Acerca de los muchos dioses a quienes los doctores paganos defienden como siendo uno y el mismo Júpiter
IV, 11
Digan, pues, cuanto quieran en razonamientos y disputas físicas. Unas veces sea Júpiter el alma de este mundo corporal, que llena y mueve toda aquella mole, construida y compactada de cuatro, o de cuantos elementos quieran; otras veces, ceda a su hermana y hermanos sus partes de ella: ora sea el éter, para que desde arriba abrace a Juno, el aire extendido debajo; de nuevo, sea el cielo entero junto con el aire, y fecunde con lluvias y semillas fertilizantes a la tierra, como esposa suya y, al mismo tiempo, madre suya (pues esto no es vil en los seres divinos); y aún otra vez (para que no sea necesario recorrerlos todos), sea él, el único dios, de quien muchos piensan que fue dicho por un nobilísimo poeta,
Pues Dios penetra todas las cosas,
Todas las tierras, y las extensiones del mar, y la profundidad de los cielos,
Todas las tierras, y las extensiones del mar, y la profundidad de los cielos,
— sea él quien en el éter es Júpiter; en el aire, Juno; en el mar, Neptuno; en las partes inferiores del mar, Salacia; en la tierra, Plutón; en la parte inferior de la tierra, Proserpina; en los hogares domésticos, Vesta; en el horno de los artesanos, Vulcano; entre los astros, Sol y Luna, y las Estrellas; en la adivinación, Apolo; en el comercio, Mercurio; en Jano, el iniciador; en Término, el terminador; Saturno, en el tiempo; Marte y Belona, en la guerra; Líber, en las viñas; Ceres, en los sembrados; Diana, en las selvas; Minerva, en la erudición. Finalmente, sea él quien está en aquella turba, por así decirlo, de dioses plebeyos: presida bajo el nombre de Líber sobre la semilla de los hombres, y bajo el de Líbera sobre la de las mujeres: sea Diespiter, que saca a luz el parto: sea la diosa Mena, a quien pusieron sobre la menstruación de las mujeres: sea Lucina, a quien invocan las mujeres en el parto: traiga ayuda a los que nacen, tomándolos del seno de la tierra, y sea llamado Opis: abra la boca al niño que llora, y sea llamado el dios Vaticano: levántelo de la tierra, y sea llamada la diosa Levana; atienda a las cunas, y sea llamada la diosa Cunina: no sea otro que él quien está en aquellas diosas que cantan los hados de los recién nacidos, y son llamadas Carmentes: presida sobre los acontecimientos fortuitos, y sea llamado Fortuna: en la diosa Rumina, exprima el pecho al pequeño, porque los antiguos llamaban al pecho ruma: en la diosa Potina, administre la bebida: en la diosa Educa, suministre el alimento: por el terror de los niños, sea llamado Paventia: por la esperanza que llega, Venilia: por la voluptuosidad, Volupia: por la acción, Agenor: por los estímulos con que el hombre es aguijoneado a mucha acción, sea llamada la diosa Estímula: sea la diosa Estrenia, para hacer esforzado; Numeria, que enseña a contar; Camena, que enseña a cantar: sea a la vez el dios Conso para conceder consejo, y la diosa Sentia para inspirar sentencias: sea la diosa Juventud, que, depuesta la toga de la niñez, se encarga del comienzo de la edad juvenil: sea Fortuna Barbada, que dota a los adultos de barba, a quien no han querido honrar; de modo que esta divinidad, sea cual fuere, sea al menos un dios masculino, llamado o Barbado, de barba, como Nodoto, de nodus; o, ciertamente, no Fortuna, sino, porque tiene barbas, Fortunio: él, en el dios Jugatino, unza en matrimonio a las parejas; y cuando se desata el ceñidor de la esposa virgen, sea invocado como la diosa Virginiensis: sea Mutuno o Tuterno, que entre los griegos es llamado Príapo. Si no se avergüenzan de ello, todos estos que he nombrado, y cuantos otros no he nombrado (pues no he tenido por conveniente nombrarlos todos), todos estos dioses y diosas sean aquel único Júpiter, ya sea, como algunos quieren, que todos éstos son partes de él, o son sus potestades, como piensan quienes se complacen en considerarlo alma del mundo, que es la opinión de la mayoría de sus doctores, y de los más grandes. Si estas cosas son así (cuán malas sean no lo indago todavía por ahora), ¿qué perderían si, por una abreviación más prudente, adoraran a un solo dios? Pues ¿qué parte de él podría ser despreciada si él mismo fuera adorado? Pero si temen que algunas partes de él se enojen por ser pasadas por alto o descuidadas, entonces no es el caso, como quieren, de que este todo sea como la vida de un solo ser viviente, que contiene a todos los dioses juntos, como si fueran sus virtudes, o miembros, o partes; sino que cada parte tiene su propia vida separada de las demás, si es así que una puede airarse, aplacarse o conmoverse más que otra. Pero si se dice que todos juntos —es decir, el propio Júpiter entero— se ofenderían si sus partes no fueran también adoradas singular y minuciosamente, se habla neciamente. Ciertamente ninguna de ellas podría ser pasada por alto si se adorara a aquel que solo posee todas ellas. Pues, para omitir otras cosas innumerables, cuando dicen que todas las estrellas son partes de Júpiter, y que todas están vivas, y tienen almas racionales, y por tanto indudablemente son dioses, ¿no pueden ver a cuántas no adoran, a cuántas no levantan templos ni erigen altares, y a cuán poquísimas, de hecho, de las estrellas han pensado en erigirlos y ofrecer sacrificio? Si, por tanto, se desagradan las que no son adoradas una por una, ¿no temen vivir con sólo unas pocas aplacadas, mientras todo el cielo está desagradado? Pero si adoran a todas las estrellas porque son parte de Júpiter, a quien adoran, por el mismo método compendioso podrían suplicarlas a todas en él solo. Pues de este modo nadie se desagradaría, ya que en él solo serían suplicadas todas. Nadie sería despreciado, en lugar de haber justa causa de desagrado dada al número mucho mayor de las que son pasadas por alto en el culto ofrecido a algunas; especialmente cuando Príapo, tendido en vil desnudez, es preferido a aquellos que brillan desde su morada superna.
Sobre la opinión de quienes han pensado que Dios es el alma del mundo, y el mundo es el cuerpo de Dios
IV, 12
¿No deberían los hombres de inteligencia, y aun los hombres de toda clase, ser movidos a examinar la naturaleza de esta opinión? Pues no se necesita una capacidad excelente para esta tarea, para que, dejando a un lado el deseo de contienda, observen que si Dios es el alma del mundo, y el mundo es como un cuerpo para Él, que es el alma, Él debe ser un solo ser viviente que consta de alma y cuerpo, y que este mismo Dios es una especie de seno de la naturaleza que contiene en sí todas las cosas, de modo que las vidas y las almas de todos los vivientes son tomadas, según la manera del nacimiento de cada uno, de su alma que vivifica toda esa masa, y por tanto nada en absoluto queda que no sea parte de Dios. Y si esto es así, ¿quién no ve qué consecuencias impías e irreligiosas se siguen, tales como que cualquier cosa que uno pise, debe pisar una parte de Dios, y al matar a cualquier criatura viviente, debe ser degollada una parte de Dios? Pero no quiero pronunciar todo lo que puede ocurrírseles a quienes piensan en ello, y que, sin embargo, no puede decirse sin irreverencia.
IV, 13
Pero si sostienen que solo los animales racionales, como los hombres, son partes de Dios, no veo realmente cómo, si el mundo entero es Dios, pueden separar a las bestias de ser partes de Él. Mas ¿qué necesidad hay de disputar sobre eso? En cuanto al animal racional mismo —esto es, el hombre—, ¿qué creencia más desdichada puede abrigarse que la de que una parte de Dios es azotada cuando se azota a un muchacho? Y ¿quién, a menos que esté bastante loco, podría soportar el pensamiento de que partes de Dios puedan volverse lascivas, inicuas, impías y del todo condenables? En fin, ¿por qué se enoja Dios con quienes no lo adoran, si estos ofensores son partes de sí mismo? Queda, por tanto, que han de decir que todos los dioses tienen sus propias vidas; que cada uno vive para sí, y ninguno de ellos es parte de otro; sino que todos han de ser adorados, al menos cuantos puedan ser conocidos y adorados; pues son tantos que es imposible que todos puedan serlo. Y de todos estos, creo que Júpiter, porque preside como rey, es tenido por ellos por haber establecido y extendido el imperio romano. Pues si no lo ha hecho él, ¿qué otro dios creen que podría haber intentado tan grande obra, cuando todos han de estar ocupados con sus propios oficios y obras, y ninguno puede entrometerse en los de otro? ¿Podría, pues, el reino de los hombres ser propagado y acrecentado por el rey de los dioses?
La ampliación de los reinos se atribuye sin razón a Júpiter; pues si, como ellos quieren, Victoria es una diosa, ella sola bastaría para este asunto
IV, 14
Aquí, en primer lugar, pregunto por qué el reino mismo no es algún dios. Pues ¿por qué no habría de serlo también, si Victoria es una diosa? ¿O qué necesidad hay del propio Júpiter en este asunto, si Victoria favorece y es propicia, y va siempre a aquellos a quienes quiere hacer vencedores? Siendo esta diosa favorable y propicia, aunque Júpiter estuviera ocioso y no hiciera nada, ¿qué naciones podrían quedar sin someter, qué reino no cedería? Pero acaso desagrada a los hombres buenos combatir con la más inicua injusticia y provocar con guerra voluntaria a vecinos pacíficos que no hacen daño, para ampliar un reino. Si así lo sienten, lo apruebo y alabo enteramente.
IV, 15
Pregunten, pues, si es del todo propio de los hombres buenos alegrarse de un imperio extendido. Porque la iniquidad de aquellos contra quienes se hacen guerras justas favorece el crecimiento de un reino, el cual ciertamente habría sido pequeño si la paz y la justicia de los vecinos no hubieran provocado, por agravio alguno, la guerra contra ellos; y siendo así más felices las cosas humanas, todos los reinos habrían sido pequeños, gozando de concordia vecinal; y de este modo habría muchísimos reinos de naciones en el mundo, como hay muchísimas casas de ciudadanos en una ciudad. Por tanto, hacer la guerra y extender un reino sobre naciones totalmente sometidas les parece a los malos felicidad, y a los buenos necesidad. Pero como sería peor que los injuriosos dominaran a los más justos, por eso aun eso no se llama impropiamente felicidad. Mas sin duda es mayor felicidad tener un buen vecino en paz, que vencer a uno malo haciendo la guerra. Malos son vuestros deseos, cuando deseáis que aquel a quien odiáis o teméis se halle en condición tal que podáis vencerlo. Si, por tanto, haciendo guerras justas, no impías ni injustas, los romanos pudieron adquirir tan grande imperio, ¿no deberían adorar como a una diosa incluso a la injusticia de los extranjeros? Pues vemos que esta ha cooperado mucho en extender el imperio, haciendo a los extranjeros tan injustos que se volvieron gente con la cual podían hacerse guerras justas, y el imperio crecía. ¿Y por qué no podría también la injusticia, al menos la de las naciones extranjeras, ser una diosa, si el Miedo y el Pavor y la Fiebre han merecido ser dioses romanos? Por estos dos, entonces —es decir, por la injusticia extranjera y por la diosa Victoria, pues la injusticia suscita causas de guerras, y Victoria lleva esas mismas guerras a feliz término—, el imperio ha crecido, aun cuando Júpiter haya estado ocioso. Pues ¿qué parte podría tener aquí Júpiter, cuando aquellas cosas que podrían considerarse beneficios suyos son tenidas por dioses, llamadas dioses, adoradas como dioses, y ellas mismas son invocadas para sus propias competencias? Él también podría tener aquí alguna parte, si él mismo pudiera ser llamado Imperio, así como ella es llamada Victoria. O si el imperio es don de Júpiter, ¿por qué no podría tenerse también la victoria por don suyo? Y ciertamente se habría tenido por tal, si hubiera sido reconocido y adorado, no como una piedra en el Capitolio, sino como el verdadero Rey de reyes y Señor de señores.
Cuál fue la razón por la que los romanos, al detallar dioses separados para todas las cosas y todos los movimientos del ánimo, quisieron tener el templo de la Quietud fuera de las puertas
IV, 16
Pero me maravilla mucho que, mientras asignaban a dioses separados cada una de las cosas y (casi) todos los movimientos del ánimo; mientras invocaban a la diosa Agenoria, para que excitara a la acción; a la diosa Estímula, para que estimulara a una acción desacostumbrada; a la diosa Murcia, para que no moviera a los hombres más allá de la medida, sino que los hiciera, como dice Pomponio, múrcidos —es decir, demasiado perezosos e inactivos—; a la diosa Estrenua, para que los hiciera esforzados; y mientras ofrecían a todos estos dioses y diosas culto solemne y público, no quisieron, sin embargo, dar reconocimiento público a aquella a quien llaman Quietud porque hace quietos a los hombres, sino que le edificaron su templo fuera de la puerta Colina. ¿Fue esto un síntoma de un ánimo inquieto, o más bien se daba a entender así que quien perseverara en adorar a aquella multitud —no, por cierto, de dioses, sino de demonios— no podía habitar con la quietud; a la cual el verdadero Médico llama, diciendo: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas?»
IV, 17
¿O dicen, acaso, que Júpiter envía a la diosa Victoria, y que ella, obrando como en obediencia al rey de los dioses, viene a aquellos a quienes él la hubiera enviado, y fija su morada en su bando? Esto se dice con verdad, no de Júpiter, a quien ellos, según su propia imaginación, fingen rey de los dioses, sino de Aquel que es el verdadero Rey eterno, porque envía, no a Victoria, que no es persona, sino a su ángel, y hace vencer a quien le place; cuyo consejo puede estar oculto, pero no puede ser injusto. Pues si Victoria es una diosa, ¿por qué no es también Triunfo un dios, y unido a Victoria como esposo, o hermano, o hijo? Ciertamente, han imaginado tales cosas acerca de los dioses, que si los poetas hubieran fingido otras semejantes y nosotros las discutiéramos, habrían respondido que eran ficciones ridículas de los poetas, no atribuibles a verdaderas deidades. Y sin embargo, ellos mismos no se reían cuando, no leyendo en los poetas, sino adorando en los templos, veneraban tales necedades seniles. Por tanto, deberían rogar a Júpiter solo por todas las cosas, y suplicarle únicamente a él. Pues si Victoria es una diosa y está bajo él como su rey, adondequiera que él la hubiera enviado, ella no podría atreverse a resistir y hacer su propia voluntad antes que la de él.
IV, 18
¿Qué diremos, además, de la idea de que la Felicidad también es una diosa? Ha recibido un templo; ha merecido un altar; se le tributan ritos de culto adecuados. Ella sola, entonces, debería ser adorada. Pues donde ella está presente, ¿qué bien puede faltar? Mas ¿qué desea un hombre, que piensa que la Fortuna también es diosa y la adora? ¿Es una cosa la felicidad y otra la fortuna? La Fortuna, en verdad, puede ser mala lo mismo que buena; pero la felicidad, si pudiera ser mala, no sería felicidad. Ciertamente debemos pensar que todos los dioses de uno y otro sexo (si también tienen sexo) son solamente buenos. Esto dice Platón; esto dicen otros filósofos; esto dicen todos los gobernantes estimables de la república y de las naciones. ¿Cómo es, pues, que la diosa Fortuna es a veces buena y a veces mala? ¿Acaso sucede que cuando es mala no es diosa, sino que de repente se convierte en un demonio maligno? ¿Cuántas Fortunas hay entonces? Tantas cuantos hombres hay afortunados, es decir, de buena fortuna. Pero como también debe haber muchísimos otros que al mismo tiempo son hombres de mala fortuna, ¿podría ella, siendo una y la misma Fortuna, ser a un tiempo mala y buena —la una para estos, la otra para aquellos—? La que es diosa, ¿es siempre buena? Entonces ella misma es la felicidad. ¿Por qué, pues, se le dan dos nombres? Aunque esto es tolerable; porque es costumbre que una misma cosa se llame con dos nombres. Pero ¿por qué templos diferentes, altares diferentes, rituales diferentes? Hay una razón, dicen: porque la Felicidad es aquella a quien los buenos tienen por mérito previo; pero la fortuna, que se llama buena sin prueba alguna de mérito, sobreviene a buenos y malos fortuitamente, de donde también se la llama Fortuna. ¿Cómo, por tanto, es buena quien sin discernimiento alguno viene tanto a los buenos como a los malos? ¿Por qué se la adora, siendo así ciega, corriendo al azar sobre cualquiera, de modo que en la mayoría de los casos pasa de largo junto a sus adoradores y se adhiere a quienes la desprecian? O si sus adoradores sacan algún provecho, de manera que son vistos y amados por ella, entonces sigue al mérito, y no viene fortuitamente. ¿Qué se hace, pues, de aquella definición de la fortuna? ¿Qué se hace de la opinión de que ella ha recibido su propio nombre de los sucesos fortuitos? Pues de nada le aprovecha a uno adorarla si ella es verdaderamente fortuna. Pero si distingue a sus adoradores, para beneficiarlos, no es fortuna. ¿O acaso la envía también Júpiter adonde le place? Entonces adórese a él solo; porque la Fortuna no puede resistirle cuando le ordena, y la envía donde le place. O, al menos, adórenla los malos, que no quieren tener mérito por el cual pudiera ser invitada la diosa Felicidad.
IV, 19
A esta supuesta deidad, a quien llaman Fortuna, le atribuyen tanto, en efecto, que tienen por tradición que la imagen de ella, dedicada por las matronas romanas y llamada Fortuna de las Mujeres, ha hablado, y ha dicho, una y otra vez, que las matronas le agradaban con su homenaje; lo cual, en verdad, si es cierto, no debe suscitar nuestra admiración. Porque no es tan difícil para los demonios malignos engañar, y tanto más deberían advertir su astucia y sus ardides, cuanto que es aquella diosa que viene por casualidad la que ha hablado, y no aquella que viene a premiar el mérito. Pues la Fortuna fue locuaz y la Felicidad muda; ¿y por qué otra razón sino para que los hombres no se cuidaran de vivir rectamente, habiendo hecho amiga suya a la Fortuna, que podía hacerlos afortunados sin ningún buen merecimiento? Y en verdad, si la Fortuna habla, al menos debería hablar no con voz femenina, sino masculina; no sea que los mismos que dedicaron la imagen piensen que tan gran milagro ha sido obrado por la locuacidad femenina.
Sobre la Virtud y la Fe, que los paganos han honrado con templos y ritos sagrados, pasando por alto otras buenas cualidades, que igualmente deberían haber sido adoradas, si con razón se atribuía la divinidad a estas
IV, 20
También han hecho de la Virtud una diosa, la cual, en verdad, si pudiera ser diosa, habría sido preferible a muchas. Y ahora, porque no es una diosa, sino un don de Dios, obténgase ella por oración de Aquel por quien solo puede ser dada, y toda la multitud de dioses falsos se desvanece. Pero ¿por qué se cree que la Fe es una diosa, y por qué recibe ella misma templo y altar? Pues quien prudentemente la reconoce hace de su propio ser una morada para ella. Mas ¿cómo saben qué es la fe, de la cual es función primera y mayor que se crea en el Dios verdadero? Pero ¿por qué no había bastado la virtud? ¿No incluye ella también la fe? Por cuanto han creído conveniente dividir la virtud en cuatro clases —la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza—, y como cada una de estas clases tiene sus propias virtudes, la fe está entre las partes de la justicia, y ocupa el primer lugar entre cuantos de nosotros sabemos lo que significa aquella sentencia: «El justo vivirá por la fe.» [] Pero si la Fe es una diosa, me admiro de que estos amantes apasionados de una multitud de dioses hayan agraviado a tantas otras diosas, pasándolas por alto, cuando podrían haberles dedicado templos y altares igualmente. ¿Por qué la templanza no ha merecido ser diosa, cuando algunos príncipes romanos han obtenido no poca gloria por causa de ella? ¿Por qué, en fin, no es diosa la fortaleza, que ayudó a Mucio cuando metió su mano derecha en las llamas; que ayudó a Curcio, cuando por el bien de su patria se arrojó de cabeza a la tierra abierta; que ayudó a Decio el padre y a Decio el hijo, cuando se consagraron por el ejército?— aunque podríamos preguntar si estos hombres tuvieron verdadera fortaleza, si esto atañera a nuestra presente discusión. ¿Por qué la prudencia y la sabiduría no han merecido lugar alguno entre los dioses? ¿Acaso porque todas son adoradas bajo el nombre general de la Virtud misma? Entonces podrían adorar así también al Dios verdadero, de quien se piensa que todos los demás dioses son partes. Pero en ese único nombre de virtud se comprenden tanto la fe como la castidad, las cuales, sin embargo, han obtenido altares separados en templos propios.
Que, aunque no entendían que son dones de Dios, deberían al menos haberse contentado con la Virtud y la Felicidad
IV, 21
A estas, no la verdad sino la vanidad las ha hecho diosas. Pues son dones del Dios verdadero, no diosas ellas mismas. Sin embargo, donde están la virtud y la felicidad, ¿qué otra cosa se busca? ¿Qué puede bastar al hombre a quien la virtud y la felicidad no bastan? Porque ciertamente la virtud comprende todo lo que necesitamos hacer, y la felicidad todo lo que necesitamos desear. Si, pues, se adoraba a Júpiter para que diera estas dos cosas —porque, si la extensión y duración del imperio es algo bueno, pertenece a esta misma felicidad—, ¿por qué no se entiende que no son diosas, sino dones de Dios? Mas si se las juzga diosas, entonces al menos no debería buscarse aquella otra gran multitud de dioses. Pues, habiendo considerado todos los oficios que su fantasía ha distribuido entre los diversos dioses y diosas, hallen, si pueden, algo que pudiera ser otorgado por cualquier dios a un hombre que posea la virtud y posea la felicidad. ¿Qué instrucción podría buscarse de Mercurio o de Minerva, cuando la Virtud ya poseía todo en sí misma? La virtud, en efecto, es definida por los antiguos como el arte mismo de vivir bien y rectamente. De ahí que, como la virtud se llama en griego [ἀρετη], se ha pensado que los latinos han derivado de ella el término arte. Pero si la Virtud no puede llegar sino a los ingeniosos, ¿qué necesidad había del dios padre Cacio, que hiciera a los hombres cautos, esto es, agudos, cuando la Felicidad podía conferir esto? Porque nacer ingenioso pertenece a la felicidad. Por lo cual, aunque la diosa Felicidad no podía ser adorada por uno aún no nacido, para que, hecha amiga suya, pudiera otorgarle esto, sí podía conferir este favor a los padres que la adoraban, a fin de que les nacieran hijos ingeniosos. ¿Qué necesidad tenían las mujeres en el parto de invocar a Lucina, cuando, estando presente la Felicidad, tendrían no solo un buen alumbramiento, sino también buenos hijos? ¿Qué necesidad había de encomendar los niños a la diosa Ops cuando nacían; al dios Vaticano en su primer vagido; a la diosa Cunina cuando yacían en la cuna; a la diosa Rumina cuando mamaban; al dios Estatilino cuando estaban de pie; a la diosa Adeona cuando venían; a Abeona cuando se iban; a la diosa Mens para que tuvieran buena mente; al dios Volumno y a la diosa Volumna para que desearan bienes; a los dioses nupciales para que hicieran buenos matrimonios; a los dioses rurales, y principalmente a la diosa Fructesca misma, para que recibieran frutos abundantísimos; a Marte y Belona, para que hicieran bien la guerra; a la diosa Victoria, para que vencieran; al dios Honor, para que fueran honrados; a la diosa Pecunia, para que tuvieran dinero en abundancia; al dios Escúlano y a su hijo Argentino, para que tuvieran monedas de bronce y plata? Porque establecen a Escúlano como padre de Argentino por esta razón: que la moneda de bronce comenzó a usarse antes que la de plata. Pero me admiro de que Argentino no haya engendrado a Aurino, puesto que también ha seguido la moneda de oro. Si pudieran tenerlo por dios, preferirían a Aurino tanto a su padre Argentino como a su abuelo Escúlano, así como anteponen a Júpiter a Saturno. Por tanto, ¿qué necesidad había, a causa de estos dones, ya del alma, ya del cuerpo, ya de los bienes externos, de adorar e invocar tan gran multitud de dioses, a todos los cuales no he mencionado, ni ellos mismos han podido proveer a todos los beneficios humanos, ordenados minuciosa y singularmente, dioses minúsculos y singulares, cuando la única diosa Felicidad podía, con la mayor facilidad, otorgar compendiosamente todos ellos? Ni debería buscarse ningún otro, ni para el otorgamiento de bienes, ni para la evitación de males. Pues ¿por qué habrían de invocar a la diosa Fesonia para los fatigados; para ahuyentar a los enemigos, a la diosa Pelonia; para los enfermos, como médico, a Apolo o a Esculapio, o a ambos juntos si hubiera gran peligro? Tampoco debería rogarse al dios Espiniense para que arrancara las espinas de los campos; ni a la diosa Rubigo para que no viniera el tizón —estando presente y velando la sola Felicidad, o no habrían surgido males, o habrían sido ahuyentados con gran facilidad—. Finalmente, ya que tratamos de estas dos diosas, la Virtud y la Felicidad, si la felicidad es el premio de la virtud, no es una diosa, sino un don de Dios. Mas si es una diosa, ¿por qué no se puede decir que confiere la virtud misma, en cuanto que es una gran felicidad alcanzar la virtud?
Sobre el conocimiento del culto debido a los dioses, que Varrón se gloria de haber conferido él mismo a los romanos
IV, 22
¿Qué es, pues, lo que Varrón se jacta de haber otorgado como un grandísimo beneficio a sus conciudadanos, porque no solo enumera los dioses que los romanos deben adorar, sino que también dice lo que corresponde a cada uno de ellos? «Así como de nada aprovecha,» dice, «conocer el nombre y el aspecto de un hombre que es médico y no saber que es médico, así,» dice, «de nada aprovecha saber bien que Esculapio es un dios, si no se advierte que él puede otorgar el don de la salud y, por consiguiente, no se sabe por qué se le debe suplicar.» También lo confirma con otra comparación, diciendo: «Nadie puede, no solo vivir bien, sino siquiera vivir, si no sabe quién es herrero, quién panadero, quién tejedor, de quién puede obtener un utensilio, a quién puede tomar por ayudante, a quién por guía, a quién por maestro;» afirmando «que de este modo a nadie puede caber duda de que, así, el conocimiento de los dioses es útil, si se puede saber qué fuerza, facultad o poder tiene cada dios en cada cosa. Pues de aquí podemos,» dice, «saber a qué dios debemos llamar e invocar para cada causa; no sea que hagamos lo que demasiados suelen hacer, y pidamos agua a Líber y vino a las linfas.» ¡Muy útil, por cierto! ¿Quién no daría gracias a este hombre si pudiera mostrar cosas verdaderas y si pudiera enseñar que el único Dios verdadero, de quien proceden todos los bienes, ha de ser adorado por los hombres?
Sobre la Felicidad, a quien los romanos, que veneran a muchos dioses, no adoraron durante mucho tiempo con honor divino, aunque ella sola habría bastado en lugar de todos
IV, 23
Pero ¿cómo sucede, si sus libros y rituales son verdaderos y la Felicidad es una diosa, que no se la haya designado a ella sola para ser adorada, puesto que podría conferir todas las cosas y hacer felices a los hombres de una vez? Pues ¿quién desea algo por otra razón que no sea llegar a ser feliz? ¿Por qué se dejó a Lúculo dedicar un templo a tan gran diosa en fecha tan tardía y después de tantos gobernantes romanos? ¿Por qué el propio Rómulo, ambicioso como era de fundar una ciudad afortunada, no erigió un templo a esta diosa antes que a todos los demás? ¿Por qué suplicó a los otros dioses por algo, si no le habría faltado nada de haber estado ella con él? Pues ni siquiera él habría sido primero rey y luego, como piensan, un dios, si esta diosa no le hubiera sido propicia. ¿Por qué, entonces, designó como dioses para los romanos a Jano, Júpiter, Marte, Pico, Fauno, Tiberino, Hércules y otros, si había más? ¿Por qué Tito Tacio añadió a Saturno, Ops, el Sol, la Luna, Vulcano, la Luz y todos los demás que añadió, entre los cuales estaba incluso la diosa Cloacina, mientras se descuidaba a la Felicidad? ¿Por qué Numa designó tantos dioses y tantas diosas sin esta? ¿Acaso fue porque no podía verla entre tan gran multitud? Ciertamente el rey Hostilio no habría introducido a los nuevos dioses Miedo y Pavor para ser propiciados, si hubiera podido conocer o adorar a esta diosa. Pues, en presencia de la Felicidad, el Miedo y el Pavor habrían desaparecido —no digo propiciados, sino puestos en fuga. A continuación pregunto: ¿cómo es que el imperio romano ya había crecido inmensamente antes de que alguien adorara a la Felicidad? ¿Era, pues, el imperio más grande que feliz? Pues ¿cómo podía haber verdadera felicidad allí donde no había verdadera piedad? Porque la piedad es el culto genuino del verdadero Dios, y no el culto de tantos demonios como dioses falsos hay. Y sin embargo, incluso después, cuando la Felicidad ya había sido admitida en el número de los dioses, sobrevino la gran infelicidad de las guerras civiles. ¿Acaso se indignó justamente la Felicidad, tanto porque fue invitada tan tarde como porque fue invitada no para honra, sino más bien para reproche, puesto que junto con ella se adoraba a Príapo, a Cloacina, al Miedo y al Pavor, a la Fiebre y a otros que no eran dioses que debieran adorarse, sino crímenes de los adoradores? Y por último, si pareció bien adorar a tan gran diosa junto con una multitud indignísima, ¿por qué al menos no fue adorada de manera más honorable que las demás? Pues ¿no es intolerable que la Felicidad no esté colocada ni entre los dioses Consentes, a quienes, según alegan, se admite en el consejo de Júpiter, ni entre los dioses que ellos llaman Selectos? Se le podría hacer un templo que fuera preeminente, tanto por la elevación del lugar como por la dignidad del estilo. ¿Por qué, en verdad, no algo mejor que lo que se hizo para el propio Júpiter? Pues ¿quién dio el reino incluso a Júpiter sino la Felicidad? Supongo que cuando reinaba era feliz. La Felicidad, sin embargo, es ciertamente más valiosa que un reino. Pues nadie duda de que fácilmente se podría encontrar a un hombre que tema ser hecho rey; pero no se encuentra a nadie que no quiera ser feliz. Por tanto, si se cree que se puede consultar a los dioses mediante el augurio o de cualquier otro modo, se debería consultar a los propios dioses sobre este asunto: si quieren ceder el lugar a la Felicidad. Si, acaso, el lugar ya estuviera ocupado por templos y altares de otros, donde se pudiera edificar a la Felicidad un templo mayor y más elevado, incluso el propio Júpiter podría ceder, para que la Felicidad obtuviera más bien la mismísima cumbre de la colina Capitolina. Pues no hay nadie que se resista a la Felicidad, excepto, lo que es imposible, alguien que desee ser infeliz. Ciertamente, si se le consultara, Júpiter en ningún caso haría lo que hicieron aquellos tres dioses, Marte, Término y Juventud, que se negaron rotundamente a ceder el lugar a su superior y rey. Pues, como registran sus libros, cuando el rey Tarquino quiso construir el Capitolio y advirtió que el lugar que le parecía más digno y adecuado estaba ocupado por otros dioses, no atreviéndose a hacer nada contra su agrado y creyendo que cederían de buen grado el lugar a un dios tan grande y que era su propio señor, porque había muchos de ellos allí cuando se fundó el Capitolio, consultó por augurio si querían ceder el lugar a Júpiter, y todos estuvieron dispuestos a marcharse de allí excepto aquellos que he nombrado: Marte, Término y Juventud; y por eso el Capitolio se construyó de tal manera que estos tres también pudieran estar dentro, aunque con signos tan oscuros que incluso los más doctos apenas podían saberlo. Seguramente, entonces, el propio Júpiter de ningún modo despreciaría a la Felicidad, como él mismo fue despreciado por Término, Marte y Juventud. Pero incluso aquellos mismos que no habían cedido el lugar a Júpiter ciertamente cederían el lugar a la Felicidad, que había hecho rey a Júpiter sobre ellos. Y si no cedieran el lugar, actuarían así no por desprecio de ella, sino porque preferían estar oscuros en la casa de la Felicidad antes que ser eminentes sin ella en sus propios lugares.
Así, establecida la diosa Felicidad en el lugar más amplio y elevado, los ciudadanos aprenderían de dónde debe buscarse el logro de todo buen deseo. Y así, por la persuasión de la naturaleza misma, abandonada la multitud superflua de otros dioses, se adoraría solo a la Felicidad, se le haría oración solo a ella, solo su templo sería frecuentado por los ciudadanos que quisieran ser felices, cosa que ninguno de ellos dejaría de querer; y así la felicidad, que se buscaba de todos los dioses, se buscaría solo de sí misma. Pues ¿quién desea recibir de algún dios otra cosa que la felicidad, o lo que supone que conduce a la felicidad? Por lo cual, si la Felicidad tiene en su poder estar con el hombre que le plazca (y lo tiene si es una diosa), ¡qué locura es, después de todo, buscar en otro dios a aquella a quien puedes obtener pidiéndosela a sí misma! Por tanto, deberían honrar a esta diosa por encima de los otros dioses, incluso por la dignidad del lugar. Pues, como leemos en sus propios autores, los antiguos romanos tributaron mayores honores a no sé qué Summano, a quien atribuían los rayos nocturnos, que a Júpiter, a quien se consideraba que pertenecían los rayos diurnos. Pero, después de que se hubo construido a Júpiter un templo famoso y conspicuo, gracias a la dignidad del edificio, la multitud acudió a él en número tan grande que apenas se puede hallar uno que recuerde siquiera haber leído el nombre de Summano, el cual ya no puede oír nombrar una sola vez. Pero si la Felicidad no es una diosa, porque, como es verdad, es un don de Dios, hay que buscar a aquel dios que tiene poder para darla, y hay que abandonar aquella multitud perniciosa de dioses falsos a la que sigue la vana multitud de los hombres necios, haciéndose dioses de los dones de Dios y ofendiendo a Aquel cuyos dones son por la obstinación de una voluntad soberbia. Pues no puede estar libre de infelicidad quien adora a la Felicidad como a una diosa y abandona a Dios, dador de la felicidad; del mismo modo que no puede estar libre de hambre quien lame un pan pintado y no lo compra al hombre que tiene uno verdadero.
Las razones con que los paganos intentan defender el adorar entre los dioses los propios dones divinos
IV, 24
Podemos, sin embargo, considerar sus razones. ¿Es de creer, dicen, que nuestros antepasados estuvieron embotados hasta tal punto que no supieran que estas cosas son dones divinos y no dioses? Pero como sabían que tales cosas no se conceden a nadie sino por algún dios que las otorga gratuitamente, llamaron a los dioses cuyos nombres no encontraban con los nombres de aquellas cosas que consideraban dadas por ellos; a veces alterando ligeramente el nombre para ello, como, por ejemplo, de la guerra llamaron Belona, no bellum; de las cunas, Cunina, no cunæ; de la mies en pie, Segetia, no seges; de las manzanas, Pomona, no pomum; de los bueyes, Bubona, no bos. A veces, en cambio, sin alteración de la palabra, tal como se nombran las cosas mismas, de modo que la diosa que da dinero se llama Pecunia, y no se piensa que el dinero sea él mismo una diosa; así de Virtud, que da la virtud; Honor, que da el honor; Concordia, que da la concordia; Victoria, que da la victoria. Así, dicen, cuando se llama diosa a la Felicidad, lo que se quiere decir no es la cosa misma que se da, sino aquella deidad por la cual se da la felicidad.
Sobre el único Dios que ha de ser adorado, el cual, aunque se desconoce su nombre, se tiene sin embargo por dador de la felicidad
IV, 25
Una vez que se nos ha ofrecido esa razón, quizá persuadiremos mucho más fácilmente, como deseamos, a aquellos cuyo corazón no se ha endurecido demasiado. Pues si ahora la flaqueza humana ha percibido que la felicidad no puede ser dada sino por algún dios; si esto fue percibido por quienes adoraban a tantos dioses, a cuya cabeza ponían al propio Júpiter; si, en su ignorancia del nombre de Aquel por quien se daba la felicidad, convinieron en llamarle con el nombre de aquello mismo que creían que Él daba, entonces se sigue que pensaban que la felicidad no podía ser dada ni siquiera por el propio Júpiter, a quien ya adoraban, sino ciertamente por aquel a quien creyeron conveniente adorar bajo el nombre de la Felicidad misma. Afirmo plenamente la proposición de que creían que la felicidad era dada por un cierto Dios a quien no conocían: búsquesele, pues, a Él, adóresele, y es suficiente. Repúdiese la caterva de innumerables demonios, y baste este Dios a todo hombre a quien su don le basta. Pues a aquel, digo, no le bastará para adorar Dios, dador de la felicidad, a quien la felicidad misma no le basta para recibirla. Pero aquel a quien le basta (y el hombre no tiene nada más que deba desear) sirva al único Dios, dador de la felicidad. Este Dios no es aquel a quien llaman Júpiter. Pues si lo reconocieran como dador de la felicidad, no buscarían, bajo el nombre de la Felicidad misma, a otro dios o diosa por quien se pudiera dar la felicidad; ni tolerarían que el propio Júpiter fuera adorado con atributos tan infames. Pues se dice de él que es el corruptor de las esposas ajenas; es el amante desvergonzado y raptor de un hermoso muchacho.
IV, 26
«Pero,» dice Cicerón, «Homero inventó estas cosas y transfirió lo humano a los dioses; yo preferiría transferir lo divino a nosotros.» El poeta, al atribuir tales crímenes a los dioses, ha desagradado justamente al hombre grave. ¿Por qué, entonces, los juegos escénicos, donde habitualmente se narran, se representan y se exhiben estos crímenes en honor de los dioses, son contados entre las cosas divinas por los hombres más doctos? Cicerón debería clamar, no contra las invenciones de los poetas, sino contra las costumbres de los antiguos. ¿No habrían clamado ellos en respuesta: ¿Qué hemos hecho? Los propios dioses han exigido a gritos que estos juegos se exhiban en su honor, los han reclamado con fiereza, han amenazado con destrucción a menos que se realizaran, han vengado su negligencia con gran severidad y han manifestado placer ante la reparación de tal negligencia. Entre sus obras virtuosas y maravillosas se cuenta la siguiente. Se anunció en un sueño a Tito Latinio, un rústico romano, que debía ir al senado y decirles que recomenzaran los juegos de Roma, porque el primer día de su celebración un criminal condenado había sido llevado al suplicio a la vista del pueblo, un incidente tan triste que perturbaba a los dioses que buscaban diversión en los juegos. Y cuando el campesino que había recibido esta intimación temió al día siguiente llevarla al senado, se le renovó la noche siguiente en forma más severa: perdió a su hijo por su negligencia. A la tercera noche se le advirtió que le amenazaba un castigo aún más grave si seguía negándose a obedecer. Cuando aun así no se atrevió a obedecer, cayó en una enfermedad virulenta y horrible. Pero entonces, por consejo de sus amigos, informó a los magistrados, fue llevado en litera al senado y, habiendo declarado su sueño, recobró inmediatamente las fuerzas y se marchó por su propio pie sano. El senado, asombrado ante tan gran milagro, decretó que los juegos se renovaran con cuádruple costo. ¿Qué hombre sensato no ve que los hombres, engañados por demonios malignos, de cuya dominación nada los libra sino la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor, han sido obligados por la fuerza a exhibir a tales dioses juegos que, si estuvieran bien aconsejados, condenarían como vergonzosos? Es cierto que en estos juegos se celebran los crímenes poéticos de los dioses, y sin embargo son juegos que fueron restablecidos por decreto del senado, bajo compulsión de los dioses. En estos juegos los actores más desvergonzados celebraban a Júpiter como corruptor de la castidad, y así le daban placer. Si aquello era una ficción, él se habría movido a ira; pero si se deleitaba con la representación de sus crímenes, aunque fabulosos, entonces, cuando se le adoraba, ¿a quién sino al diablo se podía servir? ¿Es posible que pudiera fundar, extender y preservar el imperio romano aquel que era más vil que cualquier hombre romano a quien tales cosas desagradaban? ¿Podía dar la felicidad aquel que era adorado tan infelizmente, y que, a menos que se le adorara así, era provocado a ira aún más infelizmente?
IV, 27
Se refiere que el doctísimo pontífice Escévola había distinguido tres clases de dioses: una introducida por los poetas, otra por los filósofos y otra por los hombres de Estado. La primera, dice, es frívola, porque los poetas han inventado muchas cosas indignas acerca de los dioses; la segunda no conviene a los Estados, porque contiene algunas cosas superfluas y otras que sería perjudicial que el pueblo conociera. Sobre las cosas superfluas no hay gran problema, pues es dicho común de los juristas hábiles: «Lo superfluo no daña.» Pero ¿cuáles son las cosas que dañan cuando se presentan ante la multitud? «Estas,» dice, «que Hércules, Esculapio, Cástor y Pólux no son dioses; pues los hombres doctos declaran que estos fueron solo hombres y cedieron a la suerte común de los mortales.» ¿Qué más? «Que los Estados no tienen las verdaderas imágenes de los dioses; porque el Dios verdadero no tiene sexo, ni edad, ni miembros corporales definidos.» El pontífice no quiere que el pueblo sepa estas cosas; pues no piensa que sean falsas. Cree, por tanto, que es conveniente que los Estados sean engañados en materia de religión; lo cual el propio Varrón no duda en decir en sus libros sobre las cosas divinas. ¡Excelente religión, a la que el débil, que necesita ser librado, puede huir en busca de auxilio; y cuando busca la verdad por la cual pueda ser librado, se cree conveniente para él que sea engañado! Y, ciertamente, en estos mismos libros, Escévola no calla su razón para rechazar la clase poética de dioses, a saber: «porque desfiguran tanto a los dioses que no podrían soportar comparación ni siquiera con hombres buenos, cuando hacen que uno cometa robo, otro adulterio; o, también, que diga o haga algo más vil y neciamente; como que tres diosas contendieron entre sí por el premio de la belleza, y las dos vencidas por Venus destruyeron Troya; que Júpiter se transformó en toro o cisne para ayuntarse con alguien; que una diosa se casó con un hombre, y Saturno devoró a sus hijos; que, en fin, no hay nada que pueda imaginarse, sea de lo milagroso o de lo vicioso, que no se encuentre allí, y sin embargo esté muy lejos de la naturaleza de los dioses.» ¡Oh sumo pontífice Escévola, suprime los juegos si puedes; instruye al pueblo para que no ofrezca tales honores a los dioses inmortales, en los cuales, si quieren, pueden admirar los crímenes de los dioses y, en lo posible, si les place, imitarlos! Pero si el pueblo te hubiera respondido: Tú, oh pontífice, has introducido estas cosas entre nosotros, entonces pregunta a los propios dioses, a cuya instigación has ordenado estas cosas, que no ordenen que se les ofrezcan tales honores. Porque si son malas, y por tanto de ningún modo han de creerse acerca de la mayoría de los dioses, mayor es la injuria hecha a los dioses acerca de quienes se fingen impunemente. Pero no te oyen; son demonios, enseñan cosas perversas, se regocijan en cosas viles; y no solo no consideran injuria que estas cosas se finjan acerca de ellos, sino que es una injuria que no pueden soportar si no se representan en sus festividades señaladas. Pero ahora, si invocaras a Júpiter contra ellos, principalmente por aquella razón de que más crímenes suyos suelen representarse en los juegos escénicos, ¿acaso no es el caso que, aunque lo llames dios Júpiter, por quien todo este mundo es regido y administrado, es él a quien tú haces la mayor injuria, porque has pensado que debe ser adorado junto con ellos, y lo has llamado su rey?
Si el culto de los dioses ha sido de algún servicio a los romanos para obtener y extender el imperio
IV, 28
Por tanto, tales dioses, que son propiciados con tales honores, o más bien son acusados por ellos (pues es mayor crimen deleitarse en que se digan falsamente tales cosas de ellos, que si pudieran decirse verdaderamente), nunca por ningún medio habrían podido aumentar y conservar el imperio romano. Porque si hubieran podido hacerlo, más bien habrían otorgado tan gran don a los griegos, quienes, en esta clase de cosas divinas —es decir, en los juegos escénicos—, los han adorado más honorable y dignamente, aunque no se han eximido de aquellas calumnias de los poetas, por quienes veían a los dioses despedazados, dándoles licencia para maltratar a cualquier hombre que quisieran, y no han considerado viles a los propios actores escénicos, sino que los han tenido por dignos incluso de honor distinguido. Pero así como los romanos pudieron tener moneda de oro, aunque no adoraran a un dios Aurino, así también pudieron tener moneda de plata y de bronce, y sin embargo no adorar ni a Argentino ni a su padre Escúlano; y así de todo lo demás, que me sería fastidioso detallar. Se sigue, por tanto, que ni por ningún medio pudieron alcanzar tal dominio si el Dios verdadero no lo quería; y que si estos dioses, falsos y muchos, fueran desconocidos o despreciados, y Él solo fuera conocido y adorado con fe y virtud sinceras, tendrían aquí un reino mejor, cualquiera que fuese su extensión, y, tuvieran o no uno aquí, recibirían después un reino eterno.