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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 43 de 52 · Capítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristianaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana

    XIX, 18

    En cuanto a la incertidumbre acerca de todo, que Varrón alega como característica distintiva de la Academia Nueva, la ciudad de Dios detesta por completo tal duda como locura. Respecto de las cosas que aprehende por la mente y la razón, tiene certidumbre absolutísima, aunque su conocimiento es limitado a causa del cuerpo corruptible que oprime la mente, pues, como dice el apóstol, «Sabemos en parte.» [] Cree también el testimonio de los sentidos, de los que la mente se sirve con ayuda del cuerpo; pues [quien confía en sus sentidos a veces se engaña], más miserablemente se engaña quien piensa que nunca debe confiarse de ellos. Cree también las Sagradas Escrituras, antiguas y nuevas, que llamamos canónicas y que son la fuente de la fe por la cual vive el justo [] y por la cual caminamos sin dudar mientras estamos ausentes del Señor. [] Mientras esta fe permanezca inviolable y firme, podemos sin culpa tener dudas sobre algunas cosas que no hemos percibido ni por los sentidos ni por la razón, y que no nos han sido reveladas por las Escrituras canónicas, ni han llegado a nuestro conocimiento por testigos a quienes sería absurdo no creer.

    Capítulo 19. Del vestido y de las costumbres del pueblo cristiano

    XIX, 19

    No es asunto de importancia en la ciudad de Dios si quien adopta la fe que lleva a los hombres a Dios la adopta con un vestido y un género de vida u otro, con tal de que viva conforme a los mandamientos de Dios. Por eso, cuando los mismos filósofos se hacen cristianos, se ven obligados, ciertamente, a abandonar sus doctrinas erróneas, pero no su vestido ni su modo de vivir, que no son obstáculo para la religión. De modo que no hacemos caso de aquella distinción de sectas que Varrón adujo a propósito de la escuela cínica, siempre que no se conserve nada indecente o voluptuoso. En cuanto a estos tres géneros de vida, el contemplativo, el activo y el mixto, aunque, mientras se conserve la fe de un hombre, puede elegir cualquiera de ellos sin perjuicio de sus intereses eternos, nunca debe descuidar las exigencias de la verdad y del deber. Nadie tiene derecho a llevar una vida de contemplación tal que olvide en su propia comodidad el servicio debido al prójimo; ni nadie tiene derecho a sumergirse de tal modo en la vida activa que descuide la contemplación de Dios. El atractivo del ocio no debe ser una vaciedad indolente de la mente, sino la investigación o el descubrimiento de la verdad, para que así cada hombre pueda hacer progresos sólidos sin envidiar que otros hagan lo mismo. Y en la vida activa no debemos codiciar los honores o el poder de esta vida, pues todo lo que hay bajo el sol es vanidad, sino que debemos proponernos usar nuestra posición e influencia, si se han alcanzado honradamente, para el bien de quienes están bajo nosotros, del modo que ya hemos explicado. A esto se refiere el apóstol cuando dice: «El que desea el episcopado, desea una obra buena.» [] Quiso mostrar que el episcopado es el título de una obra, no de un honor. Es palabra griega y significa que el que gobierna supervisa o cuida de aquellos a quienes gobierna: pues [ἐπί] significa sobre, y [σκοπεῖν], ver; por tanto [ἐπισκοπεῖν] significa «inspeccionar.» De modo que quien ama gobernar más que hacer el bien no es obispo. Por consiguiente, a nadie se le prohíbe la búsqueda de la verdad, pues en este ocio puede emplearse de manera muy laudable; pero es indecoroso codiciar el alto cargo necesario para gobernar al pueblo, aun cuando ese cargo se desempeñe y ese gobierno se administre de manera decorosa. Y, por tanto, el santo ocio es anhelado por el amor a la verdad; pero es necesidad del amor emprender los negocios requeridos. Si nadie nos impone esta carga, somos libres para examinar y contemplar la verdad; pero si se nos impone, nos vemos obligados, por amor, a emprenderla. Y, sin embargo, ni aun en este caso estamos obligados a abandonar del todo las dulzuras de la contemplación; pues si estas se nos quitaran, la carga podría resultar más de lo que podríamos soportar.

    Capítulo 20. Que los santos en esta vida son bienaventurados en esperanza

    XIX, 20

    Puesto que, entonces, el bien supremo de la ciudad de Dios es la paz perfecta y eterna, no una paz en la que los mortales entran y de la que salen por nacimiento y muerte, sino la paz de estar libres de todo mal, en la que los inmortales permanecen para siempre, ¿quién puede negar que aquella vida futura es la más bienaventurada, o que, en comparación con ella, esta vida que ahora vivimos es la más miserable, aun esté llena de todos los bienes del cuerpo, del alma y de las cosas exteriores? Y, sin embargo, si alguno usa de esta vida con miras a aquella otra que ama ardientemente y espera con confianza, bien puede ser llamado bienaventurado incluso ahora, aunque no tanto en realidad como en esperanza. Pero la posesión efectiva de la felicidad de esta vida, sin la esperanza de lo que está más allá, no es sino una felicidad falsa y una miseria profunda. Pues los verdaderos bienes del alma no se gozan ahora; porque no es verdadera sabiduría la que no dirige todas sus prudentes observaciones, sus acciones viriles, su virtuoso dominio de sí y sus justas disposiciones a aquel fin en el que Dios será todo en todas las cosas en una eternidad segura y una paz perfecta.

    Capítulo 21

    Si alguna vez hubo una república romana que respondiera a las definiciones de Escipión en el diálogo de Cicerón

    XIX, 21

    Este es, pues, el lugar donde debo cumplir la promesa que hice en el libro segundo de esta obra y explicar, con la mayor brevedad y claridad posible, que si hemos de aceptar las definiciones establecidas por Escipión en el De Republica de Cicerón, nunca hubo una república romana; pues él define brevemente la república como el bien del pueblo. Y si esta definición es verdadera, nunca hubo república romana, porque el bien del pueblo jamás se alcanzó entre los romanos. Pues el pueblo, según su definición, es una multitud asociada por un común reconocimiento del derecho y por una comunidad de intereses. Y lo que entiende por común reconocimiento del derecho lo explica con amplitud, mostrando que una república no puede administrarse sin justicia. Por tanto, donde no hay verdadera justicia no puede haber derecho. Pues lo que se hace por derecho se hace justamente, y lo que se hace injustamente no puede hacerse por derecho. Porque las invenciones injustas de los hombres no deben considerarse ni llamarse derechos; pues aun ellos mismos dicen que el derecho es aquello que fluye de la fuente de la justicia, y niegan la definición comúnmente dada por quienes conciben mal el asunto: que el derecho es lo que es útil a la parte más fuerte. Así, donde no hay verdadera justicia no puede haber una multitud de hombres asociados por un común reconocimiento del derecho y, por tanto, no puede haber pueblo, tal como lo definen Escipión o Cicerón; y si no hay pueblo, entonces no hay bien del pueblo, sino solo de una muchedumbre promiscua indigna del nombre de pueblo. En consecuencia, si la república es el bien del pueblo, y no hay pueblo si no está asociado por un común reconocimiento del derecho, y si no hay derecho donde no hay justicia, se sigue con toda certeza que no hay república donde no hay justicia. Además, la justicia es aquella virtud que da a cada uno lo suyo. ¿Dónde está, pues, la justicia del hombre cuando abandona al Dios verdadero y se entrega a demonios impuros? ¿Es esto dar a cada uno lo suyo? ¿O es injusto quien retiene un campo al comprador y lo da a quien no tiene derecho a él, mientras que es justo quien se retiene a sí mismo del Dios que lo hizo y sirve a espíritus malvados?
    Este mismo libro, De Republica, defiende la causa de la justicia contra la injusticia con gran fuerza y agudeza. Primero se oyó la defensa de la injusticia contra la justicia, y se afirmó que sin injusticia una república no podía ni crecer ni siquiera subsistir, pues se sentó como posición absolutamente inatacable que es injusto que unos hombres manden y otros sirvan; y, sin embargo, la ciudad imperial a la que pertenece la república no puede gobernar sus provincias sin recurrir a esta injusticia. Se respondió en favor de la justicia que este gobierno de las provincias es justo, porque la servidumbre puede ser ventajosa para los provincianos, y lo es cuando se administra rectamente, es decir, cuando se impide que los malvados hagan daño. Y, además, como se volvían cada vez peores mientras eran libres, mejorarán por la sujeción. Para confirmar este razonamiento, se añade un ejemplo eminente tomado de la naturaleza: pues «¿por qué», se pregunta, «Dios gobierna al hombre, el alma al cuerpo, la razón a las pasiones y a las demás partes viciosas del alma?» Este ejemplo no deja duda de que, para algunos, la servidumbre es útil; y, en verdad, servir a Dios es útil para todos. Y cuando el alma sirve a Dios ejerce un recto dominio sobre el cuerpo; y en el alma misma la razón debe estar sujeta a Dios si ha de gobernar como debe las pasiones y los demás vicios. Por tanto, cuando un hombre no sirve a Dios, ¿qué justicia podemos atribuirle, ya que en este caso su alma no puede ejercer un justo dominio sobre el cuerpo, ni su razón sobre sus vicios? Y si no hay justicia en tal individuo, ciertamente no puede haberla en una comunidad compuesta de tales personas. Aquí, por tanto, no existe ese común reconocimiento del derecho que hace de una multitud de hombres un pueblo cuyos asuntos llamamos república. ¿Y a qué hablar de la utilidad, cuya participación común, según la definición, constituye un pueblo? Pues aunque, si se mira el asunto con atención, se verá que nada hay ventajoso para quienes viven sin Dios, como vive todo el que no sirve a Dios sino a los demonios, cuya maldad puedes medir por su deseo de recibir el culto de los hombres aun siendo espíritus impurísimos, sin embargo lo que he dicho del común reconocimiento del derecho basta para demostrar que, según la definición anterior, no puede haber pueblo y, por tanto, no puede haber república donde no hay justicia. Pues si afirman que en su república los romanos no servían a espíritus inmundos, sino a dioses buenos y santos, ¿hemos de responder de nuevo a esta evasiva, aunque ya hemos dicho bastante, y más que bastante, para refutarla? Ha de ser una persona extraordinariamente estúpida, o desvergonzadamente porfiada, quien haya leído los libros anteriores hasta este punto y pueda aún dudar de si los romanos sirvieron a demonios malvados e impuros. Pero, sin hablar de su carácter, está escrito en la ley del Dios verdadero: «El que ofrezca sacrificios a cualquier dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» [] Por tanto, quien pronunció un mandamiento tan amenazador decretó que no se diera culto ni a dioses buenos ni malos.
    Comentario editorial · Justicia, república y bandas de ladrones
    Aquí cumple Agustín la promesa de II, 21: si se aceptan las definiciones que Escipión da en el De re publica de Cicerón (república es el «bien del pueblo»; pueblo, la multitud unida por un reconocimiento común del derecho), no hubo nunca una república romana, porque no hay derecho sin justicia. La idea ya aparece en IV, 4: quitada la justicia, los reinos son grandes latrocinios, como dijo a Alejandro Magno un pirata apresado. Wikipedia describe el diálogo ciceroniano como imitación de la República de Platón y dice que se conserva solo en extractos de obras posteriores y en un palimpsesto incompleto hallado en 1819. En XIX, 24 Agustín propone otra definición, que sí admite a Roma como pueblo.

    Capítulo 22

    Si el Dios al que sirven los cristianos es el Dios verdadero, al único a quien se debe ofrecer sacrificio

    XIX, 22

    Pero podría replicarse: ¿Quién es este Dios, o qué prueba hay de que solo Él es digno de recibir sacrificio de los romanos? Hay que estar muy ciego para seguir preguntando quién es este Dios. Es el Dios cuyos profetas predijeron las cosas que vemos cumplidas. Es el Dios de quien Abraham recibió esta promesa: «En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones.» [] Que esto se cumplió en Cristo, que según la carne nació de aquella descendencia, es reconocido, quieran o no, incluso por quienes han seguido siendo enemigos de este nombre. Es el Dios cuyo divino Espíritu habló por medio de los hombres cuyas predicciones cité en los libros anteriores, y que se cumplen en la Iglesia que se ha extendido por todo el mundo. Este es el Dios que Varrón, el más docto de los romanos, creyó que era Júpiter, aunque no sabe lo que dice; sin embargo, creo justo notar la circunstancia de que un hombre de tanta erudición no pudo suponer que este Dios no existiera o fuera despreciable, sino que creyó que era el mismo que el Dios supremo. En fin, Él es el Dios a quien Porfirio, el más docto de los filósofos, aunque el enemigo más acérrimo de los cristianos, confiesa que es un gran Dios, incluso según los oráculos de aquellos a quienes él tiene por dioses.

    Capítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo

    XIX, 23

    Pues en su libro titulado [ἐκ λογίων φιλοσοφίας], en el que recoge y comenta las respuestas que, según él finge, dieron los dioses acerca de las cosas divinas, dice —doy sus propias palabras tal como han sido traducidas del griego—: «A uno que preguntaba a qué dios debía propiciar para hacer volver a su esposa del cristianismo, Apolo respondió en los siguientes versos.» Luego se dan las siguientes palabras como de Apolo: «Probablemente te resultará más fácil escribir caracteres duraderos sobre el agua, o volar ligeramente como un pájaro por el aire, que devolver el recto sentir a tu impía esposa una vez que se ha contaminado. Déjala permanecer como quiera en su necio engaño, y cantar falsos lamentos a su Dios muerto, que fue condenado por jueces de recto juicio y pereció ignominiosamente con muerte violenta.» Después de estos versos de Apolo (que hemos dado en una versión latina que no conserva la forma métrica), continúa diciendo: «En estos versos Apolo puso de manifiesto la incurable corrupción de los cristianos, diciendo que los judíos, más bien que los cristianos, reconocían a Dios.» Mira cómo tergiversa a Cristo, dando a los judíos la preferencia sobre los cristianos en el conocimiento de Dios. Esta fue su explicación de los versos de Apolo, en la que dice que Cristo fue condenado a muerte por jueces de recto juicio o justos; es decir, que merecía morir. Dejo la responsabilidad de este oráculo acerca de Cristo al mentiroso intérprete de Apolo, o a este filósofo que lo creyó o acaso él mismo lo inventó; en cuanto a su conformidad con las opiniones de Porfirio o con otros oráculos, dentro de poco tendremos algo que decir. En este pasaje, sin embargo, dice que los judíos, como intérpretes de Dios, juzgaron con justicia al pronunciar que Cristo era digno de la muerte más vergonzosa. Debería haber escuchado, pues, a este Dios de los judíos a quien da este testimonio, cuando ese Dios dice: «El que ofrece sacrificios a cualquier otro dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» Pero vengamos a expresiones aún más claras, y oigamos cuán grande Dios piensa Porfirio que es el Dios de los judíos. Apolo, dice, cuando se le preguntó si la palabra, es decir, la razón, o la ley es lo mejor, respondió en los siguientes versos. Luego da los versos de Apolo, de los cuales selecciono los siguientes como suficientes: «Dios, el Generador, y el Rey anterior a todas las cosas, ante quien tiemblan el cielo y la tierra, y el mar, y los lugares ocultos del infierno, y las mismas deidades tienen miedo, porque su ley es el Padre a quien honran los santos hebreos.» En este oráculo de su dios Apolo, Porfirio confesó que el Dios de los hebreos es tan grande que las mismas deidades tiemblan ante Él. Me sorprende, por tanto, que cuando Dios dijo: El que ofrece sacrificios a otros dioses será enteramente destruido, el propio Porfirio no temiera ser destruido por ofrecer sacrificios a otros dioses.
    Este filósofo, sin embargo, también dice algo bueno de Cristo, olvidando, por así decir, aquella injuria suya de la que acabamos de hablar; o como si sus dioses hablaran mal de Cristo solo mientras dormían, y al despertar lo reconocieran bueno y le dieran la alabanza merecida. Pues, como si fuera a proclamar algo maravilloso que excede toda creencia, dice: «Lo que vamos a decir ciertamente sorprenderá a algunos. Porque los dioses han declarado que Cristo fue muy piadoso, que se ha hecho inmortal y que guardan su memoria: pero que los cristianos están contaminados, manchados e implicados en error. Y muchas otras cosas semejantes,» dice, «dicen los dioses contra los cristianos.» Luego da muestras de las acusaciones hechas, según dice, por los dioses contra ellos, y después continúa: «Pero a algunos que preguntaron a Hécate si Cristo era un Dios, ella respondió: Conoces la condición del alma inmortal separada del cuerpo, y que si se ha apartado de la sabiduría, siempre yerra. El alma a la que te refieres es la de un hombre el primero en piedad: la adoran porque confunden la verdad.» A esta pretendida respuesta oracular añade las siguientes palabras suyas: «De este hombre tan piadoso, pues, Hécate dijo que el alma, como las almas de otros hombres buenos, fue dotada después de la muerte de inmortalidad, y que los cristianos por ignorancia la adoran. Y a los que preguntan por qué fue condenado a morir, el oráculo de la diosa respondió: El cuerpo, ciertamente, está siempre expuesto a tormentos, pero las almas de los piadosos permanecen en el cielo. Y el alma por la que preguntas ha sido causa fatal de error para otras almas que no estaban destinadas a recibir los dones de los dioses ni a tener el conocimiento del Júpiter inmortal. Tales almas son por tanto odiadas por los dioses; pues los que estaban destinados a no recibir los dones de los dioses y a no conocer a Dios, estaban destinados a verse implicados en error por medio de aquel de quien hablas. Él mismo, sin embargo, era bueno, y el cielo se le ha abierto como a otros hombres buenos. No debes, pues, hablar mal de él, sino compadecer la necedad de los hombres: y por medio de él es inminente el peligro de los hombres.»
    ¿Quién es tan necio como para no ver que estos oráculos fueron o bien compuestos por un hombre ingenioso con fuerte animadversión contra los cristianos, o bien proferidos como respuestas por demonios impuros con un designio semejante, es decir, para que su alabanza de Cristo dé crédito a su vituperación de los cristianos, y para que así, si es posible, cierren el camino de la salvación eterna, que es idéntica al cristianismo? Pues creen que de ningún modo contrarrestan su propio arte dañino promoviendo la fe en Cristo, mientras se acepte también su calumnia contra los cristianos; porque así consiguen que incluso el hombre que piensa bien de Cristo rehúse hacerse cristiano y, por tanto, no sea librado de su propio dominio por el Cristo a quien alaba. Además, su alabanza de Cristo está dispuesta de tal modo que quien crea en Él tal como lo presentan no será un verdadero cristiano, sino un hereje fotiniano, que reconoce solo la humanidad y no también la divinidad de Cristo, y quedará así excluido de la salvación y de la liberación de las mallas de estas mentiras diabólicas. Por nuestra parte, no nos agradan más las alabanzas de Hécate a Cristo que la calumnia de Apolo contra Él. Apolo dice que Cristo fue condenado a muerte por jueces de recto juicio, dando a entender que era injusto. Hécate dice que fue un hombre piadosísimo, pero nada más. La intención de ambos es la misma: impedir que los hombres se hagan cristianos, porque si esto se logra, los hombres nunca serán rescatados de su poder. Pero incumbe a nuestro filósofo, o más bien a quienes creen en estos pretendidos oráculos contra los cristianos, ante todo, si pueden, poner de acuerdo a Apolo y Hécate acerca de Cristo, de modo que o ambos lo condenen o ambos lo alaben. Y aunque lo consiguieran, nosotros, por nuestra parte, rechazaríamos no obstante el testimonio de los demonios, ya sea favorable o adverso a Cristo. Pero cuando nuestros adversarios hallan a un dios y una diosa suyos en desacuerdo acerca de Cristo, alabándolo el uno y vituperándolo la otra, ciertamente no pueden dar crédito, si tienen algún juicio, a simples hombres que blasfeman contra los cristianos.
    Cuando Porfirio o Hécate alaba a Cristo y añade que Él se entregó a los cristianos como un don fatal para que se vieran implicados en error, expone, según piensa, las causas de este error. Pero antes de citar sus palabras con ese propósito, yo preguntaría: si Cristo se entregó así a los cristianos para implicarlos en error, ¿lo hizo voluntariamente o contra su voluntad? Si voluntariamente, ¿cómo es justo? Si contra su voluntad, ¿cómo es bienaventurado? Sin embargo, oigamos las causas de este error. «Hay,» dice, en cierto lugar espíritus terrenales muy pequeños, sujetos al poder de los demonios malvados. Los sabios de los hebreos, entre los cuales estaba este Jesús, como has oído por los oráculos de Apolo citados arriba, apartaron a las personas religiosas de estos mismos demonios perversos y de los espíritus menores, y les enseñaron más bien a adorar a los dioses celestiales, y especialmente a adorar a Dios Padre. Esto, dijo, «lo ordenan los dioses; y ya hemos mostrado cómo amonestan al alma a volverse a Dios y le mandan adorarlo. Pero los ignorantes y los impíos, que no están destinados a recibir favores de los dioses ni a conocer al Júpiter inmortal, al no escuchar a los dioses y sus mensajes, se han apartado de todos los dioses, y no solo han rehusado odiar, sino que han venerado a los demonios prohibidos. Al profesar adorar a Dios, rehúsan hacer aquellas cosas por las cuales únicamente se adora a Dios. Pues Dios, en verdad, siendo Padre de todas las cosas, de nada tiene necesidad; pero para nosotros es bueno adorarlo por medio de la justicia, la castidad y las demás virtudes, y hacer así de la vida misma una oración a Él, indagando e imitando su naturaleza. Porque la indagación,» dice, «purifica, y la imitación nos deifica, acercándonos a Él.» Tiene razón en cuanto proclama a Dios Padre y la conducta con la que debemos adorarlo. De tales preceptos están llenos los libros proféticos de los hebreos, cuando alaban o censuran la vida de los santos. Pero al hablar de los cristianos se equivoca y los calumnia tanto como desean los demonios a quienes tiene por dioses, como si fuera difícil para cualquier hombre recordar las acciones vergonzosas y deshonrosas que solían hacerse en los teatros y templos para agradar a los dioses, y comparar con ellas lo que se oye en nuestras iglesias y lo que se ofrece al Dios verdadero, y de esta comparación concluir dónde se edifica el carácter y dónde se arruina. Pero ¿quién sino un espíritu diabólico ha dicho o sugerido a este hombre una mentira tan manifiesta y vana, como que los cristianos veneraban más bien que odiaban a los demonios, cuyo culto prohibían los hebreos? Pero aquel Dios, a quien adoraban los sabios hebreos, prohíbe ofrecer sacrificio incluso a los santos ángeles del cielo y a las potestades divinas, a quienes nosotros, en esta nuestra peregrinación, veneramos y amamos como a nuestros conciudadanos más bienaventurados. Pues en la ley que Dios dio a su pueblo hebreo profiere esta amenaza, como con voz de trueno: «El que ofrece sacrificios a cualquier dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» [] Y para que nadie suponga que esta prohibición se extiende solo a los demonios muy perversos y a los espíritus terrenales, a quienes este filósofo llama muy pequeños e inferiores —porque también estos son llamados dioses en la Escritura, no de los hebreos, sino de las gentes, como han mostrado los setenta intérpretes en el salmo donde se dice, «Porque todos los dioses de las gentes son demonios,» — para que nadie suponga, digo, que se prohibía el sacrificio a estos demonios, pero que podía ofrecerse sacrificio a todos o a algunos de los celestiales, se añadió inmediatamente, «salvo solamente al Señor.» El Dios de los hebreos, pues, a quien este renombrado filósofo da tan señalado testimonio, dio a su pueblo hebreo una ley, compuesta en lengua hebrea y no oscura ni desconocida, sino publicada ahora en todas las naciones, y en esta ley está escrito, «El que ofrece sacrificios a cualquier dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» ¿Qué necesidad hay de buscar más pruebas en la ley o en los profetas de esta misma verdad? Buscad, no hace falta decir, pues los pasajes no son pocos ni difíciles de hallar; pero ¿qué necesidad hay de recoger y aplicar a mi argumento las pruebas que están sembradas por doquier y son evidentes, y por las cuales aparece claro como el día que no se puede ofrecer sacrificio a nadie sino al supremo y verdadero Dios? He aquí una sentencia breve pero decidida, incluso amenazante, y ciertamente verdadera, de aquel Dios a quien los más sabios de nuestros adversarios tanto ensalzan. Escúchese, témase, cúmplase, para que no haya alma desobediente cortada. «El que ofrece sacrificios,» dice, no porque Él necesite algo, sino porque nos conviene ser posesión suya. Por eso el salmista canta en las Escrituras hebreas, «Dije al Señor: Tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes.» Pues nosotros mismos, que somos su propia ciudad, somos su sacrificio más noble y digno, y es este misterio el que celebramos en nuestros sacrificios, bien conocidos de los fieles, como explicamos en los libros anteriores. Porque por medio de los profetas los oráculos de Dios declararon que cesarían los sacrificios que los judíos ofrecían como sombra de lo que había de venir, y que las naciones, desde el nacimiento hasta el ocaso del sol, ofrecerían un solo sacrificio. De estos oráculos, que ahora vemos cumplidos, hemos hecho las selecciones que nos parecieron adecuadas a nuestro propósito en esta obra. Y por tanto, donde no existe esta justicia por la cual el único Dios supremo gobierna la ciudad obediente según su gracia, de modo que no ofrece sacrificio sino a Él, y por la cual, en todos los ciudadanos de esta ciudad obediente, el alma gobierna en consecuencia al cuerpo y la razón a los vicios en el orden debido, de modo que, así como el hombre justo individual, también la comunidad y el pueblo de los justos viven por la fe, que obra por el amor, aquel amor por el cual el hombre ama a Dios como debe ser amado, y al prójimo como a sí mismo—allí, digo, no hay una asamblea asociada por un común reconocimiento del derecho y por una comunidad de intereses. Pero si no hay esto, no hay pueblo, si es verdadera nuestra definición, y por tanto no hay república; porque donde no hay pueblo no puede haber república.

    Capítulo 24

    La definición que debe darse de pueblo y de república, para vindicar la asunción de estos títulos por los romanos y por otros reinos

    XIX, 24

    Pero si desechamos esta definición de pueblo y, adoptando otra, decimos que un pueblo es una reunión de seres racionales unidos por un acuerdo común acerca de los objetos de su amor, entonces, para descubrir el carácter de cualquier pueblo, solo tenemos que observar qué es lo que ama. Sin embargo, sea lo que sea lo que ame, con tal de que sea una reunión de seres racionales y no de bestias, y esté unida por un acuerdo acerca de los objetos del amor, se la llama razonablemente un pueblo; y será un pueblo superior en la medida en que esté unido por intereses más elevados, e inferior en la medida en que esté unido por intereses más bajos. Según esta definición nuestra, el pueblo romano es un pueblo, y su bien es sin duda una república o cosa pública. Pero cuáles fueron sus gustos en sus primeros días y en los posteriores, y cómo decayó en sediciones sangrientas y luego en guerras sociales y civiles, y así rompió o corrompió el vínculo de concordia en que consiste la salud de un pueblo, lo muestra la historia, y en los libros anteriores lo he relatado extensamente. Y, sin embargo, no diría por ello ni que no fue un pueblo, ni que su administración no fue una república, mientras quede una reunión de seres racionales unidos por un acuerdo común acerca de los objetos del amor. Pero lo que digo de este pueblo y de esta república debe entenderse que lo pienso y digo de los atenienses o de cualquier estado griego, de los egipcios, de la antigua Babilonia asiria, y de cualquier otra nación, grande o pequeña, que tuvo gobierno público. Porque, en general, la ciudad de los impíos, que no obedeció el mandato de Dios de que no ofreciera sacrificio sino a Él solo, y que, por tanto, no pudo dar al alma su debido mando sobre el cuerpo, ni a la razón su justa autoridad sobre los vicios, carece de verdadera justicia.

    Capítulo 25. Que donde no hay verdadera religión no hay verdaderas virtudes

    XIX, 25

    Pues aunque el alma parezca gobernar admirablemente el cuerpo, y la razón los vicios, si el alma y la razón no obedecen ellas mismas a Dios, como Dios les ha mandado servirle, no tienen autoridad legítima sobre el cuerpo y los vicios. Porque ¿qué dueña del cuerpo y de los vicios puede ser aquella mente que ignora al Dios verdadero y que, en lugar de estar sujeta a su autoridad, se prostituye a las influencias corruptoras de los demonios más viciosos? Por esta razón, las virtudes que le parece poseer, y con las cuales refrena el cuerpo y los vicios para obtener y conservar lo que desea, son más bien vicios que virtudes mientras no haya referencia a Dios en el asunto. Pues aunque algunos suponen que las virtudes que se refieren solo a sí mismas, y se desean solo por sí mismas, son sin embargo virtudes verdaderas y genuinas, el hecho es que aun entonces están hinchadas de soberbia, y por tanto han de contarse entre los vicios antes que entre las virtudes. Porque así como lo que da vida a la carne no procede de la carne, sino que está por encima de ella, así lo que da vida bienaventurada al hombre no procede del hombre, sino que es algo superior a él; y lo que digo del hombre es verdad de toda potencia y virtud celestial, cualquiera que sea.

    Capítulo 26

    De la paz que goza el pueblo alejado de Dios, y del uso que hace de ella el pueblo de Dios en el tiempo de su peregrinación

    XIX, 26

    Por lo cual, así como la vida de la carne es el alma, así la vida bienaventurada del hombre es Dios, de quien dicen las sagradas Escrituras de los hebreos: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el Señor.» Miserable, por tanto, es el pueblo alejado de Dios. Sin embargo, aun este pueblo tiene una paz propia que no ha de estimarse a la ligera, aunque, ciertamente, no gozará de ella al fin, porque no hace buen uso de ella antes del fin. Pero nos interesa que goce de esta paz entretanto en esta vida; pues mientras las dos ciudades están mezcladas, también nosotros gozamos de la paz de Babilonia. Porque de Babilonia el pueblo de Dios es liberado de tal modo que, entretanto, peregrina en su compañía. Y por eso el apóstol amonestó también a la Iglesia a orar por los reyes y por los que tienen autoridad, dando como razón: «para que vivamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y amor.» Y el profeta Jeremías, al predecir la cautividad que había de sobrevenir al antiguo pueblo de Dios, y al darles el mandato divino de ir obedientemente a Babilonia y servir así a su Dios, les aconsejó también orar por Babilonia, diciendo: «En la paz de ella tendréis paz,» [] — la paz temporal que gozan juntamente los buenos y los malos.

    Capítulo 27. Que la paz de los que sirven a Dios no puede alcanzarse en su perfección en esta vida mortal

    XIX, 27

    Pero la paz que nos es propia la gozamos ahora con Dios por la fe, y en adelante la gozaremos eternamente con Él por la visión. Pero la paz que gozamos en esta vida, ya sea común a todos o propia nuestra, es más bien consuelo de nuestra miseria que posesión positiva de la felicidad. Nuestra misma justicia, aunque verdadera en cuanto se refiere al verdadero bien, es sin embargo en esta vida de tal índole que consiste más bien en la remisión de los pecados que en la perfección de las virtudes. Sea testigo la oración de toda la ciudad de Dios en su estado peregrino, pues clama a Dios por boca de todos sus miembros: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Y esta oración es eficaz no para aquellos cuya fe está «sin obras y muerta,» [] sino para aquellos cuya fe «obra por el amor.» [] Pues así como la razón, aunque esté sujeta a Dios, está sin embargo «agobiada por el cuerpo corruptible,» [] mientras se halla en esta condición mortal, no tiene perfecta autoridad sobre el vicio, y por tanto esta oración es necesaria para los justos. Pues aunque ejerce autoridad, los vicios no se someten sin lucha. Porque por bien que uno mantenga el combate, y por completamente que haya sometido a estos enemigos, se desliza algún mal que, si no halla pronta expresión en el acto, se escapa por los labios o se insinúa en el pensamiento; y por tanto su paz no es plena mientras está en guerra con sus vicios. Pues es un combate dudoso el que libra contra los que resisten, y su victoria sobre los que son vencidos no es segura, sino llena de ansiedad y esfuerzo. En medio de estas tentaciones, de todas las cuales se ha dicho sumariamente en los divinos oráculos: «¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación?» [] ¿quién, sino un hombre soberbio, puede presumir que vive de tal modo que no necesita decir a Dios: «Perdónanos nuestras deudas?» Y tal hombre no es grande, sino hinchado e inflado de vanidad, y es justamente resistido por Aquel que da abundante gracia a los humildes. Por lo cual se dice: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.» En esto, pues, consiste la justicia del hombre: en que se someta a Dios, su cuerpo al alma, y sus vicios, aun cuando se rebelen, a la razón, que o los vence o al menos los resiste; y también en que pida a Dios gracia para cumplir su deber y el perdón de sus pecados, y en que dé a Dios gracias por todos los bienes que recibe. Pero en aquella paz final a la que toda nuestra justicia se refiere, y por cuya causa se mantiene, como nuestra naturaleza gozará de una inmortalidad sana e incorrupción, y no tendrá ya más vicios, y como no experimentaremos resistencia ni de nosotros mismos ni de otros, no será necesario que la razón gobierne vicios que ya no existen, sino que Dios gobernará al hombre, y el alma gobernará al cuerpo, con una dulzura y facilidad adecuadas a la felicidad de una vida libre de servidumbre. Y esta condición será allí eterna, y estaremos asegurados de su eternidad; y así la paz de esta bienaventuranza y la bienaventuranza de esta paz serán el bien supremo.

    Capítulo 28. El fin de los malvados

    XIX, 28

    Pero, por otra parte, los que no pertenecen a esta ciudad de Dios heredarán la miseria eterna, que se llama también la segunda muerte, porque entonces el alma estará separada de Dios, su vida, y por tanto no podrá decirse que vive, y el cuerpo será sometido a dolores eternos. Y, por consiguiente, esta segunda muerte será tanto más severa cuanto que ninguna muerte la terminará. Pero siendo la guerra contraria a la paz, como la miseria a la felicidad y la vida a la muerte, no sin razón se pregunta qué clase de guerra puede hallarse en el fin de los malvados que corresponda a la paz que se declara ser el fin de los justos. Quien plantea esta cuestión solo tiene que observar qué es lo dañino y destructivo en la guerra, y verá que no es otra cosa que la oposición y el conflicto mutuo de las cosas. ¿Y puede concebirse una guerra más grave y amarga que aquella en la que la voluntad está tan opuesta a la pasión, y la pasión a la voluntad, que su hostilidad nunca puede terminarse con la victoria de una de las dos, y en la que la violencia del dolor entra en tal conflicto con la naturaleza del cuerpo, que ninguna cede ante la otra? Pues en esta vida, cuando surge este conflicto, o el dolor vence y la muerte expulsa el sentimiento de él, o la naturaleza vence y la salud expulsa el dolor. Pero en el mundo venidero el dolor continúa para atormentar, y la naturaleza perdura para sentirlo; y ninguno de los dos deja de existir, para que tampoco cese el castigo. Ahora bien, como es mediante el juicio final como los hombres pasan a estos fines, los buenos al bien supremo, los malos al mal supremo, trataré de este juicio en el libro siguiente.

    Libro XX

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XX, argumento
    Sobre el juicio final y las declaraciones acerca de él en el Antiguo y el Nuevo Testamento.

    Capítulo 1

    Que aunque Dios juzga siempre, es sin embargo razonable limitar nuestra atención en este libro a su juicio final

    XX, 1

    Proponiéndonos hablar, confiados en la gracia de Dios, del día de su juicio final, y afirmarlo contra los impíos e incrédulos, debemos ante todo poner, por así decirlo, en el fundamento del edificio las declaraciones divinas. Las personas que no creen tales declaraciones hacen cuanto pueden por oponerles sofismas falsos e ilusorios de cosecha propia, ya sosteniendo que lo que se aduce de la Escritura tiene otro sentido, ya negando del todo que sea una palabra de Dios. Pues supongo que ningún hombre que entiende lo que está escrito, y cree que ha sido comunicado por el Dios supremo y verdadero mediante hombres santos, se niega a ceder y consentir a estas declaraciones, ya confiese oralmente su consentimiento, ya se avergüence o tema hacerlo por alguna influencia maligna; o incluso, con una obstinación muy semejante a la locura, se esfuerza denodadamente por defender lo que sabe y cree que es falso contra lo que sabe y cree que es verdadero.
    Aquello, por tanto, que toda la Iglesia del Dios verdadero mantiene y profesa como su credo, que Cristo ha de venir del cielo a juzgar a vivos y muertos, esto llamamos el último día, o último tiempo, del juicio divino. Pues no sabemos cuántos días puede ocupar este juicio; pero a nadie que lea las Escrituras, por negligente que sea, hay que decirle que en ellas «día» se usa habitualmente por «tiempo.» Y cuando hablamos del día del juicio de Dios, añadimos la palabra último o final por esta razón: porque ya ahora Dios juzga, y ha juzgado desde el comienzo de la historia humana, desterrando del paraíso y excluyendo del árbol de la vida a aquellos primeros hombres que perpetraron tan gran pecado. Sí, ciertamente ejercía también juicio cuando no perdonó a los ángeles que pecaron, cuyo príncipe, vencido por la envidia, sedujo a los hombres después de haber sido él mismo seducido. Ni tampoco sin el juicio profundo y justo de Dios está llena de miseria, calamidades y errores la vida de los demonios y de los hombres, la de aquellos en el aire y la de estos en la tierra. Y aunque nadie hubiera pecado, solo por el juicio bueno y recto de Dios habría podido mantenerse toda la creación racional en eterna bienaventuranza mediante una adhesión perseverante a su Señor. Juzga también, no solo en masa, condenando a la raza de los demonios y a la raza de los hombres a ser miserables a causa del pecado original de estas razas, sino que juzga también los actos voluntarios y personales de los individuos. Pues incluso los demonios ruegan que no se les atormente, [] lo cual prueba que sin injusticia podrían ser perdonados o atormentados según sus méritos. Y los hombres son castigados por Dios por sus pecados a menudo de modo visible, siempre de modo secreto, ya en esta vida o después de la muerte, aunque ningún hombre obra rectamente sino con la ayuda del auxilio divino; y ningún hombre ni demonio obra injustamente sino con permiso del juicio divino y justísimo. Pues, como dice el apóstol: «No hay injusticia en Dios;» [] y como dice en otro lugar: «Sus juicios son insondables, y sus caminos inescrutables.» [] En este libro, pues, hablaré, según Dios lo permita, no de aquellos primeros juicios, ni de estos juicios intermedios de Dios, sino del último juicio, cuando Cristo ha de venir del cielo a juzgar a vivos y muertos. Pues aquel día se llama propiamente día del juicio, porque en él no quedará lugar para la pregunta ignorante de por qué este malvado es feliz y aquel justo desdichado. En aquel día la felicidad verdadera y plena será la suerte de nadie sino de los buenos, mientras que la miseria merecida y suprema será la porción de los malvados, y solo de ellos.

    Capítulo 2

    Que en la trama mezclada de los asuntos humanos está presente el juicio de Dios, aunque no pueda discernirse

    XX, 2

    En este tiempo presente aprendemos a soportar con ecuanimidad los males a que incluso los buenos están sujetos, y a tener en poco los bienes de que aun los malos gozan. Y, por consiguiente, aun en aquellas condiciones de vida en que la justicia de Dios no es aparente, su enseñanza es saludable. Pues no sabemos por qué juicio de Dios este hombre bueno es pobre y aquel malo rico; por qué quien, en nuestra opinión, debería sufrir agudamente por su vida desenfrenada se divierte, mientras la tristeza persigue a aquel cuya vida digna de alabanza nos lleva a suponer que debería ser feliz; por qué el inocente sale del tribunal no solo sin venganza, sino incluso condenado, siendo agraviado por la iniquidad del juez o abrumado por falsos testimonios, mientras su adversario culpable, por el contrario, no solo es absuelto impunemente, sino que incluso se admiten sus pretensiones; por qué el impío goza de buena salud, mientras el piadoso se consume en la enfermedad; por qué los malhechores tienen la constitución más robusta, mientras que quienes no podían dañar a nadie ni con una palabra son afligidos desde la infancia con trastornos complicados; por qué quien es útil a la sociedad es segado por una muerte prematura, mientras que aquellos que, según parece, nunca deberían ni siquiera haber nacido tienen vidas de longitud inusitada; por qué quien está lleno de crímenes es coronado con honores, mientras el hombre intachable es sepultado en la oscuridad del olvido. Pero ¿quién puede reunir o enumerar todos los contrastes de esta clase? Pero si este estado anómalo de cosas fuera uniforme en esta vida, en la cual, como dice el salmista sagrado: «El hombre es semejante a la vanidad, sus días como una sombra que pasa,» — tan uniforme que solo los malos obtuvieran la prosperidad transitoria de la tierra, mientras que solo los buenos sufrieran sus males—, esto podría referirse al justo y aun benigno juicio de Dios. Podríamos suponer que quienes no estaban destinados a obtener aquellos bienes eternos que constituyen la bienaventuranza humana eran engañados por bienes transitorios como justa recompensa de su maldad, o eran, por misericordia de Dios, consolados por ellos, y que quienes no estaban destinados a sufrir tormentos eternos eran afligidos con castigos temporales por sus pecados, o estimulados a mayor logro en la virtud. Pero ahora, tal como están las cosas, puesto que no solo vemos a hombres buenos envueltos en los males de la vida, y a hombres malos gozando de sus bienes, lo cual parece injusto, sino también que el mal a menudo alcanza a los malos, y el bien sorprende a los buenos, tanto más por esto son insondables los juicios de Dios, e inescrutables sus caminos. Aunque, por tanto, no sabemos por qué juicio estas cosas son hechas o permitidas por Dios, en quien están la suma virtud, la suma sabiduría, la suma justicia, sin debilidad, sin temeridad, sin injusticia, es sin embargo saludable para nosotros aprender a tener en poco las cosas, sean buenas o malas, que se adhieren indistintamente a buenos y malos, y a codiciar los bienes que pertenecen solo a los buenos, y huir de los males que pertenecen solo a los malos. Pero cuando hayamos llegado a aquel juicio, cuya fecha se llama propiamente día del juicio, y a veces día del Señor, reconoceremos entonces la justicia de todos los juicios de Dios, no solo de los que entonces se pronunciarán, sino de todos los que surten efecto desde el principio, o pueden surtir efecto antes de aquel tiempo. Y en aquel día reconoceremos también con cuánta justicia tantos, o casi todos, los justos juicios de Dios en la vida presente desafían el escrutinio del sentido o de la inteligencia humana, aunque en este asunto no se oculta a las mentes piadosas que lo que está oculto es justo.

    Capítulo 3

    Lo que Salomón, en el libro del Eclesiastés, dice acerca de las cosas que acontecen por igual a buenos y a malos

    XX, 3

    Salomón, el más sabio rey de Israel, que reinó en Jerusalén, comienza así el libro llamado Eclesiastés, que los judíos cuentan entre sus Escrituras canónicas: «Vanidad de vanidades, dijo el Eclesiastés, vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?» Y después de enumerar, tomando esto por tema, las calamidades y los engaños de esta vida, y la condición mudable del tiempo presente, en el que nada hay sustancial, nada duradero, lamenta, entre las demás vanidades que hay debajo del sol, también ésta: que aunque la sabiduría aventaja a la necedad como la luz aventaja a las tinieblas, y aunque los ojos del sabio están en su cabeza, mientras el necio anda en tinieblas, [] sin embargo, un mismo suceso acontece a todos, es decir, en esta vida debajo del sol, aludiendo sin duda a los males que vemos sobrevenir por igual a buenos y a malos. Dice, además, que los buenos padecen los males de la vida como si fueran malhechores, y los malos gozan de los bienes de la vida como si fueran buenos. «Hay una vanidad que se hace sobre la tierra: que hay justos a quienes sucede según las obras de los impíos; y hay impíos a quienes sucede según las obras de los justos. Dije que también esto es vanidad.» [] Este sapientísimo varón dedicó todo este libro a poner plenamente de manifiesto esta vanidad, evidentemente sin otro objeto que el de hacernos suspirar por aquella vida en la que no hay vanidad debajo del sol, sino verdad bajo Aquel que hizo el sol. En esta vanidad, pues, ¿no fue por el justo y recto juicio de Dios por lo que el hombre, hecho semejante a la vanidad, fue destinado a pasar? Pero en estos días de vanidad importa mucho si resiste o cede a la verdad, y si está destituido de la verdadera piedad o participa de ella; importa no tanto en lo que se refiere a conseguir los bienes o evitar las calamidades de esta vida transitoria y vana, cuanto en relación con el juicio futuro, que adjudicará a los buenos bienes y a los malos males, en posesión permanente e inalienable. En fin, este sabio concluye su libro diciendo: «Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es todo el hombre. Porque Dios traerá a juicio toda obra, junto con toda persona despreciada, sea buena o sea mala.» [] ¿Qué enunciación más verdadera, más concisa, más saludable podría hacerse? «Teme a Dios, dice, y guarda sus mandamientos; porque esto es todo el hombre.» Pues quienquiera que tiene existencia real es esto: guardador de los mandamientos de Dios; y el que no es esto, es nada. Porque mientras permanece en la semejanza de la vanidad, no es renovado en la imagen de la verdad. «Porque Dios traerá a juicio toda obra,» — es decir, cuanto el hombre hace en esta vida — «sea buena o sea mala, junto con toda persona despreciada,» — es decir, con todo hombre que aquí parece despreciable, y por eso no es tenido en cuenta; pues Dios lo ve también a él y no lo desprecia ni lo pasa por alto en su juicio.
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