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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 32 de 52 · Capítulo 27Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 27

    Del Arca y el Diluvio, y que No Podemos Estar de Acuerdo con Quienes Aceptan la Historia Desnuda, Pero Rechazan la Interpretación Alegórica, Ni con Quienes Sostienen el Sentido Figurado y No el Histórico

    XV, 27

    Sin embargo, nadie debe suponer ni que estas cosas fueron escritas sin propósito alguno, ni que debemos estudiar solo la verdad histórica, aparte de cualesquiera significados alegóricos; ni, por el contrario, que son solo alegorías, y que no hubo tales hechos en absoluto, ni que, sea así o no, no hay aquí profecía alguna de la iglesia. Pues ¿qué hombre de recto juicio sostendrá que libros tan religiosamente conservados durante miles de años, y transmitidos por una sucesión tan ordenada, fueron escritos sin un objetivo, o que solo los desnudos hechos históricos han de considerarse cuando los leemos? Pues, por no mencionar otros ejemplos, si el número de los animales exigía la construcción de un arca de gran tamaño, ¿dónde estaba la necesidad de enviar a ella dos animales impuros y siete limpios de cada especie, cuando ambos podrían haberse conservado en números iguales? ¿O no podría Dios, que ordenó que fueran preservados para repoblar la especie, restaurarlos del mismo modo en que los había creado?
    Pero quienes sostienen que estas cosas nunca sucedieron, sino que son solo figuras que representan otras cosas, en primer lugar suponen que no pudo haber un diluvio tan grande que el agua subiera quince codos por encima de las montañas más altas, porque se dice que las nubes no pueden elevarse por encima de la cumbre del monte Olimpo, porque este alcanza el cielo donde no hay nada de esa atmósfera más densa en la que los vientos, las nubes y las lluvias tienen su origen. No reflexionan que el elemento más denso de todos, la tierra, puede existir allí; o quizás niegan que la cima de la montaña sea tierra. ¿Por qué, entonces, estos medidores y pesadores de los elementos sostienen que la tierra puede elevarse a aquellas altitudes aéreas, y que el agua no puede, mientras admiten que el agua es más ligera y más proclive a ascender que la tierra? ¿Qué razón aducen por la cual la tierra, el elemento más pesado e inferior, ha escalado durante tantas edades hasta el éter tranquilo, mientras al agua, la más ligera y más proclive a ascender, no se le permite hacer lo mismo siquiera por un breve lapso de tiempo?
    Dicen también que el área de aquella arca no podría contener tantas especies de animales de ambos sexos, dos de los impuros y siete de los limpios. Pero me parece que calculan solo una superficie de 300 codos de largo y 50 de ancho, y no recuerdan que había otra similar en el piso de arriba, y aun otra igual de grande en el piso de arriba de esa; y que, por consiguiente, había una superficie de 900 codos por 150. Y si aceptamos lo que Orígenes ha sugerido con cierta pertinencia, que Moisés el varón de Dios, siendo, como está escrito, «instruido en toda la sabiduría de los egipcios,» [] que se deleitaban en la geometría, pudo haber querido decir codos geométricos, de los cuales dicen que uno equivale a seis de nuestros codos, entonces ¿quién no ve qué capacidad dan estas dimensiones al arca? Pues en cuanto a su objeción de que un arca de tal tamaño no podría construirse, es una calumnia muy necia; pues saben que se han construido ciudades enormes, y deberían recordar que el arca estuvo cien años en construcción. O, quizás, aunque la piedra puede adherirse a la piedra cuando se cementa con nada más que cal, de modo que pueda construirse una muralla de varias millas, sin embargo el tablón no puede unirse al tablón con mortajas, pernos, clavos y cola de brea, de modo que se construya un arca que no fue hecha con costillas curvas sino con maderos rectos, que no había de ser botada por sus constructores, sino levantada por la presión natural del agua cuando esta llegara a ella, y que había de ser preservada del naufragio mientras flotaba de un lado a otro, más bien por la supervisión divina que por la destreza humana.
    En cuanto a otra investigación habitual de los escrupulosos sobre las criaturas muy diminutas, no solo las como ratones y lagartijas, sino también langostas, escarabajos, moscas, pulgas, y así sucesivamente, si no había en el arca un número mayor de ellas que el determinado por Dios en Su mandato, a las personas que se sienten movidas por esta dificultad ha de recordárseles que las palabras «todo reptil de la tierra» solo indican que no era necesario preservar en el arca los animales que pueden vivir en el agua, ya sean los peces que viven sumergidos en ella, o las aves marinas que nadan en su superficie. Luego, cuando se dice «macho y hembra,» sin duda se hace referencia a la reparación de las especies, y por consiguiente no había necesidad de que estuvieran en el arca aquellas criaturas que nacen sin la unión de los sexos de cosas inanimadas, o de su corrupción; o si estaban en el arca, podían estar allí como comúnmente están en las casas, no en números determinados; o si era necesario que hubiera un número definido de todos aquellos animales que no pueden naturalmente vivir en el agua, para que así el misterio más sagrado que se estaba representando pudiera ser corporeizado y perfectamente figurado en realidades efectivas, aun así esto no era cuidado de Noé ni de sus hijos, sino de Dios. Pues Noé no atrapó a los animales y los metió en el arca, sino que les dio entrada a medida que venían buscándola. Pues esta es la fuerza de las palabras: «Vendrán a ti,» [] — no, es decir, por esfuerzo del hombre, sino por voluntad de Dios. Pero ciertamente no se nos exige creer que también vinieron aquellos que no tienen sexo; pues se dice expresa y definidamente: «Serán macho y hembra.» Pues hay algunos animales que nacen de la corrupción, pero después ellos mismos copulan y producen descendencia, como las moscas; pero otros, que no tienen sexo, como las abejas. Luego, en cuanto a aquellos animales que tienen sexo, pero sin capacidad de propagar su especie, como los mulos y las mulas, es probable que no estuvieran en el arca, sino que se consideró suficiente preservar a sus progenitores, a saber, el caballo y el asno; y esto se aplica a todos los híbridos. Sin embargo, si era necesario para la integridad del misterio, allí estaban; pues aun esta especie tiene «macho y hembra.»
    Otra cuestión se plantea comúnmente acerca del alimento de los animales carnívoros—si, sin transgredir el mandato que fijaba el número que debía preservarse, hubo necesariamente otros incluidos en el arca para su sustento; o, como es más probable, pudo haber algún alimento que no fuera carne, y que sin embargo conviniera a todos. Pues sabemos cuántos animales cuyo alimento es la carne comen también productos vegetales y frutas, especialmente higos y castañas. ¿Qué maravilla es, por tanto, si aquel hombre sabio y justo fue instruido por Dios sobre lo que convenía a cada uno, de modo que sin carne preparó y almacenó provisión adecuada para cada especie? ¿Y qué hay que el hambre no haga comer a los animales? ¿O qué no podría ser hecho dulce y saludable por Dios, quien, con divina facilidad, podría haberles permitido prescindir del alimento por completo, de no haber sido necesario para la integridad de tan gran misterio que fueran alimentados? Pero nadie sino un hombre contencioso puede suponer que no hubo prefiguración de la iglesia en un detalle tan múltiple y circunstanciado. Pues las naciones ya han llenado de tal modo la iglesia, y están comprendidas en el armazón de su unidad, los limpios y los impuros juntos, hasta el fin señalado, que este único cumplimiento tan manifiesto no deja duda sobre cómo hemos de interpretar aun aquellos otros que son algo más oscuros, y que no pueden discernirse tan fácilmente. Y puesto que esto es así, si ni siquiera el más audaz presumirá afirmar que estas cosas fueron escritas sin un propósito, o que aunque los hechos realmente sucedieron nada significan, o que no sucedieron realmente, sino que son solo alegoría, o que en todo caso están lejos de tener referencia figurada alguna a la iglesia; si se ha demostrado que, por el contrario, hemos de creer más bien que hubo un propósito sabio en que fueran confiadas a la memoria y a la escritura, y que sucedieron, y tienen un significado, y que este significado tiene una referencia profética a la iglesia, entonces este libro, habiendo cumplido este propósito, puede ahora cerrarse, para que pasemos a rastrear en la historia posterior al diluvio los cursos de las dos ciudades—la terrena, que vive según los hombres, y la celestial, que vive según Dios.

    Libro XVI

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XVI, argumento
    En la primera parte de este libro, desde el capítulo primero hasta el duodécimo, se muestra, a partir de la Sagrada Escritura, el progreso de las dos ciudades, la terrena y la celestial, desde Noé hasta Abraham; en la última parte, el tema es el progreso de la sola celestial, desde Abraham hasta los reyes de Israel.

    Capítulo 1. Si después del diluvio, desde Noé hasta Abraham, se pueden hallar familias que vivieran según Dios

    XVI, 1

    Es difícil descubrir por la Escritura si, después del diluvio, las huellas de la ciudad santa son continuas, o si están tan interrumpidas por épocas intermedias de impiedad que no se halló entre los hombres ni un solo adorador del único Dios verdadero; porque desde Noé, quien con su esposa, sus tres hijos y otras tantas nueras logró la liberación en el arca de la destrucción del diluvio, hasta Abraham, no encontramos en los libros canónicos que la piedad de nadie sea celebrada por testimonio divino expreso, salvo en el caso de Noé, quien encomienda con una bendición profética a sus dos hijos Sem y Jafet, mientras veía y preveía lo que había de suceder mucho después. Fue también con este espíritu profético que, cuando su hijo del medio —es decir, el hijo menor que el primero y mayor que el último nacido— había pecado contra él, no lo maldijo en su propia persona, sino en la de su hijo (es decir, en la de su propio nieto), con las palabras: «Maldito sea el muchacho Canaán; siervo será de sus hermanos.» [] Ahora bien, Canaán nació de Cam, quien, lejos de cubrir la desnudez de su padre dormido, la había divulgado. Por la misma razón añade también la bendición sobre sus otros dos hijos, el mayor y el menor, diciendo: «Bendito sea el Señor Dios de Sem; y Canaán será su siervo. Dios alegrará a Jafet, y habitará en las tiendas de Sem.» [] Y así también la plantación de la viña por Noé, su embriaguez por el fruto de ella, su desnudez mientras dormía, y las demás cosas hechas y registradas en aquel tiempo, todas están preñadas de significados proféticos y veladas en misterios.

    Capítulo 2. Qué fue prefigurado proféticamente en los hijos de Noé

    XVI, 2

    Las cosas que entonces estaban ocultas están ahora suficientemente reveladas por los acontecimientos reales que las han seguido. Pues ¿quién puede considerar estas cosas con cuidado e inteligencia sin reconocerlas cumplidas en Cristo? Sem, de quien Cristo nació en la carne, significa «nombrado». ¿Y qué hay de mayor nombre que Cristo, cuya fragancia se percibe ahora por todas partes, de modo que incluso la profecía canta de antemano, comparándola en el Cantar de los Cantares [] con ungüento derramado? ¿No es también en las casas de Cristo, es decir, en las iglesias, donde habita el «ensanchamiento» de las naciones? Pues Jafet significa «ensanchamiento». Y Cam (es decir, caliente), que era el hijo intermedio de Noé y, por así decirlo, se separó de ambos y permaneció entre ellos, no perteneciendo ni a las primicias de Israel ni a la plenitud de los gentiles, ¿qué otra cosa significa sino la tribu de los herejes, calientes con el espíritu, no de paciencia, sino de impaciencia, con el cual los pechos de los herejes suelen arder y con el cual perturban la paz de los santos? Pero aun los herejes producen provecho a los que aprovechan, según el dicho del apóstol: «Es preciso que haya herejías, para que los que son aprobados se manifiesten entre vosotros» []. De donde también se dice en otro lugar: «El hijo que recibe instrucción será sabio, y usa al necio como siervo». Pues mientras la inquieta calentura de los herejes suscita cuestiones sobre muchos artículos de la fe católica, la necesidad de defenderlos nos obliga a investigarlos con más exactitud, a entenderlos con más claridad y a proclamarlos con más empeño; y la cuestión planteada por un adversario se convierte en ocasión de instrucción. Sin embargo, no solo los que están abiertamente separados de la iglesia, sino también todos los que se glorían del nombre cristiano y al mismo tiempo llevan vidas abandonadas, pueden sin absurdidad parecer figurados por el hijo intermedio de Noé: pues la pasión de Cristo, que fue significada por la desnudez de aquel hombre, es a la vez proclamada por su profesión y deshonrada por su conducta perversa. De tales, por tanto, se ha dicho: «Por sus frutos los conoceréis» []. Y por eso Cam fue maldecido en su hijo, siendo este, por así decirlo, su fruto. Así también este hijo suyo, Canaán, se interpreta adecuadamente «su movimiento,» que no es otra cosa que su obra. Pero Sem y Jafet, es decir, la circuncisión y la incircuncisión, o, como el apóstol los llama de otro modo, los judíos y los griegos, pero llamados y justificados, habiendo de algún modo descubierto la desnudez de su padre (que significa la pasión del Salvador), tomaron un manto y lo pusieron sobre sus espaldas, y entraron de espaldas y cubrieron la desnudez de su padre, sin ver aquello que su reverencia ocultaba. Pues nosotros honramos la pasión de Cristo como cumplida por nosotros, y odiamos el crimen de los judíos que lo crucificaron. El manto significa el sacramento; sus espaldas, la memoria de las cosas pasadas: pues la iglesia celebra la pasión de Cristo como ya cumplida, y no como algo que ha de esperarse todavía, puesto que ya Jafet habita en las moradas de Sem, y su hermano malvado entre ellos.
    Pero el hermano malvado es, en la persona de su hijo (es decir, su obra), el muchacho, o esclavo, de sus buenos hermanos, cuando los hombres buenos hacen uso hábil de los malos, ya sea para el ejercicio de su paciencia o para su adelanto en sabiduría. Pues el apóstol testifica que hay algunos que predican a Cristo sin motivos puros; «pero», dice, «ya sea por pretexto o por verdad, Cristo es predicado; y en esto me gozo, sí, y me gozaré» []. Porque es Cristo mismo quien plantó la viña de la cual dice el profeta: «La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel» []; y bebe de su vino, ya sea que así entendamos aquella copa de la cual dice: «¿Podéis beber de la copa que yo he de beber?» [] y, «Padre, si es posible, pase de mí esta copa» [], con lo cual evidentemente se refiere a su pasión. O, como el vino es el fruto de la vid, podemos preferir entender que de esta vid, es decir, de la raza de Israel, asumió carne y sangre para poder padecer; «y se embriagó», es decir, padeció; «y quedó desnudo», es decir, su debilidad apareció en su pasión, como dice el apóstol: «aunque fue crucificado por debilidad» []. Por lo cual el mismo apóstol dice: «La debilidad de Dios es más fuerte que los hombres; y la necedad de Dios es más sabia que los hombres» []. Y cuando a la expresión «quedó desnudo» la Escritura añade «en su casa», insinúa elegantemente que Jesús había de padecer la cruz y la muerte a manos de los de su propia casa, de sus propios allegados y parientes, los judíos. Esta pasión de Cristo es solo externa y verbalmente profesada por los réprobos, pues lo que profesan no lo entienden. Pero los elegidos retienen en el hombre interior este tan grande misterio, y honran interiormente en el corazón esta debilidad y necedad de Dios. Y de esto hay figura en Cam saliendo a proclamar la desnudez de su padre; mientras que Sem y Jafet, para cubrirla u honrarla, entraron, es decir, lo hicieron interiormente.
    Estos secretos de la divina Escritura los investigamos lo mejor que podemos. No todos aceptarán nuestra interpretación con igual confianza, pero todos tienen por cierto que estas cosas no fueron hechas ni registradas sin alguna prefiguración de acontecimientos futuros, y que han de referirse únicamente a Cristo y a su iglesia, la cual es la ciudad de Dios, proclamada desde el comienzo mismo de la historia humana mediante figuras que ahora vemos cumplidas por todas partes. Desde la bendición de los dos hijos de Noé y la maldición del hijo intermedio hasta Abraham, o durante más de mil años, no hay, como he dicho, mención alguna de personas justas que adoraran a Dios. No concluyo, por tanto, que no las hubo; pero habría sido tedioso mencionar a cada una, y habría mostrado exactitud histórica más bien que visión profética. El objeto del escritor de estos libros sagrados, o más bien del Espíritu de Dios en él, no es solo registrar el pasado, sino representar el futuro, en cuanto se refiere a la ciudad de Dios; pues cuanto se dice de los que no son ciudadanos de ella, se da o para su instrucción, o como contraste para realzar su gloria. Sin embargo, no hemos de suponer que todo lo registrado tenga alguna significación; sino que aquellas cosas que no tienen significación propia están entretejidas por causa de las que sí son significativas. Solo la reja del arado hiende el suelo; pero para lograr esto se requieren las demás partes del arado. Solo las cuerdas de las arpas y de otros instrumentos musicales producen sonidos melodiosos; pero para que puedan hacerlo, hay otras partes del instrumento que en verdad no son pulsadas por los que cantan, pero están unidas a las cuerdas que se pulsan y producen notas musicales. Así, en esta historia profética se narran algunas cosas que no tienen significación, pero que son, por así decirlo, el armazón al que se adhieren las cosas significativas.

    Capítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé

    XVI, 3

    Por tanto, debemos introducir en esta obra una explicación de las generaciones de los tres hijos de Noé, en cuanto ello pueda ilustrar el progreso en el tiempo de las dos ciudades. La Escritura menciona primero la del hijo menor, que se llama Jafet; tuvo ocho hijos, y por dos de estos hijos siete nietos, tres por un hijo y cuatro por el otro; en total, quince descendientes. Cam, el hijo intermedio de Noé, tuvo cuatro hijos, y por uno de ellos cinco nietos, y por uno de estos dos biznietos; en total, once. Después de enumerar estos, la Escritura vuelve al primero de los hijos y dice: «Cus engendró a Nimrod; este comenzó a ser gigante en la tierra. Fue gigante cazador contra el Señor Dios; por eso se dice: Como Nimrod, gigante cazador contra el Señor. Y el principio de su reino fue Babilonia, Erec, Acad y Calne, en la tierra de Senaar. De aquella tierra salió Asur y edificó Nínive, y la ciudad Rehobot, y Cala, y Resén entre Nínive y Cala; esta era una gran ciudad.» Ahora bien, este Cus, padre del gigante Nimrod, es el primero nombrado entre los hijos de Cam, a quien se atribuyen cinco hijos y dos nietos. Pero o engendró a este gigante después de que nacieran sus nietos, o, lo que es más creíble, la Escritura habla de él por separado a causa de su eminencia; pues también se hace mención de su reino, que comenzó con aquella magnífica ciudad de Babilonia y los demás lugares, ya fuesen ciudades o comarcas, mencionados junto con ella. Pero lo que se registra de la tierra de Senaar, que pertenecía al reino de Nimrod, a saber, que Asur salió de ella y edificó Nínive y las demás ciudades mencionadas con ella, sucedió mucho después; pero se aprovecha la ocasión para hablar de ello aquí a causa de la grandeza del reino asirio, que fue maravillosamente extendido por Nino, hijo de Belo, y fundador de la gran ciudad de Nínive, que recibió de él el nombre de Nínive, de Nino. Pero Asur, padre del asirio, no era uno de los hijos de Cam, hijo de Noé, sino que se halla entre los hijos de Sem, su hijo mayor. De donde aparece que entre la descendencia de Sem surgieron hombres que después tomaron posesión del reino de aquel gigante, y avanzando desde él fundaron otras ciudades, la primera de las cuales se llamó Nínive, de Nino. De él vuelve la Escritura al otro hijo de Cam, Mizraim; y sus hijos son enumerados, no como siete individuos, sino como siete naciones. Y del sexto, como del sexto hijo, se dice que surgió la raza llamada de los filisteos; de modo que son en total ocho. Luego vuelve de nuevo a Canaán, en cuya persona fue maldecido Cam; y se nombran sus once hijos. Luego se nombran los territorios que ocuparon y algunas de las ciudades. Y así, si contamos hijos y nietos, se registran treinta y un descendientes de Cam.
    Queda por mencionar a los hijos de Sem, el hijo mayor de Noé; pues a él asciende gradualmente esta narración genealógica desde el menor. Pero al comienzo del registro de los hijos de Sem hay una oscuridad que pide explicación, ya que está íntimamente relacionada con el objeto de nuestra investigación. Pues leemos: «A Sem también, padre de todos los hijos de Heber y hermano mayor de Jafet, le nacieron hijos» []. Este es el orden de las palabras: Y a Sem le nació Heber, a él mismo, es decir, a Sem mismo le nació Heber, y Sem es el padre de todos sus hijos. Se nos da a entender que Sem es el patriarca de toda su posteridad que había de mencionarse, ya sean hijos, nietos, biznietos o descendientes a cualquier distancia. Pues Sem no engendró a Heber, que en verdad estaba en la quinta generación desde él. Porque Sem engendró, entre otros hijos, a Arfaxad; Arfaxad engendró a Cainán, Cainán engendró a Sala, Sala engendró a Heber. Y con razón fue nombrado primero entre la descendencia de Sem, precediendo incluso a sus hijos, aunque solo era nieto de la quinta generación; pues de él, como dice la tradición, derivaron su nombre los hebreos, aunque la otra etimología que deriva el nombre de Abraham (como si dijéramos Abraheos) posiblemente sea correcta. Pero apenas puede dudarse de que la primera es la etimología recta, y que fueron llamados por Heber Heberos, y luego, quitando una letra, hebreos; y así su lengua se llamó hebrea, la cual no era hablada sino por el pueblo de Israel, en medio del cual estaba la ciudad de Dios, místicamente prefigurada en todo el pueblo y verdaderamente presente en los santos. Se nombran primero, pues, seis hijos de Sem, luego cuatro nietos nacidos de uno de estos hijos; después menciona otro hijo de Sem, que engendró un nieto; y su hijo, a su vez, o el biznieto de Sem, fue Heber. Y Heber engendró dos hijos, y llamó al uno Peleg, que significa «división»; y la Escritura añade la razón de este nombre, diciendo: «porque en sus días fue dividida la tierra». Lo que esto significa aparecerá después. El otro hijo de Heber engendró doce hijos; por consiguiente, todos los descendientes de Sem son veintisiete. El número total de la progenie de los tres hijos de Noé es setenta y tres: quince por Jafet, treinta y uno por Cam, veintisiete por Sem. Luego añade la Escritura: «Estos son los hijos de Sem según sus familias, según sus lenguas, en sus tierras, según sus naciones». Y así de todo el número: «Estas son las familias de los hijos de Noé según sus generaciones, en sus naciones; y por estas fueron dispersadas las islas de las naciones por la tierra después del diluvio». De lo cual inferimos que los setenta y tres (o más bien, como mostraré enseguida, setenta y dos) no eran individuos, sino naciones. Pues en un pasaje anterior, cuando se enumeran los hijos de Jafet, se dice en conclusión: «Por estas fueron divididas las islas de las naciones en sus tierras, cada uno según su lengua, en sus tribus y en sus naciones».
    Pero entre los hijos de Cam se mencionan expresamente naciones, como mostré antes. «Mizraim engendró a los que se llaman ludim»; y así también de las otras siete naciones. Y después de enumerarlas todas, concluye: «Estos son los hijos de Cam, en sus familias, según sus lenguas, en sus territorios y en sus naciones». La razón, pues, por la que no se mencionan los hijos de varios de ellos es que pertenecían por nacimiento a otras naciones y no llegaron a ser naciones ellos mismos. ¿Por qué otra razón, si no, aunque se cuentan ocho hijos a Jafet, solo se mencionan los hijos de dos de estos; y aunque se cuentan cuatro a Cam, solo se dice que tres tuvieron hijos; y aunque se cuentan seis a Sem, solo se traza la descendencia de dos de estos? ¿Permanecieron los demás sin hijos? No podemos suponerlo; sino que no produjeron naciones tan grandes como para que se las mencionara, sino que fueron absorbidos en las naciones a las que pertenecían por nacimiento.

    Capítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia

    XVI, 4

    Pero aunque se dice que estas naciones fueron dispersadas según sus lenguas, el narrador vuelve a aquel tiempo en que todos tenían una sola lengua, y explica cómo sucedió que se introdujo la diversidad de lenguas. «Toda la tierra,» dice, «era de un solo labio, y todos tenían una sola habla. Y aconteció que, al partir de oriente, hallaron una llanura en la tierra de Sinar, y habitaron allí. Y se dijeron unos a otros: Venid, hagamos ladrillos y cozámoslos a fondo. Y tuvieron ladrillo en lugar de piedra, y betún en lugar de mortero. Y dijeron: Venid, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, antes de que seamos dispersados por la faz de toda la tierra. Y el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo el Señor Dios: He aquí, el pueblo es uno, y todos tienen una misma lengua; y esto comienzan a hacer: y ahora nada les será vedado de lo que han imaginado hacer. Venid, descendamos y confundamos allí su lengua, para que no entiendan el habla unos de otros. Y Dios los dispersó desde allí por la faz de toda la tierra; y dejaron de edificar la ciudad y la torre. Por eso se llamó su nombre Confusión, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra; y el Señor Dios los dispersó desde allí por la faz de toda la tierra.» [] Esta ciudad, que fue llamada Confusión, es la misma que Babilonia, cuya maravillosa construcción también menciona la historia gentil. Pues Babilonia significa Confusión. De donde concluimos que el gigante Nemrod fue su fundador, como se había insinuado un poco antes, donde la Escritura, al hablar de él, dice que el comienzo de su reino fue Babilonia; es decir, Babilonia tenía supremacía sobre las demás ciudades como metrópoli y residencia real; aunque no llegó a las grandiosas dimensiones proyectadas por su orgulloso e impío fundador. El plan era hacerla tan alta que llegara al cielo, ya se entendiera de una torre que pretendían edificar más alta que las otras, o de todas las torres, lo cual podría significarse mediante el número singular, como hablamos de «el soldado,» refiriéndonos al ejército, y de la rana o la langosta, cuando nos referimos a toda la multitud de ranas y langostas en las plagas con que Moisés hirió a los egipcios. [Éxodo x] Pero ¿qué pretendían estos hombres vanos y presuntuosos? ¿Cómo esperaban levantar contra Dios esta mole elevada, cuando la hubieran edificado por encima de todos los montes y de las nubes de la atmósfera terrestre? ¿Qué injuria podía hacer a Dios elevación alguna, espiritual o material? El camino seguro y verdadero al cielo lo hace la humildad, que levanta el corazón hacia el Señor, no contra Él; como se dice que este gigante fue «cazador contra el Señor.» Esto ha sido malentendido por algunos a causa de la ambigüedad de la palabra griega, y lo han traducido, no «contra el Señor,» sino «ante el Señor;» porque [ἐναντίον] significa tanto «ante» como «contra.» En el Salmo esta palabra se traduce: «Lloremos ante el Señor, nuestro Hacedor.» La misma palabra aparece en el libro de Job, donde está escrito: «Has prorrumpido en furor contra el Señor.» [] Y así este gigante debe ser reconocido como «cazador contra el Señor.» ¿Y qué se entiende por el término «cazador» sino engañador, opresor y destructor de los animales de la tierra? Él y su pueblo, por tanto, erigieron esta torre contra el Señor, y así dieron expresión a su impío orgullo; y con justicia fue castigada por Dios su malvada intención, aunque no tuvo éxito. Pero ¿cuál fue la naturaleza del castigo? Como la lengua es el instrumento de dominación, en ella fue castigado el orgullo; de modo que el hombre, que no quiso entender a Dios cuando Él daba sus mandatos, fuera malentendido cuando él mismo daba órdenes. Así se disolvió aquella conspiración, pues cada hombre se apartó de aquellos a quienes no podía entender, y se asoció con aquellos cuyo habla le era inteligible; y las naciones fueron divididas según sus lenguas, y dispersadas por la tierra como le pareció bien a Dios, quien realizó esto de maneras ocultas e incomprensibles para nosotros.

    Capítulo 5. Del descenso de Dios para confundir las lenguas de los constructores de la ciudad

    XVI, 5

    Leemos: «El Señor descendió para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres:» no eran los hijos de Dios, sino aquella sociedad que vivía de un modo meramente humano, y que llamamos la ciudad terrena. Dios, que está siempre totalmente en todas partes, no se mueve localmente; pero se dice que desciende cuando hace algo en la tierra fuera del curso acostumbrado, lo cual, por así decirlo, hace sentir su presencia. Y del mismo modo, no aprende algo nuevo mediante el «ver», pues jamás puede ignorar cosa alguna; sino que se dice que ve y reconoce, en el tiempo, aquello que hace que otros vean y reconozcan. Y, por lo tanto, aquella ciudad no estaba siendo vista antes como Dios la hizo ver cuando mostró cuán ofensiva le era. Podríamos, ciertamente, interpretar el descenso de Dios a la ciudad como el descenso de sus ángeles, en quienes Él habita; de modo que las palabras siguientes, «Y dijo el Señor Dios: He aquí, todos son una sola raza y de una sola lengua,» y también lo que sigue, «Venid, descendamos y confundamos su habla,» son una recapitulación, que explica cómo se realizó el «descenso del Señor» antes indicado. Pues si ya había descendido, ¿por qué dice: «Venid, descendamos y confundamos?» — palabras que parecen dirigidas a los ángeles, e indican que Aquel que estaba en los ángeles descendió en el descenso de ellos. Y las palabras más apropiadamente son, no: «Descended y confundid,» sino: «Confundamos su habla;» mostrando que Él obra de tal modo por medio de sus siervos, que ellos mismos son también colaboradores con Dios, como dice el apóstol: «Porque somos colaboradores con Dios.» []

    Capítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles

    XVI, 6

    Podríamos haber supuesto que las palabras pronunciadas en la creación del hombre, «Hagamos,» y no Haga yo, «al hombre,» iban dirigidas a los ángeles, si no hubiera añadido «a nuestra imagen;» pero como no podemos creer que el hombre fue hecho a imagen de los ángeles, ni que la imagen de Dios sea la misma que la de los ángeles, es propio referir esta expresión a la pluralidad de la Trinidad. Y sin embargo, esta Trinidad, siendo un solo Dios, aun después de decir «Hagamos,» continúa diciendo: «Y Dios hizo al hombre a su imagen,» [] y no «Dioses hicieron,» o «a la imagen de ellos.» Y si hubiera alguna dificultad en aplicar a los ángeles las palabras, «Venid, descendamos y confundamos su habla,» podríamos referir el plural a la Trinidad, como si el Padre se dirigiera al Hijo y al Espíritu Santo; pero más bien corresponde a los ángeles acercarse a Dios mediante movimientos santos, es decir, mediante pensamientos piadosos, y así valerse de la verdad inmutable que rige en la corte del cielo como su ley eterna. Pues ellos no son la verdad misma; sino que, participando de la verdad creadora, son movidos hacia ella como hacia la fuente de la vida, a fin de obtener en ella lo que no tienen en sí mismos. Y este movimiento suyo es constante, pues jamás retroceden de lo alcanzado. Y a estos ángeles no les habla Dios como nosotros hablamos unos con otros, o a Dios, o a los ángeles, o como los ángeles nos hablan a nosotros, o como Dios nos habla por medio de ellos: les habla de una manera inefable y propia suya, y lo que dice se nos transmite de un modo adecuado a nuestra capacidad. Pues el hablar de Dios, anterior y superior a todas sus obras, es la razón inmutable de su obra: no tiene sonido ruidoso y pasajero, sino una energía que permanece eternamente y produce resultados en el tiempo. Así habla Él a los santos ángeles; pero a nosotros, que estamos lejos, nos habla de otro modo. Sin embargo, cuando oímos con el oído interior alguna parte del habla de Dios, nos aproximamos a los ángeles. Pero en esta obra no necesito esforzarme por dar cuenta de las maneras en que Dios habla. Pues o bien la Verdad inmutable habla directamente a la mente de la criatura racional de algún modo indescriptible, o habla mediante la criatura mudable, ya sea presentando imágenes espirituales a nuestro espíritu, o voces corporales a nuestro sentido corporal.
    Las palabras, «Nada les será vedado de lo que han imaginado hacer,» [] ciertamente no deben entenderse como una afirmación, sino como una interrogación, como las que usan quienes amenazan, como p. ej., cuando Dido exclama:
    «¿No tomarán las armas y perseguirán?»
    Hemos de entender las palabras como si se hubiera dicho: ¿Nada les será vedado de lo que han imaginado hacer? De estos tres hombres, pues, los tres hijos de Noé, queremos decir, 73, o mejor, como mostrará el catálogo, 72 naciones y otras tantas lenguas fueron dispersadas por la tierra, y al multiplicarse llenaron incluso las islas. Pero las naciones se multiplicaron mucho más que las lenguas. Pues incluso en África conocemos varias naciones bárbaras que tienen una sola lengua; y ¿quién puede dudar de que, al aumentar el género humano, los hombres lograron pasar a las islas en naves?

    Capítulo 7

    Si incluso las islas más remotas recibieron su fauna de los animales que fueron preservados, a través del diluvio, en el arca

    XVI, 7

    Se plantea una cuestión acerca de todas aquellas clases de bestias que no son domesticadas, ni son producidas de la tierra como las ranas, sino que se propagan por padres macho y hembra, como los lobos y animales de ese tipo; y se pregunta cómo pudieron encontrarse en las islas después del diluvio, en el cual perecieron todos los animales que no estaban en el arca, a menos que la raza fuera restaurada a partir de los que se preservaron por parejas en el arca. Podría, ciertamente, decirse que pasaron a las islas nadando, pero esto solo podría ser verdad de las muy cercanas al continente; mientras que hay algunas tan distantes que imaginamos que ningún animal podría nadar hasta ellas. Pero si los hombres los capturaron y los llevaron consigo, y así propagaron estas razas en sus nuevas moradas, esto no implicaría una increíble afición a la caza. Al mismo tiempo, no puede negarse que, por intervención de los ángeles, pudieron ser transferidos por orden o permiso de Dios. Sin embargo, si fueron producidos de la tierra como en su primera creación, cuando Dios dijo: «Produzca la tierra el ser viviente,» [] esto hace más evidente que todas las clases de animales fueron preservadas en el arca, no tanto por renovar la raza, sino por prefigurar las diversas naciones que habrían de salvarse en la Iglesia; esto, digo, es más evidente, si la tierra produjo muchos animales en islas a las que no pudieron pasar.

    Capítulo 8. Si ciertas razas monstruosas de hombres descienden del linaje de Adán o de los hijos de Noé

    XVI, 8

    Se pregunta también si hemos de creer que ciertas razas monstruosas de hombres, de las que habla la historia secular, han surgido de los hijos de Noé, o más bien, debería decir, de aquel único hombre del que ellos mismos descendieron. Pues se cuenta que algunos tienen un solo ojo en medio de la frente; algunos, los pies vueltos hacia atrás desde el talón; algunos, doble sexo, el pecho derecho como el de un hombre, el izquierdo como el de una mujer, y que alternativamente engendran y dan a luz; de otros se dice que no tienen boca, y que respiran solo por las fosas nasales; otros son de un codo de altura, y por eso son llamados por los griegos «Pigmeos:» dicen que en algunos lugares las mujeres conciben a los cinco años, y no viven más allá de los ocho. Asimismo, cuentan de una raza que tiene dos pies pero una sola pierna, y son de maravillosa rapidez, aunque no doblan la rodilla: se llaman Esciápodos, porque en tiempo caluroso se acuestan de espaldas y se dan sombra con los pies. De otros se dice que no tienen cabeza y que tienen los ojos en los hombros; y otras razas humanas o casi humanas están representadas en mosaico en la explanada del puerto de Cartago, según el testimonio de historias de rarezas. ¿Qué diré de los Cinocéfalos, cuya cabeza semejante a la de un perro y cuyos ladridos los proclaman bestias más bien que hombres? Pero no estamos obligados a creer todo lo que oímos de estas monstruosidades. Mas todo aquel que en cualquier lugar nace hombre, es decir, un animal racional y mortal, no importa qué apariencia inusitada presente en color, movimiento o sonido, ni cuán peculiar sea en alguna facultad, parte o cualidad de su naturaleza, ningún cristiano puede dudar de que procede de aquel único protoplasto. Podemos distinguir la naturaleza humana común de lo que es peculiar, y por ello maravilloso.
    La misma explicación que se da de los nacimientos monstruosos en casos individuales puede darse de las razas monstruosas. Pues Dios, Creador de todo, sabe dónde y cuándo cada cosa debe ser o haber sido creada, porque Él ve las semejanzas y diversidades que pueden contribuir a la belleza del todo. Pero quien no puede ver el todo se ofende por la deformidad de la parte, porque está ciego a aquello que la equilibra y a lo cual pertenece. Sabemos que nacen hombres con más de cuatro dedos en las manos o en los pies: esto es asunto menor; pero lejos de nosotros la necedad de suponer que el Creador se equivocó en el número de los dedos de un hombre, aunque no podamos explicar la diferencia. Y así sucede en casos en que la divergencia de la regla es mayor. Aquel cuyas obras nadie con justicia censura, sabe lo que ha hecho. En Hippo-Diarrhytus hay un hombre cuyas manos tienen forma de media luna, y cada una tiene solo dos dedos, y sus pies están formados de manera semejante. Si hubiera una raza semejante a él, se añadiría a la historia de lo curioso y maravilloso. ¿Negaremos, por tanto, que este hombre desciende de aquel único hombre que fue creado primero? En cuanto a los Andróginos, o Hermafroditas, como se les llama, aunque son raros, sin embargo de vez en cuando aparecen personas de sexo tan dudoso, que queda incierto de qué sexo toman su nombre; aunque es costumbre darles nombre masculino, por ser el más digno. Pues nadie los llamó jamás hermafroditasas. Hace algunos años, dentro de mi propia memoria, nació en Oriente un hombre doble en su mitad superior, pero sencillo en la inferior: tenía dos cabezas, dos pechos, cuatro manos, pero un solo cuerpo y dos pies como un hombre ordinario; y vivió tanto tiempo que muchos tuvieron ocasión de verlo. Pero ¿quién podría enumerar todos los nacimientos humanos que han diferido ampliamente de sus progenitores conocidos? Así como, por tanto, nadie negará que todos estos descienden de aquel único hombre, así todas las razas que se dice han divergido en su apariencia corporal del curso usual que la naturaleza generalmente, o casi universalmente, conserva, si están comprendidas en aquella definición del hombre como animal racional y mortal, indudablemente remontan su linaje a aquel único primer padre de todos. Suponemos que son verdaderas estas historias sobre diversas razas que difieren entre sí y de nosotros; pero posiblemente no lo son: pues si no supiéramos que los simios, los monos y las esfinges no son hombres, sino bestias, aquellos historiadores posiblemente los describirían como razas de hombres, y ostentarían impunemente sus falsos y vanagloriosos descubrimientos. Pero suponiendo que sean hombres aquellos de quienes se cuentan estas maravillas, ¿qué si Dios ha tenido a bien crear algunas razas de esta manera, para que no supongamos que los nacimientos monstruosos que aparecen entre nosotros son fracasos de aquella sabiduría con que Él forma la naturaleza humana, como hablamos del fracaso de un artesano menos perfecto? Por consiguiente, no debe parecernos absurdo que, así como en razas individuales hay nacimientos monstruosos, así en toda la raza haya razas monstruosas. Por lo cual, para concluir esta cuestión con cautela y prudencia, o bien esas cosas que se han contado de algunas razas no existen en absoluto; o, si existen, no son razas humanas; o, si son humanas, descienden de Adán.

    Capítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas

    XVI, 9

    Pero en cuanto a la fábula de que existen antípodas, es decir, hombres en el lado opuesto de la tierra, donde el sol sale cuando para nosotros se pone, hombres que caminan con los pies opuestos a los nuestros, no es creíble por fundamento alguno. Y, en verdad, no se afirma que esto se haya sabido por conocimiento histórico, sino por conjetura científica, sobre la base de que la tierra está suspendida en la concavidad del cielo y de que tiene tanto espacio de un lado como del otro: de ahí dicen que la parte que está debajo debe también estar habitada. Pero no advierten que, aunque se suponga o se demuestre científicamente que el mundo tiene forma redonda y esférica, no se sigue que el otro lado de la tierra esté libre de agua; ni tampoco, aunque estuviera libre, se sigue inmediatamente que esté poblado. Pues la Escritura, que prueba la verdad de sus afirmaciones históricas por el cumplimiento de sus profecías, no da información falsa; y es demasiado absurdo decir que algunos hombres pudieron embarcarse, atravesar todo el ancho océano y pasar de este lado del mundo al otro, y que así incluso los habitantes de aquella región lejana descienden de aquel único primer hombre. Por lo cual, busquemos si podemos hallar la ciudad de Dios que peregrina en la tierra entre aquellas razas humanas que están catalogadas como divididas en setenta y dos naciones y otras tantas lenguas. Porque continuó hasta el diluvio y el arca, y se prueba que existió aún entre los hijos de Noé por sus bendiciones, y principalmente en el hijo mayor, Sem; pues Jafet recibió esta bendición: que habitara en las tiendas de Sem.

    Capítulo 10. De la genealogía de Sem, en cuya línea se conserva la ciudad de Dios hasta el tiempo de Abraham

    XVI, 10

    Es necesario, por tanto, conservar la serie de las generaciones que descienden de Sem, a fin de mostrar la ciudad de Dios después del diluvio; como antes del diluvio se mostró en la serie de las generaciones que descienden de Set. Y por eso la Escritura divina, después de presentar la ciudad terrena como Babilonia o «Confusión,» vuelve al patriarca Sem y recapitula las generaciones desde él hasta Abraham, especificando además el año en que cada padre engendró al hijo que pertenecía a esta línea, y cuánto vivió. Y sin duda es esto lo que cumple la promesa que hice, a saber, que se mostraría por qué se dice de los hijos de Heber: «El nombre de uno era Peleg, porque en sus días fue dividida la tierra.» [] Pues ¿qué podemos entender por la división de la tierra, sino la diversidad de lenguas? Y, por tanto, omitiendo los otros hijos de Sem, que no conciernen a este asunto, la Escritura da la genealogía de aquellos por quienes la línea llega hasta Abraham, como antes del diluvio se dan los que llevaron la línea hasta Noé desde Set. En consecuencia, esta serie de generaciones comienza así: «Estas son las generaciones de Sem: Sem tenía cien años, y engendró a Arfaxad dos años después del diluvio. Y vivió Sem, después que engendró a Arfaxad, quinientos años, y engendró hijos e hijas.» De igual manera registra el resto, nombrando el año de su vida en que cada uno engendró al hijo que pertenecía a aquella línea que se extiende hasta Abraham. Especifica también cuántos años vivió después, engendrando hijos e hijas, para que no supongamos puerilmente que los hombres nombrados eran los únicos hombres, sino que entendamos cómo aumentó la población, y cómo regiones y reinos tan vastos pudieron ser poblados por los descendientes de Sem; especialmente el reino de Asiria, desde el cual Nino sometió a las naciones circundantes, reinando con brillante prosperidad y legando a sus descendientes un imperio vasto pero enteramente consolidado, que se mantuvo unido durante muchos siglos.
    Pero para evitar prolijidad innecesaria, no mencionaremos el número de años que vivió cada miembro de esta serie, sino solo el año de su vida en que engendró a su heredero, para que así podamos calcular el número de años desde el diluvio hasta Abraham, y al mismo tiempo dejemos espacio para tocar breve y someramente algunos otros asuntos necesarios para nuestro argumento. En el segundo año, pues, después del diluvio, Sem, cuando tenía cien años, engendró a Arfaxad; Arfaxad, cuando tenía 135 años, engendró a Cainán; Cainán, cuando tenía 130 años, engendró a Sala. También el mismo Sala tenía la misma edad cuando engendró a Heber. Heber vivió 134 años y engendró a Peleg, en cuyos días fue dividida la tierra. El mismo Peleg vivió 130 años y engendró a Reu; y Reu vivió 132 años y engendró a Serug; Serug 130, y engendró a Nacor; y Nacor 79, y engendró a Taré; y Taré 70, y engendró a Abram, cuyo nombre cambió después Dios en Abraham. Hay así desde el diluvio hasta Abraham 1072 años, según las versiones de la Vulgata o de los Setenta. En los ejemplares hebreos se dan muchos menos años; y de esto se da o ninguna razón, o una no muy creíble.
    Cuando, por tanto, buscamos la ciudad de Dios en estas setenta y dos naciones, no podemos afirmar que, mientras tuvieron un solo labio, es decir, una sola lengua, el género humano se hubiera apartado del culto del Dios verdadero, y que la verdadera piedad hubiera sobrevivido solo en aquellas generaciones que descienden de Sem por Arfaxad y llegan hasta Abraham; sino que, desde el tiempo en que orgullosamente edificaron una torre hasta el cielo, símbolo de exaltación impía, la ciudad o sociedad de los impíos se hace patente. Si antes solo estaba disimulada o no existía; si ambas ciudades permanecieron después del diluvio —la piadosa en los dos hijos de Noé que fueron bendecidos y en su posteridad, y la impía en el hijo maldito y sus descendientes, de quienes brotó aquel poderoso cazador contra el Señor—, no es fácil de determinar. Pues posiblemente —y ciertamente esto es más creíble— hubo despreciadores de Dios entre los descendientes de los dos hijos, aun antes de que Babilonia fuera fundada, y adoradores de Dios entre los descendientes de Cam. Ciertamente ninguna de las dos estirpes fue jamás borrada de la tierra. Pues en ambos Salmos en los que se dice: «Todos se desviaron, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno,» leemos además: «¿No tienen conocimiento todos los que obran iniquidad, que devoran a mi pueblo como si comiesen pan, y no invocan al Señor?» Había entonces un pueblo de Dios aun en aquel tiempo. Y por tanto las palabras: «No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno,» fueron dichas de los hijos de los hombres, no de los hijos de Dios. Porque antes se había dicho: «Dios miró desde el cielo sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios;» y después siguen las palabras que demuestran que todos los hijos de los hombres, es decir, todos los que pertenecen a la ciudad que vive según el hombre, no según Dios, son réprobos.
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