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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)46 minPosición: 0% de esta parteParte 48 de 52 · Capítulo 10Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 10

    Si el fuego del infierno, si es fuego material, puede quemar a los espíritus malvados, es decir, a los demonios, que son inmateriales

    XXI, 10

    Aquí surge la cuestión: si el fuego no ha de ser inmaterial, análogo al dolor del alma, sino material, que quema por contacto, de modo que los cuerpos puedan ser atormentados en él, ¿cómo pueden ser castigados en él los espíritus malvados? Pues es indudablemente el mismo fuego el que ha de servir para la pena de los hombres y de los demonios, según las palabras de Cristo: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles;» []; a menos que, quizá, como han pensado varones doctos, los demonios tengan una especie de cuerpo hecho de ese aire denso y húmedo que sentimos que nos golpea cuando sopla el viento. Y si esta clase de sustancia no pudiera ser afectada por el fuego, no podría quemarse al calentarse en los baños. Pues para quemar, primero es quemada y afecta a otras cosas como ella misma es afectada. Pero si alguien sostiene que los demonios no tienen cuerpos, éste no es asunto que haya de investigarse con fatiga ni debatirse con agudeza. Pues ¿por qué no podríamos afirmar que incluso los espíritus inmateriales pueden, de un modo extraordinario y, sin embargo, real, ser atormentados por la pena del fuego material, si los espíritus de los hombres, que ciertamente son también inmateriales, están ahora contenidos en miembros materiales del cuerpo, y en el mundo venidero estarán unidos indisolublemente a sus propios cuerpos? Por tanto, aunque los demonios no tengan cuerpos, sus espíritus, es decir, los demonios mismos, serán puestos en contacto pleno con los fuegos materiales, para ser atormentados por ellos; no porque los fuegos mismos con los que entren en contacto sean animados por su unión con estos espíritus y lleguen a ser animales compuestos de cuerpo y espíritu, sino, como he dicho, esta unión se efectuará de un modo admirable e inefable, de suerte que ellos recibirán dolor de los fuegos, pero no les darán vida. Y, en verdad, este otro modo de unión, por el cual los cuerpos y los espíritus se ligan entre sí y llegan a ser animales, es completamente maravilloso y sobrepasa la comprensión del hombre, aunque esto es lo que es el hombre.
    Diría ciertamente que estos espíritus arderán sin ningún cuerpo propio, como aquel rico ardía en el infierno cuando exclamó: «Estoy atormentado en esta llama,» [], si no supiera que con acierto se responde que aquella llama era de la misma naturaleza que los ojos que levantó y fijó en Lázaro, que la lengua sobre la cual pidió que se dejara caer un poco de agua refrescante, o que el dedo de Lázaro con el que rogó que se hiciera esto—todo lo cual tuvo lugar donde las almas existen sin cuerpos. Así, por tanto, tanto aquella llama en que ardía como aquella gota que pedía eran inmateriales, y semejaban las visiones de los que duermen o de las personas en éxtasis, a quienes los objetos inmateriales se aparecen en forma corporal. Pues el hombre mismo que se halla en tal estado, aunque sea sólo en espíritu, no en cuerpo, se ve sin embargo tan semejante a su propio cuerpo que no puede discernir diferencia alguna. Pero aquel infierno, que también se llama estanque de fuego y azufre [], será fuego material, y atormentará los cuerpos de los condenados, ya sean hombres o demonios: los cuerpos sólidos de los unos, aéreos de los otros; o, si sólo los hombres tienen cuerpos y almas, los espíritus malvados, aunque sin cuerpos, estarán tan unidos a los fuegos corporales que recibirán dolor sin impartir vida. Un solo fuego ciertamente será la suerte de ambos, pues así lo ha declarado la verdad.

    Capítulo 11. Si es justo que los castigos de los pecados duren más de lo que duraron los pecados mismos

    XXI, 11

    Algunos, sin embargo, de aquellos contra quienes defendemos la ciudad de Dios, consideran injusto que un hombre sea condenado a un castigo eterno por pecados que, por grandes que hayan sido, se perpetraron en un breve espacio de tiempo; ¡como si alguna ley hubiera regulado jamás la duración del castigo por la duración de la ofensa castigada! Cicerón nos dice que las leyes reconocen ocho clases de penas: daños, prisión, azotes, reparación, infamia, destierro, muerte y esclavitud. ¿Hay alguna de estas que pueda comprimirse a una brevedad proporcionada a la rápida comisión de la ofensa, de modo que no se gaste más tiempo en su castigo que en su perpetración, salvo, tal vez, la reparación? Pues esta exige que el ofensor sufra lo que hizo, como dice aquella cláusula de la ley: «Ojo por ojo, diente por diente.» [] Porque ciertamente es posible que un ofensor pierda su ojo por la severidad de la represalia legal en tan breve tiempo como él privó a otro de su ojo por la crueldad de su propia iniquidad. Pero si los azotes son una pena razonable por besar a la mujer de otro, ¿no se castiga la falta de un instante con largas horas de expiación, y el deleite momentáneo se paga con dolor duradero? ¿Qué diremos de la prisión? ¿Ha de estar encerrado el criminal sólo durante el tiempo que empleó en la ofensa por la que se le encarcela? ¿O no se impone una pena de muchos años de reclusión al esclavo que provocó a su amo con una palabra, o le dio un golpe que pasó en un instante? Y en cuanto a los daños, la infamia, el destierro y la esclavitud, que suelen infligirse de modo que no admiten indulgencia ni perdón, ¿no se asemejan estos a los castigos eternos en la medida en que esta corta vida permite semejanza? Pues no son eternos sólo porque la vida en que se soportan no es eterna; y, sin embargo, los crímenes castigados con estos sufrimientos tan prolongados se perpetran en un brevísimo espacio de tiempo. Ni hay nadie que suponga que los dolores del castigo deban ocupar tan poco tiempo como la ofensa; o que el homicidio, el adulterio, el sacrilegio o cualquier otro crimen deba medirse, no por la enormidad de la injuria o de la maldad, sino por la duración del tiempo empleado en su perpetración. Y en cuanto a la imposición de la muerte por un gran crimen, ¿acaso las leyes consideran que el castigo consiste en el breve instante en que se inflige la muerte, o en esto: que el ofensor queda eternamente desterrado de la sociedad de los vivos? Y así como el castigo de la primera muerte separa a los hombres de esta presente ciudad mortal, así el castigo de la segunda muerte separa a los hombres de aquella futura ciudad inmortal. Pues así como las leyes de esta ciudad presente no prevén el regreso del reo ejecutado a ella, así tampoco el condenado a la segunda muerte es llamado de nuevo a la vida eterna. Pero si el pecado temporal se castiga con pena eterna, ¿cómo, dicen, es verdadero aquello que vuestro Cristo dice: «Con la misma medida con que midáis se os medirá a vosotros?» [] Y no advierten que «la misma medida» se refiere, no a un espacio igual de tiempo, sino a la retribución del mal o, en otras palabras, a la ley por la cual quien ha hecho mal sufre mal. Además, estas palabras podrían entenderse apropiadamente como referidas al asunto del que hablaba nuestro Señor cuando las usó, a saber, los juicios y la condenación. Así, si quien juzga y condena injustamente es él mismo justamente juzgado y condenado, recibe «con la misma medida», aunque no la misma cosa que dio. Pues juicio dio, y juicio recibe, aunque el juicio que dio fue injusto, y el juicio que recibe es justo.

    Capítulo 12

    De la grandeza de la primera transgresión, por la cual se debe el castigo eterno a todos los que no están bajo el amparo de la gracia del Salvador

    XXI, 12

    Pero el castigo eterno parece duro e injusto a la percepción humana, porque en la debilidad de nuestra condición mortal falta aquella suprema y purísima sabiduría por la cual puede percibirse cuán grande maldad se cometió en aquella primera transgresión. Cuanto mayor gozo hallaba el hombre en Dios, tanto mayor fue su maldad al abandonarlo; y quien destruyó en sí mismo un bien que pudo haber sido eterno, se hizo digno de un mal eterno. De ahí que toda la masa del género humano esté condenada; pues quien primero dio entrada al pecado ha sido castigado con toda su posteridad, que estaba en él como en una raíz, de modo que nadie queda exento de este justo y debido castigo, salvo que sea librado por misericordia y gracia inmerecida; y el género humano está así distribuido que en unos se muestra la eficacia de la gracia misericordiosa, y en los demás la eficacia de la justa retribución. Pues no podían mostrarse ambas en todos; porque si todos hubieran permanecido bajo el castigo de la justa condenación, en nadie se habría visto la misericordia de la gracia redentora. Y, por otra parte, si todos hubieran sido trasladados de las tinieblas a la luz, la severidad de la retribución no se habría manifestado en ninguno. Pero muchos más quedan bajo el castigo que son librados de él, para que así se muestre lo que se debía a todos. Y si se hubiera infligido a todos, nadie podría justamente haber hallado falta en la justicia de Aquel que toma venganza; mientras que, en la liberación de tantos de aquel justo castigo, hay motivo para dar las más cordiales gracias a la gratuita bondad de Aquel que libera.

    Capítulo 13

    Contra la opinión de quienes piensan que los castigos de los malvados después de la muerte son purgatorios

    XXI, 13

    Los platónicos, ciertamente, aunque sostienen que ningún pecado queda sin castigo, suponen que todo castigo se administra con fines de remedio, ya lo inflija la ley humana o la divina, en esta vida o después de la muerte; pues un hombre puede quedar aquí sin daño, o, aunque castigado, puede no enmendarse. De ahí aquel pasaje de Virgilio, donde, habiendo dicho de nuestros cuerpos terrenos y miembros mortales, que nuestras almas derivan—
    De ahí los salvajes deseos y los rastreros temores,
    Y las humanas risas, las humanas lágrimas;
    Encerradas en noche de calabozo,
    Miran afuera, mas no ven luz alguna,
    prosigue diciendo:
    Es más, cuando al fin la vida ha huido,
    Y ha dejado el cuerpo frío y muerto,
    Aun entonces no desaparece
    La dolorosa herencia del barro;
    Muchas manchas largo tiempo contraídas
    Por fuerza han de quedar hondas en el fondo.
    Así soportan sufrimientos penales
    Por antiguo crimen, para purificarse;
    Unos cuelgan en alto a la vista,
    Para que los vientos los traspasen de parte a parte,
    Mientras otros purgan su culpa teñida en lo hondo
    En fuego abrasador o en marea arrolladora.
    Quienes son de esta opinión querrían que todos los castigos después de la muerte fueran purgatorios; y como los elementos del aire, del fuego y del agua son superiores a la tierra, uno u otro de estos puede ser el instrumento de expiar y purgar la mancha contraída por el contagio de la tierra. Así Virgilio alude al aire en las palabras «Unos cuelgan en alto para que los vientos los traspasen;» al agua en «marea arrolladora;» y al fuego en la expresión «en fuego abrasador.» Por nuestra parte, reconocemos que incluso en esta vida algunos castigos son purgatorios, no, ciertamente, para aquellos cuya vida no mejora, sino que más bien empeora con ellos, sino para aquellos que son constreñidos por ellos a enmendar su vida. Todos los demás castigos, sean temporales o eternos, infligidos como son a cada uno por la divina providencia, se envían o por causa de pecados pasados, o de pecados actualmente permitidos en la vida, o para ejercitar y revelar las gracias de un hombre. Pueden infligirse por medio de hombres y ángeles malos, así como de los buenos. Pues aunque alguien sufra algún daño por la maldad o el error de otro, peca ciertamente el hombre cuya ignorancia o injusticia causa el daño; pero Dios, que por su justo aunque oculto juicio permite que se haga, no peca. Pero los castigos temporales los sufren algunos sólo en esta vida, otros después de la muerte, otros ahora y después; pero todos ellos antes de aquel último y estrictísimo juicio. Y de quienes sufren castigos temporales después de la muerte, no todos están condenados a aquellas penas eternas que han de seguir a aquel juicio; pues a algunos, como ya hemos dicho, lo que no se les remite en este mundo se les remite en el otro, es decir, no son castigados con el castigo eterno del mundo venidero.

    Capítulo 14. De los castigos temporales de esta vida a los que está sujeta la condición humana

    XXI, 14

    Muy excepcionales son aquellos que no son castigados en esta vida, sino sólo después. Sin embargo, que ha habido algunos que han llegado a la decrepitud de la edad sin experimentar siquiera la más leve enfermedad, y que han tenido goce ininterrumpido de la vida, lo sé tanto por relatos como por mi propia observación. Con todo, la vida misma que llevamos los mortales es toda ella castigo, pues es toda ella tentación, como declaran las Escrituras, donde está escrito: «¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación?» [] Pues la ignorancia misma no es castigo leve, ni la falta de instrucción, que con justicia se considera tan necesaria de evitar, que a los niños se les obliga, bajo pena de severo castigo, a aprender oficios o letras; y el aprendizaje al que son empujados por el castigo es de suyo tan gran castigo para ellos, que a veces prefieren el dolor que los empuja al dolor al que son empujados por él. ¿Y quién no se apartaría de la alternativa, y elegiría morir, si se le propusiera o sufrir la muerte o volver a ser niño? Nuestra infancia, ciertamente, introduciéndonos a esta vida no con risa sino con lágrimas, parece predecir inconscientemente los males que hemos de encontrar. Sólo de Zoroastro se dice que rió al nacer, y aquel presagio antinatural no le auguró nada bueno. Pues se dice que fue el inventor de las artes mágicas, aunque ciertamente no pudieron asegurarle ni siquiera la pobre felicidad de esta vida presente contra los asaltos de sus enemigos. Pues, siendo él mismo rey de los bactrianos, fue vencido por Nino, rey de los asirios. En fin, las palabras de la Escritura: «Un yugo pesado está sobre los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre de su madre hasta el día en que vuelven a la madre de todas las cosas,» [] estas palabras hallan cumplimiento tan infalible, que incluso los pequeñitos, que por el lavatorio de la regeneración han sido librados del vínculo del pecado original en el cual solos estaban retenidos, sufren sin embargo muchos males, y en algunos casos están incluso expuestos a los asaltos de los espíritus malignos. Pero no supongamos ni por un momento que este sufrimiento perjudica su felicidad futura, aun cuando haya crecido tanto como para separar el alma del cuerpo y poner fin a su vida en aquella temprana edad.

    Capítulo 15

    Que todo lo que la gracia de Dios hace para rescatarnos de los males inveterados en que estamos hundidos pertenece al mundo futuro, en el cual todas las cosas son hechas nuevas

    XXI, 15

    Sin embargo, en el «yugo pesado que está puesto sobre los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre de su madre hasta el día en que vuelven a la madre de todas las cosas,» se halla un admirable aunque doloroso monitor que nos enseña a ser sobrios, y nos convence de que esta vida se ha vuelto penal como consecuencia de aquella desaforada maldad que se perpetró en el Paraíso, y que todo aquello a lo que el Nuevo Testamento invita pertenece a aquella herencia futura que nos aguarda en el mundo venidero, y se ofrece a nuestra aceptación, como prenda para que podamos, a su debido tiempo, obtener aquello de lo que es garantía. Ahora, pues, caminemos en esperanza, y por el espíritu mortifiquemos las obras de la carne, y así progresemos de día en día. Pues «el Señor conoce a los que son suyos;» [] y «cuantos son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios,» [] pero por gracia, no por naturaleza. Pues hay un solo Hijo de Dios por naturaleza, que en su compasión se hizo Hijo del hombre por nosotros, para que nosotros, por naturaleza hijos de los hombres, pudiéramos por gracia llegar a ser por Él hijos de Dios. Pues Él, permaneciendo inmutable, tomó sobre sí nuestra naturaleza, para así tomarnos a sí mismo; y, manteniendo firme su propia divinidad, se hizo partícipe de nuestra flaqueza, para que nosotros, siendo mudados a algo mejor, pudiéramos, participando de su justicia e inmortalidad, perder nuestras propias propiedades de pecado y mortalidad, y conservar todo lo bueno que Él había implantado en nuestra naturaleza, perfeccionado ahora por participar de la bondad de su naturaleza. Pues así como por el pecado de un hombre hemos caído en una miseria tan deplorable, así por la justicia de un Hombre, que también es Dios, llegaremos a una bienaventuranza inconcebiblemente exaltada. Ni debe nadie confiar en que ha pasado del uno al otro hasta que haya llegado a aquel lugar donde no hay tentación, y haya entrado en la paz que busca en los muchos y variados conflictos de esta guerra, en la cual «la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne.» [] Ahora bien, una guerra como esta no habría existido si la naturaleza humana, en el ejercicio del libre albedrío, hubiera permanecido firme en la rectitud en que fue creada. Pero ahora, en su miseria, hace guerra contra sí misma, porque en su bienaventuranza no quiso continuar en paz con Dios; y esto, aunque sea una calamidad miserable, es mejor que las etapas anteriores de esta vida, que no reconocen que hay que mantener una guerra. Pues mejor es contender con los vicios que, sin conflicto, ser subyugado por ellos. Mejor, digo, es la guerra con esperanza de paz eterna que el cautiverio sin pensamiento alguno de liberación. Anhelamos, ciertamente, la cesación de esta guerra, y, encendidos por la llama del amor divino, ardemos por entrar en aquella paz bien ordenada en la cual todo lo inferior está para siempre subordinado a lo que está por encima de ello. Pero si (lo que Dios no permita) no hubiera habido esperanza de tan bendita consumación, habríamos preferido aún soportar la dureza de este conflicto, antes que, por nuestra no resistencia, entregarnos al dominio del vicio.

    Capítulo 16. Las leyes de la gracia, que se extienden a todas las edades de la vida del regenerado

    XXI, 16

    Pero tal es la misericordia de Dios hacia los vasos de misericordia que Él ha preparado para gloria, que incluso la primera edad del hombre, es decir, la infancia, que se somete sin resistencia alguna a la carne, y la segunda edad, llamada niñez, que no tiene aún entendimiento suficiente para emprender esta guerra, y por tanto cede a casi todo placer vicioso (porque aunque esta edad tiene el poder del habla, y por tanto puede parecer que ha pasado la infancia, la mente es todavía demasiado débil para comprender el mandamiento), sin embargo, si alguna de estas edades ha recibido los sacramentos del Mediador, entonces, aunque la vida presente llegue inmediatamente a su fin, el niño, habiendo sido trasladado del poder de las tinieblas al reino de Cristo, no sólo será salvado de los castigos eternos, sino que ni siquiera sufrirá tormentos purgatorios después de la muerte. Pues la regeneración espiritual por sí sola basta para impedir que resulten malas consecuencias después de la muerte de la conexión con la muerte que forma la generación carnal. Pero cuando llegamos a aquella edad que puede ya comprender el mandamiento, y someternos al dominio de la ley, debemos declarar la guerra a los vicios, y librar esta guerra con empeño, no sea que vayamos a parar en pecados condenables. Y si los vicios no han cobrado fuerza, por la victoria habitual se vencen y subyugan más fácilmente; pero si se han acostumbrado a vencer y reinar, sólo con dificultad y trabajo se dominan. Y ciertamente esta victoria no puede ganarse sincera y verdaderamente sino deleitándose en la verdadera justicia, y es la fe en Cristo la que da esto. Pues si la ley está presente con su mandato, y el Espíritu está ausente con su ayuda, la presencia de la prohibición sirve sólo para aumentar el deseo de pecar, y añade la culpa de la transgresión. A veces, ciertamente, vicios patentes son vencidos por otros vicios ocultos, que se consideran virtudes, aunque el orgullo y una especie de ruinosa autosuficiencia son sus principios informadores. Por consiguiente, los vicios sólo han de considerarse vencidos cuando son conquistados por el amor de Dios, que sólo Dios mismo da, y que da sólo por medio del Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se hizo partícipe de nuestra mortalidad para hacernos partícipes de su divinidad. Pero pocos son, en verdad, los que son tan felices que han pasado su juventud sin cometer pecados condenables, ya por conducta disoluta o violenta, ya por seguir opiniones impías e ilícitas, sino que han subyugado por su grandeza de alma todo aquello en ellos que podía hacerlos esclavos de los placeres carnales. La mayor parte, habiendo primero llegado a ser transgresores de la ley que recibieron, y habiendo permitido que el vicio tuviera ascendiente en ellos, huyen luego a la gracia en busca de ayuda, y así, por una penitencia más amarga y una lucha más violenta de lo que de otro modo habría sido, subyugan el alma a Dios, y así le dan su autoridad legítima sobre la carne, y llegan a ser vencedores. Quien, por tanto, desea escapar del castigo eterno, que no sólo sea bautizado, sino también justificado en Cristo, y así pase en verdad del diablo a Cristo. Y no imagine que hay dolores purgatorios sino antes de aquel final y terrible juicio. No debemos, sin embargo, negar que incluso el fuego eterno será proporcionado a los merecimientos de los malvados, de modo que para algunos será más, y para otros menos doloroso, ya se logre este resultado por una variación en la temperatura del fuego mismo, graduada según el mérito de cada uno, o ya sea que el calor permanezca el mismo, pero que no todos lo sientan con igual intensidad de tormento.

    Capítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente

    XXI, 17

    Es preciso ya, según veo, entrar en liza de amigable controversia con aquellos cristianos de corazón tierno que se resisten a creer que todos o algunos de aquellos a quienes el Juez infaliblemente justo declare dignos de la pena del infierno hayan de sufrir eternamente, y que suponen que serán librados después de un tiempo fijo de castigo, más largo o más corto según la cantidad de los pecados de cada uno. En este punto, Orígenes fue aún más indulgente; pues creyó que hasta el mismo diablo y sus ángeles, después de sufrir aquellos dolores más graves y prolongados que sus pecados merecían, serían librados de sus tormentos y asociados a los santos ángeles. Pero la Iglesia, no sin razón, lo condenó por éste y otros errores, especialmente por su teoría de la incesante alternancia de felicidad y miseria, y de las interminables transiciones de un estado a otro en períodos fijos de siglos; pues en esta teoría perdió incluso el crédito de ser misericordioso, al asignar a los santos miserias reales para la expiación de sus pecados, y una felicidad falsa, que no les traía gozo verdadero y seguro, es decir, ninguna confianza sin temor de la eterna bienaventuranza. Muy distinto, sin embargo, es el error del que hablamos, dictado por la ternura de esos cristianos que suponen que los sufrimientos de los condenados en el juicio serán temporales, mientras que la bienaventuranza de todos los que, tarde o temprano, sean liberados será eterna. Opinión que, si es buena y verdadera por ser misericordiosa, será tanto mejor y más verdadera cuanto más misericordiosa sea. ¡Extiéndase, pues, esta fuente de misericordia y fluya incluso hasta los ángeles perdidos, y sean también ellos liberados, al menos después de tantos y tan largos siglos como parezca oportuno! ¿Por qué este torrente de misericordia corre hacia todo el género humano, y se seca apenas llega a los ángeles? Y, sin embargo, no se atreven a extender más su piedad y proponer la liberación del mismo diablo. O, si alguno se atreve a tanto, en verdad avergüenza la caridad de ellos, pero él mismo queda convicto de un error más deforme y de una tergiversación más perversa de la verdad de Dios, en proporción a la mayor apariencia de clemencia en su sentimiento.
    Comentario editorial · Orígenes y el castigo eterno
    En XXI, 17 Agustín dice que Orígenes fue aún más indulgente que los cristianos misericordiosos que creían en un castigo temporal: creyó que hasta el diablo y sus ángeles serían librados de los tormentos, y por eso, añade, la Iglesia lo condenó, junto con su teoría de ciclos de felicidad y miseria. Wikipedia (artículo sobre la apocatástasis) recoge que Orígenes fue condenado en el sínodo de Constantinopla de 543, que se discute si la condena se refería a la apocatástasis y que Gregorio de Nisa, que la enseñó, nunca fue condenado. Lo que dice Agustín aquí es, por tanto, su lectura de Orígenes y de la condena, no un dato verificado por estas fuentes.

    Capítulo 18

    De quienes imaginan que, por la intercesión de los santos, el hombre será condenado en el juicio final

    XXI, 18

    Hay además otros, con cuyas opiniones he trabado conocimiento en la conversación, que, aunque parecen reverenciar las santas Escrituras, llevan sin embargo una vida reprensible y, por tanto, en su propio interés, atribuyen a Dios una compasión aún mayor hacia los hombres. Pues reconocen que en la palabra divina se predice con verdad que los impíos e incrédulos son dignos de castigo, pero afirman que, cuando llegue el juicio, prevalecerá la misericordia. Pues, dicen, Dios, teniendo compasión de ellos, los entregará a las oraciones e intercesiones de sus santos. Porque si los santos solían orar por ellos cuando sufrían su odio cruel, ¿cuánto más lo harán cuando los vean postrados y humildes suplicantes? Pues no podemos, dicen, creer que los santos hayan de perder sus entrañas de compasión cuando hayan alcanzado la más perfecta y completa santidad; de modo que quienes, todavía pecadores, oraban por sus enemigos, ahora, cuando están libres de pecado, se abstengan de interceder por sus suplicantes. ¿O acaso Dios se negará a escuchar a tantos de sus amados hijos, cuando su santidad ha purgado sus oraciones de todo obstáculo para que Él las responda? Y el pasaje del salmo que citan quienes admiten que los malvados e infieles serán castigados por largo tiempo, aunque al fin librados de todos los sufrimientos, es reclamado también por las personas de las que ahora hablamos como si favoreciera mucho más su causa. El versículo dice: «¿Olvidará Dios el ser clemente? ¿Cerrará en su ira sus tiernas misericordias?» Su ira, dicen, condenaría a todos los que son indignos de la felicidad eterna a un castigo sin fin. Pero si Él permite que sean castigados por largo tiempo, o siquiera en absoluto, ¿no ha de cerrar sus tiernas misericordias, cosa que el salmista da a entender que no hará? Pues no dice: ¿Cerrará en su ira sus tiernas misericordias por un largo período?, sino que da a entender que no las cerrará en absoluto.
    Y niegan que por esto se demuestre que la amenaza del juicio de Dios sea falsa aunque no condene a nadie, de la misma manera que no podemos decir que fue falsa su amenaza de derribar a Nínive, aunque no se cumplió la destrucción que fue absolutamente predicha. Pues no dijo: «Nínive será derribada si no se arrepienten y enmiendan sus caminos,» sino que sin condición alguna predijo que la ciudad sería derribada. Y esta predicción, sostienen, fue verdadera porque Dios predijo el castigo que merecían, aunque no había de infligirlo. Pues aunque los perdonó al arrepentirse, ciertamente sabía que se arrepentirían y, no obstante, predijo absoluta y terminantemente que la ciudad sería derribada. Esto era verdad, dicen, en la verdad de la severidad, porque eran dignos de ello; pero en cuanto a la compasión que contuvo su ira, de modo que perdonó a los suplicantes el castigo con que había amenazado a los rebeldes, no era verdad. Si, pues, perdonó a aquellos a quienes su propio santo profeta se irritó de que perdonara, ¿cuánto más perdonará a aquellos suplicantes más miserables por quienes intercederán todos sus santos? Y suponen que esta conjetura suya no está insinuada en la Escritura, con el fin de estimular a muchos a la reforma de la vida por el temor de sufrimientos muy prolongados o eternos, y de estimular a otros a orar por los que no se han reformado. Sin embargo, piensan que los oráculos divinos no guardan silencio del todo sobre este punto; pues preguntan con qué fin se dice: «¡Cuán grande es tu bondad que has guardado para los que te temen!» si no es para enseñarnos que la grande y oculta dulzura de la misericordia de Dios está escondida para que los hombres teman. Con el mismo propósito piensan que dijo el apóstol: «Porque Dios ha encerrado a todos los hombres en incredulidad, para tener misericordia de todos,» [] dando a entender que nadie será condenado por Dios. Y sin embargo, quienes sostienen esta opinión no la extienden a la absolución o liberación del diablo y sus ángeles. Su ternura humana se conmueve solo hacia los hombres, y alegan principalmente su propia causa, ofreciendo falsas esperanzas de impunidad a sus propias vidas depravadas por medio de esa cuasi compasión de Dios hacia todo el género. En consecuencia, quienes prometen esta impunidad incluso al príncipe de los demonios y a sus satélites hacen una exhibición aún más plena de la misericordia de Dios.

    Capítulo 19

    De quienes prometen impunidad de todos los pecados incluso a los herejes, por la virtud de su participación del cuerpo de Cristo

    XXI, 19

    Hay también otros que prometen esta liberación del castigo eterno, no ciertamente a todos los hombres, sino solo a quienes han sido lavados en el bautismo cristiano y se hacen partícipes del cuerpo de Cristo, sea cual fuere la vida que hayan llevado o la herejía o impiedad en que hayan caído. Fundan esta opinión en el dicho de Jesús: «Este es el pan que desciende del cielo, para que si alguno come de él, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre.» [] Por tanto, dicen, se sigue que estas personas deben ser libradas de la muerte eterna y, en un momento u otro, ser introducidas en la vida eterna.

    Capítulo 20

    De quienes prometen esta indulgencia no a todos, sino solo a quienes han sido bautizados como católicos, aunque después hayan caído en muchos crímenes y herejías

    XXI, 20

    Hay aún otros que no hacen esta promesa ni siquiera a todos los que han recibido los sacramentos del bautismo de Cristo y de su cuerpo, sino solo a los católicos, por mal que hayan vivido. Pues éstos han comido el cuerpo de Cristo, no solo sacramentalmente, sino realmente, al estar incorporados en su cuerpo, como dice el apóstol: «Nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo;» [] de modo que, aunque después hayan caído en alguna herejía, o incluso en el paganismo y la idolatría, sin embargo, en virtud de esta sola cosa, a saber, que han recibido el bautismo de Cristo y han comido el cuerpo de Cristo, en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia católica, no morirán eternamente, sino que en un momento u otro obtendrán la vida eterna; y toda aquella maldad suya no bastará para hacer eterno su castigo, sino solo proporcionalmente largo y severo.

    Capítulo 21

    De quienes afirman que todos los católicos que perseveran en la fe, aunque por la depravación de su vida hayan merecido el fuego del infierno, se salvarán a causa del «Fundamento» de su fe

    XXI, 21

    Hay también algunos que se fundan en la expresión de la Escritura: «El que persevere hasta el fin se salvará,» [] y prometen la salvación solo a quienes continúan en la Iglesia católica; y aunque tales personas hayan vivido mal, sin embargo, dicen, se salvarán como por fuego en virtud del fundamento del que dice el apóstol: «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si alguno edifica sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día del Señor la declarará, pues será revelada por fuego; y la obra de cada uno será probada de qué clase es. Si la obra de alguno permanece, la cual sobreedificó, recibirá recompensa. Mas si la obra de alguno fuere quemada, sufrirá pérdida; si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.» [] Dicen, por consiguiente, que el cristiano católico, sea cual fuere su vida, tiene a Cristo como fundamento, mientras que este fundamento no lo posee ninguna herejía separada de la unidad de su cuerpo. Y por tanto, en virtud de este fundamento, aunque el cristiano católico, por la inconsecuencia de su vida, haya sido como quien edifica sobre él madera, heno, hojarasca, creen que se salvará por fuego; en otras palabras, que será librado después de gustar el dolor de aquel fuego al que los malvados serán condenados en el juicio final.

    Capítulo 22

    De quienes imaginan que los pecados que van mezclados con obras de misericordia no serán imputados en el día del juicio

    XXI, 22

    También he encontrado a algunos que son de opinión de que solo quienes descuidan cubrir sus pecados con limosnas serán castigados con fuego eterno; y citan las palabras del apóstol Santiago: «Tendrá juicio sin misericordia quien no ha mostrado misericordia.» [] Por tanto, dicen, quien no ha enmendado sus caminos, pero ha mezclado sus acciones disolutas y malvadas con obras de misericordia, recibirá misericordia en el juicio, de modo que o bien escapará por completo a la condenación, o bien será liberado de su sentencia después de algún tiempo más corto o más largo. Suponen que ésta fue la razón por la cual el Juez mismo de vivos y muertos se abstuvo de mencionar otra cosa que las obras de misericordia hechas u omitidas, al otorgar a los de su derecha la vida eterna, y a los de su izquierda el castigo eterno. [] Con el mismo propósito, dicen, está la petición diaria que hacemos en la oración del Señor: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Pues, sin duda, quien perdona a la persona que lo ha agraviado hace una acción caritativa. Y esto ha sido tan altamente encomiado por el Señor mismo, que dice: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» [] Y así, es a esta clase de limosnas a la que se refiere el dicho del apóstol Santiago: «Tendrá juicio sin misericordia quien no ha mostrado misericordia.» Y nuestro Señor, dicen, no hizo distinción de pecados grandes y pequeños, sino que dijo: «Vuestro Padre os perdonará vuestros pecados, si vosotros perdonáis a los hombres los suyos.» Por consiguiente, concluyen que, aunque un hombre haya llevado una vida abandonada hasta el último día de ella, sin embargo, cualesquiera que hayan sido sus pecados, todos le son remitidos en virtud de esta oración diaria, con tal que haya tenido cuidado de atender a esta sola cosa: que cuando aquellos que le han hecho alguna injuria le pidan perdón, él los perdone de corazón.
    Cuando, con la ayuda de Dios, haya respondido a todos estos errores, concluiré este libro (el vigésimo primero).

    Capítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno

    XXI, 23

    Ante todo, nos corresponde indagar y reconocer por qué la Iglesia no ha podido tolerar la idea que promete purificación o indulgencia al diablo incluso después del castigo más severo y prolongado. Porque tantos varones santos, imbuidos del espíritu del Antiguo y del Nuevo Testamento, no rehusaron a ángeles de cualquier rango o condición que gozaran de la bienaventuranza del reino celestial después de ser purificados por el sufrimiento, sino que percibieron que no podían invalidar ni anular la sentencia divina que el Señor predijo que pronunciaría en el juicio, diciendo: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.» [] Pues aquí es evidente que el diablo y sus ángeles arderán en fuego eterno. Y hay también aquella declaración en el Apocalipsis: «El diablo, su engañador, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta. Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.» [] En el primer pasaje se usa «eterno», en el segundo «para siempre;» y con estas palabras la Escritura no suele significar otra cosa que duración sin fin. Y por tanto no se puede hallar otra razón, ni razón más obvia y justa, para tener como creencia fija e inmutable de la más verdadera piedad, que el diablo y sus ángeles nunca volverán a la justicia y a la vida de los santos, sino que la Escritura, que a nadie engaña, dice que Dios no los perdonó, y que fueron condenados de antemano por Él, y arrojados a prisiones de oscuridad en el infierno, [] reservados para el juicio del último día, cuando el fuego eterno los recibirá, en el cual serán atormentados por los siglos de los siglos. Y si esto es así, ¿cómo se puede creer que todos los hombres, o incluso algunos, serán retirados de la paciencia del castigo después de haber pasado algún tiempo en él? ¿Cómo se puede creer esto sin enervar nuestra fe en el castigo eterno de los demonios? Porque si todos o algunos de aquellos a quienes se dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles,» [] no han de estar siempre en aquel fuego, entonces ¿qué razón hay para creer que el diablo y sus ángeles estarán siempre allí? ¿O acaso la sentencia de Dios, que ha de pronunciarse sobre los hombres malvados y los ángeles por igual, ha de ser verdadera en el caso de los ángeles y falsa en el de los hombres? Claramente será así si las conjeturas de los hombres han de pesar más que la palabra de Dios. Pero porque esto es absurdo, quienes desean librarse del castigo eterno deben abstenerse de argumentar contra Dios, y más bien, mientras aún hay oportunidad, obedecer los mandatos divinos. Entonces, ¡qué fantasía tan necia es suponer que castigo eterno significa castigo prolongado, mientras que vida eterna significa vida sin fin, puesto que Cristo en el mismo pasaje habló de ambos en términos semejantes en una y la misma sentencia: «Éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna!» [] Si ambos destinos son «eternos», entonces debemos entender o bien ambos como prolongados pero que al fin terminan, o bien ambos como interminables. Porque son correlativos: por una parte, castigo eterno, por otra, vida eterna. Y decir en un mismo y único sentido que la vida eterna será sin fin, y que el castigo eterno llegará a su fin, es el colmo del absurdo. Por lo cual, así como la vida eterna de los santos será sin fin, así también el castigo eterno de quienes están condenados a él no tendrá fin.

    Capítulo 24

    Contra los que piensan que en el juicio de Dios todos los acusados serán perdonados en virtud de las oraciones de los santos

    XXI, 24

    Y este razonamiento es igualmente concluyente contra quienes, en su propio interés, pero bajo apariencia de una mayor ternura de espíritu, intentan invalidar las palabras de Dios, y afirman que estas palabras son verdaderas, no porque los hombres vayan a sufrir aquellas cosas con que Dios amenaza, sino porque merecen sufrirlas. Porque Dios, dicen, los entregará a las oraciones de sus santos, los cuales entonces orarán con mayor fervor por sus enemigos, cuanto más perfectos sean en santidad, y cuyas oraciones serán tanto más eficaces y dignas del oído de Dios, por estar ya purgados de todo pecado. ¿Por qué, entonces, si en aquella santidad consumada sus oraciones son tan puras y omnivalentes, no las emplearán en favor de los ángeles para quienes está preparado el fuego eterno, a fin de que Dios mitigue su sentencia y la cambie, y los libre de aquel fuego? ¿O habrá quizá alguien bastante osado para afirmar que incluso los santos ángeles harán causa común con los santos hombres (entonces hechos iguales a los ángeles de Dios), e intercederán por los culpables, hombres y ángeles, para que la misericordia les evite el castigo que la verdad ha pronunciado que merecen? Pero esto no lo ha afirmado nadie sano en la fe; ni lo afirmará. De lo contrario, no hay razón para que la Iglesia no ore ya ahora por el diablo y sus ángeles, puesto que Dios, su Maestro, le ha mandado orar por sus enemigos. La razón, pues, que impide a la Iglesia orar ahora por los ángeles malos, a quienes sabe que son sus enemigos, es la misma razón que le impedirá, por muy consumada que esté en santidad, orar en el juicio final por aquellos hombres que han de ser castigados en el fuego eterno. Al presente ora por sus enemigos entre los hombres, porque aún tienen oportunidad para un arrepentimiento fructífero. Pues ¿qué pide especialmente para ellos sino que «Dios les conceda arrepentimiento», como dice el apóstol, «para que vuelvan en sí, librándose del lazo del diablo, por el cual están cautivos según su voluntad?» [] Pero si la Iglesia tuviera certeza de quiénes son los que, aunque aún permanecen en esta vida, están sin embargo predestinados a ir con el diablo al fuego eterno, entonces no podría orar por ellos más que por él. Pero como no tiene esta certeza respecto de hombre alguno, ora por todos sus enemigos que aún viven en este mundo; y sin embargo no es escuchada en favor de todos. Pero es escuchada en el caso de aquellos solos que, aunque se oponen a la Iglesia, están no obstante predestinados a llegar a ser hijos suyos por su intercesión. Pero si algunos conservan un corazón impenitente hasta la muerte, y no se convierten de enemigos en hijos, ¿continúa la Iglesia orando por ellos, por los espíritus, es decir, de tales personas difuntas? ¿Y por qué deja de orar por ellos, sino porque el hombre que no fue trasladado al reino de Cristo mientras estaba en el cuerpo, es ahora juzgado como del séquito de Satanás?
    Es, pues, digo, la misma razón la que impide a la Iglesia en todo tiempo orar por los ángeles malos, y la que le impedirá orar en lo sucesivo por aquellos hombres que han de ser castigados en el fuego eterno; y esta es también la razón por la cual, aunque ora incluso por los malvados mientras viven, no ora, sin embargo, ni aun en este mundo, por los incrédulos e impíos que están muertos. Porque, ciertamente, la oración de la Iglesia o de personas piadosas es escuchada por algunos de los muertos; pero se trata de aquellos que, habiendo sido regenerados en Cristo, no pasaron su vida tan perversamente que deban ser juzgados indignos de tal compasión, ni tan bien que se los pueda considerar sin necesidad de ella. Como también, después de la resurrección, habrá algunos de los muertos a quienes, después de haber soportado las penas propias de los espíritus de los muertos, se les concederá misericordia y absolución del castigo del fuego eterno. Pues si no hubiera algunos cuyos pecados, aunque no perdonados en esta vida, serán perdonados en la venidera, no podría decirse con verdad: «No les será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero.» [] Pero cuando el Juez de vivos y muertos haya dicho: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo», y a los del otro lado: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles», y «Éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna», sería excesivamente presuntuoso decir que el castigo de cualquiera de aquellos de quienes Dios ha dicho que irán al castigo eterno no será eterno, y así introducir desesperación o duda sobre la promesa correspondiente de la vida eterna.
    Que nadie, pues, entienda las palabras del salmista: «¿Se olvidará Dios de tener compasión? ¿Cerrará en su ira sus misericordias?» como si la sentencia de Dios fuera verdadera en cuanto a los buenos, falsa en cuanto a los malos, o verdadera en cuanto a los buenos y a los ángeles malos, pero falsa en cuanto a los hombres malos. Porque las palabras del salmista se refieren a los vasos de misericordia y a los hijos de la promesa, de los cuales el profeta mismo era uno; pues cuando dijo: «¿Se olvidará Dios de tener compasión? ¿Cerrará en su ira sus misericordias?», y a continuación añade: «Y dije: Ahora comienzo; éste es el cambio obrado por la diestra del Altísimo», manifiestamente explicó lo que quería decir con las palabras: «¿Cerrará en su ira sus misericordias?» Porque la ira de Dios es esta vida mortal, en la que el hombre es hecho semejante a la vanidad, y sus días pasan como una sombra. Y, sin embargo, en esta ira Dios no se olvida de tener compasión, haciendo salir su sol y llover sobre justos e injustos; [] y así no acorta en su ira sus misericordias, y especialmente en aquello de lo que el salmista habla con las palabras: «Ahora comienzo: este cambio viene de la diestra del Altísimo»; porque Él cambia para mejor a los vasos de misericordia, aun mientras están todavía en esta vida miserable, que es la ira de Dios, y aun mientras su ira se manifiesta en esta corrupción miserable; porque «en su ira no cierra sus misericordias». Y como la verdad de este cántico divino queda plenamente satisfecha con esta aplicación, no hay necesidad de referirlo a aquel lugar en el que los que no pertenecen a la ciudad de Dios son castigados en el fuego eterno. Pero si alguien insiste en extender su aplicación a los tormentos de los malvados, entiéndanlo al menos de modo que la ira de Dios, que ha amenazado a los malvados con castigo eterno, permanezca, pero se mezcle con misericordia hasta el punto de aliviar los tormentos que justamente podrían infligirse; de modo que los malvados ni escapen del todo, ni soporten sólo por un tiempo estas penas amenazadas, sino que sean menos severas y más soportables de lo que merecen. Así la ira de Dios continuará, y al mismo tiempo no cerrará en esta ira sus misericordias. Pero ni siquiera esta hipótesis debe suponerse que yo la afirmo, pues no me opongo positivamente a ella.
    En cuanto a quienes ven una vana amenaza más bien que una verdad en pasajes como éstos: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno;» y «Éstos irán al castigo eterno;» [] y «Serán atormentados por los siglos de los siglos;» [] y «Su gusano no morirá, y su fuego no se apagará,» [] — a tales personas, digo, las refuta de manera enfática y abundante, no tanto yo como la misma Escritura divina. Porque los hombres de Nínive se arrepintieron en esta vida, y por eso su arrepentimiento fue fructífero, en cuanto sembraron en aquel campo que el Señor quiso que fuera sembrado con lágrimas para que después se segara con gozo. Y sin embargo, ¿quién negará que la predicción de Dios se cumplió en su caso, si al menos observa que Dios destruye a los pecadores no sólo con ira, sino también con compasión? Pues los pecadores son destruidos de dos maneras: o bien, como los sodomitas, los hombres mismos son castigados por sus pecados, o, como los ninivitas, los pecados de los hombres son destruidos por el arrepentimiento. La predicción de Dios, por tanto, se cumplió: la Nínive malvada fue derribada, y una Nínive buena fue edificada. Porque sus murallas y casas quedaron en pie; la ciudad fue derribada en sus costumbres depravadas. Y así, aunque el profeta se irritó porque la destrucción que los habitantes temían, a causa de su predicción, no tuvo lugar, sin embargo se cumplió aquello que la presciencia de Dios había predicho, pues Aquel que predijo la destrucción sabía cómo debía cumplirse en un sentido menos calamitoso.
    Pero para que estas personas perversamente compasivas vean cuál es el sentido de estas palabras: «¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura, Señor, que has guardado para los que te temen!», lean lo que sigue: «Y la has perfeccionado para los que esperan en ti.» Pues ¿qué significa: «La has guardado para los que te temen», «la has perfeccionado para los que esperan en ti», sino esto: que para aquellos que por temor del castigo procuran establecer su propia justicia por la ley, la justicia de Dios no es dulce, porque la ignoran? No la han gustado. Porque esperan en sí mismos, no en Él; y por eso la abundante dulzura de Dios les está oculta. Temen a Dios, ciertamente, pero con aquel temor servil «que no está en el amor; porque el amor perfecto echa fuera el temor.» [] Por tanto, a los que esperan en Él, Él les perfecciona su dulzura, inspirándoles su propio amor, para que con un temor santo, que el amor no echa fuera, sino que permanece para siempre, cuando se gloríen, se gloríen en el Señor. Porque la justicia de Dios es Cristo, «el cual nos ha sido hecho por Dios», como dice el apóstol, «sabiduría, justicia, santificación y redención; como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.» [] Esta justicia de Dios, que es don de la gracia sin méritos, no la conocen aquellos que procuran establecer su propia justicia, y por eso no están sujetos a la justicia de Dios, que es Cristo. [] Pero es en esta justicia donde hallamos la gran abundancia de la dulzura de Dios, de la cual dice el salmo: «Gustad y ved cuán dulce es el Señor.» Y esto más bien lo gustamos que lo tomamos hasta la saciedad en esta nuestra peregrinación. Ahora tenemos hambre y sed de ello, para que en el más allá quedemos saciados con ello cuando le veamos tal como es, y se cumpla lo que está escrito: «Me saciaré cuando se manifieste tu gloria.» Así es como Cristo perfecciona la gran abundancia de su dulzura para los que esperan en él. Pero si Dios oculta su dulzura a los que le temen en el sentido que imaginan estos nuestros objetores, de modo que la ignorancia del hombre acerca de su propósito de misericordia hacia los malvados los lleve a temerle y a vivir mejor, y de modo que se haga oración por los que no viven como deben, ¿cómo entonces perfecciona Él su dulzura para los que esperan en Él, ya que, si sus sueños fueran verdad, es esta misma dulzura la que le impedirá castigar a aquellos que no esperan en Él? Busquemos, pues, aquella dulzura suya, que Él perfecciona para los que esperan en Él, no la que se supone que perfecciona para los que le desprecian y blasfeman; porque en vano, después de esta vida, busca el hombre aquello que descuidó proveer mientras estaba en esta vida.
    Luego, en cuanto a aquella frase del apóstol: «Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos,» [] no significa que no condenará a nadie; sino que el contexto anterior muestra lo que se quiere decir. El apóstol compuso la epístola para los gentiles que ya eran creyentes; y cuando les hablaba de los judíos que aún habían de creer, dice: «Porque así como vosotros en otro tiempo no creísteis a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la incredulidad de ellos; así también éstos ahora no han creído, para que por vuestra misericordia alcancen también ellos misericordia.» Luego añadió las palabras en cuestión con las que estas personas se engañan a sí mismas: «Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos.» ¿De todos quiénes, sino de todos aquellos de quienes estaba hablando, como si hubiera dicho: «Tanto de vosotros como de ellos?» Dios, pues, encerró en incredulidad a todos aquellos, tanto judíos como gentiles, a quienes conoció de antemano y predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que fueran confundidos por la amargura de la incredulidad, y se arrepintieran y se volvieran con fe a la dulzura de la misericordia de Dios, y lanzaran aquella exclamación del salmo: «¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura, oh Señor, que has guardado para los que te temen, pero has perfeccionado para los que esperan,» no en sí mismos, sino «en ti.» Tiene misericordia, pues, de todos los vasos de misericordia. ¿Y qué significa «todos»? Tanto los de los gentiles como los de los judíos a quienes predestinó, llamó, justificó, glorificó: ninguno de éstos será condenado por Él; pero no podemos decir que ninguno de todos los hombres en absoluto.
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