Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 38 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minEl libro y su plan
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 4
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 7
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 9
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 10
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 12
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 15
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 16
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 16
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 17
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 11 minCapítulo 18
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 20
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 20
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 10 minCapítulo 21
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 4 minCapítulo 22
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 23
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 2
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 3
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 4
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 6
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 7
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 8
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 10
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 11
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 13
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 14
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 16
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 17
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 18
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 19
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 21
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 22
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 24
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 12 minCapítulo 25

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Agustín de Hipona

    El sermón del Señor en el monte

    Texto base: William Findlay (trad.), revisada y anotada por D. S. Schaff, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 6, ed. Philip Schaff (1888), en la revisión de New Advent · Delphi Collected Works of Saint Augustine, libro 40

    Traducción: Castellana y directa, del inglés de Findlay; no del latín · dos libros, 48 capítulos, 167 secciones

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 278 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Si alguien con piedad y sobriedad considera el sermón que nuestro Señor Jesucristo pronunció en el monte, tal como lo leemos en el Evangelio según Mateo, creo que hallará en él, en lo que toca a la más alta moral, una perfecta norma de la vida cristiana.» Así abre Agustín sus dos libros sobre los capítulos 5 a 7 de Mateo, y del título latino de la obra, De sermone Domini in monte, viene el nombre con que hoy se conoce ese discurso de Jesús: el «Sermón del monte» (Wikipedia). Los escribió en Hipona hacia 393 o 394, cuando era presbítero de aquella iglesia y aún no obispo; al revisar sus obras, más de treinta años después, los situó «por el mismo tiempo» en que había hablado ante el concilio de toda África reunido en Hipona (Retractaciones I, 17–19). Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de William Findlay, revisada y anotada por D. S. Schaff para el volumen 6 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1888).
    Agustín lee el sermón como una escalera. Las bienaventuranzas son ocho, pero siete son grados —de la humildad de los «pobres de espíritu» a la sabiduría de los pacificadores— y la octava vuelve al principio; a esos siete grados hace corresponder los siete dones del Espíritu que enumera Isaías, recorridos al revés, y, en el libro segundo, las siete peticiones del Padrenuestro. Sobre ese armazón comenta versículo a versículo: en el libro primero, la «justicia mayor» que el Señor pide frente a la de los fariseos —la ira, el adulterio del corazón, el divorcio, los juramentos, la otra mejilla, el amor a los enemigos—; en el segundo, el «corazón sencillo» que no obra para ser visto —la limosna, la oración, el ayuno, los tesoros, el afán por el mañana, el juicio sobre el hermano— hasta la casa edificada sobre la roca. Es obra de sus primeros años de presbítero, que lee la Biblia latina anterior a Jerónimo y discute a veces el griego; al final de su vida, Agustín le dedicó nueve apartados de correcciones y precisiones.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430), presbítero de Hipona desde 391, obispo desde 395 (Wikipedia)
    TítuloEl sermón del Señor en el monte (en latín, De sermone Domini in monte; en inglés, Our Lord's Sermon on the Mount)
    FechaHacia 393 según una nota de D. S. Schaff en el NPNF y el artículo de Wikipedia sobre la obra; 394 según la bibliografía de Agustín en Wikipedia. Las Retractaciones la ponen «por el mismo tiempo» que Sobre la fe y el símbolo, el discurso que Agustín, presbítero, pronunció ante el concilio plenario de África en Hipona (I, 17 y 19), que Wikipedia fecha en 393
    GéneroComentario seguido de Mateo 5–7, en «dos volúmenes» (Retractaciones I, 19)
    Agustín la revisa enRetractaciones I, 19 (I, 18 en la numeración antigua), hacia 426–427
    ExtensiónDos libros: el primero sobre Mateo 5 (23 capítulos, 80 secciones), el segundo sobre Mateo 6–7 (25 capítulos, 87 secciones); unas 50 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana y directa, de la versión inglesa del reverendo William Findlay, revisada y anotada por el reverendo D. S. Schaff; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 6 (1888), ed. Philip Schaff, en el texto revisado de New Advent; libro 40 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el reverendo William Findlay, de Larkhall, hizo de De sermone Domini in monte. Findlay la publicó primero en Edimburgo, en el volumen 8 de The Works of Aurelius Augustine (T. & T. Clark, 1873), junto con la Concordancia de los evangelistas traducida por S. D. F. Salmond (registro de Internet Archive). Philip Schaff la incorporó, «revisada y anotada» por el reverendo D. S. Schaff, de Kansas City, al volumen 6 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church; en el prefacio, firmado en Nueva York en diciembre de 1887, anuncia que los ocho volúmenes de Agustín reúnen «las traducciones de Edimburgo y de Oxford» y varios tratados nunca antes traducidos. New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1888); la copia de CCEL toma como base una impresión de Nueva York que fecha en 1886. David Schley Schaff (1852–1941), hijo de Philip, era entonces pastor presbiteriano en Kansas City (Wikipedia) y firma también el ensayo que abre el volumen, «San Agustín como exégeta».
    El inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016), que no reproduce la página impresa de 1888 sino el texto revisado por Kevin Knight para New Advent: moderniza las formas arcaicas («hears» por «heareth») y omite las notas de Schaff. Es, por tanto, la traducción de una traducción; para un trabajo académico conviene cotejarla con el latín.
    Lo que viene de la edición. La división en dos libros, capítulos y secciones numeradas es la del NPNF; las secciones se numeran seguidas dentro de cada libro, y el localizador de cada pasaje da libro, capítulo y sección («I, 2, 4»). El epub imprime el número al comienzo de cada párrafo, salvo en unos pocos que lo perdieron (I, 5, 13–15; I, 19, 56–61; II, 16, 53–55): el localizador lo da igual. Los títulos de los dos libros son los del epub, que siguen a New Advent. Las cursivas vienen del epub: marcan algunas palabras que el texto comenta («sin causa», «una jota») y, sobre todo, «es decir» y «esto es», que suelen traducir el «i.e.» inglés (en II, 14, 47–48 quedó la abreviatura sin traducir). Las palabras entre corchetes son añadidos del traductor inglés. Las citas bíblicas llegan sin referencia, unas entre comillas y otras no, en la forma que Findlay dio a la Biblia latina de Agustín, que no es la Vulgata (ver la nota al capítulo 2 del libro primero); pueden no coincidir con la versión del lector. Las notas de Schaff, que comparan a cada paso ese texto con la Vulgata, no pasaron al epub; se aprovechan en las notas de esta edición. Por último, varios párrafos llegan en el epub castellano con letras perdidas («hamre», «trabjo», «etap») o palabras partidas por espacios («án geles», «hom bres»): sobre todo I, 3, 10; I, 12, 34–36; I, 17, 51–53; II, 5, 18; II, 6, 20–24; II, 11, 38–39; II, 14, 48; II, 19, 64; II, 21, 71–73 y II, 25, 83–87, además de erratas sueltas. Se conservan tal como llegan, porque esta edición no retoca la traducción; el sentido se reconstruye sin esfuerzo, y el inglés de New Advent sirve para cotejar.

    El libro y su plan

    Agustín anuncia su clave en la primera sección: el sermón contiene «todos los preceptos con que se forma la vida cristiana» (I, 1, 1). Las bienaventuranzas son ocho sentencias; la novena, «Bienaventurados seréis cuando os vituperen», ya no es general, sino dicha a los presentes (I, 3, 10). Siete de ellas son grados: el temor de Dios de los humildes, la piedad de los mansos, el conocimiento de los que lloran, la fortaleza de los que tienen hambre de justicia, el consejo de los misericordiosos, el entendimiento de los limpios de corazón y la sabiduría de los pacificadores; la octava, la de los perseguidos, «vuelve al punto de partida», porque promete de nuevo el reino de los cielos (I, 3, 10 – I, 4, 12). Con ese esquema avanza toda la obra: el libro primero termina en la misericordia (I, 23, 80), el segundo empieza por la limpieza del corazón (II, 1, 1), las siete peticiones del Padrenuestro se alinean con los siete grados (II, 11, 38) y la última página reduce todos los preceptos «a las siete sentencias» del comienzo y a las siete operaciones del Espíritu (II, 25, 87). El ensayo introductorio de D. S. Schaff pone la correspondencia con Isaías como ejemplo de la costumbre de Agustín de forzar comparaciones para mostrar la unidad de la Escritura; también señala que aquí no compara el sermón de Mateo con el de Lucas (), cuestión que trata en Sobre la concordancia de los evangelistas (II, 19).
    El libro primero se mueve entre dos justicias: la «menor», la de la ley y los fariseos, que prohíbe matar, cometer adulterio o perjurar, y la «mayor», que llega a la ira, al deseo y al juramento mismo. El segundo trata de la intención: hacer el bien sin buscar la alabanza humana ni los bienes temporales, con el ojo «sencillo». La tabla siguiente es una lectura del editor, no de Agustín ni del NPNF, hecha sobre el comienzo de cada capítulo; los versículos son los de las biblias actuales.
    CapítulosMateoDe qué trata
    I, 1–55:1–12El monte y los preceptos mayores; las ocho bienaventuranzas como grados; los siete dones de Isaías; la bienaventuranza dicha a los presentes
    I, 6–75:13–16La sal de la tierra y la luz del mundo
    I, 85:17–19Cumplir la ley: la jota y la tilde
    I, 9–115:20–26La justicia de los fariseos y la mayor; la ira, «Raca» y «necio»; la ofrenda y la reconciliación; el adversario en el camino
    I, 12–135:27–30El adulterio en el corazón: sugestión, deleite y consentimiento; el ojo y la mano derecha
    I, 14–165:31–32El divorcio, salvo por fornicación; aborrecer padre y madre; qué es fornicación; un caso de Antioquía
    I, 17–185:33–37Los juramentos; vencer la costumbre
    I, 19–205:38–42Ojo por ojo; la otra mejilla, la túnica y la milla; dar al que pide
    I, 21–235:43–48Amar a los enemigos; el pecado de muerte; hijos del Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos
    II, 1–26:1–4El corazón limpio y la alabanza humana; la limosna y la mano izquierda
    II, 3–116:5–15La oración en lo secreto; el Padrenuestro y sus siete peticiones; peticiones y bienaventuranzas
    II, 126:16–18El ayuno
    II, 13–146:19–24Tesoros en el cielo; el ojo sencillo; Dios y mammona
    II, 15–176:25–34No afanarse por la comida y el vestido; buscar primero el reino; el día de mañana
    II, 18–197:1–5No juzgar; la paja y la viga
    II, 207:6Lo santo a los perros y las perlas a los puercos
    II, 217:7–11Pedir, buscar, llamar
    II, 227:12La regla de oro
    II, 237:13–14La puerta estrecha
    II, 247:15–20Los falsos profetas y sus frutos
    II, 257:21–29«Señor, Señor»; la casa sobre la roca

    Libro primero. Sobre la primera parte del sermón del monte (Mateo 5)

    Capítulo 1

    I, 1, 1

    1. Si alguien con piedad y sobriedad considera el sermón que nuestro Señor Jesucristo pronunció en el monte, tal como lo leemos en el Evangelio según Mateo, creo que hallará en él, en lo que toca a la más alta moral, una perfecta norma de la vida cristiana; y esto no nos atrevemos a prometerlo temerariamente, sino que lo deducimos de las mismas palabras del Señor. Porque el sermón mismo concluye de tal manera, que es claro que en él se contienen todos los preceptos que forman la vida. Así dice Él, en efecto: "Por tanto, cualquiera que oye estas mis palabras y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca; y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y no cayó; porque estaba fundada sobre la roca. Y cualquiera que oye estas mis palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó; y fue grande su ruina." Puesto, pues, que no dijo simplemente: "Cualquiera que oye mis palabras", sino que añadió, diciendo: "Cualquiera que oye estas mis palabras", indicó suficientemente, según creo, que estas sentencias que pronunció en el monte guían tan perfectamente la vida de quienes quieran vivir conforme a ellas, que justamente se les compara a quien edifica sobre la roca. He dicho esto solamente para que conste que el sermón que tenemos ante nosotros es perfecto en todos los preceptos con que se forma la vida cristiana; pues en cuanto a esta sección particular se dará un tratamiento más cuidadoso en su lugar propio.

    I, 1, 2

    2. El comienzo, pues, de este sermón se introduce así: Y viendo las multitudes, subió al monte; y sentándose, se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo. Si se pregunta qué significa el monte, bien puede entenderse como significando los mayores preceptos de justicia; porque hubo otros menores que se dieron a los judíos. Sin embargo, es un único Dios quien, por medio de sus santos profetas y siervos, según una ordenación perfectamente dispuesta de los tiempos, dio los preceptos menores a un pueblo que todavía necesitaba ser atado por el temor; y quien, por medio de su Hijo, dio los mayores a un pueblo que ya era propio hacer libres por el amor. Además, cuando los menores se dan a los menores y los mayores a los mayores, los da Aquel que solo sabe presentar al género humano la medicina adecuada a la ocasión. Y no es de maravillar que los mayores preceptos se den para el reino de los cielos y los menores para un reino terreno, por aquel mismo y único Dios, que hizo el cielo y la tierra. En cuanto, pues, a aquella justicia que es la mayor, se dice por el profeta: "Tu justicia es como los montes de Dios"; y esto bien puede significar que el único Maestro apto para enseñar materias de tan gran importancia enseña en un monte. Luego enseña sentado, como conviene a la dignidad del oficio de instructor; y sus discípulos se le acercan, para que estuvieran más cerca en cuerpo para oír sus palabras, así como también se acercaron en espíritu para cumplir sus preceptos. "Y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo". La circunlocución que tenemos delante, que dice: "Y abriendo su boca", tal vez insinúa graciosamente, por la mera pausa, que el sermón será algo más largo de lo acostumbrado, a no ser, quizá, que no sea sin significado que ahora se diga que Él abrió su propia boca, mientras que en la antigua ley solía abrir la boca de los profetas.

    I, 1, 3

    3. ¿Qué dice, pues? "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". Leemos en la Escritura acerca del afán por las cosas temporales: "Todo es vanidad y presunción de espíritu"; mas "presunción de espíritu" significa audacia y soberbia: de ordinario también se dice que los soberbios tienen grandes espíritus; y con razón, puesto que el viento también se llama espíritu. Y de ahí está escrito: "Fuego, granizo, nieve, vapor, espíritu de tempestad". Mas, ciertamente, ¿quién no sabe que de los soberbios se dice que están hinchados, como inflados de viento? Y de ahí también aquella expresión del apóstol: "El conocimiento envanece, pero la caridad edifica". Y los "pobres en espíritu" se entienden aquí acertadamente como los humildes y temerosos de Dios, es decir aquellos que no tienen el espíritu que envanece. Ni la bienaventuranza debía comenzar por otro punto cualquiera, si es que ha de alcanzar la suma sabiduría; pues "el temor del Señor es el principio de la sabiduría"; porque, por otra parte, la soberbia es llamada "principio de todo pecado". Busquen, pues, los soberbios los reinos de la tierra y ámenlos; mas "bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".

    Capítulo 2

    I, 2, 4

    4. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra: aquella tierra, supongo, de la cual se dice en el Salmo: Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientes. Porque significa una cierta firmeza y estabilidad de la herencia perpetua, donde el alma, por medio de una buena disposición, descansa, como en su propio lugar, así como el cuerpo descansa sobre la tierra, y de ella se nutre con su propio alimento, como el cuerpo de la tierra. Este es el mismo descanso y vida de los santos. Luego, los mansos son aquellos que ceden ante las obras de maldad, y no resisten al mal, sino que vencen el mal con el bien. Peleen, pues, y contiendan los que no son mansos por las cosas terrenas y temporales; mas bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra, de la cual no pueden ser expulsados.

    I, 2, 5

    5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. El llanto es tristeza que nace de la pérdida de las cosas tenidas por queridas; mas los que se convierten a Dios pierden aquellas cosas que solían abrazar como queridas en este mundo: porque no se gozan en aquellas cosas en que antes se gozaban; y hasta que el amor de las cosas eternas esté en ellos, son heridos por alguna medida de dolor. Por tanto, serán consolados por el Espíritu Santo, que por esto principalmente es llamado el Paráclito, es decir el Consolador, para que, perdiendo el gozo temporal, gocen plenamente del eterno.
    Comentario editorial · La Biblia latina que lee Agustín
    Agustín no lee el Evangelio en la Vulgata de Jerónimo, cuya revisión miró al principio con recelo, sino en las traducciones latinas anteriores, la llamada Vetus Latina, cuya «infinita diversidad», dice él mismo en Sobre la doctrina cristiana (II, 11, 16), arrojaba a la duda al lector (ensayo de D. S. Schaff en el NPNF; Wikipedia). Las notas de Schaff señalan a cada paso dónde su texto se aparta de la Vulgata. Aquí se nota en el orden: los mansos van antes que los que lloran, como en algunos manuscritos antiguos (el códice D, según Schaff), mientras las biblias que ofrece el lector ponen primero a los que lloran (). Otras diferencias que irán apareciendo: Agustín lee «sin causa» en Mateo 5:22 (I, 9, 25); no lee «en público» en 6:4, porque falta en los códices griegos (II, 2, 9); pide el pan «cotidiano» (II, 7), y discute un «bueno» que los latinos añadían a la regla de oro (II, 22, 74).

    I, 2, 6

    6. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Ahora llama Él a estos, amadores de un bien verdadero e indestructible. Serán, pues, saciados con aquel alimento del cual dice el mismo Señor: Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre, que es la justicia; y con aquella agua, de la cual cualquiera que bebiere, como también dice, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.

    I, 2, 7

    7. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dice que son bienaventurados aquellos que socorren a los miserables, porque se les recompensa de tal manera que son librados de la miseria.

    I, 2, 8

    8. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¡Cuán necios, pues, son aquellos que buscan a Dios con estos ojos exteriores, ya que Él es visto con el corazón! Como está escrito en otra parte: Y en sencillez de corazón buscadle. Porque aquel es corazón puro que es un corazón sencillo: y así como esta luz no puede ser vista, sino con ojos puros; así tampoco Dios es visto, a menos que sea puro aquello por lo cual puede ser visto.

    I, 2, 9

    9. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. La perfección de la paz es aquella en que nada ofrece oposición; y los hijos de Dios son pacificadores, porque nada resiste a Dios, y ciertamente los hijos deben tener la semejanza de su padre. Ahora bien, son pacificadores en sí mismos aquellos que, poniendo en orden todos los movimientos de su alma y sujetándolos a la razón — es decir, a la mente y al espíritu — y teniendo sus concupiscencias carnales completamente subyugadas, llegan a ser un reino de Dios: en el cual todas las cosas están de tal modo ordenadas, que aquello que es principal y preeminente en el hombre gobierna sin resistencia sobre los demás elementos, que nos son comunes con las bestias; y ese mismo elemento que es preeminente en el hombre, es decir, la mente y la razón, es sometido a algo aún mejor, que es la verdad misma, el Hijo unigénito de Dios. Porque el hombre no es capaz de gobernar sobre las cosas inferiores, a menos que se sujete a lo que es superior. Y esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad; esta es la vida del sabio plenamente desarrollado y perfecto. De un reino de esta índole, llevado a una condición de paz y orden cabales, es expulsado el príncipe de este mundo, que reina donde hay perversidad y desorden. Una vez que esta paz ha sido interiormente establecida y confirmada, cualesquiera persecuciones que desde fuera suscite aquel que ha sido expulsado, solo aumentan la gloria que es según Dios; no pudiendo sacudir nada en aquel edificio, sino que, por el fracaso de sus maquinaciones, se da a conocer con cuánta fortaleza ha sido construido desde dentro hacia fuera. De ahí se sigue: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

    Capítulo 3

    I, 3, 10

    10. Hay, pues, en total, estas ocho sentencias. Porque ahora en lo que resta habla en forma de alocución directa a los presentes, diciendo: Bienaventurados seréis cuando los hombres os vituperen y os persigan. Pero las sentencias anteriores las dirigió en forma general: por que no dijo: Bienaventurados sois vosotros los pobres en espíritu, por que vuestro es el reino de los cielos; sino que dice: Bienaventurados los pobres en espíritu, por que de ellos es el reino de los cielos: ni, Bienaventurados sois vosotros los mansos, por que heredaréis la tierra; sino, Bienaventurados los mansos, por que ellos heredarán la tierra. Y así las otras hasta la octava sentencia, donde dice: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, por que de ellos es el reino de los cielos. Después de esto comienza a hablar en forma de alocución directa a los presentes, aun que lo que se dijo antes se refería también a los que estaban presentes; y lo que sigue, y que parece ser dirigido especialmente a los presentes, se refiere también a los ausentes, y a los que después habían de venir.
    Por esta razón, el número de sentencias que tenemos delante debe ser cuidadosamnte considerado. Pues las bienaventuranzas empiezan con la humildad: Bienaventurados los pobres en espíritu, es decir, aquellos que no estn envanecidos, y el alma se somete a la autoridad divina, temendo que después de esta vida se vaya al castigo, aunque tal vez en esta vida le pareza ser feliz. Luego (el alma) llega al conocimento de las divinas Escrituras, donde debe mostrarse mansa en su piedad, para que no se atreva a condenar aquello que a los ignorants parace absurdo, y no se haga a sí mima indocil por disutaciones obstinadas. Después de esto, empieza a conocer en qué ataduras de este mundo está retenida por la costumbre carnal y los pecados; y así en esta terera etap, en la que hay conocimento, se llora la pérdida del sumo bien, porque está aferrada a lo más bajo. Luego, en la cuarta etap hay trabjo, donde se pone un vehemente esfurzo para que la mente pueda arrancarse de aquellas cosas en las que, por su duleza pestilente, está enredada; aquí, pués, se tiene hamre y sed de justicia, y la fortaleza es muy necesaria, porque lo que se retene con delite no se abandona sin doler. Después, en la quinta etap, a los que perseveran en el trabjo se les da un consejo para deshacerse de ello; pues a menos que cada uno sea ayuado por un superor, de ningún modo es capz por sí miemo de desenredarse de tan grandes ataduras de miserias. Mas es un consejo justo: que el que desea ser ayuado por un más fuete ayue al más débil en aquello en que él mismo es más fuete; por tanto, bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. En la sexta etap hay pureza de corazón, capz desde una buena conciencia de buenas obras de contemplar aquel sumo bien, que solo puede ser discernido por el entendimento puro y tranquilo. Finalmnte, la séptima es la sabiduría misma — es decir, la contemplación de la verdad, que aquieta a todo el hombr y lo asemeja a Dios, lo cual se resume así: Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. La octava, como que vuleve al punto de partida, porque mustra y encomia lo que es completo y perfecto; por eso, tanto en la primera como en la octava se nombra el reino de los cielos: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; y: Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos: como ahora se dice: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hamre, o desnudez, o peligo, o espada? Siete, pués, son las cosas que traen la perfección: porque la octava trae a luz y mustra lo que es perfecto, de modo que, partiendo como de nuevo del principio, las otras tambén son perfeccionadas por medio de estas etaps.

    Capítulo 4

    I, 4, 11

    11. De igual modo, la operación septiforme del Espíritu Santo, de la que habla Isaías, me parece que corresponde a estas etapas y sentencias. Pero hay una diferencia de orden: pues allí la enumeración comienza por lo más excelente, y aquí por lo inferior. Allí empieza por la sabiduría y termina con el temor de Dios; mas "el temor del Señor es el principio de la sabiduría". Y por tanto, si contamos como en serie gradualmente ascendente, allí el temor de Dios es primero, la piedad segundo, el conocimiento tercero, la fortaleza cuarto, el consejo quinto, el entendimiento sexto, la sabiduría séptimo. El temor de Dios corresponde a los humildes, de quienes aquí se dice: Bienaventurados los pobres en espíritu, es decir, los no hinchados, no soberbios; a quienes el apóstol dice: No seas altivo, sino teme; es decir, no te engrías. La piedad corresponde a los mansos: porque quien inquiere piadosamente honra la Sagrada Escritura, y no censura lo que aún no entiende, y por eso no ofrece resistencia; y esto es ser manso: de donde aquí se dice: Bienaventurados los mansos. El conocimiento corresponde a los que lloran, que ya han descubierto en las Escrituras por qué males están encadenados, los cuales ignorantemente codiciaron como si fueran buenos y útiles. La fortaleza corresponde a los que tienen hambre y sed: porque trabajan deseando ardientemente el gozo de las cosas verdaderamente buenas, y buscando con afán apartar su amor de las cosas terrenas y corporales; y de ellos se dice aquí: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. El consejo corresponde a los misericordiosos: porque este es el único remedio para escapar de tan grandes males: que perdonemos como deseamos ser perdonados, y que ayudemos a otros en cuanto podamos, así como deseamos ser ayudados en lo que no podemos; y de ellos se dice aquí: Bienaventurados los misericordiosos. El entendimiento corresponde a los limpios de corazón, una vez purgado como el ojo, por el cual se puede contemplar lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre; y de ellos se dice aquí: Bienaventurados los limpios de corazón. La sabiduría corresponde a los pacificadores, en quienes todas las cosas están ya puestas en orden, y ninguna pasión se rebela contra la razón, sino que todas juntas obedecen al espíritu del hombre, mientras él mismo obedece también a Dios; y de ellos se dice aquí: Bienaventurados los pacificadores.
    Comentario editorial · Siete dones para ocho bienaventuranzas
    En el texto hebreo de Isaías el Espíritu tiene seis cualidades, y el «temor del Señor» aparece dos veces; la Septuaginta tradujo la primera mención por «piedad», y de ahí salió la lista de siete que pasó al latín: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor (Wikipedia; Schaff anota que Agustín sigue aquí a los Setenta) (). Agustín recorre la lista al revés, de abajo arriba, para hacerla coincidir con los grados de las bienaventuranzas, que empiezan por la humildad, porque «el temor del Señor es el principio de la sabiduría». Volverá a usarla con las siete peticiones del Padrenuestro (II, 11, 38) y al cerrar la obra (II, 25, 87). El ensayo de D. S. Schaff pone esta correspondencia como ejemplo de la costumbre de Agustín de forzar comparaciones; Wikipedia la recoge al explicar los siete dones, junto a la que Tomás de Aquino estableció con las virtudes.

    I, 4, 12

    12. Además, la única recompensa, que es el reino de los cielos, recibe diversos nombres según estas etapas. En la primera, como debe ser, se pone el reino de los cielos, que es la perfecta y suma sabiduría del alma racional. Así, pues, se dice: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; como si dijera: El temor del Señor es el principio de la sabiduría. A los mansos se les da una herencia, como el testamento de un padre a quienes lo buscan con piedad: Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. A los que lloran, consuelo, como a quienes saben lo que han perdido y en qué males están sumidos: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. A los que tienen hambre y sed, abundante provisión, como un refrigerio para los que trabajan y luchan valerosamente por la salvación: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. A los misericordiosos, misericordia, como a quienes siguen un consejo verdadero y excelente, de modo que el mismo trato les sea dispensado por uno más fuerte, el cual ellos dispensan a los más débiles: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. A los limpios de corazón se les da el poder de ver a Dios, como a quienes llevan consigo un ojo puro para discernir las cosas eternas: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. A los pacificadores se les da la semejanza de Dios, como perfectamente sabios y formados a imagen de Dios mediante la regeneración del hombre renovado: Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Y estas promesas pueden ciertamente cumplirse en esta vida, como creemos que se cumplieron en el caso de los apóstoles. Porque aquella transformación total en la forma angélica, prometida después de esta vida, no puede explicarse con palabras. Bienaventurados, pues, los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Esta octava sentencia, que vuelve al punto de partida y manifiesta al hombre perfecto, quizá está significada tanto por la circuncisión al octavo día en el Antiguo Testamento, como por la resurrección del Señor después del sábado, día que es ciertamente el octavo y a la vez el primero; y por la celebración de los ocho días festivos que celebramos en la regeneración del hombre nuevo; y por el número mismo de Pentecostés. Pues al número siete, multiplicado siete veces, con lo que hacemos cuarenta y nueve, se le añade como un octavo, para que resulten cincuenta, y nosotros, como si dijéramos, volvemos al punto de partida: día en que fue enviado el Espíritu Santo, por quien somos guiados al reino de los cielos, y recibimos la herencia, y somos consolados; y alimentados, y alcanzamos misericordia, y somos purificados, y hechos pacificadores; y siendo así perfectos, soportamos todas las tribulaciones que nos sobrevienen de fuera por causa de la verdad y la justicia.
    Comentario editorial · Dos frases que Agustín matizó después
    Al revisar la obra hacia 426–427, Agustín se detuvo primero en estas dos secciones (Retractaciones I, 19, 1–2). De los pacificadores había escrito que en ellos «ninguna pasión se rebela contra la razón» (I, 4, 11): en esta vida, corrige, nadie se libra del todo de la ley de los miembros que lucha contra la de la mente (), y la frase vale para quienes van domando la concupiscencia hacia aquella paz plena. Y donde dice que las promesas «se cumplieron en los apóstoles», precisa: en la medida de perfección que cabe en esta vida, no como si en ellos ningún movimiento de la carne resistiera al espíritu. Schaff recuerda, a propósito del «sed perfectos» (I, 23), que los pelagianos, a quienes Agustín combatió después, sacaban de ese versículo la perfección en esta tierra; que esa controversia explique la cautela del viejo Agustín es lectura del editor.

    Capítulo 5

    I, 5, 13

    Bienaventurados sois —dice— cuando los hombres os vituperen, os persigan y digan toda suerte de mal contra vosotros mintiendo, por mi causa. Gozaos y alegraos sobremanera, porque vuestro galardón es grande en los cielos. Considere cualquiera que bajo el nombre cristiano busca los deleites de este mundo y las riquezas temporales, que nuestra bienaventuranza está dentro; como se dice de el alma de la Iglesia por boca del profeta: "Toda la hermosura de la hija del rey es interior"; porque exteriormente se prometen injurias, persecuciones y difamaciones; y sin embargo, de estas cosas procede un gran galardón en los cielos, que se siente en el corazón de quienes las soportan, los que pueden decir ya: "Nos gloriamos en las tribulaciones: sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado". Pues no es simplemente ventajoso el soportar tales cosas, sino el sobrellevarlas por el nombre de Cristo no solo con ánimo tranquilo, sino incluso con regocijo. Porque muchos herejes, que engañan a las almas bajo el nombre cristiano, padecen muchas de estas cosas; pero quedan excluidos de tal galardón por esto: porque no se dice simplemente "Bienaventurados los que padecen persecución", sino que se añade "por causa de la justicia". Ahora bien, donde no hay fe sana, no puede haber justicia, porque el justo vive por la fe. Ni se prometan los cismáticos cosa alguna de ese galardón; porque tampoco donde no hay amor puede haber justicia, ya que el amor no obra mal al prójimo; y si lo tuvieran, no despedazarían el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

    I, 5, 14

    Pero pudiera preguntarse: ¿Qué diferencia hay entre "cuando os vituperen" y "cuando digan toda clase de mal contra vosotros", siendo que injuriar es precisamente eso, decir mal? Pero una cosa es cuando la palabra injuriosa se lanza con afrenta en presencia del injuriado, como se dijo a nuestro Señor: "¿No decimos con verdad que eres samaritano y tienes demonio?"; y otra cosa es cuando se daña nuestra reputación en ausencia, como también se escribió de Él: "Unos decían: Profeta es; otros: No, sino que engaña al pueblo". Además, perseguir es infligir violencia, o asaltar con lazos, como hicieron quien le entregó y quienes le crucificaron. Ciertamente, en cuanto a que esto no se pone de modo simple, diciendo "y digan toda clase de mal contra vosotros", sino que se añade "falsamente" y también "por mi causa", creo que esa adición se hace para aquellos que quieren gloriarse de las persecuciones y de la vileza de su reputación, y afirmar que Cristo es suyo por la razón de que se dicen muchas cosas malas de ellos; mientras que, por una parte, las cosas dichas son verdaderas cuando se dicen respecto de su error, y, por otra, si a veces se lanzan también falsas acusaciones, lo cual ocurre a menudo por la temeridad de los hombres, no sufren tales cosas por Cristo. Porque no es seguidor de Cristo quien no es llamado cristiano según la fe verdadera y la disciplina católica.

    I, 5, 15

    Gozaos y alegraos —dice—, porque vuestro galardón es grande en los cielos. No creo que aquí se llame cielo a las partes superiores de este mundo visible. Pues nuestro galardón, que debe ser inconmovible y eterno, no se ha de poner en cosas pasajeras y temporales. Antes bien, juzgo que la expresión "en los cielos" significa en el firmamento espiritual, donde mora la justicia eterna; en comparación con la cual, el alma perversa es llamada tierra, a la que se dice cuando peca: "Polvo eres, y al polvo volverás". De este cielo dice el apóstol: "Porque nuestra ciudadanía está en los cielos". De ahí que quienes se gozan en el bien espiritual son ya ahora conscientes de ese galardón; pero entonces se perfeccionará en todos los aspectos, cuando esto mortal se haya revestido de inmortalidad. "Porque —dice— así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros". En este caso ha usado "persecución" en sentido general, aplicable tanto a las palabras injuriosas como al despedazamiento de la reputación; y los ha alentado bien con un ejemplo, porque quienes dicen la verdad suelen padecer persecución; mas no por eso los antiguos profetas, por temor a la persecución, dejaron de predicar la verdad.

    Capítulo 6

    I, 6, 16

    16. Por tanto, con toda justicia sigue la declaración: Vosotros sois la sal de la tierra; con lo cual muestra que deben ser tenidos por insípidos aquellos que, ya sea por el afán de alcanzar abundancia de bienes terrenos, ya por el temor de la necesidad, pierden los bienes eternos, que ni los hombres pueden dar ni quitar. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salada? es decir, Si vosotros, por medio de quienes las naciones en cierta medida han de ser preservadas [de la corrupción], por el temor de las persecuciones temporales perdéis el reino de los cielos, ¿dónde estarán los hombres que os quiten el error, ya que Dios os ha escogido para que por vosotros quite el error de los demás? Por consiguiente, la sal insípida no sirve para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. No es, pues, pisoteado el que padece persecución, sino el que se vuelve insípido por el temor de la persecución. Porque solo el que está debajo puede ser pisoteado; mas no está debajo aquel que, por muchas cosas que sufra en su cuerpo sobre la tierra, tiene, sin embargo, fijo su corazón en el cielo.

    I, 6, 17

    17. Vosotros sois la luz del mundo. De la misma manera que antes había dicho: la sal de la tierra, así ahora dice: la luz del mundo. Pues en el primer caso no ha de entenderse aquella tierra que pisamos con nuestros pies corporales, sino los hombres que habitan sobre la tierra, o más bien los pecadores, para cuya conservación y para extinguir sus corrupciones envió el Señor la sal apostólica. Y aquí, por mundo no se ha de entender los cielos y la tierra, sino los hombres que están en el mundo o aman al mundo, para cuya iluminación fueron enviados los apóstoles. Una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse, es decir, [una ciudad] fundada sobre una grande y señalada justicia, que es también el significado del mismo monte sobre el cual nuestro Señor está hablando. Ni encienden una lámpara y la ponen debajo de un almud. ¿Qué entenderemos aquí? ¿Acaso la expresión debajo de un almud se usa de manera que solo se entienda el escondimiento de la lámpara, como si dijera: Nadie enciende una lámpara y la esconde? ¿O significa también algo el almud, de modo que poner la lámpara debajo del almud equivalga a anteponer los consuelos del cuerpo a la predicación de la verdad, de manera que no se predica la verdad mientras se teme padecer alguna molestia en las cosas corporales y temporales? Y bien se dice un almud, ya sea por la recompensa de la medida —pues cada uno recibe lo que hizo en el cuerpo, dice el Apóstol: para que cada uno reciba lo que haya hecho en el cuerpo; y en otro lugar se dice, como de este almud del cuerpo: Porque con la medida que medís, os será medido—; o bien porque los bienes temporales, que se llevan a cabo en el cuerpo, comienzan y terminan en un número cierto de días, lo cual quizá significa el almud, mientras que las cosas eternas y espirituales no están limitadas por ningún número semejante, porque Dios no da el Espíritu por medida. Todo aquel, pues, que oscurece y cubre la luz de la buena doctrina con bienes temporales, pone su lámpara debajo del almud. Pero sobre el candelero. Sobre el candelero la coloca quien somete su cuerpo al servicio de Dios, de modo que la predicación de la verdad sea lo superior y el servicio del cuerpo lo inferior; y, sin embargo, por medio del mismo servicio del cuerpo la doctrina luce más conspicuamente, en cuanto se insinúa en los que aprenden por medio de las funciones corporales, es decir, por medio de la voz y la lengua, y los demás movimientos del cuerpo en las buenas obras. Así, pues, el Apóstol pone su lámpara sobre un candelero cuando dice: Así peleo, no como quien golpea al aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado. Mas cuando dice: para que alumbre a todos los que están en la casa, entiendo que llama casa a la morada de los hombres, es decir, al mundo mismo, en razón de lo que antes dijo: Vosotros sois la luz del mundo; o si alguien prefiere entender la casa como la Iglesia, tampoco esto es fuera de lugar.

    Capítulo 7

    I, 7, 18

    18. "Así alumbre vuestra luz, dice Él, delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos." Si hubiera dicho solamente: Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, habría parecido fijar como fin las alabanzas de los hombres, que buscan los hipócritas y quienes solicitan honores y codician la gloria más vacía. Contra tales personas se dice: Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo; y por el profeta: Los que agradan a los hombres son avergonzados, porque Dios los ha desechado; y de nuevo: Dios ha quebrantado los huesos de los que agradan a los hombres; y de nuevo el Apóstol: No seamos deseosos de vanagloria; y aún en otro lugar: Pero cada uno examine su propia obra, y entonces tendrá gloria en sí mismo solo, y no en otro. Por eso nuestro Señor no dijo solamente: para que vean vuestras buenas obras, sino que añadió: y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos; de modo que el mero hecho de que un hombre, por medio de buenas obras, agrade a los hombres, no se propone allí como fin el agradar a los hombres; sino que subordine esto a la alabanza de Dios, y por esta razón agrade a los hombres, para que Dios sea glorificado en él. Porque esto es conveniente para quienes ofrecen alabanza: que honren, no al hombre, sino a Dios; como lo mostró nuestro Señor en el caso del hombre que fue llevado, donde, al ser sanado el paralítico, la multitud, maravillada de sus poderes, como está escrito en el Evangelio, temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres. Y su imitador, el apóstol Pablo, dice: Pero solo habían oído decir: Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que antes destruía; y glorificaban a Dios en mí.

    I, 7, 19

    19. Y por tanto, después de haber exhortado a sus oyentes a que se prepararan para soportar todas las cosas por la verdad y la justicia, y a que no ocultaran el bien que iban a recibir, sino que aprendieran con tal benevolencia que enseñaran a otros, proponiéndose en sus buenas obras no su propia alabanza, sino la gloria de Dios, comienza ahora a informarles y enseñarles qué es lo que han de enseñar; como si le preguntaran, diciendo: He aquí, estamos dispuestos tanto a soportar todas las cosas por tu nombre como a no ocultar tu doctrina; pero ¿qué es precisamente esto que Tú nos prohíbes ocultar, y por lo cual nos mandas soportar todas las cosas? ¿Vas a mencionar otras cosas contrarias a las que están escritas en la ley? No, dice Él; porque no penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas: no he venido a abrogar, sino a cumplir.

    Capítulo 8

    I, 8, 20

    20. En esta sentencia el sentido es doble. Hemos de tratarlo de ambas maneras. Pues Aquel que dice: "No he venido a abrogar la ley, sino a cumplirla", lo dice ya sea añadiendo lo que falta, ya sea haciendo lo que en ella está. Consideremos, pues, primero aquello que he puesto primero: porque quien añade lo que falta no destruye ciertamente lo que encuentra, sino que más bien lo confirma al perfeccionarlo; y en conformidad con esto, prosigue diciendo: De cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. Porque, si aun aquellas cosas que se añaden para completar se cumplen, mucho más se cumplen aquellas que se envían por delante como comienzo. Luego, en cuanto a lo que dice: Ni una jota ni una tilde pasará de la ley, no se puede entender otra cosa sino una fuerte expresión de perfección, pues se señala por medio de letras sueltas, entre las cuales la jota es más pequeña que las otras, porque se hace de un solo trazo; mientras que la tilde no es sino una partícula de alguna especie en la parte superior de esa misma letra. Y con estas palabras muestra que en la ley han de llevarse a efecto aun los más pequeños pormenores. Después de esto añade: Cualquiera, pues, que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñare a los hombres, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos. Por tanto, los mandamientos más pequeños son los que se entienden por una jota y una tilde. Y por ende, cualquiera que los quebrantare y enseñare [a los hombres] así, es decir, en conformidad con lo que quebranta, no en conformidad con lo que encuentra y lee, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos; y por tanto, quizá, no estará en el reino de los cielos en absoluto, donde solo pueden estar los grandes. Mas cualquiera que los hiciere y enseñare [a los hombres] así, es decir, el que no los quebrantare, y enseñare a los hombres en conformidad con lo que no quebranta, será llamado grande en el reino de los cielos. Pero en cuanto a aquel que será llamado grande en el reino de los cielos, se sigue que también está en el reino de los cielos, en el cual son admitidos los grandes: pues a esto se refiere lo que sigue.

    Capítulo 9

    I, 9, 21

    21. Porque os digo que si vuestra justicia no excediere a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos; es decir, si no cumpliereis no solo aquellos mandamientos más pequeños de la ley que comienzan al hombre, sino también los que son añadidos por mí, que no he venido a abrogar la ley, sino a cumplirla, no entraréis en el reino de los cielos. Mas me decís: Si, cuando hablaba arriba de aquellos mandamientos más pequeños, dijo que cualquiera que quebrantare uno de ellos, y enseñare conforme a su transgresión, es llamado el más pequeño en el reino de los cielos; pero que cualquiera que los hiciere, y enseñare [a los hombres] así, es llamado grande, y por tanto estará ya en el reino de los cielos, porque es grande: ¿qué necesidad hay de añadiduras a los mandamientos más pequeños de la ley, si puede estar ya en el reino de los cielos, porque cualquiera que los hiciere, y enseñare así, es grande? Por esta razón aquella sentencia ha de entenderse así: Mas cualquiera que los hiciere y enseñare a los hombres así, ése será llamado grande en el reino de los cielos, — es decir, no conforme a esos mandamientos más pequeños, sino conforme a los que voy a mencionar. Ahora bien, ¿cuáles son? Que vuestra justicia, dice, exceda a la de los escribas y fariseos; porque si no excediere a la de ellos, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, cualquiera que quebrantare esos mandamientos más pequeños, y enseñare a los hombres así, será llamado el más pequeño; pero cualquiera que hiciere esos mandamientos más pequeños, y enseñare a los hombres así, no ha de ser tenido necesariamente por grande y apto para el reino de los cielos; pero no es tan pequeño como el que los quebranta. Mas para que sea grande y apto para ese reino, debe hacer y enseñar como Cristo ahora enseña, es decir, para que su justicia exceda a la de los escribas y fariseos. La justicia de los fariseos es no matar; la justicia de los que han de entrar en el reino de Dios, no airarse sin causa. El mandamiento más pequeño, pues, es no matar; y cualquiera que lo quebrantare, será llamado el más pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que cumpliere ese mandamiento de no matar, no será por ello necesariamente grande y apto para el reino de los cielos, pero asciende un cierto escalón. Será perfeccionado, empero, si no se aíra sin causa; y si hiciere esto, estará mucho más lejos del homicidio. Por eso quien enseña que no nos airemos, no quebranta la ley de no matar, sino que más bien la cumple; de modo que conservemos nuestra inocencia tanto exteriormente cuando no matamos, como en el corazón cuando no nos airamos.

    I, 9, 22

    22. Habéis oído, pues, dice, que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpado de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano sin causa será culpado de juicio; y cualquiera que dijere a su hermano: Raca, será culpado del concilio; mas cualquiera que dijere: Necio, será culpado del infierno de fuego. ¿Qué diferencia hay entre ser culpado de juicio, ser culpado del concilio y ser culpado del infierno de fuego? Porque esto último suena más grave, y nos recuerda que se pasaron ciertos grados de lo más leve a lo más grave, hasta llegar al infierno de fuego. Y, por tanto, si es cosa más leve ser culpado de juicio que ser culpado del concilio, y si también es cosa más leve ser culpado del concilio que ser culpado del infierno de fuego, hemos de entender que es cosa más leve airarse contra un hermano sin causa que decir Raca; y a su vez, es cosa más leve decir Raca que decir Necio. Porque el peligro no tendría grados si los pecados no se mencionaran también en gradación.

    I, 9, 23

    23. Pero aquí ha hallado lugar una palabra oscura, pues Raca no es latina ni griega. Las otras, empero, son corrientes en nuestra lengua. Ahora bien, algunos han querido derivar la interpretación de esta expresión del griego, suponiendo que una persona haraposa es llamada Raca, porque un harapo se llama en griego ῥάκος; pero cuando se les pregunta cómo se llama una persona haraposa en griego, no responden Raca; y además, el traductor latino bien podría haber puesto la palabra haraposo donde ha colocado Raca, y no haber usado una palabra que, por una parte, no existe en la lengua latina, y por otra, es rara en la griega. De ahí que sea más probable la opinión que oí de cierto hebreo a quien había preguntado acerca de ello; pues dijo que la palabra no significa nada, sino que meramente expresa la emoción de una mente airada. Los gramáticos llaman a esas partículas de la oración que expresan un afecto de una mente agitada interjecciones; como cuando uno que está afligido dice ¡Ay!, o uno que está airado dice ¡Ah!. Y estas palabras en todas las lenguas son nombres propios, y no se traducen fácilmente a otra lengua; y esta causa ciertamente obligó tanto a los traductores griegos como a los latinos a poner la palabra misma, ya que no hallaron modo de traducirla.

    I, 9, 24

    24. Hay, pues, una gradación en los pecados referidos, de modo que primero uno se aíra, y guarda ese sentimiento como un concepto en su corazón; pero si luego esa emoción arranca una expresión de ira que no tiene significado definido, sino que da testimonio de aquel sentimiento de la mente por el hecho mismo del estallido con que es acometido aquel contra quien uno se aíra, esto es ciertamente más que si la ira naciente se reprimiera con el silencio; mas si se oye no meramente una expresión de ira, sino también una palabra con la cual el que la usa indica y significa una censura precisa de aquel contra quien se dirige, ¿quién duda que esto es algo más que si se profiriera meramente una exclamación de ira? De ahí que en lo primero haya una sola cosa, es decir, la ira sola; en lo segundo dos cosas, la ira y una palabra que expresa ira; en lo tercero tres cosas, la ira y una palabra que expresa ira, y en esa palabra la emisión de una censura precisa. Mira ahora también los tres grados de responsabilidad: el juicio, el concilio, el infierno de fuego. Porque en el juicio se da aún oportunidad para la defensa; en el concilio, empero, aunque también suele haber un juicio, sin embargo, porque la distinción misma nos obliga a reconocer que hay aquí cierta diferencia, la producción de la sentencia parece pertenecer al concilio, en cuanto que ya no se trata de la causa del acusado mismo, si ha de ser condenado o no, sino que los que juzgan confieren entre sí a qué castigo deben condenarlo, quien, es claro, ha de ser condenado; pero el infierno de fuego no trata como cosa dudosa ni la condenación, como el juicio, ni el castigo del condenado, como el concilio; porque en el infierno de fuego tanto la condenación como el castigo del condenado son ciertos. Así se ven ciertos grados en los pecados y en la responsabilidad del castigo; pero ¿quién puede decir de qué modos se muestran invisiblemente en los castigos de las almas? Hemos, pues, de aprender cuán grande es la diferencia entre la justicia de los fariseos y aquella justicia mayor que introduce en el reino de los cielos, porque si bien es más grave delito matar que inferir reproche por medio de una palabra, en un caso el matar expone al juicio, pero en el otro la ira expone al juicio, que es el menor de aquellos tres pecados; porque en el primer caso se discutía la cuestión del homicidio entre los hombres, pero en el segundo todas las cosas se disponen por medio de un juicio divino, donde el fin de los condenados es el infierno de fuego. Mas quien dijere que el homicidio es castigado con una pena más severa bajo la justicia mayor si un reproche es castigado con el infierno de fuego, nos obliga a entender que hay diferencias de infiernos.

    I, 9, 25

    25. En verdad, en las tres declaraciones que tenemos delante, hemos de observar que algunas palabras se sobreentienden. Pues la primera declaración tiene todas las palabras necesarias. Cualquiera, dice, que se enoje contra su hermano sin causa, será culpado de juicio. Pero en la segunda, cuando dice: y cualquiera que dijere a su hermano: Raca, se sobreentiende la expresión sin causa, y así se añade: será culpado del concilio. En la tercera, ahora, donde dice: pero cualquiera que dijere: Necio, se sobreentienden dos cosas: a su hermano y sin causa. Y de este modo defendemos al apóstol cuando llama necios a los gálatas, a quienes también da el nombre de hermanos; porque no lo hace sin causa. Y aquí la palabra hermano ha de entenderse por esta razón, que el caso del enemigo se trata después, y cómo también él ha de ser tratado bajo la justicia mayor.
    Comentario editorial · «Sin causa» y «Raca»
    Agustín lee «el que se enoje contra su hermano sin causa» y apoya en esas palabras la gradación de toda la sección. Al revisarla corrigió: «Los códices griegos no tienen sin causa», aunque el sentido sea el mismo, porque quien se aíra contra el pecado del hermano no se aíra contra el hermano (Retractaciones I, 19, 4). Las ediciones críticas y la Vulgata omiten el inciso (nota de Schaff), Wikipedia lo pone como ejemplo de copistas que suavizaron el texto, y las biblias del lector no lo traen (). En cuanto a «Raca», que Agustín, por lo que le dijo un hebreo, toma por una interjección sin significado (I, 9, 23), Schaff la deriva del «caldeo» y la explica, con el léxico de Thayer, como un insulto equivalente a «cabeza hueca». Ojo al comparar: la RV60 traduce «Raca» por «Necio» y la palabra siguiente por «Fatuo».

    Capítulo 10

    I, 10, 26

    26. Sigue luego aquí: Por tanto, si trajeres tu ofrenda al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu ofrenda. De aquí ciertamente se desprende con claridad que lo dicho antes se dice de un hermano: pues la sentencia que sigue está unida por una conjunción tal que confirma la anterior; porque Él no dice: Pero si trajeres tu ofrenda al altar; sino: Por tanto, si trajeres tu ofrenda al altar. Porque si no es lícito airarse sin causa contra un hermano, ni decir Raca, ni decir Necio, mucho menos es lícito retener algo en el ánimo de modo que la indignación se convierta en odio. Y a esto pertenece también lo que se dice en otro pasaje: No se ponga el sol sobre vuestra ira. Se nos manda, pues, que cuando estemos a punto de llevar nuestra ofrenda al altar, si recordamos que nuestro hermano tiene algo contra nosotros, dejemos la ofrenda delante del altar, y vayamos a reconciliarnos con nuestro hermano, y entonces vengamos y ofrezcamos la ofrenda. Pero si esto ha de entenderse literalmente, alguien podría quizá suponer que tal cosa debe hacerse si el hermano está presente; pues no puede demorarse demasiado, ya que se te manda dejar tu ofrenda delante del altar. Si, por tanto, tal cosa viniera a tu mente respecto de uno que está ausente y, como puede suceder, incluso establecido allende el mar, es absurdo suponer que tu ofrenda ha de quedar delante del altar hasta que puedas ofrecerla a Dios después de haber atravesado tierras y mares. Y por eso nos vemos obligados a recurrir a una interpretación enteramente interior y espiritual, para que lo dicho pueda entenderse sin absurdo.

    I, 10, 27

    27. Y así podemos interpretar espiritualmente el altar como la fe misma en el templo interior de Dios, cuyo emblema es el altar visible. Porque cualquier ofrenda que presentemos a Dios —ya sea profecía, enseñanza, oración, salmo, himno, o cualquier otro don espiritual semejante que venga a la mente— no puede ser acepta a Dios si no está sostenida por la sinceridad de la fe y, por así decirlo, colocada sobre ella firme e inmóvilmente, de modo que lo que pronunciamos permanezca entero y sin daño. Pues muchos herejes, no teniendo el altar, es decir la fe verdadera, han proferido blasfemias en busca de alabanza; abrumados, a saber, por opiniones terrenas, y arrojando así, por así decirlo, su ofrenda al suelo. Pero debe haber también pureza de intención por parte del que ofrece. Y por eso, cuando estamos a punto de presentar en nuestro corazón alguna ofrenda de este género, es decir en el templo interior de Dios (pues, como está dicho, el templo de Dios es santo, el cual templo sois vosotros; y que Cristo habite en el hombre interior por la fe en vuestros corazones), si viene a nuestra mente que un hermano tiene algo contra nosotros, es decir si le hemos injuriado en algo (porque entonces él tiene algo contra nosotros, mientras que nosotros tenemos algo contra él si él nos ha injuriado, y en ese caso no es necesario llegar a la reconciliación: pues no pedirás perdón a quien te ha hecho una injuria, sino que simplemente le perdonarás, como deseas que el Señor te perdone lo que has cometido contra Él), debemos, por tanto, proceder a la reconciliación cuando ha venido a nuestra mente que quizá hemos injuriado a nuestro hermano en algo; pero esto ha de hacerse no con los pies del cuerpo, sino con los afectos del alma, de modo que te postres con humilde disposición ante tu hermano, a quien te has apresurado en afectuoso pensamiento, en presencia de Aquel a quien estás a punto de presentar tu ofrenda. Pues así, aunque él esté presente, podrás ablandarlo con un ánimo libre de disimulo y volverlo a la benevolencia pidiéndole perdón, si primero has hecho esto ante Dios, yendo a él no con el movimiento lento del cuerpo, sino con el rapidísimo impulso del amor; y luego viniendo, es decir volviendo tu atención a aquello que habías comenzado a hacer, ofrecerás tu ofrenda.

    I, 10, 28

    28. Pero ¿quién obra de tal modo que ni se aíra contra su hermano sin causa, ni dice Raca sin causa, ni le llama necio sin causa, todo lo cual se comete con suma soberbia, o de tal modo que, si acaso ha caído en alguna de estas faltas, pide perdón con ánimo suplicante, que es el único remedio, sino precisamente el hombre que no está hinchado con el espíritu de vana jactancia? Bienaventurados, pues, los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Veamos ahora lo que sigue.

    Capítulo 11

    I, 11, 29

    29. Sé benévolo, dice, con tu adversario pronto, mientras estás en el camino con él; no sea que en algún momento el adversario te entregue al juez, y el juez te entregue al alguacil, y seas echado en la cárcel. De cierto te digo que de ningún modo saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante. Entiendo quién es el juez: Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha entregado al Hijo. Entiendo quién es el alguacil: Y los ángeles, se dice, le servían; y creemos que vendrá con sus ángeles a juzgar a los vivos y a los muertos. Entiendo lo que significa la cárcel: evidentemente los castigos de las tinieblas, que en otro pasaje llama las tinieblas de afuera: por esta razón, creo, que el gozo de los premios divinos es algo interno en la mente misma, o aun si se puede pensar en algo más escondido, aquel gozo del cual se dice al siervo que mereció bien: Entra en el gozo de tu Señor; así como también, bajo este gobierno republicano, el que es arrojado en la cárcel es enviado fuera de la sala del consejo, o del palacio del juez.

    I, 11, 30

    30. Pero ahora, en cuanto a pagar el último cuadrante, puede entenderse sin absurdo ya sea como significando que nada queda sin castigo; así como en el habla común decimos también hasta las heces, cuando queremos expresar que algo está tan agotado que nada queda: o por la expresión el último cuadrante pueden significarse los pecados terrenales. Pues como cuarta parte de las partes componentes de este mundo, y de hecho como la última, se encuentra la tierra; de modo que empiezas por los cielos, cuentas el aire como segundo, el agua tercera, la tierra cuarta. Por tanto, puede parecer adecuadamente dicho: hasta que pagues el último cuarto, en el sentido de hasta que hayas expiado tus pecados terrenales: pues esto oyó también el pecador: Tierra eres, y a la tierra volverás. Luego, en cuanto a la expresión hasta que pagues, me pregunto si no significa aquel castigo que se llama eterno. Pues ¿de dónde se paga aquella deuda donde ya no se da oportunidad de arrepentirse y de llevar una vida más recta? Pues quizá la expresión hasta que pagues está aquí en el mismo sentido que en aquel pasaje donde se dice: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies; pues ni aun cuando los enemigos hayan sido puestos debajo de sus pies, dejará Él de sentarse a la diestra: o aquella afirmación del apóstol: Porque es necesario que Él reine, hasta que haya puesto a todos los enemigos debajo de sus pies; pues ni aun cuando hayan sido puestos debajo de sus pies, dejará Él de reinar. De ahí que, como allí se entiende de Aquel de quien se dice: Es necesario que Él reine, hasta que haya puesto a sus enemigos debajo de sus pies, que reinará para siempre, por cuanto ellos estarán para siempre debajo de sus pies; así aquí puede entenderse de aquel de quien se dice: De ningún modo saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante, que nunca saldrá; pues siempre está pagando el último cuadrante, mientras sufre el castigo eterno de sus pecados terrenales. Y no diría esto de tal manera que pareciera impedir una discusión más cuidadosa acerca del castigo de los pecados, en cuanto a cómo en las Escrituras se llama eterno; aunque de todos los modos posibles ha de ser evitado más bien que conocido.

    I, 11, 31

    31. Pero veamos ahora quién es el adversario mismo, con quien se nos manda ponernos de acuerdo pronto, mientras estamos en el camino con él. Pues es o el diablo, o un hombre, o la carne, o Dios, o su mandamiento. Pero no veo cómo se nos mandaría estar en términos de benevolencia, es decir, ser de un corazón o de una mente, con el diablo. Pues algunos han traducido la palabra griega que aquí se encuentra como de un corazón, otros como de una mente: pero ni se nos manda mostrar benevolencia al diablo (porque donde hay benevolencia hay amistad: y nadie diría que hemos de hacer amistad con el diablo); ni conviene llegar a un acuerdo con él, contra quien hemos declarado la guerra renunciando a él de una vez para siempre, y al vencerle seremos coronados; ni debemos ahora ceder ante él, pues si nunca le hubiéramos cedido, nunca habríamos caído en tales miserias. Además, en cuanto a que el adversario sea un hombre, aunque se nos manda vivir en paz con todos los hombres, en cuanto esté de nuestra parte, donde ciertamente puede entenderse benevolencia, concordia y consentimiento; sin embargo, no veo cómo puedo aceptar la opinión de que somos entregados al juez por un hombre, en un caso donde entiendo que Cristo es el juez, ante cuyo tribunal todos hemos de comparecer, como dice el apóstol: ¿cómo, pues, me ha de entregar al juez aquel que comparecerá igualmente conmigo ante el juez? O si alguien es entregado al juez porque ha injuriado a un hombre, aunque la parte injuriada no lo entregue, es una opinión mucho más adecuada que el culpable es entregado al juez por aquella ley contra la cual obró cuando injurió al hombre. Y esto por la razón adicional de que, si alguien ha injuriado a un hombre matándolo, ya no habrá tiempo para ponerse de acuerdo con él; pues ya no está en el camino con él, es decir, en esta vida: y sin embargo, no por eso se excluye un remedio, si uno se arrepiente y huye al refugio del sacrificio de un corazón quebrantado a la misericordia de Aquel que perdona los pecados de los que se vuelven a Él, y que se goza más por un penitente que por noventa y nueve justos. Pero mucho menos veo cómo se nos manda tener benevolencia hacia la carne, o ponernos de acuerdo con ella, o ceder ante ella. Pues son más bien los pecadores quienes aman su carne, y están de acuerdo con ella, y ceden ante ella; pero los que la someten no son los que ceden ante ella, sino más bien la obligan a ceder ante ellos.

    I, 11, 32

    32. Quizá, por tanto, se nos manda ceder ante Dios, y estar bien dispuestos hacia Él, para que nos reconciliemos con Él, de quien por el pecado nos hemos apartado, de modo que Él pueda ser llamado nuestro adversario. Pues con razón es llamado adversario de aquellos a quienes resiste, porque Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes; y la soberbia es el principio de todo pecado, mas el principio de la soberbia del hombre es apostatar de Dios; y el apóstol dice: Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. Y de esto puede percibirse que ninguna naturaleza [en cuanto] mala es enemiga de Dios, por cuanto los mismos que eran enemigos están siendo reconciliados. Quien, por tanto, mientras está en este camino, es decir, en esta vida, no se hubiere reconciliado con Dios por la muerte de su Hijo, será entregado al juez por Él, pues el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha entregado al Hijo; y así siguen las demás cosas que se describen en esta sección, las cuales ya hemos discutido. Sólo hay una cosa que crea dificultad en cuanto a esta interpretación, a saber, cómo puede decirse con razón que estamos en el camino con Dios, si en este pasaje Él mismo ha de ser entendido como el adversario de los impíos, con quien se nos manda reconciliarnos pronto; a no ser, acaso, porque Él está en todas partes, también nosotros, mientras estamos en este camino, ciertamente estamos con Él. Pues como está dicho: Si subiere a los cielos, allí estás Tú; si hiciere mi lecho en el infierno, he aquí, allí estás Tú. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. O si no se acepta la opinión de que los impíos están con Dios, aunque no hay lugar donde Dios no esté presente — así como no decimos que los ciegos están con la luz, aunque la luz rodea sus ojos — queda un recurso: que entendamos aquí al adversario como el mandamiento de Dios. Pues ¿qué es tan adversario para los que quieren pecar como el mandamiento de Dios, es decir, su ley y la divina Escritura, que nos ha sido dada para esta vida, para que esté con nosotros en el camino, al cual no debemos contradecir, no sea que nos entregue al juez, sino al cual debemos someternos pronto? Pues nadie sabe cuándo ha de salir de esta vida. Ahora bien, ¿quién es el que se somete a la divina Escritura, sino aquel que la lee o la oye piadosamente, acatándola como de suprema autoridad; de modo que lo que entiende no lo aborrece por esto, porque siente que se opone a sus pecados, sino que más bien ama ser reprendido por ella, y se goza de que sus males no sean perdonados hasta que sean sanados; y de modo que aun respecto a lo que le parece oscuro o absurdo, no por eso levanta contradicciones contenciosas, sino que ora para entender, recordando sin embargo que se ha de manifestar benevolencia y reverencia hacia tan gran autoridad? Pero ¿quién hace esto, sino precisamente el hombre que ha venido, no amenazando ásperamente, sino en la mansedumbre de la piedad, con el propósito de abrir y averiguar el contenido del testamento de su padre? Bienaventurados, pues, los mansos: porque ellos heredarán la tierra. Veamos lo que sigue.

    Capítulo 12

    I, 12, 33

    33. Habéis oído que fue dicho a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo os digo que todo aquel que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. La menor justicia, entonces, es no cometer adulterio por la unión carnal; pero la mayor justicia del reino de Dios es no cometer adulterio en el corazón. Ahora bien, el hombre que no comete adulterio en el corazón, con mucha más facilidad se guarda de cometer adulterio en el hecho real. Por tanto, Aquel que dio el precepto posterior confirmó el anterior; porque Él no vino a abrogar la ley, sino a cumplirla. Es muy digno de consideración que no dijo: ‘Cualquiera que codicia a una mujer’, sino: ‘Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla’, es decir, se dirige hacia ella con este fin y con esta intención, de codiciarla; lo cual, en realidad, no es meramente ser estimulado por el deleite carnal, sino consentir plenamente a la concupiscencia; de modo que el apetito prohibido no sea refrenado, sino satisfecho si se presentara la ocasión.

    I, 12, 34

    34. Porque tres son las cosas que completan el pecado: la sugestión, el deleite, y el consentimiento. La sugestión tiene lugar ya por medio de la memoria, ya por medio de los sentidos corporales, cuando vemos, u oímos, u olemos, o gustamos, o tocamos algo. Y si nos da deleite el gozar de ello, este deleite, si es ilícito, debe ser refrenado. Así como cuando estamos ayunando, y al ver la comida se excita el apetito del paladar, esto no sucede sin deleite; pero no consentimos a este gusto, y lo reprimimos por el derecho de la razón, que tiene la supremacía. Pero si se produjere el consentimiento, el pecado quedará completo, conocido por Dios en nuestro corazón, aunque no llegue a ser conocido por los hombres en la obra. Hay, pues, estos pasos: la sugestión es presentada, por así decirlo, por una serpiente, es decir, por un fugaz y rápido, es decir, un movimiento temporal de los cuerpos: porque si hay también algunas imágenes semejantes que se mueven en el alma, han sido derivadas de fuera, del cuerpo; y si alguna sensación oculta del cuerpo, además de esos cinco sentidos, toca al alma, también esa es temporal y fugaz; y por tanto, cuanto más clandestinamente se desliza, de modo que afecta al proceso del pensamiento, tanto más aptamente es comparada a una serpiente. Por ende, estos tres estadios, como comenzaba a decir, se asemejan a aquella transacción que se describe en el Génesis, de modo que la sugestión y cierta medida de persuasión es presentada, como por la serpiente; mas el deleite en ello reside en el apetito carnal, como en Eva; y el consentimiento reside en la razón, como en el varón: y realizadas estas cosas, el varón es arrojado, como de un paraíso, es decir, de la beatísima luz de la justicia, a la muerte — en todo sentido justísimamente. Porque el que presenta la persuasión no obliga. Y todas las naturalezas son hermosas en su orden, según sus gradaciones; mas no debemos descender de las superiores, entre las cuales la mente racional tiene asignado su lugar, a las inferiores. Y nadie está obligado a hacer esto; y por tanto, si lo hiciere, es castigado por la justa ley de Dios, pues no es culpado de esto contra su voluntad. Pero, sin embargo, antes del hábito, o no hay deleite, o es tan leve que apenas lo hay; y ceder a él es un gran pecado, pues tal deleite es ilícito. Ahora, cuando alguno cede, comete pecado en el corazón. Mas si, ademá, procede a la acción, el deseo parece ser satisfecho y extinguido; mas después, cuando la sugestión se repite, se enciende un mayor deleite, el cual, sin embargo, es aún mucho menor que aquel que, por la práctica continua, se convierte en hábito. Porque es muy difícil vencer este; y, no obstante, aun el hábito mismo, si no se es infiel a sí mismo, y no se retrae con temor de la milicia cristiana, lo dominará bajo la guía y el auxilio de Él (es decir, de Crist); y así, de acuerdo con la paz y el orden primitivos, el varón está sujto a Crist, y la mujer está sujta al varón.

    I, 12, 35

    35. Por tanto, así como llegamos al pecado por tres pasos — sugestión, deleite, consentimiento —, así del pecado mismo hay tres varieades — en el coraón, en la obra, en la costumbre —, como tres muertes: una, por así decirlo, en casa, es decir, cuando consentimos a la concupiscencia en el corazó; una segun, ahora, como sacada fuera de la puerta, cuando el asentimiento avanza hasta la acción; una tercera, cuando la mente es oprimida por la fuerza de la mala costumbre, como por un montó de tierra, y está ya, por decirlo así, pudriéndose en el sepulcro. Y quien lee el Evangélio percibe que nuestro Señor resucitó a estos tres géeros de muertos. Y quizá refleiona qué diferencias pueden hallarse en las palabras mismas del que los resucita, cuando dice en una ocasión, ‘Muchacha, levántate’; en otra, ‘Joven, a ti te digo, levántate’; y cuando en otra ocasión gimió en el espíritu, y lloró, y otra vez gimió, y luego después clamo a gran voz, ‘Lázaro, sal fuera’.

    I, 12, 36

    36. Y por tanto, bajo la categoría del adultero mencionado en esta secció, debéos enteder toda concupiscencia carnal y sensual. Pues cuando la Escritura tan constantemente habla de la idolatría como fornicació, y el Apóstol Pablo llama a la avaricia con el nombre de idolatrí, ¿quién duda que toda mala concupiscencia se llama con razó fornicació, ya que el alma, descuidando la ley superior por la que es regida, y prostituyéndose por el vil deleite de la naturaleza inforior como su recompena (por decirlo así), queda así corrompida? Y por tanto, todo aquel que siente el deleite carnal rebelándose contra la recta inclinaió en su propio caso por la costumbre de pecar, por cuy violencia indómita es arrastrado a la cautividad, traiga a la memoria cuanto pueda qué clae de paz ha perdido por pecar, y clame: ‘¡Mierale hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? Doy gracias a Dios por Jesucrito’. Porque de este modo, cuando clama que es mierale, en el act de lamentarse implora la ayuda de un consolador. Y no es pequeño acercamiento a la bienaventuranza, cuando ha llegado a conocer su mieria; y por tanto, bienaventurados también los que lloran, porque ellos será consolados.

    Capítulo 13

    I, 13, 37

    37. A continuación, Él prosigue diciendo: Y si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; porque te conviene que uno de tus miembros perezca, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. Aquí, ciertamente, se necesita gran valor para cortarse los propios miembros. Pues sea lo que fuere lo que se entiende por el ojo, sin duda es algo que se ama ardientemente. Pues quienes desean expresar con fuerza su afecto suelen hablar así: "Lo amo como a mis propios ojos, o aun más que a mis propios ojos". Luego, cuando se añade la palabra derecho, quizá se quiere intensificar la fuerza del afecto. Pues aunque estos ojos corporales nuestros se dirigen en una misma dirección para ver, y si ambos se dirigen tienen igual poder, los hombres temen más perder el derecho. De modo que el sentido en este caso es: Sea lo que fuere aquello que amas tanto que lo consideras como un ojo derecho, si te es ocasión de caer, es decir, si te resulta un estorbo en el camino de la verdadera felicidad, sácalo y échalo de ti. Porque te conviene que una de esas cosas que amas tanto que se adhieren a ti como si fueran miembros, perezca antes que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.

    I, 13, 38

    38. Pero como Él prosigue con una declaración semejante acerca de la mano derecha: Si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti; porque te conviene que uno de tus miembros perezca, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno, nos obliga a investigar con más cuidado qué es lo que ha llamado ojo. Y en cuanto a esta investigación, no se me ocurre una explicación más adecuada que un amigo muy amado: pues este, ciertamente, es algo que con razón podemos llamar un miembro al que amamos ardientemente; y este amigo, un consejero, pues es como un ojo que señala el camino; y eso en las cosas divinas, pues es el ojo derecho: de modo que el izquierdo es, en verdad, un consejero amado, pero en asuntos terrenos, pertenecientes a las necesidades del cuerpo; acerca del cual, como causa de tropiezo, era superfluo hablar, puesto que ni siquiera el derecho debía perdonarse. Ahora bien, un consejero en las cosas divinas es causa de tropiezo si se esfuerza por conducir a alguien a alguna herejía peligrosa bajo apariencia de religión y doctrina. Por lo tanto, tómese también la mano derecha en el sentido de un amado ayudador y auxiliar en las obras divinas: pues así como se entiende con razón que la contemplación tiene su asiento en el ojo, así la acción en la mano derecha; de modo que la mano izquierda puede entenderse con referencia a las obras que son necesarias para esta vida y para el cuerpo.

    Capítulo 14

    I, 14, 39

    39. Se ha dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. Esta es la justicia menor de los fariseos, la cual no es contradicha por lo que nuestro Señor dice: Pero yo os digo que cualquiera que repudie a su mujer, salvo por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada comete adulterio. Porque Aquel que dio el mandamiento de que se diera carta de divorcio, no dio el mandamiento de que la mujer fuera repudiada; sino que cualquiera que repudie, dice Él, dele carta de divorcio, a fin de que la idea de tal escrito moderase la ira precipitada del que se deshacía de su mujer. Y, por tanto, Aquel que buscó interponer una demora en el repudio, indicó hasta donde pudo a los hombres de corazón duro que Él no deseaba la separación. Y en conformidad con esto, el Señor mismo en otro pasaje, cuando se le preguntó sobre este asunto, dio esta respuesta: Moisés lo hizo así por la dureza de vuestros corazones. Pues por muy duro de corazón que sea un hombre que desea repudiar a su mujer, cuando reflexiona que, una vez dada la carta de divorcio, ella podría entonces sin riesgo casarse con otro, se apaciguaría fácilmente. Nuestro Señor, por tanto, para confirmar aquel principio de que una mujer no debe ser repudiada a la ligera, hizo la única excepción de la fornicación; pero manda que todas las demás molestias, si alguna de ellas llegara a surgir, se soporten con fortaleza por causa de la fidelidad conyugal y por causa de la castidad; y llama también adúltero al hombre que se casa con la repudiada por su marido. Y el Apóstol Pablo muestra el límite de este estado de cosas, pues dice que ha de observarse mientras viva el marido; pero a la muerte del marido da permiso para casarse. Pues él mismo también se atuvo a esta regla, y en ello presenta no su propio consejo, como en el caso de algunas de sus amonestaciones, sino un mandamiento del Señor cuando dice: Y a los casados mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se aparte del marido; pero si se aparta, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no repudie a su mujer. Creo que, según una regla semejante, si él la repudiare, ha de permanecer sin casar, o reconciliarse con su mujer. Pues puede suceder que repudie a su mujer por causa de fornicación, que nuestro Señor quiso exceptuar. Pero ahora, si a ella no le es lícito casarse mientras viva el marido del cual se apartó, ni a él tomar otra mientras viva la mujer que repudió, mucho menos es lícito cometer actos ilícitos de fornicación con cualesquiera personas. Más bienaventurados ciertamente han de ser tenidos aquellos matrimonios en que las partes, sea después de la procreación de hijos, o aun por desprecio de tal progenie terrenal, han podido de común acuerdo practicar la continencia mutua: tanto porque nada se hace contrario a aquel precepto por el cual el Señor prohíbe repudiar a la esposa (pues no la repudia quien vive con ella no carnalmente, sino espiritualmente), como porque se observa aquel principio que el apóstol expresa: Resta, pues, que los que tienen mujer sean como si no la tuviesen.

    Capítulo 15

    I, 15, 40

    40. Pero es más bien aquella afirmación que el Señor mismo hace en otro pasaje la que suele turbar la mente de los pequeños que, no obstante, desean ardientemente vivir ya según los preceptos de Cristo: Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Pues a los menos inteligentes puede parecer una contradicción que aquí prohíba repudiar a la mujer salvo por causa de fornicación, y que en otro lugar afirme que nadie puede ser discípulo suyo si no aborrece a su mujer. Pero si hablara con referencia a la unión carnal, no pondría al padre, a la madre y a los hermanos en la misma categoría. ¡Y cuán verdadero es que el reino de los cielos sufre violencia, y los que usan de violencia lo arrebatan! Pues, ¿cuánta violencia es necesaria para que un hombre ame a sus enemigos y aborrezca a su padre, madre, mujer, hijos y hermanos! Pues manda ambas cosas Aquel que nos llama al reino de los cielos. Y que estas cosas no se contradicen entre sí es fácil mostrarlo bajo su guía; pero una vez entendidas, es difícil llevarlas a la práctica, aunque también esto es muy fácil cuando Él mismo nos ayuda. Porque en aquel reino eterno al que se ha dignado llamar a sus discípulos, a quienes da también el nombre de hermanos, no existen relaciones temporales de esta clase. Pues no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer; sino que Cristo es todo, y en todos. Y el mismo Señor dice: Porque en la resurrección ni se casan ni se dan en casamiento, sino que son como los ángeles de Dios en el cielo. Por lo tanto, es necesario que quien quiera ya desde ahora aspirar a la vida de aquel reino, aborrezca no a las personas mismas, sino aquellas relaciones temporales por las que se sostiene esta vida nuestra, transitoria y consistente en nacer y morir; porque quien no las aborrece, no ama todavía aquella vida en la que no existe la condición de nacer y morir, que es la que une a las partes en matrimonio terreno.

    I, 15, 41

    41. Por tanto, si yo preguntara a cualquier buen cristiano que tenga mujer, y aun cuando todavía tenga hijos de ella, si querría tener a su mujer en aquel reino, acordándose en todo caso de las promesas de Dios y de aquella vida donde esto corruptible se vestirá de incorrupción y esto mortal se vestirá de inmortalidad, aunque al presente vacile por la grandeza, o al menos por un cierto grado de amor, respondería con execración que siente una fuerte aversión a ello. Si le preguntara de nuevo si querría que su mujer viviera allí con él, después de la resurrección, cuando hubiera experimentado aquella transformación angélica prometida a los santos, respondería que deseaba esto con tanta fuerza como reprobaba lo otro. Así, en una misma mujer, un buen cristiano ama a la criatura de Dios, a quien desea que sea transformada y renovada, pero aborrece la unión conyugal corruptible y mortal y el comercio carnal: es decir, amar en ella lo que es propio del ser humano, y aborrecer lo que le pertenece como esposa. Así también ama a su enemigo, no en cuanto enemigo, sino en cuanto hombre; de modo que le desea a él el mismo bien que a sí mismo, a saber, que alcance el reino de los cielos enderezado y renovado. Esto ha de entenderse tanto del padre y de la madre como de los demás lazos de sangre: que aborrecemos en ellos lo que ha tocado en suerte al género humano por nacer y morir, pero amamos lo que puede ser llevado con nosotros a aquellos reinos donde nadie dice: "Padre mío", sino que todos dicen al único Dios: "Padre nuestro"; y nadie dice: "Madre mía", sino que todos dicen a aquella otra Jerusalén: "Madre nuestra"; y nadie dice: "Hermano mío", sino que cada uno dice de cualquier otro: "Hermano nuestro". Pero, en realidad, habrá un matrimonio por nuestra parte como de una sola esposa (cuando hayamos sido congregados en la unidad) con Aquel que nos ha librado de la contaminación de este mundo derramando su propia sangre. Es necesario, por tanto, que el discípulo de Cristo aborrezca estas cosas pasajeras en aquellos a quienes desea alcanzar juntamente consigo las que han de permanecer para siempre; y que tanto más aborrezca en ellos estas cosas cuanto más los ame a ellos mismos.

    I, 15, 42

    42. Puede, por tanto, un cristiano vivir en concordia con su mujer, ya sea proveyendo con ella a la concupiscencia carnal — cosa de la que el Apóstol habla por concesión, no por mandamiento —; ya sea proveyendo a la procreación de los hijos, lo que al presente puede ser en cierto grado digno de alabanza; ya sea proveyendo a un trato fraternal, como de hermanos y hermanas, sin unión corporal, teniendo a su mujer como si no la tuviera, lo que es lo más excelente y sublime en el matrimonio de los cristianos; pero de tal manera que en ella aborrezca el nombre del parentesco temporal y ame la esperanza de la bienaventuranza eterna. Pues aborrecemos, sin duda, aquello de lo cual al menos deseamos que en algún tiempo futuro deje de existir; como, por ejemplo, esta misma vida nuestra en el mundo presente, la cual, si no la aborreciéramos por ser temporal, no anhelaríamos la vida futura, que no está condicionada por el tiempo. Pues en lugar de esta vida se pone el alma, de la cual se dice en aquel pasaje: Si alguno no aborrece también su propia alma, no puede ser mi discípulo. Pues para esta vida es necesario el alimento corruptible, del cual dice el Señor mismo: ¿No es el alma más que el alimento? es decir, esta vida a la cual el alimento es necesario. Y cuando dice que daría su alma por sus ovejas, sin duda quiere decir esta vida, al declarar que va a morir por nosotros.

    Capítulo 16

    I, 16, 43

    43. Aquí surge una segunda pregunta: cuando el Señor permite que la mujer sea repudiada por causa de fornicación, ¿en qué amplitud de significado ha de entenderse la fornicación en este pasaje — si en el sentido entendido por todos, a saber, que hemos de entender que se refiere a la fornicación que se comete en actos de inmundicia; o si, conforme al uso de la Escritura al hablar de fornicación (como se ha mencionado arriba), significa toda corrupción ilícita, como la idolatría o la codicia, y por tanto, desde luego, toda transgresión de la ley a causa de la concupiscencia ilícita [que ella encierra]? Pero consultemos al apóstol, para no hablar precipitadamente. Y a los casados mando, dice, no yo, sino el Señor: No se aparte la mujer de su marido; pero si se aparta, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido. Pues puede suceder que se aparte por aquella causa por la cual el Señor da permiso para hacerlo. O, si la mujer tiene libertad para repudiar a su marido por otras causas además de la fornicación, y el marido no la tiene, ¿qué respuesta daremos respecto de esta declaración que él hace después, Y no repudie el marido a su mujer? ¿Por qué no añadió: salvo por causa de fornicación, que el Señor permite, sino porque quiere que se entienda una regla semejante: que si él repudia a su mujer (lo que le es permitido hacer por causa de fornicación), ha de quedarse sin mujer, o reconciliarse con su mujer? Pues no sería cosa mala que un marido se reconciliara con una mujer tal como aquella a quien, cuando nadie se atrevía a apedrearla, el Señor dijo: Vete, y no peques más. Y también por esta razón, porque Aquel que dice: No es lícito repudiar a la mujer propia sino por causa de fornicación, le fuerza a retener a su mujer si no hay causa de fornicación; pero si la hay, no le fuerza a repudiarla, sino que se lo permite, así como cuando se dice: No le sea lícito a la mujer casarse con otro, a no ser que su marido haya muerto; si se casa antes de la muerte de su marido, es culpable; si no se casa después de la muerte de su marido, no es culpable, pues no se le manda casarse, sino que meramente se le permite. Si, por tanto, hay una regla semejante en la dicha ley del matrimonio entre el hombre y la mujer, hasta tal punto que no solo de la mujer ha dicho el mismo apóstol: La mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; sino que tampoco ha callado respecto de él, diciendo: Y asimismo el marido no tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer; — si, pues, la regla es semejante, no hay necesidad de entender que le es lícito a la mujer repudiar a su marido, salvo por causa de fornicación, como es el caso también con el marido.

    I, 16, 44

    44. Ha de considerarse, por tanto, en qué amplitud de significado debemos entender la palabra fornicación, y ha de consultarse al apóstol, como empezábamos a hacer. Pues él prosigue diciendo: Pero a los demás hablo yo, no el Señor. Aquí, primero, hemos de ver quiénes son los demás, pues antes hablaba de parte del Señor a los casados, pero ahora, como de sí mismo, habla a los demás: de ahí que quizá a los no casados, pero esto no se sigue. Pues así continúa: Si algún hermano tiene mujer que no cree, y ella consiente en habitar con él, no la repudie. De donde, aun ahora está hablando a los que son casados. ¿Cuál es, pues, su propósito al decir a los demás, sino que antes hablaba a aquellos que estaban unidos de tal modo que eran semejantes en cuanto a su fe en Cristo; pero que ahora habla a los demás, es decir, a aquellos que están unidos de tal modo que no son ambos creyentes? Pero ¿qué les dice? Si algún hermano tiene mujer que no cree, y ella consiente en habitar con él, no la repudie. Y la mujer que tiene marido que no cree, y si él consiente en habitar con ella, no lo repudie. Si, por tanto, no da un mandamiento como de parte del Señor, sino que aconseja como de sí mismo, entonces se sigue este buen resultado: que si alguno obra de otro modo, no es transgresor de un mandamiento, así como dice un poco después respecto de las vírgenes, que no tiene mandamiento del Señor, sino que da su consejo; y de tal modo alaba la virginidad, que quien quiera puede aprovecharse de ella; pero si no lo hace, no se le juzga haber obrado contra un mandamiento. Pues una cosa es la que se manda, otra aquella sobre la cual se da consejo, otra aún la que se permite. A la mujer se le manda no apartarse de su marido; y si se aparta, quedarse sin casar, o reconciliarse con su marido: por tanto, no le es lícito obrar de otro modo. Pero al marido creyente se le aconseja, si tiene mujer incrédula que consiente en habitar con él, que no la repudie: por tanto, también es lícito repudiarla, porque no es mandamiento del Señor que no la repudie, sino un consejo del apóstol: así como a la virgen se le aconseja no casarse; pero si se casa, no se adherirá ciertamente al consejo, pero no obrará en oposición a un mandamiento. Se da permiso cuando se dice: Mas esto hablo por permisión, no por mandamiento. Y por tanto, si es lícito que la mujer incrédula sea repudiada, aunque es mejor no repudiarla, y sin embargo no es lícito, según el mandamiento del Señor, que una mujer sea repudiada, salvo por causa de fornicación, [entonces] la incredulidad misma también es fornicación.

    I, 16, 45

    45. Pues ¿qué dices, oh apóstol? ¿Ciertamente, que el marido creyente que tiene mujer incrédula que consiente en habitar con él no ha de repudiarla? Así es, dice él. Cuando, por tanto, el Señor da también este mandamiento: que el hombre no repudie a su mujer, salvo por causa de fornicación, ¿por qué dices aquí: Yo hablo, no el Señor? Por esta razón, a saber: que la idolatría que siguen los incrédulos, y toda otra superstición nociva, es fornicación. Ahora bien, el Señor permitió que la mujer fuera repudiada por causa de fornicación; pero al permitirlo, no lo mandó: dio oportunidad al apóstol para aconsejar que quien quisiera no repudiara a la mujer incrédula, a fin de que, quizá, de este modo ella pudiera hacerse creyente. Pues, dice él, el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula es santificada en el hermano. Supongo que ya había ocurrido que algunas mujeres abrazaban la fe por medio de sus maridos creyentes, y maridos por medio de sus mujeres creyentes; y aunque no menciona nombres, con todo urgió su caso con ejemplos, para fortalecer su consejo. Luego prosigue diciendo: De otro modo, vuestros hijos serían inmundos; mas ahora son santos. Pues ahora los hijos eran cristianos, que eran santificados a instancia de uno de los padres, o con el consentimiento de ambos; lo cual no tendría lugar a menos que el matrimonio se rompiera por hacerse creyente una de las partes, y a menos que la incredulidad del cónyuge se tolerara hasta el punto de dar oportunidad de creer. Este, por tanto, es el consejo de Aquel a quien tengo por haber hablado las palabras: Cuanto gastes de más, cuando yo vuelva, te lo pagaré.

    I, 16, 46

    46. Además, si la incredulidad es fornicación, y la idolatría incredulidad, y la codicia idolatría, no ha de dudarse que la codicia también es fornicación. ¿Quién, pues, en ese caso puede con razón separar cualquier concupiscencia ilícita de la categoría de fornicación, si la codicia es fornicación? Y de esto colegimos que, a causa de las concupiscencias ilícitas, no solo aquellas de las que uno es culpable en actos de inmundicia con el marido o la mujer de otro, sino cualesquiera concupiscencias ilícitas, que hacen que el alma, usando mal del cuerpo, se desvíe de la ley de Dios, y sea ruinosa y bajamente corrompida, puede un hombre, sin crimen, repudiar a su mujer, y una mujer a su marido, porque el Señor hace de la causa de fornicación una excepción; la cual fornicación, conforme a las consideraciones anteriores, nos vemos obligados a entender como general y universal.
    Comentario editorial · Qué es «fornicación»: una cuestión que Agustín dejó abierta
    Agustín extiende aquí la «fornicación» que permite el divorcio a toda concupiscencia ilícita, la idolatría o la avaricia incluidas. Más de treinta años después no estaba seguro. Discutió el asunto, dice, «escrupulosísimamente», pero qué fornicación entiende el Señor «es una cuestión oscurísima»; que el adulterio permite despedir a la esposa, eso no ofrece duda. Pide al lector que no se dé por satisfecho con estas páginas y lea otras, suyas o ajenas, y reconoce que, al decir que despedir a la adúltera está permitido y no mandado (I, 16, 43), no tuvo en cuenta otra sentencia de la Escritura: «el que retiene a la adúltera es necio e impío» (Retractaciones I, 19, 6). Volvió al tema en los dos libros Sobre los matrimonios adúlteros, de los que escribió: «siento que no he llegado a la perfección en este asunto» (Retractaciones II, 57).

    I, 16, 47

    47. Pero cuando Él dice: salvo por causa de fornicación, no ha dicho de cuál de ellos, si del hombre o de la mujer. Pues no solo es lícito repudiar a la mujer que comete fornicación; sino que quien repudia a aquella mujer por la cual él mismo es compelido a cometer fornicación, la repudia sin duda por causa de fornicación. Como, por ejemplo, si una mujer compeliera a uno a sacrificar a los ídolos, el hombre que repudia a tal mujer la repudia por causa de fornicación, no solo de parte de ella, sino también de la suya propia: de parte de ella, porque comete fornicación; de la suya, para no cometer fornicación. Nada, sin embargo, es más injusto que el que un hombre repudie a su mujer por causa de fornicación, si él mismo también es convicto de cometer fornicación. Pues se le ocurre a uno aquel pasaje: Porque en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; pues tú que juzgas haces las mismas cosas. Y por esta razón, quienquiera que desea repudiar a su mujer por causa de fornicación, debe primero ser limpio de fornicación; y una observación semejante haría respecto de la mujer también.

    I, 16, 48

    48. Pero en referencia a lo que Él dice: Cualquiera que se casa con la repudiada comete adulterio, puede preguntarse si ella también, la que es casada, comete adulterio del mismo modo que el que se casa con ella. Pues a ella también se le manda quedarse sin casar, o reconciliarse con su marido; pero esto en el caso de que ella se aparte de su marido. Hay, sin embargo, una gran diferencia entre que ella repudie o sea repudiada. Pues si ella repudia a su marido, y se casa con otro, parece haber dejado a su anterior marido por un deseo de cambiar su unión matrimonial, lo cual es, sin duda, un pensamiento adúltero. Pero si ella es repudiada por el marido, con quien deseaba estar, ciertamente el que se casa con ella comete adulterio, según la declaración del Señor; pero si ella también está envuelta en un crimen semejante es incierto — aunque es mucho menos fácil descubrir cómo, cuando un hombre y una mujer tienen comercio uno con otro con igual consentimiento, uno de ellos haya de ser adúltero, y el otro no. A esto ha de añadirse la consideración de que, si él comete adulterio al casarse con la que está divorciada de su marido (aunque ella no repudia, sino que es repudiada), ella le hace cometer adulterio, lo cual sin embargo el Señor prohíbe. Y de aquí inferimos que, ya sea que haya sido repudiada, o que haya repudiado a su marido, le es necesario quedarse sin casar, o reconciliarse con su marido.

    I, 16, 49

    49. De nuevo, se pregunta si, con permiso de la mujer, ya sea una estéril, o una que no quiere someterse al comercio, un hombre toma para sí otra mujer, no la mujer de otro hombre, ni una separada de su marido, ¿puede hacerlo sin ser acusable de fornicación? Y se halla un ejemplo en la historia del Antiguo Testamento; pero ahora hay preceptos mayores a los que el género humano ha llegado después de haber pasado aquella etapa; y esas materias han de investigarse con el propósito de distinguir las edades de la dispensación de aquella providencia divina que asiste al género humano del modo más ordenado; pero no con el propósito de usar las reglas de vivir. Pero aún puede preguntarse si lo que el apóstol dice: La mujer no tiene potestad de su propio cuerpo, sino el marido; y asimismo el marido no tiene potestad de su propio cuerpo, sino la mujer, puede llevarse tan lejos, que, con el permiso de la mujer, que posee la potestad sobre el cuerpo de su marido, un hombre pueda tener comercio con otra mujer, que no es ni la mujer de otro hombre ni divorciada de su marido; pero tal opinión no ha de admitirse, no sea que parezca que también una mujer, con permiso de su marido, podría hacer tal cosa, lo cual el sentimiento instintivo de cada uno impide.

    I, 16, 50

    50. Y sin embargo, algunas ocasiones pueden surgir, en las que también la mujer, con el consentimiento de su marido, puede parecer bajo obligación de hacer esto por el bien de ese mismo marido; como, por ejemplo, se dice que sucedió en Antioquía hace unos cincuenta años, en tiempos de Constancio. Pues Acindino, a la sazón prefecto y en otro tiempo también cónsul, cuando exigió a cierto deudor público el pago de una libra de oro, impelido por no sé qué motivo, hizo una cosa que a menudo es peligrosa en el caso de aquellos magistrados a quienes cualquier cosa les es lícita, o más bien se piensa que les es lícita, a saber: amenazó con juramento y con una afirmación vehemente, que si no pagaba el susodicho oro en cierto día que había fijado, sería condenado a muerte. En consecuencia, mientras era mantenido en cruel encierro, y no podía librarse de aquella deuda, el día temido comenzó a amenazar y a acercarse. Ocurrió, sin embargo, que tenía una mujer muy hermosa, pero que no tenía dinero con que acudir al socorro de su marido; y cuando cierto hombre rico había tenido sus deseos inflamados por la hermosura de esta mujer, y había sabido que su marido estaba puesto en aquella situación crítica, le envió a ella, prometiendo a cambio de una sola noche, si ella consentía en tener comercio con él, que le daría la libra de oro. Entonces ella, sabiendo que ella misma no tenía potestad sobre su cuerpo, sino su marido, le comunicó la noticia a él, diciéndole que estaba dispuesta a hacerlo por el bien de su marido, pero solo si él mismo, el señor por matrimonio de su cuerpo, a quien toda aquella castidad era debida, quisiera que se hiciera, como disponiendo de su propia propiedad por el bien de su vida. Él le dio las gracias, y mandó que se hiciera, de ningún modo juzgando que era un abrazo adúltero, porque no era concupiscencia, sino gran amor por su marido, lo que lo exigía, por su propia orden y voluntad. La mujer fue a la quinta de aquel hombre rico, hizo lo que el hombre lascivo quería; pero entregó su cuerpo solo a su marido, quien no deseaba, como era usual, sus derechos matrimoniales, sino la vida. Recibió el oro; pero quien lo dio quitó a escondidas lo que había dado, y sustituyó una bolsa semejante con tierra dentro. Cuando la mujer, sin embargo, al llegar a su casa, lo descubrió, salió corriendo en público para proclamar el hecho que había hecho, animada por el mismo tierno afecto por su marido por el cual había sido forzada a hacerlo; va al prefecto, confiesa todo, muestra el fraude que se había practicado contra ella. Entonces, en efecto, el prefecto primero se declara culpable, porque el asunto había llegado a esto por medio de sus amenazas, y, como si pronunciara sentencia sobre otro, decidió que una libra de oro fuera traída al tesoro de la propiedad de Acindino; sino que ella (la mujer) fuera instalada como dueña de aquel pedazo de tierra de donde había recibido la tierra en lugar del oro. No ofrezco opinión en ningún sentido sobre esta historia: cada uno forme juicio como le plazca, pues la historia no está tomada de fuentes divinamente autoritativas; pero con todo, cuando se relata la historia, el sentido instintivo del hombre no se revuelve tanto contra lo que se hizo en el caso de esta mujer, a instancias de su marido, como antes nos estremecíamos cuando la cosa misma se exponía sin ejemplo alguno. Pero en esta sección del Evangelio nada ha de tenerse más firmemente presente, sino que tan grande es el mal de la fornicación, que, estando las personas casadas atadas una a otra por un vínculo tan fuerte, esta sola causa de divorcio se exceptúa; mas en cuanto a lo que es la fornicación, eso ya lo hemos discutido.
    Comentario editorial · Acindino y la mujer de Antioquía
    Septimio Acindino fue cónsul en 340 y, según Wikipedia, gobernador de Antioquía; Agustín lo llama «prefecto y en otro tiempo también cónsul» y sitúa el caso «hace unos cincuenta años, en tiempos de Constancio». Schaff, en nota, fecha el episodio hacia 343 porque Agustín escribe la obra hacia 393: es uno de los datos que permiten fecharla. Agustín lo cuenta para poner a prueba su propia pregunta —si la mujer, con permiso del marido, puede darse a otro por salvarle la vida— y se niega a juzgarlo: la historia «no está tomada de fuentes divinamente autoritativas», y cada cual forme su juicio. La regla que mantiene es la del evangelio: la fornicación es la única causa de divorcio que se exceptúa.

    Capítulo 17

    I, 17, 51

    51. Otra vez —dice— habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumprirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Ni jurarás por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Sino sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. La justicia de los fariseos es no perjurar; y esto lo confirma Aquel que da el mandamiento de no jurar, en cuanto se refiere a la justicia del reino de los cielos. Pues, así como quien no habla en absoluto no puede hablar falsament, así quien no jura en absoluto no puede jurar en also. Mas, con todo, pues quien pone a Dios por testigo jura, hay que examinar este pasaje con cuidado, no sea que el apóstol parezca haber obrado contra el precepto del Señor, pues él muchas veces juró de este modo cuando dice: Las cosas que os escribo, he aquí que delante de Dios no miento; y otra vez: El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el cual es bendito por todos los siglos, sabe que no miento. De índole semejante es también aquella aseveración: Dios me es testigo, a quien sirvo con mi espíritu en el evangelio de su Hijo, de que sin cesar hago memoria de vosotros siempre en mis oraciones. A menos, acaso, que alguien diga que solo se ha de tenr por juramento cuando se menciona aquello por lo cual se jura; y así el apóstol no habría usado juramento porque no dijo "por Dios", sino "Dios es testigo". Ridículo sería pensar tal cosa; sin embargo, por causa de los contenciosos o de aquellos muy tardos de entendimiento, para que nadie piense que hay diferenca, sepa el tal que el apóstol también usó juramento de esta otra manera cuando dice: Por vuestra gloriación, cada día muero. Y nadie piense que esto está expresado como si se dijese: Vuestra gloriación me hace morir cada día, así como se dice: Por su enseñanza se hzo docto, es decir, por su enseñanza sucedió que fue perfectament instruido; las copias griegas resuelven la cuestión, pues allí encontamos escrito: Νὴ τὴν καύχησιν ὑμετέραν, expresión que solo usa el que jura. Así, pues, se entiende que el Señor dio el mandamiento de no jurar en este sentido: para que nadie busque ansiosament el juramento como algo bueno, y con el uso constant de los juramentos caiga, por fuerza de la costumbre, en el perjurio. Y por tanto, quien entienda que el juramento ha de contarse no entre las cosas buenas, sino entre las necesarías, absténgase cuanto pueda de usalo, a no ser por necesida, cuando vea que los hombes son tardíos para creer lo que les es útil creer, a menos que se les assgure con un juramento. A esto, según eso, se refiere cuando se dice: Sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; esto es bueno y deseable. Porque lo que es más de esto, de mal procede; es decir, si te ves obligado a jurar, sabe que ello proviene de una necesida nacida de la flaqueza de aquellos a quienes tratas de persuadi de algo; flaqueza que es ciertament un mal, del cual pedimos en la oración cotidiana ser librados cuando decimos: Líbranos del mal. Por eso no dijo: Todo lo que pasa de esto es malo; porque no hacéis cosa mala cuando usáis bien de un juramento, el cual, aunque no es bueno en sí mismo, es sin embargo necesrio para persuadi a otro de que vosotros tratáis de moverle para algún fin útil; sino que viene del mal de aquella parte cuya flaqueza os obliga a jurar. Mas nadie aprene, si no tiene experiéncia, cuán difculil es tanto deshacese de la costumbre de jurar, como no hacer temerariament lo que a veces la necesida obliga a hacer.
    Comentario editorial · ¿Prohíbe Jesús todo juramento?
    Agustín no lee el «no juréis en ninguna manera» como una prohibición absoluta, porque Pablo juró varias veces: «delante de Dios no miento», «Dios me es testigo» (; ). En acude al griego, Νὴ τὴν καύχησιν, fórmula que solo usa quien jura; es una de las raras veces en que cita el griego en esta obra (ensayo de Schaff). Concluye que el juramento no está entre las cosas buenas sino entre las necesarias, y que hay que evitarlo salvo cuando la flaqueza del otro lo exige. Schaff resume las lecturas posteriores: anabaptistas, menonitas y cuáqueros entienden el precepto como prohibición de todo juramento, aun ante un tribunal; él y la mayoría de los autores que cita lo refieren al juramento innecesario o profano, no al que exige la autoridad civil.

    I, 17, 52

    52. Pero alguien preguntará por qué, cuando se dijo: Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera, se añadió: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, etc., hasta ni por tu cabeza. Supongo que fue por esta razón: que los judíos no pensaban que quedaban obligados por el juramento si juraban por tales cosas; y habiendo oído decir: Cumprirás al Señor tus juramentos, no creían que el juramento les imponía obligación al Señor si juraban por el cielo, o por la tierra, o por Jerusalén, o por su cabeza; y esto no sucedía por culpa de Aquel que dio el mandamiento, sino porque ellos no lo entendían rectament. Por eso el Señor enseñia que no hay nada tan vil entre las criaturas de Dios, que alguien piense que puede jurar en also por ello; puesto que las cosas criadas, desde la más alta hasta la más baja, comenzando por el trono de Dios y llegando hasta un cabello blanco o negro, son gobernadas por la providencia divina. Ni por el cielo —dice—, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies: es decir, cuando juréis por el cielo o por la tierra, no imainéis que vuestro juramento no os pone bajo obligación al Señor; porcue quedáis convictos de jurar por Aquel que tien el ciel como trono y la tierra como estrado. Ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey; mejor expresión que si hubiera dicho: Mi [ciudad]; aunque, sin embargo, entendemos que Él quiso decir esto. Y, porque Él es indudablement el Señor, el hombe que jura por Jerusalén quea ligado por su juramento al Señor. Ni jurarás por tu cabeza. Ahora bien, ¿qué podía alguien suponer que le pertenece más que su propía cabeza? Pero ¿cómo es nuestra, si no tenemos poder para hacer blanco o negro un cabello? Por tanto, cualuiera que quisa jurar aun por su propía cabeza, quea obligado por su juramento a Dios, quien de manera infable mantien todas las cosas en su poder y está presente en todo luhar. Y aquí se entenden también todas las demás cosas, que no pudieron, por suuesto, enumerarse; como aquella frase del apóstol que hemos mencionado: Por vuestra gloriación, cada día muero. Y para mostrar que con este juramento quedaba obligado al Señor, añadió: la cual tengo en Cristo Jesús.

    I, 17, 53

    53. Pero con todo (hago esta observación en atención a los carnales), no hemos de pensar que se lla al cielo trono de Dios y a la tierra estrado de sus pies, porque Dios tenga mibros colocados en el cielo y en la tierra, a la manera que nosotos cuando nos sentamos; sino que aquella sde significa juicio. Y como en este conjnto orgánico del univreso, el cielo presenta la máxima apariencia y la tierra la mínima —como si el poder divino estuviese más presente donde la hermosura sobesale, pero rigiera también el menos grado en las regions más lejanas y más bajas— se dice que Él está sentado en el cielo y pisa la tierra. Mas en sentido espiritual la palabra "cielo" significa las almas santas, y "tiera" las pecadoras: y puesto que el hombre espiritual juzga todas las cosas, mas él no es juzgado de nadie, con razón es llamado asiento de Dios; pero el pecador a quen se dice: Tiera eres, y a la tierra volverás, porque, según aquella justicia que asigna a cada uno lo que correspode a sus méritos, es colocado entre las cosas más bajas, y quien no quiso permaneci en la ley es castigado bajo la ley, convenientement es tenido como estrado de sus pies.

    Capítulo 18

    I, 18, 54

    54. Pero ahora, para concluir resumiendo este pasaje, ¿qué puede nombrarse o pensarse más laborioso y fatigoso, cuando el alma creyente tensa todos los nervios de su empeño, que el someter el hábito vicioso? Que tal hombre corte los miembros que le estorban el reino de los cielos y no se abrume por el dolor: en la fidelidad conyugal soporte todo aquello que, por muy gravemente molesto que sea, está, sin embargo, libre de la culpa de corrupción ilícita, esto es, de fornicación: como, por ejemplo, si alguien tuviera una esposa ya estéril, ya deforme de cuerpo, ya defectuosa en sus miembros —ya ciega, ya sorda, ya coja, o con cualquier otro defecto—, o consumida por enfermedades, dolores y debilidades, y por cualquier otra cosa que pueda juzgarse sumamente horrible, a excepción de la fornicación, sopórtelo por causa del amor empeñado y de la unión conyugal; y no solo no despida a una esposa tal, sino que, aun si no la tiene, no se case con una que haya sido repudiada por su marido, aunque sea hermosa, sana, rica y fecunda. Y si no es lícito hacer tales cosas, mucho menos ha de juzgarse lícito acercarse a cualquier otro abrazo ilícito; y huya de tal manera de la fornicación, que se aparte de toda corrupción vergonzosa de cualquier clase. Diga la verdad, y no la recomiende con juramentos frecuentes, sino con la probidad de sus costumbres; y, respecto de las innumerables multitudes de todos los malos hábitos que se alzan en rebelión contra él, de los cuales, para que todos se entiendan, se han mencionado unos pocos, acójase a la ciudadela de la milicia cristiana y derríbelos, como desde un lugar más alto. Pero ¿quién se atrevería a emprender trabajos tan grandes, sino aquel que está tan inflamado por el amor de la justicia, que, como enteramente consumido por el hambre y la sed, y pensando que no hay vida para él hasta que aquella se sacie, se hace violencia para alcanzar el reino de los cielos? Pues, de otro modo, no podrá soportar valientemente todas aquellas cosas que los amadores de este mundo consideran trabajosas y arduas, y del todo difíciles, para librarse de los malos hábitos. Bienaventurados, pues, los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados.

    I, 18, 55

    55. Pero, sin embargo, cuando alguien tropieza con dificultad en estos trabajos, y, avanzando entre penalidades y asperezas rodeado de diversas tentaciones, y advirtiendo que las tribulaciones de su vida pasada se levantan por una parte y por otra, teme no poder llevar a término lo que ha emprendido, acójase con avidez al consejo para obtener auxilio. Pero ¿qué otro consejo hay sino este: que quien desea tener la ayuda divina para su propia flaqueza soporte la de los otros, y la ayude cuanto le sea posible? Así, pues, consideremos los preceptos de la misericordia. El manso y el misericordioso, con todo, parecen ser uno y el mismo; pero hay esta diferencia: que el manso, de quien hemos hablado antes, por piedad no contradice las sentencias divinas que se aducen contra sus pecados, ni las afirmaciones de Dios que aún no entiende; pero no le confiere beneficio alguno a aquel a quien no contradice ni resiste. El misericordioso, por su parte, no ofrece resistencia de tal modo, que lo hace con el fin de corregir a aquel a quien empeoraría resistiéndole.

    Capítulo 19

    I, 19, 56

    De aquí que siga diciendo el Señor: "Habéis oído que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al mal; antes a cualquiera que te hiera en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quisiere ponerte a pleito y quitarte la túnica [túnica, prenda interior], déjale también la capa. Y a cualquiera que te obligare a ir una milla, ve con él dos. Al que te pide, dale; y al que desea que le prestes, no le vuelvas la espalda". Es la justicia menor de los fariseos no excederse en la venganza, que nadie devuelva más de lo que ha recibido; y esto es un gran paso. Pues no es fácil hallar a alguien que, habiendo recibido un golpe, desee solamente devolver el golpe; y que, al oír una palabra de un hombre que le injuria, se contente con devolver una sola, y esa solo equivalente; antes se venga más inmoderadamente, ya por la influencia perturbadora de la ira, ya porque juzga justo que quien primero infirió la injuria sufra injuria más grave que la que sufrió quien no había inferido injuria. Tal espíritu fue en gran medida refrenado por la ley, donde estaba escrito: Ojo por ojo, y diente por diente; con cuyas expresiones se señala cierta medida, para que la venganza no exceda la injuria. Y este es el principio de la paz: pero la paz perfecta consiste en no desear en absoluto tal venganza.

    I, 19, 57

    De aquí que, entre aquel primer proceder que va más allá de la ley —que se infiera un mal mayor en pago de uno menor— y este al que el Señor ha dado expresión con el fin de perfeccionar a los discípulos —que no se infiera mal alguno en pago del mal—, ocupa cierto lugar un proceder intermedio, a saber: que se devuelva tanto cuanto se ha recibido; por medio de cuya disposición se hace el tránsito de la discordia más alta a la concordia más alta, según la distribución de los tiempos. Mira, pues, a cuán grande distancia está cualquiera que es el primero en hacer daño a otro, con deseo de injuriarle y lastimarle, de aquel que, aun injuriado, no devuelve la injuria. Mas aquel hombre que no es el primero en hacer daño a nadie, pero que, injuriado, infiere una injuria mayor, ya en voluntad ya en obra, en tanto se ha retirado de la injusticia suma y ha avanzado tanto hacia la justicia suma; pero aún no se atiene a lo que mandó la ley dada por Moisés. Y por eso, quien devuelve exactamente cuanto ha recibido, ya perdona algo; pues la parte que injuria no merece solamente tanto castigo cuanto ha sufrido inocentemente el hombre que fue por él injuriado. Y, en consecuencia, esta justicia incompleta, en modo alguno severa, sino [más bien] misericordiosa, es llevada a perfección por Aquel que vino a cumplir la ley, no a destruirla. De aquí que queden todavía dos pasos intermedios que Él ha dejado sobreentendidos, habiendo preferido más bien hablar del desarrollo sumo de la misericordia. Pues aún queda lo que puede hacer quien no llega del todo a aquella magnitud del precepto que pertenece al reino de los cielos; obrando de tal modo que no devuelva tanto, sino menos; como, por ejemplo, un golpe en lugar de dos, o que corte una oreja por un ojo que ha sido arrancado. Quien, elevándose sobre esto, no devuelve nada en absoluto, se acerca al precepto del Señor, pero aún no lo alcanza. Pues todavía no le parece bastante al Señor que, por el mal que hayas recibido, no infieras mal alguno en pago, a no ser que estés preparado para recibir aún más. Y por eso no dice: Pero yo os digo que no habéis de devolver mal por mal; aunque también esto sería un gran precepto; sino que dice: que no resistáis al mal; de modo que no solo no has de devolver lo que se te haya inferido, sino que ni siquiera has de resistir otras injurias. Pues esto es lo que Él pasa a explicar: Antes a cualquiera que te hiera en tu mejilla derecha, vuélvele también la otra; pues no dice: Si alguno te hiere, no quieras herirle; sino: Ofrécete además a él si continuare hiriéndote. En cuanto a la compasión, la sienten más los que sirven a aquellos a quienes aman mucho, como si fueran hijos suyos, o amigos muy queridos en la enfermedad, o niños pequeños, o dementes, de cuyas manos soportan a menudo muchas cosas; y si el bienestar de ellos lo exige, se muestran incluso prontos a soportar más, hasta que la debilidad ya de la edad ya de la enfermedad pase. Y así, en cuanto a aquellos a quienes el Señor, Médico de las almas, instruía para que cuidasen de sus prójimos, ¿qué otra cosa podía enseñarles, sino que soportasen con serenidad las flaquezas de aquellos cuyo bien desean procurar? Pues toda maldad nace de la flaqueza del alma; porque nada hay más inofensivo que el hombre perfecto en la virtud.

    I, 19, 58

    Pero puede preguntarse qué significa la mejilla derecha. Pues esta es la variante que hallamos en los ejemplares griegos, que son los más dignos de confianza; aunque muchos latinos traen solo la palabra mejilla, sin la adición de derecha. Ahora bien, el rostro es aquello por lo que uno es reconocido; y leemos en los escritos del apóstol: "Pues sufrís si alguno os esclaviza, si alguno os devora, si alguno toma lo vuestro, si alguno se ensoberbece, si alguno os hiere en el rostro"; y añade al punto: "Hablo en cuanto a afrenta"; con lo que explica qué es ser herido en el rostro, a saber: ser despreciado y menospreciado. Ni es esto, en verdad, dicho por el apóstol por esta razón, que ellos no debieran soportar a tales personas; sino que más bien debieran soportarlo a él, que de tal manera los amaba que estaba dispuesto a gastarse él mismo por ellos. Mas, puesto que el rostro no puede llamarse derecho e izquierdo, y sin embargo puede haber un valor según la estimación de Dios y según la estimación de este mundo, así se distribuye, por decirlo así, en la mejilla derecha e izquierda, de suerte que cualquier discípulo de Cristo que hubiese de soportar afrentas por ser cristiano, estuviese mucho más pronto a soportar la afrenta en sí mismo, si posee algunos de los honores de este mundo. Así, este mismo apóstol, si hubiera callado la dignidad que tenía en el mundo, cuando los hombres perseguían en él el nombre cristiano, no habría presentado la otra mejilla a los que herían la derecha. Pues cuando dijo: "Yo soy ciudadano romano", no estaba desprevenido para someterse a ser despreciado, en lo que él tenía por lo menos, por quienes habían despreciado en él un nombre tan precioso y vivificante. ¿Acaso, por tal motivo, dejó después de someterse a las cadenas, que no era lícito imponer a ciudadanos romanos, o quiso acusar a nadie de esta injuria? Y si alguno le perdonó a causa del nombre de ciudadano romano, no por eso dejó de ofrecer un objeto al que pudieran golpear, ya que deseaba con su paciencia curar de tan grande perversidad a quienes veía que honraban en él lo que pertenecía a los miembros izquierdos más bien que a los derechos. Pues solo debe atenderse a esto: con qué espíritu lo hizo todo, cuán benévola y suavemente se comportó con aquellos de quienes sufría tales cosas. Pues cuando fue golpeado con la mano por orden del sumo sacerdote, lo que pareció decir contumeliosamente al afirmar: "Dios te herirá a ti, pared blanqueada", suena como insulto a quienes no lo entienden; pero para quienes lo entienden, es profecía. Pues pared blanqueada es la hipocresía, esto es, la simulación que ostenta ante sí la dignidad sacerdotal y, bajo este nombre, como bajo una cubierta blanca, oculta una bajeza interior y, por decirlo así, sórdida. Pues lo que pertenecía a la humildad lo conservó maravillosamente cuando, al decírsele: "¿Injurias al sumo sacerdote?", respondió: "No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No hablarás mal del príncipe de tu pueblo". Y aquí mostró con cuánta serenidad había dicho aquello que parecía haber dicho con ira, porque respondió tan pronta y tan suavemente, lo cual no puede hacerse por los que están indignados y turbados. Y en aquella misma declaración dijo la verdad a quienes lo entendían: No sabía que era el sumo sacerdote; como si dijera: Conozco a otro Sumo Sacerdote, por cuyo nombre soporto tales cosas, al cual no es lícito injuriar, y a quien vosotros injuriáis, pues en mí no odiáis sino su nombre. Así, pues, es necesario que uno no se jacte de tales cosas de modo hipócrita, sino que esté preparado en el corazón mismo para todas las cosas, de suerte que pueda cantar aquella palabra profética: "Dispuesto está mi corazón, oh Dios, dispuesto está mi corazón". Pues muchos han aprendido a ofrecer la otra mejilla, pero no saben amar a aquel por quien son heridos. Mas, en verdad, el Señor mismo, que ciertamente fue el primero en cumplir los preceptos que enseñaba, no ofreció la otra mejilla al criado del sumo sacerdote cuando le hería en ella; sino que, lejos de eso, dijo: "Si he hablado mal, da testimonio del mal; pero si bien, ¿por qué me hieres?". Mas no por eso estuvo Él desprevenido en el corazón, para la salvación de todos, no solo para ser herido en la otra mejilla, sino incluso para que todo su cuerpo fuese crucificado.
    Comentario editorial · La mejilla «derecha»
    En tiempo de Agustín muchos códices latinos decían solo «en la mejilla»; él sigue a los griegos, «los más dignos de confianza», que traen «derecha», y busca sentido al adjetivo: lo derecho son los bienes que valen ante Dios, lo izquierdo los honores de este mundo, como la ciudadanía romana que Pablo invocó (). Las biblias actuales dicen, como el griego, «la mejilla derecha» (). Un aviso para quien consulte el NPNF: el ensayo introductorio de D. S. Schaff afirma que aquí Agustín, siguiendo el griego, omite «derecha»; el texto dice lo contrario.

    I, 19, 59

    De aquí también lo que sigue: "Y al que quisiere ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa", se entiende rectamente como precepto que se refiere a la preparación del corazón, no a una vana ostentación de obra exterior. Mas lo que se dice respecto de la túnica y de la capa ha de llevarse a cabo no solo en tales cosas, sino en el caso de todo aquello que, por algún título de derecho, decimos que es nuestro en el tiempo. Pues si este mandato se da respecto de lo necesario, ¡cuánto más nos conviene despreciar lo superfluo! Pero, con todo, aquellas cosas que yo he llamado nuestras han de incluirse en aquella categoría bajo la cual el Señor mismo da el precepto, cuando dice: Si alguno quisiere ponerte a pleito y quitarte la túnica. Entiéndanse, pues, por todas estas cosas aquellas por las cuales podemos ser llevados a pleito, de modo que el derecho sobre ellas pase de nosotros a aquel que pleitea, o por quien pleitea; tales, por ejemplo, como el vestido, una casa, una heredad, una bestia de carga y, en general, toda clase de bienes. Pero si ha de entenderse también de los esclavos, es una cuestión grande. Pues el cristiano no debe poseer un esclavo del mismo modo que un caballo o el dinero: aunque puede suceder que un caballo sea valorado en mayor precio que un esclavo, y alguna alhaja de oro o plata en mucho más. Mas respecto de aquel esclavo, si está siendo educado y gobernado por ti como su amo, de un modo más recto, y más honorable, y más conducente al temor de Dios, que el que pueda hacerlo aquel que desea quitárselo, no sé si alguien se atrevería a decir que debe ser despreciado como un vestido. Pues el hombre debe amar al prójimo como a sí mismo, por cuanto le es mandado por el Señor de todos (como se muestra por lo que sigue) que ame incluso a sus enemigos.

    I, 19, 60

    Ha de observarse con cuidado que toda túnica es un vestido, pero que todo vestido no es una túnica. De aquí que la palabra vestido signifique más que la palabra túnica. Y por eso pienso que está expresado así: Y si alguno quisiere ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también el vestido, como si hubiera dicho: Quienquiera que desee quitarte la túnica, entrégale cuanto otro vestido tengas. Y así algunos han interpretado la palabra pallium, que en el griego, tal como se usa aquí, es ἱμάτιον.

    I, 19, 61

    "Y a cualquiera que te obligare", dice, "a ir una milla, ve con él otras dos". Y esto, ciertamente, no tanto en el sentido de que debas hacerlo a pie, cuanto en el de que estés preparado en la mente para hacerlo. Pues en la misma historia cristiana, que es autoritativa, no hallarás que tal cosa haya sido hecha por los santos, ni por el Señor mismo cuando en su naturaleza humana, que se dignó asumir, nos mostraba un ejemplo de cómo vivir; mientras que, al mismo tiempo, hallarás en casi todos los lugares que estaban preparados para soportar con ecuanimidad cuanto se les hubiera impuesto inicuamente. Pero ¿hemos de suponer que se dice por la mera expresión: Ve con él otras dos; o más bien quiso que se completaran tres —el número que tiene el significado de perfección—, de suerte que cada uno recuerde, al hacer esto, que está cumpliendo la justicia perfecta soportando compasivamente las flaquezas de aquellos a quienes desea ver sanados? Puede parecer también por esta razón que ha recomendado estos preceptos mediante tres ejemplos: de los cuales el primero es: si alguno te hiriere en la mejilla; el segundo: si alguno quisiere quitarte la túnica; el tercero: si alguno te obligare a ir una milla: en cuyo tercer ejemplo se añade el doble a la unidad original, de modo que de esta manera se completa el trío. Y si este número en el pasaje que nos ocupa no significa, como se ha dicho, perfección, entiéndase esto: que al establecer sus preceptos, como comenzando por lo más tolerable, ha ido gradualmente avanzando, hasta alcanzar el soportar aun el doble más. Pues, en primer lugar, quiso que se presentara la otra mejilla cuando la derecha hubiera sido herida, de modo que estés preparado para soportar menos de lo que has soportado. Pues signifique lo que signifique la derecha, es al menos algo más querido que aquello significado por la izquierda; y si uno que ha soportado algo en lo más querido, lo soporta en lo menos querido, es algo menor. Luego, en segundo lugar, en el caso de aquel que desea quitar la túnica, ordena que se le entregue también el vestido: lo cual es o exactamente otro tanto, o no mucho más; no, empero, el doble. En tercer lugar, respecto de la milla, a la cual dice que han de añadirse dos millas, ordena que soportes aun el doble más: significando así que, sea algo menos que la exigencia original, o exactamente otro tanto, o más, lo que un hombre inicuo quiera quitarte, ha de soportarse con ánimo tranquilo.

    Capítulo 20

    I, 20, 62

    62. Y, en verdad, en estas tres clases de ejemplos, veo que ninguna clase de injuria queda omitida. Pues todos los casos en que padecemos alguna injusticia se dividen en dos clases: una, donde no puede hacerse restitución; otra, donde sí puede. Mas en aquel caso en que no cabe restitución, se suele buscar compensación en la venganza. Pues ¿de qué aprovecha que, habiendo sido golpeado, devuelvas el golpe? ¿Acaso aquella parte del cuerpo que fue herida queda por ello restituida a su estado original? Pero un ánimo excitado desea tales alivios. Sin embargo, cosas de esa índole no producen placer alguno a un espíritu sano y firme; antes bien, tal espíritu juzga que la flaqueza del otro ha de soportarse compasivamente, y no que la propia (que no existe) deba ser aplacada con el castigo de otro.

    I, 20, 63

    63. Ni se nos impide por ello infligir aquel castigo [retribución] que sirve para la corrección y que la misma compasión dicta; ni se opone al propósito propuesto, donde uno está dispuesto a soportar más de aquel a quien desea enmendar. Pero nadie es apto para infligir este castigo sino aquel hombre que, por la grandeza de su amor, ha vencido aquel odio con que suelen inflamarse quienes quieren vengarse. Pues no hay que temer que los padres parezcan odiar a un hijo pequeño cuando, al cometer una falta, lo azotan para que no siga ofendiendo. Y ciertamente la perfección del amor se nos propone por la imitación de Dios Padre mismo cuando se dice en lo que sigue: "Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen"; y sin embargo, del mismo Dios se dice por el profeta: "Porque el Señor al que ama castiga, y azota a todo el que recibe por hijo". Dice también el Señor: "El siervo que no conoce la voluntad de su señor, y hace cosas dignas de azotes, será azotado con pocos azotes; mas el siervo que conoce la voluntad de su señor, y hace cosas dignas de azotes, será azotado con muchos azotes". No se busca, pues, otra cosa, sino que castigue aquel a quien, en el orden natural de las cosas, se le ha dado el poder; y que castigue con la misma buena voluntad que un padre tiene hacia su hijo pequeño, al cual por razón de su edad aún no puede odiar. Pues de aquí se saca el ejemplo más adecuado, para que se manifieste suficientemente que el pecado puede ser castigado con amor antes que dejado sin castigo; de modo que uno desee que aquel a quien inflige el castigo no sea desdichado por el castigo, sino dichoso por la corrección, y esté dispuesto, si es preciso, a soportar con equanimidad más injurias infligidas por aquel a quien quiere corregir, tenga o no poder para ponerle freno.

    I, 20, 64

    64. Pero los varones grandes y santos, aunque entonces sabían perfectamente que aquella muerte que separa el alma del cuerpo no es de temer, sin embargo, conforme al sentimiento de aquellos que podían temerla, castigaron algunos pecados con la muerte, tanto porque los vivos quedaban heridos de un temor saludable, como porque no era la muerte misma la que perjudicaba a aquellos que eran castigados con la muerte, sino el pecado, que podía acrecentarse si continuaban viviendo. No juzgaron temerariamente aquellos a quienes Dios había otorgado tal poder de juzgar. De ahí que Elías infligiera muerte a muchos, tanto con su propia mano como haciendo descender fuego del cielo; como hicieron también sin temeridad muchos otros varones grandes y semejantes a Dios, con el mismo espíritu de preocupación por el bien de la humanidad. Y cuando los discípulos habían citado un ejemplo de este Elías, mencionando al Señor lo que él había hecho, a fin de que les diera también a ellos poder para hacer descender fuego del cielo que consumiera a quienes no le mostraban hospitalidad, el Señor reprendió en ellos, no el ejemplo del santo profeta, sino su ignorancia respecto a tomar venganza, siendo todavía elemental su conocimiento; percibiendo que no deseaban la corrección por amor, sino que por odio deseaban la venganza. De consiguiente, después que les hubo enseñado qué era amar al prójimo como a sí mismo, y cuando fue derramado el Espíritu Santo, a quien, al cabo de diez días después de su ascensión, envió de lo alto, como había prometido, no faltaron tales actos de venganza, aunque mucho más raramente que en el Antiguo Testamento. Pues allí, en su mayor parte, como siervos eran contenidos por el temor; mientras que aquí, en su mayor parte, como libres, eran alimentados por el amor. Porque también a las palabras del apóstol Pedro, Ananías y su mujer, según leemos en los Hechos de los Apóstoles, cayeron muertos, y no fueron resucitados de nuevo, sino sepultados.

    I, 20, 65

    65. Mas si los herejes que se oponen al Antiguo Testamento no quieren dar crédito a este libro, consideren al apóstol Pablo, cuyos escritos leen junto con nosotros, el cual dice respecto a cierto pecador a quien entregó a Satanás para la destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo. Y si aquí no quieren entender la muerte (pues quizá sea incierto), reconozcan que algún castigo [retribución] de alguna especie fue infligido por el apóstol mediante el instrumento de Satanás; y que él no hizo esto por odio, sino por amor, queda claro por aquella añadidura: "a fin de que el espíritu sea salvo". O fíjense en lo que nosotros decimos en aquellos libros a los que ellos mismos atribuyen gran autoridad, donde está escrito que el apóstol Tomás imprecó sobre cierto hombre, por quien había sido golpeado con la palma de la mano, el castigo de la muerte en una forma muy cruel, mientras al mismo tiempo encomendaba su alma a Dios, para que le fuera perdonada en el siglo venidero — cuya mano, arrancada del resto de su cuerpo después de haber sido muerto por un león, trajo un perro a la mesa en que el apóstol estaba banqueteando. Nos es lícito no dar crédito a este escrito, pues no está en el canon católico; con todo eso, ellos lo leen y lo honran como enteramente incorrupto y enteramente veraz, los mismos que se enfurecen muy fieramente (con no sé qué ceguedad) contra los castigos corporales que hay en el Antiguo Testamento, ignorando por completo con qué espíritu y en qué etapa de la ordenada distribución de los tiempos fueron infligidos.
    Comentario editorial · El apóstol Tomás y el copero: un libro de los maniqueos
    Los «herejes que se oponen al Antiguo Testamento» son, según una nota de Schaff, los maniqueos, la secta a la que Agustín había pertenecido (Wikipedia). El libro que les echa en cara, que ellos honraban y que él no tiene por canónico, son, a juzgar por el episodio, los Hechos de Tomás: en el banquete de bodas de la hija de un rey, un copero abofetea al apóstol, que le anuncia que Dios se lo perdonará en el mundo venidero, pero que en este verá su mano arrastrada por un perro; al poco un león mata al copero y un perro negro trae su mano derecha a la sala (versión inglesa de los ANF). Wikipedia fecha esos Hechos a comienzos del siglo III, en Edesa, y recuerda que los maniqueos conservaron este y otros apócrifos.

    I, 20, 66

    66. Por tanto, en esta clase de injurias que se expía mediante el castigo, los cristianos guardarán tal medida que, al recibir una injuria, el ánimo no se encrespe en odio, sino que esté pronto, por compasión hacia la flaqueza, a soportar aún más; ni descuidará la corrección, que puede ejercer ya por consejo, ya por autoridad, ya por el ejercicio del poder. Existe otra clase de injurias, donde cabe restitución completa, de la cual hay dos especies: una referente al dinero, otra al trabajo. Y por eso se añaden ejemplos: de la primera, en el caso de la túnica y el manto; de la segunda, en el caso del servicio forzoso de una y dos millas; pues una prenda de vestir puede ser devuelta, y aquel a quien has ayudado con tu trabajo también puede ayudarte a ti, si fuere necesario. A menos que, acaso, deba trazarse más bien la distinción de este modo: que el primer caso supuesto, con respecto a la mejilla golpeada, significa todas las injurias que son infligidas por los malos de tal manera que no puede hacerse restitución sino por el castigo; y que el segundo caso supuesto, con respecto al vestido, significa todas las injurias donde cabe restitución sin castigo; y por esto, quizá, se añade: "si alguno te quisiere llevar a juicio", porque lo que se quita por medio de una sentencia judicial no se supone que sea quitado con tal grado de violencia que merezca castigo; y que el tercer caso se compone de ambos, de modo que puede hacerse restitución tanto sin castigo como con él. Pues el hombre que exige violentamente un trabajo al que no tiene derecho, sin proceso judicial alguno, como hace el que perversamente obliga a uno a ir con él, y fuerza de manera ilícita a que se le preste auxilio por quien no quiere, puede tanto pagar la pena de su maldad como restituir el trabajo, si aquel que sufrió la injuria lo reclamase de nuevo. En todas estas clases de injurias, pues, enseña el Señor que la disposición del cristiano debe ser pacientísima y compasiva, y completamente aparejada para soportar más.

    I, 20, 67

    67. Mas porque es cosa pequeña abstenerse meramente de injuriar, a menos que también confieras un beneficio en cuanto puedas, prosigue, pues, diciendo: "Da a cualquiera que te pida, y al que desee tomar de ti prestado no le vuelvas la espalda". "A cualquiera que te pida", dice; no: "Todo a quien pida": de suerte que has de dar aquello que puedas dar honesta y justamente. Pues ¿qué si pidiere dinero con el que intente oprimir a un inocente? ¿Qué, en fin, si pidiese algo deshonesto? Pero para no enumerar muchos ejemplos, que son en realidad innumerables, ciertamente ha de darse aquello que no dañe ni a ti ni a la otra parte, hasta donde el hombre puede conocer o conjeturar; y en el caso de aquel a quien justamente has negado lo que pide, ha de manifestársele la justicia misma, para que no le despidas vacío. Así darás a todo el que te pida, aunque no siempre le des lo que pide; y a veces darás algo mejor, cuando hayas corregido al que hacía peticiones injustas.

    I, 20, 68

    68. Luego, en cuanto a lo que dice: "Al que desee tomar de ti prestado no le vuelvas la espalda", ha de referirse al ánimo; pues Dios ama al dador alegre. Además, todo aquel que acepta algo presta, aunque él mismo no vaya a devolverlo; pues por cuanto Dios recompensa más a los misericordiosos, quien hace una buena obra presta a interés. O si no parece bien entender al prestatario en otro sentido que el de aquel que acepta algo con la intención de devolverlo, hemos de entender que el Señor ha incluido esos dos modos de hacer favor. Pues nosotros o damos en presente lo que damos por benevolencia, o prestamos a quien nos lo devolverá. Y con frecuencia, hombres que, proponiéndose la recompensa divina, están dispuestos a dar en presente, se vuelven remisos para dar lo que se pide en préstamo, como si no hubieran de recibir nada de parte de Dios, por cuanto el que recibe paga la cosa que se le da. Con razón, pues, la autoridad divina nos exhorta a este modo de otorgar un favor, diciendo: "Y al que desee tomar de ti prestado no le vuelvas la espalda": es decir, no alejes tu buena voluntad de aquel que la pide, no solo porque tu dinero resultará inútil, sino también porque Dios no te pagará, por cuanto el hombre ya lo ha hecho; mas cuando haces eso por consideración al precepto de Dios, no puede ser infructuoso para con Aquel que da estos mandamientos.

    Capítulo 21

    I, 21, 69

    69. A continuación, prosigue diciendo: "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto." Porque sin este amor, con el que se nos manda amar incluso a nuestros enemigos y perseguidores, ¿quién puede cumplir plenamente las cosas que arriba se mencionan? Además, la perfección de aquella misericordia con la que más se cuida del alma afligida no puede extenderse más allá del amor al enemigo; y por eso las palabras finales son: "Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto". Pero de tal manera que se entienda que Dios es perfecto como Dios, y el alma perfecta como alma.

    I, 21, 70

    70. Que hay, sin embargo, cierto grado de adelanto en la justicia de los fariseos, que pertenece a la ley antigua, se advierte por la consideración de que muchos hombres aborrecen incluso a aquellos por quienes son amados; como, por ejemplo, los hijos dados a la molicie aborrecen a sus padres porque los refrenan en sus excesos. Así, pues, se eleva un grado aquel que ama a su prójimo, aunque todavía aborrezca a su enemigo. Pero en el reino de Aquel que vino a cumplir la ley, no a destruirla, llevará a perfección la benevolencia y la benignidad cuando haya llegado hasta amar al enemigo. Porque el grado anterior, aunque es algo, es tan poco que puede ser alcanzado aun por los publicanos mismos. Y en cuanto a lo que se dice en la ley: "Aborrecerás a tu enemigo", no ha de entenderse como voz de mandamiento dirigida al justo, sino más bien como voz de permiso para el débil.

    I, 21, 71

    71. Aquí surge ciertamente una cuestión que en modo alguno debe disimularse: que a este precepto del Señor, en el que nos exhorta a amar a nuestros enemigos, a hacer bien a los que nos aborrecen y a orar por los que nos persiguen, muchos otros pasajes de la Escritura parecen oponérsele a quienes los consideran con menos diligencia y sobriedad; pues en los profetas se hallan muchas imprecaciones contra los enemigos, que se tienen por maldiciones: como, por ejemplo, aquella: "Sea su mesa convertida en lazo", y las demás cosas que allí se dicen; y aquella: "Sean sus hijos huérfanos, y su mujer viuda", y las otras afirmaciones que se hacen antes o después en el mismo Salmo por el profeta, en referencia al caso de Judas. Muchas otras afirmaciones se encuentran en todas las partes de la Escritura que pueden parecer contrarias tanto a este precepto del Señor como a aquel apostólico donde se dice: "Bendecid, y no maldigáis"; mientras que está escrito del Señor que maldijo a las ciudades que no recibieron su palabra, y el mencionado apóstol dijo así acerca de cierto hombre: "El Señor le pagará conforme a sus obras".

    I, 21, 72

    72. Pero estas dificultades se resuelven fácilmente, porque el profeta predijo por medio de imprecación lo que iba a suceder, no como quien ruega por lo que desea, sino en el espíritu de quien lo veía de antemano. Así también el Señor, así también el apóstol; aunque en las palabras de estos no hallamos lo que ellos deseaban, sino lo que predecían. Pues cuando el Señor dice: "¡Ay de ti, Capernaúm!", no dice otra cosa sino que un mal le sobrevendrá como castigo de su incredulidad; y el Señor no deseaba esto con malevolencia, sino que lo veía por su divinidad. Y el apóstol no dice: "Páguele [el Señor]", sino: "El Señor le pagará conforme a sus obras"; que es palabra de quien predice, no de quien impreca. Como también, respecto a aquella hipocresía de los judíos de la que ya hemos hablado, cuya ruina veía inminente, dijo: "Dios te golpeará a ti, pared blanqueada". Pero los profetas en particular suelen predecir los acontecimientos futuros bajo la figura de quien impreca, así como han predicho a menudo aquellas cosas que habían de venir bajo la figura de tiempo pasado: como ocurre, por ejemplo, en aquel pasaje: "¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?" Pues no dice: "¿Por qué se amotinarán las gentes, y los pueblos pensarán cosas vanas?", aunque no mencionaba aquellas cosas como si ya hubieran pasado, sino que las esperaba como aún futuras. Tal es también aquel pasaje: "Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes": pues aquí tampoco dice: "Repartirán entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echarán suertes". Y nadie halla falta en estas palabras, sino aquel que no percibe que esa variedad de figuras al hablar en nada disminuye la verdad de los hechos, y añade mucho a la impresión que causan en nuestra mente.

    Capítulo 22

    I, 22, 73

    73. Pero la cuestión que nos ocupa se hace más urgente por lo que dice el apóstol Juan: Si alguno ve a su hermano cometer un pecado que no es de muerte, pedirá, y el Señor le dará vida para el que no peca de muerte. Hay un pecado de muerte: no digo que se ruegue por él. Pues manifiestamente muestra que hay ciertos hermanos por los cuales no se nos manda orar, aunque el Señor nos ordena orar aun por nuestros perseguidores. Ni puede resolverse la cuestión en mano, a no ser que reconozcamos que hay ciertos pecados en los hermanos que son más graves que la persecución de los enemigos. Además, que hermanos significa cristianos puede probarse por muchos ejemplos de las divinas Escrituras. Sin embargo, aquel es el más claro que el apóstol expresa así: Pues el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula es santificada en el hermano. Pues no ha añadido la palabra nuestro; sino que lo ha tenido por claro, queriendo que por la expresión hermano se entienda un cristiano que tiene esposa incrédula. Y por eso dice poco después: Pero si el incrédulo se aparta, apártese: un hermano o una hermana no está sujeto a servidumbre en tales casos. De aquí soy de parecer que el pecado de un hermano es de muerte, cuando alguno, después de llegar al conocimiento de Dios por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, asalta la hermandad, y es impelido por los fuegos de la envidia a oponerse a aquella gracia misma por la cual es reconciliado con Dios. Pero el pecado no es de muerte, si alguno no ha retirado su amor de un hermano, sino que por alguna flaqueza de ánimo ha dejado de cumplir los deberes incumbentes de hermandad. Y por esto nuestro Señor también en la cruz dice: Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen: pues, no habiendo sido hechos aún partícipes de la gracia del Espíritu Santo, no habían entrado todavía en la comunión de la santa hermandad. Y el bienaventurado Esteban en los Hechos de los Apóstoles ora por aquellos por quienes está siendo apedreado, porque aún no habían creído en Cristo, y no estaban luchando contra aquella gracia común. Y el apóstol Pablo por esto, creo, no ora por Alejandro, porque ya era hermano, y había pecado de muerte, a saber, por asaltar la hermandad mediante la envidia. Pero por aquellos que no habían roto su amor, sino que habían cedido por temor, ora para que sean perdonados. Pues así lo expresa: Alejandro el calderero me hizo mucho mal: el Señor le pagará conforme a sus obras. Del cual también guárdate; porque ha resistido en gran manera a nuestras palabras. Luego añade por quiénes ora, expresándolo así: En mi primera defensa ningún hombre estuvo conmigo, sino que todos me desampararon: ruego a Dios que no les sea imputado.

    I, 22, 74

    74. Es esta diferencia en sus pecados la que separa a Judas el traidor de Pedro el negador: no que el penitente no haya de ser perdonado, pues no debemos entrar en colisión con aquella declaración de nuestro Señor, donde ordena que un hermano ha de ser perdonado, cuando pide a su hermano que le perdone; sino que la ruina vinculada a ese pecado es tan grande, que no puede soportar la humillación de pedirlo, aun si se viera obligado por una mala conciencia tanto a reconocer como a divulgar su pecado. Pues cuando Judas había dicho: He pecado, en que he traicionado la sangre inocente, sin embargo le fue más fácil en su desesperación correr y ahorcarse, que en humildad pedir perdón. Y por eso importa mucho saber qué clase de arrepentimiento perdona Dios. Pues muchos confiesan mucho más prontamente que han pecado, y están tan enojados consigo mismos que desean vehementemente no haber pecado; pero sin embargo no se dignan humillar el corazón y hacerlo contrito, e implorar perdón: y esta disposición de ánimo hemos de suponer que tienen, sintiéndose ya condenados a causa de la grandeza de su pecado.

    I, 22, 75

    75. Y este es quizás el pecado contra el Espíritu Santo, es decir, por malicia y envidia obrar en oposición al amor fraterno después de recibir la gracia del Espíritu Santo — pecado que nuestro Señor dice que no se perdona ni en este mundo ni en el venidero. Y de aquí puede preguntarse si los judíos pecaron contra el Espíritu Santo, cuando dijeron que nuestro Señor echaba fuera demonios por Belcebú, el príncipe de los demonios: si hemos de entender esto como dicho contra nuestro Señor mismo, porque Él dice de Sí en otro pasaje: Si al padre de familia llamaron Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! o si, por cuanto habían hablado por gran envidia, siendo ingratos por beneficios tan manifiestos, aunque aún no eran cristianos, han de ser supuestos, por la misma grandeza de su envidia, haber pecado contra el Espíritu Santo. Esto último ciertamente no ha de deducirse de las palabras de nuestro Señor. Pues aunque ha dicho en el mismo pasaje: Y cualquiera que hable una palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonada; pero cualquiera que hable una palabra contra el Espíritu Santo, no le será perdonada, ni en este mundo, ni en el venidero; sin embargo puede parecer que les amonestó con este propósito, que ellos vinieran a su gracia, y después de aceptarla no pecaran así como ahora han pecado. Pues ahora han hablado una palabra contra el Hijo del hombre, y les puede ser perdonada, si se convierten, y creen en Él, y reciben el Espíritu Santo; pero si, después de recibirlo, eligieran envidiar la hermandad, y asaltar la gracia que han recibido, no les puede ser perdonada, ni en este mundo ni en el venidero. Pues si Él los tuviera por tan condenados, que no quedara esperanza alguna para ellos, no juzgaría que debían ser aún amonestados, como lo hizo al añadir la declaración: O haced bueno el árbol, y bueno su fruto; o haced corrompido el árbol, y corrompido su fruto.

    I, 22, 76

    76. Entiéndase, por tanto, que hemos de amar a nuestros enemigos, y hacer bien a los que nos odian, y orar por los que nos persiguen, de tal manera, que al mismo tiempo se entienda que hay ciertos pecados de hermanos por los cuales no se nos manda orar; no sea que, por impericia de nuestra parte, la Escritura divina parezca contradecirse a sí misma (cosa que no puede suceder). Pero si, así como no hemos de orar por ciertas personas, así también hemos de orar contra algunas, no se ha hecho aún suficientemente evidente. Pues se dice en general: Bendecid, y no maldigáis; y además: No paguéis a nadie mal por mal. Además, cuando no oras por uno, no por eso oras contra él: pues puedes ver que su castigo es cierto, y su salvación enteramente desesperada; y no oras por él, no porque lo odies, sino porque sientes que no puedes aprovecharle nada, y no deseas que tu oración sea rechazada por el Juez justísimo. Pero ¿qué hemos de pensar respecto a aquellas personas contra las cuales tenemos revelado que se ofrecieron oraciones por los santos, no para que fueran apartados de su error (pues de esta manera se ofrece oración más bien por ellos), sino para que la condenación final viniera sobre ellos: no como se ofreció contra el traidor de nuestro Señor por el profeta; pues aquella, como se ha dicho, era una predicción de las cosas venideras, no un deseo de castigo: ni como se ofreció por el apóstol contra Alejandro; pues respecto a aquello también ya se ha dicho bastante: sino como leemos en el Apocalipsis de Juan de los mártires que oran para ser vengados; mientras que el bien conocido primer mártir oró para que aquellos que lo apedreaban fueran perdonados.

    I, 22, 77

    77. Pero no debemos ser movidos por esta circunstancia. Pues ¿quién se aventuraría a afirmar, respecto a aquellos santos vestidos de blanco, cuando pidieron ser vengados, si pedían contra los hombres mismos o contra el dominio del pecado? Pues de por sí es una venganza genuina de los mártires, y una llena de justicia y misericordia, que el dominio del pecado sea derribado, bajo cuyo dominio fueron sometidos a tan grandes sufrimientos. Y por su derribo lucha el apóstol, diciendo: No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal. Pero el dominio del pecado es destruido y derribado, en parte por la enmienda de los hombres, para que la carne sea sometida al espíritu; en parte por la condenación de aquellos que perseveran en el pecado, para que sean justamente dispuestos de tal manera que no puedan ser molestos a los justos que reinan con Cristo. Mira al apóstol Pablo; ¿no te parece que venga al mártir Esteban en su propia persona, cuando dice: Así peleo, no como quien golpea el aire: sino que someto mi cuerpo, y lo reduzco a servidumbre? Pues ciertamente estaba postrando, y debilitando, y trayendo a sujeción, y regulando aquel principio en sí mismo desde el cual había perseguido a Esteban y a los demás cristianos. ¿Quién entonces puede demostrar que los santos mártires no pedían del Señor tal venganza de sí mismos, cuando al mismo tiempo, para ser vengados, podían lícitamente desear el fin de este mundo, en el cual habían soportado tales martirios? Y los que oran por esto, por una parte oran por sus enemigos que son curables, y por otra parte no oran contra aquellos que han elegido ser incurables: porque Dios también, al castigarlos, no es un Torturador malévolo, sino un Disponedor justísimo. Sin ninguna vacilación, por tanto, amemos a nuestros enemigos, hagamos bien a los que nos odian, y oremos por los que nos persiguen.

    Capítulo 23

    I, 23, 78

    78. Luego, en cuanto a la declaración que sigue: para que seáis los hijos de vuestro Padre que está en los cielos, ha de entenderse según aquella regla en virtud de la cual también dice Juan: Les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Pues uno es Hijo por naturaleza, que no conoce pecado alguno; mas nosotros, al recibir la potestad, somos hechos hijos, en la medida en que cumplimos aquellas cosas que nos son mandadas por Él. Y de ahí que la enseñanza apostólica dé el nombre de adopción a aquello por lo cual somos llamados a una herencia eterna, para que seamos coherederos con Cristo. Somos, pues, hechos hijos por una regeneración espiritual, y somos adoptados en el reino de Dios, no como extraños, sino como hechos y creados por Él: de modo que un beneficio es el habernos traído al ser mediante su omnipotencia, cuando antes éramos nada; y otro, el habernos adoptado, para que, siendo hijos, gocemos juntamente con Él de la vida eterna por nuestra participación. Por tanto, no dice: Haced esas cosas, porque sois hijos; sino: Haced esas cosas, para que seáis hijos.

    I, 23, 79

    79. Mas cuando Él nos llama a esto por el mismo Unigénito, nos llama a su semejanza. Porque Él, como se dice en lo que sigue, hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Ya sea que hayas de entender su sol no como aquel que es visible a los ojos carnales, sino como aquella sabiduría de la cual se dice: "Ella es el resplandor de la luz eterna"; de la cual también se dice: "Nació sobre mí el Sol de justicia"; y también: "Mas a vosotros los que teméis el nombre del Señor, nacerá el Sol de justicia": de modo que también entiendas la lluvia como el riego con la doctrina de la verdad, porque Cristo ha aparecido a los buenos y a los malos, y es predicado a los buenos y a los malos. O ya sea que prefieras entender aquel sol que se presenta ante los ojos corporales no solo de los hombres, sino también de las bestias; y aquella lluvia con la cual se producen los frutos, que han sido dados para el refrigerio del cuerpo, lo cual creo que es la interpretación más probable: de manera que aquel sol espiritual no nace sino sobre los buenos y santos; pues eso mismo es lo que los impíos lamentan en aquel libro que se llama la Sabiduría de Salomón: "Y el sol no nació sobre nosotros"; y aquella lluvia espiritual no riega sino a los buenos; porque los impíos eran significados por la viña de la cual se dice: "Mandaré también a las nubes que no lluevan lluvia sobre ella". Mas ya sea que entiendas lo uno o lo otro, ello acontece por la gran bondad de Dios, la cual se nos manda imitar, si queremos ser hijos de Dios. Pues ¿quién hay tan ingrato que no sienta cuán grande consuelo, en lo que toca a esta vida, nos traen aquella luz visible y la lluvia material? Y vemos que este consuelo se concede en esta vida por igual a justos y a pecadores en común. Pero Él no dice: que hace salir el sol sobre malos y buenos; sino que añadió la palabra suyo, esto es, que Él mismo hizo y estableció, y para cuya hechura nada tomó de nadie, según está escrito en el Génesis acerca de todas las lumbreras; y puede decir con propiedad que son suyas todas las cosas que ha creado de la nada: de modo que de aquí se nos amonesta con cuánta largueza debemos, conforme a su precepto, dar a nuestros enemigos aquellas cosas que no hemos creado, sino que hemos recibido de sus dones.

    I, 23, 80

    80. Mas ¿quién puede estar dispuesto a soportar las injurias de los débiles, en cuanto sea provechoso para su salvación; y a elegir más bien padecer más injusticia de otro que pagar lo que ha padecido; a dar a todo el que le pida algo, ya sea lo que pide, si lo tiene en su poder y si puede darse lícitamente, o un buen consejo, o a manifestar una disposición benévola, y a no apartarse del que desea tomar prestado; a amar a sus enemigos, a hacer bien a los que le aborrecen, a orar por los que le persiguen — ¿quién, digo, hace estas cosas, sino el hombre plena y perfectamente misericordioso? Y con este consejo se evita la miseria, mediante el auxilio de Aquel que dice: "Misericordia quiero, y no sacrificio". Bienaventurados, pues, los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia. Mas ahora me parece más conveniente que, en este punto, el lector, fatigado con tan largo volumen, tome un poco de aliento y se recobre para considerar lo que resta en otro libro.

    Libro segundo. Sobre la segunda parte del sermón del monte (Mateo 6-7)

    Capítulo 1

    II, 1, 1

    1. El tema de la misericordia, con cuyo tratamiento concluyó el primer libro, es seguido por el de la purificación del corazón, con el que comienza el presente. La purificación del corazón, pues, es como la purificación del ojo con el que se ve a Dios; y para mantenerlo sencillo, debe tenerse tanto cuidado como la dignidad de lo que puede ser contemplado por tal ojo exige. Pero aún cuando este ojo esté en gran parte purificado, es difícil evitar que ciertas manchas se insinúen sobre él, procedentes de aquellas cosas que suelen acompañar incluso nuestras buenas acciones — como, por ejemplo, la alabanza de los hombres. Si, ciertamente, no vivir rectamente es perjudicial; sin embargo, vivir rectamente y no desear ser alabado, ¿qué otra cosa es sino ser enemigo de los asuntos de los hombres, los cuales son tanto más miserables cuanto menos agrada una vida recta de parte de los hombres? Por tanto, si aquellos entre quienes vives no te alaban cuando vives rectamente, ellos yerran; pero si te alaban, tú estás en peligro, a menos que tengas un corazón tan sencillo y puro que en aquellas cosas en que obras rectamente no obres así a causa de las alabanzas de los hombres; y que más bien te congratules con quienes alaban lo recto, por hallar placer en lo bueno, que contigo mismo; porque vivirías rectamente aunque nadie te alabara; y que entiendas que esa misma alabanza tuya es útil a quienes te alaban, solo cuando no es a ti a quien honran en tu buena vida, sino a Dios, cuyo templo santísimo es todo hombre que vive bien; de manera que se cumpla lo que dice David: En el Señor será alabada mi alma; los humildes lo oirán y se alegrarán. Pertenece, pues, al ojo puro no mirar las alabanzas de los hombres al obrar rectamente, ni referirse a ellas mientras obras rectamente, es decir, hacer algo rectamente con el propósito mismo de agradar a los hombres. Pues así estarás dispuesto también a fingir lo que es bueno, si no se tiene otra mira que la alabanza del hombre; quien, puesto que no puede ver el corazón, puede también alabar cosas falsas. Y quienes hacen esto, es decir, quienes fingen bondad, son de doble corazón. Por tanto, nadie tiene un corazón sencillo, es decir, puro, sino aquel que se eleva por encima de las alabanzas de los hombres, y cuando vive bien, mira solo a Él y se esfuerza por agradar a aquel que es el único Escudriñador de la conciencia. Y todo lo que procede de la pureza de esa conciencia es tanto más laudable cuanto menos desea las alabanzas de los hombres.

    II, 1, 2

    2. Guardaos, pues, dice, de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos: es decir, guardaos de vivir rectamente con esta intención y de no poner vuestra felicidad en que los hombres os vean. De otro modo no tenéis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos: no si sois vistos por los hombres, sino si vivís rectamente con la intención de ser vistos por ellos. Porque [si fuera lo primero], ¿qué sería de la declaración hecha al principio de este sermón: Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una vela y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras? Pero no puso esto como fin; pues añadió: y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mas aquí, porque reprocha esto, si el fin de nuestras acciones rectas está ahí, es decir, si obramos rectamente con este designio, solo de ser vistos de los hombres; después de decir: Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, no añadió nada. Y por esto es evidente que ha dicho esto, no para impedirnos obrar rectamente delante de los hombres, sino para que acaso no obremos rectamente delante de ellos con el fin de ser vistos, es decir, para que no fijemos la mirada en esto y lo hagamos el fin de lo que nos hemos propuesto.

    II, 1, 3

    3. Pues también dice el Apóstol: Si aún agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo; mientras que en otro lugar dice: Agradad a todos en todo, como también yo agrado a todos en todo. Y quienes no entienden esto piensan que es una contradicción; siendo la explicación que ha dicho que no agrada a los hombres porque solía obrar rectamente no con el propósito expreso de agradar a los hombres, sino de agradar a Dios, a cuyo amor deseaba volver los corazones de los hombres por aquello mismo en que les agradaba. Por tanto, estaba en lo cierto al decir que no agradaba a los hombres, porque en eso mismo buscaba agradar a Dios; y acertaba al enseñar con autoridad que debemos agradar a los hombres, no para que esto se busque como recompensa de nuestras buenas obras, sino porque el hombre que no se ofreciera a sí mismo como modelo de imitación a aquellos que deseaba que se salvaran, no podría agradar a Dios; y nadie puede imitar a quien no le ha agradado. Así, pues, como no hablaría absurdamente quien dijera: En este trabajo de buscar una nave, no busco la nave, sino mi patria; así también el Apóstol podría decir acertadamente: En este trabajo de agradar a los hombres, no es a los hombres, sino a Dios, a quien agrado; porque no pretendo agradar a los hombres, sino que tengo por objeto que aquellos a quienes deseo salvar me imiten. Así como dice de una ofrenda que se hace para los santos: No porque desee la dádiva, sino que deseo el fruto; es decir, al buscar vuestra dádiva, no busco ella, sino vuestro fruto. Pues por esta prueba podía mostrarse hasta dónde habían avanzado hacia Dios, cuando ofrecían de buena gana aquello que se les pedía, no por el gozo propio de él sobre sus dones, sino por la comunión del amor.

    II, 1, 4

    4. Aunque cuando también prosigue diciendo: De otro modo no tenéis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos, no señala sino que debemos guardarnos de buscar la alabanza de los hombres como recompensa de nuestras obras, es decir, de pensar que con ello alcanzamos la bienaventuranza.

    Capítulo 2

    II, 2, 5

    5. Por tanto, cuando des limosna, dice Él, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados de los hombres. No quieras, dice, ser conocido del mismo modo que los hipócritas. Ahora bien, es manifiesto que los hipócritas tampoco llevan en el corazón aquello que exponen ante los ojos de los hombres. Porque los hipócritas son simuladores, como presentadores de otros personajes, a la manera de las representaciones teatrales. Pues quien representa el papel de Agamenón en la tragedia, por ejemplo, o el de cualquier otro personaje de la historia o leyenda que se representa, no es realmente esa persona, sino que la personifica, y se le llama hipócrita. De la misma manera, en la Iglesia o en cualquier ámbito de la vida humana, quienquiera que desea parecer lo que no es, es hipócrita. Porque simula ser justo, pero no se muestra a sí mismo como tal; y pone todo el fruto [de su representación] en la alabanza de los hombres, la cual también pueden recibir los simuladores, mientras engañan a aquellos a quienes parecen buenos, y son alabados por ellos. Mas tales no reciben recompensa de Dios, el Escudriñador del corazón, sino acaso el castigo de su engaño: de los hombres, empero, dice, ya recibieron su recompensa; y con toda justicia se les dirá: "Apartaos de mí, obradores de engaño; teníais mi nombre, pero no hicisteis mis obras". Por tanto, ya han recibido su recompensa aquellos que hacen limosna con la sola intención de ser honrados por los hombres; no si tienen gloria entre los hombres, sino si las hacen con el propósito expreso de alcanzar esa gloria, como se ha discutido antes. Pues la alabanza de los hombres no debe ser buscada por quien obra rectamente, sino que debe seguir a quien obra rectamente, para que aprovechen a aquellos que pueden también imitar lo que alaban, no para que aquel a quien alaban piense que le están aprovechando en algo.

    II, 2, 6

    6. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha. Si entendiésemos que por la mano izquierda se significan los incrédulos, parecería que no es falta querer agradar a los creyentes; siendo así que se nos prohíbe absolutamente poner el fruto y fin de nuestra buena obra en la alabanza de los hombres, sean cuales fueren. Pero en cuanto a que aquellos a quienes han agradado vuestras buenas obras os imiten, hemos de obrar delante de los ojos no solo de los creyentes, sino también de los incrédulos, para que por nuestras buenas obras, que han de ser alabadas, glorifiquen a Dios y lleguen a la salvación. Mas si opinas que la mano izquierda significa un enemigo, de modo que tu enemigo no deba saber cuándo haces limosna, ¿por qué el Señor mismo, teniendo alrededor a sus enemigos los judíos, sanó misericordiosamente a los hombres? ¿Por qué el apóstol Pedro, al sanar al cojo de quien se compadeció en la puerta la Hermosa, atrajo sobre sí mismo y sobre los demás discípulos de Cristo la ira del enemigo? Además, si es necesario que el enemigo no sepa cuándo hacemos limosna, ¿cómo procederemos con el enemigo mismo para cumplir aquel precepto: "Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer pan; y si tuviere sed, dale de beber agua"?

    II, 2, 7

    7. Hay una tercera opinión que suelen sostener personas carnales, tan absurda y ridícula, que no la mencionaría si no hubiera hallado que no pocos están enredados en ese error, los cuales dicen que por la expresión "mano izquierda" se significa a la esposa; de modo que, puesto que en los asuntos domésticos las mujeres suelen ser más apegadas al dinero, ha de ocultárseles cuando sus maridos gastan compasivamente algo en los necesitados, por miedo a rencillas familiares. ¡Como si, en verdad, los hombres solos fueran cristianos, y este precepto no se dirigiera también a las mujeres! ¿De qué mano izquierda, pues, se le manda a la mujer que oculte su obra de misericordia? ¿Es acaso el marido la mano izquierda de su esposa? Afirmación absurdísima. O si alguien piensa que son mutuamente izquierdas; si de los bienes de la familia gasta una de las partes algo de manera contraria a la voluntad de la otra, ese matrimonio no será cristiano; sino que cualquiera de ellos que decida hacer limosna conforme al mandato de Dios, a quien encontrase contrario, este será inevitablemente enemigo del mandato de Dios, y por tanto contado entre los incrédulos — siendo el precepto respecto a tales personas que el marido creyente gane a su esposa, y la esposa creyente a su marido, mediante su buena conversación y conducta; y por tanto, no deben ocultarse mutuamente sus buenas obras, por las cuales han de atraerse el uno al otro, de modo que el uno pueda atraer al otro a la comunión en la fe cristiana. Ni han de perpetrarse hurtos para que Dios se muestre propicio. Pero si algo ha de ocultarse mientras la flaqueza de la otra parte es incapaz de soportar con ecuanimidad lo que sin embargo no se hace injusta ni ilícitamente; sin embargo, que la mano izquierda no se entiende en tal sentido en esta ocasión, se ve claramente considerando todo el pasaje, por lo cual se descubrirá al mismo tiempo qué llama Él la mano izquierda.

    II, 2, 8

    8. Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tenéis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Aquí ha mencionado la justicia en general, luego la sigue en detalle. Pues la obra que se hace a modo de limosna es cierta parte de la justicia, y por eso une ambos diciendo: "Por tanto, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados de los hombres". En esto hay una referencia a lo que dice antes: "Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos". Y lo que sigue: "De cierto os digo que ya tienen su recompensa", se refiere a aquella otra declaración que ha hecho antes: "De otra manera no tenéis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos". Luego sigue: "Mas cuando tú des limosna". Cuando dice: "Mas tú", ¿qué otra cosa significa sino "no de la misma manera que ellos"? ¿Qué, pues, me manda hacer? "Mas cuando tú des limosna, dice, no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha". De ahí que aquellos otros obren de modo que su mano izquierda sepa lo que hace su mano derecha. Por tanto, lo que en ellos se censura, eso se te prohíbe hacer. Y esto es lo que se censura en ellos: que obran de tal manera que buscan las alabanzas de los hombres. Y por eso la mano izquierda no parece tener significado más adecuado que este mismo deleite en la alabanza. Mas la mano derecha significa la intención de cumplir los mandatos divinos. Por lo tanto, cuando en la conciencia del que hace limosna se mezcla el deseo de alabanza humana, la mano izquierda se hace consciente de la obra de la mano derecha: "No sepa, pues, tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha"; es decir, no se mezcle en tu conciencia el deseo de la alabanza humana, cuando al hacer limosna te esfuerzas por cumplir un mandato divino.

    II, 2, 9

    9. Para que tu limosna sea en secreto. ¿Qué otra cosa significa en secreto sino en una buena conciencia, que no puede mostrarse a los ojos humanos ni revelarse con palabras? Puesto que, ciertamente, la muchedumbre de los hombres dice muchas mentiras. Y por tanto, si la mano derecha obra interiormente en secreto, todo lo exterior, visible y temporal, pertenece a la mano izquierda. Sea, pues, tu limosna en tu propia conciencia, donde muchos hacen limosna con su buena intención, aunque no tengan dinero ni otra cosa que dar al necesitado. Mas muchos dan limosna exteriormente, y no interiormente, los cuales, o por ambición, o por causa de algún objeto temporal, desean parecer misericordiosos, en quienes solo la mano izquierda se ha de contar como la que obra. Otros, a su vez, ocupan como un lugar intermedio entre ambos; de manera que, con un propósito dirigido hacia Dios, hacen su limosna, y sin embargo se insinúa en este excelente deseo también algún deseo de alabanza, o tras algún objeto perecedero y temporal de cualquier clase. Pero nuestro Señor prohíbe mucho más enérgicamente que obre en nosotros solo la mano izquierda, cuando nos prohíbe incluso que se mezcle con las obras de la mano derecha: es decir, que no solo hemos de guardarnos de hacer limosna con solo el deseo de objetos temporales; sino que en esta obra ni siquiera debemos mirar a Dios de tal modo que se mezcle o se una con ello el afán por las ventajas exteriores. Porque la cuestión que se debate es la purificación del corazón, el cual, si no es sencillo, no estará limpio. Mas ¿cómo será sencillo, si sirve a dos señores, y no purifica su visión mediante el afán de solo lo eterno, sino que la enturbia también con el amor de lo mortal y perecedero? "Sea, pues, tu limosna en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará". Justísimamente y con toda verdad. Porque si esperas la recompensa de Aquel que es el único Escudriñador de la conciencia, bástate la conciencia misma para merecer la recompensa. Muchos códices latinos dicen así: "y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público"; mas como no lo hemos hallado en los códices griegos, que son más antiguos, no hemos creído que hubiera que decir nada al respecto.

    Capítulo 3

    II, 3, 10

    10. "Y cuando oréis —dice Él—, no seáis como los hipócritas; porque aman orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres." Y aquí tampoco es malo el ser vistos de los hombres, sino hacer estas cosas con el fin de ser vistos de los hombres; y es superfluo repetir tantas veces la misma observación, puesto que hay una sola regla que guardar, de la cual aprendemos que lo que hemos de temer y evitar no es que los hombres conozcan estas cosas, sino que se hagan con esta intención, a saber, que se busque en ellas el fruto de agradar a los hombres. Nuestro Señor mismo conserva también las mismas palabras cuando añade de modo semejante: "De cierto os digo que han recibido su recompensa"; mostrando con ello que prohíbe esto —el afán de esa recompensa en la que se deleitan los necios cuando son alabados por los hombres.

    II, 3, 11

    11. "Pero cuando oréis —dice—, entrad en vuestros aposentos." ¿Qué son esos aposentos sino precisamente nuestros corazones mismos, como se da a entender también en el Salmo, cuando se dice: "Lo que decís en vuestros corazones, arrepentíos aun en vuestros lechos"? "Y cuando hayáis cerrado las puertas —dice—, orad a vuestro Padre que está en lo secreto." Poco importa entrar en nuestros aposentos si la puerta queda abierta a los indiscretos, por la cual las cosas de fuera entran profanamente y asaltan a nuestro hombre interior. Ahora bien, hemos dicho que fuera están todas las cosas temporales y visibles, que se abren paso a través de la puerta, es decir, a través del sentido carnal, hasta nuestros pensamientos, y perturban clamorosamente a los que oran con una multitud de vanos fantasmas. Por tanto la puerta ha de cerrarse, es decir, ha de resistirse al sentido carnal, para que la oración espiritual se dirija al Padre; lo cual se hace en lo más íntimo del corazón, donde se ofrece oración al Padre que está en lo secreto. Y vuestro Padre —dice—, que ve en lo secreto, os recompensará. Y esto debía rematarse con una conclusión de tal índole; pues aquí, en el presente caso, la amonestación no es que oremos, sino cómo hemos de orar. Ni lo que precede es una amonestación a que demos limosna, sino acerca del espíritu con que debemos hacerlo; puesto que Él está dando instrucciones acerca de la purificación del corazón, al cual nada purifica sino el afán indiviso y de un solo propósito por la vida eterna, que nace únicamente del puro amor a la sabiduría.

    II, 3, 12

    12. "Y cuando oréis —dice—, no habléis mucho, como hacen los paganos; porque piensan que serán oídos por su mucho hablar." Como es propio de los hipócritas exhibirse para ser contemplados cuando oran, y su fruto es agradar a los hombres, así es propio de los paganos, es decir, de los gentiles, pensar que son oídos por su mucho hablar. Y ciertamente, toda suerte de locuacidad proviene de los gentiles, que se esfuerzan por ejercitar la lengua más que por limpiar el corazón. Y esta suerte de esfuerzo inútil intentan transferirla incluso a influir sobre Dios con la oración, suponiendo que el Juez, igual que el hombre, se deja llevar por las palabras hacia cierta manera de pensar. "Por tanto, no seáis semejantes a ellos —dice el único y verdadero Maestro—; porque vuestro Padre sabe qué cosas os son necesarias antes de que se las pidáis." Pues si se emplean muchas palabras con la intención de instruir y enseñar a quien ignora, ¿qué necesidad hay de ellas para Aquel que todo lo sabe, a quien todas las cosas que existen, por el hecho mismo de existir, le hablan y se muestran como creadas; y las cosas futuras no permanecen ocultas a su conocimiento y sabiduría, en los cuales tanto las cosas pasadas como las que han de venir están presentes todas y no pueden pasar?

    II, 3, 13

    13. Mas, por pocas que sean, hay palabras que Él mismo también va a decir, con las cuales nos enseñará a orar; cabe preguntarse por qué aun estas pocas palabras son necesarias para Aquel que conoce todas las cosas antes de que acontezcan, y sabe, como se ha dicho, lo que nos es necesario antes de que se lo pidamos. Aquí, en primer lugar, se responde que debemos alegar nuestra causa ante Dios, a fin de obtener lo que deseamos, no con palabras, sino con las ideas que abrigamos en nuestra mente y con la dirección de nuestro pensamiento, con puro amor y deseo sincero; y que nuestro Señor nos ha enseñado las ideas mismas en palabras, para que, confiándolas a la memoria, las recordemos en el momento de orar.

    II, 3, 14

    14. Mas de nuevo cabe preguntar (si hemos de orar con ideas o con palabras) qué necesidad hay de la oración misma, si Dios ya sabe lo que nos es necesario; a no ser que el esfuerzo mismo implicado en la oración calme y purifique nuestro corazón, y lo haga más capaz de recibir los dones divinos, que se derraman espiritualmente en nosotros. Porque no es a causa de la urgencia de nuestras oraciones por lo que Dios nos oye —Él, que está siempre dispuesto a darnos su luz, no material, sino intelectual y espiritual—; sino que no siempre estamos dispuestos a recibirla, pues nos inclinamos a otras cosas y quedamos envueltos en tinieblas por el deseo de las cosas temporales. De ahí que en la oración se realice una conversión del corazón hacia Aquel que está siempre dispuesto a dar, con tal que aceptemos lo que nos ha dado; y en ese mismo acto de volvernos se efectúa una purificación del ojo interior, en cuanto que quedan excluidas aquellas cosas temporales que se deseaban, para que la visión del corazón puro pueda soportar la luz pura, que resplandece divinamente sin ocaso ni cambio; y no solo soportarla, sino también permanecer en ella, no ya sin molestia, sino con gozo inefable, en el cual se perfecciona una vida verdadera y sinceramente bienaventurada.

    Capítulo 4

    II, 4, 15

    15. Pero ahora hemos de considerar qué cosas se nos enseña a pedir por Aquel mediante el cual aprendemos lo que hemos de pedir y obtenemos lo que pedimos. Así, pues, dice Él: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal. Puesto que en toda oración hemos de conciliarnos la buena voluntad de aquel a quien oramos, para luego decir lo que pedimos, la buena voluntad suele conciliarse ofreciendo alabanza a aquel a quien se dirige la oración, y esto suele ponerse al principio de la misma; y en este punto nuestro Señor nos ha mandado que no digamos otra cosa sino Padre nuestro que estás en los cielos. Porque muchas cosas se dicen en alabanza de Dios, las cuales, esparcidas varia y ampliamente por todas las Sagradas Escrituras, cada cual podrá considerar cuando las lea; pero en ninguna parte se halla un precepto para el pueblo de Israel de que dijeran Padre nuestro, o de que oraran a Dios como a Padre; sino que como Señor se les dio a conocer, por ser aún siervos, es decir, que vivían todavía según la carne. Digo esto, sin embargo, en cuanto que recibieron los mandatos de la ley, que se les ordenó observar; pues los profetas a menudo muestran que este mismo Señor nuestro podría haber sido también su Padre, si no se hubieran desviado de sus mandamientos: como, por ejemplo, tenemos aquella declaración: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí; y aquella otra: Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo; y esta otra: Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? Y si soy señor, ¿dónde está mi temor?; y muchísimas otras declaraciones, donde se acusa a los judíos de mostrar por su pecado que no querían llegar a ser hijos; dejando aparte aquellas cosas que se dicen en profecía de un futuro pueblo cristiano, que tendrían a Dios por Padre, según aquella declaración evangélica: Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Y el apóstol Pablo, a su vez, dice: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo; y menciona que hemos recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!.
    Comentario editorial · Un Padrenuestro de siete peticiones y sin doxología
    El Padrenuestro de Agustín termina en «líbranos del mal». No trae la doxología («porque tuyo es el reino…»), que falta en los manuscritos más antiguos de Mateo, en la Vulgata y en casi todos los de la Vetus Latina; la Didaché, muy cercana a Mateo, sí cierra con una doxología breve (Wikipedia). Entre las biblias del lector, la RV60 la incluye (); la versión de Lucas es más corta (). Agustín cuenta siete peticiones: tres que empiezan a cumplirse ahora y durarán siempre, cuatro que pertenecen a esta vida (II, 10, 36–37). Lutero y Bengel las cuentan igual; Crisóstomo, Calvino y los catecismos reformados unen las dos últimas y cuentan seis (nota de Schaff).

    II, 4, 16

    16. Y puesto que el hecho de que seamos llamados a una herencia eterna, para que seamos coherederos con Cristo y alcancemos la adopción de hijos, no proviene de nuestros méritos, sino de la gracia de Dios, ponemos esta misma gracia al principio de nuestra oración cuando decimos Padre nuestro. Y con ese apelativo se despierta el amor —pues ¿qué cosa debe ser más querida para los hijos que un padre?— y una disposición suplicante, cuando los hombres dicen a Dios: Padre nuestro; y una cierta presunción de obtener lo que vamos a pedir, puesto que, antes de pedir nada, hemos recibido un don tan grande como el de que se nos permita llamar a Dios Padre nuestro. Pues ¿qué no dará ahora a los hijos cuando piden, si ya les ha concedido esto mismo, a saber, que sean hijos? Por último, ¡cuán grande solicitud se apodera del ánimo, para que quien dice Padre nuestro no se muestre indigno de tan gran Padre! Porque si a un plebeyo le fuera permitido por el mismo interesado llamar padre a un senador de edad avanzada, sin duda temblaría y no se atrevería fácilmente a hacerlo, considerando la humildad de su origen, la escasez de sus recursos y la bajeza de su persona plebeya; ¡cuánto más, pues, debemos temblar al llamar a Dios Padre, si hay una mancha tan grande y tanta vileza en nuestro carácter, que Dios podría con mucha más justicia apartar a estos del contacto consigo mismo, que aquel senador podría apartar la pobreza de cualquier mendigo! Pues, en verdad, él (el senador) desprecia en el mendigo aquello a lo que aun él mismo puede verse reducido por la vicisitud de las cosas humanas; pero Dios nunca cae en vileza de carácter. Y gracias a la misericordia de Aquel que nos exige esto, que sea nuestro Padre —una relación que no puede producirse por gasto alguno nuestro, sino únicamente por la buena voluntad de Dios—. Aquí hay también una amonestación para los ricos y para los de noble nacimiento, en lo que a este mundo se refiere, de que cuando se hayan hecho cristianos no se comporten con soberbia hacia los pobres y los de baja condición, puesto que juntamente con ellos llaman a Dios Padre nuestro; expresión que no pueden usar verdadera y piadosamente, a menos que reconozcan que ellos mismos son hermanos.

    Capítulo 5

    II, 5, 17

    17. Así pues, el pueblo nuevo, llamado a la herencia eterna, use la palabra del Nuevo Testament y diga: Padre nuestro que estás en los cielos, esto es, en los santos y en los justos. Porque Dios no está contenido en lugar. Pues los cielos son ciertamente los cuerpos superiores del mundo, pero todavía materiales, y por tanto no pueden existir sino en algún lugar definido; pero si se cree que el lugar de Dios está en los cielos, entendiendo por ello las partes más altas del mundo, las aves son de más valor que nosotros, pues su vida está más cerca de Dios. Pero no está escrito: Cerca está el Señor de los altos de estatura, ni de los que habitan en los montes; sino que está escrito: Cerca está el Señor de los quebranados de corazón, lo cual se refiere más bien a la humildad. Pero así como el pecador es llamado tierra, cuando se le dice: Tierra eres, y a la tierra volverás; así, por el contrario, el justo puede ser llamado cielo. Pues está dicho a los justos: El templo de Dios es sant, el cual templo sois vosotros. Y por tanto, si Dios habita en su templo, y los santos son su templo, la expresión "que estás en los cielos" se entiende rectamente en el sentido de "que estás en los santos". Y muy adecuada es esta semejanza, para que espiritualmente se vea que hay tanta diferencia entre los justos y los pecadores, como materialmente la hay entre el cielo y la tierra.

    II, 5, 18

    18. Y para mostrar esto, cuando estamos en oración, nos volvemos hacia el oriente, de donde sale el cielo: no como si Dios habitara allí, en el sentido de que Aquel que está presente en todas partes, no ocupando lugar, sino por el poder de su majestad, hubiera abandonado las demás partes del mundo; sino para que la mente sea advertida de volverse hacia una naturaleza más excelente, esto es, hacia Dios, cuando su propio cuerpo, que es terrestre, se vuelve hacia un cuerpo más excelente, esto es, hacia uno celeste. Es también adecuado para las diversas etapas de la religión, y sumamente conveniente, que en las mentes de todos, pequeños y grandes, se conserven concepciones dignas de Dios. Y por tanto, en cuant a aquellos que todavía están ocupados con las bellezas que se ven, y no pueden pensar en nada incorpóreo, puest que necesariamente prefieren el cielo a la tierra, su opinión es más toleable si creen que Dios, a quien todavía conciben de manera corporal, está en el cielo más bien que sobre la tierra: de modo que cuando en algún tiempo futuro hayan aprendido que la dignidad del alma excede incluso a un cuerpo celeste, puedan buscarle en el alma más bien que incluso en un cuerpo celeste; y cuando hayan aprendido cuánta distancia hay entre las almas de los pecadores y las de los justos, así como no se atrevieron, cuando todavía eran sabios solo según la carne, a colocarle en la tierra, sino en el cielo, así después con mejor fe o inteligenia puedan buscarle de nuevo en las almas de los justos más bien que en las de los pecadores. De aquí que, cuando se dice: "Padre nuestro que estás en los cielos", se entiende rectamente que significa en los corazones de los justos, como en su sant templo. Y al mismo tiempo, de tal manera que el que ora desea que Aquel a quien invoca habite también en sí mismo; y cuando se esfuerza por esto, practica la justicia, un género de servico por el cual Dios es atraído a habitar en el alma.
    Comentario editorial · Orar vuelto hacia el oriente
    Agustín da por sabida una costumbre: al orar, los cristianos se vuelven hacia el oriente, no porque Dios habite allí, sino para que el cuerpo, que es terrestre, vuelto hacia el cielo, advierta a la mente que se vuelva hacia Dios. Wikipedia la documenta desde muy pronto: Tertuliano usa una expresión equivalente en el Apologético (197), Clemente de Alejandría la explica por la salida del sol, Orígenes la defiende en Sobre la oración, Basilio la contaba entre las tradiciones no escritas de los apóstoles, y Agustín la menciona a fines del siglo IV. La costumbre pervive en las iglesias orientales.

    II, 5, 19

    19. Veamos ahora qué cosas se han de pedir. Porque ya se ha dicho quién es Aquel a quien se ora, y dónde habita. Ante todo, pues, de las cosas que se piden viene esta petición: Santificado sea tu nombre. Y esto se pide, no como si el nombre de Dios no fuera santo ya, sino para que sea tenido por santo entre los hombres; esto es, que Dios llegue a ser conocido de ellos de tal manera que no tengan por más santo nada ni teman más ofenderlo. Porque, al decirs: En Judá es conocido Dios; en Israel es grande su nombre, no hemos de entenderlo como si Dios fuera menor en un lugar, mayor en otro; sino que allí es grande su nombre, donde es nombrado según la grandeza de su majestad. Y así, allí se dice que su nombre es santo, donde es nombrado con veneración y temor de ofenderle. Y esto es lo que ahora está ocurriendo, mientras el evangelio, al hacerse conocido por todas partes entre las diversas naciones, encomienda el nombre del único Dios por medio de la administración de su Hijo.

    Capítulo 6

    II, 6, 20

    20. Luego sigue: Venga tu reino. Así como el Señor mismo enseñ a en el Evangelio que el día del juicio tendrá lugar en el tiempo mism o en que el evangelio haya sido predicado entre todas las naciones — cosa que pertenece a la santificación del nom bre de Dios. Pues también aquí la expreción Venga tu reino no se emplea como si Dios no reinara ahora. Pero alguno quizá podría decir que la expreción venga significa sobre la tierra; como si, en efect o, Él no estuviera reinando realmente ahora so bre la tierra, y no hubiera reinado siem pre en ella desde la fundación del mundo. Veng a, puss, se ha de enteder en el sentido de manifiesto a los hom bres. Pues de la mism a manera que una luz que está presente está ausente para los ciegos y para los que cierran los ojos, así el reino de Dios, aun que n unca se aparta de la tierra, está sin em bargo ausente para quienes lo ignoran. Pero a nadie se le per mitirá ignorar el reino de Dios, cuando su Unigé nito v eng a del cielo, no sol o de manera que pueda ser aprehendido por el entendimiento, sino también visiblemente en la persona del Hom bre Divino, para juzgar a los vivos y a los muertos. Y después de aquel juicio, esto es, cuando haya tenido lugar el proceso de distingir y separar a los jus tos de los injustos, Dios habitará de tal modo en los jus tos, que ya no habrá n ecesidad de que nad ie sea enseñ ado por hom bre, sino que todos serán, como está escrito, enseñ ados de Dios. Entonces la vida bien aventurada se per feccionará en todas sus partes en los santos por la eternidad, tal como ahora los santísimos y bien aventurados án geles celestiales son sabi os y bien aventurados, por el hech o de que Dios sol o es su luz; porque el Señor ha prom etido esto también a los suy os: En la resurreción, dice, serán como los án geles en el cielo.

    II, 6, 21

    21. Y por tanto, después de aq uella petición en que decimos: Venga tu reino, sigue: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra: esto es, así como tu voluntad está en los án geles que están en el cielo, de modo que ellos se adh ieren enteramente a Ti, y te disfrutan plenamente, sin que error alguno empañ e su sabiduría, ni miseria alguna estorb e su bien aventuranza; así se haga en tus santos que están sobre la tierra, y que han sido hech os de la tierra, en cuant o al cuerpo, y quienes, aun que están destinados a una morada celestial y a un intercam bio, han de ser tom ados sin em bargo de la tierra. A esto se refiere también aquella dox ología de los án geles: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hom bres de buen a voluntad: de modo que cuando n uestra buen a voluntad ha precedido, la cual sigue a Aquel que llama, la voluntad de Dios sea per feccionada en nosotr os, como lo es en los án geles celestiales; de suerte que ningún antagon ismo se interponga en el camino de n uestra bien aventuranza: y esto es la paz. Hágase tu voluntad se entiende también rectamente en el sentido de: Préstese obedi en cia a tus preceptos: como en el cielo, así en la tierra, esto es, como por los án geles, así por los hom bres. Pues, que la voluntad de Dios se c umple cuando se obede cen sus preceptos, lo dice el Señor mism o, cuando afirma: Mi com ida es hacer la voluntad del que me en vió; y con frecuen cia: No he venido a hacer mi pro pia voluntad, sino la voluntad del que me en vió; y cuando dice: He aq uí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y her mana, y madre. Y por tanto, en aqu ellos al menos que hacen la voluntad de Dios, la voluntad de Dios se c umple; no porque ellos hagan que Dios qu iera, sino porque hacen lo que Él qu iere, esto es, ob ran según su voluntad.

    II, 6, 22

    22. Hay también aq uella otra interpretación: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra, — como en los santos y jus tos, así también en los pec ador es. Y esto, además, puede entederse de dos maneras: o bien que o rem os incluso por n uestros en emi gos (¿pues qué otra cosa se ha de juzgar que son, a pesar de cuya voluntad el nom bre cristiano y católico se extiende aún?), de suerte que se dice: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra, — como si el significado fus e: Así como los jus tos hacen tu voluntad, de igual modo háganla también los pec ador es, para que se con virt an a Ti; o bien en este sentido: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra, de modo que cada cual reciba lo suy o; lo que tendrá lugar en el juicio final, siendo los jus tos recompens ados con galardón, y los pec ador es con con denación — cuando las ovejas serán separadas de los cab ritos.

    II, 6, 23

    23. Tampoco es absurda aq uella otra interpretación, antes bien, es entera mente concorde con n uestra fe y n uestra esperan za, a saber, que hem os de tomar cielo y tierra en el sentido de espíritu y carne. Y puesto que el após tol dice: Con la mente sirv o a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado, vem os que la voluntad de Dios se hace en la mente, esto es, en el espíritu. Pero cuando la muerte haya sido sor bida en victoria, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, lo cual acontecerá en la resurreción de la carne, y en aquel cam bio que está prom etido a los jus tos, según la predicción del mism o após tol, hágase la voluntad de Dios en la tierra, como en el cielo; esto es, de tal manera que, como el espíritu no resiste a Dios, sino que sigue y hace su voluntad, así también el cuerpo no resista al espíritu o al alma, la cual en el presente es hostigada por la deb ilidad del cuer po, y se inclina al hábito carnal: y esto será un elemento de la paz per fecta en la vida eterna, que no sol o est ará con nosotr os el querer, sino también el hacer aquello que es bueno. Pues el querer, dice, está en mí; mas cómo hacer el bien no lo hallo: porque todavía no en la tierra como en el cielo, esto es, todavía no en la carne como en el espíritu, se hace la voluntad de Dios. Pues aun en n uestra miseria se hace la voluntad de Dios, cuando padec em os por medio de la carne aquellas cosas que se nos deb en en virtud de n uestra mortalidad, la cual n uestra n aturaleza ha merecido por su pecado. Mas hem os de orar por esto: que la voluntad de Dios se haga como en el cielo, así en la tierra; para que, así como con el corazón nos deleitam os en la ley según el hom bre interior, así también, cuando el cam bio en n uestro cuer po haya tenido lugar, ninguna parte de nosotr os se oponga, por causa de aflicciones o placeres terren ales, a este n uestro deleite.

    II, 6, 24

    24. Ni es contraria a la verdad aq uella consideración de que hem os de enteder las palab ras: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra, como en n uestro Señor Jesucristo mism o, así también en la Iglesia: como si alguien dijera: Como en el varón que c umplió la voluntad del Padre, así también en la mujer que está desposada con él. Pues cielo y tierra se entienden adecu a damente como si fues en esposo y esposa; ya que la tierra es fec und ada por el cielo que la fert iliza.

    Capítulo 7

    II, 7, 25

    25. La cuarta petición es: Danos hoy nuestro pan de cada día. El pan de cada día se entiende o bien de todas aquellas cosas que satisfacen las necesidades de esta vida, en relación con las cuales dice Él en su enseñanza: No os preocupéis por el día de mañana; de modo que por esto se añade: Danos hoy; o bien se entiende del sacramento del cuerpo de Cristo, que recibimos cada día; o bien del alimento espiritual, del cual dice el mismo Señor: Trabajad por la comida que no perece; y también: Yo soy el pan de vida que descendió del cielo. Pero cuál de estas tres interpretaciones sea la más probable, es cuestión que merece consideración. Pues quizá alguien se pregunte por qué hemos de orar para obtener las cosas necesarias para esta vida — como, por ejemplo, el alimento y el vestido — cuando el Señor mismo dice: No os afanéis por lo que habéis de comer o por lo que habéis de vestir. ¿Acaso puede alguien no estar afanado por una cosa que pide en oración, cuando la oración ha de ofrecerse con tan grande fervor de espíritu, que a esto se refiere todo lo que se ha dicho acerca de cerrar la puerta, y también el mandato: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas? Ciertamente no dice: Buscad primeramente el reino de Dios, y luego buscad esas otras cosas; sino: todas estas cosas, dice, os serán añadidas, es decir, aun cuando no las busquéis. Pero no sé si puede hallarse cómo se dice rectamente que no busca uno aquello que con tanto empeño suplica a Dios recibir.

    II, 7, 26

    26. Mas en cuanto al sacramento del cuerpo del Señor (para que no susciten cuestión aquellos que, siendo la mayor parte de las regiones orientales, no participan diariamente de la cena del Señor, mientras este pan es llamado pan de cada día: para que, pues, callen y no defiendan su modo de pensar acerca de este asunto ni aun por la autoridad misma de la Iglesia, porque hacen tales cosas sin escándalo, y no son impedidos de hacerlas por los que presiden sus iglesias, y cuando no obedecen no son condenados; de donde se prueba que en esas regiones no se entiende esto como pan de cada día: porque, si así fuera, se les imputaría un gran pecado a los que por tal causa no lo reciben diariamente; mas, como se ha dicho, para no argumentar en modo alguno a partir del caso de tales personas), esta consideración al menos debe ocurrírseles a los que reflexionan: que hemos recibido del Señor una regla para la oración, la cual no debemos quebrantar, ni añadiendo ni omitiendo cosa alguna. Y siendo esto así, ¿quién se atrevería a decir que solo una vez debemos usar la Oración del Señor, o al menos que, aun cuando la hayamos usado segunda o tercera vez antes de la hora en que participamos del cuerpo del Señor, después ya no hemos de orar así durante las restantes horas del día? Pues ya no podremos decir: Danos hoy, respecto de lo que ya hemos recibido; o cualquiera podrá obligarnos a celebrar aquel sacramento a la última hora del día.

    II, 7, 27

    27. Resta, pues, que entendamos el pan de cada día como espiritual, es decir, los preceptos divinos, los cuales debemos meditar y procurar cada día. Pues acerca de estos dice el Señor: Trabajad por la comida que no perece. Y ese alimento se llama ahora cotidiano, mientras esta vida temporal se mide por días que van y vienen. Y, en verdad, mientras el deseo del alma se dirige alternativamente, ya a lo más alto, ya a lo más bajo, es decir, ya a lo espiritual, ya a lo carnal, como sucede con quien a veces se alimenta con comida y a veces padece hambre, el pan es necesario cada día, para que el hambriento sea restaurado y el que cae sea levantado. Así, pues, como nuestro cuerpo en esta vida, es decir, antes de aquel gran cambio, se repara con alimento porque siente pérdida, así también el alma, ya que por los deseos temporales sufre como una pérdida en su tender hacia Dios, sea reanimada con el alimento de los preceptos. Y se dice: Danos hoy, mientras se dice hoy, es decir, en esta vida temporal. Porque después de esta vida seremos provistos tan abundantemente de alimento espiritual para la eternidad, que ya no se llamará pan de cada día; porque allí no existirá el curso del tiempo que hace sucederse los días, de donde pueda decirse hoy. Pero así como se dice: Hoy, si oyereis su voz, lo cual el apóstol interpreta en la Epístola a los Hebreos: Entre tanto que se dice: Hoy, así también aquí se ha de entender la expresión: Danos hoy. Mas si alguien quiere entender la sentencia que tenemos delante también del alimento necesario para el cuerpo, o del sacramento del cuerpo del Señor, debemos tomar los tres sentidos conjuntamente; es decir, que hemos de pedir todo a la vez como pan de cada día, tanto el pan necesario para el cuerpo, como el pan visible santificado, y el pan invisible de la palabra de Dios.
    Comentario editorial · Pan «de cada día» o «supersustancial»
    El adjetivo griego de esta petición, epioúsios, solo aparece en el Padrenuestro de Mateo y de Lucas y en la Didaché, y su sentido se discute (Wikipedia). La Vetus Latina que lee Agustín lo traduce cotidianum, «de cada día», la forma que conserva la liturgia latina; Jerónimo acuñó en la Vulgata de Mateo supersubstantialem y dejó cotidianum en Lucas (Wikipedia; nota de Schaff). Agustín no discute la palabra, sino qué pan se pide: el sustento del cuerpo, el sacramento del cuerpo de Cristo o el alimento espiritual de los preceptos; prefiere este último sin excluir los otros (II, 7, 25–27). De paso informa de que en la mayor parte de Oriente no se comulgaba a diario (II, 7, 26). Orígenes sí examinó la palabra y la derivó de ousía, «sustancia», en Sobre la oración.

    Capítulo 8

    II, 8, 28

    28. La quinta petición sigue: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Es manifiesto que por deudas se entienden pecados, ya por aquella sentencia que el mismo Señor pronunció: De ningún modo saldrás de allí, hasta que hayas pagado el último cuadrante, ya por el hecho de que llamó deudores a aquellos hombres que le fueron presentados como muertos, ya a aquellos sobre quienes cayó la torre, ya a aquellos cuy a sangre Herodes habí a mezclado con los sacrificios. Porque dijo que los hombres pensaban que era por ser deudores en gran manera, es decir, pecadores, y añadió: Os digo: No; antes, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. Por tanto, aquí no se trata de una deuda de dinero que se nos insta a perdonar, sino de cualesquiera pecados que otro hay a cometido contra nosotros. Porque se nos manda perdonar una deuda de dinero más bien por aquel precepto que se ha dado antes: Si alguno quiere ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y no es necesario perdonar la deuda a todo deudor de dinero, sino solo a aquel que se niega a pagar, hasta el punto de querer llegar a pleito. Y el siervo del Señor, como dice el apóstol, no debe andar en pleitos. Y, por tanto, al que se niegue, ya espontáneamente o cuando se le pida, a pagar el dinero que debe, se le ha de perdonar. Porque su negativa a pagar nacerá de una de dos causas: o no tiene con qué, o es avaro y codicioso de los bienes ajenos; y ambas son propias de un estado de pobreza: la primera es pobreza de bienes, la segunda pobreza de ánimo. Por tanto, quien perdoná una deuda a tal persona, la perdoná a un pobre y realiza una obra cristiana; quedando en vigor aquella regla de que debe estar dispuesto en su ánimo a perder lo que se le debe. Porque si ha hecho todo lo posible, con quietud y mansedumbre, por que se le restituy a, no tanto buscando lucro, cuanto por traer al hombre a lo recto – a quien sin duda le es perjudicial tener con qué pagar y no pagar –, no solo no pecará, sino que hará un grandísimo servicio, tratando de impedir que aquel otro, que quiere lucrar con el dinero ajeno, naufrague en la fe; lo cual es cosa tanto más grave, que no hay comparación. Y de aquí se entiende que en esta quinta petición también, donde decimos: Perdónanos nuestras deudas, no se habla ciertamente en referencia al dinero, sino a todas las maneras en que alguien peca contra nosotros, y por consecuencia también en referencia al dinero. Porque el hombre que se niega a pagarte el dinero que debe, teniendo con qué hacerlo, peca contra ti. Y si no perdonas este pecado, no podrás decir: Perdónanos, como también nosotros perdonamos; mas si lo perdonas, ves cómo aquel a quien se manda ofrecer esta oración es amonestado también respecto a perdonar una deuda de dinero.
    Comentario editorial · Herodes, donde Lucas dice Pilato
    Agustín recuerda aquí el episodio de los galileos cuya sangre se mezcló con la de sus sacrificios y el de los dieciocho que mató la torre de Siloé. Lucas atribuye la matanza a Pilato (); el texto dice «Herodes». Según la nota de Schaff, es un desliz del propio Agustín, y la traducción lo conserva.

    II, 8, 29

    29. Cierto, esto puede interpretarse de modo que, al decir: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos, solo somos convictos de haber obrado contra esta regla si no perdonamos a quienes nos piden perdón, puesto que también nosotros deseamos ser perdonados por nuestro clementísimo Padre cuando le pedimos perdón. Mas, por otra parte, por aquel precepto en que se nos manda orar por nuestros enemigos, no se nos manda orar por los que piden perdón; porque los que ya están en tal disposición de ánimo han dejado de ser enemigos. De ninguna manera, sin embargo, podrí a uno decir con verdad que ora por aquel a quien no ha perdonado. Y, por tanto, debemos confesar que todos los pecados que se cometen contra nosotros han de ser perdonados, si queremos que nos sean perdonados por nuestro Padre aquellos que cometemos contra Él. Porque acerca de la venganza ya se ha tratado bastante, según creo.

    Capítulo 9

    II, 9, 30

    30. La sexta petición es: "Y no nos traigas a la tentación". Algunos manuscritos dicen "llevar", palabra que, a mi juicio, tiene el mismo significado; pues ambas traducciones han nacido de una misma palabra griega que se emplea. Muchos, sin embargo, al orar se expresan así: "No permitas que seamos llevados a la tentación"; esto es, explican en qué sentido se usa la palabra "llevar". Pues Dios no lleva Él mismo, sino que permite que sea llevado a la tentación aquel a quien ha privado de su auxilio, conforme a una disposición ocultísima y según sus méritos. A menudo, también, por razones manifiestas, lo juzga digno de verse así privado de su auxilio y de que se le permita ser llevado a la tentación. Pero una cosa es ser llevado a la tentación, y otra ser tentado. Pues sin tentación nadie puede ser probado, ya sea para consigo mismo, como está escrito: "El que no ha sido tentado, ¿qué cosas sabe?", ya sea para con otro, como dice el apóstol: "Y no menospreciasteis vuestra tentación en mi carne"; pues de este hecho aprendió que ellos eran firmes, porque no se apartaron de la caridad por aquellas tribulaciones que le habían sobrevenido al apóstol según la carne. Porque aun antes de todas las tentaciones somos conocidos de Dios, que sabe todas las cosas antes de que acontezcan.
    Comentario editorial · «No nos metas» o «no nos dejes caer»
    Los códices latinos de Agustín vacilaban entre inferas («traigas») e inducas («lleves»); él los da por equivalentes, porque traducen la misma palabra griega (nota de Schaff). Y anota que muchos, al orar, decían «no permitas que seamos llevados a la tentación», para que no pareciera que Dios empuja al pecado: la misma lectura que dan Tertuliano y Cipriano, según Wikipedia. Es también la del castellano litúrgico «no nos dejes caer en la tentación», que el papa Francisco citó en 2017 al comentar el cambio de la fórmula francesa; en 2018 el misal italiano adoptó «no nos abandones a la tentación» (Wikipedia). Las biblias del lector siguen el griego ().

    II, 9, 31

    31. Por tanto, cuando se dice: "El Señor vuestro Dios os tienta (os prueba), para saber si lo amáis", las palabras "para saber" se emplean para expresar lo que es en realidad: que Él os haga saber; como hablamos de un día alegre, porque nos hace alegres; de una helada perezosa, porque nos hace perezosos; y de innumerables cosas semejantes, que se hallan ya en el habla común, ya en el discurso de los doctos, ya en las Sagradas Escrituras. Y los herejes enemigos del Antiguo Testamento, no entendiendo esto, piensan que ha de imprimirse, por así decirlo, la marca de la ignorancia a Aquel de quien se dice: "El Señor vuestro Dios os tienta"; como si en el Evangelio no estuviera escrito del Señor: "Y esto decía para tentarlo (probarlo), pues Él mismo sabía lo que había de hacer". Porque si conocía el corazón de aquel a quien tentaba, ¿qué es lo que pretendía ver al tentarlo? Mas en realidad aquello se hizo para que el tentado llegara a conocerse a sí mismo y condenara su propia desconfianza, al quedar saciadas las multitudes con el pan del Señor, cuando él había pensado que no tenían bastante que comer.

    II, 9, 32

    32. Por tanto, lo que aquí se pide no es que no seamos tentados, sino que no seamos llevados a la tentación; como si, debiendo alguien ser examinado por el fuego, pidiera no que no lo tocase el fuego, sino que no lo consumiese. Pues el horno prueba las vasijas del alfarero, y la tribulación prueba a los justos. José, por tanto, fue tentado con el halago de la lujuria, pero no fue llevado a la tentación. Susana fue tentada, pero no fue llevada ni introducida a la tentación; y otros muchos de uno y otro sexo: pero Job sobre todo, y respecto de su admirable firmeza en el Señor su Dios, cuando los herejes enemigos del Antiguo Testamento quieren burlarse de él con boca sacrílega, esgrimen esta, por encima de otras armas, a saber: que Satanás pidió que fuese tentado. Porque plantean a hombres inexpertos, de ninguna manera capaces de entender tales cosas, la cuestión de cómo pudo Satanás hablar con Dios; no entendiendo (pues no pueden, en cuanto están cegados por la superstición y la porfía) que Dios no ocupa un lugar con la masa de su corporeidad, de modo que exista en un lugar y no en otro, o al menos tenga una parte aquí y otra allá; sino que está presente en todas partes con su majestad, no dividido por partes, sino todo entero en todas partes. Mas si entienden carnalmente lo que se dice: "El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies", pasaje del que nuestro Señor también da testimonio cuando dice: "No juréis de ninguna manera: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies", ¿qué de extraño tiene que el diablo, situado en la tierra, estuviera ante los pies de Dios y hablara algo en su presencia? Pues ¿cuándo podrán entender que no hay alma, por perversa que sea, con tal que pueda razonar de algún modo, en cuya conciencia no hable Dios? Porque ¿quién sino Dios ha escrito la ley natural en los corazones de los hombres? — aquella ley acerca de la cual el apóstol dice: "Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, no teniendo ley, son ley para sí mismos; los cuales muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente su conciencia, y sus pensamientos, entre tanto, acusándolos o también excusándolos unos a otros, en el día en que el Señor juzgará los secretos de los hombres." Y por tanto, así como en el caso de toda alma racional, que piensa y razona, aun estando cegada por la pasión, atribuimos todo lo que en su razonamiento hay de verdadero, no a ella misma, sino a la misma luz de la verdad por la cual, aunque tenuemente, es iluminada según su capacidad, de modo que perciba alguna medida de verdad por su razonamiento; ¿qué de extraño tiene que el espíritu depravado del diablo, pervertido aunque esté por la concupiscencia, sea representado como habiendo oído de la voz del mismo Dios, es decir de la voz de la Verdad misma, todo pensamiento verdadero que haya concebido acerca de un justo a quien se proponía tentar? Mas todo lo que es falso ha de atribuirse a aquella concupiscencia de la cual ha recibido el nombre de diablo. Aunque también es cierto que Dios ha hablado a menudo por medio de una criatura corporal y visible ya a buenos, ya a malos, como Señor y Gobernador de todo, y Disponedor según los méritos de cada obra; como, por ejemplo, por medio de los ángeles, que aparecieron también bajo la figura de hombres; y por medio de los profetas, diciendo: "Así dice el Señor". ¿Qué de extraño tiene, pues, que, aunque no en el mero pensamiento, al menos por medio de alguna criatura apta para tal obra, se diga que Dios habló con el diablo?

    II, 9, 33

    33. Y no imaginen que es indigno de su dignidad, y, por así decirlo, de su justicia, que Dios hablara con él; puesto que habló con un espíritu angélico, aunque necio y concupiscente, como si hablara con un espíritu humano necio y concupiscente. O dígannos esas mismas gentes cómo habló con aquel rico cuya estultísima codicia quería reprender, diciendo: "Necio, esta noche se te reclamará el alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?" Ciertamente, el Señor mismo lo dice en el Evangelio, ante el cual esos herejes, quieran o no, doblan la cerviz. Mas si les causa extrañeza que Satanás pida a Dios que un justo sea tentado, yo no explico cómo ocurrió, sino que los obligo a explicar por qué dice el Señor mismo en el Evangelio a los discípulos: "He aquí, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo"; y a Pedro le dice: "Mas yo he rogado por ti, que tu fe no falte". Y cuando me expliquen esto, se explicarán a sí mismos aquello que me preguntan. Mas si no pudieran explicarlo, no se atrevan con temeridad a censurar en libro alguno lo que leen en el Evangelio sin ofensa.

    II, 9, 34

    34. Las tentaciones, por tanto, acontecen por medio de Satanás, no por su poder, sino con permiso del Señor, ya para castigar a los hombres por sus pecados, ya para probarlos y ejercitarlos conforme a la compasión del Señor. Y hay grandísima diferencia en la naturaleza de las tentaciones en que cada uno puede caer. Pues Judas, que vendió a su Señor, no cayó en una de la misma naturaleza que aquella en que cayó Pedro, cuando, bajo el influjo del terror, negó a su Señor. Hay también, creo, tentaciones comunes a los hombres, cuando cada uno, aun estando bien dispuesto, cediendo a la flaqueza humana, se equivoca en algún propósito, o se irrita contra un hermano en el empeño de reducirlo a lo recto, aunque con algo más de calor del que exige la serenidad cristiana; acerca de estas tentaciones dice el apóstol: "No os ha sobrevenido tentación alguna que no sea común a los hombres; pero fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis resistir, sino que con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla." Y en esa sentencia hace ver suficientemente que no hemos de orar para que no seamos tentados, sino para que no seamos llevados a la tentación. Pues somos llevados a la tentación si nos sobrevienen tentaciones tales que no podamos soportar. Mas cuando las tentaciones peligrosas, en las cuales es ruinoso que seamos introducidos y llevados, nacen ya de circunstancias temporales prósperas, ya de adversas, nadie es quebrantado por el hastío de la adversidad que no haya sido llevado cautivo por el deleite de la prosperidad.

    II, 9, 35

    35. La séptima y última petición es: "Mas líbranos del mal". Pues hemos de orar no solo para que no seamos llevados al mal del cual estamos libres, lo que se pide en el sexto lugar, sino para que también seamos librados de aquel en el cual ya hemos sido introducidos. Y cuando esto se haya hecho, nada quedará que sea temible, ni habrá que temer tentación alguna. Y sin embargo, en esta vida, mientras llevamos a cuestas nuestra presente mortalidad, a la cual fuimos llevados por la persuasión de la serpiente, no hay que esperar que esto pueda ser así; pero sí hemos de esperar que en algún tiempo futuro tendrá lugar: y esta es la esperanza que no se ve, de la cual el apóstol, cuando hablaba, dijo: "Mas la esperanza que se ve no es esperanza." Mas tampoco deben desesperar los fieles siervos de Dios de la sabiduría que se concede también en esta vida. Y es esta: que con vigilantísima cautela evitemos lo que, por revelárnoslo el Señor, hemos entendido que debe evitarse; y que con ardentísimo amor busquemos lo que, por revelárnoslo el Señor, hemos entendido que debe buscarse. Pues así, una vez depuesta la carga restante de esta mortalidad en el acto de morir, se perfeccionará en cada parte del hombre, a su tiempo, la bienaventuranza que ha sido comenzada en esta vida, y a la que nos hemos esforzado una y otra vez con todas las fuerzas por asir y asegurar.

    Capítulo 10

    II, 10, 36

    36. Mas la distinción entre estas siete peticiones debe ser considerada y alabada. Porque, así como nuestra vida temporal se está gastando ahora, y se espera la eterna, y así como las cosas eternas son superiores en dignidad, aunque solo cuando hayamos acabado con las temporales pasamos a las otras; a pesar de que las tres primeras peticiones empiezan a ser respondidas en esta vida, que se gasta en el presente mundo (pues la santificación del nombre de Dios empieza a llevarse a cabo justamente con la venida del Señor de la humildad; y la venida de su reino, al cual vendrá en esplendor, se manifestará, no después del fin del mundo, sino en el fin del mundo; y el perfecto cumplimiento de su voluntad en la tierra como en el cielo, ya entiendas por cielo y tierra a los justos y a los pecadores, o al espíritu y a la carne, o al Señor y a la Iglesia, o todas estas cosas juntamente, se llevará a cumplimiento juntamente con la perfección de nuestra bienaventuranza, y por eso al fin del mundo), con todo, las tres permanecrán eternamente. Pues la santificación del nombre de Dios proseguirá por siempre, y no hay fin de su reino, y la vida eterna está prometida a nuestra bienaventuranza consumada. De ahí que esas tres cosas permanezcan consumadas y perfectamente acabadas en aquella vida que se nos promete.

    II, 10, 37

    37. Pero las otras cuatro cosas que pedimos me parecen pertenecer a esta vida temporal. Y la primera de ellas es: "Danos hoy nuestro pan de cada día". Pues ya por esta misma cosa que se llama pan cotidiano se entienda el pan espiritual, o el que es visible en el sacramento o en este nuestro sustento, pertenece al tiempo presente, que Él ha llamado hoy, no porque el alimento espiritual no sea eterno, sino porque aquello que en las Escrituras se llama alimento cotidiano se representa al alma o por el sonido de la expresión o por signos temporales de cualquier clase: cosas todas las cuales ciertamente ya no tendrán existencia cuándo todos sean enseñados de Dios, y así ya no estén comunicando a otros por el movimiento de sus cuerpos, sino bebiendo cada cual por sí mismo, con la pureza de su mente, la inefable luz de la verdad misma. Pues quizá por esta razón se llama pan, y no bebida, porque el pan se convierte en alimento al partirlo y masticarlo, así como las Escrituras alimentan el alma al ser abiertas y convertidas en discurso; mas la bebida, una vez preparada, pasa tal cual al cuerpo: de suerte que por ahora la verdad es pan, cuándo se llama pan cotidiano; pero entonces será bebida, cuándo no haya necesidad del trabajo de discutir y disertar, como de partir y masticar, sino tan solo de beber la verdad pura y sin mezcla. Ahora nos son perdonados los pecados, y ahora los perdonamos; lo cual es la segunda petición de estas cuatro que quedan: mas entonces no habrá perdón de pecados, porque no habrá pecados. Y las tentaciones molestan esta vida temporal; pero no tendrán existencia cuándo se cumplan plenamente estas palabras: "Los esconderás en el secreto de tu presencia". Y el mal del cual deseamos ser librados, y la misma liberación del mal, pertenecen ciertamente a esta vida, la cual, siendo mortales, hemos merecido por la justicia de Dios, y de la cual somos librados por su misericordia.

    Capítulo 11

    II, 11, 38

    38. El número septenario de estas peticiones también me parece corresponder a aquel número septenario del cual ha surgido todo el sermón que nos ocupa. Pues si es el temor de Dios aquel por el cual los pobres de espíritu son bienaventurados, en cuant el de ellos es el rein de los cielos; pidamos que el nombre de Dios sea santificado entre los hombes por aquel temor que es limpio, qu permanece para siempre. Si es la pieda aquela por la cual los mansos son bienaventurados, en cuant ellos recicibirán la tiera por hereda; pidamos que venga su rein, ya sea sobre nosostros, para que nos volamos mansos y no le resistamos, ya sea del ciel a la tiera en el esplendor de la venida del Señor, en la cual nos regocijaremos y seremos alabados, cuand Él diga: Venid, benditos de mi Padr, heredad el rein preparado para vosostros desd la fundación del mundo. Pues en el Señor, dic el profet, se alabará mi alma; los mansos lo oirán y se alagarán. Si es el conocimient aquel por el cual los que lloran son bienaventurados, en cuant elos recicibirán consolación; pidamos que su volunta se haga com en el ciel, así en la tiera, porqu cuand el cuerp, qu es com la tiera, consient en una p completa y final pa con el alma, qu es com el ciel, no llorarémos; pue no hay otro lant pertenceient a este tiemp presente, sin cuand ests dos contienden entr sí y nos oblián a decir: Veo otra ley en mis miembs, qu se rebel cont la ley de mi ment; y a testifica nuestro dolor con vo llant, ¡Miserabl de mí! ¿Quién me librar de est cuerp de muert? Si es la fortleza aquel por la cual son bienaventurados los qu tien hambr y se de justicia, en cuant elos serán saciados; pidamos que nos dé ho nuestro pan cotidiano, por el cual, sostnidos y sustentados, podamos alcazar aquela abundntísima plenitu. Si es la prudcia aquel por la cual los misicordiosos son bienaventurados, en cuant elos alcarán misicordia; perdonemos sus deudas a nuestros deudores, y pidamos que las nuesras nos sean perdonadas. Si es el entendimient aquel por el cual los limpios de corazó son bienaventurados, en cuant elos verán a Dios; pidamos no ser llevados a la tentción, no sea que tenamos un dobl corazó, no buscad un solo bien al cual podamos refir todas nuesras accines, sin al mismo tiemp persegir cosas tempales y terrenas. Pues las tentciones qu provien de aquelas cosas qu a los hombes les parcen gravsas y calmitosas no tien podr sobre nosostros, si no lo tien aquelas otras tentciones qu nos sobrevien por los atractivos de cosas qu los hombes consiran buenas y motvo de algaría. Si es la sabiduría aquel por el cual los pacíficos son bienaventurados, en cuant elos serán llamados hijos de Dios; pidamos ser librados del mal, porqu esa misa liberación nos hará libres, esto es, hijos de Dios, para que clamemos en el espíritu de adopción, Abba, Padr.
    Comentario editorial · Dones, bienaventuranzas y peticiones, en una tabla
    Este capítulo cierra la exposición del Padrenuestro con la correspondencia que sostiene toda la obra, y llega en el epub con muchas letras perdidas. La tabla la ordena: los dones y las bienaventuranzas son los de I, 4, 11; las peticiones, las de esta sección, donde el consejo se llama «prudencia». La disposición en tabla es del editor.
    Don (Isaías 11)Bienaventuranza (Mateo 5)Petición (Mateo 6)
    Temor de DiosLos pobres de espírituSantificado sea tu nombre
    PiedadLos mansosVenga tu reino
    ConocimientoLos que lloranHágase tu voluntad
    FortalezaLos que tienen hambre y sed de justiciaEl pan de cada día
    Consejo («prudencia»)Los misericordiososPerdónanos, como perdonamos
    EntendimientoLos limpios de corazónNo nos metas en tentación
    SabiduríaLos pacificadoresLíbranos del mal
    La octava bienaventuranza, la de los perseguidos, no tiene petición propia: «vuelve al principio» (I, 3, 10). Schaff anota que Lange, uno de los comentaristas que cita a menudo, propuso una comparación parecida entre peticiones y bienaventuranzas.

    II, 11, 39

    39. Ni hemos de pasar por alto descuidadamente la circunstancia de qu, entre todas aquelas sentencias en las cuals el Señor nos enseñó a orar, ha juzgado qu aquela qu tien refercia al perdón de los pecados es la principalment recomdabla: en la cual quier qu seam misicordiosos, porqu es la únic sabiduría para escapar de la misria. Pues en ninguna otra sentencia orams de tal maner qu, com si fuér, entrams en un pacto con Dios: pue decims: Perdónanos, com también nosostros perdonams. Y si mentims en ese pacto, toda la oración resulta inútil. Porqu Él hab así: Porqu si perdonáis a los hombes sus ofensas, os perdonará también a vosostros vuestr Padr celestial; mas si no perdonáis a los hombes sus ofensas, tampoc vuestr Padr os perdonará vuestras ofensas.

    Capítulo 12

    II, 12, 40

    40. Sigue un precepto acerca del ayuno, que mira a esa misma purificación del corazón de que ahora tratamos. Pues también en esta obra hemos de guardarnos de que se deslice cierta ostentación y apetito de la alabanza humana, que haría doble el corazón y no le permitiría ser puro y sencillo para aprehender a Dios. Además, cuando ayunéis, dice Él, no seáis, como los hipócritas, de rostro triste; porque ellos desfiguran sus rostros, para mostrar a los hombres que ayunan. De cierto os digo, ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para que no muestres a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en secreto, te recompensará. Es manifiesto por estos preceptos que todo nuestro esfuerzo ha de dirigirse hacia los gozos interiores, no sea que, buscando una recompensa de fuera, nos conformemos a este mundo y perdamos la promesa de una bienaventuranza tanto más sólida y firme cuanto interior es, en la cual Dios ha escogido que seamos conformes a la imagen de su Hijo.

    II, 12, 41

    41. Pero en esta sección debe notarse principalmente que puede haber ostentación no solo en el brillo y pompa de las cosas que atañen al cuerpo, sino también en la misma sordidez luctuosa; y tanto más peligrosa, por cuanto engaña bajo el nombre de servir a Dios. Por lo cual, aquel que se hace muy conspicuo por una atención desmedida al cuerpo, y por la brillantez de su vestido u otras cosas, es fácilmente convicto por las cosas mismas de ser un seguidor de las pompas del mundo, y a nadie engaña con una astuta apariencia de santidad; mas respecto de aquel que, bajo profesión de cristianismo, fija las miradas de los hombres sobre sí por una sordidez y suciedad inusitadas, cuando lo hace voluntariamente y no por necesidad, puede conjeturarse por el resto de sus actos si lo hace por menosprecio de la atención superflua al cuerpo, o por cierta ambición: pues el Señor nos mandó guardarnos de los lobos con piel de oveja; mas por sus frutos, dice Él, los conoceréis. Porque cuando por tentaciones de cualquier género comienzan a quitárseles o negárseles aquellas mismas cosas que bajo aquel velo habían alcanzado o deseaban alcanzar, entonces necesariamente aparece si es un lobo con piel de oveja o una oveja en su propia piel. Pues un cristiano no debe deleitar los ojos de los hombres con adorno superfluo, precisamente porque los fingidores también asumen con demasiada frecuencia aquel vestido frugal y meramente necesario para engañar a los que no están prevenidos: pues aquellas ovejas tampoco deben despojarse de sus propias pieles si alguna vez los lobos se cubren con ellas.

    II, 12, 42

    42. Se suele, pues, preguntar qué quiere decir cuando afirma: Mas tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para que no muestres a los hombres que ayunas. Porque no sería recto que nadie enseñase (aunque lavemos el rostro según la costumbre diaria) que debamos también ungir la cabeza cuando ayunamos. Si, pues, todos admiten que esto es lo más inconveniente, hemos de entender este precepto acerca de ungir la cabeza y lavar el rostro como referido al hombre interior. Así, ungir la cabeza se refiere al gozo; lavar el rostro, en cambio, se refiere a la pureza: y por tanto, aquel unge su cabeza que interiormente se goza en su mente y razón. Pues entendemos rectamente que es cabeza aquello que tiene la preeminencia en el alma, y por lo cual es evidente que las demás partes del hombre son regidas y gobernadas. Y esto lo hace quien no busca su gozo de fuera, de modo que saque su deleite carnalmente de las alabanzas de los hombres. Porque la carne, que debe estar sujeta, de ningún modo es la cabeza de toda la naturaleza del hombre. Nadie, en verdad, aborreció jamás su propia carne, como dice el apóstol al dar el precepto de amar a la esposa; sino que el varón es cabeza de la mujer, y Cristo es cabeza del varón. Gózase, pues, interiormente en su ayuno en esto mismo, en que por su ayuno se aparta de tal modo de los deleites del mundo que se sujeta a Cristo, quien según este precepto desea tener la cabeza ungida. Pues así también lavará su rostro, es decir, limpiará su corazón, con el cual verá a Dios, sin que se interponga velo alguno por la flaqueza contraída por la sordidez; sino estando firme y constante, en cuanto es puro y sencillo. Lavaos, dice Él, limpiaos; quitad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos. De la sordidez, por tanto, con que se ofende el ojo de Dios, ha de lavarse nuestro rostro. Pues nosotros, con rostro descubierto, mirando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen.

    II, 12, 43

    43. A menudo también el pensamiento de las cosas necesarias de esta vida hiere y mancha nuestro ojo interior; y frecuentemente hace el corazón doble, de manera que respecto de aquellas cosas en que parecemos obrar rectamente con nuestros semejantes, no obramos con aquel corazón con que el Señor nos manda; es decir, no porque los amemos, sino porque deseamos obtener de ellos alguna ventaja para la necesidad de la vida presente. Pero nosotros debemos hacerles bien para su salvación eterna, no para nuestra ventaja temporal. Incline, pues, Dios nuestro corazón a sus testimonios, y no a la avaricia. Porque el fin del mandamiento es la caridad que nace de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida. Mas el que mira por su hermano atendiendo a sus propias necesidades en esta vida, no lo hace ciertamente por amor, porque no mira por aquel a quien debe amar como a sí mismo, sino por sí mismo; o más bien ni por sí mismo, puesto que de este modo hace su propio corazón doble, por lo cual se le impide ver a Dios, en cuya visión sola hay bienaventuranza cierta y duradera.

    Capítulo 13

    II, 13, 44

    44. Con razón, pues, quien se afana por limpiar nuestro corazón añade a lo dicho un precepto, cuando dice: No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Si, pues, el corazón está en la tierra, es decir, si uno hace algo con el corazón inclinado a obtener ventaja terrena, ¿cómo estará limpio ese corazón que se revuelca en la tierra? Mas si está en el cielo, estará limpio, porque todas las cosas celestiales son limpias. Pues una cosa se contamina cuando se mezcla con una naturaleza inferior, aunque no esté contaminada en su propio género; porque el oro se contamina aun con plata pura, si se mezcla con ella: así también nuestra mente se contamina por el deseo de las cosas terrenas, aunque la tierra misma sea pura en su género y orden. Mas no hemos de entender aquí por cielo nada corpóreo, porque todo lo corpóreo ha de considerarse como tierra. Pues quien atesora para sí en el cielo debe despreciar al mundo entero. De ahí que se trate de aquel cielo del cual está dicho: Los cielos de los cielos son del Señor, es decir, en el firmamento espiritual; pues no es en lo que ha de pasar donde debemos fijar y poner nuestro tesoro y nuestro corazón, sino en lo que permanece siempre; mas el cielo y la tierra pasarán.

    II, 13, 45

    45. Y aquí manifiesta Él que da todos estos preceptos con miras a la limpieza del corazón, cuando dice: La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Mas si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas. Si, pues, la luz [la lámpara] que hay en ti es tinieblas, ¡cuán grande es esa oscuridad! Y este pasaje hemos de entenderlo de modo que de él aprendamos que todas nuestras obras son puras y agradables a la vista de Dios, cuando se hacen con corazón sencillo, es decir, con intención celestial, teniendo a la vista aquel fin que es el amor; porque el amor es también el cumplimiento de la ley. Por lo cual debemos tomar aquí el ojo en el sentido de la intención misma con que hacemos cuanto hacemos; y si ésta es pura y recta, y mira a lo que debe mirarse, todas nuestras obras que realizamos conforme a ella son necesariamente buenas. Y a todas esas obras las ha llamado todo el cuerpo; pues también el apóstol habla de ciertas obras que desaprueba como miembros nuestros, y enseña que han de ser mortificadas, diciendo: Mortificad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, avaricia, y todas las demás cosas semejantes.

    II, 13, 46

    46. No es, pues, lo que uno hace, sino con qué intención lo hace, lo que ha de considerarse. Porque ésta es la luz que hay en nosotros, puesto que es cosa manifiesta para nosotros mismos que hacemos con buena intención lo que hacemos; porque todo lo que se manifiesta es luz. Pues las obras mismas que salen de nosotros hacia la sociedad humana tienen un resultado incierto; y por eso Él las ha llamado tinieblas. Porque no sé, cuando doy dinero a un pobre que me lo pide, ni qué ha de hacer con él, ni qué ha de padecer a causa de él; y puede suceder que haga con él algún mal, o sufra algún mal por causa de él, cosa que yo no quise que sucediese al dárselo, ni se lo habría dado con tal intención. Si, pues, lo hice con buena intención —cosa que yo sabía cuando lo hacía, y que por eso se llama luz—, mi obra también queda iluminada, cualquiera que sea su resultado; pero ese resultado, en cuanto es incierto y desconocido, se llama tinieblas. Mas si lo hice con mala intención, la luz misma es tinieblas. Pues se la llama luz, porque cada uno sabe con qué intención obra, aun cuando obra con mala intención; pero la luz misma es tinieblas, porque el fin no se dirige con sencillez a las cosas de arriba, sino que se vuelve hacia abajo a las cosas de abajo, y produce, por así decirlo, una sombra por el corazón doble. Si, pues, la luz que hay en ti es tinieblas, ¡cuán grande es esa oscuridad! es decir, si la intención misma del corazón con que haces lo que haces (la cual te es conocida) está contaminada por el hambre de las cosas terrenas y temporales, y cegada, ¡cuánto más la obra misma, cuyo resultado es incierto, está contaminada y llena de tinieblas! Porque, aunque aquello que haces con una intención que no es recta ni pura pueda resultar en bien de alguien, es la manera en que lo hiciste, no cómo le haya resultado a él, lo que se te cuenta.

    Capítulo 14

    II, 14, 47

    47. Ahora bien, la declaración que viene a continuación, Ninguno puede servir a dos señores, ha de referirse a esta misma intención, como Él pasa a explicar diciendo: Porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro. Y estas palabras han de ser consideradas con cuidado; pues quiénes sean esos dos señores lo muestra en seguida, cuando dice: No podéis servir a Dios y a mammona. Se dice que las riquezas reciben entre los hebreos el nombre de mammona. También la lengua púnica se corresponde: porque la ganancia se llama mammona en púnico. Mas el que sirve a mammona ciertamente sirve a aquel que, por estar puesto sobre esas cosas terrenas en virtud de su perversidad, es llamado por nuestro Señor príncipe de este mundo. De manera que un hombre o aborrece a este y ama al otro, i.e. a Dios; o se llega al uno y menosprecia al otro. Porque quien sirve a mammona se sujeta a un señor duro y pernicioso: pues, enredado por su propio deseo, se hace súbdito del diabolo, y no lo ama; porque ¿quién hay que ame al diabolo? Y sin embargo se sujeta a él; así como en una casa grande, quien está enredado con la criada de otro se sujeta a dura servidumbre por causa de su pasión, aunque no ame a aquel de quien es la criada que ama.
    Comentario editorial · Mammona en púnico
    Mammona es una palabra aramea que significa «riqueza» y que el griego del evangelio deja sin traducir (Wikipedia; ). Agustín añade que en púnico, la lengua de origen fenicio de su tierra, «ganancia» se dice mammon. Schaff observa que es el único que da esa noticia; Wikipedia la recoge, con esta cita, entre los testimonios de la palabra. El ensayo introductorio del NPNF la aduce para suponer que Agustín conocía el púnico.

    II, 14, 48

    48. Pero menospreciará al otro, ha dicho; no, aborrecerá. Porque casi nunguna conciencia puede aborrecer a Dios; sino que lo menosprecia, i.e. no lo teme, como sin tiéndose seguro en consideración de su bondad. De esta desidia y seuridad perniciosa nos re tira el Espíritu Santo, cuando dice por el profeta: Hijo mío, no añadas pecado sobre pecado, y no digas: La misericordia de Dios es grande; y: ¿No sabes que la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento? Porque ¿de quién se puede mencionar misericordia tan grande como la suya, que per dona todos los pecados de los que se convierten, y hace partícipe al acebuche de la savia del olivo? ¿Y de quién se verificia tan grande como la suya, que no perdonó a las ramas nativas, sino que las desgajó por causa de la increduidad? Pero ninguno que quiera amar a Dios y precaverse de ofenderle, suponga que puede servir a dos señores; y desenrede la recta intención de su corazón de toda duplicidad: pues así pensará del Señor con buen corazón, y en sencillez de corazón lo buscará.

    Capítulo 15

    II, 15, 49

    49. Por tanto, dice él, os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por vuestro cuerpo, qué vestiréis. No sea que, aunque ya no se busquen superfluidades, el corazón se haga doble por causa de las mismas cosas necesarias, y la intención sea desviada para buscar aquellas cosas nuestras, cuando hacemos algo como por compasión; es decir, de modo que cuando queremos parecer estar mirando por el bien de alguien, en ese asunto buscamos nuestro propio provecho más que la ventaja de él: y no nos parece que pecamos por esto, porque no son superfluidades, sino cosas necesarias, lo que deseamos obtener. Pero el Señor nos amonesta que recordemos que Dios, cuando nos hizo y compuso de cuerpo y alma, nos dio mucho más que alimento y vestido, por cuyo cuidado no quiere que hagamos doble nuestro corazón. "¿No es, dice, el alma más que el alimento?", para que entendáis que quien dio el alma dará mucho más fácilmente el alimento. "Y el cuerpo más que el vestido, es decir, es más que el vestido; de manera que de igual modo habéis de entender que quien dio el cuerpo dará mucho más fácilmente el vestido."

    II, 15, 50

    50. Y en este pasaje suele suscitarse la cuestión de si el alimento mencionado se refiere al alma, siendo el alma incorpórea y el alimento en cuestión alimento corporal. Pero admitamos que el alma en este pasaje representa la vida presente, cuyo sustento es aquel alimento corporal. Según esta significación tenemos también aquella declaración: El que ama su alma la perderá. Y si aquí no entendemos la expresión como referida a esta vida presente, la cual debemos perder por el reino de Dios, como es claro que pudieron hacerlo los mártires, este precepto estará en contradicción con aquella sentencia que dice: ¿Qué aprovecha al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?

    II, 15, 51

    51. "Mirad, dice, las aves del cielo: que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? es decir, sois de más valor." Pues ciertamente un ser racional como el hombre ocupa un rango más alto en la naturalleza de las cosas que los irracionales, como las aves. "¿Quién de vosotros, por mucho que se afane, podrá añadir un codo a su estatura? ¿Y por qué os afanáis por el vestido?" Esto es: la providencia de Aquel por cuyo poder y soberanía ha ocurrido que vuestro cuerpo haya llegado a su estatura actual, puede también vestiros; pero que no es por vuestro cuidado que ha ocurrido que vuestro cuerpo llegue a esta estatura, puede entenderse de esta circustancia: que si os afanáis y deseáis añadir un codo a esta estatura, no podéis. Dejad, pue, el cuidado de proteger el cuerpo a Aquel por cuyo cuidado veis que ha ocurrido que tengáis un cuerpo de tal estatura.

    II, 15, 52

    52. Pero había de darse un ejemplo también para el vestido, así como se ha dado para el alimento. Por eso prosigue: "Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; mas os digo que ni aun Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa en el horno, ¿no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?" Pero estos ejemplos no han de tratarse como alegorías, de modo que indaguemos qué significan las aves del cielo o los lirios del campo; pues están aquí para que de cosas menores seamos persuadidos respecto de las mayores; tal como sucede en cuanto al juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre, y sin embargo cedió a la viuda que le importunaba a menudo para que considerase su caso, no por piedad o humanidad, sino para evitarse molestias. Pues aquel juez injusto no representa de ningún modo alegóricamente la persona de Dios; sino que, en cuanto a hasta qué punto Dios, que es bueno y justo, cuida de los que le suplican, quiso nuestro Señor que se infiriese de esta circunstancia que ni aun un hombre injusto puede despreciar a los que le asaltan con peticiones incesantes, aun cuando su motivo fuese meramente evitar molestias.

    Capítulo 16

    II, 16, 53

    Por tanto, no os afanéis, dice, diciendo: ¿Qué comeremos? o ¿Qué beberemos? o ¿Con qué nos vestiremos? (porque todas estas cosas buscan los gentiles:) pues vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. Aquí muestra Él con toda claridad que estas cosas no han de ser buscadas como si fueran nuestros bienes de tal suerte que por causa de ellas debamos obrar bien en todas nuestras acciones, sino que, no obstante, son necesarias. Pues cuál es la diferencia entre un bien que ha de ser buscado y una cosa necesaria que ha de tomarse para el uso, lo ha mostrado claramente con esta sentencia, cuando dice: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas. El reino y la justicia de Dios, pues, son nuestro bien; y esto ha de ser buscado, y allí ha de ponerse el fin, por causa del cual hemos de hacer todo lo que hacemos. Mas porque militamos en esta vida, para poder alcanzar aquel reino, y porque nuestra vida no puede pasarse sin estas cosas necesarias, Estas cosas os serán añadidas, dice; pero buscad primeramente el reino de Dios y su justicia. Pues al usar aquella palabra primeramente, ha indicado que esto ha de buscarse después, no en cuanto al tiempo, sino en cuanto a la importancia: lo uno como nuestro bien, lo otro como algo necesario para nosotros; mas lo necesario por causa de aquel bien.

    II, 16, 54

    Pues ni debemos, por ejemplo, predicar el evangelio con este objeto, para comer; sino comer con este objeto, para predicar el evangelio. Pues si predicamos el evangelio por esta causa, para comer, estimamos el evangelio en menos que el alimento; y en ese caso nuestro bien estará en comer, y lo necesario para nosotros en predicar el evangelio. Y esto es lo que también prohíbe el apóstol, cuando dice que aun a sí mismo le es lícito, y que está permitido por el Señor, que los que predican el evangelio vivan del evangelio, esto es, que tengan del evangelio las cosas necesarias de esta vida; pero que él no ha hecho uso de este poder. Pues había muchos que deseaban tener ocasión de ganar y vender el evangelio, de los cuales el apóstol quiso cortar esta ocasión, y por tanto se sujetó a una manera de vivir de sus propias manos. Pues acerca de estas personas dice en otro pasaje: Para cortar la ocasión de los que buscan ocasión. Aunque aun si, como los demás buenos apóstoles, por el permiso del Señor viviera del evangelio, no por eso colocaría el fin de predicar el evangelio en aquel vivir, sino que más bien haría del evangelio el fin de su vivir; esto es, como ya he dicho arriba, no predicaría el evangelio con este objeto, para obtener su alimento y todas las demás cosas necesarias; sino que tomaría tales cosas con este propósito, para poder llevar a cabo aquel otro objeto, a saber, que voluntariamente, y no por necesidad, predicara el evangelio. Pues esto es lo que desaprueba cuando dice: ¿No sabéis que los que ministran en el templo comen de las cosas del templo? Y los que sirven al altar participan con el altar. Así también ha ordenado el Señor que los que predican el evangelio vivan del evangelio. Mas yo no he usado de ninguna de estas cosas. Con esto muestra que era permitido, no mandado; de lo contrario se tendría que había obrado contra el precepto del Señor. Luego prosigue diciendo: Ni he escrito estas cosas para que se haga así conmigo: pues mejor me fuera morir, antes que alguien haga vana mi gloria. Esto dijo, como ya había resuelto, a causa de algunos que buscaban ocasión, para ganarse la vida con sus propias manos. Pues si predico el evangelio, dice, no tengo de qué gloriarme: esto es, si predico el evangelio para que tales cosas se hagan en mi caso, o, si predico con este objeto, para obtener aquellas cosas, y si así pongo el fin del evangelio en el comer, el beber y el vestir. Mas ¿por qué no tiene de qué gloriarse? La necesidad, dice, me está impuesta; esto es, de modo que predique el evangelio por esta razón, porque no tengo medios de vida, o para adquirir fruto temporal de la predicación de las cosas eternas; pues así, en consecuencia, la predicación del evangelio será cosa de necesidad, no de libre elección. Pues ¡ay de mí, dice, si no predicare el evangelio! Mas ¿cómo debe predicar el evangelio? Evidentemente de tal modo que ponga la recompensa en el evangelio mismo y en el reino de Dios: pues así puede predicar el evangelio, no por fuerza, sino voluntariamente. Pues si hago esto voluntariamente, dice, tengo recompensa; mas si contra mi voluntad, me es confiada una dispensación del evangelio; si, obligado por la falta de las cosas necesarias para la vida temporal, predico el evangelio, otros tendrán por medio de mí la recompensa del evangelio, los que aman el evangelio mismo cuando lo predico; mas yo no la tendré, porque no es el evangelio mismo lo que amo, sino su precio puesto en aquellas cosas temporales. Y esto es algo pecaminoso: que alguien ministre el evangelio no como hijo, sino como siervo a quien se le ha confiado una mayordomía de él; que, por así decirlo, pague lo que pertenece a otro, y él mismo no reciba de ello nada sino los alimentos, que no se le dan en consideración a su participación en el reino, sino desde fuera, para el sustento de una miserable servidumbre. Aunque en otro pasaje se llama también a sí mismo mayordomo. Pues también un siervo, cuando es adoptado en el número de los hijos, puede dispensar fielmente a los que participan con él aquella propiedad en la que ha adquirido la suerte de coheredero. Mas en el presente caso, donde dice: Mas si contra mi voluntad, me es confiada una dispensación (mayordomía), quiso que se entendiera por tal mayordomo el que dispensa lo que pertenece a otro, y de ello nada recibe él mismo.

    II, 16, 55

    De aquí que cualquier cosa que sea buscada por causa de otra es sin duda inferior a aquella por causa de la cual se busca; y por tanto aquello es primero por causa de lo cual buscas tal cosa, no la cosa que buscas por causa de aquello otro. Y por esta razón, si buscamos el evangelio y el reino de Dios por causa del alimento, ponemos el alimento primero, y el reino de Dios último; de modo que si no nos faltara el alimento, no buscaríamos el reino de Dios. Esto es buscar primero el alimento, y luego el reino de Dios. Mas si buscamos el alimento con este fin, para alcanzar el reino de Dios, hacemos lo que se dice: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia; y todas estas cosas os serán añadidas.

    Capítulo 17

    II, 17, 56

    56. Porque en el caso de aquellos que buscan primeramente el reino de Dios y su justicia, es decir, que prefieren esto a todas las demás cosas, de modo que por causa de ello buscan las otras, no debe quedar atrás la ansiedad de que falten aquellas cosas necesarias para esta vida por causa del reino de Dios. Porque arriba dijo: Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Y por eso, cuando dijo: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, no dijo luego: Buscad tales cosas (aunque sean necesarias), sino que afirma: Todas estas cosas os serán añadidas, esdecir, os seguirán, si buscáis lo primero, sin ningún estorbo de vuestra parte; no sea que, mientras buscáis tales cosas, os desviéis de las otras; o para que no os propongáis dos fines, de modo que busquéis tanto el reino de Dios por sí mismo como estas cosas necesarias; sino más bien éstas por causa de aquél; así no os faltarán. Porque no podéis servir a dos señores. Pero intenta servir a dos señores el que busca a la vez el reino de Dios como un gran bien y estas cosas temporales. No podrá, sin embargo, tener un ojo sencillo y servir al Señor Dios solo, a menos que tome todas las demás cosas, en cuanto son necesarias, por causa de este único fin, es decir, por causa del reino de Dios. Mas así como todos los que sirven como soldados reciben provisiones y paga, así todos los que predican el evangelio reciben alimento y vestido. Pero no todos sirven como soldados por el bien de la república, sino que algunos lo hacen por lo que obtienen; así también no todos ministran a Dios por el bien de la Iglesia, sino que algunos lo hacen por causa de estas cosas temporales, que han de obtener a modo de provisiones y paga; o bien por lo uno y por lo otro. Pero ya se ha dicho arriba: No podéis servir a dos señores. Por tanto, es con un corazón sencillo y sólo por causa del reino de Dios que debemos hacer bien a todos; y al hacerlo no debemos pensar sólo en la recompensa temporal, ni en ésta junto con el reino de Dios: todas estas cosas temporales las ha puesto bajo la categoría del mañana, diciendo: No os afanéis por el día de mañana. Porque el mañana no se dice sino en el tiempo, en donde el futuro sucede al pasado. Por tanto, cuando hagamos algo bueno, no pensemos en lo temporal, sino en lo eterno; entonces será una obra buena y perfecta. Pues el día de mañana, dice, se afanará por sí mismo; es decir, de modo que, cuando convenga, tomaréis alimento, o bebida, o vestido, es decir, cuando la necesidad misma comienze a urgir. Porque estas cosas estarán al alcance, porque nuestro Padre sabe que tenemos necesidad de todas estas cosas. Porque bástele a cada día su propio mal, dice; es decir, basta que la necesidad misma nos urja a tomar tales cosas. Y por esta razón, supongo, se llama mal, porque para nosotros es penal; pues pertenece a esta fragilidad y mortalidad que hemos merecido por el pecado. No añadáis, pues, a este castigo de la necesidad temporal nada más gravoso, de modo que no sólo sufráis la carencia de tales cosas, sino que también, para satisfacer esta necesidad, os alistéis como soldados para Dios.

    II, 17, 57

    57. Mas en el uso de este pasaje hemos de andar muy sobre aviso, no sea que, al ver a algún siervo de Dios proveer para que no falten tales cosas necesarias ni a él mismo ni a aquellos cuyo cuidado le ha sido encomendado, juzguemos que obra contra el precepto del Señor y se afana por el día de mañana. Pues el Señor mismo, aunque los ángeles le servían, sin embargo, para ejemplo, a fin de que nadie se escandalizase después al ver a alguno de sus siervos procurarse tales cosas necesarias, se dignó tener bolsa, de la cual se proveyese lo que fuese menester para los usos necesarios; de cuyas bolsas, según está escrito, Judas, el que le entregó, era el que la tenía y era ladrón. Del mismo modo, también el apóstol Pablo puede parecer que tuvo cuidado del día de mañana, cuando dijo: En cuanto a la colecta para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené a las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, guardándolo, según haya prosperado, para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas. Y cuando haya llegado, a quienes vosotros aprobareis por cartas, a ésos enviaré a llevar vuestra liberalidad a Jerusalén. Y si es conveniente que yo también vaya, irán conmigo. Iré a vosotros, cuando haya pasado por Macedonia, pues por Macedonia he de pasar. Y puede ser que me quede con vosotros, o aun inverne, para que vosotros me encaminéis a donde haya de ir. Porque no quiero veros ahora de paso; pues espero estar con vosotros algún tiempo, si el Señor lo permite. Pero me quedaré en Éfeso hasta Pentecostés. En los Hechosde los Apóstoles también está escrito que se proveyeron para lo futuro cosas necesarias para el alimento, por causa de un hambre que amenazaba. Pues así leemos: En aquellos días unos profetas descendieron de Jerusalén a Antioquía, y hubo gran regocijo. Y estando nosotros reunidos, se levantó uno de ellos llamado Ágabo, y dio a entender por el Espíritu que habría una gran hambre en toda la tierra; lo cual sucedió en días del emperador Claudio. Entonces los discípulos, cada uno conforme a sus posibilidades, determinaron enviar socorro a los ancianos para los hermanos que moraban en Judea; lo cual hicieron por mano de Bernabé y Saulo. Y en el caso de las cosas necesarias que se le presentaron, con las que iba cargado el mismo apóstol Pablo al embarcarse, parece que se proveyó alimento para más de un solo día. Y cuando el mismo apóstol escribe: El que hurtaba, no hurte más, sino más bien trabaje, obrando con sus manos lo que es bueno, para que tenga de qué dar al que padece necesidad, a los que le entienden mal no les parece que guarde el precepto del Señor, que dice: Mirad las aves del cielo; que no siembran, ni siegan, ni juntan en graneros; y Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; mientras él manda a los interesados que trabajen, obrando con sus manos, para que tengan algo que puedan dar también a otros. Y en lo que a menudo dice de sí mismo, que trabajó con sus manos para no ser gravoso a nadie; y en lo que está escrito de él, que se juntó con Áquila por la semejanza del oficio, para que trabajasen juntos en aquello de que pudiesen vivir; no parece que haya imitado a las aves del cielo y a los lirios del campo. Por estos pasajes de la Escritura y otros semejantes, se ve con suficiente claridad que nuestro Señor no desaprueba que uno mire por tales cosas al modo ordinario en que lo hacen los hombres; sino sólo cuando uno se alista como soldado de Dios por causa de tales cosas, de suerte que en lo que hace no fije la mirada en el reino de Dios, sino en la adquisición de tales cosas.

    II, 17, 58

    58. De aquí que todo este precepto se reduce a la siguiente regla: que aun al mirar por tales cosas, pensemos en el reino de Dios; mas en el servicio del reino de Dios, no pensemos en tales cosas. Pues de este modo, aunque a veces lleguen a faltar (cosa que Dios permite a menudo para ejercitarnos), no sólo no debilitan nuestro propósito, sino que lo robustecen, cuando es examinado y probado. Porque, dice, nos gloriamos en las tribulaciones también; sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia prueba, y la prueba esperanza; y la esperanza no avergüenza, porque el amor de Dios está derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Ahora bien, en la mención de sus tribulaciones y trabajos, el mismo apóstol refiere que ha tenido que soportar no sólo cárceles y naufragios e innumerables molestias de este género, sino también hambre y sed, frío y desnudez. Mas cuando leemos esto, no imaginemos que las promesas de Dios han vacilado, de modo que el apóstol padeciese hambre, sed y desnudez mientras buscaba el reino y la justicia de Dios, aunque se nos dice: Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas; pues aquel Médico a quien de una vez para siempre nos hemos confiado totalmente, y de quien tenemos la promesa de la vida presente y futura, conoce tales cosas como ayudas, cuando nos las pone delante, cuando nos las quita, según juzga que nos conviene; Él nos rige y gobierna como a quienes, después de esta vida, necesitan ser a la vez consolados y ejercitados, y luego ser establecidos y afirmados en perpetuo descanso. Pues también el hombre, cuando a menudo quita el pienso a su bestia de carga, no la priva de su cuidado, sino que más bien hace lo que hace por cuidado de ella.

    Capítulo 18

    II, 18, 59

    59. Y puesto que, cuando tales cosas se previenen para el tiempo futuro o se reservan, si no hay causa por la que debas gastarlas, es incierto con qué intención se hace, ya que puede hacerse con corazón sencillo y también con corazón doble, oportunamente añadió en este pasaje: "No juzguéis, para que no seáis juzgados." Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, se os volverá a medir. En este pasaje, soy de opinión de que no se nos enseña otra cosa sino que, en el caso de aquellas acciones respecto de las cuales es dudoso con qué intención se hacen, debemos interpretarlas en el mejor sentido. Pues cuando está escrito: "Por sus frutos los conoceréis", la afirmación se refiere a cosas que manifiestamente no pueden hacerse con buena intención; tales como los desenfrenos, o las blasfemias, o los hurtos, o la embriaguez, y todas las cosas semejantes, de las cuales nos es permitido juzgar, conforme a la afirmación del apóstol: "¿Qué tengo yo que juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?" Pero en cuanto al género de alimentos, porque toda clase de alimento humano puede tomarse indistintamente con buena intención y corazón sencillo, sin el vicio de la concupiscencia, el mismo apóstol prohíbe que los que comían carne y bebían vino sean juzgados por los que se abstenían de tales clases de sustento: "El que come —dice— no menosprecie al que no come; y el que no come no juzgue al que come." Allí también dice: "¿Tú quién eres, que juzgas al siervo ajeno? Para su propio señor está en pie, o cae." Pues respecto de tales cosas, que pueden hacerse con intención buena, sencilla y noble, aunque también puedan hacerse con intención contraria a la buena, aquellos hombres querían, aunque no eran sino [meros] hombres, pronunciar juicio sobre los secretos del corazón, de los cuales solo Dios es juez.

    II, 18, 60

    60. A esta categoría pertenece también lo que dice en otro pasaje: "Por tanto, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, que sacará a la luz lo oculto de las tinieblas y manifestará los pensamientos de los corazones; y entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza." Hay, pues, ciertas acciones ambiguas, respecto de las cuales ignoramos con qué intención se realizan, porque pueden hacerse con una intención buena o con una mala, y sobre las cuales es temerario juzgar, especialmente para condenar. Ahora bien, el tiempo vendrá en que sean juzgadas, cuando el Señor saque a la luz lo oculto de las tinieblas y manifieste los consejos de los corazones. En otro pasaje dice también el mismo apóstol: "Los pecados de algunos hombres son manifiestos de antemano, y van delante a juicio; mas a otros los siguen." Llama pecados manifiestos a aquellos respecto de los cuales está claro con qué intención se hacen; estos van delante a juicio, porque si después sigue un juicio, no es temerario. Mas los que están ocultos siguen, porque tampoco quedarán escondidos a su tiempo. Lo mismo hemos de entender respecto de las buenas obras. Pues añade a este propósito: "Asimismo las buenas obras de algunos son manifiestas de antemano; y las que son de otra manera no pueden quedar ocultas." Juzguemos, pues, respecto de las que son manifiestas; mas respecto de las ocultas, dejemos el juicio a Dios: pues tampoco ellas pueden quedar ocultas, sean buenas o malas, cuando llegue el tiempo de que sean manifestadas.

    II, 18, 61

    61. Hay, además, dos cosas en las que debemos guardarnos del juicio temerario: cuando es incierto con qué intención se hace algo; o cuando es incierto qué clase de persona ha de llegar a ser quien actualmente es de manera manifiesta bueno o malo. Si, pues, alguien, por ejemplo, quejándose de su estómago, no quisiera ayunar, y tú, no creyéndolo, lo atribuyeras al vicio de la gula, juzgarías temerariamente. Asimismo, si llegaras a conocer la gula y la embriaguez como manifiestas, y administraras la reprensión de tal modo como si el hombre nunca pudiera corregirse y cambiar, juzgarías no obstante temerariamente. No reprendamos, por tanto, aquello cuya intención no conocemos; ni reprendamos lo manifiesto de modo que desesperemos del retorno a una recta disposición del ánimo; y así evitaremos el juicio del que en el presente pasaje se dice: "No juzguéis, para que no seáis juzgados."

    II, 18, 62

    62. Pero lo que Él dice puede causar perplejidad: "Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, se os volverá a medir." ¿Acaso, pues, si juzgamos algo con juicio temerario, Dios juzgará también temerariamente respecto de nosotros? ¿O si midiéremos algo con medida injusta, habrá también en Dios medida injusta, según la cual se nos mida de nuevo? (pues por la palabra medida entiendo, además, que se significa el juicio mismo.) De ningún modo juzga Dios temerariamente, ni retribuye a nadie con medida injusta; sino que se expresa así, porque esa misma temeridad con que tú castigas a otro necesariamente ha de castigarte a ti mismo. A no ser, acaso, que se imagine que la injusticia daña en algo a aquel contra quien se dirige, pero en nada a aquel de quien procede; mas no: a menudo no daña al que padece la injuria, pero necesariamente daña al que la infiere. Pues ¿qué daño hizo la injusticia de los perseguidores a los mártires? Ninguno; pero sí mucho a los perseguidores mismos. Pues aunque algunos de ellos se apartaron del error de sus caminos, sin embargo, en el tiempo en que obraban como perseguidores, su maldad les cegaba. Así también el juicio temerario frecuentemente no daña a quien es objeto de él; pero a quien juzga temerariamente, la temeridad misma necesariamente le daña. Conforme a esta regla, juzgo también de aquella sentencia: "Todos los que tomen espada, a espada perecerán." Pues ¡cuántos toman la espada y, sin embargo, no perecen a espada, siendo el mismo Pedro un ejemplo! Pero para que nadie piense que él escapó de tal castigo por el perdón de sus pecados (aunque nada podría ser más absurdo que pensar que el castigo de la espada, que no sobrevino a Pedro, pudo haber sido mayor que el de la cruz, que realmente le sobrevino), ¿qué dirían, pues, de los malhechores que fueron crucificados con nuestro Señor; pues el que alcanzó perdón lo alcanzó después de ser crucificado, y el otro no lo alcanzó en absoluto? ¿O acaso ellos habían crucificado a todos los que habían matado; y por eso merecían también ellos padecer lo mismo? Es ridículo pensarlo. Pues ¿qué otra cosa significa la sentencia: "Porque todos los que tomen espada, a espada perecerán", sino que el alma muere por aquel mismo pecado, cualquiera que sea, que ha cometido?

    Capítulo 19

    II, 19, 63

    63. Y puesto que el Señor nos amonesta en este pasaje acerca del juicio temerario e injusto —pues quiere que cuanto hagamos lo hagamos con un corazóon sencillo y dirigido solo a Dios; y puesto que, respecto de muchas cosas, es incierto con qué intención se hacen, y es temerario juzgarlas; y puesto que, además, aquellos que prefieren censurar y condenar antes que enmendar y mejorar juzgan especialmente con temeridad sobre lo incierto y hallan fácilmente falta, vicio que procede de la soberbia o de la envidia—, por eso añadió el Señor la sentencia: ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no consideras la viga que está en tu propio ojo? De suerte que si, por ejemplo, él ha pecado con ira, tú le censures con odio; habiendo, por así decirlo, tanta diferencia entre la ira y el odio como entre una paja y una viga. Porque el odio es ira inveterada, la cual, por su larga duración, ha cobrado tanta fuerza que con razón se llama viga. Ahora bien, puede suceder que, aunque estés enojado con un hombre, deseés que se convierta de su error; pero si le odias, no puedes desear convertirlo.

    II, 19, 64

    64. ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí una viga en tu propio ojo? ¡Hipócrita!, quita primero la viga de tu ojo; y entonces verás con claridad para sacar la paja del ojo de tu hermano; es decir, echa primero de ti el odio, y entonces, mas no antes, podrás enmendar a aquel a quien amas. Y bien dice: ¡Hipócrita! Porque el acusar los vicios es oficio de hombres buenos y benevolentes; y cuando los malos lo hacen, representan un papel que no les corresponde; como los hipócritas, que ocultan bajo una máscara lo que son y se muestran con la máscara de lo que no son. Por lo cual, bajo el nombre de hipócritas, has de entender fingidos. Y hay en realidad una clase de fingidos muy de temer y molestosa, que al mismo tiempo que se quejan de toda clase de faltas por odio y rencor, desean parecer conseleros. Por lo cual hemos de velar con piedad y cautela, de modo que cuando la necesidad nos fuerce a censurar o reprender a alguien, consideremos primero si la falta es tal que nunca la hemos tenido, o de la cual ya estamos libres; y si nuca la hemos tenido, consideremos que somos hombres y hubiéramos podido tenerla; mas si la hemos tenido y aora estamos libres de ella, toque la memoria la común flaqueza, para que no el odio sino la compasión preceda a aquel censura o corrección: de modo que, ya sirva para la conversión de aquel por cuia causa lo hacemos, ya para su perversión (pues el resultado es incierto), al menos por la sencillez de nuestro ojo estemos libres de cuidado. Mas si, reflexionando, nos hallamos envueltos en la misma falta que aquel a quien nos disponíamos a censurar, no censuremos ni reprendamos; antes bien, lloremos profundamente sobre el caso, y invitemosle, no a que nos obedezca, sino a que se una a nosotros en un esfuerso común.

    II, 19, 65

    65. Porque también en cuanto a lo que dice el apóstol — A los judíos me hice como judío, para ganar a los judíos; a los que están bajo la ley, como bajo la ley (no estando yo bajo la ley), para ganar a los que están bajo la ley; a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley para con Dios, mas bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. A los débiles me hice como débil, para ganar a los débiles: a todos me hice todo, para ganarlos a todos —, no lo hizo ciertamente por fingimiento, como algunos quieren entenderlo, a fin de que su detestable fingimiento se vea fortalecido con la autoridad de tan grande ejemplo; sino que lo hizo por amor, bajo cuio influjo consideraba la debilidad de aquel a quien deseaba socorrer como si fuere suia propia. Porque esto lo pone también como fundamento antemano, cuando dice: Pues aunque estoy libre de todos, me he hecho siervo de todos, para ganar a más. Y para que entiendas que esto se hace no por fingimiento, sino por amor, en virtud del cual nos compadecemos de los débiles como si fuésemos ellos, nos amonesta en otro pasaje, diciendo: Hermanos, a libertad fuisteis llamados; solo que no usés la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Y esto no puede hacerse, a menos que cada uno tenga la debilidad del otro como suia, para soportarla con ecuanimidad, hasta que aquel por cuio bien se preocupa sea librado de ella.

    II, 19, 66

    66. Rara vez, por tanto, y en caso de gran necesidad, se han de administrar reprensiones; mas de tal modo que aun en esas mismas reprensiones nos esforcemos por que no se sirva a nosotros, sino a Dios. Porque Él, y no otro, es el fin: de suerte que nada hagamos con doblez de corazóon, quitando de nuestro propio ojo la viga de la envidia, o de la malicia, o del fingimiento, para que podamos ver cómo sacar la paja del ojo del hermano. Pues lo veremos con los ojos de la paloma — ojos tales como los que se atribuyen a la esposa de Cristo, a quien Dios eligió para sí una Iglesa gloriosa, que no tiene mancha ni arruga, es decir, pura e inocente.

    Capítulo 20

    II, 20, 67

    67. Mas como la palabra inocente puede inducir a error a algunos deseosos de cumplir los preceptos de Dios, de modo que piensen que a veces es ilícito ocultar la verdad, así como a veces es ilícito decir falsedad, y como de esta manera —descubriendo cosas que no pueden soportar aquellos a quienes se las descubren— pueden causar más daño que si las ocultasen del todo y siempre, con muchísima razón añade: No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen y, volviéndose, os despedacen. Pues el Señor mismo, aunque jamás dijo mentira, mostró, sin embargo, que ocultaba ciertas verdades cuando dijo: Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Y el apóstol Pablo dice también: Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales; como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no podíais, ni aun ahora podéis, porque todavía sois carnales.

    II, 20, 68

    68. Ahora bien, en este precepto por el cual se nos prohíbe dar lo santo a los perros y echar nuestras perlas delante de los puercos, hemos de inquirir con diligencia qué se entiende por lo santo, qué por perlas, qué por perros, qué por puercos. Una cosa santa es aquello que es impío violar y corromper; y el solo intento y deseo de cometer ese crimen se tiene por criminal, aun cuando aquello santo permanezca en su naturaleza inviolable e incorruptible. Por perlas, a su vez, se entienden todas las cosas espirituales que debemos estimar en mucho, tanto porque yacen escondidas en lugar secreto, como sacadas de lo profundo, y porque se hallan en envolturas de alegoría, como en conchas abiertas. Podemos, pues, entender legítimamente que una misma cosa puede llamarse a la vez santa y perla; mas recibe el nombre de santa por esta razón: que no debe ser corrompida; y el de perla por esta otra: que no debe ser despreciada. Ahora bien, todo hombre procura corromper aquello que no quiere que permanezca incólume; y desprecia lo que juzga sin valor, y lo reputa como algo inferior a sí mismo; y por eso todo lo despreciado se dice que es pisoteado. De aquí que, como los perros se lanzan sobre una cosa para despedazarla, y no dejan que aquello que despedazan permanezca en su condición primera, dice: No deis lo santo a los perros; porque, aunque no puede ser despedazado ni corrompido, y permanece ileso e inviolable, debemos atender al deseo de aquellos que resisten con aspereza y con ánimo en gran manera hostil y, en cuanto está de su parte, se esfuerzan, si fuera posible, por destruir la verdad. Mas los puercos, aunque no, como los perros, se arrojan con los dientes sobre el objeto, con todo, pisoteándolo sin miramiento, lo mancillan: No por tanto echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen y, volviéndose, os despedacen. Podemos, pues, entender no sin propiedad que los perros designan a los asaltantes de la verdad, y los puercos a los despreciadores de ella.

    II, 20, 69

    69. Pero cuando dice: se vuelvan y os despedacen, no dice: despedazan las perlas mismas. Pues, al pisotearlas, precisamente cuando se vuelven para oír algo más, despedazan a aquel por quien acaban de serles arrojadas las perlas que han pisoteado. Y no fácilmente hallarías qué placer puede tener el hombre que ha pisoteado perlas, es decir, que ha despreciado cosas divinas cuyo hallazgo es fruto de gran trabajo. Pero, en cuanto a quien enseña a tales gentes, no veo cómo podría evitar ser despedazado por su ira y su rabia. Además, ambos animales son inmundos, tanto el perro como el puerco. Hemos, pues, de estar en guardia para que no se descubra cosa alguna a quien no la recibe; porque mejor es que busque lo escondido, que no que ataque o menosprecie lo manifiesto. Y, en verdad, no se halla otra causa por la cual no reciben las cosas manifiestas e importantes, sino el odio y el desprecio; el uno les da el nombre de perros, y el otro el de puercos. Y toda esta impureza la engendra el amor de las cosas temporales, es decir, el amor de este mundo, al cual se nos manda renunciar, para que podamos ser puros. Así, pues, el hombre que desea tener un corazón puro y sencillo no debe tenerse a sí mismo por digno de culpa si oculta algo a quien no es capaz de recibirlo. Ni se ha de suponer de aquí que sea lícito mentir; porque no se sigue que, cuando se oculta la verdad, se profiera falsedad. Por consiguiente, primero se ha de procurar que se remuevan los estorbos que impiden que la reciba; pues ciertamente, si la impureza es la causa de que no la reciba, ha de ser limpiado, ya de palabra, ya de obra, en cuanto nos sea posible.

    II, 20, 70

    70. Además, cuando se halla que nuestro Señor hizo ciertas declaraciones que muchos de los presentes no aceptaron, sino que resistieron o despreciaron, no se ha de pensar que dio lo santo a los perros, o que echó perlas delante de los puercos; porque no dio tales cosas a quienes no eran capaces de recibirlas, sino a quienes eran capaces y estaban al mismo tiempo presentes; a los cuales no convenía que él desatendiese por causa de la impureza de otros. Y cuando los tentadores le hacían preguntas, y él les respondía, de modo que no tuvieran nada que replicar, aunque pudieran consumirse por el efecto de sus propios venenos, antes que saciarse con su alimento, otros, que eran capaces de recibir su enseñanza, oyeron con provecho muchas cosas gracias a la ocasión creada por tales personas. He dicho esto para que nadie, acaso, cuando no es capaz de responder a quien le hace una pregunta, se crea excusado si dijere que no quiere dar lo santo a los perros, o echar perlas delante de los puercos. Pues quien sabe qué responder debe hacerlo, aun por causa de otros, en cuyos ánimos nace la desesperación si creen que la cuestión propuesta no puede resolverse; y esto en lo que se refiere a materias útiles y que pertenecen a la doctrina salvadora. Porque muchas cosas que pueden ser objeto de indagación por parte de gente ociosa son innecesarias y vanas, y a menudo perjudiciales; sobre las cuales, sin embargo, algo debe decirse; pero ha de abrirse y explicarse precisamente esto: por qué tales cosas no deben ser objeto de indagación. Así, pues, en cuanto a las cosas útiles, a veces debemos responder a lo que se nos pregunta; como hizo el Señor cuando los saduceos le preguntaron acerca de la mujer que tuvo siete maridos, a cuál de ellos pertenecería en la resurrección. Pues respondió que en la resurrección ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como los ángeles en el cielo. Mas a veces, a quien pregunta se le ha de preguntar otra cosa; al declarar la cual, él mismo se respondería acerca de lo que preguntaba; y si se negase a declararlo, no parecería injusto a los presentes que él mismo no oyese nada acerca de lo que inquiría. Pues los que le preguntaban, tentándole, si había que pagar tributo, fueron preguntados con otra cuestión, a saber, de quién era la imagen que llevaba la moneda presentada por ellos mismos; y porque dijeron lo que se les había preguntado, es decir, que la moneda llevaba la imagen de César, se dieron en cierta manera una respuesta a sí mismos acerca de la cuestión que habían preguntado al Señor; y, en consecuencia, de su respuesta infirió él: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Mas cuando los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo le preguntaron con qué autoridad hacía aquellas cosas, él les preguntó acerca del bautismo de Juan; y como no quisieron hacer una declaración que veían que era contra ellos, y no osaron, con todo, decir nada malo de Juan, por causa de los presentes, Ni yo os digo, dice él, con qué autoridad hago estas cosas; negativa que pareció justísima a los presentes. Porque dijeron que ignoraban aquello que en realidad sabían, pero no querían decir. Y, en verdad, era justo que quienes deseaban recibir respuesta a lo que preguntaban, hicieran primero ellos lo que exigían que se hiciera con ellos; y si lo hubieran hecho, ciertamente se habrían respondido a sí mismos. Pues ellos mismos habían enviado a preguntarle a Juan quién era; o, más bien, ellos mismos, siendo sacerdotes y levitas, habían sido enviados, suponiendo que él era el mismo Cristo; pero él dijo que no lo era y dio testimonio acerca del Señor: testimonio que, si hubieran querido confesarlo, les habría enseñado con qué autoridad, como el Cristo, hacía él aquellas cosas; las cuales, como si las ignorasen, habían preguntado para hallar un camino a la calumnia.

    Capítulo 21

    II, 21, 71

    71. Habiéndose, pues, dado el mandato de que no se diese lo santo a los perros, ni se echasen las perlas delante de los puercos, podría un oyente, consciente de su propia ignorancia y debilidad, y al oír un mandato que se le dirigía a él — el de no dar lo que sentía que él mismo aún no había recibido —, objetar (digo) y decir: ¿Qué cosa santa me prohíbes que dé a los perros, y qué perlas me prohíbes que eche delante de los puercos, mientras yo aún no veo que posea tales cosas? Muy oportunamente añadió Él la declaración: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibé; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. El pedir se refiere a la obtención por ruego de la salúd y fortaleza de la mente, para que podamos cumpir aquellos deberes que se nos mandan; el buscar, por otro lado, se refiere al hallazgo de la verdad. Pues en tanto que la vida bienaventurada se resume en acción y conocimiento, la acción desea para sí un caudal de fortaleza, la contemplación deseaa que las cosas se le aclaren: de estas, por tanto, la primera ha de ser pedida, la segunda ha de ser buscada; de modo que la una sea dada, la otra hallada. Mas el conocimiento en esta vida pertenese más bien al camino que a la posesión misma: pero quien ha hallado el verdadero camino, llegará a la posesión misma, la cual, no obstante, se abré al que llama.

    II, 21, 72

    72. Para que, pues, estas tres cosas — a saber, pedir, buscar, llamar — queden claras, supongamos, por ejemplo, el caso de uno débil de miembros que no puede andar: primeramente, ha de ser sanado y fortalecido para poder andar; y a esto se refiere la expreción que Él ha usado: Pedid. Mas, ¿de qué provecho es que ahora pueda andar, o aun correr, si se extravía por caminos desviados? Una segunda cosa es, por tanto, que halle el camino que conduce al lugar adonde desea llegar; y cuando haya seguido ese camino y llegado al mismo lugar donde desea morar, si lo halla cerrado, de nada le servirá el haber podido andar, o el haber andado y llegado, a menos que se le abra; a esto, pues, se refiere la expreción que ha usado: Llamad.

    II, 21, 73

    73. Además, grande esperanza ha sido dada y se da por Aquel que no engaña cuando promete: puez dice: Todo aquel que pide, recibé; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. De aquí la nesecidad de la perseverancia, para que recibamos lo que pedimos, y hallemos lo que buscamos, y se nos abra aquello a que llamamos. Ahora bien, así como Él habló de las aves del cielo y de los lirios del campo, para que no desesperásemos de que se nos proveyera de alimento y vestido, a fin de que nuestras esperanzas se elevasen de las cosas menores a las mayorez; así también en este pasaje: ¿O qué hombre hay de vosotros, dice Él, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? Puez si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? ¿Cómo los malos dan cosas buenas? Ahora, Él ha llamado malos a aquellos que son aún amadores de este mundo y pecadores. Y, en efecto, estas cosas han de ser llamadas buenas según el sentir de ellos, porque las cuentan por tales. Aunqué en la naturaleza de las cosas también ellas son buenas, pero temporales y pertenecientes a esta vida débil; y cualquiera que es malo y las da, no da de lo suyo; puez del Señor es la tierra y su plenitud, el que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay. ¡Cuánta razón hay, por tanto, para esperar que Dios nos dará buenas cosas cuando se las pidamos, y que no podemos ser engañados de modo que recibamos una cosa en lugar de otra, cuando le pidamos; ya que aun nosotros, aunqué seamos malos, sabemos dar aquello que se nos pide? Puez no engañamos a nuesros hijos; y cualesquiera cosas buenas que damos no las damos de lo nuesro, sino de lo que es suyo.

    Capítulo 22

    II, 22, 74

    74. Es más, cierta fortaleza y vigor para caminar por la senda de la sabiduría residen en las buenas costumbres, las cuales han de extenderse hasta la purificación y la sencillez del corazón, tema del que Él ha venido hablando largamente y que concluye así: Por tanto, todo lo bueno que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos; porque ésta es la ley y los profetas. En los códices griegos hallamos que el pasaje dice así: Por tanto, todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos. Mas yo pienso que los latinos añadieron la palabra bueno para que la sentencia resultase clara. Pues cabría pensar que si alguien deseara que se le hiciera algo malo y aplicara esta cláusula a ello — como, por ejemplo, si uno quisiera ser desafiado a beber inmoderadamente y embriagarse con sus copas, y él hiciera primero eso mismo a aquel de quien desea que se lo haga —, sería ridículo imaginar que hubiera cumplido esta cláusula. Por tanto, conmovidos por esta consideración, según supongo, añadieron una palabra para aclarar la cosa; de modo que en la afirmación: Por tanto, todo lo que queráis que los hombres os hagan, se insertó la palabra bueno. Pero si esta palabra falta en los códices griegos, también ellos deberían ser corregidos: mas ¿quién se atrevería a hacerlo? Ha de entenderse, pues, que la cláusula es completa y del todo perfecta, aun sin añadir esa palabra. Porque la expresión todo lo que queráis debe entenderse no en un sentido acostumbrado y vago, sino en sentido estricto. Pues no hay voluntad sino en lo bueno: en el caso de las obras malas e inicuas, se habla en propiedad de deseo, no de voluntad. No es que las Escrituras hablen siempre en sentido estricto; pero donde es menester, guardan la palabra en su significado perfectamente riguroso, de modo que no permiten entender otra cosa.
    Comentario editorial · La regla de oro con «bueno»
    Los códices latinos de Agustín decían «todo lo bueno que queráis que os hagan»; los griegos, solo «todo lo que queráis». Agustín supone que los latinos añadieron el adjetivo para que nadie se creyera en regla por invitar a beber a quien desea que lo inviten, pero no se atreve a «corregir» el griego: la frase está completa, porque «querer», en sentido estricto, solo se dice del bien. La Vulgata no trae el adjetivo (nota de Schaff), ni las biblias actuales (). Schaff recuerda la forma negativa de la regla en Hillel —lo que te desagrada, no lo hagas a tu prójimo— y en la Didaché, que Wikipedia cita también: «no hagas a otro lo que no quieras que te hagan».

    II, 22, 75

    75. Además, este precepto parece referirse al amor del prójimo y no también al amor de Dios, puesto que en otro pasaje dice Él que hay dos preceptos de los cuales penden toda la ley y los profetas. Porque si hubiera dicho: Todo lo que queráis que se os haga, hacedlo vosotros, en esta sola sentencia habría abarcado ambos preceptos: pues al punto se diría que cada uno desea que Dios y los hombres le amen; y así, al dársele este precepto, que aquello que desea que se le haga lo haga él, equivaldría ciertamente al precepto de que ame a Dios y a los hombres. Pero cuando se dice más expresamente respecto de los hombres: Por tanto, todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos, nada más parece querer decir sino: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero hemos de atender con cuidado a lo que Él añade aquí: porque ésta es la ley y los profetas. Ahora bien, en el caso de aquellos dos preceptos, no dice meramente: De estos dos preceptos pende toda la ley y los profetas, sino que añade también toda, que es lo mismo que la profecía entera; y al no hacer la misma adición aquí, ha reservado un lugar para el otro precepto, que se refiere al amor de Dios. Aquí, pues, en cuanto va desgranando los preceptos relativos al corazón sencillo, y es de temer que alguien tenga doblez de corazón para con aquellos de quienes el corazón puede esconderse, es decir, para con los hombres, era menester dar un precepto tocante a esa misma cosa. Pues casi no hay nadie que quisiera que tratase con él una persona de doble corazón. Pero nadie puede otorgar algo a un semejante con corazón sencillo, a menos que lo otorgue sin esperar de él ventaja temporal alguna, y lo haga con la intención que ya hemos discutido suficientemente arriba, al hablar del ojo sencillo.

    II, 22, 76

    76. Así, pues, cuando el ojo se haya limpiado y vuelto sencillo, será apto y capaz de contemplar su propia luz interior. Porque el ojo de que se trata es el ojo del corazón. Ahora bien, tal ojo lo posee aquel que, para que sus obras sean verdaderamente buenas, no se propone como fin de sus buenas obras el agradar a los hombres; sino que, aun cuando acontezca que les agraden, lo hace redundar más bien en salvación de ellos y en gloria de Dios, no en vana jactancia suya; ni hace nada bueno en pro de la salvación del prójimo con el propósito de ganar con ello las cosas necesarias para pasar esta vida presente; ni condena temerariamente la intención y el deseo de un hombre en aquella acción en la que no aparece claro con qué intención y deseo se ha hecho; y cuantos beneficios otorga a un hombre, los otorga con la misma intención con que desea que se le otorguen a él, a saber, no esperando de él ventaja temporal alguna: así será el corazón sencillo y limpio en el cual se busca a Dios. Bienaventurados, pues, los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

    Capítulo 23

    II, 23, 77

    77. Pero como esto pertenece a pocos, empieza ahora a hablar de buscar y poseer la sabiduría, que es árbol de vida; y, ciertamente, al buscar y poseer, es decir al contemplar esta sabiduría, tal ojo es conducido a través de todo lo que precede hasta el punto en que ya se pueden ver el camino estrecho y la puerta estrecha. Cuando, por tanto, dice a continuación: Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y estrecho el camino que lleva a la vida, y pocos son los que lo hallan; no lo dice por esto, porque el yugo del Señor sea áspero, o su carga pesada; sino porque pocos están dispuestos a llevar sus trabajos a término, dando demasiado poco crédito a Aquel que clama: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga (por esto, además, el sermón que nos ocupa tomó como punto de partida a los mansos y humildes de corazón): y este yugo fácil y carga ligera que muchos desprecian, pocos lo sobrellevan; y por eso el camino se vuelve estrecho, que lleva a la vida, y la puerta estrecha por la cual se entra.

    Capítulo 24

    II, 24, 78

    78. Por tanto, aquí hay que guardarse especialmente de quienes prometen una sabiduría y un conocimiento de la verdad que no poseen; como, por ejemplo, los herejes, que con frecuencia se recomiendan por su escaso número. Y por esto, después de haber dicho que pocos son los que hallan la puerta estrecha y el camino estrecho, para que ellos [los herejes] no se sustituyan falsamente bajo el pretexto de su escaso número, añadió en seguida: Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Pero tales gentes no engañan al ojo simple, que sabe distinguir el árbol por sus frutos. Pues dice: Por sus frutos los conoceréis. Luego añade las semejanzas: ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así también, todo buen árbol da buenos frutos; mas el árbol malo da malos frutos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos. Todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Por tanto, por sus frutos los conoceréis.

    II, 24, 79

    79. Y en [la interpretación de] este pasaje debemos guardarnos mucho del error de quienes, a partir de estos mismos dos árboles, juzgan que hay dos naturalezas originarias, una de las cuales pertenece a Dios, mientras que la otra ni pertenece a Dios ni procede de Él. Y este error ya ha sido discutido en otros libros [nuestros] con mucha amplitud, y si aún eso es poco, se discutirá de nuevo; pero por ahora solo hemos de mostrar que los dos árboles que tenemos delante no los favorecen. En primer lugar, porque es tan claro que habla de hombres, que quien lea lo que precede y lo que sigue se admirará de su ceguera. En segundo lugar, fijan su atención en lo que dice: Un buen árbol no puede dar malos frutos, ni un árbol malo dar buenos frutos, y por eso piensan que no puede suceder que un alma mala sea cambiada en algo mejor, ni una buena en algo peor; como si estuviera dicho: Un buen árbol no puede hacerse malo, ni un árbol malo bueno. Pero está dicho: Un buen árbol no puede dar malos frutos, ni un árbol malo dar buenos frutos. Pues el árbol es ciertamente el alma misma, esto es, el hombre mismo; mas los frutos son las obras del hombre. Un hombre malo, por tanto, no puede hacer buenas obras, ni un hombre bueno malas obras. Si, pues, un hombre malo quiere hacer buenas obras, hágase primero bueno. Así lo dice el Señor mismo en otro pasaje con más claridad: Haced el árbol bueno, o haced el árbol malo. Pero si con estos dos árboles estuviera representando en figura las dos naturalezas de tales grupos, no diría: Haced; porque ¿quién de entre los hijos de los hombres puede hacer una naturaleza? Luego también en aquel pasaje, cuando hizo mención de estos dos árboles, añadió: Hipócritas, ¿cómo podéis, siendo malos, decir cosas buenas? Mientras, pues, uno es malo, no puede dar buenos frutos; porque si diera buenos frutos, ya no sería malo. Así pudo decirse con toda verdad: la nieve no puede estar caliente; pues cuando empieza a estar caliente, ya no la llamamos nieve, sino agua. Puede, por tanto, suceder que lo que era nieve ya no lo sea; pero no puede suceder que la nieve esté caliente. Así puede suceder que quien era malo ya no lo sea; mas no puede suceder que un hombre malo haga el bien. Y aunque a veces es útil, esto no es obra suya, sino que se hace por medio de él en virtud de las disposiciones de la divina providencia; como, por ejemplo, se dice de los fariseos: Lo que os digan, hacedlo; mas lo que hagan, no consintáis en hacerlo. El hecho mismo de que dijeran cosas buenas y de que lo que decían fuera oído y cumplido provechosamente no era cosa suya; pues dice: En la cátedra de Moisés se sientan. Así, pues, cuando por disposición de la divina providencia se dedicaban a predicar la ley de Dios, podían ser útiles a sus oyentes, aunque no lo fueran para sí mismos. Acerca de los tales dice el profeta en otro lugar: Sembraron trigo, y segarán espinas; porque enseñan lo bueno y hacen lo malo. Quienes, pues, los escuchaban y hacían lo que por ellos se decía, no recogían uvas de los espinos, sino que a través de los espinos recogían uvas de la vid: como si alguien metiera la mano a través de un seto, o al menos recogiera una uva de una vid enredada en un seto; no sería fruto de los espinos, sino de la vid.

    II, 24, 80

    80. Con razón, ciertamente, se pregunta: ¿Cuáles son los frutos a los que Él quiere que atendamos, por los cuales podamos conocer el árbol? Porque muchos cuentan entre los frutos ciertas cosas que pertenecen al vestido de ovejas, y de ese modo son engañados por los lobos; como, por ejemplo, los ayunos, las oraciones o las limosnas. Pero si todas estas cosas no pudieran ser hechas también por los hipócritas, no habría dicho antes: Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos. Y después de anteponer esta sentencia, pasa a hablar de esas mismas tres cosas: la limosna, la oración y el ayuno. Pues muchos dan con largueza a los pobres, no por compasión, sino por vanidad; y muchos oran, o mejor, parecen orar, no teniendo a Dios presente, sino deseando agradar a los hombres; y muchos ayunan, y hacen una admirable ostentación de abstinencia ante aquellos a quienes tales cosas parecen difíciles y por los cuales son tenidos por dignos de honor; y los atrapan con artificios de esta clase, mientras presentan una cosa para engañar, y sacan otra para devorar o matar a quienes no pueden ver a los lobos debajo de aquel vestido de ovejas. Estos, por tanto, no son los frutos por los que Él nos advierte que se conoce el árbol. Pues tales cosas, cuando se hacen con buena intención y en sinceridad, son el vestido propio de las ovejas; mas cuando se hacen con malvado engaño, no cubren sino lobos. Pero las ovejas no deben por esto odiar su propio vestido, porque los lobos a menudo se esconden en él.

    II, 24, 81

    81. Cuáles sean los frutos por cuyo hallazgo podemos conocer un árbol malo, nos lo dice el apóstol: Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterios, fornicaciones, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; de las cuales os prevengo, como ya os he prevenido antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios. Y cuáles sean los frutos por los que podemos conocer un buen árbol, nos lo dice a continuación el mismo apóstol: Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Ha de saberse, ciertamente, que el gozo se toma aquí en sentido estricto y propio; pues de los malos, hablando con propiedad, no se dice que se gocen, sino que hacen manifestaciones desmedidas de alegría; como hemos dicho antes que la voluntad, que los malos no poseen, se toma en sentido estricto donde se dice: Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo también vosotros a ellos. Conforme a ese sentido estricto de la palabra, en virtud del cual el gozo se dice solo de los buenos, habla también el profeta, diciendo: No hay gozo para los impíos, dice el Señor. Así también la fe se toma, no ciertamente como significando una fe cualquiera, sino la fe verdadera; y las demás cosas que aquí se mencionan tienen ciertas semejanzas propias en los hombres malos y engañadores; de modo que engañan por completo, a menos que uno tenga el ojo puro y simple con el cual pueda conocer tales cosas. Es, por tanto, la mejor disposición que se trate primero de la purificación del ojo, y luego se haga mención de las cosas de las que había que guardarse.

    Capítulo 25

    II, 25, 82

    82. Pero viendo que, por puro que uno tenga el ojo, esto es, por simple y sincero que sea el corazón con que viva, no puede sin embargo mirar dentro del corazón ajeno: aquello que no ha podido manifestarse en obras o palabras queda al descubierto por las pruebas. Y la prueba es doble: o en la esperanza de obtener algún provecho temporal, o en el temor de perderlo. Y especialmente hemos de estar en guardia, no sea que, al esforzarnos por alcanzar la sabiduría, la cual solo se halla en Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento; — hemos de estar en guardia, digo, no sea que, bajo el nombre mismo de Cristo, nos engañen los herejes, o cualesquiera otros faltos de entendimiento y amadores de este mundo. Pues por esto añade Él la advertencia, diciendo: No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese entrará en el reino de los cielos: no sea que pensemos que el mero hecho de decir a nuestro Señor, Señor, Señor, pertenece a aquellos frutos; y por ello nos parezca a nosotros un árbol bueno. Mas aquellos son los frutos: hacer la voluntad del Padre que está en los cielos, en cuyo cumplimiento Él se dignó mostrarse a Sí mismo como ejemplo.

    II, 25, 83

    83. Pero con razón puede suscitarse la cuestión de cómo ha de conciliarse con esta sentencia la afirmación del apóstol, donde dice: Nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo: porque ni podemos decir que aquellos que tienen el Espíritu Santo no entrarán en el reino de los cielos, si perseveran hasta el fin; ni podemos afirmar que aquellos que dicen Señor, Señor, y sin embargo no entran en el reino de los cielos, tenegan el Espíritu Santo. ¿Cómo, pue, nadie dice que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo, a no ser porque el apóstol ha usado aquí la palabra decir en un sentido estricto y propio, de modo que implica la voluntad y el entendimiento de quien dice? Mas el Señor ha usado la palabra que Él emplea en un sentido general: No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Pues también parace decirlo quien ni quiere ni entiende lo que dice; pero propiamente lo dice aquel que da expresión a su voluntad y su mente por medio del sonido de su voz: así como, poco antes, lo que se llama gozo entre los frutos del Espíritu se llama así en un sentido estricto y propio, no del modo en que el mismo apóstol usa en otra parte la expresión: No se goza de la iniquidad: como si alguien pudiera gozarse de la iniquidad: porque aquel transporte de una mente que hace manifestaciones confusas y estrepitosas de alegría no es gozo; pue este último lo posen solo los buenos. De ahí que también parace que lo dicen aquellos que ni perciben con el entendimiento ni se empeñan con el consentimiento deliberado de la voluntad en esto que profieren, sino que lo profieren con la voz meramente; y de esta manera dice el Señor: No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos. Mas verdadera y propiamente lo dicen aquellos cuya expresión en el habla representa realment su voluntad y su intención; y es conforme a esta significación que el apóstol ha dicho: Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo.

    II, 25, 84

    84. Y además, pertece especialmente al asunto que nos ocupa que, al esforzarnos por la contemplación de la vedad, no solo no nos dejemos engañar por el nombre de Cristo, por medio de aquellos que tienen el nombre y no tienen las obas; sino tampoco por cieras obas y milagros, pues cuando el Señor realizó otros semejantes por causa de los incrédulos, nos ha adverido que no nos dejemos engañar por tales cosas, pensando que está presete una sabiduría invisible donde vemos un milagro visible. De ahí que añada la declaración: Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas maravillas? Y entonces les diré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de iniquidad. No reconocerá, por tanto, sino al hombre que obra justicia. Pues a sus propios discípulos les prohibió también que se gozasen en tales cosas, a saber, que los espíritus se les sujetaban: Mas gozaos, dice Él, de que vuestros nombres estén escritos en los cielos; supongo, en aquella ciudad de Jerusalén que está en el cielo, en la cual solo los justos y santos reinarán. ¿No sabéis, dice el apóstol, que los injustos no heredarán el reino de Dios?

    II, 25, 85

    85. Mas quizá alguien diga que los injustos no pueden realizar aquellos milagros visibles, y crea más bien que aquellos que serán hallados dicendo: Profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchas maravillas, están mintiendo. Lea, pues, las grandes cosas que hicieron los magos de los egipcios que se opusieron a Moisés, el siervo de Dios; o, si no quiere leer esto, porque no las hicieron en el nombre de Cristo, lea lo que el Señor mismo dice de los falsos profetas, hablando así: Entonces, si alguien os dice: Mirad, aquí está Cristo, o allí, no lo creáis. Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y mostraran grandes señales y prodigios, de tal manera que serán engañados los mismos elejidos. Mirad que os lo he dicho de antemano.

    II, 25, 86

    86. ¡Cuánta necidad hay, por tanto, del ojo limpio y simple, para que pueda hallarse el camino de la sabiduría, contra el cual se levanta el clamor de tan grandes engaños y errores por parte de hombres inicuos y pervesos, de todo lo cual escapar es, en verdá, llear a la más cierta paz y a la estabilidad inamovible de la sabiduría! Pues es muy de temer que, por el afán de discutir y contover, uno no vea lo que pocos pueden ver: que pequeño es el desorden de los contadicores, a menos que uno se desordene también a sí mismo. Y en esta dirección apunta también aquella declaración del apóstol: Y el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido, que con mancedumbre corria a los que piensan de modo distinto; por si quizá Dios les concede el arepentimiento para conocer la vedad. Bienaventurados, por tanto, los pacíficos: porque ellos serán llamados hijos de Dios.

    II, 25, 87

    87. De aquí que debamos notar especialmente cuán terriblemente se intoduce la conclusión de todo el semón: Por tanto, cualquiera que oye estas mis palabras, y las hace, es semejante a un hombre pruente, que edificó su casa sobre la roca. Pues nadie confirma lo que oye o entiende, sino haciéndolo. Y si Cristo es la roca, como lo proclaman muchísimos testimonios de la Escritura, aquel edifica en Cristo que hace lo que oye de Él. Descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los viendos, e hicieron ímpetu contra aquella casa; y no cayó: porque estaba fundada sobre la roca. Tal hombre, por tanto, no teme ninguas supersticiones tenebrosas (pues ¿qué otra cosa se entiende por lluvia cuando se pon en el sentido de algo malo?), ni los tumulos de los hombres, que pienso que se compaan a los viendos; ni el río de esta vida, como si dijéamos, que fluye sobre la tierra en concupiscencias carnales. Pues el hombre que es seducido por la prospedidad es quebrantado por las adversidades que surjen de estas tres cosas; nada de lo cual es temido por aquel que tiene su casa fundada sobre la roca, esto es, que no solo oye, sino también hace, los mandamientos del Señor. Y el hombre que los oye y no los hace está en peligrosa prosimidad a todas estas cosas, pue no tiene cimiento estable; sino que, oyendo y no hacendo, edifica una ruina. Pues Él continúa dicendo: Y todo aquel que oye estas mis palabras, y no las hace, será semejante a un hombre necío, que edificó su casa sobre la arena: y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los viendos, y batieron contra aquella casa; y cayó: y fue grande su ruina. Y aconteció que, cuando Jesús acabó estas palabras, la gente se maravillaba de su doctrina: porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas. Esto es lo que antes dije que quiso decir el profeta en los Salmos, cuando dice: Obraré confiadamente en cuanto a él. Las palabras del Señor son palabras puras: como plata refinada y probada en un crisol de tierra, puficada siete veces. Y de este número soy adverido a retrotraer también aquellos preceptos a las siete sentencias que Él ha colocado al comienzo de este semón, cuando hablaba de aquellos que son bienaventurados; y a aquellas siete operaciones del Espíritu Santo, que el profeta Isaías mencioa; mas si el orden que tenemos delande, u otro, ha de considerarse en estos, las cosas que hemos oído del Señor han de hacerse, si queremos edificar sobre la roca.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que Agustín corrigió después

    Hacia 426–427 Agustín repasó sus escritos por orden cronológico en las Retractaciones. Wikipedia advierte que el título significa más bien «nuevos tratamientos»: el autor dice lo que diría de otro modo, pero apenas se retracta de nada. El capítulo I, 19 (I, 18 en la numeración antigua) empieza «Por el mismo tiempo escribí dos volúmenes Sobre el sermón del Señor en el monte según Mateo» y repasa la obra en nueve apartados. La tabla los resume; la traducción y el resumen son del editor, sobre el texto latino.
    Retract. I, 19PasajeLo que corrige o precisa
    1I, 4, 11Que en los pacificadores «ninguna pasión se rebela contra la razón»: en esta vida nadie está del todo libre de la ley de los miembros que lucha contra la de la mente; la frase vale para quienes van domando la concupiscencia hacia aquella paz plena
    2I, 4, 12Que las promesas «se cumplieron en los apóstoles»: en la medida de perfección que cabe en esta vida, no como si en ellos ningún movimiento de la carne resistiera al espíritu
    3I, 6, 17; I, 8, 20«Dios no da el Espíritu por medida» se dice propiamente de Cristo. Y si la jota y la tilde expresan la perfección de la ley, ¿quién la cumple? Todos los mandamientos se tienen por cumplidos cuando se perdona lo que no se cumple: por eso la Iglesia entera dice «perdónanos nuestras deudas»
    4I, 8, 20 – I, 9, 25Mateo 5:19–20 lo explicó mejor en otros sermones posteriores: la justicia mayor es la de los que dicen y hacen. Y «sin causa» no está en los códices griegos, aunque el sentido sea el mismo
    5I, 15, 41Que se aborrece en los parientes «lo que el género humano recibió por nacer y morir»: habría parentesco aunque nadie hubiera pecado; se aborrece en los próximos lo que aparta del reino de Dios
    6I, 16, 43–50Qué fornicación permite despedir a la esposa es «una cuestión oscurísima»; que lo permite el adulterio, no hay duda. Pide al lector que no se dé por satisfecho con estas páginas
    7I, 22, 73El pecado de muerte: debió añadir «si acaba esta vida en esa perversidad», porque de nadie se ha de desesperar mientras vive
    8II, 6, 20; II, 14, 48Llamar a Cristo «hombre del Señor» (homo dominicus, que la traducción inglesa vierte «Hombre Divino»): preferiría no haberlo dicho. Y que «casi ninguna conciencia puede aborrecer a Dios»: hay quienes lo aborrecen
    9II, 17, 56; II, 19, 66; II, 21, 71–72«Basta a cada día su mal» no se explica bien por la necesidad penal de comer, pues los primeros hombres comían en el paraíso; la Iglesia «sin mancha ni arruga» lo será en la gloria; pedir, buscar y llamar se refieren mejor, los tres, a la petición insistente
    Lo que quedó del comentario fue, ante todo, su forma de leer el sermón. El nombre mismo de «Sermón del monte» sale del título de este libro (Wikipedia), y Wikipedia cuenta a Agustín como el primero de una línea de intérpretes, hasta Michael Goulder en el siglo XX, que ven en las bienaventuranzas el centro del discurso; su correspondencia entre bienaventuranzas y dones del Espíritu es la que recoge Wikipedia al explicar la lista de los siete dones. El ensayo de D. S. Schaff que abre el volumen del NPNF recuerda el peso de Agustín como intérprete en la Edad Media —corría el dicho Si Augustinus adest, sufficit ipse tibi, «si tienes a Agustín de tu parte, te basta»— y que los reformadores lo citaban más que a ningún otro Padre; a la vez reprocha a su exégesis el exceso alegórico y una filología escasa —sin hebreo y con poco griego—, aunque lo pone en primera fila por la hondura con que penetra el sentido del texto. En inglés, el arzobispo Trench publicó el comentario con un largo ensayo sobre Agustín como intérprete de la Escritura (cuarta edición, Londres, 1881, según el NPNF).
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín, su tratado Sobre el bien del matrimonio, que vuelve sobre el divorcio y el nuevo matrimonio, su manual de exégesis, Sobre la doctrina cristiana, el comentario de Orígenes al Padrenuestro en Sobre la oración, la Didaché, que conserva una de las formas más antiguas de esa oración, y la exégesis de los Padres.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra