Si los que recibieron el bautismo herético, y después cayeron en la maldad de vida; o los que recibieron el bautismo católico, pero después pasaron a la herejía y al cisma; o los que permanecieron en la Iglesia católica en la que fueron bautizados, pero continuaron viviendo inmoralmente—pueden esperar, por la virtud de los sacramentos, la remisión del castigo eterno
XXI, 25
Pero respondamos ahora a quienes prometen la liberación del fuego eterno, no al diablo y a sus ángeles (como tampoco lo hacen aquellos de quienes hemos hablado), ni siquiera a todos los hombres en absoluto, sino sólo a los que han sido lavados por el bautismo de Cristo y han llegado a ser partícipes de su cuerpo y de su sangre, no importa cómo hayan vivido, no importa en qué herejía o impiedad hayan caído. Pero a éstos los contradice el apóstol, donde dice: «Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, y son éstas: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, contiendas, herejías, envidias, borracheras, orgías, y cosas semejantes; de las cuales os advierto, como ya os he advertido antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.» [] Ciertamente esta sentencia del apóstol sería falsa, si tales personas fueran liberadas después de algún tiempo, y entonces heredaran el reino de Dios. Pero como no es falsa, ciertamente nunca heredarán el reino de Dios. Y si nunca entrarán en ese reino, serán retenidos siempre en el castigo eterno; porque no hay lugar intermedio donde pueda vivir sin castigo quien no ha sido admitido en ese reino.
Y por tanto, razonablemente podemos inquirir cómo hemos de entender estas palabras del Señor Jesús: «Éste es el pan que desciende del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre.» [] Y, ciertamente, a aquellos a quienes ahora respondemos los refutan en su interpretación de este pasaje aquellos a quienes responderemos en breve, y que no prometen esta liberación a todos los que han recibido los sacramentos del bautismo y del cuerpo del Señor, sino sólo a los católicos, por muy perversamente que vivan; pues éstos, dicen, han comido el cuerpo del Señor no sólo sacramentalmente, sino realmente, al estar constituidos en miembros de su cuerpo, del cual dice el apóstol: «Siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo.» [] Aquel, pues, que está en la unidad del cuerpo de Cristo (es decir, en la membresía cristiana), de cuyo cuerpo los fieles han solido recibir el sacramento en el altar, ése se dice verdaderamente que come el cuerpo y bebe la sangre de Cristo. Y, en consecuencia, los herejes y cismáticos, por estar separados de la unidad de este cuerpo, pueden recibir el mismo sacramento, pero sin provecho para sí—antes bien, para su propio daño, de modo que son juzgados más severamente que liberados después de algún tiempo. Porque no están en aquel vínculo de paz que es simbolizado por aquel sacramento.
Pero, además, incluso aquellos que entienden suficientemente que quien no está en el cuerpo de Cristo no puede decirse que coma el cuerpo de Cristo, yerran cuando prometen la liberación del fuego del castigo eterno a personas que caen de la unidad de ese cuerpo en la herejía, o incluso en la superstición pagana. Pues, en primer lugar, deberían considerar cuán intolerable es, y cuán discordante con la sana doctrina, suponer que muchos, o casi todos, que han abandonado la Iglesia católica, y han originado herejías impías y se han convertido en heresiarcas, hayan de gozar de un destino superior al de aquellos que nunca fueron católicos, sino que cayeron en las trampas de estos otros; es decir, si el hecho de su bautismo católico y de la recepción original del sacramento del cuerpo de Cristo en el verdadero cuerpo de Cristo fuera suficiente para librar a estos heresiarcas del castigo eterno. Porque ciertamente, quien abandona la fe, y de desertor se convierte en agresor, es peor que quien no ha abandonado la fe que nunca tuvo. Y, en segundo lugar, los contradice el apóstol, quien, después de enumerar las obras de la carne, dice con referencia a las herejías: «Los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.»
Y, por tanto, tampoco deben estar confiados en su salvación los que llevan una vida abandonada y condenable, aunque perseveren hasta el fin en la comunión de la Iglesia católica, y se consuelen con las palabras: «El que persevere hasta el fin, ése será salvo.» Por la iniquidad de su vida abandonan aquella misma justicia de vida que Cristo es para ellos, ya sea por fornicación, o perpetrando en su cuerpo las demás impurezas que el apóstol ni siquiera quería mencionar, o por una lujuria disoluta, o haciendo cualquiera de aquellas cosas de las que dice: «Los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.» En consecuencia, los que hacen tales cosas no existirán en ningún otro lugar sino en el castigo eterno, ya que no pueden estar en el reino de Dios. Pues, mientras continúan en tales cosas hasta el fin mismo de la vida, no se puede decir que permanezcan en Cristo hasta el fin; porque permanecer en Él es permanecer en la fe de Cristo. Y esta fe, según la definición que de ella da el apóstol, «obra por el amor.» [] Y «el amor», como dice en otro lugar, «no hace mal alguno.» [] Tampoco se puede decir que estas personas coman el cuerpo de Cristo, porque ni siquiera pueden contarse entre sus miembros. Pues, por no mencionar otras razones, no pueden ser a la vez miembros de Cristo y miembros de una ramera. En fin, Él mismo, cuando dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él,» [] muestra qué es en realidad, y no sacramentalmente, comer su cuerpo y beber su sangre; porque esto es permanecer en Cristo, para que Él también permanezca en nosotros. De modo que es como si dijera: El que no permanece en mí, y en quien yo no permanezco, no diga ni piense que come mi cuerpo o bebe mi sangre. En consecuencia, los que no son miembros de Cristo no permanecen en Él. Y los que se hacen miembros de una ramera, no son miembros de Cristo a menos que hayan abandonado penitentemente ese mal, y hayan vuelto a este bien para reconciliarse con él.
Qué es tener a Cristo por fundamento, y quiénes son aquellos a quienes se promete la salvación como por fuego
XXI, 26
Pero, dicen, los cristianos católicos tienen a Cristo por fundamento, y no se han apartado de la unión con Él, por depravada que sea la vida que hayan edificado sobre este fundamento, como madera, heno, hojarasca; y, por consiguiente, la fe bien dirigida por la cual Cristo es su fundamento bastará para librarlos en algún momento de la continuación de aquel fuego, aunque sea con pérdida, puesto que lo que sobre él edificaron será quemado. Que el apóstol Santiago les responda sumariamente: «Si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras, ¿podrá la fe salvarle?» [] Y quién es, entonces, preguntan, aquel de quien dice el apóstol Pablo: «¿Pero él mismo se salvará, aunque así como por fuego?» Unámonos a ellos en su indagación; y una cosa es muy cierta: que no es aquel de quien habla Santiago, de otro modo haríamos contradecirse a los dos apóstoles, si el uno dice: «Aunque las obras de un hombre sean malas, su fe lo salvará como por fuego,» mientras el otro dice: «Si no tiene buenas obras, ¿podrá su fe salvarlo?»
Averiguaremos, pues, quién es el que puede salvarse por el fuego, si primero descubrimos qué es tener a Cristo por fundamento. Y esto podemos aprenderlo muy fácilmente de la imagen misma. En un edificio, el fundamento es lo primero. Quien, pues, tiene a Cristo en su corazón, de modo que ninguna cosa terrena o temporal —ni siquiera las que son legítimas y permitidas— es preferida a Él, tiene a Cristo por fundamento. Pero si estas cosas son preferidas, entonces, aunque un hombre parezca tener fe en Cristo, Cristo no es el fundamento para ese hombre; y mucho más, si en desprecio de los preceptos saludables busca gratificaciones prohibidas, queda claramente convicto de poner a Cristo no en primer lugar, sino en el último, puesto que lo ha despreciado como a su gobernante y ha preferido satisfacer sus propias concupiscencias malvadas, en desprecio de los mandatos y concesiones de Cristo. Por consiguiente, si un cristiano ama a una ramera y, uniéndose a ella, se hace un solo cuerpo, ya no tiene a Cristo por fundamento. Pero si alguien ama a su propia esposa, y la ama como Cristo querría que la amara, ¿quién puede dudar de que tiene a Cristo por fundamento? Pero si la ama a la manera del mundo, carnalmente, como lo impulsa la enfermedad de la concupiscencia, y como aman los gentiles que no conocen a Dios, incluso esto lo permite el apóstol, o más bien Cristo por el apóstol, como culpa venial. Y, por tanto, incluso tal hombre puede tener a Cristo por fundamento. Porque mientras no prefiera tal afecto o placer a Cristo, Cristo es su fundamento, aunque sobre él edifique madera, heno, hojarasca; y por tanto será salvado como por fuego. Porque el fuego de la tribulación quemará tales placeres lujuriosos y amores terrenos, aunque no sean condenables, porque se gozan en matrimonio legítimo. Y de este fuego el combustible es la privación, y todas aquellas calamidades que consumen estos gozos. En consecuencia, la superestructura será pérdida para quien la ha edificado, pues no la retendrá, sino que será atormentado por la pérdida de aquellas cosas en cuyo disfrute hallaba placer. Pero por este fuego será salvado en virtud del fundamento, porque aun si un perseguidor le exigiera decidir si retendría a Cristo o estas cosas, preferiría a Cristo. ¿Quieres oír, en las propias palabras del apóstol, quién es el que edifica sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas? «El que no está casado,» dice, «se preocupa de las cosas que pertenecen al Señor, de cómo agradar al Señor.» [] ¿Quieres oír quién es el que edifica madera, heno, hojarasca? Pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa. [] «La obra de cada uno se hará manifiesta: porque el día la declarará,» —el día, sin duda, de la tribulación— «porque,» dice, «será revelada por el fuego.» [] Llama fuego a la tribulación, así como en otra parte se dice: «El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba de la aflicción a los hombres justos.» [] Y «El fuego probará la obra de cada uno de qué clase es. Si la obra de alguno permanece» —porque la preocupación de un hombre por las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor, permanece— «la que ha edificado sobre él, recibirá recompensa,» —es decir, recogerá el fruto de su cuidado. «Pero si la obra de alguno fuere quemada, sufrirá pérdida,» —porque lo que amó no lo retendrá:— «pero él mismo será salvo,» —porque ninguna tribulación lo habrá movido de aquel fundamento estable— «aunque así como por fuego;» [] porque aquello que poseía con la dulzura del amor no lo pierde sin el agudo aguijón del dolor. He aquí, pues, según me parece, un fuego que no destruye a ninguno de los dos, sino que enriquece a uno, trae pérdida al otro, prueba a ambos.
Pero si este pasaje [de Corintios] ha de interpretar aquel fuego del cual dirá el Señor a los de su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno,» [] de modo que entre estos hemos de creer que hay quienes edifican sobre el fundamento madera, heno, hojarasca, y que ellos, en virtud del buen fundamento, serán después de un tiempo liberados del fuego que es la paga de sus malos merecimientos, ¿qué pensaremos entonces de los de la derecha, a quienes se dirá: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros,» [] sino que son aquellos que han edificado sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas? Pero si el fuego del que habla nuestro Señor es el mismo del que dice el apóstol: «Aunque así como por fuego,» entonces ambos —es decir, tanto los de la derecha como los de la izquierda— han de ser arrojados a él. Porque aquel fuego ha de probar a ambos, puesto que se dice: «Porque el día del Señor lo declarará, porque será revelado por fuego; y el fuego probará la obra de cada uno de qué clase es.» [] Si, por tanto, el fuego ha de probar a ambos, para que si la obra de alguno permanece— es decir., si la superestructura no es consumida por el fuego— reciba recompensa, y para que si su obra es quemada sufra pérdida, ciertamente aquel fuego no es el fuego eterno mismo. Porque a este último fuego solo serán arrojados los de la izquierda, y eso con condenación final y eterna; pero aquel fuego anterior prueba a los de la derecha. Pero a algunos de ellos los prueba de tal modo que no quema ni consume la estructura que se halla edificada por ellos sobre Cristo como fundamento; mientras que a otros de ellos los prueba de otra manera, de modo que quema lo que han edificado, y así les causa pérdida, mientras ellos mismos son salvados porque han retenido a Cristo, que fue puesto como su fundamento seguro, y lo han amado sobre todas las cosas. Pero si son salvados, entonces ciertamente estarán a la derecha, y con los demás oirán la sentencia: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros;» y no a la izquierda, donde estarán los que no serán salvados, y por tanto oirán la condenación: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno.» Porque de aquel fuego ningún hombre será salvado, porque todos irán al castigo eterno, donde su gusano no morirá, ni su fuego se apagará, en el cual serán atormentados día y noche para siempre.
Pero si se dice que en el intervalo de tiempo entre la muerte de este cuerpo y aquel último día del juicio y de la retribución que seguirá a la resurrección, los cuerpos de los muertos estarán expuestos a un fuego de tal naturaleza que no afectará a quienes en esta vida no se entregaron a tales placeres y ocupaciones como los que serán consumidos como madera, heno, hojarasca, sino que afectará a aquellos otros que llevaron consigo estructuras de ese género; si se dice que tal mundanidad, siendo venial, será consumida en el fuego de la tribulación o aquí solamente, o aquí y en el más allá, o aquí para que no lo sea en el más allá—esto no lo contradigo, porque posiblemente sea verdad. Porque quizá incluso la muerte del cuerpo es en sí misma parte de esta tribulación, pues resulta de la primera transgresión, de modo que el tiempo que sigue a la muerte toma su color en cada caso de la naturaleza de la edificación del hombre. También las persecuciones, que han coronado a los mártires y que sufren cristianos de todo género, prueban ambas edificaciones como un fuego, consumiendo unas, junto con los mismos edificadores, si Cristo no se halla en ellos como su fundamento, mientras que otras las consumen sin los edificadores, porque Cristo se halla en ellos, y son salvados, aunque con pérdida; y a otras edificaciones aún no las consumen, porque en ellas se hallan materiales que permanecen para siempre. En el fin del mundo habrá, en el tiempo del Anticristo, una tribulación como nunca antes la hubo. ¡Cuántas edificaciones habrá entonces, de oro o de heno, construidas sobre el mejor fundamento, Cristo Jesús, las cuales aquel fuego probará, trayendo gozo a unos, pérdida a otros, pero sin destruir a ninguno de los dos grupos, a causa de este fundamento estable! Pero quien prefiere —no digo a su esposa, con quien convive por placer carnal, sino a cualquiera de aquellos parientes que no proporcionan deleite de ese género, y a quienes es recto amar— quien prefiere a estos antes que a Cristo, y los ama de manera humana y carnal, no tiene a Cristo por fundamento, y por tanto no será salvado por el fuego, ni siquiera en absoluto; porque no podrá habitar con el Salvador, que dice muy explícitamente acerca de este mismo asunto: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.» [] Pero el que ama a sus parientes carnalmente, y sin embargo de modo que no los prefiere a Cristo, sino que preferiría carecer de ellos antes que de Cristo si fuera puesto a prueba, será salvado por el fuego, porque es necesario que por la pérdida de estos parientes sufra dolor en proporción a su amor. Y el que ama a padre, madre, hijos, hijas, según Cristo, de modo que los ayuda a obtener su reino y a adherirse a Él, o los ama porque son miembros de Cristo, no quiera Dios que este amor sea consumido como madera, heno, hojarasca, y no más bien sea contado como estructura de oro, plata, piedras preciosas. Pues ¿cómo puede un hombre amar a aquellos más que a Cristo, a quienes ama solo por causa de Cristo?
Contra la creencia de quienes piensan que los pecados que han ido acompañados de limosna no les harán ningún daño
XXI, 27
Resta responder a quienes sostienen que solo arderán en el fuego eterno los que descuidan las obras de misericordia proporcionadas a sus pecados, fundando esta opinión en las palabras del apóstol Santiago: «El que no mostró misericordia tendrá juicio sin misericordia.» [] Por tanto, dicen, el que ha mostrado misericordia, aunque no haya reformado su conducta disoluta, sino que haya vivido inicua e injustamente aun abundando en limosnas, tendrá un juicio misericordioso, de modo que o no será condenado en absoluto, o será librado del juicio final después de un tiempo. Y por la misma razón suponen que Cristo distinguirá entre los de la derecha y los de la izquierda, y enviará a un grupo a su reino, al otro al castigo eterno, únicamente por su atención u olvido de las obras de caridad. Además, se esfuerzan por usar la oración que el Señor mismo enseñó como prueba y baluarte de su opinión, de que los pecados diarios que nunca se abandonan pueden ser expiados mediante las limosnas, por ofensivos que sean o de cualquier clase que sean. Pues, dicen, así como no hay día en que los cristianos no deban usar esta oración, así no hay pecado de ningún género que, aunque se cometa cada día, no sea perdonado cuando decimos: «Perdónanos nuestras deudas,» si cuidamos de cumplir lo que sigue: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Porque, prosiguen, el Señor no dice: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará vuestros pequeños pecados diarios,» sino «os perdonará vuestros pecados.» Por tanto, sean de la clase o magnitud que sean, sean perpetrados diariamente y nunca abandonados ni dominados en esta vida, pueden ser perdonados, presumen, mediante las limosnas.
Pero tienen razón en inculcar la entrega de limosnas proporcionadas a los pecados pasados; pues si dijeran que cualquier clase de limosna podía obtener el perdón divino de grandes pecados cometidos diariamente y con habitual enormidad, si dijeran que tales pecados podían así ser perdonados diariamente, verían que su doctrina era absurda y ridícula. Porque se verían obligados a reconocer que sería posible para un hombre muy rico comprar la absolución de asesinatos, adulterios y toda suerte de maldades, pagando una limosna diaria de diez monedas insignificantes. Y si es de lo más absurdo e insensato hacer tal reconocimiento, y si aún preguntamos cuáles son aquellas limosnas adecuadas de las que incluso el precursor de Cristo dijo: «Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,» [] sin duda se hallará que no son tales como las que hacen hombres que socavan su vida con enormidades diarias hasta el mismo fin. Pues suponen que dando a los pobres una pequeña fracción de la riqueza que adquieren mediante extorsión y expoliación pueden propiciar a Cristo, para poder cometer con impunidad los pecados más condenables, en la persuasión de que han comprado de Él una licencia para transgredir, o más bien compran una indulgencia diaria. Y si por un crimen hubieran distribuido todos sus bienes a los miembros necesitados de Cristo, de nada les aprovecharía a menos que desistieran de todas las acciones semejantes, y alcanzaran la caridad que no obra mal. Por tanto, quien hace obras de misericordia proporcionadas a sus pecados debe comenzar primero consigo mismo. Porque no es razonable que un hombre que ejerce la caridad hacia su prójimo no la ejerza hacia sí mismo, puesto que oye al Señor decir: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo,» [] y de nuevo: «Ten compasión de tu alma, y agrada a Dios.» [] Quien, pues, no tiene compasión de su propia alma para agradar a Dios, ¿cómo puede decirse que hace obras de misericordia proporcionadas a sus pecados? Para el mismo fin está escrito: «El que es malo para sí mismo, ¿para quién podrá ser bueno?» [] Debemos, por tanto, hacer limosnas para que seamos oídos cuando oramos para que nuestros pecados pasados nos sean perdonados, no para que, mientras continuamos en ellos, pensemos en procurarnos una licencia para la maldad mediante las limosnas.
La razón, por tanto, de que predigamos que Él imputará a los de su derecha las obras de misericordia que han hecho, y acusará a los de su izquierda de haberlas omitido, es que así muestra la eficacia de la caridad para borrar los pecados pasados, no para la impunidad en su perpetua comisión. Y, en verdad, no puede decirse que hacen obras de caridad quienes se niegan a abandonar sus malos hábitos de vida por un camino mejor. Porque este es el sentido de la frase: «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí.» [] Les muestra que no realizan obras de caridad ni siquiera cuando piensan que las hacen. Porque si dieran pan a un cristiano hambriento porque es cristiano, ciertamente no se negarían a sí mismos el pan de la justicia, es decir, a Cristo mismo; porque Dios no considera a la persona a quien se hace el don, sino el espíritu con que se hace. Quien, pues, ama a Cristo en un cristiano le extiende la limosna en el mismo espíritu con que se acerca a Cristo, no en aquel espíritu que abandonaría a Cristo si pudiera hacerlo con impunidad. Porque en la medida en que un hombre ama lo que Cristo desaprueba, él mismo abandona a Cristo. Pues ¿de qué aprovecha a un hombre estar bautizado, si no es justificado? ¿Acaso el que dijo: «A menos que un hombre nazca de agua y del Espíritu, no entrará en el reino de Dios,» [] no dijo también: «A menos que vuestra justicia exceda la justicia de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos?» [] ¿Por qué muchos, por temor de la primera frase, corren al bautismo, mientras pocos, por temor de la segunda, buscan ser justificados? Así como, por tanto, no es a su hermano a quien un hombre dice: «Necio,» si al decirlo se indigna no contra la hermandad, sino contra el pecado del ofensor—porque de otro modo sería reo del fuego del infierno—, así quien extiende caridad a un cristiano no la extiende a un cristiano si no ama a Cristo en él. Ahora bien, no ama a Cristo quien se niega a ser justificado en Él. O, de nuevo, si un hombre ha sido culpable de este pecado de llamar a su hermano Necio, injuriándolo injustamente sin deseo alguno de quitar su pecado, sus limosnas ayudan poco a expiar esta falta, a menos que añada a esto el remedio de la reconciliación que el mismo pasaje ordena. Pues allí se dice: «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti; deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» [] Del mismo modo, es poca cosa hacer limosnas, por grandes que sean, por cualquier pecado, mientras el ofensor continúe en la práctica del pecado.
Luego, en cuanto a la oración diaria que el mismo Señor enseñó, y que por eso se llama oración del Señor, ciertamente borra los pecados del día, cuando día a día decimos: «Perdónanos nuestras deudas,» y cuando no solo decimos sino que ponemos en práctica lo que sigue: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores;» [] pero pronunciamos esta petición porque se han cometido pecados, y no para que se cometan. Porque con ella nuestro Salvador quiso enseñarnos que, por rectamente que vivamos en esta vida de enfermedad y tinieblas, todavía cometemos pecados por cuya remisión debemos orar, mientras debemos perdonar a quienes pecan contra nosotros para que nosotros mismos también seamos perdonados. El Señor, pues, no pronunció las palabras: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre también os perdonará vuestras ofensas,» [] para que de esta petición contratáramos tal confianza que nos permitiera pecar con seguridad día tras día, ya poniéndonos por encima del temor de las leyes humanas, ya engañando astutamente a los hombres acerca de nuestra conducta, sino para que aprendiéramos así a no suponer que estamos sin pecados, aunque estuviéramos libres de crímenes; como también Dios amonestó a los sacerdotes de la antigua ley a este mismo efecto respecto de sus sacrificios, los cuales les ordenó ofrecer primero por sus propios pecados, y luego por los pecados del pueblo. Porque incluso las palabras mismas de tan gran Maestro y Señor han de ser consideradas atentamente. Pues no dice: Si perdonáis a los hombres sus pecados, vuestro Padre también os perdonará vuestros pecados, no importa de qué clase sean, sino que dice: vuestros pecados; porque era una oración diaria la que enseñaba, y ciertamente hablaba a discípulos ya justificados. ¿Qué quiere decir, entonces, con «vuestros pecados,» sino aquellos pecados de los que ni siquiera vosotros, que estáis justificados y santificados, podéis estar libres? Mientras, pues, quienes buscan ocasión en esta petición para entregarse al pecado habitual sostienen que el Señor quiso incluir los grandes pecados, porque no dijo: Él os perdonará vuestros pequeños pecados, sino «vuestros pecados,» nosotros, por otra parte, teniendo en cuenta el carácter de las personas a quienes se dirigía, no vemos cómo interpretar la expresión «vuestros pecados» de otra cosa que de pequeños pecados, porque tales personas ya no son culpables de grandes pecados. Sin embargo, ni siquiera los grandes pecados mismos —pecados de los que debemos huir con una total reforma de vida— son perdonados a quienes oran, a menos que observen el precepto añadido: «así como también vosotros perdonáis a vuestros deudores.» Pues si los pecados muy pequeños que aun se adhieren a la vida de los justos no son remitidos sin esa condición, ¿cuánto más lejos de obtener indulgencia estarán quienes están envueltos en muchos grandes crímenes, si, aun cuando cesen de perpetrar tales enormidades, todavía se niegan inexorablemente a remitir cualquier deuda contraída con ellos, puesto que el Señor dice: «Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas?» [] Porque este es también el sentido de la frase del apóstol Santiago: «El que no mostró misericordia tendrá juicio sin misericordia.» [] Pues debemos recordar a aquel siervo cuya deuda de diez mil talentos le perdonó su señor, pero después ordenó que pagara, porque el siervo mismo no tuvo piedad de su consiervo, que le debía cien denarios. [] Las palabras que el apóstol Santiago añade: «Y la misericordia triunfa sobre el juicio,» [] hallan su aplicación entre quienes son hijos de la promesa y vasos de misericordia. Porque incluso aquellos hombres justos, que han vivido con tal santidad que reciben en las moradas eternas también a otros que han ganado su amistad con las riquezas injustas, [] llegaron a ser tales solo mediante la liberación misericordiosa de Aquel que justifica al impío, imputándole una recompensa según la gracia, no según la deuda. Porque entre este número está el apóstol, que dice: «Alcancé misericordia para ser fiel.» []
Pero hay que admitir que quienes son así recibidos en las moradas eternas no son de tal carácter que su propia vida bastara para rescatarlos sin la ayuda de los santos, y, por consiguiente, en su caso especialmente la misericordia triunfa sobre el juicio. Y, sin embargo, no por esto debemos suponer que todo libertino abandonado, que no ha enmendado su vida, ha de ser recibido en las moradas eternas con solo que haya asistido a los santos con las riquezas injustas—es decir, con dinero o bienes que han sido adquiridos injustamente, o que, si han sido adquiridos legítimamente, no son sin embargo las verdaderas riquezas, sino solo lo que la iniquidad cuenta por riquezas, porque no conoce las verdaderas riquezas en las que abundan aquellas personas que incluso reciben a otros también en las moradas eternas. Hay, pues, un cierto género de vida que no es, por una parte, tan malo que quienes lo adoptan no sean ayudados hacia el reino de los cielos por ninguna limosna generosa con la que puedan aliviar las necesidades de los santos y hacer amigos que puedan recibirlos en las moradas eternas, ni, por otra parte, tan bueno que por sí mismo baste para ganarles aquella gran bienaventuranza, si no obtienen misericordia por los méritos de aquellos a quienes han hecho sus amigos. Y con frecuencia me admiro de que incluso Virgilio exprese esta sentencia del Señor, en la que dice: «Haceos amigos de las riquezas injustas, para que os reciban en las moradas eternas;» [] y esta frase muy semejante: «El que recibe a un profeta, en nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo, en nombre de justo, recibirá recompensa de justo.» [] Porque cuando aquel poeta describió los campos Elíseos, en los que suponen que habitan las almas de los bienaventurados, puso allí no solo a quienes habían podido por su propio mérito alcanzar aquella morada, sino que añadió—
Y quienes grata memoria ganaron
Por servicios a otros hechos;
Por servicios a otros hechos;
es decir, quienes habían servido a otros, y con ello merecieron ser recordados por ellos. Como si usaran la expresión tan común en labios cristianos, cuando una persona humilde se encomienda a uno de los santos y dice: Acuérdate de mí, y consigue que lo haga mereciendo bien de su mano. Pero qué es ese género de vida del que hemos estado hablando, y cuáles son esos pecados que impiden a un hombre ganar por sí mismo el reino de Dios, pero le permiten valerse de los méritos de los santos, es muy difícil de averiguar, muy peligroso de definir. Por mi parte, a pesar de toda investigación, hasta la hora presente no he podido descubrirlo. Y posiblemente se nos oculta, para que no nos volvamos descuidados en evitar tales pecados, y así dejemos de progresar. Porque si se supiera cuáles son estos pecados que, aunque continúen y no sean abandonados por una vida más alta, no nos impiden sin embargo buscar y esperar la intercesión de los santos, la pereza humana se envolvería presuntuosamente en estos pecados, y no daría pasos para desenredarse de tales envolturas mediante la diestra energía de alguna virtud, sino que solo desearía ser rescatada por los méritos de otras personas, cuya amistad se ha ganado mediante un uso generoso de las riquezas injustas. Pero ahora que quedamos en la ignorancia de la naturaleza precisa de esa iniquidad que es venial, aun cuando se persevere en ella, ciertamente somos más vigilantes en nuestras oraciones y esfuerzos por progresar, y más cuidadosos en asegurarnos, con las riquezas injustas, amigos entre los santos.
Pero esta liberación, que se efectúa por las propias oraciones o por la intercesión de hombres santos, asegura que un hombre no sea arrojado al fuego eterno, pero no que, una vez que haya sido arrojado a él, haya de ser rescatado después de un tiempo. Porque incluso quienes imaginan que lo que se dice de la buena tierra que produce fruto abundante, unos treinta, otros sesenta, otros ciento por uno, ha de referirse a los santos, de modo que en proporción a sus méritos algunos de ellos librarán a treinta hombres, otros a sesenta, otros a cien—incluso quienes sostienen esto se inclinan comúnmente a suponer que esta liberación tendrá lugar en el día del juicio, y no después de él. Bajo esta impresión, se cuenta que alguien que observó la indecorosa necedad con que los hombres se prometen impunidad sobre la base de que todos serán incluidos en este método de liberación, hizo muy acertadamente la observación de que más bien deberíamos esforzarnos por vivir tan bien que todos seamos hallados entre el número de aquellos que han de interceder por la liberación de otros, no sea que estos sean tan pocos en número que, después de haber librado uno a treinta, otro a sesenta, otro a cien, queden todavía muchos que no podrían ser librados del castigo por sus intercesiones, y entre ellos todo aquel que vana y temerariamente se ha prometido a sí mismo el fruto del trabajo ajeno. Pero ya se ha dicho bastante en respuesta a quienes reconocen la autoridad de las mismas sagradas Escrituras que nosotros, pero que, por una interpretación equivocada de ellas, conciben el futuro más bien como ellos mismos desean que como las Escrituras enseñan. Y habiendo dado esta respuesta, ahora, según lo prometido, cierro este libro.
En este libro se trata del fin de la ciudad de Dios, es decir, de la felicidad eterna de los santos; se establece y se explica la fe en la resurrección del cuerpo; y la obra concluye mostrando cómo los santos, revestidos de cuerpos inmortales y espirituales, serán ocupados.
XXII, 1
Como prometimos en el libro inmediatamente precedente, este, el último de toda la obra, contendrá una discusión sobre la bienaventuranza eterna de la ciudad de Dios. Esta bienaventuranza se llama eterna, no porque haya de durar muchos siglos, aunque al final haya de terminar, sino porque, según las palabras del Evangelio, «de su reino no habrá fin» []. Tampoco gozará de una mera apariencia de perpetuidad, mantenida por el surgimiento de nuevas generaciones que ocupan el lugar de las que han desaparecido, como en un árbol de hoja perenne la misma frescura parece continuar permanentemente, y la misma apariencia de follaje denso se conserva por el crecimiento de hojas nuevas en lugar de las que se han marchitado y caído; sino que en aquella ciudad todos los ciudadanos serán inmortales, gozando por fin los hombres de lo que los santos ángeles nunca han perdido. Y esto será realizado por Dios, el Fundador todopoderoso de la ciudad. Porque Él lo ha prometido, y no puede mentir, y ya ha cumplido muchas de sus promesas, y ha hecho muchas bondades no prometidas a aquellos a quienes ahora pide que crean que Él hará también esto.
Porque es Él quien en el principio creó el mundo lleno de todos los seres visibles e inteligibles, entre los cuales nada creó mejor que aquellos espíritus a quienes dotó de inteligencia y a quienes hizo capaces de contemplarlo y gozarlo, y unidos en nuestra sociedad, que llamamos la ciudad santa y celestial, y en la cual el sustento material de su bienaventuranza es Dios mismo, como su alimento y nutrición común. Es Él quien dio a esta naturaleza intelectual un libre albedrío de tal índole que, si quisiera abandonar a Dios, es decir, su bienaventuranza, inmediatamente le sobrevendría la miseria. Es Él quien, sabiendo de antemano que ciertos ángeles por su soberbia desearían bastarse a sí mismos para su propia bienaventuranza y abandonarían su gran bien, no les quitó este poder, juzgando que era más propio de su poder y bondad sacar bien del mal que impedir que el mal llegara a existir. Y ciertamente el mal nunca habría existido si la naturaleza mudable —mudable, aunque buena, y creada por el Dios altísimo y Bien inmutable, que creó todas las cosas buenas— no se hubiera acarreado el mal a sí misma por el pecado. Y este mismo pecado suyo es prueba de que su naturaleza era originalmente buena. Porque, si no hubiera sido muy buena, aunque no igual a su Creador, el abandono de Dios como su luz no habría podido ser un mal para ella. Pues así como la ceguera es un vicio del ojo, y este mismo hecho indica que el ojo fue creado para ver la luz, y como, en consecuencia, el vicio mismo prueba que el ojo es más excelente que los demás miembros, porque es capaz de luz (pues de otro modo no sería vicio del ojo carecer de luz), así la naturaleza que una vez gozó de Dios enseña, aun por su mismo vicio, que fue creada la mejor de todas, puesto que ahora es miserable porque no goza de Dios. Es él quien con justísimo castigo condenó a los ángeles que cayeron voluntariamente a la miseria eterna, y premió a los que perseveraron apegados al bien supremo con la seguridad de una estabilidad sin fin como recompensa de su fidelidad. Es él quien hizo también al hombre recto, con el mismo libre albedrío; animal terreno, ciertamente, pero apto para el cielo si permanecía fiel a su Creador, aunque destinado a la miseria propia de tal naturaleza si lo abandonaba. Es él quien, sabiendo de antemano que el hombre a su vez pecaría abandonando a Dios y quebrantando su ley, no le privó del poder del libre albedrío, porque al mismo tiempo preveía qué bien sacaría Él mismo del mal, y cómo de esta raza mortal, merecida y justamente condenada, recogería por su gracia, como ahora lo hace, un pueblo tan numeroso, que así llena y repara el vacío dejado por los ángeles caídos, y que así aquella amada y celestial ciudad no se ve defraudada del número completo de sus ciudadanos, sino que quizá pueda regocijarse con una población aún más desbordante.
XXII, 2
Es verdad que los hombres malvados hacen muchas cosas contrarias a la voluntad de Dios; pero tan grandes son su sabiduría y su poder, que todas las cosas que parecen adversas a su designio tienden sin embargo hacia aquellos fines y resultados justos y buenos que Él mismo ha conocido de antemano. Y en consecuencia, cuando se dice que Dios cambia su voluntad, como cuando, p. ej., se enoja con aquellos con quienes era benigno, son más bien ellos, y no Él, los que cambian; y lo encuentran cambiado en la medida en que su experiencia del sufrimiento a manos de Él es nueva, así como el sol cambia para los ojos enfermos, y se vuelve, por decirlo así, fiero de manso que era, y dañino de delicioso, aunque en sí mismo permanece tal como era. También se llama voluntad de Dios lo que Él obra en los corazones de quienes obedecen sus mandamientos; y de esto dice el Apóstol: «porque es Dios quien produce en vosotros tanto el querer» []. Así como la «justicia» de Dios se predica no solo de la justicia con que Él mismo es justo, sino también de la que produce en el hombre a quien justifica, así también se llama ley suya aquella que, aunque dada por Dios, es más bien ley de los hombres. Pues ciertamente eran hombres aquellos a quienes Jesús dijo: «Escrito está en vuestra ley» [], aunque en otro lugar leemos: «La ley de su Dios está en su corazón». Según esta voluntad que Dios obra en los hombres, se dice también que quiere lo que Él mismo no quiere, sino que hace que su pueblo lo quiera; así como se dice que conoce lo que ha hecho conocer a quienes lo ignoraban. Porque cuando dice el Apóstol: «Pero ahora, después de que habéis conocido a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios» [], no podemos suponer que Dios conociera entonces por primera vez a quienes ya tenía conocidos de antemano antes de la fundación del mundo; sino que se dice que los conoció entonces, porque entonces hizo que ellos le conocieran. Pero recuerdo que ya traté estos modos de expresión en los libros anteriores. Según esta voluntad, pues, por la cual decimos que Dios quiere lo que hace que otros quieran, a quienes el futuro está oculto, quiere muchas cosas que no realiza.
Así, sus santos, inspirados por su santa voluntad, desean muchas cosas que nunca suceden. Oran, p. ej., por ciertas personas —oran de manera piadosa y santa—, pero lo que piden no lo realiza Él, aunque Él mismo, por su propio Espíritu Santo, ha obrado en ellos esta voluntad de orar. Y, en consecuencia, cuando los santos, conforme a la mente de Dios, quieren y oran para que todos los hombres se salven, podemos usar esta manera de hablar: Dios quiere y no realiza, queriendo decir que Aquel que les hace querer estas cosas, Él mismo las quiere. Pero si hablamos de aquella voluntad suya que es eterna en cuanto es su presciencia, ciertamente Él ya ha hecho todas las cosas en el cielo y en la tierra que ha querido, no solo las cosas pasadas y presentes, sino incluso las que aún están por venir. Pero antes de que llegue el tiempo en el que Él ha querido que ocurra lo que conoció de antemano y dispuso antes de todos los tiempos, decimos: Sucederá cuando Dios quiera. Pero si ignoramos no solo el tiempo en que ha de ser, sino incluso si ha de ser en absoluto, decimos: Sucederá si Dios quiere, no porque Dios vaya a tener entonces una voluntad nueva que antes no tenía, sino porque aquel acontecimiento, que desde la eternidad ha sido preparado en su voluntad inmutable, entonces sucederá.
Capítulo 3. De la promesa de la bienaventuranza eterna a los santos y del castigo eterno a los impíos
XXII, 3
Por lo cual, por no mencionar muchos otros ejemplos además, así como ahora vemos en Cristo el cumplimiento de aquello que Dios prometió a Abraham cuando dijo: «En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones» [], así también se cumplirá esto que prometió a la misma raza, cuando dijo por el profeta: «Los que están en sus sepulcros resucitarán» [], y también: «Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva; y lo primero no será recordado, ni vendrá a la mente; antes se gozarán y se regocijarán en ello; porque yo haré de Jerusalén un regocijo, y de mi pueblo una alegría. Y me regocijaré en Jerusalén, y me alegraré en mi pueblo, y no se oirá más en ella voz de llanto» []. Y por otro profeta pronunció la misma predicción: «En aquel tiempo será librado tu pueblo, todo aquel que se halle escrito en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo» (o, como algunos lo interpretan, «en el túmulo») «de la tierra despertarán, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna» []. Y en otro lugar dice el mismo profeta: «Los santos del Altísimo recibirán el reino, y poseerán el reino para siempre, por los siglos de los siglos» []. Y poco después dice: «Su reino es un reino eterno» []. Otras profecías referentes al mismo asunto las he presentado en el libro vigésimo, y otras más que no he presentado se encuentran escritas en las mismas Escrituras; y estas predicciones se cumplirán, así como también se han cumplido aquellas que los hombres incrédulos supusieron que quedarían frustradas. Porque es el mismo Dios quien prometió ambas cosas y predijo que ambas sucederían: el Dios ante quien tiemblan las deidades paganas, como atestigua incluso Porfirio, el más noble de los filósofos paganos.
Contra los sabios del mundo, que imaginan que los cuerpos terrenos de los hombres no pueden ser trasladados a una morada celestial
XXII, 4
Pero los hombres que emplean su erudición y su capacidad intelectual para resistir la fuerza de aquella gran autoridad que, en cumplimiento de lo que tanto tiempo antes había sido predicho, ha convertido a todas las razas de hombres a la fe y a la esperanza en sus promesas, se figuran argumentar con agudeza contra la resurrección del cuerpo cuando citan lo que Cicerón menciona en el libro tercero De Republica. Pues cuando afirmaba la apoteosis de Hércules y de Rómulo, dice: «Cuyos cuerpos no fueron llevados al cielo; porque la naturaleza no permitiría que un cuerpo de tierra existiera en otro lugar que no fuera la tierra». Este es, en verdad, el profundo razonamiento de los sabios, cuyos pensamientos sabe Dios que son vanos. Porque si fuéramos solo almas, es decir, espíritus sin cuerpo alguno, y si habitáramos en el cielo y no tuviéramos conocimiento de los animales terrenos, y se nos dijera que habríamos de estar unidos a cuerpos terrenos por algún maravilloso vínculo de unión, y que habríamos de animarlos, ¿no nos negaríamos mucho más vigorosamente a creer esto, y sostendríamos que la naturaleza no permitiría que una sustancia incorpórea fuera retenida por un vínculo corpóreo? Y sin embargo, la tierra está llena de espíritus vivientes, a los que están unidos cuerpos terrestres, y con los cuales están maravillosamente entrelazados. Si, pues, el mismo Dios que ha creado tales seres quiere también esto, ¿qué impide que el cuerpo terreno sea elevado a cuerpo celestial, puesto que un espíritu, que es más excelente que todos los cuerpos y, por consiguiente, que incluso un cuerpo celestial, ha sido atado a un cuerpo terreno? Si una partícula terrena tan pequeña ha podido mantener unido consigo algo mejor que un cuerpo celestial, hasta el punto de recibir sensación y vida, ¿desdeñará el cielo recibir, o al menos retener, esta partícula viviente y sensitiva, que deriva su vida y su sensación de una sustancia más excelente que cualquier cuerpo celestial? Si esto no sucede ahora, es porque aún no ha llegado el tiempo determinado por Aquel que ya ha hecho algo mucho más maravilloso que aquello que estos hombres se niegan a creer. Pues ¿por qué no nos asombramos más intensamente de que las almas incorpóreas, que son de rango superior a los cuerpos celestiales, estén atadas a cuerpos terrenos, antes que de que los cuerpos, aunque terrenos, sean exaltados a una morada que, aunque celestial, es sin embargo corpórea, sino porque estamos acostumbrados a ver esto, y en realidad somos esto, mientras que no somos todavía aquel otro prodigio, ni lo hemos visto jamás? Ciertamente, si consultamos a la razón sobria, se halla que lo más maravilloso de las dos obras divinas es unir de algún modo las cosas corpóreas a las incorpóreas, y no conectar las cosas terrenas con las celestiales, que, aunque diversas, son ambas corpóreas.