Si el fuego del infierno, si es fuego material, puede quemar a los espíritus malvados, es decir, a los demonios, que son inmateriales
XXI, 10
Aquí surge la cuestión: si el fuego no ha de ser inmaterial, análogo al dolor del alma, sino material, que quema por contacto, de modo que los cuerpos puedan ser atormentados en él, ¿cómo pueden ser castigados en él los espíritus malvados? Pues es indudablemente el mismo fuego el que ha de servir para la pena de los hombres y de los demonios, según las palabras de Cristo: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles;» []; a menos que, quizá, como han pensado varones doctos, los demonios tengan una especie de cuerpo hecho de ese aire denso y húmedo que sentimos que nos golpea cuando sopla el viento. Y si esta clase de sustancia no pudiera ser afectada por el fuego, no podría quemarse al calentarse en los baños. Pues para quemar, primero es quemada y afecta a otras cosas como ella misma es afectada. Pero si alguien sostiene que los demonios no tienen cuerpos, éste no es asunto que haya de investigarse con fatiga ni debatirse con agudeza. Pues ¿por qué no podríamos afirmar que incluso los espíritus inmateriales pueden, de un modo extraordinario y, sin embargo, real, ser atormentados por la pena del fuego material, si los espíritus de los hombres, que ciertamente son también inmateriales, están ahora contenidos en miembros materiales del cuerpo, y en el mundo venidero estarán unidos indisolublemente a sus propios cuerpos? Por tanto, aunque los demonios no tengan cuerpos, sus espíritus, es decir, los demonios mismos, serán puestos en contacto pleno con los fuegos materiales, para ser atormentados por ellos; no porque los fuegos mismos con los que entren en contacto sean animados por su unión con estos espíritus y lleguen a ser animales compuestos de cuerpo y espíritu, sino, como he dicho, esta unión se efectuará de un modo admirable e inefable, de suerte que ellos recibirán dolor de los fuegos, pero no les darán vida. Y, en verdad, este otro modo de unión, por el cual los cuerpos y los espíritus se ligan entre sí y llegan a ser animales, es completamente maravilloso y sobrepasa la comprensión del hombre, aunque esto es lo que es el hombre.
Diría ciertamente que estos espíritus arderán sin ningún cuerpo propio, como aquel rico ardía en el infierno cuando exclamó: «Estoy atormentado en esta llama,» [], si no supiera que con acierto se responde que aquella llama era de la misma naturaleza que los ojos que levantó y fijó en Lázaro, que la lengua sobre la cual pidió que se dejara caer un poco de agua refrescante, o que el dedo de Lázaro con el que rogó que se hiciera esto—todo lo cual tuvo lugar donde las almas existen sin cuerpos. Así, por tanto, tanto aquella llama en que ardía como aquella gota que pedía eran inmateriales, y semejaban las visiones de los que duermen o de las personas en éxtasis, a quienes los objetos inmateriales se aparecen en forma corporal. Pues el hombre mismo que se halla en tal estado, aunque sea sólo en espíritu, no en cuerpo, se ve sin embargo tan semejante a su propio cuerpo que no puede discernir diferencia alguna. Pero aquel infierno, que también se llama estanque de fuego y azufre [], será fuego material, y atormentará los cuerpos de los condenados, ya sean hombres o demonios: los cuerpos sólidos de los unos, aéreos de los otros; o, si sólo los hombres tienen cuerpos y almas, los espíritus malvados, aunque sin cuerpos, estarán tan unidos a los fuegos corporales que recibirán dolor sin impartir vida. Un solo fuego ciertamente será la suerte de ambos, pues así lo ha declarado la verdad.
Capítulo 11. Si es justo que los castigos de los pecados duren más de lo que duraron los pecados mismos
XXI, 11
Algunos, sin embargo, de aquellos contra quienes defendemos la ciudad de Dios, consideran injusto que un hombre sea condenado a un castigo eterno por pecados que, por grandes que hayan sido, se perpetraron en un breve espacio de tiempo; ¡como si alguna ley hubiera regulado jamás la duración del castigo por la duración de la ofensa castigada! Cicerón nos dice que las leyes reconocen ocho clases de penas: daños, prisión, azotes, reparación, infamia, destierro, muerte y esclavitud. ¿Hay alguna de estas que pueda comprimirse a una brevedad proporcionada a la rápida comisión de la ofensa, de modo que no se gaste más tiempo en su castigo que en su perpetración, salvo, tal vez, la reparación? Pues esta exige que el ofensor sufra lo que hizo, como dice aquella cláusula de la ley: «Ojo por ojo, diente por diente.» [] Porque ciertamente es posible que un ofensor pierda su ojo por la severidad de la represalia legal en tan breve tiempo como él privó a otro de su ojo por la crueldad de su propia iniquidad. Pero si los azotes son una pena razonable por besar a la mujer de otro, ¿no se castiga la falta de un instante con largas horas de expiación, y el deleite momentáneo se paga con dolor duradero? ¿Qué diremos de la prisión? ¿Ha de estar encerrado el criminal sólo durante el tiempo que empleó en la ofensa por la que se le encarcela? ¿O no se impone una pena de muchos años de reclusión al esclavo que provocó a su amo con una palabra, o le dio un golpe que pasó en un instante? Y en cuanto a los daños, la infamia, el destierro y la esclavitud, que suelen infligirse de modo que no admiten indulgencia ni perdón, ¿no se asemejan estos a los castigos eternos en la medida en que esta corta vida permite semejanza? Pues no son eternos sólo porque la vida en que se soportan no es eterna; y, sin embargo, los crímenes castigados con estos sufrimientos tan prolongados se perpetran en un brevísimo espacio de tiempo. Ni hay nadie que suponga que los dolores del castigo deban ocupar tan poco tiempo como la ofensa; o que el homicidio, el adulterio, el sacrilegio o cualquier otro crimen deba medirse, no por la enormidad de la injuria o de la maldad, sino por la duración del tiempo empleado en su perpetración. Y en cuanto a la imposición de la muerte por un gran crimen, ¿acaso las leyes consideran que el castigo consiste en el breve instante en que se inflige la muerte, o en esto: que el ofensor queda eternamente desterrado de la sociedad de los vivos? Y así como el castigo de la primera muerte separa a los hombres de esta presente ciudad mortal, así el castigo de la segunda muerte separa a los hombres de aquella futura ciudad inmortal. Pues así como las leyes de esta ciudad presente no prevén el regreso del reo ejecutado a ella, así tampoco el condenado a la segunda muerte es llamado de nuevo a la vida eterna. Pero si el pecado temporal se castiga con pena eterna, ¿cómo, dicen, es verdadero aquello que vuestro Cristo dice: «Con la misma medida con que midáis se os medirá a vosotros?» [] Y no advierten que «la misma medida» se refiere, no a un espacio igual de tiempo, sino a la retribución del mal o, en otras palabras, a la ley por la cual quien ha hecho mal sufre mal. Además, estas palabras podrían entenderse apropiadamente como referidas al asunto del que hablaba nuestro Señor cuando las usó, a saber, los juicios y la condenación. Así, si quien juzga y condena injustamente es él mismo justamente juzgado y condenado, recibe «con la misma medida», aunque no la misma cosa que dio. Pues juicio dio, y juicio recibe, aunque el juicio que dio fue injusto, y el juicio que recibe es justo.
De la grandeza de la primera transgresión, por la cual se debe el castigo eterno a todos los que no están bajo el amparo de la gracia del Salvador
XXI, 12
Pero el castigo eterno parece duro e injusto a la percepción humana, porque en la debilidad de nuestra condición mortal falta aquella suprema y purísima sabiduría por la cual puede percibirse cuán grande maldad se cometió en aquella primera transgresión. Cuanto mayor gozo hallaba el hombre en Dios, tanto mayor fue su maldad al abandonarlo; y quien destruyó en sí mismo un bien que pudo haber sido eterno, se hizo digno de un mal eterno. De ahí que toda la masa del género humano esté condenada; pues quien primero dio entrada al pecado ha sido castigado con toda su posteridad, que estaba en él como en una raíz, de modo que nadie queda exento de este justo y debido castigo, salvo que sea librado por misericordia y gracia inmerecida; y el género humano está así distribuido que en unos se muestra la eficacia de la gracia misericordiosa, y en los demás la eficacia de la justa retribución. Pues no podían mostrarse ambas en todos; porque si todos hubieran permanecido bajo el castigo de la justa condenación, en nadie se habría visto la misericordia de la gracia redentora. Y, por otra parte, si todos hubieran sido trasladados de las tinieblas a la luz, la severidad de la retribución no se habría manifestado en ninguno. Pero muchos más quedan bajo el castigo que son librados de él, para que así se muestre lo que se debía a todos. Y si se hubiera infligido a todos, nadie podría justamente haber hallado falta en la justicia de Aquel que toma venganza; mientras que, en la liberación de tantos de aquel justo castigo, hay motivo para dar las más cordiales gracias a la gratuita bondad de Aquel que libera.
Contra la opinión de quienes piensan que los castigos de los malvados después de la muerte son purgatorios
XXI, 13
Los platónicos, ciertamente, aunque sostienen que ningún pecado queda sin castigo, suponen que todo castigo se administra con fines de remedio, ya lo inflija la ley humana o la divina, en esta vida o después de la muerte; pues un hombre puede quedar aquí sin daño, o, aunque castigado, puede no enmendarse. De ahí aquel pasaje de Virgilio, donde, habiendo dicho de nuestros cuerpos terrenos y miembros mortales, que nuestras almas derivan—
De ahí los salvajes deseos y los rastreros temores,
Y las humanas risas, las humanas lágrimas;
Encerradas en noche de calabozo,
Miran afuera, mas no ven luz alguna,
prosigue diciendo:
Es más, cuando al fin la vida ha huido,
Y ha dejado el cuerpo frío y muerto,
Aun entonces no desaparece
La dolorosa herencia del barro;
Muchas manchas largo tiempo contraídas
Por fuerza han de quedar hondas en el fondo.
Así soportan sufrimientos penales
Por antiguo crimen, para purificarse;
Unos cuelgan en alto a la vista,
Para que los vientos los traspasen de parte a parte,
Mientras otros purgan su culpa teñida en lo hondo
En fuego abrasador o en marea arrolladora.
Y las humanas risas, las humanas lágrimas;
Encerradas en noche de calabozo,
Miran afuera, mas no ven luz alguna,
prosigue diciendo:
Es más, cuando al fin la vida ha huido,
Y ha dejado el cuerpo frío y muerto,
Aun entonces no desaparece
La dolorosa herencia del barro;
Muchas manchas largo tiempo contraídas
Por fuerza han de quedar hondas en el fondo.
Así soportan sufrimientos penales
Por antiguo crimen, para purificarse;
Unos cuelgan en alto a la vista,
Para que los vientos los traspasen de parte a parte,
Mientras otros purgan su culpa teñida en lo hondo
En fuego abrasador o en marea arrolladora.
Quienes son de esta opinión querrían que todos los castigos después de la muerte fueran purgatorios; y como los elementos del aire, del fuego y del agua son superiores a la tierra, uno u otro de estos puede ser el instrumento de expiar y purgar la mancha contraída por el contagio de la tierra. Así Virgilio alude al aire en las palabras «Unos cuelgan en alto para que los vientos los traspasen;» al agua en «marea arrolladora;» y al fuego en la expresión «en fuego abrasador.» Por nuestra parte, reconocemos que incluso en esta vida algunos castigos son purgatorios, no, ciertamente, para aquellos cuya vida no mejora, sino que más bien empeora con ellos, sino para aquellos que son constreñidos por ellos a enmendar su vida. Todos los demás castigos, sean temporales o eternos, infligidos como son a cada uno por la divina providencia, se envían o por causa de pecados pasados, o de pecados actualmente permitidos en la vida, o para ejercitar y revelar las gracias de un hombre. Pueden infligirse por medio de hombres y ángeles malos, así como de los buenos. Pues aunque alguien sufra algún daño por la maldad o el error de otro, peca ciertamente el hombre cuya ignorancia o injusticia causa el daño; pero Dios, que por su justo aunque oculto juicio permite que se haga, no peca. Pero los castigos temporales los sufren algunos sólo en esta vida, otros después de la muerte, otros ahora y después; pero todos ellos antes de aquel último y estrictísimo juicio. Y de quienes sufren castigos temporales después de la muerte, no todos están condenados a aquellas penas eternas que han de seguir a aquel juicio; pues a algunos, como ya hemos dicho, lo que no se les remite en este mundo se les remite en el otro, es decir, no son castigados con el castigo eterno del mundo venidero.
XXI, 14
Muy excepcionales son aquellos que no son castigados en esta vida, sino sólo después. Sin embargo, que ha habido algunos que han llegado a la decrepitud de la edad sin experimentar siquiera la más leve enfermedad, y que han tenido goce ininterrumpido de la vida, lo sé tanto por relatos como por mi propia observación. Con todo, la vida misma que llevamos los mortales es toda ella castigo, pues es toda ella tentación, como declaran las Escrituras, donde está escrito: «¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación?» [] Pues la ignorancia misma no es castigo leve, ni la falta de instrucción, que con justicia se considera tan necesaria de evitar, que a los niños se les obliga, bajo pena de severo castigo, a aprender oficios o letras; y el aprendizaje al que son empujados por el castigo es de suyo tan gran castigo para ellos, que a veces prefieren el dolor que los empuja al dolor al que son empujados por él. ¿Y quién no se apartaría de la alternativa, y elegiría morir, si se le propusiera o sufrir la muerte o volver a ser niño? Nuestra infancia, ciertamente, introduciéndonos a esta vida no con risa sino con lágrimas, parece predecir inconscientemente los males que hemos de encontrar. Sólo de Zoroastro se dice que rió al nacer, y aquel presagio antinatural no le auguró nada bueno. Pues se dice que fue el inventor de las artes mágicas, aunque ciertamente no pudieron asegurarle ni siquiera la pobre felicidad de esta vida presente contra los asaltos de sus enemigos. Pues, siendo él mismo rey de los bactrianos, fue vencido por Nino, rey de los asirios. En fin, las palabras de la Escritura: «Un yugo pesado está sobre los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre de su madre hasta el día en que vuelven a la madre de todas las cosas,» [] estas palabras hallan cumplimiento tan infalible, que incluso los pequeñitos, que por el lavatorio de la regeneración han sido librados del vínculo del pecado original en el cual solos estaban retenidos, sufren sin embargo muchos males, y en algunos casos están incluso expuestos a los asaltos de los espíritus malignos. Pero no supongamos ni por un momento que este sufrimiento perjudica su felicidad futura, aun cuando haya crecido tanto como para separar el alma del cuerpo y poner fin a su vida en aquella temprana edad.
Que todo lo que la gracia de Dios hace para rescatarnos de los males inveterados en que estamos hundidos pertenece al mundo futuro, en el cual todas las cosas son hechas nuevas
XXI, 15
Sin embargo, en el «yugo pesado que está puesto sobre los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre de su madre hasta el día en que vuelven a la madre de todas las cosas,» se halla un admirable aunque doloroso monitor que nos enseña a ser sobrios, y nos convence de que esta vida se ha vuelto penal como consecuencia de aquella desaforada maldad que se perpetró en el Paraíso, y que todo aquello a lo que el Nuevo Testamento invita pertenece a aquella herencia futura que nos aguarda en el mundo venidero, y se ofrece a nuestra aceptación, como prenda para que podamos, a su debido tiempo, obtener aquello de lo que es garantía. Ahora, pues, caminemos en esperanza, y por el espíritu mortifiquemos las obras de la carne, y así progresemos de día en día. Pues «el Señor conoce a los que son suyos;» [] y «cuantos son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios,» [] pero por gracia, no por naturaleza. Pues hay un solo Hijo de Dios por naturaleza, que en su compasión se hizo Hijo del hombre por nosotros, para que nosotros, por naturaleza hijos de los hombres, pudiéramos por gracia llegar a ser por Él hijos de Dios. Pues Él, permaneciendo inmutable, tomó sobre sí nuestra naturaleza, para así tomarnos a sí mismo; y, manteniendo firme su propia divinidad, se hizo partícipe de nuestra flaqueza, para que nosotros, siendo mudados a algo mejor, pudiéramos, participando de su justicia e inmortalidad, perder nuestras propias propiedades de pecado y mortalidad, y conservar todo lo bueno que Él había implantado en nuestra naturaleza, perfeccionado ahora por participar de la bondad de su naturaleza. Pues así como por el pecado de un hombre hemos caído en una miseria tan deplorable, así por la justicia de un Hombre, que también es Dios, llegaremos a una bienaventuranza inconcebiblemente exaltada. Ni debe nadie confiar en que ha pasado del uno al otro hasta que haya llegado a aquel lugar donde no hay tentación, y haya entrado en la paz que busca en los muchos y variados conflictos de esta guerra, en la cual «la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne.» [] Ahora bien, una guerra como esta no habría existido si la naturaleza humana, en el ejercicio del libre albedrío, hubiera permanecido firme en la rectitud en que fue creada. Pero ahora, en su miseria, hace guerra contra sí misma, porque en su bienaventuranza no quiso continuar en paz con Dios; y esto, aunque sea una calamidad miserable, es mejor que las etapas anteriores de esta vida, que no reconocen que hay que mantener una guerra. Pues mejor es contender con los vicios que, sin conflicto, ser subyugado por ellos. Mejor, digo, es la guerra con esperanza de paz eterna que el cautiverio sin pensamiento alguno de liberación. Anhelamos, ciertamente, la cesación de esta guerra, y, encendidos por la llama del amor divino, ardemos por entrar en aquella paz bien ordenada en la cual todo lo inferior está para siempre subordinado a lo que está por encima de ello. Pero si (lo que Dios no permita) no hubiera habido esperanza de tan bendita consumación, habríamos preferido aún soportar la dureza de este conflicto, antes que, por nuestra no resistencia, entregarnos al dominio del vicio.
XXI, 16
Pero tal es la misericordia de Dios hacia los vasos de misericordia que Él ha preparado para gloria, que incluso la primera edad del hombre, es decir, la infancia, que se somete sin resistencia alguna a la carne, y la segunda edad, llamada niñez, que no tiene aún entendimiento suficiente para emprender esta guerra, y por tanto cede a casi todo placer vicioso (porque aunque esta edad tiene el poder del habla, y por tanto puede parecer que ha pasado la infancia, la mente es todavía demasiado débil para comprender el mandamiento), sin embargo, si alguna de estas edades ha recibido los sacramentos del Mediador, entonces, aunque la vida presente llegue inmediatamente a su fin, el niño, habiendo sido trasladado del poder de las tinieblas al reino de Cristo, no sólo será salvado de los castigos eternos, sino que ni siquiera sufrirá tormentos purgatorios después de la muerte. Pues la regeneración espiritual por sí sola basta para impedir que resulten malas consecuencias después de la muerte de la conexión con la muerte que forma la generación carnal. Pero cuando llegamos a aquella edad que puede ya comprender el mandamiento, y someternos al dominio de la ley, debemos declarar la guerra a los vicios, y librar esta guerra con empeño, no sea que vayamos a parar en pecados condenables. Y si los vicios no han cobrado fuerza, por la victoria habitual se vencen y subyugan más fácilmente; pero si se han acostumbrado a vencer y reinar, sólo con dificultad y trabajo se dominan. Y ciertamente esta victoria no puede ganarse sincera y verdaderamente sino deleitándose en la verdadera justicia, y es la fe en Cristo la que da esto. Pues si la ley está presente con su mandato, y el Espíritu está ausente con su ayuda, la presencia de la prohibición sirve sólo para aumentar el deseo de pecar, y añade la culpa de la transgresión. A veces, ciertamente, vicios patentes son vencidos por otros vicios ocultos, que se consideran virtudes, aunque el orgullo y una especie de ruinosa autosuficiencia son sus principios informadores. Por consiguiente, los vicios sólo han de considerarse vencidos cuando son conquistados por el amor de Dios, que sólo Dios mismo da, y que da sólo por medio del Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se hizo partícipe de nuestra mortalidad para hacernos partícipes de su divinidad. Pero pocos son, en verdad, los que son tan felices que han pasado su juventud sin cometer pecados condenables, ya por conducta disoluta o violenta, ya por seguir opiniones impías e ilícitas, sino que han subyugado por su grandeza de alma todo aquello en ellos que podía hacerlos esclavos de los placeres carnales. La mayor parte, habiendo primero llegado a ser transgresores de la ley que recibieron, y habiendo permitido que el vicio tuviera ascendiente en ellos, huyen luego a la gracia en busca de ayuda, y así, por una penitencia más amarga y una lucha más violenta de lo que de otro modo habría sido, subyugan el alma a Dios, y así le dan su autoridad legítima sobre la carne, y llegan a ser vencedores. Quien, por tanto, desea escapar del castigo eterno, que no sólo sea bautizado, sino también justificado en Cristo, y así pase en verdad del diablo a Cristo. Y no imagine que hay dolores purgatorios sino antes de aquel final y terrible juicio. No debemos, sin embargo, negar que incluso el fuego eterno será proporcionado a los merecimientos de los malvados, de modo que para algunos será más, y para otros menos doloroso, ya se logre este resultado por una variación en la temperatura del fuego mismo, graduada según el mérito de cada uno, o ya sea que el calor permanezca el mismo, pero que no todos lo sientan con igual intensidad de tormento.
XXI, 17
Es preciso ya, según veo, entrar en liza de amigable controversia con aquellos cristianos de corazón tierno que se resisten a creer que todos o algunos de aquellos a quienes el Juez infaliblemente justo declare dignos de la pena del infierno hayan de sufrir eternamente, y que suponen que serán librados después de un tiempo fijo de castigo, más largo o más corto según la cantidad de los pecados de cada uno. En este punto, Orígenes fue aún más indulgente; pues creyó que hasta el mismo diablo y sus ángeles, después de sufrir aquellos dolores más graves y prolongados que sus pecados merecían, serían librados de sus tormentos y asociados a los santos ángeles. Pero la Iglesia, no sin razón, lo condenó por éste y otros errores, especialmente por su teoría de la incesante alternancia de felicidad y miseria, y de las interminables transiciones de un estado a otro en períodos fijos de siglos; pues en esta teoría perdió incluso el crédito de ser misericordioso, al asignar a los santos miserias reales para la expiación de sus pecados, y una felicidad falsa, que no les traía gozo verdadero y seguro, es decir, ninguna confianza sin temor de la eterna bienaventuranza. Muy distinto, sin embargo, es el error del que hablamos, dictado por la ternura de esos cristianos que suponen que los sufrimientos de los condenados en el juicio serán temporales, mientras que la bienaventuranza de todos los que, tarde o temprano, sean liberados será eterna. Opinión que, si es buena y verdadera por ser misericordiosa, será tanto mejor y más verdadera cuanto más misericordiosa sea. ¡Extiéndase, pues, esta fuente de misericordia y fluya incluso hasta los ángeles perdidos, y sean también ellos liberados, al menos después de tantos y tan largos siglos como parezca oportuno! ¿Por qué este torrente de misericordia corre hacia todo el género humano, y se seca apenas llega a los ángeles? Y, sin embargo, no se atreven a extender más su piedad y proponer la liberación del mismo diablo. O, si alguno se atreve a tanto, en verdad avergüenza la caridad de ellos, pero él mismo queda convicto de un error más deforme y de una tergiversación más perversa de la verdad de Dios, en proporción a la mayor apariencia de clemencia en su sentimiento.
Comentario editorial · Orígenes y el castigo eterno
En XXI, 17 Agustín dice que Orígenes fue aún más indulgente que los cristianos misericordiosos que creían en un castigo temporal: creyó que hasta el diablo y sus ángeles serían librados de los tormentos, y por eso, añade, la Iglesia lo condenó, junto con su teoría de ciclos de felicidad y miseria. Wikipedia (artículo sobre la apocatástasis) recoge que Orígenes fue condenado en el sínodo de Constantinopla de 543, que se discute si la condena se refería a la apocatástasis y que Gregorio de Nisa, que la enseñó, nunca fue condenado. Lo que dice Agustín aquí es, por tanto, su lectura de Orígenes y de la condena, no un dato verificado por estas fuentes.
Para ampliar: Apocatastasis (Wikipedia (en)) · Libro XXI, en New Advent (XXI, 17).
De quienes imaginan que, por la intercesión de los santos, el hombre será condenado en el juicio final
XXI, 18
Hay además otros, con cuyas opiniones he trabado conocimiento en la conversación, que, aunque parecen reverenciar las santas Escrituras, llevan sin embargo una vida reprensible y, por tanto, en su propio interés, atribuyen a Dios una compasión aún mayor hacia los hombres. Pues reconocen que en la palabra divina se predice con verdad que los impíos e incrédulos son dignos de castigo, pero afirman que, cuando llegue el juicio, prevalecerá la misericordia. Pues, dicen, Dios, teniendo compasión de ellos, los entregará a las oraciones e intercesiones de sus santos. Porque si los santos solían orar por ellos cuando sufrían su odio cruel, ¿cuánto más lo harán cuando los vean postrados y humildes suplicantes? Pues no podemos, dicen, creer que los santos hayan de perder sus entrañas de compasión cuando hayan alcanzado la más perfecta y completa santidad; de modo que quienes, todavía pecadores, oraban por sus enemigos, ahora, cuando están libres de pecado, se abstengan de interceder por sus suplicantes. ¿O acaso Dios se negará a escuchar a tantos de sus amados hijos, cuando su santidad ha purgado sus oraciones de todo obstáculo para que Él las responda? Y el pasaje del salmo que citan quienes admiten que los malvados e infieles serán castigados por largo tiempo, aunque al fin librados de todos los sufrimientos, es reclamado también por las personas de las que ahora hablamos como si favoreciera mucho más su causa. El versículo dice: «¿Olvidará Dios el ser clemente? ¿Cerrará en su ira sus tiernas misericordias?» Su ira, dicen, condenaría a todos los que son indignos de la felicidad eterna a un castigo sin fin. Pero si Él permite que sean castigados por largo tiempo, o siquiera en absoluto, ¿no ha de cerrar sus tiernas misericordias, cosa que el salmista da a entender que no hará? Pues no dice: ¿Cerrará en su ira sus tiernas misericordias por un largo período?, sino que da a entender que no las cerrará en absoluto.
Y niegan que por esto se demuestre que la amenaza del juicio de Dios sea falsa aunque no condene a nadie, de la misma manera que no podemos decir que fue falsa su amenaza de derribar a Nínive, aunque no se cumplió la destrucción que fue absolutamente predicha. Pues no dijo: «Nínive será derribada si no se arrepienten y enmiendan sus caminos,» sino que sin condición alguna predijo que la ciudad sería derribada. Y esta predicción, sostienen, fue verdadera porque Dios predijo el castigo que merecían, aunque no había de infligirlo. Pues aunque los perdonó al arrepentirse, ciertamente sabía que se arrepentirían y, no obstante, predijo absoluta y terminantemente que la ciudad sería derribada. Esto era verdad, dicen, en la verdad de la severidad, porque eran dignos de ello; pero en cuanto a la compasión que contuvo su ira, de modo que perdonó a los suplicantes el castigo con que había amenazado a los rebeldes, no era verdad. Si, pues, perdonó a aquellos a quienes su propio santo profeta se irritó de que perdonara, ¿cuánto más perdonará a aquellos suplicantes más miserables por quienes intercederán todos sus santos? Y suponen que esta conjetura suya no está insinuada en la Escritura, con el fin de estimular a muchos a la reforma de la vida por el temor de sufrimientos muy prolongados o eternos, y de estimular a otros a orar por los que no se han reformado. Sin embargo, piensan que los oráculos divinos no guardan silencio del todo sobre este punto; pues preguntan con qué fin se dice: «¡Cuán grande es tu bondad que has guardado para los que te temen!» si no es para enseñarnos que la grande y oculta dulzura de la misericordia de Dios está escondida para que los hombres teman. Con el mismo propósito piensan que dijo el apóstol: «Porque Dios ha encerrado a todos los hombres en incredulidad, para tener misericordia de todos,» [] dando a entender que nadie será condenado por Dios. Y sin embargo, quienes sostienen esta opinión no la extienden a la absolución o liberación del diablo y sus ángeles. Su ternura humana se conmueve solo hacia los hombres, y alegan principalmente su propia causa, ofreciendo falsas esperanzas de impunidad a sus propias vidas depravadas por medio de esa cuasi compasión de Dios hacia todo el género. En consecuencia, quienes prometen esta impunidad incluso al príncipe de los demonios y a sus satélites hacen una exhibición aún más plena de la misericordia de Dios.
De quienes prometen impunidad de todos los pecados incluso a los herejes, por la virtud de su participación del cuerpo de Cristo
XXI, 19
Hay también otros que prometen esta liberación del castigo eterno, no ciertamente a todos los hombres, sino solo a quienes han sido lavados en el bautismo cristiano y se hacen partícipes del cuerpo de Cristo, sea cual fuere la vida que hayan llevado o la herejía o impiedad en que hayan caído. Fundan esta opinión en el dicho de Jesús: «Este es el pan que desciende del cielo, para que si alguno come de él, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre.» [] Por tanto, dicen, se sigue que estas personas deben ser libradas de la muerte eterna y, en un momento u otro, ser introducidas en la vida eterna.
De quienes prometen esta indulgencia no a todos, sino solo a quienes han sido bautizados como católicos, aunque después hayan caído en muchos crímenes y herejías
XXI, 20
Hay aún otros que no hacen esta promesa ni siquiera a todos los que han recibido los sacramentos del bautismo de Cristo y de su cuerpo, sino solo a los católicos, por mal que hayan vivido. Pues éstos han comido el cuerpo de Cristo, no solo sacramentalmente, sino realmente, al estar incorporados en su cuerpo, como dice el apóstol: «Nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo;» [] de modo que, aunque después hayan caído en alguna herejía, o incluso en el paganismo y la idolatría, sin embargo, en virtud de esta sola cosa, a saber, que han recibido el bautismo de Cristo y han comido el cuerpo de Cristo, en el cuerpo de Cristo, es decir, en la Iglesia católica, no morirán eternamente, sino que en un momento u otro obtendrán la vida eterna; y toda aquella maldad suya no bastará para hacer eterno su castigo, sino solo proporcionalmente largo y severo.
De quienes afirman que todos los católicos que perseveran en la fe, aunque por la depravación de su vida hayan merecido el fuego del infierno, se salvarán a causa del «Fundamento» de su fe
XXI, 21
Hay también algunos que se fundan en la expresión de la Escritura: «El que persevere hasta el fin se salvará,» [] y prometen la salvación solo a quienes continúan en la Iglesia católica; y aunque tales personas hayan vivido mal, sin embargo, dicen, se salvarán como por fuego en virtud del fundamento del que dice el apóstol: «Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. Y si alguno edifica sobre este fundamento oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día del Señor la declarará, pues será revelada por fuego; y la obra de cada uno será probada de qué clase es. Si la obra de alguno permanece, la cual sobreedificó, recibirá recompensa. Mas si la obra de alguno fuere quemada, sufrirá pérdida; si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego.» [] Dicen, por consiguiente, que el cristiano católico, sea cual fuere su vida, tiene a Cristo como fundamento, mientras que este fundamento no lo posee ninguna herejía separada de la unidad de su cuerpo. Y por tanto, en virtud de este fundamento, aunque el cristiano católico, por la inconsecuencia de su vida, haya sido como quien edifica sobre él madera, heno, hojarasca, creen que se salvará por fuego; en otras palabras, que será librado después de gustar el dolor de aquel fuego al que los malvados serán condenados en el juicio final.
De quienes imaginan que los pecados que van mezclados con obras de misericordia no serán imputados en el día del juicio
XXI, 22
También he encontrado a algunos que son de opinión de que solo quienes descuidan cubrir sus pecados con limosnas serán castigados con fuego eterno; y citan las palabras del apóstol Santiago: «Tendrá juicio sin misericordia quien no ha mostrado misericordia.» [] Por tanto, dicen, quien no ha enmendado sus caminos, pero ha mezclado sus acciones disolutas y malvadas con obras de misericordia, recibirá misericordia en el juicio, de modo que o bien escapará por completo a la condenación, o bien será liberado de su sentencia después de algún tiempo más corto o más largo. Suponen que ésta fue la razón por la cual el Juez mismo de vivos y muertos se abstuvo de mencionar otra cosa que las obras de misericordia hechas u omitidas, al otorgar a los de su derecha la vida eterna, y a los de su izquierda el castigo eterno. [] Con el mismo propósito, dicen, está la petición diaria que hacemos en la oración del Señor: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Pues, sin duda, quien perdona a la persona que lo ha agraviado hace una acción caritativa. Y esto ha sido tan altamente encomiado por el Señor mismo, que dice: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial también os perdonará a vosotros; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.» [] Y así, es a esta clase de limosnas a la que se refiere el dicho del apóstol Santiago: «Tendrá juicio sin misericordia quien no ha mostrado misericordia.» Y nuestro Señor, dicen, no hizo distinción de pecados grandes y pequeños, sino que dijo: «Vuestro Padre os perdonará vuestros pecados, si vosotros perdonáis a los hombres los suyos.» Por consiguiente, concluyen que, aunque un hombre haya llevado una vida abandonada hasta el último día de ella, sin embargo, cualesquiera que hayan sido sus pecados, todos le son remitidos en virtud de esta oración diaria, con tal que haya tenido cuidado de atender a esta sola cosa: que cuando aquellos que le han hecho alguna injuria le pidan perdón, él los perdone de corazón.
Cuando, con la ayuda de Dios, haya respondido a todos estos errores, concluiré este libro (el vigésimo primero).
Capítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
XXI, 23
Ante todo, nos corresponde indagar y reconocer por qué la Iglesia no ha podido tolerar la idea que promete purificación o indulgencia al diablo incluso después del castigo más severo y prolongado. Porque tantos varones santos, imbuidos del espíritu del Antiguo y del Nuevo Testamento, no rehusaron a ángeles de cualquier rango o condición que gozaran de la bienaventuranza del reino celestial después de ser purificados por el sufrimiento, sino que percibieron que no podían invalidar ni anular la sentencia divina que el Señor predijo que pronunciaría en el juicio, diciendo: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles.» [] Pues aquí es evidente que el diablo y sus ángeles arderán en fuego eterno. Y hay también aquella declaración en el Apocalipsis: «El diablo, su engañador, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta. Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.» [] En el primer pasaje se usa «eterno», en el segundo «para siempre;» y con estas palabras la Escritura no suele significar otra cosa que duración sin fin. Y por tanto no se puede hallar otra razón, ni razón más obvia y justa, para tener como creencia fija e inmutable de la más verdadera piedad, que el diablo y sus ángeles nunca volverán a la justicia y a la vida de los santos, sino que la Escritura, que a nadie engaña, dice que Dios no los perdonó, y que fueron condenados de antemano por Él, y arrojados a prisiones de oscuridad en el infierno, [] reservados para el juicio del último día, cuando el fuego eterno los recibirá, en el cual serán atormentados por los siglos de los siglos. Y si esto es así, ¿cómo se puede creer que todos los hombres, o incluso algunos, serán retirados de la paciencia del castigo después de haber pasado algún tiempo en él? ¿Cómo se puede creer esto sin enervar nuestra fe en el castigo eterno de los demonios? Porque si todos o algunos de aquellos a quienes se dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles,» [] no han de estar siempre en aquel fuego, entonces ¿qué razón hay para creer que el diablo y sus ángeles estarán siempre allí? ¿O acaso la sentencia de Dios, que ha de pronunciarse sobre los hombres malvados y los ángeles por igual, ha de ser verdadera en el caso de los ángeles y falsa en el de los hombres? Claramente será así si las conjeturas de los hombres han de pesar más que la palabra de Dios. Pero porque esto es absurdo, quienes desean librarse del castigo eterno deben abstenerse de argumentar contra Dios, y más bien, mientras aún hay oportunidad, obedecer los mandatos divinos. Entonces, ¡qué fantasía tan necia es suponer que castigo eterno significa castigo prolongado, mientras que vida eterna significa vida sin fin, puesto que Cristo en el mismo pasaje habló de ambos en términos semejantes en una y la misma sentencia: «Éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna!» [] Si ambos destinos son «eternos», entonces debemos entender o bien ambos como prolongados pero que al fin terminan, o bien ambos como interminables. Porque son correlativos: por una parte, castigo eterno, por otra, vida eterna. Y decir en un mismo y único sentido que la vida eterna será sin fin, y que el castigo eterno llegará a su fin, es el colmo del absurdo. Por lo cual, así como la vida eterna de los santos será sin fin, así también el castigo eterno de quienes están condenados a él no tendrá fin.
Contra los que piensan que en el juicio de Dios todos los acusados serán perdonados en virtud de las oraciones de los santos
XXI, 24
Y este razonamiento es igualmente concluyente contra quienes, en su propio interés, pero bajo apariencia de una mayor ternura de espíritu, intentan invalidar las palabras de Dios, y afirman que estas palabras son verdaderas, no porque los hombres vayan a sufrir aquellas cosas con que Dios amenaza, sino porque merecen sufrirlas. Porque Dios, dicen, los entregará a las oraciones de sus santos, los cuales entonces orarán con mayor fervor por sus enemigos, cuanto más perfectos sean en santidad, y cuyas oraciones serán tanto más eficaces y dignas del oído de Dios, por estar ya purgados de todo pecado. ¿Por qué, entonces, si en aquella santidad consumada sus oraciones son tan puras y omnivalentes, no las emplearán en favor de los ángeles para quienes está preparado el fuego eterno, a fin de que Dios mitigue su sentencia y la cambie, y los libre de aquel fuego? ¿O habrá quizá alguien bastante osado para afirmar que incluso los santos ángeles harán causa común con los santos hombres (entonces hechos iguales a los ángeles de Dios), e intercederán por los culpables, hombres y ángeles, para que la misericordia les evite el castigo que la verdad ha pronunciado que merecen? Pero esto no lo ha afirmado nadie sano en la fe; ni lo afirmará. De lo contrario, no hay razón para que la Iglesia no ore ya ahora por el diablo y sus ángeles, puesto que Dios, su Maestro, le ha mandado orar por sus enemigos. La razón, pues, que impide a la Iglesia orar ahora por los ángeles malos, a quienes sabe que son sus enemigos, es la misma razón que le impedirá, por muy consumada que esté en santidad, orar en el juicio final por aquellos hombres que han de ser castigados en el fuego eterno. Al presente ora por sus enemigos entre los hombres, porque aún tienen oportunidad para un arrepentimiento fructífero. Pues ¿qué pide especialmente para ellos sino que «Dios les conceda arrepentimiento», como dice el apóstol, «para que vuelvan en sí, librándose del lazo del diablo, por el cual están cautivos según su voluntad?» [] Pero si la Iglesia tuviera certeza de quiénes son los que, aunque aún permanecen en esta vida, están sin embargo predestinados a ir con el diablo al fuego eterno, entonces no podría orar por ellos más que por él. Pero como no tiene esta certeza respecto de hombre alguno, ora por todos sus enemigos que aún viven en este mundo; y sin embargo no es escuchada en favor de todos. Pero es escuchada en el caso de aquellos solos que, aunque se oponen a la Iglesia, están no obstante predestinados a llegar a ser hijos suyos por su intercesión. Pero si algunos conservan un corazón impenitente hasta la muerte, y no se convierten de enemigos en hijos, ¿continúa la Iglesia orando por ellos, por los espíritus, es decir, de tales personas difuntas? ¿Y por qué deja de orar por ellos, sino porque el hombre que no fue trasladado al reino de Cristo mientras estaba en el cuerpo, es ahora juzgado como del séquito de Satanás?
Es, pues, digo, la misma razón la que impide a la Iglesia en todo tiempo orar por los ángeles malos, y la que le impedirá orar en lo sucesivo por aquellos hombres que han de ser castigados en el fuego eterno; y esta es también la razón por la cual, aunque ora incluso por los malvados mientras viven, no ora, sin embargo, ni aun en este mundo, por los incrédulos e impíos que están muertos. Porque, ciertamente, la oración de la Iglesia o de personas piadosas es escuchada por algunos de los muertos; pero se trata de aquellos que, habiendo sido regenerados en Cristo, no pasaron su vida tan perversamente que deban ser juzgados indignos de tal compasión, ni tan bien que se los pueda considerar sin necesidad de ella. Como también, después de la resurrección, habrá algunos de los muertos a quienes, después de haber soportado las penas propias de los espíritus de los muertos, se les concederá misericordia y absolución del castigo del fuego eterno. Pues si no hubiera algunos cuyos pecados, aunque no perdonados en esta vida, serán perdonados en la venidera, no podría decirse con verdad: «No les será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero.» [] Pero cuando el Juez de vivos y muertos haya dicho: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo», y a los del otro lado: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles», y «Éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna», sería excesivamente presuntuoso decir que el castigo de cualquiera de aquellos de quienes Dios ha dicho que irán al castigo eterno no será eterno, y así introducir desesperación o duda sobre la promesa correspondiente de la vida eterna.
Que nadie, pues, entienda las palabras del salmista: «¿Se olvidará Dios de tener compasión? ¿Cerrará en su ira sus misericordias?» como si la sentencia de Dios fuera verdadera en cuanto a los buenos, falsa en cuanto a los malos, o verdadera en cuanto a los buenos y a los ángeles malos, pero falsa en cuanto a los hombres malos. Porque las palabras del salmista se refieren a los vasos de misericordia y a los hijos de la promesa, de los cuales el profeta mismo era uno; pues cuando dijo: «¿Se olvidará Dios de tener compasión? ¿Cerrará en su ira sus misericordias?», y a continuación añade: «Y dije: Ahora comienzo; éste es el cambio obrado por la diestra del Altísimo», manifiestamente explicó lo que quería decir con las palabras: «¿Cerrará en su ira sus misericordias?» Porque la ira de Dios es esta vida mortal, en la que el hombre es hecho semejante a la vanidad, y sus días pasan como una sombra. Y, sin embargo, en esta ira Dios no se olvida de tener compasión, haciendo salir su sol y llover sobre justos e injustos; [] y así no acorta en su ira sus misericordias, y especialmente en aquello de lo que el salmista habla con las palabras: «Ahora comienzo: este cambio viene de la diestra del Altísimo»; porque Él cambia para mejor a los vasos de misericordia, aun mientras están todavía en esta vida miserable, que es la ira de Dios, y aun mientras su ira se manifiesta en esta corrupción miserable; porque «en su ira no cierra sus misericordias». Y como la verdad de este cántico divino queda plenamente satisfecha con esta aplicación, no hay necesidad de referirlo a aquel lugar en el que los que no pertenecen a la ciudad de Dios son castigados en el fuego eterno. Pero si alguien insiste en extender su aplicación a los tormentos de los malvados, entiéndanlo al menos de modo que la ira de Dios, que ha amenazado a los malvados con castigo eterno, permanezca, pero se mezcle con misericordia hasta el punto de aliviar los tormentos que justamente podrían infligirse; de modo que los malvados ni escapen del todo, ni soporten sólo por un tiempo estas penas amenazadas, sino que sean menos severas y más soportables de lo que merecen. Así la ira de Dios continuará, y al mismo tiempo no cerrará en esta ira sus misericordias. Pero ni siquiera esta hipótesis debe suponerse que yo la afirmo, pues no me opongo positivamente a ella.
En cuanto a quienes ven una vana amenaza más bien que una verdad en pasajes como éstos: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno;» y «Éstos irán al castigo eterno;» [] y «Serán atormentados por los siglos de los siglos;» [] y «Su gusano no morirá, y su fuego no se apagará,» [] — a tales personas, digo, las refuta de manera enfática y abundante, no tanto yo como la misma Escritura divina. Porque los hombres de Nínive se arrepintieron en esta vida, y por eso su arrepentimiento fue fructífero, en cuanto sembraron en aquel campo que el Señor quiso que fuera sembrado con lágrimas para que después se segara con gozo. Y sin embargo, ¿quién negará que la predicción de Dios se cumplió en su caso, si al menos observa que Dios destruye a los pecadores no sólo con ira, sino también con compasión? Pues los pecadores son destruidos de dos maneras: o bien, como los sodomitas, los hombres mismos son castigados por sus pecados, o, como los ninivitas, los pecados de los hombres son destruidos por el arrepentimiento. La predicción de Dios, por tanto, se cumplió: la Nínive malvada fue derribada, y una Nínive buena fue edificada. Porque sus murallas y casas quedaron en pie; la ciudad fue derribada en sus costumbres depravadas. Y así, aunque el profeta se irritó porque la destrucción que los habitantes temían, a causa de su predicción, no tuvo lugar, sin embargo se cumplió aquello que la presciencia de Dios había predicho, pues Aquel que predijo la destrucción sabía cómo debía cumplirse en un sentido menos calamitoso.
Pero para que estas personas perversamente compasivas vean cuál es el sentido de estas palabras: «¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura, Señor, que has guardado para los que te temen!», lean lo que sigue: «Y la has perfeccionado para los que esperan en ti.» Pues ¿qué significa: «La has guardado para los que te temen», «la has perfeccionado para los que esperan en ti», sino esto: que para aquellos que por temor del castigo procuran establecer su propia justicia por la ley, la justicia de Dios no es dulce, porque la ignoran? No la han gustado. Porque esperan en sí mismos, no en Él; y por eso la abundante dulzura de Dios les está oculta. Temen a Dios, ciertamente, pero con aquel temor servil «que no está en el amor; porque el amor perfecto echa fuera el temor.» [] Por tanto, a los que esperan en Él, Él les perfecciona su dulzura, inspirándoles su propio amor, para que con un temor santo, que el amor no echa fuera, sino que permanece para siempre, cuando se gloríen, se gloríen en el Señor. Porque la justicia de Dios es Cristo, «el cual nos ha sido hecho por Dios», como dice el apóstol, «sabiduría, justicia, santificación y redención; como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.» [] Esta justicia de Dios, que es don de la gracia sin méritos, no la conocen aquellos que procuran establecer su propia justicia, y por eso no están sujetos a la justicia de Dios, que es Cristo. [] Pero es en esta justicia donde hallamos la gran abundancia de la dulzura de Dios, de la cual dice el salmo: «Gustad y ved cuán dulce es el Señor.» Y esto más bien lo gustamos que lo tomamos hasta la saciedad en esta nuestra peregrinación. Ahora tenemos hambre y sed de ello, para que en el más allá quedemos saciados con ello cuando le veamos tal como es, y se cumpla lo que está escrito: «Me saciaré cuando se manifieste tu gloria.» Así es como Cristo perfecciona la gran abundancia de su dulzura para los que esperan en él. Pero si Dios oculta su dulzura a los que le temen en el sentido que imaginan estos nuestros objetores, de modo que la ignorancia del hombre acerca de su propósito de misericordia hacia los malvados los lleve a temerle y a vivir mejor, y de modo que se haga oración por los que no viven como deben, ¿cómo entonces perfecciona Él su dulzura para los que esperan en Él, ya que, si sus sueños fueran verdad, es esta misma dulzura la que le impedirá castigar a aquellos que no esperan en Él? Busquemos, pues, aquella dulzura suya, que Él perfecciona para los que esperan en Él, no la que se supone que perfecciona para los que le desprecian y blasfeman; porque en vano, después de esta vida, busca el hombre aquello que descuidó proveer mientras estaba en esta vida.
Luego, en cuanto a aquella frase del apóstol: «Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos,» [] no significa que no condenará a nadie; sino que el contexto anterior muestra lo que se quiere decir. El apóstol compuso la epístola para los gentiles que ya eran creyentes; y cuando les hablaba de los judíos que aún habían de creer, dice: «Porque así como vosotros en otro tiempo no creísteis a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la incredulidad de ellos; así también éstos ahora no han creído, para que por vuestra misericordia alcancen también ellos misericordia.» Luego añadió las palabras en cuestión con las que estas personas se engañan a sí mismas: «Porque Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos.» ¿De todos quiénes, sino de todos aquellos de quienes estaba hablando, como si hubiera dicho: «Tanto de vosotros como de ellos?» Dios, pues, encerró en incredulidad a todos aquellos, tanto judíos como gentiles, a quienes conoció de antemano y predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que fueran confundidos por la amargura de la incredulidad, y se arrepintieran y se volvieran con fe a la dulzura de la misericordia de Dios, y lanzaran aquella exclamación del salmo: «¡Cuán grande es la abundancia de tu dulzura, oh Señor, que has guardado para los que te temen, pero has perfeccionado para los que esperan,» no en sí mismos, sino «en ti.» Tiene misericordia, pues, de todos los vasos de misericordia. ¿Y qué significa «todos»? Tanto los de los gentiles como los de los judíos a quienes predestinó, llamó, justificó, glorificó: ninguno de éstos será condenado por Él; pero no podemos decir que ninguno de todos los hombres en absoluto.