Contra quienes afirman que las cosas infinitas no pueden ser comprendidas por el conocimiento de Dios
XII, 18
En cuanto a su otra afirmación, de que el conocimiento de Dios no puede comprender las cosas infinitas, solo les queda afirmar, para que puedan sondear las profundidades de su impiedad, que Dios no conoce todos los números. Pues es muy cierto que son infinitos; ya que, por grande que sea el número en el que supongas que se ha puesto fin, este número puede ser, no diré aumentado con la adición de uno más, sino que, por grande que sea y por vasta que sea la multitud de la cual es expresión racional y científica, puede aún no solo duplicarse, sino incluso multiplicarse. Además, cada número está tan definido por sus propias propiedades, que no hay dos números iguales. Son, por tanto, desiguales y diferentes entre sí; y aunque individualmente son finitos, colectivamente son infinitos. ¿Acaso, entonces, no conoce Dios los números a causa de esta infinitud, y se extiende su conocimiento solo hasta cierta altura en los números, mientras de los demás es ignorante? ¿Quién está tan abandonado a sí mismo como para decir tal cosa? Sin embargo, difícilmente pueden pretender dejar de lado los números, o sostener que nada tienen que ver con el conocimiento de Dios; pues Platón, su gran autoridad, representa a Dios como formando el mundo según principios numéricos: y en nuestros libros también se dice a Dios, «Tú has ordenado todas las cosas en número, medida y peso.» [] También dice el profeta: El que saca su ejército por número. [] Y el Salvador dice en el Evangelio, «Aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados.» [] Lejos esté, pues, de nosotros dudar de que todo número es conocido por Aquel «cuyo entendimiento,» según el salmista, «es infinito.» La infinitud del número, aunque no haya numeración de números infinitos, no es, sin embargo, incomprensible para Aquel cuyo entendimiento es infinito. Y así, si todo lo que es comprendido es definido o hecho finito por la comprensión de quien lo conoce, entonces toda infinitud es de algún modo inefable hecha finita para Dios, pues es comprensible por su conocimiento. Por lo cual, si la infinitud de los números no puede ser infinita para el conocimiento de Dios, por el cual es comprendida, ¿qué somos nosotros, pobres criaturas, para que osemos fijar límites a su conocimiento y decir que, si no se repite la misma cosa temporal por las mismas revoluciones periódicas, Dios no puede ni preconocer a sus criaturas para hacerlas, ni conocerlas cuando las ha hecho? Dios, cuyo conocimiento es simplemente múltiple y uniforme en su variedad, comprende todos los incomprensibles con una comprensión tan incomprensible que, aunque quisiera hacer siempre sus obras posteriores nuevas y desemejantes de las que las precedieron, no podría producirlas sin orden y previsión, ni concebirlas súbitamente, sino por su eterna presciencia.
XII, 19
No presumo de determinar si Dios lo hace así, y si estos tiempos que se llaman «siglos de los siglos» están unidos en una serie continua, y se suceden unos a otros con una diversidad regulada, y dejan exentos de sus vicisitudes solo a aquellos que son librados de su miseria y permanecen sin fin en una inmortalidad bienaventurada; o si se llaman «siglos de los siglos,» para que entendamos que los siglos permanecen inmutables en la inquebrantable sabiduría de Dios, y son, por así decirlo, las causas eficientes de esos siglos que transcurren en el tiempo. Posiblemente «siglos» se usa por «siglo,» de modo que nada más se entiende por «siglos de los siglos» que por «siglo de siglo,» como nada más se entiende por «cielos de los cielos» que por «cielo de cielo.» Pues Dios llamó al firmamento, sobre el cual están las aguas, «Cielo,» y sin embargo el salmo dice, «Alaben las aguas que están sobre los cielos el nombre del Señor.» Cuál de estos dos sentidos hemos de atribuir a «siglos de los siglos,» o si no hay todavía algún otro sentido mejor, es cuestión muy profunda; y el asunto que ahora tratamos no presenta obstáculo para que de momento aplacemos su discusión, ya sea que podamos determinar algo al respecto, o que su ulterior tratamiento solo nos haga más cautelosos, de modo que nos disuada de hacer afirmaciones temerarias en materia de tal oscuridad. Pues por ahora estamos disputando la opinión que afirma la existencia de aquellas revoluciones periódicas por las cuales las mismas cosas recurren siempre a intervalos de tiempo. Ahora bien, cualquiera de estas suposiciones acerca de los «siglos de los siglos» sea la verdadera, nada aprovecha para fundamentar aquellos ciclos; pues ya sea que los siglos de los siglos no sean una repetición del mismo mundo, sino mundos diferentes que se suceden unos a otros en una conexión regulada, morando las almas redimidas en una bienaventuranza bien asegurada sin recurrencia alguna de miseria, o ya sea que los siglos de los siglos sean las causas eternas que rigen lo que será y es en el tiempo, se sigue igualmente que aquellos ciclos que hacen volver las mismas cosas no tienen existencia; y nada los destruye más a fondo que el hecho de la vida eterna de los santos.
De la impiedad de quienes afirman que las almas que gozan de verdadera y perfecta bienaventuranza deben, sin embargo, una y otra vez, en estas revoluciones periódicas, volver al trabajo y a la miseria
XII, 20
¿Qué oídos piadosos podrían soportar oír que, después de una vida pasada en tantas y tan severas angustias (si, en verdad, ha de llamarse vida lo que más bien es una muerte, tan completa que el amor de esta muerte presente nos hace temer aquella muerte que nos libra de ella), después de que males tan desastrosos y miserias de todo género han sido al fin expiados y acabados por la ayuda de la verdadera religión y de la sabiduría, y cuando así hemos alcanzado la visión de Dios y hemos entrado en la bienaventuranza por la contemplación de la luz espiritual y la participación en su inmutable inmortalidad, que ardemos por alcanzar —que en algún momento hayamos de perder todo esto, y que quienes lo pierden sean arrojados de aquella eternidad, verdad y felicidad a la mortalidad infernal y a la necedad vergonzosa, y envueltos en males malditos, en los cuales se pierde a Dios, se tiene la verdad en detestación y se busca la felicidad en impurezas inicuas? ¿Y que esto sucederá sin fin una y otra vez, repitiéndose a intervalos fijos y en períodos que retornan regularmente? ¿Y que esta revolución eterna y sin cesar de ciclos determinados, que quitan y devuelven por turno la verdadera miseria y la felicidad engañosa, ha sido ideada para que Dios pueda conocer sus propias obras, ya que, por un lado, no puede descansar de crear y, por otro, no puede conocer el número infinito de sus criaturas, si siempre hace criaturas? ¿Quién, digo, puede escuchar tales cosas? ¿Quién puede aceptarlas o sufrir que se digan? Si fueran verdaderas, no solo sería más prudente guardar silencio acerca de ellas, sino que incluso (para expresarme lo mejor que pueda) sería propio de sabiduría no conocerlas. Pues si en el mundo futuro no hemos de recordar estas cosas, y por este olvido ser bienaventurados, ¿por qué habríamos de aumentar ahora nuestra miseria, ya bastante gravosa, con el conocimiento de ellas? Si, por el contrario, el conocimiento de ellas se nos impondrá después, al menos ahora permanezcamos en la ignorancia, para que en la expectación presente gocemos de una bienaventuranza que la realidad futura no ha de otorgar; puesto que en esta vida esperamos obtener la vida eterna, pero en el mundo venidero hemos de descubrir que es bienaventurada, pero no eterna.
Y si sostienen que nadie puede alcanzar la bienaventuranza del mundo venidero, a menos que en esta vida haya sido adoctrinado en esos ciclos en los que la dicha y la miseria se relevan mutuamente, ¿cómo confiesan que cuanto más ama un hombre a Dios, tanto más prontamente alcanza la bienaventuranza, ellos que enseñan lo que paraliza el amor mismo? Pues ¿quién no se volvería más remiso y tibio en su amor por una persona a quien piensa que se verá forzado a abandonar, y cuya verdad y sabiduría llegará a odiar; y esto, además, después de haber alcanzado plenamente el sumo y más bienaventurado conocimiento de Él de que es capaz? ¿Puede alguien ser fiel en su amor, aun para con un amigo humano, si sabe que está destinado a convertirse en su enemigo? ¡No permita Dios que haya verdad alguna en una opinión que nos amenaza con una miseria real que nunca ha de terminar, sino que a menudo y sin fin ha de ser interrumpida por intervalos de felicidad falaz! Pues ¿qué felicidad puede ser más falaz y falsa que aquella en cuyo resplandor de verdad permanecemos, sin embargo, ignorantes de que seremos miserables, o en cuya más segura ciudadela aún tememos que lo seremos? Pues si, por un lado, hemos de ignorar la calamidad venidera, entonces nuestra miseria presente no es tan corta de vista, porque está segura de la dicha venidera. Si, por otro lado, el desastre que amenaza no se nos oculta en el mundo venidero, entonces el tiempo de miseria que ha de cambiarse al fin por un estado de bienaventuranza, lo pasa el alma más felizmente que su tiempo de felicidad, que ha de terminar en un retorno a la miseria. Y así, nuestra expectación de infelicidad es feliz, pero la de felicidad es infeliz. Y por tanto, como aquí sufrimos males presentes, y después tememos males inminentes, más verdadero sería decir que siempre seremos miserables que que podamos alguna vez ser felices.
Pero estas cosas son declaradas falsas por el fuerte testimonio de la religión y de la verdad; pues la religión promete verazmente una verdadera bienaventuranza, de la cual estaremos eternamente asegurados, y que no puede ser interrumpida por desastre alguno. Mantengámonos, pues, en el camino recto, que es Cristo, y, con Él como guía y salvador, apartémonos en el corazón y en la mente de los ciclos irreales y vanos de los impíos. Porfirio, aunque era platónico, abjuró de la opinión de su escuela de que en esos ciclos las almas están incesantemente pasando y volviendo, ya fuera por impresionarle la extravagancia de la idea, ya por haberlo serenado su conocimiento del cristianismo. Como mencioné en el libro décimo, prefirió decir que el alma, habiendo sido enviada al mundo para que conociera el mal y fuera purgada y librada de él, no volvía a quedar expuesta a semejante experiencia una vez que había retornado al Padre. Y si él abjuró de los dogmas de su escuela, ¿cuánto más debemos nosotros los cristianos abominar y evitar una opinión tan infundada y hostil a nuestra fe? Pero, habiendo despachado estos ciclos y escapado de ellos, ninguna necesidad nos obliga a suponer que el género humano no tuvo comienzo en el tiempo, sobre la base de que no hay nada nuevo en la naturaleza que, por no sé qué ciclos, no haya existido en algún período anterior y no haya de existir de nuevo en el futuro. Pues si el alma, una vez librada, como nunca antes lo fue, no ha de volver jamás a la miseria, entonces sucede en su experiencia algo que nunca había sucedido antes; y esto, en verdad, algo de la mayor consecuencia, a saber, la entrada segura en la felicidad eterna. Y si en una naturaleza inmortal puede ocurrir una novedad que nunca ha sido ni jamás será reproducida por ciclo alguno, ¿por qué se discute que lo mismo pueda ocurrir en las naturalezas mortales? Si sostienen que la bienaventuranza no es una experiencia nueva para el alma, sino solo un retorno a aquel estado en que ha estado eternamente, entonces al menos su libramiento de la miseria es algo nuevo, pues, según ellos mismos, la miseria de la que es librada es también, a su vez, una experiencia nueva. Y si esta experiencia nueva sobrevino por accidente y no estuvo abarcada en el orden de cosas dispuesto por la divina providencia, ¿dónde están entonces aquellos ciclos determinados y medidos en los que nada nuevo sucede, sino que todas las cosas se reproducen como antes? Si, por el contrario, esta experiencia nueva estuvo abarcada en aquel orden providencial de la naturaleza (ya sea que el alma fue expuesta al mal de este mundo por causa de disciplina, o cayó en él por el pecado), entonces es posible que sucedan cosas nuevas que nunca habían sucedido antes, y que sin embargo no son ajenas al orden de la naturaleza. Y si el alma puede por su propia imprudencia crearse una nueva miseria, que no fue imprevista por la divina providencia, sino que fue provista en el orden de la naturaleza junto con el libramiento de ella, ¿cómo podemos, aun con toda la temeridad de la vanidad humana, presumir de negar que Dios puede crear cosas nuevas —nuevas para el mundo, pero no para Él— que Él nunca antes creó, pero que previó desde toda la eternidad? Si dicen que es cierto que las almas redimidas no vuelven más a la miseria, pero que aun así no sucede nada nuevo, puesto que siempre ha habido, hay ahora y habrá por siempre una sucesión de almas redimidas, deben al menos conceder que en este caso hay almas nuevas para las cuales la miseria y el libramiento de ella son nuevos. Pues si sostienen que aquellas almas de las cuales se hacen diariamente nuevos hombres (de cuyos cuerpos, si han vivido sabiamente, son libradas de tal modo que nunca vuelven a la miseria) no son nuevas, sino que han existido desde la eternidad, deben lógicamente admitir que son infinitas. Porque por grande que fuera un número finito de almas, no habría bastado para hacer perpetuamente nuevos hombres desde la eternidad—hombres cuyas almas habrían de ser eternamente libradas de este estado mortal y nunca después volver a él. Y a nuestros filósofos les será difícil explicar cómo hay un número infinito de almas en un orden de naturaleza que ellos exigen que sea finito, para que pueda ser conocido por Dios.
Y ahora que hemos hecho estallar estos ciclos que se suponía traían de vuelta al alma, a períodos fijos, a las mismas miserias, ¿qué puede parecer más conforme a la razón piadosa que creer que es posible que Dios cree cosas nuevas nunca antes creadas y, al hacerlo, conserve inalterada su voluntad? Pero si el número de almas eternamente redimidas puede aumentarse continuamente o no, decídanlo los propios filósofos, que son tan sutiles al determinar dónde no puede admitirse lo infinito. Por nuestra parte, nuestro razonamiento se mantiene en cualquiera de los dos casos. Pues si el número de almas puede aumentarse indefinidamente, ¿qué razón hay para negar que lo que nunca antes había sido creado pueda ser creado? Puesto que el número de almas redimidas nunca existió antes, y sin embargo no solo ha sido hecho una vez, sino que nunca cesará de venir a ser de nuevo. Si, por otra parte, es más adecuado que el número de almas eternamente redimidas sea definido, y que este número nunca se aumente, sin embargo este número, cualquiera que sea, ciertamente nunca existió antes, y no puede aumentar y alcanzar la cantidad que significa sin tener algún comienzo; y este comienzo nunca antes existió. Para que, pues, existiera este comienzo, fue creado el primer hombre.
XII, 21
Ahora que hemos resuelto, lo mejor que pudimos, esta dificilísima cuestión acerca de que el Dios eterno crea cosas nuevas sin novedad alguna de voluntad, es fácil ver cuánto mejor fue que Dios se complaciera en producir el género humano a partir del único individuo que creó, antes que si lo hubiera originado en varios hombres. Pues, en cuanto a los demás animales, creó algunos solitarios y que naturalmente buscan lugares apartados —como las águilas, los milanos, los leones, los lobos y semejantes—; otros gregarios, que se agrupan y prefieren vivir en compañía —como las palomas, los estorninos, los ciervos y los pequeños gamos, y semejantes—. Pero a ninguna de estas clases hizo que se propagara a partir de individuos, sino que llamó a la existencia a varios a la vez. El hombre, en cambio, cuya naturaleza había de ser un término medio entre la angélica y la bestial, lo creó de tal manera que, si permanecía sujeto a su Creador como su legítimo Señor y guardaba piadosamente sus mandamientos, pasara a la compañía de los ángeles y obtuviera, sin intervención de la muerte, una inmortalidad bienaventurada y eterna; pero si ofendía al Señor su Dios con un uso soberbio y desobediente de su libre albedrío, quedara sujeto a la muerte y viviera como las bestias: esclavo del apetito y condenado al castigo eterno después de la muerte. Por tanto, Dios creó un solo hombre, no ciertamente para que fuera un solitario privado de toda sociedad, sino para que, por este medio, la unidad de la sociedad y el vínculo de la concordia se le recomendaran más eficazmente, quedando los hombres unidos no solo por la semejanza de naturaleza, sino por el afecto familiar. Y ciertamente no creó siquiera a la mujer que había de dársele por esposa como creó al hombre, sino que la creó del hombre, para que todo el género humano derivara de un solo hombre.
Que Dios conoció de antemano que el primer hombre pecaría, y que al mismo tiempo previó cuán grande multitud de personas piadosas sería, por su gracia, trasladada a la compañía de los ángeles
XII, 22
Y Dios no ignoraba que el hombre pecaría, y que, quedando él mismo sujeto entonces a la muerte, propagaría hombres condenados a morir, y que estos mortales llegarían a tales excesos en el pecado que incluso las bestias, desprovistas de voluntad racional y creadas en gran número de las aguas y de la tierra, vivirían con más seguridad y paz con los de su especie que los hombres, que habían sido propagados a partir de un solo individuo precisamente para recomendar la concordia. Pues ni siquiera los leones o los dragones han hecho jamás contra los de su especie guerras como las que los hombres han hecho unos contra otros. Pero Dios previó también que, por su gracia, un pueblo sería llamado a la adopción, y que, justificados por la remisión de sus pecados, serían unidos por el Espíritu Santo a los santos ángeles en paz eterna, destruido el último enemigo, la muerte; y sabía que este pueblo sacaría provecho de la consideración de que Dios había hecho que todos los hombres derivaran de uno solo, para mostrar cuán altamente estima la unidad en la multitud.
XII, 23
Dios, pues, hizo al hombre a su propia imagen. Porque creó para él un alma dotada de razón e inteligencia, para que sobresaliera entre todas las criaturas de la tierra, del aire y del mar, que no fueron dotadas así. Y cuando hubo formado al hombre del polvo de la tierra, y quiso que su alma fuera tal como he dicho —ya la hubiera hecho antes y ahora, al soplar, se la comunicara al hombre, o más bien la hiciera al soplar, de modo que aquel aliento que Dios hizo al soplar (pues ¿qué otra cosa es «soplar» sino hacer aliento?) es el alma—, le hizo también una esposa, para ayudarlo en la obra de engendrar su especie, y a ella la formó de un hueso sacado del costado del hombre, obrando de manera divina. Pues no hemos de concebir esta obra de modo carnal, como si Dios obrara como vemos comúnmente a los artesanos, que usan sus manos y la materia que se les proporciona, para modelar con su habilidad artística algún objeto material. La mano de Dios es el poder de Dios; y Él, obrando invisiblemente, produce efectos visibles. Pero esto parece fabuloso antes que verdadero a los hombres que miden el poder y la sabiduría de Dios por las obras acostumbradas y cotidianas, por las cuales Él entiende y produce sin semillas aun las semillas mismas; y como no pueden entender las cosas que fueron creadas al principio, se muestran escépticos respecto de ellas, como si las mismas cosas que saben acerca de la propagación humana, las concepciones y los nacimientos, parecieran menos increíbles si se contaran a quienes no tuvieran experiencia de ellas; aunque estas mismas cosas son atribuidas por muchos más bien a causas físicas y naturales que a la obra de la mente divina.
Capítulo 24. Si se puede decir que los ángeles son creadores de alguna criatura, aun de la más pequeña
XII, 24
Pero en este libro nada tenemos que ver con quienes no creen que la mente divina hizo este mundo o cuida de él. En cuanto a los que creen a su propio Platón, que todos los animales mortales —entre los cuales ocupa el hombre el lugar preeminente y está cerca de los dioses mismos— no fueron creados por aquel Dios altísimo que hizo el mundo, sino por otros dioses menores creados por el Supremo, que ejercen un poder delegado bajo su control— si tan solo esas personas fueran libradas de la superstición que las impulsa a buscar una razón plausible para rendir honores divinos y sacrificar a estos dioses como a sus creadores, se librarán fácilmente también de este su error. Pues es blasfemia creer o decir (incluso antes de que pueda entenderse) que alguien distinto de Dios es creador de alguna naturaleza, por pequeña y mortal que sea. Y en cuanto a los ángeles, a quienes aquellos platónicos prefieren llamar dioses, aunque en la medida en que se les permite y encarga, ayudan en la producción de las cosas que nos rodean, no por eso hemos de llamarlos creadores, más de lo que llamamos creadores de los frutos y de los árboles a los hortelanos.
Capítulo 25. Que solo Dios es el creador de toda clase de criatura, cualquiera que sea su naturaleza o forma
XII, 25
Pues, mientras que hay una forma que se da desde fuera a toda sustancia corporal —como la forma que construyen los alfareros y herreros, y aquella clase de artistas que pintan y modelan formas semejantes al cuerpo de los animales—, hay otra forma interna que no es construida, sino que, como causa eficiente, produce no solo las formas corporales naturales, sino incluso la vida misma de los seres vivientes, y que procede de la elección secreta y oculta de una naturaleza inteligente y viva; atribúyase aquella forma primeramente mencionada a todo artífice, pero esta última solo a Dios, Creador y Hacedor, que hizo el mundo mismo y a los ángeles sin ayuda del mundo ni de los ángeles. Pues la misma energía divina y, por decirlo así, creadora, que no puede ser hecha sino que hace, y que dio al cielo y a la tierra su redondez —esta misma energía divina, efectiva y creadora dio su redondez al ojo y a la manzana; y los demás objetos naturales que vemos en cualquier lugar recibieron también su forma, no desde fuera, sino del poder secreto y profundo del Creador, que dijo: «¿No lleno yo el cielo y la tierra?» [] y cuya sabiduría es la que «alcanza con fuerza de un extremo a otro, y ordena todas las cosas con suavidad.» []. Por lo cual no sé qué clase de ayuda prestaron al Creador en la hechura de las demás cosas los ángeles, que fueron creados primero. No puedo atribuirles lo que acaso no pueden hacer, ni debo negarles la facultad que tienen. Pero, con su venia, atribuyo la obra creadora y originante que dio el ser a todas las naturalezas a Dios, a quien ellos mismos atribuyen agradecidos su existencia. No llamamos creadores de sus frutos a los hortelanos, pues leemos: «Ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento.» []. Es más, ni siquiera a la tierra misma llamamos creadora, aunque parezca la madre prolífica de todas las cosas a las que ayuda a germinar y a brotar de la semilla, y a las que mantiene arraigadas en su propio seno; pues igualmente leemos: «Dios le da un cuerpo como le place, y a cada semilla su propio cuerpo.» []. Ni siquiera debemos llamar a la mujer creadora de su propia descendencia; pues es más bien su creador Aquel que dijo a su siervo: «Antes de formarte en el vientre, te conocí.» []. Y aunque las diversas emociones mentales de una mujer encinta producen en el fruto de su vientre cualidades semejantes —como Jacob, con sus varas descortezadas, hizo que se produjeran ovejas manchadas—, la madre tan poco crea a su descendencia como se creó a sí misma. Así pues, cualesquiera causas corporales o seminales que se usen para la producción de las cosas, sea por la cooperación de los ángeles, de los hombres o de los animales inferiores, o por la generación sexual; y cualquiera que sea el poder que tengan los deseos y las emociones mentales de la madre para producir en el feto tierno y plástico lineamentos y colores correspondientes; sin embargo, las naturalezas mismas, que son afectadas de tan diversas maneras, no son producción de nadie sino del Dios altísimo. Es su poder oculto, que lo penetra todo y está presente en todo sin contaminarse, el que da el ser a todo lo que existe, y modifica y limita su existencia; de modo que sin Él no sería así, o así, ni tendría ser alguno. Si, pues, con respecto a aquella forma exterior que la mano del artífice impone a su obra, no decimos que Roma y Alejandría fueron construidas por los albañiles y arquitectos, sino por los reyes cuya voluntad, plan y recursos las construyeron, de modo que una tiene por fundador a Rómulo y la otra a Alejandro; ¿con cuánta mayor razón debemos decir que solo Dios es Autor de todas las naturalezas, ya que ni usa para su obra material alguna que no haya sido hecha por Él, ni obreros que no hayan sido hechos también por Él, y ya que, si Él, por decirlo así, retirara de las cosas creadas su poder creador, volverían de inmediato a la nada en la que estaban antes de ser creadas? «Antes,» quiero decir, con respecto a la eternidad, no al tiempo. Pues ¿qué otro creador del tiempo podría haber, sino Aquel que creó las cosas cuyos movimientos hacen el tiempo?
De aquella opinión de los platónicos, según la cual los ángeles mismos fueron ciertamente creados por Dios, pero después crearon el cuerpo del hombre
XII, 26
Es obvio que, al atribuir la creación de los demás animales a aquellos dioses inferiores que fueron hechos por el Supremo, quiso dar a entender que la parte inmortal fue tomada de Dios mismo, y que estos creadores menores añadieron la parte mortal; es decir, quiso que se los considerara creadores de nuestros cuerpos, pero no de nuestras almas. Pero como Porfirio sostiene que, si el alma ha de purificarse, debe escapar de toda unión con un cuerpo; y al mismo tiempo está de acuerdo con Platón y los platónicos en pensar que quienes no han pasado una vida templada y honorable vuelven a cuerpos mortales como castigo (a cuerpos de bestias en opinión de Platón, a cuerpos humanos en la de Porfirio); se sigue que aquellos a quienes quieren que adoremos como padres y autores nuestros, para poder llamarlos plausiblemente dioses, no son, después de todo, sino forjadores de nuestras cadenas y grillos: no nuestros creadores, sino nuestros carceleros y llaveros, que nos encierran en la casa de corrección más amarga y melancólica. Que los platónicos, pues, o dejen de amenazarnos con nuestros cuerpos como castigo de nuestras almas, o de predicar que hemos de adorar como dioses a aquellos cuya obra sobre nosotros nos exhortan por todos los medios a nuestro alcance a evitar y de la que huir. Pero, en verdad, ambas opiniones son totalmente falsas. Es falso que las almas vuelvan otra vez a esta vida para ser castigadas; y es falso que haya otro creador de cosa alguna en el cielo o en la tierra distinto de Aquel que hizo el cielo y la tierra. Pues si vivimos en un cuerpo solo para expiar nuestros pecados, ¿cómo dice Platón en otro lugar que el mundo no habría podido ser lo más hermoso y bueno si no hubiera estado lleno de toda clase de criaturas, mortales e inmortales? Pero si nuestra creación, aun como mortales, es un beneficio divino, ¿cómo es un castigo ser devueltos a un cuerpo, es decir, a un beneficio divino? Y si Dios, como Platón sostiene continuamente, abarcó en su inteligencia eterna las ideas tanto del universo como de todos los animales, ¿cómo, entonces, no iba a hacerlos todos con su propia mano? ¿Podría no querer ser el constructor de unas obras cuya idea y plan reclamaban su inteligencia inefable e inefablemente digna de alabanza?
Que toda la plenitud del género humano estuvo comprendida en el primer hombre, y que Dios vio allí la parte de ella que había de ser honrada y premiada, y la que había de ser condenada y castigada
XII, 27
Con razón, por tanto, la verdadera religión reconoce y proclama que el mismo Dios que creó el cosmos universal creó también a todos los animales, tanto las almas como los cuerpos. Entre los animales terrestres, el hombre fue hecho por Él a su propia imagen y, por la razón que he dado, fue hecho un solo individuo, aunque no fue dejado solo. Pues no hay nada tan social por naturaleza, ni tan insocial por su corrupción, como esta raza. Y la naturaleza humana no tiene nada más apropiado, ya sea para prevenir la discordia o para curarla donde existe, que el recuerdo de aquel primer padre de todos nosotros, a quien Dios se complació en crear solo, para que todos los hombres derivaran de uno, y para que así fueran amonestados a conservar la unidad en toda su multitud. Pero del hecho de que la mujer fue hecha para él de su costado se quiso dar a entender claramente cuán querido debe ser el vínculo entre el hombre y la esposa. Estas obras de Dios ciertamente parecen extraordinarias, porque son las primeras obras. Quienes no las creen no deberían creer prodigio alguno; pues no se llamarían prodigios si no acontecieran fuera del curso ordinario de la naturaleza. Pero ¿es posible que algo acontezca en vano, por oculta que esté su causa, en tan grandioso gobierno de la divina providencia? Uno de los salmistas sagrados dice: «Venid, ved las obras del Señor, los prodigios que ha obrado en la tierra.» Por qué Dios hizo a la mujer del costado del hombre, y qué prefiguró este primer prodigio, lo diré, con la ayuda de Dios, en otro lugar. Pero por ahora, puesto que este libro debe concluir, digamos simplemente que en este primer hombre, que fue creado en el principio, quedó puesto el fundamento, no ciertamente de modo evidente, sino en la presciencia de Dios, de estas dos ciudades o sociedades, en cuanto al género humano. Pues de aquel hombre habían de derivar todos los hombres —algunos para asociarse con los ángeles buenos en su recompensa, otros con los malos en el castigo—, ordenados todos por el secreto y justo juicio de Dios. Pues, como está escrito: «Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad,» ni su gracia puede ser injusta, ni cruel su justicia.
En este libro se enseña que la muerte es penal y tuvo su origen en el pecado de Adán.
XIII, 1
Habiendo resuelto las cuestiones muy difíciles sobre el origen de nuestro mundo y el comienzo del género humano, el orden natural exige que tratemos ahora de la caída del primer hombre (podríamos decir de los primeros hombres), y del origen y de la propagación de la muerte humana. Pues Dios no había hecho al hombre como a los ángeles, en una condición tal que, aun habiendo pecado, no pudieran morir. Los había hecho de tal manera que, si cumplían las obligaciones de la obediencia, se seguiría una inmortalidad angélica y una eternidad bienaventurada, sin la intervención de la muerte; pero si desobedecían, la muerte les sobrevendría con justa sentencia—lo cual también se ha tratado en el libro precedente.
Capítulo 2. De aquella muerte que puede afectar al alma inmortal, y de aquella a la que está sujeto el cuerpo
XIII, 2
Pero veo que debo hablar un poco más cuidadosamente de la naturaleza de la muerte. Pues aunque se afirma con verdad que el alma humana es inmortal, tiene también una muerte propia. Pues se la llama inmortal porque, en cierto sentido, no deja de vivir y de sentir; mientras que el cuerpo se llama mortal porque puede ser abandonado de toda vida y no puede en absoluto vivir por sí mismo. La muerte, entonces, del alma se produce cuando Dios la abandona, así como la muerte del cuerpo cuando el alma lo abandona. Por tanto, la muerte de ambos —es decir, del hombre entero— ocurre cuando el alma, abandonada por Dios, abandona el cuerpo. Pues en este caso ni Dios es la vida del alma, ni el alma la vida del cuerpo. Y a esta muerte del hombre entero sigue aquella que, con la autoridad de los oráculos divinos, llamamos la segunda muerte. A esta se refirió el Salvador cuando dijo: «Temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.» [] Y puesto que esto no sucede antes de que el alma esté tan unida a su cuerpo que no puedan separarse en absoluto, puede causar asombro cómo puede decirse que el cuerpo es muerto por aquella muerte en la que no es abandonado por el alma, sino que, animado y hecho sensible por ella, es atormentado. Pues en aquel castigo penal y eterno, del cual hablaremos más extensamente en su lugar, se dice con justicia que el alma muere porque no vive en unión con Dios; pero ¿cómo podemos decir que el cuerpo está muerto, viendo que vive por el alma? Pues de otro modo no podría sentir los tormentos corporales que han de seguir a la resurrección. ¿Acaso es porque toda vida es un bien y el dolor un mal, por lo que nos negamos a decir que vive aquel cuerpo en el que el alma es causa no de vida, sino de dolor? El alma, pues, vive por Dios cuando vive bien, porque no puede vivir bien a menos que Dios obre en ella lo que es bueno; y el cuerpo vive por el alma cuando el alma vive en el cuerpo, ya sea que ella misma viva por Dios o no. Pues la vida del hombre malvado en el cuerpo no es vida del alma, sino del cuerpo, la cual incluso las almas muertas —es decir, las almas abandonadas por Dios— pueden conferir a los cuerpos, por poco que conserven de su propia vida, por la cual son inmortales. Pero en la última condenación, aunque el hombre no deja de sentir, sin embargo, como este sentir suyo no es dulce con placer ni saludable con reposo, sino dolorosamente penal, no sin razón se llama muerte antes que vida. Y se llama segunda muerte porque sigue a la primera, que separa las dos esencias que estaban unidas, ya sean estas Dios y el alma, o el alma y el cuerpo. Acerca de la primera muerte, la corporal, podemos decir que para los buenos es buena, y mala para los malos. Pero, sin duda, la segunda, como no acontece a ninguno de los buenos, tampoco puede ser buena para nadie.
Si la muerte, que por el pecado de nuestros primeros padres ha pasado a todos los hombres, es castigo del pecado, aun para los buenos
XIII, 3
Pero surge una cuestión que no debe eludirse: ¿Es en verdad buena para los buenos la muerte que separa el alma y el cuerpo? Porque, si lo es, ¿cómo ha sucedido que tal cosa sea castigo del pecado? Pues los primeros hombres no habrían padecido la muerte si no hubieran pecado. ¿Cómo, entonces, puede ser buena para los buenos algo que no pudo acontecer sino a los malos? Además, si solo pudo acontecer a los malos, para los buenos no debería ser buena, sino inexistente. Pues ¿por qué habría de haber castigo donde no hay nada que castigar? Por lo cual debemos decir que los primeros hombres fueron ciertamente creados de tal manera que, si no hubieran pecado, no habrían experimentado ningún género de muerte; pero que, al hacerse pecadores, fueron castigados con la muerte, de modo que todo lo que naciese de su estirpe fuera también castigado con la misma muerte. Pues nada otra cosa podía nacer de ellos sino aquello que ellos mismos habían sido. Su naturaleza se deterioró en proporción a la grandeza de la condenación de su pecado, de modo que lo que existía como castigo en los que pecaron primero se convirtió en consecuencia natural en sus hijos. Pues el hombre no es producido por el hombre como lo fue del polvo. El polvo fue la materia de la cual fue hecho el hombre: el hombre es el padre por quien el hombre es engendrado. Por lo cual la tierra y la carne no son la misma cosa, aunque la carne sea hecha de tierra. Pero tal como es el hombre padre, tal es el hombre hijo. En el primer hombre, pues, existía toda la naturaleza humana, que había de ser transmitida por la mujer a la posteridad cuando aquella unión conyugal recibió la divina sentencia de su propia condenación; y lo que el hombre fue hecho, no al ser creado, sino cuando pecó y fue castigado, esto propagó, en lo que se refiere al origen del pecado y de la muerte. Pues ni por el pecado ni por su castigo fue él mismo reducido a aquella debilidad infantil e impotente de cuerpo y de mente que vemos en los niños. Pues Dios ordenó que los niños comenzaran el mundo como lo comienzan las crías de las bestias, ya que sus padres habían caído al nivel de las bestias en la manera de su vida y de su muerte; como está escrito: «El hombre, estando en honor, no entendió; se hizo semejante a las bestias que no tienen entendimiento.» Más aún, vemos que los niños son aún más débiles en el uso y movimiento de sus miembros, y más incapaces para elegir y rechazar, que las crías más tiernas de otros animales; como si la fuerza que habita en la naturaleza humana estuviera destinada a superar a todos los demás seres vivos tanto más eminentemente cuanto más tiempo ha sido refrenada su energía y demorado el tiempo de su ejercicio, así como una flecha vuela tanto más alto cuanto más atrás ha sido tensada. A esta imbecilidad infantil no cayó el primer hombre por su presunción ilícita y justa sentencia; sino que la naturaleza humana fue en su persona viciada y alterada hasta tal punto, que padeció en sus miembros la guerra de la concupiscencia desobediente, y quedó sometido a la necesidad de morir. Y lo que él mismo había llegado a ser por el pecado y por el castigo, tal engendró a los que procreó; es decir, sujetos al pecado y a la muerte. Y si los niños son librados de esta servidumbre del pecado por la gracia del Redentor, solo pueden padecer esta muerte que separa el alma y el cuerpo; pero al ser redimidos de la obligación del pecado, no pasan a aquella segunda muerte interminable y penal.
Por qué la muerte, castigo del pecado, no se retira de aquellos que por la gracia de la regeneración son absueltos del pecado
XIII, 4
Además, si alguno se preocupa por este punto —cómo, si la muerte es el castigo mismo del pecado, aquellos cuya culpa es cancelada por la gracia padecen sin embargo la muerte—, esta dificultad ya ha sido tratada y resuelta en nuestra otra obra que hemos escrito sobre el bautismo de los niños. Allí se dijo que la separación del alma y del cuerpo permaneció, aunque su conexión con el pecado fue removida, por esta razón: porque si la inmortalidad del cuerpo siguiera inmediatamente al sacramento de la regeneración, la fe misma quedaría enervada. Pues la fe es entonces solamente fe cuando espera con esperanza lo que aún no se ve en sustancia. Y por el vigor y el combate de la fe, al menos en tiempos pasados, fue vencido el temor de la muerte. Esto fue especialmente manifiesto en los santos mártires, quienes no habrían tenido victoria ni gloria, para quienes ni siquiera habría habido combate, si, después del lavacro de la regeneración, los santos no pudieran padecer la muerte corporal. ¿Quién, entonces, en compañía de los niños presentados para el bautismo, no correría a la gracia de Cristo, para no ser despedido del cuerpo? Y así la fe no sería probada con una recompensa no vista; y así ni siquiera sería fe, buscando y recibiendo una recompensa inmediata de sus obras. Pero ahora, por la gracia mayor y más admirable del Salvador, el castigo del pecado se convierte en servicio de la justicia. Pues entonces se proclamó al hombre: «Si pecas, morirás;» ahora se dice al mártir: «Muere, para que no peques.» Entonces se dijo: «Si transgredes los mandamientos, morirás;» ahora se dice: «Si rehúsas la muerte, transgredes el mandamiento.» Lo que antes fue puesto como objeto de terror para que los hombres no pecaran, ahora debe ser padecido si no queremos pecar. Así, por la inefable misericordia de Dios, el castigo mismo de la maldad se ha convertido en armadura de la virtud, y la pena del pecador se convierte en premio del justo. Pues entonces la muerte se incurría pecando; ahora la justicia se cumple muriendo. En el caso de los santos mártires es así; pues a ellos el perseguidor les propone la alternativa: apostasía o muerte. Los justos prefieren, creyendo, padecer lo que los primeros transgresores padecieron por no creer. Pues si no hubieran pecado, no habrían muerto; pero los mártires pecan si no mueren. Aquellos murieron porque pecaron; los otros no pecan porque mueren. Por la culpa de los primeros, se incurrió en el castigo; por el castigo de los segundos, se impide la culpa. No es que la muerte, que antes era un mal, se haya convertido en algo bueno, sino que Dios ha concedido a la fe esta gracia: que la muerte, que es lo contrario admitido de la vida, se convierta en el instrumento por el cual se alcanza la vida.
Así como los malvados hacen mal uso de la ley, que es buena, así los buenos hacen buen uso de la muerte, que es un mal
XIII, 5
El apóstol, queriendo mostrar cuán dañosa cosa es el pecado cuando la gracia no nos ayuda, no ha dudado en decir que la fuerza del pecado es aquella misma ley por la cual el pecado es prohibido. «El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley.» [] Ciertísimamente verdadero; pues la prohibición aumenta el deseo de la acción ilícita, si la justicia no es amada de tal manera que el deseo del pecado sea vencido por ese amor. Pero a menos que la gracia divina nos ayude, no podemos amar ni deleitarnos en la verdadera justicia. Mas para que no se pensara que la ley es un mal, puesto que se la llama fuerza del pecado, el apóstol, al tratar una cuestión semejante en otro lugar, dice: «La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno. ¿Luego lo que es santo vino a ser muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso.» [] Sobremanera, dice, porque la transgresión es más atroz cuando, por el creciente deseo del pecado, la ley misma también es despreciada. ¿Por qué hemos juzgado digno mencionar esto? Por esta razón: porque, así como la ley no es un mal cuando aumenta el deseo de los que pecan, tampoco la muerte es una cosa buena cuando aumenta la gloria de los que la padecen, ya que o aquella es abandonada inicuamente y hace transgresores, o esta es abrazada por causa de la verdad y hace mártires. Y así la ley es ciertamente buena, porque es prohibición del pecado, y la muerte es mala porque es la paga del pecado; pero así como los malvados hacen mal uso no solo de las cosas malas, sino también de las buenas, así los justos hacen buen uso no solo de las buenas, sino también de las malas. De donde resulta que los malvados hacen mal uso de la ley, aunque la ley sea buena; y que los buenos mueren bien, aunque la muerte sea un mal.
XIII, 6
Por lo cual, en cuanto a la muerte corporal, es decir, la separación del alma del cuerpo, no es buena para nadie mientras es padecida por aquellos que decimos estar en el artículo de la muerte. Pues la violencia misma con que el cuerpo y el alma son arrancados uno de otro, que en el viviente habían estado unidos y estrechamente entrelazados, trae consigo una experiencia áspera, que choca horriblemente con la naturaleza mientras dura, hasta que viene una pérdida total de la sensación, la cual surgió de la misma compenetración de espíritu y carne. Y toda esta angustia es a veces anticipada por un solo golpe del cuerpo o por la repentina partida del alma, cuya rapidez impide que sea sentida. Pero sea lo que fuere aquello en el moribundo que con sensación violentamente dolorosa despoja de toda sensación, sin embargo, cuando se soporta piadosa y fielmente, aumenta el mérito de la paciencia, pero no hace inaplicable el nombre de castigo. La muerte, que procede por generación ordinaria del primer hombre, es el castigo de todos los que nacen de él; sin embargo, si se padece por causa de la justicia, se convierte en gloria de los que han nacido de nuevo; y aunque la muerte sea la paga del pecado, a veces asegura que nada se pague al pecado.
XIII, 7
Porque cualesquiera personas no bautizadas que mueren confesando a Cristo, esta confesión tiene la misma eficacia para la remisión de los pecados que si hubieran sido lavadas en la fuente sagrada del bautismo. Pues Aquel que dijo: «El que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios,» [] hizo también una excepción en su favor, en aquella otra sentencia donde no menos absolutamente dijo: «Cualquiera que me confesare delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos;» [] y en otro lugar: «El que pierda su vida por mi causa, la hallará.» [] Y esto explica el versículo: «Preciosa a los ojos del Señor es la muerte de sus santos.» Porque ¿qué hay más precioso que una muerte por la cual todos los pecados de un hombre son perdonados y sus méritos aumentados cien veces? Pues aquellos que fueron bautizados cuando ya no podían escapar de la muerte, y partieron de esta vida con todos sus pecados borrados, no tienen igual mérito que los que no difirieron la muerte, aunque estaba en su poder hacerlo, sino que prefirieron terminar su vida confesando a Cristo, antes que negándolo asegurarse la ocasión del bautismo. E incluso si lo hubieran negado bajo la presión del temor a la muerte, también esto les habría sido perdonado en aquel bautismo, en el cual fue remitida incluso la enorme maldad de quienes habían matado a Cristo. Pero ¡cuán abundante en estos hombres debió ser la gracia del Espíritu, que sopla donde quiere, viendo que amaron a Cristo tan entrañablemente que no pudieron negarlo ni aun en una emergencia tan angustiosa, y con una esperanza tan segura de perdón! Preciosa, por tanto, es la muerte de los santos, a quienes la gracia de Cristo ha sido aplicada con efectos tan graciosos, que no dudan en salir al encuentro de la muerte ellos mismos, por si así pudieran encontrarse con Él. Y es preciosa también porque ha probado que lo que fue originalmente ordenado para castigo del pecador, ha sido usado para producir una cosecha más rica de justicia. Pero no por esto debemos considerar la muerte como una cosa buena, pues se desvía hacia fines tan útiles no por virtud propia, sino por la intervención divina. La muerte fue propuesta originalmente como objeto de temor, para que el pecado no se cometiera; ahora debe ser padecida para que el pecado no se cometa, o, si se comete, sea remitido, y la recompensa de la justicia sea otorgada a aquel cuya victoria la ha ganado.