El Padre es santo, y asimismo el Hijo y el Espíritu, y por eso son honrados en el mismo Trisagio: ni podemos hablar más dignamente de Dios que llamándole Santo; de donde se desprende que no debemos menoscabar la dignidad del Espíritu Santo. En Él está todo lo que pertenece a Dios, puesto que en el bautismo es nombrado con el Padre y el Hijo, y el Padre le ha dado ser mayor que todas las cosas, sin que nadie pueda privarle de esto. Y así, del mismísimo pasaje de San Juan que los herejes usaban contra su dignidad, se establece la igualdad de la Trinidad y la Unidad de la Deidad. Finalmente, después de explicar cómo el Hijo recibe del Padre, San Ambrosio muestra cómo diversas herejías son refutadas por el pasaje citado.
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San Ambrosio muestra con ejemplos que los lugares en que se pronunciaron aquellas palabras ayudan a la comprensión de las palabras del Señor; muestra que Cristo pronunció el pasaje citado de San Juan en el pórtico de Salomón, por el cual se significa la mente del hombre sabio, pues dice que Cristo no habría pronunciado esta sentencia en el corazón de un hombre necio o contencioso. Continúa diciendo que Cristo es apedreado por quienes no creen estas palabras, y así como las llaves del cielo fueron dadas a Pedro por su confesión de ellas, así Iscariote, porque no creyó las mismas, pereció miserablemente. Aprovecha esta ocasión para lanzar invectivas contra los judíos que compraron al Hijo de Dios y vendieron a José. Explica místicamente el precio pagado por cada uno; y habiendo expuesto de la misma manera el murmullo del traidor acerca del ungüento de Magdalena, añade que Cristo es comprado de una manera por los herejes y de otra por los católicos, y que en vano se atribuyen el nombre de cristianos quienes separan al Espíritu del Padre.
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Como se propone establecer la Deidad del Espíritu Santo mediante los puntos ya discutidos, San Ambrosio vuelve a tocar algunos de ellos; por ejemplo, que él no comete sino perdona el pecado; que no es una criatura sino el Creador; y, por último, que no ofrece sino recibe adoración.
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Habiendo probado antes que el Espíritu mora y habla en los profetas, San Ambrosio infiere que conoce todas las cosas que son de Dios y, por tanto, es uno con el Padre y el Hijo. Este mismo punto lo establece de nuevo a partir del hecho de que posee todo lo que Dios posee, a saber, la Deidad, el conocimiento del corazón, la verdad, un Nombre sobre todo nombre y el poder de resucitar a los muertos, como se prueba con Ezequiel, y en esto es igual al Hijo.
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El río que fluye del Trono de Dios es una figura del Espíritu Santo, pero en las aguas de las que habla David se entienden las potestades celestiales. El reino de Dios es obra del Espíritu; y no es de maravillarse si reina en esto junto con el Hijo, puesto que San Pablo promete que también nosotros reinaremos con el Hijo.
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Isaías fue enviado por el Espíritu, y por eso el mismo Espíritu fue visto por él. Qué significan las ruedas que giran y las diversas alas; y cómo, puesto que los Serafines proclaman al Espíritu Señor de Sábaoth, ciertamente solo los impíos pueden negarle este título.
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Para probar la Unidad en la Trinidad, se considera el pasaje de Isaías ya citado, y se muestra que no hay diferencia en cuanto a su sentido entre quienes lo exponen del Padre, del Hijo o del Espíritu. Si el que fue crucificado era Señor de la gloria, así también el Espíritu Santo es igual en todo al Padre y al Hijo, y los arrianos nunca podrán disminuir su gloria.
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Notas, recepción y bibliografía
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