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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)44 minPosición: 0% de esta parteParte 35 de 52 · Capítulo 43Publicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 43

    De los tiempos de Moisés y de Josué, hijo de Nun, de los jueces, y después de los reyes, de los cuales Saúl fue el primero, pero David ha de ser considerado el principal, tanto por el juramento como por el mérito

    XVI, 43

    Muertos Jacob y también José, durante los ciento cuarenta y cuatro años restantes hasta que salieron de la tierra de Egipto, aquella nación creció en grado increíble, aunque consumida por tan grandes persecuciones, de modo que en un tiempo los niños varones eran asesinados al nacer, porque los egipcios, admirados, se aterrorizaban ante el excesivo aumento de aquel pueblo. Entonces Moisés, ocultado cautelosamente de los asesinos de los niños, fue llevado a la casa real, preparando Dios hacer grandes cosas por medio de él, y fue criado y adoptado por la hija del Faraón (pues este era el nombre de todos los reyes de Egipto), y llegó a ser un hombre tan grande que él —mejor dicho, Dios, que había prometido esto a Abraham, por medio de él— sacó a aquella nación, tan maravillosamente multiplicada, del yugo de la más dura y gravísima servidumbre que allí había soportado. Al principio, en verdad, huyó de allí (se nos dice que huyó a la tierra de Madián), porque, al defender a un israelita, había matado a un egipcio, y tuvo miedo. Después, divinamente comisionado con el poder del Espíritu de Dios, venció a los magos del Faraón que se le resistían. Luego, cuando los egipcios no dejaban ir al pueblo de Dios, diez plagas memorables fueron enviadas por Él sobre ellos: el agua convertida en sangre, las ranas y los piojos, las moscas, la muerte del ganado, las úlceras, el granizo, las langostas, las tinieblas, la muerte de los primogénitos. Finalmente, los egipcios fueron destruidos en el Mar Rojo mientras perseguían a los israelitas, a quienes habían dejado ir cuando al fin fueron quebrantados por tantas y tan grandes plagas. El mar dividido abrió camino a los israelitas que partían, pero, volviendo sobre sí mismo, cubrió con sus olas a sus perseguidores. Después, durante cuarenta años, el pueblo de Dios anduvo por el desierto bajo la guía de Moisés, cuando fue dedicado el tabernáculo del testimonio, en el cual Dios era adorado con sacrificios proféticos de las cosas futuras; y esto fue después de que la ley hubiera sido dada de manera terrible en el monte, pues su divinidad fue atestiguada clarísimamente por maravillosos signos y voces. Esto tuvo lugar poco después de la salida de Egipto, cuando el pueblo había entrado en el desierto, al quincuagésimo día después de que la pascua fue celebrada con la ofrenda de un cordero, el cual es de tal manera figura de Cristo, que predecía que por su pasión sacrificial había de pasar de este mundo al Padre (pues pascua en la lengua hebrea significa tránsito), que cuando se reveló el nuevo pacto, después de que Cristo, nuestra pascua, fue ofrecido, el Espíritu Santo vino del cielo al quincuagésimo día; y Él es llamado en el evangelio el Dedo de Dios, porque trae a nuestra memoria las cosas hechas antes por medio de figuras, y porque las tablas de aquella ley se dice que fueron escritas por el dedo de Dios.
    A la muerte de Moisés, Josué, hijo de Nun, gobernó al pueblo, lo condujo a la tierra prometida y la repartió entre ellos. Por medio de estos dos maravillosos caudillos se hicieron también guerras prósperas y admirables, poniendo Dios por testigo que habían obtenido estas victorias no tanto por el mérito del pueblo hebreo cuanto por los pecados de las naciones que sometieron. Después de estos caudillos hubo jueces, cuando el pueblo se hallaba establecido en la tierra prometida, de modo que, entretanto, la primera promesa hecha a Abraham comenzó a cumplirse respecto de una nación, es decir, la hebrea, y respecto de la tierra de Canaán; pero no todavía la promesa acerca de todas las naciones y de todo el ancho mundo, pues esta había de cumplirse no por las observancias de la antigua ley, sino por la venida de Cristo en la carne y por la fe del evangelio. Y para prefigurar esto, no fue Moisés, que recibió la ley para el pueblo en el monte Sinaí, quien condujo al pueblo a la tierra prometida, sino Josué, cuyo nombre también fue cambiado por mandato de Dios, de modo que se llamó Jesús. Pero en los tiempos de los jueces la prosperidad alternaba con la adversidad en la guerra, según se manifestaban los pecados del pueblo y la misericordia de Dios.
    Llegamos ahora a los tiempos de los reyes. El primero que reinó fue Saúl; y cuando fue rechazado y abatido en la batalla, y su descendencia rechazada de modo que no surgieran reyes de ella, David sucedió en el reino, cuyo hijo es llamado principalmente Cristo. Él fue constituido como un punto de partida y comienzo de la juventud avanzada del pueblo de Dios, que había pasado una especie de edad de pubertad desde Abraham hasta este David. Y no en vano el evangelista Mateo registra las generaciones de tal manera que resume este primer período desde Abraham hasta David en catorce generaciones. Pues desde la edad de la pubertad comienza el hombre a ser capaz de engendrar; por eso comienza la lista de generaciones desde Abraham, quien también fue hecho padre de muchas naciones cuando se le cambió el nombre. De modo que anteriormente esta familia del pueblo de Dios estaba en su niñez, desde Noé hasta Abraham; y por eso se aprendió entonces la primera lengua, es decir, el hebreo. Pues el hombre comienza a hablar en la niñez, la edad que sucede a la infancia, la cual se llama así porque entonces no puede hablar. Y aquella primera edad está del todo sumergida en el olvido, así como la primera edad del género humano fue borrada por el diluvio; pues ¿quién hay que pueda recordar su infancia? Por lo cual, en este progreso de la ciudad de Dios, así como el libro anterior contuvo aquella primera edad, este debe contener la segunda y la tercera edades; en esta tercera edad, como se mostró por la becerra de tres años, la cabra de tres años y el carnero de tres años, se impuso el yugo de la ley, apareció abundancia de pecados y surgió el comienzo del reino terreno, en el cual no faltaron hombres espirituales, de los cuales la tórtola y la paloma representaban el misterio.

    Libro XVII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XVII, argumento
    En este libro se traza la historia de la ciudad de Dios durante el período de los reyes y profetas desde Samuel hasta David, e incluso hasta Cristo; y las profecías que se registran en los libros de los Reyes, en los Salmos y en los de Salomón se interpretan de Cristo y de la Iglesia.

    Capítulo 1. De la edad profética

    XVII, 1

    Por el favor de Dios hemos tratado distintamente de sus promesas hechas a Abraham, a saber, que tanto la nación de Israel según la carne como todas las naciones según la fe serían su descendencia; y la ciudad de Dios, procediendo según el orden del tiempo, mostrará cómo se cumplieron. Habiendo, por tanto, llegado en el libro anterior al reinado de David, trataremos ahora de lo que resta, en la medida que parezca suficiente para el objeto de esta obra, comenzando en el mismo reinado. Ahora bien, desde el tiempo en que el santo Samuel comenzó a profetizar, y en adelante hasta que el pueblo de Israel fue llevado cautivo a Babilonia, y hasta que, según la profecía del santo Jeremías, al regresar Israel de allí después de setenta años, la casa de Dios fue edificada de nuevo, todo este período es la edad profética. Pues aunque el mismo patriarca Noé, en cuyos días toda la tierra fue destruida por el diluvio, y otros antes y después de él hasta este tiempo en que comenzaron a haber reyes sobre el pueblo de Dios, pueden no sin razón ser llamados profetas, a causa de ciertas cosas pertenecientes a la ciudad de Dios y al reino de los cielos, que predijeron o de alguna manera significaron que habían de suceder, y especialmente puesto que leemos que algunos de ellos, como Abraham y Moisés, fueron expresamente llamados así, con todo, aquellos días se llaman principal y principalmente días de los profetas desde el tiempo en que Samuel comenzó a profetizar, quien por mandato de Dios ungió primero a Saúl como rey y, rechazado este, al mismo David, a quien otros de su descendencia debían suceder mientras fuera conveniente. Si, por tanto, yo quisiera ensayar todo lo que los profetas han predicho acerca de Cristo, mientras la ciudad de Dios, con sus miembros que morían y nacían en sucesión constante, corría su curso a través de aquellos tiempos, esta obra se extendería más allá de todo límite. Primero, porque la Escritura misma, aun cuando, al tratar en orden de los reyes, de sus hechos y de los acontecimientos de sus reinados, parece estar ocupada en narrar con diligencia histórica los asuntos realizados, se hallará, si las cosas tratadas por ella se consideran con la ayuda del Espíritu de Dios, más, o ciertamente no menos, atenta a predecir las cosas futuras que a relatar las pasadas. ¿Y quién que piense siquiera un poco en ello no sabe cuán laboriosa y prolija obra sería, y cuántos volúmenes requeriría, investigar esto a fondo y demostrarlo con argumentos? Y además, por lo que sin disputa pertenece a la profecía, hay tantas cosas acerca de Cristo y del reino de los cielos, que es la ciudad de Dios, que para explicarlas sería necesaria una discusión más extensa de lo que admite la debida proporción de esta obra. Por tanto, me limitaré, si puedo, de modo que, al realizar esta obra, con la ayuda de Dios, ni diga lo superfluo ni omita lo necesario.

    Capítulo 2

    En qué tiempo se cumplió la promesa de Dios respecto de la tierra de Canaán, la cual incluso el Israel carnal poseyó

    XVII, 2

    En el libro precedente dijimos que en la promesa de Dios a Abraham se prometieron desde el principio dos cosas: la una, a saber, que su descendencia poseería la tierra de Canaán, lo cual se dio a entender cuando se dijo: «Ve a una tierra que te mostraré, y haré de ti una nación grande;» [] pero la otra, mucho más excelente, referente no a la descendencia carnal sino a la espiritual, por la cual él es padre, no de una sola nación, Israel, sino de todas las naciones que siguen las huellas de su fe, la cual comenzó a prometerse con estas palabras: «Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.» [] Y después mostramos con muchísimas otras pruebas que se prometieron estas dos cosas. Por tanto, la descendencia de Abraham, es decir, el pueblo de Israel según la carne, ya estaba en la tierra prometida; y allí, no solo poseyendo las ciudades de los enemigos, sino también teniendo reyes, ya había comenzado a reinar, estando ya en gran parte cumplidas las promesas de Dios acerca de aquel pueblo: no solo las que se hicieron a aquellos tres padres, Abraham, Isaac y Jacob, y cualesquiera otras que se hicieron en sus tiempos, sino también las que se hicieron por medio del mismo Moisés, por quien el mismo pueblo fue liberado de la servidumbre en Egipto, y por quien fueron reveladas todas las cosas pasadas en sus tiempos, cuando condujo al pueblo por el desierto. Pero ni por el ilustre caudillo Jesús, hijo de Nun, que condujo a aquel pueblo a la tierra prometida y, después de expulsar a las naciones, la repartió entre las doce tribus según el mandato de Dios, y murió; ni después de él, en todo el tiempo de los jueces, se cumplió la promesa de Dios acerca de la tierra de Canaán, de que se extendería desde algún río de Egipto hasta el gran río Éufrates; ni tampoco se profetizaba ya como futura, sino que se esperaba su cumplimiento. Y se cumplió por medio de David y de Salomón, su hijo, cuyo reino se extendió por todo el espacio prometido; pues sometieron a todas aquellas naciones y las hicieron tributarias. Y así, bajo aquellos reyes, la descendencia de Abraham quedó establecida en la tierra prometida según la carne, es decir, en la tierra de Canaán, de modo que nada restaba ya para el completo cumplimiento de aquella promesa terrena de Dios, salvo que, en lo que atañe a la prosperidad temporal, la nación hebrea permaneciera en la misma tierra por la sucesión de la posteridad en estado inconmovible hasta el fin de esta edad mortal, si obedecía las leyes del Señor su Dios. Pero como Dios sabía que no lo haría, empleó también sus castigos temporales para instruir en ella a sus pocos fieles, y para dar la advertencia necesaria a los que después habría en todas las naciones, en quienes la otra promesa, revelada en el Nuevo Testamento, había de cumplirse por la encarnación de Cristo.

    Capítulo 3

    Del triple sentido de las profecías, que han de referirse unas veces a la Jerusalén terrena, otras a la celestial, y otras a ambas

    XVII, 3

    Por lo cual, así como aquel divino oráculo a Abraham, Isaac y Jacob, y todos los demás signos o dichos proféticos que se hallan en los escritos sagrados anteriores, así también las otras profecías desde este tiempo de los reyes pertenecen en parte a la nación de la carne de Abraham, y en parte a aquella descendencia suya en la cual todas las naciones son benditas como coherederas de Cristo por el Nuevo Testamento, para la posesión de la vida eterna y del reino de los cielos. Por tanto, pertenecen en parte a la esclava que engendra para servidumbre, es decir, a la Jerusalén terrena, que está en servidumbre con sus hijos; pero en parte a la ciudad libre de Dios, es decir, a la verdadera Jerusalén eterna en los cielos, cuyos hijos son todos los que viven según Dios en la tierra; pero hay algunas cosas entre ellas que se entiende que pertenecen a ambas: a la esclava propiamente, a la mujer libre figurativamente. []
    Por tanto, han de hallarse enunciados proféticos de tres clases, puesto que hay algunos relativos a la Jerusalén terrena, algunos a la celestial y algunos a ambas. Creo conveniente probar con ejemplos lo que digo. El profeta Natán fue enviado para convencer al rey David de un pecado atroz y predecirle qué males futuros habrían de sobrevenirle por ello. ¿Quién puede dudar de que esto y cosas semejantes pertenecen a la ciudad terrena, ya sea públicamente, es decir, para la seguridad o ayuda del pueblo, ya privadamente, cuando se dan a conocer para el bien privado de cada uno dichos divinos mediante los cuales puede conocerse algo del futuro para el uso de la vida temporal? Pero donde leemos: «He aquí que vienen días, dice el Señor, en que haré para la casa de Israel y para la casa de Judá un nuevo testamento: no según el testamento que concerté con sus padres el día en que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque no permanecieron en mi testamento, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Porque este es el testamento que haré para la casa de Israel: después de aquellos días, dice el Señor, pondré mis leyes en su mente y las escribiré sobre sus corazones, y velaré por ellos; y yo seré para ellos un Dios, y ellos serán para mí un pueblo;» [] — sin duda esto se profetiza para la Jerusalén de arriba, cuyo galardón es Dios mismo, y cuyo sumo y entero bien es tenerlo a Él y ser suyos. Pero esto pertenece a ambas: que la ciudad de Dios sea llamada Jerusalén, y que se profetice que la casa de Dios estará en ella; y esta profecía parece cumplirse cuando el rey Salomón edifica aquel nobilísimo templo. Pues estas cosas acontecieron ambas en la Jerusalén terrena, como muestra la historia, y fueron figuras de la Jerusalén celestial. Y esta clase de profecía, como entretejida y mezclada de ambas otras en los antiguos libros canónicos, que contienen narraciones históricas, es de grandísima importancia, y ha ejercitado y ejercita grandemente el ingenio de quienes escudriñan la Sagrada Escritura. Por ejemplo, lo que leemos históricamente como predicho y cumplido en la descendencia de Abraham según la carne, debemos también investigar su sentido alegórico, como ha de cumplirse en la descendencia de Abraham según la fe. Y es esto tan así, que algunos han pensado que no hay nada en estos libros, ya sea predicho y realizado, o realizado aunque no predicho, que no insinúe algo más que ha de referirse por significación figurativa a la ciudad de Dios de arriba y a sus hijos peregrinos en esta vida. Pero si esto es así, entonces los dichos de los profetas, o más bien toda aquella Escritura que se cuenta bajo el título del Antiguo Testamento, no será de tres, sino de dos clases diferentes. Pues no habrá allí nada que pertenezca únicamente a la Jerusalén terrena, si todo lo que allí se dice y se cumple de ella, o acerca de ella, significa algo que también se refiere por prefiguración alegórica a la Jerusalén celestial; sino que habrá sólo dos clases: una que pertenece a la Jerusalén libre, la otra a ambas. Pero así como, en mi opinión, yerran grandemente quienes opinan que ninguno de los relatos de asuntos en esa clase de escritos significa nada más que lo que así sucedió, así también considero muy atrevidos a quienes sostienen que todo el meollo de su contenido está en significaciones alegóricas. Por tanto, he dicho que son de tres clases, no de dos. Sin embargo, al sostener esta opinión, no culpo a quienes sean capaces de extraer de todo allí un sentido espiritual, a salvo, ante todo, la verdad histórica. Por lo demás, ¿qué creyente puede dudar de que se dicen vanamente aquellas cosas que son tales que, ya se diga que han sucedido o que están aún por venir, no convienen ni a los asuntos humanos ni a los divinos? ¿Quién no las reconduciría a la comprensión espiritual si pudiera, o confesaría que deben ser reconducidas por quien sea capaz?

    Capítulo 4

    Sobre el cambio prefigurado del reino y del sacerdocio israelitas, y sobre lo que Ana, madre de Samuel, profetizó personificando a la Iglesia

    XVII, 4

    Por tanto, el avance de la ciudad de Dios, cuando llegó a los tiempos de los reyes, ofreció una figura cuando, rechazado Saúl, David obtuvo primero el reino de tal manera que en adelante sus descendientes reinaran en la Jerusalén terrena en sucesión continua; porque el curso de los acontecimientos significaba y anunciaba de antemano —lo que no ha de pasarse en silencio— acerca del cambio de las cosas venideras, lo que pertenece a ambos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, donde el sacerdocio y el reino son cambiados por uno que es sacerdote y, al mismo tiempo, rey, nuevo y eterno, a saber, Cristo Jesús. Pues tanto la sustitución en el ministerio de Dios, al ser rechazado Elí como sacerdote, por Samuel, que desempeñó a la vez el oficio de sacerdote y de juez, como el establecimiento de David en el reino, cuando Saúl fue rechazado, tipificaron esto de lo que hablo. Y la misma Ana, madre de Samuel, que antes era estéril y después fue alegrada con fecundidad, no parece profetizar otra cosa cuando, exultante, derrama su acción de gracias al Señor, al entregar a Dios el mismo niño que había dado a luz y destetado con la misma piedad con que lo había consagrado. Pues dice: «Mi corazón se ha fortalecido en el Señor, y mi cuerno se ha exaltado en mi Dios; mi boca se ha ensanchado sobre mis enemigos; me he alegrado en tu salvación. Porque no hay santo como el Señor; y no hay justo como nuestro Dios: no hay santo fuera de ti. No os gloriéis con tanta soberbia, y no habléis cosas altaneras, ni salga de vuestra boca palabra jactanciosa; porque Dios de sabiduría es el Señor, y Dios que prepara sus designios admirables. Ha debilitado el arco de los poderosos, y los débiles se han ceñido de fuerza. Los que estaban saciados de pan han sido disminuidos, y los hambrientos han pasado más allá de la tierra; porque la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado. El Señor mata y da vida: Él hace descender al infierno y hace subir de nuevo. El Señor empobrece y enriquece: humilla y ensalza. Levanta del polvo al pobre, y alza del estercolero al mendigo, para hacerlo sentar entre los poderosos de [su] pueblo, y les hace heredar el trono de gloria; da el voto al que hace votos, y ha bendecido los años del justo: porque el hombre no es fuerte por su fuerza. El Señor debilitará a su adversario: el Señor es santo. No se gloríe el prudente en su prudencia, ni se gloríe el poderoso en su poder, ni se gloríe el rico en sus riquezas; sino que el que se gloría, gloríese en esto: en entender y conocer al Señor, y en hacer juicio y justicia en medio de la tierra. El Señor ha subido a los cielos, y ha tronado: Él juzgará los confines de la tierra, porque es justo; y da fuerza a nuestros reyes, y exaltará el cuerno de su Cristo.»
    ¿Dices que estas son palabras de una sola mujer débil que da gracias por el nacimiento de un hijo? ¿Puede la mente de los hombres apartarse tanto de la luz de la verdad como para no percibir que las palabras que esta mujer derrama exceden su medida? Además, quien se interesa convenientemente por estas cosas que ya han comenzado a cumplirse incluso en esta peregrinación terrena, ¿no aplica su mente, y percibe, y reconoce que por medio de esta mujer —cuyo mismo nombre, que es Ana, significa «Su gracia»— la misma religión cristiana, la misma ciudad de Dios, cuyo rey y fundador es Cristo, en fin, la misma gracia de Dios, ha hablado así por el Espíritu profético, por el cual los soberbios son abatidos para que caigan, y los humildes son colmados para que se levanten, lo que principalmente celebra aquel himno? A no ser que acaso alguien diga que esta mujer no profetizó nada, sino que solo alabó a Dios con alabanza exultante a causa del hijo que había obtenido en respuesta a la oración. ¿Qué quiere decir, entonces, cuando dice: «Ha debilitado el arco de los poderosos, y los débiles se han ceñido de fuerza; los que estaban saciados de pan han sido disminuidos, y los hambrientos han pasado más allá de la tierra; porque la estéril ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado?» ¿Acaso ella misma había dado a luz siete, aunque había sido estéril? Solo tenía uno cuando dijo aquello; y después no dio a luz siete, ni seis, con los cuales el mismo Samuel pudiera ser el séptimo, sino tres varones y dos mujeres. Y entonces, cuando todavía nadie era rey sobre aquel pueblo, ¿de dónde, si no profetizaba, dijo lo que pone al final: «Él da fuerza a nuestros reyes, y exaltará el cuerno de su Cristo?»
    Por tanto, que la Iglesia de Cristo, la ciudad del gran Rey, llena de gracia, prolífica en descendencia, diga lo que la profecía pronunciada acerca de ella mucho antes por boca de esta piadosa madre confiesa: «Mi corazón se ha fortalecido en el Señor, y mi cuerno se ha exaltado en mi Dios.» Su corazón está verdaderamente fortalecido, y su cuerno está verdaderamente exaltado, porque no en sí misma, sino en el Señor su Dios. «Mi boca se ha ensanchado sobre mis enemigos;» porque incluso en las estrecheces apremiantes la palabra de Dios no está encadenada, ni siquiera en los predicadores encadenados. «Me he alegrado,» dice, «en tu salvación.» Este es el mismo Cristo Jesús, a quien el anciano Simeón, como leemos en el Evangelio, abrazando como a un niño pequeño, pero reconociéndolo como grande, dijo: «Señor, ahora deja que tu siervo se vaya en paz, porque mis ojos han visto tu salvación.» [] Por tanto, puede decir la Iglesia: «Me he alegrado en tu salvación. Porque no hay santo como el Señor, y no hay justo como nuestro Dios;» como santo y santificador, justo y justificador. «No hay santo fuera de ti;» porque nadie llega a serlo sino por ti. Y luego sigue: «No os gloriéis con tanta soberbia, y no habléis cosas altaneras, ni salga de vuestra boca palabra jactanciosa. Porque Dios de sabiduría es el Señor.» Él os conoce aun cuando nadie os conoce; porque «el que se cree ser algo cuando es nada, se engaña a sí mismo.» [] Estas cosas se dicen a los adversarios de la ciudad de Dios que pertenecen a Babilonia, que presumen de su propia fuerza y se glorían en sí mismos, no en el Señor; de los cuales son también los israelitas carnales, los habitantes terrestres de la Jerusalén terrena, quienes, como dice el apóstol, «ignorando la justicia de Dios,» [] es decir, la que Dios, que es el único justo y el que justifica, da al hombre, «y queriendo establecer la suya propia,» es decir, la que como que es conseguida por sí mismos, no otorgada por Él, «no están sujetos a la justicia de Dios,» precisamente porque son soberbios y piensan que pueden agradar a Dios con lo suyo, no con lo que es de Dios, que es el Dios de sabiduría, y por lo tanto también vigila las conciencias, contemplando allí los pensamientos de los hombres, que son vanos si son de los hombres y no provienen de Él. «Y prepara,» dice, «sus designios admirables.» ¿Cuáles pensamos que son estos designios admirables, sino que los soberbios han de caer y los humildes levantarse? Estos designios admirables los enumera diciendo: «Ha debilitado el arco de los poderosos, y los débiles se han ceñido de fuerza.» El arco es debilitado, es decir, la intención de aquellos que se creen tan poderosos que, sin el don y la ayuda de Dios, son capaces por suficiencia humana de cumplir los mandamientos divinos; y son ceñidos de fuerza aquellos cuyo grito interior es: «Ten misericordia de mí, oh Señor, porque soy débil.»
    «Los que estaban saciados de pan,» dice, «han sido disminuidos, y los hambrientos han pasado más allá de la tierra.» ¿Quiénes han de entenderse por saciados de pan sino aquellos mismos que eran como poderosos, es decir, los israelitas, a quienes fueron confiados los oráculos de Dios? [] Pero entre aquel pueblo, los hijos de la esclava fueron disminuidos —con la cual palabra minus, aunque es latina, se expresa bien la idea de que de ser mayores se hicieron menores— porque, incluso en el mismo pan, es decir, los oráculos divinos, que solo los israelitas de entre todas las naciones han recibido, saborean cosas terrenas. Pero las naciones a las que aquella ley no fue dada, después de haber llegado por el Nuevo Testamento a estos oráculos, teniendo mucha sed han pasado más allá de la tierra, porque en ellos no han saboreado cosas terrenas, sino celestiales. Y la razón por la que esto se hace es como si se buscara; «porque la estéril,» dice, «ha dado a luz siete, y la que tenía muchos hijos se ha debilitado.» Aquí todo lo que había sido profetizado ha resplandecido para quienes entendieron el número siete, que significa la perfección de la Iglesia universal. Por esta razón también el apóstol Juan escribe a las siete iglesias, [] mostrando de ese modo que escribe a la totalidad de la única Iglesia; y en los Proverbios de Salomón se dice de antemano, prefigurando esto: «La Sabiduría ha edificado su casa, ha fortalecido sus siete columnas.» [] Porque la ciudad de Dios fue estéril en todas las naciones antes de que surgiera aquel niño a quien vemos. Vemos también que la Jerusalén temporal, que tenía muchos hijos, está ahora debilitada. Porque, cuantos en ella eran hijos de la mujer libre, eran su fuerza; pero ahora, puesto que allí está la letra y no el espíritu, habiendo perdido su fuerza, se ha debilitado.
    «El Señor mata y da vida:» Él ha matado a la que tenía muchos hijos, y ha dado vida a esta estéril, de modo que ha dado a luz siete. Aunque puede entenderse más adecuadamente que ha dado vida a esos mismos a quienes ha matado. Pues ella, por así decirlo, repite aquello añadiendo: «Él hace descender al infierno y hace subir.» A quienes verdaderamente dice el apóstol: «Si habéis muerto con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios.» [] Por tanto, son matados por el Señor de manera saludable, de modo que añade: «Saboread las cosas de arriba, no las de la tierra;» de modo que estos son los que, hambrientos, han pasado más allá de la tierra. «Porque estáis muertos,» dice: he aquí cómo Dios mata salvíficamente. Luego sigue: «Y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios:» he aquí cómo Dios da vida a esos mismos. Pero ¿los hace descender al infierno y los hace subir de nuevo? Es sin controversia entre los creyentes que vemos mejor cumplidas ambas partes de esta obra en Él, a saber, en nuestra Cabeza, con quien el apóstol ha dicho que nuestra vida está escondida en Dios. «Pues cuando no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,» [] de ese modo, ciertamente, lo ha matado. Y puesto que lo resucitó de entre los muertos, lo ha vuelto a dar vida. Y ya que su voz es reconocida en la profecía, «No dejarás mi alma en el infierno,» lo ha hecho descender al infierno y lo ha hecho subir de nuevo. Por esta pobreza suya somos hechos ricos; [] pues «el Señor empobrece y enriquece.» Pero para que sepamos qué es esto, oigamos lo que sigue: «Él humilla y ensalza;» y verdaderamente humilla a los soberbios y exalta a los humildes. Lo cual también leemos en otro lugar: «Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes.» Este es el peso de todo el canto de esta mujer cuyo nombre se interpreta «Su gracia.»
    Además, lo que se añade, «Él levanta al pobre de la tierra,» no lo entiendo de nadie mejor que de Aquel que, como se dijo hace poco, «se hizo pobre por nosotros, siendo rico, para que por su pobreza fuéramos hechos ricos.» Porque lo levantó de la tierra tan pronto que su carne no vio corrupción. Tampoco apartaré de Él lo que se añade: «Y alza al pobre del estercolero.» Pues, en efecto, el que es pobre es también mendigo. Pero por el estercolero del que es levantado, con la mayor razón debemos entender a los judíos perseguidores, de quienes dice el apóstol, al contar que cuando pertenecía a ellos perseguía a la Iglesia: «Las cosas que eran para mí ganancia, las he estimado pérdida por Cristo; y las he estimado no solo pérdida, sino incluso estiércol, para ganar a Cristo.» [] Por tanto, aquel pobre es levantado de la tierra por encima de todos los ricos, y aquel mendigo es alzado de aquel estercolero por encima de todos los opulentos, «para sentarse entre los poderosos del pueblo,» a quienes dice: «Os sentaréis sobre doce tronos,» [] «y para hacerlos heredar el trono de gloria.» Pues estos poderosos habían dicho: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Habían hecho este voto con gran poder.
    Pero ¿de dónde reciben esto, sino de Aquel de quien aquí se dice inmediatamente: «Dando el voto al que hace votos?» De otro modo serían de aquellos poderosos cuyo arco es debilitado. «Dando,» dice, «el voto al que hace votos.» Pues nadie podría prometer con voto algo aceptable a Dios, a menos que recibiera de Él aquello que pudiera prometer. Sigue: «Y ha bendecido los años del justo,» a saber, para que viva para siempre con Aquel a quien se dice: «Y tus años no tendrán fin.» Pues allí permanecen los años; pero aquí pasan, e incluso perecen: porque antes de venir no existen, y cuando hayan venido ya no serán, porque traen consigo su propio fin. Ahora bien, de estas dos cosas, es decir, «dar el voto al que hace votos» y «ha bendecido los años del justo,» la una es lo que hacemos, la otra lo que recibimos. Pero esta otra no se recibe de Dios, el dador liberal, hasta que Él, el ayudador, nos ha capacitado para la primera; «porque el hombre no es fuerte por su fuerza.» «El Señor debilitará a su adversario,» es decir, al que envidia al hombre que hace votos y lo resiste, para que no cumpla lo que ha prometido. Debido a la ambigüedad del griego, también puede entenderse «su propio adversario.» Pues cuando Dios ha comenzado a poseernos, inmediatamente aquel que había sido nuestro adversario se hace suyo y es vencido por nosotros; pero no por nuestra propia fuerza, «porque el hombre no es fuerte por su fuerza.» Por tanto, «el Señor debilitará a su propio adversario; el Señor es santo,» para que sea vencido por los santos, a quienes el Señor, el Santo de los santos, ha hecho santos. Por esta razón, «no se gloríe el prudente en su prudencia, ni se gloríe el poderoso en su poder, ni se gloríe el rico en sus riquezas; sino que el que se gloría, gloríese en esto: en entender y conocer al Señor, y en hacer juicio y justicia en medio de la tierra.» En no pequeña medida entiende y conoce al Señor quien entiende y conoce que incluso esto, el poder entender y conocer al Señor, le es dado por el Señor. «Pues ¿qué tienes,» dice el apóstol, «que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] Es decir, como si tuvieras de ti mismo algo de qué gloriarte. Ahora bien, hace juicio y justicia quien vive rectamente. Pero vive rectamente quien obedece a Dios cuando Él manda. «El fin del mandamiento,» es decir, aquello a lo que el mandamiento se refiere, «es la caridad de un corazón puro, y de una buena conciencia, y de una fe no fingida.» Además, esta «caridad,» como atestigua el apóstol Juan, «es de Dios.» [] Por tanto, hacer justicia y juicio es de Dios. Pero ¿qué es «en medio de la tierra?» ¿Acaso quienes habitan en los confines de la tierra no deben hacer juicio y justicia? ¿Quién diría tal cosa? ¿Por qué, entonces, se añade «en medio de la tierra?» Pues si esto no se hubiera añadido, y solo se hubiera dicho «hacer juicio y justicia,» este mandamiento habría pertenecido más bien a ambas clases de hombres: tanto a los que habitan tierra adentro como a los de la costa. Pero para que nadie piense que, después del fin de la vida llevada en este cuerpo, queda un tiempo para hacer el juicio y la justicia que no hizo mientras estaba en la carne, y que así puede escaparse del juicio divino, «en medio de la tierra» me parece que se dice del tiempo en que cada uno vive en el cuerpo; pues en esta vida cada uno lleva consigo su propia tierra, la cual, al morir el hombre, la tierra común recibe de vuelta, para serle ciertamente devuelta en su resurrección. Por tanto, «en medio de la tierra,» es decir, mientras nuestra alma está encerrada en este cuerpo terreno, se han de hacer juicio y justicia, los cuales nos serán provechosos en el más allá, cuando «cada uno reciba según lo que haya hecho en el cuerpo, sea bueno o malo.» [] Pues cuando el apóstol dice allí «en el cuerpo,» se refiere al tiempo que ha vivido en el cuerpo. Sin embargo, si alguien blasfema con mente maliciosa y pensamiento impío, sin que ningún miembro de su cuerpo se emplee en ello, no será por ello inocente porque no lo haya hecho con movimiento corporal, pues lo habrá hecho en el tiempo que ha pasado en el cuerpo. De la misma manera podemos entender convenientemente lo que leemos en el salmo: «Mas Dios, nuestro Rey antes de los siglos, ha obrado salvación en medio de la tierra;» de modo que se entienda que el Señor Jesús es nuestro Dios que es antes de los siglos, porque por Él fueron hechos los siglos, obrando nuestra salvación en medio de la tierra, pues el Verbo se hizo carne y habitó en un cuerpo terreno.
    Después de que Ana ha profetizado en estas palabras que quien se gloría debe gloriarse no en sí mismo en absoluto, sino en el Señor, dice, a causa de la retribución que ha de venir en el día del juicio: «El Señor ha subido a los cielos, y ha tronado: Él juzgará los confines de la tierra, porque es justo.» En todo esto mantiene el orden del credo de los cristianos: pues el Señor Cristo ha subido al cielo, y ha de venir de allí a juzgar a vivos y muertos. [] Porque, como dice el apóstol: «¿Quién ha subido sino Aquel que también ha descendido a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.» [] Por tanto, ha tronado mediante sus nubes, las cuales ha llenado con su Espíritu Santo cuando subió. Acerca de lo cual la esclava Jerusalén —es decir, la viña infructuosa— es amenazada en el profeta Isaías con que no lloverán sobre ella lluvias. Pero «Él juzgará los confines de la tierra» se dice como si se hubiera dicho: «incluso los extremos de la tierra.» Pues no significa que no juzgará las demás partes de la tierra, Él que, sin duda, juzgará a todos los hombres. Pero es mejor entender por los extremos de la tierra los extremos del hombre, puesto que no se juzgarán las cosas que, en el tiempo intermedio, se cambian para mejor o para peor, sino el final en el que será hallado aquel que es juzgado. Por esta razón se dice: «El que persevere hasta el fin, ese será salvo.» [] Por tanto, quien con perseverancia hace juicio y justicia en medio de la tierra no será condenado cuando se juzguen los extremos de la tierra. «Y da,» dice, «fuerza a nuestros reyes,» para que no los condene al juzgar. Les da fuerza con la cual, como reyes, gobiernan la carne y vencen al mundo en Aquel que ha derramado su sangre por ellos. «Y exaltará el cuerno de su Cristo.» ¿Cómo exaltará Cristo el cuerno de su Cristo? Pues Aquel de quien se dijo antes: «El Señor ha subido a los cielos,» es decir, el Señor Cristo, Él mismo, como se dice aquí, «exaltará el cuerno de su Cristo.» ¿Quién, pues, es el Cristo de su Cristo? ¿Acaso significa que exaltará el cuerno de cada uno de su pueblo creyente, como ella dice al comienzo de este himno: «Mi cuerno es exaltado en mi Dios?» Pues con razón podemos llamar cristos a todos los que son ungidos con su crisma, puesto que todo el cuerpo con su cabeza es un solo Cristo. [] Estas cosas ha profetizado Ana, la madre de Samuel, el varón santo y muy alabado, en las cuales, ciertamente, el cambio del antiguo sacerdocio fue entonces figurado y ahora se cumple, ya que la que tenía muchos hijos se ha debilitado, para que la estéril que ha dado a luz siete tenga el nuevo sacerdocio en Cristo.

    Capítulo 5

    De aquellas cosas que un varón de Dios dijo por el Espíritu a Elí, el sacerdote, significando que el sacerdocio que había sido establecido según Aarón había de ser quitado

    XVII, 5

    Pero esto lo dice con mayor claridad un varón de Dios enviado al mismo sacerdote Elí, cuyo nombre, ciertamente, no se menciona, pero cuyo oficio y ministerio muestran que fue indudablemente un profeta. Pues así está escrito: «Y vino un varón de Dios a Elí, y le dijo: Así dice el Señor: Claramente me revelé a la casa de tu padre, cuando estaban en la tierra de Egipto, esclavos en la casa del Faraón; y elegí la casa de tu padre de entre todos los cetros de Israel para que me sirviera en el oficio de sacerdote, para subir a mi altar, para quemar incienso y llevar el efod; y di a la casa de tu padre, por alimento, todas las ofrendas hechas por fuego de los hijos de Israel. ¿Por qué, pues, has mirado con ojo impudente mi incienso y mis ofrendas, y has glorificado a tus hijos más que a mí, para bendecir las primicias de todo sacrificio en Israel delante de mí? Por tanto, así dice el Señor Dios de Israel: Yo dije que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre; pero ahora dice el Señor: Lejos esté de mí; porque a los que me honran, yo los honraré, y el que me desprecia será despreciado. He aquí vienen días en que cortaré tu descendencia, y la descendencia de la casa de tu padre, y nunca habrá un anciano en mi casa. Y cortaré de ti al varón de mi altar, de modo que sus ojos se consuman y su corazón desfallezca; y todo el que quede de tu casa caerá a espada de hombres. Y esto te será por señal, lo que vendrá sobre estos tus dos hijos, Ofni y Finees: en un solo día morirán ambos. Y yo me levantaré un sacerdote fiel, que hará conforme a todo lo que está en mi corazón y en mi alma; y le edificaré una casa segura, y andará delante de mi Cristo para siempre. Y sucederá que el que quede en tu casa vendrá a adorarle con una pieza de dinero, diciendo: Ponme en alguna parte de tu sacerdocio, para que coma pan.»
    No podemos decir que esta profecía, en la que con tanta claridad se anuncia el cambio del sacerdocio antiguo, se cumplió en Samuel; pues aunque Samuel no era de otra tribu distinta de aquella que había sido designada por Dios para servir en el altar, sin embargo, no era de los hijos de Aarón, cuya descendencia fue apartada para que de ella se tomaran los sacerdotes. Y así, también por aquel hecho se prefigura el mismo cambio que había de realizarse por medio de Cristo Jesús; y la profecía misma, en el hecho, no en la palabra, pertenecía propiamente al Antiguo Testamento, pero en sentido figurado al Nuevo, significando por el hecho justamente lo que fue dicho por la palabra a Elí, el sacerdote, mediante el profeta. Pues después hubo sacerdotes del linaje de Aarón, como Sadoc y Abiatar durante el reinado de David, y otros en sucesión, antes de que llegara el tiempo en que aquellas cosas que tanto tiempo antes se habían predicho acerca del cambio del sacerdocio debían cumplirse por Cristo. Pero ¿quién que contemple ahora estas cosas con ojo creyente no ve que se han cumplido? Puesto que, en verdad, ningún tabernáculo, ningún templo, ningún altar, ningún sacrificio y, por tanto, tampoco ningún sacerdote ha quedado a los judíos, a quienes se mandó en la ley de Dios que aquel fuera ordenado de la descendencia de Aarón; lo cual también menciona aquí el profeta, cuando dice: «Así dice el Señor Dios de Israel: Yo dije que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre; pero ahora dice el Señor: Lejos esté de mí; porque a los que me honran, yo los honraré, y el que me desprecia será despreciado.» Pues que al nombrar la casa de su padre no se refiere a la de su padre inmediato, sino a la de Aarón, que fue el primero en ser instituido sacerdote, sucediéndole otros descendientes suyos, lo muestran las palabras precedentes, cuando dice: «Me revelé a la casa de tu padre, cuando estaban en la tierra de Egipto, esclavos en la casa del Faraón; y elegí la casa de tu padre de entre todos los cetros de Israel para que me sirviera en el oficio de sacerdote.» ¿Quién de los padres en aquella esclavitud egipcia, sino Aarón, fue su padre, quien, cuando fueron puestos en libertad, fue elegido para el sacerdocio? De su linaje, por tanto, ha dicho en este pasaje que sucedería que ya no fueran sacerdotes; lo cual ya vemos cumplido. Si la fe está vigilante, las cosas están delante de nosotros: se disciernen, se comprenden y se imponen a los ojos de los que no quieren, de modo que se ven: «He aquí vienen días,» dice, «en que cortaré tu descendencia, y la descendencia de la casa de tu padre, y nunca habrá un anciano en mi casa. Y cortaré de ti al varón de mi altar, de modo que sus ojos se consuman y su corazón desfallezca.» He aquí que ya han llegado los días que fueron anunciados. No hay sacerdote según el orden de Aarón; y cualquiera que sea varón de su linaje, cuando ve el sacrificio de los cristianos prevaleciendo por todo el mundo, pero aquel gran honor quitado de él, sus ojos desfallecen y su alma se derrite consumida por el dolor.
    Pero lo que sigue pertenece propiamente a la casa de Elí, a quien se dijeron estas cosas: «Y todo el que quede de tu casa caerá a espada de hombres. Y esto te será por señal, lo que vendrá sobre estos tus dos hijos, Ofni y Finees: en un solo día morirán ambos.» Esto, por tanto, se hace señal del cambio del sacerdocio de la casa de este hombre, por lo cual se significa que el sacerdocio de la casa de Aarón ha de ser cambiado. Pues la muerte de los hijos de este hombre significó la muerte no de los hombres, sino del sacerdocio mismo de los hijos de Aarón. Pero lo que sigue pertenece a aquel Sacerdote a quien Samuel tipificó al suceder a este. Por tanto, las cosas que siguen se dicen de Cristo Jesús, el verdadero Sacerdote del Nuevo Testamento: «Y me levantaré un Sacerdote fiel que hará conforme a todo lo que está en mi corazón y en mi alma; y le edificaré una casa segura.» Esta misma es la Jerusalén eterna de arriba. «Y Él andará,» dice, «delante de mi Cristo siempre.» «Andará» significa «estará en trato familiar,» así como antes había dicho de la casa de Aarón: «Yo dije que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de mí para siempre.» Pero lo que dice: «Andará delante de mi Cristo,» debe entenderse enteramente de la casa misma, no del Sacerdote, que es Cristo mismo, el Mediador y Salvador. Su casa, por tanto, andará delante de Él. «Andará» puede entenderse también como el paso de la muerte a la vida, todo el tiempo que atraviesa esta mortalidad, hasta el fin de este mundo. Pero donde Dios dice: «Quien hará todo lo que está en mi corazón y en mi alma,» no debemos pensar que Dios tiene alma, pues Él es el Autor de las almas; sino que esto se dice de Dios en sentido trópico, no propio, así como se dice que tiene manos y pies y otros miembros corporales. Y, para que no se suponga por tal lenguaje que el hombre en la forma de esta carne ha sido hecho a imagen de Dios, también se le atribuyen alas, que el hombre no tiene en absoluto; y se dice a Dios: «Escóndeme bajo la sombra de tus alas,» para que los hombres entiendan que tales cosas se dicen de aquella naturaleza inefable no con palabras propias, sino figuradas.
    Pero lo que se añade: «Y sucederá que el que quede en tu casa vendrá a adorarle,» no se dice propiamente de la casa de este Elí, sino de aquella de Aarón, cuyos hombres permanecieron hasta el advenimiento de Jesucristo, de cuya raza no faltan hombres aun en el presente. Pues de aquella casa de Elí ya se había dicho antes: «Y todo el que quede de tu casa caerá a espada de hombres.» ¿Cómo, pues, podría decirse aquí con verdad: «Y sucederá que todo el que quede vendrá a adorarle,» si es verdad que nadie escapará de la espada vengadora, a no ser que se quiera entender de los que pertenecen a la raza de todo aquel sacerdocio según el orden de Aarón? Por tanto, si se trata de estos, el remanente predestinado, acerca del cual otro profeta ha dicho: «El remanente será salvo;» [] de donde el apóstol dice también: «Así también en este tiempo ha quedado un remanente según la elección de la gracia;» [] puesto que fácilmente se entiende que de tal remanente es de lo que se dice: «El que quede en tu casa,» ciertamente cree en Cristo; así como en el tiempo del apóstol muchísimos de aquella nación creyeron; ni faltan ahora quienes, aunque muy pocos, todavía creen, y en ellos se cumple lo que este varón de Dios ha añadido aquí inmediatamente: «Vendrá a adorarle con una pieza de dinero;» ¿a adorar a quién, sino a aquel Sumo Sacerdote, que también es Dios? Pues en aquel sacerdocio según el orden de Aarón los hombres no iban al templo o al altar de Dios con el propósito de adorar al sacerdote. Pero ¿qué es lo que dice: «Con una pieza de dinero,» sino la breve palabra de la fe, acerca de la cual el apóstol cita el dicho: «Una palabra consumadora y abreviada hará el Señor sobre la tierra?» Y que el dinero se pone por la palabra, es testigo el salmo, donde se canta: «Las palabras del Señor son palabras puras, dinero acrisolado en el fuego.»
    ¿Qué dice, pues, el que viene a adorar al sacerdote de Dios, incluso al Sacerdote que es Dios? «Ponme en una parte de tu sacerdocio, para comer pan.» No deseo ser colocado en el honor de mis padres, que es ninguno; ponme en una parte de tu sacerdocio. Pues «he elegido ser humilde en tu casa;» deseo ser un miembro, no importa cuál, o cuán pequeño, de tu sacerdocio. Por sacerdocio entiende aquí el pueblo mismo, del cual Él es el Sacerdote que es el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. [] A este pueblo el apóstol Pedro lo llama «un pueblo santo, un sacerdocio real.» [] Pero algunos han traducido: «De tu sacrificio,» no «De tu sacerdocio,» lo cual no menos significa el mismo pueblo cristiano. De donde el apóstol Pablo dice: «Nosotros, siendo muchos, somos un solo pan, un solo cuerpo.» [] [Y de nuevo dice: «Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo.» [ Romanos 12:1]] Lo que, por tanto, ha añadido: «comer pan,» expresa también con elegancia el mismo género de sacrificio del cual el Sacerdote mismo dice: «El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» [] Este mismo es el sacrificio no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec: el que lee, entienda. [] Por tanto, esta breve y saludablemente humilde confesión, en la que se dice: «Ponme en una parte de tu sacerdocio, para comer pan,» es ella misma la pieza de dinero, pues es breve, y es la Palabra de Dios que habita en el corazón del que cree. Pues porque antes había dicho que había dado por alimento a la casa de Aarón las víctimas sacrificiales del Antiguo Testamento, donde dice: «He dado a la casa de tu padre por alimento todas las cosas que son ofrecidas por fuego de los hijos de Israel,» las cuales eran, ciertamente, los sacrificios de los judíos; por eso aquí ha dicho: «Para comer pan,» que es en el Nuevo Testamento el sacrificio de los cristianos.
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