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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 36 de 52 · Capítulo 6Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 6

    Del sacerdocio y del reino judíos, que, aunque prometidos para ser establecidos para siempre, no continuaron; de modo que han de entenderse otras cosas a las que se asegura la eternidad

    XVII, 6

    Mientras, pues, estas cosas resplandecen ahora tan claramente como fueron elevadamente anunciadas, todavía alguno, no en vano, puede sentirse movido a preguntar: ¿Cómo podemos confiar en que han de suceder todas las cosas que están predichas en estos libros como venideras, si esto mismo que allí se dice divinamente: «Tu casa y la casa de tu padre andarán delante de mí para siempre,» no pudo tener efecto? Pues vemos que el sacerdocio ha sido cambiado; y no puede haber esperanza de que lo prometido a aquella casa se cumpla algún día, porque aquello que sucede al ser aquella rechazada y cambiada está más bien predicho como eterno. Quien dice esto no entiende todavía, o no recuerda, que este mismo sacerdocio según el orden de Aarón fue constituido como sombra de un futuro sacerdocio eterno; y por tanto, cuando se le promete la eternidad, no se promete a la mera sombra y figura, sino a lo que es prefigurado y representado por ella. Mas para que no se pensara que la sombra misma había de permanecer, era necesario también que se anunciara su cambio.
    De este modo, también el reino del mismo Saúl, que ciertamente fue reprobado y rechazado, era sombra de un reino venidero que había de permanecer por la eternidad. Pues, en verdad, el aceite con que fue ungido, y por aquella unción es llamado Cristo, ha de tomarse en sentido místico, y ha de entenderse como un gran misterio; el cual David mismo veneraba tanto en él, que tembló con el corazón herido cuando, estando escondido en una cueva oscura, en la que también entró Saúl apremiado por la necesidad de la naturaleza, se había acercado secretamente por detrás de él y le había cortado un pequeño trozo de su manto, para poder probar cómo lo había perdonado cuando podía haberlo matado, y así apartar de su mente la sospecha por la que había perseguido con vehemencia al santo David, teniéndolo por enemigo suyo. Por tanto, temió mucho ser acusado de violar tan gran misterio en Saúl, porque había tocado de ese modo incluso sus vestidos. Pues así está escrito: «Y el corazón de David lo golpeó porque había cortado la orla de su manto.» Pero a los hombres que estaban con él, que le aconsejaban destruir a Saúl, entregado así en sus manos, les dice: «El Señor me libre de hacer tal cosa a mi señor, el cristo del Señor, de poner mi mano sobre él, porque es el cristo del Señor.» Mostró, por tanto, tan grande reverencia a esta sombra de lo que había de venir, no por ella misma, sino por causa de lo que prefiguraba. De donde también aquello que Samuel dice a Saúl: «Puesto que no has guardado mi mandamiento que el Señor te ordenó, y el Señor habría preparado tu reino sobre Israel para siempre, ahora tu reino no continuará para ti; y el Señor se buscará un hombre según su corazón, y el Señor le mandará ser príncipe sobre su pueblo, porque no has guardado lo que el Señor te mandó,» no ha de tomarse como si Dios hubiera establecido que el mismo Saúl reinara para siempre, y después, al pecar este, no quisiera cumplir su promesa; ni era Él ignorante de que aquel pecaría, sino que había establecido su reino para que fuera figura del reino eterno. Por eso añadió: «Pero ahora tu reino no continuará para ti.» Por tanto, lo que significaba se ha mantenido y se mantendrá; pero no se mantendrá para este hombre, porque él mismo no había de reinar para siempre, ni su descendencia; de modo que al menos aquella palabra «para siempre» pudiera parecer cumplirse a través de su posteridad, uno tras otro. «Y el Señor,» dice, «se buscará un hombre,» queriendo decir o David o el Mediador del Nuevo Testamento, [] que fue figurado en la unción con la que también David y su descendencia fue ungida. Pero no es como si Dios no supiera dónde estaba, que así se busca un hombre, sino que, hablando por medio de un hombre, habla como un hombre, y en este sentido nos busca. Pues no solo para Dios Padre, sino también para su Unigénito, que vino a buscar lo que estaba perdido, [] ya éramos conocidos, hasta el punto de ser elegidos en Él antes de la fundación del mundo. [] «Se buscará» significa, por tanto: Tendrá a los suyos (como si hubiera dicho: A quien ya conoce como suyo, lo mostrará a otros como amigo suyo). De donde en latín esta palabra ( quærit ) recibe una preposición y se convierte en acquirit (adquiere), cuyo significado es bastante claro; aunque aun sin la adición de la preposición, quærere se entiende como acquirere, de donde las ganancias se llaman quæstus.

    Capítulo 7

    De la división del reino de Israel, por la cual fue prefigurada la separación perpetua del Israel espiritual respecto del Israel carnal

    XVII, 7

    De nuevo pecó Saúl por desobediencia, y de nuevo le dice Samuel en palabra del Señor, «Por cuanto has desechado la palabra del Señor, el Señor te ha desechado, para que no seas rey sobre Israel.» [] Y otra vez por el mismo pecado, cuando Saúl lo confesó y pidió perdón, y rogó a Samuel que volviera con él para aplacar al Señor, dijo: «No volveré contigo, pues has desechado la palabra del Señor, y el Señor te desechará, para que no seas rey sobre Israel. Y volvió Samuel su rostro para irse, y Saúl echó mano de la orilla de su manto, y la rasgó. Y Samuel le dijo: El Señor ha rasgado hoy el reino de Israel de tu mano, y lo dará a tu prójimo, que es bueno por encima de ti, y dividirá a Israel en dos. Y Él no se mudará, ni se arrepentirá; porque no es hombre para que se arrepienta; amenaza y no persevera.» Aquel a quien se le dice, «El Señor te desechará, para que no seas rey sobre Israel,» y «El Señor ha rasgado hoy el reino de Israel de tu mano,» reinó cuarenta años sobre Israel —esto es, exactamente el mismo tiempo que el propio David—, y sin embargo oyó esto en el primer período de su reinado, para que entendamos que fue dicho porque ninguno de su linaje había de reinar, y para que miremos a la estirpe de David, de la cual, según la carne, [] proviene el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. []
    Pero la Escritura no contiene lo que se lee en la mayoría de los códices latinos, «El Señor ha rasgado hoy de tu mano el reino de Israel,» sino que, tal como lo hemos consignado, se halla en los códices griegos, «El Señor ha rasgado de Israel el reino de tu mano;» de modo que las palabras «de tu mano» han de entenderse como «de Israel.» Por tanto, este hombre representaba figuradamente al pueblo de Israel, que había de perder el reino, pues Cristo Jesús nuestro Señor iba a reinar, no carnal, sino espiritualmente. Y cuando se dice de Él, «Y lo dará a tu prójimo,» ha de referirse al parentesco según la carne, pues Cristo, según la carne, era de Israel, de donde también procedía Saúl. Pero lo que se añade, «Bueno por encima de ti,» puede ciertamente entenderse como «Mejor que tú,» y de hecho algunos lo han traducido así; pero se entiende mejor así, «Bueno por encima de ti,» queriendo decir que, porque Él es bueno, por eso ha de estar por encima de ti, según aquella otra sentencia profética, «Hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de tus pies.» Y entre ellos está Israel, de quien, como perseguidor suyo, Cristo quitó el reino; aunque también pudo hallarse allí el Israel en quien no había engaño, una suerte de grano, por así decirlo, de aquella paja. Pues ciertamente de allí vinieron los apóstoles, de allí tantos mártires, de los cuales Esteban es el primero, de allí tantas iglesias que nombra el apóstol Pablo, ensalzando a Dios en su conversión.
    De lo cual no dudo que ha de entenderse lo que sigue, «Y dividirá a Israel en dos,» a saber, en el Israel que pertenece a la esclava y el Israel que pertenece a la libre. Pues estas dos clases estuvieron al principio juntas, mientras Abraham seguía unido a la esclava, hasta que la estéril, hecha fecunda por la gracia de Dios, clamó: «Echa fuera a la esclava y a su hijo.» [] Sabemos, ciertamente, que por el pecado de Salomón, en el reinado de su hijo Roboam, Israel fue dividido en dos, y así continuó, teniendo las partes separadas sus propios reyes, hasta que toda aquella nación fue destruida con gran ruina y llevada cautiva por los caldeos. Pero ¿qué tenía esto que ver con Saúl, cuando, si algo semejante se amenazaba, se habría amenazado contra el propio David, cuyo hijo era Salomón? Finalmente, la nación hebrea no está ahora dividida internamente, sino dispersa por la tierra indistintamente, en la comunión del mismo error. Pero aquella división con la que Dios amenazó al reino y al pueblo en la persona de Saúl, que los representaba, se muestra eterna e inmutable por lo que se añade, «Y Él no se mudará, ni se arrepentirá; porque no es como el hombre, para que se arrepienta; que amenaza y no persevera,» — es decir, el hombre amenaza y no persevera, pero no Dios, que no se arrepiente como el hombre. Pues cuando leemos que Él se arrepiente, se significa un cambio de circunstancia, procedente de la divina presciencia inmutable. Por tanto, cuando se dice que Dios no se arrepiente, ha de entenderse que no cambia.
    Vemos que esta sentencia acerca de esta división del pueblo de Israel, pronunciada divinamente con estas palabras, ha sido del todo irremediable y absolutamente perpetua. Pues quienesquiera que se hayan vuelto, se estén volviendo o se hayan de volver de allí a Cristo, ha sido según la presciencia de Dios, no según la única y misma naturaleza del género humano. Ciertamente ninguno de los israelitas que, adhiriéndose a Cristo, han perseverado en Él, estará jamás entre aquellos israelitas que persisten en ser sus enemigos incluso hasta el fin de esta vida, sino que permanecerá para siempre en la separación aquí predicha. Porque el Antiguo Testamento, desde el monte Sinaí, que engendra para esclavitud, [] de nada aprovecha, sino en cuanto da testimonio del Nuevo Testamento. De otro modo, por mucho que se lea a Moisés, el velo está puesto sobre su corazón; pero cuando alguno se vuelva de allí a Cristo, el velo será quitado. [] Pues el mismo deseo de los que se vuelven cambia de lo antiguo a lo nuevo, de modo que cada uno ya no desea alcanzar la felicidad carnal, sino la espiritual. Por lo cual el mismo gran profeta Samuel, antes de ungir a Saúl, cuando clamó al Señor por Israel y Él lo oyó, y cuando ofreció un holocausto entero, al venir los extranjeros a la batalla contra el pueblo de Dios, y tronó el Señor sobre ellos y quedaron confundidos, y cayeron delante de Israel y fueron vencidos; [entonces] tomó una piedra y la colocó entre el antiguo y el nuevo Massephat [Mizpeh], y llamó su nombre Ebenezer, que significa «la piedra del auxiliador,» y dijo: «Hasta aquí nos ha ayudado el Señor.» Massephat se interpreta «deseo.» Esa piedra del auxiliador es la mediación del Salvador, por la cual pasamos del antiguo Massephat al nuevo, es decir, del deseo con que se esperaba la felicidad carnal en el reino carnal al deseo con que se espera la felicidad espiritual más verdadera en el reino de los cielos; y puesto que nada es mejor que eso, el Señor nos ayuda hasta aquí.

    Capítulo 8

    De las promesas hechas a David en su Hijo, que de ningún modo se cumplen en Salomón, sino plenísimamente en Cristo

    XVII, 8

    Y ahora veo que debo mostrar lo que, en relación con el asunto que trato, prometió Dios al propio David, que sucedió a Saúl en el reino, cuyo cambio prefiguró aquel cambio final por causa del cual todas las cosas fueron dichas divinamente y todas fueron consignadas por escrito. Habiendo ido prósperamente muchas cosas al rey David, pensó en hacer una casa para Dios, es decir, aquel templo de excelentísima fama que después edificó el rey Salomón, su hijo. Mientras pensaba en esto, vino la palabra del Señor al profeta Natán, la cual llevó al rey; en ella, después de haber dicho Dios que no se le había de edificar casa por el propio David, y que en todo aquel largo tiempo nunca había ordenado a ninguno de su pueblo que le edificara una casa de cedro, dice: «Ahora, pues, así dirás a mi siervo David: Así dice Dios Todopoderoso: Yo te tomé del redil, para que fueras príncipe sobre mi pueblo Israel; y he estado contigo por dondequiera que has ido, y he exterminado a todos tus enemigos de delante de tu rostro, y te he hecho un nombre, conforme al nombre de los grandes que hay sobre la tierra. Y dispondré un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré, y habitará aparte, y no será turbado más; y el hijo de iniquidad no lo humillará más, como desde el principio, desde los días en que constituí jueces sobre mi pueblo Israel. Y te daré descanso de todos tus enemigos, y el Señor te anuncia [te ha anunciado] que tú le has de edificar una casa. Y sucederá que, cuando se cumplan tus días y duermas con tus padres, levantaré después de ti a tu descendencia, la que saldrá de tus entrañas, y prepararé su reino. Él me edificará una casa para mi nombre, y afirmaré su trono hasta la eternidad. Yo seré su Padre, y él será mi hijo. Y si cometiere iniquidad, lo castigaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no apartaré de él, como la aparté de aquellos que quité de delante de mi rostro. Y su casa será fiel, y su reino eternamente delante de mí, y su trono será establecido para siempre.» []
    Quien piensa que esta gran promesa se cumplió en Salomón yerra grandemente; pues atiende a la sentencia, «Él me edificará una casa,» pero no atiende a aquella otra, «Su casa será fiel, y su reino eternamente delante de mí.» Atienda, pues, y contemple la casa de Salomón llena de mujeres extranjeras que adoraban a dioses falsos, y al propio rey, antes sabio, seducido por ellas y precipitado en la misma idolatría; y no se atreva a pensar que Dios prometió esto falsamente, o que fue incapaz de saber de antemano que Salomón y su casa llegarían a ser lo que fueron. Pero no debemos dudar aquí, ni ver el cumplimiento de estas cosas sino en Cristo nuestro Señor, que fue hecho del linaje de David según la carne, [] no sea que vana e inútilmente busquemos algún otro aquí, como los judíos carnales. Pues aun ellos entienden esto: que el hijo que leen en aquel lugar como prometido a David no fue Salomón; de modo que, con admirable ceguera respecto de Aquel que fue prometido y ahora es declarado con tan grande manifestación, dicen que esperan a otro. Ciertamente, aun en Salomón apareció alguna imagen del acontecimiento futuro, en cuanto edificó el templo y tuvo paz conforme a su nombre (porque Salomón significa «pacífico» ), y en el comienzo de su reinado fue maravillosamente digno de alabanza; pero, aunque como sombra del que había de venir prefiguró a Cristo nuestro Señor, no se asemejó a Él en su propia persona. De ahí que algunas cosas acerca de él estén escritas como si se hubieran profetizado de él mismo, mientras que la Sagrada Escritura, profetizando incluso por los acontecimientos, de algún modo delinea en él la figura de las cosas venideras. Pues, además de los libros de la historia divina, en los que se narra su reinado, también el salmo 72 lleva en su título su nombre, en el cual se dicen tantas cosas que en modo alguno pueden aplicarse a él, pero que se aplican al Señor Cristo con tan evidente propiedad, que hace del todo patente que en el uno la figura está de algún modo esbozada, pero en el otro se presenta la verdad misma. Porque es sabido dentro de qué límites estuvo encerrado el reino de Salomón; y sin embargo en aquel salmo, por no hablar de otras cosas, leemos: «Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra,» lo cual vemos cumplido en Cristo. Verdaderamente tomó el comienzo de su reinado desde el río donde bautizó Juan; pues, señalado por él, comenzó a ser reconocido por los discípulos, que lo llamaron no solo Maestro, sino también Señor.
    Y no fue por otra razón por lo que, viviendo aún su padre David, comenzó a reinar Salomón, lo cual no aconteció a ningún otro de sus reyes, sino para que también por esto apareciera claramente que no era él mismo a quien significaba de antemano esta profecía dicha a su padre, que decía: «Y sucederá que, cuando se cumplan tus días y duermas con tus padres, levantaré tu descendencia que saldrá de tus entrañas, y prepararé su reino.» ¿Cómo, pues, se ha de pensar, a causa de lo que sigue, «Él me edificará una casa,» que se profetiza a este Salomón, y no se ha de entender más bien, a causa de lo que precede, «Cuando se cumplan tus días y duermas con tus padres, levantaré tu descendencia después de ti,» que se promete a otro Pacífico, que es anunciado como alguien que ha de ser levantado no antes de la muerte de David, como lo fue Salomón, sino después de ella? Pues por largo que fuera el intervalo de tiempo antes de que viniera Jesucristo, sin duda fue después de la muerte del rey David, a quien fue prometido de tal modo, que era necesario que viniera aquel que había de edificar una casa de Dios, no de madera y piedra, sino de hombres, tal como nos gozamos de que Él la edifica. Porque a esta casa, es decir, a los creyentes, dice el apóstol: «El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros.» []

    Capítulo 9

    Cuán semejante es la profecía acerca de Cristo en el salmo 89 a las cosas prometidas en la profecía de Natán en los libros de Samuel

    XVII, 9

    Por lo cual también en el Salmo 89, cuyo título es, «Instrucción para sí mismo, de Etán el israelita,» se hace mención de las promesas que Dios hizo al rey David, y allí se añaden algunas cosas semejantes a las que se hallan en el libro de Samuel, como esta: «He jurado a David mi siervo que prepararé su descendencia para siempre.» Y de nuevo: «Entonces hablaste en visión a tus hijos, y dijiste: He puesto auxilio sobre el Poderoso, y he exaltado al Elegido de entre mi pueblo. Hallé a David mi siervo, y con mi óleo santo lo he ungido. Porque mi mano lo ayudará, y mi brazo lo fortalecerá. No prevalecerá contra él el enemigo, y el hijo de iniquidad no lo dañará más. Y derribaré a sus enemigos de delante de su rostro, y a los que lo aborrecen pondré en fuga. Y mi verdad y mi misericordia estarán con él, y en mi nombre será exaltado su cuerno. Pondré asimismo su mano en el mar, y su diestra en los ríos. Él clamará a mí: Tú eres mi Padre, mi Dios y el autor de mi salvación. También lo haré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra. Mi misericordia le guardaré para siempre, y mi pacto será fiel (seguro) con él. Su descendencia también estableceré por siempre jamás, y su trono como los días del cielo.» Las cuales palabras, rectamente entendidas, todas se entienden del Señor Jesucristo, bajo el nombre de David, a causa de la forma de siervo que el mismo Mediador asumió [] de la virgen del linaje de David. Pues inmediatamente se dice algo acerca de los pecados de sus hijos, tal como está consignado en el libro de Samuel, y se toma más fácilmente como si se tratara de Salomón. Porque allí, es decir, en el libro de Samuel, dice: «Y si cometiere iniquidad, lo castigaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no apartaré de él,» [] entendiendo por azotes los golpes de la corrección. De ahí aquella sentencia: «No toquéis a mis ungidos.» Pues ¿qué otra cosa es sino: No les hagáis daño? Pero en el salmo, hablando como de David, dice también allí algo semejante. «Si sus hijos,» dice, «abandonan mi ley y no andan en mis juicios; si profanan mis justicias y no guardan mis mandamientos; visitaré con vara sus iniquidades y con azotes sus culpas; pero no anularé mi misericordia respecto de él.» No dijo «de ellos,» aunque hablaba de sus hijos, no de sí mismo; sino que dijo «de él,» lo cual significa lo mismo si se entiende rectamente. Porque de Cristo mismo, que es la cabeza de la Iglesia, no pudieron hallarse pecados que requirieran ser reprimidos divinamente con corrección humana, continuando aún la misericordia; pero se hallan en su cuerpo y miembros, que es su pueblo. Por eso en el libro de Samuel se dice: «iniquidad de Él,» pero en el salmo, «de sus hijos,» para que entendamos que lo que se dice de su cuerpo se dice en cierto modo de Él mismo. Por lo cual también, cuando Saúl perseguía su cuerpo, es decir, su pueblo creyente, Él mismo dice desde el cielo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» [] Luego, en las siguientes palabras del salmo dice: «Ni quebrantaré mi verdad, ni profanaré mi pacto, y lo que sale de mis labios no lo invalidaré. Una vez he jurado por mi santidad, si miento a David,» — es decir, de ningún modo mentiré a David; porque la Escritura suele hablar así. Pero aquello en lo que no mentirá, lo añade diciendo: «Su descendencia permanecerá para siempre, y su trono como el sol delante de mí, y como la luna perfecta para siempre, y un testigo fiel en el cielo.»

    Capítulo 10

    Cuán diferentes son los actos en el reino de la Jerusalén terrena de los que Dios había prometido, para que se entienda que la verdad de la promesa pertenece a la gloria del otro Rey y del otro Reino

    XVII, 10

    Para que no se supusiera que una promesa tan expresamente declarada y confirmada se cumplió en Salomón, como si él la hubiera esperado y no la hubiera hallado, dice: «Pero tú nos has desechado y nos has reducido a nada, oh Señor.» Esto verdaderamente sucedió respecto del reino de Salomón entre su posteridad, incluso hasta la destrucción de la misma Jerusalén terrena, que era la sede del reino, y especialmente la destrucción del mismísimo templo que Salomón había edificado. Pero para que no se pensara por esto que Dios había obrado en contra de su promesa, inmediatamente añade: «Has diferido a tu Cristo.» Por tanto, no es Salomón, ni tampoco David mismo, si el Cristo del Señor se difiere. Pues aunque todos los reyes son llamados sus cristos, por haber sido consagrados con aquel crisma místico, no solo desde el rey David en adelante, sino incluso desde aquel Saúl que primero fue ungido rey de aquel mismo pueblo, y David mismo lo llama cristo del Señor, sin embargo, había un único Cristo verdadero, cuya figura llevaban ellos por la unción profética, el cual, según la opinión de los hombres que pensaban que debía entenderse como ya venido en David o en Salomón, fue diferido por mucho tiempo, pero que, según Dios lo había dispuesto, había de venir en su propio tiempo. La parte siguiente de este salmo prosigue diciendo lo que, mientras tanto, mientras Él era diferido, había de suceder al reino de la Jerusalén terrena, donde se esperaba que ciertamente reinaría: «Has anulado el pacto de tu siervo; has profanado en la tierra su santuario. Has derribado todos sus muros; has puesto sus fortalezas en espanto. Todos los que pasan por el camino lo despojan; es hecho oprobio de sus vecinos. Has exaltado la diestra de sus enemigos; has hecho alegrar a todos sus enemigos. Has apartado el socorro de su espada, y no lo has ayudado en la guerra. Lo has destruido sin purificación; has derribado por tierra su trono. Has acortado los días de su trono; has derramado confusión sobre él.» Todas estas cosas vinieron sobre Jerusalén la esclava, en la cual también reinaron algunos que eran hijos de la mujer libre, teniendo aquel reino en administración temporal, pero teniendo el reino de la Jerusalén celestial, de la cual eran hijos, en fe verdadera, y esperando en el verdadero Cristo. Pero cómo estas cosas vinieron sobre aquel reino, lo señala la historia de sus acontecimientos si se lee.

    Capítulo 11

    De la sustancia del pueblo de Dios, que por su asunción de la carne está en Cristo, quien solo tuvo poder para librar su propia alma del infierno

    XVII, 11

    Pero después de haber profetizado estas cosas, el profeta se pone a orar a Dios; sin embargo, incluso la misma oración es profecía: «¿Hasta cuándo, Señor, te apartarás al fin?» «Tu rostro» se entiende, como se dice en otra parte: «¿Hasta cuándo apartarás de mí tu rostro?» Pues por eso algunos códices tienen aquí no «te apartas,» sino «te apartarás;» aunque podría entenderse: «apartas tu misericordia, la cual prometiste a David.» Pero cuando dice: «al fin,» ¿qué significa, sino incluso hasta el fin? Por cuyo fin ha de entenderse el último tiempo, cuando incluso aquella nación ha de creer en Cristo Jesús, antes del cual fin ha de suceder lo que acaba de lamentar con tristeza. Por lo cual también se añade aquí: «Tu ira arderá como fuego. Recuerda cuál es mi sustancia.» Esto no puede entenderse mejor que de Jesús mismo, la sustancia de su pueblo, de cuya naturaleza es su carne. «Pues no en vano,» dice, «has hecho a todos los hijos de los hombres.» Pues a menos que el único Hijo del hombre hubiera sido la sustancia de Israel, mediante el cual Hijo del hombre muchos hijos de los hombres habrían de ser liberados, todos los hijos de los hombres habrían sido hechos totalmente en vano. Pero ahora, ciertamente, todo el género humano, por la caída del primer hombre, ha caído de la verdad a la vanidad; por lo cual otro salmo dice: «El hombre es semejante a la vanidad: sus días pasan como sombra;» sin embargo, Dios no ha hecho en vano a todos los hijos de los hombres, porque libera a muchos de la vanidad mediante el Mediador Jesús, y a aquellos que no conoció de antemano que serían liberados, no los hizo totalmente en vano en la hermosísima y justísima ordenación de toda la creación racional, para utilidad de los que habrían de ser liberados, y para la comparación de las dos ciudades por contraste mutuo. Después sigue: «¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte? ¿Arrebatará su alma de la mano del infierno?» ¿Quién es este sino aquella sustancia de Israel del linaje de David, Cristo Jesús, de quien dice el apóstol que «resucitado de entre los muertos, ya no muere, y la muerte no tendrá más dominio sobre Él?» [] Pues Él vivirá de tal manera y no verá la muerte, que sin embargo habrá estado muerto; pero habrá librado su alma de la mano del infierno, adonde había descendido para soltar a algunos de las cadenas del infierno; pero la ha librado por aquel poder del cual dice en el Evangelio: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tomarla de nuevo.» []

    Capítulo 12

    A qué persona debe entenderse que pertenece la súplica por las promesas, cuando dice en el salmo: «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor?» etc

    XVII, 12

    Pero el resto de este salmo dice así: «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor, que juraste a David en tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, que he llevado en mi seno de muchas naciones; con el cual tus enemigos han injuriado, oh Señor, con el cual han injuriado el cambio de tu Cristo.» Ahora bien, con muy buena razón se puede preguntar si esto se dice en la persona de aquellos israelitas que deseaban que se les cumpliera la promesa hecha a David; o más bien de los cristianos, que son israelitas no según la carne sino según el Espíritu. [] Ciertamente esto fue dicho o escrito en tiempo de Etán, de cuyo nombre toma este salmo su título, y aquel fue el mismo que el tiempo del reinado de David; y por lo tanto no se habría dicho, «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor, que has jurado a David en tu verdad?» a menos que el profeta hubiera asumido la persona de aquellos que habrían de venir mucho después, para quienes aquel tiempo en que estas cosas fueron prometidas a David era antiguo. Pero puede entenderse así: que muchas naciones, cuando perseguían a los cristianos, les echaban en cara la pasión de Cristo, la cual la Escritura llama su cambio, porque muriendo se hizo inmortal. El cambio de Cristo, según este pasaje, puede también entenderse como reprochado por los israelitas, porque, cuando esperaban que Él sería suyo, fue hecho Salvador de las naciones; y muchas naciones que han creído en Él por el Nuevo Testamento ahora reprochan a los que permanecen en el antiguo con esto: de modo que se dice, «Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos;» porque, al no olvidar el Señor, sino más bien apiadarse de ellos, aun ellos después de este reproche han de creer. Pero lo que he puesto primero me parece el sentido más adecuado. Pues a los enemigos de Cristo, a quienes se les echa en cara que Cristo los ha dejado, volviéndose a los gentiles, [] se les asigna incongruentemente esta súplica, «Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos,» pues tales judíos no han de ser llamados siervos de Dios; pero estas palabras convienen a aquellos que, si sufrieron grandes humillaciones por la persecución a causa del nombre de Cristo, podían recordar que un reino exaltado había sido prometido a la simiente de David, y en deseo de él, podían decir no desesperadamente, sino como pidiendo, buscando, llamando, [] «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor, que juraste a David en tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, que he llevado en mi seno de muchas naciones;» es decir, he soportado pacientemente en mis entrañas. «Que tus enemigos han injuriado, oh Señor, con el cual han injuriado el cambio de tu Cristo,» no pensando que es un cambio, sino una consumación. Pero ¿qué significa «Acuérdate, Señor,» sino que tendrías compasión, y por mi humillación sufrida con paciencia me recompensarías con la excelencia que juraste a David en tu verdad? Pero si asignamos estas palabras a los judíos, aquellos siervos de Dios que, tras la conquista de la Jerusalén terrena, antes de que Jesucristo naciera según la manera de los hombres, fueron llevados en cautiverio, podían decir tales cosas, entendiendo el cambio de Cristo, porque ciertamente por medio de Él se debía esperar, no una felicidad terrena y carnal, como la que apareció durante los pocos años del rey Salomón, sino una felicidad celestial y espiritual; y cuando las naciones, entonces ignorantes de esto por la incredulidad, se regocijaban e insultaban al pueblo de Dios por ser cautivos, ¿qué otra cosa era esto sino reprochar ignorantemente con el cambio de Cristo a quienes entienden el cambio de Cristo? Y por lo tanto lo que sigue cuando este salmo se concluye, «Sea la bendición del Señor para siempre, amén, amén,» es suficientemente apropiado para todo el pueblo de Dios perteneciente a la Jerusalén celestial, ya sea por aquellas cosas que estuvieron ocultas en el Antiguo Testamento antes de que se revelara el Nuevo, o por aquellas que, ahora reveladas en el Nuevo Testamento, se disciernen manifiestamente pertenecer a Cristo. Pues la bendición del Señor en la simiente de David no pertenece a ningún tiempo particular, como la que apareció en los días de Salomón, sino que ha de esperarse para siempre; en cuya esperanza certísima se dice: «Amén, amén;» pues esta repetición de la palabra es la confirmación de aquella esperanza. Por tanto, entendiendo esto David, dice en el segundo libro de los Reyes, en el pasaje del cual nos desviamos a este salmo, «También has hablado acerca de la casa de tu siervo para un gran tiempo venidero.» [] Por lo cual también poco después dice: «Ahora comienza, y bendice la casa de tu siervo para siempre,» etc., porque entonces estaba a punto de nacer el hijo de quien su posteridad debía continuarse hasta Cristo, por medio del cual su casa debía ser eterna, y debía ser también la casa de Dios. Pues se llama casa de David a causa del linaje de David; pero la misma se llama casa de Dios a causa del templo de Dios, hecho de hombres, no de piedras, donde habitará para siempre el pueblo con su Dios y en su Dios, y Dios con su pueblo y en su pueblo, de modo que Dios llene a su pueblo, y el pueblo sea lleno de su Dios, mientras Dios será todo en todos, siendo Él mismo su recompensa en la paz, quien es su fortaleza en la guerra. Por lo tanto, cuando se dice en las palabras de Natán, «Y el Señor te dirá qué casa has de edificarle,» [] después se dice en las palabras de David: «Porque tú, Señor Todopoderoso, Dios de Israel, has abierto el oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré una casa.» [] Pues esta casa es edificada tanto por nosotros viviendo bien, como por Dios ayudándonos a vivir bien; porque «si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.» Y cuando tenga lugar la dedicación final de esta casa, entonces se cumplirá lo que Dios dice aquí por Natán, «Y yo fijaré un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré, y habitará aparte, y no será turbado más; y el hijo de la iniquidad no lo humillará más, como desde el principio, desde los días en que designé jueces sobre mi pueblo Israel.» []

    Capítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón

    XVII, 13

    Quien espera un bien tan grande en este mundo, y en esta tierra, su sabiduría no es sino necedad. ¿Puede alguien pensar que se cumplió en la paz del reinado de Salomón? Ciertamente la Escritura encomia aquella paz con excelente alabanza como sombra de la que ha de venir. Pero ha de oponerse vigilante a esta opinión, pues después que se dice: «Y el hijo de la iniquidad no lo humillará más,» inmediatamente se añade: «como desde el principio, desde los días en que designé jueces sobre mi pueblo Israel.» [] Pues los jueces fueron designados sobre aquel pueblo desde el tiempo en que recibieron la tierra de promisión, antes de que hubiera reyes allí. Y ciertamente el hijo de la iniquidad, es decir, el enemigo extranjero, lo humilló durante períodos de tiempo en que leemos que la paz alternaba con las guerras; y en aquel período se encuentran tiempos de paz más largos que los que tuvo Salomón, quien reinó cuarenta años. Pues bajo aquel juez que se llama Aod hubo ochenta años de paz. [] Lejos esté de nosotros, por tanto, creer que los tiempos de Salomón están predichos en esta promesa, mucho menos los de cualquier otro rey. Pues ninguno de ellos reinó en tan gran paz como él; ni aquella nación tuvo jamás aquel reino de modo que no tuviera ansiedad de ser subyugada por enemigos: porque en la gran mutabilidad de los asuntos humanos nunca se da a pueblo alguno tan gran seguridad que no tema invasiones hostiles a esta vida. Por tanto, el lugar de esta prometida habitación pacífica y segura es eterno, y por derecho pertenece eternamente a Jerusalén la madre libre, donde estará el verdadero pueblo de Israel: pues este nombre se interpreta «Viendo a Dios;» en cuyo deseo de recompensa ha de llevarse una vida piadosa por la fe en esta miserable peregrinación.

    Capítulo 14. Del cuidado de David en la composición de los salmos

    XVII, 14

    En el progreso de la ciudad de Dios a través de los siglos, por tanto, David reinó primero en la Jerusalén terrena como sombra de lo que había de venir. Ahora bien, David era un hombre diestro en cantos, que amaba entrañablemente la armonía musical, no con deleite vulgar, sino con disposición creyente, y por ella servía a su Dios, que es el Dios verdadero, mediante la representación mística de una cosa grande. Pues la concordia racional y bien ordenada de sonidos diversos en variedad armoniosa sugiere la unidad compacta de la ciudad bien ordenada. Luego casi toda su profecía está en salmos, de los cuales ciento cincuenta se contienen en lo que llamamos el Libro de los Salmos; de los cuales algunos quieren que solo fueron hechos por David los que están inscritos con su nombre. Pero hay también algunos que piensan que ninguno de ellos fue hecho por él excepto los que están marcados «De David;» pero los que tienen en el título «Para David» han sido hechos por otros que asumieron su persona. Esta opinión es refutada por la voz del Salvador mismo en el Evangelio, cuando dice que el propio David, por el Espíritu, dijo que Cristo era su Señor; pues el salmo 110 comienza así: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Y verdaderamente aquel mismo salmo, como muchos más, tiene en el título, no «de David,» sino «para David.» Pero me parecen sostener la opinión más creíble quienes le atribuyen la autoría de todos estos ciento cincuenta salmos, y piensan que antepuso a algunos de ellos los nombres incluso de otros hombres, que prefiguraban algo pertinente al asunto, pero quiso que en los títulos de los restantes no hubiera nombre de hombre, según Dios lo inspiró en la disposición de esta variedad, la cual, aunque oscura, no carece de sentido. Tampoco debe mover a no creer esto el que los nombres de algunos profetas que vivieron mucho después de los tiempos del rey David se lean en las inscripciones de ciertos salmos en aquel libro, y que las cosas dichas allí parezcan ser dichas como por ellos. Pues el Espíritu profético no era incapaz de revelar al rey David, cuando profetizaba, incluso estos nombres de profetas futuros, para que pudiera cantar proféticamente algo que conviniera a sus personas; así como fue revelado a cierto profeta que el rey Josías habría de levantarse y reinar después de más de trescientos años, quien predijo también sus hechos futuros junto con su nombre.

    Capítulo 15

    Si todas las cosas profetizadas en los Salmos acerca de Cristo y de su Iglesia deben ser recogidas en el texto de esta obra

    XVII, 15

    Y ahora veo que puede esperarse de mí que en esta parte de este libro exponga lo que David pudo profetizar en los Salmos acerca del Señor Jesucristo o de su Iglesia. Pero aunque ya lo he hecho en un caso, me veo impedido de hacerlo como parece exigir esa expectativa, más por la abundancia que por la escasez de materia. Pues la necesidad de evitar la prolijidad me prohíbe consignarlo todo; sin embargo, temo que si elijo algunas cosas parezca a muchos, que las conocen, haber pasado por alto las más necesarias. Además, la prueba que se aduce debe apoyarse en el contexto de todo el salmo, de modo que al menos no haya nada en contra si no todo lo apoya; no sea que parezca que, a la manera de los centones, reunimos para lo que queremos, como versos de un gran poema, lo que se hallará que no fue escrito sobre eso, sino sobre alguna otra cosa muy diferente. Pero antes de que esto pudiera señalarse en cada salmo, habría que exponerlo por entero; y cuán grande obra sería, lo muestran bastante bien los volúmenes de otros, así como los nuestros, en los que lo hemos hecho. Léalos, pues, quien quiera o pueda, y hallará cuántas y cuán grandes cosas David, a la vez rey y profeta, profetizó acerca de Cristo y de su Iglesia, a saber, acerca del Rey y de la ciudad que Él ha edificado.

    Capítulo 16

    De las cosas pertenecientes a Cristo y a la Iglesia, dichas abierta o tropológicamente en el Salmo 45

    XVII, 16

    Pues cuantas expresiones proféticas directas y manifiestas pueda haber acerca de algo, es necesario que se mezclen con ellas las que son figurativas; las cuales, sobre todo por causa de los de entendimiento más lento, imponen a los más doctos la laboriosa tarea de aclararlas y exponerlas. Algunas, en efecto, a la primera vista, apenas se pronuncian, muestran a Cristo y a la Iglesia, aunque queden en ellas algunas cosas menos inteligibles para exponerlas con calma. Tenemos un ejemplo de esto en aquel mismo Libro de los Salmos: «Mi corazón rebosa una palabra buena: dedico mis versos al rey; mi lengua es pluma de escribano que escribe veloz. Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por eso Dios te ha bendecido para siempre. Ciñe tu espada sobre tu muslo, oh poderoso; con tu gloria y tu majestad avanza, cabalga próspero, y reina por la verdad, la mansedumbre y la justicia; y tu diestra te guiará maravillosamente. Tus saetas agudas son poderosísimas: en el corazón de los enemigos del rey; los pueblos caerán debajo de ti. Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de rectitud es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos, desde palacios de marfil; con ellos te deleitan las hijas de reyes en tu honor.» ¿Quién hay, por torpe que sea, que no reconozca aquí a Cristo, a quien predicamos y en quien creemos, si oye que Él es Dios, cuyo trono permanece por siempre jamás, y que es ungido por Dios, como en verdad unge Dios, no con un crisma visible, sino con un crisma espiritual e inteligible? Pues ¿quién hay tan ignorante de esta religión, o tan sordo a su fama difundida por todas partes, que no sepa que Cristo es llamado así por este crisma, es decir, por esta unción? Pero una vez reconocido que este Rey es Cristo, cada uno que ya está sujeto a Aquel que reina por la verdad, la mansedumbre y la justicia, indague a su gusto las otras cosas que aquí se dicen en sentido figurado: cómo su forma es hermosa sobre los hijos de los hombres, con una hermosura que tanto más debe ser amada y admirada cuanto menos corporal es; y qué pueden ser su espada, sus saetas y otras cosas de este género, que se ponen no en sentido propio, sino figurado.
    Luego mire a su Iglesia, unida a tan gran Esposo en matrimonio espiritual y amor divino, de la cual se dice en las palabras que siguen: «La reina está a tu diestra, con vestiduras bordadas de oro, ceñida de variedad. Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida también tu pueblo y la casa de tu padre. Porque el Rey ha deseado grandemente tu hermosura; pues Él es el Señor tu Dios. Y las hijas de Tiro le adorarán con dones; los ricos del pueblo implorarán tu favor. Toda la gloria de la hija del Rey es interior, con franjas de oro, ceñida de variedad. Las vírgenes serán llevadas en pos de ella al Rey; sus compañeras serán traídas a ti. Serán traídas con alegría y regocijo; serán conducidas al templo del Rey. En lugar de tus padres, te nacerán hijos; los establecerás como príncipes sobre toda la tierra. Se acordarán de tu nombre en todas las generaciones y descendencias. Por tanto, los pueblos te alabarán eternamente, por siempre jamás.» No creo que haya nadie tan estúpido que crea que aquí se alaba y describe a una pobre mujer, a saber, como esposa de Aquel a quien se dice: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de rectitud es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros;» es decir, claramente, Cristo más que los cristianos. Pues estos son sus compañeros, de cuya unidad y concordia en todas las naciones se forma aquella reina, como se dice de ella en otro salmo: «La ciudad del gran Rey.» La misma es espiritualmente Sión, cuyo nombre en latín se interpreta speculatio (descubrimiento); pues ella descubre el gran bien del mundo venidero, porque su atención está dirigida allí. De la misma manera es también espiritualmente Jerusalén, de la cual ya hemos dicho muchas cosas. Su enemiga es la ciudad del diablo, Babilonia, que se interpreta «confusión.» Pero de esta Babilonia es libertada esta reina en todas las naciones por la regeneración, y pasa del peor al mejor Rey, esto es, del diablo a Cristo. Por lo cual se le dice: «Olvida tu pueblo y la casa de tu padre.» De esta ciudad impía son también porción aquellos que son israelitas solo según la carne y no por la fe, enemigos también de este gran Rey mismo y de su reina. Pues Cristo, habiendo venido a ellos y habiendo sido muerto por ellos, tanto más se ha hecho Rey de otros, a quienes no vio en la carne. Por lo cual nuestro Rey mismo dice por la profecía de cierto salmo: «Me librarás de las contradicciones del pueblo; me pondrás por cabeza de las naciones. Un pueblo que yo no conocía me ha servido; en oyéndome, me ha obedecido.» Por tanto, este pueblo de las naciones, al cual Cristo no conoció en su presencia corporal, sin embargo ha creído en aquel Cristo tal como le fue anunciado; de modo que con razón se diga de él: «En oyéndome, me ha obedecido,» pues «la fe viene por el oír» []. Este pueblo, digo, añadido a los que son verdaderos israelitas tanto por la carne como por la fe, es la ciudad de Dios, la cual ha engendrado a Cristo mismo según la carne, puesto que Él estaba solo en estos israelitas. Pues de allí vino la Virgen María, en quien Cristo asumió la carne para ser hombre. De la cual ciudad dice otro salmo: «Madre Sión, dirá un hombre, y un hombre ha nacido en ella, y el Altísimo mismo la ha fundado.» ¿Quién es este Altísimo, sino Dios? Y así Cristo, que es Dios, antes de hacerse hombre por María en aquella ciudad, la fundó Él mismo por los patriarcas y profetas. Así pues, como se dijo por profecía tanto tiempo antes a esta reina, la ciudad de Dios, lo que ya podemos ver cumplido: «En lugar de tus padres, te nacerán hijos; los harás príncipes sobre toda la tierra;» así de sus hijos son ciertamente constituidos hasta sus padres [príncipes] por toda la tierra, cuando el pueblo, congregándose a ella, le confiesa con la confesión de alabanza eterna por siempre jamás. Fuera de toda duda, cualquier interpretación que se ponga a lo que aquí se expresa algo oscuramente en lenguaje figurado, debe estar de acuerdo con estas cosas tan manifiestas.
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