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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
  22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
  46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
  47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
  61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
  62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
  63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
  64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
  65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
  66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
  67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
  68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
  69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
  70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
  71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
  72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
  73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
  74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
  75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
  76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
  77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
  78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
  79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
  80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
  81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
  82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
  83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
  84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
  85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
  87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
  88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
  89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
  90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
  91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
  92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
  93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
  94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
  95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
  96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
  97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
  98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
  99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
  100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
  101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
  102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
  103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
  104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
  105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
  106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
  107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
  108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
  109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
  110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
  111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
  112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
  113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
  114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
  115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
  116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
  117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
  118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
  119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
  120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
  121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
  122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
  123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
  124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
  125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
  126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
  127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
  128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
  129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
  130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
  131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
  132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
  133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
  134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
  135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
  136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
  137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
  138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
  139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
  140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
  141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
  142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
  143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
  144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
  145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
  146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
  147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
  148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
  149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
  150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
  151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
  152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
  153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
  154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
  155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
  156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
  157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
  158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
  159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
  160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
  161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
  162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
  163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
  164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
  165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
  166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
  167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
  168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
  169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
  170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
  171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
  172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
  173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
  174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
  175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
  176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
  177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
  178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
  179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
  180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
  181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
  182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
  183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
  184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
  185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
  186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
  187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
  188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
  189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
  190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
  191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
  192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
  193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
  194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
  195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
  196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
  197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
  198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
  199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
  200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
  201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
  202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
  203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
  204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
  205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
  206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
  207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
  208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
  209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
  210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
  211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
  212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
  213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
  214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
  215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
  216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
  217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
  218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
  219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
  220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
  221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
  222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
  223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
  224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
  225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
  226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
  227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
  228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
  229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
  230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
  231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
  232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
  233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
  234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
  235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
  236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
  237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
  238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
  239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
  240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
  241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
  242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
  243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
  244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
  245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
  246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
  247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
  248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
  249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
  250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
  251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
  252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
  253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
  254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
  255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
  256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
  257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
  258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
  259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
  260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
  261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
  262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
  263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
  264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
  265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
  266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
  267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
  268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
  269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
  270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
  271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
  272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
  273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
  274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
  275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
  276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
  277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
  278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
  279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
  280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
  281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
  282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
  283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
  284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
  285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
  287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
  288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
  289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
  290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
  291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
  292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
  293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
  294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
  295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
  296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
  297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
  298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
  299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
  300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
  301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
  302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
  303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
  304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
  305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
  306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
  307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
  308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
  309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
  310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
  311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
  312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
  313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
  314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
  315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
  316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
  317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
  318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
  319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
  320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
  321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
  322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
  323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
  324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
  325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
  326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
  327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
  328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
  329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    La ciudad de Dios

    413–426 · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Marcus Dods (Nicene and Post-Nicene Fathers)42 minPosición: 0% de esta parteParte 37 de 52 · Capítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su PasiónPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-CIV

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minLa fuente y su traducción
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 5. Declaración de César sobre la costumbre universal de un enemigo al saquear una ciudad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 9. De las razones por las que se administra juntamente corrección a malos y buenos
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 10. Que los santos nada pierden perdiendo los bienes temporales
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 2 minCapítulo 11. Del fin de esta vida, y si importa que se difiera por largo tiempo
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la sepultura de los muertos: que el negarla a los cristianos no les causa daño alguno
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14. Del cautiverio de los santos, y de que el consuelo divino nunca les faltó en él
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 19. De Lucrecia, que puso fin a su vida a causa del ultraje que se le hizo
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 20. De que los cristianos no tienen autoridad alguna para suicidarse en circunstancia alguna
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 5 minCapítulo 26. Que en ciertos casos peculiares no deben seguirse los ejemplos de los santos
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 28
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 30
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33. Que el derrocamiento de Roma no ha corregido los vicios de los romanos
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minLibro II
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4
    20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 6. Que los dioses de los paganos nunca inculcaron santidad de vida
    21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 9
    22. Sesión 22 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 12
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 13
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 15. De que fue la vanidad, no la razón, la que creó a algunos de los dioses romanos
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 18
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 20
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 10 minCapítulo 22
    28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 24. De las hazañas de Silas, en las cuales los demonios se jactaban de que él había tenido su ayuda
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 25
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 27
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 7 minLibro III
    32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 4. De la opinión de Varrón, que es útil para los hombres fingirse descendientes de los dioses
    33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 8. Si Roma debió haber sido confiada a los dioses troyanos
    34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 11
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 14
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 15. Qué manera de vida y muerte tuvieron los reyes romanos
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 12 minCapítulo 16
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 18
    39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 20
    40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 2 minCapítulo 22
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 23
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la guerra civil entre Mario y Silas
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 30
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 6 minLibro IV
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 3
    46. Sesión 46 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 6
    47. Sesión 47 · Parte 7 · ≈ 7 minCapítulo 9
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 11
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 12
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 16
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 20
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 9 minCapítulo 22
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 24
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 5 minCapítulo 27. De las tres clases de dioses de que ha tratado el pontífice Escévola
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 29
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 31
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 33
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre la diferencia en la salud de los gemelos
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 8 minCapítulo 5. De qué manera se convence a los matemáticos de profesar una ciencia vana
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la elección de un día para el matrimonio, para plantar o para sembrar
    61. Sesión 61 · Parte 10 · ≈ 11 minCapítulo 9. De la presciencia de Dios y del libre albedrío del hombre, contra la definición de Cicerón
    62. Sesión 62 · Parte 10 · ≈ 7 minCapítulo 10. Si nuestras voluntades están regidas por la necesidad
    63. Sesión 63 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 12
    64. Sesión 64 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 13
    65. Sesión 65 · Parte 10 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la recompensa temporal que Dios concedió a las virtudes de los romanos
    66. Sesión 66 · Parte 11 · ≈ 11 minCapítulo 18
    67. Sesión 67 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 19. Sobre la diferencia entre la verdadera gloria y el deseo de dominar
    68. Sesión 68 · Parte 11 · ≈ 6 minCapítulo 21
    69. Sesión 69 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 23
    70. Sesión 70 · Parte 11 · ≈ 7 minCapítulo 26. Sobre la fe y la piedad de Teodosio Augusto
    71. Sesión 71 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro VI
    72. Sesión 72 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 2
    73. Sesión 73 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 4
    74. Sesión 74 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 5
    75. Sesión 75 · Parte 12 · ≈ 6 minCapítulo 6. Sobre la teología mítica, es decir, fabulosa, y la civil, contra Varrón
    76. Sesión 76 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7. Sobre la semejanza y concordancia de las teologías fabulosa y civil
    77. Sesión 77 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 8
    78. Sesión 78 · Parte 12 · ≈ 10 minCapítulo 10
    79. Sesión 79 · Parte 12 · ≈ 4 minCapítulo 11. Qué pensaba Séneca acerca de los judíos
    80. Sesión 80 · Parte 13 · ≈ 6 minLibro VII
    81. Sesión 81 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 3
    82. Sesión 82 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 4
    83. Sesión 83 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 6
    84. Sesión 84 · Parte 13 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre el poder de Júpiter, y una comparación de Júpiter con Jano
    85. Sesión 85 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    86. Sesión 86 · Parte 13 · ≈ 5 minCapítulo 14. Sobre las funciones de Mercurio y Marte
    87. Sesión 87 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 16. Sobre Apolo y Diana, y los otros dioses escogidos a los que querrían que fueran partes del mundo
    88. Sesión 88 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 18. Una causa más creíble del surgimiento del error pagano
    89. Sesión 89 · Parte 14 · ≈ 10 minCapítulo 21. Sobre la vergüenza de los ritos que se celebran en honor de Líber
    90. Sesión 90 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 24
    91. Sesión 91 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 25. La interpretación de la mutilación de Atis que expuso la doctrina de los sabios griegos
    92. Sesión 92 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 28. Que la doctrina de Varrón acerca de la teología no es en parte alguna coherente consigo misma
    93. Sesión 93 · Parte 14 · ≈ 2 minCapítulo 31
    94. Sesión 94 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 32
    95. Sesión 95 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 35
    96. Sesión 96 · Parte 15 · ≈ 7 minCapítulo 2. Sobre las dos escuelas de filósofos, a saber, la itálica y la jónica, y sus fundadores
    97. Sesión 97 · Parte 15 · ≈ 10 minCapítulo 4
    98. Sesión 98 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 6. Sobre el sentido de los platónicos en aquella parte de la filosofía llamada física
    99. Sesión 99 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 9. Sobre la filosofía que más se ha acercado a la fe cristiana
    100. Sesión 100 · Parte 16 · ≈ 6 minCapítulo 11. Cómo Platón pudo acercarse tanto al conocimiento cristiano
    101. Sesión 101 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 13
    102. Sesión 102 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 15
    103. Sesión 103 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 17
    104. Sesión 104 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 20
    105. Sesión 105 · Parte 16 · ≈ 9 minCapítulo 22. Que, a pesar de la opinión de Apuleyo, debemos rechazar el culto de los demonios
    106. Sesión 106 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 24
    107. Sesión 107 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 25. Acerca de aquellas cosas que pueden ser comunes a los santos ángeles y a los hombres
    108. Sesión 108 · Parte 17 · ≈ 4 minCapítulo 27. De la naturaleza del honor que los cristianos tributan a sus mártires
    109. Sesión 109 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro IX
    110. Sesión 110 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 4. La opinión de los peripatéticos y de los estoicos sobre las emociones mentales
    111. Sesión 111 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 5
    112. Sesión 112 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 8
    113. Sesión 113 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 10
    114. Sesión 114 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 14. Si los hombres, aunque mortales, pueden disfrutar de la verdadera bienaventuranza
    115. Sesión 115 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 17
    116. Sesión 116 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 21. Hasta qué punto se dignó el Señor darse a conocer a los demonios
    117. Sesión 117 · Parte 19 · ≈ 7 minLibro X
    118. Sesión 118 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 2. La opinión de Plotino el platónico acerca de la iluminación desde lo alto
    119. Sesión 119 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 4. Que el sacrificio se debe solo al Dios verdadero
    120. Sesión 120 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7
    121. Sesión 121 · Parte 19 · ≈ 10 minCapítulo 10
    122. Sesión 122 · Parte 19 · ≈ 4 minCapítulo 12. De los milagros obrados por el Dios verdadero por ministerio de los santos ángeles
    123. Sesión 123 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 14
    124. Sesión 124 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 17. Sobre el arca de la alianza y las señales milagrosas con que Dios acreditó la ley y la promesa
    125. Sesión 125 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 19
    126. Sesión 126 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 22. De dónde obtienen los santos poder contra los demonios y la verdadera purificación del corazón
    127. Sesión 127 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 25
    128. Sesión 128 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 26
    129. Sesión 129 · Parte 20 · ≈ 3 minCapítulo 28. De cómo Porfirio ha estado tan ciego como para no reconocer la verdadera Sabiduría: Cristo
    130. Sesión 130 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 29
    131. Sesión 131 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 30. Enmiendas y modificaciones de Porfirio al platonismo
    132. Sesión 132 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 32
    133. Sesión 133 · Parte 21 · ≈ 6 minLibro XI
    134. Sesión 134 · Parte 21 · ≈ 8 minCapítulo 2
    135. Sesión 135 · Parte 21 · ≈ 5 minCapítulo 5
    136. Sesión 136 · Parte 22 · ≈ 9 minCapítulo 7
    137. Sesión 137 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 10
    138. Sesión 138 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 12
    139. Sesión 139 · Parte 22 · ≈ 7 minCapítulo 14
    140. Sesión 140 · Parte 22 · ≈ 6 minCapítulo 18
    141. Sesión 141 · Parte 22 · ≈ 8 minCapítulo 21
    142. Sesión 142 · Parte 22 · ≈ 5 minCapítulo 23. Del error en que incurre la doctrina de Orígenes
    143. Sesión 143 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 24. De la Trinidad divina y de los indicios de su presencia esparcidos por doquier entre sus obras
    144. Sesión 144 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 26
    145. Sesión 145 · Parte 23 · ≈ 6 minCapítulo 28
    146. Sesión 146 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 30
    147. Sesión 147 · Parte 23 · ≈ 7 minCapítulo 33
    148. Sesión 148 · Parte 23 · ≈ 6 minLibro XII
    149. Sesión 149 · Parte 23 · ≈ 4 minCapítulo 2
    150. Sesión 150 · Parte 24 · ≈ 11 minCapítulo 4
    151. Sesión 151 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 7. Que no debemos esperar encontrar causa eficiente alguna de la voluntad mala
    152. Sesión 152 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 10. De la falsedad de la historia que asigna muchos miles de años al pasado del mundo
    153. Sesión 153 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 13
    154. Sesión 154 · Parte 24 · ≈ 8 minCapítulo 15
    155. Sesión 155 · Parte 24 · ≈ 6 minCapítulo 16
    156. Sesión 156 · Parte 25 · ≈ 9 minCapítulo 18
    157. Sesión 157 · Parte 25 · ≈ 7 minCapítulo 21. Que al principio fue creado un solo individuo, y que en él fue creado el género humano
    158. Sesión 158 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 22
    159. Sesión 159 · Parte 25 · ≈ 8 minCapítulo 26
    160. Sesión 160 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 3
    161. Sesión 161 · Parte 25 · ≈ 6 minCapítulo 5
    162. Sesión 162 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que los santos, al sufrir la primera muerte por la verdad, quedan libres de la segunda
    163. Sesión 163 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 11. Si uno puede estar a la vez vivo y muerto
    164. Sesión 164 · Parte 26 · ≈ 6 minCapítulo 12
    165. Sesión 165 · Parte 26 · ≈ 9 minCapítulo 16
    166. Sesión 166 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 18
    167. Sesión 167 · Parte 26 · ≈ 7 minCapítulo 20
    168. Sesión 168 · Parte 26 · ≈ 8 minCapítulo 23
    169. Sesión 169 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 24
    170. Sesión 170 · Parte 27 · ≈ 6 minLibro XIV
    171. Sesión 171 · Parte 27 · ≈ 9 minCapítulo 2
    172. Sesión 172 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 4. Qué es vivir según el hombre, y qué es vivir según Dios
    173. Sesión 173 · Parte 27 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del carácter de la voluntad humana que hace que los afectos del alma sean rectos o perversos
    174. Sesión 174 · Parte 27 · ≈ 7 minCapítulo 8
    175. Sesión 175 · Parte 28 · ≈ 11 minCapítulo 9. De las perturbaciones del alma que aparecen como afecciones rectas en la vida de los justos
    176. Sesión 176 · Parte 28 · ≈ 9 minCapítulo 10
    177. Sesión 177 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 12. De la naturaleza del primer pecado del hombre
    178. Sesión 178 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 14. Del orgullo en el pecado, que fue peor que el pecado mismo
    179. Sesión 179 · Parte 28 · ≈ 7 minCapítulo 16
    180. Sesión 180 · Parte 28 · ≈ 3 minCapítulo 19
    181. Sesión 181 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la necia bestialidad de los cínicos
    182. Sesión 182 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 23
    183. Sesión 183 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 24
    184. Sesión 184 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 26. Que hemos de creer que en el Paraíso nuestros primeros padres engendraron hijos sin rubor
    185. Sesión 185 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 28. De la naturaleza de las dos ciudades, la terrena y la celestial
    186. Sesión 186 · Parte 29 · ≈ 7 minCapítulo 2. De los hijos de la carne y de los hijos de la promesa
    187. Sesión 187 · Parte 29 · ≈ 6 minCapítulo 5
    188. Sesión 188 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 7
    189. Sesión 189 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 8. Qué razón tuvo Caín para edificar una ciudad tan pronto en la historia del género humano
    190. Sesión 190 · Parte 30 · ≈ 8 minCapítulo 9. De la larga vida y de la mayor estatura de los antediluvianos
    191. Sesión 191 · Parte 30 · ≈ 9 minCapítulo 12
    192. Sesión 192 · Parte 30 · ≈ 7 minCapítulo 14. Que los años en aquellos tiempos antiguos tenían la misma duración que los nuestros
    193. Sesión 193 · Parte 30 · ≈ 6 minCapítulo 15
    194. Sesión 194 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 16
    195. Sesión 195 · Parte 31 · ≈ 6 minCapítulo 17. De los dos padres y jefes que surgieron de un solo progenitor
    196. Sesión 196 · Parte 31 · ≈ 11 minCapítulo 19. El significado de la traslación de Enoc
    197. Sesión 197 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 21
    198. Sesión 198 · Parte 31 · ≈ 9 minCapítulo 23
    199. Sesión 199 · Parte 31 · ≈ 7 minCapítulo 24
    200. Sesión 200 · Parte 32 · ≈ 8 minCapítulo 27
    201. Sesión 201 · Parte 32 · ≈ 9 minLibro XVI
    202. Sesión 202 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 3. De las generaciones de los tres hijos de Noé
    203. Sesión 203 · Parte 32 · ≈ 6 minCapítulo 4. De la diversidad de las lenguas y de la fundación de Babilonia
    204. Sesión 204 · Parte 32 · ≈ 9 minCapítulo 6. Qué hemos de entender por el hablar de Dios a los ángeles
    205. Sesión 205 · Parte 32 · ≈ 7 minCapítulo 9. Si hemos de creer en los antípodas
    206. Sesión 206 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 11
    207. Sesión 207 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 12. De la era en la vida de Abraham desde la cual comienza un nuevo período en la santa sucesión
    208. Sesión 208 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 15. Del tiempo de la migración de Abraham, cuando, según el mandamiento de Dios, salió de Harán
    209. Sesión 209 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del orden y naturaleza de las promesas de Dios que fueron hechas a Abraham
    210. Sesión 210 · Parte 33 · ≈ 6 minCapítulo 20. De la separación de Lot y Abraham, que acordaron sin quebranto de la caridad
    211. Sesión 211 · Parte 33 · ≈ 9 minCapítulo 23
    212. Sesión 212 · Parte 33 · ≈ 5 minCapítulo 25. De la sierva de Sara, Agar, a quien ella misma quiso que fuera concubina de Abraham
    213. Sesión 213 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 27
    214. Sesión 214 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 29
    215. Sesión 215 · Parte 34 · ≈ 6 minCapítulo 32
    216. Sesión 216 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 33. De Rebeca, nieta de Nacor, a quien Isaac tomó por esposa
    217. Sesión 217 · Parte 34 · ≈ 9 minCapítulo 37. De las cosas místicamente prefiguradas en Esaú y Jacob
    218. Sesión 218 · Parte 34 · ≈ 8 minCapítulo 39. La razón por la cual Jacob fue llamado también Israel
    219. Sesión 219 · Parte 34 · ≈ 2 minCapítulo 42. De los hijos de José, a quienes Jacob bendijo, cambiando proféticamente sus manos
    220. Sesión 220 · Parte 35 · ≈ 6 minCapítulo 43
    221. Sesión 221 · Parte 35 · ≈ 6 minLibro XVII
    222. Sesión 222 · Parte 35 · ≈ 9 minCapítulo 3
    223. Sesión 223 · Parte 35 · ≈ 12 minCapítulo 4
    224. Sesión 224 · Parte 35 · ≈ 13 minCapítulo 5
    225. Sesión 225 · Parte 36 · ≈ 11 minCapítulo 6
    226. Sesión 226 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 8
    227. Sesión 227 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 9
    228. Sesión 228 · Parte 36 · ≈ 9 minCapítulo 11
    229. Sesión 229 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si la verdad de esta paz prometida puede atribuirse a aquellos tiempos ya pasados bajo Salomón
    230. Sesión 230 · Parte 36 · ≈ 6 minCapítulo 16
    231. Sesión 231 · Parte 37 · ≈ 8 minCapítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión
    232. Sesión 232 · Parte 37 · ≈ 10 minCapítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos
    233. Sesión 233 · Parte 37 · ≈ 7 minCapítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel
    234. Sesión 234 · Parte 37 · ≈ 8 minLibro XVIII
    235. Sesión 235 · Parte 37 · ≈ 6 minCapítulo 3
    236. Sesión 236 · Parte 37 · ≈ 5 minCapítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto
    237. Sesión 237 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 9. Cuándo fue fundada la ciudad de Atenas, y qué razón da Varrón para su nombre
    238. Sesión 238 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 12
    239. Sesión 239 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 14. De los poetas teólogos
    240. Sesión 240 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 18
    241. Sesión 241 · Parte 38 · ≈ 6 minCapítulo 19. De que Eneas vino a Italia cuando Abdón, el juez, gobernaba a los hebreos
    242. Sesión 242 · Parte 38 · ≈ 8 minCapítulo 22. De que Roma fue fundada cuando pereció el reino asirio, en cuyo tiempo reinaba Ezequías en Judá
    243. Sesión 243 · Parte 38 · ≈ 4 minCapítulo 24
    244. Sesión 244 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 26
    245. Sesión 245 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 29. Qué cosas son predichas por Isaías acerca de Cristo y de la Iglesia
    246. Sesión 246 · Parte 39 · ≈ 8 minCapítulo 32. De la profecía que está contenida en la oración y el cántico de Habacuc
    247. Sesión 247 · Parte 39 · ≈ 6 minCapítulo 33
    248. Sesión 248 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 35. De la profecía de los tres profetas, Ageo, Zacarías y Malaquías
    249. Sesión 249 · Parte 39 · ≈ 7 minCapítulo 36. Sobre Esdras y los libros de los Macabeos
    250. Sesión 250 · Parte 39 · ≈ 2 minCapítulo 39. Sobre los caracteres escritos hebreos que aquella lengua siempre poseyó
    251. Sesión 251 · Parte 40 · ≈ 8 minCapítulo 40
    252. Sesión 252 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 42
    253. Sesión 253 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 44
    254. Sesión 254 · Parte 40 · ≈ 6 minCapítulo 46
    255. Sesión 255 · Parte 40 · ≈ 7 minCapítulo 48
    256. Sesión 256 · Parte 40 · ≈ 9 minCapítulo 51. Que la fe católica puede ser confirmada incluso por las disensiones de los herejes
    257. Sesión 257 · Parte 41 · ≈ 10 minCapítulo 53. Del tiempo oculto de la persecución final
    258. Sesión 258 · Parte 41 · ≈ 10 minLibro XIX
    259. Sesión 259 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 2
    260. Sesión 260 · Parte 41 · ≈ 9 minCapítulo 4
    261. Sesión 261 · Parte 41 · ≈ 7 minCapítulo 5
    262. Sesión 262 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 6. Del error de los juicios humanos cuando la verdad está oculta
    263. Sesión 263 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 8
    264. Sesión 264 · Parte 42 · ≈ 11 minCapítulo 11. De la felicidad de la paz eterna, que constituye el fin o la verdadera perfección de los santos
    265. Sesión 265 · Parte 42 · ≈ 6 minCapítulo 13
    266. Sesión 266 · Parte 42 · ≈ 8 minCapítulo 14
    267. Sesión 267 · Parte 42 · ≈ 7 minCapítulo 16. Del gobierno equitativo
    268. Sesión 268 · Parte 43 · ≈ 10 minCapítulo 18. Cuán distinta es la incertidumbre de la Academia Nueva de la certeza de la fe cristiana
    269. Sesión 269 · Parte 43 · ≈ 9 minCapítulo 22
    270. Sesión 270 · Parte 43 · ≈ 6 minCapítulo 23. Lo que cuenta Porfirio sobre las respuestas dadas por los oráculos de los dioses acerca de Cristo
    271. Sesión 271 · Parte 43 · ≈ 8 minCapítulo 24
    272. Sesión 272 · Parte 43 · ≈ 5 minCapítulo 28. El fin de los malvados
    273. Sesión 273 · Parte 43 · ≈ 7 minCapítulo 2
    274. Sesión 274 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 4. Que las pruebas del juicio final se aducirán primero del Nuevo Testamento y después del Antiguo
    275. Sesión 275 · Parte 44 · ≈ 6 minCapítulo 6. Qué es la primera resurrección y qué la segunda
    276. Sesión 276 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 7
    277. Sesión 277 · Parte 44 · ≈ 8 minCapítulo 8. Del atamiento y desatamiento del diablo
    278. Sesión 278 · Parte 44 · ≈ 9 minCapítulo 9
    279. Sesión 279 · Parte 44 · ≈ 5 minCapítulo 10
    280. Sesión 280 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 12. Si el fuego que descendió del cielo y los devoró se refiere al castigo final de los impíos
    281. Sesión 281 · Parte 45 · ≈ 8 minCapítulo 14
    282. Sesión 282 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 16. Del cielo nuevo y de la tierra nueva
    283. Sesión 283 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 18. Lo que el apóstol Pedro predijo acerca del juicio final
    284. Sesión 284 · Parte 45 · ≈ 6 minCapítulo 20
    285. Sesión 285 · Parte 45 · ≈ 9 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    286. Sesión 286 · Parte 45 · ≈ 3 minCapítulo 21. Palabras del profeta Isaías acerca de la resurrección de los muertos y del juicio retributivo
    287. Sesión 287 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 22. Qué se entiende por la salida de los buenos para ver el castigo de los impíos
    288. Sesión 288 · Parte 46 · ≈ 9 minCapítulo 24. Pasajes de los Salmos de David que predicen el fin del mundo y el juicio final
    289. Sesión 289 · Parte 46 · ≈ 8 minCapítulo 25
    290. Sesión 290 · Parte 46 · ≈ 6 minCapítulo 27. De la separación de los buenos y los malos, que proclama el poder discriminador del juicio final
    291. Sesión 291 · Parte 46 · ≈ 10 minCapítulo 30
    292. Sesión 292 · Parte 46 · ≈ 4 minLibro XXI
    293. Sesión 293 · Parte 47 · ≈ 7 minCapítulo 2. Si es posible que los cuerpos duren para siempre en el fuego ardiente
    294. Sesión 294 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 4
    295. Sesión 295 · Parte 47 · ≈ 6 minCapítulo 5. Que hay muchas cosas que la razón no puede explicar, y que, sin embargo, son verdaderas
    296. Sesión 296 · Parte 47 · ≈ 11 minCapítulo 6
    297. Sesión 297 · Parte 47 · ≈ 8 minCapítulo 8
    298. Sesión 298 · Parte 47 · ≈ 5 minCapítulo 9. Del infierno y de la naturaleza de las penas eternas
    299. Sesión 299 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 10
    300. Sesión 300 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 12
    301. Sesión 301 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 15
    302. Sesión 302 · Parte 48 · ≈ 7 minCapítulo 17. De quienes imaginan que ningún hombre será castigado eternamente
    303. Sesión 303 · Parte 48 · ≈ 6 minCapítulo 19
    304. Sesión 304 · Parte 48 · ≈ 14 minCapítulo 23. Contra quienes opinan que el castigo ni del diablo ni de los hombres malvados será eterno
    305. Sesión 305 · Parte 48 · ≈ 2 minCapítulo 24
    306. Sesión 306 · Parte 49 · ≈ 6 minCapítulo 25
    307. Sesión 307 · Parte 49 · ≈ 10 minCapítulo 26
    308. Sesión 308 · Parte 49 · ≈ 12 minCapítulo 27
    309. Sesión 309 · Parte 49 · ≈ 7 minLibro XXII
    310. Sesión 310 · Parte 49 · ≈ 8 minCapítulo 2. De la voluntad eterna e inmutable de Dios
    311. Sesión 311 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 5. De la resurrección de la carne, que algunos se niegan a creer, aunque el mundo en general la cree
    312. Sesión 312 · Parte 50 · ≈ 13 minCapítulo 7. Que la creencia del mundo en Cristo es el resultado del poder divino, no de la persuasión humana
    313. Sesión 313 · Parte 50 · ≈ 11 minCapítulo 8
    314. Sesión 314 · Parte 50 · ≈ 10 minCapítulo 8
    315. Sesión 315 · Parte 50 · ≈ 1 minCapítulo 8
    316. Sesión 316 · Parte 51 · ≈ 10 minCapítulo 9
    317. Sesión 317 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 12
    318. Sesión 318 · Parte 51 · ≈ 6 minCapítulo 13. Si los abortos, si se cuentan entre los muertos, no tendrán también parte en la resurrección
    319. Sesión 319 · Parte 51 · ≈ 7 minCapítulo 17. Si los cuerpos de las mujeres conservarán su propio sexo en la resurrección
    320. Sesión 320 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 19
    321. Sesión 321 · Parte 51 · ≈ 9 minCapítulo 21. Del nuevo cuerpo espiritual en el que la carne de los santos será transformada
    322. Sesión 322 · Parte 51 · ≈ 2 minCapítulo 22
    323. Sesión 323 · Parte 52 · ≈ 11 minCapítulo 23
    324. Sesión 324 · Parte 52 · ≈ 7 minCapítulo 24. De los bienes con que el Creador ha colmado esta vida, aun estando ella sujeta a la maldición
    325. Sesión 325 · Parte 52 · ≈ 6 minCapítulo 25
    326. Sesión 326 · Parte 52 · ≈ 10 minCapítulo 27
    327. Sesión 327 · Parte 52 · ≈ 8 minCapítulo 29. De la visión beatífica
    328. Sesión 328 · Parte 52 · ≈ 9 minCapítulo 30. De la felicidad eterna de la ciudad de Dios y del sábado perpetuo
    329. Sesión 329 · Parte 52 · ≈ 2 minLo que dejó la obra

    Capítulo 17. De las cosas del Salmo 110 que se refieren al sacerdocio de Cristo, y del Salmo 22 a su Pasión

    XVII, 17

    Así como en aquel salmo donde Cristo es proclamado abiertísimamente como Sacerdote, así como aquí como Rey, «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Que Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre se cree, no se ve; que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies todavía no aparece; se está haciendo; [por tanto] aparecerá al fin: sí, esto ahora se cree, después se verá. Pero lo que sigue, «El Señor enviará desde Sión la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos,» es tan claro, que negarlo implicaría no solo incredulidad y error, sino desvergüenza absoluta. Y aun los enemigos deben ciertamente confesar que desde Sión ha sido enviada la ley de Cristo que llamamos evangelio, y reconocerla como la vara de su poder. Pero que Él reina en medio de sus enemigos, estos mismos enemigos entre los cuales reina dan testimonio, rechinando los dientes y consumiéndose, sin poder hacer nada contra Él. Luego, lo que dice un poco después, «El Señor ha jurado y no se arrepentirá,» con cuyas palabras da a entender que lo que añade es inmutable, «Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec,» ¿a quién se le permite dudar de quién se dicen estas cosas, viendo que ya no hay en parte alguna sacerdocio y sacrificio según el orden de Aarón, y en todas partes los hombres ofrecen bajo Cristo como Sacerdote, lo cual mostró Melquisedec cuando bendijo a Abraham? Por tanto, a estas cosas manifiestas deben referirse, cuando se entienden rectamente, las que en el mismo salmo están puestas algo más oscuramente, y ya hemos dado a conocer en nuestros sermones populares cómo han de entenderse rectamente. Así también en aquel lugar donde Cristo profiere por profecía la humillación de su pasión, diciendo: «Han taladrado mis manos y mis pies; cuentan todos mis huesos. Sí, me miran y me contemplan.» Con estas palabras ciertamente quiso decir su cuerpo extendido en la cruz, con las manos y los pies taladrados y perforados por la penetración de los clavos, y que de ese modo se había hecho espectáculo a los que miraban y contemplaban. Y añade: «Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.» Cómo se ha cumplido esta profecía lo narra la historia evangélica. Entonces, en efecto, también las otras cosas que allí se dicen menos abiertamente se entienden rectamente cuando concuerdan con las que brillan con tan gran claridad; sobre todo porque también aquellas cosas que no creemos como pasadas, sino que contemplamos como presentes, son vistas por todo el mundo, mostrándose ahora tal como se leen en este mismo salmo predichas desde tanto tiempo antes. Pues allí se dice un poco después: «Todos los confines de la tierra se acordarán y se convertirán al Señor, y todas las familias de las naciones adorarán delante de Él; porque del Señor es el reino, y Él dominará las naciones.»

    Capítulo 18. De los Salmos 3, 41, 15 y 68, en los que se profetizan la muerte y la resurrección del Señor

    XVII, 18

    Acerca de su resurrección tampoco callan en modo alguno los oráculos de los Salmos. Pues ¿qué otra cosa es lo que se canta en su persona en el Salmo 3, «Me acosté y me dormí; [y] desperté, porque el Señor me sostiene?» ¿Acaso hay alguien tan estúpido que crea que el profeta quiso señalarnos como algo grande que Él se hubiera dormido y levantado, a no ser que aquel sueño fuera la muerte, y aquel despertar la resurrección, que convenía que fuera profetizada así acerca de Cristo? Pues en el Salmo 41 se muestra mucho más claramente, donde en la persona del Mediador, según la costumbre, se narran como pasadas cosas que se profetizaban como todavía futuras, ya que estas cosas que habían de venir estaban en la predestinación y presciencia de Dios como si estuvieran hechas, porque eran ciertas. Dice: «Mis enemigos hablan mal de mí: "¿Cuándo morirá, y perecerá su nombre?". Y si viene a verme, su corazón habla cosas vanas; acumula iniquidad para sí. Sale fuera, y lo dice todo de una vez. Contra mí cuchichean juntos todos mis enemigos; contra mí traman el mal. Han maquinado contra mí una cosa injusta. ¿No se levantará también el que duerme?» Estas palabras están ciertamente puestas aquí de tal modo que se pueda entender que no dice otra cosa sino: ¿No volverá a la vida el que murió? Las palabras anteriores muestran claramente que sus enemigos han meditado y planeado su muerte, y que esta fue ejecutada por aquel que entró a ver y salió a traicionar. Pero ¿a quién no se le ocurre aquí Judas, que, de ser discípulo suyo, se hizo su traidor? Por tanto, porque estaban a punto de hacer lo que habían tramado, es decir, estaban a punto de matarlo, él, para mostrarles que con inútil malicia iban a matar a quien había de resucitar, añade este versículo, como si dijera: ¿Qué cosa vana hacéis? Vuestro crimen será mi sueño. «¿No se levantará también el que duerme?» Y sin embargo indica en los versículos siguientes que no cometerán tan gran impiedad impunemente, diciendo: «Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, que comía mi pan, ha levantado contra mí el calcañar;» es decir, me ha pisoteado. «Pero tú,» dice, «oh Señor, ten misericordia de mí, y levántame, para que yo les dé el pago.» ¿Quién puede negar ahora esto, viendo a los judíos, después de la pasión y resurrección de Cristo, totalmente arrancados de sus moradas por la matanza y la destrucción guerreras? Pues, muerto por ellos, Él ha resucitado, y les ha dado el pago entretanto por medio de una disciplina temporal, salvo que para los que no se corrigen lo guarda reservado para el tiempo en que juzgará a vivos y muertos. Pues el mismo Señor Jesús, al señalar a los apóstoles a aquel mismo hombre como su traidor, citó este mismo versículo de este salmo, y dijo que se cumplía en Él: «El que comía mi pan ha levantado contra mí el calcañar.» Pero lo que dice, «En quien yo confiaba,» no conviene a la cabeza, sino al cuerpo. Pues el Salvador mismo no ignoraba de quién se trataba, acerca del cual ya había dicho antes: «Uno de vosotros es diablo.» [] Pero Él suele asumir la persona de sus miembros, y atribuirse lo que debe decirse de ellos, porque la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo; [] de donde aquel dicho del Evangelio, «Tuve hambre, y me disteis de comer.» [] Lo cual, exponiéndolo, dice: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» [] Por tanto, dijo que había confiado, porque sus discípulos entonces confiaron respecto de Judas; pues era contado entre los apóstoles. []
    Pero los judíos no esperan que el Cristo a quien aguardan muera; por tanto, no piensan que el nuestro sea el mismo que la ley y los profetas anunciaron, sino que se fingen no sé a quién de los suyos, exento del sufrimiento de la muerte. Por eso, con maravillosa vaciedad y ceguera, sostienen que las palabras que hemos consignado significan no muerte y resurrección, sino sueño y nuevo despertar. Pero el Salmo 16 también clama a ellos: «Por tanto, mi corazón se alegra, y mi lengua se regocija; aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.» ¿Quién sino Aquel que resucitó al tercer día podría decir que su carne había descansado en esta esperanza; que su alma, no siendo dejada en el infierno, sino volviendo a ella prontamente, la reanimaría, para que no se corrompiera como suelen corromperse los cadáveres, lo cual de ningún modo pueden decir del profeta y rey David? El Salmo 68 también clama: «Nuestro Dios es Dios de salvación; aun del Señor la salida fue por la muerte.» ¿Qué podría decirse más abiertamente? Pues el Dios de salvación es el Señor Jesús, que se interpreta Salvador, o Sanador. Por esta razón se le puso este nombre, cuando se dijo antes de que naciera de la virgen: «Darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús; porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» [] Porque su sangre fue derramada para la remisión de sus pecados, convenía que no tuviera otra salida de esta vida sino la muerte. Por tanto, cuando se había dicho: «Nuestro Dios es Dios de salvación,» inmediatamente se añadió: «Aun del Señor la salida fue por la muerte,» para mostrar que habíamos de ser salvados por su muerte. Pero es maravillosa aquella expresión, «Aun del Señor,» como si se dijera: Tal es la vida de los mortales, que ni aun el Señor mismo pudo salir de ella sino a través de la muerte.

    Capítulo 19. Del salmo 69, en el que se declara la obstinada incredulidad de los judíos

    XVII, 19

    Pero cuando los judíos no ceden en lo más mínimo a los testimonios de esta profecía, que son tan manifiestos y que, además, los acontecimientos han llevado a un cumplimiento tan claro y cierto, ciertamente se cumple en ellos lo que está escrito en el salmo que sigue aquí. Pues cuando allí también se profetizan, en la persona de Cristo, las cosas que pertenecen a su pasión, se menciona lo que se desarrolla en el Evangelio: «Me dieron hiel por comida, y en mi sed me dieron vinagre para beber.» Y, como después de semejante festín y manjares que de este modo se le ofrecen, en seguida añade [estas palabras]: «Que su mesa se convierta en trampa delante de ellos, y en retribución, y en tropiezo: que se les oscurezcan los ojos para que no vean, y su espalda esté siempre encorvada,» etc. Cosas que no se dicen como deseos, sino que se predicen bajo la forma profética del deseo. ¿Qué maravilla, pues, que aquellos cuyos ojos se oscurecen para que no vean no vean estas cosas manifiestas? ¿Qué maravilla que no miren hacia las cosas celestiales aquellos cuya espalda está siempre encorvada para arrastrarse entre las cosas terrenas? Pues estas palabras, trasladadas del cuerpo, significan defectos mentales. Baste lo dicho sobre los salmos, es decir, sobre la profecía del rey David, para mantenernos dentro de ciertos límites. Pero que nos disculpen aquellos lectores que ya las conocían todas; y que no se quejen de que quizá haya pasado por alto pruebas más fuertes que ellos conocen o piensan que existen.

    Capítulo 20

    Del reinado y mérito de David; y de su hijo Salomón, y de la profecía referente a Cristo que se encuentra ya sea en los libros que se unen a los escritos por él, o en los que indudablemente son suyos

    XVII, 20

    David, por tanto, reinó en la Jerusalén terrena, hijo de la Jerusalén celestial, muy alabado por el testimonio divino; pues incluso sus faltas son superadas por su gran piedad, mediante la humildad más saludable de su arrepentimiento, de modo que es enteramente uno de aquellos de quienes él mismo dice: «Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos.» Después de él reinó Salomón, su hijo, sobre todo aquel mismo pueblo, el cual, como se dijo antes, comenzó a reinar viviendo aún su padre. Este hombre, después de buenos comienzos, tuvo un mal fin. Pues, en verdad, «la prosperidad, que desgasta las mentes de los sabios,» le dañó más de lo que le aprovechó aquella sabiduría, que aún hoy es y será en adelante famosa, y fue entonces alabada por todas partes. Se halla también que profetizó en sus libros, de los cuales tres son recibidos como de autoridad canónica: Proverbios, Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. Pero ha sido costumbre atribuir a Salomón otros dos, de los cuales uno se llama Sabiduría y el otro Eclesiástico, a causa de cierta semejanza de estilo—aunque los más doctos no dudan de que no son suyos; sin embargo, antiguamente la Iglesia, especialmente la occidental, los recibió como autorizados—en uno de los cuales, llamado Sabiduría de Salomón, se profetiza con toda claridad la pasión de Cristo. Pues, en efecto, se cita a sus impíos asesinos diciendo: «Acechemos al justo, porque nos es molesto y contrario a nuestras obras; y nos echa en cara las transgresiones de la ley, y nos reprocha las faltas de nuestra educación. Él profesa tener el conocimiento de Dios, y se llama a sí mismo Hijo de Dios. Ha sido hecho para reprobar nuestros pensamientos. Nos es gravoso aun el contemplarlo; porque su vida no se parece a la de los demás hombres, y sus caminos son diferentes. Somos estimados por él como falsificadores; y se abstiene de nuestros caminos como de inmundicia. Él ensalza el fin de los justos; y se gloría de que tiene a Dios por Padre. Veamos, pues, si sus palabras son verdaderas; y probemos lo que le sucederá, y sabremos cuál será su fin. Porque si el justo es Hijo de Dios, Dios le amparará y le librará de la mano de los que están contra él. Sometámosle a interrogatorio con ultraje y tormento, para que conozcamos su reverencia y probemos su paciencia. Condenémosle a la muerte más vergonzosa; pues por sus propias palabras será respetado. Estas cosas imaginaron, y se engañaron; porque su propia malicia los ha cegado por completo.» [] Pero en el Eclesiástico se predice de esta manera la fe futura de las naciones: «Ten misericordia de nosotros, oh Dios, Gobernador de todo, y envía tu temor sobre todas las naciones: levanta tu mano sobre las naciones extranjeras, y hazles ver tu poder. Como fuiste santificado en nosotros delante de ellos, así sé santificado en ellos delante de nosotros, y que te conozcan, conforme también nosotros te hemos conocido; porque no hay otro Dios fuera de ti, oh Señor.» [] Vemos cumplida esta profecía en forma de deseo y oración por medio de Jesucristo. Pero lo que no está escrito en el canon de los judíos no puede citarse contra sus contradicciones con tanta validez.
    Pero en cuanto a aquellos tres libros que es evidente que son de Salomón y que los judíos tienen por canónicos, mostrar qué cosas de este tipo pueden hallarse en ellos referentes a Cristo y a la Iglesia exigiría una discusión laboriosa que, si se emprendiera ahora, alargaría indebidamente esta obra. Sin embargo, lo que leemos en los Proverbios que dicen los impíos, «Escondamos injustamente en la tierra al justo; sí, traguémoslo vivo como el sepulcro, y borremos su memoria de la tierra; apoderémonos de su preciosa posesión,» [] no es tan oscuro que no pueda entenderse, sin exposición laboriosa, de Cristo y de su posesión, la Iglesia. En efecto, la parábola evangélica de los labradores malvados muestra que nuestro Señor Jesús mismo dijo algo semejante: «Este es el heredero; venid, matémosle, y la herencia será nuestra.» [] De igual manera, también aquel pasaje de este mismo libro, al que ya hemos aludido cuando hablábamos de la mujer estéril que ha dado a luz siete, debe, poco después de haber sido pronunciado, haber llegado a entenderse solo de Cristo y de la Iglesia por aquellos que sabían que Cristo era la Sabiduría de Dios. «La Sabiduría se ha edificado una casa, y ha levantado siete columnas; ha sacrificado sus víctimas, ha mezclado su vino en la copa; también ha dispuesto su mesa. Ha enviado a sus siervos a convocar a la copa con excelente pregón, diciendo: Quien es sencillo, vuélvase a mí. Y a los insensatos les ha dicho: Venid, comed de mi pan, y bebed del vino que os he mezclado.» Aquí ciertamente percibimos que la Sabiduría de Dios, es decir, el Verbo coeterno con el Padre, se ha edificado una casa, a saber, un cuerpo humano en el seno de la virgen, y ha unido a ella la Iglesia como miembros a una cabeza, ha inmolado a los mártires como víctimas, ha dispuesto una mesa con vino y pan, donde aparece también el sacerdocio según el orden de Melquisedec, y ha llamado a los sencillos y a los insensatos, porque, como dice el apóstol, «Ha escogido lo débil de este mundo para confundir lo fuerte.» [] Mas a estos débiles les dice lo que sigue: «Abandonad la simpleza, para que viváis; y buscad la prudencia, para que tengáis vida.» [] Pero el ser hechos partícipes de esta mesa es ya comenzar a tener vida. Pues cuando dice en otro libro, que se llama Eclesiastés, «No hay bien para el hombre, sino que coma y beba,» ¿qué puede entenderse con más credibilidad que lo que pertenece a la participación de esta mesa que el Mediador del Nuevo Testamento mismo, el Sacerdote según el orden de Melquisedec, provee con su propio cuerpo y sangre? Porque aquel sacrificio ha sucedido a todos los sacrificios del Antiguo Testamento, los cuales eran inmolados como sombra del que había de venir; por lo cual también reconocemos la voz en el salmo 40 como la del mismo Mediador que habla por profecía, «Sacrificio y ofrenda no quisiste; pero me has preparado un cuerpo.» Porque, en lugar de todos estos sacrificios y oblaciones, se ofrece su cuerpo y se sirve a los que participan de él. Pues que este Eclesiastés, en esta sentencia sobre el comer y el beber, que repite a menudo y recomienda mucho, no saborea las delicias de los placeres carnales, queda bastante claro cuando dice: «Mejor es ir a la casa del luto que ir a la casa del banquete.» [] Y poco después dice: «El corazón del sabio está en la casa del luto, y el corazón del necio en la casa del banquete.» [] Pero creo que es más digno de citarse de este libro lo que se refiere a las dos ciudades, la una del diablo y la otra de Cristo, y a sus reyes, el diablo y Cristo: «¡Ay de ti, oh tierra,» dice, «cuando tu rey es un muchacho, y tus príncipes comen por la mañana! ¡Bienaventurada tú, oh tierra, cuando tu rey es hijo de nobles, y tus príncipes comen a su tiempo, con fortaleza, y no con confusión!» [] Ha llamado al diablo muchacho, a causa de la necedad y la soberbia, y la temeridad y la indisciplina, y otros vicios que suelen abundar a esa edad; pero Cristo es el Hijo de los nobles, es decir, de los santos patriarcas, de los que pertenecen a la ciudad libre, de los cuales fue engendrado en la carne. Los príncipes de aquella y de la otra ciudad comen por la mañana, es decir, antes de la hora conveniente, porque no esperan la felicidad oportuna, que es la verdadera, en el mundo venidero, deseando ser hechos felices rápidamente con la fama de este mundo; pero los príncipes de la ciudad de Cristo esperan con paciencia el tiempo de una bienaventuranza que no es falaz. Esto se expresa con las palabras, «con fortaleza, y no con confusión,» porque la esperanza no los engaña; de la cual dice el apóstol: «Pero la esperanza no avergüenza.» [] También un salmo dice: «Porque los que esperan en ti no serán avergonzados.» Mas ahora el Cantar de los Cantares es un cierto placer espiritual de las mentes santas, en las bodas de aquel Rey y de la ciudad-reina, es decir, de Cristo y de la Iglesia. Pero este placer está envuelto en velos alegóricos, para que el Esposo sea más ardientemente deseado, y más gozosamente desvelado, y aparezca; a quien se dice en este mismo cantar: La equidad te ha deleitado; [] y la esposa que allí oye, «La caridad está en tus delicias.» [] Pasamos muchas cosas en silencio, en nuestro deseo de terminar esta obra.

    Capítulo 21. De los reyes posteriores a Salomón, tanto en Judá como en Israel

    XVII, 21

    Los demás reyes de los hebreos posteriores a Salomón apenas se halla que hayan profetizado, mediante ciertas palabras o acciones enigmáticas suyas, lo que pueda referirse a Cristo y a la Iglesia, ya sea en Judá o en Israel; porque así se llamaban las partes de aquel pueblo cuando, a causa de la ofensa de Salomón, desde el tiempo de Roboam su hijo, que le sucedió en el reino, fue dividido por Dios como castigo. Las diez tribus, en efecto, que recibió Jeroboam, siervo de Salomón, siendo nombrado rey en Samaria, fueron llamadas distintivamente Israel, aunque este había sido el nombre de todo aquel pueblo; pero las dos tribus, a saber, las de Judá y Benjamín, que por amor de David, para que el reino no fuera totalmente arrancado de su estirpe, quedaron sujetas a la ciudad de Jerusalén, fueron llamadas Judá, porque aquella era la tribu de donde procedía David. Pero Benjamín, la otra tribu que, como se dijo, pertenecía al mismo reino, era aquella de donde procedía Saúl antes de David. Mas estas dos tribus juntas, como se dijo, fueron llamadas Judá, y se distinguieron con este nombre de Israel, que era el título distintivo de las diez tribus bajo su propio rey. Pues la tribu de Leví, por ser la sacerdotal, obligada al servicio de Dios, no de los reyes, era contada como la decimotercera. Porque José, uno de los doce hijos de Israel, no formó, como los otros, una sola tribu, sino dos, Efraín y Manasés. Sin embargo, la tribu de Leví pertenecía más bien al reino de Jerusalén, donde estaba el templo de Dios a quien servía. Al dividirse, pues, el pueblo, Roboam, hijo de Salomón, reinó en Jerusalén como primer rey de Judá, y Jeroboam, siervo de Salomón, en Samaria como rey de Israel. Y cuando Roboam quiso, como tirano, perseguir con guerra a aquella parte separada, el pueblo fue prohibido de luchar contra sus hermanos por Dios, quien les dijo por medio de un profeta que Él había hecho esto; de donde se vio que en este asunto no había habido pecado ni del rey ni del pueblo de Israel, sino la voluntad cumplida de Dios vengador. Cuando esto se supo, ambas partes se asentaron pacíficamente, pues la división hecha no fue religiosa sino política.

    Capítulo 22

    De Jeroboam, que profanó al pueblo puesto bajo él por la impiedad de la idolatría, en medio de la cual, sin embargo, Dios no cesó de inspirar a los profetas y de guardar a muchos del crimen de la idolatría

    XVII, 22

    Pero Jeroboam, rey de Israel, con mente perversa, no creyendo en Dios, a quien había hallado veraz al prometerle y darle el reino, temió que, al venir al templo de Dios que estaba en Jerusalén, adonde, según la ley divina, toda aquella nación debía venir para sacrificar, el pueblo fuera seducido apartándolo de él y volviera a la línea de David como estirpe real; y estableció la idolatría en su reino, y con horrible impiedad engañó al pueblo, atrapándolo consigo en el culto a los ídolos. Sin embargo, Dios no cesó del todo de reprender por medio de los profetas, no solo a aquel rey, sino también a sus sucesores e imitadores en su impiedad, y también al pueblo. Porque allí surgieron los grandes e ilustres profetas Elías y Eliseo, su discípulo, quienes también hicieron muchas obras maravillosas. Aun allí, cuando Elías dijo: «Oh Señor, han matado a tus profetas, han derribado tus altares; y yo he quedado solo, y buscan mi vida,» se le respondió que había allí siete mil hombres que no habían doblado la rodilla ante Baal.

    Capítulo 23

    De la condición variable de ambos reinos hebreos, hasta que los pueblos de ambos fueron llevados cautivos en tiempos diferentes, siendo Judá llamado después de nuevo a su reino, que finalmente pasó al poder de los romanos

    XVII, 23

    Así también en el reino de Judá, correspondiente a Jerusalén, no faltaron profetas incluso en los tiempos de los reyes sucesivos, según agradó a Dios enviarlos, ya sea para la predicción de lo necesario, o para la corrección del pecado y la instrucción en la justicia; [] pues también allí, aunque mucho menos que en Israel, surgieron reyes que ofendieron gravemente a Dios con sus impiedades, y, junto con su pueblo, que era semejante a ellos, fueron heridos con azotes moderados. Los no pequeños méritos de los reyes piadosos allí son ciertamente alabados. Pero leemos que en Israel los reyes fueron, unos más, otros menos, pero todos malvados. Cada parte, por tanto, según lo que la divina providencia ordenaba o permitía, fue a la vez exaltada por la prosperidad y abatida por adversidades de diversas clases; y fue afligida no solo por guerras extranjeras, sino también por guerras civiles entre sí, para que por ciertas causas existentes se manifestara la misericordia o la ira de Dios; hasta que, por su creciente indignación, toda aquella nación fue por los caldeos vencedores no solo derribada en su morada, sino también en su mayor parte transportada a las tierras de los asirios—primero aquella parte de las trece tribus llamada Israel, y después también Judá, cuando Jerusalén y aquel nobilísimo templo fueron derribados—en cuyas tierras descansó setenta años en cautiverio. Habiendo sido enviados de allí después de ese tiempo, reedificaron el templo derribado. Y aunque muchísimos permanecieron en las tierras de los extranjeros, sin embargo, el reino ya no tuvo dos partes separadas, con diferentes reyes sobre cada una, sino que en Jerusalén hubo un solo príncipe sobre ellos; y en ciertos tiempos, desde todas las direcciones dondequiera que estuvieran, y desde cualquier lugar que pudieran, todos venían al templo de Dios que estaba allí. Pero ni siquiera entonces estuvieron sin enemigos y conquistadores extranjeros; sí, Cristo los halló tributarios de los romanos.

    Capítulo 24

    De los profetas que fueron los últimos entre los judíos, o de los que la historia evangélica refiere en torno al tiempo del nacimiento de Cristo

    XVII, 24

    Pero en todo aquel tiempo, después de que regresaron de Babilonia, después de Malaquías, Ageo y Zacarías, que profetizaron entonces, y de Esdras, no tuvieron profetas hasta el tiempo de la venida del Salvador, excepto otro Zacarías, el padre de Juan, y Elisabet su mujer, cuando el nacimiento de Cristo ya estaba cercano; y cuando Él ya había nacido, Simeón el anciano, y Ana una viuda, ya muy vieja; y, por último, el mismo Juan, quien, siendo joven, no predijo que Cristo, ya joven, había de venir, sino que por conocimiento profético lo señaló aunque desconocido; por lo cual el Señor mismo dice, «La ley y los profetas fueron hasta Juan.» [] Pero la profecía de estos cinco se nos da a conocer en el evangelio, donde también se halla que la virgen madre de nuestro Señor misma profetizó antes que Juan. Pero esta profecía suya no la reciben los judíos impíos; pero la recibieron aquellos innumerables que de ellos creyeron el evangelio. Pues entonces verdaderamente Israel se dividió en dos, por aquella división que Samuel profeta anunció al rey Saúl como inmutable. Pero incluso los judíos réprobos tienen a Malaquías, Ageo, Zacarías y Esdras como los últimos recibidos en autoridad canónica. Porque también hay escritos de estos, como de otros, que siendo muy pocos entre la gran multitud de profetas, escribieron aquellos libros que han obtenido autoridad canónica, de cuyas predicciones me parece bien poner en esta obra algunas que pertenecen a Cristo y a su Iglesia; y esto, con la ayuda del Señor, se hará más convenientemente en el libro siguiente, para no recargar más este, que ya es demasiado largo.

    Libro XVIII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XVIII, argumento
    Agustín traza los cursos paralelos de la ciudad terrena y la celestial desde el tiempo de Abraham hasta el fin del mundo; y alude a los oráculos acerca de Cristo, tanto los pronunciados por las Sibilas, como los de los sagrados profetas que escribieron después de la fundación de Roma: Oseas, Amós, Isaías, Miqueas y sus sucesores.

    Capítulo 1. De las cosas hasta los tiempos del Salvador que han sido discutidas en los diecisiete libros

    XVIII, 1

    Prometí escribir sobre el origen, el progreso y el fin señalado de las dos ciudades, una de las cuales es de Dios, y la otra de este mundo, en la cual, en lo que respecta a los hombres, la primera es ahora extranjera. Pero ante todo me comprometí, en la medida en que su gracia me lo permitiera, a refutar a los enemigos de la ciudad de Dios, que prefieren sus dioses a Cristo su fundador, y odian ferozmente a los cristianos con la malicia más mortal. Y esto lo hice en los diez primeros libros. Luego, en cuanto a mi triple promesa que acabo de mencionar, he tratado distintamente, en los cuatro libros que siguen al décimo, del origen de ambas ciudades. Después de eso, he procedido desde el primer hombre hasta el diluvio en un libro, que es el decimoquinto de esta obra; y desde allí de nuevo hasta Abraham, nuestra obra ha seguido ambas en orden cronológico. Desde el patriarca Abraham hasta el tiempo de los reyes israelitas, con el cual cerramos nuestro libro decimosexto, y de allí hasta la venida de Cristo mismo en la carne, período al que llega el libro decimoséptimo, la ciudad de Dios aparece, según mi manera de escribir, haber seguido su curso sola; mientras que no siguió su curso sola en esta edad, pues ambas ciudades, en su curso en medio de los hombres, ciertamente experimentaron juntas tiempos alternos, tal como desde el principio. Pero hice esto para que, en primer lugar, desde el tiempo en que las promesas de Dios comenzaron a ser más claras, hasta el nacimiento virginal de Aquel en quien se cumplirían aquellas cosas prometidas desde el principio, el curso de aquella ciudad que es de Dios pudiera hacerse más claramente aparente, sin interpolación de materia extraña de la historia de la otra ciudad, aunque hasta la revelación del nuevo pacto siguió su curso, no en luz, sino en sombra. Ahora, por tanto, me parece oportuno hacer lo que pasé por alto, y mostrar, en la medida que parezca necesario, cómo corrió su curso aquella otra ciudad desde los tiempos de Abraham, para que los lectores atentos puedan comparar las dos.

    Capítulo 2

    De los reyes y tiempos de la ciudad terrena que fueron sincrónicos con los tiempos de los santos, contando desde el surgimiento de Abraham

    XVIII, 2

    La sociedad de los mortales se extendió por toda la tierra, y en los lugares más diversos, aunque ligada por una cierta comunión de nuestra común naturaleza, está sin embargo en su mayor parte dividida contra sí misma, y los más fuertes oprimen a los otros, porque todos siguen sus propios intereses y concupiscencias, mientras que lo anhelado o no basta para nadie, o no para todos, porque no es la cosa misma. Pues los vencidos sucumben a los vencedores, prefiriendo cualquier clase de paz y seguridad a la libertad misma; de modo que aquellos que eligieron morir antes que ser esclavos han sido grandemente admirados. Porque en casi todas las naciones la voz misma de la naturaleza proclama de algún modo que los que resultan vencidos deben elegir antes estar sujetos a sus vencedores que ser muertos por toda clase de destrucción guerrera. Esto no sucede sin la providencia de Dios, en cuyo poder está que cualquiera o sojuzgue o sea sojuzgado en la guerra; que unos sean dotados de reinos, y otros hechos súbditos de reyes. Ahora bien, entre los muchísimos reinos de la tierra en los que, por interés o concupiscencia terrena, se divide la sociedad (a la que llamamos con el nombre general de la ciudad de este mundo), vemos que dos, establecidos y mantenidos distintos entre sí tanto en tiempo como en lugar, han llegado a ser mucho más famosos que los demás: primero el de los asirios, luego el de los romanos. Primero vino el uno, luego el otro. El primero surgió en oriente, y, inmediatamente a su fin, el segundo en occidente. Puedo hablar de otros reinos y de otros reyes como apéndices de estos.
    Nino, pues, que sucedió a su padre Belo, primer rey de Asiria, era ya el segundo rey de aquel reino cuando Abraham nació en la tierra de los caldeos. Existía también en aquel tiempo un reino muy pequeño de Sición, con el cual, como de fecha antigua, comienza aquel hombre doctísimo Marco Varrón al escribir acerca de la raza romana. Porque de estos reyes de Sición pasa a los atenienses, de estos a los latinos, y de estos a los romanos. Sin embargo, muy poco se refiere acerca de estos reinos, antes de la fundación de Roma, en comparación con el de Asiria. Pues aunque incluso Salustio, el historiador romano, admite que los atenienses fueron muy famosos en Grecia, sin embargo piensa que fueron mayores en fama que en hechos. Porque al hablar de ellos dice, «Las hazañas de los atenienses, según pienso, fueron muy grandes y magníficas, pero sin embargo algo menores de lo que la fama refiere. Pero como surgieron entre ellos escritores de gran ingenio, las hazañas de los atenienses fueron celebradas en todo el mundo como muy grandes. Así, la virtud de quienes las hicieron fue tenida por tan grande como hombres de genio trascendente pudieron representarla mediante el poder de las palabras laudatorias.» Esta ciudad también obtuvo no pequeña gloria de la literatura y de la filosofía, cuyo estudio floreció principalmente allí. Pero en cuanto al imperio, ninguno en los tiempos más antiguos fue mayor que el asirio, ni tan ampliamente extendido. Pues cuando Nino, hijo de Belo, era rey, se refiere que sometió a toda Asia, incluso hasta los límites de Libia, la cual en cuanto al número se llama la tercera parte, pero en cuanto al tamaño se halla que es la mitad de todo el mundo. Los indios en las regiones orientales fueron el único pueblo sobre el que no reinó; pero después de su muerte, Semíramis su mujer les hizo la guerra. Así sucedió que todos los pueblos y reyes de aquellos países estuvieron sujetos al reino y autoridad de los asirios, e hicieron cuanto se les mandaba. Ahora bien, Abraham nació en aquel reino entre los caldeos, en tiempo de Nino. Pero como los asuntos griegos nos son mucho mejor conocidos que los asirios, y quienes han investigado diligentemente la antigüedad del origen de la nación romana han seguido el orden del tiempo a través de los griegos hasta los latinos, y de ellos hasta los romanos, que son ellos mismos latinos, por esta razón, donde es necesario, debemos mencionar a los reyes asirios, para que aparezca cómo Babilonia, como una primera Roma, siguió su curso junto con la ciudad de Dios, que es extranjera en este mundo. Pero las cosas propias para insertar en esta obra al comparar las dos ciudades, es decir, la terrena y la celestial, deben tomarse en su mayor parte de los reinos griego y latino, donde Roma misma es como una segunda Babilonia.
    Al nacer Abraham, pues, los segundos reyes de Asiria y Sición respectivamente eran Nino y Europs, siendo los primeros Belo y Egialeo. Pero cuando Dios prometió a Abraham, a su salida de Babilonia, que llegaría a ser una gran nación, y que en su simiente serían bendecidas todas las naciones de la tierra, los asirios tenían su séptimo rey, y los sicionios su quinto; pues el hijo de Nino reinó entre ellos después de su madre Semíramis, quien se dice que fue muerta por él por haber intentado mancharlo acostándose incestuosamente con él. Algunos piensan que ella fundó Babilonia, y en efecto puede haberla fundado de nuevo. Pero ya hemos dicho, en el libro decimosexto, cuándo o por quién fue fundada. Ahora bien, el hijo de Nino y Semíramis, que sucedió a su madre en el reino, es llamado también Nino por algunos, pero por otros Ninias, palabra patronímica. Telexión tenía entonces el reino de los sicionios. En su reinado los tiempos fueron tranquilos y alegres hasta tal punto, que después de su muerte lo adoraron como a un dios ofreciendo sacrificios y celebrando juegos, que se dice fueron instituidos por primera vez en esta ocasión.

    Capítulo 3

    Qué reyes reinaron en Asiria y Sición cuando, según la promesa, Isaac nació a Abraham en su año centésimo, y cuando los gemelos Esaú y Jacob nacieron de Rebeca a Isaac en su año sexagésimo

    XVIII, 3

    En sus tiempos también, por la promesa de Dios, nació Isaac, hijo de Abraham, a su padre cuando tenía cien años, de Sara su mujer, la cual, siendo estéril y anciana, ya había perdido la esperanza de descendencia. Aralio era entonces el quinto rey de los asirios. Al mismo Isaac, en su año sexagésimo, le nacieron hijos gemelos, Esaú y Jacob, que Rebeca su mujer le dio a luz, estando vivo aún su abuelo Abraham, que murió al cumplir ciento setenta años, y contando su año centésimo sexagésimo. En aquel tiempo reinaban como séptimos reyes — entre los asirios, aquel Jerjes más antiguo, que también fue llamado Baleo; y entre los sicionios, Turiaco, o, como algunos escriben su nombre, Turímaco. El reino de Argos, en el que Ínaco reinó primero, surgió en tiempo de los nietos de Abraham. Y no debo omitir lo que Varrón refiere, que los sicionios también solían sacrificar en el túmulo de su séptimo rey Turiaco. En el reinado de Armamitres en Asiria y Leucipo en Sición como octavos reyes, y de Ínaco como primero en Argos, Dios habló a Isaac, y le prometió las mismas dos cosas que a su padre — a saber, la tierra de Canaán a su simiente, y la bendición de todas las naciones en su simiente. Estas mismas cosas fueron prometidas a su hijo, nieto de Abraham, que al principio se llamó Jacob, después Israel, cuando Beloco era el noveno rey de Asiria, y Foroneo, hijo de Ínaco, reinaba como segundo rey de Argos, continuando Leucipo como rey de Sición. En aquellos tiempos, bajo el rey argivo Foroneo, Grecia se hizo más famosa por la institución de ciertas leyes y jueces. A la muerte de Foroneo, su hermano menor Fegeo construyó un templo en su tumba, en el cual fue adorado como Dios, y se le sacrificaron bueyes. Creo que lo consideraron digno de tan grande honor, porque en su parte del reino (pues su padre había dividido sus territorios entre ellos, en los que reinaron durante su vida) había fundado capillas para el culto de los dioses, y les había enseñado a medir el tiempo, por meses y años, y hasta ese punto a llevar cuenta y cálculo de los acontecimientos. Los hombres todavía incultos, admirándolo por estas novedades, o bien imaginaron que era, o resolvieron que debía ser hecho, un dios después de su muerte. También se dice que Ío fue hija de Ínaco, la cual después fue llamada Isis, cuando fue adorada en Egipto como una gran diosa; aunque otros escriben que vino como reina de Etiopía, y porque gobernó extensa y justamente, e instituyó para sus súbditos letras y muchas cosas útiles, se le dio allí tal honor divino después de muerta, que si alguien decía que había sido humana, se le acusaba de crimen capital.

    Capítulo 4. De los tiempos de Jacob y de su hijo José

    XVIII, 4

    En el reinado de Baleo, noveno rey de Asiria, y Mesapo, octavo de Sición, de quien algunos dicen que también fue llamado Cefiso (si en verdad el mismo hombre tuvo ambos nombres, y quienes ponen el otro nombre en sus escritos no lo han confundido más bien con otro hombre), mientras Apis era tercer rey de Argos, murió Isaac, a los ciento ochenta años, y dejó a sus hijos gemelos de ciento veinte años. Jacob, el menor de estos, pertenecía a la ciudad de Dios sobre la cual escribimos (siendo el mayor totalmente rechazado), y tuvo doce hijos, uno de los cuales, llamado José, fue vendido por sus hermanos a mercaderes que bajaban a Egipto, estando vivo aún su abuelo Isaac. Pero cuando tenía treinta años, José se presentó ante Faraón, siendo exaltado de la humillación que soportó, porque, interpretando divinamente los sueños del rey, predijo que habría siete años de abundancia, cuya riquísima copia sería consumida por otros siete años de hambre que seguirían. Por esto el rey lo hizo gobernador de Egipto, liberándolo de la prisión, a la que había sido arrojado por guardar intacta su castidad; pues la preservó valientemente de su señora, que lo amaba perversamente, y dijo mentiras a su amo débilmente crédulo, y no consintió en cometer adulterio con ella, sino que huyó de ella, dejando su vestido en sus manos cuando ella lo asió. En el segundo de los siete años de hambre, Jacob bajó a Egipto a ver a su hijo con todo lo que tenía, siendo de ciento treinta años, como él mismo dijo en respuesta a la pregunta del rey. José tenía entonces treinta y nueve, si añadimos siete años de abundancia y dos de hambre a los treinta que contaba cuando fue honrado por el rey.

    Capítulo 5. De Apis rey de Argos, a quien los egipcios llamaron Serapis, y adoraron con honores divinos

    XVIII, 5

    En estos tiempos, Apis, rey de Argos, pasó a Egipto en naves, y, muriendo allí, fue hecho Serapis, el dios principal de todos los egipcios. Ahora bien, Varrón da esta razón muy pronta de por qué, después de su muerte, fue llamado, no Apis, sino Serapis. El arca en que fue colocado cuando muerto, la que ahora todo el mundo llama sarcófago, se llamaba entonces en griego [σορὸς], y comenzaron a adorarlo cuando fue sepultado en ella antes de que se construyera su templo; y de Soros y Apis fue llamado primero [Sorosapis, o] Sorapis, y después Serapis, cambiando una letra, como fácilmente sucede. Se decretó también respecto a él, que cualquiera que dijera que había sido hombre sería castigado con pena capital. Y puesto que en todo templo donde se adoraba a Isis y Serapis había también una imagen que, con el dedo puesto sobre los labios, parecía advertir a los hombres que guardaran silencio, Varrón piensa que esto significa que debía mantenerse en secreto que habían sido humanos. Pero aquel toro que, con maravillosa necedad, Egipto engañado alimentaba con abundantes delicadezas en honor de él, no fue llamado Serapis, sino Apis, porque lo adoraban vivo sin sarcófago. A la muerte de aquel toro, cuando buscaban y hallaban un becerro del mismo color — es decir, marcado de manera semejante con ciertas manchas blancas — creían que era algo milagroso, y divinamente provisto para ellos. Sin embargo, no era gran cosa para los demonios, para engañarlos, mostrar a una vaca cuando estaba concibiendo y preñada la imagen de tal toro, que ella sola podía ver, y con ella atraer la pasión reproductora de la madre, de modo que apareciera en forma corporal en su cría, así como Jacob logró con las varas manchadas que las ovejas y cabras nacieran manchadas. Pues lo que los hombres pueden hacer con colores y sustancias reales, los demonios pueden hacerlo muy fácilmente mostrando formas irreales a los animales reproductores.

    Capítulo 6. Quiénes eran reyes de Argos y de Asiria cuando Jacob murió en Egipto

    XVIII, 6

    Apis, pues, que murió en Egipto, no fue rey de Egipto, sino de Argos. Le sucedió su hijo Argo, de cuyo nombre la tierra fue llamada Argos y el pueblo argivos, porque bajo los reyes anteriores ni el lugar ni la nación habían tenido aún este nombre. Mientras él reinaba sobre Argos, y Erato sobre Sición, y Baleo seguía siendo rey de Asiria, Jacob murió en Egipto a los ciento cuarenta y siete años, después de que, al morir, bendijo a sus hijos y a sus nietos por José, y profetizó clarísimamente de Cristo, diciendo en la bendición de Judá: «No faltará príncipe de Judá, ni caudillo de entre sus muslos, hasta que vengan aquellas cosas que le están reservadas; y él es la esperanza de las naciones.» [] En el reinado de Argo, Grecia comenzó a usar frutos y a tener cosechas de grano en campos cultivados, habiendo sido traída la semilla de otros países. Argo también comenzó a ser tenido por dios después de su muerte, y fue honrado con un templo y sacrificios. Este honor fue conferido en su reinado, antes de serle dado a él, a un particular por ser el primero en uncir bueyes al arado. Este fue un tal Homogiro, que fue herido por un rayo.

    Capítulo 7. Quiénes eran reyes cuando José murió en Egipto

    XVIII, 7

    En el reinado de Mamito, el duodécimo rey de Asiria, y de Plemneo, el undécimo de Sición, mientras Argo aún reinaba sobre los argivos, José murió en Egipto a los ciento diez años. Después de su muerte, el pueblo de Dios, creciendo maravillosamente, permaneció en Egipto ciento cuarenta y cinco años, en tranquilidad al principio, hasta que murieron los que conocían a José. Después, por envidia de su aumento y por la sospecha de que al fin lograrían su libertad, fueron oprimidos con persecuciones y con los trabajos de una servidumbre intolerable, en medio de los cuales, sin embargo, seguían creciendo, multiplicados con fecundidad dada por Dios. Durante este período continuaron los mismos reinos en Asiria y Grecia.

    Capítulo 8. Quiénes eran reyes cuando nació Moisés, y qué dioses comenzaron a ser adorados entonces

    XVIII, 8

    Cuando Safro reinaba como decimocuarto rey de Asiria, y Ortópolis como duodécimo de Sición, y Críaso como quinto de Argos, nació Moisés en Egipto, por quien el pueblo de Dios fue liberado de la esclavitud egipcia, en la cual convenía que fueran probados así para que desearan la ayuda de su Creador. Algunos han pensado que Prometeo vivió durante el reinado de los reyes ahora nombrados. Se dice que formó hombres de barro, porque fue tenido por el mejor maestro de sabiduría; aunque no aparece qué sabios hubo en sus días. Se dice que su hermano Atlas fue un gran astrólogo; y esto dio ocasión a la fábula de que sostenía el cielo, aunque la opinión vulgar acerca de que sostenía el cielo parece más bien sugerida por una alta montaña llamada con su nombre. En efecto, desde aquellos tiempos comenzaron a inventarse en Grecia muchas otras cosas fabulosas; sin embargo, hasta Cécrope rey de Atenas, en cuyo reinado aquella ciudad recibió su nombre, y en cuyo reinado Dios sacó a su pueblo de Egipto por medio de Moisés, solo unos pocos héroes muertos, según la vana superstición de los griegos, fueron deificados. Entre estos estaban Melantomice, la esposa del rey Críaso, y Forbas su hijo, que sucedió a su padre como sexto rey de los argivos, y Iaso, hijo de Tríopas, su séptimo rey, y su noveno rey, Esténelas, o Esteneleo, o Estenelo—pues su nombre se da de manera diferente por diferentes autores. En aquellos tiempos también, se dice que vivió Mercurio, nieto de Atlas por su hija Maya, según el común relato en los libros. Fue famoso por su habilidad en muchas artes, y las enseñó a los hombres, por lo cual resolvieron hacerlo, y aun creyeron que merecía ser, un dios después de la muerte. Se dice que Hércules fue posterior, aunque perteneciente al mismo período; aunque algunos, a quienes creo equivocados, le asignan una fecha anterior a Mercurio. Pero en cualquier tiempo en que hayan nacido, está acordado entre historiadores serios, que han consignado estas cosas antiguas por escrito, que ambos fueron hombres, y que merecieron honores divinos de los mortales porque les confirieron muchos beneficios para hacerles más agradable esta vida. Minerva fue mucho más antigua que estos; pues se dice que apareció en edad virginal en los tiempos de Ogiges en el lago llamado Tritón, del cual también es llamada Tritonia, inventora en verdad de muchas obras, y tanto más fácilmente creída diosa cuanto menos conocido era su origen. Pues lo que se canta acerca de que nació de la cabeza de Júpiter pertenece a la región de la poesía y la fábula, no a la de la historia y el hecho real. Y los escritores históricos no están de acuerdo sobre cuándo floreció Ogiges, en cuyo tiempo también ocurrió un gran diluvio—no aquel máximo del cual ningún hombre escapó excepto los que pudieron entrar en el arca, pues ni la historia griega ni la latina lo conocieron, sino un diluvio mayor que el que ocurrió después en tiempo de Deucalión. Pues Varrón comienza el libro que ya he mencionado en esta fecha, y no se propone, como punto de partida desde el cual pueda llegar a los asuntos romanos, nada más antiguo que el diluvio de Ogiges, es decir, el que ocurrió en tiempo de Ogiges. Ahora bien, nuestros escritores de crónicas—primero Eusebio, y después Jerónimo, que siguen enteramente a algunos historiadores anteriores en esta opinión—relatan que el diluvio de Ogiges ocurrió más de trescientos años después, durante el reinado de Foroneo, el segundo rey de Argos. Pero cuandoquiera que haya vivido, Minerva ya era adorada como diosa cuando Cécrope reinaba en Atenas, en cuyo reinado se dice que la ciudad misma fue reedificada o fundada.
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