en la casa de mi Padre, es decir, si cada individuo no se preparara a sí mismo una morada mediante sus propias obras, en lugar de recibirla por la largueza de Dios. La preparación, por tanto, no es mía, sino vuestra.» Esta opinión se apoya en el hecho de que a Judas de nada le aprovechó tener un lugar preparado, puesto que lo perdió por su propia culpa. Y debemos interpretar del mismo modo lo que nuestro Señor dice a los hijos de Zebedeo, uno de los cuales quería sentarse a su izquierda y el otro a su derecha: [] «Mi cáliz ciertamente lo beberéis: pero sentaros a mi derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino que es para aquellos para quienes ha sido preparado por mi Padre.» No es del Hijo darlo; ¿cómo entonces es del Padre prepararlo? Hay, dice, preparadas en el cielo, muchas moradas diferentes, destinadas a muchas virtudes diferentes, y serán adjudicadas no a personas, sino a las obras de las personas. En vano, por tanto, me preguntáis lo que depende de vosotros mismos, una recompensa que mi Padre ha preparado para aquellos cuyas virtudes les darán derecho a elevarse a tal dignidad. Y cuando dice: [] «Vendré otra vez, y os recibiré a mí mismo: para que donde yo esté, estéis también vosotros,» habla especialmente a los apóstoles, acerca de los cuales está escrito en otra parte: «Que así como yo y tú, Padre, somos uno, así ellos también sean uno en nosotros,» en cuanto han creído, han sido perfeccionados y pueden decir: «el Señor es mi porción.» Si, sin embargo, no hay muchas moradas, ¿cómo se enseña en el Antiguo Testamento, en correspondencia con el Nuevo, que el sumo sacerdote tiene un rango, los sacerdotes otro, los levitas otro, los porteros otro, los sacristanes otro? ¿Cómo es que en el [] libro de Ezequiel, donde se da una descripción de la futura Iglesia y de la Jerusalén celestial, los sacerdotes que han pecado son degradados al rango de sacristanes y porteros, y aunque están en el templo de Dios, es decir, a la derecha, no están entre los carneros, sino entre las más pobres de las ovejas? ¿Cómo es, además, que en el río que fluye del templo y llena el mar salado y da nueva vida a todo, leemos que hay muchas clases de peces? ¿Por qué leemos que en el reino de los cielos hay Arcángeles, Ángeles, Tronos, Dominaciones, Potestades, Querubines y Serafines, y todo nombre que se nombra, no solo en este mundo presente, sino también en el que ha de venir? Una diferencia de nombre carece de sentido donde no hay una diferencia de rango. Un Arcángel es, por supuesto, Arcángel para otros ángeles inferiores, y las Potestades y Dominaciones tienen otras esferas sobre las cuales ejercen autoridad. Esto es lo que hallamos en el cielo y en la administración de Dios. No debes, por tanto, sonreír y burlarte de nosotros, como acostumbras, por hacer una serie graduada de emperadores, prefectos y condes, tribunos y centuriones, compañías, y todos los demás grados del servicio.

    II, 29

    29. Es mera frivolidad citar el pasaje: [] «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo,» pues es costumbre en la Sagrada Escritura hablar de un solo objeto como si fueran muchos, y de muchos como si fueran uno. Y el propio Joviniano debería saber que incluso en un templo hay muchas divisiones: los atrios exterior e interior, los vestíbulos, el lugar santo y el Santo de los Santos. Hay también en un templo cocinas, despensas, bodegas de aceite y armarios para los vasos. Y así, en el templo de nuestro cuerpo hay diferentes grados de mérito. Dios no habita en todos por igual, ni se comunica a todos en el mismo grado. Una porción del espíritu de Moisés fue tomada y dada a los setenta ancianos. Supongo que hay una diferencia entre la abundancia del río y la de los arroyuelos. El espíritu de Elías fue dado en doble medida a Eliseo, y así la doble gracia obró mayores milagros. Elías, estando vivo, devolvió la vida a un muerto; Eliseo, después de muerto, hizo lo mismo. Elías invocó el hambre sobre el pueblo; Eliseo en un solo día puso las fuerzas del enemigo en poder de la ciudad que asediaban. Sin duda las palabras: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son templo del Espíritu Santo,» se refieren a toda la asamblea de los fieles, que, unidos, forman el único cuerpo de Cristo. Pero la cuestión ahora es: ¿quién en el cuerpo es digno de ser los pies de Cristo, y quién la cabeza? ¿Quién es su ojo y quién su mano?— una distinción indicada por las dos mujeres en el Evangelio, la penitente y la mujer santa, una de las cuales sostenía sus pies y la otra su cabeza. Algunas autoridades, sin embargo, piensan que había solo una mujer, y que la que comenzó por los pies avanzó gradualmente hasta la cabeza. Joviniano además nos objeta las palabras de nuestro Señor, [] «No ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por su palabra: para que así como yo, Padre, en ti y tú en mí somos uno, así ellos todos sean uno en nosotros,» y nos recuerda que todo el pueblo cristiano es uno en Dios, y, como sus hijos muy amados, son [] «partícipes de la naturaleza divina.» Ya hemos dicho, y la verdad debe ahora inculcarse con más detalle, que no somos uno en el Padre y el Hijo según la naturaleza, sino según la gracia. Pues la esencia del alma humana y la esencia de Dios no son lo mismo, como constantemente afirman los maniqueos. Pero, dice nuestro Señor: [] «Los has amado como me has amado a mí.» Ves, pues, que tenemos el privilegio de participar de su esencia, no en el ámbito de la naturaleza, sino de la gracia, y la razón por la que somos amados del Padre es que Él ha amado al Hijo; y los miembros son amados, a saber, los del cuerpo. [] «Porque a cuantos recibieron a Cristo, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no nacieron de sangre, ni de voluntad de la carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» El Verbo se hizo carne para que nosotros pasáramos de la carne al Verbo. El Verbo no dejó de ser lo que había sido; ni la naturaleza humana perdió lo que era por nacimiento. La gloria fue aumentada, la naturaleza no fue cambiada. ¿Preguntas cómo somos hechos un solo cuerpo con Cristo? Tu creador será tu instructor: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Como el Padre viviente me envió, y yo vivo por el Padre, así el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo.» Pero el evangelista Juan, que había bebido sabiduría del pecho de Cristo, concuerda con esto y dice: «En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Todo aquel que confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.» Si crees en Cristo, como creyeron los apóstoles, serás hecho un solo cuerpo con ellos en Cristo. Pero, si es temerario por tu parte reclamar para ti una fe y unas obras como las suyas cuando no tienes la misma fe y las mismas obras, no puedes tener el mismo lugar.

    II, 30

    30. Repites las palabras esposa, hermana, madre, y afirmas que todos estos son títulos de la única Iglesia y nombres aplicados a todos los creyentes. El hecho va contra ti. Porque si la Iglesia admite un solo rango, y no tiene muchos miembros en un solo cuerpo, ¿qué necesidad hay de llamarla esposa, hermana, madre? Debe ser que es esposa de unos, hermana de otros, madre de otros. Todos, ciertamente, están a la derecha, pero uno está como esposo, otro como hermano, un tercero como hijo. [] «Hijitos míos,» dice el apóstol, «por quienes estoy otra vez de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros.» ¿Piensas que los hijos que están naciendo y el apóstol que está de parto son de igual rango? Y la insensatez de tu contención de que amamos a todos los miembros por igual, y no preferimos el ojo al dedo, ni la mano a la oreja, sino que si uno se pierde todos se lamentan, queda probada por la lección que el apóstol enseña a los corintios: [] «Algunos miembros son más honorables, otros excitan el sentido del pudor: y aquellas partes a las que se adhiere la vergüenza son revestidas de más abundante honor; mientras que nuestras partes presentables no tienen necesidad de nuestro cuidado.» ¿Piensas que la boca y el vientre, los ojos y los orificios del cuerpo han de clasificarse juntos como de igual mérito? [] «La lámpara de tu cuerpo,» dice, «es tu ojo. Si tu ojo se ciega, todo tu cuerpo está en tinieblas.» Si te cortas un dedo, o la punta de la oreja, hay ciertamente dolor, pero la pérdida no es tan grande, ni la desfiguración va acompañada de tanto dolor como sería si te sacaras los ojos, te mutilaras la nariz o te aserraras un hueso. De algunos miembros podemos prescindir y aun así vivir: sin otros la vida es imposible. Algunas ofensas son leves, otras graves. Una cosa es deber diez mil talentos, y otra deber un cuarto. Habremos de dar cuenta de la palabra ociosa no menos que del adulterio; pero no es lo mismo ser puesto en vergüenza y ser puesto en el potro, enrojecer el rostro y asegurar tormento duradero. ¿Piensas que solo expreso mis propias opiniones? Escucha lo que dice el apóstol Juan: [] «El que sabe que su hermano peca un pecado no de muerte, pida, y se le dará vida, aun al que peca no de muerte. Pero el que ha pecado de muerte, ¿quién orará por él?» Observas que si suplicamos por ofensas menores, obtenemos perdón: si por las mayores, es difícil obtener nuestra petición: y que hay una gran diferencia entre los pecados. Y así, con respecto al pueblo de Israel que había pecado un pecado de muerte, se dice a Jeremías: [] «No ores por este pueblo, ni ruegues por ellos, y no me resistas, porque no te oiré.» Además, si es verdad que todos entramos por igual en el mundo y todos por igual lo dejamos, y esto es un precedente para el mundo venidero, se sigue que, seamos justos o pecadores, todos seremos igualmente estimados por Dios, porque las condiciones de nuestro nacimiento y muerte son ahora las mismas. Y si sostienes que hay dos Adanes, el uno de la tierra, el otro del cielo; y que los que estaban en el Adán terrenal están a la izquierda, y los que estaban en el celestial están a la derecha, antes de seguir adelante, permíteme hacerte una pregunta acerca de dos hermanos: ¿Estaba Esaú en el Adán terrenal, o en el celestial? Nadie duda que responderás: estaba en el terrenal. ¿En cuál estaba Jacob? Sin vacilar dirás: en el celestial. ¿Cómo, pues, estaba en el celestial cuando Cristo aún no había venido en la carne— Cristo, que es llamado el segundo Adán del cielo? Debes o bien contar a todos antes de la encarnación de Cristo en el viejo Adán, e incluso a los justos en el hombre de la tierra, y entonces estarán a la izquierda entre tus cabritos; o, si es impío dar a Isaac el mismo lugar que a Ismael, a Jacob el de Esaú, a los santos el de los pecadores, el último Adán datará desde el tiempo en que Cristo nació de una Virgen, y tu argumento de los dos Adanes no beneficiará a tus ovejas y cabritos, porque hemos probado que en el primer Adán había tanto ovejas como cabritos, y que de los que estaban en uno y el mismo hombre, unos estaban a la derecha de Dios, otros a la izquierda: [] «Porque desde Adán hasta Moisés reinó la muerte sobre todos, aun sobre los que no habían pecado a la manera de la transgresión de Adán.»

    II, 31

    31. En cuanto a tu intento de mostrar que la injuria y el homicidio, el empleo de la expresión raca y el adulterio, la palabra ociosa y la impiedad son castigados con la misma pena, ya te he dado mi respuesta y ahora la repetiré brevemente. O bien has de negar que eres pecador si no quieres estar en peligro de la Gehena; o bien, si eres pecador, serás enviado al infierno incluso por una falta leve: [] «La boca que miente,» dice uno, «mata al alma.» Sospecho que tú, como los demás hombres, en alguna ocasión has dicho una mentira: pues todos los hombres son mentirosos, para que solo Dios sea veraz, y para que Él sea justificado en sus palabras, y prevalezca cuando juzgue. De ello se sigue o que no serás hombre, para no resultar mentiroso, o que si eres hombre y, por consiguiente, mentiroso, serás castigado con los parricidas y los adúlteros. Pues no admites diferencia alguna entre los pecados, y la gratitud de aquellos a quienes levantas del lodo y pones en lo alto no igualará la ira contra ti de aquellos a quienes, por las faltas insignificantes de la vida diaria, has arrojado a las tinieblas exteriores. Y si en una persecución uno es sofocado, otro decapitado, otro huye, y el cuarto muere dentro de los muros de una prisión, y una sola corona de victoria aguarda a diversas clases de combate, el hecho está a nuestro favor. Pues en el martirio es la voluntad, que da ocasión a la muerte, la que es coronada. Mi deber es resistir el frenesí de los paganos y no negar al Señor. A ellos corresponde decapitar, quemar, encarcelar o imponer otras penas diversas. Pero si yo escapo y muero en soledad, no habrá para mí en mi muerte la misma corona que para ellos, porque la confesión de Cristo no habrá sido para mí, como para ellos, la causa de la muerte. En cuanto a tu observación de que no se hizo absolutamente ninguna diferencia entre el hermano que había estado siempre con su padre y el que después fue acogido como penitente, estoy dispuesto a añadir, si quieres, que la única dracma que se había perdido y fue hallada fue puesta con las otras, y que la única oveja que el buen pastor, dejando las noventa y nueve, buscó y trajo de vuelta, completó el número total de cien. Pero una cosa es ser penitente y con lágrimas pedir perdón, y otra estar siempre con el padre. Y así, tanto el pastor como el padre dicen por boca de Ezequiel a la oveja que fue traída de vuelta y al hijo que se había perdido: [] «Y estableceré mi pacto contigo; y sabrás que yo soy el Señor: para que te acuerdes, y te avergüences, y nunca más abras tu boca, a causa de tu vergüenza, cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho.» Para que los penitentes tengan lo que les corresponde, les basta sentir vergüenza en lugar de cualquier otro castigo. Por eso en otro lugar se les dice: [] «Entonces os acordaréis de vuestros malos caminos y de todas las iniquidades con que os contaminasteis, y os aborreceréis a vosotros mismos a vuestros propios ojos por toda la maldad que habéis cometido; y sabréis que yo soy el Señor, cuando os haya hecho bien por amor de mi nombre, y no según vuestros malos caminos, ni según vuestras malas obras.» El hijo, además, fue reprendido por su padre por envidiar la liberación de su hermano, y por ser atormentado por los celos mientras los ángeles en el cielo se regocijaban. Sin embargo, el paralelo no ha de trazarse entre los méritos de los dos hijos (uno de los cuales era sobrio, el otro pródigo) y los de todo el género humano, sino que los caracteres representados son o bien judíos y cristianos, o bien santos y penitentes. En vida del obispo Dámaso le dediqué un pequeño tratado sobre esta parábola.

    II, 32

    32. Y si se dio un denario a todos los trabajadores, a los de la hora primera, tercera, sexta, nona y undécima, y llegaron primero a recibir la recompensa quienes fueron los últimos en trabajar en la viña, aun aquí las personas descritas no pertenecen a un mismo tiempo ni a una misma edad, sino que desde el principio del mundo hasta su fin hay llamadas diferentes y un significado especial corresponde a cada una. Abel y Set fueron llamados a la hora primera; Enoc y Noé a la tercera; Abraham, Isaac y Jacob a la sexta; Moisés y los profetas a la nona; a la undécima los gentiles, a quienes se dio primero la recompensa porque creyeron en el Señor crucificado, y, en cuanto les fue difícil creer, ganaron una gran recompensa. Muchos reyes y profetas desearon ver lo que nosotros vemos, y no lo vieron. Pero el único denario no representa una sola recompensa, sino una sola vida y una sola liberación de la Gehena. Y así como por el favor del soberano los culpables de diversos crímenes son puestos en libertad de la prisión, y cada uno, según su trabajo y esfuerzos, queda en esta o aquella condición de vida, así también el denario, como por el favor de nuestro Soberano, es la liberación de la prisión para todos nosotros por el bautismo. Ahora bien, nuestra obra es, según nuestras diversas virtudes, prepararnos un futuro diferente.

    II, 33

    33. Hasta aquí he respondido a las distintas partes de su argumento; ahora me ocuparé de la cuestión general. Nuestro Señor dice a sus discípulos: [] «El que entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea el menor de todos.» Si todos hemos de ser iguales en el cielo, en vano nos humillamos aquí para ser mayores allí. De los dos deudores que debían, uno quinientos denarios y el otro cincuenta, aquel a quien más se le perdonó amó más. Y así dice el Salvador: [] «Te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama.» El que poco ama y poco se le perdona, ciertamente será de rango inferior. El padre de familia, al partir, entregó sus bienes a sus siervos: a uno cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada uno según su capacidad. Así como en otro Evangelio está escrito que un noble que partía a un país lejano para recibir un reino y volver, llamó a los siervos y les dio a cada uno una suma de dinero, con la cual uno ganó diez minas, otro cinco, y, cada uno según su capacidad y la ganancia que había obtenido, recibió diez o cinco ciudades. Pero uno que había recibido un talento, o una mina, lo enterró en la tierra, o lo ató en un pañuelo, y lo guardó hasta el regreso de su señor. Nuestro primer pensamiento es que si, según el moderno Zenón, los justos no trabajan con esperanza de recompensa, sino para evitar la pérdida de lo que ya tienen, aquel que enterró su mina o talento para no perderlo no hizo mal alguno, y la cautela del que guardó su dinero merece más alabanza que el trabajo infructuoso de aquellos que se agotaron y, sin embargo, no recibieron recompensa por su labor. Observa luego que el mismo talento que se quitó al siervo tímido o negligente no se dio al que había tenido la menor ganancia, sino al que había ganado más, es decir, al que había sido puesto sobre diez ciudades. Si la diferencia de rango no está constituida por la diferencia en el número, ¿por qué dijo nuestro Señor: «Dio a cada uno según su capacidad»? Si la ganancia de cinco talentos y de diez talentos es la misma, ¿por qué no se dieron diez ciudades al que ganó menos, y cinco al que ganó más? Pero que nuestro Señor no se contenta con lo que tenemos, sino que siempre desea más, lo muestra Él mismo diciendo: «¿Por qué no diste mi dinero a los cambistas, para que al volver yo lo hubiera recibido con usura?» El apóstol Pablo entendió esto, y [] olvidando lo que quedaba atrás, se extendía hacia lo que estaba delante, es decir, progresaba cada día, y no guardaba la gracia que se le había dado cuidadosamente envuelta en un pañuelo, sino que su espíritu, como el capital de un hombre de negocios diligente, se renovaba de día en día, y si no crecía siempre, se consideraba cada vez menor. Seis ciudades de refugio se mencionan en la ley, provistas para los fugitivos que eran homicidas involuntarios, y las ciudades mismas pertenecían a los sacerdotes. Quisiera preguntarte si pondrías a esos fugitivos entre tus cabritos o entre nuestras ovejas. Si fueran cabritos, serían muertos como los demás homicidas y no entrarían en las ciudades de los ministros de Dios. Si dices que eran ovejas, no serán posiblemente ovejas tales que puedan gozar de plena libertad y pacer sin temor de los lobos. Y te será evidente que ciertamente son ovejas, pero ovejas descarriadas: que están a la derecha, pero no permanecen allí: huyen hasta que muere el Sumo Sacerdote y, descendiendo al infierno, libera sus almas. Los gabaonitas salieron al encuentro de los hijos de Israel y, aunque las demás naciones fueron pasadas a cuchillo, ellos fueron conservados [] para leñadores y aguadores. [] Y de tanto valor fueron a los ojos de Dios, que la familia de Saúl fue destruida por el agravio que se les hizo. ¿Dónde los pondrías? ¿Entre los cabritos? Pero no fueron muertos, y fueron vengados por determinación de Dios. ¿Entre las ovejas? Pero la Sagrada Escritura dice que no tenían el mismo mérito que los israelitas. Ves, pues, que ciertamente están a la derecha, pero en un grado muy inferior. Jonatán se situó entre David, el hombre santo, y Saúl, el peor de los reyes, y no podemos ponerlo entre los cabritos porque era digno del amor de un profeta, ni entre los carneros no sea que lo igualemos a David, sobre todo cuando sabemos que fue muerto. Estará, por tanto, entre las ovejas, pero en un lugar bajo. Y así como en el caso de David y Jonatán, estarás obligado a reconocer diferencias entre oveja y oveja. [] «Aquel siervo que conoció la voluntad de su señor, y no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, será azotado con muchos azotes; pero el que no la conoció, e hizo cosas dignas de azotes, será azotado con pocos azotes. Y a todo aquel a quien se le dio mucho, mucho se le demandará; y a quien encomendaron mucho, más le pedirán.» ¡He aquí! A distintos siervos se les encomienda más o menos, y según la naturaleza del encargo, así como del pecado, es el número de azotes que se infligen.

    II, 34

    34. Toda la descripción de la tierra de Judá y de las tribus es figura de la Iglesia en el cielo. Leamos a Josué hijo de Nun, o las partes finales de Ezequiel, y veremos que la división histórica de la tierra, tal como la relata el uno, halla su contrapartida en las promesas espirituales y celestiales del otro. ¿Cuál es el significado de los siete y ocho grados en la descripción del templo? O también, ¿qué significado tiene el hecho de que en el Salterio, después de haber aprendido el alfabeto místico por el salmo ciento dieciocho, lleguemos por quince grados al punto donde podemos cantar: «Mirad, bendecid ahora al Señor, todos vosotros siervos del Señor: los que estáis en la casa del Señor, en los atrios de la casa de nuestro Dios.» ¿Por qué dos tribus y media habitaron al otro lado del Jordán, una región abundante en ganado, mientras que las nueve tribus y media restantes o expulsaron de sus posesiones a los antiguos habitantes, o habitaron con ellos? ¿Por qué la tribu de Leví [] no recibió porción en la tierra, sino que tuvo al Señor por porción? ¿Y cómo es que, de los sacerdotes y levitas mismos, solo el sumo sacerdote entraba en el Santo de los Santos, donde estaban los querubines y el propiciatorio? ¿Por qué los demás sacerdotes vestían solamente vestiduras de lino, y no tenían sus ropas de oro labrado, azul, escarlata, púrpura y tela fina? Los sacerdotes y [] levitas del orden inferior cuidaban de los bueyes y de los carros; los del orden superior llevaban sobre sus hombros el arca del Señor. Si eliminas las gradaciones del tabernáculo, del templo, de la Iglesia, si, por usar una frase militar común, todos los que están a la derecha han de estar «a la misma altura,» los obispos no sirven para nada, los sacerdotes en vano, los diáconos inútiles. ¿Por qué perseveran las vírgenes? ¿Por qué se afanan las viudas? ¿Por qué practican la continencia las mujeres casadas? Pequemos todos, y una vez que nos hayamos arrepentido, estaremos en el mismo plano que los apóstoles.

    Recapitulación y apelación a Roma (§ 35–38)

    II, 35

    35. Pero ahora acabamos de avistar tierra: las olas espumosas han estado rodando a la altura de las montañas: nuestra nave ha sido llevada a lo alto, o se ha precipitado de cabeza a las profundidades: poco a poco el puerto se abre a la vista de los marineros cansados y agotados. Hemos tratado de los casados, de las viudas y de las vírgenes. Hemos preferido la virginidad a la viudedad, y la viudedad al matrimonio. El pasaje del apóstol, en el que trata cuestiones de esta clase, ha sido expuesto, y se ha respondido a objeciones particulares. También pasamos revista a la literatura profana, e indagamos qué se pensaba de las vírgenes y qué de las que habían tenido un solo marido; y, a modo de contraste, señalamos los cuidados que a veces acompañan al matrimonio. Luego pasamos a la segunda división, en la que nuestro adversario niega la posibilidad de pecar a los que han sido bautizados con fe completa. Y mostramos que solo Dios es sin falta, y toda criatura es defectuosa, no porque todos hayan pecado, sino porque todos pueden pecar, y los que están en pie tienen razón para temer cuando ven la caída de hombres semejantes a ellos. En tercer lugar llegamos al ayuno, y en cuanto el argumento de nuestro adversario se dividía en dos partes, y apelaba o bien a la filosofía o bien a la Sagrada Escritura, también dimos una respuesta separada. En la cuarta, es decir, la última sección, las ovejas y los cabritos a la derecha y a la izquierda, los justos y los malvados, fueron distribuidos en dos clases, con la intención de mostrar que no hay diferencia entre un justo y otro, o entre un pecador y otro. Para probar el punto, Joviniano había acumulado innumerables ejemplos de la Escritura que aparentemente favorecían su opinión, y esta afirmación la rebatimos tanto con argumentos e ilustraciones de la Escritura, como pulverizamos la vieja opinión de Zenón no menos con el sentido común que con las palabras de la inspiración.

    II, 36

    36. Debo, para concluir, decir unas pocas palabras a nuestro moderno Epicuro, que se solaza en sus jardines con sus favoritos de ambos sexos. De tu lado están los gordos y los relucientes con sus vestiduras festivas. Si se me permite burlarme como Sócrates, añade, si quieres, todos los cerdos y perros y, ya que tanto te gusta la carne, también los buitres, las águilas, los halcones y los búhos. Nunca tendremos miedo del tropel de Aristipo. Si alguna vez veo a un mozo gallardo, o a un hombre que no es ajeno a los hierros de rizar, con el cabello bien arreglado y las mejillas encendidas, pertenece a tu rebaño, o más bien gruñe en concierto con tus cerdos. A nuestro rebaño pertenecen los tristes, los pálidos, los mal vestidos, que, como extranjeros en este mundo, aunque sus lenguas callan, hablan sin embargo por su vestido y su porte. «¡Ay de mí,» dicen ellos, «que mi peregrinación se prolonga! ¡Que habito entre las tiendas de Cedar!» es decir, en la oscuridad de este mundo, porque la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. No te jactes de tener muchos discípulos. El Hijo de Dios enseñó en Judea, y solo doce apóstoles lo siguieron. [] «He pisado yo solo el lagar,» dice Él, «y de los pueblos no hubo hombre conmigo.» En la pasión fue dejado solo, e incluso la fidelidad de Pedro hacia Él vaciló; por otra parte, todo el pueblo aplaudió la doctrina de los fariseos, diciendo: [] «¡Crucifícalo, crucifícalo! No tenemos más rey que César,» es decir, en efecto, seguimos el vicio, no la virtud; a Epicuro, no a Cristo; a Joviniano, no al apóstol Pablo. Si muchos asienten a tus opiniones, eso solo indica voluptuosidad; porque no aprueban tanto tus palabras como favorecen sus propios vicios. En nuestras calles atestadas se puede ver cualquier día a un falso profeta con un palo en la mano, golpeando a los necios que lo rodean y saltando los dientes a quienes lo ofenden, y sin embargo nunca le faltan seguidores constantes. ¿Y consideras una marca de gran sabiduría tener un séquito de muchos cerdos, a los que estás alimentando para hacer carne de cerdo para el infierno? Desde que publicaste tus opiniones y pusiste el sello de tu aprobación a los baños en que los sexos se bañan juntos, la impaciencia que una vez arrojaba sobre la ardiente lujuria la apariencia de un manto de modestia ha quedado al desnudo y expuesta. Lo que antes estaba oculto está ahora abierto a la mirada de todos. Has revelado a tus discípulos, tales como son, no los has hecho. Un resultado de tu enseñanza es que el pecado ya ni siquiera se lamenta. Tus vírgenes, a las que, con una profundidad de sabiduría nunca antes hallada en el habla o en la escritura, has enseñado la máxima del apóstol de que es mejor casarse que arder, han convertido a los adúlteros secretos en maridos reconocidos. No fue el apóstol, el vaso escogido, quien dio este consejo; fue la viuda de Virgilio:
    «Ella lo llama matrimonio; así vela su falta.»

    II, 37

    37. Han pasado unos cuatrocientos años desde que la predicación de Cristo resplandeció sobre el mundo, y durante ese tiempo en que su túnica ha sido desgarrada por incontables herejías, casi todo el cuerpo del error ha derivado de las lenguas caldea, siríaca y griega. Basílides, el maestro de la lujuria y de la sensualidad más grosera, después de transcurridos tantos años, y como un segundo Euforbo, fue cambiado por la transmigración en Joviniano, para que la lengua latina tuviera una herejía propia. ¿No había otra provincia en todo el mundo que recibiera el evangelio del placer, y en la que pudiera insinuarse la serpiente, sino aquella que fue fundada por la enseñanza de Pedro, sobre la roca que es Cristo? Los templos de los ídolos habían caído ante el estandarte de la Cruz y la severidad del Evangelio: ahora, por el contrario, la lujuria y la glotonería intentan derribar la sólida estructura de la Cruz. Y así dice Dios por medio de Isaías, [] «Pueblo mío, los que te bendicen te hacen errar y turban las sendas de tus pies.» También por medio de Jeremías, «Huid de en medio de Babilonia, y salve cada uno su vida, y no creáis a los falsos profetas que dicen: Paz, paz, y no hay paz;» que están repitiendo siempre, «El templo del Señor, el templo del Señor.» «Tus profetas han visto para ti cosas falsas y necias; no han descubierto tu iniquidad para llamarte al arrepentimiento: devoran al pueblo de Dios como pan: no han invocado a Dios.» Jeremías anunció la cautividad y fue apedreado por el pueblo. [] Hananías, hijo de Azur, rompió las barras de madera por el momento, pero preparaba barras de hierro para el futuro. Los falsos profetas siempre prometen cosas agradables y agradan por un tiempo. La verdad es amarga, y los que la predican están llenos de amargura. Pues con el pan sin levadura de la sinceridad y de la verdad se celebra la Pascua del Señor, y se come con hierbas amargas. ¡Admirables son tus palabras y dignas de los oídos de la esposa de Cristo, que está en medio de sus vírgenes, viudas y célibes! (su mismo nombre deriva del hecho de que quienes se abstienen de las relaciones carnales son aptos para el cielo). Esto es lo que dices: «Ayuna pocas veces, cásate a menudo. No puedes hacer la obra del matrimonio si no tomas hidromiel, carne y alimento sólido. Pues para la lujuria se requiere fuerza. La carne pronto se agota y se enerva. No necesitas temer la fornicación. El que ha sido bautizado una vez en Cristo no puede caer, pues tiene el consuelo del matrimonio para apagar su lujuria. Y si caes, el arrepentimiento te restaurará, y tú que fuiste hipócrita en el bautismo puedes tener una fe firme en tu arrepentimiento. No te turbe el pensamiento de una diferencia entre el justo y el penitente, y no imagines que el perdón te da siquiera un lugar más bajo; cree más bien que te quita la corona. Porque hay una sola recompensa: el que está a la derecha entrará en el reino de los cielos.» Mediante consejos como estos tus porqueros son más ricos que nuestros pastores, y los machos cabríos arrastran tras sí a muchas del otro sexo: [] «Eran como caballos cebados: estaban enloquecidos tras las mujeres»: apenas ven a una mujer, relinchan tras ella, y, ¡vergüenza decirlo!, hallan autoridad en la Escritura para el consuelo de su incontinencia. Pero las mismas mujeres, ¡desdichadas criaturas!, aunque no merecen piedad, que cantan las palabras de su instructor (pues ¿qué exige Dios de ellas sino que se hagan madres?), han perdido no sólo su castidad, sino todo sentido de vergüenza, y defienden sus prácticas licenciosas con un aumento de desvergüenza. Tienes, además, en tu ejército muchos subalternos, tienes tus guardias y tus escaramuzadores en los puestos avanzados, los panzudos, los bien vestidos, los exquisitos y los oradores ruidosos, para defenderte con uñas y dientes. Los nobles te abren paso, los ricos estampan besos en tu rostro. Pues si no hubieras venido, el borracho y el glotón no habrían podido entrar en el Paraíso. ¡Todo honor a tu virtud, o más bien a tus vicios! Tienes en tu campamento incluso amazonas con los pechos descubiertos, los brazos y las rodillas desnudos, que desafían a los hombres que vienen contra ellas a una batalla de lujuria. Tu casa es numerosa, y por eso en tus pajareras no sólo se alimentan tórtolas, sino también abubillas, que pueden emprender el vuelo sobre todo el campo de la depravación más grosera. Despedázame y espárcame a los vientos: acúsame de las ofensas que quieras: acúsame de vida lujosa y delicada: te gustaría más si fuera culpable, pues entonces pertenecería a tu rebaño.

    II, 38

    38. Pero ahora me dirigiré a ti, gran Roma, que con la confesión de Cristo has borrado la blasfemia escrita en tu frente. Ciudad poderosa, ciudad señora del mundo, ciudad de las alabanzas del Apóstol, muestra el significado de tu nombre. Roma es o bien fuerza en griego, o altura en hebreo. No pierdas la excelencia que implica tu nombre: que la virtud te eleve a lo alto, que la voluptuosidad no te abaje. Por el arrepentimiento, como lo prueba la historia de Nínive, puedes escapar a la maldición con que el Salvador te amenazó en el Apocalipsis. Guárdate del nombre de Joviniano. Deriva del de un ídolo. El Capitolio está en ruinas: los templos de Jove con sus ceremonias han perecido. ¿Por qué habrían de florecer ahora en medio de ti su nombre y sus vicios, cuando incluso en tiempo de Numa Pompilio, incluso bajo el dominio de los reyes, tus antepasados acogieron con más gusto la templanza de Pitágoras que, bajo los cónsules, el libertinaje de Epicuro?
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Jerónimo no escribe una teoría del matrimonio, sino una réplica punto por punto, y su método es el mismo en los dos libros: contestar cada tesis de Joviniano con una cadena de textos bíblicos leídos en el sentido que él les da. El Prolegómeno del NPNF distingue dos registros: las cuestiones más especulativas las trata con calma; las opiniones contrarias al ascetismo, «con violencia y desprecio». La imagen de Joviniano que resulta es la de un polemista hostil, y el propio editor inglés anota que las imputaciones sobre su carácter son inferencias de Jerónimo.
    La respuesta tuvo un coste. Según el resumen que el NPNF antepone a la Carta 48, a Pammaquio, Pammaquio y otros amigos de Jerónimo en Roma retuvieron los dos libros, por parecerles que ensalzaban en exceso la virginidad a costa del matrimonio. En la carta (§ 2), Jerónimo dice que algunos le reprochan ese exceso y que el punto en disputa con Joviniano era si el matrimonio iguala a la virginidad. Los Prolegómenos añaden que las opiniones de Joviniano fueron condenadas por Siricio, por Ambrosio y por Agustín, y que Jerónimo, años después, habla de su muerte en el Contra Vigilancio con la burla del faisán y el cerdo.
    Dos cuestiones quedan abiertas que esta edición no resuelve. La primera es cuánto de lo que Jerónimo atribuye a Joviniano es lo que Joviniano dijo: Wikipedia señala que, a propósito de la tesis de los regenerados, Jerónimo cambia «derribados» por «tentados» (II, 1), y que otros comentaristas entienden que Joviniano hablaba de la imposibilidad de apartarse del cristianismo. La segunda es la fecha del sínodo de Milán: hacia 390 para el NPNF y 393 para Wikipedia.
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma la autoría y el texto de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. Un fragmento de griego del NPNF (I, 13, 1 Corintios 7:35) está corrupto en la fuente y llega así al castellano; se avisa en su lugar.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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