El Espíritu Santo es uno y el mismo que habló en los profetas y en los apóstoles, que es el Espíritu de Dios y de Cristo; a quien además la Escritura designa el Paracleto, y el Espíritu de vida y de verdad.
I, 4, 55
I, 4, 56
I, 4, 57
I, 4, 58
I, 4, 59
I, 4, 60
I, 4, 61
El Espíritu Santo, puesto que santifica a las criaturas, no es ni criatura ni está sujeto a cambio. Es siempre bueno, puesto que es dado por el Padre y el Hijo; ni ha de ser contado entre las cosas que se dice que faltan. Ha de ser reconocido como fuente de bondad. El Espíritu de la boca de Dios, el enmendador de los males, y él mismo bueno. Finalmente, como se dice en la Escritura que es bueno, y es unido al Padre y al Hijo en el bautismo, no puede en modo alguno negarse que sea bueno. No se dice, sin embargo, que progresa, sino que es hecho perfecto en bondad, lo cual lo distingue de toda criatura.
I, 5, 62
I, 5, 63
I, 5, 64
I, 5, 65
I, 5, 66
I, 5, 67
I, 5, 68
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I, 5, 73
I, 5, 74
I, 5, 75
Aunque somos bautizados con agua y con el Espíritu, este último es muy superior al primero, y por lo tanto no ha de ser separado del Padre y del Hijo.
I, 6, 76
I, 6, 77
I, 6, 78
I, 6, 79
I, 6, 80
El Espíritu Santo no es una criatura, visto que es infinito, y fue derramado sobre los apóstoles dispersos por todas las regiones, y además santifica también a los Ángeles, a quienes nos hace iguales. María estuvo llena del mismo igualmente; también Cristo el Señor, y así todas las cosas altas y bajas. Y toda bendición tiene su origen de su operación, como fue significado en el movimiento del agua de Betesda.
I, 7, 81
I, 7, 81 (repetido en la edición)
I, 7, 82
I, 7, 83
I, 7, 84
I, 7, 85
I, 7, 86
I, 7, 87
I, 7, 88
I, 7, 89
El Espíritu Santo es dado por Dios solo, mas no del todo a cada persona, pues no hay nadie fuera de Cristo capaz de recibirlo enteramente. La caridad es derramada por el Espíritu Santo, el cual, prefigurado por el ungüento místico, se muestra que nada tiene de común con las criaturas; y Él, en cuanto se dice que procede de la boca de Dios, no debe ser clasificado con las criaturas ni con las cosas divisibles, pues es eterno.
I, 8, 90
I, 8, 91
I, 8, 92
I, 8, 93
I, 8, 94
I, 8, 95
I, 8, 96
I, 8, 97
I, 8, 98
I, 8, 99
El Espíritu Santo es llamado con razón crisma de Cristo y óleo de la alegría; y por qué Cristo mismo no es el crisma, pues fue ungido con el Espíritu Santo. No es extraño que el Espíritu sea llamado Crisma, ya que el Padre y el Hijo son también llamados Espíritu. Y no hay confusión entre ellos, pues solo Cristo padeció la muerte, de cuya cruz salvadora se habla luego.
I, 9, 100
I, 9, 101
I, 9, 102
I, 9, 102 (repetido en la edición)
I, 9, 103
I, 9, 104
I, 9, 105
I, 9, 106
I, 9, 107
I, 9, 108
I, 9, 109
I, 9, 110
I, 9, 111
Que el Espíritu perdona el pecado es común a Él con el Padre y el Hijo, pero no con los Ángeles.
I, 10, 112
I, 10, 113
I, 10, 114
I, 10, 115
El Espíritu es enviado a todos, y no pasa de un lugar a otro, pues no está limitado ni por el tiempo ni por el espacio. Procede del Hijo, como el Hijo del Padre, en Quien mora siempre; y también viene a nosotros cuando lo recibimos. Viene asimismo de la misma manera que el Padre mismo, de Quien de ningún modo puede ser separado.
I, 11, 116
I, 11, 117
I, 11, 118
I, 11, 119
I, 11, 120
I, 11, 121
I, 11, 122
I, 11, 123
I, 11, 124
I, 11, 125