XIX, 6
¿Qué diré de estos juicios que los hombres pronuncian sobre los hombres, y que son necesarios en las comunidades, cualquiera que sea la paz exterior de que gocen? Juicios melancólicos y lamentables, puesto que los jueces son hombres que no pueden discernir las conciencias de quienes comparecen ante su tribunal, y por tanto se ven frecuentemente obligados a someter a tormento a testigos inocentes para averiguar la verdad acerca de los crímenes de otros hombres. ¿Qué diré del tormento aplicado al propio acusado? Es atormentado para descubrir si es culpable, de modo que, aunque inocente, sufre un castigo indudabilísimo por un crimen todavía dudoso, no porque se haya probado que lo cometió, sino porque no se ha averiguado que no lo cometió. Así, la ignorancia del juez implica frecuentemente a una persona inocente en el sufrimiento. Y lo que es aún más insoportable —cosa, en verdad, digna de llanto y, si fuera posible, de ser regada con fuentes de lágrimas— es esto: que cuando el juez somete al acusado a tormento, para no dar muerte inadvertidamente a un inocente, el resultado de esta lamentable ignorancia es que esa misma persona, a la que atormentó para no condenarla si era inocente, es condenada a muerte, atormentada e inocente a la vez. Pues si ha elegido, obedeciendo las instrucciones filosóficas dadas al sabio, abandonar esta vida antes que soportar por más tiempo tales tormentos, declara que ha cometido el crimen que en realidad no ha cometido. Y cuando ha sido condenado y ejecutado, el juez sigue ignorando si ha dado muerte a un inocente o a un culpable, aunque sometió al acusado a tormento precisamente para evitar condenar al inocente; y, en consecuencia, ha atormentado a un inocente para descubrir su inocencia, y lo ha ejecutado sin descubrirla. Si tal oscuridad envuelve la vida social, ¿tomará asiento en el tribunal el juez sabio, o no? Sin duda lo hará. Pues la sociedad humana, que él considera una maldad abandonar, lo constriñe y lo obliga a este deber. Y no considera maldad que se atormente a testigos inocentes respecto de crímenes de los que se acusa a otros hombres; ni que se someta a tormento a los acusados, de modo que, a menudo vencidos por la angustia, y aun siendo inocentes, hagan confesiones falsas acerca de sí mismos y sean castigados; ni que, aunque no sean condenados a muerte, a menudo mueran durante el tormento o a consecuencia de él; ni que a veces los acusadores, movidos quizá por el deseo de beneficiar a la sociedad llevando ante la justicia a los criminales, sean ellos mismos condenados por la ignorancia del juez, porque no pueden probar la verdad de sus acusaciones, aunque sean verdaderas, y porque los testigos mienten, y el acusado soporta el tormento sin ser movido a confesar. Estos numerosos e importantes males no los considera pecados; pues el juez sabio hace estas cosas no con intención de dañar, sino porque su ignorancia lo obliga, y porque la sociedad humana lo reclama como juez. Mas aunque por esto absolvamos al juez de malicia, no por ello dejamos de condenar la vida humana como miserable. Y si él se ve obligado a atormentar y castigar al inocente porque su cargo y su ignorancia lo constriñen, ¿es acaso un hombre feliz y a la vez inocente? Ciertamente sería prueba de más profunda consideración y sentimiento más fino reconocer la miseria de estas necesidades y retraerse de su propia implicación en esa miseria; y si tuviera alguna piedad, clamaría a Dios «De mis necesidades líbrame.»
De la diversidad de lenguas, por la cual se impide el trato de los hombres; y de la miseria de las guerras, aun de las llamadas justas
XIX, 7
Después de la ciudad o del Estado viene el mundo, tercer círculo de la sociedad humana; el primero es la casa, el segundo la ciudad. Y el mundo, cuanto más extenso, tanto más lleno de peligros, como el mar mayor es más peligroso. Aquí, en primer lugar, el hombre queda separado del hombre por la diversidad de las lenguas. Pues si dos hombres, cada uno ignorante de la lengua del otro, se encuentran y no se ven obligados a pasar de largo, sino, al contrario, a permanecer juntos, los animales mudos, aunque de especies distintas, se comunicarían más fácilmente que ellos, con ser seres humanos. Porque su naturaleza común de nada les sirve para la amistad cuando la diversidad de lenguas les impide comunicarse sus sentimientos; de modo que un hombre se entendería más fácilmente con su perro que con un extranjero. Pero la ciudad imperial se ha esforzado por imponer a las naciones sometidas no solo su yugo, sino también su lengua, como vínculo de paz, de suerte que los intérpretes, lejos de ser escasos, son innumerables. Esto es cierto; ¡pero cuántas guerras grandes, cuánta matanza y derramamiento de sangre han procurado esta unidad! Y aunque estas ya pasaron, el fin de estas miserias no ha llegado aún. Pues aunque nunca han faltado, ni faltan todavía, naciones hostiles fuera del imperio, contra las cuales se han hecho y se hacen guerras, aun suponiendo que no existieran tales naciones, la misma extensión del imperio ha producido guerras de índole más odiosa: guerras sociales y civiles, con las cuales toda la raza humana ha sido agitada, ya por el conflicto real, ya por el temor de un nuevo estallido. Si yo intentara dar una descripción adecuada de estos desastres múltiples, de estas necesidades duras y duraderas, aunque soy muy incapaz para la tarea, ¿qué límite podría fijar? Pero, dicen, el sabio hará guerras justas. Como si no hubiera de lamentar tanto más la necesidad de las guerras justas, si recuerda que es hombre; pues si no fueran justas no las haría, y por tanto se vería libre de toda guerra. Porque es la injusticia de la parte contraria la que obliga al sabio a hacer guerras justas; y esta injusticia, aunque no diera lugar a guerra alguna, sería con todo motivo de dolor para el hombre, porque es injusticia del hombre. Reconozca, pues, todo el que piensa con dolor en todos estos grandes males, tan horribles, tan crueles, que esto es miseria. Y si alguno los soporta o piensa en ellos sin dolor del alma, su condición es aún más miserable, porque se tiene por feliz por haber perdido el sentimiento humano.
Que no se puede descansar con seguridad en la amistad de los hombres buenos mientras los peligros de esta vida nos obliguen a estar solícitos
XIX, 8
En nuestra presente condición miserable, con frecuencia tomamos a un amigo por enemigo y a un enemigo por amigo. Y si escapamos a esta ceguera lamentable, ¿no es la confianza sincera y el amor mutuo de los amigos verdaderos y buenos nuestro único consuelo en la sociedad humana, llena como está de malentendidos y calamidades? Y sin embargo, cuantos más amigos tenemos, y cuanto más dispersos están, tanto más numerosos son nuestros temores de que alguna parte de las vastas masas de los desastres de la vida caiga sobre ellos. Pues no solo nos angustia que sufran hambre, guerra, enfermedad, cautiverio o los inconcebibles horrores de la esclavitud, sino que nos afecta el temor mucho más doloroso de que su amistad se cambie en perfidia, malicia e injusticia. Y cuando estas contingencias ocurren de hecho —como ocurren tanto más frecuentemente cuantos más amigos tenemos y cuanto más dispersos están—, y cuando llegan a nuestro conocimiento, ¿quién, sino el hombre que lo ha experimentado, puede decir con qué punzadas se desgarra el corazón? Preferiríamos, en verdad, oír que han muerto, aunque no podríamos oír ni siquiera esto sin angustia. Pues si su vida nos ha consolado con los encantos de la amistad, ¿puede ser que su muerte no nos afecte con tristeza alguna? Quien no quiera tener nada de esta tristeza debe, si es posible, no tener trato amistoso alguno. Prohíbase o extinga el afecto amistoso; rompa con insensibilidad despiadada los vínculos de toda relación humana; o ingéniese para usarlos de modo que ninguna dulzura se destile en su espíritu. Pero si esto es del todo imposible, ¿cómo lograremos no sentir amargura en la muerte de aquellos cuya vida nos ha sido dulce? De aquí surge aquel dolor que afecta al corazón tierno como una herida o una contusión, y que se cura con la aplicación del consuelo bondadoso. Pues aunque la cura se logra tanto más fácil y rápidamente cuanto mejor es la condición del alma, no debemos por ello suponer que no haya nada que curar. Aunque, pues, nuestra vida presente es afligida, a veces en grado más suave, a veces más doloroso, por la muerte de personas muy queridas, y especialmente de varones útiles a la comunidad, preferiríamos oír que tales hombres han muerto antes que oír o percibir que han caído de la fe o de la virtud —en otras palabras, que han muerto espiritualmente. De esta vasta materia de miseria está llena la tierra, y por eso está escrito, «¿No es la vida del hombre sobre la tierra una prueba?» [] Y con la misma referencia dice el Señor, «¡Ay del mundo por los escándalos!» [] y de nuevo, «Por haberse multiplicado la iniquidad, el amor de muchos se enfriará.» [] Y de aquí disfrutamos de alguna satisfacción cuando mueren nuestros buenos amigos; pues aunque su muerte nos deja en dolor, tenemos la seguridad consoladora de que están más allá de los males por los cuales en esta vida aun los mejores hombres son quebrantados o corrompidos, o están en peligro de ambos resultados.
De la amistad de los santos ángeles, de la cual los hombres no pueden estar seguros en esta vida, a causa del engaño de los demonios que tienen cautivos a los adoradores de una pluralidad de dioses
XIX, 9
Los filósofos que querían que tuviéramos a los dioses por amigos colocan la amistad de los santos ángeles en el cuarto círculo de la sociedad, avanzando ahora de los tres círculos de la sociedad en la tierra al universo, y abarcando el cielo mismo. Y en esta amistad ciertamente no tememos que los ángeles nos aflijan con su muerte o deterioro. Pero como no podemos mezclarnos con ellos tan familiarmente como con los hombres (lo cual es una de las aflicciones de esta vida), y como Satanás, según leemos, [] a veces se transforma en ángel de luz, para tentar a aquellos a quienes es necesario disciplinar, o simplemente para engañar, hay gran necesidad de la misericordia de Dios para preservarnos de hacer amigos a los demonios disfrazados, mientras creemos tener a los ángeles buenos por amigos; porque la astucia y el engaño de estos espíritus malvados iguala su capacidad de dañar. ¿Y no es esta una gran miseria de la vida humana, que estemos envueltos en tal ignorancia que, sin la misericordia de Dios, nos hace presa de estos demonios? Y es muy cierto que los filósofos de la ciudad impía, que sostuvieron que los dioses eran sus amigos, habían caído presa de los demonios malignos que gobiernan aquella ciudad, y cuyo castigo eterno ha de ser compartido por ella. Pues la naturaleza de estos seres queda suficientemente demostrada por las observancias sagradas, o más bien sacrílegas, que forman su culto, y por los juegos inmundos en que se celebran sus crímenes, y que ellos mismos originaron y exigieron de sus adoradores como propiciación adecuada.
Capítulo 10. La recompensa preparada para los santos después de haber soportado la prueba de esta vida
XIX, 10
Mas ni aun los santos y fieles adoradores del único Dios verdadero y altísimo están seguros de las múltiples tentaciones y engaños de los demonios. Pues en esta morada de debilidad, y en estos días malos, este estado de ansiedad tiene también su utilidad, estimulándonos a buscar con anhelo más ardiente aquella seguridad donde la paz es completa e inquebrantable. Allí gozaremos de los dones de la naturaleza, es decir, de todo lo que Dios, Creador de todas las naturalezas, ha otorgado a la nuestra: dones no solo buenos, sino eternos; no solo del espíritu, sanado ya por la sabiduría, sino también del cuerpo renovado por la resurrección. Allí las virtudes ya no lucharán contra vicio o mal alguno, sino que gozarán del premio de la victoria, la paz eterna que ningún adversario perturbará. Esta es la bienaventuranza final, esta la consumación última, el fin sin fin. Aquí, ciertamente, se dice que somos bienaventurados cuando tenemos una paz tal como puede gozarse en una vida buena; pero tal bienaventuranza es mera miseria comparada con aquella felicidad final. Cuando nosotros los mortales poseemos una paz como la que esta vida mortal puede ofrecer, la virtud, si vivimos rectamente, hace uso recto de las ventajas de esta condición pacífica; y cuando no la tenemos, la virtud hace buen uso aun de los males que el hombre sufre. Pero esta es la verdadera virtud, cuando refiere todas las ventajas de que hace buen uso, y todo lo que hace al usar bien de las cosas buenas y malas, y a sí misma también, a aquel fin en el cual gozaremos de la mejor y mayor paz posible.
Capítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
XIX, 11
Y así podemos decir de la paz, como hemos dicho de la vida eterna, que es el fin de nuestro bien; y tanto más porque el Salmista dice de la ciudad de Dios, objeto de esta laboriosa obra, «Alaba, oh Jerusalén, al Señor; alaba a tu Dios, oh Sión: porque ha fortalecido los cerrojos de tus puertas; ha bendecido a tus hijos dentro de ti; quien ha puesto paz en tus confines.» Pues cuando los cerrojos de sus puertas sean fortalecidos, nadie entrará ni saldrá de ella; por consiguiente debemos entender la paz de sus confines como aquella paz final que deseamos declarar. Pues aun el nombre místico de la ciudad misma, es decir, Jerusalén, significa, como ya he dicho, «Visión de paz.» Pero como la palabra paz se emplea en relación con cosas de este mundo en las cuales ciertamente no tiene lugar la vida eterna, hemos preferido llamar al fin o bien supremo de esta ciudad vida eterna antes que paz. De este fin dice el apóstol, «Mas ahora, liberados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis vuestro fruto para santidad, y por fin la vida eterna.» [] Pero, por otra parte, como aquellos que no están familiarizados con la Escritura pueden suponer que la vida de los impíos es vida eterna, ya sea por la inmortalidad del alma, que incluso algunos filósofos han reconocido, ya sea por el castigo sin fin de los impíos, que forma parte de nuestra fe y que parece imposible a menos que los impíos vivan para siempre, puede por tanto ser aconsejable, para que todos entiendan fácilmente lo que queremos decir, afirmar que el fin o bien supremo de esta ciudad es o bien paz en la vida eterna, o bien vida eterna en paz. Pues la paz es un bien tan grande que, aun en esta vida terrena y mortal, no hay palabra que oigamos con tanto placer, nada que deseemos con tanto afán, nada que encontremos más plenamente satisfactorio. De modo que si nos detenemos un poco más en este asunto, no seremos, en mi opinión, pesados para nuestros lectores, quienes atenderán tanto para comprender cuál es el fin de esta ciudad de la que hablamos, como por la dulzura de la paz que es querida para todos.
Que aun la ferocidad de la guerra y todas las inquietudes de los hombres tienden a este único fin de la paz que toda naturaleza desea
XIX, 12
Quien presta siquiera una atención moderada a los asuntos humanos y a nuestra naturaleza común, reconocerá que si no hay hombre que no desee estar alegre, tampoco hay ninguno que no desee tener paz. Pues aun los que hacen la guerra no desean otra cosa que la victoria; es decir, desean alcanzar la paz con gloria. Porque ¿qué otra cosa es la victoria sino la sumisión de quienes nos resisten? Y cuando esto se logra, hay paz. Por tanto, con el deseo de paz se hacen las guerras, aun por aquellos que se complacen en ejercitar su índole guerrera en el mando y en la batalla. Y de aquí es evidente que la paz es el fin que busca la guerra. Pues todo hombre busca la paz haciendo la guerra, pero ningún hombre busca la guerra haciendo la paz. Porque aun quienes interrumpen intencionalmente la paz en la que viven no odian la paz, sino que solo desean cambiarla por una paz que les convenga más. No desean, pues, no tener paz, sino solo una más a su gusto. Y en el caso de la sedición, cuando los hombres se han separado de la comunidad, no logran lo que desean a menos que mantengan cierta paz con sus conspiradores. Y por eso aun los ladrones cuidan de mantener la paz con sus camaradas, para poder invadir con mayor eficacia y mayor seguridad la paz de otros hombres. Y si un individuo resulta ser de fuerza tan incomparable y tan celoso de asociarse que no confía en camarada alguno, sino que trama sus propios planes y comete depredaciones y asesinatos por cuenta propia, con todo mantiene alguna sombra de paz con aquellas personas a las que no puede matar y de las que desea ocultar sus hechos. También en su propia casa se propone estar en paz con su mujer e hijos y con los demás miembros de su familia; porque sin duda la pronta obediencia de estos a todas sus miradas es para él fuente de placer. Y si esto no se le da, se enoja, riñe y castiga; y aun con esta tormenta asegura la calma pacífica de su propia casa, según lo exige la ocasión. Pues ve que la paz no puede mantenerse a menos que todos los miembros del mismo círculo doméstico estén sujetos a una cabeza, como él mismo lo está en su propia casa. Y por tanto, si una ciudad o nación se ofreciera a someterse a él, para servirle del mismo modo que ha hecho servir a su casa, ya no se ocultaría en las guaridas de un bandolero, sino que levantaría la cabeza a plena luz como rey, aunque la misma codicia y maldad permaneciera en él. Y así todos los hombres desean tener paz con su propio círculo, al que quieren gobernar como les conviene. Pues aun a aquellos contra quienes hacen la guerra desean hacerlos suyos e imponerles las leyes de su propia paz.
Pero supongamos un hombre como el que nos presentan la poesía y la mitología: un hombre tan insociable y salvaje que haya de llamarse más bien semihombre que hombre. Aunque, pues, su reino era la soledad de una cueva lóbrega, y él mismo era de tan singular mal corazón que fue llamado [Κακός], que es la palabra griega para malo; aunque no tenía esposa que lo calmara con palabras cariñosas, ni hijos con quienes jugar, ni criados que cumplieran sus órdenes, ni amigo que lo alegrara con el trato, ni siquiera a su padre Vulcano (aunque en un aspecto era más feliz que su padre, por no haber engendrado un monstruo como él); aunque no daba a nadie, sino que tomaba cuanto quería y podía, de quien podía y cuando podía, sin embargo en aquella cueva solitaria, cuyo suelo, como dice Virgilio, estaba siempre humeante de reciente matanza, no se buscaba otra cosa que la paz, una paz en la que nadie lo molestara ni lo inquietara con asalto o alarma alguno. Con su propio cuerpo deseaba estar en paz, y solo se sentía satisfecho en la medida en que tenía esta paz. Pues gobernaba sus miembros, y ellos le obedecían; y para apaciguar su naturaleza mortal, que se rebelaba cuando necesitaba algo, y para aplacar la sedición del hambre que amenazaba con desterrar el alma del cuerpo, hacía incursiones, mataba y devoraba; pero usaba la ferocidad y el salvajismo que desplegaba en estas acciones solo para conservar la paz de su propia vida. De modo que, si hubiera estado dispuesto a hacer con los demás hombres la misma paz que hacía consigo mismo en su cueva, no habría sido llamado ni malo, ni monstruo, ni semihombre. O si el aspecto de su cuerpo y el vómito de fuegos humeantes ahuyentaban a los hombres de todo trato con él, quizá sus costumbres feroces no provenían del deseo de hacer daño, sino de la necesidad de ganarse la vida. Pero puede no haber existido, o al menos no fue como lo describen los poetas con su imaginación, pues tenían que ensalzar a Hércules, y lo hicieron a expensas de Caco. Es mejor, pues, creer que tal hombre o semihombre nunca existió, y que esto, junto con muchas otras fantasías de los poetas, es mera ficción. Pues los animales más salvajes (y se dice que este era casi una bestia salvaje) rodean a su propia especie con un círculo de paz protectora. Cohabitan, engendran, paren, amamantan y crían a sus hijos, aunque muchísimos de ellos no son gregarios, sino solitarios: no como las ovejas, los ciervos, las palomas, los estorninos, las abejas, sino como los leones, las zorras, las águilas, los murciélagos. ¿Qué tigresa no ronronea suavemente sobre sus cachorros y deja de lado su ferocidad para acariciarlos? ¿Qué milano, solitario como es cuando gira en círculos sobre su presa, no busca pareja, construye nido, empolla los huevos, cría a los polluelos y mantiene con la madre de su familia una alianza doméstica tan pacífica como puede? ¿Cuánto más poderosamente las leyes de la naturaleza del hombre lo mueven a tener compañerismo y mantener la paz con todos los hombres en cuanto de él depende, ya que aun los malvados hacen la guerra para mantener la paz de su propio círculo, y desean que, si fuera posible, todos los hombres les pertenecieran, para que todos los hombres y cosas sirvieran a una sola cabeza y, ya por amor, ya por temor, se rindieran a la paz con él! Es así como la soberbia en su perversidad imita a Dios. Aborrece la igualdad con los demás hombres bajo Él; pero, en lugar del gobierno de Él, procura imponer un gobierno propio sobre sus iguales. Aborrece, es decir, la paz justa de Dios, y ama su propia paz injusta; pero no puede dejar de amar una paz de una u otra clase. Pues no hay vicio tan contrario a la naturaleza que borre aun los más tenues rastros de la naturaleza.
Aquel, pues, que prefiere lo recto a lo torcido, y lo bien ordenado a lo pervertido, ve que la paz de los hombres injustos no es digna de llamarse paz en comparación con la paz de los justos. Y sin embargo, aun lo pervertido debe por necesidad estar en armonía con, y en dependencia de, y en alguna parte del orden de las cosas, pues de otro modo no tendría existencia alguna. Supongamos que un hombre cuelga con la cabeza hacia abajo; esta es ciertamente una actitud pervertida del cuerpo y una disposición pervertida de sus miembros; pues lo que la naturaleza exige que esté arriba está abajo, y viceversa. Esta perversidad perturba la paz del cuerpo, y por eso es dolorosa. No obstante, el espíritu está en paz con su cuerpo y trabaja por su conservación, y de ahí el sufrimiento; pero si es desterrado del cuerpo por sus dolores, entonces, mientras la armazón corporal se mantiene unida, hay en los restos una especie de paz entre los miembros, y por eso el cuerpo permanece suspendido. Y en cuanto el cuerpo terrenal tiende hacia la tierra y descansa sobre el lazo por el que está suspendido, tiende así a su paz natural, y la voz de su propio peso pide un lugar donde reposar; y aunque ya sin vida y sin sentimiento, no cae de la paz que es natural a su lugar en la creación, ya la tenga, ya tienda hacia ella. Pues si aplicamos preparados de embalsamamiento para impedir que la armazón corporal se pudra y disuelva, una especie de paz une aún parte con parte, y mantiene todo el cuerpo en un lugar adecuado sobre la tierra; es decir, en un lugar que está en paz con el cuerpo. Si, por el contrario, el cuerpo no recibe tal cuidado, sino que se deja a su curso natural, es perturbado por exhalaciones que no armonizan entre sí y que ofenden nuestros sentidos; pues esto es lo que se percibe en la putrefacción hasta que se asimila a los elementos del mundo y, partícula a partícula, entra en paz con ellos. Sin embargo, durante todo este proceso se observan estrictamente las leyes del altísimo Creador y Gobernador, pues es Él quien administra la paz del universo. Porque aunque se produzcan animales diminutos del cadáver de un animal mayor, todos estos pequeños átomos, por la ley del mismo Creador, sirven en paz a los animales a que pertenecen. Y aunque la carne de los animales muertos sea comida por otros, no importa adónde se lleve, ni con qué se ponga en contacto, ni en qué se convierta o cambie, sigue regida por las mismas leyes que lo penetran todo para la conservación de toda raza mortal, y que ponen en armonía las cosas que se ajustan unas a otras.
De la paz universal que la ley de la naturaleza conserva a través de todas las perturbaciones, y por la cual cada uno alcanza lo que merece de un modo regulado por el justo Juez
XIX, 13
La paz del cuerpo, pues, consiste en la disposición debidamente proporcionada de sus partes. La paz del alma irracional es el descanso armonioso de los apetitos, y la del alma racional la armonía del conocimiento y de la acción. La paz del cuerpo y del alma es la vida y la salud bien ordenadas y armoniosas del ser viviente. La paz entre el hombre y Dios es la obediencia bien ordenada de la fe a la ley eterna. La paz entre un hombre y otro es la concordia bien ordenada. La paz doméstica es la concordia bien ordenada entre los de la familia que mandan y los que obedecen. La paz civil es una concordia semejante entre los ciudadanos. La paz de la ciudad celestial es el goce perfectamente ordenado y armonioso de Dios, y de unos a otros en Dios. La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. El orden es la distribución que asigna las cosas iguales y desiguales, cada una a su propio lugar. Y por tanto, aunque los miserables, en la medida en que son tales, ciertamente no gozan de paz, sino que están separados de aquella tranquilidad del orden en la que no hay perturbación, sin embargo, en cuanto que son miserables con merecimiento y justicia, están por su misma miseria conectados con el orden. No están, en efecto, unidos con los bienaventurados, sino que están separados de ellos por la ley del orden. Y aunque están inquietos, sus circunstancias están no obstante ajustadas a ellos, y por consiguiente tienen alguna tranquilidad de orden, y por tanto alguna paz. Pero son desdichados porque, aunque no enteramente miserables, no están en aquel lugar donde cualquier mezcla de miseria es imposible. Serían, sin embargo, más desdichados si no tuvieran aquella paz que surge de estar en armonía con el orden natural de las cosas. Cuando sufren, su paz es en esa medida perturbada; pero su paz continúa en la medida en que no sufren, y en la medida en que su naturaleza continúa existiendo. Así como, pues, puede haber vida sin dolor, mientras que no puede haber dolor sin alguna clase de vida, así puede haber paz sin guerra, pero no puede haber guerra sin alguna clase de paz, porque la guerra supone la existencia de algunas naturalezas para hacerla, y estas naturalezas no pueden existir sin paz de una u otra clase.
Y por tanto hay una naturaleza en la que el mal no existe o incluso no puede existir; pero no puede haber una naturaleza en la que no haya bien. Por lo cual ni siquiera la naturaleza del diablo mismo es mala, en cuanto es naturaleza, sino que se hizo mala por ser pervertida. Así, no permaneció en la verdad, [] pero no pudo escapar al juicio de la Verdad; no permaneció en la tranquilidad del orden, pero no por eso escapó del poder del Ordenador. El bien impartido por Dios a su naturaleza no lo escudó de la justicia de Dios por la cual el orden fue preservado en su castigo; ni castigó Dios el bien que había creado, sino el mal que el diablo había cometido. Dios no retiró todo lo que había impartido a su naturaleza, sino que algo tomó y algo dejó, para que quedara lo suficiente para ser sensible a la pérdida de lo que fue tomado. Y esta misma sensibilidad al dolor es evidencia del bien que ha sido quitado y del bien que ha sido dejado. Pues, si no quedara nada bueno, no podría haber dolor a causa del bien que se había perdido. Pues el que peca es aún peor si se alegra en su pérdida de la justicia. Pero el que está en dolor, si no saca ningún beneficio de él, lamenta al menos la pérdida de la salud. Y como la justicia y la salud son ambas cosas buenas, y como la pérdida de cualquier cosa buena es materia de dolor, no de gozo—si, al menos, no hay compensación, como la justicia espiritual puede compensar la pérdida de la salud corporal—ciertamente es más adecuado para un hombre perverso dolerse en el castigo que alegrarse en su culpa. Así como, pues, el gozo de un pecador que ha abandonado lo que es bueno es evidencia de una mala voluntad, así su dolor por el bien que ha perdido cuando es castigado es evidencia de una buena naturaleza. Pues el que lamenta la paz que su naturaleza ha perdido es movido a hacerlo por algunos restos de paz que hacen a su naturaleza amiga de sí misma. Y es muy justo que en el castigo final los malvados e impíos deban en angustia lamentar la pérdida de los bienes naturales que disfrutaban, y deban percibir que fueron quitados de ellos con la mayor justicia por aquel Dios cuya liberalidad benévola habían despreciado. Dios, pues, el sapientísimo Creador y justísimo Ordenador de todas las naturalezas, que colocó al género humano sobre la tierra como su mayor ornamento, impartió a los hombres algunos bienes adaptados a esta vida, a saber, la paz temporal, tal como podemos disfrutar en esta vida de la salud y la seguridad y la sociedad humana, y todas las cosas necesarias para la preservación y recuperación de esta paz, tales como los objetos que se acomodan a nuestros sentidos exteriores: la luz, la noche, el aire y las aguas adecuadas para nosotros, y todo lo que el cuerpo requiere para sustentarse, cobijarse, sanarse o embellecerse: y todo bajo esta condición tan equitativa, que todo hombre que hiciera buen uso de estas ventajas adecuadas a la paz de esta condición mortal, recibiría bendiciones más amplias y mejores, a saber, la paz de la inmortalidad, acompañada de gloria y honor en una vida sin fin hecha apta para el goce de Dios y de unos a otros en Dios; pero que aquel que usara mal los bienes presentes, tanto los perdería como no recibiría los otros.
Del orden y la ley que se observan en el cielo y la tierra, por los cuales sucede que la sociedad humana es servida por quienes la gobiernan
XIX, 14
Todo el uso, pues, de las cosas temporales tiene referencia a este resultado de paz terrena en la comunidad terrena, mientras que en la ciudad de Dios está conectado con la paz eterna. Y por tanto, si fuéramos animales irracionales, no desearíamos nada más allá de la disposición adecuada de las partes del cuerpo y la satisfacción de los apetitos—nada, por lo tanto, sino la comodidad corporal y la abundancia de placeres, para que la paz del cuerpo pudiera contribuir a la paz del alma. Pues si falta la paz corporal, se pone una barrera incluso a la paz del alma irracional, ya que no puede obtener la gratificación de sus apetitos. Y estas dos juntas contribuyen a la paz mutua del alma y del cuerpo, la paz de la vida y la salud armoniosas. Pues como los animales, al evitar el dolor, muestran que aman la paz corporal, y, al perseguir el placer para gratificar sus apetitos, muestran que aman la paz del alma, así su retroceso ante la muerte es una indicación suficiente de su intenso amor por aquella paz que une el alma y el cuerpo en estrecha alianza. Pero, como el hombre tiene un alma racional, subordina todo esto que tiene en común con las bestias a la paz de su alma racional, para que su intelecto pueda tener libre juego y pueda regular sus acciones, y para que así pueda gozar de la armonía bien ordenada del conocimiento y de la acción que constituye, como hemos dicho, la paz del alma racional. Y para este propósito debe desear no ser molestado por el dolor, ni perturbado por el deseo, ni extinguido por la muerte, para que pueda llegar a algún conocimiento útil con el cual pueda regular su vida y sus costumbres. Pero, debido a la propensión de la mente humana a caer en errores, esta misma búsqueda del conocimiento puede ser una trampa para él, a menos que tenga un Maestro divino, a quien pueda obedecer sin recelo, y que pueda al mismo tiempo darle tal ayuda que preserve su propia libertad. Y como, mientras está en este cuerpo mortal, es un extranjero para Dios, anda por fe, no por vista; y por tanto refiere toda paz, corporal o espiritual o ambas, a aquella paz que el hombre mortal tiene con el Dios inmortal, de modo que exhibe la obediencia bien ordenada de la fe a la ley eterna. Pero como este Maestro divino inculca dos preceptos—el amor de Dios y el amor de nuestro prójimo—y como en estos preceptos un hombre encuentra tres cosas que tiene que amar—Dios, a sí mismo y a su prójimo—y que el que ama a Dios se ama a sí mismo por ello, se sigue que debe esforzarse por hacer que su prójimo ame a Dios, ya que se le ordena amar a su prójimo como a sí mismo. Debe hacer este esfuerzo en favor de su esposa, sus hijos, su casa, todos los que están a su alcance, así como desearía que su prójimo hiciera lo mismo por él si lo necesitara; y por consiguiente estará en paz, o en concordia bien ordenada, con todos los hombres, en cuanto dependa de él. Y este es el orden de esta concordia: que un hombre, en primer lugar, no dañe a nadie, y, en segundo lugar, haga bien a todos los que pueda alcanzar. Primariamente, por tanto, los de su propia casa son su cuidado, pues la ley de la naturaleza y de la sociedad le da acceso más pronto a ellos y mayor oportunidad de servirlos. Y de aquí el apóstol dice, «Si alguno no provee para los suyos, y especialmente para los de su propia casa, ha negado la fe, y es peor que un infiel.» [] Este es el origen de la paz doméstica, o la concordia bien ordenada de los de la familia que mandan y los que obedecen. Pues los que cuidan del resto mandan—el esposo a la esposa, los padres a los hijos, los señores a los siervos; y los que son cuidados obedecen—las mujeres a sus esposos, los hijos a sus padres, los siervos a sus señores. Pero en la familia del justo que vive por fe y es todavía un peregrino que camina hacia la ciudad celestial, incluso los que mandan sirven a aquellos a quienes parecen ordenar; pues no mandan por amor al poder, sino por un sentido del deber que deben a los demás—no porque estén orgullosos de la autoridad, sino porque aman la misericordia.
De la libertad propia de la naturaleza del hombre, y de la servidumbre introducida por el pecado: una servidumbre en la que el hombre cuya voluntad es perversa es esclavo de su propia concupiscencia, aunque sea libre en lo que respecta a los demás hombres
XIX, 15
Esto está prescrito por el orden de la naturaleza: así es como Dios ha creado al hombre. Pues «tengan ellos,» dice, «dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra.» [] No pretendió que su criatura racional, que fue hecha a su imagen, tuviera dominio sobre nada más que la creación irracional—no hombre sobre hombre, sino hombre sobre las bestias. Y de aquí que los hombres justos en los tiempos primitivos fueran hechos pastores de ganado antes que reyes de hombres, pretendiendo Dios enseñarnos así cuál es la posición relativa de las criaturas, y cuál el merecimiento del pecado; pues es con justicia, creemos, que la condición de esclavitud es el resultado del pecado. Y esta es la razón por la que no encontramos la palabra «esclavo» en ninguna parte de la Escritura hasta que el justo Noé marcó el pecado de su hijo con este nombre. Es un nombre, por tanto, introducido por el pecado y no por la naturaleza. Se supone que el origen de la palabra latina para esclavo se encuentra en la circunstancia de que aquellos que por la ley de la guerra estaban expuestos a ser matados a veces eran preservados por sus vencedores, y por eso fueron llamados siervos. Y estas circunstancias nunca podrían haber surgido salvo por el pecado. Pues incluso cuando hacemos una guerra justa, nuestros adversarios deben estar pecando; y toda victoria, aunque sea ganada por hombres malvados, es un resultado del primer juicio de Dios, que humilla a los vencidos ya sea para quitar o para castigar sus pecados. Testigo de ello es aquel hombre de Dios, Daniel, quien, cuando estaba en cautividad, confesó a Dios sus propios pecados y los pecados de su pueblo, y declara con piadoso dolor que estos fueron la causa de la cautividad. [] La causa primera, pues, de la esclavitud es el pecado, que pone al hombre bajo el dominio de su semejante—lo cual no sucede salvo por el juicio de Dios, en quien no hay injusticia, y que sabe cómo asignar castigos adecuados a cada variedad de ofensa. Pero nuestro Maestro en el cielo dice, «Todo el que comete pecado es siervo del pecado.» [] Y así hay muchos señores malvados que tienen a hombres religiosos como sus esclavos, y que sin embargo están ellos mismos en servidumbre; «pues de quien uno es vencido, de ese mismo es hecho esclavo.» [] Y sin duda es cosa más feliz ser esclavo de un hombre que de una concupiscencia; pues incluso esta misma concupiscencia de dominar, por no mencionar otras, asola los corazones de los hombres con el dominio más despiadado. Además, cuando los hombres están sujetos unos a otros en un orden pacífico, la posición humilde hace tanto bien al siervo como la posición orgullosa hace daño al señor. Pero por naturaleza, como Dios nos creó al principio, nadie es esclavo ni del hombre ni del pecado. Esta servidumbre es, sin embargo, penal, y está establecida por aquella ley que ordena la preservación del orden natural y prohíbe su perturbación; pues si nada se hubiera hecho en violación de aquella ley, no habría habido nada que reprimir con servidumbre penal. Y por tanto el apóstol amonesta a los esclavos a estar sujetos a sus señores, y a servirlos con corazón y con buena voluntad, de modo que, si no pueden ser liberados por sus señores, ellos mismos puedan hacer su esclavitud en cierto modo libre, sirviendo no con temor astuto, sino con amor fiel, hasta que toda injusticia pase, y todo principado y todo poder humano sean reducidos a la nada, y Dios sea todo en todos.
XIX, 16
Y por tanto, aunque nuestros justos padres tenían esclavos, y administraban sus asuntos domésticos de modo que distinguían entre la condición de esclavos y la herencia de hijos en lo que respecta a las bendiciones de esta vida, sin embargo, en lo que respecta al culto de Dios, en quien esperamos bendiciones eternas, tenían un cuidado igualmente amoroso de todos los miembros de su casa. Y esto está tan de acuerdo con el orden natural, que el jefe de la casa era llamado paterfamilias; y este nombre ha sido tan generalmente aceptado, que incluso aquellos cuyo gobierno es injusto se alegran de aplicárselo a sí mismos. Pero aquellos que son verdaderos padres de sus casas desean y se esfuerzan por que todos los miembros de su casa, igualmente con sus propios hijos, adoren y ganen a Dios, y lleguen a aquel hogar celestial en el que el deber de gobernar a los hombres ya no es necesario, porque el deber de cuidar de su felicidad eterna también ha cesado; pero, hasta que lleguen a aquel hogar, los señores deben sentir su posición de autoridad como una carga mayor que los siervos su servicio. Y si algún miembro de la familia interrumpe la paz doméstica por desobediencia, es corregido ya sea con palabras o con golpes, o con alguna clase de castigo justo y legítimo, tal como la sociedad lo permite, para que él mismo sea mejor por ello, y sea readaptado a la armonía familiar de la cual se había dislocado. Pues así como no es benévolo dar a un hombre ayuda a expensas de algún beneficio mayor que podría recibir, tampoco es inocente perdonar a un hombre a riesgo de que caiga en un pecado más grave. Para ser inocentes, no solo debemos no hacer daño a ningún hombre, sino también apartarlo del pecado o castigar su pecado, de modo que o bien el hombre mismo que es castigado aproveche de su experiencia, o los demás sean advertidos por su ejemplo. Puesto que, pues, la casa debe ser el comienzo o elemento de la ciudad, y todo comienzo tiene referencia a algún fin de su propia especie, y todo elemento a la integridad del todo del cual es elemento, se sigue con bastante claridad que la paz doméstica tiene relación con la paz cívica—en otras palabras, que la concordia bien ordenada de la obediencia doméstica y el gobierno doméstico tiene relación con la concordia bien ordenada de la obediencia cívica y el gobierno cívico. Y por tanto se sigue, además, que el padre de familia debe conformar su gobierno doméstico de acuerdo con la ley de la ciudad, de modo que la casa esté en armonía con el orden cívico.
XIX, 17
Pero las familias que no viven por fe buscan su paz en las ventajas terrenas de esta vida; mientras que las familias que viven por fe buscan aquellos bienes eternos que están prometidos, y usan como peregrinos las ventajas del tiempo y de la tierra, en cuanto no las fascinan ni las apartan de Dios, sino que más bien las ayudan a soportar con mayor facilidad, y a disminuir el número de las cargas del cuerpo corruptible que agobian el alma. Así, las cosas necesarias para esta vida mortal son usadas por ambas clases de hombres y de familias por igual, pero cada una tiene su propio y muy distinto fin al usarlas. La ciudad terrena, que no vive por fe, busca una paz terrena, y el fin que se propone, en la concordia bien ordenada de la obediencia y del mando cívicos, es la unión de las voluntades de los hombres para alcanzar las cosas que son útiles a esta vida. La ciudad celestial, o más bien aquella parte de ella que peregrina en la tierra y vive por fe, se sirve de esta paz solo porque debe hacerlo, hasta que pase esta condición mortal que la hace necesaria. Por consiguiente, mientras vive como cautiva y extranjera en la ciudad terrena, aunque ya ha recibido la promesa de la redención y el don del Espíritu como prenda de ella, no tiene escrúpulo en obedecer las leyes de la ciudad terrena, por las cuales se administran las cosas necesarias para el mantenimiento de esta vida mortal; y así, como esta vida es común a ambas ciudades, hay entre ellas una armonía en lo que a ella pertenece. Pero, como la ciudad terrena ha tenido algunos filósofos cuya doctrina es condenada por la enseñanza divina, y que, engañados ya por sus propias conjeturas, ya por los demonios, supusieron que debía invitarse a muchos dioses a interesarse por los asuntos humanos, asignando a cada uno una función separada y un departamento separado —a uno el cuerpo, a otro el alma; y en el cuerpo mismo, a uno la cabeza, a otro el cuello, y a cada uno de los demás miembros uno de los dioses; y de igual modo, en el alma, a un dios se le asignó la capacidad natural, a otro la educación, a otro la ira, a otro la concupiscencia; y así se repartieron los diversos asuntos de la vida: a uno el ganado, a otro el trigo, a otro el vino, a otro el aceite, a otro los bosques, a otro el dinero, a otro la navegación, a otro las guerras y las victorias, a otro los matrimonios, a otro los nacimientos y la fecundidad, y a otros dioses otras cosas; y como la ciudad celestial, por su parte, sabía que solo un Dios debía ser adorado, y que a Él solo se debía aquel servicio que los griegos llaman [λατρεία], y que solo puede darse a un dios, ha sucedido que las dos ciudades no han podido tener leyes comunes de religión, y que la ciudad celestial se ha visto obligada en esta materia a disentir, a hacerse odiosa a quienes piensan de otro modo y a soportar el embate de su ira, de su odio y de sus persecuciones, salvo en la medida en que las mentes de sus enemigos se han alarmado por la multitud de los cristianos y se han aquietado por la manifiesta protección de Dios que les ha sido concedida. Esta ciudad celestial, pues, mientras peregrina en la tierra, llama a ciudadanos de todas las naciones y reúne una sociedad de peregrinos de todas las lenguas, sin escrupulizar sobre las diversidades de costumbres, leyes e instituciones con que se asegura y mantiene la paz terrena, sino reconociendo que, por variadas que sean, todas tienden a un solo y mismo fin de la paz terrena. Por tanto, está tan lejos de derogar y abolir estas diversidades, que incluso las conserva y adopta, con tal de que no se introduzca así ningún impedimento al culto del único Dios supremo y verdadero. Aun la ciudad celestial, por tanto, mientras está en su estado de peregrinación, se vale de la paz de la tierra y, en cuanto puede sin perjudicar la fe y la piedad, desea y mantiene un común acuerdo entre los hombres respecto a la adquisición de las cosas necesarias para la vida, y hace que esta paz terrena sirva a la paz del cielo; pues solo esta puede llamarse y estimarse verdaderamente paz de las criaturas racionales, consistiendo como consiste en el gozo perfectamente ordenado y armonioso de Dios y de unos con otros en Dios. Cuando hayamos alcanzado esa paz, esta vida mortal dará paso a una eterna, y nuestro cuerpo ya no será este cuerpo animal que con su corrupción agobia al alma, sino un cuerpo espiritual que no siente necesidad alguna y que en todos sus miembros está sometido a la voluntad. En su estado peregrino, la ciudad celestial posee esta paz por la fe; y por esta fe vive rectamente cuando refiere a la consecución de aquella paz toda buena acción para con Dios y para con el hombre; pues la vida de la ciudad es una vida social.