Del varón que había de perder su alma si no era circuncidado al octavo día, por haber quebrantado el pacto de Dios
XVI, 27
Cuando se dice, «El varón incircunciso, que no haya circuncidado la carne de su prepucio, aquella alma será cortada de su pueblo, por cuanto quebrantó mi pacto,» [] algunos pueden preocuparse de cómo ha de entenderse esto, puesto que no puede ser culpa del infante cuya vida se dice que ha de perecer; ni el pacto de Dios ha sido quebrantado por él, sino por sus padres, que no cuidaron de circuncidarlo. Pero incluso los infantes, no personalmente en su propia vida, sino según el origen común del género humano, han quebrantado todos el pacto de Dios en aquel en quien todos pecaron. Ahora bien, se llaman muchas cosas pactos de Dios además de aquellos dos grandes, el antiguo y el nuevo, que cualquiera que lo desee puede leer y conocer. Pues el primer pacto, que fue hecho con el primer hombre, es precisamente este: «El día que comas de él, morirás irremisiblemente.» [] De donde está escrito en el libro llamado Eclesiástico, «Toda carne envejece como un vestido; porque el pacto desde el principio es: Morirás de muerte.» [] Ahora bien, como la ley fue dada después más claramente, y el apóstol dice, «Donde no hay ley, no hay prevaricación,» [] ¿sobre qué supuesto es verdad lo que se dice en el salmo, «Yo estimé prevaricadores a todos los pecadores de la tierra,» sino que todos los que son tenidos por culpables de algún pecado son acusados de tratar engañosamente (prevaricando) contra alguna ley? Si por esta razón, entonces, incluso los infantes son, según la verdadera creencia, nacidos en pecado, no actual sino original, de modo que confesamos que tienen necesidad de gracia para la remisión de los pecados, ciertamente ha de reconocerse que en el mismo sentido en que son pecadores son también prevaricadores de aquella ley que fue dada en el Paraíso, según la verdad de ambas Escrituras, «Yo estimé prevaricadores a todos los pecadores de la tierra,» y «Donde no hay ley, no hay prevaricación.» Y así, porque la circuncisión era la señal de la regeneración, y el infante, a causa del pecado original por el cual el pacto de Dios fue primeramente quebrantado, no inmerecidamente había de perder su generación a menos que fuera librado por la regeneración, estas palabras divinas han de entenderse como si se hubiera dicho: Quien no nazca de nuevo, aquella alma perecerá de su pueblo, porque ha quebrantado mi pacto, puesto que también ha pecado en Adán con todos los demás. Pues si hubiera dicho: Porque ha quebrantado este mi pacto, nos habría obligado a entender por él solo el de la circuncisión; pero como no ha dicho expresamente qué pacto ha quebrantado el infante, somos libres de entender que habla de aquel pacto cuya violación puede atribuirse a un infante. Sin embargo, si alguien sostiene que no se dice de otra cosa que de la circuncisión, que en ella el infante ha quebrantado el pacto de Dios porque no es circuncidado, debe buscar algún modo de explicación por el cual pueda entenderse sin absurdo (como este) que ha quebrantado el pacto, porque ha sido quebrantado en él aunque no por él. Sin embargo, también en este caso ha de observarse que el alma del infante, no siendo culpable de ningún pecado de negligencia contra sí misma, perecería injustamente, a menos que el pecado original la hiciera merecedora de castigo.
Del cambio de nombre en Abraham y Sara, quienes recibieron el don de la fecundidad cuando eran incapaces de regeneración por la esterilidad de una y la vejez de ambos
XVI, 28
Ahora bien, cuando se hizo a Abraham una promesa tan grande y clara, en la que se le dijo tan claramente, «Te he puesto por padre de muchas naciones, y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti. Y te daré un hijo de Sara; y lo bendeciré, y vendrá a ser naciones, y reyes de naciones serán de él,» — promesa que ahora vemos cumplida en Cristo — desde entonces en adelante esta pareja ya no se llama en la Escritura, como antes, Abram y Sarai, sino Abraham y Sara, como los hemos llamado desde el principio, pues todo el mundo lo hace ahora. La razón por la que se cambió el nombre de Abraham se da: «Porque,» dice, «te he puesto por padre de muchas naciones.» Esto, pues, ha de entenderse que es el significado de Abraham; pero Abram, como antes se llamaba, significa «padre excelso.» La razón del cambio del nombre de Sara no se da; pero como dicen quienes han escrito interpretaciones de los nombres hebreos contenidos en estos libros, Sara significa «mi princesa,» y Sarai «fuerza.» De donde está escrito en la Epístola a los Hebreos, «Por la fe también la misma Sara recibió fuerza para concebir simiente.» [] Pues ambos eran viejos, como testifica la Escritura; pero ella era además estéril, y había cesado de menstruar, de modo que ya no podía dar a luz hijos aunque no hubiera sido estéril. Además, si una mujer es de edad avanzada, pero aún conserva la costumbre de las mujeres, puede dar a luz hijos de un joven, pero no de un anciano, aunque ese mismo anciano puede engendrar, pero solo de una mujer joven; como después de la muerte de Sara pudo Abraham engendrar de Cetura, porque la halló en edad vigorosa. Esto, pues, es lo que el apóstol menciona como maravilloso, diciendo además que el cuerpo de Abraham estaba ya muerto; [] porque a esa edad ya no podía engendrar hijos de ninguna mujer que conservara solo una pequeña parte de su vigor natural. Por supuesto, hemos de entender que su cuerpo estaba muerto solo para algunos fines, no para todos; pues si lo estuviera para todos, ya no sería el cuerpo envejecido de un hombre vivo, sino el cadáver de un muerto. Aunque esa cuestión, cómo Abraham engendró hijos de Cetura, suele resolverse de esta manera, que el don de engendrar que recibió del Señor permaneció incluso después de la muerte de su esposa, sin embargo creo que la solución de la cuestión que he seguido es preferible, porque, aunque en nuestros días un anciano de cien años no puede engendrar hijos de ninguna mujer, no era así entonces, cuando los hombres vivían aún tanto tiempo que cien años no les traían aún la decrepitud de la vejez.
De los tres varones o ángeles en quienes se dice que el Señor se apareció a Abraham en el encinar de Mamre
XVI, 29
Dios se apareció otra vez a Abraham en el encinar de Mamre en tres varones, que no ha de dudarse que eran ángeles, aunque algunos piensan que uno de ellos era Cristo, y afirman que fue visible antes de encarnarse. Ahora bien, pertenece al poder divino, y a la naturaleza invisible, incorpórea e inmutable, sin cambiarse a sí misma en absoluto, aparecerse incluso a los hombres mortales, no por lo que es, sino por lo que le está sujeto. ¿Y qué no le está sujeto? Sin embargo, si intentan establecer que uno de estos tres era Cristo por el hecho de que, aunque vio a tres, se dirigió al Señor en singular, como está escrito, «Y he aquí que tres varones estaban junto a él; y cuando los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda, y se postró en tierra, y dijo: Señor, si he hallado gracia delante de ti,» [] etc.; ¿por qué no advierten también esto, que cuando dos de ellos vinieron a destruir a los sodomitas, mientras Abraham hablaba aún con uno, llamándolo Señor, e intercediendo para que no destruyera al justo junto con el impío en Sodoma, Lot recibió a estos dos de tal manera que también él en su conversación con ellos se dirigió al Señor en singular? Pues después de decirles en plural, «He aquí, señores míos, apartaos a casa de vuestro siervo,» [] etc., sin embargo después se dice, «Y los ángeles asieron de su mano, y de la mano de su mujer, y de las manos de sus dos hijas, porque el Señor fue misericordioso con él. Y aconteció que cuando los hubieron sacado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni te detengas en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas. Y Lot les dijo: Te ruego, Señor, ya que tu siervo ha hallado gracia en tus ojos,» [] etc. Y luego, después de estas palabras, el Señor también le respondió en singular, aunque estaba en dos ángeles, diciendo, «He aquí, he aceptado tu rostro,» [] etc. Esto hace mucho más creíble que tanto Abraham en los tres varones como Lot en los dos reconocieron al Señor, dirigiéndose a Él en número singular, aun cuando se dirigían a hombres; pues los recibieron como lo hicieron por ninguna otra razón sino para ministrarles refrigerio humano como a hombres que lo necesitaban. Sin embargo, había en ellos algo tan excelente, que quienes les mostraron hospitalidad como a hombres no pudieron dudar de que Dios estaba en ellos como solía estar en los profetas, y por eso a veces se dirigían a ellos en plural, y a veces a Dios en ellos en singular. Pero que eran ángeles lo testifica la Escritura, no solo en este libro del Génesis, en el que se relatan estos hechos, sino también en la Epístola a los Hebreos, donde al alabar la hospitalidad se dice, «Porque por esto algunos hospedaron ángeles sin saberlo.» [] Por estos tres varones, pues, cuando se prometió de nuevo a Abraham por Sara un hijo Isaac, se dio también un oráculo divino tal que se dijo, «Abraham vendrá a ser una nación grande y numerosa, y en él serán benditas todas las naciones de la tierra.» [] Y aquí se prometen estas dos cosas con suma brevedad y plenitud: la nación de Israel según la carne, y todas las naciones según la fe.
De la liberación de Lot de Sodoma y de su consumición por fuego del cielo; y de Abimelec, cuya pasión no pudo dañar la castidad de Sara
XVI, 30
Después de esta promesa, Lot fue librado de Sodoma, y una lluvia de fuego del cielo redujo a cenizas toda aquella región de la ciudad impía, donde la costumbre había hecho tan prevalente la sodomía como las leyes han hecho en otros lugares otras clases de maldad. Pero este castigo suyo fue un ejemplar del juicio divino venidero. Pues ¿qué significa que los ángeles prohibieran a los que fueron librados mirar atrás, sino que no hemos de volver en corazón a la vida antigua que, regenerados por la gracia, hemos desechado, si pensamos escapar al juicio final? La mujer de Lot, en efecto, cuando miró atrás, quedó inmóvil y, convertida en sal, suministró a los creyentes un condimento para saborear en algo la advertencia que ha de sacarse de aquel ejemplo. Luego Abraham hizo de nuevo en Gerar, con Abimelec, rey de aquella ciudad, lo que había hecho en Egipto respecto de su esposa, y la recibió de vuelta intacta de la misma manera. En esta ocasión, cuando el rey reprendió a Abraham por no decir que era su esposa, y llamarla su hermana, él explicó lo que había temido, y añadió además: «Y a la verdad también es mi hermana, hija de mi padre, mas no hija de mi madre;» [] porque era hermana de Abraham por parte de su padre, y por tanto pariente cercana. Pero su hermosura era tan grande, que aun a aquella edad avanzada podía ser amada.
Capítulo 31. De Isaac, que nació según la promesa, a quien se le dio el nombre por la risa de ambos padres
XVI, 31
Después de estas cosas, nació a Abraham un hijo, según la promesa de Dios, de Sara, y fue llamado Isaac, que significa risa. Pues su padre se había reído cuando le fue prometido, con admiración deleitosa; y su madre, cuando le fue prometido de nuevo por aquellos tres varones, se había reído, dudando por gozo; sin embargo, fue reprendida por el ángel porque aquella risa, aunque era por gozo, no estaba llena de fe. Después fue confirmada en la fe por el mismo ángel. De esto, pues, recibió el niño su nombre. Pues cuando Isaac nació y fue llamado con ese nombre, Sara mostró que su risa no era de reproche burlón, sino de alabanza gozosa; porque dijo: «Dios me ha hecho reír, de modo que todo el que lo oiga se reirá conmigo.» [] Luego, poco después, la esclava fue echada de la casa con su hijo; y, según el apóstol, estas dos mujeres significan los dos testamentos, el antiguo y el nuevo: Sara representa el de la Jerusalén de arriba, es decir, la ciudad de Dios. []
De la obediencia y la fe de Abraham, que fueron probadas al ofrecer a su hijo en sacrificio, y de la muerte de Sara
XVI, 32
Entre otras cosas, de las cuales sería demasiado largo mencionar la totalidad, Abraham fue probado acerca de la ofrenda de su hijo muy amado Isaac, para probar su piadosa obediencia y así darla a conocer al mundo, no a Dios. Ahora bien, no toda tentación es reprensible; puede incluso ser laudable, porque brinda prueba. Y, en la mayor parte de los casos, la mente humana no puede alcanzar el conocimiento de sí misma sino poniendo a prueba sus fuerzas mediante la tentación, por una especie de autointerrogación experimental y no meramente verbal; cuando, si ha reconocido el don de Dios, entonces es piadosa, y es consolidada por la gracia firme y no inflada por vana jactancia. Por supuesto, Abraham jamás pudo creer que Dios se deleitara en sacrificios humanos; sin embargo, cuando el mandato divino tronó, debía ser obedecido, no discutido. Con todo, Abraham es digno de alabanza, porque creyó desde el principio que su hijo, al ser ofrecido, resucitaría; pues Dios le había dicho, cuando él no quería satisfacer el deseo de su mujer echando fuera a la esclava y a su hijo, «En Isaac será llamada tu descendencia.» No hay duda de que Él luego añade: «Y en cuanto al hijo de esta esclava, haré de él una gran nación, porque es tu descendencia.» [] ¿Cómo, pues, se dice «En Isaac será llamada tu descendencia,» cuando Dios llama también a Ismael descendencia suya? El apóstol, al explicar esto, dice: «En Isaac será llamada tu descendencia; es decir, los que son hijos de la carne, esos no son hijos de Dios; sino que los hijos de la promesa son contados como descendencia.» [] Por tanto, para que los hijos de la promesa sean la descendencia de Abraham, son llamados en Isaac, esto es, son reunidos en Cristo por la llamada de la gracia. Por consiguiente, el padre, reteniendo desde el principio la promesa que debía cumplirse por medio de este hijo a quien Dios le había ordenado degollar, no dudó de que aquel a quien en un tiempo creyó imposible de recibir le sería devuelto una vez ofrecido. De este modo debe entenderse y explicarse también el pasaje de la Epístola a los Hebreos. «Por la fe,» dice, «Abraham venció cuando fue probado respecto de Isaac; y el que había recibido la promesa ofreció a su hijo único, de quien se había dicho: En Isaac será llamada tu descendencia; pensando que Dios era poderoso para levantarlo aun de entre los muertos;» por lo cual añade: «de donde también lo recibió en figura.» [] ¿En figura de quién sino de Aquel de quien el apóstol dice: «El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros?» [] Y por esta razón también Isaac mismo llevó al lugar del sacrificio la leña sobre la cual había de ser ofrecido, así como el Señor mismo llevó su propia cruz. Finalmente, puesto que Isaac no había de ser degollado, después de que se le prohibió a su padre herirlo, ¿quién fue aquel carnero con cuya ofrenda se completó aquel sacrificio con sangre típica? Pues cuando Abraham lo vio, estaba enredado por los cuernos en una espesura. ¿Qué representaba, entonces, sino a Jesús, que, antes de ser ofrecido, fue coronado de espinas por los judíos?
Pero escuchemos más bien las palabras divinas dichas por medio del ángel. Pues la Escritura dice: «Y extendió Abraham su mano para tomar el cuchillo y degollar a su hijo. Y el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo y dijo: Abraham. Y él dijo: Heme aquí. Y dijo: No pongas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que temes a Dios, y no me has rehusado a tu hijo amado.» [] Se dice: «Ahora sé,» es decir, Ahora he hecho que se conozca; pues Dios no ignoraba antes esto. Luego, habiendo ofrecido aquel carnero en lugar de Isaac su hijo, «Abraham,» según leemos, «llamó el nombre de aquel lugar El Señor ve; como se dice hoy: En el monte se ha aparecido el Señor.» [] Como se dice «Ahora sé,» en lugar de Ahora he hecho que se conozca, así aquí «El Señor ve,» en lugar de El Señor se ha aparecido, es decir, se ha hecho visible. «Y el Ángel del Señor llamó a Abraham desde el cielo por segunda vez, diciendo: Por mí mismo he jurado, dice el Señor; porque has hecho esto, y no me has rehusado a tu hijo amado; que bendiciendo te bendeciré, y multiplicando multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá por herencia las ciudades de los adversarios; y en tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra, porque obedeciste mi voz.» [] De esta manera, aquella promesa acerca de la llamada de las naciones en la descendencia de Abraham es confirmada incluso por el juramento de Dios, después de aquel holocausto que tipificaba a Cristo. Porque a menudo había prometido, pero nunca había jurado. ¿Y qué es el juramento de Dios, el verdadero y fiel, sino una confirmación de la promesa y una cierta reprensión para los incrédulos?
Después de estas cosas murió Sara, en el año ciento veintisiete de su vida, y en el ciento treinta y siete de su marido, pues él era diez años mayor que ella, como él mismo dice cuando le es prometido un hijo por ella: «¿A un hombre de cien años le ha de nacer un hijo? ¿Y Sara, que tiene noventa años, ha de dar a luz?» [] Entonces Abraham compró un campo, en el cual sepultó a su mujer. Y luego, según el relato de Esteban, se asentó en aquella tierra, entrando entonces en posesión real de ella; es decir, después de la muerte de su padre, de quien se infiere que murió dos años antes.
XVI, 33
Isaac se casó con Rebeca, nieta de Nacor, hermano de su padre, cuando tenía cuarenta años, es decir, en el año ciento cuarenta de la vida de su padre, tres años después de la muerte de su madre. Ahora bien, cuando un siervo fue enviado a Mesopotamia por su padre para traerla, y cuando Abraham dijo a aquel siervo: «Pon tu mano debajo de mi muslo, y te haré jurar por el Señor, el Dios del cielo, y el Señor de la tierra, que no tomarás mujer para mi hijo Isaac de las hijas de los cananeos,» [] ¿qué otra cosa se señalaba con esto, sino que el Señor, el Dios del cielo, y el Señor de la tierra, había de venir en la carne que había de derivarse de aquel muslo? ¿Son estas pequeñas señales de la verdad predicha que vemos cumplida en Cristo?
XVI, 34
¿Qué quiso significar Abraham al casarse con Cetura después de la muerte de Sara? Lejos esté de nosotros sospechar de él incontinencia, sobre todo habiendo llegado a tal edad y a tal santidad de fe. ¿O buscaba aún engendrar hijos, aunque retenía con fe aprobadísima la promesa de Dios de que su descendencia sería multiplicada por medio de Isaac como las estrellas del cielo y el polvo de la tierra? Y sin embargo, si Agar e Ismael, como nos enseña el apóstol, significaban el pueblo carnal del antiguo pacto, ¿por qué no pueden Cetura y sus hijos significar también el pueblo carnal que piensa que pertenece al nuevo pacto? Pues ambas son llamadas esposas y concubinas de Abraham; pero Sara nunca es llamada concubina, sino solo esposa. Pues cuando Agar es dada a Abraham, está escrito: «Y Sarai, mujer de Abram, tomó a Agar la egipcia, su sierva, después de haber habitado Abraham diez años en la tierra de Canaán, y la dio a su marido Abram por mujer.» [] Y de Cetura, a quien tomó después de la partida de Sara, leemos: «Volvió Abraham a tomar una mujer, cuyo nombre era Cetura.» [] ¡He aquí! Ambas son llamadas esposas, y sin embargo ambas resultan haber sido concubinas; porque la Escritura dice después: «Y Abraham dio toda su hacienda a Isaac su hijo. Pero a los hijos de sus concubinas dio Abraham dones, y los envió lejos de su hijo Isaac, mientras aún vivía, hacia el oriente, a la tierra oriental.» [] Por tanto, los hijos de las concubinas, es decir, los herejes y los judíos carnales, tienen algunos dones, pero no alcanzan el reino prometido; «Porque los que son hijos de la carne, esos no son hijos de Dios; sino que los hijos de la promesa son contados como descendencia, de quienes se dijo: En Isaac será llamada tu descendencia.» [] Pues no veo por qué Cetura, que se casó después de la muerte de la esposa, haya de ser llamada concubina, sino a causa de este misterio. Pero si alguien no quiere poner tales significados a estas cosas, no tiene por qué calumniar a Abraham. Pues ¿qué si incluso esto fue provisto contra los herejes que habían de ser adversarios de las segundas nupcias, para que se mostrara que no era pecado en el caso del padre de muchas naciones mismo, cuando, después de la muerte de su esposa, se casó de nuevo? Y murió Abraham a los ciento setenta y cinco años, dejando a su hijo Isaac de setenta y cinco años, habiéndolo engendrado a los cien años.
Qué fue indicado por la respuesta divina acerca de los gemelos aún encerrados en el vientre de Rebeca, su madre
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Veamos ahora cómo avanzan desde este punto los tiempos de la ciudad de Dios entre los descendientes de Abraham. En el tiempo desde el primer año de la vida de Isaac hasta el septuagésimo, cuando le nacieron sus hijos, lo único memorable es que, cuando rogó a Dios que su mujer, que era estéril, pudiera dar a luz, y el Señor concedió lo que pedía, y ella concibió, los gemelos saltaron estando aún encerrados en su vientre. Y cuando ella se turbó por esta lucha, y consultó al Señor, recibió esta respuesta: «Dos naciones hay en tu vientre, y dos pueblos serán divididos desde tus entrañas; y el un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor.» [] El apóstol Pablo quiere que entendamos esto como un gran ejemplo de gracia; [] pues no habiendo aún nacido los hijos, ni habiendo hecho bien ni mal, el menor es elegido sin ningún mérito y el mayor es rechazado, cuando sin duda, en cuanto al pecado original, ambos eran iguales, y en cuanto al pecado actual, ninguno tenía alguno. Pero el plan de la obra presente no me permite hablar más extensamente de este asunto ahora, y he dicho mucho sobre ello en otras obras. Solo aquella sentencia, «El mayor servirá al menor,» es entendida por nuestros escritores, casi sin excepción, en el sentido de que el pueblo mayor, los judíos, servirá al pueblo menor, los cristianos. Y en verdad, aunque esto podría parecer cumplido en la nación idumea, que nació del mayor (quien tenía dos nombres, siendo llamado tanto Esaú como Edom, de donde el nombre de idumeos), porque había de ser vencida después por el pueblo que surgió del menor, es decir, por los israelitas, y había de quedarles sujeta; sin embargo, es más adecuado creer que, cuando se dijo: «El un pueblo será más fuerte que el otro pueblo, y el mayor servirá al menor,» aquella profecía significaba algo mayor; ¿y qué es eso sino lo que evidentemente se cumple en los judíos y los cristianos?
Capítulo 36. Del oráculo y la bendición que recibió Isaac, al igual que su padre, siendo amado por causa de él
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Isaac también recibió un oráculo semejante al que su padre había recibido a menudo. De este oráculo está escrito así: «Y hubo hambre sobre la tierra, además de la primera hambre que hubo en los días de Abraham. Y fue Isaac a Abimelec, rey de los filisteos, a Gerar. Y se le apareció el Señor y le dijo: No desciendas a Egipto; habita en la tierra que yo te diré. Y habita en esta tierra, y yo estaré contigo y te bendeciré; a ti y a tu descendencia daré toda esta tierra; y confirmaré mi juramento, que juré a Abraham tu padre; y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia toda esta tierra; y en tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra; por cuanto Abraham tu padre obedeció mi voz y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mi justicia y mis leyes.» [] Este patriarca no tuvo ni otra mujer ni concubina alguna, sino que se contentó con los dos gemelos engendrados por un solo acto de generación. Tuvo también miedo, cuando vivía entre extranjeros, de verse en peligro por la hermosura de su mujer, e hizo como su padre llamándola su hermana, y no diciendo que era su mujer; porque era pariente suya cercana por parte de padre y de madre. Ella también quedó intacta de los extranjeros, cuando se supo que era su mujer. Sin embargo, no debemos preferirlo a su padre porque no conoció mujer fuera de su única esposa. Pues sin duda los méritos de la fe y la obediencia de su padre fueron mayores, puesto que Dios dice que es por causa de él que hace bien a Isaac: «En tu descendencia,» dice, «serán benditas todas las naciones de la tierra, porque Abraham tu padre obedeció mi voz y guardó mis preceptos, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes.» Y de nuevo en otro oráculo dice: «Yo soy el Dios de Abraham tu padre; no temas, porque yo estoy contigo y te bendeciré y multiplicaré tu descendencia por amor de mi siervo Abraham.» [] De modo que debemos entender cuán castamente actuó Abraham, porque hombres imprudentes, que buscan apoyo para su propia maldad en las Santas Escrituras, piensan que actuó por lujuria. También podemos aprender esto, a no comparar a los hombres por una sola cosa buena, sino a considerar todo en cada uno; pues puede suceder que un hombre tenga algo en su vida y carácter en lo que aventaja a otro, y puede ser mucho más excelente que aquello en lo que el otro lo aventaja a él. Y así, según un juicio sano y verdadero, aunque la continencia sea preferible al matrimonio, un hombre casado creyente es mejor que un continente incrédulo; porque el incrédulo no solo es menos digno de alabanza, sino que es incluso sumamente detestable. Debemos concluir, pues, que ambos son buenos; pero de modo que se sostenga que el hombre casado que es fidelísimo y obedientísimo es ciertamente mejor que el hombre continente cuya fe y obediencia son menores. Pero si son iguales en las demás cosas, ¿quién dudaría en preferir al hombre continente al casado?
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Los dos hijos de Isaac, Esaú y Jacob, crecieron juntos. La primacía del mayor fue transferida al menor por un pacto y acuerdo entre ellos, cuando el mayor codició inmoderadamente las lentejas que el menor había preparado para comer, y por ese precio le vendió su primogenitura, confirmándolo con juramento. De esto aprendemos que no se ha de culpar a una persona por la clase de alimento que come, sino por la codicia inmoderada. Isaac envejeció, y la vejez le privó de la vista. Quiso bendecir al hijo mayor, y en lugar del mayor, que era velludo, bendijo sin saberlo al menor, que se puso bajo las manos de su padre, habiéndose cubierto con pieles de cabrito, como si llevara los pecados de otros. Para que no pensemos que este engaño de Jacob era un engaño fraudulento, en lugar de buscar en él el misterio de una gran cosa, la Escritura ha predicho en las palabras inmediatamente anteriores: «Esaú era cazador astuto, hombre del campo; y Jacob era varón sencillo, que moraba en casa.» [] Algunos de nuestros escritores han interpretado esto como «sin engaño». Pero ya sea que la palabra griega [ἄλαστος] signifique «sin engaño», o «sencillo», o más bien «sin reinar», en la recepción de aquella bendición, ¿qué es el engaño del hombre sin engaño? ¿Qué es el engaño del sencillo, qué la ficción del hombre que no miente, sino un profundo misterio de la verdad? Pero ¿qué es la bendición misma? «Mira,» dice, «el olor de mi hijo es como el olor de un campo lleno que el Señor ha bendecido: por tanto, Dios te dé del rocío del cielo y de la fertilidad de la tierra, y abundancia de trigo y de vino; sírvante naciones, y adórente príncipes; y sé señor de tus hermanos, e inclínense ante ti los hijos de tu madre; maldito sea el que te maldiga, y bendito el que te bendiga.» [] La bendición de Jacob es, por tanto, una proclamación de Cristo a todas las naciones. Esto es lo que ha acontecido y se está cumpliendo ahora. Isaac es la ley y la profecía: incluso por boca de los judíos Cristo es bendecido por la profecía como por quien no sabe, porque ésta misma no es entendida. El mundo, como un campo, se llena del olor del nombre de Cristo: suya es la bendición del rocío del cielo, es decir, de las lluvias de las palabras divinas; y de la fertilidad de la tierra, es decir, de la reunión de los pueblos: suya es la abundancia de trigo y vino, es decir, la multitud que recoge el pan y el vino en el sacramento de su cuerpo y de su sangre. A él sirven las naciones, a él adoran los príncipes. Él es el Señor de sus hermanos, porque su pueblo domina sobre los judíos. A él adoran los hijos de su Padre, es decir, los hijos de Abraham según la fe; porque él mismo es hijo de Abraham según la carne. Maldito el que lo maldice, y el que lo bendice es bendito. Cristo, digo, que es nuestro, es bendito, es decir, verdaderamente anunciado por boca de los judíos cuando, aunque errantes, cantan la ley y los profetas, y piensan que bendicen a otro por quien erróneamente esperan. Así, cuando el hijo mayor reclama la bendición prometida, Isaac se asusta mucho, y se asombra al saber que ha bendecido a uno en lugar del otro, y pregunta quién es; sin embargo no se queja de haber sido engañado; es más, cuando el gran misterio se le revela, en lo secreto de su corazón desecha al punto la ira y confirma la bendición. «¿Quién, pues,» dice, «me ha cazado caza y me la ha traído, y he comido de todo antes de que vinieras, y le he bendecido, y será bendito?» [] ¿Quién no habría esperado más bien aquí la maldición de un hombre airado, si estas cosas se hubieran hecho de manera terrena y no por inspiración de lo alto? ¡Oh cosas hechas, pero hechas proféticamente; en la tierra, pero celestialmente; por hombres, pero divinamente! Si todo lo que es fecundo en tan grandes misterios se examinara cuidadosamente, se llenarían muchos volúmenes; pero la moderada extensión fijada para esta obra nos obliga a apresurarnos hacia otras cosas.
De la misión de Jacob a Mesopotamia para tomar esposa, y de la visión que vio en sueños por el camino, y de cómo obtuvo cuatro mujeres cuando buscaba una sola esposa
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Jacob fue enviado por sus padres a Mesopotamia para tomar allí esposa. Estas fueron las palabras de su padre al enviarlo: «No tomarás esposa de las hijas de los cananeos. Levántate, huye a Mesopotamia, a la casa de Betuel, padre de tu madre, y toma allí para ti esposa de las hijas de Labán, hermano de tu madre. Y mi Dios te bendiga, y te acreciente, y te multiplique; y serás asamblea de pueblos; y te dé la bendición de Abraham tu padre, y a tu descendencia después de ti; para que heredes la tierra en que habitas, la cual Dios dio a Abraham.» [] Ahora entendemos aquí que la descendencia de Jacob se separa de la otra descendencia de Isaac que vino por Esaú. Pues cuando se dice: «En Isaac será llamada tu descendencia», [] por esta descendencia se entiende únicamente la ciudad de Dios; de modo que de ella queda separada la otra descendencia de Abraham, que estaba en el hijo de la esclava, y que estaría en los hijos de Cetura. Pero hasta ahora había sido incierto respecto de los gemelos de Isaac si aquella bendición pertenecía a ambos o sólo a uno de ellos; y si a uno, cuál de ellos era. Esto se declara ahora cuando Jacob es bendecido proféticamente por su padre, y se le dice: «Y serás asamblea de pueblos, y Dios te dé la bendición de Abraham tu padre.»
Cuando Jacob iba a Mesopotamia, recibió en sueños un oráculo, del cual está escrito así: «Y salió Jacob del pozo del juramento, y fue a Harán. Y llegó a un lugar, y durmió allí, porque el sol se había puesto; y tomó de las piedras del lugar, y las puso a su cabecera, y durmió en aquel lugar, y soñó. Y he aquí una escalera apoyada en la tierra, y su extremo tocaba el cielo; y los ángeles de Dios subían y descendían por ella. Y el Señor estaba sobre ella, y dijo: Yo soy el Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac; no temas: la tierra en que duermes, a ti te la daré, y a tu descendencia; y tu descendencia será como el polvo de la tierra; y se extenderá hacia el mar, y hacia África, y hacia el norte, y hacia el oriente; y todas las tribus de la tierra serán benditas en ti y en tu descendencia. Y he aquí, yo estoy contigo, para guardarte en todo tu camino por dondequiera que vayas, y te volveré a esta tierra; porque no te dejaré hasta que haya hecho todo lo que te he dicho. Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía. Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y ésta es la puerta del cielo. Y se levantó Jacob, y tomó la piedra que había puesto a su cabecera, y la erigió por memorial, y derramó aceite sobre su extremo. Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar casa de Dios.» [] Esto es profético. Porque Jacob no derramó aceite sobre la piedra de manera idolátrica, como si la hiciera un dios; ni adoró aquella piedra, ni le ofreció sacrificio. Pero puesto que el nombre de Cristo viene del crisma o unción, ciertamente en esto se representaba algo perteneciente al gran misterio. Y se entiende que el Salvador mismo trae esto a la memoria en el Evangelio, cuando dice de Natanael: «He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.» [] porque Israel, que vio esta visión, no es otro que Jacob. Y en el mismo lugar dice: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»
Jacob fue a Mesopotamia para tomar de allí esposa. Y la divina Escritura señala cómo, sin desear ilícitamente a ninguna de ellas, llegó a tener cuatro mujeres, de las cuales engendró doce hijos y una hija; pues había ido a tomar sólo una. Pero cuando una le fue dada falsamente en lugar de la otra, no la despidió después de haberse unido a ella sin saberlo en la noche, para no parecer que la había deshonrado; sino que, como en aquel tiempo, para multiplicar la posteridad, ninguna ley prohibía la pluralidad de esposas, tomó también a aquella a quien solamente había prometido matrimonio. Como ella era estéril, dio su sierva a su marido para tener hijos por medio de ella; y su hermana mayor hizo lo mismo imitándola, aunque había dado a luz, porque deseaba multiplicar la prole. No leemos que Jacob buscara a ninguna más que a una, ni que usara de muchas, salvo con el propósito de engendrar descendencia, salvando los derechos conyugales; y no habría hecho esto si sus esposas, que tenían legítimo poder sobre el cuerpo de su propio marido, no le hubieran instado a ello. Así engendró doce hijos y una hija de cuatro mujeres. Luego entró en Egipto por medio de su hijo José, quien fue vendido por sus hermanos por envidia, y llevado allí, y allí fue exaltado.
XVI, 39
Como dije hace poco, Jacob fue llamado también Israel, nombre que prevaleció más entre el pueblo descendiente de él. Ahora bien, este nombre se lo dio el ángel que luchó con él en el camino de vuelta de Mesopotamia, y que era con toda evidencia un tipo de Cristo. Pues cuando Jacob lo venció, sin duda con su propio consentimiento, para que se representara el misterio, significó la pasión de Cristo, en la que se ve a los judíos venciéndolo. Y sin embargo, suplicó una bendición al mismo ángel que había vencido; y así la imposición de este nombre fue la bendición. Porque Israel significa ver a Dios, lo cual será al fin la recompensa de todos los santos. El ángel también le tocó en el ancho del muslo cuando lo vencía, y de esa manera lo dejó cojo. De modo que Jacob fue a un mismo tiempo bendito y cojo: bendito en aquellos de aquel pueblo que creyeron en Cristo, y cojo en los incrédulos. Porque el ancho del muslo es la multitud de la familia. Pues hay muchos de aquella raza de quienes se dijo proféticamente de antemano: «Y han cojeado en sus sendas.»
Cómo se dice que Jacob entró en Egipto con setenta y cinco almas, cuando la mayoría de los mencionados nacieron en un período posterior
XVI, 40
Se relata que setenta y cinco varones entraron en Egipto junto con Jacob, contándolo a él con sus hijos. En este número sólo se mencionan dos mujeres, una hija y una nieta. Pero cuando se considera el asunto cuidadosamente, no parece que la descendencia de Jacob fuera tan numerosa el día o el año en que entró en Egipto. Se incluyen también entre ellos los bisnietos de José, que no podían haber nacido ya. Pues Jacob tenía entonces ciento treinta años, y su hijo José treinta y nueve; y como es claro que tomó esposa cuando tenía treinta o más, ¿cómo podía en nueve años tener bisnietos por los hijos que tuvo de aquella esposa? Ahora bien, dado que Efraín y Manasés, hijos de José, ni siquiera podían tener hijos, pues Jacob los encontró niños de menos de nueve años cuando entró en Egipto, ¿de qué manera se cuentan no sólo sus hijos sino sus nietos entre aquellos setenta y cinco que entonces entraron en Egipto con Jacob? Pues allí se cuenta a Maquir, hijo de Manasés, nieto de José, y al hijo de Maquir, es decir, Galaad, nieto de Manasés, bisnieto de José; allí también está aquel a quien Efraín, el otro hijo de José, engendró, es decir, Sutela, nieto de José, y Ezer, hijo de Sutela, nieto de Efraín y bisnieto de José, que no podía de ningún modo existir cuando Jacob entró en Egipto y halló allí a sus nietos, los hijos de José, sus abuelos, todavía niños de menos de nueve años. Pero sin duda, cuando la Escritura menciona la entrada de Jacob en Egipto con setenta y cinco almas, no se refiere a un día, o a un año, sino a todo aquel tiempo mientras vivió José, quien fue la causa de su entrada. Porque la misma Escritura habla así de José: «Y habitó José en Egipto, él y sus hermanos, y toda la casa de su padre; y vivió José ciento diez años, y vio a los hijos de Efraín hasta la tercera generación.» [] Es decir, su bisnieto, el tercero desde Efraín; porque la tercera generación significa hijo, nieto, bisnieto. Luego se añade: «Los hijos también de Maquir, hijo de Manasés, nacieron sobre las rodillas de José.» [] Y éste es aquel nieto de Manasés, y bisnieto de José. Pero se emplea el número plural según el uso escriturístico; pues la única hija de Jacob es mencionada como hijas, así como en el uso de la lengua latina liberi se usa en plural para los hijos aunque no haya más que uno. Ahora bien, cuando se proclama la felicidad del propio José, porque pudo ver a sus bisnietos, de ningún modo ha de pensarse que éstos ya existían en el año trigésimo noveno de su bisabuelo José, cuando su padre Jacob vino a él en Egipto. Pero quienes examinan diligentemente estas cosas se equivocarán con menos facilidad, porque está escrito: «Éstos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto junto con Jacob su padre.» [] Pues esto significa que los setenta y cinco se cuentan junto con él, no que todos estuvieran con él cuando entró en Egipto; porque, como he dicho, todo el período durante el cual vivió José, que ocasionó su entrada, se tiene por el tiempo de aquella entrada.
XVI, 41
Si, a causa del pueblo cristiano en quien la ciudad de Dios peregrina en la tierra, buscamos la carne de Cristo en la descendencia de Abraham, dejando a un lado a los hijos de las concubinas, tenemos a Isaac; si en la descendencia de Isaac, dejando a un lado a Esaú, que es también Edom, tenemos a Jacob, que también es Israel; si en la descendencia del propio Israel, dejando a un lado a los demás, tenemos a Judá, porque Cristo brotó de la tribu de Judá. Oigamos, pues, cómo Israel, al morir en Egipto, al bendecir a sus hijos, bendijo proféticamente a Judá. Dice: «Judá, te alabarán tus hermanos; tu mano estará sobre la cerviz de tus enemigos; los hijos de tu padre se inclinarán ante ti. Cachorro de león es Judá; de la presa, hijo mío, has subido; se encorvó, se echó como león, y como león viejo, ¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga aquel a quien pertenece; y él será la esperanza de las naciones. Atando a la vid su pollino, y a la cepa la cría de su asna; lavará en el vino su vestido, y en la sangre de uvas su manto; sus ojos están rojos del vino, y sus dientes blancos de la leche.» [] He expuesto estas palabras al disputar contra Fausto el maniqueo; y creo que basta para hacer brillar la verdad de esta profecía el señalar que la muerte de Cristo está predicha por la palabra acerca de su acto de echarse, y no la necesidad, sino el carácter voluntario de su muerte, en el título de león. Ese poder lo proclama él mismo en el Evangelio, diciendo: «Tengo poder para poner mi vida, y tengo poder para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la pongo de mí mismo, y la vuelvo a tomar.» [] Así rugió el león, así cumplió lo que dijo. Pues a este poder se refiere lo que se añade acerca de la resurrección: «¿Quién lo despertará?» Esto significa que ningún hombre lo resucitó, sino él mismo, que también dijo de su propio cuerpo: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» [] Y la naturaleza misma de su muerte, es decir, la altura de la cruz, se entiende por la sola palabra «has subido». El evangelista explica lo que se añade: «Al echarte, dormiste», cuando dice: «Inclinó la cabeza y entregó el espíritu.» [] O al menos ha de entenderse su sepultura, en la cual se echó durmiendo, y de la cual ningún hombre lo levantó, como los profetas levantaron a algunos, y como él mismo hizo con otros; sino que él mismo se levantó como del sueño. En cuanto a su vestido, que lava en vino, es decir, que limpia del pecado en su propia sangre, de la cual sangre conocen el misterio los que son bautizados, de modo que añade: «Y su manto en la sangre de la uva», ¿qué es sino la Iglesia? «Y sus ojos están rojos del vino» [éstos son] su pueblo espiritual embriagado con su cáliz, del cual canta el salmo: «¡Y tu cáliz que embriaga, cuán excelente es!» «Y sus dientes blancos de la leche» [] — es decir, las palabras nutritivas que, según el apóstol, beben los niños, por ser aún incapaces de alimento sólido. Y es él en quien estaban reservadas las promesas de Judá, de modo que hasta que vengan, nunca faltarán príncipes, es decir, reyes de Israel, de Judá. «Y él es la esperanza de las naciones.» Esto es demasiado claro para necesitar exposición.
XVI, 42
Ahora bien, así como los dos hijos de Isaac, Esaú y Jacob, presentaron una figura de los dos pueblos, los judíos y los cristianos (aunque en lo que respecta al linaje carnal no fueron los judíos sino los idumeos los que procedieron de la simiente de Esaú, ni las naciones cristianas sino más bien los judíos los que procedieron de la de Jacob; pues la figura vale solo en cuanto a la palabra, «El mayor servirá al menor» []), así sucedió lo mismo con los dos hijos de José; pues el mayor fue figura de los judíos, y el menor de los cristianos. Porque cuando Jacob los bendecía, y puso su mano derecha sobre el menor, que estaba a su izquierda, y su mano izquierda sobre el mayor, que estaba a su derecha, esto le pareció mal a su padre, y él amonestó a su padre tratando de corregir su error y mostrarle cuál era el mayor. Pero él no quiso cambiar sus manos, sino que dijo, «Lo sé, hijo mío, lo sé. También él llegará a ser un pueblo, y también él será engrandecido; pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia llegará a ser multitud de naciones.» [] Y estas dos promesas muestran lo mismo. Pues aquel ha de llegar a ser «un pueblo;» este «multitud de naciones.» ¿Y qué puede haber más evidente que el que estas dos promesas comprenden al pueblo de Israel, y a todo el mundo de la descendencia de Abraham, el uno según la carne, el otro según la fe?