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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 3 de 52 · Capítulo 28Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 28

    Por cuál juicio de Dios se permitió al enemigo dar rienda suelta a su lujuria en los cuerpos de cristianos continentes

    I, 28

    No os sea, pues, gravosa vuestra vida, fieles siervos de Cristo, aunque vuestra castidad haya sido escarnecida por vuestros enemigos. Tenéis un grande y verdadero consuelo si mantenéis la buena conciencia y sabéis que no consentisteis en los pecados de quienes tuvieron permiso de cometer contra vosotros tan pecaminosos ultrajes. Y si preguntáis por qué se concedió ese permiso, ciertamente es una providencia profunda del Creador y Gobernador del mundo; y «insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos.» [] No obstante, interrogad fielmente a vuestras propias almas: ¿acaso no os habéis ensoberbecido indebidamente por vuestra integridad, continencia y castidad? ¿Acaso no habéis deseado tanto la alabanza humana que se tributa a estas virtudes que habéis envidiado a quienes las poseían? Por mi parte, no conozco vuestros corazones y por eso no formulo acusación; ni siquiera oigo lo que vuestros corazones responden cuando los interrogáis. Y, sin embargo, si responden que es como he supuesto que podría ser, no os asombréis de haber perdido aquello con lo que podéis ganar la alabanza de los hombres, y de retener aquello que no puede exhibirse ante los hombres. Si no consentisteis en el pecado, fue porque Dios añadió su auxilio a su gracia para que no se perdiera, y porque la vergüenza ante los hombres sucedió a la gloria humana para que no fuera amada. Pero en ambos respectos aun los pusilánimes entre vosotros tienen consuelo: aprobados por la una experiencia, castigados por la otra; justificados por la una, corregidos por la otra. En cuanto a aquellas cuyos corazones, al ser interrogados, responden que nunca se han enorgullecido de la virtud de la virginidad, de la viudez o de la castidad matrimonial, sino que, condescendiendo con los de humilde condición, se regocijaron con temblor en estos dones de Dios, y que nunca han envidiado a nadie excelencias semejantes de santidad y pureza, sino que se elevaron por encima de los aplausos humanos, que suelen abundar en proporción a la rareza de la virtud aplaudida, y más bien desearon que su propio número aumentara antes que cada una se hiciera conspicua por la pequeñez de su número—aun tales mujeres fieles, digo, no deben quejarse de que se haya permitido a los bárbaros ultrajarlas tan groseramente; ni deben permitirse creer que Dios pasó por alto su carácter cuando permitió actos que nadie comete impunemente. Pues algunos deseos sumamente flagrantes y perversos gozan hoy de libre curso por el juicio secreto de Dios, y están reservados para el juicio público y final. Además, es posible que aquellas mujeres cristianas que no son conscientes de ningún orgullo indebido por su castidad virtuosa, por la cual sufrieron sin pecado la violencia de sus captores, tuvieran, sin embargo, alguna debilidad oculta que podría haberlas traicionado llevándolas a una actitud orgullosa y despectiva, si no hubieran sido sometidas a la humillación que les sobrevino en la toma de la ciudad. Así como, por tanto, algunos hombres fueron apartados por la muerte para que ninguna maldad cambiara su disposición, así estas mujeres fueron ultrajadas para que la prosperidad no corrompiera su modestia. Ni aquellas mujeres, pues, que ya estaban ensoberbecidas por la circunstancia de ser todavía vírgenes, ni las que podrían haberse ensoberbecido si no hubieran estado expuestas a la violencia del enemigo, perdieron su castidad, sino que más bien ganaron humildad; las primeras fueron salvadas del orgullo ya abrigado, las segundas del orgullo que pronto habría crecido en ellas.
    Debemos advertir, además, que algunas de las que sufrieron pueden haber concebido que la continencia es un bien corporal, y que permanece mientras el cuerpo esté inviolado, y no entendieron que la pureza tanto del cuerpo como del alma descansa en la firmeza de la voluntad fortalecida por la gracia de Dios, y no puede ser arrebatada por la fuerza a una persona que no lo consiente. De este error probablemente han sido liberadas ahora. Pues cuando reflexionan cuán concienzudamente sirvieron a Dios, y cuando vuelven a asentarse en la firme persuasión de que Él de ningún modo puede abandonar a quienes así le sirven e invocan su auxilio, y cuando consideran, cosa que no pueden dudar, cuán agradable le es la castidad, se ven obligadas a concluir que Él nunca habría permitido que estos desastres sobrevinieran a sus santos si con ellos pudiera destruirse aquella santidad que Él mismo les había otorgado y se deleita en ver en ellas.

    Capítulo 29

    Qué deben decir los siervos de Cristo en respuesta a los incrédulos que les echan en cara que Cristo no los rescató de la furia de sus enemigos

    I, 29

    La familia entera de Dios, sumamente alta y verdadera, tiene, pues, una consolación propia—una consolación que no puede engañar, y que encierra una esperanza más segura que la que pueden ofrecer los asuntos vacilantes y caedizos de la tierra. No rehusarán la disciplina de esta vida temporal, en la que son instruidos para la vida eterna; ni lamentarán su experiencia de ella, pues usan los bienes de la tierra como peregrinos que no se detienen en ellos, y los males de ésta o los prueban o los mejoran. En cuanto a los que los insultan en sus pruebas y, cuando les sobrevienen males, dicen: «¿Dónde está vuestro Dios?», podemos preguntarles dónde están sus dioses cuando sufren las mismas calamidades por evitar las cuales adoran a sus dioses, o sostienen que deben ser adorados; pues la familia de Cristo está provista de su respuesta: nuestro Dios está presente en todas partes, enteramente en todas partes; no confinado a lugar alguno. Puede estar presente sin ser percibido, y ausente sin moverse; cuando nos expone a las adversidades, es o para probar nuestras perfecciones o para corregir nuestras imperfecciones; y en recompensa de nuestra paciente resistencia de los sufrimientos temporales, nos reserva una recompensa eterna. Pero ¿quiénes sois vosotros para que nos dignemos hablar con vosotros siquiera acerca de vuestros propios dioses, y mucho menos acerca de nuestro Dios, que es «de temer sobre todos los dioses? Porque todos los dioses de las naciones son ídolos; pero el Señor hizo los cielos.»

    Capítulo 30

    Que los que se quejan del cristianismo desean en realidad vivir sin freno en una lujuria vergonzosa

    I, 30

    Si viviera hoy el famoso Escipión Nasica, que fue en otro tiempo vuestro pontífice, y a quien el senado eligió por unanimidad cuando, en el pánico creado por la guerra púnica, buscaban al mejor ciudadano para hospedar a la diosa frigia, él refrenaría esta desvergüenza vuestra, aunque vosotros apenas os atreveríais a mirar el semblante de tal hombre. Pues ¿por qué en vuestras calamidades os quejáis del cristianismo, sino porque deseáis gozar sin freno de vuestra licencia lujuriosa, y llevar una vida abandonada y disoluta sin la interrupción de ninguna inquietud o desastre? Porque ciertamente vuestro deseo de paz, prosperidad y abundancia no está movido por ningún propósito de usar estos bienes honestamente, es decir, con moderación, sobriedad, templanza y piedad; vuestro propósito es más bien desbocaros en una variedad interminable de placeres embrutecedores, y engendrar así de vuestra prosperidad una peste moral que resultará mil veces más desastrosa que los enemigos más feroces. Era una calamidad como ésta la que Escipión, vuestro sumo pontífice, vuestro mejor hombre a juicio de todo el senado, temía cuando rehusó asentir a la destrucción de Cartago, rival de Roma, y se opuso a Catón, que aconsejaba su destrucción. Temía la seguridad, esa enemiga de las mentes débiles, y percibía que un temor saludable sería un guardián adecuado para los ciudadanos. Y no se equivocó; el acontecimiento probó cuán sabiamente había hablado. Pues cuando Cartago fue destruida, y la república romana liberada de su gran causa de ansiedad, una multitud de males desastrosos resultó inmediatamente de la próspera condición de las cosas. Primero se debilitó la concordia, y fue destruida por feroces y sangrientas sediciones; luego siguieron, por una concatenación de causas funestas, guerras civiles, que trajeron en su séquito tales matanzas, tal derramamiento de sangre, tales proscripciones y saqueos inicuos y crueles, que aquellos romanos que, en los días de su virtud, habían esperado injurias sólo de manos de sus enemigos, ahora que su virtud estaba perdida, sufrieron crueldades mayores de manos de sus conciudadanos. La lujuria de dominar, que con otros vicios existió entre los romanos con intensidad más desenfrenada que entre ningún otro pueblo, después de apoderarse de los pocos más poderosos, sometió bajo su yugo a los demás, agotados y cansados.

    Capítulo 31. Por qué grados aumentó entre los romanos la pasión de gobernar

    I, 31

    Pues, ¿en qué etapa descansaría esa pasión una vez que se ha alojado en un espíritu orgulloso, hasta que por una sucesión de avances ha llegado incluso al trono? Y para obtener tales avances nada sirve sino la ambición sin escrúpulos. Pero la ambición sin escrúpulos no tiene nada sobre lo cual obrar, salvo en una nación corrompida por la avaricia y el lujo. Además, un pueblo se vuelve avaro y lujurioso por la prosperidad; y era esto lo que aquel prudentísimo hombre Nasica se esforzaba por evitar cuando se opuso a la destrucción de la más grande, más fuerte y más rica ciudad enemiga de Roma. Pensaba que así el temor actuaría como freno de la lujuria, y que la lujuria frenada no se desbocaría en el lujo, y que impedido el lujo la avaricia tendría fin; y que desterrados estos vicios, la virtud florecería y aumentaría el gran provecho del estado; y la libertad, compañera idónea de la virtud, permanecería sin trabas. Por razones semejantes, y animado por el mismo patriotismo considerado, aquel mismo sumo pontífice vuestro—todavía me refiero a quien fue juzgado el mejor hombre de Roma sin una sola voz discrepante—echó un jarro de agua fría sobre la propuesta del senado de construir un círculo de asientos alrededor del teatro, y en un discurso muy grave les advirtió contra permitir que las costumbres lujosas de Grecia minaran la virilidad romana, y los persuadió a no ceder a la influencia enervante y afeminante de la licencia extranjera. Tan autoritativas y contundentes fueron sus palabras, que el senado se movió a prohibir el uso incluso de aquellos bancos que hasta entonces se habían traído habitualmente al teatro para uso temporal de los ciudadanos. ¡Cuán ávidamente habría desterrado de Roma un hombre como éste los propios espectáculos escénicos, si se hubiera atrevido a oponerse a la autoridad de aquellos que él suponía dioses! Pues no sabía que eran demonios maliciosos; o, si lo sabía, suponía que debían ser más bien propiciados que despreciados. Porque todavía no había sido revelada a los gentiles la doctrina celestial que habría de purificar sus corazones por la fe, y transformar su disposición natural por una piedad humilde, y apartarlos del servicio de demonios orgullosos para buscar las cosas que están en el cielo, o incluso por encima de los cielos.

    Capítulo 32. Del establecimiento de los espectáculos escénicos

    I, 32

    Sabed, pues, vosotros que ignoráis esto, y vosotros que fingís ignorarlo, recordad, mientras murmuráis contra Aquel que os ha liberado de tales gobernantes, que los juegos escénicos, exhibiciones de necedad y licencia desvergonzadas, fueron establecidos en Roma, no por los anhelos viciosos de los hombres, sino por disposición de vuestros dioses. Mucho más excusablemente podríais haber rendido honores divinos a Escipión que a dioses como éstos. Los dioses no eran tan morales como su pontífice. Pero prestadme ahora atención, si vuestra mente, embriagada por sus profundas libaciones de error, puede captar alguna verdad sobria. Los dioses ordenaron que se exhibieran juegos en su honor para detener una peste física; su pontífice prohibió que se construyera el teatro, para prevenir una peste moral. Si, pues, os queda suficiente iluminación mental para preferir el alma al cuerpo, elegid a quién queréis adorar. Además, aunque la peste se detuvo, no fue porque la locura voluptuosa de las representaciones teatrales se hubiera apoderado de un pueblo guerrero acostumbrado hasta entonces sólo a los juegos del circo; sino que estos astutos y perversos espíritus, previendo que a su debido tiempo la peste cesaría pronto, aprovecharon la ocasión para infectar, no los cuerpos, sino las costumbres de sus adoradores, con una enfermedad mucho más grave. Y en esta peste estos dioses hallan gran deleite, porque cegó las mentes de los hombres con una oscuridad tan densa y los deshonró con una deformidad tan asquerosa, que incluso muy recientemente (¿podrá creerlo la posteridad?) algunos de los que huyeron del saco de Roma y hallaron refugio en Cartago, quedaron tan infectados con esta enfermedad, que día tras día parecían contender unos con otros sobre quién correría más locamente tras los actores en los teatros.

    Capítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos

    I, 33

    ¡Oh hombres infatuados!, ¿qué ceguera o más bien locura es ésta que os posee? ¿Cómo es que mientras, según oímos, incluso las naciones orientales lloran vuestra ruina, y mientras estados poderosos en las partes más remotas de la tierra lamentan vuestra caída como una calamidad pública, vosotros mismos os apiñáis en los teatros, os derramáis en ellos y los llenáis; y, en suma, representáis un papel más loco ahora que nunca antes? Ésta era la asquerosa mancha de peste, éste el naufragio de la virtud y el honor del que Escipión buscó preservaros cuando prohibió la construcción de teatros; ésta fue su razón para desear que aún tuvierais un enemigo que temer, viendo como veía cuán fácilmente la prosperidad os corrompería y destruiría. No consideraba floreciente aquella república cuyos muros están en pie, pero cuyas costumbres están en ruinas. Pero las seducciones de demonios de mente malvada tuvieron más influencia sobre vosotros que las precauciones de hombres prudentes. De ahí que las injurias que hacéis, no permitís que se os imputen; pero las injurias que sufrís, las imputáis al cristianismo. Depravados por la buena fortuna, y no castigados por la adversidad, lo que deseáis en la restauración de un estado pacífico y seguro no es la tranquilidad de la república, sino la impunidad de vuestra propia lujuria viciosa. Escipión deseaba que estuvierais duramente apremiados por un enemigo, para que no os abandonarais a costumbres lujosas; pero tan abandonados estáis, que ni siquiera cuando sois aplastados por el enemigo se reprime vuestro lujo. Habéis perdido el provecho de vuestra calamidad; os habéis vuelto sumamente miserables, y habéis permanecido sumamente disolutos.

    Capítulo 34. De la clemencia de Dios al moderar la ruina de la ciudad

    I, 34

    Y que aún estéis vivos se debe a Dios, que os perdona para que seáis amonestados a arrepentiros y reformar vuestras vidas. Es Él quien os ha permitido, ingratos como sois, escapar de la espada del enemigo, llamándoos a vosotros mismos sus siervos, o hallando asilo en los lugares sagrados de los mártires.
    Se dice que Rómulo y Remo, para aumentar la población de la ciudad que fundaron, abrieron un santuario en el que todo hombre podía hallar asilo y absolución de todo crimen—notable prefiguración de lo que ha ocurrido recientemente en honor de Cristo. Los destructores de Roma siguieron el ejemplo de sus fundadores. Pero no fue gran mérito de éstos que, por aumentar el número de sus ciudadanos, hicieran lo que aquéllos han hecho, para que no se disminuyera el número de sus enemigos.

    Capítulo 35

    De los hijos de la Iglesia que están ocultos entre los malvados, y de los falsos cristianos dentro de la Iglesia

    I, 35

    Dénse éstas y semejantes respuestas (si se pueden hallar otras más plenas y adecuadas) a sus enemigos por la familia redimida del Señor Cristo, y por la ciudad peregrina del Rey Cristo. Pero tenga presente esta ciudad que entre sus enemigos están ocultos quienes están destinados a ser conciudadanos, para que no juzgue trabajo infructuoso soportar lo que ellos infligen como enemigos hasta que lleguen a ser confesores de la fe. Así también, mientras es extranjera en el mundo, la ciudad de Dios tiene en su comunión, y ligados a ella por los sacramentos, a algunos que no habitarán eternamente en la suerte de los santos. De éstos, algunos no son ahora reconocidos; otros se declaran a sí mismos, y no dudan en hacer causa común con nuestros enemigos murmurando contra Dios, cuya insignia sacramental llevan. A estos hombres puedes verlos hoy llenando las iglesias con nosotros, y mañana llenando los teatros con los impíos. Pero tenemos menos razón para desesperar de la enmienda incluso de tales personas, si entre nuestros más declarados enemigos hay ahora algunos, desconocidos para sí mismos, que están destinados a ser nuestros amigos. En verdad, estas dos ciudades están entrelazadas en este mundo, y mezcladas entre sí hasta que el juicio final efectúe su separación. Ahora paso a hablar, según Dios me ayude, del origen, progreso y fin de estas dos ciudades; y lo que escribo, lo escribo para gloria de la ciudad de Dios, para que, puesta en comparación con la otra, brille con un resplandor más brillante.

    Capítulo 36. Qué asuntos han de tratarse en el discurso siguiente

    I, 36

    Pero todavía tengo algunas cosas que decir en refutación de quienes atribuyen los desastres de la república romana a nuestra religión, porque prohíbe ofrecer sacrificios a los dioses. Para este fin debo relatar todos, o tantos como parezcan suficientes, de los desastres que acaecieron a aquella ciudad y a sus provincias sometidas, antes de que se prohibieran estos sacrificios; pues todos estos desastres sin duda nos los habrían atribuido a nosotros, si en aquel tiempo nuestra religión hubiera derramado su luz sobre ellos, y hubiera prohibido sus sacrificios. Debo luego pasar a mostrar qué bienestar social se dignó concederles el Dios verdadero, en cuya mano están todos los reinos, para que su imperio creciera. Debo mostrar por qué lo hizo, y cómo sus dioses falsos, lejos de ayudarles en algo, les perjudicaron grandemente con engaño y fraude. Y, por último, debo hacer frente a quienes, cuando en este punto estén convencidos y refutados por pruebas irrefragables, se esfuerzan por sostener que adoran a los dioses no esperando las ventajas presentes de esta vida, sino las que han de gozarse después de la muerte. Y esto, si no me equivoco, será la parte más difícil de mi tarea, y digna del argumento más elevado; pues tendremos entonces que entrar en liza con los filósofos, no con el mero vulgo de los filósofos, sino con los más renombrados, que en muchos puntos están de acuerdo con nosotros, como en lo referente a la inmortalidad del alma, y en que el Dios verdadero creó el mundo y por su providencia gobierna todo lo que ha creado. Pero como difieren de nosotros en otros puntos, no debemos rehuir la tarea de exponer sus errores, para que, habiendo refutado la contradicción de los malvados con la capacidad que Dios se digne conceder, podamos afirmar la ciudad de Dios, la verdadera piedad y el culto de Dios, al que únicamente está unida la promesa de la felicidad verdadera y eterna. Concluyamos, pues, aquí, para entrar en estos asuntos en un nuevo libro.

    Libro II

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · II, argumento
    En este libro repasa Agustín las calamidades que sufrieron los romanos antes del tiempo de Cristo, y mientras el culto de los dioses falsos se practicaba universalmente; y demuestra que, lejos de ser preservados de la desgracia por los dioses, los romanos han sido abrumados por ellos con la única, o al menos la mayor, de todas las calamidades: la corrupción de las costumbres y los vicios del alma.

    Capítulo 1. De los límites que han de ponerse a la necesidad de responder a un adversario

    II, 1

    Si la mente débil del hombre no presumiera resistir la evidencia clara de la verdad, sino que cediera su debilidad a doctrinas saludables, como a una medicina que da salud, hasta obtener de Dios, por su fe y piedad, la gracia necesaria para sanarla, quienes tienen ideas justas, y las expresan en lenguaje adecuado, no necesitarían usar un largo discurso para refutar los errores de vana conjetura. Pero esta debilidad mental es ahora más prevalente y dañina que nunca, hasta tal punto que incluso después de que la verdad ha sido tan plenamente demostrada como un hombre puede probarla a otro, tienen por la verdad misma sus propias fantasías irracionales, ya sea por su gran ceguera, que les impide ver lo que claramente se les presenta, ya sea por su obstinación en sus opiniones, que les impide reconocer la fuerza de lo que sí ven. Por tanto, con frecuencia surge la necesidad de hablar más ampliamente sobre aquellos puntos que ya están claros, para que, por así decirlo, los presentemos no a la vista, sino incluso al tacto, de modo que sean sentidos incluso por quienes cierran los ojos ante ellos. Y, sin embargo, ¿a qué fin llevaremos jamás nuestras discusiones, o qué límites se pueden poner a nuestro discurso, si procedemos según el principio de que siempre debemos responder a quienes nos responden? Pues quienes o no son capaces de entender nuestros argumentos, o están tan endurecidos por el hábito de contradecir que, aunque entienden, no pueden ceder ante ellos, nos responden, y, como está escrito, «hablan cosas duras», y son incorregiblemente vanos. Ahora bien, si nos propusiéramos refutar sus objeciones cuantas veces ellos, con desfachatez, eligieran despreciar nuestros argumentos, y cuantas veces pudieran de algún modo contradecir nuestras afirmaciones, ya ves qué tarea tan interminable, infructuosa y penosa estaríamos emprendiendo. Y por tanto, no deseo que mis escritos sean juzgados ni siquiera por ti, hijo mío Marcelino, ni por ninguno de esos otros al servicio de los cuales se pone este trabajo mío gratuitamente y con toda caridad cristiana, si al menos tienes la intención de exigir siempre una respuesta a cada objeción que oigas hacer contra lo que lees en él; porque así te volverías como aquellas mujeres necias de las que el apóstol dice que «siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad» [].

    Capítulo 2. Recapitulación del contenido del primer libro

    II, 2

    En el libro anterior, habiendo comenzado a hablar de la ciudad de Dios, a la que he resuelto, con la ayuda del Cielo, consagrar toda esta obra, mi primer empeño fue responder a quienes atribuyen las guerras que devastan el mundo, y especialmente el reciente saco de Roma por los bárbaros, a la religión de Cristo, que prohíbe ofrecer sacrificios abominables a los demonios. He mostrado que más bien deberían atribuirlo a Cristo, que por causa de su nombre los bárbaros, contra toda costumbre y ley de guerra, abrieron como santuarios las iglesias más grandes, y en muchos casos mostraron tal reverencia a Cristo, que no sólo sus siervos genuinos, sino incluso aquellos que en su terror fingieron serlo, quedaron exentos de todas las penalidades que por costumbre de guerra lícitamente pueden infligirse. De aquí surgió luego la cuestión de por qué se permitió a hombres malvados e ingratos participar de estos beneficios; y por qué, asimismo, las penalidades y calamidades de la guerra fueron infligidas tanto a los piadosos como a los impíos. Y al dar una respuesta suficientemente amplia a esta gran cuestión, ocupé un espacio considerable, en parte para aliviar las ansiedades que perturban a muchos cuando observan que las bendiciones de Dios, y las contingencias humanas comunes y diarias, tocan en suerte a malos y buenos sin distinción; pero principalmente para administrar algún consuelo a aquellas mujeres santas y castas que fueron ultrajadas por el enemigo, de tal modo que se conmocionó su pudor, aunque no se manchó su pureza, y para preservarlas de avergonzarse de la vida, aunque no tienen culpa de la que avergonzarse. Y luego hablé brevemente contra quienes con desvergonzada lascivia insultan a aquellos pobres cristianos que fueron sometidos a esas calamidades, y especialmente contra aquellas mujeres quebrantadas y humilladas, aunque castas y santas; siendo estos individuos mismos los más depravados y afeminados libertinos, bastante degenerados de los genuinos romanos, cuyas hazañas famosas están abundantemente registradas en la historia, y en todas partes celebradas, pero que han encontrado en sus descendientes los mayores enemigos de su gloria. En verdad, Roma, que fue fundada y acrecentada por los trabajos de esos antiguos héroes, fue más vergonzosamente arruinada por sus descendientes, mientras sus murallas aún estaban en pie, de lo que lo está ahora por su demolición. Pues en esta ruina cayeron piedras y maderos; pero en la ruina que efectuaron esos libertinos, cayeron no los baluartes murales, sino los morales y ornamentos de la ciudad, y sus corazones ardieron con pasiones más destructivas que las llamas que consumieron sus casas. Así llevé mi primer libro a su fin. Y ahora paso a hablar de las calamidades que esa ciudad misma, o sus provincias sometidas, han sufrido desde su fundación; todas las cuales habrían atribuido igualmente a la religión cristiana, si en aquel período temprano la doctrina del evangelio contra sus dioses falsos y engañadores hubiera sido proclamada tan amplia y libremente como ahora.

    Capítulo 3

    Que sólo necesitamos leer la historia para ver qué calamidades sufrieron los romanos antes de que la religión de Cristo comenzara a competir con el culto de los dioses

    II, 3

    Pero recuerda que, al relatar estas cosas, todavía he de dirigirme a hombres ignorantes; tan ignorantes, en verdad, que dan origen al dicho común, «Sequía y cristianismo van de la mano». Hay ciertamente entre ellos algunos hombres bien educados, y con afición a la historia, en la que las cosas de que hablo están abiertas a su observación; pero para irritar contra nosotros a las masas incultas, fingen ignorancia de estos acontecimientos, y hacen lo que pueden para que el vulgo crea que esos desastres, que en ciertos lugares y en ciertos tiempos acaecen uniformemente a la humanidad, son resultado del cristianismo, que se está difundiendo por todas partes, y posee un renombre y un brillo que eclipsan del todo a sus propios dioses. Que recuerden, pues, junto con nosotros, con cuántos y repetidos desastres fue marchitada la prosperidad de Roma, antes de que Cristo hubiera venido en carne, y antes de que su nombre fuera pregonado entre las naciones con aquella gloria que ellos envidian vanamente. Que defiendan, si pueden, a sus dioses en este punto, puesto que sostienen que los adoran para ser preservados de estos desastres, que ahora nos imputan a nosotros si sufren en lo más mínimo. Pues ¿por qué permitieron estos dioses que los desastres de los que voy a hablar cayeran sobre sus adoradores antes de que la predicación del nombre de Cristo los ofendiera, y pusiera fin a sus sacrificios?

    Capítulo 4

    Que los adoradores de los dioses nunca recibieron de ellos preceptos morales saludables, y que al celebrar su culto se practicaban toda clase de impurezas

    II, 4

    Ante todo, preguntaríamos por qué sus dioses no tomaron medidas para mejorar las costumbres de sus adoradores. Que el Dios verdadero descuidara a quienes no buscaban su ayuda, eso era justicia; pero ¿por qué aquellos dioses, de cuyo culto se quejan ahora los hombres ingratos al decir que se les prohíbe, no promulgaron leyes que pudieran haber guiado a sus devotos a una vida virtuosa? Ciertamente era justo que, así como los hombres mostraban cuidado en el culto de los dioses, los dioses por su parte lo mostraran en la conducta de los hombres. Pero, se responde, es por su propia voluntad por lo que el hombre se extravía. ¿Quién lo niega? Pero no por ello dejaba de incumbir a estos dioses, que eran guardianes de los hombres, publicar en términos claros las leyes de una buena vida, y no ocultarlas a sus adoradores. Era su deber enviar profetas para alcanzar y convencer a quienes quebrantaran estas leyes, y proclamar públicamente los castigos que aguardan a los malhechores, y las recompensas que pueden esperar quienes obran bien. ¿Acaso resonó jamás en las paredes de alguno de sus templos una voz de advertencia semejante? Yo mismo, cuando era joven, solía ir a veces a los espectáculos y entretenimientos sacrílegos; vi a los sacerdotes delirando en su excitación religiosa, y oí a los coristas; me complací en los juegos vergonzosos que se celebraban en honor de dioses y diosas, de la virgen Celestis y de Berecintia, la madre de todos los dioses. Y en el día santo consagrado a su purificación, se cantaban ante su lecho composiciones tan obscenas y sucias para el oído —no diré de la madre de los dioses, sino de la madre de cualquier senador u hombre honesto—; no, tan impuras, que ni siquiera la madre de los propios actores deslenguados podría haber formado parte del auditorio. Pues la reverencia natural hacia los padres es un vínculo que los más abandonados no pueden ignorar. Y, en consecuencia, las acciones lascivas y las palabras sucias con que estos actores honraban a la madre de los dioses, en presencia de una vasta asamblea y audiencia de ambos sexos, no podían, por pura vergüenza, haberlas ensayado en casa en presencia de sus propias madres. Y las multitudes que se reunían de todas partes por curiosidad, el pudor ofendido debió, supongo, dispersarlas en la confusión de la vergüenza. Si estos son ritos sagrados, ¿qué es sacrilegio? Si esto es purificación, ¿qué es contaminación? Esta festividad se llamaba las Mesas, como si se diera un banquete en el que los demonios inmundos pudieran hallar refrigerio adecuado. Pues no es difícil ver qué clase de espíritus deben ser los que se deleitan con tales obscenidades, a menos, ciertamente, que un hombre esté cegado por estos espíritus malignos que se hacen pasar por dioses, y o no crea en su existencia, o lleve una vida tal que le impulse más bien a propiciarlos y temerlos que al Dios verdadero.

    Capítulo 5. De las obscenidades practicadas en honor de la Madre de los dioses

    II, 5

    En este asunto preferiría tener como asesores en el juicio, no a aquellos hombres que más se complacen en estas costumbres infames que se afanan en ponerles fin, sino a aquel mismo Escipión Nasica que fue elegido por el senado como el ciudadano más digno de recibir en sus manos la imagen de aquel demonio Cibeles, y llevarla a la ciudad. Él nos diría si se sentiría orgulloso de ver a su propia madre tan altamente estimada por el estado como para que se le adjudicaran honores divinos; como los griegos y romanos y otras naciones han decretado honores divinos a hombres que les habían prestado servicios materiales, y han creído que sus benefactores mortales se hacían así inmortales, y se inscribían entre los dioses. Ciertamente desearía que su madre gozara de tal felicidad si fuera posible. Pero si pasáramos a preguntarle si, entre los honores que se le tributan, desearía que se celebraran ritos tan vergonzosos como éstos, ¿no exclamaría al punto que preferiría que su madre yaciera muerta como una piedra, antes que sobrevivir como diosa para prestar oído a estas obscenidades? ¿Es posible que quien era de moral tan severa, que usó su influencia como senador romano para impedir la construcción de un teatro en aquella ciudad dedicada a las virtudes varoniles, deseara que su madre fuera propiciada como diosa con palabras que habrían hecho subir el rubor a sus mejillas cuando era una matrona romana? ¿Podría acaso creer que el pudor de una mujer estimable se transformaría de tal modo por su promoción a la divinidad, que consentiría ser invocada y celebrada en términos tan groseros e inmodestos, que si los hubiera oído mientras vivía en la tierra, y hubiera escuchado sin taparse los oídos y salir corriendo del lugar, sus parientes, su esposo y sus hijos habrían enrojecido por ella? Por tanto, siendo la madre de los dioses un personaje tal que el hombre más depravado se avergonzaría de tenerla por madre, y queriendo esclavizar las mentes de los romanos, exigió para su servicio al mejor ciudadano, no para madurarlo aún más en la virtud con su consejo provechoso, sino para enredarlo con su engaño, como aquella de quien está escrito: «La adúltera cazará el alma preciosa» []. Su intención era inflar a este hombre de alma elevada mediante un testimonio aparentemente divino de su excelencia, para que pudiera confiar en su propia eminencia en la virtud, y no hiciera ulteriores esfuerzos tras la verdadera piedad y religión, sin las cuales el genio natural, por brillante que sea, se evapora en orgullo y viene a nada. Pues ¿con qué fin, sino con un propósito engañoso, pudo aquella diosa exigir al mejor hombre, dado que en sus propias fiestas sagradas requiere tales obscenidades que los mejores hombres se cubrirían de vergüenza al oírlas en sus propias mesas?

    Capítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida

    II, 6

    Esta es la razón por la cual aquellas divinidades descuidaron por completo la vida y las costumbres de las ciudades y naciones que las adoraban, y no les pusieron delante ninguna terrible prohibición que les impidiera corromperse por completo y los preservara de aquellos males terribles y detestables que no afectan a las cosechas ni a las vendimias, ni a la casa ni a las posesiones, ni al cuerpo que está sujeto al alma, sino al alma misma, el espíritu que gobierna a todo el hombre. Si hubo alguna prohibición semejante, que se presente, que se pruebe. Se nos dirá que la pureza y la probidad se inculcaban a aquellos que eran iniciados en los misterios de la religión, y que secretos incentivos a la virtud eran susurrados al oído de la élite; pero esto es una jactancia vana. Que nos muestren o nos nombren los lugares que fueron en algún momento consagrados a asambleas en las que, en lugar de las obscenas canciones y de la licenciosa actuación de los histriones, en lugar de la celebración de aquellas suciísimas y desvergonzadas Fugalia (bien llamadas Fugalia, pues destierran el pudor y el recto sentir), se ordenaba al pueblo en nombre de los dioses refrenar la avaricia, dominar la impureza y vencer la ambición; donde, en fin, pudieran aprender en aquella escuela a la que Persio los azota con vehemencia cuando dice: «Aprended, criaturas abandonadas, y averiguad las causas de las cosas; qué somos y para qué fin nacemos; cuál es la ley de nuestro éxito en la vida; y con qué arte podemos girar la meta sin naufragar; qué límite debemos poner a nuestra riqueza, qué podemos desear lícitamente y para qué sirve el vil lucro; cuánto debemos dar a nuestra patria y a nuestra familia; aprended, en fin, qué quiso Dios que fuerais y qué lugar os ha ordenado ocupar.» Que nos nombren los lugares donde tales enseñanzas solían ser comunicadas por los dioses, y donde el pueblo que los adoraba acostumbraba acudir para oírlas, así como nosotros podemos señalar nuestras iglesias construidas con este fin en toda tierra donde se recibe la religión cristiana.

    Capítulo 7

    Que las sugerencias de los filósofos están excluidas de tener efecto moral alguno, porque no tienen la autoridad que pertenece a la instrucción divina, y porque la inclinación natural del hombre al mal lo induce más bien a seguir los ejemplos de los dioses que a obedecer los preceptos de los hombres

    II, 7

    Pero ¿acaso nos recordarán las escuelas de los filósofos y sus disputas? En primer lugar, éstas no pertenecen a Roma, sino a Grecia; y aun si les concedemos que ahora son romanas, porque la propia Grecia se ha convertido en provincia romana, todavía las enseñanzas de los filósofos no son los mandamientos de los dioses, sino los descubrimientos de los hombres, quienes, impulsados por su propia capacidad especulativa, se esforzaron por descubrir las leyes ocultas de la naturaleza, y el bien y el mal en la ética, y en la dialéctica lo que era consecuente según las reglas de la lógica, y lo que era inconsecuente y erróneo. Y algunos de ellos, con la ayuda de Dios, hicieron grandes descubrimientos; pero cuando se les dejó a sí mismos fueron traicionados por la debilidad humana y cayeron en errores. Y esto fue ordenado por la divina providencia, para que su orgullo fuera refrenado, y para que con su ejemplo se señalara que es la humildad la que tiene acceso a las regiones más altas. Pero de esto tendremos más que decir, si el Señor Dios de la verdad lo permite, en su lugar propio. Sin embargo, si los filósofos han hecho descubrimientos suficientes para guiar a los hombres a la virtud y a la bienaventuranza, ¿no habría sido mayor justicia otorgarles honores divinos? ¿No sería más conforme con todo sentimiento virtuoso leer los escritos de Platón en un «Templo de Platón», que estar presente en los templos de los demonios para presenciar a los sacerdotes de Cibeles mutilándose, a los afeminados consagrándose, a los fanáticos delirantes cortándose, y cualquier otra ceremonia cruel o vergonzosa, o vergonzosamente cruel o cruelmente vergonzosa, que sea ordenada por el ritual de dioses como éstos? ¿No sería una educación más adecuada, y más probable que incitara a los jóvenes a la virtud, si oyeran recitaciones públicas de las leyes de los dioses, en lugar de la vana alabanza de las costumbres y leyes de sus antepasados? Ciertamente todos los adoradores de los dioses romanos, una vez que están poseídos por lo que Persio llama «el ardiente veneno de la lujuria», prefieren presenciar las hazañas de Júpiter antes que oír lo que Platón enseñó o Catón censuró. De ahí que el joven libertino de Terencio, cuando ve en la pared un fresco que representa el fabuloso descenso de Júpiter al regazo de Dánae en forma de lluvia de oro, acepta esto como precedente autorizado para su propia licencia, y se jacta de ser un imitador de Dios. «¿Y qué Dios?» dice. «El que con su trueno sacude los templos más altos. ¿Y yo, una pobre criatura comparada con Él, iba a hacerle ascos? No; lo hice, y con todo mi corazón.»

    Capítulo 8

    Que las exhibiciones teatrales que publicaban las acciones vergonzosas de los dioses, más bien los propiciaban que los ofendían

    II, 8

    Pero, alguien objetará, éstas son las fábulas de los poetas, no las declaraciones de los propios dioses. Bien, no tengo intención de arbitrar entre la lascivia de los espectáculos teatrales y la de los ritos místicos; sólo digo esto, y la historia me respalda al hacer esta afirmación: que esos mismos espectáculos, en los cuales las ficciones de los poetas son el principal atractivo, no fueron introducidos en las fiestas de los dioses por la devoción ignorante de los romanos, sino que los propios dioses dieron órdenes muy urgentes a este efecto, y de hecho arrancaron de los romanos estas solemnidades y celebraciones en su honor. Toqué esto en el libro precedente, y mencioné que los espectáculos dramáticos se inauguraron por primera vez en Roma con ocasión de una peste, y por autoridad del pontífice. ¿Y qué hombre hay que no sea más probable que adopte, para la regulación de su propia vida, los ejemplos que se representan en obras que tienen una sanción divina, antes que los preceptos escritos y promulgados con autoridad meramente humana? Si los poetas daban una representación falsa de Jove al describirlo como adúltero, entonces sería de esperar que los dioses castos vengaran con ira una ficción tan perversa, en lugar de fomentar los juegos que la difundían. De estas obras, las más inofensivas son las comedias y las tragedias, es decir, los dramas que los poetas escriben para la escena, y que, aunque a menudo tratan temas impuros, lo hacen sin la suciedad de lenguaje que caracteriza a muchas otras representaciones; y son estos dramas los que los muchachos son obligados por sus mayores a leer y aprender como parte de lo que se llama una educación liberal y caballerosa.

    Capítulo 9

    Que la licencia poética que los griegos, en obediencia a sus dioses, permitieron, fue restringida por los antiguos romanos

    II, 9

    La opinión de los antiguos romanos sobre este asunto está atestiguada por Cicerón en su obra De Republica, en la cual Escipión, uno de los interlocutores, dice, «La lascivia de la comedia nunca habría podido ser tolerada por los auditorios, a menos que las costumbres de la sociedad hubieran sancionado previamente la misma lascivia.» Y en los primeros tiempos los griegos conservaron una cierta razonabilidad en su licencia, e hicieron una ley: que cualquier cosa que la comedia quisiera decir de alguien, debía decirlo de él por su nombre. Y así en la misma obra de Cicerón, Escipión dice, «¿A quién no ha difamado? Más aún, ¿a quién no ha atormentado? ¿A quién ha perdonado? Concedamos que pueda atacar a los demagogos y a las facciones, hombres perjudiciales para la república — a un Cleón, un Cleofonte, un Hipérbolo. Eso es tolerable, aunque habría sido más decoroso que el censor público marcara a tales hombres, que un poeta los satirizara; pero ennegrecer la fama de Pericles con versos groseros, después de que con la mayor dignidad presidiera su Estado tanto en la guerra como en la paz, era tan indigno de un poeta, como si nuestro propio Plauto o Nevio llevaran a Publio y Cneo Escipión al escenario cómico, o como si Cecilio caricaturizara a Catón.» Y un poco después continúa: «Aunque nuestras Doce Tablas imponían la pena de muerte sólo a muy pocos delitos, sin embargo entre estos pocos estaba éste: si algún hombre hubiera cantado un pasquín, o hubiera compuesto una sátira calculada para traer infamia o deshonra sobre otra persona. Sabiamente decretado. Pues es por las decisiones de los magistrados, y por una justicia bien informada, que nuestras vidas deben ser juzgadas, y no por las fantasías veleidosas de los poetas; ni debemos estar expuestos a oír calumnias, salvo donde tengamos la libertad de responder y defendernos ante un tribunal adecuado.» He considerado aconsejable citar esto del cuarto libro del De Republica de Cicerón; y he hecho la cita palabra por palabra, con excepción de algunas palabras omitidas y algunas ligeramente transpuestas, en aras de dar el sentido más fácilmente. Y ciertamente el extracto es pertinente al asunto que estoy tratando de explicar. Cicerón hace algunas observaciones adicionales, y concluye el pasaje mostrando que los antiguos romanos no permitían que ningún hombre vivo fuera alabado o censurado en el escenario. Pero los griegos, como dije, aunque no tan morales, eran más lógicos al permitir esta licencia que los romanos prohibían; pues veían que sus dioses aprobaban y disfrutaban el lenguaje grosero de la comedia baja cuando se dirigía no sólo contra los hombres, sino incluso contra ellos mismos; y esto, tanto si las acciones infames que se les imputaban eran ficciones de los poetas, como si eran sus iniquidades reales conmemoradas y representadas en los teatros. ¡Y ojalá los espectadores los hubieran juzgado dignos sólo de risa, y no de imitación! Manifiestamente habría sido un exceso de orgullo perdonar el buen nombre de los hombres principales y de los ciudadanos comunes, cuando las propias deidades no se resentían de que su reputación fuera mancillada.

    Capítulo 10

    Que los demonios, al permitir que se les imputaran crímenes falsos o verdaderos, pretendían hacer daño a los hombres

    II, 10

    Se alega, como excusa de esta práctica, que las historias que se cuentan de los dioses no son verdaderas, sino falsas y meras invenciones; pero esto sólo empeora las cosas, si formamos nuestro juicio según la moralidad que enseña nuestra religión; y si consideramos la malicia de los demonios, ¿qué artificio más astuto y sutil podrían practicar contra los hombres? Cuando se profiere una calumnia contra un estadista principal de vida recta y útil, ¿no es más reprensible cuanto más falsa e infundada es? ¿Qué castigo, entonces, será suficiente cuando los dioses son objeto de una injusticia tan perversa y ultrajante? Pero los demonios, a quienes estos hombres consideran dioses, se contentan con que incluso las iniquidades de las que son inocentes se les atribuyan, con tal de enredar las mentes de los hombres en las mallas de estas opiniones, y arrastrarlos junto con ellos a su castigo predestinado: ya sea que tales cosas fueran realmente cometidas por los hombres a quienes estos demonios, deleitándose en la infatuación humana, hacen que sean adorados como dioses, y en cuyo lugar ellos, mediante mil artificios malignos y engañosos, se sustituyen y así reciben adoración; o ya sea que, aunque fueran realmente crímenes de hombres, estos espíritus malvados permitieran de buena gana que se atribuyeran a seres superiores, para que pareciera que desde el cielo mismo se transmitía una sanción suficiente para la perpetración de una maldad vergonzosa. Los griegos, por tanto, viendo el carácter de los dioses a los que servían, pensaron que los poetas ciertamente no debían abstenerse de mostrar los vicios humanos en el escenario, ya sea porque deseaban ser como sus dioses en esto, o porque temían que, si exigían para sí mismos una reputación más inmaculada que la que atribuían a los dioses, pudieran provocarlos a la ira.

    Capítulo 11

    Que los griegos admitían a los cómicos en los cargos del Estado, sobre la base de que los hombres que agradaban a los dioses no debían ser tratados con desprecio por sus semejantes

    II, 11

    Fue parte de esta misma razonabilidad de los griegos lo que los indujo a otorgar a los actores de estas mismas obras no pocos honores cívicos. En el libro antes mencionado del De Republica, se menciona que Esquines, un ateniense muy elocuente, que había sido actor trágico en su juventud, se convirtió en estadista, y que los atenienses enviaron repetidas veces a otro trágico, Aristodemo, como su plenipotenciario ante Filipo. Pues juzgaban indecoroso condenar y tratar como infames a quienes eran los actores principales en los espectáculos escénicos que veían tan agradables a los dioses. Sin duda esto era inmoral por parte de los griegos, pero no cabe menos duda de que actuaban en conformidad con el carácter de sus dioses; pues ¿cómo habrían podido pretender proteger la conducta de los ciudadanos de ser destrozada por las lenguas de los poetas y de los actores, a quienes se permitía, e incluso se ordenaba por los dioses, hacer jirones de su reputación divina? ¿Y cómo podrían tener en desprecio a los hombres que representaban en los teatros aquellos dramas que, según habían comprobado, daban placer a los dioses que adoraban? Más aún, ¿cómo podían no concederles los más altos honores cívicos? ¿Con qué pretexto podrían honrar a los sacerdotes que ofrecían por ellos sacrificios aceptables a los dioses, si marcaban con infamia a los actores que en nombre del pueblo daban a los dioses aquel placer u honor que exigían, y por cuya ausencia, según el relato de los sacerdotes, se enojaban? Labeón, cuya erudición lo convierte en una autoridad en tales puntos, opina que la distinción entre deidades buenas y malas debería expresarse en una diferencia de culto; que las malas deberían ser propiciadas con sacrificios sangrientos y ritos lúgubres, pero las buenas con una observancia alegre y placentera, como, p. ej. (como él mismo dice), con representaciones, fiestas y banquetes. Todo esto lo discutiremos, con la ayuda de Dios, más adelante. Por ahora, y hablando del asunto que nos ocupa, ya sea que todas las clases de ofrendas se hagan indiscriminadamente a todos los dioses, como si todos fueran buenos (y es algo indecoroso concebir que haya dioses malos; pero estos dioses de los paganos son todos malos, porque no son dioses, sino espíritus malignos), o ya sea, como piensa Labeón, que se haga una distinción entre las ofrendas presentadas a los diferentes dioses, los griegos están igualmente justificados al honrar por igual a los sacerdotes por quienes se ofrecen los sacrificios, y a los actores por quienes se representan los dramas, para no estar expuestos a la acusación de hacer una injuria a todos sus dioses, si las representaciones agradan a todos ellos, o (lo que sería aún peor) a sus dioses buenos, si las representaciones son del gusto sólo de éstos.

    Capítulo 12

    Que los romanos, al negar a los poetas la misma licencia respecto de los hombres que les permitieron en el caso de los dioses, mostraron una sensibilidad más delicada respecto de sí mismos que respecto de los dioses

    II, 12

    Los romanos, sin embargo, como se jacta Escipión en aquella misma discusión, rehusaron someter su conducta y su buen nombre a los asaltos y calumnias de los poetas, y llegaron al extremo de hacer de ello un crimen capital si alguien se atreviera a componer tales versos. Éste fue un camino muy honorable de seguir, en lo que a ellos mismos respecta, pero en lo que respecta a los dioses fue orgulloso e irreligioso: pues sabían que los dioses no sólo toleraban, sino que saboreaban ser azotados por las expresiones injuriosas de los poetas, y sin embargo ellos mismos no soportarían el mismo trato; y lo que su ritual prescribía como aceptable a los dioses, su ley lo prohibía como injurioso para ellos mismos. ¿Cómo entonces, Escipión, alabas a los romanos por negar esta licencia a los poetas, de modo que ningún ciudadano pudiera ser calumniado, cuando sabes que los dioses no estaban incluidos bajo esta protección? ¿Consideras tu curia digna de un respeto tanto más alto que el Capitolio? ¿Es la única ciudad de Roma más valiosa a tus ojos que todo el cielo de los dioses, para que prohíbas a tus poetas proferir palabras injuriosas contra un ciudadano, aunque puedan con impunidad lanzar las imputaciones que quieran contra los dioses, sin la intervención de senador, censor, príncipe o pontífice? Era, en verdad, intolerable que Plauto o Nevio atacaran a Publio y Cneo Escipión, insufrible que Cecilio satirizara a Catón; pero muy apropiado que tu Terencio alentara la lujuria juvenil con el malvado ejemplo del supremo Júpiter.
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