XX, 22
Pero, ¿de qué manera saldrán los buenos a ver el castigo de los impíos? ¿Han de dejar sus felices moradas mediante un movimiento corporal, y dirigirse a los lugares de castigo, para ser testigos de los tormentos de los impíos en su presencia corporal? Ciertamente no; sino que saldrán por conocimiento. Pues esta expresión, salir, significa que aquellos que serán castigados estarán fuera. Y así el Señor llama también a estos lugares «las tinieblas exteriores» [], a las cuales se opone aquella entrada de la cual se dice al siervo bueno: «Entra en el gozo de tu Señor», para que no se suponga que los impíos pueden entrar allí y ser conocidos, sino más bien que los buenos, por su conocimiento, salen hacia ellos, porque los buenos han de conocer lo que está fuera. Pues aquellos que estarán en tormento no sabrán lo que sucede dentro, en el gozo del Señor; pero ellos que entrarán en aquel gozo sabrán lo que sucede fuera, en las tinieblas exteriores. Por lo tanto se dice «Saldrán», porque sabrán lo que hacen aquellos que están fuera. Pues si los profetas pudieron conocer cosas que aún no habían sucedido, por medio de aquella inhabitación de Dios en sus mentes, limitada aunque fuera, ¿no habrán de conocer los santos inmortales las cosas que ya han sucedido, cuando Dios sea todo en todos? [] La descendencia, pues, y el nombre de los santos permanecerán en aquella bienaventuranza—la descendencia, a saber, de la cual dice Juan: «Y su descendencia permanece en él» []; y el nombre, del cual se dijo por el mismo Isaías: «Les daré un nombre eterno» []. «Y habrá para ellos mes tras mes, y sábado tras sábado», como si dijera: Luna tras luna, y descanso tras descanso, ambas cosas serán ellos mismos cuando pasen de las viejas sombras del tiempo a las nuevas luces de la eternidad. El gusano que no muere y el fuego que no se apaga, que constituyen el castigo de los impíos, son interpretados de manera diferente por diferentes personas. Pues algunos refieren ambos al cuerpo, otros refieren ambos al alma; mientras que otros, a su vez, refieren el fuego literalmente al cuerpo, y el gusano figurativamente al alma, lo cual parece la idea más creíble. Pero el presente no es el momento de discutir esta diferencia, pues nos hemos propuesto ocupar este libro con el juicio final, en el cual los buenos y los malos son separados: sus recompensas y castigos los discutiremos más cuidadosamente en otra parte.
Qué predijo Daniel acerca de la persecución del Anticristo, el juicio de Dios y el reino de los santos
XX, 23
Daniel profetiza acerca del juicio final de tal manera que indica que el Anticristo vendrá primero, y lleva su descripción hasta el reino eterno de los santos. Pues cuando en visión profética había visto cuatro bestias, que significan cuatro reinos, y el cuarto vencido por un cierto rey, que se reconoce como el Anticristo, y después de esto el reino eterno del Hijo del hombre, es decir, de Cristo, dice: «Mi espíritu fue aterrado, yo Daniel en medio de mi cuerpo, y las visiones de mi cabeza me turbaron», etc. Algunos han interpretado estos cuatro reinos como significando los de los asirios, persas, macedonios y romanos. Quienes deseen entender la conveniencia de esta interpretación pueden leer el libro de Jerónimo sobre Daniel, que está escrito con suficiente cuidado y erudición. Pero aquel que lea este pasaje, incluso medio dormido, no puede dejar de ver que el reino del Anticristo asaltará ferozmente, aunque por poco tiempo, a la Iglesia antes de que el juicio final de Dios introduzca el reino eterno de los santos. Pues es patente por el contexto que el tiempo, tiempos y medio tiempo significa un año, y dos años, y medio año, es decir, tres años y medio. A veces en la Escritura lo mismo se indica por meses. Pues aunque la palabra tiempos parece usarse aquí en latín de manera indefinida, eso es sólo porque los latinos no tienen dual, como lo tienen los griegos, y como se dice que también lo tienen los hebreos. Tiempos, por lo tanto, se usa para dos tiempos. En cuanto a los diez reyes, a quienes, según parece, el Anticristo ha de encontrar en la persona de diez individuos cuando venga, confieso que temo que podamos engañarnos en esto, y que él venga inesperadamente mientras no haya diez reyes viviendo en el mundo romano. Pues ¿qué si este número diez significa el número total de reyes que han de preceder su venida, como la totalidad se simboliza frecuentemente por mil, o cien, o siete, u otros números, que no es necesario enumerar?
En otro lugar el mismo Daniel dice: «Y habrá un tiempo de angustia, cual no lo hubo desde que nació nación sobre la tierra hasta aquel tiempo: y en aquel tiempo todo tu pueblo que se halle escrito en el libro será librado. Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna. Y los sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y muchos de los justos como las estrellas para siempre» []. Este pasaje es muy similar al que hemos citado del Evangelio [], al menos en lo que respecta a la resurrección de los cuerpos muertos. Pues los que allí se dice que están «en los sepulcros» aquí se describen como «durmiendo en el polvo de la tierra», o, como otros traducen, «en el polvo de la tierra». Allí se dice «Saldrán»; así aquí «Despertarán». Allí «Los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio»; aquí «Unos para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión eterna». Tampoco se ha de suponer una diferencia, aunque en lugar de la expresión del Evangelio «Todos los que están en sus sepulcros», el profeta no dice «todos», sino «muchos de los que duermen en el polvo de la tierra». Pues muchos se usa a veces en la Escritura por todos. Así se dijo a Abraham: «Te he puesto como padre de muchas naciones», aunque en otro lugar se le dijo: «En tu descendencia serán benditas todas las naciones». De tal resurrección se dice poco después al mismo profeta: «Y ven, y descansa: porque aún hay un día hasta la consumación de la consumación; y descansarás, y te levantarás en tu suerte al final de los días» [].
XX, 24
Hay muchas alusiones al juicio final en los Salmos, pero en su mayoría son solo incidentales y breves. Sin embargo, no puedo omitir mencionar lo que allí se dice expresamente sobre el fin de este mundo: «En el principio has establecido los fundamentos de la tierra, oh Señor; y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, pero tú permanecerás; ciertamente, todos ellos envejecerán como un vestido; y como una vestidura los cambiarás, y serán cambiados; pero tú eres el mismo, y tus años no fallarán.» ¿Por qué Porfirio, mientras alaba la piedad de los hebreos por adorar a un Dios grande y verdadero, y terrible para los dioses mismos, sigue los oráculos de estos dioses al acusar a los cristianos de extrema insensatez porque dicen que este mundo perecerá? Pues aquí encontramos dicho en los libros sagrados de los hebreos, a aquel Dios a quien este gran filósofo reconoce como terrible incluso para los dioses mismos, «Los cielos son obra de tus manos; perecerán.» Si los cielos, la parte superior y más segura del mundo, perecen, ¿se conservará el mundo mismo? Si esta idea no agrada a Júpiter, cuyo oráculo cita este filósofo como autoridad incuestionable para reprender la credulidad de los cristianos, ¿por qué no reprende de modo semejante la sabiduría de los hebreos como insensatez, viendo que la predicción se encuentra en sus libros más santos? Pero si esta sabiduría hebrea, de la que Porfirio está tan cautivado que la ensalza por las palabras de sus propios dioses, proclama que los cielos han de perecer, ¿cómo es tan infatuado como para detestar la fe de los cristianos en parte, si no principalmente, por esta razón, porque creen que el mundo ha de perecer?— aunque no es fácil ver cómo han de perecer los cielos si no perece el mundo. Y, ciertamente, en los escritos sagrados que son propios de nosotros, y no comunes a los hebreos y a nosotros—me refiero a los libros evangélicos y apostólicos—se usan las siguientes expresiones: «La apariencia de este mundo pasa;» [] «El mundo pasa;» [] «El cielo y la tierra pasarán,» [] — expresiones que son, me parece, algo más suaves que «Ellos perecerán.» En la Epístola del apóstol Pedro, también, donde se dice que el mundo que entonces era pereció, inundado por agua, es suficientemente obvio qué parte del mundo se significa por el todo, y en qué sentido ha de tomarse la palabra perecer, y qué cielos fueron guardados, reservados para el fuego contra el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos. [] Y cuando dice poco después: El día del Señor vendrá como ladrón; en el cual los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos se derretirán con el calor abrasador, y la tierra y las obras que hay en ella serán quemadas, y luego añade, «Viendo, pues, que todas estas cosas han de ser disueltas, ¿qué clase de personas debéis ser?» [] — estos cielos que han de perecer pueden entenderse como los mismos que dijo que estaban guardados, reservados para el fuego; y los elementos que han de ser quemados son aquellos que están llenos de tempestad y perturbación en esta parte más baja del mundo, en la que dijo que estos cielos estaban guardados; pues los cielos superiores, en cuyo firmamento están colocadas las estrellas, están seguros y permanecen en su integridad. Pues incluso la expresión de la Escritura, que «las estrellas caerán del cielo,» [] por no mencionar que una interpretación diferente es mucho preferible, más bien muestra que los cielos mismos permanecerán, si las estrellas han de caer de ellos. Esta expresión, entonces, o es figurativa, como es más creíble, o este fenómeno tendrá lugar en este cielo inferior, como aquel mencionado por Virgilio—
Un meteoro con estela de luz
A través del cielo brilló deslumbrante,
Luego se perdió en los bosques ideos.
A través del cielo brilló deslumbrante,
Luego se perdió en los bosques ideos.
Pero el pasaje que he citado del salmo parece no exceptuar a ninguno de los cielos del destino de destrucción; pues dice, «Los cielos son obra de tus manos: ellos perecerán;» de modo que, como ninguno de ellos queda exceptuado de la categoría de las obras de Dios, ninguno queda exceptuado de la destrucción. Pues nuestros adversarios no se dignarán defender la piedad hebrea, que ha ganado la aprobación de sus dioses, con las palabras del apóstol Pedro, a quien detestan vehementemente; ni argumentarán que, como el apóstol en su epístola entiende una parte cuando habla del mundo entero que pereció en el diluvio, aunque solo la parte más baja de él, y los cielos correspondientes fueron destruidos, así en el salmo se usa el todo por una parte, y se dice «Ellos perecerán,» aunque solo los cielos más bajos han de perecer. Pero puesto que, como dije, no se dignarán razonar así, no sea que parezcan aprobar el sentido de Pedro, o atribuir tanta importancia a la conflagración final como nosotros atribuimos al diluvio, mientras sostienen que ninguna agua o llamas podrían destruir a toda la raza humana, solo les queda sostener que sus dioses alabaron la sabiduría de los hebreos porque no habían leído este salmo.
Es al juicio final de Dios al que se refiere también el Salmo 50 en estas palabras: «Dios vendrá manifiestamente, nuestro Dios, y no guardará silencio: el fuego devorará delante de él, y habrá una tempestad violenta en torno suyo. Llamará al cielo de arriba, y a la tierra, para juzgar a su pueblo. Reunidle sus santos; a los que hacen pacto con él sobre sacrificios.» Esto lo entendemos de nuestro Señor Jesucristo, a quien esperamos del cielo para juzgar a vivos y muertos. Pues vendrá manifiestamente a juzgar con justicia a justos e injustos, quien antes vino ocultamente a ser juzgado injustamente por los injustos. Él, digo, vendrá manifiestamente y no guardará silencio, es decir, se dará a conocer por su voz de juicio, quien antes, cuando vino ocultamente, guardó silencio ante su juez cuando fue llevado como oveja al matadero y, como cordero ante el que lo trasquila, no abrió su boca, según leemos que fue profetizado de él por Isaías, [] y como vemos cumplido en el Evangelio. [] En cuanto al fuego y a la tempestad, ya hemos dicho cómo han de interpretarse cuando explicábamos un pasaje semejante en Isaías. En cuanto a la expresión, «Llamará al cielo de arriba,» como los santos y los justos son llamados con razón cielo, sin duda esto significa lo que dice el apóstol, «Seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes, para recibir al Señor en el aire.» [] Pues si tomamos el mero sentido literal, ¿cómo es posible llamar al cielo de arriba, como si el cielo pudiera estar en otro lugar que no fuera arriba? Y la expresión siguiente, «Y a la tierra para juzgar a su pueblo,» si suplimos solo las palabras, «Llamará,» es decir, «Llamará también a la tierra,» y no suplimos «arriba,» parece darnos un sentido conforme a la sana doctrina, simbolizando el cielo a los que juzgarán con Cristo, y la tierra a los que serán juzgados; y así las palabras, «Llamará al cielo de arriba,» no significarían, «Arrebatará al aire,» sino «Elevará a los asientos del juicio.» Posiblemente, también, «Llamará al cielo,» puede significar: Llamará a los ángeles en los lugares altos y elevados, para descender con ellos a hacer juicio; y «Llamará también a la tierra» significaría entonces: Llamará a los hombres sobre la tierra a juicio. Pero si con las palabras «y a la tierra» entendemos no solo «Llamará,» sino también «arriba,» de modo que el sentido completo sea: Llamará al cielo de arriba, y llamará a la tierra de arriba, entonces pienso que se entiende mejor de los hombres que serán arrebatados para recibir a Cristo en el aire, y que son llamados el cielo en referencia a sus almas, y la tierra en referencia a sus cuerpos. Entonces, ¿qué es «juzgar a su pueblo,» sino separar por el juicio a los buenos de los malos, como las ovejas de los cabritos? Luego se dirige a los ángeles: «Reunidle sus santos.» Pues ciertamente un asunto tan importante debe ser realizado por ministerio de ángeles. Y si preguntamos quiénes son los santos que son reunidos para él por los ángeles, se nos dice, «Los que hacen pacto con él sobre sacrificios.» Esta es toda la vida de los santos: hacer pacto con Dios sobre sacrificios. Pues «sobre sacrificios» o bien se refiere a las obras de misericordia, que son preferibles a los sacrificios en el juicio de Dios, quien dice, «Misericordia quiero, y no sacrificios,» [] o si «sobre sacrificios» significa en los sacrificios, entonces estas mismas obras de misericordia son los sacrificios con que Dios se complace, como recuerdo haber dicho en el libro décimo de esta obra; y en estas obras los santos hacen pacto con Dios, porque las hacen por causa de las promesas contenidas en su nuevo testamento o pacto. Y por tanto, cuando sus santos hayan sido reunidos para él y colocados a su derecha en el juicio final, Cristo dirá, «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer,» [] y así sucesivamente, mencionando las buenas obras de los buenos y sus eternas recompensas asignadas por la sentencia final del Juez.
De la profecía de Malaquías, en la que habla del juicio final y de una purificación que algunos han de sufrir mediante castigos purificadores
XX, 25
El profeta Malaquías o Malachías, que también es llamado Ángel, y a quien algunos (pues Jerónimo nos dice que esta es la opinión de los hebreos) identifican con el sacerdote Esdras, otros de cuyos escritos han sido recibidos en el canon, predice el juicio final, diciendo: «He aquí que viene, dice el Señor Todopoderoso; ¿y quién podrá soportar el día de su venida?... porque yo soy el Señor vuestro Dios, y no cambio.» De estas palabras aparece más evidentemente que algunos sufrirán en el juicio final alguna clase de castigos purgatorios; pues ¿qué otra cosa puede entenderse por la palabra, «¿Quién podrá soportar el día de su venida, o quién podrá mirarle? Porque él entra como fuego de fundidor y como hierba de lavanderos: y se sentará a fundir y purificar como sobre oro y plata: y purificará a los hijos de Leví, y los refinará como oro y plata?» Del mismo modo dice Isaías, «El Señor lavará la inmundicia de los hijos e hijas de Sion, y limpiará la sangre de en medio de ellos, por el espíritu del juicio y por el espíritu del ardor.» [] A menos que quizá debamos decir que son limpiados de la inmundicia y en cierto modo clarificados, cuando los malvados son separados de ellos por un juicio penal, de modo que la eliminación y condenación de una parte es la purgación de los otros, porque desde entonces vivirán libres de la contaminación de tales hombres. Pero cuando dice, «Y purificará a los hijos de Leví, y los refinará como oro y plata, y ofrecerán al Señor sacrificios en justicia; y los sacrificios de Judá y de Jerusalén serán agradables al Señor,» declara que aquellos que sean purificados entonces agradarán al Señor con sacrificios de justicia, y consecuentemente ellos mismos serán purificados de su propia injusticia que los hacía desagradables a Dios. Ahora bien, ellos mismos, cuando hayan sido purificados, serán sacrificios de completa y perfecta justicia; pues ¿qué ofrenda más aceptable pueden hacer tales personas a Dios que a sí mismas? Pero esta cuestión de los castigos purgatorios debemos diferirla a otra ocasión, para darle un tratamiento más adecuado. Por los hijos de Leví, de Judá y de Jerusalén debemos entender la Iglesia misma, reunida no solo de los hebreos, sino también de otras naciones; no la Iglesia tal como es ahora, cuando «si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros,» [] sino como será entonces, purgada por el juicio final como una era por el viento aventador, y siendo limpiados por el fuego aquellos de sus miembros que lo necesiten, de modo que no quede absolutamente ninguno que ofrezca sacrificio por sus pecados. Pues todos los que hacen tales ofrendas están ciertamente en sus pecados, para cuya remisión hacen las ofrendas, para que, habiendo hecho a Dios una ofrenda aceptable, puedan entonces ser absueltos.
De los sacrificios ofrecidos a Dios por los santos, que le han de ser agradables, como en los días primitivos y en los años antiguos
XX, 26
Y con el designio de mostrar que su ciudad no seguirá entonces esta costumbre, Dios dijo que los hijos de Leví ofrecerían sacrificios en justicia—no, por tanto, en pecado, y consecuentemente no por el pecado. Y de aquí vemos cuán vanamente los judíos se prometen una vuelta de los antiguos tiempos de sacrificar según la ley del Antiguo Testamento, fundándose en las palabras que siguen: «Y el sacrificio de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los días primitivos y como en los años antiguos.» Pues en los tiempos de la ley ofrecían sacrificios no en justicia sino en pecados, ofreciendo especialmente y principalmente por los pecados, tanto que incluso el mismo sacerdote, a quien debemos suponer que era su hombre más justo, solía ofrecer, según los mandamientos de Dios, primero por sus propios pecados, y luego por los pecados del pueblo. Y por tanto debemos explicar cómo hemos de entender las palabras, «como en los días primitivos y como en los años antiguos;» pues quizá alude al tiempo en que nuestros primeros padres estaban en el paraíso. Entonces, ciertamente, intactos y puros de toda mancha y defecto de pecado, se ofrecían a Dios como los más puros sacrificios. Pero puesto que fueron desterrados de allí a causa de su transgresión, y la naturaleza humana fue condenada en ellos, con la excepción del único Mediador y de los que han sido bautizados, y aún son niños, «no hay limpio de mancha, ni aun el niño cuya vida ha sido de un día sobre la tierra.» [] Pero si se responde que los que ofrecen en fe se puede decir que ofrecen en justicia, porque el justo vive por la fe, [] — se engaña a sí mismo, sin embargo, si dice que no tiene pecado, y por eso no lo dice, porque vive por la fe—, ¿dirá algún hombre que este tiempo de fe puede ponerse en pie de igualdad con aquella consumación cuando los que ofrecen sacrificios en justicia sean purificados por el fuego del juicio final? Y consecuentemente, puesto que debe creerse que después de tal purificación los justos no retendrán ningún pecado, ciertamente aquel tiempo, en lo que respecta a su libertad del pecado, no puede compararse con ningún otro período, salvo con aquel durante el cual nuestros primeros padres vivieron en el paraíso en la más inocente felicidad antes de su transgresión. Es este período, pues, el que se entiende propiamente cuando se dice, «como en los días primitivos y como en los años antiguos.» Pues también en Isaías, después de que se han prometido los nuevos cielos y la nueva tierra, entre otros elementos de la bienaventuranza de los santos que allí se describen mediante alegorías y figuras, de cuya explicación adecuada me veo impedido por el deseo de evitar la prolijidad, se dice: «Conforme a los días del árbol de la vida serán los días de mi pueblo.» [] ¿Y quién, habiendo mirado la Escritura, no sabe dónde plantó Dios el árbol de la vida, de cuyo fruto excluyó a nuestros primeros padres cuando su propia iniquidad los expulsó del paraíso, y alrededor del cual se colocó una terrible y ardiente barrera?
Pero si alguien sostiene que aquellos días del árbol de la vida mencionados por el profeta Isaías son los tiempos presentes de la Iglesia de Cristo, y que Cristo mismo es llamado proféticamente Árbol de la Vida, porque él es la Sabiduría, y de la sabiduría dice Salomón: «Es árbol de vida para todos los que la abrazan;» [] y si mantienen que nuestros primeros padres no pasaron años en el paraíso, sino que fueron expulsados de él tan pronto que ninguno de sus hijos fue engendrado allí, y que por tanto aquel tiempo no puede ser aludido en palabras que dicen, «como en los días primitivos y como en los años antiguos,» me abstengo de entrar en esta cuestión, no sea que discutiéndolo todo me vuelva prolijo y deje todo el asunto en la incertidumbre. Pues veo otro sentido, que debe impedirnos creer que una restauración de los días primitivos y de los años antiguos de los sacrificios legales pudo habernos sido prometida por el profeta como un gran bien. Pues los animales elegidos como víctimas bajo la antigua ley debían ser inmaculados y libres de toda mancha, y simbolizaban a hombres santos libres de todo pecado, cuyo único ejemplo se halló en Cristo. Así, pues, después del juicio, aquellos que sean dignos de tal purificación serán purificados incluso por el fuego, y serán hechos completamente sin pecado, y se ofrecerán a Dios en justicia, y serán ciertamente víctimas inmaculadas y libres de toda mancha; entonces serán ciertamente, «como en los días primitivos y como en los años antiguos,» cuando se ofrecían las más puras víctimas, sombra de esta realidad futura. Pues habrá entonces en el cuerpo y el alma de los santos la pureza que estaba simbolizada en los cuerpos de estas víctimas.
Luego, refiriéndose a los que son dignos no de purificación sino de condenación, dice: «Y me acercaré a vosotros para el juicio, y seré testigo veloz contra los malhechores y contra los adúlteros;» y después de enumerar otros crímenes condenables, añade: «Porque yo soy el Señor vuestro Dios, y no cambio.» Es como si dijera: Aunque vuestra culpa os ha cambiado para peor, y mi gracia os ha cambiado para mejor, yo no cambio. Y dice que él mismo será testigo, porque en su juicio no necesita testigos; y que será «veloz,» o bien porque ha de venir repentinamente, y el juicio que parecía retrasarse será muy veloz por su inesperada llegada, o porque convencerá directamente las conciencias de los hombres y sin ninguna arenga prolija. «Pues,» como está escrito, «en los pensamientos de los malvados se llevará a cabo su examen.» [] Y el apóstol dice: «Los pensamientos acusándolos o también excusándolos, en el día en que Dios juzgará lo oculto de los hombres, según mi evangelio en Jesucristo.» [] Así, pues, será el Señor testigo veloz, cuando traiga de repente a la memoria aquello que convencerá y castigará la conciencia.
Capítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
XX, 27
El pasaje que antes cité con otro propósito de este profeta se refiere asimismo al juicio final, en el cual dice: «Serán míos, dice el Señor omnipotente, en el día en que yo haga mis ganancias,» etc. Cuando esta diversidad entre los premios y los castigos, que distingue a los justos de los impíos, aparezca bajo aquel Sol de justicia en el resplandor de la vida eterna —diversidad que no se discierne bajo este sol que alumbra la vanidad de esta vida—, habrá entonces un juicio como nunca antes lo hubo.
Que la ley de Moisés debe entenderse espiritualmente para excluir las murmuraciones condenables de una interpretación carnal
XX, 28
En las palabras siguientes, «Acordaos de la ley de mi siervo Moisés, la cual le mandé en Horeb para todo Israel,» [] el profeta menciona oportunamente preceptos y estatutos, después de declarar la importante distinción que en adelante ha de hacerse entre los que observan y los que desprecian la ley. Pretende también que aprendan a interpretar espiritualmente la ley y a hallar en ella a Cristo, por cuyo juicio ha de efectuarse la separación entre los buenos y los malos. Pues no sin razón dice el mismo Señor a los judíos: «Si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él.» [] Porque al recibir la ley carnalmente sin percibir que sus promesas terrenales eran figuras de realidades espirituales, cayeron en tales murmuraciones que osaron decir: «Vano es servir a Dios; ¿y qué provecho hay en que guardemos sus ordenanzas y en que andemos suplicantes ante el rostro del Señor omnipotente? Y ahora llamamos felices a los extraños; sí, los que obran iniquidad son prosperados.» [] Fueron estas palabras suyas las que en cierto modo obligaron al profeta a anunciar el último juicio, en el cual los impíos no serán felices ni siquiera en apariencia, sino que serán manifiestamente los más miserables; y en el cual los buenos no se verán oprimidos ni siquiera por una desdicha transitoria, sino que gozarán de una felicidad inmaculada y eterna. Porque antes había citado algunas expresiones semejantes de los que decían: «Todo el que hace mal es bueno a los ojos del Señor, y tales le son agradables.» [] Fue, digo, por entender carnalmente la ley de Moisés por lo que llegaron a murmurar así contra Dios. Y por ello también el autor del salmo 73 dice que sus pies casi se desviaron, que sus pasos casi resbalaron, porque tuvo envidia de los pecadores al considerar su prosperidad, de modo que dijo entre otras cosas: ¿Cómo sabe Dios? ¿Y hay conocimiento en el Altísimo? Y de nuevo: ¿En vano he santificado mi corazón y he lavado mis manos en inocencia? Prosigue diciendo que sus esfuerzos por resolver este dificilísimo problema, que surge cuando los buenos parecen desdichados y los impíos felices, fueron vanos hasta que entró en el santuario de Dios y comprendió las cosas últimas. Pues en el juicio final no será así; sino que en la felicidad manifiesta de los justos y en la miseria manifiesta de los impíos aparecerá un estado de cosas completamente distinto.
De la venida de Elías antes del juicio, para que los judíos se conviertan a Cristo por su predicación y explicación de la Escritura
XX, 29
Después de amonestarles a que presten atención a la ley de Moisés, como preveía que durante mucho tiempo no la entenderían espiritual y rectamente, prosiguió diciendo: «He aquí que yo os enviaré a Elías tisbita, antes que venga el día grande y señalado del Señor: y él convertirá el corazón del padre hacia el hijo, y el corazón del hombre hacia su prójimo, no sea que yo venga y hiera del todo la tierra.» [] Es un tema familiar en las conversaciones y en el corazón de los fieles que en los últimos días antes del juicio los judíos creerán en el verdadero Cristo, es decir, en nuestro Cristo, por medio de este grande y admirable profeta Elías que les explicará la ley. Pues no sin razón esperamos que antes de la venida de nuestro Juez y Salvador venga Elías, porque tenemos buenas razones para creer que ahora está vivo; pues, como la Escritura nos informa con toda claridad, [] fue arrebatado de esta vida en un carro de fuego. Cuando, por tanto, haya venido, dará una explicación espiritual de la ley que los judíos entienden ahora carnalmente, y así «convertirá el corazón del padre hacia el hijo,» esto es, el corazón de los padres hacia sus hijos; porque los setenta intérpretes han puesto con frecuencia el singular por el número plural. Y el significado es que los hijos, es decir, los judíos, entenderán la ley como la entendieron los padres, es decir, los profetas, y entre ellos el mismo Moisés. Pues el corazón de los padres se convertirá hacia sus hijos cuando los hijos entiendan la ley como la entendieron sus padres; y el corazón de los hijos se convertirá hacia sus padres cuando tengan los mismos sentimientos que los padres. Los setenta intérpretes usaron la expresión, «y el corazón del hombre hacia su prójimo,» porque los padres y los hijos son eminentemente prójimos unos de otros. Puede hallarse otro sentido, y preferible, en las palabras de los setenta intérpretes, que han traducido la Escritura con miras a la profecía, a saber, que Elías convertirá el corazón de Dios Padre hacia el Hijo, no ciertamente como si él debiera producir este amor del Padre por el Hijo, sino dando a entender que lo hará conocer, y que también los judíos, que antes habían odiado, amarían entonces al Hijo, que es nuestro Cristo. Pues en lo que respecta a los judíos, Dios tiene su corazón apartado de nuestro Cristo, siendo ésta su concepción acerca de Dios y de Cristo. Pero en su caso, el corazón de Dios se convertirá hacia el Hijo cuando ellos mismos se conviertan de corazón y conozcan el amor del Padre hacia el Hijo. Las palabras que siguen, «y el corazón del hombre hacia su prójimo,» — es decir, Elías convertirá también el corazón del hombre hacia su prójimo —, ¿cómo podemos entenderlas mejor que como el corazón del hombre hacia el hombre Cristo? Pues aunque en la forma de Dios es nuestro Dios, sin embargo, tomando la forma de siervo, se dignó hacerse también nuestro prójimo. Es esto, pues, lo que hará Elías, «no sea que,» dice, «yo venga y hiera la tierra por completo.» Pues los que se ocupan de las cosas terrenales son la tierra. Tales son los judíos carnales hasta el día de hoy; y de ahí estas murmuraciones suyas contra Dios: «Los impíos le son agradables,» y «Vano es servir a Dios.»
Que en los libros del Antiguo Testamento, donde se dice que Dios juzgará al mundo, no se indica explícitamente la persona de Cristo, pero aparece claramente por algunos pasajes en los que habla el Señor Dios que se entiende a Cristo
XX, 30
Hay muchos otros pasajes de la Escritura que tratan del juicio final de Dios —tantos, en verdad, que citarlos todos haría crecer este libro hasta un tamaño imperdonable. Baste haber probado que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento anuncian el juicio. Pero en el Antiguo no se declara tan determinadamente como en el Nuevo que el juicio será administrado por Cristo, es decir, que Cristo descenderá del cielo como Juez; pues cuando en él se dice por el Señor Dios o por su profeta que el Señor Dios vendrá, no por eso entendemos necesariamente que se trate de Cristo. Porque tanto el Padre, como el Hijo y el Espíritu Santo son el Señor Dios. No debemos, sin embargo, dejar esto sin prueba. Y por eso hemos de mostrar primero cómo habla Jesucristo en los libros proféticos bajo el título de Señor Dios, aunque no puede haber duda de que es Jesucristo quien habla; de modo que en otros pasajes donde esto no es inmediatamente evidente, y donde no obstante se dice que el Señor Dios vendrá a aquel juicio final, podamos entender que se refiere a Jesucristo. Hay un pasaje en el profeta Isaías que ilustra lo que quiero decir. Pues Dios dice por el profeta: «Oídme, Jacob e Israel, a quienes llamo. Yo soy el primero, y yo soy para siempre: mi mano fundó la tierra, y mi diestra estableció los cielos. Los llamaré, y estarán juntos, y serán reunidos, y oirán. ¿Quién les ha declarado estas cosas? Por amor de vosotros he hecho vuestra voluntad sobre Babilonia, para quitar la simiente de los caldeos. He hablado, y he llamado; lo he traído, y he hecho próspero su camino. Acercaos a mí, y oíd esto. No he hablado en secreto desde el principio; cuando fueron hechos, allí estaba yo. Y ahora el Señor Dios y su Espíritu me han enviado.» [] Era Él mismo quien hablaba como el Señor Dios; y sin embargo no habríamos entendido que era Jesucristo si no hubiera añadido: «Y ahora el Señor Dios y su Espíritu me han enviado.» Pues dijo esto con referencia a la forma de siervo, hablando de un acontecimiento futuro como si fuera pasado, como leemos en el mismo profeta: «Fue llevado como oveja al matadero,» [] no «Será llevado;» sino que se usa el tiempo pasado para expresar el futuro. Y la profecía habla constantemente de este modo.
Hay también otro pasaje en Zacarías que declara claramente que el Omnipotente envió al Omnipotente; ¿y de qué personas puede entenderse esto sino de Dios Padre y Dios Hijo? Pues está escrito: «Así dice el Señor omnipotente: Después de la gloria me ha enviado a las naciones que os despojaron; porque el que os toca, toca a la niña de su ojo. He aquí, yo levantaré mi mano sobre ellas, y serán despojo para sus siervos; y sabréis que el Señor omnipotente me ha enviado.» [] Observad: el Señor omnipotente dice que el Señor omnipotente le envió. ¿Quién puede presumir de entender estas palabras de otro que no sea Cristo, que habla a las ovejas perdidas de la casa de Israel? Pues dice en el Evangelio: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel,» [] a las cuales comparó aquí con la pupila del ojo de Dios, para significar el amor más profundo. Y a esta clase de ovejas pertenecían los mismos apóstoles. Pero después de la gloria, a saber, de su resurrección —pues antes de que sucediera dijo el evangelista que «Jesús no había sido aún glorificado,» [] — fue enviado a las naciones en las personas de sus apóstoles; y así se cumplió la palabra del salmo: «Me librarás de las contradicciones del pueblo; me pondrás por cabeza de las naciones,» de modo que aquellos que habían despojado a los israelitas, y a quienes los israelitas habían servido cuando fueron sometidos por ellos, no iban a ser despojados de la misma manera, sino que iban a convertirse en despojo de los israelitas en sus propias personas. Pues esto había sido prometido a los apóstoles cuando el Señor dijo: «Os haré pescadores de hombres.» [] Y a uno de ellos le dice: «Desde ahora pescarás hombres.» [] Ellos, pues, habían de convertirse en despojo, pero en buen sentido, como quienes son arrebatados a aquel fuerte cuando éste es atado por otro más fuerte. []
De la misma manera, el Señor, hablando por el mismo profeta, dice: «Y acontecerá en aquel día que procuraré destruir a todas las naciones que vienen contra Jerusalén. Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de misericordia; y mirarán hacia mí, porque me han injuriado, y harán duelo por Él como por uno muy querido, y se amargarán como por un unigénito.» [] ¿A quién sino a Dios corresponde destruir todas las naciones hostiles a la santa ciudad de Jerusalén, que «vienen contra ella,» esto es, se le oponen, o, como algunos traducen, «vienen sobre ella,» como si la derribaran bajo sí; o derramar sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén el espíritu de gracia y de misericordia? Esto corresponde sin duda a Dios, y es a Dios a quien el profeta atribuye las palabras; y sin embargo Cristo muestra que Él es el Dios que hace estas cosas tan grandes y divinas, cuando prosigue diciendo: «Y mirarán hacia mí, porque me han injuriado, y harán duelo por Él como por uno muy querido (o amado), y se amargarán por Él como por un unigénito.» Pues en aquel día los judíos — al menos aquellos de ellos que reciban el espíritu de gracia y de misericordia —, cuando le vean venir en su majestad y reconozcan que es Él a quien ellos, en la persona de sus padres, injuriaron cuando vino antes en su humillación, se arrepentirán de haberle injuriado en su pasión; y sus mismos padres, que fueron los perpetradores de esta enorme impiedad, le verán cuando resuciten; pero esto será sólo para su castigo, no para su corrección. No es de ellos de quienes hemos de entender las palabras, «Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los habitantes de Jerusalén, el espíritu de gracia y de misericordia, y mirarán hacia mí porque me han injuriado;» sino que hemos de entender las palabras de sus descendientes, que en aquel tiempo creerán por medio de Elías. Pero así como decimos a los judíos: "Vosotros matasteis a Cristo", aunque fueron sus padres quienes lo hicieron, así estas personas se dolerán de que en cierto modo hicieron lo que hicieron sus progenitores. Aunque, por tanto, los que reciban el espíritu de misericordia y de gracia, y crean, no serán condenados con sus impíos padres, sin embargo harán duelo como si ellos mismos hubieran hecho lo que hicieron sus padres. Su dolor no nacerá tanto de la culpa como de un afecto piadoso. Ciertamente, las palabras que los setenta intérpretes han traducido, «Mirarán hacia mí porque me han injuriado,» en el hebreo dicen: «Mirarán hacia mí a quien traspasaron.» Y con esta palabra se indica ciertamente de modo más claro la crucifixión de Cristo. Pero los setenta intérpretes prefirieron aludir a la injuria que estuvo implicada en toda su pasión. Pues de hecho le injuriaron tanto cuando fue arrestado como cuando fue atado, cuando fue juzgado, cuando fue burlado con el manto que le pusieron y el homenaje que le rindieron de rodillas, cuando fue coronado de espinas y golpeado con una caña en la cabeza, cuando llevó su cruz y cuando finalmente colgó del madero. Por lo tanto, reconocemos más plenamente la pasión del Señor cuando no nos limitamos a una sola interpretación, sino que combinamos ambas y leemos tanto «injuriado» como «traspasado.»
Cuando, por tanto, leemos en los libros proféticos que Dios ha de venir a hacer juicio al final, por la mera mención del juicio, y aunque no haya otra cosa que determine su significación, debemos deducir que se trata de Cristo; pues aunque el Padre juzgará, juzgará por la venida del Hijo. Porque Él mismo, por su propia presencia manifestada, «no juzga a nadie, sino que ha dado todo el juicio al Hijo;» [] pues como el Hijo fue juzgado como hombre, también juzgará en forma humana. Porque no es otro sino Aquel de quien Dios habla por Isaías bajo el nombre de Jacob e Israel, de cuya simiente tomó cuerpo Cristo, como está escrito: «Jacob es mi siervo, yo le sustentaré; Israel es mi elegido, mi Espíritu lo ha asumido: he puesto mi Espíritu sobre Él; Él hará salir el juicio a las naciones. No clamará, ni cesará, ni se oirá su voz fuera. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humea; pero con verdad hará salir el juicio. Resplandecerá y no será quebrantado, hasta que ponga juicio en la tierra; y las naciones esperarán en su nombre.» [] El hebreo no tiene «Jacob» ni «Israel;» pero los setenta intérpretes, queriendo mostrar el sentido de la expresión «mi siervo,» y que se refiere a la forma de siervo en que el Altísimo se humilló, insertaron el nombre de aquel varón de cuya estirpe tomó la forma de siervo. El Espíritu Santo le fue dado, y se manifestó, como atestigua el evangelista, en forma de paloma. [] Hizo salir el juicio a las naciones, porque predijo lo que les estaba oculto. En su mansedumbre no gritó, ni dejó de proclamar la verdad. Pero su voz no fue oída, ni es oída, fuera, porque no es obedecido por aquellos que están fuera de su cuerpo. Y a los mismos judíos, que le perseguían, no los quebró, aunque como caña cascada habían perdido su integridad, y como pábilo que humea su luz se había extinguido; pues los perdonó, ya que había venido a ser juzgado y aún no a juzgar. Hizo salir el juicio en verdad, declarando que serían castigados si persistían en su maldad. Su rostro resplandeció en el monte, [] su fama en el mundo. No es quebrantado ni vencido, porque ni en Él mismo ni en su Iglesia ha prevalecido la persecución para aniquilarlo. Y por tanto no se ha verificado, ni se verificará, aquello que sus enemigos decían o dicen: «¿Cuándo morirá, y perecerá su nombre?» «hasta que ponga juicio en la tierra.» He aquí, lo oculto que buscábamos ha sido descubierto. Pues éste es el último juicio, que Él pondrá en la tierra cuando venga del cielo. Y ya vemos cumplida también en Él la expresión final de la profecía: «En su nombre esperarán las naciones.» Y por este cumplimiento, que nadie puede negar, los hombres son animados a creer en aquello que se niega con la mayor desvergüenza. Pues ¿quién habría podido esperar aquello que incluso quienes aún no creen en Cristo ven ahora cumplido entre nosotros, y que es tan innegable que no pueden sino crujir los dientes y consumirse? ¿Quién, digo, habría podido esperar que las naciones esperaran en el nombre de Cristo, cuando fue arrestado, atado, azotado, burlado, crucificado, cuando incluso los mismos discípulos habían perdido la esperanza que habían comenzado a tener en Él? La esperanza que entonces apenas abrigaba un solo ladrón en la cruz, es ahora acariciada por naciones en toda la tierra, marcadas con la señal de la cruz en la que Él murió para que no mueran eternamente.
Que el juicio final, pues, ha de ser administrado por Jesucristo de la manera predicha en los sagrados escritos, no lo niega ni lo duda nadie, a no ser aquellos que, por una animosidad o ceguera increíble, se niegan a creer en estos escritos, aunque ya su verdad esté demostrada a todo el mundo. Y en o en conexión con aquel juicio sucederán los siguientes acontecimientos, como hemos aprendido: vendrá Elías tisbita; los judíos creerán; el Anticristo perseguirá; Cristo juzgará; los muertos resucitarán; los buenos y los malos serán separados; el mundo será quemado y renovado. Todas estas cosas, creemos, sucederán; pero cómo, o en qué orden, el entendimiento humano no puede enseñárnoslo perfectamente, sino sólo la experiencia de los acontecimientos mismos. Mi opinión, sin embargo, es que sucederán en el orden en que las he relatado.
Dos libros me quedan aún por escribir para completar, con la ayuda de Dios, lo que prometí. Uno de ellos explicará el castigo de los impíos, el otro la felicidad de los justos; y en ellos me esforzaré especialmente, por la gracia de Dios, por refutar los argumentos con que algunos desdichados se figuran socavar las promesas y amenazas divinas, y ridiculizar como palabras vacías afirmaciones que son el más saludable alimento de la fe. Pero quienes están instruidos en las cosas divinas consideran que la verdad y la omnipotencia de Dios son los argumentos más fuertes en favor de aquellas cosas que, por increíbles que parezcan a los hombres, están contenidas en las Escrituras, cuya verdad ya ha sido probada de muchas maneras; pues están seguros de que Dios de ningún modo puede mentir, y de que puede hacer lo que es imposible para los incrédulos.
Del fin reservado para la ciudad del diablo, a saber, el castigo eterno de los condenados; y de los argumentos que la incredulidad aduce contra él.
Del orden de la discusión, que exige que hablemos primero del castigo eterno de los perdidos en compañía del diablo, y luego de la felicidad eterna de los santos
XXI, 1
Me propongo, con la capacidad que Dios me conceda, discutir en este libro más a fondo la naturaleza del castigo que será asignado al diablo y a todos sus secuaces, cuando las dos ciudades, la una de Dios, la otra del diablo, hayan alcanzado sus fines propios por medio de Jesucristo nuestro Señor, Juez de vivos y muertos. Y he adoptado este orden, y he preferido hablar primero del castigo de los demonios y después de la bienaventuranza de los santos, porque el cuerpo participa de uno u otro destino; y parece más increíble que los cuerpos soporten tormentos eternos que el que continúen existiendo sin dolor alguno en la felicidad eterna. Por consiguiente, cuando haya demostrado que ese castigo no debe ser increíble, esto me ayudará materialmente a probar lo que es mucho más creíble, a saber, la inmortalidad de los cuerpos de los santos, que son librados de todo dolor. Tampoco este orden está fuera de armonía con las divinas Escrituras, en las que a veces, ciertamente, la bienaventuranza de los buenos se coloca primero, como en las palabras, «Los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de juicio;» [] pero a veces también en último lugar, como, «El Hijo del hombre enviará sus ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos, y los echarán en el horno de fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre;» [] y aquello, «Éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna.» [] Y aunque no tenemos espacio para citar ejemplos, cualquiera que examine a los profetas hallará que adoptan ya una disposición, ya la otra. Mi propia razón para seguir este último orden ya la he dado.