Capítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
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Además, se nos recuerda que en semejante carnicería, tal como entonces ocurrió, ni siquiera pudieron sepultarse los cuerpos. Pero la confianza piadosa no se espanta ante una circunstancia de tan mal agüero; pues los fieles tienen presente que se les ha asegurado que ni un cabello de su cabeza perecerá, y que, por tanto, aunque fueran devorados por las fieras, su bendita resurrección no será por ello impedida. La Verdad de ningún modo habría dicho: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma,» [] si cualquier cosa que un enemigo pudiera hacer al cuerpo de los muertos pudiera ser perjudicial para la vida futura. ¿O acaso alguien adoptará una postura tan absurda como para sostener que a los que matan el cuerpo no hay que temerlos antes de la muerte, no sea que maten el cuerpo, sino después de la muerte, no sea que lo priven de sepultura? Si así fuera, entonces sería falso lo que Cristo dice: «No temáis a los que matan el cuerpo, y después de eso no tienen nada más que hacer;» [] pues parece que pueden causar gran daño al cuerpo muerto. Lejos de nosotros suponer que la Verdad pueda ser así falsa. Se dice que los que matan el cuerpo «hacen algo», porque el golpe mortal se siente, teniendo aún sensación el cuerpo; pero después de aquello, no tienen nada más que hacer, pues en el cuerpo ya muerto no hay sensación. Y así hay ciertamente muchos cuerpos de cristianos que yacen insepultos; pero nadie los ha separado del cielo, ni de aquella tierra que está toda llena de la presencia de Aquel que sabe de dónde ha de resucitar lo que creó. Se dice, en efecto, en el Salmo: «Los cadáveres de tus siervos han dado por comida a las aves del cielo, la carne de tus santos a las bestias de la tierra. Han derramado su sangre como agua en torno a Jerusalén, y no hubo quien los sepultara.» Pero esto se dijo más bien para mostrar la crueldad de quienes hicieron tales cosas que la miseria de quienes las padecieron. A los ojos de los hombres esto parece una suerte dura y lamentable; sin embargo, «preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos.» Por lo cual todos estos últimos oficios y ceremonias que atañen a los muertos, los cuidadosos preparativos del funeral, el aderezo del sepulcro y la pompa de las exequias, son más bien consuelo de los vivos que alivio de los muertos. Si un entierro costoso hace algún bien a un hombre malvado, un entierro sórdido, o ninguno, puede dañar al piadoso. Su multitud de criados procuró al rico vestido de púrpura un funeral espléndido a los ojos de los hombres; pero a la vista de Dios fue más suntuoso aquel funeral que el pobre ulceroso recibió de manos de los ángeles, quienes no lo sacaron a un sepulcro de mármol, sino que lo llevaron en alto al seno de Abraham.
Los hombres contra quienes he emprendido defender la ciudad de Dios se ríen de todo esto. Pero incluso sus propios filósofos han despreciado una sepultura cuidadosa; y a menudo ejércitos enteros han luchado y caído por su patria terrena sin cuidarse de preguntar si quedarían expuestos en el campo de batalla o se convertirían en alimento de las fieras. De este noble desdén por la sepultura ha dicho bien la poesía: «Quien no tiene tumba tiene el cielo por bóveda.» ¡Cuánto menos deberían ellos insultar los cuerpos insepultos de los cristianos, a quienes se ha prometido que la carne misma será restaurada y el cuerpo formado de nuevo, reuniéndose todos sus miembros no sólo desde la tierra, sino desde los más secretos escondrijos de cualquier otro de los elementos en que hayan estado ocultos los cuerpos muertos de los hombres!
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Sin embargo, no por esto han de despreciarse los cuerpos de los muertos ni dejarse insepultos; y menos aún los cuerpos de los justos y fieles, de los que el Espíritu Santo se ha servido como de órganos e instrumentos suyos para todas las buenas obras. Pues si el vestido de un padre, o su anillo, o cualquier cosa que llevara, es precioso para sus hijos en proporción al amor que le tuvieron, ¿con cuánta mayor razón debemos cuidar de los cuerpos de aquellos a quienes amamos, cuerpos que llevaron mucho más ceñida e íntimamente que cualquier vestidura? Porque el cuerpo no es un adorno o auxilio externo, sino una parte de la naturaleza misma del hombre. Por eso a los justos de los tiempos antiguos se les prestaron piadosamente los últimos oficios, se les proveyó de sepulcros y se celebraron sus exequias; y ellos mismos, mientras aún vivían, dieron mandato a sus hijos acerca de su sepultura y, en ocasiones, incluso acerca del traslado de sus cuerpos a algún lugar querido. Y Tobías, según el testimonio del ángel, es alabado, y se dice que agradó a Dios sepultando a los muertos. [Tobías 12:12] Nuestro Señor mismo, aunque había de resucitar al tercer día, aplaude y encomienda a nuestra alabanza la buena obra de la mujer religiosa que derramó ungüento precioso sobre sus miembros y lo hizo para su sepultura. [] Y el Evangelio habla con elogio de quienes tuvieron cuidado de bajar su cuerpo de la cruz, envolverlo amorosamente en costosos lienzos y atender a su sepultura. [] Estos ejemplos ciertamente no prueban que los cadáveres tengan sensación alguna; pero muestran que la providencia de Dios se extiende incluso a los cuerpos de los muertos, y que tales oficios piadosos le son agradables, por alimentar la fe en la resurrección. Y podemos también sacar de ellos esta saludable lección: que si Dios no olvida ni siquiera cualquier oficio bondadoso que el cuidado amoroso presta a los muertos ya inconscientes, mucho más recompensa la caridad que ejercemos hacia los vivos. Otras cosas, ciertamente, que los santos patriarcas dijeron acerca de la sepultura y el traslado de sus cuerpos, quisieron que se tomaran en sentido profético; pero de ellas no necesitamos hablar aquí por extenso, siendo suficiente lo ya dicho. Pero si la falta de aquellas cosas necesarias para el sustento de los vivos, como el alimento y el vestido, aunque penosa y dura, no quebranta la fortaleza y la virtuosa paciencia de los hombres buenos, ni erradica la piedad de sus almas, sino que más bien la hace más fructífera, ¡cuánto menos puede la ausencia del funeral y de las demás atenciones acostumbradas con los muertos hacer desdichados a quienes ya descansan en las moradas ocultas de los bienaventurados! Por consiguiente, aunque en el saco de Roma y de otras ciudades los cuerpos de los cristianos fueron privados de estos últimos oficios, esto no es culpa de los vivos, pues no pudieron prestarlos; ni una aflicción para los muertos, pues no pueden sentir la pérdida.
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Pero, dicen, muchos cristianos fueron incluso llevados cautivos. Ciertamente, ésta sería una suerte lamentabilísima si pudieran ser llevados a algún lugar donde no pudieran hallar a su Dios. Pero también para esta calamidad ofrece gran consuelo la sagrada Escritura. Los tres jóvenes [] fueron cautivos; cautivo fue Daniel; cautivos fueron otros profetas: y Dios, el consolador, no les faltó. Y de igual manera no ha faltado a su pueblo en poder de una nación que, aunque bárbara, es sin embargo humana — Él, que no abandonó al profeta en el vientre de un monstruo. [] Estas cosas, ciertamente, son objeto de burla más que de crédito por parte de aquellos con quienes debatimos; aunque ellos creen lo que leen en sus propios libros: que Arión de Metimna, el famoso citarista, cuando fue arrojado por la borda, fue recibido sobre el lomo de un delfín y llevado a tierra. Pero aquella historia nuestra acerca del profeta Jonás es mucho más increíble — más increíble porque es más maravillosa, y más maravillosa porque es una mayor manifestación de poder.
De Régulo, en quien tenemos un ejemplo del sufrimiento voluntario del cautiverio por causa de la religión; el cual, sin embargo, no le aprovechó, aunque era adorador de los dioses
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Pero entre sus propios varones ilustres tienen un ejemplo nobilísimo de sufrimiento voluntario del cautiverio por obediencia a un escrúpulo religioso. Marco Atilio Régulo, general romano, era prisionero en manos de los cartagineses. Pero éstos, más ansiosos de canjear sus prisioneros con los romanos que de retenerlos, enviaron a Régulo como enviado especial junto con sus propios embajadores a negociar este canje, pero lo ataron antes con un juramento: que si no lograba cumplir su deseo, volvería a Cartago. Fue y persuadió al senado a tomar la decisión contraria, porque creyó que no convenía a la república romana hacer canje de prisioneros. Después de haber ejercido así su influencia, los romanos no lo obligaron a volver al enemigo; pero lo que había jurado lo cumplió voluntariamente. Pero los cartagineses le dieron muerte con refinadas, rebuscadas y horribles torturas. Lo encerraron en una caja estrecha, en la que se veía obligado a estar de pie, y en la que había clavos finamente afilados fijados por todas partes alrededor de él, de modo que no podía apoyarse en parte alguna sin un dolor intenso; y así lo mataron privándolo del sueño. Con justicia, ciertamente, aplauden la virtud que se elevó por encima de un destino tan espantoso. Sin embargo, los dioses por quienes juró eran aquellos de quienes ahora se supone que vengan la prohibición de su culto infligiendo estas calamidades presentes al género humano. Pero si estos dioses, que eran adorados especialmente para que pudieran conceder felicidad en esta vida, quisieron o permitieron que se infligieran estos castigos a uno que les guardó su juramento, ¿qué castigo más cruel podrían haber infligido, en su ira, a un perjuro? Pero ¿por qué no puedo sacar de mi razonamiento una doble consecuencia? Régulo ciertamente tenía tal reverencia por los dioses, que por causa de su juramento no quiso permanecer en su propia tierra ni ir a otra parte, sino que sin vacilar volvió a sus más acérrimos enemigos. Si pensó que este proceder le sería ventajoso respecto de esta vida presente, ciertamente se engañó mucho, pues llevó su vida a un final espantoso. Con su propio ejemplo, de hecho, enseñó que los dioses no aseguran la felicidad temporal de sus adoradores; pues él mismo, que estaba consagrado a su culto, fue vencido en batalla y hecho prisionero, y después, porque rehusó actuar en contra del juramento que les había hecho, fue torturado y muerto con un género de castigo nuevo, hasta entonces inaudito y del todo horrible. Y suponiendo que los adoradores de los dioses sean recompensados con felicidad en la vida futura, ¿por qué, entonces, calumnian la influencia del cristianismo? ¿Por qué afirman que este desastre ha caído sobre la ciudad porque ha dejado de adorar a sus dioses, cuando, por asiduamente que los adore, puede ser tan desdichada como lo fue Régulo? ¿O llevará alguien una ceguera tan asombrosa hasta el extremo de intentar desatinadamente, frente a la verdad evidente, sostener que, aunque un solo hombre pudiera ser desdichado aunque fuera adorador de los dioses, una ciudad entera no podría serlo? Es decir, que el poder de sus dioses está mejor adaptado para preservar a las multitudes que a los individuos, como si una multitud no estuviera compuesta de individuos.
Pero si dicen que M. Régulo, aun siendo prisionero y soportando estos tormentos corporales, pudo, no obstante, gozar de la bienaventuranza de un alma virtuosa, reconozcan entonces que esa misma verdadera virtud es aquella por la cual también puede ser bienaventurada una ciudad. Pues la bienaventuranza de una comunidad y la de un individuo manan de la misma fuente; porque una comunidad no es otra cosa que una colección armoniosa de individuos. De modo que, por ahora, no me interesa discutir qué clase de virtud poseyó Régulo; basta con que, por su nobilísimo ejemplo, se vean obligados a reconocer que los dioses no han de ser adorados por causa de las comodidades corporales o de las ventajas externas; pues él prefirió perder todas esas cosas antes que ofender a los dioses por quienes había jurado. Pero ¿qué podemos pensar de hombres que se glorían de tener un ciudadano así, pero temen tener una ciudad semejante a él? Si no temen esto, entonces reconozcan que una calamidad como la que sobrevino a Régulo puede también sobrevenir a una comunidad, aunque estén adorando a sus dioses tan diligentemente como él; y no echen ya más la culpa de sus desgracias al cristianismo. Pero, puesto que nuestra preocupación actual son aquellos cristianos que fueron hechos prisioneros, quienes toman ocasión de esta calamidad para denigrar nuestra santísima religión de un modo no menos imprudente que impudente, consideren esto y callen; pues si no fue oprobio para sus dioses que un adorador suyo escrupulosísimo, por guardarles el juramento, fuera privado de su tierra natal sin esperanza de hallar otra, cayera en manos de sus enemigos y fuera muerto con un tormento largo y exquisito, mucho menos debe achacarse al nombre cristiano el cautiverio de quienes creen en su poder, ya que ellos, en la esperanza confiada de una patria celestial, saben que son peregrinos incluso en sus propios hogares.
De la violación de las vírgenes consagradas y de otras cristianas, a la que fueron sometidas en el cautiverio y a la que su propia voluntad no dio consentimiento; y si esto contaminó sus almas
I, 16
Pero imaginan que presentan un cargo concluyente contra el cristianismo cuando agravan el horror del cautiverio añadiendo que no sólo mujeres casadas y doncellas solteras, sino incluso vírgenes consagradas, fueron violadas. Mas, en verdad, respecto de esto, no es la fe cristiana, ni la piedad, ni siquiera la virtud de la castidad, lo que se ve encerrado en dificultad alguna; la única dificultad es tratar el asunto de modo que se satisfagan a la vez el pudor y la razón. Y al discutirlo no nos cuidaremos tanto de responder a nuestros acusadores como de consolar a nuestros amigos. Establézcase, pues, en primer lugar, como posición inatacable, que la virtud que hace buena la vida tiene su trono en el alma, y desde allí gobierna los miembros del cuerpo, el cual se hace santo en virtud de la santidad de la voluntad; y que mientras la voluntad permanece firme e inquebrantable, nada que otra persona haga con el cuerpo, o sobre el cuerpo, es culpa de la persona que lo padece, en tanto no pueda evitarlo sin pecado. Pero como no sólo puede infligirse dolor, sino también satisfacerse la concupiscencia en el cuerpo de otro, siempre que tiene lugar algo de esta última clase, la vergüenza invade incluso a un espíritu enteramente puro del que no se ha apartado el pudor — vergüenza, no sea que aquel acto que no pudo padecerse sin algún placer sensual, sea creído cometido también con algún asentimiento de la voluntad.
I, 17
Y, por consiguiente, aun si algunas de estas vírgenes se mataron para evitar tal deshonra, ¿quién que tenga algún sentimiento humano se negaría a perdonarlas? Y en cuanto a las que no quisieron poner fin a sus vidas, para que no pareciera que escapaban del crimen de otro con un pecado propio, quien les imputa esto como una gran maldad no está él mismo libre de la falta de necedad. Pues si no es lícito tomarse la justicia por propia mano y dar muerte aun a un culpable, cuya muerte no ha autorizado sentencia pública alguna, entonces ciertamente quien se mata a sí mismo es homicida, y tanto más culpable de su propia muerte cuanto más inocente era de aquella ofensa por la cual se condenó a morir. ¿Acaso con justicia execramos la acción de Judas, y la verdad misma declara que, al ahorcarse, más bien agravó que expió la culpa de aquella traición tan inicua, puesto que, al desesperar de la misericordia de Dios en su tristeza que produjo muerte, no dejó para sí lugar alguno para una penitencia saludable? ¡Cuánto más debe abstenerse de poner violentamente las manos sobre sí quien nada ha hecho digno de tal castigo! Pues Judas, cuando se mató, mató a un hombre malvado; pero salió de esta vida cargando no sólo con la muerte de Cristo, sino con la suya propia: pues aunque se mató a causa de su crimen, el matarse fue otro crimen. ¿Por qué, entonces, un hombre que no ha hecho mal alguno habría de hacerse mal a sí mismo y, al matarse, matar al inocente para escapar del acto culpable de otro, y perpetrar contra sí un pecado propio, para que no se perpetre en él el pecado de otro?
De la violencia que puede hacerse al cuerpo por la lujuria de otro, mientras la mente permanece inviolada
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Pero ¿hay temor de que aun la lujuria de otro pueda manchar a la persona violada? No la manchará, si es de otro: si mancha, no es de otro, sino que es compartida también por la persona manchada. Pero puesto que la pureza es una virtud del alma, y tiene por compañera a la virtud de la fortaleza, que prefiere soportar todos los males antes que consentir en el mal; y puesto que nadie, por magnánimo y puro que sea, tiene siempre la disposición de su propio cuerpo, sino que sólo puede controlar el consentimiento y la negativa de su voluntad, ¿qué hombre cuerdo puede suponer que, si su cuerpo es apresado y usado por la fuerza para satisfacer la lujuria de otro, pierde con ello su pureza? Pues si la pureza puede destruirse así, entonces ciertamente la pureza no es virtud del alma; ni puede contarse entre los bienes con que se hace buena la vida, sino entre los bienes del cuerpo, en la misma categoría que la fuerza, la hermosura, la salud sana e intacta y, en fin, todos aquellos bienes que pueden disminuirse sin que disminuya en nada la bondad y rectitud de nuestra vida. Pero si la pureza no es nada mejor que éstos, ¿por qué habría de arriesgarse el cuerpo para que se conserve? Si, por el contrario, pertenece al alma, entonces ni siquiera cuando el cuerpo es violado se pierde. Más aún, la virtud de la santa continencia, cuando resiste la impureza de la lujuria carnal, santifica incluso el cuerpo, y por tanto, cuando esta continencia permanece indómita, se conserva incluso la santidad del cuerpo, porque permanece la voluntad de usarlo santamente y, en lo que toca al cuerpo mismo, también el poder.
Pues la santidad del cuerpo no consiste en la integridad de sus miembros, ni en que estén exentos de todo contacto; porque están expuestos a diversos accidentes que los violentan y hieren, y los cirujanos que administran alivio realizan a menudo operaciones que enferman al espectador. Supongamos que una comadrona ha destruido (ya sea por malicia, por accidente o por impericia) la virginidad de alguna joven, al intentar comprobarla: supongo que nadie es tan necio como para creer que, por esta destrucción de la integridad de un órgano, la virgen ha perdido algo siquiera de su santidad corporal. Y así, mientras el alma conserve esa firmeza de propósito que santifica incluso el cuerpo, la violencia hecha por la lujuria de otro no causa impresión alguna en esta santidad corporal, que se conserva intacta por la continencia persistente de la propia persona. Supongamos que una virgen viola el juramento que ha hecho a Dios y va al encuentro de su seductor con la intención de entregarse a él: ¿diremos que mientras va posee siquiera la santidad corporal, cuando ya ha perdido y destruido aquella santidad del alma que santifica el cuerpo? Lejos esté de nosotros aplicar mal así las palabras. Saquemos más bien esta conclusión: que mientras la santidad del alma permanece aun cuando el cuerpo es violado, la santidad del cuerpo no se pierde; y que, de manera semejante, la santidad del cuerpo se pierde cuando la santidad del alma es violada, aunque el cuerpo mismo permanezca intacto. Por tanto, una mujer que ha sido violada por el pecado de otro, y sin consentimiento alguno de su parte, no tiene causa para darse muerte; mucho menos tiene causa para suicidarse a fin de evitar tal violación, pues en ese caso comete un homicidio cierto para impedir un crimen que es todavía incierto y no suyo.
I, 19
Ésta es, pues, nuestra posición, y parece suficientemente clara. Sostenemos que cuando una mujer es violada sin que su alma admita consentimiento alguno a la iniquidad, sino que permanece inviolablemente casta, el pecado no es suyo, sino de aquel que la viola. Pero aquellos contra quienes hemos de defender no sólo las almas, sino también los cuerpos sagrados de estas cautivas cristianas ultrajadas, ¿acaso se atreven a disputar nuestra posición? Todos saben cuán ruidosamente ensalzan la pureza de Lucrecia, aquella noble matrona de la antigua Roma. Cuando el hijo del rey Tarquino hubo violado su cuerpo, ella dio a conocer la maldad de aquel joven libertino a su esposo Colatino y a Bruto, su pariente, hombres de alto rango y llenos de valor, y los obligó con juramento a vengarla. Entonces, enferma el corazón e incapaz de soportar la vergüenza, puso fin a su vida. ¿Cómo la llamaremos? ¿Adúltera o casta? No hay duda de cuál fue. No con más felicidad que verdad dijo un declamador de este triste suceso: «He aquí un prodigio: eran dos, y sólo uno cometió adulterio.» Dicho con la mayor fuerza y verdad. Pues este declamador, viendo en la unión de los dos cuerpos la sucia lujuria del uno y la casta voluntad de la otra, y atendiendo no al contacto de los miembros corporales, sino a la gran diversidad de sus almas, dice: «Eran dos, pero el adulterio fue cometido solamente por uno.»
Pero, ¿cómo es que la que no fue partícipe del crimen soporta el castigo más grave de los dos? Pues el adúltero sólo fue desterrado junto con su padre; ella sufrió la pena extrema. Si aquello no fue impureza por la que fue forzada contra su voluntad, entonces esto no es justicia por la que ella, siendo casta, es castigada. A vosotros apelo, leyes y jueces de Roma. Aun después de perpetrarse grandes atrocidades, no permitís que el criminal sea muerto sin ser juzgado. Si, pues, alguien llevara a vuestro tribunal este caso, y os probara que una mujer no sólo no juzgada, sino casta e inocente, había sido muerta, ¿no castigaríais al homicida con una pena proporcionalmente severa? Este crimen fue cometido por Lucrecia; aquella Lucrecia tan celebrada y alabada mató a la inocente, casta y ultrajada Lucrecia. Pronunciad sentencia. Pero si no podéis, porque no aparece nadie a quien podáis castigar, ¿por qué ensalzáis con alabanza tan desmedida a quien mató a una mujer inocente y casta? Ciertamente os resultará imposible defenderla ante los jueces de los reinos inferiores, si son tales como vuestros poetas gustan de representarlos; pues ella está entre aquellos
Que, inocentes, se enviaron a sí mismos a la perdición,
Y todo por el hastío del día,
En su locura arrojaron sus vidas.
Y si ella con los otros desea volver,
El destino cierra el paso: en torno a su morada
Las lentas aguas sin gracia se arrastran,
Y atan con cadena de nueve vueltas.
Y todo por el hastío del día,
En su locura arrojaron sus vidas.
Y si ella con los otros desea volver,
El destino cierra el paso: en torno a su morada
Las lentas aguas sin gracia se arrastran,
Y atan con cadena de nueve vueltas.
¿O quizá no está allí, porque se mató consciente de culpa, no de inocencia? Sólo ella misma conoce su razón; pero ¿qué si fue traicionada por el placer del acto, y dio algún consentimiento a Sexto, aunque la forzaba tan violentamente, y luego fue presa de tal remordimiento que pensó que sólo la muerte podía expiar su pecado? Aun cuando así fuera, debería haberse abstenido de suicidarse, si con sus falsos dioses hubiera podido lograr un arrepentimiento fructífero. Sin embargo, si tal fuera el estado del caso, y si fuera falso que eran dos y sólo uno cometió adulterio; si la verdad fuera que ambos estuvieron implicados, uno por asalto abierto, la otra por consentimiento secreto, entonces no mató a una mujer inocente; y por tanto sus eruditos defensores pueden sostener que no está entre aquella clase de los moradores inferiores «que, inocentes, se enviaron a sí mismos a la perdición.» Pero este caso de Lucrecia está en tal dilema que, si atenuáis el homicidio, confirmáis el adulterio; si la absolvéis del adulterio, hacéis más grave la acusación de homicidio; y no hay salida del dilema cuando uno pregunta: Si fue adúltera, ¿por qué alabarla? Si casta, ¿por qué matarla?
No obstante, para nuestro propósito de refutar a quienes son incapaces de comprender qué es la verdadera santidad y que por eso insultan a nuestras mujeres cristianas ultrajadas, basta que en el caso de esta noble matrona romana se dijera en su alabanza: «Eran dos, pero el adulterio fue el crimen de uno solo.» Pues se creía con confianza que Lucrecia estaba por encima de la contaminación de todo pensamiento consentidor del adulterio. Y, por consiguiente, puesto que se mató por haber sido sometida a un ultraje en el que no tuvo parte culpable alguna, es evidente que este acto suyo no fue impulsado por el amor a la pureza, sino por la carga abrumadora de su vergüenza. Se avergonzaba de que se hubiera perpetrado en ella un crimen tan infame, aunque sin que ella lo secundara; y esta matrona, con el amor romano a la gloria en las venas, fue presa de un temor soberbio de que, si seguía viviendo, se supusiera que voluntariamente no resentía la injuria que se le había hecho. No podía exhibir ante los hombres su conciencia, pero juzgó que su castigo autoinfligido atestiguaría su estado de ánimo; y ardía de vergüenza al pensar que su paciente tolerancia del vil ultraje que otro le había hecho fuese interpretada como complicidad con él. No fue ésa la decisión de las mujeres cristianas que sufrieron como ella y, sin embargo, sobreviven. Rehusaron vengar en sí mismas la culpa de otros, y añadir así crímenes propios a aquellos crímenes en los que no tuvieron parte. Pues eso habrían hecho si su vergüenza las hubiera impulsado al homicidio, del mismo modo que la lujuria de sus enemigos las había impulsado al adulterio. Dentro de sus propias almas, en el testimonio de su propia conciencia, gozan de la gloria de la castidad. También a los ojos de Dios son tenidas por puras, y esto les basta; no piden más: les basta tener ocasión de hacer el bien, y rehúsan eludir la angustia de la sospecha humana, no sea que con ello se desvíen de la ley divina.
Comentario editorial · Lucrecia
Según la tradición romana, Lucrecia, noble matrona, fue violada por Sexto Tarquinio, hijo del último rey, y su suicidio provocó la rebelión que acabó con la monarquía (hacia 510 a. C.). Wikipedia advierte de que no hay fuentes contemporáneas: el relato viene de Livio y de Dionisio de Halicarnaso, unos quinientos años después, y hoy se considera mitohistoria. Agustín la usa contra los paganos que ensalzan su pureza y desprecian a las cristianas violadas en 410: si era casta, mataron a una inocente; si adúltera, no cabía alabarla (I, 19). Su tesis es que quien es violada sin consentimiento no peca, y el pecado es de quien la viola.
Para ampliar: Lucretia (Wikipedia (en)).
Capítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
I, 20
No carece de significado que en ningún pasaje de los libros canónicos sagrados pueda hallarse precepto divino ni permiso para quitarnos la propia vida, ya sea para entrar en el disfrute de la inmortalidad, ya para rehuir o librarnos de cualquier cosa. Antes bien, la ley, rectamente interpretada, prohíbe incluso el suicidio, cuando dice: «No matarás.» Esto se prueba especialmente por la omisión de las palabras «tu prójimo,» que se insertan cuando se prohíbe el falso testimonio: «No dirás falso testimonio contra tu prójimo.» Y no por eso ha de suponer nadie que no ha quebrantado este mandamiento si ha dado falso testimonio sólo contra sí mismo. Pues el amor al prójimo se regula por el amor a nosotros mismos, como está escrito: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Si, pues, quien hace declaraciones falsas acerca de sí mismo no es menos culpable de falso testimonio que si las hubiera hecho en perjuicio de su prójimo; aunque en el mandamiento que prohíbe el falso testimonio sólo se menciona al prójimo, y las personas que no se toman la molestia de entenderlo podrían suponer que a un hombre se le permitía ser falso testigo en su propio perjuicio; ¡con cuánta mayor razón hemos de entender que un hombre no puede matarse a sí mismo, ya que en el mandamiento, «No matarás,» no se añade limitación alguna ni se hace excepción alguna en favor de nadie, y menos aún en favor de aquel sobre quien recae el mandato! Y así, algunos intentan extender este mandamiento incluso a las bestias y al ganado, como si nos prohibiera quitar la vida a cualquier criatura. Pero si es así, ¿por qué no extenderlo también a las plantas y a todo lo que está arraigado en la tierra y se nutre de ella? Pues aunque esta clase de criaturas no tiene sensación, también se dice que viven y, por consiguiente, pueden morir; y, por tanto, si se les hace violencia, pueden ser muertas. Así también el apóstol, hablando de las semillas de tales cosas, dice: «Lo que siembras no recibe vida si no muere;» y en el Salmo se dice: «Mató sus viñas con granizo.» ¿Hemos de considerar, por tanto, que arrancar una flor es quebrantar este mandamiento, «No matarás»? ¿Hemos de apoyar así insensatamente el necio error de los maniqueos? Dejando, pues, de lado estos delirios, si, cuando decimos "No matarás", no entendemos esto de las plantas, puesto que no tienen sensación, ni de los animales irracionales que vuelan, nadan, caminan o se arrastran, puesto que están disociados de nosotros por su falta de razón, y por tanto, por justa disposición del Creador, están sujetos a nosotros para matarlos o mantenerlos vivos según nuestros usos; si es así, entonces queda que entendamos ese mandamiento simplemente del hombre. El mandamiento es: «No matarás al hombre;» por tanto, ni a otro ni a ti mismo, pues quien se mata a sí mismo no mata sino a un hombre.
I, 21
Sin embargo, la autoridad divina establece algunas excepciones a su propia ley, para que no se dé muerte a hombres. Estas excepciones son de dos clases, y están justificadas por una ley general o por un encargo especial concedido por un tiempo a algún individuo. Y en este último caso, aquel a quien se delega la autoridad, y que no es sino la espada en la mano de quien la usa, no es él mismo responsable de la muerte que causa. Y, por consiguiente, quienes han guerreado en obediencia al mandato divino, o de conformidad con sus leyes, han representado en sus personas la justicia pública o la sabiduría del gobierno, y en esa capacidad han dado muerte a hombres malvados; tales personas de ningún modo han violado el mandamiento, «No matarás.» Abraham, ciertamente, no fue considerado meramente inocente de crueldad, sino que fue incluso aplaudido por su piedad, porque estuvo dispuesto a degollar a su hijo en obediencia a Dios, no a su propia pasión. Y con razón se plantea la cuestión de si hemos de estimar que fue en cumplimiento de un mandato de Dios que Jefté mató a su hija, porque ella le salió al encuentro cuando él había hecho voto de sacrificar a Dios lo primero que le saliera al paso al volver victorioso de la batalla. También Sansón, que derribó la casa sobre sí mismo y sobre sus enemigos juntamente, es justificado sólo por esta razón: que el Espíritu que obraba prodigios por medio de él le había dado instrucciones secretas para hacerlo. Con la excepción, pues, de estas dos clases de casos, que están justificados ya por una ley justa que se aplica generalmente, ya por una intimación especial de Dios mismo, fuente de toda justicia, quien mata a un hombre, sea a sí mismo o a otro, queda implicado en la culpa de homicidio.
I, 22
Pero quienes han puesto violentamente las manos sobre sí mismos quizá deban ser admirados por su grandeza de alma, aunque no se les pueda aplaudir por la solidez de su juicio. Sin embargo, si se examina el asunto más de cerca, difícilmente se llamará grandeza de alma a lo que impulsa a un hombre a matarse antes que soportar algunas adversidades de la fortuna, o pecados en los que no está implicado. ¿No es más bien prueba de un ánimo débil no poder soportar ni los dolores de la servidumbre corporal ni la necia opinión del vulgo? ¿Y no ha de declararse mayor el ánimo que afronta antes que huye los males de la vida, y que, en comparación con la luz y pureza de la conciencia, tiene en poco el juicio de los hombres, y especialmente el del vulgo, que con frecuencia está envuelto en niebla de error? Y, por tanto, si el suicidio ha de estimarse un acto magnánimo, nadie puede ocupar un rango más alto de magnanimidad que aquel Cleómbroto, quien, según cuenta la historia, después de leer el libro de Platón en que trata de la inmortalidad del alma, se arrojó desde un muro y así pasó de esta vida a aquella que creía mejor. Pues no lo acosaba la calamidad, ni acusación alguna, falsa o verdadera, que no hubiera podido sobrellevar muy bien; no hubo, en suma, otro motivo que la sola magnanimidad que lo urgía a buscar la muerte y a librarse de la dulce detención de esta vida. Y, sin embargo, que esto fue una acción magnánima más bien que justificable, se lo habría dicho el propio Platón, a quien él había leído; pues ciertamente se habría apresurado a cometer, o al menos a recomendar, el suicidio, si el mismo intelecto brillante que vio que el alma era inmortal no hubiera discernido también que buscar la inmortalidad mediante el suicidio debía más bien prohibirse que alentarse.
Además, se dice que muchos se han quitado la vida para impedir que un enemigo lo hiciera. Pero no preguntamos si se ha hecho, sino si debió hacerse. El juicio recto ha de preferirse incluso a los ejemplos, y en verdad los ejemplos armonizan con la voz de la razón; pero no todos los ejemplos, sino sólo aquellos que se distinguen por su piedad y son proporcionalmente dignos de imitación. Para el suicidio no podemos citar el ejemplo de los patriarcas, los profetas o los apóstoles; aunque nuestro Señor Jesucristo, cuando les amonestó a huir de ciudad en ciudad si eran perseguidos, muy bien pudo aprovechar aquella ocasión para aconsejarles que pusieran violentamente las manos sobre sí mismos y escaparan así de sus perseguidores. Pero, puesto que no hizo esto, ni propuso este modo de dejar esta vida, aunque se dirigía a sus propios amigos, a quienes había prometido preparar moradas eternas, es evidente que tales ejemplos como los que se toman de las «naciones que olvidan a Dios,» no dan justificación de imitación a los adoradores del único Dios verdadero.
Qué hemos de pensar del ejemplo de Catón, que se dio muerte por no poder soportar la victoria de César
I, 23
Además de Lucrecia, de quien ya se ha dicho bastante, nuestros defensores del suicidio encuentran cierta dificultad en hallar otro ejemplo prescriptivo, a no ser el de Catón, que se mató en Útica. Se apela a su ejemplo, no porque fuera el único que lo hizo, sino porque fue tan estimado como hombre docto y excelente que podía sostenerse plausiblemente que lo que hizo era y es algo bueno de hacer. Pero de esta acción suya, ¿qué puedo decir sino que sus propios amigos, hombres tan esclarecidos como él, lo disuadieron prudentemente, y por tanto juzgaron que su acto fue propio de un espíritu débil más que fuerte, y dictado no por un sentimiento honroso que se anticipa a la deshonra, sino por una debilidad que retrocede ante las penalidades? En efecto, Catón se condena a sí mismo por el consejo que dio a su hijo amadísimo. Pues si era una deshonra vivir bajo el poder de César, ¿por qué el padre empujó al hijo a esa deshonra, alentándolo a confiar absolutamente en la generosidad de César? ¿Por qué no lo persuadió a morir junto con él? Si se aplaudió a Torcuato por dar muerte a su hijo cuando, contra las órdenes, había trabado combate, y con éxito, contra el enemigo, ¿por qué Catón vencido perdonó a su hijo vencido, aunque no se perdonó a sí mismo? ¿Era más deshonroso ser vencedor contra las órdenes que someterse a un vencedor contra las ideas recibidas del honor? Catón, pues, no pudo considerar vergonzoso vivir bajo el poder de César; porque si lo hubiera considerado así, la espada del padre habría librado a su hijo de esa deshonra. La verdad es que su hijo, del que esperaba y deseaba que César lo perdonara, no era más amado por él que envidiada a César la gloria de perdonarlo, como, en efecto, se dice que el propio César declaró; o si envidia es una palabra demasiado fuerte, digamos que se avergonzaba de que esa gloria fuera suya.
Que en aquella virtud en la que Régulo supera a Catón, los cristianos se distinguen de modo eminente
I, 24
Nuestros adversarios se ofenden de que prefiramos a Catón el santo Job, que soportó males terribles en su cuerpo antes que librarse de todo tormento mediante una muerte autoinfligida; o a otros santos, de quienes se registra en nuestros libros autorizados y dignos de confianza que soportaron la cautividad y la opresión de sus enemigos antes que cometer suicidio. Pero sus propios libros nos autorizan a preferir a Marco Catón, Marco Régulo. Pues Catón nunca había vencido a César; y, vencido por él, desdeñó someterse a él, y para escapar a esta sumisión se dio muerte. Régulo, por el contrario, había vencido antes a los cartagineses y, al mando del ejército de Roma, había ganado para la república romana una victoria que ningún ciudadano podía lamentar y que el propio enemigo se vio obligado a admirar; sin embargo, después, cuando a su vez fue derrotado por ellos, prefirió ser su cautivo antes que ponerse fuera de su alcance mediante el suicidio. Paciente bajo la dominación de los cartagineses y constante en su amor a los romanos, ni privó a los unos de su cuerpo vencido ni a los otros de su espíritu invicto. Y no fue el amor a la vida lo que le impidió matarse. Esto lo indicó con bastante claridad al regresar sin vacilar, a causa de su promesa y juramento, a los mismos enemigos a quienes había provocado más gravemente con sus palabras en el senado que incluso con sus armas en la batalla. Teniendo tal desprecio de la vida, y prefiriendo acabarla con cualesquiera tormentos que enemigos exasperados pudieran maquinar antes que terminarla por su propia mano, no pudo haber declarado más distintamente cuán gran crimen juzgaba que era el suicidio. Entre todos sus ciudadanos famosos y notables, los romanos no tienen mejor hombre de quien gloriarse que éste, que ni fue corrompido por la prosperidad, pues siguió siendo muy pobre tras ganar tales victorias, ni quebrantado por la adversidad, pues regresó intrépido al fin más miserable. Pero si los héroes más valientes y renombrados, que sólo tenían una patria terrena que defender y que, aunque sólo tenían dioses falsos, les rendían un culto verdadero y guardaban cuidadosamente su juramento; si estos hombres, que por costumbre y derecho de la guerra pasaban a espada a los enemigos vencidos, rehuían poner fin a sus propias vidas incluso cuando eran vencidos por sus enemigos; si, aunque no tenían ningún temor a la muerte, preferían sufrir la esclavitud antes que cometer suicidio, ¡cuánto más deben rehuir este acto los cristianos, adoradores del Dios verdadero y aspirantes a una ciudadanía celestial, si por providencia de Dios han sido entregados por un tiempo en manos de sus enemigos para probarlos o corregirlos! Y ciertamente, los cristianos sometidos a esta condición humillante no serán abandonados por el Altísimo, que por ellos se humilló. Ni deben olvidar que no están obligados por ley alguna de la guerra ni por órdenes militares a pasar a espada ni siquiera a un enemigo vencido; y si un hombre no puede dar muerte al enemigo que ha pecado o que aún puede pecar contra él, ¿quién es tan insensato como para sostener que puede matarse porque un enemigo ha pecado o va a pecar contra él?
I, 25
Pero, se nos dice, hay motivo para temer que, cuando el cuerpo quede sometido a la lujuria del enemigo, el placer insidioso de los sentidos arrastre al alma a consentir el pecado, y deben darse pasos para impedir resultado tan desastroso. ¿Y no es el suicidio el modo adecuado de impedir no sólo el pecado del enemigo, sino el pecado del cristiano así seducido? Ahora bien, en primer lugar, el alma que es guiada por Dios y su sabiduría, más bien que por la concupiscencia corporal, ciertamente nunca consentirá al deseo excitado en su propia carne por la lujuria ajena. Y, en todo caso, si es verdad, como la verdad declara claramente, que el suicidio es una maldad detestable y condenable, ¿quién es tan necio como para decir: Pequemos ahora, para evitar un posible pecado futuro; cometamos ahora asesinato, no sea que quizá después cometamos adulterio? Si estamos tan dominados por la iniquidad que la inocencia queda fuera de cuestión, y a lo sumo sólo podemos elegir entre pecados, ¿no es preferible un adulterio futuro e incierto a un asesinato presente y cierto? ¿No es mejor cometer una maldad que la penitencia puede sanar, que un crimen que no deja lugar para la contrición que cura? Digo esto por causa de aquellos hombres o mujeres que temen ser arrastrados a consentir la lujuria de su violador y piensan que deben poner violentamente las manos sobre sí mismos, y así impedir no el pecado de otro, sino el suyo propio. Pero lejos esté de la mente del cristiano que confía en Dios y descansa en la esperanza de su auxilio; lejos esté, digo, de tal mente ceder un consentimiento vergonzoso a los placeres de la carne, comoquiera que se presenten. Y si esa desobediencia concupiscente, que aún habita en nuestros miembros mortales, sigue su propia ley con independencia de nuestra voluntad, ciertamente sus movimientos en el cuerpo de quien se rebela contra ellos son tan inocentes como sus movimientos en el cuerpo de quien duerme.
I, 26
Pero, dicen, en tiempo de persecución algunas mujeres santas escaparon de quienes las amenazaban con ultrajes arrojándose a ríos que sabían que las ahogarían; y habiendo muerto de esta manera, son veneradas en la Iglesia católica como mártires. De tales personas no presumo hablar a la ligera. No puedo decir si la Iglesia no habrá recibido alguna autoridad divina, probada por testimonios dignos de confianza, para honrar así su memoria: puede ser que así sea. Puede que no fueran engañadas por el juicio humano, sino impulsadas por la sabiduría divina a su acto de autodestrucción. Sabemos que éste fue el caso de Sansón. Y cuando Dios ordena algún acto e indica con evidencia clara que lo ha ordenado, ¿quién llamará criminal a la obediencia? ¿Quién acusará sumisión tan religiosa? Pero no todo hombre queda justificado por sacrificar a su hijo a Dios, porque Abrahán fuera digno de elogio al hacerlo. El soldado que ha matado a un hombre en obediencia a la autoridad bajo la cual está legítimamente comisionado no es acusado de asesinato por ley alguna de su estado; es más, si no lo ha matado, entonces es acusado de traición al estado y de despreciar la ley. Pero si ha actuado por su propia autoridad y por su propio impulso, en este caso ha incurrido en el crimen de derramar sangre humana. Y así es castigado por hacer sin órdenes aquello mismo que es castigado por dejar de hacer cuando ha recibido la orden. Si las órdenes de un general suponen una diferencia tan grande, ¿no supondrán ninguna las órdenes de Dios? Quien, pues, sabe que es ilícito matarse, puede sin embargo hacerlo si se lo ordena Aquel cuyas órdenes no debemos descuidar. Sólo que ha de estar muy seguro de que la orden divina ha sido manifestada. En cuanto a nosotros, sólo podemos conocer los secretos de la conciencia en la medida en que se nos revelan, y sólo en esa medida juzgamos: «Nadie conoce las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él.» [] Pero esto afirmamos, esto sostenemos, esto declaramos justo en todos los sentidos: que ningún hombre debe infligirse a sí mismo la muerte voluntaria, porque esto es escapar de los males del tiempo precipitándose en los de la eternidad; que ningún hombre debe hacerlo a causa de los pecados de otro, porque esto sería escapar de una culpa que no podía mancharlo incurriendo en una gran culpa propia; que ningún hombre debe hacerlo a causa de sus propios pecados pasados, pues tanto más necesita de esta vida para que esos pecados sean sanados por la penitencia; que ningún hombre debe poner fin a esta vida para obtener aquella vida mejor que esperamos después de la muerte, pues quienes mueren por su propia mano no tienen después de la muerte una vida mejor.
I, 27
Queda una razón para el suicidio que mencioné antes y que se considera sólida: a saber, impedir que uno caiga en pecado, ya sea por los halagos del placer o por la violencia del dolor. Si esta razón fuera buena, entonces nos veríamos impulsados a exhortar a los hombres a destruirse de inmediato, apenas han sido lavados en el baño de la regeneración y han recibido el perdón de todos los pecados. Entonces es el momento de escapar a todo pecado futuro, cuando todo pecado pasado ha sido borrado. Y si esta huida se asegura legítimamente mediante el suicidio, ¿por qué no entonces especialmente? ¿Por qué alguien bautizado detiene su mano de quitarse la vida? ¿Por qué alguien que se ha librado de los azares de esta vida vuelve a exponerse a ellos, teniendo poder tan fácilmente de librarse de todos ellos, y estando escrito, «El que ama el peligro caerá en él?» [] ¿Por qué ama, o al menos afronta, tantos y tan graves peligros, permaneciendo en esta vida de la que legítimamente puede partir? Pero ¿hay alguien tan cegado y torcido en su naturaleza moral, y tan extraviado de la verdad, que piense que, aunque un hombre debe acabar consigo mismo por temor a ser llevado al pecado por la opresión de un solo hombre, su amo, debería sin embargo seguir viviendo y exponerse así a las tentaciones de cada hora de este mundo, tanto a todos los males que implica la opresión de un amo como a innumerables otras miserias en las que esta vida nos envuelve inevitablemente? ¿Qué razón hay, entonces, para que consumamos tiempo en aquellas exhortaciones con las que buscamos animar a los bautizados, ya sea a la castidad virginal, a la continencia viudal o a la fidelidad conyugal, cuando tenemos un método mucho más simple y compendioso de liberación del pecado, persuadiendo a los recién salidos del bautismo a que pongan fin a sus vidas y pasen así a su Señor puros y bien dispuestos? Si alguien piensa que debe intentarse tal persuasión, no digo que sea necio, sino loco. ¿Con qué cara, pues, puede decir a cualquier hombre: «Mátate, no sea que a tus pecados pequeños añadas un pecado atroz, mientras vives bajo un amo impúdico, cuya conducta es la de un bárbaro?» ¿Cómo puede decir esto, si no puede sin maldad decir: «Mátate, ahora que estás lavado de todos tus pecados, no sea que caigas de nuevo en pecados semejantes o incluso agravados, mientras vives en un mundo que tiene tanto poder para seducir con sus placeres impuros, para atormentar con sus crueldades horribles, para vencer con sus errores y terrores?» Es malvado decir esto; por tanto, es malvado matarse. Pues si pudiera haber alguna causa justa de suicidio, ésta lo sería. Y puesto que ni siquiera ésta lo es, no hay ninguna.