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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    La ciudad de Dios

    Texto base: versión inglesa de Marcus Dods (Edimburgo, T. & T. Clark, 1871; los libros IV, XVII y XVIII los tradujo George Wilson y los libros V a VIII, J. J. Smith), reimpresa por Philip Schaff en Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 2 (1887) · veintidós libros y 661 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Dods en el texto de New Advent; no del latín, y sin traductor humano

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    En agosto de 410 los godos de Alarico entraron en Roma y la saquearon durante tres días. Para muchos paganos la causa estaba clara: los dioses antiguos habían dejado de proteger una ciudad que se había vuelto cristiana. Agustín, obispo de Hipona, respondió con la obra más larga que escribió. La empezó en 413, cuando su amigo Marcelino le pidió más que unas cartas, y no la dio por terminada hasta 426. Los diez primeros libros desmontan la tesis de que el culto de los dioses garantiza la felicidad, en este mundo o en el otro; los doce últimos exponen el origen, el curso y el fin de dos ciudades, la de Dios y la de los hombres que viven según sí mismos. Para Schaff, es el primer intento de una filosofía de la historia.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods, publicada en Edimburgo por T. & T. Clark en 1871 dentro de la serie The Works of Aurelius Augustin, que Dods dirigía. Dods dice en su prefacio (Glasgow, 1871) que tradujo él mismo la mayor parte y revisó con cuidado lo que tradujeron otros: los libros IV, XVII y XVIII los tradujo el reverendo George Wilson, de Glenluce, y los libros V a VIII, el reverendo J. J. Smith. Philip Schaff la incorporó al volumen 2 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), junto con Sobre la doctrina cristiana; invitó a Dods a revisarla para la serie y este declinó, de modo que, en palabras de Schaff (prefacio fechado en Nueva York el 10 de diciembre de 1886), la edición es «poco más que una cuidadosa reproducción» de la de Dods, con unas pocas notas añadidas; Schaff la cotejó con el latín y con la versión alemana de Ulrich Uhl. New Advent da el volumen como impreso en Buffalo por la Christian Literature Publishing Co. en 1887; CCEL toma como base la impresión de Nueva York de 1890.
    El inglés del que parte esta edición es el de New Advent, revisado por Kevin Knight, que moderniza las formas verbales del NPNF (en el prefacio, «resists» donde el NPNF y CCEL escriben «resisteth») y no trae las notas de Dods ni de Schaff. El castellano salió de un epub de solo texto, sin notas, que contiene el «Argumento» de cada libro y los títulos de capítulo de la edición inglesa. Por eso la numeración de los capítulos es la de esa edición y la obra no tiene secciones numeradas: se localiza por libro y capítulo («XIX, 24»). Algunas de las notas de la edición inglesa pasan, resumidas y con su fuente, a los comentarios de este libro.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloLa ciudad de Dios (latín De civitate Dei contra paganos, «La ciudad de Dios contra los paganos», según Wikipedia; Agustín la reseña en las Retractaciones, II, 43)
    FechaEmpezada en 413 y concluida en 426, publicada en porciones (Dods; Schaff). Ocupó, dice Dods, de los 59 a los 72 años de Agustín
    OcasiónEl saqueo de Roma por los godos (410) y la acusación pagana de que el cristianismo y la prohibición de los cultos eran su causa; a ella se sumó la insistencia de Marcelino (Dods)
    DestinatarioMarcelino, a quien Agustín se dirige en el prefacio como «mi queridísimo hijo»
    GéneroApología y tratado de teología e historia; en la tradición posterior, una filosofía de la historia (Schaff)
    ExtensiónVeintidós libros y 661 capítulos; unas 416 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 2, versión de Dods, tal como la recoge New Advent

    Los veintidós libros

    Agustín resume él mismo el plan en las Retractaciones (II, 43), que Dods cita en su prefacio: los cinco primeros libros refutan a quienes creen que el culto de los dioses es necesario para la prosperidad en este mundo y que las calamidades presentes vienen de haberlo prohibido; los cinco siguientes, a quienes admiten que las calamidades han acompañado siempre a los hombres, pero sostienen que el culto sirve para la vida venidera. La segunda parte, de doce libros, expone la doctrina propia: cuatro sobre el origen de las dos ciudades, cuatro sobre su historia o progreso y cuatro sobre sus destinos.
    LibroCapítulosDe qué trata (según el «Argumento» de la edición)
    Ipref., 1–36Los paganos atribuyen el saco de Roma al cristianismo; bienes y males alcanzan por igual a buenos y malos; las mujeres violadas por los soldados
    II1–29Las calamidades de Roma antes de Cristo: la peor, la corrupción de las costumbres
    III1–31Los desastres externos y corporales de Roma, también antes del cristianismo
    IV1–34El imperio lo da el Dios verdadero, no Júpiter ni los demás dioses
    Vpref., 1–26El destino, la presciencia de Dios y el libre albedrío; la virtud de los romanos y la verdadera felicidad de los emperadores cristianos
    VIpref., 1–12Los dioses no sirven para la vida eterna; la teología de Varrón: mítica, natural y civil
    VIIpref., 1–35La vida eterna no viene de Jano, Júpiter, Saturno ni los demás «dioses escogidos»
    VIII1–27La teología natural: los platónicos, y contra Apuleyo y el culto de los demonios como mediadores
    IX1–23Contra la distinción entre demonios buenos y malos: solo Cristo da la bienaventuranza
    X1–32Los ángeles buenos quieren que solo Dios reciba el sacrificio; contra Porfirio sobre la purificación del alma
    XI1–34Origen de las dos ciudades en la separación de los ángeles; la creación según Génesis
    XII1–27De dónde viene la voluntad buena o mala de los ángeles; la creación del hombre
    XIII1–24La muerte como pena nacida del pecado de Adán
    XIV1–28El pecado del primer hombre, la concupiscencia y la vergüenza; «dos amores»
    XV1–27De Caín y Abel al diluvio
    XVI1–43De Noé a Abraham, y de Abraham a los reyes de Israel
    XVII1–24De Samuel y David hasta Cristo; los profetas, los Salmos y Salomón leídos de Cristo y de la Iglesia
    XVIII1–54Las dos ciudades en paralelo desde Abraham hasta el fin; las Sibilas y los profetas
    XIX1–28El fin de las dos ciudades: el sumo bien, la paz y el pueblo
    XX1–30El juicio final en el Antiguo y el Nuevo Testamento
    XXI1–27El castigo eterno de la ciudad del diablo y las objeciones de la incredulidad
    XXII1–30La felicidad eterna de los santos y la resurrección de la carne
    Barra de veintidós tramos proporcionales a la extensión de cada libro, en cinco colores según las partes del plan de Agustín, y una leyenda de lo que trata cada grupo de libros
    Los veintidós libros según su extensión en esta edición y el plan que Agustín da de la obra · Elaboración propia para Eusebeia · palabras de cada libro en esta edición castellana (solo texto de Agustín); plan según las Retractaciones II, 43, citadas por Dods en su prefacio

    La fuente y su traducción

    La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) el 17 de octubre de 2026 a partir del inglés de New Advent; nadie la ha revisado frase a frase y no tiene traductor humano. No es una versión del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. El cotejo con el inglés de partida da el mismo número de encabezados (687) y de párrafos (1333), un largo total de 1,02 veces el del original, y no deja palabras inglesas sueltas ni trozos omitidos que se hayan detectado.
    Lo que viene de la edición. La división en veintidós libros es de Agustín; los títulos de capítulo (en cursiva bajo cada número cuando son largos), el «Argumento» que abre cada libro y la numeración de los capítulos son de la edición inglesa, y así se presentan aquí: el «Argumento» como pasaje de la «Edición de las Nicene and Post-Nicene Fathers». Los versos que Agustín cita van como en el epub, en líneas separadas; las referencias bíblicas entre corchetes se enlazan con el texto bíblico del lector. Algunas citas no llevan enlace porque las versiones del lector no las reconocen: las de Tobías y el Sirácide, las de Ageo (el lector solo conoce «Hageo») y «Éxodo x», que da el capítulo en números romanos.
    Lo que las fuentes cuentan de forma distinta. Schaff dice que Dods «merece el crédito indiviso» de haber puesto la obra al alcance del lector inglés, mientras que Dods reparte entre Wilson y Smith siete de los veintidós libros (IV, V a VIII, XVII y XVIII) y declara que revisó lo que ellos tradujeron. La impresión del NPNF también se data de dos modos: Buffalo, 1887 (New Advent) o Nueva York, 1890 (la base que declara CCEL). Y de la fecha de la obra solo se sabe, por el propio Agustín, que salió «en porciones separadas» (Dods): 413 y 426 son el comienzo y el final de ese proceso, no una fecha de publicación.

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · I, argumento
    Agustín censura a los paganos, que atribuyeron las calamidades del mundo, y especialmente el reciente saco de Roma por los godos, a la religión cristiana y a su prohibición del culto de los dioses. Habla de los bienes y los males de la vida, que entonces, como siempre, acontecieron por igual a buenos y malos. Finalmente, reprende la desvergüenza de quienes reprochan a los cristianos que sus mujeres hubieran sido violadas por los soldados.

    Prefacio

    En que se explica el propósito de esta obra

    I, prefacio

    La gloriosa ciudad de Dios es mi tema en esta obra, que tú, mi queridísimo hijo Marcelino, me sugeriste y que te debo por mi promesa. He emprendido su defensa contra quienes prefieren sus propios dioses al Fundador de esta ciudad—ciudad sobremanera gloriosa, ya la consideremos como todavía vive por la fe en este fugaz curso del tiempo y peregrina como extranjera en medio de los impíos, ya como ha de morar en la estabilidad firme de su sede eterna, que ahora espera con paciencia, aguardando hasta que «la justicia vuelva al juicio,» y obtenga, por la excelencia que le es propia, la victoria final y la paz perfecta. Obra grande y ardua, pero Dios es mi auxilio. Pues sé cuánta capacidad se requiere para persuadir a los soberbios de cuán grande es la virtud de la humildad, que nos eleva, no por una arrogancia meramente humana, sino por una gracia divina, por encima de todas las dignidades terrenas que vacilan en esta escena mudable. Porque el Rey y Fundador de esta ciudad de la que hablamos ha pronunciado en la Escritura a su pueblo una sentencia de la ley divina con estas palabras: «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.» Pero esto, que es prerrogativa de Dios, también lo afecta la ambición inflada de un espíritu soberbio, y ama ardientemente que se cuente entre sus atributos, a
    Mostrar piedad al alma humillada,
    y aplastar a los hijos de la soberbia.
    Y por tanto, como lo exige el plan de esta obra que hemos emprendido y según se presente la ocasión, debemos hablar también de la ciudad terrena, la cual, aunque sea señora de las naciones, está ella misma gobernada por su lujuria de dominar.
    Comentario editorial · Marcelino, Voluciano y el origen de la obra
    Marcelino, tribuno y notario del emperador Honorio, había sido enviado a África para arreglar las diferencias entre donatistas y católicos; allí trató a Agustín y a Voluciano, procónsul de África y todavía pagano, a quien Agustín invitó a leer la Escritura. Según Dods (que remite a las cartas 132 a 138), Voluciano respondió con dificultades, sobre todo acerca de la encarnación, y Marcelino pidió entonces a Agustín una respuesta amplia. De ahí infiere Dods que el obstáculo de hombres como Voluciano no era especulativo sino político, histórico y social: no veían cómo la vida cristiana cabía en los intereses de Roma. Marcelino murió en 413 (Wikipedia; Dods), el año en que Agustín empezó la obra.

    Capítulo 1

    De los adversarios del nombre de Cristo, a quienes los bárbaros, por amor de Cristo, perdonaron cuando asaltaron la ciudad

    I, 1

    Pues a esta ciudad terrena pertenecen los enemigos contra quienes he de defender la ciudad de Dios. Muchos de ellos, en verdad, rescatados de su impío error, se han convertido en ciudadanos suficientemente dignos de esta ciudad; pero muchos están tan inflamados de odio contra ella, y son tan ingratos a su Redentor por sus insignes beneficios, que olvidan que ahora no podrían pronunciar una sola palabra en su perjuicio si, al huir de la espada enemiga, no hubieran encontrado en sus lugares sagrados aquella vida de la que ahora se jactan. ¿No son esos mismos romanos, perdonados por los bárbaros por respeto a Cristo, enemigos del nombre de Cristo? Los relicarios de los mártires y las iglesias de los apóstoles dan testimonio de ello; pues en el saco de la ciudad fueron refugio abierto para todos los que huían a ellos, fueran cristianos o paganos. Hasta su mismo umbral rugía el enemigo sanguinario; allí encontraba límite su furia asesina. Allí llevaban los enemigos que tenían alguna piedad a aquellos a quienes habían dado cuartel, para que no cayeran sobre ellos otros menos misericordiosos. Y, en efecto, cuando incluso aquellos asesinos que en todas partes se mostraban despiadados llegaban a aquellos lugares donde estaba prohibido lo que la licencia de la guerra permitía en cualquier otro sitio, su furioso afán de matar se frenaba y su ansia de hacer prisioneros se apagaba. Así escaparon multitudes que ahora reprochan a la religión cristiana e imputan a Cristo los males que han sobrevenido a su ciudad; pero la conservación de su propia vida — beneficio que deben al respeto que los bárbaros profesaban a Cristo — no la atribuyen a nuestro Cristo, sino a su propia buena suerte. Deberían más bien, si tuvieran recto entendimiento, atribuir las severidades y penalidades infligidas por sus enemigos a aquella providencia divina que suele corregir con el castigo las costumbres depravadas de los hombres, y que ejercita con aflicciones semejantes a los justos y dignos de alabanza, ya trasladándolos, cuando han pasado la prueba, a un mundo mejor, ya reteniéndolos aún en la tierra para ulteriores fines. Y deberían atribuir al espíritu de estos tiempos cristianos el que, contra la costumbre de la guerra, estos bárbaros sanguinarios los perdonaran, y los perdonaran por amor de Cristo, ya se mostrara esta misericordia en lugares indistintos, ya en aquellos lugares especialmente dedicados al nombre de Cristo, de los cuales se eligieron los más amplios como santuarios, para dar así pleno campo a la compasión expansiva que deseaba que una gran multitud hallara allí refugio. Por tanto, deberían dar gracias a Dios y, con sincera confesión, refugiarse en su nombre, para escapar así del castigo del fuego eterno: ellos, que con labios mentirosos tomaron este nombre para escapar del castigo de la destrucción presente. Pues de los que ves que insultan insolente y desvergonzadamente a los siervos de Cristo, hay muchos que no habrían escapado de aquella destrucción y matanza si no hubieran fingido ser ellos mismos siervos de Cristo. Sin embargo, ahora, con ingrato orgullo y con la más impía locura, y a riesgo de ser castigados en las tinieblas eternas, se oponen perversamente a aquel nombre bajo el cual se protegieron fraudulentamente para gozar de la luz de esta breve vida.

    Capítulo 2

    Que es completamente contrario a la costumbre de la guerra que los vencedores perdonen a los vencidos por causa de sus dioses

    I, 2

    Hay historias de innumerables guerras, tanto antes de la fundación de Roma como desde su surgimiento y la extensión de su dominio; léanse, y cítese un solo caso en que, tomada una ciudad por extranjeros, los vencedores perdonaran a quienes se halló que habían huido a refugiarse en los templos de sus dioses; o un solo caso en que un general bárbaro ordenara que no se pasara a cuchillo a quienes se hubieran encontrado en este o aquel templo. ¿No vio Eneas
    A Príamo moribundo ante el altar,
    manchando el hogar que él hizo divino?
    ¿No arrastraron Diomedes y Ulises
    con manos rojas, muerto el centinela,
    su imagen fatal de tu templo,
    tocaron sus castos cabellos y los mancharon de sangre
    la corona virginal que ceñía?
    Ni es verdad lo que sigue: que
    desde entonces cambió la marea de la fortuna,
    y Grecia se debilitó.
    Pues después de esto conquistaron y destruyeron Troya a fuego y espada; después de esto degollaron a Príamo mientras huía a los altares. Ni pereció Troya por haber perdido a Minerva. Pues ¿qué había perdido primero la propia Minerva, para que ella pereciera? ¿Sus guardianes tal vez? Sin duda; sólo sus guardianes. Pues tan pronto como fueron muertos, ella pudo ser robada. No fueron, en realidad, los hombres preservados por la imagen, sino la imagen por los hombres. ¿Cómo, entonces, se la invocaba para defender la ciudad y a los ciudadanos, ella que no pudo defender a sus propios defensores?

    Capítulo 3

    Que los romanos no mostraron su acostumbrada sagacidad al confiar en que les aprovecharían los dioses que no habían podido defender a Troya

    I, 3

    ¡Y éstos son los dioses a cuyo cuidado protector se complacieron los romanos en confiar su ciudad! ¡Oh error demasiado, demasiado lamentable! Y se enfurecen contra nosotros cuando hablamos así de sus dioses, aunque, lejos de enfurecerse contra sus propios escritores, desembolsan dinero para aprender lo que dicen; y, en verdad, los mismos maestros de estos autores son considerados dignos de un salario del erario público y de otros honores. Ahí está Virgilio, a quien leen los niños, para que este gran poeta, el más famoso y aprobado de todos los poetas, fecunde sus mentes vírgenes y no sea olvidado fácilmente por ellos, según aquel dicho de Horacio,
    «La vasija nueva conserva largo tiempo su primer sabor.»
    Pues bien, en este Virgilio, digo, se presenta a Juno hostil a los troyanos, incitando contra ellos a Eolo, rey de los vientos, con estas palabras:
    Una raza que odio surca ahora el mar,
    llevando Troya a Italia,
    y a sus dioses domésticos vencidos...
    ¿Y debieron los hombres prudentes confiar la defensa de Roma a estos dioses vencidos? Pero se dirá que esto era sólo un dicho de Juno, que, como mujer airada, no sabía lo que decía. ¿Qué dice, entonces, el propio Eneas —Eneas, a quien tan a menudo se llama «piadoso»? ¿No dice acaso,
    ¡He aquí! Panto, escapado de la muerte por la huida,
    sacerdote de Apolo en la altura,
    sus dioses vencidos con manos temblorosas
    lleva, y busca rápido refugio?
    ¿No está claro que los dioses (a quienes no duda en llamar «vencidos» ) fueron más bien confiados a Eneas que él a ellos, cuando se le dice:
    Los dioses de sus santuarios domésticos
    ¿tu patria confía a tu cuidado?
    Si, pues, Virgilio dice que los dioses eran tales y que fueron vencidos, y que, vencidos, no pudieron escapar sino bajo la protección de un hombre, ¡qué locura es suponer que Roma había sido sabiamente confiada a estos guardianes y que no pudo ser tomada sino porque los perdió! En efecto, adorar a dioses vencidos como protectores y campeones, ¿qué es sino adorar, no buenas divinidades, sino malos presagios? ¿No sería más cuerdo creer, no que Roma nunca habría caído en calamidad tan grande si ellos no hubieran perecido antes, sino más bien que ellos habrían perecido hace mucho tiempo si Roma no los hubiera preservado tanto como pudo? Pues ¿quién no ve, al pensarlo, cuán necia suposición es que ellos no pudieran ser vencidos bajo defensores vencidos, y que sólo perecieron por haber perdido a sus dioses guardianes, cuando la única causa de su perdición fue que eligieron por protectores a dioses condenados a perecer? Los poetas, por tanto, cuando compusieron y cantaron estas cosas sobre los dioses vencidos, no tuvieron intención de inventar falsedades, sino que dijeron, como hombres honestos, lo que la verdad les arrancó. Esto, sin embargo, será discutido cuidadosa y copiosamente en otro lugar más apropiado. Entretanto, explicaré brevemente y según mi capacidad lo que quise decir acerca de estos hombres ingratos que blasfemamente imputan a Cristo las calamidades que merecidamente sufren a consecuencia de sus propios malos caminos, mientras que aquello que por causa de Cristo se les perdona a pesar de su maldad ni siquiera se toman la molestia de notarlo; y en su loca y blasfema insolencia, usan contra su nombre los mismos labios con que falsamente reclamaron ese mismo nombre para que se les perdonara la vida. En los lugares consagrados a Cristo, donde por causa de Él ningún enemigo los dañaba, refrenaron sus lenguas para estar seguros y protegidos; pero apenas salen de estos santuarios, desatan esas lenguas para lanzar contra Él maldiciones llenas de odio.

    Capítulo 4

    Del asilo de Juno en Troya, que a nadie salvó de los griegos; y de las iglesias de los apóstoles, que protegieron de los bárbaros a todos los que a ellas huyeron

    I, 4

    La propia Troya, madre del pueblo romano, no pudo, como he dicho, proteger a sus ciudadanos en los lugares sagrados de sus dioses del fuego y la espada de los griegos, aunque los griegos adoraban a los mismos dioses. Y no sólo eso, sino que
    Fénix y Ulises cayeron
    En los atrios vacíos junto a la celda de Juno
    se pusieron los despojos a guardar;
    arrancados de los santuarios en llamas,
    allí yacía el poderoso tesoro de Ilión,
    ricos altares, copas de oro macizo,
    y vestidos de cautivos, toscamente enrollados
    en un solo montón confuso;
    mientras niños y matronas, enloquecidos de miedo,
    en larga fila estaban de pie cerca.
    En otras palabras, el lugar consagrado a tan gran diosa fue elegido, no para que de él nadie pudiera ser sacado cautivo, sino para que en él todos los cautivos fueran encerrados. Compárese ahora este «asilo» —el asilo no de un dios ordinario, no de uno de la tropa de los dioses, sino de la propia hermana y esposa de Jove, la reina de todos los dioses— con las iglesias edificadas en memoria de los apóstoles. En aquél se recogieron los despojos rescatados de los templos en llamas y arrebatados a los dioses, no para que fueran devueltos a los vencidos, sino repartidos entre los vencedores; mientras que a éstas se devolvió, con la más religiosa observancia y respeto, todo lo que les pertenecía, aunque se hallara en otro lugar. Allí se perdió la libertad; aquí se conservó. Allí la esclavitud fue estricta; aquí estrictamente excluida. A aquel templo se empujaba a los hombres para que se convirtieran en bienes muebles de sus enemigos, que ahora se enseñoreaban de ellos; a estas iglesias eran conducidos los hombres por sus enemigos apiadados, para que estuvieran en libertad. En fin, los amables griegos destinaron aquel templo de Juno a los fines de su propia avaricia y orgullo; mientras que estas iglesias de Cristo fueron elegidas incluso por los salvajes bárbaros como escenarios adecuados para la humildad y la misericordia. Pero quizá, después de todo, los griegos en aquella su victoria perdonaron los templos de aquellos dioses que adoraban en común con los troyanos, y no se atrevieron a pasar a cuchillo ni a hacer cautivos a los desdichados troyanos vencidos que allí se refugiaron; ¿y quizá Virgilio, a la manera de los poetas, describió lo que nunca sucedió realmente? Pero no hay duda de que describió la costumbre habitual de un enemigo al saquear una ciudad.
    Comentario editorial · Las basílicas de los apóstoles
    Agustín opone el «asilo» de Juno en Troya, donde según los versos de Virgilio que cita los griegos amontonaron el botín y encerraron a los cautivos, a las iglesias edificadas en memoria de los apóstoles, donde los bárbaros de 410 respetaron a quienes se refugiaron. Que los refugiados fueran respetados es testimonio de Agustín. Lo que dice Wikipedia (artículo sobre el saco de Roma) es que los godos saquearon la ciudad durante tres días y que entre los pocos lugares que respetaron estuvieron las dos grandes basílicas ligadas a Pedro y a Pablo, aunque del palacio de Letrán se llevaron un ciborio de plata de 2025 libras, regalo de Constantino.

    Capítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad

    I, 5

    Hasta el propio César nos da testimonio positivo de esta costumbre; pues, en su discurso en el senado sobre los conspiradores, dice (como escribe Salustio, historiador de distinguida veracidad) «que las vírgenes y los niños son violados, los hijos arrancados del abrazo de sus padres, las matronas sometidas a cuanto plazca a los vencedores, los templos y las casas saqueados, la matanza y el incendio abundantes; en fin, todo lleno de armas, cadáveres, sangre y lamentos.» Si no hubiera mencionado aquí los templos, podríamos suponer que los enemigos solían perdonar las moradas de los dioses. Y los templos romanos estuvieron en peligro de estos desastres, no por enemigos extranjeros, sino por Catilina y sus asociados, los más nobles senadores y ciudadanos de Roma. Pero éstos, se dirá, eran hombres perdidos y parricidas de su patria.

    Capítulo 6. Que ni siquiera los romanos, cuando tomaban ciudades, perdonaban a los vencidos en sus templos

    I, 6

    ¿Por qué, entonces, ha de tomar nota nuestro argumento de las muchas naciones que han guerreado entre sí y en ninguna parte han perdonado a los vencidos en los templos de sus dioses? Miremos la práctica de los propios romanos; recordemos, digo, y revisemos a los romanos, cuya principal alabanza ha sido «perdonar a los vencidos y someter a los soberbios,» y que preferían «más bien perdonar que vengar una injuria;» y entre tantas y tan grandes ciudades que han asaltado, tomado y derribado para extender su dominio, que se nos diga qué templos solían eximir, de modo que quien se refugiara en ellos quedara libre. ¿O lo han hecho realmente y el hecho ha sido suprimido por los historiadores de estos acontecimientos? ¿Ha de creerse que hombres que buscaban con el mayor afán los puntos que podían alabar omitirían aquellos que, en su propia estimación, son las pruebas más insignes de piedad? Marco Marcelo, distinguido romano, que tomó Siracusa, ciudad espléndidamente adornada, se dice que lamentó su ruina venidera y derramó sus lágrimas sobre ella antes de derramar su sangre. Tomó también medidas para preservar la castidad incluso de su enemigo. Pues antes de dar órdenes de asaltar la ciudad, promulgó un edicto prohibiendo la violación de toda persona libre. Sin embargo, la ciudad fue saqueada según la costumbre de la guerra; ni leemos en parte alguna que, aun por un general tan casto y apacible, se dieran órdenes de que no se dañara a nadie que hubiera huido a este o aquel templo. Y esto ciertamente no se habría omitido de ningún modo, cuando ni su llanto ni su edicto preservador de la castidad pudieron pasarse en silencio. Fabio, conquistador de la ciudad de Tarento, es alabado por abstenerse de hacer botín de las imágenes. Pues cuando su secretario le propuso la cuestión de qué deseaba hacer con las estatuas de los dioses, que habían sido tomadas en gran número, veló su moderación con una broma. Pues preguntó de qué clase eran; y cuando le informaron que no sólo había muchas imágenes grandes, sino algunas armadas, «Oh,» dice, «dejemos a los tarentinos sus dioses enojados.» Viendo, pues, que los escritores de la historia romana no pudieron pasar en silencio ni el llanto de un general ni la risa del otro, ni la casta piedad del uno ni la jocosa moderación del otro, ¿en qué ocasión se omitiría si, por honra de los dioses de alguno de sus enemigos, hubieran mostrado esta forma particular de lenidad, de que en ningún templo se prohibiera la matanza o la cautividad?

    Capítulo 7

    Que las crueldades ocurridas en el saco de Roma se ajustaron a la costumbre de la guerra, mientras que los actos de clemencia resultaron de la influencia del nombre de Cristo

    I, 7

    Todo el saqueo, pues, al que Roma quedó expuesta en la reciente calamidad —toda la matanza, el pillaje, los incendios y la miseria— fue resultado de la costumbre de la guerra. Pero lo nuevo fue que los bárbaros salvajes se mostraran con aspecto tan apacible, que las iglesias más grandes fueron escogidas y reservadas para llenarlas con el pueblo al que se daba cuartel, y que en ellas a nadie se dio muerte, de ellas nadie fue arrastrado por la fuerza; que a ellas muchos fueron conducidos por sus enemigos apiadados para ser puestos en libertad, y que de ellas nadie fue llevado a la esclavitud por enemigos despiadados. Quien no ve que esto ha de atribuirse al nombre de Cristo y al talante cristiano, está ciego; quien lo ve y no lo alaba, es ingrato; quien impide que otro lo alabe, está loco. Lejos esté de todo hombre prudente imputar esta clemencia a los bárbaros. Sus mentes feroces y sanguinarias fueron atemorizadas, refrenadas y maravillosamente templadas por Aquel que tanto antes dijo por su profeta, «Visitaré con la vara su transgresión, y con azotes sus iniquidades; mas no apartaré de ellos mi misericordia.»

    Capítulo 8. De los bienes y los males que a menudo alcanzan indistintamente a buenos y malos

    I, 8

    ¿Dirá alguien: por qué, entonces, se extendió esta compasión divina incluso a los impíos e ingratos? ¿Por qué, sino porque fue misericordia de Aquel que cada día «hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía lluvia sobre justos e injustos» []? Pues aunque algunos de estos, reflexionando sobre ello, se arrepienten de su maldad y se corrigen, otros, como dice el apóstol, «despreciando las riquezas de su bondad y longanimidad, por su dureza y su corazón impenitente atesoran para sí ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras:» [] no obstante, la paciencia de Dios sigue invitando a los malos al arrepentimiento, así como el azote de Dios educa a los buenos para la paciencia. Y así también la misericordia de Dios abraza a los buenos para nutrirlos, como la severidad de Dios detiene a los malos para castigarlos. A la divina providencia le ha parecido bien preparar en el mundo venidero para los justos bienes que los injustos no gozarán; y para los malos males con que los buenos no serán atormentados. Pero en cuanto a los bienes de esta vida y a sus males, Dios ha querido que sean comunes a unos y otros; para que no codiciemos con demasiado afán las cosas que vemos que los malos disfrutan por igual, ni retrocedamos con un temor indecoroso ante los males que aun los buenos a menudo padecen.
    Hay también una grandísima diferencia en el fin al que sirven tanto los sucesos que llamamos adversos como los que llamamos prósperos. Porque el hombre bueno ni se ensoberbece con los bienes temporales ni se abate por sus males; pero el hombre malo, corrompido por la felicidad de este mundo, se siente castigado por su infelicidad. Sin embargo, muchas veces, aun en la distribución actual de las cosas temporales, Dios muestra claramente su intervención. Pues si todo pecado fuera castigado ahora con pena manifiesta, nada parecería quedar reservado para el juicio final; y si ningún pecado recibiera ahora un castigo claramente divino, se concluiría que no hay providencia divina alguna. Y asimismo con los bienes de esta vida: si Dios no los concediera con liberalidad muy visible a algunos de los que se los piden, diríamos que esos bienes no están en su poder; y si se los diera a todos los que los buscan, supondríamos que tales cosas son la única recompensa de su servicio; y tal servicio no nos haría piadosos, sino más bien codiciosos y avaros. Por lo cual, aunque buenos y malos padezcan por igual, no hemos de suponer que no haya diferencia entre los hombres mismos, porque no la haya en lo que ambos padecen. Pues aun en la semejanza de los padecimientos, permanece una desemejanza en los que padecen; y aunque estén expuestos a la misma angustia, la virtud y el vicio no son lo mismo. Porque así como el mismo fuego hace que el oro brille y la paja humee; y bajo el mismo trillo la paja se quiebra en pedazos, mientras el grano se limpia; y como las heces no se mezclan con el aceite, aunque sean exprimidas por la misma presión del lagar, así la misma violencia de la aflicción prueba, purga y clarifica a los buenos, pero condena, arruina y extermina a los malos. Y así sucede que en la misma aflicción los malos detestan a Dios y blasfeman, mientras los buenos oran y alaban. Tan grande diferencia hay, no qué males se padecen, sino qué clase de hombre los padece. Pues, removidos por el mismo movimiento, el lodo exhala un hedor horrible, y el ungüento despide una fragancia olorosa.

    Capítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos

    I, 9

    ¿Qué, pues, han padecido los cristianos en aquel tiempo calamitoso que no aproveche a todo el que considere debida y fielmente las circunstancias siguientes? Ante todo, han de considerar con humildad los mismos pecados que han provocado a Dios a llenar el mundo de tan terribles desastres; pues aunque estén lejos de los excesos de los hombres malvados, disolutos e impíos, no se juzgan, sin embargo, tan limpios de toda culpa como para ser demasiado buenos para padecer aun los males temporales por ellos. Porque todo hombre, por laudablemente que viva, cede en algunos puntos a la concupiscencia de la carne. Aunque no caiga en la enorme enormidad de la maldad, ni en la depravación abandonada, ni en la profanación abominable, con todo resbala en algunos pecados, ya rara vez, ya tanto más frecuentemente cuanto los pecados parecen de menor importancia. Mas, sin mencionar esto, ¿dónde hallaremos fácilmente un hombre que estime en su justo valor a aquellas personas por cuya soberbia repugnante, lujo y avaricia, y por cuyas malditas iniquidades e impiedad, Dios azota ahora la tierra, como sus predicciones amenazaban? ¿Dónde está el hombre que vive con ellas del modo en que nos corresponde vivir con ellas? Pues a menudo nos cegamos malvadamente a las ocasiones de enseñarlas y amonestarlas, a veces incluso de reprenderlas y reñirlas, sea porque rehuimos el trabajo o nos avergüenza ofenderlas, o porque tememos perder buenas amistades, no sea que ello estorbe nuestro adelanto o nos perjudique en algún asunto mundano que nuestra disposición codiciosa desea obtener o nuestra debilidad teme perder. De modo que, aunque la conducta de los malos repugna a los buenos, y por eso no caen con ellos en la condenación que en la vida futura aguarda a tales personas, sin embargo, porque perdonan por temor sus pecados condenables, aun siendo sus propios pecados leves y veniales, son justamente azotados con los malos en este mundo, aunque en la eternidad escapen del todo al castigo. Justamente, cuando Dios los aflige en común con los malos, hallan amarga esta vida, por amor de cuya dulzura rehusaron ser amargos con esos pecadores.
    Si alguno se abstiene de reprender y censurar a los que obran mal, porque busca una ocasión más oportuna, o porque teme que con su reprensión se hagan peores, o que otras personas débiles se desanimen de esforzarse por llevar una vida buena y piadosa, y sean arrastradas fuera de la fe, la omisión de este tal parece deberse no a la codicia, sino a una consideración caritativa. Pero lo que es reprensible es que quienes se apartan de la conducta de los malos y viven de un modo muy distinto, perdonen, sin embargo, en otros hombres aquellas faltas que deberían reprender y de las que deberían apartarlos; y las perdonan porque temen ofender, no sea que dañen sus intereses en aquellas cosas de que los buenos pueden usar inocente y legítimamente—aunque las usan con más avidez de la que conviene a personas que son extranjeras en este mundo y profesan la esperanza de una patria celestial. Pues no sólo los hermanos más débiles que gozan de la vida conyugal, y tienen hijos (o desean tenerlos), y poseen casas y haciendas, a quienes el apóstol se dirige en las iglesias, advirtiéndoles e instruyéndoles cómo deben vivir, tanto las esposas con sus maridos, y los maridos con sus esposas, los hijos con sus padres, y los padres con sus hijos, y los siervos con sus amos, y los amos con sus siervos—no sólo estos hermanos más débiles obtienen con gusto y pierden a regañadientes muchas cosas terrenas y temporales por causa de las cuales no se atreven a ofender a hombres cuya vida manchada y malvada les desagrada mucho; sino también aquellos que viven a un nivel más alto, que no están enredados en las mallas de la vida conyugal, sino que usan alimento y vestido sobrios, a menudo se preocupan de su propia seguridad y buen nombre, y se abstienen de reprender a los malos porque temen sus astucias y violencias. Y aunque no los temen hasta el punto de ser arrastrados a cometer iniquidades semejantes—no, ni por amenaza o violencia alguna—, con todo, aquellas mismas obras en cuya comisión rehúsan participar, a menudo declinan reprenderlas, cuando tal vez podrían, reprendiéndolas, impedir que se cometieran. Se abstienen de intervenir porque temen que, si no logra buen efecto, su propia seguridad o reputación pueda quedar dañada o destruida; no porque vean que su conservación y buen nombre son necesarios para poder influir en quienes necesitan su instrucción, sino más bien porque saborean débilmente la adulación y el respeto de los hombres, y temen los juicios del pueblo y el dolor o la muerte del cuerpo; es decir, su no intervención es resultado del egoísmo, y no del amor.
    Así, esta me parece una razón principal por la que los buenos son castigados junto con los malos, cuando Dios se complace en visitar con penas temporales las costumbres licenciosas de una comunidad. Son castigados juntos, no porque hayan llevado una vida igualmente corrompida, sino porque tanto los buenos como los malos, aunque no en el mismo grado que ellos, aman esta vida presente; mientras deberían tenerla en poco, para que los malos, amonestados y reformados por su ejemplo, pudieran alcanzar la vida eterna. Y si no quieren ser compañeros de los buenos en buscar la vida eterna, deben ser amados como enemigos y tratados con paciencia. Pues mientras viven, queda incierto si no vendrán a mejor parecer. Estas personas egoístas tienen más motivo de temor que aquellas a quienes se dijo por el profeta, «Él es arrebatado en su iniquidad, pero su sangre demandaré de mano del atalaya.» [] Porque se nombran en las iglesias atalayas o superintendentes del pueblo para que reprendan sin miramientos el pecado. Ni es inocente del pecado de que hablamos aquel que, aunque no sea atalaya, ve en la conducta de aquellos con quienes las relaciones de esta vida lo ponen en contacto muchas cosas que deberían censurarse, y sin embargo las pasa por alto, temiendo ofender y perder tales bienes mundanos como pueden desearse legítimamente, pero que él agarra con demasiada avidez. Luego, por último, hay otra razón por la que los buenos son afligidos con calamidades temporales—la razón que ejemplifica el caso de Job: que el espíritu humano sea probado, y que se manifieste con qué fortaleza de piadosa confianza, y con cuán desinteresado amor, se adhiere a Dios.

    Capítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales

    I, 10

    Estas son las consideraciones que uno ha de tener presentes para responder a la cuestión de si acontece algún mal a los fieles y piadosos que no pueda volverse en provecho. ¿O diremos que la cuestión es innecesaria y que el apóstol habla en vano cuando dice: «Sabemos que todas las cosas cooperan para bien de los que aman a Dios»? []
    Perdieron todo lo que tenían. ¿Su fe? ¿Su piedad? ¿Los bienes del hombre oculto del corazón, que a los ojos de Dios son de gran precio? [] ¿Perdieron estos? Porque estas son las riquezas de los cristianos, a quienes el apóstol rico dijo: «La piedad con contentamiento es gran ganancia. Porque nada trajimos a este mundo, y es cierto que nada podemos sacar de él. Y teniendo alimento y vestido, estemos contentos con ello. Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en ruina y perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores.»
    Entonces, los que perdieron todos sus bienes mundanos en el saco de Roma, si poseían sus bienes como les había enseñado el apóstol, que era pobre por fuera, pero rico por dentro—es decir, si usaban del mundo como no usando de él—, podían decir con las palabras de Job, duramente probado, mas no vencido: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá: el Señor dio, y el Señor quitó; como plugo al Señor, así ha sucedido: bendito sea el nombre del Señor.» [] Como buen siervo, Job contó la voluntad de su Señor como su gran posesión, con cuya obediencia se enriqueció su alma; ni le dolió perder, viviendo aún, aquellos bienes que pronto habría de dejar a su muerte. Pero en cuanto a aquellos espíritus más flacos que, aunque no se pueda decir que prefieran las posesiones terrenales a Cristo, se apegan a ellas con un afecto algo inmoderado, han descubierto por el dolor de perderlas cuánto pecaban amándolas. Pues su dolor es obra suya; en las palabras del apóstol antes citadas, «se han traspasado a sí mismos con muchos dolores.» Porque fue bueno que quienes por tanto tiempo habían despreciado estas amonestaciones verbales recibieran la enseñanza de la experiencia. Pues cuando el apóstol dice: «Los que quieren enriquecerse caen en tentación», y lo demás, lo que censura en las riquezas no es la posesión de ellas, sino el deseo de ellas. Porque en otra parte dice: «A los ricos de este mundo mándales que no sean altivos, ni confíen en las riquezas inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos; que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, prontos a distribuir, dispuestos a compartir; atesorando para sí buen fundamento para el tiempo venidero, a fin de echar mano de la vida eterna.» [] Quienes hacían tal uso de sus bienes han sido consolados de pérdidas leves con grandes ganancias, y han tenido más placer en aquellas posesiones que aseguraron al darlas libremente, que dolor en las que perdieron por completo por un atesoramiento ansioso y egoísta. Pues nada podía perecer en la tierra sino aquello que les avergonzaría llevarse de la tierra. La amonestación de nuestro Señor dice: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan: porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» [] Y quienes han escuchado esta amonestación han comprobado en el tiempo de la tribulación cuán bien aconsejados estaban al no despreciar a este maestro tan digno de confianza, y guardián tan fiel y poderoso de su tesoro. Pues si muchos se alegraron de que su tesoro estuviera guardado en lugares que el enemigo no acertó a hallar, cuánto mejor fundada fue la alegría de quienes, por consejo de su Dios, habían huido con su tesoro a una ciudadela a la que ningún enemigo puede llegar. Así nuestro Paulino, obispo de Nola, que voluntariamente abandonó vastas riquezas y se hizo muy pobre, aunque abundantemente rico en santidad, cuando los bárbaros saquearon Nola y lo tomaron prisionero, solía orar en silencio, como me contó después: «Oh Señor, no me dejes turbarme por el oro y la plata, pues dónde está todo mi tesoro, Tú lo sabes.» Porque todo su tesoro estaba donde le habían enseñado a esconderlo y guardarlo Aquel que también había predicho que estas calamidades sucederían en el mundo. Por consiguiente, quienes obedecieron a su Señor cuando les advirtió dónde y cómo atesorar, no perdieron ni siquiera sus posesiones terrenales en la invasión de los bárbaros; mientras que quienes ahora se arrepienten de no haberle obedecido han aprendido el recto uso de los bienes terrenos, si no por la sabiduría que habría impedido su pérdida, al menos por la experiencia que la sigue.
    Pero algunos hombres buenos y cristianos fueron sometidos a tortura, para que se vieran forzados a entregar sus bienes al enemigo. No podían, ciertamente, entregar ni perder aquel bien que los hacía buenos. Si, con todo, prefirieron la tortura a entregar el mamón de la iniquidad, entonces digo que no eran buenos. Más bien debieron ser advertidos de que, si padecían tan gravemente por el dinero, debían soportar todo tormento, si era necesario, por Cristo; para que se les enseñara a amar a Aquel que enriquece con felicidad eterna a todos los que padecen por Él, y no a la plata y al oro, por los cuales era lamentable padecer, ya los conservaran mintiendo, ya los perdieran diciendo la verdad. Porque bajo estos tormentos nadie perdió a Cristo confesándolo, nadie preservó sus riquezas sino negando su existencia. De modo que posiblemente el tormento que les enseñaba que debían poner sus afectos en una posesión que no podían perder fue más útil que aquellas posesiones que, sin fruto útil alguno, inquietaban y atormentaban a sus ansiosos dueños. Pero luego se nos recuerda que algunos fueron torturados que no tenían riquezas que entregar, pero a quienes no se les creyó cuando lo dijeron. Estos, sin embargo, tenían quizá algún anhelo de riqueza, y no eran pobres de buen grado con una santa resignación; y a tales se les debía hacer patente que no sólo la posesión real, sino también el deseo de riqueza, merecía tales dolores atroces. Y aun si estaban desprovistos de todo depósito oculto de oro y plata, porque vivían con la esperanza de una vida mejor—no sé ciertamente si alguno tal fue torturado bajo la suposición de que tenía riqueza; pero si fue así, ciertamente al confesar, cuando se le sometía a cuestión, una santa pobreza, confesó a Cristo. Y aunque apenas cabía esperar que los bárbaros le creyeran, con todo, ningún confesor de una santa pobreza podía ser torturado sin recibir una recompensa celestial.
    Se dice, además, que la larga hambruna postró a muchos cristianos. Pero también esto lo volvieron los fieles para bien mediante una piadosa tolerancia. Pues a quienes el hambre mató de inmediato los rescató de los males de esta vida, como lo habría hecho una enfermedad benigna; y a quienes sólo fueron mordidos por el hambre se les enseñó a vivir más sobriamente y se les acostumbró a ayunos más largos.

    Capítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo

    I, 11

    Pero, se añade, muchos cristianos fueron degollados y muertos de muchas maneras crueles y horrendas. Pues bien, si esto es duro de soportar, es ciertamente la suerte común de todos los que nacen en esta vida. De esto al menos estoy cierto: que nadie ha muerto jamás que no estuviera destinado a morir algún día. Ahora bien, el fin de la vida iguala la vida más larga con la más corta. Pues de dos cosas que igualmente han dejado de ser, la una no es mejor, la otra peor; la una mayor, la otra menor. ¿Y qué importa con qué clase de muerte se ponga fin a la vida, ya que quien ha muerto una vez no es obligado a pasar por el mismo trance una segunda vez? Y así como en los azares diarios de la vida cada hombre está, por así decir, amenazado por innumerables muertes, mientras sigue siendo incierto cuál de ellas será su destino, pregunto si no es mejor sufrir una y morir, que vivir con temor de todas. No desconozco el miedo apocado que nos impulsa a preferir vivir largo tiempo en el temor de tantas muertes antes que morir una vez y escapar así de todas; pero una cosa es el encogimiento débil y cobarde de la carne, y otra muy distinta la persuasión bien considerada y razonable del alma. No ha de juzgarse mal aquella muerte que es el fin de una buena vida; pues la muerte sólo se hace mala por el castigo que la sigue. Así pues, quienes están destinados a morir no han de preocuparse por inquirir con qué muerte morirán, sino a qué lugar los introducirá la muerte. Y puesto que los cristianos saben bien que la muerte del pobre piadoso cuyas llagas lamían los perros fue mucho mejor que la del rico malvado que yacía entre púrpura y lino fino, ¿qué daño pudieron hacer estas muertes terribles a los muertos que habían vivido bien?
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