Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
«Si Jesús ora y no ora en vano, si obtiene sus súplicas mediante la oración y acaso no las habría recibido sin oración, ¿quién de nosotros ha de descuidar la oración?» La pregunta está en el capítulo VIII de este tratado, que Orígenes escribió en Cesarea de Palestina, entre 232 y 235, para su amigo Ambrosio y para Tatiana, una cristiana cercana a él. Ambrosio le había pedido que respondiera a quienes tenían la oración por inútil: si Dios lo sabe todo de antemano y todo lo ha dispuesto, ¿qué se gana pidiendo? Según Paul Koetschau, que editó el texto griego, es el primer escrito en que se tocan todas las cuestiones sobre el origen, la naturaleza, la forma y el contenido de la oración. Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa atribuida a William A. Curtis, que publica la Christian Classics Ethereal Library (CCEL) y que recoge, como libro 3, la colección Delphi Collected Works of Origen.
El tratado tiene tres partes y una despedida. La primera trata de la oración en general: las palabras con que la Escritura la nombra, las objeciones contra ella, quién ora con nosotros, a quién se dirige y qué se debe pedir. La segunda comenta el Padrenuestro petición por petición. La tercera añade indicaciones prácticas —postura, lugar, orientación y partes de la oración— que Orígenes no quiso dejar fuera. Es, con la Exhortación al martirio, uno de los dos opúsculos de Orígenes que se conservan enteros en su lengua original (Catholic Encyclopedia), y lo debemos a un solo manuscrito.
| Autor | Orígenes de Alejandría (nacido en 185 o 186, muerto hacia 253, según Wikipedia) |
| Título | Sobre la oración (en griego, Perì euchês, título que da el propio Orígenes según Koetschau; en latín, De oratione; en inglés, On Prayer). Clave CPG 1477 |
| Fecha y lugar | Cesarea de Palestina, entre 232 y 235 (Wikipedia). Koetschau propuso los años 233 o 234; el epub de partida dice «c. 235» |
| Destinatarios | Ambrosio, amigo y protector de Orígenes, y Tatiana, a quienes nombra al principio (cap. I) y al final (cap. XX) |
| Ocasión | Ambrosio le pidió una respuesta escrita contra la opinión de que orar no sirve de nada (cap. III; Koetschau) |
| Género | Tratado en tres partes: teoría de la oración, comentario del Padrenuestro e indicaciones prácticas |
| Transmisión | El texto griego completo depende de un único manuscrito, Cambridge, Trinity College B.8.10, del siglo XIV según Koetschau y del XV según el catálogo de Trinity College; un códice de París (grec 1788, siglo XV) conserva solo el final. Primera edición impresa, 1686 |
| Extensión | Veinte capítulos en esta edición (34 en la división de Koetschau), unas 36 000 palabras |
| Traducción | Castellana y directa, de la versión inglesa atribuida a William A. Curtis; no del griego |
| Fuente | Origen on Prayer, Christian Classics Ethereal Library (dominio público), recogida en Delphi Collected Works of Origen |
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que la Christian Classics Ethereal Library publica como Origen on Prayer, «Translated by William A. Curtis», en dominio público. La CCEL no da fecha ni editorial de esa traducción, y su origen está mal documentado. Roger Pearse, que la reproduce en tertullian.org, la presenta como un texto misterioso hallado en internet: Curtis habría sido, al parecer, un clérigo escocés de Glasgow de comienzos del siglo XX, pero quien la difundió fue Theodore J. Nottingham, que en enero de 2001 la ofreció a la CCEL diciendo que la había recibido de su mentor, el historiador de la Iglesia Charles Ashanin, quien a su vez la tenía de los papeles de Curtis. Nottingham la describía como traducida del griego por un erudito escocés del cambio de siglo y puesta en línea «newly edited and updated», es decir, revisada y actualizada por él. En 2014 se imprimió como Sacred Invocation: Origen On Prayer (CreateSpace), dedicada a la memoria de Ashanin, según la ficha de AbeBooks. El epub de partida es el libro 3 de la colección Delphi Collected Works of Origen.
Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción cuya base griega no se declara, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. El texto griego de referencia es la edición crítica de Paul Koetschau en la colección berlinesa de Padres griegos (Leipzig, 1899), que él mismo tradujo al alemán en la Bibliothek der Kirchenväter (vol. 48, Múnich, 1926); todas las ediciones anteriores, desde la primera, de 1686, derivan del manuscrito de Cambridge. En castellano, Wikipedia registra las traducciones de T. Martin (Salamanca, 1991) y F. Mendoza (Madrid, 1994).
Lo que viene de la edición. La división en veinte capítulos y sus títulos son de la versión inglesa, no de Orígenes. La edición de Koetschau divide la obra en 34 capítulos numerados por secciones; la tabla siguiente da la correspondencia, que el editor ha establecido comparando el comienzo de cada capítulo en las dos traducciones. Los términos hebreos entre paréntesis del capítulo II (aw-thar', naw-dar'…) llegan con la versión inglesa (ver la nota de ese capítulo), lo mismo que las únicas tres referencias bíblicas de la obra, entre paréntesis en el capítulo V: «(1Tim.2:9)», «(Sal.4:6)» y «(Mc.11:25)». Las demás citas bíblicas van sin referencia, como llegan, y pueden no coincidir con la Biblia del lector. Las transcripciones del griego del capítulo XVII («enotizou», «akoutisthete»…) se dan como en el inglés. Los puntos suspensivos del capítulo I («…apropiadas para orar . . .») señalan una de las lagunas que, según Koetschau, el único manuscrito presenta al comienzo. Las primeras palabras de cada capítulo, que el epub compone en versalitas, se pasan a minúsculas con inicial mayúscula; se mantienen las mayúsculas que el inglés da en ellas a los pronombres y nombres de Dios («Padre Nuestro», «Tu Reino»). Se conservan sin corregir algunos defectos del castellano del epub: palabras que quedaron en inglés o a medio traducir («una súplica concerning Judas», XIV; «¿Qué need decir…?», XVII; «con mayor earnestidad», XX), la grafía inglesa «Capernaum» (XVII) y el «ablativo» del capítulo XIV, que ya trae la versión inglesa (ver la nota de ese capítulo).
Según Koetschau, el propio Orígenes anuncia el plan al comienzo del último capítulo: una parte general sobre la oración y otra sobre el Padrenuestro, a las que se suma un suplemento sobre la manera de orar. En la tabla, la segunda columna da los capítulos de Koetschau en cifras arábigas, para no confundirlos con los de esta edición; el resumen es lectura del editor.
| Capítulo | Koetschau | De qué trata |
|---|---|---|
| I | 1–2 | Lo imposible para el hombre se hace posible por gracia, también saber orar; dedicatoria a Ambrosio y Tatiana |
| II | 3–4 | Las palabras de la Escritura para «oración» y «voto»: Jacob, las plagas de Egipto, Ana, Jefté |
| III | 5 | Las objeciones: si Dios lo prevé y lo dispone todo, ¿para qué orar? |
| IV | 6–7 | La respuesta: movimiento, libre albedrío y presciencia de Dios |
| V | 8–9 | Las condiciones para orar: sin ira, con manos santas, habiendo perdonado |
| VI | 10–11 | Quien ora no ora solo: con él oran el Sumo Sacerdote, los ángeles y los santos que ya murieron |
| VII | 12 | Toda la vida del santo, una gran oración; tres veces al día y de noche |
| VIII | 13 | Las oraciones de Jesús y lo que obtuvieron las de los santos |
| IX | 14, 1–5 | Pedir lo grande y celestial; súplica, oración, intercesión y acción de gracias |
| X | 14, 6 – 16, 1 | A quién se dirige cada una: la oración propiamente dicha, solo al Padre, por medio del Hijo |
| XI | 16, 2 – 17 | Pedir lo celestial; los bienes terrenos como sombras que acompañan a los verdaderos |
| XII | 18–21 | El Padrenuestro de Mateo y el de Lucas; lo que precede en Mateo: no orar para ser visto ni con palabrería |
| XIII | 22–23 | «Padre nuestro»: llamar Padre a Dios; en qué sentido está «en los cielos» |
| XIV | 24 | «Santificado sea tu nombre»; Taciano y el «sea» de la creación |
| XV | 25 | «Venga tu reino»: el reino de Dios dentro de nosotros |
| XVI | 26 | «Hágase tu voluntad»: la tierra y el cielo |
| XVII | 27 | «Danos hoy nuestro pan»: el pan de vida; la palabra epioúsios; «hoy» y los siglos |
| XVIII | 28 | «Perdónanos nuestras deudas»: lo que debemos; quiénes pueden perdonar pecados |
| XIX | 29–30 | «No nos dejes entrar en tentación»: toda la vida es prueba, y la tentación revela lo que hay en el alma; «líbranos del mal» |
| XX | 31–34 | Disposición, postura, lugar, orientación y partes de la oración; despedida |
I
Cosas en sí mismas tan supremamente grandes, tan por encima del hombre, tan absolutamente por encima de nuestra naturaleza perecedera, que resultan imposibles de comprender para la raza de mortales racionales, así la voluntad de Dios se hizo posible en la inmensurable abundancia de la gracia Divina que mana de Dios sobre los hombres, por medio de Jesucristo, ministro de su insuperable gracia para con nosotros, y por medio del Espíritu cooperante. Así, aunque es una imposibilidad permanente para la naturaleza humana adquirir la Sabiduría, por la cual todas las cosas han sido establecidas — porque todas las cosas, según David, Dios las hizo en sabiduría —, de imposible se vuelve posible por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien fue hecho para nosotros sabiduría de Dios, y justicia, y santificación, y redención.
Porque qué o quién es el hombre para que conozca el consejo de Dios, o quién concebirá lo que quiere ese Señor? Pues los pensamientos de los mortales son flacos y nuestros propósitos propensos a fallar; porque el cuerpo corruptible oprime el alma, y la mente, con su acopio de pensamientos, es agobiada por su tabernáculo terrenal; y las cosas de la tierra las prevemos con dificultad, pero las cosas del cielo, ¿quién las ha rastreado jamás? ¿Quién no diría que es imposible para el hombre rastrear las cosas del cielo? Y sin embargo, esta cosa imposible, por la sobreabundante gracia de Dios, se hace posible; porque el que fue arrebatado hasta el tercer cielo rastreó las cosas de los tres cielos por haber oído palabras indecibles que al hombre no le es lícito expresar. ¿Quién puede decir que es posible que la mente del Señor sea conocida por el hombre?
Pero esto también lo concede Dios benignamente por medio de Cristo, que dijo a sus discípulos: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que su señor quiere; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que he oído de mi Padre os las he dado a conocer; de modo que por medio de Cristo se les da a conocer la voluntad de Aquel que, cuando les enseña la voluntad del Señor, ya no desea ser su señor, sino que se hace amigo de aquellos de quienes antes era señor." Además, como nadie conoce las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él, así también nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu de Dios.
Ahora bien, si nadie conoce las cosas de Dios sino el Espíritu de Dios, es imposible que un hombre conozca las cosas de Dios. Pero mirad cómo también esto se hace posible: pero nosotros, dice, no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu que proviene de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado benignamente; y esto también lo hablamos, no con palabras enseñadas de sabiduría humana, sino con las enseñadas del Espíritu. Pero creo, piadosísimo y laborioso Ambrosio, y discretísima y varonil Tatiana, de la cual confieso que la flaqueza mujeril ha desaparecido tan verdaderamente como desapareció antaño de Sara, os preguntaréis con qué propósito se ha dicho todo esto en el prefacio sobre cosas imposibles para el hombre que se hacen posibles por la gracia de Dios, cuando el tema prescrito para nuestro discurso es la Oración.
El hecho es que creo que es ella misma una de aquellas cosas que, juzgadas por nuestra flaqueza, son imposibles: exponer con exactitud y reverencia una cuenta completa de la oración, y en particular de cómo debe ofrecerse la oración, qué debe decirse a Dios en la oración, qué estaciones son más, cuáles menos, apropiadas para orar . . . El mismo apóstol que, a causa de la abundancia de las revelaciones, se afana porque nadie le atribuya más de lo que ve en él u oye de él, confiesa que no sabe orar como debe, pues lo que debemos pedir, dice, no sabemos orarlo como debemos. Es necesario no solo orar, sino también orar como debemos y orar lo que debemos. Porque aunque se nos conceda entender lo que debemos pedir, eso no basta si no le añadimos también el modo recto.
Por otra parte, ¿de qué nos sirve el modo recto si no sabemos pedir lo que debemos? De estas dos cosas, la una, me refiero al "lo que debemos" de la oración, es el lenguaje de la oración, mientras que el "como debemos" es la disposición del que ora. Así, lo primero lo ilustran "Pedid las cosas grandes y las pequeñas se os añadirán", y "Pedid las cosas celestiales y las terrestres se os añadirán", y "Orad por los que os ultrajan", y "Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies", y "Orad que no entréis en tentación", y "Orad que vuestra huida no sea en invierno ni en sábado", y "Al orar, no balbucéis", y pasajes semejantes; lo segundo, por "Deseo, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni disputa, y asimismo que las mujeres se atavíen decentemente en sencillez, con modestia y discreción, no con oro ni perlas ni vestidos costosos, sino, como corresponde a mujeres que profesan piedad, mediante buenas obras. Instructivo también, para orar "como debemos", es el pasaje:
"Si, pues, tú ofreces tu ofrenda ante el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y vuelve; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda"; pues ¿qué mayor ofrenda puede subir a Dios de una criatura racional que las palabras fragrantes de una oración ofrecida desde una conciencia sin mancha de pecado? Igualmente instructivo es "No os neguéis el uno al otro, sino de común acuerdo por algún tiempo, para daros a la oración y volver a estar juntos otra vez, a fin de que Satanás no tenga ocasión de exaltarse sobre vosotros a causa de vuestra incontinencia.
Porque la oración "como debemos" queda coartada si los misterios del matrimonio, que reclaman nuestro silencio, no se consuman con más solemnidad y deliberación y con menos pasión; el "acuerdo" mencionado en el pasaje borra la discordia de la pasión, destruye la incontinencia y previene la maliciosa exultación de Satanás. Y aún otra vez instructivo para orar "como debemos" es el pasaje: "Si estás de pie orando, perdona algo que tengas contra algún hombre"; y también el pasaje de Pablo "Todo hombre que ora o predica con la cabeza cubierta afrenta su cabeza, y toda mujer que ora o predica con la cabeza descubierta afrenta su cabeza" es descriptivo del modo recto de la oración.
Pablo conoce todos estos dichos, y podría citar, con sutil exposición en cada caso, muchos más de la ley y de los profetas y del cumplimiento del evangelio; pero, en la moderación, sí, y en la veracidad de su naturaleza, y porque ve cuánto, después de todo ello, falta para el conocimiento del modo recto de orar lo que debe, dice "pero lo que debemos pedir no sabemos orarlo como debemos", y añade a ello la fuente de la cual la deficiencia del hombre es suplida si, aunque ignorante, se ha hecho digno de que la deficiencia sea suplida en él:
"El Espíritu mismo intercede con exceso con Dios en gemidos indecibles, y el que escudriña los corazones sabe cuál es la mente del Espíritu, porque su intercesión a favor de los santos es según Dios." Así, el Espíritu que clama "Abba, Padre" en los corazones de los bienaventurados, sabiendo con solicitud que su gemir en este tabernáculo no puede sino agobiar a los ya caídos o a los transgresores, "intercede con exceso con Dios en gemidos indecibles", por el gran amor y compasión que siente por los hombres, tomando sobre sí nuestros gemidos; y, en virtud de la sabiduría que mora en Él, contemplando nuestra Alma humillada "hasta el polvo" y encerrada en el cuerpo "de humillación", no emplea gemidos comunes cuando intercede con exceso con Dios, sino indecibles, semejantes a las palabras indecibles que al hombre no le es lícito expresar. No contento con interceder con Dios, este Espíritu intensifica su intercesión, "intercede con exceso", por los que más que vencemos, pues creo que tales eran Pablo, que dice "Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores."
Simplemente "intercede", creo, no por los que más que vencemos, ni tampoco por los que son vencidos, sino por los que vencen. Semejante al dicho "lo que debemos pedir no sabemos orarlo como debemos, pero el Espíritu intercede con exceso con Dios en gemidos indecibles" es el pasaje "Oraré con el espíritu, y oraré también con el entendimiento; cantaré con el espíritu, y cantaré también con el entendimiento."
Porque ni siquiera nuestro entendimiento es capaz de orar, a menos que el espíritu lo conduzca en la oración, por así decirlo, dentro de su alcance, ni más puede cantar o himnizar, con cadencia rítmica y en unísono, con medida verdadera y en armonía, al Padre en Cristo, a menos que el Espíritu, que escudriña todas las cosas, aun la profundidad de Dios, alabe primero e himnice a Aquel cuya profundidad ha escudriñado y, como tuvo el poder, comprendido. Creo que debió de ser la conciencia despertada de la flaqueza humana, corta en orar del modo recto, sobre todo realizada al escuchar las grandes palabras de íntimo conocimiento que caían de los labios del Salvador en oración al Padre, lo que movió a uno de los discípulos de Jesús a decir al Señor cuando cesó de orar: "Señor, enséñanos a orar, así como también Juan enseñó a sus discípulos." El tren completo del lenguaje es el siguiente: "Y aconteció que, estando Él orando en cierto lugar, uno de sus discípulos le dijo cuando cesó: Señor, enséñanos a orar, así como también Juan enseñó a sus discípulos."
Porque ¿es concebible que un hombre que había sido criado bajo instrucción en la ley y oído de las palabras de los profetas, y no era extraño a la sinagoga, no tuviera conocimiento alguno de la oración hasta que vio al Señor orando en cierto lugar? Es absurdo pretender que era uno que oraba según la práctica judía pero vio que necesitaba conocimiento más pleno en cuanto al lugar con referencia a la oración. ¿Qué era, también, con referencia a la oración, lo que Juan solía enseñar a los discípulos que venían a él para el bautismo de Jerusalén y de toda Judea y del país de alrededor, sino ciertas cosas de las cuales, como uno mayor que un profeta, tenía visión con referencia a la oración, las cuales, creo, no entregaría a todos los que eran bautizados sino en privado a aquellos que eran discípulos con miras al bautismo?
Tales son las oraciones, que son verdaderamente espirituales porque el espíritu oraba en el corazón de los santos, registradas en la Escritura, y están llenas de declaraciones indeciblemente maravillosas. En el primer libro de Reyes está la oración de Ana, en parte, porque no fue toda ella puesta por escrito, ya que ella "hablaba en su corazón" mientras perseveraba en oración delante del Señor; y en los Salmos, el salmo diecisiete está titulado "Oración de David", y el nonagésimo "Oración de Moisés, varón de Dios", y el ciento dos "Oración de un pobre cuando está cansado y derrama su súplica delante del Señor."
Estas son oraciones que, porque verdaderamente son oraciones hechas y habladas con el espíritu, están también llenas de las declaraciones de la sabiduría de Dios, de modo que uno puede decir de las verdades que proclaman: "¿Quién es sabio para que las entienda? Y entendido, entonces las conocerá plenamente." Por tanto, puesto que es tan grande empresa escribir sobre la oración, para pensar y hablar dignamente de tema tan grande, necesitamos la iluminación especial del Padre, y la enseñanza del primogénito Verbo mismo, y la operación interna del Espíritu; oro como hombre — porque de ningún modo me atribuyo a mí mismo capacidad alguna para la oración — para obtener el Espíritu de oración antes de disertar sobre ella, y suplico que nos sea concedido un discurso pleno y espiritual, y que las oraciones registradas en los Evangelios sean esclarecidas.
Comencemos, pues, ahora nuestro discurso sobre la Oración.
Comentario editorial · Ambrosio y Tatiana, a quienes se dirige el tratado
Orígenes escribe para dos personas a las que nombra al comienzo y al final: Ambrosio y Tatiana. Ambrosio era su amigo y protector: según Eusebio, un valentiniano al que Orígenes ganó para la doctrina de la Iglesia (Historia eclesiástica VI, 18) y que le pagaba más de siete taquígrafos y otros tantos copistas (VI, 23). Wikipedia añade que las obras de Orígenes posteriores a 218 le están dedicadas. De Tatiana se sabe poco más de lo que dice el texto: Wikipedia la presenta como la «hermana» de Ambrosio, y Paul Koetschau, que editó el griego, como una cristiana piadosa cercana a él. Según Koetschau, fue Ambrosio quien pidió el escrito, contra una opinión entonces difundida: que orar no sirve de nada, la objeción del capítulo III.
II
Hasta donde he observado, la primera instancia del término oración que encuentro es cuando Jacob, huyendo de la ira de su hermano Esaú, iba camino de Mesopotamia por indicación de Isaac y Rebeca. El pasaje dice: E hizo Jacob un voto (oró una oración), diciendo: Si el Señor Dios estuviere conmigo, y me guardare en este camino que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y me hiciere volver en paz a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he erguido por señal será para mí casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti.
Debe también observarse que el término oración en muchos lugares difiere de la oración tal como nosotros hablamos de ella — como cuando se aplica al caso de quien profesa que hará ciertas cosas a cambio de obtener de Dios otras ciertas. La expresión oración se emplea, sin embargo, en nuestro sentido usual [en los textos tempranos]. Así, en el Éxodo, después de la plaga de ranas, la segunda en orden de las diez: "Llamó Faraón a Moisés y a Aarón y les dijo: Orad al Señor por mí, para que aparte de mí y de mi pueblo las ranas; y yo dejaré salir al pueblo para que sacrifique al Señor."
Y si, porque la palabra de Faraón es aw-thar', alguien dudara de que aw-thar' signifique aquí oración además de voto, debería observar lo que sigue: "Moisés dijo a Faraón: 'Ten a bien decirme cuándo he de orar (aw-thar') por ti, por tus oficiales y por tu pueblo, para que las ranas sean apartadas de ti y de tus casas y queden solo en el Nilo.'" En el caso de las pulgas, la tercera plaga, he observado que ni Faraón suplica que se haga oración ni Moisés ora. En el caso de las moscas, la cuarta, dice: Orad pues al Señor por mí.
Entonces dijo también Moisés: Yo saldré de junto a ti y oraré a Dios, y las moscas se apartarán mañana de Faraón, de sus siervos y de su pueblo. Y poco después: Y Moisés salió de junto a Faraón y oró a Dios. De nuevo, en la quinta y la sexta plaga, ni Faraón suplicó que se hiciera oración ni Moisés oró; pero en la séptima Faraón envió a llamar a Moisés y a Aarón y les dijo: He pecado esta vez; el Señor es justo, yo y mi pueblo somos impíos. Orad pues al Señor para que haya fin a los truenos y al granizo y al fuego. Y poco después: Moisés salió de junto a Faraón, fuera de la ciudad, y extendió sus manos al Señor, y hubo fin a los truenos. ¿Por qué no es como en los casos anteriores?
Y oró, mas extendió sus manos al Señor. Es cuestión que conviene considerar más oportunamente en otro lugar. En el caso de la octava plaga, sin embargo, Faraón dice . . . y orad (aw-thar') al SEÑOR vuestro Dios para que al menos aparte de mí esta cosa mortal." Entonces Moisés salió de junto a Faraón y oró (aw-thar') a Dios. Dijimos que el término oración (aw-thar') está, como en el caso de Jacob, empleado en muchos lugares en un sentido distinto del acostumbrado. En el Levítico, por ejemplo: El Señor habló a Moisés diciendo: Habla a los hijos de Israel; y les dirás:
Cuando alguien hiciere voto (naw-dar') de voto (neh'-der), poniendo precio a su alma para el Señor, su precio, si es varón de veinte a sesenta años, será cincuenta didracmas de plata, según el siclo del santuario. Y en Números: Y el Señor habló a Moisés diciendo: Habla a los hijos de Israel; y les dirás: Hombre o mujer, quien hiciere (naw-dar') gran voto de consagración al Señor, se consagrará del vino y de la bebida fuerte — y así de lo concerniente al llamado nazareo; luego, poco después: y santificará su cabeza en el día en que fue santificado al Señor por los días del voto.
Y de nuevo poco después: Esta es la ley del que ha hecho voto cuando cumpliere los días de su voto . . . ; y de nuevo poco después: Y después de eso, el que ha hecho voto beberá vino. Esta es la ley del que ha hecho voto, de quien ha votado su ofrenda votiva al Señor, aparte de lo que su mano alcanzare en virtud de su voto que ha votado según la ley de la consagración. Y hacia el final de Números: Y Moisés habló a los príncipes de las tribus de los hijos de Israel diciendo: Esto es lo que el Señor ha decretado: El hombre que hubiere hecho voto al Señor, o jurado juramento, o contraído obligación, no profanará su palabra con su alma: todo lo que saliere de su boca, lo hará.
Y si una mujer hubiere hecho voto al Señor, o contraído obligación en casa de su padre en su juventud, y su padre hubiere oído sus votos y las obligaciones que contrajo contra su alma, y su padre se los dejare pasar en silencio, todos sus votos permanecerán firmes, y las obligaciones que contrajo contra su alma permanecerán: tras lo cual establece otras varias leyes para tal mujer. En este sentido está escrito en Proverbios: [Tengo ofrenda de paz: hoy pago mis votos; y el hijo necio es vergüenza del padre: no son santos los votos de la ganancia de la ramera; y] es lazo al hombre santificar a la ligera cosa alguna suya: pues tras el voto viene el arrepentimiento.
Y en el Eclesiastés: Mejor es no hacer voto que hacer voto y no pagar; y en los Hechos de los Apóstoles: Hay entre nosotros cuatro hombres que por sí mismos están bajo voto. No juzgué fuera de lugar distinguir primero el significado de oración (aw-thar') en sus dos sentidos, y semejantemente el de oración (neh'-der), pues esta última, además de su uso general común y acostumbrado, se emplea también en el sentido que solemos atribuir a voto en lo que se cuenta de Ana en el primer libro de Samuel: Y Elí el sacerdote estaba sentado en un asiento a la puerta del templo del Señor.
Y ella estaba en amargura de alma, y oró (paw-lal') al Señor, y lloró abundantemente. E hizo (naw-dar') voto (neh'-der), diciendo: Señor de los ejércitos, si de verdad mirares la humillación de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, y dieres a tu sierva simiente varón, entonces lo daré al Señor por todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza. Y sin embargo, en este caso, puede uno, no sin verosimilitud, atendiendo en especial a las palabras "oró (paw-lal') al Señor," "e hizo un voto," preguntar si, habiendo hecho ambas de dos cosas, esto es, "oró al Señor" "e hizo un voto," la palabra oró ( paw-lal') por una parte no está empleada en nuestra significación acostumbrada de oración (aw-thar'), y "hizo un voto" por otra en el sentido en que se emplea en el Levítico y en Números.
Porque "lo daré al Señor por todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza" no es en rigor una oración, sino tal voto como también hizo Jefté en el pasaje: y Jefté hizo voto al Señor y dijo: Si de verdad entregares a los hijos de Amón en mi mano, entonces será que quien saliere de las puertas de mi casa a recibirme cuando yo vuelva en paz de los hijos de Amón, será del Señor, y lo ofreceré en holocausto.
Comentario editorial · Palabras hebreas que no son de Orígenes
Los términos entre paréntesis de este capítulo —aw-thar', naw-dar', neh'-der, paw-lal'— no vienen de Orígenes. Son verbos y sustantivos hebreos (ʿāthar, «suplicar»; nādar, «hacer voto»; neder, «voto»; pālal, «orar») escritos con la pronunciación figurada de la concordancia de Strong (números 6279, 5087, 5088 y 6419), y llegan con la versión inglesa. Orígenes escribía en griego y citaba la Biblia griega: lo que distingue aquí, según la traducción alemana de Koetschau, es la palabra euchḗ, que en la Escritura significa a la vez «oración» y «voto», y la palabra proseuchḗ, «oración» sin más (capítulos 3 y 4 de esa división). Por eso los ejemplos alternan oraciones y votos: Jacob, Ana, Jefté, el nazireo.
III
Si pues debo, como me lo has instado, exponer en primer lugar los argumentos de aquellos que afirmaron que nada se logra como resultado de las oraciones y por ello sostienen que la oración es superflua, no vacilaré en hacerlo también según mi capacidad — empleándose ahora el término oración en su sentido más común y general. En tan poca estima está, en efecto, esta opinión, y en tal grado ha dejado de contar con defensores distinguidos, que, entre los que admiten una providencia y ponen un Dios sobre el universo, no se halla alma alguna que no crea en la oración.
Esta opinión (sentimiento) pertenece o a ateos consumados que niegan la existencia de Dios, o bien a quienes admiten un Dios, en cuanto al nombre, pero le privan de la providencia. Ya, hay que decirlo, el obrar adverso, con la intención de envolver la más impía de las opiniones en el nombre de Cristo y en la doctrina del Hijo de Dios, ha hecho algunos conversos a la innecesariedad de la oración — sentimiento que encuentra defensores en quienes por todos los medios suprimen las formas externas, rehuyendo por igual el bautismo y la eucaristía, tergiversando las Escrituras como si no significaran realmente esto que llamamos oración, sino como si enseñaran algo muy distinto de ello.
Los que rechazan las oraciones, es decir, mientras ponen un Dios sobre el universo y afirman la providencia — pues no es mi tarea presente examinar las afirmaciones de quienes por todos los medios suprimen a Dios o la providencia —, podrían razonar como sigue: Dios conoce todas las cosas antes de que lleguen a ser. No hay nada que, al entrar en la existencia, sea entonces conocido por Él por primera vez como antes desconocido. ¿Qué necesidad hay de elevar súplicas a Aquel que, aun antes de que oremos, sabe qué cosas necesitamos? Porque el Padre celestial sabe qué cosas necesitamos antes de que se las pidamos.
Es razonable creer que, como Padre y Artífice del universo, que ama todas las cosas que son y no aborrece nada de lo que ha hecho, administra con seguridad los asuntos de cada uno con independencia de la oración, como un padre que ampara a sus hijos de pecho sin aguardar sus súplicas, cuando éstos o son del todo incapaces de pedir o, por ignorancia, desean a menudo obtener lo contrario de lo que es para su provecho y ventaja. Nosotros los hombres estamos aún más lejos de Dios, en cuanto al entendimiento de sus padres, que los más pequeños niños. Y con toda verosimilitud las cosas que han de ser no sólo son preconocidas sino preordenadas por Dios, y nada sucede contra su preordenación. Si alguien orara por la salida del sol, sería tenido por un simple por suplicar mediante la oración la ocurrencia de lo que iba a suceder con independencia de su oración: de igual manera sería un necio el hombre que creyera que su oración fue responsable de la ocurrencia de lo que habría de suceder en todo caso aun cuando jamás hubiera orado.
Y de nuevo, así como es la cima de la locura imaginar que, porque uno padece molestia y fiebre bajo el sol en el solsticio de verano, el Sol ha de ser trasladado mediante la oración al zodíaco de la primavera, a fin de que uno goce de un aire templado, así sería la cima del desvarío imaginar que, por razón de la oración, uno no experimentaría las desdichas que alcanzan por necesidad al linaje de los hombres. Además, si es verdad que los pecadores se extravían desde el nacimiento y que el justo ha sido apartado desde el seno de su madre, y si, estando aún por nacer y no habiendo hecho ni bien ni mal, se dice que el mayor servirá al menor, a fin de que el propósito electivo de Dios permanezca firme, no basado en las obras sino en el que llama, en vano suplicamos el perdón de los pecados o el recibir un espíritu de fortaleza, a fin de que, fortaleciéndonos Cristo, tengamos fortaleza para todas las cosas.
Si somos pecadores, estamos extraviados desde el nacimiento; si, por el contrario, fuimos apartados desde el seno de nuestra madre, las mejores cosas vendrán a nosotros aunque no oremos. Se profetiza antes de su nacimiento que Jacob estará sobre Esaú y que su hermano le servirá: ¿qué tiene que ver la oración con eso? ¿De qué impiedad es culpable Esaú, que es odiado antes de su nacimiento? ¿Con qué fin ora Moisés, como se halla en el salmo nonagésimo, si Dios es su refugio desde antes de que fueran firmados los montes y formadas la tierra y el mundo? Además, de todos los que han de salvarse, se registra en la Epístola a los Efesios que el Padre los eligió en Él, en Cristo, antes de la fundación del mundo, para que fuesen santos e inmaculados delante de Él, preordenándolos para adopción de hijos suyos mediante Cristo.
Por tanto, o el hombre es elegido, del número de los que lo son desde antes de la fundación del mundo, y de ningún modo puede caer de su elección, en cuyo caso no tiene, por ello, necesidad de oración; o no es elegido ni preordenado, en cuyo caso ora en vano, pues, aunque orara diez mil veces, no será escuchado. Porque a los que antes conoció Dios, también los preordenó a la conformidad con la imagen de la gloria de su Hijo; y a los que preordenó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.
¿Por qué está angustiado Josías, o por qué tiene inquietud acerca de si será o no escuchado en la oración, cuando, muchas generaciones antes, fue profetizado por su nombre y su acción futura no sólo preconocida sino predicha a oídos de muchos? ¿Con qué fin, asimismo, ora Judas, con el resultado de que aun su oración se convirtió en pecado, cuando desde los tiempos de David está preanunciado que perderá su obispado, recibiendo otro en su lugar?
Es por sí mismo evidentemente absurdo, siendo Dios inmutable y habiendo precomprendido todas las cosas y adhiriéndose a sus preordenaciones, orar con la creencia de que mediante la oración uno cambiará su propósito, o, como si no hubiera ya preordenado sino que aguardara la oración de cada individuo, hacer intercesión para que disponga lo que conviene al suplicante por razón de su oración, nombrando allí mismo lo que aprueba como razonable aunque antes no lo hubiera contemplado. En este punto pueden consignarse textualmente las proposiciones que formulaste en tu carta a mí, así: Primero, si Dios es preconocedor del futuro y éste ha de cumplirse, la oración es vana. Segundo, si todas las cosas suceden en virtud de la voluntad de Dios, y sus decretos son firmes, y nada de lo que Él quiere puede ser cambiado, la oración es vana. Hacia la solución de las dificultades que entorpecen el instinto de la oración pueden adelantarse, según creo, las siguientes consideraciones útiles.
IV
De los objetos que se mueven, algunos tienen la causa del movimiento fuera de ellos. Tales son los objetos carentes de vida, en movimiento pasivo simplemente por fuerza de condición, y aquellos que son movidos por fuerza de la naturaleza y de la vida del mismo modo, y no como las cosas que se mueven ocasionalmente; pues las piedras y los troncos que han sido extraídos de la cantera o cortados de su crecimiento, estando en movimiento pasivo simplemente por fuerza de condición, tienen la causa del movimiento fuera de ellos.
Tales son también los cuerpos muertos de los animales y las partes móviles de las plantas, que cambian de posición por compulsión y no como los animales y las plantas mismas cambian su posición, sino del mismo modo que las piedras y los troncos cortados de su crecimiento — aunque incluso éstos pueden decirse que se mueven en cuanto que, estando todos los cuerpos en decadencia en flujo, poseen el movimiento inherente que acompaña a la decadencia. Además de éstos, una segunda clase de objetos móviles son los que se mueven por fuerza de su naturaleza interna o de su vida, los cuales, según quienes usan los términos en su sentido más estricto, se dice que se mueven por sí mismos.
Un tercer tipo de movimiento es el de los animales, que se denomina movimiento espontáneo, mientras que, a mi juicio, el movimiento de los seres racionales es movimiento independiente. Si retiramos de un animal el movimiento espontáneo, no puede ya concebírselo siquiera como animal; será como una planta que se mueve por mera fuerza de la naturaleza o como una piedra arrastrada por alguna fuerza externa a ella: siempre que un objeto sigue su propio movimiento peculiar, puesto que eso es lo que hemos denominado movimiento independiente, es necesario que sea racional. Por tanto, los pensadores que sostienen que nada está en nuestro poder, asentirán necesariamente a una afirmación sumamente insensata: primero, que no somos animales; y segundo, que tampoco somos seres racionales, sino que aquello que se cree que hacemos puede decirse que lo hacemos por fuerza, por así decirlo, de alguna causa externa del movimiento, y en ningún sentido moviéndonos nosotros mismos.
Que cualquiera, además, con especial atención a sus propios sentimientos, vea si puede sin vergüenza negar que es él mismo quien quiere, come, camina, da su asentimiento y acepta ciertas opiniones, y disiente de otras como falsas. Hay ciertas opiniones a las que un hombre no puede asentir de ningún modo, aunque las presente con innumerables refinamientos de argumento y con razonamientos verosímiles; y de modo semejante es imposible asentir a cualquier opinión sobre los asuntos humanos en la que nuestro libre albedrío no se conserve de ningún modo.
¿Quién asiente a la opinión de que nada es comprensible, o vive como en completa suspensión del juicio? ¿Quién, habiendo recibido una percepción sensible de una mala acción doméstica, se abstiene de reprender al siervo? ¿Y quién hay que no reprenda a un hijo que no paga el deber debido a los padres, o que no culpe y reproche a una adúltera por haber cometido un acto vergonzoso? La verdad nos fuerza y nos compele, a pesar de innumerables refinamientos, a la alabanza y a la censura impulsivas, sobre la base de nuestra retención del libre albedrío con la responsabilidad en que nos implica.
Si nuestro libre albedrío es en verdad conservado con innumerables inclinaciones hacia la virtud o el vicio, hacia el deber o su contrario, su futuro debe, como las demás cosas, haber sido conocido por Dios antes de cumplirse, desde la creación y fundación del mundo; y todas las cosas preordenadas por Dios conforme a lo que ha visto de cada acto de nuestros libres albedríos. Con debida consideración a cada movimiento de nuestros libres albedríos, ha preordenado lo que ha de ocurrir a la vez en su providencia y tener lugar según el tren de los acontecimientos futuros. El preconocimiento de Dios no es la causa de todos los acontecimientos futuros, incluidos los que han de tener su causa eficiente en nuestro libre albedrío guiado por el impulso.
Aunque supusiéramos que Dios ignora el futuro, no quedaremos por ello incapacitados para efectuar esto y querer aquello. Antes bien, de su preconocimiento se sigue que nuestros libres albedríos individuales reciben el ajuste conveniente a la disposición universal necesaria para la constitución del mundo. Si, por tanto, nuestros libres albedríos individuales han sido conocidos por Él, y si en su providencia se ha cuidado por ello de hacer la debida disposición para cada uno, es razonable creer que también ha precomprendido lo que un hombre determinado ha de orar en aquella fe, cuál su disposición y cuál su deseo.
Siendo esto así, en su disposición habrá sido ordenado, en consecuencia, más o menos así: A este hombre lo escucharé por razón de la oración que orará, porque orará con sabiduría; pero a aquel hombre no lo escucharé, o porque será indigno de ser escuchado, o porque su oración será por cosas ni provechosas para el suplicante recibir ni dignas de mí otorgar; y en el caso de esta oración, de alguna persona determinada, digamos, no lo escucharé, pero en el caso de aquélla sí.
Si el hecho del preconocimiento infalible de Dios acerca del futuro inquieta a alguien, sugiriendo que las cosas han sido necesariamente determinadas, debemos decirle que es parte real del conocimiento firme de Dios que un hombre determinado no elegirá con certeza fija lo mejor, ni deseará lo peor hasta volverse incapaz de un cambio para su bien. Y de nuevo: haré esto por este hombre cuando ore, como me conviene, viendo que orará sin reproche y no será negligente en la oración; a aquel hombre que orará por cierta cantidad, le otorgaré esto abundantemente en exceso de su pedir o pensar, pues me conviene superarle en el bien hacer y proveer más de lo que ha sido capaz de pedir.
A este otro hombre de carácter determinado le enviaré este ángel como ministro, para cooperar desde cierto tiempo en su salvación y estar con él por cierto período; a aquel otro, que será mejor hombre que él, aquel ángel de rango superior al suyo. De este hombre que, después de haberse dedicado a las visiones más elevadas, se relajará gradualmente y recaerá en lo más material, retiraré a este cooperador superior, a cuyo retiro aquella potencia debidamente inferior, habiendo hallado ocasión de alcanzar su laxitud, se lanzará sobre él y, cuando él se haya entregado en disposición al pecado, lo incitará a estos pecados particulares. Así podemos imaginar que dice el Preordenador del Todo:
Amós engendrará a Josías, que no imitará los defectos de su padre, sino que hallará su camino conduciéndole a la virtud, y será, con ayuda de estos compañeros, noble y bueno, de modo que derribará el altar erigido malvadamente por Jeroboán. Sé también que Judas, en la estancia de mi Hijo entre la raza de los hombres, será al principio noble y bueno, pero luego se apartará y caerá en pecados humanos, de modo que sufrirá justamente así por ellos. Este preconocimiento, acaso respecto de todas las cosas, ciertamente respecto de Judas y otros misterios, existe también en el Hijo de Dios, quien, en su discernimiento de la evolución del futuro, ha visto a Judas y los pecados que ha de cometer, de modo que, aun antes de que Judas existiera, ha dicho en su comprensión, por medio de David, las palabras que comienzan: "Oh Dios, no guardes silencio ante mi alabanza". — Conociendo como conozco el futuro y qué influencia tendrá Pablo en la causa de la religión, antes aún de ponerme a comenzar la creación y fundar el mundo, lo elegiré: lo encomendaré desde el momento de su nacimiento a estas potestades que cooperan en la salvación de los hombres.
Lo apartaré desde el seno de su madre. Permitiré que al principio caiga en su juventud en un celo ignorante y que, en la causa confesada de la religión, persiga a los creyentes en mi Cristo y guarde las vestiduras de los que apedrean a mi siervo y testigo Esteban, de modo que más tarde, al término de su juvenil obstinación, pueda recibir un nuevo comienzo y cambiarse para lo mejor, y sin embargo no se jacte delante de mí, sino que pueda decir: "No soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios"; y, comprendiendo la bondad que recibirá de mí después de sus faltas cometidas en la juventud en la causa confesada de la religión, pueda declarar: "Por la gracia de Dios soy lo que soy"; y, siendo refrenado por la conciencia a razón de las obras que realizó siendo aún joven contra Cristo, no se envanezca en exceso por la sobreabundancia supereminente de las revelaciones que en bondad le mostraré.
A la objeción referente a la oración por el levantamiento del Sol podemos responder como sigue. También el Sol posee cierto libre albedrío, puesto que él, con la luna, se une para alabar a Dios, porque "Alabadle, sol y luna", dice; como también manifiestamente la luna y todas las estrellas conformemente, porque dice "Alabadle, todas las estrellas y luz". Así, pues, como hemos dicho que Dios ha empleado el libre albedrío de los seres individuales sobre la tierra para el servicio de los seres sobre la tierra, disponiéndolos rectamente, así podemos suponer que ha empleado el libre albedrío, fijo y cierto y firme y sabio como es, del sol, la luna y las estrellas, en disponer el mundo entero del cielo con el curso y movimiento de las estrellas en armonía con el todo.
Si no oro en vano por lo que concierne a cualquier otro libre albedrío, mucho más oraré por lo que concierne al libre albedrío de las estrellas que pisan en el cielo sus medidas conservadoras del mundo. Puede ciertamente decirse de los seres sobre la tierra que ciertas apariencias en nuestro entorno suscitan ahora nuestra inestabilidad, ahora nuestra mejor inclinación a actuar o hablar de ciertas maneras; pero en el caso de los seres en el cielo, ¿qué apariencias pueden interponerse para expulsar y apartar del curso que beneficia al mundo a seres que tienen cada uno una vida tan ajustada por la Razón independientemente de ellos, y que gozan de un marco tan etéreo y supremamente puro?
Comentario editorial · Saber de antemano no es causar
La objeción del capítulo III parte de la presciencia: si Dios conoce y dispone todo antes de que ocurra, orar no cambia nada. Orígenes responde distinguiendo lo que se mueve desde fuera (una piedra), por su naturaleza (una planta), por impulso (un animal) y por sí mismo (un ser racional), y concluye que lo que hacemos está en nuestro poder. El paso decisivo es este: «El preconocimiento de Dios no es la causa de todos los acontecimientos futuros». Dios conoce de antemano las decisiones libres, también la de quien ora, y dispone el mundo contando con ellas. Es la postura que Wikipedia le atribuye en general: que Jesús supiera de antemano la traición de Judas solo muestra que Dios sabía que ocurriría, y Judas decidió libremente. El ejemplo de Judas aparece también en este capítulo.
Para ampliar: Origen (Wikipedia (en), «Ethics»)
V
Con vista a impulsar a los hombres a orar y apartarlos del descuido de la oración, no será irrazonable usar además una ilustración como esta. Así como, aparte de la mujer y aparte del recurso a la función requerida para la procreación, el hombre no puede procrear, así no puede uno obtener ciertas cosas sin oración de cierta manera, con cierta disposición, con cierta fe, tras cierto modo de vida previo. Así, pues, no debemos balbucir ni pedir cosas pequeñas ni orar por cosas terrenas ni entrar en la oración con ira y con pensamientos perturbados.
Tampoco es posible pensar en entregarse a la oración aparte de la purificación. Tampoco es posible el perdón de los pecados al que hace la súplica, a menos que de corazón perdone a su hermano que ha hecho mal y le suplique para obtener su perdón. Que un beneficio se acumula para quien ora rectamente o se esfuerza, según su capacidad, en hacerlo, se sigue, considero, de muchas maneras: Es, en primer lugar, seguramente en todo sentido una ventaja espiritual para quien se aplica a la oración, en la misma compostura de la oración, presentarse ante Dios y en Su presencia hablarle con un vivo sentido de que Él mira y está presente. Porque así como ciertas imágenes mentales y recuerdos particulares conectados con los objetos recordados pueden ensuciar los pensamientos sugeridos por otras ciertas imágenes, del mismo modo podemos creer que es ventajoso recordar a Dios como objeto de nuestra fe — Aquel que discierne los movimientos dentro del santuario interior del alma cuando se dispone a complacer al Examinador de los Corazones e Indagador de los Riñones como Uno que está presente y contempla y penetra toda mente.
Aunque se suponga que quien ha compuesto sus pensamientos para la oración recibe un beneficio mayor que este, no ha de concebirse como pequeña la ganancia que obtiene quien se ha dispuesto devotamente en el tiempo de la oración. Cuando esto se practica con regularidad, cuántos pecados nos evita y a cuántos logros nos conduce, solo lo saben quienes se han entregado con cierto grado de constancia a la oración.
Porque si el recuerdo y la recontemplación de un hombre que ha alcanzado fama y beneficio en la sabiduría nos incita a evaluarlo y a veces refrena nuestros impulsos inferiores, ¡cuánto más ventajoso se vuelve para quienes están persuadidos de que están ante un Dios presente y que escucha el recuerdo de Dios el Padre de todos, junto con la oración a Él!
Lo que he dicho puede establecerse a partir de las divinas Escrituras del modo siguiente. Quien ora debe alzar manos santas, perdonando a todo el que le ha ofendido, con la pasión de la ira desterrada de su alma y sin estar airado con nadie. Y de nuevo, para que su mente no se enturbie con pensamientos ajenos, debe, mientras ora, olvidar por el tiempo todo lo que está fuera de la oración — ¡estado ciertamente de suprema bienaventuranza! Como enseña Pablo en la primera Epístola a Timoteo cuando dice: "Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, alzando manos santas, sin ira ni disputas." Y además, la mujer debe, sobre todo al orar, guardar sencillez y decencia en alma y cuerpo, ante todo y especialmente mientras ora reverenciando a Dios y expulsando de su intelecto todo recuerdo lascivo y mujeril, ataviada no con guirnaldas y oro o perlas o vestidos costosos, sino con aquellas cosas en que conviene esté ataviada una mujer de profesión piadosa (y me maravillo de que alguien dude, aun solo sobre la base de tal condición, en pronunciar bienaventurada a quien así se ha presentado para orar), como Pablo ha enseñado en la misma Epístola cuando dice: "que asimismo las mujeres se atavíen decentemente en sencillez, con pudor y discreción, no con guirnaldas y oro o perlas o vestidos costosos, sino, como conviene a una mujer de profesión piadosa, mediante buenas obras." ()
Y además, el profeta David habla de mucho más que el santo posee en la oración. Podemos, no irreverentemente, citar estos pasajes como mostrando que, aun si solo esto se considera, la actitud y preparación para la oración de quien se ha ofrecido a Dios es del más alto beneficio. Dice: "A ti he alzado mis ojos, que moras en el cielo, y a ti he alzado mi alma, oh Dios." Porque cuando los ojos del pensamiento son alzados de morar en las cosas terrenas y de llenarse con la imaginación de los objetos materiales, y son elevados a tal altura como para mirar más allá de las cosas engendradas y ocuparse únicamente en la contemplación de Dios y en solemne coloquio con Él, conveniente al que Escucha.
Ciertamente esos ojos mismos ya han obtenido la más alta ventaja al reflejar la gloria del Señor con rostro descubierto y al ser transformados en la misma imagen de gloria en gloria, pues entonces participan de cierta percepción divina mostrada por las palabras: "la luz de tu rostro, oh Señor, ha sido señalizada sobre nosotros." () Y en verdad el alma, siendo elevada, y apartándose del cuerpo para seguir al espíritu, y no solo siguiendo al espíritu sino también fundiéndose en él, como muestran las palabras "A ti he alzado mi alma", ciertamente ya está despojándose de su existencia como alma y haciéndose espiritual. Y si el perdón es una conquista muy alta, tan alta que según el profeta Jeremías abraza un resumen de toda la ley, pues dice: "No impuse aquellos mandamientos a vuestros padres cuando salieron de Egipto, pero este mandamiento impuse:
No sea cada hombre implacable con su prójimo en su corazón," y si al entrar en la oración dejando atrás la implacabilidad guardamos el mandamiento del Salvador: "Si estás orando, perdona cualquier cosa que tengas contra algún hombre." () Es claro que quienes están en ese temperamento para orar ya han recibido la mejor de las posesiones.
VI
Hasta aquí, he dicho que, aun sobre la suposición de que nada más haya de seguir a nuestra oración, recibimos la mejor de las ganancias cuando hemos llegado a percibir el modo recto de orar y cuando lo logramos. Pero es cierto que quien así ora, habiendo desechado previamente toda descontentadura con la providencia, si se propone advertir la obra interior del que Escucha, en el mismo acto oirá la respuesta: "Heme aquí."
La condición antes dicha se expresa en las palabras "Si retiras tus ligaduras y protestas y tu expresión murmuradora", pues quien se contenta con lo que sucede queda libre de todo vínculo, y no protesta contra Dios por ordenar lo que Él quiere para nuestra disciplina, ni murmura inaudiblemente ni siquiera en lo secreto de sus pensamientos; pues los que así murmuran, sin atreverse a vituperar abiertamente con voz y alma la providencia por lo que ocurre, sino deseando como escapar a la observación incluso del Señor de todos en su descontento, son como domésticos malos que maldicen, pero no abiertamente, las órdenes de sus amos.
Y creo que lo mismo se quiere decir en el pasaje de Job: "En todo esto no pecó Job con sus labios delante de Dios"; y es justamente esto lo que el dicho en Deuteronomio manda que no suceda, cuando dice: "Guárdate no sea que haya en tu corazón palabra secreta para quebrantar la ley, diciendo que se acerca el año séptimo", y así sucesivamente. Así pues, quien ora así se hace, ya tan grandemente beneficiado, más apto para mezclarse con el Espíritu del Señor que llena el todo y llena toda la tierra y el cielo y dice por el profeta: "¿No lleno yo el cielo y la tierra?, dice el Señor."
Y además, mediante la purificación antes mencionada así como mediante la oración, gozará del buen oficio de la Palabra de Dios, que está en medio incluso de los que no Le conocen y a ninguno falla su oración, para orar al Padre juntamente con Él por quien Él intercede. Porque el Hijo de Dios es Sumo Sacerdote de nuestras ofrendas y nuestro Abogado ante el Padre. Ora por los que oran, y aboga juntamente con los que abogan. Sin embargo, no consentirá en orar, como por sus íntimos, por los que no oran por medio de Él con cierta constancia, ni será Abogado ante el Padre, como por hombres ya suyos, por los que no obedecen su enseñanza de que deben orar en todo tiempo y no desmayar.
Porque dice: "Refirió una parábola para que conviene orar en todo tiempo y no desmayar. Había un juez en una ciudad", y así sucesivamente; y antes les había dicho: "¿Quién de vosotros tendrá un amigo, e irá a él a medianoche y le dirá:
Amigo, préstame tres panes, pues un amigo mío ha venido a mí de viaje y no tengo nada que ponerle delante"; y un poco después: "Os digo, aunque no se levante y le dé por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad sin vergüenza se levantará y le dará cuanto necesite." Y ¿quién que cree en los labios sin engaño de Jesús puede no ser movido a orar sin vacilar cuando dice: "Pedid y se os dará, porque todo el que pide recibe", ya que el Padre bondadoso da a los que han recibido del Padre el espíritu de adopción el pan de vida cuando Le pedimos, no la piedra que el adversario querría que fuese alimento de Jesús y sus discípulos, y ya que el Padre da el buen don en lluvia del cielo a los que Le piden.
Pero éstos oran juntamente con los que oran de verdad — no solo el Sumo Sacerdote sino también los ángeles que "se alegran en el cielo por un pecador que se arrepiente más que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento", y también las almas de los santos ya en reposo. Dos ejemplos lo muestran con claridad. El primero es donde Rafael ofrece su servicio a Dios por Tobit y Sara. Después que ambos hubieron orado, dice la Escritura: "La oración de ambos fue oída en la presencia del gran Rafael, y fue enviado a sanarlos a ambos", y el propio Rafael, al explicar su encargo angélico por mandato de Dios de ayudarlos, dice:
"Ahora mismo, cuando orabas tú y Sara tu nuera, yo presentaba la memoria de vuestra oración delante del Santo", y poco después: "Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que presentan las oraciones de los santos y entran delante de la gloria del Santo." Así, según el relato de Rafael al menos, orar con ayuno y limosna y justicia es cosa buena.
El segundo ejemplo está en los Libros de los Macabeos, donde Jeremías aparece con sobresaliente "gloria de cabellos blancos", de modo que una autoridad maravillosa y majestuosa lo rodeaba, y extiende su mano derecha y entrega a Judas una espada de oro, y allí le da testimonio otro santo ya en reposo, diciendo: "Éste es el que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa, el profeta de Dios, Jeremías." Porque es absurdo que, cuando el conocimiento, aunque por ahora manifestado a los dignos por medio de un espejo y en enigma, ha de ser revelado entonces cara a cara, no se piense que lo mismo es verdad de todas las demás excelencias, a saber, que quienes se preparan de antemano en esta vida son entonces hechos estrictamente perfectos.
Ahora bien, una de estas excelencias en el sentido más estricto según la palabra divina es el amor al prójimo, y por ello nos vemos compelidos a pensar que los santos ya en reposo la poseen en grado muy superior a los que están en debilidad humana y luchan junto con los más débiles. No es solo aquí que "si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro es glorificado, todos los miembros se gozan con él" en la experiencia de los que aman a sus hermanos, pues conviene también al amor de los que están más allá de la vida presente decir: "Tengo preocupación por todas las iglesias:
¿Quién enferma y yo no enfermo? ¿Quién tropieza y yo no me enciendo?" Especialmente cuando Cristo confiesa que, según esté débil tal uno de los santos, Él también es débil de igual manera, y en la cárcel y desnudo y forastero y hambriento y sediento. Porque ¿quién que lee el evangelio ignora que Cristo, al tomar sobre sí cuanto sobreviene a los creyentes, cuenta sus padecimientos como suyos?
Y si los ángeles de Dios vinieron a Jesús y Le servían, y si no hemos de pensar que el ministerio de los ángeles a Jesús se limitó al breve espacio de su estancia corporal entre los hombres, mientras estaba aún en medio de los creyentes no como uno que se recostaba a la mesa sino como uno que servía, ¡cuántos ángeles, me pregunto, deben ahora estar sirviendo a Jesús cuando quiere "reunir a los hijos de Israel uno por uno" y congregarlos de la dispersión, salvando a los que temen a Dios y Le invocan, y deben cooperar más que los apóstoles en el crecimiento y ensanche de la iglesia! Así, en Juan se habla de ciertos ángeles en el Apocalipsis que presiden de hecho sobre las iglesias.
No en vano los ángeles de Dios suben y descienden al Hijo del hombre, contemplados por ojos que han sido iluminados con la luz del conocimiento. Así pues, en el mismo tiempo de la oración, siendo recordados por el suplicante de sus necesidades, las satisfacen según tienen capacidad en virtud de su encargo general. Para favorecer la aceptación de nuestra opinión podemos valernos de una imagen semejante a la siguiente en apoyo de este argumento.
Supongamos que un médico de ánimo justo está al lado de un enfermo que ora por la salud, con conocimiento del modo recto de tratar la enfermedad sobre la cual el hombre ofrece oración. Es manifiesto que se moverá a sanar al suplicante, conjeturando, no en vano bien puede ser, que Dios ha tenido en mente esta misma acción en respuesta a la oración del suplicante por verse libre de la enfermedad. O supongamos que un hombre de bastantes recursos, que es generoso, oye la oración de un pobre que ofrece súplica a Dios por sus necesidades. Es claro que él también cumplirá los objetos de la oración del pobre, haciéndose ministro del consejo paterno de Aquel que en el tiempo de la oración había reunido al que había de orar y al que podía suplir, y que, en virtud de la rectitud de sus principios, es incapaz de pasar por alto a quien ha hecho tal petición.
Así pues, como no hemos de creer que estos sucesos son fortuitos, cuando tienen lugar porque Aquel que ha contado todos los cabellos de la cabeza de los santos ha reunido oportunamente, en el tiempo de la oración, al que ha de ser ministro de su benefacción al suplicante y al hombre que ha hecho su petición con fe; así podemos conjeturar que la presencia de los ángeles que ejercen supervisión y ministerio para Dios se pone a veces en conjunción con un suplicante particular, a fin de que concurran a respirar sus peticiones.
Más aún, contemplando siempre el rostro del Padre en el cielo y mirando la divinidad de nuestro Creador, el ángel de cada hombre, incluso de los "pequeñitos" dentro de la iglesia, ora con nosotros y actúa con nosotros, donde es posible, por los objetos de nuestra oración.
VII
Otra vez creo que las palabras de la oración de los santos están llenas de poder sobre todo cuando, orando "con el espíritu", oran "también con el entendimiento", el cual es como una luz que se alza de la mente del suplicante y procede de sus labios para debilitar gradualmente, por el poder de Dios, el veneno mental inyectado por las potestades adversas en el entendimiento de los que descuidan la oración y no guardan aquel dicho de Pablo, conforme a las exhortaciones de Jesús: "Orad sin cesar." Porque es como si un dardo del alma del suplicante, lanzado por el conocimiento y la razón o por la fe, procede del santo y hiere hasta su destrucción y disolución a los espíritus adversos a Dios y deseosos de echar sobre nosotros los lazos del pecado.
Ahora bien, puesto que la realización de las acciones mandadas por la virtud o por los mandamientos es también parte constitutiva de la oración, ora sin cesar quien combina la oración con las acciones rectas, y las acciones convenientes con la oración. Porque el dicho "orad sin cesar" sólo puede ser aceptado por nosotros como posibilidad si podemos hablar de toda la vida de un santo como de una gran oración continua.
De tal oración la que usualmente se denomina oración es en verdad una parte, y debe realizarse al menos tres veces cada día, como es manifiesto por el relato de Daniel, quien, a pesar del grave peligro que se cernía, oraba tres veces al día. Pedro ofrece un ejemplo de la oración media de las tres cuando sube a la azotea hacia la hora sexta para orar en aquella ocasión en la que vio también el vaso que descendía del cielo sujeto por las cuatro esquinas. La primera es mencionada por David: "De mañana oirás mi oración: de mañana me presentaré ante ti y velaré."
La última está indicada en las palabras: "el alzamiento de mis manos como sacrificio vespertino." En verdad que tampoco hablaremos rectamente de la estación de la noche sin tal oración como aquella a que David se refiere cuando dice "a medianoche me levanté para darte gracias por tus justos juicios", y como ejemplifica Pablo cuando, como se dice en los Hechos de los Apóstoles, junto con Silas ofrece oración y alabanza a Dios "cerca de la medianoche" en Filipos, de modo que también los presos los oyeron.
Comentario editorial · Tres veces al día, y «sin cesar»
Orígenes concilia dos cosas: el «orad sin cesar» de Pablo (), que entiende como una vida entera hecha oración, y unas horas fijas: al menos tres veces al día —de mañana; hacia la hora sexta, como Pedro en la azotea; al atardecer— y además de noche. La costumbre ya era antigua: la Didaché manda rezar el Padrenuestro «tres veces al día» (8, 3). Según Wikipedia, en los siglos II y III Clemente de Alejandría, Orígenes y Tertuliano hablan de la oración de la mañana y de la tarde y de las horas tercia, sexta y nona, y la Tradición apostólica de Hipólito llega a siete momentos; son costumbres que pasaron a las horas canónicas.
Para ampliar: Canonical hours (Wikipedia (en)) · la Didaché en Eusebeia
VIII
Si Jesús ora y no ora en vano, si obtiene sus súplicas mediante la oración y acaso no las habría recibido sin oración, ¿quién de nosotros ha de descuidar la oración? Marcos nos dice que "de madrugada, siendo aún muy de noche, se levantó y salió y fue a un lugar desierto, y allí oraba". Lucas dice: "Y aconteció que, estando él orando en un lugar, cuando cesó, uno de sus discípulos le dijo...", y en otro lugar: "Y pasó la noche orando a Dios". Juan consigna una oración suya en estas palabras:
"Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo dijo: 'Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti'." Y el dicho del Señor: "Yo sabía que siempre me oyes", consignado por el mismo escritor, muestra que precisamente porque ora siempre es siempre escuchado.
¿Qué necesidad hay de contar la historia de quienes, mediante la oración recta, han obtenido de Dios las cosas más grandes, cuando está abierto a cada uno escoger de las Escrituras cuantos ejemplos quiera? Ana sirvió al nacimiento de Samuel, que es contado junto con Moisés, porque, aunque estéril, oró con fe al Señor. Ezequías, que siendo aún sin hijos supo de Isaías que estaba a punto de morir, está incluido en la genealogía del Salvador porque oró. Cuando el pueblo estaba ya a punto de perecer bajo un solo decreto a causa de la conjuración de Amán, fue la oración escuchada, con ayuno, de Mardoqueo y Ester la que añadió a las fiestas mosaicas y dio origen al día de regocijo mardoqueo para el pueblo.
Fue, además, tras ofrecer santa oración que Judit, con la ayuda de Dios, venció a Holofernes, y así una sola mujer de los hebreos infundió vergüenza a la casa de Nabucodonosor. Fue al ser escuchados que Ananías, Azarías y Misael se hicieron dignos de recibir una lluvia y un viento silbantes que impidieron que la llama del fuego surtiera efecto. Por las oraciones de Daniel los leones del foso de los babilonios fueron amordazados.
Aun Jonás, porque no desesperó de ser escuchado desde el vientre del monstruo que lo había tragado, pudo salir del vientre del monstruo y completar su interrumpida misión profética ante los ninivitas. Y además, ¡cuántas cosas podría cada uno de nosotros relatar si quisiera recordar con gratitud los beneficios que se le han conferido y ofrecer a Dios alabanza por ellos! Almas largo tiempo estériles que se han vuelto conscientes de la esterilidad de sus intelectos y de la esterilidad de su mente, mediante la oración perseverante han concebido del Espíritu Santo y dado a luz pensamientos y palabras de salvación llenos de verdad contemplada.
¡Cuántos de nuestros enemigos han sido dispersados, cuando a menudo miríadas incontables del ejército adverso nos desgastaban con la intención de arrancarnos de la fe divina, y nos regocijamos, cuando ellos apelaban a carros y caballos y nosotros al nombre del Señor, al ver que en verdad engañoso es el caballo para la salvación! Muchas veces, en efecto, aquel cuya confianza está en la alabanza a Dios —pues Judit significa alabanza— se abre paso a través del discurso falaz y persuasivo, ese jefe supremo del adversario que hace doblar las rodillas a muchos incluso de los creyentes reputados.
¿Qué necesidad hay de seguir contando de todos los que muchas veces han caído entre tentaciones difíciles de vencer, cuya quemadura era más aguda que cualquier llama, y nada han sufrido bajo ellas sino que han salido de ellas por completo ilesos, sin tanto daño como el más leve olor del fuego hostil; o de nuevo de todas las fieras exasperadas contra nosotros, bajo la forma de espíritus malvados u hombres crueles, que hemos encontrado y a menudo amordazado con nuestras oraciones, de modo que fueron impotentes para clavar sus colmillos en nuestros miembros, que se habían vuelto miembros de Cristo? A menudo, en la experiencia de cada santo, el Señor ha quebrantado los dientes de los leones, y éstos han sido reducidos a nada, como aguas que pasan.
Sabemos que a menudo los prófugos de los mandamientos de Dios, tragados por la muerte, la cual al principio prevaleció contra ellos, han sido salvados por razón del arrepentimiento de un mal tan grande, porque no desesperaron de poder ser salvados aunque ya vencidos en el vientre de la muerte: porque la muerte prevaleció y tragó, y de nuevo Dios quitó toda lágrima de todo rostro. Lo que he dicho tras mi enumeración de las personas que han sido beneficiadas mediante la oración, considero que ha sido sumamente necesario para mi propósito de apartar a los aspirantes a la vida espiritual en Cristo de la oración por las pequeñas cosas terrenas, y de exhortar a los lectores de este escrito hacia las cosas místicas de las cuales las arriba mencionadas eran figuras.
Porque siempre y por entero es oración por las cosas espirituales y místicas que hemos ejemplificado la que practica quien no guerra según la carne sino que con el Espíritu mortifica las acciones del cuerpo, dando preferencia a las cosas sugeridas por la analogía y el estudio sobre el beneficio aparentemente indicado por el lenguaje de la Escritura como habiendo acaecido a quienes habían orado.
Porque también en nosotros mismos hemos de esforzarnos, oyendo la ley espiritual con oídos espirituales, para que no surja esterilidad ni infecundidad, sino que seamos escuchados como Ana y Ezequías, siendo liberados de la esterilidad o la infecundidad, y como Mardoqueo y Ester y Judit seamos librados de enemigos que conspiran —en nuestro caso, las potestades espirituales del mal. En cuanto que Egipto es un horno de hierro y también símbolo de todo lugar terrenal, todo el que haya escapado de la maldad de la vida de los hombres sin haber sido chamuscado por el pecado ni haber tenido su corazón como horno lleno de fuego, dé gracias no menos que los hombres que experimentaron lluvia en medio del fuego.
Y dé gracias, más que Daniel, como librado de fieras más terribles y dañinas, aquel que ha sido escuchado cuando oró y dijo: "No entregues a las fieras el alma que te confiesa", y que nada ha sufrido del áspid y del basilisco porque por Cristo ha pisado sobre ellos, y que ha hollado al león y a la serpiente y ha gozado de la buena autoridad otorgada por Jesús para caminar sobre serpientes y escorpiones y sobre toda la potestad del enemigo, sin haber sido dañado por ninguno de ellos.
Ore, además, en penitencia —y saldrá de allí—, quien haya aprendido por experiencia qué clase de monstruo tipificó aquel que tragó a Jonás, percibiendo que de tal ha hablado Job: "Maldiga el que maldice aquel día, el que ha de vencer al gran monstruo", si acaso llegara, por razón de alguna desobediencia, a estar en el vientre del monstruo; y si, después de salir, persevera en la obediencia a los mandamientos de Dios, podrá, según la bondad del Espíritu, ser profeta para los ninivitas que hoy perecen y llegar a ser medio de su salvación, sin descontento con la bondad de Dios ni deseo de que Él permanezca en severidad hacia los penitentes.
Lo más alto que se dice que Samuel hizo mediante la oración es espiritualmente posible de realizar hoy por todo genuino dependiente de Dios que se haya hecho digno de ser escuchado. Está escrito: "Y ahora estad y ved esta gran cosa que el Señor hace ante vuestros ojos. ¿No es hoy la siega del trigo? Yo invocaré al Señor, y Él dará truenos y lluvias". Y poco después dice: "y Samuel invocó al Señor, y el Señor dio truenos y lluvias en aquel día". A todo santo que está genuinamente en discipulado de Jesús le dice el Señor: "Alzad vuestros ojos y mirad los campos, que ya están blancos para la siega. El que siega recibe salario y recoge fruto para vida eterna".
En este tiempo de siega el Señor hace una gran cosa ante los ojos de los que escuchan a los profetas; porque cuando el que está adornado por el Espíritu invoca al Señor, Dios da desde el cielo truenos y lluvia que riega el Alma, a fin de que el que antes estaba en el vicio tema profundamente al Señor y al ministro del beneficio de Dios, cuya pretensión a reverencia y veneración ha sido atestiguada mediante la escucha de sus oraciones. Elías, en efecto, por una palabra divina abrió los cielos después de que hubieran sido cerrados a los impíos tres años y seis meses, cosa que cualquiera puede realizar en cualquier tiempo cuando mediante la oración recibe la lluvia del Alma, si es uno que hasta entonces ha sido privado de ella a causa del pecado.
IX
Después de interpretar así los beneficios que han reportado a los santos sus oraciones, dirijamos nuestra atención a las palabras "pide las cosas grandes y las pequeñas se te añadirán; y pide las celestiales y las terrenas se te añadirán". Todas las cosas simbólicas y típicas pueden describirse como pequeñas y terrenas en comparación con las verdaderas y espirituales.
Y, creo yo, el Verbo divino, al exhortarnos a imitar las oraciones de los santos, habla de las cosas celestiales y grandes expuestas por medio de aquellas que se ocupan de lo terrenal y pequeño, a fin de que hagamos nuestras súplicas conforme a la realidad de la cual sus logros fueron figura. Dice en efecto: ¿Pedís vosotros, que queréis ser espirituales, lo celestial y lo grande, a fin de que, obteniendo en ello cosas celestiales, heredéis un reino de los cielos, y, como obteniendo cosas grandes, gocéis de las máximas bendiciones, mientras que en cuanto a lo terrenal y pequeño que necesitáis por razón de vuestras necesidades corporales, vuestro Padre os lo suministrará en la debida medida?
En la primera Epístola a Timoteo el Apóstol ha empleado cuatro términos correspondientes a cuatro cosas en estrecha relación con el tema de la devoción y la oración. Será, pues, de utilidad citar su lenguaje y ver si podemos determinar satisfactoriamente el sentido estricto de cada uno de los cuatro. Dice: "Ante todo exhorto que se hagan súplicas, oraciones, intercesiones, acciones de gracias por todos los hombres", y así en adelante.
Por súplica entiendo aquella forma de oración que un hombre, en alguna necesidad, ofrece con petición para su obtención; oración, la que un hombre ofrece en sentido más elevado por cosas más altas con atribución de gloria; intercesión, el dirigir una petición a Dios por parte de un hombre que posee cierta más plena confianza; acción de gracias, el reconocimiento orante de la obtención de bienes de Dios, quedando impresionado quien lo retorna por la grandeza, o lo que al recipiente parece grandeza, de los beneficios conferidos. De la primera se hallan ejemplos en el discurso de Gabriel a Zacarías, quien, es de suponer, había orado por el nacimiento de Juan: "No temas, Zacarías, porque tu súplica ha sido oída, y tu mujer Isabel te dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Juan"; en el relato del Éxodo sobre la fabricación del Becerro: "Y Moisés hizo súplica ante el Señor Dios, y dijo: ¿Para qué, Señor, se ha encendido tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder?"
En el Deuteronomio: "Y hice súplica ante el Señor la segunda vez, como también la primera, cuarenta días y cuarenta noches; pan no comí y agua no bebí, por todos vuestros pecados que pecasteis"; y en Ester: "Mardoqueo hizo súplica a Dios, recordando todas las obras del Señor, y dijo: Señor, Señor, Rey Todopoderoso", y la propia Ester "hizo súplica al Señor Dios de Israel y dijo: Señor, Rey nuestro...". De la segunda se hallan ejemplos en Daniel: "Y Azarías se puso en pie y oró así, y abriendo su boca en medio del fuego dijo..."; y en Tobit: "Y con angustia oré diciendo: Justo eres tú, oh Señor, y todas tus obras; todos tus caminos son misericordia y verdad, y con juicio verdadero y justo juzgas para siempre". Pero como los circuncidados han señalado el pasaje de Daniel como espurio, por no estar en el hebreo, y disputan el libro de Tobit por no estar dentro del Testamento, citaré el caso de Ana del primer libro de los Reyes.
"Y oró al Señor, y lloró en gran manera, e hizo voto, y dijo: Oh Señor de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva", y así en adelante; y en Habacuc: "Oración de Habacuc el profeta, puesta en canto. Oh Señor, he oído tu voz y temí; consideré tus obras y quedé sobrecogido. En medio de dos seres vivientes serás conocido; cuando se acercan los años serás plenamente conocido"; oración que ilustra eminentemente lo que dije al definir la oración, a saber, que es ofrecida con atribución de gloria por el suplicante. Y también Jonás, Jonás oró al Señor su Dios desde el vientre del monstruo, y dijo: "Clamé en mi aflicción al Señor mi Dios, y me oyó. Tú oíste mi gemido desde el vientre de la muerte, mi clamor; me arrojaste a lo profundo del corazón del mar, y las corrientes me rodearon".
De la tercera tenemos un ejemplo en el Apóstol, donde con buena razón emplea oración en nuestro caso, pero intercesión en el del Espíritu, como exceléndonos y teniendo confianza en acercarse a Aquel con quien intercede; pues en cuanto a lo que hemos de orar, dice: "no sabemos orar como conviene, pero el Espíritu mismo intercede con exceso ante Dios con gemidos indecibles, y el que escudriña los corazones sabe cuál es el pensamiento del Espíritu, porque su intercesión por los santos es según Dios"; porque el Espíritu intercede con exceso, e intercede, mientras que nosotros oramos.
Lo que Josué dijo acerca de que el sol se detuviera frente a Gabaoth es, creo, también intercesión: Entonces habló Josué al SEÑOR el día en que el SEÑOR entregó a los amorreos delante de los hijos de Israel, "Aquí habló Josué al Señor el día en que Dios entregó a los amorreos delante de los hijos de Israel, y dijo a la vista de Israel: Sol, detente en Gabaón; y tú, Luna, en el valle de Ajalón"; y en Jueces, creo que es en intercesión que Sansón dijo: "Muera mi alma junto con los extranjeros", cuando se inclinó con fuerza y la casa cayó sobre los príncipes y sobre todo el pueblo que estaba en ella. Aunque no se dice explícitamente que Josué y Sansón intercedieran, sino que dijeron, su lenguaje parece intercesión, la cual, si aceptamos los términos en su sentido estricto, es, en nuestra opinión, distinta de la oración.
De la acción de gracias un ejemplo es la expresión de nuestro Señor cuando dice: "Te hago reconocimiento, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños"; porque hacer reconocimiento equivale a dar gracias.
Comentario editorial · Las cuatro palabras de 1 Timoteo 2:1
Orígenes toma de cuatro palabras griegas y da a cada una un sentido propio: déēsis (aquí «súplica»), la petición de quien carece de algo; proseuchḗ («oración»), la que se eleva con alabanza por bienes mayores; énteuxis («intercesión»), la petición de quien tiene más confianza ante Dios; y eucharistía («acción de gracias»), el reconocimiento de lo recibido. Los términos griegos los da Koetschau en su traducción alemana; la versión inglesa no los reproduce. La distinción no es un ejercicio de vocabulario: en el capítulo siguiente decide a quién puede dirigirse cada una. En el último capítulo, en cambio, las partes de la oración que distingue son otras cuatro: alabanza, acción de gracias, confesión y petición.
Para ampliar: Vom Gebet (BKV) (Koetschau, XIV, 2)
X
Ahora la súplica y la intercesión y la acción de gracias, no es fuera de lugar ofrecerlas incluso a los hombres — las dos últimas, la intercesión y la acción de gracias, no solo a los hombres santos sino también a otros. Pero la súplica solo a los santos, si apareciera algún Pablo o Pedro, para beneficiarnos haciéndonos dignos de obtener la autoridad que les ha sido dada de perdonar los pecados — con este añadido, en efecto, de que, aun cuando un hombre no sea santo y le hayamos ofendido, se nos permite, al tomar conciencia de nuestro pecado contra él, hacer súplica incluso a tal persona, para que extienda el perdón a nosotros que le hemos ofendido.
Pero si hemos de dar acción de gracias a hombres que son santos, ¿cuánto más debemos dar gracias a Cristo, que por voluntad del Padre nos ha concedido tantos beneficios? Y también interceder ante Él como hizo Esteban cuando dijo: "Señor, no les tomes en cuenta este pecado". En imitación del padre del lunático diremos: "Suplico, Señor, ten misericordia", ya de mi hijo, ya de mí mismo, o según el caso. Pero si aceptamos la oración en su pleno sentido, no debemos orar jamás a ningún ser engendrado, ni siquiera al propio Cristo, sino solo al Dios y Padre de todos, a quien nuestro Salvador tanto oró Él mismo, como ya hemos ejemplificado, como nos enseña a orar.
Porque cuando oyó a uno decir: "Enséñanos a orar", no enseñó a los hombres a orar a Él mismo, sino al Padre, diciendo: "Padre nuestro que estás en los cielos", y así en adelante. Pues si, como se muestra en otra parte, el Hijo es otro que el Padre en el ser y en la esencia, la oración debe hacerse o al Hijo y no al Padre, o a ambos, o solo al Padre.
Que la oración al Hijo y no al Padre es del todo impropia, y que solo puede sugerirse contra la verdad manifiesta, todos sin excepción lo admitirán. En la oración a ambos es evidente que tendríamos que presentar nuestras peticiones en forma plural, y decir en nuestras oraciones: "Conceded vosotros ambos, Bendecid vosotros ambos, Proveed vosotros ambos, Salvad vosotros ambos", o algo semejante, lo cual es evidentemente erróneo y además incapaz de ser mostrado por nadie que se halle en las Escrituras dicho por alguno.
Queda, pues, orar solo a Dios, el Padre de todos, no empero aparte del Sumo Sacerdote que ha sido constituido por el Padre con juramento, según las palabras: Ha jurado y no se arrepentirá: "Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec". Al dar gracias a Dios, por tanto, durante sus oraciones, los santos reconocen sus favores por medio de Cristo Jesús.
Así como el hombre escrupuloso en la oración no debe orar a quien él mismo ora, sino al Padre sobre quien nuestro Señor Jesús nos ha enseñado a invocar en nuestras oraciones, así tampoco debemos ofrecer oración alguna al Padre aparte de Él. Él mismo lo expone claramente cuando dice: "En verdad, en verdad os digo: todo cuanto pidáis a mi Padre os lo dará en mi nombre. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido".
No dijo: "Pedid de mí", ni tampoco simplemente "Pedid del Padre", sino: "Todo cuanto pidáis al Padre, os lo dará en mi nombre". Porque hasta que Jesús enseñó esto, nadie había pedido al Padre en el nombre del Hijo. Verdadera era la palabra de Jesús: "Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre"; y verdaderas también las palabras: "Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido". Si, sin embargo, alguien que cree que la oración debe hacerse al propio Cristo, confundido por el sentido de la expresión de hacer reverencia, nos confronta con aquella referencia reconocida a Cristo en el Deuteronomio: "Adoren a Él todos los ángeles de Dios", podemos responderle que a la iglesia, llamada Jerusalén por el profeta, se dice también que le hacen reverencia reyes y reinas que se convierten en sus padres adoptivos y nodrizas, en las palabras: "He aquí, yo alzo mi mano sobre las naciones, y sobre las islas alzaré mi señal; y traerán tus hijos en su seno, y tus hijas serán llevadas sobre los hombros; y reyes serán tus padres adoptivos, y sus reinas tus nodrizas; rostro a tierra te harán reverencia, y lamerán el polvo de tus pies; y sabrás que yo soy el Señor, y no serás avergonzada".
Y ¿cómo no concuerda con Aquel que dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Ninguno es bueno sino uno — Dios el Padre" el suponer que diría: "¿Por qué oráis a mí? Al Padre solo debéis orar, a quien yo también oro, como en verdad aprendéis de las santas Escrituras. Pues no debéis orar a quien ha sido constituido sumo sacerdote para vosotros por el Padre y ha recibido del Padre ser abogado, sino por medio de un sumo sacerdote y abogado que pueda compadecerse de vuestras debilidades, probado en todo semejante a vosotros, pero que, por razón del don gratuito del Padre a mí, fue probado sin pecado.
Aprended, pues, cuán grande don gratuito habéis recibido de mi Padre, al haber recibido por la regeneración en mí el espíritu de adopción, para que seáis llamados hijos de Dios y mis hermanos. Porque habéis leído mi dicho pronunciado por medio de David al Padre acerca de vosotros: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la iglesia te cantaré himnos". No es razonable que los que han sido tenidos por dignos de un Padre común oren a un hermano. Al Padre solo debéis, conmigo y por medio de mí, elevar la oración."
Oyendo, pues, a Jesús hablar de tal manera, oremos a Dios por medio de Él, todos a una y sin división, en cuanto al modo de la oración. ¿No estamos acaso divididos si unos oramos al Padre y otros al Hijo — cometiendo los que oran al Hijo, sea con el Padre o sin el Padre, un error grosero con toda sencillez por falta de discernimiento y examen?
Oremos, pues, como a Dios, intercedamos como ante un Padre, hagamos súplica como a un Señor, demos gracias como a Dios y Padre y Señor, aunque de ningún modo como al señor de un siervo; porque el Padre puede razonablemente ser considerado Señor no solo del Hijo sino también de los que por medio de Él se han hecho también hijos, aunque, así como Él no es Dios de muertos sino de hombres vivientes, así tampoco es Señor de siervos innobles sino de los que al principio son enaltecidos por medio del temor porque son como niños, pero sirven después según el amor en un servicio más bienaventurado que el que está en el temor. Porque en el alma misma, visible solo al Vedor de los Corazones, estos son los caracteres distintivos de los siervos y de los hijos de Dios.
Comentario editorial · Orar al Padre, por medio del Hijo
Orígenes admite que se dé gracias a Cristo y que se interceda ante él, como Esteban; pero la oración en sentido pleno (proseuchḗ) ha de dirigirse «solo al Dios y Padre de todos», no al Hijo ni a los dos a la vez, y siempre por medio del Hijo, sumo sacerdote. El argumento descansa en que el Hijo es «otro que el Padre en el ser y en la esencia». La tesis encaja con lo que Wikipedia llama su subordinacionismo —el Padre superior al Hijo—, una posición que en su tiempo no se tenía por herética y que Epifanio le reprochó en el siglo IV (la relación con este pasaje es lectura del editor). Ferdinand Prat, en la Catholic Encyclopedia (1911), observa que buena parte de la subordinación que se reprochó a Orígenes consiste en la práctica litúrgica de orar al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, la misma con que él cierra el tratado.
XI
Todo el que pide a Dios las cosas terrenas y pequeñas desatiende a Aquel que ha mandado pedir las celestiales y grandes. Dios es incapaz de otorgar nada tereno ni pequeño. Si alguien adujera ejemplos en contrario, en que las cosas materiales otorgadas en el pasado a los santos como fruto de la oración, y aun el lenguaje expreso del Evangelio cuando enseña que lo tereno y lo pequeño han de añadírsenos, podemos responderle como sigue.
Cuando alguien nos otorga un objeto material determinado, no debemos decir que nos ha otorgado la sombra del objeto, pues no es intencional presentar dos cosas, el objeto y la sombra. La intención del dador es dar un objeto material; nuestra recepción de su sombra es consecuencia del don. De igual manera, si con un ánimo hecho más noble hemos discernido los dones que principalmente se nos otorgan de Dios, describiremos con toda propiedad como consecuencias de los grandes y celestiales dones espirituales de la gracia las cosas materiales que se dan a cada uno de los santos para su bien, o en proporción a su fe, o según quiere el Dador — y sabiamente quiere —, aunque seamos incapaces de describir una causa y razón dignas del Dador para cada uno de sus dones.
Mayor fruto había dado el alma de Ana al ser vuelta de la esterilidad que su cuerpo al concebir a Samuel. Más divina había sido la descendencia engendrada por la mente de Ezequías que la engendrada de la simiente material de su cuerpo. Más alta había sido la liberación de Ester y de Mardoqueo y del pueblo de las tramas espirituales que la de Amán y sus conjurados. Más poderoso era el príncipe que procuraba arruinar su alma, cuyo poder Judit había cortado, que aquel a quien se enfrentó en Holofernes.
¿Quién no reconocerá que en la bendición espiritual que llega a todos los santos y que Isaac habló a Jacob, "Dios te dé del rocío del cielo", había caído una lluvia más alta sobre Ananías y los que con él estaban que la lluvia material que venció la llama de Nabucodonosor? Mayor había sido el bozal puesto a los leones invisibles por el profeta Daniel, de modo que no pudieron obrar nada contra su alma, que el de los leones visibles a los cuales todos nosotros que leemos el pasaje hemos entendido que se refiere.
Y ¿quién, como santo, hecho digno recipiente del Espíritu Santo, había escapado jamás, como Jonás, del vientre de un monstruo que tragaba a todo fugitivo de Dios y que ha sido vencido por Jesús nuestro Salvador? No debe causar sorpresa que, para conservar la metáfora, la sombra correspondiente no se dé a todos los que reciben objetos capaces de proyectar sombra, mientras que a algunos lo que se da es una sombra. Los que estudian las cuestiones relativas a los relojes de sol y a la relación de las sombras con el cuerpo iluminante observan claramente lo que ocurre con los cuerpos en general: que en un momento dado unos proyectantes carecen de sombra, otros tienen sombra corta, y otros sombra más o menos larga.
No es, pues, asombroso que, como el plan del Dador es otorgar lo principal conforme a ciertos principios rectores inefables y místicos, y adecuados a los recipientes y a las ocasiones, cuando se otorgan los objetos principales no acompañen a veces ninguna sombra a los recipientes. Otras veces las sombras son pocas; otras veces sombras menores en comparación acompañan a objetos diferentes.
Así como la presencia o ausencia de la sombra de los cuerpos ni agrada ni aflige al hombre cuyo objeto de búsqueda son los rayos del sol, pues posee su necesidad principal en ser iluminado, o en estar libre de sombra, o en tener más o menos sombra según el caso, si las cosas espirituales son nuestras, y somos iluminados por Dios para la posesión plena de las verdaderas bendiciones, no disputaremos por materia tan mezquina como la relativa a la sombra.
Porque las cosas materiales y físicas cuentan como sombra fugaz y débil, en nada comparable a los santos dones salvadores del Dios de todos. ¿Qué comparación hay entre las riquezas materiales y las riquezas que hay en toda palabra y en toda sabiduría? ¿Quién, en su sano juicio, compararía la salud de la carne y del hueso con la salud de la mente, la fortaleza del alma y la firmeza del pensamiento — cosas que, si se mantienen en medida por la palabra de Dios, hacen de los sufrimientos corporales un rasguño mezquino, y aún menor, si podemos comprenderlo?
El que ha discernido el sentido de la hermosura de la esposa a quien ama el esposo, Palabra de Dios, un alma que florece con una hermosura más que celestial y más que mundana, se avergonzará de dignificar con el mismo nombre de hermosura la hermosura física de la mujer o del niño o del varón. Porque de la hermosura en sentido estricto la carne no es capaz, siendo deformidad por completo. Porque toda carne es como hierba, y su gloria, que se manifiesta en la llamada hermosura de las mujeres y de los niños, es comparada, según el lenguaje del profeta, con una flor: "Todo pueblo es hierba, y su constancia como flor del campo. La hierba se seca, la flor se marchita, cuando el aliento del Señor sopla en ella; ciertamente el pueblo es hierba. La hierba se seca, la flor se marchita; mas la palabra de nuestro Dios permanece para siempre."
De nuevo, ¿quién que ha percibido la nobleza de los hijos de Dios dará ya el nombre de nobleza a lo que pasa por tal entre los hombres? Después de contemplar el reino de Cristo sobre los reyes, ¿cómo no disipará la mente todo reino sobre la tierra? Cuando la mente humana, en cuanto capaz mientras aún está ligada a un cuerpo, ha contemplado una vez con la mayor claridad posible un ejército de ángeles, y entre ellos jefes de los ejércitos del Señor, y arcángeles y tronos y señoríos y principados y autoridades más que celestiales, y ha llegado a entender que puede obtener del Padre su equivalente, ¿cómo no despreciará aquellas cosas que, aunque más frágiles que la sombra, son la admiración de los necios, aun si todas le fueran otorgadas, como lo más sombrío e insignificante en comparación, y mirará más allá para no quedarse corta en obtener los verdaderos principados y las autoridades más divinas?
Debemos, pues, orar por lo principal y lo verdaderamente grande y celestial, y en cuanto a lo concerniente a las sombras que acompañan lo principal, encomendarlo al Dios que sabe antes de que le pidamos qué cosas necesitamos por razón de nuestro cuerpo perecedero.
XII
Lo que he dicho, según mi capacidad de recibir la gracia que ha sido dada por Dios mediante su Cristo, y según confío también en el Espíritu Santo — si es así, lo juzgaréis cuando lo leáis — puede bastar como examen del tema general de la oración. Pasaré ahora a la tarea siguiente: considerar cuán llena de significado es la oración trazada por el Señor. Ante todo debe observarse que a la mayoría de las personas Mateo y Lucas podrían parecerles haber registrado la misma oración, esbozada como modelo de la oración recta. Las palabras de Mateo dicen así:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan necesario. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores. Y no nos dejes entrar en tentación, mas líbranos del mal.
Pero las de Lucas dicen así:
Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Danos cada día nuestro pan necesario. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes entrar en tentación.
A los que suponen que es la misma oración podemos responder que las expresiones, aunque ciertamente se parecen entre sí, también parecen diferir, como expondré al investigarlas. En segundo lugar, no es posible que la misma oración haya sido dicha en el monte donde "Viendo las multitudes, subió al monte; y después de sentarse, se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a hablar y les enseñaba, diciendo" — pues es en el curso de la recitación de las Bienaventuranzas y de las exhortaciones subsiguientes que se encuentra registrada en Mateo. También se ha dicho: "Estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos."
Es ciertamente imposible que las mismas palabras se describan como habidas sido pronunciadas en el curso de una exposición continua sin pregunta alguna que las precediera, y como anunciadas en respuesta a la petición de un discípulo. Se podría, sin embargo, decir que las oraciones son equivalentes y fueron dichas como una sola. En una ocasión, en discurso continuo; en la otra, en respuesta a la petición de un discípulo distinto que con toda probabilidad no estaba presente cuando Él pronunció la forma de Mateo, o no había llegado a dominar lo que antes había sido dicho. Pero quizá es mejor que las oraciones sean consideradas diferentes, con ciertas porciones en común.
En Marcos, aunque he buscado también allí no fuese a escapárseme el registro de una equivalente, no he hallado ni siquiera un vestigio de oración contenida. Ya he dicho que antes de orar hay que estar primero compuesto y dispuesto de una manera particular. Miremos, pues, las palabras que preceden a la oración contenida en Mateo, las cuales fueron pronunciadas por nuestro Salvador. Son estas: Y siempre que oréis, no seáis como los hipócritas; porque ellos aman estar de pie y orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para ser vistos por los demás.
De cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará. Y al orar, no uséis balbucir como los gentiles, porque ellos piensan que por su palabrería serán oídos. No seáis, pues, como ellos, porque vuestro Padre sabe de qué cosas necesitáis antes que vosotros se las pidáis.
Orad, pues, de esta manera: Nuestro Salvador aparece a menudo invectivando contra el amor de la gloria como pasión mortal, tal como ha hecho en este lugar, donde nos disuade de la práctica de los actores en el tiempo de la oración, pues es práctica de los actores más bien engalanarse en piedad delante de los hombres que tener comunión con Dios.
Recordando, pues, las palabras: "¿Cómo podéis creer vosotros, si recibís gloria unos de otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?", debemos despreciar toda gloria con los hombres, aun cuando se piense que es honorablemente ganada, y buscar la estricta y verdadera gloria que proviene de Aquel solo que glorifica a los dignos de manera digna de Sí mismo y que excede el mérito de la persona glorificada. El mismo acto que en sí mismo sería considerado honorable y es tenido por digno de alabanza, se contamina cuando lo hacemos para ser glorificados por los hombres o para aparecer ante los hombres, y por esa razón no va acompañado de recompensa alguna de Dios. Inerrable como es todo el lenguaje de Jesús, se vuelve aún más cuando es pronunciado con su acostumbrado juramento.
De los que por gloria humana parecen hacer bien a su prójimo, u orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, dice: "De cierto os digo que ya tienen su recompensa." Porque así como el rico, según Lucas, tuvo cosas buenas en su vida humana, no siendo ya capaz de obtenerlas después de la presente vida porque las había tenido, así el que tiene su recompensa, habiendo sembrado no "para el espíritu" sino "para la carne", "segará corrupción" mas no "segará vida eterna", en sus dádivas ni en sus oraciones.
Es sembrar para la carne cuando uno hace limosna, trompeteando delante de sí, en las sinagogas y en los caminos, para ser glorificado por los hombres, o ama orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para aparecer ante los hombres y ser tenido por piadoso y santo ante los espectadores. En verdad, todo caminante por la vía ancha y espaciosa que conduce a la perdición, sin rectitud ni derechura, sino torcida y llena de esquinas de principio a fin (pues en ella la línea recta se quiebra al extremo), está de pie no menos que el que ora en las esquinas de las plazas, no en una sino, por su amor al placer, en un número de calles en las que se hallan seres que, como hombres, perecen porque han caído de su divinidad, y que glorifican y pronuncian bienaventurados a aquellos que ellos han creído actuar piadosamente.
Siempre hay muchos que son más amadores del placer que de Dios en su aparente oración, y que disipan la oración en medio de banquetes y borracheras, estando en verdad en las esquinas de las plazas y orando. Porque todo el que ha hecho del placer su regla de vida, por su pasión por lo espacioso ha caído fuera de la vía angosta y estrecha de Jesucristo, que no tiene una sola curva y no tiene esquina alguna.
Hay cierta diferencia entre iglesia y sinagoga. La iglesia en sentido estricto está "sin mancha ni arruga ni cosa semejante", es santa e inmaculada. En ella no entra ni hijo de ramera, ni eunuco ni emasculado, ni tampoco egipcio ni edomita, a menos que los hijos nacidos de ellos en la tercera generación les permitan, con dificultad, unirse a la iglesia; ni moabita ni amonita, a menos que la décima generación se haya cumplido y el eón haya pasado.
La sinagoga, en cambio, puede ser edificada por un centurión, como fue el caso en los tiempos anteriores a la estancia de Jesús, cuando aún no se había dado testimonio de que el hombre poseyera una fe tal que ni aun en Israel halló el Hijo de Dios. Ahora bien, el que ama orar en las sinagogas no está lejos de las esquinas de las plazas. Mas no así el santo, porque él ama, no meramente le agrada, orar en las iglesias, no en las esquinas de las plazas, en la rectitud de la vía angosta y estrecha, no para aparecer ante los hombres, sino para presentarse ante el Señor Dios, varón en el sentido de que observa el año agradable del Señor y guarda el mandamiento que dice: "Tres veces en el año se presentará todo varón delante del Señor Dios."
Debemos atender con cuidado a la palabra "aparecer", puesto que ninguna apariencia es un bien, por cuanto solo parece existir y no existe en verdad, y engaña a los sentidos y no expresa nada exacta y verdaderamente. Así como los actores de los teatros no son lo que profesan ni son realmente lo que la máscara que llevan los hace parecer, así también todos los que parecen revestir la forma sensible exterior de la bondad y no son justos, sino actores de la justicia, actuando además en un teatro propio — a saber, las sinagogas y las esquinas de las plazas. Mas el que no es actor, sino que ha despojado todo lo que le es ajeno y se propone agradar en aquel teatro que es inconcebiblemente mayor que cualquiera de los mencionados, entra en su propio aposento hacia las riquezas allí atesoradas, y cierra tras de sí su tesoro de sabiduría y de ciencia.
Sin volver jamás su mirada hacia fuera ni enamorarse de las cosas externas, habiendo cerrado toda puerta de los sentidos para no ser arrastrado por las sensaciones ni dejar que su presentación sensible se cuele en su mente, ora al Padre que no rehúye ni deserta de lugar tan secreto, sino que mora en él, estando presente también con Él el Unigénito. Porque Él dice: "Yo y el Padre vendremos a él y haremos morada con él." Y manifiestamente, si oramos así, estaremos haciendo intercesión no solo ante un Dios, sino también ante un Padre que es justo, el cual no nos deserta como a sus hijos, sino que está presente en nuestro lugar secreto y lo vigila y aumenta el contenido del aposento si cerramos su puerta.
Cuando oremos, no balbucir, sino usar habla piadosa. Balbucimos cuando, sin escrutar nosotros mismos ni las palabras devotas que elevamos, hablamos de lo corrupto en obra o palabra o pensamiento, cosas que son viles y reprendibles y ajenas a la incorruptibilidad del Señor. El que, pues, balbuce en la oración está en una disposición sinagógica peor que cualquiera de las descritas hasta ahora y de un modo más duro que los que están en las esquinas de las plazas, no conservando siquiera tanto como un vestigio de actuación en la bondad.
Porque, según el pasaje del Evangelio, solo los gentiles balbucen, del todo insensibles a las súplicas grandes y celestiales, y por eso elevando toda oración por lo material y lo externo. A un gentil balbuciente, pues, se parece el que pide cosas de abajo al Señor que mora en el cielo y sobre las alturas de los cielos.
El que es palabroso también parece balbuciente, y el que balbuce parece palabroso. No hay unidad en la materia ni en las sustancias corporales, sino que toda supuesta unidad de este género se escinde, se divide y se desintegra en muchas unidades, con pérdida de su unión. Uno es el bien; muchos son los viles. Una es la verdad; muchas son las falsedades. Una es la verdadera justicia; muchos son los estados que la ejercitan como parte. Una es la sabiduría de Dios; muchas son las sabidurías de este siglo y de los príncipes de este siglo, que se desvanecen. Una es la Palabra de Dios, pero muchas son las palabras ajenas a Dios.
Por tanto, nadie escapará del pecado como resultado de la palabrería, y nadie que piense ser oído como resultado de la palabrería puede ser oído. Por esta razón no debemos hacer nuestras oraciones semejantes al balbuceo gentílico o a la palabrería o a otra práctica a imagen de la serpiente, porque el Dios de los santos, siendo Padre, sabe de qué cosas tienen necesidad sus hijos, pues tales cosas son dignas de un conocimiento paternal.
El que no conoce a Dios tampoco conoce las cosas de Dios — no conoce las cosas de que tiene necesidad, pues las cosas de que cree tener necesidad son erróneas. Mas el que ha contemplado las cosas mejores y más divinas de que está necesitado obtendrá los objetos de su contemplación, los cuales son conocidos de Dios y han sido conocidos del Padre aun antes de pedirlos. Después de estas observaciones sobre el prefacio de la oración en el Evangelio según Mateo, pasemos ahora a considerar lo que la oración expone.
Comentario editorial · El Padrenuestro de Mateo y el de Lucas
Orígenes copia las dos versiones (; ) y se inclina a ver en ellas dos oraciones distintas con partes comunes: una dicha en el monte sin que nadie la pidiera, la otra en respuesta a un discípulo. Wikipedia habla de dos versiones de una oración cuya relación se discute: Dibelius y Jeremias daban prioridad a la de Lucas, más breve; Goulder y otros la ven como abreviación de la de Mateo; algunos especialistas sugieren, como Orígenes, que Jesús pudo decir más de una versión. Lucas no tiene «hágase tu voluntad» ni «líbranos del mal», y pide perdón por los «pecados», no por las «deudas»: Orígenes lo señala en los capítulos XVI, XVIII y XIX. Ni su Mateo ni su Lucas traen la doxología final, que falta en los manuscritos más antiguos de Mateo; la Didaché, en cambio, cierra con una.
Para ampliar: Lord's Prayer (Wikipedia (en)) · la Didaché en Eusebeia
XIII
Padre Nuestro en el cielo. Merece una observación algo cuidadosa del llamado Antiguo Testamento el investigar si es posible encontrar en alguna parte de él una oración de quien dirija a Dios como Padre. Porque, aunque he hecho el examen cuanto me ha sido posible, hasta el presente no he logrado hallar ninguna. No digo que no se hable de Dios como Padre, ni que los creyentes en Dios tenidos por tales no sean llamados hijos de Dios, sino que aún no he hallado en la oración aquella confianza de llamar Padre a Dios que el Salvador proclamó.
Que se habla de Dios como Padre, y de los que han esperado en la palabra de Dios como hijos, puede verse en muchos lugares, como en el Deuteronomio: "Has dejado a Dios tu engendrador y te has olvidado de Dios tu sustentador", y de nuevo: "¿No es Él mismo tu Padre, el que te poseyó, te hizo y te creó?", y otra vez: "Hijos en quienes no hay fe". Y en Isaías: "Crié hijos, y engendré, mas ellos se rebelaron contra mí"; y en Malaquías: "El hijo honra al padre, y el siervo a su señor; si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honor? y si soy señor, ¿dónde está mi temor?" Así, pues, aunque Dios es llamado Padre, e hijos suyos los que por su fe en Él han sido engendrados, sin embargo, en el pueblo antiguo no se ve aquella filiación segura e inmutable.
Y esto por los mismos pasajes que he citado, a causa de la sujeción de los llamados hijos, puesto que, según el apóstol, "el heredero, mientras es niño, en nada difiere del siervo, aunque sea señor de todo; sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre". Pero la plenitud del tiempo está en la morada de nuestro Señor Jesucristo, cuando los que quieren reciben la adopción de hijos, como enseña Pablo en las palabras: "No habéis recibido espíritu de esclavitud para temor, sino que habéis recibido espíritu de adopción, en el cual clamamos: Abba, Padre"; y como está en el Evangelio según Juan: "A todos cuantos le recibieron les dio potestad de hacerse hijos de Dios, si creen en su nombre"; y por razón de este espíritu de adopción aprendemos en la Epístola católica de Juan, respecto de los engendrados de Dios, que "todo el que es engendrado de Dios no peca, porque su simiente permanece en él, y no puede pecar, porque es engendrado de Dios".
Y, sin embargo, si pensamos en el sentido de las palabras escritas en Lucas: "Cuando oréis, decid: Padre...", dudaremos en dirigirle esta expresión si no nos hemos hecho hijos verdaderos, no sea que, además de nuestros otros pecados, seamos también acusados de impiedad. Mi sentido es el siguiente. En la primera Epístola a los Corintios dice Pablo: "Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino en espíritu santo; y nadie que hable en el espíritu de Dios dice: Anatema sea Jesús", llamando lo mismo espíritu santo y espíritu de Dios. No está del todo claro qué significa hablar en espíritu santo de Jesús como Señor, pues innumerables actores y no pocos heterodoxos, y a veces hasta demonios vencidos por el poder del nombre, pronuncian esta expresión.
Nadie, pues, se atreverá a afirmar que alguno de éstos llama a Jesús "Señor" en espíritu santo. Y, en efecto, por la misma razón no podría mostrarse que llamen a Jesús Señor en absoluto, pues solo llaman a Jesús Señor los que lo expresan desde la disposición interior en servicio de la Palabra de Dios y proclamando en toda su conducta a ningún otro Señor sino a Él. Y si tales son los que dicen "Jesús es Señor", puede ser que todo el que peca, maldiciendo por su transgresión al Verbo divino, haya clamado con sus obras: "Anatema sea Jesús".
Y en consecuencia, así como el un tipo de hombre dice "Jesús es Señor", y el de disposición contraria "Anatema sea Jesús", "así todo el que ha sido engendrado de Dios no peca", porque es partícipe de la simiente de Dios, que le aparta de todo pecado, dice por su conducta "Padre Nuestro en el Cielo", dando el espíritu mismo testimonio con su espíritu de que son hijos de Dios, y herederos de Él, y coherederos con Cristo, puesto que, padeciendo con Él, razonablemente esperan también con Él ser glorificados. Pero para que no sea unánime solo de palabra su "Padre Nuestro", además de sus obras tienen un corazón —fuente y origen de las buenas obras— que cree para justicia, en consonancia con el cual su boca hace confesión para salvación.
Así, pues, todo su acto y palabra y pensamiento, formado por el Verbo unigénito conforme a Él, imita la imagen del Dios invisible y ha venido a ser "conforme a la imagen del Creador", que hace "salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos", para que haya en ellos la imagen del Celestial, que es él mismo también imagen de Dios. Los santos, por tanto, como imagen de una Imagen, un hijo, reciben la impresión de la filiación, haciéndose conformes no solo al cuerpo glorificado de Cristo, sino también a Aquel que está en ese cuerpo, y se hacen conformes a Aquel que está en cuerpo glorificado al ser transformados por la renovación de su mente.
Y si tales hombres, a lo largo de toda la vida, pronuncian las palabras "Padre Nuestro en los Cielos", claramente el que peca, como dice Juan en la Epístola católica, "es del diablo, porque el diablo peca desde el principio"; y así como la simiente de Dios, permaneciendo en el engendrado de Dios, produce en quien es formado conforme al Verbo unigénito la incapacidad de pecar, así la simiente del diablo está en todo el que peca, en la medida en que está presente en el alma —no permitiendo a su poseedor tener poder para prosperar. Pero puesto que "para esto fue manifestado el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo", es posible, mediante el deshacer de las obras del diablo por la morada de la Palabra de Dios en nuestra alma, que la mala simiente implantada en nosotros sea del todo removida y que nos hagamos hijos de Dios.
No pensemos, pues, que se nos enseña a decir palabras en algún tiempo señalado de oración. Antes al contrario, si entendemos nuestra anterior consideración de la oración sin cesar, que toda nuestra vida de oración sin cesar hable las palabras "Padre Nuestro en los Cielos", teniendo su ciudadanía de ningún modo en la tierra, sino de todas maneras en el cielo, que es el trono de Dios a causa del fundamento del reino de Dios en todos los que llevan la imagen del Celestial y por eso se hacen celestiales. Cuando se dice que el Padre de los santos está en los cielos, no debemos suponer que está circunscrito por forma material y mora en el cielo.
Pues en tal caso Dios, como contenido, vendría a ser menor que los cielos, porque ellos lo contienen, mientras que la inefable potencia de su divinidad exige que creamos que todas las cosas son contenidas y mantenidas por Él. Y, en general, los pasajes que, tomados en sentido literal, parecen a las mentes más simples afirmar que Dios está en el espacio, han de tomarse de otro modo, en un sentido más digno de los grandes conceptos espirituales acerca de Dios.
Tales son aquellos pasajes del Evangelio según Juan: Antes de la fiesta de la Pascua, Jesús, sabiendo que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin; y poco después: sabiendo que el Padre le había dado todo en las manos, y que había salido de Dios y volvía a Dios; y más adelante: habéis oído que yo os he dicho: Me voy y vuelvo a vosotros. Si me amaseis, os habríais regocijado de que voy al Padre; y de nuevo más adelante: Ahora vuelvo a Aquel que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vuelves?
Si estas cosas han de tomarse espacialmente, claramente también lo es: Respondió Jesús y les dijo: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él". Pero ciertamente las palabras no implican una transición espacial del Padre y del Hijo hacia el que ama la palabra de Jesús, y por eso no han de tomarse espacialmente.
Antes al contrario, el Verbo de Dios, por condescendencia hacia nosotros y, en cuanto a su propio merecimiento, en humillación mientras estaba entre los hombres, es dicho pasar de este mundo al Padre, para que también nosotros le contemplemos allí perfectamente en la reversión a su propia plenitud desde el vaciamiento entre nosotros por el cual se vació a sí mismo —donde también nosotros, gozando de su guía, seremos llenados y librados de todo vacío. Para tal fin bien puede el Verbo de Dios dejar el mundo e irse a Aquel que le envió, e ir al Padre. Y en cuanto a aquel pasaje cercano al final del Evangelio según Juan: "No me toques, porque aún no he subido a mi Padre", procuremos concebirlo en el sentido más místico:
Sea la nuestra la concepción más reverente de la ascensión del Hijo al Padre con inteligencia santificada, una ascensión más bien del alma que del cuerpo. Creo justo haber vinculado estas consideraciones a la cláusula Padre Nuestro en los Cielos, para destruir la baja concepción de Dios que tienen los que piensan que está en el cielo espacialmente, y para impedir que alguien diga que Dios está en el espacio material, ya que se sigue que Él también es físico, lo cual conduce a opiniones las más impías\ — a creer que es divisible y material y corruptible. Pues toda cosa material es divisible y corruptible.
O que nos digan, no apoyándose en una vaga sensación, sino con pretensión de clara comprensión, cómo puede ser de naturaleza otra que material. Puesto, pues, que en escritos anteriores a la morada corporal de Cristo hay también muchas afirmaciones que parecen decir que Dios está en el espacio físico, me parece que no está de más citar algunas de ellas también, para destruir toda duda en los que, porque no saben más, encierran a Dios, que está sobre todos, dentro de un espacio pequeño y escaso a su propia medida. Primero, en el Génesis se dice que Adán y Eva oyeron el sonido del Señor Dios que andaba al atardecer en el huerto, y que tanto Adán como su mujer se escondieron del Señor Dios entre los árboles del huerto.
Pondré la pregunta a los que no solo rehúsan entrar en los tesoros del pasaje, sino que ni siquiera llaman a su puerta, si son capaces de imaginar al Señor Dios, que llena el cielo y la tierra, que como ellos mismos suponen, en el sentido más físico, usa el cielo como trono y la tierra como estrado de sus pies, contenido por un espacio tan escaso en comparación con todo el cielo y la tierra, que un huerto que suponen material no es llenado por Dios, sino que le excede tanto en grandeza que puede contenerle aun andando, mientras se oye un sonido del paso de sus pies. Más absurdo aún, según su interpretación, es el esconderse de Adán y Eva, por temor de Dios a causa de su transgresión, de delante de Dios entre los árboles del huerto.
Porque ni siquiera se dice que meramente desearon esconderse, sino que realmente se escondieron. Y ¿cómo, según su parecer, Dios pregunta a Adán diciendo: ¿Dónde estás? He tratado estas materias con mayor extensión en mi examen del contenido del Génesis; pero también aquí —para no pasar por completo en silencio un asunto tan grave— bastará que recuerde lo que dice Dios en el Deuteronomio: Habitaré en ellos y andaré en ellos. Porque como es su andar en los santos, tal es también su andar en el Huerto, pues todo el que peca se esconde de Dios y rehúsa su inspección y renuncia a su confianza con Él. Así también Caín salió de delante de Dios y habitó en la tierra de Nod, frente a Edén. Del mismo modo, pues, que mora en los santos.
Así también mora en el cielo (es decir, en todo santo que lleva la imagen del Celestial, o de Cristo, en quien todos los que se salvan son lumbreras y estrellas del cielo, o bien porque los santos están en el cielo) según el dicho: A ti que moras en el cielo he alzado mis ojos. Y sin embargo, el pasaje del Eclesiastés: No te des prisa a proferir palabra delante de Dios, porque Dios está en el cielo arriba, y tú en la tierra abajo, quiere mostrar el intervalo que separa a los que están en el cuerpo de humillación de Aquel que está con los ángeles y las santas potestades que son exaltadas también por el auxilio del Verbo, y con el mismo Cristo. Porque no es irrazonable que Él esté estrictamente en el trono del Padre, llamado alegóricamente cielo, mientras su iglesia, llamada Tierra, es un estrado a sus pies.
He citado algunas sentencias del Antiguo Testamento, tenidas por representar a Dios en el espacio, para exhortar al lector por todos los medios dentro del poder que me ha sido dado a aceptar la Escritura divina en el sentido más alto y más espiritual siempre que parece enseñar que Dios está en el espacio. Y era propio que estas consideraciones se vincularan a la cláusula Padre Nuestro en los Cielos, por cuanto distingue la esencia de Dios de todos los seres creados. Porque sobre los que no participan de esa esencia viene cierta gloria de Dios y una potencia de Él, un flujo de la deidad.
XIV
Santificado sea Tu nombre. Aunque esto puede representar tanto que el objeto de la oración aún no se ha cumplido, como que, después de su consecución, no es permanente, en cuyo caso la súplica pide su retención; el lenguaje en este caso deja claro que es con la implicación de que el nombre del Padre aún no ha sido santificado que se nos manda —según Mateo y Lucas, es decir— decir "Santificado sea tu Nombre". ¿Cómo, podría decirse entonces, debe un hombre pedir la santificación del nombre de Dios como si no estuviera santificado? Entendamos qué significa el nombre del Padre, y qué significa su santificación. Un nombre es una designación resumida que describe el carácter peculiar de la cosa nombrada.
Así el apóstol Pablo tiene un cierto carácter peculiar, en parte de alma que en consecuencia es de cierto tipo, en parte de intelecto que en consecuencia es contemplativo de ciertas cosas, y en parte de cuerpo que en consecuencia es de cierto tipo. Es lo peculiar de estos caracteres, la combinación única —pues no hay otro ser idéntico a Pablo— lo que se indica por medio de la apelación Pablo. En el caso de los hombres, sin embargo, cuyos caracteres peculiares cambian, sus nombres también, por un uso correcto, cambian según la Escritura.
Cuando el carácter de Abram fue transformado, fue llamado Abraham; cuando el de Simón, fue nombrado Pedro; y cuando el de Saulo, perseguidor de Jesús, fue designado Pablo. Pero en el caso de Dios, puesto que Él mismo es siempre inmutable e inalterable, el nombre propio que incluso Él puede decirse que lleva es siempre uno, el mencionado en el Éxodo: "El que es", o algo semejante. Por tanto, puesto que todos tenemos alguna noción de Dios, concibiéndolo de diversas maneras, pero no todos de lo que Él es —pues pocos y, se diga, menos que pocos son los que comprenden su santidad completa—, se nos enseña con razón a alcanzar una santa concepción de Él, a fin de que veamos su santidad como creador, proveedor, juez, el que elige, el que abandona, el que acepta, el que rechaza, el que remunera y el que castiga a cada uno según su merecido.
Pues con tales términos y semejantes puede decirse que se esboza el carácter peculiar de Dios, lo cual entiendo que significa la expresión, el nombre de Dios, según las Escrituras: en el Éxodo: No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano; en el Deuteronomio: Sea esperada mi palabra como la lluvia; como el rocío desciendan mis palabras, como lluvias sobre la hierba y como humedad sobre el césped; porque he invocado el nombre del Señor; y en los Salmos: Recordarán tu nombre en toda generación.
Es quien asocia el pensamiento de Dios con cosas malas quien toma en vano el nombre del Señor Dios; y quien es capaz de pronunciar una lluvia que coopera con sus oyentes en el fructificar de sus almas, y que dirige palabras de exhortación semejantes al rocío, y que en el torrente edificante de sus palabras vuelca sobre sus oyentes lluvias utilísimas o humedad eficacísima, es capaz de hacerlo porque ha percibido su necesidad de Dios como realizador e invoca al verdadero proveedor de esas cosas; y todo el que penetra las cosas mismas de Dios recuerda más bien que aprende los misterios de la piedad, aun cuando parece que se los dice otro o cree que los descubre. Y así como el suplicante debe en este punto reflexionar que su petición es por la santificación del nombre de Dios, así en los Salmos se dice: Exaltemos juntamente su nombre, el patriarca mandando alcanzar, con toda armonía, en el mismo sentir y en la misma voluntad, el conocimiento verdadero y exaltado de la naturaleza peculiar de Dios.
Es exaltar juntamente el nombre de Dios cuando, después de haber participado de un flujo de la deidad, habiendo sido sostenido por Dios y habiendo vencido a sus enemigos de modo que no puedan alegrarse de su caída, exalta la potencia de Dios en la cual ha participado, como se muestra en el salmo veintinueve con las palabras: Te exaltaré, oh Señor, porque me has sostenido y no has hecho que mis enemigos se alegren sobre mí. Un hombre exalta a Dios cuando le ha consagrado una casa dentro de sí, pues la inscripción del Salmo dice también así: Salmo de canto para la consagración de la Casa de David.
Debe observarse además, respecto de la cláusula Santificado sea tu Nombre y sus sucesoras en forma de imperativo, que los traductores también hicieron continuamente uso de imperativos en lugar de ablativos, como en los Salmos: Mudos sean los labios engañosos, que hablan iniquidad contra el justo, en lugar de 'que sean', y Busque el acreedor todo lo que tiene; no tenga quien le ayude, acerca de Judas en el salmo ciento ocho; pues todo el Salmo es una súplica concerning Judas de que ciertas cosas le sobrevengan.
Pero Tatiano, al no percibir que sea no significa siempre el ablativo sino que ocasionalmente es también imperativo, ha supuesto de manera impiedadísima que Dios dijo Sea la luz en oración más bien que en mandato de que la luz fuese; puesto que, como él lo plantea en su pensamiento impío, Dios estaba en las tinieblas. En respuesta a él puede preguntarse: ¿cómo va a tomar los otros dichos? Produzca la tierra hierba, y Reúnase el agua debajo del cielo, y Produzcan las aguas reptiles con almas vivientes, y Produzca la tierra alma viviente. ¿Es para estar sobre tierra firme que ora que el agua debajo del cielo se reúna en un solo lugar de reunión, o para participar de las cosas que brotan de la tierra que ora Produzca la tierra...?
¿Qué clase de necesidad, para igualar su necesidad de luz, tiene de criaturas del agua, del aire y de la tierra, para que ore también por ellas? Si incluso según la opinión de Tatiano es absurdo pensar que ora por estas cosas que ocurren en expresiones imperativas, ¿no podrá decirse lo mismo de Sea la luz —que es una expresión imperativa y no ablativa? Pensé que, en vista del hecho de que la oración se expresa en formas imperativas, era necesaria alguna referencia a su perversión por causa de aquellos —yo mismo he encontrado casos— que han sido inducidos a error hasta aceptar su enseñanza impía.
Comentario editorial · Taciano y el «sea» de la creación
El Taciano de este capítulo no es la Tatiana del tratado, sino Taciano el Sirio, discípulo de Justino en Roma y autor del Diatessarón, la armonía de los cuatro evangelios, muerto hacia 180–185 según Wikipedia; Ireneo cuenta que, tras la muerte de Justino, fue expulsado de la Iglesia por su ascetismo encratita y por seguir a Valentín. Taciano leía el «Sea la luz» del Génesis como un deseo y no como una orden, y de ahí deducía que Dios estaba en tinieblas; Orígenes le opone los demás mandatos de la creación, y vuelve sobre esa lectura, sin nombrarlo, en Contra Celso VI, 51 (lo señala Koetschau). Donde la versión inglesa, y con ella esta, dice «ablativo», Koetschau traduce «deseo» (Wunsch). Lectura del editor: el griego no tiene ablativo, y el modo que expresa deseo es el optativo, de modo que el «ablativo» parece un error de la versión inglesa.
Para ampliar: Tatian (Wikipedia (en)) · Vom Gebet (BKV) (Koetschau, XXIV, 5)
XV
Venga Tu Reino. Según la palabra de nuestro Señor y Salvador, el Reino de Dios no viene de modo observable, ni dirán los hombres: "He aquí, está aquí", o "He allí, está allí"; sino que el Reino de Dios está dentro de nosotros; pues la palabra está sumamente cerca, en nuestra boca y en nuestro corazón. Es, pues, manifiesto que quien ora por la venida del reino de Dios ora con buena razón por el surgimiento, el fructificar y el perfeccionamiento del reino de Dios dentro de sí.
Porque todo santo es gobernado por Dios y obedece las leyes espirituales de Dios, y se comporta como una ciudad bien ordenada; y el Padre está presente con él, y Cristo reina juntamente con el Padre en el alma perfeccionada, según el dicho que mencioné hace poco: Vendremos a él y haremos morada con él. Por reino de Dios entiendo el estado bienaventurado de la mente y el orden establecido de la reflexión sabia; por reino de Cristo, la emisión de palabras de salvación a sus oyentes y la práctica de actos de justicia y las demás excelencias; pues el Hijo de Dios es palabra y justicia.
Pero todo pecador es tiranizado por el príncipe de este mundo, puesto que todo pecador se conforma con este presente siglo malo, y no se entrega a Aquel que se dio a sí mismo por nosotros los pecadores para librarnos del presente siglo malo y redimirnos conforme a la voluntad de Dios nuestro Padre, como se expresa en la Epístola a los Gálatas. Y quien, por pecado deliberado, es tiranizado por el príncipe de este mundo, también es gobernado por el pecado: por eso se nos manda por Pablo no ser ya súbditos del pecado que quiere reinar sobre nosotros, y se nos ordena en estas palabras: No reine, pues, el pecado en nuestro cuerpo mortal, para que le obedezcamos en sus concupiscencias.
Pero respecto de ambas cláusulas, Santificado sea tu Nombre y Venga tu Reino, puede objetarse que, si el suplicante ora para ser oído y siempre es oído, es manifiesto que la suya será una instancia, en correspondencia con lo que acaba de decirse, de santificación del nombre de Dios y de surgimiento del Reino de Dios; en cuyo caso, ¿cómo podrá ya con propiedad orar por cosas ya presentes como si no lo estuvieran, diciendo: Santificado sea tu Nombre; Venga tu Reino? — Y en ese caso será a veces propio no decir: Santificado sea tu Nombre; Venga tu Reino.
A esto puede responderse que, así como quien ora para obtener palabra de ciencia y palabra de sabiduría orará con propiedad por ellas continuamente, con la perspectiva de recibir continuamente más plenas contemplaciones de sabiduría y de ciencia al ser oído, aunque parcial es su conocimiento de las cosas que en el presente puede recibir, mientras que lo perfecto, que anula lo parcial, se manifestará entonces cuando la mente enfrente sus objetos cara a cara sin sensación — así también la perfección en nuestra santificación individual del nombre de Dios y en el surgimiento de su reino dentro de nosotros no es posible si no llega también la perfección de ciencia y de sabiduría, y acaso las demás excelencias.
Somos caminantes hacia la perfección si olvidamos las cosas que dejamos atrás, avanzando hacia las que están delante de nosotros. El reino de Dios dentro de nosotros será, pues, consumado en nosotros conforme avanzamos sin cesar, cuando se cumpla el dicho del Apóstol: que Cristo, habiéndosele sujetado todos sus enemigos, entregue el reino a Dios el Padre, para que Dios sea todo en todos. Por esto oremos sin cesar con una disposición hecha divina por el Verbo, y digamos a nuestro Padre que está en los cielos: Santificado sea tu Nombre; Venga tu Reino. Del reino de Dios ha de decirse además, por vía de distinción, que así como la justicia no tiene sociedad con la iniquidad, ni la luz comunión con las tinieblas, ni Cristo concordia con Belial, así un reino del pecado es incompatible con el Reino de Dios.
Si, pues, queremos ser gobernados por Dios, de ningún modo deje reinar el pecado en nuestro cuerpo mortal, ni obedezcamos sus mandatos cuando llama nuestra alma a las obras de la carne ajenas a Dios, sino mortifiquemos nuestros miembros que están en la tierra y llevemos los frutos del Espíritu, para que el Señor ande en nosotros como en un huerto espiritual, reinando solo sobre nosotros, con su Cristo sentado dentro de nosotros a la derecha de la potencia espiritual que oramos por recibir, sentado hasta que todos sus enemigos dentro de nosotros sean por estrado de sus pies, y todo principado y autoridad y potencia sea deshecho de nosotros.
Estas cosas pueden acontecer en cada uno de nosotros, y sea deshecha la muerte, la última potencia, para que Cristo pueda decir también dentro de nosotros: Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? ¡Oh sepulcro! ¿Dónde está tu victoria? Así que, ya ahora, revístase nuestra corrupción de la santidad y la incorruptibilidad que consisten en la castidad y la pureza, y revístase nuestro mortal, deshecha la muerte, de la inmortalidad paterna, a fin de que, siendo gobernados por Dios, vivamos ya ahora en medio de los bienes de la regeneración y de la resurrección.
XVI
Tu voluntad sea hecha también en la Tierra como en el Cielo. Después de la cláusula Venga tu Reino, Lucas ha pasado estas palabras en silencio y ha puesto la cláusula Danos hoy nuestro pan necesario. Examinemos, pues, a continuación, en su orden, las palabras que he puesto primero tal como están consignadas solo en Mateo. Como suplicantes que aún estamos en la tierra, creyendo que la voluntad de Dios se hace en el cielo entre toda la familia de los cielos, oremos para que la voluntad de Dios se haga también por nosotros, los que estamos en la tierra, de manera semejante a ellos, como sucederá cuando nada hagamos contra su voluntad.
Y cuando la voluntad de Dios, así como en el cielo, haya sido cumplida también por nosotros que estamos en la tierra, heredaremos un reino de los cielos como quienes, al igual que ellos, nos hemos revestido de la imagen del Celestial, mientras que los que vengan después de nosotros en la tierra oran para llegar a ser a su vez semejantes a nosotros, que hemos venido a estar en el cielo.
En cuanto a Mateo solo, las palabras también en la Tierra como en el Cielo pueden tomarse en común, de modo que lo que se nos manda decir en oración correría así: Santificado sea tu Nombre también en la tierra como en el cielo; Venga tu Reino también en la tierra como en el cielo; Hágase tu voluntad también en la tierra como en el cielo. Porque de igual modo el nombre de Dios ha sido santificado entre los que están en el cielo, y el reino de Dios ha surgido en ellos, y la voluntad de Dios se ha hecho en medio de ellos — cosas, en verdad, que todas están aún sin realizarse en nosotros, pero que podemos adquirir haciéndonos dignos de alcanzar de Dios el ser escuchados respecto de todas ellas.
Las palabras Hágase tu voluntad también en la Tierra como en el Cielo pueden plantear la cuestión de cómo se ha hecho la voluntad de Dios en el Cielo, donde están las potestades espirituales de maldad, a causa de las cuales la espada de Dios ha de beber hondamente aun en el cielo. Si oramos así para que la voluntad de Dios se haga en la Tierra del mismo modo que se hace en el cielo, ¿no estaríamos acaso orando imprudentemente para que permanezca en la tierra justamente lo contrario, ya que tales cosas vienen ya del cielo, debiéndose a las potestades espirituales de maldad que vencen en los lugares celestes gran parte de lo malo que hay en la tierra?
Quien alegoriza el cielo y afirma que es Cristo, y la Tierra la iglesia — ¿qué trono tan digno del Padre como Cristo? ¿Qué escabel de los pies de Dios como la iglesia? — resolverá fácilmente la cuestión respondiendo que todo el que está en la iglesia debe orar para recibir la voluntad paterna del modo en que la hizo Cristo, que vino a hacer la voluntad de su Padre y la cumplió enteramente. Porque es posible, uniéndonos a Él, llegar a ser un espíritu con Él y, por tanto, receptores de la voluntad, a fin de que, así como se ha cumplido en el cielo, así también se cumpla en la tierra; pues el que se une al Señor, según Pablo, es un espíritu con él. Y creo que quien lo considere atentamente hallará que esta interpretación no es despreciable.
Pero alguno podría disputarlo citando lo que el Señor dice a los once discípulos después de la resurrección, al final de este evangelio: Se me ha dado toda autoridad también en la tierra como en el cielo. Es decir, teniendo autoridad sobre las cosas que están en el cielo, dice que también la ha recibido sobre las que están en la tierra:
Mientras que los que están en el cielo ya han sido iluminados por el Verbo, es en la consumación del mundo cuando también los que están en la tierra, en imitación de aquellos sobre los cuales el Salvador recibió autoridad, son llevados a feliz término por razón de la autoridad dada al Hijo de Dios; por consiguiente, su voluntad es recibir a los que son discípulos bajo Él como en cierto sentido cooperantes mediante sus oraciones ante el Padre, a fin de que, de manera semejante a las cosas del cielo que están sujetas a la Verdad y al Verbo, Él lleve las cosas de la Tierra, restauradas por razón de la autoridad que ha recibido también en la tierra como en el cielo, a un fin colmado de bienaventuranza para los objetos de su autoridad.
Por otra parte, quien tomara el cielo por el Salvador y la Tierra por la iglesia, afirmando que es el primogénito de toda criatura, sobre quien el Padre reposa como sobre un trono, que es el cielo, hallaría que es el hombre que se puso después de haber sido apto para tal poder, porque se humilló a sí mismo y fue obediente hasta la muerte, quien dice después de la resurrección: Se me ha dado toda autoridad en la Tierra también como en el cielo — el hombre en el Salvador, habiendo recibido su autoridad sobre las cosas del cielo, como posesiones propias del Unigénito, para estar en comunión con Él, mezclándose en su divinidad y haciéndose uno con Él.
Pero si este segundo pensamiento aún no resuelve la dificultad de cómo puede estar la voluntad de Dios en el cielo cuando las potestades espirituales de maldad en los lugares celestes combaten contra los que están en la tierra, será posible resolver la cuestión con esta consideración: no es en virtud del lugar sino del principio que quien aún está en la tierra, pero tiene su ciudadanía en el cielo y atesora tesoro en el cielo y tiene su corazón en el cielo y lleva la imagen del Celestial, ya no es de la tierra ni del mundo de abajo, sino del cielo y del mundo celestial que es mejor que este.
Así también las potestades espirituales de maldad que aún moran en los lugares celestes, pero tienen su ciudadanía en la tierra y maquinan contra los hombres los medios con que combaten contra el género humano, y atesoran tesoro en la Tierra, y llevan una imagen del Terreno, que el principio de la obra del Señor hizo para ser escarnecido por los ángeles, no son celestiales, ni por su disposición viciosa moran en los cielos. Por consiguiente, cuando se dice: Hágase tu voluntad también en la Tierra como en el Cielo, no debemos contar a esos seres como en el cielo en absoluto, porque por soberbia han caído junto con Aquel que cayó del cielo como un rayo.
Y bien puede ser que nuestro Salvador, al decir que debemos orar para que la voluntad del Padre se haga en la Tierra también como en el cielo, no ordene en modo alguno oración por las cosas espacialmente en la tierra para que sean hechas semejantes a las cosas espacialmente en el cielo, sino que su voluntad al mandar orar es que todas las cosas de la tierra, es decir, las inferiores y conformes a lo terrenal, sean hechas semejantes a las mejores, que tienen su ciudadanía en el cielo, las cuales se han hecho todas cielo.
Porque el que peca, dondequiera que esté, es tierra, y de algún modo se convertirá en lo semejante, si no se arrepiente, mientras que el que hace la voluntad de Dios y no desobedece las leyes espirituales de la salvación es cielo. Así pues, o si aún somos tierra a causa del pecado, oremos para que la voluntad de Dios se extienda restauradoramente también a nosotros, como ya alcanzó a los que se han hecho cielo o son cielo antes de nosotros; o si ya somos tenidos por Dios no como tierra sino como cielo, sea nuestra súplica que, de manera semejante al cielo, también en la tierra —me refiero a las cosas inferiores— la voluntad de Dios se cumpla hasta lo que yo llamaría la celestialización de la tierra, de modo que ya no haya tierra, sino que todas las cosas se hagan cielo.
Porque si, según esta interpretación, la voluntad de Dios se hace en la tierra también como en el cielo, la tierra no permanecerá tierra, así como, para aclarar mi sentido con otro ejemplo —si la voluntad de Dios se hace en el caso del lujurioso como se ha hecho en el del templado, el lujurioso será templado, o si se hace en el caso del injusto como en el del justo, el injusto será justo. Si, pues, la voluntad de Dios se hace en la tierra también como se ha hecho en el cielo, todos seremos cielo; porque aunque la carne no aprovecha, y la sangre, que es su pariente, no pueden heredar el reino de Dios, puede decirse que lo heredan si son mudadas de carne y tierra y barro y sangre a la esencia celestial.
XVII
Danos hoy nuestro pan necesario, o como tiene Lucas, danos cada día nuestro pan necesario. Ya que algunos suponen que se pretende que oremos por el pan material, su errónea opinión merece ser disipada y exponer la verdad acerca del pan necesario, del modo siguiente. Podemos plantearles la pregunta: ¿cómo puede ser que Aquel que dice que deben pedirse las cosas celestiales y grandes, como si, según su parecer, hubiera olvidado su enseñanza, ordene ahora ofrecer intercesión al Padre por una cosa terrena y pequeña, puesto que ni el pan que es asimilado a nuestra carne es cosa celestial ni es pedir una cosa grande el solicitarlo?
Por mi parte seguiré la propia enseñanza del Maestro acerca del pan y citaré los pasajes con detalle. A los hombres que habían venido a Capernaum a buscarle les dice, en el Evangelio según Juan: En verdad, en verdad os digo que me buscáis no porque habéis visto señales, sino porque comisteis de los panes y os saciasteis... pues el que ha comido y se ha saciado con los panes que fueron bendecidos por Jesús busca más estrechamente asir al Hijo de Dios y se apresura hacia Él.
Por donde mandará: No trabajéis por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, la cual os dará el Hijo del hombre. Y cuando, a esto, los que habían oído preguntaron y dijeron: ¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?, Jesús respondió y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel a quien Él ha enviado. Como está escrito en los Salmos: Envió Dios su Palabra y los sanó, es decir, a los enfermos, y los creyentes en esa Palabra obran las obras de Dios, que son comida que permanece para vida eterna.
Y mi Padre, dice, os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. Es pan verdadero el que nutre al verdadero hombre que es hecho a imagen de Dios, y el que ha sido nutrido por él se hace también semejante al Creador. ¿Qué es más nutritivo para el alma que el Verbo, o qué más precioso para la mente del que es capaz de recibirlo que la sabiduría de Dios?
¿Qué es más afín a la naturaleza racional que la Verdad? Si se objeta a esta opinión que Él no enseñaría entonces a los hombres a pedir el pan necesario como si fuese algo distinto de sí mismo, debe advertirse que también discurse en el Evangelio según Juan unas veces como si fuese distinto de sí mismo y otras como si Él mismo fuese el Pan. Lo primero, en el sentido de las palabras: Moisés os dio el pan del cielo, mas no el verdadero pan; mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo.
En el segundo sentido, a los que le habían dicho: Danos siempre este pan, les dice: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene no tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed; y poco después: Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y también el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.
Y puesto que toda clase de alimento es llamado pan según la Escritura, como es claro por el hecho de que se cuenta de Moisés que cuarenta días no comió pan ni bebió agua, y puesto que el Verbo nutricio es múltiple y variado, no siendo todos capaces de nutrirse de la solidez y fuerza de las enseñanzas divinas, se complace por eso en ofrecer alimento vigoroso conveniente a hombres más perfectos, donde dice:
El pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo; y poco después: Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero; porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como el Padre viviente me envió, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Esta es la verdadera comida, la carne de Cristo, la cual, siendo Verbo, se hizo carne, como está dicho: Y el Verbo se hizo carne. Cuando comemos y bebemos el Verbo, Él tabernacula en nosotros.
Cuando Él es asimilado, se cumplen las palabras: Contemplamos su gloria. Este es el pan que ha descendido del cielo. No como los padres comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre. Discurriendo a los corintios infantes que andan en camino de hombre, dice Pablo: Os di a beber leche, no vianda, porque aún no erais capaces. Ni aún ahora sois capaces, porque todavía sois carnales; y en la Epístola a los Hebreos: Y os habéis hecho necesitados de leche, no de alimento sólido. Porque todo el que participa de leche está falto de razón moral, pues es infante.
Pero el alimento sólido es para los hombres maduros, que por el ejercicio tienen los sentidos ejercitados para discernir lo bueno y lo malo. A mi parecer, las palabras: Uno cree que puede comer de todo, mas el débil come legumbres, están también en su intención referidas no a las formas materiales de alimento, sino a las palabras de Dios que nutren el alma: de ellas el hombre más fiel y maduro es capaz de participar de cualquiera, siendo él el designado en las palabras Uno cree que puede comer de todo, mientras que el más débil e inmaduro se contenta con enseñanzas más simples que no producen del todo en él plena fortaleza, refiriéndose a él en las palabras Mas el débil come legumbres.
Hay también en Salomón un dicho en los Proverbios que, creo, enseña que el hombre que por simplicidad es incapaz de los sentimientos más fuertes y mayores es mejor, a falta de falso pensamiento, que el que, siendo más pronto y agudo y de mayor penetración en las cosas, no logra penetrar el principio de paz y concordia en todas. El pasaje de Salomón dice así: Mejor es la hospitalidad de legumbres servidas con amistad y gracia que un becerro engordado con enemistad.
Muchas veces aceptamos, como huéspedes en la mesa de los que no pueden ofrecernos más, una hospitalidad más simple y sin letras, acompañada de buena conciencia, con mayor satisfacción que cualquier elevación de palabras alzada contra el conocimiento de Dios y proclamando con amplia verosimilitud un sentimiento ajeno al Padre de nuestro Señor Jesús, que ha dado la ley y los profetas. Para que, pues, ni enfermemos de alma por falta de alimento ni muramos para Dios por hambre de la palabra del Señor, pidamos, en obediencia a la enseñanza de nuestro Salvador, con fe y vida más rectas, al Padre el pan de vida, que es lo mismo que el pan necesario.
Consideremos ahora qué significa la palabra epiousion, necesaria. Ante todo debe saberse que la palabra epiousion no se encuentra en ningún escritor griego, ya sea en la filosofía o en el uso común, sino que parece haber sido formada por los evangelistas. Al menos Mateo y Lucas, al haberla dado al mundo, coinciden en usarla en forma idéntica. Lo mismo han hecho los traductores del hebreo en otros casos; pues ¿qué griego usó jamás la expresión enotizou o akoutisthete en lugar de eistaota dexai o akousai poice se?
Exactamente como la expresión epiousion, necesaria, es una que se encuentra en los escritos de Moisés, dicha por Dios: Seréis mi periousios, pueblo peculiar. Cada una de estas palabras me parece un compuesto de ousia, esencia; la primera significando el pan que contribuye a la esencia, la segunda denotando el pueblo que tiene que ver con la esencia y está asociado a ella. En cuanto a la ousia, esencia, en sentido estricto, por los que afirman la prioridad de la sustancia de las cosas inmateriales, es clasificada con las cosas inmateriales que poseen ser permanente y ni reciben adición ni sufren sustracción. Porque la adición y la sustracción son características de las cosas materiales, con referencia a las cuales tienen lugar el crecimiento y la decadencia, debido a que están en estado de flujo, necesitadas de apoyo y alimento importados.
Si lo importado excede lo gastado en un período, tiene lugar el crecimiento; si es menor, la disminución; y si, como es concebible, hay cosas que no reciben importación alguna, están en lo que yo llamaría disminución sin mitigación. Los que, por el contrario, sostienen que la sustancia de las cosas inmateriales es posterior y la de las materiales anterior, definen la esencia en estos términos: es la materia primera de las cosas existentes, de la cual son; o la materia de las cosas corporales, de la cual son; o la de los términos, de los cuales son; o la sustancia primera e informe o presustancia de las cosas existentes; o aquello que admite todas las transformaciones y modificaciones, aunque en sí mismo, como tal, incapaz por naturaleza de modificación; o aquello que sufre toda modificación y transformación.
Según ellos, la esencia es por naturaleza informe y muda como tal. Es incluso indeterminada en magnitud, pero está implicada en toda cualidad como una especie de suelo dispuesto para ella. Por cualidades entienden distintivamente las actualidades y las actividades en las cuales los movimientos y articulaciones de la esencia han llegado a ser, y dicen que la esencia, como tal, no tiene parte en éstas por naturaleza, aunque siempre accidentalmente es inseparable de algunas de ellas y igualmente receptiva de todas las actualizaciones del agente, de cualquier modo que actúe y transforme. (Pues la fuerza asociada con la esencia, que todo lo penetra, sería la responsable de toda cualidad y de las disposiciones particulares que la implican.)
Y dicen que es transformable por doquier y divisible por doquier, y que cualquier esencia puede fusionarse con cualquier otra, siendo todo, no obstante, una unidad. Lo que he dicho en esta discusión de la esencia suscitada por las expresiones el pan necesario y el pueblo peculiar ha sido distinguir los significados de la esencia. Y puesto que ya hemos visto que es del pan espiritual que debemos pedir, necesariamente hemos de entender que la esencia es afín al pan, de modo que, así como el pan material, al ser asimilado al cuerpo del nutrido, pasa a su esencia, así el pan de vida que ha descendido del cielo, al ser asimilado a la mente y al alma, puede impartir su propia potencia a quien se ha prestado a nutrirse de él, y llegar así a ser el pan necesario que pedimos.
Y de nuevo, de manera semejante, así como el nutrido alcanza una fortaleza variable según el carácter del alimento, ya sólido y apto para atletas, ya de naturaleza de leche y legumbres, así se sigue que, cuando la palabra de Dios es dada ya como leche, como conviene a los niños, ya como legumbres, como conviene a los enfermos, ya como carne, como es propio de los combatientes, cada uno de los nutridos adquiere esta o aquella potencia o naturaleza según la palabra a la que se ha prestado.
Además, hay una clase de alimento reputado que en realidad es dañino, otro segundo que produce enfermedad, y otro que ni siquiera puede ser asimilado, y todos éstos pueden transferirse por analogía a las variedades de enseñanzas reputadas nutritivas. Necesario es, por tanto, el pan que corresponde más estrechamente a nuestra naturaleza racional y es afín a nuestra misma esencia, el cual inviste al alma a la vez de bienestar y de fortaleza, y, puesto que el Verbo de Dios es inmortal, imparte a quien lo come su propia inmortalidad.
Es precisamente este pan necesario el que me parece ser llamado de otro modo en la Escritura árbol de la vida, del que el que extiende su mano y toma de él vivirá para siempre. Y bajo un tercer nombre este árbol es llamado sabiduría de Dios en palabras de Salomón: Ella es árbol de vida a todos los que de ella se asen, y a los que se apoyan en ella como en el Señor es segura. Y puesto que también los ángeles son nutridos por la sabiduría de Dios, recibiendo potencia para el cumplimiento de sus obras propias de su contemplación en verdad con sabiduría, se dice en los Salmos que también los ángeles son nutridos, los hombres de Dios designados hebreos teniendo comunión con los ángeles y, por así decirlo, haciéndose incluso compañeros de mesa con ellos.
Tal es el sentido del dicho: Pan de ángeles comió el hombre. Lejos de nosotros semejante pobreza de mente como para suponer que es de algún pan material, como el que se cuenta que descendió del cielo sobre los que habían salido de Egipto, que los ángeles participan continuamente y son nutridos, como si fuera en esto, en realidad, que los hebreos tenían comunión con los ángeles, espíritus ministradores de Dios. Y mientras consideramos el pan necesario y el árbol de la vida y la sabiduría de Dios y el alimento común de los hombres santos y de los ángeles, no es inoportuno referirse a los tres varones que se cuentan en el Génesis, que fueron hospedados por Abraham y participaron de tres medidas de flor de harina de trigo amasadas en tortas sobre brasas, y observar que esto quizá simplemente sea contado en sentido figurado.
Mostraría que los santos son capaces, en ocasión, de impartir alimento espiritual y racional no sólo a los hombres sino también a las potestades divinas, ya para su beneficio, ya para la exhibición de sus adquisiciones más nutritivas, siendo los ángeles alegrados y nutridos en tal exhibición y haciéndose más dispuestos a cooperar en todo y de ahí en adelante a conspirar en la aprehensión de cosas más plenas y mayores por el hombre que los ha alegrado y, por así decirlo, nutrido con su caudal de enseñanzas nutritivas ya adquiridas.
No es de extrañar que un hombre pueda nutrir a los ángeles, cuando incluso Cristo confiesa estar en pie ante la puerta y llamar, para que entre en el que le abre y cene con él de su vianda, para después impartir Él a su vez lo suyo a quien primero, según su propia potencia, ha hospedado al Hijo de Dios. Así pues, el participante del pan necesario, teniendo su corazón confirmado, se hace hijo de Dios, mientras que el que tiene porción en la serpiente no es otro que un etíope espiritual y él a su vez se muda en serpiente por razón de los trabajos de la serpiente, de modo que, aun si expresara deseo de bautismo, es repreendido por el Verbo y oye decirse: Serpientes, cría de víboras, ¿quién os indujo a huir de la ira venidera?
Y David habla del cuerpo de la serpiente siendo devorado por los etíopes: Quebrantaste las cabezas de las serpientes en las aguas, desmenuzaste la cabeza de la serpiente, le diste por comida a los pueblos etíopes. Si no es absurdo suponer que, puesto que el Hijo de Dios y también el Adversario son de sustancias esenciales, cualquiera de ellos puede hacerse alimento para esta o aquella alma, ¿por qué hemos de dudar en el caso de todas las potestades, mejores y peores, incluidos los seres humanos, en creer que cada uno de nosotros puede derivar alimento de cualquiera de ellas?
Cuando Pedro estaba a punto de tener comunión con el centurión Cornelio y los que se habían reunido con él en Cesarea, y de impartir después las palabras de Dios también a los gentiles, vio el vaso descendido del cielo por las cuatro esquinas, en el cual había toda clase de cuadrúpedos y reptiles y bestias de la tierra, por lo que también se le mandó levantarse, matar y comer; y después de haber dicho en deprecación: Tú sabes que nada común o inmundo ha entrado jamás en mi boca, se le mandó que a ningún hombre llamase común o inmundo, porque lo que Dios había limpiado no debía ser hecho común por Pedro; en las palabras del pasaje: Las cosas que Dios ha limpiado, no las hagáis tú comunes.
En consecuencia, el alimento limpio y el inmundo distinguidos según la ley de Moisés en términos de varios animales guardan analogía con los caracteres diferentes de los seres racionales y enseñan que algunos son nutritivos para nosotros pero otros lo contrario, hasta que Dios haya limpiado y hecho nutritivos a todos, o a los de toda raza. Pero siendo esto así, y habiendo tal diversidad entre los alimentos, el pan necesario, por el que debemos orar para ser tenidos por dignos de él y, siendo nutridos por el Verbo que era Dios con Dios en el principio, ser hechos divinos dioses, es uno y trasciende todos los alimentos mencionados.
Pero se dirá que la palabra epiousion, necesaria, está formada de epienai, ir adelante, de modo que se nos manda pedir el pan propio de la edad venidera, a fin de que Dios lo tome por adelantado y nos lo conceda ahora. Así, lo que había de darse, por así decirlo, mañana, se nos daría hoy, tomándose hoy por la edad presente y mañana por la venidera. Puesto, sin embargo, que, a mi juicio, la interpretación precedente es mejor, pasemos a considerar la referencia añadida a hoy en Mateo, o la expresión cotidiano escrita en Lucas.
Llamar a toda la edad presente hoy es un uso frecuente en las Escrituras, como en los pasajes: Él es padre de los moabitas hasta hoy, y Él es padre de los amonitas hasta hoy, y este relato ha sido contado entre los judíos hasta hoy, y en los Salmos: Hoy, si oís su voz, no endurezcáis vuestros corazones. En Josué esto se expresa muy claramente: No os apartéis del Señor en los días de hoy. Y si hoy significa toda la edad presente, ayer es probablemente la edad pasada. Eso he entendido que es su sentido en los Salmos y en Pablo en la Epístola a los Hebreos.
En los Salmos es así: Mil años son en tus ojos como el ayer que ha pasado —sea lo que fuere lo que significa el muy hablado milenio, es comparado al ayer en oposición al hoy—; y en el apóstol está escrito: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos. No es de extrañar que la totalidad de una edad cuente ante Dios como el espacio de un solo día para nosotros, y aun menos, a mi parecer. Podemos también considerar si los relatos de fiestas o asambleas registrados en términos de días o meses o estaciones o años tienen referencias simbólicas a las edades. Porque si la ley contiene una sombra de las cosas venideras, sus muchos sábados deben ser una sombra de muchos días, y sus lunas vienen en el curso de intervalos de tiempo, completados por algún modo de conjunción de una luna con algún sol.
Y si un mes primero y un día décimo hasta el catorce y una fiesta de los panes sin levadura desde el catorce hasta el veintiuno contienen una sombra de las cosas venideras, ¿quién es sabio y en tal grado amigo de Dios como para tener visión del primero entre muchos meses y de su día décimo y así sucesivamente? ¿Qué need decir de aquella fiesta de siete semanas de días, y de aquel séptimo mes cuya luna nueva es día de trompetas y en cuyo décimo día cae un día de expiación, que son conocidos de Dios solo, que los ha instituido? ¿Quién ha recibido en tal grado la mente de Cristo como para interpretar aquellos años séptimos de libertad para los siervos domésticos hebreos y de remisión de deudas y de cese del cultivo de la tierra santa?
Y además de la fiesta de cada siete años hay todavía otro año, el llamado Jubileo, cuya naturaleza imaginar claramente, aun parcialmente, o las verdaderas leyes que en él han de cumplirse, no es para nadie sino para Aquel que ha contemplado el consejo del Padre con referencia al orden en todas las edades, según sus inescrutables juicios y sus incontables vías. Al procurar conciliar dos pasajes apostólicos me ha ocurrido a menudo plantear la cuestión de cómo puede haber consumación de las edades en la cual Jesús ha sido manifestado una vez para siempre para abolición de los pecados, si han de haber edades que sigan después de ésta. Los pasajes de los Apóstoles son como sigue: En la Epístola a los Hebreos: pero ahora, en una consumación de las edades, ha sido manifestado una vez para siempre para abolición de los pecados mediante su sacrificio; pero en la Epístola a los Efesios: a fin de que muestre, en los siglos venideros, las superabundantes riquezas de su gracia en bondad para con nosotros.
Pues bien, en conjetura acerca de materias tan grandes, creo que, así como la consumación del año es su último mes, tras el cual surge el comienzo de otro mes, así probablemente la edad presente es una consumación de numerosas edades, completando por así decirlo un año de edades, y tras ella surgirán ciertas edades venideras cuyo comienzo es la edad venidera, y en esas edades venideras Dios mostrará las riquezas de su gracia en bondad, cuando el mayor de los pecadores, que por haber hablado mal contra el Espíritu Santo está detenido por su pecado a lo largo de la edad presente y de la venidera de principio a fin, recibirá después de eso, no sé cómo, una dispensación.
Cuando un hombre ha tenido visión de estas cosas y ha meditado sobre una semana de edades con la intención de contemplar una especie de santa guardia de sábado, y un mes de edades para ver la santa luna nueva de Dios, y un año de edades para recorrer las fiestas del año en que todo varón debe aparecer ante el Señor Dios, y los años correspondientes de tantas edades para discernir el séptimo año santo, y siete años semanales de edades para entonar un himno al Institutor de leyes tan grandes, ¿cómo puede él, después de tal consideración, reñir sobre lo que es la más mínima fracción de una hora en el día de semejante edad, en lugar de hacer todo por llegar a ser, mediante su preparación aquí, digno de obtener el pan necesario y de recibirlo mientras es hoy y cotidiano, siendo ya claro por las explicaciones precedentes lo que significa cotidiano?
Pues el que ora hoy a Dios, que es de infinito a infinito, no sólo por hoy sino también en cierto sentido por lo que es cotidiano, será capacitado para recibir de Aquel que tiene poder de hacer en exceso sobre lo que pedimos o pensamos, aun cosas —por usar lenguaje extremo— que trascienden aquellas que ojo no vio y oído no oyó y que no subieron al corazón del hombre. Estas consideraciones me parecen haber sido muy necesarias para la comprensión de ambas expresiones, hoy y cotidiano, cuando oramos que el pan necesario nos sea dado de su Padre.
Comentario editorial · Epioúsios, un adjetivo que nadie más usó
El pan que pide el Padrenuestro es, en griego, epioúsios (; ), y la versión inglesa lo traduce «needful», «necesario». Orígenes es el primer autor que comenta la palabra (Wikipedia): no la encuentra en ningún escritor griego, cree que la formaron los evangelistas y la explica por ousía, «esencia»: así como el pan material pasa a la esencia del cuerpo, el pan de vida, asimilado por el alma, le comunica su fuerza. Menciona y deja en segundo lugar la derivación de epiénai, «venir», el pan «de la edad venidera». Según Wikipedia, esa otra lectura —«para mañana», «para el futuro»— es hoy la de la mayoría de los especialistas; Jerónimo vertió la palabra como supersubstantialem en Mateo y como cotidianum («diario») en Lucas.
XVIII
Y perdónanos nuestras deudas así como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, o como dice Lucas: Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Acerca de las deudas dice también el Apóstol: Pagad a todos lo que debéis: a quien tributo, tributo; a quien miedo, miedo; a quien impuesto, impuesto; a quien honor, honor; a nadie debáis nada, sino el amor mutuo.
Debemos, pues, en tener ciertos deberes no sólo en dar, sino también en el habla amable y en las acciones correspondientes, y en efecto debemos cierta disposición unos hacia otros. Debidas estas cosas, o las pagamos cumpliendo los mandamientos de la ley divina, o, al no pagarlas, con desprecio de la palabra saludable, permanecemos en deuda. La misma reflexión se aplica a las deudas hacia los hermanos, hacia aquellos que en el sentido religioso han nacido de nuevo con nosotros en Cristo, así como hacia los que tienen con nosotros un mismo padre o madre.
Tenemos también cierta deuda hacia los conciudadanos, y otra hacia todos los hombres en común, en particular hacia los huéspedes y hacia los hombres de edad de paternidad, y otra hacia aquellos a quienes es justo honrar como hijos o como hermanos. Por tanto, el que no hace lo que es deuda que ha de pagarse a los hermanos permanece deudor por lo que no ha hecho. Así también, si fallamos en lo que corresponde, por el impulso del espíritu caritativo de la sabiduría, hacer también a los hombres de nuestra parte, nuestra deuda se hace mayor. En efecto, también tenemos deuda en los asuntos personales: usar el cuerpo de cierta manera, de modo que no desgastemos la carne del cuerpo por amor al placer, y, por otra parte, tratar el alma con cierto cuidado, y procurar la agudeza de la mente, y que nuestra habla sea sin aguijón y provechosa y no frívola. Siempre que dejamos de cumplir lo que debemos, aun a nosotros mismos, más pesada se hace nuestra deuda.
Además de todo esto, siendo sobre todo una creación y formación de Dios, nos corresponde conservar hacia Él cierta disposición con amor que proceda de todo corazón y de toda fortaleza y de toda mente, y si no logramos esto permanecemos deudores de Dios, pecando contra el Señor. ¿Y quién entonces orará por nosotros? Porque si un hombre pecare pecando contra un hombre, entonces rogarán por él; pero si pecare contra el Señor, ¿quién rogará por él?, como dice Elí en el primer libro de los Reyes.
Además, somos deudores a Cristo, que nos compró con su propia sangre, del mismo modo que todo esclavo doméstico es deudor a su comprador por la suma de dinero dada por él. Tenemos también cierta deuda con el Espíritu Santo: la pagamos cuando no le entristecemos, en quien fuimos sellados para un día de redención, y cuando, sin entristecerle, damos los frutos que de nosotros se exigen, estando él presente con nosotros y vivificando nuestra alma.
Y aunque no sepamos con precisión cuál es nuestro ángel individual que ve el rostro del Padre en los cielos, al menos nos es manifiesto a cada uno de nosotros, al reflexionar, que también a él le somos deudores de ciertas cosas. Y puesto que estamos en un teatro del mundo tanto de ángeles como de hombres, hay que saber que, así como el actor en un teatro debe decir o hacer ciertas cosas a la vista de los espectadores, y si deja de hacerlo es castigado como quien ha insultado a todo el teatro, así también nosotros debemos al mundo entero, a todos los ángeles y a la raza de los hombres por igual, aquellas cosas que, si tenemos la voluntad, aprenderemos de la sabiduría.
Aparte de esas deudas más generales, hay cierta deuda con una viuda que es sostenida por la iglesia, otra con un diácono, otra con un anciano, mientras que la debida a un obispo es la más pesada de todas —siendo exigida por el Salvador de toda la iglesia y vengada si no se paga. Como ya se dijo, el Apóstol menciona cierta deuda común entre marido y mujer, cuando dice: El marido pague a la mujer la debida benevolencia, y asimismo la mujer al marido, y continúa: No os neguéis el uno al otro.
Pero ¿qué necesidad hay, cuando los lectores de este escrito escogen sus propios ejemplos del registro, de que yo hable de todas las cosas que debemos, las cuales o dejamos de pagar y así venimos a ser detenidos, o pagamos y venimos a ser libres? Baste decir que es imposible, mientras estamos en esta vida, estar sin deuda a ninguna hora de la noche o del día. Al deber, un hombre o paga o retiene la deuda. Puede pagar o retener en esta vida. Algunos, en efecto, no deben nada a nadie; otros pagan lo más y deben poco; otros pagan poco y deben más; y cabe que un hombre no pague nada y lo deba todo.
Y además, el que paga todo de modo a no deber nada puede a veces lograr su objeto si ora por el perdón de deudas anteriores, puesto que tal perdón puede razonablemente pensarse alcanzable por aquel que por algún tiempo ha hecho su ambición llegar a la posición de no tener obligación sin pagar y así no deber nada. Nuestras mismas actividades en la transgresión dejan su impresión dentro de nuestra mente y se convierten en la acusación contra nosotros sobre la cual seremos llevados a juicio cuando, por así decirlo, los libros que han sido escritos por nosotros todos sean sacados, en el tiempo en que todos estaremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo que haya ganado mediante el cuerpo según su conducta, sea buena o mala.
Es también con referencia a tal deuda que se dice en los Proverbios: No te entregues en certeza a tu vergüenza, porque si el hombre no tuviere capacidad para pagar, tomarán tu cama que está debajo de ti. Pero si debemos a tantos, es cierto que los hombres también nos deben a nosotros. Algunos nos deben como a seres humanos, otros como a conciudadanos, otros como a padres, algunos como a hijos, otros aún como esposas a esposos o como amigos a amigos. Por tanto, siempre que alguno de nuestros numerosísimos deudores se haya portado demasiado remiso en el asunto del pago de sus deudas para con nosotros, nuestro camino más caritativo será no guardarles rencor y recordar nuestra propia deuda y cuántas veces hemos dejado de pagarla no sólo hacia los hombres sino también hacia Dios mismo.
Recordando lo que como deudores no hemos pagado sino retenido durante el tiempo en que era nuestro deber haber hecho esto o aquello para nuestro prójimo y que ha corrido, seremos más suaves hacia aquellos que han caído en deuda con nosotros a su vez y no han pagado su deuda, especialmente si no olvidamos nuestras transgresiones contra lo Divino y la injusticia que hemos hablado contra la Altura, ya sea por ignorancia de la verdad o por desagrado ante las desventuras que nos han sobrevenido.
Pero si rehusamos hacernos más suaves hacia aquellos que han caído en deuda con nosotros, nuestra experiencia será la de aquel que no remitió los cien denarios a su consiervo, y del cual, según la parábola puesta en el evangelio, aunque ya perdonado, el señor exige con severidad lo que ya había sido remitido, diciéndole: Siervo malvado y perezoso, ¿no era justo que tuvieras piedad de tu consiervo, como yo también tuve piedad de ti? Echadlo a la prisión hasta que pague todo lo que se le debe. Y el Señor continúa: Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis cada uno a su hermano de vuestros corazones.
Es sin embargo sobre profesión de penitencia que hemos de perdonar a los que han pecado contra nosotros, aun cuando nuestro deudor lo haga a menudo; porque Él dice: Si tu hermano pecare contra ti siete veces al día, y siete veces volviere a ti diciendo: "Me arrepiento", le perdonarás. No somos nosotros duros con los impenitentes, sino ellos los que son malvados consigo mismos, porque el que desprecia la instrucción se aborrece a sí mismo. Sin embargo, aun en tales casos debemos buscar por todos los medios que surja sanidad dentro de aquel que está tan completamente pervertido que ni siquiera es consciente de sus propios males, sino que está embriagado con una embriaguez más fatal que la del vino, por el oscurecimiento del mal.
Cuando Lucas dice: Perdónanos nuestros pecados, quiere decir lo mismo que Mateo, puesto que los pecados se constituyen cuando debemos y no pagamos, aunque no parece dar apoyo a quien perdonaría sólo a deudores penitentes cuando dice que está ordenado por el Salvador que en la oración debemos añadir: porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y parecería que tenemos toda autoridad para perdonar los pecados que han sido cometidos contra nosotros, como es claro por ambas cláusulas: así como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Pero es cuando un hombre es inspirado por Jesús como lo fueron los apóstoles, cuando puede ser conocido por sus frutos que ha recibido el Espíritu que es Santo y se ha hecho espiritual por ser guiado por el Espíritu a la manera de un Hijo de Dios hacia todo deber razonable, que él perdona lo que Dios ha perdonado y retiene aquellos pecados que son irremediables, y así como los profetas servían a Dios hablando no su propio mensaje sino el de la voluntad divina, así también él sirve al Dios que sólo tiene autoridad para perdonar.
En el Evangelio según Juan el lenguaje referente al perdón ejercido por los apóstoles corre así: Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonareis los pecados, les son perdonados; y a quienes los retuviereis, son retenidos. Cualquiera que tomara estas palabras sin discriminación podría culpar a los apóstoles por no perdonar a todos los hombres a fin de que todos fueran perdonados, sino por retener los pecados de algunos de modo que también con Dios son retenidos por causa de ellos.
Es útil tomar un ejemplo de la Ley con miras a entender el perdón de los pecados por Dios mediante los hombres. A los sacerdotes legales se les prohíbe ofrecer sacrificio por ciertos pecados a fin de que las personas por quienes se hacen los sacrificios tengan sus faltas perdonadas; y aunque el sacerdote tiene autoridad para hacer ofrendas por ciertas faltas involuntarias o voluntarias, por supuesto no se atreve a ofrecer sacrificio por el pecado en casos de adulterio u homicidio voluntario o cualquier otra ofensa más grave.
Así también los apóstoles, y los que se han hecho semejantes a los apóstoles, siendo sacerdotes según el Gran Sumo Sacerdote y habiendo recibido conocimiento del servicio de Dios, saben bajo la enseñanza del Espíritu por cuáles pecados, y cuándo, y cómo deben ofrecer sacrificios, y reconocen por cuáles no deben hacerlo. Así Elí el sacerdote, sabiendo que sus hijos Ofni y Fineas son pecadores, con un sentido de su incapacidad de cooperar con ellos para el perdón de los pecados, confiesa su desesperación de tal resultado en sus palabras:
Si un hombre pecare contra un hombre, rogarán por él; pero si pecare contra el Señor, ¿quién rogará por él? No sé cómo es, pero hay algunos que han tomado sobre sí lo que está más allá de la dignidad sacerdotal, quizá por completa falta de exacto conocimiento sacerdotal, y se enorgullecen de su capacidad de perdonar aun actos de idolatría y de perdonar actos de adulterio y fornicación, afirmando que aun el pecado de muerte es absuelto mediante su oración por los que se han atrevido a cometer tales cosas.
No leen las palabras: Hay pecado de muerte; por él no digo que se pida. Ni debemos omitir mencionar la ofrenda de sacrificio del resuelto Job por sus hijos, con las palabras: Quizá mis hijos han tenido malos pensamientos en su mente contra Dios. Aunque los pensamientos pecaminosos son dudosos y a lo sumo no han llegado a los labios, él ofrece su sacrificio por ellos.
XIX
No nos dejes entrar en Tentación, mas líbranos del Mal. En Lucas se omiten las palabras mas líbranos del Mal. Suponiendo que el Salvador no nos manda pedir lo imposible, me parece que merece consideración en qué sentido se nos manda orar para no entrar en tentación, cuando toda la vida humana sobre la tierra es una prueba.
Por cuanto en la tierra estamos acosados por la carne que milita contra el espíritu y cuya intención es enemistad contra Dios, por no ser en manera alguna capaz de sujetarse a la ley de Dios, estamos en tentación. Que toda la vida humana sobre la tierra es una prueba lo hemos aprendido de Job en las palabras: ¿No es la vida del hombre sobre la tierra una prueba? Y lo mismo se hace manifiesto desde el salmo decimoséptimo en las palabras: En ti seré librado de la prueba. También Pablo, escribiendo a los Corintios, dice que Dios no concede ausencia de tentación, sino ausencia de tentación superior a las fuerzas de uno.
No os ha poseído tentación superior a la humana, y fiel es Dios para no dejaros ser tentados más allá de vuestras fuerzas, sino hacer que la tentación vaya acompañada del recurso de poder para soportarla. Ya sea que nuestra lucha sea contra la carne que codicia o milita contra el espíritu, o contra el alma de toda carne —es decir, la facultad rectora, llamada corazón, del cuerpo en el cual reside—, como es la lucha de los que son tentados con tentaciones humanas, o bien, como atletas avanzados y más maduros, que ya no luchan contra sangre y carne ni son examinados en las tentaciones humanas que ya han hollado, nuestras contiendas son contra los principados y las potestades y los gobernantes del mundo de estas tinieblas y las fuerzas espirituales de maldad, no tenemos liberación de la tentación.
¿En qué sentido, pues, nos manda el Salvador orar para no entrar en tentación, cuando Dios en cierto sentido tienta a todos los hombres? ¿Pensad, dice Judit —no sólo a los ancianos de aquel día, sino también a todos los lectores de su escrito— en todo lo que hizo con Abraham, y en todas sus tentaciones de Isaac, y en todo lo que acaeció a Jacob en Mesopotamia de Siria mientras apacentaba los rebaños de Labán, hermano de su madre? Porque no es que, habiendo probado a aquéllos con fuego para el escrutinio de sus corazones, el Señor, que azota para amonestación a los que a Él se acercan, se vengue ahora de nosotros.
Y David declara como verdad general acerca de todos los justos que Muchas son las aflicciones del justo, mientras que en los Hechos dice el Apóstol: porque es necesario que a través de muchas aflicciones entremos en el reino de Dios. Y si no comprendiéramos lo que escapa a la mayoría de los hombres respecto de la oración de que no entremos en tentación, diríamos aquí que los apóstoles no fueron escuchados en sus oraciones, puesto que durante todo su tiempo soportaron sufrimientos innumerables: en trabajos más abundantemente, en azotes más abundantemente, en cárceles sobremanera, en muertes muchas veces, mientras Pablo en particular: cinco veces recibió cuarenta azotes menos uno de manos de los judíos, tres veces fue azotado con varas, una vez apedreado, tres veces naufragó, pasó una noche y un día en las profundidades, hombre en todo afligido, estrechado, perseguido, abatido, confesando: Hasta la hora presente hemos padecido hambre y sed, andamos desnudos, somos abofeteados, carecemos de reposo, trabajamos con nuestras propias manos. Injuriados, hemos bendecido; perseguidos, hemos soportado; difamados, hemos exhortado.
Cuando los apóstoles han fracasado en la oración, podríamos preguntar qué esperanza hay para cualquiera de sus inferiores de alcanzar que Dios escuche cuando uno ora? Quien ignore el verdadero sentido del mandato del Salvador tendrá razón para suponer que las palabras del salmo vigesimoquinto, Examíname, oh Señor, y pruébame; escruta con fuego mis riñones y mi corazón, se oponen a la enseñanza de nuestro Señor acerca de la oración. ¿Y cuándo ha creído alguien jamás que aquellos de quienes tenía completo conocimiento estaban libres de tentaciones?
¿Y qué tiempo puede concebirse durante el cual un hombre pueda estar ligero de corazón como si no luchara por no pecar? ¿Es un hombre pobre? Cuídese no sea que un día robe y perjure por el nombre de Dios. De nuevo, ¿es rico? No esté ligero de corazón, pues puede volverse completamente falso y decir en jactancia: "¿Quién me ve?" Aun Pablo, con todas sus riquezas, en toda clase de discurso y en toda clase de conocimiento, no está libre del peligro de pecar por causa de ellas mediante excesiva jactancia, sino que necesita un aguijón de Satanás que lo abofetee, a fin de que no se enaltezca desmedidamente. Aunque un hombre tenga una conciencia comparativamente buena y huya alarmado de las cosas malas, lea lo que se dice en el segundo libro de las Crónicas acerca de Ezequías, del cual se dice que cayó de la elevación de su corazón.
Y si, porque no me he detenido en el caso de los pobres, alguien está ligero de corazón —como si la pobreza no implicara tentación alguna—, sepa que el Maquinador maquina precipitar al menesteroso y al pobre, tanto más cuanto que, según Salomón, los menesterosos no soportan amenazas. Y qué necesidad hay de contar cuántos, a causa de sus riquezas materiales que no supieron administrar rectamente, han hallado lugar en el castigo junto con el rico del Evangelio? Y cuántos, porque soportaron la pobreza innoblemente, con conducta más servil y baja de lo que convenía a los Santos, han caído de su esperanza celestial? Aun los que están a mitad de camino entre estos extremos de riqueza y pobreza no están en manera alguna libres de pecar según su posesión, moderada aunque sea.
De nuevo, el que goza de salud y bienestar corporales imagina que en virtud de su mera salud y bienestar está fuera de toda tentación. Y sin embargo, de quién es el pecado, aparte de los que están en bienestar y en salud, de corromper el templo de Dios, nadie se atreverá a decirlo, porque el sentido del pasaje es claro para todos. ¿Y quién en la enfermedad ha escapado de las incitaciones a corromper el templo de Dios, teniendo en tal tiempo ocio y admitiendo con facilidad pensamientos de cosas inmundas, por no hablar de todas las demás cosas además de estas que lo turban, si no guarda su corazón con toda vigilancia?
A muchos hombres, vencidos por las tribulaciones e incapaces de soportar varonilmente la enfermedad, se les ha mostrado padeciendo entonces enfermedad más bien del alma que del cuerpo, y a muchos otros, avergonzados de llevar noblemente el nombre de Cristo, los ha hecho caer, por rehuir la deshonra, en vergüenza eterna. De nuevo, un hombre puede pensar que tiene respiro de la tentación cuando está en honor entre los hombres. ¿No se proclama, sin embargo, a los que se ensoberbecen por su popularidad la palabra del Señor: Reciben su recompensa de los hombres? ¿No causan espanto las palabras: ¿Cómo habéis podido creer, vosotros que recibís gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del solo Dios?
Y qué necesidad hay de que yo relate los crímenes cometidos por soberbia por los de reputación noble, y la adulona sumisión de los llamados de bajo nacimiento hacia los de reputación noble a causa de su ignorancia, sumisión que separa de Dios a los hombres carentes de genuina amistad pero que fingen esa posesión humana la más hermosa: el amor. Toda la vida del hombre sobre la tierra es, pues, una prueba, como ya se ha dicho. Oremos por eso por la liberación de la prueba no mediante la exención de ella —cosa del todo imposible para los seres sobre la tierra— sino mediante el no sucumbir bajo ella.
Es cuando un hombre sucumbe en el momento de la tentación, entiendo yo, que entra en tentación, siendo retenido en sus redes. En esas redes entró el Salvador por causa de los que ya habían sido apresados en ellas, y, según las palabras del Cantar de los Cantares, mirando a través del entretejido responde a los que ya han sido apresados por ellas y han entrado en tentación, y dice a los que forman Su esposa: Levántate, amada mía, hermosa mía, paloma mía. Para hacer patente el hecho de que todo tiempo es tiempo de tentación sobre la tierra, añadiré que aun el que medita en la ley de Dios día y noche y practica el dicho, La boca del justo meditará en sabiduría, no tiene liberación de ser tentado. Cuántos, en su devoción al examen de las divinas Escrituras, se han dedicado, por malentender los mensajes contenidos en la Ley y los Profetas, a opiniones sin Dios e impías, o a opiniones necias y ridículas?
Qué necesidad hay de que yo responda, cuando hay ejemplos incontables de tales errores entre los que no parecen estar expuestos al reproche de injusticia en su lectura? La misma suerte ha alcanzado también a muchos en su lectura de los Apóstoles y los Evangelios, por cuanto, por su propia falta de discernimiento, forjan en la imaginación un Hijo o un Padre distinto del concebido divinamente y verdaderamente reconocido por la Santa Escritura. Porque el que no llega a tener pensamientos verdaderos acerca de Dios o de Su Cristo ha caído del Dios verdadero y de Su Unigénito, y su adoración del Padre y del Hijo imaginarios, forjados por su falta de discernimiento, no es adoración real. Tal es su suerte por haber dejado de reconocer la tentación presente en la lectura de la Santa Escritura para armarse y tomar posición como para una lucha ya sobre él.
Debemos, pues, orar, no que no seamos tentados —eso es imposible— sino que no seamos cercados por la tentación, suerte de los que le están abiertos y son vencidos. Ahora bien, puesto que fuera del Padre Nuestro está escrito: Orad que no entréis en tentación, cuya fuerza quizá sea clara por lo ya dicho, mientras que en el Padre Nuestro debemos decir a Dios nuestro Padre: No nos dejes entrar en Tentación, vale la pena ver en qué sentido debemos pensar que Dios conduce a la tentación al que no ora o no es escuchado. Si entrar en tentación significa ser vencido, es manifiestamente fuera de cuestión pensar que Dios conduce a alguien a la tentación como si lo entregara para ser vencido.
La misma dificultad aguarda a uno cualquiera que sea el sentido en que interprete las palabras Orad que no entréis en tentación, porque si es un mal caer en tentación, cosa que oramos no sea nuestra suerte, ¿no sería fuera de lugar pensar en el Dios Bueno, incapaz de dar frutos malos, como cercando a alguien con males? Sirve citar en esta conexión lo que Pablo ha dicho en la Epístola a los Romanos —así: Diciéndose sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles. Por lo cual Dios los entregó en las concupiscencias de sus corazones a inmundicia, para deshonrar sus cuerpos entre sí mismos; y poco después:
Por esto Dios los entregó a pasiones deshonrosas: pues tanto sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de la misma manera también los varones, dejando el uso natural de la mujer, se inflamaron en su concupiscencia... y así sucesivamente. Y de nuevo poco después: Y como no probaron tener a Dios en pleno conocimiento, Dios los entregó a una mente reprobada para hacer lo que no conviene.
Podemos simplemente confrontar a los divisores de la Divinidad con todos estos pasajes y plantearles estas preguntas, puesto que sostienen que el buen Padre de Nuestro Señor es distinto del Dios de la ley. ¿Es el Dios bueno quien conduce a la tentación al que falla en la oración? ¿Es el Padre del Señor quien entrega, en las concupiscencias de sus corazones, a los que ya han cometido algún pecado, a inmundicia para deshonrar sus cuerpos entre sí mismos?
¿Es Él quien, como ellos mismos dicen, está libre de juzgar y castigar, quien entrega a pasiones deshonrosas y a una mente reprobada para hacer lo que no conviene a los hombres que no habrían caído en las concupiscencias de sus corazones si no hubieran sido entregados a ellas por Dios, que no habrían sucumbido a pasiones deshonrosas si no hubieran sido entregados a ellas por Dios, y que no habrían caído en una mente reprobada a no ser porque los así condenados habían sido entregados a ella por Dios?
Estoy bien consciente de que estos pasajes turbarán sobremanera a tales pensadores. En efecto, ellos han forjado en la imaginación un Dios distinto del Hacedor del cielo y de la tierra, porque encuentran muchos pasajes semejantes en la Ley y los Profetas y se han ofendido por el autor de tales dichos como no bueno. Pero yo, por mi parte, a causa de esa cuestión planteada en conexión con las palabras No nos dejes entrar en Tentación, que condujo también a mi cita de las palabras del apóstol, debo ahora considerar si encuentro a mi vez una solución de las contradicciones aparentes digna de consideración. Pues bien, es mi creencia que Dios gobierna cada alma racional, teniendo en miras su vida eterna, de tal manera que ella posee siempre libre albedrío y es ella misma responsable tanto de estar, por el mejor camino, en progreso hacia la perfección de la bondad, como, de otro modo, de descender por resultado de la negligencia a este o aquel grado de agravación del vicio.
En consecuencia, puesto que una cura rápida y algo breve engendra en algunos hombres desprecio de la enfermedad en que han caído, con el posible resultado de incurrir en ella por segunda vez, Él permitirá en otros casos, con buena razón, que el vicio crezca hasta cierto punto, sufriendo incluso que se agrave en ellos hasta el borde de lo incurable, a fin de que se sacien mediante la larga continuación en el mal y mediante el hartazgo del pecado que codician, y sean llevados a un sentido de su daño, y, habiendo aprendido a odiar lo que antes acogían, puedan, cuando sean curados, gozar más firmemente de la salud que su cura ha traído a sus almas. Así fue que la multitud mixta entre los hijos de Israel cayó una vez en concupiscencia.
Sentándose ellos y los hijos de Israel, clamaron diciendo: "¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, y de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; mas ahora nuestra alma está reseca; nuestros ojos no ven sino el maná." Luego, poco después, se dice: Y Moisés los oyó clamar por sus familias; cada uno estaba a la puerta de su tienda. Y de nuevo poco después el Señor dice a Moisés: Y dirás al pueblo: "Santificaos para mañana, y comeréis carne, porque habéis clamado delante del Señor, diciendo: '¿Quién nos dará carne para comer, pues nos iba bien en Egipto?', y el Señor os dará carne para comer. Comeréis, pues, carne! No la comeréis un día, ni dos, ni cinco días, ni diez, ni veinte días; por un mes de días la comeréis hasta que os salga por las narices, y os hará enfermar, por cuanto habéis desobedecido al Señor que está entre vosotros, y habéis clamado delante de Él: '¿Por qué dejamos Egipto?'" Veamos, pues, si el relato que he puesto ante vosotros como paralelo sirve de ayuda para la solución de la contradicción aparente en la cláusula No nos dejes entrar en Tentación y en las palabras del apóstol. Habiendo caído en concupiscencia, la multitud mixta entre los hijos de Israel clamó, y los hijos de Israel con ellos.
Manifiestamente, mientras carecían de los objetos de su concupiscencia, no podían saciarse con ellos ni cesar su pasión. De hecho, era voluntad del Dios benévolo y bueno, al darles el objeto de su concupiscencia, no darlo de tal manera que quedara en ellos concupiscencia alguna. Por eso les manda comer la carne no un día —porque si hubieran participado de la carne por breve tiempo, su pasión habría permanecido en su alma, la cual habría sido encendida y abrasada por ella—, ni les da el objeto de su concupiscencia por dos días.
Siendo Su voluntad hacerla excesiva para ellos, pronuncia lo que, para quien puede entender, es más bien una amenaza que una promesa de su aparente satisfacción, diciendo: "Ni pasaréis cinco días comiendo la carne, ni el doble de esos días, ni aún otra vez el doble de esos, sino comed carne por un mes entero, hasta que vuestro bien imaginado salga por vuestras narices con afecto colérico, y con él vuestra culpable y baja concupiscencia de ella. Así os pondré en libertad de toda ulterior concupiscencia de vivir, a fin de que, cuando hayáis salido en tal condición, estéis puros de concupiscencia y recordéis todas las tribulaciones a través de las cuales fuisteis librados de ella.
Así quedaréis capacitados o para no caer de nuevo en ella, o, si acaso aconteciera por haber olvidado, con el largo transcurso del tiempo, vuestros sufrimientos a causa de la concupiscencia —si no cuidáis de vosotros mismos y no os apropiáis del Verbo que os libra por completo de toda pasión—, si caéis en el mal y más tarde, por haber vuelto a codiciar la creación, necesitáis por segunda vez obtener los objetos de vuestra concupiscencia, en odio de ese objeto volváis de nuevo al bien y al alimento celestial, despreciando aquello que más anhelabais."
La suerte semejante, en consecuencia, alcanzará a los que han cambiado la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles, y que son abandonados por Dios y por ello entregados en las concupiscencias de sus corazones a inmundicia para deshonrar sus cuerpos, como hombres que han hecho descender a materia insensible y sin alma el nombre de Aquel que ha otorgado a todos los seres sensibles y racionales no sólo sentido sino incluso sentido racional, y a algunos en verdad un sentido y una inteligencia completos y excelentes. Tales hombres son razonablemente entregados a pasión deshonrosa por el Dios a quien han abandonado, siendo abandonados por Él a su vez, recibiendo la retribución del error a través del cual llegaron a amar la comezón del placer.
Porque es más retribución de su error para ellos ser entregados a pasiones deshonrosas que ser purificados por el fuego de la Sabiduría y que cada una de sus deudas les sea exigida en la cárcel hasta el último cuadrante. Porque al ser entregados a pasiones deshonrosas, que no sólo son naturales sino muchas de ellas contra naturaleza, son envilecidos y endurecidos por la carne y llegan a ser como si ya no tuvieran alma ni inteligencia alguna, sino que fueran enteramente carne, mientras que en el fuego y en la cárcel no reciben retribución de su error sino benefacción para la purificación del mal contraído en su error, junto con sufrimientos saludables consiguientes en los amadores del placer, y son por ello librados de toda mancha y sangre en cuya contaminación y polución habían, para su propia perdición, sido incapaces incluso de pensar en ser salvados.
Así su Dios lavará la mancha de los hijos y las hijas de Sión y limpiará la sangre de en medio de ellos con espíritu de juicio y espíritu de fuego: porque Él entra como fuego de horno y como jabón, lavando y purificando a los que necesitan tales remedios, porque no ha sido su claro deseo tener conocimiento de Dios. Después de ser entregados a estos remedios odiarán por sí mismos la mente reprobada, porque es voluntad de Dios que el hombre adquiera la bondad no como bajo necesidad sino por sí mismo. Algunos, bien puede ser, habrán tenido dificultad en percibir la bajeza del mal como resultado de la larga familiaridad con él, pero entonces se apartarán de él como falsamente tenido por bueno.
Considerad también si la razón de Dios para endurecer el corazón de Faraón no es también que él, por estar endurecido, no pueda decir, como en efecto dijo: "El Señor es justo, mas yo y mi pueblo somos impíos." Más bien es que él necesita ser endurecido más y más y pasar por ciertos sufrimientos, a fin de que no, como resultado de un fin demasiado rápido del endurecimiento, desprecie el endurecimiento como un mal y merezca con frecuencia de nuevo ser endurecido.
Si sus redes no son tendidas injustamente para las aves, según la declaración en los Proverbios, sino que Dios conduce rectamente a los hombres al lazo, como ha dicho uno: Nos has traído al lazo, y si ni aun un gorrión, la más barata de las aves, cae en el lazo sin el consejo del Padre, debiéndose su caída en el lazo a no usar rectamente el dominio de sus alas que le fue dado para remontar el vuelo, oremos por no hacer nada que merezca ser llevados a la tentación por el justo juicio de Dios, como acontece con todo el que es entregado por Dios en las concupiscencias de su propio corazón a inmundicia, o entregado a pasiones deshonrosas, o, como no habiendo probado tener a Dios en pleno conocimiento, es entregado a una mente reprobada para hacer lo que no conviene. La utilidad de la tentación es más o menos como sigue. A través de las tentaciones se hace manifiesto el contenido de nuestra alma, que es secreto para todos excepto Dios, incluyéndonos a nosotros mismos, a fin de que ya no nos sea secreto qué clase de hombres somos, sino que tengamos más pleno conocimiento de nosotros mismos y advirtamos, si queremos, nuestros propios males, y seamos agradecidos por las bendiciones que se nos manifiestan a través de las tentaciones. Que las tentaciones que nos sobrevienen tienen lugar para la revelación de nuestra verdadera naturaleza o para el discernimiento de lo que está oculto en nuestro corazón, lo exponen el dicho del Señor en Job y la Escritura en Deuteronomio, que corre así: ¿Pensáis que he pronunciado palabra ante vosotros por razón alguna otra que la de que seáis revelados como justos?
Y en Deuteronomio: Te afligió, y te hizo padecer hambre, y te dio a comer maná, y te hizo andar por el desierto donde hay serpientes mordedoras y escorpiones y sed, para que fueran discernidas las cosas de tu corazón. Y si deseamos referencias a la historia llana, es cosa sabida que la prontitud de Eva para ser engañada y la insalubridad de su pensamiento no se originaron cuando, en desobediencia a Dios, escuchó a la serpiente, sino que ya habían sido traicionadas, la razón de que la serpiente se hubiera ocupado de ella siendo que con su peculiar sabiduría había percibido su debilidad.
Ni fue el comienzo del mal en Caín cuando mató a su hermano, porque ya el Dios conocedor de los corazones había tenido en poco a Caín y sus sacrificios. Simplemente su maldad se hizo manifiesta cuando quitó la vida a Abel. Si Noé no hubiera bebido del vino que cultivó y se hubiera embriagado y se hubiera descubierto, ni la indiscreción e irreverencia de Cam hacia su padre ni la reverencia y modestia de sus hermanos hacia su progenitor habrían sido reveladas.
Aunque la trama de Esaú contra Jacob pareció haber proporcionado una excusa para que fuera privado de la bendición, su alma ya antes tenía raíces de fornicación y de profanidad. Y nunca habríamos conocido el esplendor del dominio propio de José, preparado como estaba contra caer víctima de concupiscencia alguna, si la mujer de su señor no se hubiera enamorado de él. Oremos, pues, en los intervalos entre la sucesión de tentaciones, resistir de pie a la prueba inminente, y preparémonos para todas las contingencias posibles —a fin de que, venga lo que viniere, no seamos convictos de falta de preparación, sino que seamos mostrados como habiéndonos fortalecido con el máximo cuidado. Porque cuando hayamos cumplido toda nuestra parte, la deficiencia causada por la debilidad humana será colmada por Dios, que coopera para el bien en todas las cosas con los que le aman, y cuyo crecimiento futuro ha sido previsto según Su ciencia inerrante.
En las palabras No nos dejes entrar en Tentación, Lucas me parece haber enseñado virtualmente también Líbranos del Mal. En todo caso es natural que el Señor haya dirigido la forma más breve al discípulo, ya que éste había sido ya ayudado, pero la más explícita a los muchos que necesitaban enseñanza más clara. Dios nos libra del Mal, no cuando el enemigo no nos entabla conflicto alguno mediante cualquiera de sus propias astucias o las de los ministros de su voluntad, sino cuando hacemos varonil resistencia a las contingencias y salimos vencedores.
En ese sentido he tomado también las palabras: Muchas son las aflicciones del justo, mas de todas ellas Él lo libra. Porque Dios nos libra de las aflicciones no cuando ya no hay aflicciones —y ciertamente la expresión de Pablo en todo afligido implica que la aflicción no había cesado todavía— sino cuando, con la ayuda de Dios, bajo la aflicción no estamos estrechados.
Según un uso propio de los Hebreos, "aflicción" denota la desdicha que acaece sin referencia a una voluntad humana, mientras que "estrechez" se refiere a la voluntad vencida por la aflicción y entregada a ella: de ahí que Pablo diga bien: en todo afligido, mas no angustiado. Y considero semejantes las palabras en los Salmos: En la angustia me ensanchaste, pues por "ensanchar" se entiende la jovialidad y alegría de ánimo que nos viene de Dios en el tiempo de la desdicha mediante la cooperación y presencia de la Palabra alentadora y salvadora de Dios. Del mismo modo hemos de entender la liberación del mal. Dios libró a Job, no mediante el fracaso del Diablo en recibir autoridad para acosarlo con ciertas tentaciones —porque la recibió— sino mediante su propia evitación del pecado delante de Dios en medio de todo lo que le acaeció y mediante la exhibición de su justicia.
Así, el que había dicho: ¿Teme Job a Dios de balde? ¿No has cercado en derredor sus bienes por fuera y sus bienes dentro de la casa, y los bienes de todos los suyos, y bendecido su obra, y hecho que sus rebaños y ganados abundaran en la tierra? Mas extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y ciertamente te maldecirá a tu rostro, fue avergonzado como habiendo hablado falsamente contra Job, porque él, después de todo su sufrimiento, no maldijo a Dios a Su rostro, como había dicho el Adversario, sino que aun cuando fue entregado al tentador continuó bendiciendo firmemente a Dios, reprendiendo a su mujer por decir Habla alguna palabra contra Dios, y muere, y amonestándola en las palabras: Como una de las insensatas mujeres has hablado.
Si hemos recibido el bien de la mano del Señor, ¿no soportaremos el mal? Y por segunda vez acerca de Job dijo el Diablo al Señor: Piel por piel; todo lo que el hombre tiene dará por su alma. Antes bien, extiende ahora tu mano y toca sus huesos y su carne, y ciertamente te maldecirá a tu rostro. Pero es vencido por el campeón de la virtud y mostrado mentiroso, porque Job, a pesar de los más severos sufrimientos, se mantuvo firme, no cometiendo pecado alguno con sus labios delante de Dios. Dos veces luchó Job y venció, pero ninguna tercera lucha semejante pasó, porque la triple lucha había de reservarse para el Salvador, como está registrado en los tres Evangelios, cuando el Salvador, conocido en forma humana, venció tres veces al Enemigo. Para pedir, pues, a Dios con inteligencia que no entremos en tentación y que seamos librados del Mal, consideremos estas cosas e investiguémoslas en nuestra propia mente con más cuidado. Escuchando a Dios hagámonos dignos de ser escuchados por Él, y sea nuestra súplica que, cuando seamos tentados, no seamos llevados a muerte, y que, asaltados por los dardos encendidos del mal, no seamos inflamados por ellos.
Todos los que tienen sus corazones (como dice uno de los Doce Profetas, como un brasero) son inflamados por ellos, mas no así los que con el escudo de la fe apagan todos los dardos encendidos dirigidos contra ellos por el Maligno, puesto que tienen en sí mismos ríos de agua que brotan para vida eterna, los cuales no dejan prevalecer el fuego del Maligno, sino que lo deshacen con facilidad con la inundación de su inspirado y salvador pensamiento, impreso por la contemplación de la verdad en el alma de aquel cuyo estudio es ser espiritual.
XX
Pienso que no es fuera de lugar añadir, por vía de complemento de mi tarea en lo referente a la oración, una discusión algo elemental de cuestiones tales como la disposición y la postura convenientes para quien ora, el lugar donde se debe orar, la dirección hacia la que se debe mirar, salvo circunstancias especiales, y el tiempo apropiado y señalado para la oración.
El asiento de la disposición se encuentra en el alma, el de la postura en el cuerpo. Así, Pablo, como observamos arriba, sugiere la disposición al hablar del deber de orar sin ira y sin disputa, y la postura en las palabras alzando manos santas, que al parecer tomó de los Salmos, donde dice así: la elevación de mis manos como sacrificio vespertino; en cuanto al lugar, quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar; y en cuanto a la dirección, en la Sabiduría de Salomón: que se conozca que es justo salir antes del sol para darte gracias e interceder contigo hacia el alba de la luz.
Por consiguiente, me parece que quien va a entrar en oración debe primero haber hecho una pausa y haberse preparado para entregarse a la oración con mayor earnestidad e intensidad, haber desechado toda distracción y confusión de pensamiento, haber considerado, según lo mejor de su capacidad, la grandeza de Aquel a quien se acerca y la impiedad de acercarse a Él frívola y descuidadamente y, por así decirlo, con desprecio, y haber apartado todo lo ajeno.
Debe así entrar en oración con su alma, por así decirlo, extendida ante sus manos, y su mente puesta en Dios ante sus ojos, y su entendimiento elevado de la tierra y dirigido hacia el Señor de todos antes de que su cuerpo se ponga en pie. Que aparte todo resentimiento contra quien le haya causado injuria real o imaginada, en proporción a su deseo de que Dios no guarde resentimiento contra él a su vez por sus injurias y pecados contra muchos de sus prójimos, o cualquier mala acción que haya en su conciencia.
De todas las innumerables disposiciones del cuerpo, aquella acompañada de la extensión de las manos y la elevación de los ojos, el estar en pie es la preferida, en cuanto que con ella se lleva también en el cuerpo la imagen de los caracteres devotos que convienen al alma. Digo que estas cosas deben observarse por preferencia, salvo en circunstancias especiales, pues en circunstancias especiales, por razón de alguna grave enfermedad del pie, se puede a veces orar muy propiamente sentado, o por razón de fiebres o enfermedades semejantes, acostado, y en verdad, debido a las circunstancias, si, digamos, estamos en una travesía por mar o si nuestros asuntos no nos permiten retirarnos para pagar nuestra deuda de oración, podemos orar sin señal exterior alguna de hacerlo.
Además, hay que saber que arrodillarse es necesario cuando se está a punto de acusar ante Dios los pecados personales con súplica por su curación y perdón, porque es símbolo de sumisión y sujeción. Porque dice Pablo: Por esto doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra. Puede llamarse arrodillamiento espiritual, a causa de la sumisión y autohumillación de todo ser ante Dios en el nombre de Jesús, lo que el apóstol parece indicar en las palabras: para que en el nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra.
No debe suponerse que los seres del cielo tienen cuerpos formados de manera que posean realmente rodillas, ya que sus cuerpos han sido descritos, posiblemente, de forma esférica por quienes han tratado estas materias con más minuciosidad. Quien se niegue a admitir esto admitirá también, a menos que ultraje la razón, los usos de cada uno de los miembros, a fin de que nada de lo formado por Dios para ellos sea en vano. Se cae en error por cualquiera de los dos lados, ya sea afirmando que los miembros corporales han sido creados por Dios para ellos en vano y no para su propia función, o diciendo que los órganos internos, incluidas las entrañas, desempeñan sus usos propios aun en los seres celestiales. Sumamente insensato será pensar que sólo su superficie, como en las estatuas, tiene forma humana y nada más debajo.
Bastará, pues, esta discusión sobre el arrodillamiento y sobre ver que: en el nombre de Jesús toda rodilla se doblará en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra. En el mismo sentido está escrito por el profeta: Ante mí se doblará toda rodilla. En cuanto al lugar, debe saberse que todo lugar es hecho apto para la oración por quien ora rectamente, porque en todo lugar se me ofrece sacrificio... dice el Señor, y quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar.
Pero para asegurar el cumplimiento de las oraciones en paz y sin distracción, la regla es que cada uno elija, si es posible, lo que yo llamaría el lugar más solemne de su casa antes de orar, considerando, además de su examen general de ella, si no se ha cometido en el lugar en que ora alguna violación de la ley o del derecho, de modo que se hayan hecho no sólo él sino también el lugar de su oración personal de tal naturaleza que la mirada de Dios haya huido de él.
Y con respecto a este asunto del lugar, una larga consideración me lleva a decir lo que puede parecer duro, pero lo que, si se indaga con cuidado, posiblemente no invite al desprecio, a saber: que es cuestión de si es reverente y puro interceder con Dios en el lugar de aquella unión que no es ilegal sino concedida por la palabra del Apóstol por vía de indulgencia, no de precepto. Porque si no es posible entregarse a la oración como se debe sin dedicarse a ella de común acuerdo por un tiempo, también el asunto del lugar puede posiblemente merecer consideración, si es posible.
Sin embargo, hay un cierto encanto provechoso en que el lugar de oración sea el punto en que los creyentes se reúnen. También puede muy bien ser que las asambleas de los creyentes estén asistidas por potestades angélicas, por las potestades de nuestro Señor y Salvador mismo, y en verdad por los espíritus de los santos, incluidos los que ya durmieron, y ciertamente los que aún viven, aunque de qué manera no es fácil decirlo. Con respecto a los ángeles podemos razonar así: Si el ángel del Señor acampará en derredor de los que le temen y los librará, y si las palabras de Jacob son verdaderas, no sólo de él sino para todos los que se han consagrado a Dios, cuando le entendemos decir el ángel que me libra de todo mal... es natural inferir que, cuando un número de hombres se reúnen genuinamente para la gloria de Cristo, ese ángel de cada hombre — que está en derredor de cada uno de los que temen — acampará con el hombre a cuya guarda y administración ha sido confiado, de modo que cuando los santos se reúnen hay una doble iglesia, la una de hombres, la otra de ángeles.
Y aunque es sólo la oración de Tobit, y tras él la de Sara, que luego se convirtió en su nuera por su matrimonio con Tobías, la que Rafael dice haber ofrecido como memorial, ¿qué sucede cuando varios están unidos en una misma mente y convicción y forman un solo cuerpo en Cristo? Con respecto a la presencia del poder del Señor con la iglesia dice Pablo: estando vosotros reunidos con mi espíritu y con el poder del Señor Jesús, dando a entender que el poder del Señor Jesús no está sólo con los efesios sino también con los corintios.
Y si Pablo, mientras aún llevaba el cuerpo, creía que asistía en Corinto con su espíritu, no necesitamos abandonar la creencia de que los bienaventurados difuntos también en espíritu, tal vez más de uno que está en el cuerpo, se hacen presentes igualmente en las iglesias. Por eso no debemos despreciar la oración en las iglesias, reconociendo que posee una virtud especial para quien genuinamente toma parte en ella.
Y así como el poder de Jesús y el espíritu de Pablo y de hombres semejantes, y los ángeles del Señor que acampan en derredor de cada uno de los santos, se asocian y se unen a los que genuinamente se reúnen, así podemos conjeturar que si alguno es indigno de un ángel santo y se entrega por el pecado y las transgresiones, con desprecio de Dios, a un ángel del diablo, quizá, en el caso de que los semejantes a él sean pocos, no escape por mucho tiempo de aquella providencia de esos ángeles que supervisan la iglesia por autoridad de la voluntad divina y que llevan al conocimiento general las malas acciones de tales personas; mientras que si tales personas se hacen numerosas y se reúnen como meras sociedades humanas con negocios de índole más material, no serán supervisadas.
Eso se muestra en Isaías cuando el Señor dice: ni aunque vengáis a presentaros delante de mí; porque apartaré de vosotros mis ojos, y aunque multipliquéis vuestra súplica, no prestaré atención.
Porque en lugar de la ya mencionada doble compañía de hombres santos y ángeles bienaventurados puede haber, por el contrario, una doble asociación de hombres impíos y ángeles malos. De tal congregación podría decirse igualmente por los ángeles santos y por los hombres piadosos: No me senté con el concilio de la vanidad, y con los transgresores no entraré; aborrecí la iglesia de los que hacen el mal, y con los impíos no me sentaré. Pienso que fue también por tal razón que el pueblo en Jerusalén y toda Judea, habiendo llegado a un estado de gran pecaminosidad, se hizo súbdito de sus enemigos por el abandono de Dios y de los ángeles que los cubrían y de la obra salvadora de los hombres santos — habiéndose convertido en pueblo que abandonó la Ley.
Porque a veces asambleas enteras son así abandonadas para caer en tentación, a fin de que aun aquello que parecen tener les sea quitado. Como la higuera que fue maldita y arrancada de raíz porque no dio fruto al Jesús hambriento, así se marchitan y pierden el pequeño caudal que alguna vez tuvieron de poder vivo según la fe.
Basta ya de lo que me parecen observaciones necesarias al considerar el lugar de la oración y al exponer su virtud especial respecto al lugar en el caso de las reuniones de los hombres santos que se juntan reverentemente en las iglesias. Pueden añadirse ahora unas palabras con respecto a la dirección hacia la que se debe mirar en la oración. De las cuatro direcciones, el Norte, el Sur, el Oriente y el Occidente, ¿quién no admitiría de inmediato que el Oriente indica claramente el deber de orar con el rostro vuelto hacia él, con la sugerencia simbólica de que el alma contempla el alba de la luz verdadera?
Si alguien, sin embargo, prefiere dirigir sus intercesiones según la abertura de la casa, hacia dondequiera que se orienten las puertas de la casa, diciendo que la vista del cielo atrae con cierto encanto mayor que la vista del muro, y que la parte oriental de la casa no tiene abertura, podemos decirle que, puesto que es por disposición humana que las casas se abren en una u otra dirección, pero por naturaleza que el Oriente es preferido a todas las demás direcciones, lo natural debe anteponerse a lo artificial. Además, según ese criterio, ¿por qué quien deseara orar en campo abierto oraría hacia el Oriente con preferencia al Occidente? Si en un caso es razonable preferir el Oriente, ¿por qué no hacer lo mismo en todos los casos? Basta sobre ese tema.
Me queda aún tratar los temas de la oración, y con ello me propongo poner fin a este tratado. Cuatro temas que he encontrado dispersos por las Escrituras me parecen merecer mención, y según éstos cada uno debe organizar su oración. Los temas son los siguientes: En el comienzo y apertura de la oración, debe atribuirse gloria, según la capacidad de cada uno, a Dios, por medio de Cristo, que ha de ser glorificado con Él, y en el Espíritu Santo, que ha de ser proclamado con Él.
Después, deben ponerse acciones de gracias: acciones de gracias comunes — en las cuales introduce los beneficios concedidos a los hombres en general — y acciones de gracias por las cosas que personalmente ha recibido de Dios. Después de la acción de gracias me parece que uno debe hacerse poderoso acusador de sus propios pecados delante de Dios y pedir primero la curación con miras a ser librado del hábito que acarrea el pecado, y en segundo lugar el perdón por las acciones pasadas. Después de la confesión me parece que debe añadir como cuarto elemento la petición de las cosas grandes y celestiales, tanto personales como generales, en favor de los más cercanos y queridos. Y al final, uno debe poner término a la oración atribuyendo gloria a Dios por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Como ya dije, he encontrado estos puntos dispersos por las Escrituras.
El elemento de la gloriosa atribución ocurre en estas palabras del salmo ciento tres: — Oh Señor, Dios mío, cuán en extremo eres engrandecido. Te has vestido de alabanza y majestad, tú que te envuelves de luz como de un manto, que extiendes los cielos como una cortina, que cubres con aguas sus cámaras superiores, que haces de las nubes tu carro, que andas sobre las alas del viento, que haces a los vientos tus ángeles y al fuego llameante tus ministros, que pusiste los fundamentos de la tierra para su seguridad — no será sacudida para siempre jamás; el abismo es un manto de su vestidura; sobre los montes estarán las aguas; a tu reprensión huirán; del sonido de tu trueno se encogerán de miedo.
En verdad la mayor parte del salmo contiene atribución de gloria al Padre. Pero cualquiera puede escoger por sí mismo numerosos pasajes y ver cuán ampliamente está disperso el elemento de la gloriosa atribución. De la acción de gracias puede proponerse como ejemplo la que se encuentra en el segundo libro de Reyes, y es pronunciada por David, después de las promesas hechas por medio de Natán a David, en asombro ante las liberalidades de Dios y en acción de gracias por ellas. Dice: ¿Quién soy yo, oh Señor mi Señor, y qué es mi casa, para que me hayas amado hasta este extremo? Soy muy pequeño ante tus ojos, mi Señor, y sin embargo has hablado en favor de la casa de tu siervo para un largo tiempo por venir. Tal es la manera del hombre, oh Señor mi Señor, ¿y qué más ha de decir David ante ti? Aun ahora conoces a tu siervo, oh Señor. Por tu siervo has obrado y según tu corazón has obrado toda esta grandeza, para hacerla conocer a tu siervo, a fin de que te engrandezca, oh Señor mi Señor.
De las confesiones tenemos un ejemplo en: Líbrame de todas mis transgresiones. Y en otro lugar: Mis llagas han apestado y se han corrompido a causa de mi locura. He sido miserable y encorvado en gran manera; todo el día he andado con rostro sombrío. De las peticiones tenemos un ejemplo en el salmo veintisiete: No me arrastres con los pecadores, y no me destruyas con los que obran iniquidad, y cosas semejantes. Y es justo que, así como se comenzó con la atribución de gloria, se ponga término a las oraciones con la atribución de gloria, cantando y glorificando al Padre de todos por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo — a quien sea la gloria por toda la eternidad.
Así, Ambrosio y Tatiana, hermanos estudiosos y genuinos en la piedad, según mi capacidad he luchado a través de mi tratamiento del tema de la oración y de la oración de los Evangelios junto con su prefacio en Mateo. Pero si seguís adelante hacia lo que está delante y olvidáis lo que queda atrás, y oráis por mí en mi empresa, no desespero de ser capacitado para recibir de Dios el Dador una capacidad más plena y más divina para todas estas materias, y con ella tratar de nuevo el mismo tema de un modo más noble, más elevado y más claro. Mientras tanto, sin embargo, leeréis esto con indulgencia.
Comentario editorial · De pie, con las manos alzadas y hacia el oriente
Koetschau llama a este capítulo un suplemento a la parte general: disposición, postura, lugar, orientación y partes de la oración. Orígenes prefiere orar de pie, con las manos extendidas y los ojos alzados; manda arrodillarse para confesar los pecados; admite orar sentado o acostado por enfermedad, y sin gesto alguno en un viaje por mar. Cualquier lugar sirve, pero la reunión de los creyentes en la iglesia tiene una fuerza propia. Y defiende volverse hacia el oriente aunque la puerta de la casa dé a otro lado, porque el oriente, «por naturaleza», figura el alba de la luz verdadera. Wikipedia («Ad orientem») recoge este argumento junto a los de Tertuliano y Clemente de Alejandría, y recuerda que en el siglo IV Basilio contaba orar hacia el oriente entre las tradiciones que venían de los apóstoles sin estar escritas.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Orígenes se despide de Ambrosio y Tatiana pidiéndoles que oren por él, con la esperanza de volver algún día sobre el mismo asunto «de un modo más noble, más elevado y más claro», y entretanto les pide indulgencia (XX). Koetschau, en la introducción a su traducción alemana de 1926, veía el valor del escrito en que trata por primera vez todas las cuestiones sobre la oración, y en el tono: lo juzgaba distinto de las demás obras de Orígenes por la hondura y la intimidad del sentimiento religioso, e importante para conocer su teología. Señalaba también que los autores posteriores que escribieron sobre el mismo tema lo conocían, y remitía al estudio de Georg Walther sobre la dependencia de los antiguos comentaristas del Padrenuestro respecto de Orígenes; que se siguió leyendo durante siglos lo prueba, decía, el mero hecho de que se conserve.
El texto completo depende de un solo códice. Según la historia que contaba Daniel Huet y que recoge el catálogo de Trinity College, el único manuscrito completo estuvo en la biblioteca de Worms; cuando la ciudad fue saqueada, un médico de Isabel de Bohemia, Rumf, se lo compró por poco dinero a un soldado y lo vendió en La Haya a Isaac Vossius, que lo prestó un tiempo a la reina Cristina de Suecia y lo regaló después a Herbert Thorndike; Thorndike lo dejó en 1670 a Trinity College, en Cambridge, donde sigue. Huet lo copió en Estocolmo en 1652, y el texto se imprimió por primera vez en 1686 (Cambridge Digital Library; Koetschau). La primera parte del mismo códice, con el comentario de Orígenes a Mateo, sirvió a Erasmo para su edición de 1527, y la relación del tratado con el Modus orandi Deum de Erasmo ha sido estudiada a partir de este manuscrito (J. N. Grant, 1998, citado por el catálogo).
La tesis del capítulo X, que la oración propiamente dicha se dirige solo al Padre, por medio del Hijo, toca una de las cuestiones por las que Orígenes fue discutido después: la relación del Hijo con el Padre. Wikipedia lo llama subordinacionista y recuerda que Epifanio se lo reprochó en 375 y 376; la Catholic Encyclopedia explicaba en 1911 buena parte de esa subordinación por la costumbre litúrgica de orar al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo, la misma doxología con que Orígenes cierra el último capítulo.
Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Orígenes, su Contra Celso, escrito para el mismo Ambrosio, su Comentario al Evangelio de Juan, que tenía entre manos cuando compuso este tratado, y Sobre los principios; la Didaché, con su Padrenuestro y la costumbre de rezarlo tres veces al día, y el concepto de subordinacionismo.