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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre el Espíritu Santo

    Milán · hacia 381 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF43 minPosición: 0% de esta parteParte 5 de 7 · Capítulo 12Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-02

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    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 12, sumario
    Tras probar que el Espíritu es el Dador de la revelación igualmente con el Padre y el Hijo, se explica cómo el mismo Espíritu no habla de sí mismo; y se muestra que no han de pensarse en Él órganos corporales, y que no ha de suponerse inferioridad alguna por el hecho de que leamos que oye, puesto que lo mismo habría de atribuirse al Hijo, y aun ciertamente al Padre, ya que oye al Hijo. El Espíritu, pues, oye y glorifica al Hijo en el sentido de que lo reveló a los profetas y a los apóstoles, por lo cual se infiere la Unidad de operación de las Tres Personas; y, dado que el Espíritu hace las mismas obras que el Padre, se declara también que la sustancia de cada uno es la misma.

    II, 12, 130

    Se ha probado, pues, que así como Dios nos ha revelado las cosas que son suyas, así también el Hijo, y así también el Espíritu, ha revelado las cosas de Dios. Porque nuestro conocimiento procede de un solo Espíritu, por un solo Hijo hasta un solo Padre; y de un solo Padre por un solo Hijo hasta un solo Espíritu Santo se entregan la bondad y la santificación y el derecho soberano del poder eterno. Donde, pues, hay manifestación del Espíritu, allí está el poder de Dios, ni puede haber distinción alguna donde la obra es una. Y por eso lo que el Hijo dice lo dice también el Padre, y lo que el Padre dice lo dice también el Hijo, y lo que el Padre y el Hijo dicen lo dice también el Espíritu Santo.

    II, 12, 131

    Por lo cual también el Hijo de Dios dijo acerca del Espíritu Santo: «Él no hablará por sí mismo,» [] esto es, no sin la participación del Padre y de mí mismo. Pues el Espíritu no está dividido ni separado, sino que habla lo que oye. Oye, es decir, por unidad de sustancia y por la propiedad del conocimiento. Pues no recibe el oír por orificio alguno del cuerpo, ni la voz divina resuena con medidas carnales, ni oye lo que no sabe; puesto que comúnmente en las cosas humanas el oír produce conocimiento, y sin embargo ni aun en los hombres mismos hay siempre palabra corporal u oído carnal. Porque «el que habla en lenguas,» se dice, «no habla a los hombres sino a Dios, pues nadie oye, sino que en el Espíritu habla misterios.» []

    II, 12, 132

    Por tanto, si en los hombres el oír no es siempre del cuerpo, ¿exiges en Dios las voces de la debilidad humana y ciertos órganos de oído carnal, cuando se dice que oye para que creamos que conoce? Pues nosotros sabemos aquello que hemos oído, y oímos de antemano para poder saber; pero en Dios, que conoce todas las cosas, el conocimiento precede al oír. Así, para afirmar que el Hijo no ignora lo que el Padre quiere, decimos que ha oído; pero en Dios no hay sonido ni sílaba, como los que suelen significar la indicación de la voluntad; sino que la unidad de voluntad se comprende en Dios de modos ocultos, pero en nosotros se muestra por signos.

    II, 12, 133

    ¿Qué significa, pues, «no hablará por sí mismo»? Esto es: no hablará sin mí; porque habla la verdad, respira sabiduría. No habla sin el Padre, porque es el Espíritu de Dios; no oye por sí mismo, porque todas las cosas son de Dios.

    II, 12, 134

    El Hijo recibió todas las cosas del Padre, pues Él mismo dijo: «Todas las cosas me han sido entregadas por mi Padre.» [] Todo lo que es del Padre lo tiene también el Hijo, pues dice de nuevo: «Todas las cosas que tiene el Padre son mías.» [Juan 15:15] Y aquellas cosas que Él mismo recibió por unidad de naturaleza, el Espíritu, por la misma unidad de naturaleza, las recibió también de Él, como el Señor Jesús mismo declara al hablar de su Espíritu: «Por eso dije: Él recibirá de lo mío y os lo anunciará.» [Juan 15:15] Por tanto, lo que el Espíritu dice es del Hijo, lo que el Hijo ha dado es del Padre. Así, ni el Hijo ni el Espíritu hablan cosa alguna por sí mismos. Pues la Trinidad no habla nada exterior a sí misma.

    II, 12, 135

    Mas si sostienes que esto es un argumento en favor de la debilidad del Espíritu Santo y de cierta semejanza con la bajeza del cuerpo, lo harás también argumento en perjuicio del Hijo, porque el Hijo dijo de sí mismo: «Como oigo, juzgo,» [] y «El Hijo no puede hacer nada sino lo que ve hacer al Padre.» [] Pues si es verdad, como lo es, lo que el Hijo dijo: «Todas las cosas que tiene el Padre son mías,» [] y el Hijo, según la Deidad, es uno con el Padre, uno por sustancia natural, no según la falsedad sabeliana; lo que es uno por la propiedad de la sustancia ciertamente no puede separarse, y así el Hijo no puede hacer nada sino lo que ha oído del Padre, porque la Palabra de Dios permanece para siempre, ni el Padre está jamás separado de la operación del Hijo; y aquello que el Hijo obra, sabe que el Padre lo quiere, y lo que el Padre quiere, el Hijo sabe cómo obrarlo.

    II, 12, 136

    Finalmente, para que nadie piense que hay diferencia alguna de obra, ni en el tiempo ni en el orden, entre el Padre y el Hijo, sino que crea la unidad de la misma operación, dice: «Las obras que yo hago, Él las hace.» Y de nuevo, para que nadie piense que hay diferencia alguna en la distinción de las obras, sino que juzgue que la voluntad, la acción y el poder del Padre y del Hijo son los mismos, dice la Sabiduría acerca del Padre: «Porque todo lo que Él hace, el Hijo lo hace igualmente.» [] De modo que la acción de ninguna de las dos Personas es anterior ni posterior a la de la Otra, sino que hay un mismo resultado de una sola operación. Y por esta razón el Hijo dice que no puede hacer nada por sí mismo, porque su operación no puede separarse de la del Padre. Del mismo modo, la operación del Espíritu Santo no está separada. Por lo cual también las cosas que habla se dice que las oye del Padre.

    II, 12, 137

    ¿Y si demuestro que el Padre también oye al Hijo, como también el Hijo oye al Padre? Pues tienes escrito en el Evangelio que el Hijo dice: «Padre, te doy gracias porque me has oído.» [] ¿Cómo oyó el Padre al Hijo, si en el pasaje anterior acerca de Lázaro el Hijo no habló nada al Padre? Y para que no pensáramos que el Hijo fue oído una sola vez por el Padre, añadió: «Y yo sabía que siempre me oyes.» [] Por tanto, el oír no es el de la obediencia de un súbdito, sino el de la Unidad eterna.

    II, 12, 138

    De igual modo, pues, se dice que el Espíritu oye del Padre y que glorifica al Hijo. Glorifica, porque el Espíritu Santo nos enseñó que el Hijo es la Imagen del Dios invisible, [] y el resplandor de su gloria, y la impronta de su sustancia. [] El Espíritu habló también en los patriarcas y en los profetas, y, por último, los apóstoles comenzaron entonces a ser más perfectos después de haber recibido al Espíritu Santo. No hay, por tanto, separación del poder y de la gracia divinos, porque aunque «hay diversidad de dones, pero es el mismo Espíritu; y diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y diversidad de operaciones, pero el mismo Dios que obra todas las cosas en todos.» Hay diversidad de oficios, no divisiones de la Trinidad.

    II, 12, 139

    Finalmente, es el mismo Dios quien obra todas las cosas en todos, para que sepas que no hay diversidad de operación entre Dios Padre y el Espíritu Santo; puesto que aquellas cosas que el Espíritu obra, Dios Padre también las obra, «el que obra todas las cosas en todos.» Pues mientras Dios Padre obra todas las cosas en todos, sin embargo «a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones, en el único Espíritu; a otro, realización de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; a otro, interpretación de dichos; pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno como quiere.»

    II, 12, 140

    No hay, pues, duda de que aquellas cosas que el Padre obra, también el Espíritu las obra. Y no obra conforme a un mandato, como quien oye de modo corporal, sino voluntariamente, como libre en su propia voluntad, no siervo del poder de otro. Porque no obedece como quien recibe una orden, sino que, como dador, es el administrador de sus propios dones.

    II, 12, 141

    Considera, entretanto, si puedes decir que el Espíritu produce todas las cosas que el Padre produce; pues no puedes negar que el Padre produce aquellas cosas que el Espíritu Santo produce; de lo contrario, el Padre no produce todas las cosas, si no produce aquellas que también el Espíritu produce. Pero si el Padre también produce aquellas que el Espíritu produce, puesto que el Espíritu reparte sus operaciones según su propia voluntad, necesariamente has de decir, o que lo que el Espíritu reparte lo reparte según su propia voluntad, contra la voluntad de Dios Padre; o, si dices que el Padre quiere lo mismo que quiere el Espíritu Santo, necesariamente has de confesar la unidad de la voluntad y de la operación divinas, aun si lo haces de mala gana, y, si no con el corazón, al menos con la boca.

    II, 12, 142

    Mas si el Espíritu Santo es de una misma voluntad y operación con Dios Padre, también es de una misma sustancia, puesto que el Creador es conocido por sus obras. Así, pues, es el mismo Espíritu, dice, el mismo Señor, el mismo Dios. [] Y si dices Espíritu, es el mismo; y si dices Señor, es el mismo; y si dices Dios, es el mismo. No el mismo, de modo que Él mismo sea Padre, Él mismo Hijo, Él mismo Espíritu [una y la misma Persona]; sino porque tanto el Padre como el Hijo son el mismo Poder. Es, pues, el mismo en sustancia y en poder, porque no hay en la Deidad ni la confusión de Sabelio ni la división de Arrio, ni cambio alguno terreno y corporal.

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 13, sumario
    La profecía no procedía solo del Padre y del Hijo, sino también del Espíritu; se significa que la autoridad y la operación de este sobre los apóstoles es la misma que la de Aquellos; y así hemos de entender que hay unidad en los tres puntos de autoridad, gobierno y liberalidad; sin embargo, no hay que temer desventaja alguna de esa participación, puesto que en la amistad humana no se produce tal cosa. Finalmente, se establece que esta es la herencia de la fe apostólica por el hecho de que se describe a los apóstoles como obedientes al Espíritu Santo.

    II, 13, 143

    Toma, oh sagrado Emperador, otro ejemplo fuerte en esta cuestión, y conocido por ti: «De muchas maneras y en diversos modos, habló Dios a los padres en los profetas.» [] Y la Sabiduría de Dios dijo: «Enviaré profetas y apóstoles.» [] Y «A uno le es dada,» como está escrito, «por el Espíritu, palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento, según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones, en el único Espíritu; a otro, realización de milagros; a otro, profecía.» Por tanto, según el Apóstol, la profecía no es solo por el Padre y el Hijo, sino también por el Espíritu Santo, y por eso el oficio es uno y la gracia, una. Así encuentras que también el Espíritu es autor de las profecías.

    II, 13, 144

    También los apóstoles dijeron: «Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros.» [] Y cuando dicen: «Ha parecido bien,» señalan no solo al Obrero de la gracia, sino también al Autor de la ejecución de lo que fue mandado. Pues como leemos de Dios: «Agradó a Dios;» así también, cuando se dice que «Ha parecido bien al Espíritu Santo,» se retrata a uno que es dueño de su propio poder.

    II, 13, 145

    ¿Y cómo no ha de ser dueño el que habla lo que quiere y manda lo que quiere, como el Padre manda y el Hijo manda? Pues como Pablo oyó la voz que le decía: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues,» [] así también el Espíritu prohibió a Pablo y a Silas ir a Bitinia. Y como el Padre habló por los profetas, así también dice Ágabo acerca del Espíritu: «Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán en Jerusalén los judíos al varón cuyo es este cinturón.» [] Y como la Sabiduría envió a los apóstoles, diciendo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio,» [] así también dice el Espíritu Santo: «Separadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.» [] Y así, enviados por el Espíritu Santo, como la Escritura señala más adelante, no se distinguieron en nada de los demás apóstoles, como si hubieran sido enviados de un modo por Dios Padre y de otro modo por el Espíritu.

    II, 13, 146

    Finalmente, Pablo, habiendo sido enviado por el Espíritu, era a la vez vaso de elección por parte de Cristo, y él mismo refiere que Dios obró en él, diciendo: «Pues el que obró en Pedro para el apostolado de la circuncisión, obró también en mí para con los gentiles.» [] Puesto que, entonces, el Mismo que obró en Pablo obró en Pedro, es ciertamente evidente que, ya que el Espíritu obró en Pablo, el Espíritu Santo obró también en Pedro. Pero el propio Pedro testifica que Dios Padre obró en él, como se dice en los Hechos de los Apóstoles que Pedro se levantó y les dijo: «Varones hermanos, vosotros sabéis que hace ya mucho tiempo Dios escogió entre nosotros que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio.» Mira, pues, cómo en Pedro obró Dios la gracia de la predicación. ¿Y quién se atrevería a negar la operación de Cristo en él, puesto que ciertamente fue elegido y escogido por Cristo, cuando el Señor dijo: «Apacienta mis corderos.» []

    II, 13, 147

    La operación, pues, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una, a no ser que acaso tú, que niegas la unidad de la misma operación sobre el Apóstol, pienses esto: que el Padre y el Espíritu obraron en Pedro, en quien el Hijo ya había obrado, como si la operación del Hijo de ningún modo bastara para que él alcanzara la gracia. Y así, la fuerza del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como unida y reunida, hizo la obra múltiple, no fuera que la operación de Cristo sola fuera demasiado débil para afianzar a Pedro.

    II, 13, 148

    Y no solo en Pedro se encuentra que hay una sola operación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino también en todos los apóstoles la unidad de la operación divina y cierta autoridad sobre las dispensaciones del cielo. Pues la operación divina obra por el poder de un mandato, no en la ejecución de un ministerio; porque Dios, cuando obra, no hace cosa alguna con fatiga o arte, sino que «Él habló y fueron hechas.» Dijo: «Haya luz, y hubo luz,» [] porque la realización de la obra está contenida en el mandamiento de Dios.

    II, 13, 149

    Podemos, pues, fácilmente hallar, si queremos considerar, que este poder real es atribuido al Espíritu Santo por el testimonio de las Escrituras; y quedará claro que todos los apóstoles eran no solo discípulos de Cristo, sino también ministros del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Como también el maestro de los gentiles nos dice, cuando dice: «Dios ha puesto en la Iglesia, primero apóstoles, en segundo lugar profetas, en tercer lugar maestros; después milagros, don de curaciones, ayudas, gobiernos, diversos géneros de lenguas.» []

    II, 13, 150

    Mira, Dios puso apóstoles, y puso profetas y maestros, dio el don de curaciones, el cual encuentras más arriba que es dado por el Espíritu Santo; dio diversos géneros de lenguas. Pero, con todo, no todos son apóstoles, no todos son profetas, no todos son maestros. No todos, dice, tienen el don de curaciones, ni todos, dice, hablan en lenguas. [] Pues la totalidad de los dones divinos no puede existir en cada hombre en particular; cada uno, según su capacidad, recibe aquello que o desea o merece. Pero el poder de la Trinidad, que es pródigo en todas las gracias, no es como esta debilidad.

    II, 13, 151

    Finalmente, Dios puso apóstoles. A aquellos que Dios puso en la Iglesia, Cristo los eligió y ordenó para ser apóstoles, y los envió al mundo, diciendo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará, pero el que no crea se condenará. Y estas señales seguirán a los que crean: en mi nombre echarán fuera demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán serpientes, y si bebieran cosa mortífera, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos, y sanarán.» Ves que el Padre y Cristo también pusieron maestros en las Iglesias; y como el Padre da el don de curaciones, así también lo da el Hijo; como el Padre da el don de lenguas, así también lo ha concedido el Hijo.

    II, 13, 152

    De igual modo hemos oído también más arriba, acerca del Espíritu Santo, que Él concede los mismos géneros de gracias. Pues se dice: «A uno le es dado por el Espíritu don de curaciones, a otro diversos géneros de lenguas, a otro profecía.» [] Así, pues, el Espíritu da los mismos dones que el Padre, y también el Hijo los da. Aprendamos ahora más expresamente lo que hemos tocado más arriba: que el Espíritu Santo confía el mismo oficio que el Padre y el Hijo, y designa a las mismas personas; puesto que Pablo dijo: «Tened cuidado de vosotros mismos y de todo el rebaño en el cual el Espíritu Santo os ha puesto por obispos para apacentar la Iglesia de Dios.» []

    II, 13, 153

    Hay, pues, unidad de autoridad, unidad de designación, unidad de donación. Porque si separas la designación y el poder, ¿qué razón había [para sostener] que a aquellos a quienes Cristo designó como apóstoles, Dios Padre los designó y el Espíritu Santo los designó? A no ser, acaso, que, como quien comparte una posesión o un derecho, Ellos, como hombres, temieran el perjuicio legal, y por eso la operación fuera dividida y la autoridad repartida.

    II, 13, 154

    Estas cosas son mezquinas y pobres, aun entre los hombres, quienes en su mayor parte, aunque no coinciden en la acción, coinciden en la voluntad. Así, cierto personaje, preguntado qué es un amigo, respondió: «Un segundo yo.» Si, pues, un hombre definió al amigo diciendo que era un segundo yo, es decir, por una unidad de amor y de buena voluntad, ¿cuánto más debemos estimar la unidad de Majestad en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, cuando por la misma operación y el poder divino se expresa o la unidad, o ciertamente lo que es más, el [ταυτότης], como se llama en griego, pues [ταύτο] significa «lo mismo,» de modo que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen lo mismo; de modo que tener la misma voluntad y el mismo poder no nace del afecto de la voluntad, sino que es inherente a la sustancia de la Trinidad.

    II, 13, 155

    Esta es la herencia de la fe y de la devoción apostólicas, que se puede observar también en los Hechos de los Apóstoles. Por tanto, Pablo y Bernabé obedecieron los mandatos del Espíritu Santo. Y todos los apóstoles obedecieron, y al punto ordenaron a aquellos que el Espíritu había mandado separar: «Separadme,» dijo Él, «a Bernabé y a Saulo.» [] ¿Ves la autoridad del que manda? Considera el mérito de los que obedecen.

    II, 13, 156

    Pablo creyó, y porque creyó, se despojó del celo de perseguidor y ganó la corona de la justicia. Creyó aquel que solía asolar las Iglesias; pero convertido a la fe, predicó en el Espíritu aquello que el Espíritu mandaba. [] El Espíritu ungió a su campeón, y tras sacudir el polvo de la incredulidad, lo presentó como vencedor insuperable de los incrédulos ante diversas asambleas de impíos, y lo entrenó con muchos sufrimientos para el premio de su alta vocación en Cristo Jesús.

    II, 13, 157

    También Bernabé creyó, y obedeció porque creyó. Por tanto, habiendo sido elegido por la autoridad del Espíritu Santo, que descendió sobre él abundantemente, como signo especial de sus méritos, no fue indigno de tan gran compañerismo. Pues una misma gracia resplandeció en aquellos a quienes un solo Espíritu había elegido.

    II, 13, 158

    Ni era Pablo inferior a Pedro, aunque este era fundamento de la Iglesia y aquel un sabio constructor que sabía afianzar los pasos de las naciones que creían; Pablo no era, digo, indigno de la compañía de los apóstoles, sino que es fácilmente comparable con el primero, y segundo de ninguno. Pues quien no sabe que es inferior, se hace a sí mismo igual.

    Libro III

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 1, sumario
    No solo fueron enviados por el Espíritu los profetas y los apóstoles, sino también el Hijo de Dios. Esto se prueba por Isaías y los evangelistas, y se explica por qué san Lucas escribió que el mismo Espíritu descendió como una paloma sobre Cristo y permaneció sobre Él. Luego, tras establecer esta misión de Cristo, el autor infiere que el Hijo es enviado por el Padre y el Espíritu, así como el Espíritu lo es por el Padre y el Hijo.

    III, 1, 1

    1. En el libro anterior hemos mostrado con la evidencia clara de las Escrituras que los apóstoles y los profetas fueron designados, los últimos para profetizar, los primeros para predicar el Evangelio, por el Espíritu Santo de la misma manera que por el Padre y el Hijo; ahora añadimos lo que todos con razón admirarán y no podrán dudar: que el Espíritu estaba sobre Cristo; y que así como Él envió al Espíritu, así el Espíritu envió al Hijo de Dios. Pues el Hijo de Dios dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido; me ha enviado a predicar el Evangelio a los pobres, a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos.» Y habiendo leído esto del Libro de Isaías, dice en el Evangelio: «Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos;» [] para señalar que se decía de sí mismo.

    III, 1, 2

    2. ¿Podemos, pues, admirarnos de que el Espíritu enviara tanto a los profetas como a los apóstoles, puesto que Cristo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí»? Y con razón dijo «sobre mí,» porque hablaba como Hijo del Hombre. Pues como Hijo del Hombre fue ungido y enviado a predicar el Evangelio.

    III, 1, 3

    3. Pero si no creen al Hijo, oigan también al Padre que dice que el Espíritu del Señor está sobre Cristo. Pues dice a Juan: «Sobre quien vieres descender el Espíritu del cielo y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo.» [] Dios Padre dijo esto a Juan, y Juan oyó, vio y creyó. Oyó de Dios, vio en el Señor, creyó que era el Espíritu quien descendía del cielo. Porque no descendió una paloma, sino el Espíritu Santo como paloma; pues así está escrito: «Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma.» []

    III, 1, 4

    4. Como Juan dice que vio, así también escribió Marcos; Lucas, sin embargo, añadió que el Espíritu Santo descendió en forma corporal como paloma; no debes pensar que esto fue una encarnación, sino una apariencia. Él, pues, presentó la apariencia ante él, para que por medio de la apariencia creyera quien no veía al Espíritu, y para que por la apariencia manifestara que tenía parte en el único honor en la autoridad, la única operación en el misterio, el único don en el baño, juntamente con el Padre y el Hijo; a no ser que acaso consideremos demasiado débil a Aquel en quien el Señor fue bautizado para que el siervo fuera bautizado en Él.

    III, 1, 5

    5. Y dijo acertadamente, «permaneciendo sobre Él,» [] porque el Espíritu inspiraba un dicho o actuaba sobre los profetas tan a menudo como quería, pero permanecía siempre en Cristo.

    III, 1, 6

    6. Ni, de nuevo, te mueva que dijera «sobre Él,» porque hablaba del Hijo del Hombre, ya que fue bautizado como Hijo del Hombre. Pues el Espíritu no está sobre Cristo, según la Deidad, sino en Cristo; porque, como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, así el Espíritu de Dios y el Espíritu de Cristo está a la vez en el Padre y en el Hijo, pues Él es el Espíritu de su boca. Porque el que es de Dios permanece en Dios, como está escrito: «Pero nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios.» [] Y permanece en Cristo, el que ha recibido de Cristo; pues está escrito de nuevo: «Él tomará de lo mío:» [] y en otro lugar: «La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.» [] No está, pues, sobre Cristo según la Deidad de Cristo, porque la Trinidad no está sobre Sí misma, sino sobre todas las cosas: no está sobre Sí misma, sino en Sí misma.

    III, 1, 7

    7. ¿Quién, pues, puede dudar de que el Espíritu envió a los profetas y a los apóstoles, puesto que el Hijo de Dios dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí.» [] Y en otro lugar: «Yo soy el Primero, y yo soy también para siempre, y mi mano fundó la tierra, y mi diestra estableció el cielo; los llamaré y se levantarán juntos, y todos se reunirán y oirán. ¿Quién les ha declarado estas cosas? Porque te amé, cumplí tu voluntad contra Babilonia, para que fuera quitada la simiente de los caldeos. Yo he hablado, y he llamado, lo he traído y he hecho próspero su camino. Venid a mí y oíd esto. Desde el principio no he hablado en secreto, yo estaba allí cuando estas cosas se hacían; y ahora el Señor Dios me ha enviado a mí y a su Espíritu.» ¿Quién es el que dice: El Señor Dios me ha enviado a mí y a su Espíritu, sino Aquel que vino del Padre para salvar a los pecadores? Y, como oyes, el Espíritu lo envió, para que cuando oigas que el Hijo envía al Espíritu, no creas que el Espíritu es de poder inferior.

    III, 1, 8

    8. Así, ambos, el Padre y el Espíritu, enviaron al Hijo; el Padre lo envió, pues está escrito: «Mas el Paracleto, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre.» [] El Hijo lo envió, pues Él dijo: «Mas cuando venga el Paracleto, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de la verdad.» [] Si, pues, el Hijo y el Espíritu se envían mutuamente, como el Padre envía, no hay inferioridad de sujeción, sino comunidad de poder.

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 2, sumario
    El Hijo y el Espíritu son dados de igual modo; de donde se muestra, no sujeción, sino una sola Deidad por su operación.

    III, 2, 9

    9. Y no solo envió el Padre al Hijo, sino que también lo dio, como el propio Hijo se dio a sí mismo. Pues leemos: «Gracia a vosotros de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo, que se dio a sí mismo por nuestros pecados.» [] Si piensan que Él estaba sujeto en cuanto fue enviado, no pueden negar que era de gracia el haber sido dado. Pero fue dado por el Padre, como dijo Isaías: «Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado;» [] pero fue dado, me atrevo a decirlo, también por el Espíritu, el cual fue enviado por el Espíritu. Pues como el profeta no ha definido por quién fue dado, muestra que fue dado por la gracia de la Trinidad; y en cuanto el propio Hijo se dio a sí mismo, no podía estar sujeto a sí mismo según su Deidad. Por tanto, el haber sido dado no podía ser señal de sujeción en la Deidad.

    III, 2, 10

    10. Pero también el Espíritu Santo fue dado, pues está escrito: «Yo rogaré al Padre, y os dará otro Paracleto.» [] Y el Apóstol dice: «Por lo cual el que desprecia estas cosas no desprecia al hombre, sino a Dios, que nos ha dado su Espíritu Santo.» [] Isaías también muestra que tanto el Espíritu como el Hijo son dados: «Así,» dice, «dice el Señor Dios, que hizo el cielo y lo formó, que estableció la tierra y las cosas que hay en ella, y da aliento al pueblo que está sobre ella, y Espíritu a los que caminan por ella.» [] Y al Hijo: «Yo soy el Señor Dios, que te he llamado en justicia, y te tomaré de la mano, y te fortaleceré; y te he dado por pacto de mi pueblo, por luz de los gentiles, para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de sus prisiones a los que están atados.» [] Y así, puesto que el Hijo es a la vez enviado y dado, y el Espíritu también es a la vez enviado y dado, ciertamente tienen unidad de Deidad quienes tienen unidad de operación.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 3, sumario
    La misma Unidad puede reconocerse también por el hecho de que el Espíritu es llamado Dedo y el Hijo Diestra; pues la comprensión de las cosas divinas es ayudada por el uso del lenguaje humano. Las tablas de la ley fueron escritas por este Dedo, y después fueron quebradas, y la razón. Finalmente, Cristo escribió con el mismo Dedo; sin embargo, no debemos admitir inferioridad alguna en el Espíritu por esta comparación corporal.

    III, 3, 11

    11. Así también el Espíritu es llamado Dedo de Dios, porque hay una comunión indivisible e inseparable entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pues como la Escritura llamó al Hijo de Dios Diestra de Dios, como se dice: «Tu Diestra, oh Señor, es gloriosa en poder. Tu Diestra, oh Señor, ha despedazado al enemigo;» [] así el Espíritu Santo es llamado Dedo de Dios, como el propio Señor dice: «Mas si yo por el Dedo de Dios expulso los demonios.» [] Pues en el mismo lugar, en otro libro del Evangelio, lo llamó Espíritu de Dios, como hallas: «Mas si yo por el Espíritu de Dios expulso los demonios.» []

    III, 3, 12

    12. ¿Qué, pues, se podría haber dicho para significar más expresamente la unidad de la Deidad, o de su operación, la cual Unidad es según la Deidad del Padre, o del Hijo, o del Espíritu Santo, sino que entendamos que la plenitud de la eterna Deidad parecería estar dividida mucho más que este cuerpo nuestro, si alguien separara la unidad de la Sustancia y multiplicara sus potencias, siendo una la eternidad de la misma Deidad?

    III, 3, 13

    13. Pues a menudo conviene estimar a partir de nuestras propias palabras las cosas que están por encima de nosotros, y, porque no podemos ver esas cosas, sacamos inferencias de las que podemos ver. «Porque las cosas invisibles de Él,» dice el Apóstol, «desde la creación del mundo se ven claramente, siendo entendidas por las cosas hechas.» [] Y añade: «Su eterno poder también y Deidad.» [] De lo cual una cosa parece decirse del Hijo y otra del Espíritu Santo: que de la misma manera que el Hijo es llamado Poder eterno del Padre, así también el Espíritu, porque es divino, debe creerse que es su eterna Deidad. Pues el Hijo, también, porque vive siempre, es vida eterna. Este Dedo, pues, de Dios es a la vez eterno y divino. Porque ¿qué hay que pertenezca a Dios que no sea eterno y divino?

    III, 3, 14

    14. Con este Dedo, como leemos, escribió Dios en aquellas tablas de piedra que Moisés recibió. Pues Dios no escribió con un dedo de carne las formas y trazos de aquellas letras que leemos, sino que dio la ley por su Espíritu. Y así dice el Apóstol: «Pues la Ley es espiritual, la cual ciertamente no está escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.» [] Pues si la letra del Apóstol está escrita en el Espíritu, ¿qué nos impide creer que la Ley de Dios fue escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios, que ciertamente no mancha sino que ilumina los lugares secretos de nuestro corazón y de nuestra mente?

    III, 3, 14 (repetido en la edición)

    14. Ahora bien, fue escrito en tablas de piedra, porque fue escrito en figura, pero las tablas fueron primero quebradas y arrojadas de las manos de Moisés, porque los judíos se apartaron de las obras del profeta. Y acertadamente fueron quebradas las tablas, no borrada la escritura. Y mira tú que no se quiebre tu tabla, que no se dividan tu mente y tu alma. ¿Está Cristo dividido? No está dividido, sino que es uno con el Padre; y que nadie te separe de Él. Si tu fe falta, la tabla de tu corazón se quiebra. La coherencia de tu alma se disminuye si no crees la unidad de la Deidad en la Trinidad. Tu fe está escrita, y tu pecado está escrito, como dijo Jeremías: «Tu pecado, oh Judá, está escrito con pluma de hierro y punta de diamante. Y está escrito,» dice, «sobre tu pecho y sobre tu corazón.» [] El pecado, por tanto, está allí donde está la gracia, pero el pecado está escrito con pluma, la gracia es denotada por el Espíritu.

    III, 3, 15

    15. Con este Dedo, también, el Señor Jesús, con la cabeza inclinada, escribió místicamente en el suelo, cuando la adúltera fue traída ante Él por los judíos, significando en figura que, cuando juzgamos los pecados de otro, debemos recordar los nuestros.

    III, 3, 16

    16. Y para que, de nuevo, porque Dios escribió la Ley por su Espíritu, no creyéramos inferioridad alguna, por así decir, en cuanto al ministerio del Espíritu, o que de la consideración de nuestro propio cuerpo pensáramos que el Espíritu es una parte pequeña de Dios, dice el Apóstol, en otro lugar, que no habla con palabras de sabiduría humana, sino con palabras enseñadas por el Espíritu, y que compara las cosas espirituales con las espirituales; pero que el hombre natural no recibe las cosas que son del Espíritu de Dios. [] Porque sabía que el que comparaba las cosas divinas con las carnales estaba entre las cosas naturales, y no debía ser contado entre los hombres espirituales; «pues son necedad,» dice, «para él.» [] Y así, porque sabía que estas cuestiones surgirían entre los hombres naturales, previendo el futuro dice: «Porque ¿quién ha conocido la mente del Señor, para instruirle? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo.» []

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 4, sumario
    A los que sostienen que el Espíritu, porque es llamado Dedo, es menor que el Padre, san Ambrosio responde que esto tendería también a la disminución del Hijo, que es llamado Diestra. Que estos nombres han de referirse solo a la Unidad, por lo cual Moisés proclamó que toda la Trinidad obró en el paso del mar Rojo. Y, en verdad, no es de extrañar que la operación del Espíritu tuviera lugar allí, donde había una figura del bautismo, puesto que la Escritura enseña que las Tres Personas santifican igualmente y son operativas en ese sacramento.

    III, 4, 17

    17. Pero si alguien está aún enredado en dudas carnales y vacila a causa de las figuras corporales, considere que no puede pensar rectamente del Hijo quien puede pensar erróneamente del Espíritu. Pues si algunos piensan que el Espíritu es una cierta porción pequeña de Dios, porque es llamado Dedo de Dios, las mismas personas ciertamente deben sostener que solo una porción pequeña está en el Hijo de Dios, porque es llamado Diestra de Dios.

    III, 4, 18

    18. Pero el Hijo es llamado a la vez Diestra y Poder de Dios; si, pues, consideramos nuestras palabras, no puede haber perfección sin poder; tengan, por tanto, cuidado de no pensar lo que es impío decir, a saber, que el Padre, siendo solo medio perfecto en su propia Sustancia, recibió la perfección por el Hijo, y dejen de negar que el Hijo es coeterno con el Padre. Pues ¿cuándo no existió el Poder de Dios? Mas si piensan que en algún tiempo el Poder de Dios no existió, dirán que en algún tiempo la Perfección no existió en Dios Padre, a quien piensan que en algún tiempo le faltó el Poder.

    III, 4, 19

    19. Pero, como dije, estas cosas están escritas para que las refiramos a la Unidad de la Deidad, y creamos lo que dijo el Apóstol, que la plenitud de la Deidad habita corporalmente en Cristo, [] la cual habita también en el Padre, y habita en el Espíritu Santo; y que, así como hay una unidad de la Deidad, así también hay una unidad de operación.

    III, 4, 20

    20. Y esto puede también recogerse del Cántico de Moisés, pues él, después de guiar al pueblo de los judíos a través del mar, reconoció la operación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, diciendo: «Tu Diestra, oh Señor, es gloriosa en poder, tu Diestra, oh Señor, ha despedazado al enemigo.» [] Aquí tienes su confesión del Hijo y del Padre, cuya Diestra es Él. Y más adelante, para no pasar por alto al Espíritu Santo, añadió: «Enviaste tu Espíritu y el mar los cubrió, y el agua fue dividida por el Espíritu de tu ira.» [] Con lo cual se significa la unidad de la Deidad, no una desigualdad de la Trinidad.

    III, 4, 21

    21. Ves, pues, que el Espíritu Santo también cooperó con el Padre y el Hijo, de modo que, como si las olas estuvieran congeladas en medio del mar, se levantó una como muralla de agua para el paso de los judíos, y luego, derramada de nuevo por el Espíritu, sumergió al pueblo de los egipcios. Y muchos piensan que del mismo origen la columna de nube iba delante del pueblo de los judíos de día, y la columna de fuego de noche, para que la gracia del Espíritu protegiera a su pueblo.

    III, 4, 22

    22. Ahora bien, que esta operación de Dios, de la cual con razón se maravilla todo el mundo, no tuvo lugar sin la obra del Espíritu Santo, lo declaró también el Apóstol cuando dijo que en ella estaba prefigurada la verdad de un misterio espiritual, pues leemos lo siguiente: «Pues todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y todos pasaron a través del mar, y todos fueron bautizados en Moisés en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual.»

    III, 4, 23

    23. Pues ¿cómo podría haber sin la operación del Espíritu Santo la figura de un sacramento, cuya verdad entera está en el Espíritu? Como el Apóstol también expuso, diciendo: «Mas fuisteis lavados, mas fuisteis santificados, mas fuisteis justificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, y en el Espíritu de nuestro Dios.» []

    III, 4, 24

    24. Ves, pues, que el Padre obra en el Hijo, y que el Hijo obra en el Espíritu. Y por tanto no dudes que, según el orden de la Escritura, hubo en la figura aquello que la Verdad misma declaró estar en la verdad. Pues ¿quién puede negar su operación en la Fuente, en la cual sentimos su operación y gracia?

    III, 4, 25

    25. Pues así como el Padre santifica, así también el Hijo santifica, y el Espíritu Santo santifica. El Padre santifica según aquello que está escrito: «El Dios de la paz os santifique, y que vuestro espíritu, alma y cuerpo sean conservados enteros sin mancha en el día de nuestro Señor Jesucristo.» [] Y en otro lugar el Hijo dice: «Padre, santifícalos en la verdad.» []

    III, 4, 26

    26. Pero del Hijo el mismo Apóstol dijo: «Quien nos fue hecho sabiduría de Dios, y justicia, y santificación, y redención.» [] ¿Ves que fue hecho santificación? Pero fue hecho así para nosotros, no para cambiar lo que era, sino para santificarnos en la carne.

    III, 4, 27

    27. Y el Apóstol también enseña que el Espíritu Santo santifica. Pues habla así: «Debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos amados del Señor; porque Dios os escogió como primicias para la salvación, en la santificación del Espíritu y en la fe de la verdad.» []

    III, 4, 28

    28. Así, pues, el Padre santifica, el Hijo también santifica, y el Espíritu Santo santifica; pero la santificación es una, pues uno es el bautismo, y una es la gracia del sacramento.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 5, sumario
    El autor resume el argumento que había comenzado y confirma la afirmación de que la unidad está significada por los términos dedo y diestra, a partir de que las obras de Dios son las mismas que las obras de las manos, y que las de las manos son las mismas que las de los dedos; y, por último, que el término mano se aplica igualmente al Hijo y al Espíritu, y el de dedo se aplica al Espíritu y al Hijo.

    III, 5, 29

    29. Pero ¿qué maravilla hay en que Aquel que no necesita santificación alguna, sino que abunda en ella, santifique a cada hombre, ya que, como he dicho, se nos ha enseñado que su majestad es tan grande que el Espíritu Santo parece ser tan inseparable de Dios Padre como el dedo lo es del cuerpo?

    III, 5, 30

    30. Pero si alguno piensa que esto debe referirse no a la unidad de poder, sino a una disminución del mismo, caerá ciertamente en tal locura que parecerá modelar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como en una sola forma corporal, y representarse ciertas distinciones de sus miembros.

    III, 5, 31

    31. Pero aprendan, como he dicho a menudo, que no la desigualdad sino la unidad de poder es significada por este testimonio; por cuanto las cosas que son obras de Dios son también obras de las manos, y leemos que las mismas son obras de los dedos. Pues está escrito: «Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento muestra la obra de sus manos;» y en otro lugar: «En el principio fundaste la tierra, oh Señor, y los cielos son obra de tus manos.» Así, pues, las obras de las manos son las mismas que las obras de Dios. No hay, por tanto, distinción alguna de la obra según la clase de miembros corporales, sino unidad de poder.

    III, 5, 32

    32. Pero las que son obras de las manos son también obras de los dedos, pues igualmente está escrito: «Porque contemplaré tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú has establecido.» ¿Qué menos se dice aquí que hicieron los dedos que las manos, puesto que hicieron lo mismo que las manos, como está escrito: «Porque tú, Señor, me has alegrado con tu obra, y en las obras de tus manos me gozaré.»

    III, 5, 33

    33. Y, sin embargo, puesto que leemos que el Hijo es la mano (pues está escrito: «¿No ha hecho todas estas cosas mi mano?» [] y en otro lugar: «Te pondré en la hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano; he puesto mi mano bajo la cubierta de la peña,» [] lo cual se refiere al misterio de la Encarnación, porque el eterno Poder de Dios tomó sobre sí la cubierta de un cuerpo), es ciertamente claro que la Escritura usó el término mano tanto del Hijo como del Espíritu Santo.

    III, 5, 34

    34. Y además, puesto que leemos que el Espíritu es el dedo de Dios, pensamos que se habla de dedos [en plural] para significar al Hijo y al Espíritu. Finalmente, para declarar que recibió la santificación tanto del Hijo como del Espíritu, dice cierto santo: «Tus manos me hicieron y me formaron.»

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · III, 6, sumario
    El Espíritu reprende igual que el Padre y el Hijo; y en verdad los jueces no podían juzgar sin él, como se muestra en los juicios de Salomón y de Daniel, que se explican en pocas palabras, de paso; y no fue otro que el Espíritu Santo quien inspiró a Daniel.

    III, 6, 35

    35. ¿Por qué rechazamos palabras semejantes cuando afirmamos la unidad de poder, si la unidad de poder se extiende hasta el punto de que el Espíritu reprende, como reprende el Padre y como reprende el Hijo? Pues así está escrito: «Oh Señor, no me reprendas en tu ira, ni me castigues en tu indignación.» Luego, en el salmo cuarenta y nueve [cincuenta], dice así el Señor: «Yo te reprenderé y pondré tus pecados delante de tu rostro.» Y de igual modo dijo el Hijo del Espíritu Santo: «Cuando me vaya, os enviaré el Paracleto. Y él, cuando haya venido, reprenderá al mundo en cuanto al pecado, en cuanto a la justicia y en cuanto al juicio.» []

    III, 6, 36

    36. Pero ¿adónde nos lleva la locura de los hombres infieles, de modo que parezcamos estar probando, como si fuera cosa dudosa, que el Espíritu Santo reprende, cuando los jueces mismos no pueden juzgar sino por medio del Espíritu? En fin, aquel famoso juicio de Salomón, cuando, entre las dificultades surgidas de las que contendían, una, habiendo ahogado al niño que había dado a luz, quería reclamar el hijo de otra, y la otra protegía a su propio hijo, él descubrió el engaño en los pensamientos mismos escondidos y el afecto en el corazón de la madre, y fue ciertamente tan admirable únicamente por el don del Espíritu Santo. Pues ninguna otra espada habría penetrado el sentimiento oculto de aquellas mujeres, sino la espada del Espíritu, de la cual dice el Señor: «No he venido a traer paz, sino espada.» [] Pues la mente más íntima no puede ser penetrada por el acero, sino por el Espíritu: «Pues el Espíritu de la inteligencia es santo, único, múltiple, sutil, ágil,» y, más adelante, «que todo lo ve.» []

    III, 6, 37

    37. Considera lo que dice el profeta: que él todo lo ve. Y así también Salomón observó, de modo que mandó traer aquella espada, porque, fingiendo que quería dividir al niño, reflexionó que la madre verdadera tendría más consideración por su hijo que por su propia comodidad, y antepondría la bondad al derecho, no el derecho a la bondad. Mas la que fingía los sentimientos de madre, cegada por el deseo de lograr su fin, tendría en poco la destrucción de aquel por quien no sentía efusión alguna de ternura. Y así aquel hombre espiritual, para juzgar todas las cosas (pues el que es espiritual juzga todas las cosas), [] buscó en los sentimientos la disposición natural que estaba oculta en el lenguaje, e interrogó a la ternura para manifestar la verdad. Así venció la madre por el afecto del amor, que es fruto del Espíritu.

    III, 6, 38

    38. Juzga en un profeta, pues la palabra de sabiduría es dada por el Espíritu; [] ¿cómo, pues, niegan los hombres que el Espíritu pueda reprender al mundo acerca del juicio, quien aparta la duda del juicio y concede el éxito feliz?

    III, 6, 39

    39. También Daniel, si no hubiera recibido el Espíritu de Dios, jamás habría podido descubrir aquel adulterio lascivo, aquella mentira fraudulenta. Pues cuando Susana, asaltada por la conspiración de los ancianos, vio que el ánimo del pueblo se movía por consideración a los viejos y, destituida de toda ayuda, sola entre los hombres, consciente de su castidad, rogó a Dios que juzgara, está escrito: «El Señor oyó su voz cuando era llevada a la muerte, y el Señor suscitó el Espíritu Santo de un jovencito cuyo nombre era Daniel.» Y así, según la gracia del Espíritu Santo recibida por él, descubrió los testimonios cambiantes de los traidores, pues no fue otra cosa que operación del poder divino el que su voz hiciera conocidos a aquellos cuyos sentimientos interiores estaban ocultos.

    III, 6, 41

    41. Comprende, pues, el sagrado y celestial milagro del Espíritu Santo. La que prefirió ser casta en sí misma, antes que en la opinión del pueblo; la que prefirió arriesgar [la reputación de] su inocencia antes que su pudor; la que, acusada, calló; condenada, guardó silencio, contenta con el juicio de su propia conciencia; la que conservó el respeto a su pudor aun en el peligro, para que quienes no pudieron forzar su castidad no pareciera que la habían forzado a la petulancia: cuando invocó al Señor, obtuvo el Espíritu, el cual dio a conocer la conciencia oculta de los ancianos.

    III, 6, 42

    42. Aprendan las castas a no temer la calumnia. Pues la que prefirió la castidad a la vida no sufrió la pérdida de la vida y conservó la gloria de la castidad. Así también Abrahán, una vez que se le mandó ir a tierras extranjeras, sin dejarse retener ni por el peligro para el pudor de su esposa ni por el temor de la muerte que tenía delante, conservó a la vez su propia vida y la castidad de su esposa. Por tanto, nadie se ha arrepentido jamás de confiar en Dios, y en Sara la castidad acrecentó la devoción, y la devoción, la castidad.

    III, 6, 43

    43. Y para que nadie acaso piense que, como dice la Escritura, «Dios suscitó el Espíritu Santo de un jovencito,» el espíritu que había en él era el de un hombre y no el Espíritu Santo, lea más adelante y hallará que Daniel recibió el Espíritu Santo y por eso profetizó. Finalmente, también el rey lo ascendió porque tenía la gracia del Espíritu. Pues habla así: «Tú, oh Daniel, eres capaz, por cuanto el Espíritu Santo de Dios está en ti.» [] Y más adelante está escrito: «Y Daniel fue puesto sobre ellos, porque había en él un espíritu excelente.» [] Y también el espíritu de Moisés fue distribuido a quienes habían de ser jueces. []
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