De que al único Dios se le ha de rendir culto no sólo por causa de las bendiciones eternas, sino también en relación con la prosperidad temporal, porque todas las cosas son gobernadas por su providencia
X, 14
La educación del género humano, representado por el pueblo de Dios, ha avanzado, como la de un individuo, a través de ciertas épocas o, por así decirlo, edades, de modo que pudiera elevarse gradualmente de las cosas terrenas a las celestiales, y de lo visible a lo invisible. Este objeto se mantuvo tan claramente a la vista que, aun en el período en que se prometían recompensas temporales, el único Dios era presentado como objeto de culto, a fin de que los hombres no reconocieran a otro que al verdadero Creador y Señor del espíritu, aun en relación con las bendiciones terrenas de esta vida transitoria. Porque quien niega que todas las cosas que ángeles u hombres pueden darnos están en la mano del único Todopoderoso, es un insensato. El platónico Plotino diserta acerca de la providencia y, a partir de la hermosura de las flores y del follaje, prueba que desde el Dios supremo, cuya hermosura es invisible e inefable, la providencia desciende incluso hasta estas cosas terrenas de aquí abajo; y arguye que todas estas frágiles y perecederas cosas no podrían tener una hermosura tan exquisita y elaborada si no estuvieran formadas por Aquel cuya invisible e inmutable hermosura continuamente penetra todas las cosas. Esto lo prueba también el Señor Jesús, donde dice: «Considerad los lirios, cómo crecen; no trabajan ni hilan. Y sin embargo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Pues si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, ¿cuánto más os vestirá a vosotros, hombres de poca fe?» [] Fue, por tanto, lo mejor que el alma del hombre, que aún deseaba débilmente las cosas terrenas, se acostumbrara a pedir a Dios solo incluso estos pequeños bienes temporales y las cosas terrenas necesarias de esta vida transitoria, que son despreciables en comparación con las bendiciones eternas, para que el deseo incluso de estas cosas no la apartara del culto de Aquel a quien llegamos despreciando y abandonando tales cosas.
X, 15
Y así plugo a la divina Providencia, como he dicho, y como leemos en los Hechos de los Apóstoles, [] que la ley que ordenaba el culto de un solo Dios fuera dada por disposición de los ángeles. Pero entre ellos la persona de Dios mismo apareció visiblemente, no ciertamente en su sustancia propia, que permanece siempre invisible a los ojos mortales, sino por las señales infalibles dadas por la creación en obediencia a su Creador. Se sirvió también de las palabras del habla humana, profiriéndolas sílaba por sílaba sucesivamente, aunque en su propia naturaleza no habla de manera corporal sino espiritual; no al sentido, sino a la mente; no en palabras que ocupan tiempo, sino, si así puede decirse, eternamente, sin comenzar a hablar ni llegar a fin. Y lo que Él dice es oído con precisión, no por el oído corporal, sino por el mental, de sus ministros y mensajeros, que son inmortalmente bienaventurados en el goce de su verdad inmutable; y las instrucciones que de algún modo inefable reciben, las ejecutan sin demora ni dificultad en el mundo sensible y visible. Y esta ley fue dada en conformidad con la edad del mundo, y contenía al principio promesas terrenas, como he dicho, las cuales, sin embargo, simbolizaban las eternas; y estas bendiciones eternas pocos las entendieron, aunque muchos participaban en la celebración de sus signos visibles. No obstante, por consentimiento unánime tanto las palabras como los ritos visibles de aquella ley ordenan el culto de un solo Dios—no a uno de una multitud de dioses, sino Aquel que hizo el cielo y la tierra, y toda alma y todo espíritu distinto de Él mismo. Él creó; todo lo demás fue creado; y, tanto para el ser como para el bienestar, todas las cosas necesitan de Aquel que las creó.
Si, en lo tocante al camino de la vida eterna, se ha de confiar en aquellos ángeles que exigen que se les tributen honores divinos, o en los que nos enseñan a rendir culto santo, no a ellos mismos, sino a Dios
X, 16
¿A qué ángeles, pues, hemos de creer en lo tocante a la vida bienaventurada y eterna: a los que desean ser adorados con ritos y ceremonias religiosas y exigen que se les ofrezcan sacrificios, o a los que dicen que todo este culto se debe a un solo Dios, el Creador, y nos enseñan a tributárselo con verdadera piedad, a Aquel por cuya visión ellos mismos son ya bienaventurados y en quien prometen que también nosotros lo seremos? Porque aquella visión de Dios es la hermosura de una visión tan grande y tan infinitamente deseable, que Plotino no vacila en decir que quien goza de todos los demás bienes en abundancia y carece de ella es sumamente desdichado. Ahora bien, puesto que unos ángeles obran milagros para inducirnos a adorar a este Dios, y otros para inducirnos a adorarlos a ellos mismos; y puesto que los primeros nos prohíben adorar a estos, mientras que los segundos no se atreven a prohibirnos adorar a Dios, ¿a cuáles hemos de escuchar? Que respondan los platónicos, o cualesquiera filósofos, o los teúrgicos, o mejor, periurgistas, —pues este nombre es bastante apropiado para los que practican tales artes. En fin, que respondan todos los hombres; si al menos sobrevive en ellos alguna chispa de aquella percepción natural que, como seres racionales, poseen por creación; que nos digan, repito, si debemos sacrificar a los dioses o ángeles que nos ordenan sacrificarles a ellos, o a Aquel único al que nos ordenan sacrificar quienes nos prohíben adorarlos a ellos mismos o a esos otros. Si ni unos ni otros hubieran obrado milagros, y solo hubieran proferido mandatos, los unos ordenando sacrificar a sí mismos, los otros prohibiéndolo y ordenándonos sacrificar a Dios, una mente piadosa no habría dudado en discernir cuál mandato procedía de la soberbia arrogante y cuál de la verdadera religión. Diré más: si los milagros hubieran sido obrados solamente por los que exigen sacrificios para sí mismos, mientras que los que lo prohibían y mandaban sacrificar únicamente al único Dios hubieran juzgado conveniente renunciar por completo al empleo de milagros visibles, la autoridad de estos últimos debería ser preferida por todos los que se sirvieran no solo de los ojos, sino de la razón. Pero, puesto que Dios, para recomendarnos los oráculos de su verdad, ha obrado, por medio de esos mensajeros inmortales que proclaman su majestad y no su propia soberbia, milagros de grandeza, certeza y nitidez sobrepujantes, a fin de que los débiles entre los piadosos no sean arrastrados a la religión falsa por quienes exigen que se les sacrifique e intentan convencernos mediante asombrosas apelaciones a los sentidos, ¿quién hay tan completamente irracional que no elija y siga la verdad, cuando descubre que es anunciada por testimonios aún más impresionantes que la falsedad?
En cuanto a los milagros que la historia atribuye a los dioses de los paganos —no me refiero a los prodigios que de tiempo en tiempo ocurren por causas físicas desconocidas, y que son dispuestos y ordenados por la divina Providencia, como los nacimientos monstruosos y los fenómenos meteorológicos insólitos, ya solo asombrosos, ya también dañinos, y que se dice son producidos y apartados por la comunicación con los demonios y por su arte sumamente engañoso—, sino a los prodigios que con bastante claridad son obrados por su poder y fuerza, como el que los dioses domésticos que Eneas llevaba consigo en su huida de Troya se movieran de un lugar a otro; el que Tarquinio cortara una piedra de afilar con una navaja; el que la serpiente de Epidauro se uniera como compañera a Esculapio en su viaje a Roma; el que la nave en que estaba la imagen de la madre frigia, y que no podía ser movida por una multitud de hombres y de bueyes, fuera movida por una sola mujer débil, que ató su ceñidor a la embarcación y la arrastró, como prueba de su castidad; el que una vestal, cuya virginidad era puesta en duda, alejara la sospecha trayendo del Tíber una criba llena de agua sin que se derramara una gota: estos, pues, y otros semejantes, no deben compararse en modo alguno por su grandeza y virtud con los que, según leemos, se obraron entre el pueblo de Dios. ¿Cuánto menos podemos comparar aquellos prodigios que las mismas leyes de las naciones paganas prohíben y castigan —me refiero a los prodigios mágicos y teúrgicos, de los cuales la mayor parte son meras ilusiones practicadas sobre los sentidos, como el hacer bajar la luna, «para que,» como dice Lucano, «ejerza una influencia más poderosa sobre las plantas?» Y si algunos de estos parecen igualar a los que son obrados por los piadosos, el fin por el cual se obran distingue a unos de otros y muestra que los nuestros son incomparablemente más excelentes. Porque aquellos milagros recomiendan el culto de una pluralidad de dioses, los cuales merecen tanto menos el culto cuanto más lo exigen; pero estos nuestros recomiendan el culto del único Dios, quien, tanto por el testimonio de sus propias Escrituras como por la abolición final de los sacrificios, demuestra que no necesita tales ofrendas. Por tanto, si algunos ángeles exigen sacrificios para sí mismos, hemos de preferir a los que los exigen, no para sí, sino para Dios, Creador de todo, a quien sirven. Pues así demuestran cuán sinceramente nos aman, ya que desean, por medio del sacrificio, someternos, no a ellos mismos, sino a Aquel por cuya contemplación ellos mismos son bienaventurados, y llevarnos a Aquel de quien ellos jamás se han apartado. Si, por otra parte, algunos ángeles quieren que ofrezcamos sacrificios, no a uno, sino a muchos, no, ciertamente, a ellos mismos, sino a los dioses de quienes son ángeles, también en este caso hemos de preferir a los que son ángeles del único Dios de los dioses, y que nos mandan adorarlo de tal modo que excluyen el que adoremos a otro cualquiera. Pero, además, si ocurre, como más bien lo indica su soberbia y su falsedad, que no son ángeles buenos ni ángeles de dioses buenos, sino demonios malvados, que quieren que se ofrezca sacrificio, no al único y supremo Dios, sino a ellos mismos, ¿qué mejor protección podemos elegir contra ellos que la del único Dios, a quien sirven los ángeles buenos, los ángeles que nos mandan ofrecer sacrificio, no a ellos mismos, sino a Aquel cuyo sacrificio debemos ser nosotros mismos?
Capítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
X, 17
Por esta razón, la ley de Dios, dada por disposición de los ángeles, y que mandaba que únicamente el único Dios de los dioses recibiera culto sagrado, con exclusión de todos los demás, fue depositada en el arca, llamada el arca del testimonio. Con este nombre se indica suficientemente, no que Dios, a quien se adoraba con todos aquellos ritos, estuviera encerrado y recluido en aquel lugar, aunque de él emanaban sus respuestas junto con signos perceptibles por los sentidos, sino que desde aquel trono se declaraba su voluntad. La ley misma, asimismo, fue grabada en tablas de piedra y, como he dicho, depositada en el arca, que los sacerdotes llevaban con la debida reverencia durante la estancia en el desierto, junto con el tabernáculo, que de igual modo se llamaba el tabernáculo del testimonio; y había entonces una señal que los acompañaba, la cual aparecía como nube de día y como fuego de noche; cuando la nube se movía, se levantaba el campamento, y donde se detenía se asentaba. Además de estas señales y de las voces que procedían del lugar donde estaba el arca, hubo otros testimonios milagrosos de la ley. Porque cuando el arca fue llevada a través del Jordán, al entrar en la tierra prometida, la parte alta del río se detuvo en su curso y la parte baja siguió fluyendo, de modo que presentó tanto al arca como al pueblo suelo seco para pasar. Después, cuando fue llevada siete veces alrededor de la primera ciudad enemiga y politeísta a la que llegaron, sus muros se derrumbaron de repente, sin ser atacados por mano alguna ni golpeados por ningún ariete. Después también, cuando ya residían en la tierra prometida, y el arca, en castigo de su pecado, había sido tomada por sus enemigos, sus captores la colocaron triunfalmente en el templo de su dios favorito, y la dejaron encerrada allí; pero al abrir el templo al día siguiente, encontraron la imagen ante la cual solían orar caída por tierra y vergonzosamente destrozada. Entonces, alarmados ellos mismos por los portentos y castigados aún más vergonzosamente, devolvieron el arca del testimonio al pueblo de quien la habían tomado. ¿Y de qué modo fue devuelta? La colocaron sobre un carro y uncidas a él vacas a las que habían quitado sus terneros, y las dejaron elegir su propio camino, esperando que de este modo se manifestara la voluntad divina; y las vacas, sin que ningún hombre las guiara ni las dirigiera, siguieron firmemente el camino hacia los hebreos, sin hacer caso del mugido de sus terneros, y de este modo devolvieron el arca a sus adoradores. Para Dios, estos y otros prodigios semejantes son pequeños, pero tienen gran poder para aterrar y dar sana instrucción a los hombres. Pues si a los filósofos, y especialmente a los platónicos, se les considera con justicia más sabios que los demás hombres, como acabo de mencionar, porque enseñaron que incluso estas cosas terrenas e insignificantes son regidas por la divina Providencia, infiriendo esto de las innumerables bellezas que se observan no solo en los cuerpos de los animales, sino incluso en las plantas y en las hierbas, ¿cuánto más claramente atestiguan la presencia de la divinidad estas cosas que suceden en el tiempo predicho, y en las cuales se recomienda aquella religión que prohíbe ofrecer sacrificio a cualquier ser celestial, terrestre o infernal, y manda que se ofrezca solo a Dios, el cual solo nos bendice por su amor hacia nosotros y por nuestro amor hacia Él; y quien, al disponer los tiempos señalados de aquellos sacrificios y al predecir que habían de transformarse en un sacrificio mejor por un mejor Sacerdote, dio testimonio de que no tiene apetito de tales sacrificios, sino que mediante ellos indicó otros de bendición más sustancial; — y todo esto, no para que Él mismo sea glorificado por estos honores, sino para que nosotros seamos movidos a adorarlo y a unirnos a Él, inflamados por su amor, lo cual es ventaja nuestra más que suya?
Contra los que niegan que deba creerse a los libros de la Iglesia acerca de los milagros con que fue educado el pueblo de Dios
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¿Dirá alguien que estos milagros son falsos, que nunca sucedieron y que los relatos que de ellos hay son mentiras? Quien tal dice, y afirma que en tales materias no se puede dar crédito a ningún documento, bien puede decir también que no existen dioses que cuiden de los asuntos humanos. Pues solo han inducido a los hombres a adorarlos por medio de obras milagrosas, que atestiguan las historias paganas, y con las cuales los dioses han hecho ostentación de su propio poder más que prestar algún beneficio real. Esta es la razón por la que no nos hemos propuesto en esta obra, de la que ahora escribimos el libro décimo, refutar a quienes o niegan que exista poder divino alguno, o sostienen que no interviene en los asuntos humanos, sino a aquellos que prefieren su propio dios a nuestro Dios, Fundador de la ciudad santa y gloriosísima, no sabiendo que Él es también el Fundador invisible e inmutable de este mundo visible y mudable, y el dador más verdadero de la vida bienaventurada, la cual no reside en las cosas creadas, sino en Él mismo. Porque así habla su profeta más digno de confianza: «Bueno es para mí unirme a Dios.» Entre los filósofos se debate cuál es aquel fin y bien a cuya consecución deben referirse todos nuestros deberes. El salmista no dijo: Para mí es bueno tener grandes riquezas, o llevar las insignias imperiales, la púrpura, el cetro y la diadema; o, como algunos incluso de los filósofos no se han avergonzado de decir: Para mí es bueno gozar de placer sensual; o, como parecían decir los mejores entre ellos: Mi bien es mi fortaleza espiritual; sino, «Bueno es para mí unirme a Dios.» Esto lo había aprendido de Aquel a quien los santos ángeles, con el testimonio consiguiente de milagros, presentaron como único objeto de culto. Y de ahí que él mismo se convirtiera en sacrificio de Dios, cuyo amor espiritual lo inflamaba y en cuyo abrazo inefable e incorpóreo anhelaba arrojarse. Además, si los adoradores de muchos dioses (cualquiera que sea la clase de dioses que imaginen que son los suyos) creen que los milagros consignados en sus historias civiles, o en los libros de magia, o de la teurgia más respetable, fueron obrados por esos dioses, ¿qué razón tienen para negarse a creer los milagros consignados en aquellos escritos, a los cuales debemos un crédito tanto mayor cuanto mayor es Aquel a quien únicamente esos escritos nos enseñan a ofrecer sacrificio?
Sobre lo razonable que es ofrecer, como enseña la religión verdadera, un sacrificio visible al único Dios verdadero e invisible
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En cuanto a quienes piensan que estos sacrificios visibles se ofrecen convenientemente a otros dioses, pero que los sacrificios invisibles, las gracias de la pureza de mente y de la santidad de la voluntad, deben ofrecerse, como mayores y mejores, al Dios invisible, mayor y mejor que todos los demás, deben de haber olvidado que estos sacrificios visibles son signos de los invisibles, como las palabras que pronunciamos son signos de las cosas. Y, por tanto, así como en la oración o en la alabanza dirigimos palabras inteligibles a Aquel a quien en nuestro corazón ofrecemos los sentimientos mismos que expresamos, así hemos de entender que en el sacrificio ofrecemos sacrificio visible solo a Aquel a quien en nuestro corazón debemos presentarnos a nosotros mismos como sacrificio invisible. Entonces es cuando los ángeles y todas aquellas potestades superiores, que son poderosas por su bondad y su piedad, nos miran con agrado, se alegran con nosotros y nos ayudan hasta el máximo de su poder. Pero si les ofrecemos tal culto, lo rechazan; y cuando, en alguna misión ante los hombres, se hacen visibles a los sentidos, lo prohíben terminantemente. Ejemplos de esto se encuentran en las Sagradas Escrituras. Algunos imaginaron que debían tributar a los ángeles, mediante la adoración o el sacrificio, el mismo honor que se debe a Dios, y fueron impedidos por los propios ángeles, y se les ordenó rendirlo a Aquel a quien únicamente saben que se debe. Y los santos ángeles han sido imitados en esto por los santos hombres de Dios. Pues Pablo y Bernabé, cuando hubieron obrado un milagro de curación en Licaonia, fueron tenidos por dioses, y los licaonios quisieron ofrecerles sacrificios, y ellos rechazaron humilde y piadosamente este honor y les anunciaron al Dios en quien debían creer. Y aquellos espíritus engañosos y soberbios que exigen culto lo hacen precisamente porque saben que se debe al Dios verdadero. Porque aquello en lo que se complacen no es, como dice Porfirio y algunos imaginan, el olor de las víctimas, sino los honores divinos. Tienen, en efecto, abundantes olores por todas partes y, si quisieran más, podrían procurárselos ellos mismos. Pero los espíritus que se arrogan la divinidad no se deleitan con el humo de los cadáveres, sino con el espíritu suplicante al que engañan y mantienen sometido, y al que impiden acercarse a Dios, estorbando que se ofrezca a sí mismo en sacrificio a Dios al inducirlo a ofrecer sacrificios a otros.
Capítulo 20. Del supremo y verdadero sacrificio que fue realizado por el Mediador entre Dios y los hombres
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Y de aquí que aquel verdadero Mediador, en cuanto que, asumiendo la forma de siervo, se hizo Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, aunque en la forma de Dios recibía sacrificio juntamente con el Padre, con quien es un solo Dios, en la forma de siervo prefirió, sin embargo, ser Él mismo sacrificio antes que recibirlo, a fin de que ni siquiera con este ejemplo hubiera ocasión de suponer que debe ofrecerse sacrificio a criatura alguna. Así, Él es a la vez el Sacerdote que ofrece y el Sacrificio ofrecido. Y quiso que hubiera un signo diario de esto en el sacrificio de la Iglesia, la cual, siendo su cuerpo, aprende a ofrecerse a sí misma por medio de Él. De este verdadero Sacrificio los antiguos sacrificios de los santos fueron los signos variados y numerosos; y así fue figurado de diversas maneras, del mismo modo que una sola cosa es significada por una variedad de palabras, para que haya menos tedio cuando hablamos mucho de ella. A este supremo y verdadero sacrificio han cedido su lugar todos los falsos sacrificios.
Del poder delegado a los demonios para la prueba y glorificación de los santos, que no vencen propiciando a los espíritus del aire, sino permaneciendo en Dios
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El poder delegado a los demonios en ciertas estaciones designadas y bien ordenadas, para que puedan expresar su hostilidad contra la ciudad de Dios incitando contra ella a los hombres que están bajo su influencia, y puedan no solo recibir sacrificio de quienes lo ofrecen de buena gana, sino también arrancarlo por la fuerza a los que no quieren mediante una persecución violenta—este poder se encuentra que no solo es inofensivo, sino incluso útil para la Iglesia, completando como lo hace el número de los mártires, a quienes la ciudad de Dios estima como ciudadanos tanto más ilustres y honrados, porque han luchado hasta la sangre contra el pecado de la impiedad. Si el lenguaje ordinario de la Iglesia lo permitiera, podríamos llamar más elegantemente a estos hombres nuestros héroes. Pues se dice que este nombre deriva de Juno, que en griego se llama Hera, y de ahí, según los mitos griegos, uno de sus hijos fue llamado Heros. Y estas fábulas significaban místicamente que Juno era la dueña del aire, que suponen habitado por los demonios y los héroes, entendiendo por héroes las almas de los difuntos que bien lo merecen. Pero por una razón totalmente opuesta llamaríamos héroes a nuestros mártires—suponiendo, como he dicho, que el uso del lenguaje eclesiástico lo admitiera—no porque vivieran con los demonios en el aire, sino porque vencieron a estos demonios o poderes del aire, y entre ellos a la propia Juno, sea lo que sea, no sin razón representada, como lo es comúnmente por los poetas, como hostil a la virtud y envidiosa de los hombres notables que aspiran al cielo. Virgilio, sin embargo, cede desdichadamente y se somete a ella; pues, aunque la representa diciendo: «Soy vencida por Eneas,» Heleno da al propio Eneas este consejo religioso:
Haz votos a Juno: doblega
su alma de reina con dones y plegarias.
su alma de reina con dones y plegarias.
Conforme a esta opinión, Porfirio—expresando, sin embargo, no tanto sus propios puntos de vista como los de otras personas—dice que un dios o genio bueno no puede venir a un hombre a menos que primero se haya propiciado al genio malo, dando a entender que las deidades malas tenían mayor poder que las buenas; pues, hasta que ellas han sido aplacadas y ceden el lugar, las buenas no pueden prestar ayuda; y si las deidades malas se oponen, las buenas no pueden ayudar; mientras que las malas pueden hacer daño sin que las buenas puedan impedirlo. Este no es el camino de la verdadera y verdaderamente santa religión; no así vencen nuestros mártires a Juno, es decir, a los poderes del aire, que envidian las virtudes de los piadosos. Nuestros héroes, si pudiéramos llamarlos así, vencen a Hera, no con dones suplicantes, sino con virtudes divinas. Como Escipión, que conquistó África por su valor, es más apropiadamente llamado Africano que si hubiera aplacado a sus enemigos con dones, y así hubiera ganado su misericordia.
Capítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
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Es por la verdadera piedad que los hombres de Dios expulsan el poder hostil del aire que se opone a la piedad; es exorcizándolo, no propiciándolo; y vencen todas las tentaciones del adversario orando, no a él, sino a su propio Dios contra él. Pues el diablo no puede vencer ni subyugar sino a aquellos que están aliados con el pecado; y por eso es vencido en el nombre de Aquel que asumió la humanidad, y eso sin pecado, para que, siendo Él mismo Sacerdote y Sacrificio, pudiera obrar la remisión de los pecados, es decir, obrarla por medio del Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, por quien somos reconciliados con Dios, realizándose la purificación del pecado. Pues los hombres están separados de Dios solo por los pecados, de los cuales somos purificados en esta vida no por nuestra propia virtud, sino por la compasión divina; por su indulgencia, no por nuestro propio poder. Pues toda virtud que llamamos nuestra nos es concedida por su bondad. Y podríamos atribuirnos demasiado mientras estamos en la carne, a menos que viviéramos recibiendo el perdón hasta dejarla. Esta es la razón por la que se nos ha concedido, por medio del Mediador, esta gracia: que nosotros, contaminados por la carne pecaminosa, seamos purificados por la semejanza de la carne de pecado. Por esta gracia de Dios, en la que ha mostrado su gran compasión hacia nosotros, somos gobernados por la fe en esta vida y, después de esta vida, conducidos a la plenísima perfección por la visión de la verdad inmutable.
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Incluso Porfirio afirma que fue revelado por oráculos divinos que no somos purificados por sacrificios al sol o a la luna, queriendo dar a entender que no somos purificados por sacrificar a ningún dios. Pues ¿qué misterios pueden purificar, si los del sol y de la luna, que son considerados los principales de los dioses celestiales, no purifican? Dice también, en el mismo lugar, que los «principios» pueden purificar, para que no se suponga, de su afirmación de que sacrificar al sol y a la luna no purifica, que sacrificar a algún otro de la multitud de dioses pudiera hacerlo. Y qué es lo que él, como platónico, entiende por «principios», lo sabemos. Pues habla de Dios Padre y de Dios Hijo, a quien llama (escribiendo en griego) el intelecto o la mente del Padre; pero del Espíritu Santo no dice nada, o nada claramente, pues no entiendo de qué otro habla como ocupando el lugar intermedio entre estos dos. Porque si, como Plotino en su discusión sobre las tres sustancias principales, quisiera que entendiéramos por este tercero el alma de la naturaleza, ciertamente no le habría dado el lugar intermedio entre estos dos, es decir, entre el Padre y el Hijo. Pues Plotino coloca el alma de la naturaleza después del intelecto del Padre, mientras que Porfirio, haciéndola el medio, no la coloca después, sino entre los otros. Sin duda habló según su luz, o como le pareció conveniente; pero nosotros afirmamos que el Espíritu Santo es el Espíritu no solo del Padre, ni solo del Hijo, sino de ambos. Pues los filósofos hablan como les place, y en las materias más difíciles no tienen escrúpulo en ofender los oídos religiosos; pero nosotros estamos obligados a hablar según una regla cierta, para que la libertad de palabra no engendre impiedad de opinión sobre las materias mismas de que hablamos.
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Por consiguiente, cuando hablamos de Dios, no afirmamos dos o tres principios, como tampoco tenemos libertad de afirmar dos o tres dioses; aunque, hablando de cada uno, del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo, confesamos que cada uno es Dios: y sin embargo no decimos, como dicen los herejes sabelianos, que el Padre es lo mismo que el Hijo, y el Espíritu Santo lo mismo que el Padre y el Hijo; sino que decimos que el Padre es el Padre del Hijo, el Hijo es el Hijo del Padre, y que el Espíritu Santo del Padre y del Hijo no es ni el Padre ni el Hijo. Por tanto, se dijo verdaderamente que el hombre es purificado solo por un Principio, aunque los platónicos erraron al hablar en plural de principios. Pero Porfirio, estando bajo el dominio de estos poderes envidiosos, cuya influencia a la vez le avergonzaba y temía sacudir, se negó a reconocer que Cristo es el Principio por cuya encarnación somos purificados. En efecto, lo despreció, a causa de la carne misma que Él asumió, para ofrecer un sacrificio por nuestra purificación—gran misterio, ininteligible para el orgullo de Porfirio, que aquel verdadero y benigno Redentor abatió con su humildad, manifestándose a los mortales por la mortalidad que asumió, y de la que los mediadores malignos y engañosos se enorgullecen de carecer, prometiendo, como dádiva de inmortales, una ayuda engañosa a los hombres miserables. Así, el buen y verdadero Mediador mostró que es el pecado lo que es malo, y no la sustancia o naturaleza de la carne; pues esta, junto con el alma humana, pudo sin pecado ser asumida y retenida, y entregada a la muerte, y cambiada a algo mejor por la resurrección. Mostró también que la muerte misma, aunque es el castigo del pecado, fue soportada por Él por nosotros sin pecado, y no debe ser evitada por el pecado de nuestra parte, sino más bien, si se presenta la ocasión, ser llevada por causa de la justicia. Porque pudo expiar los pecados muriendo, porque murió, y no por pecado propio. Pero no ha sido reconocido por Porfirio como el Principio; de lo contrario, lo habría reconocido como el Purificador. El Principio no es ni la carne ni el alma humana en Cristo, sino la Palabra por la cual todas las cosas fueron hechas. Por tanto, la carne no purifica por su propia virtud, sino por la virtud de la Palabra por la cual fue asumida, cuando «la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.» [] Porque, hablando místicamente de comer su carne, cuando los que no lo entendían se ofendieron y se fueron, diciendo, «Dura es esta palabra, ¿quién puede oírla?» respondió a los demás que se quedaron, «El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha.» [] Por tanto, el Principio, habiendo asumido un alma y una carne humanas, purifica el alma y la carne de los creyentes. Por eso, cuando los judíos le preguntaron quién era, respondió que era el Principio. Y esto nosotros, hombres carnales y débiles, propensos al pecado y envueltos en las tinieblas de la ignorancia, no podríamos entenderlo, a menos que fuéramos purificados y sanados por Él, tanto por medio de lo que éramos como de lo que no éramos. Porque éramos hombres, pero no éramos justos; mientras que en su encarnación había una naturaleza humana, pero era justa, y no pecaminosa. Esta es la mediación por la cual se tiende una mano a los caídos y desfallecidos; esta es la simiente «ordenada por ángeles», por cuyo ministerio fue dada también la ley que ordena el culto de un solo Dios, y que promete que este Mediador había de venir.
Que todos los santos, tanto bajo la ley como antes de ella, fueron justificados por la fe en el misterio de la encarnación de Cristo
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Fue por la fe en este misterio, y por la piedad de vida, que la purificación era alcanzable incluso por los santos antiguos, ya sea antes de que la ley fuera dada a los hebreos (pues Dios y los ángeles estaban entonces presentes como instructores), o en los períodos bajo la ley, aunque las promesas de cosas espirituales, presentadas en figura, parecían ser carnales, y de ahí el nombre de Antiguo Testamento. Pues entonces vivían los profetas, por quienes, como por ángeles, se anunciaba la misma promesa; y entre ellos estaba aquel cuyo grandioso y divino sentimiento acerca del fin y del bien supremo del hombre acabo de citar, «Bueno es para mí unirme a Dios.» En este salmo se anuncia distintamente la distinción entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Pues el salmista dice que, cuando vio que las promesas carnales y terrenales eran abundantemente disfrutadas por los impíos, sus pies casi se desviaron, sus pasos casi resbalaron; y que le parecía como si hubiera servido a Dios en vano, cuando veía que los que despreciaban a Dios aumentaban en aquella prosperidad que él esperaba de la mano de Dios. Dice también que, al investigar este asunto con el deseo de entender por qué era así, se había fatigado en vano, hasta que entró en el santuario de Dios, y entendió el fin de aquellos a quienes erróneamente había considerado felices. Entonces entendió que eran abatidos por aquello mismo, como dice, de lo que se habían jactado, y que habían sido consumidos y perecido por sus iniquidades; y que toda aquella fábrica de prosperidad temporal se había vuelto como un sueño cuando uno despierta, y de repente se encuentra despojado de todos los gozos que había imaginado en el sueño. Y, como en esta tierra o ciudad terrena les parecía a ellos mismos ser grandes, dice, «Oh Señor, en tu ciudad reducirás a nada su imagen.» También muestra cuán beneficioso le había sido buscar aun las bendiciones terrenales solamente del único Dios verdadero, en cuyo poder están todas las cosas, pues dice, «Como una bestia era yo delante de ti, y siempre estoy contigo.» «Como una bestia,» dice, queriendo decir que era estúpido. Pues debía haber buscado de ti tales cosas como los impíos no podían disfrutar tan bien como yo, y no aquellas cosas que veía que ellos disfrutaban en abundancia, y de ahí concluía que te servía en vano, porque quienes se negaban a servirte tenían lo que yo no tenía. Sin embargo, «siempre estoy contigo,» porque aun en mi deseo de tales cosas no oraba a otros dioses. Y en consecuencia continúa, «Me has tomado de la mano derecha, y con tu consejo me has guiado, y después me recibirás en gloria;» como si todas las ventajas terrenales fueran bendiciones de la mano izquierda, aunque, cuando las veía disfrutadas por los impíos, sus pies casi se habían desviado. «Porque ¿qué,» dice, «tengo yo en el cielo, y qué he deseado de ti en la tierra?» Se culpa a sí mismo, y con razón está descontento consigo mismo; porque, aunque tenía en el cielo una posesión tan vasta (como después entendió), buscaba sin embargo de su Dios en la tierra una felicidad transitoria y fugaz—una felicidad de lodo, por así decir. «Mi corazón y mi carne,» dice, «desfallecen, oh Dios de mi corazón.» ¡Feliz desfallecimiento, de las cosas de abajo a las de arriba! Y de ahí que en otro salmo dice, «Mi alma anhela, sí, incluso desfallece, por los atrios del Señor.» Sin embargo, aunque había dicho de su corazón y de su carne que desfallecían, no dijo: Oh Dios de mi corazón y de mi carne, sino: Oh Dios de mi corazón; porque por el corazón la carne es hecha limpia. Por tanto, dice el Señor, «Limpia lo que está dentro, y lo de fuera quedará también limpio.» [] Dice luego que Dios mismo—no algo recibido de Él, sino Él mismo—es su porción. «El Dios de mi corazón, y mi porción para siempre.» Entre los diversos objetos de la elección humana, solo Dios lo satisfacía. «Porque he aquí,» dice, «los que se alejan de ti perecerán: tú destruyes a todos los que se prostituyen apartándose de ti,» — es decir, que se prostituyen a muchos dioses. Y luego sigue el versículo para el cual todo el resto del salmo parece preparar: «Bueno es para mí unirme a Dios,» — no alejarme; no prostituirme con una multitud de dioses. Y entonces se perfeccionará esta unión con Dios, cuando todo lo que ha de ser redimido en nosotros haya sido redimido. Mas por ahora debemos, como él continúa diciendo, «poner nuestra esperanza en Dios.» «Porque lo que se ve,» dice el apóstol, «no es esperanza. Pues lo que alguien ve, ¿por qué esperarlo aún? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.» [] Siendo, pues, por ahora establecidos en esta esperanza, hagamos lo que el salmista además indica, y convirtámonos en nuestra medida en ángeles o mensajeros de Dios, declarando su voluntad y alabando su gloria y su gracia. Porque cuando había dicho, «Poner mi esperanza en Dios,» continúa, «para que yo declare todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sión.» Esta es la ciudad de Dios más gloriosa; esta es la ciudad que conoce y adora a un solo Dios: ella es celebrada por los santos ángeles, que nos invitan a su sociedad y desean que nos hagamos conciudadanos con ellos en esta ciudad; pues no quieren que los adoremos como a nuestros dioses, sino que nos unamos a ellos en adorar a su Dios y nuestro; ni que les sacrifiquemos, sino que, junto con ellos, nos convirtamos en sacrificio para Dios. Por consiguiente, quienquiera que deponga la obstinación maligna y considere estas cosas, se asegurará de que todos estos espíritus bienaventurados e inmortales, que no nos envidian (porque si envidiaran no serían bienaventurados), sino que más bien nos aman y desean que seamos tan bienaventurados como ellos, nos miran con mayor placer y nos dan mayor ayuda cuando nos unimos a ellos en adorar a un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que si les ofreciéramos a ellos mismos sacrificio y adoración.
De la debilidad de Porfirio al vacilar entre la confesión del verdadero Dios y el culto de los demonios
X, 26
No sé cómo es, pero me parece que Porfirio se sonrojó por sus amigos los teúrgos; pues conocía todo lo que he aducido, pero no condenó francamente el culto politeísta. Dijo, en efecto, que hay algunos ángeles que visitan la tierra y revelan la verdad divina a los teúrgos, y otros que publican en la tierra las cosas que pertenecen al Padre, su altura y su profundidad. ¿Podemos creer, entonces, que los ángeles cuyo oficio es declarar la voluntad del Padre deseen que estemos sujetos a otro que no sea Aquel cuya voluntad declaran? Y, por eso, incluso este mismo platónico observa juiciosamente que más bien deberíamos imitarlos que invocarlos. No debemos, pues, temer ofender a estos súbditos inmortales y felices del único Dios por no sacrificarles; pues saben que esto se debe únicamente al único Dios verdadero, en la sumisión al cual ellos mismos encuentran su bienaventuranza, y por ello no quieren que se les tribute, ni en figura ni en la realidad, lo que simbolizaban los misterios del sacrificio. Tal arrogancia pertenece a los demonios soberbios y miserables, cuya disposición es diametralmente opuesta a la piedad de quienes están sujetos a Dios, y cuya bienaventuranza consiste en la adhesión a Él. Y, para que también nosotros alcancemos esa dicha, nos ayudan, como conviene, con sincera benevolencia, y no usurpan dominio alguno sobre nosotros, sino que nos declaran a Aquel bajo cuyo gobierno somos entonces cosúbditos. ¿Por qué, entonces, oh filósofo, sigues temiendo hablar libremente contra las potestades enemigas tanto de la verdadera virtud como de los dones del verdadero Dios? Ya has distinguido entre los ángeles que proclaman la voluntad de Dios y los que visitan a los teúrgos, atraídos por no sé qué arte. ¿Por qué sigues atribuyendo a estos últimos el honor de declarar la verdad divina? Si no declaran la voluntad del Padre, ¿qué revelaciones divinas pueden hacer? ¿No son éstos los espíritus malignos que fueron atados por los encantamientos de un hombre envidioso, para que no concedieran la pureza del alma a otro, y que, como dices, no pudieron ser liberados de esas ataduras por un hombre bueno ansioso de pureza, ni recuperar el poder sobre sus propias acciones? ¿Todavía dudas de si éstos son demonios malvados; o acaso finges ignorancia, para no ofender a los teúrgos, que te han seducido con sus ritos secretos y te han enseñado, como un gran beneficio, estas locas y perniciosas diabluras? ¿Te atreves a elevar por encima del aire, e incluso hasta el cielo, a estas potestades envidiosas, o plagas, mejor llamémoslas así, menos dignas del nombre de soberanas que de esclavas, como tú mismo reconoces; y no te avergüenzas de colocarlas incluso entre tus dioses siderales, y con ello menospreciar a las propias estrellas?
X, 27
¡Cuánto más tolerable y acorde con el sentimiento humano es el error de tu compañero de secta platónico Apuleyo! Pues él atribuyó las enfermedades y las tormentas de las pasiones humanas únicamente a los demonios que ocupan un grado por debajo de la luna, y aun esta confesión la hace como por obligación respecto de los dioses a quienes honra; pero a los dioses superiores y celestes, que habitan las regiones etéreas, ya sean visibles, como el sol, la luna y los demás astros, cuyo brillo los hace conspicuos, o invisibles, pero creídos por él, se esfuerza al máximo por apartarlos de la más leve mancha de estas perturbaciones. No es, pues, de Platón, sino de tus maestros caldeos, de quienes has aprendido a elevar los vicios humanos a las regiones etéreas y empíreas del mundo y al firmamento celeste, a fin de que tus teúrgos pudieran obtener de tus dioses revelaciones divinas; y, sin embargo, te haces superior a estas revelaciones divinas por tu vida intelectual, que prescinde de estas purificaciones teúrgicas por no ser necesarias para un filósofo. Pero, como recompensa a tus maestros, recomiendas estas artes a otros hombres, quienes, no siendo filósofos, pueden ser persuadidos a usar lo que tú reconoces que es inútil para ti mismo, que eres capaz de cosas más altas; de modo que aquellos que no pueden valerse de la virtud de la filosofía, demasiado ardua para la multitud, puedan, a instigación tuya, recurrir a los teúrgos, por quienes sean purificados, no ciertamente en la parte intelectual, sino en la parte espiritual del alma. Y como las personas no aptas para la filosofía constituyen incomparablemente la mayoría del género humano, más pueden ser impulsadas a consultar a estos secretos e ilícitos maestros tuyos que a frecuentar las escuelas platónicas. Pues estos demonios impurísimos, que fingen ser dioses etéreos, de los cuales te has hecho heraldo y mensajero, han prometido que quienes sean purificados por la teurgia en la parte espiritual de su alma no volverán ciertamente al Padre, sino que habitarán entre los dioses etéreos por encima de las regiones aéreas. Pero tales fantasías no son escuchadas por las multitudes de hombres a quienes Cristo vino a liberar de la tiranía de los demonios. Pues en Él tienen la purificación más llena de gracia, en la que participan por igual la mente, el espíritu y el cuerpo. Pues, para sanar al hombre entero de la plaga del pecado, tomó sin pecado la naturaleza humana entera. ¡Ojalá lo hubieras conocido, y ojalá te hubieras entregado a Él para ser sanado, antes que a tu propia virtud humana frágil y enferma, o a artes perniciosas y curiosas! Él no te habría engañado; pues tus propios oráculos, según tú mismo muestras, lo reconocieron santo e inmortal. De Él habla también el poeta más famoso, poéticamente, es verdad, pues lo aplica a la persona de otro, pero con verdad, si lo refieres a Cristo, diciendo: «Bajo tus auspicios, si quedan huellas de nuestros crímenes, serán borradas, y la tierra liberada de su perpetuo temor.» Con lo cual indica que, a causa de la debilidad propia de esta vida, el mayor progreso en la virtud y en la justicia deja lugar a la existencia, si no de crímenes, sí de huellas de crímenes, que sólo son borradas por aquel Salvador de quien habla este verso. Y que no dijo esto por impulso de su propia imaginación, Virgilio nos lo dice en casi el último verso de aquella Égloga IV, cuando dice: «La última edad predicha por la sibila de Cumas ha llegado ya;» de donde aparece claramente que esto había sido dictado por la sibila de Cumas. Pero esos teúrgos, o más bien demonios, que asumen la apariencia y la forma de dioses, contaminan más bien que purifican el espíritu humano con falsas apariencias y con la burla engañosa de formas sin sustancia. ¿Cómo pueden limpiar el espíritu del hombre aquellos cuyo propio espíritu es impuro? Si no fueran impuros, no serían atados por los encantamientos de un hombre envidioso, y no temerían ni tendrían envidia de otorgar ese vano beneficio que prometen. Pero para nuestro propósito basta que reconozcas que el alma intelectual, es decir, nuestra mente, no puede ser justificada por la teurgia; y que ni siquiera la parte espiritual o inferior de nuestra alma puede hacerse eterna e inmortal por este acto, aunque sostengas que puede ser purificada por él. Cristo, sin embargo, promete la vida eterna; y por eso el mundo acude en masa a Él, con gran indignación tuya, y también con gran asombro y confusión tuyos. ¿De qué sirve tu confesión forzada de que la teurgia extravía a los hombres y engaña a multitudes con su enseñanza ignorante y necia, y de que es el error más manifiesto recurrir con oraciones y sacrificios a los ángeles y principados, cuando al mismo tiempo, para salvarte de la acusación de gastar tu trabajo en vano en tales artes, envías a los hombres a los teúrgos, para que por medio de ellos quienes no viven según la regla del alma intelectual puedan tener purificada su alma espiritual?
Capítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
X, 28
Llevas, por tanto, a los hombres al error más palpable. Y, sin embargo, no te avergüenzas de hacer tanto daño, aunque te llamas amante de la virtud y de la sabiduría. Si hubieras sido verdadero y fiel en esta profesión, habrías reconocido a Cristo, la virtud de Dios y la sabiduría de Dios, y no te habrías apartado, en el orgullo de la vana ciencia, de su humildad saludable. No obstante, reconoces que la parte espiritual del alma puede ser purificada por la virtud de la castidad sin la ayuda de esas artes teúrgicas y misterios en cuyo aprendizaje malgastaste tu tiempo. Incluso dices a veces que estos misterios no elevan el alma después de la muerte, de modo que, terminada esta vida, parecen no servir ni siquiera para la parte que llamas espiritual; y, sin embargo, recurres en toda ocasión a estas artes, sin otro propósito, por lo que veo, que aparecer como un teúrgo consumado, y complacer a los curiosos de artes ilícitas, o inspirar en otros la misma curiosidad. Pero te alabamos de todo corazón por decir que esta arte ha de ser temida, tanto por las disposiciones legales contra ella como por el peligro que entraña su misma práctica. ¡Y ojalá que en esto, al menos, te escucharan sus desdichados devotos, para que se apartaran de una entrega total a ella, o incluso se preservaran de tocarla en absoluto! Dices, en efecto, que la ignorancia y los innumerables vicios que de ella resultan no pueden ser eliminados por misterio alguno, sino sólo por el [πατρικὸς νοῦς], es decir, la mente o el intelecto del Padre consciente de la voluntad del Padre. Pero no crees que Cristo sea esta mente; pues lo desprecias por el cuerpo que tomó de una mujer y por la vergüenza de la cruz; porque tu elevada sabiduría desdeña cosas tan bajas y despreciables, y se remonta a regiones más excelsas. Pero Él cumple lo que los santos profetas predijeron verdaderamente acerca de Él: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y anularé la prudencia de los prudentes.» [] Pues no destruye ni anula en ellos su propio don, sino lo que se arrogan a sí mismos y no lo poseen de Él. Y de ahí que el apóstol, habiendo citado este testimonio del profeta, añade: «¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios necia la sabiduría de este mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por la sabiduría, plugo a Dios salvar a los creyentes por la necedad de la predicación. Porque los judíos piden señal, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos tropezadero, y para los griegos necedad; mas para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.» [] Esto es despreciado como cosa débil y necia por quienes son sabios y fuertes en sí mismos; pero ésta es la gracia que sana a los débiles, que no se jactan orgullosamente de una bienaventuranza propia, sino que más bien reconocen humildemente su miseria real.