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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre el Espíritu Santo

    Milán · hacia 381 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF46 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 7 · Capítulo 6Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-02

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    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 6, sumario
    A quienes objetan que, según las palabras de Amós, el Espíritu es creado, se responde que la palabra se entiende allí del viento, que es creado a menudo, lo cual no puede decirse del Espíritu Santo, puesto que Él es eterno, y no puede disolverse en la muerte, ni por una reabsorción herética en el Padre. Pero si con pertinacia alegan que este pasaje fue escrito del Espíritu Santo, San Ambrosio señala que ha de recurrirse a una interpretación espiritual, pues Cristo con su venida estableció el trueno, es decir, la fuerza de las divinas palabras, y por espíritu se significa el alma humana así como la carne asumida por Cristo. Y puesto que esto fue creado por cada Persona de la Trinidad, de ahí se arguye que el Espíritu, de Quien antes se ha afirmado que es el Creador de todas las cosas, fue el Autor de la Encarnación del Señor.

    II, 6, 48

    48. Ni se me escapa que los herejes han solido objetar que el Espíritu Santo aparece ser una criatura, porque muchos de ellos usan como argumento para establecer su impiedad aquel pasaje de Amós, donde él habló del soplo del viento, como las palabras del profeta dejaron claro. Pues lees así: «He aquí que Yo soy el que establezco los truenos, y creo el viento [espíritu], y declaro a los hombres su Cristo, que hago la luz y la niebla, y asciendo a los lugares altos, el Señor Dios omnipotente es su Nombre.» []

    II, 6, 49

    49. Si hacen un argumento de esto, de que dijo «espíritu» fue creado, Esdras nos enseñó que el espíritu es creado, diciendo en el libro cuarto: «Y en el segundo día hiciste el espíritu del firmamento,» sin embargo, para atenernos a nuestro punto, ¿no es evidente que en lo que Amós dijo el orden del pasaje muestra que el profeta hablaba de la creación de este mundo?

    II, 6, 50

    50. Comienza así: «Yo soy el Señor que establezco los truenos y creo el viento [espíritu].» El orden mismo de las palabras nos lo enseña; pues si hubiera querido hablar del Espíritu Santo, ciertamente no habría puesto los truenos en primer lugar. Pues el trueno no es más antiguo que el Espíritu Santo; aunque ellos sean impíos, no se atreven a decir eso. Y luego, cuando vemos lo que sigue acerca de la luz y la niebla, ¿no es claro que lo que se dice ha de entenderse de la creación de este mundo? Pues sabemos por experiencia cotidiana que, cuando tenemos tormentas en esta tierra, los truenos vienen primero, las ráfagas del viento siguen después, el cielo se oscurece con nieblas, y la luz brilla de nuevo desde las tinieblas. Pues las ráfagas del viento también se llaman «espíritus,» como está escrito: «Fuego y azufre y espíritu de tormenta.»

    II, 6, 51

    51. Y para que supieras que llamó «espíritu» a esto, dice: «estableciendo truenos y creando el viento [espíritu].» Pues estos son creados a menudo, cuando acontecen. Pero el Espíritu Santo es eterno, y si alguno se atreve a llamarlo criatura, no puede decir sin embargo que sea creado diariamente como la ráfaga del viento. Luego, además, la Sabiduría misma, hablando según el misterio del Cuerpo asumido, dice: «El Señor me creó.» [] Aunque profetizando lo por venir, sin embargo, porque la venida del Señor fue predestinada, no se dice «crea» sino «me creó;» para que los hombres creyeran que el Cuerpo de Jesús fue engendrado de la Virgen María, no a menudo, sino una sola vez.

    II, 6, 52

    52. Y así, en cuanto a aquello que el profeta declaró como de la operación cotidiana de Dios en el trueno y la creación del viento, sería impío entender algo semejante del Espíritu Santo, a Quien los mismos impíos no pueden negar que existe desde antes del mundo. Por lo cual con piadosa aseveración testificamos que Él existe siempre, y permanece para siempre. Pues ni puede Aquel que antes del mundo se movía sobre las aguas comenzar a ser visible después de la creación del mundo; o de lo contrario sería lícito suponer que hay muchos Espíritus Santos, que vienen al ser como por una producción diaria. Lejos de nosotros estar el que alguien se mancille con tal impiedad como decir que el Espíritu Santo es frecuentemente o alguna vez creado. Pues no entiendo por qué debería ser creado con frecuencia; a no ser que acaso crean que muere con frecuencia y así es creado con frecuencia. Pero ¿cómo puede morir el Espíritu de vida? Si, pues, no puede morir, no hay razón para que deba ser creado a menudo.

    II, 6, 53

    53. Pero quienes piensan de otro modo caen en este sacrilegio: que no distinguen al Espíritu Santo; que piensan que la Palabra que fue enviada regresa al Padre, y el Espíritu que fue enviado es reabsorbido en Dios, de suerte que haya una reabsorción y una especie de alternancia de uno que se cambia a sí mismo en varias formas; mientras que la distinción entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, permaneciendo siempre e inmutable, preserva la Unidad de su poder.

    II, 6, 54

    54. Pero si alguno piensa que la palabra del profeta ha de explicarse con referencia al Espíritu Santo, porque se dice: «declarando a los hombres su Cristo,» [] lo explicará más fácilmente de la Encarnación del Señor. Pues si te turba el que dijo Espíritu, y por eso piensas que esto no puede bien explicarse del misterio de la asunción de la naturaleza humana, sigue leyendo en las Escrituras y hallarás que todo concuerda excelentísimamente con Cristo, de Quien es sumamente propio pensar que estableció los truenos con su venida, es decir, la fuerza y el sonido de las Escrituras celestiales, por cuyo trueno, por así decirlo, nuestras mentes son golpeadas con estupor, de suerte que aprendemos a temer y a rendir respeto a los oráculos celestiales.

    II, 6, 55

    55. Por último, en el Evangelio los hermanos del Señor fueron llamados Hijos del Trueno; y cuando fue pronunciada la voz del Padre, diciendo: «Lo he glorificado y lo glorificaré de nuevo,» [] los judíos dijeron que tronó sobre Él. Pues aunque no podían recibir la gracia de la verdad, confesaron sin querer, y en su ignorancia hablaban misterios, de suerte que resultó un gran testimonio del Padre al Hijo. Y también en el Libro de Job dice la Escritura: «¿Y quién sabe cuándo hará el poder de su trueno?» Ciertamente, si estas palabras pertenecieran a los truenos de los cielos, habría dicho que su fuerza ya estaba hecha, no que estaba por hacerse.

    II, 6, 56

    56. Por tanto refirió los truenos a las palabras del Señor, cuyo sonido salió por toda la tierra, y entendemos la palabra «espíritu» en este lugar del alma, que Él tomó dotada de razón y perfecta; pues la Escritura a menudo designa el alma del hombre con la palabra espíritu, como lees: «Quien crea el espíritu del hombre dentro de él.» [] Así también el Señor significó su Alma con la palabra Espíritu, cuando dijo: «En tus manos encomiendo mi Espíritu.» []

    II, 6, 57

    57. Y para que supieras que habló del descendimiento de Jesús, añadió que Él declaró su Cristo a los hombres, pues en su bautismo lo declaró, diciendo: «Tú eres mi Hijo amado, en Quien me complazco.» [] Lo declaró en el monte, diciendo: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.» [] Lo declaró en su Pasión, cuando el sol se ocultó, y el mar y la tierra temblaron. Lo declaró en el Centurión, que dijo: «Verdaderamente este era el Hijo de Dios.» []

    II, 6, 58

    58. Debemos, pues, tomar todo este pasaje o bien para entenderlo simplemente de aquel estado en que aquí vivimos y respiramos, o del misterio del Cuerpo del Señor; pues si aquí se hubiera dicho que el Espíritu Santo fue creado, sin duda la Escritura lo habría declarado en otra parte, como a menudo leemos del Hijo de Dios, Quien según la carne fue hecho y creado.

    II, 6, 59

    59. Pero es propio que consideremos su Majestad en el hecho mismo de tomar carne por nosotros, para que veamos su poder divino en la toma misma del Cuerpo. Pues como leemos que el Padre creó el misterio de la Encarnación del Señor, también el Espíritu lo creó; y así también leemos que Cristo mismo creó su propio Cuerpo. Pues el Padre lo creó, como está escrito: «El Señor me creó,» [Proverbios 8:12] y en otro lugar, «Dios envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo la ley.» [] Y el Espíritu creó todo el misterio, según aquello que leemos, pues «María se halló encinta del Espíritu Santo.» []

    II, 6, 60

    60. Hallas, pues, que el Padre creó y el Espíritu creó; aprende también que el Hijo de Dios también creó, cuando Salomón dice: «La Sabiduría se ha edificado una casa.» [] ¿Cómo, pues, puede el Espíritu Santo, Quien creó el misterio de la Encarnación del Señor, que está por encima de todas las cosas creadas, ser Él mismo una criatura?

    II, 6, 61

    61. Como hemos mostrado arriba en general que el Espíritu Santo es nuestro Creador según la carne en el hombre exterior, mostremos ahora que es nuestro Creador también según el misterio de la gracia. Y como el Padre crea, así también crea el Hijo, y así también el Espíritu Santo crea, como leemos en las palabras de Pablo: «Pues es don de Dios, no de obras, para que nadie se gloríe. Pues somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.»

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 7, sumario
    El Espíritu Santo no es menos autor de la creación espiritual o regeneración que el Padre y el Hijo. La excelencia de esa creación, y en qué consiste. Cómo hemos de entender la Sagrada Escritura cuando atribuye a Dios un cuerpo o miembros.

    II, 7, 62

    62. Así, pues, el Padre crea en las buenas obras, y también el Hijo, porque está escrito: «Mas a cuantos le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.» []

    II, 7, 63

    63. De igual manera, el Señor mismo también testifica que nacemos de nuevo del Espíritu según la gracia, diciendo: «Lo que es nacido de la carne, carne es, porque es nacido de carne; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es, porque Dios es Espíritu. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer otra vez. El Espíritu sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.»

    II, 7, 64

    64. Es, pues, claro que el Espíritu Santo es también el Autor de la gracia del Espíritu, ya que somos creados según Dios, para que seamos hechos hijos de Dios. Así pues, cuando Él nos ha recibido en su reino por la adopción de la santa regeneración, ¿le negamos lo que es suyo? Él nos ha hecho herederos del nuevo nacimiento de lo alto, ¿reclamamos la herencia y rechazamos a su Autor? Pero el beneficio no puede permanecer cuando su Autor es excluido; el Autor no está sin el don, ni el don sin el Autor. Si reclamas la gracia, cree en el poder; si rechazas el poder, no pidas la gracia. El que ha negado al Espíritu, al mismo tiempo ha negado el don. Porque si el Autor es de ningún valor, ¿cómo pueden sus dones ser preciosos? ¿Por qué regateamos los dones que nosotros mismos recibimos, disminuimos nuestras esperanzas, repudiamos nuestra dignidad y negamos a nuestro Consolador?

    II, 7, 65

    65. Mas no podemos negarle. Lejos de nosotros negar lo que es tan grande, pues el Apóstol dice: «Mas vosotros, hermanos, como Isaac, sois hijos de la promesa; pero como entonces, el que era engendrado según la carne perseguía al que era según el Espíritu.» [] De nuevo ciertamente se entiende de lo que precede, es nacido según el Espíritu. Luego el que es nacido según el Espíritu, es nacido según Dios. Ahora renacemos cuando somos renovados en nuestros afectos interiores y dejamos la vejez del hombre exterior. Y así dice de nuevo el Apóstol: «Mas renováos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, que es creado según Dios en justicia y santidad de verdad.» [] Oigan cómo la Escritura ha significado la unidad de la operación divina. El que es renovado en el espíritu de su mente se ha vestido del nuevo hombre, que es creado según Dios.

    II, 7, 66

    66. Aquella regeneración más excelente es, pues, obra del Espíritu Santo; y el Espíritu es el Autor de aquel hombre nuevo que es creado a imagen de Dios, y que nadie dudará que es mejor que este hombre exterior nuestro. Puesto que el Apóstol ha mostrado que uno es celestial, el otro terrenal, cuando dice: «Cual es el celestial, tales también son los celestiales.» []

    II, 7, 67

    67. Puesto que, entonces, la gracia del Espíritu hace celestial aquello que puede crear terrenal, debemos observarlo por la razón aunque carezcamos de ejemplos. Pues en cierto lugar dice el santo Job: «Vive el Señor, que así me juzga, y el Omnipotente, que ha amargado mi alma (porque el Espíritu de Dios está en mis narices).» [] Ciertamente no significó aquí por su Espíritu el aliento vital y los conductos corporales de la respiración, sino que significa las narices del hombre interior dentro de él, con las cuales recogía la fragancia de la vida eterna y aspiraba la gracia del ungüento celestial como con una especie de doble sentido.

    II, 7, 68

    68. Pues hay narices espirituales, como leemos, que tiene la esposa del Verbo, a quien se dice: «Y el olor de tus narices;» [] y en otro lugar: «Y el Señor olió olor de suavidad.» [] Hay, pues, como miembros interiores del hombre, cuyas manos se consideran en la acción, sus oídos en el oír, sus pies en un cierto progreso en la buena obra. Y así, de lo que se hace, recogemos como figuras de los miembros, porque no nos es lícito imaginar nada en el hombre interior de manera carnal.

    II, 7, 69

    69. Y hay algunos que suponen que Dios está formado de manera corporal, cuando leen de su mano o su dedo, y no observan que estas cosas están escritas no por alguna forma de cuerpo, puesto que en la Deidad no hay miembros ni partes, sino que son expresiones de la unidad de la Deidad, para que creamos que es imposible que el Hijo o el Espíritu Santo sean separados de Dios Padre; puesto que la plenitud de la Deidad habita como corporalmente en la sustancia de la Trinidad. Por esta razón, pues, el Hijo es llamado también la Diestra del Padre, como leemos: «La diestra del Señor ha hecho proezas, la diestra del Señor me ha exaltado.»

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 8, sumario
    San Ambrosio examina y refuta el argumento herético de que, porque se dice que Dios es glorificado en el Espíritu, y no con el Espíritu, el Espíritu Santo es por tanto inferior al Padre. Muestra que la partícula in puede usarse también del Hijo e incluso del Padre, y que por otra parte with puede decirse de las criaturas sin menoscabo alguno de las prerrogativas de la Deidad; y que en realidad estas preposiciones implican simplemente la conexión de las Tres Personas Divinas.

    II, 8, 70

    70. Pero ¿qué maravilla hay si los hombres necios cuestionan sobre palabras, cuando lo hacen incluso sobre sílabas? Porque algunos piensan que debe hacerse una distinción y que Dios debe ser alabado en el Espíritu, pero no con el Espíritu, y consideran que la grandeza de la Deidad ha de estimarse por una sílaba o alguna costumbre, argumentando que si consideran que Dios debe ser glorificado en el Espíritu, señalan algún oficio del Espíritu Santo, pero que si dicen que Dios recibe gloria o poder con el Espíritu, parecen implicar alguna asociación y comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

    II, 8, 71

    71. Mas ¿quién puede separar lo que es incapaz de separación? ¿Quién puede dividir aquella asociación que Cristo muestra inseparable? «Id,» dice Él, «bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» [] ¿Ha cambiado aquí una palabra o una sílaba respecto del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo? Ciertamente no. Sino que dice: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La expresión es la misma para el Espíritu que para el Padre y para Sí mismo. De lo cual se infiere no algún oficio del Espíritu Santo, sino más bien una participación de honor o de operación cuando decimos «en el Espíritu.»

    II, 8, 72

    72. Considera también que esta opinión tuya tiende a injuria del Padre y del Hijo, pues este último no dijo: «con el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,» sino en el nombre; y, sin embargo, en esta sílaba no se expresa ningún oficio, sino el poder de la Trinidad.

    II, 8, 73

    73. Finalmente, para que sepas que no es la sílaba la que perjudica a la fe, sino la fe la que recomienda la sílaba, Pablo habla también en Cristo. Cristo no es menor porque Pablo habló en Cristo, como encuentras: «Hablamos delante de Dios en Cristo.» [] Así, pues, como el Apóstol dice que hablamos en Cristo, así también es aquello que hablamos en el Espíritu; como el mismo Apóstol dijo: «Nadie dice Señor Jesús, sino en el Espíritu Santo.» [] Así, pues, en este lugar no se significa ninguna sujeción del Espíritu Santo, sino una conexión de gracia.

    II, 8, 74

    74. Y para que sepas que la distinción no depende de una sílaba, dice también en otro lugar: «Y esto erais algunos; mas ya sois lavados, mas ya sois santificados, mas ya sois justificados en el nombre del Señor Jesucristo, y en el Espíritu de nuestro Dios.» [] Cuántos ejemplos de esto puedo aducir. Pues está escrito: «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús,» [] y en otro lugar: «A los santificados en Cristo Jesús,» [] y de nuevo: «Para que fuésemos hechos justicia de Dios en él,» [] y en otro lugar: «Para que no caigáis de la castidad que es en Cristo Jesús.» []

    II, 8, 75

    75. Mas ¿qué hago? Pues mientras digo que del Hijo se escribe lo mismo que del Espíritu, más bien conduzco a esto: no porque esté escrito del Hijo parecería que reverentemente se escribe del Espíritu Santo, sino porque lo mismo se escribe del Espíritu, por tanto los hombres alegan que el honor del Hijo se disminuye a causa del Espíritu. Pues dicen: ¿Está escrito de Dios Padre?

    II, 8, 76

    76. Mas aprendan que también se dice de Dios Padre: «En el Señor alabaré la palabra;» y en otro lugar: «En Dios haremos proezas;» y «Mi recuerdo será siempre en Ti;» y «En tu nombre nos alegraremos;» y de nuevo en otro lugar: «Para que sus obras sean manifestadas, que son hechas en Dios;» [] y Pablo: «En Dios, que creó todas las cosas;» [] y de nuevo: «Pablo, Silvano y Timoteo a la iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo;» [] y en el Evangelio: «Yo en el Padre y el Padre en mí,» y «el Padre que mora en mí.» [] Está también escrito: «El que se gloría, gloríese en el Señor;» [] y en otro lugar: «Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.» [] ¿Atribuyó aquí más al Hijo que al Padre al decir que estamos con Cristo en Dios? ¿O vale más nuestra condición que la gracia del Espíritu, de modo que nosotros podemos estar con Cristo y el Espíritu Santo no? Y cuando Cristo quiere estar con nosotros, como Él mismo dijo: «Padre, quiero que aquellos que me has dado estén conmigo donde yo estoy,» [] ¿desdeñaría estar con el Espíritu? Pues está escrito: «Reunidos vosotros y mi espíritu con el poder del Señor Jesús.» [] ¿Nosotros, pues, nos reunimos en el poder del Señor, y osamos decir que el Señor Jesús no querría reunirse con el Espíritu, quien no desdeña reunirse con nosotros?

    II, 8, 77

    77. Así el Apóstol piensa que no hay diferencia qué partícula uses. Pues cada una es una partícula conjuntiva, y la conjunción no causa separación; porque si dividiera, no se llamaría conjunción.

    II, 8, 78

    78. ¿Qué, pues, te mueve a decir que a Dios Padre o a su Cristo hay gloria, vida, grandeza o poder, en el Espíritu Santo, y a negarte a decir con el Espíritu Santo? ¿Es que temes parecer que unes al Espíritu con el Padre y el Hijo? Mas oye lo que está escrito del Espíritu: «Porque la ley del Espíritu es vida en Cristo Jesús.» [] Y en otro lugar dice Dios Padre: «Te adorarán, y en ti suplicarán.» Dios Padre dice que debemos orar en Cristo; ¿y piensas que es alguna derogación para el Espíritu si se dice que la gloria de Cristo está en Él?

    II, 8, 79

    79. Oye que lo que temes reconocer del Espíritu, el Apóstol no temió reclamarlo para sí mismo; pues dice: «Ser desatado y estar con Cristo es mucho mejor.» [] ¿Niegas que el Espíritu, por quien el Apóstol fue hecho digno de estar con Cristo, está con Cristo?

    II, 8, 80

    80. ¿Cuál es, pues, la razón de que prefieras decir que Dios o Cristo es glorificado en el Espíritu más bien que con el Espíritu? ¿Es porque si dices en el Espíritu, se declara que el Espíritu es menor que Cristo? Aunque tu hacer al Señor mayor o menor es cosa que puede refutarse, sin embargo, leemos: «Porque Cristo fue hecho pecado por nosotros, para que fuésemos hechos justicia de Dios en él,» [] se encuentra sumo aquel en quien somos hallados sumamente bajos. Así también en otro lugar lees: «Porque en él subsisten todas las cosas,» [] es decir, en su poder. Y las cosas que subsisten en él no pueden compararse con él, porque reciben de su poder la sustancia por la cual subsisten.

    II, 8, 81

    81. ¿Entiendes, pues, que Dios reina de tal manera en el Espíritu que el poder del Espíritu, como una especie de fuente de sustancia, imparte a Dios el origen de su dominio? Mas esto es impío. Y así nuestros predecesores hablaron de la unidad de poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cuando dijeron que la gloria de Cristo era con el Espíritu, para declarar su conexión inseparable.

    II, 8, 82

    82. Pues ¿cómo está separado el Espíritu Santo del Hijo, ya que «el Espíritu mismo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, y si hijos, también herederos; herederos, en verdad, de Dios y coherederos con Cristo?» [] ¿Quién, pues, es tan necio como para querer desunir la conjunción eterna del Espíritu y de Cristo, cuando el Espíritu por quien somos hechos coherederos con Cristo une incluso lo que está separado.

    II, 8, 83

    83. «Si empero,» dice, «padecemos con él, para que seamos también glorificados juntamente.» [] Si, pues, hemos de ser glorificados juntamente con Cristo por el Espíritu, ¿cómo nos negamos a admitir que el Espíritu mismo sea glorificado juntamente con Cristo? ¿Disociamos la vida de Cristo y del Espíritu Santo cuando el Espíritu dice que viviremos juntamente con el Hijo de Dios? Pues el Apóstol dice: «Si somos muertos con Cristo, creemos que también viviremos con él;» y luego de nuevo: «Porque si padecemos con él, también viviremos con él; y no solo viviremos con él, sino que seremos también glorificados con él, y no solo seremos glorificados, sino que también reinaremos con él.» []

    II, 8, 84

    84. Ninguna división, pues, se implica en aquellas partículas, pues cada una es partícula de conjunción. Y finalmente, a menudo encontramos en la Sagrada Escritura una insertada y la otra entendida, como está escrito: «Entraré en tu casa en holocaustos,» es decir, «con holocaustos;» y en otro lugar: «Los sacó en plata y oro,» es decir, «con plata y oro.» Y en otro lugar dice el Salmista: «¿No saldrás con nosotros en nuestros ejércitos?» por lo que realmente se significa, «con nuestros ejércitos.» Así, pues, en el uso de la expresión no puede implicarse ninguna disminución de honor, y nada debe deducirse en menoscabo del honor de la Deidad; es necesario que con el corazón el hombre crea para justicia, y que de la fe del corazón se haga con la boca confesión para salvación. Mas los que no creen con el corazón difunden con su boca lo que es derogatorio.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 9, sumario
    Un pasaje de San Pablo del que abusan los herejes para probar una distinción entre las Personas Divinas es explicado, y se prueba que todo el pasaje puede decirse rectamente de cada Persona, aunque se refiere especialmente al Hijo. Se prueba luego que cada miembro del pasaje es aplicable a cada Persona, y que así como decir, de Él son todas las cosas es aplicable al Padre, así también todas las cosas son por Él y en Él puede decirse de Él.

    II, 9, 85

    85. Otro pasaje semejante es aquel que dicen implica diferencia, donde está escrito: «Mas para nosotros no hay más que un solo Padre, de quien son todas las cosas y nosotros para él, y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por él.» [] Pues pretenden que cuando se dice «de él,» se significa la materia, cuando «por él,» o bien el instrumento de la obra o algún oficio, mas cuando se dice «en él,» o bien el lugar o el tiempo en que se ven todas las cosas que son hechas.

    II, 9, 86

    86. Así, pues, su deseo es probar que hay alguna diferencia de sustancia, estando ansiosos por hacer una distinción entre, por así decirlo, el instrumento y el propio obrero o autor, y también entre el tiempo o lugar y el instrumento. ¿Es, pues, el Hijo ajeno en cuanto a su Naturaleza del Padre, porque un instrumento es ajeno del obrero o autor? ¿O es el Hijo ajeno del Espíritu, porque el tiempo o el lugar no es de la misma clase que un instrumento?

    II, 9, 87

    87. Compara ahora nuestras afirmaciones. Ellos sostienen que la materia es de Dios como de la naturaleza de Dios, como cuando dices que un cofre está hecho de madera o una estatua de piedra; que de esta manera la materia ha salido de Dios, y que esa misma materia ha sido hecha por el Hijo como por una especie de instrumento; de modo que declaran que el Hijo no es tanto el Artífice como el instrumento de la obra; y que todas las cosas han sido hechas en el Espíritu, como en algún lugar o tiempo; atribuyen cada parte por separado a cada Persona por separado y niegan que todas sean en común.

    II, 9, 88

    88. Pero nosotros mostramos que todas las cosas son de tal manera de Dios Padre, que Dios Padre no ha sufrido pérdida alguna porque todas las cosas sean o por él o en él, y sin embargo todas las cosas no son de él como de materia; luego también que todas las cosas son por el Señor Hijo, de modo que no se le priva del atributo de que todas las cosas son del Hijo y en él; y que todas las cosas son en el Espíritu, para que enseñemos que todas las cosas son por el Espíritu, y todas las cosas del Espíritu.

    II, 9, 89

    89. Pues estas partículas, como aquellas de las que hemos hablado antes, se implican mutuamente. Porque el Apóstol no dijo de tal manera: Todas las cosas son de Dios, y todas las cosas son por el Hijo, como para significar que la sustancia del Padre y del Hijo podía ser separada, sino para enseñar que por una distinción sin confusión el Padre es uno, el Hijo otro. Aquellas partículas, pues, no están como en oposición mutua, sino que están como aliadas y concordes, de modo que a menudo convienen incluso a una sola Persona, como está escrito: «Porque de él, y por él, y en él son todas las cosas.» []

    II, 9, 90

    90. Mas si realmente consideras de dónde se toma el pasaje, no tendrás duda de que se dice del Hijo. Pues el Apóstol dice, según la profecía de Isaías, «¿Quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero?» [] Y añade: «Porque de él y en él son todas las cosas.» Lo cual Isaías había dicho del Artífice de todo, como lees: «¿Quién midió con su puño las aguas, y los cielos con un palmo, y toda la tierra con su mano cerrada? ¿Quién puso los montes en balanza y las colinas en peso? ¿Quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero?» []

    II, 9, 91

    91. Y el Apóstol añadió: «Porque de él, y por él, y en él son todas las cosas.» ¿Qué es «de él»? Que la naturaleza de todo es de su voluntad, y Él es el Autor de todas las cosas que han venido a la existencia. «Por él» ¿qué significa? Que el establecimiento y la continuación de todas las cosas es don suyo. ¿Qué es «en él»? Que todas las cosas por una especie maravillosa de anhelo e indecible amor miran al Autor de su vida, y al Dador de sus gracias y funciones, según aquello que está escrito: «Los ojos de todos esperan en ti,» y «Abres tu mano y colmas de tu beneplácito a todo viviente.»

    II, 9, 92

    92. Y del Padre, también, puedes decir rectamente «de él,» pues de él fue la Sabiduría operativa, la cual por su propia voluntad y la del Padre dio el ser a todas las cosas que no eran. «Por él,» porque todas las cosas fueron hechas por su Sabiduría. «En él,» porque Él es la Fuente de la Vida sustancial, en quien vivimos, nos movemos y tenemos el ser.

    II, 9, 93

    93. También del Espíritu, como formados por Él, fortalecidos por Él, establecidos en Él, recibimos el don de la vida eterna.

    II, 9, 94

    94. Puesto que, pues, estas expresiones parecen adecuadas o al Padre o al Hijo o al Espíritu Santo, es cierto que nada derogatorio se dice en ellas, ya que decimos tanto que muchas cosas son del Hijo, y muchas por el Padre, como encuentras dicho del Hijo: «Para que crezcamos en todo en aquel que es Cristo, la Cabeza, de quien,» dice, «todo el cuerpo, trabado y unido por todas las junturas del suministro para la medida de cada parte, hace el crecimiento del cuerpo para edificación de sí mismo en amor.» [] Y de nuevo, escribiendo a los colosenses de aquellos que no tienen el conocimiento del Hijo de Dios, dice: «Porque no retienen la Cabeza, de quien todo el cuerpo, siendo suministrado y unido por junturas y ligamentos, crece al crecimiento de Dios.» [] Pues dijimos arriba que Cristo es la Cabeza de la Iglesia. Y en otro lugar lees: «De su plenitud hemos recibido todos.» Y el Señor mismo dijo: «Tomará de lo mío y os lo mostrará.» [] Y antes, dijo: «Percibo que ha salido virtud de mí.» []

    II, 9, 95

    95. De igual manera, para que reconozcas la Unidad, se dice también del Espíritu: «Porque el que siembra en el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna.» [] Y Juan dice: «En esto conocemos que Él está en nosotros, porque nos ha dado de su Espíritu.» [] Y el Ángel dice: «Lo que nacerá de ella es del Espíritu Santo.» [] Y el Señor dice: «Lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.» []

    II, 9, 96

    96. Así, pues, como leemos que todas las cosas son del Padre, así también que todas las cosas pueden decirse del Hijo, por quien son todas las cosas; y somos enseñados por prueba de que todas las cosas son del Espíritu, en quien son todas las cosas.

    II, 9, 97

    97. Consideremos ahora si podemos enseñar que algo es por el Padre. Pero está escrito: «Pablo, siervo de Cristo por la voluntad de Dios;» [] y en otro lugar: «Por lo cual ya no eres siervo, sino hijo; y si hijo, también heredero por Dios;» [] y de nuevo: «Como Cristo resucitó de los muertos por la gloria de Dios.» [] Y en otro lugar dice Dios Padre al Hijo: «He aquí que los prosélitos vendrán a ti por mí.»

    II, 9, 98

    98. Encontrarás muchos otros pasajes, si buscas cosas hechas por el Padre. ¿Es, pues, menos el Padre porque leemos que muchas cosas son en el Hijo y del Hijo, y encontramos en las Escrituras celestiales muchísimas cosas hechas o dadas por el Padre?

    II, 9, 99

    99. Mas de igual manera leemos también de muchas cosas hechas por el Espíritu, como encuentras: «Pero Dios nos las reveló a nosotros por su Espíritu;» [] y en otro lugar: «Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo;» [] y a los efesios: «para ser fortalecidos por su Espíritu;» [] y a los corintios: «A otro se le da por el Espíritu palabra de sabiduría;» [] y en otro lugar: «Mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis;» [] y arriba: «El que resucitó a Cristo de los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por la inhabitación de su Espíritu en vosotros.» []

    II, 9, 100

    100. Mas quizá alguien diga: Muéstrame que podemos leer expresamente que todas las cosas son del Hijo, o que todas las cosas son del Espíritu. Mas respondo: Que ellos también muestren que está escrito que todas las cosas son por el Padre. Mas ya que hemos probado que estas expresiones convienen o al Padre o al Hijo o al Espíritu Santo, y que ninguna distinción del poder divino puede surgir de partículas de este tipo, no hay duda de que todas las cosas son de aquel por quien todas las cosas son; y que todas las cosas son por aquel por quien todas son; y que debemos entender que todas las cosas son por él o de él en quien todas son. Porque toda criatura existe tanto por la voluntad como por la operación y en el poder de la Trinidad, como está escrito: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza;» [] y en otro lugar: «Por la palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y todo su poder por el Espíritu de su boca.»

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 10, sumario
    Al ir a probar que la voluntad, la vocación y el mandato de la Trinidad son uno, san Ambrosio muestra que el Espíritu llamó a la Iglesia exactamente igual que el Padre y el Hijo, y lo prueba con la elección de san Pablo y Bernabé, y especialmente con la misión de san Pedro a Cornelio. De paso hace notar cómo en la visión del Apóstol quedó prefigurada la vocación de los gentiles, que, habiendo sido antes como fieras, ahora por la operación del Espíritu abandonan aquella fiereza. Después, citados otros pasajes en apoyo de este parecer, muestra que lo sucedido a Jeremías, arrojado a una cisterna por los judíos y rescatado por Abdemelec, es figura del desprecio del Espíritu Santo por parte de los judíos, y de que Él es honrado por los gentiles.

    II, 10, 101

    Y no solo es una en todo lugar la operación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino que también hay una sola y misma voluntad, una sola vocación y un solo mandato, como puede verse en el grande y salvador misterio de la Iglesia. Pues así como el Padre llamó a los gentiles a la Iglesia, diciendo: «Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, y amada mía a la que no era amada;» [] y en otro lugar: «Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones,» [] así también el Señor Jesús dijo que Pablo había sido escogido por Él para llamar y congregar a la Iglesia, como encuentras que lo dijo el Señor Jesús a Ananías: «Ve, porque él es un instrumento escogido para mí, para llevar mi nombre delante de todas las naciones.» []

    II, 10, 102

    Así, pues, como Dios Padre llamó a la Iglesia, así también Cristo la llamó, y así también el Espíritu la llamó, diciendo: «Separadme a Pablo y a Bernabé para la obra a la que los he llamado.» Y se añade: «Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron. Y ellos, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia.» Así recibió Pablo el apostolado por voluntad no solo de Cristo, sino también del Espíritu Santo, y se apresuró a congregar a los gentiles.

    II, 10, 103

    Y no solo Pablo, sino también, como leemos en los Hechos de los Apóstoles, Pedro. Pues cuando había visto en su oración el cielo abierto y un cierto vaso atado por las cuatro puntas, a modo de un lienzo en el que había toda clase de cuadrúpedos, fieras y aves del cielo, «le vino una voz que decía: Levántate, Pedro, mata y come. Y dijo Pedro: Lejos de mí, Señor, que jamás he comido nada común ni inmundo. Y de nuevo le vino una voz que decía: Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú común. Y esto fue hecho tres veces, y el vaso fue recogido de nuevo en el cielo.» Y así, cuando Pedro pensaba en silencio consigo mismo sobre esto, y los criados de Cornelio, enviados por el Ángel, habían llegado a él, el Espíritu le dijo: «Mira, unos hombres te buscan; levántate, pues, baja y vete con ellos sin dudar, porque yo los he enviado.» []

    II, 10, 104

    ¡Con cuánta claridad expresó el Espíritu Santo su propio poder! En primer lugar, inspirando a quien oraba y estando presente en quien suplicaba; luego, cuando Pedro, al ser llamado, respondió: «Señor,» y así fue hallado digno de un segundo mensaje, porque reconoció al Señor. Pero la Escritura declara quién era aquel Señor, pues Aquel a quien él había respondido le habló cuando respondió. Y las palabras siguientes muestran claramente revelado al Espíritu, porque Aquel que formó el misterio dio a conocer el misterio.

    II, 10, 105

    Nota también que la aparición del misterio repetida tres veces expresaba la operación de la Trinidad. Y así, en los misterios se hace la triple pregunta y se da la triple respuesta, y nadie puede ser limpiado sino por una triple confesión. Por eso también Pedro es preguntado tres veces en el Evangelio si ama al Señor, para que con la triple respuesta se desaten las ataduras de la culpa que había contraído al negar al Señor.

    II, 10, 106

    Además, así como el Ángel es enviado a Cornelio, el Espíritu Santo habla a Pedro: «Porque los ojos del Señor están sobre los fieles de la tierra.» Y no sin propósito, habiendo dicho antes: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú común,» [] descendió el Espíritu Santo sobre los gentiles para purificarlos, siendo manifiesto que la operación del Espíritu es una operación divina. Pero Pedro, enviado por el Espíritu, no aguardó el mandato de Dios Padre, sino que reconoció que aquel mensaje era del Espíritu mismo, y que la gracia era del Espíritu mismo, cuando dijo: «Si, pues, Dios les ha concedido la misma gracia que a nosotros, ¿quién era yo para poder resistir a Dios?»

    II, 10, 107

    Es, pues, el Espíritu Santo quien nos ha librado de aquella impureza gentil. Porque en aquellas especies de cuadrúpedos, fieras y aves había una figura de la condición humana, la cual aparece revestida de la fiereza bestial de las fieras si no se vuelve mansa por la santificación del Espíritu. Excelente es, pues, aquella gracia que cambia la rabia de las bestias en la sencillez del Espíritu: «Porque también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, incrédulos, extraviados, sirviendo a diversas concupiscencias y placeres. Pero ahora, por la renovación del Espíritu, comenzamos a ser herederos de Cristo y coherederos con los ángeles.» []

    II, 10, 108

    Por eso el santo profeta David, viendo en el Espíritu que de fieras llegaríamos a ser como los moradores del cielo, dice: «Reprime a las fieras del bosque,» significando evidentemente no el bosque agitado por la carrera de las fieras y estremecido por el rugido de los animales, sino aquel bosque del cual está escrito: «Lo hallamos en los campos del bosque.» En el cual, como dijo el profeta: «El justo florecerá como la palmera, y se multiplicará como el cedro del Líbano.» Aquel bosque que, sacudido en las copas de los árboles de que habla la profecía, derramó el alimento de la Palabra celestial. Aquel bosque en el que Pablo entró ciertamente como lobo rapaz, pero salió como pastor, porque «su sonido salió por toda la tierra.»

    II, 10, 109

    Nosotros, pues, éramos fieras, y por eso dijo el Señor: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces.» [] Pero ahora, por el Espíritu Santo, la rabia de los leones, las manchas de los leopardos, la astucia de las zorras, la rapacidad de los lobos, han pasado de nuestros sentimientos; grande es, pues, la gracia que ha trocado la tierra en cielo, para que la ciudadanía de nosotros, que antes vagábamos como fieras por los bosques, esté en los cielos. []

    II, 10, 110

    Y no solo en este lugar, sino también en otra parte del mismo libro, el apóstol Pedro declaró que la Iglesia era edificada por el Espíritu Santo. Pues lees que dijo: «Dios, que conoce los corazones de los hombres, dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo, como también a nosotros; y no hizo distinción entre nosotros y ellos, purificando sus corazones por la fe.» [] En lo cual ha de considerarse que, así como Cristo es la Piedra angular, que unió a ambos pueblos en uno, así también el Espíritu Santo no hizo distinción entre los corazones de uno y otro pueblo, sino que los unió.

    II, 10, 111

    No desprecies, pues, como judío, al Hijo, a quien anunciaron los profetas; porque despreciarías también al Espíritu Santo, despreciarías a Isaías, despreciarías a Jeremías, a quien aquel que fue escogido del Señor sacó con trapos y cuerdas de la cisterna de aquella morada judía. [] Porque el pueblo de los judíos, despreciando la palabra de la profecía, lo había arrojado a la cisterna. Y no se halló ningún judío que sacase al profeta, sino un etíope, Abdemelec, como atestigua la Escritura.

    II, 10, 112

    En este relato hay una bellísima figura, a saber: que nosotros, pecadores de los gentiles, negros de antemano por nuestras transgresiones, y antes estériles, sacamos de la profundidad la palabra de la profecía que los judíos habían hundido, por así decirlo, en el fango de su mente y de su carnalidad. Y por eso está escrito: «Etiopía extenderá su mano hacia Dios.» En lo cual se significa la aparición de la santa Iglesia, que dice en el Cantar de los Cantares: «Negra soy, mas hermosa, hijas de Jerusalén;» [] negra por el pecado, hermosa por la gracia; negra por condición natural, hermosa por la redención; o ciertamente negra por el polvo de sus trabajos. Así es negra mientras combate, y es hermosa cuando es coronada con los ornamentos de la victoria.

    II, 10, 113

    Y con razón es sacado el profeta con cuerdas, pues el escritor fiel dijo: «Las cuerdas me han caído en lugares deleitosos.» Y con razón con trapos; pues el Señor mismo, cuando los que habían sido invitados primero a las bodas se excusaron, envió a las salidas de los caminos, para que cuantos fuesen hallados, malos y buenos, fuesen invitados a las bodas. Con estos trapos, pues, levantó la palabra de la profecía del fango.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 11, sumario
    Seguiremos el ejemplo de Abdemelec si creemos que el Hijo y el Espíritu Santo conocen todas las cosas. Este conocimiento es atribuido en la Escritura al Espíritu, y también al Hijo. El Hijo es glorificado por el Espíritu, como también el Espíritu por el Hijo. Además, puesto que leemos que el Padre, el Hijo y el Espíritu dicen y revelan las mismas cosas, debemos reconocer en Ellos una unidad de naturaleza y de conocimiento. Finalmente, que el Espíritu escudriñe las profundidades de Dios no es señal de ignorancia, ya que también se dice que el Padre y el Hijo escudriñan, y Pablo, aunque elegido por Cristo, fue, sin embargo, enseñado por el Espíritu.

    II, 11, 114

    También tú serás Abdemelec, esto es, escogido por el Señor, si levantas la Palabra de Dios de la profundidad de la ignorancia gentil; si crees que el Hijo de Dios no es engañado, que nada escapa a su conocimiento, que no ignora lo que ha de suceder. Y el Espíritu Santo tampoco es engañado, de quien dice el Señor: «Mas cuando venga Él, el Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad.» [] El que dice toda no pasa por alto nada, ni el día ni la hora, ni las cosas pasadas ni las venideras.

    II, 11, 115

    Y para que sepas que Él conoce todas las cosas, anuncia las cosas venideras, y que su conocimiento es uno con el del Padre y el del Hijo, oye lo que la Verdad de Dios dice acerca de Él: «Pues no hablará por sí mismo, sino que hablará lo que oyere, y os anunciará las cosas que han de venir.» []

    II, 11, 116

    Por tanto, para que observes que Él conoce todas las cosas, cuando el Hijo dijo: «Pero de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni aun los ángeles del cielo,» [] exceptuó al Espíritu Santo. Pero si el Espíritu Santo es exceptuado de la ignorancia, ¿cómo no es exceptuado el Hijo de Dios?

    II, 11, 117

    Mas tú dirás que contó también al Hijo de Dios con los ángeles. Contó en verdad al Hijo, mas no contó también al Espíritu. Confiesa, pues, o que el Espíritu Santo es mayor que el Hijo de Dios, de suerte que hablas ya no solo como arriano, sino hasta como fotiniano; o reconoce a qué has de referir que dijo que el Hijo no sabía. Porque como hombre pudo, en su naturaleza humana, ser contado entre las criaturas que fueron creadas.

    II, 11, 118

    Pero si quieres aprender que el Hijo de Dios conoce todas las cosas y tiene presciencia de todo, mira que aquello mismo que piensas que es desconocido al Hijo, el Espíritu Santo lo recibió del Hijo. Lo recibió, empero, por la Unidad de sustancia, como el Hijo recibió del Padre. «Él», dice, «me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por eso dije: recibirá de lo mío y os lo anunciará.» [] ¿Qué, pues, hay más claro que esta Unidad? Las cosas que tiene el Padre pertenecen al Hijo; las cosas que tiene el Hijo, el Espíritu Santo también las ha recibido.

    II, 11, 119

    Con todo, aprende que el Hijo conoce el día del juicio. Leemos en Zacarías: «Y vendrá el Señor mi Dios, y todos los santos con Él. En aquel día no habrá luz, sino frío y escarcha; y será un día único, y aquel día es conocido del Señor.» Este día, pues, era conocido del Señor, que ha de venir con sus santos, para iluminarnos con su segunda Venida.

    II, 11, 120

    Mas prosigamos el punto que hemos comenzado acerca del Espíritu. Pues en el pasaje que hemos aducido encuentras que el Hijo dice del Espíritu: «Él me glorificará.» Así, pues, el Espíritu glorifica al Hijo, como también el Padre lo glorifica; y el Hijo de Dios glorifica también al Espíritu, como dijimos arriba. No es, pues, débil Aquel que es causa de la gloria mutua por la Unidad de la Luz eterna; ni es inferior al Espíritu Aquel de quien es verdadero esto: que es glorificado por el Espíritu.

    II, 11, 122

    También tú serás escogido, si crees que el Espíritu habló lo que habló el Padre y lo que habló el Hijo. Pablo, en fin, fue escogido precisamente porque así creyó y así enseñó, ya que, como está escrito, Dios «nos ha revelado por su Espíritu lo que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre: las cosas que Dios ha preparado para los que le aman.» [] Y por eso es llamado Espíritu de revelación, como lees: «Porque Dios da a quienes así se preparan el Espíritu de sabiduría y de revelación, para que Él sea conocido.» [Isaías 64:4]

    II, 11, 123

    Hay, pues, una Unidad de conocimiento, ya que, así como el Padre, que da el Espíritu de revelación, revela, así también el Hijo revela; pues está escrito: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.» [] Dijo más acerca del Hijo, no porque Él tenga más que el Padre, sino para que no se suponga que tiene menos. Y no sin propiedad es el Padre revelado así por el Hijo, porque el Hijo conoce al Padre como el Padre conoce al Hijo.

    II, 11, 124

    Aprende ahora que también el Espíritu conoce a Dios Padre, pues está escrito que: «Como nadie conoce las cosas del hombre, sino el espíritu que está en él, así también las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios.» «Nadie», dice, «conoce, sino el Espíritu de Dios.» [] ¿Queda, pues, excluido el Hijo de Dios? Ciertamente no, puesto que tampoco el Espíritu queda excluido cuando se dice: «Y nadie conoce al Padre, sino el Hijo.»

    II, 11, 125

    Por tanto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son de una sola naturaleza y de un solo conocimiento. Y el Espíritu no ha de ser contado con todas las cosas que fueron hechas por el Hijo, puesto que Él conoció al Padre, al cual, como está escrito, ¿quién puede conocer sino el Hijo? Mas el Espíritu Santo también lo conoce. ¿Qué, pues? Cuando se habla de la totalidad de las cosas creadas, se sigue que el Espíritu Santo no queda incluido.

    II, 11, 126

    Querría ahora que ellos respondiesen qué es aquello en el hombre que conoce las cosas del hombre. Ciertamente ha de ser razonable aquello que supera las demás potencias del alma, y por lo cual se estima la naturaleza más alta del hombre. ¿Qué es, pues, el Espíritu, que conoce las profundidades de Dios y por quien Dios todopoderoso es revelado? ¿Es inferior en la plenitud de la Deidad Aquel que, aun por este ejemplo, se prueba ser de una sola sustancia con el Padre? ¿O ignora algo Aquel que conoce los consejos de Dios y sus misterios, que han estado ocultos desde el principio? ¿Qué hay que no conozca Aquel que conoce todas las cosas de Dios? Porque «el Espíritu escudriña aun las profundidades de Dios.» []

    II, 11, 127

    Mas para que no pienses que Él escudriña cosas desconocidas, y que escudriña para aprender lo que no sabe, se dice primero que Dios nos las reveló por su Espíritu; y al mismo tiempo, para que aprendas que el Espíritu conoce las cosas que nos son reveladas por el Espíritu mismo, se dice después: «Porque ¿quién de entre los hombres conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios.» [] Si, pues, el espíritu del hombre conoce las cosas del hombre y las conoce antes de escudriñar, ¿puede haber algo de Dios que el Espíritu de Dios no conozca? De quien el Apóstol dijo no sin propósito: «Las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios;» no porque conozca escudriñando, sino que conoce por naturaleza; no porque el conocimiento de las cosas divinas sea en Él un accidente, sino que es su conocimiento natural.

    II, 11, 128

    Mas si te mueve que Él haya dicho «escudriña», aprende que esto se dice también de Dios, en cuanto Él es el escudriñador de los corazones y de los riñones. Pues Él mismo dijo: «Yo soy Aquel que escudriña el corazón y los riñones.» [] Y del Hijo de Dios tienes también en la Epístola a los Hebreos: «Quien es el Escudriñador de la mente y de los pensamientos.» [] De donde se ve claro que ningún inferior escudriña lo interior de su superior, porque el conocer las cosas ocultas es propio solamente del poder divino. El Espíritu Santo, pues, escudriña de la misma manera que el Padre, y el Hijo escudriña de la misma manera; con la significación propia de esta expresión se da a entender esto: que evidentemente nada hay que no conozca Aquel a quien nada se le escapa.

    II, 11, 129

    Finalmente, él fue escogido por Cristo y enseñado por el Espíritu. Pues, como él mismo atestigua, habiendo obtenido por el Espíritu el conocimiento de los divinos secretos, muestra que el Espíritu Santo conoce a Dios y nos ha revelado las cosas que son de Dios, como también el Hijo las ha revelado. Y añade: «Pero nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que nos son dadas por Dios; las cuales hablamos también, no con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino en manifestación del Espíritu y en poder de Dios.» []
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