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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 6. Dios es conocido por sus obras
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Absurdidades de la idolatría
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 14. Teófilo, ejemplo de conversión
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4. Absurdas opiniones de los filósofos acerca de Dios
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 7. Fabulosas genealogías paganas
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9. Los profetas inspirados por el Espíritu Santo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 12. La gloria de la obra de los seis días
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del cuarto día
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 18. La creación del hombre
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 22. Por qué se dice que Dios se paseaba
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 25. Dios fue justificado al prohibir al hombre comer del árbol del conocimiento
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 29. El crimen de Caín
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 32. Cómo se dispersó el género humano
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 36. Profecías de la Sibila
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 5 minCapítulo 37. Testimonios de los poetas
  18. Sesión 18 · Parte 4 · ≈ 6 minLibro III
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 5. Los filósofos inculcan el canibalismo
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 8. Maldad atribuida a los dioses por los escritores paganos
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la justicia
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 16. Conjeturas inciertas de los filósofos
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 21. De la inexactitud de Manetón
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cronología desde Adán
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 27. Cronología romana hasta la muerte de M. Aurelio
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 4 minCapítulo 30. Por qué los griegos no mencionaron nuestras historias

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    TEXTOS — APOLOGÉTICA GRIEGA

    Índice de la obra

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    Teófilo de Antioquía

    A Autólico

    Texto base: versión inglesa de Marcus Dods, Ante-Nicene Fathers, vol. 2 (Buffalo, 1885), «Theophilus to Autolycus» · tres libros, 82 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del ANF; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 158 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se responde a quien dice «Muéstrame a tu Dios»? El autor de estos tres libros, Teófilo, contesta a su amigo Autólico con otra petición: «Muéstrame tú a ti mismo, y te mostraré a mi Dios» (I, 2). A Dios lo ven, dice, los ojos del alma cuando están limpios de pecado, y se le reconoce por lo que hace, como se infiere el piloto de una nave que entra a puerto (I, 5). De ahí sale una apología en tres tiempos: el libro I explica quién es Dios y qué significa llamarse cristiano; el II opone a los mitos de Homero y de Hesíodo lo que dicen los profetas sobre el origen del mundo y del hombre, y en él aparecen Dios, su Verbo y su Sabiduría (II, 10, 15, 18, 22); el III responde a los cargos contra los cristianos y sostiene, con una cronología desde Adán, que Moisés y los profetas son más antiguos que los poetas y filósofos griegos (III, 20–29).

    Ficha de la obra

    AutorTeófilo, obispo de Antioquía de Siria. Eusebio (Hist. ecl. IV, 20 y 24) y Jerónimo (De viris illustribus 25) lo cuentan como sexto obispo de esa iglesia desde los apóstoles; el libro no menciona ningún cargo. Es la única obra suya que se conserva (Catholic Encyclopedia)
    TítuloA Autólico (gr. Πρὸς Αὐτόλυκον; lat. Ad Autolycum; en el ANF, Theophilus to Autolycus). Eusebio los llama «tres escritos elementales» (IV, 24)
    FechaLa obra no se fecha a sí misma. El libro III llega hasta la muerte del emperador «Vero» (III, 27–28), que la Catholic Encyclopedia identifica con Marco Aurelio (†180); Wikipedia la sitúa en tiempos de Cómodo (180–192). La nota a III, 28 explica cómo se llega a ello y dónde difieren las fuentes. Para la Catholic Encyclopedia los tres libros son, en rigor, obras separadas y escritas en momentos distintos
    OcasiónUna conversación previa con Autólico, que había tomado por necedad la doctrina cristiana (II, 1). La introducción del ANF dice que quizá respondió a un escrito suyo contra el cristianismo, pero que es más probable que respondiera a comentarios hechos en conversación
    GéneroApología dirigida a un amigo no cristiano: libro I, quién es Dios; libro II, el mundo y el hombre según los profetas, frente a los poetas; libro III, los cargos contra los cristianos y la antigüedad de la Escritura
    ExtensiónTres libros (14, 38 y 30 capítulos), unas 28 000 palabras
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 2, tal como la recogen New Advent y CCEL
    El recorrido es el de la obra. Libro I: cómo se ve a Dios y cómo se le conoce por sus obras (2–7), la fe (8), los dioses de los poetas y la idolatría (9–10), honrar al rey y adorar a Dios (11), el nombre de cristiano (12), la resurrección (13) y cómo el autor llegó a creer (14). Libro II: contra los dioses fabricados y las opiniones de los filósofos (1–8); los profetas y la creación por el Verbo (9–18); el Paraíso, la caída y las primeras generaciones (19–32); los poetas y la Sibila (33–38). Libro III: los cargos contra los cristianos y las contradicciones de los filósofos (1–8); la ley de Dios y la conducta cristiana (9–15); los filósofos ante el diluvio (16–19); y la antigüedad de Moisés, con las cronologías (20–30). Para el género y los otros apologetas, véanse los apologetas del siglo II, Justino, Arístides, Atenágoras y el siglo II. La creación «de la nada» del libro II enlaza con la creatio ex nihilo; el Verbo «engendrado» al crear, con la generación eterna y el subordinacionismo.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods que se imprimió en el volumen 2 de las Ante-Nicene Fathers (ANF), la edición estadounidense de la Ante-Nicene Christian Library de Edimburgo: Fathers of the Second Century: Hermas, Tatian, Athenagoras, Theophilus, and Clement of Alexandria (Entire), editado por Alexander Roberts y James Donaldson y revisado, con prefacios breves y notas ocasionales, por A. Cleveland Coxe, y publicado en Buffalo en 1885 por la Christian Literature Publishing Co. (New Advent; CCEL). Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    CCEL y New Advent coinciden en el traductor de la versión inglesa: el reverendo Marcus Dods (CCEL: «[Translated by the Rev. Marcus Dods, A.M.]»; New Advent: «Translated by Marcus Dods»). Las notas entre corchetes que añade la edición estadounidense son de Coxe, a quien la portada del ANF atribuye los «prefacios breves y notas ocasionales». La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La división en tres libros es la de la obra; la numeración en capítulos (14, 38 y 30) y sus títulos («Autólico, idólatra y escarnecedor de los cristianos», «Hesíodo sobre el origen del mundo»…) son de la edición inglesa y no de Teófilo. Las palabras entre corchetes dentro del texto («[de Hesíodo]», «[ungida]») son añadidos del traductor inglés, y las palabras griegas entre corchetes («[θέειν]») son suyas, para mostrar un juego de palabras o una etimología. El epub omite las notas al pie de Dods (variantes de los manuscritos y de los editores), las notas entre corchetes de Coxe y las dos introducciones; algunas pasan, resumidas y con su fuente, a las notas de este libro. Las referencias bíblicas entre corchetes («[Lucas 18:27]») las añade la edición inglesa. Las citas bíblicas siguen el inglés, que tradujo lo que Teófilo citaba: pueden no coincidir con la Biblia del lector, y el versículo que se abre desde una referencia muestra la Biblia elegida, no la cita de Teófilo. Los versos de poetas y de la Sibila llegan como el inglés los dio, en líneas sueltas. La traducción castellana vierte lógos unas veces «Verbo» y otras «Palabra» (véase el aviso antes de II, 10).

    Libro I

    Capítulo 1. Autólico, idólatra y escarnecedor de los cristianos

    I, 1

    Una lengua fluida y un estilo elegante procuran placer, y esa alabanza en la que se deleita la vanagloria, a hombres miserables corrompidos en su mente; el amante de la verdad no presta atención a discursos adornados, sino que examina la materia real del discurso, qué es y de qué clase es. Puesto que, amigo mío, me has asaltado con palabras vacías, jactándote de tus dioses de madera y piedra, martillados y fundidos, tallados y esculpidos, que ni ven ni oyen, pues son ídolos y obras de manos de hombres; y puesto que, además, me llamas cristiano, como si este fuera un nombre condenable de llevar, yo, por mi parte, confieso que soy cristiano, y llevo este nombre amado de Dios, esperando ser útil a Dios. Pues no es el caso, como supones, que el nombre de Dios sea difícil de llevar; sino que quizá tienes esa opinión de Dios porque tú mismo aún no le eres útil.

    Capítulo 2. Que los ojos del alma deben ser purgados antes de poder ver a Dios

    I, 2

    Pero si dices, «Muéstrame a tu Dios,» yo te respondería, «Muéstrame tú a ti mismo, y te mostraré a mi Dios.» Demuestra, pues, que los ojos de tu alma son capaces de ver y los oídos de tu corazón capaces de oír; pues así como quienes miran con los ojos del cuerpo perciben las cosas terrenas y lo que atañe a esta vida, y distinguen a un mismo tiempo entre las cosas que difieren, ora luz u oscuridad, ora blanco o negro, ora deforme o hermoso, bien proporcionado y simétrico o desproporcionado y torpe, o monstruoso o mutilado; y así como de igual manera, por el sentido del oído, distinguimos ya sea sonidos agudos, graves o dulces; así también sucede con los ojos del alma y los oídos del corazón: por ellos podemos contemplar a Dios. Porque Dios es visto por quienes pueden verlo cuando tienen abiertos los ojos de su alma, pues todos tienen ojos; pero en algunos están cubiertos y no ven la luz del sol. No se sigue, sin embargo, porque los ciegos no vean, que la luz del sol no brille; antes bien, que los ciegos se culpen a sí mismos y a sus propios ojos. Así también tú, oh hombre, tienes los ojos de tu alma cubiertos por tus pecados y malas acciones. Como un espejo bruñido, así debe el hombre tener pura su alma. Cuando hay herrumbre en el espejo, no es posible que se vea el rostro de un hombre en el espejo; así también, cuando hay pecado en un hombre, tal hombre no puede contemplar a Dios. Muéstrame, pues, tú mismo si no eres adúltero, fornicario, ladrón, salteador o ratero; si no corrompes a los muchachos; si no eres insolente, calumniador, apasionado, envidioso, soberbio o altanero; si no eres pendenciero, codicioso o desobediente a tus padres; y si no vendes a tus hijos; porque a quienes hacen estas cosas Dios no se manifiesta, a menos que primero se hayan limpiado de toda impureza. Todas estas cosas, pues, te envuelven en tinieblas, como cuando una secreción viscosa sobre los ojos impide contemplar la luz del sol; así también las iniquidades, oh hombre, te envuelven en tinieblas, de modo que no puedes ver a Dios.

    Capítulo 3. Naturaleza de Dios

    I, 3

    Me dirás, entonces, «Tú, que ves a Dios, explícame cómo es Dios.» Escucha, oh hombre. La apariencia de Dios es inefable e indescriptible, y no puede ser vista por ojos de carne. Porque en gloria es incomprensible, en grandeza insondable, en altura inconcebible, en poder incomparable, en sabiduría sin rival, en bondad inimitable, en benignidad indecible. Porque si digo que es Luz, nombro solo su obra; si lo llamo Palabra, nombro solo su soberanía; si lo llamo Mente, hablo solo de su sabiduría; si digo que es Espíritu, hablo de su aliento; si lo llamo Sabiduría, hablo de su descendencia; si lo llamo Fortaleza, hablo de su imperio; si lo llamo Poder, menciono su actividad; si lo llamo Providencia, menciono apenas su bondad; si lo llamo Reino, menciono su gloria; si lo llamo Señor, menciono que es juez; si lo llamo Juez, hablo de él como justo; si lo llamo Padre, hablo de todas las cosas como procedentes de él; si lo llamo Fuego, menciono apenas su ira. Me dirás, entonces, «¿Está Dios airado?» Sí; está airado contra los que obran inicuamente, pero es bueno, benigno y misericordioso con quienes lo aman y lo temen; porque es castigador de los piadosos y padre de los justos, pero juez y castigador de los impíos.

    Capítulo 4. Atributos de Dios

    I, 4

    Y es sin principio, porque es ingénito; e inmutable, porque es inmortal. Y es llamado Dios [[Θεός]] por haber puesto [[τεθεικέναι]] todas las cosas en la seguridad que Él mismo les da; y por [[θέειν]], pues [θέειν] significa correr, moverse, ser activo, nutrir, prever, gobernar y dar vida a todas las cosas. Pero es Señor, porque gobierna el universo; Padre, porque es antes de todas las cosas; Formador y Hacedor, porque es creador y hacedor del universo; el Altísimo, porque está sobre todas las cosas; y Todopoderoso, porque Él mismo rige y abraza todas las cosas. Porque las alturas del cielo, y las profundidades de los abismos, y los confines de la tierra, están en su mano, y no hay lugar de su reposo. Porque los cielos son su obra, la tierra es su creación, el mar es su hechura; el hombre es su formación y su imagen; sol, luna y estrellas son sus elementos, hechos para señales, y estaciones, y días, y años, a fin de que sirvan y sean esclavos del hombre; y todas las cosas las ha hecho Dios de las cosas que no eran a las cosas que son, para que mediante sus obras se conozca y se entienda su grandeza.

    Capítulo 5. El Dios invisible, percibido por sus obras

    I, 5

    Porque así como el alma en el hombre no se ve, siendo invisible a los hombres, pero se percibe por el movimiento del cuerpo, así también Dios no puede ser visto por ojos humanos, sino que es contemplado y percibido mediante su providencia y sus obras. Pues, de igual manera, como cualquier persona, al ver en el mar una nave aparejada y a la vela, que se dirige al puerto, sin duda inferirá que hay en ella un piloto que la gobierna, así debemos percibir que Dios es el gobernador [piloto] de todo el universo, aunque no sea visible a los ojos de la carne, pues es incomprensible. Porque si un hombre no puede mirar el sol, aunque sea un cuerpo celeste muy pequeño, a causa de su excesivo calor y poder, ¿cuánto más un hombre mortal será incapaz de afrontar la gloria de Dios, que es indecible? Porque así como la granada, con la corteza que la contiene, tiene dentro muchas celdas y compartimentos separados por membranas, y alberga además muchas simientes que moran en ella, así también toda la creación está contenida por el espíritu de Dios, y el espíritu que la contiene está, junto con la creación, contenido por la mano de Dios. Así, pues, como la simiente de la granada, morando dentro, no puede ver lo que está fuera de la corteza, estando ella misma dentro, tampoco puede el hombre, que junto con toda la creación está encerrado por la mano de Dios, contemplar a Dios. Luego, un rey terrenal se cree que existe aunque no sea visto por todos; pues se le reconoce por sus leyes y ordenanzas, y autoridades, y fuerzas, y estatuas; ¿y no quieres tú que Dios sea reconocido por sus obras y hechos poderosos?

    Capítulo 6. Dios es conocido por sus obras

    I, 6

    Considera, oh hombre, sus obras: la rotación oportuna de las estaciones y los cambios de temperatura; la marcha regular de las estrellas; el curso bien ordenado de los días y las noches, y de los meses y los años; la variada belleza de las semillas, y de las plantas, y de los frutos; y las variadas especies de cuadrúpedos, y de aves, y de reptiles, y de peces, tanto de los ríos como del mar; o considera el instinto implantado en estos animales para engendrar y criar descendencia, no para su propio provecho, sino para el uso del hombre; y la providencia con la que Dios provee alimento a toda carne, o la sujeción en la que ha ordenado que todas las cosas sirvan a la humanidad. Considera también el fluir de dulces fuentes y de ríos inagotables, y el suministro oportuno de rocíos, y de lluvias, y de aguaceros; el variado movimiento de los cuerpos celestes, la estrella matutina que sale y anuncia la llegada del astro perfecto; y la constelación de las Pléyades, y Orión, y Arturo, y la órbita de las demás estrellas que giran por los cielos, a todas las cuales la múltiple sabiduría de Dios ha llamado por nombres propios. Él es el único Dios que hizo la luz de las tinieblas, y sacó la luz de sus tesoros, y formó las cámaras del viento del sur, [] y los depósitos del abismo, y los confines de los mares, y los tesoros de las nieves y de las granizadas, reuniendo las aguas en los depósitos del abismo, y las tinieblas en sus tesoros, y sacando de sus tesoros la luz dulce, deseable y agradable; «que hace subir los vapores desde los confines de la tierra: Él produce los relámpagos para la lluvia;» que envía su trueno para aterrorizar, y anuncia por el relámpago el estruendo del trueno, para que ningún alma desfallezca por el sobresalto repentino; y que modera la violencia del relámpago cuando destella desde el cielo, de modo que no consume la tierra; pues, si al relámpago se le permitiera toda su fuerza, abrasaría la tierra; y si al trueno se le permitiera toda su fuerza, derribaría todas las obras que hay en ella.

    Capítulo 7. Veremos a Dios cuando nos revistamos de inmortalidad

    I, 7

    Este es mi Dios, el Señor de todo, el único que extendió el cielo y afirmó la anchura de la tierra debajo de él; que agita las profundas simas del mar y hace bramar sus olas; que gobierna su poder y apacigua el tumulto de sus olas; que fundó la tierra sobre las aguas y le dio espíritu para nutrirla; cuyo aliento da luz al todo, y que, si retira su aliento, el todo perecerá por completo. Por Él hablas, oh hombre; su aliento respiras, y sin embargo no lo conoces. Y esta es tu condición, a causa de la ceguera de tu alma y de la dureza de tu corazón. Pero, si quieres, puedes ser sanado. Confíate al Médico, y Él operará los ojos de tu alma y de tu corazón. ¿Quién es el Médico? Dios, que sana y da vida por medio de su Palabra y su sabiduría. Dios por su propia Palabra y sabiduría hizo todas las cosas; pues «por su Palabra fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.» Excelentísima es su sabiduría. Por su sabiduría fundó Dios la tierra; y por el conocimiento preparó los cielos; y por el entendimiento fueron rotas las fuentes del gran abismo, y las nubes derramaron sus rocíos. Si percibes estas cosas, oh hombre, viviendo casta, santa y justamente, puedes ver a Dios. Pero ante todo, que la fe y el temor de Dios gobiernen tu corazón, y entonces entenderás estas cosas. Cuando te hayas despojado de lo mortal y te hayas revestido de incorrupción, entonces verás a Dios dignamente. Porque Dios resucitará tu carne inmortal junto con tu alma; y entonces, habiendo llegado a ser inmortal, verás al Inmortal, si ahora crees en Él; y entonces sabrás que has hablado injustamente contra Él.

    Capítulo 8. La fe se requiere en todas las cosas

    I, 8

    Pero tú no crees que los muertos resucitan. Cuando tenga lugar la resurrección, entonces creerás, quieras o no; y tu fe será contada como incredulidad, a menos que creas ahora. ¿Y por qué no crees? ¿No sabes que la fe es el principio rector en todas las cosas? Porque ¿qué labrador puede cosechar, si antes no confía su semilla a la tierra? ¿O quién puede cruzar el mar, si antes no se confía a la barca y al piloto? ¿Y qué enfermo puede ser sanado, si antes no se confía al cuidado del médico? ¿Y qué arte o conocimiento puede aprender alguien, si antes no se aplica y se confía al maestro? Si, pues, el labrador confía en la tierra, y el marinero en la barca, y el enfermo en el médico, ¿no confiarás tú en Dios, aun teniendo tantas prendas en su mano? Porque primero te creó de la nada y te trajo a la existencia (pues si tu padre no era, ni tu madre, mucho más tú mismo en un tiempo no eras), y te formó de una sustancia pequeña y húmeda, incluso de la menor gota, que en un tiempo no tenía ser; y Dios te introdujo en esta vida. Además, crees que las imágenes hechas por hombres son dioses y hacen grandes cosas; ¿y no puedes creer que el Dios que te hizo es capaz también de hacerte después?

    Capítulo 9. Inmoralidades de los dioses

    I, 9

    Y, en verdad, los nombres de aquellos que dices adorar son nombres de hombres muertos. Y estos, además, ¿quiénes y qué clase de hombres fueron? ¿Acaso no resulta Saturno un caníbal, que destruye y devora a sus propios hijos? Y si nombras a su hijo Júpiter, oye también sus hechos y su conducta: primero, cómo fue amamantado por una cabra en el monte Ida y, según cuentan los mitos, cómo después de matarla y desollarla se hizo un manto con su piel. Y sus demás hechos —el incesto, el adulterio y la lujuria— mejor los referirán Homero y los demás poetas. ¿Por qué habría de hablar más de sus hijos? De cómo Hércules se quemó a sí mismo; y del ebrio y furioso Baco; y de Apolo temiendo y huyendo de Aquiles, y enamorándose de Dafne, y sin saber el destino de Jacinto; y de Venus herida, y de Marte, plaga de los mortales; y del icor que fluye de los así llamados dioses. Y estas, ciertamente, son las especies más suaves de leyendas; ya que el dios llamado Osiris se encuentra despedazado miembro por miembro, cuyos misterios se celebran anualmente, como si hubiera perecido y estuviera siendo hallado y buscado miembro por miembro. Pues ni se sabe si pereció, ni se demuestra si fue hallado. ¿Y por qué habría de hablar de Atis mutilado, o de Adonis vagando por el bosque y herido por un jabalí mientras cazaba; o de Esculapio fulminado por un rayo; o del fugitivo Serapis perseguido desde Sínope hasta Alejandría; o de la Diana escita, también ella fugitiva, homicida, cazadora y apasionada amante de Endimión? Ahora bien, no somos nosotros quienes publicamos estas cosas, sino vuestros propios escritores y poetas.

    Capítulo 10. Absurdidades de la idolatría

    I, 10

    ¿Por qué habría de seguir contando la multitud de animales adorados por los egipcios, tanto reptiles, como ganado, fieras, aves y peces de río; e incluso lavatorios y ruidos vergonzosos? Pero si citas a los griegos y a las demás naciones, adoran piedras y madera, y otras clases de sustancias materiales: las imágenes, como acabamos de decir, de hombres muertos. Pues se halla que Fidias hizo en Pisa para los eleos el Júpiter Olímpico, y en Atenas la Minerva de la Acrópolis. Y te preguntaré, amigo mío, cuántos Júpiter existen. Pues existe, en primer lugar, Júpiter apellidado Olímpico, luego Júpiter Latiaris, y Júpiter Casio, y Júpiter Tonante, y Júpiter Propator, y Júpiter Pannychius, y Júpiter Poliuchus, y Júpiter Capitolino; y aquel Júpiter, hijo de Saturno, que es rey de los cretenses, tiene una tumba en Creta, pero los demás, posiblemente, no fueron considerados dignos de tumbas. Y si hablas de la madre de los que son llamados dioses, lejos esté de mí pronunciar con mis labios sus hechos, o los hechos de aquellos que la adoran (pues nos es ilícito siquiera nombrar tales cosas), y los vastos impuestos y rentas que ella y sus hijos suministran al rey. Pues estos no son dioses, sino ídolos, como ya hemos dicho, obras de manos de hombres y de demonios impuros. ¡Y ojalá que todos los que los hacen y ponen su confianza en ellos se vuelvan como ellos!

    Capítulo 11. Al rey se le ha de honrar, a Dios se le ha de adorar

    I, 11

    Por lo cual prefiero honrar al rey [antes que a vuestros dioses], no, ciertamente, adorándolo, sino orando por él. Pero a Dios, el Dios vivo y verdadero, yo adoro, sabiendo que el rey ha sido hecho por Él. Me dirás, entonces: «¿Por qué no adoras al rey?» Porque no ha sido hecho para ser adorado, sino para ser reverenciado con honor lícito, pues no es un dios, sino un hombre puesto por Dios, no para ser adorado, sino para juzgar con justicia. Pues en cierto modo su gobierno le ha sido confiado por Dios: así como Él no quiere que se llame reyes a los que Él ha puesto debajo de sí; porque «rey» es título suyo, y no es lícito que otro lo use; tampoco es lícito que se adore a nadie sino solo a Dios. Por lo cual, oh hombre, estás enteramente en el error. Por consiguiente, honra al rey, sométete a él, y ora por él con ánimo leal; porque si haces esto, haces la voluntad de Dios. Pues la Ley que es de Dios dice: «Hijo mío, teme al Señor y al rey, y no seas desobediente a ellos; porque de repente tomarán venganza de sus enemigos.»
    Comentario editorial · Honrar al rey, adorar a Dios
    Teófilo separa dos cosas que en la vida romana iban unidas: el respeto debido al emperador y su culto. Honra al rey y ora por él, pero no lo adora: «no es un dios, sino un hombre puesto por Dios» (I, 11). Según Wikipedia, para los romanos un simple sacrificio expresaba lealtad al Imperio y negarse a hacerlo era traición; y las cartas de Frontón, maestro de Marco Aurelio, dejan ver el culto al genius del emperador vivo como práctica oficial, doméstica y personal. Teófilo se apoya en los Proverbios: «teme al Señor y al rey» (); una nota de Dods avisa de que su griego dice «honra», no «teme». Lo retoma en III, 14 con .

    Capítulo 12. Significado del nombre de cristiano

    I, 12

    Y en cuanto a que te ríes de mí y me llamas «cristiano», no sabes lo que dices. Primero, porque lo que es ungido es dulce y útil, y lejos de ser despreciable. Pues ¿qué nave puede ser útil y apta para navegar, si no ha sido primero calafateada [ungida]? ¿O qué castillo o casa es hermoso y útil cuando no ha sido ungido? ¿Y qué hombre, cuando entra en esta vida o en el gimnasio, no es ungido con aceite? ¿Y qué obra tiene ornato o belleza si no es ungida y bruñida? Luego el aire y todo lo que está bajo el cielo está en cierto modo ungido por la luz y el espíritu; ¿y tú no quieres ser ungido con el aceite de Dios? Por lo cual somos llamados cristianos por esta razón, porque hemos sido ungidos con el aceite de Dios.
    Comentario editorial · «Cristiano», «ungido» y «útil»
    El argumento de este capítulo juega con dos palabras griegas casi iguales: chrēstós, «útil», y christós, «ungido» (nota de Donaldson en la edición inglesa). Por eso en I, 1 el autor espera ser «útil» a Dios, y por eso aquí dice que lo calafateado o ungido —una nave, una casa, el hombre que entra en el gimnasio— es útil y hermoso. La edición inglesa señala otro juego en I, 1: el nombre del autor, Teófilo, significa «amado de Dios». El editor estadounidense recuerda que Antioquía es, según , donde los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez. Qué «aceite de Dios» se quiere decir no lo aclara el texto; ese editor entiende que no es aceite material sino la unción del Espíritu (), lectura suya.

    Capítulo 13. La resurrección probada con ejemplos

    I, 13

    Luego, en cuanto a que niegas que los muertos sean resucitados —pues dices: «Muéstrame siquiera uno que haya resucitado de entre los muertos, para que al verlo crea»—, primero, ¿qué gran cosa es si crees cuando has visto realizado el hecho? Luego, además, crees que Hércules, que se quemó a sí mismo, vive; y que Esculapio, que fue fulminado por un rayo, resucitó; ¿y no crees las cosas que te son dichas por Dios? Pero, supón que yo te mostrara un muerto resucitado y vivo, aun así no creerías. Dios, en verdad, te exhibe muchas pruebas para que le creas. Pues considera, si te place, el morir de las estaciones, y de los días, y de las noches, cómo también estos mueren y resucitan. ¿Y qué? ¿No se está verificando una resurrección de semillas y frutos, y esto, además, para uso de los hombres? Una semilla de trigo, por ejemplo, o de los otros granos, cuando es echada en la tierra, primero muere y se pudre, luego es levantada, y se convierte en tallo de grano. Y la naturaleza de los árboles y de los frutales, ¿no es que según la disposición de Dios producen sus frutos en sus estaciones a partir de lo que ha estado oculto e invisible? Además, a veces también un gorrión o alguna de las otras aves, al beber ha tragado una semilla de manzana o de higo, o alguna otra cosa, ha venido a algún montículo rocoso o sepulcro, y ha dejado la semilla en sus excrementos, y la semilla, que una vez fue tragada, y ha pasado por tan gran calor, echando ahora raíz, ha crecido un árbol. Y todas estas cosas las efectúa la sabiduría de Dios, para manifestar incluso por estas cosas que Dios es capaz de efectuar la resurrección general de todos los hombres. Y si quisieras presenciar un espectáculo más admirable, que puede probar una resurrección no solo de cuerpos terrenales sino celestiales, considera la resurrección de la luna, que ocurre mensualmente; cómo mengua, muere, y se levanta de nuevo. Oye además, oh hombre, la obra de resurrección que se verifica en ti mismo, aunque no te des cuenta de ello. Pues tal vez has caído enfermo alguna vez, y perdiste carne, y fuerza, y hermosura; pero cuando recibiste de nuevo de Dios misericordia y sanidad, recobraste la carne y la apariencia, y recuperaste también tu fuerza. Y así como no sabes adónde se fue y desapareció tu carne, tampoco sabes de dónde creció, o de dónde vino de nuevo. Pero dirás: «De las carnes y bebidas convertidas en sangre.» Muy bien; pero esto, también, es obra de Dios, que así opera, y no de ningún otro.

    Capítulo 14. Teófilo, ejemplo de conversión

    I, 14

    Por tanto, no seas escéptico, sino cree; porque yo mismo también solía no creer que esto sucedería, pero ahora, habiendo considerado estas cosas, creo. Al mismo tiempo, me encontré con las sagradas Escrituras de los santos profetas, quienes también por el Espíritu de Dios predijeron las cosas que ya han sucedido, tal como acontecieron, y las cosas que ahora suceden tal como están sucediendo ahora, y las cosas futuras en el orden en que serán cumplidas. Admitiendo, pues, la prueba que ofrecen los acontecimientos que suceden según lo predicho, no soy incrédulo, sino que creo, obediente a Dios, a quien, si te place, sométete también tú, creyéndole, no sea que si ahora continúas incrédulo, seas convencido después, cuando seas atormentado con castigos eternos; castigos que, habiendo sido predichos por los profetas, los poetas y filósofos nacidos más tarde robaron de las santas Escrituras, para hacer sus doctrinas dignas de crédito. Con todo, también estos han hablado de antemano de los castigos que han de caer sobre los impíos e incrédulos, para que nadie quede sin testimonio, ni pueda decir: «No hemos oído, ni hemos conocido.» Pero tú también, si te place, presta atención reverente a las Escrituras proféticas, y ellas harán tu camino más llano para escapar de los castigos eternos y obtener los premios eternos de Dios. Pues Aquel que dio la boca para hablar, y formó el oído para oír, e hizo el ojo para ver, examinará todas las cosas, y juzgará con justo juicio, dando a cada uno las recompensas merecidas. A los que por paciente perseverancia en el bien obrar [] buscan la inmortalidad, les dará vida eterna, gozo, paz, descanso, y abundancia de bienes, que ni ojo ha visto, ni oído ha oído, ni ha entrado en el corazón del hombre concebir. [] Pero a los incrédulos y despreciadores, que no obedecen a la verdad, sino que son obedientes a la injusticia, cuando se hayan llenado de adulterios y fornicaciones, y de inmundicia, y de avaricia, y de idolatrías ilícitas, habrá ira y furor, tribulación y angustia, [] y al final el fuego eterno poseerá a tales hombres. Ya que dijiste: «Muéstrame a tu Dios», este es mi Dios, y te aconsejo que le temas y confíes en Él.
    Comentario editorial · Qué se sabe de Teófilo
    Este capítulo dice de su autor que antes no creía en la resurrección y que se convenció al leer las Escrituras de los profetas. No dice que fuera obispo ni dónde nació; eso viene de otros. Eusebio (Hist. ecl. IV, 20) lo cuenta «el sexto desde los apóstoles» en la iglesia de Antioquía, y Jerónimo (De viris illustribus 25) lo llama su sexto obispo. Las fechas difieren: la introducción del ANF, que sigue a Eusebio, lo hace obispo desde 168 y muerto en 181 o 188; Wikipedia, entre c. 169 y c. 183, con muerte probable entre 183 y 185. Wikipedia, que sigue a Wace, lo hace nacido pagano cerca del Tigris y el Éufrates; el texto solo dice que esos ríos «limitan con nuestras propias regiones» (II, 24).

    Libro II

    Capítulo 1. Motivo de escribir este libro

    II, 1

    Cuando tuvimos anteriormente alguna conversación, mi muy buen amigo Autólico, y cuando preguntaste quién era mi Dios, y por un poco prestaste atención a mi discurso, te hice algunas explicaciones acerca de mi religión; y luego, habiéndonos despedido uno del otro, fuimos con mucha mutua amistad cada uno a su casa, aunque al principio te habías mostrado algo duro conmigo. Pues sabes y recuerdas que supusiste que nuestra doctrina era necedad. Como tú después me instaste a ello, deseo, aunque no educado en el arte de hablar, demostrar con más exactitud, por medio de este tratado, la vana labor y el culto vacío en que estás retenido; y quiero también, a partir de unas pocas de tus propias historias que lees, y quizá aún no entiendes del todo, aclararte la verdad.

    Capítulo 2. Los dioses son despreciados cuando son hechos; pero se vuelven valiosos cuando se compran

    II, 2

    Y en verdad me parece absurdo que estatuarios y talladores, o pintores, o moldeadores, diseñen y pinten, y tallen, y moldeen, y preparen dioses, que, cuando son producidos por los artífices, son tenidos por de ningún valor; pero tan pronto como son comprados por algunos y colocados en algún llamado templo, o en alguna casa, no solo los que los compraron les sacrifican, sino también los que los hicieron y vendieron vienen con mucha devoción, y aparato de sacrificio, y libaciones, a adorarlos; y los tienen por dioses, no viendo que son exactamente tales como cuando fueron hechos por ellos mismos, sea piedra, o bronce, o madera, o color, o algún otro material. Y este es también tu caso, cuando lees las historias y genealogías de los así llamados dioses. Pues cuando lees de sus nacimientos, piensas en ellos como hombres, pero después los llamas dioses, y los adoras, sin reflexionar ni entender que, al nacer, son exactamente los mismos seres de los que antes leíste.

    Capítulo 3. ¿Qué ha sido de los dioses?

    II, 3

    Y de los dioses de tiempos antiguos, si en verdad fueron engendrados, la generación fue suficientemente prolífica. Pero ahora, ¿dónde se exhibe su generación? Pues si de antiguo engendraban y eran engendrados, es evidente que aun hasta el tiempo presente debería haber dioses engendrados y nacidos; o al menos si no es así, tal raza será tenida por impotente. Pues o han envejecido, y por eso ya no engendran, o se han extinguido y ya no existen. Porque si los dioses fueron engendrados, deberían nacer aun hasta ahora, como también los hombres nacen; sí, mucho más numerosos deberían ser los dioses que los hombres, como dice la Sibila:—
    Pues si los dioses engendran, y cada uno permanece
    Inmortal, entonces la raza de los dioses debe ser
    Más numerosa que los mortales, y la multitud
    Tan grande que los mortales no encuentren lugar donde ponerse en pie.
    Porque si los hijos engendrados de hombres mortales y de corta vida hacen su aparición aun hasta ahora, y los hombres no han cesado de nacer, de modo que las ciudades y aldeas están llenas, y también los lugares del campo están habitados, ¿cómo no habrían de engendrar y ser engendrados mucho más los dioses, que, según vuestros poetas, no mueren, ya que decís que los dioses fueron producidos por generación? ¿Y por qué el monte llamado Olimpo fue en otro tiempo habitado por los dioses, y ahora yace desierto? ¿O por qué Júpiter, en días antiguos, moraba en Ida, y era conocido por morar allí, según Homero y otros poetas, pero ahora está más allá del alcance? ¿Y por qué era hallado solo en una parte de la tierra, y no en todas partes? Pues o descuidaba las otras partes, o no podía estar presente en todas partes y proveer para todos. Porque si estaba, por ejemplo, en un lugar oriental, no estaba en el occidental; y si, por el contrario, estaba presente en las partes occidentales, no estaba en las orientales. Pero esto es atributo de Dios, el Altísimo y Todopoderoso, y del Dios vivo, no solo estar presente en todas partes, sino también ver todas las cosas y oír todas, y de ningún modo estar confinado en un lugar; porque si lo estuviera, entonces el lugar que lo contiene sería mayor que Él; pues lo que contiene es mayor que lo contenido. Porque Dios no es contenido, sino que Él mismo es el lugar de todas las cosas. Pero ¿por qué ha dejado Júpiter el Ida? ¿Fue porque murió, o aquel monte ya no le agradaba? ¿Y adónde se ha ido? ¿Al cielo? No. Pero quizá dirás: ¿A Creta? Sí, porque allí, también, se muestra su tumba hasta el día de hoy. De nuevo dirás: ¿A Pisa, donde refleja gloria sobre las manos de Fidias hasta el día de hoy? Pasemos, entonces, a los escritos de los filósofos y poetas.

    Capítulo 4. Absurdas opiniones de los filósofos acerca de Dios

    II, 4

    Algunos de los filósofos del Pórtico dicen que no hay Dios en absoluto; o, si lo hay, dicen que Él no cuida de nadie sino de Sí mismo; y estas opiniones las ha expuesto extensamente la necedad de Epicuro y Crisipo. Y otros dicen que todas las cosas son producidas sin agencia externa, y que el mundo es increado, y que la naturaleza es eterna; y se han atrevido a declarar que no hay providencia de Dios en absoluto, sino que sostienen que Dios es solo la conciencia de cada hombre. Y otros, a su vez, sostienen que el espíritu que lo penetra todo es Dios. Pero Platón y los de su escuela reconocen ciertamente que Dios es increado, y Padre y Hacedor de todas las cosas; pero luego sostienen que la materia, tanto como Dios, es increada, y afirman que es coetánea con Dios. Pero si Dios es increado y la materia increada, Dios ya no es, según los platónicos, el Creador de todas las cosas, ni, en lo que toca a sus opiniones, queda establecida la monarquía de Dios. Y además, así como Dios, por ser increado, es también inalterable; así si la materia, también, fuera increada, sería también inalterable, e igual a Dios; porque lo que es creado es mutable y alterable, pero lo que es increado es inmutable e inalterable. ¿Y qué gran cosa es si Dios hizo el mundo de materiales existentes? Porque incluso un artista humano, cuando obtiene material de alguien, hace de él lo que le place. Pero el poder de Dios se manifiesta en esto, en que de las cosas que no son hace cuanto le place; así como la concesión de vida y movimiento es prerrogativa de ningún otro sino solo de Dios. Pues incluso el hombre hace ciertamente una imagen, pero razón y aliento, o sensación, no puede dársela a lo que ha hecho. Pero Dios tiene esta propiedad en exceso de lo que el hombre puede hacer, en cuanto que hace una obra dotada de razón, vida, sensación. Así, pues, como en todos estos respectos Dios es más poderoso que el hombre, también en esto; en que de las cosas que no son crea y ha creado las cosas que son, y cuanto le place, como le place.

    Capítulo 5. Opiniones de Homero y Hesíodo acerca de los dioses

    II, 5

    De modo que la opinión de vuestros filósofos y autores es discordante; pues mientras los primeros han propuesto las opiniones anteriores, el poeta Homero resulta explicar el origen no solo del mundo, sino también de los dioses, sobre una hipótesis completamente distinta. Pues dice en alguna parte: —
    Padre de los dioses, Océano, y ella
    Que parió a los dioses, su madre Tetis, también,
    De quien brotan todos los ríos, y todo mar.
    Al decir esto, sin embargo, no nos presenta a Dios. Pues ¿quién no sabe que el océano es agua? Pero si es agua, entonces no Dios. Dios ciertamente, si es el creador de todas las cosas, como ciertamente es, es el creador tanto del agua como de los mares. Y el propio Hesíodo también declaró el origen, no solo de los dioses, sino también del mundo mismo. Y aunque dijo que el mundo fue creado, no mostró inclinación a decirnos por quién fue creado. Además, dijo que Saturno, y sus hijos Júpiter, Neptuno y Plutón, eran dioses, aunque hallamos que son nacidos más tarde que el mundo. Y también relata cómo Saturno fue asaltado en guerra por su propio hijo Júpiter; pues dice: —
    A su padre Saturno venció por la fuerza,
    Y entre los inmortales reinó con justicia sabia,
    Y honores convenientes distribuyó a cada uno.
    Entonces introduce en su poema a las hijas de Júpiter, a quienes nombra Musas, y como suplicante de ellas se presenta, deseando saber de ellas cómo fueron hechas todas las cosas; pues dice: —
    ¡Hijas de Júpiter, salud! Concededme vuestra ayuda
    Para que yo en números dulces y bien ordenados,
    De los dioses inmortales pueda cantar el nacimiento;
    Quiénes nacieron del cielo estrellado, y de la tierra;
    Quiénes, brotando al principio de la noche oscura,
    Fueron por el salobre océano criados y nutridos.
    Decid, también, quiénes dieron primero forma a la tierra,
    Y a los ríos, y al mar sin límites cuya ola
    Incansable se hunde, luego alza su cresta en lo alto;
    Y cómo se extendió aquel brillante dosel
    De estrellas relucientes que tachonan el ancho cielo.
    ¿De dónde brotaron los dioses por quienes todo bien es dado?
    Decid de sus manos qué variados dones vinieron,
    Riquezas para unos, para otros bienes, o fama;
    Cómo han morado desde el tiempo más remoto
    En el soleado clima del Olimpo de muchos rincones.
    Estas cosas, Musas, decid, vosotras que moráis siempre
    Entre las sombras olímpicas— pues podéis contar:
    Desde el principio allí han vagado vuestros pies;
    Decidnos entonces cuál de todas las cosas fue hecha primero.
    Pero ¿cómo podían las Musas, que son más jóvenes que el mundo, saber estas cosas? ¿O cómo podían relatarlas a Hesíodo [lo que estaba sucediendo], cuando su padre aún no había nacido?

    Capítulo 6. Hesíodo sobre el origen del mundo

    II, 6

    Y en cierto modo, en efecto, admite la materia [como existente por sí misma] y la creación del mundo [sin creador], diciendo: —
    Primero de todas las cosas fue hecho el caos, y luego
    Los cimientos de la tierra de ancho seno quedaron fijados,
    Donde moran seguros los inmortales para siempre,
    Los que en el Olimpo de nevadas cumbres permanecen.
    Después tuvo nacimiento el tenebroso Tártaro
    En los recovecos de la tierra de anchos caminos,
    Y el Amor, aún entre los dioses el más hermoso,
    Que llega venciéndolo todo, doblando mente y voluntad,
    Librando del cuidado, y dando entonces
    Sabio consejo en el pecho de dioses y hombres.
    Del caos nacieron Érebo y la noche,
    De la noche y de Érebo brotaron el aire y la mañana.
    La tierra a su semejanza hizo el cielo estrellado,
    Para que a todas las cosas se diera abrigo,
    Y para que allí reposaran los dioses bienaventurados.
    Los altos montes por su poder surgieron,
    Para las ninfas de los bosques hizo las gratas cuevas,
    Engendró el mar estéril con todas sus olas,
    Sin amor; mas cuando por el cielo fue buscado su amor,
    Entonces dio a luz al océano de hondos remolinos.
    Y diciendo esto, aún no ha explicado por quién fue hecho todo esto. Pues si el caos existía en el principio, y una materia de alguna clase, increada, preexistía, ¿quién fue el que efectuó el cambio de su condición y le dio un orden y una forma distintos? ¿Acaso la materia misma alteró su propia forma y se dispuso como mundo (pues Júpiter nació, no solo mucho después de la materia, sino mucho después del mundo y de muchos hombres; y lo mismo su padre Saturno), o hubo algún poder soberano que la hizo —quiero decir, por supuesto, Dios, que también la modeló como mundo? Además, se halla que en todo dice necedades y se contradice a sí mismo. Pues cuando menciona la tierra, el cielo y el mar, nos da a entender que de estos fueron producidos los dioses; y de estos a su vez declara que brotaron ciertos hombres espantosísimos —la raza de los Titanes y de los Cíclopes, y una multitud de gigantes y de los dioses egipcios— o, más bien, hombres vanos, como menciona Apolónides, apellidado Horapio, en el libro titulado Semenouthi, y en sus demás historias acerca del culto de los egipcios y de sus reyes, y de las vanas labores en que se ocuparon.

    Capítulo 7. Fabulosas genealogías paganas

    II, 7

    ¿Por qué habría de relatar las fábulas griegas —de Plutón, rey de las tinieblas; de Neptuno, que desciende bajo el mar y abraza a Melanipa y engendra un hijo caníbal— o los muchos relatos que vuestros escritores han tejido en sus tragedias acerca de los hijos de Júpiter, y cuya genealogía registran porque fueron hombres nacidos, y no dioses? Y el poeta cómico Aristófanes, en la obra titulada «Las Aves,» habiendo tomado a su cargo tratar el tema de la Creación, dijo que en el principio el mundo fue producido de un huevo, diciendo: —
    Un huevo ventoso puso la noche de negras alas
    Al principio.
    Pero Sátiro, dando también una historia de las familias alejandrinas, comenzando por Filopátor, llamado también Ptolomeo, afirma que Baco fue su progenitor; por lo cual también Ptolomeo fue el fundador de esta familia. Sátiro habla, pues, así: que Deyanira nació de Baco y de Altea, hija de Testio; y de ella y de Hércules, hijo de Júpiter, surgió, según creo, Hilo; y de él Cleodemo, y de él Aristómaco, y de él Témeno, y de él Ceiso, y de él Marón, y de él Testro, y de él Acús, y de él Aristómidas, y de él Carano, y de él Ceno, y de él Tirimas, y de él Pérdicas, y de él Filipo, y de él Aéropo, y de él Alcetas, y de él Amintas, y de él Bocrus, y de él Meleagro, y de él Arsínoe; y de ella y de Lagos, Ptolomeo Sóter; y de él y de Arsínoe, Ptolomeo Evérgetes; y de él y de Berenice, hija de Maga, rey de Cirene, Ptolomeo Filopátor. Así, pues, queda la relación de los reyes alejandrinos con Baco. Y por eso en la tribu dionisíaca hay familias distintas: la alteana, de Altea, que fue esposa de Dioniso e hija de Testio; la familia de Deyanira también, de aquella que fue hija de Dioniso y de Altea, y esposa de Hércules; de donde, asimismo, las familias tienen sus nombres: la familia de Ariadna, de Ariadna, hija de Minos y esposa de Dioniso, hija obediente, que tuvo trato con Dioniso en otra forma; la testiana, de Testio, padre de Altea; la toantiana, de Toante, hijo de Dioniso; la estafiliana, de Estáfilo, hijo de Dioniso; la euenea, de Euno, hijo de Dioniso; la maroniana, de Marón, hijo de Ariadna y de Dioniso; pues todos estos son hijos de Dioniso. Y, en verdad, muchos otros nombres se originaron así, y existen hasta hoy; como los Heráclidas de Hércules, y los Apolónidas de Apolo, y los Poseidonios de Poseidón, y de Zeus los Díos y Diógenes.

    Capítulo 8. Opiniones acerca de la providencia

    II, 8

    ¿Y por qué habría de seguir enumerando el vasto cúmulo de tales nombres y genealogías? De modo que todos los autores y poetas, y los llamados filósofos, están enteramente engañados; y lo mismo están quienes les prestan atención. Porque abundantemente compusieron fábulas y relatos necios acerca de sus dioses, y no los presentaron como dioses, sino como hombres, y hombres, además, de los cuales unos eran borrachos, y otros fornicarios y homicidas. Pero también acerca del origen del mundo profirieron opiniones contradictorias y absurdas. Primero, algunos de ellos, como antes explicamos, sostuvieron que el mundo es increado. Y los que dijeron que era increado y que se producía a sí mismo contradijeron a los que propusieron que fue creado. Pues hablaron por conjetura y concepción humana, y no conociendo la verdad. Y otros, a su vez, dijeron que había una providencia, y destruyeron las posiciones de los primeros escritores. Arato, en efecto, dice: —
    Por Jove comienzo mi canto; y nunca quede
    El nombre sin pronunciar: todas las cosas están llenas de ti;
    Los caminos y moradas de los hombres; los cielos y el mar:
    De ti pende nuestro ser; en ti nos movemos;
    Todos son tu descendencia y la semilla de Jove.
    Bienhechor, advierte a los hombres al bien,
    Los urge al trabajo y alienta la esperanza del alimento.
    Él dice dónde mejor puede pacer el ganado, y dónde
    El suelo, hondamente arado, dará el rubio grano.
    En qué tiempo el labrador debe plantar o sembrar,
    Suyo es decirlo, suyo solo es saberlo.
    ¿A quién, pues, creeremos: a Arato, tal como aquí se cita, o a Sófocles, cuando dice: —
    Y no hay previsión alguna del futuro;
    Lo mejor es vivir al azar, como uno pueda?
    Y Homero, a su vez, no concuerda con esto, pues dice que la virtud
    Crece o mengua en los hombres según lo decreta Jove.
    Y Simónides dice: —
    Ningún hombre ni estado tiene virtud sino de Dios;
    El consejo reside en Dios; y el hombre miserable
    No tiene en sí mismo nada sino su miseria.
    Así también, Eurípides: —
    Aparte de Dios, nada es poseído por los hombres.
    Y Menandro: —
    Salvo solo Dios, no hay nadie que provea por nosotros.
    Y Eurípides de nuevo: —
    Pues cuando Dios quiere salvar, todas las cosas doblegará
    Para que sirvan de instrumentos para obrar su fin.
    Y Testio: —
    Si Dios dispone salvarte, seguro estás,
    Aunque navegues en medio del océano sobre una estera.
    Y diciendo innumerables cosas de este género, se contradecían a sí mismos. Al menos Sófocles, que en otro lugar negó la providencia, dice: —
    Ningún mortal puede evadir el golpe de Dios.
    Además, introdujeron una multitud de dioses, y sin embargo hablaron de una Unidad; y contra los que afirmaban una providencia sostuvieron, en oposición, que no había providencia. Por lo cual Eurípides dice: —
    Mucho trabajamos y en vano gastamos nuestras fuerzas,
    Pues la esperanza vana, no la previsión, es nuestra guía.
    Y sin intención de hacerlo, reconocen que no conocen la verdad; sino que, inspirados por los demonios y henchidos de orgullo por ellos, hablaron a instigación suya cuanto dijeron. Pues, en efecto, los poetas —Homero, a saber, y Hesíodo, estando, según dicen, inspirados por las Musas— hablaron desde una imaginación engañosa, y no con espíritu puro, sino errante. Y esto, en verdad, aparece claramente por el hecho de que hasta el día de hoy los endemoniados a veces son exorcizados en el nombre del Dios vivo y verdadero; y esos mismos espíritus del error confiesan que son demonios que también antaño inspiraron a estos escritores. Pero a veces algunos de ellos despertaron en el alma, y, para ser testigos tanto de sí mismos como de todos los hombres, hablaron cosas acordes con los profetas acerca de la monarquía de Dios, y del juicio y cosas semejantes.

    Capítulo 9. Los profetas inspirados por el Espíritu Santo

    II, 9

    Pero los hombres de Dios que llevaban en sí un espíritu santo y que se hacían profetas, inspirados y hechos sabios por Dios, llegaron a ser enseñados por Dios, y santos, y justos. Por lo cual fueron también considerados dignos de recibir esta recompensa: la de llegar a ser instrumentos de Dios, y contener la sabiduría que procede de Él, por la cual sabiduría pronunciaron tanto lo que tocaba a la creación del mundo como todas las demás cosas. Pues predijeron también pestilencias, y hambres, y guerras. Y no hubo uno o dos, sino muchos, en diversos tiempos y sazones entre los hebreos; y también entre los griegos hubo la Sibila; y todos hablaron cosas consistentes y armoniosas entre sí, tanto lo que aconteció antes de ellos como lo que aconteció en su propio tiempo, y lo que ahora se está cumpliendo en nuestro propio día: por lo cual estamos persuadidos también en cuanto a las cosas futuras de que se cumplirán, como también las primeras se han cumplido.

    Capítulo 10. El mundo creado por Dios mediante el Verbo

    II, 10

    Y primero nos enseñaron de común acuerdo que Dios hizo todas las cosas de la nada; pues nada era coetáneo con Dios: antes bien, siendo Él su propio lugar, sin carecer de nada, y existiendo antes de los siglos, quiso hacer al hombre por quien pudiera ser conocido; para él, pues, preparó el mundo. Porque el que es creado es también menesteroso; pero el que es increado de nada carece. Dios, pues, teniendo su propio Verbo interno dentro de sus propias entrañas, lo engendró, emitiéndolo junto con su propia sabiduría antes de todas las cosas. Tuvo este Verbo como colaborador en las cosas que fueron creadas por Él, y por Él hizo todas las cosas. Es llamado «principio rector» [[ἁρκή]], porque gobierna y es Señor de todas las cosas formadas por Él. Él, pues, siendo Espíritu de Dios, y principio rector, y sabiduría, y poder del Altísimo, descendió sobre los profetas, y mediante ellos habló de la creación del mundo y de todas las demás cosas. Pues los profetas no existían cuando el mundo llegó a la existencia, sino la sabiduría de Dios que estaba en Él, y su santo Verbo que siempre estaba presente con Él. Por lo cual habla así por el profeta Salomón: «Cuando preparaba los cielos, allí estaba yo; y cuando señalaba los fundamentos de la tierra, estaba yo junto a Él como un niño criado con Él.» Y Moisés, que vivió muchos años antes que Salomón, o, mejor dicho, el Verbo de Dios por medio de él como por un instrumento, dice: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» Primero nombró el «principio,» y la «creación,» y entonces introdujo así a Dios; pues no a la ligera ni en leve ocasión es lícito nombrar a Dios. Porque la sabiduría divina conoció de antemano que algunos frivolarían y nombrarían una multitud de dioses que no existen. Para que, pues, el Dios vivo pudiera ser conocido por sus obras, y para que [se supiera que] por su Verbo Dios creó los cielos y la tierra, y todo lo que en ellos hay, dijo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» Luego, habiendo hablado de su creación, nos explica: «Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.» Esto enseña la sagrada Escritura desde el comienzo, para mostrar que la materia, de la cual Dios hizo y formó el mundo, fue de algún modo creada, siendo producida por Dios.
    Comentario editorial · «De la nada», pero con una cautela
    Tres pasajes dicen que Dios hizo el mundo sin materia previa: II, 4 («de las cosas que no son crea… las cosas que son»), II, 10 («de la nada») y II, 13. En II, 4 y 10 el griego dice ex ouk ontōn (ἐξ οὐκ ὄντων), «de lo que no es»; «de la nada» es la forma del inglés. II, 4 va contra los platónicos, que ponen la materia «coetánea» con Dios y dejan sin establecer su «monarquía». Pero II, 10 termina diciendo que la materia con que Dios hizo el mundo «fue de algún modo creada» (hylē genētē). Wikipedia tiene II, 4 por la primera formulación explícita de la creatio ex nihilo. Eusebio dice que Teófilo escribió también contra Hermógenes (obra perdida); según Tertuliano (Contra Hermógenes 1), Hermógenes no admitía que Dios hubiera hecho todo de la nada.

    Capítulo 11. Descripción de la obra de los seis días

    II, 11

    Ahora bien, el principio de la creación es la luz; puesto que la luz manifiesta las cosas que son creadas. Por lo cual está dicho: «Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz; y vio Dios que la luz era buena,» manifiestamente hecha buena para el hombre. «Y dividió Dios la luz de las tinieblas; y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana el día primero. Y dijo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas: y fue así. E hizo Dios el firmamento, y dividió las aguas que estaban debajo del firmamento de las aguas que estaban sobre el firmamento. Y llamó Dios al firmamento Cielo: y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día segundo. Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo del cielo en un lugar, y descúbrase lo seco: y fue así. Y se juntaron las aguas en sus lugares, y se descubrió lo seco. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares: y vio Dios que era bueno. Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla según su género y según su semejanza, y árbol frutal que dé fruto según su género, cuya semilla está en sí mismo, según su semejanza: y fue así. Y produjo la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su género, y árbol frutal que da fruto, cuya semilla está en sí mismo, según su género, sobre la tierra: y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día tercero. Y dijo Dios: Haya lumbreras en el firmamento del cielo, para alumbrar sobre la tierra, para separar el día de la noche; y sean por señales, y por estaciones, y por días, y por años; y sean por lumbreras en el firmamento del cielo para alumbrar sobre la tierra: y fue así. E hizo Dios dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para regir el día, y la lumbrera menor para regir la noche: hizo también las estrellas. Y las puso Dios en el firmamento del cielo para alumbrar sobre la tierra, y para regir el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas: y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y la mañana el día cuarto. Y dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes que se mueven, y aves que vuelen sobre la tierra en el firmamento del cielo: y fue así. Y creó Dios los grandes cetáceos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su género: y vio Dios que era bueno. Y los bendijo Dios, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas del mar, y multiplíquense las aves en la tierra. Y fue la tarde y la mañana el día quinto. Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, ganado, y reptiles, y bestias de la tierra según su género: y fue así. E hizo Dios las bestias de la tierra según su género, y el ganado según su género, y todos los reptiles de la tierra. Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre el ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre: a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, diciendo: Sed fecundos, y multiplicaos, y llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todo ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra. Y dijo Dios: He aquí os he dado toda hierba que da semilla, que está sobre la faz de toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto de árbol que da semilla; a vosotros será para alimento, y a todas las bestias de la tierra, y a todas las aves del cielo, y a todo reptil que se arrastra sobre la tierra, en que hay aliento de vida; toda hierba verde para alimento: y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. Y fueron acabados los cielos y la tierra, y todo su ejército. Y en el día sexto acabó Dios sus obras que hizo, y reposó el día séptimo de todas sus obras que hizo. Y bendijo Dios el día séptimo, y lo santificó; porque en él reposó de todas sus obras que Dios comenzó a crear.»

    Capítulo 12. La gloria de la obra de los seis días

    II, 12

    De esta obra de los seis días ningún hombre puede dar una explicación y descripción digna de todas sus partes, ni aun teniendo diez mil lenguas y diez mil bocas; más aún, aunque viviera diez mil años, peregrinando en esta vida, ni aun así podría decir algo digno de estas cosas, a causa de la suma grandeza y riqueza de la sabiduría de Dios que hay en la obra de los seis días antes narrada. Muchos escritores, en verdad, han imitado [la narración] e intentado dar una explicación de estas cosas; sin embargo, aunque de allí derivaron algunas sugestiones, tanto acerca de la creación del mundo como de la naturaleza del hombre, no han emitido ni la más mínima chispa de verdad. Y las palabras de los filósofos, de los escritores y de los poetas tienen apariencia de credibilidad, por la belleza de su dicción; pero su discurso queda demostrado que es necio y vano, porque la multitud de sus frivolidades sin sentido es muy grande; y no se halla en ellos ni una brizna de verdad. Pues aunque parezca que han dicho alguna verdad, esta lleva mezcla de error. Y como una droga deletérea, mezclada con miel o vino, o con otra cosa, hace todo [el conjunto] dañino e inútil, así también la elocuencia en su caso resulta ser trabajo en vano; más aún, cosa perjudicial para quienes la creen. Además, [hablaron] acerca del séptimo día, que todos los hombres reconocen; pero los más no saben que lo que entre los hebreos se llama el «Sabbat» se traduce al griego como el «Séptimo» ([ἑβδομάς]), nombre adoptado por toda nación, aunque ignoran la razón de la denominación. Y en cuanto a lo que dice el poeta Hesíodo de que el Érebo fue producido del caos, así como la tierra y el amor que domina sobre sus [de Hesíodo] dioses y hombres, su afirmación se muestra vana y fría, y del todo ajena a la verdad. Pues no conviene que Dios sea vencido por el placer; ya que aun los hombres temperantes se abstienen de todo placer vil y de toda codicia perversa.

    Capítulo 13. Observaciones sobre la creación del mundo

    II, 13

    Además, su [de Hesíodo] concepción humana, mezquina y muy débil, en lo que respecta a Dios, se descubre en que comienza relatando la creación de todas las cosas a partir de las cosas terrenales de aquí abajo. Pues el hombre, estando abajo, empieza a edificar desde la tierra, y no puede hacer el techo en orden, a menos que primero haya puesto los cimientos. Pero el poder de Dios se muestra en esto: que, ante todo, Él crea de la nada, según su voluntad, las cosas que son hechas. «Porque lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.» [] Por lo cual, también el profeta mencionó que la creación de los cielos tuvo lugar ante todo, como una especie de techo, diciendo: «Al principio creó Dios los cielos» — es decir, que por medio del «primer» principio fueron hechos los cielos, como ya hemos mostrado. Y por «tierra» quiere decir el suelo y cimiento, como por «el abismo» quiere decir la multitud de las aguas; y habla de «tinieblas» a causa del cielo que Dios hizo cubriendo las aguas y la tierra como una tapa. Y por el Espíritu que se cierne sobre las aguas quiere decir aquel que Dios dio para animar la creación, como dio vida al hombre, mezclando lo fino con lo fino. Pues el Espíritu es fino, y el agua es fina, para que el Espíritu alimente al agua, y el agua, penetrando por todas partes junto con el Espíritu, alimente la creación. Pues el Espíritu, siendo uno y ocupando el lugar de la luz, estaba entre el agua y el cielo, para que las tinieblas no se comunicaran de ningún modo con el cielo, que estaba más cerca de Dios, antes de que Dios dijera: «Sea la luz.» El cielo, pues, siendo como una cubierta en forma de cúpula, abarcaba la materia, que era como un terrón. Y así otro profeta, de nombre Isaías, habló con estas palabras: «Es Dios quien hizo los cielos como bóveda, y los extendió como tienda para habitar.» [] El mandato, pues, de Dios, es decir, su Palabra, brillando como una lámpara en una cámara cerrada, iluminó todo lo que estaba debajo del cielo, cuando hubo hecho la luz separada del mundo. Y a la luz llamó Dios Día, y a las tinieblas Noche. Puesto que el hombre no habría podido llamar a la luz Día, ni a las tinieblas Noche, ni, en verdad, dar nombres a las demás cosas, si no hubiera recibido de Dios la nomenclatura, que hizo las cosas mismas. En el mismo principio, pues, de la historia y génesis del mundo, la santa Escritura no habló de este firmamento [que vemos], sino de otro cielo, que nos es invisible, según el cual este cielo que vemos ha sido llamado «firmamento», y al cual fue tomada la mitad del agua para que sirviera de lluvias, aguaceros y rocíos a los hombres. Y la mitad del agua fue dejada en la tierra para ríos, fuentes y mares. El agua, pues, cubriendo toda la tierra, y especialmente sus lugares huecos, Dios, mediante su Palabra, hizo luego que las aguas se reunieran en una sola reunión, y que la tierra seca se hiciera visible, la cual antes había sido invisible. La tierra, haciéndose así visible, estaba aún sin forma. Dios, por tanto, la formó y adornó con toda clase de hierbas, y semillas y plantas.

    Capítulo 14. El mundo comparado con el mar

    II, 14

    Considera, además, su variedad, y diversa hermosura, y multitud, y cómo por medio de ellas se exhibe la resurrección, como figura de la resurrección de todos los hombres que ha de venir. Pues ¿quién que lo considere no se maravillará de que una higuera sea producida de una semilla de higo, o de que árboles muy grandes crezcan de las otras semillas muy pequeñas? Y decimos que el mundo se asemeja al mar. Pues como el mar, si no tuviera el flujo y el suministro de los ríos y de las fuentes para alimentarlo, hace tiempo que se habría secado a causa de su salinidad; así también el mundo, si no tuviera la Ley de Dios y a los profetas fluyendo y manando dulzura, y compasión, y justicia, y la doctrina de los santos mandamientos de Dios, hace tiempo que habría venido a ruina, a causa de la maldad y el pecado que abundan en él. Y como en el mar hay islas, algunas de ellas habitables, y bien regadas, y fructíferas, con puertos y abrigos en los cuales los sacudidos por la tormenta pueden hallar refugio; así Dios ha dado al mundo, agitado y sacudido por tempestades de pecados, asambleas — queremos decir, iglesias santas — en las cuales sobreviven las doctrinas de la verdad, como en los puertos-islas de buen anclaje; y a estas corren los que desean ser salvos, siendo amantes de la verdad, y queriendo escapar de la ira y del juicio de Dios. Y como, además, hay otras islas, rocosas y sin agua, y estériles, e infestadas por fieras, e inhabitables, y que sirven solo para dañar a los navegantes y a los sacudidos por la tormenta, en las cuales los barcos naufragan, y los arrojados entre ellas perecen; así hay doctrinas de error — me refiero a las herejías — que destruyen a quienes se acercan a ellas. Porque no se guían por la palabra de verdad; sino que, como piratas, cuando han llenado sus embarcaciones, las conducen contra los lugares antes mencionados, para despojarlos: así también sucede en el caso de los que yerran de la verdad, que son todos totalmente arruinados por su error.
    Comentario editorial · Génesis 1 leído por «tipos»
    Hasta II, 17 Teófilo lee la obra de los seis días como un conjunto de «tipos», signos de otra cosa. El mar es el mundo; las islas con puerto, «las santas iglesias»; las islas rocosas, «las herejías» (II, 14). En el cuarto día, el sol es tipo de Dios, la luna del hombre, las estrellas fijas de los profetas y los planetas «errantes» de los que se apartan de Dios (II, 15); las aguas del quinto anuncian «el lavacro de la regeneración» (II, 16) y las fieras del sexto, a los hombres que no conocen a Dios (II, 17). El texto no justifica el método: lo aplica. No es un hexamerón propiamente dicho: para Wikipedia, el primero de ese género cristiano es el de Basilio de Cesarea. Lo que hay es un comentario seguido a Génesis 1–11 (II, 10–32) de un autor del siglo II.

    Capítulo 15. Del cuarto día

    II, 15

    En el cuarto día fueron hechas las lumbreras; porque Dios, que posee presciencia, conocía las necedades de los vanos filósofos, que iban a decir que las cosas que crecen sobre la tierra son producidas por los cuerpos celestes, para excluir a Dios. Para que, pues, la verdad fuera manifiesta, las plantas y las semillas fueron producidas antes que los cuerpos celestes, porque lo posterior no puede producir lo que es anterior. Y estas contienen la figura y el tipo de un gran misterio. Porque el sol es tipo de Dios, y la luna del hombre. Y como el sol supera con mucho a la luna en poder y gloria, así supera Dios al hombre. Y como el sol permanece siempre lleno, sin disminuir jamás, así Dios permanece siempre perfecto, estando lleno de todo poder, y entendimiento, y sabiduría, y inmortalidad, y todo bien. Pero la luna mengua mensualmente, y en cierto modo muere, siendo tipo del hombre; luego nace de nuevo, y es creciente, para figura de la resurrección futura. De manera semejante, también los tres días que hubo antes de las lumbreras son tipos de la Trinidad, de Dios, y de su Palabra, y de su sabiduría. Y el cuarto es tipo del hombre, que necesita luz, para que así haya Dios, la Palabra, la sabiduría, el hombre. Por lo cual también en el cuarto día fueron hechas las luces. La disposición de las estrellas, asimismo, contiene un tipo del orden y disposición de los justos y piadosos, y de los que guardan la ley y los mandamientos de Dios. Porque las estrellas brillantes y resplandecientes son imitación de los profetas, y por eso permanecen fijas, sin declinar ni pasar de un lugar a otro. Y las que ocupan el segundo lugar en brillo son tipos del pueblo de los justos. Y las que, en cambio, cambian de posición, y huyen de un lugar a otro, llamadas también planetas, son ellas asimismo tipo de los hombres que se han apartado de Dios, abandonando su ley y sus mandamientos.
    Comentario editorial · «Tríada»: Dios, su Verbo y su Sabiduría
    «Tipos de la Trinidad» traduce el griego triás (τριάς, «tríada»). Lo que el texto nombra es «Dios, su Palabra y su sabiduría»; el cuarto día añade al hombre. No aparece «Padre, Hijo y Espíritu Santo». El editor estadounidense anota que es «el uso más antiguo» de la palabra y que Teófilo no la presenta como novedad; Wikipedia dice que es la obra cristiana conservada más antigua que la emplea. Que «sabiduría» sea aquí el Espíritu, como entiende el editor citando a Kaye, no lo dice el texto: en II, 10 y 22 el Verbo mismo es «sabiduría». Wikipedia ve esa identificación en cómo Teófilo lee en I, 7 (32:6 en la numeración griega) y cita a Ireneo, que sobre el mismo versículo llama al Espíritu «Sabiduría de Dios». Una nota de Dods avisa de que en esta frase sigue la lectura de Wolf.

    Capítulo 16. Del quinto día

    II, 16

    En el quinto día fueron producidos los seres vivientes que proceden de las aguas, mediante los cuales se revela también la multiforme sabiduría de Dios en estas cosas; pues ¿quién podría contar su multitud y sus muy diversos géneros? Además, las cosas que proceden de las aguas fueron bendecidas por Dios, para que esto también fuera señal de que los hombres están destinados a recibir el arrepentimiento y la remisión de los pecados, mediante el agua y el lavacro de la regeneración; cuantos vienen a la verdad, y nacen de nuevo, y reciben bendición de Dios. Pero los monstruos del abismo y las aves de rapiña son semejanza de los hombres codiciosos y de los transgresores. Porque así como los peces y las aves son de una misma naturaleza — unos ciertamente permanecen en su estado natural, y no dañan a los más débiles que ellos, sino que guardan la ley de Dios, y comen de las semillas de la tierra; otros, en cambio, transgreden la ley de Dios, y comen carne, y dañan a los más débiles que ellos: así también los justos, guardando la ley de Dios, no muerden ni dañan a nadie, sino que viven santa y justamente. Pero los ladrones, y homicidas, y las personas impías son como los monstruos del abismo, y las fieras, y las aves de rapiña; porque virtualmente devoran a los más débiles que ellos. La raza, pues, de los peces y de los reptiles, aunque participa de la bendición de Dios, no recibió propiedad muy distintiva.

    Capítulo 17. Del sexto día

    II, 17

    Y en el sexto día, habiendo hecho Dios los cuadrúpedos, y las fieras, y los reptiles de la tierra, no pronunció bendición sobre ellos, reservando su bendición para el hombre, a quien estaba a punto de crear en el sexto día. Los cuadrúpedos, asimismo, y las fieras, fueron hechos como tipo de algunos hombres, que ni conocen ni adoran a Dios, sino que piensan en las cosas terrenales, y no se arrepienten. Pues los que se apartan de sus iniquidades y viven rectamente, en espíritu vuelan hacia lo alto como las aves, y piensan en las cosas de arriba, y son agradables a la voluntad de Dios. Pero los que no conocen ni adoran a Dios son como aves que tienen alas, pero no pueden volar ni remontarse a las cosas altas de Dios. Así, también, aunque a tales personas se las llame hombres, estando oprimidas por los pecados, piensan en cosas rastreras y terrenales. Y los animales son llamados fieras [[θηρία]], de ser cazados [[θηρεύεσθαι]], no como si hubieran sido hechos malos o venenosos desde el principio — porque nada fue hecho malo por Dios, sino todas las cosas buenas, sí, muy buenas —, sino que el pecado en el que el hombre incurrió trajo el mal sobre ellos. Pues cuando el hombre transgredió, ellos también transgredieron con él. Porque así como, si el amo de la casa obra rectamente, los domésticos también se conducen bien por necesidad; pero si el amo peca, los siervos también pecan con él; de igual manera sucedió que, en el caso del pecado del hombre, siendo él amo, todo lo que le estaba sujeto pecó con él. Por tanto, cuando el hombre haya emprendido de nuevo el camino de regreso a su condición natural, y ya no haga el mal, también aquellos serán restaurados a su mansedumbre original.

    Capítulo 18. La creación del hombre

    II, 18

    Pero en lo que se refiere a la creación del hombre, su propia creación no puede ser explicada por el hombre, aunque es un relato sucinto de ella lo que da la santa Escritura. Pues cuando Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza», primero da a entender la dignidad del hombre. Porque Dios, habiendo hecho todas las cosas por su Palabra, y habiéndolas considerado todas como meras obras accesorias, considera la creación del hombre como la única obra digna de sus propias manos. Además, se halla a Dios, como si necesitara ayuda, diciendo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza.» Pero a nadie más que a su propia Palabra y sabiduría dijo: «Hagamos.» Y cuando lo hubo hecho y bendecido, para que creciera y llenara la tierra, puso todas las cosas bajo su dominio, y a su servicio; y dispuso desde el principio que hallara alimento de los frutos de la tierra, y de semillas, y hierbas, y bellotas, habiendo al mismo tiempo dispuesto que los animales fueran de costumbres semejantes a las del hombre, para que también ellos comieran de las semillas de la tierra.

    Capítulo 19. El hombre es puesto en el Paraíso

    II, 19

    Habiendo completado así Dios los cielos, y la tierra, y el mar, y todo lo que en ellos hay, en el sexto día, reposó el séptimo día de todas sus obras que había hecho. Entonces la santa Escritura da un resumen con estas palabras: «Este es el libro de la generación de los cielos y de la tierra, cuando fueron creados, en el día en que el Señor hizo los cielos y la tierra, y toda planta verde del campo, antes que fuese hecha, y toda hierba del campo antes que creciera. Porque Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para labrar el suelo.» [] Con esto nos significa que toda la tierra era entonces regada por una fuente divina, y no tenía necesidad de que el hombre la labrara; sino que la tierra producía todas las cosas espontáneamente por mandato de Dios, para que el hombre no se fatigara labrándola. Pero para que la creación del hombre quedara clara, de modo que no pareciera existir entre los hombres un problema insoluble, puesto que Dios había dicho: «Hagamos al hombre;» y puesto que su creación no había sido aún relatada claramente, la Escritura nos enseña, diciendo: «Y subía de la tierra una fuente, y regaba la faz de toda la tierra; y Dios hizo al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su rostro aliento de vida, y fue el hombre un alma viviente.» De donde también por muchísimas personas es llamada inmortal el alma. Y después de la formación del hombre, Dios escogió para él una región entre los lugares del Oriente, excelente por su luz, resplandeciente con una atmósfera muy luminosa, [abundante] en las plantas más hermosas; y en esta colocó al hombre.

    Capítulo 20. El relato escriturístico del Paraíso

    II, 20

    La Escritura refiere así las palabras de la historia sagrada: «Y plantó Dios un paraíso, al oriente, en Edén; y puso allí al hombre que había formado. Y de la tierra hizo brotar Dios todo árbol agradable a la vista y bueno para comer; asimismo el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Y salía de Edén un río para regar el jardín, y de allí se repartía en cuatro brazos. El nombre del primero es Pisón: este es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro; y el oro de aquella tierra es bueno, y hay bedelio y piedra de ónice. Y el nombre del segundo río es Gihón: este es el que rodea toda la tierra de Etiopía. Y el tercer río es Tigris: este es el que va hacia Siria. Y el cuarto río es Éufrates. Y tomó el Señor Dios al hombre que había hecho, y lo puso en el jardín, para que lo labrara y lo guardara. Y mandó Dios a Adán, diciendo: De todo árbol del jardín podrás comer libremente; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás; porque el día que comas de él, ciertamente morirás. Y dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda idónea para él. Y de la tierra formó Dios todas las bestias del campo, y todas las aves del cielo, y las trajo a Adán. Y todo lo que Adán llamó a cada ser viviente, ese fue su nombre. Y puso Adán nombre a todos los ganados, y a las aves del aire, y a todas las bestias del campo. Pero para Adán no se halló ayuda idónea para él. Y Dios hizo caer un éxtasis sobre Adán, y se durmió; y tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que el Señor Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo a Adán. Y dijo Adán: Esta es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne; esta será llamada Mujer, porque del hombre fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.»

    Capítulo 21. De la caída del hombre

    II, 21

    «Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?" Y la mujer respondió a la serpiente: "Del fruto de los árboles del huerto comemos; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis". Entonces la serpiente dijo a la mujer: "No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como dioses, sabiendo el bien y el mal". Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella. Y fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales. Y oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Mas el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: "¿Dónde estás tú?" Y él respondió: "Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí". Y Dios le dijo: "¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?" Y el hombre respondió: "La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí". Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: "¿Qué es lo que has hecho?" Y dijo la mujer: "La serpiente me engañó, y comí". Y el Señor Dios dijo a la serpiente: "Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida; y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar". A la mujer dijo: "Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti". Y al hombre dijo: "Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás".» Tal es el relato que da la sagrada Escritura de la historia del hombre y del Paraíso.

    Capítulo 22. Por qué se dice que Dios se paseaba

    II, 22

    Me dirás, entonces: «Has dicho que Dios no debe ser contenido en un lugar, ¿y cómo dices ahora que se paseaba en el Paraíso?» Escucha lo que digo. El Dios y Padre de todas las cosas, ciertamente, no puede ser contenido, ni se halla en un lugar, porque no hay lugar de su descanso; pero su Palabra, por medio de la cual hizo todas las cosas, siendo su poder y su sabiduría, asumiendo la persona del Padre y Señor de todo, vino al huerto en la persona de Dios, y conversó con Adán. Pues la misma escritura divina nos enseña que Adán dijo que había oído la voz. Pero ¿qué otra cosa es esta voz sino la Palabra de Dios, que es también su Hijo? No como los poetas y escritores de mitos hablan de los hijos de los dioses engendrados por ayuntamiento [con mujeres], sino como la verdad expone, la Palabra, que existe siempre, reside dentro del corazón de Dios. Porque antes de que cosa alguna llegara a ser, lo tenía a Él como consejero, siendo su propia mente y pensamiento. Pero cuando Dios quiso hacer todo lo que había determinado, engendró esta Palabra, proferida, primogénita de toda la creación, no vaciándose a sí mismo de la Palabra [la Razón], sino habiendo engendrado la Razón, y conversando siempre con su Razón. Y por eso las santas escrituras nos enseñan, y todos los hombres portadores del espíritu [inspirados], uno de los cuales, Juan, dice: «En el principio era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios,» [] mostrando que al principio Dios estaba solo, y la Palabra en Él. Luego dice: «La Palabra era Dios; todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho.» La Palabra, entonces, siendo Dios, y siendo producida naturalmente de Dios, cuando el Padre del universo quiere, la envía a cualquier lugar; y ella, viniendo, es oída y vista, siendo enviada por Él, y se halla en un lugar.
    Comentario editorial · Verbo «interno» y Verbo «proferido»
    Dos palabras griegas que el texto traducido no muestra marcan los dos tiempos del Verbo: endiáthetos, «interno», el Verbo que Dios tenía «dentro de sus propias entrañas» (II, 10), y prophorikós, «proferido» (II, 22). Antes de crear, Dios tenía a su Verbo como «consejero», «su propia mente y pensamiento»; cuando quiso hacer lo que había determinado, «engendró esta Palabra, proferida», sin vaciarse él de la Razón. El editor estadounidense anota que Teófilo es el primer autor que distingue los dos estados. El mismo capítulo dice que el Verbo, «asumiendo la persona (prósōpon) del Padre», paseó por el Paraíso y habló con Adán, porque el Padre no cabe en un lugar. Lectura del editor: la generación del Verbo va aquí unida a la decisión de crear, una forma de hablar que los artículos sobre la generación eterna y el subordinacionismo sitúan antes de Nicea.

    Capítulo 23. La verdad del relato del Génesis

    II, 23

    Al hombre, pues, lo hizo Dios en el sexto día, y dio a conocer esta creación después del séptimo día, cuando también hizo el Paraíso, para que estuviera en un lugar mejor y notoriamente superior. Y que esto es verdad, el hecho mismo lo prueba. Porque ¿cómo es posible no ver que los dolores que padecen las mujeres en el parto, y el olvido de sus trabajos que después gozan, son enviados para que la palabra de Dios se cumpla, y para que el linaje de los hombres aumente y se multiplique? ¿Y no vemos también el juicio de la serpiente —cuán odiosamente se arrastra sobre su vientre y come el polvo— para que tengamos también esto como prueba de las cosas dichas en otro tiempo?

    Capítulo 24. La hermosura del Paraíso

    II, 24

    Dios, pues, hizo brotar de la tierra todo árbol hermoso a la vista, o bueno para comer. Porque al principio solo existían las cosas que fueron producidas en el tercer día —plantas, y semillas, y hierbas—; pero las cosas que estaban en el Paraíso fueron hechas de una hermosura y belleza superiores, puesto que en él se dice que las plantas fueron plantadas por Dios. En cuanto a las demás plantas, ciertamente, el mundo contenía plantas semejantes; pero los dos árboles —el árbol de la vida y el árbol del conocimiento— no los poseía el resto de la tierra, sino solo el Paraíso. Y que el Paraíso es tierra, y está plantado sobre la tierra, lo afirma la Escritura, diciendo: [] «Y plantó el Señor Dios un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre; y el Señor Dios hizo nacer de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer.» Por las expresiones, pues, «de la tierra,» y «al oriente,» la santa escritura nos enseña claramente que el Paraíso está debajo de este cielo, bajo el cual están el oriente y la tierra. Y la palabra hebrea Edén significa «delicia.» Y se significó que un río salía de Edén para regar el Paraíso, y que después se divide en cuatro brazos; de los cuales los dos llamados Pisón y Gihón riegan las partes orientales, especialmente el Gihón, que rodea toda la tierra de Etiopía, y que, según dicen, reaparece en Egipto con el nombre de Nilo. Y los otros dos ríos nos son manifiestamente reconocibles —los llamados Tigris y Éufrates—, pues estos limitan con nuestras propias regiones. Y habiendo Dios puesto al hombre en el Paraíso, como se ha dicho, para que lo labrara y lo guardara, le mandó comer de todos los árboles —manifiestamente también del árbol de la vida—; pero solo del árbol del conocimiento le mandó no gustar. Y Dios lo trasladó de la tierra, de la cual había sido producido, al Paraíso, dándole medios de adelantamiento, a fin de que, madurando y haciéndose perfecto, y siendo declarado incluso un dios, pudiera así ascender al cielo en posesión de la inmortalidad. Pues el hombre había sido hecho una naturaleza intermedia, ni del todo mortal, ni del todo inmortal, sino capaz de ambas; así también el lugar, el Paraíso, fue hecho en cuanto a la belleza intermedio entre la tierra y el cielo. Y con la expresión, «labrarlo,» no se da a entender ningún otro trabajo que la observancia del mandamiento de Dios, no sea que, desobedeciendo, se destruyera a sí mismo, como en efecto se destruyó, por el pecado.

    Capítulo 25. Dios fue justificado al prohibir al hombre comer del árbol del conocimiento

    II, 25

    El árbol del conocimiento en sí mismo era bueno, y su fruto era bueno. Pues no era el árbol, como algunos piensan, sino la desobediencia, lo que tenía en sí la muerte. Porque no había en el fruto otra cosa que solo conocimiento; pero el conocimiento es bueno cuando uno lo usa con discreción. Pero Adán, siendo aún un infante en edad, era por esto incapaz todavía de recibir dignamente el conocimiento. Pues también ahora, cuando nace un niño, no es capaz al punto de comer pan, sino que se alimenta primero con leche, y luego, con el incremento de los años, avanza al alimento sólido. Así, pues, habría sido también con Adán; porque no como quien le escatimara, como algunos suponen, le mandó Dios no comer del conocimiento. Sino que quería también ponerlo a prueba, si era sumiso a su mandamiento. Y al mismo tiempo quería que el hombre, infante como era, permaneciera por algún tiempo más simple y sincero. Porque esto es santo, no solo ante Dios, sino también ante los hombres: que en simplicidad y sencillez se rinda sujeción a los padres. Pero si es recto que los hijos estén sujetos a los padres, ¿cuánto más al Dios y Padre de todas las cosas? Además, es indecoroso que los niños en la infancia sean sabios más allá de sus años; porque así como en la estatura se crece con un progreso ordenado, así también en la sabiduría. Pero así como cuando una ley ha mandado la abstinencia de algo, y alguno no ha obedecido, es evidente que no es la ley la que causa el castigo, sino la desobediencia y la transgresión; —pues un padre a veces impone a su propio hijo la abstinencia de ciertas cosas, y cuando no obedece la orden paterna, es azotado y castigado por causa de la desobediencia; y en este caso las acciones mismas no son la [causa de los] azotes, sino que la desobediencia procura el castigo a quien desobedece— así también para el primer hombre, la desobediencia le procuró su expulsión del Paraíso. No, pues, como si hubiera algún mal en el árbol del conocimiento; sino de su desobediencia sacó el hombre, como de una fuente, trabajo, dolor, aflicción y, al fin, cayó presa de la muerte.

    Capítulo 26. La bondad de Dios al expulsar al hombre del Paraíso

    II, 26

    Y Dios mostró gran bondad para con el hombre en esto: en que no permitió que permaneciera en el pecado para siempre; sino que, como por una especie de destierro, lo arrojó fuera del Paraíso, a fin de que, habiendo expiado mediante el castigo, dentro de un tiempo señalado, el pecado, y habiendo sido disciplinado, fuera después restaurado. Por lo cual también, cuando el hombre fue formado en este mundo, está místicamente escrito en el Génesis, como si hubiera sido puesto dos veces en el Paraíso; de modo que la una se cumplió cuando fue puesto allí, y la segunda se cumplirá después de la resurrección y del juicio. Porque así como una vasija, cuando al ser modelada tiene algún defecto, es remodelada o rehecha, para que llegue a ser nueva y entera; así también le sucede al hombre por la muerte. Pues de algún modo es quebrantado, para resucitar entero en la resurrección; quiero decir sin mancha, y justo, e inmortal. Y en cuanto al llamamiento de Dios, y al decir: "¿Dónde estás, Adán?", Dios hizo esto, no como ignorándolo; sino que, siendo longánimo, le dio oportunidad de arrepentimiento y confesión.

    Capítulo 27. La naturaleza del hombre

    II, 27

    Pero alguno nos dirá: ¿Fue hecho el hombre mortal por naturaleza? Ciertamente no. ¿Era, entonces, inmortal? Tampoco afirmamos esto. Pero alguno dirá: ¿Era, entonces, nada? Ni siquiera esto da en el blanco. Era por naturaleza ni mortal ni inmortal. Porque si lo hubiera hecho inmortal desde el principio, lo habría hecho Dios. Y si lo hubiera hecho mortal, Dios parecería ser la causa de su muerte. Ni inmortal, pues, ni mortal lo hizo, sino, como hemos dicho arriba, capaz de ambas cosas; de modo que si se inclinara a las cosas de la inmortalidad, guardando el mandamiento de Dios, recibiera de Él como recompensa la inmortalidad, y llegara a ser Dios; pero si, por el contrario, se volviera a las cosas de la muerte, desobedeciendo a Dios, él mismo sería causa de muerte para sí mismo. Porque Dios hizo al hombre libre, y con poder sobre sí mismo. Aquello, pues, que el hombre atrajo sobre sí por su descuido y desobediencia, esto le concede ahora Dios como don por su propia filantropía y piedad, cuando los hombres le obedecen. Pues así como el hombre, desobedeciendo, atrajo la muerte sobre sí; así, obedeciendo la voluntad de Dios, el que lo desea puede procurarse la vida eterna. Porque Dios nos ha dado una ley y santos mandamientos; y todo el que los guarda puede salvarse y, obteniendo la resurrección, puede heredar la incorrupción.
    Comentario editorial · Ni mortal ni inmortal
    A la pregunta de si el hombre fue hecho mortal o inmortal, Teófilo responde que ninguna de las dos cosas, sino «capaz de ambas» (II, 27); ya había dicho que Adán fue hecho de «naturaleza intermedia» (II, 24). Hecho inmortal desde el principio, habría sido hecho Dios; hecho mortal, Dios sería causa de su muerte. Guardar el mandamiento le valdría la inmortalidad como recompensa y el «llegar a ser Dios»; desobedecer, la muerte, de la que él mismo sería causa. En II, 25 Adán es aún un «infante en edad», a quien no convenía el conocimiento. El editor estadounidense subraya la frase «Dios hizo al hombre libre, y con poder sobre sí mismo» (griego eleútheron kai autexoúsion). Wikipedia en español resume la idea: la inmortalidad del alma no es inherente, sino recompensa de la obediencia.

    Capítulo 28. Por qué Eva fue formada de la costilla de Adán

    II, 28

    Y habiendo sido arrojado Adán del Paraíso, en esta condición conoció a Eva su mujer, a quien Dios había formado como esposa para él de su costilla. Y esto lo hizo, no como si fuera incapaz de hacer a su esposa por separado, sino que Dios sabía de antemano que el hombre invocaría a un número de dioses. Y teniendo esta presciencia, y sabiendo que por medio de la serpiente el error introduciría un número de dioses que no existían —pues no habiendo más que un solo Dios, aun entonces el error se esforzaba por diseminar una multitud de dioses, diciendo: «Seréis como dioses;» — para que no se supusiera, pues, que un dios hizo al hombre y otro a la mujer, por eso los hizo a ambos; y Dios hizo a la mujer junto con el hombre, no solo para que así se mostrara el misterio del gobierno único de Dios, sino también para que su mutuo afecto fuera mayor. Por eso dijo Adán a Eva: «Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne.» Y además, profetizó, diciendo: «Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y serán los dos una sola carne;» lo cual tiene también su cumplimiento en nosotros mismos. Porque ¿quién que se casa legítimamente no desprecia a su madre y a su padre, y a toda su parentela, y a toda su casa, uniéndose y haciéndose uno con su propia esposa, prefiriéndola con afecto? De modo que a menudo, por causa de sus esposas, algunos se someten incluso a la muerte. Esta Eva, por haber sido engañada en el principio por la serpiente, y haberse hecho autora del pecado, el demonio malvado, que también es llamado Satanás, que entonces le habló por medio de la serpiente, y que obra aun hasta hoy en los hombres que son poseídos por él, invoca como Eva. Y es llamado «demonio» y «dragón,» a causa de su [[ἀποδεδρακέναι]] rebelión contra Dios. Pues al principio era un ángel. Y acerca de su historia hay mucho que decir; por lo cual omito por ahora el relato de ella, pues también he dado cuenta de él en otro lugar.

    Capítulo 29. El crimen de Caín

    II, 29

    Cuando, pues, Adán conoció a Eva su mujer, ella concibió y dio a luz un hijo, cuyo nombre fue Caín; y dijo: «He adquirido un varón de parte de Dios.» Y luego dio a luz un segundo hijo, cuyo nombre fue Abel, «que comenzó a ser pastor de ovejas, pero Caín labraba la tierra.» [] Su historia recibe una narración muy completa, sí, incluso una explicación detallada: por lo cual el libro mismo, que se titula «El Génesis del Mundo,» puede informar con más exactitud a los que están ansiosos de aprender su historia. Cuando, pues, Satanás vio a Adán y a su esposa no solo viviendo todavía, sino también engendrando hijos —llevado por el rencor, porque no había logrado darles muerte— cuando vio que Abel era agradable a Dios, obró sobre el corazón de su hermano llamado Caín, y lo indujo a matar a su hermano Abel. Y así tuvo la muerte un comienzo en este mundo, para abrirse camino en toda raza de hombres, aun hasta el día de hoy. Pero Dios, siendo piadoso, y queriendo conceder a Caín, como a Adán, una oportunidad de arrepentimiento y confesión, dijo: «¿Dónde está Abel tu hermano?» Pero Caín respondió a Dios con contumacia, diciendo: «No sé; ¿soy yo acaso guardián de mi hermano?» Dios, irritado así con él, dijo: «¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Gemido y temblor serás sobre la tierra.» Desde aquel tiempo la tierra, por temor, ya no recibe sangre humana, no, ni siquiera la sangre de ningún animal; por lo cual se ve que no es la causa [de la muerte], sino el hombre, el que transgredió.

    Capítulo 30. La familia de Caín y sus invenciones

    II, 30

    Caín también tuvo un hijo, cuyo nombre era Enoc; y edificó una ciudad, a la que llamó con el nombre de su hijo, Enoc. Desde entonces hubo un comienzo de la edificación de ciudades, y esto antes del diluvio; no como falsamente dice Homero: —
    Aún no habían los hombres edificado una ciudad.
    Y a Enoc le nació un hijo, de nombre Gaidad; quien engendró un hijo llamado Meel; y Meel engendró a Matusalén; y Matusalén, a Lamec. Y Lamec tomó para sí dos mujeres, cuyos nombres eran Ada y Zila. En aquel tiempo hubo un comienzo de la poligamia, y también de la música. Pues Lamec tuvo tres hijos: Jabal, Jubal, Tubal. Y Jabal llegó a ser pastor de ganado, y habitó en tiendas; pero Jubal es quien dio a conocer el salterio y el arpa; y Tubal llegó a ser herrero, forjador en bronce y hierro. Hasta aquí queda registrada la descendencia de Caín; y en cuanto al resto, la simiente de su linaje se ha hundido en el olvido, a causa del fratricidio de su hermano. Y, en lugar de Abel, Dios concedió a Eva concebir y dar a luz un hijo, que fue llamado Set; de quien procede el resto del género humano hasta ahora. Y a quienes desean ser informados acerca de todas las generaciones, es fácil dar explicaciones por medio de las santas Escrituras. Pues, como ya hemos mencionado, este asunto, el orden de la genealogía del hombre, ha sido tratado en parte por nosotros en otro discurso, en el primer libro de La Historia. Y todas estas cosas nos las enseña el Espíritu Santo, que habla por medio de Moisés y de los demás profetas, de modo que los escritos que nos pertenecen a nosotros, pueblo piadoso, son más antiguos, sí, y se demuestran más veraces, que todos los escritores y poetas. Pero también, en cuanto a la música, algunos han fabulado que Apolo fue su inventor, y otros dicen que Orfeo descubrió el arte de la música a partir de las dulces voces de las aves. Su relato se muestra vacío y vano, pues estos inventores vivieron muchos años después del diluvio. Y lo que se refiere a Noé, a quien algunos llaman Deucalión, ha sido explicado por nosotros en el libro antes mencionado, el cual, si lo deseas, tienes libertad de leer.
    Comentario editorial · Una «Historia» que no se conserva
    En II, 30 Teófilo remite a otra obra suya: el orden de la genealogía del hombre, dice, «ha sido tratado en parte por nosotros en otro discurso, en el primer libro de La Historia», donde también explicó lo de Noé, a quien algunos llaman Deucalión. Esa obra no se conserva. Tampoco las que le atribuyen otros: Eusebio menciona un discurso contra Marción «de mérito nada común», otro contra la herejía de Hermógenes y «libros catequéticos» (Hist. ecl. IV, 24); Jerónimo dice que el libro contra Marción aún existía y añade unos comentarios al Evangelio y a los Proverbios que no le parecen del mismo estilo (De viris illustribus 25). Según la Catholic Encyclopedia, de su comentario a una armonía de los Evangelios solo sobrevive una cita larga en la carta de Jerónimo a Algasia.

    Capítulo 31. La historia después del diluvio

    II, 31

    Después del diluvio hubo de nuevo un comienzo de ciudades y reyes, del modo siguiente:— La primera ciudad fue Babilonia, y Erec, y Acad, y Calneh, en la tierra de Sinar. Y su rey se llamaba Nebroth [Nimrod]. De estos procedió Asur, de quien también los asirios reciben su nombre. Y Nimrod edificó las ciudades Nínive y Rehobot, y Cálaj, y Resen, entre Nínive y Cálaj; y Nínive llegó a ser una ciudad muy grande. Y otro hijo de Sem, hijo de Noé, de nombre Mizraim, engendró a Ludim, y a los llamados Anamim, y Lehabim, y Naphtuhim, y Pathrusim, y Casluhim, de quienes procedieron los filisteos. De los tres hijos de Noé, sin embargo, y de su muerte y genealogía, hemos dado un registro compendioso en el libro arriba mencionado. Pero ahora mencionaremos los hechos restantes, tanto acerca de las ciudades y los reyes, como de las cosas que sucedieron cuando había una sola habla y una sola lengua. Antes de la división de las lenguas existían estas ciudades antes mencionadas. Pero cuando los hombres estaban a punto de ser dispersados, tomaron consejo por su propio juicio, y no por instigación de Dios, para edificar una ciudad, una torre cuya cúspide pudiera alcanzar el cielo, para hacerse un nombre glorioso. Puesto que, por tanto, habían osado, contra la voluntad de Dios, emprender una obra grandiosa, Dios destruyó su ciudad y derribó su torre. Desde entonces confundió las lenguas de los hombres, dando a cada uno un dialecto diferente. Y de modo semejante habló la Sibila, cuando declaró que la ira vendría sobre el mundo. Dice:—
    Cuando se cumplan las amenazas del gran Dios,
    con las que amenazó a los hombres, cuando antaño
    en tierra asiria edificaron una torre,
    y todos eran de una sola lengua, y quisieron elevarse
    hasta trepar al cielo estrellado,
    entonces el Inmortal desató un viento poderoso
    y puso sobre ellos dura necesidad;
    Pues cuando el viento derribó la poderosa torre,
    entonces surgió entre los hombres fiera contienda y odio.
    Una sola habla se cambió en muchos dialectos,
    y la tierra se llenó de tribus y reyes diversos.
    Y así sucesivamente. Estas cosas, pues, sucedieron en la tierra de los caldeos. Y en la tierra de Canaán había una ciudad, de nombre Harán. Y en estos días, Faraón, a quien los egipcios llamaban también Necao, fue el primer rey de Egipto, y así se sucedieron los reyes. Y en la tierra de Sinar, entre los llamados caldeos, el primer rey fue Arioc, y después de él Elasar, y tras él Quedorlaomer, rey de Elam, y después de él Tidal, rey de las naciones llamadas asirios. Y había otras cinco ciudades en el territorio de Cam, hijo de Noé; la primera llamada Sodoma, luego Gomorra, Adma, Zeboím y Bala, la cual se llamaba también Zoar. Y los nombres de sus reyes son estos: Bera, rey de Sodoma; Birsa, rey de Gomorra; Sinab, rey de Adma; Semeber, rey de Zeboím; Bela, rey de Zoar, que se llama también Kefalac. Estos sirvieron a Quedorlaomer, rey de los asirios, durante doce años, y en el año decimotercero se rebelaron contra Quedorlaomer; y así sucedió en aquel tiempo que los cuatro reyes asirios hicieron guerra contra los cinco reyes. Este fue el primer comienzo de hacer guerra sobre la tierra; y destruyeron a los gigantes Karnaim, y a las naciones fuertes que estaban con ellos en su ciudad, y a los horeos de los montes llamados Seir, hasta la llanura de Parán, que está junto al desierto. Y en aquel tiempo había un rey justo llamado Melquisedec, en la ciudad de Salem, que ahora es Jerusalén. Este fue el primer sacerdote de todos los sacerdotes del Dios Altísimo; y de él la ciudad antes nombrada Hierosolyma fue llamada Jerusalén. Y desde su tiempo se hallaron sacerdotes en toda la tierra. Y después de él reinó Abimelec en Gerar; y después de él, otro Abimelec. Luego reinó Efrón, apellidado el hitita. Tales son los nombres de los reyes que hubo en los tiempos antiguos. Y los restantes reyes de los asirios, durante un intervalo de muchos años, han sido pasados por alto en silencio sin dejar registro, narrando todos los escritores los acontecimientos de nuestros días recientes. Hubo estos reyes de Asiria: Tiglat-Pileser, y después de él Salmanasar, luego Senaquerib; y Adramelec el etíope, que también reinó sobre Egipto, era su triarca;— aunque estas cosas, en comparación con nuestros libros, son bastante recientes.

    Capítulo 32. Cómo se dispersó el género humano

    II, 32

    De aquí, por tanto, los amantes del saber y de la antigüedad pueden entender la historia, y ver que son recientes las cosas que nosotros contamos aparte de los santos profetas. Pues aunque al principio había pocos hombres en la tierra de Arabia y Caldea, sin embargo, después de que sus lenguas fueron divididas, gradualmente comenzaron a multiplicarse y extenderse por toda la tierra; y algunos de ellos se dirigieron hacia el oriente para habitar allí, y otros hacia las regiones del gran continente, y otros hacia el norte, de modo que se extendieron hasta Britania, en las regiones árticas. Y otros fueron a la tierra de Canaán, que se llama Judea, y a Fenicia, y a la región de Etiopía, y a Egipto, y a Libia, y al país llamado tórrido, y a las partes que se extienden hacia el occidente; y los demás fueron a lugares junto al mar, y a Panfilia, y a Asia, y a Grecia, y a Macedonia, y, además, a Italia, y a todo el país llamado Galia, y a España, y a Germania; de modo que ahora el mundo entero está así lleno de habitantes. Así, pues, la ocupación del mundo por los hombres fue al principio en tres divisiones: oriente, sur y occidente; después, las partes restantes de la tierra fueron habitadas, cuando los hombres se hicieron muy numerosos. Y los escritores, no conociendo estas cosas, se apresuran a sostener que el mundo tiene forma de esfera, y a compararlo con un cubo. Pero ¿cómo pueden decir la verdad acerca de estas cosas, cuando no conocen la creación del mundo ni su población? Al ir aumentando gradualmente los hombres en número y multiplicándose sobre la tierra, como ya hemos dicho, también las islas del mar y los demás países fueron habitados.

    Capítulo 33. La historia profana no da cuenta de estas cosas

    II, 33

    ¿Quién, pues, de los llamados sabios, poetas e historiadores, podría decirnos con verdad estas cosas, habiendo nacido ellos mucho después, e introduciendo una multitud de dioses, que nacieron tantos años después de las ciudades, y son más modernos que reyes, naciones y guerras? Porque habrían debido hacer mención de todos los acontecimientos, incluso de los que sucedieron antes del diluvio; tanto de la creación del mundo y de la formación del hombre, como de toda la sucesión de los hechos. Los profetas egipcios o caldeos, y los demás escritores, habrían debido poder decirlo con precisión, si al menos hablaran por un espíritu divino y puro, y dijeran verdad en todo lo pronunciado por ellos; y habrían debido anunciar no solo las cosas pasadas o presentes, sino también las que habían de venir sobre el mundo. Y por tanto queda probado que todos los demás han estado en error; y que solo nosotros los cristianos hemos poseído la verdad, en cuanto somos enseñados por el Espíritu Santo, que habló en los santos profetas y predijo todas las cosas.

    Capítulo 34. Los profetas ordenaron la santidad de vida

    II, 34

    Y, por lo demás, ojalá con espíritu bondadoso investigaras las cosas divinas —quiero decir, las cosas que dicen los profetas—, para que, comparando lo dicho por nosotros con las expresiones de los otros, puedas descubrir la verdad. Hemos mostrado, a partir de sus propias historias que ellos han compilado, que los nombres de los llamados dioses resultan ser nombres de hombres que vivieron entre ellos, como hemos mostrado arriba. Y hasta el día de hoy sus imágenes son modeladas a diario, ídolos, «las obras de las manos de los hombres.» Y a estos sirve la masa de los hombres necios, mientras rechazan al hacedor y formador de todas las cosas y al sustentador de todo aliento de vida, dando crédito a doctrinas vanas mediante el engaño de la insensata tradición recibida de sus padres. Pero Dios al menos, el Padre y Creador del universo, no abandonó a la humanidad, sino que dio una ley y envió santos profetas para declarar y enseñar al género humano, para que cada uno de nosotros despierte y entienda que hay un solo Dios. Y nos enseñaron también a abstenernos de la idolatría ilícita, del adulterio y del homicidio, de la fornicación, el hurto, la avaricia, el juramento falso, la ira y toda incontinencia e impureza; y que lo que el hombre no quiera que le hagan a él, no lo haga a otro; y así, quien obra rectamente escapará de los castigos eternos y será considerado digno de la vida eterna de parte de Dios.

    Capítulo 35. Preceptos de los libros proféticos

    II, 35

    La ley divina, pues, no solo prohíbe la adoración de ídolos, sino también de los cuerpos celestes, el sol, la luna o las demás estrellas; sí, ni el cielo, ni la tierra, ni el mar, ni las fuentes, ni los ríos deben ser adorados, sino que debemos servir en santidad de corazón y sinceridad de propósito solo al Dios vivo y verdadero, que es también Hacedor del universo. Por lo cual dice la santa ley: «No cometerás adulterio; no hurtarás; no darás falso testimonio; no codiciarás la mujer de tu prójimo.» Así también los profetas. Salomón, en efecto, nos enseña que no debemos pecar ni siquiera con un movimiento del ojo, diciendo: «Miren tus ojos lo recto, y que tus párpados miren derecho delante de ti.» [] Y Moisés, que también él mismo era profeta, dice, acerca del gobierno único de Dios: «Tu Dios es quien establece el cielo y forma la tierra, cuyas manos han producido todo el ejército del cielo; y no ha puesto estas cosas delante de ti para que vayas tras ellas.» [] Y el mismo Isaías dice también: «Así dice el Señor Dios, que estableció los cielos y fundó la tierra y todo lo que en ella hay, y da aliento al pueblo que está sobre ella, y espíritu a los que caminan por ella. Este es el Señor tu Dios.» [] Y de nuevo, por medio de él dice: «Yo he hecho la tierra, y al hombre sobre ella. Yo con mi mano establecí los cielos.» [] Y en otro capítulo: «Este es tu Dios, que creó los confines de la tierra; no tiene hambre ni se fatiga, y no hay quien escudriñe su entendimiento.» [] Así también dice Jeremías: «El que hizo la tierra con su poder, y estableció el mundo con su sabiduría, y con su prudencia extendió los cielos, y una masa de agua en los cielos, e hizo subir las nubes desde los confines de la tierra; hizo los relámpagos con la lluvia, y sacó los vientos de sus tesoros.» [] Se puede ver con cuánta coherencia y armonía hablaron todos los profetas, habiendo dado expresión por medio de un solo y mismo espíritu acerca de la unidad de Dios, de la creación del mundo y de la formación del hombre. Además, estaban en gran trabajo, lamentando la raza impía de los hombres, y reprocharon a los que parecían sabios su error y dureza de corazón. Jeremías, en efecto, dijo: «Todo hombre se ha extraviado brutalmente del conocimiento de Él; todo fundidor queda confundido por sus imágenes talladas; en vano el platero hace sus imágenes fundidas; no hay aliento en ellas: en el día de su visitación perecerán.» [] Lo mismo dice también David: «Se han corrompido, han hecho obras abominables; no hay quien haga el bien, no, ni uno solo; todos se han desviado, a una se han vuelto inútiles.» Así también Habacuc: «¿De qué aprovecha la imagen tallada para que la talle su artífice, imagen mentirosa? ¡Ay del que dice a la piedra: Despierta; y al leño: Levántate!» [] De igual modo hablaron los demás profetas de la verdad. ¿Y por qué habría de contar la multitud de profetas, que son numerosos y dijeron diez mil cosas coherente y armoniosamente? Pues quienes lo deseen, leyendo lo que pronunciaron, pueden entender con precisión la verdad y no dejarse ya arrastrar por la opinión y el trabajo inútil. Estos, pues, a quienes ya hemos mencionado, fueron profetas entre los hebreos: iletrados, pastores y sin educación.

    Capítulo 36. Profecías de la Sibila

    II, 36

    Y la Sibila, que era profetisa entre los griegos y las demás naciones, al comienzo de su profecía, reprocha al género humano, diciendo:—
    ¿Cómo aún tan pronto os dejáis envanecer,
    y cómo tan descuidados del fin de la vida,
    vosotros, hombres mortales de carne, que nada sois?
    ¿No tembláis, ni teméis al Dios altísimo?
    Vuestro Supervisor, el Conocedor, Veedor de todo,
    que guarda siempre a aquellos que su mano primero hizo,
    poniendo su dulce Espíritu en todas sus obras,
    y lo da por guía a los hombres mortales.
    Hay un solo Dios increado,
    que reina solo, todopoderoso, muy grande,
    de quien nada se oculta. Él ve todas las cosas,
    Él mismo invisible a todo ojo mortal.
    ¿Puede el hombre mortal ver al Dios inmortal,
    o los ojos de carne, que rehúyen los rayos del mediodía,
    mirar a Aquel que mora más allá de los cielos?
    Adoradle, pues, al Dios autoexistente,
    al no engendrado Soberano del mundo,
    que solo era desde la eternidad,
    y por la eternidad permanecerá aún.
    De los malos consejos cosecharéis el fruto,
    porque no habéis honrado al Dios verdadero,
    ni le habéis ofrecido sagradas hecatombes.
    A los que moran en el Hades hacéis regalos,
    y a los demonios ofrecéis sacrificio.
    En locura y en soberbia camináis;
    y dejando el camino recto, vagáis lejos,
    y os perdéis en simas y en espinas.
    ¿Por qué vagáis así, oh hombres necios?
    Cesad vuestros vanos extravíos en la negra, oscura noche;
    ¿Por qué seguís la oscuridad y la tiniebla perpetua
    cuando, mirad, brilla para vosotros la luz bendita?
    He aquí, Él es claro; en Él no hay mancha.
    Volveos, pues, de la oscuridad, y contemplad el día;
    sed sabios, y atesorad la sabiduría en vuestros pechos.
    Hay un solo Dios que envía los vientos y las lluvias,
    Los terremotos, los relámpagos y las plagas,
    Las hambrunas, las tormentas de nieve y el hielo,
    Y todas las desgracias que visitan a nuestra triste raza.
    Ni solo estas cosas, sino todas las demás cosas Él las da,
    Gobernando omnipotente en el cielo y la tierra,
    Y existente por sí mismo desde la eternidad.
    Y respecto de aquellos [dioses] que se dice que han nacido, dijo ella:—
    Si todas las cosas que nacen también deben morir,
    Dios no puede ser producido por hombre mortal.
    Pero hay uno solo, el Todo-Supremo,
    Que hizo los cielos, con toda su hueste estrellada,
    El sol y la luna; asimismo la tierra fecunda,
    Con todas las olas del océano, y las colinas,
    Las fuentes, y los arroyos de constante fluir;
    Él hizo también la multitud incontable
    De criaturas del océano, y Él mantiene vivos
    Todos los seres que se arrastran, tanto de la tierra como del mar;
    Y todo el armonioso coro de las aves hizo Él,
    Que hienden el aire con sus alas, y con su agudo pico
    Trinan al alba su tierno canto de voz clara.
    Dentro de los profundos claros de las colinas puso Él
    Una salvaje raza de bestias; y a los hombres
    Les sometió todo el ganado, haciendo al hombre
    La imagen formada por Dios, gobernante sobre todo,
    Y poniendo bajo su dominio
    Cosas muchas e incomprensibles.
    Pues ¿quién de los mortales puede conocer todas estas cosas?
    Solo Él las conoce, quien las hizo desde el principio,
    Él, el Creador, incorruptible,
    Que mora en el aire superior eternamente;
    Que ofrece a los buenos las más ricas recompensas,
    Y contra los hombres malvados e injustos
    Despierta venganza, ira y guerras sangrientas,
    Y pestilencia, y muchos dolores llorosos.
    Oh hombre vanamente exaltado— di por qué así
    ¿Te has destruido a ti mismo tan por completo?
    ¿No tienes vergüenza de adorar bestias como dioses?
    ¿Y creer que los dioses deberían robar tus bestias,
    o que necesitan tus vasijas— no es acaso
    el pensamiento más inútil y necio de la locura?
    En lugar de morar en los cielos de oro,
    Ves a tus dioses convertirse en presa de gusanos,
    Y de multitudes de criaturas repugnantes e inmundas.
    ¡Oh necios! Adoráis serpientes, perros y gatos,
    Aves, y los seres reptantes de la tierra y del mar,
    Imágenes hechas con manos, estatuas de piedra,
    Y montones de basura colocados junto al camino.
    A todas estas, y a muchas más cosas vanas, servís,
    Adorando cosas vergonzosas incluso de nombrar:
    Estos son los dioses que extravían a los hombres vanos,
    De cuya boca fluyen corrientes de veneno mortal.
    Mas ante Aquel en quien solo está la vida,
    La vida, y la luz inmortal y eterna;
    Que vierte en la copa de la vida del hombre un gozo
    Más dulce que la miel más dulce a su gusto—
    Ante Él inclinad la cabeza, ante Él solo,
    Y caminad por sendas de paz eterna.
    Abandonándolo a Él, todos os habéis desviado,
    Y, en vuestra locura delirante, habéis apurado la copa
    De la justicia enteramente sin mezcla, pura, dominante, fuerte;
    Y no volveréis a ser hombres sobrios,
    No volveréis a alcanzar una mente sobria,
    Ni a conocer a vuestro Dios y Rey, que mira sobre todo:
    Por tanto, sobre vosotros vendrá un fuego abrasador,
    Y arderás siempre cada día en llamas,
    Avergonzado para siempre de tus dioses vanos.
    Pero aquellos que adoran al Dios eterno,
    Esos heredarán la vida sempiterna,
    Habitando los reinos florecientes de la dicha,
    Y festejando con dulce alimento del cielo estrellado.
    Que estas cosas son verdaderas, y útiles, y justas, y provechosas para todos los hombres, es evidente. Incluso los poetas han hablado de los castigos de los impíos.
    Comentario editorial · La Sibila de Teófilo
    Teófilo cita a «la Sibila» como profetisa de los griegos y de otros pueblos (II, 9) y le atribuye versos en II, 3, II, 31 y aquí, donde ocupan casi todo el capítulo: un solo Dios invisible, el castigo de la idolatría y el premio de quienes adoran al Dios eterno. Los Oráculos sibilinos que han llegado son una colección de versos griegos de épocas y manos distintas, en parte compuestos por judíos de Alejandría y retocados por cristianos (Wikipedia). El mismo artículo dice que fragmentos tomados de Teófilo y de Lactancio muestran que existieron más oráculos, y la Wikipedia sobre Teófilo añade que se discute si lo que él llama libros sibilinos de Roma es lo que cita. Teófilo no duda de su autoridad: la presenta como testimonio pagano que coincide con los profetas.

    Capítulo 37. Testimonios de los poetas

    II, 37

    Y que los malhechores han de ser necesariamente castigados en proporción a sus obras, ya ha sido, por así decirlo, proclamado oracularmente por algunos de los poetas, como testimonio a la vez contra sí mismos y contra los impíos, declarando que serán castigados. Dijo Esquilo:—
    El que ha obrado debe también sufrir.
    Y el propio Píndaro dijo:—
    Es justo que al obrar siga el sufrir.
    Así también Eurípides:—
    La acción te regocijó; soporta el sufrimiento;
    El enemigo apresado forzosamente ha de sufrir.
    Y de nuevo:—
    El dolor del enemigo es el galardón del héroe.
    Y, del mismo modo, Arquíloco:—
    Una cosa sé, y la tengo siempre por verdadera,
    El malhechor sufrirá el mal.
    Y que Dios ve todas las cosas, y que nada escapa a su conocimiento, sino que, siendo longánimo, se refrena hasta el tiempo en que ha de juzgar — sobre esto también dijo Dionisio:—
    El ojo de la Justicia que todo lo ve,
    parece, sin embargo, no ver.
    Y que el juicio de Dios ha de ser, y que los males sorprenderán de repente a los impíos — esto también lo declaró Esquilo, diciendo:—
    Veloz es la llegada del destino,
    y nadie puede violar la justicia,
    sin sentir, pronto o tarde, su mano severa.
    Está contigo, aunque no oída ni vista;
    por más que corras la cortina de la noche,
    ni aun el sueño te ofrece escondite.
    Está contigo si duermes o velas;
    y si fuera emprendes tu camino,
    no puedes romper su callada y severa guardia.
    Te seguirá, o se cruzará en tu senda;
    y aun la noche no tiene virtud
    para ocultarte de la ira del Vengador.
    Para mostrar el mal, las tinieblas huyen;
    Entonces, si el pecado ofrece gozo o descanso,
    ¡Oh, detente, y piensa que alguien te ve!
    ¿Y no podemos citar también a Simónides?—
    Ningún mal adviene a los hombres sin ser anunciado;
    pero Dios con mano súbita transforma todas las cosas.
    De nuevo Eurípides:—
    La prosperidad del impío y del soberbio
    está fundada en arena: su linaje no permanece;
    y el tiempo proclama la maldad de los hombres.
    Otra vez Eurípides:—
    No sin juicio está la Divinidad,
    sino que ve cuándo se prestan juramentos injustamente,
    y cuándo se los arranca a los hombres contra su voluntad.
    Y Sófocles:—
    Si males haces, males también has de soportar.
    Que Dios hará indagación tanto acerca del juramento falso como acerca de toda otra maldad, ellos mismos casi lo han predicho. Y acerca de la conflagración del mundo, han hablado, de grado o por fuerza, en conformidad con los profetas, aunque eran mucho más recientes y robaron estas cosas de la ley y de los profetas. Los poetas corroboran el testimonio de los profetas.

    Capítulo 38. Las enseñanzas de los poetas y filósofos griegos, confirmatorias de las de los profetas hebreos

    II, 38

    Pero ¿qué importa si fueron antes o después de ellos? Ciertamente, en todo caso, pronunciaron cosas confirmatorias de los profetas. Acerca de la quema del mundo, profetizó Malaquías el profeta: «El día del Señor viene como un horno encendido, y consumirá a todos los impíos.» [] E Isaías: «Porque la ira de Dios es como violenta granizada, y como torrente impetuoso que baja del monte.» [] La Sibila, pues, y los demás profetas, sí, y los poetas y filósofos, han enseñado claramente tanto acerca de la justicia, y el juicio, y el castigo; como también acerca de la providencia: que Dios cuida de nosotros, no solo de los vivos entre nosotros, sino también de los que han muerto: aunque, ciertamente, dijeron esto de mala gana, pues fueron convencidos por la verdad. Y entre los profetas, en verdad, Salomón dijo de los muertos, «Habrá sanidad para tu carne, y cuidado de tus huesos.» [] Y asimismo dice David, «Los huesos que tú has quebrantado se regocijarán.» Y en acuerdo con estos dichos estaba el de Timocles:—
    El Dios amoroso se compadece de los muertos.
    Y los escritores que hablaron de una multitud de dioses llegaron por fin a la doctrina de la unidad de Dios; y los que afirmaron el azar hablaron también de la providencia; y los defensores de la impunidad confesaron que habría un juicio; y los que negaban que haya sensación después de la muerte reconocieron que la hay. Homero, en consecuencia, aunque había dicho—
    Como visión fugaz pasó el alma,
    dice en otro lugar:—
    Al Hades fue el alma desencarnada;
    Y de nuevo:—
    Para que pueda pasar pronto por las puertas del Hades,
    sepultadme.
    Y en cuanto a los demás que has leído, creo que sabes con suficiente exactitud cómo se han expresado. Pero todas estas cosas las entenderá todo aquel que busca la sabiduría de Dios y le es agradable mediante la fe, la justicia y la práctica de buenas obras. Pues uno de los profetas que ya mencionamos, de nombre Oseas, dijo, «¿Quién es sabio, y entenderá estas cosas? ¿Prudente, y las conocerá? Porque los caminos del Señor son rectos, y los justos andarán en ellos; mas los transgresores caerán en ellos.» [] Por tanto, aquel que desea aprender, mucho debe aprender. Esfuérzate, pues, por reunirte [conmigo] más a menudo, para que, oyendo la voz viva, puedas conocer con exactitud la verdad.

    Libro III

    Capítulo 1. Autólico no convencido aún

    III, 1

    Teófilo a Autólico, salud: Puesto que los escritores se complacen en componer multitud de libros por vanagloria — unos sobre dioses, guerras y cronología, y otros también sobre leyendas inútiles y demás afanes semejantes en vano, en lo cual tú también has solido ocuparte hasta ahora, y no rehúsas soportar esa fatiga; pero, aunque has conversado conmigo, sigues opinando que la palabra de verdad es un cuento ocioso y supones que nuestros escritos son recientes y modernos— por esta razón yo tampoco rehusaré el trabajo de exponerte compendiosamente, con la ayuda de Dios, la antigüedad de nuestros libros, recordándotela en pocas palabras, para que no rehúses el trabajo de leerla, sino que reconozcas la necedad de los demás autores.

    Capítulo 2. Los autores profanos no tenían medios de conocer la verdad

    III, 2

    Porque convenía que quienes escribieron hubieran sido ellos mismos testigos oculares de aquellas cosas sobre las que hacían afirmaciones, o que las hubieran averiguado con exactitud de quienes las habían visto; pues quienes escriben sobre cosas no averiguadas golpean el aire. Porque ¿de qué aprovechó a Homero haber compuesto la guerra de Troya y haber engañado a muchos; o a Hesíodo, el registro de la teogonía de aquellos a quienes llama dioses; o a Orfeo, los trescientos sesenta y cinco dioses, a los que al final de su vida rechaza, sosteniendo en sus preceptos que hay un solo Dios? ¿Qué provecho confirió a Arato la esferografía del círculo del mundo, o a los que sostuvieron la misma doctrina que él, salvo gloria entre los hombres? Y ni siquiera esa cosecharon como merecían. ¿Y qué verdad pronunciaron? ¿O qué bien hicieron sus tragedias a Eurípides y Sófocles, o a los demás trágicos? ¿O sus comedias a Menandro y Aristófanes, y a los demás cómicos? ¿O sus historias a Heródoto y Tucídides? ¿O los santuarios y las columnas de Hércules a Pitágoras, o la filosofía cínica a Diógenes? ¿Qué bien le hizo a Epicuro sostener que no hay providencia; o a Empédocles enseñar el ateísmo; o a Sócrates jurar por el perro, la oca, el plátano, y por Esculapio fulminado por el rayo, y por los demonios que invocaba? ¿Y por qué murió voluntariamente? ¿Qué recompensa, o de qué clase, esperaba recibir después de la muerte? ¿Qué le aprovechó el sistema de cultura de Platón? ¿O qué beneficio obtuvieron los demás filósofos de sus doctrinas, por no enumerarlos a todos, ya que son numerosos? Pero decimos estas cosas para mostrar sus opiniones inútiles e impías.

    Capítulo 3. Sus contradicciones

    III, 3

    Pues todos estos, enamorados de una reputación vana y vacía, ni conocieron ellos mismos la verdad ni guiaron a otros hacia la verdad; pues las cosas que dijeron los condenan a ellos mismos por hablar de modo incoherente, y la mayoría de ellos demolió sus propias doctrinas. Pues no solo se refutaron unos a otros, sino que algunos, además, hicieron estúpidas sus propias enseñanzas; de modo que su reputación ha desembocado en vergüenza y necedad, pues son condenados por hombres de entendimiento. Pues, o bien hicieron afirmaciones acerca de los dioses y luego enseñaron que no había dios; o, si hablaron incluso de la creación del mundo, dijeron finalmente que todas las cosas fueron producidas espontáneamente. Sí, e incluso hablando de la providencia, enseñaron a su vez que el mundo no era regido por la providencia. Pero ¿qué? ¿Acaso no, cuando intentaron escribir incluso sobre la conducta honorable, enseñaron la perpetración de la lascivia, la fornicación y el adulterio? ¿Y no introdujeron acaso una maldad odiosa e inenarrable? Y proclaman que sus dioses tomaron la delantera en cometer actos inenarrables de adulterio y banquetes monstruosos. Pues, ¿quién no canta a Saturno devorando a sus propios hijos, y a Júpiter, su hijo, engullendo a Metis, y preparando para los dioses un festín horrible, en el cual también dicen que Vulcano, un herrero cojo, hizo de sirviente? ¿Y cómo Júpiter no solo se casó con Juno, su propia hermana, sino que con boca inmunda cometió una maldad abominable? Y los demás de sus hechos, cuantos los poetas cantan, es probable que los conozcas. ¿Por qué habría de seguir contando los hechos de Neptuno y Apolo, o de Baco y Hércules, de la Minerva amante del seno y de la desvergonzada Venus, puesto que en otro lugar hemos dado un relato más preciso de estas cosas?

    Capítulo 4. Cómo Autólico fue engañado por falsas acusaciones contra los cristianos

    III, 4

    Pues, en verdad, no había necesidad alguna de que yo los refutara, salvo que te veo aún en la duda acerca de la palabra de la verdad. Pues, aunque tú mismo eres prudente, soportas de buena gana a los necios. De otro modo no te habrías dejado mover por hombres insensatos a entregarte a palabras vacías y a dar crédito al rumor prevaleciente con el que labios impíos nos acusan falsamente a nosotros, que adoramos a Dios y somos llamados cristianos, alegando que las esposas de todos nosotros son tenidas en común y usadas promiscuamente; y que incluso cometemos incesto con nuestras propias hermanas, y, lo que es de todo lo más impío y bárbaro, que comemos carne humana. Pero, además, dicen que nuestra doctrina solo recientemente ha salido a la luz, y que no tenemos nada que alegar como prueba de lo que recibimos como verdad, ni de nuestra enseñanza, sino que nuestra doctrina es necedad. Me asombro, pues, principalmente de que tú, que en otros asuntos eres estudioso y escudriñador de todas las cosas, nos prestes una audiencia tan descuidada. Pues, si te fuera posible, no escatimarías pasar la noche en las bibliotecas.
    Comentario editorial · Los cargos contra los cristianos
    El texto enumera tres: que las mujeres de los cristianos se tienen en común, que cometen incesto «con nuestras propias hermanas» y que «comemos carne humana». Otros textos los resumen en dos nombres, «banquetes de Tiestes» y «uniones edípicas»: así los da la carta de las iglesias de Vienne y Lyon que recoge Eusebio, que los atribuye a esclavos paganos detenidos y atemorizados (Hist. ecl. V, 1, 14), y así los cita Atenágoras (Súplica, 3). Teófilo no cuenta de dónde salieron los rumores. Responde devolviendo el cargo a los filósofos (III, 5–6: Zenón, Diógenes, Cleantes, Platón, Epicuro) y diciendo que los cristianos ni siquiera asisten a los gladiadores ni al teatro, donde se «come» a los hijos de Tiestes y de Tereo (III, 15). El editor estadounidense saca de III, 4 una inferencia sobre la Eucaristía; es suya, no del texto.

    Capítulo 5. Los filósofos inculcan el canibalismo

    III, 5

    Puesto que, pues, has leído mucho, ¿cuál es tu opinión de los preceptos de Zenón, Diógenes y Cleantes, que contienen sus libros, inculcando el comer carne humana: que los padres sean cocidos y comidos por sus propios hijos; y que si alguien rehúsa o rechaza una parte de este alimento infame, sea devorado él mismo quien no quiera comer? Se encuentra además una sentencia aún más impía que estas: la de Diógenes, que enseña a los hijos a traer a sus propios padres en sacrificio y devorarlos. ¿Y no narra el historiador Heródoto que Cambises, habiendo degollado a los hijos de Hárpago, los cocinó también y los puso como comida ante su padre? Y aún más, narra que entre los indios los padres son comidos por sus propios hijos. ¡Oh! ¡La impía enseñanza de quienes registraron, sí, más bien inculcaron tales cosas! ¡Oh! ¡Su maldad y su impiedad! ¡Oh! ¡La concepción de quienes así filosofaron con precisión y profesaron la filosofía! Pues quienes enseñaron estas doctrinas han llenado el mundo de iniquidad.

    Capítulo 6. Otras opiniones de los filósofos

    III, 6

    Y respecto a la conducta sin ley, quienes han errado ciegamente hacia el coro de la filosofía han hablado, casi unánimemente, con una sola voz. Ciertamente Platón, por mencionar primero a quien parece haber sido el más respetable filósofo entre ellos, legisla expresamente, por así decirlo, en su primer libro, titulado La República, que las esposas de todos sean comunes, usando el precedente del hijo de Júpiter y legislador de los cretenses, a fin de que, bajo este pretexto, hubiera una descendencia abundante de las mejores personas, y de que quienes estaban agotados por el trabajo pudieran ser consolados por tal trato. Y también el propio Epicuro, además de enseñar el ateísmo, enseña junto con él el incesto con madres y hermanas, y esto en transgresión de las leyes que lo prohíben; pues Solón legisló claramente sobre esto, para que de un padre casado los hijos pudieran nacer legítimamente, para que no nacieran del adulterio, de modo que nadie honrara como a su padre a quien no era su padre, ni deshonrara a quien realmente era su padre, por ignorancia de que lo fuera. Y estas cosas también las prohíben las demás leyes de los romanos y de los griegos. ¿Por qué, entonces, enseñan Epicuro y los estoicos el incesto y la sodomía, doctrinas con las que han llenado las bibliotecas, de modo que desde la niñez se aprende este trato sin ley? ¿Y por qué habría de gastar más tiempo en ellos, puesto que incluso de aquellos a quienes llaman dioses relatan cosas semejantes?

    Capítulo 7. Doctrina variable acerca de los dioses

    III, 7

    Pues después de haber dicho que estos son dioses, de nuevo los hicieron de ningún valor. Pues algunos dijeron que estaban compuestos de átomos; y otros, a su vez, que se resuelven en átomos; y dicen que los dioses no tienen más poder que los hombres. También Platón, aunque dice que estos son dioses, los quiere compuestos de materia. Y Pitágoras, después de haberse afanado y trajinado tanto acerca de los dioses, y de haber viajado de un lado a otro [en busca de información], determina al fin que todas las cosas se producen natural y espontáneamente, y que los dioses nada cuidan de los hombres. Y cuántas opiniones ateas introdujo Clitómaco el académico, [no necesito contarlo.] ¿Y no dijeron Critias y Protágoras de Abdera, «Pues si los dioses existen, no soy capaz de afirmarlo acerca de ellos, ni de explicar de qué naturaleza son; pues muchas cosas me lo impedirían»? Y hablar de las opiniones del más ateo de todos, Evémero, es superfluo. Pues habiendo hecho muchas afirmaciones audaces acerca de los dioses, al fin niega absolutamente su existencia, y quiere que todas las cosas estén gobernadas por un movimiento espontáneo. Y Platón, que habló tanto de la unidad de Dios y del alma del hombre, afirmando que el alma es inmortal, ¿no se le halla a él mismo después, en contradicción consigo mismo, sosteniendo que algunas almas pasan a otros hombres, y que otras se van a los animales irracionales? ¿Cómo puede su doctrina no parecer espantosa y monstruosa — al menos para quienes tienen juicio —, que quien una vez fue hombre sea después un lobo, o un perro, o un asno, o alguna otra bestia irracional? También Pitágoras se halla desvariando tonterías semejantes, además de demoler la providencia. ¿A cuál de ellos, pues, creeremos? ¿A Filemón, el poeta cómico, que dice—?
    Buena esperanza tienen quienes alaban y sirven a los dioses;
    ¿o a aquellos a quienes hemos mencionado: Evémero, Epicuro, Pitágoras y los demás que niegan que los dioses deban ser adorados, y que suprimen la providencia? Acerca de Dios y de la providencia, Aristón dijo:—
    Ten buen ánimo: Dios aún preservará
    y ayudará grandemente a todos los que lo merecen.
    Si ningún ascenso aguarda a los hombres fieles,
    di qué ventaja ofrece entonces la bondad.
    Se concede: — mas a menudo veo a los justos
    pasarlo mal, de todo honor apartados;
    mientras que aquellos cuyo fin es su propio provecho,
    a menudo en esta vida presente tienen todo lo que reclaman.
    Mas debemos mirar más allá, y esperar el fin,
    aquella consumación a la que todas las cosas tienden.
    No es, como los hombres vanos y malvados han dicho,
    que por un destino desenfrenado seamos conducidos:
    no es la ciega casualidad la que rige el mundo,
    ni son todas las cosas lanzadas sin control.
    El malvado se ciega con esta creencia;
    mas ten por cierto que, de todas las recompensas, la principal
    está reservada aún para quienes viven santamente;
    y la Providencia a los malvados dará
    solo la justa recompensa que es su merecido,
    y el castigo adecuado para cada mala acción.
    Y se puede ver cuán incoherentes entre sí son las cosas que otros, y de hecho casi la mayoría, han dicho acerca de Dios y la providencia. Pues algunos han suprimido por completo a Dios y la providencia; y otros, a su vez, han afirmado a Dios, y han declarado que todas las cosas son gobernadas por la providencia. El oyente y lector inteligente debe, por tanto, prestar atención minuciosa a sus expresiones; como también dijo Símilo: «Es costumbre de los poetas designar con un nombre común a los sumamente malvados y a los excelentes; debemos, por tanto, discernir.» Como también dice Filemón: «Un hombre insensato que se sienta y meramente oye es una característica enojosa; pues no se culpa a sí mismo, tan necio es.» Debemos, pues, prestar atención y considerar lo que se dice, indagando críticamente en lo que han proferido los filósofos y los poetas.

    Capítulo 8. Maldad atribuida a los dioses por los escritores paganos

    III, 8

    Pues, negando que haya dioses, de nuevo reconocen su existencia, y dijeron que cometieron hechos sumamente inicuos. Y, en primer lugar, de Júpiter cantan los poetas eufónicamente las acciones malvadas. Y Crisipo, que dijo un montón de necedades, ¿no se halla publicando que Juno tuvo trato el más torpe con Júpiter? Pues ¿por qué habría de contar las impurezas de la llamada madre de los dioses, o de Júpiter Latiaris sediento de sangre humana, o del castrado Atis; o de Júpiter, apellidado Trágico, y cómo se mancilló a sí mismo, según dicen, y ahora es adorado entre los romanos como un dios? Guardo silencio sobre los templos de Antinoo, y de los otros a quienes vosotros llamáis dioses. Porque cuando se refieren a personas sensatas, provocan risa. Quienes elaboraron tal filosofía acerca ya de la inexistencia de Dios, ya del trato promiscuo y del concubinato bestial, son ellos mismos condenados por sus propias enseñanzas. Además, hallamos por los escritos que compusieron que entre ellos se admitía el comer carne humana; y registran que aquellos a quienes honran como dioses fueron los primeros en hacer estas cosas.

    Capítulo 9. Doctrina cristiana de Dios y de su Ley

    III, 9

    Ahora también confesamos que Dios existe, pero que Él es uno, el creador, hacedor y artífice de este universo; y sabemos que todas las cosas están ordenadas por su providencia, mas solo por Él. Y hemos aprendido una santa Ley; mas tenemos como legislador a Aquel que es realmente Dios, quien nos enseña a obrar rectamente, a ser piadosos y a hacer el bien. Y acerca de la piedad dice, «No tendrás otros dioses delante de mí. No te harás imagen tallada, ni semejanza alguna de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra: no te inclinarás ante ellas, ni las servirás; porque yo soy el Señor tu Dios.» [] Y acerca de hacer bien dijo: «Honra a tu padre y a tu madre, para que te vaya bien y se prolonguen tus días en la tierra que yo, el Señor tu Dios, te doy.» De nuevo, acerca de la justicia: «No cometerás adulterio. No matarás. No robarás. No darás falso testimonio contra tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, no codiciarás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su bestia de carga, ni ningún ganado suyo, ni cosa alguna de tu prójimo. No torcerás el juicio del pobre en su pleito. [] De todo asunto injusto te alejarás. No matarás al inocente y al justo; no justificarás al impío; y no recibirás soborno, porque el soborno ciega los ojos de los que ven y pervierte las palabras justas.» De esta Ley divina, pues, Moisés, que también era siervo de Dios, fue hecho ministro tanto para todo el mundo, y principalmente para los hebreos, que también fueron llamados judíos, a quienes un rey de Egipto había esclavizado en tiempos antiguos, y que eran la simiente justa de varones piadosos y santos: Abraham, Isaac y Jacob. Dios, acordándose de ellos y haciendo milagros maravillosos y extraños por mano de Moisés, los libró y los sacó de Egipto, conduciéndolos por el llamado desierto; a quienes asimismo estableció de nuevo en la tierra de Canaán, que después fue llamada Judea, y les dio una Ley y les enseñó estas cosas. De esta grande y admirable Ley, que tiende a toda justicia, los diez mandamientos son tales como ya hemos referido.

    Capítulo 10. De la humanidad para con los extranjeros

    III, 10

    Como, pues, ellos eran extranjeros en la tierra de Egipto, siendo de nacimiento hebreos de la tierra de Caldea —porque en aquel tiempo, habiendo hambre, se vieron obligados a emigrar a Egipto para comprar allí alimento, donde también moraron por un tiempo; y estas cosas les sucedieron conforme a una predicción de Dios— habiendo morado, entonces, en Egipto 430 años, cuando Moisés estaba a punto de sacarlos al desierto, Dios les enseñó mediante la Ley, diciendo: «No afligirás al extranjero; porque conoces el corazón del extranjero, pues vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto.» []

    Capítulo 11. Del arrepentimiento

    III, 11

    Y cuando el pueblo transgredió la Ley que le había sido dada por Dios, siendo Dios bueno y misericordioso, no queriendo destruirlos, además de darles la Ley, les envió después también profetas de entre sus hermanos, para enseñarles y recordarles el contenido de la Ley, y para volverlos al arrepentimiento, a fin de que no pecaran más. Pero si persistían en sus malas obras, les advirtió de antemano que serían entregados en sujeción a todos los reinos de la tierra; y que esto ya les ha sucedido es manifiesto. Acerca del arrepentimiento, pues, el profeta Isaías, en general ciertamente para todos, pero expresamente para el pueblo, dice: «Buscad al Señor mientras puede ser hallado, invocadle mientras está cerca: deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos: y vuélvase al Señor su Dios, y hallará misericordia, porque Él perdonará abundantemente.» [] Y otro profeta, Ezequiel, dice: «Si el impío se volviere de todos sus pecados que ha cometido, y guardare todos mis estatutos, e hiciere lo recto delante de mis ojos, ciertamente vivirá, no morirá. Todas las transgresiones que ha cometido no le serán recordadas; mas en su justicia que ha hecho vivirá: porque no quiero la muerte del pecador, dice el Señor, sino que se vuelva de su mal camino y viva.» [] De nuevo Isaías: «Vosotros que tomáis consejo profundo y malvado, volveos, para que seáis salvos.» [] Y otro profeta, Jeremías: «Volveos al Señor vuestro Dios, como el vendimiador a su cesta, y hallaréis misericordia.» [] Muchos, pues, y aun incontables son los dichos en las Santas Escrituras acerca del arrepentimiento, deseando Dios siempre que la raza de los hombres se aparte de todos sus pecados.

    Capítulo 12. De la justicia

    III, 12

    Además, acerca de la justicia que la Ley ordenaba, se hallan declaraciones confirmatorias tanto en los profetas como en los Evangelios, porque todos hablaron inspirados por un solo Espíritu de Dios. Isaías, por consiguiente, habló así: «Quitad la maldad de vuestras obras de vuestras almas; aprended a hacer el bien, buscad el juicio, socorred al oprimido, juzgad al huérfano, defended a la viuda.» [] Y de nuevo el mismo profeta dijo: «Desatad todo lazo de maldad, disolved todo contrato opresivo, dejad libres a los oprimidos, y romped todo yugo injusto. Repartid vuestro pan al hambriento, y albergad en vuestra casa al pobre sin hogar. Cuando veas al desnudo, cúbrelo, y no te escondas de tu propia carne. Entonces tu luz resplandecerá como la mañana, y tu sanidad brotará prontamente, y tu justicia irá delante de ti.» [] De la misma manera también dice Jeremías: «Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad cuál es el buen camino del Señor vuestro Dios, y andad en él y hallaréis descanso para vuestras almas. Juzgad juicio justo, porque en esto está la voluntad del Señor vuestro Dios.» [] Así también dice Oseas: «Guardad el juicio, y acercaos a vuestro Dios, que estableció los cielos y creó la tierra.» [] Y otro, Joel, habló en acuerdo con estos: «Reunid al pueblo, santificad la congregación, juntad a los ancianos, recoged a los niños que están en brazos; salga el esposo de su cámara y la esposa de su tálamo, y orad al Señor vuestro Dios con urgencia para que tenga misericordia de vosotros y borre vuestros pecados.» [] De la misma manera también otro, Zacarías: «Así dice el Señor Todopoderoso: Ejecutad juicio verdadero, y mostrad misericordia y compasión cada cual a su hermano; y no oprimáis a la viuda, ni al huérfano, ni al extranjero; y ninguno de vosotros maquine mal contra su hermano en vuestro corazón, dice el Señor Todopoderoso.» []
    Comentario editorial · Qué Escritura cita Teófilo, y qué nombre no usa
    Teófilo pone «los Evangelios» junto a los profetas, «inspirados por un solo Espíritu de Dios» (III, 12). Del Evangelio cita el Sermón del monte (III, 13–14: , , ); a Juan lo nombra una vez, entre los «hombres portadores del espíritu» (II, 22; ); a Pablo no lo nombra, aunque bajo «la palabra divina» pone y (III, 14). Llama la atención lo que falta: el libro no dice «Cristo» más que en «cristiano», ni «Hijo de Dios»; «Jesús» solo sale en el inglés, una vez, para Josué (III, 24). El Hijo es únicamente el Verbo «que es también su Hijo» (II, 22). Wikipedia lo hace notar también.

    Capítulo 13. De la castidad

    III, 13

    Y acerca de la castidad, la santa palabra nos enseña no solo a no pecar de obra, sino ni siquiera de pensamiento, ni siquiera en el corazón a pensar mal alguno, ni mirar con nuestros ojos a la mujer de otro para codiciarla. Salomón, por consiguiente, que era rey y profeta, dijo: «Miren tus ojos de frente, y tus párpados miren recto delante de ti: endereza las sendas de tus pies.» [] Y la voz del Evangelio enseña aún con más urgencia acerca de la castidad, diciendo: «Cualquiera que mira a una mujer que no es su propia esposa para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.» [] «Y el que se casa» dice [el Evangelio], «con la repudiada de su marido, comete adulterio; y cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, la hace cometer adulterio.» [] Porque Salomón dice: «¿Tomará el hombre fuego en su seno sin que se quemen sus vestidos? ¿O andará uno sobre brasas sin que se quemen sus pies? Así el que entra a mujer casada no quedará inocente.» []

    Capítulo 14. De amar a nuestros enemigos

    III, 14

    Y que debamos ser benignamente dispuestos no solo hacia los de nuestra propia estirpe, como algunos suponen, el profeta Isaías dijo: «Decid a los que os odian y os echan fuera: Vosotros sois nuestros hermanos, para que el nombre del Señor sea glorificado y se manifieste en su gozo.» [] Y el Evangelio dice: «Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os ultrajan. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Esto hacen también los ladrones y los publicanos.» [] Y a los que hacen bien, enseña a no jactarse, para que no se vuelvan agradadores de hombres. Pues dice: «No sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha.» [] Además, acerca de la sujeción a las autoridades y poderes, y de la oración por ellos, la palabra divina nos da instrucciones, a fin de que «llevemos una vida quieta y pacífica.» [] Y nos enseña a dar a todos lo que les corresponde, [] «honra a quien honra, temor a quien temor, tributo a quien tributo; a no deber a nadie nada, sino a amar a todos.»

    Capítulo 15. La inocencia de los cristianos defendida

    III, 15

    Considera, por tanto, si quienes enseñan tales cosas pueden posiblemente vivir con indiferencia, y mezclarse en trato ilícito, o, lo más impío de todo, comer carne humana, especialmente cuando se nos prohíbe aun presenciar espectáculos de gladiadores, para que no nos hagamos partícipes y cómplices de homicidios. Pero tampoco podemos ver los otros espectáculos, para que nuestros ojos y oídos no se contaminen, participando de las palabras que allí se cantan. Pues si se hablara de canibalismo, en estos espectáculos se comen los hijos de Tiestes y Tereo; y en cuanto al adulterio, tanto en el caso de hombres como de dioses, a quienes celebran con elegante lenguaje por honores y premios, este se hace tema de sus dramas. Mas lejos esté de los cristianos el concebir tales hechos; pues con ellos mora la templanza, se practica el dominio propio, se observa la monogamia, se guarda la castidad, se extermina la iniquidad, se extirpa el pecado, se ejercita la justicia, se administra la Ley, se realiza el culto, se reconoce a Dios: la verdad gobierna, la gracia guarda, la paz los cubre; la santa palabra guía, la sabiduría enseña, la vida dirige, Dios reina. Por tanto, aunque tenemos mucho que decir acerca de nuestro modo de vida y de las ordenanzas de Dios, hacedor de toda creación, consideramos que por ahora te hemos recordado lo suficiente para inducirte a estudiar estas cosas, especialmente porque ahora puedes leer [nuestros escritos] por ti mismo, para que, así como has sido aficionado a adquirir información, sigas siendo estudioso también en esta dirección.

    Capítulo 16. Conjeturas inciertas de los filósofos

    III, 16

    Pero deseo ahora darte una demostración más precisa, ayudándome Dios, de los períodos históricos, para que veas que nuestra doctrina no es moderna ni fabulosa, sino más antigua y verdadera que todos los poetas y autores que han escrito en la incertidumbre. Pues algunos, sosteniendo que el mundo era increado, se fueron al infinito; y otros, afirmando que fue creado, dijeron que ya habían pasado 153.075 años. Esto lo declara Apolonio el egipcio. Y Platón, quien es tenido por el más sabio de los griegos, ¿en qué necedad no cayó? Pues en su libro titulado La República, lo hallamos expresamente diciendo: «Porque si las cosas hubieran permanecido todo el tiempo en su disposición actual, ¿cuándo podría descubrirse algo nuevo? Pues diez mil veces diez mil años transcurrieron sin registro, y mil o dos veces tantos años han pasado desde que algunas cosas fueron descubiertas por Dédalo, otras por Orfeo y otras por Palamedes.» Y cuando dice que estas cosas sucedieron, implica que diez mil veces diez mil años transcurrieron desde el diluvio hasta Dédalo. Y después de haber dicho mucho acerca de las ciudades del mundo, de los asentamientos y de las naciones, confiesa que ha dicho estas cosas conjeturalmente. Pues dice, «Si entonces, amigo mío, algún dios nos prometiera que, si intentáramos hacer un examen de la legislación, las cosas ahora dichas,» etc., lo cual muestra que hablaba por conjetura; y si por conjetura, entonces lo que dice no es verdad.

    Capítulo 17. Información precisa de los cristianos

    III, 17

    Convendría, por tanto, que se hiciera más bien discípulo de Dios en esta materia de legislación, como él mismo confesó que de ninguna otra manera podía obtener información precisa sino por la enseñanza de Dios mediante la Ley. ¿Y no profesaron los poetas Homero, Hesíodo y Orfeo que ellos mismos habían sido instruidos por la Divina Providencia? Además, se dice que entre vuestros escritores hubo profetas y pronosticadores, y que escribieron con precisión quienes fueron informados por ellos. ¡Cuánto más, entonces, conoceremos nosotros la verdad, que somos instruidos por los santos profetas, que fueron poseídos por el Espíritu Santo de Dios! Por esta razón todos los profetas hablaron armoniosamente y en acuerdo unos con otros, y predijeron las cosas que habrían de suceder en todo el mundo. Pues el mismo cumplimiento de los acontecimientos predichos y ya consumados debería demostrar a los aficionados a la información, o más bien a los amantes de la verdad, que son realmente verdaderas las cosas que declararon acerca de las épocas y eras anteriores al diluvio: a saber, cómo han corrido los años desde que el mundo fue creado hasta ahora, para manifestar la ridícula mendacidad de vuestros autores y mostrar que sus afirmaciones no son verdaderas.

    Capítulo 18. Errores de los griegos acerca del diluvio

    III, 18

    Pues Platón, como dijimos arriba, habiendo demostrado que un diluvio había sucedido, dijo que no se extendió sobre toda la tierra, sino solo sobre las llanuras, y que quienes huyeron a las colinas más altas se salvaron. Pero otros dicen que existieron Deucalión y Pirra, y que fueron preservados en un cofre; y que Deucalión, después de salir del cofre, arrojó piedras detrás de sí, y que de las piedras se produjeron hombres; de cuya circunstancia dicen que a los hombres en masa se les llama «pueblo». Otros, además, dicen que Clímeno existió en un segundo diluvio. Por lo ya dicho, es evidente que quienes escribieron tales cosas y filosofaron con tan poco provecho son miserables y personas muy profanas e insensatas. Pero Moisés, nuestro profeta y siervo de Dios, al dar cuenta de la génesis del mundo, refirió de qué manera vino el diluvio sobre la tierra, contándonos además cómo sucedieron los detalles del diluvio, sin relatar fábula alguna de Pirra ni de Deucalión o Clímeno; ni tampoco, ciertamente, que solo las llanuras fueron sumergidas y que solo quienes escaparon a las montañas se salvaron.

    Capítulo 19. Relato exacto del diluvio

    III, 19

    Y no da a entender que hubiera un segundo diluvio; al contrario, dijo que nunca más habría un diluvio de agua sobre el mundo; como en efecto ni lo ha habido ni lo habrá jamás. Y dice que ocho seres humanos fueron preservados en el arca, en aquella que había sido preparada por disposición de Dios, no por Deucalión, sino por Noé; palabra hebrea que significa «descanso,» como en otro lugar hemos mostrado que Noé, al anunciar a los hombres entonces vivos que venía un diluvio, les profetizó diciendo: Venid aquí, Dios os llama al arrepentimiento. Por esto fue apropiadamente llamado Deucalión. Y este Noé tuvo tres hijos (como mencionamos en el segundo libro), cuyos nombres eran Sem, Cam y Jafet; y estos tenían tres esposas, una esposa cada uno; cada hombre y su esposa. A este hombre algunos lo han apellidado Eunuco. Todas las ocho personas, por tanto, que se hallaron en el arca fueron preservadas. Y Moisés mostró que el diluvio duró cuarenta días y cuarenta noches, cayendo torrentes desde el cielo y brotando las fuentes del abismo, de modo que el agua sobrepasó todo monte alto en quince codos. Y así fue destruida la raza de todos los hombres que entonces existían, y solo se salvaron los que estaban protegidos en el arca; y estos, ya lo hemos dicho, eran ocho. Y del arca, los restos se ven hasta el día de hoy en los montes de Arabia. Tal es, en suma, la historia del diluvio.

    Capítulo 20. Antigüedad de Moisés

    III, 20

    Moisés, habiéndose convertido en caudillo de los judíos, como ya hemos dicho, fue expulsado de la tierra de Egipto por el rey, Faraón, cuyo nombre era Amasis, y quien, según dicen, reinó después de la expulsión del pueblo veinticinco años y cuatro meses, como supone Manetón. Y después de él [reinó] Chebrón, trece años. Y después de él Amenofis, veinte años y siete meses. Y después de él su hermana Amesa, veintiún años y un mes. Y después de ella Mefres, doce años y nueve meses. Y después de él Metramutosis, veinte años y diez meses. Y después de él Titmosis, nueve años y ocho meses. Y después de él Danfenofis, treinta años y diez meses. Y después de él Oro, treinta y cinco años y cinco meses. Y después de él su hija, diez años y tres meses. Después de ella Merqueres, doce años y tres meses. Y después de él su hijo Armais, treinta años y un mes. Después de él Meses, hijo de Miammus, seis años y dos meses. Después de él Ramsés, un año y cuatro meses. Después de él Amenofis, diecinueve años y seis meses. Después de él sus hijos Toeso y Ramsés, diez años; de quienes, se dice, tenían una gran fuerza de caballería y equipo naval. Los hebreos, en verdad, según su propia historia separada, habiendo emigrado entonces a la tierra de Egipto y siendo esclavizados por el rey Tetmosis, como ya se ha dicho, edificaron para él ciudades fortificadas: Peitho, Ramsés y On, que es Heliópolis; de modo que los hebreos, que también son nuestros antepasados, y de quienes tenemos aquellos libros sagrados que son más antiguos que todos los autores, como ya se ha dicho, se demuestra que son más antiguos que las ciudades que en aquel tiempo eran renombradas entre los egipcios. Y el país fue llamado Egipto a partir del rey Setos. Pues la palabra Setos, dicen, se pronuncia «Egipto.» Y Setos tenía un hermano, de nombre Armais. Este es llamado Dánao, el mismo que pasó de Egipto a Argos, a quien los demás autores mencionan como de fecha muy antigua.

    Capítulo 21. De la inexactitud de Manetón

    III, 21

    Y Manetón, que entre los egipcios dio a conocer una gran cantidad de disparates, e incluso impíamente acusó a Moisés y a los hebreos que lo acompañaban de haber sido desterrados de Egipto a causa de la lepra, no pudo dar una declaración cronológica exacta. Pues cuando dijo que eran pastores y enemigos de los egipcios, dijo verdad ciertamente, porque fue forzado a hacerlo. Pues nuestros antepasados que peregrinaron en Egipto eran verdaderamente pastores, pero no leprosos. Pues cuando llegaron a la tierra llamada Jerusalén, donde también después habitaron, es bien sabido cómo sus sacerdotes, en cumplimiento de la disposición de Dios, permanecían en el Templo y allí sanaban toda enfermedad, de modo que curaban a los leprosos y toda dolencia. El Templo fue edificado por Salomón, rey de Judea. Y por la propia declaración de Manetón su error cronológico es manifiesto. (Como lo es también respecto del rey que los expulsó, de nombre Faraón. Pues él ya no los gobernaba. Pues habiendo perseguido a los hebreos, él y su ejército fueron tragados por el mar Rojo. Y yerra aún más al decir que los pastores hicieron la guerra contra los egipcios.) Pues salieron de Egipto, y desde entonces habitaron en la tierra ahora llamada Judea, trescientos trece años antes de que Dánao llegara a Argos. Y que la mayoría lo considera más antiguo que cualquier otro de los griegos es manifiesto. De modo que Manetón nos ha declarado involuntariamente, por sus propios escritos, dos puntos de la verdad: primero, confesando que eran pastores; segundo, diciendo que salieron de la tierra de Egipto. De modo que incluso a partir de estos escritos se demuestra que Moisés y sus seguidores son novecientos o incluso mil años anteriores a la guerra de Troya.

    Capítulo 22. Antigüedad del Templo

    III, 22

    Ahora bien, en cuanto a la edificación del Templo en Judea, que el rey Salomón edificó quinientos sesenta y seis años después de la salida de los judíos de Egipto, hay entre los tirios un registro de cómo fue edificado el Templo; y en sus archivos se han conservado escritos en los que se demuestra que el Templo existía ciento cuarenta y tres años y ocho meses antes de que los tirios fundaran Cartago (y este registro fue hecho por Hiram —este es el nombre del rey de los tirios—, hijo de Abimalo, a causa de la amistad hereditaria que existía entre Hiram y Salomón, y al mismo tiempo a causa de la sabiduría sobreeminente que poseía Salomón. Pues continuamente se ocupaban mutuamente en discutir problemas difíciles. Y prueba de esto existe en su correspondencia, que hasta el día de hoy se conserva entre los tirios, y en los escritos que pasaron entre ellos); como Menandro el Efesio, al narrar la historia del reino tirio, registra, hablando así: «Pues cuando Abimalo, rey de los tirios, murió, su hijo Hiram le sucedió en el reino. Vivió cincuenta y tres años. Y Bazoro le sucedió, quien vivió cuarenta y tres, y reinó diecisiete años. Y después de él siguió Metuastarto, quien vivió cincuenta y cuatro años, y reinó doce. Y después de él sucedió su hermano Atarimo, quien vivió cincuenta y ocho años, y reinó nueve. Fue asesinado por su hermano de nombre Heles, quien vivió cincuenta años, y reinó ocho meses. Fue muerto por Jutobalo, sacerdote de Astarté, quien vivió cuarenta años, y reinó doce. Le sucedió su hijo Bazoro, quien vivió cuarenta y cinco años, y reinó siete. Y a este le sucedió su hijo Meten, quien vivió treinta y dos años, y reinó veintinueve. Pigmalión, hijo de Pigmalio, le sucedió, quien vivió cincuenta y seis años, y reinó siete. Y en el séptimo año de su reinado, su hermana, huyendo a Libia, edificó la ciudad que hasta el día de hoy se llama Cartago.» El período entero, por tanto, desde el reinado de Hiram hasta la fundación de Cartago, asciende a ciento cincuenta y cinco años y ocho meses. Y en el duodécimo año del reinado de Hiram fue edificado el Templo en Jerusalén. De modo que todo el tiempo desde la edificación del Templo hasta la fundación de Cartago fue de ciento cuarenta y tres años y ocho meses.

    Capítulo 23. Los profetas más antiguos que los escritores griegos

    III, 23

    Baste, pues, lo dicho como testimonio de los fenicios y de los egipcios, y como relato de nuestra cronología dado por los escritores Manetón el egipcio y Menandro el Efesio, y también Josefo, que escribió la guerra judía que sostuvieron contra los romanos. Pues por estos registros antiquísimos se demuestra que los escritos de los demás son más recientes que los escritos que nos fueron dados por medio de Moisés, sí, y que los profetas posteriores. Pues el último de los profetas, llamado Zacarías, fue contemporáneo del reinado de Darío. Pero incluso los propios legisladores se halla que todos legislaron con posterioridad a aquel período. Pues si uno mencionara a Solón el ateniense, vivió en los días de los reyes Ciro y Darío, en el tiempo del profeta Zacarías antes mencionado, quien fue por muchos años el último de los profetas. O si mencionas a los legisladores Licurgo, o Dracón, o Minos, Josefo nos dice en sus escritos que los libros sagrados los preceden en antigüedad, puesto que aun antes del reinado de Júpiter sobre los cretenses, y antes de la guerra de Troya, existían los escritos de la Ley divina que nos ha sido dada por medio de Moisés. Y para dar una exposición más exacta de eras y fechas, daremos ahora, con la ayuda de Dios, cuenta no solo de las fechas posteriores al diluvio, sino también de las anteriores a él, a fin de calcular el número total de todos los años, en lo posible; remontándonos hasta el comienzo mismo de la creación del mundo, que Moisés, siervo de Dios, registró por medio del Espíritu Santo. Pues habiendo hablado primero de lo que concernía a la creación y génesis del mundo, y del primer hombre, y de todo lo que sucedió después en el orden de los acontecimientos, indicó también los años que transcurrieron antes del diluvio. Y pido favor al único Dios, para que pueda decir con exactitud toda la verdad conforme a su voluntad, a fin de que tú y todo el que lea esta obra seáis guiados por su verdad y favor. Comenzaré, pues, primero con las genealogías registradas, y comienzo mi narración con el primer hombre.

    Capítulo 24. Cronología desde Adán

    III, 24

    Adán vivió hasta engendrar un hijo, 230 años. Y su hijo Set, 205. Y su hijo Enós, 190. Y su hijo Cainán, 170. Y su hijo Mahalaleel, 165. Y su hijo Jared, 162. Y su hijo Enoc, 165. Y su hijo Matusalén, 167. Y su hijo Lamec, 188. Y el hijo de Lamec fue Noé, de quien ya hemos hablado, quien engendró a Sem a la edad de 500 años. Durante la vida de Noé, en su año 600, vino el diluvio. El número total de años, por tanto, hasta el diluvio, fue 2242. E inmediatamente después del diluvio, Sem, que tenía 100 años, engendró a Arfaxad. Y Arfaxad, a los 135 años, engendró a Sala. Y Sala engendró un hijo a los 130. Y su hijo Heber, a los 134. Y de él toman nombre los hebreos. Y su hijo Peleg engendró un hijo a los 130. Y su hijo Reu, a los 132. Y su hijo Serug, a los 130. Y su hijo Nacor, a los 75. Y su hijo Taré, a los 70. Y su hijo Abraham, nuestro patriarca, engendró a Isaac a la edad de 100 años. Hasta Abraham, por tanto, hay 3278 años. El mencionado Isaac vivió hasta engendrar un hijo, 60 años, y engendró a Jacob. Jacob, hasta la migración a Egipto, de la que ya hemos hablado, vivió 130 años. Y la peregrinación de los hebreos en Egipto duró 430 años; y después de su salida de la tierra de Egipto pasaron 40 años en el desierto, como se le llama. Todos estos años, por tanto, ascienden a 3938. Y en aquel tiempo, habiendo muerto Moisés, Josué, hijo de Nun, le sucedió en el mando, y los gobernó 27 años. Y después de Josué, cuando el pueblo transgredió los mandamientos de Dios, sirvieron al rey de Mesopotamia, de nombre Cusaratón, 8 años. Entonces, ante el arrepentimiento del pueblo, tuvieron jueces: Otoniel, 40 años; Eglón, 18 años; Aod, 8 años. Después, habiendo pecado, fueron subyugados por extranjeros durante 20 años. Entonces Débora los juzgó 40 años. Luego sirvieron a los madianitas 7 años. Entonces Gedeón los juzgó 40 años; Abimelec, 3 años; Tola, 22 años; Jaír, 22 años. Entonces los filisteos y amonitas los dominaron 18 años. Después de eso Jefté los juzgó 6 años; Esbón, 7 años; Ailón, 10 años; Abdón, 8 años. Luego extranjeros los dominaron 40 años. Entonces Sansón los juzgó 20 años. Después hubo paz entre ellos durante 40 años. Entonces Samera los juzgó un año; Elí, 20 años; Samuel, 12 años.

    Capítulo 25. Desde Saúl hasta el cautiverio

    III, 25

    Y después de los jueces tuvieron reyes, el primero llamado Saúl, que reinó 20 años; luego David, nuestro antepasado, que reinó 40 años. Por consiguiente, hay hasta el reinado de David [desde Isaac] 496 años. Y después de estos reyes reinó Salomón, quien también, por la voluntad de Dios, fue el primero en edificar el Templo en Jerusalén; reinó 40 años. Y después de él Roboam, 17 años; y después de él Abías, 7 años; y después de él Asa, 41 años; y después de él Josafat, 25 años; y después de él Joram, 8 años; y después de él Ocozías, 1 año; y después de él Atalía, 6 años; y después de ella Josías, 40 años; y después de él Amasías, 39 años; y después de él Uzías, 52 años; y después de él Jotam, 16 años; y después de él Acaz, 17 años; y después de él Ezequías, 29 años; y después de él Manasés, 55 años; y después de él Amón, 2 años; y después de él Josías, 31 años; y después de él Joacaz, 3 meses; y después de él Joacim, 11 años. Luego otro Joacim, 3 meses y 10 días; y después de él Sedequías, 11 años. Y después de estos reyes, continuando el pueblo en sus pecados y no arrepintiéndose, subió a Judea el rey de Babilonia, llamado Nabucodonosor, conforme a la profecía de Jeremías. Trasladó al pueblo de los judíos a Babilonia y destruyó el Templo que Salomón había edificado. Y en el destierro babilónico pasó el pueblo 70 años. Hasta la peregrinación en la tierra de Babilonia hay, por tanto, en total, 4954 años, 6 meses y 10 días. Y así como Dios había predicho por el profeta Jeremías que el pueblo sería llevado cautivo a Babilonia, de igual manera indicó de antemano que también volverían a su propia tierra después de 70 años. Cumplidos, pues, estos 70 años, llega a ser rey de los persas Ciro, quien, conforme a la profecía de Jeremías, emitió un decreto en el segundo año de su reinado, ordenando por su edicto que todos los judíos que estaban en su reino volvieran a su propio país y reedificaran su Templo para Dios, el cual el mencionado rey de Babilonia había demolido. Además, Ciro, en cumplimiento de las instrucciones de Dios, dio órdenes a sus propios guardias personales, Sabesar y Mitrídates, de que los vasos que habían sido sacados del Templo de Judea por Nabucodonosor fueran restituidos y colocados de nuevo en el Templo. En el segundo año, por tanto, de Darío se cumplen los 70 años que fueron predichos por Jeremías.

    Capítulo 26. Contraste entre los escritos hebreos y los griegos

    III, 26

    De aquí se puede ver cómo nuestros escritos sagrados se demuestran más antiguos y verdaderos que los de los griegos y egipcios, o los de cualesquiera otros historiadores. Pues Heródoto y Tucídides, como también Jenofonte, y la mayoría de los demás historiadores, comenzaron sus relatos aproximadamente desde el reinado de Ciro y Darío, sin poder hablar con exactitud de los tiempos anteriores y antiguos. Pues ¿qué grandes asuntos revelaron si hablaron de Darío y Ciro, reyes bárbaros, o de los griegos Zópiro e Hipias, o de las guerras de los atenienses y lacedemonios, o de las hazañas de Jerjes o de Pausanias, que corrió el riesgo de morir de hambre en el templo de Minerva, o de la historia de Temístocles y la guerra del Peloponeso, o de Alcibíades y Trasíbulo? Porque mi propósito no es suministrar mera materia de mucha charla, sino arrojar luz sobre el número de años desde la fundación del mundo, y condenar el trabajo vacío y la frivolidad de estos autores, porque no han existido ni veinte mil veces diez mil años desde el diluvio hasta el tiempo presente, como dijo Platón, afirmando que había habido tantos años; ni tampoco 15 veces 10.375 años, como ya hemos mencionado que Apolonio el egipcio divulgó; ni es el mundo increado, ni hay una producción espontánea de todas las cosas, como soñaron Pitágoras y los demás; sino que, siendo ciertamente creado, es también gobernado por la providencia de Dios, que hizo todas las cosas; y todo el curso del tiempo y los años se hacen claros a quienes desean obedecer la verdad. No sea, pues, que parezca que he aclarado las cosas hasta el tiempo de Ciro y que descuido los períodos subsiguientes, como por incapacidad de mostrarlos, me esforzaré, con la ayuda de Dios, por dar cuenta, según mi capacidad, del curso de los tiempos subsiguientes.

    Capítulo 27. Cronología romana hasta la muerte de M. Aurelio

    III, 27

    Cuando Ciro, pues, hubo reinado veintinueve años y fue muerto por Tomiris en el país de los masagetas, sucediendo esto en la 62.ª olimpiada, entonces los romanos comenzaron a crecer en poder, fortaleciéndolos Dios, habiendo sido fundada Roma por Rómulo, tenido por hijo de Marte e Ilia, en la 7.ª olimpiada, el día 21 de abril, computándose entonces el año como de diez meses. Habiendo muerto, pues, Ciro, como ya hemos dicho, en la 62.ª olimpiada, esta fecha cae en el año 220 A.U.C., año en el cual también reinó sobre los romanos Tarquino, apellidado Superbo, el cual fue el primero que desterró a romanos y corrompió a la juventud, e hizo eunucos a ciudadanos y, además, fue el primero que desfloró a doncellas y luego las dio en matrimonio. Por esta causa fue llamado con propiedad Superbo en la lengua romana, lo cual se traduce «el Soberbio.» Pues él fue el primero en decretar que a quienes lo saludaran, otro les devolviera el saludo. Reinó veinticinco años. Después de él fueron introducidos cónsules anuales, y también tribunos y ediles, por 453 años, cuyos nombres consideramos largo y superfluo enumerar. Pues si alguien desea conocerlos, los averiguará por las tablas compiladas por Crisero el nomenclátor; este era un liberto de Aurelio Vero, y compuso un registro muy lúcido de todas las cosas, tanto nombres como fechas, desde la fundación de Roma hasta la muerte de su propio patrono, el emperador Vero. Los magistrados anuales gobernaron a los romanos, como decimos, durante 453 años. Después comenzaron en este orden los llamados emperadores: primero, Cayo Julio, que reinó 3 años 4 meses 6 días; luego Augusto, 56 años 4 meses 1 día; Tiberio, 22 años; luego otro Cayo, 3 años 8 meses 7 días; Claudio, 23 años 8 meses 24 días; Nerón, 13 años 6 meses 58 días; Galba, 2 años 7 meses 6 días; Otón, 3 meses 5 días; Vitelio, 6 meses 22 días; Vespasiano, 9 años 11 meses 22 días; Tito, 2 años 22 días; Domiciano, 15 años 5 meses 6 días; Nerva, 1 año 4 meses 10 días; Trajano, 19 años 6 meses 16 días; Adriano, 20 años 10 meses 28 días; Antonino, 22 años 7 meses 6 días; Vero, 19 años 10 días. El tiempo, por tanto, de los Césares hasta la muerte del emperador Vero es de 237 años 5 días. Desde la muerte de Ciro, por tanto, y desde el reinado de Tarquino Superbo, hasta la muerte del emperador Vero, el tiempo total asciende a 744 años.

    Capítulo 28. Principales épocas cronológicas

    III, 28

    Y desde la fundación del mundo, el tiempo total se traza así, en lo que atañe a sus principales épocas. Desde la creación del mundo hasta el diluvio hubo 2242 años. Y desde el diluvio hasta el tiempo en que Abraham, nuestro padre, engendró un hijo, 1036 años. Y desde Isaac, hijo de Abraham, hasta el tiempo en que el pueblo habitó con Moisés en el desierto, 660 años. Y desde la muerte de Moisés y el gobierno de Josué hijo de Nun, hasta la muerte del patriarca David, 498 años. Y desde la muerte de David y el reinado de Salomón hasta la estancia del pueblo en la tierra de Babilonia, 518 años 6 meses 10 días. Y desde el gobierno de Ciro hasta la muerte del emperador Aurelio Vero, 744 años. Todos los años desde la creación del mundo suman un total de 5698 años, y los meses y días sueltos.
    Comentario editorial · Cómo se fecha la obra
    La obra no se fecha a sí misma; se deduce de III, 27–28: los reinados romanos llegan «hasta la muerte del emperador Vero» (el encabezado del ANF dice «M. Aurelio») y el total desde la creación es «5698 años». Para la Catholic Encyclopedia el autor vivía después de la muerte de Marco Aurelio (180); el «Vero, 19 años 10 días» del texto coincide con el reinado que Wikipedia da a Marco Aurelio (7 de marzo de 161 – 17 de marzo de 180). El editor estadounidense, en cambio, anota que «Vero murió en 169» y saca la creación en 5529 a. C., cifra que repite Wikipedia. En su Crónica, Eusebio coloca a Teófilo junto a Soter y a su sucesor Maximino junto a Eleuterio; para la Catholic Encyclopedia (Lightfoot y Hort) eso solo sincroniza listas de Antioquía y Roma. Aquí no se rehacen las cuentas del texto.

    Capítulo 29. Antigüedad del cristianismo

    III, 29

    Estos períodos, pues, y todos los hechos arriba mencionados, considerados en conjunto, permiten ver la antigüedad de los escritos proféticos y la divinidad de nuestra doctrina; que la doctrina no es reciente, ni nuestros dogmas míticos y falsos, como piensan algunos, sino muy antiguos y verdaderos. Pues Talo mencionó a Belo, rey de los asirios, y a Saturno, hijo de Titán, alegando que Belo con los Titanes hizo guerra contra Júpiter y contra los así llamados dioses que estaban en alianza con él; y en esta ocasión dice que Giges, derrotado, huyó a Tartesos. En aquel tiempo Giges gobernaba aquel país, que entonces se llamaba Acte, pero ahora se llama Ática. Y de dónde derivaron sus nombres los demás países y ciudades, pensamos que es innecesario contarlo, especialmente a ti, que estás familiarizado con la historia. Que Moisés, y no solo él, sino también la mayoría de los profetas que lo siguieron, es más antiguo que todos los escritores, y que Saturno, Belo y la guerra de Troya, es manifiesto. Pues según la historia de Talo, se halla que Belo es 322 años anterior a la guerra de Troya. Pero hemos mostrado arriba que Moisés vivió alrededor de 900 o 1000 años antes de la caída de Troya. Y como Saturno y Belo florecieron al mismo tiempo, la mayoría de la gente no sabe cuál es Saturno y cuál es Belo. Algunos adoran a Saturno y lo llaman Bel o Bal, especialmente los habitantes de los países orientales, pues no saben quién es Saturno ni quién es Belo. Y entre los romanos se lo llama Saturno, pues tampoco ellos saben cuál de los dos es más antiguo: Saturno o Bel. En lo que respecta al comienzo de las olimpiadas, dicen que la observancia data de Ífito, pero según otros, de Lino, a quien también se llama Ilio. El orden que guarda la suma total de años y olimpiadas lo hemos mostrado arriba. Creo que ahora he discurrido con exactitud, según mi capacidad, tanto sobre la impiedad de vuestras prácticas como sobre el número total de las épocas de la historia. Pues aunque hayamos cometido un error cronológico de, por ejemplo, 50 o 100, o incluso 200 años, no lo es de miles y decenas de miles, como han escrito hasta ahora Platón, Apolonio y otros autores mendaces. Y tal vez nuestro conocimiento del número total de los años no sea del todo exacto, porque los meses y días sueltos no están consignados en los libros sagrados. Pero en lo que respecta a los períodos de que hablamos, estamos corroborados por Beroso, el filósofo caldeo, que dio a conocer a los griegos la literatura caldea y dijo algunas cosas acerca del diluvio, y muchos otros puntos de historia, en concordancia con Moisés; y con los profetas Jeremías y Daniel también habló en cierta medida en concordancia. Pues mencionó lo que sucedió a los judíos bajo el rey de los babilonios, a quien él llama Abobásor, y a quien los hebreos llaman Nabucodonosor. Y habló también del templo de Jerusalén; cómo fue desolado por el rey de los caldeos, y que, habiéndose puesto los cimientos del templo en el segundo año del reinado de Ciro, el templo fue terminado en el segundo año del reinado de Darío.
    Comentario editorial · Los testigos paganos de la cronología
    Para probar que Moisés es anterior a los poetas, Teófilo cita a escritores no cristianos: Manetón (III, 20–21), Menandro de Éfeso (III, 22), Beroso y Talo (III, 29). Manetón fue un sacerdote egipcio de época ptolemaica (floreció hacia 290–260 a. C., según Wikipedia) cuya Aegyptiaca se perdió; Teófilo lo acusa de decir «disparates» y de hacer leprosos a los hebreos (III, 21). Beroso fue un sacerdote babilonio que escribió en griego hacia 290–278 a. C. (Wikipedia); una nota de Dods lo sitúa «en el reinado de Alejandro Magno». De Talo no se sabe cuándo vivió; la mayoría de los estudiosos fecha su obra hacia 50 d. C., y Teófilo es el primero que lo menciona, hacia 180, según Wikipedia. Casi todo lo que se conserva de él son citas ajenas.

    Capítulo 30. Por qué los griegos no mencionaron nuestras historias

    III, 30

    Pero los griegos no hacen mención de las historias que dicen la verdad: primero, porque ellos mismos solo recientemente se hicieron partícipes del conocimiento de las letras; y ellos mismos lo confiesan, alegando que las letras fueron inventadas, según dicen unos, entre los caldeos, y según otros, entre los egipcios, y otros dicen, a su vez, que derivan de los fenicios. Y, en segundo lugar, porque pecaron, y todavía pecan, al no hacer mención de Dios, sino de asuntos vanos e inútiles. Pues así celebran con todo el corazón a Homero y a Hesíodo, y a los demás poetas; pero la gloria del Dios incorruptible y único no solo omiten mencionarla, sino que la blasfeman; sí, y persiguieron, y persiguen a diario, a quienes lo adoran. Y no solo eso, sino que incluso otorgan premios y honores a quienes insultan a Dios con lenguaje armonioso; pero a los que son celosos en la búsqueda de la virtud y practican una vida santa, a unos los apedrearon, a otros los mataron, y hasta el tiempo presente los someten a salvajes torturas. Por lo cual tales hombres han perdido necesariamente la sabiduría de Dios, y no han hallado la verdad.
    Si te place, pues, estudia estas cosas con cuidado, para que tengas un compendio y una prenda de la verdad.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la obra

    A Autólico no es un tratado sistemático. Es una apología en tres libros que, según la Catholic Encyclopedia, son obras separadas escritas en momentos distintos. Con todo, tres asuntos han pesado más que el resto. El primero es el pasaje de II, 15, donde aparece la palabra «tríada» para «Dios, su Verbo y su sabiduría», que una nota de la edición inglesa y Wikipedia tienen por el uso cristiano conservado más antiguo de la palabra. El segundo es la insistencia en que Dios hace el mundo sin materia previa (II, 4 y 10), a la que remite el artículo sobre la creatio ex nihilo. El tercero es la cronología como argumento (III, 20–29): lo que Moisés y los profetas escribieron es anterior a lo que los griegos recuerdan, y por tanto la doctrina cristiana no es «reciente» (III, 4 y 29); en una nota a III, 23, el editor estadounidense, siguiendo a Ussher, llama a Teófilo padre de la cronología cristiana.
    La transmisión fue discreta. Según Wikipedia, que sigue aquí el artículo de Wace en el Dictionary of Christian Biography, ningún autor griego la cita antes de Eusebio; en Occidente la cita Lactancio con el título Liber de temporibus ad Autolycum, y Genadio de Marsella la conoce como «tres libelli de fide» atribuidos a un Teófilo de Alejandría. La primera edición impresa del griego es de Frisius (Zúrich, 1546), según la Catholic Encyclopedia. Para ver al autor junto a sus contemporáneos, véanse los apologetas del siglo II.
    Límites. La edición de base no fecha la obra ni examina su unidad: la fecha se deduce de III, 27–28 y de los testimonios de Eusebio, y las fuentes difieren (véase la nota a III, 28). Lo que se dice de la vida de Teófilo viene de Eusebio, de Jerónimo y de los editores del ANF, de la Catholic Encyclopedia y de Wikipedia, que no siempre coinciden en los años. La traducción es automática y directa del inglés: se comprobó que tiene los mismos 82 capítulos y los mismos párrafos que el inglés, que su extensión es casi igual (1,01 veces la inglesa) y que las cifras de los capítulos cronológicos (III, 19–28) son las del inglés, pero ninguna persona la ha revisado frase a frase. Se conservan y se avisan dos defectos: la alternancia entre «Verbo» y «Palabra», y el griego ἁρκή por ἀρχή en II, 10. Las notas históricas son de esta edición; donde se apoyan en las del ANF, se dice.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra