XXI, 2
¿Qué, pues, puedo aducir para convencer a quienes se niegan a creer que los cuerpos humanos, animados y vivos, no solo pueden sobrevivir a la muerte, sino también durar en los tormentos de fuegos eternos? No nos permitirán referir esto simplemente al poder del Todopoderoso, sino que exigen que los persuadamos con algún ejemplo. Si, pues, les respondemos que hay animales que ciertamente son corruptibles, porque son mortales, y que sin embargo viven en medio de las llamas; e igualmente, que en manantiales de agua tan caliente que nadie puede meter la mano en ellos sin daño se encuentra una especie de gusano, que no solo vive allí, sino que no puede vivir en otra parte; ellos o bien se niegan a creer estos hechos a menos que podamos mostrárselos, o, si estamos en condiciones de probarlos por demostración ocular o por testimonio adecuado, sostienen, con el mismo escepticismo, que estos hechos no son ejemplos de lo que tratamos de probar, en cuanto que estos animales no viven para siempre, y además viven en aquel ardor sin dolor, siendo el elemento del fuego congenial a su naturaleza, y haciéndoles prosperar y no sufrir—como si no fuera más increíble que prosperen que que sufran en tales circunstancias. Es extraño que algo sufra en el fuego y sin embargo viva, pero más extraño que viva en el fuego y no sufra. Si, pues, se cree esto último, ¿por qué no también lo primero?
XXI, 3
Pero, dicen, no hay cuerpo que pueda sufrir y no pueda también morir. ¿Cómo sabemos esto? Pues ¿quién puede decir con certeza que los demonios no sufren en sus cuerpos, cuando confiesan que son gravemente atormentados? Y si se responde que no hay cuerpo terreno — es decir, ningún cuerpo sólido y perceptible, o, en una palabra, ninguna carne — que pueda sufrir y no pueda morir, ¿no es esto decirnos solo lo que los hombres han sacado de la experiencia y de sus sentidos corporales? Pues ellos ciertamente no conocen otra carne que la mortal; y todo su argumento es este: que lo que no han experimentado lo juzgan del todo imposible. Porque no podemos llamar razonamiento a convertir el dolor en presunción de muerte, cuando, de hecho, es más bien señal de vida. Pues aunque se cuestione si lo que sufre puede seguir viviendo para siempre, es cierto que todo lo que sufre dolor vive, y que el dolor solo puede existir en un sujeto vivo. Es necesario, por tanto, que el que padece dolor esté vivo; no es necesario que el dolor lo mate; porque no todo dolor mata ni siquiera a estos cuerpos mortales nuestros destinados a morir. Y el que algún dolor los mate se debe a la circunstancia de que el alma está tan unida al cuerpo que sucumbe al gran dolor y se retira; pues la estructura de nuestros miembros y partes vitales es tan débil que no puede resistir esa violencia que causa grande o extrema agonía. Pero en la vida futura esta unión del alma y del cuerpo es de tal índole que, así como no se disuelve por ningún transcurso de tiempo, tampoco es desgarrada por ningún dolor. Y así, aunque sea verdad que en este mundo no hay carne que pueda sufrir dolor y sin embargo no pueda morir, en el mundo futuro habrá carne como ahora no la hay, como habrá también muerte como ahora no la hay. Pues la muerte no será abolida, sino que será eterna, ya que el alma no podrá ni gozar de Dios y vivir, ni morir y escapar de los dolores del cuerpo. La primera muerte arroja al alma del cuerpo contra su voluntad; la segunda muerte retiene al alma en el cuerpo contra su voluntad. Las dos tienen esto en común: que el alma sufre contra su voluntad lo que su propio cuerpo le inflige.
Nuestros adversarios también dan mucha importancia a esto: que en este mundo no hay carne que pueda sufrir dolor y no pueda morir; mientras que no dan ninguna al hecho de que hay algo que es mayor que el cuerpo. Pues el espíritu, cuya presencia anima y rige el cuerpo, puede a la vez sufrir dolor y no morir. He aquí, pues, algo que, aunque puede sentir dolor, es inmortal. Y esta capacidad, que ahora vemos en el espíritu de todos, estará después en los cuerpos de los condenados. Además, si atendemos al asunto un poco más de cerca, vemos que lo que se llama dolor corporal más bien debe atribuirse al alma. Pues es el alma, no el cuerpo, la que padece dolor, aun cuando el dolor se origine en el cuerpo: el alma siente dolor en el punto donde el cuerpo es herido. Así como, pues, hablamos de cuerpos que sienten y viven, aunque el sentir y el vivir del cuerpo provienen del alma, así también hablamos de cuerpos que padecen dolor, aunque ningún dolor puede ser sufrido por el cuerpo aparte del alma. El alma, pues, padece con el cuerpo en aquella parte donde algo ocurre para herirlo; y padece sola, aunque esté en el cuerpo, cuando alguna causa invisible la aflige, mientras el cuerpo está sano y salvo. Aun cuando no está asociada al cuerpo, padece; pues ciertamente aquel rico sufría en el infierno cuando gritó, «Estoy atormentado en esta llama.» [] Pero en cuanto al cuerpo, no sufre dolor alguno cuando está sin alma; y aun animado, solo puede sufrir por el sufrimiento del alma. Si, por tanto, pudiéramos sacar una justa presunción de la existencia del dolor a la de la muerte, y concluir que donde puede sentirse dolor puede ocurrir muerte, la muerte sería más bien propiedad del alma, pues a ella pertenece más peculiarmente el dolor. Pero, viendo que lo que más sufre no puede morir, ¿qué razón hay para suponer que esos cuerpos, por estar destinados a sufrir, están, por tanto, destinados a morir? Los platónicos ciertamente sostuvieron que estos cuerpos terrenos y miembros mortales daban origen a los temores, deseos, penas y alegrías del alma. «De ahí,» dice Virgilio (es decir, de estos cuerpos terrenos y miembros mortales),
De ahí los deseos fieros y los temores rastreros,
Y la risa humana, las lágrimas humanas.
Y la risa humana, las lágrimas humanas.
Pero en el libro decimocuarto de esta obra hemos probado que, según la propia teoría de los platónicos, las almas, aun purgadas de toda contaminación del cuerpo, están todavía poseídas por un deseo monstruoso de volver otra vez a sus cuerpos. Pero donde puede existir el deseo, ciertamente puede existir también el dolor; pues el deseo frustrado, ya sea por no alcanzar lo que busca o por perder lo que había logrado, se convierte en dolor. Y, por tanto, si el alma, que es o el único o el principal sujeto que sufre, tiene sin embargo una especie de inmortalidad propia, es inconsecuente decir que, porque los cuerpos de los condenados sufrirán dolor, por tanto morirán. En fin, si el cuerpo hace sufrir al alma, ¿por qué no puede el cuerpo causar tanto la muerte como el sufrimiento, sino porque no se sigue que lo que causa dolor cause también muerte? ¿Y por qué, entonces, es increíble que estos fuegos puedan causar dolor pero no muerte a esos cuerpos de los que hablamos, así como los cuerpos mismos causan dolor, pero no por ello muerte, a las almas? El dolor, por tanto, no es presunción necesaria de muerte.
Ejemplos de la naturaleza que prueban que los cuerpos pueden permanecer sin consumirse y vivos en el fuego
XXI, 4
Si, pues, la salamandra vive en el fuego, como han registrado los naturalistas, y si ciertos montes famosos de Sicilia han estado continuamente en llamas desde la más remota antigüedad hasta ahora, y sin embargo permanecen enteros, estos son ejemplos suficientemente convincentes de que no todo lo que arde se consume. Como también el alma es prueba de que no todo lo que puede sufrir dolor puede morir, ¿por qué entonces exigen todavía que produzcamos ejemplos reales para probar que no es increíble que los cuerpos de los hombres condenados al castigo eterno puedan retener su alma en el fuego, arder sin consumirse y sufrir sin perecer? Pues se comunicarán propiedades adecuadas a la sustancia de la carne por Aquel que ha dotado a las cosas que vemos de propiedades tan maravillosas y diversas, que su misma multitud impide nuestra admiración. Pues ¿quién sino Dios, Creador de todas las cosas, ha dado a la carne del pavo real su propiedad antiséptica? Esta propiedad, cuando la oí por primera vez, me pareció increíble; pero sucedió en Cartago que un ave de esta especie fue cocida y servida a mí, y, tomando una tajada adecuada de carne de su pechuga, mandé que se guardara; y cuando se hubo guardado tantos días cuantos bastan para que cualquier otra carne hieda, fue sacada y puesta ante mí, y no despedía olor desagradable alguno. Y después de haber estado guardada treinta días y más, seguía en el mismo estado; y un año después, lo mismo aún, salvo que estaba un poco más arrugada y seca. ¿Quién dio a la paja tal poder de enfriar que conserva la nieve enterrada debajo de ella, y tal poder de calentar que madura los frutos verdes?
Pero ¿quién puede explicar las extrañas propiedades del fuego mismo, que ennegrece todo lo que quema, aunque él mismo es brillante; y que, aunque de los colores más hermosos, descolora casi todo lo que toca y de lo que se alimenta, y convierte el combustible llameante en cenizas sucias? Sin embargo, esto no se establece como ley absolutamente uniforme; pues, por el contrario, las piedras cocidas en el fuego incandescente también brillan ellas mismas, y aunque el fuego sea más bien de color rojo, y ellas blancas, sin embargo lo blanco es congruente con la luz, y lo negro con las tinieblas. Así, aunque el fuego quema la madera al calcinar las piedras, estos efectos contrarios no resultan de la contrariedad de los materiales. Pues aunque la madera y la piedra difieren, no son contrarios, como lo negro y lo blanco, uno de cuyos colores se produce en las piedras, mientras el otro se produce en la madera por la misma acción del fuego, que imparte su propia brillantez a la primera, mientras ennegrece a la última, y que no podría tener efecto sobre la una si no se alimentara de la otra. Luego, ¡qué propiedades maravillosas hallamos en el carbón, que es tan quebradizo que un golpe ligero lo rompe y una leve presión lo pulveriza, y sin embargo es tan fuerte que ninguna humedad lo pudre, ni tiempo alguno lo hace decaer! Tan duradero es, que es costumbre al colocar mojones poner carbón debajo de ellos, para que si, después del más largo intervalo, alguien entabla una acción y alega que no hay piedra de límite, pueda ser convicto por el carbón que está debajo. ¿Qué, pues, le ha permitido durar tanto tiempo sin pudrirse, aunque enterrado en la tierra húmeda en la que [su] madera original se pudre, sino este mismo fuego que consume todas las cosas?
Además, consideremos las maravillas de la cal; pues además de volverse blanca en el fuego, el cual ennegrece otras cosas, y de lo cual ya he dicho bastante, tiene también una propiedad misteriosa de concebir fuego dentro de sí. Fría al tacto, tiene sin embargo un depósito oculto de fuego, que no se manifiesta de inmediato a nuestros sentidos, pero que la experiencia nos enseña que yace, por así decirlo, dormido dentro de ella aun cuando no se ve. Y por esta razón se llama «cal viva,» como si el fuego fuera el alma invisible que vivifica la sustancia o cuerpo visible. Pero lo maravilloso es que este fuego se enciende cuando se apaga. Pues para liberar el fuego oculto se humedece o empapa la cal con agua, y entonces, aunque antes esté fría, se calienta por esa misma aplicación que enfría lo que está caliente. Como si el fuego estuviera saliendo de la cal y exhalando su último aliento, ya no permanece oculto, sino que aparece; y entonces la cal, yaciendo en la frialdad de la muerte, no puede ser revivificada, y lo que antes llamábamos «viva,» ahora lo llamamos «apagada.» ¿Qué puede ser más extraño que esto? Sin embargo, hay una maravilla aún mayor. Pues si tratas la cal, no con agua, sino con aceite, que es como combustible para el fuego, ninguna cantidad de aceite la calentará. Ahora bien, si esta maravilla se nos hubiera contado de algún mineral de la India que no tuviéramos oportunidad de experimentar, o bien la habríamos declarado inmediatamente una falsedad, o ciertamente nos habríamos asombrado mucho. Pero despreciamos las cosas que diariamente se presentan a nuestra propia observación, no porque sean realmente menos maravillosas, sino porque son comunes; de modo que incluso algunos productos de la propia India, por remota que esté de nosotros, dejan de excitar nuestra admiración tan pronto como podemos admirarlos a nuestro ocio.
El diamante es una piedra que poseen muchos entre nosotros, especialmente joyeros y lapidarios, y la piedra es tan dura que no puede ser trabajada ni por el hierro ni por el fuego, ni, dicen, por nada en absoluto excepto la sangre de macho cabrío. Pero ¿supones que es tan admirada por quienes la poseen y están familiarizados con sus propiedades como por aquellos a quienes se muestra por primera vez? Las personas que no la han visto tal vez no creen lo que se dice de ella, o si lo creen, se asombran como ante algo fuera de su experiencia; y si llegan a verla, todavía se maravillan porque no están acostumbrados a ella, pero gradualmente la experiencia familiar [de ella] embota su admiración. Sabemos que el imán tiene un poder maravilloso de atraer el hierro. Cuando lo vi por primera vez quedé atónito, pues vi un anillo de hierro atraído y suspendido por la piedra; y luego, como si hubiera comunicado su propia propiedad al hierro que atraía, y lo hubiera hecho una sustancia semejante a sí misma, este anillo fue acercado a otro y lo levantó; y así como el primer anillo se adhería al imán, así el segundo se adhería al primero. Un tercero y un cuarto se añadieron de manera semejante, de modo que colgaba de la piedra una especie de cadena de anillos, con sus aros conectados, no entrelazados, sino unidos entre sí por su superficie exterior. ¿Quién no se asombraría de esta virtud de la piedra, que subsiste no solo en sí misma, sino que se transmite a través de tantos anillos suspendidos, y los une entre sí por eslabones invisibles? Sin embargo, mucho más asombroso es lo que oí acerca de esta piedra de mi hermano en el episcopado, Severo, obispo de Milevis. Me contó que Batanario, en otro tiempo conde de África, cuando el obispo cenaba con él, sacó un imán y lo sostuvo debajo de un plato de plata sobre el cual colocó un trocito de hierro; luego, a medida que movía la mano con el imán debajo del plato, el hierro sobre el plato se movía en consecuencia. La plata intermedia no era afectada en absoluto, sino que precisamente como el imán se movía hacia atrás y hacia adelante debajo de ella, sin importar cuán rápidamente, así era atraído el hierro arriba. He relatado lo que yo mismo he presenciado; he relatado lo que me fue dicho por uno en quien confío como confío en mis propios ojos. Permítaseme decir además lo que he leído acerca de este imán. Cuando se coloca un diamante cerca de él, no levanta el hierro; o si ya lo ha levantado, tan pronto como el diamante se acerca, lo suelta. Estas piedras vienen de la India. Pero si dejamos de admirarlas porque ahora nos son familiares, ¡cuánto menos deben admirarlas quienes las consiguen muy fácilmente y nos las envían! Quizá las tienen por tan baratas como nosotros tenemos la cal, la cual, porque es común, no estimamos en nada, aunque tiene la extraña propiedad de arder cuando se le vierte agua, que suele apagar el fuego, y de permanecer fría cuando se mezcla con aceite, que ordinariamente alimenta el fuego.
XXI, 5
Con todo, cuando proclamamos los milagros que Dios ha obrado, o que obrará aún, y que no podemos poner ante los ojos mismos de los hombres, los escépticos no dejan de exigirnos que expliquemos a la razón esas maravillas. Y como no podemos hacerlo, por estar por encima de la comprensión humana, suponen que hablamos falsamente. Por tanto, esas personas deberían dar cuenta de todas las maravillas que podemos ver o que vemos. Y si advierten que esto es imposible para el hombre, deberían reconocer que no puede concluirse que una cosa no ha sido o no será porque no pueda conciliarse con la razón, ya que existen ahora cosas de las cuales es verdad lo mismo. No voy, pues, a detallar la multitud de maravillas que se cuentan en los libros, y que no se refieren a cosas que sucedieron una vez y pasaron, sino que son permanentes en ciertos lugares, donde, si alguno tiene el deseo y la oportunidad, puede comprobar su verdad; pero contaré solo unas pocas. Estas son algunas de las maravillas que nos cuentan los hombres:— La sal de Agrigento en Sicilia, cuando se arroja al fuego, se vuelve fluida como si estuviera en agua; pero en el agua crepita como si estuviera en el fuego. Los garamantas tienen una fuente tan fría de día que nadie puede beber de ella, y tan caliente de noche que nadie puede tocarla. En Epiro, asimismo, hay una fuente que, como todas las demás, apaga las antorchas encendidas; pero, a diferencia de todas las demás, enciende las antorchas apagadas. Hay una piedra que se halla en Arcadia, llamada asbesto, porque una vez encendida no puede apagarse. La madera de cierta clase de higuera egipcia se hunde en el agua y no flota como las demás maderas; y, lo que es más extraño, cuando ha estado hundida en el fondo durante algún tiempo, sube de nuevo a la superficie, aunque la naturaleza exige que, empapada en agua, sea más pesada que nunca. Luego están las manzanas de Sodoma, que crecen hasta la apariencia de madurez, pero, cuando las tocas con la mano o con el diente, la piel se agrieta y se desmenuzan en polvo y ceniza. La piedra pirita de Persia quema la mano cuando se aprieta fuertemente en ella, y por eso toma su nombre del fuego. También en Persia se halla otra piedra llamada selenita, porque su brillo interior crece y mengua con la luna. Luego, en Capadocia, las yeguas son fecundadas por el viento, y sus potros viven solo tres años. Tilón, una isla de la India, tiene esta ventaja sobre todas las demás tierras: que ningún árbol que crece en ella pierde jamás su follaje.
Estas y otras innumerables maravillas registradas en la historia, no de acontecimientos pasados, sino de lugares permanentes, no tengo tiempo de exponerlas por extenso y apartarme de mi objeto principal; pero que esos escépticos que se niegan a dar crédito a las divinas Escrituras me den, si pueden, una explicación racional de ellas. Porque su único fundamento para no creer en las Escrituras es que contienen cosas increíbles, precisamente como las que acabo de referir. Pues dicen: la razón no puede admitir que la carne arda y permanezca sin consumirse, que sufra sin morir. ¡Grandes razonadores, en verdad, que son capaces de dar la razón de todas las maravillas que existen! Que nos den, entonces, la razón de las pocas cosas que hemos citado; cosas que, si no supieran que existen, y solo les aseguráramos que en algún tiempo futuro ocurrirían, las creerían todavía menos que aquello que ahora se niegan a creer bajo nuestra palabra. Porque ¿quién de ellos nos creería si, en lugar de decir que los cuerpos vivos de los hombres serán en el futuro de tal condición que soporten dolor y fuego eternos sin morir jamás, dijéramos que en el mundo venidero habrá sal que se vuelve líquida en el fuego como si estuviera en agua, y que crepita en el agua como si estuviera en el fuego; o que habrá una fuente cuya agua, en el aire frío de la noche, es tan caliente que no puede tocarse, mientras que en el calor del día es tan fría que no puede beberse; o que habrá una piedra que por su propio calor quema la mano cuando se aprieta fuertemente, o una piedra que no puede extinguirse si se ha encendido en alguna parte; o cualquiera de las maravillas que he citado, omitiendo innumerables otras? Si dijéramos que estas cosas se hallarían en el mundo venidero, y nuestros escépticos respondieran, «Si queréis que creamos estas cosas, satisfaced nuestra razón acerca de cada una de ellas,» confesaríamos que no podemos, porque la frágil comprensión del hombre no puede dominar estas y semejantes maravillas de la operación de Dios; y que, sin embargo, nuestra razón estaba plenamente convencida de que el Todopoderoso nada hace sin razón, aunque la frágil mente del hombre no pueda explicar la razón; y que, si bien en muchos casos no estamos seguros de lo que Él se propone, es siempre certísimo que nada de lo que Él se propone le es imposible; y que cuando Él declara su intención, creemos a Aquel a quien no podemos creer ni impotente ni falso. Con todo, esos sofistas contra la fe y exigidores de razones, ¿cómo se las arreglan con aquellas cosas de las que no puede darse razón, y que sin embargo existen, aunque en aparente contradicción con la naturaleza de las cosas? Si hubiéramos anunciado que esas cosas habían de ser, estos escépticos nos habrían exigido la razón de ellas, como lo hacen en el caso de las cosas que anunciamos como destinadas a ser. Y, por consiguiente, así como estas maravillas presentes no son inexistentes, aunque la razón y el discurso humanos se pierdan en tales obras de Dios, así las cosas de que hablamos no son imposibles por ser inexplicables; pues en esto se hallan en la misma situación que las maravillas de la tierra.
Que no todas las maravillas son producidas por la naturaleza, sino que algunas se deben al ingenio humano y otras a la artimaña diabólica
XXI, 6
En este punto quizá responderán: «Estas cosas no existen; no creemos ni una de ellas; son cuentos de viajeros y romances ficticios;» y podrán añadir lo que tiene apariencia de argumento, y decir: «Si creéis cosas como estas, creed lo que se registra en los mismos libros: que hubo o hay un templo de Venus en el cual un candelabro puesto al aire libre sostiene una lámpara que arde con tanta fuerza que ninguna tempestad o lluvia la apaga, y que por eso se llama, como la piedra antes mencionada, asbesto o lámpara inextinguible.» Pueden decir esto con intención de ponernos en un dilema: porque si decimos que esto es increíble, impugnaremos la verdad de las otras maravillas registradas; si, por el contrario, admitimos que es creíble, daremos crédito a las deidades paganas. Pero, como ya he dicho en el libro decimoctavo de esta obra, no tenemos por necesario creer todo lo que contiene la historia profana, pues, como dice Varrón, incluso los historiadores discrepan entre sí en tantos puntos, que se diría que se lo proponen y se afanan en ello; pero creemos, si queremos, aquellas cosas que no son contradichas por estos libros, que no dudamos en decir que estamos obligados a creer. Y en cuanto a esos milagros permanentes de la naturaleza, con los que deseamos persuadir a los escépticos de los milagros del mundo venidero, bastan para nuestro propósito aquellos que nosotros mismos podemos observar o de los que no es difícil hallar testigos fidedignos. Es más, aquel templo de Venus, con su lámpara inextinguible, lejos de arrinconarnos, abre un campo ventajoso a nuestro argumento. Pues a esta lámpara inextinguible añadimos una multitud de maravillas obradas por hombres, o por la magia — es decir, por hombres bajo influjo de demonios, o por los demonios directamente —, porque tales maravillas no podemos negarlas sin impugnar la verdad de las sagradas Escrituras que creemos. Aquella lámpara, por tanto, o estaba provista de asbesto por algún artificio mecánico y humano, o fue dispuesta por arte mágico para asombro de los adoradores, o algún demonio, bajo el nombre de Venus, se manifestó tan señaladamente que este prodigio comenzó y se hizo permanente. Ahora bien, los demonios son atraídos a habitar en ciertos templos mediante las criaturas (criaturas de Dios, no suyas), que les presentan lo que conviene a sus variados gustos. No son atraídos por alimento, como los animales, sino, como espíritus, por símbolos adecuados a su gusto: diversas clases de piedras, maderas, plantas, animales, cantos, ritos. Y para que los hombres les procuren estos atractivos, los demonios primero los seducen astutamente, ya sea imbuyendo en sus corazones un veneno secreto, ya sea revelándose bajo una apariencia amistosa, y así hacen de unos pocos sus discípulos, que se convierten en instructores de la multitud. Porque si no instruyeran primero a los hombres, sería imposible saber qué desea cada uno, qué rehúye, con qué nombre se le debe invocar u obligar a presentarse. De aquí el origen de la magia y de los magos. Pero, sobre todo, poseen los corazones de los hombres, y se enorgullecen principalmente de esta posesión cuando se transforman en ángeles de luz. Muchísimas cosas que ocurren, pues, son obra suya; y estas obras suyas debemos evitarlas con tanto mayor cuidado cuanto que las reconocemos como muy sorprendentes. Y sin embargo, estas mismas obras favorecen mis argumentos actuales. Porque si tales maravillas las obran los demonios inmundos, ¡cuánto más poderosos son los santos ángeles! ¡Y qué no puede hacer aquel Dios que hizo a los ángeles mismos capaces de obrar milagros!
Si, pues, muchísimos efectos pueden ser producidos por el arte humano, de clase tan sorprendente que los no iniciados los tienen por divinos, como cuando, p. ej.., en cierto templo se han ajustado dos imanes, uno en el techo y otro en el suelo, de modo que una imagen de hierro queda suspendida en el aire entre ambos, uno supondría que es por el poder de la divinidad, si ignorara los imanes de arriba y de abajo; o, como en el caso de aquella lámpara de Venus que ya mencionamos como una hábil adaptación del asbesto; si, además, con ayuda de los magos, a quienes la Escritura llama hechiceros y encantadores, los demonios pudieron adquirir tal poder que el noble poeta Virgilio se considerara justificado al describir a un mago poderosísimo en estos versos:
Sus encantos pueden curar las almas que ella quiera,
Robar a otros corazones el saludable reposo,
Hacer volver los ríos hacia su fuente,
Y hacer que los astros olviden su curso,
Y evocar a los espíritus de la noche:
Bramará la tierra bajo tus pies:
El fresno montaraz abandonará su asiento,
Y descenderá de la altura; —
Robar a otros corazones el saludable reposo,
Hacer volver los ríos hacia su fuente,
Y hacer que los astros olviden su curso,
Y evocar a los espíritus de la noche:
Bramará la tierra bajo tus pies:
El fresno montaraz abandonará su asiento,
Y descenderá de la altura; —
si esto es así, ¡cuánto más capaz es Dios de hacer aquellas cosas que a los escépticos les parecen increíbles, pero que a su poder son fáciles, pues es Él quien ha dado a las piedras y a todas las demás cosas su virtud, y a los hombres su habilidad para usarlas de modos maravillosos; Él, que ha dado a los ángeles una naturaleza más poderosa que la de todo lo que vive en la tierra; Él, cuyo poder supera todas las maravillas, y cuya sabiduría en obrar, ordenar y permitir no es menos admirable en el gobierno de todas las cosas que en la creación de todas!
XXI, 7
¿Por qué, entonces, no puede Dios hacer que los cuerpos de los muertos resuciten y que los cuerpos de los condenados sean atormentados en fuego eterno — ese Dios que hizo el mundo lleno de innumerables milagros en el cielo, la tierra, el aire y las aguas, siendo él mismo un milagro indudablemente mayor y más admirable que todas las maravillas de que está lleno? Pero aquellos con quienes o contra quienes argumentamos, que creen a la vez que hay un Dios que hizo el mundo y que hay dioses creados por Él que administran las leyes del mundo como sus vicerregentes — nuestros adversarios, digo, que, lejos de negarlo con énfasis, afirman que hay potencias en el mundo que producen resultados maravillosos (ya sea por su propio acuerdo, ya porque se las invoca con algún rito u oración, o de algún modo mágico), cuando les presentamos las propiedades admirables de otras cosas que no son animales racionales ni espíritus racionales, sino objetos materiales como los que acabamos de citar, suelen responder: "Esta es su propiedad natural, su naturaleza; estas son las potencias que les pertenecen naturalmente". Así, toda la razón por la que la sal de Agrigento se disuelve en el fuego y crepita en el agua es que esta es su naturaleza. Sin embargo, esto parece más bien contrario a la naturaleza, que ha dado no al fuego sino al agua el poder de derretir la sal, y el poder de abrasarla no al agua sino al fuego. Pero dicen que esta es la propiedad natural de esta sal: mostrar efectos contrarios a esos. La misma razón, por tanto, se asigna para explicar aquella fuente de los garamantas, de la cual un mismo arroyuelo es frío de día e hirviente de noche, de modo que en ninguno de los dos extremos puede tocarse. Así también de aquella otra fuente que, aunque está fría al tacto, y aunque, como las demás fuentes, apaga una antorcha encendida, sin embargo, a diferencia de las demás fuentes, y de manera sorprendente, enciende una antorcha apagada. Así del asbesto, que, aunque no tiene calor propio, una vez encendido por el fuego que se le aplica, no puede extinguirse. Y así de las demás, que me cansa enumerar, y en las cuales, aunque parece haber una propiedad extraordinaria contraria a la naturaleza, no se da otra razón sino esta: que esta es su naturaleza — razón breve en verdad y, lo confieso, respuesta satisfactoria. Pero, puesto que Dios es el autor de todas las naturalezas, ¿cómo es que nuestros adversarios, cuando se niegan a creer lo que afirmamos, por considerarlo imposible, no quieren aceptar de nosotros una explicación mejor que la suya, a saber, que esta es la voluntad de Dios todopoderoso — porque ciertamente se le llama Todopoderoso solo porque es poderoso para hacer todo lo que quiere —, Él, que fue capaz de crear tantas maravillas, no solo desconocidas, sino muy bien comprobadas, como he venido mostrando, y que, si no estuvieran bajo nuestra propia observación o no fueran referidas por testigos recientes y fidedignos, serían ciertamente declaradas imposibles? Pues en cuanto a aquellas maravillas que no tienen otro testimonio que los escritores en cuyos libros las leemos, y que escribieron sin estar divinamente instruidos, y por lo tanto están sujetos al error humano, no podemos culpar con justicia a quien se niega a creerlas.
Por mi parte, no quiero que todas las maravillas que he citado se acepten a la ligera, pues yo mismo no las creo implícitamente, salvo aquellas que o bien han caído bajo mi propia observación, o que cualquiera puede verificar fácilmente; tales como la cal, que se calienta con agua y se enfría con aceite; el imán, que por su misteriosa e insensible succión atrae el hierro, pero no afecta a una paja; la carne del pavo real, que triunfa sobre la corrupción de la que ni siquiera la carne de Platón está exenta; la paja, tan enfriadora que impide que la nieve se derrita, y tan calentadora que fuerza a las manzanas a madurar; el fuego resplandeciente, que, conforme a su apariencia brillante, blanquea las piedras que cuece, mientras que, en contra de su apariencia brillante, ennegrece la mayoría de las cosas que quema (así como las manchas sucias las hace el aceite, por puro que sea, y como las líneas trazadas con plata blanca son negras); también el carbón, que por la acción del fuego cambia tan completamente respecto de su estado original, que un trozo de madera con vetas finas se vuelve informe, lo tenaz se vuelve quebradizo, lo corruptible incorruptible. Algunas de estas cosas las conozco en común con muchas otras personas, algunas en común con todos los hombres; y hay muchas otras que no tengo espacio para insertar en este libro. Pero de las que he citado, aunque no las he visto yo mismo, sino solo leído sobre ellas, no he podido hallar testigos fidedignos de quienes pudiera averiguar si son hechos, salvo en el caso de aquella fuente en la que las antorchas encendidas se apagan y las apagadas se encienden, y de las manzanas de Sodoma, que están maduras en apariencia, pero llenas de polvo. Y en verdad no he hallado a nadie que dijera haber visto aquella fuente de Epiro, pero sí a algunos que sabían que había una fuente semejante en la Galia no lejos de Grenoble. El fruto de los árboles de Sodoma, sin embargo, no solo se menciona en libros dignos de crédito, sino que tantas personas dicen haberlo visto que no puedo dudar del hecho. Pero el resto de los prodigios los recibo sin afirmarlos ni negarlos definitivamente; y los he citado porque los leí en los autores de nuestros adversarios, y para probar cuántas cosas creen muchos entre ellos mismos, porque están escritas en las obras de sus propios hombres de letras, aunque no se da de ellas ninguna explicación racional; y sin embargo se desdeñan de creernos cuando afirmamos que Dios todopoderoso hará lo que está más allá de su experiencia y observación; y esto lo hacen aun cuando damos una razón para su obra. Pues ¿qué razón mejor y más fuerte puede darse de tales cosas que decir que el Todopoderoso es capaz de realizarlas, y que las realizará, habiéndolas predicho en aquellos libros en los que se predijeron muchas otras maravillas que ya se han cumplido? Las cosas que se consideran imposibles se cumplirán según la palabra y por el poder de aquel Dios que predijo e hizo que las naciones incrédulas creyeran maravillas increíbles.
Que no es contrario a la naturaleza que, en un objeto cuya naturaleza es conocida, se descubra una alteración de las propiedades que se habían conocido como sus propiedades naturales
XXI, 8
Pero si responden que su razón para no creernos cuando decimos que los cuerpos humanos arderán siempre y, sin embargo, nunca morirán, es que se sabe que la naturaleza de los cuerpos humanos está constituida de modo muy distinto; si dicen que para este milagro no podemos dar la razón que valía para aquellos milagros naturales, a saber, que ésta es la propiedad natural, la naturaleza de la cosa—pues sabemos que ésta no es la naturaleza de la carne humana—, encontramos nuestra respuesta en las sagradas Escrituras: que incluso esta carne humana fue constituida de una manera antes de existir el pecado—fue constituida, de hecho, de modo que no pudiera morir—, y de otra manera después del pecado, hecha tal como la vemos en este miserable estado de mortalidad, incapaz de retener una vida duradera. Y así, en la resurrección de los muertos, será constituida de manera diversa de su condición actual bien conocida. Pero como ellos no creen estas escrituras nuestras, en las que leemos qué naturaleza tuvo el hombre en el paraíso y cuán alejado estaba de la necesidad de la muerte—y, por cierto, si las creyeran, tendríamos, desde luego, poca dificultad en debatir con ellos la pena futura de los condenados—, debemos presentar, de los escritos de sus propias autoridades más doctas, algunos ejemplos para mostrar que es posible que una cosa llegue a ser diferente de lo que antes se conocía como propio de su carácter.
Del libro de Marco Varrón, titulado Del linaje del pueblo romano, cito palabra por palabra el siguiente caso: «Ocurrió un notable portento celeste; pues Castor refiere que, en la brillante estrella Venus, llamada Vesperugo por Plauto y el hermoso Héspero por Homero, ocurrió un prodigio tan extraño que cambió de color, tamaño, forma y curso, lo cual nunca había sucedido antes ni después. Adrasto de Cízico y Dión de Nápoles, célebres matemáticos, dijeron que esto ocurrió en el reinado de Ogiges.» Tan gran autor como Varrón ciertamente no habría llamado a esto un portento si no le hubiera parecido contrario a la naturaleza. Pues decimos que todos los portentos son contrarios a la naturaleza; pero no lo son. Porque ¿cómo es contrario a la naturaleza lo que sucede por la voluntad de Dios, si la voluntad de tan poderoso Creador es ciertamente la naturaleza de cada cosa creada? Un portento, por tanto, no sucede contra la naturaleza, sino contra lo que conocemos como naturaleza. Pero ¿quién puede contar la multitud de portentos registrados en las historias profanas? Fijemos, pues, por ahora nuestra atención sólo en este que concierne al asunto que tratamos. ¿Qué hay tan ordenado por el Autor de la naturaleza del cielo y de la tierra como el curso exactamente dispuesto de los astros? ¿Qué hay establecido por leyes tan seguras e inflexibles? Y sin embargo, cuando plugo a Aquel que con soberanía y poder supremo regula todo lo que ha creado, una estrella conspicua entre las demás por su tamaño y esplendor cambió de color, tamaño, forma, y, lo más admirable de todo, ¡el orden y la ley de su curso! Ciertamente aquel fenómeno perturbó los cánones de los astrónomos, si los había entonces, con los cuales tabulaban, como por cómputo infalible, los movimientos pasados y futuros de los astros, hasta atreverse a afirmar que esto que le sucedió al lucero de la mañana (Venus) nunca había sucedido antes ni después. Pero leemos en los libros divinos que aun el sol mismo se detuvo cuando un varón santo, Josué hijo de Nun, pidió esto a Dios hasta que la victoria pusiera fin a la batalla que había comenzado; y que incluso retrocedió, para que la promesa de quince años añadidos a la vida del rey Ezequías quedara sellada con este prodigio adicional. Pero estos milagros, concedidos a los méritos de hombres santos, aun cuando nuestros adversarios los creen, los atribuyen a artes mágicas; así Virgilio, en los versos que cité arriba, atribuye a la magia el poder de
Hacer retroceder los ríos hacia su fuente,
y hacer olvidar su curso a los astros.
y hacer olvidar su curso a los astros.
Pues en nuestros libros sagrados leemos que esto también sucedió: que un río «volvió hacia atrás,» quedando detenido arriba mientras la parte inferior seguía fluyendo, cuando el pueblo pasó al otro lado bajo el mencionado caudillo, Josué hijo de Nun; y también cuando el profeta Elías cruzó; y después, cuando su discípulo Eliseo pasó por él. Y acabamos de mencionar cómo, en el caso del rey Ezequías, la más grande de las «estrellas olvidó su curso.» Pero lo que sucedió a Venus, según Varrón, no fue dicho por él que hubiera sucedido en respuesta a la oración de hombre alguno.
Que los escépticos, pues, no se cieguen en este conocimiento de la naturaleza de las cosas, como si el poder divino no pudiera realizar en un objeto otra cosa que lo que su propia experiencia les ha mostrado que es su naturaleza. Aun las mismas cosas que comúnmente se conocen como naturales no serían menos admirables ni menos eficaces para excitar la admiración de cuantos las contemplaran, si los hombres no estuvieran acostumbrados a no admirar sino lo raro. Pues ¿quién que observe atentamente la incontable multitud de los hombres y su semejanza de naturaleza puede dejar de notar con sorpresa y admiración la individualidad del semblante de cada hombre, sugiriéndonos, como lo hace, que si los hombres no fueran semejantes unos a otros, no se distinguirían de los demás animales; mientras que si, por otra parte, no fueran desemejantes, no podrían distinguirse entre sí, de modo que a aquellos que declaramos semejantes, también los hallamos desemejantes? Y la desemejanza es la consideración más admirable de las dos; pues una naturaleza común parece más bien exigir semejanza. Y sin embargo, porque la misma rareza de las cosas es lo que las hace admirables, nos llenamos de una admiración mucho mayor cuando se nos presentan dos hombres tan semejantes que siempre o con frecuencia nos equivocamos al intentar distinguirlos.
Pero posiblemente, aunque Varrón es un historiador pagano, y muy docto, pueden no creer que lo que he citado de él ocurrió verdaderamente; o pueden decir que el ejemplo no es válido, porque la estrella no continuó durante algún tiempo siguiendo su nuevo curso, sino que volvió a su órbita ordinaria. Hay, pues, otro fenómeno actualmente abierto a su observación y que, en mi opinión, debería ser suficiente para convencerlos de que, aunque hayan observado y comprobado alguna ley natural, no deben por ello prescribir a Dios, como si Él no pudiera cambiarla y convertirla en algo muy diferente de lo que han observado. La tierra de Sodoma no fue siempre como es ahora; sino que una vez tuvo el aspecto de otras tierras y gozó de una fertilidad igual, si no más rica; pues, en la narración divina, fue comparada con el paraíso de Dios. Pero después de que fue tocada [por el fuego] desde el cielo, como aun la historia pagana atestigua, y como ahora lo atestiguan quienes visitan el lugar, se volvió de un aspecto antinatural y horriblemente tiznado; y sus manzanas, bajo una engañosa apariencia de madurez, contienen cenizas por dentro. He aquí una cosa que fue de una clase y ahora es de otra. Ves cómo su naturaleza fue convertida por la admirable transmutación obrada por el Creador de todas las naturalezas en una diversidad tan repugnante: una alteración que después de tanto tiempo tuvo lugar y que después de tanto tiempo aún continúa. Así como, por tanto, no fue imposible a Dios crear tales naturalezas como le plugo, tampoco le es imposible cambiar estas naturalezas de su propia creación en lo que le plazca, y así esparcir una multitud de aquellas maravillas que se llaman monstruos, portentos, prodigios, fenómenos; maravillas que, si yo quisiera citar y registrar, ¿qué fin tendría esta obra? Dicen que se llaman «monstruos» porque demuestran o significan algo; «portentos» porque presagian algo; y así sucesivamente. Pero vean sus adivinos cómo son engañados, o aun cuando predicen cosas verdaderas, es porque están inspirados por espíritus que se empeñan en enredar las mentes de los hombres (dignos, en verdad, de tal suerte) en las mallas de una curiosidad dañina, o cómo aciertan de vez en cuando con alguna verdad porque hacen tantas predicciones. Sin embargo, por nuestra parte, estas cosas que suceden contra la naturaleza, y de las que se dice que son contrarias a la naturaleza (como el apóstol, hablando a la manera de los hombres, dice que injertar el olivo silvestre en el buen olivo y participar de su grosura es contrario a la naturaleza), y que se llaman monstruos, fenómenos, portentos, prodigios, deben demostrar, presagiar y predecir que Dios llevará a cabo lo que ha anunciado acerca de los cuerpos de los hombres, sin que ninguna dificultad se lo impida y sin que ninguna ley de la naturaleza le prescriba su límite. Cómo ha anunciado lo que ha de hacer, creo haberlo mostrado suficientemente en el libro precedente, espigando de las sagradas Escrituras, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento, no, ciertamente, todos los pasajes que se refieren a esto, sino cuantos juzgué suficientes para esta obra.
XXI, 9
Así pues, lo que Dios ha dicho por su profeta acerca de la pena eterna de los condenados se cumplirá—sí, sin falta se cumplirá—: «su gusano no morirá, ni su fuego se apagará.» [] Para imprimir esto en nosotros con la mayor fuerza, el Señor Jesús mismo, al ordenarnos cortar nuestros miembros, queriendo decir con ello las personas a las que un hombre ama como a los miembros más útiles de su cuerpo, dice: «Mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que nunca se apagará; donde su gusano no muere y su fuego no se apaga.» De modo semejante, del pie: «Mejor te es entrar cojo en la vida, que teniendo dos pies ser echado al infierno, al fuego que nunca se apagará; donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.» Así también del ojo: «Mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al fuego del infierno: donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.» [] No rehuyó usar las mismas palabras tres veces en un solo pasaje. ¿Y quién no se aterra ante esta repetición, y ante la amenaza de aquella pena pronunciada tan vehemente por los labios del Señor mismo?
Ahora bien, quienes refieren tanto el fuego como el gusano al espíritu, y no al cuerpo, afirman que los malvados, separados del reino de Dios, serán quemados, por así decir, por la angustia de un espíritu que se arrepiente demasiado tarde e inútilmente; y sostienen que, por tanto, no sin propiedad se usa el fuego para expresar este tormento ardiente, como cuando el apóstol exclama: «¿Quién se escandaliza, y yo no me abraso?» [] También piensan que el gusano debe entenderse de modo semejante. Pues está escrito, dicen: «Como la polilla consume el vestido, y el gusano la madera, así la tristeza consume el corazón del hombre.» [] Pero quienes no dudan de que en aquella pena futura sufrirán tanto el cuerpo como el alma, afirman que el cuerpo será quemado con fuego, mientras que el alma será, por así decir, roída por un gusano de angustia. Aunque esta opinión es más razonable—pues es absurdo suponer que el cuerpo o el alma escaparán del dolor en la pena futura—, sin embargo, por mi parte, encuentro más fácil entender ambas cosas como referidas al cuerpo que suponer que ninguna lo es; y pienso que la Escritura guarda silencio sobre el dolor espiritual de los condenados porque, aunque no se exprese, se entiende necesariamente que, en un cuerpo así atormentado, el alma también es torturada con un arrepentimiento infructuoso. Pues leemos en las antiguas Escrituras: «La venganza de la carne de los impíos es fuego y gusanos.» [] Podría haberse dicho más brevemente: «La venganza de los impíos.» ¿Por qué, entonces, se dijo «la carne de los impíos,» sino porque tanto el fuego como el gusano han de ser la pena de la carne? O si la intención del escritor al decir «la venganza de la carne,» fue indicar que ésta será la pena de quienes viven según la carne (pues esto lleva a la segunda muerte, como lo dio a entender el apóstol cuando dijo: «Porque si vivís según la carne, moriréis» []), elija cada uno lo que prefiera, ya sea asignando el fuego al cuerpo y el gusano al alma—aquél en sentido figurado, éste en sentido real—, o asignando ambos realmente al cuerpo. Pues ya he mostrado suficientemente que los animales pueden vivir en el fuego, ardiendo sin consumirse, doliendo sin morir, por un milagro del omnipotente Creador, a quien nadie puede negar que esto es posible, si no ignora por quién ha sido hecho todo lo maravilloso que hay en toda la naturaleza. Porque es Dios mismo quien ha obrado todos estos milagros, grandes y pequeños, en este mundo que he mencionado, e incomparablemente más que he omitido, y quien ha encerrado estas maravillas en este mundo, que es él mismo el mayor milagro de todos. Elija, pues, cada uno lo que quiera: si piensa que el gusano es real y pertenece al cuerpo, o que las cosas espirituales se significan mediante representaciones corporales y que aquél pertenece al alma. Pero cuál de estas opiniones es verdadera se descubrirá más fácilmente por los hechos mismos, cuando haya en los santos un conocimiento tal que no exija que su propia experiencia les enseñe la naturaleza de estas penas, sino que por su propia plenitud y perfección baste para instruirlos en esta materia. Pues «ahora conocemos en parte, hasta que venga lo perfecto;» [] sólo que acerca de aquellos cuerpos futuros creemos esto: que serán tales que ciertamente serán atormentados por el fuego.