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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minEl libro y su plan
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCap. 3. A Dios se le ha de dar culto por la fe, la esperanza y la caridad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minCap. 8. La distinción entre la fe y la esperanza, y la mutua dependencia de la fe, la esperanza y la caridad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCap. 11. Lo que se llama mal en el universo no es sino la ausencia del bien
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minCap. 14. El bien y el mal son una excepción a la regla de que atributos contrarios no pueden predicarse del mismo sujeto
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 4 minCap. 18. Nunca es lícito decir una mentira; pero las mentiras difieren mucho en culpa, según la intención y el asunto
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 19. Los errores de los hombres varían mucho en la magnitud de los males que producen; pero aun así todo error es en sí mismo un mal
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 21. El error, aunque no siempre sea pecado, es siempre un mal
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 25. Los juicios de Dios sobre los hombres y los ángeles caídos. La muerte del cuerpo es el castigo peculiar del hombre
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 30. Los hombres no se salvan por las buenas obras, ni por la libre determinación de su propia voluntad, sino por la gracia de Dios mediante la fe
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCap. 33. Los hombres, siendo por naturaleza hijos de la ira, necesitaban un Mediador. En qué sentido se dice que Dios está airado
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minCap. 37. La misma gracia se manifiesta aún más claramente en esto: que el nacimiento de Cristo según la carne es del Espíritu Santo
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCap. 41. Cristo, que en sí mismo estaba libre de pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuésemos reconciliados con Dios
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 46. Es probable que los hijos estén implicados en la culpa no sólo de la primera pareja, sino de sus propios padres inmediatos
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 51. Todos los hombres nacidos de Adán están bajo condenación, y sólo si nacen de nuevo en Cristo son liberados de la condenación
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 55. La expresión, "Cristo ha de juzgar a los vivos y a los muertos", puede entenderse en cualquiera de dos sentidos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 59. Los cuerpos que asumen los ángeles plantean un tema de discusión muy difícil y no muy útil
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 64. La remisión de los pecados se extiende a toda la vida mortal de los santos, la cual, aunque libre de crimen, no está libre de pecado
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCap. 68. El verdadero sentido del pasaje (1 Cor. III. 11-15) acerca de los que se salvan, aunque así como por fuego
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCap. 71. La oración diaria del creyente satisface por los pecados leves que diariamente manchan su vida
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 76. Para dar limosna correctamente, debemos empezar por nosotros mismos y tener misericordia de nuestras propias almas
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 79. Pecados que parecen muy leves, a veces son en realidad muy graves
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCap. 84. La resurrección de la carne da lugar a numerosas cuestiones
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 90. Si hay diferencias y desigualdades entre los cuerpos de los que resucitan, no habrá nada ofensivo o desproporcionado en ninguno
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 8 minCap. 94. Los santos conocerán más plenamente en el otro mundo los beneficios que han recibido por la gracia
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 6 minCap. 99. Así como la misericordia de Dios es gratuita, así sus juicios son justos, y no pueden ser contradichos
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCap. 102. La voluntad del Dios omnipotente nunca es derrotada, y nunca es mala
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 104. Dios, preconociendo el pecado del primer hombre, ordenó sus propios designios en consecuencia
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 109. El estado del alma durante el intervalo entre la muerte y la resurrección
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minCap. 113. La muerte de los impíos será eterna en el mismo sentido que la vida de los santos
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 6 minCap. 118. Las cuatro etapas de la vida del cristiano, y las cuatro etapas correspondientes de la historia de la Iglesia
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 4 minCap. 122. Conclusión

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Enquiridión: sobre la fe, la esperanza y la caridad

    Texto base: J. F. Shaw (trad.), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1887) · Delphi Collected Works of Saint Augustine, libro 6 · 122 capítulos

    Traducción: Traducción automática (aplicación Libyx), directa del inglés de J. F. Shaw; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 190 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «No puedo expresar, amado hijo Laurencio, el gozo con que veo tu progreso en el conocimiento»: así empieza el libro que Agustín escribió, hacia 421, para un hombre del que solo se sabe que le pidió algo que pudiera llevar siempre en la mano. Laurencio le había preguntado por el fin del hombre, por las herejías que debía evitar, por lo que la razón sostiene en la religión y lo que no, por el comienzo y la meta de la fe (Cap. 4). Agustín responde que todo cabe en tres palabras —fe, esperanza y caridad— y que el Credo y el Padrenuestro bastan para saber qué creer y qué esperar. Esta edición es la traducción castellana, directa de la versión inglesa de J. F. Shaw impresa en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (Philip Schaff, ed.); no se hizo del latín.
    Lo que sigue son 122 capítulos breves (el más largo, el 8, tiene unas 640 palabras). Los ocho primeros plantean el encargo; los capítulos 9 a 113, la parte mayor, recorren el Credo desde el Creador hasta la resurrección de la carne y el destino final de justos y condenados, y se detienen en el origen del mal, en el pecado de Adán y la gracia, y en por qué unos se salvan y otros no. Los capítulos 114 a 116 comentan el Padrenuestro, que es el objeto de la esperanza, y los 117 a 122 hablan del amor, mayor que la fe y la esperanza. Lo escribe pocos años después de que el concilio de Cartago condenara el pelagianismo (418, según la Catholic Encyclopedia); el libro no nombra a Pelagio, pero el aviso del NPNF cuenta entre las herejías que refuta, sin nombrarlas, la pelagiana.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430, según Wikipedia), obispo de Hipona
    TítuloEnquiridión o manual Sobre la fe, la esperanza y la caridad (en latín, Enchiridion ad Laurentium, seu de fide, spe et caritate; en inglés, Enchiridion o Handbook on Faith, Hope and Love)
    FechaHacia 421. El libro no la da: en el Cap. 87 llama a Jerónimo «de santa memoria», y Jerónimo murió el 30 de septiembre de 420. La Catholic Encyclopedia, la Britannica de 1911 y la lista de obras de Wikipedia dicen 421; Schaff, «421 o más tarde»
    DestinatarioLorenzo (Laurentius), desconocido por otras fuentes: un manuscrito lo llama diácono y otro notario de la ciudad de Roma; el editor del NPNF lo cree «probablemente un laico»
    GéneroManual doctrinal escrito a petición, ordenado por las tres virtudes teologales: el Credo (fe), el Padrenuestro (esperanza) y la caridad
    Extensión122 capítulos, unas 31 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (aplicación Libyx) y directa del inglés de J. F. Shaw; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff; libro 6 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del «profesor J. F. Shaw, de Londonderry» (así encabeza la obra la copia de CCEL; New Advent lo llama «J. F. Shaw»), impresa en el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (On the Holy Trinity; Doctrinal Treatises; Moral Treatises), editada por Philip Schaff. New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1887); la copia de CCEL sigue una impresión de Nueva York de 1890. El inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016). En este libro Delphi reproduce el texto del NPNF tal como lo da CCEL, capítulo por capítulo, con diferencias de una sola palabra (erratas de uno u otro texto: en el Cap. 76 CCEL dice «aims» donde Delphi pone «alms»); no sigue la versión revisada de New Advent, que moderniza «hath» en «has». Omite las notas del NPNF, casi todas referencias bíblicas; algunas se aprovechan en los comentarios de esta edición.
    Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La castellana la hizo la aplicación Libyx; no se atribuye a ningún traductor humano y nadie la ha revisado frase a frase. El volumen del NPNF pone al frente una nota del editor, firmada «P. S.» (Philip Schaff), de la que salen la fecha, el destinatario, el plan y la historia de la traducción inglesa:
    Texto de la fuentePhilip Schaff (editor del NPNF) · Nota introductoria al «Enchiridion» · Nota del editor
    San Agustín habla de este libro en sus Retractaciones, lib. II, cap. 63, como sigue:
    "Escribí también un libro sobre la fe, la esperanza y la caridad, a petición de la persona a quien lo dirigí, para que tuviera una obra mía que nunca hubiera de estar fuera de sus manos, como la que los griegos llaman Enquiridión (Manual). Allí creo que he tratado con bastante cuidado el modo en que Dios ha de ser adorado, conocimiento que la divina Escritura define como la verdadera sabiduría del hombre. El libro comienza: "No puedo expresar", etc."
    El Enquiridión se cuenta entre los últimos libros de Agustín. Fue escrito después de la muerte de Jerónimo, que ocurrió el 30 de septiembre del año 420; pues en el cap. 87 alude a Jerónimo "de santa memoria" (sanctæ memoriæ Hieronymus presbyter).
    Está dirigido a Laurencio, en respuesta a sus preguntas. Por lo demás, esta persona es desconocida. Un manuscrito lo llama diácono; otro, notario de la ciudad de Roma. Probablemente era un laico.
    El autor suele llamar el libro "Sobre la fe, la esperanza y la caridad", porque trata el tema bajo estos tres encabezados (cf. 1 Cor. xiii. 13). Bajo el primer encabezado sigue el orden del Credo de los Apóstoles y refuta, sin nombrarlas, las herejías maniqueas, apolinaristas, arrianas y pelagianas. Bajo el segundo encabezado ofrece una breve exposición del Padre Nuestro. La tercera parte es un discurso sobre la caridad cristiana.
    El original se halla en el sexto volumen de la edición benedictina. Una esmerada edición del texto latino, con otros tres opúsculos de Agustín (De Catechizandis Rudibus; De Fide Rerum quæ non creduntur; De Utilitate Credendi), se publica también en S. Aurelius Augustinus, de C. Marriott, 4.ª ed. por H. de Romestin, Oxford y Londres (Parker and Comp.), 1885 (p. 251). Una edición inglesa de los mismos opúsculos por H. de Romestin, Oxford y Londres, 1885 (p. 251). Su traducción inglesa se basa en la de C. L. Cornish, M.A., que apareció en la "Library of the Fathers" de Oxford, Oxford 1847 ("Seventeen Short Treatises of St. Aug.", p. 158).
    La presente traducción, del profesor Shaw, se publicó por primera vez en la serie de obras de Agustín del Dr. Dods, Edimburgo (T. and T. Clark), 3.ª ed., 1883. Es más libre e idiomática que la de Cornish. En unos pocos casos la he ajustado más estrechamente al original.
    P. S.
    En la copia de CCEL las páginas de las ediciones de Romestin y Cornish llevan sus cifras completas («pp. 150-251», «pp. 151-251», «pp. 85-158»); Delphi las perdió en el inglés («p-251», «p-158») y el castellano repite «p. 251» y «p. 158». Se conserva tal como llega.
    Lo que viene de la edición. Los 122 «capítulos» son los de la edición inglesa, y su numeración es la de los párrafos numerados de las ediciones latinas, que además los agrupan en 33 capítulos (así lo muestra el texto latino de Wikisource, tomado de la Patrología Latina de Migne); los localizadores de esta edición dan, por tanto, el número del NPNF («Cap. 87»). Los títulos de cada capítulo y el Argumento del comienzo son de la edición, no de Agustín; el Argumento habla de Agustín en tercera persona y, en el epub, empieza cada frase en minúscula salvo la primera, y así se conserva. Los títulos de capítulo, que el epub da en mayúsculas, se pasan a minúsculas sin cambiar ninguna letra; uno dice «Capp.» (el 80). Los cuatro encabezados «Introducción», «Primera parte: la fe», «Segunda parte: la esperanza» y «Tercera parte: la caridad» los añade el editor, siguiendo el reparto de capítulos que da el Argumento y los títulos «Introduction», «Faith», «Hope» y «Love» de New Advent; no son de Agustín ni del NPNF. Las palabras entre corchetes («[pietas]», «[sperare]») son aclaraciones del traductor inglés. Las citas bíblicas llegan sin referencia, en la forma que Shaw dio a la Biblia latina de Agustín, que no es la Vulgata; pueden no coincidir con la versión del lector. El epub castellano trae además numerosas erratas de letras (letras perdidas, cambiadas o añadidas: «abiso», «géero», «libretad», «inmrecedida», «corrazones», «teníía»), sobre todo en los capítulos 3, 5–7, 11–14, 17, 20–22, 25, 27, 34, 80, 93, 105, 108, 115 y 121, y los más afectados son el 17 y el 108. Se conservan tal como llegan, porque esta edición no retoca la traducción; un aviso visible en el Cap. 3 lo declara y el inglés de New Advent sirve para cotejar. No hay palabras inglesas sin traducir ni párrafos perdidos o repetidos: el epub castellano tiene los mismos 122 capítulos y los mismos párrafos que el inglés.

    El libro y su plan

    Agustín fija el plan en los primeros capítulos: adorar a Dios es creer, esperar y amar (Cap. 3); quien conozca bien los objetos propios de las tres puede contestar todas las preguntas de Laurencio (Cap. 4); y para ello Laurencio ya tiene el Credo y el Padrenuestro (Cap. 7). Lo demás es desarrollo. La tabla siguiente es una lectura del editor, hecha sobre los títulos de los capítulos y el texto; no es de Agustín ni del NPNF.
    ParteCapítulosDe qué trata
    Introducción1–8La piedad como sabiduría; el encargo y las preguntas de Laurencio; fe, esperanza y caridad; por qué un manual no es una controversia
    La fe9–25Lo que no hace falta saber de la naturaleza; el Creador sumamente bueno; el mal como privación; el error y la mentira; ignorancia y concupiscencia, males segundos
    La fe26–33El pecado de Adán y su descendencia; los ángeles; la gracia, la fe y la voluntad como dones; la ira de Dios y la necesidad de un Mediador
    La fe34–55Cristo, Dios y hombre; nacido del Espíritu Santo y de la Virgen; bautismo, muerte y resurrección con Cristo; el pecado original y los niños; la cruz, la ascensión, el juicio
    La fe56–63El Espíritu Santo y la Iglesia, en el cielo y en la tierra; los ángeles; la paz que sobrepasa todo entendimiento
    La fe64–83La remisión de los pecados: penitencia, fe y obras, el fuego de 1 Corintios 3, la limosna, pecados leves y graves
    La fe84–94La resurrección de la carne y las condiciones del cuerpo resucitado; la segunda muerte; castigos proporcionados
    La fe95–113La voluntad de Dios y la predestinación; el hombre antes y después de la caída; el Mediador; el alma entre la muerte y la resurrección; los sufragios por los difuntos; los dos reinos y la eternidad de los castigos
    La esperanza114–116El Padrenuestro: siete peticiones en Mateo, cinco en Lucas
    La caridad117–122El amor, mayor que la fe y la esperanza; las cuatro etapas de la vida cristiana; el fin de todos los mandamientos; la conclusión

    Enquiridión (Enchiridion ad Laurentium, seu de fide, spe et caritate)

    Argumento

    Laurencio, habiendo pedido a Agustín que le proveyera de un manual de doctrina cristiana que contuviera, en breve compendio, respuestas a varias cuestiones que le había propuesto, Agustín le muestra que estas cuestiones pueden ser plenamente respondidas por cualquiera que conozca los objetos propios de la fe, la esperanza y la caridad. a continuación, en la primera parte de la obra (cap. ix.-cxiii.), expone los objetos de la fe, tomando como texto el Credo de los Apóstoles; y en el curso de esta exposición, además de refutar diversas herejías, deja caer muchas observaciones sobre la conducta de la vida. la segunda parte de la obra (cap. cxiv.-cxvi.) trata de los objetos de la esperanza, y consiste en una brevísima exposición de las diversas peticiones del Padre Nuestro. la tercera y última parte (cap. cxvii.-cxxii.) trata de los objetos de la caridad, y muestra la preeminencia de esta gracia en el sistema evangélico, que es el fin del mandamiento y el cumplimiento de la ley, y que Dios mismo es amor.

    Introducción (Cap. 1–8)

    Cap. 1. El autor desea para Laurencio el don de la verdadera sabiduría

    Cap. 1

    No puedo expresar, amado hijo Laurencio, el gozo con que veo tu progreso en el conocimiento, y el ardiente deseo que tengo de que seas sabio: no de aquellos de quienes está dicho: "¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este mundo? ¿No ha hecho necia Dios la sabiduría de este mundo?", sino de aquellos de quienes está dicho: "La multitud de los sabios es la salud del mundo", y como el Apóstol desea que lleguen a ser aquellos a quienes dice: "Quisiera que fueseis sabios para el bien, y sencillos para el mal." Ahora bien, así como nadie puede existir por sí mismo, así tampoco nadie puede ser sabio por sí mismo, sino sólo por el influjo iluminador de Aquel de quien está escrito: "Toda sabiduría viene del Señor."

    Cap. 2. El temor de Dios es la verdadera sabiduría del hombre

    Cap. 2

    La verdadera sabiduría del hombre es la piedad. Tú hallas esto en el libro del santo Job. Pues allí leemos lo que la sabiduría misma ha dicho al hombre: "He aquí, el temor del Señor [pietas], ésa es la sabiduría." Si preguntas más qué se entiende en aquel lugar por pietas, el griego lo llama más definidamente θεοσέβεια, esto es, el culto de Dios. Los griegos a veces llaman a la piedad εὐσέβεια, que significa culto recto, aunque éste, por supuesto, se refiere especialmente al culto de Dios. Pero cuando estamos definiendo en qué consiste la verdadera sabiduría del hombre, la palabra más conveniente que usar es aquélla que expresa distintamente el temor de Dios. Y tú, que estás ansioso de que yo trate de grandes materias en pocas palabras, ¿puedes desear una fórmula más breve? ¿O acaso estás ansioso de que esta misma expresión sea brevemente explicada, y de que yo despliegue en un breve discurso el modo recto de dar culto a Dios?

    Cap. 3. A Dios se le ha de dar culto por la fe, la esperanza y la caridad

    Cap. 3

    Ahora bien, si yo respondiera que a Dios se le ha de dar culto con fe, esperanza y caridad, dirás al punto que esta respuesta es demasiado breve, y me pedirás que te despliegue brevemente los objetos de cada una de estas tres gracias, a saber, qué hemos de creer, qué hemos de esperar y qué hemos de amar. Y cuando lo haya hecho, tendrás respuesta a todas las preguntas que me hiciste en tu carta. Si has guardado una copia de tu carta, fácimente podrás volver a ella y leerla de nuevo; si no la tienes, no tendrás dificultad en recordarla cuando yo refresque tu memoria.

    Cap. 4. Las cuestiones propuestas por Laurencio

    Cap. 4

    Estás deseoso, dices, de que yo te escriba una especie de manual que puedas tener siempre a mano y que contenga respuestas a las preguntas que me planteas, a saber: cuál debe ser el fin supremo del hombre en la vida; qué es lo que, en atención a las diversas herejías, ha de evitar ante todo; hasta qué punto la religión se apoya en la razón; qué hay en la razón que no presta apoyo alguno a la fe cuando la fe está sola; cuál es el punto de partida y cuál la meta de la religión; cuál es la suma de todo el cuerpo de la doctrina; cuál es el fundamento seguro y propio de la fe católica. Ahora bien, sin duda conocerás las respuestas a todas estas preguntas si conoces a fondo los objetos propios de la fe, la esperanza y la caridad. Porque éstos han de ser los principales, o por mejor decir, los exclusivos objetos que se han de buscar en la religión. Quien habla contra ellos o es del todo extraño al nombre de Cristo, o es un hereje. Éstos han de ser defendidos por la razón, la cual debe tener su punto de partida o bien en los sentidos corporales o bien en las intuiciones de la mente. Y lo que ni hemos experimentado mediante los sentidos corporales, ni hemos podido alcanzar con el entendimiento, ha de ser sin duda creído por el testimonio de aquellos testigos por los cuales fueron escritas las Escrituras, con razón llamadas divinas; y quienes, con la asistencia divina, fueron capaces, ya por el sentido corporal, ya por la percepción intelectual, de ver o prever las cosas de que se trata.
    Comentario editorial · Lorenzo y sus siete preguntas
    De Lorenzo (Laurentius) el libro no dice más de lo que Agustín le dice: «amado hijo», que le ha enviado una carta con preguntas (Cap. 1, 3–4). La nota del NPNF lo da por desconocido: un manuscrito lo llama diácono, otro notario de la ciudad de Roma, y el editor piensa que «probablemente era un laico». La Catholic Encyclopedia lo llama «un romano piadoso» y la Britannica de 1911, «un laico romano»; ninguna de las fuentes consultadas lo identifica con otro personaje. Las preguntas del Cap. 4 son siete, según la cuenta del editor: el fin del hombre, qué evitar ante las herejías, hasta dónde sostiene la razón a la religión, qué no aporta la razón a la fe sola, el comienzo y la meta, la suma de la doctrina y el fundamento de la fe católica. Agustín responde con tres palabras: fe, esperanza y caridad.

    Cap. 5. Breves respuestas a estas cuestiones

    Cap. 5

    Además, cuando la mente ha sido imbuida de los primeros elementos de aquella fe que actúa por la caridad, se esfuera por la pureza de vida alcanzar la visión, donde los puros y perfectos de corazón conocen aquella inefable hermosura, cuya visión plena es la suprema felicidad. He aquí, sin duda, una respuesta a tu pregunta sobre cuál es el punto de partida y cuál la meta: comenzaos en la fe y somos perfeccionados por la visión. Ésta es también la suma de todo el cuerpo de la doctrina. Pero el fundamento seguro y propio de la fe católica es Cristo. "Porque nadie puede poner otro fundamento", dice el Apóstol, "que el que está puesto, el cual es Jesucristo." Ni hemos de negar que éste es el fundamento propio de la fe católica, porque pudiera suponerse que algunos herejes tienen esto común con nosotros. Porque si consideramos atentamente las cosas que pertenecen a Cristo, hallaremos que, entre aquellos herejes que se llaman cristianos, Cristo está presente sólo de nombre: de obra y de verdad no está entre ellos. Pero mostrar esto nos ocuparía demasiado, pues habríamos de repasar todas las herejías que han existido, que existen, o que pudieran existir, bajo el nombre cristiano, y mostrar que esto es verdad en el caso de cada una, — una discusión que ocuparía tantos volúmenes que sería casi interminable.

    Cap. 6. Discusión fuera de lugar en un manual como el presente

    Cap. 6

    Ahora me pides un manual, es decir, uno que pueda llevarse en la mano, no uno que cargue tus estanterías. Volviendo, pues, a las tres gracias por medio de las cales, como he dicho, debe ser adorado Dios — la fe, la esperanza y la caridad: decir cuáles son los objetos verdaderos y propios de cada una de ellas es fácil. Pero defender esta verdadera doctrina contra los ataques de quienes sostienten la opinión contraria requiere una instrucción mucho más completa y elaborada. Y el verdadero modo de obtener esta instrucción no es tener un tratado breve en las manos, sino que se encienda un gran celo en el corazón.

    Cap. 7. El Credo y el Padre Nuestro exigen el ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad

    Cap. 7

    Pues tienes el Credo y el Padre Nuestro. ¿Qué puede haber más breve de oír o de leer? ¿Qué más fácil de aprender de memoria? Cuando, como consecencia del pecado, el género humano gemía bajo una pesada carga de miseria, y teníía urgente necesitad de la divina compasión, uno de los profetas, anticipando el tiempo de la gracia de Dios, declaró: "Y acontecerá que todo aquel que invocare el nombre del Señor sera salvo." De ahi el Padre Nuestro. Pero el Apóstol, cuando, con el fin de encommendar esta misma gracia, hubo citado este testimonio profético, añadió inmediatamente: "¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído?" De ahi el Credo. En estos dos tienes ejemplificadas esas tres gracias: la fe cree, la esperanza y la caridad oran. Pero sin la fe no pueden existir las otras dos, y por tanto podemos decir que la fe también ora. De donde está escrito: "¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído?"
    Comentario editorial · Fe, esperanza y caridad: el Credo y el Padrenuestro
    «La fe cree; la esperanza y la caridad oran» (Cap. 7; en latín, fides credit, spes et caritas orant). El esquema viene de , que la nota del NPNF cita como razón del título, y ordena el libro: la fe, siguiendo el Credo (Cap. 9–113); la esperanza, el Padrenuestro (114–116); la caridad (117–122). El Credo que Agustín recorre no es el niceno-constantinopolitano, sino un símbolo bautismal latino de tipo apostólico: el NPNF lo llama «Credo de los Apóstoles» y anota, en el Cap. 38, que una frase suya viene de «una forma» de él «usada antiguamente en la Iglesia latina». Los artículos se siguen en el texto: el Creador (9), Cristo (34), el Espíritu y la Iglesia (56), la remisión de los pecados (64) y la resurrección de la carne (84).
    Para ampliar: El Credo Niceno-Constantinopolitano, el credo de 381, distinto del que comenta Agustín.

    Cap. 8. La distinción entre la fe y la esperanza, y la mutua dependencia de la fe, la esperanza y la caridad

    Cap. 8

    Además, ¿puede esperarse algo que no sea objeto de fe? Es verdad que puede creerse una cosa que no es objeto de esperanza. ¿Qué verdadero cristiano, por ejemplo, no cree en el castigo de los impíos? Y, sin embargo, ése no lo espera. Y el hombre que cree que ese castigo pende sobre sí mismo, y que se estremece de horror ante tal perspectiva, es más propio decir que teme que decir que espera. Y estos dos estados de ánimo los distingue cuidadosamente el poeta cuando dice: "Permitid que los temerosos tengan esperanza." Otro poeta, que suele ser tenido por muy superior a aquél, abusa de la palabra cuando dice: "Si he podido esperar tan gran dolor." Y algunos gramáticos citan este paso como ejemplo de impropiedad del lenguaje, diciendo: "Dijo sperare [esperar] en lugar de timere [temer]." Así, pues, la fe puede tener por objeto tanto el mal como el bien; pues tanto el bien como el mal son creídos, y la fe que los cree no es mala, sino buena. La fe, además, se ocupa del pasado, del presente y del futuro, los tres tiempos. Creemos, por ejemplo, que Cristo murió — suceso pasado —; creemos que está sentado a la diestra de Dios — estado de cosas presente —; creemos que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos — suceso futuro —. Además, la fe se aplica tanto a las circunstancias propias como a las ajenas. Todo hombre, por ejemplo, cree que su propia existencia tuvo un principio y no fue eterna, y cree lo mismo de los demás hombres y de las demás cosas. Muchas de nuestras creencias en materia de religión, además, se refieren no sólo a otros hombres, sino también a los ángeles. Pero la esperanza tiene por objeto solamente lo bueno, solamente lo futuro, y solamente lo que afecta al hombre que la abriga. Por estas razones, pues, la fe debe distinguirse de la esperanza, no meramente por cuestión de propiedad verbal, sino porque son esencialmente distintas. El hecho de que no vemos ni lo que creemos ni lo que esperamos es lo único común a la fe y la esperanza. En la Epístola a los Hebreos, por ejemplo, se define la fe (y eminentes defensores de la fe católica han usado esta definición como norma) como "la demostración de las cosas que no se ven." Aunque, si alguno dijera que cree, es decir, que ha fundado su fe, no en palabras, ni en testigos, ni en razonamiento alguno, sino en el testimonio directo de sus propios sentidos, no incurriría en tal impropiedad de lenguaje que mereciera justamente la crítica: "Viste, luego no creíste." Y de aquí no se sigue que un objeto de fe no sea objeto de vista. Pero es mejor que usemos la palabra "fe" como las Escrituras nos han enseñado, aplicándola a las cosas que no se ven. En cuanto a la esperanza, además, dice el apóstol: "La esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos." Cuando, pues, creemos que un bien ha de venir, esto no es otra cosa que esperarlo. Ahora bien, ¿qué diré de la caridad? Sin ella, la fe de nada aprovecha; y en su ausencia, la esperanza no puede existir. El Apóstol Santiago dice: "También los demonios creen, y tiemblan." — es decir, ellos, no teniendo ni esperanza ni caridad, pero creyendo que lo que nosotros amamos y esperamos ha de venir, están aterrados. Y así el Apóstol Pablo aprueba y encomienda "la fe que actúa por la caridad"; y ésta, desde luego, no puede existir sin la esperanza. Por tanto, no hay caridad sin esperanza, ni esperanza sin caridad, y ni caridad ni esperanza hay sin la fe.

    Primera parte: la fe (Cap. 9–113)

    Cap. 9. Qué hemos de creer

    En cuanto a la naturaleza, no es necesario que el cristiano sepa más sino que la bondad del Creador es la causa de todas las cosas

    Cap. 9

    Cuando, pues, se pregunta qué hemos de creer en materia de religión, no es necesario escudriñar la naturaleza de las cosas, como hicieron aquellos a quienes los griegos llaman physici; ni hemos de alarmarnos de que el cristiano ignore la fuerza y el número de los elementos — el movimiento, el orden y los eclipses de los cuerpos celestes; la forma de los cielos; las especies y las naturalezas de los animales, las plantas, las piedras, las fuentes, los ríos, las montañas; acerca de la cronología y las distancias; las señales de las tormentas que se avecinan; y mil cosas más que aquellos filósofos o bien han descubierto, o creen haber descubierto. Pues aun estos mismos hombres, dotados como están de tanto ingenio, ardiendo en celo, abundando en ocio, rastreando algunas cosas con ayuda de la conjetura humana, indagando otras con el auxilio de la historia y de la experiencia, no lo han descubierto todo; y aún sus jactanciosos descubrimientos son más a menudo meras conjeturas que conocimiento cierto. Bástale al cristiano creer que la única causa de todas las cosas creadas, ya sean celestes o terrestres, ya visibles o invisibles, es la bondad del Creador, único Dios verdadero; y que nada existe fuera de Él que no reciba de Él su existencia; y que Él es la Trinidad — a saber, el Padre, y el Hijo engendrado del Padre, y el Espíritu Santo que procede del mismo Padre, pero un solo y mismo Espíritu del Padre y del Hijo.

    Cap. 10. El Creador sumamente bueno hizo todas las cosas buenas

    Cap. 10

    Por la Trinidad, que es así sumamente, igualmente e inmutablemente buena, fueron creadas todas las cosas; y éstas no son sumamente, igualmente e inmutablemente buenas, pero con todo son buenas, aun tomadas por separado. Sin embargo, tomadas en su conjunto, son muy buenas, porque su conjunto constituye el universo en todo su orden y belleza admirables.

    Cap. 11. Lo que se llama mal en el universo no es sino la ausencia del bien

    Cap. 11

    Y en el universo, aun aquello que se llama mal, cuando está regulado y puesto en su propio lugar, solo acrecienta nuestra admiración del bien; porque disfrutamos y valoramos más el bien cuando lo comparamos con el mal. Pues el Dios Todopoderoso, quien, como incluso los paganos reconocen, tiene poder supremo sobre todas las cosas, siendo Él mismo sumamente bueno, jamás permitiría la existencia de cosa alguna mala entre sus obras, si no fuere tan omnipotente y bueno que puede sacar bien aun del mal. Pues ¿qué es eso que llamamos mal sino la ausencia del bien? En los cuerpos de los animales, la enfermedad y las heridas no significan sino la ausencia de la salud; porque cuando se realiza una curacion, esto no significa que los males que estaban presentes — a saber, las enfermedades y las heridas — se vayan del cuerpo y moren en otra parte: cesan completamente de existir; porque la herida o la enfermedad no es una substancia, sino un defecto en la substancia carnal — y la carne misma es una substancia, y por tanto algo bueno, de lo cual aquellos males — es decir, privaciones del bien que llamamos salud — son accidentes. De la misma manera, lo que se llaman vicios en el alma no son sino privaciones del bien natural. Y cuando son curados, no son transferidos a otra parte: cuando cesan de existir en el alma sana, no pueden existir en ningún otro lugar.
    Comentario editorial · El mal como privación del bien
    Aquí Agustín define el mal sin darle sustancia: «¿qué es eso que llamamos mal sino la ausencia del bien?» (en latín, privatio boni). Su ejemplo es la salud: la herida o la enfermedad no se van a otra parte cuando el cuerpo sana, sino que dejan de existir, porque eran un defecto de la carne, que es buena. Los Cap. 12–14 sacan la consecuencia: todo ser, en cuanto es, es bueno; el mal solo existe en un bien al que corrompe, y por eso el hombre malo es «un bien malo» (13). Lo creado es bueno porque su Creador es «sumamente bueno» (summe bonus), pero mudable, a diferencia de Él (12). El aviso del NPNF cuenta entre las herejías que el libro refuta, sin nombrarla, la maniquea (véase el maniqueísmo). Wikipedia cita este capítulo al exponer la teoría y recuerda su deuda con Plotino (Enéadas I, 8).

    Cap. 12. Todos los seres fueron creados buenos, pero no siendo creados perfectamente buenos, están sujetos a la corrupción

    Cap. 12

    Todas las cosas que existen, por tanto, viendo que el Creador de todas ellas es sumamente bueno, son ellas mismas buenas. Mas porque no son, como su Creador, sumamente e inmutablamente buenas, su bien puede ser disminuido y aumentado. Mas el que el bien sea disminuido es un mal, aunque, por mucho que sea disminuido, es menester, si el ser ha de persistir, que algún bien permanezca para constituir el ser. Pues, por pequeña que sea o de cualquiera clase que sea el ser, el bien que lo constituye como ser no puede ser destruido sin destruir al ser mismo. Una naturaleza no corrompida es justamente estimada. Mas si, aún más, es incorruptible, es sin duda considerada como de un valor aún más elevado. Sin embargo, cuando es corrompida, su corrupción es un mal, porque está privada de alguna clase de bien. Pues si de ningún bien es privada, no recibe daño; mas si recibe daño, luego está privada de algún bien. Por tanto, mientras un ser está en proceso de corrupción, hay en él algún bien del que está siendo privado; y si una parte del ser permanece que no puede ser corrompida, ésta será certamente un ser incorruptible, y de consiguiente el proceso de corrupción resultará en la manifestación de este gran bien. Pero si no deja de corromperse, tampoco puede dejar de poser bien de que la corrupción pueda privarlo. Mas si llegare a ser del todo y por completo consumido por la corrupción, entonces no quedará bien alguno, porque no habrá ser alguno. Por lo cual la corrupción solo puede consumir el bien consumiendo el ser. Todo ser, pues, es un bien; un bien grande, si no puede corromperse; un bien pequeño, si puede; pero en cualquier caso, solo el necio o el ignorante negará que sea un bien. Y si fuere totalmente consumido por la corrupción, entonces la corrupción misma ha de cesar de existir, pues no queda ser alguno en el cual pueda morar.

    Cap. 13. No puede haber mal donde no hay bien; y el hombre malo es un bien malo

    Cap. 13

    De consiguiente, no hay nada de lo que llamamos mal si no hay nada bueno. Pero un bien que está enteramente sin mal es un bien perfecto. Un bien, por otra parte, que contiene mal es un bien defectuoso o imperfecto; y no puede haber mal donde no hay bien. De todo esto llegamos al curioso resultado: que, puesto que todo ser, en cuanto es un ser, es bueno, cuando decimos que un ser defectuoso es un ser malo, simplemente parecemos decir que lo que es bueno es malo, y que nada sino lo que es bueno puede ser malo, visto que todo ser es bueno, y que ningún mal puede existir sino en un ser. Nada, pues, puede ser malo sino algo que es bueno. Y aunqu esto, cuando se enuncia, parece ser una contradicción, sin embargo el rigor del razonamiento no nos deja escapatoria de la conclución. Debemos, sin embargo, guardarnos de incurrir en la condenación profética: "¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo; que ponen tinieblas por luz, y luz por tinieblas; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!" Y sin embargo nuestro Señor dice: "El hombre malo, del mal tesoro de su corazón, saca lo que es malo." Ahora bien, ¿qué es un hombre malo sino un ser malo? Porque un hombre es un ser. Ahora, si un hombre es una cosa buena por ser un ser, ¿qué es un hombre malo sino un bien malo? Mas, cuando distinguimos con exactitud estas dos cosas, hallamos que no es por ser hombre por lo que es malo, ni por ser malvado por lo que es bueno; sino que es bueno por ser hombre, y malo por ser malvado. Quien, pues, dice: "Ser hombre es un mal", o "Ser malvado es un bien", incurre en la denuncación profética: "¡Ay de los que a lo malo llaman bueno, y a lo bueno malo!" Porque condena la obra de Dios, que es el hombre, y alaba el defecto del hombre, que es la maldad. Por tanto, todo ser, aunqu sea defectuoso, en cuanto es un ser es bueno, y en cuanto es defectuoso es malo.

    Cap. 14. El bien y el mal son una excepción a la regla de que atributos contrarios no pueden predicarse del mismo sujeto

    El mal surge en lo que es bueno, y no puede existir sino en lo que es bueno

    Cap. 14

    Por consiguiente, en el caso de estos contrarios que llamamos bien y mal, no se cumple la regla de los lógicos de que dos contrarios no pueden predicarse al mismo tiempo de la misma cosa. Ningún tiempo es a la vez oscuro y brillante: ningún alimento o bebida es al mismo tiempo dulce y amargo: ningún cuerpo es al mismo tiempo y en el mismo lugar negro y blanco: ninguno es al mismo tiempo y en el mismo lugar deforme y hermoso. Y esta regla se halla que se cumple respecto de muchos, e incluso de casi todos los contrarios: que no pueden existir al mismo tiempo en una misma cosa. Pero aunque nadie puede dudar de que el bien y el mal son contrarios, no solo pueden existir al mismo tiempo, sino que el mal no puede existir sin el bien, o en algo que no sea bueno. El bien, sin embargo, puede existir sin el mal. Porque un hombre o un ángel pueden existir sin ser malvados; pero nada puede ser malvado excepto un hombre o un ángel: y en cuanto es hombre o ángel, es bueno; en cuanto es malvado, es un mal. Y estos dos contrarios coexisten de tal modo, que si el bien no existiese en lo que es malo, tampoco el mal podría existir; porque la corrupción no podría tener ni un lugar donde habitar, ni una fuente de donde brotar, si no hubiese nada que pudiera corromperse; y nada puede corromperse sino lo que es bueno, pues la corrupción no es otra cosa sino la destrucción del bien. Del bien, pues, surgieron los males, y excepto en lo que es bueno no existen; ni hubo otra fuente de la cual pudiera surgir naturaleza mala alguna. Porque si la hubiera, entonces, en cuanto era un ser, era ciertamente un bien: y un ser que fuera incorruptible sería un gran bien; y aún uno que fuera corruptible debía ser hasta ciert punto un bien, pues solo corrompiendo lo bueno que había en él podía la corrupcón hacerle daño.

    Cap. 15. El argumento precedente no es en modo alguno inconsistente con la sentencia de nuestro Señor: "un buen árbol no puede dar mal fruto."

    Cap. 15

    Pero cuando decimos que el mal surge del bien, no se piense que esto contradice la sentencia de nuestro Señor: "Un buen árbol no puede dar mal fruto." Porque, como dice Aquel que es la Verdad, no se pueden recoger uvas de los espinos, porque las uvas no crecen en los espinos. Pero vemos que en buena tierra pueden crecer tanto vides como espinos. Y de la misma manera, así como un árbol malo no puede dar buen fruto, así una voluntad mala no puede producir buenas obras. Pero de la naturaleza del hombre, que es buena, puede surgir una voluntad buena o mala. Y ciertamente no hubo al principio fuente alguna de la cual pudiera surgir una voluntad mala, sino la naturaleza del ángel o del hombre, que era buena. Y nuestro Señor mismo lo muestra claramente en el mismo lugar donde habla del árbol y su fruto. Pues dice: "O haced el árbol bueno, y su fruto bueno; o haced el árbol malo, y su fruto malo", — advirtiéndonos con suficiente claridad que los frutos malos no crecen en un árbol bueno, ni los frutos buenos en un árbol malo; pero que, no obstante, el terreno mismo, con el cual se refería a aquellos a quienes entonces se dirigía, podía producir cualquiera de las dos clases de árboles.

    Cap. 16. No es esencial para la felicidad del hombre que conozca las causas de las convulsiones físicas; pero sí lo es que conozca las causas del bien y del mal

    Cap. 16

    Ahora bien, en vista de estas consideraciones, cuando nos complace aquel verso de Marón: "Dichoso el que ha podido conocer las causas de las cosas", no hemos de suponer que sea necesario para la felicidad conocer las causas de las grandes convulsiones físicas, causas que yacen ocultas en los más secretos recovecos del reino de la naturaleza, "de dónde viene el terremoto cuya fuerza hace que los mares profundos se hinchen y rompan sus barreras, y de nuevo vuelvan sobre sí mismos y se asienten". Pero debemos conocer las causas del bien y del mal en la medida en que el hombre puede conocerlas en esta vida, a fin de evitar los errores y tribulaciones de que está tan llena esta vida. Pues nuestra meta ha de ser siempre alcanzar aquel estado de felicidad en el que ninguna tribulación nos aflija, y ningún error nos extravíe. Si hemos de conocer las causas de las convulsiones físicas, ninguna nos importa más conocer que aquellas que afectan nuestra propia salud. Pero viendo que, en nuestra ignorancia de éstas, nos vemos obligados a recurrir a los médicos, parecería que podríamos soportar con bastante paciencia nuestra ignorancia de los secretos que yacen ocultos en la tierra y los cielos.

    Cap. 17. La naturaleza del error. No todo error es dañino, aunque es deber del hombre evitarlo en lo posible

    Cap. 17

    Porque aunque debemos evitar el error con el mayor cuidado posible, no sólo en las cosas grandes sino también en las pequeñas, y aunque no podemos errar sino por ignorancia, no se sigue que, si un hombre ignora una cosa, haya de caer de inmediato en el error. Ése es más bien el destino del hombre que cree saber lo que no sabe. Pues acepta como verdadero lo que es falso, y ésa es la esencia del error. Pero es punto de gran importtancia la materia sobre la cual un hombre se equivoca. Pues sobre un mismo asunto rectamente prefeimos a un hombre instruido sobre uno ignorante, y a un hombre que no yerra sobre uno que yerra. En el caso de materias diferentas, — es decir, cuando uno sabe una cosa, y otro otra diferenta, y cuando lo que el primero sabe es útil, y lo que el segundo sabe no es tan útil, o es realmente dañino, — ¿quién no preferiría, en cuanto a las cosas que el segundo sabee, la ignorancia del primero al conocimiento del último? Pues hay puntos en los que la ignorancia es mejor que la ciencia. Y de la misma manera, a veces ha sido ventajoso apartarse del camino recto, — en los viajes, sin embargo, no en la moral. Me ha sucedido a mí mismo tomar el camino equivoquado donde dos senderos se cruzaban, de modo que no pasé por el lugare donde una banda armada de donatistas me acechaba. Con todo, llegué al lugare adonde me dirigía, aunqu por un rodo más largo; y cuando supe de la emboscada, me felicitó por mi error, y di gracias a Dios por él. Ahora bien, ¿quién no preferiría ser el viajero que cometió un error como éste, antes que el ladron que no cometió error alguno? Y de aquí, quizás, que el príncipe de los poetas pongea estas palabras en boca de un amante desdichado: "¡Cómo estoy perdido, cómo me ha arrastrado un funesto error!" Pues hay un error que es bueno, como que no sólo no hace daño, sino que produce algúna ventaja real. Pero cuando miramos más detenidamente la natureza de la verdá, y consideramos que errar es justamente temar lo falso por verdadeo, y lo verdadeo por falso, o temer lo cierdo como incierdo, y lo incierdo como cierdo, y que el error en el alma es horrendo y repugnante justo en tanto cuanto parece bello y plausible cuando lo proferimos, o asentimos a él, diciendo: "Sí, sí; No, no," — ciertamente esta vida que vivimos es miserable en verda, si sólo por esta razón, de que a veces, para preserarla, sea necesario caer en el error. No quiera Dios que sea asl aquella otra vida, donde la verdá misma es la vida del alma, donde nadie engaña, y nadie es engañado. Pero aquí los hombres engañan y son engaños, y son más de compadecer cuando estraían a otros que cuando ellos mismos son estraíados por confiar en mentirosos. Con todo, tanto se estremece un alma racional ante lo falso, y tan de veras lucha contra el error, que aun aquellos que aman engañar son renuentes a ser engañados. Pues el mentiroso no cree que yerra, sino que induce a error a otro que en él confía. Y ciertamente él no yerra en cuanto al asunto sobre el cual miente, si él mismo conoce la verdá; pero es engañado en esto, en que piensa que su mentira no le hace daño, siendo así que todo pecado es más perjudical para el pecador que para aqul contra quien se peca.
    Comentario editorial · Un error que salvó de una emboscada
    Para mostrar que hay «errores buenos», Agustín cuenta que en una bifurcación tomó el camino equivocado, no pasó por donde lo esperaba una banda armada de donatistas y dio gracias a Dios al saberlo (Cap. 17; vuelve sobre ello en el 19). Su biógrafo Posidio cuenta un episodio parecido: los circunceliones, armados, batían los caminos cuando Agustín iba a visitar a los fieles, y una vez, «por el error de su guía», llegó por otro camino, supo luego que había escapado de sus manos y dio gracias a Dios (Vida de Agustín, 12). Ni uno ni otro dan fecha o lugar, y no puede afirmarse que sea el mismo viaje (lectura del editor). Agustín lo usa para distinguir el error en el camino de los pies del error en las costumbres, y concluye que todo error, en sí mismo, es un mal (Cap. 19 y 21).

    Cap. 18. Nunca es lícito decir una mentira; pero las mentiras difieren mucho en culpa, según la intención y el asunto

    Cap. 18

    Pero aquí surge una cuestión muy difícil y muy intrincada, sobre la cual escribí una vez un extenso libro, pues me vi en la necesidad de darle respuesta. La cuestión es ésta: si alguna vez puede llegar a ser deber de un hombre bueno decir una mentira. Pues algunos llegan hasta sostener que hay ocasiones en las cuales es una obra buena y piadosa cometer incluso perjurio, y decir lo falso acerca de asuntos que se refieren al culto de Dios y a la naturaleza misma de Dios. A mí, sin embargo, me parece cierto que toda mentira es pecado, aunque importa mucho con qué intención y sobre qué asunto se miente. Porque el pecado del hombre que dice una mentira para ayudar a otro no es tan atroz como el del hombre que dice una mentira para dañar a otro; y el hombre que con su mentira pone a un viajero en el camino equivocado no hace tanto daño como el que con afirmaciones falsas o engañosas desvía todo el curso de una vida. Nadie, por supuesto, ha de ser condenado como mentiroso si dice lo falso creyéndolo verdadero, porque tal persona no engaña a sabiendas, sino que, más bien, es él mismo el engañado. Y, por el mismo principio, no se ha de acusar a un hombre de mentir, aunque a veces pueda estar expuesto al cargo de temeridad, si por descuido toma lo falso y lo tiene por verdadero; pero, por otra parte, el hombre que dice lo verdadero creyendo que es falso es, en lo que toca a su propia conciencia, mentiroso. Pues al decir lo que no cree, dice lo que para su propia conciencia es falso, aun cuando de hecho sea verdadero; ni en modo alguno está libre de mentira quien con su boca dice la verdad sin saberlo, pero en su corazón quiere decir una mentira. Y, por tanto, no atendiendo al asunto de que se habla, sino únicamente a la intención del que habla, el hombre que sin saberlo dice lo falso, pensando todo el tiempo que es verdadero, es mejor hombre que aquel que sin saberlo dice lo verdadero, pero en su conciencia se propone engañar. Pues el primero no piensa una cosa y dice otra; pero el segundo, aunque sus afirmaciones sean de hecho verdaderas, tiene un pensamiento en su corazón y otro en sus labios: y ésa es la esencia misma de la mentira. Pero cuando pasamos a considerar la verdad y la falsedad con respecto a los asuntos de que se habla, el punto en que uno engaña o es engañado llega a ser asunto de la mayor importancia. Pues aunque, en lo que respecta a la propia conciencia del hombre, sea mayor mal engañar que ser engañado, sin embargo es un mal mucho menor decir una mentira en asuntos que no se refieren a la religión, que ser inducido a error en asuntos cuyo conocimiento y creencia son esenciales para el recto culto de Dios. Para ilustrar esto con un ejemplo: supongamos que un hombre dijera de alguien que está muerto que todavía vive, sabiendo que esto no es verdad; y que otro hombre, siendo engañado, creyera que Cristo al cabo de algún tiempo (hágase el tiempo tan largo como se quiera) ha de morir; ¿no sería incomparablemente mejor mentir como el primero, que ser engañado como el segundo? ¿Y no sería un mal mucho menor inducir a algún hombre al primer error, que ser inducido por cualquier hombre al segundo?

    Cap. 19. Los errores de los hombres varían mucho en la magnitud de los males que producen; pero aun así todo error es en sí mismo un mal

    Cap. 19

    En algunas cosas, pues, es un gran mal ser engañado; en algunas es un mal pequeño; en algunas no es mal alguno; y en algunas es en realidad una ventaja. Para grave daño suyo es engañado el hombre cuando no cree lo que conduce a la vida eterna, o cree lo que conduce a la muerte eterna. Es un mal pequeño para el hombre ser engañado cuando, tomando lo falso por verdadero, atrae sobre sí molestias temporales; pues la paciencia del creyente convertirá incluso éstas en un buen uso, como cuando, por ejemplo, tomando a un hombre malo por bueno, recibe daño de él. Pero quien cree que un hombre malo es bueno, y aun así no sufre daño alguno, no es en nada peor por ser engañado, ni cae bajo la denuncia profética: "¡Ay de los que llaman bueno a lo malo!" Pues hemos de entender que esto no se dice acerca de los hombres malos, sino acerca de las cosas que hacen malos a los hombres. De ahí que el hombre que llama bueno al adulterio caiga justamente bajo esa denuncia profética. Pero el hombre que llama bueno al adúltero, pensando que es casto y no sabiendo que es adúltero, no incurre en error alguno respecto de la naturaleza del bien y del mal, sino que solamente se equivoca acerca de los secretos de la conducta humana. Llama bueno al hombre por creerlo lo que indudablemente es bueno; llama malo al adúltero y bueno al hombre puro; y llama bueno a este hombre, no sabiendo que es adúltero, sino creyéndolo puro. Además, si por equivocarse uno escapa de la muerte, como he dicho arriba que una vez me sucedió, incluso saca uno alguna ventaja de su equivocación. Pero cuando afirmo que en ciertos casos un hombre puede ser engañado sin daño alguno para sí, o incluso con alguna ventaja para sí, no quiero decir que la equivocación en sí misma no sea un mal, o que sea en algún sentido un bien; me refiero únicamente al mal que se evita, o a la ventaja que se obtiene, al cometer la equivocación. Pues la equivocación, considerada en sí misma, es un mal: un mal grande si se refiere a un asunto grave, un mal pequeño si se refiere a un asunto pequeño, pero, aun así, siempre un mal. Pues ¿quién, estando en su sano juicio, puede negar que es un mal recibir lo falso como si fuera verdadero, y rechazar lo verdadero como si fuera falso, o tener lo incierto por cierto y lo cierto por incierto? Pero una cosa es pensar que un hombre es bueno cuando en realidad es malo, lo cual es una equivocación; y otra cosa es no sufrir daño ulterior alguno a consecuencia de la equivocación, suponiendo que el hombre malo a quien tenemos por bueno no nos cause daño alguno. De la misma manera, una cosa es creer que vamos por el camino recto cuando no es así; y otra cosa es cuando esta equivocación nuestra, que es un mal, conduce a algún bien, como el de salvarnos de una emboscada de hombres malvados.

    Cap. 20. No todo error es pecado

    Exámen de la opinión de los filósofos académicos, de que para evitar error debemos en todos los casos suspender la creencia

    Cap. 20

    No estoy seguro de si equivocaciones como las siguientes — cuando uno se forma una buena opinión de un hombre malo, sin saber qué clase de hombre es; o cuando, en lugar de las percepciones ordinarias de los sentidos corporales, se presentan otras apariencias de género semejante, que percibimos en el espíritu, pero creemos percibir en el cuerpo, o percibimos en el cuerpo, pero creemos percibir en el espíritu (como la equivocación que cometió el Apóstol Pedro cuando el ángel lo libró de repente de sus cadenas y prisión, y él pensó que veía una visión); o cuando, en el caso de los objetos sensibles mismos, confundimos lo áspero con lo suave, o lo amargo con lo dulce, o pensamos que la materia podrida tiene buen olor; o cuando confundimos el paso de un carruaje con el trueno; o confundimos a un hombre con otro, siendo los dos muy parecidos, como sucede a menudo en el caso de gemelos (de ahí que nuestro gran poeta la llame "un error grato a los padres"), — si éstas y otras equivocaciones de este género deben llamarse pecados. Tampoco me propongo resolver ahora una cuestión muy intrincada, que dejó perplejos a aquellos agudísimos pensadores, los filósofos académicos: si el sabio debe dar su asentimiento a algo, viendo que puede caer en error asintiendo a lo falso; pues todas las cosas, según afirman, son o desconocidas o inciertas. Ahora bien, escriví tres volúmenes poco después de mi conversión, para quitar de mi camino las objeciones que yacen, por así decirlo, en el umbral mismo de la fe. Y ciertamente era necesario desde el principio mismo remover esta desesperación total de alcanzar la verdad, que parece fortalecida por los argumentos de estos filósofos. Ahora bien, a sus ojos todo error es considerado pecado, y piensan que el error solo puede evitarse suspendiendo por completo la creencia. Pues dicen que el hombre que asiente a lo incierto cae en error; y se esfuerzan mediante los más agudos, pero más audaces argumentos, en mostrar que, aunque la opinión de un hombre fuese cierta por casualidad, no hay certeza de su verdad, debido a la imposibilidad de distinguir la verdad de la falsedad. Pero entre nosotros, "el justo vivirá por la fe". Ahora bien, si se quita el asentimiento, la fe se va también; pues sin asentimiento no puede haber creencia. Y hay verdades, las conozcamos o no, que deben ser creídas si queremos alcanzar la vida feliz, esto es, la vida eterna. Pero no estoy seguro de si uno debe discutir con hombres que no solo ignoran que hay una vida eterna delante de ellos, sino que ignoran si están vivos en el momento presente; más aún, dicen que ignoran lo que es imposible que puedan ignorarlo. Pues es imposible que nadie ignore que está vivo, puesto que si no está vivo es imposible que ignore; pues no solo el conocimiento, sino también la ignorancia, puede ser atributo solo de los vivos. Pero, en verdad, piensan que al no reconocer que están vivos evitan el error, cuando su propio error prueba que están vivos, pues quien no está vivo no puede errar. Así, pues, no solo es verdad, sino cierta, que estamos vivos, así hay muchas otras cosas tan verdaderas como ciertas; y Dios no permita que jamás se llame sabiduría, y no el colmo de la necedad, reusar el asentimiento a éstas.

    Cap. 21. El error, aunque no siempre sea pecado, es siempre un mal

    Cap. 21

    Mas respecto de aquellas materias en las que nuestra creencia o incredulidad, y aun la verdad o supuesta verdad o falsedad de ellas, no tienen importancia algina en lo que toca a alanzar el reino de Dios: equivocarse en tales materias no ha de mirarse como pecado o, al menos, como pecado muy pequeño y leviano. En suma, a el error en cosas de esta índole, cualquiera que sea su naturaleza y magnitud, no toca al camino que nos condue a Dios, que es la fe de Cristo que "actúa por la caridad". Pues el "error grato a los padres" en el caso de los gémelos no fue desviación de este camino; ni se desvió de este camino el Apóstol Pedro cuando, pensando que veía una visión, confundió de tal manera una cosa con otra que, hasta que el ángel que lo libraba se apartó de él, no distinguía los objetos reales entre los que se movía de los objetos visionarios del sueño; ni se desvió de este camino el patriarca Jacob cuando creyó que su hijo, que en realidad estaba vivo, haía sido muerto por una fiera. En el caso de éstas y otras falsas impresiones de la misma índole, somos ciertamente engañados, mas nuestra fe en Dios permanece segura. Erramos, pero no dejamos el camino que nos condue a Él. Pero, con todo, estos errores, aunque no sean pecaminosos, han de contarse entre los males de esta vida, que en tanto está sujeta a la vanidad que recibimos lo falso como si fuere verdadero, rechasamos lo verdadero como si fuere falso, y nos aferramos a lo incierto como si fuere cierto. Y aunque no merman aquella fe verdadera y cierta por la que alcanzamos la eterna bienaventuranza, tienen no obstante mucho que ver con la miseria en que ahra vivimos. Y ciertamente, si estuviéramos ya en el goce de la verdadera y perfecta felicidad que nos está por delante, no estaríamos sujetos a engaño alguno por ningún sentido, ya del cuerpo, ya del alma.

    Cap. 22. No es lícito mentir, ni aun para salvar a otro de daño

    Cap. 22

    Pero toda mentira ha de tenerse por pecado, porque no sólo cuando uno conoce la verdad, sino aun cuando, como puede suceder, se halla equivocado y engañado, su deber es decir lo que piensa en su corazón, ya sea verdadero, ya sólo lo tenga por tal. Mas todo mentiroso dice lo contrario de lo que piensa en su corazón, con el propósito de engañar. Ahora bien, es evidente que el habla fue dada al hombre no para que con ella se engañaran unos a otros, sino para que uno hiciera saber a otro sus pensamientos. Usar, pues, del habla para engañar, y no para el fin a que fue destinada, es pecado. Ni hemos de suponer que haya mentira que no sea pecado, porque a veces sea posible, diciendo una mentira, prestar servicio a otro. Pues también por medio del hurto es posible hacerlo, como cuando hurtamos a un rico que nunka siente la pérdida para dar a un pobre que recibe sensible beneficio de lo que consige. Y lo mismo puede decírse del adulterio, cuando, por ejemlo, alguna mujer parese que va a morir de amor si no consentímos a sus deseos, en tanto que si viviera pudiera purificarse por el arrepentimiento; mas nadie afirmará que por esta razón tal adulterio no sea pecado. Y si tan justamente estimamos la castidad, ¿qué ofensa hemos recivido de la verdad para que, mientras ninguna perspectíva de ventaja ajena nos induzca a violar aquélla por el adulterio, estemos dispuestos a violar ésta por la mentira? No puede negarse que han alcanzado un mui alto grado de bondad quienes nunka mienten sino para salvar a un hombre de daño; pero en el caso de quienes han llegado a ese grado, no es el engaño, sino su buena intención, lo que con justicia se alaba, y aun a veces se premia. Basta con que el engaño sea perdonado, sin que se haga de ello objeto de alabanza, especialmente entre los herederos del nuevo pacto, a quienes se dice: "Sea vuestro hablár: Sí, sí; No, no; porque lo que es más que esto de mal procede." Y a causa de este mal, que nunka cesa de infíltrarse mientras retengamos esta envoltura mortal, los mísimos coherederos de Cristo dicen: "Perdónanos nuestras deudas."

    Cap. 23. Resumen de los resultados de la discusión precedente

    Cap. 23

    Puesto que es justo que conozcamos las causas del bien y del mal, al menos en la medida suficiente para el camino que nos conduce al reino, donde habrá vida sin sombra de muerte, verdad sin mezcla de error y felicidad sin quebranto de dolor alguno, he tratado estos temas con la brevedad que mi limitado espacio exigía. Y creo que no cabe ya duda alguna de que la única causa de cualquier bien de que gozamos es la bondad de Dios, y que la única causa del mal es el apartamiento del bien inmutable de un ser creado bueno, pero mudable, primero en el caso del ángel y después en el del hombre.

    Cap. 24. Las causas secundarias del mal son la ignorancia y la concupiscencia

    Cap. 24

    Éste es el primer mal que sobrevino a la criatura inteligente, es decir, su primera privación del bien. A raíz de esto se introdujo, y ahora incluso contra la voluntad del hombre, la ignorancia del deber y la concupiscencia de lo nocivo; y éstas trajeron consigo el error y el sufrimiento, los cuales, cuando se sienten como inminentes, producen ese encogimiento del ánimo que se llama temor. Además, cuando el alma alcanza los objetos de su deseo, por dañinos o vanos que sean, el error le impide percibir su verdadera naturaleza, o sus percepciones son dominadas por un apetito enfermizo, y así se hincha de un gozo necio. De estas fuentes del mal, que brotan del defecto más que de la superfluidad, mana toda forma de miseria que acosa a la naturaleza racional.

    Cap. 25. Los juicios de Dios sobre los hombres y los ángeles caídos. La muerte del cuerpo es el castigo peculiar del hombre

    Cap. 25

    Y sin embargo, tal naturaleza, en medio de todos sus males, no podía perder el anhelo de la felicidad. Ahora bien, los males que he mencionado son comunes a todos los que por su maldad han sido justamente condenados por Dios, sean hombres o ángeles. Pero hay una forma de castigo que es peculiar al hombre: la muerte del cuerpo. Dios le habá amenazado con este castigo de la muerte si pecaba, dejándolo ciertamente a la libertad de su propio albedrío, pero ordenándole obeciencia bajo pena de muerte; y lo puso en medio de la felicidad del Edén, como en un rincón protegido de la vida, con la intención de que, si conservaba su justicia, asceniera desde allí a un lugar mejor.

    Cap. 26. Por el pecado de Adán toda su posteridad fue corrompida, y nació bajo la pena de muerte en que él había incurrido

    Cap. 26

    De allí, después de su pecado, fue arrojado al destierro, y por su pecado toda la raza de la cual él era la raíz fue corrompida en él, y por ello sometida a la pena de muerte. Y así sucede que todos los que descienden de él, y de la mujer que lo había inducido a pecar, y que fue condenada al mismo tiempo que él, — siendo fruto de la concupiscencia carnal sobre la cual recayó el mismo castigo de desobediencia, — quedaron manchados con el pecado original, y por él fueron arrastrados a través de diversos errores y sufrimientos hasta aquel último e interminable castigo que padecen en común con los ángeles caídos, sus corruptores y señores, y partícipes de su condenación. Y así "por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." Por "el mundo" el apóstol, por supuesto, quiere decir en este lugar todo el género humano.

    Cap. 27. El estado de miseria a que el pecado de Adán redujo a la humanidad, y la restauración efectuada por la misericordia de Dios

    Cap. 27

    Así, pues, estaban las cosas. Toda la masa del género humano estab bajo condenación, yacía sumergida y rebolcándose en la miseria, y era arrastrada de una forma de mal a otra, y, habiéndose unido a la facción de los ángeles caídos, estab pagando la merecida pena de aquella impía rebelión. Porque cuanto los malvados hacen libremente por medio de una concupiscencia ciega y desenfrenada, y cuanto padecen contra su voluntad a manera de castigo manifiesto, todo ello pertenece evidentemente a la justa ira de Dios. Pero la bondad del Creador jamás deja de suministrar vida y poder vital a los ángeles malos (sin lo cual su existencia pronto llegaría a su fin); o, en el caso de los hombres, que proceden de una estirpe condenada y corrompida, de comunicar forma y vida a su semilla, de modelar sus miembos, y a lo largo de las distintas estaciones de su vida, y en las diferentes partes de la tierra, de avivar sus sentidos y otorgarles el alimento que necesitan. Porque juzgó que era mejor sacar bien del mal que no permitir que existiese mal alguno. Y si Él hubiese determinado que, en el caso de los hombres, como en el de los ángeles caídos, no hubiese restauración a la felicidad, ¿no habría sido enteramente justo que aquel ser que se rebeló contra Dios, que abusando de su libretad despreció y quebrantó el mandato de su Creador cuando tan fácilmente podía haberlo guardado, que desfiguró en sí mismo la imagen de su Creador al apartarse obstinadamente de su luz, que por un mal uso de su libre albedrío rompió el sano yugo de las leyes del Creador, — no habría sido justo que tal ser hubiese sido abandonado por Dios entera y eternamente, y dejado a sufrir el castigo eterno que tan ricamente mereció? Ciertamente así habría obrado Dios, si hubiese sido solamente justo y no también misericordioso, y si no hubiese dispuesto que su inmrecedida misericordia resplandeciese con tanto mayor brillo en contraste con la indinidad de aquellos sobre quienes recae.

    Cap. 28. Cuando los ángeles rebeldes fueron arrojados, los demás permanecieron en el goce de la felicidad eterna con Dios

    Cap. 28

    Mientras, pues, algunos de los ángeles, en su soberbia e impiedad, se rebelaron contra Dios y fueron arrojados de su morada celestial a las tinieblas más profundas, el número restante moró con Dios en pureza y felicidad eterna e inmutable. Pues no todos descendían de un solo ángel que hubiese caído y sido condenado, de manera que no todos, como los hombres, estaban envueltos por un solo pecado original en las ataduras de una culpa heredada, y así sujetos a la pena que uno había incurrido; sino que cuando aquel que después llegó a ser el diablo, juntamente con sus partícipes en el crimen, se ensoberbeció en su soberbia, y por esa misma exaltación fue arrojado con ellos, los demás permanecieron firmes en la piedad y la obediencia a su Señor, y obtuvieron, lo que antes no habían gozado, un conocimiento cierto y seguro de su seguridad eterna y la libertad de la posibilidad de caer.

    Cap. 29. La parte restaurada de la humanidad, conforme a las promesas de Dios, sucederá en el lugar que los ángeles rebeldes perdieron

    Cap. 29

    Y así plugo a Dios, Creador y Gobernador del universo, que, puesto que no todo el cuerpo de los ángeles había caído en rebelión, la parte de ellos que cayó permaneciese en eterna perdición, y que la otra parte, que en la rebelión había permanecido fiel y leal, se regocijase en el conocimiento cierto y seguro de su felicidad eterna; pero que, por otra parte, la humanidad, que constituía el resto de la creación inteligente, habiendo perecido sin excepción bajo el pecado, tanto original como actual, y los consiguientes castigos, fuese en parte restaurada y llenase el vacío que la rebelión y caída de los demonios había dejado en la compañía de los ángeles. Porque ésta es la promesa a los santos: que en la resurrección serán iguales a los ángeles de Dios. Y así, la Jerusalén de arriba, que es madre de todos nosotros, la ciudad de Dios, no será despojada de ninguno de sus ciudadanos, sino que quizá reinará sobre una población aún más abundante. No conocemos el número ni de los santos ni de los demonios; pero sabemos que los hijos de la santa madre, que fue llamada estéril en la tierra, sucederán en el lugar de los ángeles caídos y morarán para siempre en aquella morada pacífica de la cual ellos cayeron. Pero el número de los ciudadanos, ya sea el que ahora es o el que será, está presente en los pensamientos del gran Creador, que llama las cosas que no son como si fuesen, y ordena todas las cosas en medida, número y peso.

    Cap. 30. Los hombres no se salvan por las buenas obras, ni por la libre determinación de su propia voluntad, sino por la gracia de Dios mediante la fe

    Cap. 30

    Pero esta parte del género humano a la que Dios ha prometido el perdón y una participación en su reino eterno, ¿puede ser restaurada por el mérito de sus propias obras? ¡Dios no lo quiera! Pues ¿qué obra buena puede hacer un hombre perdido, sino en la medida en que haya sido librado de la perdición? ¿Pueden acaso hacer algo por la libre determinación de su propia voluntad? Y de nuevo digo: ¡Dios no lo quiera! Porque fue por el mal uso de su libre albedrío como el hombre destruyó tanto a éste como a sí mismo. Pues, así como un hombre que se mata a sí mismo debe, desde luego, estar vivo cuando se mata, pero después de haberse matado deja de vivir y no puede devolverse la vida; así, cuando el hombre pecó por su propio libre albedrío, entonces, habiendo el pecado vencido sobre él, la libertad de su voluntad se perdió. "Porque el que es vencido por alguno, a ése es hecho esclavo." Éste es el juicio del Apóstol Pedro. Y siendo esto ciertamente verdad, ¿qué clase de libertad, pregunto, puede poseer el esclavo, sino cuando le place pecar? Pues libremente está esclavizado quien hace con placer la voluntad de su amo. Por consiguiente, el que es siervo del pecado es libre para pecar. Y de aquí que no será libre para obrar el bien hasta que, siendo libertado del pecado, comience a ser siervo de la justicia. Y ésta es la verdadera libertad, porque se complace en la obra justa; y es al mismo tiempo una santa servidumbre, porque obedece a la voluntad de Dios. Pero, ¿de dónde le viene al hombre que está en esclavitud y vendido al pecado esta libertad para obrar el bien, sino siendo redimido por Aquel que ha dicho: "Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres"? Y antes de que esta redención sea obrada en el hombre, cuando aún no es libre para hacer lo que es recto, ¿cómo puede hablar de la libertad de su voluntad y de sus buenas obras, sino inflado por aquella necia soberbia de la jactancia que el Apóstol refrena cuando dice: "Por gracia sois salvos por medio de la fe"?

    Cap. 31. La fe misma es don de Dios; y las buenas obras no faltarán en los que creen

    Cap. 31

    Y para que los hombres no se arrogasen siquiera el mérito de su propia fe, no entendiendo que también ésta es don de Dios, este mismo apóstol, que dice en otro lugar que había "obtenido misericordia del Señor para ser fiel", añade aquí también: "y esto no de vosotros; es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". Y para que no se piense que las buenas obras faltarán en los que creen, añade además: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." Seremos hechos verdaderamente libres, entonces, cuando Dios nos modele, es decir, nos forme y nos cree de nuevo, no como hombres — pues eso ya lo ha hecho — sino como hombres buenos, lo cual su gracia está haciendo ahora, para que seamos una nueva criatura en Cristo Jesús, conforme a lo que se dice: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio." Pues Dios ya había creado su corazón, en lo que toca a la estructura física del corazón humano; pero el salmista ruega por la renovación de la vida que aún permanecía en su corazón.

    Cap. 32. La libertad de la voluntad es también don de Dios, porque Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer

    Cap. 32

    Y aún más, si alguno se inclinara a gloriarse, no ya de sus obras, sino de la libertad de su voluntad, como si el primer mérito le perteneciera, y esta misma libertad para el bien obrar le fuera dada como recompensa que hubiera ganado, escuche a este mismo predicador de la gracia cuando dice: "Porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad"; y en otro lugar: "Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia." Ahora bien, así como, sin duda, si un hombre tiene edad para usar de razón, no puede creer, esperar, amar, a menos que quiera hacerlo, ni obtener el premio de la alta vocación de Dios a menos que corra voluntariamente por él; ¿en qué sentido se dice que "no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia", sino en aquel en que está escrito: "Del Señor es la preparación del corazón"? De otro modo, si se dice: "No es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia", porque es de ambos, es decir, tanto de la voluntad del hombre como de la misericordia de Dios, de suerte que hayamos de entender la sentencia: "No es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia", como si significara que la voluntad del hombre por sí sola no basta, si la misericordia de Dios no la acompaña, — entonces se seguirá que la misericordia de Dios por sí sola no basta, si la voluntad del hombre no la acompaña; y, por tanto, si podemos decir con razón: "no es del hombre que quiere, sino de Dios que tiene misericordia", porque la voluntad del hombre por sí misma no es suficiente, ¿por qué no podríamos también decirlo justamente a la inversa: "No es de Dios que tiene misericordia, sino del hombre que quiere", porque la misericordia de Dios por sí sola no basta? Ciertamente, si ningún cristiano se atreverá a decir esto: "No es de Dios que tiene misericordia, sino del hombre que quiere", no sea que contradiga abiertamente al apóstol, se sigue que la verdadera interpretación de la sentencia: "No es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia", es que toda la obra pertenece a Dios, el cual hace justa la voluntad del hombre, y así la prepara para el auxilio, y la auxilia cuando está preparada. Porque la justicia de la voluntad del hombre precede a muchos dones de Dios, pero no a todos; y ella misma debe ser incluida entre aquellos a los que no precede. Leemos en la Sagrada Escritura, tanto que la misericordia de Dios "me saldrá al encuentro", como que su misericordia "me seguirá". Ella precede al que no quiere para hacerlo querer; sigue al que quiere para hacer eficaz su voluntad. ¿Por qué se nos enseña a orar por nuestros enemigos, que claramente no quieren llevar una vida santa, sino para que Dios obre en ellos el querer? Y ¿por qué se nos enseña a nosotros mismos a pedir para recibir, sino para que Aquel que ha creado en nosotros el deseo, satisfaga Él mismo ese deseo? Oramos, pues, por nuestros enemigos, para que la misericordia de Dios los prevenga, como nos ha prevenido a nosotros: oramos por nosotros mismos para que su misericordia nos siga.
    Comentario editorial · Pecado original, gracia y el telón de fondo pelagiano
    Los Cap. 26–32 cuentan cómo el pecado de Adán corrompió a toda su descendencia (26), por qué nadie se salva por obras ni por una voluntad liberada por sí sola (30), y cómo la fe y la voluntad misma son dones (31–32): la misericordia precede al que no quiere para que quiera, y sigue al que quiere para que su querer sea eficaz (; ). El libro no nombra a Pelagio, pero el aviso del NPNF cuenta entre las herejías que refuta, sin nombrarla, la pelagiana. Según la Catholic Encyclopedia, en 411 un sínodo de Cartago condenó seis tesis de Celestio (por ejemplo, que el pecado de Adán solo le dañó a él), Agustín respondió en 412 con Sobre los méritos y la remisión de los pecados y Sobre el espíritu y la letra, y en 418 unos 200 obispos volvieron a condenar en Cartago el pelagianismo. Hacia 421 el libro resume posiciones ya fijadas (lectura del editor).

    Cap. 33. Los hombres, siendo por naturaleza hijos de la ira, necesitaban un Mediador. En qué sentido se dice que Dios está airado

    Cap. 33

    Y así, el género humano yacía bajo una justa condenación, y todos los hombres eran hijos de la ira. De esta ira está escrito: "Todos nuestros días pasan en tu ira; acabamos nuestros años como una palabra que se dice". De esta ira dice también Job: "El hombre nacido de mujer es de pocos días y está lleno de turbación". De esta ira dice también el Señor Jesús: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; y el que no cree al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él". No dice que vendrá, sino que "permanece sobre él". Porque todo hombre nace con ella; por lo cual dice el Apóstol: "Éramos por naturaleza hijos de ira, como también los demás". Ahora bien, como los hombres yacían bajo esta ira a causa de su pecado original, y como este pecado original era tanto más grave y mortal cuanto mayor era el número y la magnitud de los pecados actuales que se le añadían, era necesario un Mediador, es decir, un reconciliador, que, por la ofrenda de un solo sacrificio, del cual todos los sacrificios de la ley y de los profetas eran figura, quitara esta ira. Por lo cual dice el Apóstol: "Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida". Y cuando se dice que Dios está airado, no le atribuimos un sentimiento de turbación como el que existe en el ánimo de un hombre airado; sino que llamamos a su justo disgusto contra el pecado con el nombre de "ira", palabra tomada por analogía de las humanas emociones. Mas el que seamos reconciliados con Dios por medio de un Mediador, y el que recibamos el Espíritu Santo, de modo que nosotros, que éramos enemigos, seamos hechos hijos ("Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios"): ésta es la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.

    Cap. 34. El inefable misterio del nacimiento de Cristo Mediador por la Virgen María

    Cap. 34

    Pues, ¿quién explicará en palabras coherentes esta sola sentencia: "el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros", para que creamos en el único Hijo de Dios Padre Todopoderoso, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen María? El que el Verbo se hiciera carne no significa que la naturaleza divina se cambiara en carne, sino que la naturalez divin asumió nuestra carne. Y por "carne" hemos de entender aquí "hombre", la parte por el todo, como cuando se dice: "Por las obras de la ley ninguna carne será justificada", esto es, ningú hombre. Pues debemos creer que no faltó parte alguna en aquella naturaleza human que Él revistió, sino que era una naturaleza del todo libre de toda mancha de pecado, — no una naturaleza como la que es concebida entre los dos sexos por medio de la lujuria carnal, la cual nace en pecado, y cuya culpa se lava en la regenración; sino tal como convenía que una virgen trajiera al mundo, siendo la fe de la madre, no su lujuria, la condición de la concepción. Y si su virginidad hubiera sido mancillada aun al darlo a luz, Él no habría nacido de una virgen; y sería falso (lo que Dios no permita) que Él haya nacido de la Virgen María, como es creído y declarado por toda la Iglesia, la cual, a imitación de su madre, diariamente da a luz miembros de su cuerpo, y sin embargo permanece virgen. Lee, si gustas, mi carta sobre la virginidad de la santa María que envié a aquel ilustre varón, cuyo nombre menciono con respeto y afecto, Volusiano.

    Cap. 35. Jesucristo, siendo el único Hijo de Dios, es al mismo tiempo hombre

    Cap. 35

    Por tanto, Cristo Jesús, el Hijo de Dios, es Dios y hombre; Dios antes de todos los siglos; hombre en nuestro siglo: Dios, porque es el Verbo de Dios (pues "el Verbo era Dios"); y hombre, porque en su única persona el Verbo se unió a un cuerpo y a un alma racional. Por tanto, en cuanto es Dios, Él y el Padre son uno; en cuanto es hombre, el Padre es mayor que Él. Pues siendo el Hijo único de Dios, no por gracia, sino por naturaleza, para ser también lleno de gracia se hizo Hijo del hombre; y Él mismo une ambas naturalezas en su propia identidad, y ambas naturalezas constituyen un solo Cristo; porque, "siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación el ser" lo que era por naturaleza, "igual a Dios". Pero se anonadó a sí mismo, y tomó sobre sí la forma de siervo, sin perder ni disminuir la forma de Dios. Y así, fue hecho menor y permaneció igual, siendo ambas cosas en uno, como se ha dicho: pero era lo uno como Verbo, y lo otro como hombre. Como Verbo, es igual al Padre; como hombre, menor que el Padre. Un solo Hijo de Dios, y al mismo tiempo Hijo del hombre; un solo Hijo del hombre, y al mismo tiempo Hijo de Dios; no dos Hijos de Dios, Dios y hombre, sino un solo Hijo de Dios: Dios sin principio; hombre con principio, nuestro Señor Jesucristo.

    Cap. 36. La gracia de Dios se muestra clara y notablemente al elevar al hombre Cristo Jesús a la dignidad de Hijo de Dios

    Cap. 36

    Ahora bien, aquí la gracia de Dios se muestra con el mayor poder y claridad. Pues ¿qué mérito había alcanzado la naturaleza humana en el hombre Cristo, para ser asumida de este modo sin igual en la unidad de la persona del Hijo único de Dios? ¿Qué bondad de voluntad, qué bondad de deseo e intención, qué buenas obras habían precedido, que hicieran a este hombre digno de llegar a ser una sola persona con Dios? ¿Había sido antes hombre, y había merecido esta recompensa sin precedentes, de ser tenido por digno de hacerse Dios? Ciertamente no; desde el mismo momento en que comenzó a ser hombre, no fue otra cosa que el Hijo de Dios, el Hijo único de Dios, el Verbo que se hizo carne, y por tanto era Dios; de modo que así como cada hombre une en una persona un cuerpo y un alma racional, así Cristo une en una persona el Verbo y el hombre. Ahora bien, ¿por qué se confirió esta gloria inaudita a la naturaleza humana, — gloria que, al no haber mérito antecedente, fue evidentemente toda de gracia, — sino para que aquí quienes consideraran el asunto con sobriedad y honradez pudieran contemplar una clara manifestación del poder de la gracia gratuita de Dios, y entender que son justificados de sus pecados por la misma gracia que hizo al hombre Cristo Jesús libre de la posibilidad de pecar? Y así el ángel, cuando anunció a la madre de Cristo el nacimiento venidero, la saludó diciendo: "Salve, llena de gracia"; y poco después: "Has hallado gracia delante de Dios." Se dijo que ella estaba llena de gracia, y que había hallado gracia delante de Dios, porque había de ser la madre de su Señor, más aún, del Señor de toda carne. Pero, hablando del mismo Cristo, el evangelista Juan, después de decir: "El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros", añade: "y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad." Cuando dice: "El Verbo se hizo carne", esto es "lleno de gracia"; cuando dice: "la gloria del Unigénito del Padre", esto es "lleno de verdad." Pues la Verdad misma, que era el Unigénito del Padre, no por gracia, sino por naturaleza, por gracia tomó sobre sí nuestra humanidad, y la unió de tal modo a su propia persona que Él mismo se hizo también Hijo del hombre.

    Cap. 37. La misma gracia se manifiesta aún más claramente en esto: que el nacimiento de Cristo según la carne es del Espíritu Santo

    Cap. 37

    Pues el mismo Jesucristo, que es el Unigénito, esto es, el único Hijo de Dios, nuestro Señor, nació del Espíritu Santo y de la Virgen María. Y sabemos que el Espíritu Santo es el don de Dios, siendo el don mismo igual al Dador. Y por tanto el Espíritu Santo también es Dios, no inferior al Padre y al Hijo. El hecho, por consiguiente, de que el nacimiento de Cristo en su naturaleza humana fuera por el Espíritu Santo, es otra clara manifestación de la gracia. Pues cuando la Virgen preguntó al ángel cómo se haría esto que le había anunciado, puesto que no conocía varón, el ángel respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios." Y cuando José, queriendo dejarla secretamente, sospechando de ella adulterio, pues sabía que no estaba encinta de él, fue avisado por el ángel: "No temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es": esto es, lo que sospechas que ha sido engendrado por otro hombre, es del Espíritu Santo.

    Cap. 38. Jesucristo, según la carne, no nació del Espíritu Santo en el sentido de que el Espíritu Santo sea su Padre

    Cap. 38

    Con todo, ¿hemos de decir por esto que el Espíritu Santo es el padre del hombre Cristo, y que así como Dios Padre engendró al Verbo, así Dios Espíritu Santo engendró al hombre, y que estas dos naturalezas constituyen al único Cristo; y que, en cuanto Verbo, es el Hijo de Dios Padre, y en cuanto hombre, el Hijo de Dios Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo, como su padre, lo engendró de la Virgen María? ¿Quién se atreverá a decir tal cosa? Ni es necesario mostrar con razonamientos cuántos otros absurdos se siguen de esta suposición, cuando ella misma es tan absurda que ningún oído creyente puede soportar oírla. Por tanto, según confesamos: "Nuestro Señor Jesucristo, que de Dios es Dios, y como hombre nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, teniendo ambas naturalezas, la divina y la humana, es el único Hijo de Dios Padre Todopoderoso, de quien procede el Espíritu Santo." Ahora bien, ¿en qué sentido decimos que Cristo nació del Espíritu Santo, si el Espíritu Santo no lo engendró? ¿Acaso lo hizo? Porque nuestro Señor Jesucristo, aunque en cuanto Dios "todas las cosas fueron hechas por él", sin embargo, en cuanto hombre fue hecho él mismo; como dice el Apóstol: "que fue hecho de la simiente de David según la carne." Pero si aquella cosa creada que la Virgen concibió y dio a luz, aunque unida sólo a la persona del Hijo, fue hecha por toda la Trinidad (pues las obras de la Trinidad son inseparables), ¿por qué se menciona al Espíritu Santo como el único que la hizo? ¿O es que, cuando se menciona a uno de los Tres como autor de alguna obra, se ha de entender que toda la Trinidad obra? Eso es verdad, y puede probarse con ejemplos. Pero no es necesario detenernos más en esta solución. Pues la dificultad está en qué sentido se dice "nacido del Espíritu Santo", cuando de ningún modo es el Hijo del Espíritu Santo. Porque aunque Dios hizo este mundo, no sería correcto decir que es el Hijo de Dios, o que nació de Dios; diríamos que fue creado, hecho, formado, ordenado por Él, o cualquier otra expresión que podamos usar propiamente. Aquí, pues, cuando confesamos que Cristo nació del Espíritu Santo y de la Virgen María, es difícil explicar cómo es que no es el Hijo del Espíritu Santo y sí es el Hijo de la Virgen María, habiendo nacido tanto de Él como de ella. Es claro, fuera de toda duda, que no nació del Espíritu Santo como de su padre, en el mismo sentido en que nació de la Virgen como de su madre.

    Cap. 39. No todo lo que nace de otro ha de llamarse Hijo de aquel de quien nace

    Cap. 39

    No hemos de dar por sentado, por tanto, que todo cuanto nace de una cosa haya de ser declarado inmediatamente hijo de esa cosa. Pues, por dejar de lado el hecho de que un hijo nace de un hombre en un sentido distinto de aquel en que un cabello o un piojo nace de él, no siendo ninguno de estos dos un hijo; por dejar esto de lado, digo, por ser una ilustración demasiado baja para un asunto de tanta importancia: es cierto que quienes nacen del agua y del Espíritu Santo no pueden con propiedad ser llamados hijos del agua, aunque sí son llamados hijos de Dios Padre, y de la Iglesia su madre. Del mismo modo, pues, Aquel que nació del Espíritu Santo es el Hijo de Dios Padre, no del Espíritu Santo. Porque lo que he dicho del cabello y las otras cosas basta para mostrarnos que no todo lo que nace de otro puede ser llamado hijo de aquello de lo cual nace, así como no se sigue que todos los que son llamados hijos de un hombre hayan nacido de él, pues algunos hijos son adoptivos. Y algunos hombres son llamados hijos del infierno, no por haber nacido del infierno, sino por estar preparados para él, como los hijos del reino están preparados para el reino.

    Cap. 40. El nacimiento de Cristo por el Espíritu Santo nos manifiesta la gracia de Dios

    Cap. 40

    Y, por tanto, así como una cosa puede nacer de otra, y sin embargo no de tal modo que sea hijo suyo, y así como no todo el que es llamado hijo nació de aquel de quien se dice hijo, es claro que esta disposición por la cual Cristo nació del Espíritu Santo, mas no como Hijo suyo, y de la Virgen María como hijo suyo, está destinada a manifestar la gracia de Dios. Pues por esta gracia un hombre, sin mérito alguno antecedente, fue, desde el comienzo mismo de su existencia como hombre, tan unido en una sola persona con el Verbo de Dios, que la misma persona que era Hijo del hombre era al mismo tiempo Hijo de Dios, y la misma persona que era Hijo de Dios era al mismo tiempo Hijo del hombre; y en la adopción de su naturaleza humana en la divina, la gracia misma se hizo en cierto modo tan natural al hombre, que no dejó lugar a la entrada del pecado. Por lo cual esta gracia es significada por el Espíritu Santo; pues Él, aunque en su propia naturaleza es Dios, puede también ser llamado el don de Dios. Y explicar todo esto suficientemente, si es que pudiera hacerse del todo, requeriría una discusión muy prolongada.

    Cap. 41. Cristo, que en sí mismo estaba libre de pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuésemos reconciliados con Dios

    Cap. 41

    Engendrado y concebido, entonces, sin indulgencia alguna de concupiscencia carnal, y por tanto, sin traer consigo el pecado original, y por la gracia de Dios unido y vinculado de modo maravilloso e inefable en una sola persona con el Verbo, el Unigénito del Padre, Hijo por naturaleza, no por gracia, y por tanto, sin pecado propio; no obstante, a causa de la semejanza de carne de pecado en que vino, fue llamado pecado, para ser sacrificado para lavar el pecado. Pues, bajo el Antiguo Pacto, los sacrificios por el pecado eran llamados pecados. Y Aquel de quien todos estos sacrificios eran tipos y sombras fue Él mismo verdaderamente hecho pecado. De ahí que el apóstol, después de decir: "Os rogamos en el nombre de Cristo, reconciliaos con Dios", añade en seguida: "porque al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él." No dice, como leen algunos ejemplares incorrectos: "El que no conoció pecado pecó por nosotros", como si Cristo mismo hubiese pecado por nosotros; sino que dice: "Al que no conoció pecado", es decir, a Cristo, a Dios, con quien hemos de ser reconciliados, "lo hizo pecado por nosotros", esto es, lo hizo sacrificio por nuestros pecados, por el cual fuésemos reconciliados con Dios. Siendo, pues, hecho pecado, así como nosotros somos hechos justicia (nuestra justicia no siendo nuestra, sino de Dios; no en nosotros, sino en Él); siendo Él hecho pecado, no suyo, sino nuestro, no en Él, sino en nosotros, mostró, por la semejanza de carne de pecado en que fue crucificado, que aunque el pecado no estaba en Él, sin embargo, en cierto sentido murió al pecado, muriendo en la carne que era semejante al pecado; y que aunque Él mismo nunca había vivido la vieja vida de pecado, por su resurrección representó nuestra nueva vida que brota de la vieja muerte en el pecado.

    Cap. 42. El sacramento del bautismo indica nuestra muerte con Cristo al pecado, y nuestra resurrección con él a la novedad de vida

    Cap. 42

    Y éste es el significado del gran sacramento del bautismo que entre nosotros se solemniza: que todos los que alcanzan esta gracia mueran al pecado, así como se dice que Él murió al pecado, porque murió en la carne, que es la semejanza de pecado; y saliendo regenerados de la fuente, como Él resucitó vivo del sepulcro, comiencen una nueva vida en el Espíritu, cualquiera sea la edad del cuerpo?

    Cap. 43. El bautismo y la gracia que él tipifica están abiertos a todos, tanto a los párvulos como a los adultos

    Cap. 43

    Porque desde el párvulo recién nacido hasta el anciano encorvado por la edad, así como no hay ninguno excluido del bautismo, así tampoco hay ninguno que en el bautismo no muera al pecado. Pero los párvulos mueren solamente al pecado original; los de mayor edad mueren también a todos los pecados que sus malas vidas añadieron al pecado que trajeron consigo.

    Cap. 44. Al hablar del pecado, el número singular se pone a menudo por el plural, y el plural por el singular

    Cap. 44

    Pero aun estos últimos son frecuentemente dichos morir al pecado, aunque indudablemente no mueren a un solo pecado, sino a todos los numerosos pecados actuales que han cometido de pensamiento, palabra u obra: pues el número singular se pone a menudo por el plural, como cuando el poeta dice: "Llenan su vientre con el soldado armado", aunque en el caso aquí referido se trataba de muchos soldados. Y leemos en nuestras propias Escrituras: "Rogad al Señor que quite de nosotros la serpiente". No dice serpientes, aunque el pueblo padecía por muchas; y así en otros casos. Cuando, por el contrario, el pecado original se expresa en número plural, como cuando decimos que los infantes son bautizados para la remisión de los pecados, en lugar de decir para la remisión del pecado, esta es la figura inversa, por la cual el número plural se pone en lugar del singular; como en el Evangelio se dice de la muerte de Herodes: "porque han muerto los que procuraban la muerte del niño", en lugar de decir: "él ha muerto". Y en el Éxodo: "Se han hecho", dice Moisés, "dioses de oro", aunque habían hecho solamente un becerro, del cual dijeron: "Estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto", — aquí también, poniendo el plural en lugar del singular.

    Cap. 45. En el primer pecado de Adán estuvieron implicadas muchas clases de pecado

    Cap. 45

    Sin embargo, aun en aquel único pecado que "por un hombre entró en el mundo, y así pasó a todos los hombres", y por causa del cual son bautizados los infantes, pueden observarse muchos pecados distintos, si se lo analiza, por así decirlo, en sus elementos separados. Pues hay en él soberbia, porque el hombre eligió estar bajo su propio dominio, más bien que bajo el dominio de Dios; y blasfemia, porque no creyó a Dios; y homicidio, porque acarreó sobre sí mismo la muerte; y fornicación espiritual, porque la pureza del alma humana fue corrompida por las seductoras blandicias de la serpiente; y hurto, porque el hombre aplicó a su propio uso el alimento que le había sido prohibido tocar; y avaricia, porque tuvo anhelo de más de lo que habría sido suficiente para él; y cualquier otro pecado que, con atenta reflexión, pueda descubrirse que está implicado en este único pecado admitido.

    Cap. 46. Es probable que los hijos estén implicados en la culpa no sólo de la primera pareja, sino de sus propios padres inmediatos

    Cap. 46

    Y se dice, con mucha apariencia de probabilidad, que los infantes están implicados en la culpa de los pecados no sólo de la primera pareja, sino de sus propios padres inmediatos. Pues aquel juicio divino: "Visitaré las iniquidades de los padres sobre los hijos", ciertamente se aplica a ellos antes de que entren bajo el nuevo pacto por la regeneración. Y fue este nuevo pacto el que fue profetizado, cuando se dijo por Ezequiel, que los hijos no cargarían con la iniquidad de los padres, y que ya no sería más proverbio en Israel: "Los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera." Aquí está la necesidad de que cada hombre deba nacer de nuevo, para que sea liberado del pecado en que nació. Pues los pecados cometidos después pueden ser curados por la penitencia, como vemos que sucede después del bautismo. Y por tanto, el nuevo nacimiento no habría sido instituido sólo porque el primer nacimiento era pecaminoso, tan pecaminoso que aun uno que fue legítimamente nacido en matrimonio dice: "En iniquidades fui formado, y en pecados me concibió mi madre." No dijo en iniquidad, ni en pecado, aunque hubiera podido decirlo correctamente; sino que prefirió decir "iniquidades" y "pecados", porque en aquel único pecado que pasó a todos los hombres, y que fue tan grande que la naturaleza humana quedó por él sujeta a muerte inevitable, muchos pecados, como mostré arriba, pueden distinguirse; y además, porque hay otros pecados de los padres inmediatos, los cuales, aunque no tienen el mismo efecto de producir un cambio de naturaleza, sin embargo sujetan a los hijos a culpa, a menos que la gracia y misericordia divinas intervengan para rescatarlos.

    Cap. 47. Es difícil decidir si los pecados de los demás progenitores de un hombre se le imputan

    Cap. 47

    Pero acerca de los pecados de los demás progenitores que median entre Adán y los padres inmediatos de un hombre, bien puede suscitarse una cuestión. Si todo aquel que nace está implicado en todos sus actos malvados acumulados, en toda su multiplicada culpa original, de modo que cuanto más tarde nace, tanto peor es su condición; o si Dios amenaza con visitar la iniquidad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación, porque en su misericordia no extiende su ira contra los pecados de los progenitores más allá de eso, no sea que aquellos que no alcanzan la gracia de la regeneración sean aplastados bajo una carga demasiado pesada si se vieran obligados a llevar como culpa original todos los pecados de todos sus progenitores desde el principio mismo del género humano, y a pagar la pena que les es debida; o si alguna otra solución de esta gran cuestión puede o no puede hallarse en la Escritura mediante una búsqueda más diligente y una interpretación más cuidadosa, no oso afirmarlo temerariamente.

    Cap. 48. La culpa del primer pecado es tan grande que sólo puede ser lavada en la sangre del Mediador, Jesucristo

    Cap. 48

    No obstante, aquel único pecado, que tuvo entrada en un lugar donde reinaba tan perfecta felicidad, fue de carácter tan atroz, que en un solo hombre toda la raza humana fue originalmente, y, por decirlo así, radicalmente, condenada; y no puede ser perdonado y borrado sino por medio de el único Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, quien sólo tuvo poder para nacer de tal modo que no tuviese necesidad de un segundo nacimiento.

    Cap. 49. Cristo no fue regenerado en el bautismo de Juan, sino que se sometió a él para darnos ejemplo de humildad, así como se sometió a la muerte, no como castigo del pecado, sino para quitar el pecado del mundo

    Cap. 49

    Pues bien, los que fueron bautizados con el bautismo de Juan, con el cual Cristo mismo fue bautizado, no fueron regenerados; sino que fueron preparados, por medio del ministerio de su precursor, que clamaba: "Preparad el camino del Señor", para Aquel en quien solamente podían ser regenerados. Porque su bautismo no es con agua solamente, como lo fue el de Juan, sino también con el Espíritu Santo; de manera que quien cree en Cristo es regenerado por aquel Espíritu, del cual, habiendo sido engendrado Cristo, no necesitó Él regeneración. De ahí que aquel anuncio del Padre que se oyó después de su bautismo: "Hoy te he engendrado", no se refería a aquel solo día temporal en que fue bautizado, sino al día único de una eternidad inmutable, para mostrar así que este hombre era una sola persona con el Unigénito. Porque un día que no comienza con el fin del ayer, ni termina con el principio del mañana, es un hoy eterno. Por tanto, Él pidió ser bautizado en agua por Juan, no para que fuera lavada iniquidad alguna suya, sino para manifestar la profundidad de su humildad. Porque el bautismo no halló en Él nada que lavar, así como la muerte no halló en Él nada que castigar; de suerte que fue con la más estricta justicia, y no por mera violencia de poder, como el diablo fue aplastado y vencido: pues, como él había dado muerte a Cristo injustísimamente, no habiendo en Él pecado que mereciera la muerte, fue de toda justicia que por Cristo perdiera el dominio sobre aquellos que por el pecado estaban justamente sujetos a la servidumbre en que los tenía. Ambas cosas, pues, es decir, tanto el bautismo como la muerte, fueron aceptadas por Él, no por una necesidad lamentable, sino por su libre misericordia hacia nosotros, y como parte de una disposición por la cual, así como un hombre introdujo el pecado en el mundo, esto es, sobre todo el género humano, así un hombre había de quitar el pecado del mundo.

    Cap. 50. Cristo quitó no sólo el único pecado original, sino todos los demás pecados que se le han añadido

    Cap. 50

    Con esta diferencia: el primer hombre introdujo un pecado en el mundo, pero este hombre quitó no sólo aquel único pecado, sino todos los que halló añadidos a él. De ahí que el Apóstol dice: "Y no como por un solo pecador, así es el don; porque el juicio vino por un solo pecado para condenación, pero el don gratuito vino de muchos delitos para justificación." Porque es evidente que el único pecado que traemos con nosotros por naturaleza, aun si estuviera solo, nos traería condenación; pero el don gratuito justifica al hombre de muchos delitos: pues cada hombre, además de aquel único pecado que, en común con toda su especie, trae consigo por naturaleza, ha cometido muchos pecados que son propiamente suyos.

    Cap. 51. Todos los hombres nacidos de Adán están bajo condenación, y sólo si nacen de nuevo en Cristo son liberados de la condenación

    Cap. 51

    Pero lo que dice poco después: "Por tanto, como por la transgresión de uno vino el juicio a todos los hombres para condenación, así también por la justicia de uno vino el don gratuito a todos los hombres para justificación de vida", muestra claramente que no hay nadie nacido de Adán que no esté sujeto a condenación, y que nadie, a menos que nazca de nuevo en Cristo, es liberado de la condenación.

    Cap. 52. En el bautismo, que es la semejanza de la muerte y resurrección de Cristo, todos, tanto infantes como adultos, mueren al pecado para andar en novedad de vida

    Cap. 52

    Y después de haber dicho cuanto acerca de la condenación por un solo hombre y del don gratuito por un solo hombre juzgó suficiente para aquella parte de su epístola, el Apóstol pasa a hablar del gran misterio del santo bautismo en la cruz de Cristo, y a explicarnos claramente que el bautismo en Cristo no es otra cosa que una semejanza de la muerte de Cristo, y que la muerte de Cristo en la cruz no es sino una semejanza del perdón del pecado; de modo que así como es real su muerte, así es real la remisión de nuestros pecados; y así como es real su resurrección, así es real nuestra justificación. Dice: "¿Qué, pues, diremos, ¿perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?" Pues antes había dicho: "Pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia." Y por eso se propone a sí mismo la cuestión de si sería justo perseverar en el pecado para que la gracia consiguiente abundase. Pero responde: "En ninguna manera"; y añade: "¿Cómo viviremos aún en él los que hemos muerto al pecado?" Luego, para mostrar que estamos muertos al pecado, "¿No sabéis —dice— que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" Si, pues, el hecho de que hayamos sido bautizados en la muerte de Cristo prueba que estamos muertos al pecado, se sigue que aun los infantes que son bautizados en Cristo mueren al pecado, siendo bautizados en su muerte. Porque no se hace excepción: "Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte." Y esto se dice para probar que estamos muertos al pecado. Ahora bien, ¿a qué pecado mueren los infantes en su regeneración sino a aquel pecado que traen consigo al nacer? Y por tanto, a éstos también se aplica lo que sigue: "Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro." Ahora bien, él había comenzado probando que no debemos continuar en el pecado para que la gracia abunde, y había dicho: "¿Cómo viviremos aún en él los que hemos muerto al pecado?" Y para mostrar que estamos muertos al pecado, añadió: "¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?" Y así concluye todo este pasaje tal como lo comenzó. Pues ha presentado la muerte de Cristo de manera que implique que Cristo mismo también murió al pecado. ¿A qué pecado murió Él sino a la carne, en la cual no había pecado, sino semejanza de pecado, y que por eso fue llamada con el nombre de pecado? A los que son bautizados en la muerte de Cristo, pues —y esta clase no incluye sólo a los adultos, sino también a los infantes—, les dice: "Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro."

    Cap. 53. La cruz y la sepultura de Cristo, la resurrección, la ascensión y el sentarse a la diestra de Dios, son imágenes de la vida cristiana

    Cap. 53

    Todos los acontecimientos, pues, de la crucifixión de Cristo, de su sepultura, de su resurrección al tercer día, de su ascensión al cielo, de su sentarse a la diestra del Padre, fueron ordenados de tal manera que la vida que el cristiano lleva aquí fuese modelada según ellos, no meramente en un sentido místico, sino en realidad. Porque en referencia a su crucifixión se dice: "Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus afectos y concupiscencias." En referencia a su sepultura: "Porque somos sepultados juntamente con Él en la muerte por el bautismo." En referencia a su resurrección: "Para que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida." Y en referencia a su ascensión al cielo y a su sentarse a la diestra del Padre: "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios."

    Cap. 54. La segunda venida de Cristo no pertenece al pasado, sino que tendrá lugar al fin del mundo

    Cap. 54

    Pero lo que creemos acerca de la acción futura de Cristo, cuando venga del cielo a juzgar a los vivos y los muertos, no tiene relación alguna con la vida que ahora llevamos aquí; pues no forma parte de lo que Él hizo en la tierra, sino de lo que hará al fin del mundo. Y es a esto a lo que se refiere el Apóstol en lo que sigue inmediatamente al pasaje antes citado: "Cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros apareceréis con él en gloria."

    Cap. 55. La expresión, "Cristo ha de juzgar a los vivos y a los muertos", puede entenderse en cualquiera de dos sentidos

    Cap. 55

    Ahora bien, la expresión "juzgar a los vivos y a los muertos" puede interpretarse de dos maneras: o entendemos por "vivos" a aquellos que, en su advenimiento, no habrán muerto todavía, a quienes hallará vivos en la carne, y por "muertos" a los que han partido del cuerpo, o que habrán partido antes de su venida; o podemos entender por "vivos" a los justos, y por "muertos" a los injustos; pues los justos serán juzgados también, lo mismo que los demás. El juicio de Dios se toma a veces en mal sentido, como, por ejemplo: "Los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio"; a veces en buen sentido, como: "Sálvame, oh Dios, por tu nombre, y júzgame por tu poder." Esto se entiende fácilmente si consideramos que es el juicio de Dios el que separa a los buenos de los malos y pone a los buenos a su diestra, para que sean librados del mal y no perezcan con los impíos; y esta es la razón por la que el salmista clamó: "Júzgame, oh Dios", y luego añadió, a modo de explicación: "y distingue mi causa de la de una nación impía."

    Cap. 56. El Espíritu Santo y la Iglesia. La Iglesia es el templo de Dios

    Cap. 56

    Y ahora, habiendo hablado de Jesucristo, el único Hijo de Dios, nuestro Señor, con la brevedad adecuada a una confesión de nuestra fe, pasamos a decir que creemos también en el Espíritu Santo, — completando así la Trinidad que constituye la Deidad. Luego mencionamos la Santa Iglesia. Y así se nos hace entender que la creación inteligente, que constituye la Jerusalén libre, debe estar subordinada, en el orden del discurso, al Creador, la Trinidad Suprema: pues todo lo que se dice del hombre Cristo Jesús se refiere, por supuesto, a la unidad de la persona del Unigénito. Por tanto, el verdadero orden del Credo exigía que la Iglesia quedase subordinada a la Trinidad, como la casa a Aquel que la habita, el templo a Dios que lo ocupa, y la ciudad a su constructor. Y aquí hemos de entender por la Iglesia entera, no sólo aquella parte de ella que peregrina como extranjera sobre la tierra, alabando el nombre de Dios desde donde nace el sol hasta donde se pone, y cantando un cántico nuevo de liberación de su antigua cautividad; sino también aquella parte que desde su creación ha permanecido siempre fiel a Dios en el cielo, y jamás ha experimentado la miseria consiguiente a una caída. Esta parte está formada por los santos ángeles, que gozan de felicidad ininterrumpida; y (como está llamada a hacerlo) presta auxilio a la parte que aún anda peregrina entre extraños: porque estas dos partes serán una en la comunión de la eternidad, y ahora son una en los vínculos del amor, habiendo sido ordenada toda entera para el culto del único Dios. Por lo cual, ni la Iglesia entera ni parte alguna de ella desea ser adorada en lugar de Dios, ni ser Dios para nadie que pertenezca al templo de Dios — ese templo edificado con los santos que fueron creados por el Dios increado. Y, por tanto, el Espíritu Santo, si fuese criatura, no podría ser el Creador, sino que sería una parte de la creación inteligente. Sería simplemente la criatura más excelsa, y, por ello, no se le mencionaría en el Credo antes que a la Iglesia; pues Él mismo pertenecería a la Iglesia, a aquella parte de ella que está en los cielos. Y no tendría templo, porque Él mismo sería parte de un templo. Ahora bien, Él tiene un templo, del cual dice el apóstol: "¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?" De este cuerpo dice en otro lugar: "¿O no sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?" ¿Cómo, pues, no es Dios, si tiene templo? ¿Y cómo puede ser menor que Cristo, cuyos miembros son su templo? Ni tiene Él un templo, y Dios otro, puesto que el mismo apóstol dice: "¿No sabéis que sois templo de Dios?" y añade, como prueba de ello, "y que el Espíritu de Dios mora en vosotros." Entonces, Dios habita en su templo: no sólo el Espíritu Santo, sino también el Padre, y el Hijo, quien dice de su propio cuerpo, por medio del cual fue hecho Cabeza de la Iglesia sobre la tierra ("para que en todo tenga la preeminencia"): "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré." Así que el templo de Dios, esto es, de la Trinidad Suprema en su totalidad, es la Santa Iglesia, que abarca en toda su extensión el cielo y la tierra.

    Cap. 57. La condición de la Iglesia en el cielo

    Cap. 57

    Pero de aquella parte de la Iglesia que está en el cielo, ¿qué podemos decir, sino que ningún impío se halla en ella, y que nadie ha caído de ella, ni caerá jamás de ella, desde el momento en que "Dios no perdonó a los ángeles que pecaron", como escribe el Apóstol Pedro, "sino que los arrojó al infierno y los entregó a prisones de oscuridad, para ser reservados para el juicio"?

    Cap. 58. No tenemos conocimiento cierto de la organización de la sociedad angélica

    Cap. 58

    Ahora bien, cuál es la organización de aquella sociedad sumamente feliz en el cielo: cuáles son las diferencias de rango, que explican el hecho de que, aunque todos son llamados con el nombre general de ángeles, como leemos en la Epístola a los Hebreos: "¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra?" (esta forma de expresión está evidentemente destinada a abarcar a todos los ángeles sin excepción), sin embargo, hallamos que hay algunos llamados arcángeles; y si los arcángeles son los mismos que los llamados ejércitos, de modo que la expresión: "Alabadle, vosotros todos sus ángeles; alabadle, vosotros todos sus ejércitos", es lo mismo que si se hubiera dicho: "Alabadle, vosotros todos sus ángeles; alabadle, vosotros todos sus arcángeles"; y cuáles son las diversas significaciones de esos cuatro nombres bajo los cuales el apóstol parece abarcar a toda la compañía celestial sin excepción: "ya sean tronos, o dominios, o principados, o potestades": — respondan a estas preguntas quienes sean capaces, si pueden también probar que sus respuestas son verdaderas; pero en cuanto a mí, confieso mi ignorancia. Ni siquiera estoy seguro de este punto: si el sol, y la luna, y todas las estrellas no forman parte de esta misma sociedad, aunque muchos los consideran meros cuerpos luminosos, sin sensación ni inteligencia.

    Cap. 59. Los cuerpos que asumen los ángeles plantean un tema de discusión muy difícil y no muy útil

    Cap. 59

    Además, ¿quién dirá con qué clase de cuerpos se aparecieron los ángeles a los hombres, haciéndose no solo visibles, sino también tangibles; y, de nuevo, cómo es que, no por medio de cuerpos materiales, sino por poder espiritual, presentan visiones no a los ojos corporales, sino a los ojos espirituales de la mente, o hablan algo no al oído desde fuera, sino desde dentro del alma del hombre, estando ellos mismos también allí presentes, como está escrito en el profeta: "Y el ángel que hablaba en mí me dijo" (no dice "que me hablaba a mí", sino "que hablaba en mí"); o se aparecen a los hombres en sueños, y hacen comunicaciones mediante sueños, como leemos en el Evangelio: "He aquí, el ángel del Señor le apareció en sueños, diciendo"? Pues estos modos de comunicación parecen implicar que los ángeles no tienen cuerpos tangibles, y hacen muy difícil resolver la cuestión de cómo los patriarcas les lavaron los pies, y cómo fue que Jacob luchó con el ángel de manera tan indudablemente material. Hacer preguntas como éstas, y hacer las conjeturas que podamos sobre las respuestas, es un ejercicio útil para el entendimiento, si la discusión se mantiene dentro de los límites debidos, y si evitamos el error de suponer que sabemos lo que no sabemos. Pues ¿qué necesidad hay de afirmar, o negar, o definir con precisión sobre estos temas y otros semejantes, cuando podemos sin culpa ignorarlos por completo?

    Cap. 60. Es más necesario poder detectar las artimañas de Satanás cuando se transfigura en ángel de luz

    Cap. 60

    Es más necesario usar toda nuestra capacidad de discernimiento y juicio cuando Satanás se transfigura en ángel de luz, no sea que por sus artimañas nos desvíe hacia caminos perjudiciales. Porque, mientras sólo engaña los sentidos corporales, y no pervierte la mente de aquel juicio verdadero y recto que capacita al hombre para llevar una vida de fe, no hay peligro para la religión; o si, fingiéndose bueno, hace o dice las cosas propias de los ángeles buenos, y nosotros le creemos bueno, el error no es perjudicial ni peligroso para la fe cristiana. Pero cuando, por estos medios que son ajenos a su naturaleza, procede a conducirnos por caminos suyos propios, entonces es necesario gran vigilancia para detectarle y negarse a seguirle. Pero ¿cuántos hombres son capaces de evadir todas sus mortíferas artimañas, a menos que Dios los refrene y vele por ellos? La misma dificultad del asunto, sin embargo, es útil a este respecto, en cuanto impide que los hombres confíen en sí mismos o unos en otros, y conduce a todos a poner su confianza en Dios solo. Y ciertamente ningún hombre piadoso puede dudar que esto es lo más conveniente para nosotros.

    Cap. 61. La Iglesia en la tierra ha sido redimida del pecado por la sangre de un Mediador

    Cap. 61

    Esta parte de la Iglesia, pues, que está compuesta por los santos ángeles y las huestes de Dios, se nos dará a conocer en su verdadera naturaleza cuando, al fin del mundo, seamos unidos a ella en la posesión común de la felicidad eterna. Pero la otra parte, que, separada de ella, anda como extranjera en la tierra, nos es mejor conocida, tanto porque pertenecemos a ella como porque está compuesta de hombres, y nosotros también somos hombres. Esta porción de la Iglesia ha sido redimida de todo pecado por la sangre de un Mediador que no tuvo pecado, y su canto es: "Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros." Ahora bien, Cristo no murió por los ángeles. Sin embargo, lo que se hizo por la redención del hombre mediante su muerte fue en cierto sentido hecho también por los ángeles, porque la enemistad que el pecado había puesto entre los hombres y los santos ángeles queda eliminada, y la amistad se restablece entre ellos, y por la redención del hombre se llenan los vacíos que la gran apostasía dejó en la hueste angélica.

    Cap. 62. Por el sacrificio de Cristo todas las cosas son restauradas, y se hace la paz entre la tierra y el cielo

    Cap. 62

    Y, ciertamente, los santos ángeles, enseñados por Dios, en cuya eterna contemplación de la verdad consiste su felicidad, saben cuán gran número del género humano ha de completar sus filas y llenar la cifra total de su ciudadanía. Por eso dice el apóstol que "todas las cosas son reunidas en uno en Cristo, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra". Las cosas que están en los cielos son reunidas cuando lo que se perdió allí por la caída de los ángeles es restaurado de entre los hombres; y las cosas que están en la tierra son reunidas cuando los que están predestinados a la vida eterna son redimidos de su antigua corrupción. Y así, por aquel único sacrificio en el cual fue ofrecido el Mediador, el único sacrificio del cual las muchas víctimas bajo la ley eran figuras, las cosas celestiales son puestas en paz con las terrenales, y las terrenales con las celestiales. Por lo cual, como dice el mismo apóstol: "Porque agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud; y, habiendo hecho la paz mediante la sangre de su cruz, por Él reconciliar consigo todas las cosas: por Él, digo, así las que están en la tierra como las que están en los cielos".

    Cap. 63. La paz de Dios, que reina en el cielo, sobrepasa todo entendimiento

    Cap. 63

    Esta paz, como dice la Escritura, "sobrepasa todo entendimiento", y no puede ser conocida por nosotros hasta que hayamos entrado en plena posesión de ella. Pues, ¿en qué sentido son reconciliadas las cosas celestiales, sino en cuanto son reconciliadas con nosotros, es decir, entrando en armonía con nosotros? Porque en el cielo hay paz ininterrumpida, tanto entre todas las criaturas inteligentes que allí existen, como entre éstas y su Creador. Y esta paz, como se ha dicho, sobrepasa todo entendimiento; pero esto, por supuesto, significa nuestro entendimiento, no el de aquellos que contemplan siempre el rostro de su Padre. Nosotros ahora, por grande que sea nuestro entendimiento humano, conocemos en parte, y vemos por espejo, oscuramente. Pero cuando seamos iguales a los ángeles de Dios, entonces veremos cara a cara, como ellos ven; y tendremos tanta paz para con ellos como ellos tienen para con nosotros, porque los amaremos tanto como somos amados por ellos. Y así su paz será conocida por nosotros: porque nuestra propia paz será semejante a la suya, y tan grande como la suya, y entonces no sobrepasará nuestro entendimiento. Pero la paz de Dios, la paz que Él nos tiene, sin duda sobrepasará no sólo nuestro entendimiento, sino también el de ellos. Y así debe ser: porque toda criatura racional que es feliz deriva su felicidad de Él; Él no deriva la suya de ella. Y bajo este punto de vista es mejor interpretar "todo" en el pasaje: "La paz de Dios sobrepasa todo entendimiento", como no admitiendo excepción alguna ni siquiera en favor del entendimiento de los santos ángeles: la única excepción que puede hacerse es la de Dios mismo. Porque, por supuesto, su paz no sobrepasa su propio entendimiento.

    Cap. 64. La remisión de los pecados se extiende a toda la vida mortal de los santos, la cual, aunque libre de crimen, no está libre de pecado

    Cap. 64

    Pero los ángeles están ya en paz con nosotros cuando nuestros pecados son perdonados. De ahí que, en el orden del Credo, después de la mención de la Santa Iglesia se coloque la remisión de los pecados. Pues por esto subsiste la Iglesia en la tierra; por esto se salva de perderse de nuevo lo que se había perdido, y fue hallado. Porque, dejando aparte la gracia del bautismo, que se da como antídoto contra el pecado original, de modo que lo que nuestro nacimiento nos impone, nuestro nuevo nacimiento nos alivia (esta gracia, empero, quita también todos los pecados actuales que se han cometido en pensamiento, palabra y obra): dejando aparte, pues, este gran acto de favor, en el cual comienza la restauración del hombre, y en el que toda nuestra culpa, tanto original como actual, es lavada, el resto de nuestra vida desde el momento en que tenemos uso de razón ofrece constante ocasión para la remisión de los pecados, por grande que sea nuestro adelanto en justicia. Porque los hijos de Dios, mientras viven en este cuerpo de muerte, están en conflicto con la muerte. Y aunque verdaderamente se dice de ellos: "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios", pero son guiados por el Espíritu de Dios, y, como hijos de Dios, avanzan hacia Dios con este impedimento: que son guiados también por su propio espíritu, gravado como está por el cuerpo corruptible; y que, como hijos de los hombres, bajo el influjo de las afecciones humanas, recaen a su antiguo nivel, y así pecan. Hay, sin embargo, una diferencia. Porque aunque todo crimen es pecado, no todo pecado es crimen. Y así decimos que la vida de los santos varones, mientras permanecen en este cuerpo mortal, puede hallarse sin crimen; pero, como dice el Apóstol Juan: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros."

    Cap. 65. Dios perdona los pecados, pero a condición de penitencia, para la cual la ley de la Iglesia ha fijado ciertos tiempos

    Cap. 65

    Pero aun los crímenes mismos, por grandes que sean, pueden ser remitidos en la Santa Iglesia; y de la misericordia de Dios nunca deben desesperar los hombres que se arrepienten de verdad, cada uno según la medida de su pecado. Y en el acto de la penitencia, cuando se ha cometido un crimen de tal naturaleza que aparta al pecador del cuerpo de Cristo, no hemos de atender tanto a la medida del tiempo como a la medida del dolor; porque un corazón quebrantado y contrito Dios no desprecia. Pero como el dolor de un corazón con frecuencia está oculto para otro, y no se da a conocer a los demás por palabras u otras señales, siendo manifiesto a Aquel de quien se dice: "Mi gemido no te es oculto", los que gobiernan la Iglesia han fijado con razón tiempos de penitencia, para que quede satisfecha la Iglesia en la cual los pecados son remitidos; y fuera de la Iglesia no se remiten los pecados. Porque sólo la Iglesia ha recibido la prenda del Espíritu Santo, sin la cual no hay remisión de pecados — al menos, de aquella que conduce a los perdonados a la vida eterna.

    Cap. 66. El perdón de los pecados se refiere principalmente al juicio futuro

    Cap. 66

    Ahora bien, el perdón de los pecados se refiere principalmente al juicio futuro. Porque, en lo que toca a esta vida, vale el dicho de la Escritura: "Pesado yugo está sobre los hijos de Adán, desde el día que salen del vientre de su madre hasta el día que vuelven a la madre de todas las cosas." De manera que vemos aun a los infantes, después del bautismo y la regeneración, padecer la aflicción de diversos males: y así se nos da a entender que todo lo que se expone en los sacramentos de la salvación se refiere más bien a la esperanza del bien futuro que a la retención o consecución de los bienes presentes. Porque muchos pecados parecen en este mundo ser pasados por alto y no castigados, cuyo castigo está reservado para el futuro (pues no en vano el día en que Cristo ha de venir como Juez de vivos y muertos es llamado propiamente el día del juicio); así como, por otra parte, muchos pecados son castigados en esta vida, los cuales, no obstante, son perdonados y no acarrearán castigo en la vida futura. Por consiguiente, en cuanto a ciertos castigos temporales que en esta vida se infligen a los pecadores, el Apóstol, dirigiéndose a aquellos cuyos pecados son borrados y no reservados para el juicio final, dice: "Porque si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados. Mas cuando somos juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo."

    Cap. 67. La fe sin obras es muerta, y no puede salvar al hombre

    Cap. 67

    Se cree, además, por algunos, que los hombres que no abandonan el nombre de Cristo, y que han sido bautizados en la Iglesia con su bautismo, y que nunca han sido separados de la Iglesia por cisma o herejía, aunque vivan en el pecado más grosero, y nunca lo laven con la penitencia ni lo rediman con la limosna, sino que perseveren en él obstinadamente hasta el último día de su vida, serán salvos por el fuego: es decir, que aunque sufran un castigo de fuego, que dure un tiempo proporcionado a la magnitud de sus crímenes y maldades, no serán castigados con el fuego eterno. Pero aquellos que creen esto, y no obstante son católicos, me parece que son extraviados por una especie de sentimiento benévolo natural a la humanidad. Pues la Sagrada Escritura, consultada, da una respuesta muy diferente. He escrito un libro sobre este tema, titulado De la fe y las obras, en el cual, según mi capacidad, Dios ayudándome, he mostrado por la Escritura, que la fe que nos salva es aquella que el Apóstol Pablo describe claramente cuando dice: "Porque en Jesucristo ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que actúa por la caridad." Pero si obra el mal, y no el bien, entonces sin duda, como dice el Apóstol Santiago, "está muerta, estando sola." El mismo apóstol dice también: "¿De qué le aprovecha, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?" Y además, si un hombre malvado ha de ser salvo por el fuego solamente por su fe, y si esto es lo que el bienaventurado Apóstol Pablo quiere decir cuando afirma: "Pero él mismo será salvo, si bien como por fuego"; entonces la fe sin obras puede salvar a un hombre, y lo que dice su compañero apóstol Santiago debe ser falso. Y debe ser falso lo que dice el mismo Pablo en otro lugar: "No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que abusan de sí mismos con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los extorsionadores heredarán el reino de Dios." Porque si los que perseveran en estos perversos caminos han de ser no obstante salvos por su fe en Cristo, ¿cómo puede ser verdad que no heredarán el reino de Dios?

    Cap. 68. El verdadero sentido del pasaje (1 Cor. III. 11-15) acerca de los que se salvan, aunque así como por fuego

    Cap. 68

    Pero como estas declaraciones tan claras e inequívocas de los apóstoles no pueden ser falsas, aquella oscura sentencia acerca de los que edifican sobre el fundamento, Cristo, no oro, plata y piedras preciosas, sino madera, heno y hojarasca (pues de éstos se dice que serán salvos, aunque así como por fuego, salvándolos el mérito del fundamento), debe interpretarse de modo que no contradiga las claras afirmaciones antes citadas. Ahora bien, la madera, el heno y la hojarasca pueden entenderse, sin incongruencia, como significando tal apego a las cosas mundanas, por lícitas que éstas sean en sí mismas, que no pueden perderse sin dolor del alma. Y aunque este dolor quema, sin embargo, si Cristo ocupa el lugar de fundamento en el corazón —es decir, si nada se le antepone, y si el hombre, aunque ardiendo de dolor, está más dispuesto a perder las cosas que tanto ama que a perder a Cristo—, es salvo por el fuego. Pero si, en tiempo de tentación, prefiere aferrarse a las cosas temporales y terrenas antes que a Cristo, no tiene a Cristo como fundamento; porque pone las cosas terrenas en primer lugar, y en un edificio nada va antes del fundamento. Además, el fuego del que habla el apóstol en este lugar debe ser un fuego tal que ambos hombres hayan de pasar por él, es decir, tanto el que edifica sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas, como el que edifica madera, heno, hojarasca. Pues añade inmediatamente: "El fuego probará la obra de cada uno, de qué clase es. Si la obra de alguno permanece que edificó sobre él, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida; pero él mismo será salvo, aunque así como por fuego." El fuego, pues, probará, no la obra de uno solo de ellos, sino de ambos. Ahora bien, la prueba de la adversidad es una especie de fuego de la que se habla claramente en otro lugar: "El horno prueba los vasos del alfarero, y el horno de la adversidad a los justos." Y este fuego actúa en el curso de esta vida exactamente como dice el apóstol. Si entra en contacto con dos creyentes, uno "que se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor", es decir, que edifica sobre el fundamento, Cristo, oro, plata, piedras preciosas; el otro "que se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer", es decir, que edifica sobre el mismo fundamento madera, heno, hojarasca, — la obra del primero no se quema, porque no ha entregado su amor a cosas cuya pérdida pueda causarle dolor; pero la obra del segundo se quema, porque las cosas que se gozan con deseo no pueden perderse sin dolor. Pero puesto que, según nuestra suposición, incluso el segundo prefiere perder estas cosas antes que perder a Cristo, y puesto que no abandona a Cristo por miedo a perderlas, aunque se duele cuando las pierde, es salvo, pero así como por fuego; porque el dolor por lo que amaba y ha perdido lo quema. Pero no lo subvierte ni lo consume; porque está protegido por su fundamento inconmovible e incorruptible.

    Cap. 69. No es imposible que algunos creyentes pasen por un fuego purgatorio en la vida futura

    Cap. 69

    Y no es imposible que algo semejante pueda ocurrir aun después de esta vida. Es cosa que puede investigarse, y o bien averiguarse o dejarse en duda, si algunos creyentes han de pasar por una especie de fuego purgatorio, y en la medida en que hayan amado con mayor o menor devoción los bienes que perecen, ser librados de él menos o más rápidamente. Esto, sin embargo, no puede aplicarse a ninguno de aquellos de quienes se dice que "no heredarán el reino de Dios", a menos que después de un arrepentimiento adecuado les sean perdonados sus pecados. Cuando digo "adecuado", quiero decir que no han de ser estériles en limosna; porque la Sagrada Escritura insiste tanto en esta virtud, que nuestro Señor nos dice de antemano que no atribuirá mérito alguno a los de su derecha sino el que abunden en ella, ni defecto alguno a los de su izquierda sino el que carezcan de ella, cuando diga a aquéllos: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino", y a éstos: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno".
    Comentario editorial · ¿Un fuego purgatorio?
    En el Cap. 68 Agustín lee («se salvará, pero así como por fuego») como una prueba que se sufre en esta vida: la aflicción de perder bienes terrenos que se aman. En el 69 añade que algo parecido «no es imposible» después de la muerte, cuestión que puede «averiguarse o dejarse en duda». El latín dice ignem quemdam purgatorium, «cierto fuego purgatorio»: un adjetivo, no el sustantivo «purgatorio» de la teología posterior. Philip Schaff, editor del NPNF, anota en el Cap. 68 que el «fuego» del v. 15 no es el purgatorio entre la muerte y la resurrección, sino, como en el v. 14, el del día del juicio. La Catholic Encyclopedia cuenta ese pasaje de Pablo entre los textos de la doctrina del purgatorio y cita a Agustín, La ciudad de Dios XXI, 24. Sobre los sufragios por los difuntos (Cap. 110), véase Sobre el cuidado de los muertos.

    Cap. 70. La limosna no expiará el pecado a menos que se cambie la vida

    Cap. 70

    Hemos de guardarnos, sin embargo, no sea que alguien suponga que los pecados graves, como los que cometen quienes no han de heredar el reino de Dios, puedan perpetrarse a diario y a diario expiarse mediante la limosna. La vida ha de cambiarse a mejor; y la limosna se ha de emplear para propiciar a Dios por los pecados pasados, no para comprar la impunidad para la comisión de semejantes pecados en el futuro. Porque Él no ha dado a nadie licencia para pecar, aunque en su misericordia puede borrar los pecados ya cometidos, si no descuidamos hacer la debida satisfacción.

    Cap. 71. La oración diaria del creyente satisface por los pecados leves que diariamente manchan su vida

    Cap. 71

    Ahora bien, la oración diaria del creyente satisface por aquellos pecados diarios de índole momentánea y leve que son incidentes necesarios de esta vida. Pues puede decir: "Padre nuestro que estás en los cielos", puesto que de tal Padre ha nacido ahora de nuevo del agua y del Espíritu. Y esta oración ciertamente quita los pecados muy pequeños de la vida diaria. Quita también aquellos que en un tiempo hicieron muy malvada la vida del creyente, pero a los cuales, ahora que ha cambiado a mejor por la penitencia, ha renunciado, con tal que, con la misma verdad con que dice: "Perdónanos nuestras deudas" (porque no faltan deudas que perdonar), diga: "así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; esto es, con tal que haga lo que dice hacer: porque perdonar a quien pide perdón es verdaderamente dar limosna.

    Cap. 72. Hay muchas clases de limosna, cuyo dar ayuda a alcanzar el perdón de nuestros pecados

    Cap. 72

    Y conforme a este principio de interpretación, la sentencia de nuestro Señor: "Dad limosna de lo que tenéis, y he aquí que todas las cosas os son limpias", se aplica a todo acto útil que el hombre hace por misericordia. No solamente, pues, el hombre que da de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, hospitalidad al forastero, refugio al fugitivo, que visita a los enfermos y a los encarcelados, redime al cautivo, socorre al débil, guía al ciego, consuela al afligido, sana al enfermo, pone al descarriado en el buen camino, da consejo al perplejo y suple las necesidades de los menesterosos, — no este hombre solamente, sino también el hombre que perdona al pecador da limosna; y el hombre que corrige con azotes, o sujeta por cualquier clase de disciplina a aquel sobre quien tiene poder, y que al mismo tiempo perdona de corazón el pecado con que fue ofendido, o ruega que le sea perdonado, es también dador de limosna, no solo en que perdona o ruega por el perdón del pecado, sino también en que reprende y corrige al pecador: porque en esto también muestra misericordia. Ahora bien, mucho bien se hace a quienes lo reciben sin quererlo, cuando se mira por su provecho y no por su deleite; y ellos mismos con frecuencia resultan ser sus propios enemigos, mientras que sus verdaderos amigos son aquellos a quienes toman por enemigos, y a quienes en su ceguera devuelven mal por bien. (Al cristiano, ciertamente, no le es lícito devolver mal ni siquiera por mal.) Y así hay muchas clases de limosna, con cuyo dar ayudamos a alcanzar el perdón de nuestros pecados.

    Cap. 73. La mayor de todas las limosnas es perdonar a nuestros deudores y amar a nuestros enemigos

    Cap. 73

    Pero ninguna de ellas es mayor que perdonar de corazón un pecado que se ha cometido contra nosotros. Porque es cosa relativamente pequeña desear el bien, o incluso hacer el bien, a un hombre que no te ha hecho mal alguno. Es cosa mucho más elevada, y es el resultado de la más excelsa bondad, amar a tu enemigo, y desear siempre el bien, y cuando tengas oportunidad, hacer el bien, al hombre que te desea mal, y, cuando puede, te hace daño. Esto es obedecer el mandamiento de Dios: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen." Pero viendo que ésta es una disposición de ánimo que sólo alcanzan los perfectos hijos de Dios, y que aunque todo creyente debe esforzarse por alcanzarla, y mediante la oración a Dios y la lucha ferviente consigo mismo procurar elevar su alma a esta norma, sin embargo un grado de bondad tan alto difícilmente puede pertenecer a una multitud tan grande como la que creemos que es oída cuando usa esta petición: "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; en vista de todo esto, no puede dudarse que el compromiso implícito se cumple si un hombre, aunque todavía no ha llegado a amar a su enemigo, sin embargo, cuando es rogado por alguien que ha pecado contra él que le perdone su pecado, le perdona de corazón. Pues ciertamente desea ser él mismo perdonado cuando ora: "así como nosotros perdonamos a nuestros deudores", es decir, Perdónanos nuestras deudas cuando te pedimos perdón, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores cuando nos piden perdón.

    Cap. 74. Dios no perdona los pecados de aquellos que no perdonan de corazón a los demás

    Cap. 74

    Ahora bien, el que pide perdón al hombre contra quien ha pecado, movido por su pecado a pedir perdón, no puede ser considerado enemigo en un sentido tal que sea tan difícil amarlo ahora como lo era cuando estaba en hostilidad activa. Y el hombre que no perdona de corazón a quien se arrepiente de su pecado y pide perdón, no debe suponer que sus propios pecados le son perdonados por Dios. Porque la Verdad no puede mentir. ¿Y qué lector u oyente del Evangelio puede haber dejado de notar que la misma persona que dijo: "Yo soy la Verdad", nos enseñó también esta forma de oración; y para grabar profundamente esta petición en nuestras mentes, dijo: "Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas"? El hombre a quien el trueno de esta advertencia no despierta no está dormido, sino muerto; y sin embargo, tan poderosa es esa voz, que puede despertar incluso a los muertos.

    Cap. 75. Los malvados y los incrédulos no son limpiados por la limosna, a menos que nazcan de nuevo

    Cap. 75

    Ciertamente, pues, aquellos que viven en grave maldad, y no se cuidan de reformar su vida y costumbres, y sin embargo, en medio de todos sus crímenes y vicios, no cesan de dar frecuentes limosnas, en vano se consuelan con el dicho de nuestro Señor: "Dad limosna de lo que tenéis; y he aquí, todo os será limpio." Porque no entienden hasta dónde alcanza este dicho. Mas para que lo entiendan, oigan lo que Él dice. Pues leemos en el Evangelio lo siguiente: "Y mientras hablaba, le rogó un fariseo que comiese con él; y entrando, se sentó a la mesa. Y cuando el fariseo lo vio, se maravilló de que no se hubiese lavado antes de comer. Y el Señor le dijo: Ahora bien, vosotros los fariseos limpiáis lo de fuera del vaso y del plato; mas vuestro interior está lleno de rapacidad y de maldad. Necios, ¿el que hizo lo de fuera, no hizo también lo de dentro? Pero dad limosna de lo que tenéis; y he aquí, todo os será limpio." ¿Hemos de entender esto en el sentido de que a los fariseos que no tienen la fe de Cristo todas las cosas les son limpias, con tal que den limosna del modo en que estos hombres entienden la limosna, aunque nunca hayan creído en Cristo, ni hayan nacido de nuevo del agua y del Espíritu? Pero el hecho es que todos son inmundos los que no son limpiados por la fe de Cristo, según la expresión: "purificando sus corazones por la fe"; y que el apóstol dice: "Para los corrompidos e incrédulos nada es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas." ¿Cómo, pues, podrían todas las cosas ser limpias para los fariseos, aun cuando diesen limosna, si no eran creyentes? ¿Y cómo podrían ser creyentes si no estaban dispuestos a tener fe en Cristo y a nacer de nuevo por su gracia? Y sin embargo, lo que oyeron es verdad: "Dad limosna de lo que tenéis; y he aquí, todo os será limpio."

    Cap. 76. Para dar limosna correctamente, debemos empezar por nosotros mismos y tener misericordia de nuestras propias almas

    Cap. 76

    Pues el hombre que desea dar limosna como debe, debe comenzar por sí mismo, y darse a sí mismo primero. Porque la limosna es una obra de misericordia; y con toda verdad se dice: "Tener misericordia de tu alma es agradable a Dios." Y para este fin nacemos de nuevo: para ser agradables a Dios, quien con justicia está desagradado con aquello que trajimos al nacer. Ésta es nuestra primera limosna, la que nos damos a nosotros mismos cuando, por la misericordia de un Dios compasivo, hallamos que somos nosotros mismos miserables, y confesamos la justicia de su juicio por el cual hemos sido hechos miserables, del cual dice el apóstol: "El juicio vino por uno para condenación"; y alabamos la grandeza de su amor, del cual el mismo predicador de la gracia dice: "Dios encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros"; y así, juzgando con verdad de nuestra propia miseria, y amando a Dios con el amor que Él mismo nos ha otorgado, llevamos una vida santa y virtuosa. Pero los fariseos, mientras daban como limosna el diezmo de todos sus frutos, aun de los más insignificantes, pasaban por alto el juicio y el amor de Dios, y así no comenzaban su limosna en casa, ni extendían su misericordia primeramente a sí mismos. Y en referencia a este orden del amor se dice: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Cuando, pues, nuestro Señor los hubo reprendido porque se limpiaban por fuera, pero por dentro estaban llenos de rapacidad y de maldad, les aconsejó, en el ejercicio de aquella caridad que cada hombre se debe a sí mismo en primer lugar, que limpiasen lo interior. "Antes bien —dice—, dad limosna de lo que tenéis; y he aquí, todo os será limpio." Luego, para mostrar lo que Él aconsejaba, y lo que ellos no se cuidaban de hacer, y para mostrar que no pasaba por alto ni olvidaba sus limosnas, "¡Mas ay de vosotros, fariseos!", dice; como si quisiera decir: Yo ciertamente os aconsejo que deis limosna que os limpiará todas las cosas; "pero ¡ay de vosotros!, que diezmáis la menta, y la ruda, y toda clase de hierbas"; como si quisiera decir: Conozco estas limosnas vuestras, y no penséis que os estoy amonestando ahora respecto de ellas; "y pasáis por alto el juicio y el amor de Dios", una limosna por la cual podríais haber sido limpiados de toda impureza interior, de modo que aun los cuerpos que ahora laváis os serían limpios. Porque éste es el sentido de "todas las cosas", tanto lo interior como lo exterior, como leemos en otro lugar: "Limpia primero lo de dentro, para que también lo de fuera quede limpio." Mas, para que no pareciera despreciar las limosnas que daban de los frutos de la tierra, dice: "Esto era menester hacer", refiriéndose al juicio y al amor de Dios, "y no dejar lo otro", refiriéndose al dar los diezmos.

    Cap. 77. Si queremos darnos limosna a nosotros mismos, debemos huir de la iniquidad; porque el que ama la iniquidad aborrece su alma

    Cap. 77

    Así pues, aquellos que piensan que pueden, dando limosna, por abundante que sea, ya en dinero o en especie, comprar para sí el privilegio de persistir impunemente en sus monstruosos crímenes y horrendos vicios, no necesitan engañarse de esa manera. Porque no sólo cometen estos pecados, sino que los aman tanto que quisieran seguir cometiéndolos para siempre, si tan sólo pudieran hacerlo impunemente. Ahora bien, el que ama la iniquidad aborrece su propia alma; y el que aborrece su propia alma no es misericordioso sino cruel con ella. Porque amándola según el mundo, la aborrece según Dios. Pero si desease darle limosna que le limpiara todas las cosas, él la aborrecería según el mundo y la amaría según Dios. Ahora bien, nadie da limosna a menos que reciba lo que da de quien no tiene necesidad de ello. Por tanto, se dice: "Su misericordia me saldrá al encuentro."

    Cap. 78. Qué pecados son leves y cuáles son atroces es cuestión del juicio de Dios

    Cap. 78

    Ahora bien, cuáles pecados son triviales y cuáles atroces no es asunto a decidir por juicio humano, sino por el juicio de Dios. Pues es manifiesto que los apóstoles mismos han otorgado una indulgencia en el caso de ciertos pecados: tómese, por ejemplo, lo que el Apóstol Pablo dice a los casados: "No os defraudéis el uno al otro, sino de común consentimiento por algún tiempo, para daros al ayuno y a la oración; y volved a juntaros de nuevo, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia." Ahora bien, podría no haberse tenido por pecado el tener comercio con la cónyuge no con miras a la procreación de hijos, que es la gran bendición del matrimonio, sino por causa del placer carnal, y para preservar a los incontinentes de ser arrastrados por su debilidad al pecado mortal de fornicación, o adulterio, u otra forma de cosa inmunda que es vergonzoso aun nombrar, y en la cual podrían caer por la concupiscencia bajo la tentación de Satanás. Es posible, digo, que esto no se hubiera tenido por pecado, si el apóstol no hubiera añadido: "Pero esto digo por indulgencia, y no por mandamiento." ¿Quién, entonces, puede negar que es pecado, cuando confesadamente es sólo por autoridad apostólica que se concede permiso a quienes lo hacen? Otro caso de la misma índole es cuando dice: "¿Osa alguno de vosotros, teniendo algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos?" Y poco después: "Si pues tenéis juicios de cosas pertenecientes a esta vida, poned para juzgar a los que son de menor estima en la Iglesia. Para vergüenza vuestra lo digo. ¿Es así, que no hay entre vosotros sabio, ni aun uno que pueda juzgar entre sus hermanos? Sino que el hermano va a juicio con el hermano, y esto delante de los incrédulos." Ahora bien, podría haberse supuesto en este caso que no es pecado tener un pleito con otro, que el único pecado está en querer que sea juzgado fuera de la Iglesia, si el apóstol no hubiera añadido inmediatamente: "Ahora pues, de cierto hay entre vosotros una falta, porque vais a juicio unos con otros." Y para que nadie se excusara diciendo que tenía una causa justa, y que sufría agravio, y que sólo deseaba que la sentencia de los jueces removiera su agravio, el apóstol inmediatamente anticipa tales pensamientos y excusas, y dice: "¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?" Volviéndonos así al dicho de nuestro Señor: "Si alguno quiere pleitear contigo y quitarte la túnica, déjale también la capa"; y otra vez: "De aquel que quitare tus bienes, no los pidas de nuevo." Por tanto, nuestro Señor ha prohibido a sus seguidores ir a juicio con otros hombres por asuntos mundanos. Y llevando a efecto este principio, el apóstol aquí declara que el hacerlo es "de cierto una falta". Pero cuando, no obstante, concede su permiso para que tales casos entre hermanos sean decididos en la Iglesia, juzgando otros hermanos, y sólo prohíbe severamente que sean llevados fuera de la Iglesia, es manifiesto que aquí de nuevo se extiende una indulgencia a las flaquezas de los débiles. Es en vista, pues, de estos pecados, y de otros de la misma suerte, y de otros aún más triviales, que consisten en ofensas de palabra y pensamiento (como confiesa el Apóstol Santiago: "En muchas cosas ofendemos todos"), que necesitamos orar cada día y con frecuencia al Señor, diciendo: "Perdónanos nuestras deudas", y añadir en verdad y sinceridad, "como nosotros perdonamos a nuestros deudores."

    Cap. 79. Pecados que parecen muy leves, a veces son en realidad muy graves

    Cap. 79

    Además, hay algunos pecados que se considerarían muy leves, si las Escrituras no mostrasen que son en realidad muy graves. Pues ¿quién supondría que el hombre que dice a su hermano: "Necio", está en peligro del fuego del infierno, si no lo hubiera dicho Aquel que es la Verdad? A la herida, sin embargo, aplica Él inmediatamente la cura, dando una regla para la reconciliación con el hermano ofendido: "Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete: reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda." Además, ¿quién supondría que era tan grande pecado el observar días, y meses, y tiempos, y años, como hacen aquellos que están ansiosos o reacios a comenzar algo en ciertos días, o en ciertos meses o años, porque las vanas doctrinas de los hombres los llevan a pensar que tales tiempos son afortunados o desafortunados, si no tuviéramos el medio de estimar la grandeza del mal por el temor expresado por el apóstol, que dice a tales hombres: "Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros"?

    Capp. 80. Pecados, por muy grandes y detestables que sean, parecen leves cuando nos acostumbramos a ellos

    Cap. 80

    Añádase a esto que los pecados, por muy grndes y detestables que sean, se consideran leves, o no se tienen por pecados en absoluto, cuando los hombres se acostumbran a ellos; y a tal punto se llega, que tales pecados no sólo no se ocultan, sino que se jactan de ellos y se publican por todas partes; y de este modo, como está escrito: "El malo se jacta del deseo de su corazón, y bendice al codicioso, a quien el Señor aborrece". Esta clase de iniquidad es llamada en la Escritura un clamor. Tenéis un ejemplo en el profeta Isaías, en el caso de la viña mala: "Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor". De donde también la expresión del Génesis: "El clamor de Sodoma y Gomorra es grande", porque en estas ciudades los crímenes no sólo no eran castigados, sino que se cometían abiertamente, como bajo la protección de la ley. Y así en nuestros tiempos: muchas formas de pecado, aunque no exactamente las mismas que las de Sodoma y Gomorra, se practican ahora tan abierta y habitualmente, que no sólo no nos atrevemos a excomulgar a un laico, no nos atrevemos siquiera a degradar a un clérigo, por haberlas cometido. De modo que cuando, hace pocos años, estaba yo exponiendo la Epístola a los Gálatas, al comentar precisamente aquel pasaje donde el apóstol dice: "Me temo de vosotros, que haya trabajado en vano con vosotros", me vi obligado a exclamar: "¡Ay de los pecados de los hombres! porque sólo cuando no estamos acostumbrados a ellos nos estremecen; mas una vez que nos acostumbramos a ellos, aunque la sangre del Hijo de Dios fue derramada para lavarlos, aunque son tan grandes que el reino de Dios está enteramente cerrado para ellos, el trato continuo conduce a tolerarlos todos, y la tolerancia habitual conduce a practicar muchos de ellos. Y concédenos, oh Señor, que no lleguemos a practicar todo aquello que no tenemos poder para impedir". Mas ya veré si el desbordamiento del dolor no me arrastró a un hablar precipitado.

    Cap. 81. Hay dos causas del pecado, ignorancia y debilidad; y necesitamos la ayuda divina para vencer ambas

    Cap. 81

    Diré ahora esto, que a menudo he dicho antes en otros lugares de mis obras. Hay dos causas que llevan al pecado: o aún no conocemos nuestro deber, o no cumplimos el deber que conocemos. La primera es el pecado de ignorancia, la segunda el de debilidad. Es deber nuestro luchar contra ambos; pero ciertamente seremos derrotados en la lucha, si no somos ayudados por Dios, no sólo para ver nuestro deber, sino también, cuando lo vemos claramente, para hacer que el amor a la justicia sea más fuerte en nosotros que el amor a las cosas terrenas, cuyo anhelo vehemente, o cuyo temor de perder, nos lleva, con los ojos abiertos, al pecado conocido. En este último caso no sólo somos pecadores, pues lo somos aun cuando erramos por ignorancia, sino que también somos transgresores de la ley; porque dejamos de hacer lo que sabemos que debemos hacer, y hacemos lo que sabemos que no debemos hacer. Por lo cual no sólo debemos orar por el perdón cuando hemos pecado, diciendo: "Perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores"; sino que debemos orar por guía, para que seamos guardados de pecar, diciendo: "y no nos dejes caer en tentación". Y hemos de orar a Aquel de quien dice el Salmista: "El Señor es mi luz y mi salvación": mi luz, porque Él quita mi ignorancia; mi salvación, porque Él quita mi flaqueza.

    Cap. 82. La misericordia de Dios es necesaria para la verdadera penitencia

    Cap. 82

    Ahora bien, incluso la penitencia misma, cuando según la ley de la Iglesia hay causa suficiente para cumplirla, se evade con frecuencia por debilidad; pues la vergüenza es el temor de perder un placer cuando la buena opinión de los hombres deleita más que la justicia que lleva al hombre a humillarse en la penitencia. Por lo cual, la misericordia de Dios es necesaria no sólo cuando el hombre se arrepiente, sino incluso para llevarlo a arrepentirse. ¿De qué otro modo explicar lo que el Apóstol dice de algunos: "si acaso Dios les conceda el arrepentimiento"? Y antes de que Pedro llorase amargamente, el evangelista nos dice: "El Señor se volvió y le miró."

    Cap. 83. El hombre que desprecia la misericordia de Dios es culpable del pecado contra el Espíritu Santo

    Cap. 83

    Ahora bien, el hombre que, no creyendo que los pecados son perdonados en la Iglesia, desprecia este gran don de la misericordia de Dios, y persiste hasta el último día de su vida en su obstinación de corazón, es culpable del pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, en quien Cristo perdona los pecados. Pero esta cuestión difícil la he discutido tan claramente como pude en un libro dedicado exclusivamente a este solo punto.

    Cap. 84. La resurrección de la carne da lugar a numerosas cuestiones

    Cap. 84

    Ahora, en cuanto a la resurrección de la carne —no una resurrección como la que algunos han tenido, los cuales volvieron a la vida por un tiempo y murieron de nuevo, sino una resurrección para la vida eterna, como resucitó el cuerpo de Cristo mismo—, no veo cómo puedo tratar la cuestión brevemente y, al mismo tiempo, dar respuesta satisfactoria a todas las preguntas que suelen plantearse al respecto. Pero que los cuerpos de todos los hombres —tanto los que han nacido como los que han de nacer, tanto los que han muerto como los que han de morir— han de resucitar, ningún cristiano debe tener la menor sombra de duda.

    Cap. 85. El caso de las concepciones abortivas

    Cap. 85

    De aquí surge, en primer lugar, una cuestión acerca de las concepciones abortivas, las cuales han nacido ciertamente en el vientre de la madre, mas no de modo que pudieran nacer de nuevo. Porque si decidiéramos que éstas han de resucitar, no podremos objetar nada a cualquier conclusión que se saque respecto de las que están plenamente formadas. Ahora bien, ¿quién hay que no se sienta más bien inclinado a pensar que los abortos informes perecen, como semillas que jamás han fructificado? Mas ¿quién se atreverá a negar, aunque no se atreva a afirmar, que en la resurrección todo defecto de forma será suplido, y que así la perfección que el tiempo habría traído no faltará, como tampoco estarán presentes las imperfecciones que el tiempo sí trajo: de suerte que la naturaleza no carecerá de nada conveniente y en armonía con ella que la largura de los días hubiera añadido, ni será envilecida por la presencia de cosa alguna de índole contraria que la largura de los días haya añadido; sino que lo que aún no está completo será completado, así como lo que ha sido dañado será renovado.

    Cap. 86. Si alguna vez han vivido, han de haber muerto por supuesto, y por tanto tendrán parte en la resurrección de los muertos

    Cap. 86

    Y por eso la siguiente cuestión puede ser investigada y discutida con sumo cuidado por los varones doctos, aunque no sé si está en el poder del hombre resolverla: En qué momento comienza a vivir el infante en el vientre: si la vida existe de forma latente antes de manifestarse en los movimientos del ser vivo. Negar que los pequeños que son extraídos miembro a miembro del vientre, para que si se les dejase allí muertos no muera también la madre, no hayan estado vivos jamás, parece demasiado audaz. Ahora bien, desde el momento en que un hombre comienza a vivir, desde ese momento le es posible morir. Y si muere, dondequiera que la muerte lo sorprenda, no alcanzo a descubrir en virtud de qué principio se le puede negar participación en la resurrección de los muertos.

    Cap. 87. El caso de los nacimientos monstruosos

    Cap. 87

    No es justo afirmar, ni siquiera de las monstruosidades que nacen y viven, por pronto que mueran, que no resucitarán, ni que resucitarán en su deformidad, y no más bien con un cuerpo enmendado y perfeccionado. Dios nos libre de que pensemos que el hombre de miembros dobles que nació recientemente en Oriente, de quien nos trajeron noticia hermanos dignísimos de crédito que lo habían visto — noticia que el presbítero Jerónimo, de santa memoria, dejó por escrito — ; Dios nos libre, digo, de pensar que en la resurrección habrá un solo hombre con miembros dobles, y no dos hombres distintos, como habría sucedido si hubieran sido mellizos. Y así, otros nacimientos, que por tener algo de más o de menos, o por ser muy deformes, se llaman monstruosidades, serán restaurados en la resurrección a la forma normal del hombre; y así cada alma poseerá su propio cuerpo; y ningún cuerpo estará unido a otro aunque hayan nacido en cohesión, sino que cada uno poseerá por separado todos los miembros que constituyen un cuerpo humano completo.
    Comentario editorial · Cuándo se escribió el libro
    En el Cap. 87, a propósito de un nacimiento monstruoso, Agustín cita a «Jerónimo, presbítero, de santa memoria», que dejó el caso por escrito: según el NPNF, en su carta a Vital, un hombre nacido en Lydda con dos cabezas, cuatro manos, un vientre y dos pies (la carta no se ha cotejado). Jerónimo murió el 30 de septiembre de 420 (Wikipedia), así que el libro es posterior: es la deducción de la nota introductoria del NPNF. Para el año, las fuentes consultadas dicen 421 («compuesto en 421», Catholic Encyclopedia; «hacia 421», Britannica de 1911; la lista de obras de Wikipedia); «421 o más tarde» (Schaff, History); «no terminado antes de 421» (NPNF, en una nota a Sobre el cuidado de los muertos, que las Retractaciones citan justo después). Wikipedia advierte que la cronología de Agustín es a menudo incierta. Esta edición dice «hacia 421».

    Cap. 88. La materia del cuerpo no perece jamás

    Cap. 88

    Ni la materia terrenal de que los cuerpos mortales de los hombres son creados perece jamás; sino que, aunque se disuelva en polvo y ceniza, o se disperse en vapores y exhalaciones, aunque se transforme en la sustancia de otros cuerpos, o se disgregue en los elementos, aunque llegue a ser alimento para bestias o para hombres, y se mude en carne de ellos, retorna en un instante a aquella alma humana que al principio lo animó, y que hizo que se convirtiese en hombre, y viviese y creciese.

    Cap. 89. Pero este material puede ser dispuesto de otra manera en el cuerpo de la resurrección

    Cap. 89

    Y esta materia terrenal, que cuando el alma la abandona se convierte en cadáver, no será en la resurrección restaurada de tal modo que las partes en que se separa, y que bajo diversas formas y apariencias llegan a ser partes de otras cosas (aunque todas ellas retornen al mismo cuerpo del que fueron separadas), deban necesariamente retornar a las mismas partes del cuerpo en que estuvieron originalmente situadas. Porque de otra manera, suponer que el cabello recobre todo lo que nuestros frecuentes cortes y afeitados le han quitado, y las uñas todo lo que tan a menudo hemos cortado, presenta a la imaginación un cuadro de fealdad y deformidad tal, que hace casi increíble la resurrección del cuerpo. Pero así como si una estatua de algún metal soluble fuese fundida por el fuego, o reducida a polvo, o reducida a una masa informe, y un escultor desease restaurarla a partir de la misma cantidad de metal, no importaría para la integridad de la obra en qué parte de la estatua se colocase una partícula cualquiera del material, con tal que la estatua restaurada contuviese todo el material de la original; así Dios, el Artífice de poder maravilloso e indecible, con maravillosa e indecible rapidez restaurará nuestro cuerpo, empleando todo el material del que en un principio constaba. Ni afectará a la integridad de su restauración el que los cabellos vuelvan a ser cabellos, y las uñas a ser uñas, o que la parte de éstos que hubiere perecido se mude en carne y sea llamada a ocupar su lugar en otra parte del cuerpo, cuidando el gran Artífice con sumo cuidado de que nada sea indecoroso ni esté fuera de lugar.

    Cap. 90. Si hay diferencias y desigualdades entre los cuerpos de los que resucitan, no habrá nada ofensivo o desproporcionado en ninguno

    Cap. 90

    Tampoco se sigue necesariamente que haya diferencias de estatura entre los que resucitan, porque las tuvieran diversas durante la vida; ni es cierto que los enjutos hayan de resucitar con su antigua delgadez, y los gruesos con su antigua gordura. Pero si entra en el designio del Creador que cada cual conserve sus propios rasgos peculiares y guarde una semejanza reconocible con su antiguo ser, mientras que en cuanto a los demás bienes corporales todos sean iguales, entonces la materia de que cada uno está compuesto podrá ser modificada de tal modo que nada se pierda, y que cualquier defecto sea suplido por Aquel que puede crear a su voluntad de la nada. Mas si en los cuerpos de los que resucitan ha de haber una desigualdad bien ordenada, como la hay en las voces que componen una plena armonía, entonces la materia del cuerpo de cada hombre será dispuesta de manera que forme un varón apto para las asambleas de los ángeles, y que no traiga entre ellos nada que hiera sus sensibilidades. Y ciertamente nada que sea indecoroso habrá allí; antes, todo cuanto allí hubiere será gracioso y conveniente: pues si algo no es decente, tampoco existirá.

    Cap. 91. Los cuerpos de los santos serán en la resurrección cuerpos espirituales

    Cap. 91

    Los cuerpos de los santos, pues, resucitarán libres de todo defecto, de toda mancha, así como de toda corrupción, peso y estorbo. Porque la facilidad de su movimiento será tan completa como su felicidad. De ahí que sus cuerpos hayan sido llamados espirituales, aunque sin duda serán cuerpos y no espíritus. Pues así como ahora el cuerpo es llamado animal, siendo cuerpo y no alma [anima], así entonces el cuerpo será llamado espiritual, siendo cuerpo, no espíritu. Por consiguiente, en lo que respecta a la corrupción que ahora agobia al alma, y a los vicios que incitan la carne a la concupiscencia contra el espíritu, no será entonces carne, sino cuerpo; pues hay cuerpos que son llamados celestiales. Por lo cual está dicho: "La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios"; y, como en explicación de esto, "ni la corrupción hereda la incorrupción". Lo que el apóstol llamó primero "carne y sangre", lo llama después "corrupción"; y lo que primero llamó "el reino de Dios", lo llama después "incorrupción". Pero en cuanto a la sustancia, aun entonces será carne. Pues aun después de la resurrección el cuerpo de Cristo fue llamado carne. El Apóstol, sin embargo, dice: "Se siembra cuerpo animal; resucitará cuerpo espiritual"; porque tan perfecta será entonces la armonía entre la carne y el espíritu, vivificando el espíritu la carne sojuzgada sin necesidad de alimento alguno, que ninguna parte de nuestra naturaleza estará en discordia con otra; sino que, así como estaremos libres de enemigos exteriores, así no nos tendremos a nosotros mismos por enemigos interiores.
    Comentario editorial · El cuerpo de la resurrección
    Los Cap. 84–92 tratan un solo artículo del Credo, la resurrección de la carne, y Agustín avisa de que no puede responder en breve a todo lo que se pregunta (84). Sostiene que todos resucitarán, y que los abortos y los nacidos con deformidad lo harán completos y bien formados (85–87); que la materia del cuerpo no perece y vuelve al alma que lo animó, aunque no necesariamente a las mismas partes, como una estatua refundida con el mismo metal (88–89); que no hace falta que se conserven las diferencias de estatura o de gordura (90); y que los cuerpos de los santos serán «espirituales» (), esto es, cuerpos y no espíritus, sin corrupción, peso ni estorbo, y todavía carne en cuanto a la sustancia (91). Los perdidos también resucitarán, para su castigo (92).

    Cap. 92. La resurrección de los perdidos

    Cap. 92

    Pero en cuanto a aquellos que, de la masa de perdición causada por el pecado del primer hombre, no son redimidos por el único Mediador entre Dios y los hombres, también ellos resucitarán, cada uno con su propio cuerpo, mas sólo para ser castigados con el diablo y sus ángeles. Ahora bien, si resucitarán con todas sus enfermedades y deformidades corporales, trayendo consigo los miembros enfermos y deformes que aquí poseyeron, sería trabajo perdido inquirirlo. Pues no hemos de fatigarnos especulando sobre su salud o su hermosura, cosas inciertas, cuando su eterna condenación es cosa cierta. Ni hemos de inquirir en qué sentido su cuerpo será incorruptible, si es susceptible de dolor; o en qué sentido corruptible, si está libre de la posibilidad de muerte. Porque no hay verdadera vida sino donde hay felicidad en la vida, ni verdadera incorrupción sino donde la salud no es quebrantada por dolor alguno. Mas cuando a los desdichados no se les permite morir, entonces, si así puedo decirlo, la muerte misma no muere; y donde el dolor sin tregua aflige al alma, y nunca llega a su fin, la corrupción misma no se consuma. Esto es lo que en la Sagrada Escritura se llama "la segunda muerte".

    Cap. 93. Tanto la primera como la segunda muerte son consecuencia del pecado. El castigo es proporcionado a la culpa

    Cap. 93

    Y ni la primera muerte, que ocurre cuando el alma es forzada a dejar el cuerpo, ni la segunda muerte, que ocurre cuando al alma no se le permite dejar el cuerpo doliente, habrían sido inflijidas al hombre si nadie hubiera pecado. Y, por supuesto, el castigo más leve de todos caerá sobre aquellos que no han añadido pecado actual alguno al pecado original que trajeron consigo; y en cuanto a los demás que han añadido tales pecados actuales, el castigo de cada uno serrá tanto más tolerable en el otro mundo cuanto menor haya sido su iniquidad en éste.
    Comentario editorial · Los niños que mueren sin bautismo
    El Cap. 93 dice que «el castigo más leve de todos» (en latín, mitissima poena) caerá sobre quienes no añadieron ningún pecado propio al original, y que en los demás la condenación será tanto más tolerable cuanto menor fue su iniquidad. La palabra «limbo» no aparece. Las lecturas difieren: Schaff escribe que Agustín redujo su condición a «una mera ausencia de bienaventuranza, sin sufrimiento real»; la Catholic Encyclopedia, que para Agustín esos niños comparten la miseria de los condenados, con la pena más suave; el texto dice «castigo» y «condenación» sin precisar en qué consiste. Según Wikipedia, el concilio de Cartago de 418 negó, en algunos manuscritos, que hubiera para ellos un lugar intermedio; los teólogos medievales, desde Abelardo, se apartaron de ese rigor (Catholic Encyclopedia), y en 2007 la Comisión Teológica Internacional publicó un documento sobre su esperanza de salvación (Wikipedia).

    Cap. 94. Los santos conocerán más plenamente en el otro mundo los beneficios que han recibido por la gracia

    Cap. 94

    Así, cuando los ángeles y hombres réprobos sean dejados para sufrir el castigo eterno, los santos conocerán más plenamente los beneficios que han recibido por la gracia. Entonces, contemplando los hechos reales, verán con mayor claridad el sentido de aquella expresión de los salmos: "Cantaré de misericordia y de juicio;" pues sólo por misericordia inmerecida es redimido alguno, y sólo en juicio bien merecido es condenado.

    Cap. 95. Los juicios de Dios serán entonces explicados

    Cap. 95

    Entonces se aclarará mucho de lo que ahora está oscuro. Por ejemplo, cuando de dos infantes, cuyos casos parecen en todo semejantes, uno es elegido para sí por la misericordia de Dios, y el otro es abandonado por su justicia (en lo cual el que es elegido puede reconocer lo que por justicia se le debía, si no hubiera intervenido la misericordia); por qué, de estos dos, el uno haya sido elegido antes que el otro, es para nosotros un problema insoluble. Y de nuevo, por qué no se obraron milagros en presencia de hombres que se habrían arrepentido al obrarse los milagros, mientras se obraron en presencia de otros de quienes se sabía que no se arrepentirían. Porque nuestro Señor dice con toda claridad: "¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! porque si las maravillas, que se hicieron en vosotras, se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo se habrían arrepentido en saco y en ceniza." Y ciertamente no hubo injusticia en que Dios no quisiera que se salvaran, aunque habrían podido salvarse si Él lo hubiera querido. Entonces se verá en la clarísima luz de la sabiduría lo que para los piadosos es ahora fe, aunque todavía no es cosa de conocimiento cierto: cuán segura, cuán inmutable y cuán eficaz es la voluntad de Dios; cuántas cosas puede hacer que no quiere hacer, aunque nada quiere que no pueda realizar; y cuán verdadero es el canto del salmista: "Mas nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso, ha hecho." Y esto ciertamente no es verdad, si Dios ha querido alguna vez algo que no ha realizado; y, peor aún, si fue la voluntad del hombre la que impidió al Omnipotente hacer lo que le placía. Nada, por tanto, sucede sino por la voluntad del Omnipotente, ya permitiéndolo Él, ya haciéndolo Él mismo.

    Cap. 96. El Dios omnipotente hace bien incluso al permitir el mal

    Cap. 96

    Ni podemos dudar que Dios hace bien incluso al permitir lo que es malo. Porque Él lo permite sólo en la justicia de su juicio. Y ciertamente todo lo que es justo es bueno. Aunque, por tanto, el mal, en cuanto mal, no es un bien; no obstante, el hecho de que exista el mal así como el bien, es un bien. Porque si no fuera un bien que el mal existiera, su existencia no sería permitida por el Bien omnipotente, quien sin duda puede tan fácilmente negarse a permitir lo que no quiere, como realizar lo que sí quiere. Y si no creemos esto, la primera frase misma de nuestro credo está en peligro, en la cual profesamos creer en Dios Padre Todopoderoso. Porque no es llamado verdaderamente Todopoderoso si no puede hacer todo lo que le place, o si el poder de su voluntad omnipotente es impedido por la voluntad de cualquier criatura.

    Cap. 97. ¿En qué sentido dice el Apóstol que "Dios quiere que todos los hombres se salven", cuando, de hecho, no todos se salvan?

    Cap. 97

    Por tanto, debemos inquirir en qué sentido se dice de Dios lo que el Apóstol ha dicho con suma verdad: "que quiere que todos los hombres se salven". Porque, de hecho, no todos, ni siquiera la mayoría, se salvan; de modo que parecería que lo que Dios quiere no se hace, la voluntad del hombre interfiriendo e impidiendo la voluntad de Dios. Cuando preguntamos la razón por la cual no todos los hombres se salvan, la respuesta ordinaria es: "Porque los hombres mismos no quieren". Esto, ciertamente, no puede decirse de los infantes, pues no está en su poder querer o no querer. Pero si pudiéramos atribuir a su voluntad los movimientos infantiles que hacen en el bautismo, cuando ofrecen toda la resistencia que pueden, nosotros deberíamos decir que tampoco ellos quieren ser salvos. Nuestro Señor dice claramente, empero, en el Evangelio, cuando reprende a la ciudad impía: "¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!", como si la voluntad de Dios hubiera sido vencida por la voluntad de los hombres, y cuando los más débiles se interpusieron con su falta de voluntad, la voluntad del más fuerte no pudo cumplirse. Y ¿dónde está aquella omnipotencia que ha hecho todo lo que le plugo en el cielo y en la tierra, si Dios quiso juntar a los hijos de Jerusalén y no lo llevó a cabo? ¿o más bien, Jerusalén no quiso que sus hijos fuesen juntados? Pero aunque ella no quiso, Él juntó a tantos de sus hijos como quiso; pues Él no quiere unas cosas y las hace, y quiere otras y no las hace; sino que "ha hecho todo lo que ha querido en el cielo y en la tierra".

    Cap. 98. La predestinación a la vida eterna es enteramente de la gracia gratuita de Dios

    Cap. 98

    Y, además, ¿quién será tan necio y blasfemo como para decir que Dios no puede mudar las malas voluntades de los hombres, cualesquiera, cuandoquiera y dondequiera que Él escoja, y dirigirlas hacia lo bueno? Pero cuando hace esto, lo hace por misericordia; cuando no lo hace, por justicia no lo hace; porque "Él tiene misericordia de quien Él quiere tener misericordia, y a quien Él quiere endurece." Y cuando el apóstol dijo esto, estaba ilustrando la gracia de Dios, en relación con la cual acababa de hablar de los gemelos en el vientre de Rebeca, "quienes no habiendo aún nacido, ni habiendo hecho bien o mal alguno, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras, sino por el que llama, le fue dicho: El mayor servirá al menor." Y en referencia a este asunto cita otro testimonio profético: "A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí." Pero percibiendo cómo lo que había dicho podría afectar a aquellos que no podían penetrar con su entendimiento la profundidad de esta gracia: "¿Qué diremos, pues?" dice: "¿Hay injusticia en Dios? ¡De ninguna manera!" Porque parece injusto que, en ausencia de mérito o demérito alguno, por obras buenas o malas, Dios ame al uno y aborrezca al otro. Ahora bien, si el apóstol hubiera querido que entendiésemos que había obras buenas futuras del uno, y obras malas del otro, las cuales, por supuesto, Dios preconocía, nunca habría dicho "no por las obras", sino "por las obras futuras", y de ese modo habría resuelto la dificultad, o más bien no habría entonces habido dificultad alguna que resolver. Pero, tal como están las cosas, después de responder "¡De ninguna manera!"; esto es, Dios no permita que haya injusticia en Dios; procede a probar que no hay injusticia en que Dios haga esto, y dice: "Porque a Moisés dice: Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia, y me compadeceré de quien yo me compadezca." Ahora bien, ¿quién sino un necio pensaría que Dios es injusto, ya sea infligiendo justicia penal sobre aquellos que la han merecido, ya sea extendiendo misericordia a los indignos? Luego saca su conclusión: "Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia." Así, ambos gemelos nacieron hijos de ira, no por obras propias algunas, sino porque estaban atados en las cadenas de aquella condenación original que vino por Adán. Pero Aquel que dijo: "Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia", amó a Jacob por su gracia inmerecida, y aborreció a Esaú por su merecido juicio. Y como este juicio era debido a ambos, el primero aprendió del caso del segundo que el hecho de que el mismo castigo no cayera sobre él no le daba lugar a gloriarse en mérito propio alguno, sino sólo en las riquezas de la divina gracia; porque "no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia." Y en verdad, todo el rostro, y, si se me permite la expresión, cada lineamento de la faz de la Escritura comunica, por una muy profunda analogía, esta saludable advertencia a todo aquel que la mira con atención: que quien se gloría, gloríese en el Señor.

    Cap. 99. Así como la misericordia de Dios es gratuita, así sus juicios son justos, y no pueden ser contradichos

    Cap. 99

    Ahora bien, después de encomendar la misericordia de Dios, diciendo: "Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia", para encomendar también su justicia (pues el hombre que no alcanza misericordia no halla iniquidad, sino justicia, no habiendo iniquidad en Dios), añade inmediatamente: "Porque la Escritura dice a Faraón: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado por toda la tierra." Y luego saca una conclusión que se aplica a ambas cosas, es decir, tanto a su misericordia como a su justicia: "Así que, del que quiere tiene misericordia, y al que quiere endurece." "Tiene misericordia" por su gran bondad, "endurece" sin injusticia alguna; de modo que ni el perdonado puede gloriarse en mérito propio alguno, ni el condenado quejarse sino de su propio demérito. Pues sólo la gracia separa a los redimidos de los perdidos, habiendo estado todos envueltos en una común perdición por su común origen. Ahora bien, si alguno, al oír esto, dijera: "¿Por qué, pues, inculpa todavía? porque ¿quién ha resistido a su voluntad?", como si el hombre no debiera ser culpado por ser malo, porque Dios tiene misericordia de quien quiere y al que quiere endurece, no permita Dios que nos avergoncemos de responder como vemos que respondió el apóstol: "Antes bien, oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modeló: Por qué me has hecho así? ¿No tiene el alfarero poder sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?" Ahora bien, algunos necios piensan que en este lugar el apóstol no tenía respuesta que dar; y, a falta de una razón que aducir, reprendió la presunción de su interlocutor. Pero hay gran peso en esta sentencia: "Antes bien, oh hombre, ¿quién eres tú?"; y en una materia como ésta sugiere al hombre en una sola palabra los límites de su capacidad, y al mismo tiempo transmite en realidad una razón importante. Porque si un hombre no entiende estas cosas, ¿quién es él para replicar contra Dios? Y si las entiende, no halla ya lugar para réplica alguna. Pues entonces percibe que todo el género humano fue condenado en su cabeza rebelde por un juicio divino tan justo que, si ni un solo miembro del género humano hubiera sido redimido, nadie podría con justicia haber puesto en duda la justicia de Dios; y que era justo que los redimidos fueran redimidos de tal manera que se mostrara, por el mayor número de los no redimidos y dejados en su justa condenación, lo que todo el género humano merecía, y a dónde el merecido juicio de Dios llevaría aun a los redimidos, si no se interpusiera su misericordia inmerecida, para que se cierre toda boca de los que quieren gloriarse en sus propios méritos, y para que el que se gloría, se gloríe en el Señor.

    Cap. 100. La voluntad de Dios nunca es derrotada, aunque se haga mucho que es contrario a su voluntad

    Cap. 100

    Éstas son las grandes obras del Señor, escudriñadas según toda su voluntad, y tan sabiamente escudriñadas, que cuando la creación inteligente, tanto angélica como humana, pecó, haciendo no su voluntad sino la propia, Él usó la misma voluntad de la criatura que obraba en oposición a la voluntad del Creador como instrumento para llevar a cabo su voluntad, el sumamente Bueno convirtiendo así en bien incluso lo que es malo, para condenación de aquellos a quienes en su justicia ha predestinado al castigo, y para salvación de aquellos a quienes en su misericordia ha predestinado a la gracia. Porque, en lo que respecta a su propia conciencia, estas criaturas hicieron lo que Dios no quería que se hiciera; pero en vista de la omnipotencia de Dios, de ningún modo pudieron lograr su propósito. Pues en el hecho mismo de que obraron en oposición a su voluntad, se cumplió su voluntad respecto a ellos. Y de ahí que "las obras del Señor son grandes, escudriñadas según toda su voluntad", porque de un modo indeciblemente extraño y maravilloso, incluso lo que se hace en oposición a su voluntad no derrota su voluntad. Pues no se haría si Él no lo permitiera (y por supuesto su permiso no es de mala gana, sino voluntario); ni un Ser Bueno permitiría que se hiciera el mal sino porque en su omnipotencia puede convertir el mal en bien.

    Cap. 101. La voluntad de Dios, que es siempre buena, se cumple a veces por la voluntad malvada del hombre

    Cap. 101

    Sucede a veces, sin embargo, que un hombre, en la bondad de su voluntad, desea algo que Dios no desea, aunque la voluntad de Dios es también buena, y aún más plena y seguramente buena (pues su voluntad jamás puede ser mala): por ejemplo, si un hijo bueno desea con ansia que su padre viva, cuando es la buena voluntad de Dios que muera. Y a la inversa, es posible que un hombre de voluntad mala desee lo que Dios quiere en su bondad: por ejemplo, si un mal hijo desea que su padre muera, cuando esto es también la voluntad de Dios. Es evidente que el primero desea lo que Dios no desea, y que el segundo desea lo que Dios sí desea; y sin embargo, el amor filial del primero está más en armonía con la buena voluntad de Dios, aunque su deseo difiera del de Dios, que la falta de afecto filial del segundo, aunque su deseo coincida con el de Dios. Tan necesario es, para determinar si el deseo de un hombre ha de aprobarse o reprobarse, considerar qué es lo que conviene que desee el hombre y qué conviene que desee Dios, y cuál es en cada caso el verdadero motivo de la voluntad. Pues Dios cumple algunos de sus propósitos, los cuales, desde luego, son todos buenos, por medio de los malos deseos de los hombres impíos: por ejemplo, por medio de los perversos designios de los judíos, ejecutando el buen propósito del Padre, fue Cristo muerto; y este acontecimiento fue tan verdaderamente bueno, que cuando el Apóstol Pedro manifestó no querer que sucediera, fue llamado Satanás por Aquel que había venido a ser muerto. ¡Qué buenas parecían las intenciones de los piadosos creyentes que no querían que Pablo subiera a Jerusalén, para que no le sobreviniesen allí los males que Agabo había predicho! Y sin embargo, era propósito de Dios que padeciese esos males por predicar la fe de Cristo, y con ello se convirtiese en testigo de Cristo. Y este propósito suyo, que era bueno, no lo cumplió Dios por los buenos consejos de los cristianos, sino por los malos consejos de los judíos; de modo que quienes se oponían a su propósito eran más verdaderamente sus siervos que aquellos que fueron los instrumentos voluntarios de su realización.

    Cap. 102. La voluntad del Dios omnipotente nunca es derrotada, y nunca es mala

    Cap. 102

    Pero por fuertes que sean los propósitos de los ángeles o de los hombres, ya sean buenos o malos, ya coincidan estos propósitos con la voluntad de Dios o se opongan a ella, la voluntad del Omnipotente nunca es derrotada; y su voluntad nunca puede ser mala; porque incluso cuando inflige el mal es justa, y lo que es justo ciertamente no es malo. El Dios omnipotente, pues, ya en su misericordia se compadezca de quien quiere, ya en su juicio endurezca a quien quiere, nunca es injusto en lo que hace, nunca hace nada sino por su propio libre albedrío, y nunca quiere nada que no realice.

    Cap. 103. Interpretación de la expresión en 1 Tim. II. 4: "el cual quiere que todos los hombres sean salvos"

    Cap. 103

    Por consiguiente, cuando oímos y leemos en la Escritura que Él "quiere que todos los hombres sean salvos", aunque bien sabemos que no todos los hombres se salvan, no por ello hemos de restringir la omnipotencia de Dios, sino más bien entender la Escritura, "el cual quiere que todos los hombres sean salvos", como significando que ningún hombre se salva a menos que Dios quiera su salvación: no que no haya hombre cuya salvación Él no quiera, sino que ningún hombre se salva aparte de su voluntad; y que, por tanto, debemos rogarle que quiera nuestra salvación, porque si Él la quiere, necesariamente ha de cumplirse. Y era de la oración a Dios de lo que hablaba el apóstol cuando usó esta expresión. Y según el mismo principio interpretamos la expresión del Evangelio: "La luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene al mundo": no que no haya hombre que no sea alumbrado, sino que ningún hombre es alumbrado sino por Él. O bien se dice: "El cual quiere que todos los hombres sean salvos"; no que no haya hombre cuya salvación Él no quiera (pues ¿cómo explicar entonces el hecho de que no quisiera obrar milagros en presencia de algunos que, según dijo, se habrían arrepentido si los hubiera obrado?), sino que hemos de entender por "todos los hombres" el género humano en todas sus variedades de rango y de circunstancia: reyes y súbditos; nobles y plebeyos, altos y bajos, letrados e iletrados; los sanos de cuerpo, los débiles, los listos, los tardos, los necios, los ricos, los pobres y los de mediana condición; varones y mujeres, infantes, niños y mancebos; jóvenes, maduros y ancianos; de toda lengua, de toda índole, de todas las artes, de todos los oficios, con todas las innumerables diferencias de voluntad y de conciencia, y cuanto más hay que establece distinción entre los hombres. Porque ¿de cuál de todas estas clases hay alguna de la que Dios no quiera que los hombres sean salvos en todas las naciones por medio de su Unigénito Hijo, nuestro Señor, y por tanto los salve?; pues el Omnipotente no puede querer en vano cosa alguna que quiera. Ahora bien, el apóstol había ordenado que se hicieran oraciones por todos los hombres, y había añadido especialmente: "Por los reyes y por todos los que están en autoridad", los cuales podría suponerse que, en el orgullo y la pompa de la posición mundana, rehúyen la humildad de la fe cristiana. Luego, diciendo: "Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador", es decir, que se hagan oraciones por tales personas, añade inmediatamente, como para quitar todo motivo de desesperación: "El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad." Dios, pues, en su gran condescendencia, ha juzgado bueno conceder a las oraciones de los humildes la salvación de los encumbrados; y ciertamente tenemos muchos ejemplos de ello. También nuestro Señor usa el mismo modo de hablar en el Evangelio, cuando dice a los fariseos: "Vosotros diezmáis la menta, y la ruda, y toda hierba." Porque los fariseos no diezmaban lo que pertenecía a otros, ni todas las hierbas de todos los habitantes de otras tierras. Así como en este lugar hemos de entender por "toda hierba" toda clase de hierbas, así en el pasaje anterior podemos entender por "todos los hombres" toda suerte de hombres. Y podemos interpretarlo de cualquier otro modo que nos plazca, con tal de que no nos veamos obligados a creer que el Dios omnipotente ha querido que se hiciese algo que no se hizo: pues, dejando a un lado todas las ambigüedades, si "todo lo que quiso ha hecho en el cielo y en la tierra", como canta de Él el salmista, ciertamente no quiso hacer nada que no haya hecho.
    Comentario editorial · La predestinación y «todos los hombres»
    Entre los Cap. 95 y 103 Agustín sostiene que nada ocurre sino por la voluntad del Omnipotente, que lo hace o lo permite, y que la gracia separa a redimidos y perdidos sin que se alcance el porqué en cada caso: de dos niños en circunstancias iguales, uno es elegido y otro abandonado, «un problema insoluble» (95). El Cap. 98 lee (Jacob y Esaú, el faraón) y rechaza que la elección dependa de obras futuras previstas; el 100 habla de los que Dios «ha predestinado» al castigo, con justicia, y de los que «ha predestinado» a la gracia (praedestinavit ad poenam… ad gratiam). El Cap. 103 entiende , «quiere que todos los hombres sean salvos», como «ninguno se salva si Él no quiere» o como «todo género de hombres». Volvió sobre el tema en Sobre la corrección y la gracia (426/7) y en Sobre la predestinación de los santos y Sobre el don de la perseverancia (428/9; Wikipedia).

    Cap. 104. Dios, preconociendo el pecado del primer hombre, ordenó sus propios designios en consecuencia

    Cap. 104

    Por tanto, Dios habría estado dispuesto a conservar incluso al primer hombre en aquel estado de salvación en que fue creado, y después de haber engendrado hijos, trasladarlo en el momento oportuno, sin intervención de la muerte, a un lugar mejor, donde no sólo habría estado libre de pecado, sino libre incluso del deseo de pecar, si hubiera previsto que el hombre tendría la voluntad firme de perseverar en el estado de inocencia en que fue creado. Pero como previó que el hombre haría mal uso de su libre albedrío, esto es, que pecaría, Dios ordenó sus propios designios más bien con miras a hacer bien al hombre aun en su pecado, para que así la buena voluntad del Omnipotente no quedase anulada por la mala voluntad del hombre, sino que se cumpliese a pesar de ella.

    Cap. 105. El hombre fue creado de tal modo que pudiera elegir el bien o el mal: en la vida futura, la elección del mal será imposible

    Cap. 105

    Ahora bien, era conveniente que el hombre fuese creado al principio de tal modo que tuviera en su poder tanto el querer lo recto como el querer lo malo; no sin recompensa si quería lo primero, y no sin castigo si quería lo segundo. Pero en la vida futura no estará en su poder el querer el mal; y, sin embargo, esto no constituirá restricción alguna a la libertad de su voluntad. Al contrario, su voluntad será mucho más libre cuando le sea del todo imposible ser esclavo del pecado. Jamás deberíamos pensar en culpar a la voluntad, o en decir que no era voluntad, o que no debía llamarse libre, cuando de tal modo deseamos la felicidad, que no solamente rehuimos la miseria, sino que nos resulta absolutamente imposible hacer otra cosa. Así como, pues, el alma encuentra ahora imposible desear la desdicha, así en el futuro le será del todo imposible desear el pecado. Pero no había de quebrantarse la disposición de Dios, según la cual quisó mostrar cuán bueno es un ser racional que es capaz incluso de abstenerse del pecado, y cuánto mejor es aquel que no puede pecar en absoluto; así como aquella era una especie inferior de inmortalidad, y sin embargo era inmortalidad, cuando le era posible al hombre evitar la muerte, aunque está reservada para el futuro una inmortalidad más perfecta, cuando le será imposible al hombre morir.

    Cap. 106. La gracia de Dios fue necesaria para la salvación del hombre tanto antes de la caída como después de ella

    Cap. 106

    La primera inmortalidad la perdió el hombre por el ejercicio de su libre albedrío; la segunda la obtendrá por la gracia, mientras que, si no hubiera pecado, la habría obtenido por mérito. Pero aun en ese caso no habría podido haber mérito sin la gracia; porque, aunque el mero ejercicio del libre albedrío del hombre bastaba para introducir el pecado, su libre albedrío no habría bastado para mantenerse en la justicia, si Dios no lo hubiera ayudado comunicándole una porción de su bondad inmutable. Así como está en poder del hombre morir cuando quiera (pues, por no hablar de otros medios, cualquiera puede poner fin a su vida con la simple abstinencia de alimentos), pero la mera voluntad no puede conservar la vida en ausencia de alimento y de los demás medios de vida; así el hombre en el paraíso podía, por su mera voluntad, con sólo abandonar la justicia, destruirse a sí mismo; pero mantener una vida de justicia habría sido demasiado para su voluntad, si no hubiera sido sostenida por el poder del Creador. Sin embargo, después de la caída fue necesario un ejercicio más abundante de la misericordia de Dios, porque la voluntad misma tenía que ser liberada de la esclavitud en que estaba retenida por el pecado y la muerte. Y la voluntad no debe en grado alguno su libertad a sí misma, sino únicamente a la gracia de Dios que viene por la fe en Jesucristo; de modo que la misma voluntad, por la cual aceptamos todos los demás dones de Dios que nos conducen a su don eterno, es preparada por el Señor, como dice la Escritura.

    Cap. 107. La vida eterna, aunque es galardón de las buenas obras, es en sí misma un don de Dios

    Cap. 107

    Así pues, aun la vida eterna misma, que ciertamente es el galardón de las buenas obras, el apóstol la llama don de Dios. "Porque la paga del pecado —dice— es muerte; mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro." La paga (stipendium) se da como recompensa del servicio militar; no es un don: por eso dice: "La paga del pecado es muerte", para mostrar que la muerte no fue infligida sin merecimiento, sino como la justa recompensa del pecado. Pero un don, a menos que sea enteramente inmerecido, no es don en absoluto. Hemos de entender, pues, que los buenos merecimientos del hombre son ellos mismos don de Dios, de modo que cuando éstos alcanzan la recompensa de la vida eterna, es simplemente gracia otorgada por gracia. Así, pues, el hombre fue hecho recto de tal manera que, aunque incapaz de permanecer en su rectitud sin la ayuda divina, podía, por su mera voluntad, apartarse de ella. Y cualquiera de estos dos caminos que hubiera elegido, la voluntad de Dios se habría cumplido, ya por él, ya acerca de él. Por tanto, como eligió hacer su propia voluntad antes que la de Dios, la voluntad de Dios se cumple acerca de él; porque Dios, de una misma masa de perdición que constituye la raza humana, hace un vaso para honra, otro para deshonra; para honra por misericordia, para deshonra por juicio; a fin de que nadie se gloríe en el hombre, y por consiguiente no en sí mismo.

    Cap. 108. Un Mediador era necesario para reconciliarnos con Dios; y si este Mediador no hubiera sido Dios, no habría podido ser nuestro redentor

    Cap. 108

    Porque no podíamos ser redimidos, ni aun por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, si Él no fuera también Dios. Ahora bien, cuando Adá fue creado, é, siendo hombre justo, no tuvo necesidad de mediador. Pero cuando el pecado hubo puesto un abiso profundo entre Dios y el géero humano, fue conveniente que un Mediador, el único de la raza humana que nació, vivió y murió sin pecado, nos reconiliase con Dios y nos alcazase aun para nuestros cueros la resurrección a la vida eterna, a fin de que la soberbia del hombre fuese puesta de manifiesto y curada mediante la humildad de Dios; de que el hombre viera cuá lejos se había apartado de Dios, cuando Dios se encaró para traerlo de nuevo; de que se diea ejemplo al hombre desobediente en la vida de obediencia del Dios-Hombre; de que la fuente de la gracia se abriese al tomar el Unigénito la forma de siervo, forma que no tenía mérito alguno anteror; de que se diea una prenda de aquella resurrección de la carne prometida a los redimidos en la resurrección del Redentor; de que el diablo fuese vencido por la misma naturalea que se jactaba de haber engañado, sin que el hombre fuese glorificado, para que no reaciese de nuevo la soberbia; y, en fin, con miras a todas las ventajas que los hombres discretos pueden persibir y describir, o persibir sin ser capaces de describir, como dimanantes del misterio trascendente de la persona del Mediador.

    Cap. 109. El estado del alma durante el intervalo entre la muerte y la resurrección

    Cap. 109

    Durante el tiempo, además, que media entre la muerte de un hombre y la resurrección final, el alma mora en un retiro oculto, donde goza de descanso o sufre aflicción justo en proporción al mérito que ha ganado por la vida que llevó en la tierra.

    Cap. 110. El beneficio que reciben las almas de los difuntos de los sacramentos y limosnas de sus amigos vivos

    Cap. 110

    Ni se puede negar que las almas de los difuntos son beneficiadas por la piedad de sus amigos vivos, quienes ofrecen el sacrificio del Mediador, o dan limosna en la Iglesia en su favor. Pero estos servicios son de provecho solamente para aquellos que durante su vida han ganado tal mérito, que servicios de esta clase pueden ayudarles. Porque hay un género de vida que ni es tan bueno que no necesite de estos servicios después de la muerte, ni tan malo que tales servicios sean de ningún provecho después de la muerte; hay, por otra parte, un género de vida tan bueno que no los necesita; y, a su vez, uno tan malo que, acabada la vida, no prestan ayuda alguna. Por tanto, es en esta vida donde se adquiere todo el mérito o demérito, que puede aliviar o agravar los padecimientos de un hombre después de esta vida. Nadie, pues, debe esperar que después de muerto obtendrá ante Dios mérito que haya descuidado granjear aquí. Y de consiguiente es llano que los servicios que la Iglesia celebra por los difuntos no se oponen en manera alguna a las palabras del Apóstol: "Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba las cosas hechas en su cuerpo, conforme a lo que haya hecho, sea bueno o sea malo;" pues el mérito que hace que tales servicios, como digo, aprovechen a un hombre, se gana mientras vive en el cuerpo. No es a todos a quienes estos servicios aprovechan. ¿Y por qué no aprovechan a todos, sino por la diferencia de los géneros de vida que los hombres llevan en el cuerpo? Cuando, pues, se ofrecen sacrificios, ya del altar, ya de limosnas, por todos los difuntos bautizados, son acciones de gracias por los muy buenos, son ofrendas propiciatorias por los no muy malos, y en el caso de los muy malos, aunque no aprovechan a los difuntos, son una especie de consuelo para los vivos. Y donde son provechosos, su beneficio consiste o en obtener una plena remisión de los pecados, o al menos en hacer la condenación más tolerable.

    Cap. 111. Después de la resurrección habrá dos reinos distintos, uno de felicidad eterna, el otro de miseria eterna

    Cap. 111

    Después de la resurrección, sin embargo, cuando el juicio final y universal haya sido completado, habrá dos reinos, cada uno con sus propios límites distintos, uno de Cristo, el otro del diablo; uno compuesto de los buenos, el otro de los malos, — ambos, sin embargo, compuestos de ángeles y hombres. Aquél no tendrá voluntad, éste no tendrá poder, de pecar, y ninguno de los dos tendrá poder para elegir la muerte; sino que aquél vivirá verdadera y dichosamente en la vida eterna, éste arrastrará una existencia miserable en la muerte eterna sin poder morir; porque tanto la vida como la muerte serán sin fin. Pero entre aquéllos habrá grados de felicidad, siendo uno más eminentemente feliz que otro; y entre éstos habrá grados de miseria, siendo uno más tolerablemente miserable que otro.

    Cap. 112. No hay fundamento en la Escritura para la opinión de los que niegan la eternidad de los castigos futuros

    Cap. 112

    En vano, pues, algunos, y ciertamente muchísimos, se lamentan del castigo eterno y de los tormentos perpetuos e ininterrumpidos de los condenados, y dicen que no creen que haya de ser así; no, ciertamente, porque se opongan directamente a la Sagrada Escritura, sino que, por sugestión de sus propios sentimientos, suavizan todo lo que parece duro, y dan un giro más benigno a afirmaciones que piensan que están destinadas más a aterrorizar que a ser recibidas como literalmente verdaderas. Porque "¿Ha olvidado Dios el tener misericordia?" — dicen — "¿Ha encerrado con ira sus piedades?" Ahora bien, esto lo leen en uno de los santos salmos. Pero sin duda hemos de entenderlo como dicho de aquellos que en otra parte son llamados "vasos de misericordia", porque aun ellos son librados de la miseria no por mérito alguno propio, sino únicamente por la piedad de Dios. O, si los hombres de quienes hablamos insisten en que este pasaje se aplica a todo el género humano, no hay razón para que por ello supongan que habrá fin del castigo de aquellos de quienes se dice: "Éstos irán al tormento eterno"; porque éste terminará del mismo modo y al mismo tiempo que la felicidad de aquellos de quienes se dice: "mas los justos a la vida eterna". Pero supongan, si el pensamiento les agrada, que las penas de los condenados son, a ciertos intervalos, en algún grado aliviadas. Pues aun en este caso la ira de Dios, esto es, su condenación (porque es esto, y no algún sentimiento perturbado en la mente de Dios, lo que se llama su ira), permanece sobre ellos; es decir, su ira, aunque todavía permanece, no encierra sus piedades; aunque sus piedades se manifiestan, no en poner fin a su castigo eterno, sino en mitigar, o en concederles un respiro de, sus tormentos; porque el salmo no dice: "para poner fin a su ira", o "cuando su ira haya pasado", sino "en su ira". Ahora bien, si esta ira estuviera sola, o si existiera en el más mínimo grado concebible, con todo, ser perdido del reino de Dios, ser un desterrado de la ciudad de Dios, ser alejado de la vida de Dios, no tener parte en aquel gran bien que Dios ha guardado para los que le temen, y ha obrado para los que en Él confían, sería un castigo tan grande, que, suponiéndolo eterno, ningún tormento que conozcamos, prolongado por cuantas edades pueda concebir la imaginación del hombre, podría comparársele.

    Cap. 113. La muerte de los impíos será eterna en el mismo sentido que la vida de los santos

    Cap. 113

    Esta muerte perpetua de los impíos, pues, esto es, su alejamiento de la vida de Dios, permanecerá para siempre, y será común a todos ellos, cualesquiera que sean las conjeturas que los hombres, movidos por afectos humanos, puedan hacer sobre variedad de castigos, o sobre mitigación o intermisión de sus males; así como la vida eterna de los santos permanecerá para siempre, y será común a todos ellos, cualesquiera que sean los grados de dignidad y honor que pueda haber entre aquellos que resplandecen con un brillo armonioso.

    Segunda parte: la esperanza (Cap. 114–116)

    Cap. 114. Habiendo tratado de la fe, pasamos ahora a hablar de la esperanza

    Todo lo que pertenece a la esperanza está comprendido en el Padre Nuestro

    Cap. 114

    De esta confesión de fe, que está brevemente comprendida en el Credo, y que, entendida carnalmente, es leche para niños, pero, aprehendida y estudiada espiritualmente, es alimento para hombres fuertes, brota la buena esperanza de los creyentes; y ésta va acompañada de una santa caridad. Pero de estas cosas, todas las cuales son verdaderos objetos de fe, sólo pertenecen a la esperanza aquellas que están comprendidas en el Padre Nuestro. Pues "Maldito el hombre que confía en el hombre" es el testimonio de la Sagrada Escritura; y, por consiguiente, esta maldición alcanza también al hombre que confía en sí mismo. Por tanto, no debemos pedir nada sino de Dios el Señor, ni lo que esperamos hacer bien, ni lo que esperamos obtener como recompensa de nuestras buenas obras.

    Cap. 115. Las siete peticiones del Padre Nuestro, según Mateo

    Cap. 115

    En consecuencia, en el Evangelio según Mateo la oración del Padre Nuestro parece comprender siete peticiones, de las cuales tres piden bienes eternos, y las cuatro restantes bienes temporales; pero ésos últimos son necesarios antecedentes para la obtención de los eternos. Pues cuando decimos: "Santificado sea tu nombre: venga tu reino: hágase tu voluntad en la tierra, como en el cielo" (lo cual algunos han interpretado, no sin razón, en el cuerpo y en el espíritu), pedimos bienes que han de gozarse para siempre; los cuales empizan ciertamente en este mundo, y crecen en nosotros a medida que crecemos en gracia, pero en su estado perfecto, que ha de esperarse en la otra vida, serán posesión eterna. Mas cuando decimos: "Danos hoy nuestro pan cotidiano: y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores: y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal", ¿quién no ve que pedimos bienes que se refieren a las necesidades de esta vida presente? En aquella vida eterna, donde esperamos vivir para siempre, la santificación del nombre de Dios, y su reino, y su voluntad en nuestro espíritu y cuerpo, serán llevados a la perfección, y durarón por siempre. Pero nuestro pan cotidiano se llama así porque aquí hay necesidád constante de tanto alimento cuanto demandan el espíritu y la carne, ya enténdamos la expresión espíritualmente, o carnálmente, o en ambos sentidos. Aquí también necesitamos el perdón que pedimos, pues aquí cometemos los pecados; aquí están las tentaciones que nos atraen o nos empujan al pecado; aquí, en una palabra, está el mal del cual deseamos ser librados: pero en aquel otro mundo no habrá nada de esto.

    Cap. 116. Lucas expresa la sustancia de estas siete peticiones más brevemente en cinco

    Cap. 116

    Pero el evangelista Lucas en su versión de la oración del Padre Nuestro abarca no siete, sino cinco peticiones: no, por supuesto, que haya discrepancia alguna entre los dos evangelistas, sino que Lucas indica con su misma brevedad el modo en que han de entenderse las siete peticiones de Mateo. Pues el nombre de Dios es santificado en el espíritu; y el reino de Dios vendrá en la resurrección de la carne. Lucas, por tanto, queriendo mostrar que la tercera petición es una especie de repetición de las dos primeras, ha optado por indicarlo omitiendo por completo la tercera. Luego añade otras tres: una por el pan cotidiano, otra por el perdón del pecado, otra por la preservación de la tentación. Y lo que Mateo pone como última petición, "mas líbranos del mal", Lucas lo ha omitido, para mostrarnos que está comprendida en la petición anterior acerca de la tentación. Mateo, en efecto, dice él mismo: "mas líbranos", no "y líbranos", como para mostrar que las peticiones son virtualmente una sola: no esto, sino esto; de modo que todo hombre ha de entender que es librado del mal en el hecho mismo de no ser conducido a la tentación.
    Comentario editorial · Siete peticiones en Mateo, cinco en Lucas
    Agustín cuenta siete peticiones en —tres por bienes eternos y cuatro por los de esta vida (Cap. 115)— y cinco en . Lucas, dice, calló la tercera («hágase tu voluntad») para indicar que repite las dos primeras, y la última («líbranos del mal») porque está contenida en la petición sobre la tentación (Cap. 116). Dos notas del editor del NPNF (P. S.) observan que esas peticiones se conservan en la Biblia King James, pero las omite la Revised Version «según las autoridades más antiguas»: la forma breve de Lucas, que Agustín lee como clave de Mateo, es también la que esa revisión prefirió.
    Para ampliar: Sobre la oración, de Orígenes, y El sermón del Señor en el monte, de Agustín, que comentan también el Padrenuestro.

    Tercera parte: la caridad (Cap. 117–122)

    Cap. 117. La caridad, que es mayor que la fe y la esperanza, es derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo

    Cap. 117

    Y ahora, en cuanto a la caridad, que el Apóstol declara ser mayor que las otras dos gracias, esto es, que la fe y la esperanza, cuanto mayor es la medida en que habita en un hombre, tanto mejor es el hombre en quien habita. Pues cuando se trata de saber si un hombre es bueno, no se pregunta qué cree, o qué espera, sino qué ama. Porque el hombre que ama rectamente sin duda cree y espera rectamente; mientras que el hombre que no tiene caridad cree en vano, aunque sus creencias sean verdaderas; y espera en vano, aunque los objetos de su esperanza sean parte real de la verdadera felicidad; a menos, ciertamente, que crea y espere esto: obtener por la oración la bendición de la caridad. Pues, aunque no es posible esperar sin caridad, puede, sin embargo, suceder que un hombre no ame aquello que es necesario para alcanzar su esperanza; como, por ejemplo, si espera la vida eterna (¿y quién hay que no desee esto?) y, no obstante, no ama la justicia, sin la cual nadie puede alcanzar la vida eterna. Ahora bien, ésta es la verdadera fe de Cristo de la que habla el Apóstol, "que actúa por la caridad"; y si hay algo que todavía no abraza en su caridad, pide recibirlo, busca hallarlo y llama para que se le abra. Pues la fe obtiene por la oración aquello que la ley manda. Porque sin el don de Dios, esto es, sin el Espíritu Santo, por quien la caridad es derramada en nuestros corazones, la ley puede mandar, pero no puede ayudar; y, además, hace al hombre transgresor, pues ya no puede excusarse con el pretexto de la ignorancia. Ahora bien, la concupiscencia carnal reina donde no está la caridad de Dios.

    Cap. 118. Las cuatro etapas de la vida del cristiano, y las cuatro etapas correspondientes de la historia de la Iglesia

    Cap. 118

    Cuando, sumido en las más oscuras profundidades de la ignorancia, el hombre vive según la carne, sin ser perturbado por lucha alguna de la razón o de la conciencia, éste es su primer estado. Después, cuando por la ley ha venido el conocimiento del pecado, y el Espíritu de Dios no ha interpuesto aún su auxilio, el hombre, esforzándose por vivir según la ley, se ve frustrado en sus esfuerzos y cae en pecado consciente, y así, vencido por el pecado, se hace esclavo suyo ("porque de quien uno es vencido, del tal es hecho esclavo"); y así el efecto producido por el conocimiento del mandamiento es éste: que el pecado obra en el hombre toda suerte de concupiscencia, y él se ve envuelto en la culpa adicional de la transgresión voluntaria, y se cumple lo que está escrito: "La ley entró para que el pecado abundase." Éste es el segundo estado del hombre. Pero si Dios le mira, y le inspira fe en la ayuda de Dios, y el Espíritu de Dios comienza a obrar en él, entonces el poder más fuerte de la caridad lucha contra el poder de la carne; y aunque todavía hay en la propia naturaleza del hombre un poder que lucha contra él (pues su enfermedad no está completamente curada), sin embargo vive la vida del justo por la fe, y vive en justicia en tanto no cede a la mala concupiscencia, sino que la vence por el amor a la santidad. Éste es el tercer estado de un hombre de buena esperanza; y quien por una piedad constante avanza en este curso, alcanzará por fin la paz, aquella paz que, después de acabada esta vida, será perfeccionada en el reposo del espíritu, y finalmente en la resurrección de la carne. De estas cuatro etapas diferentes, la primera es antes de la ley, la segunda bajo la ley, la tercera bajo la gracia, y la cuarta en la paz plena y perfecta. Así también ha sido ordenada la historia del pueblo de Dios según el beneplácito de Aquel que dispone todas las cosas con número, medida y peso. Pues la Iglesia existió al principio antes de la ley; luego bajo la ley, que fue dada por Moisés; luego bajo la gracia, que se manifestó primeramente en la venida del Mediador. No, ciertamente, que esta gracia estuviera ausente antes, sino que, en armonía con las disposiciones del tiempo, estaba velada y oculta. Porque ninguno, ni siquiera los justos de la antigüedad, pudo hallar salvación fuera de la fe de Cristo; ni, a menos que Él hubiera sido conocido a ellos, habría podido su ministerio servir para transmitirnos profecías acerca de Él, unas más claras y otras más oscuras.

    Cap. 119. La gracia de la regeneración lava todo pecado pasado y toda culpa original

    Cap. 119

    Ahora bien, en cualquiera de estas cuatro etapas (como podemos llamarlas) en que la gracia de la regeneración encuentra a un hombre en particular, todos sus pecados pasados le son perdonados allí y entonces, y la culpa que contrajo en su nacimiento le es removida en su nuevo nacimiento; y tan cierto es que "el viento sopla donde quiere", que algunos no han conocido jamás la segunda etapa, la de esclavitud bajo la ley, sino que han recibido el auxilio divino tan pronto como recibieron el mandamiento.

    Cap. 120. La muerte no puede dañar a quienes han recibido la gracia de la regeneración

    Cap. 120

    Pero antes de que un hombre pueda recibir el mandamiento, es necesario que viva según la carne. Pero si una vez ha recibido la gracia de la regeneración, la muerte no le dañará, aunque parta de esta vida inmediatamente; "pues para esto Cristo murió, y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los vivos"; ni la muerte tendrá dominio sobre aquel por quien Cristo murió voluntariamente.

    Cap. 121. La caridad es el fin de todos los mandamientos, y Dios mismo es amor

    Cap. 121

    Todos los mandamientos de Dios están, pues, abarcados en la caridad, de la cual dice el apóstol: "Ahora bien, el fin del mandamiento es la caridad, de corazón puro, de buena conciencia y de fe no fingida." Así, el fin de cada mandamiento es la caridad, es decir, cada mandamiento tiene por fin la caridad. Pero todo lo que se hace ya sea por temor al castigo o por algún otro motivo carnal, y no tiene por principio aquel amor que el Espíritu de Dios derrama en el corazón, no se hace como debe hacerse, por más que a los hombres pueda parecérseles. Pues esta caridad abarca tanto el amor de Dios como el amor del prójimo, y "de estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas", y añadamos el Evangelio y los apóstoles. Porque de ellos oímos esta voz: El fin del mandamiento es la caridad, y Dios es amor. Por lo cual, todos los mandamientos de Dios, uno de los cuales es "No cometerás adulterio", y todos aquellos preceptos que no son mandamientos sino consejos especiales, uno de los cuales es "Bueno es al hombre no tocar mujer", se cumplen rectamente sólo cuando el principio que mueve a la acción es el amor de Dios y el amor del prójimo en Dios. Y esto se aplica tanto a la vida presente como a la futura. Amamos a Dios ahora por la fe; entonces le amaremos por la vista. Ahora amamos también al prójimo por la fe, pues nosotros, que somos mortales, no conocemos el corazón de los hombres mortales. Pero en la vida futura, el Señor "pondrá de manifiesto lo oculto de las tinieblas y hará patentes los designios de los corrazones, y entonces cada cual tendrá de Dios la alabanza"; porque cada cual amará y alabará en su prójimo la virtud que, para que no quede oculta, el Señor mismo pondrá de manifiesto. Ademáás, la concupiscencia disminuye a medida que crece la caridad, hasta que ésta crece a tal altura que ya no puede crecer más aquí. Pues "mayor amor no tiene nadie que éste: que uno dé su vida por sus amigos." ¿Quién, pues, podrá decir cuán grande será la caridad en el mundo futuro, cuando no haya concupiscencia que reprimir y vencer? Pues aquélla será la perfección de la salud, cuando no haya lucha con la muerte.

    Cap. 122. Conclusión

    Cap. 122

    Pero ahora ha de llegar por fin el término de este volumen. Y corresponde a ti juzgar si has de llamarlo manual, o si has de usarlo como tal. Yo, sin embargo, pensando que tu celo en Cristo no debe ser menospreciado, y creyendo y esperando todo bien de ti en dependencia de la ayuda de nuestro Redentor, y amándote mucho como a uno de los miembros de su cuerpo, he, según mi capacidad, escrito para ti este libro sobre la fe, la esperanza y la caridad. Que su valor iguale a su extensión.
    Comentario editorial · Lo que Agustín dijo de su libro
    En las Retractaciones (II, 63 en la edición de Migne) Agustín reseña el libro en pocas líneas: lo escribió porque su destinatario le pidió «una obra mía que nunca hubiera de estar fuera de sus manos», de las que los griegos llaman enchiridion; cree haber tratado allí «con bastante cuidado» cómo ha de adorarse a Dios, que la Escritura define como la verdadera sabiduría del hombre (lo que dicen los Cap. 1–2); y cita la primera frase. A diferencia de otras entradas, esta no señala nada que corregir (lectura del editor sobre el texto latino). Según Wikipedia, las Retractaciones revisan las obras en orden cronológico y su título significa «nuevos tratamientos» más que «retractaciones»; por eso la posición de la entrada, entre Contra Juliano (II, 62) y Sobre el cuidado de los muertos (II, 64), sirve para fechar el libro.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el libro

    Agustín termina dejando a Laurencio el juicio sobre su obra: que decida si ha de llamarla manual o usarla como tal (Cap. 122). Los lectores posteriores la llamaron así. Schaff recuerda que se la conoce también como Manuale ad Laurentium, un «breve compendio de la doctrina de la fe y de la moral» que escribió en 421 o más tarde; la Britannica de 1911 la cuenta entre las exposiciones breves y concisas de la doctrina católica; la Catholic Encyclopedia la llama una admirable síntesis de su teología, reducida a las tres virtudes teologales, y remite al análisis de Harnack. Wikipedia, por su parte, recoge el ejemplo de la enfermedad como ausencia de salud (Cap. 11) entre los pasajes con que Agustín fijó la teoría del mal como privación, que después recogieron Boecio, Tomás de Aquino y otros.
    Tres pasajes piden cautela al leerlos y por eso llevan comentario: el fuego purgatorio (Cap. 69), el destino de los niños que mueren sin bautizar (Cap. 93) y la predestinación (Cap. 95–103). En los tres, esta edición señala lo que dice el texto y deja a la vista las lecturas que difieren. Al revisar sus obras, Agustín no señala en este libro nada que corregir (Retractaciones II, 63; lectura del editor sobre el texto latino de la entrada).
    Límites. El libro no lleva fecha y las fuentes consultadas la dan de forma aproximada (hacia 421); del destinatario solo consta lo que dice la nota introductoria del NPNF. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase: llega con muchas erratas de letras, que se conservan y se avisan. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan; cuando difieren (la fecha, el destino de los niños sin bautizar, el fuego de 1 Corintios 3) se dice cuál afirma qué.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; su manual de exégesis, Sobre la doctrina cristiana; Sobre el cuidado de los muertos, que sigue a este libro en las Retractaciones; su comentario del Padrenuestro en El sermón del Señor en el monte y el de Orígenes en Sobre la oración; el Credo de la Iglesia en el Credo Niceno-Constantinopolitano; y el maniqueísmo, contra el que Agustín defendió que el mal no es una sustancia.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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