De cómo Hermes confesó abiertamente el error de sus antepasados, cuya venidera destrucción, no obstante, lamentaba
VIII, 24
Después de un largo intervalo, Hermes vuelve de nuevo al tema de los dioses que los hombres han hecho, diciendo lo siguiente: «Pero basta ya de este asunto. Volvamos al hombre y a la razón, ese don divino por el cual el hombre ha sido llamado animal racional. Pues las cosas que se han dicho acerca del hombre, aunque maravillosas, son menos maravillosas que las que se han dicho acerca de la razón. Que el hombre descubra la naturaleza divina y la haga, supera la maravilla de todas las demás cosas maravillosas. Porque, por tanto, nuestros antepasados erraron muy lejos respecto al conocimiento de los dioses, por incredulidad y por falta de atención a su culto y servicio, inventaron este arte de hacer dioses; y una vez inventado este arte, le asociaron una virtud adecuada tomada de la naturaleza universal, y siendo incapaces de hacer almas, evocaron las de los demonios o de los ángeles, y las unieron con estas santas imágenes y divinos misterios, a fin de que por medio de estas almas las imágenes tuvieran poder de hacer bien o mal a los hombres.» No sé si los mismos demonios habrían podido ser obligados, aun mediante conjuro, a confesar como él ha confesado en estas palabras: «Porque nuestros antepasados erraron muy lejos respecto al conocimiento de los dioses, por incredulidad y por falta de atención a su culto y servicio, inventaron el arte de hacer dioses.» ¿Dice acaso que fue un grado moderado de error el que resultó en el descubrimiento del arte de hacer dioses, o se contentó con decir «erraron?» No; tuvo que añadir «muy lejos,» y decir, «Erraron muy lejos.» Fue, pues, este gran error e incredulidad de sus antepasados, que no atendieron al culto y servicio de los dioses, lo que originó el arte de hacer dioses. Y sin embargo, este hombre sabio se lamenta de la ruina de este arte en algún tiempo futuro, como si fuera una religión divina. ¿No está verdaderamente compelido, por un lado, por influencia divina, a revelar el error pasado de sus antepasados, y por otro lado, por influencia diabólica, a lamentar el castigo futuro de los demonios? Pues si sus antepasados, al errar muy lejos respecto al conocimiento de los dioses, por incredulidad y aversión de la mente respecto a su culto y servicio, inventaron el arte de hacer dioses, ¿qué hay de extraño en que todo lo que se hace por este arte detestable, que se opone a la religión divina, sea quitado por aquella religión, cuando la verdad corrige el error, la fe refuta la incredulidad y la conversión rectifica la aversión?
Porque si hubiera dicho solamente, sin mencionar la causa, que sus antepasados habían descubierto el arte de hacer dioses, habría sido nuestro deber, si prestáramos atención a lo que es recto y piadoso, considerar y ver que nunca habrían podido llegar a este arte si no se hubieran apartado de la verdad, si hubieran creído aquellas cosas que son dignas de Dios, si hubieran atendido al culto y servicio divinos. Sin embargo, si solo nosotros dijéramos que las causas de este arte se encontraban en el gran error e incredulidad de los hombres, y en la aversión de la mente que yerra y es infiel a la religión divina, la impudencia de los que resisten la verdad debería en cierto modo soportarse; pero cuando el que admira en el hombre, por encima de todas las demás cosas, este poder que se le ha concedido ejercer, y se entristece porque viene un tiempo en que todas aquellas ficciones de dioses inventadas por los hombres serán incluso mandadas quitar por las leyes—cuando incluso este hombre confiesa, no obstante, y explica las causas que condujeron al descubrimiento de este arte, diciendo que sus antepasados, por gran error e incredulidad, y por no atender al culto y servicio de los dioses, inventaron este arte de hacer dioses—¿qué debemos decir, o más bien hacer, sino dar al Señor nuestro Dios todas las gracias que podamos, porque Él ha quitado aquellas cosas por causas contrarias a las que condujeron a su institución? Pues lo que instituyó la prevalencia del error, lo quitó el camino de la verdad; lo que instituyó la incredulidad, lo quitó la fe; lo que instituyó la aversión del culto y servicio divinos, lo quitó la conversión al único Dios verdadero y santo. Y esto no sucedió solo en Egipto, por cuyo país únicamente se lamentó en Hermes el espíritu de los demonios, sino en toda la tierra, que canta al Señor un cántico nuevo, como lo predijeron las Escrituras verdaderamente santas y verdaderamente proféticas, en las cuales está escrito, «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra.» Pues el título de este salmo es, «Cuando la casa fue edificada después de la cautividad.» Porque se está edificando una casa al Señor en toda la tierra, es decir, la ciudad de Dios, que es la santa Iglesia, después de aquella cautividad en que los demonios tuvieron cautivos a los hombres que, por la fe en Dios, se convirtieron en piedras vivas de la casa. Pues aunque el hombre hizo dioses, no se sigue que quien los hizo no fuera tenido cautivo por ellos, cuando, al adorarlos, fue arrastrado a la comunión con ellos—a la comunión no de ídolos estólidos, sino de demonios astutos; porque ¿qué son los ídolos sino lo que se dice que son en las mismas Escrituras, «Tienen ojos, pero no ven,» y, aunque artísticamente fabricados, están aún sin vida ni sensación? Pero los espíritus inmundos, asociados mediante aquella arte perversa con estos mismos ídolos, han tomado miserablemente cautivas las almas de sus adoradores, arrastrándolas a la comunión consigo mismos. Por lo cual dice el apóstol, «Sabemos que un ídolo nada es, pero lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que tengáis comunión con los demonios.» [] Por tanto, después de esta cautividad, en la cual los hombres eran tenidos por demonios malignos, la casa de Dios se está edificando en toda la tierra; de donde el título de aquel salmo en que se dice, «Cantad al Señor un cántico nuevo; cantad al Señor, toda la tierra. Cantad al Señor, bendecid su nombre; anunciad de día en día su salvación. Anunciad su gloria entre las naciones, entre todos los pueblos sus maravillas. Porque grande es el Señor, y muy digno de alabanza: temible es sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de las naciones son demonios; pero el Señor hizo los cielos.»
Por lo cual, el que se entristecía porque venía un tiempo en que la adoración de los ídolos sería abolida, y el dominio de los demonios sobre los que los adoraban, deseaba, bajo la influencia de un demonio, que aquella cautividad continuara siempre, a cuya cesación aquel salmo celebra la edificación de la casa del Señor en toda la tierra. Hermes predijo estas cosas con dolor, el profeta con alegría; y porque el Espíritu es victorioso que cantó estas cosas por medio de los antiguos profetas, incluso el mismo Hermes fue compelido de manera admirable a confesar que aquellas mismas cosas que no quería que fueran quitadas, y ante cuya remoción se entristecía, habían sido instituidas, no por hombres prudentes, fieles y religiosos, sino por hombres errantes e incrédulos, aversos al culto y servicio de los dioses. Y aunque los llama dioses, sin embargo, cuando dice que fueron hechos por hombres como los que ciertamente no debemos ser, muestra, quiera o no, que no deben ser adorados por aquellos que no se asemejan a estos hacedores de imágenes, es decir, por hombres prudentes, fieles y religiosos, a la vez que manifiesta que los mismos hombres que los hicieron se involucraron en la adoración de aquellos como dioses que no eran dioses. Porque verdadera es la palabra del profeta, «Si un hombre hace dioses, he aquí, no son dioses.» [] A tales dioses, pues, reconocidos por tales adoradores y hechos por tales hombres, Hermes llamó «dioses hechos por hombres,» es decir, demonios, mediante un arte de no sé qué descripción, atados por las cadenas de sus propias concupiscencias a las imágenes. Pero, no obstante, no estuvo de acuerdo con aquella opinión del platónico Apuleyo, de la cual ya hemos mostrado la incongruencia y el absurdo, a saber, que eran intérpretes e intercesores entre los dioses que Dios hizo y los hombres que el mismo Dios hizo, llevando a Dios las oraciones de los hombres, y de Dios los dones dados en respuesta a esas oraciones. Pues es sumamente estúpido creer que los dioses que los hombres han hecho tengan más influencia con los dioses que Dios ha hecho que los propios hombres, a quienes el mismo Dios ha hecho. Y considera también que es un demonio el que, atado por un hombre a una imagen mediante un arte impío, ha sido hecho dios, pero dios solo para tal hombre, no para todo hombre. ¿Qué clase de dios, por tanto, es aquel que ningún hombre haría sino uno errante, incrédulo y averso al verdadero Dios? Además, si los demonios que son adorados en los templos, siendo introducidos por una especie de arte extraño en imágenes, es decir, en representaciones visibles de sí mismos, por aquellos hombres que por este arte hicieron dioses cuando se desviaban de, y eran aversos al, culto y servicio de los dioses—si, digo, aquellos demonios no son ni mediadores ni intérpretes entre los hombres y los dioses, tanto por causa de sus propias costumbres perversísimas y viles, como porque los hombres, aunque errantes, incrédulos y aversos al culto y servicio de los dioses, son sin duda mejores que los demonios a quienes ellos mismos han evocado, entonces queda por afirmar que el poder que poseen lo poseen como demonios, haciendo daño otorgando beneficios fingidos—daño tanto mayor por el engaño—o bien haciendo abierta y descaradamente el mal a los hombres. Sin embargo, no pueden hacer nada de este tipo sino donde lo permite la profunda y secreta providencia de Dios, y solo hasta donde se les permite. Cuando, sin embargo, se les permite, no es porque ellos, estando a medio camino entre los hombres y los dioses, tengan mediante la amistad de los dioses gran poder sobre los hombres; porque estos demonios no pueden ser amigos de los dioses buenos que moran en la santa y celestial habitación, por los cuales entendemos santos ángeles y criaturas racionales, sean tronos, dominaciones, principados o potestades, de los cuales están tan separados en disposición y carácter como la virtud dista del vicio, la maldad de la bondad.
VIII, 25
Por lo cual, de ningún modo debemos buscar, por la supuesta mediación de los demonios, valernos de la benevolencia o beneficencia de los dioses, o más bien de los buenos ángeles, sino asemejándonos a ellos en la posesión de una buena voluntad, por la cual estamos con ellos, y vivimos con ellos, y adoramos con ellos al mismo Dios, aunque no podemos verlos con los ojos de nuestra carne. Pero no es en el lugar donde estamos distantes de ellos, sino en el mérito de la vida, causado por nuestra miserable desemejanza con ellos en la voluntad, y por la debilidad de nuestro carácter; porque el mero hecho de habitar en la tierra bajo las condiciones de la vida en la carne no impide nuestra comunión con ellos. Solo se impide cuando nosotros, en la impureza de nuestros corazones, pensamos en las cosas terrenas. Pero en este tiempo presente, mientras estamos siendo sanados para que eventualmente seamos como ellos, somos acercados a ellos por la fe, si por su asistencia creemos que Aquel que es su bienaventuranza es también la nuestra.
VIII, 26
Es ciertamente algo notable cómo este egipcio, al expresar su dolor de que venía un tiempo en que serían quitadas de Egipto aquellas cosas que confiesa haber sido inventadas por hombres errantes, incrédulos y aversos al servicio de la religión divina, dice, entre otras cosas, «Entonces aquella tierra, el lugar más santo de santuarios y templos, estará llena de sepulcros y de hombres muertos,» ¡como si, en verdad, si estas cosas no fueran quitadas, los hombres no morirían! ¡Como si los cadáveres pudieran ser enterrados en otro lugar que no sea el suelo! ¡Como si, al avanzar el tiempo, el número de sepulcros no debiera necesariamente aumentar en proporción al aumento del número de muertos! Pero los que son de mente perversa, y se oponen a nosotros, suponen que lo que él lamenta es que los memoriales de nuestros mártires sucederían a sus templos y santuarios, para que, por cierto, tengan motivos para pensar que los dioses eran adorados por los paganos en templos, pero que los hombres muertos son adorados por nosotros en sepulcros. Pues con tal ceguera los hombres impíos, por así decirlo, tropiezan con montañas, y no quieren ver las cosas que hieren sus propios ojos, que no atienden al hecho de que en toda la literatura de los paganos no se encuentran, o apenas se encuentran, dioses que no hayan sido hombres, a quienes, cuando murieron, se les rindieron honores divinos. No me extenderé sobre el hecho de que Varrón dice que todos los hombres muertos son considerados por ellos como dioses— Manes, y lo prueba por aquellos ritos sagrados que se realizan en honor de casi todos los muertos, entre los cuales menciona los juegos fúnebres, considerando esto la prueba más alta de divinidad, porque los juegos solo suelen celebrarse en honor de divinidades. El mismo Hermes, de quien ahora tratamos, en aquel mismo libro en que, como prediciendo cosas futuras, dice con dolor «Entonces aquella tierra, el lugar más santo de santuarios y templos, estará llena de sepulcros y de hombres muertos,» testifica que los dioses de Egipto eran hombres muertos. Pues, habiendo dicho que sus antepasados, al errar muy lejos respecto al conocimiento de los dioses, incrédulos y desatentos al culto y servicio divinos, inventaron el arte de hacer dioses, con el cual arte, una vez inventado, asociaron la virtud apropiada que es inherente a la naturaleza universal, y mezclando esa virtud con este arte, llamaron a las almas de los demonios o de los ángeles (porque no podían hacer almas), y las hicieron tomar posesión de, o asociarse con, imágenes santas y misterios divinos, para que por medio de estas almas las imágenes tuvieran poder de hacer bien o mal a los hombres;— habiendo dicho esto, continúa, como para probarlo con ilustraciones, diciendo, «Tu abuelo, oh Esculapio, el primer descubridor de la medicina, a quien se consagró un templo en una montaña de Libia, cerca de la orilla de los cocodrilos, en cuyo templo yace su hombre terrenal, es decir, su cuerpo—pues la mejor parte de él, o más bien el todo de él, si el hombre entero está en la vida inteligente, volvió al cielo,— otorga aun ahora por su divinidad todas aquellas ayudas a los hombres enfermos que antes solía otorgarles por el arte de la medicina.» Dice, por tanto, que un hombre muerto fue adorado como dios en aquel lugar donde tenía su sepulcro. Engaña a los hombres con una falsedad, pues el hombre «volvió al cielo.» Luego añade «¿No ayuda y preserva Hermes, que fue mi abuelo, y cuyo nombre llevo, morando en el país que es llamado por su nombre, a todos los mortales que a él vienen de todas partes?» Pues este Hermes mayor, es decir, Mercurio, quien, dice, fue su abuelo, se dice que está enterrado en Hermópolis, es decir, en la ciudad llamada por su nombre; así que aquí hay dos dioses que él afirma haber sido hombres, Esculapio y Mercurio. Ahora bien, respecto a Esculapio, tanto los griegos como los latinos piensan lo mismo; pero en cuanto a Mercurio, hay muchos que no piensan que fuera antes un mortal, aunque Hermes testifica que fue su abuelo. ¿Pero son estos dos individuos diferentes que fueron llamados por el mismo nombre? No discutiré mucho si son individuos diferentes o no. Es suficiente saber que este Mercurio del que habla Hermes es, así como Esculapio, un dios que una vez fue hombre, según el testimonio de este mismo Trismegisto, estimado tan grande por sus compatriotas, y también el nieto del propio Mercurio.
Hermes continúa diciendo, «Pero, ¿sabemos cuántas cosas buenas otorga Isis, la esposa de Osiris, cuando es propicia, y qué gran oposición puede ofrecer cuando está airada?» Luego, para mostrar que había dioses hechos por hombres mediante este arte, continúa diciendo, «Porque es fácil que los dioses terrenales y mundanos se enojen, siendo hechos y compuestos por hombres de una u otra naturaleza;» dándonos así a entender que creía que los demonios eran antiguamente las almas de los hombres muertos, las cuales, como dice, mediante un cierto arte inventado por hombres muy lejos en el error, incrédulos e irreligiosos, fueron hechas tomar posesión de imágenes, porque quienes hicieron tales dioses no pudieron hacer almas. Cuando, por tanto, dice «una u otra naturaleza,» quiere decir alma y cuerpo—el demonio siendo el alma, y la imagen el cuerpo. ¿Qué queda, entonces, de aquella queja lamentable, de que la tierra de Egipto, el lugar más santo de santuarios y templos, habría de estar llena de sepulcros y hombres muertos? Verdaderamente, el espíritu falaz, por cuya inspiración Hermes dijo estas cosas, fue compelido a confesar por medio de él que aun ya aquella tierra estaba llena de sepulcros y de hombres muertos, a quienes adoraban como dioses. Pero era el dolor de los demonios el que se expresaba por su boca, que se entristecían a causa de los castigos que estaban por caer sobre ellos en los sepulcros de los mártires. Porque en muchos de tales lugares son atormentados y compelidos a confesar, y son expulsados de los cuerpos de los hombres, de los cuales habían tomado posesión.
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Pero, con todo, no construimos templos ni ordenamos sacerdotes, ritos y sacrificios para estos mismos mártires; porque no son nuestros dioses, sino que su Dios es nuestro Dios. Ciertamente honramos sus relicarios, como memoriales de santos varones de Dios que lucharon por la verdad hasta la muerte de sus cuerpos, para que la verdadera religión fuese dada a conocer y las religiones falsas y ficticias fuesen desenmascaradas. Pues si hubo algunos antes de ellos que pensaron que estas religiones eran realmente falsas y ficticias, temieron expresar sus convicciones. Pero ¿quién oyó jamás a un sacerdote de los fieles, de pie ante un altar erigido para honor y culto de Dios sobre el santo cuerpo de algún mártir, decir en las oraciones: Te ofrezco un sacrificio, oh Pedro, o oh Pablo, o oh Cipriano? Porque es a Dios a quien se ofrecen sacrificios en sus sepulcros—al Dios que los hizo hombres y mártires, y los asoció con los santos ángeles en honor celestial; y la razón por la cual tributamos tales honores a su memoria es que, al hacerlo, demos gracias al Dios verdadero por sus victorias, y, recordándolos de nuevo, nos excitemos a imitarlos, buscando obtener coronas y palmas semejantes, invocando la ayuda del mismo Dios a quien ellos invocaron. Por tanto, cualesquiera honores que los religiosos tributen en los lugares de los mártires, no son sino honores rendidos a su memoria, no ritos sagrados ni sacrificios ofrecidos a hombres muertos como a dioses. Y aun los que llevan allí alimentos—lo cual, por cierto, no hacen los cristianos mejores, y en la mayor parte del mundo no se hace en absoluto—lo hacen para que les sean santificados por los méritos de los mártires, en el nombre del Señor de los mártires, presentando primero el alimento y ofreciendo oración, y después tomándolo para comerlo, o para distribuirlo en parte a los necesitados. Pero quien conoce el único sacrificio de los cristianos, que es el sacrificio ofrecido en aquellos lugares, sabe también que éstos no son sacrificios ofrecidos a los mártires. Así pues, no es con honores divinos ni con crímenes humanos, con los cuales ellos adoran a sus dioses, como honramos a nuestros mártires; ni les ofrecemos sacrificios, ni convertimos los crímenes de los dioses en sus ritos sagrados. Pues lean quienes quieran y puedan la carta de Alejandro a su madre Olimpia, en la que cuenta lo que le fue revelado por el sacerdote León, y quienes la hayan leído recuerden lo que contiene, para que vean qué grandes abominaciones han sido transmitidas a la memoria, no por los poetas, sino por los escritos místicos de los egipcios, acerca de la diosa Isis, esposa de Osiris, y de los padres de ambos, todos los cuales, según estos escritos, fueron personajes reales. Se dice que Isis, al sacrificar a sus padres, descubrió una cosecha de cebada, de la cual llevó algunas espigas al rey su marido y a su consejero Mercurio, y por eso la identifican con Ceres. Quienes lean la carta pueden ver allí cuál era el carácter de aquellas personas a las que, una vez muertas, se instituyeron ritos sagrados como a dioses, y cuáles fueron las acciones suyas que dieron ocasión a esos ritos. Que no se atrevan ni una sola vez a comparar en ningún aspecto a aquellas personas, aunque las tengan por dioses, con nuestros santos mártires, aunque no los tengamos por dioses. Porque no ordenamos sacerdotes ni ofrecemos sacrificios a nuestros mártires, como ellos hacen con sus muertos, pues eso sería incongruente, indebido e ilícito, al ser debido sólo a Dios; y así no los deleitamos con sus propios crímenes, ni con espectáculos tan vergonzosos como aquellos en que se celebran los crímenes de los dioses, los cuales son o crímenes reales cometidos por ellos cuando eran hombres, o, si nunca fueron hombres, crímenes ficticios inventados para placer de demonios nocivos. El dios de Sócrates, si tuvo un dios, no puede haber pertenecido a esta clase de demonios. Pero quizá quienes quisieron sobresalir en este arte de hacer dioses impusieron un dios de esta suerte a un hombre ajeno e inocente de toda relación con ese arte. ¿Qué más diremos? Nadie medianamente sabio imagina que los demonios deban ser adorados a causa de la vida bienaventurada que ha de venir después de la muerte. Pero quizá dirán que todos los dioses son buenos, pero que de los demonios unos son malos y otros buenos, y que son los buenos quienes han de ser adorados, para que por medio de ellos alcancemos la vida eternamente bienaventurada. Al examen de esta opinión dedicaremos el libro siguiente.