Del Arca y el Diluvio, y que No Podemos Estar de Acuerdo con Quienes Aceptan la Historia Desnuda, Pero Rechazan la Interpretación Alegórica, Ni con Quienes Sostienen el Sentido Figurado y No el Histórico
XV, 27
Sin embargo, nadie debe suponer ni que estas cosas fueron escritas sin propósito alguno, ni que debemos estudiar solo la verdad histórica, aparte de cualesquiera significados alegóricos; ni, por el contrario, que son solo alegorías, y que no hubo tales hechos en absoluto, ni que, sea así o no, no hay aquí profecía alguna de la iglesia. Pues ¿qué hombre de recto juicio sostendrá que libros tan religiosamente conservados durante miles de años, y transmitidos por una sucesión tan ordenada, fueron escritos sin un objetivo, o que solo los desnudos hechos históricos han de considerarse cuando los leemos? Pues, por no mencionar otros ejemplos, si el número de los animales exigía la construcción de un arca de gran tamaño, ¿dónde estaba la necesidad de enviar a ella dos animales impuros y siete limpios de cada especie, cuando ambos podrían haberse conservado en números iguales? ¿O no podría Dios, que ordenó que fueran preservados para repoblar la especie, restaurarlos del mismo modo en que los había creado?
Pero quienes sostienen que estas cosas nunca sucedieron, sino que son solo figuras que representan otras cosas, en primer lugar suponen que no pudo haber un diluvio tan grande que el agua subiera quince codos por encima de las montañas más altas, porque se dice que las nubes no pueden elevarse por encima de la cumbre del monte Olimpo, porque este alcanza el cielo donde no hay nada de esa atmósfera más densa en la que los vientos, las nubes y las lluvias tienen su origen. No reflexionan que el elemento más denso de todos, la tierra, puede existir allí; o quizás niegan que la cima de la montaña sea tierra. ¿Por qué, entonces, estos medidores y pesadores de los elementos sostienen que la tierra puede elevarse a aquellas altitudes aéreas, y que el agua no puede, mientras admiten que el agua es más ligera y más proclive a ascender que la tierra? ¿Qué razón aducen por la cual la tierra, el elemento más pesado e inferior, ha escalado durante tantas edades hasta el éter tranquilo, mientras al agua, la más ligera y más proclive a ascender, no se le permite hacer lo mismo siquiera por un breve lapso de tiempo?
Dicen también que el área de aquella arca no podría contener tantas especies de animales de ambos sexos, dos de los impuros y siete de los limpios. Pero me parece que calculan solo una superficie de 300 codos de largo y 50 de ancho, y no recuerdan que había otra similar en el piso de arriba, y aun otra igual de grande en el piso de arriba de esa; y que, por consiguiente, había una superficie de 900 codos por 150. Y si aceptamos lo que Orígenes ha sugerido con cierta pertinencia, que Moisés el varón de Dios, siendo, como está escrito, «instruido en toda la sabiduría de los egipcios,» [] que se deleitaban en la geometría, pudo haber querido decir codos geométricos, de los cuales dicen que uno equivale a seis de nuestros codos, entonces ¿quién no ve qué capacidad dan estas dimensiones al arca? Pues en cuanto a su objeción de que un arca de tal tamaño no podría construirse, es una calumnia muy necia; pues saben que se han construido ciudades enormes, y deberían recordar que el arca estuvo cien años en construcción. O, quizás, aunque la piedra puede adherirse a la piedra cuando se cementa con nada más que cal, de modo que pueda construirse una muralla de varias millas, sin embargo el tablón no puede unirse al tablón con mortajas, pernos, clavos y cola de brea, de modo que se construya un arca que no fue hecha con costillas curvas sino con maderos rectos, que no había de ser botada por sus constructores, sino levantada por la presión natural del agua cuando esta llegara a ella, y que había de ser preservada del naufragio mientras flotaba de un lado a otro, más bien por la supervisión divina que por la destreza humana.
En cuanto a otra investigación habitual de los escrupulosos sobre las criaturas muy diminutas, no solo las como ratones y lagartijas, sino también langostas, escarabajos, moscas, pulgas, y así sucesivamente, si no había en el arca un número mayor de ellas que el determinado por Dios en Su mandato, a las personas que se sienten movidas por esta dificultad ha de recordárseles que las palabras «todo reptil de la tierra» solo indican que no era necesario preservar en el arca los animales que pueden vivir en el agua, ya sean los peces que viven sumergidos en ella, o las aves marinas que nadan en su superficie. Luego, cuando se dice «macho y hembra,» sin duda se hace referencia a la reparación de las especies, y por consiguiente no había necesidad de que estuvieran en el arca aquellas criaturas que nacen sin la unión de los sexos de cosas inanimadas, o de su corrupción; o si estaban en el arca, podían estar allí como comúnmente están en las casas, no en números determinados; o si era necesario que hubiera un número definido de todos aquellos animales que no pueden naturalmente vivir en el agua, para que así el misterio más sagrado que se estaba representando pudiera ser corporeizado y perfectamente figurado en realidades efectivas, aun así esto no era cuidado de Noé ni de sus hijos, sino de Dios. Pues Noé no atrapó a los animales y los metió en el arca, sino que les dio entrada a medida que venían buscándola. Pues esta es la fuerza de las palabras: «Vendrán a ti,» [] — no, es decir, por esfuerzo del hombre, sino por voluntad de Dios. Pero ciertamente no se nos exige creer que también vinieron aquellos que no tienen sexo; pues se dice expresa y definidamente: «Serán macho y hembra.» Pues hay algunos animales que nacen de la corrupción, pero después ellos mismos copulan y producen descendencia, como las moscas; pero otros, que no tienen sexo, como las abejas. Luego, en cuanto a aquellos animales que tienen sexo, pero sin capacidad de propagar su especie, como los mulos y las mulas, es probable que no estuvieran en el arca, sino que se consideró suficiente preservar a sus progenitores, a saber, el caballo y el asno; y esto se aplica a todos los híbridos. Sin embargo, si era necesario para la integridad del misterio, allí estaban; pues aun esta especie tiene «macho y hembra.»
Otra cuestión se plantea comúnmente acerca del alimento de los animales carnívoros—si, sin transgredir el mandato que fijaba el número que debía preservarse, hubo necesariamente otros incluidos en el arca para su sustento; o, como es más probable, pudo haber algún alimento que no fuera carne, y que sin embargo conviniera a todos. Pues sabemos cuántos animales cuyo alimento es la carne comen también productos vegetales y frutas, especialmente higos y castañas. ¿Qué maravilla es, por tanto, si aquel hombre sabio y justo fue instruido por Dios sobre lo que convenía a cada uno, de modo que sin carne preparó y almacenó provisión adecuada para cada especie? ¿Y qué hay que el hambre no haga comer a los animales? ¿O qué no podría ser hecho dulce y saludable por Dios, quien, con divina facilidad, podría haberles permitido prescindir del alimento por completo, de no haber sido necesario para la integridad de tan gran misterio que fueran alimentados? Pero nadie sino un hombre contencioso puede suponer que no hubo prefiguración de la iglesia en un detalle tan múltiple y circunstanciado. Pues las naciones ya han llenado de tal modo la iglesia, y están comprendidas en el armazón de su unidad, los limpios y los impuros juntos, hasta el fin señalado, que este único cumplimiento tan manifiesto no deja duda sobre cómo hemos de interpretar aun aquellos otros que son algo más oscuros, y que no pueden discernirse tan fácilmente. Y puesto que esto es así, si ni siquiera el más audaz presumirá afirmar que estas cosas fueron escritas sin un propósito, o que aunque los hechos realmente sucedieron nada significan, o que no sucedieron realmente, sino que son solo alegoría, o que en todo caso están lejos de tener referencia figurada alguna a la iglesia; si se ha demostrado que, por el contrario, hemos de creer más bien que hubo un propósito sabio en que fueran confiadas a la memoria y a la escritura, y que sucedieron, y tienen un significado, y que este significado tiene una referencia profética a la iglesia, entonces este libro, habiendo cumplido este propósito, puede ahora cerrarse, para que pasemos a rastrear en la historia posterior al diluvio los cursos de las dos ciudades—la terrena, que vive según los hombres, y la celestial, que vive según Dios.
En la primera parte de este libro, desde el capítulo primero hasta el duodécimo, se muestra, a partir de la Sagrada Escritura, el progreso de las dos ciudades, la terrena y la celestial, desde Noé hasta Abraham; en la última parte, el tema es el progreso de la sola celestial, desde Abraham hasta los reyes de Israel.
Capítulo 1. Si después del diluvio, desde Noé hasta Abraham, se pueden hallar familias que vivieran según Dios
XVI, 1
Es difícil descubrir por la Escritura si, después del diluvio, las huellas de la ciudad santa son continuas, o si están tan interrumpidas por épocas intermedias de impiedad que no se halló entre los hombres ni un solo adorador del único Dios verdadero; porque desde Noé, quien con su esposa, sus tres hijos y otras tantas nueras logró la liberación en el arca de la destrucción del diluvio, hasta Abraham, no encontramos en los libros canónicos que la piedad de nadie sea celebrada por testimonio divino expreso, salvo en el caso de Noé, quien encomienda con una bendición profética a sus dos hijos Sem y Jafet, mientras veía y preveía lo que había de suceder mucho después. Fue también con este espíritu profético que, cuando su hijo del medio —es decir, el hijo menor que el primero y mayor que el último nacido— había pecado contra él, no lo maldijo en su propia persona, sino en la de su hijo (es decir, en la de su propio nieto), con las palabras: «Maldito sea el muchacho Canaán; siervo será de sus hermanos.» [] Ahora bien, Canaán nació de Cam, quien, lejos de cubrir la desnudez de su padre dormido, la había divulgado. Por la misma razón añade también la bendición sobre sus otros dos hijos, el mayor y el menor, diciendo: «Bendito sea el Señor Dios de Sem; y Canaán será su siervo. Dios alegrará a Jafet, y habitará en las tiendas de Sem.» [] Y así también la plantación de la viña por Noé, su embriaguez por el fruto de ella, su desnudez mientras dormía, y las demás cosas hechas y registradas en aquel tiempo, todas están preñadas de significados proféticos y veladas en misterios.
XVI, 2
Las cosas que entonces estaban ocultas están ahora suficientemente reveladas por los acontecimientos reales que las han seguido. Pues ¿quién puede considerar estas cosas con cuidado e inteligencia sin reconocerlas cumplidas en Cristo? Sem, de quien Cristo nació en la carne, significa «nombrado». ¿Y qué hay de mayor nombre que Cristo, cuya fragancia se percibe ahora por todas partes, de modo que incluso la profecía canta de antemano, comparándola en el Cantar de los Cantares [] con ungüento derramado? ¿No es también en las casas de Cristo, es decir, en las iglesias, donde habita el «ensanchamiento» de las naciones? Pues Jafet significa «ensanchamiento». Y Cam (es decir, caliente), que era el hijo intermedio de Noé y, por así decirlo, se separó de ambos y permaneció entre ellos, no perteneciendo ni a las primicias de Israel ni a la plenitud de los gentiles, ¿qué otra cosa significa sino la tribu de los herejes, calientes con el espíritu, no de paciencia, sino de impaciencia, con el cual los pechos de los herejes suelen arder y con el cual perturban la paz de los santos? Pero aun los herejes producen provecho a los que aprovechan, según el dicho del apóstol: «Es preciso que haya herejías, para que los que son aprobados se manifiesten entre vosotros» []. De donde también se dice en otro lugar: «El hijo que recibe instrucción será sabio, y usa al necio como siervo». Pues mientras la inquieta calentura de los herejes suscita cuestiones sobre muchos artículos de la fe católica, la necesidad de defenderlos nos obliga a investigarlos con más exactitud, a entenderlos con más claridad y a proclamarlos con más empeño; y la cuestión planteada por un adversario se convierte en ocasión de instrucción. Sin embargo, no solo los que están abiertamente separados de la iglesia, sino también todos los que se glorían del nombre cristiano y al mismo tiempo llevan vidas abandonadas, pueden sin absurdidad parecer figurados por el hijo intermedio de Noé: pues la pasión de Cristo, que fue significada por la desnudez de aquel hombre, es a la vez proclamada por su profesión y deshonrada por su conducta perversa. De tales, por tanto, se ha dicho: «Por sus frutos los conoceréis» []. Y por eso Cam fue maldecido en su hijo, siendo este, por así decirlo, su fruto. Así también este hijo suyo, Canaán, se interpreta adecuadamente «su movimiento,» que no es otra cosa que su obra. Pero Sem y Jafet, es decir, la circuncisión y la incircuncisión, o, como el apóstol los llama de otro modo, los judíos y los griegos, pero llamados y justificados, habiendo de algún modo descubierto la desnudez de su padre (que significa la pasión del Salvador), tomaron un manto y lo pusieron sobre sus espaldas, y entraron de espaldas y cubrieron la desnudez de su padre, sin ver aquello que su reverencia ocultaba. Pues nosotros honramos la pasión de Cristo como cumplida por nosotros, y odiamos el crimen de los judíos que lo crucificaron. El manto significa el sacramento; sus espaldas, la memoria de las cosas pasadas: pues la iglesia celebra la pasión de Cristo como ya cumplida, y no como algo que ha de esperarse todavía, puesto que ya Jafet habita en las moradas de Sem, y su hermano malvado entre ellos.
Pero el hermano malvado es, en la persona de su hijo (es decir, su obra), el muchacho, o esclavo, de sus buenos hermanos, cuando los hombres buenos hacen uso hábil de los malos, ya sea para el ejercicio de su paciencia o para su adelanto en sabiduría. Pues el apóstol testifica que hay algunos que predican a Cristo sin motivos puros; «pero», dice, «ya sea por pretexto o por verdad, Cristo es predicado; y en esto me gozo, sí, y me gozaré» []. Porque es Cristo mismo quien plantó la viña de la cual dice el profeta: «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» []; y bebe de su vino, ya sea que así entendamos aquella copa de la cual dice: «¿Podéis beber de la copa que yo he de beber?» [] y, «Padre, si es posible, pase de mí esta copa» [], con lo cual evidentemente se refiere a su pasión. O, como el vino es el fruto de la vid, podemos preferir entender que de esta vid, es decir, de la raza de Israel, asumió carne y sangre para poder padecer; «y se embriagó», es decir, padeció; «y quedó desnudo», es decir, su debilidad apareció en su pasión, como dice el apóstol: «aunque fue crucificado por debilidad» []. Por lo cual el mismo apóstol dice: «La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres; y la necedad de Dios es más sabia que los hombres» []. Y cuando a la expresión «quedó desnudo» la Escritura añade «en su casa», insinúa elegantemente que Jesús había de padecer la cruz y la muerte a manos de los de su propia casa, de sus propios allegados y parientes, los judíos. Esta pasión de Cristo es solo externa y verbalmente profesada por los réprobos, pues lo que profesan no lo entienden. Pero los elegidos retienen en el hombre interior este tan grande misterio, y honran interiormente en el corazón esta debilidad y necedad de Dios. Y de esto hay figura en Cam saliendo a proclamar la desnudez de su padre; mientras que Sem y Jafet, para cubrirla u honrarla, entraron, es decir, lo hicieron interiormente.
Estos secretos de la divina Escritura los investigamos lo mejor que podemos. No todos aceptarán nuestra interpretación con igual confianza, pero todos tienen por cierto que estas cosas no fueron hechas ni registradas sin alguna prefiguración de acontecimientos futuros, y que han de referirse únicamente a Cristo y a su iglesia, la cual es la ciudad de Dios, proclamada desde el comienzo mismo de la historia humana mediante figuras que ahora vemos cumplidas por todas partes. Desde la bendición de los dos hijos de Noé y la maldición del hijo intermedio hasta Abraham, o durante más de mil años, no hay, como he dicho, mención alguna de personas justas que adoraran a Dios. No concluyo, por tanto, que no las hubo; pero habría sido tedioso mencionar a cada una, y habría mostrado exactitud histórica más bien que visión profética. El objeto del escritor de estos libros sagrados, o más bien del Espíritu de Dios en él, no es solo registrar el pasado, sino representar el futuro, en cuanto se refiere a la ciudad de Dios; pues cuanto se dice de los que no son ciudadanos de ella, se da o para su instrucción, o como contraste para realzar su gloria. Sin embargo, no hemos de suponer que todo lo registrado tenga alguna significación; sino que aquellas cosas que no tienen significación propia están entretejidas por causa de las que sí son significativas. Solo la reja del arado hiende el suelo; pero para lograr esto se requieren las demás partes del arado. Solo las cuerdas de las arpas y de otros instrumentos musicales producen sonidos melodiosos; pero para que puedan hacerlo, hay otras partes del instrumento que en verdad no son pulsadas por los que cantan, pero están unidas a las cuerdas que se pulsan y producen notas musicales. Así, en esta historia profética se narran algunas cosas que no tienen significación, pero que son, por así decirlo, el armazón al que se adhieren las cosas significativas.
XVI, 3
Por tanto, debemos introducir en esta obra una explicación de las generaciones de los tres hijos de Noé, en cuanto ello pueda ilustrar el progreso en el tiempo de las dos ciudades. La Escritura menciona primero la del hijo menor, que se llama Jafet; tuvo ocho hijos, y por dos de estos hijos siete nietos, tres por un hijo y cuatro por el otro; en total, quince descendientes. Cam, el hijo intermedio de Noé, tuvo cuatro hijos, y por uno de ellos cinco nietos, y por uno de estos dos biznietos; en total, once. Después de enumerar estos, la Escritura vuelve al primero de los hijos y dice: «Cus engendró a Nimrod; este comenzó a ser gigante en la tierra. Fue gigante cazador contra el Señor Dios; por eso se dice: Como Nimrod, gigante cazador contra el Señor. Y el principio de su reino fue Babilonia, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Senaar. De aquella tierra salió Asur y edificó Nínive, y la ciudad Rehobot, y Cala, y Resén entre Nínive y Cala; esta era una gran ciudad.» Ahora bien, este Cus, padre del gigante Nimrod, es el primero nombrado entre los hijos de Cam, a quien se atribuyen cinco hijos y dos nietos. Pero o engendró a este gigante después de que nacieran sus nietos, o, lo que es más creíble, la Escritura habla de él por separado a causa de su eminencia; pues también se hace mención de su reino, que comenzó con aquella magnífica ciudad de Babilonia y los demás lugares, ya fuesen ciudades o comarcas, mencionados junto con ella. Pero lo que se registra de la tierra de Senaar, que pertenecía al reino de Nimrod, a saber, que Asur salió de ella y edificó Nínive y las demás ciudades mencionadas con ella, sucedió mucho después; pero se aprovecha la ocasión para hablar de ello aquí a causa de la grandeza del reino asirio, que fue maravillosamente extendido por Nino, hijo de Belo, y fundador de la gran ciudad de Nínive, que recibió de él el nombre de Nínive, de Nino. Pero Asur, padre del asirio, no era uno de los hijos de Cam, hijo de Noé, sino que se halla entre los hijos de Sem, su hijo mayor. De donde aparece que entre la descendencia de Sem surgieron hombres que después tomaron posesión del reino de aquel gigante, y avanzando desde él fundaron otras ciudades, la primera de las cuales se llamó Nínive, de Nino. De él vuelve la Escritura al otro hijo de Cam, Mizraim; y sus hijos son enumerados, no como siete individuos, sino como siete naciones. Y del sexto, como del sexto hijo, se dice que surgió la raza llamada de los filisteos; de modo que son en total ocho. Luego vuelve de nuevo a Canaán, en cuya persona fue maldecido Cam; y se nombran sus once hijos. Luego se nombran los territorios que ocuparon y algunas de las ciudades. Y así, si contamos hijos y nietos, se registran treinta y un descendientes de Cam.
Queda por mencionar a los hijos de Sem, el hijo mayor de Noé; pues a él asciende gradualmente esta narración genealógica desde el menor. Pero al comienzo del registro de los hijos de Sem hay una oscuridad que pide explicación, ya que está íntimamente relacionada con el objeto de nuestra investigación. Pues leemos: «A Sem también, padre de todos los hijos de Heber y hermano mayor de Jafet, le nacieron hijos» []. Este es el orden de las palabras: Y a Sem le nació Heber, a él mismo, es decir, a Sem mismo le nació Heber, y Sem es el padre de todos sus hijos. Se nos da a entender que Sem es el patriarca de toda su posteridad que había de mencionarse, ya sean hijos, nietos, biznietos o descendientes a cualquier distancia. Pues Sem no engendró a Heber, que en verdad estaba en la quinta generación desde él. Porque Sem engendró, entre otros hijos, a Arfaxad; Arfaxad engendró a Cainán, Cainán engendró a Sala, Sala engendró a Heber. Y con razón fue nombrado primero entre la descendencia de Sem, precediendo incluso a sus hijos, aunque solo era nieto de la quinta generación; pues de él, como dice la tradición, derivaron su nombre los hebreos, aunque la otra etimología que deriva el nombre de Abraham (como si dijéramos Abraheos) posiblemente sea correcta. Pero apenas puede dudarse de que la primera es la etimología recta, y que fueron llamados por Heber Heberos, y luego, quitando una letra, hebreos; y así su lengua se llamó hebrea, la cual no era hablada sino por el pueblo de Israel, en medio del cual estaba la ciudad de Dios, místicamente prefigurada en todo el pueblo y verdaderamente presente en los santos. Se nombran primero, pues, seis hijos de Sem, luego cuatro nietos nacidos de uno de estos hijos; después menciona otro hijo de Sem, que engendró un nieto; y su hijo, a su vez, o el biznieto de Sem, fue Heber. Y Heber engendró dos hijos, y llamó al uno Peleg, que significa «división»; y la Escritura añade la razón de este nombre, diciendo: «porque en sus días fue dividida la tierra». Lo que esto significa aparecerá después. El otro hijo de Heber engendró doce hijos; por consiguiente, todos los descendientes de Sem son veintisiete. El número total de la progenie de los tres hijos de Noé es setenta y tres: quince por Jafet, treinta y uno por Cam, veintisiete por Sem. Luego añade la Escritura: «Estos son los hijos de Sem según sus familias, según sus lenguas, en sus tierras, según sus naciones». Y así de todo el número: «Estas son las familias de los hijos de Noé según sus generaciones, en sus naciones; y por estas fueron dispersadas las islas de las naciones por la tierra después del diluvio». De lo cual inferimos que los setenta y tres (o más bien, como mostraré enseguida, setenta y dos) no eran individuos, sino naciones. Pues en un pasaje anterior, cuando se enumeran los hijos de Jafet, se dice en conclusión: «Por estas fueron divididas las islas de las naciones en sus tierras, cada uno según su lengua, en sus tribus y en sus naciones».
Pero entre los hijos de Cam se mencionan expresamente naciones, como mostré antes. «Mizraim engendró a los que se llaman ludim»; y así también de las otras siete naciones. Y después de enumerarlas todas, concluye: «Estos son los hijos de Cam, en sus familias, según sus lenguas, en sus territorios y en sus naciones». La razón, pues, por la que no se mencionan los hijos de varios de ellos es que pertenecían por nacimiento a otras naciones y no llegaron a ser naciones ellos mismos. ¿Por qué otra razón, si no, aunque se cuentan ocho hijos a Jafet, solo se mencionan los hijos de dos de estos; y aunque se cuentan cuatro a Cam, solo se dice que tres tuvieron hijos; y aunque se cuentan seis a Sem, solo se traza la descendencia de dos de estos? ¿Permanecieron los demás sin hijos? No podemos suponerlo; sino que no produjeron naciones tan grandes como para que se las mencionara, sino que fueron absorbidos en las naciones a las que pertenecían por nacimiento.
XVI, 4
Pero aunque se dice que estas naciones fueron dispersadas según sus lenguas, el narrador vuelve a aquel tiempo en que todos tenían una sola lengua, y explica cómo sucedió que se introdujo la diversidad de lenguas. «Toda la tierra,» dice, «era de un solo labio, y todos tenían una sola habla. Y aconteció que, al partir de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y habitaron allí. Y se dijeron unos a otros: Venid, hagamos ladrillos y cozámoslos a fondo. Y tuvieron ladrillo en lugar de piedra, y betún en lugar de mortero. Y dijeron: Venid, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, antes de que seamos dispersados por la faz de toda la tierra. Y el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo el Señor Dios: He aquí, el pueblo es uno, y todos tienen una misma lengua; y esto comienzan a hacer: y ahora nada les será vedado de lo que han imaginado hacer. Venid, descendamos y confundamos allí su lengua, para que no entiendan el habla unos de otros. Y Dios los dispersó desde allí por la faz de toda la tierra; y dejaron de edificar la ciudad y la torre. Por eso se llamó su nombre Confusión, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra; y el Señor Dios los dispersó desde allí por la faz de toda la tierra.» [] Esta ciudad, que fue llamada Confusión, es la misma que Babilonia, cuya maravillosa construcción también menciona la historia gentil. Pues Babilonia significa Confusión. De donde concluimos que el gigante Nemrod fue su fundador, como se había insinuado un poco antes, donde la Escritura, al hablar de él, dice que el comienzo de su reino fue Babilonia; es decir, Babilonia tenía supremacía sobre las demás ciudades como metrópoli y residencia real; aunque no llegó a las grandiosas dimensiones proyectadas por su orgulloso e impío fundador. El plan era hacerla tan alta que llegara al cielo, ya se entendiera de una torre que pretendían edificar más alta que las otras, o de todas las torres, lo cual podría significarse mediante el número singular, como hablamos de «el soldado,» refiriéndonos al ejército, y de la rana o la langosta, cuando nos referimos a toda la multitud de ranas y langostas en las plagas con que Moisés hirió a los egipcios. [Éxodo x] Pero ¿qué pretendían estos hombres vanos y presuntuosos? ¿Cómo esperaban levantar contra Dios esta mole elevada, cuando la hubieran edificado por encima de todos los montes y de las nubes de la atmósfera terrestre? ¿Qué injuria podía hacer a Dios elevación alguna, espiritual o material? El camino seguro y verdadero al cielo lo hace la humildad, que levanta el corazón hacia el Señor, no contra Él; como se dice que este gigante fue «cazador contra el Señor.» Esto ha sido malentendido por algunos a causa de la ambigüedad de la palabra griega, y lo han traducido, no «contra el Señor,» sino «ante el Señor;» porque [ἐναντίον] significa tanto «ante» como «contra.» En el Salmo esta palabra se traduce: «Lloremos ante el Señor, nuestro Hacedor.» La misma palabra aparece en el libro de Job, donde está escrito: «Has prorrumpido en furor contra el Señor.» [] Y así este gigante debe ser reconocido como «cazador contra el Señor.» ¿Y qué se entiende por el término «cazador» sino engañador, opresor y destructor de los animales de la tierra? Él y su pueblo, por tanto, erigieron esta torre contra el Señor, y así dieron expresión a su impío orgullo; y con justicia fue castigada por Dios su malvada intención, aunque no tuvo éxito. Pero ¿cuál fue la naturaleza del castigo? Como la lengua es el instrumento de dominación, en ella fue castigado el orgullo; de modo que el hombre, que no quiso entender a Dios cuando Él daba sus mandatos, fuera malentendido cuando él mismo daba órdenes. Así se disolvió aquella conspiración, pues cada hombre se apartó de aquellos a quienes no podía entender, y se asoció con aquellos cuyo habla le era inteligible; y las naciones fueron divididas según sus lenguas, y dispersadas por la tierra como le pareció bien a Dios, quien realizó esto de maneras ocultas e incomprensibles para nosotros.
XVI, 5
Leemos: «El Señor descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres:» no eran los hijos de Dios, sino aquella sociedad que vivía de un modo meramente humano, y que llamamos la ciudad terrena. Dios, que está siempre totalmente en todas partes, no se mueve localmente; pero se dice que desciende cuando hace algo en la tierra fuera del curso acostumbrado, lo cual, por así decirlo, hace sentir su presencia. Y del mismo modo, no aprende algo nuevo mediante el «ver», pues jamás puede ignorar cosa alguna; sino que se dice que ve y reconoce, en el tiempo, aquello que hace que otros vean y reconozcan. Y, por lo tanto, aquella ciudad no estaba siendo vista antes como Dios la hizo ver cuando mostró cuán ofensiva le era. Podríamos, ciertamente, interpretar el descenso de Dios a la ciudad como el descenso de sus ángeles, en quienes Él habita; de modo que las palabras siguientes, «Y dijo el Señor Dios: He aquí, todos son una sola raza y de una sola lengua,» y también lo que sigue, «Venid, descendamos y confundamos su habla,» son una recapitulación, que explica cómo se realizó el «descenso del Señor» antes indicado. Pues si ya había descendido, ¿por qué dice: «Venid, descendamos y confundamos?» — palabras que parecen dirigidas a los ángeles, e indican que Aquel que estaba en los ángeles descendió en el descenso de ellos. Y las palabras más apropiadamente son, no: «Descended y confundid,» sino: «Confundamos su habla;» mostrando que Él obra de tal modo por medio de sus siervos, que ellos mismos son también colaboradores con Dios, como dice el apóstol: «Porque somos colaboradores con Dios.» []
XVI, 6
Podríamos haber supuesto que las palabras pronunciadas en la creación del hombre, «Hagamos,» y no Haga yo, «al hombre,» iban dirigidas a los ángeles, si no hubiera añadido «a nuestra imagen;» pero como no podemos creer que el hombre fue hecho a imagen de los ángeles, ni que la imagen de Dios sea la misma que la de los ángeles, es propio referir esta expresión a la pluralidad de la Trinidad. Y sin embargo, esta Trinidad, siendo un solo Dios, aun después de decir «Hagamos,» continúa diciendo: «Y Dios hizo al hombre a su imagen,» [] y no «Dioses hicieron,» o «a la imagen de ellos.» Y si hubiera alguna dificultad en aplicar a los ángeles las palabras, «Venid, descendamos y confundamos su habla,» podríamos referir el plural a la Trinidad, como si el Padre se dirigiera al Hijo y al Espíritu Santo; pero más bien corresponde a los ángeles acercarse a Dios mediante movimientos santos, es decir, mediante pensamientos piadosos, y así valerse de la verdad inmutable que rige en la corte del cielo como su ley eterna. Pues ellos no son la verdad misma; sino que, participando de la verdad creadora, son movidos hacia ella como hacia la fuente de la vida, a fin de obtener en ella lo que no tienen en sí mismos. Y este movimiento suyo es constante, pues jamás retroceden de lo alcanzado. Y a estos ángeles no les habla Dios como nosotros hablamos unos con otros, o a Dios, o a los ángeles, o como los ángeles nos hablan a nosotros, o como Dios nos habla por medio de ellos: les habla de una manera inefable y propia suya, y lo que dice se nos transmite de un modo adecuado a nuestra capacidad. Pues el hablar de Dios, anterior y superior a todas sus obras, es la razón inmutable de su obra: no tiene sonido ruidoso y pasajero, sino una energía que permanece eternamente y produce resultados en el tiempo. Así habla Él a los santos ángeles; pero a nosotros, que estamos lejos, nos habla de otro modo. Sin embargo, cuando oímos con el oído interior alguna parte del habla de Dios, nos aproximamos a los ángeles. Pero en esta obra no necesito esforzarme por dar cuenta de las maneras en que Dios habla. Pues o bien la Verdad inmutable habla directamente a la mente de la criatura racional de algún modo indescriptible, o habla mediante la criatura mudable, ya sea presentando imágenes espirituales a nuestro espíritu, o voces corporales a nuestro sentido corporal.
Las palabras, «Nada les será vedado de lo que han imaginado hacer,» [] ciertamente no deben entenderse como una afirmación, sino como una interrogación, como las que usan quienes amenazan, como p. ej., cuando Dido exclama:
«¿No tomarán las armas y perseguirán?»
Hemos de entender las palabras como si se hubiera dicho: ¿Nada les será vedado de lo que han imaginado hacer? De estos tres hombres, pues, los tres hijos de Noé, queremos decir, 73, o mejor, como mostrará el catálogo, 72 naciones y otras tantas lenguas fueron dispersadas por la tierra, y al multiplicarse llenaron incluso las islas. Pero las naciones se multiplicaron mucho más que las lenguas. Pues incluso en África conocemos varias naciones bárbaras que tienen una sola lengua; y ¿quién puede dudar de que, al aumentar el género humano, los hombres lograron pasar a las islas en naves?
Si incluso las islas más remotas recibieron su fauna de los animales que fueron preservados, a través del diluvio, en el arca
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Se plantea una cuestión acerca de todas aquellas clases de bestias que no son domesticadas, ni son producidas de la tierra como las ranas, sino que se propagan por padres macho y hembra, como los lobos y animales de ese tipo; y se pregunta cómo pudieron encontrarse en las islas después del diluvio, en el cual perecieron todos los animales que no estaban en el arca, a menos que la raza fuera restaurada a partir de los que se preservaron por parejas en el arca. Podría, ciertamente, decirse que pasaron a las islas nadando, pero esto solo podría ser verdad de las muy cercanas al continente; mientras que hay algunas tan distantes que imaginamos que ningún animal podría nadar hasta ellas. Pero si los hombres los capturaron y los llevaron consigo, y así propagaron estas razas en sus nuevas moradas, esto no implicaría una increíble afición a la caza. Al mismo tiempo, no puede negarse que, por intervención de los ángeles, pudieron ser transferidos por orden o permiso de Dios. Sin embargo, si fueron producidos de la tierra como en su primera creación, cuando Dios dijo: «Produzca la tierra el ser viviente,» [] esto hace más evidente que todas las clases de animales fueron preservadas en el arca, no tanto por renovar la raza, sino por prefigurar las diversas naciones que habrían de salvarse en la Iglesia; esto, digo, es más evidente, si la tierra produjo muchos animales en islas a las que no pudieron pasar.
Capítulo 8. Si ciertas razas monstruosas de hombres descienden del linaje de Adán o de los hijos de Noé
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Se pregunta también si hemos de creer que ciertas razas monstruosas de hombres, de las que habla la historia secular, han surgido de los hijos de Noé, o más bien, debería decir, de aquel único hombre del que ellos mismos descendieron. Pues se cuenta que algunos tienen un solo ojo en medio de la frente; algunos, los pies vueltos hacia atrás desde el talón; algunos, doble sexo, el pecho derecho como el de un hombre, el izquierdo como el de una mujer, y que alternativamente engendran y dan a luz; de otros se dice que no tienen boca, y que respiran solo por las fosas nasales; otros son de un codo de altura, y por eso son llamados por los griegos «Pigmeos:» dicen que en algunos lugares las mujeres conciben a los cinco años, y no viven más allá de los ocho. Asimismo, cuentan de una raza que tiene dos pies pero una sola pierna, y son de maravillosa rapidez, aunque no doblan la rodilla: se llaman Esciápodos, porque en tiempo caluroso se acuestan de espaldas y se dan sombra con los pies. De otros se dice que no tienen cabeza y que tienen los ojos en los hombros; y otras razas humanas o casi humanas están representadas en mosaico en la explanada del puerto de Cartago, según el testimonio de historias de rarezas. ¿Qué diré de los Cinocéfalos, cuya cabeza semejante a la de un perro y cuyos ladridos los proclaman bestias más bien que hombres? Pero no estamos obligados a creer todo lo que oímos de estas monstruosidades. Mas todo aquel que en cualquier lugar nace hombre, es decir, un animal racional y mortal, no importa qué apariencia inusitada presente en color, movimiento o sonido, ni cuán peculiar sea en alguna facultad, parte o cualidad de su naturaleza, ningún cristiano puede dudar de que procede de aquel único protoplasto. Podemos distinguir la naturaleza humana común de lo que es peculiar, y por ello maravilloso.
La misma explicación que se da de los nacimientos monstruosos en casos individuales puede darse de las razas monstruosas. Pues Dios, Creador de todo, sabe dónde y cuándo cada cosa debe ser o haber sido creada, porque Él ve las semejanzas y diversidades que pueden contribuir a la belleza del todo. Pero quien no puede ver el todo se ofende por la deformidad de la parte, porque está ciego a aquello que la equilibra y a lo cual pertenece. Sabemos que nacen hombres con más de cuatro dedos en las manos o en los pies: esto es asunto menor; pero lejos de nosotros la necedad de suponer que el Creador se equivocó en el número de los dedos de un hombre, aunque no podamos explicar la diferencia. Y así sucede en casos en que la divergencia de la regla es mayor. Aquel cuyas obras nadie con justicia censura, sabe lo que ha hecho. En Hippo-Diarrhytus hay un hombre cuyas manos tienen forma de media luna, y cada una tiene solo dos dedos, y sus pies están formados de manera semejante. Si hubiera una raza semejante a él, se añadiría a la historia de lo curioso y maravilloso. ¿Negaremos, por tanto, que este hombre desciende de aquel único hombre que fue creado primero? En cuanto a los Andróginos, o Hermafroditas, como se les llama, aunque son raros, sin embargo de vez en cuando aparecen personas de sexo tan dudoso, que queda incierto de qué sexo toman su nombre; aunque es costumbre darles nombre masculino, por ser el más digno. Pues nadie los llamó jamás hermafroditasas. Hace algunos años, dentro de mi propia memoria, nació en Oriente un hombre doble en su mitad superior, pero sencillo en la inferior: tenía dos cabezas, dos pechos, cuatro manos, pero un solo cuerpo y dos pies como un hombre ordinario; y vivió tanto tiempo que muchos tuvieron ocasión de verlo. Pero ¿quién podría enumerar todos los nacimientos humanos que han diferido ampliamente de sus progenitores conocidos? Así como, por tanto, nadie negará que todos estos descienden de aquel único hombre, así todas las razas que se dice han divergido en su apariencia corporal del curso usual que la naturaleza generalmente, o casi universalmente, conserva, si están comprendidas en aquella definición del hombre como animal racional y mortal, indudablemente remontan su linaje a aquel único primer padre de todos. Suponemos que son verdaderas estas historias sobre diversas razas que difieren entre sí y de nosotros; pero posiblemente no lo son: pues si no supiéramos que los simios, los monos y las esfinges no son hombres, sino bestias, aquellos historiadores posiblemente los describirían como razas de hombres, y ostentarían impunemente sus falsos y vanagloriosos descubrimientos. Pero suponiendo que sean hombres aquellos de quienes se cuentan estas maravillas, ¿qué si Dios ha tenido a bien crear algunas razas de esta manera, para que no supongamos que los nacimientos monstruosos que aparecen entre nosotros son fracasos de aquella sabiduría con que Él forma la naturaleza humana, como hablamos del fracaso de un artesano menos perfecto? Por consiguiente, no debe parecernos absurdo que, así como en razas individuales hay nacimientos monstruosos, así en toda la raza haya razas monstruosas. Por lo cual, para concluir esta cuestión con cautela y prudencia, o bien esas cosas que se han contado de algunas razas no existen en absoluto; o, si existen, no son razas humanas; o, si son humanas, descienden de Adán.
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Pero en cuanto a la fábula de que existen antípodas, es decir, hombres en el lado opuesto de la tierra, donde el sol sale cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con los pies opuestos a los nuestros, no es creíble por fundamento alguno. Y, en verdad, no se afirma que esto se haya sabido por conocimiento histórico, sino por conjetura científica, sobre la base de que la tierra está suspendida en la concavidad del cielo y de que tiene tanto espacio de un lado como del otro: de ahí dicen que la parte que está debajo debe también estar habitada. Pero no advierten que, aunque se suponga o se demuestre científicamente que el mundo tiene forma redonda y esférica, no se sigue que el otro lado de la tierra esté libre de agua; ni tampoco, aunque estuviera libre, se sigue inmediatamente que esté poblado. Pues la Escritura, que prueba la verdad de sus afirmaciones históricas por el cumplimiento de sus profecías, no da información falsa; y es demasiado absurdo decir que algunos hombres pudieron embarcarse, atravesar todo el ancho océano y pasar de este lado del mundo al otro, y que así incluso los habitantes de aquella región lejana descienden de aquel único primer hombre. Por lo cual, busquemos si podemos hallar la ciudad de Dios que peregrina en la tierra entre aquellas razas humanas que están catalogadas como divididas en setenta y dos naciones y otras tantas lenguas. Porque continuó hasta el diluvio y el arca, y se prueba que existió aún entre los hijos de Noé por sus bendiciones, y principalmente en el hijo mayor, Sem; pues Jafet recibió esta bendición: que habitara en las tiendas de Sem.
Capítulo 10. De la genealogía de Sem, en cuya línea se conserva la ciudad de Dios hasta el tiempo de Abraham
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Es necesario, por tanto, conservar la serie de las generaciones que descienden de Sem, a fin de mostrar la ciudad de Dios después del diluvio; como antes del diluvio se mostró en la serie de las generaciones que descienden de Set. Y por eso la Escritura divina, después de presentar la ciudad terrena como Babilonia o «Confusión,» vuelve al patriarca Sem y recapitula las generaciones desde él hasta Abraham, especificando además el año en que cada padre engendró al hijo que pertenecía a esta línea, y cuánto vivió. Y sin duda es esto lo que cumple la promesa que hice, a saber, que se mostraría por qué se dice de los hijos de Heber: «El nombre de uno era Peleg, porque en sus días fue dividida la tierra.» [] Pues ¿qué podemos entender por la división de la tierra, sino la diversidad de lenguas? Y, por tanto, omitiendo los otros hijos de Sem, que no conciernen a este asunto, la Escritura da la genealogía de aquellos por quienes la línea llega hasta Abraham, como antes del diluvio se dan los que llevaron la línea hasta Noé desde Set. En consecuencia, esta serie de generaciones comienza así: «Estas son las generaciones de Sem: Sem tenía cien años, y engendró a Arfaxad dos años después del diluvio. Y vivió Sem, después que engendró a Arfaxad, quinientos años, y engendró hijos e hijas.» De igual manera registra el resto, nombrando el año de su vida en que cada uno engendró al hijo que pertenecía a aquella línea que se extiende hasta Abraham. Especifica también cuántos años vivió después, engendrando hijos e hijas, para que no supongamos puerilmente que los hombres nombrados eran los únicos hombres, sino que entendamos cómo aumentó la población, y cómo regiones y reinos tan vastos pudieron ser poblados por los descendientes de Sem; especialmente el reino de Asiria, desde el cual Nino sometió a las naciones circundantes, reinando con brillante prosperidad y legando a sus descendientes un imperio vasto pero enteramente consolidado, que se mantuvo unido durante muchos siglos.
Pero para evitar prolijidad innecesaria, no mencionaremos el número de años que vivió cada miembro de esta serie, sino solo el año de su vida en que engendró a su heredero, para que así podamos calcular el número de años desde el diluvio hasta Abraham, y al mismo tiempo dejemos espacio para tocar breve y someramente algunos otros asuntos necesarios para nuestro argumento. En el segundo año, pues, después del diluvio, Sem, cuando tenía cien años, engendró a Arfaxad; Arfaxad, cuando tenía 135 años, engendró a Cainán; Cainán, cuando tenía 130 años, engendró a Sala. También el mismo Sala tenía la misma edad cuando engendró a Heber. Heber vivió 134 años y engendró a Peleg, en cuyos días fue dividida la tierra. El mismo Peleg vivió 130 años y engendró a Reu; y Reu vivió 132 años y engendró a Serug; Serug 130, y engendró a Nacor; y Nacor 79, y engendró a Taré; y Taré 70, y engendró a Abram, cuyo nombre cambió después Dios en Abraham. Hay así desde el diluvio hasta Abraham 1072 años, según las versiones de la Vulgata o de los Setenta. En los ejemplares hebreos se dan muchos menos años; y de esto se da o ninguna razón, o una no muy creíble.
Cuando, por tanto, buscamos la ciudad de Dios en estas setenta y dos naciones, no podemos afirmar que, mientras tuvieron un solo labio, es decir, una sola lengua, el género humano se hubiera apartado del culto del Dios verdadero, y que la verdadera piedad hubiera sobrevivido solo en aquellas generaciones que descienden de Sem por Arfaxad y llegan hasta Abraham; sino que, desde el tiempo en que orgullosamente edificaron una torre hasta el cielo, símbolo de exaltación impía, la ciudad o sociedad de los impíos se hace patente. Si antes solo estaba disimulada o no existía; si ambas ciudades permanecieron después del diluvio —la piadosa en los dos hijos de Noé que fueron bendecidos y en su posteridad, y la impía en el hijo maldito y sus descendientes, de quienes brotó aquel poderoso cazador contra el Señor—, no es fácil de determinar. Pues posiblemente —y ciertamente esto es más creíble— hubo despreciadores de Dios entre los descendientes de los dos hijos, aun antes de que Babilonia fuera fundada, y adoradores de Dios entre los descendientes de Cam. Ciertamente ninguna de las dos estirpes fue jamás borrada de la tierra. Pues en ambos Salmos en los que se dice: «Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno,» leemos además: «¿No tienen conocimiento todos los que obran iniquidad, que devoran a mi pueblo como si comiesen pan, y no invocan al Señor?» Había entonces un pueblo de Dios aun en aquel tiempo. Y por tanto las palabras: «No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno,» fueron dichas de los hijos de los hombres, no de los hijos de Dios. Porque antes se había dicho: «Dios miró desde el cielo sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios;» y después siguen las palabras que demuestran que todos los hijos de los hombres, es decir, todos los que pertenecen a la ciudad que vive según el hombre, no según Dios, son réprobos.