Por cuál juicio de Dios se permitió al enemigo dar rienda suelta a su lujuria en los cuerpos de cristianos continentes
I, 28
No os sea, pues, gravosa vuestra vida, fieles siervos de Cristo, aunque vuestra castidad haya sido escarnecida por vuestros enemigos. Tenéis un grande y verdadero consuelo si mantenéis la buena conciencia y sabéis que no consentisteis en los pecados de quienes tuvieron permiso de cometer contra vosotros tan pecaminosos ultrajes. Y si preguntáis por qué se concedió ese permiso, ciertamente es una providencia profunda del Creador y Gobernador del mundo; y «insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos.» [] No obstante, interrogad fielmente a vuestras propias almas: ¿acaso no os habéis ensoberbecido indebidamente por vuestra integridad, continencia y castidad? ¿Acaso no habéis deseado tanto la alabanza humana que se tributa a estas virtudes que habéis envidiado a quienes las poseían? Por mi parte, no conozco vuestros corazones y por eso no formulo acusación; ni siquiera oigo lo que vuestros corazones responden cuando los interrogáis. Y, sin embargo, si responden que es como he supuesto que podría ser, no os asombréis de haber perdido aquello con lo que podéis ganar la alabanza de los hombres, y de retener aquello que no puede exhibirse ante los hombres. Si no consentisteis en el pecado, fue porque Dios añadió su auxilio a su gracia para que no se perdiera, y porque la vergüenza ante los hombres sucedió a la gloria humana para que no fuera amada. Pero en ambos respectos aun los pusilánimes entre vosotros tienen consuelo: aprobados por la una experiencia, castigados por la otra; justificados por la una, corregidos por la otra. En cuanto a aquellas cuyos corazones, al ser interrogados, responden que nunca se han enorgullecido de la virtud de la virginidad, de la viudez o de la castidad matrimonial, sino que, condescendiendo con los de humilde condición, se regocijaron con temblor en estos dones de Dios, y que nunca han envidiado a nadie excelencias semejantes de santidad y pureza, sino que se elevaron por encima de los aplausos humanos, que suelen abundar en proporción a la rareza de la virtud aplaudida, y más bien desearon que su propio número aumentara antes que cada una se hiciera conspicua por la pequeñez de su número—aun tales mujeres fieles, digo, no deben quejarse de que se haya permitido a los bárbaros ultrajarlas tan groseramente; ni deben permitirse creer que Dios pasó por alto su carácter cuando permitió actos que nadie comete impunemente. Pues algunos deseos sumamente flagrantes y perversos gozan hoy de libre curso por el juicio secreto de Dios, y están reservados para el juicio público y final. Además, es posible que aquellas mujeres cristianas que no son conscientes de ningún orgullo indebido por su castidad virtuosa, por la cual sufrieron sin pecado la violencia de sus captores, tuvieran, sin embargo, alguna debilidad oculta que podría haberlas traicionado llevándolas a una actitud orgullosa y despectiva, si no hubieran sido sometidas a la humillación que les sobrevino en la toma de la ciudad. Así como, por tanto, algunos hombres fueron apartados por la muerte para que ninguna maldad cambiara su disposición, así estas mujeres fueron ultrajadas para que la prosperidad no corrompiera su modestia. Ni aquellas mujeres, pues, que ya estaban ensoberbecidas por la circunstancia de ser todavía vírgenes, ni las que podrían haberse ensoberbecido si no hubieran estado expuestas a la violencia del enemigo, perdieron su castidad, sino que más bien ganaron humildad; las primeras fueron salvadas del orgullo ya abrigado, las segundas del orgullo que pronto habría crecido en ellas.
Debemos advertir, además, que algunas de las que sufrieron pueden haber concebido que la continencia es un bien corporal, y que permanece mientras el cuerpo esté inviolado, y no entendieron que la pureza tanto del cuerpo como del alma descansa en la firmeza de la voluntad fortalecida por la gracia de Dios, y no puede ser arrebatada por la fuerza a una persona que no lo consiente. De este error probablemente han sido liberadas ahora. Pues cuando reflexionan cuán concienzudamente sirvieron a Dios, y cuando vuelven a asentarse en la firme persuasión de que Él de ningún modo puede abandonar a quienes así le sirven e invocan su auxilio, y cuando consideran, cosa que no pueden dudar, cuán agradable le es la castidad, se ven obligadas a concluir que Él nunca habría permitido que estos desastres sobrevinieran a sus santos si con ellos pudiera destruirse aquella santidad que Él mismo les había otorgado y se deleita en ver en ellas.
Qué deben decir los siervos de Cristo en respuesta a los incrédulos que les echan en cara que Cristo no los rescató de la furia de sus enemigos
I, 29
La familia entera de Dios, sumamente alta y verdadera, tiene, pues, una consolación propia—una consolación que no puede engañar, y que encierra una esperanza más segura que la que pueden ofrecer los asuntos vacilantes y caedizos de la tierra. No rehusarán la disciplina de esta vida temporal, en la que son instruidos para la vida eterna; ni lamentarán su experiencia de ella, pues usan los bienes de la tierra como peregrinos que no se detienen en ellos, y los males de ésta o los prueban o los mejoran. En cuanto a los que los insultan en sus pruebas y, cuando les sobrevienen males, dicen: «¿Dónde está vuestro Dios?», podemos preguntarles dónde están sus dioses cuando sufren las mismas calamidades por evitar las cuales adoran a sus dioses, o sostienen que deben ser adorados; pues la familia de Cristo está provista de su respuesta: nuestro Dios está presente en todas partes, enteramente en todas partes; no confinado a lugar alguno. Puede estar presente sin ser percibido, y ausente sin moverse; cuando nos expone a las adversidades, es o para probar nuestras perfecciones o para corregir nuestras imperfecciones; y en recompensa de nuestra paciente resistencia de los sufrimientos temporales, nos reserva una recompensa eterna. Pero ¿quiénes sois vosotros para que nos dignemos hablar con vosotros siquiera acerca de vuestros propios dioses, y mucho menos acerca de nuestro Dios, que es «de temer sobre todos los dioses? Porque todos los dioses de las naciones son ídolos; pero el Señor hizo los cielos.»
Que los que se quejan del cristianismo desean en realidad vivir sin freno en una lujuria vergonzosa
I, 30
Si viviera hoy el famoso Escipión Nasica, que fue en otro tiempo vuestro pontífice, y a quien el senado eligió por unanimidad cuando, en el pánico creado por la guerra púnica, buscaban al mejor ciudadano para hospedar a la diosa frigia, él refrenaría esta desvergüenza vuestra, aunque vosotros apenas os atreveríais a mirar el semblante de tal hombre. Pues ¿por qué en vuestras calamidades os quejáis del cristianismo, sino porque deseáis gozar sin freno de vuestra licencia lujuriosa, y llevar una vida abandonada y disoluta sin la interrupción de ninguna inquietud o desastre? Porque ciertamente vuestro deseo de paz, prosperidad y abundancia no está movido por ningún propósito de usar estos bienes honestamente, es decir, con moderación, sobriedad, templanza y piedad; vuestro propósito es más bien desbocaros en una variedad interminable de placeres embrutecedores, y engendrar así de vuestra prosperidad una peste moral que resultará mil veces más desastrosa que los enemigos más feroces. Era una calamidad como ésta la que Escipión, vuestro sumo pontífice, vuestro mejor hombre a juicio de todo el senado, temía cuando rehusó asentir a la destrucción de Cartago, rival de Roma, y se opuso a Catón, que aconsejaba su destrucción. Temía la seguridad, esa enemiga de las mentes débiles, y percibía que un temor saludable sería un guardián adecuado para los ciudadanos. Y no se equivocó; el acontecimiento probó cuán sabiamente había hablado. Pues cuando Cartago fue destruida, y la república romana liberada de su gran causa de ansiedad, una multitud de males desastrosos resultó inmediatamente de la próspera condición de las cosas. Primero se debilitó la concordia, y fue destruida por feroces y sangrientas sediciones; luego siguieron, por una concatenación de causas funestas, guerras civiles, que trajeron en su séquito tales matanzas, tal derramamiento de sangre, tales proscripciones y saqueos inicuos y crueles, que aquellos romanos que, en los días de su virtud, habían esperado injurias sólo de manos de sus enemigos, ahora que su virtud estaba perdida, sufrieron crueldades mayores de manos de sus conciudadanos. La lujuria de dominar, que con otros vicios existió entre los romanos con intensidad más desenfrenada que entre ningún otro pueblo, después de apoderarse de los pocos más poderosos, sometió bajo su yugo a los demás, agotados y cansados.
I, 31
Pues, ¿en qué etapa descansaría esa pasión una vez que se ha alojado en un espíritu orgulloso, hasta que por una sucesión de avances ha llegado incluso al trono? Y para obtener tales avances nada sirve sino la ambición sin escrúpulos. Pero la ambición sin escrúpulos no tiene nada sobre lo cual obrar, salvo en una nación corrompida por la avaricia y el lujo. Además, un pueblo se vuelve avaro y lujurioso por la prosperidad; y era esto lo que aquel prudentísimo hombre Nasica se esforzaba por evitar cuando se opuso a la destrucción de la más grande, más fuerte y más rica ciudad enemiga de Roma. Pensaba que así el temor actuaría como freno de la lujuria, y que la lujuria frenada no se desbocaría en el lujo, y que impedido el lujo la avaricia tendría fin; y que desterrados estos vicios, la virtud florecería y aumentaría el gran provecho del estado; y la libertad, compañera idónea de la virtud, permanecería sin trabas. Por razones semejantes, y animado por el mismo patriotismo considerado, aquel mismo sumo pontífice vuestro—todavía me refiero a quien fue juzgado el mejor hombre de Roma sin una sola voz discrepante—echó un jarro de agua fría sobre la propuesta del senado de construir un círculo de asientos alrededor del teatro, y en un discurso muy grave les advirtió contra permitir que las costumbres lujosas de Grecia minaran la virilidad romana, y los persuadió a no ceder a la influencia enervante y afeminante de la licencia extranjera. Tan autoritativas y contundentes fueron sus palabras, que el senado se movió a prohibir el uso incluso de aquellos bancos que hasta entonces se habían traído habitualmente al teatro para uso temporal de los ciudadanos. ¡Cuán ávidamente habría desterrado de Roma un hombre como éste los propios espectáculos escénicos, si se hubiera atrevido a oponerse a la autoridad de aquellos que él suponía dioses! Pues no sabía que eran demonios maliciosos; o, si lo sabía, suponía que debían ser más bien propiciados que despreciados. Porque todavía no había sido revelada a los gentiles la doctrina celestial que habría de purificar sus corazones por la fe, y transformar su disposición natural por una piedad humilde, y apartarlos del servicio de demonios orgullosos para buscar las cosas que están en el cielo, o incluso por encima de los cielos.
I, 32
Sabed, pues, vosotros que ignoráis esto, y vosotros que fingís ignorarlo, recordad, mientras murmuráis contra Aquel que os ha liberado de tales gobernantes, que los juegos escénicos, exhibiciones de necedad y licencia desvergonzadas, fueron establecidos en Roma, no por los anhelos viciosos de los hombres, sino por disposición de vuestros dioses. Mucho más excusablemente podríais haber rendido honores divinos a Escipión que a dioses como éstos. Los dioses no eran tan morales como su pontífice. Pero prestadme ahora atención, si vuestra mente, embriagada por sus profundas libaciones de error, puede captar alguna verdad sobria. Los dioses ordenaron que se exhibieran juegos en su honor para detener una peste física; su pontífice prohibió que se construyera el teatro, para prevenir una peste moral. Si, pues, os queda suficiente iluminación mental para preferir el alma al cuerpo, elegid a quién queréis adorar. Además, aunque la peste se detuvo, no fue porque la locura voluptuosa de las representaciones teatrales se hubiera apoderado de un pueblo guerrero acostumbrado hasta entonces sólo a los juegos del circo; sino que estos astutos y perversos espíritus, previendo que a su debido tiempo la peste cesaría pronto, aprovecharon la ocasión para infectar, no los cuerpos, sino las costumbres de sus adoradores, con una enfermedad mucho más grave. Y en esta peste estos dioses hallan gran deleite, porque cegó las mentes de los hombres con una oscuridad tan densa y los deshonró con una deformidad tan asquerosa, que incluso muy recientemente (¿podrá creerlo la posteridad?) algunos de los que huyeron del saco de Roma y hallaron refugio en Cartago, quedaron tan infectados con esta enfermedad, que día tras día parecían contender unos con otros sobre quién correría más locamente tras los actores en los teatros.
I, 33
¡Oh hombres infatuados!, ¿qué ceguera o más bien locura es ésta que os posee? ¿Cómo es que mientras, según oímos, incluso las naciones orientales lloran vuestra ruina, y mientras estados poderosos en las partes más remotas de la tierra lamentan vuestra caída como una calamidad pública, vosotros mismos os apiñáis en los teatros, os derramáis en ellos y los llenáis; y, en suma, representáis un papel más loco ahora que nunca antes? Ésta era la asquerosa mancha de peste, éste el naufragio de la virtud y el honor del que Escipión buscó preservaros cuando prohibió la construcción de teatros; ésta fue su razón para desear que aún tuvierais un enemigo que temer, viendo como veía cuán fácilmente la prosperidad os corrompería y destruiría. No consideraba floreciente aquella república cuyos muros están en pie, pero cuyas costumbres están en ruinas. Pero las seducciones de demonios de mente malvada tuvieron más influencia sobre vosotros que las precauciones de hombres prudentes. De ahí que las injurias que hacéis, no permitís que se os imputen; pero las injurias que sufrís, las imputáis al cristianismo. Depravados por la buena fortuna, y no castigados por la adversidad, lo que deseáis en la restauración de un estado pacífico y seguro no es la tranquilidad de la república, sino la impunidad de vuestra propia lujuria viciosa. Escipión deseaba que estuvierais duramente apremiados por un enemigo, para que no os abandonarais a costumbres lujosas; pero tan abandonados estáis, que ni siquiera cuando sois aplastados por el enemigo se reprime vuestro lujo. Habéis perdido el provecho de vuestra calamidad; os habéis vuelto sumamente miserables, y habéis permanecido sumamente disolutos.
I, 34
Y que aún estéis vivos se debe a Dios, que os perdona para que seáis amonestados a arrepentiros y reformar vuestras vidas. Es Él quien os ha permitido, ingratos como sois, escapar de la espada del enemigo, llamándoos a vosotros mismos sus siervos, o hallando asilo en los lugares sagrados de los mártires.
Se dice que Rómulo y Remo, para aumentar la población de la ciudad que fundaron, abrieron un santuario en el que todo hombre podía hallar asilo y absolución de todo crimen—notable prefiguración de lo que ha ocurrido recientemente en honor de Cristo. Los destructores de Roma siguieron el ejemplo de sus fundadores. Pero no fue gran mérito de éstos que, por aumentar el número de sus ciudadanos, hicieran lo que aquéllos han hecho, para que no se disminuyera el número de sus enemigos.
De los hijos de la Iglesia que están ocultos entre los malvados, y de los falsos cristianos dentro de la Iglesia
I, 35
Dénse éstas y semejantes respuestas (si se pueden hallar otras más plenas y adecuadas) a sus enemigos por la familia redimida del Señor Cristo, y por la ciudad peregrina del Rey Cristo. Pero tenga presente esta ciudad que entre sus enemigos están ocultos quienes están destinados a ser conciudadanos, para que no juzgue trabajo infructuoso soportar lo que ellos infligen como enemigos hasta que lleguen a ser confesores de la fe. Así también, mientras es extranjera en el mundo, la ciudad de Dios tiene en su comunión, y ligados a ella por los sacramentos, a algunos que no habitarán eternamente en la suerte de los santos. De éstos, algunos no son ahora reconocidos; otros se declaran a sí mismos, y no dudan en hacer causa común con nuestros enemigos murmurando contra Dios, cuya insignia sacramental llevan. A estos hombres puedes verlos hoy llenando las iglesias con nosotros, y mañana llenando los teatros con los impíos. Pero tenemos menos razón para desesperar de la enmienda incluso de tales personas, si entre nuestros más declarados enemigos hay ahora algunos, desconocidos para sí mismos, que están destinados a ser nuestros amigos. En verdad, estas dos ciudades están entrelazadas en este mundo, y mezcladas entre sí hasta que el juicio final efectúe su separación. Ahora paso a hablar, según Dios me ayude, del origen, progreso y fin de estas dos ciudades; y lo que escribo, lo escribo para gloria de la ciudad de Dios, para que, puesta en comparación con la otra, brille con un resplandor más brillante.
I, 36
Pero todavía tengo algunas cosas que decir en refutación de quienes atribuyen los desastres de la república romana a nuestra religión, porque prohíbe ofrecer sacrificios a los dioses. Para este fin debo relatar todos, o tantos como parezcan suficientes, de los desastres que acaecieron a aquella ciudad y a sus provincias sometidas, antes de que se prohibieran estos sacrificios; pues todos estos desastres sin duda nos los habrían atribuido a nosotros, si en aquel tiempo nuestra religión hubiera derramado su luz sobre ellos, y hubiera prohibido sus sacrificios. Debo luego pasar a mostrar qué bienestar social se dignó concederles el Dios verdadero, en cuya mano están todos los reinos, para que su imperio creciera. Debo mostrar por qué lo hizo, y cómo sus dioses falsos, lejos de ayudarles en algo, les perjudicaron grandemente con engaño y fraude. Y, por último, debo hacer frente a quienes, cuando en este punto estén convencidos y refutados por pruebas irrefragables, se esfuerzan por sostener que adoran a los dioses no esperando las ventajas presentes de esta vida, sino las que han de gozarse después de la muerte. Y esto, si no me equivoco, será la parte más difícil de mi tarea, y digna del argumento más elevado; pues tendremos entonces que entrar en liza con los filósofos, no con el mero vulgo de los filósofos, sino con los más renombrados, que en muchos puntos están de acuerdo con nosotros, como en lo referente a la inmortalidad del alma, y en que el Dios verdadero creó el mundo y por su providencia gobierna todo lo que ha creado. Pero como difieren de nosotros en otros puntos, no debemos rehuir la tarea de exponer sus errores, para que, habiendo refutado la contradicción de los malvados con la capacidad que Dios se digne conceder, podamos afirmar la ciudad de Dios, la verdadera piedad y el culto de Dios, al que únicamente está unida la promesa de la felicidad verdadera y eterna. Concluyamos, pues, aquí, para entrar en estos asuntos en un nuevo libro.
En este libro repasa Agustín las calamidades que sufrieron los romanos antes del tiempo de Cristo, y mientras el culto de los dioses falsos se practicaba universalmente; y demuestra que, lejos de ser preservados de la desgracia por los dioses, los romanos han sido abrumados por ellos con la única, o al menos la mayor, de todas las calamidades: la corrupción de las costumbres y los vicios del alma.
II, 1
Si la mente débil del hombre no presumiera resistir la evidencia clara de la verdad, sino que cediera su debilidad a doctrinas saludables, como a una medicina que da salud, hasta obtener de Dios, por su fe y piedad, la gracia necesaria para sanarla, quienes tienen ideas justas, y las expresan en lenguaje adecuado, no necesitarían usar un largo discurso para refutar los errores de vana conjetura. Pero esta debilidad mental es ahora más prevalente y dañina que nunca, hasta tal punto que incluso después de que la verdad ha sido tan plenamente demostrada como un hombre puede probarla a otro, tienen por la verdad misma sus propias fantasías irracionales, ya sea por su gran ceguera, que les impide ver lo que claramente se les presenta, ya sea por su obstinación en sus opiniones, que les impide reconocer la fuerza de lo que sí ven. Por tanto, con frecuencia surge la necesidad de hablar más ampliamente sobre aquellos puntos que ya están claros, para que, por así decirlo, los presentemos no a la vista, sino incluso al tacto, de modo que sean sentidos incluso por quienes cierran los ojos ante ellos. Y, sin embargo, ¿a qué fin llevaremos jamás nuestras discusiones, o qué límites se pueden poner a nuestro discurso, si procedemos según el principio de que siempre debemos responder a quienes nos responden? Pues quienes o no son capaces de entender nuestros argumentos, o están tan endurecidos por el hábito de contradecir que, aunque entienden, no pueden ceder ante ellos, nos responden, y, como está escrito, «hablan cosas duras», y son incorregiblemente vanos. Ahora bien, si nos propusiéramos refutar sus objeciones cuantas veces ellos, con desfachatez, eligieran despreciar nuestros argumentos, y cuantas veces pudieran de algún modo contradecir nuestras afirmaciones, ya ves qué tarea tan interminable, infructuosa y penosa estaríamos emprendiendo. Y por tanto, no deseo que mis escritos sean juzgados ni siquiera por ti, hijo mío Marcelino, ni por ninguno de esos otros al servicio de los cuales se pone este trabajo mío gratuitamente y con toda caridad cristiana, si al menos tienes la intención de exigir siempre una respuesta a cada objeción que oigas hacer contra lo que lees en él; porque así te volverías como aquellas mujeres necias de las que el apóstol dice que «siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad» [].
II, 2
En el libro anterior, habiendo comenzado a hablar de la ciudad de Dios, a la que he resuelto, con la ayuda del Cielo, consagrar toda esta obra, mi primer empeño fue responder a quienes atribuyen las guerras que devastan el mundo, y especialmente el reciente saco de Roma por los bárbaros, a la religión de Cristo, que prohíbe ofrecer sacrificios abominables a los demonios. He mostrado que más bien deberían atribuirlo a Cristo, que por causa de su nombre los bárbaros, contra toda costumbre y ley de guerra, abrieron como santuarios las iglesias más grandes, y en muchos casos mostraron tal reverencia a Cristo, que no sólo sus siervos genuinos, sino incluso aquellos que en su terror fingieron serlo, quedaron exentos de todas las penalidades que por costumbre de guerra lícitamente pueden infligirse. De aquí surgió luego la cuestión de por qué se permitió a hombres malvados e ingratos participar de estos beneficios; y por qué, asimismo, las penalidades y calamidades de la guerra fueron infligidas tanto a los piadosos como a los impíos. Y al dar una respuesta suficientemente amplia a esta gran cuestión, ocupé un espacio considerable, en parte para aliviar las ansiedades que perturban a muchos cuando observan que las bendiciones de Dios, y las contingencias humanas comunes y diarias, tocan en suerte a malos y buenos sin distinción; pero principalmente para administrar algún consuelo a aquellas mujeres santas y castas que fueron ultrajadas por el enemigo, de tal modo que se conmocionó su pudor, aunque no se manchó su pureza, y para preservarlas de avergonzarse de la vida, aunque no tienen culpa de la que avergonzarse. Y luego hablé brevemente contra quienes con desvergonzada lascivia insultan a aquellos pobres cristianos que fueron sometidos a esas calamidades, y especialmente contra aquellas mujeres quebrantadas y humilladas, aunque castas y santas; siendo estos individuos mismos los más depravados y afeminados libertinos, bastante degenerados de los genuinos romanos, cuyas hazañas famosas están abundantemente registradas en la historia, y en todas partes celebradas, pero que han encontrado en sus descendientes los mayores enemigos de su gloria. En verdad, Roma, que fue fundada y acrecentada por los trabajos de esos antiguos héroes, fue más vergonzosamente arruinada por sus descendientes, mientras sus murallas aún estaban en pie, de lo que lo está ahora por su demolición. Pues en esta ruina cayeron piedras y maderos; pero en la ruina que efectuaron esos libertinos, cayeron no los baluartes murales, sino los morales y ornamentos de la ciudad, y sus corazones ardieron con pasiones más destructivas que las llamas que consumieron sus casas. Así llevé mi primer libro a su fin. Y ahora paso a hablar de las calamidades que esa ciudad misma, o sus provincias sometidas, han sufrido desde su fundación; todas las cuales habrían atribuido igualmente a la religión cristiana, si en aquel período temprano la doctrina del evangelio contra sus dioses falsos y engañadores hubiera sido proclamada tan amplia y libremente como ahora.
Que sólo necesitamos leer la historia para ver qué calamidades sufrieron los romanos antes de que la religión de Cristo comenzara a competir con el culto de los dioses
II, 3
Pero recuerda que, al relatar estas cosas, todavía he de dirigirme a hombres ignorantes; tan ignorantes, en verdad, que dan origen al dicho común, «Sequía y cristianismo van de la mano». Hay ciertamente entre ellos algunos hombres bien educados, y con afición a la historia, en la que las cosas de que hablo están abiertas a su observación; pero para irritar contra nosotros a las masas incultas, fingen ignorancia de estos acontecimientos, y hacen lo que pueden para que el vulgo crea que esos desastres, que en ciertos lugares y en ciertos tiempos acaecen uniformemente a la humanidad, son resultado del cristianismo, que se está difundiendo por todas partes, y posee un renombre y un brillo que eclipsan del todo a sus propios dioses. Que recuerden, pues, junto con nosotros, con cuántos y repetidos desastres fue marchitada la prosperidad de Roma, antes de que Cristo hubiera venido en carne, y antes de que su nombre fuera pregonado entre las naciones con aquella gloria que ellos envidian vanamente. Que defiendan, si pueden, a sus dioses en este punto, puesto que sostienen que los adoran para ser preservados de estos desastres, que ahora nos imputan a nosotros si sufren en lo más mínimo. Pues ¿por qué permitieron estos dioses que los desastres de los que voy a hablar cayeran sobre sus adoradores antes de que la predicación del nombre de Cristo los ofendiera, y pusiera fin a sus sacrificios?
Que los adoradores de los dioses nunca recibieron de ellos preceptos morales saludables, y que al celebrar su culto se practicaban toda clase de impurezas
II, 4
Ante todo, preguntaríamos por qué sus dioses no tomaron medidas para mejorar las costumbres de sus adoradores. Que el Dios verdadero descuidara a quienes no buscaban su ayuda, eso era justicia; pero ¿por qué aquellos dioses, de cuyo culto se quejan ahora los hombres ingratos al decir que se les prohíbe, no promulgaron leyes que pudieran haber guiado a sus devotos a una vida virtuosa? Ciertamente era justo que, así como los hombres mostraban cuidado en el culto de los dioses, los dioses por su parte lo mostraran en la conducta de los hombres. Pero, se responde, es por su propia voluntad por lo que el hombre se extravía. ¿Quién lo niega? Pero no por ello dejaba de incumbir a estos dioses, que eran guardianes de los hombres, publicar en términos claros las leyes de una buena vida, y no ocultarlas a sus adoradores. Era su deber enviar profetas para alcanzar y convencer a quienes quebrantaran estas leyes, y proclamar públicamente los castigos que aguardan a los malhechores, y las recompensas que pueden esperar quienes obran bien. ¿Acaso resonó jamás en las paredes de alguno de sus templos una voz de advertencia semejante? Yo mismo, cuando era joven, solía ir a veces a los espectáculos y entretenimientos sacrílegos; vi a los sacerdotes delirando en su excitación religiosa, y oí a los coristas; me complací en los juegos vergonzosos que se celebraban en honor de dioses y diosas, de la virgen Celestis y de Berecintia, la madre de todos los dioses. Y en el día santo consagrado a su purificación, se cantaban ante su lecho composiciones tan obscenas y sucias para el oído —no diré de la madre de los dioses, sino de la madre de cualquier senador u hombre honesto—; no, tan impuras, que ni siquiera la madre de los propios actores deslenguados podría haber formado parte del auditorio. Pues la reverencia natural hacia los padres es un vínculo que los más abandonados no pueden ignorar. Y, en consecuencia, las acciones lascivas y las palabras sucias con que estos actores honraban a la madre de los dioses, en presencia de una vasta asamblea y audiencia de ambos sexos, no podían, por pura vergüenza, haberlas ensayado en casa en presencia de sus propias madres. Y las multitudes que se reunían de todas partes por curiosidad, el pudor ofendido debió, supongo, dispersarlas en la confusión de la vergüenza. Si estos son ritos sagrados, ¿qué es sacrilegio? Si esto es purificación, ¿qué es contaminación? Esta festividad se llamaba las Mesas, como si se diera un banquete en el que los demonios inmundos pudieran hallar refrigerio adecuado. Pues no es difícil ver qué clase de espíritus deben ser los que se deleitan con tales obscenidades, a menos, ciertamente, que un hombre esté cegado por estos espíritus malignos que se hacen pasar por dioses, y o no crea en su existencia, o lleve una vida tal que le impulse más bien a propiciarlos y temerlos que al Dios verdadero.
II, 5
En este asunto preferiría tener como asesores en el juicio, no a aquellos hombres que más se complacen en estas costumbres infames que se afanan en ponerles fin, sino a aquel mismo Escipión Nasica que fue elegido por el senado como el ciudadano más digno de recibir en sus manos la imagen de aquel demonio Cibeles, y llevarla a la ciudad. Él nos diría si se sentiría orgulloso de ver a su propia madre tan altamente estimada por el estado como para que se le adjudicaran honores divinos; como los griegos y romanos y otras naciones han decretado honores divinos a hombres que les habían prestado servicios materiales, y han creído que sus benefactores mortales se hacían así inmortales, y se inscribían entre los dioses. Ciertamente desearía que su madre gozara de tal felicidad si fuera posible. Pero si pasáramos a preguntarle si, entre los honores que se le tributan, desearía que se celebraran ritos tan vergonzosos como éstos, ¿no exclamaría al punto que preferiría que su madre yaciera muerta como una piedra, antes que sobrevivir como diosa para prestar oído a estas obscenidades? ¿Es posible que quien era de moral tan severa, que usó su influencia como senador romano para impedir la construcción de un teatro en aquella ciudad dedicada a las virtudes varoniles, deseara que su madre fuera propiciada como diosa con palabras que habrían hecho subir el rubor a sus mejillas cuando era una matrona romana? ¿Podría acaso creer que el pudor de una mujer estimable se transformaría de tal modo por su promoción a la divinidad, que consentiría ser invocada y celebrada en términos tan groseros e inmodestos, que si los hubiera oído mientras vivía en la tierra, y hubiera escuchado sin taparse los oídos y salir corriendo del lugar, sus parientes, su esposo y sus hijos habrían enrojecido por ella? Por tanto, siendo la madre de los dioses un personaje tal que el hombre más depravado se avergonzaría de tenerla por madre, y queriendo esclavizar las mentes de los romanos, exigió para su servicio al mejor ciudadano, no para madurarlo aún más en la virtud con su consejo provechoso, sino para enredarlo con su engaño, como aquella de quien está escrito: «La adúltera cazará el alma preciosa» []. Su intención era inflar a este hombre de alma elevada mediante un testimonio aparentemente divino de su excelencia, para que pudiera confiar en su propia eminencia en la virtud, y no hiciera ulteriores esfuerzos tras la verdadera piedad y religión, sin las cuales el genio natural, por brillante que sea, se evapora en orgullo y viene a nada. Pues ¿con qué fin, sino con un propósito engañoso, pudo aquella diosa exigir al mejor hombre, dado que en sus propias fiestas sagradas requiere tales obscenidades que los mejores hombres se cubrirían de vergüenza al oírlas en sus propias mesas?
II, 6
Esta es la razón por la cual aquellas divinidades descuidaron por completo la vida y las costumbres de las ciudades y naciones que las adoraban, y no les pusieron delante ninguna terrible prohibición que les impidiera corromperse por completo y los preservara de aquellos males terribles y detestables que no afectan a las cosechas ni a las vendimias, ni a la casa ni a las posesiones, ni al cuerpo que está sujeto al alma, sino al alma misma, el espíritu que gobierna a todo el hombre. Si hubo alguna prohibición semejante, que se presente, que se pruebe. Se nos dirá que la pureza y la probidad se inculcaban a aquellos que eran iniciados en los misterios de la religión, y que secretos incentivos a la virtud eran susurrados al oído de la élite; pero esto es una jactancia vana. Que nos muestren o nos nombren los lugares que fueron en algún momento consagrados a asambleas en las que, en lugar de las obscenas canciones y de la licenciosa actuación de los histriones, en lugar de la celebración de aquellas suciísimas y desvergonzadas Fugalia (bien llamadas Fugalia, pues destierran el pudor y el recto sentir), se ordenaba al pueblo en nombre de los dioses refrenar la avaricia, dominar la impureza y vencer la ambición; donde, en fin, pudieran aprender en aquella escuela a la que Persio los azota con vehemencia cuando dice: «Aprended, criaturas abandonadas, y averiguad las causas de las cosas; qué somos y para qué fin nacemos; cuál es la ley de nuestro éxito en la vida; y con qué arte podemos girar la meta sin naufragar; qué límite debemos poner a nuestra riqueza, qué podemos desear lícitamente y para qué sirve el vil lucro; cuánto debemos dar a nuestra patria y a nuestra familia; aprended, en fin, qué quiso Dios que fuerais y qué lugar os ha ordenado ocupar.» Que nos nombren los lugares donde tales enseñanzas solían ser comunicadas por los dioses, y donde el pueblo que los adoraba acostumbraba acudir para oírlas, así como nosotros podemos señalar nuestras iglesias construidas con este fin en toda tierra donde se recibe la religión cristiana.
Que las sugerencias de los filósofos están excluidas de tener efecto moral alguno, porque no tienen la autoridad que pertenece a la instrucción divina, y porque la inclinación natural del hombre al mal lo induce más bien a seguir los ejemplos de los dioses que a obedecer los preceptos de los hombres
II, 7
Pero ¿acaso nos recordarán las escuelas de los filósofos y sus disputas? En primer lugar, éstas no pertenecen a Roma, sino a Grecia; y aun si les concedemos que ahora son romanas, porque la propia Grecia se ha convertido en provincia romana, todavía las enseñanzas de los filósofos no son los mandamientos de los dioses, sino los descubrimientos de los hombres, quienes, impulsados por su propia capacidad especulativa, se esforzaron por descubrir las leyes ocultas de la naturaleza, y el bien y el mal en la ética, y en la dialéctica lo que era consecuente según las reglas de la lógica, y lo que era inconsecuente y erróneo. Y algunos de ellos, con la ayuda de Dios, hicieron grandes descubrimientos; pero cuando se les dejó a sí mismos fueron traicionados por la debilidad humana y cayeron en errores. Y esto fue ordenado por la divina providencia, para que su orgullo fuera refrenado, y para que con su ejemplo se señalara que es la humildad la que tiene acceso a las regiones más altas. Pero de esto tendremos más que decir, si el Señor Dios de la verdad lo permite, en su lugar propio. Sin embargo, si los filósofos han hecho descubrimientos suficientes para guiar a los hombres a la virtud y a la bienaventuranza, ¿no habría sido mayor justicia otorgarles honores divinos? ¿No sería más conforme con todo sentimiento virtuoso leer los escritos de Platón en un «Templo de Platón», que estar presente en los templos de los demonios para presenciar a los sacerdotes de Cibeles mutilándose, a los afeminados consagrándose, a los fanáticos delirantes cortándose, y cualquier otra ceremonia cruel o vergonzosa, o vergonzosamente cruel o cruelmente vergonzosa, que sea ordenada por el ritual de dioses como éstos? ¿No sería una educación más adecuada, y más probable que incitara a los jóvenes a la virtud, si oyeran recitaciones públicas de las leyes de los dioses, en lugar de la vana alabanza de las costumbres y leyes de sus antepasados? Ciertamente todos los adoradores de los dioses romanos, una vez que están poseídos por lo que Persio llama «el ardiente veneno de la lujuria», prefieren presenciar las hazañas de Júpiter antes que oír lo que Platón enseñó o Catón censuró. De ahí que el joven libertino de Terencio, cuando ve en la pared un fresco que representa el fabuloso descenso de Júpiter al regazo de Dánae en forma de lluvia de oro, acepta esto como precedente autorizado para su propia licencia, y se jacta de ser un imitador de Dios. «¿Y qué Dios?» dice. «El que con su trueno sacude los templos más altos. ¿Y yo, una pobre criatura comparada con Él, iba a hacerle ascos? No; lo hice, y con todo mi corazón.»
Que las exhibiciones teatrales que publicaban las acciones vergonzosas de los dioses, más bien los propiciaban que los ofendían
II, 8
Pero, alguien objetará, éstas son las fábulas de los poetas, no las declaraciones de los propios dioses. Bien, no tengo intención de arbitrar entre la lascivia de los espectáculos teatrales y la de los ritos místicos; sólo digo esto, y la historia me respalda al hacer esta afirmación: que esos mismos espectáculos, en los cuales las ficciones de los poetas son el principal atractivo, no fueron introducidos en las fiestas de los dioses por la devoción ignorante de los romanos, sino que los propios dioses dieron órdenes muy urgentes a este efecto, y de hecho arrancaron de los romanos estas solemnidades y celebraciones en su honor. Toqué esto en el libro precedente, y mencioné que los espectáculos dramáticos se inauguraron por primera vez en Roma con ocasión de una peste, y por autoridad del pontífice. ¿Y qué hombre hay que no sea más probable que adopte, para la regulación de su propia vida, los ejemplos que se representan en obras que tienen una sanción divina, antes que los preceptos escritos y promulgados con autoridad meramente humana? Si los poetas daban una representación falsa de Jove al describirlo como adúltero, entonces sería de esperar que los dioses castos vengaran con ira una ficción tan perversa, en lugar de fomentar los juegos que la difundían. De estas obras, las más inofensivas son las comedias y las tragedias, es decir, los dramas que los poetas escriben para la escena, y que, aunque a menudo tratan temas impuros, lo hacen sin la suciedad de lenguaje que caracteriza a muchas otras representaciones; y son estos dramas los que los muchachos son obligados por sus mayores a leer y aprender como parte de lo que se llama una educación liberal y caballerosa.
Que la licencia poética que los griegos, en obediencia a sus dioses, permitieron, fue restringida por los antiguos romanos
II, 9
La opinión de los antiguos romanos sobre este asunto está atestiguada por Cicerón en su obra De Republica, en la cual Escipión, uno de los interlocutores, dice, «La lascivia de la comedia nunca habría podido ser tolerada por los auditorios, a menos que las costumbres de la sociedad hubieran sancionado previamente la misma lascivia.» Y en los primeros tiempos los griegos conservaron una cierta razonabilidad en su licencia, e hicieron una ley: que cualquier cosa que la comedia quisiera decir de alguien, debía decirlo de él por su nombre. Y así en la misma obra de Cicerón, Escipión dice, «¿A quién no ha difamado? Más aún, ¿a quién no ha atormentado? ¿A quién ha perdonado? Concedamos que pueda atacar a los demagogos y a las facciones, hombres perjudiciales para la república — a un Cleón, un Cleofonte, un Hipérbolo. Eso es tolerable, aunque habría sido más decoroso que el censor público marcara a tales hombres, que un poeta los satirizara; pero ennegrecer la fama de Pericles con versos groseros, después de que con la mayor dignidad presidiera su Estado tanto en la guerra como en la paz, era tan indigno de un poeta, como si nuestro propio Plauto o Nevio llevaran a Publio y Cneo Escipión al escenario cómico, o como si Cecilio caricaturizara a Catón.» Y un poco después continúa: «Aunque nuestras Doce Tablas imponían la pena de muerte sólo a muy pocos delitos, sin embargo entre estos pocos estaba éste: si algún hombre hubiera cantado un pasquín, o hubiera compuesto una sátira calculada para traer infamia o deshonra sobre otra persona. Sabiamente decretado. Pues es por las decisiones de los magistrados, y por una justicia bien informada, que nuestras vidas deben ser juzgadas, y no por las fantasías veleidosas de los poetas; ni debemos estar expuestos a oír calumnias, salvo donde tengamos la libertad de responder y defendernos ante un tribunal adecuado.» He considerado aconsejable citar esto del cuarto libro del De Republica de Cicerón; y he hecho la cita palabra por palabra, con excepción de algunas palabras omitidas y algunas ligeramente transpuestas, en aras de dar el sentido más fácilmente. Y ciertamente el extracto es pertinente al asunto que estoy tratando de explicar. Cicerón hace algunas observaciones adicionales, y concluye el pasaje mostrando que los antiguos romanos no permitían que ningún hombre vivo fuera alabado o censurado en el escenario. Pero los griegos, como dije, aunque no tan morales, eran más lógicos al permitir esta licencia que los romanos prohibían; pues veían que sus dioses aprobaban y disfrutaban el lenguaje grosero de la comedia baja cuando se dirigía no sólo contra los hombres, sino incluso contra ellos mismos; y esto, tanto si las acciones infames que se les imputaban eran ficciones de los poetas, como si eran sus iniquidades reales conmemoradas y representadas en los teatros. ¡Y ojalá los espectadores los hubieran juzgado dignos sólo de risa, y no de imitación! Manifiestamente habría sido un exceso de orgullo perdonar el buen nombre de los hombres principales y de los ciudadanos comunes, cuando las propias deidades no se resentían de que su reputación fuera mancillada.
Que los demonios, al permitir que se les imputaran crímenes falsos o verdaderos, pretendían hacer daño a los hombres
II, 10
Se alega, como excusa de esta práctica, que las historias que se cuentan de los dioses no son verdaderas, sino falsas y meras invenciones; pero esto sólo empeora las cosas, si formamos nuestro juicio según la moralidad que enseña nuestra religión; y si consideramos la malicia de los demonios, ¿qué artificio más astuto y sutil podrían practicar contra los hombres? Cuando se profiere una calumnia contra un estadista principal de vida recta y útil, ¿no es más reprensible cuanto más falsa e infundada es? ¿Qué castigo, entonces, será suficiente cuando los dioses son objeto de una injusticia tan perversa y ultrajante? Pero los demonios, a quienes estos hombres consideran dioses, se contentan con que incluso las iniquidades de las que son inocentes se les atribuyan, con tal de enredar las mentes de los hombres en las mallas de estas opiniones, y arrastrarlos junto con ellos a su castigo predestinado: ya sea que tales cosas fueran realmente cometidas por los hombres a quienes estos demonios, deleitándose en la infatuación humana, hacen que sean adorados como dioses, y en cuyo lugar ellos, mediante mil artificios malignos y engañosos, se sustituyen y así reciben adoración; o ya sea que, aunque fueran realmente crímenes de hombres, estos espíritus malvados permitieran de buena gana que se atribuyeran a seres superiores, para que pareciera que desde el cielo mismo se transmitía una sanción suficiente para la perpetración de una maldad vergonzosa. Los griegos, por tanto, viendo el carácter de los dioses a los que servían, pensaron que los poetas ciertamente no debían abstenerse de mostrar los vicios humanos en el escenario, ya sea porque deseaban ser como sus dioses en esto, o porque temían que, si exigían para sí mismos una reputación más inmaculada que la que atribuían a los dioses, pudieran provocarlos a la ira.
Que los griegos admitían a los cómicos en los cargos del Estado, sobre la base de que los hombres que agradaban a los dioses no debían ser tratados con desprecio por sus semejantes
II, 11
Fue parte de esta misma razonabilidad de los griegos lo que los indujo a otorgar a los actores de estas mismas obras no pocos honores cívicos. En el libro antes mencionado del De Republica, se menciona que Esquines, un ateniense muy elocuente, que había sido actor trágico en su juventud, se convirtió en estadista, y que los atenienses enviaron repetidas veces a otro trágico, Aristodemo, como su plenipotenciario ante Filipo. Pues juzgaban indecoroso condenar y tratar como infames a quienes eran los actores principales en los espectáculos escénicos que veían tan agradables a los dioses. Sin duda esto era inmoral por parte de los griegos, pero no cabe menos duda de que actuaban en conformidad con el carácter de sus dioses; pues ¿cómo habrían podido pretender proteger la conducta de los ciudadanos de ser destrozada por las lenguas de los poetas y de los actores, a quienes se permitía, e incluso se ordenaba por los dioses, hacer jirones de su reputación divina? ¿Y cómo podrían tener en desprecio a los hombres que representaban en los teatros aquellos dramas que, según habían comprobado, daban placer a los dioses que adoraban? Más aún, ¿cómo podían no concederles los más altos honores cívicos? ¿Con qué pretexto podrían honrar a los sacerdotes que ofrecían por ellos sacrificios aceptables a los dioses, si marcaban con infamia a los actores que en nombre del pueblo daban a los dioses aquel placer u honor que exigían, y por cuya ausencia, según el relato de los sacerdotes, se enojaban? Labeón, cuya erudición lo convierte en una autoridad en tales puntos, opina que la distinción entre deidades buenas y malas debería expresarse en una diferencia de culto; que las malas deberían ser propiciadas con sacrificios sangrientos y ritos lúgubres, pero las buenas con una observancia alegre y placentera, como, p. ej. (como él mismo dice), con representaciones, fiestas y banquetes. Todo esto lo discutiremos, con la ayuda de Dios, más adelante. Por ahora, y hablando del asunto que nos ocupa, ya sea que todas las clases de ofrendas se hagan indiscriminadamente a todos los dioses, como si todos fueran buenos (y es algo indecoroso concebir que haya dioses malos; pero estos dioses de los paganos son todos malos, porque no son dioses, sino espíritus malignos), o ya sea, como piensa Labeón, que se haga una distinción entre las ofrendas presentadas a los diferentes dioses, los griegos están igualmente justificados al honrar por igual a los sacerdotes por quienes se ofrecen los sacrificios, y a los actores por quienes se representan los dramas, para no estar expuestos a la acusación de hacer una injuria a todos sus dioses, si las representaciones agradan a todos ellos, o (lo que sería aún peor) a sus dioses buenos, si las representaciones son del gusto sólo de éstos.
Que los romanos, al negar a los poetas la misma licencia respecto de los hombres que les permitieron en el caso de los dioses, mostraron una sensibilidad más delicada respecto de sí mismos que respecto de los dioses
II, 12
Los romanos, sin embargo, como se jacta Escipión en aquella misma discusión, rehusaron someter su conducta y su buen nombre a los asaltos y calumnias de los poetas, y llegaron al extremo de hacer de ello un crimen capital si alguien se atreviera a componer tales versos. Éste fue un camino muy honorable de seguir, en lo que a ellos mismos respecta, pero en lo que respecta a los dioses fue orgulloso e irreligioso: pues sabían que los dioses no sólo toleraban, sino que saboreaban ser azotados por las expresiones injuriosas de los poetas, y sin embargo ellos mismos no soportarían el mismo trato; y lo que su ritual prescribía como aceptable a los dioses, su ley lo prohibía como injurioso para ellos mismos. ¿Cómo entonces, Escipión, alabas a los romanos por negar esta licencia a los poetas, de modo que ningún ciudadano pudiera ser calumniado, cuando sabes que los dioses no estaban incluidos bajo esta protección? ¿Consideras tu curia digna de un respeto tanto más alto que el Capitolio? ¿Es la única ciudad de Roma más valiosa a tus ojos que todo el cielo de los dioses, para que prohíbas a tus poetas proferir palabras injuriosas contra un ciudadano, aunque puedan con impunidad lanzar las imputaciones que quieran contra los dioses, sin la intervención de senador, censor, príncipe o pontífice? Era, en verdad, intolerable que Plauto o Nevio atacaran a Publio y Cneo Escipión, insufrible que Cecilio satirizara a Catón; pero muy apropiado que tu Terencio alentara la lujuria juvenil con el malvado ejemplo del supremo Júpiter.