Del sacerdocio y del reino judíos, que, aunque prometidos para ser establecidos para siempre, no continuaron; de modo que han de entenderse otras cosas a las que se asegura la eternidad
XVII, 6
Mientras, pues, estas cosas resplandecen ahora tan claramente como fueron elevadamente anunciadas, todavía alguno, no en vano, puede sentirse movido a preguntar: ¿Cómo podemos confiar en que han de suceder todas las cosas que están predichas en estos libros como venideras, si esto mismo que allí se dice divinamente: «Tu casa y la casa de tu padre andarán delante de mí para siempre,» no pudo tener efecto? Pues vemos que el sacerdocio ha sido cambiado; y no puede haber esperanza de que lo prometido a aquella casa se cumpla algún día, porque aquello que sucede al ser aquella rechazada y cambiada está más bien predicho como eterno. Quien dice esto no entiende todavía, o no recuerda, que este mismo sacerdocio según el orden de Aarón fue constituido como sombra de un futuro sacerdocio eterno; y por tanto, cuando se le promete la eternidad, no se promete a la mera sombra y figura, sino a lo que es prefigurado y representado por ella. Mas para que no se pensara que la sombra misma había de permanecer, era necesario también que se anunciara su cambio.
De este modo, también el reino del mismo Saúl, que ciertamente fue reprobado y rechazado, era sombra de un reino venidero que había de permanecer por la eternidad. Pues, en verdad, el aceite con que fue ungido, y por aquella unción es llamado Cristo, ha de tomarse en sentido místico, y ha de entenderse como un gran misterio; el cual David mismo veneraba tanto en él, que tembló con el corazón herido cuando, estando escondido en una cueva oscura, en la que también entró Saúl apremiado por la necesidad de la naturaleza, se había acercado secretamente por detrás de él y le había cortado un pequeño trozo de su manto, para poder probar cómo lo había perdonado cuando podía haberlo matado, y así apartar de su mente la sospecha por la que había perseguido con vehemencia al santo David, teniéndolo por enemigo suyo. Por tanto, temió mucho ser acusado de violar tan gran misterio en Saúl, porque había tocado de ese modo incluso sus vestidos. Pues así está escrito: «Y el corazón de David lo golpeó porque había cortado la orla de su manto.» Pero a los hombres que estaban con él, que le aconsejaban destruir a Saúl, entregado así en sus manos, les dice: «El Señor me libre de hacer tal cosa a mi señor, el cristo del Señor, de poner mi mano sobre él, porque es el cristo del Señor.» Mostró, por tanto, tan grande reverencia a esta sombra de lo que había de venir, no por ella misma, sino por causa de lo que prefiguraba. De donde también aquello que Samuel dice a Saúl: «Puesto que no has guardado mi mandamiento que el Señor te ordenó, y el Señor habría preparado tu reino sobre Israel para siempre, ahora tu reino no continuará para ti; y el Señor se buscará un hombre según su corazón, y el Señor le mandará ser príncipe sobre su pueblo, porque no has guardado lo que el Señor te mandó,» no ha de tomarse como si Dios hubiera establecido que el mismo Saúl reinara para siempre, y después, al pecar este, no quisiera cumplir su promesa; ni era Él ignorante de que aquel pecaría, sino que había establecido su reino para que fuera figura del reino eterno. Por eso añadió: «Pero ahora tu reino no continuará para ti.» Por tanto, lo que significaba se ha mantenido y se mantendrá; pero no se mantendrá para este hombre, porque él mismo no había de reinar para siempre, ni su descendencia; de modo que al menos aquella palabra «para siempre» pudiera parecer cumplirse a través de su posteridad, uno tras otro. «Y el Señor,» dice, «se buscará un hombre,» queriendo decir o David o el Mediador del Nuevo Testamento, [] que fue figurado en la unción con la que también David y su descendencia fue ungida. Pero no es como si Dios no supiera dónde estaba, que así se busca un hombre, sino que, hablando por medio de un hombre, habla como un hombre, y en este sentido nos busca. Pues no solo para Dios Padre, sino también para su Unigénito, que vino a buscar lo que estaba perdido, [] ya éramos conocidos, hasta el punto de ser elegidos en Él antes de la fundación del mundo. [] «Se buscará» significa, por tanto: Tendrá a los suyos (como si hubiera dicho: A quien ya conoce como suyo, lo mostrará a otros como amigo suyo). De donde en latín esta palabra ( quærit ) recibe una preposición y se convierte en acquirit (adquiere), cuyo significado es bastante claro; aunque aun sin la adición de la preposición, quærere se entiende como acquirere, de donde las ganancias se llaman quæstus.
De la división del reino de Israel, por la cual fue prefigurada la separación perpetua del Israel espiritual respecto del Israel carnal
XVII, 7
De nuevo pecó Saúl por desobediencia, y de nuevo le dice Samuel en palabra del Señor, «Por cuanto has desechado la palabra del Señor, el Señor te ha desechado, para que no seas rey sobre Israel.» [] Y otra vez por el mismo pecado, cuando Saúl lo confesó y pidió perdón, y rogó a Samuel que volviera con él para aplacar al Señor, dijo: «No volveré contigo, pues has desechado la palabra del Señor, y el Señor te desechará, para que no seas rey sobre Israel. Y volvió Samuel su rostro para irse, y Saúl echó mano de la orilla de su manto, y la rasgó. Y Samuel le dijo: El Señor ha rasgado hoy el reino de Israel de tu mano, y lo dará a tu prójimo, que es bueno por encima de ti, y dividirá a Israel en dos. Y Él no se mudará, ni se arrepentirá; porque no es hombre para que se arrepienta; amenaza y no persevera.» Aquel a quien se le dice, «El Señor te desechará, para que no seas rey sobre Israel,» y «El Señor ha rasgado hoy el reino de Israel de tu mano,» reinó cuarenta años sobre Israel —esto es, exactamente el mismo tiempo que el propio David—, y sin embargo oyó esto en el primer período de su reinado, para que entendamos que fue dicho porque ninguno de su linaje había de reinar, y para que miremos a la estirpe de David, de la cual, según la carne, [] proviene el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. []
Pero la Escritura no contiene lo que se lee en la mayoría de los códices latinos, «El Señor ha rasgado hoy de tu mano el reino de Israel,» sino que, tal como lo hemos consignado, se halla en los códices griegos, «El Señor ha rasgado de Israel el reino de tu mano;» de modo que las palabras «de tu mano» han de entenderse como «de Israel.» Por tanto, este hombre representaba figuradamente al pueblo de Israel, que había de perder el reino, pues Cristo Jesús nuestro Señor iba a reinar, no carnal, sino espiritualmente. Y cuando se dice de Él, «Y lo dará a tu prójimo,» ha de referirse al parentesco según la carne, pues Cristo, según la carne, era de Israel, de donde también procedía Saúl. Pero lo que se añade, «Bueno por encima de ti,» puede ciertamente entenderse como «Mejor que tú,» y de hecho algunos lo han traducido así; pero se entiende mejor así, «Bueno por encima de ti,» queriendo decir que, porque Él es bueno, por eso ha de estar por encima de ti, según aquella otra sentencia profética, «Hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de tus pies.» Y entre ellos está Israel, de quien, como perseguidor suyo, Cristo quitó el reino; aunque también pudo hallarse allí el Israel en quien no había engaño, una suerte de grano, por así decirlo, de aquella paja. Pues ciertamente de allí vinieron los apóstoles, de allí tantos mártires, de los cuales Esteban es el primero, de allí tantas iglesias que nombra el apóstol Pablo, ensalzando a Dios en su conversión.
De lo cual no dudo que ha de entenderse lo que sigue, «Y dividirá a Israel en dos,» a saber, en el Israel que pertenece a la esclava y el Israel que pertenece a la libre. Pues estas dos clases estuvieron al principio juntas, mientras Abraham seguía unido a la esclava, hasta que la estéril, hecha fecunda por la gracia de Dios, clamó: «Echa fuera a la esclava y a su hijo.» [] Sabemos, ciertamente, que por el pecado de Salomón, en el reinado de su hijo Roboam, Israel fue dividido en dos, y así continuó, teniendo las partes separadas sus propios reyes, hasta que toda aquella nación fue destruida con gran ruina y llevada cautiva por los caldeos. Pero ¿qué tenía esto que ver con Saúl, cuando, si algo semejante se amenazaba, se habría amenazado contra el propio David, cuyo hijo era Salomón? Finalmente, la nación hebrea no está ahora dividida internamente, sino dispersa por la tierra indistintamente, en la comunión del mismo error. Pero aquella división con la que Dios amenazó al reino y al pueblo en la persona de Saúl, que los representaba, se muestra eterna e inmutable por lo que se añade, «Y Él no se mudará, ni se arrepentirá; porque no es como el hombre, para que se arrepienta; que amenaza y no persevera,» — es decir, el hombre amenaza y no persevera, pero no Dios, que no se arrepiente como el hombre. Pues cuando leemos que Él se arrepiente, se significa un cambio de circunstancia, procedente de la divina presciencia inmutable. Por tanto, cuando se dice que Dios no se arrepiente, ha de entenderse que no cambia.
Vemos que esta sentencia acerca de esta división del pueblo de Israel, pronunciada divinamente con estas palabras, ha sido del todo irremediable y absolutamente perpetua. Pues quienesquiera que se hayan vuelto, se estén volviendo o se hayan de volver de allí a Cristo, ha sido según la presciencia de Dios, no según la única y misma naturaleza del género humano. Ciertamente ninguno de los israelitas que, adhiriéndose a Cristo, han perseverado en Él, estará jamás entre aquellos israelitas que persisten en ser sus enemigos incluso hasta el fin de esta vida, sino que permanecerá para siempre en la separación aquí predicha. Porque el Antiguo Testamento, desde el monte Sinaí, que engendra para esclavitud, [] de nada aprovecha, sino en cuanto da testimonio del Nuevo Testamento. De otro modo, por mucho que se lea a Moisés, el velo está puesto sobre su corazón; pero cuando alguno se vuelva de allí a Cristo, el velo será quitado. [] Pues el mismo deseo de los que se vuelven cambia de lo antiguo a lo nuevo, de modo que cada uno ya no desea alcanzar la felicidad carnal, sino la espiritual. Por lo cual el mismo gran profeta Samuel, antes de ungir a Saúl, cuando clamó al Señor por Israel y Él lo oyó, y cuando ofreció un holocausto entero, al venir los extranjeros a la batalla contra el pueblo de Dios, y tronó el Señor sobre ellos y quedaron confundidos, y cayeron delante de Israel y fueron vencidos; [entonces] tomó una piedra y la colocó entre el antiguo y el nuevo Massephat [Mizpeh], y llamó su nombre Ebenezer, que significa «la piedra del auxiliador,» y dijo: «Hasta aquí nos ha ayudado el Señor.» Massephat se interpreta «deseo.» Esa piedra del auxiliador es la mediación del Salvador, por la cual pasamos del antiguo Massephat al nuevo, es decir, del deseo con que se esperaba la felicidad carnal en el reino carnal al deseo con que se espera la felicidad espiritual más verdadera en el reino de los cielos; y puesto que nada es mejor que eso, el Señor nos ayuda hasta aquí.
De las promesas hechas a David en su Hijo, que de ningún modo se cumplen en Salomón, sino plenísimamente en Cristo
XVII, 8
Y ahora veo que debo mostrar lo que, en relación con el asunto que trato, prometió Dios al propio David, que sucedió a Saúl en el reino, cuyo cambio prefiguró aquel cambio final por causa del cual todas las cosas fueron dichas divinamente y todas fueron consignadas por escrito. Habiendo ido prósperamente muchas cosas al rey David, pensó en hacer una casa para Dios, es decir, aquel templo de excelentísima fama que después edificó el rey Salomón, su hijo. Mientras pensaba en esto, vino la palabra del Señor al profeta Natán, la cual llevó al rey; en ella, después de haber dicho Dios que no se le había de edificar casa por el propio David, y que en todo aquel largo tiempo nunca había ordenado a ninguno de su pueblo que le edificara una casa de cedro, dice: «Ahora, pues, así dirás a mi siervo David: Así dice Dios Todopoderoso: Yo te tomé del redil, para que fueras príncipe sobre mi pueblo Israel; y he estado contigo por dondequiera que has ido, y he exterminado a todos tus enemigos de delante de tu rostro, y te he hecho un nombre, conforme al nombre de los grandes que hay sobre la tierra. Y dispondré un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré, y habitará aparte, y no será turbado más; y el hijo de iniquidad no lo humillará más, como desde el principio, desde los días en que constituí jueces sobre mi pueblo Israel. Y te daré descanso de todos tus enemigos, y el Señor te anuncia [te ha anunciado] que tú le has de edificar una casa. Y sucederá que, cuando se cumplan tus días y duermas con tus padres, levantaré después de ti a tu descendencia, la que saldrá de tus entrañas, y prepararé su reino. Él me edificará una casa para mi nombre, y afirmaré su trono hasta la eternidad. Yo seré su Padre, y él será mi hijo. Y si cometiere iniquidad, lo castigaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no apartaré de él, como la aparté de aquellos que quité de delante de mi rostro. Y su casa será fiel, y su reino eternamente delante de mí, y su trono será establecido para siempre.» []
Quien piensa que esta gran promesa se cumplió en Salomón yerra grandemente; pues atiende a la sentencia, «Él me edificará una casa,» pero no atiende a aquella otra, «Su casa será fiel, y su reino eternamente delante de mí.» Atienda, pues, y contemple la casa de Salomón llena de mujeres extranjeras que adoraban a dioses falsos, y al propio rey, antes sabio, seducido por ellas y precipitado en la misma idolatría; y no se atreva a pensar que Dios prometió esto falsamente, o que fue incapaz de saber de antemano que Salomón y su casa llegarían a ser lo que fueron. Pero no debemos dudar aquí, ni ver el cumplimiento de estas cosas sino en Cristo nuestro Señor, que fue hecho del linaje de David según la carne, [] no sea que vana e inútilmente busquemos algún otro aquí, como los judíos carnales. Pues aun ellos entienden esto: que el hijo que leen en aquel lugar como prometido a David no fue Salomón; de modo que, con admirable ceguera respecto de Aquel que fue prometido y ahora es declarado con tan grande manifestación, dicen que esperan a otro. Ciertamente, aun en Salomón apareció alguna imagen del acontecimiento futuro, en cuanto edificó el templo y tuvo paz conforme a su nombre (porque Salomón significa «pacífico» ), y en el comienzo de su reinado fue maravillosamente digno de alabanza; pero, aunque como sombra del que había de venir prefiguró a Cristo nuestro Señor, no se asemejó a Él en su propia persona. De ahí que algunas cosas acerca de él estén escritas como si se hubieran profetizado de él mismo, mientras que la Sagrada Escritura, profetizando incluso por los acontecimientos, de algún modo delinea en él la figura de las cosas venideras. Pues, además de los libros de la historia divina, en los que se narra su reinado, también el salmo 72 lleva en su título su nombre, en el cual se dicen tantas cosas que en modo alguno pueden aplicarse a él, pero que se aplican al Señor Cristo con tan evidente propiedad, que hace del todo patente que en el uno la figura está de algún modo esbozada, pero en el otro se presenta la verdad misma. Porque es sabido dentro de qué límites estuvo encerrado el reino de Salomón; y sin embargo en aquel salmo, por no hablar de otras cosas, leemos: «Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de la tierra,» lo cual vemos cumplido en Cristo. Verdaderamente tomó el comienzo de su reinado desde el río donde bautizó Juan; pues, señalado por él, comenzó a ser reconocido por los discípulos, que lo llamaron no solo Maestro, sino también Señor.
Y no fue por otra razón por lo que, viviendo aún su padre David, comenzó a reinar Salomón, lo cual no aconteció a ningún otro de sus reyes, sino para que también por esto apareciera claramente que no era él mismo a quien significaba de antemano esta profecía dicha a su padre, que decía: «Y sucederá que, cuando se cumplan tus días y duermas con tus padres, levantaré tu descendencia que saldrá de tus entrañas, y prepararé su reino.» ¿Cómo, pues, se ha de pensar, a causa de lo que sigue, «Él me edificará una casa,» que se profetiza a este Salomón, y no se ha de entender más bien, a causa de lo que precede, «Cuando se cumplan tus días y duermas con tus padres, levantaré tu descendencia después de ti,» que se promete a otro Pacífico, que es anunciado como alguien que ha de ser levantado no antes de la muerte de David, como lo fue Salomón, sino después de ella? Pues por largo que fuera el intervalo de tiempo antes de que viniera Jesucristo, sin duda fue después de la muerte del rey David, a quien fue prometido de tal modo, que era necesario que viniera aquel que había de edificar una casa de Dios, no de madera y piedra, sino de hombres, tal como nos gozamos de que Él la edifica. Porque a esta casa, es decir, a los creyentes, dice el apóstol: «El templo de Dios es santo, y ese templo sois vosotros.» []
Cuán semejante es la profecía acerca de Cristo en el salmo 89 a las cosas prometidas en la profecía de Natán en los libros de Samuel
XVII, 9
Por lo cual también en el Salmo 89, cuyo título es, «Instrucción para sí mismo, de Etán el israelita,» se hace mención de las promesas que Dios hizo al rey David, y allí se añaden algunas cosas semejantes a las que se hallan en el libro de Samuel, como esta: «He jurado a David mi siervo que prepararé su descendencia para siempre.» Y de nuevo: «Entonces hablaste en visión a tus hijos, y dijiste: He puesto auxilio sobre el Poderoso, y he exaltado al Elegido de entre mi pueblo. Hallé a David mi siervo, y con mi óleo santo lo he ungido. Porque mi mano lo ayudará, y mi brazo lo fortalecerá. No prevalecerá contra él el enemigo, y el hijo de iniquidad no lo dañará más. Y derribaré a sus enemigos de delante de su rostro, y a los que lo aborrecen pondré en fuga. Y mi verdad y mi misericordia estarán con él, y en mi nombre será exaltado su cuerno. Pondré asimismo su mano en el mar, y su diestra en los ríos. Él clamará a mí: Tú eres mi Padre, mi Dios y el autor de mi salvación. También lo haré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra. Mi misericordia le guardaré para siempre, y mi pacto será fiel (seguro) con él. Su descendencia también estableceré por siempre jamás, y su trono como los días del cielo.» Las cuales palabras, rectamente entendidas, todas se entienden del Señor Jesucristo, bajo el nombre de David, a causa de la forma de siervo que el mismo Mediador asumió [] de la virgen del linaje de David. Pues inmediatamente se dice algo acerca de los pecados de sus hijos, tal como está consignado en el libro de Samuel, y se toma más fácilmente como si se tratara de Salomón. Porque allí, es decir, en el libro de Samuel, dice: «Y si cometiere iniquidad, lo castigaré con vara de hombres y con azotes de hijos de hombres; pero mi misericordia no apartaré de él,» [] entendiendo por azotes los golpes de la corrección. De ahí aquella sentencia: «No toquéis a mis ungidos.» Pues ¿qué otra cosa es sino: No les hagáis daño? Pero en el salmo, hablando como de David, dice también allí algo semejante. «Si sus hijos,» dice, «abandonan mi ley y no andan en mis juicios; si profanan mis justicias y no guardan mis mandamientos; visitaré con vara sus iniquidades y con azotes sus culpas; pero no anularé mi misericordia respecto de él.» No dijo «de ellos,» aunque hablaba de sus hijos, no de sí mismo; sino que dijo «de él,» lo cual significa lo mismo si se entiende rectamente. Porque de Cristo mismo, que es la cabeza de la Iglesia, no pudieron hallarse pecados que requirieran ser reprimidos divinamente con corrección humana, continuando aún la misericordia; pero se hallan en su cuerpo y miembros, que es su pueblo. Por eso en el libro de Samuel se dice: «iniquidad de Él,» pero en el salmo, «de sus hijos,» para que entendamos que lo que se dice de su cuerpo se dice en cierto modo de Él mismo. Por lo cual también, cuando Saúl perseguía su cuerpo, es decir, su pueblo creyente, Él mismo dice desde el cielo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» [] Luego, en las siguientes palabras del salmo dice: «Ni quebrantaré mi verdad, ni profanaré mi pacto, y lo que sale de mis labios no lo invalidaré. Una vez he jurado por mi santidad, si miento a David,» — es decir, de ningún modo mentiré a David; porque la Escritura suele hablar así. Pero aquello en lo que no mentirá, lo añade diciendo: «Su descendencia permanecerá para siempre, y su trono como el sol delante de mí, y como la luna perfecta para siempre, y un testigo fiel en el cielo.»
Cuán diferentes son los actos en el reino de la Jerusalén terrena de los que Dios había prometido, para que se entienda que la verdad de la promesa pertenece a la gloria del otro Rey y del otro Reino
XVII, 10
Para que no se supusiera que una promesa tan expresamente declarada y confirmada se cumplió en Salomón, como si él la hubiera esperado y no la hubiera hallado, dice: «Pero tú nos has desechado y nos has reducido a nada, oh Señor.» Esto verdaderamente sucedió respecto del reino de Salomón entre su posteridad, incluso hasta la destrucción de la misma Jerusalén terrena, que era la sede del reino, y especialmente la destrucción del mismísimo templo que Salomón había edificado. Pero para que no se pensara por esto que Dios había obrado en contra de su promesa, inmediatamente añade: «Has diferido a tu Cristo.» Por tanto, no es Salomón, ni tampoco David mismo, si el Cristo del Señor se difiere. Pues aunque todos los reyes son llamados sus cristos, por haber sido consagrados con aquel crisma místico, no solo desde el rey David en adelante, sino incluso desde aquel Saúl que primero fue ungido rey de aquel mismo pueblo, y David mismo lo llama cristo del Señor, sin embargo, había un único Cristo verdadero, cuya figura llevaban ellos por la unción profética, el cual, según la opinión de los hombres que pensaban que debía entenderse como ya venido en David o en Salomón, fue diferido por mucho tiempo, pero que, según Dios lo había dispuesto, había de venir en su propio tiempo. La parte siguiente de este salmo prosigue diciendo lo que, mientras tanto, mientras Él era diferido, había de suceder al reino de la Jerusalén terrena, donde se esperaba que ciertamente reinaría: «Has anulado el pacto de tu siervo; has profanado en la tierra su santuario. Has derribado todos sus muros; has puesto sus fortalezas en espanto. Todos los que pasan por el camino lo despojan; es hecho oprobio de sus vecinos. Has exaltado la diestra de sus enemigos; has hecho alegrar a todos sus enemigos. Has apartado el socorro de su espada, y no lo has ayudado en la guerra. Lo has destruido sin purificación; has derribado por tierra su trono. Has acortado los días de su trono; has derramado confusión sobre él.» Todas estas cosas vinieron sobre Jerusalén la esclava, en la cual también reinaron algunos que eran hijos de la mujer libre, teniendo aquel reino en administración temporal, pero teniendo el reino de la Jerusalén celestial, de la cual eran hijos, en fe verdadera, y esperando en el verdadero Cristo. Pero cómo estas cosas vinieron sobre aquel reino, lo señala la historia de sus acontecimientos si se lee.
De la sustancia del pueblo de Dios, que por su asunción de la carne está en Cristo, quien solo tuvo poder para librar su propia alma del infierno
XVII, 11
Pero después de haber profetizado estas cosas, el profeta se pone a orar a Dios; sin embargo, incluso la misma oración es profecía: «¿Hasta cuándo, Señor, te apartarás al fin?» «Tu rostro» se entiende, como se dice en otra parte: «¿Hasta cuándo apartarás de mí tu rostro?» Pues por eso algunos códices tienen aquí no «te apartas,» sino «te apartarás;» aunque podría entenderse: «apartas tu misericordia, la cual prometiste a David.» Pero cuando dice: «al fin,» ¿qué significa, sino incluso hasta el fin? Por cuyo fin ha de entenderse el último tiempo, cuando incluso aquella nación ha de creer en Cristo Jesús, antes del cual fin ha de suceder lo que acaba de lamentar con tristeza. Por lo cual también se añade aquí: «Tu ira arderá como fuego. Recuerda cuál es mi sustancia.» Esto no puede entenderse mejor que de Jesús mismo, la sustancia de su pueblo, de cuya naturaleza es su carne. «Pues no en vano,» dice, «has hecho a todos los hijos de los hombres.» Pues a menos que el único Hijo del hombre hubiera sido la sustancia de Israel, mediante el cual Hijo del hombre muchos hijos de los hombres habrían de ser liberados, todos los hijos de los hombres habrían sido hechos totalmente en vano. Pero ahora, ciertamente, todo el género humano, por la caída del primer hombre, ha caído de la verdad a la vanidad; por lo cual otro salmo dice: «El hombre es semejante a la vanidad: sus días pasan como sombra;» sin embargo, Dios no ha hecho en vano a todos los hijos de los hombres, porque libera a muchos de la vanidad mediante el Mediador Jesús, y a aquellos que no conoció de antemano que serían liberados, no los hizo totalmente en vano en la hermosísima y justísima ordenación de toda la creación racional, para utilidad de los que habrían de ser liberados, y para la comparación de las dos ciudades por contraste mutuo. Después sigue: «¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte? ¿Arrebatará su alma de la mano del infierno?» ¿Quién es este sino aquella sustancia de Israel del linaje de David, Cristo Jesús, de quien dice el apóstol que «resucitado de entre los muertos, ya no muere, y la muerte no tendrá más dominio sobre Él?» [] Pues Él vivirá de tal manera y no verá la muerte, que sin embargo habrá estado muerto; pero habrá librado su alma de la mano del infierno, adonde había descendido para soltar a algunos de las cadenas del infierno; pero la ha librado por aquel poder del cual dice en el Evangelio: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para tomarla de nuevo.» []
A qué persona debe entenderse que pertenece la súplica por las promesas, cuando dice en el salmo: «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor?» etc
XVII, 12
Pero el resto de este salmo dice así: «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor, que juraste a David en tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, que he llevado en mi seno de muchas naciones; con el cual tus enemigos han injuriado, oh Señor, con el cual han injuriado el cambio de tu Cristo.» Ahora bien, con muy buena razón se puede preguntar si esto se dice en la persona de aquellos israelitas que deseaban que se les cumpliera la promesa hecha a David; o más bien de los cristianos, que son israelitas no según la carne sino según el Espíritu. [] Ciertamente esto fue dicho o escrito en tiempo de Etán, de cuyo nombre toma este salmo su título, y aquel fue el mismo que el tiempo del reinado de David; y por lo tanto no se habría dicho, «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor, que has jurado a David en tu verdad?» a menos que el profeta hubiera asumido la persona de aquellos que habrían de venir mucho después, para quienes aquel tiempo en que estas cosas fueron prometidas a David era antiguo. Pero puede entenderse así: que muchas naciones, cuando perseguían a los cristianos, les echaban en cara la pasión de Cristo, la cual la Escritura llama su cambio, porque muriendo se hizo inmortal. El cambio de Cristo, según este pasaje, puede también entenderse como reprochado por los israelitas, porque, cuando esperaban que Él sería suyo, fue hecho Salvador de las naciones; y muchas naciones que han creído en Él por el Nuevo Testamento ahora reprochan a los que permanecen en el antiguo con esto: de modo que se dice, «Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos;» porque, al no olvidar el Señor, sino más bien apiadarse de ellos, aun ellos después de este reproche han de creer. Pero lo que he puesto primero me parece el sentido más adecuado. Pues a los enemigos de Cristo, a quienes se les echa en cara que Cristo los ha dejado, volviéndose a los gentiles, [] se les asigna incongruentemente esta súplica, «Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos,» pues tales judíos no han de ser llamados siervos de Dios; pero estas palabras convienen a aquellos que, si sufrieron grandes humillaciones por la persecución a causa del nombre de Cristo, podían recordar que un reino exaltado había sido prometido a la simiente de David, y en deseo de él, podían decir no desesperadamente, sino como pidiendo, buscando, llamando, [] «¿Dónde están tus antiguas misericordias, Señor, que juraste a David en tu verdad? Acuérdate, Señor, del oprobio de tus siervos, que he llevado en mi seno de muchas naciones;» es decir, he soportado pacientemente en mis entrañas. «Que tus enemigos han injuriado, oh Señor, con el cual han injuriado el cambio de tu Cristo,» no pensando que es un cambio, sino una consumación. Pero ¿qué significa «Acuérdate, Señor,» sino que tendrías compasión, y por mi humillación sufrida con paciencia me recompensarías con la excelencia que juraste a David en tu verdad? Pero si asignamos estas palabras a los judíos, aquellos siervos de Dios que, tras la conquista de la Jerusalén terrena, antes de que Jesucristo naciera según la manera de los hombres, fueron llevados en cautiverio, podían decir tales cosas, entendiendo el cambio de Cristo, porque ciertamente por medio de Él se debía esperar, no una felicidad terrena y carnal, como la que apareció durante los pocos años del rey Salomón, sino una felicidad celestial y espiritual; y cuando las naciones, entonces ignorantes de esto por la incredulidad, se regocijaban e insultaban al pueblo de Dios por ser cautivos, ¿qué otra cosa era esto sino reprochar ignorantemente con el cambio de Cristo a quienes entienden el cambio de Cristo? Y por lo tanto lo que sigue cuando este salmo se concluye, «Sea la bendición del Señor para siempre, amén, amén,» es suficientemente apropiado para todo el pueblo de Dios perteneciente a la Jerusalén celestial, ya sea por aquellas cosas que estuvieron ocultas en el Antiguo Testamento antes de que se revelara el Nuevo, o por aquellas que, ahora reveladas en el Nuevo Testamento, se disciernen manifiestamente pertenecer a Cristo. Pues la bendición del Señor en la simiente de David no pertenece a ningún tiempo particular, como la que apareció en los días de Salomón, sino que ha de esperarse para siempre; en cuya esperanza certísima se dice: «Amén, amén;» pues esta repetición de la palabra es la confirmación de aquella esperanza. Por tanto, entendiendo esto David, dice en el segundo libro de los Reyes, en el pasaje del cual nos desviamos a este salmo, «También has hablado acerca de la casa de tu siervo para un gran tiempo venidero.» [] Por lo cual también poco después dice: «Ahora comienza, y bendice la casa de tu siervo para siempre,» etc., porque entonces estaba a punto de nacer el hijo de quien su posteridad debía continuarse hasta Cristo, por medio del cual su casa debía ser eterna, y debía ser también la casa de Dios. Pues se llama casa de David a causa del linaje de David; pero la misma se llama casa de Dios a causa del templo de Dios, hecho de hombres, no de piedras, donde habitará para siempre el pueblo con su Dios y en su Dios, y Dios con su pueblo y en su pueblo, de modo que Dios llene a su pueblo, y el pueblo sea lleno de su Dios, mientras Dios será todo en todos, siendo Él mismo su recompensa en la paz, quien es su fortaleza en la guerra. Por lo tanto, cuando se dice en las palabras de Natán, «Y el Señor te dirá qué casa has de edificarle,» [] después se dice en las palabras de David: «Porque tú, Señor Todopoderoso, Dios de Israel, has abierto el oído de tu siervo, diciendo: Yo te edificaré una casa.» [] Pues esta casa es edificada tanto por nosotros viviendo bien, como por Dios ayudándonos a vivir bien; porque «si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.» Y cuando tenga lugar la dedicación final de esta casa, entonces se cumplirá lo que Dios dice aquí por Natán, «Y yo fijaré un lugar para mi pueblo Israel, y lo plantaré, y habitará aparte, y no será turbado más; y el hijo de la iniquidad no lo humillará más, como desde el principio, desde los días en que designé jueces sobre mi pueblo Israel.» []
Capítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
XVII, 13
Quien espera un bien tan grande en este mundo, y en esta tierra, su sabiduría no es sino necedad. ¿Puede alguien pensar que se cumplió en la paz del reinado de Salomón? Ciertamente la Escritura encomia aquella paz con excelente alabanza como sombra de la que ha de venir. Pero ha de oponerse vigilante a esta opinión, pues después que se dice: «Y el hijo de la iniquidad no lo humillará más,» inmediatamente se añade: «como desde el principio, desde los días en que designé jueces sobre mi pueblo Israel.» [] Pues los jueces fueron designados sobre aquel pueblo desde el tiempo en que recibieron la tierra de promisión, antes de que hubiera reyes allí. Y ciertamente el hijo de la iniquidad, es decir, el enemigo extranjero, lo humilló durante períodos de tiempo en que leemos que la paz alternaba con las guerras; y en aquel período se encuentran tiempos de paz más largos que los que tuvo Salomón, quien reinó cuarenta años. Pues bajo aquel juez que se llama Aod hubo ochenta años de paz. [] Lejos esté de nosotros, por tanto, creer que los tiempos de Salomón están predichos en esta promesa, mucho menos los de cualquier otro rey. Pues ninguno de ellos reinó en tan gran paz como él; ni aquella nación tuvo jamás aquel reino de modo que no tuviera ansiedad de ser subyugada por enemigos: porque en la gran mutabilidad de los asuntos humanos nunca se da a pueblo alguno tan gran seguridad que no tema invasiones hostiles a esta vida. Por tanto, el lugar de esta prometida habitación pacífica y segura es eterno, y por derecho pertenece eternamente a Jerusalén la madre libre, donde estará el verdadero pueblo de Israel: pues este nombre se interpreta «Viendo a Dios;» en cuyo deseo de recompensa ha de llevarse una vida piadosa por la fe en esta miserable peregrinación.
XVII, 14
En el progreso de la ciudad de Dios a través de los siglos, por tanto, David reinó primero en la Jerusalén terrena como sombra de lo que había de venir. Ahora bien, David era un hombre diestro en cantos, que amaba entrañablemente la armonía musical, no con deleite vulgar, sino con disposición creyente, y por ella servía a su Dios, que es el Dios verdadero, mediante la representación mística de una cosa grande. Pues la concordia racional y bien ordenada de sonidos diversos en variedad armoniosa sugiere la unidad compacta de la ciudad bien ordenada. Luego casi toda su profecía está en salmos, de los cuales ciento cincuenta se contienen en lo que llamamos el Libro de los Salmos; de los cuales algunos quieren que solo fueron hechos por David los que están inscritos con su nombre. Pero hay también algunos que piensan que ninguno de ellos fue hecho por él excepto los que están marcados «De David;» pero los que tienen en el título «Para David» han sido hechos por otros que asumieron su persona. Esta opinión es refutada por la voz del Salvador mismo en el Evangelio, cuando dice que el propio David, por el Espíritu, dijo que Cristo era su Señor; pues el salmo 110 comienza así: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Y verdaderamente aquel mismo salmo, como muchos más, tiene en el título, no «de David,» sino «para David.» Pero me parecen sostener la opinión más creíble quienes le atribuyen la autoría de todos estos ciento cincuenta salmos, y piensan que antepuso a algunos de ellos los nombres incluso de otros hombres, que prefiguraban algo pertinente al asunto, pero quiso que en los títulos de los restantes no hubiera nombre de hombre, según Dios lo inspiró en la disposición de esta variedad, la cual, aunque oscura, no carece de sentido. Tampoco debe mover a no creer esto el que los nombres de algunos profetas que vivieron mucho después de los tiempos del rey David se lean en las inscripciones de ciertos salmos en aquel libro, y que las cosas dichas allí parezcan ser dichas como por ellos. Pues el Espíritu profético no era incapaz de revelar al rey David, cuando profetizaba, incluso estos nombres de profetas futuros, para que pudiera cantar proféticamente algo que conviniera a sus personas; así como fue revelado a cierto profeta que el rey Josías habría de levantarse y reinar después de más de trescientos años, quien predijo también sus hechos futuros junto con su nombre.
Si todas las cosas profetizadas en los Salmos acerca de Cristo y de su Iglesia deben ser recogidas en el texto de esta obra
XVII, 15
Y ahora veo que puede esperarse de mí que en esta parte de este libro exponga lo que David pudo profetizar en los Salmos acerca del Señor Jesucristo o de su Iglesia. Pero aunque ya lo he hecho en un caso, me veo impedido de hacerlo como parece exigir esa expectativa, más por la abundancia que por la escasez de materia. Pues la necesidad de evitar la prolijidad me prohíbe consignarlo todo; sin embargo, temo que si elijo algunas cosas parezca a muchos, que las conocen, haber pasado por alto las más necesarias. Además, la prueba que se aduce debe apoyarse en el contexto de todo el salmo, de modo que al menos no haya nada en contra si no todo lo apoya; no sea que parezca que, a la manera de los centones, reunimos para lo que queremos, como versos de un gran poema, lo que se hallará que no fue escrito sobre eso, sino sobre alguna otra cosa muy diferente. Pero antes de que esto pudiera señalarse en cada salmo, habría que exponerlo por entero; y cuán grande obra sería, lo muestran bastante bien los volúmenes de otros, así como los nuestros, en los que lo hemos hecho. Léalos, pues, quien quiera o pueda, y hallará cuántas y cuán grandes cosas David, a la vez rey y profeta, profetizó acerca de Cristo y de su Iglesia, a saber, acerca del Rey y de la ciudad que Él ha edificado.
De las cosas pertenecientes a Cristo y a la Iglesia, dichas abierta o tropológicamente en el Salmo 45
XVII, 16
Pues cuantas expresiones proféticas directas y manifiestas pueda haber acerca de algo, es necesario que se mezclen con ellas las que son figurativas; las cuales, sobre todo por causa de los de entendimiento más lento, imponen a los más doctos la laboriosa tarea de aclararlas y exponerlas. Algunas, en efecto, a la primera vista, apenas se pronuncian, muestran a Cristo y a la Iglesia, aunque queden en ellas algunas cosas menos inteligibles para exponerlas con calma. Tenemos un ejemplo de esto en aquel mismo Libro de los Salmos: «Mi corazón rebosa una palabra buena: dedico mis versos al rey; mi lengua es pluma de escribano que escribe veloz. Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por eso Dios te ha bendecido para siempre. Ciñe tu espada sobre tu muslo, oh poderoso; con tu gloria y tu majestad avanza, cabalga próspero, y reina por la verdad, la mansedumbre y la justicia; y tu diestra te guiará maravillosamente. Tus saetas agudas son poderosísimas: en el corazón de los enemigos del rey; los pueblos caerán debajo de ti. Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de rectitud es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros. Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos, desde palacios de marfil; con ellos te deleitan las hijas de reyes en tu honor.» ¿Quién hay, por torpe que sea, que no reconozca aquí a Cristo, a quien predicamos y en quien creemos, si oye que Él es Dios, cuyo trono permanece por siempre jamás, y que es ungido por Dios, como en verdad unge Dios, no con un crisma visible, sino con un crisma espiritual e inteligible? Pues ¿quién hay tan ignorante de esta religión, o tan sordo a su fama difundida por todas partes, que no sepa que Cristo es llamado así por este crisma, es decir, por esta unción? Pero una vez reconocido que este Rey es Cristo, cada uno que ya está sujeto a Aquel que reina por la verdad, la mansedumbre y la justicia, indague a su gusto las otras cosas que aquí se dicen en sentido figurado: cómo su forma es hermosa sobre los hijos de los hombres, con una hermosura que tanto más debe ser amada y admirada cuanto menos corporal es; y qué pueden ser su espada, sus saetas y otras cosas de este género, que se ponen no en sentido propio, sino figurado.
Luego mire a su Iglesia, unida a tan gran Esposo en matrimonio espiritual y amor divino, de la cual se dice en las palabras que siguen: «La reina está a tu diestra, con vestiduras bordadas de oro, ceñida de variedad. Oye, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida también tu pueblo y la casa de tu padre. Porque el Rey ha deseado grandemente tu hermosura; pues Él es el Señor tu Dios. Y las hijas de Tiro le adorarán con dones; los ricos del pueblo implorarán tu favor. Toda la gloria de la hija del Rey es interior, con franjas de oro, ceñida de variedad. Las vírgenes serán llevadas en pos de ella al Rey; sus compañeras serán traídas a ti. Serán traídas con alegría y regocijo; serán conducidas al templo del Rey. En lugar de tus padres, te nacerán hijos; los establecerás como príncipes sobre toda la tierra. Se acordarán de tu nombre en todas las generaciones y descendencias. Por tanto, los pueblos te alabarán eternamente, por siempre jamás.» No creo que haya nadie tan estúpido que crea que aquí se alaba y describe a una pobre mujer, a saber, como esposa de Aquel a quien se dice: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de rectitud es el cetro de tu reino. Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría más que a tus compañeros;» es decir, claramente, Cristo más que los cristianos. Pues estos son sus compañeros, de cuya unidad y concordia en todas las naciones se forma aquella reina, como se dice de ella en otro salmo: «La ciudad del gran Rey.» La misma es espiritualmente Sión, cuyo nombre en latín se interpreta speculatio (descubrimiento); pues ella descubre el gran bien del mundo venidero, porque su atención está dirigida allí. De la misma manera es también espiritualmente Jerusalén, de la cual ya hemos dicho muchas cosas. Su enemiga es la ciudad del diablo, Babilonia, que se interpreta «confusión.» Pero de esta Babilonia es libertada esta reina en todas las naciones por la regeneración, y pasa del peor al mejor Rey, esto es, del diablo a Cristo. Por lo cual se le dice: «Olvida tu pueblo y la casa de tu padre.» De esta ciudad impía son también porción aquellos que son israelitas solo según la carne y no por la fe, enemigos también de este gran Rey mismo y de su reina. Pues Cristo, habiendo venido a ellos y habiendo sido muerto por ellos, tanto más se ha hecho Rey de otros, a quienes no vio en la carne. Por lo cual nuestro Rey mismo dice por la profecía de cierto salmo: «Me librarás de las contradicciones del pueblo; me pondrás por cabeza de las naciones. Un pueblo que yo no conocía me ha servido; en oyéndome, me ha obedecido.» Por tanto, este pueblo de las naciones, al cual Cristo no conoció en su presencia corporal, sin embargo ha creído en aquel Cristo tal como le fue anunciado; de modo que con razón se diga de él: «En oyéndome, me ha obedecido,» pues «la fe viene por el oír» []. Este pueblo, digo, añadido a los que son verdaderos israelitas tanto por la carne como por la fe, es la ciudad de Dios, la cual ha engendrado a Cristo mismo según la carne, puesto que Él estaba solo en estos israelitas. Pues de allí vino la Virgen María, en quien Cristo asumió la carne para ser hombre. De la cual ciudad dice otro salmo: «Madre Sión, dirá un hombre, y un hombre ha nacido en ella, y el Altísimo mismo la ha fundado.» ¿Quién es este Altísimo, sino Dios? Y así Cristo, que es Dios, antes de hacerse hombre por María en aquella ciudad, la fundó Él mismo por los patriarcas y profetas. Así pues, como se dijo por profecía tanto tiempo antes a esta reina, la ciudad de Dios, lo que ya podemos ver cumplido: «En lugar de tus padres, te nacerán hijos; los harás príncipes sobre toda la tierra;» así de sus hijos son ciertamente constituidos hasta sus padres [príncipes] por toda la tierra, cuando el pueblo, congregándose a ella, le confiesa con la confesión de alabanza eterna por siempre jamás. Fuera de toda duda, cualquier interpretación que se ponga a lo que aquí se expresa algo oscuramente en lenguaje figurado, debe estar de acuerdo con estas cosas tan manifiestas.