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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 49 de 52 · Capítulo 25Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 25

    Si los que recibieron el bautismo herético, y después cayeron en la maldad de vida; o los que recibieron el bautismo católico, pero después pasaron a la herejía y al cisma; o los que permanecieron en la Iglesia católica en la que fueron bautizados, pero continuaron viviendo inmoralmente—pueden esperar, por la virtud de los sacramentos, la remisión del castigo eterno

    XXI, 25

    Pero respondamos ahora a quienes prometen la liberación del fuego eterno, no al diablo y a sus ángeles (como tampoco lo hacen aquellos de quienes hemos hablado), ni siquiera a todos los hombres en absoluto, sino sólo a los que han sido lavados por el bautismo de Cristo y han llegado a ser partícipes de su cuerpo y de su sangre, no importa cómo hayan vivido, no importa en qué herejía o impiedad hayan caído. Pero a éstos los contradice el apóstol, donde dice: «Ahora bien, las obras de la carne son manifiestas, y son éstas: fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, contiendas, herejías, envidias, borracheras, orgías, y cosas semejantes; de las cuales os advierto, como ya os he advertido antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.» [] Ciertamente esta sentencia del apóstol sería falsa, si tales personas fueran liberadas después de algún tiempo, y entonces heredaran el reino de Dios. Pero como no es falsa, ciertamente nunca heredarán el reino de Dios. Y si nunca entrarán en ese reino, serán retenidos siempre en el castigo eterno; porque no hay lugar intermedio donde pueda vivir sin castigo quien no ha sido admitido en ese reino.
    Y por tanto, razonablemente podemos inquirir cómo hemos de entender estas palabras del Señor Jesús: «Éste es el pan que desciende del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá para siempre.» [] Y, ciertamente, a aquellos a quienes ahora respondemos los refutan en su interpretación de este pasaje aquellos a quienes responderemos en breve, y que no prometen esta liberación a todos los que han recibido los sacramentos del bautismo y del cuerpo del Señor, sino sólo a los católicos, por muy perversamente que vivan; pues éstos, dicen, han comido el cuerpo del Señor no sólo sacramentalmente, sino realmente, al estar constituidos en miembros de su cuerpo, del cual dice el apóstol: «Siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo.» [] Aquel, pues, que está en la unidad del cuerpo de Cristo (es decir, en la membresía cristiana), de cuyo cuerpo los fieles han solido recibir el sacramento en el altar, ése se dice verdaderamente que come el cuerpo y bebe la sangre de Cristo. Y, en consecuencia, los herejes y cismáticos, por estar separados de la unidad de este cuerpo, pueden recibir el mismo sacramento, pero sin provecho para sí—antes bien, para su propio daño, de modo que son juzgados más severamente que liberados después de algún tiempo. Porque no están en aquel vínculo de paz que es simbolizado por aquel sacramento.
    Pero, además, incluso aquellos que entienden suficientemente que quien no está en el cuerpo de Cristo no puede decirse que coma el cuerpo de Cristo, yerran cuando prometen la liberación del fuego del castigo eterno a personas que caen de la unidad de ese cuerpo en la herejía, o incluso en la superstición pagana. Pues, en primer lugar, deberían considerar cuán intolerable es, y cuán discordante con la sana doctrina, suponer que muchos, o casi todos, que han abandonado la Iglesia católica, y han originado herejías impías y se han convertido en heresiarcas, hayan de gozar de un destino superior al de aquellos que nunca fueron católicos, sino que cayeron en las trampas de estos otros; es decir, si el hecho de su bautismo católico y de la recepción original del sacramento del cuerpo de Cristo en el verdadero cuerpo de Cristo fuera suficiente para librar a estos heresiarcas del castigo eterno. Porque ciertamente, quien abandona la fe, y de desertor se convierte en agresor, es peor que quien no ha abandonado la fe que nunca tuvo. Y, en segundo lugar, los contradice el apóstol, quien, después de enumerar las obras de la carne, dice con referencia a las herejías: «Los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.»
    Y, por tanto, tampoco deben estar confiados en su salvación los que llevan una vida abandonada y condenable, aunque perseveren hasta el fin en la comunión de la Iglesia católica, y se consuelen con las palabras: «El que persevere hasta el fin, ése será salvo.» Por la iniquidad de su vida abandonan aquella misma justicia de vida que Cristo es para ellos, ya sea por fornicación, o perpetrando en su cuerpo las demás impurezas que el apóstol ni siquiera quería mencionar, o por una lujuria disoluta, o haciendo cualquiera de aquellas cosas de las que dice: «Los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios.» En consecuencia, los que hacen tales cosas no existirán en ningún otro lugar sino en el castigo eterno, ya que no pueden estar en el reino de Dios. Pues, mientras continúan en tales cosas hasta el fin mismo de la vida, no se puede decir que permanezcan en Cristo hasta el fin; porque permanecer en Él es permanecer en la fe de Cristo. Y esta fe, según la definición que de ella da el apóstol, «obra por el amor.» [] Y «el amor», como dice en otro lugar, «no hace mal alguno.» [] Tampoco se puede decir que estas personas coman el cuerpo de Cristo, porque ni siquiera pueden contarse entre sus miembros. Pues, por no mencionar otras razones, no pueden ser a la vez miembros de Cristo y miembros de una ramera. En fin, Él mismo, cuando dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él,» [] muestra qué es en realidad, y no sacramentalmente, comer su cuerpo y beber su sangre; porque esto es permanecer en Cristo, para que Él también permanezca en nosotros. De modo que es como si dijera: El que no permanece en mí, y en quien yo no permanezco, no diga ni piense que come mi cuerpo o bebe mi sangre. En consecuencia, los que no son miembros de Cristo no permanecen en Él. Y los que se hacen miembros de una ramera, no son miembros de Cristo a menos que hayan abandonado penitentemente ese mal, y hayan vuelto a este bien para reconciliarse con él.

    Capítulo 26

    Qué es tener a Cristo por fundamento, y quiénes son aquellos a quienes se promete la salvación como por fuego

    XXI, 26

    Pero, dicen, los cristianos católicos tienen a Cristo por fundamento, y no se han apartado de la unión con Él, por depravada que sea la vida que hayan edificado sobre este fundamento, como madera, heno, hojarasca; y, por consiguiente, la fe bien dirigida por la cual Cristo es su fundamento bastará para librarlos en algún momento de la continuación de aquel fuego, aunque sea con pérdida, puesto que lo que sobre él edificaron será quemado. Que el apóstol Santiago les responda sumariamente: «Si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras, ¿podrá la fe salvarle?» [] Y quién es, entonces, preguntan, aquel de quien dice el apóstol Pablo: «¿Pero él mismo se salvará, aunque así como por fuego?» Unámonos a ellos en su indagación; y una cosa es muy cierta: que no es aquel de quien habla Santiago, de otro modo haríamos contradecirse a los dos apóstoles, si el uno dice: «Aunque las obras de un hombre sean malas, su fe lo salvará como por fuego,» mientras el otro dice: «Si no tiene buenas obras, ¿podrá su fe salvarlo?»
    Averiguaremos, pues, quién es el que puede salvarse por el fuego, si primero descubrimos qué es tener a Cristo por fundamento. Y esto podemos aprenderlo muy fácilmente de la imagen misma. En un edificio, el fundamento es lo primero. Quien, pues, tiene a Cristo en su corazón, de modo que ninguna cosa terrena o temporal —ni siquiera las que son legítimas y permitidas— es preferida a Él, tiene a Cristo por fundamento. Pero si estas cosas son preferidas, entonces, aunque un hombre parezca tener fe en Cristo, Cristo no es el fundamento para ese hombre; y mucho más, si en desprecio de los preceptos saludables busca gratificaciones prohibidas, queda claramente convicto de poner a Cristo no en primer lugar, sino en el último, puesto que lo ha despreciado como a su gobernante y ha preferido satisfacer sus propias concupiscencias malvadas, en desprecio de los mandatos y concesiones de Cristo. Por consiguiente, si un cristiano ama a una ramera y, uniéndose a ella, se hace un solo cuerpo, ya no tiene a Cristo por fundamento. Pero si alguien ama a su propia esposa, y la ama como Cristo querría que la amara, ¿quién puede dudar de que tiene a Cristo por fundamento? Pero si la ama a la manera del mundo, carnalmente, como lo impulsa la enfermedad de la concupiscencia, y como aman los gentiles que no conocen a Dios, incluso esto lo permite el apóstol, o más bien Cristo por el apóstol, como culpa venial. Y, por tanto, incluso tal hombre puede tener a Cristo por fundamento. Porque mientras no prefiera tal afecto o placer a Cristo, Cristo es su fundamento, aunque sobre él edifique madera, heno, hojarasca; y por tanto será salvado como por fuego. Porque el fuego de la tribulación quemará tales placeres lujuriosos y amores terrenos, aunque no sean condenables, porque se gozan en matrimonio legítimo. Y de este fuego el combustible es la privación, y todas aquellas calamidades que consumen estos gozos. En consecuencia, la superestructura será pérdida para quien la ha edificado, pues no la retendrá, sino que será atormentado por la pérdida de aquellas cosas en cuyo disfrute hallaba placer. Pero por este fuego será salvado en virtud del fundamento, porque aun si un perseguidor le exigiera decidir si retendría a Cristo o estas cosas, preferiría a Cristo. ¿Quieres oír, en las propias palabras del apóstol, quién es el que edifica sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas? «El que no está casado,» dice, «se preocupa de las cosas que pertenecen al Señor, de cómo agradar al Señor.» [] ¿Quieres oír quién es el que edifica madera, heno, hojarasca? Pero el casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su esposa. [] «La obra de cada uno se hará manifiesta: porque el día la declarará,» —el día, sin duda, de la tribulación— «porque,» dice, «será revelada por el fuego.» [] Llama fuego a la tribulación, así como en otra parte se dice: «El horno prueba los vasos del alfarero, y la prueba de la aflicción a los hombres justos.» [] Y «El fuego probará la obra de cada uno de qué clase es. Si la obra de alguno permanece» —porque la preocupación de un hombre por las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor, permanece— «la que ha edificado sobre él, recibirá recompensa,» —es decir, recogerá el fruto de su cuidado. «Pero si la obra de alguno fuere quemada, sufrirá pérdida,» —porque lo que amó no lo retendrá:— «pero él mismo será salvo,» —porque ninguna tribulación lo habrá movido de aquel fundamento estable— «aunque así como por fuego;» [] porque aquello que poseía con la dulzura del amor no lo pierde sin el agudo aguijón del dolor. He aquí, pues, según me parece, un fuego que no destruye a ninguno de los dos, sino que enriquece a uno, trae pérdida al otro, prueba a ambos.
    Pero si este pasaje [de Corintios] ha de interpretar aquel fuego del cual dirá el Señor a los de su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno,» [] de modo que entre estos hemos de creer que hay quienes edifican sobre el fundamento madera, heno, hojarasca, y que ellos, en virtud del buen fundamento, serán después de un tiempo liberados del fuego que es la paga de sus malos merecimientos, ¿qué pensaremos entonces de los de la derecha, a quienes se dirá: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros,» [] sino que son aquellos que han edificado sobre el fundamento oro, plata, piedras preciosas? Pero si el fuego del que habla nuestro Señor es el mismo del que dice el apóstol: «Aunque así como por fuego,» entonces ambos —es decir, tanto los de la derecha como los de la izquierda— han de ser arrojados a él. Porque aquel fuego ha de probar a ambos, puesto que se dice: «Porque el día del Señor lo declarará, porque será revelado por fuego; y el fuego probará la obra de cada uno de qué clase es.» [] Si, por tanto, el fuego ha de probar a ambos, para que si la obra de alguno permanece— es decir., si la superestructura no es consumida por el fuego— reciba recompensa, y para que si su obra es quemada sufra pérdida, ciertamente aquel fuego no es el fuego eterno mismo. Porque a este último fuego solo serán arrojados los de la izquierda, y eso con condenación final y eterna; pero aquel fuego anterior prueba a los de la derecha. Pero a algunos de ellos los prueba de tal modo que no quema ni consume la estructura que se halla edificada por ellos sobre Cristo como fundamento; mientras que a otros de ellos los prueba de otra manera, de modo que quema lo que han edificado, y así les causa pérdida, mientras ellos mismos son salvados porque han retenido a Cristo, que fue puesto como su fundamento seguro, y lo han amado sobre todas las cosas. Pero si son salvados, entonces ciertamente estarán a la derecha, y con los demás oirán la sentencia: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros;» y no a la izquierda, donde estarán los que no serán salvados, y por tanto oirán la condenación: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno.» Porque de aquel fuego ningún hombre será salvado, porque todos irán al castigo eterno, donde su gusano no morirá, ni su fuego se apagará, en el cual serán atormentados día y noche para siempre.
    Pero si se dice que en el intervalo de tiempo entre la muerte de este cuerpo y aquel último día del juicio y de la retribución que seguirá a la resurrección, los cuerpos de los muertos estarán expuestos a un fuego de tal naturaleza que no afectará a quienes en esta vida no se entregaron a tales placeres y ocupaciones como los que serán consumidos como madera, heno, hojarasca, sino que afectará a aquellos otros que llevaron consigo estructuras de ese género; si se dice que tal mundanidad, siendo venial, será consumida en el fuego de la tribulación o aquí solamente, o aquí y en el más allá, o aquí para que no lo sea en el más allá—esto no lo contradigo, porque posiblemente sea verdad. Porque quizá incluso la muerte del cuerpo es en sí misma parte de esta tribulación, pues resulta de la primera transgresión, de modo que el tiempo que sigue a la muerte toma su color en cada caso de la naturaleza de la edificación del hombre. También las persecuciones, que han coronado a los mártires y que sufren cristianos de todo género, prueban ambas edificaciones como un fuego, consumiendo unas, junto con los mismos edificadores, si Cristo no se halla en ellos como su fundamento, mientras que otras las consumen sin los edificadores, porque Cristo se halla en ellos, y son salvados, aunque con pérdida; y a otras edificaciones aún no las consumen, porque en ellas se hallan materiales que permanecen para siempre. En el fin del mundo habrá, en el tiempo del Anticristo, una tribulación como nunca antes la hubo. ¡Cuántas edificaciones habrá entonces, de oro o de heno, construidas sobre el mejor fundamento, Cristo Jesús, las cuales aquel fuego probará, trayendo gozo a unos, pérdida a otros, pero sin destruir a ninguno de los dos grupos, a causa de este fundamento estable! Pero quien prefiere —no digo a su esposa, con quien convive por placer carnal, sino a cualquiera de aquellos parientes que no proporcionan deleite de ese género, y a quienes es recto amar— quien prefiere a estos antes que a Cristo, y los ama de manera humana y carnal, no tiene a Cristo por fundamento, y por tanto no será salvado por el fuego, ni siquiera en absoluto; porque no podrá habitar con el Salvador, que dice muy explícitamente acerca de este mismo asunto: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí.» [] Pero el que ama a sus parientes carnalmente, y sin embargo de modo que no los prefiere a Cristo, sino que preferiría carecer de ellos antes que de Cristo si fuera puesto a prueba, será salvado por el fuego, porque es necesario que por la pérdida de estos parientes sufra dolor en proporción a su amor. Y el que ama a padre, madre, hijos, hijas, según Cristo, de modo que los ayuda a obtener su reino y a adherirse a Él, o los ama porque son miembros de Cristo, no quiera Dios que este amor sea consumido como madera, heno, hojarasca, y no más bien sea contado como estructura de oro, plata, piedras preciosas. Pues ¿cómo puede un hombre amar a aquellos más que a Cristo, a quienes ama solo por causa de Cristo?

    Capítulo 27

    Contra la creencia de quienes piensan que los pecados que han ido acompañados de limosna no les harán ningún daño

    XXI, 27

    Resta responder a quienes sostienen que solo arderán en el fuego eterno los que descuidan las obras de misericordia proporcionadas a sus pecados, fundando esta opinión en las palabras del apóstol Santiago: «El que no mostró misericordia tendrá juicio sin misericordia.» [] Por tanto, dicen, el que ha mostrado misericordia, aunque no haya reformado su conducta disoluta, sino que haya vivido inicua e injustamente aun abundando en limosnas, tendrá un juicio misericordioso, de modo que o no será condenado en absoluto, o será librado del juicio final después de un tiempo. Y por la misma razón suponen que Cristo distinguirá entre los de la derecha y los de la izquierda, y enviará a un grupo a su reino, al otro al castigo eterno, únicamente por su atención u olvido de las obras de caridad. Además, se esfuerzan por usar la oración que el Señor mismo enseñó como prueba y baluarte de su opinión, de que los pecados diarios que nunca se abandonan pueden ser expiados mediante las limosnas, por ofensivos que sean o de cualquier clase que sean. Pues, dicen, así como no hay día en que los cristianos no deban usar esta oración, así no hay pecado de ningún género que, aunque se cometa cada día, no sea perdonado cuando decimos: «Perdónanos nuestras deudas,» si cuidamos de cumplir lo que sigue: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Porque, prosiguen, el Señor no dice: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial os perdonará vuestros pequeños pecados diarios,» sino «os perdonará vuestros pecados.» Por tanto, sean de la clase o magnitud que sean, sean perpetrados diariamente y nunca abandonados ni dominados en esta vida, pueden ser perdonados, presumen, mediante las limosnas.
    Pero tienen razón en inculcar la entrega de limosnas proporcionadas a los pecados pasados; pues si dijeran que cualquier clase de limosna podía obtener el perdón divino de grandes pecados cometidos diariamente y con habitual enormidad, si dijeran que tales pecados podían así ser perdonados diariamente, verían que su doctrina era absurda y ridícula. Porque se verían obligados a reconocer que sería posible para un hombre muy rico comprar la absolución de asesinatos, adulterios y toda suerte de maldades, pagando una limosna diaria de diez monedas insignificantes. Y si es de lo más absurdo e insensato hacer tal reconocimiento, y si aún preguntamos cuáles son aquellas limosnas adecuadas de las que incluso el precursor de Cristo dijo: «Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,» [] sin duda se hallará que no son tales como las que hacen hombres que socavan su vida con enormidades diarias hasta el mismo fin. Pues suponen que dando a los pobres una pequeña fracción de la riqueza que adquieren mediante extorsión y expoliación pueden propiciar a Cristo, para poder cometer con impunidad los pecados más condenables, en la persuasión de que han comprado de Él una licencia para transgredir, o más bien compran una indulgencia diaria. Y si por un crimen hubieran distribuido todos sus bienes a los miembros necesitados de Cristo, de nada les aprovecharía a menos que desistieran de todas las acciones semejantes, y alcanzaran la caridad que no obra mal. Por tanto, quien hace obras de misericordia proporcionadas a sus pecados debe comenzar primero consigo mismo. Porque no es razonable que un hombre que ejerce la caridad hacia su prójimo no la ejerza hacia sí mismo, puesto que oye al Señor decir: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo,» [] y de nuevo: «Ten compasión de tu alma, y agrada a Dios.» [] Quien, pues, no tiene compasión de su propia alma para agradar a Dios, ¿cómo puede decirse que hace obras de misericordia proporcionadas a sus pecados? Para el mismo fin está escrito: «El que es malo para sí mismo, ¿para quién podrá ser bueno?» [] Debemos, por tanto, hacer limosnas para que seamos oídos cuando oramos para que nuestros pecados pasados nos sean perdonados, no para que, mientras continuamos en ellos, pensemos en procurarnos una licencia para la maldad mediante las limosnas.
    La razón, por tanto, de que predigamos que Él imputará a los de su derecha las obras de misericordia que han hecho, y acusará a los de su izquierda de haberlas omitido, es que así muestra la eficacia de la caridad para borrar los pecados pasados, no para la impunidad en su perpetua comisión. Y, en verdad, no puede decirse que hacen obras de caridad quienes se niegan a abandonar sus malos hábitos de vida por un camino mejor. Porque este es el sentido de la frase: «En cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, no me lo hicisteis a mí.» [] Les muestra que no realizan obras de caridad ni siquiera cuando piensan que las hacen. Porque si dieran pan a un cristiano hambriento porque es cristiano, ciertamente no se negarían a sí mismos el pan de la justicia, es decir, a Cristo mismo; porque Dios no considera a la persona a quien se hace el don, sino el espíritu con que se hace. Quien, pues, ama a Cristo en un cristiano le extiende la limosna en el mismo espíritu con que se acerca a Cristo, no en aquel espíritu que abandonaría a Cristo si pudiera hacerlo con impunidad. Porque en la medida en que un hombre ama lo que Cristo desaprueba, él mismo abandona a Cristo. Pues ¿de qué aprovecha a un hombre estar bautizado, si no es justificado? ¿Acaso el que dijo: «A menos que un hombre nazca de agua y del Espíritu, no entrará en el reino de Dios,» [] no dijo también: «A menos que vuestra justicia exceda la justicia de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos?» [] ¿Por qué muchos, por temor de la primera frase, corren al bautismo, mientras pocos, por temor de la segunda, buscan ser justificados? Así como, por tanto, no es a su hermano a quien un hombre dice: «Necio,» si al decirlo se indigna no contra la hermandad, sino contra el pecado del ofensor—porque de otro modo sería reo del fuego del infierno—, así quien extiende caridad a un cristiano no la extiende a un cristiano si no ama a Cristo en él. Ahora bien, no ama a Cristo quien se niega a ser justificado en Él. O, de nuevo, si un hombre ha sido culpable de este pecado de llamar a su hermano Necio, injuriándolo injustamente sin deseo alguno de quitar su pecado, sus limosnas ayudan poco a expiar esta falta, a menos que añada a esto el remedio de la reconciliación que el mismo pasaje ordena. Pues allí se dice: «Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti; deja allí tu ofrenda delante del altar, y vete; reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.» [] Del mismo modo, es poca cosa hacer limosnas, por grandes que sean, por cualquier pecado, mientras el ofensor continúe en la práctica del pecado.
    Luego, en cuanto a la oración diaria que el mismo Señor enseñó, y que por eso se llama oración del Señor, ciertamente borra los pecados del día, cuando día a día decimos: «Perdónanos nuestras deudas,» y cuando no solo decimos sino que ponemos en práctica lo que sigue: «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores;» [] pero pronunciamos esta petición porque se han cometido pecados, y no para que se cometan. Porque con ella nuestro Salvador quiso enseñarnos que, por rectamente que vivamos en esta vida de enfermedad y tinieblas, todavía cometemos pecados por cuya remisión debemos orar, mientras debemos perdonar a quienes pecan contra nosotros para que nosotros mismos también seamos perdonados. El Señor, pues, no pronunció las palabras: «Si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre también os perdonará vuestras ofensas,» [] para que de esta petición contratáramos tal confianza que nos permitiera pecar con seguridad día tras día, ya poniéndonos por encima del temor de las leyes humanas, ya engañando astutamente a los hombres acerca de nuestra conducta, sino para que aprendiéramos así a no suponer que estamos sin pecados, aunque estuviéramos libres de crímenes; como también Dios amonestó a los sacerdotes de la antigua ley a este mismo efecto respecto de sus sacrificios, los cuales les ordenó ofrecer primero por sus propios pecados, y luego por los pecados del pueblo. Porque incluso las palabras mismas de tan gran Maestro y Señor han de ser consideradas atentamente. Pues no dice: Si perdonáis a los hombres sus pecados, vuestro Padre también os perdonará vuestros pecados, no importa de qué clase sean, sino que dice: vuestros pecados; porque era una oración diaria la que enseñaba, y ciertamente hablaba a discípulos ya justificados. ¿Qué quiere decir, entonces, con «vuestros pecados,» sino aquellos pecados de los que ni siquiera vosotros, que estáis justificados y santificados, podéis estar libres? Mientras, pues, quienes buscan ocasión en esta petición para entregarse al pecado habitual sostienen que el Señor quiso incluir los grandes pecados, porque no dijo: Él os perdonará vuestros pequeños pecados, sino «vuestros pecados,» nosotros, por otra parte, teniendo en cuenta el carácter de las personas a quienes se dirigía, no vemos cómo interpretar la expresión «vuestros pecados» de otra cosa que de pequeños pecados, porque tales personas ya no son culpables de grandes pecados. Sin embargo, ni siquiera los grandes pecados mismos —pecados de los que debemos huir con una total reforma de vida— son perdonados a quienes oran, a menos que observen el precepto añadido: «así como también vosotros perdonáis a vuestros deudores.» Pues si los pecados muy pequeños que aun se adhieren a la vida de los justos no son remitidos sin esa condición, ¿cuánto más lejos de obtener indulgencia estarán quienes están envueltos en muchos grandes crímenes, si, aun cuando cesen de perpetrar tales enormidades, todavía se niegan inexorablemente a remitir cualquier deuda contraída con ellos, puesto que el Señor dice: «Pero si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas?» [] Porque este es también el sentido de la frase del apóstol Santiago: «El que no mostró misericordia tendrá juicio sin misericordia.» [] Pues debemos recordar a aquel siervo cuya deuda de diez mil talentos le perdonó su señor, pero después ordenó que pagara, porque el siervo mismo no tuvo piedad de su consiervo, que le debía cien denarios. [] Las palabras que el apóstol Santiago añade: «Y la misericordia triunfa sobre el juicio,» [] hallan su aplicación entre quienes son hijos de la promesa y vasos de misericordia. Porque incluso aquellos hombres justos, que han vivido con tal santidad que reciben en las moradas eternas también a otros que han ganado su amistad con las riquezas injustas, [] llegaron a ser tales solo mediante la liberación misericordiosa de Aquel que justifica al impío, imputándole una recompensa según la gracia, no según la deuda. Porque entre este número está el apóstol, que dice: «Alcancé misericordia para ser fiel.» []
    Pero hay que admitir que quienes son así recibidos en las moradas eternas no son de tal carácter que su propia vida bastara para rescatarlos sin la ayuda de los santos, y, por consiguiente, en su caso especialmente la misericordia triunfa sobre el juicio. Y, sin embargo, no por esto debemos suponer que todo libertino abandonado, que no ha enmendado su vida, ha de ser recibido en las moradas eternas con solo que haya asistido a los santos con las riquezas injustas—es decir, con dinero o bienes que han sido adquiridos injustamente, o que, si han sido adquiridos legítimamente, no son sin embargo las verdaderas riquezas, sino solo lo que la iniquidad cuenta por riquezas, porque no conoce las verdaderas riquezas en las que abundan aquellas personas que incluso reciben a otros también en las moradas eternas. Hay, pues, un cierto género de vida que no es, por una parte, tan malo que quienes lo adoptan no sean ayudados hacia el reino de los cielos por ninguna limosna generosa con la que puedan aliviar las necesidades de los santos y hacer amigos que puedan recibirlos en las moradas eternas, ni, por otra parte, tan bueno que por sí mismo baste para ganarles aquella gran bienaventuranza, si no obtienen misericordia por los méritos de aquellos a quienes han hecho sus amigos. Y con frecuencia me admiro de que incluso Virgilio exprese esta sentencia del Señor, en la que dice: «Haceos amigos de las riquezas injustas, para que os reciban en las moradas eternas;» [] y esta frase muy semejante: «El que recibe a un profeta, en nombre de profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo, en nombre de justo, recibirá recompensa de justo.» [] Porque cuando aquel poeta describió los campos Elíseos, en los que suponen que habitan las almas de los bienaventurados, puso allí no solo a quienes habían podido por su propio mérito alcanzar aquella morada, sino que añadió—
    Y quienes grata memoria ganaron
    Por servicios a otros hechos;
    es decir, quienes habían servido a otros, y con ello merecieron ser recordados por ellos. Como si usaran la expresión tan común en labios cristianos, cuando una persona humilde se encomienda a uno de los santos y dice: Acuérdate de mí, y consigue que lo haga mereciendo bien de su mano. Pero qué es ese género de vida del que hemos estado hablando, y cuáles son esos pecados que impiden a un hombre ganar por sí mismo el reino de Dios, pero le permiten valerse de los méritos de los santos, es muy difícil de averiguar, muy peligroso de definir. Por mi parte, a pesar de toda investigación, hasta la hora presente no he podido descubrirlo. Y posiblemente se nos oculta, para que no nos volvamos descuidados en evitar tales pecados, y así dejemos de progresar. Porque si se supiera cuáles son estos pecados que, aunque continúen y no sean abandonados por una vida más alta, no nos impiden sin embargo buscar y esperar la intercesión de los santos, la pereza humana se envolvería presuntuosamente en estos pecados, y no daría pasos para desenredarse de tales envolturas mediante la diestra energía de alguna virtud, sino que solo desearía ser rescatada por los méritos de otras personas, cuya amistad se ha ganado mediante un uso generoso de las riquezas injustas. Pero ahora que quedamos en la ignorancia de la naturaleza precisa de esa iniquidad que es venial, aun cuando se persevere en ella, ciertamente somos más vigilantes en nuestras oraciones y esfuerzos por progresar, y más cuidadosos en asegurarnos, con las riquezas injustas, amigos entre los santos.
    Pero esta liberación, que se efectúa por las propias oraciones o por la intercesión de hombres santos, asegura que un hombre no sea arrojado al fuego eterno, pero no que, una vez que haya sido arrojado a él, haya de ser rescatado después de un tiempo. Porque incluso quienes imaginan que lo que se dice de la buena tierra que produce fruto abundante, unos treinta, otros sesenta, otros ciento por uno, ha de referirse a los santos, de modo que en proporción a sus méritos algunos de ellos librarán a treinta hombres, otros a sesenta, otros a cien—incluso quienes sostienen esto se inclinan comúnmente a suponer que esta liberación tendrá lugar en el día del juicio, y no después de él. Bajo esta impresión, se cuenta que alguien que observó la indecorosa necedad con que los hombres se prometen impunidad sobre la base de que todos serán incluidos en este método de liberación, hizo muy acertadamente la observación de que más bien deberíamos esforzarnos por vivir tan bien que todos seamos hallados entre el número de aquellos que han de interceder por la liberación de otros, no sea que estos sean tan pocos en número que, después de haber librado uno a treinta, otro a sesenta, otro a cien, queden todavía muchos que no podrían ser librados del castigo por sus intercesiones, y entre ellos todo aquel que vana y temerariamente se ha prometido a sí mismo el fruto del trabajo ajeno. Pero ya se ha dicho bastante en respuesta a quienes reconocen la autoridad de las mismas sagradas Escrituras que nosotros, pero que, por una interpretación equivocada de ellas, conciben el futuro más bien como ellos mismos desean que como las Escrituras enseñan. Y habiendo dado esta respuesta, ahora, según lo prometido, cierro este libro.

    Libro XXII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XXII, argumento
    En este libro se trata del fin de la ciudad de Dios, es decir, de la felicidad eterna de los santos; se establece y se explica la fe en la resurrección del cuerpo; y la obra concluye mostrando cómo los santos, revestidos de cuerpos inmortales y espirituales, serán ocupados.

    Capítulo 1. De la creación de los ángeles y de los hombres

    XXII, 1

    Como prometimos en el libro inmediatamente precedente, este, el último de toda la obra, contendrá una discusión sobre la bienaventuranza eterna de la ciudad de Dios. Esta bienaventuranza se llama eterna, no porque haya de durar muchos siglos, aunque al final haya de terminar, sino porque, según las palabras del Evangelio, «de su reino no habrá fin» []. Tampoco gozará de una mera apariencia de perpetuidad, mantenida por el surgimiento de nuevas generaciones que ocupan el lugar de las que han desaparecido, como en un árbol de hoja perenne la misma frescura parece continuar permanentemente, y la misma apariencia de follaje denso se conserva por el crecimiento de hojas nuevas en lugar de las que se han marchitado y caído; sino que en aquella ciudad todos los ciudadanos serán inmortales, gozando por fin los hombres de lo que los santos ángeles nunca han perdido. Y esto será realizado por Dios, el Fundador todopoderoso de la ciudad. Porque Él lo ha prometido, y no puede mentir, y ya ha cumplido muchas de sus promesas, y ha hecho muchas bondades no prometidas a aquellos a quienes ahora pide que crean que Él hará también esto.
    Porque es Él quien en el principio creó el mundo lleno de todos los seres visibles e inteligibles, entre los cuales nada creó mejor que aquellos espíritus a quienes dotó de inteligencia y a quienes hizo capaces de contemplarlo y gozarlo, y unidos en nuestra sociedad, que llamamos la ciudad santa y celestial, y en la cual el sustento material de su bienaventuranza es Dios mismo, como su alimento y nutrición común. Es Él quien dio a esta naturaleza intelectual un libre albedrío de tal índole que, si quisiera abandonar a Dios, es decir, su bienaventuranza, inmediatamente le sobrevendría la miseria. Es Él quien, sabiendo de antemano que ciertos ángeles por su soberbia desearían bastarse a sí mismos para su propia bienaventuranza y abandonarían su gran bien, no les quitó este poder, juzgando que era más propio de su poder y bondad sacar bien del mal que impedir que el mal llegara a existir. Y ciertamente el mal nunca habría existido si la naturaleza mudable —mudable, aunque buena, y creada por el Dios altísimo y Bien inmutable, que creó todas las cosas buenas— no se hubiera acarreado el mal a sí misma por el pecado. Y este mismo pecado suyo es prueba de que su naturaleza era originalmente buena. Porque, si no hubiera sido muy buena, aunque no igual a su Creador, el abandono de Dios como su luz no habría podido ser un mal para ella. Pues así como la ceguera es un vicio del ojo, y este mismo hecho indica que el ojo fue creado para ver la luz, y como, en consecuencia, el vicio mismo prueba que el ojo es más excelente que los demás miembros, porque es capaz de luz (pues de otro modo no sería vicio del ojo carecer de luz), así la naturaleza que una vez gozó de Dios enseña, aun por su mismo vicio, que fue creada la mejor de todas, puesto que ahora es miserable porque no goza de Dios. Es él quien con justísimo castigo condenó a los ángeles que cayeron voluntariamente a la miseria eterna, y premió a los que perseveraron apegados al bien supremo con la seguridad de una estabilidad sin fin como recompensa de su fidelidad. Es él quien hizo también al hombre recto, con el mismo libre albedrío; animal terreno, ciertamente, pero apto para el cielo si permanecía fiel a su Creador, aunque destinado a la miseria propia de tal naturaleza si lo abandonaba. Es él quien, sabiendo de antemano que el hombre a su vez pecaría abandonando a Dios y quebrantando su ley, no le privó del poder del libre albedrío, porque al mismo tiempo preveía qué bien sacaría Él mismo del mal, y cómo de esta raza mortal, merecida y justamente condenada, recogería por su gracia, como ahora lo hace, un pueblo tan numeroso, que así llena y repara el vacío dejado por los ángeles caídos, y que así aquella amada y celestial ciudad no se ve defraudada del número completo de sus ciudadanos, sino que quizá pueda regocijarse con una población aún más desbordante.

    Capítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios

    XXII, 2

    Es verdad que los hombres malvados hacen muchas cosas contrarias a la voluntad de Dios; pero tan grandes son su sabiduría y su poder, que todas las cosas que parecen adversas a su designio tienden sin embargo hacia aquellos fines y resultados justos y buenos que Él mismo ha conocido de antemano. Y en consecuencia, cuando se dice que Dios cambia su voluntad, como cuando, p. ej., se enoja con aquellos con quienes era benigno, son más bien ellos, y no Él, los que cambian; y lo encuentran cambiado en la medida en que su experiencia del sufrimiento a manos de Él es nueva, así como el sol cambia para los ojos enfermos, y se vuelve, por decirlo así, fiero de manso que era, y dañino de delicioso, aunque en sí mismo permanece tal como era. También se llama voluntad de Dios lo que Él obra en los corazones de quienes obedecen sus mandamientos; y de esto dice el Apóstol: «porque es Dios quien produce en vosotros tanto el querer» []. Así como la «justicia» de Dios se predica no solo de la justicia con que Él mismo es justo, sino también de la que produce en el hombre a quien justifica, así también se llama ley suya aquella que, aunque dada por Dios, es más bien ley de los hombres. Pues ciertamente eran hombres aquellos a quienes Jesús dijo: «Escrito está en vuestra ley» [], aunque en otro lugar leemos: «La ley de su Dios está en su corazón». Según esta voluntad que Dios obra en los hombres, se dice también que quiere lo que Él mismo no quiere, sino que hace que su pueblo lo quiera; así como se dice que conoce lo que ha hecho conocer a quienes lo ignoraban. Porque cuando dice el Apóstol: «Pero ahora, después de que habéis conocido a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios» [], no podemos suponer que Dios conociera entonces por primera vez a quienes ya tenía conocidos de antemano antes de la fundación del mundo; sino que se dice que los conoció entonces, porque entonces hizo que ellos le conocieran. Pero recuerdo que ya traté estos modos de expresión en los libros anteriores. Según esta voluntad, pues, por la cual decimos que Dios quiere lo que hace que otros quieran, a quienes el futuro está oculto, quiere muchas cosas que no realiza.
    Así, sus santos, inspirados por su santa voluntad, desean muchas cosas que nunca suceden. Oran, p. ej., por ciertas personas —oran de manera piadosa y santa—, pero lo que piden no lo realiza Él, aunque Él mismo, por su propio Espíritu Santo, ha obrado en ellos esta voluntad de orar. Y, en consecuencia, cuando los santos, conforme a la mente de Dios, quieren y oran para que todos los hombres se salven, podemos usar esta manera de hablar: Dios quiere y no realiza, queriendo decir que Aquel que les hace querer estas cosas, Él mismo las quiere. Pero si hablamos de aquella voluntad suya que es eterna en cuanto es su presciencia, ciertamente Él ya ha hecho todas las cosas en el cielo y en la tierra que ha querido, no solo las cosas pasadas y presentes, sino incluso las que aún están por venir. Pero antes de que llegue el tiempo en el que Él ha querido que ocurra lo que conoció de antemano y dispuso antes de todos los tiempos, decimos: Sucederá cuando Dios quiera. Pero si ignoramos no solo el tiempo en que ha de ser, sino incluso si ha de ser en absoluto, decimos: Sucederá si Dios quiere, no porque Dios vaya a tener entonces una voluntad nueva que antes no tenía, sino porque aquel acontecimiento, que desde la eternidad ha sido preparado en su voluntad inmutable, entonces sucederá.

    Capítulo 3. De la promesa de la bienaventuranza eterna a los santos y del castigo eterno a los impíos

    XXII, 3

    Por lo cual, por no mencionar muchos otros ejemplos además, así como ahora vemos en Cristo el cumplimiento de aquello que Dios prometió a Abraham cuando dijo: «En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones» [], así también se cumplirá esto que prometió a la misma raza, cuando dijo por el profeta: «Los que están en sus sepulcros resucitarán» [], y también: «Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva; y lo primero no será recordado, ni vendrá a la mente; antes se gozarán y se regocijarán en ello; porque yo haré de Jerusalén un regocijo, y de mi pueblo una alegría. Y me regocijaré en Jerusalén, y me alegraré en mi pueblo, y no se oirá más en ella voz de llanto» []. Y por otro profeta pronunció la misma predicción: «En aquel tiempo será librado tu pueblo, todo aquel que se halle escrito en el libro. Y muchos de los que duermen en el polvo» (o, como algunos lo interpretan, «en el túmulo») «de la tierra despertarán, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna» []. Y en otro lugar dice el mismo profeta: «Los santos del Altísimo recibirán el reino, y poseerán el reino para siempre, por los siglos de los siglos» []. Y poco después dice: «Su reino es un reino eterno» []. Otras profecías referentes al mismo asunto las he presentado en el libro vigésimo, y otras más que no he presentado se encuentran escritas en las mismas Escrituras; y estas predicciones se cumplirán, así como también se han cumplido aquellas que los hombres incrédulos supusieron que quedarían frustradas. Porque es el mismo Dios quien prometió ambas cosas y predijo que ambas sucederían: el Dios ante quien tiemblan las deidades paganas, como atestigua incluso Porfirio, el más noble de los filósofos paganos.

    Capítulo 4

    Contra los sabios del mundo, que imaginan que los cuerpos terrenos de los hombres no pueden ser trasladados a una morada celestial

    XXII, 4

    Pero los hombres que emplean su erudición y su capacidad intelectual para resistir la fuerza de aquella gran autoridad que, en cumplimiento de lo que tanto tiempo antes había sido predicho, ha convertido a todas las razas de hombres a la fe y a la esperanza en sus promesas, se figuran argumentar con agudeza contra la resurrección del cuerpo cuando citan lo que Cicerón menciona en el libro tercero De Republica. Pues cuando afirmaba la apoteosis de Hércules y de Rómulo, dice: «Cuyos cuerpos no fueron llevados al cielo; porque la naturaleza no permitiría que un cuerpo de tierra existiera en otro lugar que no fuera la tierra». Este es, en verdad, el profundo razonamiento de los sabios, cuyos pensamientos sabe Dios que son vanos. Porque si fuéramos solo almas, es decir, espíritus sin cuerpo alguno, y si habitáramos en el cielo y no tuviéramos conocimiento de los animales terrenos, y se nos dijera que habríamos de estar unidos a cuerpos terrenos por algún maravilloso vínculo de unión, y que habríamos de animarlos, ¿no nos negaríamos mucho más vigorosamente a creer esto, y sostendríamos que la naturaleza no permitiría que una sustancia incorpórea fuera retenida por un vínculo corpóreo? Y sin embargo, la tierra está llena de espíritus vivientes, a los que están unidos cuerpos terrestres, y con los cuales están maravillosamente entrelazados. Si, pues, el mismo Dios que ha creado tales seres quiere también esto, ¿qué impide que el cuerpo terreno sea elevado a cuerpo celestial, puesto que un espíritu, que es más excelente que todos los cuerpos y, por consiguiente, que incluso un cuerpo celestial, ha sido atado a un cuerpo terreno? Si una partícula terrena tan pequeña ha podido mantener unido consigo algo mejor que un cuerpo celestial, hasta el punto de recibir sensación y vida, ¿desdeñará el cielo recibir, o al menos retener, esta partícula viviente y sensitiva, que deriva su vida y su sensación de una sustancia más excelente que cualquier cuerpo celestial? Si esto no sucede ahora, es porque aún no ha llegado el tiempo determinado por Aquel que ya ha hecho algo mucho más maravilloso que aquello que estos hombres se niegan a creer. Pues ¿por qué no nos asombramos más intensamente de que las almas incorpóreas, que son de rango superior a los cuerpos celestiales, estén atadas a cuerpos terrenos, antes que de que los cuerpos, aunque terrenos, sean exaltados a una morada que, aunque celestial, es sin embargo corpórea, sino porque estamos acostumbrados a ver esto, y en realidad somos esto, mientras que no somos todavía aquel otro prodigio, ni lo hemos visto jamás? Ciertamente, si consultamos a la razón sobria, se halla que lo más maravilloso de las dos obras divinas es unir de algún modo las cosas corpóreas a las incorpóreas, y no conectar las cosas terrenas con las celestiales, que, aunque diversas, son ambas corpóreas.
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