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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)41 minPosición: 0% de esta parteParte 9 de 52 · Capítulo 29Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 29

    De la falsedad del augurio por el cual se consideraba indicada la fuerza y estabilidad del imperio romano

    IV, 29

    Pues ¿qué clase de augurio es aquel que han declarado bellísimo, y al que me referí hace poco, de que Marte, Término y Juventud no cederían el lugar ni siquiera a Jove, el rey de los dioses? Pues así, dicen, se significaba que la nación consagrada a Marte —es decir, la romana— no cedería a nadie el lugar que una vez ocupó; igualmente, que por causa del dios Término, nadie podría perturbar las fronteras romanas; y también, que la juventud romana, por causa de la diosa Juventud, no cedería ante nadie. Vean, pues, cómo pueden sostener que él es el rey de sus dioses y el dador de su propio reino, si estos augurios lo presentan como adversario, ante quien habría sido honorable no ceder. Sin embargo, si estas cosas son verdaderas, no necesitan temer en absoluto. Pues no van a confesar que los dioses que no cederían ante Jove han cedido ante Cristo. Porque, sin alterar las fronteras del imperio, Jesucristo ha demostrado poder expulsarlos, no solo de sus templos, sino de los corazones de sus adoradores. Pero, antes de que Cristo viniera en la carne y, ciertamente, antes de que estas cosas que hemos citado de sus libros pudieran haberse escrito, pero después de que aquel auspicio se hiciera bajo el rey Tarquino, el ejército romano fue varias veces dispersado o puesto en fuga, y ha mostrado la falsedad del auspicio, que derivaban del hecho de que la diosa Juventud no había cedido el lugar a Jove; y la nación consagrada a Marte fue pisoteada en la propia ciudad por los galos invasores y triunfantes; y las fronteras del imperio, por la defección de muchas ciudades ante Aníbal, habían quedado reducidas a un espacio estrecho. Así la hermosura de los auspicios queda anulada, y solo ha quedado la contumacia contra Jove, no de dioses, sino de demonios. Pues una cosa es no haber cedido, y otra haber vuelto adonde has cedido. Además, incluso después, en las regiones orientales, las fronteras del imperio romano fueron cambiadas por la voluntad de Adriano; pues entregó al imperio persa aquellas tres nobles provincias, Armenia, Mesopotamia y Asiria. Así aquel dios Término, que según estos libros era el guardián de las fronteras romanas, y por aquel bellísimo auspicio no había cedido el lugar a Jove, parecería haber temido más a Adriano, rey de hombres, que al rey de los dioses. Habiendo sido también recuperadas las provincias antedichas, casi dentro de nuestra propia memoria la frontera retrocedió, cuando Juliano, entregado a los oráculos de sus dioses, con audacia inmoderada ordenó prender fuego a las naves de avituallamiento. Quedando así el ejército privado de provisiones, y siendo él mismo también muerto poco después por el enemigo, y las legiones duramente acosadas, mientras estaban consternadas por la pérdida de su comandante, quedaron reducidas a tales extremos que nadie habría podido escapar, a menos que por artículos de paz se hubieran establecido entonces las fronteras del imperio donde aún permanecen; no ciertamente con pérdida tan grande como la sufrida por la concesión de Adriano, pero aun así con sacrificio considerable. Fue, pues, un augurio vano que el dios Término no cediera ante Jove, puesto que cedió a la voluntad de Adriano, y cedió también a la temeridad de Juliano y a la necesidad de Joviniano. Los romanos más inteligentes y graves han visto estas cosas, pero han tenido poco poder contra la costumbre del Estado, que estaba obligado a observar los ritos de los demonios; porque incluso ellos mismos, aunque percibían que estas cosas eran vanas, pensaban sin embargo que el culto religioso debido a Dios debía pagarse a la naturaleza de las cosas establecida bajo el gobierno y la administración del único Dios verdadero, «sirviendo,» como dice el apóstol, «a la criatura más que al Creador, que es bendito por los siglos.» [] Fue necesaria la ayuda de este Dios verdadero para enviar hombres santos y verdaderamente piadosos, que murieran por la verdadera religión para apartar la falsa de entre los vivos.

    Capítulo 30

    Qué clase de cosas han reconocido incluso sus adoradores que pensaban acerca de los dioses de las naciones

    IV, 30

    Cicerón el augur se ríe de los augurios, y reprende a los hombres por regular los propósitos de la vida por los graznidos de cuervos y grajillas. Pero se dirá que un filósofo académico, que sostiene que todas las cosas son inciertas, es indigno de tener autoridad alguna en estas materias. En el segundo libro de su De la naturaleza de los dioses, introduce a Lucilio Balbo, quien, después de mostrar que las supersticiones tienen su origen en verdades físicas y filosóficas, expresa su indignación ante la erección de imágenes y nociones fabulosas, hablando así: «¿No veis, pues, que de descubrimientos físicos verdaderos y útiles la razón puede ser arrastrada a dioses fabulosos e imaginarios? Esto da origen a opiniones falsas y errores turbulentos, y a supersticiones casi de viejas. Pues tanto las formas de los dioses, como sus edades, vestimentas y ornamentos, se nos hacen familiares; sus genealogías también, sus matrimonios, parentescos y todas las cosas acerca de ellos, son rebajadas a la semejanza de la debilidad humana. Incluso se los presenta con mentes perturbadas; pues tenemos relatos de las pasiones, cuidados e iras de los dioses. Ni, ciertamente, como cuentan las fábulas, han carecido los dioses de sus guerras y batallas. Y eso no solo cuando, como en Homero, algunos dioses de uno y otro lado han defendido a dos ejércitos opuestos, sino que incluso han llevado a cabo guerras por su propia cuenta, como con los Titanes o con los Gigantes. Tales cosas es completamente absurdo decirlas o creerlas: son enteramente frívolas e infundadas.» He aquí, pues, lo que confiesan quienes defienden a los dioses de las naciones. Después continúa diciendo que algunas cosas pertenecen a la superstición, pero otras a la religión, la cual cree bueno enseñar según los estoicos. «Pues no solo los filósofos,» dice, «sino también nuestros antepasados, han hecho distinción entre superstición y religión. Pues aquellos,» dice, «que pasaban días enteros en oración y ofrecían sacrificios para que sus hijos los sobrevivieran, son llamados supersticiosos.» ¿Quién no ve que intenta, mientras teme el prejuicio público, alabar la religión de los antiguos, y que desea separarla de la superstición, pero no puede hallar cómo hacerlo? Pues si los que oraban y sacrificaban todo el día eran llamados supersticiosos por los antiguos, ¿acaso eran también llamados así los que instituyeron (lo que él censura) las imágenes de los dioses de diversa edad y vestimenta distinta, e inventaron las genealogías de los dioses, sus matrimonios y parentescos? Cuando, por tanto, estas cosas son censuradas como supersticiosas, implica en esa culpa a los antiguos que instituyeron y adoraron tales imágenes. Más aún, se implica a sí mismo, quien, con toda la elocuencia con que pueda esforzarse por desenredarse y quedar libre, estaba sin embargo bajo la necesidad de venerar estas imágenes; ni se atrevía siquiera a susurrar en un discurso al pueblo lo que en esta disputa claramente proclama. Demos gracias, pues, los cristianos, al Señor nuestro Dios —no al cielo y a la tierra, como argumenta aquel autor, sino a Aquel que ha hecho el cielo y la tierra—; porque estas supersticiones, que aquel Balbo, como un balbuceador, apenas reprende, Él, por la profundísima humildad de Cristo, por la predicación de los apóstoles, por la fe de los mártires que mueren por la verdad y viven con la verdad, las ha derribado, no solo en los corazones de los religiosos, sino incluso en los templos de los supersticiosos, por su propio servicio libre.

    Capítulo 31

    De las opiniones de Varrón, quien, aunque reprobaba la creencia popular, pensaba que su culto debía limitarse a un solo Dios, aunque no pudo descubrir al Dios verdadero

    IV, 31

    ¿Qué dice el propio Varrón, a quien lamentamos haber encontrado, aunque no por su propio juicio, colocando los juegos escénicos entre las cosas divinas? Cuando en muchos pasajes exhorta, como hombre religioso, al culto de los dioses, ¿no admite al hacerlo que no cree por su propio juicio aquellas cosas que relata que el Estado romano ha instituido; de modo que no duda en afirmar que si estuviera fundando un nuevo Estado, podría enumerar los dioses y sus nombres mejor según la regla de la naturaleza? Pero habiendo nacido en una nación ya antigua, dice que se encuentra obligado a aceptar los nombres y sobrenombres tradicionales de los dioses, y las historias relacionadas con ellos, y que su propósito al investigar y publicar estos detalles es inclinar al pueblo a adorar a los dioses, y no a despreciarlos. Con cuyas palabras este hombre agudísimo indica suficientemente que no publica todas las cosas, porque no solo habrían sido despreciables para él mismo, sino que habrían parecido despreciables incluso para el vulgo, si no se hubieran pasado por alto en silencio. Se pensaría que conjeturo estas cosas, a menos que él mismo, en otro pasaje, hubiera dicho abiertamente, hablando de los ritos religiosos, que muchas cosas son verdaderas que no solo no es útil que el pueblo común sepa, sino que es conveniente que el pueblo piense de otro modo, aunque falsamente, y por eso los griegos han encerrado las ceremonias religiosas y los misterios en silencio y dentro de muros. En esto expresa sin duda la política de los llamados sabios por quienes los Estados y los pueblos son gobernados. Sin embargo, con este artificio astuto se deleitan maravillosamente los demonios malignos, que poseen por igual a los engañadores y a los engañados, y de cuya tiranía nada libera sino la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.
    El mismo autor agudísimo y doctísimo dice también que solo aquellos le parecen haber percibido qué es Dios, que han creído que Él es el alma del mundo, gobernándolo por designio y razón. Y por esto se ve que, aunque no alcanzó la verdad —pues el Dios verdadero no es un alma, sino el hacedor y autor del alma—, sin embargo, si hubiera podido ser libre para ir contra los prejuicios de la costumbre, habría podido confesar y aconsejar a otros que se debe adorar al único Dios, que gobierna el mundo por designio y razón; de modo que sobre este asunto solo quedaría por debatir con él el punto de que lo había llamado alma, y no más bien creador del alma. Dice también que los antiguos romanos, durante más de ciento setenta años, adoraron a los dioses sin imagen. «Y si esta costumbre,» dice, «hubiera podido permanecer hasta ahora, los dioses habrían sido adorados más puramente.» En favor de esta opinión, cita como testigo entre otros a la nación judía; ni duda en concluir aquel pasaje diciendo de quienes primero consagraron imágenes para el pueblo, que han quitado el temor religioso a sus conciudadanos y aumentado el error, pensando sabiamente que los dioses caen fácilmente en desprecio cuando se exhiben bajo la estolidez de las imágenes. Pero como no dice que han transmitido el error, sino que lo han aumentado, quiere por tanto que se entienda que ya había error cuando no había imágenes. Por lo cual, cuando dice que solo han percibido qué es Dios quienes han creído que Él es el alma gobernante del mundo, y piensa que los ritos de la religión habrían sido observados más puramente sin imágenes, ¿quién no ve cuán cerca ha llegado de la verdad? Pues si hubiera podido hacer algo contra un error tan inveterado, ciertamente habría dado su opinión de que se debe adorar al único Dios, y que se le debe adorar sin imagen; y habiendo descubierto tan de cerca la verdad, quizás fácilmente se le habría podido hacer recordar la mutabilidad del alma, y habría percibido así que el Dios verdadero es aquella naturaleza inmutable que hizo al alma misma. Siendo así estas cosas, cualquier burla que tales hombres hayan derramado en sus escritos contra la pluralidad de los dioses, lo han hecho más bien como compelidos por la voluntad secreta de Dios a confesarlos, que como tratando de persuadir a otros. Si, por tanto, se aducen algunos testimonios de estos escritos por nosotros, se aducen para la confutación de quienes no quieren considerar de cuán grande y maligno poder de los demonios puede librarnos el singular sacrificio del derramamiento de la santísima sangre, y el don del Espíritu impartido.

    Capítulo 32

    Del interés de los príncipes de las naciones en que continuaran las falsas religiones entre los pueblos que les estaban sometidos

    IV, 32

    Varrón dice también, acerca de las generaciones de los dioses, que los pueblos se han inclinado más a los poetas que a los filósofos de la naturaleza; y que por eso sus antepasados —esto es, los antiguos romanos— creyeron en el sexo y en las generaciones de los dioses, y establecieron sus matrimonios; lo cual ciertamente parece haberse hecho por ninguna otra causa sino porque era propio de hombres prudentes y sabios engañar al pueblo en materia de religión, y en eso mismo no sólo adorar, sino también imitar a los demonios, cuyo mayor deseo es engañar. Pues así como los demonios no pueden poseer sino a aquellos a quienes han engañado con astucia, así también los hombres en cargos principescos, no siendo justos en verdad, sino semejantes a los demonios, persuadieron al pueblo, en nombre de la religión, a recibir como verdaderas las cosas que ellos mismos sabían falsas; de este modo, por así decirlo, atándolos más firmemente en la sociedad civil, para poder del mismo modo poseerlos como súbditos. Pero ¿quién, débil e ignorante, podría escapar de los engaños de los príncipes del estado y de los demonios?

    Capítulo 33

    Que los tiempos de todos los reyes y reinos están ordenados por el juicio y el poder del Dios verdadero

    IV, 33

    Por tanto, aquel Dios, autor y dador de la felicidad, porque Él solo es el Dios verdadero, da Él mismo los reinos terrenos tanto a los buenos como a los malos. Y no lo hace temerariamente ni, por así decirlo, fortuitamente —porque Él es Dios, no la fortuna—, sino según el orden de las cosas y de los tiempos, que está oculto para nosotros, pero plenamente conocido por Él; orden de los tiempos al que, sin embargo, Él no está sujeto como siervo, sino que Él mismo lo gobierna como señor y lo dispone como gobernador. La felicidad la da sólo a los buenos. Que un hombre sea súbdito o rey no importa; igualmente puede poseerla o no poseerla. Y será plena en aquella vida donde ya no existen reyes ni súbditos. Y por eso los reinos terrenos son dados por Él tanto a los buenos como a los malos, para que sus adoradores, que viven aún bajo la guía de un ánimo muy débil, no codicien de Él estos dones como si fueran grandes cosas. Y éste es el misterio del Antiguo Testamento, en el que estaba oculto el Nuevo: que allí se prometen incluso los bienes terrenos; y quienes eran espirituales entendían ya entonces, aunque no lo declaraban abiertamente, tanto la eternidad simbolizada por esas cosas terrenas como en qué dones de Dios podía hallarse la verdadera felicidad.

    Capítulo 34

    Del reino de los judíos, que fue fundado por el único y verdadero Dios y conservado por Él mientras permanecieron en la verdadera religión

    IV, 34

    Por tanto, para que se supiera que estos bienes terrenos, tras los cuales jadean quienes no pueden imaginar otros mejores, están en poder del único Dios, y no de los muchos dioses falsos a quienes los romanos antiguamente creyeron dignos de culto, Él multiplicó a su pueblo en Egipto partiendo de muy pocos, y lo sacó de allí con señales prodigiosas. Ni sus mujeres invocaron a Lucina cuando su descendencia se multiplicaba de modo increíble; y una vez que aquella nación creció de manera increíble, Él mismo la libró y Él mismo la salvó de las manos de los egipcios que la perseguían y querían matar a todos sus niños. Sin la diosa Rumina mamaron; sin Cunina fueron criados en la cuna; sin Educa y Potina tomaron alimento y bebida; sin todos aquellos dioses pueriles fueron educados; sin los dioses nupciales se casaron; sin el culto de Príapo tuvieron trato conyugal; sin invocar a Neptuno el mar dividido les abrió camino para pasar, y con sus olas que volvían sepultó a los enemigos que los perseguían. No consagraron diosa alguna Mannia cuando recibieron el maná del cielo; ni, cuando la roca golpeada hizo brotar agua para ellos cuando tenían sed, adoraron a Ninfas y Linfas. Sin los ritos frenéticos de Marte y Belona hicieron la guerra; y aunque, ciertamente, no vencían sin la victoria, no la tuvieron por diosa, sino por don de su Dios. Sin Segetia tuvieron cosechas; sin Bubona, bueyes; miel sin Mellona; manzanas sin Pomona: y, en una palabra, todo aquello por lo que los romanos pensaban que debían suplicar a tan gran multitud de dioses falsos, lo recibieron con mucha más felicidad del único Dios verdadero. Y si no hubieran pecado contra Él con curiosidad impía, que los sedujo como artes mágicas y los arrastró a dioses extraños e ídolos, y al fin los llevó a matar a Cristo, su reino habría permanecido para ellos, y habría sido, si no más extenso, sí más feliz que el de Roma. Y ahora que están dispersos por casi todas las tierras y naciones, lo están por la providencia de aquel único Dios verdadero; para que, mientras las imágenes, altares, bosques y templos de los falsos dioses son derribados por todas partes y sus sacrificios prohibidos, se muestre por sus libros cómo esto fue anunciado por sus profetas tanto tiempo antes; no sea que, si se leyera en los nuestros, pareciera que lo hemos inventado nosotros. Mas ahora, reservando lo que sigue para el libro siguiente, debemos poner aquí un límite a la prolijidad de éste.

    Libro V

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · V, argumento
    Agustín discute primero la doctrina del destino, con el fin de refutar a quienes se inclinan a atribuir al destino el poder y el crecimiento del imperio romano, lo cual no podía atribuirse a los dioses falsos, como se ha demostrado en el libro anterior. Después demuestra que no hay contradicción entre la presciencia de Dios y nuestro libre albedrío. Habla luego de las costumbres de los antiguos romanos y muestra en qué sentido el aumento de su dominio se debió a la virtud de los propios romanos, y hasta qué punto al consejo de Dios, aunque no lo adoraban. Finalmente, explica qué ha de considerarse como la verdadera felicidad de los emperadores cristianos.

    Prefacio

    V, prefacio

    Siendo, pues, cosa establecida que la plena consecución de todo lo que deseamos es lo que constituye la felicidad, la cual no es diosa alguna, sino un don de Dios, y que por tanto los hombres no pueden adorar a otro dios sino a Aquel que puede hacerlos felices —y si la misma Felicidad fuera diosa, con razón sería el único objeto de culto—, ya que, digo, esto está establecido, pasemos ahora a considerar por qué Dios, que puede dar con todas las demás cosas aquellos buenos dones que pueden ser poseídos por hombres que no son buenos y, por consiguiente, no son felices, ha tenido a bien conceder un dominio tan extenso y tan prolongado al imperio romano; pues que esto no fue realizado por aquella multitud de dioses falsos a quienes adoraban, ya lo hemos aducido antes y, cuando se ofrezca ocasión, aduciremos aún considerables pruebas.

    Capítulo 1

    Que la causa del imperio romano, y de todos los reinos, no es fortuita ni consiste en la posición de los astros

    V, 1

    La causa, pues, de la grandeza del imperio romano no es fortuita ni fatal, según el juicio u opinión de quienes llaman fortuitas a aquellas cosas que o no tienen causas, o tienen causas que no proceden de algún orden inteligible, y fatales a las que ocurren independientemente de la voluntad de Dios y del hombre, por la necesidad de un cierto orden. En una palabra, los reinos humanos son establecidos por la divina providencia. Y si alguien atribuye su existencia al destino, porque llama con el nombre de destino a la voluntad o al poder mismo de Dios, que conserve su opinión, pero corrija su lenguaje. Pues ¿por qué no dice desde el principio lo que dirá después, cuando alguien le pregunte qué entiende por destino? Porque cuando los hombres oyen esa palabra, según el uso ordinario del lenguaje, entienden simplemente por ella la virtud de aquella posición de los astros que puede existir en el momento en que alguien nace o es concebido; posición que unos separan por completo de la voluntad de Dios, mientras que otros afirman que también ésta depende de aquella voluntad. Pero a quienes opinan que, aparte de la voluntad de Dios, los astros determinan lo que haremos, o qué bienes poseeremos, o qué males padeceremos, se les debe negar audiencia por todos, no sólo por quienes profesan la verdadera religión, sino por quienes desean ser adoradores de cualesquiera dioses, incluso de dioses falsos. Pues ¿a qué se reduce realmente esta opinión sino a esto: que no se ha de adorar ni rogar a dios alguno? Contra éstos, sin embargo, no se dirige nuestra presente disputa, sino contra aquellos que, en defensa de los que piensan que son dioses, se oponen a la religión cristiana. Pero aquellos que hacen depender de la voluntad divina la posición de los astros, y de cierta manera decretan qué carácter tendrá cada hombre y qué bien o mal le sucederá, si piensan que esos mismos astros han recibido ese poder del sumo poder de Dios, para que determinen estas cosas según su voluntad, hacen una gran injuria a la esfera celeste, en cuyo brillantísimo senado y esplendidísima curia, por así decirlo, suponen que se decretan obras malvadas —tales obras que, si algún estado terrenal las decretara, sería condenado a la ruina por decreto de todo el género humano. ¿Qué juicio, pues, queda a Dios acerca de los hechos de los hombres, Él, que es Señor tanto de los astros como de los hombres, cuando a esos hechos se atribuye una necesidad celeste? O, si no dicen que los astros, aunque hayan recibido ciertamente un poder de Dios, que es supremo, determinan esas cosas según su propia discreción, sino que sus mandatos son cumplidos por ellos instrumentalmente en la aplicación y ejecución de tales necesidades, ¿hemos de pensar acerca de Dios lo que ya parecía indigno pensar acerca de la voluntad de los astros? Pero si se dice que los astros más bien significan esas cosas que las causan, de modo que aquella posición de los astros sea como un lenguaje que predice, no que causa, las cosas futuras —pues ésta ha sido la opinión de hombres de no vulgar saber—, ciertamente los matemáticos no suelen hablar de ese modo diciendo, por ejemplo, que Marte en tal o cual posición significa un homicidio, sino que hace un homicidio. Pero, no obstante, aunque concedamos que no hablan como debieran, y que debamos aceptar como forma propia de hablar la empleada por los filósofos al predecir aquellas cosas que piensan descubrir en la posición de los astros, ¿cómo es que nunca han podido asignar causa alguna por la que, en la vida de los gemelos, en sus acciones, en los sucesos que les acontecen, en sus profesiones, artes, honores y demás cosas pertenecientes a la vida humana, y también en su misma muerte, haya a menudo una diferencia tan grande que, en lo que atañe a estas cosas, muchos extraños por completo son más semejantes a ellos que ellos entre sí, aunque estén separados al nacer por el intervalo más pequeño de tiempo, pero en la concepción hayan sido engendrados por el mismo acto de cópula y en el mismo instante?

    Capítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos

    V, 2

    Cicerón dice que el célebre médico Hipócrates dejó escrito que había sospechado que cierta pareja de hermanos eran gemelos, por el hecho de que ambos enfermaron a la vez, y su enfermedad avanzó hasta su crisis y remitió en el mismo tiempo en cada uno de ellos. Posidonio el estoico, muy aficionado a la astrología, solía explicar el hecho suponiendo que habían nacido y sido concebidos bajo la misma constelación. En esta cuestión, la conjetura del médico es muchísimo más digna de ser aceptada y se acerca mucho más a la credibilidad, puesto que, según como estuvieran afectados los cuerpos de los padres en el momento de la cópula, así pudieron quedar afectados los primeros elementos de los fetos, de modo que, habiéndoseles suministrado del cuerpo de la misma madre todo lo necesario para su crecimiento y desarrollo hasta el nacimiento, pudieron nacer con constituciones semejantes. Después, criados en la misma casa, con las mismas clases de alimento, donde tendrían también las mismas clases de aire, la misma localidad, la misma calidad de agua —las cuales, según el testimonio de la ciencia médica, ejercen una grandísima influencia, buena o mala, sobre el estado de la salud corporal—, y donde se acostumbrarían también a las mismas clases de ejercicio, tendrían constituciones corporales tan semejantes que serían afectados por la enfermedad de manera similar al mismo tiempo y por las mismas causas. Pero querer aducir aquella particular posición de los astros que existía en el momento en que nacieron o fueron concebidos como causa de que enfermaran simultáneamente, manifiesta la mayor arrogancia, cuando tantos seres de las más diversas clases, en las más diversas condiciones y sujetos a los más diversos acontecimientos, pudieron haber sido concebidos y nacidos al mismo tiempo y en el mismo distrito, bajo el mismo cielo. Pero sabemos que los gemelos no sólo actúan de modo diferente y viajan a lugares muy distintos, sino que también padecen diferentes clases de enfermedades; y para esto Hipócrates daría la que es en mi opinión la razón más sencilla, a saber: que, por la diversidad de alimento y de ejercicio, que proviene no de la constitución del cuerpo, sino de la inclinación del ánimo, han podido llegar a ser diferentes entre sí en lo que respecta a la salud. Además, Posidonio, o cualquier otro defensor del influjo fatal de los astros, tendrá bastante trabajo en hallar algo que decir a esto, si no quiere engañar las mentes de los ignorantes en cosas que éstos desconocen. Pero, en cuanto a lo que intentan deducir de aquel pequeñísimo intervalo de tiempo que transcurre entre los nacimientos de los gemelos, a causa de aquel punto del cielo donde se sitúa la marca de la hora natal, y al que llaman «horóscopo», o es desproporcionadamente pequeño para la diversidad que se encuentra en las disposiciones, acciones, costumbres y fortunas de los gemelos, o es desproporcionadamente grande si se compara con la condición de los gemelos, sea baja o alta, que es la misma para ambos, y cuya máxima diferencia atribuyen en todo caso a la hora en que uno nace; y por esta razón, si uno nace tan inmediatamente después del otro que no hay cambio en el horóscopo, exijo una semejanza total en todo lo que respecta a ambos, cosa que nunca puede hallarse en ningún par de gemelos. Pero si la lentitud del nacimiento del segundo da tiempo para un cambio en el horóscopo, exijo padres diferentes, cosa que los gemelos nunca pueden tener.

    Capítulo 3

    De los argumentos que Nigidio el matemático sacó de la rueda del alfarero en la cuestión del nacimiento de los gemelos

    V, 3

    En vano, pues, se trae aquella famosa ficción de la rueda del alfarero, que cuenta la respuesta que se dice dio Nigidio cuando fue puesto en aprieto con esta cuestión, y por la cual fue llamado Fígulo. Pues habiendo hecho girar la rueda del alfarero con todas sus fuerzas, la marcó con tinta, golpeándola dos veces con suma rapidez, de modo que los trazos parecían caer sobre la misma parte de ella. Luego, cuando cesó la rotación, las marcas que había hecho se hallaron sobre el borde de la rueda a no pequeña distancia entre sí. Así, dijo él, considerando la gran rapidez con que gira la esfera celeste, aunque dos gemelos nacieran con un intervalo tan corto entre sus nacimientos como el que hubo entre los golpes que di a esta rueda, ese breve intervalo de tiempo equivale a una grandísima distancia en la esfera celeste. De ahí, dijo, provienen cuantas desemejanzas puedan advertirse en las costumbres y fortunas de los gemelos. Este argumento es más frágil que las vasijas que se modelan con la rotación de esa rueda. Porque si hay tanta significación en los cielos que no puede comprenderse por la observación de las constelaciones, que, en el caso de los gemelos, una herencia puede tocar a uno y no a otro, ¿por qué en el caso de otros que no son gemelos se atreven, habiendo examinado sus constelaciones, a declarar cosas pertenecientes a aquel secreto que nadie puede comprender, y a atribuirlas al momento preciso del nacimiento de cada individuo? Ahora bien, si tales predicciones en relación con las horas natales de otros que no son gemelos han de justificarse sobre la base de que se fundan en la observación de espacios más extensos en los cielos, mientras que aquellos pequeñísimos momentos de tiempo que separaron los nacimientos de los gemelos, y corresponden a porciones minúsculas del espacio celeste, han de relacionarse con cosas triviales sobre las cuales no suele consultarse a los matemáticos —pues ¿quién los consultaría sobre cuándo ha de sentarse, cuándo salir a pasear, cuándo y qué ha de cenar?—, ¿cómo podemos justificarnos al hablar así, cuando podemos señalar tan múltiple diversidad tanto en las costumbres, en los hechos y en los destinos de los gemelos?

    Capítulo 4

    Sobre los gemelos Esaú y Jacob, que fueron muy distintos entre sí tanto en su carácter como en sus acciones

    V, 4

    En tiempo de los antiguos padres, para hablar de personas ilustres, nacieron dos hermanos gemelos, el uno tan inmediatamente después del otro, que el primero asió el talón del segundo. Tan grande fue la diferencia en sus vidas y costumbres, tan grande la desemejanza en sus acciones, tan grande la diferencia en el amor que sus padres les tenían respectivamente, que el propio contraste entre ellos produjo incluso una mutua antipatía hostil. ¿Acaso queremos decir, cuando decimos que eran tan distintos el uno del otro, que cuando el uno andaba el otro estaba sentado, cuando el uno dormía el otro estaba despierto —diferencias que son tales como las que se atribuyen a aquellas minúsculas porciones de espacio que no pueden ser apreciadas por quienes anotan la posición de los astros que existe en el momento del nacimiento de uno, para que se consulte a los matemáticos acerca de ello? Uno de estos gemelos fue durante mucho tiempo siervo asalariado; el otro nunca sirvió. Uno de ellos era amado por su madre; el otro no lo era. Uno de ellos perdió aquel honor que tanto se estimaba entre su pueblo; el otro lo obtuvo. ¿Y qué diremos de sus esposas, de sus hijos y de sus posesiones? ¡Cuán diferentes fueron en lo tocante a todo esto! Si, por tanto, tales cosas están relacionadas con aquellos minúsculos intervalos de tiempo que transcurren entre los nacimientos de los gemelos, y no han de atribuirse a las constelaciones, ¿por qué se predicen en el caso de otros a partir del examen de sus constelaciones? Y si, por otra parte, se dice que estas cosas se predicen porque están relacionadas, no con momentos minúsculos e inapreciables, sino con intervalos de tiempo que pueden observarse y anotarse, ¿para qué sirve en este asunto aquella rueda de alfarero, sino para hacer girar a hombres que tienen corazones de barro, a fin de impedirles descubrir la vacuidad de la charla de los matemáticos?

    Capítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana

    V, 5

    ¿No sirven precisamente aquellas personas a quienes la sagacidad médica de Hipócrates le llevó a sospechar que eran gemelos, porque observó que su enfermedad llegaba a su crisis y remitía de nuevo al mismo tiempo en cada uno de ellos—no sirven, digo, estas personas como refutación suficiente de quienes quieren atribuir al influjo de los astros lo que se debía a una semejanza de constitución corporal? Pues ¿por qué ambos enfermaron de la misma enfermedad, y al mismo tiempo, y no el uno después del otro según el orden de su nacimiento? (porque ciertamente no pudieron nacer ambos al mismo tiempo.) O, si el hecho de haber nacido en tiempos distintos de ningún modo implica necesariamente que deban enfermar en tiempos distintos, ¿por qué sostienen que la diferencia en el tiempo de sus nacimientos fue la causa de su diferencia en otras cosas? ¿Por qué pudieron viajar a tierras extranjeras en tiempos distintos, casarse en tiempos distintos, engendrar hijos en tiempos distintos y hacer muchas otras cosas en tiempos distintos, por haber nacido en tiempos distintos, y no pudieron, sin embargo, por la misma razón, enfermar también en tiempos distintos? Pues si una diferencia en el momento del nacimiento cambió el horóscopo y ocasionó desemejanza en todas las demás cosas, ¿por qué ha permanecido en sus ataques de enfermedad aquella simultaneidad que perteneció a su concepción? O, si los destinos de la salud están implicados en el tiempo de la concepción, pero se dice que los de las demás cosas están unidos al tiempo del nacimiento, no deberían predecir nada acerca de la salud por el examen de las constelaciones del nacimiento, cuando no se da también la hora de la concepción para que puedan inspeccionarse sus constelaciones. Pero si dicen que predicen los ataques de enfermedad sin examinar el horóscopo de la concepción, porque estos son indicados por los momentos del nacimiento, ¿cómo podrían informar a cualquiera de estos gemelos cuándo enfermaría, a partir del horóscopo de su nacimiento, cuando también el otro, que no tenía el mismo horóscopo de nacimiento, debe por necesidad enfermar al mismo tiempo? Pregunto de nuevo: si la distancia de tiempo entre los nacimientos de los gemelos es tan grande como para ocasionar una diferencia de sus constelaciones a causa de la diferencia de sus horóscopos y, por tanto, de todos los puntos cardinales a los que se atribuye tanta influencia, que incluso de tal cambio provenga una diferencia de destino, ¿cómo es posible que esto sea así, si no pudieron ser concebidos en tiempos distintos? O, si dos concebidos en el mismo momento de tiempo pudieron tener destinos diferentes con respecto a sus nacimientos, ¿por qué no podrían también dos nacidos en el mismo momento de tiempo tener destinos diferentes para la vida y para la muerte? Pues si el único momento en que ambos fueron concebidos no impidió que el uno naciera antes que el otro, ¿por qué, si dos nacen en el mismo momento, habría de impedirles algo morir en el mismo momento? Si una concepción simultánea permite que dos gemelos sean afectados de manera distinta en el vientre, ¿por qué no habría de permitir la simultaneidad del nacimiento que dos individuos cualesquiera tengan fortunas diferentes en el mundo? Y así serían barridas todas las ficciones de este arte, o más bien de este engaño. ¿Qué circunstancia extraña es esta: que dos niños concebidos al mismo tiempo, más aún, en el mismo momento, bajo la misma posición de los astros, tengan destinos diferentes que los llevan a distintas horas de nacimiento, mientras que dos niños, nacidos de dos madres distintas, en el mismo momento de tiempo, bajo una y la misma posición de los astros, no puedan tener destinos diferentes que los conduzcan por necesidad a diversos modos de vida y de muerte? ¿Acaso están en la concepción todavía sin destinos, porque sólo pueden tenerlos si nacen? ¿Qué quieren decir, pues, cuando afirman que, si se halla la hora de la concepción, estos astrólogos pueden predecir muchas cosas? De donde surgió también aquella historia que algunos repiten: que cierto sabio eligió una hora para yacer con su mujer, a fin de asegurarse el engendrar un hijo ilustre. De esta opinión procedió también aquella respuesta de Posidonio, el gran astrólogo y también filósofo, acerca de aquellos gemelos que fueron atacados por la enfermedad al mismo tiempo, a saber, «que esto les había sucedido porque fueron concebidos al mismo tiempo, y nacidos al mismo tiempo.» Pues ciertamente añadió «la concepción,» para que no se le dijera que no pudieron nacer ambos al mismo tiempo, sabiendo que, en todo caso, debieron ser concebidos ambos al mismo tiempo; queriendo mostrar así que no atribuía el hecho de que fueran afectados por la enfermedad de modo semejante y simultáneo a la semejanza de sus constituciones corporales como causa próxima, sino que sostenía que, incluso en lo tocante a la semejanza de su salud, estaban unidos por una conexión sideral. Si, por tanto, el tiempo de la concepción tiene tanto que ver con la semejanza de los destinos, estos mismos destinos no deberían ser cambiados por las circunstancias del nacimiento; o, si se dice que los destinos de los gemelos son cambiados porque nacen en tiempos distintos, ¿por qué no entender más bien que ya habían sido cambiados para que pudieran nacer en tiempos distintos? ¿Acaso, pues, la voluntad de los hombres que viven en el mundo no cambia los destinos del nacimiento, cuando el orden del nacimiento puede cambiar los destinos que tenían en la concepción?

    Capítulo 6. Sobre los gemelos de distinto sexo

    V, 6

    Pero incluso en la concepción misma de los gemelos, que ciertamente ocurre en el mismo momento en el caso de ambos, a menudo sucede que el uno es concebido varón y la otra mujer. Conozco a dos gemelos de distinto sexo. Ambos viven y están en la flor de la edad; y aunque se asemejan en el cuerpo, en cuanto lo permite la diferencia de sexo, son, sin embargo, muy diferentes en todo el propósito y plan de sus vidas (teniendo en cuenta las diferencias que necesariamente existen entre la vida de los varones y la de las mujeres): el uno ocupa el cargo de conde y está casi constantemente ausente de su casa con el ejército en servicio en el extranjero; la otra no deja jamás el suelo de su patria ni su distrito natal. Más aún—y esto es más increíble si se ha de creer en los destinos de los astros, aunque no es asombroso si consideramos las voluntades de los hombres y los dones gratuitos de Dios—él está casado; ella es una virgen consagrada: él ha engendrado una numerosa descendencia; ella ni siquiera se ha casado. Pero ¿no es muy grande la virtud del horóscopo? Creo que he dicho bastante para mostrar lo absurdo de eso. Pero, dicen esos astrólogos, cualquiera que sea la virtud del horóscopo en otros respectos, ciertamente tiene significación en lo tocante al nacimiento. Pero ¿por qué no también con respecto a la concepción, la cual se realiza sin duda con un solo acto de cópula? Y, en verdad, tan grande es la fuerza de la naturaleza que, una vez que una mujer ha concebido, deja de ser susceptible de concepción. ¿O acaso, tal vez, fueron cambiados en el nacimiento, el uno en varón y la otra en mujer, a causa de la diferencia de sus horóscopos? Pero, aunque no es del todo absurdo decir que ciertos influjos siderales tienen algún poder para causar diferencias sólo en los cuerpos —como, por ejemplo, vemos que las estaciones del año vuelven por el acercarse y alejarse del sol, y que ciertas clases de cosas aumentan de tamaño o disminuyen por los crecimientos y menguantes de la luna, como los erizos de mar, las ostras y las maravillosas mareas del océano—, no se sigue que las voluntades de los hombres deban quedar sometidas a la posición de los astros. Los astrólogos, sin embargo, cuando quieren atar también nuestras acciones a las constelaciones, sólo nos incitan a investigar si, aun en estos cuerpos, los cambios no pueden atribuirse a otra causa distinta de la sideral. Pues ¿qué hay que concierna más íntimamente a un cuerpo que su sexo? Y, sin embargo, bajo la misma posición de los astros pueden concebirse gemelos de distinto sexo. Por lo cual, ¿qué mayor absurdo puede afirmarse o creerse que el que la posición de los astros, que era la misma para ambos en el momento de la concepción, no pudiera causar que la una no fuera de sexo distinto de su hermano, con quien tenía una constelación común, mientras que la posición de los astros que existía en la hora de su nacimiento pudo causar que ella quedara separada de él por la gran distancia entre el matrimonio y la santa virginidad?

    Capítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar

    V, 7

    Ahora bien, ¿acaso alguien aducirá esto: que al elegir ciertos días determinados para ciertas acciones, los hombres producen ciertos destinos nuevos para sus acciones? Aquel hombre, por ejemplo, según esta doctrina, no nació para tener un hijo ilustre, sino más bien uno despreciable, y por eso, siendo hombre instruido, eligió una hora para yacer con su mujer. Hizo, por tanto, un destino que antes no tenía, y de ese destino forjado por él mismo comenzó a resultar algo fatal que no estaba contenido en el destino de su hora natal. ¡Oh singular estupidez! Se elige un día para casarse; y por esta razón, creo, para que, si no se elige un día, el matrimonio pueda caer en un día aciago y resultar desdichado. ¿Qué sucede entonces con lo que los astros ya han decretado en la hora del nacimiento? ¿Puede decirse que un hombre cambia por un acto de elección aquello que ya le ha sido determinado, mientras que aquello que él mismo ha determinado al elegir un día no puede ser cambiado por otro poder? Así, si sólo los hombres, y no todas las cosas bajo el cielo, están sujetos al influjo de los astros, ¿por qué eligen algunos días como adecuados para plantar vides o árboles, o para sembrar grano, y otros días como adecuados para domesticar bestias, o para echar los machos a las hembras, a fin de que las vacas y las yeguas queden preñadas, y para cosas semejantes? Si se dice que ciertos días elegidos tienen influjo sobre estas cosas, porque las constelaciones rigen todos los cuerpos terrestres, animados e inanimados, según las diferencias de los momentos de tiempo, considérese cuán innumerables multitudes de seres nacen o surgen, o toman su origen en el mismo instante de tiempo, y llegan a fines tan diferentes, que bien pueden persuadir a cualquier niño pequeño de que estas observaciones acerca de los días son ridículas. Pues ¿quién está tan loco como para atreverse a afirmar que todos los árboles, todas las hierbas, todas las bestias, serpientes, aves, peces, gusanos, tienen cada uno por separado sus propios momentos de nacimiento o de comienzo? No obstante, los hombres suelen, para probar la destreza de los matemáticos, presentarles las constelaciones de animales mudos, cuyas constelaciones de nacimiento observan diligentemente en casa con miras a este descubrimiento; y prefieren a todos los demás a aquellos matemáticos que dicen, por la inspección de las constelaciones, que estas indican el nacimiento de una bestia y no de un hombre. También se atreven a decir qué clase de bestia es: si es una bestia lanar, o una bestia apta para llevar cargas, o una propia para el arado, o para guardar una casa; pues también se pone a prueba a los astrólogos en lo tocante a los destinos de los perros, y sus respuestas acerca de estos son seguidas de gritos de admiración por parte de quienes los consultan. Engañan a los hombres de tal modo que les hacen pensar que durante el nacimiento de un hombre se suspenden los nacimientos de todos los demás seres, de manera que ni siquiera una mosca viene a la vida al mismo tiempo en que él está naciendo, bajo la misma región de los cielos. Y si esto se admite con respecto a la mosca, el razonamiento no puede detenerse ahí, sino que debe ascender desde las moscas hasta conducirlos a los camellos y elefantes. Ni quieren atender a esto: que cuando se ha elegido un día para sembrar un campo, tantos granos caen a la tierra simultáneamente, germinan simultáneamente, brotan, llegan a perfección y maduran simultáneamente; y, sin embargo, de todas las espigas que son coetáneas y, por así decirlo, congerminales, algunas son destruidas por el tizón, otras son devoradas por las aves y otras son arrancadas por los hombres. ¿Cómo pueden decir que todas estas tenían sus diferentes constelaciones, cuando las ven llegar a fines tan diferentes? ¿Confesarán que es una locura elegir días para tales cosas, y afirmarán que estas no entran dentro de la esfera del decreto celestial, mientras someten a los astros sólo a los hombres, a quienes únicamente en el mundo Dios ha otorgado voluntades libres? Considerando todas estas cosas, tenemos buena razón para creer que, cuando los astrólogos dan muchísimas respuestas admirables, ello ha de atribuirse a la inspiración oculta de espíritus no del mejor género, cuyo afán es insinuar en las mentes de los hombres, y confirmar en ellas, esas opiniones falsas y nocivas acerca del influjo fatal de los astros, y no a su marcación e inspección de horóscopos según una especie de arte que en realidad no existe.

    Capítulo 8

    De los que llaman con el nombre de destino, no a la posición de los astros, sino a la conexión de causas que depende de la voluntad de Dios

    V, 8

    Pero, en cuanto a los que llaman con el nombre de destino, no a la disposición de los astros tal como puede existir cuando una criatura es concebida, o nace, o comienza su existencia, sino a toda la conexión y serie de causas que hace que cada cosa llegue a ser lo que llega a ser, no hay necesidad de que yo trabaje y dispute con ellos en una controversia meramente verbal, ya que atribuyen el llamado orden y conexión de causas a la voluntad y al poder de Dios altísimo, de quien se cree con toda razón y verdad que conoce todas las cosas antes de que sucedan, y que nada deja sin ordenar; del cual proceden todos los poderes, aunque las voluntades de todos no procedan de Él. Ahora bien, que es principalmente la voluntad de Dios altísimo, cuyo poder se extiende irresistiblemente por todas las cosas, lo que ellos llaman destino, lo prueban los siguientes versos, de los cuales, si no me equivoco, es autor Anneo Séneca:—
    Padre supremo, Tú, gobernante de los altos cielos,
    Guíame a donde sea tu placer; yo daré
    Una pronta obediencia, sin demora,
    He aquí: aquí estoy. Prontamente vengo a cumplir tu soberana voluntad;
    Si tu mandato contrariase mi inclinación, aun así
    te seguiré gimiendo, y la obra asignada,
    Con todo el sufrimiento de un ánimo renuente,
    Realizaré, siendo malo; la cual, si hubiera sido bueno,
    Habría emprendido y realizado, aunque dura,
    Con virtuosa alegría.
    Los hados guían al hombre que sigue de grado;
    pero al hombre que no quiere, lo arrastran.
    Con toda evidencia, en este último verso llama «destino» a lo que antes había llamado «la voluntad del Padre supremo», a quien, dice, está dispuesto a obedecer para ser guiado de grado, no arrastrado contra su voluntad, puesto que «los hados guían al hombre que sigue de grado, pero al hombre que no quiere lo arrastran».
    Los siguientes versos homéricos, que Cicerón traduce al latín, favorecen también esta opinión:—
    Tales son las mentes de los hombres, como la luz
    que el propio padre Júpiter derrama
    esplendorosa sobre la fértil tierra.
    No es que Cicerón quiera que un sentimiento poético tenga peso en una cuestión como esta; pues cuando dice que los estoicos, al afirmar el poder del destino, solían usar estos versos de Homero, no trata de la opinión de aquel poeta, sino de la de aquellos filósofos, ya que por estos versos, que citan en relación con la controversia que sostienen acerca del destino, se manifiesta con toda claridad qué es lo que ellos consideran destino, puesto que llaman con el nombre de Júpiter a aquel a quien consideran el dios supremo, del cual, dicen, pende toda la cadena de los hados.
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