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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 52 · Capítulo 11Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 11

    Acerca de los muchos dioses a quienes los doctores paganos defienden como siendo uno y el mismo Júpiter

    IV, 11

    Digan, pues, cuanto quieran en razonamientos y disputas físicas. Unas veces sea Júpiter el alma de este mundo corporal, que llena y mueve toda aquella mole, construida y compactada de cuatro, o de cuantos elementos quieran; otras veces, ceda a su hermana y hermanos sus partes de ella: ora sea el éter, para que desde arriba abrace a Juno, el aire extendido debajo; de nuevo, sea el cielo entero junto con el aire, y fecunde con lluvias y semillas fertilizantes a la tierra, como esposa suya y, al mismo tiempo, madre suya (pues esto no es vil en los seres divinos); y aún otra vez (para que no sea necesario recorrerlos todos), sea él, el único dios, de quien muchos piensan que fue dicho por un nobilísimo poeta,
    Pues Dios penetra todas las cosas,
    Todas las tierras, y las extensiones del mar, y la profundidad de los cielos,
    — sea él quien en el éter es Júpiter; en el aire, Juno; en el mar, Neptuno; en las partes inferiores del mar, Salacia; en la tierra, Plutón; en la parte inferior de la tierra, Proserpina; en los hogares domésticos, Vesta; en el horno de los artesanos, Vulcano; entre los astros, Sol y Luna, y las Estrellas; en la adivinación, Apolo; en el comercio, Mercurio; en Jano, el iniciador; en Término, el terminador; Saturno, en el tiempo; Marte y Belona, en la guerra; Líber, en las viñas; Ceres, en los sembrados; Diana, en las selvas; Minerva, en la erudición. Finalmente, sea él quien está en aquella turba, por así decirlo, de dioses plebeyos: presida bajo el nombre de Líber sobre la semilla de los hombres, y bajo el de Líbera sobre la de las mujeres: sea Diespiter, que saca a luz el parto: sea la diosa Mena, a quien pusieron sobre la menstruación de las mujeres: sea Lucina, a quien invocan las mujeres en el parto: traiga ayuda a los que nacen, tomándolos del seno de la tierra, y sea llamado Opis: abra la boca al niño que llora, y sea llamado el dios Vaticano: levántelo de la tierra, y sea llamada la diosa Levana; atienda a las cunas, y sea llamada la diosa Cunina: no sea otro que él quien está en aquellas diosas que cantan los hados de los recién nacidos, y son llamadas Carmentes: presida sobre los acontecimientos fortuitos, y sea llamado Fortuna: en la diosa Rumina, exprima el pecho al pequeño, porque los antiguos llamaban al pecho ruma: en la diosa Potina, administre la bebida: en la diosa Educa, suministre el alimento: por el terror de los niños, sea llamado Paventia: por la esperanza que llega, Venilia: por la voluptuosidad, Volupia: por la acción, Agenor: por los estímulos con que el hombre es aguijoneado a mucha acción, sea llamada la diosa Estímula: sea la diosa Estrenia, para hacer esforzado; Numeria, que enseña a contar; Camena, que enseña a cantar: sea a la vez el dios Conso para conceder consejo, y la diosa Sentia para inspirar sentencias: sea la diosa Juventud, que, depuesta la toga de la niñez, se encarga del comienzo de la edad juvenil: sea Fortuna Barbada, que dota a los adultos de barba, a quien no han querido honrar; de modo que esta divinidad, sea cual fuere, sea al menos un dios masculino, llamado o Barbado, de barba, como Nodoto, de nodus; o, ciertamente, no Fortuna, sino, porque tiene barbas, Fortunio: él, en el dios Jugatino, unza en matrimonio a las parejas; y cuando se desata el ceñidor de la esposa virgen, sea invocado como la diosa Virginiensis: sea Mutuno o Tuterno, que entre los griegos es llamado Príapo. Si no se avergüenzan de ello, todos estos que he nombrado, y cuantos otros no he nombrado (pues no he tenido por conveniente nombrarlos todos), todos estos dioses y diosas sean aquel único Júpiter, ya sea, como algunos quieren, que todos éstos son partes de él, o son sus potestades, como piensan quienes se complacen en considerarlo alma del mundo, que es la opinión de la mayoría de sus doctores, y de los más grandes. Si estas cosas son así (cuán malas sean no lo indago todavía por ahora), ¿qué perderían si, por una abreviación más prudente, adoraran a un solo dios? Pues ¿qué parte de él podría ser despreciada si él mismo fuera adorado? Pero si temen que algunas partes de él se enojen por ser pasadas por alto o descuidadas, entonces no es el caso, como quieren, de que este todo sea como la vida de un solo ser viviente, que contiene a todos los dioses juntos, como si fueran sus virtudes, o miembros, o partes; sino que cada parte tiene su propia vida separada de las demás, si es así que una puede airarse, aplacarse o conmoverse más que otra. Pero si se dice que todos juntos —es decir, el propio Júpiter entero— se ofenderían si sus partes no fueran también adoradas singular y minuciosamente, se habla neciamente. Ciertamente ninguna de ellas podría ser pasada por alto si se adorara a aquel que solo posee todas ellas. Pues, para omitir otras cosas innumerables, cuando dicen que todas las estrellas son partes de Júpiter, y que todas están vivas, y tienen almas racionales, y por tanto indudablemente son dioses, ¿no pueden ver a cuántas no adoran, a cuántas no levantan templos ni erigen altares, y a cuán poquísimas, de hecho, de las estrellas han pensado en erigirlos y ofrecer sacrificio? Si, por tanto, se desagradan las que no son adoradas una por una, ¿no temen vivir con sólo unas pocas aplacadas, mientras todo el cielo está desagradado? Pero si adoran a todas las estrellas porque son parte de Júpiter, a quien adoran, por el mismo método compendioso podrían suplicarlas a todas en él solo. Pues de este modo nadie se desagradaría, ya que en él solo serían suplicadas todas. Nadie sería despreciado, en lugar de haber justa causa de desagrado dada al número mucho mayor de las que son pasadas por alto en el culto ofrecido a algunas; especialmente cuando Príapo, tendido en vil desnudez, es preferido a aquellos que brillan desde su morada superna.

    Capítulo 12

    Sobre la opinión de quienes han pensado que Dios es el alma del mundo, y el mundo es el cuerpo de Dios

    IV, 12

    ¿No deberían los hombres de inteligencia, y aun los hombres de toda clase, ser movidos a examinar la naturaleza de esta opinión? Pues no se necesita una capacidad excelente para esta tarea, para que, dejando a un lado el deseo de contienda, observen que si Dios es el alma del mundo, y el mundo es como un cuerpo para Él, que es el alma, Él debe ser un solo ser viviente que consta de alma y cuerpo, y que este mismo Dios es una especie de seno de la naturaleza que contiene en sí todas las cosas, de modo que las vidas y las almas de todos los vivientes son tomadas, según la manera del nacimiento de cada uno, de su alma que vivifica toda esa masa, y por tanto nada en absoluto queda que no sea parte de Dios. Y si esto es así, ¿quién no ve qué consecuencias impías e irreligiosas se siguen, tales como que cualquier cosa que uno pise, debe pisar una parte de Dios, y al matar a cualquier criatura viviente, debe ser degollada una parte de Dios? Pero no quiero pronunciar todo lo que puede ocurrírseles a quienes piensan en ello, y que, sin embargo, no puede decirse sin irreverencia.

    Capítulo 13. Sobre quienes afirman que solo los animales racionales son partes del único Dios

    IV, 13

    Pero si sostienen que solo los animales racionales, como los hombres, son partes de Dios, no veo realmente cómo, si el mundo entero es Dios, pueden separar a las bestias de ser partes de Él. Mas ¿qué necesidad hay de disputar sobre eso? En cuanto al animal racional mismo —esto es, el hombre—, ¿qué creencia más desdichada puede abrigarse que la de que una parte de Dios es azotada cuando se azota a un muchacho? Y ¿quién, a menos que esté bastante loco, podría soportar el pensamiento de que partes de Dios puedan volverse lascivas, inicuas, impías y del todo condenables? En fin, ¿por qué se enoja Dios con quienes no lo adoran, si estos ofensores son partes de sí mismo? Queda, por tanto, que han de decir que todos los dioses tienen sus propias vidas; que cada uno vive para sí, y ninguno de ellos es parte de otro; sino que todos han de ser adorados, al menos cuantos puedan ser conocidos y adorados; pues son tantos que es imposible que todos puedan serlo. Y de todos estos, creo que Júpiter, porque preside como rey, es tenido por ellos por haber establecido y extendido el imperio romano. Pues si no lo ha hecho él, ¿qué otro dios creen que podría haber intentado tan grande obra, cuando todos han de estar ocupados con sus propios oficios y obras, y ninguno puede entrometerse en los de otro? ¿Podría, pues, el reino de los hombres ser propagado y acrecentado por el rey de los dioses?

    Capítulo 14

    La ampliación de los reinos se atribuye sin razón a Júpiter; pues si, como ellos quieren, Victoria es una diosa, ella sola bastaría para este asunto

    IV, 14

    Aquí, en primer lugar, pregunto por qué el reino mismo no es algún dios. Pues ¿por qué no habría de serlo también, si Victoria es una diosa? ¿O qué necesidad hay del propio Júpiter en este asunto, si Victoria favorece y es propicia, y va siempre a aquellos a quienes quiere hacer vencedores? Siendo esta diosa favorable y propicia, aunque Júpiter estuviera ocioso y no hiciera nada, ¿qué naciones podrían quedar sin someter, qué reino no cedería? Pero acaso desagrada a los hombres buenos combatir con la más inicua injusticia y provocar con guerra voluntaria a vecinos pacíficos que no hacen daño, para ampliar un reino. Si así lo sienten, lo apruebo y alabo enteramente.

    Capítulo 15. Si es propio de los hombres buenos desear gobernar más ampliamente

    IV, 15

    Pregunten, pues, si es del todo propio de los hombres buenos alegrarse de un imperio extendido. Porque la iniquidad de aquellos contra quienes se hacen guerras justas favorece el crecimiento de un reino, el cual ciertamente habría sido pequeño si la paz y la justicia de los vecinos no hubieran provocado, por agravio alguno, la guerra contra ellos; y siendo así más felices las cosas humanas, todos los reinos habrían sido pequeños, gozando de concordia vecinal; y de este modo habría muchísimos reinos de naciones en el mundo, como hay muchísimas casas de ciudadanos en una ciudad. Por tanto, hacer la guerra y extender un reino sobre naciones totalmente sometidas les parece a los malos felicidad, y a los buenos necesidad. Pero como sería peor que los injuriosos dominaran a los más justos, por eso aun eso no se llama impropiamente felicidad. Mas sin duda es mayor felicidad tener un buen vecino en paz, que vencer a uno malo haciendo la guerra. Malos son vuestros deseos, cuando deseáis que aquel a quien odiáis o teméis se halle en condición tal que podáis vencerlo. Si, por tanto, haciendo guerras justas, no impías ni injustas, los romanos pudieron adquirir tan grande imperio, ¿no deberían adorar como a una diosa incluso a la injusticia de los extranjeros? Pues vemos que esta ha cooperado mucho en extender el imperio, haciendo a los extranjeros tan injustos que se volvieron gente con la cual podían hacerse guerras justas, y el imperio crecía. ¿Y por qué no podría también la injusticia, al menos la de las naciones extranjeras, ser una diosa, si el Miedo y el Pavor y la Fiebre han merecido ser dioses romanos? Por estos dos, entonces —es decir, por la injusticia extranjera y por la diosa Victoria, pues la injusticia suscita causas de guerras, y Victoria lleva esas mismas guerras a feliz término—, el imperio ha crecido, aun cuando Júpiter haya estado ocioso. Pues ¿qué parte podría tener aquí Júpiter, cuando aquellas cosas que podrían considerarse beneficios suyos son tenidas por dioses, llamadas dioses, adoradas como dioses, y ellas mismas son invocadas para sus propias competencias? Él también podría tener aquí alguna parte, si él mismo pudiera ser llamado Imperio, así como ella es llamada Victoria. O si el imperio es don de Júpiter, ¿por qué no podría tenerse también la victoria por don suyo? Y ciertamente se habría tenido por tal, si hubiera sido reconocido y adorado, no como una piedra en el Capitolio, sino como el verdadero Rey de reyes y Señor de señores.

    Capítulo 16

    Cuál fue la razón por la que los romanos, al detallar dioses separados para todas las cosas y todos los movimientos del ánimo, quisieron tener el templo de la Quietud fuera de las puertas

    IV, 16

    Pero me maravilla mucho que, mientras asignaban a dioses separados cada una de las cosas y (casi) todos los movimientos del ánimo; mientras invocaban a la diosa Agenoria, para que excitara a la acción; a la diosa Estímula, para que estimulara a una acción desacostumbrada; a la diosa Murcia, para que no moviera a los hombres más allá de la medida, sino que los hiciera, como dice Pomponio, múrcidos —es decir, demasiado perezosos e inactivos—; a la diosa Estrenua, para que los hiciera esforzados; y mientras ofrecían a todos estos dioses y diosas culto solemne y público, no quisieron, sin embargo, dar reconocimiento público a aquella a quien llaman Quietud porque hace quietos a los hombres, sino que le edificaron su templo fuera de la puerta Colina. ¿Fue esto un síntoma de un ánimo inquieto, o más bien se daba a entender así que quien perseverara en adorar a aquella multitud —no, por cierto, de dioses, sino de demonios— no podía habitar con la quietud; a la cual el verdadero Médico llama, diciendo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas?»

    Capítulo 17. Si, perteneciendo a Júpiter el sumo poder, debe adorarse también a Victoria

    IV, 17

    ¿O dicen, acaso, que Júpiter envía a la diosa Victoria, y que ella, obrando como en obediencia al rey de los dioses, viene a aquellos a quienes él la hubiera enviado, y fija su morada en su bando? Esto se dice con verdad, no de Júpiter, a quien ellos, según su propia imaginación, fingen rey de los dioses, sino de Aquel que es el verdadero Rey eterno, porque envía, no a Victoria, que no es persona, sino a su ángel, y hace vencer a quien le place; cuyo consejo puede estar oculto, pero no puede ser injusto. Pues si Victoria es una diosa, ¿por qué no es también Triunfo un dios, y unido a Victoria como esposo, o hermano, o hijo? Ciertamente, han imaginado tales cosas acerca de los dioses, que si los poetas hubieran fingido otras semejantes y nosotros las discutiéramos, habrían respondido que eran ficciones ridículas de los poetas, no atribuibles a verdaderas deidades. Y sin embargo, ellos mismos no se reían cuando, no leyendo en los poetas, sino adorando en los templos, veneraban tales necedades seniles. Por tanto, deberían rogar a Júpiter solo por todas las cosas, y suplicarle únicamente a él. Pues si Victoria es una diosa y está bajo él como su rey, adondequiera que él la hubiera enviado, ella no podría atreverse a resistir y hacer su propia voluntad antes que la de él.

    Capítulo 18. Con qué razón quienes piensan que Felicidad y Fortuna son diosas las han distinguido

    IV, 18

    ¿Qué diremos, además, de la idea de que la Felicidad también es una diosa? Ha recibido un templo; ha merecido un altar; se le tributan ritos de culto adecuados. Ella sola, entonces, debería ser adorada. Pues donde ella está presente, ¿qué bien puede faltar? Mas ¿qué desea un hombre, que piensa que la Fortuna también es diosa y la adora? ¿Es una cosa la felicidad y otra la fortuna? La Fortuna, en verdad, puede ser mala lo mismo que buena; pero la felicidad, si pudiera ser mala, no sería felicidad. Ciertamente debemos pensar que todos los dioses de uno y otro sexo (si también tienen sexo) son solamente buenos. Esto dice Platón; esto dicen otros filósofos; esto dicen todos los gobernantes estimables de la república y de las naciones. ¿Cómo es, pues, que la diosa Fortuna es a veces buena y a veces mala? ¿Acaso sucede que cuando es mala no es diosa, sino que de repente se convierte en un demonio maligno? ¿Cuántas Fortunas hay entonces? Tantas cuantos hombres hay afortunados, es decir, de buena fortuna. Pero como también debe haber muchísimos otros que al mismo tiempo son hombres de mala fortuna, ¿podría ella, siendo una y la misma Fortuna, ser a un tiempo mala y buena —la una para estos, la otra para aquellos—? La que es diosa, ¿es siempre buena? Entonces ella misma es la felicidad. ¿Por qué, pues, se le dan dos nombres? Aunque esto es tolerable; porque es costumbre que una misma cosa se llame con dos nombres. Pero ¿por qué templos diferentes, altares diferentes, rituales diferentes? Hay una razón, dicen: porque la Felicidad es aquella a quien los buenos tienen por mérito previo; pero la fortuna, que se llama buena sin prueba alguna de mérito, sobreviene a buenos y malos fortuitamente, de donde también se la llama Fortuna. ¿Cómo, por tanto, es buena quien sin discernimiento alguno viene tanto a los buenos como a los malos? ¿Por qué se la adora, siendo así ciega, corriendo al azar sobre cualquiera, de modo que en la mayoría de los casos pasa de largo junto a sus adoradores y se adhiere a quienes la desprecian? O si sus adoradores sacan algún provecho, de manera que son vistos y amados por ella, entonces sigue al mérito, y no viene fortuitamente. ¿Qué se hace, pues, de aquella definición de la fortuna? ¿Qué se hace de la opinión de que ella ha recibido su propio nombre de los sucesos fortuitos? Pues de nada le aprovecha a uno adorarla si ella es verdaderamente fortuna. Pero si distingue a sus adoradores, para beneficiarlos, no es fortuna. ¿O acaso la envía también Júpiter adonde le place? Entonces adórese a él solo; porque la Fortuna no puede resistirle cuando le ordena, y la envía donde le place. O, al menos, adórenla los malos, que no quieren tener mérito por el cual pudiera ser invitada la diosa Felicidad.

    Capítulo 19. Sobre la Fortuna de las mujeres

    IV, 19

    A esta supuesta deidad, a quien llaman Fortuna, le atribuyen tanto, en efecto, que tienen por tradición que la imagen de ella, dedicada por las matronas romanas y llamada Fortuna de las Mujeres, ha hablado, y ha dicho, una y otra vez, que las matronas le agradaban con su homenaje; lo cual, en verdad, si es cierto, no debe suscitar nuestra admiración. Porque no es tan difícil para los demonios malignos engañar, y tanto más deberían advertir su astucia y sus ardides, cuanto que es aquella diosa que viene por casualidad la que ha hablado, y no aquella que viene a premiar el mérito. Pues la Fortuna fue locuaz y la Felicidad muda; ¿y por qué otra razón sino para que los hombres no se cuidaran de vivir rectamente, habiendo hecho amiga suya a la Fortuna, que podía hacerlos afortunados sin ningún buen merecimiento? Y en verdad, si la Fortuna habla, al menos debería hablar no con voz femenina, sino masculina; no sea que los mismos que dedicaron la imagen piensen que tan gran milagro ha sido obrado por la locuacidad femenina.

    Capítulo 20

    Sobre la Virtud y la Fe, que los paganos han honrado con templos y ritos sagrados, pasando por alto otras buenas cualidades, que igualmente deberían haber sido adoradas, si con razón se atribuía la divinidad a estas

    IV, 20

    También han hecho de la Virtud una diosa, la cual, en verdad, si pudiera ser diosa, habría sido preferible a muchas. Y ahora, porque no es una diosa, sino un don de Dios, obténgase ella por oración de Aquel por quien solo puede ser dada, y toda la multitud de dioses falsos se desvanece. Pero ¿por qué se cree que la Fe es una diosa, y por qué recibe ella misma templo y altar? Pues quien prudentemente la reconoce hace de su propio ser una morada para ella. Mas ¿cómo saben qué es la fe, de la cual es función primera y mayor que se crea en el Dios verdadero? Pero ¿por qué no había bastado la virtud? ¿No incluye ella también la fe? Por cuanto han creído conveniente dividir la virtud en cuatro clases —la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza—, y como cada una de estas clases tiene sus propias virtudes, la fe está entre las partes de la justicia, y ocupa el primer lugar entre cuantos de nosotros sabemos lo que significa aquella sentencia: «El justo vivirá por la fe.» [] Pero si la Fe es una diosa, me admiro de que estos amantes apasionados de una multitud de dioses hayan agraviado a tantas otras diosas, pasándolas por alto, cuando podrían haberles dedicado templos y altares igualmente. ¿Por qué la templanza no ha merecido ser diosa, cuando algunos príncipes romanos han obtenido no poca gloria por causa de ella? ¿Por qué, en fin, no es diosa la fortaleza, que ayudó a Mucio cuando metió su mano derecha en las llamas; que ayudó a Curcio, cuando por el bien de su patria se arrojó de cabeza a la tierra abierta; que ayudó a Decio el padre y a Decio el hijo, cuando se consagraron por el ejército?— aunque podríamos preguntar si estos hombres tuvieron verdadera fortaleza, si esto atañera a nuestra presente discusión. ¿Por qué la prudencia y la sabiduría no han merecido lugar alguno entre los dioses? ¿Acaso porque todas son adoradas bajo el nombre general de la Virtud misma? Entonces podrían adorar así también al Dios verdadero, de quien se piensa que todos los demás dioses son partes. Pero en ese único nombre de virtud se comprenden tanto la fe como la castidad, las cuales, sin embargo, han obtenido altares separados en templos propios.

    Capítulo 21

    Que, aunque no entendían que son dones de Dios, deberían al menos haberse contentado con la Virtud y la Felicidad

    IV, 21

    A estas, no la verdad sino la vanidad las ha hecho diosas. Pues son dones del Dios verdadero, no diosas ellas mismas. Sin embargo, donde están la virtud y la felicidad, ¿qué otra cosa se busca? ¿Qué puede bastar al hombre a quien la virtud y la felicidad no bastan? Porque ciertamente la virtud comprende todo lo que necesitamos hacer, y la felicidad todo lo que necesitamos desear. Si, pues, se adoraba a Júpiter para que diera estas dos cosas —porque, si la extensión y duración del imperio es algo bueno, pertenece a esta misma felicidad—, ¿por qué no se entiende que no son diosas, sino dones de Dios? Mas si se las juzga diosas, entonces al menos no debería buscarse aquella otra gran multitud de dioses. Pues, habiendo considerado todos los oficios que su fantasía ha distribuido entre los diversos dioses y diosas, hallen, si pueden, algo que pudiera ser otorgado por cualquier dios a un hombre que posea la virtud y posea la felicidad. ¿Qué instrucción podría buscarse de Mercurio o de Minerva, cuando la Virtud ya poseía todo en sí misma? La virtud, en efecto, es definida por los antiguos como el arte mismo de vivir bien y rectamente. De ahí que, como la virtud se llama en griego [ἀρετη], se ha pensado que los latinos han derivado de ella el término arte. Pero si la Virtud no puede llegar sino a los ingeniosos, ¿qué necesidad había del dios padre Cacio, que hiciera a los hombres cautos, esto es, agudos, cuando la Felicidad podía conferir esto? Porque nacer ingenioso pertenece a la felicidad. Por lo cual, aunque la diosa Felicidad no podía ser adorada por uno aún no nacido, para que, hecha amiga suya, pudiera otorgarle esto, sí podía conferir este favor a los padres que la adoraban, a fin de que les nacieran hijos ingeniosos. ¿Qué necesidad tenían las mujeres en el parto de invocar a Lucina, cuando, estando presente la Felicidad, tendrían no solo un buen alumbramiento, sino también buenos hijos? ¿Qué necesidad había de encomendar los niños a la diosa Ops cuando nacían; al dios Vaticano en su primer vagido; a la diosa Cunina cuando yacían en la cuna; a la diosa Rumina cuando mamaban; al dios Estatilino cuando estaban de pie; a la diosa Adeona cuando venían; a Abeona cuando se iban; a la diosa Mens para que tuvieran buena mente; al dios Volumno y a la diosa Volumna para que desearan bienes; a los dioses nupciales para que hicieran buenos matrimonios; a los dioses rurales, y principalmente a la diosa Fructesca misma, para que recibieran frutos abundantísimos; a Marte y Belona, para que hicieran bien la guerra; a la diosa Victoria, para que vencieran; al dios Honor, para que fueran honrados; a la diosa Pecunia, para que tuvieran dinero en abundancia; al dios Escúlano y a su hijo Argentino, para que tuvieran monedas de bronce y plata? Porque establecen a Escúlano como padre de Argentino por esta razón: que la moneda de bronce comenzó a usarse antes que la de plata. Pero me admiro de que Argentino no haya engendrado a Aurino, puesto que también ha seguido la moneda de oro. Si pudieran tenerlo por dios, preferirían a Aurino tanto a su padre Argentino como a su abuelo Escúlano, así como anteponen a Júpiter a Saturno. Por tanto, ¿qué necesidad había, a causa de estos dones, ya del alma, ya del cuerpo, ya de los bienes externos, de adorar e invocar tan gran multitud de dioses, a todos los cuales no he mencionado, ni ellos mismos han podido proveer a todos los beneficios humanos, ordenados minuciosa y singularmente, dioses minúsculos y singulares, cuando la única diosa Felicidad podía, con la mayor facilidad, otorgar compendiosamente todos ellos? Ni debería buscarse ningún otro, ni para el otorgamiento de bienes, ni para la evitación de males. Pues ¿por qué habrían de invocar a la diosa Fesonia para los fatigados; para ahuyentar a los enemigos, a la diosa Pelonia; para los enfermos, como médico, a Apolo o a Esculapio, o a ambos juntos si hubiera gran peligro? Tampoco debería rogarse al dios Espiniense para que arrancara las espinas de los campos; ni a la diosa Rubigo para que no viniera el tizón —estando presente y velando la sola Felicidad, o no habrían surgido males, o habrían sido ahuyentados con gran facilidad—. Finalmente, ya que tratamos de estas dos diosas, la Virtud y la Felicidad, si la felicidad es el premio de la virtud, no es una diosa, sino un don de Dios. Mas si es una diosa, ¿por qué no se puede decir que confiere la virtud misma, en cuanto que es una gran felicidad alcanzar la virtud?

    Capítulo 22

    Sobre el conocimiento del culto debido a los dioses, que Varrón se gloria de haber conferido él mismo a los romanos

    IV, 22

    ¿Qué es, pues, lo que Varrón se jacta de haber otorgado como un grandísimo beneficio a sus conciudadanos, porque no solo enumera los dioses que los romanos deben adorar, sino que también dice lo que corresponde a cada uno de ellos? «Así como de nada aprovecha,» dice, «conocer el nombre y el aspecto de un hombre que es médico y no saber que es médico, así,» dice, «de nada aprovecha saber bien que Esculapio es un dios, si no se advierte que él puede otorgar el don de la salud y, por consiguiente, no se sabe por qué se le debe suplicar.» También lo confirma con otra comparación, diciendo: «Nadie puede, no solo vivir bien, sino siquiera vivir, si no sabe quién es herrero, quién panadero, quién tejedor, de quién puede obtener un utensilio, a quién puede tomar por ayudante, a quién por guía, a quién por maestro;» afirmando «que de este modo a nadie puede caber duda de que, así, el conocimiento de los dioses es útil, si se puede saber qué fuerza, facultad o poder tiene cada dios en cada cosa. Pues de aquí podemos,» dice, «saber a qué dios debemos llamar e invocar para cada causa; no sea que hagamos lo que demasiados suelen hacer, y pidamos agua a Líber y vino a las linfas.» ¡Muy útil, por cierto! ¿Quién no daría gracias a este hombre si pudiera mostrar cosas verdaderas y si pudiera enseñar que el único Dios verdadero, de quien proceden todos los bienes, ha de ser adorado por los hombres?

    Capítulo 23

    Sobre la Felicidad, a quien los romanos, que veneran a muchos dioses, no adoraron durante mucho tiempo con honor divino, aunque ella sola habría bastado en lugar de todos

    IV, 23

    Pero ¿cómo sucede, si sus libros y rituales son verdaderos y la Felicidad es una diosa, que no se la haya designado a ella sola para ser adorada, puesto que podría conferir todas las cosas y hacer felices a los hombres de una vez? Pues ¿quién desea algo por otra razón que no sea llegar a ser feliz? ¿Por qué se dejó a Lúculo dedicar un templo a tan gran diosa en fecha tan tardía y después de tantos gobernantes romanos? ¿Por qué el propio Rómulo, ambicioso como era de fundar una ciudad afortunada, no erigió un templo a esta diosa antes que a todos los demás? ¿Por qué suplicó a los otros dioses por algo, si no le habría faltado nada de haber estado ella con él? Pues ni siquiera él habría sido primero rey y luego, como piensan, un dios, si esta diosa no le hubiera sido propicia. ¿Por qué, entonces, designó como dioses para los romanos a Jano, Júpiter, Marte, Pico, Fauno, Tiberino, Hércules y otros, si había más? ¿Por qué Tito Tacio añadió a Saturno, Ops, el Sol, la Luna, Vulcano, la Luz y todos los demás que añadió, entre los cuales estaba incluso la diosa Cloacina, mientras se descuidaba a la Felicidad? ¿Por qué Numa designó tantos dioses y tantas diosas sin esta? ¿Acaso fue porque no podía verla entre tan gran multitud? Ciertamente el rey Hostilio no habría introducido a los nuevos dioses Miedo y Pavor para ser propiciados, si hubiera podido conocer o adorar a esta diosa. Pues, en presencia de la Felicidad, el Miedo y el Pavor habrían desaparecido —no digo propiciados, sino puestos en fuga. A continuación pregunto: ¿cómo es que el imperio romano ya había crecido inmensamente antes de que alguien adorara a la Felicidad? ¿Era, pues, el imperio más grande que feliz? Pues ¿cómo podía haber verdadera felicidad allí donde no había verdadera piedad? Porque la piedad es el culto genuino del verdadero Dios, y no el culto de tantos demonios como dioses falsos hay. Y sin embargo, incluso después, cuando la Felicidad ya había sido admitida en el número de los dioses, sobrevino la gran infelicidad de las guerras civiles. ¿Acaso se indignó justamente la Felicidad, tanto porque fue invitada tan tarde como porque fue invitada no para honra, sino más bien para reproche, puesto que junto con ella se adoraba a Príapo, a Cloacina, al Miedo y al Pavor, a la Fiebre y a otros que no eran dioses que debieran adorarse, sino crímenes de los adoradores? Y por último, si pareció bien adorar a tan gran diosa junto con una multitud indignísima, ¿por qué al menos no fue adorada de manera más honorable que las demás? Pues ¿no es intolerable que la Felicidad no esté colocada ni entre los dioses Consentes, a quienes, según alegan, se admite en el consejo de Júpiter, ni entre los dioses que ellos llaman Selectos? Se le podría hacer un templo que fuera preeminente, tanto por la elevación del lugar como por la dignidad del estilo. ¿Por qué, en verdad, no algo mejor que lo que se hizo para el propio Júpiter? Pues ¿quién dio el reino incluso a Júpiter sino la Felicidad? Supongo que cuando reinaba era feliz. La Felicidad, sin embargo, es ciertamente más valiosa que un reino. Pues nadie duda de que fácilmente se podría encontrar a un hombre que tema ser hecho rey; pero no se encuentra a nadie que no quiera ser feliz. Por tanto, si se cree que se puede consultar a los dioses mediante el augurio o de cualquier otro modo, se debería consultar a los propios dioses sobre este asunto: si quieren ceder el lugar a la Felicidad. Si, acaso, el lugar ya estuviera ocupado por templos y altares de otros, donde se pudiera edificar a la Felicidad un templo mayor y más elevado, incluso el propio Júpiter podría ceder, para que la Felicidad obtuviera más bien la mismísima cumbre de la colina Capitolina. Pues no hay nadie que se resista a la Felicidad, excepto, lo que es imposible, alguien que desee ser infeliz. Ciertamente, si se le consultara, Júpiter en ningún caso haría lo que hicieron aquellos tres dioses, Marte, Término y Juventud, que se negaron rotundamente a ceder el lugar a su superior y rey. Pues, como registran sus libros, cuando el rey Tarquino quiso construir el Capitolio y advirtió que el lugar que le parecía más digno y adecuado estaba ocupado por otros dioses, no atreviéndose a hacer nada contra su agrado y creyendo que cederían de buen grado el lugar a un dios tan grande y que era su propio señor, porque había muchos de ellos allí cuando se fundó el Capitolio, consultó por augurio si querían ceder el lugar a Júpiter, y todos estuvieron dispuestos a marcharse de allí excepto aquellos que he nombrado: Marte, Término y Juventud; y por eso el Capitolio se construyó de tal manera que estos tres también pudieran estar dentro, aunque con signos tan oscuros que incluso los más doctos apenas podían saberlo. Seguramente, entonces, el propio Júpiter de ningún modo despreciaría a la Felicidad, como él mismo fue despreciado por Término, Marte y Juventud. Pero incluso aquellos mismos que no habían cedido el lugar a Júpiter ciertamente cederían el lugar a la Felicidad, que había hecho rey a Júpiter sobre ellos. Y si no cedieran el lugar, actuarían así no por desprecio de ella, sino porque preferían estar oscuros en la casa de la Felicidad antes que ser eminentes sin ella en sus propios lugares.
    Así, establecida la diosa Felicidad en el lugar más amplio y elevado, los ciudadanos aprenderían de dónde debe buscarse el logro de todo buen deseo. Y así, por la persuasión de la naturaleza misma, abandonada la multitud superflua de otros dioses, se adoraría solo a la Felicidad, se le haría oración solo a ella, solo su templo sería frecuentado por los ciudadanos que quisieran ser felices, cosa que ninguno de ellos dejaría de querer; y así la felicidad, que se buscaba de todos los dioses, se buscaría solo de sí misma. Pues ¿quién desea recibir de algún dios otra cosa que la felicidad, o lo que supone que conduce a la felicidad? Por lo cual, si la Felicidad tiene en su poder estar con el hombre que le plazca (y lo tiene si es una diosa), ¡qué locura es, después de todo, buscar en otro dios a aquella a quien puedes obtener pidiéndosela a sí misma! Por tanto, deberían honrar a esta diosa por encima de los otros dioses, incluso por la dignidad del lugar. Pues, como leemos en sus propios autores, los antiguos romanos tributaron mayores honores a no sé qué Summano, a quien atribuían los rayos nocturnos, que a Júpiter, a quien se consideraba que pertenecían los rayos diurnos. Pero, después de que se hubo construido a Júpiter un templo famoso y conspicuo, gracias a la dignidad del edificio, la multitud acudió a él en número tan grande que apenas se puede hallar uno que recuerde siquiera haber leído el nombre de Summano, el cual ya no puede oír nombrar una sola vez. Pero si la Felicidad no es una diosa, porque, como es verdad, es un don de Dios, hay que buscar a aquel dios que tiene poder para darla, y hay que abandonar aquella multitud perniciosa de dioses falsos a la que sigue la vana multitud de los hombres necios, haciéndose dioses de los dones de Dios y ofendiendo a Aquel cuyos dones son por la obstinación de una voluntad soberbia. Pues no puede estar libre de infelicidad quien adora a la Felicidad como a una diosa y abandona a Dios, dador de la felicidad; del mismo modo que no puede estar libre de hambre quien lame un pan pintado y no lo compra al hombre que tiene uno verdadero.

    Capítulo 24

    Las razones con que los paganos intentan defender el adorar entre los dioses los propios dones divinos

    IV, 24

    Podemos, sin embargo, considerar sus razones. ¿Es de creer, dicen, que nuestros antepasados estuvieron embotados hasta tal punto que no supieran que estas cosas son dones divinos y no dioses? Pero como sabían que tales cosas no se conceden a nadie sino por algún dios que las otorga gratuitamente, llamaron a los dioses cuyos nombres no encontraban con los nombres de aquellas cosas que consideraban dadas por ellos; a veces alterando ligeramente el nombre para ello, como, por ejemplo, de la guerra llamaron Belona, no bellum; de las cunas, Cunina, no cunæ; de la mies en pie, Segetia, no seges; de las manzanas, Pomona, no pomum; de los bueyes, Bubona, no bos. A veces, en cambio, sin alteración de la palabra, tal como se nombran las cosas mismas, de modo que la diosa que da dinero se llama Pecunia, y no se piensa que el dinero sea él mismo una diosa; así de Virtud, que da la virtud; Honor, que da el honor; Concordia, que da la concordia; Victoria, que da la victoria. Así, dicen, cuando se llama diosa a la Felicidad, lo que se quiere decir no es la cosa misma que se da, sino aquella deidad por la cual se da la felicidad.

    Capítulo 25

    Sobre el único Dios que ha de ser adorado, el cual, aunque se desconoce su nombre, se tiene sin embargo por dador de la felicidad

    IV, 25

    Una vez que se nos ha ofrecido esa razón, quizá persuadiremos mucho más fácilmente, como deseamos, a aquellos cuyo corazón no se ha endurecido demasiado. Pues si ahora la flaqueza humana ha percibido que la felicidad no puede ser dada sino por algún dios; si esto fue percibido por quienes adoraban a tantos dioses, a cuya cabeza ponían al propio Júpiter; si, en su ignorancia del nombre de Aquel por quien se daba la felicidad, convinieron en llamarle con el nombre de aquello mismo que creían que Él daba, entonces se sigue que pensaban que la felicidad no podía ser dada ni siquiera por el propio Júpiter, a quien ya adoraban, sino ciertamente por aquel a quien creyeron conveniente adorar bajo el nombre de la Felicidad misma. Afirmo plenamente la proposición de que creían que la felicidad era dada por un cierto Dios a quien no conocían: búsquesele, pues, a Él, adóresele, y es suficiente. Repúdiese la caterva de innumerables demonios, y baste este Dios a todo hombre a quien su don le basta. Pues a aquel, digo, no le bastará para adorar Dios, dador de la felicidad, a quien la felicidad misma no le basta para recibirla. Pero aquel a quien le basta (y el hombre no tiene nada más que deba desear) sirva al único Dios, dador de la felicidad. Este Dios no es aquel a quien llaman Júpiter. Pues si lo reconocieran como dador de la felicidad, no buscarían, bajo el nombre de la Felicidad misma, a otro dios o diosa por quien se pudiera dar la felicidad; ni tolerarían que el propio Júpiter fuera adorado con atributos tan infames. Pues se dice de él que es el corruptor de las esposas ajenas; es el amante desvergonzado y raptor de un hermoso muchacho.

    Capítulo 26. De los juegos escénicos, cuya celebración han exigido los dioses a sus adoradores

    IV, 26

    «Pero,» dice Cicerón, «Homero inventó estas cosas y transfirió lo humano a los dioses; yo preferiría transferir lo divino a nosotros.» El poeta, al atribuir tales crímenes a los dioses, ha desagradado justamente al hombre grave. ¿Por qué, entonces, los juegos escénicos, donde habitualmente se narran, se representan y se exhiben estos crímenes en honor de los dioses, son contados entre las cosas divinas por los hombres más doctos? Cicerón debería clamar, no contra las invenciones de los poetas, sino contra las costumbres de los antiguos. ¿No habrían clamado ellos en respuesta: ¿Qué hemos hecho? Los propios dioses han exigido a gritos que estos juegos se exhiban en su honor, los han reclamado con fiereza, han amenazado con destrucción a menos que se realizaran, han vengado su negligencia con gran severidad y han manifestado placer ante la reparación de tal negligencia. Entre sus obras virtuosas y maravillosas se cuenta la siguiente. Se anunció en un sueño a Tito Latinio, un rústico romano, que debía ir al senado y decirles que recomenzaran los juegos de Roma, porque el primer día de su celebración un criminal condenado había sido llevado al suplicio a la vista del pueblo, un incidente tan triste que perturbaba a los dioses que buscaban diversión en los juegos. Y cuando el campesino que había recibido esta intimación temió al día siguiente llevarla al senado, se le renovó la noche siguiente en forma más severa: perdió a su hijo por su negligencia. A la tercera noche se le advirtió que le amenazaba un castigo aún más grave si seguía negándose a obedecer. Cuando aun así no se atrevió a obedecer, cayó en una enfermedad virulenta y horrible. Pero entonces, por consejo de sus amigos, informó a los magistrados, fue llevado en litera al senado y, habiendo declarado su sueño, recobró inmediatamente las fuerzas y se marchó por su propio pie sano. El senado, asombrado ante tan gran milagro, decretó que los juegos se renovaran con cuádruple costo. ¿Qué hombre sensato no ve que los hombres, engañados por demonios malignos, de cuya dominación nada los libra sino la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor, han sido obligados por la fuerza a exhibir a tales dioses juegos que, si estuvieran bien aconsejados, condenarían como vergonzosos? Es cierto que en estos juegos se celebran los crímenes poéticos de los dioses, y sin embargo son juegos que fueron restablecidos por decreto del senado, bajo compulsión de los dioses. En estos juegos los actores más desvergonzados celebraban a Júpiter como corruptor de la castidad, y así le daban placer. Si aquello era una ficción, él se habría movido a ira; pero si se deleitaba con la representación de sus crímenes, aunque fabulosos, entonces, cuando se le adoraba, ¿a quién sino al diablo se podía servir? ¿Es posible que pudiera fundar, extender y preservar el imperio romano aquel que era más vil que cualquier hombre romano a quien tales cosas desagradaban? ¿Podía dar la felicidad aquel que era adorado tan infelizmente, y que, a menos que se le adorara así, era provocado a ira aún más infelizmente?

    Capítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola

    IV, 27

    Se refiere que el doctísimo pontífice Escévola había distinguido tres clases de dioses: una introducida por los poetas, otra por los filósofos y otra por los hombres de Estado. La primera, dice, es frívola, porque los poetas han inventado muchas cosas indignas acerca de los dioses; la segunda no conviene a los Estados, porque contiene algunas cosas superfluas y otras que sería perjudicial que el pueblo conociera. Sobre las cosas superfluas no hay gran problema, pues es dicho común de los juristas hábiles: «Lo superfluo no daña.» Pero ¿cuáles son las cosas que dañan cuando se presentan ante la multitud? «Estas,» dice, «que Hércules, Esculapio, Cástor y Pólux no son dioses; pues los hombres doctos declaran que estos fueron solo hombres y cedieron a la suerte común de los mortales.» ¿Qué más? «Que los Estados no tienen las verdaderas imágenes de los dioses; porque el Dios verdadero no tiene sexo, ni edad, ni miembros corporales definidos.» El pontífice no quiere que el pueblo sepa estas cosas; pues no piensa que sean falsas. Cree, por tanto, que es conveniente que los Estados sean engañados en materia de religión; lo cual el propio Varrón no duda en decir en sus libros sobre las cosas divinas. ¡Excelente religión, a la que el débil, que necesita ser librado, puede huir en busca de auxilio; y cuando busca la verdad por la cual pueda ser librado, se cree conveniente para él que sea engañado! Y, ciertamente, en estos mismos libros, Escévola no calla su razón para rechazar la clase poética de dioses, a saber: «porque desfiguran tanto a los dioses que no podrían soportar comparación ni siquiera con hombres buenos, cuando hacen que uno cometa robo, otro adulterio; o, también, que diga o haga algo más vil y neciamente; como que tres diosas contendieron entre sí por el premio de la belleza, y las dos vencidas por Venus destruyeron Troya; que Júpiter se transformó en toro o cisne para ayuntarse con alguien; que una diosa se casó con un hombre, y Saturno devoró a sus hijos; que, en fin, no hay nada que pueda imaginarse, sea de lo milagroso o de lo vicioso, que no se encuentre allí, y sin embargo esté muy lejos de la naturaleza de los dioses.» ¡Oh sumo pontífice Escévola, suprime los juegos si puedes; instruye al pueblo para que no ofrezca tales honores a los dioses inmortales, en los cuales, si quieren, pueden admirar los crímenes de los dioses y, en lo posible, si les place, imitarlos! Pero si el pueblo te hubiera respondido: Tú, oh pontífice, has introducido estas cosas entre nosotros, entonces pregunta a los propios dioses, a cuya instigación has ordenado estas cosas, que no ordenen que se les ofrezcan tales honores. Porque si son malas, y por tanto de ningún modo han de creerse acerca de la mayoría de los dioses, mayor es la injuria hecha a los dioses acerca de quienes se fingen impunemente. Pero no te oyen; son demonios, enseñan cosas perversas, se regocijan en cosas viles; y no solo no consideran injuria que estas cosas se finjan acerca de ellos, sino que es una injuria que no pueden soportar si no se representan en sus festividades señaladas. Pero ahora, si invocaras a Júpiter contra ellos, principalmente por aquella razón de que más crímenes suyos suelen representarse en los juegos escénicos, ¿acaso no es el caso que, aunque lo llames dios Júpiter, por quien todo este mundo es regido y administrado, es él a quien tú haces la mayor injuria, porque has pensado que debe ser adorado junto con ellos, y lo has llamado su rey?

    Capítulo 28

    Si el culto de los dioses ha sido de algún servicio a los romanos para obtener y extender el imperio

    IV, 28

    Por tanto, tales dioses, que son propiciados con tales honores, o más bien son acusados por ellos (pues es mayor crimen deleitarse en que se digan falsamente tales cosas de ellos, que si pudieran decirse verdaderamente), nunca por ningún medio habrían podido aumentar y conservar el imperio romano. Porque si hubieran podido hacerlo, más bien habrían otorgado tan gran don a los griegos, quienes, en esta clase de cosas divinas —es decir, en los juegos escénicos—, los han adorado más honorable y dignamente, aunque no se han eximido de aquellas calumnias de los poetas, por quienes veían a los dioses despedazados, dándoles licencia para maltratar a cualquier hombre que quisieran, y no han considerado viles a los propios actores escénicos, sino que los han tenido por dignos incluso de honor distinguido. Pero así como los romanos pudieron tener moneda de oro, aunque no adoraran a un dios Aurino, así también pudieron tener moneda de plata y de bronce, y sin embargo no adorar ni a Argentino ni a su padre Escúlano; y así de todo lo demás, que me sería fastidioso detallar. Se sigue, por tanto, que ni por ningún medio pudieron alcanzar tal dominio si el Dios verdadero no lo quería; y que si estos dioses, falsos y muchos, fueran desconocidos o despreciados, y Él solo fuera conocido y adorado con fe y virtud sinceras, tendrían aquí un reino mejor, cualquiera que fuese su extensión, y, tuvieran o no uno aquí, recibirían después un reino eterno.
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