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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 1.— Cómo escribe Agustín en respuesta a un favor pedido por un diácono de Cartago
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3.— De la narración plena que ha de emplearse en la catequesis
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4.— Que la gran razón del advenimiento de Cristo fue la recomendación del amor
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 5.— Que la persona que viene a recibir instrucción catequética debe ser examinada respecto a sus intenciones, al desear hacerse cristiano
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 7.— De la exposición de la resurrección, el juicio y otros temas que deben seguir a esta narración
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9.— Del modo en que se ha de tratar a los gramáticos y oradores profesionales
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 11.— Del remedio para la segunda fuente de tedio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12.— Del remedio para la tercera fuente de tedio
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 14.— Del remedio contra la quinta y sexta fuente de tedio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 15.— Del método según el cual nuestro discurso debe adaptarse a las diferentes clases de oyentes
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 17.— Continuación del modelo de discurso catequético, en referencia especial a la reprensión de los falsos fines por parte del catecúmeno
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 19.— De la coexistencia del bien y del mal en la Iglesia, y de su separación final
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 20.— De la servidumbre de Israel en Egipto, su liberación y su paso por el Mar Rojo
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 21.— Del cautiverio de Babilonia, y de las cosas significadas por él
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 23.— De la misión del Espíritu Santo cincuenta días después de la resurrección de Cristo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 24.— De la Iglesia en su semejanza con una vid que brota y sufre la poda
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 25.— De la constancia en la fe de la resurrección
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 13 minCapítulo 26.— De la admisión formal del catecúmeno, y de las señales que en ella se emplean

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la catequesis de los principiantes

    Texto base: S. D. F. Salmond (trad.), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1887) · 27 capítulos y 55 secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de S. D. F. Salmond; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 142 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Deogratias, diácono de Cartago, tiene fama de buen catequista, y por eso le llevan a quienes han de ser instruidos en la fe desde sus primeros rudimentos. Pero casi siempre se encuentra en un apuro: no sabe en qué punto debe empezar la exposición ni hasta dónde llegar, si al terminar conviene exhortar o basta con señalar los preceptos, y a menudo, en medio de un discurso largo y lánguido, se vuelve «inútil y desagradable incluso para sí mismo» (§ 1). Agustín le contesta con un libro que tiene tres partes: cómo se narra la historia de la salvación a quien no la conoce, cómo se conserva la alegría de enseñar cuando el tedio gana al maestro, y dos discursos de muestra, uno largo y otro breve, para que Deogratias vea en un caso lo que se le ha recomendado. Esta edición es la traducción castellana, directa de la versión inglesa de S. D. F. Salmond que publicó el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (Philip Schaff, ed.); no se hizo del latín.
    El libro tiene 27 capítulos y 55 secciones numeradas. Los capítulos 1 y 2 (§ 1–4) plantean el encargo y la experiencia de que un discurso que agrada al oyente puede desagradar al que habla. Del 3 al 7 (§ 5–11) están las reglas de la narración: contar desde la creación hasta el presente de la Iglesia, escoger unos pocos hechos y detenerse en ellos (Cap. 3), apuntar siempre a la caridad como fin del mandamiento y razón de la venida de Cristo (Cap. 4), examinar primero las intenciones del que llega (Cap. 5) y proseguir con la resurrección y el juicio (Cap. 7). Los capítulos 8 y 9 (§ 12–13) tratan de dos clases de oyente que no son «indoctos» en sentido llano: el que ha recibido una buena educación y el que viene de las escuelas de los gramáticos y los oradores. Los capítulos 10 a 14 (§ 14–22) enumeran las causas del tedio del catequista y su remedio. El capítulo 15 (§ 23) anuncia los ejemplos. Desde el § 24 (Cap. 16) viene el discurso largo, que termina con el rito de admisión (§ 50); desde el § 51, el breve. La Catholic Encyclopedia cuenta este libro, junto con el libro IV de Sobre la doctrina cristiana, entre los lugares donde Agustín expone la teoría de la predicación y de la instrucción religiosa del pueblo.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430, según Wikipedia), obispo de Hipona
    TítuloSobre la catequesis de los principiantes (en latín, De catechizandis rudibus; en inglés, On the Catechising of the Uninstructed, que la Oxford Library tradujo On Instructing the Unlearned; el encabezado del epub castellano dice «de los indoctos»)
    FechaHacia 400. Agustín la reseña en las Retractaciones (II, 14) junto a otras obras que tenía entre manos hacia esa fecha (NPNF); la Catholic Encyclopedia da 400 y la lista de obras de Wikipedia, 399
    DestinatarioDeogratias, diácono de Cartago; el NPNF conjetura que sea el presbítero del mismo nombre a quien Agustín escribió hacia 406 (hoy Carta 102)
    GéneroManual de método catequético con dos discursos modelo, escrito a petición
    Extensión27 capítulos, 55 secciones, unas 25 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de S. D. F. Salmond; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3 (On the Holy Trinity; Doctrinal Treatises; Moral Treatises), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del «Rev. S. D. F. Salmond, D.D., Professor of Systematic Theology, Free Church College, Aberdeen» (así encabeza la obra la copia de CCEL; New Advent la da como «S.D.F. Salmond»). La versión se imprimió en el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editada por Philip Schaff: New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1887), y la portada de la copia de CCEL lleva los nombres de T&T Clark (Edimburgo) y de Eerdmans (Grand Rapids). Las fuentes consultadas no dicen dónde se publicó antes la versión de Salmond.
    Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo una aplicación (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano y nadie la ha revisado frase a frase. La nota introductoria que abre la obra en el NPNF es la que sigue, tal como la trae el epub:
    Texto de la fuenteNota introductoria de la edición inglesa (NPNF) · Sobre la catequesis de los principiantes · Nota introductoria
    En el capítulo decimocuarto del libro segundo de sus Retractaciones, Agustín hace la siguiente declaración: «Hay también un libro nuestro sobre el asunto de la Catequesis de los indoctos, [o sea, para instruir a los ignorantes, De Catechizandis Rudibus], siendo éste, en efecto, el título expreso con que se designa. En este libro, donde he dicho: 'Ni el ángel que, junto con otros espíritus que eran sus satélites, abandonó por soberbia la obediencia de Dios y se convirtió en el diablo, hizo daño alguno a Dios, sino a sí mismo; porque Dios sabe disponer de las almas que lo abandonan:' sería más apropiado decir 'espíritus que lo abandonan,' puesto que la cuestión trataba de ángeles. Este libro comienza con estas palabras: 'Me has pedido, hermano Deogratias.'»
    La composición descrita así en el pasaje citado es reseñada por Agustín en conexión con otras obras que tenía entre manos hacia el año 400 d.C., y por lo tanto puede considerarse perteneciente a esa fecha. Se ha conjeturado que la persona a quien va dirigida quizá sea la misma que el presbítero Deogratias, a quien, según leemos en la epístola que hoy figura como la ciento dos, Agustín escribió hacia el año 406 en respuesta a algunas preguntas de los paganos que le fueron remitidas desde Cartago.
    Los editores benedictinos presentan el tratado en los siguientes términos: «A petición de un diácono de Cartago, Agustín emprende la tarea de enseñar el arte de catequizar; y en primer lugar, da ciertas instrucciones a fin de que este género de deber pueda cumplirse no sólo con un método ordenado y una disposición apta, sino también sin tedio y con espíritu de alegría. Después, reduciendo sus instrucciones a la práctica, da un ejemplo de lo que quiere decir presentando dos discursos establecidos, paralelos entre sí, el uno algo más extenso y el otro muy breve, pero ambos apropiados para la instrucción de cualquier individuo cuyo deseo sea ser cristiano.»
    En la copia de CCEL esa nota lleva un añadido entre corchetes, firmado «P. S.» (Philip Schaff), que el epub no incluye. Dice, resumido, que este tratado muestra lo que en tiempos de Agustín se tenía por la instrucción religiosa más necesaria; que el texto latino está en el volumen VI de la edición benedictina y en la edición manual de C. Marriott (S. Augustini Opuscula quaedam, Oxford y Londres, 4.ª ed., 1885); y que existe una versión inglesa anterior y más literal de C. L. Cornish, de la Oxford Library of the Fathers (1847), con el título On Instructing the Unlearned, que H. de Romestin reprodujo en la edición inglesa de Marriott (Oxford y Londres, 1885).
    Lo que viene de la edición. Los 27 capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa; los títulos son del editor, no de Agustín. Las 55 secciones llevan el número que les da el NPNF y que sigue a las ediciones latinas (los localizadores de esta edición, «§ 7», son esos números). El epub de partida trae solo el texto: no incluye las 184 notas al pie del NPNF (variantes de los manuscritos, palabras latinas, remisiones a la Escritura). Por eso el texto no lleva referencias bíblicas entre corchetes y, a diferencia de otras ediciones del sitio, sus citas de la Escritura no se resuelven contra la Biblia del lector: aparecen entre comillas, sin referencia, como en el epub.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 29 encabezados y los mismos 58 párrafos que el inglés de partida; su largo total es el 97,5 % del inglés y ningún párrafo se aparta de entre 0,8 y 1,25 veces el largo del original. No quedan palabras ni párrafos sin traducir. Un defecto se conserva: el párrafo que abre el Cap. 20 («Aquel pueblo, pues, habiendo sido conducido a Egipto…») es la sección 34 del inglés, pero la traducción perdió el «34.» inicial; la numeración de esta edición sigue al inglés y lo rotula «§ 34».

    Capítulo 1.— Cómo escribe Agustín en respuesta a un favor pedido por un diácono de Cartago

    § 1

    1. Me has pedido, hermano Deogratias, que te envíe por escrito algo que pueda servirte en la tarea de catequizar a los indoctos. Pues me has informado de que en Cartago, donde ocupas el cargo de diácono, con frecuencia te traen personas que han de ser instruidas en la fe cristiana desde sus primeros rudimentos, debido a que gozas de la reputación de poseer un rico don para la catequesis, fruto a la vez de un íntimo conocimiento de la fe y de un método atractivo de discurso; pero que casi siempre te hallas en dificultad en cuanto a la manera de hacer una declaración adecuada de la doctrina precisa cuya creencia nos constituye cristianos: respecto del punto en que nuestra exposición de la misma debe comenzar, y del límite hasta el cual se le debe permitir avanzar; y en cuanto a la cuestión de si, concluida nuestra narración, debemos emplear alguna clase de exhortación, o simplemente señalar aquellos preceptos con cuya observancia la persona a quien hablamos pueda saber que se mantienen la vida y la profesión cristianas. Al mismo tiempo, has hecho la confesión y queja de que a menudo te ha sucedido que, en el curso de un discurso largo y lánguido, te has vuelto inútil y desagradable incluso para ti mismo, por no hablar del alumno a quien te esforzabas por instruir con tu palabra y de las demás personas presentes como oyentes; y que estas estrecheces te han obligado a imponerme la obligación de ese amor que te debo, para que no considere cosa gravosa, entre todos mis compromisos, escribirte algo sobre este asunto.
    Comentario editorial · Deogratias y el momento del libro
    Del destinatario el libro dice solo lo que dice este § 1: es diácono de Cartago y tiene fama de catequista. El NPNF conjetura que sea el presbítero Deogratias a quien Agustín escribió hacia 406 (hoy Carta 102); las fuentes consultadas no dan más. Cuando Agustín le contesta llevaba pocos años como obispo de Hipona: según Wikipedia fue hecho coadjutor en 395 y poco después obispo titular. La lista de obras de Wikipedia fecha el libro en 399; el NPNF y la Catholic Encyclopedia dicen «hacia 400».

    § 2

    2. En cuanto a mí, pues, si en el ejercicio de las capacidades que por la liberalidad de nuestro Señor puedo presentar, el mismo Señor me pide que ofrezca cualquier clase de ayuda a aquellos a quienes ha hecho hermanos míos, me siento obligado, no sólo por aquel amor y servicio que te debo en razón de la amistad familiar, sino también por el que debo universalmente a mi madre la Iglesia, a no negarme en modo alguno a la tarea, sino más bien a emprenderla con prontitud y entrega devota. Pues cuanto más deseo ver distribuido el tesoro del Señor, tanto más se convierte en deber mío, si averiguo que los administradores, que son mis consiervos, hallan alguna dificultad para repartirlo, hacer todo cuanto esté en mi poder para que puedan realizar con facilidad y presteza aquello a lo que con diligencia y empeño aspiran.

    Capítulo 2.— Cómo sucede a menudo que un discurso que agrada al oyente desagrada al que habla; y qué explicación ha de darse de ese hecho

    § 3

    3. Pero en cuanto a la idea que así concibes privadamente en tales esfuerzos, no quisiera que te perturbes por la consideración de que a menudo te ha parecido estar pronunciando un discurso pobre y tedioso. Pues muy bien puede suceder que el asunto no se haya presentado así a la persona a quien tratabas de instruir, sino que lo que decías te pareciera indigno de los oídos de los demás, sencillamente porque era tu propio deseo ferviente que hubiera algo mejor que escuchar. En efecto, también a mí casi siempre me desagrada mi propio discurso. Pues codicio algo mejor, cuya posesión disfruto con frecuencia dentro de mí antes de comenzar a expresarlo con palabras inteligibles; y entonces, cuando mis capacidades de expresión resultan inferiores a mis aprehensiones interiores, me lamento de la incapacidad que mi lengua ha traicionado al no responder a mi corazón. Pues deseo que quien me oye tenga la misma comprensión cabal del asunto que yo mismo tengo; y advierto que no logro hablar de manera apta para producir eso, y que ello proviene principalmente de que la aprehensión intelectual se difunde por la mente con algo parecido a un relámpago veloz, mientras que la expresión es lenta, ocupa tiempo y es de naturaleza muy distinta, de modo que, mientras ésta avanza, la aprehensión intelectual ya se ha retirado a sus moradas secretas. Sin embargo, como ha estampado ciertas impresiones de sí misma de manera maravillosa en la memoria, esas huellas perduran con las breves pausas de las sílabas; y como resultado de esas mismas impresiones formamos signos inteligibles, que reciben el nombre de una lengua determinada, ya sea la latina, la griega, la hebrea u otra. Y esos signos pueden ser objetos de pensamiento, o pueden también ser proferidos realmente por la voz. Por otra parte, sin embargo, las impresiones mismas no son ni latinas, ni griegas, ni hebreas, ni propias de ninguna otra raza, sino que se realizan en la mente así como los gestos se realizan en el cuerpo. Pues la ira se designa con una palabra en latín, con otra en griego y con términos diferentes en otras lenguas, según sus diversas diversidades. Pero el semblante del hombre airado no es (propiamente) latino ni (propiamente) griego. Así sucede que cuando una persona dice Iratus sum, no es entendida por todas las naciones, sino sólo por los latinos; mientras que, si el estado de su mente cuando se enciende en ira sale al rostro y afecta el semblante, todos los que tienen al individuo a la vista entienden que está airado. Pero, además, no está en nuestro poder sacar a luz esas impresiones que la aprehensión intelectual estampa en la memoria, y mostrarlas, por decirlo así, a la percepción de los oyentes por medio del sonido de la voz, de manera semejante a la forma clara y evidente en que aparece el semblante. Pues las primeras están dentro, en la mente, mientras que éste está fuera, en el cuerpo. Por lo cual hemos de conjeturar cuán lejos debe estar el sonido de nuestra boca de representar aquel golpe de la inteligencia, ya que no corresponde ni siquiera a la impresión producida en la memoria. Ahora bien, nos sucede comúnmente que, en el deseo ardiente de realizar lo que es provechoso para el oyente, nuestro objetivo es expresarnos ante él exactamente como es en ese momento nuestra aprehensión intelectual, cuando, en el esfuerzo mismo, fallamos en la capacidad de hablar; y entonces, como esto no nos sale bien, nos afligimos y nos consumimos de tedio como si nos estuviéramos aplicando a trabajos vanos; y, como resultado de este mismo tedio, nuestro discurso se vuelve aún más lánguido y sin fuerza de lo que era cuando primero indujo semejante sensación de fastidio.

    § 4

    4. Pero a menudo la seriedad de quienes desean oírme me muestra que mi palabra no es tan fría como a mí me parece. También por el deleite que manifiestan deduzco que sacan algún provecho de ella. Y me ocupo con diligencia en no dejar de poner ante ellos un servicio del cual percibo que reciben tan bien lo que se les ofrece. Aun así, por tu parte también, el hecho mismo de que se te traigan con tanta frecuencia personas que han de ser instruidas en la fe debe ayudarte a comprender que tu discurso no desagrada a los demás como te desagrada a ti; y no debes considerarte estéril simplemente porque no logras exponer del modo que deseas las cosas que disciernes; pues, acaso, seas igualmente poco capaz de discernirlas como quisieras. Porque en esta vida, ¿quién ve sino «en un enigma y a través de un espejo»? Ni el amor mismo tiene fuerza suficiente para rasgar las tinieblas de la carne y penetrar en aquella calma eterna de la que incluso las cosas que pasan reciben la luz en la que brillan. Pero, en la medida en que día a día los buenos avanzan hacia la visión de aquel día, independiente del cielo rodante y sin la invasión de la noche, «que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre», no hay mayor razón por la cual nuestro discurso se vuelva de poco valor en nuestra propia estimación, cuando nos dedicamos a enseñar a los indoctos, que ésta, a saber: que nos deleita discernir de un modo extraordinario y nos causa tedio hablar de un modo ordinario. Y, en realidad, se nos escucha con mucha mayor satisfacción cuando también nosotros mismos tenemos placer en la misma obra; pues el hilo de nuestro discurso es afectado por el gozo mismo que sentimos, y procede de nosotros con mayor facilidad y con más agrado. Por consiguiente, en cuanto a las materias que se recomiendan como artículos de fe, no es difícil establecer reglas respecto de los puntos en que la narración debe comenzar y terminar, o respecto del método con que ha de variarse la narración, de modo que en un momento sea más breve, en otro más extensa y, sin embargo, en todo momento plena y perfecta; y, además, respecto de las ocasiones particulares en que puede ser conveniente usar la forma más breve, y de aquéllas en que será adecuado emplear la más larga. Pero en cuanto a los medios por los cuales ha de hacerse todo, de modo que cada uno tenga placer en su obra cuando catequiza (pues cuanto mejor lo logre, tanto más atractivo será), eso es lo que reclama la mayor consideración. Y, sin embargo, no hemos de buscar lejos el precepto que regirá en este ámbito. Pues si, en las cosas carnales, Dios ama al dador alegre, ¿cuánto más en las espirituales? Pero la seguridad de que esta alegría esté con nosotros en la hora oportuna depende de la misericordia de Aquel que nos ha dado tales preceptos. Por tanto, conforme a lo que entiendo que es tu deseo, trataremos en primer lugar del asunto del método de la narración, después del deber de impartir mandatos y exhortaciones, y después de la adquisición de dicha alegría, en cuanto Dios nos suministre las ideas.

    Capítulo 3.— De la narración plena que ha de emplearse en la catequesis

    § 5

    5. La narración es plena cuando cada persona es catequizada en primer lugar desde lo que está escrito en el texto, «En el principio creó Dios el cielo y la tierra,» hasta los tiempos presentes de la Iglesia. Esto no implica, sin embargo, ni que debamos repetir de memoria todo el Pentateuco y todos los libros de los Jueces, de los Reyes y de Esdras, y todo el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, si es que hemos aprendido todo esto palabra por palabra; ni que hayamos de poner con nuestras propias palabras todas las materias contenidas en esos volúmenes, y de ese modo desplegarlas y exponerlas en conjunto. Pues ni el tiempo lo permite, ni necesidad alguna lo exige. Pero lo que debemos hacer es dar una exposición comprehensiva de todas las cosas, sumaria y general, de modo que se seleccionen algunos de los hechos más admirables, que se escuchan con mayor agrado y que han sido colocados tan notablemente entre los exactos puntos de giro (de la historia); que, en lugar de mostrarlos a la vista sólo en sus envolturas, por decirlo así, y arrebatarlos luego al instante de nuestra vista, debemos detenernos en ellos durante cierto espacio, y así, por así decir, desplegarlos y abrirlos a la visión, y presentarlos a las mentes de los oyentes como cosas que han de ser examinadas y admiradas. Pero en cuanto a todos los demás detalles, éstos deben pasarse rápidamente, y así introducirse y entretejerse en la narración. El efecto de seguir este plan es que los hechos particulares que deseamos ver especialmente recomendados a la atención obtienen mayor prominencia como consecuencia de que los otros ceden ante ellos; mientras que, al mismo tiempo, ni el alumno, cuyo interés deseamos estimular con nuestra exposición, llega a estos asuntos con una mente ya agotada, ni se induce confusión en la memoria de la persona a quien debemos instruir con nuestra enseñanza.

    § 6

    6. En todas las cosas, ciertamente, no sólo ha de mantenerse fijo nuestro propio ojo en el fin del mandamiento, que es «la caridad, de corazón puro, de buena conciencia y de fe no fingida,» al cual debemos hacer que se refiera todo lo que decimos; sino que, de igual modo, la mirada de la persona a quien instruimos con nuestra palabra ha de moverse hacia el mismo fin y ser guiada en esa dirección. Y, en verdad, por ninguna otra razón fueron escritas todas las cosas que leemos en las Sagradas Escrituras, antes del advenimiento del Señor, sino para esto, a saber: para que su advenimiento fuera puesto ante la atención, y para que la Iglesia que había de ser fuera dada a conocer de antemano, es decir, el pueblo de Dios en todas las naciones; la cual Iglesia es su cuerpo, con el cual están unidos y contados también todos los santos que vivieron en este mundo, aun antes de su advenimiento, y que creyeron entonces en su venida futura, así como nosotros creemos en su venida pasada. Pues (para usar una ilustración) Jacob, en el momento de nacer, sacó primero del seno materno una mano, con la cual asió también el pie del hermano que lo precedía en el acto de nacer; y a continuación salió la cabeza, y después, por fin, y como cosa natural, los demás miembros: mientras que, no obstante, la cabeza, en punto a dignidad y poder, tiene precedencia no sólo sobre aquellos miembros que la siguieron entonces, sino también sobre la misma mano que se anticipó en el proceso del nacimiento, y es realmente la primera, si no en cuanto al tiempo de aparecer, al menos en el orden de la naturaleza. Y de manera análoga, el Señor Jesucristo, antes de aparecer en la carne y salir de algún modo del seno de su secreto, ante los ojos de los hombres como Hombre, Mediador entre Dios y los hombres, «que es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos,» envió delante de sí, en la persona de los santos patriarcas y profetas, una cierta porción de su cuerpo, con la cual, como por una mano, dio señal de antemano de su propio nacimiento que se acercaba, y también suplantó al pueblo que era anterior a él en su soberbia, usando para ello las ataduras de la ley, como si fueran sus cinco dedos. Pues durante cinco épocas de los tiempos no hubo cesación en el anuncio y la profecía de su propia venida destinada; y de manera consonante con esto, aquel por quien se dio la ley escribió cinco libros; y los hombres soberbios, que eran de mente carnal y buscaban «establecer su propia justicia,» no fueron llenos de bendición por la mano abierta de Cristo, sino que quedaron excluidos de tal bien por la mano comprimida y cerrada; y por eso sus pies fueron atados, y «ellos cayeron, mientras nosotros nos hemos levantado y estamos en pie.» Pero aunque, como he dicho, el Señor Cristo envió así delante de sí una cierta porción de su cuerpo, en la persona de aquellos hombres santos que vinieron antes de él en cuanto al tiempo del nacimiento, sin embargo, Él mismo es la Cabeza del cuerpo, la Iglesia, y todos éstos han sido unidos a ese mismo cuerpo del cual él es la cabeza, en virtud de haber creído en Aquel a quien anunciaban proféticamente. Pues no fueron separados (de ese cuerpo) por haber cumplido su curso antes de él, sino que más bien fueron hechos uno con el mismo por razón de su obediencia. Pues aunque la mano puede ser extendida lejos, delante de la cabeza, con todo tiene su conexión debajo de la cabeza. Por lo cual, todas las cosas que fueron escritas en otro tiempo fueron escritas para que por ellas fuéramos enseñados, y fueron nuestras figuras, y sucedieron en figura en el caso de aquellos hombres. Además, fueron escritas para nosotros, sobre quienes ha llegado el fin de los siglos.

    Capítulo 4.— Que la gran razón del advenimiento de Cristo fue la recomendación del amor

    § 7

    7. Además, ¿qué mayor razón se manifiesta para el advenimiento del Señor que el hecho de que Dios mostrara su amor en nosotros, recomendándolo poderosamente, en cuanto que «siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros»? Y además, esto con la intención de que, en cuanto que la caridad es «el fin del mandamiento» y «el cumplimiento de la ley», también nosotros amemos a los hermanos y demos nuestra vida por ellos, así como Él dio su vida por nosotros. Y con respecto a Dios mismo, su objeto es que, aunque fuera una tarea penosa amarle, ahora al menos deje de ser penoso para nosotros devolverle su amor, viendo que «Él nos amó primero» y «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros». Pues no hay invitación más poderosa al amor que anticiparse en amar; y es demasiado dura el alma que, suponiendo que no quiere dar amor, tampoco quiere devolver amor. Pero si, incluso en el caso de amores criminales y sórdidos, vemos cómo aquellos que desean ser amados en correspondencia hacen que su especial y absorbente empeño consista en hacer patente y manifiesta la fuerza del amor que ellos mismos sienten, mediante las pruebas que están a su alcance; si percibimos también cómo se esfuerzan por presentar una apariencia de justicia en aquello que ofrecen, tal que les capacite en cierto modo para exigir que se les responda con toda equidad por parte de aquellas almas a las que se afanan en engañar; si, además, su propia pasión arde más vehementemente cuando observan que las mentes que anhelan poseer se ven movidas ahora por el mismo fuego: si así, digo, sucede a la vez que el alma que antes estaba aletargada se excita tan pronto como siente que es amada, y que el alma que ya estaba encendida se inflama más en cuanto se hace consciente de la correspondencia de su propio amor, es evidente que no ha de hallarse mayor razón para que el amor se origine o aumente que la que aparece en la ocasión en que uno que aún no ama en absoluto llega a saberse objeto de amor, o en que uno que ya es amante o bien espera poder ser amado a su vez, o bien tiene ya la evidencia de una respuesta a su afecto. Y si esto es válido incluso en el caso de amores viles, ¡cuánto más en la amistad verdadera? Porque ¿qué otra cosa hemos de atender cuidadosamente en esta cuestión tocante a ofender la amistad sino esto, a saber, no dar a nuestro amigo motivo para suponer o bien que no le amamos en absoluto, o bien que le amamos menos de lo que él nos ama a nosotros? Si, en efecto, se le induce a creer esto, se enfriará en aquel amor en que los hombres gozan del intercambio de intimidades mutuas; y si no es de ese carácter débil al que semejante ofensa al afecto serviría de causa para apartarse del todo del amor, se limitará a aquel tipo de afecto en que ama, no con vistas al goce propio, sino con la idea de procurar el bien de los demás. Pero de nuevo vale la pena notar cómo —aunque también los superiores desean ser amados por sus inferiores, y se complacen con la atenta solicitud que éstos les prestan, y ellos mismos abrigan mayor afecto hacia estos inferiores cuanto más se hacen conscientes de ello— con qué fuerza de amor, sin embargo, el inferior se enciende tan pronto como se entera de que es amado por su superior. Pues allí tenemos el amor en su aspecto más grato, donde no se consume en la sequedad de la necesidad, sino que fluye en la abundancia de la beneficencia. Porque el primer tipo de amor es de la miseria; el segundo, de la misericordia. Y además, si el inferior desesperaba incluso de la posibilidad de ser amado por su superior, se sentirá inefablemente movido a amar si el superior por su propia voluntad se ha dignado mostrar cuánto ama a esta persona que de ningún modo podría atreverse a prometerse tan gran bien. Pero ¿qué hay superior a Dios en el carácter de Juez? Y ¿qué más desesperado que el hombre en el carácter de pecador?— ¿que el hombre, pregunto, que se había entregado tanto más irreflexivamente a la tutela y dominación de potencias soberbias que no pueden hacerle bienaventurado, cuanto más absolutamente había llegado a desesperar de la posibilidad de ser objeto del interés de aquella potencia que no quiere ser exaltada en la maldad, sino que es exaltada en la bondad.

    § 8

    8. Por tanto, si fue principalmente con este propósito que Cristo vino, a saber, para que el hombre aprendiera cuánto le ama Dios; y para que aprendiera esto, con la intención de que se encendiera en amor hacia Aquel por quien fue amado primero, y amara también al prójimo por mandato y ejemplo de Aquel que se hizo nuestro prójimo, en cuanto amó al hombre cuando, en lugar de ser prójimo suyo, habitaba lejos: si, además, toda la Escritura divina, que fue escrita en otro tiempo, fue escrita con vistas a presignificar el advenimiento del Señor; y si cuanto ha sido puesto por escrito en tiempos posteriores a éstos, y establecido por autoridad divina, es un registro de Cristo y nos amonesta al amor, es manifiesto que de aquellos dos mandamientos del amor a Dios y del amor al prójimo dependen no sólo toda la ley y los profetas, que en el tiempo en que el Señor habló de ello eran aún la única Escritura santa, sino también todos aquellos libros de la literatura divina que han sido escritos en época posterior para nuestra salud y consignados al recuerdo. Por lo cual, en el Antiguo Testamento está velado el Nuevo, y en el Nuevo Testamento está revelado el Antiguo. Según ese velo, los hombres carnales, entendiendo las cosas de modo carnal, han estado bajo el dominio, tanto entonces como ahora, de un temor penal. Según esta revelación, por el contrario, los hombres espirituales —entre los cuales contamos a la vez a aquellos que entonces llamaron con piedad y hallaron abiertas incluso las cosas ocultas, y a otros que ahora buscan sin espíritu de soberbia, no sea que incluso las cosas descubiertas se les cierren— entendiendo de modo espiritual, han sido hechos libres por el amor con que han sido dotados. Por consiguiente, en cuanto que no hay nada más adverso al amor que la envidia, y como la soberbia es madre de la envidia, el mismo Señor Jesucristo, Dios y hombre, es a la vez manifestación del amor divino hacia nosotros y ejemplo de humildad humana con nosotros, a fin de que nuestra gran hinchazón sea curada por un remedio mayor que la contrarresta. ¡Pues aquí hay gran miseria, hombre soberbio! ¡Pero allí hay mayor misericordia, Dios humilde! Toma, pues, este amor como el fin que se te propone, al cual has de referir todo lo que digas, y, narres lo que narres, nárralo de tal manera que aquel a quien hablas, al oírlo, crea; al creer, espere; y al esperar, ame.

    Capítulo 5.— Que la persona que viene a recibir instrucción catequética debe ser examinada respecto a sus intenciones, al desear hacerse cristiano

    § 9

    9. Además, es sobre la base de esa misma severidad de Dios, por la cual los corazones de los mortales son agitados con un terror saludabilísimo, que el amor ha de edificarse; de modo que, gozándose de ser amado por Aquel a quien teme, el hombre tenga la osadía de amarle a su vez, y sin embargo al mismo tiempo tema desagradar a su amor hacia sí mismo, incluso si pudiera hacerlo impunemente. Pues ciertamente rarísima vez sucede, o más bien diría que nunca, que se acerque a nosotros alguien con el deseo de hacerse cristiano que no haya sido herido por algún temor de Dios. Porque si es en expectativa de alguna ventaja de hombres a los que juzga que difícilmente podría agradar de otro modo, o con la idea de escapar a algún perjuicio de parte de hombres cuyo desagrado u hostilidad teme seriamente, que un hombre desea hacerse cristiano, entonces su deseo de serlo no es tan sincero como su deseo de fingirlo. Pues la fe no es cosa del cuerpo que hace reverencia, sino de la mente que cree. Pero indudablemente sucede a menudo que la misericordia de Dios viene a estar presente mediante el ministerio del catequizador, de modo que, afectado por el discurso, el hombre desea ahora ser en realidad aquello que había decidido sólo fingir. Y tan pronto como comienza a tener este tipo de deseo, podemos juzgar que se ha acercado genuinamente a nosotros. Es verdad, ciertamente, que el momento preciso en que un hombre, a quien vemos ya presente corporalmente, viene a nosotros en realidad con su mente, es cosa que nos está oculta. Pero no obstante, debemos tratar con él de tal manera que este deseo se haga surgir en su interior, aunque no esté presente por ahora. Pues ningún trabajo de este tipo se pierde, en cuanto que, si hay algún deseo, ciertamente queda fortalecido por tal acción de nuestra parte, aunque ignoremos el tiempo o la hora en que comenzó. Es útil ciertamente, si puede hacerse, obtener de quienes conocen al hombre alguna idea previa del estado de ánimo en que se encuentra, o de las causas que le han inducido a venir con vistas a abrazar la religión. Pero si no hay otra persona disponible de quien podamos recabar tal información, entonces, ciertamente, debe interrogarse al hombre mismo, para que de lo que diga en respuesta podamos sacar el comienzo de nuestro discurso. Ahora bien, si ha venido con falso corazón, deseoso sólo de ventajas humanas o pensando en escapar de perjuicios, ciertamente dirá lo que no es verdad. Sin embargo, la misma falsedad que profiera debe convertirse en el punto de partida. Pero esto no debe hacerse con la intención abierta de refutar su mentira, como si fuera algo ya resuelto para ti; sino que, dando por supuesto que ha declarado haber venido con un propósito que es realmente digno de aprobación (sea esa declaración verdadera o falsa), ha de ser más bien nuestro objetivo encomiar y alabar tal propósito como aquel con el que, en su respuesta, se ha declarado haber venido; de modo que le hagamos sentir placer en ser realmente la clase de hombre que desea aparentar. Por otra parte, suponiendo que haya dado una declaración de sus intenciones distinta de la que debe estar ante la mente de quien ha de ser instruido en la fe cristiana, entonces, reprobándolo con más que acostumbrada bondad y gentileza, como persona no instruida e ignorante, señalando y encomiando, concisa y gravemente, el fin de la doctrina cristiana en su auténtica realidad, y haciendo todo esto de tal manera que ni nos anticipemos a los tiempos de una narración, que debe darse después, ni nos atrevamos a imponer ese tipo de declaración a una mente no preparada de antemano para ello, podrás llevarlo a desear aquello que, ya por error o por disimulo, no ha estado deseando hasta esta etapa.

    Capítulo 6.— Del modo de comenzar la instrucción catequética y de la narración de los hechos desde la historia de la creación del mundo hasta los tiempos presentes de la Iglesia

    § 10

    10. Pero si sucede que su respuesta es en el sentido de que ha tenido alguna advertencia divina, o algún terror divino, que le impulsa a hacerse cristiano, esto abre de la manera más satisfactoria el camino para comenzar nuestro discurso, sugiriendo la grandeza del interés de Dios por nosotros. Sus pensamientos, sin embargo, deben ciertamente apartarse de esta línea de cosas, ya sean milagros o sueños, y dirigirse a la senda más sólida y a los oráculos más seguros de las Escrituras; de modo que llegue a comprender cuán misericordiosamente se le administró esa advertencia por anticipado, antes de entregarse a las Santas Escrituras. Y ciertamente debe señalársele que el Señor mismo ni le habría amonestado así y urgido a hacerse cristiano y a incorporarse a la Iglesia, ni le habría enseñado mediante tales señales o revelaciones, si no hubiera sido su voluntad que, para su mayor seguridad y firmeza, entrara en una vía ya preparada en las Santas Escrituras, en la cual no debe buscar milagros visibles, sino aprender el hábito de esperar cosas invisibles, y en la cual también debe recibir admoniciones no en sueños sino en vigilia. En este punto debe comenzarse ya la narración, que ha de partir del hecho de que Dios hizo todas las cosas muy buenas, y que ha de continuarse, como hemos dicho, hasta los tiempos presentes de la Iglesia. Esto debe hacerse de tal manera que se den, para cada uno de los asuntos y acontecimientos que relatamos, causas y razones por las cuales podamos referirlos uno a uno a aquel fin del amor del que no debe apartarse ni el ojo del hombre que está ocupado en hacer algo, ni el de quien está empeñado en hablar. Porque si, incluso al tratar las fábulas de los poetas, que no son sino creaciones ficticias y cosas inventadas para el placer de mentes cuyo alimento se halla en bagatelas, aquellos gramáticos que tienen reputación y nombre de ser buenos se esfuerzan sin embargo por referirlas a alguna utilidad supuesta, aunque esa utilidad misma pueda ser sólo algo vano y burdamente inclinado al tosco nutrimento de este mundo: ¡cuánto más cuidadosos debemos ser nosotros, para no permitir que aquellas verdades genuinas que narramos, por falta de una explicación bien meditada de sus causas, sean aceptadas ya con una complacencia que no produzca ningún bien práctico, o, peor aún, con una codicia que pueda resultar dañina! Al mismo tiempo, no hemos de exponer estas causas de tal manera que abandonemos el curso propio de nuestra narración, y dejemos que nuestro corazón y nuestra lengua se pierdan en digresiones hacia las cuestiones enredadas de una discusión más intrincada. Sino que la simple verdad de la explicación que aducimos debe ser como el oro que enlaza una hilera de gemas, y sin embargo no interfiere con la elegante simetría del adorno por ninguna intrusión indebida de sí mismo.

    Capítulo 7.— De la exposición de la resurrección, el juicio y otros temas que deben seguir a esta narración

    § 11

    11. Al completarse esta narración, debe exponerse la esperanza de la resurrección, y, en la medida en que la capacidad y las fuerzas del oyente lo soporten, y en la medida también en que el tiempo a nuestra disposición lo permita, debemos aducir argumentos contra las vanas burlas de los incrédulos sobre el tema de la resurrección del cuerpo, así como sobre el del juicio futuro, con su bondad en relación con los buenos, su severidad en relación con los malos, su verdad en relación con todos. Y después de que las penas de los impíos hayan sido así declaradas con detestación y horror, entonces el reino de los justos y fieles, y aquella ciudad superna y su gozo, deben constituir los temas siguientes de nuestro discurso. En este punto, además, debemos equipar y animar la debilidad del hombre para resistir tentaciones y ofensas, ya surjan éstas de fuera o se levanten dentro de la propia Iglesia; de fuera, como en oposición a los gentiles, a los judíos o a los herejes; de dentro, por otra parte, como en oposición a la paja de la era del Señor. No se pretende, sin embargo, que hayamos de disputar contra cada tipo particular de hombres perversos, y que todas sus opiniones erróneas hayan de ser refutadas mediante series ordenadas de argumentaciones: sino que, de manera adecuada a un tiempo limitado, debemos mostrar cómo todo esto fue predicho, y señalar de qué utilidad son las tentaciones en el entrenamiento de los fieles, y qué alivio hay en el ejemplo de la paciencia de Dios, que ha resuelto permitirlas hasta el fin. Pero, a la vez que se le arma contra estos adversarios, cuyas perversas multitudes llenan las iglesias en lo que respecta a la presencia corporal, los preceptos de un modo de vida cristiano y honorable deben también ser detallados breve y adecuadamente al mismo tiempo, a fin de que ni se deje desviar fácilmente por este camino por borrachos, avaros, fraudulentos, jugadores, adúlteros, fornicadores, amantes de los espectáculos públicos, portadores de amuletos impíos, hechiceros, astrólogos o adivinos que practican cualquier clase de artes vanas y malvadas, ni se le ocurra que semejante conducta pueda seguirse impunemente por su parte, simplemente porque ve a muchos que se llaman cristianos amar estas cosas, ocuparse en ellas, defenderlas, recomendarlas y hasta persuadir a otros a su uso. Pues en cuanto al fin que está señalado para quienes persisten en tal modo de vida, y al modo en que deben ser tolerados en la Iglesia misma, de la cual están destinados a ser separados al final —éstos son temas en los que el aprendiz debe ser instruido por medio de los testimonios de los libros divinos. Debe también, sin embargo, ser informado de antemano de que hallará en la Iglesia muchos buenos cristianos, genuinísimos ciudadanos de la Jerusalén celestial, si él mismo se dispone a serlo. Y, finalmente, debe ser advertido con diligencia de que no ponga su esperanza en hombre alguno. Pues no es cosa que pueda ser fácilmente juzgada por el hombre, qué hombre es justo. E incluso aunque esto pudiera hacerse fácilmente, el objeto con que se nos presentan los ejemplos de hombres justos no es que seamos justificados por ellos, sino que, al imitarlos, podamos comprender cómo también nosotros somos justificados por su Justificador. Pues el resultado de esto será algo que merezca la más alta aprobación —a saber, esto: que cuando la persona que nos oye, o más bien, que oye a Dios por nosotros, haya comenzado a progresar algo en las cualidades morales y en el conocimiento, y a entrar en el camino de Cristo con ardor, no será tan osada como para atribuir el cambio ni a nosotros ni a sí misma; sino que amará a sí misma y a nosotros, y a cualesquiera otras personas que ame como amigos, en Él, y por causa de Aquel que lo amó cuando era enemigo, a fin de justificarlo y hacerlo amigo. Y ahora que hemos avanzado hasta aquí, no creo que necesites un preceptor que te diga cómo debes tratar los asuntos brevemente, cuando tu propio tiempo o el de quienes te oyen está ocupado; y cómo, por otra parte, debes hablar más extensamente cuando hay más tiempo a tu disposición. Pues la misma necesidad del caso lo recomienda, aparte del consejo de cualquier asesor.

    Capítulo 8.— Del método que debe seguirse al catequizar a quienes han recibido una educación liberal

    § 12

    12. Pero hay otro caso que evidentemente no debe pasarse por alto. Me refiero al de quien viene a ti a recibir instrucción catequética habiendo cultivado el campo de los estudios liberales, que ya ha resuelto ser cristiano y que ha acudido a ti con el expreso propósito de llegar a serlo. Difícilmente dejará de ser cierto que una persona de este carácter ha adquirido ya un considerable conocimiento de nuestras Escrituras y de nuestra literatura; y, provisto de él, puede haber venido ahora simplemente con la intención de ser hecho partícipe de los sacramentos. Porque es costumbre entre hombres de esta clase examinar cuidadosamente todas las cosas, no en el momento mismo en que son hechos cristianos, sino antes de eso, y así comunicar y razonar tempranamente, con cuantos pueden alcanzar, sobre los sentimientos de sus propias almas. Por consiguiente, con éstos debe adoptarse un modo breve de proceder, para no inculcarles de manera odiosa lo que ya saben, sino pasar por ello con un toque ligero y modesto. Así diremos cómo creemos que ya están familiarizados con este y aquel asunto, y que por tanto nos limitamos a enumerar de manera somera todos aquellos hechos que es preciso proponer formalmente a la atención de los indoctos y de los que no han aprendido. Y hemos de esforzarnos por proceder de tal modo que, suponiendo que este hombre culto haya conocido antes alguno de nuestros temas, no lo oiga ahora como de labios de un maestro; y que, en el caso de que todavía ignore alguno de ellos, pueda aprenderlo mientras repasamos las cosas con las que entendemos que está ya familiarizado. Además, ciertamente no carece de utilidad interrogar al hombre mismo acerca de los medios por los cuales fue inducido a desear ser cristiano; de suerte que, si descubres que fue movido a esa decisión por libros, ya sean los escritos canónicos o las composiciones de autores dignos de estudio, puedas decir algo sobre ellos al comienzo, expresando tu aprobación de un modo que convenga a los méritos distintos que cada uno posee respectivamente, en cuanto a la autoridad canónica y a la diligencia hábilmente aplicada por parte de tales expositores; y, en el caso de las Escrituras canónicas, encomiando sobre todo la saludabilísima modestia (de lenguaje) que se muestra junto a su admirable elevación (de tema); mientras que, en esas otras producciones adviertes, conforme a la facultad característica de cada escritor, un estilo de elocuencia más sonoro y, por así decirlo, más redondeado, adaptado a mentes más soberbias y, por ello mismo, más débiles. Ciertamente, también hemos de obtener de él algún informe sobre sí mismo, de modo que nos dé a entender qué escritor ha leído principalmente y con qué libros estaba más familiarmente conversado, por haber sido éstos los medios que lo movieron a desear asociarse a la Iglesia. Y cuando nos haya dado esa información, entonces, si dichos libros nos son conocidos, o si al menos tenemos el informe eclesiástico como garantía de que fueron escritos por algún católico de nota, expresaremos gozosamente nuestra aprobación. Pero si, por el contrario, ha caído en las producciones de algún hereje y, acaso por ignorancia, ha retenido en su mente algo que la verdadera fe condena, y sin embargo supone que es doctrina católica, entonces debemos aplicarnos con esmero a enseñarle, presentando ante él (en su debida superioridad) la autoridad de la Iglesia universal y de otros varones doctísimos reputados tanto por sus disputas como por sus escritos en (defensa de) su verdad. Al mismo tiempo, hay que admitir que incluso quienes partieron de esta vida como católicos genuinos y dejaron a la posteridad algunos escritos cristianos, en ciertos pasajes de sus obras menores, sea porque no fueron entendidos, sea (como suele ocurrir con la flaqueza humana) porque les falta capacidad para penetrar con el ojo de la mente en los misterios más profundos, y persiguiendo la apariencia de lo verdadero se apartan de la verdad misma, fueron ocasión para que los presuntuosos y audaces construyeran y engendraran alguna herejía. Y esto, desde luego, no ha de extrañar, cuando incluso en el caso de los mismos escritos canónicos, donde todo ha sido expresado del modo más sano, vemos cómo ha sucedido — no ciertamente por tomar simplemente ciertos pasajes en un sentido distinto del que el autor tenía en vista o del que es compatible con la verdad misma (pues si esto fuera todo, ¿quién no perdonaría de buen grado la flaqueza humana cuando se muestra pronta a aceptar la corrección?), sino por defender con la más amarga vehemencia y con descarada arrogancia opiniones que han abrazado por perversidad y error — que muchos han dado a luz muchos dogmas perniciosos a costa de desgarrar la unidad de la comunión (cristiana). Todos estos asuntos debemos tratarlos en modesta conferencia con quien se acerca a la sociedad del pueblo cristiano, no en calidad de hombre sin educación, como suele decirse, sino en la de uno que ha pasado por una cultura acabada y una formación en los libros de los doctos. Y al encargarle que se guarde de los errores de la presunción, debemos asumir sólo tanta autoridad cuanto su humildad, que lo indujo a venir a nosotros, se sienta ahora capaz de admitir. En cuanto a las demás cosas, conforme a las reglas de la doctrina saludable, que requieren ser narradas o discutidas, ya sean asuntos relativos a la fe, ya cuestiones que atañen a la vida moral, ya otras que tratan de las tentaciones, todas ellas han de recorrerse del modo que he indicado, y en ello deben referirse al camino más excelente (ya notado).

    Capítulo 9.— Del modo en que se ha de tratar a los gramáticos y oradores profesionales

    § 13

    13. Hay también algunos que vienen de las escuelas más comunes de los gramáticos y de los oradores profesionales, a quienes no te atreverás a contar ni entre los indoctos ni entre aquellas clases muy doctas cuyas mentes han sido ejercitadas en cuestiones de verdadera importancia. Cuando, por tanto, tales personas, que parecen superiores al resto de los hombres en cuanto al arte de hablar se refiere, se acercan a ti con el propósito de hacerse cristianos, será tu deber, en tu trato con ellas, en grado mayor que en el que empleas con aquellos otros oyentes iletrados, hacerles ver que han de ser amonestadas diligentemente a revestirse de humildad cristiana y a aprender a no despreciar a individuos a quienes descubran guardarse de los vicios de conducta con más cuidado que de las faltas de lenguaje; y también que no deben presumir hasta el punto de comparar con un corazón puro la lengua ejercitada que solían anteponer incluso a lo demás. Pero, sobre todo, a tales personas se les ha de enseñar a escuchar las divinas Escrituras, de suerte que ni consideren que la elocuencia sólida es vil sólo porque no está hinchada, ni supongan que las palabras o los hechos de los hombres, cuyos relatos leemos en esos libros, envueltos y cubiertos como están en cortezas carnales, no han de ser sacados y desplegados con miras a una (adecuada) inteligencia de ellos, sino que han de tomarse meramente según el sonido de la letra. Y en cuanto a este mismo asunto de la utilidad del sentido oculto, cuya existencia es la razón por la cual se llaman también misterios, el poder que ejercen estas complejidades de expresiones enigmáticas para aguzar nuestro amor a la verdad y sacudir el torpor del tedio, es cosa que las personas en cuestión deben comprobar por experiencia real, cuando algún asunto que no los conmovía al serles presentado desnudamente, ve su significado extraído mediante la explicación detallada de un sentido alegórico. Pues es en sumo grado útil para tales hombres llegar a saber cómo las ideas han de ser preferidas a las palabras, del mismo modo que el alma es preferida al cuerpo. Y de esto se sigue también que deben tener deseo de escuchar discursos notables por su verdad, más que los que son notables por su elocuencia; así como deben estar ansiosos por tener amigos distinguidos por su sabiduría, más bien que aquellos cuyo principal mérito es su hermosura. Deben entender también que no hay voz para los oídos de Dios sino el afecto del alma. Pues de este modo no harán el burlón si acaso observan a algunos de los prelados y ministros de la Iglesia ora invocando a Dios en un lenguaje marcado por barbarismos y solecismos, ora no entendiendo correctamente las mismas palabras que pronuncian y haciendo pausas confusas. No se quiere decir, por supuesto, que tales faltas no deban corregirse, para que el pueblo pueda decir «Amén» a algo que entienden claramente; sino que lo que se pretende es que tales cosas sean llevadas piadosamente por quienes han llegado a entender que, así como en el foro la gracia del habla reside en el sonido, en la iglesia reside en el deseo. Por tanto, la del foro puede a veces llamarse buena habla, pero nunca habla graciosa. Además, por lo que respecta al sacramento que están a punto de recibir, para los más inteligentes es bastante oír simplemente lo que la cosa significa. Pero con los de entendimiento más lento será necesario adoptar una explicación algo más detallada, juntamente con el uso de semejanzas, para evitar que desprecien lo que ven.
    Comentario editorial · Un catequista que había sido maestro de retórica
    Los Cap. 8 y 9 piden un trato distinto para quien llega de las escuelas de los gramáticos y de los oradores. Agustín conocía ese mundo por dentro. Según Wikipedia, enseñó gramática en Tagaste (373–374), dirigió nueve años una escuela de retórica en Cartago, pasó a Roma en 383 y a fines de 384 obtuvo en Milán la cátedra de retórica; tras convertirse dejó la profesión para dedicarse a la predicación, y en 391 fue ordenado sacerdote. Que sus consejos vengan de quien estuvo del otro lado del aula es una lectura del editor, no algo que diga el texto.

    Capítulo 10.— De cómo alcanzar la alegría en el deber de catequizar, y de las diversas causas que producen tedio en el catecúmeno

    § 14

    14. Llegados a este punto, acaso echas de menos algún ejemplo del género de discurso que se pretende, para mostrarte con un caso real cómo ha de hacerse lo que he recomendado. Esto, en verdad, lo haré en la medida en que pueda con la ayuda de Dios. Pero antes de pasar a ello, es mi deber, en consecuencia con lo prometido, hablar de la adquisición de la alegría (a la que he aludido). Pues en cuanto a la materia de las reglas según las cuales debe exponerse tu discurso, en el caso de la instrucción catequética de una persona que viene con el expreso propósito de ser hecha cristiana, ya he cumplido, en la medida en que ha parecido suficiente, la promesa que hice. Y ciertamente no estoy obligado al mismo tiempo a hacer yo mismo en este volumen aquello que ordeno como lo recto que debe hacerse. Por consiguiente, si lo hago, tendrá valor de un excedente. Pero ¿cómo puede añadirse el excedente antes de haber llenado la medida de lo debido? Además, una cosa que te he oído presentar como objeto de tu queja por encima de todas las demás es el hecho de que tu discurso te parecía a ti mismo pobre y sin espíritu cuando instruías a alguno en el nombre cristiano. Ahora bien, sé que esto no resulta tanto de falta de materia que decir, con la que bien sé estás suficientemente provisto y pertrechado, ni de pobreza de palabra en sí, como más bien de tedio del ánimo. Y éste puede surgir o de la causa de que ya he hablado, a saber, del hecho de que nuestra inteligencia se complace más y queda más plenamente detenida por aquello que percibimos en silencio en la mente, y no tenemos inclinación a que se aparte nuestra atención de ello hacia un ruido de palabras que queda muy lejos de representarlo; o de la circunstancia de que, aun cuando el discurso sea agradable, tenemos más deleite en oír o leer cosas que han sido expresadas de manera superior y que se nos presentan sin cuidado ni ansiedad de nuestra parte, que en componer, con miras a la comprensión de otros, palabras súbitamente concebidas, y dejar como cuestión incierta, por una parte, si se nos ocurren vocablos que representen adecuadamente el sentido, y por otra, si son aceptados de modo que aprovechen; o, todavía, de la consideración de que, por sernos ya enteramente familiares, y no ser necesarias para nuestro propio aprovechamiento, se nos hace fastidioso volver con mucha frecuencia a aquellos asuntos que se proponen a los indoctos, y nuestro ánimo, por estar ya bien maduro, no se mueve con placer alguno en el círculo de materias tan trilladas y, por así decirlo, tan pueriles. También se induce en el que habla una sensación de tedio cuando tiene un oyente que permanece impasible, ya sea porque en realidad no se conmueve con sentimiento alguno, ya porque no indica con ningún movimiento del cuerpo que entiende o que se complace en lo que se dice. No es que sea en nosotros disposición conveniente ser ávidos de alabanzas humanas, sino que las cosas que administramos son de Dios; y cuanto más amamos a aquellos a quienes hablamos, tanto más deseamos que se complazcan en las materias que se les proponen para su salvación; de suerte que, si no lo conseguimos, nos dolemos, y desfallecemos, y nos volvemos de espíritu quebrantado en medio de nuestra carrera, como si gastáramos en vano nuestros esfuerzos. A veces también, cuando somos apartados de algún asunto que deseamos continuar, y cuya ejecución nos era grata, o parecía más necesaria que de ordinario, y cuando nos vemos obligados, ya por mandato de una persona a quien no queremos ofender, ya por importunidad de algunas partes de las que nos es imposible deshacernos, a instruir catequéticamente a alguno, en tales circunstancias abordamos un deber para el cual es indispensable una gran calma con ánimos ya perturbados, y doliéndonos a la vez de que no se nos permita guardar aquel orden que deseamos observar en nuestras acciones y de que no podamos de ningún modo ser competentes para todas las cosas; y así, por pura pesadumbre, nuestro discurso, a medida que avanza, es menos atractivo, porque, partiendo del árido suelo del abatimiento, fluye con menos soltura. A veces, además, la tristeza se ha apoderado de nuestro corazón a consecuencia de alguna ofensa u otra, y en ese mismo momento se nos dice: «Ven, habla con esta persona; desea hacerse cristiano.» Pues quienes así nos hablan lo hacen ignorando la oculta pena que nos consume por dentro. Y así sucede que, si no son las personas a quienes conviene abrirles nuestros sentimientos, emprendemos sin placer alguno lo que desean; y entonces, ciertamente, será lánguido y sin gozo el discurso que se transmite por el agitado y humeante canal de un corazón en esa condición. Por consiguiente, siendo tantas las causas que sirven para nublar la calma serenidad de nuestras mentes, conforme a la voluntad de Dios hemos de buscarles remedios, tales que nos alivien de esos sentimientos de pesadumbre y nos ayuden a gozarnos en fervor de espíritu y a estar alegres en la tranquilidad de una buena obra. «Porque Dios ama al dador alegre.»

    § 15

    15. Ahora bien, si la causa de nuestra tristeza reside en la circunstancia de que nuestro oyente no percibe lo que queremos decir, de modo que tenemos que descender de cierta manera de la elevación de nuestras propias concepciones y nos vemos en la necesidad de detenernos largamente en los tediosos procesos de sílabas que quedan muy por debajo del nivel de nuestras ideas, y hemos de considerar con ansiedad cómo aquello que nosotros mismos captamos con un rapidísimo trago de aprehensión mental ha de ser emitido por la boca de carne en las largas y embrolladas complejidades de su modo de enunciación; y si la gran desemejanza que así se siente (entre nuestro habla y nuestro pensamiento) nos hace desagradable el hablar y grato el guardar silencio, entonces ponderemos lo que nos ha sido puesto delante por Aquel que «nos dio ejemplo para que sigamos sus pisadas.» Pues por mucho que nuestro lenguaje articulado difiera de la vivacidad de nuestra inteligencia, mucho mayor es la diferencia entre la carne de la mortalidad y la igualdad de Dios. Y, sin embargo, «aunque estaba en la forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo,» — y así sucesivamente hasta las palabras «la muerte de cruz.» ¿Qué explicación hay de esto sino que se hizo «débil a los débiles, para ganar a los débiles?» Escucha a su seguidor expresarse también en otro lugar a este efecto: «Porque si estamos fuera de nosotros, es para Dios; y si estamos en nuestro juicio, es para vosotros. Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que Él murió por todos.» Y, ¿cómo, en verdad, estará uno dispuesto a gastarse por sus almas, si le resulta fastidioso inclinarse a sus oídos? Por esta razón, pues, se hizo niñito en medio de nosotros, (y) como nodriza que acaricia a sus hijos. Porque, ¿es acaso un placer balbucir palabras abreviadas y quebradas, a menos que el amor nos invite? Y, con todo, los hombres desean tener infantes a quienes hayan de prestar ese género de servicio; y es más dulce para una madre poner pequeños bocados de comida masticada en la boca de su hijito, que comer y devorar ella misma trozos mayores. Del mismo modo, por tanto, no se aparte de tu corazón la consideración de la gallina, que cubre a su tierna nidada con sus plumas caídas y con voz entrecortada llama a sus polluelos que pían, mientras que los que se apartan de sus alas protectoras en su soberbia se convierten en presa de las aves. Pues si la inteligencia proporciona deleites en sus más puros retiros, también debe sernos un deleite entender inteligentemente el modo en que la caridad, cuanto más complacientemente desciende a los objetos más bajos, vuelve a subir con vigor tanto mayor a los que son más secretos, a lo largo del curso de una buena conciencia que atestigua que nada ha buscado de aquellos a quienes ha descendido sino su salvación eterna.

    Capítulo 11.— Del remedio para la segunda fuente de tedio

    § 16

    16. Pero si más bien es nuestro deseo leer u oír cosas tales que ya están preparadas para nuestro uso y expresadas en estilo superior, y si la consecuencia es que nos resulta fastidioso componer en el momento, y con resultado incierto, los términos del discurso por nuestra parte, entonces, con tal de que nuestra mente no se desvíe de la verdad de los hechos mismos, es cosa fácil para el oyente, si algo de nuestro lenguaje le ofende, llegar a ver en esa misma circunstancia cuán poco valor debe darse, supuesto que el asunto mismo sea rectamente entendido, al mero hecho de que haya podido haber alguna imperfección o alguna inexactitud en las expresiones literales, que ciertamente se emplearon sólo con miras a asegurar una correcta aprehensión del contenido. Pero si la inclinación de la humana flaqueza se ha desviado de la verdad de los hechos mismos —aunque en la instrucción catequética de los indoctos, donde debemos mantenernos por el camino más trillado, eso no puede ocurrir con mucha facilidad—, no obstante, para que acaso no resulte que nuestro oyente encuentre motivo de escándalo aun en esta dirección, no debemos juzgar que esto nos ha sobrevenido de otro modo que como resultado de la voluntad de Dios de ponernos a prueba respecto de nuestra prontitud para recibir corrección con serenidad de ánimo, a fin de no precipitarnos ciegamente, en el curso de un error todavía mayor, a la defensa de nuestro error. Mas si, por otra parte, nadie nos lo ha dicho, y si la cosa ha escapado por completo a nuestra atención, así como a la observación de nuestros oyentes, entonces no hay motivo de pesar, con tal sólo de que lo mismo no ocurra una segunda vez. Sin embargo, la mayor parte de las veces, cuando recordamos lo que hemos dicho, nosotros mismos descubrimos algo que censurar, e ignoramos la manera como fue recibido cuando se pronunció; y así, cuando la caridad es ferviente en nosotros, tanto más nos afligimos si la cosa, siendo en realidad falsa, ha sido recibida con aceptación sin examen. Siendo esto así, pues, siempre que se presente la ocasión, como nos hemos estado censurando a nosotros mismos en silencio, debemos igualmente procurar que esas personas sean también corregidas sobre el asunto con método considerado, que han caído en cierta clase de error, no por las palabras de Dios, sino claramente por las que nosotros usamos. Si, por otra parte, hay quienes, cegados por insensato rencor, se alegran de que hayamos cometido una falta, murmuradores y calumniadores, y «aborrecidos de Dios,» tales caracteres deben darnos materia para el ejercicio de la paciencia con piedad, puesto que también la «paciencia de Dios los lleva a arrepentimiento.» Pues ¿qué hay más detestable, y qué más a propósito para «atesorar ira en el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios,» que alegrarse, según la mala semejanza y ejemplo del diablo, en el mal ajeno? A veces, además, aun cuando todo se dice correcta y verdaderamente, o algo que no ha sido entendido, o algo que, por oponerse a la idea y costumbre de un antiguo error, parece duro por su misma novedad, ofende y perturba al oyente. Pero si esto se hace manifiesto, y si la persona se muestra capaz de ser corregida, debe ser corregida sin demora mediante el uso de abundancia de autoridades y razones. Por otra parte, si la ofensa es tácita y oculta, la medicina de Dios es el remedio eficaz para ella. Y si, además, la persona se echa atrás y rehúsa ser sanada, debemos consolarnos con aquel ejemplo de nuestro Señor, quien, cuando los hombres se escandalizaban de su palabra y se apartaban de ella como de un dicho duro, se dirigió al mismo tiempo a los que habían permanecido, en estos términos: «¿Queréis acaso iros también vosotros?» Pues debe retenerse como posición plenamente «firme e inconmovible» en nuestro corazón, que Jerusalén, que está en cautiverio, es liberada de la Babilonia de este mundo cuando los tiempos hayan corrido su curso, y que ninguno de los que a ella pertenecen perecerá: pues quien perezca no era de ella. «Porque el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: El Señor conoce a los que son suyos; y, apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo.» Si ponderamos estas cosas, e invocamos al Señor para que venga a nuestro corazón, estaremos menos temerosos de los resultados inciertos de nuestro discurso, consiguientes a los sentimientos inciertos de nuestros oyentes; y la misma tolerancia de las vejaciones en la causa de una obra de misericordia nos será también algo agradable, si no buscamos en ella nuestra propia gloria. Pues entonces es una obra verdaderamente buena, cuando el fin del que la hace recibe su impulso de la caridad, y, como si volviera a su propio lugar, descansa de nuevo en la caridad. Además, la lectura que nos deleita, o cualquier audición de una elocuencia superior a la nuestra, cuyo efecto sea hacernos inclinados a estimarla más que al discurso que nosotros mismos hemos de pronunciar, y así llevarnos a hablar con expresión renuente o tediosa, nos vendrá con espíritu más feliz, y se hallará más agradable después del trabajo. Entonces también, con más fuerte confianza pediremos a Dios que nos hable como deseamos, si con alegría nos sometemos a dejar que Él hable por nosotros como podemos. Así se logra que todas las cosas cooperen para bien a los que aman a Dios.

    Capítulo 12.— Del remedio para la tercera fuente de tedio

    § 17

    17. Sin embargo, a menudo sentimos que es muy tedioso repasar repetidamente asuntos que nos son completamente familiares y que están adaptados (más bien) a los niños. Si éste es nuestro caso, entonces debemos esforzarnos por salirles al encuentro con amor de hermano, de padre y de madre; y, si una vez nos unimos a ellos así en el corazón, para nosotros no menos que para ellos estas cosas parecerán nuevas. Pues tan grande es el poder de una disposición de ánimo compasiva, que, así como ellos se conmueven mientras hablamos, y nosotros nos conmueven mientras ellos aprenden, tenemos nuestra morada los unos en los otros; y así, al mismo tiempo, ellos, por decirlo así, en nosotros dicen lo que oyen, y nosotros en ellos aprendemos de cierta manera lo que enseñamos. ¿No es cosa común entre nosotros que, cuando mostramos a personas que nunca las han visto ciertas vastas y hermosas extensiones, sea en ciudades o en campos, que hemos tenido la costumbre de pasar por alto sin ningún placer, simplemente porque nos hemos acostumbrado tanto a verlas, encontramos nuestro propio disfrute renovado en su disfrute de la novedad del espectáculo? Y esto es tanto más nuestra experiencia cuanto mayor es la intimidad de nuestra amistad con ellos; porque, así como estamos en ellos en virtud del vínculo del amor, en el mismo grado se nos vuelven nuevas cosas que antes eran viejas. Pero si nosotros mismos hemos hecho algún progreso considerable en el estudio contemplativo de las cosas, no es nuestro deseo que aquellos a quienes amamos sean simplemente agradados y asombrados mientras contemplan las obras de las manos de los hombres; sino que nuestro deseo llega a ser elevarlos a (la contemplación de) la misma destreza o sabiduría de su autor, y de ahí a la admiración y alabanza del Dios creador de todas las cosas, en quien está el fin más fructífero del amor. ¡Cuánto más, pues, debemos deleitarnos cuando los hombres vienen a nosotros con el propósito ya formado de obtener el conocimiento de Dios mismo, con miras a (el conocimiento de) quien deben aprenderse todas las cosas que han de aprenderse! ¡Y cómo debemos sentirnos renovados en su novedad (de experiencia), de suerte que si nuestra predicación ordinaria es algo fría, se eleve a un calor nuevo bajo (el estímulo de) su extraordinaria escucha! Hay además esta consideración adicional para ayudarnos a alcanzar la alegría, a saber, que ponderamos y tenemos presente de qué muerte de error está pasando el hombre a la vida de la fe. Y si caminamos por calles que nos son muy familiares, con benéfica alegría, cuando por casualidad señalamos el camino a algún individuo que había estado angustiado por haberse extraviado, ¡cuánto mayor debe ser la vivacidad de espíritu, y cuánto mayor la alegría con que, en materia de doctrina saludable, debemos recorrer una y otra vez aun aquellos senderos que, en lo que a nosotros respecta, ya no hay necesidad de abrir más; viendo que estamos conduciendo a un alma miserable, y desgastada por los tortuosos caminos de este mundo, por las sendas de la paz, a mandato de Aquel que hizo esa paz buena para nosotros!

    Capítulo 13.— Del remedio para la cuarta fuente de tedio

    § 18

    18. Pero en verdad es una exigencia seria para nosotros continuar discurriendo hasta el límite fijado cuando no vemos que nuestro oyente se conmueva en grado alguno; sea que, bajo las restricciones del temor reverencial de la religión, no tenga la osadía de manifestar su aprobación con la voz o con algún movimiento del cuerpo, o que lo retenga el pudor propio del hombre, o que no entienda nuestras palabras, o que las tenga en nada. Puesto que, pues, esto ha de ser para nosotros asunto de incertidumbre, ya que no podemos discernir su mente, es nuestro deber en nuestro discurso probar todas las cosas que puedan ser de alguna utilidad para agitarlo y sacarlo como de su escondite. Porque aquella clase de temor que es excesivo, y que obstruye la declaración de su juicio, debe disiparse con la fuerza de una exhortación amable; y trayendo ante él la consideración de nuestra afinidad fraterna, debemos moderar su reverencia hacia nosotros; e interrogándolo, debemos averiguar si entiende lo que se le dirige; y debemos infundirle un sentimiento de confianza, para que pueda dar libre expresión a cualquier objeción que se le presente. Debemos al mismo tiempo preguntarle si ya ha escuchado tales temas en alguna ocasión anterior, y si acaso ahora no logran conmoverlo por ser para él cosas bien conocidas y comunes. Y debemos ordenar nuestro curso conforme a su respuesta, de modo que o bien hablemos en estilo más sencillo y con mayor detalle de explicación, o refutemos alguna opinión antagónica, o, en lugar de intentar una exposición más difusa de los asuntos que le son conocidos, demos un breve resumen de éstos, y seleccionemos algunos de aquellos asuntos que se tratan de manera mística en los libros santos, y especialmente en la narración histórica, cuyo despliegue y exposición puede hacer nuestras pláticas más atractivas. Pero si el hombre es de disposición muy lenta, y si es insensible, y sin nada en común con todas esas fuentes de placer, entonces simplemente debemos soportarlo con espíritu compasivo; y, después de repasar brevemente otros puntos, debemos grabar en él, de manera calculada para inspirarle temor reverencial, las verdades que son más indispensables acerca de la unidad de la Iglesia Católica, acerca de la tentación, acerca de una conducta cristiana en vista del juicio futuro; y debemos más bien dirigirnos a Dios por él que hablarle mucho a él acerca de Dios.

    § 19

    19. Es asimismo ocurrencia frecuente que uno que al principio nos escuchaba con toda prontitud llega a agotarse, ya sea por el esfuerzo de oír o por estar de pie, y ya no aprueba lo que se dice, sino que bosteza y se despereza, y aun contra su voluntad muestra disposición a marcharse. Cuando observamos eso, es nuestro deber refrescar su ánimo diciendo algo sazonado con una honesta alegría y adaptado al asunto que se está tratando, o algo de orden muy admirable y asombroso, o incluso, acaso, algo de naturaleza dolorosa y lúgubre. Lo que así digamos será tanto mejor si le afecta a él mismo más inmediatamente, de modo que el pronto sentido del interés propio mantenga alerta su atención. Al mismo tiempo, sin embargo, no debe ser del tipo que ofenda su espíritu de reverencia con alguna aspereza que le sea propia; sino que debe ser de naturaleza apta más bien para granjearse su simpatía por la amistad que respira. O bien, debemos aliviarlo acomodándole un asiento, aunque sin duda las cosas se dispondrán mejor si desde el principio, siempre que pueda hacerse con decoro, se sienta y escucha. Y ciertamente en algunas de las iglesias de allende el mar, con mucho más considerado miramiento a la conveniencia de las cosas, no sólo se sientan los prelados cuando se dirigen al pueblo, sino que ellos mismos disponen asientos para el pueblo, no sea que alguna persona de fuerzas debilitadas se agote por estar de pie, y así tenga la mente distraída del propósito más saludable (del discurso), o incluso se vea en la necesidad de marcharse. Y sin embargo, una cosa es si es simplemente alguien de entre una gran multitud quien se retira para recobrar fuerzas, estando además ya bajo las obligaciones que resultan de la participación en los sacramentos; y otra muy distinta si la persona que se retira es una (por cuanto suele ser el caso en estas circunstancias que el hombre es impulsado inevitablemente a ello por el temor de caer, vencido por la debilidad interna) que ha de ser iniciada en los primeros sacramentos; pues una persona en esta situación se ve a la vez contenida por la vergüenza de declarar la razón de su marcha, y no se le permite permanecer de pie por la fuerza de su debilidad. Esto lo digo por experiencia. Pues éste fue el caso de cierto individuo, un hombre del campo, cuando yo lo instruía catequéticamente: y de su ejemplo he aprendido que esta clase de cosa ha de guardarse cuidadosamente. Pues ¿quién puede soportar nuestra arrogancia cuando no hacemos que los hombres que son nuestros hermanos, o aun los que todavía no están en esa relación con nosotros (pues entonces nuestra solicitud debe ser tanto mayor para lograr que lleguen a ser hermanos nuestros), se sienten en nuestra presencia, viendo que aun una mujer se sentó mientras escuchaba a nuestro Señor mismo, a cuyo servicio los ángeles están alerta? Por supuesto que si la plática ha de ser breve, o si el lugar no está bien adaptado para sentarse, deben escuchar de pie. Pero eso debe ser el caso sólo cuando hay muchos oyentes, y cuando no han de ser admitidos formalmente en ese momento. Pues cuando el auditorio consta sólo de uno o dos, o de pocos, que han venido con el propósito expreso de hacerse cristianos, hay riesgo en hablarles de pie. No obstante, suponiendo que hayamos comenzado de esa manera, al menos debemos, siempre que observemos señales de tedio por parte del oyente, ofrecerle la libertad de sentarse; más aún, debemos instarlo por todos los medios a que se siente, y debemos soltar alguna observación calculada a la vez para refrescarlo y para desterrar de su mente cualquier ansiedad que haya podido irrumpir y distraer su atención. Pues en razón de que las causas por las cuales permanece en silencio y rehúsa escuchar no pueden sernos conocidas con certeza, ahora que está sentado podemos hablar en cierta medida contra la incidencia de pensamientos sobre asuntos mundanos, expresándonos o bien con el espíritu alegre al que ya me he referido, o en tono serio; de modo que, si éstas son las ansiedades particulares que han ocupado su mente, se las haga ceder como si fueran citadas por su nombre: mientras que, por otra parte, suponiendo que no sean las causas especiales (de la pérdida de interés), y suponiendo que esté simplemente agotado de escuchar, su atención quedará aliviada de la presión del tedio cuando le dirijamos alguna observación inesperada y extraordinaria sobre estos asuntos, del modo del que he hablado, como si fueran las ansiedades particulares—, pues en verdad simplemente ignoramos (las verdaderas causas). Pero sea breve la observación así hecha, especialmente considerando que se introduce fuera de orden, no sea que la misma medicina aumente el mal del tedio que deseamos aliviar; y, al mismo tiempo, debemos continuar rápidamente con lo que resta, y prometer y presentar la perspectiva de una conclusión más cercana de lo que se esperaba.

    Capítulo 14.— Del remedio contra la quinta y sexta fuente de tedio

    § 20

    20. Si, de nuevo, tu espíritu se ha quebrantado por la necesidad de abandonar algún otro empleo, en el cual, como más necesario, estabas ahora empeñado; y si la tristeza causada por esa limitación te hace catequizar de un modo poco agradable, debes ponderar el hecho de que, salvo en cuanto sabemos que es nuestro deber, en todas nuestras relaciones con los hombres, obrar con misericordia y en el ejercicio de la más sincera caridad —con esta única excepción, digo—, nos es enteramente incierto qué sea lo más provechoso para nosotros hacer, y qué sea lo más oportuno para nosotros, ya sea dejar pasar por un tiempo, o bien omitir del todo. Pues en cuanto no sabemos cómo están para con Dios los méritos de los hombres, a favor de los cuales obramos, la cuestión de qué es lo conveniente para ellos en un momento determinado es algo que, en lugar de poder comprenderlo, más bien solo podemos conjeturar, sin la ayuda de ninguna inferencia clara, o (a lo sumo) con las más débiles e inciertas. Por tanto, ciertamente debemos disponer los asuntos con los que tenemos que tratar conforme a nuestra inteligencia; y luego, si logramos llevarlos a cabo de la manera que habíamos resuelto, debemos alegrarnos, no ciertamente de que fuera nuestra voluntad, sino de que fuera la voluntad de Dios, que así se realizaran. Pero si algo inevitable sobreviene, por lo cual la disposición así propuesta por nosotros queda impedida, debemos doblegarnos a ello prontamente, no sea que nos quebrantemos; de modo que la misma disposición de los asuntos que Dios ha preferido a la nuestra se haga también nuestra. Pues es más conforme a lo propio que nosotros sigamos su voluntad, antes que Él siga la nuestra. Además, en cuanto a este orden en la ejecución de las cosas, que deseamos guardar conforme a nuestro propio juicio, ciertamente ha de aprobarse aquel proceder en el que los objetos superiores tienen precedencia. ¿Por qué, pues, nos afligimos de que el Señor Dios, en su vasta superioridad sobre nosotros los hombres, tenga la precedencia sobre los hombres, de modo que en ese amor que abrigamos por nuestro propio orden mostremos así semejante disposición a despreciar el orden? Pues «nadie dispone para mejor lo que ha de hacer, sino el que está más pronto a dejar de hacer lo que por la potestad divina se le prohíbe, que deseoso de hacer lo que medita en sus propias cavilaciones humanas». Porque «muchos proyectos hay en el corazón del hombre; mas el consejo del Señor permanece para siempre».

    § 21

    21. Mas si nuestra mente está agitada por alguna causa de ofensa, de modo que no sea capaz de pronunciar un discurso de tono sereno y agradable, nuestra caridad hacia aquellos por quienes Cristo murió, deseando redimirlos por el precio de su propia sangre de la muerte de los errores de este mundo, debe ser tan grande, que la misma circunstancia de sernos traída, en medio de nuestra tristeza, la noticia del advenimiento de alguna persona que anhela hacerse cristiana, debe bastar para alegrarnos y disipar esa pesadumbre de espíritu, así como los deleites de la ganancia suelen suavizar el dolor de las pérdidas. Pues no nos oprime con justicia la ofensa de individuo alguno, sino solo la de aquel hombre a quien o percibimos o creemos perecer él mismo, o ser la ocasión de la ruina de algún débil. En consecuencia, uno que viene a nosotros con ánimo de ser formalmente admitido, en cuanto abrigamos la esperanza de que pueda adelantar, debe enjugar la tristeza causada por quien nos falla. Pues aunque el temor de que nuestro prosélito llegue a ser hijo del infierno entre en nuestros pensamientos, así como hay muchos tales ante nuestros ojos, de quienes provienen aquellas ofensas por las que nos afligimos, esto debe obrar, no en el sentido de retenernos, sino más bien en el de estimularnos y aguijonearnos. Y en la misma medida debemos amonestar a aquel a quien instruimos a que se guarde de imitar a aquellos que son cristianos solo de nombre y no en verdad, y a cuidarse de no dejarse mover por el número de ellos, ya sea para desear seguirlos, ya sea para ser reacio a seguir a Cristo por causa de ellos, y o bien a no querer estar en la Iglesia de Dios, donde ellos están, o bien a querer estar allí con el talante que ellos llevan. Y de una u otra manera, en amonestaciones de este género, aquel discurso es tanto más encendido cuanto que un sentido presente de dolor le suministra el combustible; de suerte que, en vez de ser más torpes, pronunciamos con mayor fuego y vehemencia bajo tales sentimientos cosas que, en tiempos de mayor holgura, daríamos de manera más fría y menos enérgica. Y esto debe hacernos alegrar de que se nos ofrezca una ocasión en la que las emociones de nuestra mente no pasen sin dar algún fruto.

    § 22

    22. Mas si el dolor se ha apoderado de nosotros a causa de algo en que nosotros mismos hemos errado o pecado, debemos tener presente no solo que un «espíritu quebrantado es sacrificio para Dios», sino también el dicho: «Como el agua apaga el fuego, así la limosna apaga el pecado»; y de nuevo: «Misericordia quiero», dice Él, «y no sacrificio». Por tanto, así como en el caso de estar en peligro por el fuego, ciertamente correríamos al agua para lograr que el fuego se extinga, y agradeceríamos que cualquiera nos la ofreciera en la cercanía inmediata; así también, si alguna llama de pecado se ha levantado de nuestro propio montón, y si por ello nos turbamos, cuando se nos ha dado ocasión para una obra sumamente misericordiosa, debemos alegrarnos en ella, como si se nos ofreciera una fuente para que por ella se extinguiera la conflagración que había estallado. A no ser, acaso, que seamos tan necios como para pensar que debemos estar más prontos para correr con el pan, con que podamos llenar el vientre de un hombre hambriento, que con la palabra de Dios, con que podamos instruir la mente del hombre que de ella se alimenta. Hay también esto que considerar, a saber: que si solo nos fuera de provecho hacer esta cosa, y no acarreara desventaja alguna dejarla sin hacer, podríamos despreciar, en tiempo de peligro, un remedio ofrecido de manera desafortunada para la seguridad, no ya de un prójimo, sino nuestra. Mas cuando de la boca del Señor se oye esta sentencia tan amenazadora: «Siervo malo y perezoso, debías dar mi dinero a los banqueros», ¿qué locura, os ruego, es que así, viendo que nuestro pecado nos duele, estemos dispuestos a pecar de nuevo, rehusando dar el dinero del Señor a quien lo desea y lo pide! Cuando estas y semejantes consideraciones y reflexiones han logrado disipar las tinieblas de los sentimientos de tedio, la inclinación de la mente se hace apta para el deber de la catequesis, de modo que se recibe de manera agradable aquello que brota vigorosa y alegremente de la rica vena de la caridad. Pues estas cosas, ciertamente, que aquí se dicen, se dicen no tanto por mí a ti, cuanto más bien a todos nosotros por aquel mismo «amor que se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado».

    Capítulo 15.— Del método según el cual nuestro discurso debe adaptarse a las diferentes clases de oyentes

    § 23

    23. Mas ahora, acaso, me demandas también como una deuda aquello que, antes de la promesa que hice, no estaba yo obligado a dar, a saber: que no tuviera por gravoso desenvolver alguna suerte de ejemplo del discurso propuesto, y ponerlo ante ti para tu estudio, como si yo mismo estuviera catequizando a algún individuo. Antes de hacer eso, sin embargo, deseo que tengas presente el hecho de que el esfuerzo mental es de una índole en el caso de la persona que dicta, con un lector futuro a la vista, y que es de índole muy distinta en el caso de la persona que habla con un oyente presente hacia el cual dirigir su atención. Y además, ha de recordarse que, en este último caso en particular, el esfuerzo es de una índole cuando se amonesta en privado, y cuando no hay otra persona a mano que pronuncie juicio sobre nosotros; mientras que es de orden distinto cuando se comunica alguna instrucción en público, y cuando se halla en derredor un auditorio de personas que sostienen opiniones diversas; y de nuevo, que en este ejercicio de la enseñanza, el esfuerzo será de una suerte cuando solo un individuo está siendo instruido, mientras todos los demás escuchan, como personas que juzgan o atestiguan cosas bien conocidas para ellos, y que será distinto cuando todos los que están presentes esperan lo que tenemos que entregarles; y una vez más, que, en este mismo caso, el esfuerzo será una cosa cuando todos están sentados, como en conferencia privada, con ánimo de entrar en alguna discusión, y que será otra muy distinta cuando el pueblo está sentado en silencio, atento a prestar atención a un solo orador que ha de dirigirles desde un lugar más elevado. Asimismo hará una diferencia considerable, aun cuando estemos disertando en ese estilo, el que haya pocos presentes o muchos; el que sean doctos o indoctos, o una mezcla de ambas clases; el que sean de ciudad o del campo, o de ambos juntos; o el que sean, además, un pueblo compuesto de todos los órdenes de hombres en debida proporción. Pues es imposible que no afecten de maneras distintas a la persona que ha de hablarles y disertar con ellos, y que el discurso que se pronuncie no lleve ciertos rasgos, por así decir, expresivos de los sentimientos de la mente de que procede, e influya también en los oyentes de maneras distintas, conforme a esa misma diferencia, mientras que a la vez los oyentes mismos se influirán unos a otros de maneras distintas por la sola fuerza de su presencia mutua. Mas como tratamos ahora de la instrucción de los indoctos, te doy testimonio, en cuanto a mi propia experiencia, de que me encuentro movido de maneras diversas, según veo ante mí, para los fines de la catequesis, a un hombre muy docto, a un sujeto torpe, a un ciudadano, a un extranjero, a un rico, a un pobre, a un particular, a un hombre de honores, a una persona que ocupa alguna posición de autoridad, a un individuo de esta o de la otra nación, de esta o de la otra edad o sexo, a uno procedente de esta o de la otra secta, de este o del otro error común—y siempre conforme a la diferencia de mis sentimientos, mi discurso mismo al punto se inicia, prosigue y llega a su fin. Y en cuanto que, aunque la misma caridad es debida a todos, sin embargo, no ha de administrarse la misma medicina a todos, de la misma manera la caridad misma sufre dolores de parto con algunos, se hace débil con otros; se afana por edificar a algunos, temblando aprehende ser para otros ocasión de tropiezo; se inclina hacia algunos, se yergue hacia otros; es suave con unos, severa con otros; a nadie enemiga, a todos madre. Y cuando uno que no ha pasado por la índole de experiencia a la que me refiero en el mismo espíritu de caridad, nos ve alcanzar, en virtud de algún don que se nos ha conferido y que lleva el poder de agradar, cierta reputación de índole laudatoria en la boca de la multitud, nos tiene por felices a causa de ello. Mas quiera Dios, a cuyo conocimiento «llega el gemido de los que están en cautiverio», mirar nuestra humildad y nuestro trabajo, y perdonarnos todos nuestros pecados. Por lo cual, si algo en nosotros te ha agradado hasta el punto de hacerte desear oír de nosotros algunas observaciones sobre la forma de discurso que debes seguir, debes adquirir una comprensión más cabal del asunto contemplándonos, y escuchándonos cuando estemos realmente ocupados en estos temas, que por una lectura cuando solo los dictamos.

    Capítulo 16.— Ejemplo de discurso catequético; y primeramente, el caso de un catecúmeno con rectas intenciones

    § 24

    24. No obstante, sea como fuere, supongamos aquí que alguien ha venido a nosotros que desea hacerse cristiano, y que pertenece ciertamente al orden de los particulares, y, con todo, no a la clase de los rústicos, sino a la de los de ciudad, como esos con los que no puedes dejar de toparte en gran número en Cartago. Supongamos también que, al preguntársele si el móvil que le induce a desear ser cristiano es alguna ventaja que se busca en la vida presente, o el descanso que se espera después de esta vida, ha respondido que su móvil ha sido el descanso que está por venir. Entonces, acaso, tal persona podría ser instruida por nosotros en un tenor de discurso como el siguiente: Gracias a Dios, hermano mío; cordialmente te felicito, y me alegro por tu causa de que, en medio de todas las tormentas de este mundo, que son a la vez tan grandes y tan peligrosas, hayas pensado en alguna seguridad verdadera y cierta. Pues aun en esta vida los hombres van en busca de descanso y seguridad a costa de graves trabajos, pero no logran hallarlos a consecuencia de sus malvadas concupiscencias. Pues su pensamiento es hallar descanso en cosas que son inquietas y que no permanecen. Y esos objetos, en cuanto que se les retiran y pasan con el curso del tiempo, los agitan con temores y pesares, y no les permiten gozar de la tranquilidad. Pues si un hombre busca hallar su descanso en las riquezas, se hace soberbio más bien que estar en paz. ¿No vemos cuántos han perdido sus riquezas de repente—cuántos, además, han sido arruinados por causa de ellas, ya sea al codiciar poseerlas, ya sea al haber sido abrumados y despojados de ellas por otros más codiciosos que ellos? Y aun si permanecieran con el hombre toda su vida, y jamás dejaran a su amador, con todo, él mismo tendría que dejarlas a su muerte. Pues ¿de qué medida es la vida del hombre, aun si llega a la vejez? ¿O cuando los hombres desean para sí la vejez, qué otra cosa desean en realidad sino una larga enfermedad? Así también con los honores de este mundo—¿qué son sino vana soberbia y vanidad, y peligro de ruina? Pues la santa Escritura habla de esta manera: 'Toda carne es hierba, y la gloria del hombre como flor de hierba. La hierba se seca, la flor cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre.' Por consiguiente, si algún hombre anhela el verdadero descanso y la verdadera felicidad, debe levantar su esperanza de las cosas mortales y transitorias, y fijarla en la palabra del Señor; de modo que, adhiriéndose a lo que permanece para siempre, él mismo, junto con ello, permanezca para siempre.

    § 25

    25. Hay también otros hombres que ni ansían ser ricos ni andan buscando las vanas pompas de los honores, pero que, sin embargo, están dispuestos a hallar su placer y descanso en los manjares delicados, y en las fornicaciones, y en esos teatros y espectáculos que están a su disposición en las grandes ciudades de balde. Mas a estos les va del mismo modo; o malgastan sus escasos recursos en el lujo, y luego, bajo la presión de la necesidad, prorrumpen en hurtos y robos, y a veces hasta en asaltos en los caminos, y así de repente se llenan de temores a la vez numerosos y grandes; y hombres que poco antes cantaban en la casa del festín, ahora sueñan con los dolores de la prisión. Además, en su ansiosa devoción por los espectáculos públicos, llegan a asemejarse a los demonios, al incitar a los hombres con sus gritos a herirse unos a otros, y al instigar a quienes no les han hecho daño alguno a trabar furiosas contiendas entre sí, mientras buscan agradar a un pueblo insensato. Y si perciben que alguno de estos está pacíficamente dispuesto, al punto lo odian y lo persiguen, y levantan clamor pidiendo que sea golpeado con palos, como si hubiera conspirado para engañarlos; y esta iniquidad la obligan a perpetrar incluso al juez, que es el vengador designado de las iniquidades. Por otra parte, si observan que esos hombres se esfuerzan en horribles hostilidades unos contra otros, ya sean los que se llaman sintœ, o los actores teatrales y cómicos, o los aurigas, o los cazadores—esos desdichados a quienes empeñan en conflictos y luchas, no solo hombres con hombres, sino incluso hombres con bestias—entonces, cuanto más feroz es la furia con que perciben que esas infelices criaturas se enfurecen unas contra otras, tanto más les agradan, y tanto mayor es el goce que hallan en ellos; y los favorecen cuando así se excitan, y al favorecerlos los excitan tanto más, esforzándose los espectadores mismos, en su locura, unos contra otros, al tomar partido por diferentes combatientes, con más furia aun que esos mismos hombres cuya locura locamente provocan, mientras a la vez anhelan ser espectadores de lo mismo en su frenesí insano. ¿Cómo, pues, puede esa mente conservar la sanidad de la paz, que se alimenta de luchas y contiendas? Pues tal como es el alimento que se recibe, tal es la salud que resulta. En fin, aunque los locos placeres no son placeres, sin embargo, tómense estas cosas como se tomen, y sigue siendo el caso que, sea cual fuere su naturaleza, y sea cual fuere la medida de goce que produzcan las jactancias de las riquezas, y la hinchazón de los honores, y los placeres derrochadores de las tabernas, y las contiendas de los teatros, y la impureza de las fornicaciones, y la lascivia de los baños, todas son cosas de las que una fiebrecilla nos priva, mientras que, incluso de aquellos que sobreviven, arrebata toda la falsa felicidad de su vida. Entonces queda solo una conciencia vacía y herida, destinada a aprehender como Juez a aquel Dios a quien rehusó tener como Padre, y destinada también a hallar a un Señor severo en Aquel a quien desdeñó buscar y amar como Padre tierno. Mas tú, en cuanto buscas aquel verdadero descanso que está prometido a los cristianos después de esta vida, gustarás el mismo dulce y agradable descanso aun aquí, entre las más amargas tribulaciones de esta vida, si continúas amando los mandamientos de Aquel que lo ha prometido. Pues pronto sentirás que los frutos de la justicia son más dulces que los de la injusticia, y que un hombre halla un gozo más genuino y placentero en la posesión de una buena conciencia en medio de las tribulaciones, que en la de una mala conciencia en medio de los deleites. Pues no has venido a unirte a la Iglesia de Dios con la idea de buscar en ella ventaja temporal alguna.

    Capítulo 17.— Continuación del modelo de discurso catequético, en referencia especial a la reprensión de los falsos fines por parte del catecúmeno

    § 26

    26. Pues hay algunos cuya razón para desear hacerse cristianos es o ganar el favor de hombres de quienes esperan ventajas temporales, o evitar ofender a aquellos a quienes temen. Pero éstos son réprobos; y aunque la Iglesia los tolera por un tiempo, como la era tolera la paja hasta el tiempo del aventamiento, sin embargo, si no se enmiendan y comienzan a ser cristianos con sinceridad en vista del descanso eterno que ha de venir, serán separados de ella al fin. Y no se engañen tales, porque les sea posible estar en la era junto con el grano de Dios. Pues no estarán junto con éste en el granero, sino que están destinados al fuego, que es lo que les corresponde. Hay también otros de mejor esperanza, ciertamente, pero no por eso en menor peligro. Me refiero a aquellos que ahora temen a Dios, y no se burlan del nombre cristiano, ni entran en la Iglesia de Dios con corazón fingido, pero aún buscan su felicidad en esta vida, esperando tener más felicidad en las cosas terrenales que la que gozan quienes rehúsan adorar a Dios. Y la consecuencia de esta falsa expectativa es que, cuando ven a algunos hombres malvados e impíos firmemente establecidos y sobresaliendo en esta prosperidad mundana, mientras ellos mismos o la poseen en menor grado o carecen de ella del todo, se turban con el pensamiento de que sirven a Dios sin razón, y así fácilmente se apartan de la fe.

    § 27

    27. Pero en cuanto al hombre que tiene ante sí aquella bienaventuranza eterna y el descanso perpetuo que está prometido como la suerte destinada a los santos después de esta vida, y que desea hacerse cristiano para no pasar al fuego eterno con el diablo, sino entrar en el reino eterno junto con Cristo, ése es verdaderamente cristiano; y estará en guardia en toda tentación, de modo que ni sea corrompido por la prosperidad ni quebrantado del todo en su ánimo por la adversidad, sino que permanezca a la vez modesto y templado cuando abundan en él los bienes de la tierra, y valiente y paciente cuando le sobrevienen tribulaciones. Una persona de este carácter avanzará también en sus progresos hasta llegar a aquella disposición de ánimo que le hará amar a Dios más de lo que teme al infierno; de tal modo que, aun si Dios le dijera: 'Disfruta de los placeres carnales para siempre, y peca cuanto puedas, y no morirás ni serás enviado al infierno, sino que sólo no estarás conmigo', se quedaría terriblemente consternado, y se abstendría por completo de pecar, no ya (simplemente) con el propósito de no caer en aquello que solía temer, sino con el deseo de no ofender a Aquel a quien tanto ama: en quien únicamente se halla también el descanso que ojo no vio, ni oído oyó, ni subió en corazón de hombre (a concebir); el descanso que Dios ha preparado para los que le aman.

    § 28

    28. Ahora bien, acerca de este descanso la Escritura es significativa, y no deja de hablar, cuando nos dice cómo al principio del mundo, y en el tiempo en que Dios hizo el cielo y la tierra y todas las cosas que hay en ellos, trabajó durante seis días, y descansó al séptimo día. Pues estaba en el poder del Todopoderoso hacer todas las cosas incluso en un solo instante de tiempo. Porque no había trabajado en el sentido de que pudiera gozar de un descanso (necesario), ya que en verdad «Él habló, y fueron hechas; Él mandó, y fueron creadas;» sino para significar cómo, después de seis edades de este mundo, en una séptima edad, como en el séptimo día, descansará Él en sus santos; por cuanto estos mismos santos descansarán también en Él después de todas las buenas obras en que le han servido, las cuales, ciertamente, Él mismo obra en ellos, Él que los llama, y los instruye, y aparta las ofensas pasadas, y justifica al hombre que antes era impío. Pues así como, cuando por don suyo obran ellos lo que es bueno, se dice con razón que Él mismo obra (aquello en ellos), así, cuando descansan en Él, se dice con razón que Él mismo descansa. Porque, en cuanto a Él mismo, no busca cesación alguna, porque no siente fatiga alguna. Además, Él hizo todas las cosas por su Verbo; y su Verbo es Cristo mismo, en quien los ángeles y todos aquellos purísimos espíritus del cielo descansan en santo silencio. El hombre, empero, al caer por el pecado, ha perdido el descanso que poseía en su divinidad, y lo recibe de nuevo (ahora) en su humanidad; y para este fin se hizo hombre, y nació de una mujer, en el tiempo oportuno en que Él mismo sabía que convenía que así se cumpliera. Y de la carne, ciertamente, no podía recibir contaminación alguna, estando Él mismo más bien destinado a purificar la carne. De su futura venida tuvieron conocimiento los antiguos santos, por revelación del Espíritu, y profetizaron. Y así fueron salvos por creer que Él había de venir, así como nosotros somos salvos por creer que Él ha venido. Por lo tanto, debemos amar a Dios, que tanto nos amó que envió a su Hijo único, para que se revistiera de la humildad de nuestra mortalidad, y muriera tanto a manos de los pecadores como en favor de los pecadores. Pues aun en los tiempos antiguos, y en las primeras edades, la profundidad de este misterio no deja de ser prefigurada y anunciada proféticamente.

    Capítulo 18.— De lo que ha de creerse acerca de la creación del hombre y de las demás cosas

    § 29

    29. Pues bien, el Dios omnipotente, que es también bueno y justo y misericordioso, que hizo todas las cosas —sean grandes o pequeñas, sean altísimas o bajísimas, sean cosas visibles, como los cielos y la tierra y el mar, y en los cielos, particularmente, el sol y la luna y las demás lumbreras, y en la tierra y en el mar, a su vez, los árboles y arbustos y animales, cada uno según su especie, y todos los cuerpos celestes o terrestres igualmente, o sean cosas invisibles, como aquellos espíritus por los cuales los cuerpos son animados y dotados de vida— hizo también al hombre a su propia imagen, a fin de que, así como Él mismo, en virtud de su omnipotencia, preside la creación universal, así el hombre, en virtud de aquella inteligencia suya por la cual llega a conocer a su Creador y le adora, pudiera presidir sobre todos los seres vivientes de la tierra: Y asimismo hizo a la mujer para que fuera ayuda idónea para él: no para la concupiscencia carnal —puesto que, ciertamente, no tenían cuerpos corruptibles en aquel tiempo, antes de que el castigo del pecado los invadiera en forma de mortalidad—, sino para este fin: que el hombre tuviera a la vez gloria de la mujer en cuanto él iba delante de ella hacia Dios, y presentara en sí mismo un ejemplo para ella de imitación en santidad y piedad, así como él mismo había de ser gloria de Dios en cuanto seguía su sabiduría:

    § 30

    30. Por tanto, los puso en un lugar determinado de perpetua bienaventuranza, que la Escritura llama Paraíso; y les dio un mandamiento, con la condición de que, si no lo violaban, continuarían para siempre en aquella bienaventuranza de inmortalidad; mas, por otra parte, si lo transgredían, sufrirían las penas de la mortalidad. Ahora bien, Dios sabía de antemano que lo transgredirían. Sin embargo, en cuanto Él es autor y hacedor de todo lo bueno, prefirió más bien hacerlos —como hizo también las bestias— a fin de llenar la tierra con los bienes propios de la tierra. Y ciertamente el hombre, aun el hombre pecador, es mejor que una bestia. Y el mandamiento, que no habían de guardar, prefirió con todo dárselo, a fin de que quedaran sin excusa cuando Él comenzara a vindicarse contra ellos. Pues cualquier cosa que el hombre haya hecho, halla a Dios digno de ser alabado en todas sus obras: si hubiere obrado rectamente, lo halla digno de ser alabado por la justicia de sus galardones; si hubiere pecado, lo halla digno de ser alabado por la justicia de sus castigos; si hubiere confesado sus pecados y vuelto a una vida recta, lo halla digno de ser alabado por la misericordia de sus favores perdonadores. ¿Por qué, pues, no habría Dios de hacer al hombre, aunque conocía de antemano que pecaría, cuando podía coronarlo si permanecía firme, enderezarlo si caía, y ayudarlo si se levantaba, siendo Él mismo siempre y en todo lugar glorioso en bondad, justicia y clemencia? Sobre todo, ¿por qué no habría de hacerlo, puesto que también conocía de antemano esto, a saber, que de la raza de aquella mortalidad surgirían santos que no buscarían lo suyo propio, sino que darían gloria a su Creador; y que, obteniendo liberación de toda corrupción mediante el culto a Él, serían tenidos por dignos de vivir para siempre, y de vivir en bienaventuranza con los santos ángeles? Pues Aquel que dio libre albedrío a los hombres, para que adoraran a Dios no por necesidad servil sino con inclinación generosa, lo dio también a los ángeles; y por eso ni el ángel que, en compañía de otros espíritus que eran sus satélites, abandonó con soberbia la obediencia de Dios y se hizo diablo, hizo daño alguno a Dios, sino a sí mismo. Porque Dios sabe disponer de las almas que lo abandonan, y de su justa miseria proveer a las secciones inferiores de sus criaturas con las leyes más apropiadas y convenientes de su maravillosa dispensación. Por consiguiente, ni el diablo dañó en modo alguno a Dios, ya cayendo él mismo, ya seduciendo al hombre a la muerte; ni el hombre mismo menoscabó en grado alguno la verdad, o el poder, o la bienaventuranza de su Hacedor, en que, cuando su compañera fue seducida por el diablo, él consintió con ella por su propia deliberada inclinación en hacer lo que Dios había prohibido. Pues por las justísimas leyes de Dios todos fueron condenados, siendo Dios mismo glorioso en la equidad de la retribución, mientras ellos quedaron avergonzados por la degradación del castigo: a fin de que el hombre, cuando se apartó de su Creador, fuera vencido por el diablo y hecho súbdito suyo, y de que el diablo fuera puesto ante el hombre como enemigo que había de ser vencido, cuando se volviera de nuevo a su Creador; de modo que cualquiera que consintiera con el diablo hasta el fin, fuera con él a los castigos eternos; mientras que quienes se humillaran a Dios, y por su gracia vencieran al diablo, fueran tenidos por dignos de los premios eternos.
    Comentario editorial · «Almas» donde Agustín diría «espíritus»
    Aquí Agustín dice que Dios sabe disponer de «las almas que lo abandonan», hablando del ángel que se hizo diablo. En las Retractaciones (II, 14) corrige la frase: como la cuestión trataba de ángeles, sería más apropiado decir «espíritus que lo abandonan». La nota introductoria cita el reparo y el NPNF lo recuerda al pie de este pasaje («Rather “spirits”»). El texto de esta edición no se retoca: es lo que Agustín escribió, y su rectificación posterior queda a la vista en la nota introductoria.

    Capítulo 19.— De la coexistencia del bien y del mal en la Iglesia, y de su separación final

    § 31

    31. Ni debemos conmovernos por la consideración de que muchos consienten con el diablo y pocos siguen a Dios; pues también el grano, en comparación con la paja, tiene gran defecto en número. Pero así como el labrador sabe qué hacer con la enorme masa de paja, así la multitud de los pecadores no es nada para Dios, que sabe qué hacer con ellos, de modo que la administración de su reino no sea desordenada ni deshonrada en parte alguna. Ni se ha de suponer que el diablo haya resultado vencedor por la mera razón de arrastrar consigo a más que los pocos por quienes puede ser vencido. De esta manera hay dos comunidades —una de los impíos, y otra de los santos— que se extienden desde el principio del género humano hasta el fin del mundo, que al presente están mezcladas en cuanto a los cuerpos, pero separadas en cuanto a las voluntades, y que, además, están destinadas a ser separadas también en cuanto a la presencia corporal en el día del juicio. Pues todos los hombres que aman la soberbia y el poder temporal con vana exaltación y pompa de arrogancia, y todos los espíritus que ponen sus afectos en tales cosas y buscan su propia gloria en la sujeción de los hombres, están atados fuertemente en una misma asociación; es más, aunque frecuentemente luchan unos contra otros a causa de estas cosas, son sin embargo precipitados por el peso semejante de la concupiscencia al mismo abismo, y quedan unidos entre sí por la semejanza de costumbres y méritos. Y, a su vez, todos los hombres y todos los espíritus que buscan humildemente la gloria de Dios y no la propia, y que le siguen con piedad, pertenecen a una sola comunión. Y, no obstante esto, Dios es misericordiosísimo y paciente con los hombres impíos, y les ofrece lugar para la penitencia y la enmienda.

    § 32

    32. Pues también en cuanto al hecho de que destruyó a todos los hombres en el diluvio, a excepción de un solo justo junto con su casa, a quienes quiso salvar en el arca, sabía ciertamente que no se enmendarían; sin embargo, como la construcción del arca duró el espacio de cien años, la ira de Dios que había de venir sobre ellos ciertamente les fue predicada: y si tan sólo se hubieran vuelto a Dios, Él los habría perdonado, como más tarde perdonó a la ciudad de Nínive cuando se arrepintió, después de haberle anunciado, por medio de un profeta, la destrucción que estaba a punto de sobrevenirle. Así, además, obra Dios, concediendo espacio para el arrepentimiento incluso a aquellos que sabe que persistirán en la maldad, a fin de ejercitar e instruir nuestra paciencia con su propio ejemplo; con lo cual también podemos saber cuánto nos conviene soportar a los malos con longanimidad, cuando no sabemos qué clase de hombres resultarán ser en adelante, viendo que Él, a cuyo conocimiento nada de lo que aún ha de ser escapa, los perdona y les permite vivir. Ahora bien, bajo el signo sacramental del diluvio, en el cual los justos fueron rescatados por la madera, hubo también un anuncio anticipado de la Iglesia que había de ser, la cual Cristo, su Rey y Dios, ha levantado en alto; por el misterio de su cruz, a salvo de la sumersión de este mundo. Además, Dios no ignoraba el hecho de que, incluso de aquellos que habían sido salvados en el arca, nacerían hombres malvados, que cubrirían la faz de la tierra por segunda vez con iniquidades. Pero, no obstante, Él les dio a la vez un modelo del juicio futuro, y anunció de antemano la liberación de los santos por el misterio de la madera. Pues aun después de estas cosas la maldad no dejó de brotar de nuevo por la soberbia, y las concupiscencias, y las impiedades ilícitas, cuando los hombres, abandonando a su Creador, no sólo cayeron al (nivel de la) criatura que Dios hizo, de modo que en lugar de Dios adoraran lo que Dios hizo, sino que incluso inclinaron sus almas a las obras de las manos de los hombres y a los artificios de los artesanos, en lo cual el diablo y aquellos espíritus malignos que se gozan en verse adorados y reverenciados en tales falsos inventos, mientras alimentan sus propios errores con los errores de los hombres, habían de obtener un triunfo más vergonzoso sobre ellos.

    § 33

    33. Pero en verdad no faltaron en aquellos tiempos hombres justos también, de la clase que buscan a Dios piadosamente y vencen la soberbia del diablo, ciudadanos de aquella santa comunidad, los cuales fueron sanados por la humillación de Cristo, que entonces sólo estaba destinada a venir, pero les fue revelada por el Espíritu. De entre éstos, Abraham, siervo piadoso y fiel de Dios, fue elegido, a fin de que a él le fuera mostrado el sacramento del Hijo de Dios, de modo que así, en virtud de la imitación de su fe, todos los fieles de todas las naciones pudieran ser llamados hijos suyos en el futuro. De él nació un pueblo, por el cual el único Dios verdadero que hizo el cielo y la tierra debía ser adorado cuando todas las demás naciones servían a los ídolos y a los espíritus malignos. En aquel pueblo, claramente, la Iglesia futura fue prefigurada de modo mucho más evidente. Pues en él había una muchedumbre carnal que adoraba a Dios con miras a beneficios visibles. Pero en él había también unos pocos que pensaban en el descanso futuro, y miraban anhelantes hacia la patria celestial, a quienes por medio de profecía fue revelada la humillación venidera de Dios en la persona de nuestro Rey y Señor Jesucristo, a fin de que fueran sanados de toda soberbia y arrogancia por aquella fe. Y con respecto a estos santos que en punto de tiempo precedieron al nacimiento del Señor, no sólo su palabra, sino también su vida, y sus matrimonios, y sus hijos, y sus hechos, constituyeron una profecía de este tiempo, en el cual la Iglesia está siendo congregada de todas las naciones mediante la fe en la pasión de Cristo. Por el ministerio de aquellos santos patriarcas y profetas, este pueblo carnal de Israel, que más tarde fueron llamados también judíos, recibió a la vez aquellos beneficios visibles que deseaban ansiosamente del Señor de manera carnal, y aquellos castigos, en forma de penas corporales, que estaban destinados a aterrorizarlos por el momento, como convenía a su obstinación. Y en todas estas cosas, sin embargo, se significaban también misterios espirituales, tales como los que habían de referirse a Cristo y a la Iglesia; de cuya Iglesia también eran miembros aquellos santos, aunque existieron en esta vida antes del nacimiento de Cristo, el Señor, según la carne. Pues este mismo Cristo, el Hijo unigénito de Dios, el Verbo del Padre, igual y coeterno con el Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, se hizo también hombre por nosotros, a fin de que de toda la Iglesia, como de todo su cuerpo, Él fuera la Cabeza. Pero así como cuando el hombre entero está en proceso de nacer, aunque al nacer saque primero la mano, con todo esa mano está unida y compactada con todo el cuerpo bajo la cabeza; así como también entre estos mismos patriarcas algunos nacieron con la mano extendida primero como signo de esto mismo: así todos los santos que vivieron sobre la tierra antes del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, aunque nacieron antes, estuvieron sin embargo unidos bajo la Cabeza con aquel cuerpo universal del cual Él es la Cabeza.

    Capítulo 20.— De la servidumbre de Israel en Egipto, su liberación y su paso por el Mar Rojo

    § 34

    Aquel pueblo, pues, habiendo sido conducido a Egipto, quedó en servidumbre bajo el más duro de los reyes; y, enseñado por los trabajos más opresivos, buscó en Dios a su libertador; y se les envió a uno perteneciente al pueblo mismo, Moisés, el santo siervo de Dios, el cual, con el poder de Dios, aterrorizó en aquellos días a la impía nación de los egipcios con grandes milagros, y sacó de aquella tierra al pueblo de Dios por el mar Rojo, donde el agua se dividió y les abrió camino al pasarlo, mientras que, cuando los egipcios se apresuraron en su persecución, las olas volvieron a su cauce y los cubrieron, de modo que perecieron. Así, pues, así como la tierra, por medio del diluvio, fue limpiada por las aguas de la maldad de los pecadores, que en aquellos tiempos fueron destruidos en su inundación, mientras los justos escaparon por medio de la madera; así el pueblo de Dios, cuando salió de Egipto, halló un camino a través de las aguas por el cual fueron devorados sus enemigos. Y no faltó allí el sacramento de la madera. Pues Moisés golpeó con su vara, a fin de que se efectuara aquel milagro. Ambas cosas son señales del santo bautismo, por el cual los fieles pasan a la vida nueva, mientras sus pecados son destruidos como enemigos y perecen. Pero con mayor claridad fue prefigurada la pasión de Cristo en el caso de aquel pueblo, cuando se les mandó degollar y comer el cordero, y marcar con su sangre los postes de sus puertas, y celebrar este rito cada año, y designarlo como la Pascua del Señor. Pues ciertamente la profecía habla con suma claridad del Señor Jesucristo, cuando dice que «fue llevado como cordero al matadero». Y con la señal de su pasión y de su cruz, tú has de ser marcado hoy en la frente, como en el poste de la puerta, y todos los cristianos son marcados con la misma.

    § 35

    35. Después de esto, este pueblo fue conducido por el desierto durante cuarenta años. Recibió también la ley escrita por el dedo de Dios, nombre bajo el cual se significa el Espíritu Santo, como se declara con suma claridad en el Evangelio. Porque Dios no está definido por la forma de un cuerpo, ni han de pensarse en Él miembros y dedos tal como los vemos en nosotros. Pero, puesto que es por medio del Espíritu Santo como los dones de Dios se distribuyen a sus santos, para que, aunque varíen en sus capacidades, no se aparten sin embargo de la concordia de la caridad, y puesto que especialmente en los dedos aparece cierta clase de división, sin que haya, no obstante, separación de la unidad, ésta puede ser la explicación de la frase. Pero sea éste el caso, o cualquiera otra razón que se asigne para que el Espíritu Santo sea llamado dedo de Dios, no debemos en modo alguno pensar en la forma de un cuerpo humano cuando oímos usada esta expresión. El pueblo en cuestión, pues, recibió la ley escrita por el dedo de Dios, y ciertamente en tablas de piedra, para significar la dureza de su corazón, en cuanto que no habían de cumplir la ley. Pues, como buscaban con afán del Señor dones destinados a los usos del cuerpo, estaban dominados por el temor carnal más que por la caridad espiritual. Pero nada cumple la ley sino la caridad. Por consiguiente, fueron cargados con muchos sacramentos visibles, con la intención de que sintieran la presión del yugo de la servidumbre en las observancias de los alimentos, y en los sacrificios de animales, y en otros ritos innumerables; las cuales cosas, al mismo tiempo, eran señales de realidades espirituales relativas al Señor Jesucristo y a la Iglesia; las cuales, además, en aquel tiempo eran entendidas por unos pocos hombres santos para producir el fruto de la salvación, y observadas por ellos conforme a la conveniencia del tiempo, mientras que por la multitud de los hombres carnales eran observadas solamente y no entendidas.

    § 36

    36. De esta manera, pues, por medio de muchas y variadas señales de las cosas venideras, que sería tedioso enumerar en detalle completo, y que ahora vemos cumplidas en la Iglesia, aquel pueblo fue conducido a la tierra de promisión, en la cual había de reinar de manera temporal y carnal conforme a sus propios anhelos: reino terrenal que, sin embargo, sostenía la imagen de un reino espiritual. Allí fue fundada Jerusalén, aquella celebérrima ciudad de Dios, la cual, estando en servidumbre, servía como señal de la ciudad libre, que es llamada la Jerusalén celestial; este último término es una palabra hebrea, y significa por interpretación 'visión de paz'. Los ciudadanos de ella son todos los hombres santificados, que han sido, que son y que han de ser; y todos los espíritus santificados, cuantos obedecen a Dios con piadosa devoción en las excelsas regiones del cielo, y no imitan la impía soberbia del diablo y de sus ángeles. El Rey de esta ciudad es el Señor Jesucristo, el Verbo de Dios, por quien son gobernados los ángeles más altos, y al mismo tiempo el Verbo que tomó para sí la naturaleza humana, para que por Él también los hombres pudieran ser gobernados, los cuales, en su comunión, reinarán todos juntos en eterna paz. En el ministerio de prefigurar a este Rey en aquel reino terrenal del pueblo de Israel, sobresalió el rey David, de cuya descendencia según la carne había de venir aquel Rey verdadero, a saber, nuestro Señor Jesucristo, 'quien es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos'. En aquella tierra de promisión se hicieron muchas cosas que valieron como figuras del Cristo que había de venir, y de la Iglesia, con las cuales tendrás poder de familiarizarte gradualmente en los Libros Sagrados.

    Capítulo 21.— Del cautiverio de Babilonia, y de las cosas significadas por él

    § 37

    37. Mas, después del transcurso de algunas generaciones, se presentó otro tipo, que tiene relación muy señalada con el asunto de que tratamos. Porque aquella ciudad fue llevada al cautiverio, y una gran parte del pueblo fue deportada a Babilonia. Ahora bien, así como Jerusalén significa la ciudad y la comunión de los santos, así Babilonia significa la ciudad y la comunión de los impíos, puesto que por interpretación denota confusión. Sobre el asunto de estas dos ciudades, que han venido corriendo su curso, mezclándose la una con la otra, a través de todos los cambios del tiempo desde el principio del género humano, y que así seguirán avanzando juntas hasta el fin del mundo, cuando están destinadas a ser separadas en el juicio final, ya hemos hablado hace un momento. Aquel cautiverio, pues, de la ciudad de Jerusalén, y el pueblo así llevado a Babilonia en servidumbre, fueron ordenados de este modo por el Señor, por la voz de Jeremías, profeta de aquel tiempo. Y aparecieron reyes de Babilonia, bajo los cuales estaban en esclavitud, los cuales, con ocasión del cautiverio de este pueblo, fueron movidos por ciertos milagros de tal manera que llegaron a conocer al único Dios verdadero que fundó toda la creación, y le adoraron, y mandaron que se le adorara. Además, se ordenó al pueblo que orara por aquellos por quienes estaban detenidos en cautiverio, y que en la paz de ellos esperara la paz, a fin de que engendraran hijos, edificaran casas y plantaran jardines y viñas. Pero al cabo de setenta años se les prometió la liberación de su cautiverio. Todo esto, además, significaba en figura que la Iglesia de Cristo en todos sus santos, que son ciudadanos de la Jerusalén celestial, habría de servir bajo los reyes de este mundo. Pues la doctrina de los apóstoles habla también de esta manera: que 'toda alma esté sujeta a las potestades superiores', y que 'se dé a todos lo que se les debe: tributo a quien tributo (es debido), impuesto a quien impuesto', y todas las demás cosas semejantes que, sin detrimento del culto de nuestro Dios, rendimos a los gobernantes en la constitución de la sociedad humana: porque el Señor mismo, a fin de darnos ejemplo de esta sana doctrina, no consideró indigno de Él pagar tributo a causa de aquella individualidad humana de que estaba revestido. Asimismo, a los siervos cristianos y a los buenos creyentes se les manda también servir a sus amos temporales con ecuanimidad y fidelidad; a los cuales juzgarán después, si hasta el fin los hallan malvados, o con los cuales reinarán después en igualdad, si ellos también se hubieren convertido al Dios verdadero. Sin embargo, a todos se les ordena estar sujetos a las potestades humanas y terrenales, hasta que, al fin del tiempo predeterminado que los setenta años significan, la Iglesia sea librada de la confusión de este mundo, así como Jerusalén había de ser librada del cautiverio de Babilonia. Con ocasión de aquel cautiverio, empero, los reyes de la tierra también han sido llevados a abandonar los ídolos por causa de los cuales solían perseguir a los cristianos, y han llegado a conocer, y ahora adoran, al único Dios verdadero y a Cristo el Señor; y en favor de ellos es por lo que el apóstol Pablo ordena que se haga oración, aun cuando persigan a la Iglesia. Pues habla en estos términos: 'Exhorto, pues, ante todo, a que se hagan rogativas, adoraciones, intercesiones y acciones de gracias por los reyes, por todos los hombres y por todos los que están en autoridad, para que llevemos una vida quieta y pacífica, con toda piedad y caridad.' En consecuencia, la paz ha sido dada a la Iglesia por estas mismas personas, aunque no sea sino de índole temporal: una quietud temporal para la obra de edificar casas de manera espiritual, y de plantar jardines y viñas. Pues mira tu propio caso: en este mismo momento estamos ocupados, por medio de este discurso, en edificarte y plantarte. Y un proceso semejante se está llevando a cabo en todo el orbe de las tierras, en virtud de la paz concedida por los reyes cristianos, tal como el mismo apóstol se expresa así: 'Vosotros sois labranza de Dios; vosotros sois edificio de Dios.'

    § 38

    38. Y, en verdad, después del transcurso de los setenta años de los cuales Jeremías había profetizado místicamente, con la intención de prefigurar el fin de los tiempos, y con miras aún a la perfección de esa misma figura, no se concedió de nuevo a los judíos una paz y una libertad estables. Así fue como fueron conquistados después por los romanos y hechos tributarios. Desde aquel período, en verdad, en que recibieron la tierra de promisión y comenzaron a tener reyes, para impedir la suposición de que la promesa del Cristo que había de ser su Libertador hubiera tenido su cumplimiento completo en la persona de alguno de sus reyes, Cristo fue profetizado con mayor claridad en numerosas profecías; no sólo por David mismo en el libro de los Salmos, sino también por los demás grandes y santos profetas, hasta el tiempo de su deportación al cautiverio de Babilonia; y en aquel mismo cautiverio hubo también profetas cuya misión era profetizar la venida del Señor Jesucristo como Libertador de todos. Y después de la restauración del templo, cuando hubieron pasado los setenta años, los judíos soportaron graves opresiones y sufrimientos a manos de los reyes de los gentiles, apropiados para hacerles entender que el Libertador aún no había venido, a quien no acertaban a comprender como uno que había de efectuar para ellos una liberación espiritual, y a quien anhelaban con cariño por causa de una liberación carnal.

    Capítulo 22.— De las seis edades del mundo

    § 39

    39. Habiéndose completado, en consecuencia, cinco edades del mundo (la sexta ha comenzado). De estas edades, la primera va desde el principio del género humano, es decir, desde Adán, que fue el primer hombre creado, hasta Noé, que construyó el arca en el tiempo del diluvio. La segunda se extiende desde ese período hasta Abraham, que fue llamado padre ciertamente de todas las naciones que habrían de seguir el ejemplo de su fe, pero que al mismo tiempo, por descendencia natural de su propia carne, fue padre del pueblo destinado de los judíos; pueblo que, antes de la entrada de los gentiles en la fe cristiana, fue el único pueblo entre todas las naciones de todas las tierras que adoraba al único Dios verdadero: del cual pueblo también Cristo el Salvador fue decretado venir según la carne. Pues estos puntos de inflexión de aquellas dos edades ocupan un lugar eminente en los libros antiguos. Por otra parte, los de las otras tres edades se declaran también en el Evangelio, donde asimismo se menciona la descendencia del Señor Jesucristo según la carne. Porque la tercera edad se extiende desde Abraham hasta David el rey; la cuarta, desde David hasta aquel cautiverio por el cual el pueblo de Dios pasó a Babilonia; y la quinta, desde aquella transmigración hasta el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo. Con su venida, la sexta edad ha entrado en su curso; de modo que ahora la gracia espiritual, que en tiempos anteriores era conocida por unos pocos patriarcas y profetas, pueda manifestarse a todas las naciones; con la intención de que ningún hombre adore a Dios sino libremente, deseando de Él con amor no las recompensas visibles de sus servicios y la felicidad de esta vida presente, sino únicamente aquella vida eterna en la cual ha de gozar del mismo Dios: para que en esta sexta edad la mente del hombre sea renovada según la imagen de Dios, así como en el sexto día el hombre fue hecho según la imagen de Dios. Pues entonces también se cumple la ley, cuando todo lo que ella ha mandado se hace, no en el fuerte deseo de las cosas temporales, sino en el amor de Aquel que ha dado el mandamiento. ¿Quién hay, además, que no esté dispuesto con empeño a devolver amor a un Dios de suprema justicia y también de suprema misericordia, el cual amó primero a los hombres de la mayor injusticia y de la más alta soberbia, y eso, además, tan profundamente que envió en favor de ellos a su Hijo único, por quien hizo todas las cosas, y quien, hecho hombre, no por cambio alguno de sí mismo, sino por la asunción de la naturaleza humana, fue designado para hacerse capaz no sólo de vivir con ellos, sino también de morir a la vez por ellos y a manos de ellos?
    Comentario editorial · Las seis edades del mundo
    Cuando el § 5 habla de los «puntos de giro» de la historia, una nota del NPNF remite a los § 6 y 39: este es el recorrido que Agustín propone al catequista, de Adán a Cristo.
    EdadVa desde……hasta
    PrimeraAdánNoé (el diluvio)
    SegundaNoéAbraham
    TerceraAbrahamDavid
    CuartaDavidel cautiverio de Babilonia
    Quintala transmigración a Babiloniala venida de Cristo
    Sextala venida de Cristoen curso
    El § 28 habla además de una séptima, «como en el séptimo día». Según Wikipedia, el esquema aparece formulado por Agustín hacia 400 y la tradición posterior asignó a cada edad unos mil años; el § 39 no da ninguna duración.

    § 40

    40. Así, pues, manifestando el Nuevo Testamento de nuestra herencia eterna, en el cual el hombre había de ser renovado por la gracia de Dios y llevar una vida nueva, es decir, una vida espiritual; y con el fin de presentar el primero como una dispensación antigua, en la que un pueblo carnal, actuando al hombre viejo (con excepción de unos pocos patriarcas y profetas, que tenían entendimiento, y de algunos santos ocultos), y llevando una vida carnal, deseaba recompensas carnales de manos del Señor Dios, y recibía de esa manera sólo las figuras de los bienes espirituales;— con esta intención, digo, el Señor Cristo, hecho hombre, despreció todos los bienes terrenales, para mostrarnos cómo estas cosas debían ser despreciadas; y soportó todos los males terrenales que inculcaba como cosas necesarias de soportar; de modo que ni nuestra felicidad haya de buscarse en la primera clase, ni nuestra desdicha haya de temerse en la segunda. Porque, habiendo nacido de una madre que, aunque concibió sin ser tocada por varón y permaneció siempre así intacta, concibiendo en virginidad, dando a luz en virginidad, muriendo en virginidad, había estado sin embargo desposada con un artesano, extinguió todo el hinchado orgullo de la nobleza carnal. Además, habiendo nacido en la ciudad de Belén, la cual entre todas las ciudades de Judea era tan insignificante que aun en nuestros días se la designa como aldea, no quiso que nadie se gloriase en la posición eminente de ciudad alguna de la tierra. Él también, cuyas son todas las cosas y por quien todas las cosas fueron creadas, fue hecho pobre, para que nadie, creyendo en Él, se atreviera a jactarse en las riquezas terrenales. Rehusó ser hecho rey por los hombres, porque mostró la senda de la humildad a aquellos desdichados a quienes la soberbia había separado de Él; y sin embargo, la creación universal atestigua el hecho de su reino eterno. Y tuvo hambre Aquel que alimenta a todos los hombres; tuvo sed Aquel por quien es creado todo lo que se bebe, y que de manera espiritual es el pan de los hambrientos y la fuente de los sedientos; al caminar en la tierra, se fatigó Aquel que se ha hecho camino para nosotros al cielo; como mudo y sordo ante sus injuriadores estuvo Aquel por quien los mudos hablaron y los sordos oyeron; atado estuvo Aquel que nos libertó de las ataduras de las enfermedades; azotado fue Aquel que expulsó de los cuerpos de los hombres los azotes de todas las angustias; crucificado fue Aquel que puso fin a nuestros dolores de cruz; muerto se hizo Aquel que resucitó a los muertos. Pero también resucitó, para ya no morir, de modo que nadie aprenda de Él a despreciar la muerte como si no hubiera de vivir de nuevo.

    Capítulo 23.— De la misión del Espíritu Santo cincuenta días después de la resurrección de Cristo

    § 41

    41. Después, habiendo confirmado a los discípulos y habiendo morado con ellos cuarenta días, subió al cielo, mientras ellos lo estaban viendo. Y al cumplirse cincuenta días desde su resurrección les envió el Espíritu Santo (pues así lo había prometido), por cuyo medio debían tener la caridad derramada en sus corazones, a fin de que pudieran cumplir la ley no sólo sin sentirla gravosa, sino aun con ánimo alegre. Esta ley fue dada a los judíos en los diez mandamientos, que ellos llaman el Decálogo. Y estos mandamientos, a su vez, se reducen a dos, a saber, que amemos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente; y que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Pues que de estos dos preceptos penden toda la ley y los profetas, el Señor mismo lo ha declarado en el Evangelio y lo ha mostrado con su propio ejemplo. Pues de igual modo sucedió con el pueblo de Israel: desde el día en que celebraron por primera vez la Pascua en figura, degollando y comiendo la oveja con cuya sangre fueron marcados los postes de sus puertas para asegurar su salvación, desde este día, repito, se cumplieron cincuenta días seguidos, y entonces recibieron la ley escrita por el dedo de Dios, bajo cuya frase ya hemos dicho que se significa el Espíritu Santo. Y de la misma manera, después de la pasión y resurrección del Señor, que es la verdadera Pascua, el Espíritu Santo fue enviado personalmente a los discípulos el quincuagésimo día: ya no, sin embargo, mediante tablas de piedra que significaban la dureza de sus corazones; sino que, estando ellos reunidos en un mismo lugar, en la misma Jerusalén, vino de repente del cielo un estruendo, como de un viento impetuoso que avanzaba, y se les aparecieron lenguas divididas, como de fuego, y comenzaron a hablar en lenguas, de modo que todos los que habían acudido a ellos reconocían cada uno su propia lengua (pues en aquella ciudad solían reunirse judíos de todos los países adonde habían sido dispersados, y habían aprendido las diversas lenguas de diversas naciones); y después, predicando a Cristo con toda confianza, hicieron muchas señales en su nombre, hasta el punto de que, al pasar Pedro, su sombra tocó a cierto difunto, y el hombre volvió a la vida.
    Comentario editorial · La sombra de Pedro
    El § 41 cuenta que, al pasar Pedro, «su sombra tocó a cierto difunto, y el hombre volvió a la vida». El editor del NPNF anota que la referencia es evidentemente a , donde solo se menciona la intención de la gente y únicamente en el caso de los enfermos, no de un muerto.

    § 42

    42. Mas cuando los judíos vieron que tantas señales se obraban en el nombre de Aquel a quien, parte por malquerencia y parte por ignorancia, habían crucificado, algunos se sintieron movidos a perseguir a los apóstoles, que eran sus predicadores; mientras que otros, por el contrario, maravillándose más precisamente de que se realizaran tan grandes milagros en el nombre de Aquel a quien habían escarnecido como abrumado y vencido por ellos, se arrepintieron y se convirtieron, de modo que miles de judíos creyeron en Él. Pues éstos ya no se afanaban por alcanzar de la mano de Dios beneficios temporales y un reino terreno, ni esperaban ya a Cristo, el rey prometido, con espíritu carnal; sino que de manera inmortal aprendieron a conocer y amar a Aquel que de manera mortal soportó por ellos, a manos de ellos mismos, sufrimientos tan graves, y les impartió el don del perdón de todos sus pecados, incluso hasta la iniquidad de su propia sangre, y con el ejemplo de su propia resurrección les ofreció la inmortalidad como objeto que debían esperar y anhelar de sus manos. Por consiguiente, mortificando ya los deseos terrenales del hombre viejo y encendidos con la nueva experiencia de la vida espiritual, según el Señor lo había mandado en el Evangelio, vendieron todo lo que tenían y pusieron el precio de sus posesiones a los pies de los apóstoles, para que éstos repartieran a cada uno según lo que cada cual necesitaba; y viviendo en amor cristiano en armonía unos con otros, no afirmaban que cosa alguna fuera propia, sino que tenían todas las cosas en común, y eran un solo corazón y una sola alma hacia Dios. Después, estos mismos sufrieron también persecución en su carne a manos de los judíos, sus compatriotas carnales, y fueron dispersados, para que, a consecuencia de su dispersión, Cristo fuera predicado más extensamente, y para que ellos mismos fuesen a la vez seguidores de la paciencia de su Señor. Pues Aquel que con mansedumbre los había soportado, les mandó con mansedumbre soportar por su causa.

    § 43

    43. Entre aquellos mismos perseguidores de los santos había estado también en otro tiempo el apóstol Pablo; y con violencia señalada se ensañó contra los cristianos. Pero después se hizo creyente y apóstol, y fue enviado a predicar el Evangelio a los gentiles, padeciendo en aquel ministerio cosas más graves por causa del nombre de Cristo que las que él había hecho contra el nombre de Cristo. Además, al establecer iglesias en todas las naciones donde sembraba la semilla del Evangelio, solía encargar encarecidamente que, como aquellos convertidos (que venían del culto de los ídolos y carecían de experiencia en el culto del único Dios) no podían servir fácilmente a Dios vendiendo y distribuyendo sus posesiones, hicieran ofrendas para los hermanos pobres entre los santos que estaban en las iglesias de Judea que habían creído en Cristo. De esta manera, la doctrina del apóstol constituyó a unos como soldados y a otros como tributarios de las provincias, al tiempo que puso a Cristo en el centro de ellos como piedra angular (conforme a lo que había sido anunciado antes por el profeta), en quien ambos pueblos, como muros que avanzan desde lados distintos, es decir, desde los judíos y desde los gentiles, pudieran quedar unidos en el afecto del parentesco. Pero después surgieron persecuciones más graves y frecuentes de parte de los gentiles incrédulos contra la Iglesia de Cristo, y día a día se cumplía aquella palabra profética que el Señor pronunció cuando dijo: 'He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos.'

    Capítulo 24.— De la Iglesia en su semejanza con una vid que brota y sufre la poda

    § 44

    44. Pero aquella vid, que extendía sus sarmientos fructíferos por todo el orbe de las tierras, conforme se había profetizado acerca de ella y lo había predicho el Señor mismo, brotaba tanto más lozanamente cuanto más se regaba con corrientes más ricas de la sangre de los mártires. Y como éstos morían por la verdad de la fe en número incontable por todas las tierras, aun los mismos reinos perseguidores desistieron y se convirtieron al conocimiento y culto de Cristo, rota la cerviz de su soberbia. Además, convenía que esta misma vid fuese podada según las repetidas predicciones del Señor, y que se cortaran de ella los sarmientos sin fruto, por los cuales se suscitaron herejías y cismas en diversos lugares, bajo el nombre de Cristo, por parte de hombres que no buscaban su gloria sino la propia; cuyas contradicciones, sin embargo, sirvieron también cada vez más para ejercitar a la Iglesia, y para probar e ilustrar tanto su doctrina como su paciencia.

    § 45

    45. Todas estas cosas, pues, las vemos ahora cumplidas exactamente tal como las leemos en las predicciones pronunciadas tanto tiempo antes de los hechos. Y así como los primeros cristianos, por cuanto no veían estas cosas realizadas literalmente en sus días, fueron movidos por milagros a creerlas, así también nosotros, por cuanto todas estas cosas se han cumplido ya exactamente como las leemos en aquellos libros escritos mucho antes de que se cumplieran, donde todas fueron anunciadas como asuntos aún futuros, y ahora se ven efectivamente presentes, somos edificados en la fe, de modo que, perseverando y permaneciendo en el Señor, creemos sin vacilación alguna en el cumplimiento destinado aun de aquellas cosas que todavía quedan por realizarse. Pues, en efecto, en las mismas Escrituras se leen todavía tribulaciones venideras, así como el día final del juicio mismo, cuando todos los ciudadanos de estas dos ciudades reciban de nuevo sus cuerpos, y resuciten y den cuenta de su vida ante el tribunal de Cristo. Porque vendrá en la gloria de su poder Aquel que antiguamente se dignó venir en la humildad de la humanidad; y separará a todos los piadosos de los impíos, no sólo de aquellos que se negaron del todo a creer en Él, sino también de aquellos que creyeron en Él sin provecho y sin fruto. A los unos les dará un reino eterno junto consigo mismo, mientras a los otros les asignará castigo eterno junto con el diablo. Pero así como ningún gozo procedente de las cosas temporales puede hallarse en medida alguna comparable al gozo de la vida eterna que los santos están destinados a alcanzar, así tampoco tormento alguno de los castigos temporales puede compararse a los tormentos eternos de los injustos.

    Capítulo 25.— De la constancia en la fe de la resurrección

    § 46

    46. Por tanto, hermano, afírmate en el nombre y auxilio de Aquel en quien crees, para resistir las lenguas de los que se burlan de nuestra fe, en cuyo caso el diablo habla palabras seductoras, empeñado sobre todo en hacer burla de la fe en la resurrección. Pero, juzgando por tu propia historia, cree que, puesto que has sido, también serás en el futuro, así como percibes que ahora eres, aunque antes no eras. Porque ¿dónde estaba esta gran estructura de tu cuerpo, y dónde esta formación y trabada conexión de miembros hace pocos años, antes de que nacieras, o aun antes de que fueses concebido en el seno de tu madre? ¿Dónde, repito, estaba entonces esta estructura y esta estatura de tu cuerpo? ¿No salió a la luz desde los secretos ocultos de esta creación, bajo las invisibles operaciones formativas del Señor Dios, y no creció hasta su presente magnitud y figura por aquellas medidas fijas de aumento que vienen con los sucesivos períodos de la vida? ¿Acaso es cosa difícil en modo alguno para Dios, que en un momento reúne de lo oculto las masas de las nubes y cubre los cielos en un instante de tiempo, volver a hacer esta cantidad de tu cuerpo lo que fue, viendo que pudo hacerla lo que antes no era? Por consiguiente, cree con espíritu varonil e inconmovible que todas aquellas cosas que parecen retirarse de los ojos de los hombres como para perecer, están seguras y exentas de pérdida en relación con la omnipotencia de Dios, que las restaurará, sin demora ni dificultad alguna, cuando Él lo quiera; al menos, digo, aquellas que su justicia juzga dignas de restauración; para que los hombres den cuenta de sus obras en los mismos cuerpos en que las hicieron; y para que en éstos sean tenidos por dignos de recibir o bien el intercambio de la incorrupción celestial conforme a los méritos de su piedad, o bien la condición corruptible del cuerpo conforme a los méritos de su maldad; y esto, no una condición tal como para ser deshecha por la muerte, sino tal que suministre materia para dolores eternos.

    § 47

    47. Huye, pues, por la fe firme y las buenas costumbres, huye, hermano, de aquellos tormentos en los que ni los verdugos desfallecen ni mueren los atormentados; para quienes es muerte sin fin el no poder morir en sus dolores. Y enciéndete en amor y anhelo de la vida eterna de los santos, en la cual ni la acción será fatigosa ni el descanso indolente; en la cual la alabanza de Dios será sin molestia y sin defecto; donde no habrá tedio en la mente, ni agotamiento en el cuerpo; donde tampoco habrá necesidad, ni por tu parte, de modo que anheles alivio, ni por parte de tu prójimo, de modo que te apresures a llevarle alivio. Dios será todo el gozo y la saciedad de aquella ciudad santa, que vive en Él y de Él, en sabiduría y beatitud. Pues así como esperamos y aguardamos lo que por Él ha sido prometido, seremos hechos iguales a los ángeles de Dios, y juntamente con ellos gozaremos de aquella Trinidad entonces por vista, en la cual ahora caminamos por fe. Porque creemos lo que no vemos, para que por estos mismos méritos de la fe seamos tenidos por dignos también de ver lo que creemos y de permanecer en ello; a fin de que estos misterios de la igualdad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y la unidad de esta misma Trinidad, y el modo como estas tres subsistencias son un solo Dios, no necesiten ya ser pronunciados por nosotros con palabras de fe y sílabas sonoras, sino que sean bebidos en purísima y ardentísima contemplación en aquel silencio.

    § 48

    48. Ten estas cosas fijas en tu corazón, e invoca al Dios en quien crees, para que te defienda contra las tentaciones del diablo; y ten cuidado de que aquel adversario no venga a ti solapadamente por un flanco extraño; él, como consuelo sumamente malévolo de su propia condenación, busca a otros cuya compañía pueda obtener en aquella condenación. Pues no sólo se atreve a tentar al pueblo cristiano por medio de los que odian el nombre cristiano, o les duele ver el mundo poseído por ese nombre, y todavía desean con cariño servir a los ídolos y a los ritos curiosos de los espíritus malignos, sino que a veces intenta lo mismo por medio de hombres como los que poco antes hemos mencionado, a saber, personas separadas de la unidad de la Iglesia, como los sarmientos que se cortan cuando se poda la vid, que se llaman herejes o cismáticos. Sin embargo, a veces también hace el mismo esfuerzo por medio de los judíos, buscando tentar y seducir a los creyentes valiéndose de ellos. No obstante, lo que sobre todo ha de guardarse es que nadie se deje tentar y engañar por hombres que están dentro de la Iglesia Católica misma, y que son llevados por ella como la paja que se sostiene hasta el tiempo de su aventamiento. Pues si Dios es paciente con tales personas, tiene a la vista este fin: ejercitar y confirmar la fe y la prudencia de sus elegidos por medio de la perversidad de esos otros, al mismo tiempo que tiene en cuenta que muchos de su número avanzan y se convierten a hacer la buena voluntad de Dios con gran ímpetu, cuando son llevados a apiadarse de sus propias almas. Pues no todos atesoran para sí, por la paciencia de Dios, ira para el día de la ira de su justo juicio; sino que muchos son llevados por la misma paciencia del Todopoderoso al dolor de la penitencia sumamente saludable. Y hasta que eso se logra, sirven para ejercitar no sólo la tolerancia, sino también la compasión de los que ya se mantienen en el camino recto. Así, tendrás que ver a muchos borrachos, codiciosos, engañadores, tahúres, adúlteros, fornicarios, hombres que se atan amuletos sacrílegos sobre su persona, y a otros entregados a hechiceros y astrólogos, y a adivinos ejercitados en toda clase de artes impías. Tendrás también que observar cómo esas mismas multitudes que llenan los teatros en los días festivos de los paganos llenan también las iglesias en los días festivos de los cristianos. Y cuando veas estas cosas serás tentado a imitarlas. Mas, ¿por qué he de usar la expresión, verás, refiriéndome a lo que con seguridad conoces ya? Pues no ignoras que muchos que se llaman cristianos se entregan a todas estas maldades que he mencionado brevemente. Ni ignoras que a veces, quizá, hombres a quienes sabes que llevan el nombre de cristianos son culpables de ofensas aún más graves que éstas. Pero si has venido con la idea de que puedes hacer tales cosas como en posición segura, estás muy equivocado; ni el nombre de Cristo te aprovechará cuando Él comience a juzgar con suma severidad, Él que antiguamente se dignó venir en suma misericordia a socorrer al hombre. Pues Él mismo predijo estas cosas, y habla en este sentido en el Evangelio: 'No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, en tu nombre hemos comido y bebido.' Por tanto, para todos los que perseveran en tales obras el fin es la condenación. Por consiguiente, cuando veas a muchos no sólo hacer estas cosas sino también defenderlas y recomendarlas, mantente firme en la ley de Dios, y no sigas a sus transgresores voluntariosos. Pues no serás juzgado conforme a la mente de ellos, sino conforme a la verdad de Él.

    § 49

    49. «Asóciate con los buenos, a quienes percibas que están unidos contigo en amar a tu Rey. Pues hay muchos de éstos para que los descubras, si también tú comienzas a cultivar ese mismo carácter. Porque si en los espectáculos públicos deseabas estar en compañía afín y unirte estrechamente a hombres que comparten contigo la afición a algún auriga, a algún cazador o a algún actor, ¿cuánto más debes hallar placer en asociarte con los que están unidos contigo en amar a aquel Dios, respecto del cual nadie que lo ame tendrá jamás motivo para sonrojarse, ya que no sólo Él mismo es incapaz de ser vencido, sino que hará también invencibles a los que lo aman con afecto? Al mismo tiempo, ni siquiera en esos mismos hombres buenos, que te preceden o te acompañan en el camino hacia Dios, debes poner tu esperanza, como tampoco debes ponerla en ti mismo, por grande que sea el progreso que hayas hecho, sino en Aquel que justifica a ellos y a ti, y así te hace lo que eres. Pues tú estás seguro en Dios, porque Él no cambia; pero en el hombre nadie prudentemente se tiene por seguro. Mas si debemos amar a los que todavía no son justos, con miras a que lo sean, ¿cuánto más ardientemente deben ser amados los que ya son justos? Al mismo tiempo, una cosa es amar al hombre, y otra cosa poner la esperanza en el hombre; y la diferencia es tan grande, que Dios manda lo uno y prohíbe lo otro. Además, si tienes que soportar injurias o sufrimientos por causa del nombre de Cristo, y no te apartas de la fe ni declinas del buen camino, ten por cierto que recibirás la recompensa mayor; mientras que los que ceden al diablo en tales circunstancias pierden aun la recompensa menor. Pero sé humilde para con Dios, para que Él no permita que seas tentado más allá de tus fuerzas.»

    Capítulo 26.— De la admisión formal del catecúmeno, y de las señales que en ella se emplean

    § 50

    50. Al concluir este discurso, se ha de preguntar a la persona si cree estas cosas y desea ardientemente observarlas. Y cuando responda en ese sentido, entonces ciertamente ha de ser signado solemnemente y tratado conforme a la costumbre de la Iglesia. Sobre el sacramento que recibe, en verdad, debe imprimirse primero bien en su atención que las señales de las cosas divinas son, es cierto, cosas visibles, pero que en ellas se honran también las mismas cosas invisibles; y que aquella especie que entonces es santificada por la bendición no ha de considerarse, por tanto, meramente del modo en que se la considera en cualquier uso común. Y después ha de decírsele qué es lo que también significa la fórmula de palabras que ha escuchado, y qué es lo que en él es sazonado por aquella gracia espiritual de la cual esta sustancia material presenta el emblema. Luego debemos aprovechar la ocasión de aquella ceremonia para amonestarle que, si oye algo, aun en las Escrituras, que pueda llevar un sonido carnal, aunque no lo entienda, crea sin embargo que con ello se significa algo espiritual, que atañe a la santidad de costumbres y a la vida futura. Además, de este modo aprende brevemente que, cualquier cosa que oiga en los libros canónicos de tal índole que no pueda referirla al amor de la eternidad, y de la verdad, y de la santidad, y al amor del prójimo, debe creer que fue dicha o hecha con significado figurado; y que, por consiguiente, ha de esforzarse por entenderla de manera que la refiera a aquel doble amor. Ha de amonestársele además, sin embargo, que no tome el término prójimo en sentido carnal, sino que entienda por él a todo aquel que pueda estar alguna vez con él en aquella ciudad santa, sea que ya esté allí o no aparezca todavía. Y (finalmente ha de aconsejársele) que no desespere de la enmienda de ningún hombre a quien vea vivir bajo la paciencia de Dios por ninguna otra razón, como dice el apóstol, sino para que sea conducido al arrepentimiento.
    Comentario editorial · La señal de la cruz y la sal
    Al cerrar el discurso largo, el § 50 manda signar al que cree y explicarle «el sacramento que recibe». Una nota del NPNF cuenta que los editores benedictinos sospechan que en el latín sane es una mala lectura de salis, y que el rito sería el de la sal: según Neander, que cita el NPNF, en la Iglesia africana el obispo daba a los admitidos como competentes, mientras los signaba con la cruz, un poco de sal bendecida, signo de la palabra divina como verdadera sal de la naturaleza humana. Agustín cuenta en las Confesiones (I, 11) que de niño, ya desde el seno de su madre, fue signado con la cruz y sazonado con la sal de Dios; según Wikipedia, se le inscribió como catecúmeno de niño y se bautizó ya adulto.

    § 51

    51. Si este discurso, en el cual me he supuesto enseñando a alguna persona indocta en mi presencia, te parece demasiado largo, tienes libertad para exponer estas cosas con mayor brevedad. No creo, sin embargo, que deba ser más largo que esto. Al mismo tiempo, mucho depende de lo que el caso mismo, a medida que avanza, haga aconsejable, y de lo que el auditorio presente muestre no sólo soportar, sino también desear. Sin embargo, cuando se requiere rapidez, advierte con qué facilidad todo el asunto admite ser explicado. Supón una vez más que viene ante nosotros alguien que desea ser cristiano; y, en consecuencia, supón además que ha sido interrogado y que ha dado la respuesta que hemos supuesto que dio el anterior catecúmeno; pues, aun si se negara a dar esta respuesta, al menos ha de decirse que debió darla; entonces todo lo que resta por decirle debe reunirse de la siguiente manera:—

    § 52

    52. En verdad, hermano, grande y verdadera es la bienaventuranza que se promete a los santos en el mundo futuro. Por otra parte, todas las cosas visibles pasan, y toda la pompa, el placer y la solicitud de este mundo perecerán, y aun ahora arrastran consigo a la destrucción a quienes los aman. El Dios misericordioso, queriendo librar a los hombres de esta destrucción, es decir, de las penas eternas, si no se hicieran enemigos de sí mismos y si no resistieran a la misericordia de su Creador, envió a su Hijo unigénito, esto es, a su Verbo, igual a sí mismo, por quien hizo todas las cosas. Y Él, permaneciendo ciertamente en su divinidad, y sin apartarse del Padre ni mudarse en cosa alguna, al mismo tiempo, tomando sobre sí la naturaleza humana y apareciéndose a los hombres en carne mortal, vino a los hombres; para que, así como la muerte entró en el género humano por un hombre, a saber, el primero que fue hecho, esto es, Adán, porque consintió a su mujer cuando ella fue seducida por el diablo hasta el punto de que ambos transgredieran el mandamiento de Dios; así también por un hombre, Jesucristo, que es también Dios, el Hijo de Dios, todos los que creen en Él tuvieran todos sus pecados pasados borrados, y entraran en la vida eterna.

    Capítulo 27.— De las profecías del Antiguo Testamento en su cumplimiento visible en la Iglesia

    § 53

    53. Pues todas aquellas cosas que ahora presencias en la Iglesia de Dios, y que ves que se realizan bajo el nombre de Cristo por todo el mundo, fueron predichas hace muchas edades. Y tal como leemos acerca de ellas, así también ahora las vemos. Y por medio de estas cosas somos edificados para la fe. Antiguamente hubo una vez un diluvio sobre toda la tierra, cuyo objeto fue que los pecadores fueran destruidos. Y, no obstante, los que escaparon en el arca exhibieron una señal sacramental de la Iglesia que había de venir, la cual en el presente flota sobre las olas del mundo y es librada de la sumersión por el madero de la cruz de Cristo. Fue predicho a Abrahán, fiel siervo de Dios, un solo hombre, que de él estaba determinado que naciera un pueblo que adorara a un solo Dios en medio de todas las demás naciones que adoraban ídolos; y todas las cosas que fueron profetizadas como destinadas a suceder a ese pueblo se han cumplido exactamente como fueron anunciadas. En medio de ese pueblo también fue profetizado Cristo, Rey de todos los santos y Dios suyo, como destinado a venir de la descendencia del mismo Abrahán según la carne, la cual tomó para sí, a fin de que también todos los que se hicieran seguidores de su fe fueran hijos de Abrahán; y así se ha cumplido: Cristo nació de la Virgen María, que pertenecía a aquella raza. Fue anunciado por los profetas que padecería en la cruz a manos de aquel mismo pueblo de los judíos, de cuyo linaje, según la carne, vino; y así se ha cumplido. Fue anunciado que resucitaría: ha resucitado; y, conforme a estas mismas predicciones de los profetas, ha subido al cielo y ha enviado el Espíritu Santo a sus discípulos. Fue anunciado no sólo por los profetas, sino también por el Señor Jesucristo mismo, que su Iglesia existiría por todo el mundo, extendida por los martirios y padecimientos de los santos; y esto fue anunciado en un tiempo en que su nombre era aún a la vez no declarado a los gentiles y objeto de burla donde era conocido; y, no obstante, en el poder de sus milagros, ya los que obró por su propia mano, ya los que efectuó por medio de sus siervos, al ser estas cosas referidas y creídas, vemos ya el cumplimiento de lo que fue predicho, y contemplamos a los mismos reyes de la tierra, que antes solían perseguir a los cristianos, ahora sometidos al nombre de Cristo. También fue anunciado que surgirían cismas y herejías de su Iglesia, y que bajo su nombre buscarían su propia gloria en lugar de la de Cristo, en los lugares donde pudieran mandar; y estas predicciones se han cumplido.

    § 54

    54. ¿Dejarán, pues, de cumplirse las cosas que aún restan? Es manifiesto que, así como las primeras cosas que fueron predichas se han cumplido, así también se cumplirán estas últimas. Me refiero a todas las tribulaciones de los justos, que esperan aún su cumplimiento, y al día del juicio, que separará a todos los malvados de los justos en la resurrección de los muertos; y no sólo separará así a aquellos malvados que están fuera de la Iglesia, sino que también apartará para el fuego, que a tales se debe, la paja de la Iglesia misma, la cual ha de soportarse con suma paciencia hasta la última limpia. Además, quienes se burlan de la doctrina de la resurrección, porque piensan que esta carne, en cuanto se corrompe, no puede resucitar, ciertamente resucitarán en la misma para castigo, y Dios les hará ver claramente que Aquel que pudo formar estos cuerpos cuando aún no eran, puede en un instante restaurarlos como eran. Pero todos los fieles destinados a reinar con Cristo resucitarán con el mismo cuerpo de tal modo que sean también tenidos por dignos de ser mudados a la incorrupción angélica; de suerte que sean igualados a los ángeles de Dios, como el Señor mismo ha prometido; y que le alaben sin defecto alguno y sin tedio alguno, viviendo siempre en Él y de Él, con tal gozo y bienaventuranza que ni puede ser expresado ni concebido por el hombre.

    § 55

    55. «Cree, pues, estas cosas, y guárdate de las tentaciones (porque el diablo busca a otros que puedan ser llevados a perecer junto con él); de modo que no sólo no logre aquel adversario seducirte con la ayuda de los que están fuera de la Iglesia, ya sean paganos, o judíos, o herejes; sino que tú mismo también rehúses seguir el ejemplo de aquellos que están dentro de la Iglesia Católica misma, a quienes ves llevar una vida mala, ya entregándose con exceso a los placeres del vientre y de la garganta, ya deshonestos, ya dados a las vanas e ilícitas observancias de curiosas supersticiones, ya sean adictos a las vanidades de los espectáculos públicos, o a encantamientos, o a adivinaciones de demonios, o vivan en la pompa e hinchada arrogancia de la codicia y de la soberbia, o sigan cualquier género de vida que la ley condena y castiga. Antes bien, únete a los buenos, a quienes fácilmente hallarás, si tú mismo llegas a ser de ese carácter; para que os unáis unos a otros en adorar y amar a Dios por sí mismo; pues Él mismo será nuestra recompensa completa, a fin de que gocemos de su bondad y hermosura en aquella vida. Ha de ser amado, sin embargo, no del modo en que se ama cualquier objeto que se ve con los ojos, sino como se ama la sabiduría, y la verdad, y la santidad, y la justicia, y la caridad, y cualquier otra cosa que pueda mencionarse de naturaleza semejante; y además, con un amor conforme a estas cosas, no como están en los hombres, sino como están en la fuente misma de la sabiduría incorruptible e inmutable. Por tanto, a quienes observes que aman estas cosas, adhiérete a ellos, para que por Cristo, que se hizo hombre a fin de ser Mediador entre Dios y los hombres, seas reconciliado con Dios. Mas en cuanto a los perversos, aunque hallen entrada dentro de los muros de la Iglesia, no pienses que hallarán entrada en el reino de los cielos; porque a su tiempo serán apartados, si no se han mudado a mejor. En consecuencia, sigue el ejemplo de los buenos, soporta a los malos, ama a todos; puesto que no sabes qué será mañana el que hoy es malo. Con todo, no ames la injusticia de tales; sino ama a las personas mismas con la expresa intención de que alcancen la justicia; pues no sólo se nos manda el amor de Dios, sino también el amor del prójimo, de los cuales dos mandamientos penden toda la ley y los profetas. Y esto no lo cumple nadie sino el hombre que ha recibido el otro don, el Espíritu Santo, que es ciertamente igual con el Padre y con el Hijo; porque esta misma Trinidad es Dios; y en este Dios debe ponerse toda esperanza. En el hombre no debe ponerse nuestra esperanza, de cualquier carácter que sea. Pues una cosa es Aquel por quien somos justificados; y otra, aquellos junto con los cuales somos justificados. Además, no sólo con concupiscencias tienta el diablo, sino también con los terrores de los ultrajes, de los dolores y de la muerte misma. Mas todo lo que un hombre hubiere padecido por causa del nombre de Cristo y por la esperanza de la vida eterna, y hubiere soportado con constancia, tanto mayor recompensa se le dará; mientras que, si cediere al diablo, será condenado junto con él. Pero las obras de misericordia, unidas a la piadosa humildad, alcanzan de Dios esta merced, a saber, que no permitirá que sus siervos sean tentados más de lo que pueden soportar.»
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    Agustín volvió sobre el libro al repasar su obra, hacia el final de su vida: en las Retractaciones (II, 14) lo cita por su título y le pone un solo reparo, la palabra «almas» del § 30, donde debió decir «espíritus» (nota introductoria del NPNF). Sobre su alcance, las fuentes consultadas dicen poco y conviene no decir más: la Catholic Encyclopedia lo cuenta, junto con el libro IV de Sobre la doctrina cristiana, entre los lugares donde Agustín expone la teoría de la predicación y de la instrucción religiosa del pueblo, y la nota de Schaff lo presenta como un testimonio de lo que en tiempos de Agustín se tenía por la instrucción más necesaria.
    El libro responde a una situación que pasó. Según Wikipedia, en los siglos IV y V el bautismo se había hecho un rito de varias semanas hasta la Pascua, con predicación catequética intensiva, a menudo del propio obispo, y hacia el siglo VI la mayoría de los presentados al bautismo eran niños y la catequesis previa se abandonó. Lo que Agustín aconseja a Deogratias (partir de la creación, escoger unos hechos, apuntar a la caridad, no dejar que el tedio venza al maestro) es un oficio de ese tiempo. Otros textos del sitio ligados a la preparación bautismal: las Catequesis de Cirilo de Jerusalén, la catequesis de Ambrosio Sobre los misterios, la Didaché y el Comentario al Credo de Rufino.
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