XVIII, 9
Atenas ciertamente derivó su nombre de Minerva, que en griego se llama [᾿Αθηνη], y Varrón señala la siguiente razón por la que fue llamada así. Cuando un olivo apareció repentinamente allí, y brotó agua en otro lugar, estos prodigios movieron al rey a enviar al Apolo délfico a preguntar qué significaban y qué debía hacer. Respondió que el olivo significaba a Minerva, el agua a Neptuno, y que los ciudadanos tenían en su poder nombrar su ciudad como eligieran, según cual de estos dos dioses cuyos signos eran estos. Al recibir este oráculo, Cécrope convocó a todos los ciudadanos de uno y otro sexo para que dieran su voto, pues era entonces costumbre en aquellas partes que las mujeres también participaran en las deliberaciones públicas. Cuando se consultó a la multitud, los hombres dieron sus votos por Neptuno, las mujeres por Minerva; y como las mujeres tuvieron una mayoría de uno, Minerva venció. Entonces Neptuno, irritado, asoló las tierras de los atenienses, levantando las olas del mar; pues los demonios no tienen dificultad en esparcir más ampliamente cualesquiera aguas. La misma autoridad dijo que, para aplacar su ira, las mujeres debían ser castigadas por los atenienses con un triple castigo: que ya no tuvieran ningún voto; que ninguno de sus hijos fuera llamado según el nombre de sus madres; y que nadie las llamara atenienses. Así aquella ciudad, madre y nodriza de las doctrinas liberales y de tantos y tan grandes filósofos, de los cuales Grecia no tuvo nada más famoso y noble, por la burla de los demonios acerca de la contienda de sus dioses, un varón y una hembra, y por la victoria de la hembra mediante las mujeres, recibió el nombre de Atenas; y, al ser dañada por el dios vencido, fue obligada a castigar la misma victoria de la vencedora, temiendo más las aguas de Neptuno que las armas de Minerva. Pues en las mujeres que fueron así castigadas, Minerva, que había vencido, fue vencida también, y ni siquiera pudo ayudar a sus votantes hasta el punto de que, aunque se perdiera en adelante el derecho de votar, y las madres no pudieran dar sus nombres a los hijos, al menos se les permitiera ser llamadas atenienses, y merecer el nombre de aquella diosa a la que habían hecho victoriosa sobre un dios varón dándole sus votos. Qué y cuánto podría decirse sobre esto, si no tuviéramos que apresurarnos a otras cosas en nuestro discurso, es evidente.
XVIII, 10
Marco Varrón, sin embargo, no está dispuesto a dar crédito a fábulas mentirosas contra los dioses, no sea que encuentre algo deshonroso para su majestad; y por tanto no admitirá que el Areópago, el lugar donde el apóstol Pablo disputó con los atenienses, recibió este nombre porque Marte, que en griego se llama [ἌΑρης], cuando fue acusado del crimen de homicidio, y fue juzgado por doce dioses en aquel campo, fue absuelto por la sentencia de seis; porque era costumbre, cuando los votos estaban igualados, absolver más bien que condenar. Contra esta opinión, que está muchísimo más difundida, intenta, a partir de noticias de libros oscuros, apoyar otra razón para este nombre, no sea que se piense que los atenienses lo llamaron Areópago de las palabras Marte y «campo», como si fuera el campo de Marte, para deshonra de los dioses, en verdad, de quienes piensa que los pleitos y juicios están muy lejos. Y afirma que esto que se dice de Marte no es menos falso que lo que se dice de las tres diosas, a saber, Juno, Minerva y Venus, cuyo certamen por la palma de la belleza, ante Paris como juez, para obtener la manzana de oro, no solo se relata, sino que se celebra en cantos y danzas en medio del aplauso de los teatros, en obras destinadas a complacer a los dioses que se deleitan en estos crímenes de los suyos, sean reales o fabulosos. Varrón no cree estas cosas, porque son incompatibles con la naturaleza de los dioses y de la moral; y sin embargo, al dar no una razón fabulosa sino histórica para el nombre de Atenas, inserta en sus libros la contienda entre Neptuno y Minerva sobre cuál nombre debía darse a aquella ciudad, que fue tan grande que, cuando contendieron mediante la exhibición de prodigios, aun Apolo no se atrevió a juzgar entre ellos cuando fue consultado; sino que, para poner fin a la contienda de los dioses, así como Júpiter envió a las tres diosas que hemos nombrado a Paris, así los envió a los hombres, cuando Minerva venció por el voto, y sin embargo fue vencida por el castigo de sus propios votantes, pues no pudo conferir el título de atenienses a las mujeres que eran sus amigas, aunque pudo imponerlo a los hombres que eran sus oponentes. En estos tiempos, cuando Cránao reinaba en Atenas como sucesor de Cécrope, como escribe Varrón, pero, según nuestro Eusebio y Jerónimo, mientras Cécrope mismo aún permanecía, ocurrió el diluvio que se llama de Deucalión, porque ocurrió principalmente en aquellas partes de la tierra en las que él reinaba. Pero este diluvio no llegó en absoluto a Egipto ni a sus cercanías.
Cuándo sacó Moisés al pueblo de Egipto; y quiénes eran reyes cuando murió su sucesor Josué, hijo de Nun
XVIII, 11
Moisés sacó al pueblo de Egipto en el último tiempo de Cécrope rey de Atenas, cuando Ascatades reinaba en Asiria, Marato en Sición, Tríopas en Argos; y habiendo sacado al pueblo, les dio en el monte Sinaí la ley que recibió de Dios, la cual se llama Antiguo Testamento, porque tiene promesas terrenales, y porque, por medio de Jesucristo, había de haber un Nuevo Testamento, en el cual se prometiera el reino de los cielos. Pues convenía que se observara en esto el mismo orden que se observa en cada hombre que progresa en Dios, según el dicho del apóstol: «No es primero lo espiritual, sino lo natural», ya que, como él dice, y con verdad, «El primer hombre, de la tierra, es terrenal; el segundo hombre, del cielo, es celestial.» [] Ahora bien, Moisés gobernó al pueblo durante cuarenta años en el desierto, y murió a los ciento veinte años, después de haber profetizado de Cristo mediante los tipos de las observancias carnales en el tabernáculo, el sacerdocio y los sacrificios, y muchas otras ordenanzas místicas. Josué, hijo de Nun, sucedió a Moisés, y estableció en la tierra de promisión al pueblo que había introducido, habiendo conquistado por autoridad divina a los pueblos que antes la poseían. También murió, después de gobernar al pueblo veintisiete años después de la muerte de Moisés, cuando Amintas reinaba en Asiria como decimoctavo rey, Córaco como decimosexto en Sición, Dánao como décimo en Argos, Erictonio como cuarto en Atenas.
De los ritos de los dioses falsos instituidos por los reyes de Grecia en el período desde la salida de Israel de Egipto hasta la muerte de Josué, hijo de Nun
XVIII, 12
Durante este período, es decir, desde la salida de Israel de Egipto hasta la muerte de Josué, hijo de Nun, por medio del cual aquel pueblo recibió la tierra de promisión, los reyes de Grecia instituyeron ritos a los dioses falsos, los cuales, mediante celebración establecida, recordaban la memoria del diluvio, de la liberación de los hombres de él, y de la vida turbulenta que llevaron entonces al emigrar de un lado a otro entre las alturas y las llanuras. Pues aun los Lupercos, cuando ascienden y descienden el camino sagrado, se dice que representan a los hombres que buscaban las cumbres de los montes a causa de la inundación de las aguas, y que volvían a las tierras bajas al retirarse esta. En aquellos tiempos, se dice que Dionisio, que también fue llamado Padre Líber, y fue tenido por dios después de la muerte, mostró la vid a su huésped en el Ática. Entonces se instituyeron los juegos musicales para el Apolo délfico, para aplacar su ira, por la cual pensaban que las regiones de Grecia eran afligidas con esterilidad, porque no habían defendido su templo que Dánao quemó cuando invadió aquellas tierras; pues fueron advertidos por su oráculo que instituyeran estos juegos. Pero el rey Erictonio instituyó primero juegos para él en el Ática, y no solo para él, sino también para Minerva, en cuyos juegos se daba el olivo como premio a los vencedores, porque relatan que Minerva fue la descubridora de aquel fruto, como Líber lo fue de la uva. En aquellos años se alega que Europa fue raptada por Xanto rey de Creta (a quien encontramos que algunos dan otro nombre), y que le dio a luz a Radamanto, Sarpedón y Minos, de quienes se dice más comúnmente que fueron hijos de Júpiter con la misma mujer. Ahora bien, los que adoran a tales dioses consideran lo que hemos dicho sobre Xanto rey de Creta como verdadera historia; pero esto sobre Júpiter, que los poetas cantan, los teatros aplauden y el pueblo celebra, como fábula vacía inventada como razón para juegos para aplacar a las deidades, aun con la falsa atribución de crímenes a ellos. En aquellos tiempos Hércules era tenido en honor en Tiro, pero no era el mismo que aquel de quien hablamos arriba. En la historia más secreta se dice que hubo varios que fueron llamados Padre Líber y Hércules. Este Hércules, cuyas grandes hazañas se cuentan como doce (sin incluir la matanza de Anteo el africano, porque aquel asunto pertenece a otro Hércules), se declara en sus libros que se quemó a sí mismo en el monte Eta, porque no pudo, con aquella fuerza con que había sometido a los monstruos, soportar la enfermedad bajo la cual languidecía. En aquel tiempo se dice que el rey, o más bien tirano Busiris, que se alega fue hijo de Neptuno con Libia, hija de Épafo, ofreció en sacrificio a sus huéspedes a los dioses. Ahora bien, no se debe creer que Neptuno cometió este adulterio, no sea que se acuse a los dioses; sin embargo, tales cosas deben serles atribuidas por los poetas y en los teatros, para que se complazcan con ellas. Se dice que Vulcano y Minerva fueron los padres de Erictonio rey de Atenas, en cuyos últimos años se halla que murió Josué, hijo de Nun. Pero como quieren que Minerva sea virgen, dicen que Vulcano, perturbado en la lucha entre ellos, derramó su semen en la tierra, y por eso el hombre nacido de ella recibió aquel nombre; pues en la lengua griega [ἔρις] es «lucha» y [χθὼν] «tierra», de cuyas dos palabras es compuesto Erictonio. Sin embargo, hay que admitir que los más doctos desaprueban y rechazan tales cosas acerca de sus dioses, y declaran que esta creencia fabulosa se originó en el hecho de que en el templo de Atenas, que Vulcano y Minerva tenían en común, se encontró a un niño expuesto envuelto en las espiras de un dragón, lo cual significaba que llegaría a ser grande, y, como sus padres eran desconocidos, fue llamado hijo de Vulcano y Minerva, porque tenían el templo en común. Sin embargo, aquella fábula explica el origen de su nombre mejor que esta historia. Pero ¿qué nos importa a nosotros? Que la una en libros que dicen la verdad edifique a los hombres religiosos, y la otra en fábulas mentirosas deleite a los demonios impuros. Sin embargo, estos hombres religiosos los adoran como dioses. Aun así, mientras niegan estas cosas acerca de ellos, no pueden limpiarlos de todo crimen, porque a petición suya exhiben obras en las cuales las mismas cosas que sabiamente niegan se hacen vilmente, y los dioses son aplacados con estas cosas falsas y viles. Ahora bien, aunque la obra celebre un crimen irreal de los dioses, deleitarse en la atribución de un crimen irreal es un crimen real.
Capítulo 13. Qué fábulas se inventaron en el tiempo en que los jueces comenzaron a gobernar a los hebreos
XVIII, 13
Después de la muerte de Josué, hijo de Nun, el pueblo de Dios tuvo jueces, en cuyos tiempos fueron alternativamente humillados por aflicciones a causa de sus pecados, y consolados por la prosperidad mediante la compasión de Dios. En aquellos tiempos se inventaron las fábulas acerca de Triptólemo, quien, por mandato de Ceres, llevado por serpientes aladas, repartió grano a las tierras necesitadas al volar sobre ellas; acerca de aquella bestia, el Minotauro, que fue encerrado en el Laberinto, del cual los hombres que entraban en sus inextricables laberintos no podían hallar salida; acerca de los Centauros, cuya forma era una mezcla de caballo y hombre; acerca de Cerbero, el perro de tres cabezas del infierno; acerca de Frixo y su hermana Hele, que huyeron llevados por un carnero alado; acerca de la Gorgona, cuyo cabello estaba compuesto de serpientes, y que convertía en piedra a quienes la miraban; acerca de Belerofonte, que fue llevado por un caballo alado llamado Pegaso; acerca de Anfión, que encantaba y atraía las piedras con la dulzura de su arpa; acerca del artífice Dédalo y su hijo Ícaro, que volaron con alas que se habían ajustado; acerca de Edipo, que obligó a cierto monstruo cuadrúpedo con rostro humano, llamado esfinge, a destruirse arrojándose de cabeza, tras haber resuelto el enigma que solía proponer como insoluble; acerca de Anteo, que era hijo de la tierra, por cuya razón, al caer en la tierra, solía levantarse más fuerte, a quien Hércules mató; y quizá hay otras que he olvidado. Estas fábulas, que se hallan fácilmente en historias que contienen un relato verdadero de los sucesos, nos llevan hasta la guerra de Troya, en la que Marco Varrón cerró su segundo libro acerca de la estirpe del pueblo romano; y están tan hábilmente inventadas por los hombres que no implican escándalo alguno para los dioses. Pero quienes han fingido en cuanto al rapto de Ganimedes, jovencito hermosísimo, por Júpiter, que el rey Tántalo cometió el crimen y la fábula lo atribuyó a Júpiter; o en cuanto a su fecundación de Dánae como lluvia de oro, que significa que la virtud de la mujer fue corrompida por el oro: ya sea que estas cosas se hicieran realmente o solo se fabularan en aquellos días, o se hicieran realmente por otros y se atribuyeran falsamente a Júpiter, es imposible decir cuánta maldad debe haberse dado por supuesta en los corazones de los hombres para que se pensara que podían escuchar tales mentiras con paciencia. Y, sin embargo, las aceptaron de buena gana, cuando, en verdad, cuanto más devotamente adoraban a Júpiter, tanto más severamente debían haber castigado a quienes se atrevían a decir tales cosas de él. Pero no solo no se enojaron con los que inventaron estas cosas, sino que temieron que los dioses se enojaran con ellos si no representaban tales ficciones incluso en los teatros. En aquellos tiempos Latona dio a luz a Apolo, no aquel cuyo oráculo hemos mencionado arriba como tan a menudo consultado, sino aquel que se dice que, junto con Hércules, apacentó los rebaños del rey Admeto; sin embargo, se creyó tan firmemente que era un dios, que muchísimos, en verdad casi todos, creyeron que era el mismísimo Apolo. Entonces también el Padre Líber hizo la guerra en la India y llevó en su ejército a muchas mujeres llamadas bacantes, que eran notables no tanto por su valor como por su furor. Algunos, en verdad, escriben que este Líber fue vencido y atado, y algunos que fue muerto en Persia, señalando incluso dónde fue sepultado; y, sin embargo, en su nombre, como en el de un dios, los demonios inmundos instituyeron las bacanales sagradas, o más bien sacrílegas, de cuya vil desvergüenza el senado, después de muchos años, llegó a avergonzarse tanto que las prohibió en la ciudad de Roma. Los hombres creyeron que en aquellos tiempos Perseo y su esposa Andrómeda fueron elevados al cielo después de su muerte, de modo que no se avergonzaron ni temieron señalar sus imágenes mediante constelaciones y llamarlas por sus nombres.
XVIII, 14
En el mismo período surgieron los poetas, que también fueron llamados teólogos, porque componían himnos acerca de los dioses; pero acerca de dioses tales que, aunque grandes hombres, no eran sino hombres, o los elementos de este mundo que el Dios verdadero hizo, o criaturas que fueron ordenadas como principados y potestades según la voluntad del Creador y su propio mérito. Y si, entre mucho que era vano y falso, cantaron algo del único Dios verdadero, sin embargo, al adorarlo junto con otros que no son dioses, y al mostrarles el servicio que solo a Él se debe, no le sirvieron en absoluto rectamente; e incluso poetas como Orfeo, Museo y Lino no pudieron abstenerse de deshonrar a sus dioses con fábulas. Pero con todo, estos teólogos adoraban a los dioses, y no eran adorados como dioses, aunque la ciudad de los impíos suele, no sé cómo, poner a Orfeo al frente de los ritos sagrados, o más bien sacrílegos, del infierno. La esposa del rey Atamante, que se llamaba Ino, y su hijo Melicertes, perecieron al arrojarse al mar, y fueron, según la creencia popular, contados entre los dioses, como otros hombres del mismo tiempo, [entre los cuales estaban] Cástor y Pólux. Los griegos, en verdad, llamaron a la madre de Melicertes Leucótea, los latinos Matuta; pero ambos la consideraron una diosa.
De la caída del reino de Argos, cuando Pico, hijo de Saturno, recibió por primera vez de su padre el reino de Laurento
XVIII, 15
Durante aquellos tiempos llegó a su fin el reino de Argos, transferido a Micenas, de donde procedía Agamenón, y surgió el reino de Laurento, del cual Pico, hijo de Saturno, fue el primer rey, cuando la mujer Débora juzgaba a los hebreos; pero era el Espíritu de Dios quien la usaba como agente suyo, pues también era profetisa, aunque su profecía es tan oscura que no podríamos demostrar, sin una larga discusión, que fue pronunciada acerca de Cristo. Ahora bien, los laurentes ya reinaban en Italia, de quienes se deriva con bastante evidencia el origen del pueblo romano después de los griegos; sin embargo, el reino de Asiria aún duraba, en el cual Lampares era el vigésimo tercer rey cuando Pico comenzó a reinar en Laurento. Los adoradores de tales dioses pueden ver qué han de pensar de Saturno, padre de Pico, quienes niegan que fuera hombre; de quien algunos también han escrito que él mismo reinó en Italia antes que su hijo Pico; y Virgilio, en su conocido libro, dice:
Aquella raza indócil, y por las altas montañas
Dispersa, la asentó y le dio leyes,
Y llamó a su país Lacio, porque
Oculto dentro de sus costas moró seguro.
La tradición dice que las edades de oro puras
Comenzaron cuando él fue rey.
Dispersa, la asentó y le dio leyes,
Y llamó a su país Lacio, porque
Oculto dentro de sus costas moró seguro.
La tradición dice que las edades de oro puras
Comenzaron cuando él fue rey.
Pero ellos consideran estas como ficciones poéticas, y afirman que el padre de Pico fue más bien Estérces, y refieren que, siendo un agricultor habilidosísimo, descubrió que los campos podían fertilizarse con el estiércol de los animales, que se llama stercus por su nombre. Algunos dicen que fue llamado Estercucio. Pero por cualquier razón que eligieran llamarlo Saturno, es sin embargo cierto que hicieron de este Estérces o Estercucio un dios por su mérito en la agricultura; y asimismo recibieron en el número de estos dioses a su hijo Pico, de quien afirman que fue un famoso augur y guerrero. Pico engendró a Fauno, segundo rey de Laurento; y también él es, o fue, un dios para ellos. Estos honores divinos los dieron a hombres muertos antes de la guerra de Troya.
De Diomedes, quien después de la destrucción de Troya fue puesto entre los dioses, mientras se dice que sus compañeros fueron convertidos en aves
XVIII, 16
Troya fue derribada, y su destrucción se cantó en todas partes y se dio a conocer incluso a los niños; pues fue divulgada y esparcida señaladamente, tanto por su propia grandeza como por escritores de excelente estilo. Y esto se hizo en el reinado de Latino, hijo de Fauno, de quien el reino comenzó a llamarse Lacio en lugar de Laurento. Los griegos victoriosos, al abandonar Troya destruida y volver a sus propias tierras, fueron desgarrados y aplastados por calamidades diversas y horribles. Sin embargo, aun de entre ellos aumentaron el número de sus dioses, pues hicieron de Diomedes un dios. Alegan que su regreso a casa fue impedido por un castigo impuesto divinamente, y prueban, no con falsedad fabulosa y poética, sino con atestación histórica, que sus compañeros fueron convertidos en aves. Sin embargo, piensan que, aunque fue hecho dios, no pudo ni devolverles la forma humana por su propio poder, ni obtenerla de Júpiter, su rey, como favor concedido a un nuevo habitante del cielo. Dicen también que su templo está en la isla de Diomedea, no lejos del monte Gárgano en Apulia, y que estas aves vuelan alrededor de este templo y lo veneran con tan maravillosa obediencia, que llenan sus picos con agua y la rocían; y si llegan allí griegos, o nacidos de la raza griega, no solo se están quietas, sino que vuelan a su encuentro; pero si son extranjeros, se lanzan contra sus cabezas y los hieren con golpes tan severos que hasta los matan. Pues se dice que están bastante armados para estos combates con sus picos duros y grandes.
XVIII, 17
Para apoyar esta historia, Varrón refiere otras no menos increíbles acerca de aquella famosísima hechicera Circe, que cambió a los compañeros de Ulises en bestias, y acerca de los arcadios, que, por sorteo, cruzaban a nado cierta laguna y allí se convertían en lobos, y vivían en los desiertos de aquella región con bestias salvajes semejantes a ellos. Pero si no se alimentaban de carne humana durante nueve años, eran devueltos a la forma humana al volver a nado por la misma laguna. Finalmente, nombra expresamente a un tal Deméneto, quien, al probar un niño ofrecido en sacrificio por los arcadios a su dios Liceo según su costumbre, fue convertido en lobo, y, restituido a su forma propia en el décimo año, se ejercitó como púgil y resultó vencedor en los juegos olímpicos. Y el mismo historiador piensa que el epíteto Liceo se aplicaba en Arcadia a Pan y a Júpiter por ninguna otra razón que esta metamorfosis de hombres en lobos, porque se pensaba que no podía obrarse sino por un poder divino. Pues al lobo se le llama en griego [λυκὸς], de donde parece formarse el nombre de Liceo. Dice también que los lupercos romanos eran como brotados de la simiente de estos misterios.
De lo que debemos creer acerca de las transformaciones que parecen suceder a los hombres por arte de los demonios
XVIII, 18
Quizá nuestros lectores esperan que digamos algo acerca de este tan gran engaño obrado por los demonios; ¿y qué diremos sino que los hombres deben huir de en medio de Babilonia? [] Pues este precepto profético ha de entenderse espiritualmente en este sentido: que avanzando en el Dios vivo, por los pasos de la fe, que obra por amor, debemos huir de la ciudad de este mundo, que es enteramente una sociedad de ángeles y hombres impíos. Sí, cuanto mayor vemos que es el poder de los demonios en estas profundidades, tanto más tenazmente debemos adherirnos al Mediador mediante el cual ascendemos de estos lugares bajísimos a los más altos. Porque si dijéramos que estas cosas no han de creerse, no faltan incluso ahora algunos que afirmarían que habían oído con la mejor autoridad, o incluso que ellos mismos habían experimentado algo de ese género. En verdad, nosotros mismos, cuando estuvimos en Italia, oímos tales cosas acerca de cierta región de allí donde las taberneras de las posadas, imbuidas en estas artes malvadas, se decía que tenían la costumbre de dar a los viajeros que elegían, o que podían, algo en un trozo de queso con lo cual eran cambiados allí mismo en bestias de carga, y llevaban lo que era necesario, y eran devueltos a su propia forma cuando el trabajo estaba hecho. Sin embargo, su mente no se volvía bestial, sino que permanecía racional y humana, tal como Apuleyo, en los libros que escribió con el título de El asno de oro, ha contado, o fingido, que le sucedió a sí mismo que, al tomar un veneno, se convirtió en asno, conservando su mente humana.
Estas cosas o son falsas, o tan extraordinarias que con razón no se creen. Pero ha de creerse firmísimamente que Dios todopoderoso puede hacer cuanto le plazca, ya sea castigando o favoreciendo, y que los demonios no pueden lograr nada por su poder natural (pues su ser creado es angélico, aunque hecho maligno por su propia culpa), excepto lo que Él permita, cuyos juicios a menudo están ocultos, pero nunca son injustos. Y en verdad los demonios, si realmente hacen tales cosas como las que se tratan en esta discusión, no crean sustancias reales, sino que solo cambian la apariencia de las cosas creadas por el Dios verdadero para hacerlas parecer lo que no son. Por tanto, no puedo creer que ni siquiera el cuerpo, mucho menos la mente, pueda realmente ser cambiado en formas y lineamentos bestiales por razón, arte o poder alguno de los demonios; sino que el fantasma de un hombre, que aun en el pensamiento o en los sueños pasa por innumerables cambios, puede, cuando los sentidos del hombre están adormecidos o dominados, ser presentado a los sentidos de otros en forma corporal, de algún modo indescriptible que yo desconozco, de manera que los cuerpos mismos de los hombres pueden yacer en algún lugar, vivos, en verdad, pero con sus sentidos encerrados mucho más pesada y firmemente que por el sueño, mientras aquel fantasma, como encarnado en la figura de algún animal, puede aparecer a los sentidos de otros, e incluso puede parecer al hombre mismo que está cambiado, así como puede parecerle en sueños que está cambiado y que lleva cargas; y estas cargas, si son sustancias reales, son llevadas por los demonios, para que los hombres sean engañados al contemplar a un tiempo la sustancia real de las cargas y los cuerpos simulados de las bestias de carga. Pues cierto hombre llamado Prestancio solía contar que a su padre, en su propia casa, le sucedió que tomó aquel veneno en un trozo de queso, y yació en su lecho como si durmiera, mas de ningún modo podía ser despertado. Pero dijo que después de unos días como si despertara, refirió las cosas que había sufrido como si hubieran sido sueños, a saber, que había sido convertido en caballo de carga y, junto con otras bestias de carga, había llevado provisiones para los soldados de lo que se llama la Legión Rética, porque fue enviada a Recia. Y todo esto se halló que había ocurrido tal como lo contó, aunque le había parecido su propio sueño. Y otro hombre declaró que en su propia casa, de noche, antes de dormir, vio a cierto filósofo, a quien conocía muy bien, venir a él y explicarle algunas cosas de la filosofía platónica que antes se había negado a explicar cuando se le pedía. Y cuando le preguntó a este filósofo por qué hacía en su casa lo que había rehusado hacer en la suya, dijo: «No lo hice, sino que soñé que lo había hecho.» Y así, lo que uno veía durmiendo era mostrado al otro despierto mediante una imagen fantasmagórica.
Estas cosas no nos han llegado de personas que pudiéramos juzgar indignas de crédito, sino de informantes a quienes no podríamos suponer que nos engañan. Por tanto, lo que los hombres dicen y han consignado por escrito acerca de que los arcadios a menudo eran convertidos en lobos por los dioses arcadios, o más bien demonios, y lo que se cuenta en verso acerca de Circe transformando a los compañeros de Ulises, si realmente se hicieron, en mi opinión pueden haberse hecho del modo que he dicho. En cuanto a las aves de Diomedes, puesto que se alega que su raza se ha perpetuado por propagación constante, creo que no fueron hechas por la metamorfosis de hombres, sino que fueron astutamente sustituidas en su lugar al ser ellos retirados, así como la cierva lo fue por Ifigenia, la hija del rey Agamenón. Pues juegos de manos de este género no podrían ser difíciles para los demonios si lo permitiera el juicio de Dios; y puesto que aquella virgen fue hallada viva después, es fácil ver que una cierva había sido astutamente sustituida en su lugar. Pero como los compañeros de Diomedes de repente no aparecieron por ninguna parte, y después no pudieron ser hallados en lugar alguno, destruidos por ángeles vengadores malos, se creyó que habían sido convertidos en aquellas aves, las cuales fueron traídas secretamente de otros lugares donde existían tales aves, y súbitamente sustituidas en su lugar por fraude. Pero que ellas traigan agua en sus picos y la rocíen sobre el templo de Diomedes, y que halaguen a los hombres de raza griega y persigan a los extranjeros, no es cosa maravillosa que se haga por la influencia interna de los demonios, cuyo interés es persuadir a los hombres de que Diomedes fue hecho dios, y así engañarlos para que adoren a muchos dioses falsos, con gran deshonra del Dios verdadero; y para que sirvan a hombres muertos, que ni siquiera en su vida vivieron verdaderamente, con templos, altares, sacrificios y sacerdotes, todo lo cual, cuando es del tipo recto, se debe solo al único Dios vivo y verdadero.
XVIII, 19
Después de la toma y destrucción de Troya, Eneas, con veinte naves cargadas de las reliquias troyanas, llegó a Italia, cuando reinaban allí Latino, en Atenas Menesteo, en Sición Polífides y en Asiria Tautano, y Abdón era juez de los hebreos. A la muerte de Latino, Eneas reinó tres años, continuando los mismos reyes en los lugares arriba nombrados, salvo que Pelasgo era ya rey en Sición, y Sansón era juez de los hebreos, el cual se cree que es Hércules por su prodigiosa fuerza. Ahora bien, los latinos hicieron a Eneas uno de sus dioses, porque a su muerte no fue hallado en parte alguna. Los sabinos colocaron también entre los dioses a su primer rey, Sanco, [Sango], o Santo, como algunos lo llaman. En aquel tiempo Codro, rey de Atenas, se expuso de incógnito a ser muerto por los enemigos peloponesios de aquella ciudad, y así fue muerto. De este modo, dicen, libró a su patria. Pues los peloponesios habían recibido del oráculo la respuesta de que vencerían a los atenienses solo con la condición de que no mataran a su rey. Por tanto, los engañó presentándose con vestido de pobre, y provocándolos, con riña, a que lo mataran. De donde dice Virgilio: «O las querellas de Codro.» Y los atenienses adoraron a este hombre como a un dios con honores sacrificiales. El cuarto rey de los latinos fue Silvio, hijo de Eneas, no de Creúsa, de quien nació Ascanio, el tercer rey, sino de Lavinia, hija de Latino, y se dice que fue su hijo póstumo. Oneo fue el vigésimo noveno rey de Asiria, Melanto el decimosexto de los atenienses, y el sacerdote Elí era juez de los hebreos; y el reino de Sición llegó entonces a su fin, después de haber durado, según se dice, novecientos cincuenta y nueve años.
Capítulo 20. De la sucesión de la línea de reyes entre los israelitas después de los tiempos de los jueces
XVIII, 20
Mientras estos reyes reinaban en los lugares mencionados, terminado el período de los jueces, el reino de Israel comenzó luego con el rey Saúl, cuando vivía el profeta Samuel. En aquella fecha comenzaron aquellos reyes latinos que fueron apellidados Silvios, teniendo ese apellido, además de su nombre propio, de su predecesor, aquel hijo de Eneas que fue llamado Silvio; así como, mucho después, los sucesores de César Augusto fueron apellidados Césares. Rechazado Saúl, para que ninguno de su descendencia reinara, a su muerte le sucedió David en el reino, después de haber reinado cuarenta años. Entonces los atenienses dejaron de tener reyes después de la muerte de Codro, y comenzaron a tener una magistratura para regir la república. Después de David, que también reinó cuarenta años, su hijo Salomón fue rey de Israel, el cual edificó aquel nobilísimo templo de Dios en Jerusalén. En su tiempo fue edificada Alba entre los latinos, desde la cual en adelante los reyes comenzaron a ser llamados reyes no de los latinos, sino de los albanos, aunque en el mismo Lacio. A Salomón le sucedió su hijo Roboam, bajo el cual aquel pueblo fue dividido en dos reinos, y sus partes separadas comenzaron a tener reyes separados.
De los reyes del Lacio, el primero y el duodécimo de los cuales, Eneas y Aventino, fueron hechos dioses
XVIII, 21
Después de Eneas, a quien deificaron, el Lacio tuvo once reyes, ninguno de los cuales fue deificado. Pero Aventino, que fue el duodécimo después de Eneas, habiendo sido abatido en la guerra y sepultado en aquella colina que aún hoy se llama con su nombre, fue añadido al número de tales dioses como ellos se hacían para sí. Algunos, en verdad, no quisieron escribir que había sido muerto en batalla, sino que dijeron que no fue hallado en parte alguna, y que no por su nombre, sino por la posada de las aves, se llamó aquella colina Aventino. Después de esto no se hizo ningún dios en el Lacio excepto Rómulo, el fundador de Roma. Pero se hallan dos reyes entre estos dos, el primero de los cuales describiré en el verso virgiliano:
«Luego vino aquel Procas, gloria de la raza troyana.»
Aquel reino, el mayor de todos, el asirio, vio su larga duración terminada en su tiempo, acercándose el tiempo del nacimiento de Roma. Pues el imperio asirio fue transferido a los medos después de casi mil trescientos cinco años, si incluimos el reinado de Belo, que engendró a Nino y, contento con un pequeño reino, fue el primer rey allí. Ahora bien, Procas reinó antes que Amulio. Y Amulio había hecho a la hija de su hermano Númitor, llamada Rea, a quien también se llamaba Ilia, virgen vestal, la cual concibió de Marte dos hijos gemelos, como ellos pretenden, honrando o excusando de este modo su adulterio, añadiendo como prueba que una loba amamantó a los infantes cuando fueron expuestos. Pues piensan que esta clase de bestia pertenece a Marte, de modo que se cree que la loba dio sus ubres a los infantes porque sabía que eran hijos de Marte, su señor; aunque no faltan quienes dicen que cuando los niños, llorando, yacían expuestos, fueron recogidos primero por no sé qué ramera, y mamaron primero de sus pechos (ahora bien, a las rameras las llamaban lupæ, lobas, de donde aún hoy sus viles moradas se llaman lupanaria), y que después llegaron a manos del pastor Faústulo, y fueron criados por Aca, su esposa. Pero ¿qué maravilla hay en que, para reprender al rey que cruelmente había ordenado arrojarlos al agua, Dios se complaciera, después de librarlos divinamente del agua, en socorrer, por medio de una bestia salvaje que daba leche, a estos infantes por quienes tan gran ciudad había de ser fundada? A Amulio sucedió en el reino del Lacio su hermano Númitor, abuelo de Rómulo; y Roma fue fundada en el primer año de este Númitor, quien desde entonces reinó juntamente con su nieto Rómulo.
Capítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
XVIII, 22
Para ser breves, la ciudad de Roma fue fundada, como otra Babilonia, y, por así decirlo, como hija de la primera Babilonia, por la cual Dios tuvo a bien conquistar el mundo entero y someterlo a lo largo y a lo ancho, reduciéndolo a una sola comunidad de gobierno y de leyes. Pues ya existían pueblos y naciones poderosos y valientes, adiestrados en las armas, que no cedían fácilmente, y cuyo sometimiento implicaba necesariamente gran peligro y destrucción, así como un trabajo grande y espantoso. Pues cuando el reino asirio sometió a casi toda Asia, aunque esto se hizo combatiendo, las guerras no podían ser muy encarnizadas ni difíciles, porque las naciones aún no estaban adiestradas para resistir, y no eran ni tan numerosas ni tan grandes como lo fueron después; por cuanto, después de aquel mayor y en verdad universal diluvio, cuando solo ocho hombres escaparon en el arca de Noé, no había pasado mucho más de mil años cuando Nino sometió a toda Asia, con excepción de la India. Pero Roma no sometió por completo, con la misma rapidez y facilidad, a todas aquellas naciones del oriente y del occidente que vemos puestas bajo el imperio romano, porque, en su crecimiento gradual, en cualquier dirección en que se extendía, las hallaba fuertes y belicosas. En el tiempo en que Roma fue fundada, pues, el pueblo de Israel había estado en la tierra de promisión setecientos dieciocho años. De estos años, veintisiete pertenecen a Josué, hijo de Nun, y después de esto trescientos veintinueve al período de los jueces. Pero desde el tiempo en que los reyes comenzaron a reinar allí, habían pasado trescientos sesenta y dos años. Y en aquel tiempo había en Judá un rey llamado Acaz, o, como otros computan, Ezequías, su sucesor, el rey más bueno y más piadoso, del cual se admite que reinó en los tiempos de Rómulo. Y en aquella parte de la nación hebrea llamada Israel, Oseas había comenzado a reinar.
De la sibila eritrea, que se sabe que cantó muchas cosas acerca de Cristo más claramente que las otras sibilas
XVIII, 23
Algunos dicen que la sibila eritrea profetizó en este tiempo. Ahora bien, Varrón declara que hubo muchas sibilas, y no meramente una. Esta sibila de Eritrea ciertamente escribió algunas cosas acerca de Cristo que son bastante manifiestas, y las leímos por primera vez en lengua latina en versos de mal latín y sin ritmo, por la impericia, como después supimos, de algún intérprete desconocido para mí. Pues Flaciano, varón muy famoso, que fue también procónsul, hombre de elocuencia muy pronta y de mucha erudición, cuando hablábamos acerca de Cristo, sacó un manuscrito griego, diciendo que eran las profecías de la sibila eritrea, en el cual señaló cierto pasaje que tenía las letras iniciales de los versos dispuestas de modo que en ellas se podían leer estas palabras: [᾿Ιησοῦς Χριστος Θεοῦ υιὸς σωτηρ], que significan: «Jesucristo, Hijo de Dios, el Salvador.» Y estos versos, de cuyas letras iniciales se obtiene ese significado, contienen lo que sigue, traducido por alguien al latín en buen ritmo:
[Ι] El juicio humedecerá la tierra con el sudor de su estandarte,
[Η] Eternamente perdurable, he aquí que el Rey vendrá a través de los siglos,
[Σ] Enviado a estar aquí en la carne, y Juez al final del mundo.
[Ο] Oh Dios, los creyentes y los incrédulos por igual te contemplarán
[Υ] Exaltado con los santos, cuando al fin terminen los siglos.
[Σ] Sentadas ante Él están las almas en la carne para su juicio.
[Η] Eternamente perdurable, he aquí que el Rey vendrá a través de los siglos,
[Σ] Enviado a estar aquí en la carne, y Juez al final del mundo.
[Ο] Oh Dios, los creyentes y los incrédulos por igual te contemplarán
[Υ] Exaltado con los santos, cuando al fin terminen los siglos.
[Σ] Sentadas ante Él están las almas en la carne para su juicio.
[Χ] Oculta en densos vapores, mientras desolada yace la tierra.
[Ρ] Rechazados por los hombres son los ídolos y los tesoros largo tiempo ocultos;
[Ε] La tierra es consumida por el fuego, y escudriña el océano y el cielo;
[Ι] Saliendo adelante, destruye las terribles puertas del infierno.
[Σ] Los santos en su cuerpo y alma heredarán la libertad y la luz;
[Τ] Los culpables arderán en fuego y azufre para siempre.
[Ο] Revelando las acciones ocultas, cada uno publicará sus secretos;
[Σ] Los secretos del corazón de cada hombre los revelará Dios a la luz.
[Θ] Entonces habrá llanto y lamento, sí, y crujir de dientes;
[Ε] Eclipseado está el sol, y silenciadas las estrellas en su coro.
[Ο] Pasado y desaparecido está el esplendor de la luz de la luna, derretido el cielo,
[Υ] Exaltados por Él son los valles, y abatidas las montañas.
[Υ] Completamente desaparecidas entre los hombres están las distinciones de altos y humildes.
[Ι] A las llanuras se precipitan las colinas, los cielos y océanos se mezclan.
[Ο] ¡Oh, qué fin de todas las cosas! La tierra rota en pedazos perecerá;
[Σ].... Creciendo juntas a la vez, las aguas y las llamas fluirán en ríos.
[Σ] Sonando la trompeta del arcángel resonará desde el cielo,
[Ω] Sobre los malvados que gimen en su culpa y sus múltiples dolores.
[Τ] Temblando, la tierra se abrirá, revelando el caos y el infierno.
[Η] Todo rey ante Dios estará en aquel día para ser juzgado.
[Ρ] Ríos de fuego y azufre caerán de los cielos.
En estos versos latinos se da correctamente el sentido del griego, aunque no en el orden exacto de los versos en relación con las letras iniciales; pues en tres de ellos, el quinto, el decimoctavo y el decimonoveno, donde aparece la letra griega [Υ], no pudieron hallarse palabras latinas que comenzaran con la letra correspondiente y dieran un sentido adecuado. De modo que, si anotamos juntas las letras iniciales de todos los versos de nuestra traducción latina, excepto aquellos tres en los que conservamos la letra [Υ] en su lugar propio, expresarán en cinco palabras griegas este sentido: «Jesucristo, Hijo de Dios, el Salvador.» Y los versos son veintisiete, que es el cubo de tres. Pues tres por tres son nueve; y el nueve mismo, si se triplica, de modo que se eleve del cuadrado superficial al cubo, llega a veintisiete. Pero si juntas las letras iniciales de estas cinco palabras griegas, [᾿Ιησοῦς Χριστος Θεοῦ υἰὸς σωτήρ], que significan: «Jesucristo, Hijo de Dios, el Salvador,» formarán la palabra [ἰχδὺς], es decir, «pez,» en cuya palabra se entiende místicamente a Cristo, porque pudo vivir, es decir, existir, sin pecado en el abismo de esta mortalidad como en la profundidad de las aguas.
Pero esta sibila, ya sea la eritrea, o, como algunos más bien creen, la cumana, en todo su poema, del cual esto es una porción muy pequeña, no solo no tiene nada que pueda referirse al culto de los dioses falsos o fingidos, sino que más bien habla contra ellos y contra sus adoradores de tal manera que incluso podríamos pensar que debe ser contada entre los que pertenecen a la ciudad de Dios. Lactancio insertó también en su obra las profecías acerca de Cristo de cierta sibila; no dice cuál. Pero he creído conveniente reunir en un solo extracto, que puede parecer largo, lo que él ha consignado en muchas citas breves. Ella dice: «Después Él vendrá a las manos injuriosas de los incrédulos, y darán a Dios bofetadas con manos profanas, y con boca impura escupirán saliva envenenada; pero Él con sencillez entregará su santa espalda a los azotes. Y callará cuando sea golpeado con el puño, para que nadie pueda descubrir qué palabra, o de dónde, viene a hablar al infierno; y será coronado con una corona de espinas. Y le dieron hiel por comida, y vinagre para su sed; extenderán esta mesa de inhospitalidad. Pues tú misma, siendo necia, no has comprendido a tu Dios, engañando las mentes de los mortales, sino que le has coronado con espinas y le has mezclado hiel amarga. Pero el velo del templo se rasgará; y al mediodía será más oscuro que la noche durante tres horas. Y morirá la muerte, tomando sueño por tres días; y luego, volviendo del infierno, primero vendrá a la luz, manifestándose el comienzo de la resurrección a los que han sido vueltos a la vida.» Lactancio se sirvió de estos testimonios sibilinos, introduciéndolos poco a poco en el curso de su discusión según parecían requerirlo las cosas que se proponía probar, y nosotros los hemos puesto en una serie continua, sin interrupción de comentario, cuidando solo de señalarlos con mayúsculas, con tal de que los copistas no descuiden conservarlas en adelante. Algunos escritores, en efecto, dicen que la sibila eritrea no vivió en tiempo de Rómulo, sino de la guerra de Troya.
Comentario editorial · La sibila eritrea y el acróstico
Agustín cuenta que Flaciano, procónsul, le mostró un manuscrito griego de las profecías de la sibila eritrea con un pasaje cuyas letras iniciales formaban «Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador»; da los versos en una versión latina, que no reproduce el acróstico en tres de ellos. Varrón, añade, decía que hubo muchas sibilas. Wikipedia indica que los Oráculos sibilinos conservados son una mezcla de textos judíos, gnósticos y cristianos, muy reelaborados, y que un pasaje trae un acróstico cristiano; añade que Agustín, hacia 400, conocía versiones de esas colecciones.
Para ampliar: Sibylline Oracles (Wikipedia (en)) · Erythraean Sibyl (Wikipedia (en)).
De que los siete sabios florecieron en el reinado de Rómulo, cuando las diez tribus llamadas Israel fueron llevadas cautivas por los caldeos, y de que Rómulo, al morir, recibió honores divinos
XVIII, 24
Mientras reinaba Rómulo, se dice que vivió Tales de Mileto, uno de los siete sabios, que sucedieron a los poetas teológicos, de los cuales Orfeo era el más renombrado, y que fueron llamados [Σοφοί], es decir, sabios. Durante aquel tiempo, las diez tribus, que en la división del pueblo fueron llamadas Israel, fueron conquistadas por los caldeos y llevadas cautivas a sus tierras, mientras las dos tribus llamadas Judá, que tenían la sede de su reino en Jerusalén, permanecieron en la tierra de Judea. Como Rómulo, al morir, no pudo ser hallado en parte alguna, los romanos, como es notorio en todas partes, lo colocaron entre los dioses — cosa que para entonces ya había dejado de hacerse, y que no se hizo después hasta el tiempo de los Césares, y entonces no por error, sino por adulación; de modo que Cicerón atribuye grandes alabanzas a Rómulo, porque mereció tales honores no en tiempos rudos e ignorantes, cuando los hombres eran fácilmente engañados, sino en tiempos ya pulidos y cultos, aunque la sutil y aguda locuacidad de los filósofos aún no había culminado. Pero aunque los tiempos posteriores no deificaron a los muertos, no por eso dejaron de tener y adorar como dioses a los deificados antiguamente; es más, con imágenes, que los antiguos nunca tuvieron, acrecentaron incluso los atractivos de la vana e impía superstición, obrando esto los demonios inmundos en su corazón, y engañándolos también con oráculos mentirosos, de modo que hasta los crímenes fabulosos de los dioses, que no fueron imaginados por una época más culta, se representaban, sin embargo, vilmente en las obras teatrales en honor de estas mismas falsas deidades. Numa reinó después de Rómulo; y aunque había pensado que Roma estaría mejor defendida cuantos más dioses hubiera, sin embargo, al morir, él mismo no fue considerado digno de un lugar entre ellos, como si se supusiera que había atestado el cielo de tal manera que no se podía encontrar un lugar para él allí. Cuentan que la sibila samia vivió mientras él reinaba en Roma, y cuando Manasés comenzó a reinar sobre los hebreos — rey impío, por quien se dice que fue muerto el profeta Isaías.
Qué filósofos fueron famosos cuando Tarquinio Prisco reinaba sobre los romanos, y Sedecías sobre los hebreos, cuando Jerusalén fue tomada y el templo fue derribado
XVIII, 25
Cuando Sedecías reinaba sobre los hebreos, y Tarquinio Prisco, sucesor de Anco Marcio, sobre los romanos, el pueblo judío fue llevado cautivo a Babilonia, y Jerusalén y el templo edificado por Salomón fueron derribados. Pues los profetas, al reprenderlos por su iniquidad e impiedad, predijeron que estas cosas sucederían, especialmente Jeremías, quien incluso indicó el número de años. Se dice que Pítaco de Mitilene, otro de los sabios, vivió en aquel tiempo. Y Eusebio escribe que, mientras el pueblo de Dios estaba cautivo en Babilonia, vivieron los otros cinco sabios, que deben añadirse a Tales, a quien mencionamos arriba, y a Pítaco, para completar los siete. Estos son Solón de Atenas, Quilón de Lacedemonia, Periandro de Corinto, Cleobulo de Lindos y Bías de Priene. Estos florecieron después de los poetas teológicos, y fueron llamados sabios porque aventajaron a los demás hombres en cierta manera de vida digna de alabanza, y resumieron algunos preceptos morales en sentencias epigramáticas. Pero no dejaron a la posteridad monumentos literarios, salvo que se dice que Solón dio ciertas leyes a los atenienses, y que Tales fue filósofo natural y dejó libros de su doctrina en breves proverbios. En aquel tiempo de la cautividad judía florecieron Anaximandro, Anaxímenes y Jenófanes, los filósofos naturales. También vivió entonces Pitágoras, y en este tiempo se usó por primera vez el nombre de filósofo.