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    VOLUMEN I — ESCATOLOGÍA

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    Apocatástasis: ¿se salvarán todos?

    Patrística · Orígenes, Nisa y Agustín38 minPosición: 0% de esta partePublicado el Actualizado el Ref. CON-APOCAT-01

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    Premisa central

    La apocatástasis es la «restauración de todas las cosas» de Hechos 3:21. Como doctrina, afirma que el castigo de los pecadores es un remedio que acaba y que al final todos los seres racionales vuelven a Dios, quizá también el diablo. Orígenes la propone con cautelas y Gregorio de Nisa la enseña, según la mayoría de sus estudiosos. Basilio y Agustín la rechazan, y Justiniano en 543 y los anatemas asociados al concilio de 553 condenan la restauración de los demonios y de los impíos junto con la preexistencia de las almas. Sigue discutido si cabe esperarla.

    ¿Qué quiere decir apocatástasis?

    Hacia 543 el emperador Justiniano escribió al patriarca Mennas de Constantinopla una carta contra Orígenes que se cerraba con una lista de anatemas. El noveno alcanzaba a quien dijera que el castigo de los demonios y de los hombres impíos es temporal, que alguna vez tendrá fin y que habrá una restauración de unos y otros (Hefele, § 255; Price, vol. 2, p. 281). Unos tres siglos antes, Orígenes había escrito que la bondad de Dios, por medio de su Cristo, «puede conducir de nuevo a todas sus criaturas a un mismo fin» (Sobre los principios I, 6, 1). Entre las dos frases media una discusión larga sobre una pregunta que sigue abierta: si el castigo de los pecadores acaba y si al final se salvan todos.
    La palabra griega apokatastasis significa «restitución» o «vuelta a un estado anterior», y antes de los cristianos se usaba en campos muy distintos. Ludlow reúne sus empleos: en medicina es «curación»; en derecho, la devolución de unos bienes o de un rehén a su ciudad; en política, el restablecimiento de una constitución; en astronomía, el regreso de un astro a su posición, y de ahí el fin de un gran ciclo del cosmos. Los estoicos la aplicaron a la conflagración universal que precede a una nueva creación (Universal Salvation, pp. 38–40).
    En el Nuevo Testamento aparece una sola vez, en el sermón de Pedro de , donde el cielo debe recibir a Cristo hasta el tiempo de la «restauración de todas las cosas» de que hablaron los profetas. Ludlow y Moltmann leen el pasaje como el fin de los tiempos y el cumplimiento de las promesas, y no como una afirmación sobre la salvación de todos. Orígenes y Gregorio de Nisa toman de allí la expresión, pero ninguno cita el versículo como prueba de la salvación universal (Ludlow, pp. 40–41).
    Entre los cristianos la palabra conservó esa amplitud. Se aplicó a la vista que recobra un ciego, a la resurrección y, en Clemente de Alejandría, a la consumación de la fe y de la filiación del creyente. Gregorio de Nisa la usa a menudo para el regreso a la salud o al estado de perfección anterior a la caída, y solo a veces para el fin del mundo (Ludlow, pp. 41–43). Ludlow advierte que en tiempos de Gregorio el término no tenía todavía el sentido casi técnico de doctrina origenista de la salvación universal, que le dieron las condenas de 543 y 553 (p. 38). Orígenes la emplea pocas veces. Blosser cita el Comentario a Juan I, 16, 91 y Sobre los principios III, 1, 15–19 (Become Like the Angels, p. 254, n. 168), y Trigg dice que, hasta donde se sabe, no la usa en ese sentido en Sobre los principios (Origen, cap. 1).
    En este artículo la palabra designa la tesis. La pregunta del título encierra además tres cuestiones que los textos no contestan a la vez: si el castigo de los condenados acaba, si se salvan al final todos los hombres y si se salvan también los ángeles caídos.

    Orígenes: el fin se parece al principio

    Orígenes trata el asunto en los capítulos finales de Sobre los principios, escrito hacia 220–230, y vuelve sobre él en Contra Celso. Su punto de partida es una regla que repite el tratado: «el fin es siempre semejante al comienzo» (I, 6, 2). Kelly resume el sistema así: el término del proceso cósmico coincide con su origen, y dos principios lo gobiernan, la libertad de las criaturas racionales y la bondad de Dios. El castigo, en ese esquema, es una medicina y dura lo que tarde la cura (Early Christian Doctrines, pp. 473–474). Kelly piensa que la lógica del sistema exigía incluir también al diablo, porque de otro modo el dominio de Dios no sería absoluto y su amor no alcanzaría su objeto. Según Rufino, Orígenes protestó por habérsele atribuido esa teoría.
    Orígenes introduce el pasaje central con una advertencia sobre el método:
    Texto de la fuenteOrígenes · Sobre los principios · I, 6, 1 (extracto)Consultar la referencia
    Tratamos, en efecto, estas cuestiones con gran solicitud y cautela, más a modo de indagación y discusión que de decisión firme y cierta. Pues en las páginas precedentes hemos señalado las cuestiones que deben exponerse mediante proposiciones doctrinales claras, como creo haber hecho en la medida de nuestras posibilidades al hablar de la Trinidad. En esta ocasión, en cambio, procederemos, como mejor podamos, mediante la discusión antes que mediante definiciones estrictas.
    […]
    Creemos, ciertamente, que la bondad de Dios, por medio de su Cristo, puede conducir de nuevo a todas sus criaturas a un mismo fin, una vez vencidos y sometidos incluso sus enemigos.
    El argumento se apoya en 1 Corintios 15 y en el Salmo 110. Cuando Cristo haya puesto bajo sus pies a todos sus enemigos, dice Orígenes, esa sujeción será la misma con la que los apóstoles y los santos están sujetos a él, y el nombre mismo de la sujeción indica que la salvación viene de quien somete (I, 6, 1). Los enemigos no son destruidos: quedan sometidos a Cristo, y esa sujeción es la salvación. En el parágrafo siguiente Orígenes describe la caída por grados: los seres que se apartaron del comienzo no cayeron todos igual ni de manera irremediable, y quedan bajo el gobierno de los órdenes santos, con cuya ayuda «pueden recobrarse» (I, 6, 2).
    Sobre el diablo y sus ángeles Orígenes plantea la pregunta y deja la respuesta al lector:
    Texto de la fuenteOrígenes · Sobre los principios · I, 6, 3 (extracto)Consultar la referencia
    Ahora bien, si alguno de estos órdenes que actúan bajo el gobierno del Diablo y obedecen sus mandatos perversos se convertirá a la justicia en un mundo futuro, por poseer la facultad de la libertad de la voluntad, o si la maldad persistente e inveterada puede transformarse, por fuerza de la costumbre, en naturaleza, es cuestión sobre cuyo resultado tú mismo, lector, puedes formarte un juicio, siempre que, ni en estos mundos presentes, visibles y temporales, ni en los invisibles y eternos, esa parte haya de quedar enteramente ajena a la unidad y armonía finales de las cosas.
    Orígenes pone una sola condición: que ninguna parte quede «enteramente ajena» a la unidad final. Admite dos posibilidades, que esos seres se conviertan alguna vez o que la maldad inveterada se haya hecho naturaleza, y no decide entre ellas.
    La imagen del castigo cambia en el libro II. Cada pecador enciende su propio fuego, cuyo combustible son sus pecados; la conciencia, al recordar todo lo que hizo, se acusa y se atormenta a sí misma (II, 10, 4). Dios es «nuestro Médico» y, como un médico, emplea el medicamento, el cuchillo y el cauterio contra los males del alma (II, 10, 6). Al final del libro III Orígenes vuelve sobre el último enemigo de 1 Corintios 15, la muerte, y dice qué significa que sea destruido:
    Texto de la fuenteOrígenes · Sobre los principios · III, 6, 5 (extracto)Consultar la referencia
    La destrucción del último enemigo no ha de entenderse como si debiera perecer su sustancia, formada por Dios, sino en el sentido de que serán destruidos su pensamiento y su voluntad hostil, que no proceden de Dios, sino de él mismo. Su destrucción, por tanto, no consistirá en dejar de existir, sino en dejar de ser enemigo y muerte.
    Crouzel, según Blosser, entiende que «muerte» designa aquí al diablo (Become Like the Angels, p. 258, n. 199).
    En Contra Celso Orígenes responde a la objeción de que es imposible que todos los habitantes de la tierra vivan bajo una sola ley. Su respuesta es breve y deja una salvedad:
    Texto de la fuenteOrígenes · Contra Celso · VIII, 72 (extracto)Consultar la referencia
    Pero nuestra creencia es que el Verbo prevalecerá sobre toda la creación racional, y transformará cada alma en su propia perfección; estado en el cual cada uno, por el mero ejercicio de su poder, elegirá lo que desee y obtendrá lo que elija. Porque aunque en las enfermedades y heridas del cuerpo hay algunas que ningún arte médico puede curar, sostenemos que en la mente no hay maldad tan fuerte que no pueda ser vencida por el Verbo supremo y Dios. Pues más fuerte que todos los males del alma es el Verbo, y el poder sanador que mora en Él; y esta sanidad Él aplica, según la voluntad de Dios, a todo hombre. La consumación de todas las cosas es la destrucción del mal, aunque, en cuanto a si será destruido de modo que jamás pueda surgir de nuevo en ninguna parte, no corresponde a nuestro propósito presente decirlo.
    Sobre los principios se conserva casi entero en el latín de Rufino, que reconoció haber corregido lo que tenía por añadidos de los herejes. La versión literal de Jerónimo se perdió, y por eso no puede saberse hasta dónde llegan las cautelas del propio Orígenes y hasta dónde las de su traductor. Contra Celso, en cambio, se conserva en griego.
    Queda la carta que Orígenes escribió a unos amigos de Alejandría durante su pleito con el obispo Demetrio. Blosser dice que ese pleito comenzó cuando se le acusó de enseñar que el diablo podía salvarse, y que Orígenes lo negó de inmediato (Become Like the Angels, p. 258). Jerónimo traduce en la Apología un tramo de la carta y acusa a Rufino de haber recortado la parte anterior:
    Texto de la fuenteJerónimo · Apología contra Rufino · II, 18 (extracto)Consultar la referencia
    Ahora bien, como, por el temor de Dios, somos cuidadosos de no proferir maldiciones contra nadie, recordando que las palabras 'No se atrevió a proferir contra él una acusación injuriosa,' se dicen de Miguel en su trato con el diablo; como se dice también en otro lugar: 'Desprecian las potestades y maldicen las dignidades;' algunos de estos hombres que buscan motivos de contención, nos atribuyen a nosotros y a nuestra doctrina la blasfemia (en cuanto a la cual deben meditar las palabras que se les aplican: 'Ni los borrachos ni los maldicientes heredarán el reino de Dios'), a saber, que el padre de la maldad y de la perdición de los que serán arrojados del reino de Dios puede salvarse; cosa que ni siquiera un loco puede decir.
    Jerónimo comenta que el texto responde a un cargo que Cándido, un valentiniano, había formulado en un diálogo con Orígenes (II, 19). Blosser concluye que lo más prudente es creer a Orígenes cuando dice que no propuso la salvación del diablo, y añade que tampoco la descartó: su convicción de que Satanás era malo por elección y no por naturaleza, junto con su fe en la libertad, hacía difícil negar al menos la posibilidad de que se convirtiera (pp. 258–259). Trigg dice algo parecido: la lógica del sistema sugiere que todos los seres racionales volverán a su unidad con Dios, y Orígenes deja abierta la posibilidad de que se salven incluso los demonios (Origen, cap. 1). Blosser añade que Orígenes presenta siempre la limitación del castigo como hipótesis y no como convicción, y que fueron autores posteriores quienes tomaron sus sugerencias por fórmulas dogmáticas (pp. 254 y 258).

    Los textos que cada lado citaba

    Los dos bandos de la discusión se apoyaban en la Escritura, y Moltmann, que defiende la restauración, lo reconoce: la salvación universal y el doble desenlace del juicio tienen apoyo bíblico, de modo que la decisión no puede tomarse solo con la Biblia (Collected Readings, capítulo sobre el regreso de la doctrina de la salvación universal). Las bases que se citan en cada lado son estas.
    En favor de una restauración más amplia que la de los creyentes, los pasajes sobre Cristo y «todas las cosas»:
    • : en Cristo todos serán vivificados, y al final Dios será todo en todos. Orígenes lo cita en I, 6 y III, 6.
    • : reconciliar con Dios todas las cosas, en la tierra y en el cielo.
    • : toda rodilla se doblará, en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Orígenes lo entiende como la totalidad de los seres (I, 6, 2) y Macrina lo cita en el diálogo de Nisa.
    • : la justicia de uno trae vida a todos los hombres, como la falta de uno trajo condenación a todos.
    • : Dios ha encerrado a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos. Agustín discute este versículo en La ciudad de Dios XXI, 18.
    En favor de un castigo sin fin:
    • y : el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, y el «castigo eterno» frente a la «vida eterna». Es el texto que más pesa en Basilio y en Agustín.
    • : el gusano que no muere y el fuego que no se apaga. Basilio lo cita junto a Isaías 66:24.
    • : el diablo arrojado al lago de fuego y azufre, atormentado «día y noche por los siglos de los siglos». Agustín lo cita en XXI, 23.
    La traducción de aiōnios decide gran parte de la discusión. Ludlow dice que Orígenes lo leía como «de una edad» y no como «para siempre» (p. 34). Moltmann hace una lectura parecida, y señala además que el fuego de Mateo 25:41 no fue preparado «desde la fundación del mundo», como el reino de los bienaventurados. Basilio y Agustín argumentan lo contrario, con el mismo versículo de Mateo 25:46.

    Gregorio de Nisa: el mal no tiene dónde quedarse

    Gregorio de Nisa depende de Orígenes y se aparta de él en puntos importantes. Ludlow cuenta que comparte con él la idea de una apocatástasis universal y la manera de entender el ascenso del alma, y que rechaza la preexistencia de las almas, la finitud de Dios y la idea origeniana de la resurrección (Universal Salvation, p. 37).
    Los textos más claros están en el diálogo Sobre el alma y la resurrección, ambientado en la muerte de su hermana Macrina, que habla como maestra. Macrina dice que Dios no trae esas penas por odio ni por venganza: reclama y atrae hacia sí lo que le pertenece, y para el alma pegada a la materia esa atracción es dolorosa, como lo es para una cuerda cubierta de arcilla que se pasa a la fuerza por un orificio estrecho. El oro mezclado con la escoria se funde en el fuego hasta que la aleación se consume, y el oro queda (§ 65). Después Macrina concluye que el mal debe desaparecer:
    Texto de la fuenteGregorio de Nisa · Sobre el alma y la resurrección · § 67 (extracto)Consultar la referencia
    En todo caso, el mal debe ser eliminado de la existencia, de modo que, como dijimos antes, lo absolutamente inexistente cese por completo de ser. Puesto que no está en su naturaleza que el mal exista fuera de la voluntad, ¿no se sigue que, cuando toda voluntad descanse en Dios, el mal quedará reducido a una aniquilación completa, al no quedar receptáculo alguno para él?
    El segundo argumento parte de 1 Corintios 15:28. Si Dios será «todo en todos», el mal no puede ser una de esas cosas:
    Texto de la fuenteGregorio de Nisa · Sobre el alma y la resurrección · § 69 (extracto)Consultar la referencia
    Pero Aquel que llega a ser «todas» las cosas será también «en todas» las cosas; y en esto me parece que la Escritura enseña la completa aniquilación del mal. Si, es decir, Dios será «en todas» las cosas existentes, el mal, evidentemente, no estará entonces entre ellas; pues si alguien supusiera que el mal existía entonces, ¿cómo se mantendrá intacta la creencia de que Dios será «en todas»? La excepción de esa única cosa, el mal, echa a perder la comprehensividad del término «todas.» Pero Aquel que será «en todas» nunca estará en aquello que no existe.
    Ludlow señala otros pasajes que van en la misma dirección. En el diálogo, Macrina interpreta el Salmo 118 como imagen de una fiesta universal a la que serán admitidos al fin los que ahora quedan fuera por su pecado, y cita Filipenses 2:10 para hablar del acuerdo de todo el universo con el bien (pp. 77–78). En la Vida de Moisés (II, 82) Gregorio dice que alguien, partiendo de que los egipcios compartieron la luz tras tres días de tinieblas, podría llegar a percibir la restauración final, esperada para más tarde en el reino de los cielos, de los que sufrieron condenación en la gehena. Malherbe y Ferguson, que traducen la obra, anotan que una familia de manuscritos sustituye el pasaje y que su autenticidad es segura. Ludlow cree que Gregorio comparte la idea, aunque la presente con cierta reserva, y sigue a Daniélou en pensar que copistas posteriores lo omitieron para proteger al autor después de las condenas de 543 y 553 (pp. 78–79, n. 254). En su comentario al Salmo 59 Gregorio escribe que Dios destruirá el pecado y no a los pecadores, y por eso Ludlow descarta que enseñe la aniquilación (p. 80).
    En la Gran Catequesis dos capítulos tocan el asunto. En el 26, Gregorio justifica el «engaño» de la encarnación frente al diablo diciendo que fue justo y que benefició incluso al engañador:
    Texto de la fuenteGregorio de Nisa · Gran Catequesis · Cap. XXVI (extracto)Consultar la referencia
    De igual modo, cuando, después de largos períodos de tiempo, el mal de nuestra naturaleza, que ahora está mezclado con ella y ha crecido con su crecimiento, haya sido expulsado, y cuando haya habido una restauración de quienes ahora yacen en el pecado a su estado primigenio, una armonía de acción de gracias surgirá de toda la creación, tanto de aquellos que en el proceso de la purgación han sufrido castigo, como de aquellos que no necesitaron purgación alguna.
    […]
    liberando tanto al hombre del mal, como curando incluso al introductor del mal mismo. Pues el castigo, por doloroso que sea, de la enfermedad moral es una curación de su debilidad.
    En el 35, al hablar del bautismo, distingue dos purificaciones, la del agua y la del fuego:
    Texto de la fuenteGregorio de Nisa · Gran Catequesis · Cap. XXXV (extracto)Consultar la referencia
    Pero en cuanto a aquellos cuyas debilidades se han vuelto inveteradas, y a quienes ninguna purgación de su impureza ha sido aplicada, ninguna agua mística, ninguna invocación del poder divino, ninguna enmienda por la penitencia, es absolutamente necesario que vengan a estar en algo propio de su caso —así como el horno es lo propio para el oro mezclado con escoria—, a fin de que, el vicio que se ha mezclado en ellos siendo derretido después de largas edades sucesivas, su naturaleza pueda ser restaurada pura de nuevo a Dios. Puesto que, pues, hay una virtud purificadora en el fuego y en el agua, aquellos que por el agua mística han lavado la impureza de su pecado no tienen necesidad ulterior de la otra forma de purificación, mientras que aquellos que no han sido admitidos a aquella forma de purgación deben necesariamente ser purificados por el fuego.
    Kelly resume el conjunto diciendo que Gregorio menciona a veces penas eternas, pero que su enseñanza real prevé la purificación final de los malvados, la desaparición del mal y la restauración de todas las cosas, el diablo incluido, y cita para ello la Gran Catequesis 26 y 35 y el diálogo Sobre el alma y la resurrección (Early Christian Doctrines, pp. 483–484). Ludlow dice que el único tratado donde Gregorio sugiere un castigo eterno es Sobre los niños muertos prematuramente (p. 82). Los estudiosos recientes de Gregorio, escribe en otro libro, coinciden en general en que fue universalista, aunque no todos lo aprueban (Gregory of Nyssa, Ancient and (Post)modern, p. 122). Pohle, en un manual católico de 1920, cuenta a Gregorio entre los influidos por la apocatástasis de Orígenes. Explica su actitud porque Gregorio veía la enmienda del malhechor como único fin del castigo, y juzga incorrecta esa opinión, pues el castigo se impone ante todo para satisfacer la justicia divina (Eschatology, cap. sobre la eternidad del infierno).

    Los que dijeron que no: Basilio, Jerónimo, Agustín

    Basilio de Cesarea, hermano de Gregorio, contesta en las Reglas breves a una pregunta que supone que el castigo puede tener fin. Lowther Clarke anota que Justiniano cita la pregunta y la primera frase de la respuesta en su carta a Mennas:
    Texto de la fuenteBasilio de Cesarea · Reglas breves · 267The Ascetic Works of Saint Basil, trad. inglesa de W. K. Lowther Clarke (1925), pregunta 267Traducción: Eusebeia, del inglés
    Si uno será azotado con muchos azotes y otro con pocos, ¿cómo dicen algunos que no hay fin del castigo?
    Lo que en ciertos pasajes de la Escritura inspirada parece dicho de modo ambiguo y velado, lo aclara el sentido evidente de otros pasajes. Puesto que el Señor proclama en un lugar: «Irán estos al castigo eterno», y en otro envía a ciertos hombres al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, y en otro nombra una gehena de fuego y añade: «Donde su gusano no muere y el fuego no se apaga», y puesto que dijo mucho antes por el profeta que «su gusano no morirá y su fuego no se apagará», puesto que estas cosas y otras muchas semejantes se encuentran con frecuencia en la Escritura inspirada, también viene de las asechanzas del diablo que muchos hombres, olvidando palabras y declaraciones del Señor tan grandes y graves, se asignen un fin del castigo para pecar con más audacia. Pues si el castigo eterno tiene alguna vez un fin, la vida eterna lo tendrá también sin duda. Pero si no podemos pensar esto de la vida, ¿con qué razón daremos fin al castigo eterno? Porque ambos llevan igualmente el adjetivo «eterno». Dice, en efecto: «Irán estos al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna».
    Siendo esto evidente, hemos de saber que «será azotado con muchos azotes» y «será azotado con pocos azotes» muestran no un fin, sino una diferencia de castigo. Pues si Dios es juez justo no solo con los buenos sino también con los malos, y da a cada uno según sus obras, uno puede ser digno de fuego inextinguible, que arda débil o fuertemente; otro puede merecer el gusano que no muere, y este a su vez atormentar con moderación o con violencia según el merecimiento de cada uno; un tercero puede estar destinado al infierno, que sin duda tiene castigos diversos; otro más, a las tinieblas exteriores, donde uno tiene solo el llanto y otro el crujir de dientes por la violencia de los sufrimientos. Y las tinieblas exteriores insinúan sin duda que hay unas tinieblas interiores. Además, la expresión de los Proverbios «en lo profundo del infierno» muestra que hay algunos en el infierno que no están en lo profundo, y que soportan un castigo más leve. Esto puede mostrarse ya ahora en las enfermedades del cuerpo. Uno, cuando tiene fiebre, tiene además otros síntomas y otros sufrimientos; otro solo tiene fiebre, y de un modo distinto al del primero; un tercero no tiene fiebre, pero lo aflige un dolor en algún miembro, y este puede ser mayor o menor. Pero el Señor dijo esta expresión, «muchos y pocos», en el sentido corriente de las palabras, como hizo con muchas otras cosas semejantes. Pues sabemos que este modo de hablar es común respecto de los que sufren alguna enfermedad; como cuando decimos con asombro de quien solo tiene fiebre o sufre dolor de ojos: «¡Cuánto ha sufrido!» o «¡Cuántas penas ha tenido!». Así, repito, tener muchos o pocos azotes se refiere no a la extensión ni al término del tiempo, sino a la diferencia de castigo.
    El argumento tiene dos partes. La primera es el adjetivo: «eterno» califica a la vez el castigo y la vida de Mateo 25:46, de modo que no se puede dar fin a uno y mantener el otro. La segunda es la lectura de los «muchos» y «pocos» azotes de Lucas 12:47-48, que Basilio entiende como grados de pena y no como duración. Kelly observa que el propio Basilio reconoce en esta regla que la mayoría de los cristianos, engañados por el diablo, creen lo contrario, y que Crisóstomo sostiene que ni los cuerpos ni las almas de los condenados conocerán el fin de sus sufrimientos. Gregorio Nacianceno, en cambio, a veces parece preguntarse si el castigo eterno es digno de Dios (Early Christian Doctrines, p. 483). Ludlow dice que Nacianceno tiende más bien a pensar que el mal será consumido por Dios, aunque advierte que su estilo poético impide concluir nada con certeza (Universal Salvation, p. 36).
    Jerónimo cambió de opinión. Según Clark, al principio de su carrera, en el comentario a Efesios, Jerónimo expuso las opiniones de Orígenes sobre la apocatástasis y sobre la restauración del diablo sin mostrar desaprobación, cosa que Rufino se apresuró a notar. En los años 390 se alejó de ellas. Clark ve una razón en el pleito con Joviniano, que sostenía una sola recompensa en el cielo, mientras que Jerónimo defendía que hay grados entre los salvados. Epifanio había empleado el mismo argumento en su carta de 394 a Juan de Jerusalén: si el diablo es coheredero, quedaría igual que Juan el Bautista, Pedro y los profetas (The Origenist Controversy, pp. 99–101). La Apología contra Rufino recoge el resultado. Jerónimo enumera como herejías de Orígenes, entre otras, una restitución en la que todos los seres, el diablo incluido, quedarán igualados:
    Texto de la fuenteJerónimo · Apología contra Rufino · II, 12 (extracto)Consultar la referencia
    que en la restitución de todas las cosas, cuando se haya alcanzado la plenitud del perdón, Querubines y Serafines, Tronos, Principados, Dominios, Virtudes, Potestades, Arcángeles y Ángeles, el diablo, los demonios y las almas de los hombres, ya sean cristianos, judíos o paganos, serán de una misma condición y grado.
    Más adelante reprocha a Rufino que haya escrito que el diablo heredará el fuego eterno (II, 6), porque para Orígenes los fuegos eternos son la conciencia de los pecadores y el remordimiento, y la frase no basta para descartar la salvación del diablo (II, 7). Kelly indica que Jerónimo, igual que el Ambrosiaster y Ambrosio, distinguía entre el diablo y los impíos que negaron a Dios, castigados sin remisión, y los cristianos que pecaron, que acabarán salvándose (Early Christian Doctrines, p. 484).
    Agustín trata el asunto en La ciudad de Dios XXI, 17–23 y en el Enquiridión 112–113. Su punto de partida es que muchos cristianos de «corazón tierno» creen que los condenados saldrán del castigo. Kelly resume las opiniones que Agustín refuta: que las penas serán temporales para todos, que la intercesión de los santos obtendrá la salvación, que está asegurada a los bautizados, incluso herejes, o solo a los católicos aunque hayan vivido mal, y que solo se condena a quienes descuidaron la limosna (Early Christian Doctrines, p. 484; La ciudad de Dios XXI, 17–22). Orígenes aparece al comienzo de la discusión, como autor de una versión aún más indulgente que hizo salir del tormento hasta al diablo y sus ángeles:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · La ciudad de Dios · XXI, 17 (extracto)Consultar la referencia
    Orígenes fue aún más indulgente; pues creyó que hasta el mismo diablo y sus ángeles, después de sufrir aquellos dolores más graves y prolongados que sus pecados merecían, serían librados de sus tormentos y asociados a los santos ángeles. Pero la Iglesia, no sin razón, lo condenó por éste y otros errores, especialmente por su teoría de la incesante alternancia de felicidad y miseria, y de las interminables transiciones de un estado a otro en períodos fijos de siglos.
    Agustín añade una objeción lógica. Si la misericordia se extiende a todos los hombres, no hay razón para que se detenga en los ángeles caídos, y quien se atreva a proponerlo incurre en un error más deforme, aunque más clemente en apariencia (XXI, 17). Su argumento principal es el mismo de Basilio:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · La ciudad de Dios · XXI, 23 (extracto)Consultar la referencia
    Entonces, ¡qué fantasía tan necia es suponer que castigo eterno significa castigo prolongado, mientras que vida eterna significa vida sin fin, puesto que Cristo en el mismo pasaje habló de ambos en términos semejantes en una y la misma sentencia: «Éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna!» Si ambos destinos son «eternos», entonces debemos entender o bien ambos como prolongados pero que al fin terminan, o bien ambos como interminables. Porque son correlativos: por una parte, castigo eterno, por otra, vida eterna. Y decir en un mismo y único sentido que la vida eterna será sin fin, y que el castigo eterno llegará a su fin, es el colmo del absurdo. Por lo cual, así como la vida eterna de los santos será sin fin, así también el castigo eterno de quienes están condenados a él no tendrá fin.
    En el Enquiridión admite, a título de hipótesis, que las penas de los condenados se alivien a intervalos, y precisa que eso no pondría fin a la ira de Dios:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Enquiridión · Cap. 112 (extracto)Consultar la referencia
    Pero supongan, si el pensamiento les agrada, que las penas de los condenados son, a ciertos intervalos, en algún grado aliviadas. Pues aun en este caso la ira de Dios, esto es, su condenación (porque es esto, y no algún sentimiento perturbado en la mente de Dios, lo que se llama su ira), permanece sobre ellos; es decir, su ira, aunque todavía permanece, no encierra sus piedades; aunque sus piedades se manifiestan, no en poner fin a su castigo eterno, sino en mitigar, o en concederles un respiro de, sus tormentos.
    Kelly añade que Agustín admite que el gusano de Isaías 66:24 puede entenderse como remordimiento, pero sostiene que el fuego es real; que el sufrimiento varía con la culpa, y que algunos pecadores pueden obtener perdón en el siglo venidero, los cristianos que quedaron apegados a los amores terrenos, pasando por un fuego purgatorio (Early Christian Doctrines, pp. 484–485). En el capítulo siguiente concluye que la muerte perpetua de los impíos permanecerá para siempre, sean cuales sean las conjeturas que los hombres hagan movidos por afectos humanos sobre la variedad o la mitigación de los castigos (Enquiridión 113).

    543 y 553: qué se condenó

    Los dos sucesos que más pesan en la historia posterior son un edicto y un concilio. En 543, según Hefele, Justiniano promulgó el edicto contra Orígenes dirigido a Mennas, que enumera errores del alejandrino (preexistencia, apocatástasis, pluralidad de mundos) y propone diez proposiciones para anatematizar (History of the Councils, vol. 4, § 255). Price traduce los nueve cánones de 543, y el noveno es el que se citó al comienzo:
    Texto de la fuenteJustiniano I, emperador · Anatemas contra Orígenes · Anatema 9Consultar la referencia
    Si alguien dice o piensa que el castigo de los demonios y de los hombres impíos es solo temporal, y un día tendrá fin, y que tendrá lugar una restauración ([ἀποκατάστασις]) de los demonios y de los hombres impíos, sea anatema.
    Diez años después se reunió en Constantinopla el quinto concilio ecuménico, para resolver la querella de los Tres Capítulos. A ese concilio se asocian quince anatemas contra el origenismo. Cuatro de ellos tratan de la restauración y del fin de los seres racionales:
    Texto de la fuenteSegundo Concilio de Constantinopla · Anatemas contra el origenismo (553) · Anatema 1Consultar la referencia
    Si alguien afirma la fabulosa preexistencia de las almas, y afirma la monstruosa restauración que de ella se sigue: sea anatema.
    Texto de la fuenteSegundo Concilio de Constantinopla · Anatemas contra el origenismo (553) · Anatema 12Consultar la referencia
    Si alguien dijere que las Potestades celestiales y todos los hombres y el Diablo y los espíritus malignos están unidos con el Verbo de Dios en todos los respectos, como el [Ν] [οῦς] que por ellos es llamado Cristo y que está en forma de Dios, y que se humilló como ellos dicen; y [si alguien dijere] que el Reino de Cristo tendrá fin: sea anatema.
    Texto de la fuenteSegundo Concilio de Constantinopla · Anatemas contra el origenismo (553) · Anatema 14Consultar la referencia
    Si alguien dijere que todos los seres razonables serán un día unidos en uno, cuando las hipóstasis así como los números y los cuerpos hayan desaparecido, y que el conocimiento del mundo venidero traerá consigo la ruina de los mundos, y el rechazo de los cuerpos así como la abolición de [todos] los nombres, y que habrá finalmente una identidad del [γνῶσις] y de la hipóstasis; además, que en esta pretendida apocatástasis, solo los espíritus continuarán existiendo, como era en la fingida preexistencia: sea anatema.
    Texto de la fuenteSegundo Concilio de Constantinopla · Anatemas contra el origenismo (553) · Anatema 15Consultar la referencia
    Si alguien dijere que la vida de los espíritus ([νοῶν]) será semejante a la vida que había en el principio, cuando todavía los espíritus no habían descendido ni caído, de suerte que el fin y el principio serán semejantes, y que el fin será la verdadera medida del principio: sea anatema.
    Estos textos suelen leerse como la condena de la salvación universal, y las fuentes obligan a matizarlo. Orígenes no figura por su nombre en los quince anatemas. Lo dicen Ludlow y Price, que añade que su nombre sí aparece en el canon 11 de los que el concilio aprobó formalmente al terminar, entre los herejes ya enumerados en un edicto anterior de Justiniano (vol. 2, pp. 279–280). Hefele llega a la misma distinción: en el undécimo anatema el concilio repudió a Orígenes entre otros, pero es probablemente incorrecto que redactara quince proposiciones especiales contra él (§ 257).
    Además, la restauración se condena unida a otras tesis. Ludlow señala que condenan la salvación universal únicamente asociada a otras doctrinas, como la preexistencia de las almas, la naturaleza de Cristo o las cualidades del cuerpo resucitado, y que lo que persistió fue la idea de que habían condenado a Orígenes y la salvación universal como tales (Universal Salvation, p. 2, n. 5). Price observa que el contenido de 553 corresponde a la corriente de Evagrio y de los isócristos, que enseñaban que al final todos los seres racionales quedarían iguales a Cristo (canon 12 y 13), y que por eso algunos admiradores modernos de Orígenes, como Crouzel, sostienen que los anatemas pasan de largo ante él (vol. 2, pp. 278–280). Ludlow cree que los de 553 condenaban a quienes extremaron el origenismo, y no la teología de Orígenes ni, desde luego, la de Gregorio de Nisa (p. 38, n. 107).
    Los testigos antiguos entendieron otra cosa. Cirilo de Escitópolis, que escribió poco después del concilio, cuenta que se lanzó un anatema común contra Orígenes, Teodoro de Mopsuestia y la doctrina de Evagrio y de Dídimo sobre la preexistencia y una restauración universal, con la aprobación de los cuatro patriarcas (Price, vol. 2, p. 270). Daley, citado por Ludlow, señala que la mayoría de los escritores griegos desde el siglo VI entendieron que las condenas se referían a Orígenes y a sus seguidores (p. 38, n. 107).
    Hay además dos lecturas confesionales de lo ocurrido. Pohle, en el manual católico de 1920, escribe que la Iglesia definió la eternidad del infierno en el concilio de Constantinopla de 543, y que el de 553 aprobó esa definición (Eschatology, cap. sobre las penas del infierno). Moltmann, desde la teología protestante, dice que la doctrina de Orígenes fue condenada en la Iglesia patrística por orden del emperador y que Agustín ganó la partida con la idea de un número limitado de elegidos (Collected Readings).
    Nota de lectura · Dos fechas para los quince anatemas
    Hefele (1895, vol. 4, § 257) atribuye los quince anatemas al sínodo de Constantinopla de 543, el que Mennas reunió por orden del edicto. Sus razones son que Teodoro Ascidas, origenista y la figura de más influencia en el concilio de 553, difícilmente habría consentido que el concilio redactara quince proposiciones contra Orígenes, y que los quince se parecen a los anatemas del edicto. Admite, con todo, que «ya no puede alcanzarse certeza plena». Price (2009, vol. 2, pp. 270–282) dice que Diekamp, en 1899, debió zanjar el debate y que hoy los estudiosos coinciden en que los quince proceden de una reunión de obispos ya presentes en Constantinopla para el concilio, antes de que se abriera formalmente. Sus razones son que las actas de las ocho sesiones no contienen nada sobre el origenismo, que el canon 11 de 553 y la quinta sesión se refieren a una condena anterior, y que los quince reflejan la controversia palestina posterior a 543. El título que un códice de Viena antepone a los anatemas, «cánones de los 165 padres del quinto concilio», fue la causa de la confusión durante siglos.

    Las lecturas de hoy

    La pregunta no quedó cerrada con las condenas. Ludlow cuenta en la introducción de Universal Salvation (pp. 1–7) que en la Iglesia antigua hubo una corriente universalista y otra dualista, que la segunda predominó, sobre todo en Occidente, desde el siglo V o VI, y que el interés por la primera sobrevivió como un hilo estrecho. Revivió con el humanismo de Erasmo y la lectura de Orígenes, con algunos grupos disidentes de la Reforma y con calvinistas que reaccionaban contra la doble predestinación. Quizá solo desde finales del siglo XIX los teólogos pueden proponerla sin arriesgar sus cargos, y el malestar moral ante un infierno eterno es hoy una de las razones de que se discuta con más libertad. Casi todos los nombres que siguen salen de Ludlow y de Moltmann, y los dos escriben desde una posición. Ludlow compara a Nisa con Rahner, dos teólogos favorables a la idea, y Moltmann defiende la restauración.

    La eternidad del castigo, enseñada

    El artículo XVII de la Confesión de Augsburgo (1530) enseña que Cristo condenará a los impíos y a los demonios a ser atormentados sin fin y condena a los anabaptistas que piensan que habrá un término de las penas de los condenados y de los demonios (Book of Concord, ed. Jacobs, 1911, p. 42). El manual católico de Pohle, ya citado, presenta la eternidad del infierno como artículo de fe.

    Una esperanza que no se afirma

    Karl Rahner sostiene que la salvación universal debe quedar como una esperanza y no como una aserción; Ludlow cuenta que en una entrevista de 1979 dijo que le habría gustado escribir algo ortodoxo y aceptable sobre ella (Universal Salvation, p. 9, n. 25). Hans Urs von Balthasar espera la salvación de todos y advierte contra afirmarla sin más (Dare We Hope “That All Men Be Saved”?, citado por Ludlow, p. 5, n. 13). Los estudiosos discuten si Karl Barth creyó en ella; en la Dogmática II/2 dice solo que debe esperarse (Ludlow, p. 5, n. 10). Moltmann llama a la posición de Barth un universalismo abierto: no hay particularismo de principio ni universalismo automático, y los creyentes esperan una multitud abierta de elegidos.

    La afirmación

    Moltmann sostiene que la salvación universal y la doble salida del juicio están igualmente atestiguadas en la Biblia, y que la decisión se toma desde la cristología: si Cristo es el juez, no puede juzgar con otra justicia que la que manifestó, y su descenso al infierno en la cruz del abandono de Dios es para él la razón más honda de la esperanza en la restauración de todas las cosas (Collected Readings). John Hick considera la salvación de todos una certeza práctica (Ludlow, p. 5, n. 14). Keith Ward dice que no puede garantizarse que el amor de Dios triunfe en cada caso, pero que cabe esperarlo y pedirlo, y excluye que todas las criaturas libres elijan el mal (p. 6, n. 15).

    El rechazo

    Emil Brunner, en su disputa con Barth, escribió que la Escritura habla de un juicio con doble desenlace, salvación o condenación, y que el universalismo equivale a negar el juicio. Paul Althaus propuso mantener las dos ideas, la del doble desenlace y la de la apocatástasis (Moltmann, Collected Readings). Entre los evangélicos, según Ludlow, unos mantienen el infierno como consecuencia de la libertad, otros lo suavizan hasta un sufrimiento psicológico o la separación de Dios, y otros defienden la «inmortalidad condicional», según la cual los que no se vuelven a Dios dejarán de existir (pp. 7–8, n. 23).

    Lo que se discute de Orígenes y de Gregorio

    Blosser, apoyado en Crouzel, entiende que la restauración fue en Orígenes una esperanza y no un dogma, mientras que Daniélou la critica por una necesidad metafísica y por la posibilidad de nuevas caídas; Blosser responde que Orígenes concibe la libertad como confirmada y consumada en el amor, y que Mark Edwards, cuando dice que Orígenes negó la apocatástasis, se refiere al sentido estrecho, estoico, del término (Become Like the Angels, pp. 254–261). Sobre Gregorio, Ludlow observa que algunos defensores de la salvación universal lo prefieren a Orígenes por su reputación de ortodoxia en la Trinidad y que algunos críticos reducen su universalismo a «platonismo», como David Edwards, para quien Gregorio fue el único teólogo de importancia que, equivocadamente, mantuvo la esperanza de Orígenes (Gregory of Nyssa, Ancient and (Post)modern, pp. 122–123 y 152–155).

    Conclusión

    ¿Se salvarán todos? Los textos de este artículo dan cuatro respuestas, tres de autores y una del emperador y de los concilios. Orígenes propone una restauración final como hipótesis y deja abierto el caso del diablo. Gregorio de Nisa, según Ludlow y la mayoría de sus estudiosos, la afirma para todos los hombres y deja ver que alcanza también a los ángeles caídos. Basilio, Jerónimo y Agustín responden que no, y se apoyan en Mateo 25:46. El edicto de 543 y los anatemas asociados al concilio de 553 condenan la restauración de los demonios y de los impíos junto con la preexistencia de las almas y el fin del reino de Cristo.
    La tradición que se impuso respondió que no, con el adjetivo «eterno» de Mateo 25:46 y con las condenas de 543 y 553. Sigue disputado otro punto: si lo que se condenó fue la salvación universal en sí o el sistema origenista que la acompañaba; si esos anatemas alcanzan a Orígenes y a Gregorio; y si cabe una esperanza que no sea afirmación, como la de Rahner y Balthasar, o una tesis firme como la de Moltmann.
    Nota de lectura · Fuentes de este artículo
    Primarios. Orígenes, Sobre los principios I, 6, 1–3; II, 10, 4 y 6; III, 6, 5 y Contra Celso VIII, 72; Jerónimo, Apología contra Rufino II, 6–7, 12 y 18–19; Gregorio de Nisa, Sobre el alma y la resurrección § 65–69 y Gran Catequesis 26 y 35; Agustín, La ciudad de Dios XXI, 17–23 y Enquiridión 112–113; y los anatemas de 543 y 553: textos castellanos de Eusebeia, copiados sin cambios, en extracto donde se indica (se omiten las llamadas de nota y las referencias bíblicas entre corchetes) de Orígenes y Contra Celso, Jerónimo, Nisa, Gran Catequesis, La ciudad de Dios, el Enquiridión y los concilios. Basilio, Reglas breves 267, traducido del inglés de W. K. Lowther Clarke, The Ascetic Works of Saint Basil (1925, dominio público).
    Estudios. J. N. D. Kelly, Early Christian Doctrines, pp. 473–474 y 483–486; Morwenna Ludlow, Universal Salvation (2000), pp. 1–9, 30–43 y 77–82, y Gregory of Nyssa, Ancient and (Post)modern (2007), pp. 122–123 y 152–155; Elizabeth A. Clark, The Origenist Controversy (1992), pp. 99–101; Abraham J. Malherbe y Everett Ferguson, Gregory of Nyssa: The Life of Moses (1978), introducción y nota 102 a II, 82; Price, The Acts of the Council of Constantinople of 553 (2009), vol. 2, apéndice I, pp. 270–286; Hefele, History of the Christian Councils, vol. 4, § 255–257; Blosser, Become Like the Angels (2012), pp. 254–261; Trigg, Origen (1998), cap. 1; Pohle, Eschatology (3.ª ed., 1920); Moltmann, Collected Readings, selección sobre «The Return of the Doctrine of Universal Salvation»; The Book of Concord (Jacobs, 1911), Confesión de Augsburgo XVII. Cada lectura de este artículo se atribuye a su autor.
    Límites. No están en la biblioteca Ramelli, The Christian Doctrine of Apokatastasis (2013), ni Daley, The Hope of the Early Church (1991): Daley aparece aquí solo a través de Ludlow y de Price. El volumen de Wagner, Ascetical Works (FOTC 9), que el plan de artículos citaba para Basilio, no trae las Reglas breves, y por eso se usa la edición de Lowther Clarke, que numera las Reglas breves como Kelly. No se consultó ningún texto griego o latino. Sobre los principios se lee en el latín de Rufino, salvo lo que conserva la Filocalia, y las obras de Nisa y de Agustín llegan por el inglés de los Nicene and Post-Nicene Fathers. Lo que Gregorio dice en Sobre los niños muertos prematuramente y en su comentario a los Salmos se cita a través de Ludlow, sin cotejo con el texto. La Vida de Moisés II, 82 se leyó en la traducción de Malherbe y Ferguson, con derechos, y solo se resume. La carta de Orígenes a sus amigos de Alejandría se lee en la versión de Jerónimo, que Rufino acusó de parcial; no se tuvo la de Rufino. Las páginas de los estudios son las de las ediciones de la biblioteca y pueden diferir en una unidad. De Moltmann solo se leyó el capítulo seleccionado en Collected Readings, sin paginar. Las lecturas ortodoxas, de Bulgákov a Ware, y las católicas posteriores a 1920 no se consultaron.

    Dónde seguir

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