Qué se va a leer
El tema «Cristo nuestro Sanador» toma su nombre de un versículo del Antiguo Testamento: «Yo soy el Señor tu sanador» (Éxodo 15:26). Dios lo dice en Mará, tres días después del mar Rojo, junto a un agua amarga que un madero ha endulzado, y lo dice dentro de un estatuto condicional sobre las enfermedades de Egipto. Este artículo lee el hebreo del nombre y de la condición; sigue a los Padres, que casi sin excepción vieron en el madero la cruz y discutieron qué agua endulzaba; escucha a Orígenes negar que la promesa sea de salud corporal; a Calvino, Henry y Edwards; y al movimiento de sanidad del siglo XIX, que hizo de Mará «el primer pacto de curación». La pregunta de fondo es la misma de toda la línea: qué prometió Dios en Mará, y a quién.
El cántico del mar acaba de terminar (15:1-21) y empieza la marcha. El relato cambia de registro con brusquedad: del himno a la sed. Tres días sin agua por el desierto de Shur, un manantial que no se puede beber, el primer murmullo («¿qué beberemos?»), el clamor de Moisés, un madero que Dios muestra, el agua endulzada; y entonces, sin transición, «allí le puso estatuto y decreto, y allí lo probó», y un discurso divino en primera persona que termina con un nombre. Después, Elim: doce fuentes y setenta palmeras.
El pasaje es la primera de las «murmuraciones» del desierto (seguirán el maná en 16, el agua de Refidim en 17), y es también el primer texto legal después del éxodo: antes del Sinaí, antes de las diez palabras, hay un «estatuto» en Mará. Su contenido es una sola cosa: obediencia a cambio de protección frente a «las enfermedades de Egipto», es decir, las plagas, que el pueblo acaba de ver. La fórmula se repetirá en («apartaré la enfermedad de en medio de ti») y en («el Señor desviará de ti toda enfermedad; jamás te enviará aquellas epidemias malignas de Egipto»), y su reverso en , donde la desobediencia trae de vuelta «todas las epidemias de Egipto».
Para la línea temática, este pasaje es el fundamento veterotestamentario: la única vez que Dios se nombra a sí mismo con el participio de sanar. Lo que ese nombre promete, y en qué condiciones, es lo que las lecturas se disputan.
El hebreo del pasaje es sencillo; sus dificultades son de referencia (quién es el sujeto de cada verbo del versículo 25) y de alcance (qué son «estas enfermedades»).
| Hebreo | Análisis | Lo que aporta |
|---|---|---|
| מָרָה (Mará) | «amargura», nombre propio | El relato juega con la palabra tres veces: llegaron a Mará, el agua era mará, por eso se llamó Mará. Noemí tomará el nombre en . |
| וַיִּצְעַק (wayyits‘aq) | «y clamó» | El verbo del grito de auxilio, el mismo de Israel ante el mar (). Moisés hace con Dios lo que el pueblo hace con Moisés. |
| וַיּוֹרֵהוּ יְהוָה עֵץ (wayyoréhu YHWH ‘ets) | «y el Señor le mostró un madero» | Yará, «mostrar, instruir», de la misma raíz que Torá: Dios enseña el árbol. ‘Ets es árbol, madera, leño, incluso patíbulo (BDB). La Vulgata y la Septuaginta leerán «leño». |
| וַיִּמְתְּקוּ הַמָּיִם | «y se endulzaron las aguas» | Pasivo del agua, no acción del madero: el texto no dice qué hizo el árbol. |
| שָׂם לוֹ חֹק וּמִשְׁפָּט (sam lo joq umishpat) | «le puso estatuto y decreto» | Joq, lo prescrito, el límite; mishpat, la decisión judicial, la ordenanza. La pareja es técnica. El «le» es singular: al pueblo como un solo tú. |
| וְשָׁם נִסָּהוּ (wesham nissahu) | «y allí lo probó» | Nasá, «poner a prueba» (). Sujeto Dios, objeto el pueblo: Mará es examen, no solo socorro. |
| אִם־שָׁמוֹעַ תִּשְׁמַע | «si oyendo oyeres» | Infinitivo absoluto: énfasis en la obediencia como escucha. Cuatro verbos en cadena: oír, hacer lo recto, prestar oído, guardar. |
| כָּל־הַמַּחֲלָה אֲשֶׁר־שַׂמְתִּי בְמִצְרַיִם | «toda la enfermedad que puse en Egipto» | Majalá, «enfermedad, dolencia» (BDB). Las «enfermedades de Egipto» son, en el contexto inmediato, las plagas; el texto las llama así. |
| כִּי אֲנִי יְהוָה רֹפְאֶךָ (ki ani YHWH rof’eka) | «porque yo soy el Señor el-que-te-sana» | Participio de rafá con sufijo de segunda persona: no «el que sana» en abstracto, sino «tu sanador». Rafá se dice de Dios, de médicos, de heridas de naciones y, en nifal, de aguas (BDB). |
Qué significa rafá. El léxico de Brown, Driver y Briggs da para la raíz: «sanar, hacer saludable», dicho en qal de Dios como sanador y de hombres como médicos, de «heridas de naciones» que implican «favor restaurado», y en nifal «ser sanado», tanto personas como agua y vasijas. Esa última acepción importa aquí: el mismo verbo que da nombre a Dios en el versículo 26 es el que la Biblia usa cuando Eliseo «sana» las aguas de Jericó con sal (). El texto de Mará no usa rafá para el agua (dice «se endulzaron»), pero el lector hebreo oía la cercanía: el que acaba de hacer potable un manantial se llama «el que te sana».
Qué son «estas enfermedades». El demostrativo remite a lo que el pueblo acaba de ver: las plagas con que Dios hirió a Egipto. La promesa, en su letra, es que la obediencia protege a Israel de recibir lo que recibió el opresor. Que de ahí se siga una promesa general de salud es la pregunta que divide a Orígenes de Simpson (§4 y §7).
Quién prueba a quién. El versículo 25 admite que el sujeto de «puso» y «probó» sea Dios (así todas las versiones castellanas y la Biblia Textual, que anota: «al pueblo») o, en una lectura antigua, que el pueblo haya «tentado» a Dios. Calvino discute las dos y se queda con la primera.
El desierto de Shur es la franja al este de Egipto, camino de Canaán por el norte del Sinaí; Agar huyó hacia allí (). conserva el itinerario: tres jornadas por el desierto de Etam, Mará, Elim. Los comentaristas del siglo XIX intentaron identificar el manantial y el arbusto; Jamieson, Fausset y Brown recogen las propuestas («la Elvah de los árabes», «las bayas del Ghurkhud») y concluyen que ninguna planta conocida tiene esa virtud y que «es mucho más probable que Dios dotara milagrosamente a algún árbol» de ella.
Las plagas como enfermedad. Israel ha visto a Egipto herido por úlceras, muerte de ganado, muerte de primogénitos. «Las enfermedades de Egipto» es el nombre que Deuteronomio dará a ese conjunto (, «la úlcera de Egipto»). La promesa de Mará se formula, pues, desde el éxodo: el Dios que hirió a Egipto puede herir a Israel, y no lo hará si Israel escucha.
El nombre y el salmo. «El que te sana» pasará a la oración de Israel: «el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias» (), «envió su palabra y los sanó» (), «venid y volvamos al Señor, porque él hirió y él nos sanará» (). En todos esos textos rafá oscila entre el cuerpo y el pueblo, entre la dolencia y la culpa, y esa oscilación es la del propio Mará, donde el agua amarga, la prueba y las enfermedades de Egipto están en la misma frase.
El madero. Nada en el texto dice que el árbol tuviera propiedades. Que Dios «lo mostró» (yará) lo hace signo de enseñanza; que el agua «se endulzó» deja el agente sin nombrar. La tradición judía que Henry recoge decía que el madero era él mismo amargo. Los Padres, desde Justino, leerán en él la cruz, y el verso «el Señor le mostró un madero» será uno de los textos más citados de toda la tipología cristiana. El taller de exégesis patrística de este sitio muestra cómo funciona esa lectura en otros pasajes del Éxodo.
Leer el género. Es un relato legal: narración que desemboca en estatuto. Fee y Stuart advierten que la Ley del Antiguo Testamento es «el pacto de Israel», condicional y dirigido a él, y que el cristiano la lee como Escritura sin estar bajo ella. La condición de 15:26 («si oyendo oyeres») es la del pacto, y el versículo 26 es la primera formulación de la lógica que Deuteronomio 28 desplegará: bendición por obediencia, maldición por rebeldía.
Los Padres leyeron Mará como figura, y casi todos la misma figura: el madero es la cruz. Lo que varía, y es muy instructivo, es qué endulza la cruz: el agua bautismal, la Ley, los pueblos. Y uno de ellos, Orígenes, leyó además el versículo 26 y dijo con toda claridad que no promete salud del cuerpo.
Justino, hacia 155-160, enumera para Trifón las figuras del «leño por el que Cristo reinó», y Mará está entre ellas:
Moisés fue enviado con una vara para efectuar la redención del pueblo; y con esta en sus manos a la cabeza del pueblo, dividió el mar. Por ella vio brotar el agua de la roca; y cuando arrojó un leño en las aguas de Mara, que eran amargas, las hizo dulces.
Es la forma más antigua de la lectura: el madero de Mará en una lista (la vara de Moisés, la roca, las varas de Jacob, el árbol de la vida) cuyo único criterio es la palabra leño. No hay exégesis del pasaje; hay reconocimiento de un signo. Tertuliano, medio siglo después, ya dice qué agua es la que el leño endulza:
Mará era una fuente de agua amarguísima: Moisés arrojó en ella un madero y se volvió dulce. Pues el agua sin la predicación de la cruz del Señor no sirve de nada para la salvación futura; pero después de consagrada por el misterio de la cruz salvadora, queda apta para el uso del baño espiritual y de la copa de salvación. Como Moisés, es decir, el profeta, arrojó el madero en aquella fuente, así también el sacerdote pronuncia sobre esta fuente la proclamación de la cruz del Señor, y el agua se vuelve dulce para la gracia.
Para Tertuliano, Mará es el bautismo: el agua no salva por sí misma, la cruz invocada sobre ella la hace salvadora. Ambrosio, en Milán, hacia 390, repetirá la figura casi con las mismas palabras en su catequesis bautismal (Sobre los misterios III, 14), y Agustín, contra el maniqueo Fausto, la pondrá en otra clave: «las aguas amargas se endulzan con el madero, como los pueblos hostiles se vuelven amigos al aprender a honrar la cruz de Cristo; las doce fuentes que riegan las setenta palmeras son figura de la gracia apostólica que riega a las naciones» (Contra Fausto XII, 30). Juan Damasceno, en el siglo VIII, cerrará la serie incluyendo «el agua amarga endulzada por un árbol» entre las prefiguraciones de la cruz, junto a la vara que golpeó el mar y los brazos extendidos contra Amalec (Exposición de la fe IV, 11).
Orígenes es el único Padre que comenta el pasaje de corrido, en la séptima de sus homilías sobre el Éxodo, y su lectura es distinta de todas las demás. La traducción de Ronald Heine (1982) tiene derechos; la seguimos en paráfrasis con citas breves. Para Orígenes el agua amarga de Mará no es el bautismo sino la Ley: el pueblo que ha dejado los ídolos y ha pasado el mar llega a la letra de la Ley y no puede beberla, porque la circuncisión, los sacrificios y el sábado le resultan amargos. El madero que Dios muestra es la sabiduría de Cristo, «árbol de vida para los que la abrazan» (Proverbios 3:18): arrojada en la Ley, enseña cómo entender la circuncisión y el sábado, y entonces «la amargura de la letra de la Ley se cambia en la dulzura del entendimiento espiritual y el pueblo de Dios puede beber». Quien quiera beber la letra sin el árbol de la vida, «sin el misterio de la cruz, sin la fe en Cristo, sin el entendimiento espiritual, morirá de tanta amargura», porque «la letra mata». Elim viene después de Mará por la misma razón: primero la letra, luego, endulzada, el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, «las doce fuentes apostólicas».
Y sobre el versículo 26 Orígenes hace lo que ningún otro Padre: se pregunta si la promesa es de salud corporal, y responde que no. Heine traduce así su razonamiento: ¿acaso quiere decir que quien observe los mandamientos «no tendrá fiebre ni sufrirá otros dolores del cuerpo»? «No creo que sea eso lo que se promete a quienes observan los mandamientos divinos»; Job, justo y piadoso, «cubierto de las peores llagas de la cabeza a los pies», lo demuestra. Los que guardan los mandamientos no quedan libres de esas dolencias, sino de «las enfermedades que tienen los egipcios, porque el mundo es llamado figuradamente Egipto»: la enfermedad egipcia es «amar al mundo y lo que hay en el mundo», observar días y meses, buscar presagios, servir al placer de la carne. Es una lectura alegórica en toda regla, pero su punto de partida es una observación literal y honesta: la experiencia (Job) contradice la lectura literal de la promesa, luego la promesa debe entenderse de otro modo. Orígenes y Simpson leen el mismo versículo con la misma literalidad inicial y llegan a conclusiones opuestas porque uno acepta la contraprueba de Job y el otro no.
Ninguno de los Padres que citan Mará lo leyó como texto sobre la curación del cuerpo. Lo leyeron como texto sobre la cruz (el madero), sobre el bautismo o la Ley (el agua) y sobre el paso de la letra al espíritu (Elim después de Mará). El nombre «tu sanador» les interesó poco: su pregunta no era qué promete Dios al cuerpo, sino dónde está Cristo en la Escritura de Israel. El compendio Leer la Biblia con la Iglesia antigua llama a eso la convicción de que «es un solo libro, y habla de Cristo». La única excepción, la de Orígenes, es la que hace exégesis del estatuto, y la hace para negar lo que el siglo XIX afirmará.
No disponemos de comentarios medievales a este pasaje en la biblioteca, y lo que de ellos sabemos lo sabemos por sus herederos. La tipología del madero pasó íntegra a la Edad Media latina: el Damasceno la había fijado en Oriente, y en Occidente la liturgia de la cruz y los himnos la cantaron. Las dos lecturas del agua (Ley y bautismo) coexistieron sin conflicto, como coexisten los sentidos en el método de los cuatro sentidos: la letra cuenta un manantial del Sinaí; la alegoría ve la cruz y el bautismo; la moral ve la amargura de la vida endulzada por la pasión; la anagogía ve Elim, el descanso. Matthew Henry, en 1710, todavía recoge las dos primeras como lecturas corrientes: «algunos hacen de este árbol figura de la cruz de Cristo, que endulza las aguas amargas de la aflicción a todos los fieles», y añade la tradición judía de que «el madero era él mismo amargo, y sin embargo endulzó las aguas de Mará: la amargura de los sufrimientos y la muerte de Cristo altera la propiedad de los nuestros». Jonathan Edwards, en sus notas privadas, llevará esa tipología hasta su forma más elaborada: «este árbol es el árbol de la vida y significa a Jesucristo […]; el ser cortado representa la muerte de Cristo, y el ser arrojado al agua, su unirse a su pueblo bajando del cielo, tomando nuestra naturaleza y por su Espíritu»; y las doce fuentes y setenta palmeras de Elim «son una representación de la Iglesia».
Calvino comenta el pasaje en la Armonía de la Ley (1563), y su lectura del madero y del nombre es la de un exegeta literal que no quiere ni milagro innecesario ni alegoría. Sobre el madero:
No es seguro por qué prefirió aplicar el árbol, salvo para reprender su necia impiedad mostrando que tiene en su poder muchos remedios para todo mal. Se plantea también la cuestión de si el árbol poseía por sí mismo la propiedad que allí ejerció. Aunque pueden aducirse argumentos probables en ambos sentidos, me inclino más bien a pensar que había en el árbol una virtud natural oculta, y que sin embargo el sabor del agua fue corregido milagrosamente; porque habría sido difícil reunir tan deprisa cantidad suficiente de aquel árbol para purificar un río.
Y sobre el estatuto y el nombre:
Aquí no se refiere a toda la Ley que después se dio en el monte Sinaí, sino a la admonición particular que sirvió para castigar la maldad del pueblo. […] «Yo soy el Señor que te sana» se añade enseguida como confirmación, como si dijera que los israelitas estaban expuestos a las mismas plagas infligidas a los egipcios, y solo estaban exentos de ellas porque Dios ejercía el oficio de sanador. Y en verdad, cualesquiera enfermedades que afligen al género humano, podemos ver en ellas, como en otros tantos espejos, nuestras propias miserias, para percibir que no hay salud en nosotros sino en la medida en que Dios nos perdona.
Tres decisiones de método. Calvino rechaza la alegoría del madero sin mencionarla, y resuelve la cuestión natural con una conjetura razonable (virtud natural más corrección milagrosa). Limita el «estatuto» a la admonición del versículo 26, no a la Torá entera, por el contexto. Y lee el nombre «tu sanador» como confesión de la condición humana: la enfermedad es el espejo de nuestra miseria, la salud es que Dios perdona (el verbo que usa es spares, perdona o se abstiene). El Dios sanador de Calvino es el que no hiere, no el que cura; la promesa es de exención condicional, y su reverso es la amenaza. Es el sensus literalis llevado hasta su consecuencia: el pasaje habla de plagas, de un pacto y de la soberanía de Dios sobre la enfermedad, y de nada más.
Henry (1710) sigue a Calvino en la estructura («Dios entró en términos con ellos […]; los admitió como probacionistas de su favor») y en la lectura de la amenaza implícita, pero su cierre tiene otro tono: «"Yo soy el Señor que te sana, y cuidaré de tu bienestar dondequiera que vayas". Nota: Dios es el gran médico. Si estamos bien, es él quien nos guarda; si sanamos, es él quien nos restaura; él es nuestra vida y la longitud de nuestros días». Henry conserva la condición y añade la providencia: el nombre no es solo exención sino cuidado. Sobre el madero deja las tres posibilidades abiertas (virtud natural, «solo signo, no medio, como la serpiente de bronce o la sal de Eliseo», figura de la cruz) sin elegir. Wesley (1765) resume a Henry casi palabra por palabra y se queda con la última frase: «Yo soy el Señor que te sana, y cuidaré de ti dondequiera que vayas». Jamieson, Fausset y Brown (1871) aportan la geografía y una observación de lógica narrativa: el estatuto que sigue «habría sido singularmente inoportuno si no se hubiera obrado un milagro».
El compendio Leer la Biblia en la Reforma explica por qué Calvino podía leer Mará sin alegoría y seguir leyéndolo como Escritura cristiana: la unidad del pacto, no la figura, es lo que une los dos Testamentos.
La exégesis moderna aporta tres cosas al pasaje. La filología: rafá es un verbo de amplio espectro, que la Biblia aplica a cuerpos, aguas, tierra y naciones, y el participio con sufijo lo convierte en título relacional, «tu sanador», no en una definición de Dios como médico. La crítica de las formas: Mará es un relato etiológico (explica un nombre) fundido con un relato de murmuración y con una fórmula legal; esa fusión es antigua y el estatuto pertenece a la lógica del pacto que Deuteronomio desarrolla. La geografía: los viajeros del XIX buscaron el manantial y el arbusto, y Jamieson resume con honradez que ninguna planta conocida endulza agua salobre. Nada de esto decide el sentido del nombre; acota lo que el texto afirma: que Dios hizo potable un agua, que puso una condición y que se llamó a sí mismo el que sana a Israel.
El mismo pasaje que Calvino leía como espejo de la miseria humana fue leído por el movimiento de sanidad del siglo XIX como primera promesa de salud. Simpson lo pone al frente de su «fundamento bíblico»:
La promesa más antigua de sanidad está en Éxodo 15:25-26. […] El lugar de esta promesa es muy significativo. Está en el mismo comienzo de su viaje, como la curación de la enfermedad por Cristo al comienzo de su ministerio. Viene inmediatamente después del paso del mar Rojo. Y sabemos que ese acontecimiento era claramente típico de nuestra redención, y su viaje de nuestra peregrinación. […] Esta promesa, por tanto, se hace nuestra, como pueblo redimido de Dios. Y Dios nos sale al encuentro en el umbral mismo de nuestra peregrinación con el pacto de sanidad, declarando que mientras caminemos en santa y amorosa obediencia seremos guardados de la enfermedad, que pertenece a la vieja vida de esclavitud que hemos dejado atrás para siempre. La enfermedad pertenece a los egipcios, no al pueblo de Dios.
La lectura tiene su regla, y es la tipología: el éxodo es «típico de nuestra redención», luego su primer estatuto es nuestro primer pacto. Simpson la apoya en («estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos»). Y la completa en dos lugares más: en las «Objeciones populares» distingue Mará de la enfermedad («en Mará los hijos de Israel tuvieron que beber agua amarga, y solo fue endulzada, no quitada, como muchas pruebas son santificadas; pero fue justamente allí donde él hizo un estatuto y una ordenanza de sanidad […], mostrándoles así que Mará no era enfermedad»); y en las «Escrituras testimoniales» hace del nombre un vínculo moral: «no hay piedra de toque tan penetrante como esta vida de Cristo, ni cuerda que ate el alma más sagradamente al altar de la santidad que "Yo soy el Señor que te sana"». Es exactamente la misma condición que Calvino y Henry leían («si oyendo oyeres»), vuelta promesa: para Calvino la obediencia evita la plaga; para Simpson, asegura la salud. El movimiento de sanidad leyó Mará con la tipología de los Padres (el éxodo como figura de la redención) y con la literalidad de Calvino (el estatuto habla de enfermedades reales), y combinó las dos de un modo que ninguna de las dos tradiciones había hecho.
Mará da al tema su nombre y su primera dificultad. El nombre: Dios se llama «el que te sana», y lo hace junto a un agua hecha potable, dentro de un pacto, hablando a un pueblo. La dificultad: la promesa es condicional y su objeto, en la letra, son «las enfermedades de Egipto»; los Padres no la leyeron como promesa de salud, y el único que la examinó (Orígenes) la negó con Job en la mano; Calvino la leyó como exención y espejo; el siglo XIX, como pacto. Quedan firmes tres cosas para la línea: que sanar es un título que Dios se da a sí mismo y no una función delegada; que la curación de Mará fue de un agua, por un madero mostrado, y que toda la tradición vio en ese madero la cruz; y que la relación entre obediencia y salud está en el texto como condición de pacto, no como mecanismo.
Lo que todas las capas sostienen:
- Dios se nombra sanador en un acto de socorro. El título viene después del agua endulzada y antes de Elim: no es una definición abstracta sino el nombre de quien acaba de responder a un clamor.
- El madero es signo, no medicina. Calvino concede una «virtud natural» pero exige el milagro; Henry y Wesley lo comparan con la serpiente de bronce; los Padres ven la cruz. Nadie lee un remedio herbal.
- La promesa es condicional y tiene reverso. «Si oyendo oyeres»: Calvino, Henry, Wesley y Simpson leen la misma cláusula; Deuteronomio 28 la invierte.
- Mará precede a Elim. Orígenes, Henry y Simpson coinciden, desde lecturas opuestas, en que el agua amarga no es el final del camino.
Lo que es lectura de una época:
- El agua como bautismo (Tertuliano, Ambrosio) o como Ley (Orígenes): dos alegorías del siglo III que el texto permite y no exige.
- El nombre como «espejo de nuestra miseria» (Calvino): lectura que subordina el sanar al perdonar, coherente con su teología y no impuesta por el pasaje.
- Mará como «pacto de sanidad» para el cristiano (el movimiento de sanidad del XIX): tipología que traslada un estatuto de Israel al creyente individual, y que la contraprueba de Job, alegada por Orígenes, ya había cuestionado en el siglo III.
Lo que sigue abierto es qué alcance tiene el participio. «El que te sana» puede ser el que no te hiere (Calvino), el que te cuida (Henry), el que te libra de la enfermedad del mundo (Orígenes) o el que te garantiza salud si obedeces (Simpson). El texto, por sí solo, sostiene la primera y la segunda; la tercera y la cuarta son decisiones sobre cómo pasa un estatuto de Israel al lector cristiano.
Principios hermenéuticos que este pasaje ha puesto a prueba: leer el demostrativo en su contexto («estas enfermedades» son las plagas); distinguir condición de pacto y mecanismo; aceptar la contraprueba de la propia Escritura antes de fijar el sentido de una promesa (Job contra la lectura literal de 15:26, según Orígenes); y no dejar que la tipología, legítima para el madero, decida sola el alcance del estatuto.
Siguiente pasaje de la línea: , el envío de los Doce que «ungían con aceite a muchos enfermos y los sanaban», el texto que Santiago, Trento, Lutero y Simpson citaron como origen de la unción.
Texto. Hebreo según la numeración Strong del módulo RV60 y el léxico de Brown, Driver y Briggs (módulo BDB) para rafá, Mará, joq, mishpat, nasá, ‘ets y majalá; versiones BTX4, RV60, LBLA, NVI, DHH, NTV, TLA, KJV; notas de la Biblia Textual; referencias cruzadas de OpenBible. No se ha consultado el texto masorético ni la Septuaginta directamente.
Padres. Justino, Diálogo 86: copiado de la edición publicada en Eusebeia. Tertuliano, De baptismo 9: traducido del inglés de ANF vol. 3. Orígenes, Homilías sobre el Éxodo VII, 1-3: según la traducción de Ronald E. Heine (FOTC 71, 1982), que tiene derechos y se cita en paráfrasis con frases breves. Ambrosio, De mysteriis III, 14; Agustín, Contra Faustum XII, 30; Juan Damasceno, De fide orthodoxa IV, 11: según NPNF 2.ª serie, vols. 10, 4 y 9, en paráfrasis o cita breve.
Medievales y después. Henry, vol. 1 (1710), incluida la tradición judía del madero amargo; Jonathan Edwards, Notas sobre la Escritura (módulo Edw-c); Wesley, Notas sobre el Antiguo Testamento (1765); Jamieson, Fausset y Brown (1871): traducidos del inglés. Calvino, Armonía de los cuatro últimos libros de Moisés, trad. C. W. Bingham (1852): traducido del inglés.
Modernos. Gordon Fee y Douglas Stuart, How to Read the Bible for All Its Worth, sobre la Ley como pacto de Israel, en paráfrasis. Las identificaciones geográficas, según Jamieson.
Siglo XIX. A. B. Simpson, The Gospel of Healing (ed. de 1890), cap. 1 («Scriptural Foundation», 1-2), cap. 3 («Popular Objections», 5) y «Scripture Testimonies»: traducidos del inglés.
Límites. No hay en la biblioteca comentario crítico al Éxodo (Childs, Durham, Propp), ni Gregorio de Nisa, Vida de Moisés, ni Filón, ni Beda, Rabano o la Glosa sobre el Éxodo, ni el Midrash ni el Targum sobre Mará (la tradición judía se cita solo a través de Henry). El texto de Orígenes se ha leído únicamente en la traducción de Heine. No hay ninguna obra de A. W. Tozer.
Un esquema de lo que el pasaje permite predicar sin traicionar lo leído. No es la homilía; es su esqueleto.
Título. «Tres días después del mar».
Idea central. El Dios que libera es el mismo que prueba, y se da a conocer como sanador en medio de la prueba, no fuera de ella.
- Del cántico a la sed (vv. 22-24). Tres días después del milagro mayor, agua que no se puede beber. La fe no exime de Mará; el pueblo murmura y Moisés clama. Hay dos maneras de llevar la amargura a Dios.
- El madero mostrado (v. 25a). Dios no cambia el manantial: enseña un árbol. El agua se endulza por lo que Dios muestra, y toda la Iglesia antigua vio en ese leño la cruz: lo que endulza lo amargo es lo que Dios ha puesto en medio de ello.
- El estatuto y el nombre (vv. 25b-26). Allí, junto al agua, Dios prueba, pone una condición y se nombra: «yo soy el Señor tu sanador». Escuchar es la condición; el nombre es la promesa; las enfermedades de Egipto, el reverso. Y después, Elim.
Aplicación. Esperar Mará después del mar; llevar la amargura a Dios como Moisés y no como el pueblo; buscar el madero que él muestra antes que el remedio que nosotros imaginamos; y confesar a Dios como sanador también cuando el agua solo se endulza y no se quita.
Cautela. El texto promete a Israel, bajo condición, no sufrir las plagas de Egipto; no promete al creyente una vida sin enfermedad, y Job, como recordó Orígenes, basta para probarlo. Predicar el nombre «tu sanador» es predicar a quien cuida y restaura como y cuando quiere; convertirlo en garantía es decir lo que Mará no dice.