De los tiempos de Moisés y de Josué, hijo de Nun, de los jueces, y después de los reyes, de los cuales Saúl fue el primero, pero David ha de ser considerado el principal, tanto por el juramento como por el mérito
XVI, 43
Muertos Jacob y también José, durante los ciento cuarenta y cuatro años restantes hasta que salieron de la tierra de Egipto, aquella nación creció en grado increíble, aunque consumida por tan grandes persecuciones, de modo que en un tiempo los niños varones eran asesinados al nacer, porque los egipcios, admirados, se aterrorizaban ante el excesivo aumento de aquel pueblo. Entonces Moisés, ocultado cautelosamente de los asesinos de los niños, fue llevado a la casa real, preparando Dios hacer grandes cosas por medio de él, y fue criado y adoptado por la hija del Faraón (pues este era el nombre de todos los reyes de Egipto), y llegó a ser un hombre tan grande que él —mejor dicho, Dios, que había prometido esto a Abraham, por medio de él— sacó a aquella nación, tan maravillosamente multiplicada, del yugo de la más dura y gravísima servidumbre que allí había soportado. Al principio, en verdad, huyó de allí (se nos dice que huyó a la tierra de Madián), porque, al defender a un israelita, había matado a un egipcio, y tuvo miedo. Después, divinamente comisionado con el poder del Espíritu de Dios, venció a los magos del Faraón que se le resistían. Luego, cuando los egipcios no dejaban ir al pueblo de Dios, diez plagas memorables fueron enviadas por Él sobre ellos: el agua convertida en sangre, las ranas y los piojos, las moscas, la muerte del ganado, las úlceras, el granizo, las langostas, las tinieblas, la muerte de los primogénitos. Finalmente, los egipcios fueron destruidos en el Mar Rojo mientras perseguían a los israelitas, a quienes habían dejado ir cuando al fin fueron quebrantados por tantas y tan grandes plagas. El mar dividido abrió camino a los israelitas que partían, pero, volviendo sobre sí mismo, cubrió con sus olas a sus perseguidores. Después, durante cuarenta años, el pueblo de Dios anduvo por el desierto bajo la guía de Moisés, cuando fue dedicado el tabernáculo del testimonio, en el cual Dios era adorado con sacrificios proféticos de las cosas futuras; y esto fue después de que la ley hubiera sido dada de manera terrible en el monte, pues su divinidad fue atestiguada clarísimamente por maravillosos signos y voces. Esto tuvo lugar poco después de la salida de Egipto, cuando el pueblo había entrado en el desierto, al quincuagésimo día después de que la pascua fue celebrada con la ofrenda de un cordero, el cual es de tal manera figura de Cristo, que predecía que por su pasión sacrificial había de pasar de este mundo al Padre (pues pascua en la lengua hebrea significa tránsito), que cuando se reveló el nuevo pacto, después de que Cristo, nuestra pascua, fue ofrecido, el Espíritu Santo vino del cielo al quincuagésimo día; y Él es llamado en el evangelio el Dedo de Dios, porque trae a nuestra memoria las cosas hechas antes por medio de figuras, y porque las tablas de aquella ley se dice que fueron escritas por el dedo de Dios.
A la muerte de Moisés, Josué, hijo de Nun, gobernó al pueblo, lo condujo a la tierra prometida y la repartió entre ellos. Por medio de estos dos maravillosos caudillos se hicieron también guerras prósperas y admirables, poniendo Dios por testigo que habían obtenido estas victorias no tanto por el mérito del pueblo hebreo cuanto por los pecados de las naciones que sometieron. Después de estos caudillos hubo jueces, cuando el pueblo se hallaba establecido en la tierra prometida, de modo que, entretanto, la primera promesa hecha a Abraham comenzó a cumplirse respecto de una nación, es decir, la hebrea, y respecto de la tierra de Canaán; pero no todavía la promesa acerca de todas las naciones y de todo el ancho mundo, pues esta había de cumplirse no por las observancias de la antigua ley, sino por la venida de Cristo en la carne y por la fe del evangelio. Y para prefigurar esto, no fue Moisés, que recibió la ley para el pueblo en el monte Sinaí, quien condujo al pueblo a la tierra prometida, sino Josué, cuyo nombre también fue cambiado por mandato de Dios, de modo que se llamó Jesús. Pero en los tiempos de los jueces la prosperidad alternaba con la adversidad en la guerra, según se manifestaban los pecados del pueblo y la misericordia de Dios.
Llegamos ahora a los tiempos de los reyes. El primero que reinó fue Saúl; y cuando fue rechazado y abatido en la batalla, y su descendencia rechazada de modo que no surgieran reyes de ella, David sucedió en el reino, cuyo hijo es llamado principalmente Cristo. Él fue constituido como un punto de partida y comienzo de la juventud avanzada del pueblo de Dios, que había pasado una especie de edad de pubertad desde Abraham hasta este David. Y no en vano el evangelista Mateo registra las generaciones de tal manera que resume este primer período desde Abraham hasta David en catorce generaciones. Pues desde la edad de la pubertad comienza el hombre a ser capaz de engendrar; por eso comienza la lista de generaciones desde Abraham, quien también fue hecho padre de muchas naciones cuando se le cambió el nombre. De modo que anteriormente esta familia del pueblo de Dios estaba en su niñez, desde Noé hasta Abraham; y por eso se aprendió entonces la primera lengua, es decir, el hebreo. Pues el hombre comienza a hablar en la niñez, la edad que sucede a la infancia, la cual se llama así porque entonces no puede hablar. Y aquella primera edad está del todo sumergida en el olvido, así como la primera edad del género humano fue borrada por el diluvio; pues ¿quién hay que pueda recordar su infancia? Por lo cual, en este progreso de la ciudad de Dios, así como el libro anterior contuvo aquella primera edad, este debe contener la segunda y la tercera edades; en esta tercera edad, como se mostró por la becerra de tres años, la cabra de tres años y el carnero de tres años, se impuso el yugo de la ley, apareció abundancia de pecados y surgió el comienzo del reino terreno, en el cual no faltaron hombres espirituales, de los cuales la tórtola y la paloma representaban el misterio.
En este libro se traza la historia de la ciudad de Dios durante el período de los reyes y profetas desde Samuel hasta David, e incluso hasta Cristo; y las profecías que se registran en los libros de los Reyes, en los Salmos y en los de Salomón se interpretan de Cristo y de la Iglesia.
XVII, 1
Por el favor de Dios hemos tratado distintamente de sus promesas hechas a Abraham, a saber, que tanto la nación de Israel según la carne como todas las naciones según la fe serían su descendencia; y la ciudad de Dios, procediendo según el orden del tiempo, mostrará cómo se cumplieron. Habiendo, por tanto, llegado en el libro anterior al reinado de David, trataremos ahora de lo que resta, en la medida que parezca suficiente para el objeto de esta obra, comenzando en el mismo reinado. Ahora bien, desde el tiempo en que el santo Samuel comenzó a profetizar, y en adelante hasta que el pueblo de Israel fue llevado cautivo a Babilonia, y hasta que, según la profecía del santo Jeremías, al regresar Israel de allí después de setenta años, la casa de Dios fue edificada de nuevo, todo este período es la edad profética. Pues aunque el mismo patriarca Noé, en cuyos días toda la tierra fue destruida por el diluvio, y otros antes y después de él hasta este tiempo en que comenzaron a haber reyes sobre el pueblo de Dios, pueden no sin razón ser llamados profetas, a causa de ciertas cosas pertenecientes a la ciudad de Dios y al reino de los cielos, que predijeron o de alguna manera significaron que habían de suceder, y especialmente puesto que leemos que algunos de ellos, como Abraham y Moisés, fueron expresamente llamados así, con todo, aquellos días se llaman principal y principalmente días de los profetas desde el tiempo en que Samuel comenzó a profetizar, quien por mandato de Dios ungió primero a Saúl como rey y, rechazado este, al mismo David, a quien otros de su descendencia debían suceder mientras fuera conveniente. Si, por tanto, yo quisiera ensayar todo lo que los profetas han predicho acerca de Cristo, mientras la ciudad de Dios, con sus miembros que morían y nacían en sucesión constante, corría su curso a través de aquellos tiempos, esta obra se extendería más allá de todo límite. Primero, porque la Escritura misma, aun cuando, al tratar en orden de los reyes, de sus hechos y de los acontecimientos de sus reinados, parece estar ocupada en narrar con diligencia histórica los asuntos realizados, se hallará, si las cosas tratadas por ella se consideran con la ayuda del Espíritu de Dios, más, o ciertamente no menos, atenta a predecir las cosas futuras que a relatar las pasadas. ¿Y quién que piense siquiera un poco en ello no sabe cuán laboriosa y prolija obra sería, y cuántos volúmenes requeriría, investigar esto a fondo y demostrarlo con argumentos? Y además, por lo que sin disputa pertenece a la profecía, hay tantas cosas acerca de Cristo y del reino de los cielos, que es la ciudad de Dios, que para explicarlas sería necesaria una discusión más extensa de lo que admite la debida proporción de esta obra. Por tanto, me limitaré, si puedo, de modo que, al realizar esta obra, con la ayuda de Dios, ni diga lo superfluo ni omita lo necesario.
En qué tiempo se cumplió la promesa de Dios respecto de la tierra de Canaán, la cual incluso el Israel carnal poseyó
XVII, 2
En el libro precedente dijimos que en la promesa de Dios a Abraham se prometieron desde el principio dos cosas: la una, a saber, que su descendencia poseería la tierra de Canaán, lo cual se dio a entender cuando se dijo: «Ve a una tierra que te mostraré, y haré de ti una nación grande;» [] pero la otra, mucho más excelente, referente no a la descendencia carnal sino a la espiritual, por la cual él es padre, no de una sola nación, Israel, sino de todas las naciones que siguen las huellas de su fe, la cual comenzó a prometerse con estas palabras: «Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.» [] Y después mostramos con muchísimas otras pruebas que se prometieron estas dos cosas. Por tanto, la descendencia de Abraham, es decir, el pueblo de Israel según la carne, ya estaba en la tierra prometida; y allí, no solo poseyendo las ciudades de los enemigos, sino también teniendo reyes, ya había comenzado a reinar, estando ya en gran parte cumplidas las promesas de Dios acerca de aquel pueblo: no solo las que se hicieron a aquellos tres padres, Abraham, Isaac y Jacob, y cualesquiera otras que se hicieron en sus tiempos, sino también las que se hicieron por medio del mismo Moisés, por quien el mismo pueblo fue liberado de la servidumbre en Egipto, y por quien fueron reveladas todas las cosas pasadas en sus tiempos, cuando condujo al pueblo por el desierto. Pero ni por el ilustre caudillo Jesús, hijo de Nun, que condujo a aquel pueblo a la tierra prometida y, después de expulsar a las naciones, la repartió entre las doce tribus según el mandato de Dios, y murió; ni después de él, en todo el tiempo de los jueces, se cumplió la promesa de Dios acerca de la tierra de Canaán, de que se extendería desde algún río de Egipto hasta el gran río Éufrates; ni tampoco se profetizaba ya como futura, sino que se esperaba su cumplimiento. Y se cumplió por medio de David y de Salomón, su hijo, cuyo reino se extendió por todo el espacio prometido; pues sometieron a todas aquellas naciones y las hicieron tributarias. Y así, bajo aquellos reyes, la descendencia de Abraham quedó establecida en la tierra prometida según la carne, es decir, en la tierra de Canaán, de modo que nada restaba ya para el completo cumplimiento de aquella promesa terrena de Dios, salvo que, en lo que atañe a la prosperidad temporal, la nación hebrea permaneciera en la misma tierra por la sucesión de la posteridad en estado inconmovible hasta el fin de esta edad mortal, si obedecía las leyes del Señor su Dios. Pero como Dios sabía que no lo haría, empleó también sus castigos temporales para instruir en ella a sus pocos fieles, y para dar la advertencia necesaria a los que después habría en todas las naciones, en quienes la otra promesa, revelada en el Nuevo Testamento, había de cumplirse por la encarnación de Cristo.
Del triple sentido de las profecías, que han de referirse unas veces a la Jerusalén terrena, otras a la celestial, y otras a ambas
XVII, 3
Por lo cual, así como aquel divino oráculo a Abraham, Isaac y Jacob, y todos los demás signos o dichos proféticos que se hallan en los escritos sagrados anteriores, así también las otras profecías desde este tiempo de los reyes pertenecen en parte a la nación de la carne de Abraham, y en parte a aquella descendencia suya en la cual todas las naciones son benditas como coherederas de Cristo por el Nuevo Testamento, para la posesión de la vida eterna y del reino de los cielos. Por tanto, pertenecen en parte a la esclava que engendra para servidumbre, es decir, a la Jerusalén terrena, que está en servidumbre con sus hijos; pero en parte a la ciudad libre de Dios, es decir, a la verdadera Jerusalén eterna en los cielos, cuyos hijos son todos los que viven según Dios en la tierra; pero hay algunas cosas entre ellas que se entiende que pertenecen a ambas: a la esclava propiamente, a la mujer libre figurativamente. []
Por tanto, han de hallarse enunciados proféticos de tres clases, puesto que hay algunos relativos a la Jerusalén terrena, algunos a la celestial y algunos a ambas. Creo conveniente probar con ejemplos lo que digo. El profeta Natán fue enviado para convencer al rey David de un pecado atroz y predecirle qué males futuros habrían de sobrevenirle por ello. ¿Quién puede dudar de que esto y cosas semejantes pertenecen a la ciudad terrena, ya sea públicamente, es decir, para la seguridad o ayuda del pueblo, ya privadamente, cuando se dan a conocer para el bien privado de cada uno dichos divinos mediante los cuales puede conocerse algo del futuro para el uso de la vida temporal? Pero donde leemos: «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que haré para la casa de Israel y para la casa de Judá un nuevo testamento: no según el testamento que concerté con sus padres el día en que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque no permanecieron en mi testamento, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Porque este es el testamento que haré para la casa de Israel: después de aquellos días, dice el Señor, pondré mis leyes en su mente y las escribiré sobre sus corazones, y velaré por ellos; y yo seré para ellos un Dios, y ellos serán para mí un pueblo;» [] — sin duda esto se profetiza para la Jerusalén de arriba, cuyo galardón es Dios mismo, y cuyo sumo y entero bien es tenerlo a Él y ser suyos. Pero esto pertenece a ambas: que la ciudad de Dios sea llamada Jerusalén, y que se profetice que la casa de Dios estará en ella; y esta profecía parece cumplirse cuando el rey Salomón edifica aquel nobilísimo templo. Pues estas cosas acontecieron ambas en la Jerusalén terrena, como muestra la historia, y fueron figuras de la Jerusalén celestial. Y esta clase de profecía, como entretejida y mezclada de ambas otras en los antiguos libros canónicos, que contienen narraciones históricas, es de grandísima importancia, y ha ejercitado y ejercita grandemente el ingenio de quienes escudriñan la Sagrada Escritura. Por ejemplo, lo que leemos históricamente como predicho y cumplido en la descendencia de Abraham según la carne, debemos también investigar su sentido alegórico, como ha de cumplirse en la descendencia de Abraham según la fe. Y es esto tan así, que algunos han pensado que no hay nada en estos libros, ya sea predicho y realizado, o realizado aunque no predicho, que no insinúe algo más que ha de referirse por significación figurativa a la ciudad de Dios de arriba y a sus hijos peregrinos en esta vida. Pero si esto es así, entonces los dichos de los profetas, o más bien toda aquella Escritura que se cuenta bajo el título del Antiguo Testamento, no será de tres, sino de dos clases diferentes. Pues no habrá allí nada que pertenezca únicamente a la Jerusalén terrena, si todo lo que allí se dice y se cumple de ella, o acerca de ella, significa algo que también se refiere por prefiguración alegórica a la Jerusalén celestial; sino que habrá sólo dos clases: una que pertenece a la Jerusalén libre, la otra a ambas. Pero así como, en mi opinión, yerran grandemente quienes opinan que ninguno de los relatos de asuntos en esa clase de escritos significa nada más que lo que así sucedió, así también considero muy atrevidos a quienes sostienen que todo el meollo de su contenido está en significaciones alegóricas. Por tanto, he dicho que son de tres clases, no de dos. Sin embargo, al sostener esta opinión, no culpo a quienes sean capaces de extraer de todo allí un sentido espiritual, a salvo, ante todo, la verdad histórica. Por lo demás, ¿qué creyente puede dudar de que se dicen vanamente aquellas cosas que son tales que, ya se diga que han sucedido o que están aún por venir, no convienen ni a los asuntos humanos ni a los divinos? ¿Quién no las reconduciría a la comprensión espiritual si pudiera, o confesaría que deben ser reconducidas por quien sea capaz?
Sobre el cambio prefigurado del reino y del sacerdocio israelitas, y sobre lo que Ana, madre de Samuel, profetizó personificando a la Iglesia
XVII, 4
Por tanto, el avance de la ciudad de Dios, cuando llegó a los tiempos de los reyes, ofreció una figura cuando, rechazado Saúl, David obtuvo primero el reino de tal manera que en adelante sus descendientes reinaran en la Jerusalén terrena en sucesión continua; porque el curso de los acontecimientos significaba y anunciaba de antemano —lo que no ha de pasarse en silencio— acerca del cambio de las cosas venideras, lo que pertenece a ambos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, donde el sacerdocio y el reino son cambiados por uno que es sacerdote y, al mismo tiempo, rey, nuevo y eterno, a saber, Cristo Jesús. Pues tanto la sustitución en el ministerio de Dios, al ser rechazado Elí como sacerdote, por Samuel, que desempeñó a la vez el oficio de sacerdote y de juez, como el establecimiento de David en el reino, cuando Saúl fue rechazado, tipificaron esto de lo que hablo. Y la misma Ana, madre de Samuel, que antes era estéril y después fue alegrada con fecundidad, no parece profetizar otra cosa cuando, exultante, derrama su acción de gracias al Señor, al entregar a Dios el mismo niño que había dado a luz y destetado con la misma piedad con que lo había consagrado. Pues dice: «Mi corazón se ha fortalecido en el Señor, y mi cuerno se ha exaltado en mi Dios; mi boca se ha ensanchado sobre mis enemigos; me he alegrado en tu salvación. Porque no hay santo como el Señor; y no hay justo como nuestro Dios: no hay santo fuera de ti. No os gloriéis con tanta soberbia, y no habléis cosas altaneras, ni salga de vuestra boca palabra jactanciosa; porque Dios de sabiduría es el Señor, y Dios que prepara sus designios admirables. Ha debilitado el arco de los poderosos, y los débiles se han ceñido de fuerza. Los que estaban saciados de pan han sido disminuidos, y los hambrientos han pasado más allá de la tierra; porque la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado. El Señor mata y da vida: Él hace descender al infierno y hace subir de nuevo. El Señor empobrece y enriquece: humilla y ensalza. Levanta del polvo al pobre, y alza del estercolero al mendigo, para hacerlo sentar entre los poderosos de [su] pueblo, y les hace heredar el trono de gloria; da el voto al que hace votos, y ha bendecido los años del justo: porque el hombre no es fuerte por su fuerza. El Señor debilitará a su adversario: el Señor es santo. No se gloríe el prudente en su prudencia, ni se gloríe el poderoso en su poder, ni se gloríe el rico en sus riquezas; sino que el que se gloría, gloríese en esto: en entender y conocer al Señor, y en hacer juicio y justicia en medio de la tierra. El Señor ha subido a los cielos, y ha tronado: Él juzgará los confines de la tierra, porque es justo; y da fuerza a nuestros reyes, y exaltará el cuerno de su Cristo.»
¿Dices que estas son palabras de una sola mujer débil que da gracias por el nacimiento de un hijo? ¿Puede la mente de los hombres apartarse tanto de la luz de la verdad como para no percibir que las palabras que esta mujer derrama exceden su medida? Además, quien se interesa convenientemente por estas cosas que ya han comenzado a cumplirse incluso en esta peregrinación terrena, ¿no aplica su mente, y percibe, y reconoce que por medio de esta mujer —cuyo mismo nombre, que es Ana, significa «Su gracia»— la misma religión cristiana, la misma ciudad de Dios, cuyo rey y fundador es Cristo, en fin, la misma gracia de Dios, ha hablado así por el Espíritu profético, por el cual los soberbios son abatidos para que caigan, y los humildes son colmados para que se levanten, lo que principalmente celebra aquel himno? A no ser que acaso alguien diga que esta mujer no profetizó nada, sino que solo alabó a Dios con alabanza exultante a causa del hijo que había obtenido en respuesta a la oración. ¿Qué quiere decir, entonces, cuando dice: «Ha debilitado el arco de los poderosos, y los débiles se han ceñido de fuerza; los que estaban saciados de pan han sido disminuidos, y los hambrientos han pasado más allá de la tierra; porque la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado?» ¿Acaso ella misma había dado a luz siete, aunque había sido estéril? Solo tenía uno cuando dijo aquello; y después no dio a luz siete, ni seis, con los cuales el mismo Samuel pudiera ser el séptimo, sino tres varones y dos mujeres. Y entonces, cuando todavía nadie era rey sobre aquel pueblo, ¿de dónde, si no profetizaba, dijo lo que pone al final: «Él da fuerza a nuestros reyes, y exaltará el cuerno de su Cristo?»
Por tanto, que la Iglesia de Cristo, la ciudad del gran Rey, llena de gracia, prolífica en descendencia, diga lo que la profecía pronunciada acerca de ella mucho antes por boca de esta piadosa madre confiesa: «Mi corazón se ha fortalecido en el Señor, y mi cuerno se ha exaltado en mi Dios.» Su corazón está verdaderamente fortalecido, y su cuerno está verdaderamente exaltado, porque no en sí misma, sino en el Señor su Dios. «Mi boca se ha ensanchado sobre mis enemigos;» porque incluso en las estrecheces apremiantes la palabra de Dios no está encadenada, ni siquiera en los predicadores encadenados. «Me he alegrado,» dice, «en tu salvación.» Este es el mismo Cristo Jesús, a quien el anciano Simeón, como leemos en el Evangelio, abrazando como a un niño pequeño, pero reconociéndolo como grande, dijo: «Señor, ahora deja que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto tu salvación.» [] Por tanto, puede decir la Iglesia: «Me he alegrado en tu salvación. Porque no hay santo como el Señor, y no hay justo como nuestro Dios;» como santo y santificador, justo y justificador. «No hay santo fuera de ti;» porque nadie llega a serlo sino por ti. Y luego sigue: «No os gloriéis con tanta soberbia, y no habléis cosas altaneras, ni salga de vuestra boca palabra jactanciosa. Porque Dios de sabiduría es el Señor.» Él os conoce aun cuando nadie os conoce; porque «el que se cree ser algo cuando es nada, se engaña a sí mismo.» [] Estas cosas se dicen a los adversarios de la ciudad de Dios que pertenecen a Babilonia, que presumen de su propia fuerza y se glorían en sí mismos, no en el Señor; de los cuales son también los israelitas carnales, los habitantes terrestres de la Jerusalén terrena, quienes, como dice el apóstol, «ignorando la justicia de Dios,» [] es decir, la que Dios, que es el único justo y el que justifica, da al hombre, «y queriendo establecer la suya propia,» es decir, la que como que es conseguida por sí mismos, no otorgada por Él, «no están sujetos a la justicia de Dios,» precisamente porque son soberbios y piensan que pueden agradar a Dios con lo suyo, no con lo que es de Dios, que es el Dios de sabiduría, y por lo tanto también vigila las conciencias, contemplando allí los pensamientos de los hombres, que son vanos si son de los hombres y no provienen de Él. «Y prepara,» dice, «sus designios admirables.» ¿Cuáles pensamos que son estos designios admirables, sino que los soberbios han de caer y los humildes levantarse? Estos designios admirables los enumera diciendo: «Ha debilitado el arco de los poderosos, y los débiles se han ceñido de fuerza.» El arco es debilitado, es decir, la intención de aquellos que se creen tan poderosos que, sin el don y la ayuda de Dios, son capaces por suficiencia humana de cumplir los mandamientos divinos; y son ceñidos de fuerza aquellos cuyo grito interior es: «Ten misericordia de mí, oh Señor, porque soy débil.»
«Los que estaban saciados de pan,» dice, «han sido disminuidos, y los hambrientos han pasado más allá de la tierra.» ¿Quiénes han de entenderse por saciados de pan sino aquellos mismos que eran como poderosos, es decir, los israelitas, a quienes fueron confiados los oráculos de Dios? [] Pero entre aquel pueblo, los hijos de la esclava fueron disminuidos —con la cual palabra minus, aunque es latina, se expresa bien la idea de que de ser mayores se hicieron menores— porque, incluso en el mismo pan, es decir, los oráculos divinos, que solo los israelitas de entre todas las naciones han recibido, saborean cosas terrenas. Pero las naciones a las que aquella ley no fue dada, después de haber llegado por el Nuevo Testamento a estos oráculos, teniendo mucha sed han pasado más allá de la tierra, porque en ellos no han saboreado cosas terrenas, sino celestiales. Y la razón por la que esto se hace es como si se buscara; «porque la estéril,» dice, «ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado.» Aquí todo lo que había sido profetizado ha resplandecido para quienes entendieron el número siete, que significa la perfección de la Iglesia universal. Por esta razón también el apóstol Juan escribe a las siete iglesias, [] mostrando de ese modo que escribe a la totalidad de la única Iglesia; y en los Proverbios de Salomón se dice de antemano, prefigurando esto: «La Sabiduría ha edificado su casa, ha fortalecido sus siete columnas.» [] Porque la ciudad de Dios fue estéril en todas las naciones antes de que surgiera aquel niño a quien vemos. Vemos también que la Jerusalén temporal, que tenía muchos hijos, está ahora debilitada. Porque, cuantos en ella eran hijos de la mujer libre, eran su fuerza; pero ahora, puesto que allí está la letra y no el espíritu, habiendo perdido su fuerza, se ha debilitado.
«El Señor mata y da vida:» Él ha matado a la que tenía muchos hijos, y ha dado vida a esta estéril, de modo que ha dado a luz siete. Aunque puede entenderse más adecuadamente que ha dado vida a esos mismos a quienes ha matado. Pues ella, por así decirlo, repite aquello añadiendo: «Él hace descender al infierno y hace subir.» A quienes verdaderamente dice el apóstol: «Si habéis muerto con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.» [] Por tanto, son matados por el Señor de manera saludable, de modo que añade: «Saboread las cosas de arriba, no las de la tierra;» de modo que estos son los que, hambrientos, han pasado más allá de la tierra. «Porque estáis muertos,» dice: he aquí cómo Dios mata salvíficamente. Luego sigue: «Y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios:» he aquí cómo Dios da vida a esos mismos. Pero ¿los hace descender al infierno y los hace subir de nuevo? Es sin controversia entre los creyentes que vemos mejor cumplidas ambas partes de esta obra en Él, a saber, en nuestra Cabeza, con quien el apóstol ha dicho que nuestra vida está escondida en Dios. «Pues cuando no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,» [] de ese modo, ciertamente, lo ha matado. Y puesto que lo resucitó de entre los muertos, lo ha vuelto a dar vida. Y ya que su voz es reconocida en la profecía, «No dejarás mi alma en el infierno,» lo ha hecho descender al infierno y lo ha hecho subir de nuevo. Por esta pobreza suya somos hechos ricos; [] pues «el Señor empobrece y enriquece.» Pero para que sepamos qué es esto, oigamos lo que sigue: «Él humilla y ensalza;» y verdaderamente humilla a los soberbios y exalta a los humildes. Lo cual también leemos en otro lugar: «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.» Este es el peso de todo el canto de esta mujer cuyo nombre se interpreta «Su gracia.»
Además, lo que se añade, «Él levanta al pobre de la tierra,» no lo entiendo de nadie mejor que de Aquel que, como se dijo hace poco, «se hizo pobre por nosotros, siendo rico, para que por su pobreza fuéramos hechos ricos.» Porque lo levantó de la tierra tan pronto que su carne no vio corrupción. Tampoco apartaré de Él lo que se añade: «Y alza al pobre del estercolero.» Pues, en efecto, el que es pobre es también mendigo. Pero por el estercolero del que es levantado, con la mayor razón debemos entender a los judíos perseguidores, de quienes dice el apóstol, al contar que cuando pertenecía a ellos perseguía a la Iglesia: «Las cosas que eran para mí ganancia, las he estimado pérdida por Cristo; y las he estimado no solo pérdida, sino incluso estiércol, para ganar a Cristo.» [] Por tanto, aquel pobre es levantado de la tierra por encima de todos los ricos, y aquel mendigo es alzado de aquel estercolero por encima de todos los opulentos, «para sentarse entre los poderosos del pueblo,» a quienes dice: «Os sentaréis sobre doce tronos,» [] «y para hacerlos heredar el trono de gloria.» Pues estos poderosos habían dicho: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Habían hecho este voto con gran poder.
Pero ¿de dónde reciben esto, sino de Aquel de quien aquí se dice inmediatamente: «Dando el voto al que hace votos?» De otro modo serían de aquellos poderosos cuyo arco es debilitado. «Dando,» dice, «el voto al que hace votos.» Pues nadie podría prometer con voto algo aceptable a Dios, a menos que recibiera de Él aquello que pudiera prometer. Sigue: «Y ha bendecido los años del justo,» a saber, para que viva para siempre con Aquel a quien se dice: «Y tus años no tendrán fin.» Pues allí permanecen los años; pero aquí pasan, e incluso perecen: porque antes de venir no existen, y cuando hayan venido ya no serán, porque traen consigo su propio fin. Ahora bien, de estas dos cosas, es decir, «dar el voto al que hace votos» y «ha bendecido los años del justo,» la una es lo que hacemos, la otra lo que recibimos. Pero esta otra no se recibe de Dios, el dador liberal, hasta que Él, el ayudador, nos ha capacitado para la primera; «porque el hombre no es fuerte por su fuerza.» «El Señor debilitará a su adversario,» es decir, al que envidia al hombre que hace votos y lo resiste, para que no cumpla lo que ha prometido. Debido a la ambigüedad del griego, también puede entenderse «su propio adversario.» Pues cuando Dios ha comenzado a poseernos, inmediatamente aquel que había sido nuestro adversario se hace suyo y es vencido por nosotros; pero no por nuestra propia fuerza, «porque el hombre no es fuerte por su fuerza.» Por tanto, «el Señor debilitará a su propio adversario; el Señor es santo,» para que sea vencido por los santos, a quienes el Señor, el Santo de los santos, ha hecho santos. Por esta razón, «no se gloríe el prudente en su prudencia, ni se gloríe el poderoso en su poder, ni se gloríe el rico en sus riquezas; sino que el que se gloría, gloríese en esto: en entender y conocer al Señor, y en hacer juicio y justicia en medio de la tierra.» En no pequeña medida entiende y conoce al Señor quien entiende y conoce que incluso esto, el poder entender y conocer al Señor, le es dado por el Señor. «Pues ¿qué tienes,» dice el apóstol, «que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] Es decir, como si tuvieras de ti mismo algo de qué gloriarte. Ahora bien, hace juicio y justicia quien vive rectamente. Pero vive rectamente quien obedece a Dios cuando Él manda. «El fin del mandamiento,» es decir, aquello a lo que el mandamiento se refiere, «es la caridad de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de una fe no fingida.» Además, esta «caridad,» como atestigua el apóstol Juan, «es de Dios.» [] Por tanto, hacer justicia y juicio es de Dios. Pero ¿qué es «en medio de la tierra?» ¿Acaso quienes habitan en los confines de la tierra no deben hacer juicio y justicia? ¿Quién diría tal cosa? ¿Por qué, entonces, se añade «en medio de la tierra?» Pues si esto no se hubiera añadido, y solo se hubiera dicho «hacer juicio y justicia,» este mandamiento habría pertenecido más bien a ambas clases de hombres: tanto a los que habitan tierra adentro como a los de la costa. Pero para que nadie piense que, después del fin de la vida llevada en este cuerpo, queda un tiempo para hacer el juicio y la justicia que no hizo mientras estaba en la carne, y que así puede escaparse del juicio divino, «en medio de la tierra» me parece que se dice del tiempo en que cada uno vive en el cuerpo; pues en esta vida cada uno lleva consigo su propia tierra, la cual, al morir el hombre, la tierra común recibe de vuelta, para serle ciertamente devuelta en su resurrección. Por tanto, «en medio de la tierra,» es decir, mientras nuestra alma está encerrada en este cuerpo terreno, se han de hacer juicio y justicia, los cuales nos serán provechosos en el más allá, cuando «cada uno reciba según lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo.» [] Pues cuando el apóstol dice allí «en el cuerpo,» se refiere al tiempo que ha vivido en el cuerpo. Sin embargo, si alguien blasfema con mente maliciosa y pensamiento impío, sin que ningún miembro de su cuerpo se emplee en ello, no será por ello inocente porque no lo haya hecho con movimiento corporal, pues lo habrá hecho en el tiempo que ha pasado en el cuerpo. De la misma manera podemos entender convenientemente lo que leemos en el salmo: «Mas Dios, nuestro Rey antes de los siglos, ha obrado salvación en medio de la tierra;» de modo que se entienda que el Señor Jesús es nuestro Dios que es antes de los siglos, porque por Él fueron hechos los siglos, obrando nuestra salvación en medio de la tierra, pues el Verbo se hizo carne y habitó en un cuerpo terreno.
Después de que Ana ha profetizado en estas palabras que quien se gloría debe gloriarse no en sí mismo en absoluto, sino en el Señor, dice, a causa de la retribución que ha de venir en el día del juicio: «El Señor ha subido a los cielos, y ha tronado: Él juzgará los confines de la tierra, porque es justo.» En todo esto mantiene el orden del credo de los cristianos: pues el Señor Cristo ha subido al cielo, y ha de venir de allí a juzgar a vivos y muertos. [] Porque, como dice el apóstol: «¿Quién ha subido sino Aquel que también ha descendido a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.» [] Por tanto, ha tronado mediante sus nubes, las cuales ha llenado con su Espíritu Santo cuando subió. Acerca de lo cual la esclava Jerusalén —es decir, la viña infructuosa— es amenazada en el profeta Isaías con que no lloverán sobre ella lluvias. Pero «Él juzgará los confines de la tierra» se dice como si se hubiera dicho: «incluso los extremos de la tierra.» Pues no significa que no juzgará las demás partes de la tierra, Él que, sin duda, juzgará a todos los hombres. Pero es mejor entender por los extremos de la tierra los extremos del hombre, puesto que no se juzgarán las cosas que, en el tiempo intermedio, se cambian para mejor o para peor, sino el final en el que será hallado aquel que es juzgado. Por esta razón se dice: «El que persevere hasta el fin, ese será salvo.» [] Por tanto, quien con perseverancia hace juicio y justicia en medio de la tierra no será condenado cuando se juzguen los extremos de la tierra. «Y da,» dice, «fuerza a nuestros reyes,» para que no los condene al juzgar. Les da fuerza con la cual, como reyes, gobiernan la carne y vencen al mundo en Aquel que ha derramado su sangre por ellos. «Y exaltará el cuerno de su Cristo.» ¿Cómo exaltará Cristo el cuerno de su Cristo? Pues Aquel de quien se dijo antes: «El Señor ha subido a los cielos,» es decir, el Señor Cristo, Él mismo, como se dice aquí, «exaltará el cuerno de su Cristo.» ¿Quién, pues, es el Cristo de su Cristo? ¿Acaso significa que exaltará el cuerno de cada uno de su pueblo creyente, como ella dice al comienzo de este himno: «Mi cuerno es exaltado en mi Dios?» Pues con razón podemos llamar cristos a todos los que son ungidos con su crisma, puesto que todo el cuerpo con su cabeza es un solo Cristo. [] Estas cosas ha profetizado Ana, la madre de Samuel, el varón santo y muy alabado, en las cuales, ciertamente, el cambio del antiguo sacerdocio fue entonces figurado y ahora se cumple, ya que la que tenía muchos hijos se ha debilitado, para que la estéril que ha dado a luz siete tenga el nuevo sacerdocio en Cristo.
De aquellas cosas que un varón de Dios dijo por el Espíritu a Elí, el sacerdote, significando que el sacerdocio que había sido establecido según Aarón había de ser quitado
XVII, 5
Pero esto lo dice con mayor claridad un varón de Dios enviado al mismo sacerdote Elí, cuyo nombre, ciertamente, no se menciona, pero cuyo oficio y ministerio muestran que fue indudablemente un profeta. Pues así está escrito: «Y vino un varón de Dios a Elí, y le dijo: Así dice el Señor: Claramente me revelé a la casa de tu padre, cuando estaban en la tierra de Egipto, esclavos en la casa del Faraón; y elegí la casa de tu padre de entre todos los cetros de Israel para que me sirviera en el oficio de sacerdote, para subir a mi altar, para quemar incienso y llevar el efod; y di a la casa de tu padre, por alimento, todas las ofrendas hechas por fuego de los hijos de Israel. ¿Por qué, pues, has mirado con ojo impudente mi incienso y mis ofrendas, y has glorificado a tus hijos más que a mí, para bendecir las primicias de todo sacrificio en Israel delante de mí? Por tanto, así dice el Señor Dios de Israel: Yo dije que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre; pero ahora dice el Señor: Lejos esté de mí; porque a los que me honran, yo los honraré, y el que me desprecia será despreciado. He aquí vienen días en que cortaré tu descendencia, y la descendencia de la casa de tu padre, y nunca habrá un anciano en mi casa. Y cortaré de ti al varón de mi altar, de modo que sus ojos se consuman y su corazón desfallezca; y todo el que quede de tu casa caerá a espada de hombres. Y esto te será por señal, lo que vendrá sobre estos tus dos hijos, Ofni y Finees: en un solo día morirán ambos. Y yo me levantaré un sacerdote fiel, que hará conforme a todo lo que está en mi corazón y en mi alma; y le edificaré una casa segura, y andará delante de mi Cristo para siempre. Y sucederá que el que quede en tu casa vendrá a adorarle con una pieza de dinero, diciendo: Ponme en alguna parte de tu sacerdocio, para que coma pan.»
No podemos decir que esta profecía, en la que con tanta claridad se anuncia el cambio del sacerdocio antiguo, se cumplió en Samuel; pues aunque Samuel no era de otra tribu distinta de aquella que había sido designada por Dios para servir en el altar, sin embargo, no era de los hijos de Aarón, cuya descendencia fue apartada para que de ella se tomaran los sacerdotes. Y así, también por aquel hecho se prefigura el mismo cambio que había de realizarse por medio de Cristo Jesús; y la profecía misma, en el hecho, no en la palabra, pertenecía propiamente al Antiguo Testamento, pero en sentido figurado al Nuevo, significando por el hecho justamente lo que fue dicho por la palabra a Elí, el sacerdote, mediante el profeta. Pues después hubo sacerdotes del linaje de Aarón, como Sadoc y Abiatar durante el reinado de David, y otros en sucesión, antes de que llegara el tiempo en que aquellas cosas que tanto tiempo antes se habían predicho acerca del cambio del sacerdocio debían cumplirse por Cristo. Pero ¿quién que contemple ahora estas cosas con ojo creyente no ve que se han cumplido? Puesto que, en verdad, ningún tabernáculo, ningún templo, ningún altar, ningún sacrificio y, por tanto, tampoco ningún sacerdote ha quedado a los judíos, a quienes se mandó en la ley de Dios que aquel fuera ordenado de la descendencia de Aarón; lo cual también menciona aquí el profeta, cuando dice: «Así dice el Señor Dios de Israel: Yo dije que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre; pero ahora dice el Señor: Lejos esté de mí; porque a los que me honran, yo los honraré, y el que me desprecia será despreciado.» Pues que al nombrar la casa de su padre no se refiere a la de su padre inmediato, sino a la de Aarón, que fue el primero en ser instituido sacerdote, sucediéndole otros descendientes suyos, lo muestran las palabras precedentes, cuando dice: «Me revelé a la casa de tu padre, cuando estaban en la tierra de Egipto, esclavos en la casa del Faraón; y elegí la casa de tu padre de entre todos los cetros de Israel para que me sirviera en el oficio de sacerdote.» ¿Quién de los padres en aquella esclavitud egipcia, sino Aarón, fue su padre, quien, cuando fueron puestos en libertad, fue elegido para el sacerdocio? De su linaje, por tanto, ha dicho en este pasaje que sucedería que ya no fueran sacerdotes; lo cual ya vemos cumplido. Si la fe está vigilante, las cosas están delante de nosotros: se disciernen, se comprenden y se imponen a los ojos de los que no quieren, de modo que se ven: «He aquí vienen días,» dice, «en que cortaré tu descendencia, y la descendencia de la casa de tu padre, y nunca habrá un anciano en mi casa. Y cortaré de ti al varón de mi altar, de modo que sus ojos se consuman y su corazón desfallezca.» He aquí que ya han llegado los días que fueron anunciados. No hay sacerdote según el orden de Aarón; y cualquiera que sea varón de su linaje, cuando ve el sacrificio de los cristianos prevaleciendo por todo el mundo, pero aquel gran honor quitado de él, sus ojos desfallecen y su alma se derrite consumida por el dolor.
Pero lo que sigue pertenece propiamente a la casa de Elí, a quien se dijeron estas cosas: «Y todo el que quede de tu casa caerá a espada de hombres. Y esto te será por señal, lo que vendrá sobre estos tus dos hijos, Ofni y Finees: en un solo día morirán ambos.» Esto, por tanto, se hace señal del cambio del sacerdocio de la casa de este hombre, por lo cual se significa que el sacerdocio de la casa de Aarón ha de ser cambiado. Pues la muerte de los hijos de este hombre significó la muerte no de los hombres, sino del sacerdocio mismo de los hijos de Aarón. Pero lo que sigue pertenece a aquel Sacerdote a quien Samuel tipificó al suceder a este. Por tanto, las cosas que siguen se dicen de Cristo Jesús, el verdadero Sacerdote del Nuevo Testamento: «Y me levantaré un Sacerdote fiel que hará conforme a todo lo que está en mi corazón y en mi alma; y le edificaré una casa segura.» Esta misma es la Jerusalén eterna de arriba. «Y Él andará,» dice, «delante de mi Cristo siempre.» «Andará» significa «estará en trato familiar,» así como antes había dicho de la casa de Aarón: «Yo dije que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre.» Pero lo que dice: «Andará delante de mi Cristo,» debe entenderse enteramente de la casa misma, no del Sacerdote, que es Cristo mismo, el Mediador y Salvador. Su casa, por tanto, andará delante de Él. «Andará» puede entenderse también como el paso de la muerte a la vida, todo el tiempo que atraviesa esta mortalidad, hasta el fin de este mundo. Pero donde Dios dice: «Quien hará todo lo que está en mi corazón y en mi alma,» no debemos pensar que Dios tiene alma, pues Él es el Autor de las almas; sino que esto se dice de Dios en sentido trópico, no propio, así como se dice que tiene manos y pies y otros miembros corporales. Y, para que no se suponga por tal lenguaje que el hombre en la forma de esta carne ha sido hecho a imagen de Dios, también se le atribuyen alas, que el hombre no tiene en absoluto; y se dice a Dios: «Escóndeme bajo la sombra de tus alas,» para que los hombres entiendan que tales cosas se dicen de aquella naturaleza inefable no con palabras propias, sino figuradas.
Pero lo que se añade: «Y sucederá que el que quede en tu casa vendrá a adorarle,» no se dice propiamente de la casa de este Elí, sino de aquella de Aarón, cuyos hombres permanecieron hasta el advenimiento de Jesucristo, de cuya raza no faltan hombres aun en el presente. Pues de aquella casa de Elí ya se había dicho antes: «Y todo el que quede de tu casa caerá a espada de hombres.» ¿Cómo, pues, podría decirse aquí con verdad: «Y sucederá que todo el que quede vendrá a adorarle,» si es verdad que nadie escapará de la espada vengadora, a no ser que se quiera entender de los que pertenecen a la raza de todo aquel sacerdocio según el orden de Aarón? Por tanto, si se trata de estos, el remanente predestinado, acerca del cual otro profeta ha dicho: «El remanente será salvo;» [] de donde el apóstol dice también: «Así también en este tiempo ha quedado un remanente según la elección de la gracia;» [] puesto que fácilmente se entiende que de tal remanente es de lo que se dice: «El que quede en tu casa,» ciertamente cree en Cristo; así como en el tiempo del apóstol muchísimos de aquella nación creyeron; ni faltan ahora quienes, aunque muy pocos, todavía creen, y en ellos se cumple lo que este varón de Dios ha añadido aquí inmediatamente: «Vendrá a adorarle con una pieza de dinero;» ¿a adorar a quién, sino a aquel Sumo Sacerdote, que también es Dios? Pues en aquel sacerdocio según el orden de Aarón los hombres no iban al templo o al altar de Dios con el propósito de adorar al sacerdote. Pero ¿qué es lo que dice: «Con una pieza de dinero,» sino la breve palabra de la fe, acerca de la cual el apóstol cita el dicho: «Una palabra consumadora y abreviada hará el Señor sobre la tierra?» Y que el dinero se pone por la palabra, es testigo el salmo, donde se canta: «Las palabras del Señor son palabras puras, dinero acrisolado en el fuego.»
¿Qué dice, pues, el que viene a adorar al sacerdote de Dios, incluso al Sacerdote que es Dios? «Ponme en una parte de tu sacerdocio, para comer pan.» No deseo ser colocado en el honor de mis padres, que es ninguno; ponme en una parte de tu sacerdocio. Pues «he elegido ser humilde en tu casa;» deseo ser un miembro, no importa cuál, o cuán pequeño, de tu sacerdocio. Por sacerdocio entiende aquí el pueblo mismo, del cual Él es el Sacerdote que es el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. [] A este pueblo el apóstol Pedro lo llama «un pueblo santo, un sacerdocio real.» [] Pero algunos han traducido: «De tu sacrificio,» no «De tu sacerdocio,» lo cual no menos significa el mismo pueblo cristiano. De donde el apóstol Pablo dice: «Nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo.» [] [Y de nuevo dice: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo.» [ Romanos 12:1]] Lo que, por tanto, ha añadido: «comer pan,» expresa también con elegancia el mismo género de sacrificio del cual el Sacerdote mismo dice: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» [] Este mismo es el sacrificio no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec: el que lee, entienda. [] Por tanto, esta breve y saludablemente humilde confesión, en la que se dice: «Ponme en una parte de tu sacerdocio, para comer pan,» es ella misma la pieza de dinero, pues es breve, y es la Palabra de Dios que habita en el corazón del que cree. Pues porque antes había dicho que había dado por alimento a la casa de Aarón las víctimas sacrificiales del Antiguo Testamento, donde dice: «He dado a la casa de tu padre por alimento todas las cosas que son ofrecidas por fuego de los hijos de Israel,» las cuales eran, ciertamente, los sacrificios de los judíos; por eso aquí ha dicho: «Para comer pan,» que es en el Nuevo Testamento el sacrificio de los cristianos.