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    TEXTOS — AMBROSIO DE MILÁN

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    Sobre el Espíritu Santo

    Milán · hacia 381 · Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF48 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 7 · Capítulo 12Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AMB-02

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    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 22

    Capítulo 12

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 12, sumario
    La paz y la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo son una; así también es una su caridad, la cual se mostró principalmente en la redención del hombre. Su comunión con el hombre es también una.

    I, 12, 126

    126. [Por tanto,] puesto que la vocación es una, también la gracia es una. Por último, está escrito: «Gracia a vosotros y paz de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.» [] Veis, pues, que se nos dice que la gracia del Padre y del Hijo es una, y la paz del Padre y del Hijo es una; pero esta gracia y esta paz es fruto del Espíritu, como nos enseñó el mismo Apóstol, diciendo: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia.» [] Y la paz es buena y necesaria para que nadie sea turbado con disputas dudosas, ni sacudido por la tormenta de las pasiones corporales, sino que sus afectos permanezcan tranquilamente dispuestos en cuanto al culto de Dios, con sencillez de fe y tranquilidad de mente.

    I, 12, 127

    127. En cuanto a la paz, hemos probado el punto; mas en cuanto a la gracia, el profeta Zacarías dice que Dios prometió derramar sobre Jerusalén el espíritu de gracia y de misericordia, [] y el apóstol Pedro dice: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el Nombre del Señor Jesucristo para remisión de los pecados, y recibiréis la gracia del Espíritu Santo.» [] Así, pues, la gracia viene también del Espíritu Santo como del Padre y del Hijo. Pues ¿cómo puede haber gracia sin el Espíritu, ya que toda gracia divina está en el Espíritu?

    I, 12, 128

    128. Y no leemos solo la paz y la gracia del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sino también, fiel Emperador, el amor y la comunión. Pues del amor se ha dicho: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y el amor de Dios.» [] Hemos oído del amor del Padre. El mismo amor que es del Padre es también del Hijo. Pues Él mismo dijo: «El que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré.» [] Y ¿qué es el amor del Hijo, sino que se ofreció a sí mismo por nosotros y nos redimió con su propia sangre? [] Mas el mismo amor está en el Padre, pues está escrito: «De tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito.» []

    I, 12, 129

    129. Así, pues, el Padre dio al Hijo, y el Hijo se dio a sí mismo. Se conserva el amor y no se agravia el afecto debido; pues no se agravia el afecto donde no hay angustia en la entrega. Dio a Uno que estaba dispuesto, entregó a Uno que se ofreció a sí mismo; el Padre no dio al Hijo para castigo, sino para gracia. Si indagas el mérito del hecho, indaga la índole del afecto. El vaso de elección muestra claramente la unidad de este amor divino, porque a la vez el Padre dio al Hijo y el Hijo se dio a sí mismo. El Padre dio, el cual «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros.» [] Y del Hijo dice también: «El cual se entregó a sí mismo por mí.» [] «Se entregó a sí mismo,» dice. Si es por gracia, ¿qué reprocho yo? Si es que padeció injusticia, tanto más debo.

    I, 12, 130

    130. Mas aprende que, así como el Padre dio al Hijo, y el Hijo se dio a sí mismo, así también el Espíritu Santo lo dio. Pues está escrito: «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo.» Así, también, el Espíritu amante dio al Hijo de Dios. Pues como el amor del Padre y del Hijo es uno, así también hemos mostrado que este amor de Dios es derramado por el Espíritu Santo, y es fruto del Espíritu Santo, porque «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia.» []

    I, 12, 131

    131. Y que hay comunión entre el Padre y el Hijo es claro, pues está escrito: «Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo.» [] Y en otro lugar: «La comunión del Espíritu Santo sea con todos vosotros.» [] Si, pues, la paz del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una, la gracia una, el amor uno y la comunión una, ciertamente la operación es una; y donde la operación es una, ciertamente no puede dividirse el poder ni separarse la sustancia. Porque, si así fuera, ¿cómo podría concordar la gracia de una misma operación?

    Capítulo 13

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 13, sumario
    San Ambrosio muestra por las Escrituras que el Nombre de las tres Personas divinas es uno, y en primer lugar la unidad del Nombre del Hijo y del Espíritu Santo, en cuanto que cada uno es llamado Paracleto y Verdad.

    I, 13, 132

    132. ¿Quién, pues, osaría negar la unidad del Nombre, cuando ve la unidad de la operación? Mas ¿por qué he de sostener la unidad del Nombre con argumentos, cuando existe el claro testimonio de la Voz divina de que el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es uno? Pues está escrito: «Id, bautizad a todas las naciones en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.» [] Dijo «en el Nombre,» no «en los Nombres.» Así, pues, no es uno el Nombre del Padre, otro el del Hijo y otro el del Espíritu Santo, porque Dios es uno; los Nombres no son más de uno, porque no hay dos dioses ni tres dioses.

    I, 13, 132 (repetido en la edición)

    132. Y para revelar que la Deidad es una y la Majestad una, porque el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es uno, y el Hijo no vino en un Nombre y el Espíritu Santo en otro, el Señor mismo dijo: «Yo he venido en el Nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viniere en su propio nombre, a ese recibiréis.» []

    I, 13, 133

    133. Y la Escritura manifiesta que lo que es el Nombre del Padre, eso mismo es también el del Hijo, pues el Señor dijo en Éxodo: «Yo iré delante de ti en mi Nombre, y llamaré por mi Nombre al Señor delante de ti.» [] Así, pues, el Señor dijo que llamaría al Señor por su Nombre. El Señor, pues, es el Nombre del Padre y del Hijo.

    I, 13, 134

    134. Mas puesto que el Nombre del Padre y del Hijo es uno, aprende que el mismo es también el Nombre del Espíritu Santo, ya que el Espíritu Santo vino en el Nombre del Hijo, como está escrito: «Mas el Paracleto, el Espíritu Santo, a Quien el Padre enviará en mi Nombre, Él os enseñará todas las cosas.» [] Mas Aquel que vino en el Nombre del Hijo, vino también ciertamente en el Nombre del Padre, porque el Nombre del Padre y del Hijo es uno. Así sucede que el Nombre del Padre y del Hijo es también el del Espíritu Santo. Porque no hay otro Nombre bajo el cielo dado a los hombres en el cual debamos ser salvos. []

    I, 13, 155

    155. Al mismo tiempo mostró que debe enseñarse la unidad del Nombre divino, no la diferencia, puesto que Cristo vino en la unidad del Nombre, pero el Anticristo vendrá en su propio nombre, como está escrito: «Yo he venido en el Nombre de mi Padre, y no me recibisteis; si otro viniere en su propio nombre, a ese recibiréis.» []

    I, 13, 156

    156. Se nos enseña, pues, claramente por estos pasajes que no hay diferencia de Nombre en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y que aquello que es el Nombre del Padre es también el Nombre del Hijo, y asimismo que aquello que es el Nombre del Hijo es también el del Espíritu Santo, cuando también el Hijo es llamado Paracleto, como lo es el Espíritu Santo. Y por eso dice el Señor Jesús en el Evangelio: «Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Paracleto, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad.» [] Y dijo bien «otro,» para que no supongas que el Hijo es también el Espíritu, porque la unidad es del Nombre, no una confusión sabeliana del Hijo y del Espíritu.

    I, 13, 157

    157. Así, pues, el Hijo es un Paracleto, el Espíritu Santo otro Paracleto; porque Juan llamó al Hijo Paracleto, como hallas: «Si alguno peca, tenemos un Paracleto [Abogado] ante el Padre, a Jesucristo.» [] Así, de la misma manera que hay unidad de nombre, así también hay unidad de poder, pues donde está el Espíritu Paracleto, allí está también el Hijo.

    I, 13, 158

    158. Pues como el Señor dice en este lugar que el Espíritu estará para siempre con los fieles, así también muestra en otro lugar que Él mismo estará para siempre con los apóstoles, diciendo: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» [] Por tanto, el Hijo y el Espíritu son uno, el Nombre de la Trinidad es uno, y la Presencia una e indivisible.

    I, 13, 159

    159. Mas así como mostramos que el Hijo es llamado el Paracleto, así también mostramos que el Espíritu es llamado la Verdad. Cristo es la Verdad, el Espíritu es la Verdad, pues hallas en la epístola de Juan: «Pues el Espíritu es la Verdad.» [1 Juan 5:7] No solo, pues, es el Espíritu llamado el Espíritu de Verdad, sino también la Verdad, como también el Hijo es declarado ser la Verdad, el cual dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.» []

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 14, sumario
    Cada Persona de la Trinidad es llamada Luz en las sagradas Escrituras. El Espíritu es designado Fuego por Isaías, figura de cuyo Fuego fue visto en la zarza por Moisés, en las lenguas de fuego y en los cántaros de Gedeón. Y no puede negarse la Deidad del mismo Espíritu, pues su operación es la misma que la del Padre y la del Hijo, y también es llamado luz y fuego del rostro del Señor.

    I, 14, 160

    Pero ¿por qué he de argumentar que, así como el Padre es luz, también el Hijo es luz, y el Espíritu Santo es luz? Lo cual ciertamente pertenece al poder de Dios. Porque Dios es Luz, como dijo Juan: «Porque Dios es Luz, y en Él no hay tinieblas.» []

    I, 14, 161

    Pero también el Hijo es Luz, porque «la Vida era la Luz de los hombres.» [] Y el Evangelista, para mostrar que hablaba del Hijo de Dios, dice de Juan el Bautista: «Él no era la luz, sino [fue enviado] para dar testimonio de la Luz. Aquélla era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.» [] Así, pues, puesto que Dios es Luz, y el Hijo de Dios la Luz verdadera, sin duda el Hijo de Dios es verdadero Dios.

    I, 14, 162

    Y en otra parte encuentras que el Hijo de Dios es Luz: «El pueblo que estaba sentado en tinieblas y en sombra de muerte ha visto una gran luz.» [] Pero, lo cual es aún más claro, se dice: «Porque contigo está la fuente de vida, y en tu luz veremos la luz,» lo que significa que contigo, oh Dios Padre omnipotente, que eres la Fuente de Vida, en tu Hijo que es la Luz, veremos la luz del Espíritu Santo. Como el Señor mismo lo muestra, diciendo: «Recibid el Espíritu Santo,» [] y en otro lugar: «Salía de Él una virtud.» []

    I, 14, 163

    Pero ¿quién puede dudar de que el Padre es Luz, cuando leemos de su Hijo que es el Resplandor de la Luz eterna? Pues ¿de quién sino del Padre es el Hijo el Resplandor, el cual está siempre con el Padre y siempre resplandece, no con esplendor desemejante sino con el mismo?

    I, 14, 164

    E Isaías muestra que el Espíritu Santo no es solo Luz sino también Fuego, diciendo: «Y la luz de Israel será por fuego.» [] Así los profetas lo llamaron Fuego ardiente, porque en estos tres puntos vemos más intensamente la majestad de la Deidad; puesto que santificar es propio de la Deidad, iluminar es propiedad del fuego y de la luz, y la Deidad suele ser señalada o vista en apariencia de fuego: «Porque nuestro Dios es fuego consumidor,» como dijo Moisés. []

    I, 14, 165

    Porque él mismo vio el fuego en la zarza, y oyó a Dios cuando la voz desde la llama de fuego vino a él diciendo: «Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob.» [] La voz salía del fuego, y la voz estaba en la zarza, y el fuego no hacía daño. Porque la zarza ardía pero no se consumía, porque en aquel misterio el Señor mostraba que vendría a iluminar las espinas de nuestro cuerpo, y no a consumir a los que estaban en miseria, sino a aliviar su miseria; el cual bautizaría con el Espíritu Santo y con fuego, para dar gracia y destruir el pecado. [] Así, en el símbolo del fuego, Dios mantiene su intención.

    I, 14, 166

    También en los Hechos de los Apóstoles, cuando el Espíritu Santo descendió sobre los fieles, se vio apariencia de fuego, pues así lees: «Y de repente vino del cielo un estruendo, como de un viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego.» []

    I, 14, 167

    Por la misma razón sucedió que cuando Gedeón estaba a punto de vencer a los madianitas, mandó a trescientos hombres tomar cántaros, y llevar teas encendidas dentro de los cántaros, y trompetas en sus manos derechas. Nuestros predecesores han conservado la explicación recibida de los apóstoles, de que los cántaros son nuestros cuerpos, formados de barro, los cuales no conocen temor si arden con el fervor de la gracia del Espíritu, y dan testimonio de la pasión del Señor Jesús con una confesión resonante de la Voz.

    I, 14, 168

    ¿Quién, pues, puede dudar de la Deidad del Espíritu Santo, ya que donde está la gracia del Espíritu, allí aparece la manifestación de la Deidad? Por cuya evidencia inferimos no una diversidad, sino la unidad del poder divino. Pues, ¿cómo puede haber separación de poder donde el efecto de la operación en todos es uno?

    I, 14, 169

    ¿Qué es, pues, ese fuego? No ciertamente uno hecho de ramas comunes, ni que ruge con la quema de los juncos de los bosques, sino aquel fuego que mejora las buenas obras como el oro, y consume los pecados como la paja. Este es sin duda el Espíritu Santo, que es llamado a la vez fuego y luz del rostro de Dios; luz, como dijimos arriba: «La luz de tu rostro ha sido sellada sobre nosotros, oh Señor.» ¿Qué es, pues, la luz que es sellada, sino la del sello del Espíritu, creyendo en el cual, «fuisteis sellados,» dice, «con el Espíritu Santo de la promesa.» []

    I, 14, 170

    Y así como hay una luz del divino rostro, así también de la faz de Dios resplandece fuego, pues está escrito: «Un fuego arderá delante de Él.» Porque la gracia del día del juicio resplandece de antemano, para que siga el perdón que recompense el servicio de los santos. ¡Oh la gran plenitud de las Escrituras, que nadie puede comprender con ingenio humano! ¡Oh la mayor prueba de la Unidad divina! ¡Pues cuántas cosas se señalan en estos dos versículos!

    Capítulo 15

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 15, sumario
    El Espíritu Santo es Vida igualmente con el Padre y el Hijo, en verdad, ya sea que se mencione al Padre, con quien está la Fuente de Vida, o al Hijo, esa Fuente no puede ser otra que el Espíritu Santo.

    I, 15, 171

    Hemos dicho que el Padre es Luz, el Hijo es Luz, y el Espíritu Santo es Luz; aprendamos también que el Padre es Vida, el Hijo Vida, y el Espíritu Santo Vida. Porque Juan dijo: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida; y la Vida se manifestó, y vimos y testificamos, y os anunciamos la Vida eterna, la cual estaba con el Padre.» [] Dijo a la vez Verbo de Vida y Vida, para significar que tanto el Padre como el Hijo son Vida. Pues, ¿qué es el Verbo de Vida sino el Verbo de Dios? Y por esta frase se muestra que tanto Dios como el Verbo de Dios son Vida. Y así como se dice Verbo de Vida, así también Espíritu de Vida. Por tanto, como el Verbo de Vida es Vida, así también el Espíritu de Vida es Vida.

    I, 15, 172

    Aprende ahora que, así como el Padre es la Fuente de Vida, así también muchos han afirmado que el Hijo es señalado como la Fuente de Vida; de modo que, dice, contigo, Dios omnipotente, tu Hijo es la Fuente de Vida. Esa es la Fuente del Espíritu Santo, porque el Espíritu es Vida, como dice el Señor: «Las palabras que yo os he hablado son Espíritu y Vida,» [Juan 6:64] porque donde está el Espíritu, allí también está la Vida; y donde está la Vida, está también el Espíritu Santo.
    Comentario editorial · «Fuente de vida» y la procesión del Espíritu
    En el § 172 Ambrosio recoge que el Padre es la Fuente de vida y que «muchos han afirmado» que también lo es el Hijo, y dice que esa es «la Fuente del Espíritu Santo», porque el Espíritu es Vida. Una nota del NPNF lee aquí con claridad la procesión del Espíritu desde el Hijo, aunque Ambrosio admite que algunos tienen al Padre por la Fuente y argumenta que, aun así, el Hijo estaba con él. Es una lectura de los editores, no una fórmula del texto. La cuestión es la del Filioque: si el Espíritu procede del Padre solo o del Padre y del Hijo. Wikipedia recuerda que el credo de 381 dice que procede «del Padre» y que la cláusula se insertó después, en el credo latino, y fue causa de disputa entre Oriente y Occidente.

    I, 15, 173

    Muchos, sin embargo, consideran que en este pasaje solo el Padre es significado por la Fuente. Que noten, no obstante, lo que relata la Escritura: «Contigo está el Pozo de la Vida.» Es decir, el Hijo está con el Padre; pues el Verbo estaba con Dios, el cual era en el principio y estaba con Dios.

    I, 15, 174

    Pero ya sea que en este lugar se entienda que la Fuente es el Padre o el Hijo, ciertamente no entendemos una fuente de esa agua que es creada, sino la Fuente de aquella gracia divina, es decir, del Espíritu Santo, porque Él es el agua viva. Por lo cual dijo el Señor: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y Él te daría agua viva.» []

    I, 15, 175

    Esta era el agua por la que tenía sed el alma de David. El ciervo desea la fuente de estas aguas, no teniendo sed del veneno de las serpientes. Porque el agua de la gracia del Espíritu es viva, para que purifique las partes interiores de la mente, y lave todo pecado del alma, y purifique la transgresión de las faltas ocultas.

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · I, 16, sumario
    El Espíritu Santo es aquel gran río con que se riega la Jerusalén mística. Es igual a su Fuente, esto es, al Padre y al Hijo, como se significa en la santa Escritura. El propio San Ambrosio tiene sed de esa agua, y nos advierte que para conservarla dentro de nosotros, debemos evitar al diablo, la lujuria y la herejía, ya que nuestros vasos son frágiles, y que hay que abandonar las cisternas rotas, para que, según el ejemplo de la samaritana y de los patriarcas, podamos hallar el agua del Señor.

    I, 16, 176

    Mas para que acaso nadie objete contra, por así decir, la pequeñez del Espíritu, y de aquí intente establecer una diferencia de grandeza, arguyendo que el agua parece ser solo una pequeña parte de una Fuente, aunque los ejemplos tomados de las criaturas no parecen en modo alguno adecuados para aplicarse a la Deidad; con todo, para que no juzguen nada perjudicialmente de esta comparación tomada de las criaturas, aprendan que el Espíritu Santo no solo es llamado Agua, sino también Río, como leemos: «De su interior correrán ríos de agua viva. Pero esto lo dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él.» []

    I, 16, 177

    Así, pues, el Espíritu Santo es el Río, y el Río abundante, que según los hebreos fluyó de Jesús en las tierras, como lo hemos recibido profetizado por boca de Isaías. [] Este es el gran Río que fluye siempre y nunca falta. Y no solo río, sino también uno de corriente copiosa y de grandeza desbordante, como también dijo David: «La corriente del río alegra la ciudad de Dios.»

    I, 16, 178

    Pues aquella ciudad, la Jerusalén celestial, no es regada por el canal de ningún río terreno, sino que aquel Espíritu Santo, que procede de la Fuente de Vida, con un breve sorbo del cual quedamos saciados, parece fluir más abundantemente entre aquellos celestes Tronos, Dominaciones y Potestades, Ángeles y Arcángeles, corriendo con ímpetu en el pleno curso de las siete virtudes del Espíritu. Porque si un río que se eleva sobre sus riberas se desborda, ¿cuánto más el Espíritu, elevándose sobre toda criatura, cuando toca los campos, por así decir, bajos de nuestras mentes, alegra aquella naturaleza celestial de las criaturas con la fertilidad más amplia de su santificación?

    I, 16, 179

    Y no te turbe que aquí se diga «ríos,» [] o en otra parte «siete Espíritus,» [] porque por la santificación de estos siete dones del Espíritu, como dijo Isaías, [] se significa la plenitud de toda virtud; el Espíritu de sabiduría y de entendimiento, el Espíritu de consejo y de fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, y el Espíritu del temor de Dios. Uno, pues, es el Río, pero muchos los canales de los dones del Espíritu. Este Río, pues, sale de la Fuente de Vida.

    I, 16, 180

    Y aquí, de nuevo, no debes desviar tus pensamientos a cosas inferiores, porque parece haber alguna diferencia entre una Fuente y un Río, y sin embargo la divina Escritura ha provisto que la debilidad del entendimiento humano no sea dañada por la humildad del lenguaje. Pon ante ti cualquier río: brota de su fuente, pero es de una sola naturaleza, de un solo brillo y hermosura. Y afirmas rectamente que el Espíritu Santo es de una sola sustancia, brillo y gloria con el Hijo de Dios y con Dios Padre. Todo lo resumiré en la unidad de las cualidades, y no temeré ninguna cuestión sobre diferencia de grandeza. Pues también en este punto la Escritura ha provisto para nosotros; porque el Hijo de Dios dice: «El que beba del agua que yo le daré, se hará en él una fuente de agua que salte para vida eterna.» [] Esta fuente es claramente la gracia del Espíritu, un arroyo que procede de la Fuente viva. Luego el Espíritu Santo es también la Fuente de la vida eterna.

    I, 16, 181

    Observas, pues, por sus palabras que se señala la unidad de la divina grandeza, y que ni siquiera los herejes pueden negar que Cristo sea una Fuente, ya que también el Espíritu es llamado Fuente. Y así como el Espíritu es llamado río, así también dijo el Padre: «He aquí que yo desciendo sobre vosotros como un río de paz, y como un torrente que desborda la gloria de los gentiles.» [] ¿Y quién puede dudar de que el Hijo de Dios es el Río de la vida, de quien brotaron las corrientes de la vida eterna?

    I, 16, 182

    Buena, pues, es esta agua, a saber, la gracia del Espíritu. ¿Quién dará esta Fuente a mi pecho? Que brote en mí, que fluya sobre mí aquello que da la vida eterna. Que aquella Fuente se desborde sobre nosotros, y no se vaya. Porque dice la Sabiduría: «Bebe agua de tus propias vasijas, y de las fuentes de tus propios pozos, y corran tus aguas por tus calles.» [] ¿Cómo guardaré esta agua para que no se derrame, para que no se deslice? ¿Cómo preservaré mi vaso, no sea que alguna grieta de pecado que lo penetre deje exudar el agua de la vida eterna? Enséñanos, Señor Jesús, enséñanos como enseñaste a tus apóstoles, diciendo: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan.» []

    I, 16, 182 (repetido en la edición)

    Porque Él da a entender que el ladrón es el espíritu inmundo, el cual no puede hallar entrada en los que andan en la luz de las buenas obras, pero si sorprende a alguno en las tinieblas de los deseos terrenales, y en medio del goce de los placeres terrenos, lo despoja de toda la flor de la virtud eterna. Y por eso dice el Señor: «Haceos tesoros en el cielo, donde ni el orín ni la polilla corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.»

    I, 16, 183

    Nuestro orín es la lascivia, nuestro orín es la concupiscencia, nuestro orín es el lujo, que enturbian la aguda visión de la mente con la suciedad de los vicios. De nuevo, nuestra polilla es Arrio, nuestra polilla es Fotino, los cuales rasgan la sagrada vestidura de la Iglesia con su impiedad, y deseando separar la indivisible unidad del poder divino, roen el precioso velo de la fe con diente sacrílego. El agua se derrama si Arrio ha impreso su diente, se va si Fotino ha plantado su aguijón en el vaso de alguno. No somos sino de barro común, sentimos rápidamente los vicios. Pero nadie dice al alfarero: «¿Por qué me has hecho así?» [] Porque aunque nuestro vaso sea común, con todo, uno es para honra, otro para deshonra. [] No abras, pues, tu estanque, no caves con vicios y crímenes, no sea que alguien diga: «Ha abierto un estanque y lo ha cavado, y ha caído en el hoyo que hizo.»

    I, 16, 184

    Si buscas a Jesús, abandona las cisternas rotas, porque Cristo solía sentarse no junto a un estanque, sino junto a un pozo. Allí lo encontró aquella mujer samaritana [], la que creyó, la que quiso sacar agua. Aunque deberías haber venido de madrugada, sin embargo si vienes más tarde, aun a la hora sexta, hallarás a Jesús fatigado del camino. Está fatigado, pero es por ti, porque te ha buscado por mucho tiempo, tu incredulidad lo ha fatigado largo tiempo. Sin embargo, no se ofende si tan solo vienes; pide de beber el que está a punto de dar. Pero no bebe el agua de un arroyo que pasa, sino tu salvación; bebe tus buenas disposiciones, bebe el cáliz, es decir, la Pasión que expió tus pecados, para que tú, bebiendo de su sangre sagrada, puedas apagar la sed de este mundo.

    I, 16, 185

    Así Abraham alcanzó a Dios después de haber cavado el pozo. [] Así Isaac, mientras paseaba junto al pozo, recibió a aquella esposa [] que venía a él como figura de la Iglesia. Fiel era él en el pozo, infiel en el estanque. Finalmente, también Rebeca, como leemos, halló al que la buscaba junto al pozo, y las rameras se lavaron en la sangre en el estanque de Jezabel.

    Libro II

    Introducción del libro

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, introducción, sumario
    Las Tres Personas de la Deidad no eran desconocidas para los jueces de antaño ni para Moisés, pues la igualdad del Hijo con el Padre, así como la de las Tres Personas entre sí, se establece tanto en otros lugares como por él. También Sansón gozó de la asistencia del Espíritu Santo; se toca su historia y se muestra en algunos puntos típica de la Iglesia y de sus misterios. Cuando el Espíritu Santo abandonó a Sansón, éste cayó en diversas calamidades, y San Ambrosio explica el significado espiritual de sus cabellos cortados.

    II, introducción, 1

    1. Aun leyendo el primer libro de la historia antigua se aclara tanto que la gracia séptuple del Espíritu brilló en los jueces mismos de los judíos, como que los misterios de los sacramentos celestiales fueron dados a conocer por el Espíritu, de cuya eternidad no era ignorante Moisés. Entonces, también, al principio mismo del mundo, e incluso antes de su principio, lo unió con Dios, a quien conocía eterno antes del principio del mundo. Pues si alguno presta atención reconocerá en el principio al Padre, al Hijo y al Espíritu. Porque del Padre está escrito: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» [] Del Espíritu se dice: «El Espíritu se movía sobre las aguas.» [] Y bien en el principio de la creación se presenta la figura del bautismo mediante la cual la criatura había de ser purificada. Y del Hijo leemos que Él es quien dividió la luz de las tinieblas, pues hay un solo Dios Padre que habla, y un solo Dios Hijo que actúa.

    II, introducción, 2

    2. Pero, de nuevo, para que no pienses que hubo presunción en el mandato de Aquel que hablaba, o inferioridad por parte de Aquel que cumplía el mandato, el Padre reconoce al Hijo como igual a Sí mismo en la ejecución de la obra, diciendo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.» [] Pues la imagen común y la obra y la semejanza no pueden significar sino la unidad de la misma Majestad.

    II, introducción, 3

    3. Pero para que reconozcamos más plenamente la igualdad del Padre y del Hijo, así como el Padre habló, el Hijo hizo; así también el Padre obra y el Hijo habla. El Padre obra, como está escrito: «Mi Padre hasta ahora obra.» [] Hallas dicho al Hijo: «Di la palabra y será sanado.» [] Y el Hijo dice al Padre: «Quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo.» [] El Padre hizo lo que el Hijo dijo.

    II, introducción, 4

    4. Pero ni Abraham ignoraba al Espíritu Santo; vio a Tres y adoró a Uno, pues hay un solo Dios, un solo Señor y un solo Espíritu. Y así hay una unidad de honor, porque hay una unidad de poder.

    II, introducción, 5

    5. ¿Y por qué he de hablar de todos uno por uno? Sansón, nacido por promesa divina, tenía al Espíritu acompañándolo, pues leemos: «El Señor lo bendijo, y el Espíritu del Señor comenzó a estar con él en el campamento.» [] Y así, prefigurando el misterio futuro, pidió una esposa de los extranjeros, lo cual, como está escrito, su padre y su madre no sabían, porque era del Señor. Y con razón fue estimado más fuerte que otros, porque el Espíritu del Señor lo guiaba, bajo cuya guía él solo puso en fuga al pueblo de los extranjeros, y en otra ocasión inaccesible a la mordedura del león, él, invencible en su fuerza, lo despedazó con sus manos. ¡Ojalá hubiera sido tan cuidadoso de conservar la gracia como fuerte para vencer a la bestia!

    II, introducción, 6

    6. Y quizá esto no fue sólo un prodigio de valor, sino también un misterio de sabiduría, una expresión de profecía. Pues no parece haber sido sin propósito que, cuando iba a su boda, un león rugiente le salió al encuentro, al cual despedazó con sus manos; en cuyo cuerpo, cuando estaba a punto de gozar del deseado matrimonio, encontró un enjambre de abejas, y tomó miel de su boca, la cual dio a su padre y a su madre para comer. El pueblo de los gentiles que creyó tenía miel; el pueblo que antes era salvaje ahora es pueblo de Cristo.

    II, introducción, 7

    7. Ni carece de misterio el enigma que propuso a sus compañeros: «Del comedor salió comida, y del fuerte salió dulzura.» [] Y hubo un misterio hasta el punto de los tres días en que se buscó en vano su respuesta, la cual no pudo darse a conocer sino por la fe de la Iglesia, en el séptimo día, cumplido el tiempo de la Ley, después de la Pasión del Señor. Pues así hallas que los apóstoles no entendieron, «porque Jesús aún no había sido glorificado.» []

    II, introducción, 8

    8. «¿Qué,» responden ellos, «es más dulce que la miel, y qué más fuerte que el león?» A lo cual él respondió: «Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais descubierto mi enigma.» [] ¡Oh divino misterio! ¡Oh manifiesto sacramento! Hemos escapado del matador, hemos vencido al fuerte. El alimento de vida está ahora allí donde antes había hambre de muerte miserable. Los peligros se transforman en seguridad, la amargura en dulzura. La gracia salió de la ofensa, el poder de la debilidad, y la vida de la muerte.

    II, introducción, 9

    9. Hay, sin embargo, quienes piensan por otra parte que el matrimonio no pudo haberse establecido a menos que el león de la tribu de Judá hubiera sido muerto; y así en su cuerpo, es decir, la Iglesia, se encontraron abejas que almacenan la miel de la sabiduría, porque después de la Pasión del Señor los apóstoles creyeron más plenamente. Este león, pues, Sansón como judío lo mató, pero en él encontró miel, como en figura de la herencia que había de ser redimida, para que el remanente fuera salvo según la elección de la gracia. []

    II, introducción, 10

    10. «Y el Espíritu del Señor,» se dice, «vino sobre él, y descendió a Ascalón, y mató a treinta hombres de ellos.» [] Pues no podía dejar de alcanzar la victoria quien veía los misterios. Y así en los vestidos reciben la recompensa de la sabiduría, la insignia del trato, quienes resuelven y responden el enigma.

    II, introducción, 11

    11. Aquí, de nuevo, surgen otros misterios: su esposa es quitada, y por esto las zorras prenden fuego a las gavillas de los extranjeros. Pues su propia astucia engaña a menudo a quienes contienden contra los misterios divinos. Por lo cual se dice de nuevo en el Cantar de los Cantares: «Cazadnos las zorras pequeñas que destruyen las viñas, para que nuestras viñas florezcan.» [] Dijo bien «pequeñas,» porque las mayores no podían destruir las viñas, aunque para el fuerte hasta el diablo es débil.

    II, introducción, 12

    12. Así, pues, él (para resumir brevemente la historia, pues la consideración de todo el pasaje se reserva para su propio tiempo) fue invicto mientras guardó la gracia del Espíritu, como lo fue el pueblo de Dios elegido por el Señor, aquel Nazareo bajo la Ley. Sansón, pues, fue invicto, y tan invencible que pudo matar a mil hombres con una quijada de asno; [] tan lleno de gracia celestial que teniendo sed halló incluso agua en la quijada de asno, ya consideres esto como un milagro, o lo conviertas en misterio, porque en la humildad del pueblo de los gentiles habría a la vez descanso y triunfo según aquello que está escrito: «Al que te golpee en la mejilla, vuélvele también la otra.» [] Pues por esta paciencia de las injurias, que enseña el sacramento del bautismo, triunfamos sobre los aguijones de la ira, para que habiendo pasado por la muerte alcancemos el descanso de la resurrección.

    II, introducción, 13

    13. ¿Es ése, pues, Sansón, quien rompió cuerdas trenzadas con correas, y cordeles nuevos como hilos débiles? ¿Es ése Sansón, quien no sintió las ataduras de su cabello sujeto a la viga, mientras tuvo la gracia del Espíritu? Él, digo, después de que el Espíritu de Dios se apartó de él, fue grandemente cambiado de aquel Sansón que regresó vestido con los despojos de los extranjeros, pero caído de su grandeza sobre las rodillas de una mujer, acariciado y engañado, es despojado de su cabello.

    II, introducción, 14

    14. ¿Era, pues, el cabello de su cabeza de tal importancia que, mientras permaneciera, su fuerza debía durar invicta, pero cuando su cabeza fuera rapada el hombre debía perder de repente toda su fuerza? No es así, ni podemos pensar que el cabello de su cabeza tenga tal poder. Hay un cabello de religión y fe; el cabello del Nazareo perfecto en la Ley, consagrado en la parquedad y la abstinencia, con el cual ella (tipo de la Iglesia), que derramó ungüento sobre los pies del Señor, enjugó los pies de la Palabra celestial, pues entonces conoció a Cristo también según la carne. Ese cabello es aquel del cual se dice: «Tu cabello es como rebaños de cabras,» [] que crece en aquella cabeza de la cual se dice: «La cabeza del hombre es Cristo,» [] y en otro lugar: «Su cabeza es como oro fino, y sus bucles como pinos negros.» []

    II, introducción, 15

    15. Y así, también, en el Evangelio nuestro Señor, señalando que algunos cabellos son vistos y conocidos, dice: «Pero aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados,» [] implicando, ciertamente, actos de virtudes espirituales, pues Dios no se cuida de nuestro cabello. Aunque, en verdad, no es absurdo creerlo literalmente, visto que según su divina Majestad nada puede ocultársele.

    II, introducción, 16

    16. Pero, ¿qué me aprovecha si Dios mismo conoce todos mis cabellos? Aquello más bien abunda y me aprovecha, si el testigo vigilante de las buenas obras me recompensa con el don de la vida eterna. Y, en fin, el propio Sansón, declarando que estos cabellos no son místicos, dice: «Si soy rapado, mi fuerza se apartará de mí.» [] Basta en cuanto al misterio; consideremos ahora el orden del pasaje.

    Capítulo 1

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 1, sumario
    El Espíritu es el Señor y Poder; y en esto no es inferior al Padre y al Hijo.

    II, 1, 17

    17. Arriba leíste que «el Señor lo bendijo, y el Espíritu del Señor comenzó a ir con él.» Más adelante se dice: «Y el Espíritu del Señor vino sobre él.» [] De nuevo dice: «Si soy rapado, mi fuerza se apartará de mí.» [] Después que fue rapado, mira lo que dice la Escritura: «El Señor,» dice, «se apartó de él.» []

    II, 1, 18

    18. Ves, pues, que Aquel que iba con él, Él mismo se apartó de él. El Mismo es, pues, el Señor, Quien es el Espíritu del Señor, es decir, llamó al Espíritu de Dios, Señor, como también dice el Apóstol: «El Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.» Hallas, pues, al Espíritu Santo llamado el Señor; porque el Espíritu Santo y el Hijo no son una Persona [unus] sino una Substancia [unum].

    II, 1, 19

    19. En este lugar usó la palabra Poder, e implicó el Espíritu. Pues como el Padre es Poder, así también el Hijo es Poder, y el Espíritu Santo es Poder. Del Hijo has leído que Cristo es «el Poder de Dios y la Sabiduría de Dios.» [] Leemos, también, que el Padre es Poder, como está escrito: «Veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder de Dios.» [] Ciertamente llamó Padre al Poder, a cuya diestra se sienta el Hijo, como lees: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra.» Y el Señor mismo llamó al Espíritu Santo Poder, cuando dijo: «Recibiréis Poder cuando venga sobre vosotros el Espíritu Santo.» []

    Capítulo 2

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 2, sumario
    El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Uno en el consejo.

    II, 2, 20

    20. Pues el Espíritu mismo es Poder, como lees: «El Espíritu de Consejo y de Poder (o fortaleza).» [] Y como el Hijo es el Ángel del gran consejo, así también el Espíritu Santo es el Espíritu de Consejo, para que sepas que el Consejo del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es Uno. Consejo, no acerca de asuntos dudosos, sino acerca de aquellos previstos y determinados.

    II, 2, 21

    21. Pero que el Espíritu es el Árbitro del Consejo Divino, puedes saberlo incluso por esto. Pues cuando arriba mostramos que el Espíritu Santo era el Señor del bautismo, y leímos que el bautismo es el consejo de Dios, como lees, «Pero los fariseos despreciaron el consejo de Dios, no siendo bautizados por Él,» [] está muy claro que así como no puede haber bautismo sin el Espíritu, así tampoco el consejo de Dios está sin el Espíritu.

    II, 2, 22

    22. Y para que sepamos más completamente que el Espíritu es Poder, debemos saber que fue prometido cuando el Señor dijo: «Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne.» [] Él, pues, que nos fue prometido es Él mismo Poder, como en el Evangelio el mismo Hijo de Dios declaró cuando dijo: «Y enviaré sobre vosotros la promesa del Padre; pero permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto.» []

    II, 2, 23

    23. Y el Evangelista muestra hasta tal punto que el Espíritu es Poder, que San Lucas relata que descendió con gran poder, cuando dice: «Y de repente hubo un sonido del cielo, como si el Espíritu fuera llevado con gran poder.» []

    II, 2, 24

    24. Pero, de nuevo, para que no supongas que esto ha de referirse a cosas corporales y perceptibles a los sentidos, aprende que el Espíritu descendió así como Cristo ha de descender, como hallas: «Verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y majestad.» []

    II, 2, 25

    25. Pues ¿cómo no ha de ser uno el poder y la fuerza, cuando la obra es una, el juicio uno, el templo uno, la vivificación una, la santificación una, y también el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo uno?

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 3, sumario
    Así como conocer al Padre y al Hijo es vida, así también es vida conocer al Espíritu Santo; y por tanto en la Deidad Él no ha de ser separado del Padre.

    II, 3, 26

    26. Digan, pues, en qué piensan que hay una desemejanza en la operación divina. Puesto que como conocer al Padre y al Hijo es vida, como el Señor mismo declaró, diciendo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado,» [] así también conocer al Espíritu Santo es vida. Porque el Señor dijo: «Si me amáis, guardad mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará otro Paracleto, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque está con vosotros y en vosotros.» []

    II, 3, 27

    27. Así, pues, el mundo no tenía vida eterna, porque no había recibido el Espíritu; porque donde está el Espíritu, allí está la vida eterna; pues el Espíritu mismo es quien efectúa la vida eterna. Por lo cual me pregunto por qué los arrianos suscitan la cuestión acerca del único Dios verdadero. Pues como es vida eterna conocer al único Dios verdadero, así también es vida eterna conocer a Jesucristo; así, de nuevo, es vida eterna conocer al Espíritu Santo, a quien, como también al Padre, el mundo no ve, y, como también al Hijo, no conoce. Pero el que no es de este mundo tiene vida eterna, y el Espíritu, que es la Luz de la vida eterna, permanece con él para siempre.
    Comentario editorial · Contra quién escribe: «arrianos» y pneumatómacos
    En este pasaje Ambrosio da a sus adversarios el nombre de «arrianos». En el texto traducido solo se nombra, además, a Fotino y los fotinianos y a los sabelianos; ni «pneumatómacos» («los que combaten contra el Espíritu») ni «macedonianos» figuran en él. Con esos dos nombres se designaba a quienes negaban la divinidad del Espíritu Santo; Wikipedia los sitúa en la segunda mitad del siglo IV y dice que el concilio de Constantinopla de 381 los condenó. Qué relación guardan con los adversarios que Ambrosio llama «arrianos» no lo dice el texto: aquí se avisa para que el lector no dé por hecho que son el mismo grupo.

    II, 3, 28

    28. Si el conocimiento del único Dios verdadero confiere el mismo beneficio que el conocimiento del Hijo y del Espíritu, ¿por qué separáis al Hijo y al Espíritu del honor del Dios verdadero, cuando no los separáis de conferir el beneficio? Pues necesariamente debéis o bien creer que éste es el mayor don de la única y verdadera Deidad, y confesaréis a la única y verdadera Deidad como del Padre, así también del Hijo y del Espíritu Santo; o si decís que también puede dar vida eterna quien no es Dios verdadero, sucederá que más bien derogáis al Padre, cuya obra no consideráis como la obra principal de la única Deidad verdadera, sino como una comparable a la obra de una criatura.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 4, sumario
    El Espíritu Santo da vida, no de manera distinta del Padre y del Hijo, ni por una operación distinta.

    II, 4, 29

    29. ¿Y qué maravilla es que el Espíritu obre la Vida, Quien vivifica como el Padre y como el Hijo? ¿Y quién puede negar que el vivificar es obra de la Majestad Eterna? Pues está escrito: «Vivifica a tu siervo.» Es, pues, vivificado quien es siervo, es decir, el hombre, que antes no tenía vida, sino que recibió el privilegio de tenerla.

    II, 4, 30

    30. Veamos, pues, si el Espíritu es vivificado, o si Él mismo vivifica. Ahora bien, está escrito: «La letra mata, pero el Espíritu da vida.» [] Así, pues, el Espíritu vivifica.

    II, 4, 31

    31. Mas para que entiendas que el vivificar del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no es obra separada, lee cómo hay también una unidad de vivificación, puesto que Dios mismo vivifica por el Espíritu, pues Pablo dijo: «El que resucitó a Cristo de entre los muertos también vivificará vuestros cuerpos mortales por causa de su Espíritu que habita en vosotros.»

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el Espíritu Santo · II, 5, sumario
    El Espíritu Santo, así como el Padre y el Hijo, es señalado en la santa Escritura como Creador, y la misma verdad fue prefigurada aun por escritores paganos, pero se mostró con la mayor claridad en el Misterio de la Encarnación; tras tocarlo, el escritor sostiene su argumento partiendo del hecho de que al Espíritu Santo se le tributa el culto que se debe solo al Creador.

    II, 5, 32

    32. Pero ¿quién puede dudar de que el Espíritu Santo da vida a todas las cosas; puesto que Él, como el Padre y el Hijo, es el Creador de todas las cosas; y se entiende que el Padre omnipotente nada hizo sin el Espíritu Santo; y puesto que también en el comienzo de la creación el Espíritu se movía sobre el agua?

    II, 5, 33

    33. Así, cuando el Espíritu se movía sobre el agua, la creación estaba sin gracia; pero después de que este mundo, una vez creado, recibió la operación del Espíritu, alcanzó toda la hermosura de aquella gracia con la cual el mundo es iluminado. Y que la gracia del universo no puede subsistir sin el Espíritu Santo lo declaró el profeta cuando dijo: «Retirarás tu Espíritu, y desfallecerán y serán convertidos de nuevo en su polvo. Envía tu Espíritu, y serán hechos, y renovarás toda la faz de la tierra.» No solo, pues, enseñó que ninguna criatura puede sostenerse sin el Espíritu Santo, sino también que el Espíritu es el Creador de toda la creación.

    II, 5, 34

    34. ¿Y quién puede negar que la creación de la tierra es obra del Espíritu Santo, de Quien es obra el que sea renovada? Pues si quieren negar que fue creada por el Espíritu, ya que no pueden negar que debe ser renovada por el Espíritu, quienes quieren separar las Personas habrán de sostener que la operación del Espíritu Santo es superior a la del Padre y del Hijo, lo cual está lejos de la verdad; pues no hay duda de que la tierra restaurada es mejor que como fue creada. O si al principio, sin la operación del Espíritu Santo, el Padre y el Hijo hicieron la tierra, pero la operación del Espíritu Santo se añadió después, parecerá que aquello que fue hecho requería su auxilio, que luego fue añadido. Mas lejos de nosotros estar tal pensamiento, a saber, que se crea que la obra divina tiene mudanza en el Creador, error introducido por Maniqueo.

    II, 5, 35

    35. Pero ¿suponemos que la sustancia de la tierra existe sin la operación del Espíritu Santo, sin cuya obra no subsiste ni la extensión del cielo? Pues está escrito: «Por la Palabra del Señor fueron establecidos los cielos, y toda la fuerza de ellos por el Espíritu de su boca.» Observa lo que dice: que toda la fuerza de los cielos ha de referirse al Espíritu. Pues ¿cómo había de estar descansando, cuando era hecha la tierra, Aquel que se movía [] antes de que la tierra fuera hecha?

    II, 5, 36

    36. Escritores gentiles, siguiendo a los nuestros como a través de sombras, porque no podían beber la verdad del Espíritu, han señalado en sus versos que el Espíritu, dentro, nutre el cielo y la tierra, y los orbes resplandecientes de la luna y las estrellas. Si ellos no niegan que la fuerza de las criaturas existe por el Espíritu, ¿hemos de negarlo nosotros, que leemos esto? ¿Pero piensas que se refieren a un espíritu producido del aire? Si ellos declararon que un espíritu del aire es el Autor de todas las cosas, ¿dudamos nosotros de que el Espíritu de Dios es el Creador de todas las cosas?

    II, 5, 37

    37. ¿Pero por qué me detengo en cuestiones ajenas al propósito? Acepten una prueba clara de que no puede haber nada de lo que no pueda decirse que el Espíritu Santo lo hizo; y de que no puede dudarse que todo subsiste por su operación, sean Ángeles, Arcángeles, Tronos o Dominaciones; puesto que el Señor mismo, a Quien sirven los Ángeles, fue engendrado por el Espíritu Santo que vino sobre la Virgen, como, según Mateo, el Ángel dijo a José: «José, hijo de David, no temas recibir a María tu esposa, porque lo que nacerá de ella es del Espíritu Santo.» [] Y según Lucas, dijo a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti.» []

    II, 5, 38

    38. El nacimiento de la Virgen fue, pues, obra del Espíritu. El fruto del vientre es obra del Espíritu, según aquello que está escrito: «Bendita tú entre las mujeres, y bendito es el Fruto de tu vientre.» [] La flor de la raíz es obra del Espíritu, aquella flor, digo, de la cual fue bien profetizado: «Saldrá una vara de la raíz de Isaí, y una flor brotará de su raíz.» [] La raíz de Isaí el patriarca es la familia de los judíos, María es la vara, Cristo la flor de María, Quien, a punto de difundir el buen olor de la fe por todo el mundo, brotó de un vientre virginal, como Él mismo dijo: «Yo soy la flor del llano, el lirio de los valles.» []

    II, 5, 39

    39. La flor, cortada, conserva su olor, y machacada lo aumenta, y arrancada no lo pierde; así también el Señor Jesús, en el madero de la cruz, ni desfalleció cuando fue machacado, ni perdió vigor cuando fue desgarrado; y cuando fue cortado por aquella herida de la lanza, hecho más hermoso por el color de la Sangre derramada, Él, por así decirlo, se hizo de nuevo gallardo, no pudiendo en sí mismo morir, y exhalando sobre los muertos el don de la vida eterna. Sobre esta flor, pues, de la vara real reposó el Espíritu Santo.

    II, 5, 40

    40. Una buena vara, como algunos piensan, es la Carne del Señor, la cual, elevándose de su raíz terrena al cielo, llevó alrededor de todo el mundo los frutos de suave olor de la religión, los misterios de la generación divina, derramando gracia sobre los altares del cielo.

    II, 5, 41

    41. Así, pues, no podemos dudar de que el Espíritu es Creador, a Quien conocemos como el Autor de la Encarnación del Señor. Pues ¿quién puede dudar cuando hallas en el comienzo del Evangelio que la generación de Jesucristo fue de esta manera: «Cuando María estaba desposada con José, antes de que convivieran, se halló que estaba encinta de [ex] el Espíritu Santo.» []

    II, 5, 42

    42. Pues aunque muchísimos códices lean «de Spiritu,» sin embargo el griego del cual tradujeron los latinos tiene «[ἐκ πνεύματος ἁγίου],» esto es, «ex Spiritu Sancto.» Pues aquello que es «de» [ex] alguien es o de su sustancia o de su poder. De su sustancia, como el Hijo, Quien dice: «Yo salí de la boca del Altísimo;» [] como el Espíritu, «Quien procede del Padre;» [Juan 15:20] de Quien el Hijo dice: «Él me glorificará, porque recibirá de lo mío.» [] Pero del poder, como en el pasaje: «Un solo Dios Padre, de Quien son todas las cosas.»
    Comentario editorial · «De» o «ex»: las preposiciones en Mateo 1:18
    Ambrosio sostiene que Mateo 1:18 dice «ex Spiritu Sancto» (griego ἐκ) aunque muchísimos códices latinos lean «de Spiritu», y argumenta que «de» (ex) alguien es o de su sustancia o de su poder. Una nota del NPNF observa que este argumento por la fuerza exacta de las preposiciones lo usaron Atanasio y Basilio entre los griegos y también los latinos, pero que, cuando las mismas preposiciones griegas se vierten de modos distintos, el argumento pierde fuerza. Cita a Agustín (Sobre la naturaleza del bien, 27): lo que es «de él» (ex ipso) no siempre es «desde él» (de ipso); los cielos y la tierra son de él, pero no de su sustancia. Y concede que ni la Vulgata ni el propio Ambrosio son del todo coherentes. Ambrosio vuelve al tema en II, 8–9.

    II, 5, 43

    43. ¿Cómo, pues, estaba María encinta del Espíritu Santo? Si como de su sustancia, ¿acaso el Espíritu se cambió entonces en carne y huesos? Ciertamente no. Pero si la Virgen concibió como de su operación y poder, ¿quién puede negar que el Espíritu Santo es Creador?

    II, 5, 44

    44. ¿Y cómo es que Job claramente señaló al Espíritu como su Creador, diciendo: «El Espíritu de Dios me ha hecho»? [] En un breve versículo lo mostró a la vez Divino y Creador. Si, pues, el Espíritu es Creador, ciertamente no es una criatura, pues el Apóstol ha separado al Creador y la criatura, diciendo: «Sirvieron a la criatura más bien que al Creador.» []

    II, 5, 45

    45. Él enseña que el Creador ha de ser servido al condenar a quienes sirven a la criatura, mientras que nosotros debemos nuestro servicio al Creador. Y como sabía que el Espíritu es el Creador, enseña que debemos servirle, diciendo: «Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de la mutilación, pues nosotros somos la circuncisión, los que servimos al Espíritu de Dios.» []

    II, 5, 46

    46. Pero si alguno disputa a causa de las variantes de los códices latinos, algunos de los cuales los herejes han falsificado, mire los códices griegos, y observe que allí está escrito: «[οἱ πνεύματι Θεοῦ λατρεύοντες],» que, traducido, es: «los que sirven al Espíritu de Dios.»

    II, 5, 47

    47. Así, pues, cuando el mismo Apóstol dice que debemos servir al Espíritu, quien afirma que no debemos servir a la criatura, sino al Creador; sin duda muestra claramente que el Espíritu Santo es Creador, y ha de ser venerado con el honor debido a la Deidad eterna; pues está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y solo a Él servirás.» []
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