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    TEXTOS — ALEJANDRO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Alejandro de Alejandría

    Epístolas sobre la herejía arriana y la deposición de Arrio

    Texto base: Alexander Roberts y James Donaldson (eds.), A. Cleveland Coxe (rev.), Ante-Nicene Fathers, vol. 6 · versión inglesa de James B. H. Hawkins

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de las Ante-Nicene Fathers; no del griego, y sin traductor humano · 6 piezas

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    Lectura continua · ≈ 59 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Qué dice un obispo de una herejía que acaba de nacer en su propia ciudad? Alejandro de Alejandría no escribe una historia: escribe para que sus colegas no den crédito a las cartas de recomendación que Arrio y sus compañeros reparten por otras iglesias. Para eso copia sus frases —«hubo un tiempo en que Dios no era Padre»— y, tras ellas, las razones por las que las rechaza. Son las primeras palabras de la controversia arriana, dichas por quien la tenía delante.

    Ficha de la obra

    AutorAlejandro, obispo de Alejandría, sucesor de Aquilas: hacia 312 según el ANF, en 313 según Wikipedia; murió en 326 o 328 (Wikipedia)
    TítuloEpístolas sobre la herejía arriana y la deposición de Arrio (en inglés, Epistles on the Arian Heresy and the Deposition of Arius)
    Fecha320 o 321. El ANF pone «a.d. 321» como fecha de las epístolas; Wikipedia sitúa en 320 el sínodo que condenó a Arrio y en 321 un concilio general de al menos cien asistentes
    PiezasSeis: una carta a Alejandro de Constantinopla (1), la carta circular a los obispos (2), una carta al clero de Alejandría y Mareotis (3), dos fragmentos de una carta a Eglón de Cinópolis (4), la homilía Sobre el alma y el cuerpo y la Pasión del Señor (5) y una adición de códice (6)
    TransmisiónDistinta en cada pieza: ver «La fuente y su traducción»
    TraducciónCastellana y automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), hecha del inglés; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 6, versión inglesa de James B. H. Hawkins
    Las dos primeras piezas son las importantes para la historia del dogma: cuentan qué enseñaban Arrio y los suyos y qué respondió Alejandro. La tercera lleva la sentencia al clero de la ciudad; las otras tres son fragmentarias o de atribución más discutida. Para el marco de la disputa véanse el arrianismo, el credo niceno-constantinopolitano y, de la mano de su diácono y sucesor, Atanasio de Alejandría; el mismo documento de la deposición, en la versión del NPNF, está en Escritos históricos y apologéticos.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó el volumen 6 de las Ante-Nicene Fathers, titulado en su portada Fathers of the Third Century: Gregory Thaumaturgus, Dionysius the Great, Julius Africanus, Anatolius and Minor Writers, Methodius, Arnobius. La serie fue editada por Alexander Roberts y James Donaldson y revisada, con breves prefacios y alguna nota, por A. Cleveland Coxe (Edimburgo, T&T Clark; la edición americana, Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1886, según New Advent). La versión inglesa de estas epístolas es de James B. H. Hawkins, que firma la «Translator's Introductory Notice»; la serie no es la de Philip Schaff (NPNF), aunque CCEL aloja las dos. Se tradujo del inglés, no del griego, mediante una aplicación de traducción automática (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro): es la traducción de una traducción y, en algunas piezas, de más de una (ver abajo). Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final) y con el griego.
    De dónde viene cada pieza. El ANF indica, para cada una, una fuente distinta. La epístola 1 la conserva Teodoreto en su Historia eclesiástica, I, 4 (el NPNF, vol. 3, la numera como capítulo 3), que la presenta como la carta que Alejandro «escribió a su homónimo». Las epístolas 2 y 3 están tomadas, dice el ANF, de las obras de Atanasio (ed. benedictina, París, 1698); la 2 se encuentra además en la Historia eclesiástica de Sócrates, I, 6. Los dos fragmentos de la epístola 4 proceden de las obras de Máximo el Confesor (ed. de París, 1675). La homilía de la 5 se conoce por manuscritos orientales del Vaticano que editó el cardenal Mai; el ANF sigue sobre todo la versión latina de Mai, de modo que la cadena es griego perdido, siríaco o árabe, latín de Mai, inglés de Hawkins y castellano.
    Lo que viene de la edición. La numeración de las seis piezas, sus títulos y la numeración de los párrafos proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Alejandro. La 3 y la 6 no numeran sus párrafos y la 5 tiene un párrafo sin número dentro del § 5. El epub no trae las introducciones ni las notas de los editores (la noticia de Coxe, la del traductor, la presentación de Mai, las «Elucidations»): esas notas, cuando aquí se citan, se identifican como del ANF. Termina con un breve artículo sobre otro autor, Alejandro de Licópolis, que no es de Alejandro de Alejandría y no se reproduce. Los bloques de texto contienen solo la traducción; el comentario va aparte, en notas del editor plegadas.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. El lector muestra el versículo en la versión elegida (BTX4 por defecto), solo para comparar. Dos referencias de la edición no corresponden al texto citado y se dejan sin enlace, con una nota: «Juan 5:1» en la epístola 1, § 11, y «Hebreos 11:10» en la epístola 2, § 3.

    1. A Alejandro, obispo de la ciudad de Constantinopla

    Epístola 1, encabezado

    Al reverendísimo y de un mismo sentir hermano, Alejandro, Alejandro saluda en el Señor:
    Comentario editorial · A quién escribe y cuándo
    El epub titula la carta «A Alejandro, obispo de la ciudad de Constantinopla». Teodoreto la cita en su Historia eclesiástica (I, 4 según el ANF; capítulo 3 en el NPNF) y la presenta como escrita a su homónimo. Según Wikipedia, Alejandro de Constantinopla fue obispo de Bizancio desde 314 y primer obispo de Constantinopla desde 330, cuando la ciudad cambió de nombre: si la carta es de 320 o 321, el título usa un nombre posterior. Esa fecha es del editor del ANF (que pone «a.d. 321»); el texto no la da. Wikipedia, por su parte, sitúa en 320 un sínodo del clero de Alejandría y Mareotis y en 321 un concilio general de la Iglesia de Egipto.

    Epístola 1, § 1

    1. La voluntad ambiciosa y avara de los hombres malvados siempre suele tender asechanzas contra aquellas iglesias que parecen más grandes, atacando por diversos pretextos la piedad eclesiástica de éstas. Porque, incitados por el diablo que obra en ellos, a la codicia de lo que se les presenta, y desechando todo escrúpulo religioso, pisotean el temor del juicio de Dios. Sobre estas cosas, yo que padezco, he creído necesario manifestar a vuestra piedad, para que estéis prevenido contra tales hombres, no sea que alguno de ellos presuma poner pie en vuestras diócesis, ya sea por sí mismo o por otros; porque estos embaucadores saben servirse de la hipocresía para llevar a cabo su fraude; y emplear cartas compuestas y adornadas con mentiras, capaces de engañar al hombre que atiende a una fe sencilla y sincera. Arrio, por tanto, y Aquiles, habiendo entrado recientemente en conspiración, emulando la ambición de Coluto, han resultado mucho peores que él. Porque Coluto, ciertamente, que reprende a estos mismos hombres, halló algún pretexto para su mal propósito; pero éstos, viendo cómo aquél atacaba a Cristo, no soportaron por más tiempo estar sujetos a la Iglesia; sino que, edificando para sí cuevas de ladrones, celebran en ellas sus asambleas sin cesar, dirigiendo noche y día sus calumnias contra Cristo y contra nosotros. Porque, como ponen en cuestión toda doctrina piadosa, a la manera de los judíos, han construido un taller de controversia contra Cristo, negando la divinidad de nuestro Salvador y predicando que Él es sólo igual a todos los demás. Y habiendo recogido todos los pasajes que hablan de su designio de salvación y de su humillación por nosotros, se esfuerzan por deducir de ellos la predicación de su impiedad, ignorando por completo los pasajes en que se expone su divinidad eterna y su gloria inefable con el Padre. Por tanto, como respaldan la impía opinión acerca de Cristo que sostienen judíos y griegos, por todos los medios posibles se esfuerzan por ganar su aprobación; ocupándose en todas aquellas cosas que suelen ridiculizar en nosotros, y provocando diariamente contra nosotros sediciones y persecuciones. Y ahora, en verdad, nos arrastran ante los tribunales de los jueces, mediante relaciones con mujeres necias y desordenadas, a las que han inducido al error; otras veces arrojan oprobio e infamia sobre la religión cristiana, andando sus doncellas vergonzosamente por toda aldea y calle. Es más, incluso la túnica indivisible de Cristo, que sus verdugos no quisieron dividir, estos miserables se han atrevido a rasgarla.

    Epístola 1, § 2

    2. Y nosotros, ciertamente, aunque descubrimos bastante tarde, a causa de su disimulo, su manera de vivir y sus intentos impíos, por el común sufragio de todos los hemos expulsado de la congregación de la Iglesia que adora la divinidad de Cristo. Pero ellos, corriendo de aquí para allá contra nosotros, han comenzado a acudir a nuestros colegas que comparten nuestro parecer; en apariencia, ciertamente, fingiendo buscar paz y concordia, pero en realidad buscando atraer a algunos de ellos con palabras halagüeñas a sus propias enfermedades, pidiéndoles largas cartas verbosas, para que, leyéndolas a los hombres a quienes han engañado, los hagan impenitentes en los errores en que han caído y endurecidos en la impiedad, como si tuvieran obispos que piensan lo mismo y se ponen de su parte. Además, las cosas que entre nosotros han enseñado y hecho mal, y a causa de las cuales han sido expulsados por nosotros, no las confiesan de ningún modo a ellos, sino que o las pasan en silencio, o echando un velo sobre ellas, con palabras y escritos fingidos los engañan. Ocultando, por tanto, su pestilente doctrina con su discurso especioso y halagador, engañan a los más sencillos y a los que están expuestos al fraude, y no dejan entretanto de difamar nuestra piedad ante todos. De aquí resulta que algunos, suscribiendo sus cartas, los reciben en la Iglesia, aunque en mi opinión la mayor culpa recae sobre aquellos ministros que se atreven a hacer esto; porque no sólo la regla apostólica no lo permite, sino que la obra del diablo en estos hombres contra Cristo se enciende con esto más fuertemente. Por lo cual, sin demora, amados hermanos, me he movido a mostraros la infidelidad de estos hombres que dicen que hubo un tiempo en que el Hijo de Dios no era; y que Él, que antes no era, vino a la existencia después, haciéndose tal cuando al fin fue hecho, así como todo hombre suele nacer. Porque, dicen, Dios hizo todas las cosas de las cosas que no son, incluyendo incluso al Hijo de Dios en la creación de todas las cosas racionales e irracionales. A lo cual añaden como consecuencia que Él es de naturaleza mudable, capaz tanto de virtud como de vicio. Y una vez asumida esta hipótesis, que Él es «de las cosas que no son,» trastornan las sagradas Escrituras acerca de su eternidad, que significan la inmutabilidad y la divinidad de la Sabiduría y del Verbo, que es Cristo.

    Epístola 1, § 3

    3. Nosotros, por tanto, dicen estos hombres malvados, podemos también ser hijos de Dios como Él. Pues está escrito: «Crié hijos y los engrandecí.» [] Pero cuando se les objetó lo que sigue, «y ellos se rebelaron contra mí,» lo cual ciertamente no es aplicable a la naturaleza del Salvador, que es de naturaleza inmutable; ellos, desechando toda reverencia religiosa, dicen que Dios, como conocía de antemano y había previsto que su Hijo no se rebelaría contra Él, lo eligió de entre todos. Porque no lo eligió como teniendo por naturaleza algo especialmente superior a sus otros hijos, pues nadie es por naturaleza hijo de Dios, como dicen; ni como teniendo alguna propiedad peculiar suya; sino que Dios eligió al que era de naturaleza mudable, a causa del cuidado de sus costumbres y de su práctica, que de ningún modo se volvió al mal; de modo que, si Pablo y Pedro se hubieran esforzado en ello, no habría habido diferencia entre su filiación y la de Él. Y para confirmar esta doctrina insensata, jugando con la Santa Escritura, aducen lo que se dice en los Salmos acerca de Cristo: «Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros,»

    Epístola 1, § 4

    4. Pero que el Hijo de Dios no fue hecho «de las cosas que no son,» y que no hubo «tiempo en que Él no era,» lo muestra suficientemente el evangelista Juan, cuando escribe así acerca de Él: «El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre.» [] Pues como aquel divino maestro se propuso mostrar que el Padre y el Hijo son dos cosas inseparables la una de la otra, habló de Él como estando en el seno del Padre. Ahora bien, que también el Verbo de Dios no está comprendido en el número de las cosas creadas «de las cosas que no son,» el mismo Juan dice: «Todas las cosas fueron hechas por Él.» Pues expuso su propia persona, diciendo: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él; y sin Él nada de lo que fue hecho fue hecho.» [] Porque si todas las cosas fueron hechas por Él, ¿cómo es que Aquel que dio a las cosas hechas su existencia, en algún momento Él mismo no era? Pues el Verbo que hace no ha de definirse como siendo de la misma naturaleza que las cosas hechas; ya que Él ciertamente estaba en el principio, y todas las cosas fueron hechas por Él, y formadas «de las cosas que no son.» Además, lo que es parece ser contrario y muy alejado de las cosas que son hechas «de las cosas que no son.» Pues aquello ciertamente muestra que no hay intervalo entre el Padre y el Hijo, ya que ni siquiera en el pensamiento puede la mente imaginar distancia alguna entre ellos. Pero que el mundo fue creado «de las cosas que no son,» indica un origen de sustancia más reciente y posterior, ya que el universo recibe una esencia de este modo del Padre por el Hijo. Cuando, pues, el piadosísimo Juan contempló la esencia del Verbo divino a tan gran distancia, y como puesta más allá de toda concepción de las cosas engendradas, no creyó conveniente hablar de su generación y creación; no atreviéndose a designar al Creador con los mismos términos que las cosas hechas. No porque el Verbo sea ingénito, pues sólo el Padre es ingénito, sino porque la inexplicable subsistencia del Hijo unigénito trasciende la aguda comprensión de los evangelistas, y quizá también de los ángeles.

    Epístola 1, § 5

    5. Por lo cual no creo que deba contarse entre los piadosos quien presume indagar algo más allá de estas cosas, no escuchando aquella sentencia: «No busques lo que es demasiado difícil para ti, ni inquieras lo que está por encima de tus fuerzas.» Pues si el conocimiento de muchas otras cosas incomparablemente inferiores a esto está oculto a la comprensión humana, como en el apóstol Pablo: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.» [] Como también Dios dijo a Abraham que «no podía contar las estrellas;» [] y aquel pasaje, «¿Quién puede contar la arena del mar y las gotas de la lluvia?» [] ¿Cómo podrá alguien investigar con demasiada curiosidad la subsistencia del Verbo divino, a menos que esté herido de frenesí? Acerca de lo cual el Espíritu de profecía dice: «¿Quién contará su generación?» [] Y nuestro Salvador mismo, que bendice las columnas de todas las cosas del mundo, procuró aliviarlos del conocimiento de estas cosas, diciendo que comprender esto estaba muy por encima de su naturaleza, y que solo al Padre pertenecía el conocimiento de este divinísimo misterio. «Porque nadie,» dice Él, «conoce al Hijo sino el Padre; ni conoce nadie al Padre, sino el Hijo.» [] De esto también creo que habló el Padre en las palabras: «Mi secreto es para Mí y para los Míos.»

    Epístola 1, § 6

    6. Ahora bien, que es cosa insensata pensar que el Hijo fue hecho de las cosas que no son y que existió en el tiempo, lo muestra la expresión misma «de las cosas que no son,» aunque estos hombres necios no entienden la insensatez de sus propias palabras. Pues la expresión «no era» debe referirse o al tiempo o a algún lugar de una edad. Pero si es cierto que «todas las cosas fueron hechas por Él,» queda establecido que tanto toda edad y tiempo y todo espacio, y aquel «cuando» en que se encuentra el «no era», fue hecho por Él. ¿Y no es absurdo decir de Aquel que formó los tiempos, las edades y las estaciones, en las cuales se mezcla ese «no era», que Él en algún momento no era? Pues es ajeno al sentido, y señal de gran ignorancia, afirmar que Aquel que es la causa de todo es posterior al origen de aquella cosa. Porque según ellos, el espacio de tiempo en que dicen que el Hijo no había sido hecho todavía por el Padre precedió a la sabiduría de Dios que formó todas las cosas, y la Escritura habla falsamente según ellos, que lo llama «el Primogénito de toda criatura.» Conforme a lo cual, lo que de Él dice Pablo, que habla majestuosamente: «A quien constituyó heredero de todo, por quien asimismo hizo el universo. Porque por Él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por Él y para Él; y Él es antes de todas las cosas.» []

    Epístola 1, § 7

    7. Por lo cual, puesto que es manifiesto que esta hipótesis de una creación de las cosas que no son es sumamente impía, es necesario decir que el Padre es siempre Padre. Y es Padre porque el Hijo está siempre con Él, por quien es llamado Padre. Por lo cual, como el Hijo está siempre con Él, el Padre es siempre perfecto, no careciendo de nada en cuanto al bien; que no en el tiempo, ni después de un intervalo, ni de las cosas que no son, ha engendrado a su Hijo unigénito. ¿Cómo, pues, no es impío decir que la sabiduría de Dios una vez no existió, la cual habla así de sí misma: «Yo estaba con Él ordenando todas las cosas; yo era su delicia;» o que el poder de Dios alguna vez no existió, o que su Verbo fue en algún tiempo mutilado, o que faltaron alguna vez otras cosas por las que se conoce al Hijo y se expresa al Padre? Porque quien niega que existió el resplandor de la gloria, quita también la luz primitiva de la cual es resplandor. Y si la imagen de Dios no fue siempre, es claro también que no fue siempre Aquel de quien es imagen. Además, al decir que no existió el carácter de la subsistencia de Dios, se elimina también a Aquel que es perfectamente expresado por ella. De aquí puede verse que la filiación de nuestro Salvador no tiene nada en común con la filiación de los demás. Porque así como se ha mostrado que su inexplicable subsistencia aventaja con excelencia incomparable a todas las demás cosas a las que Él ha dado existencia, así también su filiación, que es según la naturaleza de la divinidad del Padre, trasciende con excelencia inefable la filiación de los que han sido adoptados por Él. Porque Él, ciertamente, es de naturaleza inmutable, perfecto en todo y no carente de nada; pero éstos, como están sujetos por una u otra parte al cambio, necesitan auxilio de Él. Pues ¿qué progreso puede hacer la sabiduría de Dios? ¿Qué aumento puede recibir la verdad misma y Dios Verbo? ¿En qué respecto pueden mejorarse la vida y la luz verdadera? Y si esto es así, ¿cuánto más antinatural es que la sabiduría sea alguna vez capaz de necedad; que el poder de Dios esté unido a la flaqueza; que la razón sea oscurecida por la sinrazón; o que las tinieblas se mezclen con la luz verdadera? Y el apóstol dice en este lugar: «¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia tiene Cristo con Belial?» [] Y Salomón dice que no es posible que acontezca que un hombre comprenda con su entendimiento «el camino de la serpiente sobre la roca,» que es Cristo, según la opinión de Pablo. Pero los hombres y los ángeles, que son criaturas suyas, han recibido su bendición para poder progresar, ejercitándose en las virtudes y en los mandamientos de la ley, a fin de no pecar. Por lo cual nuestro Señor, siendo por naturaleza Hijo del Padre, es adorado por todos. Pero éstos, despojándose del espíritu de servidumbre, cuando con obras valerosas y con progreso han recibido el espíritu de adopción, bendecidos por Aquel que es Hijo por naturaleza, vienen a ser hijos por adopción.

    Epístola 1, § 8

    8. Y su filiación propia y peculiar, natural y excelente, la ha declarado San Pablo, que habla así de Dios: «Que no perdonó a su propio Hijo, sino que por nosotros,» que no éramos sus hijos naturales, «lo entregó.» [] Pues para distinguirlo de los que no son propiamente hijos, dijo que era su propio Hijo. Y en el Evangelio leemos: «Éste es mi Hijo amado, en quien me he complacido.» [] Además, en los Salmos dice el Salvador: «El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo.» Donde, mostrando que Él es el Hijo verdadero y genuino, significa que no hay otros hijos genuinos además de Él. Y ¿cuál es también el significado de esto: «Desde el seno, antes de la aurora, te engendré»? ¿No indica claramente la filiación natural del alumbramiento del Padre, que no obtuvo por el cuidadoso moldeamiento de sus costumbres, ni por el ejercicio y aumento en la virtud, sino por propiedad de naturaleza? Por lo cual, el Hijo unigénito del Padre posee ciertamente una filiación indefectible; pero la adopción de los hijos racionales no les pertenece por naturaleza, sino que les está preparada por la probidad de su vida y por el don gratuito de Dios. Y es mudable, como reconoce la Escritura: «Porque cuando los hijos de Dios vieron a las hijas de los hombres, las tomaron por mujeres,» [] etc. Y en otro lugar: «Crié hijos y los engrandecí, pero ellos se rebelaron contra Mí,» [] como hallamos que Dios habla por el profeta Isaías.

    Epístola 1, § 9

    9. Y aunque podría decir mucho más, hermanos amados, de propósito lo omito, por considerar gravoso recordar extensamente estas cosas a maestros que tienen el mismo sentir que yo. Porque vosotros mismos sois enseñados por Dios, y no ignoráis que esta doctrina, que últimamente ha alzado la cabeza contra la piedad de la Iglesia, es la de Ebión y Artemas; y no es otra cosa sino imitación de Paulo de Samosata, obispo de Antioquía, quien, por el juicio y consejo de todos los obispos y en todo lugar, fue separado de la Iglesia. A éste sucedió Luciano, y permaneció muchos años separado de la comunión de tres obispos. Y ahora, habiendo apurado últimamente las heces de su impiedad, han surgido entre nosotros los que enseñan esta doctrina de una creación de las cosas que no son, sus brotes ocultos, Arrio y Aquiles, y la reunión de los que participan de su maldad. Y tres obispos de Siria, habiendo sido, en cierto modo, consagrados a causa de su acuerdo con ellos, los incitan a cosas peores. Pero quede el juicio acerca de éstos reservado a vuestra consideración. Porque ellos, reteniendo en su memoria las palabras que se usaron respecto de su Pasión salvadora, y de su humillación, y de su examen, y de lo que llaman su pobreza, y en suma de todas aquellas cosas a las que el Salvador se sometió por nosotros, las traen a colación para refutar su suprema y eterna Divinidad. Pero de aquellas palabras que significan su gloria y nobleza naturales, y su permanencia con el Padre, se han olvidado. Como ésta: «Yo y el Padre uno somos,» [] la cual ciertamente dice el Señor, no proclamándose a sí mismo como el Padre, ni para demostrar que dos personas son una; sino que el Hijo del Padre conserva con suma exactitud la semejanza expresada del Padre, por cuanto tiene por naturaleza impresa en Él su semejanza en todo respecto, y es imagen del Padre en nada discrepante, y figura expresada del ejemplar primitivo. De donde también a Felipe, que entonces deseaba verlo, el Señor lo muestra abundantemente. Pues cuando dijo: «Muéstranos al Padre,» [] respondió: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre,» puesto que el Padre era visto por sí mismo mediante el espejo inmaculado y vivo de la imagen divina. Semejante a lo cual es lo que dicen los santos en los Salmos: «En tu luz veremos la luz.» Por lo cual, el que honra al Hijo, honra también al Padre; y con razón, pues toda palabra impía que se atreven a hablar contra el Hijo, se refiere al Padre.

    Epístola 1, § 10

    10. Pero después de estas cosas, hermanos amados, ¿qué hay de admirable en lo que voy a escribir, si expongo las falsas calumnias contra mí y contra nuestro piadosísimo pueblo? Porque los que se han alzado en armas contra la Divinidad de Cristo no tienen escrúpulo en proferir sus desvaríos ingratos contra nosotros. No quieren que ninguno de los antiguos sea comparado con ellos, ni toleran que ninguno de aquellos a quienes desde nuestros primeros años hemos tenido por maestros sea puesto a su nivel. Es más, no piensan que ninguno de todos los que ahora son nuestros colegas haya alcanzado siquiera una cantidad moderada de sabiduría; jactándose de ser los únicos sabios y despojados de bienes mundanos, los únicos descubridores de dogmas, y de que sólo a ellos han sido reveladas cosas que jamás han venido a la mente de ningún otro bajo el sol. ¡Oh, la impía arrogancia! ¡Oh, la desmesurada locura! ¡Oh, la vanagloria propia de enajenados! ¡Oh, la soberbia de Satanás, que ha echado raíces en sus almas impías! La perspicuidad religiosa de las antiguas Escrituras no les causó vergüenza, ni la doctrina unánime de nuestros colegas acerca de Cristo contuvo su audacia contra Él. Su impiedad no la soportarán ni siquiera los demonios, que están siempre al acecho de una palabra blasfema proferida contra el Hijo.

    Epístola 1, § 11

    11. Y estas cosas sean ahora aducidas según nuestras fuerzas contra aquellos que, respecto de una materia que nada conocen, por así decirlo se han revolcado en el polvo contra Cristo, y han emprendido calumniar nuestra piedad hacia Él. Porque esos inventores de fábulas necias dicen que nosotros, que nos apartamos con aversión de la blasfemia impía y no escritural contra Cristo, de aquellos que hablan de su venida de las cosas que no son, afirmamos que hay dos ingénitos. Porque ignorantemente afirman que necesariamente ha de decirse una de dos cosas: o que Él es de las cosas que no son, o que hay dos ingénitos; y no saben esos ignorantes cuán grande es la diferencia entre el Padre ingénito y las cosas que por Él fueron creadas de las cosas que no son, tanto las racionales como las irracionales. Entre las cuales dos, ocupando el lugar medio, la naturaleza unigénita de Dios, la Palabra por la cual el Padre formó todas las cosas de la nada, fue engendrada del verdadero Padre mismo. Como en cierto lugar el Señor mismo testificó, diciendo: «Todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado de Él.» [Juan 5:1]
    Comentario editorial · Una referencia que no es de Juan
    La edición remite aquí a «Juan 5:1» para las palabras «Todo aquel que ama al que engendró, ama también al que ha sido engendrado de Él». Juan 5:1 no dice eso: la frase corresponde a 1 Juan 5:1, como se comprueba en el texto bíblico de las versiones del lector. El ANF imprime «John v. 1»: es un error de la edición inglesa, que se conserva y se deja sin enlace; la traducción no se ha corregido.

    Epístola 1, § 12

    12. Acerca del cual creemos así, como cree la Iglesia Apostólica. En un solo Padre ingénito, que de nadie tiene la causa de su ser, que es inmutable e invariable, que es siempre el mismo, y no admite aumento ni disminución; que nos dio la Ley, los profetas y los Evangelios; que es Señor de los patriarcas y apóstoles y de todos los santos. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios; no engendrado de las cosas que no son, sino de Aquel que es el Padre; no de manera corporal, por escisión o división como pensaron Sabelio y Valentino, sino de un modo inexplicable e indecible, según las palabras del profeta antes citado: «¿Quién contará su generación?» [] Porque su subsistencia no puede ser investigada por ninguna naturaleza engendrada, así como el Padre no puede ser investigado por nadie; porque la naturaleza de los seres racionales no puede recibir el conocimiento de su divina generación por el Padre. Pero los hombres movidos por el Espíritu de verdad no tienen necesidad de aprender estas cosas de mí, pues en nuestros oídos resuenan las palabras dichas antes por Cristo sobre esto mismo: Nadie conoce al Padre, sino el Hijo; y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre. [] Que Él es igualmente con el Padre inmutable e invariable, sin carecer de nada, y el Hijo perfecto, y semejante al Padre, lo hemos aprendido; en esto solo es inferior al Padre, en que no es ingénito. Porque Él es la imagen exactísima del Padre, y en nada difiere de Él. Porque es claro que Él es la imagen que contiene plenamente todas las cosas por las cuales se declara la máxima semejanza, como el Señor mismo nos ha enseñado cuando dice: «Mi Padre es mayor que yo.» [] Y según esto creemos que el Hijo es del Padre, existiendo siempre. «Porque Él es el resplandor de su gloria, la imagen expresa de la persona de su Padre.» [] Pero nadie tome esa palabra siempre de modo que suscite la sospecha de que Él es ingénito, como imaginan los que tienen cegados los sentidos. Porque ni las palabras, «Él era,» o «siempre,» o «antes de todos los siglos,» equivalen a ingénito. Pero tampoco puede la mente humana emplear ninguna otra palabra para significar ingénito. Y así pienso que vosotros lo entendéis, y confío en vuestra recta intención en todas las cosas, pues estas palabras no significan de ningún modo ingénito. Porque estas palabras parecen denotar simplemente una prolongación del tiempo, pero la Divinidad, y por así decirlo la antigüedad del unigénito, no pueden significarlas dignamente; sino que han sido empleadas por varones santos, mientras cada uno, según su capacidad, procura expresar este misterio, pidiendo indulgencia a los oyentes y alegando una excusa razonable, al decir: Hasta aquí hemos llegado. Pero si hay quienes esperan de labios mortales alguna palabra que exceda la capacidad humana, diciendo que han sido abolidas las cosas que se conocen en parte, es manifiesto que las palabras, Él era, y «siempre,» y «antes de todos los siglos,» quedan muy lejos de lo que ellos esperaban. Y cualquier palabra que se emplee no equivale a ingénito. Por tanto, al Padre ingénito, en verdad, debemos preservar su dignidad propia, confesando que nadie es la causa de su ser; pero al Hijo ha de asignársele su honor conveniente, asignándole, como hemos dicho, una generación del Padre sin principio, y tributándole adoración, de modo que sólo piadosa y propiamente se usen las palabras, Él era, y «siempre,» y «antes de todos los siglos,» con respecto a Él; de ningún modo rechazando su Divinidad, sino atribuyéndole una semejanza que responde exactamente en todo respecto a la Imagen y Ejemplar del Padre. Pero debemos decir que al Padre solo pertenece la propiedad de ser ingénito, pues el Salvador mismo dijo: Mi Padre es mayor que yo. [] Y además de la piadosa opinión acerca del Padre y del Hijo, confesamos un solo Espíritu Santo, como nos enseñan las divinas Escrituras; el cual ha inaugurado tanto a los santos varones del Antiguo Testamento como a los divinos maestros de lo que se llama el Nuevo. Y además, una sola Iglesia Católica y Apostólica, que jamás puede ser destruida, aunque todo el mundo procurara hacerle guerra; sino que es victoriosa sobre toda impía rebelión de los herejes que se levantan contra ella. Porque su buen Maestro ha confirmado nuestras mentes diciendo: «Tened buen ánimo, yo he vencido al mundo.» [] Después de esto, sabemos de la resurrección de los muertos, cuyas primicias fue nuestro Señor Jesucristo, quien en verdad, y no en apariencia solamente, llevó un cuerpo, de María Madre de Dios, que al fin del mundo vino al género humano para quitar el pecado, fue crucificado y murió, y sin embargo no percibió por ello detrimento alguno en su divinidad, resucitado de entre los muertos, subido al cielo, sentado a la diestra de la majestad.

    Epístola 1, § 13

    13. Estas cosas en parte he escrito en esta epístola, considerando gravoso escribirlas todas con exactitud, como ya dije antes, porque no escapan a vuestra religiosa diligencia. Así enseñamos, así predicamos. Estas son las doctrinas apostólicas de la Iglesia, por las cuales también morimos, estimando en poco a los que querrían obligarnos a abjurarlas, aun si nos forzaran con tormentos, y no desechando nuestra esperanza en ellas. A éstas se oponen Arrio y Aquiles, y los que con ellos son enemigos de la verdad, y han sido expulsados de la Iglesia, como ajenos a nuestra santa doctrina, según el bienaventurado Pablo, que dice: «Si alguno os anuncia otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema; aunque se finja un ángel del cielo.» [] Y también: «Si alguno enseña otra cosa y no asiente a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es según la piedad, está envanecido y nada sabe,» [] y así sucesivamente. Por tanto, a estos que han sido anatematizados por la hermandad, ninguno de vosotros los reciba, ni admita las cosas que son dichas o escritas por ellos. Porque estos seductores mienten siempre y jamás dirán la verdad. Andan por las ciudades, no intentando otra cosa sino que, bajo la apariencia de amistad y el nombre de paz, con su hipocresía y halagos, den y reciban cartas, para engañar por medio de ellas a unas pocas «mujercillas cargadas de pecados, llevadas cautivas por ellos,» [] y así sucesivamente.

    Epístola 1, § 14

    14. Estos hombres, pues, que han osado tales cosas contra Cristo; que en parte han escarnecido públicamente la religión cristiana; que en parte procuran denigrar y acusar a sus profesores ante los tribunales; que en tiempo de paz, en cuanto de ellos depende, han suscitado una persecución contra nosotros; que han enervado el inefable misterio de la generación de Cristo; de éstos, digo, hermanos amados y de un mismo sentir, apartaos con aversión, y dad vuestro asentimiento con nosotros contra su loca osadía; como han hecho nuestros colegas, quienes, movidos de indignación, nos han escrito cartas contra estos hombres y han suscrito nuestra carta. La cual os he enviado por mi hijo Apión el diácono, siendo algunas de ellas de todo Egipto y la Tebaida, otras de Libia y Pentápolis. Hay también otras de Siria, Licia, Panfilia, Asia, Capadocia y las demás provincias vecinas. A ejemplo de las cuales confío que también recibiré cartas de vosotros. Porque aunque he preparado muchos remedios para curar a los que han sufrido daño, éste es el remedio especial ideado para sanar a las multitudes que han sido engañadas por ellos, para que se sometan al consentimiento general de nuestros colegas y así se apresuren a volver al arrepentimiento. Saludaos unos a otros, juntamente con los hermanos que están con vosotros. Ruego que seáis fuertes en el Señor, amados, y que yo pueda aprovecharme de vuestro amor hacia Cristo.

    2. Epístola Católica

    Epístola 2, encabezado

    A nuestros amados y reverendísimos coministros de la Iglesia Católica en todo lugar, Alejandro saluda en el Señor:

    Epístola 2, § 1

    1. Puesto que el cuerpo de la Iglesia Católica es uno, y está mandado en la Santa Escritura que guardemos el vínculo de la unanimidad y la paz, síguese que debemos escribir y comunicarnos unos a otros las cosas que hace cada uno de nosotros; para que, si un miembro padece o se goza, todos padezcamos o nos gocemos unos con otros. En nuestra diócesis, pues, no hace mucho, han salido hombres inicuos y adversarios de Cristo, que enseñan a los hombres a apostatar; cosa que, con pleno derecho, podría sospecharse y llamarse precursora del Anticristo. Yo ciertamente quise encubrir el asunto en silencio, para que tal vez el mal se agotara sólo en los jefes de la herejía, y no se extendiera a otros lugares ni contaminara los oídos de ninguno de los más simples. Pero puesto que Eusebio, actual obispo de Nicomedia, imaginando que en él descansan todos los asuntos eclesiásticos, porque, habiendo dejado Berito y puesto sus ojos en la iglesia de los nicomedienses, y no habiéndosele infligido castigo alguno, está al frente de estos apóstatas, y ha emprendido escribir por todas partes recomendándolos, por si de algún modo puede arrastrar a algunos ignorantes a esta deshonrosísima y anticristiana herejía; se hizo necesario para mí, sabiendo lo que está escrito en la ley, no callar por más tiempo, sino anunciaros a todos, para que conozcáis tanto a los que han apostatado como las miserables palabras de su herejía; y si Eusebio escribe, no le prestéis atención.

    Epístola 2, § 2

    2. Porque él, deseando con la ayuda de ellos renovar aquella antigua maldad de su mente, respecto de la cual ha guardado silencio durante un tiempo, finge que escribe en favor de ellos, pero demuestra con su hecho que se esfuerza en hacer esto por su propia cuenta. Ahora bien, los apóstatas de la Iglesia son éstos: Arrio, Aquiles, Aitales, Carpones, el otro Arrio, Sarmates, que fueron antes presbíteros; Euzoio, Lucio, Julio, Menas, Heladio y Cayo, antes diáconos; y con ellos Segundo y Teonas, que fueron llamados otrora obispos. Y las palabras inventadas por ellos, y dichas contra el sentir de la Escritura, son las siguientes:—
    Dios no fue siempre Padre; sino que hubo un tiempo en que Dios no era Padre. La Palabra de Dios no fue siempre, sino que fue hecha "de las cosas que no son"; porque Aquel que es Dios formó lo no existente de lo no existente; por lo cual hubo un tiempo en que no era. Porque el Hijo es una cosa creada y una cosa hecha; ni es semejante al Padre en sustancia; ni es la verdadera y natural Palabra del Padre; ni es su verdadera Sabiduría; sino que es una de las cosas formadas y hechas. Y se le llama, por una aplicación indebida de los términos, Palabra y Sabiduría, puesto que Él mismo fue hecho por la Palabra propia de Dios y por aquella sabiduría que está en Dios, en la cual, así como Dios hizo todas las demás cosas, así también lo hizo a Él. Por lo cual, Él es por su misma naturaleza mudable y variable, igualmente con los demás seres racionales. La Palabra, asimismo, es ajena y separada de la sustancia de Dios. El Padre es también inefable para el Hijo; porque ni la Palabra conoce perfecta y exactamente al Padre, ni puede verlo perfectamente. Porque ni siquiera el Hijo conoce su propia sustancia tal como es. Puesto que Él fue hecho por nosotros, para que por Él, como por un instrumento, Dios nos creara; ni habría existido si Dios no hubiera querido hacernos. Alguien les preguntó si el Hijo de Dios podía mudar así como mudó el diablo; y no temieron responder que puede; pues puesto que fue hecho y creado, es de naturaleza mudable.

    Epístola 2, § 3

    3. Puesto que los de la facción de Arrio dicen estas cosas y las sostienen desvergonzadamente, nosotros, reuniéndonos con los obispos de Egipto y de las Libias, casi cien en número, los hemos anatematizado, juntamente con sus secuaces. Pero los de la facción de Eusebio los han recibido, esforzándose con empeño en mezclar la falsedad con la verdad, la impiedad con la piedad. Pero no prevalecerán; porque la verdad prevalece, y no hay comunión entre la luz y las tinieblas, ni concordia entre Cristo y Belial. [] Pues ¿quién oyó jamás tales cosas? ¿O quién, oyéndolas ahora, no se asombra y no se tapa los oídos para que la contaminación de estas palabras no lo toque? ¿Quién, al oír a Juan decir: «En el principio era la Palabra,» [] no condena a los que dicen que hubo un tiempo en que no era? ¿Quién, al oír estas palabras del Evangelio: «el Hijo unigénito,» [] y: «por Él fueron hechas todas las cosas,» [] no odiará a los que declaran que Él es una de las cosas hechas? Pues ¿cómo puede ser Él una de las cosas hechas por Él? ¿O cómo será unigénito el que, como dicen, es contado con todas las demás cosas, si en verdad es una cosa hecha y creada? ¿Y cómo puede ser hecho de las cosas que no son, cuando el Padre dice: «Mi corazón ha proferido una buena Palabra;» y: «Desde el seno, antes de la aurora, te engendré?» ¿O cómo es desemejante a la sustancia del Padre, quien es la imagen perfecta y el resplandor del Padre, y quien dice: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre?» [] ¿Y cómo, si el Hijo es la Palabra o Sabiduría y Razón de Dios, hubo un tiempo en que no era? Es lo mismo que si dijeran que hubo un tiempo en que Dios estuvo sin razón y sin sabiduría. ¿Cómo, también, puede ser mudable y variable, quien dice ciertamente por sí mismo: «Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí,» [] y: «Yo y el Padre uno somos;» [] y por el profeta: «Yo soy el Señor, no cambio?» [] Pues aunque una sentencia pueda referirse al Padre mismo, con todo, ahora se diría más propiamente de la Palabra, porque cuando se hizo hombre, no mudó; sino que, como dice el apóstol: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre.» [] ¿Quién los ha inducido a decir que Él fue hecho por nosotros; aunque Pablo dice: «para quien son todas las cosas, y por quien son todas las cosas?» [Hebreos 11:10]
    Comentario editorial · Otra referencia mal numerada
    La referencia «Hebreos 11:10» acompaña la cita «para quien son todas las cosas, y por quien son todas las cosas». Esas palabras están en Hebreos 2:10; Hebreos 11:10 habla de la ciudad con cimientos. Como en el caso anterior, se trata de un error de la edición inglesa, y se deja sin enlace.

    Epístola 2, § 4

    4. Acerca de su blasfema afirmación de que el Hijo no conoce perfectamente al Padre, no hay por qué extrañarse: pues habiendo una vez propuesto en su mente hacer guerra contra Cristo, impugnan también estas palabras suyas: «Como el Padre me conoce a mí, así también yo conozco al Padre.» [] Por lo cual, si el Padre sólo en parte conoce al Hijo, entonces es evidente que el Hijo no conoce perfectamente al Padre. Pero si es impío hablar así, y si el Padre conoce perfectamente al Hijo, es claro que, así como el Padre conoce a su propia Palabra, así también la Palabra conoce a su propio Padre, de quien es Palabra.

    Epístola 2, § 5

    5. Diciendo estas cosas y desplegando las divinas Escrituras, los hemos refutado a menudo. Pero ellos, como camaleones, mudando sus opiniones, procuran reclamar para sí aquel dicho: «Cuando viene el impío, viene también el desprecio.» [] Antes de ellos, en verdad, existieron muchas herejías, que, habiendo osado más de lo justo, cayeron en la locura. Pero éstos, con todas sus palabras, han intentado suprimir la Divinidad de Cristo, y han hecho parecer justos a aquéllos, pues se han acercado más al Anticristo. Por lo cual han sido excomulgados y anatematizados por la Iglesia. Y ciertamente, aunque nos afligimos por la destrucción de estos hombres, especialmente porque después de haber aprendido una vez la doctrina de la Iglesia, ahora han retrocedido; sin embargo no nos extrañamos; pues esto mismo padecieron Himeneo y Fileto, [] y antes que ellos Judas, quien, aunque siguió al Salvador, después se hizo traidor y apóstata. Además, acerca de estos mismos hombres, no nos faltan advertencias, pues el Señor predijo: «Mirad que no seáis engañados; porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y el tiempo se acerca; no vayáis, pues, tras ellos.» [] Pablo también, habiendo aprendido estas cosas del Salvador, escribió: «En los postreros tiempos algunos se apartarán de la fe, escuchando a espíritus seductores y a doctrinas de demonios que se apartan de la verdad.» []

    Epístola 2, § 6

    6. Puesto que, por tanto, nuestro Señor y Salvador Jesucristo nos ha exhortado así Él mismo, y por su apóstol nos ha significado tales cosas; nosotros, que hemos oído su impiedad con nuestros propios oídos, consecuentemente hemos anatematizado a tales hombres, como ya he dicho, y los hemos declarado ajenos a la Iglesia Católica y a la fe, y hemos dado a conocer la cosa, amados y honradísimos coministros, a vuestra piedad, para que no recibáis a ninguno de ellos, si osaren venir precipitadamente a vosotros, y para que no confiéis en Eusebio ni en ningún otro que escriba acerca de ellos. Porque nos conviene como cristianos apartarnos con aversión de todos los que hablan o piensan contra Cristo, como adversarios de Dios y destructores de almas, y «ni siquiera desearles buen viaje, no sea que en algún tiempo lleguemos a ser partícipes de sus malas obras,» como ordena el bienaventurado Juan. Saludad a los hermanos que están con vosotros. Los que están conmigo os saludan. Presbíteros de Alejandría.

    Epístola 2, suscripciones de Alejandría

    Yo, Coluto, presbítero, presto mi asentimiento a las cosas que están escritas, y también a la deposición de Arrio y de los que son reos de impiedad con él.
    • Alejandro, presbítero
    • Arpocración, presbítero
    • Dioscoro, presbítero
    • Agato, presbítero
    • Nemesio, presbítero
    • Dionisio, presbítero
    • Longo, presbítero
    • Silvano, presbítero
    • Eusebio, presbítero
    • Perous, presbítero
    • Apis, presbítero
    • Alejandro, presbítero
    • Proterio, presbítero
    • Paulo, presbítero
    • Nilaras, presbítero
    • Ciro, presbítero
    • Amonio, diácono
    • Ambytianus, diácono
    • Cayo, diácono
    • Macario, diácono
    • Pisto, diácono
    • Alejandro, diácono
    • Dionisio, diácono
    • Atanasio, diácono
    • Agatón, diácono
    • Eumenes, diácono
    • Polibio, diácono
    • Apolonio, diácono
    • Olimpio, diácono
    • Teonas, diácono
    • Aftonio, diácono
    • Marcos, diácono
    • Atanasio, diácono.
    • Cómodo, diácono
    • Macario, diácono
    • Sarapión, diácono
    • Nilo, diácono
    • Paulo, diácono
    • Romano, diácono
    • Pedro, diácono

    Epístola 2, suscripciones de Mareotis

    Presbíteros de Mareotis.
    Yo, Apolonio, presbítero, presto mi asentimiento a las cosas que están escritas, y también a la deposición de Arrio y de los que son reos de impiedad con él.
    • Ingenio, presbítero
    • Dioscoro, presbítero
    • Sostras, presbítero
    • Amonio, presbítero
    • Teón, presbítero
    • Tirano, presbítero
    • Boccon, presbítero
    • Copres, presbítero
    • Agato, presbítero
    • Amonas, presbítero
    • Aquiles, presbítero
    • Orión, presbítero
    • Paulo, presbítero
    • Sereno, presbítero
    • Talaleo, presbítero
    • Dídimo, presbítero
    • Dionisio, presbítero
    • Heracles, presbítero
    • Sarapión, diácono
    • Dídimo, diácono
    • Ptolarion, diácono
    • Justo, diácono
    • Seras, diácono
    • Cayo, diácono
    • Dídimo, diácono
    • Hierax, diácono
    • Demetrio, diácono
    • Marcos, diácono
    • Mauro, diácono
    • Teonas, diácono
    • Alejandro, diácono
    • Sarmatón, diácono
    • Marcos, diácono
    • Carpón, diácono
    • Comón, diácono
    • Zoilo, diácono
    • Trifón, diácono
    • Amonio, diácono
    Comentario editorial · Quiénes firman
    La carta se cierra con dos listas: el clero de Alejandría y el de Mareotis. Contando los nombres de este texto resultan 36 presbíteros (34 en las listas, más Coluto y Apolonio, que encabezan cada una con su fórmula de adhesión) y 44 diáconos. Wikipedia refiere un sínodo de 320 en que treinta y seis presbíteros y cuarenta y cuatro diáconos firmaron la condena de Arrio, y un concilio de 321 con al menos cien asistentes; la carta habla (§ 3) de «casi cien» obispos de Egipto y Libia. Que las cifras de los firmantes coincidan es una observación de este editor, no una afirmación del texto ni de la nota del ANF, que solo remite a «los firmantes de este decreto».

    3. Epístola

    Epístola 3

    Alejandro, a los presbíteros y diáconos de Alejandría y Mareotis, presente a los presentes, hermanos amados en el Señor, saluda:
    Aunque os habéis apresurado a suscribir las cartas que envié a los de alrededor de Arrio, instándolos a abjurar de su impiedad y a obedecer la fe sana y católica; y de este modo habéis mostrado vuestro propósito ortodoxo y vuestra conformidad con las doctrinas de la Iglesia Católica; sin embargo, puesto que también he enviado cartas a todos nuestros coministros en todo lugar respecto de las cosas que conciernen a Arrio y a sus compañeros, he creído necesario convocaros a vosotros, el clero de la ciudad, y llamaros también a los de Mareotis; especialmente porque de vuestro número Cares y Pisto, los presbíteros; Sarapión, Paramón, Zósimo e Ireneo, los diáconos, se han pasado al partido de Arrio y han preferido ser depuestos con ellos; para que sepáis lo que ahora se escribe y declaréis vuestro consentimiento en estas cosas y deis vuestro voto para la deposición de los de Arrio y Pisto. Porque es justo que sepáis lo que he escrito, y que cada uno de vosotros, como si él mismo lo hubiera escrito, lo guarde en su corazón.

    4. Epístola a Eglón, obispo de Cinópolis, contra los arrianos

    Epístola 4, encabezado

    De una carta de San Alejandro, obispo de Alejandría, a Eglón, obispo de Cinópolis, contra los arrianos.

    Epístola 4, § 1

    1. La voluntad natural es la facultad libre de toda naturaleza inteligente, en cuanto no tiene nada involuntario que se refiera a su esencia.

    Epístola 4, § 2

    2. La operación natural es el movimiento innato de toda sustancia. La operación natural es la razón sustancial y manifestativa de toda naturaleza. La operación natural es la virtud manifestativa de toda sustancia.
    Comentario editorial · Un fragmento que llegó por Máximo
    De la carta a Eglón, obispo de Cinópolis, solo quedan dos definiciones: la de «voluntad natural» y la de «operación natural». El ANF las toma de las obras de Máximo el Confesor (ed. de París, 1675). Según Wikipedia, Máximo (c. 580–662) intervino en la controversia monotelita defendiendo que Cristo tuvo voluntad humana y divina. Es probable —lectura de este editor; la edición no lo dice— que los fragmentos se conservaran por su vocabulario de voluntad y operación, que ese debate puso en primer plano.

    5. Sobre el alma y el cuerpo y la Pasión del Señor

    Epístola 5, § 1

    1. La Palabra que es enviada sin mezquindad desde el cielo está dispuesta para el riego de nuestros corazones, si nos hemos preparado para su poder, no solamente hablando, sino escuchando. Porque así como la lluvia sin la tierra no produce fruto, así tampoco la Palabra fructifica sin la escucha, ni la escucha sin la Palabra. Además, la Palabra se hace fructífera cuando la pronunciamos, y de la misma manera la escucha, cuando prestamos oído. Por tanto, puesto que la Palabra despliega su poder, prestad también vosotros generosamente vuestros oídos; y cuando vengáis a escuchar, purificaos de toda malquerencia e incredulidad. Dos males muy grandes son la malquerencia y la incredulidad, ambas contrarias a la justicia; porque la malquerencia se opone a la caridad, y la incredulidad a la fe; del mismo modo que la amargura se opone a la dulzura, las tinieblas a la luz, el mal al bien, la muerte a la vida, la falsedad a la verdad. Aquellos, pues, que abundan en estos vicios repugnantes a la virtud, están en cierto modo muertos; porque los malignos y los incrédulos odian la caridad y la fe, y quienes hacen esto son enemigos de Dios.

    Epístola 5, § 2

    2. Así pues, hermanos amados, ya que sabéis que los malignos y los incrédulos son enemigos de la justicia, guardaos de éstos, abrazad la fe y la caridad, por las cuales todos los santos que han existido desde el principio del mundo hasta hoy han alcanzado la salvación. Y mostrad el fruto de la caridad, no sólo de palabra, sino también de obra, es decir, en toda paciencia piadosa por causa de Dios. Porque, ¡mirad! El Señor mismo nos ha mostrado su caridad, no sólo de palabra, sino también de obra, puesto que se entregó a sí mismo como precio de nuestra salvación. Además, no fuimos creados, como el resto del mundo, sólo por la palabra, sino también por la obra. Porque Dios hizo que el mundo existiera por el poder de una sola palabra, pero a nosotros nos produjo por la eficacia juntamente de su palabra y de su acción. Pues no bastó a Dios decir, «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza,» [] sino que a la palabra siguió la obra; porque, tomando el polvo de la tierra, formó con él al hombre, conforme a su imagen y semejanza, y sopló en él el aliento de vida, de modo que Adán llegó a ser alma viviente.

    Epístola 5, § 3

    3. Pero cuando después el hombre, por su caída, se inclinó a la muerte, fue necesario que aquella forma fuese recreada de nuevo para la salvación por el mismo Artífice. Porque la forma yacía ciertamente corrompiéndose en la tierra; pero aquel soplo que había sido como aliento de vida, estaba retenido separado del cuerpo en un lugar oscuro, que se llama Hades. Hubo, por tanto, una separación del alma respecto del cuerpo; fue desterrada ad inferos, mientras éste se resolvía en polvo; y hubo gran distancia de separación entre ellos; porque el cuerpo, por la disolución de la carne, se corrompe; y el alma, al desprenderse de él, cesa en su acción. Pues así como cuando el rey es arrojado a cadenas, la ciudad cae en ruina; o como cuando el general es hecho cautivo, el ejército se dispersa; o como cuando el timonel es derribado, la nave se hunde; así, cuando el alma es atada con cadenas, su cuerpo se deshace; como la ciudad sin su rey, así sus miembros se disuelven; como sucede con un ejército cuando su general es perdido, son anegados en la muerte, como acontece a una nave privada de su timonel. El alma, por consiguiente, gobernaba al hombre mientras el cuerpo sobrevivía; así como el rey gobierna la ciudad, el general el ejército, el timonel la nave. Pero fue impotente para gobernarlo desde el momento en que quedó inamoviblemente atada a él y se sumergió en el error; por eso declinó del camino recto y siguió a los tentadores, entregándose a la fornicación, la idolatría y el derramamiento de sangre; con las cuales malas obras destruyó la humanidad propia. Más aún, ella misma, llevada al fin a las regiones inferiores, fue allí detenida por el malvado tentador. Antes solía, como el rey restaura la ciudad arruinada, el general reúne el ejército disperso, el marinero repara la nave rota, así, digo, el alma solía suministrar auxilios al cuerpo antes de que éste se disolviera en el polvo, no estando ella misma todavía atada con cadenas. Pero después que el alma quedó atada, no con cadenas materiales, sino con pecados, y así quedó impotente para obrar, entonces dejó su cuerpo en la tierra y, arrojada a las regiones inferiores, fue hecha estrado de la muerte y despreciable para todos.

    Epístola 5, § 4

    4. Salió el hombre del paraíso a una región que era sumidero de iniquidad, fornicación, adulterio y crueles asesinatos. Y allí halló su destrucción; porque todas las cosas conspiraron para su muerte y obraron la ruina del que apenas había entrado allí. Entretanto, el hombre necesitaba algún consuelo, auxilio y descanso. Pues, ¿cuándo le fue bien al hombre? ¿En el seno de su madre? Pero cuando estaba encerrado allí, apenas se diferenciaba de los muertos. ¿Cuando era alimentado con leche del pecho? Ni siquiera entonces, en verdad, sintió alegría alguna. ¿Fue más bien mientras llegaba a la madurez? Pero entonces, especialmente, le amenazaban peligros de sus pasiones juveniles. ¿Fue, por último, cuando envejeció? No, pues entonces comienza a gemir, oprimido por el peso de la vejez y por la expectación de la muerte. Porque ¿qué otra cosa es la vejez sino la expectación de la muerte? En verdad, todos los habitantes de la tierra mueren, jóvenes y ancianos, niños pequeños y adultos, porque ninguna edad ni estatura corporal está exenta de la muerte. ¿Por qué, entonces, es atormentado el hombre por este dolor tan grande? Sin duda, el aspecto mismo de la muerte engendra tristeza; porque vemos en un muerto el rostro cambiado, la figura muerta, el cuerpo encogido por la demacración, la boca silenciosa, la piel fría, el cadáver postrado en tierra, los ojos hundidos, los miembros inmóviles, la carne consumida, las venas heladas, los huesos blanqueados, las articulaciones disueltas, todas las partes de él reducidas a polvo, y el hombre ya no existe. ¿Qué es, pues, el hombre? Una flor, digo, que dura poco tiempo, que en el seno de su madre no aparece, en la juventud florece, pero que en la vejez se marchita y se va en la muerte.

    Epístola 5, § 5

    5. Pero ahora, después de toda esta esclavitud a la muerte y de la corrupción de la humanidad, Dios ha visitado a su criatura, a la cual formó según su propia imagen y semejanza; y esto lo ha hecho para que no fuese para siempre juguete de la muerte. Por tanto, Dios envió desde el cielo a su Hijo incorpóreo para que tomase carne en el seno de la Virgen; y así, de igual modo que vosotros, fue hecho hombre; para salvar al hombre perdido y recoger todos sus miembros dispersos. Porque Cristo, cuando unió la humanidad a su persona, unió aquello que la muerte, mediante la separación del cuerpo, había dispersado. Cristo padeció para que nosotros vivamos para siempre.
    Pues, de otro modo, ¿por qué habría de morir Cristo? ¿Acaso cometió algo digno de muerte? ¿Por qué se revistió de carne quien estaba investido de gloria? Y, puesto que era Dios, ¿por qué se hizo hombre? Y, puesto que reinaba en el cielo, ¿por qué bajó a la tierra y se encarnó en el seno de la virgen? ¿Qué necesidad, pregunto, impulsó a Dios a bajar a la tierra, a asumir la carne, a ser envuelto en pañales en un pesebre, a ser alimentado con leche del pecho, a recibir el bautismo de un siervo, a ser levantado sobre la cruz, a ser sepultado en un sepulcro terreno, a resucitar al tercer día de entre los muertos? ¿Qué necesidad, digo, lo impulsó a esto? Se descubre suficientemente que padeció vergüenza por causa del hombre, para librarlo de la muerte; y que exclamó, como en las palabras del profeta, «He sufrido como mujer que está de parto.» [] En verdad padeció por nosotros tristeza, ignominia, tormento, incluso la muerte misma y la sepultura. Pues así dice Él mismo por el profeta: «Descendí a lo profundo.» [] ¿Quién le hizo descender así? El pueblo impío. He aquí, hijos de los hombres, he aquí qué recompensa le dio Israel. Ella mató a su Bienhechor, devolviendo mal por bien, aflicción por gozo, muerte por vida. Mataron, clavándolo en el madero, a quien había devuelto la vida a sus muertos, había sanado a sus lisiados, había limpiado a sus leprosos, había dado luz a sus ciegos. He aquí, hijos de los hombres; he aquí, todos los pueblos, estos prodigios nuevos. Colgaron en el madero a quien extiende la tierra; traspasaron con clavos a quien afirmó los cimientos del mundo; encerraron en medidas a quien medía los cielos; ataron a quien absuelve a los pecadores; le dieron a beber vinagre a quien les ha dado a beber la justicia; le dieron a comer hiel a quien les ha ofrecido el Pan de Vida; hicieron venir la corrupción sobre sus manos y sus pies, a quien sanó sus manos y sus pies; cerraron con violencia sus ojos, a quien les devolvió la vista; lo entregaron al sepulcro, a quien resucitó a sus muertos, tanto en el tiempo anterior a su Pasión como mientras estaba colgado en el madero.

    Epístola 5, § 6

    6. Porque cuando nuestro Señor padecía sobre la cruz, los sepulcros se abrieron, la región infernal quedó al descubierto, las almas saltaron, los muertos volvieron a la vida, y muchos de ellos fueron vistos en Jerusalén, mientras se perfeccionaba el misterio de la cruz; entonces nuestro Señor pisoteó la muerte, disolvió la enemistad, ató al hombre fuerte y levantó el trofeo de la cruz, siendo su cuerpo elevado sobre ella, para que el cuerpo apareciese en lo alto y la muerte fuese oprimida bajo el pie de la carne. Entonces las potencias celestiales se maravillaron, los ángeles quedaron asombrados, los elementos temblaron, toda criatura fue sacudida mientras contemplaban este nuevo misterio y el terrible espectáculo que se realizaba en el universo. Sin embargo, todo el pueblo, como inconsciente del misterio, se regocijaba sobre Cristo con burla; aunque la tierra se estremecía, los montes, los valles y el mar se agitaban, y toda criatura de Dios era herida de confusión. Las lumbreras del cielo tuvieron miedo, el sol huyó, la luna desapareció, las estrellas retiraron su brillo, el día llegó a su fin; el ángel, asombrado, se alejó del templo después de rasgarse el velo, y las tinieblas cubrieron la tierra sobre la cual su Señor había cerrado los ojos. Entretanto, el infierno resplandecía de luz, porque allí había descendido la estrella. El Señor, en verdad, no descendió al infierno en su cuerpo, sino en su Espíritu. Él, ciertamente, obra en todas partes, pues mientras resucitaba a los muertos con su cuerpo, con su espíritu libertaba sus almas. Porque cuando el cuerpo del Señor fue colgado en la cruz, los sepulcros, como hemos dicho, se abrieron; el infierno fue abierto; los muertos recibieron la vida, las almas fueron enviadas de nuevo al mundo, y esto porque el Señor había vencido al infierno, había pisoteado la muerte, había cubierto al enemigo de vergüenza; por eso fue que las almas salieron del Hades y los muertos aparecieron sobre la tierra.

    Epístola 5, § 7

    7. Veis, por tanto, cuán grande fue el efecto de la muerte de Cristo, porque ninguna criatura soportó su caída con ánimo sereno, ni los elementos su Pasión, ni la tierra retuvo su cuerpo, ni el infierno su Espíritu. Todas las cosas fueron perturbadas y convulsionadas en la Pasión de Cristo. El Señor exclamó, como en otro tiempo a Lázaro: Salid, muertos, de vuestros sepulcros y de vuestros lugares secretos; porque yo, el Cristo, os doy la resurrección. Pues entonces la tierra no pudo retener por mucho tiempo el cuerpo de nuestro Señor que estaba sepultado en ella; sino que exclamó: Oh, Señor mío, perdona mis iniquidades, sálvame de tu ira, absuélveme de la maldición, porque he recibido la sangre del justo, y sin embargo no he cubierto los cuerpos de los hombres ni tu propio cuerpo. ¿Qué es, al fin, este maravilloso misterio? ¿Por qué, oh Señor, descendiste a la tierra, si no fue por causa del hombre, que ha sido dispersado por todas partes? Porque en todo lugar ha sido diseminada tu hermosa imagen. ¡No! Pero si dijeras una sola palabra, al instante todos los cuerpos estarían delante de ti. Ahora, ya que has venido a la tierra y has buscado los miembros de tu hechura, toma a tu cargo al hombre que es tuyo, recibe lo que te ha sido encomendado, recupera tu imagen, tu Adán. Entonces el Señor, al tercer día después de su muerte, resucitó, llevando así al hombre al conocimiento de la Trinidad. Entonces todas las naciones del género humano fueron salvas por Cristo. Uno se sometió al juicio, y muchos miles fueron absueltos. Además, hecho semejante al hombre a quien había salvado, ascendió a la altura del cielo, para ofrecer ante su Padre, no oro ni plata ni piedras preciosas, sino al hombre que había formado según su propia imagen y semejanza; y el Padre, elevándolo a su diestra, lo sentó en un trono en lo alto, y lo ha hecho juez de los pueblos, jefe de la hueste angélica, auriga de los querubines, Hijo de la verdadera Jerusalén, esposo de la Virgen y Rey por los siglos de los siglos. Amén.
    Comentario editorial · Una homilía conservada en lenguas orientales
    Según el ANF, el cardenal Angelo Mai halló buena parte del discurso en un manuscrito árabe del Vaticano y lo encontró entero en el manuscrito siríaco vaticano 368; con ayuda de dos eruditos maronitas la tradujo al latín, y de esa versión depende sobre todo el inglés. El texto griego se ha perdido. La introducción del ANF da su autenticidad por indudable. Wikipedia, en cambio, advierte de que la versión siríaca atribuye la homilía a Alejandro y la copta a Atanasio. La atribución no es, pues, unánime.

    6. La adición en el Códice, con una variante de lectura

    Epístola 6

    Dios, por tanto, queriendo visitar su propia forma, a la cual había modelado según su propia imagen y semejanza, en estos últimos tiempos ha enviado al mundo a su Hijo incorpóreo y único, quien, encarnado en el seno de la Virgen, nació hombre perfecto para levantar al hombre caído, recogiendo sus miembros dispersos. Porque, ¿por qué otra razón habría de morir Cristo? ¿Acaso fue acusado de un crimen capital? Y, puesto que era Dios, ¿por qué fue hecho hombre? ¿Por qué el que reinaba en el cielo bajó a la tierra? ¿Quién obligó a Dios a bajar a la tierra, a tomar carne de la santa Virgen, a ser envuelto en pañales y acostado en un pesebre, a ser alimentado con leche, a ser bautizado en el Jordán, a ser escarnecido por el pueblo, a ser clavado en el madero, a ser sepultado en el seno de la tierra y a resucitar al tercer día de entre los muertos; en la causa de la redención, a dar vida por vida, sangre por sangre, a sufrir muerte por muerte? Porque Cristo, al morir, ha pagado la deuda de la muerte a la que el hombre estaba sujeto. ¡Oh, misterio nuevo e inefable! El Juez fue juzgado. El que absuelve del pecado fue atado; fue escarnecido quien en otro tiempo formó el mundo; fue extendido sobre la cruz quien extendió los cielos; fue alimentado con hiel quien dio el maná para ser pan; murió quien da la vida. Fue entregado al sepulcro quien resucita a los muertos. Las potestades se asombraron, los ángeles se maravillaron, los elementos temblaron, todo el universo creado fue sacudido, la tierra tembló y sus cimientos se estremecieron; el sol huyó, los elementos se trastornaron, la luz del día se retiró; porque no podían soportar mirar a su Señor crucificado. La criatura, asombrada, dijo: ¿Qué es este misterio nuevo? El juez es juzgado y calla; lo invisible es visto y no se confunde; lo incomprehensible es comprendido y no se indigna; lo inmenso es contenido en una medida y no opone resistencia; lo impasible padece y no venga su propia injuria; lo inmortal muere y no se queja; lo celestial es sepultado y lo soporta con ánimo sereno. ¿Qué es, digo, este misterio? La criatura, ciertamente, queda traspasada de asombro. Pero cuando nuestro Señor resucitó de la muerte y la pisoteó, cuando ató al hombre fuerte y libertó al hombre, entonces toda criatura se maravilló del Juez que por causa de Adán fue juzgado, de lo invisible visto, de lo impasible que padece, de lo inmortal muerto, de lo celestial sepultado en la tierra. Porque nuestro Señor fue hecho hombre; fue condenado para impartir compasión; fue atado para libertar; fue aprehendido para liberar; padeció para sanar nuestros padecimientos; murió para devolvernos la vida; fue sepultado para resucitarnos. Porque cuando nuestro Señor padeció, padeció su humanidad, aquello que tenía semejante al hombre; y Él disuelve los padecimientos de aquel que es semejante a Él, y al morir ha destruido la muerte. Fue por esta causa por la que bajó a la tierra, para que, persiguiendo a la muerte, pudiera matar al rebelde que daba muerte a los hombres. Porque uno se sometió al juicio, y miríadas fueron liberadas; uno fue sepultado, y miríadas resucitaron. Él es el Mediador entre Dios y el hombre; Él es la resurrección y la salvación de todos; Él es el Guía de los que yerran, el Pastor de los hombres liberados, la vida de los muertos, el auriga de los querubines, el abanderado de los ángeles y el Rey de reyes, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que vino después

    Estas piezas no zanjaron el conflicto. Según Wikipedia, Arrio se marchó a Palestina, donde varios obispos lo apoyaron, entre ellos Eusebio de Nicomedia, el mismo al que la epístola 2 reprocha su patrocinio; Constantino pidió por carta a Alejandro y a Arrio que pusieran fin a la disputa, y el concilio de Nicea (325) confirmó el anatema contra Arrio. Alejandro acudió con su diácono Atanasio, que habló en su nombre, y cedió la presidencia a Osio de Córdoba. Murió cinco meses después de volver a Alejandría, en 326 o 328 según Wikipedia, y Atanasio, a quien había guiado, fue su sucesor.
    Lo que estas cartas dejan ver, antes de Nicea, es la forma en que el obispo de Alejandría planteaba el problema: las frases de los arrianos citadas a la letra (epístola 2, § 2), las Escrituras con que las contesta (epístola 1, §§ 4–8) y su exposición de la fe «como cree la Iglesia Apostólica» (epístola 1, § 12). Para seguir la disputa en tiempo de Atanasio, véanse Escritos históricos y apologéticos y Cuatro discursos contra los arrianos; para su vocabulario, Generación eterna y Homoousios.
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