Capítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
XIV, 9
Pero en lo que respecta a esta cuestión de las perturbaciones mentales, hemos respondido a estos filósofos en el libro noveno de esta obra, mostrando que es más una disputa verbal que real, y que buscan la contención más que la verdad. Entre nosotros, según las sagradas Escrituras y la sana doctrina, los ciudadanos de la santa ciudad de Dios, que viven según Dios en la peregrinación de esta vida, temen y desean, y se entristecen y se alegran. Y porque su amor está rectamente puesto, todos estos afectos suyos son rectos. Temen el castigo eterno, desean la vida eterna; se entristecen porque ellos mismos gimen dentro de sí, esperando la adopción, la redención de su cuerpo; [] se gozan en esperanza, porque allí «se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.» [] De igual manera temen pecar, desean perseverar; se entristecen en el pecado, se alegran en las buenas obras. Temen pecar, porque oyen que «por cuanto abundará la iniquidad, el amor de muchos se enfriará.» [] Desean perseverar, porque oyen que está escrito: «El que persevere hasta el fin será salvo.» [] Se entristecen por el pecado, oyendo que «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] Se alegran en las buenas obras, porque oyen que «el Señor ama al dador alegre.» [] De igual manera, según sean fuertes o débiles, temen o desean ser tentados, se entristecen o se alegran en la tentación. Temen ser tentados, porque oyen el mandato: «Si un hombre fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales restauradle con espíritu de mansedumbre; considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.» [] Desean ser tentados, porque oyen a uno de los héroes de la ciudad de Dios decir: «Examíname, oh Señor, y pruébame: escudriña mis riñones y mi corazón.» Se entristecen en las tentaciones, porque ven a Pedro llorando; [] se alegran en las tentaciones, porque oyen a Santiago decir: «Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando caigáis en diversas tentaciones.» []
Y no solo por su propia cuenta experimentan estas emociones, sino también a causa de aquellos cuya liberación desean y cuya perdición temen, y cuya pérdida o salvación les afecta con tristeza o con gozo. Pues si nosotros, que hemos venido a la Iglesia de entre los gentiles, podemos oportunamente presentar como ejemplo a aquel noble y poderoso héroe que se gloria en sus flaquezas, el doctor ( doctor ) de las naciones en fe y verdad, que también trabajó más que todos sus coapóstoles, e instruyó a las tribus del pueblo de Dios por sus epístolas, que edificaron no solo a los de su propio tiempo, sino a todos los que habían de ser reunidos—aquel héroe, digo, y atleta de Cristo, instruido por Él, ungido de su Espíritu, crucificado con Él, glorioso en Él, sosteniendo legítimamente un gran combate en el teatro de este mundo, y siendo hecho espectáculo a los ángeles y a los hombres, [] y prosiguiendo hacia el premio de su alta vocación, [] — con gran gozo contemplamos con los ojos de la fe cómo se regocija con los que se regocijan, y llora con los que lloran; [] aunque estorbado por contiendas de fuera y temores de dentro; [] deseando partir y estar con Cristo; [] anhelando ver a los romanos, para tener algún fruto entre ellos como entre otros gentiles; [] estando celoso de los corintios, y temiendo en ese celo que sus mentes se corrompieran de la castidad que es en Cristo; [] teniendo gran tristeza y continuo dolor de corazón por los israelitas, [] porque ellos, ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer su propia justicia, no se han sometido a la justicia de Dios; [] y expresando no solo su tristeza, sino amarga lamentación por algunos que habían pecado formalmente y no se habían arrepentido de su inmundicia y fornicaciones. []
Si estas emociones y afectos, que surgen del amor de lo bueno y de una santa caridad, han de llamarse vicios, entonces permitamos que estas emociones que son verdaderamente vicios pasen bajo el nombre de virtudes. Pero puesto que estos afectos, cuando se ejercen de manera conveniente, siguen la guía de la recta razón, ¿quién se atreverá a decir que son enfermedades o pasiones viciosas? Por lo cual incluso el Señor mismo, cuando se dignó llevar una vida humana en forma de siervo, no tuvo pecado alguno, y sin embargo ejerció estas emociones donde juzgó que debían ejercerse. Pues como había en Él un verdadero cuerpo humano y una verdadera alma humana, así hubo también una verdadera emoción humana. Cuando, por tanto, leemos en el Evangelio que la dureza de corazón de los judíos lo movió a triste indignación, [] que dijo: «Me alegro por vosotros, para que creáis,» [] que cuando estaba a punto de resucitar a Lázaro derramó incluso lágrimas, [] que deseó ardientemente comer la pascua con sus discípulos, [] que cuando su pasión se acercaba su alma estaba triste, [] estas emociones ciertamente no se le atribuyen falsamente. Sino que, como se hizo hombre cuando le plugo, así, en la gracia de su propósito definido, cuando le plugo experimentó aquellas emociones en su alma humana.
Pero debemos además admitir que, incluso cuando estos afectos están bien regulados, y según la voluntad de Dios, son propios de esta vida, no de aquella vida futura que esperamos, y que a menudo cedemos a ellos contra nuestra voluntad. Y así a veces lloramos a pesar de nosotros mismos, siendo llevados más allá de nosotros, no ciertamente por deseo culpable, sino por caridad digna de alabanza. En nosotros, por tanto, estos afectos surgen de la flaqueza humana; pero no fue así con el Señor Jesús, pues incluso su flaqueza fue consecuencia de su poder. Pero mientras llevemos la flaqueza de esta vida, somos hombres más bien peores que mejores si no tenemos ninguna de estas emociones. Pues el apóstol vituperó y abominó de algunos que, como dijo, estaban «sin afecto natural.» [] El salmista sagrado también censuró a aquellos de quienes dijo: «Busqué a alguien que se lamentara conmigo, y no lo hubo.» Pues estar completamente libre de dolor mientras estamos en este lugar de miseria solo se compra, como uno de los literatos de este mundo percibió y señaló, al precio de sensibilidades embotadas tanto de la mente como del cuerpo. Y por tanto, aquello que los griegos llaman [ἀπαθεια], y lo que los latinos llamarían, si su lengua se lo permitiera, «impassibilitas,» si se toma en el sentido de una impasibilidad del espíritu y no del cuerpo, o, en otras palabras, una libertad de aquellas emociones que son contrarias a la razón y perturban la mente, entonces es obviamente una cualidad buena y muy deseable, pero no es alcanzable en esta vida. Pues las palabras del apóstol son la confesión, no del vulgo común, sino de los eminentemente piadosos, justos y santos: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.» [] Cuando no haya pecado en un hombre, entonces habrá esta [απάθεια]. Por ahora basta si vivimos sin crimen; y el que piensa que vive sin pecado no aparta el pecado, sino el perdón. Y si ha de llamarse apatía aquello donde la mente no es sujeto de ninguna emoción, entonces ¿quién no consideraría esta insensibilidad peor que todos los vicios? Puede, en efecto, sostenerse razonablemente que la perfecta bienaventuranza que esperamos estará libre de todo aguijón de temor o tristeza; pero ¿quién que no esté completamente perdido para la verdad diría que ni el amor ni la alegría se experimentarán allí? Pero si por apatía se entiende una condición en la que ningún temor aterra ni dolor alguno molesta, debemos en esta vida renunciar a tal estado si queremos vivir según la voluntad de Dios, pero podemos esperar gozarlo en aquella bienaventuranza que se promete como nuestra condición eterna.
Pues aquel temor del cual dice el apóstol Juan: «No hay temor en el amor; sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor tiene tormento. El que teme no ha sido perfeccionado en el amor,» [] — aquel temor no es de la misma clase que el que sintió el apóstol Pablo no fuera que los corintios fueran seducidos por la sutileza de la serpiente; pues el amor es susceptible de este temor, sí, solo el amor es capaz de él. Pero el temor que no está en el amor es de aquella clase del cual dice el mismo Pablo: «Porque no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor.» [] Pero en cuanto a aquel «temor limpio que permanece para siempre,» si ha de existir en el mundo venidero (¿y cómo de otro modo puede decirse que permanece para siempre?), no es un temor que nos aparte del mal que pueda suceder, sino que nos preserva en el bien que no puede perderse. Pues donde el amor del bien adquirido es inmutable, allí ciertamente el temor que evita el mal está, si puedo decirlo así, libre de ansiedad. Pues bajo el nombre de «temor limpio» David significa aquella voluntad por la cual necesariamente hemos de apartarnos del pecado y guardarnos de él, no con la ansiedad de la debilidad, que teme que podamos pecar fuertemente, sino con la tranquilidad del amor perfecto. O si ninguna clase de temor existirá en aquella imperturbabilísima seguridad de perpetuos y bienaventurados deleites, entonces la expresión: «El temor del Señor es limpio, que permanece para siempre,» debe tomarse en el mismo sentido que aquella otra: «La paciencia de los pobres no perecerá para siempre.» Pues la paciencia, que es necesaria solo donde hay males que soportar, no será eterna, sino que aquello a lo que la paciencia nos conduce será eterno. Así quizás este «temor limpio» se dice que permanece para siempre, porque aquello a lo que el temor conduce permanecerá.
Y siendo esto así—puesto que debemos vivir una vida buena para alcanzar una vida bienaventurada, la vida buena tiene todos estos afectos rectos, la vida mala los tiene perversos. Pero en la vida eterna bienaventurada habrá amor y gozo, no solo rectos, sino también asegurados; pero temor y tristeza no habrá ninguno. De donde ya aparece en cierto modo qué clase de personas deben ser los ciudadanos de la ciudad de Dios en esta su peregrinación, que viven según el espíritu, no según la carne—es decir, según Dios, no según el hombre—y qué clase de personas serán también en aquella inmortalidad hacia la cual peregrinan. Y la ciudad o sociedad de los impíos, que viven no según Dios, sino según el hombre, y que aceptan las doctrinas de los hombres o de los demonios en el culto de una falsa divinidad y en el desprecio de la verdadera, es sacudida por aquellas emociones perversas como por enfermedades y disturbios. Y si hay algunos de sus ciudadanos que parecen refrenar y, por así decirlo, templar aquellas pasiones, están tan envanecidos con impía soberbia, que su enfermedad es tanto mayor cuanto menor es su dolor. Y si algunos, con una vanidad monstruosa en proporción a su rareza, se han enamorado de sí mismos porque no pueden ser estimulados ni excitados por ninguna emoción, movidos ni inclinados por ningún afecto, tales personas más bien pierden toda humanidad que obtienen verdadera tranquilidad. Pues una cosa no es necesariamente recta porque sea inflexible, ni saludable porque sea insensible.
Si ha de creerse que nuestros primeros padres en el Paraíso, antes de pecar, estuvieron libres de toda perturbación
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Pero es justo preguntar si nuestro primer padre o nuestros primeros padres (pues hubo un matrimonio de dos), antes de pecar, experimentaron en su cuerpo animal emociones tales como las que no experimentaremos en el cuerpo espiritual cuando el pecado haya sido purgado y finalmente abolido. Porque si las experimentaron, ¿cómo fueron bienaventurados en aquel lugar tan celebrado de dicha, el Paraíso? Porque ¿quién que esté afectado por el temor o el dolor puede ser llamado absolutamente bienaventurado? ¿Y qué podían temer o sufrir aquellas personas en tal abundancia de bienes, donde no se temía ni la muerte ni la enfermedad, y donde nada faltaba que una buena voluntad pudiera desear, y nada había presente que pudiera interrumpir el goce mental o corporal del hombre? Su amor a Dios era sin nube, y su afecto mutuo era el de un matrimonio fiel y sincero; y de este amor brotaba un deleite maravilloso, porque siempre gozaban de lo que amaban. Su evitación del pecado era tranquila; y, mientras se mantuvo, ningún otro mal podía invadirlos y traerles tristeza. ¿O acaso deseaban tocar y comer el fruto prohibido, y sin embargo temían morir; y así ya el temor y el deseo, aun en aquel lugar dichoso, atormentaban a aquellos primeros de la humanidad? ¡Lejos esté el pensamiento de que tal pudiera suceder donde no había pecado! Y, en verdad, esto ya es pecado: desear las cosas que la ley de Dios prohíbe, y abstenerse de ellas por temor al castigo, no por amor a la justicia. Lejos, digo, esté el pensamiento de que, antes de que hubiera pecado alguno, se hubiera cometido ya respecto de aquel fruto el mismo pecado del que nuestro Señor nos advierte respecto de una mujer: «Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.» [] Tan felices, pues, como fueron estos primeros padres, que no eran agitados por perturbaciones mentales ni molestados por incomodidades corporales, tan feliz habría sido toda la raza humana si no hubieran introducido aquel mal que han transmitido a su posteridad, y si ninguno de sus descendientes hubiera cometido iniquidad digna de condenación; sino que, continuando esta bienaventuranza original hasta que, en virtud de aquella bendición que dijo, «Creced y multiplicaos,» [] se hubiera completado el número de los santos predestinados, se habría entonces otorgado aquella felicidad superior que gozan los ángeles más bienaventurados: una bienaventuranza en la que habría habido una segura certeza de que nadie pecaría y nadie moriría; y así habrían vivido los santos, sin haber gustado trabajo, dolor o muerte, como ahora vivirán en la resurrección, después de haber soportado todas estas cosas.
De la caída del primer hombre, en quien la naturaleza fue creada buena y solo puede ser restaurada por su Autor
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Pero porque Dios previó todas las cosas, y por tanto no ignoraba que el hombre también caería, debemos considerar esta ciudad santa en relación con lo que Dios previó y ordenó, y no según nuestras propias ideas, que no abarcan la ordenación de Dios. Porque el hombre, por su pecado, no pudo perturbar el consejo divino, ni obligar a Dios a cambiar lo que había decretado; porque la presciencia de Dios había anticipado ambas cosas—es decir, tanto cuán malo llegaría a ser el hombre que Él había creado bueno, como qué bien sacaría Él mismo aun de él. Pues aunque se dice que Dios cambia sus determinaciones (de modo que en sentido figurado la Sagrada Escritura dice incluso que Dios se arrepintió ), esto se dice con referencia a la expectativa del hombre, o al orden de las causas naturales, y no con referencia a lo que el Todopoderoso había preconocido que haría. Por consiguiente Dios, según está escrito, hizo al hombre recto, [] y por tanto con una voluntad buena. Porque si no hubiera tenido una voluntad buena, no habría podido ser recto. La buena voluntad, pues, es obra de Dios; porque Dios lo creó con ella. Pero la primera voluntad mala, que precedió a todos los actos malos del hombre, fue más bien una especie de apartamiento de la obra de Dios hacia sus propias obras que una obra positiva. Y por eso los actos resultantes fueron malos, no teniendo a Dios, sino a la voluntad misma como fin; de modo que la voluntad, o el hombre mismo, en cuanto su voluntad es mala, era como el árbol malo que da fruto malo. Además, la voluntad mala, aunque no esté en armonía con la naturaleza, sino que se le oponga, en cuanto es un vicio o defecto, es verdad de ella como de todo vicio, que no puede existir sino en una naturaleza, y solo en una naturaleza creada de la nada, y no en aquella que el Creador ha engendrado de Sí mismo, como engendró el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas. Pues aunque Dios formó al hombre del polvo de la tierra, la tierra misma, y todo material terreno, es absolutamente creado de la nada; y el alma del hombre, también, Dios la creó de la nada, y la unió al cuerpo, cuando hizo al hombre. Pero los males son tan completamente vencidos por el bien, que aunque se les permite existir, para demostrar cómo la justísima presciencia de Dios puede hacer buen uso incluso de ellos, sin embargo el bien puede existir sin el mal, como en el Dios verdadero y supremo mismo, y como en toda criatura celestial invisible y visible que existe por encima de esta atmósfera oscura; pero el mal no puede existir sin el bien, porque las naturalezas en las que existe el mal, en cuanto son naturalezas, son buenas. Y el mal es quitado, no quitando ninguna naturaleza, o parte de una naturaleza, que hubiera sido introducida por el mal, sino sanando y corrigiendo lo que había sido viciado y depravado. La voluntad, por tanto, es entonces verdaderamente libre, cuando no es esclava de los vicios y los pecados. Tal nos fue dada por Dios; y habiéndose perdido por culpa propia, solo puede ser restaurada por Aquel que pudo darla al principio. Y por eso la verdad dice, «Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres; os salvará, seréis salvados de verdad.» Porque Él es nuestro Libertador, en cuanto es nuestro Salvador.
Vivía, pues, el hombre con Dios como su regla en un paraíso a la vez físico y espiritual. Pues ni era un paraíso solo físico para el provecho del cuerpo, y no también espiritual para el provecho de la mente; ni era solo espiritual para dar gozo al hombre por sus sensaciones internas, y no también físico para darle gozo por sus sentidos externos. Sino que evidentemente era ambas cosas para ambos fines. Pero después de que aquel ángel soberbio y por tanto envidioso (de cuya caída he dicho cuanto he podido en los libros undécimo y duodécimo de esta obra, así como de la de sus compañeros, quienes, de ser ángeles de Dios, se convirtieron en ángeles suyos), prefiriendo gobernar con una especie de pompa de mando antes que ser súbdito de otro, cayó del paraíso espiritual, y tratando de insinuar su persuasiva astucia en la mente del hombre, cuya condición no caída le provocaba envidia ahora que él mismo había caído, eligió a la serpiente como su portavoz en aquel paraíso corporal en el que ella y todos los demás animales terrestres vivían con aquellos dos seres humanos, el hombre y su mujer, sujetos a ellos e inofensivos; y eligió a la serpiente porque, siendo resbaladiza y moviéndose en sinuosas ondulaciones, era adecuada para su propósito. Y a este animal, sometido a sus malvados fines por la presencia y fuerza superior de su naturaleza angélica, lo usó como instrumento, y primero probó su engaño con la mujer, atacando la parte más débil de aquella alianza humana, para ganar gradualmente el todo, y no suponiendo que el hombre le prestaría oído fácilmente, o se dejaría engañar, sino que cedería al error de la mujer. Pues como Aarón no fue inducido a consentir con el pueblo cuando ciegamente quisieron que les hiciera un ídolo, y sin embargo cedió a la fuerza; y como no es creíble que Salomón fuera tan ciego como para suponer que debían adorarse ídolos, sino que fue arrastrado a tal sacrilegio por las lisonjas de las mujeres; así no podemos creer que Adán fuera engañado, y supusiera que la palabra del diablo era verdad, y por eso transgrediera la ley de Dios, sino que él, por los halagos del parentesco, cedió a la mujer, el marido a la esposa, el único ser humano al único otro ser humano. Pues no sin significado dijo el apóstol, «Y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en la transgresión;» [] pero habla así porque la mujer aceptó como verdad lo que la serpiente le dijo, pero el hombre no pudo soportar ser separado de su única compañera, aunque esto implicara una participación en el pecado. No por esto fue menos culpable, sino que pecó con los ojos abiertos. Y por eso el apóstol no dice, «No pecó,» sino «No fue engañado.» Pues muestra que pecó cuando dice, «Por un hombre entró el pecado en el mundo,» [] y poco después más claramente, «A semejanza de la transgresión de Adán.» Pero quiso decir que son engañados quienes no juzgan que lo que hacen es pecado; pero él lo sabía. De otro modo, ¿cómo sería verdad «Adán no fue engañado?» Pero no teniendo aún experiencia de la severidad divina, fue posiblemente engañado en cuanto pensó que su pecado era venial. Y en consecuencia no fue engañado como fue engañada la mujer, sino que fue engañado en cuanto al juicio que se dictaría sobre su excusa: «La mujer que me diste por compañera, ella me dio, y comí.» [] ¿Qué necesidad hay de decir más? Aunque no fueron ambos engañados por credulidad, ambos quedaron enredados en las redes del diablo, y tomados por el pecado.
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Si alguno encuentra dificultad en comprender por qué otros pecados no alteran la naturaleza humana como fue alterada por la transgresión de aquellos primeros seres humanos, de modo que por causa de ella esta naturaleza está sujeta a la gran corrupción que sentimos y vemos, y a la muerte, y es arrastrada y sacudida por tantas emociones furiosas y contendientes, y es ciertamente muy diferente de lo que era antes del pecado, aunque entonces estuviera alojada en un cuerpo animal—si, digo, alguno se conmueve por esto, no debe pensar que aquel pecado fue pequeño y leve porque se cometió en torno a un alimento, y no malo ni nocivo, excepto porque estaba prohibido; pues en aquel lugar de singular felicidad Dios no pudo haber creado y plantado cosa mala alguna. Pero por el precepto que dio, Dios encomendó la obediencia, que es, en cierto modo, la madre y guardiana de todas las virtudes en la criatura racional, la cual fue creada de tal manera que la sumisión le es ventajosa, mientras que el cumplimiento de su propia voluntad con preferencia a la del Creador es destrucción. Y como este mandamiento que ordenaba la abstinencia de una sola clase de alimento en medio de gran abundancia de otras clases era tan fácil de guardar—tan ligera carga para la memoria—, y, sobre todo, no hallaba resistencia para su observancia en la concupiscencia, que solo después brotó como consecuencia penal del pecado, la iniquidad de violarlo fue tanto mayor cuanto mayor era la facilidad con que pudo haberse guardado.
XIV, 13
Nuestros primeros padres cayeron en desobediencia abierta porque ya estaban secretamente corrompidos; pues el acto malo nunca se habría cometido si no lo hubiera precedido una voluntad mala. ¿Y cuál es el origen de nuestra voluntad mala sino el orgullo? Porque «el orgullo es el principio del pecado.» [] ¿Y qué es el orgullo sino el anhelo de exaltación indebida? Y esta es exaltación indebida, cuando el alma abandona a Aquel a quien debe adherirse como su fin, y se convierte en una especie de fin para sí misma. Esto sucede cuando se convierte en su propia satisfacción. Y lo hace cuando se aparta de aquel bien inmutable que debería satisfacerla más que a sí misma. Este apartamiento es espontáneo; porque si la voluntad hubiera permanecido firme en el amor de aquel bien superior e inmutable por el cual fue iluminada para la inteligencia y encendida en amor, no se habría apartado para hallar satisfacción en sí misma, y así volverse frígida y entenebrecida; la mujer no habría creído que la serpiente decía la verdad, ni el hombre habría preferido la petición de su esposa al mandato de Dios, ni habría supuesto que era una transgresión venial adherirse a la compañera de su vida aun en una participación del pecado. La obra malvada, pues—es decir, la transgresión de comer el fruto prohibido—fue cometida por personas que ya eran malvadas. Aquel «fruto malo» [] solo podía ser producido por «un árbol corrompido.» Pero que el árbol fuera malo no fue resultado de la naturaleza; pues ciertamente solo pudo llegar a serlo por el vicio de la voluntad, y el vicio es contrario a la naturaleza. Ahora bien, la naturaleza no habría podido ser depravada por el vicio si no hubiera sido hecha de la nada. En consecuencia, que sea una naturaleza, se debe a que es hecha por Dios; pero que se aparte de Él, se debe a que es hecha de la nada. Pero el hombre no se apartó de tal manera que se convirtiera en absolutamente nada; sino que, vuelto hacia sí mismo, su ser se hizo más contraído de lo que era cuando se adhería a Aquel que es supremo. En consecuencia, existir en sí mismo, es decir, ser su propia satisfacción después de abandonar a Dios, no es exactamente convertirse en un no-ente, sino aproximarse a ello. Y por eso las Sagradas Escrituras designan a los soberbios con otro nombre, «amadores de sí mismos.» Pues es bueno tener el corazón levantado, pero no hacia uno mismo, pues esto es orgulloso, sino hacia el Señor, pues esto es obediente, y solo puede ser acto de los humildes. Hay, por tanto, algo en la humildad que, extrañamente, exalta el corazón, y algo en el orgullo que lo abate. Esto parece, en verdad, contradictorio: que la alteza abata y la bajeza exalte. Pero la piadosa humildad nos permite someternos a lo que está sobre nosotros; y nada hay más exaltado sobre nosotros que Dios; y por tanto la humildad, al hacernos súbditos de Dios, nos exalta. Pero el orgullo, siendo un defecto de la naturaleza, por el mismo acto de rehusar la sujeción y rebelarse contra Aquel que es supremo, cae a una condición baja; y entonces sucede lo que está escrito: «Los derribaste cuando se levantaron a sí mismos.» Pues no dice, «cuando hubieran sido ensalzados,» como si primero fueran exaltados, y luego después derribados; sino «cuando se levantaron a sí mismos» aun entonces fueron derribados—es decir, el mismo levantarse era ya una caída. Y por esto es que la humildad se recomienda especialmente a la ciudad de Dios mientras peregrina en este mundo, y se muestra especialmente en la ciudad de Dios, y en la persona de Cristo su Rey; mientras que el vicio contrario del orgullo, según el testimonio de las Sagradas Escrituras, domina especialmente a su adversario el diablo. Y ciertamente esta es la gran diferencia que distingue a las dos ciudades de que hablamos, siendo una la sociedad de los hombres piadosos, la otra la de los impíos, cada una asociada con los ángeles que siguen su partido, y una guiada y formada por el amor de sí mismo, la otra por el amor de Dios.
El diablo, pues, no habría atrapado al hombre en el pecado abierto y manifiesto de hacer lo que Dios había prohibido, si el hombre no hubiera ya comenzado a vivir para sí mismo. Fue esto lo que le hizo escuchar con agrado las palabras, «Seréis como dioses,» [] lo cual habrían logrado mucho más fácilmente adhiriéndose obedientemente a su fin supremo y verdadero que viviendo orgullosamente para sí mismos. Pues los dioses creados son dioses no en virtud de lo que hay en sí mismos, sino por una participación del verdadero Dios. Al anhelar ser más, el hombre se hace menos; y al aspirar a bastarse a sí mismo, se apartó de Aquel que verdaderamente le basta. En consecuencia, este malvado deseo que impulsa al hombre a agradarse a sí mismo como si él mismo fuera luz, y que así lo aparta de aquella luz por la cual, si la hubiera seguido, él mismo se habría hecho luz—este malvado deseo, digo, ya existía secretamente en él, y el pecado abierto no fue sino su consecuencia. Pues es verdad lo que está escrito, «El orgullo precede a la ruina, y antes de la honra está la humildad;» [] es decir, la ruina secreta precede a la ruina abierta, mientras que la primera no se cuenta por ruina. Pues ¿quién cuenta la exaltación por ruina, aunque no bien abandonado el Altísimo, comienza la caída? Pero ¿quién no la reconoce como ruina cuando ocurre una transgresión evidente e indudable del mandamiento? Y en consecuencia, la prohibición de Dios se refería a un acto tal que, una vez cometido, no pudiera defenderse con ningún pretexto de hacer lo justo. Y me atrevo a decir que es útil para los soberbios caer en una transgresión abierta e indisputable, y así desagradarse a sí mismos, como ya, al agradarse a sí mismos, habían caído. Pues Pedro estaba en condición más saludable cuando lloraba y estaba descontento consigo mismo, que cuando presuntuosamente confiaba y se complacía en sí mismo. Y esto lo afirma el sagrado salmista cuando dice, «Llena sus rostros de vergüenza, para que busquen tu nombre, oh Señor;» es decir, para que quienes se han complacido a sí mismos buscando su propia gloria se complazcan y satisfagan en Ti buscando tu gloria.
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Pero es un orgullo peor y más condenable el que busca el refugio de una excusa incluso en pecados manifiestos, como hicieron nuestros primeros padres, de quienes la mujer dijo, «La serpiente me engañó, y comí;» y el hombre dijo, «La mujer que Tú me diste por compañera, ella me dio del árbol, y comí.» [] Aquí no hay palabra que pida perdón, ni palabra que ruegue curación. Porque aunque no niegan, como Caín, haber perpetrado el hecho, su orgullo procura atribuir su maldad a otro: el orgullo de la mujer a la serpiente, el del hombre a la mujer. Pero donde hay una manifiesta transgresión de un mandamiento divino, esto es más acusar que excusarse a sí mismo. Pues el hecho de que la mujer pecara por persuasión de la serpiente, y el hombre por ofrecimiento de la mujer, no hizo menor la transgresión, como si hubiera alguien a quien debiéramos creer o ceder más que a Dios.
Capítulo 15. De la justicia del castigo con que nuestros primeros padres fueron visitados por su desobediencia
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Por tanto, porque el pecado fue un desprecio de la autoridad de Dios —que había creado al hombre; que lo había hecho a su propia imagen; que lo había puesto por encima de los demás animales; que lo había colocado en el Paraíso; que lo había enriquecido con abundancia de todo género y de seguridad; que no le había impuesto muchos, ni grandes, ni difíciles mandamientos, sino que, para hacerle fácil una obediencia saludable, le había dado un único precepto brevísimo y levísimo con el cual recordaba a aquella criatura cuyo servicio debía ser libre que Él era el Señor—, fue justo que siguiera la condenación, y condenación tal que el hombre, que guardando los mandamientos habría sido espiritual aun en su carne, se volvió carnal aun en su espíritu; y así como en su orgullo había pretendido bastarse a sí mismo, Dios en su justicia lo abandonó a sí mismo, no para vivir en la independencia absoluta que afectaba, sino, en lugar de la libertad que deseaba, para vivir descontento de sí mismo en una dura y miserable esclavitud a aquel a quien por el pecado se había entregado, condenado, a su pesar, a morir en el cuerpo así como voluntariamente se había vuelto muerto en el espíritu, condenado incluso a la muerte eterna (si la gracia de Dios no lo hubiera librado) por haber abandonado la vida eterna. Quienquiera que juzgue tal castigo excesivo o injusto demuestra su incapacidad para medir la gran iniquidad de pecar donde el pecado tan fácilmente habría podido evitarse. Porque así como la obediencia de Abraham es con justicia declarada grande, porque lo mandado, matar a su hijo, era muy difícil, así en el Paraíso la desobediencia fue mayor, porque la dificultad de lo que se mandaba era imperceptible. Y así como la obediencia del segundo Hombre fue tanto más loable porque se hizo obediente incluso «hasta la muerte» [], así la desobediencia del primer hombre fue tanto más detestable porque se hizo desobediente incluso hasta la muerte. Porque donde la pena aneja a la desobediencia es grande, y lo mandado por el Creador es fácil, ¿quién puede estimar suficientemente cuán grande maldad es, en materia tan fácil, no obedecer a la autoridad de tan gran poder, aun cuando ese poder disuade con tan terrible pena?
En resumen, para decirlo todo en una palabra, ¿qué otra cosa fue el castigo de la desobediencia en aquel pecado sino la desobediencia? Pues ¿qué otra cosa es la miseria del hombre sino su propia desobediencia a sí mismo, de modo que, al no querer hacer lo que podía, ahora quiere hacer lo que no puede? Porque aunque en el Paraíso antes de pecar no podía hacer todas las cosas, sin embargo quería hacer sólo lo que podía, y por eso podía hacer todo lo que quería. Pero ahora, como reconocemos en su descendencia y como atestigua la Escritura divina, «El hombre es semejante a la vanidad.» Pues ¿quién puede contar cuántas cosas desea que no puede hacer, mientras es desobediente a sí mismo, es decir, mientras su mente y su carne no obedecen a su voluntad? Pues a su pesar, su mente se ve con frecuencia perturbada, y su carne padece, envejece y muere; y a nuestro pesar sufrimos todo lo demás que sufrimos, y que no sufriríamos si nuestra naturaleza obedeciera absolutamente y en todas sus partes a nuestra voluntad. Pero ¿no son las enfermedades de la carne las que la dificultan en su servicio? Sin embargo, ¿qué importa cómo se vea dificultado su servicio, mientras quede en pie el hecho de que, por la justa retribución del Dios soberano al que rehusamos someternos y servir, nuestra carne, que nos estaba sometida, nos atormenta ahora con su insubordinación, aunque nuestra desobediencia nos acarreó aflicción a nosotros, no a Dios? Pues Él no necesita de nuestro servicio como nosotros del de nuestro cuerpo; y por tanto lo que hicimos no fue castigo para Él, pero lo que recibimos sí lo es para nosotros. Y los dolores que se llaman corporales son dolores del alma en el cuerpo y desde el cuerpo. Pues ¿qué dolor o deseo puede sentir la carne por sí misma y sin el alma? Pero cuando se dice que la carne desea o padece, se quiere decir, como ya hemos explicado, que el hombre lo hace, o alguna parte del alma afectada por la sensación de la carne, ya sea una sensación áspera que causa dolor, o suave, que causa placer. Pero el dolor en la carne no es más que una incomodidad del alma que surge de la carne, y una especie de encogimiento ante su sufrimiento, así como el dolor del alma que se llama tristeza es un encogimiento ante las cosas que nos han sucedido a pesar nuestro. Pero la tristeza va precedida con frecuencia por el temor, que está en el alma, no en la carne; mientras que el dolor corporal no va precedido por ninguna clase de temor de la carne, que pueda sentirse en la carne antes del dolor. Pero el placer va precedido por un cierto apetito que se siente en la carne como un anhelo, como el hambre y la sed y aquel apetito generativo que se identifica comúnmente con el nombre de lujuria, aunque ésta es la palabra genérica para todos los deseos. Pues la ira misma fue definida por los antiguos como nada más que la lujuria de la venganza; aunque a veces un hombre se aíra incluso contra objetos inanimados que no pueden sentir su venganza, como cuando uno rompe una pluma o aplasta una caña que escribe mal. Sin embargo, incluso esto, aunque menos razonable, es a su modo un deseo de venganza, y es, por así decirlo, una especie de sombra misteriosa de [la gran ley de] la retribución, a saber, que quienes hacen el mal deben sufrir el mal. Hay, por tanto, una lujuria de venganza, que se llama ira; hay una lujuria de dinero, que lleva el nombre de avaricia; hay una lujuria de vencer, no importa por qué medios, que se llama obstinación; hay una lujuria de aplauso, que se llama jactancia. Hay muchas y diversas lujurias, de las cuales algunas tienen nombres propios, mientras que otras no. Pues ¿quién podría dar fácilmente un nombre a la lujuria de mandar, que sin embargo ejerce una poderosa influencia en el alma de los tiranos, como atestiguan las guerras civiles?
Del mal de la lujuria—palabra que, aunque aplicable a muchos vicios, se apropia especialmente a la impureza sexual
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Aunque, por tanto, la lujuria puede tener muchos objetos, sin embargo, cuando no se especifica objeto alguno, la palabra lujuria suele sugerir a la mente la excitación lujuriosa de los órganos de la generación. Y esta lujuria no sólo se apodera de todo el cuerpo y de los miembros externos, sino que también se hace sentir en el interior, y mueve a todo el hombre con una pasión en la que la emoción mental se mezcla con el apetito corporal, de modo que el placer resultante es el mayor de todos los placeres corporales. Tan posesivo es, ciertamente, este placer, que en el momento en que se consuma, toda actividad mental queda suspendida. ¿Qué amigo de la sabiduría y de los gozos santos, que, estando casado, pero sabiendo, como dice el apóstol, «cómo poseer su vaso en santificación y honor, no en la enfermedad del deseo, como los gentiles que no conocen a Dios» [], no preferiría, si esto fuera posible, engendrar hijos sin esta lujuria, de modo que en esta función de engendrar descendencia los miembros creados para este fin no fueran estimulados por el ardor de la lujuria, sino que fueran movidos por su voluntad, del mismo modo que sus otros miembros le sirven para sus respectivos fines? Pero aun los que se deleitan en este placer no son movidos a él por su propia voluntad, ya se limiten a los placeres lícitos o pasen a los ilícitos; sino que a veces esta lujuria los importuna a pesar suyo, y a veces les falla cuando desean sentirla, de modo que, aunque la lujuria arde en la mente, no se agita en el cuerpo. Así, por extraño que parezca, esta emoción no sólo deja de obedecer el deseo legítimo de engendrar descendencia, sino que también rehúsa servir a la lujuria lasciva; y aunque a menudo opone toda su energía combinada al alma que se le resiste, a veces también se divide contra sí misma, y mientras mueve al alma, deja el cuerpo inmóvil.
Capítulo 17. De la desnudez de nuestros primeros padres, que vieron después de su vil y vergonzoso pecado
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Con justicia se asocia la vergüenza muy especialmente con esta lujuria; con justicia, también, estos miembros mismos, al ser movidos y contenidos no a nuestra voluntad, sino por una cierta autocracia independiente, por así decirlo, se llaman «vergonzosos». Su condición era distinta antes del pecado. Porque como está escrito, «Estaban desnudos y no se avergonzaban» [] — no porque su desnudez les fuera desconocida, sino porque la desnudez no era aún vergonzosa, porque aún la lujuria no movía aquellos miembros sin el consentimiento de la voluntad; aún no testificaba la carne con su desobediencia contra la desobediencia del hombre. Pues no fueron creados ciegos, como imagina el vulgo ignorante; porque Adán vio los animales a los que puso nombre, y de Eva leemos, «Vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos» []. Sus ojos, por tanto, estaban abiertos, pero no estaban abiertos a esto, es decir, no eran observadores de modo que reconocieran lo que se les confería por el vestido de la gracia, porque no tenían conciencia de que sus miembros guerrearan contra su voluntad. Pero cuando fueron despojados de esta gracia, para que su desobediencia fuera castigada con una retribución apropiada, comenzó en el movimiento de sus miembros corporales una novedad desvergonzada que hizo indecente la desnudez: al punto los hizo observadores y los hizo avergonzados. Y por tanto, después de que violaron el mandato de Dios con una transgresión abierta, está escrito: «Y se abrieron los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera juntas, y se hicieron delantales.» [] «Se abrieron los ojos de ambos» no para ver, porque ya veían, sino para discernir entre el bien que habían perdido y el mal en que habían caído. Y por tanto también el árbol mismo que se les prohibió tocar fue llamado árbol del conocimiento del bien y del mal por esta circunstancia: que si comían de él les impartiría este conocimiento. Pues el malestar de la enfermedad revela el placer de la salud. «Conocieron», por tanto, «que estaban desnudos» — desnudos de aquella gracia que les impedía avergonzarse de la desnudez corporal mientras la ley del pecado no ofrecía resistencia a su mente. Y así obtuvieron un conocimiento que habrían ignorado en su felicidad, si, en confiada obediencia a Dios, hubieran rehusado cometer aquella ofensa que los implicó en la experiencia de los efectos dañinos de la infidelidad y la desobediencia. Y por tanto, avergonzándose de la desobediencia de su propia carne, que daba testimonio de su desobediencia mientras la castigaba, «cosieron hojas de higuera juntas, y se hicieron delantales», es decir, ceñidores para sus partes pudendas; pues algunos intérpretes han traducido la palabra por succinctoria. Campestria es, ciertamente, una palabra latina, pero se usa de los calzones o delantales usados con un propósito similar por los jóvenes que se desnudaban para el ejercicio en el campus; de ahí que los que se ceñían así fueran llamados comúnmente campestrati. La vergüenza cubrió modestamente aquello que la lujuria movía desobedientemente en oposición a la voluntad, la cual era así castigada por su propia desobediencia. En consecuencia, todas las naciones, propagadas de aquel único tronco, tienen un instinto tan fuerte de cubrir las partes vergonzosas, que algunos bárbaros no las descubren ni siquiera en el baño, sino que se lavan con sus calzones puestos. En las oscuras soledades de la India también, aunque algunos filósofos andan desnudos y por eso se llaman gimnosofistas, sin embargo hacen una excepción en el caso de estos miembros y los cubren.
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La lujuria requiere para su consumación oscuridad y secreto; y esto no sólo cuando se desea un comercio ilícito, sino incluso en aquella fornicación que la ciudad terrena ha legalizado. Donde no hay temor al castigo, esos placeres permitidos siguen rehuyendo la mirada pública. Incluso donde se hace provisión para esta lujuria, también se provee el secreto; y mientras a la lujuria le resultó fácil eliminar las prohibiciones de la ley, a la desvergüenza le resultó imposible dejar a un lado el velo del retiro. Pues aun los desvergonzados llaman a esto vergonzoso; y aunque aman el placer, no se atreven a exhibirlo. ¡Cómo! ¿Acaso no busca también el comercio conyugal, sancionado como está por la ley para la propagación de los hijos, legítimo y honorable aunque sea, no busca el retiro de toda mirada? Antes de que el esposo acaricie a su esposa, ¿no excluye a los sirvientes, e incluso a los paraninfos, y a los amigos que los lazos más estrechos han admitido en la cámara nupcial? El mayor maestro de la elocuencia romana dice que todas las acciones rectas desean ser puestas a la luz, es decir, desean ser conocidas. Esta acción recta, sin embargo, tiene tal deseo de ser conocida, que no obstante se ruboriza de ser vista. ¿Quién no sabe lo que pasa entre marido y mujer para que nazcan hijos? ¿No es para este propósito que las esposas se casan con tanta ceremonia? Y sin embargo, cuando se realiza este acto bien entendido para la procreación de los hijos, ni siquiera los hijos mismos, que ya les hayan nacido, son admitidos como testigos. Esta acción recta busca la luz, en cuanto busca ser conocida, pero teme ser vista. ¿Y por qué, si no es porque aquello que por naturaleza es apropiado y decente se hace de tal modo que va acompañado de una pena de pecado que engendra vergüenza?
Que ahora es necesario, como no lo era antes de que el hombre pecara, refrenar la ira y la lujuria mediante el influjo restrictivo de la sabiduría
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De ahí que incluso los filósofos que se han aproximado a la verdad hayan reconocido que la ira y la lujuria son emociones mentales viciosas, porque, aun cuando se ejercen hacia objetos que la sabiduría no prohíbe, se mueven de manera desgobernada e inmoderada, y por consiguiente necesitan la regulación de la mente y de la razón. Y afirman que esta tercera parte de la mente está apostada, por así decirlo, en una especie de ciudadela, para dar regla a estas otras partes, de modo que, mientras ella gobierna y ellas sirven, la justicia del hombre se conserva sin quebranto. Estas partes, pues, que ellos reconocen como viciosas aun en un hombre sabio y moderado, de modo que la mente, con su influjo compositor y restrictivo, debe refrenarlas y apartarlas de aquellos objetos hacia los cuales se mueven ilícitamente, y darles acceso a aquellos que la ley de la sabiduría sanciona —a saber, que la ira, por ejemplo, pueda permitirse para la imposición de una autoridad justa, y la lujuria para el deber de propagar la descendencia— estas partes, digo, no eran viciosas en el Paraíso antes del pecado, pues nunca se movían en oposición a una voluntad santa hacia objeto alguno del cual fuera necesario que fueran apartadas por el freno restrictivo de la razón. Porque aunque ahora se mueven de esta manera, y son reguladas por un poder que las refrena y restringe, el cual ejercen quienes viven con templanza, justicia y piedad, a veces con facilidad y a veces con mayor dificultad, esto no es la sana salud de la naturaleza, sino la debilidad que resulta del pecado. ¿Y cómo es que la vergüenza no oculta los actos y palabras dictados por la ira u otras emociones, como cubre los movimientos de la lujuria, sino porque los miembros del cuerpo que empleamos para realizarlos son movidos, no por las emociones mismas, sino por la autoridad de la voluntad que consiente? Pues el que en su ira injuria o incluso golpea a alguien, no podría hacerlo si su lengua y su mano no fueran movidas por la autoridad de la voluntad, como también se mueven cuando no hay ira. Pero los órganos de la generación están tan sujetos al dominio de la lujuria, que no tienen movimiento sino el que ella les comunica. Es esto de lo que nos avergonzamos; es esto lo que se oculta ruborizado de los ojos de los espectadores. Y antes soportará un hombre una multitud de testigos cuando descarga injustamente su ira sobre alguien, que el ojo de un solo hombre cuando inocentemente copula con su esposa.