Capítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
XIX, 18
En cuanto a la incertidumbre acerca de todo, que Varrón alega como característica distintiva de la Academia Nueva, la ciudad de Dios detesta por completo tal duda como locura. Respecto de las cosas que aprehende por la mente y la razón, tiene certidumbre absolutísima, aunque su conocimiento es limitado a causa del cuerpo corruptible que oprime la mente, pues, como dice el apóstol, «Sabemos en parte.» [] Cree también el testimonio de los sentidos, de los que la mente se sirve con ayuda del cuerpo; pues [quien confía en sus sentidos a veces se engaña], más miserablemente se engaña quien piensa que nunca debe confiarse de ellos. Cree también las Sagradas Escrituras, antiguas y nuevas, que llamamos canónicas y que son la fuente de la fe por la cual vive el justo [] y por la cual caminamos sin dudar mientras estamos ausentes del Señor. [] Mientras esta fe permanezca inviolable y firme, podemos sin culpa tener dudas sobre algunas cosas que no hemos percibido ni por los sentidos ni por la razón, y que no nos han sido reveladas por las Escrituras canónicas, ni han llegado a nuestro conocimiento por testigos a quienes sería absurdo no creer.
XIX, 19
No es asunto de importancia en la ciudad de Dios si quien adopta la fe que lleva a los hombres a Dios la adopta con un vestido y un género de vida u otro, con tal de que viva conforme a los mandamientos de Dios. Por eso, cuando los mismos filósofos se hacen cristianos, se ven obligados, ciertamente, a abandonar sus doctrinas erróneas, pero no su vestido ni su modo de vivir, que no son obstáculo para la religión. De modo que no hacemos caso de aquella distinción de sectas que Varrón adujo a propósito de la escuela cínica, siempre que no se conserve nada indecente o voluptuoso. En cuanto a estos tres géneros de vida, el contemplativo, el activo y el mixto, aunque, mientras se conserve la fe de un hombre, puede elegir cualquiera de ellos sin perjuicio de sus intereses eternos, nunca debe descuidar las exigencias de la verdad y del deber. Nadie tiene derecho a llevar una vida de contemplación tal que olvide en su propia comodidad el servicio debido al prójimo; ni nadie tiene derecho a sumergirse de tal modo en la vida activa que descuide la contemplación de Dios. El atractivo del ocio no debe ser una vaciedad indolente de la mente, sino la investigación o el descubrimiento de la verdad, para que así cada hombre pueda hacer progresos sólidos sin envidiar que otros hagan lo mismo. Y en la vida activa no debemos codiciar los honores o el poder de esta vida, pues todo lo que hay bajo el sol es vanidad, sino que debemos proponernos usar nuestra posición e influencia, si se han alcanzado honradamente, para el bien de quienes están bajo nosotros, del modo que ya hemos explicado. A esto se refiere el apóstol cuando dice: «El que desea el episcopado, desea una obra buena.» [] Quiso mostrar que el episcopado es el título de una obra, no de un honor. Es palabra griega y significa que el que gobierna supervisa o cuida de aquellos a quienes gobierna: pues [ἐπί] significa sobre, y [σκοπεῖν], ver; por tanto [ἐπισκοπεῖν] significa «inspeccionar.» De modo que quien ama gobernar más que hacer el bien no es obispo. Por consiguiente, a nadie se le prohíbe la búsqueda de la verdad, pues en este ocio puede emplearse de manera muy laudable; pero es indecoroso codiciar el alto cargo necesario para gobernar al pueblo, aun cuando ese cargo se desempeñe y ese gobierno se administre de manera decorosa. Y, por tanto, el santo ocio es anhelado por el amor a la verdad; pero es necesidad del amor emprender los negocios requeridos. Si nadie nos impone esta carga, somos libres para examinar y contemplar la verdad; pero si se nos impone, nos vemos obligados, por amor, a emprenderla. Y, sin embargo, ni aun en este caso estamos obligados a abandonar del todo las dulzuras de la contemplación; pues si estas se nos quitaran, la carga podría resultar más de lo que podríamos soportar.
XIX, 20
Puesto que, entonces, el bien supremo de la ciudad de Dios es la paz perfecta y eterna, no una paz en la que los mortales entran y de la que salen por nacimiento y muerte, sino la paz de estar libres de todo mal, en la que los inmortales permanecen para siempre, ¿quién puede negar que aquella vida futura es la más bienaventurada, o que, en comparación con ella, esta vida que ahora vivimos es la más miserable, aun esté llena de todos los bienes del cuerpo, del alma y de las cosas exteriores? Y, sin embargo, si alguno usa de esta vida con miras a aquella otra que ama ardientemente y espera con confianza, bien puede ser llamado bienaventurado incluso ahora, aunque no tanto en realidad como en esperanza. Pero la posesión efectiva de la felicidad de esta vida, sin la esperanza de lo que está más allá, no es sino una felicidad falsa y una miseria profunda. Pues los verdaderos bienes del alma no se gozan ahora; porque no es verdadera sabiduría la que no dirige todas sus prudentes observaciones, sus acciones viriles, su virtuoso dominio de sí y sus justas disposiciones a aquel fin en el que Dios será todo en todas las cosas en una eternidad segura y una paz perfecta.
Si alguna vez hubo una república romana que respondiera a las definiciones de Escipión en el diálogo de Cicerón
XIX, 21
Este es, pues, el lugar donde debo cumplir la promesa que hice en el libro segundo de esta obra y explicar, con la mayor brevedad y claridad posible, que si hemos de aceptar las definiciones establecidas por Escipión en el De Republica de Cicerón, nunca hubo una república romana; pues él define brevemente la república como el bien del pueblo. Y si esta definición es verdadera, nunca hubo república romana, porque el bien del pueblo jamás se alcanzó entre los romanos. Pues el pueblo, según su definición, es una multitud asociada por un común reconocimiento del derecho y por una comunidad de intereses. Y lo que entiende por común reconocimiento del derecho lo explica con amplitud, mostrando que una república no puede administrarse sin justicia. Por tanto, donde no hay verdadera justicia no puede haber derecho. Pues lo que se hace por derecho se hace justamente, y lo que se hace injustamente no puede hacerse por derecho. Porque las invenciones injustas de los hombres no deben considerarse ni llamarse derechos; pues aun ellos mismos dicen que el derecho es aquello que fluye de la fuente de la justicia, y niegan la definición comúnmente dada por quienes conciben mal el asunto: que el derecho es lo que es útil a la parte más fuerte. Así, donde no hay verdadera justicia no puede haber una multitud de hombres asociados por un común reconocimiento del derecho y, por tanto, no puede haber pueblo, tal como lo definen Escipión o Cicerón; y si no hay pueblo, entonces no hay bien del pueblo, sino solo de una muchedumbre promiscua indigna del nombre de pueblo. En consecuencia, si la república es el bien del pueblo, y no hay pueblo si no está asociado por un común reconocimiento del derecho, y si no hay derecho donde no hay justicia, se sigue con toda certeza que no hay república donde no hay justicia. Además, la justicia es aquella virtud que da a cada uno lo suyo. ¿Dónde está, pues, la justicia del hombre cuando abandona al Dios verdadero y se entrega a demonios impuros? ¿Es esto dar a cada uno lo suyo? ¿O es injusto quien retiene un campo al comprador y lo da a quien no tiene derecho a él, mientras que es justo quien se retiene a sí mismo del Dios que lo hizo y sirve a espíritus malvados?
Este mismo libro, De Republica, defiende la causa de la justicia contra la injusticia con gran fuerza y agudeza. Primero se oyó la defensa de la injusticia contra la justicia, y se afirmó que sin injusticia una república no podía ni crecer ni siquiera subsistir, pues se sentó como posición absolutamente inatacable que es injusto que unos hombres manden y otros sirvan; y, sin embargo, la ciudad imperial a la que pertenece la república no puede gobernar sus provincias sin recurrir a esta injusticia. Se respondió en favor de la justicia que este gobierno de las provincias es justo, porque la servidumbre puede ser ventajosa para los provincianos, y lo es cuando se administra rectamente, es decir, cuando se impide que los malvados hagan daño. Y, además, como se volvían cada vez peores mientras eran libres, mejorarán por la sujeción. Para confirmar este razonamiento, se añade un ejemplo eminente tomado de la naturaleza: pues «¿por qué», se pregunta, «Dios gobierna al hombre, el alma al cuerpo, la razón a las pasiones y a las demás partes viciosas del alma?» Este ejemplo no deja duda de que, para algunos, la servidumbre es útil; y, en verdad, servir a Dios es útil para todos. Y cuando el alma sirve a Dios ejerce un recto dominio sobre el cuerpo; y en el alma misma la razón debe estar sujeta a Dios si ha de gobernar como debe las pasiones y los demás vicios. Por tanto, cuando un hombre no sirve a Dios, ¿qué justicia podemos atribuirle, ya que en este caso su alma no puede ejercer un justo dominio sobre el cuerpo, ni su razón sobre sus vicios? Y si no hay justicia en tal individuo, ciertamente no puede haberla en una comunidad compuesta de tales personas. Aquí, por tanto, no existe ese común reconocimiento del derecho que hace de una multitud de hombres un pueblo cuyos asuntos llamamos república. ¿Y a qué hablar de la utilidad, cuya participación común, según la definición, constituye un pueblo? Pues aunque, si se mira el asunto con atención, se verá que nada hay ventajoso para quienes viven sin Dios, como vive todo el que no sirve a Dios sino a los demonios, cuya maldad puedes medir por su deseo de recibir el culto de los hombres aun siendo espíritus impurísimos, sin embargo lo que he dicho del común reconocimiento del derecho basta para demostrar que, según la definición anterior, no puede haber pueblo y, por tanto, no puede haber república donde no hay justicia. Pues si afirman que en su república los romanos no servían a espíritus inmundos, sino a dioses buenos y santos, ¿hemos de responder de nuevo a esta evasiva, aunque ya hemos dicho bastante, y más que bastante, para refutarla? Ha de ser una persona extraordinariamente estúpida, o desvergonzadamente porfiada, quien haya leído los libros anteriores hasta este punto y pueda aún dudar de si los romanos sirvieron a demonios malvados e impuros. Pero, sin hablar de su carácter, está escrito en la ley del Dios verdadero: «El que ofrezca sacrificios a cualquier dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» [] Por tanto, quien pronunció un mandamiento tan amenazador decretó que no se diera culto ni a dioses buenos ni malos.
Comentario editorial · Justicia, república y bandas de ladrones
Aquí cumple Agustín la promesa de II, 21: si se aceptan las definiciones que Escipión da en el De re publica de Cicerón (república es el «bien del pueblo»; pueblo, la multitud unida por un reconocimiento común del derecho), no hubo nunca una república romana, porque no hay derecho sin justicia. La idea ya aparece en IV, 4: quitada la justicia, los reinos son grandes latrocinios, como dijo a Alejandro Magno un pirata apresado. Wikipedia describe el diálogo ciceroniano como imitación de la República de Platón y dice que se conserva solo en extractos de obras posteriores y en un palimpsesto incompleto hallado en 1819. En XIX, 24 Agustín propone otra definición, que sí admite a Roma como pueblo.
Para ampliar: De re publica (Wikipedia (en)) · Libro XIX, en New Advent (XIX, 21).
Si el Dios al que sirven los cristianos es el Dios verdadero, al único a quien se debe ofrecer sacrificio
XIX, 22
Pero podría replicarse: ¿Quién es este Dios, o qué prueba hay de que solo Él es digno de recibir sacrificio de los romanos? Hay que estar muy ciego para seguir preguntando quién es este Dios. Es el Dios cuyos profetas predijeron las cosas que vemos cumplidas. Es el Dios de quien Abraham recibió esta promesa: «En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones.» [] Que esto se cumplió en Cristo, que según la carne nació de aquella descendencia, es reconocido, quieran o no, incluso por quienes han seguido siendo enemigos de este nombre. Es el Dios cuyo divino Espíritu habló por medio de los hombres cuyas predicciones cité en los libros anteriores, y que se cumplen en la Iglesia que se ha extendido por todo el mundo. Este es el Dios que Varrón, el más docto de los romanos, creyó que era Júpiter, aunque no sabe lo que dice; sin embargo, creo justo notar la circunstancia de que un hombre de tanta erudición no pudo suponer que este Dios no existiera o fuera despreciable, sino que creyó que era el mismo que el Dios supremo. En fin, Él es el Dios a quien Porfirio, el más docto de los filósofos, aunque el enemigo más acérrimo de los cristianos, confiesa que es un gran Dios, incluso según los oráculos de aquellos a quienes él tiene por dioses.
Capítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
XIX, 23
Pues en su libro titulado [ἐκ λογίων φιλοσοφίας], en el que recoge y comenta las respuestas que, según él finge, dieron los dioses acerca de las cosas divinas, dice —doy sus propias palabras tal como han sido traducidas del griego—: «A uno que preguntaba a qué dios debía propiciar para hacer volver a su esposa del cristianismo, Apolo respondió en los siguientes versos.» Luego se dan las siguientes palabras como de Apolo: «Probablemente te resultará más fácil escribir caracteres duraderos sobre el agua, o volar ligeramente como un pájaro por el aire, que devolver el recto sentir a tu impía esposa una vez que se ha contaminado. Déjala permanecer como quiera en su necio engaño, y cantar falsos lamentos a su Dios muerto, que fue condenado por jueces de recto juicio y pereció ignominiosamente con muerte violenta.» Después de estos versos de Apolo (que hemos dado en una versión latina que no conserva la forma métrica), continúa diciendo: «En estos versos Apolo puso de manifiesto la incurable corrupción de los cristianos, diciendo que los judíos, más bien que los cristianos, reconocían a Dios.» Mira cómo tergiversa a Cristo, dando a los judíos la preferencia sobre los cristianos en el conocimiento de Dios. Esta fue su explicación de los versos de Apolo, en la que dice que Cristo fue condenado a muerte por jueces de recto juicio o justos; es decir, que merecía morir. Dejo la responsabilidad de este oráculo acerca de Cristo al mentiroso intérprete de Apolo, o a este filósofo que lo creyó o acaso él mismo lo inventó; en cuanto a su conformidad con las opiniones de Porfirio o con otros oráculos, dentro de poco tendremos algo que decir. En este pasaje, sin embargo, dice que los judíos, como intérpretes de Dios, juzgaron con justicia al pronunciar que Cristo era digno de la muerte más vergonzosa. Debería haber escuchado, pues, a este Dios de los judíos a quien da este testimonio, cuando ese Dios dice: «El que ofrece sacrificios a cualquier otro dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» Pero vengamos a expresiones aún más claras, y oigamos cuán grande Dios piensa Porfirio que es el Dios de los judíos. Apolo, dice, cuando se le preguntó si la palabra, es decir, la razón, o la ley es lo mejor, respondió en los siguientes versos. Luego da los versos de Apolo, de los cuales selecciono los siguientes como suficientes: «Dios, el Generador, y el Rey anterior a todas las cosas, ante quien tiemblan el cielo y la tierra, y el mar, y los lugares ocultos del infierno, y las mismas deidades tienen miedo, porque su ley es el Padre a quien honran los santos hebreos.» En este oráculo de su dios Apolo, Porfirio confesó que el Dios de los hebreos es tan grande que las mismas deidades tiemblan ante Él. Me sorprende, por tanto, que cuando Dios dijo: El que ofrece sacrificios a otros dioses será enteramente destruido, el propio Porfirio no temiera ser destruido por ofrecer sacrificios a otros dioses.
Este filósofo, sin embargo, también dice algo bueno de Cristo, olvidando, por así decir, aquella injuria suya de la que acabamos de hablar; o como si sus dioses hablaran mal de Cristo solo mientras dormían, y al despertar lo reconocieran bueno y le dieran la alabanza merecida. Pues, como si fuera a proclamar algo maravilloso que excede toda creencia, dice: «Lo que vamos a decir ciertamente sorprenderá a algunos. Porque los dioses han declarado que Cristo fue muy piadoso, que se ha hecho inmortal y que guardan su memoria: pero que los cristianos están contaminados, manchados e implicados en error. Y muchas otras cosas semejantes,» dice, «dicen los dioses contra los cristianos.» Luego da muestras de las acusaciones hechas, según dice, por los dioses contra ellos, y después continúa: «Pero a algunos que preguntaron a Hécate si Cristo era un Dios, ella respondió: Conoces la condición del alma inmortal separada del cuerpo, y que si se ha apartado de la sabiduría, siempre yerra. El alma a la que te refieres es la de un hombre el primero en piedad: la adoran porque confunden la verdad.» A esta pretendida respuesta oracular añade las siguientes palabras suyas: «De este hombre tan piadoso, pues, Hécate dijo que el alma, como las almas de otros hombres buenos, fue dotada después de la muerte de inmortalidad, y que los cristianos por ignorancia la adoran. Y a los que preguntan por qué fue condenado a morir, el oráculo de la diosa respondió: El cuerpo, ciertamente, está siempre expuesto a tormentos, pero las almas de los piadosos permanecen en el cielo. Y el alma por la que preguntas ha sido causa fatal de error para otras almas que no estaban destinadas a recibir los dones de los dioses ni a tener el conocimiento del Júpiter inmortal. Tales almas son por tanto odiadas por los dioses; pues los que estaban destinados a no recibir los dones de los dioses y a no conocer a Dios, estaban destinados a verse implicados en error por medio de aquel de quien hablas. Él mismo, sin embargo, era bueno, y el cielo se le ha abierto como a otros hombres buenos. No debes, pues, hablar mal de él, sino compadecer la necedad de los hombres: y por medio de él es inminente el peligro de los hombres.»
¿Quién es tan necio como para no ver que estos oráculos fueron o bien compuestos por un hombre ingenioso con fuerte animadversión contra los cristianos, o bien proferidos como respuestas por demonios impuros con un designio semejante, es decir, para que su alabanza de Cristo dé crédito a su vituperación de los cristianos, y para que así, si es posible, cierren el camino de la salvación eterna, que es idéntica al cristianismo? Pues creen que de ningún modo contrarrestan su propio arte dañino promoviendo la fe en Cristo, mientras se acepte también su calumnia contra los cristianos; porque así consiguen que incluso el hombre que piensa bien de Cristo rehúse hacerse cristiano y, por tanto, no sea librado de su propio dominio por el Cristo a quien alaba. Además, su alabanza de Cristo está dispuesta de tal modo que quien crea en Él tal como lo presentan no será un verdadero cristiano, sino un hereje fotiniano, que reconoce solo la humanidad y no también la divinidad de Cristo, y quedará así excluido de la salvación y de la liberación de las mallas de estas mentiras diabólicas. Por nuestra parte, no nos agradan más las alabanzas de Hécate a Cristo que la calumnia de Apolo contra Él. Apolo dice que Cristo fue condenado a muerte por jueces de recto juicio, dando a entender que era injusto. Hécate dice que fue un hombre piadosísimo, pero nada más. La intención de ambos es la misma: impedir que los hombres se hagan cristianos, porque si esto se logra, los hombres nunca serán rescatados de su poder. Pero incumbe a nuestro filósofo, o más bien a quienes creen en estos pretendidos oráculos contra los cristianos, ante todo, si pueden, poner de acuerdo a Apolo y Hécate acerca de Cristo, de modo que o ambos lo condenen o ambos lo alaben. Y aunque lo consiguieran, nosotros, por nuestra parte, rechazaríamos no obstante el testimonio de los demonios, ya sea favorable o adverso a Cristo. Pero cuando nuestros adversarios hallan a un dios y una diosa suyos en desacuerdo acerca de Cristo, alabándolo el uno y vituperándolo la otra, ciertamente no pueden dar crédito, si tienen algún juicio, a simples hombres que blasfeman contra los cristianos.
Cuando Porfirio o Hécate alaba a Cristo y añade que Él se entregó a los cristianos como un don fatal para que se vieran implicados en error, expone, según piensa, las causas de este error. Pero antes de citar sus palabras con ese propósito, yo preguntaría: si Cristo se entregó así a los cristianos para implicarlos en error, ¿lo hizo voluntariamente o contra su voluntad? Si voluntariamente, ¿cómo es justo? Si contra su voluntad, ¿cómo es bienaventurado? Sin embargo, oigamos las causas de este error. «Hay,» dice, en cierto lugar espíritus terrenales muy pequeños, sujetos al poder de los demonios malvados. Los sabios de los hebreos, entre los cuales estaba este Jesús, como has oído por los oráculos de Apolo citados arriba, apartaron a las personas religiosas de estos mismos demonios perversos y de los espíritus menores, y les enseñaron más bien a adorar a los dioses celestiales, y especialmente a adorar a Dios Padre. Esto, dijo, «lo ordenan los dioses; y ya hemos mostrado cómo amonestan al alma a volverse a Dios y le mandan adorarlo. Pero los ignorantes y los impíos, que no están destinados a recibir favores de los dioses ni a conocer al Júpiter inmortal, al no escuchar a los dioses y sus mensajes, se han apartado de todos los dioses, y no solo han rehusado odiar, sino que han venerado a los demonios prohibidos. Al profesar adorar a Dios, rehúsan hacer aquellas cosas por las cuales únicamente se adora a Dios. Pues Dios, en verdad, siendo Padre de todas las cosas, de nada tiene necesidad; pero para nosotros es bueno adorarlo por medio de la justicia, la castidad y las demás virtudes, y hacer así de la vida misma una oración a Él, indagando e imitando su naturaleza. Porque la indagación,» dice, «purifica, y la imitación nos deifica, acercándonos a Él.» Tiene razón en cuanto proclama a Dios Padre y la conducta con la que debemos adorarlo. De tales preceptos están llenos los libros proféticos de los hebreos, cuando alaban o censuran la vida de los santos. Pero al hablar de los cristianos se equivoca y los calumnia tanto como desean los demonios a quienes tiene por dioses, como si fuera difícil para cualquier hombre recordar las acciones vergonzosas y deshonrosas que solían hacerse en los teatros y templos para agradar a los dioses, y comparar con ellas lo que se oye en nuestras iglesias y lo que se ofrece al Dios verdadero, y de esta comparación concluir dónde se edifica el carácter y dónde se arruina. Pero ¿quién sino un espíritu diabólico ha dicho o sugerido a este hombre una mentira tan manifiesta y vana, como que los cristianos veneraban más bien que odiaban a los demonios, cuyo culto prohibían los hebreos? Pero aquel Dios, a quien adoraban los sabios hebreos, prohíbe ofrecer sacrificio incluso a los santos ángeles del cielo y a las potestades divinas, a quienes nosotros, en esta nuestra peregrinación, veneramos y amamos como a nuestros conciudadanos más bienaventurados. Pues en la ley que Dios dio a su pueblo hebreo profiere esta amenaza, como con voz de trueno: «El que ofrece sacrificios a cualquier dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» [] Y para que nadie suponga que esta prohibición se extiende solo a los demonios muy perversos y a los espíritus terrenales, a quienes este filósofo llama muy pequeños e inferiores —porque también estos son llamados dioses en la Escritura, no de los hebreos, sino de las gentes, como han mostrado los setenta intérpretes en el salmo donde se dice, «Porque todos los dioses de las gentes son demonios,» — para que nadie suponga, digo, que se prohibía el sacrificio a estos demonios, pero que podía ofrecerse sacrificio a todos o a algunos de los celestiales, se añadió inmediatamente, «salvo solamente al Señor.» El Dios de los hebreos, pues, a quien este renombrado filósofo da tan señalado testimonio, dio a su pueblo hebreo una ley, compuesta en lengua hebrea y no oscura ni desconocida, sino publicada ahora en todas las naciones, y en esta ley está escrito, «El que ofrece sacrificios a cualquier dios, salvo solamente al Señor, será enteramente destruido.» ¿Qué necesidad hay de buscar más pruebas en la ley o en los profetas de esta misma verdad? Buscad, no hace falta decir, pues los pasajes no son pocos ni difíciles de hallar; pero ¿qué necesidad hay de recoger y aplicar a mi argumento las pruebas que están sembradas por doquier y son evidentes, y por las cuales aparece claro como el día que no se puede ofrecer sacrificio a nadie sino al supremo y verdadero Dios? He aquí una sentencia breve pero decidida, incluso amenazante, y ciertamente verdadera, de aquel Dios a quien los más sabios de nuestros adversarios tanto ensalzan. Escúchese, témase, cúmplase, para que no haya alma desobediente cortada. «El que ofrece sacrificios,» dice, no porque Él necesite algo, sino porque nos conviene ser posesión suya. Por eso el salmista canta en las Escrituras hebreas, «Dije al Señor: Tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes.» Pues nosotros mismos, que somos su propia ciudad, somos su sacrificio más noble y digno, y es este misterio el que celebramos en nuestros sacrificios, bien conocidos de los fieles, como explicamos en los libros anteriores. Porque por medio de los profetas los oráculos de Dios declararon que cesarían los sacrificios que los judíos ofrecían como sombra de lo que había de venir, y que las naciones, desde el nacimiento hasta el ocaso del sol, ofrecerían un solo sacrificio. De estos oráculos, que ahora vemos cumplidos, hemos hecho las selecciones que nos parecieron adecuadas a nuestro propósito en esta obra. Y por tanto, donde no existe esta justicia por la cual el único Dios supremo gobierna la ciudad obediente según su gracia, de modo que no ofrece sacrificio sino a Él, y por la cual, en todos los ciudadanos de esta ciudad obediente, el alma gobierna en consecuencia al cuerpo y la razón a los vicios en el orden debido, de modo que, así como el hombre justo individual, también la comunidad y el pueblo de los justos viven por la fe, que obra por el amor, aquel amor por el cual el hombre ama a Dios como debe ser amado, y al prójimo como a sí mismo—allí, digo, no hay una asamblea asociada por un común reconocimiento del derecho y por una comunidad de intereses. Pero si no hay esto, no hay pueblo, si es verdadera nuestra definición, y por tanto no hay república; porque donde no hay pueblo no puede haber república.
La definición que debe darse de pueblo y de república, para vindicar la asunción de estos títulos por los romanos y por otros reinos
XIX, 24
Pero si desechamos esta definición de pueblo y, adoptando otra, decimos que un pueblo es una reunión de seres racionales unidos por un acuerdo común acerca de los objetos de su amor, entonces, para descubrir el carácter de cualquier pueblo, solo tenemos que observar qué es lo que ama. Sin embargo, sea lo que sea lo que ame, con tal de que sea una reunión de seres racionales y no de bestias, y esté unida por un acuerdo acerca de los objetos del amor, se la llama razonablemente un pueblo; y será un pueblo superior en la medida en que esté unido por intereses más elevados, e inferior en la medida en que esté unido por intereses más bajos. Según esta definición nuestra, el pueblo romano es un pueblo, y su bien es sin duda una república o cosa pública. Pero cuáles fueron sus gustos en sus primeros días y en los posteriores, y cómo decayó en sediciones sangrientas y luego en guerras sociales y civiles, y así rompió o corrompió el vínculo de concordia en que consiste la salud de un pueblo, lo muestra la historia, y en los libros anteriores lo he relatado extensamente. Y, sin embargo, no diría por ello ni que no fue un pueblo, ni que su administración no fue una república, mientras quede una reunión de seres racionales unidos por un acuerdo común acerca de los objetos del amor. Pero lo que digo de este pueblo y de esta república debe entenderse que lo pienso y digo de los atenienses o de cualquier estado griego, de los egipcios, de la antigua Babilonia asiria, y de cualquier otra nación, grande o pequeña, que tuvo gobierno público. Porque, en general, la ciudad de los impíos, que no obedeció el mandato de Dios de que no ofreciera sacrificio sino a Él solo, y que, por tanto, no pudo dar al alma su debido mando sobre el cuerpo, ni a la razón su justa autoridad sobre los vicios, carece de verdadera justicia.
XIX, 25
Pues aunque el alma parezca gobernar admirablemente el cuerpo, y la razón los vicios, si el alma y la razón no obedecen ellas mismas a Dios, como Dios les ha mandado servirle, no tienen autoridad legítima sobre el cuerpo y los vicios. Porque ¿qué dueña del cuerpo y de los vicios puede ser aquella mente que ignora al Dios verdadero y que, en lugar de estar sujeta a su autoridad, se prostituye a las influencias corruptoras de los demonios más viciosos? Por esta razón, las virtudes que le parece poseer, y con las cuales refrena el cuerpo y los vicios para obtener y conservar lo que desea, son más bien vicios que virtudes mientras no haya referencia a Dios en el asunto. Pues aunque algunos suponen que las virtudes que se refieren solo a sí mismas, y se desean solo por sí mismas, son sin embargo virtudes verdaderas y genuinas, el hecho es que aun entonces están hinchadas de soberbia, y por tanto han de contarse entre los vicios antes que entre las virtudes. Porque así como lo que da vida a la carne no procede de la carne, sino que está por encima de ella, así lo que da vida bienaventurada al hombre no procede del hombre, sino que es algo superior a él; y lo que digo del hombre es verdad de toda potencia y virtud celestial, cualquiera que sea.
De la paz que goza el pueblo alejado de Dios, y del uso que hace de ella el pueblo de Dios en el tiempo de su peregrinación
XIX, 26
Por lo cual, así como la vida de la carne es el alma, así la vida bienaventurada del hombre es Dios, de quien dicen las sagradas Escrituras de los hebreos: «Bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el Señor.» Miserable, por tanto, es el pueblo alejado de Dios. Sin embargo, aun este pueblo tiene una paz propia que no ha de estimarse a la ligera, aunque, ciertamente, no gozará de ella al fin, porque no hace buen uso de ella antes del fin. Pero nos interesa que goce de esta paz entretanto en esta vida; pues mientras las dos ciudades están mezcladas, también nosotros gozamos de la paz de Babilonia. Porque de Babilonia el pueblo de Dios es liberado de tal modo que, entretanto, peregrina en su compañía. Y por eso el apóstol amonestó también a la Iglesia a orar por los reyes y por los que tienen autoridad, dando como razón: «para que vivamos una vida quieta y tranquila en toda piedad y amor.» Y el profeta Jeremías, al predecir la cautividad que había de sobrevenir al antiguo pueblo de Dios, y al darles el mandato divino de ir obedientemente a Babilonia y servir así a su Dios, les aconsejó también orar por Babilonia, diciendo: «En la paz de ella tendréis paz,» [] — la paz temporal que gozan juntamente los buenos y los malos.
Capítulo 27. Que la paz de los que sirven a Dios no puede alcanzarse en su perfección en esta vida mortal
XIX, 27
Pero la paz que nos es propia la gozamos ahora con Dios por la fe, y en adelante la gozaremos eternamente con Él por la visión. Pero la paz que gozamos en esta vida, ya sea común a todos o propia nuestra, es más bien consuelo de nuestra miseria que posesión positiva de la felicidad. Nuestra misma justicia, aunque verdadera en cuanto se refiere al verdadero bien, es sin embargo en esta vida de tal índole que consiste más bien en la remisión de los pecados que en la perfección de las virtudes. Sea testigo la oración de toda la ciudad de Dios en su estado peregrino, pues clama a Dios por boca de todos sus miembros: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» [] Y esta oración es eficaz no para aquellos cuya fe está «sin obras y muerta,» [] sino para aquellos cuya fe «obra por el amor.» [] Pues así como la razón, aunque esté sujeta a Dios, está sin embargo «agobiada por el cuerpo corruptible,» [] mientras se halla en esta condición mortal, no tiene perfecta autoridad sobre el vicio, y por tanto esta oración es necesaria para los justos. Pues aunque ejerce autoridad, los vicios no se someten sin lucha. Porque por bien que uno mantenga el combate, y por completamente que haya sometido a estos enemigos, se desliza algún mal que, si no halla pronta expresión en el acto, se escapa por los labios o se insinúa en el pensamiento; y por tanto su paz no es plena mientras está en guerra con sus vicios. Pues es un combate dudoso el que libra contra los que resisten, y su victoria sobre los que son vencidos no es segura, sino llena de ansiedad y esfuerzo. En medio de estas tentaciones, de todas las cuales se ha dicho sumariamente en los divinos oráculos: «¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación?» [] ¿quién, sino un hombre soberbio, puede presumir que vive de tal modo que no necesita decir a Dios: «Perdónanos nuestras deudas?» Y tal hombre no es grande, sino hinchado e inflado de vanidad, y es justamente resistido por Aquel que da abundante gracia a los humildes. Por lo cual se dice: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.» En esto, pues, consiste la justicia del hombre: en que se someta a Dios, su cuerpo al alma, y sus vicios, aun cuando se rebelen, a la razón, que o los vence o al menos los resiste; y también en que pida a Dios gracia para cumplir su deber y el perdón de sus pecados, y en que dé a Dios gracias por todos los bienes que recibe. Pero en aquella paz final a la que toda nuestra justicia se refiere, y por cuya causa se mantiene, como nuestra naturaleza gozará de una inmortalidad sana e incorrupción, y no tendrá ya más vicios, y como no experimentaremos resistencia ni de nosotros mismos ni de otros, no será necesario que la razón gobierne vicios que ya no existen, sino que Dios gobernará al hombre, y el alma gobernará al cuerpo, con una dulzura y facilidad adecuadas a la felicidad de una vida libre de servidumbre. Y esta condición será allí eterna, y estaremos asegurados de su eternidad; y así la paz de esta bienaventuranza y la bienaventuranza de esta paz serán el bien supremo.
XIX, 28
Pero, por otra parte, los que no pertenecen a esta ciudad de Dios heredarán la miseria eterna, que se llama también la segunda muerte, porque entonces el alma estará separada de Dios, su vida, y por tanto no podrá decirse que vive, y el cuerpo será sometido a dolores eternos. Y, por consiguiente, esta segunda muerte será tanto más severa cuanto que ninguna muerte la terminará. Pero siendo la guerra contraria a la paz, como la miseria a la felicidad y la vida a la muerte, no sin razón se pregunta qué clase de guerra puede hallarse en el fin de los malvados que corresponda a la paz que se declara ser el fin de los justos. Quien plantea esta cuestión solo tiene que observar qué es lo dañino y destructivo en la guerra, y verá que no es otra cosa que la oposición y el conflicto mutuo de las cosas. ¿Y puede concebirse una guerra más grave y amarga que aquella en la que la voluntad está tan opuesta a la pasión, y la pasión a la voluntad, que su hostilidad nunca puede terminarse con la victoria de una de las dos, y en la que la violencia del dolor entra en tal conflicto con la naturaleza del cuerpo, que ninguna cede ante la otra? Pues en esta vida, cuando surge este conflicto, o el dolor vence y la muerte expulsa el sentimiento de él, o la naturaleza vence y la salud expulsa el dolor. Pero en el mundo venidero el dolor continúa para atormentar, y la naturaleza perdura para sentirlo; y ninguno de los dos deja de existir, para que tampoco cese el castigo. Ahora bien, como es mediante el juicio final como los hombres pasan a estos fines, los buenos al bien supremo, los malos al mal supremo, trataré de este juicio en el libro siguiente.
Sobre el juicio final y las declaraciones acerca de él en el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Que aunque Dios juzga siempre, es sin embargo razonable limitar nuestra atención en este libro a su juicio final
XX, 1
Proponiéndonos hablar, confiados en la gracia de Dios, del día de su juicio final, y afirmarlo contra los impíos e incrédulos, debemos ante todo poner, por así decirlo, en el fundamento del edificio las declaraciones divinas. Las personas que no creen tales declaraciones hacen cuanto pueden por oponerles sofismas falsos e ilusorios de cosecha propia, ya sosteniendo que lo que se aduce de la Escritura tiene otro sentido, ya negando del todo que sea una palabra de Dios. Pues supongo que ningún hombre que entiende lo que está escrito, y cree que ha sido comunicado por el Dios supremo y verdadero mediante hombres santos, se niega a ceder y consentir a estas declaraciones, ya confiese oralmente su consentimiento, ya se avergüence o tema hacerlo por alguna influencia maligna; o incluso, con una obstinación muy semejante a la locura, se esfuerza denodadamente por defender lo que sabe y cree que es falso contra lo que sabe y cree que es verdadero.
Aquello, por tanto, que toda la Iglesia del Dios verdadero mantiene y profesa como su credo, que Cristo ha de venir del cielo a juzgar a vivos y muertos, esto llamamos el último día, o último tiempo, del juicio divino. Pues no sabemos cuántos días puede ocupar este juicio; pero a nadie que lea las Escrituras, por negligente que sea, hay que decirle que en ellas «día» se usa habitualmente por «tiempo.» Y cuando hablamos del día del juicio de Dios, añadimos la palabra último o final por esta razón: porque ya ahora Dios juzga, y ha juzgado desde el comienzo de la historia humana, desterrando del paraíso y excluyendo del árbol de la vida a aquellos primeros hombres que perpetraron tan gran pecado. Sí, ciertamente ejercía también juicio cuando no perdonó a los ángeles que pecaron, cuyo príncipe, vencido por la envidia, sedujo a los hombres después de haber sido él mismo seducido. Ni tampoco sin el juicio profundo y justo de Dios está llena de miseria, calamidades y errores la vida de los demonios y de los hombres, la de aquellos en el aire y la de estos en la tierra. Y aunque nadie hubiera pecado, solo por el juicio bueno y recto de Dios habría podido mantenerse toda la creación racional en eterna bienaventuranza mediante una adhesión perseverante a su Señor. Juzga también, no solo en masa, condenando a la raza de los demonios y a la raza de los hombres a ser miserables a causa del pecado original de estas razas, sino que juzga también los actos voluntarios y personales de los individuos. Pues incluso los demonios ruegan que no se les atormente, [] lo cual prueba que sin injusticia podrían ser perdonados o atormentados según sus méritos. Y los hombres son castigados por Dios por sus pecados a menudo de modo visible, siempre de modo secreto, ya en esta vida o después de la muerte, aunque ningún hombre obra rectamente sino con la ayuda del auxilio divino; y ningún hombre ni demonio obra injustamente sino con permiso del juicio divino y justísimo. Pues, como dice el apóstol: «No hay injusticia en Dios;» [] y como dice en otro lugar: «Sus juicios son insondables, y sus caminos inescrutables.» [] En este libro, pues, hablaré, según Dios lo permita, no de aquellos primeros juicios, ni de estos juicios intermedios de Dios, sino del último juicio, cuando Cristo ha de venir del cielo a juzgar a vivos y muertos. Pues aquel día se llama propiamente día del juicio, porque en él no quedará lugar para la pregunta ignorante de por qué este malvado es feliz y aquel justo desdichado. En aquel día la felicidad verdadera y plena será la suerte de nadie sino de los buenos, mientras que la miseria merecida y suprema será la porción de los malvados, y solo de ellos.
Que en la trama mezclada de los asuntos humanos está presente el juicio de Dios, aunque no pueda discernirse
XX, 2
En este tiempo presente aprendemos a soportar con ecuanimidad los males a que incluso los buenos están sujetos, y a tener en poco los bienes de que aun los malos gozan. Y, por consiguiente, aun en aquellas condiciones de vida en que la justicia de Dios no es aparente, su enseñanza es saludable. Pues no sabemos por qué juicio de Dios este hombre bueno es pobre y aquel malo rico; por qué quien, en nuestra opinión, debería sufrir agudamente por su vida desenfrenada se divierte, mientras la tristeza persigue a aquel cuya vida digna de alabanza nos lleva a suponer que debería ser feliz; por qué el inocente sale del tribunal no solo sin venganza, sino incluso condenado, siendo agraviado por la iniquidad del juez o abrumado por falsos testimonios, mientras su adversario culpable, por el contrario, no solo es absuelto impunemente, sino que incluso se admiten sus pretensiones; por qué el impío goza de buena salud, mientras el piadoso se consume en la enfermedad; por qué los malhechores tienen la constitución más robusta, mientras que quienes no podían dañar a nadie ni con una palabra son afligidos desde la infancia con trastornos complicados; por qué quien es útil a la sociedad es segado por una muerte prematura, mientras que aquellos que, según parece, nunca deberían ni siquiera haber nacido tienen vidas de longitud inusitada; por qué quien está lleno de crímenes es coronado con honores, mientras el hombre intachable es sepultado en la oscuridad del olvido. Pero ¿quién puede reunir o enumerar todos los contrastes de esta clase? Pero si este estado anómalo de cosas fuera uniforme en esta vida, en la cual, como dice el salmista sagrado: «El hombre es semejante a la vanidad, sus días como una sombra que pasa,» — tan uniforme que solo los malos obtuvieran la prosperidad transitoria de la tierra, mientras que solo los buenos sufrieran sus males—, esto podría referirse al justo y aun benigno juicio de Dios. Podríamos suponer que quienes no estaban destinados a obtener aquellos bienes eternos que constituyen la bienaventuranza humana eran engañados por bienes transitorios como justa recompensa de su maldad, o eran, por misericordia de Dios, consolados por ellos, y que quienes no estaban destinados a sufrir tormentos eternos eran afligidos con castigos temporales por sus pecados, o estimulados a mayor logro en la virtud. Pero ahora, tal como están las cosas, puesto que no solo vemos a hombres buenos envueltos en los males de la vida, y a hombres malos gozando de sus bienes, lo cual parece injusto, sino también que el mal a menudo alcanza a los malos, y el bien sorprende a los buenos, tanto más por esto son insondables los juicios de Dios, e inescrutables sus caminos. Aunque, por tanto, no sabemos por qué juicio estas cosas son hechas o permitidas por Dios, en quien están la suma virtud, la suma sabiduría, la suma justicia, sin debilidad, sin temeridad, sin injusticia, es sin embargo saludable para nosotros aprender a tener en poco las cosas, sean buenas o malas, que se adhieren indistintamente a buenos y malos, y a codiciar los bienes que pertenecen solo a los buenos, y huir de los males que pertenecen solo a los malos. Pero cuando hayamos llegado a aquel juicio, cuya fecha se llama propiamente día del juicio, y a veces día del Señor, reconoceremos entonces la justicia de todos los juicios de Dios, no solo de los que entonces se pronunciarán, sino de todos los que surten efecto desde el principio, o pueden surtir efecto antes de aquel tiempo. Y en aquel día reconoceremos también con cuánta justicia tantos, o casi todos, los justos juicios de Dios en la vida presente desafían el escrutinio del sentido o de la inteligencia humana, aunque en este asunto no se oculta a las mentes piadosas que lo que está oculto es justo.
Lo que Salomón, en el libro del Eclesiastés, dice acerca de las cosas que acontecen por igual a buenos y a malos
XX, 3
Salomón, el más sabio rey de Israel, que reinó en Jerusalén, comienza así el libro llamado Eclesiastés, que los judíos cuentan entre sus Escrituras canónicas: «Vanidad de vanidades, dijo el Eclesiastés, vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?» Y después de enumerar, tomando esto por tema, las calamidades y los engaños de esta vida, y la condición mudable del tiempo presente, en el que nada hay sustancial, nada duradero, lamenta, entre las demás vanidades que hay debajo del sol, también ésta: que aunque la sabiduría aventaja a la necedad como la luz aventaja a las tinieblas, y aunque los ojos del sabio están en su cabeza, mientras el necio anda en tinieblas, [] sin embargo, un mismo suceso acontece a todos, es decir, en esta vida debajo del sol, aludiendo sin duda a los males que vemos sobrevenir por igual a buenos y a malos. Dice, además, que los buenos padecen los males de la vida como si fueran malhechores, y los malos gozan de los bienes de la vida como si fueran buenos. «Hay una vanidad que se hace sobre la tierra: que hay justos a quienes sucede según las obras de los impíos; y hay impíos a quienes sucede según las obras de los justos. Dije que también esto es vanidad.» [] Este sapientísimo varón dedicó todo este libro a poner plenamente de manifiesto esta vanidad, evidentemente sin otro objeto que el de hacernos suspirar por aquella vida en la que no hay vanidad debajo del sol, sino verdad bajo Aquel que hizo el sol. En esta vanidad, pues, ¿no fue por el justo y recto juicio de Dios por lo que el hombre, hecho semejante a la vanidad, fue destinado a pasar? Pero en estos días de vanidad importa mucho si resiste o cede a la verdad, y si está destituido de la verdadera piedad o participa de ella; importa no tanto en lo que se refiere a conseguir los bienes o evitar las calamidades de esta vida transitoria y vana, cuanto en relación con el juicio futuro, que adjudicará a los buenos bienes y a los malos males, en posesión permanente e inalienable. En fin, este sabio concluye su libro diciendo: «Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es todo el hombre. Porque Dios traerá a juicio toda obra, junto con toda persona despreciada, sea buena o sea mala.» [] ¿Qué enunciación más verdadera, más concisa, más saludable podría hacerse? «Teme a Dios, dice, y guarda sus mandamientos; porque esto es todo el hombre.» Pues quienquiera que tiene existencia real es esto: guardador de los mandamientos de Dios; y el que no es esto, es nada. Porque mientras permanece en la semejanza de la vanidad, no es renovado en la imagen de la verdad. «Porque Dios traerá a juicio toda obra,» — es decir, cuanto el hombre hace en esta vida — «sea buena o sea mala, junto con toda persona despreciada,» — es decir, con todo hombre que aquí parece despreciable, y por eso no es tenido en cuenta; pues Dios lo ve también a él y no lo desprecia ni lo pasa por alto en su juicio.