De la causa del crimen de Caín y de su obstinación, que ni siquiera la palabra de Dios pudo dominar
XV, 7
Mas aunque Dios hizo uso de este mismo modo de dirigirse que hemos estado esforzándonos por explicar, y habló a Caín en aquella forma por la cual solía acomodarse a nuestros primeros padres y conversar con ellos como un compañero, ¿qué buena influencia tuvo en Caín? ¿No cumplió su malvada intención de matar a su hermano aun después de haber sido advertido por la voz de Dios? Porque cuando Dios hizo distinción entre sus sacrificios, desechando el de Caín, aceptando el de Abel, lo cual fue sin duda indicado por alguna señal visible a tal efecto; y cuando Dios lo hizo así porque las obras del uno eran malas pero las de su hermano buenas, Caín se enojó en gran manera, y decayó su semblante. Porque así está escrito: «Y dijo el Señor a Caín: ¿Por qué te has enojado, y por qué ha decaído tu semblante? Si ofreces bien, pero no distingues bien, ¿no has pecado? No te impacientes, porque a ti será su conversión, y tú lo dominarás.» [] En esta amonestación administrada por Dios a Caín, aquella cláusula ciertamente, «Si ofreces bien, pero no distingues bien, ¿no has pecado?,» es oscura, puesto que no es evidente por qué razón o propósito fue dicha, y muchos significados se le han dado, según cada uno que la discute intenta interpretarla conforme a la regla de la fe. La verdad es que un sacrificio es «bien ofrecido» cuando se ofrece al Dios verdadero, a quien solo debemos sacrificar. Y es «no bien distinguido» cuando no distinguimos bien los lugares o tiempos o materiales de la ofrenda, o la persona que ofrece, o la persona a quien se presenta, o aquellos a quienes se distribuye para alimento después de la oblación. Distinguir se usa aquí por discernir — ya sea cuando se hace una ofrenda en un lugar donde no debe o de un material que no debe ofrecerse allí sino en otra parte; o cuando se hace una ofrenda en un tiempo equivocado, o de un material adecuado no entonces sino en otro tiempo; o cuando se ofrece aquello que en ningún lugar ni en ningún tiempo debe ofrecerse; o cuando un hombre guarda para sí ejemplares más escogidos de la misma especie que ofrece a Dios; o cuando él o cualquier otro que no puede participar lícitamente come profanamente de la oblación. En cuál de estos particulares Caín desagradó a Dios, es difícil determinarlo. Pero el apóstol Juan, hablando de estos hermanos, dice: «No como Caín, que era del malvado, y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque sus propias obras eran malas, y las de su hermano justas.» [] Él nos da así a entender que Dios no miró con agrado su ofrenda porque no era bien «distinguida» en esto, en que él dio a Dios algo de lo suyo pero se guardó a sí mismo para sí. Porque esto hacen todos los que no siguen la voluntad de Dios sino la propia, que no viven con recto sino con torcido corazón, y sin embargo ofrecen a Dios tales dones como suponen que obtendrán de Él que los ayude no sanándolos sino gratificando sus malas pasiones. Y esta es la característica de la ciudad terrena, que adora a Dios o a dioses que puedan ayudarla a reinar victoriosa y pacíficamente en la tierra no por amor de hacer el bien, sino por deseo de dominio. Los buenos usan el mundo para gozar de Dios: los malvados, por el contrario, para gozar del mundo querrían usar de Dios — aquellos de ellos, al menos, que han llegado a la creencia de que Él es y se interesa en los asuntos humanos. Pues los que aún no han llegado ni siquiera a esta creencia están todavía a un nivel mucho más bajo. Caín, pues, cuando vio que Dios había mirado con agrado el sacrificio de su hermano, pero no el suyo, debía haber escogido humildemente a su buen hermano como ejemplo, y no contarlo orgullosamente por rival. Pero se enojó, y decayó su semblante. Este pesar enojado por la bondad de otro, aun de su hermano, le fue imputado por Dios como un gran pecado. Y Él lo acusó de ello en la interrogación: «¿Por qué te has enojado, y por qué ha decaído tu semblante?» Porque Dios vio que él envidiaba a su hermano, y de esto lo acusó. Pues para los hombres, de quienes el corazón de su prójimo está oculto, podría ser dudoso y muy incierto si aquella tristeza lamentaba su propia maldad por la cual, como había aprendido, había desagradado a Dios, o la bondad de su hermano, que había agradado a Dios, y ganado Su mirada favorable para con su sacrificio. Pero Dios, al dar la razón por la cual Él rehusó aceptar la ofrenda de Caín y por la cual Caín debía más bien estar descontento consigo mismo que con su hermano, le muestra que aunque era injusto en «no distinguir bien,» es decir, no vivir bien y ser indigno de que su ofrenda fuera recibida, era mucho más injusto en odiar a su justo hermano sin causa.
Y sin embargo no lo despide sin consejo, santo, justo y bueno. «No te impacientes,» dice, «porque a ti será su conversión, y tú lo dominarás.» ¿Sobre su hermano, quiere decir? Ciertamente no. ¿Sobre qué, entonces, sino sobre el pecado? Porque había dicho: «Has pecado,» y luego añadió: «No te impacientes, porque a ti será su conversión, y tú lo dominarás.» Y la «conversión» del pecado al hombre puede entenderse de su convicción de que la culpa del pecado no puede ser puesta a la puerta de ningún otro hombre sino de la suya propia. Porque esta es la medicina saludable de la penitencia, y la súplica adecuada para el perdón; de modo que, cuando se dice: «A ti su conversión,» no debemos suplir «será,» sino que debemos leer: «A ti sea su conversión,» entendiéndolo como un mandato, no como una predicción. Porque entonces un hombre dominará su pecado cuando no lo prefiera a sí mismo y lo defienda, sino que lo someta por el arrepentimiento; de otra manera, el que se hace protector de él ciertamente se convertirá en su prisionero. Pero si entendemos que este pecado es aquella concupiscencia carnal de la cual dice el apóstol: «La carne codicia contra el espíritu,» [] entre cuyos frutos de esa codicia él nombra la envidia, por la cual ciertamente Caín fue aguijoneado y excitado a destruir a su hermano, entonces podemos suplir propiamente las palabras «será,» y leer: «A ti será su conversión, y tú lo dominarás.» Porque cuando la parte carnal que el apóstol llama pecado, en aquel lugar donde dice: «No soy yo quien lo hace, sino el pecado que mora en mí,» [] aquella parte que los filósofos también llaman viciosa, y que no debe guiar a la mente, sino que la mente debe regir y refrenar por la razón de los movimientos ilícitos — cuando, pues, esta parte ha sido movida a perpetrar alguna maldad, si es refrenada y si obedece la palabra del apóstol, «No entreguéis vuestros miembros como instrumentos de iniquidad al pecado,» [] se vuelve hacia la mente y es subyugada y vencida por ella, de modo que la razón reina sobre ella como sobre un súbdito. Esto fue lo que Dios ordenó a aquel que estaba encendido con el fuego de la envidia contra su hermano, de modo que buscaba quitar de en medio a aquel a quien debía haber puesto como ejemplo. «No te impacientes,» o compónte, dice: retén tu mano del crimen; no reine el pecado en tu cuerpo mortal para cumplirlo en sus concupiscencias, ni entregues tus miembros como instrumentos de iniquidad al pecado. «Porque a ti será su conversión,» mientras no lo alientes dándole rienda, sino que lo refrenes apagando su fuego. «Y tú lo dominarás;» porque cuando no se le permiten actos externos, se entrega al gobierno de la mente rectora y de la voluntad justa, y cesa aun de los movimientos internos. Algo semejante se dice en el mismo libro divino de la mujer, cuando Dios los interrogó y juzgó después de su pecado, y pronunció sentencia sobre todos ellos — el diablo en forma de serpiente, la mujer y su marido en sus propias personas. Porque cuando le había dicho a ella: «Multiplicaré en gran manera tus dolores y tu concepción; con dolor darás a luz los hijos,» entonces añadió: «y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti.» [] Lo que se dice a Caín sobre su pecado, o sobre la concupiscencia viciosa de su carne, se dice aquí de la mujer que había pecado; y debemos entender que el marido ha de gobernar a su esposa como el alma gobierna la carne. Y por tanto, dice el apóstol: «El que ama a su mujer, se ama a sí mismo; porque nadie aborreció jamás a su propia carne.» [] Esta carne, pues, ha de ser sanada, porque nos pertenece: no ha de ser abandonada a la destrucción como si fuera ajena a nuestra naturaleza. Pero Caín recibió aquel consejo de Dios en el espíritu de quien no deseaba enmendarse. En efecto, el vicio de la envidia creció en él; y, habiendo atrapado a su hermano, lo mató. Tal fue el fundador de la ciudad terrena. Fue también una figura de los judíos que mataron a Cristo el Pastor del rebaño de los hombres, prefigurado por Abel el pastor de ovejas: pero como este es un asunto alegórico y profético, me abstengo de explicarlo ahora; además, recuerdo que he hecho algunas observaciones sobre ello escribiendo contra Fausto el Maniqueo.
Capítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
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Por ahora lo que pretendo defender es la historia, para que no se tenga por increíble la Escritura cuando refiere que un hombre construyó una ciudad en un tiempo en que parece no haber habido más que cuatro hombres sobre la tierra, o más bien incluso tres, después de que un hermano mató al otro—a saber, el primer hombre, padre de todos, y el propio Caín, y su hijo Enoc, por cuyo nombre recibió la ciudad su nombre. Pero quienes se impresionan por esta consideración olvidan tener en cuenta que el autor de la historia sagrada no menciona necesariamente a todos los hombres que podían estar vivos en aquel tiempo, sino únicamente a aquellos que el alcance de su obra le obligaba a nombrar. El designio de ese autor (que en esta materia fue instrumento del Espíritu Santo) era descender hasta Abrahán a través de las sucesiones de generaciones comprobadas propagadas desde un solo hombre, y luego pasar de la descendencia de Abrahán al pueblo de Dios, en quien, apartado como estaba de las demás naciones, estaban prefiguradas y predichas todas las cosas relativas a la ciudad cuyo reinado es eterno, y a su rey y fundador Cristo; cosas que fueron previstas en el Espíritu como destinadas a venir; sin embargo, este objeto no se consigue de modo que nada se diga de la otra sociedad de hombres que llamamos la ciudad terrena, sino que se la menciona en cuanto pareció necesario para realzar la gloria de la ciudad celestial por contraposición con su contraria. En consecuencia, cuando la Escritura divina, al mencionar el número de años que vivieron aquellos hombres, concluye la relación de cada hombre del que habla con las palabras, «Y engendró hijos e hijas, y fueron todos sus días tantos y tantos, y murió,» ¿hemos de entender que, porque no nombra a esos hijos e hijas, por ello, durante aquel largo plazo de años que se extendía una vida en aquellos primeros días, no pudieron haber nacido muchísimos hombres, con cuyo número conjunto no una sino varias ciudades pudieron haberse edificado? Pero convenía al designio de Dios, por cuya inspiración se compusieron estas historias, ordenar y distinguir desde el principio estas dos sociedades en sus respectivas generaciones—para que, por una parte, las generaciones de los hombres, es decir, de los que viven según el hombre, y por otra, las generaciones de los hijos de Dios, es decir, de los hombres que viven según Dios, pudieran ser trazadas juntas y a la vez separadas entre sí hasta el diluvio, punto en el que se muestran su disociación y su asociación: su disociación, en cuanto que las generaciones de ambas líneas están registradas en tablas separadas, descendiendo una línea del fratricida Caín y la otra de Set, que le había nacido a Adán en lugar de aquel a quien su hermano mató; su asociación, en cuanto que los buenos se deterioraron tanto que toda la raza llegó a ser de tal carácter que fue arrasada por el diluvio, con excepción de un solo justo, cuyo nombre era Noé, y su mujer y sus tres hijos y sus tres nueras; estas ocho personas fueron las únicas consideradas dignas de escapar de aquella visita desoladora que destruyó a todos los hombres.
Por tanto, aunque está escrito, «Y conoció Caín a su mujer, y ella concibió y dio a luz a Enoc, y edificó una ciudad y llamó el nombre de la ciudad con el nombre de su hijo Enoc,» [] no se sigue que debamos creer que este fuera su primogénito; pues no podemos suponer que esto quede probado por la expresión «conoció a su mujer,» como si entonces por primera vez hubiera tenido relación con ella. Pues en el caso de Adán, padre de todos, esta expresión se usa no sólo cuando Caín, que parece haber sido su primogénito, fue concebido, sino también después, cuando la misma Escritura dice: «Adán conoció a Eva su mujer, y ella concibió, y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set.» [] De donde es evidente que la Escritura emplea esta expresión ni siempre cuando se registra un nacimiento, ni sólo entonces cuando se menciona el nacimiento de un primogénito. Tampoco es necesario suponer que Enoc fuera el primogénito de Caín porque este diera su nombre a la ciudad. Pues es muy posible que, aunque tuviera otros hijos, sin embargo, por alguna razón, el padre lo amara más que a los demás. Judá no era el primogénito, y sin embargo da su nombre a Judea y a los judíos. Pero aunque Enoc fuera el primogénito del fundador de la ciudad, no hay razón para suponer que el padre pusiera a la ciudad su nombre apenas nació; pues en aquel tiempo, siendo un hombre solitario, no podía haber fundado una comunidad cívica, que no es otra cosa que una multitud de hombres ligados entre sí por algún vínculo de asociación. Pero cuando su familia creció hasta tal número que llegó a ser una verdadera población, entonces le fue posible tanto edificar una ciudad, como darle, una vez fundada, el nombre de su hijo. Pues tan larga era la vida de aquellos antediluvianos, que el que vivió el tiempo más corto de aquellos cuyos años se mencionan en la Escritura alcanzó la edad de 753 años. Y aunque nadie alcanzó la edad de mil años, varios excedieron la edad de novecientos. ¿Quién, pues, puede dudar de que durante la vida de un solo hombre pudo multiplicarse tanto el género humano, que hubiera población para edificar y ocupar no una sino varias ciudades? Y esto podría conjeturarse muy fácilmente por el hecho de que de un solo hombre, Abrahán, en no mucho más de cuatrocientos años, se multiplicaron tanto los números de la raza hebrea, que en el éxodo de aquel pueblo de Egipto se registra que había seiscientos mil hombres capaces de empuñar las armas, [] y esto además de los idumeos, quienes, aunque no contados con los descendientes de Israel, procedían sin embargo de su hermano, también nieto de Abrahán; y además de las otras naciones que eran del mismo linaje de Abrahán, aunque no por Sara—es decir, sus descendientes por Agar y Cetura, los ismaelitas, madianitas, etc.
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Por lo cual nadie que pondere con consideración los hechos dudará de que Caín pudo edificar una ciudad, y además una grande, cuando se observa cuán prolongadas eran las vidas de los hombres, a menos que quizá algún escéptico ponga reparo precisamente a esta longitud de años que nuestros autores atribuyen a los antediluvianos y niegue que sea creíble. Y asimismo no creen que el tamaño de los cuerpos de los hombres fuera entonces mayor que ahora, aunque el más estimado de sus propios poetas, Virgilio, afirma lo mismo, cuando habla de aquella enorme piedra que había sido fijada como mojón, y que un hombre fuerte de aquellos tiempos antiguos arrebató mientras luchaba, y corrió, y la lanzó, y la arrojó—
Apenas doce hombres fuertes de hechura posterior
aquel peso podrían sostener sobre sus cuellos.
aquel peso podrían sostener sobre sus cuellos.
declarando así su opinión de que la tierra producía entonces hombres más poderosos. Y si en los tiempos más recientes, ¿cuánto más en las edades anteriores al diluvio famoso en todo el mundo? Pero el gran tamaño del cuerpo humano primitivo se prueba a menudo a los incrédulos por la exposición de sepulcros, ya sea por el desgaste del tiempo, por la violencia de los torrentes o por algún accidente, y en los cuales se han encontrado o han rodado fuera huesos de tamaño increíble. Yo mismo, junto con algunos otros, vi en la costa de Útica un diente molar de hombre de tal tamaño, que si se cortara en dientes como los que tenemos, cien, me parece, podrían haberse hecho de él. Pero aquel, creo, pertenecía a algún gigante. Pues aunque los cuerpos de los hombres ordinarios eran entonces mayores que los nuestros, los gigantes superaban a todos en estatura. Y ni en nuestra propia edad ni en ninguna otra han faltado del todo ejemplos de estatura gigantesca, aunque puedan ser pocos. El joven Plinio, hombre doctísimo, sostiene que cuanto más viejo se hace el mundo, más pequeños serán los cuerpos de los hombres. Y menciona que Homero en sus poemas lamentó a menudo la misma decadencia; y esto no lo ridiculiza como una ficción poética, sino que, en su carácter de registrador de maravillas naturales, lo acepta como históricamente verdadero. Pero, como dije, los huesos que de vez en cuando se descubren prueban el tamaño de los cuerpos de los antiguos, y lo probarán en las edades futuras, pues tardan en descomponerse. Pero la longitud de la vida de un antediluviano no puede probarse ahora mediante ninguna evidencia monumental semejante. Mas no por esto hemos de negar nuestra fe a la historia sagrada, cuyas afirmaciones sobre hechos pasados somos tanto más inexcusables en desacreditar, cuanto vemos la exactitud de su predicción de lo que era futuro. Y aun el mismo Plinio nos dice que todavía hay una nación en la que los hombres viven 200 años. Si, pues, en lugares desconocidos para nosotros, se cree que los hombres tienen una longitud de días que está muy por encima de nuestra propia experiencia, ¿por qué no creer lo mismo de tiempos distantes de los nuestros? ¿O hemos de creer que en otros lugares hay lo que no hay aquí, mientras que no creemos que en otros tiempos haya habido algo distinto de lo que hay ahora?
De la diferente computación de las edades de los antediluvianos, según los manuscritos hebreos y los nuestros
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Por lo cual, aunque hay una discrepancia de la que no puedo dar razón entre nuestros manuscritos y los hebreos, en el número mismo de años asignados a los antediluvianos, sin embargo la discrepancia no es tan grande que no estén de acuerdo en cuanto a su longevidad. Pues el primer hombre, Adán, antes de engendrar a su hijo Set, se halla en nuestros manuscritos que vivió 230 años, pero en los manuscritos hebreos 130. Pero después de engendrar a Set, nuestras copias leen que vivió 700 años, mientras que los hebreos dan 800. Y así, cuando se toman juntos los dos períodos, la suma concuerda. Y así en las generaciones sucesivas, el período antes de que el padre engendre un hijo siempre se hace más corto en 100 años en el hebreo, pero el período después de que su hijo es engendrado es más largo en 100 años en el hebreo que en nuestras copias. Y así, tomando juntos los dos períodos, el resultado es el mismo en ambos. Y en la sexta generación no hay discrepancia alguna. En la séptima, sin embargo, de la cual Enoc es el representante, de quien se registra que fue trasladado sin muerte porque agradó a Dios, hay la misma discrepancia que en las primeras cinco generaciones, atribuyéndosele 100 años más en nuestros manuscritos, antes de engendrar un hijo. Pero aun así el resultado concuerda; pues según ambos documentos vivió antes de ser trasladado 365 años. En la octava generación la discrepancia es menor que en las otras, y de una clase diferente. Pues Matusalén, a quien Enoc engendró, vivió, antes de engendrar a su sucesor, no 100 años menos, sino 100 años más, según la lectura hebrea; y en nuestros manuscritos, nuevamente estos años se añaden al período después de que engendró a su hijo; de modo que también en este caso la suma total es la misma. Y sólo en la novena generación, es decir, en la edad de Lamec, hijo de Matusalén y padre de Noé, hay una discrepancia en la suma total; y aun en este caso es leve. Pues los manuscritos hebreos lo representan como viviendo veinticuatro años más de los que los nuestros le asignan. Porque antes de engendrar a su hijo, que fue llamado Noé, le son dados seis años menos por los manuscritos hebreos que por los nuestros; pero después de engendrar a este hijo, le dan treinta años más que los nuestros; de modo que, restando los seis anteriores, queda, como dijimos, un excedente de veinticuatro.
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De esta discrepancia entre los libros hebreos y los nuestros surge la conocida cuestión acerca de la edad de Matusalén; pues se calcula que vivió catorce años después del diluvio, aunque la Escritura refiere que de todos los que entonces estaban sobre la tierra sólo las ocho almas del arca escaparon a la destrucción por el diluvio, y de estas Matusalén no era una. Pues, según nuestros libros, Matusalén, antes de engendrar al hijo a quien llamó Lamec, vivió 167 años; luego el propio Lamec, antes de que naciera su hijo Noé, vivió 188 años, que juntos hacen 355 años. Añádase a estos la edad de Noé en la fecha del diluvio, 600 años, y esto da un total de 955 desde el nacimiento de Matusalén hasta el año del diluvio. Ahora bien, todos los años de la vida de Matusalén se calculan en 969; pues cuando había vivido 167 años y había engendrado a su hijo Lamec, vivió después de esto 802 años, lo que hace un total, como dijimos, de 969 años. De esto, si restamos 955 años desde el nacimiento de Matusalén hasta el diluvio, quedan catorce años, que se supone que vivió después del diluvio. Y por eso algunos suponen que, aunque no estaba en la tierra (en la cual se conviene que pereció todo ser viviente que no podía vivir naturalmente en el agua), estuvo por un tiempo con su padre, que había sido trasladado, y que vivió allí hasta que pasó el diluvio. Adoptan esta hipótesis para no menospreciar la fiabilidad de las versiones que la Iglesia ha recibido en una posición de gran autoridad, y porque creen que los manuscritos judíos están en error más bien que los nuestros. Pues no admiten que esto sea un error de los traductores, sino que sostienen que hay una declaración falsificada en el original, del cual, a través del griego, ha sido traducida la Escritura a nuestra propia lengua. Dicen que no es creíble que los setenta traductores, que simultáneamente y unánimemente produjeron una sola versión, hubieran podido errar, o, en un caso en el que no estaba involucrado ningún interés suyo, hubieran podido falsificar su traducción; sino que los judíos, envidiándonos nuestra traducción de su Ley y de los Profetas, han hecho alteraciones en sus textos para socavar la autoridad de los nuestros. Esta opinión o sospecha adopte cada uno según su propio juicio. Lo cierto es que Matusalén no sobrevivió al diluvio, sino que murió en el mismo año en que ocurrió, si los números dados en los manuscritos hebreos son verdaderos. Mi propia opinión respecto de los setenta traductores la expondré, con la ayuda de Dios, más cuidadosamente en su lugar propio, cuando haya descendido (siguiendo el orden que esta obra requiere) a aquel período en el que se ejecutó su traducción. Para la cuestión presente, basta que, según nuestras versiones, los hombres de aquella edad tenían vidas tan largas que hacían muy posible que, durante la vida del primogénito de los dos únicos padres entonces sobre la tierra, se multiplicara suficientemente el género humano para formar una comunidad.
De la opinión de quienes no creen que en aquellos tiempos primitivos vivieran los hombres tanto como se afirma
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Porque de ningún modo se ha de escuchar a quienes suponen que en aquellos tiempos los años se contaban de manera diferente, y eran tan cortos que uno de nuestros años puede suponerse igual a diez de los suyos. De modo que dicen, cuando leemos u oímos que un hombre vivió 900 años, debemos entender noventa, haciendo diez de aquellos años uno solo de los nuestros, y diez de los nuestros equivalentes a 100 de los suyos. En consecuencia, como suponen, Adán tenía veintitrés años cuando engendró a Set, y el propio Set tenía veinte años y seis meses cuando nació su hijo Enós, aunque la Escritura llama a estos meses 205 años. Pues, según la hipótesis de aquellos cuya opinión estamos explicando, era costumbre dividir un año como el nuestro en diez partes, y llamar año a cada parte. Y cada una de estas partes se componía de seis días al cuadrado; porque Dios terminó sus obras en seis días, para descansar el séptimo. De esto disputé según mi capacidad en el libro undécimo. Ahora bien, seis al cuadrado, o seis por seis, da treinta y seis días; y esto multiplicado por diez asciende a 360 días, o doce meses lunares. En cuanto a los cinco días restantes que se necesitan para completar el año solar, y a la cuarta parte de un día, que exige que en cada cuarto año, o bisiesto, se añada un día, los antiguos añadían tales días como los romanos solían llamar «intercalares,» para completar el número de los años. De modo que Enós, hijo de Set, tenía diecinueve años cuando nació su hijo Cainán, aunque la Escritura llama a estos años 190. Y así a través de todas las generaciones en las que se dan las edades de los antediluvianos, encontramos en nuestras versiones que casi nadie engendró un hijo a la edad de 100 años o menos, o incluso a la edad de 120 o alrededor de ella; sino que los padres más jóvenes se registra que tenían 160 años o más. Y la razón de esto, dicen, es que nadie puede engendrar hijos cuando tiene diez años, la edad de la que aquellos hombres hablaban como 100, sino que dieciséis es la edad de la pubertad, y ya competente para propagar descendencia; y esta es la edad llamada por ellos 160. Y para que no se considere increíble que en aquellos días el año se computara de modo diferente al nuestro, aducen lo que varios escritores de historia registran: que los egipcios tenían un año de cuatro meses, los acarnanios de seis y los lavinios de trece meses. El joven Plinio, después de mencionar que algunos escritores referían que un hombre había vivido 152 años, otro diez más, otros 200, otros 300, que algunos incluso habían alcanzado 500 y 600, y unos pocos 800 años de edad, dio como su opinión que todo esto debe atribuirse a una computación equivocada. Pues algunos, dice, hacen del verano y del invierno un año cada uno; otros hacen de cada estación un año, como los arcadios, cuyos años, dice, eran de tres meses. Añadió también que los egipcios, de cuyos años pequeños de cuatro meses ya hemos hablado, a veces terminaban su año en el menguante de cada luna; de modo que entre ellos se producen vidas de 1000 años.
Con estos argumentos plausibles, ciertas personas, sin desear debilitar el crédito de esta historia sagrada, sino más bien facilitar la creencia en ella eliminando la dificultad de tan increíble longevidad, se han persuadido a sí mismas, y piensan que actúan sabiamente al persuadir a otros, de que en aquellos días el año era tan breve que diez de sus años equivalen a uno solo de los nuestros, mientras que diez de los nuestros equivalen a 100 de los suyos. Pero hay la evidencia más clara para mostrar que esto es completamente falso. Sin embargo, antes de presentar esta evidencia, parece justo mencionar una conjetura que es aún más plausible. De los manuscritos hebreos podríamos refutar de inmediato esta afirmación confiada; pues en ellos se encuentra que Adán vivió no 230 sino 130 años antes de engendrar a su tercer hijo. Si, pues, esto significa trece años según nuestro cómputo ordinario, entonces debe haber engendrado a su primer hijo cuando tenía sólo doce años o poco más. ¿Quién puede a esta edad engendrar hijos según el curso ordinario y familiar de la naturaleza? Pero, por no mencionarlo a él, puesto que es posible que haya podido engendrar a sus semejantes tan pronto como fue creado—pues no es creíble que fuera creado tan pequeño como son nuestros infantes—, por no mencionarlo a él, su hijo no tenía 205 años cuando engendró a Enós, como dicen nuestras versiones, sino 105, y en consecuencia, según esta idea, no tenía once años. Pero ¿qué diré de su hijo Cainán, quien, aunque según nuestra versión tenía 170 años, según el texto hebreo tenía setenta cuando engendró a Mahalaleel? Si setenta años en aquellos tiempos significaban sólo siete de nuestros años, ¿qué hombre de siete años engendra hijos?
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Pero si digo esto, se me responderá al punto que es una de las mentiras de los judíos. Mas esto ya lo hemos despachado arriba, mostrando que no es posible que hombres de tan justa reputación como los setenta traductores hayan falseado su versión. Sin embargo, si les pregunto cuál de las dos cosas es más creíble: que la nación judía, dispersa a lo ancho y a lo lejos, haya podido conspirar unánimemente para forjar esta mentira y así, por envidiar a otros la autoridad de sus Escrituras, se haya privado a sí misma de su verdad; o que setenta hombres, judíos también ellos, encerrados en un solo lugar (pues Ptolomeo, rey de Egipto, los había reunido para esta obra), hayan envidiado a las naciones extranjeras esa misma verdad y, de común acuerdo, hayan insertado esos errores: ¿quién no ve cuál de las dos puede creerse con más naturalidad y más fácilmente? Pero lejos esté de todo hombre prudente creer o que los judíos, por maliciosos y descarriados que estén, hayan podido alterar tantos manuscritos tan ampliamente dispersos, o que aquellos célebres setenta individuos tuvieran propósito común de escatimar la verdad a las naciones. Hay que sostener, pues, con mayor plausibilidad que, cuando por primera vez sus trabajos comenzaron a transcribirse del ejemplar conservado en la biblioteca de Ptolomeo, pudo deslizarse algún error semejante en la primera copia hecha, y desde ella difundirse por todas partes; y que esto pudo surgir no de fraude, sino de mero error de copista. Esta es una explicación suficientemente plausible de la dificultad respecto a la vida de Matusalén y de aquel otro caso en que hay una diferencia de veinticuatro años en el total. Pero en aquellos casos en que hay una semejanza metódica en la falsificación, de modo que uniformemente la una versión asigna al período anterior al nacimiento de un hijo y sucesor cien años más que la otra, y al período posterior cien años menos, y vice versâ, de suerte que los totales coincidan —y esto se cumple en las generaciones primera, segunda, tercera, cuarta, quinta y séptima—, en estos casos el error parece tener, si así puede decirse, cierta especie de constancia, y no sabe a accidente, sino a designio.
Por consiguiente, esa diversidad de números que distingue los ejemplares hebreos de los griegos y latinos de la Escritura, y que consiste en una adición y una sustracción uniformes de cien años en cada vida durante varias generaciones consecutivas, no debe atribuirse ni a la malicia de los judíos ni a hombres tan diligentes y prudentes como los setenta traductores, sino al error del copista a quien primero se permitió transcribir el manuscrito de la biblioteca del rey arriba mencionado. Pues aun ahora, en los casos en que los números nada contribuyen a la comprensión más fácil o al conocimiento más satisfactorio de algo, se transcriben con descuido y se enmiendan aún con mayor descuido. Porque ¿quién se tomará el trabajo de aprender cuántos miles de hombres contenían las diversas tribus de Israel? No ve beneficio alguno resultante de tal conocimiento. ¿O cuántos hombres hay que sean conscientes de la vasta ventaja que se oculta en este conocimiento? Pero en este caso, en el cual durante tantas generaciones consecutivas se añaden cien años en un manuscrito allí donde no se cuentan en el otro, y luego, después del nacimiento del hijo y sucesor, se añaden los años que faltaban, es obvio que el copista que ideó este arreglo se propuso insinuar que los antediluvianos vivían un número excesivo de años solo porque cada año era excesivamente breve, y que trató de llamar la atención sobre este hecho mediante su declaración de la edad de pubertad a la que llegaban a ser capaces de engendrar hijos. Pues, para que los incrédulos no tropezaran con la dificultad de una vida tan larga, insinuó que cien de sus años equivalían tan solo a diez de los nuestros; y esta insinuación la transmitió añadiendo cien años siempre que encontraba la edad por debajo de 160 años o poco más o menos, deduciendo de nuevo estos años del período posterior al nacimiento del hijo, para que el total armonizara. Con este medio se proponía atribuir la generación de la prole a una edad adecuada, sin disminuir la suma total de años atribuida a la vida de los individuos. Y el hecho mismo de que en la sexta generación se apartara de esta práctica uniforme nos inclina tanto más a creer que, cuando la circunstancia a que nos hemos referido exigía sus alteraciones, las hacía; viendo que, cuando esta circunstancia no existía, no hacía alteración alguna. Porque en esa misma generación halló en el manuscrito hebreo que Jared vivió antes de engendrar a Enoc 162 años, lo cual, según el cómputo del año breve, es dieciséis años y algo menos de dos meses, edad capaz de procrear; y, por tanto, no era necesario añadir cien años breves, y hacer así la edad de veintiséis años de la longitud acostumbrada; y, por supuesto, no era necesario deducir, después del nacimiento del hijo, años que no había añadido antes. Y así sucede que en este caso no hay variación alguna entre los dos manuscritos.
Esto se corrobora aún más por el hecho de que en la octava generación, mientras los libros hebreos asignan 182 años a Matusalén antes del nacimiento de Lamec, los nuestros le asignan veinte menos, aunque por lo general se añaden cien años a este período; luego, después del nacimiento de Lamec, se restituyen los veinte años, de modo que se iguale el total en los dos libros. Porque si su designio era que esos 170 años se entendieran como diecisiete, a fin de adecuarse a la edad de la pubertad, como no había necesidad de que añadiera nada, tampoco la había de que sustrajera nada; pues en este caso halló una edad apta para la generación de hijos, por causa de la cual solía añadir esos cien años en los casos en que no encontraba la edad ya suficiente. Esta diferencia de veinte años podríamos, ciertamente, haberla supuesto ocurrida por accidente, si no hubiera tenido cuidado de restituirlos después, tal como los había deducido del período anterior, para que no hubiera deficiencia en el total. ¿O acaso hemos de suponer que hubo el designio aún más astuto de ocultar la adición y sustracción deliberada y uniforme de cien años en el primer período y su deducción del período subsiguiente —acaso se propuso ocultar esto haciendo algo semejante, es decir, añadiendo y deduciendo, no ciertamente un siglo, sino algunos años, incluso en un caso en el que no había necesidad de hacerlo? Pero sea lo que fuere lo que se piense de esto, ya se crea que lo hizo o no, ya sea en fin así o no, yo no tendría duda alguna de que, cuando se encuentra alguna diversidad en los libros, puesto que ambos no pueden ser verdaderos en cuanto al hecho, hacemos bien en creer de preferencia aquella lengua de la cual se hizo la traducción a otra por los traductores. Pues hay tres manuscritos griegos, uno latino y uno siriaco, que concuerdan entre sí, y en todos ellos se dice que Matusalén murió seis años antes del diluvio.
XV, 14
Veamos ahora cómo puede demostrarse con claridad que en las vidas enormemente prolongadas de aquellos hombres los años no eran tan breves que diez de sus años equivalieran a uno solo de los nuestros, sino que eran de la misma duración que los nuestros, los cuales se miden por el curso del sol. Se prueba por esto: que la Escritura afirma que el diluvio ocurrió en el año seiscientos de la vida de Noé. Pero ¿por qué en el mismo lugar se escribe también, «Las aguas del diluvio estuvieron sobre la tierra en el año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, a los veintisiete días del mes,» si aquel año brevísimo (del cual se necesitaban diez para hacer uno de los nuestros) constaba de treinta y seis días? Porque un año tan escaso, si el uso antiguo lo honraba con el nombre de año, o no tiene meses, o este mes debe ser de tres días, para que pueda tener doce de ellos. ¿Cómo, pues, se dijo aquí, «En el año seiscientos, el mes segundo, a los veintisiete días del mes,» a no ser que los meses de entonces tuvieran la misma duración que los de ahora? Pues ¿de qué otro modo podría decirse que el diluvio comenzó el veintisiete del mes segundo? Luego, al final del diluvio, está escrito así: «Y reposó el arca en el mes séptimo, a los veintisiete días del mes, sobre los montes de Ararat. Y las aguas decrecieron continuamente hasta el mes undécimo: el primer día del mes se descubrieron las cimas de los montes.» [] Pero si los meses eran como los nuestros, entonces también lo eran los años. Y ciertamente meses de tres días cada uno no podrían tener un día veintisiete. O si toda medida de tiempo se reducía proporcionalmente, y la trigésima parte de tres días se llamaba entonces un día, entonces aquel gran diluvio, que se registra que duró cuarenta días y cuarenta noches, en realidad terminó en menos de cuatro de nuestros días. ¿Quién puede soportar tal necedad y absurdo? Lejos esté de nosotros este error: un error que pretende edificar nuestra fe en las divinas Escrituras sobre conjeturas falsas solo para demoler nuestra fe en otro punto. Es claro que el día de entonces era lo que es ahora, un espacio de veinticuatro horas, determinado por el paso del día y de la noche; el mes de entonces igual al mes de ahora, que se define por la aparición y la culminación de una luna; el año de entonces igual al año de ahora, que se completa con doce meses lunares, con la adición de cinco días y un cuarto para ajustarlo al curso del sol. Era un año de esta longitud el que se contaba como el año seiscientos de la vida de Noé, y en el mes segundo, a los veintisiete días del mes, comenzó el diluvio: un diluvio que, como se registra, fue causado por lluvias continuas que duraron cuarenta días, días que no tenían solo dos horas y un poco más, sino veinticuatro horas, que completan una noche y un día. Y, por consiguiente, aquellos antediluvianos vivieron más de 900 años, años tan largos como aquellos de los cuales después vivió Abraham 175, y después de él su hijo Isaac 180, y su hijo Jacob casi 150, y algún tiempo después, Moisés 120, y los hombres ahora setenta u ochenta, o no mucho más; de cuyos años se dice, «su fortaleza es trabajo y dolor.»
Pero esa discrepancia de números que se halla entre nuestro texto y el hebreo no afecta a la longevidad de los antiguos; y si hay alguna diversidad tan grande que ambas versiones no puedan ser verdaderas, debemos tomar nuestras ideas de los hechos reales de aquel texto del cual se ha traducido nuestra versión. Sin embargo, aunque cualquiera que lo desee tiene en su mano corregir esta versión, no deja de ser importante observar que nadie se ha atrevido a enmendar el texto de los Setenta a partir del hebreo en los muchos lugares donde parecen discrepar. Porque esta diferencia no ha sido tenida por falsificación; y por mi parte estoy persuadido de que no debe tenerse por tal. Pero cuando la diferencia no es un mero error de copista y el sentido es conforme a la verdad e ilustrativo de la verdad, debemos creer que el Espíritu divino los movió a dar una versión diversa, no en su función de traductores, sino en la libertad de profetizar. Y por eso hallamos que los apóstoles sancionan con justicia la versión de los Setenta, citándola lo mismo que la hebrea cuando aducen pruebas de las Escrituras. Pero como he prometido tratar este asunto con más cuidado, si Dios me ayuda, en lugar más oportuno, pasaré ahora al asunto que nos ocupa. Pues no cabe duda de que, siendo tan larga la vida de los hombres, el primogénito del primer hombre pudo edificar una ciudad—una ciudad, empero, que fue terrenal, y no aquella que se llama la ciudad de Dios, para describir la cual hemos emprendido esta gran obra.
Si es creíble que los hombres de la edad primitiva se abstuvieran de la unión carnal hasta aquella fecha en que se consigna que engendraron hijos
XV, 15
Alguien dirá, pues: ¿Hay que creer que un hombre que se proponía engendrar hijos y no tenía intención de continencia se abstuvo del comercio sexual cien años y más, o incluso, según la versión hebrea, solo un poco menos, digamos ochenta, setenta o sesenta años; o que, si no se abstuvo, fue incapaz de engendrar descendencia? Esta cuestión admite dos soluciones. Porque o bien la pubertad era tanto más tardía cuanto más larga era toda la vida, o bien, lo que me parece más probable, no se trata aquí de los hijos primogénitos, sino de aquellos cuyos nombres se necesitaban para llenar la serie hasta llegar a Noé, desde quien vemos de nuevo que la sucesión se continúa hasta Abraham, y después de él hasta aquel punto de tiempo hasta el cual fue necesario señalar mediante la genealogía el curso de la ciudad gloriosísima, que peregrina como extranjera en este mundo y busca la patria celestial. Lo innegable es que Caín fue el primero que nació de hombre y mujer. Pues si él no hubiera sido el primero que por nacimiento se añadió a las dos personas aún no nacidas, Adán no habría podido decir lo que se registra que dijo, «He adquirido un varón por el Señor.» [] Le siguió Abel, a quien mató el hermano mayor, y que fue el primero en mostrar, mediante una especie de prefiguración de la ciudad de Dios peregrina, qué persecuciones inicuas sufriría aquella ciudad a manos de hombres malvados y, por así decirlo, nacidos de la tierra, que aman su origen terreno y se deleitan en la felicidad terrena de la ciudad terrena. Pero qué edad tenía Adán cuando engendró a estos hijos no consta. Después de esto las generaciones se bifurcan: una rama deriva de Caín, la otra de aquel a quien Adán engendró en lugar de Abel, muerto por su hermano, y al cual llamó Set, diciendo, como está escrito, «Porque Dios me ha suscitado otra descendencia en lugar de Abel, a quien mató Caín.» [] Estas dos series de generaciones, por consiguiente, la una de Caín y la otra de Set, representan las dos ciudades en sus rangos distintivos: la una, la ciudad celestial, que peregrina en la tierra; la otra, la terrena, que abre la boca tras los gozos terrenos y se revuelca en ellos como si fueran los únicos gozos. Pero aunque antes del diluvio se registran ocho generaciones, incluida la de Adán, a ningún hombre del linaje de Caín se le consigna la edad a la que fue engendrado el hijo que le sucedió. Porque el Espíritu de Dios rehusó marcar los tiempos anteriores al diluvio en las generaciones de la ciudad terrena, y prefirió hacerlo en la línea celestial, como si fuera más digna de ser recordada. Además, cuando nació Set, se menciona la edad de su padre; pero ya este había engendrado otros hijos, ¿y quién se atreverá a decir que Caín y Abel fueron los únicos engendrados antes? Porque no se sigue que solo ellos hubieran sido engendrados por Adán, por el hecho de que solo ellos fueran nombrados para continuar la serie de generaciones que convenía mencionar. Pues aunque los nombres de todos los demás están sepultados en el silencio, se dice que Adán engendró hijos e hijas; ¿y quién, cuidando de estar libre del cargo de temeridad, osará decir cuántos fueron sus descendientes? Bien pudo ser que Adán fuera movido por inspiración divina a decir, después del nacimiento de Set, «Porque Dios me ha suscitado otra descendencia en lugar de Abel,» porque aquel hijo había de ser capaz de representar la santidad de Abel, no porque naciera primero después de él en el tiempo. Luego, porque está escrito, «Y vivió Set doscientos cinco años,» o, según la lectura hebrea, «ciento cinco años, y engendró a Enós,» [] ¿quién sino un temerario podría afirmar que este fue su primogénito? ¿Lo hará alguien para excitar nuestra admiración y hacernos preguntar cómo durante tantos años permaneció libre de comercio sexual, aunque sin propósito alguno de continuar así, o cómo, si no se abstuvo, no tuvo hijos? ¿Lo hará alguien cuando de él está escrito, «Y engendró hijos e hijas, y todos los días de Set fueron novecientos doce años, y murió?» [] Y de modo semejante, respecto de aquellos cuyos años se mencionan después, no se disimula que engendraron hijos e hijas.
Por consiguiente, en modo alguno consta si aquel que es nombrado como hijo fue él mismo el primogénito. Antes bien, puesto que es increíble que aquellos padres tardaran tanto en llegar a la pubertad, o no pudieran conseguir esposas, o no pudieran fecundarlas, es también increíble que aquellos hijos fueran sus primogénitos. Mas como el autor de la historia sagrada se propuso descender por intervalos bien marcados a través de una serie de generaciones hasta el nacimiento y la vida de Noé, en cuyo tiempo ocurrió el diluvio, no mencionó a aquellos hijos que fueron engendrados primero, sino a aquellos por quienes se transmitió la sucesión.
Permítaseme aclarar esto insertando aquí un ejemplo sobre el cual nadie puede dudar de que lo que afirmo es verdad. El evangelista Mateo, donde se propone confiar a nuestra memoria la generación de la carne del Señor mediante una serie de progenitores, comenzando desde Abraham y con intención de llegar hasta David, dice, «Abraham engendró a Isaac;» [] ¿por qué no dijo Ismael, a quien engendró primero? Luego «Isaac engendró a Jacob;» ¿por qué no dijo Esaú, que era el primogénito? Sencillamente porque estos hijos no le habrían servido para llegar hasta David. Sigue luego, «Y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos:» ¿fue Judá el primogénito? «Judá,» dice, «engendró a Fares y a Zara;» y, sin embargo, ni estos gemelos fueron los primogénitos de Judá, pues antes que ellos había engendrado otros tres hijos. Y así, en el orden de las generaciones, retuvo a aquellos por quienes podía llegar hasta David, para avanzar hasta el fin que tenía a la vista. Y de esto podemos entender que los antediluvianos que se mencionan no eran los primogénitos, sino aquellos por medio de los cuales el orden de las generaciones subsiguientes podía llevarse hasta el patriarca Noé. No necesitamos, por tanto, fatigarnos discutiendo la cuestión innecesaria y oscura de su tardanza en llegar a la pubertad.