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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre el Espíritu Santo

    Milán · hacia 381 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF41 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 7 · Capítulo 7Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-02

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    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 19
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 20
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 7, sumario
    El Hijo mismo no juzga ni castiga sin el Espíritu, de modo que el mismo Espíritu es llamado Espada de la Palabra. Mas, ya que la Palabra a su vez es llamada Espada del Espíritu, se reconoce con ello en cada uno la suma unidad de poder.

    III, 7, 44

    44. Pero ¿qué diremos de los demás puntos? Hemos oído que el Señor Jesús no solo juzga en el Espíritu, sino que también castiga. Pues tampoco castigaría al Anticristo, a quien, como leemos, «el Señor Jesús matará con el Espíritu de su boca,» [] si no hubiera juzgado antes sus merecimientos. Y aquí no se trata de una gracia recibida, sino que la unidad permanece indivisa, pues ni Cristo puede estar sin el Espíritu, ni el Espíritu sin Cristo. Porque la unidad de la naturaleza divina no puede dividirse.

    III, 7, 45

    45. Y puesto que se nos presenta aquel ejemplo, que el Señor Jesús matará con el Espíritu de su boca, se entiende que el Espíritu es, por así decir, la Espada de la Palabra. Finalmente, también en el Evangelio dice el mismo Señor Jesús: «No he venido a traer paz, sino espada.» [] Pues vino para dar el Espíritu; y por eso hay en su boca una espada de dos filos, [] que es en verdad la gracia del Espíritu. Así, el Espíritu es la Espada de la Palabra.

    III, 7, 46

    46. Y para que sepas que no hay desigualdad, sino unidad de naturaleza, también la Palabra es Espada del Espíritu Santo, pues está escrito: «Tomando el escudo de la fe, con el cual podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno. Y tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.» []

    III, 7, 47

    47. Si, pues, la Espada de la Palabra es el Espíritu Santo, y la Espada del Espíritu Santo es la Palabra de Dios, hay ciertamente en ellos unidad de poder.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 8, sumario
    La unidad antedicha se prueba con esto: que así como se dice que el Padre fue contristado y tentado, también lo fue el Hijo. El Hijo fue también tentado en el desierto, donde se levantó una figura de la cruz en la serpiente de bronce; pero el Apóstol dice que el Espíritu fue también tentado allí. De esto infiere San Ambrosio que los israelitas fueron guiados a la tierra prometida por el mismo Espíritu, y que su voluntad y poder son uno con los del Padre y del Hijo.

    III, 8, 48

    48. Y podemos contemplar esta unidad también en otros pasajes de las Escrituras. Pues, mientras Ezequiel dice al pueblo de los judíos: «Y me habéis contristado en todas estas cosas, dice el Señor;» [] Pablo dice al pueblo nuevo en su Epístola: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios, en el cual fuisteis sellados.» [] Asimismo, mientras Isaías dice de los judíos mismos: «Mas no creyeron, sino que contristaron al Espíritu Santo;» [] David dice de Dios: «Contristaron al Altísimo en el desierto y tentaron a Dios en sus corazones.»

    III, 8, 49

    49. Entiende también que, mientras la Escritura dice en otros lugares que el Espíritu fue tentado y que Dios fue tentado, dice también que Cristo fue tentado; pues tienes al Apóstol diciendo a los corintios: «Ni tentemos a Cristo, como algunos de ellos lo tentaron y perecieron por las serpientes.» [] Justo fue el castigo: que sintieran el veneno quienes no habían venerado al Hacedor.

    III, 8, 50

    50. Y bien dispuso el Señor que, por la elevación de la serpiente de bronce, fuesen sanadas las heridas de los mordidos; pues la serpiente de bronce es figura de la Cruz; porque, aunque Cristo fue levantado en su carne, sin embargo en él fue crucificado el Apóstol para el mundo, y el mundo para él; pues dice: «El mundo me ha sido crucificado a mí, y yo al mundo.» [] Así fue crucificado el mundo en sus atractivos, y por eso fue colgada no una serpiente verdadera, sino de bronce; porque el Señor tomó sobre sí la semejanza de un pecador, ciertamente en la verdad de su cuerpo, pero sin la verdad del pecado, para que, imitando a la serpiente por la apariencia engañosa de la debilidad humana, despojándose de la piel de la carne, pudiera destruir la astucia de la verdadera serpiente. Y por eso en la cruz del Señor, que vino en ayuda del hombre vengando la tentación, yo, que acepto la medicina de la Trinidad, reconozco en los malvados la ofensa contra la Trinidad.

    III, 8, 51

    51. Por tanto, cuando halles en el libro de Moisés que el Señor, al ser tentado, envió serpientes contra el pueblo de los judíos, es necesario que o confieses la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la divina Majestad, o ciertamente, cuando el escrito del Apóstol dice que el Espíritu fue tentado, sin duda designó al Espíritu con el nombre de Señor. Mas el Apóstol, escribiendo a los Hebreos, dice que el Espíritu fue tentado, pues hallas esto: «Por lo cual dice el Espíritu Santo: Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron y vieron mis obras. Cuarenta años estuve cerca de esta generación, y dije: Siempre yerran en su corazón; mas no conocieron mis caminos, como juré en mi ira: Si entrarán en mi reposo.» []

    III, 8, 52

    52. Por tanto, según el Apóstol, el Espíritu fue tentado. Si fue tentado, ciertamente también guiaba al pueblo de los judíos hacia la tierra de la promesa, como está escrito: «Pues los condujo por el abismo, como a un caballo por el desierto, y no se fatigaron, y como al ganado por la llanura. El Espíritu descendió del Señor y los guió.» [] Y ciertamente les ministró la lluvia serena del alimento celestial; él, con una lluvia fecunda, hizo fructificar aquella cosecha cotidiana que la tierra no había producido y que el labrador no había sembrado.

    III, 8, 53

    53. Consideremos ahora estos puntos uno por uno. Dios había prometido el reposo a los judíos; el Espíritu llama suyo aquel reposo. Dios Padre cuenta que fue tentado por los incrédulos, y el Espíritu dice que fue tentado por los mismos, pues una es la tentación con que la única Deidad de la Trinidad fue tentada por los incrédulos. Dios condena al pueblo de los judíos, de modo que no puedan alcanzar la tierra que mana leche y miel, es decir, el reposo de la resurrección; y el Espíritu los condena por el mismo decreto: «Si entrarán en mi reposo.» Es, pues, decreto de una sola voluntad, excelencia de un solo poder.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 9, sumario
    Que el Espíritu Santo es provocado se prueba por las palabras de San Pedro, en las cuales se muestra que el Espíritu de Dios es uno y el mismo que el Espíritu del Señor, tanto por otros pasajes como por referencia a la sentencia del mismo Apóstol sobre Ananías y Safira; de donde se arguye que queda probada la unión del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, así como su propia deidad.

    III, 9, 54

    54. Acaso, sin embargo, alguien podría decir que este pasaje no puede aplicarse especialmente al Espíritu Santo, si el mismo apóstol Pedro no nos hubiera enseñado en otro lugar que el Espíritu Santo puede ser tentado por nuestros pecados; pues hallas que a la mujer de Ananías se le dice así: «¿Por qué os habéis concertado para tentar al Espíritu del Señor?» [] Pues el Espíritu del Señor es el mismo Espíritu de Dios; porque hay un solo Espíritu Santo, como también enseñó el apóstol Pablo, diciendo: «Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.» [] Mencionó primero el Espíritu de Dios y al punto añade que el mismo es el Espíritu de Cristo. Y, habiendo hablado del Espíritu, para que entendamos que donde está el Espíritu Santo allí está Cristo, añadió: «Mas si Cristo está en vosotros.» []

    III, 9, 55

    55. Luego, del mismo modo que entendemos aquí que donde está el Espíritu, allí está también Cristo; así también muestra en otro lugar que donde está Cristo, allí está también el Espíritu Santo. Pues, habiendo dicho: «¿Buscáis una prueba de que Cristo habla en mí?» [] dice en otro lugar: «Pues pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios.» [] La unidad, pues, es inseparable, porque por el testimonio de la Escritura, donde se designa al Padre, al Hijo o al Espíritu Santo, allí está toda la plenitud de la Trinidad.

    III, 9, 56

    56. Mas el propio Pedro, en el caso que hemos aducido, habló primero del Espíritu Santo y luego lo llamó Espíritu del Señor; pues lees lo siguiente: «Ananías, ¿por qué ha llenado Satanás tu corazón para mentir al Espíritu Santo y defraudar en cuanto al precio del campo? ¿Acaso, mientras permanecía, no seguía siendo tuyo, y, una vez vendido, no estaba en tu poder? ¿Por qué concebiste esta maldad en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.» [] Y más abajo dice a la mujer: «¿Por qué os habéis concertado para tentar al Espíritu del Señor?» []

    III, 9, 57

    57. En primer lugar, entendemos que llamó al Espíritu Santo Espíritu del Señor. Luego, puesto que mencionó primero al Espíritu Santo y añadió: «No has mentido a los hombres, sino a Dios,» necesariamente has de entender o la unidad de la Deidad en el Espíritu Santo, puesto que, cuando se tienta al Espíritu Santo, se miente a Dios; o, si te esfuerzas por excluir la unidad de la Deidad, tú mismo, según las palabras de la Escritura, ciertamente crees que él es Dios.

    III, 9, 58

    58. Pues si entendemos que estas expresiones se usan tanto del Espíritu como del Padre, ciertamente observamos la unidad de verdad y de conocimiento en Dios Padre y en el Espíritu Santo, pues la falsedad es descubierta igualmente por el Espíritu Santo y por Dios Padre. Mas si hemos recibido cada verdad acerca del Espíritu, ¿por qué tú, hombre infiel, intentas negar lo que lees? Confiesa, pues, o la unidad de la Deidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o la Deidad del Espíritu Santo. Cualquiera de las dos que digas, habrás dicho cada una en Dios, pues tanto la unidad sostiene la Deidad como la Deidad la unidad

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 10, sumario
    La divinidad del Espíritu Santo está apoyada por un pasaje de San Juan. Este pasaje fue, en verdad, borrado por los herejes, pero es un intento vano, pues así su infidelidad podía ser más fácilmente convencida. Se considera el orden del contexto a fin de mostrar que este pasaje se refiere al Espíritu. Nace del Espíritu quien nace de nuevo del mismo Espíritu, de quien se cree que Cristo mismo fue nacido y nacido de nuevo. Además, la Deidad del Espíritu se infiere de dos testimonios de San Juan; y, por último, se explica cómo el Espíritu, el agua y la sangre son llamados testigos.

    III, 10, 59

    59. Y no solo en este lugar da la Escritura testimonio de la [θεότης], es decir, de la Deidad del Espíritu Santo; sino que también el Señor mismo dijo en el Evangelio: «El Espíritu es Dios.» Pasaje del cual vosotros, arrianos, testificáis tan expresamente que se dice del Espíritu, que lo borráis de vuestros códices, ¡y ojalá fuera de los vuestros y no también de los de la Iglesia! Pues en el tiempo en que Auxencio se había apoderado de la Iglesia de Milán con las armas y fuerzas de la impía incredulidad, la Iglesia de Sirmio fue atacada por Valente y Ursacio, cuando sus sacerdotes [es decir, obispos] flaquearon en la fe; esta falsedad y sacrilegio vuestro se halló en los libros eclesiásticos. Y puede acontecer que hicierais lo mismo en el pasado.

    III, 10, 60

    60. Y habéis podido, en verdad, borrar las letras, mas no pudisteis quitar la fe. Aquella raspadura os delató más, aquella raspadura os condenó más; y no pudisteis borrar la verdad, sino que aquella raspadura borró vuestros nombres del libro de la vida. ¿Por qué fue suprimido el pasaje, «Porque Dios es Espíritu», si no se refería al Espíritu? Pues si pretendéis que la expresión se usa de Dios Padre, vosotros, que pensáis que ha de borrarse, negáis, en consecuencia, a Dios Padre. Elegid lo que queráis: en uno y otro caso os atará el lazo de vuestra propia impiedad, si os confesáis paganos negando que el Padre o el Espíritu sea Dios. Por tanto, queda vuestra confesión con que habéis borrado la Palabra de Dios, mientras teméis el original.
    Comentario editorial · «Porque el Espíritu es Dios»: una lectura que Ambrosio atribuye a los arrianos
    En III, 10, 59–63 Ambrosio acusa a los arrianos de haber borrado de sus códices las palabras con que termina Juan 3:6 tal como él las lee: «lo que nace del Espíritu, Espíritu es, porque el Espíritu es Dios» (§ 63). Una nota del NPNF dice que es «la lectura completa del pasaje según Ambrosio»; otra cita a Westcott, para quien tales acusaciones de corrupción voluntaria son infundadas, pues esas palabras «no tienen autoridad griega» y son «evidentemente un comentario» (la referencia que imprime el NPNF, «Juan v. 6», no coincide con Juan 3:6, que es el pasaje comentado). En el § 59 Ambrosio nombra a Auxencio, el obispo arriano de Milán que le precedió: capadocio, según el NPNF, impuesto tras el sínodo de Milán de 355 y obispo hasta su muerte en 374; la Iglesia católica no lo cuenta en su lista (Wikipedia).

    III, 10, 61

    61. Lo habéis borrado, ciertamente, en vuestros pechos y mentes, pero la Palabra de Dios no está borrada, el Espíritu Santo no está borrado, sino que se aparta de las mentes impías; no la gracia, sino la iniquidad es borrada; porque está escrito: «Yo soy, yo soy el que borro tus iniquidades.» [] Por último, Moisés, rogando por el pueblo, dice: «Bórrame de tu libro, si no perdonas a este pueblo.» [] Y, con todo, no fue borrado, porque no tenía iniquidad, sino que la gracia fluyó.

    III, 10, 62

    62. Quedáis, pues, convencidos por vuestra propia confesión de que no podéis decir que esto se hizo con sabiduría, sino con astucia. Porque con astucia sabéis que quedáis convencidos por el testimonio de aquel pasaje, y que vuestros argumentos no pueden aplicarse contra aquel testimonio. Pues ¿de dónde, si no, podría derivarse el sentido de aquel lugar, siendo todo el tenor del pasaje acerca del Espíritu?

    III, 10, 63

    63. Nicodemo pregunta acerca del nuevo nacimiento, y el Señor responde: «En verdad, en verdad te digo que, si uno no nace de nuevo por el agua y el Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» [] Y para mostrar que hay un nacimiento según la carne y otro según el Espíritu, añadió: «Lo que nace de la carne, carne es, porque nace de la carne; y lo que nace del Espíritu, Espíritu es, porque el Espíritu es Dios.» Recorred todo el curso del pasaje y hallaréis que Dios ha excluido vuestra impiedad por la plenitud de su afirmación: «No te maravilles», dice, «de que te haya dicho: Os es necesario nacer de nuevo. El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, mas no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo el que ha nacido del Espíritu.» []

    III, 10, 64

    64. ¿Quién es el que nace del Espíritu y es hecho Espíritu, sino aquel que es renovado en el Espíritu de su mente? [] Este es ciertamente aquel que es regenerado por el agua y el Espíritu Santo, puesto que recibimos la esperanza de la vida eterna mediante el lavacro de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo. [] Y en otro lugar dice el apóstol Pedro: «Seréis bautizados con el Espíritu Santo.» [] Pues, ¿quién es el que es bautizado con el Espíritu Santo, sino el que nace de nuevo por el agua y el Espíritu Santo? Por tanto, el Señor dijo del Espíritu Santo: En verdad, en verdad te digo que, si uno no nace de nuevo por el agua y el Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Y por esto declaró que nacemos de él en el último caso, por medio de quien dijo que nacemos en el primero. Esta es la sentencia del Señor; me apoyo en lo escrito, no en el argumento.

    III, 10, 65

    65. Pregunto, sin embargo, por qué, si no hay duda de que nacemos de nuevo por el Espíritu Santo, ha de haber duda de que nacemos del Espíritu Santo, puesto que el Señor Jesús mismo fue nacido y nacido de nuevo del Espíritu Santo. Y si confesáis que él nació del Espíritu Santo, porque no podéis negarlo, pero negáis que nació de nuevo, es gran necedad confesar lo que es propio de Dios y negar lo que es común a los hombres. Y por eso se os dice bien lo que se dijo a los judíos: «Si os he dicho cosas terrenales y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?» []

    III, 10, 66

    66. Y, con todo, hallamos cada pasaje escrito en griego de tal modo que no dijo por el Espíritu, sino del Espíritu. Pues se lee así: [ἀ] [μήν, ἀμήν, λέγω σοι, ἐὰν μή τις γεννηθῇ ἐξ ὓδατος και Πνεύματος], esto es, del agua y del Espíritu. Por lo cual, puesto que no se ha de dudar que «lo que nace del Espíritu» está escrito del Espíritu Santo, no hay duda sino que el Espíritu Santo también es Dios, según aquello que está escrito, «el Espíritu es Dios».

    III, 10, 67

    67. Pero el mismo evangelista, para hacer patente que esto escribía acerca del Espíritu Santo, dice en otro lugar: «Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no en el agua solamente, sino por el agua y por la sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad; pues tres son los que dan testimonio: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres son uno.»

    III, 10, 68

    68. Oíd cómo dan testimonio: el Espíritu renueva la mente, el agua sirve para el lavacro y la sangre se refiere al precio. Pues el Espíritu nos hizo hijos por adopción, el agua de la sagrada Fuente nos lavó, la sangre del Señor nos redimió. Así obtenemos un testimonio invisible y otro visible en un sacramento espiritual, porque «el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu». [] Aunque la plenitud del sacramento esté en cada uno, hay, sin embargo, distinción de oficio; de modo que donde hay distinción de oficio, ciertamente no hay igualdad de testimonio.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 11, sumario
    Se ha objetado que las palabras de San Juan, «El Espíritu es Dios», han de referirse a Dios Padre, puesto que Cristo declara después que Dios ha de ser adorado en Espíritu y en verdad. Se responde, en primer lugar, que con la palabra Espíritu se significa a veces la gracia espiritual; después se muestra que, si insisten en que la Persona del Espíritu Santo es significada por las palabras «en Espíritu», y por tanto niegan que se le deba adoración, el argumento vale igualmente contra el Hijo; y, como innumerables pasajes prueban que él ha de ser adorado, entendemos de esto que la misma regla ha de establecerse respecto del Espíritu. ¿Por qué se nos manda postrarnos ante su Escabel? Porque con esto se significa el Cuerpo del Señor, y, como el Espíritu fue su Hacedor, se sigue que él ha de ser adorado; y, sin embargo, no se sigue de ahí que María haya de ser adorada. Por tanto, no se suprime la adoración del Espíritu, sino que se expresa su unión con el Padre, cuando se dice que el Padre ha de ser adorado en Espíritu, y este punto se apoya en expresiones semejantes.

    III, 11, 69

    69. Pero quizá se pueda aducir que en un pasaje posterior del mismo libro el Señor dijo de nuevo que Dios es Espíritu, pero habló de Dios Padre. Pues tenéis este pasaje en el Evangelio: «Ya llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque también a tales busca el Padre. Dios es Espíritu, y quienes lo adoran deben adorarlo en Espíritu y en verdad.» [] Con este pasaje no solo queréis negar la divinidad del Espíritu Santo, sino también, del hecho de que Dios es adorado en Espíritu, deducir una sujeción del Espíritu.

    III, 11, 70

    70. A lo cual responderé brevemente que Espíritu se pone muchas veces por la gracia del Espíritu, como también dijo el Apóstol: «Pues el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles»; [] es decir, la gracia del Espíritu, a no ser que acaso hayáis podido oír los gemidos del Espíritu Santo. Así, pues, también aquí se adora a Dios, no en la maldad del corazón, sino en la gracia del Espíritu. «Porque en alma maliciosa no entrará la sabiduría», [] porque «nadie puede llamar a Jesús Señor sino en el Espíritu Santo». [] E inmediatamente añade: «Ahora bien, hay diversidad de dones». []

    III, 11, 71

    71. Ahora bien, esto no puede referirse a la plenitud ni a la división del Espíritu; porque ni la mente del hombre abarca su plenitud, ni él se divide en porciones de sí mismo; sino que derrama en [el alma] el don de la gracia espiritual, en la cual Dios es adorado, como también es adorado en verdad, porque nadie lo adora sino aquel que bebe la verdad de su Deidad con piadoso afecto. Y ciertamente no aprehende a Cristo como en persona, ni al Espíritu Santo en persona.

    III, 11, 72

    72. O si pensáis que esto se dice como en persona de Cristo y del Espíritu, entonces Dios es adorado en verdad de la misma manera que es adorado en Espíritu. Hay, por tanto, o una sujeción semejante —lo cual Dios no permita que creáis—, y el Hijo no es adorado; o, lo que es verdad, una gracia semejante de la Unidad, y el Espíritu es adorado.

    III, 11, 73

    73. Saquemos, pues, aquí nuestras conclusiones y pongamos fin a las impías cuestiones de los arrianos. Pues si dicen que el Espíritu no ha de ser adorado porque Dios es adorado en Espíritu, digan entonces que la Verdad no ha de ser adorada, porque Dios es adorado en verdad. Porque aunque hay muchas verdades, pues está escrito: «Las verdades se han menguado entre los hijos de los hombres», sin embargo, son dadas por la Verdad divina, que es Cristo, quien dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.» [] Si, por tanto, entienden la verdad en este pasaje por costumbre, entiendan también la gracia del Espíritu, y no hay tropiezo; o si reciben a Cristo como la Verdad, nieguen que él haya de ser adorado.

    III, 11, 74

    74. Pero ellos son refutados por los hechos de los piadosos y por el curso de las Escrituras. Pues María adoró a Cristo, y por eso es designada mensajera de la Resurrección para los apóstoles, [] desatando el vínculo hereditario y la enorme ofensa del género femenino. Porque el Señor obró esto místicamente, «para que, donde el pecado había abundado sobremanera, la gracia sobreabundase todavía más». [] Y con razón se designa a una mujer [como mensajera] para los hombres; para que la que primero había traído al hombre el mensaje del pecado, trajera primero el mensaje de la gracia del Señor.

    III, 11, 75

    75. Y los apóstoles adoraron; y por eso los que llevaron el testimonio de la fe recibieron autoridad acerca de la fe. Y los ángeles adoraron, de quienes está escrito: «Y adórenlo todos sus ángeles.» []

    III, 11, 76

    76. Pero no adoran solo su Deidad, sino también su Escabel, como está escrito: «Y adorad su escabel, porque es santo.» O si niegan que en Cristo han de adorarse también los misterios de su Encarnación, en los cuales observamos como ciertas huellas expresas de su Deidad y ciertos caminos del Verbo celestial, lean que incluso los apóstoles lo adoraron cuando resucitó en la gloria de su Carne. []

    III, 11, 77

    77. Por tanto, si en nada menoscaba a Cristo que Dios sea adorado en Cristo, pues también Cristo es adorado, ciertamente nada quita tampoco al Espíritu que Dios sea adorado en el Espíritu, pues también el Espíritu es adorado, como ha dicho el Apóstol: «Servimos al Espíritu de Dios», [] pues quien sirve, adora también, como se dice en un pasaje anterior: «Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás.» []

    III, 11, 78

    78. Mas para que nadie parezca acaso eludir el ejemplo que hemos aducido, consideremos de qué manera lo que dice el profeta, «Adorad su Escabel», parece referirse al misterio de la divina Encarnación, pues no hemos de estimar el escabel según la costumbre de los hombres. Porque ni Dios tiene cuerpo, ni es otro que aquel que está más allá de toda medida, para que pensemos que se puso un escabel como apoyo de sus pies. Y leemos que nada fuera de Dios ha de ser adorado, pues está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás.» ¿Cómo, pues, el profeta, criado bajo la Ley e instruido en la Ley, daría un precepto contra la Ley? La cuestión, pues, no es de poca importancia, y por ello consideremos con más diligencia qué es el escabel. Pues leemos en otro lugar: «El cielo es mi trono, y la tierra el escabel de mis pies.» [] Pero la tierra no ha de ser adorada por nosotros, pues es criatura de Dios.

    III, 11, 79

    79. Veamos, sin embargo, si el profeta no dice que ha de adorarse aquella tierra que el Señor Jesús tomó sobre sí al asumir la carne. Y así, por escabel se entiende la tierra, y por la tierra la Carne de Cristo, a la que también hoy adoramos en los misterios, y a la que los apóstoles, como dijimos arriba, adoraron en el Señor Jesús; porque Cristo no está dividido, sino que es uno; y cuando es adorado como Hijo de Dios, no se niega que nació de la Virgen. Puesto que, entonces, el misterio de la Encarnación ha de ser adorado, y la Encarnación es obra del Espíritu, como está escrito: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; y lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios», [] sin duda también el Espíritu Santo ha de ser adorado, ya que quien según la carne nació del Espíritu Santo es adorado.
    Comentario editorial · «Adorad su escabel»: lo que dice el texto y la lectura de la edición
    Ambrosio responde a quienes niegan que en Cristo deban adorarse también los misterios de su Encarnación (§ 76). Lee el «escabel» del profeta como la tierra y la tierra como «la Carne de Cristo, a la que también hoy adoramos en los misterios», de modo que adorar el misterio de la Encarnación, que es obra del Espíritu, implica adorar al Espíritu. Una nota del NPNF al § 79 no duda de que Ambrosio sostenía lo que llama la Presencia Real y ve aquí la costumbre de su tiempo de adorar a Cristo indivisiblemente Dios y hombre en el sacramento; remite a Sobre la fe V, 10 y a Sobre los misterios, §§ 52–54 y 58. Otra nota, a III, 11, 77, enlaza el argumento con el apolinarismo, que separaba las dos naturalezas. La Presencia Real es la lectura de los editores; el texto traducido no la nombra.

    III, 11, 80

    80. Y nadie desvíe esto a la Virgen María; María era templo de Dios, no el Dios del templo. Y, por tanto, solo ha de ser adorado aquel que obraba en su templo.

    III, 11, 81

    81. Nada, pues, va contra nuestro argumento el que Dios sea adorado en Espíritu, pues también el Espíritu es adorado. Aunque, si consideramos las palabras mismas, ¿qué otra cosa debemos entender en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo sino la unidad del mismo poder? Pues ¿qué es «deben adorar en Espíritu y en verdad»? Si, empero, no referís esto a la gracia del Espíritu ni a la fe verdadera de la conciencia, sino, como dijimos, personalmente (si es que esta palabra persona es apta para expresar la Majestad divina), habéis de tomarlo de Cristo y del Espíritu.

    III, 11, 82

    82. ¿Qué significa, pues, que el Padre es adorado en Cristo, sino que el Padre está en Cristo, y el Padre habla en Cristo, y el Padre permanece en Cristo? No, ciertamente, como cuerpo en cuerpo, porque Dios no es cuerpo; ni como mezcla confusa [confusus in confuso], sino como lo verdadero en lo verdadero, Dios en Dios, Luz en Luz; como el Padre eterno en el Hijo coeterno. Así, no se significa un injerto de cuerpo, sino la unidad de poder. Por tanto, por la unidad de poder, Cristo es juntamente adorado en el Padre cuando Dios Padre es adorado en Cristo. De igual manera, pues, por la unidad del mismo poder, el Espíritu es juntamente adorado en Dios, cuando Dios es adorado en el Espíritu.

    III, 11, 83

    83. Investiguemos con más diligencia la fuerza de aquella palabra y expresión, y deduzcamos su sentido propio de otros pasajes. «Tú has», se dice, «hecho todas las cosas en sabiduría.» ¿Entendemos acaso aquí que la Sabiduría no tuvo parte en las cosas que fueron hechas? Mas «todas las cosas fueron hechas por él». [] Y David dice: «Por la Palabra del Señor fueron establecidos los cielos.» Así, pues, el que llama al Hijo de Dios hacedor incluso de las cosas celestiales, ha dicho también claramente que todas las cosas fueron hechas en el Hijo, para que en la renovación de sus obras de ningún modo separara al Hijo del Padre, sino que lo uniera al Padre.

    III, 11, 84

    84. También Pablo dice: «Pues en él fueron creadas todas las cosas en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles.» [] ¿Acaso, cuando dice «en él», niega que hayan sido hechas por él? Ciertamente no lo negó, sino que lo afirmó. Y además dice en otro lugar: «Un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas.» [] Pues al decir «por él», ¿ha negado que todas las cosas hayan sido hechas en él, por quien dice que todas las cosas existen? Estas palabras, «en él» y «con él», tienen esta fuerza: que por ellas se entiende uno y semejante en todo, no contrario. Lo cual también aclaró más adelante, diciendo: «Todas las cosas han sido creadas por él y en él»; [] pues, como dijimos arriba, la Escritura testifica que estas tres expresiones, «con él», «por él» y «en él», son equivalentes en Cristo. Pues leéis que todas las cosas fueron hechas por él y en él.

    III, 11, 85

    85. Aprended también que el Padre estaba con él, y él con el Padre, cuando todas las cosas eran hechas. Dice la Sabiduría: «Cuando él preparaba los cielos, allí estaba yo con él; cuando afirmaba las fuentes de las aguas.» [] Y en el Antiguo Testamento el Padre, al decir: «Hagamos», [] mostró que el Hijo había de ser adorado consigo mismo como Hacedor de todas las cosas. Así, pues, como se dice que aquellas cosas fueron creadas en el Hijo, de las cuales el Hijo es recibido como Creador, así también, cuando se dice que Dios es adorado en verdad, por el sentido propio de la palabra misma, expresado a menudo de la misma manera, debe entenderse que también el Hijo es adorado. De igual modo, pues, también el Espíritu es adorado, porque Dios es adorado en Espíritu. Por tanto, el Padre es adorado juntamente con el Hijo y con el Espíritu, porque la Trinidad es adorada.

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 12, sumario
    Del hecho de que San Pablo ha mostrado que la luz de la Deidad que los tres apóstoles adoraron en Cristo está en la Trinidad, se deduce claramente que también el Espíritu ha de ser adorado. Se demuestra por las palabras mismas que los apóstoles se referían al Espíritu. La Deidad del mismo Espíritu se prueba por el hecho de que tiene un templo en el cual habita no como sacerdote, sino como Dios; y es adorado con el Padre y el Hijo, de donde se entiende la unidad de naturaleza en Ellos.

    III, 12, 86

    86. ¿Pero acaso alguien niega que la Deidad de la Trinidad eterna ha de ser adorada? Pues las Escrituras también expresan la inefable Majestad de la Divina Trinidad, como dice el Apóstol en otro lugar: «Porque Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandeció en nuestros corazones para dar la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.» []

    III, 12, 87

    87. Verdaderamente vieron esta gloria los apóstoles, cuando el Señor Jesús resplandeció en el monte con la luz de su Deidad: «Los apóstoles», dice, «lo vieron y cayeron sobre su rostro.» [] ¿Acaso no piensas que ellos, al caer, adoraron, cuando no podían con sus ojos corporales soportar el resplandor del divino esplendor, y la gloria de la luz eterna embotó la agudeza de la vista mortal? ¿O qué otra cosa dijeron los que vieron su gloria en aquel momento, sino: «Venid, adoremos y postrémonos ante Él»? Porque «Dios resplandeció en nuestros corazones para dar la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.» []

    III, 12, 88

    88. ¿Quién es, pues, Aquel que resplandeció para que conociésemos a Dios en la faz de Jesucristo? Porque dijo: «Dios resplandeció», para que la gloria de Dios fuese conocida en la faz de Jesucristo. ¿A quién otro pensamos sino al Espíritu manifestado? ¿O quién hay, fuera del Espíritu Santo, a quien pueda referirse el poder de la Deidad? Pues los que excluyen al Espíritu necesariamente han de introducir a otro que, con el Padre y el Hijo, reciba la gloria de la Deidad.

    III, 12, 89

    89. Volvamos, pues, a las mismas palabras: «Dios, que resplandeció en nuestros corazones para dar la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.» Tienes a Cristo claramente manifestado. Pues ¿de quién se dice que da luz la gloria, sino del Espíritu? Así, pues, puso de manifiesto a Dios mismo, ya que habló de la gloria de Dios; si del Padre, queda que «Aquel que dijo que de las tinieblas resplandeciese la luz y resplandeciese en nuestros corazones» se entienda como el Espíritu Santo, porque no podemos venerar a ningún otro con el Padre y el Hijo. Si, pues, entiendes al Espíritu, a Él también llamó Dios el Apóstol; es necesario, pues, que también confieses la Deidad del Espíritu tú que ahora la niegas.

    III, 12, 90

    90. Pero ¡con cuánta desvergüenza niegas esto, habiendo leído que el Espíritu Santo tiene un templo! Porque está escrito: «Vosotros sois templo de Dios, y el Espíritu Santo habita en vosotros.» [] Ahora bien, Dios tiene templo; una criatura no tiene verdadero templo. Mas el Espíritu, que habita en nosotros, tiene templo. Porque está escrito: «Vuestros miembros son templos del Espíritu Santo.» []

    III, 12, 91

    91. Pero no habita en el templo como sacerdote, ni como ministro, sino como Dios, puesto que el mismo Señor Jesús dijo: «Habitaré en ellos, y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.» [] Y David dice: «El Señor está en su santo templo.» Por tanto, el Espíritu habita en su santo templo, como habita el Padre y como habita el Hijo, que dice: «Yo y el Padre vendremos, y haremos morada con él.» []

    III, 12, 92

    92. Mas el Padre permanece en nosotros por el Espíritu, al cual nos ha dado. ¿Cómo, pues, pueden habitar juntas naturalezas diferentes? Ciertamente es imposible. Pero el Espíritu habita con el Padre y el Hijo. De donde también el Apóstol unió la comunión del Espíritu Santo con la gracia de Jesucristo y el amor de Dios, diciendo: «La gracia del Señor Jesucristo, y el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.» []

    III, 12, 91 (repetido en la edición)

    91. Observamos, pues, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitan en uno y el mismo [sujeto] por la unidad de la misma naturaleza. Por tanto, Aquel que habita en el templo tiene poder divino, pues como del Padre y del Hijo, así también nosotros somos templo del Espíritu Santo; no muchos templos, sino un solo templo, porque es templo de una sola Potestad.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 13, sumario
    A los que objetan que los católicos, al atribuir Deidad al Espíritu Santo, introducen tres dioses, se responde que por el mismo argumento ellos introducen dos dioses, a menos que nieguen la Deidad al Hijo; después de lo cual se expone la doctrina ortodoxa.

    III, 13, 92

    92. Pero ¿qué temes? ¿Es acaso aquello contra lo cual sueles hablar? Para que no introduzcas tres dioses. ¡Dios no lo permita! Porque donde la Deidad se entiende como una, se habla de un solo Dios. Pues ni cuando llamamos Dios al Hijo decimos que hay dos dioses. Porque si, cuando confiesas la Deidad del Espíritu, piensas que se habla de tres dioses, entonces, también cuando hablas de la Deidad del Hijo, porque no puedes negarla, introduces dos dioses. Pues es necesario, según tu opinión, si piensas que Dios es nombre de una sola persona, no de una sola naturaleza, que o digas que hay dos dioses, o niegues que el Hijo es Dios.

    III, 13, 93

    93. Pero librémonos de la acusación de ignorancia, aunque no te excusamos de culpa. Pues según nuestra opinión, porque hay un solo Dios, se entiende una sola Deidad y unidad de poder. Porque así como decimos que hay un solo Dios, confesando al Padre y no negando al Hijo bajo el verdadero Nombre de la Deidad, así también no excluimos al Espíritu Santo de la Unidad de la Deidad, y no afirmamos sino que negamos que haya tres dioses, porque no es la unidad sino la división de poder lo que produce pluralidad. Pues ¿cómo puede la Unidad de la Deidad admitir pluralidad, siendo así que la pluralidad es propia de los números, pero la Naturaleza Divina no admite números?

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 14, sumario
    Además de las pruebas aducidas arriba, pueden traerse otros pasajes para probar la soberanía de las Tres Personas. Se citan dos de las Epístolas a los Tesalonicenses, y cotejando otros testimonios de las Escrituras se muestra que en ellos se reclama el dominio para el Espíritu como para las otras Personas. Luego, citando otro pasaje aún más expreso de la segunda Epístola a los Corintios, se infiere que el Espíritu es Señor y que donde está el Señor, allí está el Espíritu.

    III, 14, 94

    94. Dios, pues, es Uno, sin menoscabo de la majestad de la Trinidad eterna, como se declara en el ejemplo que se nos ha propuesto. Y no solo en aquel lugar vemos expresada la Trinidad en el Nombre de la Deidad, sino en muchos lugares, como hemos dicho también arriba, y especialmente en las epístolas que el Apóstol escribió a los Tesalonicenses, donde clarísimamente expuso la Deidad y la soberanía del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Porque lees lo siguiente: «El Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos, como también nosotros para con vosotros, para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad, delante de Dios y Padre nuestro, en la venida del Señor Jesús.» []

    III, 14, 95

    95. ¿Quién es, pues, el Señor que nos hace crecer y abundar delante de Dios y Padre nuestro en la venida del Señor Jesús? Ha nombrado al Padre y ha nombrado al Hijo; ¿a quién, pues, ha unido con el Padre y el Hijo sino al Espíritu? ¿Quién es el Señor que afirma nuestros corazones en santidad? Porque la santidad es gracia del Espíritu, como también se dice más adelante: «en santificación del Espíritu y fe en la verdad.» []

    III, 14, 96

    96. ¿Quién, pues, piensas que es aquí llamado Señor, sino el Espíritu? ¿Y no ha podido enseñarte Dios Padre, que dice: «Sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse sobre Él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo»? [] Porque el Espíritu descendió en forma de paloma, [] para dar testimonio de su sabiduría, y perfeccionar el sacramento del lavatorio espiritual, y mostrar que su operación es una con la del Padre y del Hijo.

    III, 14, 97

    97. Y para que no supongas que algo se le escapó al Apóstol por descuido, sino que a sabiendas, de propósito e inspirado por el Espíritu, designó Señor a Aquel a quien sentía Dios, repitió lo mismo en la segunda Epístola a los Tesalonicenses, diciendo: «Y el Señor dirija vuestros corazones en el amor de Dios y en la paciencia de Cristo.» [] Si el amor es de Dios y la paciencia de Cristo, debe mostrarse quién es el Señor que dirige, si negamos que la dirección sea del Espíritu Santo.

    III, 14, 98

    98. Pero no podemos negarlo, puesto que el Señor dijo de Él: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas. Mas cuando venga Él, el Espíritu de Verdad, os guiará a toda la verdad.» [] Y David dice de Él: «Tu buen Espíritu me guíe por tierra recta.»

    III, 14, 99

    99. Mira lo que la voz del Señor pronunció acerca del Espíritu Santo. Vino el Hijo de Dios, y como aún no había derramado el Espíritu, declaró que vivíamos como niños pequeños sin el Espíritu. Dijo que había de venir el Espíritu que de estos niños pequeños hiciera varones fuertes, mediante el aumento, a saber, de la edad espiritual. Y esto lo estableció no para poner la potencia del Espíritu en primer lugar, sino para mostrar que la plenitud de la fortaleza consiste en el conocimiento de la Trinidad.

    III, 14, 100

    100. Es, por tanto, necesario que o menciones alguna cuarta persona además del Espíritu, de la cual debas tener conciencia, o ciertamente que no consideres a otro como Señor, sino al Espíritu que ha sido señalado.

    III, 14, 101

    101. Pero si exiges la declaración expresa de las palabras en las que la Escritura ha hablado del Espíritu como Señor, no puede habérsete escapado que está escrito: «El Señor es el Espíritu.» [] Lo cual muestra el curso de todo el pasaje que fue dicho ciertamente del Espíritu Santo. Consideremos, pues, la afirmación apostólica: «Cada vez que se lee a Moisés,» dice, «un velo está puesto sobre su corazón; pero cuando se conviertan al Señor, el velo será quitado. El Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» []

    III, 14, 102

    102. Así, pues, no solo llamó Señor al Espíritu, sino que añadió: «Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Así nosotros todos, con el rostro descubierto, reflejando la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor;» [] es decir, nosotros, que antes nos hemos convertido al Señor, de modo que por comprensión espiritual vemos la gloria del Señor, como en un espejo, en las Escrituras, ahora somos transformados de aquella gloria que nos convirtió al Señor a la gloria celestial. Por tanto, puesto que es el Señor a quien nos convertimos, y el Señor es aquel Espíritu por quien somos transformados, los que nos convertimos al Señor, ciertamente se nos señala al Espíritu Santo, porque Aquel que transforma recibe a los que se convierten. Pues ¿cómo transformaría de nuevo a aquellos a quienes no había recibido?

    III, 14, 103

    103. Aunque, ¿para qué buscar la expresión de las palabras donde vemos la expresión de la unidad? Porque aunque distingas entre el Señor y el Espíritu, no puedes negar que donde está el Señor, allí está también el Espíritu, y quien se ha convertido al Señor se habrá convertido al Espíritu. Si te fijas en la letra, no puedes dañar la Unidad; si quieres separar la Unidad, confiesas al Espíritu mismo como el Señor del poder.

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 15, sumario
    Aunque el Espíritu sea llamado Señor, no por ello se implican tres Señores; así como el hecho de que el Hijo, de la misma manera que el Padre, sea llamado Señor en muchos pasajes de la Escritura no implica dos Señores; porque el Señorío existe en la Deidad, y la Deidad en el Señorío, y ambas coinciden sin división en las Tres Personas.

    III, 15, 104

    104. Pero quizá dirás de nuevo: Si llamo Señor al Espíritu, presentaré tres Señores. ¿Acaso tú, cuando llamas Señor al Hijo, o niegas al Hijo o confiesas dos Señores? ¡Dios no lo permita!, porque el mismo Hijo dijo: «No podéis servir a dos señores.» [] Mas ciertamente no negó que Él mismo o el Padre fuese Señor; porque llamó Señor al Padre, como lees: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra.» [] Y el Señor habló de sí mismo, como leemos en el Evangelio: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy.» [] Pero no habló de dos Señores; en verdad muestra que no hablaba de dos Señores cuando les advierte: «No podéis servir a dos señores.» Porque no hay dos Señores donde el Señorío es uno solo, pues el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, y así hay un solo Señor.

    III, 15, 105

    105. Tal era también la enseñanza de la Ley: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es un solo Señor,» [] es decir, inmutable, que permanece siempre en la unidad de poder, siempre el mismo, y no alterado por añadidura o disminución alguna. Por eso Moisés lo llamó Uno, y sin embargo refiere que el Señor hizo llover fuego de parte del Señor. [] También el Apóstol dice: «Concédale el Señor hallar misericordia de parte del Señor.» [] El Señor llueve de parte del Señor; el Señor concede misericordia de parte del Señor. El Señor no se divide cuando llueve de parte del Señor, ni hay separación cuando concede misericordia de parte del Señor, sino que en ambos casos se expresa la unidad del Señorío.

    III, 15, 106

    106. También en los Salmos encuentras: «Dijo el Señor a mi Señor.» Y no negó por eso que el Padre fuese su Señor, porque hablara del Hijo como su Señor; sino que por eso llamó al Hijo su Señor, para que no pensaras que era el Hijo, sino el Señor del profeta, como el mismo Señor mostró en el Evangelio, cuando dijo: «Si David en el Espíritu lo llama Señor, ¿cómo es su hijo?» [] David, no el Espíritu, lo llama Señor en el Espíritu. O si de esto infieren falsamente que el Espíritu lo llamó Señor, necesariamente han de parecer afirmar, por semejante sacrilegio, que el Hijo de Dios es también Hijo del Espíritu.

    III, 15, 107

    107. Así como no decimos que hay dos Señores cuando así llamamos al Padre y al Hijo, tampoco decimos que hay tres Señores cuando confesamos que el Espíritu es Señor. Porque así como es profano decir que hay tres Señores o tres dioses, también es suma profanidad hablar de dos Señores o dos dioses; porque hay un solo Dios, un solo Señor, un solo Espíritu Santo; y Aquel que es Dios es Señor, y Aquel que es Señor es Dios, pues la Deidad está en el Señorío, y el Señorío está en la Deidad.

    III, 15, 108

    108. Finalmente, has leído que el Padre es a la vez Señor y Dios: «Señor, Dios mío, a ti clamaré, óyeme.» Encuentras que el Hijo es a la vez Señor y Dios, como has leído en el Evangelio, que cuando Tomás hubo tocado el costado de Cristo, dijo: «¡Señor mío y Dios mío!» [] Así, de la misma manera que el Padre es Dios y el Hijo Señor, así también el Hijo es Dios y el Padre Señor. La santa designación pasa de uno a otro, la naturaleza divina no cambia, sino que la dignidad permanece inmutable. Pues no son [por así decir] aportaciones reunidas de la liberalidad, sino dones de libre voluntad del amor natural; porque la Unidad tiene su propiedad especial, y las propiedades especiales se enlazan en la unidad.
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