Capítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
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Las palabras, «Y descendió fuego del cielo y los devoró,» no han de entenderse del castigo final que se infligirá cuando se dice, «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno;» [] pues entonces serán arrojados al fuego, no descenderá fuego del cielo sobre ellos. En este pasaje, «fuego del cielo» se entiende bien de la firmeza de los santos, con la cual se niegan a prestar obediencia a quienes se ensañan contra ellos. Pues el firmamento es «cielo,» por cuya firmeza estos asaltantes serán atormentados con ardiente celo, porque serán impotentes para apartar a los santos hacia el partido del Anticristo. Este es el fuego que los devorará, y este es «de Dios;» pues es por la gracia de Dios por lo que los santos se vuelven invencibles, y así atormentan a sus enemigos. Porque, así como en buen sentido se dice, «El celo de tu casa me ha consumido,» así en mal sentido se dice, «El celo se ha apoderado del pueblo indisciplinado, y ahora el fuego consumirá a los enemigos.» [] «Y ahora,» es decir, no el fuego del juicio final. O si por este fuego que desciende del cielo y los consume quiso decir Juan aquel golpe con que Cristo en su venida ha de herir a los perseguidores de la Iglesia a quienes entonces encuentre vivos en la tierra, cuando mate al Anticristo con el aliento de su boca, [] entonces tampoco este es el juicio final de los impíos; sino que el juicio final es el que sufrirán cuando haya tenido lugar la resurrección de los cuerpos.
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Esta última persecución del Anticristo durará tres años y seis meses, como ya hemos dicho y como se afirma tanto en el libro del Apocalipsis como por el profeta Daniel. Aunque este tiempo es breve, no sin razón se pregunta si está comprendido en los mil años en que el diablo está atado y los santos reinan con Cristo, o si este pequeño espacio ha de añadirse además a estos años. Pues si decimos que están incluidos en los mil años, entonces los santos reinan con Cristo durante un período más prolongado que el diablo está atado. Porque reinarán con su Rey y Vencedor poderosamente incluso en aquella suprema persecución cuando el diablo ya esté desatado y se ensañe contra ellos con todas sus fuerzas. ¿Cómo, pues, define la Escritura tanto la atadura del diablo como el reino de los santos con los mismos mil años, si la atadura del diablo cesa tres años y seis meses antes de este reino de los santos con Cristo? Por otra parte, si decimos que el breve espacio de esta persecución no ha de contarse como parte de los mil años, sino más bien como un período adicional, podremos ciertamente interpretar las palabras: «Los sacerdotes de Dios y de Cristo reinarán con él mil años; y cuando se acaben los mil años, Satanás será desatado de su prisión;» pues así significan que el reino de los santos y la esclavitud del diablo cesarán simultáneamente, de modo que el tiempo de la persecución de que hablamos no sea contemporáneo ni con el reino de los santos ni con la prisión de Satanás, sino que haya de contarse por encima como un tiempo sobreañadido. Pero en este caso nos vemos obligados a admitir que los santos no reinarán con Cristo durante aquella persecución. Pero ¿quién se atreverá a decir que sus miembros no reinarán con él en aquel momento precisamente en que más que nunca, y con la mayor fortaleza, se adhieren a él, y en que la gloria de la resistencia y la corona del martirio serán tanto más conspicuas cuanto más ardiente sea la batalla? O si se sugiere que no puede decirse que reinen, a causa de las tribulaciones que han de sufrir, se seguirá que todos los santos que antes, durante los mil años, sufrieron tribulación, no se dirá que reinaron con Cristo durante el período de su tribulación, y, por consiguiente, que incluso aquellos cuyas almas, según dice el autor de este libro, vio, y que fueron degollados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, no reinaron con Cristo cuando sufrían persecución, ni fueron ellos mismos el reino de Cristo, aunque Cristo los poseía entonces de modo eminente. Esto es, ciertamente, perfectamente absurdo y digno de rechazo. Pero con seguridad las almas victoriosas de los gloriosos mártires, habiendo vencido y terminado todos los dolores y trabajos, y habiendo dejado sus miembros mortales, han reinado y reinan con Cristo hasta que se acaben los mil años, para reinar después con él cuando hayan recibido sus cuerpos inmortales. Y por lo tanto, durante estos tres años y medio, las almas de aquellos que fueron degollados por su testimonio, tanto las que antes salieron del cuerpo como las que saldrán en aquella última persecución, reinarán con él hasta que el mundo mortal llegue a su fin y pasen a aquel reino en el que no habrá muerte. Y así el reino de los santos con Cristo durará más que las ataduras y la prisión del diablo, porque reinarán con su Rey, el Hijo de Dios, durante estos tres años y medio en los que el diablo ya no está atado. Queda, por tanto, que cuando leemos que «los sacerdotes de Dios y de Cristo reinarán con él mil años; y cuando se acaben los mil años, el diablo será desatado de su prisión,» entendamos o bien que los mil años del reino de los santos no terminan, aunque sí termina la prisión del diablo; de modo que ambas partes tienen sus mil años, es decir, su tiempo completo, pero cada una con una duración real diferente apropiada a sí misma, siendo el reino de los santos más largo y la prisión del diablo más corta, —o al menos que, como tres años y seis meses es un tiempo muy corto, no se cuenta ni como deducido del tiempo total de la prisión de Satanás ni como añadido a la duración total del reino de los santos, como hemos mostrado más arriba en el libro decimosexto respecto del número redondo de cuatrocientos años, que se especificaron como cuatrocientos, aunque en realidad fueron algo más; y expresiones semejantes se encuentran a menudo en las sagradas Escrituras, si uno se fija.
De la condenación del diablo y de sus seguidores; y un bosquejo de la resurrección corporal de todos los muertos y del juicio final retributivo
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Después de esta mención de la persecución final, indica sumariamente todo lo que el diablo, y la ciudad de la que es príncipe, sufrirán en el juicio final. Pues dice, «Y el diablo que los sedujo es arrojado al lago de fuego y azufre, en el cual están la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.» Ya hemos dicho que por la bestia se entiende bien la ciudad impía. Su falso profeta es o el Anticristo o aquella imagen o ficción de la que hemos hablado en el mismo lugar. Después de esto da una breve narración del juicio final mismo, que tendrá lugar en la segunda resurrección, o sea, la corporal de los muertos, tal como le había sido revelado: «Vi un trono grande y blanco, y a Uno sentado en él, de cuyo rostro huyeron el cielo y la tierra, y no fue hallado su lugar.» No dice, «Vi un trono grande y blanco, y a Uno sentado en él, y de su rostro huyeron el cielo y la tierra,» pues no había sucedido entonces, es decir, antes de que fueran juzgados los vivos y los muertos; sino que dice que vio a Aquel sentado en el trono de cuyo rostro huyeron el cielo y la tierra, pero después. Pues cuando se acabe el juicio, este cielo y esta tierra dejarán de ser, y habrá un cielo nuevo y una tierra nueva. Porque este mundo pasará por transmutación, no por destrucción absoluta. Y por eso dice el apóstol, «Porque la figura de este mundo pasa. Quisiera que estuvierais sin ansiedad.» [] La figura, por tanto, pasa, no la naturaleza. Después de haber dicho Juan que había visto a Uno sentado en el trono de cuyo rostro huyeron el cielo y la tierra, aunque no hasta más tarde, dijo, «Y vi los muertos, grandes y pequeños; y fueron abiertos los libros; y fue abierto otro libro, que es el libro de la vida de cada hombre; y los muertos fueron juzgados por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.» Dijo que los libros fueron abiertos, y un libro; pero nos dejó sin saber la naturaleza de este libro, «que es,» dice, «el libro de la vida de cada hombre.» Por aquellos libros, pues, que mencionó primero, hemos de entender los libros sagrados antiguos y nuevos, para que por ellos se muestre qué mandamientos había prescrito Dios; y aquel libro de la vida de cada hombre ha de mostrar qué mandamientos cada hombre ha cumplido omitido. Si este libro se considera materialmente, ¿quién puede calcular su tamaño o longitud, o el tiempo que llevaría leer un libro en el que está escrita toda la vida de cada hombre? ¿Habrá presentes tantos ángeles como hombres, y oirá cada hombre su vida recitada por el ángel asignado a él? En ese caso no habrá un solo libro que contenga todas las vidas, sino un libro separado para cada vida. Pero nuestro pasaje nos exige pensar en uno solo. «Y fue abierto otro libro,» dice. Hemos de entender, por tanto, cierta potencia divina por la que se hará que cada uno recuerde todas sus propias obras, buenas o malas, y las contemple mentalmente con rapidez maravillosa, de modo que este conocimiento acuse o excuse a la conciencia, y así todos y cada uno sean juzgados simultáneamente. Y esta potencia divina se llama libro, porque en ella leeremos, por así decirlo, todo lo que nos hace recordar. Para mostrar quiénes son los muertos, pequeños y grandes, que han de ser juzgados, vuelve a esto que había omitido o más bien diferido, y dice, «Y el mar presentó los muertos que había en él; y la muerte y el infierno entregaron los muertos que había en ellos.» Esto, por supuesto, sucedió antes de que los muertos fueran juzgados, pero se menciona después. Y así, digo, vuelve de nuevo a lo que había omitido. Pero ahora conserva el orden de los acontecimientos, y para mostrarlo repite en su lugar propio lo que ya había dicho acerca de los muertos que fueron juzgados. Pues después de haber dicho, «Y el mar presentó los muertos que había en él, y la muerte y el infierno entregaron los muertos que había en ellos,» añadió inmediatamente lo que ya había dicho, «y fueron juzgados cada uno según sus obras.» Pues esto es justo lo que había dicho antes, «Y los muertos fueron juzgados según sus obras.»
Capítulo 15. Quiénes son los muertos que son entregados al juicio por el mar, y por la muerte y el infierno
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Pero ¿quiénes son los muertos que estaban en el mar, y que el mar presentó? Pues no podemos suponer que los que mueren en el mar no estén en el infierno, ni que sus cuerpos se conserven en el mar; ni tampoco, lo que es aún más absurdo, que el mar retuviera a los buenos, mientras el infierno recibía a los malos. ¿Quién podría creer esto? Pero algunos suponen muy sensatamente que en este lugar el mar se pone por este mundo. Cuando Juan quiso, pues, significar que aquellos a quienes Cristo encontrara vivos aún en el cuerpo habían de ser juzgados junto con los que resucitarán, los llamó muertos, tanto a los buenos, a quienes se dice, «Porque estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios,» [] como a los malvados, de quienes se dice, «Deja que los muertos entierren a sus muertos.» [] También pueden ser llamados muertos porque llevan cuerpos mortales, como dice el apóstol, «El cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado; pero el espíritu es vida a causa de la justicia;» [] probando que en un hombre vivo en el cuerpo hay a la vez un cuerpo que está muerto y un espíritu que es vida. Sin embargo, no dijo que el cuerpo fuera mortal, sino muerto, aunque inmediatamente después habla del modo más usual de cuerpos mortales. Estos, pues, son los muertos que estaban en el mar, y que el mar presentó, a saber, los hombres que estaban en este mundo, porque aún no habían muerto, y a quienes el mundo presentó para el juicio. «Y la muerte y el infierno,» dice, «entregaron los muertos que había en ellos.» El mar los presentó porque solo habían de ser hallados en el lugar donde estaban; pero la muerte y el infierno los entregaron o los restituyeron, porque los llamaron de nuevo a la vida, que ya habían abandonado. Y quizá no fue sin razón que ni la muerte ni el infierno se juzgaran suficientes por sí solos, y se mencionaran ambos: la muerte para indicar a los buenos, que solo han sufrido la muerte y no el infierno; el infierno para indicar a los malvados, que sufren también el castigo del infierno. Pues si no parece absurdo creer que los antiguos santos que creyeron en Cristo y en su entonces futura venida fueron guardados en lugares muy alejados ciertamente de los tormentos de los impíos, pero sin embargo en el infierno, hasta que la sangre de Cristo y su descenso a estos lugares los libró, ciertamente los buenos cristianos, redimidos por aquel precio precioso ya pagado, no conocen en absoluto el infierno mientras esperan su restauración al cuerpo y la recepción de su recompensa. Después de decir, «Fueron juzgados cada uno según sus obras,» añadió brevemente cuál fue el juicio: «La muerte y el infierno fueron arrojados al lago de fuego;» designando con estos nombres al diablo y a toda la compañía de sus ángeles, pues él es el autor de la muerte y de los dolores del infierno. Pues esto es lo que ya había dicho por anticipación con lenguaje más claro: «El diablo que los sedujo fue arrojado a un lago de fuego y azufre.» La oscura adición que había hecho con las palabras, «en el cual estaban también la bestia y el falso profeta,» la explica aquí, «Los que no fueron hallados escritos en el libro de la vida fueron arrojados al lago de fuego.» Este libro no es para recordarle a Dios, como si algo pudiera escapársele por olvido, sino que simboliza su predestinación de aquellos a quienes se dará la vida eterna. Pues no es que Dios sea ignorante y lea en el libro para informarse, sino que más bien su infalible presciencia es el libro de la vida en el que están escritos, es decir, conocidos de antemano.
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Habiendo terminado la profecía del juicio, en lo que respecta a los impíos, resta que hable también de los buenos. Habiendo explicado brevemente las palabras del Señor, «Estos irán al castigo eterno,» queda que explique las palabras conexas, «mas los justos a la vida eterna.» [] «Y vi,» dice, «un cielo nuevo y una tierra nueva: porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y no hay más mar.» [] Esto sucederá en el orden que ha declarado por anticipación con las palabras, «Vi a Uno sentado en el trono, de cuyo rostro huyeron el cielo y la tierra.» Pues tan pronto como los que no están escritos en el libro de la vida hayan sido juzgados y arrojados al fuego eterno —cuya naturaleza, o su posición en el mundo o universo, supongo que no es conocida por hombre alguno, a no ser que acaso el Espíritu divino la revele a alguien—, entonces la figura de este mundo pasará por una conflagración de fuego universal, como una vez antes el mundo fue inundado con un diluvio de agua universal. Y por esta conflagración universal las cualidades de los elementos corruptibles que convenían a nuestros cuerpos corruptibles perecerán por completo, y nuestra sustancia recibirá cualidades tales que, por una maravillosa transmutación, armonicen con nuestros cuerpos inmortales, de modo que, así como el mundo mismo es renovado para algo mejor, quede adecuadamente acomodado a los hombres, renovados ellos mismos en su carne para algo mejor. En cuanto a la afirmación, «Y no habrá más mar,» no diría a la ligera si se seca con aquel calor excesivo, o si también se convierte en algo mejor. Pues leemos que habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, pero no recuerdo haber leído en parte alguna nada de un mar nuevo, salvo lo que encuentro en este mismo libro, «Como un mar de vidrio semejante al cristal.» [] Pero no hablaba entonces de este fin del mundo, ni parece hablar de un mar literal, sino «como un mar.» Es posible que, como la dicción profética se deleita en mezclar lenguaje figurado y real, y así en cierto modo vela el sentido, las palabras «Y no habrá más mar» puedan tomarse en el mismo sentido que la frase anterior, «Y el mar presentó los muertos que había en él.» Pues entonces ya no existirá este mundo, ni los oleajes e inquietudes de la vida humana, y es esto lo que está simbolizado por el mar.
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«Y vi» —dice— «una gran ciudad, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz desde el trono, que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y Él habitará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las cosas primeras pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.» [] De esta ciudad se dice que desciende del cielo, porque la gracia con que Dios la formó es celestial. Por eso le dice por medio de Isaías: «Yo soy el Señor que te formó.» [] En verdad desciende del cielo desde su comienzo, pues sus ciudadanos, durante el curso de este mundo, crecen por la gracia de Dios, que baja de lo alto mediante el lavacro de la regeneración en el Espíritu Santo enviado del cielo. Pero por el juicio final de Dios, que será administrado por su Hijo Jesucristo, se manifestará por la gracia de Dios una gloria tan penetrante y tan nueva, que no quedará vestigio alguno de lo viejo; pues incluso nuestros cuerpos pasarán de su antigua corrupción y mortalidad a una incorrupción e inmortalidad nuevas. Porque referir esta promesa al tiempo presente, en el cual los santos reinan con su Rey mil años, me parece excesivamente descarado, cuando se dice con toda claridad: «Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.» Y ¿quién es tan absurdo, y está tan cegado por una obstinación contenciosa, que se atreva a afirmar que en medio de las calamidades de esta condición mortal el pueblo de Dios, o incluso un solo santo, vive, o ha vivido jamás, o vivirá, sin lágrimas ni dolor —siendo así que cuanto más santo es un hombre, y más lleno de santo deseo, tanto más abundante es el llanto de su súplica? ¿No son estas las palabras de un ciudadano de la Jerusalén celestial: «Mis lágrimas han sido mi pan día y noche;» y «Cada noche inundaré mi lecho; con mis lágrimas regaré mi cama;» y «Mi gemido no se te oculta;» y «Mi dolor se renovó?» ¿O no son esos hijos de Dios los que gimen agobiados, no porque quieran ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida? [] ¿No gimen también dentro de sí aun los que tienen las primicias del Espíritu, esperando la adopción, la redención de su cuerpo? [] ¿No era el propio apóstol Pablo ciudadano de la Jerusalén celestial, y no lo era tanto más cuanto tenía tristeza y continuo dolor de corazón por sus hermanos israelitas? [] Pero ¿cuándo no habrá más muerte en aquella ciudad, sino cuando se diga: «Oh muerte, ¿dónde está tu contienda? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado.» Es evidente que no habrá pecado cuando pueda decirse: «¿Dónde está» — Mas por lo que toca al presente no es un pobre y débil ciudadano de esta ciudad, sino el mismo apóstol Juan quien dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] Sin duda, aunque este libro se llama Apocalipsis, hay en él muchos pasajes oscuros para ejercitar la mente del lector, y pocos tan claros que nos ayuden a interpretar los demás, aun esforzándonos; y esta dificultad aumenta por la repetición de las mismas cosas, en formas tan diferentes, que las cosas referidas parecen ser distintas, aunque en realidad solo están expresadas de otro modo. Pero en las palabras «Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor,» hay una referencia tan manifiesta al mundo futuro y a la inmortalidad y eternidad de los santos —porque solo entonces y solo allí se realizará tal condición— que, si juzgamos esto oscuro, no debemos esperar encontrar nada claro en parte alguna de la Escritura.
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Veamos ahora lo que el apóstol Pedro predijo acerca de este juicio. «Vendrán» —dice— «en los últimos días burladores... No obstante, nosotros, según su promesa, esperamos cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia.» Aquí no se dice nada sobre la resurrección de los muertos, pero ciertamente lo bastante sobre la destrucción de este mundo. Y con su referencia al diluvio parece, por así decir, sugerirnos hasta dónde hemos de creer que llegará la ruina del mundo en el fin del mundo. Pues dice que el mundo que entonces existía pereció, y no solo la tierra misma, sino también los cielos, por los cuales entendemos el aire, cuyo lugar y espacio fue ocupado por el agua. Por tanto, toda, o casi toda, la atmósfera tempestuosa (a la cual llama cielo, o más bien cielos, queriendo decir la atmósfera de la tierra, y no el aire superior en que están puestos el sol, la luna y las estrellas) se convirtió en humedad, y de este modo pereció juntamente con la tierra, cuya apariencia anterior había sido destruida por el diluvio. «Pero los cielos y la tierra que ahora existen, por la misma palabra están guardados, reservados para el fuego contra el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos.» Por tanto, los cielos y la tierra, o el mundo que fue preservado del agua para ocupar el lugar de aquel mundo que pereció en el diluvio, está a su vez reservado para el fuego al fin en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. No duda en afirmar que en este gran cambio también perecerán los hombres; su naturaleza, sin embargo, continuará, aunque en castigos eternos. Tal vez alguien pregunte: Si después de pronunciado el juicio el mundo mismo ha de arder, ¿dónde estarán los santos durante el incendio, y antes de que sea reemplazado por cielos nuevos y tierra nueva, ya que en algún lugar han de estar, porque tienen cuerpos materiales? Podemos responder que estarán en las regiones superiores, adonde no subirá la llama de aquel incendio, como tampoco subió el agua del diluvio; porque tendrán cuerpos tales que estarán donde quieran. Además, cuando se hayan vuelto inmortales e incorruptibles, no temerán mucho el resplandor de aquel incendio, como los cuerpos corruptibles y mortales de los tres varones pudieron vivir ilesos en el horno ardiente.
Lo que el apóstol Pablo escribió a los Tesalonicenses acerca de la manifestación del Anticristo que precederá al día del Señor
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Veo que debo omitir muchas de las afirmaciones de los evangelios y de las epístolas acerca de este juicio final, para que este volumen no se haga indebidamente largo; pero de ningún modo puedo omitir lo que dice el apóstol Pablo escribiendo a los Tesalonicenses: «Os rogamos, hermanos, por la venida de nuestro Señor Jesucristo,» etc.
Nadie puede dudar de que escribió esto del Anticristo y del día del juicio, al que aquí llama día del Señor, ni de que declaró que aquel día no vendría si antes no viniera aquel a quien llama el apóstata —apóstata, a saber, del Señor Dios. Y si esto puede decirse con justicia de todos los impíos, ¿cuánto más de él? Pero es incierto en qué templo se sentará, si en aquella ruina del templo que fue edificado por Salomón, o en la Iglesia; pues el apóstol no llamaría templo de Dios al templo de ningún ídolo o demonio. Por esta razón algunos piensan que en este pasaje Anticristo no significa solamente al príncipe mismo, sino a todo su cuerpo, es decir, la multitud de hombres que se adhieren a él, junto con su príncipe; y piensan también que deberíamos traducir el griego con más exactitud si leyéramos, no «en el templo de Dios», sino «para» o «como templo de Dios», como si él mismo fuera el templo de Dios, la Iglesia. En cuanto a las palabras «Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene», es decir, sabéis qué impedimento o causa de dilación hay, «para que a su debido tiempo se manifieste», muestran que no quiso hacer una declaración explícita, porque dijo que ellos sabían. Y así nosotros, que no tenemos su conocimiento, deseamos y no podemos, ni aun con esfuerzo, entender a qué se refería el apóstol, especialmente porque su sentido se hace aún más oscuro por lo que añade. Pues, ¿qué quiere decir con «Porque el misterio de iniquidad ya está obrando: solo el que ahora lo detiene, que lo detenga hasta que sea quitado de en medio; y entonces se revelará el impío?» Confieso francamente que no sé lo que quiere decir. No obstante, mencionaré las conjeturas que he oído o leído.
Algunos piensan que el apóstol Pablo se refería al imperio romano, y que no quiso emplear un lenguaje más explícito, para no incurrir en la calumniosa acusación de desear mal a un imperio que se esperaba que fuera eterno; de modo que al decir «Porque el misterio de iniquidad ya está obrando», aludía a Nerón, cuyas obras ya parecían ser como las obras del Anticristo. De ahí que algunos supongan que resucitará y será el Anticristo. Otros, por su parte, suponen que ni siquiera está muerto, sino que fue ocultado para que se creyera que había sido asesinado, y que ahora vive escondido en el vigor de la misma edad que había alcanzado cuando se creyó que había perecido, y que vivirá hasta que sea revelado a su debido tiempo y restituido a su reino. Pero me sorprende que los hombres puedan ser tan audaces en sus conjeturas. Sin embargo, no es absurdo creer que estas palabras del apóstol «Solo el que ahora detiene, que detenga hasta que sea quitado de en medio» se refieren al imperio romano, como si se dijera: «Solo el que ahora reina, que reine hasta que sea quitado de en medio.» «Y entonces se revelará el impío:» nadie duda de que esto significa el Anticristo. Pero otros piensan que las palabras «Vosotros sabéis lo que lo detiene» y «El misterio de iniquidad obra» se refieren únicamente a los malos y a los hipócritas que están en la Iglesia, hasta que alcancen un número tan grande que provean al Anticristo un gran pueblo, y que este es el misterio de iniquidad, porque parece oculto; y que el apóstol exhorta a los fieles a retener tenazmente la fe que tienen cuando dice: «Solo el que ahora detiene, que detenga hasta que sea quitado de en medio», es decir, hasta que el misterio de iniquidad que ahora está oculto se aparte de la Iglesia. Pues suponen que a este mismo misterio alude Juan cuando en su epístola dice: «Hijitos, ya es el último tiempo; y como habéis oído que el Anticristo ha de venir, así ahora hay muchos anticristos; por lo cual conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» [] Así, pues, como salieron de la Iglesia muchos herejes, a quienes Juan llama «muchos anticristos», en aquel tiempo anterior al fin, al cual Juan llama «el último tiempo», así al fin saldrán los que no pertenecen a Cristo, sino a aquel último Anticristo, y entonces será revelado.
Así pues, son varias las explicaciones conjeturales de las oscuras palabras del apóstol. Lo que sin duda dijo es esto: que Cristo no vendrá a juzgar a vivos y muertos si primero no viene el Anticristo, su adversario, a seducir a los que están muertos en el alma; aunque su seducción es resultado de un juicio secreto de Dios ya pronunciado. Pues, como está dicho, «su venida será conforme a la operación de Satanás, con todo poder, y señales, y prodigios mentirosos, y con todo engaño de injusticia para los que perecen.» Porque entonces Satanás será desatado, y por medio de aquel Anticristo obrará con todo poder de manera mentirosa aunque prodigiosa. Comúnmente se pregunta si estas obras se llaman «señales y prodigios mentirosos» porque han de engañar los sentidos de los hombres con apariencias falsas, o porque las cosas que hace, aunque sean verdaderos prodigios, serán mentira para quienes crean que tales cosas solo pueden hacerlas Dios, ignorando el poder del diablo, y especialmente un poder tan sin precedentes como el que entonces pondrá en obra por primera vez. Pues cuando cayó del cielo como fuego, y de un golpe arrebató al santo Job su numerosa familia y sus vastos rebaños, y luego como un torbellino se precipitó contra la casa y la golpeó y mató a sus hijos, no fueron apariencias engañosas, y sin embargo fueron obras de Satanás, a quien Dios había dado este poder. Por qué se llaman señales y prodigios mentirosos, más probablemente lo sabremos cuando llegue el tiempo mismo. Pero cualquiera que sea la razón del nombre, serán señales y prodigios tales que seducirán a los que merezcan ser seducidos, «porque no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.» El apóstol no tuvo reparo en añadir: «Por esto Dios les envía una operación de error, para que crean la mentira.» Pues Dios enviará, porque Dios permitirá que el diablo haga estas cosas, siendo la permisión por su propio y justo juicio, aunque el hacerlas obedece al propósito injusto y maligno del diablo, «para que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia.» Por tanto, siendo juzgados, serán seducidos; y, siendo seducidos, serán juzgados. Pero, siendo juzgados, serán seducidos por aquellos juicios de Dios secretamente justos y justamente secretos, con los cuales Él no ha cesado de juzgar desde el primer pecado de las criaturas racionales; y, siendo seducidos, serán juzgados en aquel juicio último y manifiesto administrado por Jesucristo, quien fue juzgado de la manera más injusta y juzgará de la manera más justa.
Lo que el mismo apóstol enseñó en la primera epístola a los Tesalonicenses acerca de la resurrección de los muertos
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Pero el apóstol no ha dicho nada aquí acerca de la resurrección de los muertos; pero en su primera Epístola a los Tesalonicenses dice: «No queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen,» [] etc. Estas palabras del apóstol proclaman con toda claridad la resurrección futura de los muertos, cuando el Señor Cristo venga a juzgar a los vivos y a los muertos.
Pero comúnmente se pregunta si aquellos a quienes nuestro Señor halle vivos sobre la tierra, representados en este pasaje por el apóstol y por los que estaban vivos con él, no morirán en absoluto, o si pasarán con rapidez incomprensible por la muerte a la inmortalidad en el mismo momento en que sean arrebatados juntamente con los que resucitan para salir al encuentro del Señor en el aire. Pues no podemos decir que sea imposible que mueran y revivan a la vez mientras son llevados por los aires. Porque las palabras «Y así estaremos siempre con el Señor» no han de entenderse como si quisiera decir que permaneceremos siempre en el aire con el Señor; pues Él mismo no permanecerá allí, sino que solo pasará por él cuando venga. Porque saldremos a su encuentro cuando venga, no donde Él permanece; sino que «así estaremos con el Señor», es decir, estaremos con Él poseyendo cuerpos inmortales dondequiera que estemos con Él. Parece que nos vemos obligados a tomar las palabras en este sentido, y a suponer que aquellos a quienes el Señor halle vivos sobre la tierra en aquel breve espacio sufrirán la muerte y recibirán la inmortalidad: pues este mismo apóstol dice: «En Cristo todos serán vivificados;» [] y, hablando de la misma resurrección del cuerpo, dice en otro lugar: «Lo que tú siembras no se vivifica si no muere.» [] ¿Cómo, pues, serán vivificados para la inmortalidad en Él aquellos a quienes Cristo halle vivos sobre la tierra, si no mueren, puesto que precisamente por esto se dice: «Lo que tú siembras no se vivifica si no muere?» O si no podemos hablar propiamente de cuerpos humanos como sembrados, a no ser en cuanto que al morir en cierto modo vuelven a la tierra, como también dice la sentencia pronunciada por Dios contra el padre pecador del género humano: «Tierra eres, y a la tierra volverás,» [] hemos de reconocer que aquellos a quienes Cristo, en su venida, halle todavía en el cuerpo no están incluidos en estas palabras del apóstol ni en las del Génesis; pues, al ser arrebatados a las nubes, ciertamente no son sembrados, ni van ni vuelven a la tierra, ya no experimenten muerte alguna o mueran por un momento en el aire.
Pero, por otra parte, se nos presenta la afirmación del mismo apóstol cuando hablaba a los Corintios acerca de la resurrección del cuerpo: «Todos resucitaremos,» o, como leen otros manuscritos, «Todos dormiremos.» [] Ahora bien, como no puede haber resurrección si no ha precedido la muerte, y como en este pasaje no podemos entender por sueño otra cosa que la muerte, ¿cómo podrán todos dormir o resucitar, si tantas personas a quienes Cristo halle en el cuerpo no dormirán ni resucitarán? Si, pues, creemos que los santos que serán hallados vivos en la venida de Cristo y serán arrebatados a su encuentro pasarán, en ese mismo ascenso, de cuerpos mortales a inmortales, no hallaremos dificultad en las palabras del apóstol, ya sea cuando dice: «Lo que tú siembras no se vivifica si no muere,» ya cuando dice: «Todos resucitaremos,» o «todos dormiremos,» pues ni siquiera los santos serán vivificados para la inmortalidad si primero no mueren, por brevemente que sea; y, en consecuencia, no estarán exentos de la resurrección, la cual es precedida por el sueño, por breve que este sea. ¿Y por qué ha de parecernos increíble que aquella multitud de cuerpos sea, por así decir, sembrada en el aire, y que en el aire reviva al instante inmortal e incorruptible, cuando creemos, por el testimonio del mismo apóstol, que la resurrección se realizará en un abrir y cerrar de ojos, y que el polvo de cuerpos largo tiempo muertos volverá con facilidad y rapidez incomprensibles a aquellos miembros que ahora han de vivir sin fin? Tampoco suponemos que en el caso de estos santos la sentencia «Tierra eres, y a la tierra volverás» sea nula, aunque sus cuerpos, al morir, no caigan a tierra, sino que a la vez mueran y resuciten mientras son arrebatados al aire. Pues «Volverás a la tierra» significa: al morir volverás a aquello que eras antes de que comenzara la vida. Serás, cuando exánime, lo que eras antes de ser animado. Pues fue sobre el polvo de la tierra donde Dios sopló el aliento de vida cuando el hombre fue hecho alma viviente; como si se dijera: Eres tierra con alma, lo cual no eras; serás tierra sin alma, como eras. Y esto es lo que son todos los cuerpos de los muertos antes de corromperse; y lo que serán los cuerpos de aquellos santos si mueren, dondequiera que mueran, tan pronto como entreguen aquella vida que inmediatamente han de recibir de nuevo. De este modo, pues, vuelven o van a la tierra, en cuanto que de ser hombres vivientes pasarán a ser tierra, como lo que se convierte en ceniza se dice que va a la ceniza; lo que se descompone, va a la descomposición; y así de otras seiscientas cosas. Pero el modo en que esto sucederá solo podemos conjeturarlo débilmente ahora, y lo entenderemos solo cuando acontezca. Pues que habrá una resurrección corporal de los muertos cuando Cristo venga a juzgar a vivos y muertos, debemos creerlo si hemos de ser cristianos. Pero si no somos capaces de comprender perfectamente el modo en que se realizará, no por eso es vana nuestra fe. Ahora, sin embargo, debemos, como prometimos antes, mostrar, en la medida que parezca necesario, lo que los antiguos libros proféticos predijeron acerca de este juicio final de Dios; y me figuro que no hará falta gastar mucho tiempo en discutir y explicar estas predicciones, si el lector se ha cuidado de aprovechar la ayuda que ya le hemos proporcionado.
Capítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
XX, 21
El profeta Isaías dice: «Los muertos resucitarán, y todos los que estaban en los sepulcros resucitarán; y todos los que están en la tierra se alegrarán: porque el rocío que de ti procede es su salud, y la tierra de los impíos caerá.» [] Toda la primera parte de este pasaje se refiere a la resurrección de los bienaventurados; pero las palabras «la tierra de los impíos caerá» se entienden rectamente como que los cuerpos de los impíos caerán en la ruina de la condenación. Y si examinamos con más exactitud y cuidado las palabras que se refieren a la resurrección de los buenos, podemos referir a la primera resurrección las palabras «los muertos resucitarán», y a la segunda las que siguen: «y todos los que estaban en los sepulcros resucitarán». Y si preguntamos qué corresponde a aquellos santos a quienes el Señor, en su venida, encontrará vivos sobre la tierra, la cláusula siguiente puede aplicarse convenientemente a ellos: «Todos los que están en la tierra se alegrarán: porque el rocío que de ti procede es su salud». Por «salud» en este lugar es mejor entender la inmortalidad. Pues ésa es la salud más perfecta, que no se repara con alimento como con un remedio diario. De manera semejante, el mismo profeta, dando esperanza a los buenos y aterrando a los impíos acerca del día del juicio, dice: «Así dice el Señor: He aquí que yo fluiré sobre ellos como un río de paz, y sobre la gloria de los gentiles como un torrente impetuoso; sus hijos serán llevados en brazos, y serán consolados sobre las rodillas. Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo; y seréis consolados en Jerusalén. Y veréis, y vuestro corazón se alegrará, y vuestros huesos brotarán como la hierba; y la mano del Señor será conocida por sus adoradores, y él amenazará a los contumaces. Pues he aquí que el Señor vendrá como fuego, y como torbellino sus carros, para ejecutar venganza con indignación, y devastación con llama de fuego. Pues con el fuego del Señor será juzgada toda la tierra, y toda carne con su espada: muchos serán heridos por el Señor». En su promesa a los buenos dice que fluirá como un río de paz, es decir, en la mayor abundancia posible de paz. Con esta paz seremos finalmente refrescados; pero de esto hemos hablado abundantemente en el libro precedente. Es este río en el que dice que fluirá sobre aquellos a quienes promete tan gran felicidad, para que entendamos que en la región de aquella felicidad, que está en el cielo, todas las cosas se sacian de este río. Pero como de allí fluirá, aun sobre los cuerpos terrenales, la paz de la incorrupción y de la inmortalidad, por eso dice que fluirá como este río, para que, por así decirlo, se derrame desde las cosas de arriba hacia las de abajo, y haga a los hombres iguales a los ángeles. Por «Jerusalén» también debemos entender no aquella que sirve con sus hijos, sino aquella que, según el apóstol, es nuestra madre libre, eterna en los cielos []. En ella seremos consolados al pasar fatigados de las preocupaciones y calamidades de la tierra, y seremos recibidos como sus hijos sobre sus rodillas y sus hombros. Inexpertos y nuevos en tales caricias, seremos recibidos en una dicha desacostumbrada. Allí veremos, y nuestro corazón se alegrará. No dice qué veremos; sino, ¿qué sino a Dios, para que se cumpla en nosotros la promesa del Evangelio: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» []? ¿Qué veremos sino todas aquellas cosas que ahora no vemos, pero creemos, y de las cuales la idea que formamos, según nuestra débil capacidad, es incomparablemente menor que la realidad? «Y veréis», dice, «y vuestro corazón se alegrará». Aquí creéis, allí veréis.
Pero porque dijo «Vuestro corazón se alegrará», para que no supongamos que los bienes de aquella Jerusalén son sólo espirituales, añade: «Y vuestros huesos brotarán como la hierba», aludiendo a la resurrección del cuerpo, y como supliendo una omisión que había hecho. Pues no tendrá lugar cuando hayamos visto; sino que veremos cuando haya tenido lugar. Porque ya había hablado de los nuevos cielos y la nueva tierra, hablando repetidamente, y bajo muchas figuras, de las cosas prometidas a los santos, y diciendo: «Habrá nuevos cielos y nueva tierra: y lo anterior no será recordado ni vendrá a la mente; sino que hallarán en ella gozo y exultación. He aquí que yo haré de Jerusalén una exultación, y de mi pueblo un gozo. Y me exultaré en Jerusalén, y me gozaré en mi pueblo; y no se oirá más en ella voz de llanto» []; y otras promesas, que algunos intentan referir a un disfrute carnal durante los mil años. Pues, a la manera de la profecía, se mezclan expresiones figuradas y literales, de modo que una mente seria pueda, mediante un esfuerzo útil y saludable, alcanzar el sentido espiritual; pero la pereza carnal, o la lentitud de una mente inculta e indisciplinada, se detiene en la letra superficial, y piensa que no hay nada más profundo que buscar. Pero baste esto en cuanto al estilo de aquellas expresiones proféticas citadas. Y ahora, volvamos a su interpretación. Cuando había dicho «Y vuestros huesos brotarán como la hierba», para mostrar que era a la resurrección de los buenos, aunque una resurrección corporal, a lo que aludía, añadió: «Y la mano del Señor será conocida por sus adoradores». ¿Qué es esto sino la mano de aquel que distingue a los que le adoran de los que le desprecian? Acerca de estos, el contexto añade inmediatamente: «Y él amenazará a los contumaces», o, como otro traductor lo tiene, «a los incrédulos». No amenazará entonces en realidad, sino que las amenazas que ahora se pronuncian se cumplirán entonces en efecto. «Pues he aquí», dice, «el Señor vendrá como fuego, y como torbellino sus carros, para ejecutar venganza con indignación, y devastación con llama de fuego. Pues con el fuego del Señor será juzgada toda la tierra, y toda carne con su espada: muchos serán heridos por el Señor». Por fuego, torbellino, espada, él entiende el castigo judicial de Dios. Pues dice que el Señor mismo vendrá como fuego, para aquellos, es decir, para quienes su venida será penal. Por sus carros (pues la palabra es plural) entendemos convenientemente el ministerio de los ángeles. Y cuando dice que toda carne y toda la tierra serán juzgadas con su fuego y su espada, no entendemos que se incluya a los espirituales y santos, sino a los terrenales y carnales, de quienes se dice que «piensan en las cosas terrenales» [] y «la mente carnal es muerte» [], y a quienes el Señor llama simplemente carne cuando dice: «Mi Espíritu no permanecerá siempre en estos hombres, porque son carne» []. En cuanto a las palabras «Muchos serán heridos por el Señor», esta herida producirá la segunda muerte. Es posible, ciertamente, entender fuego, espada, y herida en buen sentido. Pues el Señor dijo que deseaba enviar fuego sobre la tierra []. Y las lenguas divididas aparecieron como fuego cuando vino el Espíritu Santo []. Y nuestro Señor dice: «No he venido a traer paz a la tierra, sino espada» []. Y la Escritura dice que la palabra de Dios es una espada de doble filo [], a causa de los dos filos, los dos Testamentos. Y en el Cantar de los Cantares, la santa Iglesia dice que está herida de amor [], —traspasada, por así decirlo, con la flecha del amor. Pero aquí, donde leemos o oímos que el Señor vendrá a ejecutar venganza, es obvio en qué sentido hemos de entender estas expresiones.
Después de mencionar brevemente a aquellos que serán consumidos en este juicio, hablando de los impíos y pecadores bajo la figura de las carnes prohibidas por la antigua ley, de las cuales no se habían abstenido, resume sumariamente la gracia del nuevo testamento, desde la primera venida del Salvador hasta el juicio final, del cual ahora hablamos; y con esto concluye su profecía. Pues relata que el Señor declara que viene a reunir a todas las naciones, para que vengan y sean testigos de su gloria []. Pues, como dice el apóstol, «Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios» []. Y dice que hará maravillas entre ellos, ante las cuales se maravillarán y creerán en él; y que de entre ellos enviará a los salvos a diversas naciones y a islas lejanas que no han oído su nombre ni visto su gloria, y que anunciarán su gloria entre las naciones, y traerán a los hermanos de aquellos a quienes el profeta hablaba, es decir, traerán a la fe bajo Dios Padre a los hermanos de los israelitas elegidos; y que traerán de todas las naciones una ofrenda al Señor sobre bestias de carga y carros (lo cual se entiende como las ayudas proporcionadas por Dios en forma de ministerio angélico o humano), a la santa ciudad de Jerusalén, que actualmente está esparcida por la tierra en los fieles santos. Pues donde se da la ayuda divina, los hombres creen, y donde creen, vienen. Y el Señor los comparó, en figura, a los hijos de Israel que ofrecían sacrificio a él en su casa con salmos, lo cual ya se hace en todas partes por la Iglesia; y prometió que de entre ellos elegiría para sí sacerdotes y levitas, lo cual también vemos ya cumplido. Pues vemos que ahora se eligen sacerdotes y levitas, no de una familia y sangre determinadas, como era originalmente la regla en el sacerdocio según el orden de Aarón, sino como conviene al nuevo testamento, bajo el cual Cristo es el Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, en consideración al mérito que la gracia divina otorga a cada hombre. Y estos sacerdotes no han de ser juzgados por su mero título, que a menudo llevan hombres indignos, sino por aquella santidad que no es común a buenos y malos.
Después de haber hablado así de esta misericordia de Dios que ahora experimenta la Iglesia, y que es muy evidente y familiar para nosotros, predice también los fines a los que llegarán los hombres cuando el juicio final haya separado a los buenos de los malos, diciendo por el profeta, o el profeta mismo hablando por Dios: «Pues como los cielos nuevos y la tierra nueva permanecerán ante mí, dijo el Señor, así permanecerá vuestra descendencia y vuestro nombre, y habrá para ellos mes tras mes, y sábado tras sábado. Toda carne vendrá a adorar ante mí en Jerusalén, dijo el Señor. Y saldrán, y verán los miembros de los hombres que han pecado contra mí: su gusano no morirá, ni su fuego se apagará; y serán un espectáculo para toda carne» []. En este punto el profeta cerró su libro, como en este punto el mundo llegará a su fin. Algunos, ciertamente, han traducido «cadáveres» en lugar de «miembros de los hombres», queriendo decir con cadáveres el castigo manifiesto del cuerpo, aunque cadáver se usa comúnmente sólo de carne muerta, mientras que los cuerpos de los que aquí se habla estarán animados, de lo contrario no podrían sentir dolor alguno; pero quizá puedan, sin absurdo, llamarse cadáveres, por ser los cuerpos de aquellos que han de caer en la segunda muerte. Y por la misma razón se dice, como ya he citado, por este mismo profeta, «La tierra de los impíos caerá». Es obvio que aquellos traductores que usan una palabra diferente para hombres no pretenden incluir sólo a los varones, pues nadie dirá que las mujeres que pecaron no aparecerán en aquel juicio; sino que el sexo masculino, siendo el más digno, y aquel del cual fue derivada la mujer, se entiende que incluye a ambos sexos. Pero lo que es especialmente pertinente a nuestro asunto es esto: que puesto que las palabras «Toda carne vendrá» se aplican a los buenos, pues el pueblo de Dios estará compuesto de toda raza de hombres—pues no todos los hombres estarán presentes, ya que la mayor parte estará en castigo—pero, como decía, puesto que carne se usa de los buenos, y miembros o cadáveres de los malos, ciertamente así queda fuera de duda que aquel juicio en el cual los buenos y los malos serán asignados a sus destinos tendrá lugar después de la resurrección del cuerpo, fe en la cual queda completamente establecida por el uso de estas palabras.