XIII, 8
Porque si miramos el asunto con un poco más de cuidado, veremos que aun cuando un hombre muere fiel y laudablemente por la verdad, sigue evitando la muerte. Pues se somete a una parte de la muerte precisamente para evitar el todo y, además, la segunda y eterna muerte. Se somete a la separación del alma y del cuerpo, no sea que el alma quede separada a la vez de Dios y del cuerpo, y así se consume la primera muerte entera y la segunda muerte lo reciba para siempre. Por lo cual, la muerte, como he dicho, no es buena para nadie mientras se está sufriendo realmente y mientras somete al moribundo a su poder; pero se la soporta meritoriamente para conservar o alcanzar lo que es bueno. Y en cuanto a lo que sucede después de la muerte, no es absurdo decir que la muerte es buena para los buenos y mala para los malos. Porque los espíritus separados del cuerpo de los justos descansan; en cambio, los de los impíos sufren castigo hasta que sus cuerpos resucitan —los de los justos para vida eterna, y los de los otros para muerte eterna, que se llama la segunda muerte.
Si debemos decir que el instante de la muerte, en el que cesa la sensación, se da en la experiencia del moribundo o en la del muerto
XIII, 9
El instante en que las almas de los buenos y de los malos se separan del cuerpo, ¿diremos que es después de la muerte, o más bien en la muerte? Si es después de la muerte, entonces no es la muerte la que es buena o mala, puesto que la muerte está acabada y pasada, sino la vida en la que el alma ha entrado ya. La muerte era un mal cuando estaba presente, es decir, cuando la sufrían los moribundos; pues les traía una experiencia dura y penosa, de la que los buenos hacen un buen uso. Pero cuando la muerte ha pasado, ¿cómo puede ser bueno o malo lo que ya no existe? Más aún, si examinamos el asunto más de cerca, veremos que incluso aquel dolor agudo y penoso que experimentan los moribundos no es la muerte misma. Pues mientras tienen alguna sensación, ciertamente están vivos; y, si aún están vivos, debe decirse más bien que se hallan en un estado anterior a la muerte que en la muerte. Porque cuando la muerte llega realmente, nos priva de toda sensación corporal, la cual, mientras la muerte solo se acerca, es dolorosa. Y así es difícil explicar cómo hablamos de quienes aún no han muerto, sino que agonizan en su extremo último y mortal, como estando en el artículo de la muerte. Pero ¿qué otra cosa podemos llamarlos sino moribundos? Pues cuando la muerte que era inminente haya llegado realmente, ya no podemos llamarlos moribundos, sino muertos. Por tanto, nadie está muriendo si no está viviendo; puesto que incluso quien se halla en el último extremo de la vida y, como decimos, entrega el espíritu, todavía vive. La misma persona está, pues, a la vez muriendo y viviendo, acercándose a la muerte y apartándose de la vida; aún en la vida, porque su espíritu permanece todavía en el cuerpo; aún no en la muerte, porque todavía no ha abandonado el cuerpo. Pero si, cuando lo ha abandonado, el hombre no está entonces siquiera en la muerte, sino después de la muerte, ¿quién dirá cuándo está en la muerte? Por una parte, nadie puede ser llamado moribundo si un hombre no puede estar muriendo y viviendo al mismo tiempo; y mientras el alma está en el cuerpo, no podemos negar que está viviendo. Por otra parte, si al hombre que se acerca a la muerte se le llama más bien moribundo, no sé quién está viviendo.
XIII, 10
Pues tan pronto como comenzamos a vivir en este cuerpo que muere, comenzamos a movernos sin cesar hacia la muerte. Porque en todo el curso de esta vida (si es que hemos de llamarla vida), su mutabilidad tiende hacia la muerte. Ciertamente no hay nadie que no esté más cerca de ella este año que el año pasado, mañana que hoy, hoy que ayer, dentro de un poco que ahora, y ahora que hace un poco. Porque todo el tiempo que vivimos se deduce de nuestro plazo total de vida, y lo que queda disminuye cada día más y más; de modo que toda nuestra vida no es sino una carrera hacia la muerte, en la que a nadie se le permite detenerse un poco, ni ir algo más despacio, sino que todos son empujados hacia adelante con movimiento imparcial y con igual rapidez. Pues aquel cuya vida es corta no emplea el día más velozmente que aquel cuya vida es más larga. Pero mientras los momentos iguales son arrebatados imparcialmente a ambos, el uno tiene una meta más cercana y el otro más remota que alcanzar con esta misma velocidad. Una cosa es hacer un viaje más largo, y otra caminar más despacio. Por tanto, quien emplea más tiempo en su camino hacia la muerte no avanza a paso más lento, sino que recorre más terreno. Además, si todo hombre comienza a morir, es decir, está en la muerte, tan pronto como la muerte ha comenzado a mostrarse en él (a saber, quitándole la vida; pues cuando toda la vida ha sido quitada, el hombre estará entonces no en la muerte, sino después de la muerte), entonces comienza a morir tan pronto como comienza a vivir. Porque ¿qué otra cosa sucede en todos sus días, horas y momentos hasta que esta muerte de lenta operación se consuma plenamente? Y entonces viene el tiempo después de la muerte, en lugar de aquel en que la vida estaba siendo retirada y que llamábamos estar en la muerte. El hombre, pues, nunca está en la vida desde el momento en que habita en este cuerpo que muere más bien que vive —si al menos no puede estar a la vez en la vida y en la muerte. O más bien, ¿diremos que está en ambas?— en la vida, a saber, que vive hasta que todo se consume; pero también en la muerte, que muere a medida que su vida se consume. Porque si no está en la vida, ¿qué es lo que se consume hasta que todo se acaba? Y si no está en la muerte, ¿qué es esta consumación misma? Porque cuando toda la vida ha sido consumida, la expresión «después de la muerte» carecería de sentido si esa consumación no hubiera sido muerte. Y si, cuando todo ha sido consumido, el hombre no está en la muerte sino después de la muerte, ¿cuándo está en la muerte sino cuando la vida está siendo consumida?
XIII, 11
Pero si es absurdo decir que un hombre está en la muerte antes de llegar a la muerte (pues ¿hacia dónde corre su curso mientras atraviesa la vida, si ya está en la muerte?), y si ultraja el uso común hablar de un hombre que está a la vez vivo y muerto, tanto como hablar de él como a la vez dormido y despierto, queda por preguntar cuándo está muriendo un hombre. Pues, antes de que venga la muerte, no está muriendo sino viviendo; y cuando la muerte ha llegado, no está muriendo sino muerto. Lo uno es antes, lo otro después de la muerte. ¿Cuándo, pues, está en la muerte, de modo que podamos decir que está muriendo? Pues así como hay tres tiempos, antes de la muerte, en la muerte, después de la muerte, así hay tres estados correspondientes: viviendo, muriendo, muerto. Y es muy difícil definir cuándo un hombre está en la muerte o muriendo, cuando no está ni viviendo, que es antes de la muerte, ni muerto, que es después de la muerte, sino muriendo, que es en la muerte. Pues mientras el alma está en el cuerpo, especialmente si permanece la conciencia, el hombre ciertamente vive; porque el cuerpo y el alma constituyen al hombre. Y así, antes de la muerte, no puede decirse que esté en la muerte, pero cuando, por otra parte, el alma se ha ido y toda sensación corporal se ha extinguido, la muerte ha pasado y el hombre está muerto. Entre estos dos estados no halla lugar la condición de moribundo; pues si un hombre aún vive, la muerte no ha llegado; si ha dejado de vivir, la muerte ha pasado. Nunca, pues, está muriendo, es decir, comprendido en el estado de muerte. Así también en el paso del tiempo: intentas poner el dedo en el presente y no puedes hallarlo, porque el presente no ocupa espacio alguno, sino que es solo la transición del tiempo del futuro al pasado. ¿Debemos concluir, entonces, que no existe en absoluto la muerte del cuerpo? Porque si existe, ¿dónde está, puesto que no está en nadie y nadie puede estar en ella? Pues, ciertamente, si aún hay vida, la muerte todavía no está; porque este estado es antes de la muerte, no en la muerte; y si la vida ya ha cesado, la muerte no está presente; porque este estado es después de la muerte, no en la muerte. Por otra parte, si no hay muerte antes ni después, ¿qué queremos decir cuando decimos «después de la muerte,» o «antes de la muerte?» Es una manera necia de hablar si no hay muerte. ¡Y ojalá hubiéramos vivido tan bien en el Paraíso que en verdad no existiera ahora la muerte! Pero no solo existe ahora, sino que es cosa tan grave que ninguna habilidad basta ni para explicarla ni para evitarla.
Hablemos, pues, del modo acostumbrado —ningún hombre debe hablar de otro modo— y llamemos al tiempo antes de que llegue la muerte «antes de la muerte;» como está escrito, «No alabes a nadie antes de su muerte.» [] Y cuando haya sucedido, digamos que «después de la muerte» ocurrió esto o aquello. Y del tiempo presente hablemos lo mejor que podamos, como cuando decimos, «Él, al morir, hizo su testamento y dejó esto o aquello a tales y tales personas,» —aunque, por supuesto, no podría hacerlo si no estuviera vivo, y lo hizo más bien antes de la muerte que en la muerte. Y usemos la misma fraseología que usa la Escritura; pues no tiene escrúpulo en decir que los muertos no están después, sino en la muerte. Así aquel versículo, «Porque en la muerte no hay recuerdo de ti.» Pues hasta la resurrección se dice con razón que los hombres están en la muerte; como se dice que todos están en el sueño hasta que despiertan. Sin embargo, aunque podemos decir de las personas que están dormidas que duermen, no podemos hablar así de los muertos y decir que están muriendo. Pues, en lo que respecta a la muerte del cuerpo, de la que ahora hablamos, no se puede decir que quienes ya están separados de sus cuerpos continúen muriendo. Pero esto, como ves, es justo lo que yo decía: que no hay palabras que puedan explicar cómo se dice que los moribundos viven, o cómo se dice que los muertos, aun después de la muerte, están en la muerte. Pues ¿cómo pueden estar después de la muerte si están en la muerte, especialmente cuando ni siquiera los llamamos muriendo, como llamamos a los que están en el sueño durmiendo; y a los que están en la languidez, languideciendo; y a los que están en el dolor, afligiéndose; y a los que están en la vida, viviendo? Y sin embargo los muertos, hasta que resuciten, se dice que están en la muerte, pero no se les puede llamar muriendo.
Por tanto, creo que no ha sucedido de manera inadecuada ni impropia, aunque no por intención del hombre, sino quizá con propósito divino, que esta palabra latina moritur no pueda ser declinada por los gramáticos según la regla seguida por palabras semejantes. Pues oritur da la forma ortus est para el perfecto; y todos los verbos semejantes forman este tiempo a partir de sus participios perfectos. Pero si preguntamos el perfecto de moritur, obtenemos la respuesta regular mortuus est, con doble u. Pues así se pronuncia mortuus, como fatuus, arduus, conspicuus, y palabras semejantes, que no son participios perfectos sino adjetivos, y se declinan sin atender al tiempo. Pero mortuus, aunque en su forma es adjetivo, se usa como participio perfecto, como si hubiera que declinar lo que no puede declinarse; y así ha sucedido adecuadamente que, así como la cosa misma no puede de hecho declinarse, tampoco puede declinarse la palabra que significa el acto. Sin embargo, con la ayuda de la gracia de nuestro Redentor, podemos al menos declinar la segunda. Pues esta es aún más grave y, ciertamente, de todos los males el peor, ya que no consiste en la separación del alma y del cuerpo, sino en la unión de ambos en la muerte eterna. Y allí, en notable contraste con nuestras condiciones presentes, los hombres no estarán antes ni después de la muerte, sino siempre en la muerte; y así nunca viviendo, nunca muertos, sino muriendo sin fin. Y nunca puede un hombre estar más desastrosamente en la muerte que cuando la muerte misma sea inmortal.
Qué muerte quiso decir Dios cuando amenazó a nuestros primeros padres con la muerte si desobedecían su mandamiento
XIII, 12
Cuando, pues, se pregunta qué muerte fue aquella con la que Dios amenazó a nuestros primeros padres si transgredían el mandamiento que habían recibido de Él y no guardaban su obediencia —si fue la muerte del alma, o del cuerpo, o del hombre entero, o la que se llama segunda muerte—, debemos responder: Es todas. Pues la primera consta de dos; la segunda es la muerte completa, que consta de todas. Pues, como toda la tierra consta de muchas tierras, y la Iglesia universal de muchas iglesias, así la muerte universal consta de todas las muertes. La primera consta de dos: una del cuerpo y otra del alma. De modo que la primera muerte es una muerte del hombre entero, puesto que el alma sin Dios y sin el cuerpo sufre castigo por un tiempo; pero la segunda es cuando el alma, sin Dios pero con el cuerpo, sufre castigo eterno. Cuando, pues, Dios dijo a aquel primer hombre a quien había puesto en el Paraíso, refiriéndose al fruto prohibido, «El día que comas de él, ciertamente morirás,» [] aquella amenaza incluía no solo la primera parte de la primera muerte, por la cual el alma es privada de Dios; ni solo la parte subsiguiente de la primera muerte, por la cual el cuerpo es privado del alma; ni solo la primera muerte entera misma, por la cual el alma es castigada en la separación de Dios y del cuerpo —sino que incluye todo lo que hay de muerte, hasta aquella muerte final que se llama segunda, a la cual ninguna es subsiguiente.
XIII, 13
Pues tan pronto como nuestros primeros padres transgredieron el mandamiento, la gracia divina los abandonó y quedaron confundidos por su propia maldad; por eso tomaron hojas de higuera (que posiblemente fueron las primeras que hallaron a mano en su estado de turbación) y cubrieron su vergüenza; pues aunque sus miembros seguían siendo los mismos, ahora tenían vergüenza donde antes no la tenían. Experimentaron un movimiento nuevo de su carne, que se había vuelto desobediente a ellos, en estricta retribución de su propia desobediencia a Dios. Porque el alma, deleitándose en su propia libertad y desdeñando servir a Dios, fue privada ella misma del dominio que antes había mantenido sobre el cuerpo. Y por haber desertado voluntariamente de su Señor superior, ya no retuvo a su propio siervo inferior; ni pudo mantener sujeta la carne, como siempre habría podido hacerlo si ella misma hubiera permanecido sujeta a Dios. Entonces comenzó la carne a codiciar contra el espíritu, [] en cuya contienda nacemos, derivando de la primera transgresión una semilla de muerte, y llevando en nuestros miembros y en nuestra naturaleza viciada la contienda o incluso la victoria de la carne.
En qué estado fue hecho el hombre por Dios, y a qué condición cayó por elección de su propia voluntad
XIII, 14
Pues Dios, autor de las naturalezas, no de los vicios, creó al hombre recto; pero el hombre, corrompido por su propia voluntad y justamente condenado, engendró hijos corrompidos y condenados. Porque todos estábamos en aquel único hombre, ya que todos éramos aquel único hombre que cayó en el pecado por la mujer que fue hecha de él antes del pecado. Pues todavía no había sido creada y distribuida a nosotros la forma particular en la que habíamos de vivir como individuos, pero ya estaba allí la naturaleza seminal de la que habíamos de ser propagados; y esta, viciada por el pecado, atada por la cadena de la muerte y justamente condenada, hizo que el hombre no pudiera nacer del hombre en otro estado. Y así, del mal uso del libre albedrío se originó toda la serie de males que, con su concatenación de miserias, conduce a la raza humana desde su origen depravado, como de una raíz corrompida, hasta la destrucción de la segunda muerte, que no tiene fin, exceptuándose solo aquellos que son liberados por la gracia de Dios.
De que Adán en su pecado abandonó a Dios antes de que Dios lo abandonara a él, y de que su apartamiento de Dios fue la primera muerte del alma
XIII, 15
Tal vez pudiera suponerse que, porque Dios dijo: «De cierto morirás» [], y no «moriréis», debemos entender solamente aquella muerte que ocurre cuando el alma es abandonada por Dios, que es su vida; pues no fue abandonada por Dios y así lo abandonó, sino que lo abandonó, y así fue abandonada por Él. Porque su propia voluntad fue la originadora de su mal, así como Dios fue el originador de sus movimientos hacia el bien, tanto al crearla cuando no era, como al rehacerla cuando había caído y perecido. Pero aunque supongamos que Dios quiso decir solamente esta muerte, y que las palabras: «El día que comas de él, de cierto morirás», deben entenderse como si dijera: «El día que me abandones por desobediencia, yo te abandonaré en justicia», ciertamente en esta muerte estaban también amenazadas las otras muertes, que eran su consecuencia inevitable. Pues en el primer movimiento de la moción desobediente que se sintió en la carne del alma desobediente, y que hizo que nuestros primeros padres cubrieran su vergüenza, se experimenta ciertamente una muerte: aquella que ocurre cuando Dios abandona al alma. (Esto fue insinuado por las palabras que pronunció cuando el hombre, estupefacto por el miedo, se había escondido: «Adán, ¿dónde estás?» [], palabras que no usó por ignorancia de quien pregunta, sino para advertirle que considerara dónde estaba, puesto que Dios no estaba con él.) Pero cuando el alma misma abandonó el cuerpo, corrompido y decaído por la edad, se experimentó la otra muerte, de la cual Dios había hablado al pronunciar la sentencia del hombre: «Tierra eres, y a la tierra volverás» []. Y de estas dos muertes se compone aquella primera muerte de todo el hombre. Y a esta primera muerte sigue finalmente la segunda, a menos que el hombre sea librado por la gracia. Porque el cuerpo no volvería a la tierra de la que fue hecho, sino solamente por la muerte propia de sí mismo, que ocurre cuando es abandonado por el alma, su vida. Y por tanto, es cosa acordada entre todos los cristianos que sostienen verdaderamente la fe católica, que estamos sujetos a la muerte del cuerpo, no por la ley de la naturaleza, por la cual Dios no ordenó muerte alguna para el hombre, sino por su justa imposición a causa del pecado; pues Dios, tomando venganza del pecado, dijo al hombre, en quien todos estábamos entonces: «Polvo eres, y al polvo volverás».
De los filósofos que piensan que la separación del alma y del cuerpo no es una pena, aunque Platón presenta a la suprema deidad prometiendo a los dioses inferiores que nunca serán despedidos de sus cuerpos
XIII, 16
Pero los filósofos contra quienes defendemos la ciudad de Dios, es decir, su Iglesia, se figuran tener buena causa para burlarse de nosotros, porque decimos que la separación del alma del cuerpo debe tenerse como parte del castigo del hombre. Pues suponen que la bienaventuranza del alma solo entonces es completa, cuando está enteramente desnuda del cuerpo y vuelve a Dios como alma pura y simple y, por así decirlo, desnuda. Sobre este punto, si no encontrara nada en su propia literatura para refutar esta opinión, me vería forzado a demostrar laboriosamente que no es el cuerpo, sino la corruptibilidad del cuerpo, lo que es una carga para el alma. De ahí aquella sentencia de la Escritura que citamos en un libro anterior: «Porque el cuerpo corruptible agrava el alma» []. Se añade la palabra corruptible para mostrar que el alma es agravada, no por un cuerpo cualquiera, sino por el cuerpo tal como ha llegado a ser a consecuencia del pecado. Y aun cuando no se hubiera añadido la palabra, no podríamos entender otra cosa. Pero cuando Platón declara expresamente que los dioses hechos por el Supremo tienen cuerpos inmortales, y cuando introduce a su Hacedor mismo prometiéndoles como gran merced que permanecerían en sus cuerpos eternamente y nunca serían desatados de ellos por muerte alguna, ¿por qué estos adversarios nuestros, por perturbar la fe cristiana, fingen ignorar lo que muy bien saben, y hasta prefieren contradecirse a sí mismos antes que perder una ocasión de contradecirnos? He aquí las palabras de Platón, traducidas por Cicerón, en las que presenta al Supremo dirigiéndose a los dioses que había hecho y diciendo: «Vosotros, que habéis nacido de una estirpe divina, considerad de qué obras soy padre y autor. Estas (vuestros cuerpos) son indestructibles mientras yo lo quiera; aunque todo lo compuesto puede destruirse. Pero es impío disolver lo que la razón ha compactado. Mas, puesto que habéis nacido, no podéis ciertamente ser inmortales e indestructibles; sin embargo, de ningún modo seréis destruidos, ni hado alguno os entregará a la muerte, ni prevalecerá sobre mi voluntad, que es garantía más firme de vuestra perpetuidad que aquellos cuerpos a los que fuisteis unidos cuando nacisteis.» Platón, como veis, dice que los dioses son mortales por la unión del cuerpo y del alma, y sin embargo son hechos inmortales por la voluntad y el decreto de su Hacedor. Si, por tanto, es un castigo para el alma estar unida a cualquier cuerpo, ¿por qué Dios se dirige a ellos como si temieran la muerte, es decir, la separación del alma y del cuerpo? ¿Por qué procura tranquilizarlos prometiéndoles inmortalidad, no en virtud de su naturaleza, que es compuesta y no simple, sino en virtud de su voluntad invencible, por la cual puede lograr que ni lo nacido muera, ni lo compuesto se disuelva, sino que se conserve eternamente?
Si esta opinión de Platón acerca de los astros es verdadera o no, es otra cuestión. Pues no podemos concederle sin más que estos cuerpos luminosos o globos, que de día y de noche alumbran la tierra con la luz de su sustancia corpórea, tengan también almas intelectuales y bienaventuradas que animen cada una su propio cuerpo, como él afirma confiadamente del universo mismo, como si fuera un enorme animal en el que estuvieran contenidos todos los demás animales. Pero esto, como he dicho, es otra cuestión, que no nos hemos propuesto discutir por ahora. Solo esto me pareció oportuno aducir, en oposición a aquellos que tanto se enorgullecen de ser, o de ser llamados, platónicos, que se avergüenzan de ser cristianos y que no soportan ser llamados con un nombre que también lleva el vulgo, no sea que vulgaricen la cofradía de los filósofos, que es orgullosa en proporción a su exclusividad. Estos hombres, buscando un punto débil en la doctrina cristiana, eligen para atacarla la eternidad del cuerpo, como si fuera una contradicción defender la bienaventuranza del alma y desear que esta more siempre en el cuerpo, atada, por así decirlo, con una cadena lamentable; y esto aunque Platón, su propio fundador y maestro, afirma que fue concedido por el Supremo como una merced a los dioses que había hecho, que no murieran, es decir, que no fueran separados de los cuerpos con los que Él los había unido.
Capítulo 17. Contra los que afirman que los cuerpos terrenos no pueden hacerse incorruptibles y eternos
XIII, 17
Estos mismos filósofos sostienen además que los cuerpos terrenos no pueden ser eternos, aunque no dudan de que toda la tierra, que es el miembro central de su dios —no, ciertamente, del dios supremo, sino de un gran dios, es decir, de todo este mundo— es eterna. Puesto que, entonces, el Supremo les hizo otro dios, es decir, este mundo, superior a los demás dioses que están debajo de Él; y puesto que suponen que este dios es un animal, que tiene, como afirman, un alma racional o intelectual encerrada en la enorme mole de su cuerpo, y que tiene, como miembros convenientemente situados y ajustados de su cuerpo, los cuatro elementos, cuya unión desean que sea indisoluble y eterna, no sea que acaso este gran dios suyo pueda perecer algún día: ¿qué razón hay para que la tierra, que es el miembro central en el cuerpo de una criatura mayor, sea eterna, y los cuerpos de las demás criaturas terrenas no puedan ser posiblemente eternos, si Dios así lo quisiera? Pero la tierra, dicen, debe volver a la tierra, de la cual han sido tomados los cuerpos terrenos de los animales. Pues esta, dicen, es la razón de la necesidad de su muerte y disolución, y este el modo de su restauración a la tierra sólida y eterna de donde vinieron. Pero si alguien dice lo mismo del fuego, sosteniendo que los cuerpos que de él se derivan para hacer los seres celestiales deben ser restituidos al fuego universal, ¿no se desvanece en el calor de esta disputa la inmortalidad que Platón presenta a estos dioses recibiendo del Supremo? ¿O no ocurre esto con los seres celestiales porque Dios, cuya voluntad, como dice Platón, vence a todos los poderes, ha querido que no sea así? ¿Qué impide, entonces, que Dios ordene lo mismo de los cuerpos terrenos? Y puesto que, en efecto, Platón reconoce que Dios puede impedir que lo nacido muera, y que lo unido sea separado, y que lo compuesto sea disuelto, y puede ordenar que las almas, una vez asignadas a sus cuerpos, nunca los abandonen, sino que gocen con ellos de inmortalidad y dicha sempiterna, ¿por qué no podría también lograr que los cuerpos terrenos no mueran? ¿Es Dios impotente para hacer todo lo que es propio del credo cristiano, pero poderoso para hacer todo lo que los platónicos desean? ¡A los filósofos, en verdad, se les ha concedido un conocimiento de los propósitos y del poder divinos que ha sido negado a los profetas! La verdad es que el Espíritu de Dios enseñó a sus profetas de su voluntad cuanto le pareció oportuno revelar, pero los filósofos, en sus esfuerzos por descubrirla, fueron engañados por la conjetura humana.
Pero no deberían haberse extraviado tanto —no diré por su ignorancia, sino por su obstinación— como para contradecirse con tanta frecuencia; pues sostienen, con toda su jactanciosa fuerza, que para la felicidad del alma esta debe abandonar no solo su cuerpo terreno, sino todo tipo de cuerpo. Y sin embargo sostienen que los dioses, cuyas almas son bienaventuradísimas, están atados a cuerpos eternos: los celestiales a cuerpos ígneos, y el alma de Júpiter mismo (o de este mundo, como quieren hacernos creer) a todos los elementos físicos que componen toda esta mole que se extiende desde la tierra hasta el cielo. Pues Platón cree que esta alma se extiende y difunde mediante números musicales, desde el centro del interior de la tierra, que los geómetras llaman centro, hacia afuera por todas sus partes hasta las más altas cumbres y extremos de los cielos; de modo que este mundo es un grandísimo y bienaventurado animal inmortal, cuya alma tiene la perfecta bienaventuranza de la sabiduría y nunca abandona su propio cuerpo, y cuyo cuerpo tiene vida sempiterna del alma, y de ningún modo lo estorba o lo impide, aunque él mismo no es un cuerpo simple, sino compactado de tantos y tan enormes materiales. Puesto que, por tanto, conceden tanto a sus propias conjeturas, ¿por qué se niegan a creer que por la voluntad y el poder divinos puede conferirse la inmortalidad a los cuerpos terrenos, en los cuales las almas no se verían oprimidas por la carga de ellos, ni separadas de ellos por muerte alguna, sino que vivirían eterna y bienaventuradamente? ¿No afirman acaso que sus propios dioses viven así en cuerpos de fuego, y que el propio Júpiter, su rey, vive así en los elementos físicos? Si, para su bienaventuranza, el alma debe abandonar todo tipo de cuerpo, que sus dioses huyan de las esferas estrelladas, y Júpiter de la tierra al cielo; o, si no pueden hacerlo, que sean declarados miserables. Pero ninguna de las dos alternativas adoptarán estos hombres. Pues, por una parte, no se atreven a atribuir a sus propios dioses una partida del cuerpo, no sea que parezca que adoran a mortales; por otra parte, no se atreven a negar su felicidad, no sea que reconozcan a unos desdichados como dioses. Por tanto, para obtener la bienaventuranza, no necesitamos abandonar todo tipo de cuerpo, sino solo el corruptible, el gravoso, el penoso, el moribundo; no cuerpos como los que la bondad de Dios ideó para el primer hombre, sino solo los que el pecado del hombre acarreó.
De los cuerpos terrenos, que los filósofos afirman que no pueden estar en los lugares celestiales, porque todo lo que es de tierra es atraído a la tierra por su peso natural
XIII, 18
Pero es necesario, dicen, que el peso natural de los cuerpos terrenos o los retenga en la tierra o los atraiga hacia ella; y por tanto no pueden estar en el cielo. Nuestros primeros padres estaban ciertamente en la tierra, en un lugar bien arbolado y fructífero, que ha sido llamado Paraíso. Pero que nuestros adversarios consideren con un poco más de cuidado este asunto del peso terreno, porque tiene importantes implicaciones, tanto para la ascensión del cuerpo de Cristo como para el cuerpo de resurrección de los santos. Si la habilidad humana puede, con algún artificio, fabricar vasijas que floten, de metales que se hunden tan pronto como se colocan en el agua, ¿cuánto más creíble es que Dios, mediante algún modo oculto de operación, logre con mayor certeza aún que estas masas terrenas sean emancipadas de la presión descendente de su peso? Esto no puede ser imposible para aquel Dios por cuya voluntad omnipotente, según Platón, ni lo nacido perece, ni lo compuesto se disuelve, especialmente puesto que es mucho más admirable que las esencias espirituales y corporales estén unidas, que el que los cuerpos sean ajustados a otras sustancias materiales. ¿No podemos también creer fácilmente que las almas, hechas perfectamente bienaventuradas, sean dotadas del poder de mover sus cuerpos terrenos pero incorruptibles como les plazca, con movimiento casi espontáneo, y de colocarlos donde les plazca con prontísima acción? Si los ángeles transportan a las criaturas terrenas que quieren desde cualquier lugar que quieren, y las llevan adonde quieren, ¿ha de creerse que no pueden hacerlo sin esfuerzo y sin la sensación de carga? ¿Por qué, entonces, no podemos creer que los espíritus de los santos, hechos perfectos y bienaventurados por la gracia divina, pueden llevar sus propios cuerpos donde les place y colocarlos donde quieren? Pues, aunque estamos acostumbrados a notar, al cargar pesos, que cuanto mayor es la cantidad, mayor es el peso de los cuerpos terrenos, y que cuanto mayor es el peso, más gravoso es, sin embargo el alma lleva los miembros de su propia carne con menos dificultad cuando están macizos de salud que en la enfermedad, cuando están consumidos. Y aunque el hombre sano y fuerte parezca más pesado a otros hombres que lo cargan que el enjuto y enfermizo, sin embargo el hombre mismo mueve y lleva su propio cuerpo con menos sensación de carga cuando tiene el mayor volumen de una salud vigorosa, que cuando su cuerpo está reducido al mínimo por el hambre o la enfermedad. De tal importancia, al estimar el peso de los cuerpos terrenos, aun mientras son todavía corruptibles y mortales, es la consideración no del peso muerto, sino del equilibrio saludable de las partes. ¿Y qué palabras pueden decir la diferencia entre lo que ahora llamamos salud y la futura inmortalidad? Que los filósofos, pues, no piensen que pueden derribar nuestra fe con argumentos tomados del peso de los cuerpos; porque no me interesa indagar por qué no pueden creer que un cuerpo terreno pueda estar en el cielo, mientras toda la tierra está suspendida sobre nada. Pues quizá el mundo mantiene su lugar central por la misma ley que atrae hacia su centro todos los cuerpos pesados. Pero esto digo: si los dioses menores, a quienes Platón encomendó la creación del hombre y de las demás criaturas terrenas, pudieron, como él afirma, retirar del fuego su cualidad de quemar, dejándole la de iluminar, de modo que brillara a través de los ojos; y si al Dios supremo Platón le concede también el poder de preservar de la muerte las cosas que han nacido, y de preservar de la disolución las cosas que están compuestas de partes tan diferentes como el cuerpo y el espíritu, ¿hemos de dudar en conceder a este mismo Dios el poder de obrar sobre la carne de aquel a quien ha dotado de inmortalidad, de modo que le retire la corrupción pero le deje la naturaleza, le quite el peso gravoso pero le conserve la forma y los miembros convenientes? Pero acerca de nuestra fe en la resurrección de los muertos, y acerca de sus cuerpos inmortales, hablaremos más extensamente, si Dios quiere, al final de esta obra.
Contra la opinión de quienes no creen que los primeros hombres habrían sido inmortales si no hubieran pecado
XIII, 19
Por ahora sigamos, como hemos comenzado, dando alguna explicación acerca de los cuerpos de nuestros primeros padres. Digo, pues, que, salvo como justa consecuencia del pecado, no habrían estado sometidos ni siquiera a esta muerte, que es buena para los buenos—esta muerte, que no es conocida y creída exclusivamente por unos pocos, sino conocida por todos, por la cual se separan el alma y el cuerpo, y por la cual el cuerpo de un animal que hace un momento vivía visiblemente está ahora visiblemente muerto. Pues aunque no puede haber duda alguna de que las almas de los justos y santos difuntos viven en un descanso pacífico, sin embargo tanto mejor sería para ellos estar vivos en cuerpos sanos y bien dispuestos, que incluso quienes sostienen la doctrina de que es sumamente bienaventurado verse libre de toda clase de cuerpo, condenan esta opinión a su pesar. Pues nadie se atreverá a colocar a los sabios, ya sea que aún hayan de morir o que ya estén muertos —en otras palabras, ya sea que ya estén libres del cuerpo o que lo estén pronto— por encima de los dioses inmortales, a quienes el Ser Supremo, en Platón, promete como magnífico don una vida indisoluble, es decir, en eterna unión con sus cuerpos. Pero este mismo Platón piensa que nada mejor puede suceder a los hombres que pasar por la vida piadosa y justamente, y, separados de sus cuerpos, ser recibidos en el seno de los dioses, que nunca abandonan los suyos; «que, olvidados del pasado, puedan volver a visitar el aire superior y concebir el anhelo de regresar de nuevo al cuerpo.» Se aplaude a Virgilio por tomar esto del sistema platónico. Ciertamente Platón piensa que las almas de los mortales no pueden estar siempre en sus cuerpos, sino que necesariamente han de ser despedidas por la muerte; y, por otra parte, piensa que sin cuerpos no pueden durar para siempre, sino que con incesante alternancia pasan de la vida a la muerte, y de la muerte a la vida. Sin embargo, establece esta diferencia entre los sabios y los demás: que aquellos son llevados después de la muerte a las estrellas, para que cada hombre pueda reposar por un tiempo en una estrella adecuada para él, y desde allí pueda regresar a los trabajos y miserias de los mortales cuando se haya olvidado de su miseria anterior y esté poseído por el deseo de encarnarse. Los que, en cambio, han vivido neciamente transmigran a cuerpos adecuados para ellos, ya sean humanos o bestiales. Así ha asignado incluso a las almas buenas y sabias una suerte ciertamente muy dura, ya que no reciben cuerpos tales que pudieran habitar siempre e incluso inmortalmente, sino solo tales que no pueden retener permanentemente ni gozar sin ellos de una pureza eterna. De esta noción de Platón hemos dicho ya en un libro anterior que Porfirio se avergonzó a la luz de estos tiempos cristianos, de modo que no solo emancipó a las almas humanas de un destino en cuerpos de bestias, sino que también defendió la liberación de las almas de los sabios de todos los lazos corporales, para que, escapando de toda carne, pudieran, como almas desnudas y bienaventuradas, morar con el Padre por tiempo sin fin. Y para que no pareciera que quedaba superado por la promesa de Cristo de la vida eterna a sus santos, estableció también a las almas purificadas en una felicidad sin fin, sin retorno a sus males anteriores; pero, para contradecir a Cristo, niega la resurrección de cuerpos incorruptibles y sostiene que esas almas vivirán eternamente, no solo sin cuerpos terrenales, sino sin cuerpo alguno. Y sin embargo, cualesquiera que fueran sus intenciones con esta enseñanza, al menos no enseñó que esas almas no debieran ofrecer culto religioso alguno a los dioses que moraban en cuerpos. ¿Y por qué no lo hizo, sino porque no creía que las almas, aun separadas del cuerpo, fueran superiores a aquellos dioses? Por lo cual, si estos filósofos no se atreverán (como creo que no se atreverán) a poner las almas humanas por encima de los dioses que son sumamente bienaventurados y, sin embargo, están eternamente ligados a sus cuerpos, ¿por qué consideran absurdo lo que predica la fe cristiana, a saber, que nuestros primeros padres fueron creados de tal modo que, si no hubieran pecado, no habrían sido separados de sus cuerpos por muerte alguna, sino que habrían sido dotados de inmortalidad como recompensa de su obediencia, y habrían vivido eternamente con sus cuerpos; y además, que los santos habitarán en la resurrección esos mismos cuerpos en los que aquí se han afanado, pero de tal manera que ni corrupción ni torpeza alguna se permita adherir a su carne, ni dolor ni turbación alguna nuble su felicidad?
Que la carne que ahora descansa en paz será resucitada a una perfección no disfrutada por la carne de nuestros primeros padres
XIII, 20
Así, las almas de los santos difuntos no son afectadas por la muerte que las despide de sus cuerpos, porque su carne descansa en esperanza, sin importar qué indignidades reciba después de que la sensación se haya ido. Pues no desean que sus cuerpos sean olvidados, como Platón juzga conveniente, sino que, porque recuerdan lo que ha sido prometido por Aquel que no engaña a nadie, y que les dio seguridad incluso de la conservación de los cabellos de su cabeza, esperan con paciente anhelo la resurrección de sus cuerpos, en los cuales han sufrido muchas penalidades y ya nunca más han de sufrir. Pues si no «aborrecían su propia carne,» cuando ella, con su debilidad nativa, se oponía a su voluntad y tenía que ser refrenada por la ley espiritual, ¡cuánto más la amarán cuando ella misma se haya vuelto espiritual! Pues así como, cuando el espíritu sirve a la carne, es llamado propiamente carnal, así, cuando la carne sirve al espíritu, será llamada justamente espiritual. No porque se convierta en espíritu, como algunos imaginan a partir de las palabras, «Se siembra en corrupción, resucita en incorrupción,» [] sino porque está sujeta al espíritu con una perfecta y admirable prontitud de obediencia, y responde en todas las cosas a la voluntad que ha entrado en la inmortalidad— quitadas toda resistencia, toda corrupción y toda lentitud. Pues el cuerpo no solo será mejor de lo que fue aquí en su mejor estado de salud, sino que superará los cuerpos de nuestros primeros padres antes de que pecaran. Pues, aunque no debían morir a menos que pecaran, sin embargo se alimentaban como los hombres de ahora, no siendo sus cuerpos todavía espirituales, sino solamente animales. Y aunque no decaían con los años, ni se acercaban a la muerte—condición que les estaba asegurada en la gracia admirable de Dios por el árbol de la vida, que crecía junto con el árbol prohibido en medio del Paraíso—, sin embargo tomaban otros alimentos, aunque no de aquel único árbol, que fue prohibido no porque fuera malo en sí mismo, sino para encomendar una obediencia pura y sencilla, que es la gran virtud de la criatura racional puesta bajo el Creador como su Señor. Pues, aunque nada malo se tocaba, si se tocaba algo prohibido, la misma desobediencia era pecado. Se alimentaban, pues, de otros frutos, que tomaban para que sus cuerpos animales no sufrieran la incomodidad del hambre o de la sed; pero gustaban del árbol de la vida, para que la muerte no les sorprendiera desde ningún lado y para que, agotados por la edad, no decayeran. Otros frutos eran, por así decirlo, su alimento, pero este era su sacramento. De modo que el árbol de la vida parece haber sido en el Paraíso terrenal lo que la sabiduría de Dios es en el espiritual, de la cual está escrito: «Ella es árbol de vida para los que la abrazan.» []
Del Paraíso: que puede entenderse en sentido espiritual sin sacrificar la verdad histórica de la narración sobre el lugar real
XIII, 21
Por esta razón algunos alegorizan todo lo concerniente al Paraíso mismo, donde, según la verdad de la sagrada Escritura, se registra que estuvieron los primeros hombres, padres del género humano; y entienden todos sus árboles y plantas frutales como virtudes y costumbres de vida, como si no tuvieran existencia en el mundo exterior, sino que solo se hablara o relatara así por causa de significados espirituales. ¡Como si no pudiera haber un verdadero Paraíso terrenal! ¡Como si nunca hubieran existido estas dos mujeres, Sara y Agar, ni los dos hijos que le nacieron a Abraham, el uno de la esclava y el otro de la libre, porque el apóstol dice que en ellas estaban prefigurados los dos pactos; o como si nunca hubiera brotado agua de la roca cuando Moisés la golpeó, porque en ello puede verse a Cristo en figura, como dice el mismo apóstol: «¡Y aquella roca era Cristo!» [] Nadie, pues, niega que el Paraíso pueda significar la vida de los bienaventurados; sus cuatro ríos, las cuatro virtudes: prudencia, fortaleza, templanza y justicia; sus árboles, todo conocimiento útil; sus frutos, las costumbres de los piadosos; su árbol de la vida, la sabiduría misma, madre de todo bien; y el árbol de la ciencia del bien y del mal, la experiencia del mandamiento quebrantado. El castigo que Dios estableció era en sí mismo justo y, por tanto, una cosa buena; pero la experiencia que de él tiene el hombre no es buena.
Estas cosas pueden entenderse también, y con más provecho, de la Iglesia, de modo que se convierten en prefiguraciones proféticas de lo venidero. Así, el Paraíso es la Iglesia, como se la llama en los Cantares; [] los cuatro ríos del Paraíso son los cuatro evangelios; los árboles frutales, los santos; y sus frutos, las obras de estos; el árbol de la vida es el santo de los santos, Cristo; el árbol de la ciencia del bien y del mal, la libre elección de la voluntad. Pues si el hombre desprecia la voluntad de Dios, no puede sino destruirse a sí mismo; y así aprende la diferencia entre consagrarse al bien común y entregarse al propio. Pues quien se ama a sí mismo es abandonado a sí mismo, para que, abrumado por temores y dolores, clame, si aún le queda alma para sentir sus males, con las palabras del salmo: «Mi alma está abatida dentro de mí,» y, una vez castigado, pueda decir: A causa de su fuerza esperaré en ti. Estas y otras interpretaciones alegóricas semejantes pueden aplicarse convenientemente al Paraíso sin ofender a nadie, mientras creemos la estricta verdad de la historia, confirmada por su narración circunstanciada de los hechos.
Que los cuerpos de los santos serán espirituales después de la resurrección, y sin embargo la carne no se convertirá en espíritu
XIII, 22
Los cuerpos de los justos, pues, tales como serán en la resurrección, no necesitarán fruto alguno para preservarlos de morir de enfermedad o del desgaste de la vejez, ni ningún otro alimento físico para calmar los anhelos del hambre o de la sed; pues estarán revestidos de una inmortalidad tan segura y de todos modos inviolable, que no comerán sino cuando quieran, ni estarán bajo la necesidad de comer, mientras gozan del poder de hacerlo. Pues así sucedió también con los ángeles que se presentaron a la vista y al tacto de los hombres, no porque no pudieran obrar de otro modo, sino porque podían y deseaban acomodarse a los hombres mediante una especie de ministerio de humanidad. Pues tampoco debemos suponer, cuando los hombres los reciben como huéspedes, que los ángeles comen solo en apariencia, aunque a quienes no sabían que eran ángeles pudiera parecerles que comían por la misma necesidad que nosotros. Así, estas palabras pronunciadas en el libro de Tobías: «Me viste comer, pero lo viste solo en visión;» [Tobías 12:19] es decir, pensaste que yo tomaba alimento como tú, para refrescar mi cuerpo. Pero si en el caso de los ángeles otra opinión parece más fácil de defender, ciertamente nuestra fe no deja lugar a duda respecto de nuestro Señor mismo: que incluso después de su resurrección, y estando ya en carne espiritual pero real, comió y bebió con sus discípulos; pues de estos cuerpos no se quita el poder, sino la necesidad, de comer y beber. Y así serán espirituales, no porque dejen de ser cuerpos, sino porque subsistirán por el espíritu vivificante.
Qué debemos entender por cuerpo animal y espiritual; o de los que mueren en Adán y de los que son vivificados en Cristo
XIII, 23
Pues así como aquellos cuerpos nuestros que tienen un alma viviente, aunque todavía no un espíritu vivificante, son llamados cuerpos animados por alma, y sin embargo no son almas sino cuerpos, así también aquellos cuerpos son llamados espirituales —pero Dios nos libre de suponer por ello que son espíritus y no cuerpos— los cuales, vivificados por el Espíritu, tienen la sustancia, pero no la pesadez y corrupción de la carne. El hombre no será entonces terrenal sino celestial, no porque el cuerpo no vaya a ser aquel mismo cuerpo que fue hecho de tierra, sino porque, por su dotación celestial, será un habitante apto del cielo, y esto no perdiendo su naturaleza, sino cambiando su cualidad. El primer hombre, de la tierra terrenal, fue hecho alma viviente, no espíritu vivificante, rango que le estaba reservado como recompensa de la obediencia. Y por eso su cuerpo, que requería comida y bebida para satisfacer el hambre y la sed, y que no tenía una inmortalidad absoluta e indestructible, sino que por medio del árbol de la vida apartaba la necesidad de morir, y así se mantenía en la flor de la juventud —este cuerpo, digo, sin duda no era espiritual, sino animal; y sin embargo no habría muerto si no hubiera provocado, ofendiendo, la venganza amenazada por Dios. Y aunque el sustento no le fue negado incluso fuera del Paraíso, sin embargo, al serle prohibido el árbol de la vida, fue entregado al desgaste del tiempo, al menos respecto de aquella vida que, si no hubiera pecado, habría podido retener perpetuamente en el Paraíso, aunque solo en un cuerpo animal, hasta el momento en que se volviera espiritual como reconocimiento de su obediencia.
Por lo cual, aunque entendemos que esta muerte manifiesta, que consiste en la separación del alma y del cuerpo, fue también significada por Dios cuando dijo: «El día que comas de él, ciertamente morirás,» [] no debe por eso parecer absurdo que no fueran despedidos del cuerpo en aquel mismo día en que tomaron el fruto prohibido y portador de muerte. Pues ciertamente en aquel mismo día su naturaleza fue alterada para peor y viciada, y por su justísimo destierro del árbol de la vida quedaron envueltos en la necesidad incluso de la muerte corporal, en cuya necesidad nacemos. Y por eso el apóstol no dice: «El cuerpo ciertamente está condenado a morir a causa del pecado,» sino que dice: «El cuerpo ciertamente está muerto a causa del pecado.» Luego añade: «Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos mora en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también vivificará vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.» [] Entonces, en consecuencia, el cuerpo se convertirá en espíritu vivificante, lo que ahora es alma viviente; y sin embargo el apóstol lo llama «muerto,» porque ya yace bajo la necesidad de morir. Pero en el Paraíso fue hecho alma viviente de tal modo, aunque no espíritu vivificante, que no podía llamarse propiamente muerto, pues, salvo por la comisión del pecado, no podía caer bajo el poder de la muerte. Ahora bien, puesto que Dios con las palabras: «Adán, ¿dónde estás?» señaló la muerte del alma, que resulta cuando Él la abandona, y puesto que con las palabras: «Tierra eres, y a la tierra volverás,» [] significó la muerte del cuerpo, que resulta cuando el alma se aparta de él, somos llevados, por tanto, a creer que nada dijo de la segunda muerte, queriendo que se mantuviera oculta y reservándola para la dispensación del Nuevo Testamento, en la cual se revela con toda claridad. Y esto lo hizo para que, ante todo, fuera evidente que esta primera muerte, común a todos, fue el resultado de aquel pecado que en un hombre se hizo común a todos. Pero la segunda muerte no es común a todos, exceptuando a aquellos que fueron «llamados conforme a su propósito. Porque a los que conoció de antemano, también los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.» [] A estos la gracia de Dios los ha librado, por un Mediador, de la segunda muerte.
Así el apóstol afirma que el primer hombre fue hecho en un cuerpo animal. Pues, queriendo distinguir el cuerpo animal que ahora es del espiritual, que ha de ser en la resurrección, dice: «Se siembra en corrupción, resucita en incorrupción; se siembra en deshonra, resucita en gloria; se siembra en debilidad, resucita en poder; se siembra cuerpo animal, resucita cuerpo espiritual.» Luego, para probar esto, continúa: «Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.» Y para mostrar qué es el cuerpo animado, dice: «Así está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.» [] Quiso mostrar así qué es el cuerpo animado, aunque la Escritura no dijo del primer hombre Adán, cuando su alma fue creada por el aliento de Dios: «Fue hecho el hombre en un cuerpo animado,» sino «Fue hecho el hombre alma viviente.» [] Con estas palabras, por tanto, «Fue hecho el primer hombre alma viviente,» el apóstol quiere que se entienda el cuerpo animado del hombre. Pero cómo quiere que se entienda el cuerpo espiritual lo muestra cuando añade: «Mas el postrer Adán fue hecho espíritu vivificante,» refiriéndose claramente a Cristo, que ha resucitado de entre los muertos de tal modo que ya no puede morir. Luego prosigue diciendo: «Pero no es primero lo espiritual, sino lo animal; luego lo espiritual.» Y aquí afirma mucho más claramente que se refería al cuerpo animal cuando dijo que el primer hombre fue hecho alma viviente, y al espiritual cuando dijo que el postrer hombre fue hecho espíritu vivificante. El cuerpo animal es el primero, siendo tal como el que tuvo el primer Adán, y que no habría muerto si no hubiera pecado, siendo también tal como el que ahora tenemos, cambiada y viciada su naturaleza por el pecado hasta el punto de ponernos bajo la necesidad de la muerte, y siendo tal como el que incluso Cristo se dignó asumir primero, no ciertamente por necesidad, sino por elección; pero después viene el cuerpo espiritual, que ya lleva por anticipación Cristo como cabeza nuestra, y que llevarán sus miembros en la resurrección de los muertos.
Luego el apóstol añade una notable diferencia entre estos dos hombres, diciendo: «El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es el Señor del cielo. Como es el terrenal, así son también los terrenales; y como es el celestial, así son también los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.» [] Por eso dice en otra parte: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos;» [] pero en verdad esto se cumplirá cuando lo que es animal en nosotros por nuestro nacimiento se haya vuelto espiritual en nuestra resurrección. Pues, para usar de nuevo sus palabras, por la esperanza somos salvos. [] Ahora llevamos la imagen del hombre terreno por la propagación del pecado y de la muerte, que pasan a nosotros por la generación ordinaria; pero llevamos la imagen del celestial por la gracia del perdón y de la vida eterna, que la regeneración nos confiere mediante el Mediador de Dios y de los hombres, el Hombre Cristo Jesús. Y Él es el Hombre celestial del pasaje de Pablo, porque vino del cielo para ser revestido de un cuerpo de mortalidad terrenal, a fin de revestirlo de inmortalidad celestial. Y llama celestiales a otros, porque por gracia llegan a ser sus miembros, para que, junto con ellos, Él llegue a ser un solo Cristo, como cabeza y cuerpo. En la misma epístola lo expone aún más claramente: «Puesto que por un hombre vino la muerte, por un Hombre vino también la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados,» [] — es decir, en un cuerpo espiritual que será hecho espíritu vivificante. No es que todos los que mueren en Adán vayan a ser miembros de Cristo —pues la gran mayoría será castigada con la muerte eterna—, sino que usa la palabra «todos» en ambas cláusulas, porque, así como nadie muere en un cuerpo animal sino en Adán, así nadie es vivificado en un cuerpo espiritual sino en Cristo. No hemos, pues, de suponer de ningún modo que en la resurrección tendremos un cuerpo como el que tuvo el primer hombre antes de pecar, ni que las palabras, «Como es el terrenal, así son también los terrenales,» deban entenderse de aquello que fue producido por el pecado; porque no hemos de pensar que Adán tenía un cuerpo espiritual antes de caer y que, como castigo de su pecado, fue cambiado en un cuerpo animal. Si esto se piensa, se ha prestado poca atención a las palabras de tan gran maestro, que dice: «Hay cuerpo animal, y hay también cuerpo espiritual; como está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente.» ¿Acaso fue hecho así después del pecado? ¿O no era esta la condición primigenia del hombre, de la cual el bienaventurado apóstol toma su testimonio para mostrar qué es el cuerpo animal?