Capítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
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Así como en aquel salmo donde Cristo es proclamado abiertísimamente como Sacerdote, así como aquí como Rey, «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre se cree, no se ve; que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies todavía no aparece; se está haciendo; [por tanto] aparecerá al fin: sí, esto ahora se cree, después se verá. Pero lo que sigue, «El Señor enviará desde Sión la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos,» es tan claro, que negarlo implicaría no solo incredulidad y error, sino desvergüenza absoluta. Y aun los enemigos deben ciertamente confesar que desde Sión ha sido enviada la ley de Cristo que llamamos evangelio, y reconocerla como la vara de su poder. Pero que Él reina en medio de sus enemigos, estos mismos enemigos entre los cuales reina dan testimonio, rechinando los dientes y consumiéndose, sin poder hacer nada contra Él. Luego, lo que dice un poco después, «El Señor ha jurado y no se arrepentirá,» con cuyas palabras da a entender que lo que añade es inmutable, «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec,» ¿a quién se le permite dudar de quién se dicen estas cosas, viendo que ya no hay en parte alguna sacerdocio y sacrificio según el orden de Aarón, y en todas partes los hombres ofrecen bajo Cristo como Sacerdote, lo cual mostró Melquisedec cuando bendijo a Abraham? Por tanto, a estas cosas manifiestas deben referirse, cuando se entienden rectamente, las que en el mismo salmo están puestas algo más oscuramente, y ya hemos dado a conocer en nuestros sermones populares cómo han de entenderse rectamente. Así también en aquel lugar donde Cristo profiere por profecía la humillación de su pasión, diciendo: «Han taladrado mis manos y mis pies; cuentan todos mis huesos. Sí, me miran y me contemplan.» Con estas palabras ciertamente quiso decir su cuerpo extendido en la cruz, con las manos y los pies taladrados y perforados por la penetración de los clavos, y que de ese modo se había hecho espectáculo a los que miraban y contemplaban. Y añade: «Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.» Cómo se ha cumplido esta profecía lo narra la historia evangélica. Entonces, en efecto, también las otras cosas que allí se dicen menos abiertamente se entienden rectamente cuando concuerdan con las que brillan con tan gran claridad; sobre todo porque también aquellas cosas que no creemos como pasadas, sino que contemplamos como presentes, son vistas por todo el mundo, mostrándose ahora tal como se leen en este mismo salmo predichas desde tanto tiempo antes. Pues allí se dice un poco después: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se convertirán al Señor, y todas las familias de las naciones adorarán delante de Él; porque del Señor es el reino, y Él dominará las naciones.»
Capítulo 18. De los Salmos 3, 41, 15 y 68, en los que se profetizan la muerte y la resurrección del Señor
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Acerca de su resurrección tampoco callan en modo alguno los oráculos de los Salmos. Pues ¿qué otra cosa es lo que se canta en su persona en el Salmo 3, «Me acosté y me dormí; [y] desperté, porque el Señor me sostiene?» ¿Acaso hay alguien tan estúpido que crea que el profeta quiso señalarnos como algo grande que Él se hubiera dormido y levantado, a no ser que aquel sueño fuera la muerte, y aquel despertar la resurrección, que convenía que fuera profetizada así acerca de Cristo? Pues en el Salmo 41 se muestra mucho más claramente, donde en la persona del Mediador, según la costumbre, se narran como pasadas cosas que se profetizaban como todavía futuras, ya que estas cosas que habían de venir estaban en la predestinación y presciencia de Dios como si estuvieran hechas, porque eran ciertas. Dice: «Mis enemigos hablan mal de mí: "¿Cuándo morirá, y perecerá su nombre?". Y si viene a verme, su corazón habla cosas vanas; acumula iniquidad para sí. Sale fuera, y lo dice todo de una vez. Contra mí cuchichean juntos todos mis enemigos; contra mí traman el mal. Han maquinado contra mí una cosa injusta. ¿No se levantará también el que duerme?» Estas palabras están ciertamente puestas aquí de tal modo que se pueda entender que no dice otra cosa sino: ¿No volverá a la vida el que murió? Las palabras anteriores muestran claramente que sus enemigos han meditado y planeado su muerte, y que esta fue ejecutada por aquel que entró a ver y salió a traicionar. Pero ¿a quién no se le ocurre aquí Judas, que, de ser discípulo suyo, se hizo su traidor? Por tanto, porque estaban a punto de hacer lo que habían tramado, es decir, estaban a punto de matarlo, él, para mostrarles que con inútil malicia iban a matar a quien había de resucitar, añade este versículo, como si dijera: ¿Qué cosa vana hacéis? Vuestro crimen será mi sueño. «¿No se levantará también el que duerme?» Y sin embargo indica en los versículos siguientes que no cometerán tan gran impiedad impunemente, diciendo: «Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, que comía mi pan, ha levantado contra mí el calcañar;» es decir, me ha pisoteado. «Pero tú,» dice, «oh Señor, ten misericordia de mí, y levántame, para que yo les dé el pago.» ¿Quién puede negar ahora esto, viendo a los judíos, después de la pasión y resurrección de Cristo, totalmente arrancados de sus moradas por la matanza y la destrucción guerreras? Pues, muerto por ellos, Él ha resucitado, y les ha dado el pago entretanto por medio de una disciplina temporal, salvo que para los que no se corrigen lo guarda reservado para el tiempo en que juzgará a vivos y muertos. Pues el mismo Señor Jesús, al señalar a los apóstoles a aquel mismo hombre como su traidor, citó este mismo versículo de este salmo, y dijo que se cumplía en Él: «El que comía mi pan ha levantado contra mí el calcañar.» Pero lo que dice, «En quien yo confiaba,» no conviene a la cabeza, sino al cuerpo. Pues el Salvador mismo no ignoraba de quién se trataba, acerca del cual ya había dicho antes: «Uno de vosotros es diablo.» [] Pero Él suele asumir la persona de sus miembros, y atribuirse lo que debe decirse de ellos, porque la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo; [] de donde aquel dicho del Evangelio, «Tuve hambre, y me disteis de comer.» [] Lo cual, exponiéndolo, dice: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» [] Por tanto, dijo que había confiado, porque sus discípulos entonces confiaron respecto de Judas; pues era contado entre los apóstoles. []
Pero los judíos no esperan que el Cristo a quien aguardan muera; por tanto, no piensan que el nuestro sea el mismo que la ley y los profetas anunciaron, sino que se fingen no sé a quién de los suyos, exento del sufrimiento de la muerte. Por eso, con maravillosa vaciedad y ceguera, sostienen que las palabras que hemos consignado significan no muerte y resurrección, sino sueño y nuevo despertar. Pero el Salmo 16 también clama a ellos: «Por tanto, mi corazón se alegra, y mi lengua se regocija; aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.» ¿Quién sino Aquel que resucitó al tercer día podría decir que su carne había descansado en esta esperanza; que su alma, no siendo dejada en el infierno, sino volviendo a ella prontamente, la reanimaría, para que no se corrompiera como suelen corromperse los cadáveres, lo cual de ningún modo pueden decir del profeta y rey David? El Salmo 68 también clama: «Nuestro Dios es Dios de salvación; aun del Señor la salida fue por la muerte.» ¿Qué podría decirse más abiertamente? Pues el Dios de salvación es el Señor Jesús, que se interpreta Salvador, o Sanador. Por esta razón se le puso este nombre, cuando se dijo antes de que naciera de la virgen: «Darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús; porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» [] Porque su sangre fue derramada para la remisión de sus pecados, convenía que no tuviera otra salida de esta vida sino la muerte. Por tanto, cuando se había dicho: «Nuestro Dios es Dios de salvación,» inmediatamente se añadió: «Aun del Señor la salida fue por la muerte,» para mostrar que habíamos de ser salvados por su muerte. Pero es maravillosa aquella expresión, «Aun del Señor,» como si se dijera: Tal es la vida de los mortales, que ni aun el Señor mismo pudo salir de ella sino a través de la muerte.
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Pero cuando los judíos no ceden en lo más mínimo a los testimonios de esta profecía, que son tan manifiestos y que, además, los acontecimientos han llevado a un cumplimiento tan claro y cierto, ciertamente se cumple en ellos lo que está escrito en el salmo que sigue aquí. Pues cuando allí también se profetizan, en la persona de Cristo, las cosas que pertenecen a su pasión, se menciona lo que se desarrolla en el Evangelio: «Me dieron hiel por comida, y en mi sed me dieron vinagre para beber.» Y, como después de semejante festín y manjares que de este modo se le ofrecen, en seguida añade [estas palabras]: «Que su mesa se convierta en trampa delante de ellos, y en retribución, y en tropiezo: que se les oscurezcan los ojos para que no vean, y su espalda esté siempre encorvada,» etc. Cosas que no se dicen como deseos, sino que se predicen bajo la forma profética del deseo. ¿Qué maravilla, pues, que aquellos cuyos ojos se oscurecen para que no vean no vean estas cosas manifiestas? ¿Qué maravilla que no miren hacia las cosas celestiales aquellos cuya espalda está siempre encorvada para arrastrarse entre las cosas terrenas? Pues estas palabras, trasladadas del cuerpo, significan defectos mentales. Baste lo dicho sobre los salmos, es decir, sobre la profecía del rey David, para mantenernos dentro de ciertos límites. Pero que nos disculpen aquellos lectores que ya las conocían todas; y que no se quejen de que quizá haya pasado por alto pruebas más fuertes que ellos conocen o piensan que existen.
Del reinado y mérito de David; y de su hijo Salomón, y de la profecía referente a Cristo que se encuentra ya sea en los libros que se unen a los escritos por él, o en los que indudablemente son suyos
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David, por tanto, reinó en la Jerusalén terrena, hijo de la Jerusalén celestial, muy alabado por el testimonio divino; pues incluso sus faltas son superadas por su gran piedad, mediante la humildad más saludable de su arrepentimiento, de modo que es enteramente uno de aquellos de quienes él mismo dice: «Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos.» Después de él reinó Salomón, su hijo, sobre todo aquel mismo pueblo, el cual, como se dijo antes, comenzó a reinar viviendo aún su padre. Este hombre, después de buenos comienzos, tuvo un mal fin. Pues, en verdad, «la prosperidad, que desgasta las mentes de los sabios,» le dañó más de lo que le aprovechó aquella sabiduría, que aún hoy es y será en adelante famosa, y fue entonces alabada por todas partes. Se halla también que profetizó en sus libros, de los cuales tres son recibidos como de autoridad canónica: Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. Pero ha sido costumbre atribuir a Salomón otros dos, de los cuales uno se llama Sabiduría y el otro Eclesiástico, a causa de cierta semejanza de estilo—aunque los más doctos no dudan de que no son suyos; sin embargo, antiguamente la Iglesia, especialmente la occidental, los recibió como autorizados—en uno de los cuales, llamado Sabiduría de Salomón, se profetiza con toda claridad la pasión de Cristo. Pues, en efecto, se cita a sus impíos asesinos diciendo: «Acechemos al justo, porque nos es molesto y contrario a nuestras obras; y nos echa en cara las transgresiones de la ley, y nos reprocha las faltas de nuestra educación. Él profesa tener el conocimiento de Dios, y se llama a sí mismo Hijo de Dios. Ha sido hecho para reprobar nuestros pensamientos. Nos es gravoso aun el contemplarlo; porque su vida no se parece a la de los demás hombres, y sus caminos son diferentes. Somos estimados por él como falsificadores; y se abstiene de nuestros caminos como de inmundicia. Él ensalza el fin de los justos; y se gloría de que tiene a Dios por Padre. Veamos, pues, si sus palabras son verdaderas; y probemos lo que le sucederá, y sabremos cuál será su fin. Porque si el justo es Hijo de Dios, Dios le amparará y le librará de la mano de los que están contra él. Sometámosle a interrogatorio con ultraje y tormento, para que conozcamos su reverencia y probemos su paciencia. Condenémosle a la muerte más vergonzosa; pues por sus propias palabras será respetado. Estas cosas imaginaron, y se engañaron; porque su propia malicia los ha cegado por completo.» [] Pero en el Eclesiástico se predice de esta manera la fe futura de las naciones: «Ten misericordia de nosotros, oh Dios, Gobernador de todo, y envía tu temor sobre todas las naciones: levanta tu mano sobre las naciones extranjeras, y hazles ver tu poder. Como fuiste santificado en nosotros delante de ellos, así sé santificado en ellos delante de nosotros, y que te conozcan, conforme también nosotros te hemos conocido; porque no hay otro Dios fuera de ti, oh Señor.» [] Vemos cumplida esta profecía en forma de deseo y oración por medio de Jesucristo. Pero lo que no está escrito en el canon de los judíos no puede citarse contra sus contradicciones con tanta validez.
Pero en cuanto a aquellos tres libros que es evidente que son de Salomón y que los judíos tienen por canónicos, mostrar qué cosas de este tipo pueden hallarse en ellos referentes a Cristo y a la Iglesia exigiría una discusión laboriosa que, si se emprendiera ahora, alargaría indebidamente esta obra. Sin embargo, lo que leemos en los Proverbios que dicen los impíos, «Escondamos injustamente en la tierra al justo; sí, traguémoslo vivo como el sepulcro, y borremos su memoria de la tierra; apoderémonos de su preciosa posesión,» [] no es tan oscuro que no pueda entenderse, sin exposición laboriosa, de Cristo y de su posesión, la Iglesia. En efecto, la parábola evangélica de los labradores malvados muestra que nuestro Señor Jesús mismo dijo algo semejante: «Este es el heredero; venid, matémosle, y la herencia será nuestra.» [] De igual manera, también aquel pasaje de este mismo libro, al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la mujer estéril que ha dado a luz siete, debe, poco después de haber sido pronunciado, haber llegado a entenderse solo de Cristo y de la Iglesia por aquellos que sabían que Cristo era la Sabiduría de Dios. «La Sabiduría se ha edificado una casa, y ha levantado siete columnas; ha sacrificado sus víctimas, ha mezclado su vino en la copa; también ha dispuesto su mesa. Ha enviado a sus siervos a convocar a la copa con excelente pregón, diciendo: Quien es sencillo, vuélvase a mí. Y a los insensatos les ha dicho: Venid, comed de mi pan, y bebed del vino que os he mezclado.» Aquí ciertamente percibimos que la Sabiduría de Dios, es decir, el Verbo coeterno con el Padre, se ha edificado una casa, a saber, un cuerpo humano en el seno de la virgen, y ha unido a ella la Iglesia como miembros a una cabeza, ha inmolado a los mártires como víctimas, ha dispuesto una mesa con vino y pan, donde aparece también el sacerdocio según el orden de Melquisedec, y ha llamado a los sencillos y a los insensatos, porque, como dice el apóstol, «Ha escogido lo débil de este mundo para confundir lo fuerte.» [] Mas a estos débiles les dice lo que sigue: «Abandonad la simpleza, para que viváis; y buscad la prudencia, para que tengáis vida.» [] Pero el ser hechos partícipes de esta mesa es ya comenzar a tener vida. Pues cuando dice en otro libro, que se llama Eclesiastés, «No hay bien para el hombre, sino que coma y beba,» ¿qué puede entenderse con más credibilidad que lo que pertenece a la participación de esta mesa que el Mediador del Nuevo Testamento mismo, el Sacerdote según el orden de Melquisedec, provee con su propio cuerpo y sangre? Porque aquel sacrificio ha sucedido a todos los sacrificios del Antiguo Testamento, los cuales eran inmolados como sombra del que había de venir; por lo cual también reconocemos la voz en el salmo 40 como la del mismo Mediador que habla por profecía, «Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero me has preparado un cuerpo.» Porque, en lugar de todos estos sacrificios y oblaciones, se ofrece su cuerpo y se sirve a los que participan de él. Pues que este Eclesiastés, en esta sentencia sobre el comer y el beber, que repite a menudo y recomienda mucho, no saborea las delicias de los placeres carnales, queda bastante claro cuando dice: «Mejor es ir a la casa del luto que ir a la casa del banquete.» [] Y poco después dice: «El corazón del sabio está en la casa del luto, y el corazón del necio en la casa del banquete.» [] Pero creo que es más digno de citarse de este libro lo que se refiere a las dos ciudades, la una del diablo y la otra de Cristo, y a sus reyes, el diablo y Cristo: «¡Ay de ti, oh tierra,» dice, «cuando tu rey es un muchacho, y tus príncipes comen por la mañana! ¡Bienaventurada tú, oh tierra, cuando tu rey es hijo de nobles, y tus príncipes comen a su tiempo, con fortaleza, y no con confusión!» [] Ha llamado al diablo muchacho, a causa de la necedad y la soberbia, y la temeridad y la indisciplina, y otros vicios que suelen abundar a esa edad; pero Cristo es el Hijo de los nobles, es decir, de los santos patriarcas, de los que pertenecen a la ciudad libre, de los cuales fue engendrado en la carne. Los príncipes de aquella y de la otra ciudad comen por la mañana, es decir, antes de la hora conveniente, porque no esperan la felicidad oportuna, que es la verdadera, en el mundo venidero, deseando ser hechos felices rápidamente con la fama de este mundo; pero los príncipes de la ciudad de Cristo esperan con paciencia el tiempo de una bienaventuranza que no es falaz. Esto se expresa con las palabras, «con fortaleza, y no con confusión,» porque la esperanza no los engaña; de la cual dice el apóstol: «Pero la esperanza no avergüenza.» [] También un salmo dice: «Porque los que esperan en ti no serán avergonzados.» Mas ahora el Cantar de los Cantares es un cierto placer espiritual de las mentes santas, en las bodas de aquel Rey y de la ciudad-reina, es decir, de Cristo y de la Iglesia. Pero este placer está envuelto en velos alegóricos, para que el Esposo sea más ardientemente deseado, y más gozosamente desvelado, y aparezca; a quien se dice en este mismo cantar: La equidad te ha deleitado; [] y la esposa que allí oye, «La caridad está en tus delicias.» [] Pasamos muchas cosas en silencio, en nuestro deseo de terminar esta obra.
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Los demás reyes de los hebreos posteriores a Salomón apenas se halla que hayan profetizado, mediante ciertas palabras o acciones enigmáticas suyas, lo que pueda referirse a Cristo y a la Iglesia, ya sea en Judá o en Israel; porque así se llamaban las partes de aquel pueblo cuando, a causa de la ofensa de Salomón, desde el tiempo de Roboam su hijo, que le sucedió en el reino, fue dividido por Dios como castigo. Las diez tribus, en efecto, que recibió Jeroboam, siervo de Salomón, siendo nombrado rey en Samaria, fueron llamadas distintivamente Israel, aunque este había sido el nombre de todo aquel pueblo; pero las dos tribus, a saber, las de Judá y Benjamín, que por amor de David, para que el reino no fuera totalmente arrancado de su estirpe, quedaron sujetas a la ciudad de Jerusalén, fueron llamadas Judá, porque aquella era la tribu de donde procedía David. Pero Benjamín, la otra tribu que, como se dijo, pertenecía al mismo reino, era aquella de donde procedía Saúl antes de David. Mas estas dos tribus juntas, como se dijo, fueron llamadas Judá, y se distinguieron con este nombre de Israel, que era el título distintivo de las diez tribus bajo su propio rey. Pues la tribu de Leví, por ser la sacerdotal, obligada al servicio de Dios, no de los reyes, era contada como la decimotercera. Porque José, uno de los doce hijos de Israel, no formó, como los otros, una sola tribu, sino dos, Efraín y Manasés. Sin embargo, la tribu de Leví pertenecía más bien al reino de Jerusalén, donde estaba el templo de Dios a quien servía. Al dividirse, pues, el pueblo, Roboam, hijo de Salomón, reinó en Jerusalén como primer rey de Judá, y Jeroboam, siervo de Salomón, en Samaria como rey de Israel. Y cuando Roboam quiso, como tirano, perseguir con guerra a aquella parte separada, el pueblo fue prohibido de luchar contra sus hermanos por Dios, quien les dijo por medio de un profeta que Él había hecho esto; de donde se vio que en este asunto no había habido pecado ni del rey ni del pueblo de Israel, sino la voluntad cumplida de Dios vengador. Cuando esto se supo, ambas partes se asentaron pacíficamente, pues la división hecha no fue religiosa sino política.
De Jeroboam, que profanó al pueblo puesto bajo él por la impiedad de la idolatría, en medio de la cual, sin embargo, Dios no cesó de inspirar a los profetas y de guardar a muchos del crimen de la idolatría
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Pero Jeroboam, rey de Israel, con mente perversa, no creyendo en Dios, a quien había hallado veraz al prometerle y darle el reino, temió que, al venir al templo de Dios que estaba en Jerusalén, adonde, según la ley divina, toda aquella nación debía venir para sacrificar, el pueblo fuera seducido apartándolo de él y volviera a la línea de David como estirpe real; y estableció la idolatría en su reino, y con horrible impiedad engañó al pueblo, atrapándolo consigo en el culto a los ídolos. Sin embargo, Dios no cesó del todo de reprender por medio de los profetas, no solo a aquel rey, sino también a sus sucesores e imitadores en su impiedad, y también al pueblo. Porque allí surgieron los grandes e ilustres profetas Elías y Eliseo, su discípulo, quienes también hicieron muchas obras maravillosas. Aun allí, cuando Elías dijo: «Oh Señor, han matado a tus profetas, han derribado tus altares; y yo he quedado solo, y buscan mi vida,» se le respondió que había allí siete mil hombres que no habían doblado la rodilla ante Baal.
De la condición variable de ambos reinos hebreos, hasta que los pueblos de ambos fueron llevados cautivos en tiempos diferentes, siendo Judá llamado después de nuevo a su reino, que finalmente pasó al poder de los romanos
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Así también en el reino de Judá, correspondiente a Jerusalén, no faltaron profetas incluso en los tiempos de los reyes sucesivos, según agradó a Dios enviarlos, ya sea para la predicción de lo necesario, o para la corrección del pecado y la instrucción en la justicia; [] pues también allí, aunque mucho menos que en Israel, surgieron reyes que ofendieron gravemente a Dios con sus impiedades, y, junto con su pueblo, que era semejante a ellos, fueron heridos con azotes moderados. Los no pequeños méritos de los reyes piadosos allí son ciertamente alabados. Pero leemos que en Israel los reyes fueron, unos más, otros menos, pero todos malvados. Cada parte, por tanto, según lo que la divina providencia ordenaba o permitía, fue a la vez exaltada por la prosperidad y abatida por adversidades de diversas clases; y fue afligida no solo por guerras extranjeras, sino también por guerras civiles entre sí, para que por ciertas causas existentes se manifestara la misericordia o la ira de Dios; hasta que, por su creciente indignación, toda aquella nación fue por los caldeos vencedores no solo derribada en su morada, sino también en su mayor parte transportada a las tierras de los asirios—primero aquella parte de las trece tribus llamada Israel, y después también Judá, cuando Jerusalén y aquel nobilísimo templo fueron derribados—en cuyas tierras descansó setenta años en cautiverio. Habiendo sido enviados de allí después de ese tiempo, reedificaron el templo derribado. Y aunque muchísimos permanecieron en las tierras de los extranjeros, sin embargo, el reino ya no tuvo dos partes separadas, con diferentes reyes sobre cada una, sino que en Jerusalén hubo un solo príncipe sobre ellos; y en ciertos tiempos, desde todas las direcciones dondequiera que estuvieran, y desde cualquier lugar que pudieran, todos venían al templo de Dios que estaba allí. Pero ni siquiera entonces estuvieron sin enemigos y conquistadores extranjeros; sí, Cristo los halló tributarios de los romanos.
De los profetas que fueron los últimos entre los judíos, o de los que la historia evangélica refiere en torno al tiempo del nacimiento de Cristo
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Pero en todo aquel tiempo, después de que regresaron de Babilonia, después de Malaquías, Ageo y Zacarías, que profetizaron entonces, y de Esdras, no tuvieron profetas hasta el tiempo de la venida del Salvador, excepto otro Zacarías, el padre de Juan, y Elisabet su mujer, cuando el nacimiento de Cristo ya estaba cercano; y cuando Él ya había nacido, Simeón el anciano, y Ana una viuda, ya muy vieja; y, por último, el mismo Juan, quien, siendo joven, no predijo que Cristo, ya joven, había de venir, sino que por conocimiento profético lo señaló aunque desconocido; por lo cual el Señor mismo dice, «La ley y los profetas fueron hasta Juan.» [] Pero la profecía de estos cinco se nos da a conocer en el evangelio, donde también se halla que la virgen madre de nuestro Señor misma profetizó antes que Juan. Pero esta profecía suya no la reciben los judíos impíos; pero la recibieron aquellos innumerables que de ellos creyeron el evangelio. Pues entonces verdaderamente Israel se dividió en dos, por aquella división que Samuel profeta anunció al rey Saúl como inmutable. Pero incluso los judíos réprobos tienen a Malaquías, Ageo, Zacarías y Esdras como los últimos recibidos en autoridad canónica. Porque también hay escritos de estos, como de otros, que siendo muy pocos entre la gran multitud de profetas, escribieron aquellos libros que han obtenido autoridad canónica, de cuyas predicciones me parece bien poner en esta obra algunas que pertenecen a Cristo y a su Iglesia; y esto, con la ayuda del Señor, se hará más convenientemente en el libro siguiente, para no recargar más este, que ya es demasiado largo.
Agustín traza los cursos paralelos de la ciudad terrena y la celestial desde el tiempo de Abraham hasta el fin del mundo; y alude a los oráculos acerca de Cristo, tanto los pronunciados por las Sibilas, como los de los sagrados profetas que escribieron después de la fundación de Roma: Oseas, Amós, Isaías, Miqueas y sus sucesores.
Capítulo 1. De las cosas hasta los tiempos del Salvador que han sido discutidas en los diecisiete libros
XVIII, 1
Prometí escribir sobre el origen, el progreso y el fin señalado de las dos ciudades, una de las cuales es de Dios, y la otra de este mundo, en la cual, en lo que respecta a los hombres, la primera es ahora extranjera. Pero ante todo me comprometí, en la medida en que su gracia me lo permitiera, a refutar a los enemigos de la ciudad de Dios, que prefieren sus dioses a Cristo su fundador, y odian ferozmente a los cristianos con la malicia más mortal. Y esto lo hice en los diez primeros libros. Luego, en cuanto a mi triple promesa que acabo de mencionar, he tratado distintamente, en los cuatro libros que siguen al décimo, del origen de ambas ciudades. Después de eso, he procedido desde el primer hombre hasta el diluvio en un libro, que es el decimoquinto de esta obra; y desde allí de nuevo hasta Abraham, nuestra obra ha seguido ambas en orden cronológico. Desde el patriarca Abraham hasta el tiempo de los reyes israelitas, con el cual cerramos nuestro libro decimosexto, y de allí hasta la venida de Cristo mismo en la carne, período al que llega el libro decimoséptimo, la ciudad de Dios aparece, según mi manera de escribir, haber seguido su curso sola; mientras que no siguió su curso sola en esta edad, pues ambas ciudades, en su curso en medio de los hombres, ciertamente experimentaron juntas tiempos alternos, tal como desde el principio. Pero hice esto para que, en primer lugar, desde el tiempo en que las promesas de Dios comenzaron a ser más claras, hasta el nacimiento virginal de Aquel en quien se cumplirían aquellas cosas prometidas desde el principio, el curso de aquella ciudad que es de Dios pudiera hacerse más claramente aparente, sin interpolación de materia extraña de la historia de la otra ciudad, aunque hasta la revelación del nuevo pacto siguió su curso, no en luz, sino en sombra. Ahora, por tanto, me parece oportuno hacer lo que pasé por alto, y mostrar, en la medida que parezca necesario, cómo corrió su curso aquella otra ciudad desde los tiempos de Abraham, para que los lectores atentos puedan comparar las dos.
De los reyes y tiempos de la ciudad terrena que fueron sincrónicos con los tiempos de los santos, contando desde el surgimiento de Abraham
XVIII, 2
La sociedad de los mortales se extendió por toda la tierra, y en los lugares más diversos, aunque ligada por una cierta comunión de nuestra común naturaleza, está sin embargo en su mayor parte dividida contra sí misma, y los más fuertes oprimen a los otros, porque todos siguen sus propios intereses y concupiscencias, mientras que lo anhelado o no basta para nadie, o no para todos, porque no es la cosa misma. Pues los vencidos sucumben a los vencedores, prefiriendo cualquier clase de paz y seguridad a la libertad misma; de modo que aquellos que eligieron morir antes que ser esclavos han sido grandemente admirados. Porque en casi todas las naciones la voz misma de la naturaleza proclama de algún modo que los que resultan vencidos deben elegir antes estar sujetos a sus vencedores que ser muertos por toda clase de destrucción guerrera. Esto no sucede sin la providencia de Dios, en cuyo poder está que cualquiera o sojuzgue o sea sojuzgado en la guerra; que unos sean dotados de reinos, y otros hechos súbditos de reyes. Ahora bien, entre los muchísimos reinos de la tierra en los que, por interés o concupiscencia terrena, se divide la sociedad (a la que llamamos con el nombre general de la ciudad de este mundo), vemos que dos, establecidos y mantenidos distintos entre sí tanto en tiempo como en lugar, han llegado a ser mucho más famosos que los demás: primero el de los asirios, luego el de los romanos. Primero vino el uno, luego el otro. El primero surgió en oriente, y, inmediatamente a su fin, el segundo en occidente. Puedo hablar de otros reinos y de otros reyes como apéndices de estos.
Nino, pues, que sucedió a su padre Belo, primer rey de Asiria, era ya el segundo rey de aquel reino cuando Abraham nació en la tierra de los caldeos. Existía también en aquel tiempo un reino muy pequeño de Sición, con el cual, como de fecha antigua, comienza aquel hombre doctísimo Marco Varrón al escribir acerca de la raza romana. Porque de estos reyes de Sición pasa a los atenienses, de estos a los latinos, y de estos a los romanos. Sin embargo, muy poco se refiere acerca de estos reinos, antes de la fundación de Roma, en comparación con el de Asiria. Pues aunque incluso Salustio, el historiador romano, admite que los atenienses fueron muy famosos en Grecia, sin embargo piensa que fueron mayores en fama que en hechos. Porque al hablar de ellos dice, «Las hazañas de los atenienses, según pienso, fueron muy grandes y magníficas, pero sin embargo algo menores de lo que la fama refiere. Pero como surgieron entre ellos escritores de gran ingenio, las hazañas de los atenienses fueron celebradas en todo el mundo como muy grandes. Así, la virtud de quienes las hicieron fue tenida por tan grande como hombres de genio trascendente pudieron representarla mediante el poder de las palabras laudatorias.» Esta ciudad también obtuvo no pequeña gloria de la literatura y de la filosofía, cuyo estudio floreció principalmente allí. Pero en cuanto al imperio, ninguno en los tiempos más antiguos fue mayor que el asirio, ni tan ampliamente extendido. Pues cuando Nino, hijo de Belo, era rey, se refiere que sometió a toda Asia, incluso hasta los límites de Libia, la cual en cuanto al número se llama la tercera parte, pero en cuanto al tamaño se halla que es la mitad de todo el mundo. Los indios en las regiones orientales fueron el único pueblo sobre el que no reinó; pero después de su muerte, Semíramis su mujer les hizo la guerra. Así sucedió que todos los pueblos y reyes de aquellos países estuvieron sujetos al reino y autoridad de los asirios, e hicieron cuanto se les mandaba. Ahora bien, Abraham nació en aquel reino entre los caldeos, en tiempo de Nino. Pero como los asuntos griegos nos son mucho mejor conocidos que los asirios, y quienes han investigado diligentemente la antigüedad del origen de la nación romana han seguido el orden del tiempo a través de los griegos hasta los latinos, y de ellos hasta los romanos, que son ellos mismos latinos, por esta razón, donde es necesario, debemos mencionar a los reyes asirios, para que aparezca cómo Babilonia, como una primera Roma, siguió su curso junto con la ciudad de Dios, que es extranjera en este mundo. Pero las cosas propias para insertar en esta obra al comparar las dos ciudades, es decir, la terrena y la celestial, deben tomarse en su mayor parte de los reinos griego y latino, donde Roma misma es como una segunda Babilonia.
Al nacer Abraham, pues, los segundos reyes de Asiria y Sición respectivamente eran Nino y Europs, siendo los primeros Belo y Egialeo. Pero cuando Dios prometió a Abraham, a su salida de Babilonia, que llegaría a ser una gran nación, y que en su simiente serían bendecidas todas las naciones de la tierra, los asirios tenían su séptimo rey, y los sicionios su quinto; pues el hijo de Nino reinó entre ellos después de su madre Semíramis, quien se dice que fue muerta por él por haber intentado mancharlo acostándose incestuosamente con él. Algunos piensan que ella fundó Babilonia, y en efecto puede haberla fundado de nuevo. Pero ya hemos dicho, en el libro decimosexto, cuándo o por quién fue fundada. Ahora bien, el hijo de Nino y Semíramis, que sucedió a su madre en el reino, es llamado también Nino por algunos, pero por otros Ninias, palabra patronímica. Telexión tenía entonces el reino de los sicionios. En su reinado los tiempos fueron tranquilos y alegres hasta tal punto, que después de su muerte lo adoraron como a un dios ofreciendo sacrificios y celebrando juegos, que se dice fueron instituidos por primera vez en esta ocasión.
Qué reyes reinaron en Asiria y Sición cuando, según la promesa, Isaac nació a Abraham en su año centésimo, y cuando los gemelos Esaú y Jacob nacieron de Rebeca a Isaac en su año sexagésimo
XVIII, 3
En sus tiempos también, por la promesa de Dios, nació Isaac, hijo de Abraham, a su padre cuando tenía cien años, de Sara su mujer, la cual, siendo estéril y anciana, ya había perdido la esperanza de descendencia. Aralio era entonces el quinto rey de los asirios. Al mismo Isaac, en su año sexagésimo, le nacieron hijos gemelos, Esaú y Jacob, que Rebeca su mujer le dio a luz, estando vivo aún su abuelo Abraham, que murió al cumplir ciento setenta años, y contando su año centésimo sexagésimo. En aquel tiempo reinaban como séptimos reyes — entre los asirios, aquel Jerjes más antiguo, que también fue llamado Baleo; y entre los sicionios, Turiaco, o, como algunos escriben su nombre, Turímaco. El reino de Argos, en el que Ínaco reinó primero, surgió en tiempo de los nietos de Abraham. Y no debo omitir lo que Varrón refiere, que los sicionios también solían sacrificar en el túmulo de su séptimo rey Turiaco. En el reinado de Armamitres en Asiria y Leucipo en Sición como octavos reyes, y de Ínaco como primero en Argos, Dios habló a Isaac, y le prometió las mismas dos cosas que a su padre — a saber, la tierra de Canaán a su simiente, y la bendición de todas las naciones en su simiente. Estas mismas cosas fueron prometidas a su hijo, nieto de Abraham, que al principio se llamó Jacob, después Israel, cuando Beloco era el noveno rey de Asiria, y Foroneo, hijo de Ínaco, reinaba como segundo rey de Argos, continuando Leucipo como rey de Sición. En aquellos tiempos, bajo el rey argivo Foroneo, Grecia se hizo más famosa por la institución de ciertas leyes y jueces. A la muerte de Foroneo, su hermano menor Fegeo construyó un templo en su tumba, en el cual fue adorado como Dios, y se le sacrificaron bueyes. Creo que lo consideraron digno de tan grande honor, porque en su parte del reino (pues su padre había dividido sus territorios entre ellos, en los que reinaron durante su vida) había fundado capillas para el culto de los dioses, y les había enseñado a medir el tiempo, por meses y años, y hasta ese punto a llevar cuenta y cálculo de los acontecimientos. Los hombres todavía incultos, admirándolo por estas novedades, o bien imaginaron que era, o resolvieron que debía ser hecho, un dios después de su muerte. También se dice que Ío fue hija de Ínaco, la cual después fue llamada Isis, cuando fue adorada en Egipto como una gran diosa; aunque otros escriben que vino como reina de Etiopía, y porque gobernó extensa y justamente, e instituyó para sus súbditos letras y muchas cosas útiles, se le dio allí tal honor divino después de muerta, que si alguien decía que había sido humana, se le acusaba de crimen capital.
XVIII, 4
En el reinado de Baleo, noveno rey de Asiria, y Mesapo, octavo de Sición, de quien algunos dicen que también fue llamado Cefiso (si en verdad el mismo hombre tuvo ambos nombres, y quienes ponen el otro nombre en sus escritos no lo han confundido más bien con otro hombre), mientras Apis era tercer rey de Argos, murió Isaac, a los ciento ochenta años, y dejó a sus hijos gemelos de ciento veinte años. Jacob, el menor de estos, pertenecía a la ciudad de Dios sobre la cual escribimos (siendo el mayor totalmente rechazado), y tuvo doce hijos, uno de los cuales, llamado José, fue vendido por sus hermanos a mercaderes que bajaban a Egipto, estando vivo aún su abuelo Isaac. Pero cuando tenía treinta años, José se presentó ante Faraón, siendo exaltado de la humillación que soportó, porque, interpretando divinamente los sueños del rey, predijo que habría siete años de abundancia, cuya riquísima copia sería consumida por otros siete años de hambre que seguirían. Por esto el rey lo hizo gobernador de Egipto, liberándolo de la prisión, a la que había sido arrojado por guardar intacta su castidad; pues la preservó valientemente de su señora, que lo amaba perversamente, y dijo mentiras a su amo débilmente crédulo, y no consintió en cometer adulterio con ella, sino que huyó de ella, dejando su vestido en sus manos cuando ella lo asió. En el segundo de los siete años de hambre, Jacob bajó a Egipto a ver a su hijo con todo lo que tenía, siendo de ciento treinta años, como él mismo dijo en respuesta a la pregunta del rey. José tenía entonces treinta y nueve, si añadimos siete años de abundancia y dos de hambre a los treinta que contaba cuando fue honrado por el rey.
Capítulo 5. De Apis rey de Argos, a quien los egipcios llamaron Serapis, y adoraron con honores divinos
XVIII, 5
En estos tiempos, Apis, rey de Argos, pasó a Egipto en naves, y, muriendo allí, fue hecho Serapis, el dios principal de todos los egipcios. Ahora bien, Varrón da esta razón muy pronta de por qué, después de su muerte, fue llamado, no Apis, sino Serapis. El arca en que fue colocado cuando muerto, la que ahora todo el mundo llama sarcófago, se llamaba entonces en griego [σορὸς], y comenzaron a adorarlo cuando fue sepultado en ella antes de que se construyera su templo; y de Soros y Apis fue llamado primero [Sorosapis, o] Sorapis, y después Serapis, cambiando una letra, como fácilmente sucede. Se decretó también respecto a él, que cualquiera que dijera que había sido hombre sería castigado con pena capital. Y puesto que en todo templo donde se adoraba a Isis y Serapis había también una imagen que, con el dedo puesto sobre los labios, parecía advertir a los hombres que guardaran silencio, Varrón piensa que esto significa que debía mantenerse en secreto que habían sido humanos. Pero aquel toro que, con maravillosa necedad, Egipto engañado alimentaba con abundantes delicadezas en honor de él, no fue llamado Serapis, sino Apis, porque lo adoraban vivo sin sarcófago. A la muerte de aquel toro, cuando buscaban y hallaban un becerro del mismo color — es decir, marcado de manera semejante con ciertas manchas blancas — creían que era algo milagroso, y divinamente provisto para ellos. Sin embargo, no era gran cosa para los demonios, para engañarlos, mostrar a una vaca cuando estaba concibiendo y preñada la imagen de tal toro, que ella sola podía ver, y con ella atraer la pasión reproductora de la madre, de modo que apareciera en forma corporal en su cría, así como Jacob logró con las varas manchadas que las ovejas y cabras nacieran manchadas. Pues lo que los hombres pueden hacer con colores y sustancias reales, los demonios pueden hacerlo muy fácilmente mostrando formas irreales a los animales reproductores.
XVIII, 6
Apis, pues, que murió en Egipto, no fue rey de Egipto, sino de Argos. Le sucedió su hijo Argo, de cuyo nombre la tierra fue llamada Argos y el pueblo argivos, porque bajo los reyes anteriores ni el lugar ni la nación habían tenido aún este nombre. Mientras él reinaba sobre Argos, y Erato sobre Sición, y Baleo seguía siendo rey de Asiria, Jacob murió en Egipto a los ciento cuarenta y siete años, después de que, al morir, bendijo a sus hijos y a sus nietos por José, y profetizó clarísimamente de Cristo, diciendo en la bendición de Judá: «No faltará príncipe de Judá, ni caudillo de entre sus muslos, hasta que vengan aquellas cosas que le están reservadas; y él es la esperanza de las naciones.» [] En el reinado de Argo, Grecia comenzó a usar frutos y a tener cosechas de grano en campos cultivados, habiendo sido traída la semilla de otros países. Argo también comenzó a ser tenido por dios después de su muerte, y fue honrado con un templo y sacrificios. Este honor fue conferido en su reinado, antes de serle dado a él, a un particular por ser el primero en uncir bueyes al arado. Este fue un tal Homogiro, que fue herido por un rayo.
XVIII, 7
En el reinado de Mamito, el duodécimo rey de Asiria, y de Plemneo, el undécimo de Sición, mientras Argo aún reinaba sobre los argivos, José murió en Egipto a los ciento diez años. Después de su muerte, el pueblo de Dios, creciendo maravillosamente, permaneció en Egipto ciento cuarenta y cinco años, en tranquilidad al principio, hasta que murieron los que conocían a José. Después, por envidia de su aumento y por la sospecha de que al fin lograrían su libertad, fueron oprimidos con persecuciones y con los trabajos de una servidumbre intolerable, en medio de los cuales, sin embargo, seguían creciendo, multiplicados con fecundidad dada por Dios. Durante este período continuaron los mismos reinos en Asiria y Grecia.
XVIII, 8
Cuando Safro reinaba como decimocuarto rey de Asiria, y Ortópolis como duodécimo de Sición, y Críaso como quinto de Argos, nació Moisés en Egipto, por quien el pueblo de Dios fue liberado de la esclavitud egipcia, en la cual convenía que fueran probados así para que desearan la ayuda de su Creador. Algunos han pensado que Prometeo vivió durante el reinado de los reyes ahora nombrados. Se dice que formó hombres de barro, porque fue tenido por el mejor maestro de sabiduría; aunque no aparece qué sabios hubo en sus días. Se dice que su hermano Atlas fue un gran astrólogo; y esto dio ocasión a la fábula de que sostenía el cielo, aunque la opinión vulgar acerca de que sostenía el cielo parece más bien sugerida por una alta montaña llamada con su nombre. En efecto, desde aquellos tiempos comenzaron a inventarse en Grecia muchas otras cosas fabulosas; sin embargo, hasta Cécrope rey de Atenas, en cuyo reinado aquella ciudad recibió su nombre, y en cuyo reinado Dios sacó a su pueblo de Egipto por medio de Moisés, solo unos pocos héroes muertos, según la vana superstición de los griegos, fueron deificados. Entre estos estaban Melantomice, la esposa del rey Críaso, y Forbas su hijo, que sucedió a su padre como sexto rey de los argivos, y Iaso, hijo de Tríopas, su séptimo rey, y su noveno rey, Esténelas, o Esteneleo, o Estenelo—pues su nombre se da de manera diferente por diferentes autores. En aquellos tiempos también, se dice que vivió Mercurio, nieto de Atlas por su hija Maya, según el común relato en los libros. Fue famoso por su habilidad en muchas artes, y las enseñó a los hombres, por lo cual resolvieron hacerlo, y aun creyeron que merecía ser, un dios después de la muerte. Se dice que Hércules fue posterior, aunque perteneciente al mismo período; aunque algunos, a quienes creo equivocados, le asignan una fecha anterior a Mercurio. Pero en cualquier tiempo en que hayan nacido, está acordado entre historiadores serios, que han consignado estas cosas antiguas por escrito, que ambos fueron hombres, y que merecieron honores divinos de los mortales porque les confirieron muchos beneficios para hacerles más agradable esta vida. Minerva fue mucho más antigua que estos; pues se dice que apareció en edad virginal en los tiempos de Ogiges en el lago llamado Tritón, del cual también es llamada Tritonia, inventora en verdad de muchas obras, y tanto más fácilmente creída diosa cuanto menos conocido era su origen. Pues lo que se canta acerca de que nació de la cabeza de Júpiter pertenece a la región de la poesía y la fábula, no a la de la historia y el hecho real. Y los escritores históricos no están de acuerdo sobre cuándo floreció Ogiges, en cuyo tiempo también ocurrió un gran diluvio—no aquel máximo del cual ningún hombre escapó excepto los que pudieron entrar en el arca, pues ni la historia griega ni la latina lo conocieron, sino un diluvio mayor que el que ocurrió después en tiempo de Deucalión. Pues Varrón comienza el libro que ya he mencionado en esta fecha, y no se propone, como punto de partida desde el cual pueda llegar a los asuntos romanos, nada más antiguo que el diluvio de Ogiges, es decir, el que ocurrió en tiempo de Ogiges. Ahora bien, nuestros escritores de crónicas—primero Eusebio, y después Jerónimo, que siguen enteramente a algunos historiadores anteriores en esta opinión—relatan que el diluvio de Ogiges ocurrió más de trescientos años después, durante el reinado de Foroneo, el segundo rey de Argos. Pero cuandoquiera que haya vivido, Minerva ya era adorada como diosa cuando Cécrope reinaba en Atenas, en cuyo reinado se dice que la ciudad misma fue reedificada o fundada.