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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre el Espíritu Santo

    Milán · hacia 381 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF41 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 7 · Capítulo 4Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-02

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    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 4, sumario
    El Espíritu Santo es uno y el mismo que habló en los profetas y en los apóstoles, que es el Espíritu de Dios y de Cristo; a quien además la Escritura designa el Paracleto, y el Espíritu de vida y de verdad.

    I, 4, 55

    Pero nadie dudará de que el Espíritu es uno, aunque muchísimos han dudado de si Dios es uno. Porque muchos herejes han dicho que el Dios del Antiguo Testamento es uno, y el Dios del Nuevo Testamento es otro. Mas como el Padre es uno, que habló antiguamente, según leemos, a los padres por los profetas, y a nosotros en los últimos días por su Hijo; [] y como el Hijo es uno, que según el tenor del Antiguo Testamento fue ofendido por Adán, [] visto por Abraham, [] adorado por Jacob; [] así también el Espíritu Santo es uno, que actuó en los profetas, [] fue soplado sobre los apóstoles, [] y fue unido al Padre y al Hijo en el sacramento del bautismo. [] Porque David dice de Él: «Y no quites de mí tu Espíritu Santo.» Y en otro lugar dijo de Él: «¿A dónde iré de tu Espíritu?»

    I, 4, 56

    56. Para que sepas que el Espíritu de Dios es el mismo que el Espíritu Santo, como leemos también en el Apóstol: «Nadie hablando en el Espíritu de Dios dice anatema a Jesús, y nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo,» [] el Apóstol lo llama el Espíritu de Dios. Lo llamó también el Espíritu de Cristo, como lees: «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros.» [] Y más adelante: «Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros.» [] El mismo es, pues, el Espíritu de Dios, que es el Espíritu de Cristo.

    I, 4, 57

    57. El mismo es también el Espíritu de vida, como dice el Apóstol: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» []

    I, 4, 58

    58. A aquel, pues, a quien el Apóstol llamó Espíritu de vida, el Señor en el Evangelio lo nombró Paracleto, y Espíritu de verdad, como encuentras: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador [Paracleto], para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce.» [] Tienes, pues, el Espíritu Paracleto, llamado también Espíritu de verdad, y el Espíritu invisible. ¿Cómo, pues, piensan algunos que el Hijo es visible en su naturaleza divina, cuando el mundo no puede ver ni siquiera al Espíritu?

    I, 4, 59

    59. Recibe ahora la palabra del Señor, que el mismo es el Espíritu Santo que es el Espíritu de verdad, pues lees al final de este libro: «Recibid el Espíritu Santo.» [] Y Pedro enseña que el mismo es el Espíritu Santo que es el Espíritu del Señor, cuando dice: «Ananías, ¿por qué te ha parecido bien tentar y mentir al Espíritu Santo?» [] E inmediatamente después dice otra vez a la mujer de Ananías: «¿Por qué te ha parecido bien tentar al Espíritu del Señor?» [] Cuando dice «te,» muestra que habla del mismo Espíritu del cual había hablado a Ananías. Él mismo es, pues, el Espíritu del Señor, que es el Espíritu Santo.

    I, 4, 60

    60. Y el mismo Señor dio a entender que el mismo que es el Espíritu del Padre es el Espíritu Santo, cuando según Mateo dijo que no debíamos pensar durante la persecución qué habríamos de decir: «Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.» [] De nuevo dice según san Lucas: «No os preocupéis por cómo habréis de responder o hablar, porque el Espíritu Santo de Dios os enseñará en aquella hora lo que debáis decir.» [] Así, aunque muchos son llamados espíritus, como se dice: «El que hace a sus ángeles espíritus,» sin embargo, el Espíritu de Dios es uno solo.

    I, 4, 61

    61. Apóstoles y profetas recibieron aquel único Espíritu, como dice el vaso de elección, el Doctor de los gentiles: «Porque todos hemos bebido de un solo Espíritu;» [] A él, por así decir, que no puede ser dividido, sino que se derrama en las almas y fluye hacia los sentidos, para apagar el ardor de la sed de este mundo.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 5, sumario
    El Espíritu Santo, puesto que santifica a las criaturas, no es ni criatura ni está sujeto a cambio. Es siempre bueno, puesto que es dado por el Padre y el Hijo; ni ha de ser contado entre las cosas que se dice que faltan. Ha de ser reconocido como fuente de bondad. El Espíritu de la boca de Dios, el enmendador de los males, y él mismo bueno. Finalmente, como se dice en la Escritura que es bueno, y es unido al Padre y al Hijo en el bautismo, no puede en modo alguno negarse que sea bueno. No se dice, sin embargo, que progresa, sino que es hecho perfecto en bondad, lo cual lo distingue de toda criatura.

    I, 5, 62

    62. El Espíritu Santo no es, pues, de la sustancia de las cosas corpóreas, porque derrama gracia incorpórea sobre las cosas corpóreas; ni tampoco es de la sustancia de las criaturas invisibles, porque ellas reciben su santificación, y por él son superiores a las demás obras del universo. Ya hables de ángeles, o de dominaciones, o de potestades, toda criatura espera la gracia del Espíritu Santo. Porque así como nosotros somos hijos por medio del Espíritu, porque «Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, el cual clama: Abba, Padre; así que ya no eres siervo, sino hijo;» [] de la misma manera, también toda criatura espera la revelación de los hijos de Dios, a quienes en verdad la gracia del Espíritu Santo hizo hijos de Dios. Por lo cual también toda criatura misma será transformada por la revelación de la gracia del Espíritu, «y será librada de la servidumbre de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios.»

    I, 5, 63

    63. Toda criatura, pues, está sujeta a cambio, no solo la que ha sido cambiada por algún pecado o condición de los elementos exteriores, sino también la que puede ser susceptible de corrupción por una falta de naturaleza, aunque por cuidadosa disciplina aún no lo esté; porque, como hemos mostrado en un tratado anterior, la naturaleza de los ángeles evidentemente puede ser cambiada. Es ciertamente razonable juzgar que tal como es la naturaleza de uno, tal es también la de los otros. La naturaleza de los demás, pues, es capaz de cambio, pero la disciplina es mejor.

    I, 5, 64

    64. Toda criatura, por lo tanto, es capaz de cambio, pero el Espíritu Santo es bueno y no es capaz de cambio, ni puede ser cambiado por falta alguna, él que quita las faltas de todos y perdona sus pecados. ¿Cómo, pues, es capaz de cambio aquel que, santificando, obra en otros un cambio a la gracia, pero él mismo no es cambiado?

    I, 5, 65

    65. ¿Cómo es capaz de cambio el que es siempre bueno? Porque el Espíritu Santo, por medio del cual se nos administran las cosas buenas, nunca es malo. Por lo cual dos evangelistas, en un mismo lugar, con palabras que difieren el uno del otro, han hecho la misma afirmación, pues lees en Mateo: «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará cosas buenas a los que le piden?» [] Pero según Lucas lo encontrarás escrito así: «¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» [] Observamos, pues, que el Espíritu Santo es bueno en el juicio del Señor por el testimonio de los evangelistas, puesto que uno ha puesto cosas buenas en lugar del Espíritu Santo, y el otro ha nombrado al Espíritu Santo en lugar de cosas buenas. Si, pues, el Espíritu Santo es aquello que es bueno, ¿cómo no es bueno?

    I, 5, 66

    66. Ni se nos escapa que algunas copias tienen igualmente, según san Lucas: «¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará un buen don a los que se lo piden?» Este buen don es la gracia del Espíritu, que el Señor Jesús derramó desde el cielo, después de haber sido fijado al madero de la cruz, volviendo con los despojos triunfales de la muerte privada de su poder, como lo encuentras escrito: «Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.» Y bien dice «dones,» porque así como el Hijo fue dado, de quien está escrito: «Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado;» [] así también es dada la gracia del Espíritu. Pero ¿por qué he de dudar en decir que también el Espíritu Santo nos es dado, puesto que está escrito: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» [] Y puesto que los pechos cautivos ciertamente no podían recibirlo, el Señor Jesús llevó primero cautiva la cautividad, para que, liberadas nuestras afecciones, pudiera derramar el don de la gracia divina.

    I, 5, 67

    67. Y bien dijo «llevó cautiva la cautividad.» Porque la victoria de Cristo es la victoria de la libertad, que ganó gracia para todos y no infligió agravio a nadie. Así, en la liberación de todos, nadie es cautivo. Y porque en el tiempo de la pasión del Señor solo la injusticia no tuvo parte, aquella que había hecho cautivos a todos los que había poseído, la cautividad misma, volviéndose contra sí misma, fue hecha cautiva, ya no unida a Belial sino a Cristo, a quien servir es libertad. «Porque el que es llamado en el Señor siendo siervo, es liberto del Señor.» []

    I, 5, 68

    68. Pero volvamos al punto. «Todos,» dice, «se han desviado, a una se han hecho inútiles; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno.» Si exceptúan al Espíritu Santo, ellos mismos confiesan que él no está entre todos; si no lo exceptúan, entonces también ellos reconocen que se ha desviado entre todos.

    I, 5, 69

    69. Pero consideremos si él tiene bondad en sí mismo, puesto que es la Fuente y el Principio de la bondad. Porque así como el Padre y el Hijo la tienen, así también el Espíritu Santo tiene bondad. Y el Apóstol enseñó también esto cuando dijo: «Mas el fruto del Espíritu es paz, amor, gozo, paciencia, bondad.» [] Porque ¿quién duda de que es bueno aquel cuyo fruto es la bondad? Porque «un árbol bueno da frutos buenos.» []

    I, 5, 70

    70. Y así, si Dios es bueno, ¿cómo no será bueno el que es el Espíritu de su boca, el que escudriña aun lo profundo de Dios? ¿Puede la infección del mal entrar en lo profundo de Dios? Y de esto se ve cuán necios son los que niegan que el Hijo de Dios es bueno, cuando no pueden negar que el Espíritu de Cristo es bueno, de quien el Hijo de Dios dice: «Por eso dije que él tomará de lo mío.» []

    I, 5, 71

    71. ¿O no es bueno el Espíritu, que de los peores hace hombres buenos, quita el pecado, destruye el mal, excluye el crimen, infunde buenos dones, hace apóstoles de perseguidores y sacerdotes de pecadores? «Eráis,» se dice, «en otro tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor.» []

    I, 5, 72

    72. Pero ¿por qué los demoramos? Y si piden declaraciones puesto que no niegan los hechos, oigan que el Espíritu Santo es bueno, porque David dijo: «Tu buen Espíritu me guíe por camino recto.» Porque ¿qué es el Espíritu sino lleno de bondad? Quien, aunque por su naturaleza no puede ser alcanzado, sin embargo por su bondad puede ser recibido por nosotros, llenando todas las cosas con su poder, pero solo participado por los justos, simple en sustancia, rico en virtudes, presente a cada uno, repartiendo de lo suyo a cada uno, y él mismo entero en todas partes.

    I, 5, 73

    73. Y con buena causa dijo el Hijo de Dios: «Id y bautizad a todas las naciones en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,» [] no desdeñando la asociación con el Espíritu Santo. ¿Por qué, pues, les parece mal a algunos que aquel a quien el Señor no desdeñó en el sacramento del bautismo sea unido en nuestra devoción con el Padre y el Hijo?

    I, 5, 74

    74. Bueno, pues, es el Espíritu, pero bueno no como adquiriendo sino como impartiendo bondad. Porque el Espíritu Santo no recibe de las criaturas sino que es recibido; como también él no es santificado sino que santifica; porque la criatura es santificada, pero el Espíritu Santo santifica. En lo cual, aunque la palabra se usa en común, hay una diferencia en la naturaleza. Pues tanto el hombre que recibe como Dios que da la santidad son llamados santos, como leemos: «Sed santos, porque yo soy santo.» [] Ahora bien, la santificación y la corrupción no pueden compartir la misma naturaleza, y por lo tanto la gracia del Espíritu Santo y la criatura no pueden ser de una sola sustancia.

    I, 5, 75

    75. Puesto que, pues, toda la creación invisible (cuya sustancia algunos creen con razón que es racional e incorpórea), con excepción de la Trinidad, no imparte sino que adquiere la gracia del Espíritu, y no participa de ella sino que la recibe, toda la comunidad de la creación ha de ser separada de la asociación con el Espíritu Santo. Crea, pues, que el Espíritu Santo no es una criatura; o, si lo consideran criatura, ¿por qué lo asocian con el Padre? Si lo consideran criatura, ¿por qué lo unen al Hijo de Dios? Mas si no piensan que deba ser separado del Padre y del Hijo, no lo consideran criatura, pues donde la santificación es una, la naturaleza es una.

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 6, sumario
    Aunque somos bautizados con agua y con el Espíritu, este último es muy superior al primero, y por lo tanto no ha de ser separado del Padre y del Hijo.

    I, 6, 76

    76. Hay, sin embargo, muchos que, porque somos bautizados con agua y con el Espíritu, piensan que no hay diferencia en los oficios del agua y del Espíritu, y por lo tanto piensan que no difieren en naturaleza. Ni observan que somos sepultados en el elemento del agua para que resucitemos renovados por el Espíritu. Porque en el agua está la representación de la muerte, en el Espíritu está la prenda de la vida, para que el cuerpo del pecado muera por el agua, que encierra el cuerpo como en una especie de tumba, para que nosotros, por el poder del Espíritu, seamos renovados de la muerte del pecado, naciendo de nuevo en Dios.

    I, 6, 77

    77. Y así estos tres testigos son uno, como dijo Juan: «El agua, la sangre y el Espíritu.» [] Uno en el misterio, no en la naturaleza. El agua, pues, es testigo de la sepultura, la sangre es testigo de la muerte, el Espíritu es testigo de la vida. Si, pues, hay alguna gracia en el agua, no proviene de la naturaleza del agua, sino de la presencia del Espíritu Santo.

    I, 6, 78

    78. ¿Vivimos en el agua o en el Espíritu? ¿Somos sellados en el agua o en el Espíritu? Porque en él vivimos y él mismo es las arras de nuestra herencia, como dice el Apóstol escribiendo a los Efesios: «En quien creyendo fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia.» [] Así fuimos sellados por el Espíritu Santo, no por naturaleza, sino por Dios, pues está escrito: «El que nos ungió es Dios, quien también nos selló, y dio las arras del Espíritu en nuestros corazones.»

    I, 6, 79

    79. Fuimos, pues, sellados con el Espíritu por Dios. Porque así como morimos en Cristo, para nacer de nuevo, así también somos sellados con el Espíritu, para que poseamos su resplandor, imagen y gracia, que es sin duda nuestro sello espiritual. Porque aunque fuimos sellados visiblemente en nuestros cuerpos, en verdad somos sellados en nuestros corazones, para que el Espíritu Santo retrate en nosotros la semejanza de la imagen celestial.

    I, 6, 80

    80. ¿Quién, pues, puede atreverse a decir que el Espíritu Santo está separado del Padre y del Hijo, puesto que por él alcanzamos la imagen y semejanza de Dios, y por él, como dice el apóstol Pedro, somos partícipes de la naturaleza divina? En lo cual no hay ciertamente herencia de sucesión carnal, sino la conexión espiritual de la gracia de la adopción. Y para que sepamos que este sello está más bien en nuestros corazones que en nuestros cuerpos, dice el profeta: «La luz de tu rostro ha sido impresa sobre nosotros, oh Señor; has puesto alegría en mi corazón.»

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 7, sumario
    El Espíritu Santo no es una criatura, visto que es infinito, y fue derramado sobre los apóstoles dispersos por todas las regiones, y además santifica también a los Ángeles, a quienes nos hace iguales. María estuvo llena del mismo igualmente; también Cristo el Señor, y así todas las cosas altas y bajas. Y toda bendición tiene su origen de su operación, como fue significado en el movimiento del agua de Betesda.

    I, 7, 81

    81. Puesto que, entonces, toda criatura está encerrada dentro de ciertos límites de su propia naturaleza, y en cuanto aquellas operaciones invisibles, que no pueden ser circunscritas por lugar ni límites, están no obstante ceñidas por la propiedad de su propia sustancia; ¿cómo puede alguien atreverse a llamar al Espíritu Santo criatura, Él que no tiene un poder limitado y circunscrito? Porque Él está siempre en todas las cosas y en todas partes, lo cual es ciertamente propio de la Deidad y del Señorío, pues: «Del Señor es la tierra y su plenitud.»

    I, 7, 81 (repetido en la edición)

    81. Y así, cuando el Señor destinó a sus servidores los apóstoles, para que reconociésemos que una cosa era la criatura y otra la gracia del Espíritu, los destinó a lugares diferentes, porque no todos podían estar a la vez en todas partes. Pero dio el Espíritu Santo a todos, para derramar sobre los apóstoles, aunque separados, el don de la gracia indivisible. Las personas, pues, eran diferentes, pero la realización de la obra era una en todos, porque uno es el Espíritu Santo, de quien se dice: «Recibiréis poder, al venir sobre vosotros el Espíritu Santo, y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.» []

    I, 7, 82

    82. El Espíritu Santo, pues, es incircunscrito e infinito, Él que se infundió en las mentes de los discípulos a través de las separadas divisiones de regiones distantes y de los remotos confines del mundo entero, a quien nada puede escapar ni engañar. Y por eso dice el santo David: «¿A dónde iré lejos de tu Espíritu, o a dónde huiré de tu rostro?» ¿De qué Ángel dice esto la Escritura? ¿De qué Dominación? ¿De qué Potestad? ¿De qué Ángel hallamos que el poder se difunda sobre muchos? Pues los ángeles fueron enviados a pocos, pero el Espíritu Santo fue derramado sobre pueblos enteros. ¿Quién, pues, puede dudar de que es divino aquello que se derrama sobre muchos a la vez y no es visto; pero que es corporal aquello que es visto y retenido por individuos?

    I, 7, 83

    83. Mas de la misma manera que el Espíritu que santifica a los apóstoles no es partícipe de la naturaleza humana, así también el que santifica a los Ángeles, Dominaciones y Potestades no tiene participación con las criaturas. Pero si alguien piensa que la santidad de los Ángeles no es espiritual, sino alguna otra clase de gracia perteneciente a la propiedad de su naturaleza, juzgará sin duda que los Ángeles son inferiores a los hombres. Pues como ellos mismos confiesan que no osarían comparar a los Ángeles con el Espíritu Santo, y no pueden negar que el Espíritu Santo es derramado sobre los hombres; pero la santificación del Espíritu es un don y favor divino, se hallará ciertamente que los hombres, que poseen una clase mejor de santificación, son preferidos a los Ángeles. Mas como los Ángeles descienden a los hombres para asistirlos, debe entenderse que la naturaleza de los Ángeles es más alta en cuanto recibe más de la gracia del Espíritu, y que el favor concedido a nosotros y a ellos procede del mismo autor.

    I, 7, 84

    84. Mas ¡cuán grande es aquella gracia que hace incluso a la naturaleza inferior de la suerte de los hombres igual a los dones recibidos por los Ángeles, como el Señor mismo prometió, diciendo: «Seréis como los ángeles en el cielo.» Ni es difícil, pues Aquel que hizo a aquellos Ángeles en el Espíritu hará también, por la misma gracia, a los hombres iguales a los Ángeles.

    I, 7, 85

    85. Mas ¿de qué criatura puede decirse que llena todas las cosas, como está escrito del Espíritu Santo: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne.» [] Esto no puede decirse de un ángel. Por último, el mismo Gabriel, cuando fue enviado a María, dijo: «Dios te salve, llena de gracia,» [] declarando claramente la gracia del Espíritu que había en ella, porque el Espíritu Santo había venido sobre ella, y estaba a punto de tener su seno lleno de gracia con el Verbo celestial.

    I, 7, 86

    86. Pues es propio del Señor llenar todas las cosas, Él que dice: «Yo lleno el cielo y la tierra.» [] Si, pues, es el Señor quien llena el cielo y la tierra, ¿quién puede juzgar que el Espíritu Santo está privado de parte en el dominio y en el poder divino, viendo que ha llenado el mundo, y lo que está más allá del mundo entero, llenó a Jesús, Redentor del mundo entero? Pues está escrito: «Mas Jesús, lleno del Espíritu Santo, se alejó del Jordán.» [] ¿Quién, pues, sino uno que poseía la misma plenitud podría llenar a Aquel que llena todas las cosas?

    I, 7, 87

    87. Mas para que no objeten que esto fue dicho según la carne, aunque Aquel solo de cuya carne salía virtud para sanar a todos era más que todos; sin embargo, como el Señor llena todas las cosas, así también leemos del Espíritu: «Porque el Espíritu del Señor llenó el mundo entero.» [] Y hallas que se dice de todos los que se habían juntado con los Apóstoles: «llenos del Espíritu Santo, hablaban la palabra de Dios con valentía.» [] Ves que el Espíritu da a la vez plenitud y valentía, cuya operación anuncia el arcángel a María, diciendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti.» []

    I, 7, 88

    88. Leéis también en el Evangelio que el ángel descendía en el tiempo señalado al estanque y movía el agua, y el primero que bajaba al estanque quedaba sano. [Juan 5:4] ¿Qué declaraba el ángel en este tipo sino la venida del Espíritu Santo, que había de acontecer en nuestros días y que consagraría las aguas cuando las invocara la oración del sacerdote? Aquel ángel, pues, era heraldo del Espíritu Santo, por cuanto por medio de la gracia del Espíritu se había de aplicar la medicina a nuestras dolencias del alma y de la mente. El Espíritu, pues, tiene los mismos ministros que Dios Padre y Cristo. Llena todas las cosas, posee todas las cosas, obra todo y en todos de la misma manera que Dios Padre y el Hijo obran.

    I, 7, 89

    89. ¿Qué hay, pues, más divino que la operación del Espíritu Santo, pues Dios mismo testifica que el Espíritu Santo preside sus bendiciones, diciendo: «Pondré mi Espíritu sobre tu descendencia y mis bendiciones sobre tus hijos.» [] Porque ninguna bendición puede ser plena sino por la inspiración del Espíritu Santo. Por lo cual, también el Apóstol no halló nada mejor que desearnos, como él mismo dijo: «No cesamos de orar y pedir por vosotros, para que seáis llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabiduría y entendimiento espiritual, andando como es digno de Dios.» [] Enseñó, pues, que esta era la voluntad de Dios: que, andando sobre todo en buenas obras y palabras y afectos, seamos llenos de la voluntad de Dios, que pone su Espíritu Santo en nuestros corazones. Por tanto, si quien tiene el Espíritu Santo está lleno de la voluntad de Dios, ciertamente no hay diferencia de voluntad entre el Padre y el Hijo.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 8, sumario
    El Espíritu Santo es dado por Dios solo, mas no del todo a cada persona, pues no hay nadie fuera de Cristo capaz de recibirlo enteramente. La caridad es derramada por el Espíritu Santo, el cual, prefigurado por el ungüento místico, se muestra que nada tiene de común con las criaturas; y Él, en cuanto se dice que procede de la boca de Dios, no debe ser clasificado con las criaturas ni con las cosas divisibles, pues es eterno.

    I, 8, 90

    90. Observa al mismo tiempo que Dios da el Espíritu Santo. Pues esta no es obra de hombre ni don de hombre; sino que Aquel que es invocado por el sacerdote es dado por Dios; en ello está el don de Dios y el ministerio del sacerdote. Porque si el apóstol Pablo juzgaba que no era capaz de dar el Espíritu Santo por su propia autoridad, y se consideraba tan desigual para este oficio que deseaba que fuésemos llenos del Espíritu por Dios, [] ¿quién es bastante para atreverse a arrogarse a sí mismo la concesión de este don? Así, el Apóstol pronunció este deseo en oración y no pretendió un derecho por autoridad alguna suya; deseaba obtener, no presumía mandar. También Pedro dice que no es capaz de obligar ni de retener al Espíritu Santo. Pues habló así: «Por tanto, si Dios les ha concedido la misma gracia que a nosotros, ¿quién era yo para poder resistir a Dios?» []

    I, 8, 91

    91. Mas acaso no se conmuevan con el ejemplo de los apóstoles; usemos entonces los oráculos divinos; porque está escrito: «Jacob es mi siervo, yo lo sostendré; Israel es mi elegido, mi alma lo ha sostenido, he puesto mi Espíritu sobre él.» [] También dijo el Señor por Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido.» []

    I, 8, 92

    92. ¿Quién, pues, puede atreverse a decir que la sustancia del Espíritu Santo es creada, cuando al resplandor suyo en nuestros corazones contemplamos la hermosura de la verdad divina y la distancia entre la criatura y la Deidad, para que la obra se distinga de su Autor? ¿O de qué criatura ha hablado Dios así como para decir: «Derramaré de mi Espíritu»? [] No dijo Espíritu, sino «de mi Espíritu,» porque no somos capaces de recibir la plenitud del Espíritu Santo, sino que recibimos cuanto nuestro Maestro nos reparte de lo suyo según su voluntad. [] Porque así como el Hijo de Dios no estimó el ser igual a Dios como rapiña, sino que se despojó a sí mismo, para que pudiéramos recibirlo en nuestras mentes; pero no se despojó de modo que estuviese vacío de su propia plenitud, sino para que Él, cuya plenitud yo no podía soportar, se infundiese en mí según la medida de mi capacidad; de igual manera también el Padre dice que derrama del Espíritu sobre toda carne; pues no lo derramó del todo, sino que lo que derramó abundó para todos.

    I, 8, 93

    93. Hubo, pues, un derramamiento del Espíritu sobre nosotros, pero sobre el Señor Jesús, cuando estaba en la forma de hombre, permaneció el Espíritu, como está escrito: «Sobre quien vieres descender el Espíritu desde el cielo y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo.» [] En torno a nosotros está la liberalidad del Dador en provisión abundante; en Él permanece para siempre la plenitud del Espíritu. Derramó, pues, lo que juzgó suficiente para nosotros, y lo que fue derramado no se separa ni se divide; sino que tiene una unidad de plenitud con la cual puede iluminar la vista de nuestros corazones según lo que es capaz de soportar nuestra fuerza. En fin, recibimos tanto cuanto adquiere el avance de nuestra mente, porque la plenitud de la gracia del Espíritu es indivisible, pero es participada por nosotros según la capacidad de nuestra propia naturaleza.

    I, 8, 94

    94. Dios, pues, derrama del Espíritu, y el amor de Dios también es derramado por el Espíritu; en lo cual debemos reconocer la unidad de la operación y de la gracia. Porque así como Dios derramó del Espíritu Santo, así también «el amor de Dios es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo;» [] para que entendamos que el Espíritu Santo no es una obra, Él que es el dispensador y la abundante Fuente del amor divino.

    I, 8, 95

    95. De igual manera, para que creas que lo que es derramado no puede ser común a las criaturas, sino propio de la Deidad, también el nombre del Hijo es derramado, como lees: «Tu nombre es como ungüento derramado.» [] Nada puede superar la fuerza de este dicho. Porque así como el ungüento encerrado en un vaso conserva su perfume, en tanto está confinado en el espacio estrecho de aquel vaso, aunque no puede alcanzar a muchos, conserva sin embargo su fuerza. Pero cuando el ungüento ha sido derramado de aquel vaso en que estaba encerrado, se extiende a lo lejos y a lo ancho; así también el Nombre de Cristo, antes de su venida al pueblo de Israel, estaba encerrado en las mentes de los judíos como en algún vaso. Porque «en Judea es conocido Dios, en Israel es grande su Nombre;» es decir, el Nombre que los vasos de los judíos retenían confinado en sus estrechos límites.

    I, 8, 96

    96. Aun entonces aquel Nombre era ciertamente grande, cuando permanecía en los estrechos límites de los débiles y pocos; mas aún no había derramado su grandeza por los corazones de los gentiles, ni hasta los confines de todo el mundo. Pero después de que Él, con su venida, hubo resplandecido por todo el mundo, extendió aquel divino Nombre suyo por todas las criaturas, no completado por adición alguna (porque la plenitud no admite aumento), sino llenando los espacios vacíos, para que su Nombre fuese admirable en todo el mundo. El derramamiento, pues, de su Nombre significa una especie de abundante exuberancia de gracias y copiosidad de bienes celestiales, porque todo lo que se derrama se desborda de la abundancia.

    I, 8, 97

    97. Así como la sabiduría que procede de la boca de Dios no puede decirse creada, ni el Verbo que es proferido desde su corazón, ni el poder en el cual está la plenitud de la Majestad eterna; así también el Espíritu que es derramado de la boca de Dios no puede considerarse creado, puesto que Dios mismo ha mostrado que su unidad es tal que Él habla de su derramamiento de su Espíritu. Por lo cual entendemos que la gracia de Dios Padre es la misma que la del Espíritu Santo, y que sin división ni mengua alguna se reparte a los corazones de cada uno. Aquello, pues, que es derramado del Espíritu Santo no es cortado, ni comprendido en partes corporales, ni dividido.

    I, 8, 98

    98. Pues ¿cómo puede ser creíble que el Espíritu sea dividido por algún repartimiento? Juan dice de Dios: «En esto conocemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.» [] Mas aquello que permanece siempre ciertamente no cambia; por tanto, si no sufre cambio alguno, es eterno. Y así el Espíritu Santo es eterno, pero la criatura está sujeta a culpa, y por tanto sujeta a cambio. Mas lo que está sujeto a cambio no puede ser eterno; y, por tanto, no puede haber nada común entre el Espíritu y la criatura, porque el Espíritu es eterno, pero toda criatura es temporal.

    I, 8, 99

    99. Mas el Apóstol muestra también que el Espíritu Santo es eterno, pues: «Si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y la aspersión de las cenizas de una becerra, santifica para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios?» [] Por tanto, el Espíritu es eterno.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 9, sumario
    El Espíritu Santo es llamado con razón crisma de Cristo y óleo de la alegría; y por qué Cristo mismo no es el crisma, pues fue ungido con el Espíritu Santo. No es extraño que el Espíritu sea llamado Crisma, ya que el Padre y el Hijo son también llamados Espíritu. Y no hay confusión entre ellos, pues solo Cristo padeció la muerte, de cuya cruz salvadora se habla luego.

    I, 9, 100

    100. Ahora bien, muchos han pensado que el Espíritu Santo es el crisma de Cristo. Y bien se dice crisma, porque Él es llamado óleo de la alegría, la reunión de muchas gracias que da una dulce fragancia. Mas Dios Padre Todopoderoso lo ungió como Príncipe de los sacerdotes, quien no fue, como otros, ungido en figura bajo la Ley, sino que fue según la Ley ungido en el cuerpo y, en verdad, estuvo lleno de la virtud del Espíritu Santo desde el Padre, por encima de la Ley.

    I, 9, 101

    101. Este es el óleo de la alegría, del cual dice el profeta: «Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría por encima de tus compañeros.» Por último, Pedro dice que Jesús fue ungido con el Espíritu, como lees: «Vosotros sabéis aquella palabra que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea después del bautismo que predicó Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo.» [] El Espíritu Santo es, pues, el óleo de la alegría.

    I, 9, 102

    102. Y bien dijo óleo de la alegría, para que no pienses que Él es una criatura; porque es la naturaleza de esta clase de óleo no mezclarse de ningún modo con la humedad de otra clase. La alegría, además, no unge el cuerpo, sino que ilumina lo íntimo del corazón, como dijo el profeta: «Pusiste alegría en mi corazón.» Así, pierde su trabajo quien quiere mezclar óleo con materia más húmeda, porque como la naturaleza del óleo es más ligera que las otras, cuando las otras se asientan, él sube y se separa. ¿Cómo piensan esos desdichados traficantes que el óleo de la alegría puede con sus artimañas ser mezclado con otras criaturas, ya que ciertamente las cosas corporales no pueden mezclarse con lo incorpóreo, ni las cosas creadas con lo increado?

    I, 9, 102 (repetido en la edición)

    102. Y bien es llamado óleo de la alegría aquel con que Cristo fue ungido; pues no había de buscarse para Él el óleo usual ni común, con el cual se curan las heridas o se calma el ardor; pues la salvación del mundo no buscaba alivio para sus heridas, ni la fuerza eterna de su Cuerpo fatigado pedía refrigerio.

    I, 9, 103

    103. Ni es maravilla que tenga el óleo de la alegría, Él que hizo alegrarse a los que estaban a punto de morir, apartó del mundo la tristeza, destruyó el olor de la muerte dolorosa. Y así dice el Apóstol: «Porque somos el buen olor de Cristo para Dios;» [] mostrando ciertamente que está hablando de cosas espirituales. Mas cuando el mismo Hijo de Dios dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido,» [] señala el crisma del Espíritu. Por tanto, el Espíritu es el crisma de Cristo.

    I, 9, 104

    104. O, puesto que el Nombre de Jesús es como ungüento derramado, si quieren entender que bajo el nombre de ungüento se expresa Cristo mismo, y no el Espíritu de Cristo, ciertamente cuando el apóstol Pedro dice que el Señor Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, es sin duda claro que el Espíritu también es llamado ungüento.

    I, 9, 105

    105. Mas ¿qué maravilla, si tanto el Padre como el Hijo son llamados Espíritu? De lo cual hablaremos más plenamente cuando empecemos a tratar de la Unidad del Nombre. Sin embargo, como aquí se presenta un lugar muy adecuado, para que no parezca que hemos pasado sin una conclusión, lean que el Padre es llamado Espíritu, como dijo el Señor en el Evangelio, «porque Dios es Espíritu;» [] y que Cristo es llamado Espíritu, porque dijo Jeremías: «El Espíritu ante nuestro rostro, Cristo el Señor.» []

    I, 9, 106

    106. Así, pues, el Padre es Espíritu y Cristo es Espíritu, porque lo que no es un cuerpo creado es espíritu; pero el Espíritu Santo no está mezclado con el Padre y el Hijo, sino que es distinto del Padre y del Hijo. Porque el Espíritu Santo no murió, pues no podía morir porque no había tomado carne sobre sí; y la Deidad eterna era incapaz de morir; mas Cristo murió según la carne.

    I, 9, 107

    107. Porque ciertamente murió en aquello que tomó de la Virgen, no en aquello que tenía del Padre; pues Cristo murió en aquella naturaleza en la cual fue crucificado. Mas el Espíritu Santo no pudo ser crucificado, pues no tenía carne ni huesos; pero el Hijo de Dios fue crucificado, pues tomó carne y huesos, para que en aquella cruz muriesen las tentaciones de nuestra carne. Porque tomó sobre sí lo que no era, para ocultar lo que era; ocultó lo que era para ser tentado en ello, y lo que no era fue redimido, para llamarnos por medio de aquello que no era a aquello que era.

    I, 9, 108

    108. ¡Oh el divino misterio de aquella cruz, en la cual la debilidad está colgada, la fuerza queda libre, los vicios son clavados y se levantan trofeos triunfales! De modo que cierto santo dijo: «Traspasa mi carne con clavos por tu temor;» no dice con clavos de hierro, sino de temor y de fe. Pues las ataduras de la virtud son más fuertes que las del castigo. Por último, su fe ató a Pedro, cuando había seguido al Señor hasta el atrio del sumo sacerdote, a quien nadie había atado, y el castigo no soltó al que la fe ataba. De nuevo, cuando fue atado por los judíos, la oración lo soltó, el castigo no lo retuvo, porque no se había apartado de Cristo.

    I, 9, 109

    109. Por tanto, crucifica tú también el pecado, para que mueras al pecado; quien muere al pecado vive para Dios; vive tú para Aquel que no perdonó a su propio Hijo, para que en su cuerpo crucificara nuestras pasiones. Pues Cristo murió por nosotros, para que viviéramos en su Cuerpo resucitado. Por tanto, no nuestra vida, sino nuestra culpa murió en Él, «quien,» se dice, «llevó nuestros pecados en su propio Cuerpo sobre el madero; para que, libres de los pecados, viviésemos para la justicia; y por la herida de sus llagas fuimos sanados.» []

    I, 9, 110

    110. Aquel madero de la cruz es, pues, como una especie de nave de nuestra salvación, nuestra travesía, no un castigo; porque no hay otra salvación sino la travesía de la salvación eterna. Mientras espero la muerte no la siento; mientras pienso poco en el castigo no sufro; mientras estoy sin cuidado del temor no lo conozco.

    I, 9, 111

    111. ¿Quién, pues, es Aquel por la herida de cuyas llagas somos sanados, sino Cristo el Señor? De quien el mismo Isaías profetizó que sus llagas eran nuestra curación, [] de quien el apóstol Pablo escribió en su epístola: «Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros.» [] Esto, ciertamente, era divino en Él: que su Carne no cometió pecado, ni la criatura del cuerpo asumió en Él pecado. Pues ¿qué maravilla sería si solo la Deidad no pecase, no teniendo incentivos para el pecado? Pero si solo Dios está libre de pecado, ciertamente toda criatura por su propia naturaleza puede, como hemos dicho, estar sujeta a pecado.

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 10, sumario
    Que el Espíritu perdona el pecado es común a Él con el Padre y el Hijo, pero no con los Ángeles.

    I, 10, 112

    112. Dime, pues, tú, quienquiera que seas, que niegas la Deidad del Espíritu Santo. El Espíritu no podía estar sujeto al pecado, Quien más bien perdona el pecado. ¿Perdona un Ángel? ¿Perdona un Arcángel? Ciertamente no, sino solo el Padre, solo el Hijo y solo el Espíritu Santo. Ahora bien, nadie es incapaz de evitar aquello que tiene poder de perdonar.

    I, 10, 113

    113. Mas quizá alguien dirá que el Serafín dijo a Isaías: «He aquí que esto ha tocado tus labios, y quitará tus iniquidades, y purgará tus pecados.» [] Quitará, dice, y purgará; no yo quitaré, sino aquel fuego del altar de Dios, esto es, la gracia del Espíritu. Pues ¿qué otra cosa podemos piadosamente entender que haya sobre el altar de Dios sino la gracia del Espíritu? Ciertamente no la leña de los bosques, ni el hollín y los carbones. O ¿qué hay tan conforme a la piedad como entender, según el misterio, que fue revelado por la boca de Isaías que todos los hombres serían limpiados por la pasión de Cristo, Quien, como carbón según la carne, quemó nuestros pecados, como lees en Zacarías: «¿No es este un tizón arrojado del fuego? Y aquel era Josué vestido con ropas sucias.» []

    I, 10, 114

    114. Por último, para que sepamos que este misterio de la común redención fue revelado con toda claridad por los profetas, tienes también en este lugar: «He aquí, ha quitado tus pecados;» no que Cristo dejara a un lado sus propios pecados, Quien no cometió pecado, sino que en la carne de Cristo toda la raza humana había de ser desatada de sus pecados.

    I, 10, 115

    115. Mas aun si el Serafín hubiera quitado el pecado, lo habría hecho como uno de los ministros de Dios destinados a este misterio. Pues así dijo Isaías: «Porque uno de los serafines fue enviado a mí.» []

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 11, sumario
    El Espíritu es enviado a todos, y no pasa de un lugar a otro, pues no está limitado ni por el tiempo ni por el espacio. Procede del Hijo, como el Hijo del Padre, en Quien mora siempre; y también viene a nosotros cuando lo recibimos. Viene asimismo de la misma manera que el Padre mismo, de Quien de ningún modo puede ser separado.

    I, 11, 116

    116. También, en verdad, se dice que el Espíritu es enviado, pero el Serafín a uno, el Espíritu a todos. El Serafín es enviado a ministrar, el Espíritu obra un misterio. El Serafín cumple lo que se le ordena, el Espíritu reparte como quiere. El Serafín pasa de un lugar a otro, pues no llena todas las cosas, sino que él mismo es llenado por el Espíritu. El Serafín desciende con un cierto modo de tránsito según su naturaleza, pero no podemos pensar esto del Espíritu, de Quien el Hijo de Dios dice: «Cuando venga el Paracleto, el Espíritu de Verdad, a Quien yo os envío, que procede del Padre.» []

    I, 11, 117

    117. Pues si el Espíritu procede de un lugar y pasa a un lugar, tanto el Padre mismo como el Hijo se hallarán en un lugar. Si sale de un lugar Aquel a quien el Padre o el Hijo envía, ciertamente el Espíritu, pasando de un lugar y avanzando, parece, según aquellas interpretaciones impías, dejar al Padre y al Hijo como una especie de cuerpo material.

    I, 11, 118

    118. Digo esto en referencia a quienes dicen que el Espíritu desciende por movimiento. Pero ni el Padre, Quien está sobre todas las cosas no solo de la naturaleza corpórea, sino también de la creación invisible, está circunscrito en lugar alguno; ni el Hijo, Quien, como Hacedor de toda la creación, está sobre toda criatura, está encerrado por los lugares o tiempos de sus propias obras; ni el Espíritu de Verdad, por ser el Espíritu de Dios, está circunscrito por límite corpóreo alguno, pues, siendo incorpóreo, está muy por encima de toda la creación racional por la inefable plenitud de su Deidad, teniendo sobre todas las cosas el poder de soplar donde quiere y de inspirar como quiere. []

    I, 11, 119

    119. El Espíritu, pues, no es enviado como desde un lugar, ni procede como desde un lugar, cuando procede del Hijo; así como el Hijo mismo, cuando dice: «Salí del Padre, y he venido al mundo,» destruye todas las fantasías que pueden considerarse de un lugar a otro. De igual modo, también, cuando leemos que Dios está dentro o fuera, ciertamente no encerramos a Dios dentro de cuerpo alguno ni lo separamos de cuerpo alguno, sino que, sopesando estas cosas con una estimación profunda e inefable, comprendemos el ocultamiento de la naturaleza divina.

    I, 11, 120

    120. Por último, la Sabiduría dice así que salió de la boca del Altísimo, [la Palabra estaba con Dios; Juan 1:1] y no solo con Dios, sino también en Dios; pues dice: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí.» Mas ni cuando sale del Padre se retira de un lugar, ni se separa como un cuerpo de un cuerpo; ni cuando está en el Padre es como un cuerpo encerrado, por así decirlo, en un cuerpo. El Espíritu Santo, también, cuando procede del Padre y del Hijo, no está separado del Padre ni separado del Hijo. Pues ¿cómo podría estar separado del Padre Quien es el Espíritu de su boca? Lo cual ciertamente es a la vez prueba de su eternidad y expresa la Unidad de esta Deidad.

    I, 11, 121

    121. Existe, pues, y permanece siempre, Aquel que es el Espíritu de su boca; pero parece descender cuando lo recibimos, para que habite en nosotros, para que no estemos alejados de su gracia. A nosotros nos parece descender, no porque descienda, sino porque nuestra mente asciende a Él. De lo cual hablaríamos más extensamente si no recordáramos que en el tratado anterior se expuso que el Padre dijo: «Bajemos y confundamos su lenguaje,» [] y que el Hijo dijo: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él.» []

    I, 11, 122

    122. El Espíritu, pues, viene así como viene el Padre, pues donde está el Padre, allí está también el Hijo, y donde está el Hijo, allí está el Espíritu Santo. Por tanto, no ha de suponerse que el Espíritu Santo viene separadamente. Mas no viene de un lugar a otro, sino de la disposición del orden a la salvación de la redención, de la gracia de dar vida a la de la santificación, para trasladarnos de la tierra al cielo, de la miseria a la gloria, de la esclavitud al reino.

    I, 11, 123

    123. El Espíritu viene, pues, como viene el Padre. Pues el Hijo dijo: «Yo y el Padre vendremos, y haremos morada con él.» [] ¿Acaso viene el Padre de manera corpórea? Así, pues, viene el Espíritu, en Quien, cuando viene, está la plena presencia del Padre y del Hijo.

    I, 11, 124

    124. Mas ¿quién puede separar al Espíritu del Padre y del Hijo, si ni siquiera podemos nombrar al Padre y al Hijo sin el Espíritu? «Pues nadie dice Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo?» [] Si, pues, no podemos llamar Señor a Jesús sino en el Espíritu Santo, ciertamente no podemos proclamarlo sin el Espíritu. Mas si también los Ángeles proclaman que Jesús es Señor, a Quien nadie puede proclamar sino en el Espíritu, entonces también en ellos obra el oficio del Espíritu Santo.

    I, 11, 125

    125. Hemos probado, pues, que la presencia y la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son una; la cual es tan celestial y divina que el Hijo da gracias por ello al Padre, diciendo: «Te doy gracias, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños.» []
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