De la falsedad del augurio por el cual se consideraba indicada la fuerza y estabilidad del imperio romano
IV, 29
Pues ¿qué clase de augurio es aquel que han declarado bellísimo, y al que me referí hace poco, de que Marte, Término y Juventud no cederían el lugar ni siquiera a Jove, el rey de los dioses? Pues así, dicen, se significaba que la nación consagrada a Marte —es decir, la romana— no cedería a nadie el lugar que una vez ocupó; igualmente, que por causa del dios Término, nadie podría perturbar las fronteras romanas; y también, que la juventud romana, por causa de la diosa Juventud, no cedería ante nadie. Vean, pues, cómo pueden sostener que él es el rey de sus dioses y el dador de su propio reino, si estos augurios lo presentan como adversario, ante quien habría sido honorable no ceder. Sin embargo, si estas cosas son verdaderas, no necesitan temer en absoluto. Pues no van a confesar que los dioses que no cederían ante Jove han cedido ante Cristo. Porque, sin alterar las fronteras del imperio, Jesucristo ha demostrado poder expulsarlos, no solo de sus templos, sino de los corazones de sus adoradores. Pero, antes de que Cristo viniera en la carne y, ciertamente, antes de que estas cosas que hemos citado de sus libros pudieran haberse escrito, pero después de que aquel auspicio se hiciera bajo el rey Tarquino, el ejército romano fue varias veces dispersado o puesto en fuga, y ha mostrado la falsedad del auspicio, que derivaban del hecho de que la diosa Juventud no había cedido el lugar a Jove; y la nación consagrada a Marte fue pisoteada en la propia ciudad por los galos invasores y triunfantes; y las fronteras del imperio, por la defección de muchas ciudades ante Aníbal, habían quedado reducidas a un espacio estrecho. Así la hermosura de los auspicios queda anulada, y solo ha quedado la contumacia contra Jove, no de dioses, sino de demonios. Pues una cosa es no haber cedido, y otra haber vuelto adonde has cedido. Además, incluso después, en las regiones orientales, las fronteras del imperio romano fueron cambiadas por la voluntad de Adriano; pues entregó al imperio persa aquellas tres nobles provincias, Armenia, Mesopotamia y Asiria. Así aquel dios Término, que según estos libros era el guardián de las fronteras romanas, y por aquel bellísimo auspicio no había cedido el lugar a Jove, parecería haber temido más a Adriano, rey de hombres, que al rey de los dioses. Habiendo sido también recuperadas las provincias antedichas, casi dentro de nuestra propia memoria la frontera retrocedió, cuando Juliano, entregado a los oráculos de sus dioses, con audacia inmoderada ordenó prender fuego a las naves de avituallamiento. Quedando así el ejército privado de provisiones, y siendo él mismo también muerto poco después por el enemigo, y las legiones duramente acosadas, mientras estaban consternadas por la pérdida de su comandante, quedaron reducidas a tales extremos que nadie habría podido escapar, a menos que por artículos de paz se hubieran establecido entonces las fronteras del imperio donde aún permanecen; no ciertamente con pérdida tan grande como la sufrida por la concesión de Adriano, pero aun así con sacrificio considerable. Fue, pues, un augurio vano que el dios Término no cediera ante Jove, puesto que cedió a la voluntad de Adriano, y cedió también a la temeridad de Juliano y a la necesidad de Joviniano. Los romanos más inteligentes y graves han visto estas cosas, pero han tenido poco poder contra la costumbre del Estado, que estaba obligado a observar los ritos de los demonios; porque incluso ellos mismos, aunque percibían que estas cosas eran vanas, pensaban sin embargo que el culto religioso debido a Dios debía pagarse a la naturaleza de las cosas establecida bajo el gobierno y la administración del único Dios verdadero, «sirviendo,» como dice el apóstol, «a la criatura más que al Creador, que es bendito por los siglos.» [] Fue necesaria la ayuda de este Dios verdadero para enviar hombres santos y verdaderamente piadosos, que murieran por la verdadera religión para apartar la falsa de entre los vivos.
Qué clase de cosas han reconocido incluso sus adoradores que pensaban acerca de los dioses de las naciones
IV, 30
Cicerón el augur se ríe de los augurios, y reprende a los hombres por regular los propósitos de la vida por los graznidos de cuervos y grajillas. Pero se dirá que un filósofo académico, que sostiene que todas las cosas son inciertas, es indigno de tener autoridad alguna en estas materias. En el segundo libro de su De la naturaleza de los dioses, introduce a Lucilio Balbo, quien, después de mostrar que las supersticiones tienen su origen en verdades físicas y filosóficas, expresa su indignación ante la erección de imágenes y nociones fabulosas, hablando así: «¿No veis, pues, que de descubrimientos físicos verdaderos y útiles la razón puede ser arrastrada a dioses fabulosos e imaginarios? Esto da origen a opiniones falsas y errores turbulentos, y a supersticiones casi de viejas. Pues tanto las formas de los dioses, como sus edades, vestimentas y ornamentos, se nos hacen familiares; sus genealogías también, sus matrimonios, parentescos y todas las cosas acerca de ellos, son rebajadas a la semejanza de la debilidad humana. Incluso se los presenta con mentes perturbadas; pues tenemos relatos de las pasiones, cuidados e iras de los dioses. Ni, ciertamente, como cuentan las fábulas, han carecido los dioses de sus guerras y batallas. Y eso no solo cuando, como en Homero, algunos dioses de uno y otro lado han defendido a dos ejércitos opuestos, sino que incluso han llevado a cabo guerras por su propia cuenta, como con los Titanes o con los Gigantes. Tales cosas es completamente absurdo decirlas o creerlas: son enteramente frívolas e infundadas.» He aquí, pues, lo que confiesan quienes defienden a los dioses de las naciones. Después continúa diciendo que algunas cosas pertenecen a la superstición, pero otras a la religión, la cual cree bueno enseñar según los estoicos. «Pues no solo los filósofos,» dice, «sino también nuestros antepasados, han hecho distinción entre superstición y religión. Pues aquellos,» dice, «que pasaban días enteros en oración y ofrecían sacrificios para que sus hijos los sobrevivieran, son llamados supersticiosos.» ¿Quién no ve que intenta, mientras teme el prejuicio público, alabar la religión de los antiguos, y que desea separarla de la superstición, pero no puede hallar cómo hacerlo? Pues si los que oraban y sacrificaban todo el día eran llamados supersticiosos por los antiguos, ¿acaso eran también llamados así los que instituyeron (lo que él censura) las imágenes de los dioses de diversa edad y vestimenta distinta, e inventaron las genealogías de los dioses, sus matrimonios y parentescos? Cuando, por tanto, estas cosas son censuradas como supersticiosas, implica en esa culpa a los antiguos que instituyeron y adoraron tales imágenes. Más aún, se implica a sí mismo, quien, con toda la elocuencia con que pueda esforzarse por desenredarse y quedar libre, estaba sin embargo bajo la necesidad de venerar estas imágenes; ni se atrevía siquiera a susurrar en un discurso al pueblo lo que en esta disputa claramente proclama. Demos gracias, pues, los cristianos, al Señor nuestro Dios —no al cielo y a la tierra, como argumenta aquel autor, sino a Aquel que ha hecho el cielo y la tierra—; porque estas supersticiones, que aquel Balbo, como un balbuceador, apenas reprende, Él, por la profundísima humildad de Cristo, por la predicación de los apóstoles, por la fe de los mártires que mueren por la verdad y viven con la verdad, las ha derribado, no solo en los corazones de los religiosos, sino incluso en los templos de los supersticiosos, por su propio servicio libre.
De las opiniones de Varrón, quien, aunque reprobaba la creencia popular, pensaba que su culto debía limitarse a un solo Dios, aunque no pudo descubrir al Dios verdadero
IV, 31
¿Qué dice el propio Varrón, a quien lamentamos haber encontrado, aunque no por su propio juicio, colocando los juegos escénicos entre las cosas divinas? Cuando en muchos pasajes exhorta, como hombre religioso, al culto de los dioses, ¿no admite al hacerlo que no cree por su propio juicio aquellas cosas que relata que el Estado romano ha instituido; de modo que no duda en afirmar que si estuviera fundando un nuevo Estado, podría enumerar los dioses y sus nombres mejor según la regla de la naturaleza? Pero habiendo nacido en una nación ya antigua, dice que se encuentra obligado a aceptar los nombres y sobrenombres tradicionales de los dioses, y las historias relacionadas con ellos, y que su propósito al investigar y publicar estos detalles es inclinar al pueblo a adorar a los dioses, y no a despreciarlos. Con cuyas palabras este hombre agudísimo indica suficientemente que no publica todas las cosas, porque no solo habrían sido despreciables para él mismo, sino que habrían parecido despreciables incluso para el vulgo, si no se hubieran pasado por alto en silencio. Se pensaría que conjeturo estas cosas, a menos que él mismo, en otro pasaje, hubiera dicho abiertamente, hablando de los ritos religiosos, que muchas cosas son verdaderas que no solo no es útil que el pueblo común sepa, sino que es conveniente que el pueblo piense de otro modo, aunque falsamente, y por eso los griegos han encerrado las ceremonias religiosas y los misterios en silencio y dentro de muros. En esto expresa sin duda la política de los llamados sabios por quienes los Estados y los pueblos son gobernados. Sin embargo, con este artificio astuto se deleitan maravillosamente los demonios malignos, que poseen por igual a los engañadores y a los engañados, y de cuya tiranía nada libera sino la gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.
El mismo autor agudísimo y doctísimo dice también que solo aquellos le parecen haber percibido qué es Dios, que han creído que Él es el alma del mundo, gobernándolo por designio y razón. Y por esto se ve que, aunque no alcanzó la verdad —pues el Dios verdadero no es un alma, sino el hacedor y autor del alma—, sin embargo, si hubiera podido ser libre para ir contra los prejuicios de la costumbre, habría podido confesar y aconsejar a otros que se debe adorar al único Dios, que gobierna el mundo por designio y razón; de modo que sobre este asunto solo quedaría por debatir con él el punto de que lo había llamado alma, y no más bien creador del alma. Dice también que los antiguos romanos, durante más de ciento setenta años, adoraron a los dioses sin imagen. «Y si esta costumbre,» dice, «hubiera podido permanecer hasta ahora, los dioses habrían sido adorados más puramente.» En favor de esta opinión, cita como testigo entre otros a la nación judía; ni duda en concluir aquel pasaje diciendo de quienes primero consagraron imágenes para el pueblo, que han quitado el temor religioso a sus conciudadanos y aumentado el error, pensando sabiamente que los dioses caen fácilmente en desprecio cuando se exhiben bajo la estolidez de las imágenes. Pero como no dice que han transmitido el error, sino que lo han aumentado, quiere por tanto que se entienda que ya había error cuando no había imágenes. Por lo cual, cuando dice que solo han percibido qué es Dios quienes han creído que Él es el alma gobernante del mundo, y piensa que los ritos de la religión habrían sido observados más puramente sin imágenes, ¿quién no ve cuán cerca ha llegado de la verdad? Pues si hubiera podido hacer algo contra un error tan inveterado, ciertamente habría dado su opinión de que se debe adorar al único Dios, y que se le debe adorar sin imagen; y habiendo descubierto tan de cerca la verdad, quizás fácilmente se le habría podido hacer recordar la mutabilidad del alma, y habría percibido así que el Dios verdadero es aquella naturaleza inmutable que hizo al alma misma. Siendo así estas cosas, cualquier burla que tales hombres hayan derramado en sus escritos contra la pluralidad de los dioses, lo han hecho más bien como compelidos por la voluntad secreta de Dios a confesarlos, que como tratando de persuadir a otros. Si, por tanto, se aducen algunos testimonios de estos escritos por nosotros, se aducen para la confutación de quienes no quieren considerar de cuán grande y maligno poder de los demonios puede librarnos el singular sacrificio del derramamiento de la santísima sangre, y el don del Espíritu impartido.
Del interés de los príncipes de las naciones en que continuaran las falsas religiones entre los pueblos que les estaban sometidos
IV, 32
Varrón dice también, acerca de las generaciones de los dioses, que los pueblos se han inclinado más a los poetas que a los filósofos de la naturaleza; y que por eso sus antepasados —esto es, los antiguos romanos— creyeron en el sexo y en las generaciones de los dioses, y establecieron sus matrimonios; lo cual ciertamente parece haberse hecho por ninguna otra causa sino porque era propio de hombres prudentes y sabios engañar al pueblo en materia de religión, y en eso mismo no sólo adorar, sino también imitar a los demonios, cuyo mayor deseo es engañar. Pues así como los demonios no pueden poseer sino a aquellos a quienes han engañado con astucia, así también los hombres en cargos principescos, no siendo justos en verdad, sino semejantes a los demonios, persuadieron al pueblo, en nombre de la religión, a recibir como verdaderas las cosas que ellos mismos sabían falsas; de este modo, por así decirlo, atándolos más firmemente en la sociedad civil, para poder del mismo modo poseerlos como súbditos. Pero ¿quién, débil e ignorante, podría escapar de los engaños de los príncipes del estado y de los demonios?
Que los tiempos de todos los reyes y reinos están ordenados por el juicio y el poder del Dios verdadero
IV, 33
Por tanto, aquel Dios, autor y dador de la felicidad, porque Él solo es el Dios verdadero, da Él mismo los reinos terrenos tanto a los buenos como a los malos. Y no lo hace temerariamente ni, por así decirlo, fortuitamente —porque Él es Dios, no la fortuna—, sino según el orden de las cosas y de los tiempos, que está oculto para nosotros, pero plenamente conocido por Él; orden de los tiempos al que, sin embargo, Él no está sujeto como siervo, sino que Él mismo lo gobierna como señor y lo dispone como gobernador. La felicidad la da sólo a los buenos. Que un hombre sea súbdito o rey no importa; igualmente puede poseerla o no poseerla. Y será plena en aquella vida donde ya no existen reyes ni súbditos. Y por eso los reinos terrenos son dados por Él tanto a los buenos como a los malos, para que sus adoradores, que viven aún bajo la guía de un ánimo muy débil, no codicien de Él estos dones como si fueran grandes cosas. Y éste es el misterio del Antiguo Testamento, en el que estaba oculto el Nuevo: que allí se prometen incluso los bienes terrenos; y quienes eran espirituales entendían ya entonces, aunque no lo declaraban abiertamente, tanto la eternidad simbolizada por esas cosas terrenas como en qué dones de Dios podía hallarse la verdadera felicidad.
Del reino de los judíos, que fue fundado por el único y verdadero Dios y conservado por Él mientras permanecieron en la verdadera religión
IV, 34
Por tanto, para que se supiera que estos bienes terrenos, tras los cuales jadean quienes no pueden imaginar otros mejores, están en poder del único Dios, y no de los muchos dioses falsos a quienes los romanos antiguamente creyeron dignos de culto, Él multiplicó a su pueblo en Egipto partiendo de muy pocos, y lo sacó de allí con señales prodigiosas. Ni sus mujeres invocaron a Lucina cuando su descendencia se multiplicaba de modo increíble; y una vez que aquella nación creció de manera increíble, Él mismo la libró y Él mismo la salvó de las manos de los egipcios que la perseguían y querían matar a todos sus niños. Sin la diosa Rumina mamaron; sin Cunina fueron criados en la cuna; sin Educa y Potina tomaron alimento y bebida; sin todos aquellos dioses pueriles fueron educados; sin los dioses nupciales se casaron; sin el culto de Príapo tuvieron trato conyugal; sin invocar a Neptuno el mar dividido les abrió camino para pasar, y con sus olas que volvían sepultó a los enemigos que los perseguían. No consagraron diosa alguna Mannia cuando recibieron el maná del cielo; ni, cuando la roca golpeada hizo brotar agua para ellos cuando tenían sed, adoraron a Ninfas y Linfas. Sin los ritos frenéticos de Marte y Belona hicieron la guerra; y aunque, ciertamente, no vencían sin la victoria, no la tuvieron por diosa, sino por don de su Dios. Sin Segetia tuvieron cosechas; sin Bubona, bueyes; miel sin Mellona; manzanas sin Pomona: y, en una palabra, todo aquello por lo que los romanos pensaban que debían suplicar a tan gran multitud de dioses falsos, lo recibieron con mucha más felicidad del único Dios verdadero. Y si no hubieran pecado contra Él con curiosidad impía, que los sedujo como artes mágicas y los arrastró a dioses extraños e ídolos, y al fin los llevó a matar a Cristo, su reino habría permanecido para ellos, y habría sido, si no más extenso, sí más feliz que el de Roma. Y ahora que están dispersos por casi todas las tierras y naciones, lo están por la providencia de aquel único Dios verdadero; para que, mientras las imágenes, altares, bosques y templos de los falsos dioses son derribados por todas partes y sus sacrificios prohibidos, se muestre por sus libros cómo esto fue anunciado por sus profetas tanto tiempo antes; no sea que, si se leyera en los nuestros, pareciera que lo hemos inventado nosotros. Mas ahora, reservando lo que sigue para el libro siguiente, debemos poner aquí un límite a la prolijidad de éste.
Agustín discute primero la doctrina del destino, con el fin de refutar a quienes se inclinan a atribuir al destino el poder y el crecimiento del imperio romano, lo cual no podía atribuirse a los dioses falsos, como se ha demostrado en el libro anterior. Después demuestra que no hay contradicción entre la presciencia de Dios y nuestro libre albedrío. Habla luego de las costumbres de los antiguos romanos y muestra en qué sentido el aumento de su dominio se debió a la virtud de los propios romanos, y hasta qué punto al consejo de Dios, aunque no lo adoraban. Finalmente, explica qué ha de considerarse como la verdadera felicidad de los emperadores cristianos.
V, prefacio
Siendo, pues, cosa establecida que la plena consecución de todo lo que deseamos es lo que constituye la felicidad, la cual no es diosa alguna, sino un don de Dios, y que por tanto los hombres no pueden adorar a otro dios sino a Aquel que puede hacerlos felices —y si la misma Felicidad fuera diosa, con razón sería el único objeto de culto—, ya que, digo, esto está establecido, pasemos ahora a considerar por qué Dios, que puede dar con todas las demás cosas aquellos buenos dones que pueden ser poseídos por hombres que no son buenos y, por consiguiente, no son felices, ha tenido a bien conceder un dominio tan extenso y tan prolongado al imperio romano; pues que esto no fue realizado por aquella multitud de dioses falsos a quienes adoraban, ya lo hemos aducido antes y, cuando se ofrezca ocasión, aduciremos aún considerables pruebas.
Que la causa del imperio romano, y de todos los reinos, no es fortuita ni consiste en la posición de los astros
V, 1
La causa, pues, de la grandeza del imperio romano no es fortuita ni fatal, según el juicio u opinión de quienes llaman fortuitas a aquellas cosas que o no tienen causas, o tienen causas que no proceden de algún orden inteligible, y fatales a las que ocurren independientemente de la voluntad de Dios y del hombre, por la necesidad de un cierto orden. En una palabra, los reinos humanos son establecidos por la divina providencia. Y si alguien atribuye su existencia al destino, porque llama con el nombre de destino a la voluntad o al poder mismo de Dios, que conserve su opinión, pero corrija su lenguaje. Pues ¿por qué no dice desde el principio lo que dirá después, cuando alguien le pregunte qué entiende por destino? Porque cuando los hombres oyen esa palabra, según el uso ordinario del lenguaje, entienden simplemente por ella la virtud de aquella posición de los astros que puede existir en el momento en que alguien nace o es concebido; posición que unos separan por completo de la voluntad de Dios, mientras que otros afirman que también ésta depende de aquella voluntad. Pero a quienes opinan que, aparte de la voluntad de Dios, los astros determinan lo que haremos, o qué bienes poseeremos, o qué males padeceremos, se les debe negar audiencia por todos, no sólo por quienes profesan la verdadera religión, sino por quienes desean ser adoradores de cualesquiera dioses, incluso de dioses falsos. Pues ¿a qué se reduce realmente esta opinión sino a esto: que no se ha de adorar ni rogar a dios alguno? Contra éstos, sin embargo, no se dirige nuestra presente disputa, sino contra aquellos que, en defensa de los que piensan que son dioses, se oponen a la religión cristiana. Pero aquellos que hacen depender de la voluntad divina la posición de los astros, y de cierta manera decretan qué carácter tendrá cada hombre y qué bien o mal le sucederá, si piensan que esos mismos astros han recibido ese poder del sumo poder de Dios, para que determinen estas cosas según su voluntad, hacen una gran injuria a la esfera celeste, en cuyo brillantísimo senado y esplendidísima curia, por así decirlo, suponen que se decretan obras malvadas —tales obras que, si algún estado terrenal las decretara, sería condenado a la ruina por decreto de todo el género humano. ¿Qué juicio, pues, queda a Dios acerca de los hechos de los hombres, Él, que es Señor tanto de los astros como de los hombres, cuando a esos hechos se atribuye una necesidad celeste? O, si no dicen que los astros, aunque hayan recibido ciertamente un poder de Dios, que es supremo, determinan esas cosas según su propia discreción, sino que sus mandatos son cumplidos por ellos instrumentalmente en la aplicación y ejecución de tales necesidades, ¿hemos de pensar acerca de Dios lo que ya parecía indigno pensar acerca de la voluntad de los astros? Pero si se dice que los astros más bien significan esas cosas que las causan, de modo que aquella posición de los astros sea como un lenguaje que predice, no que causa, las cosas futuras —pues ésta ha sido la opinión de hombres de no vulgar saber—, ciertamente los matemáticos no suelen hablar de ese modo diciendo, por ejemplo, que Marte en tal o cual posición significa un homicidio, sino que hace un homicidio. Pero, no obstante, aunque concedamos que no hablan como debieran, y que debamos aceptar como forma propia de hablar la empleada por los filósofos al predecir aquellas cosas que piensan descubrir en la posición de los astros, ¿cómo es que nunca han podido asignar causa alguna por la que, en la vida de los gemelos, en sus acciones, en los sucesos que les acontecen, en sus profesiones, artes, honores y demás cosas pertenecientes a la vida humana, y también en su misma muerte, haya a menudo una diferencia tan grande que, en lo que atañe a estas cosas, muchos extraños por completo son más semejantes a ellos que ellos entre sí, aunque estén separados al nacer por el intervalo más pequeño de tiempo, pero en la concepción hayan sido engendrados por el mismo acto de cópula y en el mismo instante?
V, 2
Cicerón dice que el célebre médico Hipócrates dejó escrito que había sospechado que cierta pareja de hermanos eran gemelos, por el hecho de que ambos enfermaron a la vez, y su enfermedad avanzó hasta su crisis y remitió en el mismo tiempo en cada uno de ellos. Posidonio el estoico, muy aficionado a la astrología, solía explicar el hecho suponiendo que habían nacido y sido concebidos bajo la misma constelación. En esta cuestión, la conjetura del médico es muchísimo más digna de ser aceptada y se acerca mucho más a la credibilidad, puesto que, según como estuvieran afectados los cuerpos de los padres en el momento de la cópula, así pudieron quedar afectados los primeros elementos de los fetos, de modo que, habiéndoseles suministrado del cuerpo de la misma madre todo lo necesario para su crecimiento y desarrollo hasta el nacimiento, pudieron nacer con constituciones semejantes. Después, criados en la misma casa, con las mismas clases de alimento, donde tendrían también las mismas clases de aire, la misma localidad, la misma calidad de agua —las cuales, según el testimonio de la ciencia médica, ejercen una grandísima influencia, buena o mala, sobre el estado de la salud corporal—, y donde se acostumbrarían también a las mismas clases de ejercicio, tendrían constituciones corporales tan semejantes que serían afectados por la enfermedad de manera similar al mismo tiempo y por las mismas causas. Pero querer aducir aquella particular posición de los astros que existía en el momento en que nacieron o fueron concebidos como causa de que enfermaran simultáneamente, manifiesta la mayor arrogancia, cuando tantos seres de las más diversas clases, en las más diversas condiciones y sujetos a los más diversos acontecimientos, pudieron haber sido concebidos y nacidos al mismo tiempo y en el mismo distrito, bajo el mismo cielo. Pero sabemos que los gemelos no sólo actúan de modo diferente y viajan a lugares muy distintos, sino que también padecen diferentes clases de enfermedades; y para esto Hipócrates daría la que es en mi opinión la razón más sencilla, a saber: que, por la diversidad de alimento y de ejercicio, que proviene no de la constitución del cuerpo, sino de la inclinación del ánimo, han podido llegar a ser diferentes entre sí en lo que respecta a la salud. Además, Posidonio, o cualquier otro defensor del influjo fatal de los astros, tendrá bastante trabajo en hallar algo que decir a esto, si no quiere engañar las mentes de los ignorantes en cosas que éstos desconocen. Pero, en cuanto a lo que intentan deducir de aquel pequeñísimo intervalo de tiempo que transcurre entre los nacimientos de los gemelos, a causa de aquel punto del cielo donde se sitúa la marca de la hora natal, y al que llaman «horóscopo», o es desproporcionadamente pequeño para la diversidad que se encuentra en las disposiciones, acciones, costumbres y fortunas de los gemelos, o es desproporcionadamente grande si se compara con la condición de los gemelos, sea baja o alta, que es la misma para ambos, y cuya máxima diferencia atribuyen en todo caso a la hora en que uno nace; y por esta razón, si uno nace tan inmediatamente después del otro que no hay cambio en el horóscopo, exijo una semejanza total en todo lo que respecta a ambos, cosa que nunca puede hallarse en ningún par de gemelos. Pero si la lentitud del nacimiento del segundo da tiempo para un cambio en el horóscopo, exijo padres diferentes, cosa que los gemelos nunca pueden tener.
De los argumentos que Nigidio el matemático sacó de la rueda del alfarero en la cuestión del nacimiento de los gemelos
V, 3
En vano, pues, se trae aquella famosa ficción de la rueda del alfarero, que cuenta la respuesta que se dice dio Nigidio cuando fue puesto en aprieto con esta cuestión, y por la cual fue llamado Fígulo. Pues habiendo hecho girar la rueda del alfarero con todas sus fuerzas, la marcó con tinta, golpeándola dos veces con suma rapidez, de modo que los trazos parecían caer sobre la misma parte de ella. Luego, cuando cesó la rotación, las marcas que había hecho se hallaron sobre el borde de la rueda a no pequeña distancia entre sí. Así, dijo él, considerando la gran rapidez con que gira la esfera celeste, aunque dos gemelos nacieran con un intervalo tan corto entre sus nacimientos como el que hubo entre los golpes que di a esta rueda, ese breve intervalo de tiempo equivale a una grandísima distancia en la esfera celeste. De ahí, dijo, provienen cuantas desemejanzas puedan advertirse en las costumbres y fortunas de los gemelos. Este argumento es más frágil que las vasijas que se modelan con la rotación de esa rueda. Porque si hay tanta significación en los cielos que no puede comprenderse por la observación de las constelaciones, que, en el caso de los gemelos, una herencia puede tocar a uno y no a otro, ¿por qué en el caso de otros que no son gemelos se atreven, habiendo examinado sus constelaciones, a declarar cosas pertenecientes a aquel secreto que nadie puede comprender, y a atribuirlas al momento preciso del nacimiento de cada individuo? Ahora bien, si tales predicciones en relación con las horas natales de otros que no son gemelos han de justificarse sobre la base de que se fundan en la observación de espacios más extensos en los cielos, mientras que aquellos pequeñísimos momentos de tiempo que separaron los nacimientos de los gemelos, y corresponden a porciones minúsculas del espacio celeste, han de relacionarse con cosas triviales sobre las cuales no suele consultarse a los matemáticos —pues ¿quién los consultaría sobre cuándo ha de sentarse, cuándo salir a pasear, cuándo y qué ha de cenar?—, ¿cómo podemos justificarnos al hablar así, cuando podemos señalar tan múltiple diversidad tanto en las costumbres, en los hechos y en los destinos de los gemelos?
Sobre los gemelos Esaú y Jacob, que fueron muy distintos entre sí tanto en su carácter como en sus acciones
V, 4
En tiempo de los antiguos padres, para hablar de personas ilustres, nacieron dos hermanos gemelos, el uno tan inmediatamente después del otro, que el primero asió el talón del segundo. Tan grande fue la diferencia en sus vidas y costumbres, tan grande la desemejanza en sus acciones, tan grande la diferencia en el amor que sus padres les tenían respectivamente, que el propio contraste entre ellos produjo incluso una mutua antipatía hostil. ¿Acaso queremos decir, cuando decimos que eran tan distintos el uno del otro, que cuando el uno andaba el otro estaba sentado, cuando el uno dormía el otro estaba despierto —diferencias que son tales como las que se atribuyen a aquellas minúsculas porciones de espacio que no pueden ser apreciadas por quienes anotan la posición de los astros que existe en el momento del nacimiento de uno, para que se consulte a los matemáticos acerca de ello? Uno de estos gemelos fue durante mucho tiempo siervo asalariado; el otro nunca sirvió. Uno de ellos era amado por su madre; el otro no lo era. Uno de ellos perdió aquel honor que tanto se estimaba entre su pueblo; el otro lo obtuvo. ¿Y qué diremos de sus esposas, de sus hijos y de sus posesiones? ¡Cuán diferentes fueron en lo tocante a todo esto! Si, por tanto, tales cosas están relacionadas con aquellos minúsculos intervalos de tiempo que transcurren entre los nacimientos de los gemelos, y no han de atribuirse a las constelaciones, ¿por qué se predicen en el caso de otros a partir del examen de sus constelaciones? Y si, por otra parte, se dice que estas cosas se predicen porque están relacionadas, no con momentos minúsculos e inapreciables, sino con intervalos de tiempo que pueden observarse y anotarse, ¿para qué sirve en este asunto aquella rueda de alfarero, sino para hacer girar a hombres que tienen corazones de barro, a fin de impedirles descubrir la vacuidad de la charla de los matemáticos?
V, 5
¿No sirven precisamente aquellas personas a quienes la sagacidad médica de Hipócrates le llevó a sospechar que eran gemelos, porque observó que su enfermedad llegaba a su crisis y remitía de nuevo al mismo tiempo en cada uno de ellos—no sirven, digo, estas personas como refutación suficiente de quienes quieren atribuir al influjo de los astros lo que se debía a una semejanza de constitución corporal? Pues ¿por qué ambos enfermaron de la misma enfermedad, y al mismo tiempo, y no el uno después del otro según el orden de su nacimiento? (porque ciertamente no pudieron nacer ambos al mismo tiempo.) O, si el hecho de haber nacido en tiempos distintos de ningún modo implica necesariamente que deban enfermar en tiempos distintos, ¿por qué sostienen que la diferencia en el tiempo de sus nacimientos fue la causa de su diferencia en otras cosas? ¿Por qué pudieron viajar a tierras extranjeras en tiempos distintos, casarse en tiempos distintos, engendrar hijos en tiempos distintos y hacer muchas otras cosas en tiempos distintos, por haber nacido en tiempos distintos, y no pudieron, sin embargo, por la misma razón, enfermar también en tiempos distintos? Pues si una diferencia en el momento del nacimiento cambió el horóscopo y ocasionó desemejanza en todas las demás cosas, ¿por qué ha permanecido en sus ataques de enfermedad aquella simultaneidad que perteneció a su concepción? O, si los destinos de la salud están implicados en el tiempo de la concepción, pero se dice que los de las demás cosas están unidos al tiempo del nacimiento, no deberían predecir nada acerca de la salud por el examen de las constelaciones del nacimiento, cuando no se da también la hora de la concepción para que puedan inspeccionarse sus constelaciones. Pero si dicen que predicen los ataques de enfermedad sin examinar el horóscopo de la concepción, porque estos son indicados por los momentos del nacimiento, ¿cómo podrían informar a cualquiera de estos gemelos cuándo enfermaría, a partir del horóscopo de su nacimiento, cuando también el otro, que no tenía el mismo horóscopo de nacimiento, debe por necesidad enfermar al mismo tiempo? Pregunto de nuevo: si la distancia de tiempo entre los nacimientos de los gemelos es tan grande como para ocasionar una diferencia de sus constelaciones a causa de la diferencia de sus horóscopos y, por tanto, de todos los puntos cardinales a los que se atribuye tanta influencia, que incluso de tal cambio provenga una diferencia de destino, ¿cómo es posible que esto sea así, si no pudieron ser concebidos en tiempos distintos? O, si dos concebidos en el mismo momento de tiempo pudieron tener destinos diferentes con respecto a sus nacimientos, ¿por qué no podrían también dos nacidos en el mismo momento de tiempo tener destinos diferentes para la vida y para la muerte? Pues si el único momento en que ambos fueron concebidos no impidió que el uno naciera antes que el otro, ¿por qué, si dos nacen en el mismo momento, habría de impedirles algo morir en el mismo momento? Si una concepción simultánea permite que dos gemelos sean afectados de manera distinta en el vientre, ¿por qué no habría de permitir la simultaneidad del nacimiento que dos individuos cualesquiera tengan fortunas diferentes en el mundo? Y así serían barridas todas las ficciones de este arte, o más bien de este engaño. ¿Qué circunstancia extraña es esta: que dos niños concebidos al mismo tiempo, más aún, en el mismo momento, bajo la misma posición de los astros, tengan destinos diferentes que los llevan a distintas horas de nacimiento, mientras que dos niños, nacidos de dos madres distintas, en el mismo momento de tiempo, bajo una y la misma posición de los astros, no puedan tener destinos diferentes que los conduzcan por necesidad a diversos modos de vida y de muerte? ¿Acaso están en la concepción todavía sin destinos, porque sólo pueden tenerlos si nacen? ¿Qué quieren decir, pues, cuando afirman que, si se halla la hora de la concepción, estos astrólogos pueden predecir muchas cosas? De donde surgió también aquella historia que algunos repiten: que cierto sabio eligió una hora para yacer con su mujer, a fin de asegurarse el engendrar un hijo ilustre. De esta opinión procedió también aquella respuesta de Posidonio, el gran astrólogo y también filósofo, acerca de aquellos gemelos que fueron atacados por la enfermedad al mismo tiempo, a saber, «que esto les había sucedido porque fueron concebidos al mismo tiempo, y nacidos al mismo tiempo.» Pues ciertamente añadió «la concepción,» para que no se le dijera que no pudieron nacer ambos al mismo tiempo, sabiendo que, en todo caso, debieron ser concebidos ambos al mismo tiempo; queriendo mostrar así que no atribuía el hecho de que fueran afectados por la enfermedad de modo semejante y simultáneo a la semejanza de sus constituciones corporales como causa próxima, sino que sostenía que, incluso en lo tocante a la semejanza de su salud, estaban unidos por una conexión sideral. Si, por tanto, el tiempo de la concepción tiene tanto que ver con la semejanza de los destinos, estos mismos destinos no deberían ser cambiados por las circunstancias del nacimiento; o, si se dice que los destinos de los gemelos son cambiados porque nacen en tiempos distintos, ¿por qué no entender más bien que ya habían sido cambiados para que pudieran nacer en tiempos distintos? ¿Acaso, pues, la voluntad de los hombres que viven en el mundo no cambia los destinos del nacimiento, cuando el orden del nacimiento puede cambiar los destinos que tenían en la concepción?
V, 6
Pero incluso en la concepción misma de los gemelos, que ciertamente ocurre en el mismo momento en el caso de ambos, a menudo sucede que el uno es concebido varón y la otra mujer. Conozco a dos gemelos de distinto sexo. Ambos viven y están en la flor de la edad; y aunque se asemejan en el cuerpo, en cuanto lo permite la diferencia de sexo, son, sin embargo, muy diferentes en todo el propósito y plan de sus vidas (teniendo en cuenta las diferencias que necesariamente existen entre la vida de los varones y la de las mujeres): el uno ocupa el cargo de conde y está casi constantemente ausente de su casa con el ejército en servicio en el extranjero; la otra no deja jamás el suelo de su patria ni su distrito natal. Más aún—y esto es más increíble si se ha de creer en los destinos de los astros, aunque no es asombroso si consideramos las voluntades de los hombres y los dones gratuitos de Dios—él está casado; ella es una virgen consagrada: él ha engendrado una numerosa descendencia; ella ni siquiera se ha casado. Pero ¿no es muy grande la virtud del horóscopo? Creo que he dicho bastante para mostrar lo absurdo de eso. Pero, dicen esos astrólogos, cualquiera que sea la virtud del horóscopo en otros respectos, ciertamente tiene significación en lo tocante al nacimiento. Pero ¿por qué no también con respecto a la concepción, la cual se realiza sin duda con un solo acto de cópula? Y, en verdad, tan grande es la fuerza de la naturaleza que, una vez que una mujer ha concebido, deja de ser susceptible de concepción. ¿O acaso, tal vez, fueron cambiados en el nacimiento, el uno en varón y la otra en mujer, a causa de la diferencia de sus horóscopos? Pero, aunque no es del todo absurdo decir que ciertos influjos siderales tienen algún poder para causar diferencias sólo en los cuerpos —como, por ejemplo, vemos que las estaciones del año vuelven por el acercarse y alejarse del sol, y que ciertas clases de cosas aumentan de tamaño o disminuyen por los crecimientos y menguantes de la luna, como los erizos de mar, las ostras y las maravillosas mareas del océano—, no se sigue que las voluntades de los hombres deban quedar sometidas a la posición de los astros. Los astrólogos, sin embargo, cuando quieren atar también nuestras acciones a las constelaciones, sólo nos incitan a investigar si, aun en estos cuerpos, los cambios no pueden atribuirse a otra causa distinta de la sideral. Pues ¿qué hay que concierna más íntimamente a un cuerpo que su sexo? Y, sin embargo, bajo la misma posición de los astros pueden concebirse gemelos de distinto sexo. Por lo cual, ¿qué mayor absurdo puede afirmarse o creerse que el que la posición de los astros, que era la misma para ambos en el momento de la concepción, no pudiera causar que la una no fuera de sexo distinto de su hermano, con quien tenía una constelación común, mientras que la posición de los astros que existía en la hora de su nacimiento pudo causar que ella quedara separada de él por la gran distancia entre el matrimonio y la santa virginidad?
V, 7
Ahora bien, ¿acaso alguien aducirá esto: que al elegir ciertos días determinados para ciertas acciones, los hombres producen ciertos destinos nuevos para sus acciones? Aquel hombre, por ejemplo, según esta doctrina, no nació para tener un hijo ilustre, sino más bien uno despreciable, y por eso, siendo hombre instruido, eligió una hora para yacer con su mujer. Hizo, por tanto, un destino que antes no tenía, y de ese destino forjado por él mismo comenzó a resultar algo fatal que no estaba contenido en el destino de su hora natal. ¡Oh singular estupidez! Se elige un día para casarse; y por esta razón, creo, para que, si no se elige un día, el matrimonio pueda caer en un día aciago y resultar desdichado. ¿Qué sucede entonces con lo que los astros ya han decretado en la hora del nacimiento? ¿Puede decirse que un hombre cambia por un acto de elección aquello que ya le ha sido determinado, mientras que aquello que él mismo ha determinado al elegir un día no puede ser cambiado por otro poder? Así, si sólo los hombres, y no todas las cosas bajo el cielo, están sujetos al influjo de los astros, ¿por qué eligen algunos días como adecuados para plantar vides o árboles, o para sembrar grano, y otros días como adecuados para domesticar bestias, o para echar los machos a las hembras, a fin de que las vacas y las yeguas queden preñadas, y para cosas semejantes? Si se dice que ciertos días elegidos tienen influjo sobre estas cosas, porque las constelaciones rigen todos los cuerpos terrestres, animados e inanimados, según las diferencias de los momentos de tiempo, considérese cuán innumerables multitudes de seres nacen o surgen, o toman su origen en el mismo instante de tiempo, y llegan a fines tan diferentes, que bien pueden persuadir a cualquier niño pequeño de que estas observaciones acerca de los días son ridículas. Pues ¿quién está tan loco como para atreverse a afirmar que todos los árboles, todas las hierbas, todas las bestias, serpientes, aves, peces, gusanos, tienen cada uno por separado sus propios momentos de nacimiento o de comienzo? No obstante, los hombres suelen, para probar la destreza de los matemáticos, presentarles las constelaciones de animales mudos, cuyas constelaciones de nacimiento observan diligentemente en casa con miras a este descubrimiento; y prefieren a todos los demás a aquellos matemáticos que dicen, por la inspección de las constelaciones, que estas indican el nacimiento de una bestia y no de un hombre. También se atreven a decir qué clase de bestia es: si es una bestia lanar, o una bestia apta para llevar cargas, o una propia para el arado, o para guardar una casa; pues también se pone a prueba a los astrólogos en lo tocante a los destinos de los perros, y sus respuestas acerca de estos son seguidas de gritos de admiración por parte de quienes los consultan. Engañan a los hombres de tal modo que les hacen pensar que durante el nacimiento de un hombre se suspenden los nacimientos de todos los demás seres, de manera que ni siquiera una mosca viene a la vida al mismo tiempo en que él está naciendo, bajo la misma región de los cielos. Y si esto se admite con respecto a la mosca, el razonamiento no puede detenerse ahí, sino que debe ascender desde las moscas hasta conducirlos a los camellos y elefantes. Ni quieren atender a esto: que cuando se ha elegido un día para sembrar un campo, tantos granos caen a la tierra simultáneamente, germinan simultáneamente, brotan, llegan a perfección y maduran simultáneamente; y, sin embargo, de todas las espigas que son coetáneas y, por así decirlo, congerminales, algunas son destruidas por el tizón, otras son devoradas por las aves y otras son arrancadas por los hombres. ¿Cómo pueden decir que todas estas tenían sus diferentes constelaciones, cuando las ven llegar a fines tan diferentes? ¿Confesarán que es una locura elegir días para tales cosas, y afirmarán que estas no entran dentro de la esfera del decreto celestial, mientras someten a los astros sólo a los hombres, a quienes únicamente en el mundo Dios ha otorgado voluntades libres? Considerando todas estas cosas, tenemos buena razón para creer que, cuando los astrólogos dan muchísimas respuestas admirables, ello ha de atribuirse a la inspiración oculta de espíritus no del mejor género, cuyo afán es insinuar en las mentes de los hombres, y confirmar en ellas, esas opiniones falsas y nocivas acerca del influjo fatal de los astros, y no a su marcación e inspección de horóscopos según una especie de arte que en realidad no existe.
De los que llaman con el nombre de destino, no a la posición de los astros, sino a la conexión de causas que depende de la voluntad de Dios
V, 8
Pero, en cuanto a los que llaman con el nombre de destino, no a la disposición de los astros tal como puede existir cuando una criatura es concebida, o nace, o comienza su existencia, sino a toda la conexión y serie de causas que hace que cada cosa llegue a ser lo que llega a ser, no hay necesidad de que yo trabaje y dispute con ellos en una controversia meramente verbal, ya que atribuyen el llamado orden y conexión de causas a la voluntad y al poder de Dios altísimo, de quien se cree con toda razón y verdad que conoce todas las cosas antes de que sucedan, y que nada deja sin ordenar; del cual proceden todos los poderes, aunque las voluntades de todos no procedan de Él. Ahora bien, que es principalmente la voluntad de Dios altísimo, cuyo poder se extiende irresistiblemente por todas las cosas, lo que ellos llaman destino, lo prueban los siguientes versos, de los cuales, si no me equivoco, es autor Anneo Séneca:—
Padre supremo, Tú, gobernante de los altos cielos,
Guíame a donde sea tu placer; yo daré
Una pronta obediencia, sin demora,
He aquí: aquí estoy. Prontamente vengo a cumplir tu soberana voluntad;
Si tu mandato contrariase mi inclinación, aun así
te seguiré gimiendo, y la obra asignada,
Con todo el sufrimiento de un ánimo renuente,
Realizaré, siendo malo; la cual, si hubiera sido bueno,
Habría emprendido y realizado, aunque dura,
Con virtuosa alegría.
Los hados guían al hombre que sigue de grado;
pero al hombre que no quiere, lo arrastran.
Guíame a donde sea tu placer; yo daré
Una pronta obediencia, sin demora,
He aquí: aquí estoy. Prontamente vengo a cumplir tu soberana voluntad;
Si tu mandato contrariase mi inclinación, aun así
te seguiré gimiendo, y la obra asignada,
Con todo el sufrimiento de un ánimo renuente,
Realizaré, siendo malo; la cual, si hubiera sido bueno,
Habría emprendido y realizado, aunque dura,
Con virtuosa alegría.
Los hados guían al hombre que sigue de grado;
pero al hombre que no quiere, lo arrastran.
Con toda evidencia, en este último verso llama «destino» a lo que antes había llamado «la voluntad del Padre supremo», a quien, dice, está dispuesto a obedecer para ser guiado de grado, no arrastrado contra su voluntad, puesto que «los hados guían al hombre que sigue de grado, pero al hombre que no quiere lo arrastran».
Los siguientes versos homéricos, que Cicerón traduce al latín, favorecen también esta opinión:—
Tales son las mentes de los hombres, como la luz
que el propio padre Júpiter derrama
esplendorosa sobre la fértil tierra.
que el propio padre Júpiter derrama
esplendorosa sobre la fértil tierra.
No es que Cicerón quiera que un sentimiento poético tenga peso en una cuestión como esta; pues cuando dice que los estoicos, al afirmar el poder del destino, solían usar estos versos de Homero, no trata de la opinión de aquel poeta, sino de la de aquellos filósofos, ya que por estos versos, que citan en relación con la controversia que sostienen acerca del destino, se manifiesta con toda claridad qué es lo que ellos consideran destino, puesto que llaman con el nombre de Júpiter a aquel a quien consideran el dios supremo, del cual, dicen, pende toda la cadena de los hados.