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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre el Espíritu Santo

    Milán · hacia 381 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF37 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 7 · Capítulo 16Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-02

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    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 16, sumario
    El Padre es santo, y asimismo el Hijo y el Espíritu, y por eso son honrados en el mismo Trisagio: ni podemos hablar más dignamente de Dios que llamándole Santo; de donde se desprende que no debemos menoscabar la dignidad del Espíritu Santo. En Él está todo lo que pertenece a Dios, puesto que en el bautismo es nombrado con el Padre y el Hijo, y el Padre le ha dado ser mayor que todas las cosas, sin que nadie pueda privarle de esto. Y así, del mismísimo pasaje de San Juan que los herejes usaban contra su dignidad, se establece la igualdad de la Trinidad y la Unidad de la Deidad. Finalmente, después de explicar cómo el Hijo recibe del Padre, San Ambrosio muestra cómo diversas herejías son refutadas por el pasaje citado.

    III, 16, 109

    Así, pues, el Padre es santo, el Hijo es santo y el Espíritu es santo, pero no son tres santidades; porque hay un solo Dios Santo, un solo Señor. Pues la verdadera santidad es una, como una es la verdadera Deidad, como una es aquella santidad verdadera que pertenece a la Naturaleza Divina.

    III, 16, 110

    Así, todo lo que estimamos santo proclama aquella Única Santidad. Querubines y Serafines con voces incansables le alaban y dicen: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de Sábaoth.» [] No lo dicen una vez, para que no creas que hay uno solo; ni dos veces, para que no excluyas al Espíritu; no dicen santos [en plural], para que no imagines que hay pluralidad, sino que repiten tres veces y dicen la misma palabra, para que aun en un himno entiendas la distinción de Personas en la Trinidad y la unidad de la Deidad; y mientras dicen esto proclaman a Dios.

    III, 16, 111

    También nosotros no encontramos nada de mayor valor con que podamos proclamar a Dios que llamándole santo. Todo es demasiado bajo para Dios, demasiado bajo para el Señor. Y por tanto considera también por este hecho si acaso se debe menoscabar al Espíritu Santo, cuyo Nombre es la alabanza de Dios. Pues así es alabado el Padre, así es alabado también el Hijo, del mismo modo como el Espíritu también es nombrado y alabado. Los Serafines profieren alabanza, toda la compañía de los bienaventurados profiere alabanza, en cuanto llaman a Dios santo, al Hijo santo, al Espíritu santo.

    III, 16, 112

    ¿Cómo, pues, no posee todo lo que pertenece a Dios, Aquel que es nombrado por los sacerdotes en el bautismo con el Padre y el Hijo, y es invocado en las oblaciones, es proclamado por los Serafines en el cielo con el Padre y el Hijo, habita en los Santos con el Padre y el Hijo, es derramado sobre los justos, es dado como fuente de inspiración a los profetas? Y por esta razón en la divina Escritura todo es llamado [θεόπνευστος], porque Dios inspira lo que el Espíritu ha hablado.

    III, 16, 113

    O si no quieren conceder que el Espíritu Santo tiene todas las cosas que pertenecen a Dios y puede hacer todas las cosas, digan qué es lo que no tiene y qué es lo que no puede hacer. Pues así como el Hijo tiene todas las cosas, y el Padre no escatima dar todas las cosas al Hijo según su naturaleza, habiéndole dado aquello que es mayor que todas las cosas, como atestigua la Escritura, diciendo: «Lo que mi Padre me ha dado es mayor que todas las cosas.» [] Así también el Espíritu tiene de Cristo aquello que es mayor que todas las cosas, porque la justicia no conoce escatimar.

    III, 16, 114

    Así, pues, si prestamos atención diligentemente, comprendemos aquí también la unidad del Poder Divino. Él dice: «Lo que mi Padre me ha dado es mayor que todas las cosas, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos Uno.» [] Pues si arriba mostramos rectamente que el Espíritu Santo es la Mano del Padre, ciertamente la misma es la Mano del Padre que es la Mano del Hijo, puesto que el Mismo es el Espíritu del Padre que es el Espíritu del Hijo. Por tanto, cualquiera de nosotros que recibe la vida eterna en este Nombre de la Trinidad, así como no es arrancado del Padre, así no es arrancado del Hijo, y así tampoco es arrancado del Espíritu.

    III, 16, 115

    Además, del hecho mismo de que se dice que el Padre ha dado al Hijo, y que el Espíritu ha recibido del Hijo, como está escrito: «Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo anunciará» [] (lo cual parece haberlo dicho más bien del oficio de distribuir que de la prerrogativa del Poder Divino, pues el Espíritu, que había de santificarlos, recibió a aquellos a quienes el Hijo redimió), de esas mismas palabras, digo, de las cuales construyen su sofisma, se percibe la Unidad de la Deidad, no la necesidad de un don.

    III, 16, 116

    El Padre dio engendrando, no por adopción; dio, por así decirlo, aquello que estaba contenido en la prerrogativa misma de la Naturaleza Divina, no lo que faltaba, por así decirlo, por el favor de su liberalidad. Y así, porque el Hijo adquiere personas para sí como lo hace el Padre; así da vida como lo hace el Padre, expresó su igualdad con el Padre en la Unidad de Poder, diciendo: «Yo y el Padre somos Uno.» Pues cuando dice: «Yo y el Padre,» se revela la igualdad; cuando dice: «somos Uno,» se afirma la Unidad. La igualdad excluye la confusión; la Unidad excluye la separación. La igualdad distingue entre el Padre y el Hijo; la Unidad no separa al Padre y al Hijo.

    III, 16, 117

    Por tanto, cuando dice: «Yo y el Padre,» rechaza al sabeliano, pues dice que Él es uno, y otro el Padre; rechaza al fotiniano, pues se une a sí mismo con Dios Padre. Con las primeras palabras rechaza a aquellos, pues dijo: «Yo y el Padre;» con las últimas palabras rechaza a los arianos, pues dice: «somos Uno.» Sin embargo, tanto con las primeras como con las últimas palabras refuta la violencia herética (1) de los sabelianos, pues dijo: «Somos Uno [Sustancia],» no «Somos Uno [Persona].» Y (2) de los arianos, pues dijo: «Yo y el Padre,» no «el Padre y Yo.» Lo cual ciertamente no era señal de rudeza, sino de piedad y presciencia, para que no pensáramos mal a partir del orden de las palabras. Pues la unidad no conoce orden, la igualdad no conoce gradación; ni puede imputarse al Hijo de Dios que el Maestro mismo de la piedad ofenda contra la piedad por rudeza.

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 17, sumario
    San Ambrosio muestra con ejemplos que los lugares en que se pronunciaron aquellas palabras ayudan a la comprensión de las palabras del Señor; muestra que Cristo pronunció el pasaje citado de San Juan en el pórtico de Salomón, por el cual se significa la mente del hombre sabio, pues dice que Cristo no habría pronunciado esta sentencia en el corazón de un hombre necio o contencioso. Continúa diciendo que Cristo es apedreado por quienes no creen estas palabras, y así como las llaves del cielo fueron dadas a Pedro por su confesión de ellas, así Iscariote, porque no creyó las mismas, pereció miserablemente. Aprovecha esta ocasión para lanzar invectivas contra los judíos que compraron al Hijo de Dios y vendieron a José. Explica místicamente el precio pagado por cada uno; y habiendo expuesto de la misma manera el murmullo del traidor acerca del ungüento de Magdalena, añade que Cristo es comprado de una manera por los herejes y de otra por los católicos, y que en vano se atribuyen el nombre de cristianos quienes separan al Espíritu del Padre.

    III, 17, 118

    Vale la pena notar en qué lugar mantuvo el Señor esta discusión, pues sus palabras a menudo se estiman [mejor] por la clase de lugares en que conversaba. Cuando estaba a punto de ayunar, es llevado (como leemos) al desierto para hacer vanas las tentaciones del diablo. Pues aunque merece alabanza haber vivido sobriamente en medio de la abundancia, sin embargo los atractivos de la tentación son más frecuentes en medio de las riquezas y los placeres. Entonces el tentador, para probarle, le promete abundancia, y el Señor, para vencer, acaricia el hambre. Ahora bien, no niego que la templanza pueda existir en medio de las riquezas; pero aunque el que navega por el mar a menudo escapa, sin embargo está más expuesto al peligro que quien no se hará a la mar.

    III, 17, 119

    Consideremos algunos otros puntos. Cuando estaba a punto de prometer el reino de los cielos, Jesús subió a un monte. En otra ocasión conduce a sus discípulos por los sembrados, cuando estaba a punto de sembrar en sus mentes la cosecha de preceptos celestiales, para que madurara una abundante mies de almas. Cuando estaba a punto de consumar la obra de la carne que había asumido, habiendo visto ya la perfección en sus discípulos, a quienes había establecido sobre la raíz de sus palabras, entra en un huerto, para plantar los olivos jóvenes en la casa del Señor, y para regar al justo que florece como palmera, y a la vid fructífera con la corriente de su Sangre.

    III, 17, 120

    También en este pasaje caminaba, como leemos, en el pórtico de Salomón el día de la dedicación; es decir, Cristo caminaba en el pecho de los sabios y prudentes, para dedicarle su buen afecto. Qué era aquel pórtico lo enseña el profeta, diciendo: «Caminaré en medio de tu casa en la inocencia de mi corazón.» Así, pues, tenemos en nosotros mismos la casa de Dios, tenemos los atrios, tenemos también los pórticos, y tenemos los patios, porque está escrito: «Derramen tus aguas por tus patios.» [] Abre, pues, este pórtico de tu corazón a la Palabra de Dios, que te dice: «Abre tu boca, y la llenaré.»

    III, 17, 121

    Oigamos, pues, lo que dice la Palabra de Dios, que camina en el corazón de los sabios y pacíficos: «Yo y mi Padre somos Uno.» [] No dirá esto en el pecho de los inquietos y necios, porque «el hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad.» [] Los pechos estrechos de los pecadores no acogen la grandeza de la fe. Finalmente, los judíos, al oír: «Yo y el Padre somos Uno, tomaron piedras para apedrearle.» []

    III, 17, 122

    Quien no puede escuchar esto es judío; quien no puede escuchar esto apedrea a Cristo con las piedras de su traición, más ásperas que cualquier roca, y si me crees, hiere a Cristo. Pues aunque Él no puede sentir ahora una herida: «Pues de ahora en adelante no conocemos a Cristo según la carne,» [] sin embargo Aquel que se goza en el amor de la Iglesia es apedreado por la impiedad de los arianos.

    III, 17, 123

    123. «La ley de tu boca, oh Señor, es buena para mí; guardo tus mandamientos.» Tú mismo has dicho que eres uno con el Padre. Porque Pedro creyó esto, recibió las llaves del reino de los cielos, y sin ansiedad por sí mismo perdonó pecados. Judas, porque no creyó esto, se estranguló con la soga de su propia maldad. ¡Oh las duras piedras de las palabras incrédulas! ¡Oh la soga indecorosa del traidor, y el dinero de compra aún más horrendo de los judíos! ¡Oh dinero odioso, con el cual o el justo es comprado para la muerte, o vendido! José fue vendido, Jesucristo fue comprado; el uno para la esclavitud, el Otro para la muerte. ¡Oh herencia detestable, oh venta mortífera, que o vende a un hermano para el sufrimiento, o pone precio al Señor para destruirle, a Él, el Comprador de la salvación de todos!

    III, 17, 124

    Los judíos hicieron violencia a dos cosas que son las principales de todas: la fe y el deber, y en cada una a Cristo, Autor de la fe y del deber. Pues tanto en el patriarca José hubo un tipo de Cristo, como Cristo mismo vino en la verdad de su Cuerpo, «Quien no estimó como rapiña ser igual a Dios, sino que tomó forma de siervo,» [] a causa de nuestra caída; es decir, tomando sobre sí la esclavitud y sin rehuir el sufrimiento.

    III, 17, 125

    En un lugar la venta es por veinte piezas, en el otro por treinta. Pues ¿cómo podría aprehenderse su verdadero precio, Aquel cuyo valor no puede limitarse? Hay error en el precio porque hay error en la indagación. La venta es por veinte piezas en el Antiguo Testamento, por treinta en el Nuevo; porque la Verdad vale más que el tipo, la Gracia es más generosa que la instrucción, la Presencia es mejor que la Ley, porque la Ley prometió la Venida, y la Venida cumplió la Ley.

    III, 17, 126

    Los ismaelitas hicieron su compra por veinte piezas, los judíos por treinta. Y esto no es una figura trivial. Los infieles son más pródigos para la iniquidad que los fieles para la salvación. Sin embargo, conviene considerar la calidad de cada pacto. Veinte piezas son el precio del vendido para la esclavitud; treinta piezas, del entregado a la Cruz. Pues aunque los Misterios de la Encarnación y de la Pasión deben ser de igual modo asombrosos, sin embargo el cumplimiento de la fe está en el Misterio de la Pasión. No estimo en menos, ciertamente, el nacimiento de la santa Virgen, pero recibo con mayor gratitud aún el Misterio del sagrado Cuerpo. ¿Qué es más lleno de misericordia que el que Él me perdone las injurias hechas contra sí mismo? Pero es medida aún más plena que nos diera un don tan grande: que Aquel que no habría de morir porque era Dios, muriera por nuestra muerte, para que nosotros viviéramos por su Espíritu.

    III, 17, 127

    Finalmente, no fue sin significado que Judas Iscariote valorara aquel ungüento en trescientos denarios, lo cual ciertamente parece, por la declaración misma del precio, prefigurar la cruz del Señor. Por lo cual también el Señor dice: «Pues ella, al derramar este ungüento sobre mi cuerpo, lo hizo para mi sepultura.» [] ¿Por qué, entonces, valoró Judas esto a un precio tan alto? Porque la remisión de los pecados es de más valor para los pecadores, y el perdón parece ser más precioso. Finalmente, encuentras escrito: «A quien mucho se le perdona, más ama.» [] Por tanto, los pecadores mismos confiesan también la gracia de la Pasión del Señor que han perdido, y dan testimonio de Cristo quienes le perseguían.

    III, 17, 128

    O porque «en alma maliciosa no entra la sabiduría,» [] la disposición maligna del traidor profirió esto, y valoró el sufrimiento del cuerpo del Señor a un precio más caro, para que por la inmensidad del precio apartara a todos de la fe. Y por eso el Señor se ofreció a sí mismo sin precio, para que la necesidad de la pobreza no retuviera a nadie lejos de Cristo. Los patriarcas le vendieron por un precio pequeño para que todos pudieran comprar. Isaías dijo: «Los que no tenéis dinero, venid, comprad y bebed; comed sin dinero,» [] para ganar al que no tenía dinero. ¡Oh traidor Judas, valoras el ungüento de su Pasión en trescientos denarios y vendes su Pasión por treinta denarios! Pródigo en valorar, mezquino en vender.

    III, 17, 129

    Así, pues, no todos compran a Cristo al mismo precio; Fotino, que le compra para la muerte, le compra a un precio; el arriano, que le compra para injuriarle, a otro precio; el católico, que le compra para glorificarle, a otro. Pero le compra sin dinero según aquello que está escrito: «El que no tiene dinero, compre sin precio.» []

    III, 17, 130

    130. «No todos,» dice Cristo, «los que me dicen: Señor, Señor, entrarán en el reino de los cielos.» [] Aunque muchos se llaman cristianos y usan el nombre, sin embargo no todos recibirán la recompensa. Tanto Caín ofreció sacrificio, como Judas recibió el beso, pero se le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» [] Es decir, colmas tu maldad con la prenda del afecto, siembras odio con el instrumento de la paz e infliges la muerte con la señal exterior del amor.

    III, 17, 131

    No se halaguen, pues, los arianos con el empleo del nombre, porque se llaman cristianos. El Señor les responderá: Presentáis mi Nombre y negáis mi Sustancia, pero yo no reconozco mi Nombre donde no está mi eterna Deidad. No es mi Nombre aquel que está dividido del Padre y separado del Espíritu; no reconozco mi Nombre donde no reconozco mi doctrina; no reconozco mi Nombre donde no reconozco mi Espíritu. Pues no sabe que está comparando al Espíritu del Padre con aquellos siervos que Él creó. Sobre este punto ya hemos hablado largamente.

    Capítulo 18

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 18, sumario
    Como se propone establecer la Deidad del Espíritu Santo mediante los puntos ya discutidos, San Ambrosio vuelve a tocar algunos de ellos; por ejemplo, que él no comete sino perdona el pecado; que no es una criatura sino el Creador; y, por último, que no ofrece sino recibe adoración.

    III, 18, 132

    Pero para resumir, a fin de recoger al final con mayor distinción los argumentos que se han utilizado aquí y allá, la gloria evidente de la Deidad queda probada tanto por otros argumentos como, muy especialmente, por estos cuatro. Dios se conoce por estas señales: o bien porque está sin pecado; o porque perdona el pecado; o porque no es una criatura sino el Creador; o porque no ofrece sino recibe adoración.

    III, 18, 133

    Así, pues, nadie está sin pecado excepto solo Dios, porque nadie está sin pecado sino Dios. [] Asimismo, nadie perdona los pecados excepto solo Dios, porque también está escrito: «¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?» [] Y nadie puede ser el Creador de todo a menos que no sea una criatura, y quien no es criatura es sin duda Dios; porque está escrito: «adoraron a la criatura más bien que al Creador, que es Dios bendito para siempre.» [] Dios tampoco adora, sino que es adorado, porque está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás.» []

    III, 18, 134

    Consideremos, por tanto, si el Espíritu Santo tiene alguna de estas señales que pueda dar testimonio de su Deidad. Y tratemos primero del punto de que nadie está sin pecado excepto solo Dios, y exijamos que prueben que el Espíritu Santo tiene pecado.

    III, 18, 135

    Mas ellos no pueden mostrarnos esto, y exigen de nosotros nuestra autoridad, a saber, que mostremos por textos que el Espíritu Santo no ha pecado, como se dice del Hijo que no cometió pecado. [] Aprendan que enseñamos por autoridad de las Escrituras; porque está escrito: «Porque en la Sabiduría hay un Espíritu de entendimiento, santo, único, múltiple, sutil, ágil, elocuente, inmaculado.» [] Dice la Escritura que él es inmaculado; ¿ha mentido acerca del Hijo, para que creas que mintió acerca del Espíritu? Porque el profeta dijo en el mismo lugar acerca de la Sabiduría que nada que contamina entra en ella. Ella misma es inmaculada, y su Espíritu es inmaculado. Por tanto, si el Espíritu no tiene pecado, él es Dios.

    III, 18, 136

    Mas ¿cómo puede ser culpable de pecado quien perdona los pecados? Por tanto, no ha cometido pecado, y si está sin pecado, no es una criatura. Porque toda criatura está expuesta a la posibilidad de pecar, y solo la Deidad eterna está libre de pecado y es inmaculada.

    III, 18, 137

    Veamos ahora si el Espíritu perdona los pecados. Pero sobre este punto no puede haber duda, puesto que el Señor mismo dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados.» [] Ved que los pecados son perdonados mediante el Espíritu Santo. Pero los hombres se sirven de su ministerio para el perdón de los pecados; no ejercen el derecho de ningún poder propio. Porque no perdonan los pecados en su propio nombre, sino en el del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ellos piden, la Deidad concede; el servicio es del hombre, el don es del Poder de lo alto.

    III, 18, 138

    Y no hay duda de que el pecado se perdona por medio del bautismo, pero en el bautismo la operación es del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Si, por tanto, el Espíritu perdona el pecado, ya que está escrito: «¿Quién puede perdonar los pecados sino solo Dios?» [], ciertamente aquel que no puede separarse de la unidad del nombre de la Naturaleza tampoco puede ser separado del poder de Dios. Ahora bien, si no está separado del poder de Dios, ¿cómo está separado del nombre de Dios?

    III, 18, 139

    Veamos ahora si él es una criatura o el Creador. Pero puesto que arriba hemos probado con toda claridad que él es el Creador, como está escrito: «El Espíritu de Dios que me ha hecho;» [], y se ha declarado que la faz de la tierra es renovada por el Espíritu, y que todas las cosas languidecen sin el Espíritu, es claro que el Espíritu es el Creador. Mas ¿quién puede dudar de esto, puesto que, como hemos mostrado arriba, ni siquiera la generación del Señor de la Virgen, que es más excelente que todas las criaturas, se realiza sin la operación del Espíritu?

    III, 18, 140

    Por tanto, el Espíritu no es una criatura, sino el Creador, y el que es Creador ciertamente no es una criatura. Y porque no es una criatura, sin duda es el Creador que produce todas las cosas juntamente con el Padre y el Hijo. Pero si es el Creador, ciertamente el Apóstol, al decir en condenación de los gentiles: «que sirvieron a la criatura más bien que al Creador, que es Dios bendito para siempre,» [], y al advertir a los hombres, como dije arriba, que el Espíritu Santo ha de ser servido, mostró a la vez que es el Creador y, porque es el Creador, demostró que debe ser llamado Dios. Lo cual resume también en la Epístola escrita a los Hebreos, diciendo: «Porque el que creó todas las cosas es Dios.» [] Digan, por tanto, o qué es lo que ha sido creado sin el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, o confiesen que el Espíritu también es de una misma Deidad con el Padre y el Hijo.

    III, 18, 141

    El escritor enseñó también que debía ser adorado aquel a quien llamó Señor y Dios. Porque el que es Dios y Señor del Universo ciertamente ha de ser adorado por todos, pues así está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás.» []

    III, 18, 142

    O digan dónde han leído que el Espíritu adora. Pues del Hijo de Dios se dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios;» [] no leemos: Adore el Espíritu. Porque ¿cómo puede adorar aquel que no está entre los siervos y ministros, sino que, junto con el Padre y el Hijo, tiene a su servicio a los justos? Pues está escrito: «Nosotros servimos al Espíritu de Dios.» [] Por tanto, ha de ser adorado por nosotros aquel a quien el Apóstol enseñó que debemos servir, y al que servimos también adoramos, según lo que está escrito, para repetir las mismas palabras de nuevo: «Adorarás al Señor tu Dios, y a él solo servirás.»

    III, 18, 143

    Aunque el Apóstol no ha omitido ni siquiera este punto, de modo que omita enseñarnos que el Espíritu ha de ser adorado. Pues una vez que hemos demostrado que el Espíritu está en los profetas, nadie puede dudar de que la profecía es dada por el Espíritu, y claramente, cuando se adora al que está en los profetas, se adora al mismo Espíritu. Y así encuentras: «Si toda la Iglesia se reúne, y todos hablan en lenguas, y entra un indocto o incrédulo, ¿no dirá que estáis locos? Pero si todos profetizan, y entra un indocto e incrédulo, es convencido por todos, es juzgado por todos. Porque los secretos de su corazón se hacen manifiestos, y así, cayendo sobre su rostro, adorará a Dios, declarando que Dios está verdaderamente entre vosotros.» [] Por tanto, es Dios quien es adorado, Dios quien mora y quien habla en los profetas; pero el Espíritu así mora y habla, por tanto, también el Espíritu es adorado.

    Capítulo 19

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 19, sumario
    Habiendo probado antes que el Espíritu mora y habla en los profetas, San Ambrosio infiere que conoce todas las cosas que son de Dios y, por tanto, es uno con el Padre y el Hijo. Este mismo punto lo establece de nuevo a partir del hecho de que posee todo lo que Dios posee, a saber, la Deidad, el conocimiento del corazón, la verdad, un Nombre sobre todo nombre y el poder de resucitar a los muertos, como se prueba con Ezequiel, y en esto es igual al Hijo.

    III, 19, 144

    Y así como el Padre y el Hijo son uno, porque el Hijo tiene todo lo que el Padre tiene, así también el Espíritu es uno con el Padre y el Hijo, porque también conoce todas las cosas de Dios. Pues no lo obtuvo por la fuerza, de modo que hubiera injuria como de uno que hubiera sufrido pérdida; no lo arrebató, no sea que la pérdida fuera de aquel a quien pareciera haber sido despojado. Porque ni lo arrebató por necesidad, ni por superioridad de mayor poder lo tomó por la fuerza, sino que lo posee por unidad de poder. Por tanto, si él obra todas estas cosas, porque un mismo Espíritu obra todas las cosas, [] ¿cómo no es Dios el que tiene todas las cosas que Dios tiene?

    III, 19, 145

    O consideremos qué puede tener Dios que no tenga el Espíritu Santo. Dios el Padre tiene la Deidad, y también el Hijo, en quien mora la plenitud de la Deidad, la tiene, y el Espíritu la tiene, porque está escrito: «El Espíritu de Dios está en mis narices.» []

    III, 19, 146

    Dios, además, escudriña los corazones y los riñones, porque está escrito: «Dios escudriña los corazones y los riñones.» El Hijo también tiene este poder, que dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» [] Porque Jesús conocía sus pensamientos. Y el Espíritu tiene el mismo poder, que manifiesta también a los profetas los secretos de los corazones de otros, como dijimos arriba: «porque los secretos de su corazón se hacen manifiestos.» ¿Y por qué nos admiramos de que escudriñe las cosas ocultas del hombre el que escudriña incluso las profundidades de Dios?

    III, 19, 147

    Dios tiene como atributo ser veraz, porque está escrito: «Sea Dios veraz y todo hombre mentiroso.» [] ¿Miente el Espíritu, que es el Espíritu de la Verdad? [] ¿Y a quien hemos mostrado que es llamado la Verdad, puesto que Juan lo llamó también la Verdad, como también al Hijo? Y David dice en el salmo: «Envía tu luz y tu verdad; ellas me han guiado y me han llevado a tu monte santo y a tus tabernáculos.» Si consideras que en este pasaje el Hijo es la luz, entonces el Espíritu es la Verdad; o si consideras que el Hijo es la Verdad, entonces el Espíritu es la luz.

    III, 19, 148

    Dios tiene un Nombre que es sobre todo nombre, y ha dado un nombre al Hijo, como leemos que ante el Nombre de Jesús se doble toda rodilla. Consideremos si el Espíritu tiene este Nombre. Pero está escrito: «Id, bautizad a las naciones en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» [] Tiene, pues, un Nombre sobre todo nombre. Por tanto, lo que el Padre y el Hijo tienen, también lo tiene el Espíritu Santo por la unidad del Nombre de su naturaleza.

    III, 19, 149

    Es una prerrogativa de Dios resucitar a los muertos. «Porque como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.» [] Pero también el Espíritu (por quien Dios resucita) los resucita, porque está escrito: «Él también dará vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.» [] Mas para que no pienses que esto es una gracia trivial, aprende que el Espíritu también resucita, porque el profeta Ezequiel dice: «Ven, Espíritu, y sopla sobre estos muertos, y vivirán. Y profeticé como me mandó, y el Espíritu de vida entró en ellos, y vivieron, y se pusieron de pie, una muchedumbre sobremanera grande.» [] Y más adelante dice Dios: «Sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestras tumbas, para sacar a mi pueblo de sus tumbas, y os daré mi Espíritu, y viviréis.» []

    III, 19, 150

    Cuando habló de su Espíritu, ¿mencionó a otro además del Espíritu Santo? Porque no habría hablado de su Espíritu como producido por el soplo, ni podría este Espíritu venir de los cuatro extremos del mundo, porque el soplo de estos vientos, que experimentamos, es parcial, no universal; y este espíritu por el cual vivimos es también individual, no universal. Pero es propio de la naturaleza del Espíritu Santo estar sobre todas las cosas y en todas las cosas. Por tanto, por las palabras del profeta podemos ver cómo (disperso el armazón de los miembros caídos desde hace tiempo) los huesos pueden juntarse de nuevo para formar un cuerpo revivido, cuando el Espíritu les da vida; y las cenizas pueden juntarse sobre los miembros que les pertenecen, animadas por una disposición a juntarse antes de ser formadas de nuevo en la apariencia de la vida.

    III, 19, 151

    ¿No reconocemos en la semejanza de lo que se hace la unidad del poder divino? El Espíritu resucita de la misma manera como el Señor resucitó en el tiempo de su propia Pasión, cuando de repente, en un abrir y cerrar de ojos, se abrieron los sepulcros de los muertos, y los cuerpos que volvían a la vida se levantaron de las tumbas, y quitado el olor de la muerte y restituido el aroma de la vida, las cenizas de los que estaban muertos tomaron de nuevo la semejanza de los vivos.

    III, 19, 152

    Así, pues, el Espíritu tiene lo que Cristo tiene y, por tanto, lo que Dios tiene, porque todo lo que el Padre tiene lo tiene también el Hijo, y por eso dijo: «Todo lo que tiene el Padre es mío.» []

    Capítulo 20

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 20, sumario
    El río que fluye del Trono de Dios es una figura del Espíritu Santo, pero en las aguas de las que habla David se entienden las potestades celestiales. El reino de Dios es obra del Espíritu; y no es de maravillarse si reina en esto junto con el Hijo, puesto que San Pablo promete que también nosotros reinaremos con el Hijo.

    III, 20, 153

    Y esto, además, no es asunto trivial, que leamos que un río sale del trono de Dios. Pues lees las palabras del evangelista Juan a este propósito: «Y me mostró un río de agua viva, resplandeciente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de su calle, y a uno y otro lado, estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de frutos, dando su fruto cada mes, y las hojas del árbol eran para la sanidad de todas las naciones.» []

    III, 20, 154

    Este es ciertamente el río que procede del trono de Dios, es decir, el Espíritu Santo, del cual bebe el que cree en Cristo, como él mismo dice: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Pero esto lo dijo del Espíritu.» [] Por tanto, el río es el Espíritu.

    III, 20, 155

    Este, pues, está en el trono de Dios, porque el agua no lava el trono de Dios. Luego, cualquiera que sea lo que entiendas por aquella agua, David no dijo que estuviera sobre el trono de Dios, sino sobre los cielos, porque está escrito: «Alaben las aguas que están sobre los cielos el Nombre del Señor.» Que ellas alaben, dice, no que ella alabe. Porque si hubiera querido que entendiéramos el elemento del agua, ciertamente habría dicho: Que ella alabe; pero al usar el plural quiso que se entendieran las Potestades.

    III, 20, 156

    ¿Y qué admiración hay si el Espíritu Santo está en el trono de Dios, puesto que el reino de Dios mismo es obra del Espíritu Santo, como está escrito: «Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.» []? Y cuando el Salvador mismo dice: «Todo reino dividido contra sí mismo será destruido,» [] al añadir después: «Pero si yo, por el Espíritu de Dios, echo fuera los demonios, sin duda el reino de Dios ha llegado a vosotros,» [] muestra que el reino de Dios es tenido indiviso por él mismo y por el Espíritu.

    III, 20, 157

    Mas ¿qué hay más necio que negar que el Espíritu Santo reina juntamente con Cristo cuando el Apóstol dice que incluso nosotros reinaremos juntamente con Cristo en el reino de Cristo: «Si morimos con él, también viviremos con él; si soportamos, también reinaremos con él.» []? Pero nosotros por adopción, él por poder; nosotros por gracia, él por naturaleza.

    III, 20, 158

    El Espíritu Santo, por tanto, participa en el reino con el Padre y el Hijo, y es de una misma naturaleza con ellos, de un mismo Señorío, y también de un mismo poder.

    Capítulo 21

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 21, sumario
    Isaías fue enviado por el Espíritu, y por eso el mismo Espíritu fue visto por él. Qué significan las ruedas que giran y las diversas alas; y cómo, puesto que los Serafines proclaman al Espíritu Señor de Sábaoth, ciertamente solo los impíos pueden negarle este título.

    III, 21, 159

    Puesto que, pues, tiene parte en el reino, ¿qué nos impide entender que fue el Espíritu Santo por quien Isaías fue enviado? Porque no podemos dudar apoyados en la autoridad de Pablo, cuyo juicio el evangelista Lucas aprobó tanto en los Hechos de los Apóstoles que escribió lo siguiente con las palabras de Pablo: «Bien habló el Espíritu Santo por medio del profeta Isaías a nuestros padres, diciendo: Ve a este pueblo y di: Oiréis con el oído y no entenderéis; y viendo veréis y no percibiréis.» []

    III, 21, 160

    Es, pues, el Espíritu quien envió a Isaías. Si el Espíritu lo envió, ciertamente es el Espíritu a quien, tras la muerte de Ozías, vio Isaías cuando dijo: «Vi al Señor Sábaoth sentado sobre un trono alto y elevado, y la casa estaba llena de su majestad. Y los Serafines estaban en pie alrededor de él; cada uno tenía seis alas: con dos cubrían su rostro, con dos cubrían sus pies y con dos volaban; y clamaban uno a otro diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Sábaoth; toda la tierra está llena de su majestad.» []

    III, 21, 161

    Si los Serafines estaban en pie, ¿cómo volaban? Si volaban, ¿cómo estaban en pie? Si no podemos entender esto, ¿cómo es que queremos entender a Dios, a quien no hemos visto?

    III, 21, 162

    Mas como el profeta vio una rueda que corría dentro de otra rueda [] (lo cual ciertamente no se refiere a ninguna apariencia para la vista corporal, sino a la gracia de cada Testamento; pues la vida de los santos es pulida y tan consecuente consigo misma que las partes posteriores concuerdan con las anteriores). La rueda, pues, dentro de la rueda es la vida bajo la Ley, la vida bajo la gracia; pues así como los judíos están dentro de la Iglesia, así la Ley está contenida en la gracia. Porque está dentro de la Iglesia quien es judío en lo secreto; y la circuncisión del corazón es un sacramento dentro de la Iglesia. Y aquella Judea está dentro de la Iglesia, de la cual está escrito: «En Judea es conocido Dios;» por tanto, así como la rueda corre dentro de la rueda, así también las alas estaban quietas, y las alas volaban.

    III, 21, 163

    Del mismo modo, también los Serafines velaban su rostro con dos alas, y con dos velaban sus pies, y con dos volaban. Pues también aquí hay un misterio de sabiduría espiritual. Los tiempos están quietos, los tiempos vuelan; los pasados están quietos, los futuros vuelan, y, como las alas de los Serafines, así velan el rostro o los pies de Dios; puesto que en Dios, que no tiene principio ni fin, todo el curso de los tiempos y las estaciones, por este conocimiento de su principio y su fin, está en reposo. Así, pues, los tiempos pasados y futuros están quietos, los presentes vuelan. No preguntes por los secretos de su principio o de su fin, porque no hay ni uno ni otro. Tienes el presente, mas debes alabarlo, no interrogarlo.

    III, 21, 164

    Los Serafines alaban con voces incansables, ¿y tú preguntas? Y ciertamente, al hacer esto, nos muestran que no debemos a veces preguntar acerca de Dios, sino alabarlo siempre. Por tanto, el Espíritu Santo es también Señor de Sábaoth. A no ser que acaso el Maestro a quien Cristo eligió no agrade a los impíos, o puedan negar que el Espíritu Santo es el Señor de las potestades, el cual da las potestades que él mismo quiere.

    Capítulo 22

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 22, sumario
    Para probar la Unidad en la Trinidad, se considera el pasaje de Isaías ya citado, y se muestra que no hay diferencia en cuanto a su sentido entre quienes lo exponen del Padre, del Hijo o del Espíritu. Si el que fue crucificado era Señor de la gloria, así también el Espíritu Santo es igual en todo al Padre y al Hijo, y los arrianos nunca podrán disminuir su gloria.

    III, 22, 165

    Ahora es posible reconocer la unidad de la majestad y del señorío en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pues muchos dicen que fue Dios Padre a quien vio Isaías en aquel momento. Pablo dice que fue el Espíritu, y Lucas lo apoya. El evangelista Juan lo refiere al Hijo. Porque así ha escrito del Hijo: «Estas cosas habló Jesús, y se fue y se escondió de ellos. Pero aunque había hecho tan grandes señales delante de ellos, no creyeron en él, para que se cumpliese la palabra de Isaías que dijo: Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién se ha revelado el brazo del Señor? [] Por eso no podían creer, porque Isaías dijo también: Cegó sus ojos y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón, ni se conviertan, y yo los sane. [] Esto dijo Isaías cuando vio su gloria, y habló de él.» []

    III, 22, 166

    Juan dice que Isaías habló estas palabras y reveló con toda claridad que la gloria del Hijo se le apareció. Pablo, en cambio, refiere que el Espíritu dijo estas cosas. ¿De dónde, pues, procede esta diferencia?

    III, 22, 167

    Hay, en efecto, diferencia de palabras, no de sentido. Pues aunque dijeron cosas distintas, ninguno erró, porque el Padre es visto en el Hijo, que dijo: «El que me ve a mí, ve también al Padre;» [] y el Hijo es visto en el Espíritu; pues así como «nadie puede decir: Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo,» [] así Cristo es visto no con el ojo de la carne, sino por la gracia del Espíritu. Por lo cual dice también la Escritura: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y Cristo te alumbrará.» [] Y Pablo, cuando hubo perdido la vista, ¿cómo vio a Cristo sino en el Espíritu? [] Por eso dice el Señor: «Porque para esto me he aparecido a ti, para constituirte ministro y testigo de las cosas en que me has visto, y de aquellas en que me verás.» [] Pues también los profetas recibieron el Espíritu y vieron a Cristo.

    III, 22, 168

    Una, pues, es la visión; uno el derecho de mandar; una la gloria. ¿Negamos que el Espíritu Santo es también Señor de la gloria, cuando el Señor de la gloria, que nació del Espíritu Santo de la Virgen María, fue crucificado? Porque Cristo no es uno de dos, sino uno; y nació como Hijo de Dios, del Padre, antes de los siglos; y en el mundo nació como hombre al tomar carne.

    III, 22, 169

    ¿Y por qué he de decir yo que, como el Padre y el Hijo, también el Espíritu está libre de mancha y es Todopoderoso? Pues Salomón lo llamó en griego [παντοδύναμον, πᾶνέπίσχοπον], porque es Todopoderoso y contempla todas las cosas, [] como mostramos arriba que se lee en el Libro de la Sabiduría. Por tanto, el Espíritu goza de honor y de gloria.

    III, 22, 170

    Considera ahora si acaso algo no le conviene; y si esto te desagrada, oh arriano, arráncalo de su comunión con el Padre y el Hijo. Pero si decides arrancarlo, verás los cielos volcados sobre ti, porque toda su fuerza procede del Espíritu. Si decides arrancarlo, antes has de poner las manos sobre Dios, porque el Espíritu es Dios. Pero ¿cómo lo arrancarás, a él que escudriña las profundidades de Dios?
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    Ambrosio no ofrece una definición: encadena argumentos. Según los resúmenes de la edición, el libro I establece que el Espíritu no es criatura (santifica, perdona los pecados, no está limitado por el tiempo ni por el espacio) y que su Nombre, su paz, su gracia y su caridad son los del Padre y el Hijo; el libro II, que obra lo mismo que ellos (poder, consejo, vida, creación, revelación, profecía); el libro III, que es enviado y envía, que se le llama Dedo, Señor y Santo, y que se le adora, sin que de ello se siga que sean tres dioses (III, 13). Cada uno de los dos primeros libros se abre con un tipo del Antiguo Testamento, Gedeón y Sansón; el tercero, con la misión de los profetas, los apóstoles y el propio Hijo.
    Toca el mismo asunto que el tratado de Basilio: la pregunta de si se puede decir que el Espíritu es glorificado «con» el Padre y el Hijo y no solo «en» él es la de II, 8–9, donde Ambrosio sostiene que las preposiciones indican la conexión de las Tres Personas y no una jerarquía (resumen de la edición). Que Ambrosio conociera a los griegos lo dicen los Prolegómenos del NPNF, que nombran a Dídimo, Basilio y Atanasio como autores de los que se sirvió, y la acusación de Jerónimo que recoge la nota de la introducción; sobre qué tomó de cada uno este libro no dice nada, y tampoco esta edición lo investiga.
    Hay además dos pasajes que la historia posterior hizo discutidos. Uno es el de I, 15, 172, sobre la procedencia del Espíritu, al que se refiere una nota del NPNF; el otro, la adoración de la Carne de Cristo «en los misterios» de III, 11, 79, que el NPNF lee como testimonio de la Presencia Real. En ambos casos el texto traducido dice menos que las notas de los editores, y las notas de este libro lo señalan.
    Límites. Esta edición no examina el latín ni la autoría: toma ambas cosas de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra. En el resumen de II, 8 queda sin traducir la palabra inglesa with (la partícula «con»), y «secuestración» (I, 1, 21) es un calco del inglés sequestration. Los resúmenes de capítulo y la introducción general son de la edición inglesa. La numeración de las secciones salta y repite números que el inglés ya salta y repite, y la traducción pierde muchos números iniciales; todo ello está declarado arriba.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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