De la naturaleza de las criaturas irracionales e inanimadas, las cuales en su propio género y orden no afean la belleza del universo
XII, 4
Pero es ridículo condenar los defectos de las bestias y de los árboles, y de otras cosas mortales y mudables semejantes, carentes de inteligencia, de sensación o de vida, aunque esos defectos destruyan su naturaleza corruptible; pues estas criaturas recibieron, por voluntad de su Creador, una existencia adecuada para, pasando y cediendo el lugar a otras, asegurar aquella forma ínfima de belleza, la belleza de las estaciones, que en su propio lugar es parte necesaria de este mundo. Pues las cosas terrenas no debían ser hechas iguales a las celestiales, ni tampoco, aunque inferiores, debían ser omitidas por completo del universo. Así pues, en aquellas situaciones donde tales cosas son apropiadas, unas perecen para dar paso a otras que nacen en su lugar, las menores sucumben ante las mayores, y las cosas vencidas se transforman en la cualidad de las que dominan; este es el orden establecido de las cosas transitorias. La belleza de este orden no nos impresiona, porque por nuestra fragilidad mortal estamos tan envueltos en una parte de él, que no podemos percibir el todo, en el cual estos fragmentos que nos ofenden se armonizan con la más exacta adecuación y belleza. Y por eso, donde no podemos percibir tan bien la sabiduría del Creador, se nos ordena muy propiamente creerla, no sea que en la vanidad de la temeridad humana presumamos hallar falta alguna en la obra de tan gran Artífice. Al mismo tiempo, si consideramos atentamente incluso estos defectos de las cosas terrenas, que no son ni voluntarios ni penales, parecen ilustrar la excelencia de las naturalezas mismas, todas las cuales son originadas y creadas por Dios; pues es aquello que nos agrada en esta naturaleza lo que nos desagrada ver eliminado por el defecto — a menos que incluso las naturalezas mismas desagraden a los hombres, como sucede a menudo cuando se vuelven dañinas para ellos, y entonces los hombres las estiman no por su naturaleza, sino por su utilidad; como en el caso de aquellos animales cuyos enjambres azotaron el orgullo de los egipcios. Pero con este modo de estimarlas, podrían hallar defecto en el sol mismo; pues ciertos criminales o deudores son condenados por los jueces a ser expuestos al sol. Por tanto, no es con respecto a nuestra comodidad o incomodidad, sino con respecto a su propia naturaleza, como las criaturas glorifican a su Artífice. Así, incluso la naturaleza del fuego eterno, aunque sea penal para los pecadores condenados, es ciertísimamente digna de alabanza. Pues ¿qué hay más hermoso que el fuego que llamea, arde y resplandece? ¿Qué más útil que el fuego para calentar, restaurar, cocinar, aunque nada es más destructivo que el fuego que arde y consume? La misma cosa, pues, aplicada de una manera es destructiva, pero aplicada convenientemente es sumamente beneficiosa. Pues ¿quién puede hallar palabras para contar sus usos en todo el mundo? No debemos, pues, escuchar a quienes alaban la luz del fuego pero hallan defecto en su calor, juzgándolo no por su naturaleza, sino por su comodidad o incomodidad. Pues desean ver, pero no ser quemados. Pero olvidan que esta misma luz que tan agradable les resulta, desagrada y daña a los ojos débiles; y en ese calor que les resulta desagradable, algunos animales hallan las condiciones más adecuadas de una vida sana.
XII, 5
Todas las naturalezas, pues, en cuanto son, y tienen por tanto un rango y una especie propios, y una especie de armonía interna, son ciertamente buenas. Y cuando están en los lugares que les asigna el orden de su naturaleza, conservan el ser que han recibido. Y aquellas cosas que no han recibido un ser eterno, son alteradas para mejor o para peor, para adecuarse a las necesidades y movimientos de aquellas cosas a las que la ley del Creador las ha hecho subordinadas; y así tienden en la divina providencia a aquel fin que está comprendido en el plan general del gobierno del universo. De modo que, aunque la corrupción de las cosas transitorias y perecederas las lleva a la destrucción total, no impide que produzcan aquello que estaba destinado a ser su resultado. Y siendo esto así, Dios, que es en grado sumo, y que por tanto creó a todo ser que no tiene existencia suprema (pues lo que fue hecho de la nada no podía ser igual a Él, y de hecho no podría existir en absoluto si Él no lo hubiera hecho), no debe ser censurado por causa de los defectos de la criatura, sino alabado en vista de las naturalezas que ha hecho.
Cuál es la causa de la bienaventuranza de los ángeles buenos, y cuál la causa de la miseria de los malos
XII, 6
Así, la verdadera causa de la bienaventuranza de los ángeles buenos se halla en esto: que se adhieren a Aquel que es en grado sumo. Y si preguntamos por la causa de la miseria de los malos, se nos ocurre, y no sin razón, que son miserables porque han abandonado a Aquel que es en grado sumo, y se han vuelto hacia sí mismos, que no tienen tal esencia. Y este vicio, ¿qué otra cosa se llama sino soberbia? Porque «el principio del pecado es la soberbia.» [] Pues no quisieron conservar su fuerza para Dios; y como la adhesión a Dios era la condición para gozar de un ser más amplio, lo disminuyeron prefiriéndose a sí mismos a Él. Este fue el primer defecto, y el primer empobrecimiento, y la primera falla de su naturaleza, que fue creada, ciertamente no con existencia suprema, sino que hallaba su bienaventuranza en el goce del Ser supremo; mientras que, al abandonarlo, debía convertirse, no ciertamente en ninguna naturaleza, sino en una naturaleza con una existencia menos amplia, y por tanto miserable.
Si se hace la pregunta ulterior: ¿cuál fue la causa eficiente de su voluntad mala? No hay ninguna. Pues ¿qué es lo que hace mala a la voluntad, cuando es la voluntad misma la que hace mala a la acción? Y, por consiguiente, la voluntad mala es la causa de la acción mala, pero nada es la causa eficiente de la voluntad mala. Porque si algo es la causa, esa cosa o tiene voluntad o no la tiene. Si la tiene, la voluntad es buena o mala. Si es buena, ¿quién está tan abandonado a sí mismo como para decir que una voluntad buena hace mala a una voluntad? Pues en ese caso una voluntad buena sería causa del pecado; suposición sumamente absurda. Por otra parte, si esa cosa hipotética tiene una voluntad mala, deseo saber qué la hizo así; y para no prolongar esto indefinidamente, pregunto de inmediato: ¿qué hizo mala a la primera voluntad mala? Porque no es primera aquella que fue corrompida por una voluntad mala, sino que es primera aquella que fue hecha mala por ninguna otra voluntad. Pues si fue precedida por aquello que la hizo mala, aquella voluntad fue primera que hizo mala a la otra. Pero si se responde: «Nada la hizo mala; siempre fue mala,» pregunto si ha estado existiendo en alguna naturaleza. Porque si no, entonces no existió en absoluto; y si existió en alguna naturaleza, entonces la vició y corrompió, y la dañó, y por consiguiente la privó de bien. Y por tanto, la voluntad mala no podía existir en una naturaleza mala, sino en una naturaleza a la vez buena y mudable, a la cual este vicio podía dañar. Pues si no hizo daño alguno, no era vicio; y, por consiguiente, la voluntad en la cual estaba no podía llamarse mala. Pero si hizo daño, lo hizo quitando o disminuyendo el bien. Y por tanto no podía existir desde la eternidad, como se sugería, una voluntad mala en aquella cosa en la que previamente había habido un bien natural, que la voluntad mala podía disminuir corrompiéndolo. Si, pues, no era desde la eternidad, ¿quién, pregunto, la hizo? Lo único que se puede sugerir en respuesta es que algo que no tenía voluntad propia hizo mala a la voluntad. Pregunto, pues, si esa cosa era superior, inferior o igual a ella. Si superior, entonces es mejor. ¿Cómo, pues, no tiene voluntad, y no más bien una voluntad buena? El mismo razonamiento se aplica si era igual; pues mientras dos cosas tienen igualmente una voluntad buena, la una no puede producir en la otra una voluntad mala. Queda entonces la suposición de que aquello que corrompió la voluntad de la naturaleza angélica que primero pecó era en sí mismo una cosa inferior sin voluntad. Pero esa cosa, sea del tipo más bajo y terrenal, es ciertamente buena en sí misma, puesto que es una naturaleza y un ser, con una forma y un rango propios en su propio género y orden. ¿Cómo, pues, puede una cosa buena ser la causa eficiente de una voluntad mala? ¿Cómo, digo, puede el bien ser causa del mal? Pues cuando la voluntad abandona lo que está por encima de sí misma y se vuelve a lo que es inferior, se hace mala — no porque sea malo aquello a lo que se vuelve, sino porque el volverse mismo es perverso. Por tanto, no es una cosa inferior la que ha hecho mala a la voluntad, sino que ella misma se ha vuelto así por desear perversa e inordenadamente una cosa inferior. Pues si dos hombres, semejantes en constitución física y moral, ven la misma belleza corporal, y uno de ellos es excitado por la vista a desear un goce ilícito, mientras que el otro mantiene firmemente una moderada continencia de su voluntad, ¿qué suponemos que hace que haya una voluntad mala en el uno y no en el otro? ¿Qué la produce en el hombre en quien existe? No la belleza corporal, pues esa se presentó igualmente a la mirada de ambos, y sin embargo no produjo en ambos una voluntad mala. ¿Causó la carne del uno el deseo mientras miraba? Pero ¿por qué no la carne del otro? ¿O fue la disposición? Pero ¿por qué no la disposición de ambos? Pues suponemos que ambos eran de semejante temperamento de cuerpo y alma. ¿Debemos, pues, decir que el uno fue tentado por una sugestión secreta del espíritu maligno? ¡Como si no fuera por su propia voluntad que consintió a esta sugestión y a cualquier inducción! Este consentimiento, pues, esta voluntad mala que presentó a la influencia persuasiva del mal — ¿cuál fue su causa, preguntamos? Porque, para no demorarnos en una dificultad como esta, si ambos son tentados igualmente y uno cede y consiente a la tentación mientras el otro permanece inmóvil ante ella, ¿qué otra explicación podemos dar del asunto sino esta: que el uno está dispuesto, el otro no, a caer de la castidad? ¿Y qué causa esto sino sus propias voluntades, al menos en los casos como los que suponemos, donde el temperamento es idéntico? La misma belleza fue igualmente obvia a los ojos de ambos; la misma tentación secreta presionó a ambos con igual violencia. Por minuciosamente que examinemos el caso, por tanto, no podemos discernir nada que haya causado que la voluntad del uno fuera mala. Porque si decimos que el hombre mismo hizo mala su voluntad, ¿qué era el hombre mismo antes de que su voluntad fuera mala sino una naturaleza buena creada por Dios, el bien inmutable? He aquí dos hombres que, antes de la tentación, eran semejantes en cuerpo y alma, y de los cuales uno cedió al tentador que le persuadió, mientras que el otro no pudo ser persuadido a desear aquel cuerpo hermoso que estaba igualmente ante los ojos de ambos. ¿Diremos del hombre tentado con éxito que corrompió su propia voluntad, puesto que ciertamente era bueno antes de que su voluntad se volviera mala? Entonces, ¿por qué lo hizo? ¿Fue porque su voluntad era una naturaleza, o porque fue hecha de la nada? Hallaremos que es esto último. Porque si una naturaleza es la causa de una voluntad mala, ¿qué otra cosa podemos decir sino que el mal surge del bien o que el bien es la causa del mal? ¿Y cómo puede suceder que una naturaleza, buena aunque mudable, produzca algún mal — es decir, que haga mala a la voluntad misma?
XII, 7
Que nadie, por tanto, busque una causa eficiente de la voluntad mala; porque no es eficiente, sino deficiente, ya que la voluntad misma no es una producción de algo, sino un defecto. Pues la defección de aquello que es en grado sumo hacia aquello que tiene menos ser: esto es comenzar a tener una voluntad mala. Ahora bien, buscar descubrir las causas de estas defecciones —causas, como he dicho, no eficientes, sino deficientes— es como si alguien buscara ver las tinieblas u oír el silencio. Sin embargo, ambas cosas nos son conocidas: la primera solo por medio de los ojos, la segunda solo por el oído; pero no por su actualidad positiva, sino por su carencia de ella. Que nadie, pues, pretenda saber de mí lo que sé que no sé; a no ser que acaso desee aprender a ignorar aquello de lo cual todo lo que sabemos es que no puede saberse. Porque las cosas que no son conocidas por su actualidad, sino por su carencia de ella, son conocidas —si se permite y entiende nuestra expresión— no conociéndolas, es decir, de modo que al conocerlas no sean conocidas. Pues cuando la vista examina objetos que hieren el sentido, en ninguna parte ve tinieblas sino donde comienza a no ver. Y así, ningún otro sentido sino el oído puede percibir el silencio, y sin embargo solo se percibe no oyendo. Así también nuestra mente percibe las formas inteligibles entendiéndolas; pero cuando son deficientes, las conoce no conociéndolas; porque «¿quién puede entender los defectos?»
XII, 8
Esto sí lo sé: que la naturaleza de Dios jamás, en ningún lugar ni de ningún modo, puede ser deficiente, y que las naturalezas hechas de la nada sí pueden serlo. Estas últimas, sin embargo, cuanto más ser tienen y más bien hacen (pues entonces hacen algo positivo), tanto más tienen causas eficientes; pero en la medida en que son deficientes en el ser y, por consiguiente, hacen el mal (pues entonces ¿qué es su obra sino vanidad?), tienen causas deficientes. Y sé igualmente que la voluntad no podría hacerse mala si no quisiera hacerse tal; y por eso sus defectos son justamente castigados, porque no son necesarios, sino voluntarios. Pues sus defecciones no son hacia cosas malas, sino que ellas mismas son malas; es decir, no se dirigen hacia cosas que son naturalmente y en sí mismas malas, sino que la defección de la voluntad es mala porque es contraria al orden de la naturaleza y un abandono de aquello que tiene el ser supremo por aquello que tiene menos. Porque la avaricia no es un defecto inherente al oro, sino al hombre que ama desordenadamente el oro, en detrimento de la justicia, la cual debe ser tenida en estima incomparablemente mayor que el oro. Ni es la lujuria defecto de los objetos hermosos y atractivos, sino del corazón que ama desordenadamente los placeres sensuales, descuidando la templanza, que nos une a objetos más hermosos por su espiritualidad y más deleitables por su incorruptibilidad. Ni tampoco es la jactancia defecto de la alabanza humana, sino del alma desordenadamente aficionada al aplauso de los hombres y que menosprecia la voz de la conciencia. La soberbia, asimismo, no es defecto de quien delega el poder, ni del poder mismo, sino del alma desordenadamente enamorada de su propio poder, que desprecia el dominio más justo de una autoridad superior. Por consiguiente, el que ama desordenadamente el bien que posee cualquier naturaleza, aunque lo obtenga, él mismo se hace malo en el bien, y desdichado por verse privado de un bien mayor.
Si los ángeles, además de recibir de Dios su naturaleza, recibieron también de Él su buena voluntad mediante el Espíritu Santo que los imbuyó de amor
XII, 9
Por tanto, no hay causa eficiente natural, o, si se me permite la expresión, causa esencial de la voluntad mala, puesto que ella misma es el origen del mal en los espíritus mudables, por el cual el bien de su naturaleza es disminuido y corrompido; y la voluntad no se hace mala por otra cosa sino por la defección de Dios —una defección cuya causa, ciertamente, es también deficiente. Pero en cuanto a la buena voluntad, si dijéramos que no hay causa eficiente de ella, debemos guardarnos de dar curso a la opinión de que la buena voluntad de los ángeles buenos no es creada, sino coeterna con Dios. Pues si ellos mismos son creados, ¿cómo podemos decir que su buena voluntad era eterna? Pero si fue creada, ¿fue creada juntamente con ellos, o existieron durante un tiempo sin ella? Si juntamente con ellos, entonces sin duda fue creada por Aquel que los creó, y, tan pronto como fueron creados, se adhirieron a Aquel que los creó, con el amor que Él creó en ellos. Y están separados de la sociedad de los demás, porque han perseverado en la misma buena voluntad; mientras que los otros han caído a otra voluntad, que es mala, por el hecho mismo de ser una caída del bien; de la cual, añadimos, no habrían caído si no hubieran querido hacerlo. Pero si los ángeles buenos existieron durante un tiempo sin buena voluntad, y la produjeron en sí mismos sin la intervención de Dios, se seguiría que se hicieron mejores de lo que Él los hizo. ¡Lejos de nosotros tal pensamiento! Pues sin buena voluntad, ¿qué eran sino malos? O si no eran malos, porque no tenían voluntad mala más que buena (pues no habían caído de aquello que todavía no habían comenzado a gozar), ciertamente no eran los mismos, no tan buenos, como cuando llegaron a tener una buena voluntad. O si no podían hacerse mejores de lo que fueron hechos por Aquel que no es superado por nadie en su obra, entonces ciertamente, sin su operación auxiliadora, no podían llegar a poseer aquella buena voluntad que los hizo mejores. Y aunque su buena voluntad logró que no se volvieran a sí mismos, que tenían una existencia más limitada, sino a Él, que es en grado sumo, y que, unidos a Él, su propio ser fue dilatado, y vivieron una vida sabia y bienaventurada por sus comunicaciones, ¿qué prueba esto sino que la voluntad, por buena que fuese, habría seguido deseándolo solo de manera impotente, si no hubiera sido porque Aquel que había hecho su naturaleza de la nada, y sin embargo capaz de gozar de Él, primero la estimuló a desearlo, y luego la llenó de Sí mismo, y así la hizo mejor?
Además, también hay que investigar esto: si los ángeles buenos hicieron buena su propia voluntad, ¿lo hicieron con voluntad o sin ella? Si sin ella, entonces no fue obra suya. Si con ella, ¿era la voluntad buena o mala? Si mala, ¿cómo pudo una voluntad mala engendrar una buena? Si buena, entonces ya tenían una voluntad buena. ¿Y quién hizo esta voluntad, que ya tenían, sino Aquel que los creó con una voluntad buena, o con aquel casto amor por el cual se adhirieron a Él, creando en un solo y mismo acto su naturaleza y dotándola de gracia? Y así nos vemos obligados a creer que los santos ángeles nunca existieron sin una buena voluntad o sin el amor de Dios. Pero los ángeles que, aunque creados buenos, son ahora malos, se hicieron tales por su propia voluntad. Y esta voluntad no fue hecha mala por su buena naturaleza, sino por su defección voluntaria del bien; porque el bien no es causa del mal, sino que la defección del bien lo es. Estos ángeles, por tanto, o bien recibieron menos gracia del amor divino que aquellos que perseveraron en el mismo; o, si ambos fueron creados igualmente buenos, entonces, mientras los unos cayeron por su mala voluntad, los otros fueron asistidos más abundantemente y alcanzaron aquel grado de bienaventuranza en el que tuvieron la certeza de que nunca caerían de él —como ya hemos mostrado en el libro precedente. Debemos, pues, reconocer, con la alabanza debida al Creador, que no solo de los hombres santos, sino también de los santos ángeles, puede decirse que «el amor de Dios ha sido derramado en sus corazones por el Espíritu Santo, que les ha sido dado.» [] Y que no solo de los hombres, sino primaria y principalmente de los ángeles es verdad, como está escrito, «Bueno es acercarse a Dios.» Y los que tienen este bien en común, tienen, tanto con Aquel a quien se acercan como entre sí, una santa comunión, y forman una sola ciudad de Dios: su sacrificio vivo y su templo vivo. Y veo que, puesto que ya he hablado del surgimiento de esta ciudad entre los ángeles, es tiempo de hablar del origen de aquella parte de ella que ha de unirse en el futuro a los ángeles inmortales, y que al presente está siendo reunida de entre los hombres mortales, y o bien peregrina en la tierra, o, en las personas de aquellos que han pasado por la muerte, descansa en los recónditos receptáculos y moradas de los espíritus sin cuerpo. Porque de un solo hombre, a quien Dios creó como el primero, descendió todo el género humano, según la fe de la Sagrada Escritura, que merecidamente goza de una autoridad admirable entre todas las naciones del mundo; pues, entre sus otras afirmaciones verdaderas, predijo, por su divina previsión, que todas las naciones darían crédito a ella.
XII, 10
Dejemos, pues, a un lado las conjeturas de hombres que no saben lo que dicen cuando hablan de la naturaleza y el origen del género humano. Pues algunos sostienen respecto de los hombres la misma opinión que respecto del mundo mismo: que siempre han existido. Así dice Apuleyo cuando describe nuestra raza: «Individualmente son mortales, pero colectivamente, y como raza, son inmortales.» Y cuando se les pregunta cómo, si el género humano ha existido siempre, defienden la verdad de su historia, que narra quiénes fueron los inventores y qué inventaron, y quiénes instituyeron por primera vez los estudios liberales y las demás artes, y quiénes habitaron primero esta o aquella región, o esta o aquella isla, responden que la mayoría, si no todas las tierras, fueron asoladas a intervalos por el fuego y el diluvio, de modo que los hombres quedaron muy reducidos en número, y de estos, a su vez, la población fue restaurada a su número anterior, y que así hubo a intervalos un nuevo comienzo, y aunque aquellas cosas que habían sido interrumpidas y frenadas por las graves devastaciones solo se renovaron, sin embargo parecieron originarse entonces; pero que el hombre no podía existir en absoluto sino producido por el hombre. Pero dicen lo que piensan, no lo que saben.
También son engañados por aquellos documentos sumamente mendaces que pretenden dar la historia de muchos miles de años, aunque, contando según las sagradas Escrituras, hallamos que aún no han pasado 6000 años. Y, para no gastar muchas palabras en poner de manifiesto la falta de fundamento de estos documentos, en los que se contabilizan tantos miles de años, ni en probar que sus autoridades son totalmente insuficientes, citaré solo aquella carta que Alejandro Magno escribió a su madre Olimpia, dándole la narración que obtuvo de un sacerdote egipcio, la cual había extraído de sus archivos sagrados, y que daba cuenta de reinos mencionados también por los historiadores griegos. En esta carta de Alejandro se asigna un término de más de 5000 años al reino de Asiria; mientras que en la historia griega solo se cuentan 1300 años desde el reinado del propio Belo, a quien tanto griegos como egipcios convienen en considerar el primer rey de Asiria. Luego al imperio de los persas y macedonios este egipcio asignó más de 8000 años, contando hasta el tiempo de Alejandro, con quien estaba hablando; mientras que entre los griegos se asignan 485 años a los macedonios hasta la muerte de Alejandro, y a los persas 233 años, contando hasta el término de sus conquistas. Así, estos dan un número mucho menor de años que los egipcios; y en verdad, aunque se multiplicara por tres, la cronología griega seguiría siendo más corta. Pues se dice que los egipcios antiguamente contaban solo cuatro meses por año; de modo que un año, según el cómputo más completo y verdadero ahora en uso entre ellos, como entre nosotros, comprendería tres de sus años antiguos. Pero ni aun así, como dije, corresponde la historia griega con la egipcia en su cronología. Por tanto, la primera debe recibir mayor crédito, porque no excede el verdadero cómputo de la duración del mundo tal como se da en nuestros documentos, que son verdaderamente sagrados. Además, si esta carta de Alejandro, que se ha hecho tan famosa, difiere ampliamente en esta cuestión de cronología del relato probable y creíble, ¿cuánto menos podemos creer estos documentos que, aunque llenos de antigüedades fabulosas y ficticias, pretenden oponer a la autoridad de nuestros conocidos y divinos libros, los cuales predijeron que todo el mundo creería en ellos, y que todo el mundo, en consecuencia, ha creído; los cuales probaron también que habían narrado verdaderamente los acontecimientos pasados por su predicción de los futuros, que se han cumplido con tanta exactitud!
De los que suponen que este mundo ciertamente no es eterno, sino que o bien hay innumerables mundos, o que uno y el mismo mundo se resuelve perpetuamente en sus elementos y se renueva al término de ciclos fijos
XII, 11
Hay, además, algunos que, aunque no suponen que este mundo sea eterno, son de la opinión de que o bien no es este el único mundo, sino que hay innumerables mundos, o bien de que ciertamente es el único, pero que muere y nace de nuevo a intervalos fijos, y esto un número incontable de veces; pero deben reconocer que el género humano existió antes de que hubiera otros hombres que los engendraran. Pues no pueden suponer que, si el mundo entero pereciera, quedarían vivos en el mundo algunos hombres, como pudieran sobrevivir en inundaciones e incendios, que aquellos otros especuladores suponen que son parciales, y de los cuales pueden por tanto argumentar razonablemente que unos pocos sobrevivieron entonces, cuya posteridad renovaría la población; pero como creen que el mundo mismo se renueva de su propia materia, así deben creer que de sus elementos fue producido el género humano, y luego que la progenie de los mortales brotó como la de otros animales de sus padres.
Capítulo 12. Cómo hay que responder a quienes critican la creación del hombre por lo reciente de su fecha
XII, 12
En cuanto a los que siempre preguntan por qué el hombre no fue creado durante estas innumerables edades del pasado infinitamente extendido, y vino a la existencia tan tarde que, según la Escritura, han transcurrido menos de 6000 años desde que comenzó a ser, les respondería respecto de la creación del hombre lo mismo que respondí respecto del origen del mundo a aquellos que no quieren creer que no es eterno, sino que tuvo un principio, lo cual incluso el propio Platón declara con toda claridad, aunque algunos piensan que su afirmación no era coherente con su verdadera opinión. Si les ofende que el tiempo transcurrido desde la creación del hombre sea tan corto, y sus años tan pocos según nuestras autoridades, consideren esto: que nada que tiene un límite es largo, y que todas las edades del tiempo, siendo finitas, son muy poco, o en realidad nada, en comparación con la eternidad interminable. Por consiguiente, si desde la creación del hombre hubieran transcurrido, no digo cinco o seis, sino incluso sesenta o seiscientos mil años, o sesenta veces más, o seiscientas o seiscientas mil veces más, o esta suma multiplicada hasta que ya no pudiera expresarse en números, se podría seguir haciendo la misma pregunta: ¿Por qué no fue hecho antes? Pues la eternidad pasada y sin límites durante la cual Dios se abstuvo de crear al hombre es tan grande que, compárala con el vasto e indecible número de edades que quieras, con tal de que haya una conclusión definida de este término de tiempo, no es ni siquiera como si compararas la más mínima gota de agua con el océano que fluye por todas partes alrededor del globo. Pues de estos dos, uno es ciertamente muy pequeño, el otro incomparablemente vasto, y sin embargo ambos son finitos; pero aquel espacio de tiempo que parte de algún comienzo y está limitado por alguna terminación, sea cual sea su extensión, si lo comparas con aquello que no tiene principio, no sé si decir que deberíamos contarlo como la cosa más ínfima, o como nada en absoluto. Pues toma este tiempo limitado, y descuenta de su final, uno a uno, los momentos más breves (como podrías restar día a día de la vida de un hombre, comenzando en el día en que ahora vive, retrocediendo hasta el de su nacimiento), y aunque el número de momentos que debes restar en este movimiento hacia atrás sea tan grande que ninguna palabra pueda expresarlo, sin embargo esta resta te llevará en algún momento al comienzo. Pero si quitas de un tiempo que no tiene principio, no digo momentos breves uno a uno, ni tampoco horas, días, meses o incluso años en cantidades, sino períodos de años tan vastos que no pueden ser nombrados por los aritméticos más hábiles —quita períodos de años tan vastos como aquel que supusimos que se consume gradualmente por la deducción de momentos— y quítalos no una vez y otra repetidamente, sino siempre, ¿qué logras, qué produces con tu deducción, puesto que nunca alcanzas el principio, que no existe? Por lo cual, aquello que ahora preguntamos después de unos cinco mil años, nuestros descendientes podrían preguntarlo con semejante curiosidad después de seiscientos mil años, suponiendo que estas generaciones de hombres que mueren continúen decayendo y renovándose por tanto tiempo, y suponiendo que la posteridad siga siendo tan débil e ignorante como nosotros. La misma pregunta podría haber sido formulada por quienes vivieron antes que nosotros, cuando el hombre era aún más nuevo sobre la tierra. El primer hombre mismo, en suma, pudo al día siguiente o el mismo día de su creación haber preguntado por qué no fue creado antes. Y no importa en qué período anterior o posterior hubiera sido creado, esta controversia sobre el comienzo de la historia de este mundo habría tenido exactamente las mismas dificultades que tiene ahora.
De la revolución de los siglos, que algunos filósofos creen que hará volver todas las cosas, tras un ciclo fijo, al mismo orden y forma que al principio
XII, 13
Para resolver esta controversia, algunos filósofos no han hallado otro medio aprobado que el de introducir ciclos de tiempo, en los cuales hubiera una constante renovación y repetición del orden de la naturaleza; y por tanto han afirmado que estos ciclos se repetirán sin cesar, sucediéndose unos a otros, aunque no están de acuerdo en si un mundo permanente pasará por todos estos ciclos, o si el mundo a intervalos fijos perecerá y será renovado de modo que se produzca una repetición de los mismos fenómenos— coincidiendo las cosas que han sido y las que han de ser. Y de esta fantástica vicisitud no eximen ni siquiera al alma inmortal que ha alcanzado la sabiduría, entregándola a una incesante transmigración entre una falsa bienaventuranza y una miseria real. Pues ¿cómo puede llamarse verdaderamente bienaventurado aquello que no tiene seguridad de serlo eternamente, y que o ignora la verdad y está ciego ante la miseria que se acerca, o, conociéndola, está en la miseria y el temor? Y si pasa a la bienaventuranza y deja las miserias para siempre, entonces sucede en el tiempo algo nuevo que el tiempo no terminará. ¿Por qué no, entonces, también el mundo? ¿Por qué no puede también el hombre ser algo semejante? Para que, siguiendo el camino recto de la sana doctrina, escapemos de no sé qué caminos tortuosos, descubiertos por sabios engañadores y engañados.
Algunos, además, al defender estos ciclos recurrentes que restauran todas las cosas a su origen, citan en favor de su suposición lo que dice Salomón en el libro del Eclesiastés: «¿Qué es lo que ha sido? Es lo que será. ¿Y qué es lo que se ha hecho? Es lo que se hará: y no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Quién puede hablar y decir: Mirad, esto es nuevo? Ya existió en los tiempos antiguos, que fueron antes de nosotros.» Esto lo dijo o bien de aquellas cosas de las que acababa de hablar— la sucesión de generaciones, la órbita del sol, el curso de los ríos—o bien de toda clase de criaturas que nacen y mueren. Pues hubo hombres antes de nosotros, están con nosotros y habrá después de nosotros; y así todos los seres vivos y todas las plantas. Incluso las producciones monstruosas e irregulares, aunque difieran unas de otras, y aunque algunas se citan como casos únicos, sin embargo se asemejan entre sí en general, en cuanto son milagrosas y monstruosas, y, en este sentido, han sido, serán y no son cosas nuevas y recientes bajo el sol. No obstante, algunos querrían entender estas palabras como queriendo decir que en la predestinación de Dios todas las cosas han existido ya, y que así no hay nada nuevo bajo el sol. Sea como fuere, lejos esté de todo verdadero creyente suponer que por estas palabras de Salomón se significan aquellos ciclos, en los cuales, según aquellos filósofos, se repiten los mismos períodos y acontecimientos del tiempo; como si, por ejemplo, el filósofo Platón, habiendo enseñado en la escuela de Atenas llamada la Academia, así, innumerables siglos antes, a intervalos largos pero ciertos, este mismo Platón y la misma escuela, y los mismos discípulos existieron, y así han de repetirse durante los innumerables ciclos que aún han de venir— lejos esté, digo, de nosotros creer esto. Pues una sola vez Cristo murió por nuestros pecados; y, resucitando de entre los muertos, ya no muere más. La muerte ya no tiene dominio sobre Él; [] y nosotros mismos después de la resurrección estaremos «siempre con el Señor,» [] a quien ahora decimos, como dicta el salmista sagrado, «Tú nos guardarás, oh Señor, Tú nos preservarás de esta generación.» Y también lo que sigue es, creo, bastante apropiado: «Los impíos andan en círculo,» no porque su vida haya de repetirse por medio de estos círculos, que imaginan estos filósofos, sino porque la senda en que su falsa doctrina corre ahora es tortuosa.
De la creación del género humano en el tiempo, y cómo se efectuó sin ningún designio nuevo ni cambio de propósito por parte de Dios
XII, 14
¿Qué maravilla es si, enredados en estos círculos, no hallan ni entrada ni salida? Pues no saben cómo el género humano, y esta condición mortal nuestra, tuvo su origen, ni cómo será llevada a su fin, ya que no pueden penetrar la inescrutable sabiduría de Dios. Pues, aunque Él mismo es eterno y sin principio, sin embargo hizo que el tiempo tuviera principio; y al hombre, a quien no había hecho antes, lo hizo en el tiempo, no por una resolución nueva y repentina, sino por su designio inmutable y eterno. ¿Quién puede escudriñar la insondable profundidad de este propósito, quién puede examinar la inescrutable sabiduría con que Dios, sin cambio de voluntad, creó al hombre, que nunca antes había existido, y le dio existencia en el tiempo, y multiplicó el género humano a partir de un solo individuo? Pues el mismo salmista, después de haber dicho primero, «Tú nos guardarás, oh Señor, Tú nos preservarás de esta generación para siempre,» y habiendo reprendido a aquellos cuya doctrina necia e impía no reserva para el alma ninguna liberación ni bienaventuranza eterna, añade inmediatamente, «Los impíos andan en círculo.» Entonces, como si se le dijera, «¿Qué crees, sientes, sabes entonces? ¿Hemos de creer que a Dios se le ocurrió de repente crear al hombre, a quien nunca antes había hecho en una eternidad pasada— a Dios, a quien nada nuevo puede ocurrírsele, y en quien no hay mutabilidad?» el salmista prosigue respondiendo, como si se dirigiera a Dios mismo, «Según la profundidad de tu sabiduría has multiplicado los hijos de los hombres.» Que los hombres, parece decir, imaginen lo que quieran, que conjeturen y discutan como les parezca, pero Tú has multiplicado los hijos de los hombres según la profundidad de tu sabiduría, que ningún hombre puede comprender. Pues esta es ciertamente una profundidad: que Dios siempre ha sido, y que al hombre, a quien nunca antes había hecho, quiso hacerlo en el tiempo, y esto sin cambiar su designio y voluntad.
Si hemos de creer que Dios, como ha sido siempre Señor soberano, ha tenido siempre criaturas sobre las cuales ejerció su soberanía; y en qué sentido podemos decir que la criatura ha existido siempre y, sin embargo, no podemos decir que sea coeterna
XII, 15
Por mi parte, ciertamente, como no me atrevo a decir que hubo jamás un tiempo en que el Señor Dios no fuera Señor, tampoco debo dudar de que el hombre no tuvo existencia antes del tiempo, y que fue creado por primera vez en el tiempo. Pero cuando considero de qué pudo Dios ser Señor, si no hubo siempre alguna criatura, me abstengo de hacer afirmación alguna, recordando mi propia insignificancia, y que está escrito, «¿Qué hombre hay que pueda conocer el consejo de Dios? ¿O quién puede pensar cuál es la voluntad del Señor? Porque los pensamientos de los hombres mortales son temerosos, y nuestras previsiones son inciertas. Pues el cuerpo corruptible agrava el alma, y el tabernáculo terrenal abruma la mente que medita sobre muchas cosas.» [] Muchas cosas ciertamente medito en este tabernáculo terrenal, porque la única cosa que es verdadera entre las muchas, o más allá de las muchas, no puedo hallarla. Si, pues, entre estos muchos pensamientos, digo que siempre ha habido criaturas de las que Él fuera Señor, quien siempre y desde siempre ha sido Señor, pero que estas criaturas no han sido siempre las mismas, sino que se han sucedido unas a otras (pues no querríamos parecer decir que alguna es coeterna con el Creador, afirmación condenada igualmente por la fe y por la sana razón), debo cuidarme de no caer en el error absurdo e ignorante de sostener que por estas sucesiones y cambios las criaturas mortales han existido siempre, mientras que las criaturas inmortales no comenzaron a existir hasta la fecha de nuestro propio mundo, cuando los ángeles fueron creados; si al menos los ángeles son aquella luz que fue hecha primero, o, más bien, aquel cielo del cual se dice, «En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» [] Los ángeles, al menos, no existieron antes de ser creados; pues si decimos que han existido siempre, pareceremos hacerlos coeternos con el Creador. De nuevo, si digo que los ángeles no fueron creados en el tiempo, sino que existieron antes de todos los tiempos, como aquellos sobre quienes Dios, que siempre ha sido Soberano, ejerció Su soberanía, entonces se me preguntará si, habiendo sido creados antes de todo tiempo, ellos, siendo criaturas, podrían posiblemente existir siempre. Quizá podría responderse: ¿Por qué no siempre, puesto que lo que está en todo tiempo muy propiamente puede decirse que es «siempre?» Ahora bien, tan cierto es que estos ángeles han existido en todo tiempo que incluso antes de que el tiempo fuera, fueron creados; si al menos el tiempo comenzó con los cielos, y los ángeles existieron antes de los cielos. Y si el tiempo existió incluso antes de los cuerpos celestes, no ciertamente marcado por horas, días, meses y años—pues estas medidas de los períodos del tiempo que común y propiamente se llaman tiempos, manifiestamente comenzaron con el movimiento de los cuerpos celestes, y así dijo Dios, cuando los dispuso, «Sean para señales, y para estaciones, y para días, y para años,» [] — si, digo, el tiempo existió antes de estos cuerpos celestes por algún movimiento cambiante, cuyas partes se sucedían unas a otras y no podían existir simultáneamente, y si hubo algún movimiento tal entre los ángeles que hiciera necesaria la existencia del tiempo, y que ellos desde su misma creación hubieran de estar sujetos a estos cambios temporales, entonces ellos han existido en todo tiempo, pues el tiempo llegó a ser junto con ellos. ¿Y quién dirá que lo que estaba en todo tiempo, no fue siempre?
Pero si hago tal respuesta, se me dirá: ¿Cómo, pues, no son coeternos con el Creador, si Él y ellos siempre han sido? ¿Cómo puede siquiera decirse que han sido creados, si hemos de entender que siempre existieron? ¿Qué responderemos a esto? ¿Diremos que ambas afirmaciones son verdaderas? ¿Que ellos siempre han sido, puesto que han estado en todo el tiempo, siendo creados juntamente con el tiempo, o el tiempo juntamente con ellos, y sin embargo también fueron creados? Pues, de manera semejante, no negaremos que el tiempo mismo fue creado, aunque nadie duda que el tiempo ha estado en todo el tiempo; pues si no ha estado en todo el tiempo, entonces hubo un tiempo en que no había tiempo. Pero la persona más necia no podría hacer tal afirmación. Pues razonablemente podemos decir que hubo un tiempo en que Roma no existía; hubo un tiempo en que Jerusalén no existía; hubo un tiempo en que Abrahán no existía; hubo un tiempo en que el hombre no existía, y así sucesivamente: en fin, si el mundo no fue hecho al comienzo del tiempo, sino después de transcurrido algún tiempo, podemos decir que hubo un tiempo en que el mundo no existía. Pero decir que hubo un tiempo en que el tiempo no existía, es tan absurdo como decir que hubo un hombre cuando no había ningún hombre; o, este mundo existía cuando este mundo no existía. Pues si no nos referimos al mismo objeto, la forma de expresión puede usarse, como, hubo otro hombre cuando este hombre no existía. Así podemos razonablemente decir que hubo otro tiempo cuando este tiempo no existía; pero ni el más simple podría decir que hubo un tiempo cuando no había tiempo. Así como, pues, decimos que el tiempo fue creado, aunque también decimos que siempre ha existido, ya que en todo el tiempo el tiempo ha existido, así no se sigue que si los ángeles siempre han existido, por tanto no fueron creados. Pues decimos que siempre han existido, porque han estado en todo el tiempo; y decimos que han estado en todo el tiempo, porque el tiempo mismo de ningún modo podría existir sin ellos. Pues donde no hay criatura cuyos movimientos cambiantes admitan sucesión, no puede haber tiempo en absoluto. Y, en consecuencia, aun si siempre han existido, fueron creados; ni, si siempre han existido, son por tanto coeternos con el Creador. Pues Él ha existido siempre en eternidad inmutable; mientras que ellos fueron creados, y se dice que han sido siempre, porque han estado en todo el tiempo, siendo el tiempo imposible sin la criatura. Pero el tiempo, que pasa con su mutabilidad, no puede ser coeterno con la eternidad inmutable. Y en consecuencia, aunque la inmortalidad de los ángeles no pasa en el tiempo, no se hace pasado como si ahora no fuera, ni tiene futuro como si aún no fuera, sin embargo sus movimientos, que son la base del tiempo, sí pasan del futuro al pasado; y por tanto no pueden ser coeternos con el Creador, en cuyo movimiento no podemos decir que haya habido aquello que ahora no es, o habrá de ser aquello que aún no es. Por lo cual, si Dios siempre ha sido Señor, siempre ha tenido criaturas bajo su dominio— criaturas, sin embargo, no engendradas por Él, sino creadas por Él de la nada; ni coeternas con Él, pues Él fue antes que ellas aunque en ningún tiempo sin ellas, porque las precedió, no por el transcurso del tiempo, sino por su eternidad permanente. Pero si hago esta respuesta a quienes preguntan cómo fue siempre Creador, siempre Señor, si no hubo siempre una creación sujeta; o cómo fue creada esta, y no más bien coeterna con su Creador, si siempre existió, temo que se me acuse de afirmar temerariamente lo que no sé, en lugar de enseñar lo que sé. Vuelvo, por tanto, a aquello que nuestro Creador ha tenido a bien que sepamos; y aquellas cosas que Él ha permitido que los hombres más capaces conozcan en esta vida, o ha reservado para ser conocidas en la próxima por los santos perfeccionados, reconozco que están más allá de mi capacidad. Pero he creído correcto discutir estas cuestiones sin hacer afirmaciones positivas, para que quienes lean sean advertidos de abstenerse de cuestiones peligrosas, y no se consideren aptos para todo. Procuren más bien obedecer la saludable amonestación del apóstol, cuando dice: «Pues digo, por la gracia que me ha sido dada, a todo hombre que esté entre vosotros, que no tenga de sí mismo más alto concepto del que debe tener, sino que piense con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» [] Pues si un niño recibe alimento adecuado a sus fuerzas, se vuelve capaz, a medida que crece, de tomar más; pero si se exceden sus fuerzas y su capacidad, se marchita en lugar de crecer.
Cómo hemos de entender la promesa de Dios de la vida eterna, que fue pronunciada antes de los «tiempos eternos.»
XII, 16
Confieso que no sé qué edades pasaron antes de que el género humano fuera creado; sin embargo, no dudo que ninguna cosa creada es coeterna con el Creador. Pero aun el apóstol habla del tiempo como eterno, y esto con referencia, no al futuro, sino, lo que es más sorprendente, al pasado. Pues dice: «En la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no puede mentir, prometió antes de los tiempos eternos, pero que a su debido tiempo ha manifestado su palabra.» Ved que dice que en el pasado ha habido tiempos eternos, los cuales, sin embargo, no eran coeternos con Dios. Y puesto que Dios antes de estos tiempos eternos no solo existía, sino que también, «prometió» la vida eterna, la cual manifestó en sus propios tiempos (es decir, en los tiempos debidos), ¿qué otra cosa es esto sino su palabra? Pues esta es la vida eterna. Pero entonces, ¿cómo prometió? Pues la promesa fue hecha a los hombres, ¡y sin embargo estos no tenían existencia antes de los tiempos eternos! ¿No significa esto que, en su propia eternidad, y en su palabra coeterna, lo que debía ser en su propio tiempo ya estaba predestinado y fijado?
Qué defensa hace la fe sana respecto del inmutable consejo y voluntad de Dios, contra los razonamientos de quienes sostienen que las obras de Dios se repiten eternamente en ciclos que retornan y restauran todas las cosas tal como fueron
XII, 17
Tampoco de esto dudo: que antes de que fuera creado el primer hombre, nunca hubo hombre alguno, ni este mismo hombre volviendo por no sé qué ciclos, tras haber realizado no sé cuántas revoluciones, ni ningún otro de naturaleza semejante. De esta creencia no me atemorizan los argumentos filosóficos, entre los cuales se tiene por el más agudo el que se funda en la afirmación de que lo infinito no puede ser comprendido por ningún modo de conocimiento. En consecuencia, argumentan, Dios tiene en su propia mente conceptos finitos de todas las cosas finitas que hace. Ahora bien, no puede suponerse que su bondad estuviera alguna vez ociosa; porque, si así fuera, habría que atribuirle un despertar a la actividad en el tiempo, desde una eternidad pasada de inacción, como si se arrepintiera de una ociosidad que no tuvo principio y, por tanto, procediera a dar comienzo a una obra. Siendo esto así, dicen, es preciso que las mismas cosas se repitan siempre, y que, al pasar, estén destinadas a volver siempre, ya sea que en medio de todos estos cambios el mundo permanezca el mismo —el mundo que ha existido siempre y, sin embargo, fue creado—, o que el mundo en estas revoluciones esté perpetuamente pereciendo y renovándose; de otro modo, si señalamos un tiempo en que las obras de Dios comenzaron, se creería que Él consideró su eterno descanso pasado como inerte e indolente, y por tanto lo condenó y alteró por desagradarle. Ahora bien, si se supone que Dios, en efecto, ha estado siempre haciendo cosas temporales, pero distintas unas de otras y unas tras otras, de modo que al fin llegó a hacer al hombre, a quien nunca antes había hecho, entonces puede parecer que no hizo al hombre con conocimiento (pues suponen que ningún conocimiento puede comprender la sucesión infinita de criaturas), sino al dictado del momento, según le vino en aquel instante, con un cambio de mente súbito y accidental. Por otra parte, dicen, si se admiten esos ciclos, y suponemos que se repiten las mismas cosas temporales, mientras el mundo o bien permanece idéntico a través de todas esas rotaciones, o bien perece y se renueva, entonces no se atribuye a Dios ni el ocio perezoso de una eternidad pasada, ni una creación precipitada e imprevista. Y si las mismas cosas no se repiten así en ciclos, entonces no pueden ser comprendidas en su diversidad sin fin por ninguna ciencia o presciencia. Aunque la razón no pudiera refutarlas, la fe sonreiría ante estas argumentaciones, con las cuales los impíos se esfuerzan por apartar nuestra simple piedad del camino recto, para que caminemos con ellos «en círculo.» Pero con la ayuda del Señor nuestro Dios, incluso la razón, y con bastante prontitud, destruye estos círculos giratorios que la conjetura forja. Pues lo que especialmente descarría a estos hombres para referir sus propios círculos al camino recto de la verdad es que miden con su propio intelecto humano, mudable y estrecho la mente divina, que es absolutamente inmutable, infinitamente capaz y sin sucesión de pensamiento, contando todas las cosas sin número. De modo que aquella sentencia del Apóstol se cumple en ellos, porque, «comparándose consigo mismos, no entienden.» Pues porque ellos hacen, en virtud de un nuevo propósito, cualquier cosa nueva que se les ha ocurrido hacer (siendo mudables sus mentes), concluyen que así sucede con Dios; y así comparan, no a Dios —pues no pueden concebir a Dios, sino que piensan en uno semejante a ellos mismos cuando piensan en Él—, no a Dios, sino a sí mismos, y no con Él, sino consigo mismos. Por nuestra parte, no osamos creer que Dios sea afectado de una manera cuando obra y de otra cuando descansa. En verdad, decir que es afectado en absoluto es un abuso del lenguaje, pues implica que llega a haber algo en su naturaleza que no estaba allí antes. Pues quien es afectado padece, y todo lo que padece es mudable. Su descanso, por tanto, no es pereza, indolencia, inacción; así como en su obra no hay fatiga, esfuerzo, industria. Él puede obrar mientras reposa, y reposar mientras obra. Él puede comenzar una obra nueva con un designio (no nuevo, sino) eterno; y lo que no ha hecho antes, no comienza a hacerlo ahora porque se arrepienta de su reposo anterior. Pero cuando se habla de su reposo anterior y de su operación posterior (y no sé cómo pueden los hombres entender estas cosas), este «anterior» y «posterior» se aplican solamente a las cosas creadas, que antes no existían y después llegaron a existir. Pero en Dios el propósito anterior no es alterado y borrado por el propósito posterior y diferente, sino que por una sola y misma voluntad eterna e inmutable efectuó respecto de las cosas que creó, tanto que antes, mientras no eran, no debían ser, como que después, cuando comenzaron a ser, llegaran a existir. Y así, quizá, mostraría de manera muy llamativa, a quienes tienen ojos para tales cosas, cuán independiente es de lo que hace, y cómo crea por su propia bondad gratuita, puesto que desde la eternidad moró sin criaturas en una bienaventuranza no menos perfecta.